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LARAMIE-26 Jan Hutton (1976) Camada de Lobos

Jenny y Tom se enfrentan a la complicada relación entre su amor y la influencia de Weiss, quien amenaza a la familia de Jenny por sus tierras. Tom revela que Weiss busca comprar las tierras de Jenny porque se planea construir un ferrocarril que aumentaría su valor. Mientras tanto, Andy Farrar, el padre de Jenny, descubre una mina de plata, pero enfrenta dificultades para obtener financiamiento debido a la dominación de Weiss en la región.

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LARAMIE-26 Jan Hutton (1976) Camada de Lobos

Jenny y Tom se enfrentan a la complicada relación entre su amor y la influencia de Weiss, quien amenaza a la familia de Jenny por sus tierras. Tom revela que Weiss busca comprar las tierras de Jenny porque se planea construir un ferrocarril que aumentaría su valor. Mientras tanto, Andy Farrar, el padre de Jenny, descubre una mina de plata, pero enfrenta dificultades para obtener financiamiento debido a la dominación de Weiss en la región.

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CAPÍTULO 1

LOS labios que besó Tom estaban fríos, no contestaron a su caricia.

Pero no fue eso solamente.

Jenny logró zafarse del abrazo, se separó de los brazos que ceñían su cintura y retrocedió
con la rabia pintada en su rostro.

—Te dije que no volvieras, Tom.

Habló entrecortadamente, como si le faltara aire en los pulmones y con el rostro


encendido por la rabia.

Añadió, intentando hacer más firmes sus palabras:

—Que no volvieras nunca más.

Tom se limitó a sonreír.

Estaba enamorado de verdad de aquella chica medio salvaje, capaz de toda clase de
reacciones.

—Bien, Jenny —dijo con entera tranquilidad—. Tú dijiste eso y yo lo oí perfectamente. Lo


cual no quiere decir que pensara siquiera en obedecerte.

Saltó hacia ella, por sorpresa, la volvió a ceñir con los brazos.

Jenny apartó su cara, intentó eludir la boca de Tom, que buscó la suya insistentemente.

Quiso, también, golpearle con sus puños.

Y, por fin inevitablemente cedió a los labios que le besaban la cara, el cuello...

Cuando se separaron, Tom sonreía otra vez.

—Así me gusta más, Jenny. Nunca he comprendido por qué, queriéndome, tratas cada
vez de hacerte la tonta y la interesante.

La joven curvó su boca en un gesto indefinible.

No sonreía, no bromeaba cuando dijo:

—Es inútil, Tom. No llegaremos a ningún sitio. Un día tú te marcharás.

Negó el hombre con la cabeza.


—No será sin ti —aseguró—. Te amo demasiado para pensar siquiera en una cosa
semejante.

—¿Has olvidado que soy la hija de Andy Farrar?

Esta vez fue una risotada la que estalló en la garganta de Tom.

—Bien, supongo que tu padre ha matado a una docena de personas. ¿Es eso lo que
pretendías decir?

Jenny alzó la mano, como si se dispusiera a abofetearle. Pero lo que hizo fue bajar la
cabeza.

—Tú eres un rural, perteneces a la Ley. Y Weiss es quien domina a la Ley en esta región
de Texas.

—Estás confundida, Jenny. El que Weiss odie a tu padre, el que le odie todo el pueblo, no
quiere decir que yo también tenga que odiarle. Métete de una vez para siempre esto en la
cabeza. Para mí, Andy Farrar es un buen hombre que tiene una hija maravillosa llamada
Jenny, con la cual pienso casarme cualquier día.

Los grandes ojos de la muchacha se clavaron en las pupilas masculinas.

Fue ella, inesperadamente, la que se echó en brazos del rural.

—¡Oh, Tom! —exclamó.

Volvió a besarla, pero ahora suavemente, como lo haría casi a una hermana.

—Sabes que es cierto, tonta; que te quiero con todo mi corazón y que lucharía por ti
hasta la última gota de sangre.

—¡Es tan difícil...!

—¿Qué es difícil?

—Weiss ha estado otra vez en el valle. Veladamente ha amenazado a mi padre si no le


vende aquellas tierras.

Tom se dio una palmada en la frente. Como recordando de súbito algo que debía ser
importante.

—Yo vine a buscarte con un motivo definido y se me olvidó decírtelo —aseguró—. No sé


cómo te las arreglas para trastornarme siempre.

—¿De qué se trata? Yo creí que habías venido por mí simplemente.


—No seas coqueta. Ya sé. Es algo que encantará a tu padre. Algo que he sabido
casualmente y que tiene gran importancia.

Jenny esperó a que Tom se explicase.

—Siempre nos hemos preguntado cuál sería el verdadero motivo por el que Weiss está
empeñado en comprar las tierras de tu padre echándole de la región. Pues bien, yo lo sé
ahora. Se trata del ferrocarril.

—¿Del ferrocarril? ¿Qué tiene que ver el ferrocarril con el odio que se profesan Weiss y
mi padre?

—Weiss es un zorro listo. Si lograra comprar las tierras que os pertenecen a tu padre y a
tí, haría el mejor negocio de toda su vida. Resulta que van a construir una línea que pasa
por aquí, concretamente por vuestro rancho.

Jenny había abierto la boca, incapaz de expresar de otra forma la sorpresa


experimentada ante la noticia.

—¿Está seguro, Tom?

—Claro que lo estoy. Es una noticia que no conoce nadie todavía, salvo el propio Weiss y
yo, naturalmente.

—¿Cómo lo has sabido?

Tom sacó un sobre todo arrugado de su bolsillo.

—Lee esta carta. Es de mi hermana.

Jenny abrió el sobre y desdobló el pliego de papel, lleno de una escritura eminentemente
femenina.

Cuando devolvió la carta, su expresión había cambiado.

Ahora, una gravedad poco corriente en ella matizaba sus facciones.

La carta de la hermana de Tom decía que se había enterado por un conocido financiero
que existía el proyecto de construir un ferrocarril que pasaría directamente por Lockridge,
el pueblo donde habitaba Tom. De esa forma, añadía su hermana, ella creía ahora posible
que volvieran a verse, ya que esa línea férrea iba a acortar de forma considerable la
distancia que separaba a los dos hermanos y abriría para los forasteros una región
prácticamente aislada entonces.

—¿Comprendes ahora, Jenny? —Preguntó Tom, volviendo a guardar la carta.

—Sí —afirmó ella.


Pese a lo cual Tom explicó su pensamiento.

—Si ese ferrocarril es construido, el valle que os pertenece adquiriría un valor


incalculable. Los constructores de la línea, pagarán por él el precio que queráis pedirles.

—¿No podrían usar otro camino para llegar a esta zona?

Negó Tom rotundamente.

—Imposible. Toda la región es montaña pura. Desviar el trayecto de la línea supondría


para esa compañía el desembolso de miles y miles de dólares. Pagarán cualquier precio por
vuestro rancho.

—Weiss ha debido de saberlo hace tiempo. Desde casi un año atrás está asediando a mi
padre para comprarle el valle.

—No olvides que es hombre influyente y rico, y que tiene amistades en las ciudades.

—Es un miserable.

La joven había puesto pasión en sus palabras.

Añadió:

—Ha logrado que todo Lockridge odie a mi padre, que me desprecien a mí.

—En realidad, no estoy muy seguro de que ese odio de que hablas sea real. Lo que ocurre
es que Weiss domina toda la región y la gente tiene forzosamente que plegarse a sus
caprichos. Ni siquiera nosotros, los rurales, podríamos hacer nada contra él, tal como e stán
las cosas en estos momentos, a menos que él se pusiera fuera de la Ley.

—Tengo que comunicar esa noticia a mi padre.

Tom comprendió que la joven estuviera impaciente por hacerlo. Se dispuso a


acompañarla durante un trecho de camino.

Los dos caballos estaban cerca, escondidos entre la espesa vegetación del bosque que los
jóvenes elegían siempre para sus entrevistas.

Se dirigieron hacia ellos y los sacaron de las bridas hasta el camino.

Algo había cambiado en la actitud de Jenny, habitualmente tan alegre y confiada pese a
las condiciones difíciles en que se desarrollaba su vida.

No hablaron apenas hasta el momento de separarse.

Tom la besó repetidamente, devolviendo ella ahora las caricias con auténtica pasión.
Jenny montó a caballo para descender la pendiente que había de llevarla a la falda de la
montaña y al valle donde estaba su hogar.

Volvió la cabeza varias veces, para despedirse del rural levantando su mano. Hasta que la
vegetación les impidió seguir viéndose.

Jenny conocía aquellos parajes a la perfección, debido a la soledad en que vivía con su
padre, la cual la obligaba a andar siempre por allí, intentando distraerse de esa manera. El
pueblo, Lockridge, era hostil para ella, por lo que solamente iba a él cuando la necesidad de
aprovisionarse se hacía perentoria.

Esta vez, bajó la estrecha senda más de prisa que de costumbre.

Lo que la comunicara Tom era, sin duda, una noticia de importancia, que su padre
recibiría bien.

Tenía ganas de comunicársela, por lo que fustigó la montura al llegar a la falda de la


montaña.

Entró en el valle poco después. Más allá, oculto por la arboleda, se encontraba el rancho.
Unas pobres dependencias que se caían de puro viejas, un lugar que podría ser maravilloso
el día que fuera cuidado con cierto esmero.

Ahora todo lo que rodeaba al rancho, incluida la tierra, estaba abandonado, descuidado,
sucio.

Andy Farrar estaba a la puerta de la casa, terminando de ensillar su caballo.

Alzó la cabeza al oír que una montura se acercaba y sonrió ampliamente al ver que se
trataba de Jenny que volvía de una de sus correrías por los alrededores.

La muchacha advirtió inmediatamente que algo había ocurrido, que algo le ocurría. Hacía
años que no veía aquella sonrisa en el rostro de su padre, aquella expresión de alegría.

Cuando desmontaba, antes siquiera de que ella pudiera despegar los labios, Andy gritó:

—¡He descubierto una mina de plata!

La noticia no hizo el menor efecto en el ánimo de la joven. Hacía mucho tiempo que no
concedía al dinero la menor importancia, acaso porque viera a lo largo de sus diez y ocho
años que sólo creaba complicaciones y seres ruines y malvados.

Antes de que llegara junto a él, Andy saltó sobre la silla, dispuesto, al parecer, a
emprender un camino que ella ignoraba todavía.

—Voy a Lockridge —chilló, al tiempo que clavaba sus tacones en los flancos del caballo.
—¡Escucha...!

No la oyó.

La cabalgadura había obedecido al acicate de las espuelas y se dirigía ya al galope hacia la


valla que cerraba el conjunto de construcciones.

Se encogió de hombros, pensando que su padre estaba demasiado excitado en aquellos


momentos para atender a otra cosa que a su descubrimiento.

Esperó todavía medio minuto fuera, hasta que le vio desaparecer entre los árboles.

Luego entró en la casa, disponiéndose a preparar la comida, aunque dudaba que su padre
estuviera de regreso antes de un par de horas.
CAPÍTULO 2
EL rostro de Andy Farrar estaba congestionado, las venas de su cuello hinchadas bajo la
fuerte presión nerviosa a que las sometía, sin duda.

Tragó saliva antes de insistir por tercera o cuarta vez, con la voz enronquecida:

—¡Se trata de una mina de plata! ¿No lo ha comprendido? U-na mi-na de pla-ta.

El director del Banco movió la cabeza, negativamente.

—Lo siento —dijo—. No es una garantía suficiente para que el Banco arriesgue un
crédito importante. Debe usted comprenderlo, Farrar. Nosotros trabajamos con el dinero
de los accionistas, y éstos exigen el máximo de garantías para prestar su dinero.

Farrar tuvo que hacer un esfuerzo para no levantarse con brusquedad.

—¿No es suficiente garantía mi rancho? —inquirió—. Vale diez veces más que la
cantidad que le pido.

—Nadie aceptaría una hipoteca sobre esa propiedad, Farrar. Usted lo sabe
perfectamente. Nadie arriesgaría un sólo dólar por sus tierras.

Sí, era cierto que lo sabía. Era cierto que sabía muchas cosas. Como por ejemplo, que el
principal accionista del Banco era el propio Weiss.

Se levantó sintiendo que una rabia sorda y terrible corría por su sangre.

Ofrecía una mina de plata a cambio de un crédito. Y le era negado el dinero


imprescindible para explotar lo que podía constituir el principio de una fortuna cuantiosa.

El director se incorporó también, embarazado por aquella situación que él no había


provocado, pero de la cual tampoco le era permitido salir, a menos que Farrar se diera
cuenta de que todos sus intentos serían inútiles.

Farrar cogió el sombrero de un manotazo y abandonó el despacho. Detrás de él, el


director dejó escapar una especie de suspiro de alivio.

No podía prestar un solo centavo a aquel hombre, a menos que se jugara el puesto y su
derecho a vivir en Lockridge.

El padre de Jenny salió del Banco con una sensación de impotencia que le hacía crispar
los puños.

Otro cualquiera, otro que no hubiera sido él, habría conseguido una cantidad mucho
mayor que la que él solicitaba, con sólo abrir la boca.
Pero estaba Weiss. Weiss, que deseaba su rancho a costa de lo que fuera. Y nadie le
echaría una mano jamás, temiendo la cólera del hombre que dominaba aquella región con
puño de hierro.

Weiss y él. Se había dicho muchas veces que acabaría matando al canalla y ahora acababa
de comprender que no tendría más remedio que hacerlo.

No, asesinarle, no. Retarle cara a cara, de hombre a hombre y meterle una bala entre las
cejas.

El Banco estaba a mitad del pueblo. Frente a Andy apareció la puerta de vaivén de un
"saloon". Se dirigió a él diciéndose que sólo unos cuantos tragos de "whisky" serían capaces
de calmar la ira que sentía.

Había en el local media docena de holgazanes.

Se acodó en la barra esperando que le sirvieran. El dueño de aquello había sido un amigo
de Andy antes de que Weiss clavara en él su mirada emponzoñada.

Se acercó al cliente, sin que pareciera reconocerle siquiera.

—¿Qué desea?

Andy contestó con la misma frialdad:

—"Whisky".

Arrojó una moneda sobre el cinc del mostrador antes de que el de la barra le sirviera lo
pedido.

Luego, pidió otro. Y, por fin, otro más.

Los vagos que mataban el tiempo en el "saloon" no le habían saludado siquiera, ni él se


molestó en dar los buenos días.

Cuando salió del local, lo hizo exactamente igual que a su entrada, rodeado por un
silencio glacial.

Aquel maldito pueblo estaba dominado hasta en sus cimientos por Weiss y éste había
conseguido que sus habitantes negaran incluso el saludo a Andy Farrar.

Fue al cruzar la calle, con dirección a su montura, cuando Andy creyó tener una idea
luminosa.

¿Por qué no ofrecer una parte de los beneficios de la mina a Trudd?


Si existía un tipo capaz de vender su alma al diablo por un dólar agujereado era el
ganadero Trudd. Decían de él que, siendo rico, pasaba hambre con tal de no gastar ni
siquiera en lo imprescindible.

Andy lió un cigarrillo, parado en la acera de madera, mientras acariciaba su idea.

Trudd sería muy capaz de ceder, si veía una buena ganancia fácilmente adquirible.
Incluso contando con que Weiss podría sufrir un reventón de cólera cuando alguien se
dispusiera a echar una mano a Farrar.

Andy se decidió de golpe.

Cruzó la calle de cuatro zancadas, desató su caballo y montó sobre él de un salto,


demostrando que, pese a sus años, era ágil como un muchacho.

La casa de Trudd estaba casi al lado contrario del pueblo.

Andy lo atravesó sin fijarse en la gente con quien se encontraba seguro de que tampoco a
él le prestaban la mínima atención.

Sin apearse de la montura, preguntó por el ganadero a la puerta de su casa. El rancho de


Trudd se hallaba fuera del lugar, pero Trudd solía hallarse casi siempre en Lockridge.

El peón a quien preguntara por el ganadero desapareció dentro de la casa sin contestar a
la pregunta de Andy.

Reapareció a los pocos minutos para decir:

—Pase.

Trudd era reseco como una corteza de árbol y tenía una viveza inteligente en sus ojos.

No se anduvo con rodeos, demostrando que la visita de Farrar no le resultaba muy grata.

—¿Qué desea, Farrar? ¿Por qué ha venido aquí?

Andy estuvo a punto de escupir a los pies del ganadero, dar media vuelta y volver a
marcharse.

No lo hizo, sin embargo. Contestó con idéntica frialdad que había sido recibido.

—He pensado que a usted podría interesarle un negocio.

Por parte de cualquier otro habitante del pueblo, aquella afirmación habría sido acogida
con interés. Tratándose de Farrar, la cosa variaba por completo.

—Tengo mis propios negocios, Farrar.


—Se trata de una mina de plata. La he descubierto en mis tierras. Necesito alguien que
adelante dinero para los primeros trabajos, la contratación de obreros y alguna maquinaria
indispensable.

En lo ojillos de Trudd hubo un destello que no pasó desapercibido para Andy.

Continuó:

—Estoy dispuesto a ceder la mitad de los beneficios, a quien ponga ese dinero ahora.
¿Qué me dice?

La oferta era tentadora, sobre todo para un hombre como Trudd. Faltaba, naturalmente,
la comprobación de que esa plata existía.

Andy estuvo seguro de que iba a recibir una contestación afirmativa, aunque solamente
fuera de principio.

Pero se equivocaba al haber pensado que la avaricia proverbial del ganadero era
superior al temor que pudiera tener a un personaje de la talla de Weiss.

Trudd contestó muy lentamente, igual que si le costara demasiado trabajo soltar aquellas
palabras:

—Lo siento, Farrar. Mi negocio son las reses.

Por segunda vez en aquella hora, Andy sintió que la sangre comenzaba a hervir de rabia
dentro de su cuerpo.

No se trataba de que el negocio no interesara a Trudd, sino de que tenía miedo a la


reacción que pudiera existir en Weiss.

—Supongo que será inútil que busque a alguien capaz de aceptar mi oferta en este
pueblo —dijo Andy con rabia.

Por segunda vez se produjo el chispear de los ojos del ganadero.

—¿Quiere decir que piensa buscar a esa persona fuera de Lockridge?

Era, en realidad, algo que Andy Farrar no pensaba todavía, algo que no se le había
ocurrido.

Contestó, pese a ello:

—Naturalmente, no pienso dejar que esa fortuna en plata se pudra ahí.


