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ADO-1138 Keith Luger (1981) Dos Gun-Men Con Suerte

En 'Dos Gun-Men con Suerte', Lee Roberts llega a Losa Fría, un pueblo sin ley, donde se encuentra con un duelo mortal entre dos hombres, Tommy y Danny. Tras el tiroteo, Roberts se ve involucrado con Tommy Gilbert, quien lo invita a un trago en un saloon, mientras la violencia y el peligro son parte del ambiente cotidiano. La historia se desarrolla en un contexto de traiciones y enfrentamientos, reflejando la vida en un lugar donde la ley es inexistente.

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ADO-1138 Keith Luger (1981) Dos Gun-Men Con Suerte

En 'Dos Gun-Men con Suerte', Lee Roberts llega a Losa Fría, un pueblo sin ley, donde se encuentra con un duelo mortal entre dos hombres, Tommy y Danny. Tras el tiroteo, Roberts se ve involucrado con Tommy Gilbert, quien lo invita a un trago en un saloon, mientras la violencia y el peligro son parte del ambiente cotidiano. La historia se desarrolla en un contexto de traiciones y enfrentamientos, reflejando la vida en un lugar donde la ley es inexistente.

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KEITH LUGER

DOS GUN-MEN CON SUERTE

Colección ASES OESTE n.o 1138

Publicación semanal

Aparece los LUNES


ISBN 84-02-02518-8

Depósito Legal B 815-1981

Impreso en España – Printed in Spain

3.a edición en esta Colección: marzo, 1981

© KEITH LUGER – 1961

Concedidos derechos exclusivos a favor

De EDITORIAL BRUGUERA S. A.

Mora la Nueva 2 -Barcelona (España)

Impreso en los talleres de Editorial Bruguera, S. A.

Carretera Nacional 152, km 21,650. Parets del Valles (Barcelona) - 1981


CAPÍTULO PRIMERO

Lee Roberts tiró de las bridas a la entrada del pueblo de Losa Fría. Por fin había llegado a su
destino y ahora sintió un escalofrío en la espalda. Aquél era el terrible lugar de las
montañas donde uno podía encontrar a los fugitivos de la ley que se dejaban caer por la
comarca, así como los que se dirigían a México o a California.

Lee Roberts se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo y se las puso otra vez.

Observó atentamente las casas de adobe de sucio aspecto, las cuevas que había
horadadas en las montañas y en las que vivían algunas familias de indios.

En otra época, en Losa Fría había habido sheriff y hasta juez, pero se pusieron a durar tan
poco que, finalmente, los pocos vecinos que allí vivían renunciaron a buscar sustituto. Y a
partir de entonces, Losa Fría se convirtió en un pueblo sin ley.

Lee Roberts estuvo tentado de volver grupas, pero recordó la clase de negocio que le
había inducido a realizar aquel viaje. No; no podía hacer marcha atrás ahora. Su futuro
dependía de que pudiese conseguir en Losa Fría lo que quería.

Decidido, movió las bridas del caballo y éste echó a andar por la ladera, entre las casas de
adobe.

Había un edificio más grande que los demás. Sobre la puerta había un cartel en el que se
leía: «Saloon de Las Maldiciones. Pase, forastero. Aquí encontrará lo que busca, sea lo que
sea».

Delante de la casa habían atado del cuello a una docena de monturas.

Lee se decidió al fin a pisar tierra y a atar las bridas al poste.

Disponíase a subir al entarimado de la acera cuando de pronto las puertas de vaivén se


abrieron.

Tuvo que apartarse muy aprisa para evitar que un proyectil humano lo alcanzase.

El caído se enderezó rápidamente, justo cuando las puertas se movieron otra vez para
dar paso a un hombretón que mostraba una cicatriz sesgada sobre el ojo izquierdo.

El que había escapado del local como un obús escupió un diente.

—¡Maldito seas, Tommy! —exclamó—. Me pegaste a traición.

El de la cicatriz soltó una risotada.


—Quería arreglar cuentas contigo, Danny.

—¿Qué mosca te picó?

—Me enteré de que me habías engañado. Aquel asunto de reses en Abilene nos produjo
mil dólares.

—Quinientos —le corrigió Danny.

—No. Eso fue lo que tú dijiste y, naturalmente, repartiremos así. Pero tuviste mala
suerte.

—¿Qué quieres decir?

—Me encontré con el tipo que te compró el ganado que robamos y él me dijo que te pagó
mil pavos.

—Cuentos.

—No, muchacho. Es la pura verdad. ¿Qué interés iba a tener él en decir otra cosa? Vas a
escupir ahora los otros quinientos.

—Eso es un poco difícil.

—¿Por qué, Danny?

—Estoy sin blanca.

El de la cicatriz sonrió.

—Claro que sí, te has gastado los quinientos morlacos.

—Uno tiene sus gastos. Pero óyeme, Tommy. Lo tendré en cuenta para otra vez. Te debo
doscientos cincuenta y se acabó. Naturalmente, te los pagaré.

—Ya no me puedo fiar de ti.

—Tendrás que fiarte. Somos socios.

—Tengo el presentimiento de que la sociedad va a acabar de un momento a otro.

Lee Roberts asistía mudo a aquel diálogo. Por si tenía alguna duda, aquellos hombres le
estaban demostrando que se encontraba en Losa Fría.

Ahora vio cómo los dos dejaban colgar los brazos a lo largo de los costados. Se avecinaba
un duelo.

El de la cicatriz torció la boca.


—Anda, Danny, saca.

—Soy más rápido que tú, Tommy.

—Demuéstralo.

—Muy bien. Tú te lo has ganado.

Los dos hombres desenfundaron los revólveres. Se cruzaron dos estampidos, pero no
fueron simultáneos. Había disparado primero Tommy, el hombretón barbudo, y su bala
golpeó contra el pecho de Danny y éste, cuando caía, hizo su disparo, pero en ese momento
su revólver estaba apuntando al cielo.

Lee Roberts oyó las voces y risas que escapaban por las puertas del local. Nadie había
salido para presenciar aquella lucha a muerte. Todo se había ventilado entre aquellos dos
hombres.

Danny golpeó las espaldas contra el suelo, pero todavía trató de incorporarse con el
revólver en la mano.

Tommy hizo otro disparo y el arma voló de la diestra de su víctima. Luego, ésta desencajó
los ojos, quiso decir algo, pero se lo impidió una bocanada de sangre. Por último, se
derrumbó sin vida.

El de la cicatriz enfundó el revólver y entonces pareció percatarse de la presencia de


Roberts. Lo miró con ojos entrecerrados.

—¿Qué le pasa a usted?

Lee dio un respingo.

—¿A mí? Nada.

—¿Era acaso amigo de Danny?

—No, señor.

—¿Está seguro? Creo recordar haberle visto con él.

—No, señor gun-man. Usted está equivocado —Roberts señaló el cadáver que había en
tierra—. Es la primera vez que lo veo —levantó la mano derecha como si estuviese ante un
tribunal—. Lo juro.

Tommy escupió por el sesgo de la boca.

—No las tengo todas conmigo, ¿sabe? Por eso será mejor que saque el revólver.
Lee Roberts sabía que aquel hombretón tendría tiempo de ir a tomar un vaso de whisky
al mostrador y, para cuando volviera, él aún no habría sacado. No tenía ninguna habilidad
con las armas, y ahora se maldijo por ir a Losa Fría con revólver.

—Oiga, amigo, no quiero pelear con usted…

—¿No? ¿Necesita que le moje la oreja?

—En absoluto. No soy peleón, ¿sabe?

—Sí, parece una mosquita muerta, pero precisamente usted es de los peligrosos.

—¿Cómo?

—De los que esperan a que uno se ponga de espaldas para cargárselo.

—No, señor… Yo soy una mosquita muerta… Quiero decir que no balearía a nadie por la
espalda, aunque me diesen quinientos dólares… Y se lo puedo probar.

—¿De qué forma?

—Lo invito a un vaso de whisky. Quiero ser amigo suyo.

Tommy se mojó los labios.

—Me invita a un trago, ¿eh?

—Estaré encantado de beber con usted.

—Muy bien. Se lo acepto. Pero le voy a dar un consejo. Mantenga las manos alejadas de la
culata del revólver.

Instantáneamente, Lee Roberts separó las manos del cuerpo, quedándose en la posición
de un espantapájaros.

El otro dijo:

—Mi nombre es Tommy Gilbert.

—Lee Roberts, señor Gilbert, para servirle, naturalmente.

—Está bien, chico. Vamos adentro.

Lee Roberts señaló otra vez el cadáver.

—¿Quién se va a ocupar de él?

—La comunidad paga a un indio para que lo entierre.


Roberts miró a su alrededor.

—Pero no veo al indio por ninguna parte.

—Sólo da dos pasadas por el pueblo con un carro. A las siete de la mañana y a las siete de
la tarde. Va recogiendo los cadáveres y, de esa forma, en dos sentadas, se los lleva a todos al
cementerio. Se ve que hoy todavía no terminó con el primer cargamento.

Lee Roberts quedó con la boca abierta y Tommy tuvo que decir: —Vamos, hombre, ¿qué
le pasa? Adentro.

Lee Roberts, con las manos bien apartadas del cuerpo, subió a la acera de tablones y
siguió a Gilbert al interior del local.

A la izquierda estaba el mostrador y a la derecha las mesas, una docena, en las que se
aglomeraban los hombres y las girls. En algunos lugares se jugaba a las cartas. Al fondo
había una escalera que conducía a las habitaciones del piso alto.

Ante el mostrador no había nadie, y tras él encontrábase un tipo de orejas puntiagudas,


ojos rasgados y con cejas espesas.

Gilbert le hizo una señal.

—Dos vasos, Belcebú.

Lee Roberts se quedó perplejo mirando la cara del encargado, y cuando éste se dio la
vuelta para coger el frasco de whisky, le miró los cuartos traseros para ver si tenía rabo.
Pero sólo acertó a descubrir sus tirantes que le colgaban.

—¿Qué vienes a hacer aquí, muchacho? —Oyó que le preguntaba Gilbert.

—Negocios.

Gilbert le estudió atentamente la cara.

—¿Qué clase de negocios?

—Verá, necesito a un tipo, a ser posible dos…

—Ya entiendo, quieres que ahorquen a tu abuela para heredarla.

—¡No, señor!

—A un tío tuyo.

—¡No, tampoco es eso!


—Oye, muchacho, no te dé vergüenza. Esto es Losa Fría, el único lugar en la tierra donde
se puede hablar claro —soltó una risotada—. Infiernos, eso es bueno. ¿Qué te parece,
Belcebú?

Belcebú movió la cabeza de arriba abajo mientras rellenaba los vasos.

—Anda, bebe, muchacho —dijo Gilbert, y volcó en la boca de una sola vez el contenido
del vaso.

Roberts quiso imitarlo y también se lo atizó de una sola sentada.

Al instante tuvo la impresión de que acababa de ingerir una bola de fuego. Trató de
escupirla, pero ya era demasiado tarde y la bola siguió su camino, garganta abajo.

Agarróse a la barra del mostrador para no caer.

Justo en ese momento, Gilbert le pegó una palmada en la espalda.

—¡Buen whisky! ¿Eh, muchacho?

Roberts no tuvo más remedio que sonreír, pero no pudo hablar. La corriente de alcohol
de quemar llegaba en aquel momento a su estómago.

De pronto empezó a pegar saltitos y se agarró más fuerte a la barra.

Ahora el fuego seguía el camino inverso. Un halo infernal le subía hacia la boca. La abrió
esperando ver surgir una llamarada, pero esto no llegó a ocurrir.

Gilbert dijo:

—Belcebú, pon otros dos. A este muchacho le ha gustado.

Roberts dio un brinco.

—No comí nada en todo el día y me puede sentar mal…

Gilbert lo miró sorprendido.

—¿Sentar mal este whisky…? ¡Por los cielos, Roberts…! ¡Eres el tipo más bromista que he
conocido en toda mi vida!

Belcebú ya había vuelto a rellenar los vasos. Gilbert tomó el suyo y se dispuso a beber.

De pronto sonó un estampido y el vaso que tenía a un palmo de sus labios saltó hecho
añicos.

Tommy se volvió como una centella, desenfundando el revólver.


Sonó otro estampido y Tommy, lo mismo que había hecho antes su víctima, dejó caer el
arma como si estuviese al rojo vivo.

Lee Roberts vio al hombre que había hecho los dos disparos. Estaba junto a las puertas
de vaivén, sujetando una de éstas con la mano libre.

Era un joven de unos veintiocho años, de cabello rubio, alborotado, sombrero tejano de
ala ancha, rostro atezado, ojos verdosos, sienes un poco hundidas, nariz recta y boca de
labios finos.
CAPÍTULO II

—Hola, Tommy —dijo con una sonrisa, y Lee Roberts pudo ver por entre los labios unos
dientes blancos, perfectamente alineados.

Gilbert soltó una dentellada para tragar aire.

—¿Cómo estás, Richard?

—La mar de bien, ya lo ves. ¿Y tú, Tommy?

Gilbert sonrió sin decir nada.

Lee Roberts miró asombrado hacia las mesas. Nadie parecía haberse percatado de que
un hombre había llegado allí pegando tiros. Cada uno continuaba su juego como si no
ocurriese nada. Los jugadores con sus naipes, los avispados con sus girls…

El recién llegado, Richard, apartó la mano de la hoja de vaivén y la extendió con la palma
hacia arriba.

—El dinero, Tommy.

—¿Qué dinero?

—La próxima vez que hagas otra pregunta, te meteré una bala entre los dos ojos.

Tommy apretó los maxilares.

—Muy bien, Richard. Te daré tus diez dólares.

—No son diez, sino veinticinco.

—¿Qué dices?

—Veinticinco pavos, Tommy. Escúpelos.

—Son diez.

—Nos contrataron a veinticinco por cabeza por transportar aquellas reses de un lado a
otro de la frontera mexicana… Tú cobraste toda la parte…

—Es cierto —sonrió Tommy, queriendo ser cordial—, pero yo lo cobré porque tú no
estabas a mano.
—Te las arreglaste para entrevistarte con el patrón cuando yo todavía estaba llevando el
ganado a aquel corral de El Paso. El jefe te dio los cincuenta machacantes y cuando yo
llegué, ya te habías largado.

—Tuve que marcharme precipitadamente, Richard.

—¿Sí?

—Me dijeron que mi tío Eugenio había enfermado de la viruela y tú ya sabes lo que
quiero a mi tío Eugenio.

—Déjate de historias, Tommy. No te dieron ningún aviso. Simplemente, cogiste los


cincuenta pavos, los guardaste en el bolsillo y echaste a correr con la intención de
gastártelos tú solo.

—Oye, Richard, somos amigos.

—¿Amigos? —rió sarcástico Richard—. ¿Qué sabes tú lo que es la amistad, Tommy?


Anda, no perdamos tiempo. Sacúdete los veinticinco pavos.

—Está bien, Richard.

Tommy metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes, del que apartó veinticinco,
que alargó al rubio.

—Haz una pelota con ellos y arrójalos al aire.

Gilbert así lo hizo y Richard atrapó la bola de billetes y después empezó a deshacerla con
sus dedos.

Tommy echó mano al otro revólver. Sólo tuvo que impulsar la culata hacia abajo para
estar listo.

Richard apartó los ojos de los billetes y al ver que Gilbert tenía ya el dedo sobre el
disparador, hizo fuego al tiempo que saltaba hacia la izquierda. Sólo de esa forma pudo
burlar la bala que le destinaba el barbudo de la cicatriz.

Lee Roberts quedó asombrado al ver que en el pecho de Tommy había aparecido un
agujero, justo en el centro.

—¡Me has matado, Richard! —exclamó.

—Sí, Tommy. Te he matado porque hasta el final has querido ser más listo que yo —
respondió Richard—. Yo me conformaba con mis veinticinco dólares.

Gilbert giró como una peonza y se desplomó sin vida en el suelo.


Belcebú salió tranquilamente de tras el mostrador, tomó por los pies al caído y lo
arrastró hacia la calle para que pudiera ser recogido por el servicio de limpieza.

Richard entornó los ojos mirando por primera vez a Lee Roberts.

—¿Qué le pasa a usted?

—¿A mí…? Nada.

—¿Era acaso amigo de Tommy?

—No, señor —Lee levantó la mano derecha igual que había hecho en la calle—. Lo juro.

Richard guardó el revólver y, acercándose a donde estaba Roberts, cogió el vaso de


whisky que estaba destinado a éste.

—Con su permiso.

—Desde luego —sonrió Roberts descansando—. Yo le invito.

Richard apuró de un trago el whisky y luego miró otra vez al joven de las gafas.

—¿Qué asunto se traía con Tommy?

—¿Yo…? Ninguno, quiero decir que no me dio tiempo para plantearle mi negocio… Pero
ya que usted está tan a mano ahora, estoy dispuesto a hablarle para que ocupe su lugar.

Richard meneó la cabeza en sentido negativo.

—No, compañero. Si usted iba a plantearle un negocio a Tommy, ya me imagino de qué


se trata.

—¿De veras?

—Yo no mato a nadie. No soy un asesino profesional, ¿lo entiende?

—Pero…

—No le dé más vueltas, compañero —Richard señaló hacia la parte del saloon donde
estaban los hombres sentados a las mesas—. De todas formas, aquí encontrará mucha
mano de obra.

De pronto se oyó un chasquido en la parte de arriba. Un hombre apareció por el hueco


del piso alto y chocó contra la barandilla. Se venció y desplomóse en el vacío soltando un
aullido.

El tipo golpeó contra una mesa donde se ventilaba una partida de póquer.
Los jugadores cayeron de las sillas y la mesa saltó en pedazos.

Oyéronse otros crujidos y aparecieron dos tipos zurrándose. Uno era un largo de fuerte
constitución y brazos poderosos. El otro un muchacho de unos veinticuatro o veinticinco
años, de mandíbula cuadrada y cabello castaño que le caía por la frente.

El largo tomó cierta ventaja al cazar en el hígado a su antagonista. Éste se fue contra la
pared y entonces su rival llenó los pulmones de aire y se dispuso a rematarlo.

Pero entonces ocurrió lo imprevisto. La supuesta víctima se agachó rapidísimamente y el


puño del largo se hundió en la pared. El joven castigó el estómago al otro, rematando la
serie con un terrible gancho al mentón. El alto se derrumbó por las escaleras, dio una vuelta
rápida en la curva y continuó rodando hasta llegar al piso bajo, donde quedó inmóvil, fuera
de combate.

El vencedor se lamió los nudillos despellejados. De pronto sus ojos se detuvieron en una
de las personas que había en el mostrador y en su cara fue apareciendo una sonrisa.

—¡Richard! —exclamó—. ¡Richard Baker!

Lee Roberts se dio cuenta de que Richard también hacia un gesto de reconocer al hombre
que le acababa de llamar por su nombre, aunque no mostró ningún entusiasmo por tal
encuentro.

El joven que había ganado la pelea descendió los peldaños de dos en dos y al llegar abajo
se adelantó rápidamente hacia Baker.

—¡Richard…! ¡A mi pecho!

Richard sacudió la cabeza.

—No te acerques, Andy.

Andy se detuvo sin borrar la sonrisa de sus labios.

—Pero, Richard, ¿es que no te alegras de verme?

—Te advertí que la próxima vez que nos viésemos te apartases de mi lado, Andy.

—Eh, oigan lo que dice mi hermano…

—No soy tu hermano.

—En otro tiempo, casi lo fuimos.

—Es posible, pero ya acabó aquello.

—Oye, Richard, han pasado tres años desde aquel día. Yo lo eché al olvido.
—Yo, no.

Andy miró a Lee Roberts.

—¿Es amigo de Richard?

—Pues… si, aunque lo conocí hace unos minutos.

—Entonces no debe formarse una mala idea de él. Quiere aparentar ser un rencoroso,
pero no lo es. Le doy mi palabra. Richard es un buen chico, casi tan bueno como yo.

Richard hizo una mueca.

—¿Qué esperas lograr con eso?

—Demonios, Richard. Nos separamos en Kansas y nos encontramos en Texas, a muchas


millas de aquel pueblo, y ya han pasado unos cuantos inviernos desde aquel día —se acercó
al rubio y le golpeó amistosamente en el hombro—. Vamos, te invito a un whisky —se
volvió hacia el de las gafas—. Y a usted también, compañero.

