Por ANTONIO MARÍA BAGGIO (Ciudadnueva, mayo-junio 2005)
El libro de Dan Brown va camino de los 20 millones de ejemplares, sin embargo, es una mezcla de viejas historias
inventadas por vanidad espiritual e intelectual. Hoy, por dinero.
En otro tiempo los editores, además de hombres de negocios que construían su empresa con pasión e inteligencia,
eran gentes que hacían cultura.
Los fundadores de muchas editoriales eran editores y a la vez empresarios. Hoy algunas casas editoras, además de
libros de valor indiscutible, publican también “cosas” que no valen más que lo que pesan. El código Da Vinci, de Dan
Brown, por ejemplo, es una burda copia de obras precedentes, a tal punto que sus autores ya han demandado tanto al
autor como a la editorial americana por plagio.
Hablemos claro. El libro de Brown es original en la construcción del argumento, en el tratamiento del tiempo y de
la intriga que estimula a la lectura. Es un óptimo producto industrial que ha obtenido pingües ganancias. Si lo que
pretendían era sacar dinero, lo han logrado.
Pero si desde el punto de vista de la producción el libro de Brown es un negocio redondo, desde el punto de vista
de las ideas es una falsedad. Y los editores lo saben. De hecho, en algunos países, a partir de la segunda edición ha
desaparecido la página de “información histórica”, en la que el autor explicaba que las descripciones de documentos y
rituales secretos contenidos en El código… corresponden a la realidad.
¿Qué realidad es esa? La que aparecía descrita en los libros de los que se han querellado, es decir, Michael Baigent,
Richard Leigh y Henry Lincoln, autores de El Santo Grial, publicado en Gran Bretaña, en 1979, y Lewis Perdue,
autor de The Da Vinci legacy, en 1993. El libro de los tres ingleses está inspirado en un reportaje que Henry Lincoln
había hecho para la BBC, en Rennes le Chateau, en el Languedoc francés. Esa pequeña ciudad había sido escenario
entre 1885 y 1917 de la hazaña de un sacerdote, Berenguer Saunièr, que se dedicaba a las excavaciones, y se había
difundido el rumor de que había encontrado el tesoro más importante: el Santo Grial.
Según la leyenda, que se hizo famosa gracias a los Caballeros de la Mesa Redonda, el Santo Grial era el cáliz de la
última cena de Cristo, en el que después José de Arimatea había recogido la sangre que brotó del costado del
Redentor.
Ahora bien, Saunièr “reveló” que el Santo Grial, en realidad, era el símbolo de María Magdalena, mujer en secreto
de Jesús, el cual había logrado escapar de la crucifixión, dando origen a una estirpe de la que, con el tiempo, nacerían
los Merovingios, primeros reyes de Francia. La patraña de Saunièr fue contada posteriormente por un hábil
divulgador, Gérard de Sède, en un libro publicado en 1967. O sea, que si este quiere querellarse con Brown tendrá que
ponerse a la cola y esperar su turno.
Naturalmente, al pasar de una narración a otra, el relato se ha vuelto intrigante y fantasioso, mezclando verdad y
ficción en la composición y generando culebrones cada vez más improbables. Así es como se ha colocado en la
cúspide de los best-sellers, como una chistera desfondada en la cabeza de un espantapájaros.
¿Qué contiene esta chistera de Dan Brown? Como si de un prestidigitador sin ideas se tratara, el escritor extrae el
conejito, ya demasiado visto, de la perfidia católico. Y así pretende que la Iglesia, para mantener oculta la “verdad”
acerca del destino de Jesús y de su descendencia, perpetra, en el transcurso de la historia, los peores crímenes. Y hoy
el encargado de llevarlos a cabo sería el Opus Dei, que aparece presentado como una organización criminal, con
asesinos a sueldo y todo. Imaginemos la reacción de un lector que fuera miembro de un sindicato, o de un partido, o
de una peña deportiva, al leer en un libro que la organización a la que pertenece comete actos criminales.
Brown lo dice del Opus Dei y aporta las mismas pruebas que podría aportar contra el coro de la parroquia del
barrio.
En la historia que cuenta Brown, la supuesta “verdad” sobre María Magdalena es custodiada por una asociación
secreta, el Priorato de Sión. La intriga se desarrolla en torno a la caza que los asesinos católicos quieren darle al héroe,
el cual intenta poner a salvo a la última descendiente de María Magdalena. Si al menos en eso Dan Brown hubiese
sido original… Pero no, parece ser que también ha copiado lo del Priorato de Sión, una sociedad esotérica fundada en
1972, ante notario, por un tal Pierre Plantard, descendiente –como no podía ser de otro modo- de la casa Merovingia,
es decir, del mismo Cristo, y que fue una fuente básica para el libro de los tres ingleses.
El bueno de Brown hace todo lo posible para convencernos de que lo que ha escrito, aún en medio de hechos
fantasiosos, comunica un mensaje verdadero. Al principio del libro nos explica que “el Priorato de Sión es una secta
que existe de verdad. En 1975, en la Bibliotèque Nationale de París fueron descubiertos algunos pergaminos,
conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que se facilitaba la identidad de innumerables miembros del Priorato, y
entre ellos, sir Isaac Newton, Sandro Boticelli, Víctor Hugo y Leonardo Da Vinci”.
Pero lo que Brown no dice es que los documentos de París fueron reconocidos como falsos hace tiempo y su autor
desenmascarado. El falsificador no era otro que Pierre Plantard, el cual resulta hasta simpático, pues en medio de un
mundo en el que todos luchan por crearse un futuro, él se dedicó, con fervor burocrático y documentado, a construirse
un pasado.
El código Da Vinci está llegando a los 20 millones de ejemplares en todo el mundo, y su éxito ha provocado la
reedición de un libro anterior de Brown, Ángeles y demonios, ambientado en el Vaticano, con un papa que tiene un
hijo secreto, y asesino, y en el que los cardenales son descritos como un rebaño de ovejas. Les dejo adivinar no sólo el
mensaje…
Si una ofensa de este tipo hubiese sido dirigida contra cualquier otra religión, habría intervenido medio mundo,
empezando por los ilustres profesores de la ONU, pero como a quien se insulta es al catolicismo, parece que la cosa
va bien para todos.
Cuando leí los dos libros, me sentí ofendido, antes que en mi fe, en mi inteligencia.
No entiendo por qué han sido sólo los creyentes los que se han opuesto al libro de Brown y no, sencillamente, los
inteligentes.
Los dos libros me costaron la friolera de 500 pesos. En pocas ocasiones he malgastado mi dinero de esa forma,
pero serán los últimos que la editorial responsable obtenga de mi bolsillo. Y quiero que lo sepa.
No se puede publicar cualquier cosa y pretender conservar la dignidad. El libro es de fantasía, pero la ofensa es
real.
Tuve la tentación, como persona medianamente inteligente y como católico que soy, de querellarme yo también
contra la editorial.
¡Señor, haz que el próximo libro de Harry Potter salga pronto!