Prolongar aquella entrevista hubiera sido completamente absurdo. Andy se dirigió a la
puerta de la habitación donde le recibiera el ganadero. No se despidió de él, saliendo de la
pieza y de la casa de prisa.

Estaba harto de aquella gente del pueblo. De Weiss y de todos sus habitantes, que se
convertían respecto a él en puros secuaces.

La nueva idea, la sugerida por el propio Trudd, llenaba ahora su cerebro.

En cualquier sitio que estuviera algo alejado de Lockridge no existía la nefasta influencia
de Weiss. En cualquier sitio donde no les conocieran a ninguno de los dos, ni a él mismo, ni
al odioso ranchero.

Se trataba, únicamente, de encontrar el sitio donde existiera la persona dispuesta a


emplear dinero en un negocio seguro. Bastaría encontrar a esa persona y traerla en unión
de cualquier entendido para que valorizara la mina.

Andy Farrar se fue calmando lentamente, a medida que esa idea entraba más y más en su
mente, a medida que sopesaba los pros y los contras y la encontraba perfectamente
factible.

Ni siquiera debía haber venido al pueblo, donde, lo sabía demasiado bien, le odiaban
todos por la simple razón de que Weiss quería que le odiaran.

Fue una cabezonada, un paso inútil acudir a Lockridge en busca de ayuda para la
explotación del mineral encontrado en su rancho.

Decidió tomarse una nueva copa de "whisky".

Estaba pensando en salir al día siguiente hacia el norte, más allá de aquella tierra de
montañas y de malvados.

Rato después abandonaba el pueblo, sin que nadie le despidiera y sin que él se
preocupara de despedir a nadie.

No podía sospechar que en Lockridge sí había quien en aquellos momentos se ocupaba


de él.

Trudd le dejó tomarse la delantera de un cuarto de hora aproximadamente, antes de salir


también a la calle.

Anduvo de prisa, después de cerciorarse de que Andy Farrar había desaparecido ya de


los alrededores de-su casa.

Weiss no estaba en su domicilio, pero le aseguraron que se hallaba en el pueblo, por lo


que no tardaría en regresar.
Si quería verle, le dijeron, bastaba con que se acercara al banco, sitio para el cual saliera.

Trudd decidió encontrar al ranchero en el Banco en vez de esperarle allí.

Lo encontró, en efecto, cuando Weiss salía del establecimiento, con un semblante que
denotaba preocupación.

Los dos hombres eran amigos y se estrecharon la mano, como correspondía a personas
de posición social relevante.

—Farrar ha estado en mi casa —reveló Trudd.

—¿Ah, sí? Muy interesante. Cuéntame eso.

Weiss le cogió del brazo y le llevó por la acera, precisamente hacia un "saloon" que abría
sus puertas poco más allá.

—Asegura haber descubierto mineral de plata...

—Sé eso, Trudd. Acaban de decirme en el Banco que se presentó allí solicitando un
crédito.

—La misma cantinela que le llevó a buscarme a mí —dijo Trudd —, Por eso quería verte.

—Bueno, ya es innecesario, puesto que el director del Banco me mandó llamar apenas
salió de él Farrar.

—Hay algo más. Farrar dijo que pensaba ir fuera de la región en busca de alguien capaz
de interesarse en la explotación de la mina.

Una carcajada acogió la confesión de Trudd.

Entre la risotada que todavía estremecía su pecho, exclamó:

—¿No te habrás creído eso, Trudd? ¡Jamás permitiremos que un forastero venga a
entrometerse en nuestras cosas privadas!

Entraron en el "saloon" para tomar un trago. Pero Weiss no parecía dispuesto a seguir
hablando del asunto.

Trudd se preguntó si el hecho de que Farrar se dispusiera a intentar lo que le dijo a él no


sería motivo suficiente para que Weiss se sintiera bastante preocupado. Pese a lo cual calló
su pensamiento.
CAPÍTULO 3
Kenna acudió al despacho de Weiss.

Entre los dos hombres, capataz y dueño del rancho, existían lazos que nadie conocía,
pero que eran completamente evidentes.

Kenna era, en efecto, el único de todo Lockridge que se permitía contestar de mala forma
al patrón para el que trabajaba y el que desobedecía sus órdenes cuando le venía en gana.

Aquel día, todos lo habían podido comprobar en el rancho, Weiss estaba de mal humor.

Todos también se hubieran extrañado al ver que apenas Kenna entró en la habitación
donde le esperaba el ranchero, éste sonreía de una forma especial.

—Pasa y cierra la puerta —dijo el patrón.

Kenna obedeció en las dos cosas, se acercó a la mesa tras la cual estaba Weiss, tomó
asiento en cualquiera de las sillas y cogió un cigarro de la caja del ranchero.

—Necesito que me hagas un trabajito, Kenna —fueron las primeras palabras de Weiss.

Kenna encendió el veguero arrojando al techo la primera bocanada de humo.

—¿De qué se trata? —quiso saber, sin alterarse.

—Voy a enviar a Emiliano a recoger un dinero a Souville. Al regreso tendrá que pasar
cerca del rancho de Andy Farrar —explicó el ranchero.

La sonrisa de Kenna se amplió hasta formar una mueca significativa y desagradable.

—Usted quiere, simplemente, que Farrar robe a Emiliano. ¿Es eso, patrón?

—Poco más o menos.

—¿Con pólvora?

—Con pólvora.

—¿Cuándo parte Emiliano?

—Dentro de una hora, si tú aceptas el trabajo.

Kenna estuvo a punto de tragarse el puro.

—¿Desde cuándo me pide opinión, jefe? Usted y yo sabemos que usted manda y yo
obedezco. ¿Qué debo hacer con el dinero, una vez que haya volado la cabeza de Emiliano?
—Será el pago de tu trabajo.

Las preguntas de Kenna parecían surgir de su boca como balazos.

—¿Cuánto?

—Cinco mil dólares.

—Acepto, jefe. Un trabajo sencillo si los hay. Emiliano no tendrá tiempo para escupir dos
veces seguidas; seguro.

—Tienes que decirle que parta hacia Souville en busca de ese dinero cuando esté delante
alguno de los otros peones.

—De acuerdo. Piensa echar el muerto a las espaldas de Farrar. ¿Es eso lo que se propone,
jefe?

—Claro. Los peones deben saber el cometido que lleva a Emiliano. Cuando no llegue a la
hora prevista, todos pensarán que le ha ocurrido algo. Encontrarán el cadáver y haremos
correr la voz de que ha sido Farrar el que le mató.

—¿Para hacerse con el dinero que dicen que anda buscando con el fin de poner en
marcha la explotación de su mina?

Esta vez, Weiss no contestó. Se limitó a levantarse.

—No quiero fallos, Kenna —advirtió.

—¿Los tuve alguna de las veces anteriores, patrón? Sabe que me sobra de esto.

—La gente linchará a Farrar, a poco que nos lo propongamos — aseguró a continuación,
muy complacido al parecer con la idea.

Weiss no dijo nada, con lo cual callaba sus verdaderas ideas al respecto. Tenía un plan
trazado para eliminar a Farrar y quedarse con sus tierras y su rancho ahora que las cosas
se ponían bastante feas para él en lo que concernía a la compra de aquella pro piedad.

—Prepáralo todo, Kenna. Con más cuidado que nunca. No olvides que tenemos ahora a
un grupo de rurales en Lockridge. Ya no se trata de un sheriff solamente, al que manejamos
a nuestro gusto.

—Yo iré a recorrer el ganado —dijo aún Kenna—. De esa forma tendré libertad de
movimientos. Era una cosa que todos los peones saben que pensaba realizar uno de estos
días.

El ranchero aprobó con la cabeza.


Cuando le buscó el peón Emiliano, siguiendo las órdenes del capataz, todo estaba
perfectamente preparado.

Weiss dio unas pocas instrucciones a Emiliano respecto a lo que tenía que hacer y una
factura para que la cobrara en Souville.

El regreso, según esas instrucciones y de acuerdo con las millas a recorrer a caballo,
debía efectuarlo Emiliano en las primeras horas de la noche, apenas anochecido en
realidad.

Ignorante de la suerte que le esperaba, Emiliano partió con dirección al pueblo.

Allí cobraría la cantidad que cualquiera de los ganaderos de la región debía a Weiss. Al
mismo tiempo aproximadamente, Kenna salía con dirección a los pastos anunciando que
regresaría tarde, ya que pensaba recorrerlos en su totalidad y comprobar al tiempo, el
estado del ganado que era dejado en aquella época en plena sierra.

Naturalmente que Emiliano no regresó a la hora prevista. Ni durante el resto de la noche.

A la mañana siguiente, en el ánimo de todos sus compañeros de trabajo estaba la


seguridad de que le había ocurrido algo.

Kenna, de regreso aquella noche, un par de horas después de que se pusiera el sol, inició
la búsqueda del peón, apenas amaneció el día siguiente. Haciéndose acompañar por otros
dos hombres, se dirigió a Souville, donde fueron informados de que Emiliano hab ía llegado,
había cobrado y vuelto a salir del lugar, según todo parecía indicarlo con dirección a
Lockridge.

Cinco mil dólares era una cantidad respetable. Y los acompañantes de Kenna opinaron
que tal vez había sido suficiente dinero para que Emiliano pensara en apropiárselo por el
sencillo procedimiento de huir.

Kenna se limitó a mover la cabeza, sin comprometerse con esa ni en cualquier otra
opinión. Y, al regreso, tuvo buen cuidado de usar un atajo para llegar cuanto antes al rancho
y comunicar la noticia a Weiss.

Este atajo pasaba exactamente donde dejara la noche antes el cadáver de Emiliano.

Encontraron el cuerpo yerto del peón a tres millas escasas del valle donde vivía Andy
Farrar.

Lo primero que hizo Kenna, al apearse de su montura apenas descubierto el cadáver, fue
hacer como que comprobaba dos cosas: si estaba muerto en efecto y si tenía encima el
dinero con el cual partiera de Souville.

Cambió una mirada con sus dos camaradas y dijo mientras ellos se inclinaban también
sobre el muerto.
—Hemos pensado mal del pobre Emiliano.

Ellos asintieron con la cabeza.

Uno dijo:

—Alguien le mató para robarle.

—Sí —afirmó Kenna—; no cabe pensar otra cosa. El hecho de que el dinero haya
desaparecido es demasiado significativo.

Sin necesidad de que se lo ordenaran, los dos peones levantaron el cuerpo inerte para
cruzarle sobre una de las sillas.

—Un balazo muy cerca del corazón y de rifle al parecer. Alguien que estaba escondido
entre los árboles cuando Emiliano pasó por aquí.

Las palabras de Kenna no fueron apenas escuchadas por sus acompañantes. Los dos
estaban pensando lo mismo, los dos en Andy Farrar.

Weiss había estado durante meses inculcándoles un odio tan innecesario como absurdo
hacia ese hombre. Odiaban a Farrar porque sí, acaso sin haberse preguntado nunca si un
hombre podía ser aborrecido por el simple hecho de que el patrón le odiara a muerte.

Cuando iba a montar de nuevo, Kenna despegó los labios con una intención cargada de
veneno y siguiendo las instrucciones que recibiera de Weiss:

—¿Estáis pensando en Farrar?

—Sí, naturalmente —dijo uno.

El otro asintió con un mudo movimiento de cabeza.

—Tal vez no sabéis todavía lo principal —añadió el asesino de Emiliano.

Dejó pasar unos segundos antes de completar sus frases, buscando un mayor efecto:

—Parece ser que ese tipo encontró una veta de metal argentífero en el valle y estuvo en
el pueblo mareando a todo el mundo para que le concedieran un crédito a fin de poder
poner en marcha la explotación de la mina.

En las mentes de los peones apareció la misma imagen. La de una gruesa rama de árbol. Y
colgado de ella, Andy Farrar.

Weiss había puesto en marcha su bien estudiado plan. Aunque ni siquiera él mismo podía
sospechar hasta dónde llegarían las cosas.
CAPÍTULO 4
EL mismo fenómeno mental que se produjo en los dos compañeros de Kenna, cuando
descubrieron el cadáver del pobre Emiliano, se repitió al correr la voz de la muerte del
peón en Lockridge.

El cincuenta por ciento de los habitantes del pueblo movió la cabeza, despreocupándose
del asunto. Un muerto más o menos carecía para ellos de la menor importancia.

El otro cincuenta era distinto era, en realidad más belicista, o creía tener algún motivo
para odiar también a Andy Farrar.

Que el padre de Jenny había pasado ante ellos, por ejemplo, sin saludarles. Que debían
favores a Weiss y sabían que la mejor forma de complacer a ése residía en odiar a Farrar...

Cualquier motivo era bueno. Incluso la ausencia de toda clase de motivos.

Media hora después de que llegara el trío al pueblo, portando el cadáver de Emiliano, los
ánimos habían comenzado a excitarse. Grupos de hombres en los "saloons", bebiendo y
hablando del muerto y de su matador, Andy Farrar naturalmente.

Desde su cubil, Weiss sonreía complacido.

Una vez más podía demostrarse a sí mismo que era el más inteligente y el más astuto,
que sabía manejar los hilos a la perfección, que casi todo el pueblo obedecía sus órdenes,
llegado el caso de darlas, y que obedecía ya sus sugerencias.

Andy Farrar buscando obsesionado una cantidad de dinero que le permitiera iniciar los
trabajos de explotación de la mina que decía haber encontrado, era, sin duda, un buen
motivo para, en un momento de ofuscación, disparar contra un peón como Emiliano y
robarle una vez muerto.

Los hombres que encontraron a Emiliano lo habían pensado apenas descubrieron el


cadáver. Y fue suficiente eso, que los peones expresaran en voz alta su parecer, para que los
restantes cow-boys del rancho se desparramaran por el pueblo ávidos de hacer partícipes a
los demás de aquella sospecha que ellos conocían y que, media hora más tarde, circulaba de
boca en boca.

El resto era demasiado fácil para un hombre de las posibilidades de Weiss.

Bastaba con dejar que la gente bebiera, excitándose poco a poco. Bastaba que
transcurriera una hora más, o dos a lo sumo; el suficiente tiempo, en fin, para que esa idea,
esa creencia de la culpabilidad de Farrar se cociera en su propia salsa.

Kenna, siempre obediente al dictado del hombre que pagaba bien, se mezcló entre la
gente. Naturalmente que su presencia debía de ser bien acogida. Era, ni más ni menos, la
persona de confianza de Weiss y la que podía, por tanto, informar sobre lo que opinaba
Weiss.

Entre vaso y vaso de "whisky", nadie pudo darse cuenta de que la palabra "linchar" era
como dejada caer por el capataz.

Linchar a un asesino o arrastrarle atado a una silla de montar, el caballo al trote, carecía
de verdadera importancia para la gente del Oeste. Se trataba de un asesino, de un sucio
asesino para ellos y debía de hacerse justicia con él. No la justicia norma l de conducirle a
cualquier tribunal de cualquier población, siempre lejana en el inmenso territorio de Texas.

Más de uno opinó que Kenna estaba en el centro mismo de la razón cuando explicaba
eso, siempre acompañándose por sorbos de "whisky".

Un sucio asesino.

La palabra corrió de grupo en grupo como antes corriera la noticia de la muerte de un


hombre que veinticuatro horas antes no importaba a nadie.

Emiliano, el peón del rancho de Weiss, podía haberse muerto en cualquier rincón, podía
haber reventado de un cólico sin que nadie del pueblo fuera capaz de mover una ceja o de
pensar en el pobre hombre.

Aquello afectaba a una persona por la que todos, en mayor o menor grado, sentían una
aversión que Weiss había sabido sembrar a través de semanas y de meses.

Pocas horas después de que llegara el cadáver de Emiliano al pueblo, la gente estaba lo
suficientemente soliviantada para que pensara ya en pasar de las palabras a los hechos.

Hablando de palabras y de hechos, ninguna más justa para ellos que la de "linchamiento".
Ni ninguna tan bien aplicada al caso como la de un castigo ejemplar a Andy Farrar.

El sheriff del lugar —capaz de limpiar las botas de Weiss sin ruborizarse— empezó a
pensar que era demasiado problemático oponerse a las iras de la gente cuando la gente
estaría, sin duda alguna, apoyada por el ranchero.

Había una solución de las más cómodas, y consistía en poner el caso de un posible, de un
casi evidente motín, en manos de los Rurales de Texas establecidos en Lockridge.

Ellos, los rurales, eran otra cosa. Ellos eran fuertes. Ellos podían...

Todo se podía reducir a asegurar que el sheriff era un cobarde, sin necesidad de verter
una docena de inútiles elogios sobre los rurales.

Benson, así se llamaba el sinvergüenza del sheriff, se lanzó hacia el cuartel de los rurales,
seguro de que había encontrado la solución ideal para sacudirse de encima la
responsabilidad que caería sobre él cuando aquellos locos de vecinos se pusieran en
camino del rancho donde habitaba Andy Farrar.

No sospechaba que le aguardaba dentro del cuartel una de esas sorpresas que cambian el
curso de las cosas y que los cerebros obtusos, como era el suyo, son incapaces de
comprender.

Vio el caballo del ranchero, pero ni siquiera se le ocurrió, pese a ello, pensar que Weiss
pudiera estar allí en aquellos momentos.

Penetró como una tromba, dispuesto a explicar rápidamente lo que ocurría y a pedir que
fueran ellos, los rurales, los que se encargaran de mantener la paz, alegando que él solo no
podría conseguirlo.

La oficina del sargento estaba llena de hombres. Tres o cuatro de los rurales, incluyendo
al sargento y a Tom. Y el propio Weiss.

El sheriff Benson hubiera retrocedido de buena gana, se hubiera vuelto a marchar a toda
la velocidad de sus piernas, de haberlo podido hacer.

Entraba demasiado de prisa, por lo que, casi al primer envite a la puerta, se coló hasta el
centro de la misma habitación.

Dispuesto a decir todo lo que tenía que decir en cinco minutos escasos. Dispuesto,
cuando descubrió con estupor al ranchero, a tragarse las palabras e incluso la lengua si era
necesario.

Que él, un "siervo" de Weiss acudiera a los rurales en busca de ayuda para sofocar una
rebelión provocada por el propio Weiss...

Sin embargo, apenas si alguno de los presentes le hizo caso al verle entrar en la oficina.

Estaba hablando Weiss, y cuando éste hablaba los habitantes de Lockridge solían cerrar
sus bocas.

Hablaba excitadamente, lleno de cólera:

—¡Tienen que hacer algo!