Roberts denegó con la cabeza.

—Gracias, pero ya agoté mi cupo.

Andy hizo una señal a Belcebú y éste puso dos vasos en el mostrador y los llenó de
whisky.

Richard observó irónicamente a Andy, pero finalmente cogió uno de los vasos y bebió un
trago.

Andy vació el suyo y se frotó las manos.

—Caramba, es estupendo eso de volver a las viejas amistades. ¿Qué hiciste todo este
tiempo, Richard?

—Fui por ahí.

—¿Bien las cosas?

—No me puedo quejar.

Andy sacó un cigarrillo del bolsillo superior de la camisa y se lo puso en los labios.

—A mí tampoco me fue mal —sonrió.

—Sí, ya sé que eres un tipo con muchos recursos. ¿A cuántos más dejaste en la estacada,
Andy?
—Vamos, Richard, no digas eso. No hay en el mundo nadie más fiel que yo. Hace cosa de
tres meses me comprometí con un mexicano de más allá de Río Grande. El asunto no hace
al caso, pero hubo un momento en que el fulano se vio acosado por media docena de
pistoleros y allí estuve yo, a su lado, derribando hombres con mi pistola.

—¿Sirvió de algo?

—Tuvo mala suerte el tipo. Puso la cabeza en el camino de una bala y el pobre murió.

—Me imagino lo demás. Tú lo despojaste de su dinero para entregarlo a la viuda.

Andy parpadeó.

—Caramba, ¿eximo lo sabes?

—Naturalmente, no pudiste hallar a la viuda.

—El tipo era de Aguas Calientes y allá me largué. Di la noticia a la fulana y en mi vida he
visto una mujer más alegre… Infiernos, me dijo que se iba a casar con un tipo al que quería,
un fulano podrido de dinero —chascó la lengua—. Eso no estuvo nada bien… Entonces me
dijo que, si yo le entregaba el dinero de su marido, él me maldecirla por todo el resto de mi
vida —se quitó el sombrero y miró hacia el techo—. Bien sabes que fue por eso, Pancho…

Lee Roberts estaba encantado oyendo aquello. Demonios, aquel tipo tenía la gracia a
manos llenas.

Por el contrario, el rubio Richard estaba muy serio observando a su antiguo amigo. Ahora
terminó de beber su vaso y dijo: —Hasta otra, Andy.

—Eh, ¿adónde vas?

—Me largo de aquí.

—¿Tienes algo que hacer en otra parte? —No, no tengo nada que hacer. Sólo me voy
porque quiero apartarme de ti lo más pronto posible.

—Mírelo, amigo —dijo Andy a Roberts—. Cualquiera diría que no me quiere, pero está
mintiendo. Apuesto a que todo este tiempo me echaste de menos, ¿eh, Richard?

—Tanto como a una vieja desdentada.

—No debes ser así, hombre. ¿Por qué no celebramos este encuentro? Para que veas
quién soy yo, tengo solamente diez dólares en el bolsillo, pero estoy dispuesto a gastarlos
en una buena juerga —miró hacia el piso—. Infiernos, eso me recuerda que dejé a un par de
buenas mexicanas allá arriba. Anda, date prisa, Richard. Te cederé la mejor y eso te
demostrará mi buena voluntad —guiñó un ojo—. Una fulana con tantas curvas como el
desfiladero de San Cristóbal…
—Yo paso —dijo Richard, y agregó mirando a Roberts—: Buena suerte, amigo.

Roberts corrió hacia el rubio y lo tomó de un brazo.

—¡Espere, Richard!

—¿A qué tengo que esperar?

Lee se mojó los labios con la lengua.

—Quería proponerles un negocio.

—¿Proponernos? —dijo Richard, frunciendo el entrecejo—. ¿Se refiere a ése y a mí?

—Sí, señor —asintió Roberts—. Necesito un par de tipos para mi asunto…

—Gracias, compañero, pero si ya tiene a Andy, sólo ha de buscarse otro tipo.

—Quiero que sea usted.

—¿Por qué?

—Me gusta su formalidad.

—Ya le dije antes que yo no mato por dinero —miró a Andy—. Quizá a él le interese.

—No hay que matar a nadie —explicó Roberts.

—¿No?

—No, señor. Puede estar seguro de ello. Y además, voy a pagarles bien.

—¿Cuánto?

—Doscientos dólares a cada uno.

—¿Doscientos y no hay que matar a nadie?

—Es lo que acabo de decir y además tiene usted mi palabra.

Richard se frotó la mejilla con el dorso de la mano.

—¿Es imprescindible que entre en el juego Andy?

Andy saltó:
—Eh, chico. No consiento que me apartes del negocio —palmeó sonriente la espalda de
Lee—. Compañero, me tiene a su disposición y ya puede asegurar que no encontrará en
todo Texas, Nuevo México y tierras adyacentes a un tipo…

—Tan fiel, tan desprendido y generoso —terminó la frase Richard.

Andy cabeceó.

—Gracias. Es justamente lo que iba a decir.

Roberts sonrió a los dos amigos.

—Bueno, caballeros, ¿qué les parece si nos vamos a alguna habitación para hablar de
nuestro negocio? —señaló a Belcebú—. Ya saben, me gustaría que todo lo que les voy a
decir quede entre nosotros.

—¿Cuál es su nombre? —Lee se lo dijo y entonces Richard agregó— Bien, señor Roberts.
No me comprometeré con usted hasta saber de qué se trata.

—Estoy conforme.

—Y otra cosa. Sea lo que sea lo que tengamos que hacer, seré el jefe.

Roberts miró a Andy.

—¿Tiene usted algo que oponer?

Andy sonrió pasándose una mano por el cabello.

—En absoluto, señor Roberts. Será un honor para mí que Richard Baker me pueda dar
órdenes.

—Entonces, vamos a ese reservado.

Andy hizo una señal con la mano y los precedió en el camino hacia la escalera.

En ese momento, el largo que había ido a parar allí se estaba poniendo en pie
tambaleante. Andy lo sujetó con las dos manos y el otro quedó casi inmóvil. Entonces el
joven le descargó un trallazo en el mentón mientras decía: —Y ésta por haber dudado de mi
palabra.

El tipo adquirió una enorme velocidad, cruzó por entre un montón de mesas y por último
chocó contra la pared y deslizose en el suelo.

Richard Baker dirigió una mirada de ironía a Andy mientras éste, haciendo una
reverencia ante la escalera, decía: —Caballeros, ustedes primero.
CAPÍTULO III

Estaban sentados alrededor de una mesa.

Richard y Andy observaron cómo Lee Roberts limpiaba los lentes con un pañuelo.

Finalmente, después de calárselos otra vez, sonrió.

—Yo vivo en la ciudad de Rockfield. ¿La conocen?

Tanto Andy como Richard negaron con la cabeza y Lee prosiguió: —Rockfield está
situada a unas ciento cincuenta millas al Norte. En territorio de Nuevo México. Es un valle
por donde corre el rió Rocky. Gracias a sus aguas aquello es casi un paraíso.

Richard sacó una bolsa de tabaco y se puso a liar un cigarrillo. Andy, al ver que no le
invitaban, cogió la bolsa por su propia decisión y Richard le dirigió una dura mirada.

—Es allí donde tienen que realizar su trabajo —dijo Roberts.

—Al grano, amigo —intervino Richard—. ¿Qué es lo que quiere que hagamos?

—Raptar a una mujer.

Andy dio un respingo en la silla.

—Caramba, eso es bueno —sus ojos brillaron regocijadamente—. Descríbala, muchacho.

Richard se puso en pie.

—Podía haber empezado por ahí. No cuente conmigo.

—Eh, no se vaya —saltó Roberts—. Todo va a ser una comedia.

—¿Cómo?

—Lo que oye. Una farsa.

Baker permaneció unos instantes mirando a Roberts y por último volvió a ocupar la silla.

—¿Por qué quiere que raptemos a esa mujer?

—Es justamente la muchacha con la que me voy a casar.

Andy se echó a reír.


—Creo que esto es lo más divertido que me ha pasado en toda mi vida.

Richard había fruncido el entrecejo sin apartar la mirada de la cara de Lee.

—Oiga, ¿está bien de la cabeza?

—Sí.

—¿Y nos quiere contratar para raptar a la mujer que va a ser su esposa?

—Es que yo no quiero casarme con ella.

—Bueno, las cosas comienzan a aclararse un poco.

—Verán, amigos. Mi padre es un rico ranchero de Rockfield, y el padre de ella el segundo


hombre importante en el condado. Su nombre es Cárter Fleischman. Su hija se llama Susan
—Roberts hizo una pausa—. Cárter Fleischman y mi padre nunca se han llevado bien. Al
ser los dos hombres más ricos de Rockfield, siempre han estado a la gresca. Ha habido
épocas en que su lucha ha provocado derramamientos de sangre. Discutían por cualquier
motivo, por los pastos, por el agua o por las tierras. Así las cosas, a mi padre se le ocurrió
una idea, la de casarme con la hija de Fleischman. Si Susan y yo nos casábamos toda la lucha
terminaba y a la muerte de él y de Fleischman, los dos ranchos quedarían unidos para
siempre.

Andy terminó de liar el cigarrillo.

—Caramba, su padre es un tipo que piensa a lo grande.

Richard expelió una bocanada de humo.

—Pero a usted no le gustó la idea, ¿eh, Roberts?

—No, señor.

—Me imagino el motivo. Hay otra mujer.

Lee sonrió.

—Lo ha adivinado, Richard.

Andy dio un manotazo en el aire.

—Debe olvidar a esa mujer sea quien sea. A usted le conviene Susan Fleischman. Es la
que tiene la pasta.

—A mí no me interesa el dinero, Andy.

—Oh, el amor… —dijo Andy con ironía.


Richard preguntó:

—¿Quién es su chica, Lee?

—Ellen Walsh.

—¿Lo sabe su padre?

—Desde luego que lo sabe. He querido a Ellen desde que yo tenía catorce años y ella
doce.

—Pero Ellen Walsh es pobre.

—Si.

—¿A qué se dedica?

—Lavandera. Mi padre no ha querido nunca oírme hablar del asunto, pero yo quiero
casarme con Ellen a cualquier precio. ¿Entiende mi combinación? Deseo que ustedes rapten
a Susan Fleischman.

—Ello quiere decir que Cárter Fleischman y su padre ya están de acuerdo en su


matrimonio con Susan.

—Desde luego. Está todo preparado.

—¿Y qué dice Susan a eso? —preguntó Baker.

—Susan no está enamorada de mí, pero tampoco quiere a nadie todavía. Su padre es un
tirano y ella no tiene más remedio que obedecerle.

—Ya entiendo. Susan irá al matrimonio como una oveja que se sacrifica en el matadero.

—Algo así. Pero ustedes lo van a impedir, amigos.

Andy soltó una risita.

—Cuente con ello, compañero. Nunca he raptado a una mujer. Es una aventura nueva.

Richard lo miró a los ojos.

—¿En qué estás pensando, Andy?

—¿Yo? En nada.

Baker dejó caer el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el tacón de la bota.

—Ande, Roberts, continúe con los detalles.


—Creo que la mayor parte está explicada. Ustedes raptarán a Susan y la mantendrán dos
días en la montaña. Mientras esté con ustedes, a la chica no le puede pasar nada.

—Ya lo has oído, Andy. A la chica no puede pasarle nada.

—Nosotros la defenderemos. No se preocupe, Lee.

Roberts carraspeó.

—Naturalmente, se organizarán batidas, para dar con el paradero de la muchacha, pero


tengo un escondite para ustedes que descubrí en una de mis excursiones por los montes.
He hecho un plano de modo que no se pueden perder. También tengo otro de la casa de
Fleischman. He señalado con una cruz la habitación de Susan.

Sacó los dos planos, que extendió ante sí.

Andy se puso en pie, y observó los papeles. Por último, Richard Baker dijo: —Está bien.
Lee. Aceptaremos su encargo.

—Una pregunta —dijo Andy.

—Hágala.

—¿Supone que después del rapto ya no habrá boda entre usted y Susan?

—Desde luego que no. Susan habrá permanecido dos días con sus secuestradores, y mi
padre no consentirá tal matrimonio.

Richard se pasó el dorso de la mano por el mentón.

—Si todos los hombres pensasen como su padre, esa chica no se podría casar nunca.

Andy se echó a reír.

—A una chica con tanto dinero como Susan Fleischman la pueden secuestrar cinco veces,
y siempre encontrará alguien para casarse. ¿Hablo bien, señor Roberts?

—Habla perfectamente, Andy. En la comarca hay no menos de treinta hombres que se


considerarían felices de casarse con Susan después de haber sido secuestrada. Además,
hemos de tener en cuenta una cosa. A la chica no le va a pasar nada —los ojos de Lee
miraron alternativamente a los dos hombres—. Me lo han de prometer ustedes.

—Tiene nuestra palabra —asintió Baker.

Lee Roberts extrajo la cartera y de ella un montón de billetes.


—Les pagaré cien dólares adelantados. Cuando hayan devuelto a la chica al cabo de los
dos días, ustedes volverán aquí. Yo me dejaré caer otra vez por Losa Fría para pagarles el
resto. ¿Están de acuerdo?

Richard y Andy asintieron.

Les dejó el dinero sobre la mesa y se puso en pie.

—Quiero que efectúen el secuestro pasado mañana por la noche.

—¿Cuál es la mejor hora?

—Alrededor de las doce. En el plano les he señalado el camino que han de seguir para
llegar a la casa. En estos días hace mucho calor en Rockfield y Susan acostumbra a dormir
con la ventana abierta. Me cercioré bien. El acceso a la ventana es bastante fácil gracias a
unas enredaderas que crecen por sobre la pared. Desde luego, pueden sostener
perfectamente el peso de un hombre. En fin, espero que ustedes se lo organicen bien para
no ser sorprendidos mientras realizan el trabajo.

—Descuide, Lee —dijo Baker—. Todo saldrá bien.

Roberts cambió un apretón de manos con sus dos cómplices.

—Como yo seré uno de los que salgan en persecución de ustedes, me las arreglaré para
mandar al grupo que busque por las montañas donde ustedes estarán. De esa forma,
mantendré alejados a los hombres.

—Corriente, Lee.

—No hay más que hablar —Roberts sonrió—. Creo que mi viaje a Losa Fría ha sido
fructífero. Hasta la vista, amigos.

Salió de la habitación, dejando solos a Richard y a Andy. Éste alargó la mano para coger el
dinero, pero Baker le atrapo la muñeca.

—Estate quieto.

—Eh, chico. Ahí hay cien dólares que son míos.

—Soy el jefe y mi primera orden es que no se hará el reparto hasta que el asunto haya
concluido.

—¿Sí? ¿Y qué vas a hacer con los billetes?

—Yo seré el guardián de todo el rebaño —dijo Richard, y cogiendo los billetes, los guardó
en el bolsillo.
Andy lo miró con las cejas enarcadas.

—Tú no eras así antes, Richard.

—La vida me ha hecho cambiar un poco. No me fío de nadie. Si te diese los cien dólares,
serias capaz de largarte. Ya lo hiciste una vez…

—Pero. Richard, ¿cómo voy a perder la oportunidad de ganar otros cien…?

—Parece que has olvidado una cosa en este asunto.

—¿El qué?

—Si nos atrapan con las manos en la masa, nos ahorcarán.

—¿Qué dices?

—Lee Roberts no podrá hacer nada por nosotros en ese caso. ¿Crees que podría decir
que él nos ha pagado para que secuestremos a su prometida?

—¡Demonios! —exclamó Andy, rascándose por detrás de la oreja —. Eso es cierto.

—Ahí lo tienes. Hemos de proceder como si realmente fuésemos dos secuestradores a


quienes se les hubiese ocurrido echar mano a Susan Fleischman para pedir un rescate a su
padre.

—Entonces, lo que debemos hacer es divertirnos un poco antes por si las cosas se ponen
feas… Tenemos doscientos dólares y aquí hay mujeres estupendas… No hace falta que
salgamos ahora mismo para Rockfield. Pasaremos aquí la noche y nos correremos una
buena juerga. Mañana por la mañana ganaremos el tiempo perdido.

Richard se puso en pie.

—No habrá ninguna juerga, Andy. Ahora mismo partimos para Rockfield.

—Pero, muchacho…

—Es mi segunda orden. Vamos, Andy.

Baker salió de la habitación y Andy, tras soltar unos juramentos por lo bajo, no tuvo más
remedio que ir en pos de su antiguo amigo.
CAPÍTULO IV

El silencio de la noche sólo era interrumpido por los graznidos de los pájaros nocturnos.

Richard Baker y Andy Mahoney descabalgaron de los caballos, bajo la gran copa del
árbol.

—Tú esperarás aquí —dijo Richard—, y yo iré por la muchacha.

—¿Por qué no lo hacemos al revés?

—Tú te conformarás con el papel que yo te asigne.

—Está bien, Richard.

—Ten mucho cuidado. Si alguien se acerca haces la antigua señal india.

—Ya lo sé, imito a la lechuza.

Richard observó la casa a lo lejos. Un par de ventanas aparecían iluminadas y una de ellas
era justamente la que correspondía al dormitorio de Susan Fleischman.

—Parece que la novia está desvelada —dijo Andy, y soltó una risita.

Richard se volvió.

—¿Quieres callarte de una vez? Estaré de vuelta dentro de quince minutos.

Echó a andar agachado y pocos minutos más tarde llegaba ante la casa.

Desplazóse hasta el pie de la ventana por donde tenía que trepar y detúvose de nuevo
junto a las enredaderas. Movió las ramas comprobando que podrían resistir su peso, tal
como había dicho Lee Roberts.

A la derecha, a unas treinta yardas, estaba el cobertizo de los cow-boys, a oscuras, en


silencio.

Empezó a trepar, pero al instante se quedó quieto porque las hojas hicieron mucho ruido.

Lo intentó de nuevo, y cuando estaba a mitad de camino, una rama se tronchó.

De pronto oyó pasos arriba y rápidamente se introdujo entre las hojas permaneciendo
quieto.
Los pasos cesaron y supuso que Susan Fleischman estaba ahora asomada a la ventana,
mirando hacia abajo.

Sonó un maullido en el suelo.

—¿Eres tú, «Júpiter»? —dijo una voz femenina.

Se produjo otro maullido.

—Pobre «Júpiter»… Estás muy solo. Anda, sube aquí.

Baker soltó una maldición por si al gato se le ocurría subir.

—Anda, «Júpiter», ven a mis brazos…

Baker oyó un ruido entre las hojas. Demonios, el gato estaba subiendo. De pronto lo vio
ante sí, y el gato soltó un bufido y se quedó quieto, mirándolo fijamente con sus ojos
fosforescentes.

—¿Qué es lo que has visto, «Júpiter»? —preguntó la joven.

El gato no le contestó porque no sabía hablar.

—Anda, «Júpiter», ven y deja eso.

El minino dejó de mirar a Baker y siguió trepando, pero al hacerlo pasó el rabo por
debajo de la nariz de Baker, quien instantáneamente sintió unos terribles deseos de
estornudar. Apretó los dientes para evitarlo, y luego se puso una mano en la boca. De esta
forma, pasó el peligro.

Arriba oyó otra vez la voz de la joven:

—Anda, «Júpiter», entra.

Pero Baker hizo un movimiento con el brazo, sacudiendo las ramas, y el gato descendió
como un rayo.

—¿Qué te pasa, «Júpiter»? —dijo la joven.

El gato huyó.

Baker soltó una retahíla de imprecaciones para sus adentros.

Infiernos, aquel «Júpiter» había hecho peligrosa su misión.

La joven dio un suspiro y finalmente se apartó de la ventana.

Baker dejó transcurrir unos minutos y continuó ascendiendo.


Ahora ya no tuvo ninguna dificultad en llegar hasta la ventana.

Asomó la cabeza poco a poco por el hueco.

Vio a la joven que se cubría con un camisón. Estaba sentada ante el espejo. Por fortuna,
éste no enfrentaba con la ventana.

Susan Fleischman poseía un cabello renegrido, muy largo, que le llegaba hasta más abajo
de la cintura.

