100% encontró este documento útil (2 votos)
730 vistas89 páginas

KANSAS-1111 Cliff Bradley (1979) Camino Del Infierno

El documento narra la historia de Jeff Bragg, un hombre que viaja a Nevada y se encuentra con un pastor llamado Sherwin. Durante su encuentro, Bragg es capturado por el pastor, quien lo lleva a los hermanos Baker, pero logra defenderse y matar al pastor en un enfrentamiento. La narrativa destaca la soledad y el peligro en el entorno salvaje de Nevada, así como la intriga en torno a la búsqueda de Bragg por los Baker.

Cargado por

osmindiaz2
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (2 votos)
730 vistas89 páginas

KANSAS-1111 Cliff Bradley (1979) Camino Del Infierno

El documento narra la historia de Jeff Bragg, un hombre que viaja a Nevada y se encuentra con un pastor llamado Sherwin. Durante su encuentro, Bragg es capturado por el pastor, quien lo lleva a los hermanos Baker, pero logra defenderse y matar al pastor en un enfrentamiento. La narrativa destaca la soledad y el peligro en el entorno salvaje de Nevada, así como la intriga en torno a la búsqueda de Bragg por los Baker.

Cargado por

osmindiaz2
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

CLIFF BRADLEY

CAMINO DEL INFIERNO

Colección KANSAS n. o 1111

Publicación semanal
ISBN 84-02-02516-1

Depósito Legal B 24748-1979

Impreso en España – Printed in Spain

2.a edición – septiembre, 1979

© CLIFF BRADLEY – 1979

sobre la parte literaria

© MANUEL BREA- 1979

sobre la cubierta

Concedidos derechos exclusivos a favor

de EDITORIAL BRUGUERA, S. A.

Mora la Nueva, 2. Barcelona (España)

Impreso en los Talleres Gráficos de Editorial Bruguera, S.A.

Parets del Vallés (N-152, Km 21,650) Barcelona – 1979


CAPÍTULO PRIMERO
Aquella era una tierra alta y fría, abierta, solitaria y salvaje, donde el viento soplaba sin
cesar. Una tierra de elevadas y abruptas montañas, bosques de abetos y manchas de álamos
blancos en el fondo de los valles. A pesar de todo, un hermoso terreno.

Jeff Bragg había conocido muchos lugares, primero como soldado en la guerra civil, más
tarde como agente de la Ley. Prácticamente, las tres cuartas partes de territorio de los
Estados. Pero era la primera vez que venía a Nevada.

Ahora, mientras freía unas lonchas de carne de puerco salada y esperaba a que hirviera
el café, contempló la aparición del rojo sol sobre la dentellada cresta de la sierra que el día
anterior atravesara en la penúltima etapa de su viaje. Un viaje de mil quinientas millas que
no había sido ni rápido ni agradable…

La mañana era fría como mil diablos en aquella tierra elevada. Tuvo que romper la costra
de hielo formada en la orilla del arroyo para llevar agua y lavarse. Y el viento parecía estar
formado con millones de afiladas navajas de afeitar.

Separó la sartén de las llamas, dejándola a un lado, y efectuó la misma operación con el
negro pote de café, ya hirviente. Luego se dispuso a almorzar.

Había acampado entre los álamos, al borde de uno de los múltiples arroyos y en el fondo
de una hondonada resguardada un poco del viento. Su caballo triscaba la hierba
placenteramente a corta distancia. No mucho más allá, habían estado bebiendo unos
ciervos .poco antes. Había, por lo visto, mucha caza en aquellas montañas…

El aullido de un perro lo sacó de sus pensamientos. Había sonado a la derecha, arroyo


abajo. Un perro, no un lobo…

Tragándose el bocado, echó mano rápidamente al rifle que tenía al lado, lo levantó y
amartilló. Estaba demasiado cerca de su meta para olvidar las precauciones más
indispensables, aunque el ladrido del perro debía haber convencido a su dueño de que él ya
se hallaba alerta…

El hombre apareció poco después. Era un tipo de grandes barbas oscuras veteadas de
canas, vestido con pieles y calzado con mocasines indios. Iba armado con un gran cuchillo
de cazador y un rifle Wesley anticuado. El perro que antes ladrara se mantenía aler ta a un
par de pasos ante él, agitando furiosamente la cola y con las orejas tiesas. De cuando en
cuando emitía un ladrido amenazador.

—¡Cállate ya, “Thumbs”! — le ordenó su amo. Luego avanzó hacia Bragg sin dar muestras
de hostilidad, aunque si de recelo precavido. El hombre de la Ley lo esperó de pie junto a la
hoguera.
—Buenos días —saludó el recién llegado, mirándolo con ojos suspicaces—. “Thumbs” lo
olfateó y me dije que valdría la pena averiguar quién andaba por las cercanías. Me llamo
Sherwin y tengo un rebaño de ovejas pastando ahí abajo.

—Hola, Sherwin —Bragg dejó la actitud alertada, tendiéndole la mano—. Me alegra


conocerle. Siéntese y tome una taza de café, si gusta. Mi nombre es Bragg. Y ésta resulta una
tierra condenadamente solitaria.

El pastor estrechó su mano con fuerza y aceptó la invitación.

—Sí que lo es. A veces me paso semanas enteras sin ver otra cara. Gracias por su café. El
mío se me terminó ayer y mandé a mi chico al pueblo en busca de más provisiones. Usted
no es de por aquí, desde luego…

—Soy de más al Este. Y no conozco esta tierra. Un amigo me invitó a ayudarle en un


rancho que ha creado en California y me encamino allá poco a poco. ¿Hay alguna población
cercana?

—Depende de su concepto de las distancias. Lee se encuentra a una veintena de millas al


Suroeste, a orillas del brazo Sur del Humboldt River. Y si, es una buena población.

Bragg tomó un lento sorbo de café.

—Entonces, creo que cabalgaré hacia allí. No he tropezado con un pueblo desde hace una
semana. Tan sólo alguno que otro rancho solitario.

—Sí, esta es una tierra muy poco poblada. —El hombre sacó una vieja y desportillada
pipa, llenándola cachazudamente de tabaco. Sus oscuros ojos no dejaban de escrutar a
Bragg—. Cuando yo llegué aquí, recién terminada la guerra, en toda la región Noroeste d e
Nevada no habría arriba de quinientas personas. Ahora somos muchos más.

Bragg se preguntó cuántos más…

—¿Es muy grande esa población de Lee? Parece haber sido formada por gente de los
Estados del Sur…

—La fundó hace ocho años justos un antiguo oficial de los confederados, el mayor
Vinson. En realidad, lo que el construyó fue un rancho sobre el río. Pero debido a la bondad
del terreno se afincaron allí algunas familias poco a poco. Hoy habrá, entre la población y
las granjas cercanas, unas ciento y pico de personas. Ya sé que la cifra parecerá ridícula;
pero aquí en Nevada, eso constituye toda una ciudad.

—¿Y es muy próspera?

—¡Psch: No anda mal. Burke tiene un almacén, Dewey una herrería, Olegsen una
carpintería y Pickett una taberna. Chan-Li afeita y corta el cabello a quienes lo desean y da
de comer a los forasteros. No tenemos telégrafo, pero la diligencia de Twin Falls a Reno
pasa dos veces al mes en cada dirección. Y eso es todo lo que necesitamos.

—¿Sigue teniendo su rancho el señor Vinson?

—Lo tiene. Paro no él. Sino su hija Merna. El mayor murió el año pasado.

—Entonces ¿ella lo regenta?

—Bueno, la señorita Vinson tiene energía sobrada para regalarle a cualquiera. Además,
cuenta con la ayuda eficaz de Joe Tyler, un viejo texano que sabe dónde le aprieta la cincha
a su caballo. El rancho no es ninguna gran cosa tampoco, si se mide de acuerd o a la idea que
de ellos se tiene en las llanuras. Unas dos mil cabezas de ganado tendrán ahora…

—¿No hay cuatreros por aquí?

—Alguno que otro. Pero esta no es buena tierra para medrar ellos. El ganado hay que
llevarlo a más de doscientas millas de distancia para poderlo embarcar en el ferrocarril. Y
son tan pocos los ganaderos de la región que se descubre con facilidad a abollar alguna que
otra punta de fácil conducción, a la que después cambian las marcas y venden a cualquier
ranchero desaprensivo…

—O sea, que esta es una región tranquila por completo…

—No hay muertes violentas ni robos sonados, si es eso a lo que se refiere.

Bragg tenía sus motivos para sospechar que el otro no le estaba diciendo la verdad. Pero
se guardó de así manifestárselo.

—Bien, pues me parece que me encaminaré a Lee para descansar un día en una
verdadera cama y probar otra cosa que no sea cerdo salado, caza y alubias. El caso es…
Ahora recuerdo que alguien me habló de que andaban por aquí unos individuos bastante
famosos. Ted y Larry Baker. ¿Nunca oyó de ellos?

Su mirada había estado fija en los ojos del pastor mientras hacía con tono calmoso la
pregunta. Pero el otro no pareció inmutarse.

—¿Hermanos Baker? No, no he oído de ellos. Y no hay en la región nadie de ese nombre,
estoy seguro. ¿Qué clase de gente es?

—No muy buena —Bragg estaba ya liando diestra-mente un cigarrillo—. Bien, amigo. Me
parece que voy a dejarle. Si hay veinte millas hasta esa población calculo que habré de
cabalgar fuerte hasta el mediodía. Muchas gracias por sus noticias.

—No hay de qué. Ha sido una buena distracción tener esta charla con usted. Le puede
decir a Chan-Li que estuvo conmigo.
Bragg empaquetó sus cosas con rapidez, cargándolas sobre el caballo, al que ensilló. El
pastor comentó, calmoso.

—Buen caballo tiene usted, Bragg…

—Sí, no es malo. ¿Entiende usted de caballos?