Benson abrió la boca, incapaz de comprender que aquella petición la hiciera el hombre
que más odiaba a Andy Farrar, el que, en realidad, había sido el causante indirecto —creía
el sheriff— de que la gente pensara en jugarle a Farrar la peor de las partidas .

Las siguientes palabras de Weiss explicaron sin embargo su actitud.

—¡Todo el mundo dirá que he sido yo el que provocó el linchamiento de ese maldito
Farrar, si no impiden que la gente se ponga en marcha hacia el valle!
Benson respiró tranquilizado.

Resultaba que Weiss había acudido a los rurales con la misma exigencia que él, con lo
cual ahora estaba seguro de que el ranchero no vería mal el paso que acababa de dar.

Trató de intervenir en la conversación, o lo que fuera aquello, pero era al parecer


demasiado tarde para que lo hiciera. Weiss debía de haber dicho todo cuanto tenía que
decir.

Se dirigió hacia la puerta, dejada abierta cuando la entrada del sheriff, a grandes,
enérgicas zancadas y abandonó la oficina.

Estaba acostumbrado a hacerse obedecer y no pensaba seguramente que fuera necesario


insistir más ante los rurales para que éstos intentaran, al menos, cumplir con su deber.

La mirada de Tom le siguió hasta que su cuerpo pasó al otro lado del muro y de la puerta.

Estaba pensando en Jenny.

No hubiera sido necesaria la presencia de Weiss allí para obligarle a él, personalmente, a
hacer lo imposible para impedir que la muchacha corriera peligro.

No sabía si la acusación que corría de boca en boca contra Farrar era cierta o se trataba,
como se sentía inclinado a pensar, de una vulgar patraña inventada por Weiss
precisamente.

El sólo sabía que amaba a Jenny, que Jenny era la hija de Farrar y que la multitud
enardecida la haría víctima de su absurda cólera.

El sargento miró a sus hombres, sin hablar, para que le siguieran. Parecía dispuesto a
secundar la idea del ranchero de que fuera impedida la barbaridad que todos parecían
dispuestos a cometer.

Tom se dijo que no estaba claro el que Weiss tuviera en sus manos en aquellos
momentos la muerte de Farrar y tratara de impedirla con la excusa de que podrían
achacarle a él ser el instigador del hecho.

Algo olía mal en la actitud del ranchero. Algo que él tenía que investigar en favor del
padre de Jenny.

Mientras tanto, Weiss se disponía a llevar a cabo la segunda parte de su bien fraguado
plan criminal.

Comprobó, a su paso por las calles, que la gente estaba bebiendo "whisky" como en los
grandes días en que se celebraba cualquier fiesta o acontecimiento.
Procuró que no se fijasen demasiado en él, cosa fácil de conseguir debido a que todos
estaban ya algo bebidos y dentro en su mayor parte de los locales.

Una de las cosas que siempre había caracterizado a Weiss era que jamás dejó de usar,
desde varios años antes, su caballo favorito, perfectamente reconocible y conocido por
todos, debido a la estrella blanca que el animal tenía en el morro.

Lo dejó atado a cualquier travesaño, delante del Banco, y se dirigió andando hacia el sitio
donde le esperaba Kenna.

Cualquiera que hubiera seguido sus pasos, habría captado en seguida dos
particularidades de aquello que pretendía ser un paseo normal hacia cualquier sitio. Una,
que Weiss se había vuelto inesperadamente prudente y que evitaba encontrarse con la
gente. Otra, que se dirigía, sin lugar a dudas, hacia la salida del pueblo.

Llegó sin que nadie pareciera fijarse en él.

Kenna llevaba varios minutos de espera, escondido en la arboleda del río y con dos
caballos preparados.

—¿Todo correcto? —inquirió el ranchero.

Una mueca se abrió en los labios de Kenna.

—Ha sido de lo más fácil —aseguró—. La gente lo ha tomado a mal. Emiliano parece
como si hubiera sido el hijo de cada uno de ellos.

—Adelante, no perdamos tiempo. ¿Crees que los Rurales podrán contener durante media
hora a la gente? —volvió a inquirir Weiss al tiempo que cogía a uno de los caballos por las
bridas.

Kenna se encogió de hombros, demostrando su ignorancia al respecto.

Weiss montó rápidamente, pese a su corpulencia, y su lugarteniente le imitó.

Unos segundos después, los dos hombres galopaban hacia el valle de Farrar. Espoleando
sus monturas como si les persiguiese la turba a la que ambos habían excitado.
CAPÍTULO 5
JENNY oyó el ruido que producían contra la tierra los cascos de los caballos al acercarse a
galope hacia el rancho.

Estaba tirada en el suelo, cara al cielo, contemplando el celaje que formaban las ramas en
el azul.

Se incorporó con presteza, escupiendo la brizna de hierba que mordisqueaba.

El que varios jinetes se acercaran al valle, hubieran, en realidad, penetrado en el valle,


era ya una novedad. El que vinieran al galope, suficiente motivo para que la joven sintiera
la alarma.

Ahora, sin embargo, no pudo percibir el rítmico golpeteo. Ahora que se había levantado.

Su padre estaba trabajando a un centenar de yardas y no debía de haberse dado cuenta,


ya que, al mirar hacia él, Jenny vio que no había cambiado siquiera de postura.

La muchacha estaba, sin embargo, completamente segura de haber escuchado a los


caballos.

Se cercioró, no obstante, volviendo a tumbarse en el suelo, pero ahora con la oreja


pegada a la hierba.

No se equivocaba la primera vez.

Percibió perfectamente el golpeteo de los cascos herrados de los caballos lanzados, sin
duda, a un rápido, rapidísimo galope.

Jenny no podía decir que fueran seis, siete, o dos o tres jinetes, pero sí que se trataba
indudablemente de más de uno.

No vaciló. Echó a correr hacia su padre que continuaba cortando un tronco con la sierra
de mano.

Sólo levantó la cabeza hacia ella cuando Jenny estuvo a su lado, jadeando por la carrera.

—¿Qué te ocurre, muchacha? —inquirió Andy, quitándose el sudor que perlaba su rostro.

—¡Caballos! —exclamó ella, realmente alarmada—. ¡He oído caballos!

Algo que podía ser tomado por una sonrisa entreabrió los labios de Andy Farrar, al
tiempo que decía:

—Vivimos tan aislados, que hasta la llegada de unas monturas nos sacó de quicio.
Cálmate muchacha. Si vienen unos hombres, será para algo. Acaso las cosas hayan
comenzado a cambiar para nosotros desde el otro día, desde que descubrí plata en esta
tierra.

La tranquilidad que demostraba poseer Andy pareció transmitirse a Jenny, quien intentó
sosegar su respiración y atemperar los latidos de su corazón.

Pese a la aparente tranquilidad, Andy tenía cerca el rifle, del que jamás se separaba.

Hacía un fuerte sol, por lo que tuvo que poner su mano de visera intentando ver, más
allá, la parte del camino polvoriento que se divisaba desde allí.

La que vio fue solamente una nubecilla de polvo corriendo hacia adelante, acercándose al
rancho.

Dejó la sierra en un lado y asió el rifle. Amigos no los tenía en aquella zona, y menos en
Lockridge. Enemigos, no esperaba que pudiera venir nadie en abierto plan de guerra. Pero
siempre era mejor ser precavido.

Mientras Jenny permanecía inmóvil, a la sombra del árbol, Andy salió a pleno sol, con
dirección a los hombres que se acercaban al galope.

No tuvo tiempo, en realidad, para hacer nada en su propia defensa.

Los dos jinetes, eran dos solamente, se lanzaron hacia él con sus caballos.

Cuando quiso echarse el rifle a la cara, era demasiado tarde.

Uno de los caballos, el que montaba Weiss, se adelantó al usado por Kenna y se precipitó
contra Andy.

El disparo de su rifle se perdió hacia el cielo.

El caballo le golpeó de costado, hábilmente manejadas las riendas por el ranchero.

Andy se sintió proyectado con violencia al suelo, casi pisoteado por las patas del segundo
caballo, ya que el montado por Weiss le había soprepasado.

Kenna tiró brutalmente las riendas y saltó a tierra.

Andy se revolvía ya, en el suelo y todavía atontado por el golpe, cuando el cuerpo del
capataz cayó sobre él.

No fue necesaria una lucha tremenda para reducir a la impotencia a Andy Farrar.

Kenna se revolcó con él por el suelo, le golpeó dos o tres veces sin demasiado efecto. Se
incorporó con presteza cuando Andy soltaba maldiciones de coraje. Para agacharse hacia
él, cogerle por la camisa, levantarle de un tirón.
El puño de Kenna se estrelló una sola vez contra el rostro de Andy, enviándole lejos.

Todavía no estaba vencido, pese a ello. Todavía, gracias a la rabia que le estremecía, Andy
intentó incorporarse para seguir luchando.

Kenna cayó sobre él por segunda vez, pero ésta con una intención mucho más siniestra.

Proyectó su pie, calzado con la fuerte bota de montar, hacia el rostro de Andy.

La punta de la bota se estrelló contra la garganta del padre de Jenny.

Un crujido, y Andy quedó en el suelo, como muerto.

Kenna enderezó su cuerpo, con una sonrisa de triunfo entre los labios. Miró hacia más
allá, viendo como Weiss intentaba inútilmente reducir a la muchacha.

Jenny se defendía a la desesperada, usando los únicos medios que tenía a su alcance.
Uñas, patadas, dientes.

Demostrando su condición de canalla, Weiss se reía al tiempo que intentaba reducirla a


la impotencia.

Kenna acudió en ayuda del ranchero, dándose cuenta de que Andy había perdido el
sentido, por lo que podía ser dejado allí.

Cayó sobre la muchacha por detrás, obligándola a girar hacia él.

Sus fuertes brazos, sus manazas tampoco iban a poder con los nervios de la muchacha.

Jenny logró clavar sus dientes en el brazo del bruto, obligándole a soltarla chillando por
el dolor.

Cuando intentaba echar a correr, sin duda, con la idea de escapar, Weiss le puso la
zancadilla.

Se golpeó contra el árbol, cerca del cual forcejeaba, pero sin hacerse ningún daño,
aparentemente.

Cuando se levantaba, con los bellos ojos relucientes de indignación, dispuesta a seguir
defendiéndose como pudiera, Kenna la alcanzó con su mano abierta.

La bofetada la obligó a retroceder trastabillando hacia el propio Weiss.

—¡Estamos perdiendo mucho tiempo! —advirtió Kenna.

Se tiró hacia la muchacha, medio inmovilizada por su patrón, y la golpeó de nuevo, pero
ahora con el puño cerrado.
Jenny quedó como desmadejada, como muerta, entre los brazos de Weiss.

Lo que habían iniciado tenía un segunda parte importante, que debían de realizar a la
máxima velocidad posible.

Como si se olvidaran momentáneamente de sus víctimas, los dos hombres corrieron


hacia el único edificio que quedaba en pie del rancho. Tenían que dejarlo todo de forma que
si llegaba la turba de Lockridge, la gente tuviera casi la seguridad de que los únic os
moradores del rancho habían abandonado éste hacía muchas horas.

Mientras Weiss penetraba en la casa, de troncos, Kenna se encargó de soltar las dos
monturas de que disponían Jenny y su padre, asustándolas lo suficiente para que, al menos
por unas horas, no regresaran al lugar.

La operación no duró más de diez minutos.

Luego, también de prisa, quitaron toda posible huella de la breve pelea sostenida contra
Farrar y su hija.

Weiss sudaba, más por su gordura y el fuerte sol que por el esfuerzo realizado.

Una mirada en torno le demostró que todo estaba en regla según sus planes.

Sin hablar, puesto que todo estaba dicho entre él y su lugarteniente, se agachó para coger
el cuerpo inanimado de Farrar y atravesarlo sobre su silla, junto al arzón.

Kenna le imitó, haciendo lo mismo con Jenny.

Cuando iniciaron el galope, poco más de quince minutos después de haber llegado al
rancho, Weiss podía sentirse contento. Todo, hasta aquel momento, estaba resultando
como él lo proyectara.

Andy Farrar estaba ya en su poder, en unión de aquella hija medio salvaje que tenía.
Nadie en absoluto podía haber controlado su salida del pueblo, ya que el sheriff jamás se
complicaría la vida haciendo una cosa semejante y el pequeño grupo de Rurales, ba stante
tenía con intentar calmar los ánimos a la gente del pueblo.

No tomaron un camino conocido, sino que se dispusieron a atravesar parte de la


montaña usando sendas que presentaban bastante dificultad.

Llegaron, dos horas después a una cabaña solitaria, en lo más intrincado de la sierra, en
unos parajes donde jamás serían encontrados los dos prisioneros de proponérselo sus
captores.

La construcción, de troncos carcomidos por el tiempo, era usada a veces por los cow-
boys de Weiss para la vigilancia del ganado. Pero hacía meses, seis o siete por lo menos, que
no la habitaba nadie, ni siquiera de una forma provisional.
La cabalgata había sido dura sobre todo porque los dos hombres tuvieron que sostener
sobre sus respectivas sillas los cuerpos de Farrar y de Jenny.

Weiss sacó un frasco de licor y bebió directamente de él un gran sorbo. Luego lo cerró,
para arrojárselo a su secuaz.

Jenny fue la primera en abrir los ojos y comprender lo que ocurría. La bastó una mirada a
sus captores, para recordar el cobarde ataque de que su padre y ella misma fueran objeto.

No dijo nada, sin embargo; no intentó nada acaso porque se diera cuenta de la inutilidad
de todo esfuerzo hallándose prisionera de dos hombres sin escrúpulos, brutales, como eran
el ranchero y su capataz.

Farrar seguía sin conocimiento cuando le arrojaron, igual que a un saco, en uno de los
rincones de la cabaña.

Los ojos de la muchacha expresaban muchas cosas: terror, odio, indignación.

Se dijo que el hallazgo de plata por parte de su padre había precipitado los malos
instintos del ranchero, obligándole a darse prisa en la realización de sus designios.

Tom.

Era la única esperanza.

Su padre había quedado desarmado y nada lograría contra dos individuos de la catadura
de aquellos, armados, además, y no dispuestos, con seguridad, a ofrecer a su enemigo la
mínima oportunidad de defenderse.

Weiss hizo una seña a su compinche, y los dos salieron de la cabaña, dejando sola a la
joven con su padre.

Tuvo que hacer un esfuerzo para incorporarse porque le dolía todo el cuerpo, como si
hubiera recibido no unos pocos golpes de los dos miserables, sino una tremenda paliza.

Sin duda, la postura obligada que mantuvo sobre la silla de montar de Kenna durante
todo el viaje hasta aquellos parajes.

Cuando llegó hasta su inanimado padre, sintió un nudo de emoción en la garganta. Y


ganas de echarse a llorar.

Trató de incorporarle, sin que sus fuerzas la obedecieran.

Una mesa desvencijada, lo que en tiempos debió ser una silla. Y nada más.

En aquel momento entraban de nuevo Weiss y Kenna, provisto éste de un viejo cubo
lleno de agua.
Agua de un pozo o más bien de cualquier manantial de montaña.

Jenny supo en seguida para qué necesitaban el líquido. Se acercaron a ellos, la


desplazaron de un empujón, y Kenna arrojó el contenido íntegro del cubo sobre el rostro y
el pecho de su padre.

Andy abrió los ojos. Giró apenas la cabeza, justamente hasta que descubrió a los dos
enemigos, comprendiendo entonces en qué situación se hallaba.

Jenny pareció pasar desapercibida para él.

Empezó a incorporarse, sin que los dos canallas dejaran de vigilar cada uno de los
esfuerzos que hacía para lograrlo. Al parecer no se fiaban de él ni de la reacción que
pudiera tener en aquellos momentos.

Lo que hizo daba razón al recelo de sus captores.

Apenas puesto en pie, sacudió su cabeza a ambos lados, tratando de alejar de su mente el
atontamiento que debía de sentir. Y se arrojó hacia Weiss.

No fue el ranchero quien repelió su ataque.

Antes de que las manos de Andy pudieran cerrarse sobre el cuello del ranchero,
intención evidente del padre de Jenny, Kenna se interpuso entre ambos.

Andy no estaba en demasiado buenas condiciones para luchar entonces. Lo demostró


cuando sus reflejos mentales no captaron el rápido movimiento de Kenna hacia él.

El puño del capataz se estrelló, brutalmente, contra el rostro de Andy, enviándole al suelo
de nuevo.

Cuando se disponía a atacarle, rematando su acción a base de patadas, Weiss le sujetó


por un brazo, tirando de él y apartándole de su víctima.

En los ojos de Andy Farrar brilló el deseo de matar.

No le iban a dejar ni siquiera defenderse.

Weiss se agachó hacia él, le atrapó con sus manazas, le levantó casi a pulso y acercó su
boca al rostro de Andy.

—Quiero tu vida, Farrar. ¿Te das cuenta de lo que significa eso?

Desde el suelo, Jenny miró a los dos hombres, comprendiendo que llegarían a matarle a
menos que consiguieran sus propósitos.

Weiss sacó un papel de uno de sus bolsillos, lo blandió delante del rostro de Andy.
—¡Firmarás este papel! —aseguró, sin que fuera entonces comprensible la rabia que
parecía estremecerle.

Andy apretaba los puños, como si de nuevo buscara una ocasión cualquiera para lanzarse
sobre los que le amenazaban.

Jenny comprendió de inmediato de qué se trataba.

Miró a su padre y gritó, intentando infundirle las suficientes fuerzas morales para resistir
la presión de que estaba siendo objeto.

—¡No lo firmes! ¡Aunque nos maten!

Esta vez fue el propio ranchero el que saltó hacia donde se encontraba tirada la
muchacha, el que la golpeó con su pesada bota de montar.

Un grito de dolor rompió en la garganta de Jenny al sentir cómo la punta de la bota se


hundía entre sus costillas.

Pudo aún insistir:

—¡No..., no lo fir...mes!

El segundo de los golpes, otro puñetazo terrible, arrancó casi de cuajo su respiración,
obligándola a boquear como si faltara aire a sus pulmones.

Se volvió hacia su secuaz el ranchero:

—Haz que se calle o tendré que matarla. Me crispa los nervios.

Kenna sonrió complacido por el encargo. Empezaba, en realidad, a tener sus propias
ideas sobre aquella muchacha, a la que no veía desde hacía mucho tiempo, el suficiente
para sorprenderse de haberla conocido cuando cría y descubrirla ahora convertida en un a
estupenda mujer.

Era brutal por naturaleza y en aquellos momentos todavía más. Porque nadie podría
venir en defensa de padre e hija.