Pasó una pierna por el alféizar y luego la otra, pero al depositar ésta en el suelo, el cuero
de la bota dio un crujido.

La joven, que estaba frente al tocador, volvióse bruscamente, sobresaltada.

Baker quedó absorto contemplando el rostro más bello que le había sido dado a conocer
en toda su vida. El óvalo era perfecto, de frente abombada y ojos muy grandes, negros, las
cejas finamente trazadas en arco, la nariz recta, sensitiva, y los labios un poco salientes,
gruesos y rojos.

Pero lo que cabía admirar más era que el cuerpo de aquella muchacha estaba en
consonancia con su cara.

A pesar del camisón, uno podía intuir que bajo él había suaves y mórbidas turgencias.

—¡Oh! —exclamó ella, rompiendo el silencio.

Richard Baker no había contado con que pudiera ser sorprendido en plena faena.

Echó mano al revólver, el cual desenfundó con su ligereza acostumbrada.

—Silencio, señorita Fleischman.

La joven parpadeó.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

—Si da un solo grito me obligará a hacerle daño.

—Ya entiendo. Es un ladrón.

—En cierto modo.

—Será mejor que se marche ahora que ha sido descubierto.

Baker echó a andar hacia ella.

—Es usted muy bonita, señorita Fleischman.


—Ciertos requiebros están de más a tales horas de la noche.

—Es lo primero que se me ha ocurrido mirándola.

Ella pareció percatarse entonces de que estaba en camisón y rápidamente fue hacia la
cama, y tomando un batín, se lo puso con mucha rapidez.

Baker se había detenido y ahora se dijo que la joven había ganado con el batín, ya que, al
apretarse el cinturón, el cuerpo femenino mostraba mejor las curvas de que estaba
provisto.

—Márchese —dijo ella.

—Tendrá usted que acompañarme, señorita Fleischman.

—¿Cómo?

—Ha de venir conmigo.

—No le entiendo.

—No es momento para que le dé explicaciones.

—¿Quiere decir que va a secuestrarme?

—Si, señorita Fleischman.

—No lo consentiré.

—Oiga, señorita Fleischman. No pienso hacerle ningún daño. Puede estar segura de ello.
Si usted accede al secuestro, todo irá bien.

—Me decepciona usted profundamente.

—¿Si?

—Por su cara no parece un delincuente. Se diría que es un hombre serio.

—Lo soy. Cumplo siempre con mis obligaciones, y la de esta noche es la de raptarla a
usted —Baker avanzó sobre ella.

—Deténgase o grito.

—No haga eso, señorita Fleischman. Tenga en cuenta que le apunta una pistola.

—No se atreverá a disparar.


Baker se dijo que ella tenía razón. Naturalmente, no iba a disparar. Sólo había sacado el
revólver para amedrentar a la muchacha, pero Susan Fleischman no se había asustado. Por
el contrario, allí estaba sosteniendo una conversación con la mayor naturalidad del mundo.
Demonios, aquella mujer poseía muchas cosas: belleza, hermosura y temple.

—Por favor, señorita Fleischman. No me complique la vida.

—Eso sí que resulta gracioso. Estoy tranquilamente en mi dormitorio, y usted irrumpe


por la ventana, me anuncia con la mayor tranquilidad que pretende secuestrarme, y ahora
es usted quien me dice a mí que yo le complico la vida.

—Así es.

—Es usted un cínico y no le voy a hacer ningún caso.

—Sea buena, señorita Fleischman.

—Voy a gritar, secuestrador.

—No lo haga.

—Me dijeron que poseía una buena voz. Creo que es éste el momento más apropiado
para comprobarlo.

La joven abrió la boca para gritar.

Baker saltó para cubrirle la boca, pero ella trató de burlarlo.

Baker perdió el equilibrio y entonces rodeó con su brazo la, cintura de la joven
arrastrándola en su caída.

Sonó un golpe sordo mientras Richard se desplomaba en el suelo.

De pronto se dio cuenta de que la joven estaba tendida a su lado, inmóvil. Comprendió lo
que había pasado. La señorita Fleischman se había golpeado en su caída contra las patas de
la cama perdiendo el sentido.

Púsose de rodillas y rozó suavemente las mejillas femeninas.

—¡Señorita Fleischman…! ¡Señorita Fleischman!

La joven no respondió.

Le tomó el pulso. No, no estaba muerta.

Bueno, él había intentado hacerlo lo mejor posible.


Rápidamente se puso en pie, tomó una sábana y la extendió sobre la cama. Luego se
acercó a un armario y alcanzó unos cuantos vestidos, ropa interior y un par de zapatos. Lo
deposito todo en la sábana y luego hizo un nudo con los cuatro extremos.

Acercóse a la ventana y después de cerciorarse de que abajo no había nadie, dejó caer el
bulto al pie de la enredadera. Luego regresó al armario, abrió un cajón y extrajo dos
pañuelos Con uno de ellos trabó las muñecas de la joven y con el otro la amordazó,
cerciorándose de que podía respirar perfectamente.

Por último, tomó a la joven en brazos y dirigióse a la ventana. Roberts había dicho que la
enredadera podía soportar perfectamente el peso de un cuerpo, pero ahora ellos eran dos.

Le costó no poco esfuerzo traspasar el alféizar, y luego, con la joven al hombro, empezó a
descender.

Algunas ramas empezaron a quebrarse.

Baker bajó lo más rápidamente que pudo, y cuando ya estaba a punto de alcanzar el
suelo, se vino abajo con su carga. Trató de caer en la mejor forma posible para que la joven
no se hiciese daño, pero él estuvo a punto de romperse un hueso cuando su cadera golpeó
contra la tierra. Sintió un estremecimiento al ver los pies de un hombre a una yarda de él.

Rápidamente se irguió desenfundando con la izquierda.

—Ten cuidado, muchacho —oyó una voz.

Era Andy.

—Maldito seas, ¿por qué no te quedaste bajo el árbol?

—¿Es ése tu agradecimiento? Vine a echarte una mano. Yo llevaré a la muchacha.

—No pienses en ello. Tú te encargas del bulto.

Pero ya Andy había avanzado hacia la joven y se detuvo observando su cara a la luz que
llegaba desde la parte de la ventana.

—¡Cuernos sagrados! ¿Qué clase de estúpido es ese Lee Roberts? ¡Esta mujer tiene de
todo!

Baker cogió a la joven y se la puso otra vez sobre el hombro.

—Vámonos antes de que nos descubran.

Andy rió.

—Creo que vamos a tener una buena compañía durante los próximos dos días.
Baker lo fulminó con la mirada.

—Las manos quietas, Andy.

Andy tomó el bulto y los dos compañeros echaron a andar hacia el lugar donde habían
dejado los caballos.

Baker depositó a la señorita Fleischman en su montura y luego él trepó a lo alto.

Inmediatamente iniciaron el camino hacia el escondite que Lee Roberts les había
señalado.
CAPÍTULO V

Eran las ocho de la mañana cuando Lee Roberts llegó a la casa de Cárter Fleischman.

El capataz de Fleischman, Edward Merwin, estaba en el porche.

Roberts se preparó para oír de Merwin que Susan Fleischman había sido secuestrada.
Miró la cara del capataz.

—Buenos días, Merwin.

El capataz contestó:

—¿Qué tal le va, señor Lee? Viene muy de mañana por aquí.

Roberts frunció el entrecejo, pero luego sonrió.

—Siempre me levanto muy temprano y esta mañana me encontraba un poco aburrido,


de modo que me dije que debía darme una vuelta por aquí para ver a Susan.

Los ojos del capataz brillaron y ese detalle no pasó inadvertido para Lee. Él sabía
perfectamente que Merwin estaba por Susan Fleischman.

El capataz movió la cabeza.

—Nadie me ha dicho cuándo va a ser la boda.

—Todavía no hemos fijado la fecha —dijo Lee, y empezó a sentirse intranquilo.


Demonios, ¿por qué no le decía el capataz que Susan había desaparecido? — ¿Qué, Merwin?
¿Hay alguna novedad por aquí?

El capataz se rascó el cogote.

—Ninguna, a no ser que ayer nos encontramos con los cow-boys de su padre y pasamos
un buen rato charlando.

—Caramba, eso hacía ya tiempo que no ocurría, ¿eh, Merwin?

—Sí. Las cosas han cambiado. Se acabaron los tiros y las peleas entre el Doble Barra y el
Estrella Dorada.

—Ya era hora —Roberts se mojó los labios con la lengua—. Y… ¿no hay nada más?

—¿Qué quiere que haya?


—Bueno —carraspeó Roberts sonriendo forzadamente—. Me dijeron que ibais a llevar
ganado a los Pozos de Arroyo Chico. En esos pozos nadie podía abrevar, ni vosotros ni
nosotros, porque estaban en terreno de nadie.

—Todavía no hemos ido por Arroyo Chico, pero pensábamos hacerlo hoy.

—Justamente antes de salir de casa, ordené a Albert Blood que se llevase allí un rebaño
de quinientas cabezas.

—Celebraré hablar con Blood. Yo también iré por allí.

Se hizo una pausa y Roberts quedóse mirando el rostro del capataz de Fleischman. ¿Qué
era lo que había pasado? ¿Es que Richard Baker y Andy Mahoney no se habían dejado caer
por allí la noche anterior para secuestrar a Susan? ¿Y si los dos tipos habían decidido
largarse con los doscientos dólares?

¡Por todos los infiernos! No había servido de nada su viaje a Losa Fría. Las cosas seguían
estando como antes y él había perdido su dinero.

De pronto se le ocurrió una cosa. Era muy temprano. ¿Cómo no lo había pensado antes?
Susan acostumbraba a levantarse mucho más tarde.

—¿Has visto a Susan, Merwin?

—No. Todavía no ha bajado a desayunar.

Soltó un suspiro para sus adentros cerrando los ojos, y cuando los volvió a abrir, dijo: —
Supongo que mi futuro suegro ya estará en su despacho.

—Allá está desde las seis de la mañana haciendo números. Quiere saber cuántas cabezas
de ganado tendrán ustedes cuando el Doble Barra y el Estrella Dorada tengan un solo
dueño.

—Sí, señor… Tendremos miles de reses. Hasta luego, Merwin.

El capataz emitió un gruñido y Roberts entró en la casa encaminándose directamente


hacia el despacho.

Llamó a la puerta y una voz ronca le autorizó la entrada.

Cárter Fleischman estaba por los cincuenta años de edad era grueso, de cabeza poderosa,
cara ancha y nariz chata.

—Hola, Roberts.

Lee cerró la puerta y avanzó hacia un sillón de cuero, donde se sentó.


—¿Qué tal van esos pies, señor Fleischman?

Cárter padecía de los pies. Se le hinchaban cuando andaba demasiado y jamás se podía
curar porque no obedecía las órdenes del médico.

—Perfectamente, muchacho. Hoy me encuentro como nunca. ¿Y tu padre? ¿Cómo está de


su tripa?

Douglas Roberts tenía fama de glotón en todo el condado de Rockfield. Cierta vez, por
una apuesta, se había comido una oveja entera. Se quejaba alguna vez de que tenía en el
estómago un volcán.

—Todo se le ha pasado desde que anunció mi boda con Susan. A propósito de ella, hace
más de tres días que no la veo.

—Está magníficamente —sonrió Cárter—. Sí, Lee, te vas a llevar a la chica más bonita del
condado.

Lee se removió inquieto en el sillón.

—No lo dudo, señor Fleischman —carraspeó—. Quisiera hablar con ella.

—Todavía no se ha levantado. A Susan se le pegan las sábanas. Será una costumbre que
tú le tendrás que quitar.

Roberts se dijo que debía provocar el descubrimiento del rapto de Susan.

—Podría mandar a despertarla a una criada. Ya sabe, señor Fleischman. Tengo mucho
trabajo y sólo podré estar aquí unos minutos.

—Claro que sí, muchacho. Ahora mismo mando a Rosa que la despierte.

Fleischman agitó una campanilla que había sobre la mesa. Al cabo de unos minutos se
abrió la puerta y apareció una mujer de unos cuarenta años, de cara alargada.

Fleischman ordenó:

—Despierta a Susan, Rosa, y dile que está aquí su prometido.

—Ahora mismo, señor.

La criada salió de la habitación.

—Con tu permiso. Lee —dijo Fleischman—. Estoy haciendo unas cuentas.

—Continúe, señor Fleischman. No se preocupe por mí.


Lee se relajó en el sillón mientras acompañaba con el pensamiento a Rosa. Ahora estaba
subiendo la escalera, cruzaba el pasillo, se detenía ante la puerta, llamaba… No, Susan no le
respondía. Otra llamada. Ahora Rosa se decidía a abrir la puerta por su cuenta para
despertar a la joven. Ya estaba dentro de la habitación. Demonios, la cama se hallaba vacía…
Rosa se movía inquieta de un lado a otro. Veía la ventana abierta, se asomaba por ella. No,
Susan no se encontraba por ninguna parte. Ahora es cuando debía gritar.

Esperó aquel grito, pero no se produjo. ¿Dónde infiernos estaba el fallo?

—¿Qué te pasa, Lee? —Oyó que le preguntaba de pronto Fleischman.

—¿A mí?

—Sí. Te veo inquieto, nervioso.

—No, señor —sonrió Lee—. No estoy nervioso.

—Te comprendo, muchacho, te comprendo… Es Susan, ¿eh?

—Pues sí, señor, debe ser eso. Susan…

Fleischman dio un suspiro.

—A mí me ocurría lo mismo cuando iba a casa de la madre de Susan… ¡Qué tiempos


aquellos…! Te contaré la historia…

Lee Roberts había oído muchas veces a Fleischman la historia de cómo conquistó a su
mujer en el transcurso de un rodeo, siendo el primero en el lazo, en la doma de potros
salvajes…

De pronto, de la parte superior de la casa llegó el aullido.

Era Rosa.

Fleischman pegó un salto en la silla.

—¿Qué es eso?

—No he oído nada —dijo Roberts, tranquilizados sus adentros porque Rosa acababa de
descubrir la desaparición de Susan.

—Es Rosa, la criada —repuso Cárter—. Ha dado un grito…

Fleischman rodeó la mesa y abrió la puerta de un tirón.

Lee se puso en pie y fue tras el ranchero.


Rosa bajó las escaleras como alma perseguida por el diablo y llevándose las manos a la
cabeza, exclamó: —¡Ha desaparecido! ¡No está!

—¿Qué es lo que dices, Rosa? —rugió Fleischman—. ¿Cómo no va a estar Susan en su


dormitorio?

—No se trata de Susan. A ella la desperté y me dijo que despertase también a la señorita
Marión. ¡Es ella quien ha desaparecido!

Roberts se quedó con la boca abierta.

—¿Marión…? ¿Qué Marión? —Galleó.

—¡Cuernos sagrados! —exclamó Fleischman—. ¿Cómo no va a estar Marión, Rosa?

—Se lo juro, señor Fleischman… Entré en el dormitorio, la cama estaba deshecha, pero lo
más extraño de todo es que el armario estaba abierto y he notado a faltar el vestido que la
señorita Marión llevaba puesto ayer.

—¡No es posible!

—Marión —repitió Lee Roberts como un sonámbulo—. ¿Quiere alguien decirme quién es
Marión?

En aquel momento sufrió otro sobresalto. Por la escalera vio surgir a Susan Fleischman,
la mujer con la que él se tenía que desposar.

—¿Qué es lo que pasa? —inquirió Susan, dirigiéndose al grupo.

Susan estaba por los veinte años de edad, y era de cabellos rubios, cara un poco alargada,
de ojos grandes y boca corta. Le faltaba un poco de peso para ser considerada como un
fruto en sazón.

—Rosa dice que Marión ha desaparecido —contestó Cárter.

—He oído lo último que ha dicho… Pero eso es absurdo… ¿Cómo va a desaparecer?

Lee Roberts se apoyó en la pared porque sintió que le flojeaban las piernas.

—Por favor, ¿quieren decirme ustedes quién es esa Marión?

—Es mi sobrina —repuso Fleischman—. La hija de mi hermano Saúl, con el que no me


hablaba desde hace treinta y cinco años… Al final hemos hecho las paces y, en prueba de mi
buena predisposición, le rogué que me mandase a su hija. Llegó anoche.

Lee Roberts creyó que se desmayaba. Él podía suponer lo demás. Susan había cedido a
Marión su dormitorio. Todo estaba claro ahora. Richard Baker y Andy Mahoney habían
cumplido con su parte. Se habían llegado al rancho la noche anterior para raptar a Susan,
pero había ocurrido una cosa. No se habían llevado a Susan Fleischman, sino a Marión, la
prima recién llegada del Este.

El capataz Marwin entró en la casa.

—¿Qué ocurre?

Fleischman lo puso al corriente y luego agregó:

—Vamos, Ed. Llama a todos los hombres disponibles. Hemos de encontrar a Marión,
aunque sea lo último que haga en mi vida. Quizá salió a dar un paseo.

—¿Escapando por la ventana? —dijo Rosa.

—¡Cállate, maldita sea! —exclamó Cárter.

—¡Papá! —dijo Susan—. ¡Tal como están las cosas sólo parece una cosa!

—No lo digas, hija.

Pero Susan lo dijo:

—¡Un secuestro…!
CAPÍTULO VI

—Demonios —dijo Andy—. Esta muchacha tiene sueño atrasado…

Baker, a la entrada de la cueva, miró el sol que se levantaba por encima de los montes.

—Quizá se dio un golpe más fuerte de lo que yo imaginaba.

Andy volvió la cabeza observando a la joven que estaba descansando en el suelo.

—Cualquiera diría que la hemos dejado sobre un lecho de algodón.

Justamente, en ese momento la secuestrada empezó a despertar.

—Bien; ya la tenemos ahí —murmuró Andy.

Los dos se metieron en la cueva y Richard señaló la hoguera en donde se calentaba el


café.

—Prepara un vaso. Se sentirá con ganas.

La joven miró a un lado y otro, tendida todavía, y de pronto dio un salto y quedó sentada
en el suelo. El batín se le había abierto mostrando sus pantorrillas, justo el lugar donde los
ojos de los dos amigos convergían ahora. Ella se cubrió con el batín.

—¿Quiénes son ustedes…? Ah, sí, ya comprendo. Los secuestradores.

Richard movió la cabeza.

—No hace falta que le pregunte si durmió bien, señorita Fleischman —sonrió
irónicamente—. No la oímos en toda la noche.

La joven enarcó el busto.

—Me pasé tres días viajando, y estaba tan cansada que anoche no podía pegar un ojo.
Sabía que en cuanto empezase a dormir quedaría como un tronco.

—¿Dice que ha estado viajando?

—Sí. Llegué ayer a Rockfield.

—No diga tonterías. Usted estaba en Rockfield ayer y anteayer, señorita Fleischman.

—Tenía una idea del bravo Oeste, pero no sabía que ustedes estuvieran tan bien
informados de mi viaje para secuestrarme el mismo día de mi llegada.
Richard y Andy se miraron un poco perplejos.

—Oiga, señorita Fleischman —rezongó Baker—. Nosotros sólo queremos cobrar un


dinero por el secuestro de su linda figura. En cuanto su padre nos largue la pasta, usted
volverá con él.

Richard tenía que disimular. Al cabo de cuarenta y ocho horas ellos devolverían a la
muchacha porque no iban a pedir el rescate. Simularían un poco de temor ante las
consecuencias de un acto semejante y dejarían a la muchacha a prudente distancia de la
casa de donde la habían sacado.

La joven ladeó la cabeza.

—¿Piensan pedir dinero a mi padre?

—Eso es lo que he dicho —asintió Richard.

—Todo resulta muy extraño, pero si lo han planeado tan bien, confesaré que son únicos.

—Gracias, señorita Fleischman.

—Mi padre vive en Independence, Missouri.

—¿Cómo?

—Independence, Missouri.

—¿A quién quiere engañar, señorita Fleischman?

—A nadie.

—Su padre vive en Rockfield.

—No, señor.

Richard soltó una risita.

—Será mejor que continúe durmiendo, señorita Fleischman. Luego tomará café.

Baker dio media vuelta y se acercó a Andy, quien ya había llenado dos vasos con el
brebaje.

La joven se puso en pie mirando a los dos hombres.

—Aclaremos un poco las cosas.

—Punto en boca, nena —dijo Richard—. No dé la lata.