—Un poco… Y sus armas son también de primera calidad, caramba. ¿Me permite echarle
una ojeada a ese rifle? Estoy todo el tiempo mirándolo. He oído hablar de ellos, pero es el
primero que veo…

Bragg se lo tendió tranquilamente. El pastor tomó el “Winchester” con ambas manos y se


puso a contemplarlo admirativo, haciendo preguntas acerca de su capacidad de fuego,
modo de cargarse… Bragg se las contestaba sin perder de vista sus manos.

Súbito, por entre los labios del pastor brotó un silbido seco y vibrante. Bragg movió
velozmente su diestra hacia el revólver…

El perro del pastor se le vino encima como un rayo, con las fauces abiertas y un gruñido
amenazador. Ya con el revólver a medio sacar vióse obligado a hacer frente al animal,
descuidando al hombre un tanto. Levantó un pie, pateando al perro y obligándolo a desviar
su ataque, no pudo apuntar a tiempo al pastor, que ya tenía empuñado el rifle firmemente.

—¡Suelte el revólver, vamos!

La orden era tajante e ineludible. Bragg abrió los dedos y dejó caer el arma. El pastor
frenó al perro de una patada, pero sin quitarle ojo a él.

—¡Quieto, “Thumbs”! Levanta esas manos, hombre. Bien altas. De modo que tú eres Jeff
Bragg, el famoso Jeff Bragg… Pues, a decir verdad, me has resultado muy ingenuo.

Los ojos azules de Bragg emitían destellos acerados. Pero se mantenía por completo
tranquilo, como si no estuviera viéndose apuntado por su propio rifle.

—Es posible que consiguieras engañarme —dijo con tono calmoso—. ¿Qué te propones?

El otro emitió una corta risa cargada de amenaza.

—Te voy a llevar donde se encuentran los hermanos Baker. A ellos les causará una gran
satisfacción tu visita. Tanta que hasta puede te permitan vivir algunas horas, para que les
cuentes tus trabajos. ¡Vuélvete! Y no intentes jugarretas, porque te descerrajaré una bala en
cuanto te vea mover un dedo. ¡Echa las manos atrás!

Bragg obedeció sin prisas. El otro habló a su perro.

—“Thumbs”, atácale si se mueve.


El perrazo contestó con un gruñido.

El hombre apoyó el rifle contra su cuerpo, poniendo la culata en tierra, tomó una delgada
y fuerte tira de cuero del bolsillo de su chaqueta de ante y se dispuso a atar las muñecas de
Bragg.

En el mismo instante, éste habló a su caballo.

—¡Pega, “Dixie”!

El caballo había estado inquieto, contemplando la escena con sus ojos inteligentes.
Ahora, con un relincho furioso, se encabritó lanzándose hacia adelante.

El perro, que se disponía a saltar hacia la garganta de Bragg, sobresaltóse al percibir el


inesperado peligro y giró para afrontarlo, gruñendo. El pastor, tomado de sorpresa, perdió
una fracción de segundo que Bragg aprovechó instantáneamente, levantando c on violencia
los puños y golpeándole el vientre con suficiente fuerza para hacer caer a tierra el rifle.
Luego giró como una serpiente que ataca.

El caballo acababa de pegar con una mano al perro en el momento que éste, olvidado del
hombre, le saltaba al cuello. El perro aulló, al ser proyectado hacia atrás en el aire,
contestándole un nuevo relincho del caballo…

El pastor había reaccionado velozmente, con un sordo juramento de rabia. Su diestra se


movió veloz, apareciendo armada con el cuchillo de caza. Y atacó manteniendo el arma
apuntada al vientre de Bragg…

Este ya tenía su propio cuchillo en la mano. Era más corto y delgado que el de su
enemigo; pero su propia agilidad equilibraba la balanza. Esquivó el golpe saltando como un
gamo, hizo un molinete que forzó a echarse violentamente atrás al pastor, volvió a saltar,
agachóse, esquivando un tajo horizontal, y rasgó la chaqueta y la piel de su contrario,
aunque sin llegar a encarnarle eficazmente.

El pastor rugió al sentirse tocado y se lanzó como un toro al ataque. Bragg se movió hacia
atrás, tropezó con una piedra y se cayó de lado. Con un bramido triunfal el otro se le vino
encima blandiendo su cuchillo.

—¡Ahora verás…!

Vio caer la acerada hoja recta hacia su pecho, se estiró y le pegó una patada feroz en el
muslo. El cuchillo se clavó en la muelle tierra más de veinte centímetros después de
rasgarle superficialmente el costado.

Levantó su propia mano armada con toda la fuerza de que fue capaz. Oyó un sordo,
escalofriante ruido y cómo el cuchillo penetraba profundamente en la carne. El pastor se
estremeció convulsivamente.
—¡Maldi…to…!

Luego le cayó encima, con la boca y los ojos abiertos por la súbita comprensión de la
muerte.

Empujándolo, Bragg se desembarazó de su peso y echó atrás la diestra, extrayendo el


cuchillo tinto en sangre hasta la empuñadura. Incorporándose, miró a su alrededor…

El perro del pastor huía a través del arroyo penosamente, aullando de modo lastimero. El
caballo, parado junto a la orilla, manoteaba dispuesto a perseguirlo. Se lo impidió.

—¡“Dixie”, ven acá!

El animal se le acercó, relinchando, y fue a buscar una caricia. Tenía dos o tres
rasgaduras de las uñas de los colmillos del perro, pero poco profundas. En cuanto a éste, se
alejaba arrastrando una pata trasera, malherido.

Bragg palmoteo el cuello de su caballo, hablándole con tono satisfecho.

—Ellos no imaginaban que tú sabías también pelear, muchacho…

Luego dedicó su atención al muerto.

Estaba bien muerto, desde luego. Pero en sus bolsillos no halló nada interesante.

—Sin embargo, él sabía mi nombre y esperaba mi llegada, al parecer por orden de los
Baker. Eso significa que ellos han estado siguiendo mi avance y estarán sobre aviso,
mientras que yo desconozco sus rostros y los nombres que pueden llevar ahora. Sin
embargo una cosa es segura. Se hallan en Lee o en los a rededores.

Miró fijamente al muerto y siguió su monólogo.

—Es una pena que te haya tenido que matar. Pero no me dejaste otra salida. Me di cuenta
de lo que intentabas y te di cuerda, para así poderte sonsacar con pleno derecho las noticias
y datos que busco.

No conté con el perro, como no contaste tú con mi caballo… En fin, te llevaremos a tu


campamento, a ver si de verdad eres un pastor. Debía serlo, pues a quinientas yardas
arroyo abajo tropezaron con un rebaño de ovejas que pastaban tranquilamente. El
campamento del hombre estaba entre los álamos. Y no había por lo visto nadie con él. Sólo
un perrazo, hermano del que le acompañara, que se mantuvo alejado, gruñendo…

Dejó el cadáver allí,

—Enviaré a por ti una vez llegue al pueblo. Me parece que voy a entrar en Lee con mal
pie… — murmuró antes de lanzar valle abajo a su cabalgadura.
CAPÍTULO II
Millones de años antes, allí hubo un mar interior. Podían descubrirse sus huellas en los
acantilados que se elevaban casi verticalmente a ambos lados del valle, ascendiendo hacia
las altas cumbres boscosas. Ahora, el terreno era fértil y estaba dividido en parcelas
desiguales, cultivadas. En el centro, aproximadamente, de cada parcela, había una granja. El
río corría por un lecho bastante profundo y sinuoso, hacia el Norte. El pueblo se alzaba
sobre su margen derecha y sólo tenía una calle, alargada en dire cción Norte-Sur. La calle
contaba con una docena de edificios a un lado y la mitad escasa al otro. Los de la parte
enfrente al río eran mejores y mayores. Había también un corral para ganado, unos
pajares… y muy poco más.

Jeff Bragg detuvo a su caballo en un altozano que dominaba el pueblo y lo contempló


durante un par de minutos atentamente, con gesto pensativo.

—Se acabó la cabalgada, “Dixie” —monologó—. Hemos llegado al final de nuestro rastro.

Unos chiquillos mal vestidos jugaban al lado del corral. Cesaron en sus juegos para
contemplar su llegada con evidente curiosidad. Desde luego, a Lee no debían llegar muchos
forasteros…

Era la hora de comer, más o menos. Salía humo de las chimeneas de las casas y el viento
lo arrastraba prestamente. De ante de uno de los edificios mayores, el mayor en realidad,
había un “sulky” parado. Un poco más allá, dos o tres caballos de silla atados a un palenque.
El arroyo era de tierra oscura fangosa, con charcos acá y allá… No se veían personas
mayores por la calle.

Jeff Bragg no perdió detalle de la disposición de las casas mientras cabalgaba


despaciosamente. Al acercarse al edificio principal, un hombre fornido salió de la herrería y
se le quedó mirando con fijeza. Una mujer de media edad apareció en la puerta de un a
cabaña, llamó a dos de los muchachos que jugaban y se quedó también observándolo…

Encima de la puerta del edificio mayor había un rótulo pintado con escaso sentido de la
estética. “Burke’s General Store”. Detuvo el caballo y desmontó, atando la brida al palenque
mientras echaba una ojeada al “sulky”. Luego, con el rifle apoyado en el hu eco del codo
doblado, subió a la acera y entró en el almacén.

Había dentro dos hombres y una mujer. Los tres se lo quedaron mirando. Bragg los miró
también con sumo interés, especialmente a la mujer

Era una muchacha de acaso veinte o veintidós años, alta, de cabellos cobrizos arrollados
en dos gruesas trenzas que habían sido acopladas a ambos lados de la cabeza, en forma
extraña y elegante. Vestía un traje de paño verde oscuro y botinas de cuero rojo,
puntiagudas. Era hermosa y tenía un busto rotundo y una breve cintura.
El hombre que estaba a su lado olía a Texas desde una legua. Alto, extraordinariamente
delgado, de pelo canoso y afiladas facciones, usaba unos lacios bigotes color paja, unos
ajustados pantalones con rayas blancas, botas tejanas, espuelas de grandes rodaj as y
camisa a cuadros verdes y rojos, con un pañuelo rojo sangre al cuello. Tenía sobre el
mostrador su Stetson de alta copa y color indefinible. Del repleto cinto de balas le colgaba
un gran revólver. Podría tener cualquier edad entre los cuarenta y los cincuenta años. El
almacenero era grande, macizo, de cara abotargada, grandes mostachos grises y ojos con
bolsas; estaba casi calvo.