Se agachó hacia ella y soltó la carcajada al comprobar que la joven se encogía por temer a
un castigo semejante al que acababa de recibir del ranchero.

No hizo eso, no la golpeó... todavía.

Cerró cinco de sus dedos sobre la mata de pelo de Jenny y tiró para arriba sin
contemplaciones.
Jenny empezó a gemir de dolor al tiempo que ella misma se levantaba sin necesidad
siquiera de que se lo ordenara la sucia boca de aquel hombre.

Con la mano libre la soltó un bofetón, capaz de haberla derribado si llega a dejarla en
aquel momento la mano que asía su cabello.

Andy presintió lo que iba a seguir a continuación.

Saltó desde el suelo, bramando de cólera y tirándose hacia Kenna.

Weiss esperaba aquella reacción de Andy y le cortó el paso, metiendo el puño


nuevamente contra su rostro.

Andy volvió a caer al suelo, después de intentar inútilmente mantener un imposible


equilibrio.

—¡¿Quieres firmar este papel? !

Andy no contestó. Sangraba por los labios y debía de sentirse ya algo mal debido a los
golpes recibidos. O a la rabia que le estremecía, capaz por su fuerza de anular las facultades
normales de cualquier hombre.

—Es una venta de tu rancho y de tus tierras del valle —amplió la información el
ranchero.

La voz de Andy demostró que le costaba trabajo hablar:

—No lo...grará na...da. Cualquiera podrá com...prender que se tra...ta de esto.

La Ley verá que me obli...gó a ven...derle el rancho.

—No me lo venderás a mí, necio. ¿Crees, acaso, que no he pensado en eso que estás
diciendo? El documento demostrará que has vendido tus tierras a un desconocido.

La sorpresa y la incomprensión, obligó a Andy a abrir enormemente los ojos.

—Tú y tu hija habéis partido del valle para siempre. A estas horas, la gente de Lockridge
habrá llegado al rancho dispuesta a lincharte por el asesinato de Emiliano. Yo ordené que le
mataran y logré que te echaran a ti la culpa. Los Rurales se prestaron a contener la ira del
gentío, pero sé que eso sólo habrá sido posible durante una hora o poco más. El tiempo que
yo necesitaba para apoderarme de ti.

Jenny se debatió entre las zarpas del que la sujetaba con fuerza. Sólo consiguió que
Kenna la apretara más contra sí.

Weiss continuó, muy divertido con la exposición de su plan:


—He dejado pruebas de que habéis huido del valle. Firmado este documento, un
forastero se presentará aquí con una bonita historia. ¿Sabes cuál?

Ante el silencio, Andy Farrar prosiguió:

—Tú le vendiste tu tierra y el rancho al encontrarle en cualquier sitio. Le explicaste que


no podías vivir más tiempo aquí y que habías decidido jugarme una mala pasada
vendiéndole a otro tu propiedad.

Era un plan no sólo astuto, sino también casi perfecto. Weiss representaba una fuerza
indudable en la región. Y cuando ese forastero se presentará sería sin duda un hombre
traído por él mismo.

—Seis meses después —reveló aún Weiss—, el forastero declarará que no le gusta tu
valle y me venderá a mí la propiedad. ¿Lo comprendes ahora? Me la venderá firmando un
documento de venta falso. No tendré que gastarme un solo centavo en comprar tu rancho.

Andy se quitó con el revés de la mano el sudor que llenaba su rostro golpeado.

—No firmaré —aseguró—. No firmaré aunque me torturen.

Los dos canallas cambiaron una mirada de inteligencia.

Y Weiss ordenó:

—Empieza con ella, Kenna.

Andy Farrar había supuesto que tendría que soportar un infierno de tortura física. Pero
no eso.

La mano de Kenna agarró el vestido de la joven y lo desgarró bruscamente.

—Te ataremos a esa silla y tendrás que contemplar lo que le espera a tu hija, Farrar.

Jenny logró soltarse.

Se tiró contra Weiss, dispuesta acaso a sacarle los ojos con sus uñas.

No la golpeó como habían hecho con ella hasta entonces. La agarró, riéndose de su
impotencia, y dio un nuevo tirón al vestido.

No hablaban en vano. Los dos hombres estaban dispuestos a hacer aquello, a menos que
Andy aceptara sus condiciones.

Bastó que Andy viera el brillo que animaba las pupilas de Kenna, la forma como sorbía el
aire espeso de la miserable cabaña cerrada durante meses.
—¡No! —gritó al ver como por tercera vez una garra se disponía a continuar rasgando la
ropa que cubría a Jenny.

Una sonrisa de triunfo afloró a los labios de Weiss.

De un empujón tiró a la muchacha a uno de los rincones, volviendo a sacar el papel.

—¿Estás dispuesto a firmar? —quiso cerciorarse.

—Sí.

—De acuerdo. No sabes lo que le has ahorrado a Jenny.

Weiss dejó el papel sobre la rústica mesa.

—Anda, levántate y ven a firmar.

Sacó también un frasquito de tinta y un palillero de sus bolsillos. Lo había previsto todo.

Andy obedeció sin rechistar.

Amaba demasiado a su hija para consentir que fuera ella la sacrificada. Cuando se
agachaba sobre el documento de venta, llegó hasta él el grito de la joven.

Sollozando, rabiando:

—¡¡No firmes!!

No le hizo caso y estampó su firma, con rúbrica, al pie del documento. Acababa de perder
lo único material que había llegado a poseer en toda su vida. Pero no estaba arrepentido. La
integridad de Jenny valía mucho más para él que todo el dinero del mundo.

Weiss encendió un cigarrillo.

—Sácala de aquí, Kenna.

El capataz tuvo que sacarla de la cabaña. Luchando contra él, intentando arañarle, darle
patadas...

Ni siquiera se había dado cuenta de que Kenna estaba hacía rato propasándose con ella.

El disparo, inesperado, que estalló dentro de la cabaña acabó con toda la resistencia
femenina.

Jenny pareció olvidar quién era el individuo que la sujetaba, todo lo ocurrido también
para mirar a Kenna interrogativamente, como si no pudiera dar crédito a lo que acababa de
escuchar, como si no pudiera creer el significado de aquel disparo que sonó den tro de la
cabaña donde había quedado su padre con el ranchero Weiss.
Luego, inesperadamente, sus rodillas se doblaron y fue incapaz de mantenerse en pie.

No sollozó. No dijo nada, no fue capaz de decirlo.

En sus ojos apareció un dolor infinito, un estupor igualmente infinito.

Cuando hundió su rostro entre los brazos, comenzando al fin a expresar su intenso,
brutal dolor, Weiss salía de la cabaña, enfundando el Colt con el cual acababa de asesinar a
sangre fría al hombre que fuera su enemigo.

Señaló a la muchacha antes de dirigirse a uno de los caballos, al que usara para venir
hasta allí.

—Entierra profundamente a Farrar —dijo, como si no se tratara de un repulsivo


crimen—. No quiero que jamás pueda ser descubierto su cuerpo. Todo el mundo debe
aceptar, para siempre, que se ha largado lejos de la región.

—¿Qué hago con ella? —quiso saber su secuaz.

—Mátala igualmente, idiota. ¿Crees acaso que ella no irá gritando a los cuatro vientos lo
ocurrido? Mátala y entiérrala con su padre. Los dos en un hoyo bien hondo. No quiero que
pierdas mucho tiempo en la operación. Tratarás de llegar a Lockridge por un c amino
distinto al que yo usaré. Ni palabra sobre nuestra incursión. Y quiero verte esta misma
tarde.

Kenna asintió con la cabeza, sin despegar los labios.

Volvió a cruzarle la mente la idea que tuviera rato antes la que descartaba una
obediencia ciega a las órdenes de Weiss.

Estaba ya calculando el tiempo que tendría para poder realizar sus propios planes, sin
que jamás el patrón llegara siquiera a sospecharlos, cuando Weiss espoleó a su montura,
lanzándola hacia las enormes rocas que cerraban el horizonte de la montaña.

Kenna se desentendió de él y de su caballo. Dentro de dos o tres minutos, tampoco Weiss


podría ya verle.

Miró a la muchacha que seguía tirada en el suelo, sollozando angustiosamente.

"¿Por qué había de morir tontamente?" —se preguntó.

Movió la cabeza a ambos lados, negando esa posibilidad.

Antes de meterle un plomo en la cabeza podía hacer algo con ella, algo que sin duda no
había pensado Weiss.

Se agachó.
—Procura calmarte. Dentro de diez minutos, tenemos que cabalgar de firme le ordenó.

Ni siquiera antes parecía haberse dado cuenta Jenny de las palabras que pronunció el
ranchero respecto a su muerte.

Ahora, no oyó a Kenna, sumida en su terrible dolor, ahogadas acaso las palabras del
miserable por sus propios sollozos.

Kenna se encogió de hombros.

Se acercó al caballo, para retirar el lazo del arzón de la silla. Pese a que la joven parecía
completamente abatida, no se fiaba.

Jenny no opuso resistencia a ser atada rápidamente. No era necesario entretenerse


demasiado en eso, ya que el tiempo iba a faltarle a Kenna.

Cuando estuvo seguro de que la joven no podría escapar mientras él se alejaba de aquel
lugar, Kenna se metió en la cabaña para salir con el cuerpo de Farrar al hombro.

Lo cargó sobre su caballo y montó a continuación.

Regresó casi media horas después, sin el cadáver, al que había simplemente arrojado a
un profundo y oculto barranco cubierto casi de vegetación.

Le parecía una tontería, y un esfuerzo inútil, enterrar a Farrar como había ordenado
Weiss. Las alimañas y los buitres se encargarían en pocos días en hacer desaparecer su
cuerpo mejor que si estuviera metido a varios palmos bajo tierra.

El se ahorraba el trabajo de abrir la fosa en el suelo y ganaba tiempo.

La muchacha seguía allí, pero había dejado de sollozar.

Sin que ninguno de los dos hablara, le quitó las ligaduras, que ella ni siquiera había
tratado de mover, y la obligó a montar sobre la silla de la cabalgadura.

Había otra cabaña a dos o tres millas escasas de allí. Una cabaña a la que acaso no tuviera
la ocurrencia de asomar las narices Weiss en muchos meses. Y Kenna pensaba encerrar en
ella a la muchacha. Encerrarla para él solo.
CAPÍTULO 6
TOM fustigó su cabalgadura con todas las fuerzas que pudo imprimir a sus tacones
desprovistos entonces de rodajas de acero.

Sentía una rabia destructora hervir en su sangre; acaso por primera vez en su vida
también un deseo de matar, de machacar entre sus puños, de pisotear a los miserables.

Sus compañeros habían quedado atrás, arrollados al fin como él mismo por la turba
encendida, desatada, brutal, que corría delante hacia el rancho de Andy Farrar.

Weiss no podría quejarse de la actividad desplegada por el grupo de seis rurales durante
una hora casi, intentando lo imposible, contener los deseos de linchamiento que parecían
haber prendido de una forma indestructible entre muchos de los habitantes de L ockridge.

Disparos al aire, golpes contra los más rebeldes, una lucha en los últimos momentos que
había causado heridos entre los pueblerinos y dos de los rurales...

Todo fue inútil.

La turba arrolló a los representantes de la Ley, sin incluir entre éstos al sheriff Benson,
que se había desvanecido no queriendo sin duda comprometerse entre sus vecinos por
miedo a perder una vulgar estrella de latón.

La nube de polvo seguía delante de los ojos de Tom cuando comprendió que el jaco que
había logrado coger, en sus tremendas prisas no le permitiría alcanzar a los que se dirigían
a linchar a Farrar.

Y con Andy Farrar estaba su hija, estaba Jenny.

Tom sintió como un sudor frío corría por su cuerpo al pensar en la muchacha.

Un grupo de cien hombres completamente excitados por el odio y el alcohol no vacilarían


en atropellar a Jenny, haciéndola absurdamente cómplice del crimen que achacaban al
padre.

Volvió a clavar, una y cien veces, los tacones de su calzado en los flancos del animal,
volvió a maldecir y a jurar que mataría a uno a uno a aquella gentuza caso de que a Jenny la
ocurriera algo.

Un buen caballo, capaz de devorar las pocas millas que le separaban del valle. Un buen
caballo capaz de dar alcance a los linchadores. Y un rifle. Y un centenar de balas para
defender a la mujer que amaba contra la brutalidad de un centenar de borrachos.
No tenía rifle, habiéndolo perdido en la refriega. Y no tenía un buen caballo. Aquel
maldito jaco del demonio sólo valía para tirar de un arado o para tareas de escasa
importancia.

Cuando llegara al rancho de Andy, sería demasiado tarde para evitar el linchamiento, Y,
peor aún, demasiado tarde para sacar, aunque fuera a tiros, a Jenny del lugar donde
correría la sangre.

Conocía demasiado bien a la muchacha para pensar siquiera que intentaría huir cuando
llegaran los linchadores.

Se arrojaría sobre ellos, sin importarla que fueran varias docenas, para defender a su
padre. No le importaría que su vida peligrara con tal de defender la de Farrar. Impulsiva,
sincera, valiente. Tres de sus características, que la cegarían apenas la cuad rilla de locos y
borrachos irrumpiera en el rancho.

Y él no estaría allí para impedir que se rieran de ella, que la golpearan, acaso que la
hirieran en la avidez de destrucción que movía a los cien vecinos lanzados hacia el valle.

Tom no veía el camino que se deslizaba velozmente bajo los cuatro cascos del caballo que
montaba. No veía ni el camino ni los accidentes que se deslizaban a ambos lados de su
montura.

Estaba él también como borracho. Ciego de ira, de rabia, de presentimientos amargos y


negros.

Y, de pronto, ocurrió lo peor, lo que ni siquiera podía sospechar que ocurriera.

Las patas delanteras de la cabalgadura lanzada a un galope frenético e inútil tropezaron


con algo, con una piedra, una raíz, lanzando a Tom sobre el camino.

Se dio cuenta de que el caballo describía un semicírculo en el aire, desplomándose junto


a él con un prolongado relincho de pánico.

Notó, después, unos segundos después, como los cascos del animal herido azotaban el
vacío muy cerca de su cabeza.

El instinto de conservación le obligó a girar sobre sí mismo, cubierto de polvo, para


evitar que aquellas patas poderosas le aplastaran la cabeza.

Estaba atontado. Debido al golpe contra el suelo, violento aunque no doloroso. Lo supo al
intentar incorporarse con presteza, al darse cuenta de que sus piernas vacilaban,
negándose a sostenerle de una forma normal.

Un solo vistazo al caballo le obligó a comprender que no podría seguir con el maldito
jaco, ya que se había roto una de las patas delanteras.
Hizo un esfuerzo para mantenerse en pie, inmóvil durante varios segundos, hasta que
juzgó que podría dar los primeros pasos.

Luego comenzó a andar, sobre el camino y en la misma dirección que trajera hasta
entonces.

Algo absurdo, algo que ahora carecía de sentido.

Cuando llegara al valle, andando, los bestias de Lockridge habrían linchado al padre de
Jenny haría mucho rato.

No obstante tenía que hacerlo, tenía que llegar incluso si era demasiado tarde. Jenny
podía necesitarle en los primeros minutos del asalto al rancho y después, cuando la turba
hubiera acabado con Farrar.

La nube de polvo había desaparecido en el horizonte cuando Tom pudo, al fin, correr
sobre la senda.

Pese a que estaba seguro de llegar demasiado tarde para ayudar a cualquiera de los dos
habitantes del rancho, continuó aquella velocidad de marcha, incluso la aumentó hasta que
le faltó la respiración, hasta que sus latidos constituyeron casi un golpeteo d oloroso, hasta
que sintió un principio de asfixia en los pulmones.

Todavía le faltaba un buen trecho para llegar al rancho cuando se sorprendió viendo
aparecer ante él, ante sus ojos, varios jinetes.

Se paró extrañado y ellos llegaron en unos escasos minutos ante él.

Frenaron al verle, pudiendo el rural descubrir los rostros de varios de los vecinos que
habían galopado en busca de Andy Farrar.

El mismo estremecimiento de intensa rabia, de impotencia ahora también, recorrió su


cuerpo. Porque si tenía alguna duda sobre que la bestialidad de aquellos hombres se había
consumado se desvanecía ahora con el regreso de varios de ellos. Los restantes de la
partida llegarían detrás con toda seguridad.

No había ya odio en las expresiones de los cinco jinetes que habían parado justamente
delante de él.

Ni resentimiento tampoco hacia el cuerpo de rurales de Texas, por haber intentado sus
miembros impedir que fueran hasta el valle para linchar a su dueño.

Esperaba oír lo peor, por lo que no dijo nada Tom, no despegó los labios, clavando su
mirada incisiva en el rostro del que estaba más cerca.

—Inútil que nos liáramos a golpes, Tom —dijo el hombre—. Andy Farrar ha volado.
Era, para el joven, una afirmación sorprendente y tranquilizadora. No quiso, sin embargo,
que aquellos hombres se llegaran a dar cuenta de que tenía un interés personal y especial
hacia los habitantes del rancho del valle.

—¿Ha volado? —repitió intentando que su voz sonara solamente llena de curiosidad o
extrañeza.

No le contestó el que despegara los labios primero sino uno de los otros cuatro.

—Farrar ha tenido tiempo de huir —dijo—. Debió ver que nos acercábamos por el polvo
maldito que se levanta en este camino, y huyó a toda velocidad con su hija.

—¿Están seguros?

—Claro, rural. Cuando llegamos allí, el rancho estaba completamente vacío. y hay
pruebas demasiado evidentes de que ha ocurrido así.

Otro de los jinetes dio su opinión, que debía resumir, poco más o menos, la de los
restantes miembros de la partida:

—Ahora, tú y tus compañeros no os empeñareis en decir que ese tipo es inocente.

La voz de Tom fue dura, al replicar:

—Nosotros nunca dijimos eso. Solamente queríamos que Andy Farrar respondiera de la
acusación lanzada contra él sobre la muerte de Emiliano. La forma de conseguir eso, no era
precisamente linchándole.

Otro de los jinetes se encogió de hombros.

—La cosa carece ya de importancia —aseguró—. Farrar ha sido lo suficientemente


cobarde, o culpable —recalcó—, para no esperar a que le fuera hecha la pregunta de si
había sido él quien asesinó al peón de míster Weiss.

—¿Y el resto de los jinetes? —quiso saber Tom.

—Bueno, creo —añadió otro, contestando a la pregunta del joven —, que nosotros
éramos los menos bebidos. El resto ha partido hacia la montaña intentando alcanzar al
fugitivo y a la chica.