—Creo que empiezo a comprender un poco.

—Mi amigo y yo lo celebramos, señorita Fleischman. Si ya lo ha comprendido todo, deje


de hacer preguntas tontas. Puede asomarse a la entrada de la cueva y contemplar el paisaje,
pero no se le ocurra gritar si no quiere que la amordacemos de nuevo.

Pero la joven no se calló.

—Yo no soy Susan Fleischman.

—No, ya sabemos que no lo es —dijo Richard—. Usted es «Juanita Calamidad».

La joven respiró otra vez agitadamente.

—Mi nombre es Marión Fleischman y mi padre Saúl Fleischman.

Andy se puso en pie haciendo una cómica reverencia.

—Permítame que me presente, señorita Fleischman. Soy Wild Bill Hickock y aquí, mi
amigo, es Jesse James.

La joven dio una patadita en el suelo.

—¡Les repito que soy Marión Fleischman! Dije antes que había comprendido cuál era la
situación. Ustedes han pretendido secuestrar a mi prima Susan, y para que terminen de
entenderlo también ustedes, les diré que Susan me cedió anoche su dormitorio.

Andy y Richard habían quedado muy serios. Fue este último quien rompió el silencio
haciendo chasquear los dedos.

—Ha estado a punto de pegármela, Susan.

—¿Sigue sin creerme, eh?

—Exactamente. Sigo sin creerla.

—¿Por qué?

—Acabo de recordar algo que sirve como prueba de que usted es Susan Fleischman.

—¿Qué prueba es ésa?

—Usted llamó al gato por su nombre, ¿lo recuerda? Yo estaba escondido bajo la ventana
cuando se desarrolló tan tierna escena.

—Usted se refiere a «Júpiter».

—Qué lista.
—Sepa de una vez que mi prima me presentó al gato anoche mientras cenábamos.

Andy torció la boca.

—Supongo que le presentaría también al perro, ¿verdad, señorita Fleischman? Y a los


caballos…

—No sea usted grosero.

Richard bebió un trago de café sin apartar los ojos del bello rostro femenino. Marión
Fleischman dijo: —Ahora que ha quedado aclarada mi identidad, les voy a hacer un ruego.
Devuélvanme a la casa de mi tío.

Richard dejó el vaso de lata en el suelo y se irguió, limpiándose la boca con un pañuelo.

—Confieso que es una buena actriz.

—No estoy haciendo ninguna representación.

—Pierde su tiempo, señorita.

La joven se mordió el labio inferior.

—¿Qué clase de tipos son ustedes que no saben comprender su error?

—Eso es lo que usted dice —repuso Andy—. Pero nosotros dimos el golpe sobre seguro.

—¿Quieres callarte? —dijo Richard.

—¡Y un cuerno! ¿Es que crees que vas a estar hablando tú siempre?

Marión cruzó los brazos.

—Ande, peleen. Me gustaría saber cuál es el vencedor.

Richard endureció los músculos faciales.

—No crea que vamos a pelear por darle gusto a usted. Naturalmente, sería bueno que los
dos quedásemos sin sentido para poder huir, ya que no ha conseguido engañarnos con sus
fábulas.

—Es usted insoportable.

—Y usted es muy tentadora, mostrando el encaje del camisón por el escote, señorita
Fleischman.

—¿Cómo se atreve? —dijo la joven, las narices estremecidas.


—Le traje un poco de ropa que encontré a mano. Póngasela.

—¿Y si no quiero?

—Me hará un favor. Yo la prefiero así. Como está ahora.

La joven fue a decir algo, pero cerró la boca.

Andy se echó a reír.

—Parece una tigresa. Me gustaría que fuese realmente Marion y no Susan. Después de
todo, con ella no habíamos contraído ninguna obligación.

Richard le dirigió una mirada rápida.

—Te dije antes que cerrases el pico.

Sobrevino otra pausa y la joven declaró:

—No esperarán que me cambie delante de ustedes.

Andy se frotó las manos.

—Sería un buen espectáculo. Que comience.

Richard movió la cabeza.

—Váyase al fondo de la cueva. Allí hay un pequeño ángulo que le servirá.

—¿Y qué harán mientras tanto ustedes?

—Fumaremos un cigarrillo aquí.

—¿Me va a hacer creer que permanecerán quietos?

—Sabremos resistir a sus encantos.

La muchacha alzó la barbilla.

—Creo que voy a correr el riesgo.

—Ande, córralo.

Marión titubeó unos segundos, pero por último fue hacia la pared donde estaba el bulto
que contenía sus ropas, y tomándolo con la diestra, se alejó hacia el interior de la cueva,
desapareciendo en la oscuridad.

Andy se rascó una patilla y de pronto se puso a andar en seguimiento de la joven.


—Eh, Andy, ¿adónde vas? —dijo Richard.

—Quiero ver si tiene alguna cicatriz.

—No tiene ninguna.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé y basta. Quédate aquí y recuerda que soy el jefe.

Andy regresó junto a Baker y se sentó en una piedra.

De pronto oyeron un siseo y Richard echó mano al revólver.

Allá a la entrada de la cueva vieron aparecer la figura de Lee Roberts, el cual les hizo una
señal para que acudiesen a su lado.

Los dos jóvenes salieron fuera de la cueva… Roberts estaba pegado a la pared.

—¡Santo cielo…! ¡Se equivocaron!

Richard y Andy quedaron sin habla. Lee prosiguió: —La muchacha que trajeron es
Marión Fleischman, la prima de Susan —a continuación, contó las circunstancias que
habían concurrido en el secuestro.

Richard dio un bufido.

—Maldita sea, ha sido una fatal coincidencia.

—¿Y qué hacemos ahora? —dijo Andy.

—Cárter Fleischman está preparando una batida —siguió explicando Roberts—. Dije que
me adelantada para examinar estos montes —sacó un pañuelo con el que se enjugó el
sudor de la cara —. Infiernos, tenía que pasarme a mí todo esto.

Richard se rascó la patilla, meditativo.

—Me reiría si las circunstancias no fuesen un poco serias para usted, Lee.

—Tienen que devolver a Marión y secuestrar a Susan.

—Oiga, con tanto secuestro, ¿cree usted que nos van a tomar en serio?

—No tienen más remedio que hacerlo. No encuentro otro medio para solucionar mi
problema.

Andy dijo:
—Eso le va a costar otros doscientos dólares.

—¿Cómo? —saltó Lee.

—Nosotros no somos responsables del error, y si devolvemos a Marión y traemos aquí a


Susan, serán dos secuestros.

Lee dio un suspiro.

—Está bien, cuenten con doscientos dólares extras por cabeza, pero, por lo que más
quieran, háganlo bien esta vez. Si se esperan a esta noche para ir al rancho, pueden hacer el
cambio de una por otra. Luego vayan a la cueva de los Murciélagos. Está señalada en el
mapa que les di.

—¿Dónde encontraremos a Susan? —preguntó Richard sacando el plano de la casa.

Lee les señaló la habitación en que ahora dormía Susan.

—Está bien —asintió Richard—. Para no equivocarnos háganos una descripción de la


muchacha, no vaya a ser que nos traigamos ahora una de las criadas.

Tras la descripción de Susan, Baker aconsejó: —Ahora, lárguese antes de que se le ocurra
a Marión salir.

Roberts empezó a descender por entre rocas, pero de pronto se detuvo.

—Eh, oigan, amigos. ¿Saben a quién han cargado el secuestro de Marión?

—¿A quién? —preguntó Andy.

—A Max Conroy. Es un especialista en los raptos. Según dijo mi futuro suegro, el tal
Conroy secuestró a más de quince hijas de rancheros en Texas. Últimamente, Conroy fue
visto al Norte, cerca de la frontera con Nuevo México.

Oyeron pasos dentro de la cueva, y Richard hizo una señal a Roberts para que se largase.

El hombre que estaba predestinado a casarse con Susan Fleischman desapareció


rápidamente.

Apenas lo hubo hecho, Marión apareció a la entrada de la gruta. Miró a su alrededor y


preguntó: —¿Con quién hablaban?

Baker contestó:

—Le decía a Andy que esta noche nos llegaremos al pueblo para pedir el rescate por su
linda piel.

—No pueden pedir nada en Rockfield.


—Déjelo de nuestra cuenta, señorita Fleischman.

—Está bien. Dicen que a los locos hay que darles la razón.

—Gracias.

La joven se cubría con blusa blanca y falda gris, y ambas prendas modelaban a la
perfección su figura esbelta. Cruzó los brazos y dijo: —Tengo hambre.

Andy la midió de arriba abajo mientras decía: —Yo también.

La joven volvió bruscamente la cabeza hacia Richard.

—¿Quiere llamar la atención de su cómplice, señor…? Eso me recuerda que todavía no


me ha dicho su nombre.

—Max Conroy —contestó Baker, recordando que era ese forajido al que habían cargado
el secuestro.

—Conroy, ¿eh? Es usted muy famoso.

—Es una suerte.

—Hasta en Independence se ha oído hablar de usted. Su especialidad son las hijas de los
rancheros acaudalados.

—Un negocio como otro cualquiera.

—No, señor Conroy. No es un negocio como otro cualquiera. Es lo más deshonesto que he
oído en mi vida, pero he de confesarle una cosa.

—¿Qué es lo que ha de confesar?

—Había pensado en Conroy como un hombre de unos cincuenta años, grueso, barbudo,
sucio…

—Me halaga usted, señorita Fleischman…

—No lo crea. Usted es sucio y barbudo…

—Sólo llevo tres días sin afeitarme, y en honor a usted, me haré un rapado.

—Lo que se tiene que limpiar es el alma.

—Oiga, señorita Fleischman. Acaba de decir que tiene hambre. Nosotros trajimos aquí
unas cuantas provisiones. ¿Qué le parece si todos comemos un poco?

—No pienso hacerles la comida.


—Ni yo la dejaría. Sería capaz de envenenarnos. Se estará aquí muy quietecita mientras
Andy y yo arreglamos el almuerzo.

La joven levantó la barbilla en un gesto de altivez y entró en la cueva.

—Es orgullosa la muchacha —dijo Richard—. Celebro que la devolvamos. Susan no debe
ser lo mismo.

—Pero no resultará tan buena pieza como ésta, ¿eh, Max Conroy? —sonrió Andy.
CAPÍTULO VII

Max Conroy era grueso, sucio y barbudo, y cuando reía enseñaba una melladura por el lado
derecho de la boca. Él decía que había sido a consecuencia de la coz de una mula, pero no
era cierto. Aquellos dos dientes le habían sido arrancados de cuajo por los puños de un tipo
llamado Johnny el Mazudo. Si bien es verdad que Johnny el Mazudo, un minuto después de
aquel hecho famoso, murió para mayor gloria de Conroy, ya que éste, desde el suelo adonde
había ido a parar tras recibir el puñetazo, apretó el disparador de su revólver hasta dejarlo
exhausto, y todos los plomos, sin desperdiciar uno, fueron a enterrarse en el cuerpo de
Johnny, quien no tuvo más remedio que morirse.

Ahora, Max Conroy se encontraba en la Posada del Potro Alado, sentado en una silla, y
sus dos manos estaban ocupadas. La derecha con una pierna de cordero. La izquierda con
una pierna de rubia.

Conroy titubeó entre una y otra, sin saber a cuál de ellas dedicar su atención.

La rubia era Margot, una muchacha que cuando respiraba enarcando el busto, parecía
que iba a terminar con todo el aire de la habitación.

Estaba contratada por Joe Murphy, el dueño de la posada, como criada, pero ella era una
chica muy ambiciosa y habíase prometido a sí misma que algún día acabaría con aquella
situación laboral para pasar a cosas más grandes.

Conroy le había echado el ojo en seguida a Margot, y Margot le echó el ojo a Conroy.

La joven se había dicho que quizá Max Conroy era el hombre que a ella le hacía falta para
dejar de ser una simple moza de posada. Max Conroy era un hombre famoso, un tipo que
ganaba el dinero con mucha facilidad, aun cuando los medios de que se servía para ello
estuviesen reñidos con la ley.

Margot era muy bonita, de cuerpo esbelto, rostro bello, de ojos verdes esmeralda y su
cabello era del color del trigo quince días antes de la siega.

Max había hecho salir a todos sus hombres cuando vio entrar a Margot portando en una
bandeja una pierna de cordero que ella misma había condimentado con sus propias manos.

Margot, luego de dejar la bandeja ante el forajido, fue a poner vino, pero entonces simuló
que tropezaba contra la pata de la mesa. Fue a caer en la dirección necesaria, y por ello,
cuando Conroy ya había cogido la pierna de cordero, trató de evitar que la joven cayera con
la otra mano y sólo alcanzó a cogerla por la rodilla.

—Cuidado, nena —dijo—. Sería una lástima que te aplastases las narices.
—Oh, señor Conroy… Dice usted unas cosas —murmuró Margot con cierto tono de
vergüenza, pero no hizo nada por apartarse.

—Sesenta y dos kilos —dijo Max, refiriéndose al peso que Margot podría tener, no al de
la pierna de cordero.

—¿Cómo lo ha acertado, señor Conroy?

—Cada hombre tiene una especialidad, y la mía es pesar al tacto.

Margot se apartó un poco porque no quería dar la sensación a Conroy de que ella era una
mujer fácil. Ahuecóse el cabello y dijo con un mohín de coquetería: —No sabe cuánto he
pensado en usted, señor Conroy. —¿Sí?

—Oí hablar de usted hace mucho tiempo, y me dije: «A lo mejor tienes suerte, y un día te
lo tropiezas en tu camino».

Max quedóse sin habla, mirándola con la boca abierta. Infiernos, aquella muchacha era
un bombón.

Margot escanció el vino, dejó la botella en la mesa y se dispuso a marcharse.

—¿Manda alguna otra cosa, señor Conroy?

—Tropieza otra vez, muchacha.

—¡Señor Conroy…!

En vista de que no tropezaba, Max alargó la mano y la tomó de un brazo.

—Tenga usted cuidado con la pierna, señor Conroy. Naturalmente, con la de cordero. Se
va a enfriar.

Max soltó una risotada.

—Eres una chica con talento, Margot. Creo que tú y yo podemos hacer grandes cosas.

—¿Usted cree, señor Conroy?

—No lo dudo, dulzura —Max se puso en pie.

Si, la muchacha era esbelta. Casi le llegaba a él a la altura de las cejas. Y ella poseía unos
labios muy rojos. Decidió besarla.

Se disponía a ello cuando de pronto se abrió la puerta y dos hombres penetraron en la


estancia. Conroy los miró ceñudo.

—¿Os he llamado?
Uno de los tipos se adelantó. Era delgado. Su ojo izquierdo miraba bien, pero el otro, el
derecho, apuntaba hacia la pared donde colgaba un cuadro de 1700 en el que una mujer
mostraba un amplio escote. Pero el ojo de Hugh Flag no estaba puesto allí
intencionadamente. Había caído en aquel lugar a la buena de Dios. Hugh Flag siempre
miraba así, con un ojo hacia Oriente y otro hacia Occidente.

—Jefe, hay noticias —anunció.

Max Conroy sacudió la cabeza. Poseía una extraña virtud, la de desinteresarse por las
mujeres cuando debía tratar asuntos económicos. Según él, a ello debía el haber llegado tan
lejos.

—Anda, nena, date una vuelta por la cocina.

Margot se sintió irritada. Había tendido su red hacia Max Conroy y el forajido parecía
muy a gusto en su papel de pez y ahora, de pronto, se le escapaba.

—Sí, señor Conroy. Cuando me necesite sólo tiene que agitar la campanilla.

La joven hizo una graciosa reverencia y se dirigió hacia la puerta con un suave contoneo.

Todos los ojos la siguieron en su camino, incluidos el de Oriente y Occidente.

Cuando hubo salido, Max Conroy dio un suspiro.

—Ésa es la clase de mujeres que el demonio pone en el camino de uno para perderle.

El compañero de Hugh Flag sacó una libreta y un lápiz y se puso a escribir.

—Bonita frase, jefe. Y ésta es la quinta en lo que va del día.

Max Conroy era dado a las sentencias y cierta vez, en Abilene, encontró a un editor del
Este, el cual, maravillado por su sabiduría, le había invitado a recopilar sus frases más
célebres.

Max Conroy aceptó aquel encargo y eligió al único de sus hombres que sabía leer y
escribir para que recopilase todas sus frases. Este puesto de confianza era el que
desempeñaba Glen Collins.

Después de salir Margot, Max atrapó la pierna de cordero y le pegó una dentellada. Con la
grasa cayéndole por la comisura de los labios, dijo: —Está bien, Hugh. ¿Qué noticias son
ésas?

—Usted nos engaña, jefe —dijo Hugh, muy serio.

Conroy interrumpió el movimiento de sus maxilares mirando con ojos entrecerrados a su


segundo de a bordo.
—¿Estás borracho, Hugh?

Hugh se puso a reír.

—No, jefe. Todavía no me han hecho efecto los dos vasos de whisky que bebí hace un
rato.

—Yo diría que te pilló con el estómago vacío.

—Usted ha secuestrado a una muchacha y no lo ha dicho.

—¿Yo a una muchacha? ¿En dónde?

—Aquí en Nuevo México.

—Comprendo. Te estás volviendo idiota. Te lo advirtió aquel médico de San Cristóbal. No


debiste matarlo de dos tiros después del diagnóstico. Al fin y al cabo, ése parecía ser tu
destino.

Conroy hizo un movimiento rápido con la mano derecha y sacó un revólver.

—Serénese, jefe —dijo Hugh.

Conroy alzó el revólver.

—Siempre mato a mi caballo cuando se rompe una pata. Prometí hacer lo mismo con el
hombre de mi pandilla que me dejase de servir. Un hombre y un caballo valen mientras nos
prestan un servicio.

Glen Collins se puso a escribir rápidamente aquella última frase mientras opinaba: —
Jefe, por ésta le van a pagar lo menos cinco dólares.

Hugh alzó la mano como si con ello pudiese detener la bala.

—No dispare, jefe, y escúcheme.

—Te concederé un minuto, Hugh. Aprovéchalo bien.

—Acaba de llegar a la posada un hombre que viene de Rockfield, a unas veinte millas de
aquí. Bebió un vaso de whisky en el mostrador y luego dijo a Joe Murphy que Max Conroy
había secuestrado a Marión Fleischman, la sobrina del más rico ranchero del condado.

Max Conroy se quedó de muestra.

—Eres un estúpido, Hugh. ¿Cómo he podido raptar yo a esa chica si llegamos esta
mañana a la posada?
—He pensado que el trabajo no lo hizo usted, jefe, sino que lo encargó a un tipo de por
aquí.

—Eres un cretino, Hugh, y sólo por eso debería meterte un par de balas en la cabeza.
¿Cuándo me he apartado de vuestro lado? Tú sabes que yo soy partidario de hacer las cosas
por mi propia mano. Nunca encargué mis raptos a nadie.

—Eso es verdad, jefe —titubeó Hugh.

—Pues ahí lo tienes.

—Entonces, ¿qué es lo que ha pasado aquí?

Conroy permaneció pensativo unos instantes.

—Está claro como el agua. Han utilizado indebidamente mi nombre.

—¿Quiere decir que alguien secuestró a la muchacha y dijo que era Conroy?

—Empiezas a decir algo sensato, Hugh.

—Demonios, parece que por esta tierra los hay un poco listos.

Conroy apretó la culata del revólver.

—Nunca me ha gustado que me suplanten.

—Lástima que tengamos que continuar nuestro camino hacia California.

—Ésa es la idea que tenía hace un rato, pero puedo hacerla cambiar.

—Creo que es algo que no nos conviene —opinó Hugh.

—¿Por qué no?

—En California hay familias con mucho dinero, y usted mismo dijo que con unos cuantos
secuestros conseguiríamos que nuestros bolsillos se llenasen de plata.

—Siempre estamos a tiempo de ir a California, Hugh. Me irrita eso de que alguien se haya
hecho pasar por mí. Eso no está nada bien.

—Bueno, ¿y qué se le ocurre?

—¿Qué más agregó ese tipo que habló del secuestro?

—Dijo que el señor Fleischman, el tío de la chica raptada, estaba organizando una buena
batida por toda la región. Pero lo más bueno viene ahora.
—¿Qué es lo más bueno?