Bragg se llegó lentamente al mostrador y se quitó el sombrero, saludando pausadamente.

—Buenos días. Me llamo Bragg y vengo de Missouri. Hace un poco de fresco hoy…

Tres pares de ojos estaban escrutando su cara. Los del tejano semejaban trozos de
pizarra y tenían frialdad. Los de la muchacha y el almacenero, demostraban recelo. Ella
también curiosidad.

—Un largo camino si viene desde allí, señor… —le repuso el tejano con arrastrada voz—.
Mi nombre es Tyler y ésta es la señorita Merna Vinson.

—Encantado, señorita Vinson —Bragg se inclinó ante la muchacha y luego volvió su


atención al tejano—. He oído hablar de ustedes ya.

—¿De veras? —pareció apretarse el gesto del tejano. Y su mano, como al desgaire, se bajó
un poco, acercándose a la culata de su arma— ¿A quién?

—Uno llamado Sherwin. Esta mañana, a unas veinte millas de aquí, hacia las montañas. A
propósito. ¿Tienen ustedes “sheriff” en esta población?

—No. Hay uno en Elko, la capital del condado, a treinta y cinco millas de distancia. ¿Los
busca o les va huyendo, Bragg?

—Ni una cosa ni otra. Bueno, en tal caso imagino que cualquiera de ustedes deberá
encargarse de la tarea.

—¿Qué tarea?

Un par de hombres habían entrado en el almacén. Bragg giró lentamente y les dio la cara,
manteniendo al tejano a su derecha.

Uno de los hombres era alto, fornido, de pelo pajizo y cara atezada, de duros rasgos,
aunque regulares. Tenía una boca grande, brutal, y un par de ojos grises de mirar acerado.
Podría andar por los treinta años. Su compañero, más bajo, más ancho de hombros , algo
mayor, usaba una barba revuelta, castaña. Ambos vestían como los vaqueros y cargaban
sendos revólveres y cuchillos al cinto.
Siguieron avanzando, sin quitarse los sombreros. Y el más alto repitió su pregunta con
tono imperioso.

—La de traer al pueblo a un tal Sherwin, si es así como se llama.

Los recién llegados se detuvieron y cambiaron una rápida mirada. También la joven y el
tejano, que no parecían alegres por la presencia de los otros. El almacenero permanecía
callado, expectante…

—¿Traer a Sherwin? —inquirió el más alto de los recién llegados con súbita dureza—,
¿Qué ha querido decir con eso, forastero? ¿Qué le ha ocurrido a él?

—Está muerto.

El aire pareció enfriarse de golpe. Pero en el minuto de silencio que s guió fue evidente
que nadie quería precipitarse. El tejano habló dejando caer una a una las palabras.

—Acaba de decir que estuvo hablando con el…

—Cierto. Y lo invité a una taza de café, que pagó son unas cuantas noticias. Luego,
súbitamente, me atacó, ignoro por qué motivos. Tuve que defenderme, luchamos a cuchillo
y lo maté. Habría preferido herirlo, para conocer los móviles de su agresión inesper ada.

No alzó la voz. El rifle descansaba en su brazo doblado. Pero los otros tres —la muchacha
y el almacenero no contaban— se abstuvieron de echar mano a sus revólveres, aunque por
un momento apareció el deseo de hacerlo en los ojos de los últimamente llegados . El más
alto habló al fin. De nuevo había cambiado su tono. Ahora tenía una ominosa frialdad.

—¿Tiene testigos de los hechos, forastero?

—Ninguno. No hay mucha gente por este Territorio.

—En tal caso me parece que deberá responder a unas cuantas preguntas. Dese preso.
Suelte el rifle…

—Un momento, Rankin —la voz delgada del tejano centro en él la atención— La señorita
Vinson se halla presente, aunque tú y Collin parecéis haberlo olvidado.

—Este hombre acaba de confesarse matador de Sherwin. No vamos a permitir que se


marche tranquilamente…

—Conformes con obligarlo a quedarse y explicar mejor lo sucedido. Pero cuando la


señorita Vinson se ponga a salvo. Y no a vuestra manera, sino legalmente.

—¡Bah! No hay aquí ningún “sheriff’’…


—Se equivoca, Rankin —Bragg no había movido un músculo ni cambiado el tono de su
voz—. Hay uno. Yo soy “sheriff”.

Su declaración provocó una serie de curiosas reacciones. Los dos recién llegados
semejaron encogerse, se les ensombrecieron las miradas… La muchacha alentó con fuerza,
el almacenero parpadeé y tragó saliva. En cuanto al tejano, su mirada se apretó y proyec tó
la mandíbula con agresivo gesto.

—¿Usted es “sheriff”?

—Sí.

—¿Cómo dijo que se llamaba?

—Bragg. Jeff Bragg.

—¡Al diablo con él! —rugió el más viejo de los otros vaqueros—. ¿No veis que se trata de
una mentira? ¡Démosle lo suyo de una vez!

—Deja quieta tu arma. Los tres.

No alzó la voz, la hizo tan delgada y fría como el filo de una navaja de afeitar. El que así
propusiera el combate se quedó agazapado, con la mano crispada sobre la culta de su
revólver, pero sin sacarlo. Tampoco lo extrajo su compañero, que apenas si se h abía
movido, pero cuyas pupilas semejaban placas de hielo viejo y tenía los labios apretados. El
rifle se había movido un poco en las manos de Bragg. Lo justo para encañonar a aquellos
dos.

El tejano parecía sorprendentemente dueño de sí. Elevó su diestra despacio para


acariciarse el bigote. La muchacha estaba tensa, mirando a Bragg con extraña fijeza…

—De modo que Jeff Bragg… —la lenta voz de Tyler tenía vibraciones metálicas—. Me
parece que he oído hablar de usted en algún sitio. ¿No fue el que liquidó en el condado de
San Saba, en Texas, a la banda de “Póker” Garfield hace más o menos cuatro años?

—Veo que se me conoce por aquí.

—Aunque así sea —restalló seca, agresiva, la voz del llamado Rankin—. Aquí en Nevada
usted no tiene ninguna autoridad. Y va a responder por la muerte de Sherwin, le agrade a
Tyler o no.

La fría mirada de Bragg se le clavó en los ojos.

—Entró usted aquí con su amigo sin saludar ni presentarse, aunque había una señorita
presente. Comenzaron a hacer preguntas y más tarde amenazas. Parecen tener mucho
interés en vengar a Sherwin. Ta vez sean amigos suyos…
—¿Y qué, si lo somos?

—Nada… de momento. En cuanto a la validez de mi nombramiento, les advertiré que


sirve para toda la nación. Soy “sheriff” federal.

Rankin y Collins cambiaron una rápida mirada. El segundo se había calmado un poco y
siguió dejando al primero la iniciativa. Rankin habló con el mismo tono duro y agresivo.

—Eso es lo que usted dice, pero faltan las pruebas…

Lentamente, con la mano izquierda y manteniendo el índice de la derecha pegado al


gatillo del rifle, Bragg se apartó la chaqueta de piel de carnero, dejando al descubierto
chaleco y camisa. Prendida en el primero, brillaba una insignia de metal, una estrella
rodeada por un círculo en el que pedían leerse, grabadas, las palabras “Comisionado de
policía federal”.

—¿Sabe leer, Rankin?

El otro apretó aún más los labios, torciendo la boca en gesto de despecho. Bruscamente,
dio media vuelta, hablando a Collins.

—Vámonos, Tom.

El otro le obedeció, mirando hoscamente a Bragg. Salieron sin despedirse, en medio del
ominoso silencio reinante. Bragg esperó a verles fuera para deponer su actitud agresiva,
hablando a la muchacha.

—Lo siento de veras, señorita. Vaya par de tipos groseros y violentos…

—Vámonos, Joe —ella habló al tejano sin molestarse en contestarle. Habló con frialdad—
. Se hace tarde para regresar al rancho.

—Sí… —el tejano echó mano con la izquierda a un saco de cuero lleno de mercadería que
estaba sobre el mostrador—. Saca tú fuera lo restante, Burke. No quiero salir con ambas
manos ocupadas estando Rankin y sus amigos tan furiosos. Buenos días, “sheriff”. L e deseo
una breve estancia por aquí.

—Gracias…

La muchacha ya estaba caminando hacia la puerta. Salió sin hablarle, ni despedirse,


seguida por Tyler y el almacenero. Bragg se los quedó mirando desde el interior, con el
ceño fruncido. Cuando Burke regresó y el “sulky” ya avanzaba calle adelante, vio a B ragg
reclinado en el mostrador, con el sombrero hacia la nuca y terminando de liar un cigarrillo,
que se pasó despacio por los labios mirando al poco divertido almacenero.

—No es nada cortés la gente en este pueblo ¿verdad? Y no parecen gustarles los
“sheriffs” demasiado…
La respuesta fue seca, aunque cortés.

—No solemos necesitar de ellos por aquí. Y Sherwin era uno de los más antiguos
habitantes del pueblo. Tiene muchos amigos. ¿Quería comprar algo?

—Ya que me lo recuerda, adquiriré una caja de cartuchos, una camisa y dos pares de
calcetines. Diga Burke. ¿Conoce a dos hermanos llamados Ted y Larry Baker?

El almacenero estaba sacando unas camisas de la estantería. Con ellas en las manos se lo
quedó mirando. Su rostro y su mirada eran inescrutables.

—¿Les anda buscando?

—Sí. Por asalto y asesinato. ¿Ha oído hablar de ellos?

El almacenero tiró las camisas sobre el mostrador.

—No. Nunca. Escoja la que le guste. ¿Para qué quiere las balas, para el rifle o para el
revólver?