Las siguientes palabras cubrieron de sorpresa a los que regresaban del valle.

—Necesito un caballo.

Uno de los jinetes habló por los demás:


—Caballos hay de sobra en el pueblo. Ninguno de nosotros cederá el suyo. ¿Estáis de
acuerdo conmigo?

Contestaron con movimientos de cabeza.

—¿Y llevarme? Lockridge está a casi dos millas. Perdería tiempo en llegar hasta allí a pie.

—Bueno; eso es distinto. Monta en mi silla —invitó el que llevaba la voz cantante.

Tom dio los pocos pasos que le separaban de aquel hombre, con una sonrisa inocente en
los labios.

Cuando el vaquero creyó que iba a montar, Tom le agarró inesperadamente por la pierna,
tirando con fuerza y rapidez de él.

Antes de que pudiera preguntarse qué Estaba ocurriendo, se encontró en el suelo.

Tom no perdió un solo segundo. Tenía que conseguir su objetivo antes de que los
camaradas del agredido pudieran reaccionar.

Saltó sobre el caballo sacando al tiempo el Colt.

Los dos primeros disparos fueron suficientes, al estallar prácticamente entre las patas de
las monturas.

El obligó a girar al suyo cuando ya los vaqueros emprendían un galope furioso provocado
por el pánico.

Estaba seguro de que no se atreverían a perseguirle ni a disparar contra él o el caballo


del que acababa de apropiarse por la astucia, más que por la fuerza, debido a que era muy
distinto oponerse en masa a un pequeño grupo de rurales con los ánimos sobree xcitados,
que hacerlo de una forma más o menos fría y cuando los vapores del alcohol se habían
disipado en las mentes de los vaqueros.

Por si se equivocaba, Tom clavó repetidamente sus tacones en los flancos del caballo,
dispuesto a alejarse cuanto le fuera posible de los nombres que estarían ahora
encolerizados con lo que les había hecho.

Afortunadamente, ninguno de ellos comenzó a vaciar su arma sobre el que galopaba a


ritmo creciente de las patas de su montura con dirección al valle.

Tom se olvidó de los hombres que le habían "proporcionado" la montura, para centrar
toda su atención en el camino que corría vertiginosamente bajo las patas del jaco.

Si era verdad que Farrar había escapado con Jenny al descubrir que se acercaban los
linchadores, tenía que encontrar a la muchacha antes de que pudiera ocurrirle algo
desagradable.
Durante las próximas horas no dispondría de mucho tiempo para ponerse a pensar en
nada. Jenny requería todo su esfuerzo y toda su voluntad.
CAPÍTULO 7
EL numeroso grupo de hombres que partió de Lockridge muchas horas antes regresó al
atardecer, dispersado por el fracaso.

Ni rastros de Andy Farrar o de su hija, a quien realmente creían fugitivos a través de


cualquiera de los caminos que atravesaban la montaña.

Algunos, los más cabezotas, propusieron quedarse en plena sierra para seguir la busca
del que para ellos seguía siendo el asesino de Emiliano. Aunque prevaleció la opinión de la
mayoría, cansados todos desde luego después de haber dedicado más de cuatro ho ras a
buscar lo que parecía haberse desvanecido en el aire.

Tom regresó en compañía de aquellos hombres en quienes el impulso sanguinario había


muerto. Si no contento, por lo menos seguro de que Jenny vivía hasta aquel momento.

Dado como se habían puesto las cosas, cabía suponer además que Farrar supiera seguir
burlando con facilidad a los que querían acabar con él. Debía, según suposiciones del rural,
haberse escondido en cualquier guarida oculta por la montaña, acaso sólo conoc ida de él y
logrado gracias a ella, escapar de los linchadores.

Tom se equivocaba al pensar que iba a tener que dar molestas explicaciones al sargento
sobre la forma que tuvo de apoderarse de aquel caballo en el que volvía al pueblo. Ni su
propietario estaba esperándole enfadado, ni nadie había denunciado el hecho a la
autoridad de Lockridge. Un testimonio más de que la furia que dominó a la gente se había
desvanecido.

En el cuartel de los rurales reinaba la tranquilidad. El sargento estaba contento, ya que


pensó que los incidentes de aquel día podían haber degenerado en algo mucho más grave
que algunos heridos leves.

Nadie en el pueblo sospechaba siquiera que Tom y la hija de Andy Farrar se veían a
escondidas, por lo que nadie dio la menor importancia a los actos del rural durante la tarde.

El sheriff Benson se presentó rato después para anunciar que la gente se había
reintegrado a sus casas y que el orden reinaba en Lockridge.

A ninguno de los rurales les caía bien aquel hombre, sabiendo que aceptaba como Ley los
menores caprichos del ranchero Weiss, quien le colocó en su puesto varios años atrás.

El sargento le recibió entre sus hombres.

Hizo una pregunta que podía haber molestado a Benson, si éste hubiera sido un hombre
con cierto orgullo.
—¿Es a eso a lo que viene, Benson? La noticia es ya de dos horas. Podía haberse ahorrado
la molestia.

Benson no replicó, pese a que las miradas de los rurales se clavaban en él con ironía.

Se humedeció los labios antes de decir:

—He pensado que convenía tomar medidas.

Tom se levantó para enfrentarse al sheriff.

—¿Qué clase de medidas? —quiso saber, extrañado por las palabras de Benson.

El sheriff se movió inquieto. Nunca se había encontrado muy a gusto entre los rurales.

—Debemos de poner la cabeza de Andy Farrar a precio, declararle fugitivo —explicó.

—¿Por qué?

La voz de Tom había adquirido al hacer la pregunta un tono más ronco.

—Mató a Emiliano. Es un asesino.

—¿Tiene alguien la prueba de ello? —volvió a inquirir Tom.

El sheriff Benson parpadeó, como si le sorprendiera demasiado lo que decía Tom.

—Ha huido —alegó—. ¿No es eso suficiente prueba de que mató a Emiliano? Un hombre
inocente hubiera esperado en el valle para demostrar su inocencia.

Una sonrisa curvó los labios de Tom. Una sonrisa llena de desprecio y de sarcasmo.

—¿Quién le envía a nosotros, Benson? ¿Viene delegado por la voluntad y el capricho del
ranchero Weiss?

El hecho de que Benson no estallara en protestas demostraba hasta qué punto debía de
sentirse culpable respecto a Weiss.

—Me gusta que se cumpla la Justicia —dijo con falsa dignidad.

Por primera vez, el sargento pareció molestarse.

—A nosotros también, Benson —dijo—. y precisamente por ello no queremos que pague
las culpas una persona cuya culpabilidad no se ha demostrado todavía.

—¿Se están oponiendo a que le declare fugitivo de la Ley? — inquirió, engallándose el


sheriff.
Tom se precipitó a contestar, teniendo que haberlo hecho el sargento en vez de él:

—Exactamente eso. Nada prueba que Emiliano fuera muerto por un disparo de Farrar.
Traiga esas pruebas y nosotros mismos daremos caza al fugitivo.

Benson giró sobre sus talones, sin duda, para salir de la habitación donde fuera recibido.
Había enrojecido, de rabia posiblemente, y no debía de encontrar razonamientos válidos
ante personas como las que demostraban claramente su opinión adversa a sus pro pósitos.

Cuando su espalda desapareció, el sargento señaló hacia afuera.

—Sígale, Tom. Quiero tener la seguridad de que obedece instrucciones de Weiss.

La orden del sargento era anormal. Tom se le quedó mirando.

—Tengo mis propias sospechas respecto a este asunto —añadió el sargento.

No explicaba qué tipo de sospechas, ni Tom pareció muy predispuesto a hacer preguntas
concretas.

Sin volver a decir nada, el joven salió en pos de Benson.

El sargento parecía haber adivinado las intenciones de Benson, ya que éste dirigía sus
pasos en la dirección a la casa de Weiss.

Le siguió a corta distancia, pero procurando ocultarse en la oscuridad que comenzaba a


reinar sobre el pueblo.

El sheriff Benson llegó ante el rancho de Weiss y desapareció en el interior de la casa


principal, segundos después

Tom pensó que acaso el sargento quisiera también saber el tiempo que Benson había
estado dentro, por lo que juzgó conveniente esperar un rato, hasta que saliera nuevamente.

Tom encendió un cigarrillo procurando que la llama del fósforo no pudiera ser vista, a
base de ponerse detrás de una pared de troncos.

Un ruido le alertó cuando había terminado el cigarrillo y comenzaba a aburrirse, quince


minutos escasos después de que llamara a la puerta el sheriff.

Un ruido que procedía de una de las construcciones cercanas al sitio elegido por él.

Se movió procurando que ni siquiera el roce de su cuerpo contra la pared de madera


pudiera delatarle.
El bulto de una persona, de un hombre, se movía con precauciones muy cerca de Tom. Un
hombre agachado y avanzando a través de la densa oscuridad que creaban las paredes
cercanas.

Extraño porque sólo alguien que intentara ocultar sus pasos y su presencia allí
procedería de semejante forma.

Doblemente extraño por tratarse del rancho de Weiss.

Resultaba indudable para el joven rural que aquel hombre no le había descubierto. Pasó
casi a su lado, al otro lado de la cabaña junto a la que se agazapaba Tom, y continuó su
marcha sigilosa, buscando las zonas donde la oscuridad era mayor.

Tom le siguió, sin acordarse ya de que estaba allí para esperar la salida del sheriff Benson
y comunicar al sargento el resultado de su vigilancia.

La extrañeza del joven creció todavía más cuando el misterioso individuo cruzó rápida y
silenciosamente, un trozo despejado de construcciones, donde la luz de la noche le permitió
reconocer su rostro.

Era Kenna, el hombre favorito del ranchero Weiss, su brazo derecho y una auténtica
serpiente de cascabel.

Si hasta aquel momento la oscuridad había obligado al rural a seguirle, desde el justo
instante de reconocerle Tom se hizo el propósito de averiguar las intenciones rodeadas de
misterio que obligaban a Kenna a atravesar de aquella forma insólita la propied ad de su
patrón.

Tom se convirtió en una sombra más de la noche, por completo silenciosa, al seguir
ahora al que consideraba uno de los peores rufianes del pueblo.

Cuando Kenna llegó al límite de la finca, a la valla de madera que la rodeaba, su extrañeza
había llegado al límite posible. Porque allí, por la parte que daba al campo, por la parte
contraria a las casas de Lockridge, un caballo esperaba al lugarteniente de Weiss.

Una montura lista para ser usada a una hora de la noche en que cabalgar fuera del pueblo
resultaba peligroso.

La configuración del terreno había de ser un valioso auxiliar para el rural. El único
camino liso era precisamente el que llevaba al valle habitado hasta aquella misma tarde por
Andy Farrar y por su hija Jenny.

Tom dedujo que era ese el camino que iba a seguir Kenna y que podía, por tanto, correr
en busca de su propia montura, aunque perdiera en la operación un buen cuarto de hora.
CAPÍTULO 8
DOS horas después, una luna llena y brillante enviaba su luz plateada sobre la tierra.

La cabaña, completamente solitaria en mitad de los riscos, parecía dormir como el resto
del paisaje.

Kenna paró su caballo cuando alcanzaba lo más alto de la montaña. Había sudado
durante aquellas dos horas y se sentía cansado. De noche, el camino seguido estaba lleno de
dificultades.

Aunque valía la pena hacerlo cuando el fruto que esperaba al esfuerzo era una mujer.

Weiss no sospechaba que no había matado a Jenny y no llegaría a sospecharlo jamás.


Porque antes de que eso ocurriera, la muchacha moriría despeñada en cualquiera de los
barrancos que abundaban por aquel terreno solitario. No es que necesariamente eso había
de ocurrir muy pronto, ya que Kenna esperaba no cansarse de ella debido, sobre todo, a
que las visitas que le haría iban a ser algo espaciadas. Pero todo llega y llegaría también el
hastío por la joven encerrada en la cabaña.

Cuando hizo avanzar nuevamente a su montura, inició un gesto de despreocupación con


los hombros. Pensaba que era del todo inútil pensar en esas cosas ahora.

Se apeó delante mismo de la cabaña, cuyo interior permanecía en el más completo


silencio.

Cerrada por fuera, era, sin embargo, imposible que Jenny hubiera podido escapar. Su
mano se movió nerviosa al abrir rápidamente la puerta.

Un poco de luz de la luna entró en el interior de la cabaña. Una sonrisa se dibujó en los
labios del rufián cuando comprobó que allí estaba Jenny, caída en el suelo, en uno de los
rincones.

Por su inmovilidad parecía dormida, pero Kenna comprobó que no era así al ver que
tenía los ojos abiertos y que le estaba mirando.

Sin decir nada, sin mover un solo rasgo de su rostro o hacer una mueca de miedo o de
repugnancia.

Kenna tampoco habló. No había venido allí para perder el tiempo y gastar inútilmente
saliva. Entró decididamente en la cabaña, sin preocuparse porque la puerta quedara
abierta. Al fin y al cabo, ellos dos solos allí y en muchas millas a la redonda, él y la muchacha
que iba a ser su víctima dentro de muy pocos minutos.

Se acercó a una mesa apoyada en la pared de troncos. La vieja lámpara de petróleo le iba
a ser útil, por lo que la encendió con un fósforo.
Había también una silla, que Kenna apartó de su camino hacia la joven de una patada,
demostrando lo brutal que era.

Acaso quería, simplemente, asustarla para que su resistencia fuera menor.

Se paró ante ella, iluminada ahora Jenny por la escasa luz que proyectaba aquella
lámpara viejísima.

La muchacha había alzado su cabeza hacia Kenna, le seguía mirando fija, acaso
enigmáticamente.

Una sonrisa espantosa se extendió por el rostro del hombre que creía tenerla
completamente a su merced. No dijo nada mientras se agachaba hacia ella, mientras
alargaba los brazos para cogerla. Pese a que estaba maniatada

Kenna esperaba alguna resistencia por parte de la joven. Resistencia que no se produjo,
sorprendiéndole.

Jenny fue levantada de aquella forma sostenida, sujetada por las manos que le
repugnaban de uno de los hombres, que habían asesinado a su padre. No dijo nada, no
curvó siquiera sus labios en una mueca de desprecio o de odio. Sus ojos siguieron mirando
al capataz de Weiss, clavando en él su mirada.

Una breve carcajada demostró la complacencia que sentía Kenna ante lo que parecía ser
la pasividad de su víctima. No había esperado aquella reacción que facilitaba de una forma
completa sus planes.

Mientras le quitaba las cuerdas que le sujetaban manos y tobillos, imposibilitándola para
moverse, dijo:

—Antes tuve que dejarte. Tenía prisa, ¿comprendes? Ahora será todo distinto. Puedo
estarme aquí casi toda la noche... contigo.

El mismo silencio por parte de la pobre muchacha.

—El que me haya fijado en ti te ha salvado la vida. Tienes que estar agradecida; ya oíste
la orden de Weiss. Debía haberte matado también. Sin embargo, ahora estás viva. Y
seguirás estándolo mientras seas buena chica, mientras te portes de una forma
complaciente.

Tal vez, lo que buscaba Kenna era, ahora que la veía sumisa y relativamente tranquila, al
menos en apariencia, la colaboración de Jenny.

Las ligaduras cayeron a sus pies. Jenny tampoco reaccionó entonces. Lo único que hizo
fue llevarse una de las manos a la muñeca contraria donde habían mordido las cuerdas,
donde debía de sentir ahora cómo comenzaba a circular normalmente de nuevo su sangre .
—Ven.

La voz de Kenna cambió súbitamente. Atrajo a la muchacha hacia sí brillantes los ojos,
siempre su sonrisa de triunfo entre los dientes.

El cuerpo que estrechaban sus brazos semejaba un trozo de piedra, era algo muerto, algo
que él quería de otra manera.

Estuvo a punto de abofetearla, pero pensó que tendría que tener un poco de paciencia. La
muchacha había perdido a su padre unas horas antes y era lógico que estuviera todavía
aterrada, habiendo visto su propia muerte demasiado cerca cuando Weiss le ordenó que la
matara también.

—No seas tonta. No conduce a nada que intentes resistirte. Estamos los dos solos aquí.
Tú no podrías escapar aunque quisieras hacerlo.

Le hablaba sin brusquedad, casi suavemente, seguro de que era el sistema a usar para
que Jenny colaborara o, al menos, no ofreciera una resistencia molesta a sus pretensiones,

Y creyó que sus palabras producían el efecto deseado unos segundos después, cuando en
el segundo de los abrazos, en el segundo de los intentos para atraerla contra su cuerpo, el
de Jenny dejó de estar rígido.

Como si aceptara su destino, el que Kenna imponía a la fuerza. Como si al fin se diera
cuenta de que era mejor vivir en aquellas condiciones que morir por una estúpida
heroicidad.

Las mujeres, ¡bah! Kenna creía conocerlas y pensaba que eran todas iguales, todas unas
gatas mimosas que se hacían rogar por sistema.

No pudo ver los ojos de Jenny, de la que era su víctima pese a que la salvara de morir
aquella misma tarde cuando desobedeció la orden de mataría.

En los ojos de la joven había desaparecido aquella mirada fija, enigmática que sostuviera
contra él, sobre él en los primeros minutos. En sus ojos brillaba ahora algo muy distinto,
algo que acaso él hubiera podido comprender de ver su expresión entonces.

Cuando la boca del rufián se afanaba, nerviosa, impacientemente ya en buscar los labios
femeninos, Jenny movió su mano sobre la cintura de Kenna. Tocando apenas la áspera ropa
sucia, la suavidad del cinturón abrillantado su cuero por el excesivo uso.

Sin que él notara las yemas de los dedos, sin que pudiera entonces notarlas debido al
estado de apremio en que parecía encontrarse.

Unos segundos más, cuando él lograba su objetivo, cuando Jenny se dejó besar siguiendo
su plan, sus dedos se ciñeron en torno a la culata del arma que colgaba de la cintura de
Kenna.
Fue solamente un segundo de vacilación por parte de la joven. Ni eso siquiera. Había
tenido tiempo para pensarlo durante horas de intensa soledad y de intenso dolor.

Extrajo el arma cuando las manos del hombre se convertían en dos garras clavándose en
su espalda, cuando él hubiera bramado su triunfo sobre la víctima con quien había
esperado tener que sostener una gran lucha para vencerla.

El estampido, pese a que quedó ahogado por el estómago de Kenna, por su proximidad,
pareció repercutir en el hondo silencio de la noche, extenderse más allá de la cabaña, hacia
los montes solitarios.