—El señor Fleischman tiene una hija.

—¿Sí?

—Sí, señor. Se llama Susan, y al parecer, está comprometida a un tipo que también está
podrido de dinero, un tal Lee Roberts. El padre de Roberts es también uno de los rancheros
más importantes de Rockfield.

Max Conroy dejó descansar el revólver sobre la mesa, mientras se pellizcaba el labio
inferior con la mano libre.

Durante unos instantes, en la habitación no se oyó un solo ruido. Hugh y Collins sabían
que cuando el jefe pensaba no se le podía interrumpir so pena de ganarse una bala.

De pronto, Conroy se echó a reír.

Hugh y Collins, sin saber el motivo de aquel jolgorio, también rieron porque ése era su
deber. Por último, Max dijo: —Creo que ya es hora de que nos divirtamos todos.

—¿Qué le ocurre, jefe?

—Los secuestradores se llevaron a la sobrina de Fleischman, ¿verdad?

—Eso es lo que ha dicho ese fulano.

—Muy bien. Nosotros también vamos a llevar a cabo nuestro secuestro particular. Nos
llevaremos a la hija de Fleischman.

—Pero no conocemos la casa ni de qué forma podemos llegar a ella.

—No hace falta que sepamos nada de eso teniendo en cuenta las circunstancias.

—Aclárese, jefe.

—Es la mar de sencillo. Tú mismo acabas de decir que Fleischman ha organizado una
batida para recuperar a su sobrina.

—Sí, jefe.

—El rancho de Fleischman se habrá quedado sin gente.

—Corriente, jefe.

—Nos dejaremos caer por allí y atraparemos a la hija. Ese estúpido que se llevó a la
sobrina haciéndose pasar por mí no eligió bien. Está claro que la mejor mercancía es la hija.
Podremos pedir por ella un buen rescate. En primer lugar, está su padre, y de otra parte,
tenemos al hombre que se va a casar con ella. Entre los dos podrán pagar una buena bolsa.

Hugh Flag rompió a reír.

—Jefe, da gusto trabajar con usted.

—No digas nada a los muchachos. Yo me encargaré de ponerlos al corriente.

—Desde luego, señor Conroy —dijo Hugh.

—Y ahora, de paso que salís, enviadme a la rubia —dio un suspiro y agregó—: Un


hombre debe conceder a la mujer los minutos sobrantes del trabajo.

—Sabias palabras, oh jefe —dijo Glen Collins, que había leído a Cicerón, y apresuróse a
escribir la nueva sentencia que su sesudo jefe acababa de pronunciar.
CAPÍTULO VIII

Richard Baker llevaba otra vez en la grupa a Marión Fleischman.

—¿Quiere no acercarse demasiado? —dijo la joven.

—No tengo más remedio que hacerlo, señorita Fleischman.

Ya había caído la noche y avanzaban hacia el rancho del tío de Marión.

—¿Qué se proponen ustedes ahora?

—Mi amigo y yo hemos decidido creerla.

—¿Qué quiere decir?

—Usted nos dijo que no era Susan Fleischman, sino su prima que acababa de llegar de
Rockfield. Mi compañero y yo hemos tenido tiempo para cambiar impresiones y hemos
llegado a la conclusión de que usted dijo la verdad. Así las cosas, vamos a dejarla cerca del
rancho y atraparemos a su prima. El señor Fleischman pagará mejor rescate por una hija
que por una sobrina.

—No puede estar hablando en serio.

—Yo hablo siempre muy en serio cuando se trata de un negocio de esta envergadura.

—Es usted un bandido sin escrúpulos, señor Conroy, pero alguna vez le saldrán mal las
cosas.

—No será en esta ocasión.

—¿Por qué se dedicó a esta clase de negocios?

—La vida…

—Imaginaba que iba a dar esa respuesta, todos los delincuentes le echan la culpa a la
vida.

—Otro día que tenga más tiempo la escucharé, señorita Fleischman.

—Por fortuna, no habrá otra ocasión para que usted y yo nos veamos.

—Yo lo siento. Me hubiese gustado continuar la parrafada con usted.


Andy Mahoney, que iba delante, detuvo el caballo.

—Ya hemos llegado. Desde aquí se ve la casa.

Se encontraban en lo alto de una colina donde había bastante arbolado. A sus pies corría
el río Rock y un poco más allá estaban las edificaciones del rancho de Fleischman.

—Abajo, señorita Fleischman —ordenó Richard.

La joven se dejó caer de la montura en tierra.

—Son ustedes muy temerarios al acercarse tanto.

—Ahora tiene que prometerme una cosa, señorita Fleischman.

—¿Yo prometerle a usted…? ¿El qué?

—Que se estará quieta, que no gritará. Que no echará a correr.

—No puedo prometerle nada de eso.

—Muy bien. En tal caso, le ataremos los tobillos y las muñecas y también la
amordazaremos. No podemos correr ningún riesgo con usted.

—Me resistiré.

—¿Por qué no es un poco más complaciente? Si no lo conseguimos por las buenas, lo


haremos por las malas, y sería una lástima que le estropeásemos la piel.

—Su cinismo es superior a su desvergüenza, señor Conroy.

—Ande, tienda las manos. En un momento acabamos.

La joven se volvió para echar a correr, pero Richard estaba atento y saltó sobre ella,
atrapándola.

Marión fue a gritar, pero Andy Mahoney la amordazó con un pañuelo. Luego, entre los
dos compañeros, le trabaron los tobillos y las muñecas y tendieron a la joven junto a un
árbol.

—En seguida regresamos, señorita Fleischman —dijo Baker.

Los dos hombres montaron en las sillas, y después de cruzar el río, se encaminaron hacia
la casa.

Dejaron las monturas en el mismo lugar que la noche anterior y durante unos momentos
vigilaron las edificaciones.
—No se ve a nadie —dijo Andy—. Continúan dando la batida.

—Eh, muchacho. Mira aquello.

Una joven acababa de salir de la casa y estaba junto a una columna leyendo un libro.

—Demonios —dijo Andy—. Es ella. La hija de Fleischman.

—Coincide en todo con la descripción que nos dio Roberts.

—Esta vez no nos podemos equivocar.

Baker sacó el revólver.

—De acuerdo, Andy. Ahora te toca a ti.

—Allá voy.

—Pero ten cuidado. Hazlo con delicadeza.

Andy hizo un gesto afirmativo y se alejó hacia la casa.

Baker vio cómo su compañero saltaba la baranda del porche.

Susan Fleischman continuaba leyendo su libro sin que se hubiese percatado de nada.

Andy llegó por detrás de ella, sacó el revólver y le propinó un culatazo en la cabeza.

Susan fue a desplomarse sin emitir un grito, pero Andy anduvo rápido para sostenerla
entre sus brazos.

Baker cerró los ojos, sintiendo un hormigueo en los pies.

Andy tomó a la joven en brazos y se dirigió al lado de Richard. Éste tocó la cabeza de la
joven.

—Te dije con delicadeza y le has hecho un chichón del tamaño de un huevo.

—Se le pasará. No te preocupes, muchacho.

Richard sacudió la cabeza.

—Me parece que no servimos para esta profesión de secuestradores. Lee Roberts debió
dirigirse al verdadero Max Conroy.

—Pero a nosotros sólo nos va a pagar ochocientos dólares y Conroy le hubiese pedido
muchos miles.
—Quizá tengas razón. La muchacha no corre ningún peligro con nosotros y Max Conroy
es un canalla.

—No está tampoco mal Susan —dijo Andy.

—Anda, volvamos junto a Marión.

Llegados a donde estaban sus caballos, montaron en las sillas.

Marión, al verlos llegar, abrió los ojos asombrada.

Richard descabalgó y le quitó la mordaza.

Ella gritó:

—¿Qué es lo que han hecho con mi prima?

—Tenemos que llevárnosla, señorita Fleischman. Pero no se preocupe, no le pasará nada.

—Pero ¿qué van a hacer conmigo?

—La dejaremos libre, y nos llevaremos a su prima.

—Prefiero que me lleve a mí, señor Conroy.

—No puede ser. Éste es un negocio serio —dijo Richard, y le quitó el pañuelo que le
trababa los tobillos y el de las muñecas.

—Ahora podrá ir por su propio pie al rancho. Otra cosa, señorita Fleischman.
Naturalmente, mi amigo y yo cambiaremos el escondite. Si su tío va a la cueva no
encontrará a nadie.

Richard fue a su caballo y montó de un salto.

La joven estaba tan sorprendida por lo que sucedía que se había quedado sin habla.

—¡Eh, señor Conroy, espere! —exclamó.

Richard la miró y volvió la cabeza hacia ella.

—¿Qué quiere, Marión?

—¿Por qué no deja a mi prima aquí? Tengo cincuenta dólares en mi bolso. Puedo ir a por
el dinero y entregárselo.

Andy soltó una risita.

—Cincuenta dólares. ¿Lo has oído, muchacho?


—No, señorita Fleischman —respondió Baker—. Nosotros no trabajamos por tan poco.
Buena suerte.

Espolearon las cabalgaduras y desaparecieron por entre los árboles.

Marión apretó los dientes rabiosa y se dirigió hacia el río. Ya lo había cruzado cuando oyó
una fuerte galopada. Miró hacia el monte que había a la derecha y en lo alto vio aparecer
siete jinetes. Ellos también la vieron a ella y a una señal del hombre que los precedía,
descendieron por la ladera.

Marión los esperó quieta.

El que parecía el jefe, un tipo moreno de cara ancha, se tocó el ala del sombrero.

—Buenos días. ¿Es usted la señorita Fleischman?

—Si.

Un hombre soltó una risotada.

—Caramba, jefe, estamos de enhorabuena.

Marión entrecerró los ojos observando a los jinetes. En un principio los había tomado
por una partida de hombres pertenecientes al equipo de su tío que habían salido en su
busca, pero ahora ya no estaba tan segura.

De pronto, el hombre que había hablado con la joven espoleó su caballo y pasó junto a
ella.

El verdadero Max Conroy sólo tuvo que alargar los brazos, atrapar a la joven por debajo
de las axilas y tirar de ella hacia arriba.

Marión trató de desasirse.

—¡Suélteme! —gritó.

Conroy soltó una carcajada.

—Vamos, ovejita. Tienes que venir con tu amo al corral.

—¡Puerco!

—Caramba, no podía imaginar que por estos andurriales encontraría una pieza tan fácil
de cobrar.

Hugh Flag se puso a reír.

—Y está bien cargada de todo, jefe. ¿Quiere que le ayude?


—No, hijo. Yo me basto para domar a esta potranca.

Diciendo esto, Conroy pegó un golpe con el puño cerrado a Marión en la cabeza y la joven
perdió el sentido.

—Ya está lista —dijo riendo—. Flag, acércate a la casa y lleva el mensaje que llevas
escrito. Esta vez han de saber desde el principio que el verdadero Max Conroy se ha llevado
a la hija de Fleischman.

—Ahora mismo, jefe.

Flag se dirigió hacia la casa, y como por allí no había nadie, sacó la carta que llevaba en el
bolsillo y la introdujo por la rendija de la puerta. Max Conroy pensaba siempre en todo
antes de dar un golpe. Jamás admitía que le pudiese salir algo mal, y por ello no dejaba nada
al azar. La carta pidiendo el rescate por la hija de Fleischman había sido escrita en la
posada del Potro Alado. Conroy exigía diez mil dólares por la libertad de la muchacha.

Inmediatamente, Flag volvió con sus compañeros y todos juntos emprendieron la


marcha.

Marión Fleischman iba sin conocimiento en el caballo de Conroy. Había llegado


recientemente a Rockfield y por azar había sido secuestrada dos veces. Y las dos por
equivocación.
CAPÍTULO IX

Los hombres habían descabalgado. Todos ellos mostraban en sus rostros huellas de
cansancio.

Cárter Fleischman entró en la casa como un ciclón seguido de Douglas Roberts y del hijo
de éste, Lee.

Douglas Roberts tenía aproximadamente la misma edad que Cárter y era de fuerte
constitución, nariz enrojecida, al decir de las gentes por las excesivas dosis de whisky que
diariamente se atizaba.

Fleischman vio una carta en el suelo y la cogió rápidamente, extrayendo su contenido.


Los dos Roberts se detuvieron.

—¡Condenación! —exclamó Fleischman—. ¡No puede ser!

—¿Qué es lo que no puede ser? —dijo Douglas Roberts.

—Escuchen esta carta de Max Conroy —hizo una pausa—: «Nos hemos llevado a su hija,
señor Fleischman. A ella no le ocurrirá nada si usted cumple nuestras condiciones. Envíe un
emisario con diez mil dólares a la posada del Potro Alado. El tipo ha de ir sin armas y sin
ninguna compañía. En cuanto veamos un revólver o a otra persona que no fuese el
emisario, su hija morirá inmediatamente. Esperamos hasta las doce de mañana noche.
Pasada esa hora, usted no volverá a ver viva a su hija. Espero que sea razonable. Max
Conroy».

Lee Roberts se había quedado con la boca abierta. Su cerebro trabajaba muy aprisa.
Naturalmente, Max Conroy era Richard Baker. Eso quería decir que las cosas se habían
producido ahora como debían ser. Richard y Andy habían traído al rancho a Marión, la
habían dejado allí y por fin se habían llevado a Susan Fleischman. Bien; todo marchaba de
primera. El error se había rectificado.

—¡Cuernos sagrados! —exclamó Douglas Roberts—. Está claro que Max Conroy ha
confundido a las muchachas. Cree que tiene en su poder a Susan, cuando es a Marión a
quien se llevó.

Cárter Fleischman hizo una bola con la carta de Max Conroy.

—¡Maldito sea mil veces ese forajido…! ¡Rosa!

La criada llegó por el ala izquierda, que correspondía a la cocina.


—Dígame, señor Fleischman.

—Llame a mi hija. Dígale que por fin tenemos noticias de mi sobrina.

—La señorita está fuera de la casa. Se levantó hace un par de horas y se puso a leer ahí
fuera.

—No la hemos visto al llegar —dijo Cárter.

Lee Roberts estaba junto a la puerta y miró al porche, descubriendo el libro, abierto y
boca abajo, que había en el suelo.

—Eh —dijo—. Ahí está el libro que Susan leía.

Fleischman salió rápidamente fuera y cogió el libro del suelo.

—¿Qué significa esto? —Se dirigió a los hombres que esperaban abajo—. Eh, muchachos,
mi hija debe estar por el rancho. Decidle que quiero hablar con ella inmediatamente.

Algunos hombres se alejaron de allí para ir en busca de Susan Fleischman.

Lee Roberts imaginó cómo, Baker y Andy habían llevado a cabo su golpe. Sorprendieron
a Susan leyendo en el porche y se la llevaron. Naturalmente, Marión debía encontrarse en
su habitación descansando del susto pasado.

—Quizá su hija se encuentre en su dormitorio o en el de su prima —sugirió—. Iré arriba


a echar un vistazo.

—Está bien, muchacho —dijo Cárter.

Lee subió por la escalera y abrió el dormitorio de Susan, el cual le había sido destinado a
Marión.

Se sorprendió al ver que la habitación estaba vacía.

Inmediatamente salió fuera y recorrió las demás estancias de aquella parte de la casa.
No; en ningún lugar encontró a Marión.

Finalmente se detuvo al comienzo de la escalera, pellizcándose el mentón pensativo. Una


idea le cruzó por la mente. ¡Santo cielo!

Bajó rápidamente cuando Fleischman oía el informe de los hombres que había enviado
en busca de Susan. Ninguno la había encontrado.

—Señor Fleischman, ¿quiere usted dejarme un momento esa carta de Max Conroy?

Fleischman le entregó la pelota y él la deslió. A pesar de que ya conocía su contenido, lo


leyó para sí lentamente y, a medida que avanzaba, sentía que la sangre que circulaba por
sus venas se iba convirtiendo en una corriente helada. En un momento se dio cuenta de que
había dado en el clavo. Parecía algo imposible, irreal, como si estuviese viviendo una
pesadilla, pero no por ello menos cierto. Richard Baker y Andy Mahoney hablan cumplido
con su parte. Habían traído al rancho a Marión para cambiarla por Susan, pero ahora
resultaba que el verdadero Max Conroy se había llevado a Marión confundiéndola con la
hija de Fleischman.

Al llegar a este punto de sus pensamientos, sintió que las piernas le flojeaban y tuvo que
apoyar la espalda en la pared.

—¿Qué te pasa, hijo? —le preguntó su padre—. Te has quedado pálido como un muerto.

Lee Roberts carraspeó.

—Estaba pensando en el peligro de muerte que acecha a Susan… digo a Marión.

Cárter Fleischman le arrebató la carta de un manotazo.

—¿Qué infiernos pasa aquí? ¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está Marión? ¿A quién se
refiere Max Conroy?

—No le comprendo, señor Fleischman —dijo Lee Roberts con el tono más ingenuo que
pudo.

—¡Maldita sea! —rugió Fleischman—. Ahora ha desaparecido Susan y hemos encontrado


el libro que leía tirado en el suelo. ¡Me voy a volver loco!

Lee Roberts tuvo una idea para salir de aquel apuro.

—Creo que ya sé dónde puedo encontrar a Susan.

—¿Dónde?

—He paseado alguna vez con ella por un lugar de las montañas.

—¿Y qué iba a hacer ella sola por ese lugar de las montañas?

—Bueno, a lo mejor se ha ido a hacer calceta.

Y sin esperar el efecto que producía su respuesta, Lee bajó rápidamente del porche,
montó en la silla y fustigó su cabalgadura, alejándose del rancho en un furioso galope.

Al volver en sí Susan Fleischman pegó tan brusco tirón de los brazos de Andy que, al
desasirse, cayó del caballo.

Por fortuna para ella, en ese instante estaban cruzando un riachuelo afluente del Rock.
Andy estuvo también a punto de resbalar de la silla.

—¡Infiernos! —exclamó—. ¿Qué es lo que ha hecho, señorita Fleischman?

Susan se levantó chorreando agua de pies a cabeza, el cabello pegado a la cara. Con su
mano derecha había logrado apresar un grueso guijarro que arrojó con todas sus fuerzas
sobre Andy. Éste se agachó con toda rapidez para burlar el proyectil que iba bien dirigido.

Richard Baker sonrió contemplando la escena.

—¿Qué te pasa, Andy? ¿Estás tan en baja forma que se te escapa una prisionera?

Andy apretó los labios sin apartar los ojos de la figura de Susan. La joven se agachó para
coger otro guijarro. ¡Me puede matar!

—Es lo que intento, forajido —exclamó la joven con otra piedra en la mano.

Andy saltó del caballo sobre ella, pero como tuvo que hacerlo agachado, temiendo ser
alcanzado por el nuevo proyectil, su cuerpo golpeó contra el de Susan y ambos se
derrumbaron en el agua. La corriente los arrastró haciéndolos rodar.

—¡Granuja! ¡Sinvergüenza! ¡Déjeme quieta! ¡Le digo que me suelte!

Andy también quería hablar, y eso, de vez en cuando, le costaba tragar un buche de agua.

—Serénese, señorita Fleischman. Somos hombres de bien.

—¿Ustedes hombres de bien…? ¡Yo los arreglaré!

Andy estuvo presto en alcanzarla por la muñeca cuando la muchacha se disponía a


clavarle en la cabeza una puntiaguda piedra.

—Vamos, señorita Fleischman —la zarandeó—. Es usted un manojo de nervios.

—¿Yo un manojo de nervios? ¡Ahora verá!

Susan puso un pie detrás de Andy y le soltó un empellón en el pecho.

Pero Andy la estaba sujetando del brazo y otra vez cayeron al agua.

Richard Baker, que continuaba en la silla, sacó tranquila mente una bolsa de tabaco y
papel y se puso a liar un cigarrillo.

Finalmente, la señorita Fleischman se encontró un poco cansada después de su violento


ejercicio y Andy la pudo sujetar a su gusto apretándola contra sí.

—¿Se va a estar quieta de una vez? —dijo respirando también entre jadeos.
—¿Qué han hecho con mi prima?

—No se preocupe. Su prima está en sitio seguro.

—¿Dónde?

—En su propio rancho.

Los verdes ojos de Susan relampaguearon y de pronto pareció darse cuenta de que
estaba demasiado cerca de aquel hombre.