Bragg encendió la cerilla con seco roce de la misma sobre la madera, la acercó al
cigarrillo y chupó, encendiéndolo. Luego arrojó la cerilla a un lado y dijo:

—Sirven igual para los dos. Calibre 44, de la marca "Winchester” tres estrellas.
CAPÍTULO III
No había nadie en la calle. El viento, arreciando, silbaba al golpear los edificios. Estaban
amontonándose nubes sobre los picachos nevados de la sierra Habían desaparecido los
caballos atados delante de la taberna y el suyo pateaba, molesto por el viento Se le acercó y
le palmeó el cuello.

—Tendrás que aguantarte un poco, “Dixie”. Me parece que tú y yo hemos entrado en este
pueblo con mal pie…

La casa del chino era pequeña, pero mayor que algunas de las cabañas. Y se encontraba
entre el almacén y la herrería. Una muestra de barbero y otra de restaurante enmarcaban
ambos lados de la puerta. El edificio, como todos los demás del pueblo, era de pie dras y
troncos, todo unido con barro. La barbería estaba nada más entrar y una puerta daba
acceso al “restaurante”, formado por un par de mesas de pino, cada una con cuatro sillas
bastas, un viejo aparador traído Dios sabría de donde y un par de cabezas de venado
clavadas en la pared para servir de perchas.

Chan-Li era menudo, de edad indefinible, lucía una larga y lustrosa coleta, una generosa y
humilde sonrisa, y la vestimenta era una mezcla de prendas americanas y orientales. Lo
acogió con una reverencia típicamente oriental.

—Buenos días, señol… Mi casa y su humilde selvidol estamos a su disposición. ¿Qué


desea el señol? ¿Afeitalse? ¿Comer? Comida sel buena y barata Chan-Li afeita como balbelos
de ciudad…

—Las dos cosas me convienen. ¿Puedes afeitarme mientras se prepara la comida?

—Sí, señol. Desde luego que sí puedo… Pol favol, usted sental…

La silla era vieja y había sido ingeniosamente reparada, con alambres y cuerdas de cuero
trenzadas. La navaja, en cambio, semejaba nueva. Y todo estaba extraordinariamente
limpio. No había posibilidad de recibir un balazo mientras uno se afeitaba.

Mientras el chino removía el jabón con la brocha, inquirió:

—¿Dónde podré alojar a mi caballo?

—No sé… Aquí no habel cuadra púbica ...

—¿Y dónde podría alojarme yo?

—No sé. Aquí no habel ningún hotel…

—Pero habrá alguien que se encargue de alojar a los forasteros. Tú, por ejemplo…
—No, señol. Aquí venil muy pocos folastelos, sólo de talde en talde. Casi todos vienen se
afeitan y comen en casa de Chan-Li, beben en la tabelna, rompían cosas al señor Bulke,
ponen herraduras a sus caballos y se malchan. No pasan noche en la población.

—¡Hum! Es curioso. ¿No te parece?

—Mi no opinal. Amelicanos hacen lo que quielen, ellos estal en su tiela. Chan-Li es chino,
poblé homble, homble honlado, homble pacífico. ¿Usted complende?

—Sí, creo que sí… A ver cómo me afeitas. ¿Podrías ponerme luego un parche en un corte,
o tampoco es cosa de tu incumbencia?

—Yo culal a usted helida, segulo. Pelo no habla cosas que no entiende.

—Supongo que ya sabes tuve una pelea con ese hombre de Sherwin ¿eh?

—Yo oíl decil, sí.

—¿No puedes decirme a qué se dedicaba él?

—Sel pastol. Tenel ovejas a su cuidado.

—Ya. ¿Y Rankin? ¿También tiene ovejas?

—Señol Lankin sel lico. Sí, él tiene ovejas, muchas ovejas. Cleo cinco mil, o más. Él tiene
valios pastóles, gente del pueblo. Shelwin ela pastol de señol Lankin.

Eran noticias. Noticias bastante interesantes, para lo que parecía usual conseguir de los
habitantes de Lee. Claro estaba que noticias fáciles de averiguar y por lo mismo nada
comprometedoras para quien las facilitaba…

—Rankin y la señorita Vinson no parecen ser amigos…

—Ellos tenel ganado difelente. Pastóles de vacas decil ovejas comen toda la hielba hasta
las laíces. Pastóles de ovejas decil que vacas tienen teleno soblado. Chan-Li afeita a todos, es
chino poble, nada sabe.

No lo sacaría de allí. Como no había sacado a Burke de su mutismo. Bragg tenía ahora la
agobiante sensación de haberse metido de pronto en un pozo profundo, oscuro, de paredes
viscosas y poblado por serpientes y murciélagos.

Terminado el afeitado, se levantó y pasó al comedor, ocupando una silla frontera a la


entrada. El chino le puso un mantel de algodón, limpio, y un cubierto bastante decente.

—Puedo dal-le tluchas asadas, filete de venado, talta de manzanas y café. ¿Usted gusta de
esa comida?
—Es todo un banquete, hombre. Comienza a traerla.

Resultó muy superior a sus esperanzas. Chan-Li era aún mejor cocinero que barbero.
Pero a pesar de su impasibilidad se le notaba un poco nervioso. Cuando le trajo el café
hablóle, indeciso.

—¿Usted encontló buena la comida de Chan-Li?

—Excelente.

—¿Está contento del afeitado?

—Sí, claro.

—Yo sentil muy honlado pol sus amables palablas. ¿Usted pensal que un dólal pol la
comida y veinticinco centavos pol el afeitado sel mucho díñelo?

—Nada de eso. Es barato.

—Muchas glacias… Entonces ¿usted pagal?

Bragg se apartó la taza de los labios y esbozó una dura sonrisa.

—Temes que no pueda hacerlo ¿verdad?

—Mi no teme. Pelo tiene costumble de coblal cuando todo selvido…

Riendo quedamente, Bragg metió la mano en un bolsillo de sus pantalones y sacó unas
monedas, echando dos de un dólar sobre el mantel.

—Toma, cobra dólar y medio. El buen servicio merece la propina.

Chan-Li dobló el espinazo, tomó las monedas, sepultándolas en el interior de sus


pantalones, y extrajo una de medio dólar, que colocó respetuosamente encima de la mesa.
Bragg alargó la mano para tomarla mientras el chino se apartaba, camino del interior de la
casa…

Dejó la moneda en su sitio, tomó la taza en su lugar y la levantó despacio hacia sus labios,
mirando fijamente a la puerta. El chino miró también de reojo y se apresuró a desaparecer.

Sonó un fanfarrón repiquetear de espuelas y tacones en la barbería. Luego, un hombre se


enmarcó en el vano de la puerta.

Era un hombre joven, de acaso veinticinco o veintiséis años, de estatura aventajada,


delgado, aunque de anchas espaldas, y vestido como los vaqueros, si bien con ropas
bastante buenas y nuevas. Usaba botas tejanas, las alas de su sombrero se abarquillaban a
los lados, llevaba una camisa azul con botones blancos, chaleco de piel de ante y una
chaqueta corta, abierta. De su hermoso cinturón claveteado pendían dos revólveres con
cachas de marfil. Su aire era fanfarrón, pero su barbilla agresiva, su nariz aguileña, los
labios finos y los ojos de un azul pálido, como avado, restaban toda posibilida d de
inconsciencia a su fanfarronería.

Avanzó contoneándose, con una sonrisa desdeñosa, ofensiva, y la mirada fija en Bragg. A
dos pasos de la mesa se paró y habló.

—De modo que tú eres el famoso “Matahombres” Bragg…

Su intención provocativa era evidente. Tanto como que no se trataba de ningún aprendiz
de pistolero. Bragg bajó la taza sin prisas, la dejó en el platillo, tomó el cigarrillo y lo llevó a
sus labios sin prisa también.

—Me llamo Jeff Bragg, así es. Pero sólo mato hombres cuando ellos se empeñan en ser
muertos —repuso con absoluta frialdad.

El otro rió con insolencia.

—¿De veras?

—Aún no diste tu nombre. —repuso con absoluta frialdad. ¿Lleva en el bolsillo alguna
requisitoria contra mí?

—Ninguna. Aunque pensé que tu nombre pudiera ser Baker.

Se afiló la sonrisa del recién llegado.

—¿Baker? ¿Qué ha hecho ese infeliz?

—Muy pocas cosas. Entre ellas, asaltar en compañía de su hermano y otro individuo la
diligencia que llevaba treinta mil dólares del Banco de Alderville, Misuri, hace cuatro
meses, asesinar al guardia, malherir al conductor dejándolo por muerto, y matar también, a
sangre fría, a los dos pasajeros del vehículo, un hombre y una mujer.

Halstead hizo una mueca. Sus manos estaban crispadas junto a las culatas de los
revólveres.

—No es mala faena, —dijo con cinismo—. ¿Y han venido hacia aquí?

—Concretamente.

—¿Se lo dijeron los muertos, acaso?

—El que dejaron por muerto, sí.

—Pues búsquelos… si puede.


—Es lo que estoy haciendo.

—¿Por eso asesinó al pobre Sherwin esta mañana?

—Sherwin bebió de mi café, se presentó como un pacífico pastor y me atacó luego por
sorpresa, ayudado por un perrazo. Por lo demás, no tengo que dar explicaciones a usted,
Halstead.

—Eso es lo que usted cree. Pero Sherwin era uno de mis hombres…

—Tenía entendido que trabajaba para Rankin. ¿Son ustedes hermanos?

—Soy su capataz. No trate de salirse por la tangente, pues no lo conseguirá. Aquí, en


Nevada, su estrella vale lo que un agujero de bala en un sombrero viejo. Y nadie fue testigo
de ese supuesto ataque de Sherwin. Los muchachos han ido a traerlo.

Cuando regresen, formaremos una bonita fiesta de sogas. A no ser que prefiera resolver
antes este asunto… a tiros.

Se encorvó ligeramente, presto a sacar y disparar. Bragg no se movió. Tenía en la mano


izquierda el cigarrillo, pero la derecha estaba oculta bajo la mesa, desde antes de la entrada
de Halstead.

—No se va a resolver nada a tiros, por ahora Halstead. En cuanto a esa fiesta de sogas,
será mejor que no la intenten tan siquiera.