Los brazos que ceñían a Jenny habían soltado su presa. Kenna retrocedió llevándose
ambas manos al sitio donde acababa de recibir una onza de plomo.

En los ojos del maldito una llamarada de estupor, de incredulidad. Barbotó algo, una
maldición tal vez, al tiempo que se doblaba hacia adelante, sostenido aún en pie.

Jenny retrocedió como si todavía temiera que el hombre no estuviera herido de muerte.
Hasta que su espalda encontró la pared de troncos.

Kenna.

Tuvo que ahogar un grito en su garganta, llevándose la mano libre del arma a la boca
cuando él pudo dar un traspiés hacia ella, cuando él logró levantar una de sus manos y
llevarla hacia la joven.

Se dio cuenta de que estaba llena de un oscuro temor, de que las piernas parecían
negarse a sostenerla, de que todo su cuerpo temblaba en espasmos agudos.

Los dedos de Kenna llegaron a rozar su vestido. Flojamente, sin la fuerza que hubiera
necesitado para crispar la mano sobre la joven.

Consiguió, pese a ello, agarrarle la ropa. Y Jenny tuvo que reunir toda su energía para
tironear, para desasirse de aquellos dedos que pugnaban por sujetarla.

No supo lo que hacía. Estaba como loca de terror.

Se movió apenas, pegada siempre a la pared... Levantó el revólver todavía humeante y


apretó el gatillo por segunda vez.

Casi contra el rostro del capataz, casi contra sus ojos.

Cayó como fulminado, sin un grito, sin un gesto, imposible ya de apreciar éste en sus
facciones destrozadas por el balazo.

Un grito rompió al fin en la garganta femenina. De terror, de alegría salvaje por haber
vencido a su enemigo, al hombre que intentaba forzarla.
Saltó sobre el cuerpo que yacía ahora a sus pies, ciega de algo que no hubiera sabido
definir. Sin saber siquiera que se dirigía hacia la puerta, sin saber otra cosa que tenía que
huir, escapar, alejarse de aquel sitio tenebroso y horrible.

Sollozos estremecidos conmovían su pecho cuando creyó distinguir delante de ella el


hueco de la puerta, un rectángulo de negrura.

El colt seguía colgando de su mano derecha como pegado a los dedos.

Algo, alguien, un cuerpo surgió, se alzó ante ella cuando iba a lanzarse nuevamente hacia
ese hueco de la puerta.

Obró bajo el terror que todavía la conmovía. Terror de todo lo ocurrido. Terror por su
acto de matar a un ser humano.

Levantando el arma nuevamente, apretando el gatillo otra vez.

No se dio cuenta de quién era la persona, el hombre que aparecía enmarcado dentro de
ese rectángulo de oscuridad.

Sólo un nuevo hombre caído a sus pies.

Saltó sobre él también, sintiendo que unas manos intentaban cogerla, asir sus tobillos,
impedirle la fuga.

Cuando logró desprenderse de esas garras, corrió despavorida a través de la noche, sin
saber dónde se dirigía.
CAPÍTULO 9
NINGUNA dificultad para seguir a Kenna. Durante el primer cuarto de hora, Tom estuvo
preguntándose continuamente dónde se dirigía el capataz de Weiss en plena noche.

Lo que más le extrañaba eran las precauciones que aquel hombre tomó para atravesar el
patio de la casa de su patrón, demostrando acaso con ellas que no quería ser descubierto
por el propio Weiss o por cualquiera de sus criados o peones.

En buena lógica, aquello carecía de sentido. Pero Tom sabía por propia experiencia que
todo acto tiene una causa directa que lo motiva. Y si Kenna salía de Lockridge era por un
motivo real.

Kenna siguió el camino que llevaba al rancho de Andy Farrar, por lo que el rural pensó
que intentaba convencerse de la desaparición del padre de Jenny y de la propia hija. O,
acaso, pensara en que Farrar había visto la búsqueda de que era objeto permanecie ndo
escondido hasta que la gente volvió al pueblo. En cuyo caso, Andy intentaría volver a su
rancho del valle precisamente por la noche.

Tal vez se tratara de eso. Incluso Kenna podía obedecer órdenes de Weiss para que
comprobara ese extremo.

Pero entonces, la forma como el capataz salió de la casa del ranchero no tenía demasiado
sentido.

Tom acabó despreocupándose del verdadero motivo que impulsaba a Kenna a dirigirse a
través de la noche hacia un sitio sólo de él conocido. Estaba seguro de que le podría seguir
con relativa facilidad, sobre todo si el capataz no mostraba mayor cuidado en s u marcha.

Fuera cual fuera ese sitio, él lo averiguaría si continuaba siguiendo con semejante
facilidad al capataz.

Pese a lo que pensaba, se llevó una sorpresa cuando Kenna llegó al valle y sobrepasó, sin
siquiera dirigir una mala mirada, al rancho efectivamente solitario de Andy Farrar.

Ni una mala mirada.

Sus primeros cálculos, la casi seguridad que tuvo hasta entonces de que Kenna se dirigía
en línea recta hacia allí acababan de fallar.

Pensó si el capataz se habría dado cuenta de que estaba siendo seguido, ante cuyo hecho
habría intentado hacer ver al que le seguía que no eran esas sus intenciones.

Kenna no siguió la ruta que llevaba al otro lado del valle. Cogió uno de los senderos de la
montaña, aumentando la extrañeza del rural.
No había tampoco allí demasiadas dificultades en seguirlo, sobre todo mientras aquel
hombre siguiera cabalgando con entera confianza, sin preocuparse por borrar sus huellas o
por saber si alguien seguía la misma ruta que él.

No pasó nada en la siguiente hora. Kenna se internó más y más en plena montaña,
escalando con su caballo los senderos estrechos y peligrosos que llevaban a lo alto de la
sierra.

Rato después, comprobó que el capataz se paraba.

Oculto entre los últimos árboles del bosque que subían hasta aquellas cumbres, a ambos
lados del estrecho sendero que los dos hombres habían seguido, el rural comprobó con
estupor que Kenna descendía de su montura.

Habían, pues, llegado al final de la incursión nocturna.

Tom imitó al capataz, seguro de que por fin iba a desentrañar el misterio.

Retrocedió hasta meter el caballo entre los árboles, de forma que un imprevisto
retroceso de Kenna no pudiera descubrir la montura a sus ojos.

A continuación anduvo hacia la cumbre de rocas donde el capataz acababa de


desaparecer.

La serie de precauciones tomadas durante todo el tiempo por Tom fueron entonces
redobladas, no por miedo a ser descubierto en realidad, sino porque pensó que acaso la
inesperada parada de aquel tipo se debiera a que le había ya descubierto y pensaba
simplemente tenderle una emboscada.

Mientras se acercaba al final del sendero polvoriento y reseco, Tom extrajo su revólver
de la funda y lo amartilló, dispuesto a una lucha que sería posiblemente a muerte.

El conjunto de rocas, erguidas contra el fondo de la noche, le ocultaba lo que había más
allá de ellas, en la pequeña explanada que debía de constituir la cumbre rodeada de riscos
agudos.

Cuando llegó ante las enormes piedras, nada había aún turbado el profundo silencio
nocturno. Como si allí no hubiera dos hombres, dos monturas, acaso entre los dos hombres
la muerte también.

Tom agudizó sus sentidos, intentando captar, al otro lado de la más cercana roca, la
respiración contenida de Kenna, su presencia que casi creía segura. Agazapado y también
empuñando un arma de fuego, dispuesto a vaciar el tambor de su Colt contra él.

No se produjo el ataque. No oyó el menor ruido al otro lado. Al menos en los dos o tres
primeros minutos.
Luego, de pronto, algo le hizo fruncir el ceño, pensar que se equivocaba. Hasta sus oídos
llegó el inconfundible chirrido de una puerta que era abierta, de unos goznes
desengrasados.

No se equivocaba. Estuvo seguro de no equivocarse cuando, poco después, le llegó la voz


del propio Kenna hablando a alguien, dirigiéndose a alguien.

Una puerta suponía, sin lugar a dudas, una cabaña. Había, pues, una cabaña en aquellos
parajes solitarios. Y Kenna acudía aquella noche a una cita misteriosa en semejante cabaña.

Tom no había logrado captar el sentido de las palabras, pero sí nuevamente la voz del
rufián, que continuaba hablando.

Una sola cosa definitiva: su posible enemigo no estaba al otro lado de las rocas
esperando que él apareciera para dejarle seco de un tiro. Tom se movió despacio, pegado a
la piedra, para pasar a ese otro lado.

El caballo usado por el secuaz de Weiss estaba allí, suelto, pero quieto donde le dejara su
dueño, olisqueando el suelo con sus belfos en busca posiblemente de la hierba. Y más allá,
destacando su pequeña, compacta mole sobre la luz de la luna, la construcción en la que
Kenna acababa de entrar.

Tom no dudó ya en guardar su revólver y en avanzar hacia la solitaria cabaña. Si Kenna


había hablado y ahora permanecía en silencio, era porque dentro de la construcción había
alguien más. Alguien que estuviera dentro ya cuando la llegada del capataz, o alguien que
hubiera esperado a este ante la puerta.

Casi antes de que llegara percibió ruido de lucha dentro.

A Tom no le interesaba intervenir, ni en realidad tenía motivos para hacerlo. Con toda
seguridad la persona que forcejeaba con el capataz del ranchero Weiss era otro de su
calaña, un canalla como el propio Kenna.

No podía suponer todavía quién era esa persona, no podía siquiera sospecharlo.

De pronto, un grito de mujer sonó dentro de la cabaña.

Tom envaró su cuerpo, abriendo la boca como si fuera él mismo el que acababa de
proferir aquella especie de llamada de socorro.

Cuando se lanzó hacia la puerta, cuando pudo reaccionar, era al parecer demasiado tarde
para hacer nada.

Un disparo rompió la breve pausa surgida en la pugna que dentro sostenían las dos
personas, en una de las cuales el rural acababa de reconocer, por su voz, a Jenny Farrar. Un
segundo estampido casi a continuación.
Tom se disponía a atravesar el umbral cuando el bulto de una persona surgió ante él,
lanzada también hacia la puerta.

No llegó siquiera a pronunciar el nombre de la joven cuando ésta disparó casi a


quemarropa.

La bala arrancó unos cuantos pelos de la cabeza de Tom, al tiempo que él se tiraba de
costado para impedir un segundo balazo de la muchacha enloquecida, incapaz de
reconocerle en aquellos momentos.

El golpe, contra el marco de la puerta, contra los troncos, le dejó sumido en algo muy
extraño, en una especie de sopor en el que vio como Jenny saltaba sobre su cuerpo caído,
sin echarle siquiera una mirada, sin hacer otra cosa que intentar escapar llevad a por su
pánico.

—Jenny...

La llamada fue menos que un susurro entre sus labios.

Intentó levantarse y la cabeza empezó a darle vueltas. Pero tenía que hacerlo, debía
conseguir ponerse en pie para impedir que Jenny se matara corriendo de aquella forma
hacia la zona que estaba llena de barrancos.

Comprendió que sólo lo lograría a base de un terrible esfuerzo.

Y lo realizó.

No supo el tiempo que tardó en lograr agarrarse con todas sus fuerzas a la madera de la
puerta, el que empleó después en levantarse con esa ayuda.

Se había olvidado de Kenna.

Dio los primeros pasos, casi tambaleantes. El golpe había sido muy fuerte, arrancándole
casi el sentido. La noche, solitaria, se extendía ante él. Quiso taladrar la oscuridad que le
cercaba en busca de Jenny. Pero la joven había desaparecido sin darse cuen ta siquiera de
que allí mismo, a la puerta de la cabaña, había un caballo que la hubiera servido para su
huida del terror.

Luego, Tom corrió hacia la senda que abandonara diez minutos antes, acaso menos
tiempo antes.

Se paró para escuchar esperando oír el ruido que Jenny hiciera en su carrera a través de
la noche. Pero sólo percibió el ruido del aire entre la cercana arboleda. Jenny había
desaparecido, Jenny debía de haberse lanzado hacia abajo por cualquiera de las la deras sin
siquiera buscar el único camino que existía para llegar abajo de la montaña.
La llamó varias veces con toda la potencia de sus pulmones. Nada; sólo el silencio
contestó a su intento.

Ahora comprendía que Jenny estaba dentro de la cabaña, encerrada allí por Kenna y
seguramente bajo las órdenes del ranchero Weiss. Por eso ella y su padre no fueron
encontrados aquella tarde en el rancho, por eso la búsqueda de los excitados vecinos de
Lockridge no había producido ningún fruto positivo.

Una pregunta, obligada, nació en la mente del rural.

¿Dónde estaría Andy Farrar?

Lo lógico, lo natural, a menos que hubiera sido ya asesinado, era que se encontrara
prisionero en el mismo lugar que su hija. Dentro de la cabaña donde sonaron los disparos.

Jenny salía con un Colt humeante en las manos, lo que demostraba que fue ella la que
disparó. Y el hecho de que Kenna no la persiguiera, que éste fue alcanzado por las balas.

Era lógico también suponer que de hallarse Farrar dentro de la pequeña construcción,
prisionero de Weiss y de su secuaz, éstos le tuvieran bien maniatado.

Tom dudó unos momentos entre seguir a la joven o regresar a la cabaña, perder en ella
unos escasos minutos y liberar a su padre.

Optó por lo último, dándose cuenta de que resultaba poco menos que imposible alcanzar
a Jenny, no por la ventaja que te llevara sino por el hecho de que no sabía siquiera el
camino emprendido por ella a través de la oscuridad.

No perdió tiempo pensando que, pese a ello, le convenía iniciar la búsqueda de Jenny
cuanto antes.

Dentro reinaba una cierta luz, del quinqué que usara Kenna al entrar poco antes. Pero allí
no estaba Farrar. El primer vistazo le convenció a Tom de que se había equivocado en sus
apreciaciones. Lo único que vio fue el cuerpo de Kenna, tirado en el suelo, en una postura
que no dejaba lugar a la menor duda sobre que había muerto de los disparos que efectuara
Jenny.

Para cerciorarse de este extremo, Tom se acercó y le dio la vuelta.

La rigidez de la muerte había, en efecto, ganado a aquel hombre.

Tom abandonó la cabaña definitivamente. Nada tenía que hacer allí, a no ser que después
regresara con alguno de sus compañeros para testimoniar ante la Ley que Jenny había
matado a aquel hombre en defensa propia.
Una nueva interrogante se formaba en la mente del rural apenas llegó otra vez fuera de
la construcción. ¿Buscarla a caballo? ¿Hacerlo a pie y a través de los bosques de abetos que
formaban las laderas de la montaña?

Se decidió por lo primero pensando que ella le oiría mucho mejor si iba a caballo que a
pie. Por otra parte, siempre avanzaría con mucha mayor rapidez, dando un círculo y
calculando el terreno que podía haber ganado ella en su huida precipitada.

Pero se dirigió hacia donde dejara su montura. La prefería a la de Kenna por conocerla
mejor y tener que obligarla a recorrer un terreno difícil y peligroso, al que su caballo estaba
acostumbrado.

Una sorpresa le esperaba al lado de la senda, donde dejara el caballo. Este había
desaparecido. Sin duda, llevado por la propia Jenny. Aunque salió como enloquecida y ciega
de la cabaña, debió encontrarse inesperadamente con la montura del rural al pasar a nte el
lugar donde Tom le dejara.

Era un detalle valioso para Tom, ya que ahora estaba seguro de que Jenny había seguido
ese camino para descender hasta el valle, dirigiéndose con toda probabilidad hacia el
rancho de su padre.

Avanzó varias yardas por el camino y encontró, en efecto, una doble hilera de huellas de
cascos, de los mismos cascos. Una la que formaba al sur hasta allí. Otra, paralela a la
primera, que descendían.

Por tener muy poca luz para estar completamente seguro de no equivocarse, Tom
recorrió un par de docenas de yardas más.

Ahora pudo respirar tranquilizado. El hecho demostrado por las huellas, de que Jenny no
se hubiese lanzado ladera abajo a través del bosque demostraba que existía un noventa por
ciento de posibilidades a favor de que la joven había dejado de estar en pelig ro. Por otra
parte él la alcanzaría antes de que llegara al valle.

Retrocedió casi a la carrera en busca del caballo de Kenna, montó sobre él y lo lanzó por
la senda.
CAPÍTULO 10
HABIA cabalgado sin cesar, sin que por un solo momento pensara en el peligro que corría
sobre un terreno abrupto, despreciando a veces los senderos para ganar tiempo, para llegar
antes a Lockridge.

Ni siquiera al pasar ante lo que era su hogar, el suyo y el de su padre, frenó el galope
desenfrenado de la montura.

Sólo sintió, al atravesar el valle, las tierras que ahora le pertenecían por haber muerto su
padre, un extraño escozor en los ojos, una garra de emoción apretando su corazón.

Andy Farrar había muerto. Asesinado por unos hombres malvados que querían su tierra
y su vida. Jenny recordaría siempre las palabras del ranchero Weiss: "Quiero tu vida", había
dicho. Y la había obtenido al precio del crimen, al de la indignidad, convirtié ndose en una
especie de fiera dañina, para quien tenía más valor una décima parte de su capital que la
vida de un hombre.

Durante todo el tiempo, Jenny sintió un reseco en la boca, unas ganas intensas de
abandonarse al destino alejándose de aquel lugar para ella maldito desde el momento en
que había costado la vida del ser que más amaba en el mundo, al lado de su otro amor, s u
amor de mujer hacia Tom.

Irse para siempre, ahogar con la distancia el recuerdo torturante de un padre asesinado
ante sus ojos. Olvidar también la cara contraída por la avidez de Kenna. Olvidar que ella,
que sus manos inocentes habían asimismo disparado contra el cuerpo de un homb re. Un
canalla, pero también un hombre.

Recordó en muchos momentos de su cabalgata a Tom y se dijo con doble angustia que
todo amor entre ellos había perdido la posibilidad de realizarse ya. Ella saldría aquella
misma noche de Lockridge para no regresar jamás. Y acaso Tom ni siquiera llegara a s aber
que estaba en el pueblo, que se jugaba la carta marcada por el destino.

Cuando llegó a la entrada del pueblo, paró por primera vez.

Había matado a un hombre, acaso a dos, y ahora se disponía a disparar contra el corazón
de un tercero.