—¿Quiere apartarse?

—Prométame que se comportará bien.

Ella lo miró a la cara y no supo a qué atribuirlo, pero sintió un cosquilleo en el estómago.

—Lo prometo —murmuró.

Andy la dejó libre y retrocedió un paso, mirándose el pantalón y la camisa adheridos al


cuerpo.

—Mire lo que ha hecho. Me ha puesto perdido.

A Susan le pasaba lo mismo con su ropa, pero Andy se dijo que era un espectáculo
maravilloso.

Susan volvió la cabeza hacia Baker, quien había prendido fuego a su cigarrillo.

—¿Qué clase de gentuza son ustedes?

—Ya se lo dijo mi amigo, señorita Fleischman. Somos hombres de bien.

—Los he conocido caraduras, pero ninguno como ustedes.

Andy intervino:

—Yo tampoco he conocido a ninguna mujer como usted.

Susan se volvió bruscamente.

—¿De qué habla?

—De usted, encanto.

—Pues suénese primero.

Andy se tocó la nariz.


—Es agua. ¿Es que no lo ve?

Susan puso los brazos en jarras.

—Le voy a dar un consejo. Mi padre tiene muchos hombres a su disposición y en esta
comarca el secuestro se castiga con la horca.

—¿Lo oyes, chico? —dijo Andy—. Nos van a poner la corbata de cáñamo alrededor del
cuello.

Richard dio una chupada al cigarrillo y mientras arrojaba el humo, dijo: —Será mejor que
continuemos el camino hacia esa cueva de los murciélagos.

Susan dio un respingo.

—¿Qué cueva de los murciélagos? ¡Yo me voy a casa!

Echó a correr hacia la orilla por donde habían llegado.

Andy fue tras ella, pero lo hizo con tan mala fortuna que su pie resbaló sobre un guijarro
lleno de musgo y perdió el equilibrio. Mientras caía, soltó un alarido.

Susan continuó su carrera.

Richard, tranquilamente, cogió el lazo que tenía sobre la silla, le dio dos vueltas por
encima de Susan y lo lanzó sobre la joven, que ya corría por terreno seco.

El anillo de cáñamo se abatió sobre Susan, atrapándola limpiamente y la joven se vino a


tierra, hundiendo la cara en la hierba.

Andy se puso en pie chorreando agua.

—¡Condenada muchacha! ¡Te voy a romper un hueso!

Susan se volvió.

—¿A quién vas a romper un hueso, desgraciado?

—A ti.

—¡Inútil del infierno, si no hubiese sido por tu amigo, ya estaría muy lejos de aquí!

—Sí, ¿eh? Entérate de una vez, preciosidad… He vivido unos cuantos años sin ayuda de
ese tipo que ves ahí montado en el caballo.

—Me hubiera gustado que te hubiese dejado solo, pistolero.

—¿Qué habría pasado? Anda, dímelo. Dime qué habría pasado.


Susan alargó la mano hacia Richard.

—Deme un revólver…

—¿Para qué? —preguntó Baker.

—Ventilaremos un duelo entre los dos.

Baker sonrió rascándose detrás de una oreja.

—¿Y si se lo diese, amigo?

Andy Mahoney soltó un salivazo hacia la corriente del río.

—Dale el revólver que pide. Tengo curiosidad por ver lo que hace.

—Eres un tonto, muchacho. ¿Es que no te das cuenta de que te está tomando el pelo? Tú
«Colt» está mojado. Aunque ella tardase un minuto en hacer el disparo, siempre te pillaría
la delantera.

Andy extrajo el «Colt» y un pañuelo. Invirtió un par de minutos en secarlo por encima.
Luego, extrajo las balas, que guardó en un bolsillo, y secó los compartimentos del cilindro.

—Dame unas cuantas balas, compañero.

Baker le arrojó una tras otra cinco, con las que Andy rellenó los huecos que las suyas
habían dejado.

Susan contemplaba toda la faena con una sonrisa irónica.

—¿Ya está preparado, gun-man?

Andy devolvió el revólver a la funda.

—Dale la pistola a la muchacha, Richard.

Baker extrajo uno de los dos revólveres y lo lanzó hacia la joven.

El arma no llegó a su destino y cayó en el suelo.

Susan no se movió y Andy dijo:

—Me hiciste un desafío, muchacha. ¿O es que no lo recuerdas?

—Claro que sí, pero más te convendría tener el pico cerrado. Puedo balearte antes de que
des un suspiro.

—Es una fanfarronada tuya. Venga, chica. Coge el revólver de una vez.
—Muy bien. Tú lo has querido.

Susan se encaminó hacia donde estaba el arma, se detuvo ante ella y púsose en cuclillas.
En esa posición volvió la cara hacia Andy.

—¿Estás seguro de ti mismo, pistolero?

—Acabemos de una vez.

Susan hizo un gesto afirmativo, alargó la mano y atrapó el «Colt».

De pronto se dejó caer sobre la cadera derecha, al tiempo que se revolvía.

Andy movió la mano derecha hacia el «Colt».

Pero sonó un estampido y cuando ya tenía el arma fuera, ésta le fue arrebatada por un
plomo.

El «Colt» fue a golpear contra una piedra y cayó en el rió.

Susan se puso en pie rápidamente, esgrimiendo el revólver que había disparado.

—¡Los dos quietos, pistoleros! —ordenó.

Andy se observó la mano, en la que no tenía ningún rasguño, y soltó una maldición. Sus
ojos despidieron chispas de fuego.

—¿Quién te enseñó a tirar así, muchacha?

Susan rió jactanciosa.

—Ha sido mi afición desde pequeña.

—Es una lástima que hayas perdido tanto tiempo. Las mujeres deben servir para otra
cosa.

—¿Para qué? ¿Para el amor quizá?

—Es posible.

—Ya os ajustaré las cuentas a los dos.

Baker permanecía imperturbable en la silla y ahora se echó hacia delante, diciendo: —


¿Puedo decirle algo, señorita Fleischman?

—¿Qué quiere?
—Vamos a llevarla a la cueva de los murciélagos y creo que ya hemos perdido demasiado
tiempo.

Susan hizo un gesto de perplejidad.

—Oiga, ¿es usted tonto?

—No. Creo que no lo soy.

—Pues lo disimula muy bien. ¿Sabe lo que tengo en la mano?

—Sí. Un «Colt», y es mío. Devuélvamelo, señorita Fleischman. Usted ya ha demostrado


que podía desarmar a mi amigo.

—Si, lo desarmé a él, pero usted también ha quedado derrotado.

—¿Yo? No tengo nada que ver en su cuestión personal. Usted es nuestra prisionera y
después de enseñarnos su habilidad, debe reintegrarme el arma.

—Cuanto más lo oigo, más me digo que ha caído usted de una nube, compañero —la
joven hizo una pausa—. Yo les diré lo que vamos a hacer.

—¿El qué? —preguntó Baker.

—Van a venir conmigo.

—¿Adonde?

—Primero pasaremos por mi rancho y luego nos llegaremos a la ciudad. Estoy segura de
que el sheriff tendrá mucho gusto en verles la cara.

—¿Y después?

—Ya lo dije antes. Los ahorcarán.

Baker se pasó la mano por el cuello.

—No me gusta ese programa, señorita Fleischman.

—Es el único que hay.

Baker sacudió la cabeza.

—No, señorita Fleischman. Mi amigo y yo no hemos nacido para acabar en Rockfield.

De pronto, de la mano izquierda de Baker brotó una llamarada y simultáneamente sonó


un estampido.
El plomo aulló en su carrera y tropezó con el revólver que Susan mantenía sujeto con la
diestra, enviándolo cinco yardas más allá de donde se encontraba la joven.

Susan miró a Baker con los ojos y la boca abierta.

—¿Usted…? ¡Usted ha jugado sucio!

—¿Por qué, señorita Fleischman? —preguntó Richard, quien para hacer fuego se había
limitado a impulsar la culata del revólver hacia abajo y poner el índice en el disparador.

—¡Me entretuvo con su palique para desarmarme!

—Sí, así fue.

—¡Lo voy a…!

—Deje ya de soltar bravatas, señorita Fleischman. Eso resulta feo en los ejemplares de su
sexo. Vuelva al caballo de mi amigo si no quiere que la arrastre con el lazo.

—No se atreverá.

—Está usted muy segura.

—Desde luego que lo estoy.

—Usted necesita unos cuantos azotes y yo se los voy a dar.

—Pruebe.

—Bien pensado, creo que mi amigo tiene más ganas de dárselos que yo.

Andy afirmó con la cabeza.

—Desde luego, chico. Y gracias por el detalle.

Andy echó a andar hacia Susan, la cual retrocedió señalándolo con el dedo.

—¡Eh, usted, no me toque!

—¿Va a obedecer?

—No.

Andy se abalanzó sobre ella justo cuando la muchacha se volvía para echar a correr.
Andy la alcanzó por la cintura y se dejó caer en la arena alargando las piernas. De esta
forma, tuvo a Susan en la actitud conveniente para propinarle media docena de palmetadas
en los cuartos traseros. La joven se resistió lanzando denuestos, pero al ver que de nada
valían sus esfuerzos para librarse del castigo, se puso a sollozar.
—¡Criminal…! ¡Asesino…!

—Prometa que se va a portar bien y me estaré quieto.

Susan todavía tuvo que recibir dos azotes más antes de declararse vencida.

—¡Está bien, lo prometo! —dijo con un largo gemido.

Andy la dejó libre y se levantó satisfecho.

Baker esbozó una sonrisa.

—En camino, muchacho.

A partir de entonces, Susan viajó dócilmente en el caballo de Andy.

Llegaron a la cueva de los murciélagos sin dificultad y allí descabalgaron. De pronto


oyeron un galope por la derecha. Richard Baker sacó el revólver.

—Tú te encargas de la chica —le dijo a Andy—. Yo iré a ver quién es.

Descendió rápidamente por la ladera y a unas quince yardas, vio aparecer a Lee Roberts.

Corrió a su encuentro para que Roberts no se acercase demasiado a la cueva.

El hombre que los había contratado saltó de la silla y dejóse caer en tierra, respirando
entrecortadamente.

Richard llegó a su lado.

—¿Qué pasa, Roberts?

—Déjeme que respire… Una catástrofe… Lo peor que podía suceder —juntó las manos
sobre el pecho y exclamó—: ¿Por qué se me ocurriría esa condenada idea del secuestro?

—No levante la voz si no quiere que Susan lo oiga.

—¿Está Susan con ustedes?

—Naturalmente. ¿No fue ése el trato? Debíamos dejar a Marión y traernos a Susan.

—Sí, ése era el trato, pero todo ha salido mal.

—No me diga que Susan no es Susan y que a quien hemos traído es a su padre. No lo
creería.

—Celebro que conserve el buen humor. Ojalá me ocurriese a mí lo mismo.


—¿Acaso está arrepentido de su juego? Si es así, no se preocupe. Devolveremos a Susan y
se acabó.

—Sí, Baker, estoy arrepentido de mi idea, pero el que devuelvan a Susan no va a hacer
cambiar las cosas.

—No le acabo de entender. ¿Por qué no se van a solucionar?

—Se llevaron a Marión.

Hubo un silencio y Baker dijo:

—Está completamente equivocado. Ya le he dicho antes que devolvimos a Marión.

—A Marión se la ha llevado el verdadero Max Conroy.

Baker frunció el ceño.

—¿Qué dice, Roberts?

—Max Conroy, el secuestrador, se ha llevado a Marión creyendo que era Susan.

—No me diga.

—Sí, Baker. Así es.

Richard se echó a reír.

—Palabra que es divertido.

Roberts puso una cara como si fuese a echarse a llorar.

—Yo no lo encuentro divertido.

Baker dejó de reír poco a poco.

—¿Cómo saben que fue Max Conroy?

—Dejó una carta escrita exigiendo un rescate de diez mil dólares. Ha dado un plazo a
Fleischman hasta hoy a las doce de la noche. Tiene que enviar un emisario con el dinero a la
posada del Potro Alado.

—¿Dónde está eso?

—Veinte millas al sur de aquí —dijo Lee, y de pronto clavó la mirada en Baker—. ¿Qué
está pensando, Richard?

—Lo que usted supone.


—No. Usted no puede ir a la posada.

—¿Por qué no?

—Max Conroy mataría a Marión. Es lo que él dijo. Ese tipo tiene mucha gente a su
alrededor. En cuanto sospeche que alguien se acerca allí con intención de jugarle una mala
pasada, baleará a la muchacha.

—Voy a ir solo y Max Conroy no me conoce a mí.

—¿Por qué no deja correr el agua? Cárter Fleischman pagará el rescate de los diez mil
dólares y Marión volverá a su casa.

—Usted se olvida de algo importante, Lee. Nos contrató a mí y a Andy para hacer su
negocio particular. Nosotros somos los culpables de que Marión haya caído en manos de
Max Conroy.

—Ha sido el destino.

—Sólo los tontos y los estúpidos echan mano al destino para descargar su
responsabilidad.

Roberts se puso en pie de un salto.

—Por lo que más quiera, Baker, estese quieto.

—Max Conroy se debió informar de que yo había utilizado su nombre, ¿lo entiende, Lee?
Y por ello se le ocurrió hacer el secuestro. Está claro que él se decidió por la hija de
Fleischman y volvió a ocurrir un error. Se llevó a Marión cuando nosotros la dejamos en el
rancho. Está claro, muchacho. Yo soy el culpable, aunque lo sea indirectamente, de modo
que voy a rescatar a la muchacha.

Lee juntó las manos como si fuese a recitar una oración.

—¿Y si la matan, Richard? ¿No será peor…?

—Corre de mi cuenta. Ande, lárguese. Andy se quedará cuidando a Susan, si es que


quiere seguir con la combinación.

—Casi preferiría que todo volviese a ser como antes. Si se pudiesen hacer dos veces las
cosas, ahora me conformaría con mi suerte, aunque yo sigo queriendo a Ellen y no a Susan.

—Está bien. Lee. Todo se arreglará.

—¿Usted cree?
—No lo dudo —dijo Baker pegando una palmada en la espalda de Roberts—. En cuanto
solucione lo de Marión devolveremos a Susan. Ahora el principal problema es el que se
refiere a Max Conroy.

—¿Por qué no me deja que le eche una mano?

—No, Lee. Le agradezco la oferta, pero usted sería un estorbo.

Lee montó en la silla.

—Por favor, Richard, tenga cuidado.

—Le tengo aprecio a mi piel. Esté tranquilo.

Richard vio alejarse a Roberts y entonces subió hacia la cueva.

Andy y Susan se enfrentaban sentados en sendas piedras.

—He de marcharme, Andy —anunció Richard.

—¿Adonde?

—A la posada del Potro Alado. Asunto del negocio. Tú te quedas con ella.

Susan exclamó poniéndose en pie:

—¿Me va a dejar a solas con este pelagatos?

Baker no tuvo en cuenta la protesta y recomendó a Andy:

—Ten cuidado con ella y acuérdate de su puntería.

Andy sonrió.

—Me gustaría que intentase algo para darle otro repaso.

Susan hinchó el busto al tragar un chorro de aire.

—Ponme encima la mano y te juro que te señalo para toda la vida.

—Bueno —dijo Richard—, les dejo en amigable conversación.

Inmediatamente, salió de la cueva y poco después cabalgaba hacia la posada del Potro
Alado.
CAPÍTULO X

Max Conroy examinó la ventana de la habitación. Desde allí se veía un trozo de terreno y al
fondo una colina con unos cuantos árboles.

Rió a golpes.

—Esta posada es como un fuerte. Si Fleischman se atreve a dejarse caer por aquí con sus
hombres, haremos una buena masacre.

Marión estaba de pie junto a una silla. Le habían dicho que se sentara, pero ella no había
aceptado la invitación.

Apoyado en la pared, junto a la puerta, Hugh Flag se hurgaba en la boca con un


mondadientes, mientras sus ojos examinaban fría y atentamente la figura de la joven.

—¿Me oyes, Hugh? —dijo Max Conroy.

—¿Cómo decía, jefe?

Conroy miró alternativamente a la muchacha y a su hombre de confianza.

—Te gusta, ¿eh, Hugh?

—Sí, jefe. Me gusta mucho.

—¿A quién no?

—Usted tiene todas las que quiere, jefe.

Conroy se acarició el mentón.

—Ya hablaremos de eso en otro momento. Estoy seguro de que la señorita Fleischman
querrá estar a solas conmigo.

Marión Fleischman escupió hacia el forajido.

Hugh Flag sacudió la cabeza.

—No parece que ella esté conforme, jefe.

—A callar, Hugh.

Los ojos de Hugh relampaguearon unos instantes.


—¿Le mando a la rubia, jefe?

—No quiero a la rubia. Cuando la necesite ya la pediré. Ahora márchate y ordena a los
hombres que se mantengan alerta.

Hugh titubeó unos segundos. Por último, dio media vuelta y salió de la estancia, cerrando
tras de sí.

Conroy observó otra vez a la joven.

—¿Te gustaría comer algo?

—No.

—Te entiendo. Prefieres beber.

—No comeré ni beberé mientras esté en su poder.

—¿Acaso te resulto antipático?

—No. Usted no es antipático, señor Conroy.

—Lo celebro —sonrió Max.

—Es repugnante.

Conroy endureció los músculos de la cara.

—Todas las muchachas me han encontrado siempre agradable. Confieso que algunas han
invertido algún tiempo, pero también ellas terminaron por llevarse muy bien conmigo.

—Yo jamás me llevaría bien con usted.

—¿No?

—Manténgase alejado de mí, señor Conroy.

—No me gustaría estar muy lejos de una mujer como tú.

—Mientras usted daba una vuelta a la posada, Hugh Flag me ha dicho lo que usted
escribió en la carta que fue a llevar al rancho. Ha prometido dejarme en paz, sin hacerme
ningún daño.

—Sí, dulzura. Eso es cierto, aunque a Hugh le voy a cortar la lengua.

—Cumpla su palabra.
Marión Fleischman se decía que su visita a Rockfield estaba siendo aderezada por una
serie de acontecimientos imprevisibles. Su padre le había hablado muchas veces acerca del
Oeste, de sus hombres y de sus costumbres. Los hombres eran fieros y lo hacían todo
apasionadamente, pero aquello de que la raptasen dos veces en tan poco espacio de tiempo
era algo muy superior a todo lo que había oído.

Pero debía reconocer que existía una gran diferencia entre aquellos dos hombres que
primero la habían raptado y estos otros que ahora la mantenían prisionera. Y cosa curiosa:
los dos hombres que parecían asumir el mando, habían dicho ser Max Conroy.

—¿Es usted realmente Max Conroy? —preguntó.

—Claro que sí. Yo soy Max Conroy.

—No le creo —dijo ella, porque pensó que era un buen sistema para ganar tiempo.

Max lanzó una risotada.

—Ya comprendo, dulzura. Hay por ahí un tipo que pretende suplantarme.

—Él es Max Conroy y no usted.

El pistolero convirtió los ojos en rendijas.

—¿Cómo sabes tú que él es Max Conroy y no yo?

La joven se mordió el labio.

—Es mi instinto.

—¿Has visto alguna vez al otro?

—No, señor.

—Entonces no debes fiarte del instinto, pequeña.

Max avanzó hacia la mesa, y atrapando una botella escanció whisky en el vaso. Bebió un
largo trago mirando a la joven y luego respiró profundamente.

—Encuentro algo en ti distinto de las demás, pequeña.

Marión ocupó la silla dirigiendo la mirada hacia la ventana. Empezaba a sentir miedo. No
le gustaban los ojos de aquel hombre, y deseó estar en compañía de aquel otro joven que se
había hecho pasar por Max Conroy. Eso le hizo pensar en algo. ¿Por qué aquel joven había
echado mano a la suplantación? ¿Por qué la devolvió al rancho para llevarse a la verdadera
Susan? En ningún instante había É
admitido el argumento de que por Susan les darían más dinero. Ésa no podía ser la razón,
todo era muy extraño.

Max Conroy avanzó hacia ella y al llegar ante la silla, alargó la mano, poniéndosela sobre
el hombro.

Marión se puso en pie de un salto, alejándose de él.

Conroy apoyó las dos manos en el respaldo, riendo.