—¡Bah! —el mozo acentuó su gesto desdeñoso y agresivo—. Vivo o muerto lo vamos a
colgar del árbol más alto de la orilla esta misma tarde. Usted no es sino un cobarde, Bragg.

—Aparte las manos de sus armas. Lo estoy encañonando por debajo de la mesa y le
meteré dos balas en el vientre antes de que haya conseguido tocar sus revólveres siquiera,
Halstead.

El mozo había comenzado a apretarlas sobre las culatas de sus armas tras lanzar el
insulto. Pero no siguió en su movimiento. Las dejó así, crispadas, rozando ambas culatas. Y
luego las fue apartando centímetro a centímetro, moviendo los dedos como si le co stase
mucho trabajo obedecer. Su expresión lobuna se había cambiado ligeramente y aparecieron
en sus ojos el desencanto, el despecho, y la indecisión. Pasóse la lengua por los labios, miró
furtivamente bajo la mesa, aunque no podía ver nada, tragó aire y mordió unas palabras
rencorosas.

—Un traidor ventajista… Así, claro, asesinó a Sherwin. Bien, bien… esto no va a terminar
así, Bragg. No siempre estará con un revólver oculto bajo la mesa.

—Escúcheme, Halstead. No me gusta su cara. Puede que se llame como ha dicho y sea tan
solo un capataz fanfarrón. Pero he conocido a muchos granujas en mi vida y usted tiene
cara de merecer la horca. Por aquí no hay ‘‘sheriff”, pero yo tengo un nombramiento
federal. Voy a hacerme cargo, por tanto, del mantenimiento de la Ley en la población y sus
alrededores. Si usted, o algún otro, me vuelven a molestar hágalo teniendo eso en cuenta.
Cuando se ataca a un “sheriff” federal se ataca al Gobierno de los Estados Unidos…

—Si cree que me va a impresionar con esa palabrería…

—No me interesa impresionarle. Si es uno de los hombres que busco, tarde o temprano
lo descubriré; y entonces me lo llevaré a Missouri esposado o lo dejaré en el cementerio de
la población. Si no lo es, y sólo lo que pretende aparentar, vale más que se tra gue sus
bravatas desde ahora mismo y se aparte de mi camino. Y ya está bien de charla. Lárguese.

Halstead tenía la cara blanca de ira y los ojos entrecerrados. Obedeció poco a poco,
andando hacia atrás, pero manteniendo las manos a cierta distancia de sus armas.

—Bien, bien… Usted ya hizo su discurso. Ahora yo haré el mío —dijo desde la puerta—.
Márchese de Lee hoy mismo y no regrese. Si tal no hace, vendré a buscarlo para averiguar
hasta donde llega su valor con un arma y cara a cara de un hombre decidido a matar .

Será una cuestión personal, Bragg. Nada en lo que tenga el gobierno que ocuparse.

Tras ello, dio vuelta y salió del edificio pisando recio.

Bragg permaneció con la mirada fija en la puerta. Una dura, pensativa sonrisa, entreabrió
sus labios mientras sacaba la diestra de bajo la mesa. Todo el tiempo estuvo posada sobre
su muslo, rozando la pistolera… pero nada más.

Chan-Li apareció sin hacer ruido, con andar y movimientos serviles. Su sonrisa fue
enorme, demasiado…

—Ahola usted ya comel, ya tomal café, ya descansal. ¿No malcha a otlo sitio?

—Sí, hombre. No quiero que tu casa sufra desperfectos. Regresaré a cenar. Y no se te


ocurra decirme que no tienes comida. Hasta luego.
CAPÍTULO IV
El viento había cobrado más fuerza. Tuvo que ajustarse el barboquejo para evitar que le
arrancara el sombrero. Su caballo se hallaba evidentemente molesto por la soledad, el frío y
el viento. Se acercó a él, lo desató y caminó hacia la herrería, La calle e staba por completo
solitaria.

El herrero y su ayudante hallábanse batiendo un hierro al rojo cerca del horno. Cesaron
en su tarea al verle aparecer y se quedaron mirándolo. Bragg se les acercó y saludó, seco.

—Buenas tardes. Quiero poner herraduras nuevas al caballo.

—Muy bien. Mete esto en el fuego, Dan.

—El ayudante —un muchacho de unos dieciséis o dieciocho años —obedeció mirando a
Bragg de soslayo. El herrero —estatura media, ancho de espaldas, fornido, barba oscura,
remangada la roja camisa y portando un mandilón de cuero, pasó por junto a Bragg, bajó al
arroyo y levantó una tras otra las patas al caballo.

—Llévelo al otro lado de la esquina —dijo secamente—. Allí hace menos viento.

Bragg le obedeció. Poco después, los dos de la herrería estaban allí, portando lo
necesario para efectuar el cambio de herraduras, que se efectuó en silencio total. El herrero
conocía su oficio y realizó a conciencia el trabajo.

—Listo —dijo al terminar—. Cuatro dólares las herraduras y uno mi trabajo.

Bragg le tendió una moneda de oro de diez dólares.

—Cóbrese.

—No tengo cambio aquí.

—Supongo que lo tendrá en su casa. A propósito. ¿Dónde podría alojar a mi caballo y


conseguirle una buena ración de pienso?

El herrero miró de soslayo al animal.

—Es buen caballo… Pero aquí no…

Bragg estaba sintiendo una sorda irritación. Se dominó, no obstante.

—Ya sé —le cortó con dureza—. No hay aquí ninguna caballeriza pública. Pero es el
primer pueblo que tropiezo donde se le niegan a un caballo descanso y un poco de forraje.
Hasta los pieles rojas son hospitalarios con ellos.

El herrero le sostuvo la mirada. Sin embargo, no parecía hallarse a gusto.


—Iba a decirle que puede dejarlo a la parte de atrás de la herrería, junto con mi propio
caballo. Encontrará allí heno fresco en abundancia y agua en una cuba.

—Gracias. Cóbrese el gasto de esa moneda.

—No vale la pena…

—Pago lo que gasto, señor Dewey.

—Está bien… Le cobraré cincuenta centavos por todo. Puede pasar a recoger su cambio
luego que acomode al caballo.

Sin contestarle, Bragg tomó las riendas y llevó al noble bruto por entre las dos
construcciones al establo. Este era pequeño, rodeado por una cerca de piedra y con un
cobertizo sostenido por troncos de álamo sin desbastar donde se guardaban algunos
utensilios. Un caballo de tiro, bayo, alzó la cabeza, enderezó las orejas y se quedó ,
mirándoles …

—No contamos con ningún amigo aquí, “Dixie” —habló en tono bajo al animal mientras
lo ataba al pesebre y procedía a quitarle la montura y la maleta—. Ni siquiera uno. Y no se
trata de la muerte de ese pastor. La gente de este pueblo no gusta de la Ley y su s
representantes, eso es tan evidente como que hay nubes en el cielo. Tendré que actuar con
sangre fría y cautela sumas, no dejándome dominar por los nervios. Tengo la sensación de
haberme metido de rondón en un cubil de lobos hambrientos… Sin embargo, esa señorita
Vinson es otra clase de persona. El capataz puede ser cualquier cosa. Ella… ella es una
hermosa muchacha…

Puso gran cantidad de forraje en el pesebre, dio un par de baldes de agua al caballo, tomó
la rasqueta y el cepillo y lo limpió a conciencia. No tenía ninguna prisa. Las gentes de Lee
debían ir haciéndose a la idea de que había venido para quedarse. Cuanto antes se la
hicieran, mejor.

—No temo una bala por la espalda, “Dixie” —siguió monologando entre dientes. Saben lo
que significa un “sheriff” federal y no quieren disgustos gordos. Otra cosa será cuando
puedan forzarme a una pelea a tiros que se preste a ser considerada cuestión perso nal. Ese
Halstead… Apostaría la mano derecha a que es uno de los hermanos Baker. El otro podía
ser Rankin. Ganaderos de ovejas… Un hábil subterfugio, desde luego. Si puedo averiguar
que ellos dos no estuvieron en la zona durante algunas semanas hace cosa d e cuatro meses,
tendré una base para interrogarles. Pero debo identificarlos con los Baker. Y aquí no
parecen constar como hermanos, o si constan, nadie está dispuesto a declararlo.
Únicamente el tejano… No parecen ser muy amigos. Ni nunca lo han sido ovejeros y
ganaderos. Tendré que maniobrar por ese lado…

Finalmente terminó su tarea, se lavó las manos y retornó a la calle. El herrero debía estar
esperándole, pues se le acercó con el cambio en la mano.
—Tome usted.

—Bien. Buenas tardes.

Avanzó sin prisa por la acera desigual. Chan-Li no estaba a la vista. Al pasar frente al
almacén vio a Burke haciendo cuentas o escribiendo, de codos sobre el mostrador. El
almacenero alzó la mirada, pero apenas si contestó a su inclinación de cabeza…

La taberna era un edificio de falso frontis. El local propiamente dicho ocupaba toda la
parte delantera. El mostrador se hallaba a la derecha. Aparte la puerta, daba luz al interior
una ventana alta. Había media docena de mesas de madera sin pintar, un esp ejo sucio y
unos anaqueles con botellas en diversos grados de vaciedad, un par de viejos calendarios y
cabezas de venado actuando de perchas. El suelo era de tierra apisonada y una puerta
estrecha conducía al interior. El techo, de vigas trenzadas, estaba lleno de telarañas. Una
lámpara de kerosene pendía de una de las vigas.

Había tres personas en el interior. El tabernero, alto, flaco, amarillento, de escaso pelo y
gran nariz, poblados bigotes y ojos acuosos, bostezaba tras el mostrador. Los dos clientes
estaban acodados en él, semejaban gente del campo y cargaban revólveres. Todos se lo
quedaron mirando con fijeza hostil.

—Buenas tardes —saludó seco. Le contestaron tres gruñidos. Adelantóse sin prisa al
mostrador y pidió—. Sírvame una copa de licor.

