REFLEXIÓN
Mariana Sánchez Lara
Ser artista en la era digital es complicado. Por un lado, tenemos la linda realidad de que nunca
antes habíamos tenido tantas herramientas y plataformas para crear, compartir y conectar.
Pero, por otro lado, está la cruda realidad de la precariedad, la limitación, la sobreexposición y
la explotación disfrazada de oportunidad.
Uno de los temas que más me resuena es la idea de la ocupación por sobre el trabajo. Hito
Steyerl menciona cómo, cada vez más, en el ámbito artístico y cultural, pasamos de tener un
trabajo (algo que se supone produce un resultado y genera una remuneración) a simplemente
estar ocupados. Nos mantenemos creando, publicando, participando en convocatorias,
solicitando becas, y compartiendo nuestro proceso en redes sociales, pero sin tener una
garantía de estabilidad económica o reconocimiento real.
Remedios Zafra habla de la precariedad del trabajo creativo, de cómo la vocación se convierte
en un arma de doble filo. Se nos enseña a ver el arte como una pasión, como algo que
haríamos incluso sin que nos pagaran. Y ese es el problema: muchas veces no nos pagan.
Nos dicen que debemos aceptar trabajos “por exposición”, que es parte del camino, que todos
pasamos por ahí. Pero, ¿qué hay de la estabilidad económica?
Alberto López Cuenca profundiza en el concepto de los comunes digitales, espacios de
creación colectiva que surgen en respuesta a esta crisis del trabajo artístico. En teoría, internet
y las nuevas tecnologías podrían democratizar la producción y distribución del arte,
permitiendo que cualquiera tenga acceso a la cultura. Pero, estas plataformas están
controladas por grandes corporaciones que terminan apropiándose de cierta forma del
contenido y del trabajo de millones de artistas.
Un punto que también me parece clave es la “paradoja” del arte en la era digital:
históricamente, el arte se ha visto como algo no productivo, como una actividad que escapa a
la lógica económica porque “no genera” un producto útil o medible en términos de mercado.
Sin embargo, hoy la creatividad es una de las mercancías más rentables para el capitalismo.
Desde la publicidad hasta las industrias culturales y las redes sociales, el arte se ha convertido
en un recurso valioso, pero no necesariamente para los artistas.
Hito Steyerl menciona cómo el arte es utilizado como una herramienta para la gentrificación
artística: en muchas ciudades, los barrios populares son “revalorizados” cuando los artistas
llegan a ocuparlos debido a sus bajos costos. Se abren galerías, cafés y espacios culturales
que, con el tiempo, atraen inversión y turismo, y elevan los precios de la vivienda. Lo que
parecía ser un espacio de creación termina siendo absorbido por la especulación inmobiliaria,
desplazando a la gente que vivía ahí. El arte, sin quererlo, termina funcionando como un
instrumento del mercado.
A pesar de este panorama desalentador, creo que hay estrategias que pueden ayudarnos a
resistir y tal vez mejorar. La autogestión, las redes de apoyo y la colaboración. En este
contexto de una competencia extrema, es fácil caer la lógica del “individuo” en el mercado,
pero si algo nos enseñó la historia del arte es que los movimientos más innovadores se
crearon por colectivos y comunidades de artistas que se organizaron para crear nuevas formas
de existir fuera del sistema.
Tal vez el reto no es encontrar maneras de sobrevivir dentro del mercado del arte, sino
cuestionar su estructura. Tal vez el verdadero trabajo artístico en la era digital no sea solo
producir más y más contenido, sino imaginar otras formas de crear, compartir y vivir del arte sin
caer en las trampas del sistema.