—No hace falta que huyas. No vas a llegar muy lejos.

—Le sacaré los ojos si me toca.

—Soy muy fuerte. ¿Te has fijado en mi pecho? —Conroy se golpeó en el corazón—. Con
un solo brazo te podría derribar.

Apartó de un manotazo la silla y echó a andar hacia la muchacha. Ésta retrocedió, pero él
la estaba arrinconando y finalmente Marión sólo tuvo tras sí el ángulo que formaban las
dos paredes.

—Oiga, señor Conroy.

—Dime, pequeña.

—Usted recibirá su dinero, los diez mil dólares.

—De eso estoy seguro.

—Debe devolverme sin un solo rasguño.

—Estupendo. Yo estoy de acuerdo en eso. Por eso debes mostrarte un poco más
complaciente conmigo.

—Ya le he dicho antes que me da náuseas. Confórmese con su suerte lo mismo que yo me
conformo con la mía.

—Te ha salido una bonita frase. Si uno de mis hombres, Collins, estuviese aquí, la
apuntaría en un bloc. ¿Sabes una cosa, pequeña? Me van a publicar un libro. Sí, señor. En él
aparecerán mis mejores sentencias. Soy un tipo importante, alguien con mucha cabeza.

Conroy dio dos pasos más hacia la joven y ésta levantó las manos, los dedos arqueados
como si fueran zarpas.

—Quédese ahí, señor Conroy.

De pronto se oyó una cabalgada, justo cuando Max se iba a abalanzar sobre la muchacha.
Conroy quedó quieto, escuchando.

Se movió hacia la ventana y miró a través de los cristales. Un jinete se descolgó por la
ladera hacia la posada.
CAPÍTULO XI

Richard Baker dirigió su cabalgadura hacia el establo. A la puerta había un hombre que
tenía la mano derecha sobre la pistola. Era un tipo de feo aspecto, barbudo, al que le faltaba
la oreja derecha.

Richard desmontó de la silla y de pronto oyó una voz: —No haga eso.

Baker miró al sujeto.

—¿Qué es lo que dice?

—Que no ha debido descabalgar. Monte otra vez.

Baker esbozó una sonrisa.

—Voy de viaje, he hecho una larga jornada y me encuentro un poco cansado. Tuve suerte
al encontrar esta posada en mi camino.

—No la tuvo.

—No le comprendo.

—No hace falta que comprenda nada, compañero. Monte en la silla y lárguese.

Baker señaló el edificio.

—Alguien me dijo por el camino que la posada del Potro Alado estaba abierta al público.

—Está reservado el derecho de admisión.

—¿Es usted el dueño?

—No.

—¿Empleado?

—No.

—Entonces, compañero, le diré una cosa: Apártese.

—Es usted quien se va a apartar.

Baker hizo un gesto negativo con la cabeza.


—Me ocurre una cosa, amigo. Desde que aprendí a ir solo por la vida y eso ocurrió a la
temprana edad de trece años, siempre que realizo un acto me pregunto el porqué.

—Es como si me hablase en chino.

—Se lo haré más fácil. Yo necesito descansar. Mi caballo también. Los dos necesitamos
comer, beber y dormir. El hombre que me informó me advirtió que no encontraría otra
posada en unas treinta millas. De modo que ésta es la que me conviene.

—Y yo le digo que se marche.

El pistolero continuaba con la mano sobre el revólver, mientras Baker jugueteaba con las
bridas del caballo.

—Suponga que no le obedezco. Quiero hacerle una pregunta, amigo. ¿A que viene todo
esto?

—No me gusta su cara.

—A mí tampoco la suya y no por eso le he dicho que se largase.

—Yo llegué primero y soy el que manda.

—No, amigo. Yo me quedo aquí —dijo Baker, y dejó colgar su brazo derecho a lo largo del
costado.

El hombre al que le faltaba una oreja sonrió enseñando sus incisivos.

—Muy bien, forastero. Se quedará para siempre. ¿Me entiende a mi ahora?

—Sólo un poco.

—Se quedará en un hoyo, junto a la posada, ya que tanto le ha gustado.

—Aparte esa mano del revólver…

—Plomo es lo que le voy a dar.

El pistolero empezó a desenfundar, pero mucho antes de que lo consiguiese, Baker


impulsó la culata del revólver hacia abajo e hizo fuego.

El plomo golpeó la cabeza del forajido y lo lanzó contra la pared de madera. Luego, allí se
deslizó hasta el suelo muerto, aun cuando en el último segundo había logrado sacar.

Baker esperó con el revólver en la diestra.

Oyó ruido de carreras por una de las esquinas del cobertizo.


Hugh Flag y otro hombre llamado Tony Ronns, un rubio de cejas blancas, aparecieron
por la esquina.

Los dos estaban confiados en que su compañero, que estaba en la parte principal del
establo, había acabado con un enemigo, y no llevaban el revólver en la mano.

Detuvieron en seco su carrera al ver a aquel desconocido con un «Colt» a la vista.

Al observar el cadáver que había en el suelo, los dos arrugaron la nariz.

—¿Lo conocen? —preguntó Baker.

Fue Hugh Flag quien contestó:

—No, nunca lo hemos visto. ¿Qué pasó?

Richard se dijo que debía hacer el juego a aquellos hombres mientras pudiese. No podía
hacerles frente a todos. En cualquier momento le podían disparar una bala desde cualquier
ventana. Debía hablar y hablar para seguirles la corriente.

—Me limpió cincuenta dólares hace cosa de un año en una partida de póquer —mintió.

—¿Cuál era su nombre? —preguntó Flag.

—¿Pregunta usted el nombre de las personas que juegan con usted al póquer?

Hugh se apretó el puente de la nariz.

—No. Creo que no.

—Lo mismo me pasa a mí.

—¿Dónde fue eso?

Baker sabía que Max Conroy había operado por Texas.

—En un pueblo al norte de Houston. No recuerdo cómo se llama, pero tengo presente su
calle Mayor, una calle ancha con cuatro o cinco saloons.

Estaba describiendo cualquier calle de cualquier pueblo.

Hugh miró otra vez al muerto, que en vida se había llamado Dan Rusell.

—Los hay que se creen muy listos. ¿Cuál es su nombre, compañero?

—Richard Baker.

—¿Está de paso, Baker?


—Ha acertado.

—Y quiere pasar la noche en la posada.

Baker hizo una mueca.

—No sabe lo cansado que estoy. En cuanto pille la cama voy a quedar como un tronco.

El posadero, Joe Murphy, salió de la casa limpiándose las manos en el delantal. Había
aprendido a no meterse en líos ajenos, pero aquel silencio después del disparo lo tenía un
poco escamado.

No se inmutó al ver el muerto que había junto a la pared del cobertizo. También estaba
acostumbrado a no preguntar.

—Vaya, se liaron a tiros.

—¿Es usted el dueño de este negocio? —preguntó Baker.

—Si, señor. Joe Murphy, para servirle.

—Está bien. Acérquese al cuerpo del muerto y, si le encuentra dinero, aparte cincuenta
dólares para mí.

Murphy se mantuvo quieto y miró a Hugh Flag y a Tony Ronns. Hugh Flag dijo: —Anda,
Murphy. Haz lo que te dicen.

Murphy echó a andar cruzándose ante el forastero y los dos compinches de Max Conroy.
Se dio mucha prisa. Pensó que quizá Flag y Tony no habían tenido tiempo de sacar hasta
ahora porque el desconocido esgrimía un revólver. Pero llegó a la otra parte, cerca del
cadáver, sin que Hugh Flag y Tony Ronns hubiesen sacado.

Se agachó sobre el cuerpo y le registró los bolsillos. En el de la camisa encontró una


cartera con veintitrés dólares y en el pantalón unas cuantas monedas de a dólar. Se
enderezó diciendo: —Sólo tiene veintiséis dólares. Tómelos.

—No —dijo Baker—. Creí que encontraría un par de centenares, pero renunciaré a mi
parte. ¿Quién se ocupa aquí de los entierros?

—Yo mismo —contestó Murphy.

—Muy bien. Usted se quedará con los veintiséis dólares para cubrir los gastos.

Murphy miró el dinero y otra vez a Baker.

—Este muchacho tendrá una buena caja de pino bien pintada y con asas de bronce.

—Cuídese de que no le falten flores.


—También alcanza para eso. Una buena corona con un crespón. ¿Puedo poner su
nombre?

—Sí. Richard Baker.

—De acuerdo, señor Baker. Todo queda en mis manos.

—Hablemos de otras cosas. Quiero que le dé un buen pienso a mi caballo.

—De eso se ocupará Eneas.

—Entonces ocúpese usted de mí. También necesito comer y descansar.

Murphy miró a Hugh Flag y éste cerró y abrió los ojos. Murphy dijo: —Muy bien, señor
Baker. Tendrá una habitación.

Richard pensó si todo aquello sería una celada. Los dos forajidos no se atrevían a sacar el
revólver, porque él ya lo tenía en la mano.

Ahora lo devolvió a la funda y esperó unos instantes a que los otros sacasen. Pero eso no
llegó a ocurrir.

Murphy entró en el cobertizo rezongando:

—Eneas se esconde en cuanto oye un tiro —se detuvo junto a la puerta mirando hacia el
interior—. ¡Eneas…! ¡Maldita sea…! ¡Ven aquí, tienes trabajo!

Se oyeron unos pasos y por el hueco apareció un viejo que sujetaba con la zurda un
frasco de whisky. Era pequeño y de piernas estevadas. Cuando descubrió el cadáver dio un
respingo.

—¡Mi abuela…! Ya dije que hoy sería un día malo.

—¿Por qué iba a ser un día malo? —preguntó Murphy.

—Derramé la sal cuando comía el huevo, vi un gato negro apenas salí del cobertizo, y
para colmo, pasé por debajo de la escalera cuando usted le estaba dando cuerda al reloj.

—Hoy es como un día cualquiera —exclamó Murphy—. No pasará nada.

El viejo Eneas cruzó los dedos y dirigió una mirada al cielo mientras decía algo por lo
bajo que nadie entendió.

—Vamos, coge el caballo del señor Baker y condúcelo dentro.

—Sí, señor Murphy, pero por favor, no me chille. Tengo los nervios un poco alterados —
cogió las bridas y desapareció por el cobertizo rezongando—: La sal, el gato negro, la
escalera… Será un día malo.
Baker se dijo que Marión Fleischman debía de encontrarse en alguna habitación de la
posada. La presencia de aquellos tipos mal encarados lo demostraba. Bueno; nada podía
hacer allí. Tenía que arriesgarse a que los fulanos sacasen.

—¿Qué habitación es la mía, señor Murphy?

—La número 4. Sólo tiene que subir la escalera.

—Antes de dormir quisiera comer un poco.

—¿Qué le hago?

—¿Unos huevos revueltos con tomate?

—Si.

—¿Un trozo de carne?

—También.

—Agregue un buen pozo de café negro.

—Lo tendrá todo listo dentro de media hora.

—Gracias.

Baker echó a andar hacia la posada. Pasó por frente a los dos forajidos y vio por el rabillo
del ojo que sus manos estaban inmóviles.

Empezó a darles las espaldas y esperó a oír una voz conminatoria.

Un paso, dos, tres… Recorrió la distancia que lo separaba de la puerta y al llegar ante ella
se detuvo y volvió la cabeza. Los dos hombres lo estaban mirando, pero ninguno de ellos
tenía las armas en la mano.

Entró en la posada.

No vio a nadie. A la derecha se hallaban las mesas. Tomó posesión de una de ellas y se
quitó el sombrero, depositándolo en una silla. Luego se puso a liar un cigarrillo.

De pronto oyó un taconeo procedente de la cocina. Vio aparecer a una rubia de muy
saludable aspecto.

—Hola, chica —saludó.

Ella también se detuvo al verlo a él.

—¿Cuál es tu nombre? —inquirió Baker.


—Margot.

—¿Quieres acercarte?

Margot se dijo que la cara de aquel hombre resultaba agradable.

—¿Va a comer aquí, forastero?

—Ya le dije a tu jefe lo que quería. El vendrá dentro de un momento y te hará el encargo.

—Entonces, ¿qué es lo que desea? —Puso un poco de intención en su voz.

—Estoy buscando a una chica, Margot.

La rubia se puso en guardia. Sabía que Max Conroy había llevado a la posada a una
muchacha, y también estaba enterada de los negocios de Conroy. Seguramente era un
secuestro.

—Perdone, tengo trabajo.

Fue a retirarse, pero él la atrapó por una muñeca.

—¿Qué te pasa de pronto, Margot?

La rubia lo miró a los ojos.

—¿Fue usted quien disparó antes?

—Sí.

—¿Contra quién?

—Contra un tipo que se puso pesado.

La joven se humedeció los labios con la lengua.

—Le voy a dar un consejo. Márchese cuanto antes.

—Comprendo. La chica que yo busco está aquí. Lo imaginaba antes de preguntarte, pero
ahora ya estoy seguro. ¿En qué habitación?

—Está usted loco. Márchese si quiere seguir viviendo.

—Te pregunté por la habitación y me lo vas a decir, Margot — Baker metió la mano en el
bolsillo y sacó unos cuantos billetes, que puso sobre la mesa—. Dame el informe y serán
tuyos los cinco dólares.

Margot dio un tirón desasiéndose y echó a andar rápidamente hacia la cocina.


Baker fue a levantarse para echar a andar tras ella, pero en ese momento entraron dos
hombres. Eran los que ya conocía.

Hugh Flag y Tony Ronns permanecieron quietos unos instantes, siguiendo con la mirada
a Margot hasta que desapareció por la cocina. Luego, dirigieron una mirada al forastero, y
por último, subieron la escalera.

Poco después. Hugh llamaba a la puerta de la habitación de Max Conroy.

—¿Quién es? —preguntó la voz del jefe.

—Hugh y Tony.

—Pasad.

Hugh abrió la puerta y se coló dentro seguido de Tony.

Max Conroy estaba junto a la ventana. La joven que habían raptado, en un ángulo la
pared.

Max Conroy sonrió.

—¿Quién era ese tipo que os habéis cargado?

Hubo un silencio y Hugh Flag contestó:

—No nos lo hemos cargado.

—¿Cómo?

—Él se cargó a Dan Rusell.

Max Conroy empezó a abrir la boca.

—¿Cómo lo ha hecho?

—Con un revólver —contestó Hugh Flag.

—Haz otro chiste como ése y te juro que te meto una bala por la dentadura.

—Perdone, jefe, pero ciertas situaciones me hacen gracia.

—A mí, no —Max Conroy inspiró hondo—. Muy bien. ¿Quién es ese tipo?

—Ha dicho llamarse Richard Baker.

—No lo conozco. ¿Y vosotros?


—Tampoco.

—¿Por qué infiernos no lo habéis liquidado?

—Dio una buena explicación para justificar la muerte de Rusell.

—¿Cuál?

—Rusell le limpió cincuenta dólares. Ya sabe lo aficionado que era Rusell a los juegos de
manos cuando ventilaba una partida.

—Sois una pareja de imbéciles. Debisteis ultimarlo.

—¿Por qué meter la pata si el muchacho sólo es un tipo que está aquí de paso? Se
encontró con Rusell y ajustó su cuenta pendiente. Pensé que, si lo liquidábamos, usted nos
pondría como un trapo.

—¿Y los demás muchachos?

—Continúan en sus puestos. Fui a darles cuenta de lo ocurrido y casi se alegraron. Rusell
no contaba con muchas simpatías entre nosotros.

—¿De modo que el tipo se va a quedar?

—Sí. Hasta mañana.

—Nos las arreglamos para arrojar de aquí a todos los fulanos que estaban de camino y
ahora resulta que se nos ha colado alguien a quien no habíamos invitado. ¿Con qué clase de
imbéciles me he aliado yo?

—No se sulfure, jefe. Ese chico se portará bien.

Justo en ese instante se abrió la puerta y Richard Baker apareció con un revólver en la
diestra.

—El chico hace su presentación, Conroy —dijo.


CAPÍTULO XII

Max Conroy observó atentamente la cara de Baker y luego a sus hombres.

—Conque era un tipo que estaba de paso.

Richard pegó una patada a la puerta, cerrándola.

Marión Fleischman parpadeaba asombrada, la mirada fija en el joven que se había


presentado ante ella como Conroy.

Baker le habló sin mirarla, porque no quería apartar los ojos de los forajidos.

—¿Le han hecho algún daño, Marión?

—No. Todavía no.

Conroy hizo una mueca.

—¿Marión? ¿Ha dicho Marión?

—No es la hija de Fleischman, sino la sobrina. Usted se equivocó de chica.

—¡Maldita sea…! Ella dijo que era la señorita Fleischman.

—Y lo es. Se llama Marión Fleischman.

—Muy bien, Baker. Ella es Marión Fleischman, pero su tío sigue siendo un ranchero con
mucho dinero.

—¿Qué se le ocurre, Conroy?

—Usted ha matado a un hombre de mi equipo.

—Sí.

—Ocupará su puesto —Max Conroy sonrió—. Sé arreglar bien las cosas, ¿eh, muchacho?

—No acepto, Conroy.

—Anda, Hugh, dile cuánto ganaba Rusell con nosotros.

—Trescientos dólares por cada trabajo.


—¿Lo ha oído, Baker? Trescientos dólares. Y según mi estadística particular, yo hago de
diez a doce secuestros al año.

—No hay trato, Conroy. Me voy a llevar a la chica.

—No haga eso, Baker.

—Ya le he dicho que solamente es la sobrina.

—Muy bien. Da igual. Su tío tendrá que pagar los diez mil dólares —de pronto Max
Conroy quedó con la boca abierta—. Ahora lo comprendo.

—¿Qué es lo que comprende?

—Usted es el tipo —Conroy se echó a reír—. Ya lo creo que lo es. El fulano que me
suplantó. Por eso sabe tanto de los Fleischman. Hace un momento me di cuenta de que la
muchacha lo reconocía.

—Es muy listo, Conroy, pero sus consecuencias no le van a servir para nada.

Conroy continuó sonriendo.

—¿Qué os parece, chicos? Este muchacho se hizo pasar por mí y quiso secuestrar a la hija
de Fleischman. Pero se llevó a la sobrina. Cuando se dio cuenta de su torpeza, decidió
cambiar a las muchachas y, justamente cuando llegamos nosotros, había hecho el cambio.
Por eso nos equivocamos también.

Baker volvió la cabeza.

—Ande, Marión, venga conmigo.

—No se la llevará —dijo Conroy, muy serio.

—Óigame, Max —dijo Baker—. Debería pegarle un balazo a cada uno porque son bichos
repugnantes, pero nunca he matado a sangre fría. La chica y yo vamos a salir de aquí y si
alguno se opone, irá derechito al infierno.

—Póngase en razón. Baker.

Baker hizo una señal a Marión y ésta acudió a su lado.

Fue el momento que Hugh y Tony quisieron aprovechar para sacar. El más rápido fue
Tony, pero Baker estaba atento y apretó el gatillo.

La bala atravesó limpiamente la mano del rubio, quien soltó un alarido mientras dejaba
caer el revólver en el suelo.

Instantáneamente, Hugh Flag apartó la zurda del revólver.


Baker dijo:

—¿Alguno más de ustedes quiere demostrar su habilidad?

Conroy respiró entrecortadamente, como si hubiese hecho una larga carrera.

—Esto lo va a pagar.

—Oiga, Conroy. Aquí no hay sitio para usted. Váyase con la música a otra parte.

Baker apretó a Marión y se arrimó a la pared, alargó la mano libre y, después de sacar la
llave, abrió la puerta de un golpe.

Conroy dijo:

—¿Qué intenta hacer?

—Después del disparo sus hombres estarán preparados para atraparme. Usted nos va a
servir como salvoconducto.

—¿Qué dice? —Conroy hizo rechinar los dientes—. Nadie me ha utilizado nunca como
escudo.

—Pues ésta será la primera vez.

—No lo haré, Baker.

Richard apretó otra vez el gatillo.

La bala rozó la cabeza de Conroy, clavándose en la pared. Instintivamente, el forajido dio


un salto a la derecha.

Baker sonrió.

—¿Decía usted algo, Conroy?

Max echó a andar hacia el hueco de la puerta.