En silencio, Pickett así lo hizo. La tomó, miró al líquido ambarino y tomó un sorbo. El
silencio era pesado, molesto…

—Al parecer no gustan mucho de los forasteros por aquí —habló suavemente. El
tabernero hizo una mueca. Uno de los otros le contestó con rudeza.

—Cuando los forasteros matan de una cuchillada a un vecino antes de llegar, no, no nos
gustan.

Bragg se volvió a mirarlo. Los dos lo enfrentaron hoscamente.

—Ya he dicho varias veces que él me atacó después de presentarse como amigo.

—Sí, eso ha dicho. Pero no hay nadie para probar su aserto.

—¿Lo pone en duda usted?

—Supongamos que lo haga…

—Podría resultarle peligroso. Porque ese Sherwin atacó a un “sheriff” a traición sabiendo
que lo era. Y quien apoye su actitud se coloca automáticamente en frente de la Ley.
Los otros no parecieron impresionarse demasiado. El que aún no despegara los labios lo
hizo para decir con frialdad:

—Esa es otra de sus afirmaciones, forastero…

Despacio, Bragg llevóse la mano bajo la chaqueta. Los otros iniciaron gestos de cautela…

—No voy a disparar. Eso se queda para las gentes desconfiadas de la Ley, como parecen
serlo todos los que residen en este pueblo. ¿Sabe leer, Pickett?

—Sé hacerlo.

—Pues lea esto.

El tabernero tomó el documento doblado que

Bragg acababa de sacar y le tendía. Los otros depusieron en parte su actitud…

El papel produjo una serie de leves ruidos que parecieron mucho mayores en el silencio
opresivo. Pickett leyó despacio, con alguna dificultad. Luego alzó la mirada hacia los ojos de
Bragg, fríos y duros como el acero.

—Dígales qué ha leído.

—Es “sheriff” federal. Con plenos poderes en todo el territorio de los Estados Unidos.

—Deme. Ya lo saben, añadiré que no voy a sacar más mi nombramiento en esta


población. A ustedes no les gusta la Ley y he de averiguar por qué. Ando tras las huellas de
dos asesinos llamados Baker y me consta que se encuentran aquí o en los alrededores. Si
alguno sabe algo conducente a su captura, lo emplazo para que me lo diga. Si más tarde
descubro que se me ocultaron informes de interés, los encubridores irán a la cárcel.
Aunque eso signifique que tenga que poner entre rejas a toda la población adulta de Lee.

No había alzado la voz. Sin embargo, los otros parecían impresionados un tanto, el
tabernero respiró fuerte y recogió un vaso, disponiéndose a lavarlo. El que primero le
contestara habló con fosca, amenazante voz:

—No sé quiénes puedan ser esos Baker. ¿Y tú, Tinker?

—Lo mismo que tú. De todas formas, no es mi trabajo buscar fugitivos. Puesto que tiene
ese nombramiento, y le pagan por ese trabajo, hágalo.

—En cuanto a sus amenazas, “sheriff”, nos hacen poca mella. Con estrella o sin ella, un
hombre no vale mucho más que otro. Usted está solo; y en Lee somos algunos hombres, no
lo olvide. Vámonos, Tinker. Buenas tardes, Pickett.

Estaban ya casi en la puerta cuando la voz de Bragg los detuvo.


—¡Un momento, vosotros!

Giraron como si temiesen verse encañonados. Pero no había tal cosa.

—¿Qué le pasa?

—Podéis ir transmitiendo mi advertencia por ahí. Resultará muy saludable para algunos
oírla. Y pensar que tras de mí, que estoy solo, se halla la Justicia de los Estados Unidos.
Cientos, miles de hombres mejores que yo.

Uno hizo una mueca. El otro escupió con desdén. Pero les había impresionado. Salieron
sin replicar palabra.

Bragg se volvió entonces al tabernero, que parecía algo nervioso.

—Y ahora que estamos solos, Pickett. ¿Usted tampoco sabe nada?

—Nada en absoluto, si se refiere a esos Baker. No hay nadie de ese nombre en la zona.
Tal vez le hayan engañado en sus informes. Pueden estar en Elko, o Carlin, o cualquier otro
punto a lo largo del Humboldt.

—Están aquí. Hábleme de Rankin y de Halstead.

Vio pasar una sombra por los ojos acuosos. Las manos del tabernero se pusieron a
limpiar, nerviosas, el mostrador mugriento.

—¿Qué quiere saber de ellos?

—Todo lo que me pueda contar.

—Es muy poco…

—Dígalo.

—Son amigos. Llegaron hace un par de años, o tres, a la región, con un hato de ovejas,
construyeron un rancho junto al río, donde desemboca el Trout Creek, y se dedicaron a
pastorear. Sus rebaños han ido aumentando y ahora tienen algunos miles de cabezas, que
custodian ocho pastores. Eso es todo.

—¿Seguro?

—Seguro.

—¿Efectúan viajes con frecuencia?

—Suelen hacer dos cada año, con una parte del rebaño, a Twin Falls. Allí lo venden y
adquieren lo que les hace falta.
—¿Efectuaron uno de esos viajes hace cuatro meses?

—No me acuerdo.

—Haga memoria.

—No. Seguro que no. Estuvieron por aquí todo el tiempo, al menos que yo sepa.

—Para ser el dueño de la única taberna, resulta sorprendentemente poco informado.

—¡Qué quiere! Aquí acontecen pocas cosas dignas de interés.

—¿Hacia dónde cae ese rancho de Rankin?

—Aguas arriba, a unas tres millas. No tiene pérdida.

—¿Y el de la señorita Vinson?

—Ese está a cuatro millas aguas abajo.

—Resulta extraño que ambos ranchos puedan convivir tranquilamente, criando uno
oveja y otro vacas. ¿No le parece?

—Hay tierra suficiente para todos.

—Sí. Incluso para los salteadores. ¿A cuánta gente ha matado ya Halstead?

—No lo puedo saber.

—Aquí, quise decir.

—Una vez mató a un tipo forastero que hacía demasiadas preguntas.

—Ajá… ¿Qué clase de preguntas?

—No lo recuerdo. Fue hace más de un año. Y tengo muy mala memoria.

—Es una lástima… ¿Es éste un buen negocio, Pickett?

—Me defiendo.

—¿Vive solo?

—Tengo mujer y dos hijos, varón y hembra. Tres razones para que un hombre no dejara
suelta la lengua en demasía…
Bragg pagó su bebida y se encaminó a la salida. Una mujer de media edad apareció en la
puerta interior, mirándolo. La saludó con una inclinación de cabeza. Y con la mano en los
batientes, se volvió a medias hacia el tabernero.

—Se me olvidaba, Pickett. Hay un premio de dos mil dólares para quien de informes que
conduzcan eventualmente, a la captura de los hermanos Baker. Dos mil dólares… Guarde
bien la noticia en su flaca memoria.

El otro no le contestó. Pero él y su mujer cambiaron una mirada cuando Braggs trasponía
la salida. Una mirada llena de tensión…
CAPÍTULO V
La tarde estaba oscura y tormentosa. Brillaban los relámpagos en torno a la cima del
Ruby Dome, oculta por la masa de nubes, y el trueno retumbaba sordamente a lo lejos.

Bragg encaminó los pasos de su caballo hacia la granja situada al fondo de una pequeña
extensión de terreno llano atravesada por un arroyo. Los campos de trigo verdeaban y el
viento hacía ondular las espigas como olas plateadas. A un lado había una plantac ión de
patatas tempranas, recién regada. Un hombre escardaba otra parcela y se enderezó al verle
llegar. Un muchacho que partía leña delante de la cabaña dejó su tarea también. Y una
mujer apareció en la puerta, secándose las manos en el delantal.

Bragg alzó la diestra en señal de paz. Y habló al hombre cuando lo tuvo cerca.

—Buenas tardes. Mi nombre es Bragg. Tiene usted unos hermosos campos.

El otro era aún joven, de complexión fuerte. Contestó con voz lenta y acento extranjero.

—Buenas tardes. No son malos. Me llamo Schwartz.

Fue significativo que no lo invitara a descabalgar. Bragg respiró fuerte antes de añadir:

—Usted es alemán, ¿verdad?

—Sí, señor.

—He conocido algunos alemanes. Gente laboriosa y disciplinada, amante de la Ley y el


Orden. Yo soy “sheriff”.

—Ah… —Schwartz no parecía muy alegre por los elogios a su raza—. ¿Va buscando a
alguien?

—A dos hombres. Dos hermanos llamados Baker. Ted y Larry. Asalto y asesinato. ¿No ha
oído nunca hablar de ellos? Hay un premio de dos mil dólares para quien dé informes que
conduzcan a su captura.

El alemán permaneció unos segundos en silencio. Luego denegó lentamente.

—No sé nada. Llevamos aquí muy poco tiempo y apenas si nos movemos de casa. Una
granja necesita muchos cuidados…

Seguía sin invitarle a detenerse y entrar en su hogar. Bragg estaba sintiendo una ira
sorda, caliente; porque indudablemente aquel alemán era un hombre honrado. Y algo muy
poderoso le obligaba a callar lo que, desde luego, conocía. La mujer, el hijo, la gr anja…

—Está bien, Schwartz —dijo secamente—. No olvide sus deberes. Si algo averigua, venga
a comunicármelo. Estaré en el pueblo. ¿Falta mucho para el rancho de Vinson?
—Menos de tres millas, valle abajo. No tiene pérdida.

—Buenas tardes. Salude a su esposa de mi parte.

La mujer se acercó a su marido mientras el jinete se alejaba sin prisa. No era hermosa,
pero sí joven aún. Y había aprensión en sus ojos.

—¿Qué quería? —inquirió.

—Busca a los Baker, unos hermanos que al parecer hicieron un asalto y mataron a
alguien.

—¿Le dijiste…?

—Nada. No dije nada. Ni siquiera lo invité a apearse. No sé quién puede estar al acecho
por ahí.

—¿Es un “sheriff”?

—Parece que sí. Pero nosotros no tenemos por qué meternos en cosas que no nos
incumben, Elsa.