El primero de ellos, Kenna. El segundo no sabía quién, ya que ni siquiera alzó la mirada
para ver el rostro del que cubría el hueco de la puerta de la cabaña cuando se lanzó hacia la
libertad. Estaba segura de una cosa. De que ese hombre no era Weiss, ya q ue éste era muy
corpulento, casi demasiado grueso, y aquél, el que le cortaba el paso se trataba de uno casi
delgado. Posiblemente cualquiera de los secuaces de Kenna, que acudía también a abusar
de ella.
El caballo arrojaba por sus belfos una respiración agitada y su cuerpo estaba cubierto de
sudor. No había parado para darle un descanso en realidad necesario, ahora que lo iba a
necesitar después con tanta o mayor urgencia como cuando huyó de la cabaña.

Comprendió también que le había forzado demasiado para conseguir media hora
después un rendimiento efectivo del pobre animal.

Por primera vez desde que descubriera la montura medio escondida entre los árboles
dirigió una mirada al caballo. Y se llevó una de las mayores sorpresas de toda su vida.

Creyó que sus ojos la engañaban; estuvo segura de ello. Pero cuando examinó al animal
con mayor detenimiento estuvo convencida del hecho extraño, absurdo, increíble.

Creyó que iba a caerse al suelo, porque las piernas se le doblaron teniendo que agarrarse
a la silla.

¡Tom era el segundo hombre de la cabaña aquella noche, el hombre que acompañaba a
Kenna cuando éste fue a la montaña con la sola idea de forzarla!

Jenny hubiera dado años de su vida por negarse eso, por no haberlo descubierto o que no
fuera cierto. Pero la prueba era demasiado evidente.

Cerró los ojos como si nuevamente sintiera que las rodillas se le doblaran por la terrible
impresión recibida.

No llegó, sin embargo, a sollozar. Lo que le había estado ocurriendo aquellas últimas
veinticuatro horas, la muerte de su padre, el intento contra ella de Kenna, aquel horrible
descubrimiento que acababa de hacer parecían haber agotado sus posibilidades de llorar.

Volvió a mirar el pueblo, sumido en la oscuridad de la noche, que ahora se extendía ante
ella.

Comprendía, al fin, por qué aquella montura respondía tan maravillosamente al acicate
de sus talones, por qué pudo evitar el romperse las patas salvando siempre los obstáculos
que se presentaron ante él en la carrera a través de la oscuridad. La montura de Tom
estaba muy entrenada en terrenos semejantes debido a la profesión de su dueño. Los
rurales efectuaban muchas incursiones a plena montaña y habían acostumbrado a sus
animales a salvar toda clase de obstáculos y de riesgos.

Se dispuso a llevar a cabo los planes que la traían a Lockridge.

Luego se iría, para siempre. Luego, sin pensarla en que dejaba atrás a una de las pocas
personas que había amado en la vida.

Su padre muerto, asesinado. Tom, un miserable...


El recuerdo de Lockridge sería siempre amargo en su memoria y en su corazón, tan
amargo como la experiencia que acababa de vivir.

Tenía que atravesar gran parte del pueblo para llegar al sitio que le interesaba. Y ganaría
tiempo haciéndolo así, atravesando por calles y plazas en vez de rodear el lugar. No vio
peligro alguno en hacerlo, puesto que Lockridge parecía haberse entregado a l descanso
nocturno.

Los cascos del animal sonaron en el silencio profundo que la rodeaba como disparos.
Comprendió que, pese a estar la gente dormida, alguno podía oírla, estropeando sus
propósitos.

Cuando se paró había encontrado la solución. Debajo de la silla había un trozo de manta.
Minutos escasos después esa manta estaba desgarrada y colocada a trozos en torno a los
cascos.

Ahora avanzó por el pueblo sin hacer apenas ruido, sin que nadie pudiera descubrirla a
no ser que estuviera despierto y fuera de su casa, encontrándose con ella de golpe.

El rancho de Weiss dormía también, oscuro, silencioso.

Jenny se paró ante él y tragó saliva. No se engañaba sobre las dificultades que iba a tener
que vencer hasta llegar al propio dueño.

Rodeó la empalizada en busca de un sitio donde le conviniera dejar escondida la montura


y donde le fuera después más fácil encontrarla.

Sus piernas no temblaban cuando saltó esa empalizada y se internó por entre las
dependencias del rancho.

Un pataleo de caballos la hizo descubrir que el edificio de madera que se alzaba ante ella
era una de las cuadras del rancho. Otro detalle, descubrir el sitio donde dormían los peones.

La ventana estaba abierta en este segundo sitio y salían ronquidos por ella. Jenny se
acercó con todo lujo de precauciones.

La mayor dificultad para conseguir su objetivo iba acaso a estar en aquellos hombres, y
en los servidores de la casa principal, de la casa donde se hallará también durmiendo el
ranchero Weiss. Porque ella ni siquiera tenía una idea remota sobre el emplazamiento del
dormitorio del asesino de su padre.

No había pensado nada respecto a cómo llegar hasta él, cómo sorprenderle durmiendo
para, una vez despierto, matarle. Ese era el único problema de la muchacha. Vengar la
muerte de Andy Farrar. Devolver muerte por muerte.
Apenas el ranchero se despertará, tendría que matarle para salir corriendo hacia la
oscuridad de la noche, hacia el campo, hacia una libertad que ni siquiera había calculado si
realmente podría alcanzar.

Había otro sistema, acaso más seguro, aunque aparentemente se presentara en la mente
femenina lleno de dificultades que no encontraba, para su primitiva idea. Un sistema que le
estaban sugiriendo los ronquidos de los peones.

Levantó la cabeza para echar una ojeada en torno.

Lo que rodeaba al dormitorio de los vaqueros y cow-boys eran todo dependencias del
rancho, algunos graneros que debían rebosar, dos o tres cuadras, un almacén, al parecer de
leña, los pajares.

Jenny comprendió que había estado sumida en un sueño, en pura ilusión de odio al creer
que le resultaría fácil entrar allí, encontrar el dormitorio de Weiss, lograr meterle una bala
en plena cabeza antes de que el ranchero reaccionara arrojándose sobre ella.

Un sueño, una ilusión creada dentro de su cerebro por aquella galopada sin freno a
través de la noche, por el terror con que abandonó la cabaña donde dos hombres, Kenna y
Tom, el hombre al que había amado con todo su corazón, pretendían violarla.

Había sacado el Colt apenas franqueó la valla que rodeaba a la propiedad, sosteniéndolo
siempre fuertemente sujeto en su mano derecha.

E! Colt con el que, ahora lo comprendía, no conseguiría matar al asesino de su padre.

Supo instintivamente que no bastaba la fría determinación de disparar esa arma contra
un asesino, contra un hombre que merecía morir, para conseguirlo. Supo que estaba
abocada a un fracaso, cuando no a su propia muerte, ya que Weiss no vacilaría en matarla
alegando que ella había entrado en su casa de noche y con intención de asesinarle.

No la dejaría vivir siendo ella el único testigo que existía, aparte de su compinche Kenna,
de la muerte de Andy Farrar. El sheriff estaba vendido al ranchero. Pero, al menos
aparentemente, los rurales eran neutrales en aquella lucha del cacique contra su padre. Los
rurales tal vez intentaran detener a Weiss, para que fuera juzgado por su crimen, si ella
podía testimoniar que había matado cobardemente asesinado, a Andy Farrar.

Malas circunstancias para lo que ella pensaba hacer. Malas, pésimas a no ser que tuviera
la suficiente serenidad y sangre fría para matar al ranchero antes de que éste despertara.

Si tenía alguna duda sobre sus pocas posibilidades, Jenny las vio disipadas al razonar de
esa manera. Entonces se decidió por la nueva idea, la que surgiera de su mente unos
minutos ante el dormitorio de los vaqueros y los ronquidos que surgían por la ventana.
Ya no perdió un solo segundo, como si advirtiera también que tenía que obrar con la
suficiente rapidez para que la luz del nuevo día no la sorprendiera en el intento de huida
que iba a suponer para ella la vida o la muerte.

Abandonó la entrada al dormitorio de los peones y se acercó a lo que eran los graneros.
Había, lógicamente, varios pajares al lado de aquellos.

Un fósforo brilló en sus dedos un segundo después. Siempre llevaba encima por una
lógica e inevitable razón.

Las cerillas que compraban en Lockridge eran imprescindibles para la preparación de la


comida. Eso hacía que Jenny llevara siempre consigo una de las cajas mientras dejaba las
demás en casa. Más de una vez su padre y ella comían fuera del rancho, de la caza, habiendo
llegado a constituir una necesidad en esos casos el hacer fuego en pleno campo.

Cuando dio varios pasos hacia atrás, aquello comenzaba a arder como la yesca. Un
verano extremado y reseco hacía que el combustible estuviera preparado para arder al
menor contacto con el fuego.

Jenny miró asustada la llama que iba creciendo ante sus ojos, que iba apoderándose de
todo el pajar y que, minutos después, segundos después, se comunicaría a los graneros.

Había iniciado algo importante y tenía que terminarlo.

Retrocedió hasta el edificio donde dormían los vaqueros, recogió un trozo de rama del
suelo y lo lanzó contra una de las ventanas cerradas.

No fracasó en su intento de despertar a los peones. Mientras ella corría en silencio hacia
las construcciones centrales del rancho, oyó a su espalda el ruido de los hombres que se
encontraban en los dormitorios al ser despertados por el estrépito de los cr istales
destrozados y ver las ingentes llamas.

Era lo que deseaba. Crear la suficiente confusión para que pudiera obrar sin que nadie se
fijara siquiera en que ella se hallaba dentro del rancho.

Tampoco estaba equivocada respecto a lo que iba a ocurrir a continuación. Desde la casa
del propio Weiss, escondida tras un árbol, vio perfectamente cómo el dormitorio
comenzaba a vomitar hombres a medio vestir, peones asustados que acudían con
precipitación hacia el siniestro.

Esperó. No podía, por el momento, hacer otra cosa. No podía hacer nada más que esperar
a que el resto de las cosas se desarrollaban ahora por sí mismas.

Cinco minutos después reinaba una actividad febril entre los habitantes del rancho.

A cinco o seis yardas escasas de donde ella permanecía, siempre oculta por el grueso
tronco, estaba la puerta del edificio donde suponía viviría el dueño del rancho.
Uno de los peones dejó su tarea de acarrear cubos de agua, en cadena con sus
compañeros, para correr hacia esa puerta y golpearla con toda la fuerza de sus puños y de
la excitación que debía de sentir.

Weiss en persona, recién salido de la cama, apareció allí unos segundos después.
Todavía, al parecer, cargado de sueño, sin advertir lo que estaba pasando. Varios criados le
acompañaban.

Las voces del peón llegaron con claridad a la joven, que había ceñido crispadamente la
culata del Colt.

El ranchero no se preocupó de su indumentaria, que le convertía en algo ridículo, puesto


que estaba según se tiró del lecho. Corrió hacia el incendio, de mayores proporciones por
momentos, incapaces al parecer los peones del rancho de sofocarle a base de traer cubo
tras cubo de agua.

Jenny podía haber disparado entonces contra el corpulento ranchero. No lo hizo. Tenía
que apretar el gatillo solamente cuando estuviera completamente segura de que la bala iba
a encontrar el cuerpo del que asesinó a su padre.

Se deslizó desde detrás del árbol hacia la puerta de la casa de Weiss. Entró en ella para
buscar el escondite interior que le permitiera llevar a cabo lo que sin duda iba a ser la parte
más difícil de su intento.
CAPÍTULO 11
TOM llegó al valle sin haberla alcanzado. No le extrañó demasiado porque el caballo que
montaba, el del capataz, no era un animal capaz de grandes proezas. Habiendo hecho una
dura caminata desde Lockridge, la montura no respondía demasiado bien al acicate de las
espuelas del rural.

Frenó ante el rancho de Farrar pensando que era allí donde se dirigía Jenny. Aunque, lo
lógico, de haber sido así, era que descubriera por allí su propio caballo usado entonces por
la joven.

No vio ningún animal, nada que le hiciera concebir la esperanza de que Jenny se
encontraba en su casa.

Pese a lo cual, desmontó el rural y se dispuso a buscarla.

No estaba allí. La casa donde vivían ella y su padre veinticuatro horas antes presentaba
evidentes huellas de la visita que recibiera aquella misma tarde por parte de los vecinos del
pueblo. Todo revuelto, todo destrozado. Muebles y enseres desparramados, volcados por el
suelo.

—¡Jenny! —llamó.

Le contestó el silencio de la noche, aparentemente agudizado ahora debido a su grito.

Le costaba trabajo creer que el objetivo de la muchacha, al escapar aterrada de la cabaña


no fuera precisamente aquél, su rancho, su hogar.

Estaba seguro de no haberse equivocado al creer que era ese también el camino que
tomó Jenny en su huida.

¿Dónde estaría, pues?

Repitió la llamada, cada vez más fuerte, pensando que andaría por allí, escondida acaso
en cualquier rincón.

Hasta que desistió. De ser así, ella tenía que haber reconocido su voz, tenía que haber
salido a su encuentro o contestado a los gritos que dio.

¿Lockridge? ¿Se habría dirigido en realidad al pueblo, dispuesta a cometer una locura?

Tom se dirigió hacia donde dejara el caballo. No podía pensarse otra cosa de la extraña
actitud de Jenny, puesto que aquella senda no llevaba a ningún otro sitio, descartado el
propio rancho de su padre.
Cuando montó, volviendo a espolear a la cabalgadura que estaba ya casi agotada, Tom
tuvo otra idea. Ella era testigo del asesinato de Farrar. Ella podía acusar legalmente a Weiss
y a Kenna de la muerte de su padre.

¿No habría pensado, obsesionada con esa posibilidad, presentarse a los rurales del
pueblo para efectuar la denuncia? Incluso en aquellos momentos, acaso le estuviera
buscando a él, a Tom.

Sacó las últimas energías del caballo del capataz, a base de espolearle sin piedad, pese a
lo cual no avanzaba demasiado de prisa. Cuando llegó al pueblo, los flancos de la montura
estaban llenos de sangre mezclada al sudor.

Por la parte contraria a la que él llegaba, un incendio de cierta importancia enviaba


llamaradas al cielo negro de la noche.

No se preocupó por ello. Tenía cosas más urgentes que hacer.

Desmontó ante el cuartel de sus camaradas y entró en busca del sargento. El jefe de la
pequeña fuerza de rurales hacía pocos minutos que había sido despertado con el aviso de
que algunas dependencias del rancho de Weiss estaban ardiendo y se disponía a acu dir allí
cuando entró Tom en su habitación.

—¡Diablos, Tom —exclamó el sargento antes de que el joven pudiera despegar los
labios—. Llegué a pensar que le había ocurrido algo!

Se refería a la pequeña misión que le recomendara al principio de la noche y cuyos


resultados desconocía todavía debido a la ausencia de Tom.

—No se trata de eso ahora —contestó Tom—, Tengo las pruebas de que Weiss y su
capataz asesinaron a Andy Farrar.

La sorpresa impidió al sargento contestar inmediatamente. Pausa que aprovechó Tom


para hacer la pregunta que roía su mente:

—¿No ha venido aquí Jenny Farrar?

—¿Jenny Farrar?... Desde luego que no. Vamos, Tom, suelte todo lo que haya averiguado.
Habla usted de una forma misteriosa.

El joven rural no pareció oír lo que le ordenaba el sargento respecto a qué le contara el
motivo de su tardanza en presentarse ante él. Lo único que escuchó fue que Jenny no había
aparecido por allí.

Sin darse cuenta de lo que hacía, dispuesto solamente a encontrar a la muchacha, giró
sobre sus tacones y se dispuso a abandonar la habitación.
Una mano de hierro, la del sargento, se clavó en su brazo, impidiéndole llevar a cabo su
propósito de abandonar nuevamente el cuartel.

Al girar hacia el sargento, se encontró con un rostro en el que no había marcada ninguna
clase de enfado, pero sí la extrañeza causada por la actitud de Tom.

—Le pedí que me contase lo ocurrido —dijo el sargento con voz grave—. Creo que tengo
derecho a saber las causas de esa acusación.

La acusación acabada de hacer por Tom sobre el asesinato de Andy Farrar.

Pareció recordar, de pronto, que había dicho eso. Y relató, lo más brevemente posible,
todo lo que averiguara en aquellas últimas horas.

Una arruga profunda se marcaba en la frente del sargento cuando acabó el relato. Y en
sus ojos, Tom pudo advertir un brillo anormal.

—Hace mucho tiempo que sospecho que ese hombre tiene una gran cuenta pendiente
con la Justicia —dijo, como si hablara consigo mismo.

Tom supo, por aquellas palabras, que el sargento no dudaba en absoluto de lo que
acababa de contarle.

—Vamos por él —añadió decididamente el sargento—. Tendrá que responder a esa


muerte por muy cacique que sea del pueblo.

Esta vez fue Tom quien le paró a él.

—Es necesario que encontremos a Jenny Farrar.

El timbre de la voz del joven debió extrañar al sargento, ya que se le quedó mirando y le
interrogó:

—¿Mucho interés por esa chica, Tom?

Tom comprendió que era innecesario ya ocultar lo que hasta entonces les había unido a
Jenny y a él.

—Algún día pienso casarme con ella —aseguró devolviendo la mirada al sargento.

Una sonrisa se marcó en los labios de éste ante la confesión de su subordinado.

—Doble motivo para que la encontremos, entonces —dijo—, La necesitamos para que
acuse formalmente a Weiss, puesto que ella es el único testigo que existe del hecho, ahora
que el capataz está muerto. Y tenemos que casarla con uno de nuestros mejores hombres .

—Yo preferiría seguir buscando a Jenny mientras usted detiene al ranchero.


Un principio de risa vibró en la garganta del sargento.

—¡Hombre de Dios —exclamó—; no sea ingenuo! Todos sabemos que la hija de Andy
Farrar es una muchacha impulsiva, medio salvaje, en el buen sentido de la palabra. Si de
verdad usted creía que ella se dirigía hacia aquí, es que no ha pensado en otra cosa que en
vengar la muerte de su padre.

Era claro como la luz del día, pero Tom movió la cabeza.

—¿Qué hubiera hecho usted en su lugar, Tom?

—Tenía que haber acudido a mí, tenía que haberme buscado para contarme lo ocurrido y
para que la ayudara —dijo Tom.

—Lo que ella tenía que haber hecho, tal vez no sea lo que ha hecho. Por lo pronto, ese
incendio en el rancho de Weiss. Muy extraño ahora que conozco la verdad de lo ocurrido.
Vamos allá. Estoy tan interesado como usted mismo en encontrar a la hija de Farrar. Sin su
testimonio, mal podríamos vencer a Weiss y hacer que coloquen una cuerda alrededor de
su cuello.