—Siga mis instrucciones, Conroy —dijo—. Y no intente cambiarlas o creeré que me la


pretende jugar. En tal caso, lo balearé sin compasión.

Baker desarmó a Conroy y arrojó los revólveres al corredor. Después se dirigió al rubio
que se sujetaba la mano herida con un pañuelo y a Hugh Flag.

—Ustedes despójense de las armas y tírenlas también al corredor. Dense prisa o les juro
que pongo fin a su historia.

Hugh Flag y Tony Ronns no se hicieron repetir la orden.


Por último, Baker dijo:

—Ande, Conroy, dele a las piernas, pero no corra mucho. Hemos de ir detrás de usted.

Conroy salió fuera y Baker empujó a Marión para que fuese detrás. Luego salió él y cerró
la puerta, a la cual echó la llave.

De pronto, vio por el rabillo del ojo que algo se movía por la derecha.

Se revolvió como una centella cuando al final del corredor aparecía un tipo con un
revólver en la mano.

Baker fue el primero en disparar.

El proyectil golpeó contra el pecho del pistolero. Éste también hizo fuego, pero ya estaba
muerto y su proyectil picoteó en el techo.

Baker esperó a que apareciese otro hombre, pero si había alguien por allí, prefirió
permanecer escondido.

—Siga andando, Conroy.

Al llegar al comienzo de la escalera, Max se detuvo y miró abajo.

Baker apartó a un lado a la joven y también observó el mostrador y las mesas. No había
nadie.

Baker habló con voz fuerte:

—Escúchenme todos si están escondidos. Llevo a Max Conroy conmigo. Es posible que
ustedes puedan balearme desde cualquier punto, pero antes de morir tendré un segundo
para llevarme conmigo a su jefe. Eso lo puedo jurar.

Conroy le dirigió una mirada de odio, pero comprendió que el joven estaba hablando
sensatamente.

—Oídme, muchachos. Baker tiene razón. Es un buen gun-man. Me lo acaba de demostrar.


Quizá os lo carguéis, pero él siempre me llevará como compañero de viaje. Aunque
perdamos en esta ocasión, siempre tendremos oportunidades para ganar mucho oro.
Recordad que nuestro punto de destino era California. Dejaremos marchar a Baker con la
muchacha y después abandonaremos la posada hacia el Oeste. Es mi orden y espero que la
respetéis — Conroy se volvió hacia Richard—: ¿Le gusta así, Baker?

—No ha estado mal, pero no me descuidaré. Usted tendrá su bala si yo tengo la mía.

—Descuide. Los chicos se mantendrán quietos.


—Baje la escalera, Conroy, y cuando salgamos de la casa, diríjase hacia el establo.

Bajaron por la escalera sin que nadie los molestase y salieron de la posada.

—Ande, Murphy —dijo Baker—. Dígale a Eneas que saque mi caballo y otro más
ensillado.

Murphy movió la cabeza de arriba abajo y se largó al establo.

Al cabo de un par de minutos, reapareció trayendo las dos monturas listas para
emprender un viaje.

—Suba, Marión —dijo Baker.

La joven trepó a la silla.

Richard apuntó con el revólver a Max Conroy.

—Tenga cuidado, Max. Si cambia de opinión le pueden salir las cosas mal.

Conroy sonrió.

—Guardaré un buen recuerdo de usted, muchacho.

—Gracias.

Baker montó en la silla.

—Eche a correr hacia el Este, señorita Fleischman.

Marión espoleó su cabalgadura.

Baker le dejó tomar una ventaja de treinta yardas y luego él emprendió la carrera,
descolgándose de la silla para no dar la espalda a la posada.

Al llegar a la colina e iniciar el descenso, volvió a montar en la debida forma.

Poco después, alcanzaba a la joven.

—No se detenga. Marión.

—¿Cree que vendrán detrás de nosotros?

—De Max Conroy todo se puede esperar.

Ya se habían alejado tres millas de la posada cuando el caballo de la joven hundió el remo
delantero en un hoyo que estaba cubierto de hierba.
La joven lanzó un grito, saliendo despedida al caer de la montura.

Baker tiró de las bridas y saltó al suelo.

Marión se había golpeado fuertemente en el cuerpo, pero no había llegado a perder el


conocimiento.

Baker llegó a su lado.

—¿Cómo está, Marión?

—Un poco mareada.

—Ha sido una mala suerte.

—¿Y el caballo?

Richard se acercó a la montura, que estaba quieta, escupiendo espuma por la boca. Bastó
verle el remo delantero para saber que se lo había roto. No había remedio para el animal.

Richard, sin vacilar, sacó el revólver y le hizo un disparo en la cabeza.

El animal se desplomó en el suelo muerto instantáneamente. Luego Richard volvió al


lado de la joven.

—¿Era necesario? —preguntó Marión con la mirada puesta en el animal.

—Sí, Marión.

La joven tenía el vestido destrozado a la altura del hombro. Un hilillo de sangre le corría
por la piel.

—Está herida —dijo él—. Le vendaré la herida.

—Puede esperar.

—He visto a muchos que pasaron un mal rato porque dijeron lo mismo.

Baker caminó hacia su caballo y cogió la cantimplora. Regresó al lado de la joven y sacó
un pañuelo, que mojó en agua.

—Vuélvase un poco —dijo.

Marión le ofreció el hombro desnudo.

Richard le limpió la herida. Sus caras estaban muy juntas y él, mientras hacia su trabajo,
la miró a los ojos.
Ella también lo estaba mirando a él.

De pronto, Richard la besó en los labios. Luego apartó su cara de la de ella.

—¿Qué ha hecho? —preguntó la joven.

—La he besado.

—¿Por qué?

—Lo deseaba.

Marión se apartó una guedeja del cabello.

—¿Besa siempre a todas las chicas que encuentra en su camino?

—Solamente a las que salvo de las garras de los pistoleros.

—¿Y salva muchas?

—Una por año.

—Hábleme en serio, señor Baker.

—Está bien. Me he enamorado de usted.

—No diga eso siendo mentira.

—Es la pura verdad.

—¿Se enamora muy a menudo?

—Nunca me ha ocurrido antes de ahora.

—No les comprendo a ustedes los hombres del Oeste. Palabra que no. Apenas me conoce
y ya me quiere.

—Sí. Así es.

—¿Sabe una cosa? Tuve un pretendiente en mi pueblo que estuvo entrando en casa ocho
años. Sus padres y los míos eran amigos. Nunca me besó, y sin embargo, yo sabía que
estaba enamorado de mí. Y usted me ha visto dos veces y ya me ha besado.

—Lo siento, pero ya le dije que tenía ganas de hacerlo.

—Béseme otra vez.

—¿Cómo?
—Béseme. Es una orden.

El la apretó contra sí y la besó más fuerte en la boca.

De pronto, se separaron al oír una galopada.

Richard desenfundó como una centella el revólver, pero el galope no procedía de la


posada del Potro Alado. Por una hondonada apareció un caballo montado por dos personas.
Eran Andy Mahoney y Susan Fleischman.

—¡Marión! —exclamó Susan.

La compañera de Andy saltó del caballo y las dos se abrazaron.

Andy también puso pie en tierra y Baker fue a su lado.

—¿Por qué abandonaste la cueva?

—No podía dejarte en la estacada. Susan y yo hemos llegado a un acuerdo.

—No me digas.

—La quiero y ella me quiere a mí.

—Oye, ¿qué nos pasa a los dos?

—Se lo conté todo.

—Si —dijo Baker, mirando hacia la joven—. Y ahora Susan se lo está contando a
Marión… De modo que estás hecho un don Juan.

—He comprendido muchas cosas.

—Sí, tú has comprendido que Susan Fleischman es la hija de un ranchero con una buena
bolsa.

—¿Por qué piensas eso de mí, Richard?

—¿Crees que no tengo motivos para pensarlo?

—Oye, Richard, comprendo que hice mal aquella vez. Los dos, por ser ayudantes del
sheriff, teníamos la obligación de enfrentarnos con aquella banda de forajidos, pero yo
estaba seguro de que no íbamos a lograr nada. Por eso entregué mi placa y me largué. Pero
te doy mi palabra de honor de que me alegró mucho cuando me enteré al cabo de una
semana de que habías podido con todos. No lo creerás, pero sentí un poco de vergüenza.

—Eso está bien.


Andy se miró la punta de las botas.

—Quería que pensases de mí de otra forma, y por eso decidí coger a Susan y venir a
ayudarte.

—Por fortuna, no he necesitado tu ayuda.

—¿Tú crees? Mira lo que viene por allí.

Richard volvió la cabeza. A lo lejos, por el camino de la posada del Potro Alado,
avanzaban cinco jinetes.

Marión ya estaba en pie junto a Susan y las dos tenían la vista fija en la nube de polvo y
avanzaba.

—Sí, Andy —dijo Baker—. No estabas equivocado. Vas a tener una oportunidad para
desquitarte. Es Max Conroy y trae a todos sus hombres.
CAPÍTULO XIII

—No podemos echar a correr —dijo Andy—. Sólo tenemos dos caballos y nos darían
alcance en seguida.

Baker señaló hacia unas rocas que había a unas veinte yardas.

—Vamos, coge a Susan por la mano y echa a correr. Yo me encargo de Marión.

Los cuatro movieron las piernas rápidamente y parapetáronse tras las rocas.

—Dame un revólver, Andy —dijo Susan.

Andy le pasó el arma.

Marión tomó la mano libre de Richard y se la apretó suavemente. Dijo sonriendo: —


Ahora lo sé todo.

—La hemos armado buena, ¿verdad?

—Lee Roberts hizo una travesura, pero gracias a ella nos hemos conocido.

—¿Entonces…?

—Creo que yo también te quiero.

El la besó en la punta de la nariz.

Max Conroy y sus hombres habían desaparecido tras la colina que había a unas cincuenta
yardas.

De pronto sonó un estampido y una bala pasó muy por encima de las cabezas de los
jóvenes.

—¡Eh, Baker! —Oyeron la voz de Max.

—¿Qué quiere, Conroy?

El forajido soltó una risotada.

—Nos volvemos a encontrar.

—Eligió mal su camino, Conroy.

—¿Usted cree?
—Por aquí no se va a California.

—No voy a California todavía. Antes he de ventilar un negocio.

—Es lástima que pierda su tiempo.

—El negocio se refiere a usted y a las muchachas. Tengo que darle las gracias, Baker.

—¿Por qué?

—Sólo tenía una muchacha para cobrar un rescate. Ahora tendré dos.

—No tendrá a ninguna, Conroy.

—Oiga, Baker. Aquí hay cinco hombres dispuestos a todo.

—Y aquí dos listos para mandarles a la fosa. Y en el lote queda incluido usted, Conroy.

Max rió otra vez.

—Es gracioso, Baker. Palabra que resulta usted un tipo muy divertido. Estamos a más de
veinte millas del rancho de Fleischman. Nadie puede prestarle ayuda.

—No la necesito, Conroy.

—Se cree muy valiente, pero tal como están las cosas va a durar muy poco, Baker.

Richard dio su respuesta enviando una bala sobre la cabeza de un tipo que acababa de
aparecer por detrás de una roca.

La cabeza reventó y el cuerpo al que pertenecía desapareció.

Conroy lanzó una maldición.

—¿Qué estáis haciendo, muchachos? ¡No ataquéis hasta que yo os lo diga!

Se hizo un silencio en aquel lugar de la tierra y luego Max habló otra vez: —Eh. Baker. No
quiero que piense que me aprovecho de las circunstancias.

—¿Qué se le ha ocurrido ahora, Conroy?

—Voy a hacerle una oferta que le va a gustar.

—Hágala. No se pierde nada con escucharlo.

—Usted nos deja a las dos chicas y se larga con su amigo.

—Piense en otra cosa.


—Tengo en el bolsillo trescientos dólares. También serán suyos. Cobrarán ciento
cincuenta por cabeza.

—¿Ya ha terminado?

—Deme la respuesta, Baker, pero hágalo aprisa.

—Ahora mismo se la doy. ¡Váyase al infierno!

—Es usted el que se va a ir, Baker, y con usted se irá su amigo. ¡Se lo juro!

Otra vez volvió a reinar el silencio.

Marión rozó con sus dedos el brazo de Baker.

—He visto a uno de los hombres avanzar por entre dos rocas hacia la izquierda.

Baker se dirigió a Andy y Susan.

—¿Estáis preparados?

Los dos afirmaron con la cabeza.

—Yo voy por el tipo listo.

Se desplazó rápidamente, corriendo agachado.

Oyó un ruido y se detuvo.

Frente a él, a unas cinco yardas, había una roca más grande que las demás. Pensó que por
allí aparecería el visitante.

Dio la vuelta por la derecha y justo descubrió al fulano cuando se estaba acercando
sigilosamente a la esquina.

—¡Eh, usted!

El tipo quedó inmóvil como una estatua.

—Tire ese revólver.

Pero en ese instante, Richard sintió un roce hacia la izquierda.

Se dejó caer en el suelo cuando se produjo el estampido. La bala lo habría atravesado sin
remisión de haberse quedado en el mismo sitio. Revolvióse en el suelo, y antes de un
segundo, ya había dado su respuesta al agresor. Era un fulano de cabello muy negro que
había aparecido por entre dos piedras. La bala de Baker lo alcanzó en el labio superior y lo
mató en el acto. El primer individuo a quien había sorprendido giró sobre sus talones.
Baker estaba en mala posición y supo que había llegado su hora. No le daría tiempo para
defenderse.

Entonces sonó un estampido. Pero fue el forajido quien lanzó un grito abriendo los
brazos en cruz y cayó de bruces, golpeando la cabeza contra la roca.

Baker volvió la cabeza hacia el lugar de donde había partido el disparo y vio a Andy
sonriente, soplando el cañón del revólver.

Baker se puso en pie.

—¿Por qué has venido, Andy?

—Quería estar en paz contigo.

—Pero has dejado a las muchachas solas.

Apenas hubo pronunciado estas palabras, un grito femenino rasgó la atmósfera.

Baker echó a correr.

—¡Vamos, Andy! ¡Date prisa!

Pero los dos frenaron a un tiempo, al ver la escena que se ofrecía a sus ojos.

Max Conroy había apresado a Marión Fleischman y Hugh Flag mantenía sujeta también a
Susan.

Baker y Andy bajaron los revólveres, para que no hubiese lugar a dudas sobre sus
intenciones. Si hubiesen disparado, las balas habrían sido para las muchachas.

Max Conroy soltó una risotada.

—Andad, chicos. Tirad los revólveres.

Baker y Andy no le obedecieron, aun cuando sus «Colt» estaban apuntando al suelo.

—¿Es que no me habéis oído? —dijo Conroy y apoyó el cañón en la cabeza de Marión—.
¡Fuera las armas!

Baker y Andy abrieron la mano y sus revólveres golpearon en el suelo.

—¿Cómo os sorprendieron? —preguntó Baker.

Marión contestó:

—Vinieron por detrás, arrastrándose, y no los vimos.


Andy sacudió la cabeza.

—Está bien, Conroy. Usted ganó. Sacúdase los trescientos dólares y mi amigo y yo nos
largaremos.

Conroy rompió a reír.

—¿No te lo dije, Hugh? Este Richard Baker nos ha salido un tipo aventajado.

Hugh movió la cabeza mientras apretaba más contra sí a Susan.

—Despachémoslos de una vez, jefe. Tengo ganas de echar una parrafada con la potranca
que me ha correspondido.

Susan dio un tirón para desasirse, pero no logró nada.

Conroy soltó un salivazo en el polvo.

—Yo siempre gano, Baker. Se lo advertí.

Richard tenía otro revólver en la funda. Era su última esperanza, pero el tiempo corría
muy aprisa.

De pronto, Marión se dejó caer de golpe en el suelo, escurriéndose por entre las manos
de Max.

Baker saltó, mientras su mano izquierda impulsaba la culata del revólver.

Conroy hizo una mueca feroz y apretó el gatillo.

Baker sintió cómo la bala le quemaba el hombro. Pero luego le llegó el turno.

Hizo fuego y Conroy fue alcanzado en el estómago. Se vino hacia delante escupiendo
maldiciones.

Baker disparó otra vez y ahora la bala levantó la cabeza de Conroy como si fuese a
arrancársela de cuajo.

Hugh Flag hizo fuego sobre Baker, pero ya éste había cambiado de posición. Hugh, loco
de rabia, se había apartado de Susan para tener más puntería.

Baker, después de dar una vuelta en el polvo, envió otro proyectil.

La posta entró a Hugh Flag por la garganta.

El pistolero abrió las manos para llevárselas a la nuez.


Toda su cara se tornó roja, trastabilló y por último se vino a tierra, junto al hombre que
había sido su jefe.

Andy todavía no había logrado salir de su sorpresa. Todo había ocurrido en menos de
tres segundos.

Pero a Baker le había parecido mucho espacio de tiempo, un siglo o dos.

Marión se puso en pie y corrió al lado de Baker, el cual todavía estaba de rodillas.

Ella se echó en sus brazos y él la apretó contra si, besándola en los labios.

Andy, sonriente, caminó hacia Susan y de pronto ella también lo abrazó.

Las dos parejas se estaban besando cuando oyeron una galopada. Un tropel de jinetes, a
cuyo frente iban los Roberts, Fleischman y un tipo que exhibía una estrella de latón en el
pecho, se dirigieron hacia las rocas.

Los jóvenes interrumpieron el beso.

Cárter Fleischman se rascó la coronilla.

—¿Qué significa esto?

Susan respondió.

—Quiero a este hombre —y señaló a Andy, que estaba a su lado.

Marión Fleischman contestó:

—Y yo quiero a este otro —y señaló a Baker.

Cárter se quedó con la boca abierta.

—¡Que me emplumen! —Volvió la cabeza hacia Lee Roberts—. ¿Qué tienes que decir tú a
eso?

—Yo quiero a Ellen Walsh.

El padre de Lee dio tal respingo en la silla que estuvo a punto de caer.

—¿Te refieres a la lavandera, Lee?

—Sí.

—Pero ¿eres idiota, hijo?

—Con el amor no se puede jugar.


—¡Qué amor ni qué ocho cuartos! Te voy a llenar la espalda de verdugones como me
vuelvas a hablar de ello.

—Si no es con Ellen, no me casaré con nadie.

—Tú te casarás porque a mí me da la gana. Quiero tener un nieto.

—Si es por eso, papá, tengo que darte agradables noticias. Serás abuelo dentro de tres
meses.

Roberts quedó pasmado.

—¿Qué dices, hijo mío?

—Sí, papá.

—¡Lee…! ¡A mis brazos!

Lee Roberts acercó el caballo al de su padre y aceptó el abrazo que su progenitor le


brindaba.

Cárter Fleischman se pellizcaba pensativo la barbilla.

—Bueno, resulta que aquí va a haber tres bodas en lugar de una. Pero dime, hija,
¿quiénes son estos hombres que no conozco?

Fue Andy Mahoney quien contestó:

—Sólo dos gun-men con suerte, señor Fleischman.

—Ya comprendo, unos bribones… Pues óiganme, se equivocan si creen que se van a salir
con la suya.

El padre de Lee intervino, diciendo:

—Oye, Cárter, será mejor que des tu consentimiento. Ya ves yo lo que hice con mí hijo y
lo que ha pasado…

—¡Condenación! —exclamó Fleischman—. ¿Qué pasa en el año 1875 que los hijos son de
esta forma…? En mis tiempos obedecían los mandatos de sus padres y se casaban cuando
ellos querían.

En aquel instante, uno de los hombres que acompañaban al grupo se acercó al sheriff.

—Eh, sheriff, mire lo que he encontrado.

—¿Qué es eso, Harold?


—Una libreta. He leído el título y dice: «Mil frases famosas de Max Conroy».

—Es curioso.

—Pero le faltó una para llegar a las mil. La última es la novecientas noventa y nueve.

—¿Y qué dice?

—«La mujer es el más peligroso de los animales domésticos. Ladra más que el perro,
maúlla más que un gato y cocea más que una mula. Pero, oh, muchachos, sabe bien a todas
horas».

—¡Infiernos! Eso está acertado. ¿Qué decís vosotros, jóvenes?

Volvió la cabeza y se encontró con que los jóvenes no podían dar ninguna respuesta,
porque Richard Baker estaba besando a Marión y Andy a Susan.

FIN

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