—Sin embargo, es la Ley. Si descubre que le hemos ocultado…

—No tiene por qué enterarse. Todo el mundo, en el pueblo, mantiene la boca cerrada,
puedes apostarlo. De no ser así no me habría hecho esas preguntas. Y si los del pueblo no
hablan no voy a hacerlo yo. Os tengo a ti y a Werner… Aunque nos vendrían muy bien esos
dos mil dólares.

—¿Qué dos mil dólares?

—Los que darán a quien informe para su captura. Pero prefiero que otro trate de
ganarlos. Aún si hubiera venido con varios ayudantes… Pero viene solo. No, que se las
arregle como pueda. Ahora va al rancho Vinson. Tal vez allí se lo digan. La señorita Vinso n y
Joe Tyler no se llevan nada bien con los otros…

Bragg cabalgó sin demasiada prisa valle abajo. Comenzó a ver, acá y allá, puntas de
ganado vacuno. Sin embargo, no eran ni grandes ni abundantes. Y sólo distinguió a un
jinete, en lo alto de una loma boscosa, vigilando…

Poco después, cuando doblaba una punta rocosa, descubrió los edificios del rancho a
menos de media milla de distancia.

No era un gran rancho, pero estaba bien situado. Más tenía aspecto de fortaleza. Había
algunos campos sembrados de heno y alfalfa cerca del río y unos centenares, tres o cuatro,
de cabezas pastando por el valle. Solo, otro vaquero a la vista…
—Yo soy el “sheriff".

Estaba cruzando una pequeña corriente de agua cuando surgió un hombre de detrás de
un henil, treinta metros más arriba. El hombre empuñaba un rifle y se lo apuntó,
conminándole:

—¡Eh, usted! Dé media vuelta y lárguese por donde ha venido.

Bragg refrenó al caballo y alzó la voz con dureza.

—¿Es esa la forma que tienen ustedes de recibir a las visitas?

—No queremos visitas. Márchese o disparo.

Otro hombre, con otro rifle, había aparecido al borde del henil, al lado opuesto. Bragg
estaba sintiendo arderle la sangre. Pero se contuvo y habló heladamente.

—Voy a seguir subiendo, hombres. Y os advierto que si hay tiros sé manejar mi rifle.
Además, dispararéis contra un “sheriff” federal.

Los otros parecieron indecisos. Bragg pegó con los talones al caballo y éste reanudó la
marcha, despacio. El rifle descansaba terciado sobre la silla, como al desgaire… pero
manteniendo apuntado al que primero apareció.

Merna Vinson salió de la casa ranchera. Joe Tyler se hizo visible súbitamente por detrás
del dormitorio de peones. Fue él quien ordenó en voz alta a los rifleros:

—Ya está bien, muchachos. Dejadle llegar.

Los otros depusieron la actitud belicosa, pero no la vigilancia. Tyler avanzó sin prisa
hasta interceptar el paso al visitante.

—No recuerdo que la señorita Vinson le haya invitado a venir, “sheriff” —dijo con su
lenta enunciación. Sus fríos ojos no se apartaron del rostro del Bragg —. Ni tampoco yo lo
hice.

—Cuando un agente de la Ley anda haciendo indagaciones no espera a ser invitado por
los sospechosos.

Tyler cambió ligeramente de expresión. Y su voz se hizo aún más suave.

—¿Somos sospechosos? ¿De qué, “sheriff”?

—De ocultar informes a la Ley.

El capataz emitió una risita cortante.


—Es usted un tipo de redaños, “sheriff”. Ande, siga adelante. La señorita Vinson se va a
alegrar mucho de su visita…

No parecía estarlo en absoluto. Ni siquiera se dignó responder a su saludo cortés. Se


había cambiado de ropas. Ahora resultaba menos alta y también más femenina. Pero
evidentemente Bragg no era santo de su devoción.

—¿Qué desea? —inquirió fríamente. Tyler se adelantó a la respuesta de Bragg.

—El “sheriff” nos considera sospechosos, señorita Merna. De ocultar informes a la Ley.

La mirada de los ojos azules de la joven se mantenía fija en el rostro severo de Bragg.

—¿Y por qué tendríamos que dárselos? —dijo en el mismo tono.

—Acaso porque es deber de todo ciudadano honrado hacerlo, señorita Vinson.

A ella se le colorearon las mejillas.

—¿Quiere decir que no nos considera honrados, “sheriff”?

—Me hizo una pregunta y se la contesté. Ando tras el rastro de unos asesinos y
salteadores. Hombres desalmados, sin conciencia, tan peligrosos como lobos en invierno.
Me consta que están por estos alrededores, recelo de alguno de los que ya conozco y han
tratado de buscarme camorra o intimidarme. Esta mañana tuve que matar a uno que me
atacó a traición porque dije que buscaba a esos hombres. Desde mi llegada al pueblo he
tropezado con una barrera de silencio y hostilidad que no obedecen al hecho de haber da do
muerte a ese hombre. Todo el mundo, esquiva contestar a mis preguntas. No puedo fiarme
de nadie. Y comienzo a pensar si todo el mundo en esta región no se halla más o menos al
margen de la Ley.

No alzó la voz. Pero sus palabras parecieron otros tantos puñetazos. La joven palideció
visiblemente. Los dos peones estaban escuchando con caras de pocos amigos. Tyler se pasó
despacio la lengua por los labios. Luego alzó la mano izquierda y se atusó el b igote…

—Ha dicho un montón de insultos, “sheriff” — habló suavemente—. Y ha hecho unas


acusaciones peligrosas. ¿Se da cuenta?

—¿Se dan cuenta ustedes de que están colocándose enfrente de la Ley?

—Tenemos un “sheriff” en Elko. Hasta ahora ha sido el único representante de ella en el


condado. Bastó y sobró. Por lo demás, aquí acostumbramos a resolver nosotros mismos
nuestros propios asuntos. Y no nos importa lo que ocurrió en Missouri, por ejemplo.

Bragg le sostuvo la mirada unos instantes. Luego la desvió hacia la joven.

—¿Respalda las palabras de su capataz, señorita Vinson?


—Pues… sí.

—Perfectamente. Tyler, voy a descabalgar. Me quitaré la chaqueta y también la insignia,


dejándolas sobre la montura, caminaré diez metros y luego me volveré. Cuando lo haga,
procure sacar aprisa su revólver.

La muchacha alentó fuerte, dilatando la mirada. Los dos de los rifles se tensaron… Joe
Tyler fue el único que permaneció tranquilo.

—Sí, usted está loco —habló con toda calma—. ¿Sabe que si tal hace no saldrá vivo de
aquí, aun suponiendo que logre darme muerte?

—Es un riesgo a correr. Y ustedes lo habrán buscado.

Lentamente, se abrió la chaqueta, para quitársela. La muchacha tomó la palabra.

—¡Basta ya de amenazas y bravatas! Pregunte lo que quiera y márchese.

Bragg detuvo su gesto.

—¿Dónde están, y quiénes son aquí, los dos hombres que busco?

—¡No lo sé!

—¿Cómo es posible que ustedes y Rankin se lleven tan bien, pastoreando ganado
distinto?

—No nos llevamos bien ni mal. Ellos están en sus tierras y en las nuestras nosotros.

—¿Por qué nadie me quiere ayudar y se niegan a contestar a mis preguntas o responden
mentiras?

Ahora, ella se mordió los labios. Tyler contestó.

—Puede que no nos haya caído simpático. ¿No pensó en eso? Yo que usted, seguiría
adelante, me iría a Elko y contaría mi historia al “sheriff” local. A lo mejor él puede
ayudarle…

Bragg le sostuvo la burlona mirada.

—Voy a quedarme, Tyler. Y voy a descubrir, no sólo la identidad de los dos criminales a
quienes busco, sino también los motivos por los que ustedes me tratan como a enemigo.

—¿Es una amenaza, “sheriff”?

—Es una advertencia. Pero pueden tomarlo como gusten. Buenas tardes, señorita
Vinson. Lamento verla mezclada en algo tan sucio, inconfesable y retorcido como esto,
Ella apretó los labios, pero no contestó. Lentamente, Bragg hizo dar vuelta a su caballo.
Le mordía el pecho, el desaliento del fracaso…

—¡Espere!

La orden femenina le llegó como un disparo. Volvió la cabeza…

Merna Vinson tenía dos rosas de fuego en las mejillas y la mirada llameante. Hablóle con
voz que vibraba como cristal.

—Usted es un loco, un insolente y un matador de hombres. Pero también representa a la


Ley. Nadie dirá nunca que Merna Vinson se puso fuera de ella.
CAPÍTULO VI
El interior del rancho contrastaba sobremanera con el rústico exterior. Una gran
habitación ocupaba dos tercios de la parte delantera y hacía por lo visto las veces de
comedor y sala de estar. Los muebles eran en su mayoría antiguos y de buena factura, una
alfombra india cubría el piso debajo de la mesa, había un par de cuadros de paisajes en las
paredes, una piel de oso gris delante de un gran sillón de cuero rojo, cabezas de oso y de
venado, un gran armario y una chimenea en la cual ardían algunos troncos . El armario
estaba lleno de libros, al parecer. Las paredes y el techo habían sido recubiertos con una
capa de mortero encalada.

La muchacha le indicó una silla al lado de la mesa. Tyler había entrado tras ellos, en
silencio.

—Tome asiento. Puede dejar su rifle donde guste. Aquí no tendemos emboscadas.

—Gracias.

Bragg apoyó el rifle contra la pared y luego separó una silla, sentándose.

—Siéntese usted, Tyler, también.

El tejano obedeció en silencio. La muchacha acercóse a una de las puertas y llamó.

—Judy, trae café. Y unos bollos.

Luego volvió sobre sus pasos y fue a detenerse junto a la chimenea, sin tomar asiento.
Las llamas iluminaron su rostro prestándole un encanto singular y poniendo chispas en sus
ojos azules.

Bragg la contempló fijamente, sintiendo algo raro en el pecho. Ella apretó la expresión y
habló duramente.

—Traerán pronto el café. Puede comenzar el interrogatorio cuando guste.

—Usted sufre un error, señorita Vinson. Yo no dije que quería interrogarles.