No esperó la contestación del joven, sino que anduvo hacia la puerta. Tom le siguió
pensando en desobedecerle para buscar a Jenny. Dadas las circunstancias, ella estaba en
peligro mientras no pudiera protegerla.

Cuando llegaron a la calle, la totalidad de los rurales estaban ya esperando al sargento.


Sin caballos puesto que, ellos lo creían así, se trataba seguramente de echar una mano para
apagar el incendio en el rancho de Weiss.

Las llamas, más altas, más violentas cada vez, se veían perfectamente sobre el grupo de
casas. Se trataba de un incendio voraz que costaría mucho dominar.

El sargento emprendió el camino que les, llevaría al rancho de Weiss más directamente.
Casi a base de zancadas y seguido por el resto de los rurales.
CAPÍTULO 12
EL espectáculo, cuando llegaron, era de plena, febril actividad. Tom miró hacia la
oscuridad que rodeaba la propiedad, como si intuyera que Jenny debía de hallarse
forzosamente allí.

El sargento paró a los rurales que le acompañaban.

—Orden de detención contra míster Weiss —dijo sorprendentemente para sus hombres.

Se le quedaron mirando como si no comprendieran sus palabras. El sargento señaló a


Tom. Y amplió, explicó su orden:

—Tom cree tener las pruebas de que ese hombre ha asesinado a Andy Farrar. Lo de esta
tarde ha sido una vulgar farsa muy bien montada por Weiss y su capataz.

No esperó a que le cosieran a preguntas, como hubiera ocurrido de seguir allí parado. Se
adelantó a sus hombres y franqueó, seguido por ellos, la valla.

El ranchero Weiss dirigía la operación de apagar el fuego sin vestir del todo aún, apenas
cubierto por unos pantalones que le prestó cualquiera para que no perdiera tiempo en
entrar a buscar los suyos.

Vio llegar al sargento y sonrió pensando en la ayuda que representaban cuatro hombres
más.

El incendio ni había sido apagado, ni lograrían reducirlo en varias horas. Las llamas del
primero de los pajares, donde se inició el siniestro, se habían comunicado a las
dependencias vecinas, los graneros, ardiendo éstos por los cuatro costados.

La totalidad de las personas del rancho, incluidas las mujeres, estaban allí, dedicados
todos a traer el agua de un pozo cercano, con cubos y toda clase de recipientes.

Cuando Weiss esperaba oír un saludo, la voz del sargento se dejó oír sobre el ruido que
hacían y el crepitar continuo de las llamas:

—¡Holtan Weiss, queda usted detenido, bajo la acusación de haber dado muerte a Andy
Farrar!

Fue algo extraño, acaso escalofriante, que dejó a todos inmóviles durante unos segundos.

En el rostro de Weiss no se marcó el miedo a haber sido realmente descubierto en su


crimen. Parpadeó durante unos segundos, como si el rostro del sargento de rurales le
cegara súbitamente. Luego, ante la sorpresa del sargento, sonrió.

No había perdido la serenidad.


—Creo que se trata de un grave error, sargento —dijo lenta, cuidadosamente, como si
hubiera elegido bien las palabras que le convenía pronunciar.

El jefe de los rurales no contestó al ranchero. Se limitó a señalarle de forma que sus
ayudantes supieran comprenderle.

Fue Tom el primero que se adelantó hacia el ranchero, sacando su Colt.

—Seguí a Kenna esta misma noche. Y llegué a tiempo de ver que tenía prisionera a la hija
de Farrar.

Ahora sí cambió la expresión del ranchero. Ahora sí demostró que estaba a punto de
dejarse llevar por los nervios.

Miró en torno, hacia sus hombres que se habían ¡do congregando poco a poco junto a él.
¿Responderían caso de una verdadera necesidad?

Los rostros cercanos parecían decirle que sí. Aquella tarde había habido ya un encuentro
entre la gente y los rurales y tal vez los peones de su rancho habían perdido el miedo a los
hombres de la Ley, a los rurales de Texas que ahora venían a detenerle ine speradamente.

Weiss decidió jugar sus cartas, las únicas que tenía en aquellos momentos.

—¡Ese cerdo de Kenna! ¿Ha sido él quién mató a Farrar?

Echar la culpa a su secuaz no era sino desvirtuar la verdad, si es que los que le acusaban
permitían eso.

La voz de Tom fue dura al decir:

—La acusación es directa contra usted míster Weiss. Haría mejor en no ofrecer
resistencia.

Los que rodeaban al ranchero pudieron ver como ahora palidecía, próximo, al fin, a
perder los estribos.

Señaló los pantalones prestados que le cubrían y su torso completamente desnudo.

—Déjenme que me vista. Tendremos que discutir largamente esa estúpida acusación.

Era inteligente. Lo suficiente desde luego para intuir que su situación había sufrido un
cambio radical. Las palabras del sargento primero, las de Tom a continuación, no eran
menos reales por sorprendentes que le parecieran a él. Un error imperdonable que echaba
por tierra todo su juego.

El sargento pareció dudar de la petición del ranchero, pero acabó haciendo un gesto
afirmativo de cabeza.
Antes de andar hacia su propio domicilio, cambió una mirada con algunos de sus peones.
Y supo, gracias a ella, que sus hombres estaban dispuestos a lo que él tuviera a bien
ordenar.

No podía ser de otra manera. Varios años de dominio sobre ellos, y sobre los habitantes
del pueblo, te daban una auténtica autoridad respecto a todos.

Intentando pensar rápidamente, el ranchero se dirigió hacia la casa donde tenía sus
habitaciones privadas.

La situación no era desesperada. Porque, en último extremo, en caso de que no tuviera


otro remedio, acabaría con la vida de todos los rurales. Después, diría cualquier cosa,
inventaría cualquier historia, arrasaría incluso aquel pueblo con tal de salvarse de la horca.

No estaba dispuesto a intentar la huida convirtiéndose en un fugitivo.

Un nombre parecía haberse incrustado en su cerebro: Kenna. Todo se había hundido


debido a su estupidez. La chica de Andy Farrar. Debía haberle obligado a matarla delante
mismo de él. El imbécil pensó sin duda que era un buen bocado...

Weiss se volvió hacia los rurales cuando llegaba ante la casa, sin las miradas clavadas en
él de aquellos hombres que representaban la Ley y contra los que tenía que luchar por su
propia vida.

Los peones seguían todavía allí, mirándole también con la sorpresa todavía grabada en
sus rostros.

Su voz era dura, encolerizada, cuando se dirigió a ellos a gritos:

—¡Seguid trabajando, imbéciles! ¿Queréis acaso que me quede arruinado en una sola
noche? Lo que han dicho los rurales no es más que una maldita confusión.

Pudo comprobar que seguían obedeciéndole, que, pese a la acusación, tenía sobre ellos
aún un gran ascendente.

Kenna era la clave. Kenna y la hija de Farrar. Los dos por lo tanto tenían que morir. No
veía otra solución si quería salvar su pellejo. Eran los dos testigos que existían de que había
disparado contra Farrar, matándole.

Kenna era su hombre de confianza, el hombre al que precisamente hubiera encargado un


trabajo de aquella naturaleza.

Mientras atravesaba uno de los pasillos, ya dentro de la casa, Weiss estuvo pensando en
quién de sus peones podría desempeñar el cargo que dejaba vacante Kenna. Como capataz,
pero sobre todo como asesino, como ejecutor de sus órdenes más secretas.

Movió la cabeza y se mordió los labios con rabia.


No había uno solo entre todos sus empleados en quien encontrar las cualidades
necesarias para ello.

Tenía, sin embargo, que encontrarle. Pronto, antes de que fuera demasiado tarde. Un
hombre al que ordenara que matara a Jenny Farrar y a Kenna, estantíos estos dos, como
debían estar, en manos de la Ley.

Sí, tenía esa persona. Dio con ella, mentalmente, de golpe. El sheriff Benson. Benson, la
persona indicada, la única que lograría llevar a cabo ese doble asesinato. Porque el único
que podría llegar a dos personas prisioneras de los rurales, era precisamen te Benson en su
calidad de sheriff de Lockridge.

Esta vez, Weiss sonrió con cierta complacencia.

Benson no era un tipo de los mejores ni de los más valientes, pero servía para acuchillar
a su padre por la espalda si la operación le reportaba una cierta cantidad de dinero.

Cuando llegaba a su dormitorio, todavía con la lámpara encendida según la dejara rato
antes, poco rato antes, Weiss se paró para escuchar.

Los peones habían vuelto en efecto a dedicar su atención y sus esfuerzos al incendio.
Podía escuchar sus gritos pidiendo más agua, apremiando a los que estaban en la parte del
pozo.
CAPÍTULO 13
JENNY y Kenna no podían permanecer encerrados en el cuartel de los rurales. La Ley
exigía que fuera el sheriff del lugar el que se hiciera cargo de ellos. Por tanto, el sargento
entregaría a los dos testigos.

Ahora sólo le faltaba encontrar dos cosas. Una, la ocasión de hablar a solas con Benson,
relativamente fácil. La otra, mucho más difícil, dar con el sistema que permitiera matar a
los testigos sin que las sospechas recayeran sobre él mismo.

Algo se movió, sorprendente, inesperadamente, en la habitación cuando él entraba.

Weiss se llevó la mano al sitio donde debía tener el revólver sin acordarse de que saltó de
la cama en calzoncillos y que se cubría con los pantalones viejos de cualquiera de los
peones del rancho.

Un cuerpo se había erguido ante él, amenazador.

Estuvo a punto de proferir un grito de sorpresa al reconocer a Jenny, la hija de Andy


Farrar, la muchacha que debía de haber muerto aquella tarde y por la cual todo se había ido
al diablo.

Los ojos del ranchero se habían convertido en dos rayas diminutas, con un brillo acerado.

Pensó rápidamente, antes de que ella abriera siquiera los labios y bajo la amenaza del
Colt que empuñaba con firmeza la joven.

Los rurales habían dicho que tenían prisionero a Kenna, o algo parecido —no recordaba
con exactitud—, pero no que ocurriera lo mismo con Jenny. ¿Cómo se encontraba allí?

Respecto a lo que la muchacha se proponía hacer entonces, no podía caberle a Weiss una
sola duda. Y de existir esa duda se desvanecería ante el arma que la joven dirigía a su
pecho.

Comprendió que Jenny estaba allí para matarle, vengando así la muerte de su padre. Lo
comprendió por el brillo que animaba las pupilas femeninas, por la crispación de los dedos
sobre el revólver.

Y supo también que era una magnífica ocasión para deshacerse de la joven, para quitar
de delante uno de los dos testigos que podrían acusarle, que acaso le habían ya acusado
abiertamente ante los rurales, de asesino en la persona de Andy Farrar.

Dio un paso hacía la muchacha para probar el grado que ella poseía en aquellos
momentos de serenidad.

—¡Quieto, o disparo!
La voz de Jenny era estrangulada, ronca, anormal.

Weiss sonrió pensando que en realidad la tenía a su merced en cuanto ella se descuidara
lo más mínimo.

La mataría. Sencillamente, la mataría en silencio para que los rurales que permanecían
fuera no llegaran a oír el ruido de la posible lucha. Un golpe a tiempo y sería suficiente.

Dijo algo que le convenía decir y cuya intención acaso no pudiera captar la hija del
ranchero asesinado.

—¿Dónde está Kenna?

No obtuvo contestación, por lo que volvió a insistir:

—Debía haberte matado esta tarde. ¿Por qué no lo hizo? ¿Me has denunciado a los
rurales tú?

Ella negó con la cabeza, extrañada por la última pregunta del ranchero.

En los ojos de Weiss brilló la astucia. Estaba consiguiendo su propósito de engañarla, de


distraerla lo suficiente para saltar hacia ella y reducirla a la impotencia.

—Kenna ha muerto —dijo inesperadamente Jenny.

Weiss hubiera soltado entonces una carcajada de triunfo.

—¿Estás segura de eso? —inquirió.

—Yo misma disparé contra él dos veces.

Era más, mucho más de lo que hubiera podido esperar.

Porque de las dos personas que según los malditos rurales podían testimoniar contra su
crimen, una estaba muerta y la otra iba a dejar de existir antes de que transcurriesen
muchos minutos.

Comprendió por qué ella había hecho la confesión respecto a su capataz cuando Jenny
habló de nuevo, con la voz convertida en una especie de soplo helado:

—He venido para matarle, Weiss. Por la muerte de mi padre. Primero Kenna. Ahora
usted.

El ranchero clavó su mirada en el rostro femenino, esperando conocer el momento


exacto en que ella se disponía a disparar. Todavía no, aún estaba vacilando, posiblemente
porque era demasiado fuerte para ella matar a un ser humano, aunque fuera para vengar a
su padre.
La mirada que espiaba el semblante de Jenny vio al poco, unos segundos después, que
unos pliegues, de tensión nerviosa, aparecían en aquel rostro.

Saltó hacia ella, por sorpresa.

No llegó a disparar la joven el colt. No pudo hacerlo, no tuvo tiempo para hacerlo. Los
dedos de Weiss se habían ceñido a la muñeca armada de la joven con terrible fuerza.

Weiss se jugaba su propia vida en aquel acto. Fuera, los rurales dispuestos a ¡levarle a la
horca. No podía dar a la muchacha una sola posibilidad de que hiciera ruido, de que lograra
siquiera chillar y ser escuchada por los rurales.

Retorció con una de sus manos la muñeca femenina y llevó su otra mano a la boca de
Jenny, impidiéndola gritar.

Durante unos segundos, rodeados por el silencio que reinaba dentro de la casa, los dos
forcejearon brutalmente. Luego, de pronto, la mano que sostenía el Colt soltó el arma, que
cayó al suelo.

Jenny no había podido soportar la presión de los dedos del ranchero.

No hubo la menor vacilación por parte del atacante. Soltó a la joven al tiempo que la
golpeaba con todas sus fuerzas en pleno rostro.

Alcanzada de Meno Jenny salió despedida hacia atrás, chocando su cabeza contra el
muro.

Un solo vistazo convenció al asesino de que había sido suficiente. Al menos para iniciar la
segunda parte de su atentado contra la muchacha.
ESTE ES EL FINAL
Sin perder un solo Instante, viéndola inerte en el suelo, se lanzó hacia la entrada de la
pieza. Quería estar seguro, completamente seguro de que nadie había escuchado la breve
pelea.

El pasillo estaba tan silencioso y vacío como cuando, minutos antes, llegó él al
dormitorio. Era lógico puesto que ni ella ni él habían hecho el menor ruido durante la lucha.

Una sonrisa espantosa se dibujó en los labios del criminal.

Ahora estaba nuevamente seguro de su triunfo. Ahora sabía que Kenna y Jenny Farrar
jamás podrían ser obligados a testimoniar contra él ante los rurales o ante quien fuera.
Kenna muerto, Jenny, muerta dentro de un minuto escaso.

Arrojaría su cadáver debajo de la cama. Y la persona que lo encontrase se cuidaría bien


de dar la alarma.

No era, sin embargo, el medio más seguro.

Se decidió por perder algún minuto más para ocultarla en otro lugar de la casa, en la
bodega, donde nadie entraría en su ausencia por poseer él únicamente las llaves.

Volvió a entrar en la habitación dispuesto a acabar con la joven. Había un cuchillo en su


mesilla de noche. Y un Colt cargado. Pero el arma blanca, el arma silenciosa sería la que
usara en aquella ocasión.

Ni siquiera miró a su víctima, tendida todavía en el suelo. Si quería que los rurales no
entraran en la casa, para buscarle antes de que pudiera ocultar el cadáver de la joven, tenía
que obrar con toda rapidez.

El cuchillo estuvo entre sus dedos unos segundos después.

Con él empuñado, dispuesto a descargarle sobre Jenny, se volvió hacia ésta.

Y se llevó la mayor sorpresa de su vida, la sorpresa que había de costarle cara.

El disparo pareció estallar delante mismo de su rostro, de sus ojos, cegándole. Se dio
cuenta solamente de que caía abrasado por el disparo.

Jenny no había, pues, perdido el sentido. Aunque la precipitación del asesino le hizo
creerlo así. Jenny se golpeó contra el muro y quedó semiinconsciente. Pero su instinto de
conservación pareció darle las fuerzas suficientes para mover la mano, tantear e l suelo en
busca del Colt...
Todos los que estaban fuera, rurales y peones del rancho oyeron perfectamente el
disparo. Todos, al tiempo, pensaron en que el ranchero había puesto fin a su vida.

El primero en correr hacia la casa fue Tom. Detrás de él, el resto de sus compañeros y la
totalidad de las personas entregadas a apagar el incendio. Penetró en la casa como una
tromba, corrió por el pasillo que llevaba al interior, desembocó en el dormitorio, única
pieza donde había luz.

El cuadro que se presentó a sus ojos era demasiado sorprendente, casi increíble. Pero no
fue capaz de anular los reflejos mentales de Tom.

El ranchero, herido de muerte, sin duda, se arrastraba hacia Jenny, con un cuchillo
empuñado. Y Jenny le veía acercarse con el terror pintado en su rostro.

El revólver que colgaba de la mano de la muchacha parecía algo inservible, algo que
debía de costarle demasiado, incluso, levantar.

No había tiempo para nada.

Unos segundos más y el cuchillo se hundiría en el pecho de la muchacha.

Tom extrajo a la mayor rapidez posible su revólver y lo vació casi contra el cuerpo de un
asesino, de Weiss.

Los plomos, uno tras otro, hasta los seis del cargador, obligaron al ranchero a contraerse,
a estremecerse... antes de que quedara muerto contra el suelo.

Cuando se arrojó hacia Jenny, la muchacha había perdido el sentido.

Detrás de él, el sargento y sus camaradas. En el pasillo, lleno hasta las puertas, los
empleados del rancho.

—No tuve más remedio que disparar —explicó Tom.

El sargento asintió con la cabeza.

Tom presintió que ahora todo se había resuelto. No sospechaba que tendría después que
dar toda clase de explicaciones a Jenny sobre lo ocurrido aquella noche inolvidable. Pero,
aunque lo hubiera sabido, aquello carecía ya de importancia. Los dos se amaban, los dos
habían, en realidad, atravesado un infierno aquella noche. Y los dos tenían derecho a la
felicidad que les esperaba cuando Jenny abriera nuevamente los ojos y después,
naturalmente, de que Tom hubiera explicado que no estaba con Kenna cuando éste llegó a
la cabaña.

La felicidad tiene siempre un precio. Ellos lo habían pagado ya.

FIN

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