—¿No dijo eso?

—Vine en son de paz a hacerles unas cuantas preguntas. Y nada más.

—¿En qué se diferencia eso de un interrogatorio, “sheriff”? — inquirió Tyler, mientras


liaba con displicencia un cigarrillo.

—Hay una diferencia. Si ustedes no la saben apreciar no puedo describírsela.


Una mujer mestiza apareció, portando una bandeja con tres tazas de café y un montón de
bollos de leche y manteca, que colocó sobre la mesa, retirándose. Merna Vinson se acercó a
la mesa y tomó su taza luego que los hombres alcanzaron las suyas. Mirando con fijeza a
Bragg habló secamente.

—Usted es nordista, desde luego…

—Combatí con las tropas federales, cierto. Pero hace diez años que la guerra acabó.

—No para nosotros, los vencidos.

Bragg hizo una mueca y sorbió un poco de café.

Lo sé. Y me parece lamentable. Aquello fue algo de lo que unos y otros deberíamos
avergonzarnos por igual.

—Los del Sur no tenemos nada de qué avergonzarnos, “sheriff”.

—Si usted lo dice… No vine a discutir opiniones políticas, señorita Vinson. Tuviese razón
quien la tuviera, un bando ganó y otro perdió. Todos eran ciudadanos del mismo país, los
Estados Unidos. Yo soy ahora “sheriff” federal. Hace más o menos cuatro meses , tres
enmascarados atacaron una diligencia en el camino que va de Alderville a Sedalia, en
Missouri. La diligencia conducía una remesa de treinta mil dólares y también a un
matrimonio de media edad, gente sencilla y honorable. Los asaltantes mataron al gu ardia y
malhirieron al conductor, dejándolo por muerto, se apoderaron del dinero y asesinaron a
sangre fría al matrimonio porque a uno de ellos se le cayó la máscara y temieron ser más
tarde reconocidos.

—¿Cómo sabe, entonces, quién lo hizo?

Había preguntado Tyler. Bragg lo miró de hito en hito.

—El conductor estaba vivo, con la cara pegada al suelo y sin moverse, pera no
descubrirles que vivía. Les, oyó hablar entre sí mientras cargaban el botín en sus caballos,
aunque no pudo verles las caras porque había caído hacia el otro lado del coche y además la
herida de la cabeza lo cegaba. Una vez, uno llamó Ted a otro. Otra oyó el nombre Larry. Y el
tercer hombre llamó Baker a uno y se refirió a su hermano. Cuando se iban, el llamado
Larry contestó a una pregunta del tercer hombre que nadie podría mezclarlos en el asunto
porque el condado de Elko estaba muy lejos. Sólo hay un condado de tal nombre en toda la
Unión.

—Cierto. Pero es un condado que tiene diecisiete mil millas cuadradas de superficie, más
o menos, y unas cuantas poblaciones. ¿Por qué imagina que esos hombres se encuentran
precisamente en estos contornos?

—Yo me encaminaba a Elko. Esta mañana, el hombre llamado Sherwin me atacó por
sorpresa luego de haber tenido una conversación amistosa en cuyo curso mencioné a los
Baker, diciendo que había oído hablar de ellos, pero sin decirle que yo era un “sheriff”. Ese
hombre sabía mi identidad, pues me llamó por mi nombre completo. Y manifestó su
propósito de conducirme junto a los Baker, para que éstos me ajustaran cuentas. Lu ego
ellos deben encontrarse por aquí.

Tyler y la muchacha cambiaron una mirada. Él asintió.

—Es una razón de peso… ¿Qué más?

—Las gentes del pueblo están atemorizadas. Saben algo y no quieren decírmelo, Es
posible que todos vivan al margen de la Ley, pero no lo creo. Se trata de otra cosa. Han sido
advertidos de que les conviene guardar silencio. Y saben que hablar es peligroso.

—¿Nos incluye a nosotros entre los atemorizados, o entre los fuera de la Ley?

Bragg se tomó tiempo para contestar.

—Ustedes me desconciertan bastante, Tyler.

—¿Sí…?

—¿De quién sospecha ahora? —quiso saber Merna.

—De Rankin. Y de Halstead. Este último vino a buscarme a casa del chino con propósito
de iniciar una pelea a tiros. No pudo salirse con la suya; pero no tardará en volver a las
andadas.

—¿Teme que le tiendan una emboscada?

—No. Ellos saben que soy “sheriff” federal. Si muero de modo poco claro caerá sobre Lee
una bandada de agentes decididos a investigar las causas de mi muerte. Y eso no les
conviene, de ninguna manera. Me buscarán pelea cara a cara y tratarán de darme muerte
de manera que parezca un asunto particular.

—Antes, usted se expuso deliberadamente a esa muerte…

—Sí, lo hice. Estaba harto de dar puñetazos contra el muro.

Tyler se limitó a una sonrisa silenciosa. Merna habló.

—No hay tales hermanos Baker en la zona, “sheriff”. Rankin y Halstead no son hermanos.
El primero es el amo y el segundo el capataz.

—¿Estuvieron fuera de la población hará unos cuatro meses?

—No recuerdo…
—Estuvieron. Con tres de sus hombres hicieron una conducción de ovejas hacia el
ferrocarril. Nosotros mismos llevamos allí una punta de reses pocos días más tarde y les
vimos en la ciudad. Regresaron directamente aquí dos días antes de nuestro regreso. Me
parece que no son ellos, “sheriff”, los que busca.

—¿Sobre qué fecha, más o menos, ocurrió lo que dice?

—Exactamente nosotros llegamos a Twin Falls el cinco de mayo. ¿Por qué?

—Estoy pensando… ¿Hay telégrafo en Elko?

—Sí.

—Y doscientas millas desde aquí a Twin Falls… ¿Cuántos días emplean,


aproximadamente, los rebaños de ovejas en recorrerlas?

—No lo sé. Odio a esos animales. Nosotros tardamos tres semanas, yendo sin prisa.
Calculo que las ovejas algunos días más.

—Pongamos un mes. Pero un par de jinetes desembarazados pueden hacer ese camino
en cinco días, tomar el tren y en otros dos plantarse en Missouri. Si esos hombres hubieran
sido previamente avisados por medio de un telegrama, o una carta, de que en determin adas
fechas se hacían conducciones de dinero en la diligencia de Alderville a Sedalia pudieron
hallarse perfectamente a mano en el momento justo. Una vez realizado el atraco galoparon
hacia Sedalia, llegando de noche. Pasan trenes de carga con dirección a Kansas City y a
Jacksonville. Nada más fácil que subirse a uno de ellos, viajar toda la noche, apearse al
amanecer en cualquier estación del trayecto y allí tomar billetes en un tren de pasajeros.

Dos, tres días después del hecho, estos hombres podían hallarse de vuelta en Twin Falls,
marchando al encuentro de los otros que subían el ganado y reuniéndoseles, para entrar
juntos a la luz del día. De tal modo, todo el mundo jurará que ellos permanecier on todo el
tiempo conduciendo ganado a mil quinientas millas del lugar del atraco. Y por eso
asesinaron a los viajeros, para que nadie pudiera describir su apariencia o reconocerlos por
la voz. Las huellas de los atracadores se perdieron en las cercanías d e Sedalia. El conductor
de la diligencia no pudo dar esos informes hasta una semana más tarde, pues sus heridas lo
mantuvieron inconsciente todo ese tiempo. De modo que, de no haber sido por él, los
granujas hubieran escapado tranquilamente y en completa impunidad.

Sus oyentes parecían impresionados por la argumentación. Merna fue a hablar; pero
Tyler se lo impidió con un gesto, haciéndolo él.

—Es una ingeniosa… y posible, explicación de los hechos, “sheriff”. ¿Qué día aconteció el
atraco ese?

—El veintiocho de abril, a media tarde.


—Sí, muy posible… Pero le aconsejo que no se precipite. No hay pruebas de que las cosas
sucedieron como usted las ha descrito. Los pastores de Rankin no hablarán. Y ahora
recuerdo que Sherwin era uno de ellos… Tanto Rankin como Halstead son mala gente.
Peligrosos como el que más… Yo que usted, cabalgaría hacia Elko para pedir ayuda al
“sheriff” de allí. No es muy inteligente, pero tiene energía y tesón… Puede enterarse de si
esa gente recibió algún telegrama, investigar en Twin Falls… Mientras que si se que da aquí,
corre el riesgo de que ellos se le adelanten con una bala. Creo que le estoy dando un buen
consejo.

—Sí, lo parece. —Bragg lo había escuchado con especulativa mirada. Ahora se levantó
pausadamente—. Y se lo agradezco. Voy a regresar a Lee, a ver si consigo que alguien me dé
alojamiento por esta noche al menos. ¿Cómo se hallan sus relaciones con los ovejeros?

De nuevo fue a hablar Merna. De nuevo Tyler se le adelantó.

—Así así, “sheriff”. Tenemos los campos deslindados, pero todavía ocurren pequeños
incidentes de vez en cuando.

—Sherwin me dijo que tenían ustedes un par de miles de cabezas. Pero he visto nada
más que unos centenares al venir.

—¡Y son todas las que nos quedan! —estalló la muchacha. Una vez más, Tyler la frenó
con voz y gesto.

—Calma, Merna. Ese no es asunto para el “sheriff”.

Bragg asintió.

—Cierto. ¿De modo que los roban?

—Sólo tengo cinco peones. No se pueden encontrar con facilidad buenos vaqueros por
aquí.

—Pero Sherwin me contó que no había cuatreros organizados, y únicamente cuatro


pillos de tres al cuarto que se limitaban a arrear algunas reses de tarde en tarde.

—¡Él era un embustero! Nos han robado más de mil reses en los últimos doce meses.
¿Por qué no he de decirlo, Joe Tyler? Es un “sheriff”, ¿no? Hay ladrones aquí, y no de poca
importancia. Ladrones de ganado. No sabemos quiénes son, pero…

—Por favor, señorita Merna. El “sheriff” ya tiene bastantes problemas con los suyos y lo
del abigeato compete a Tyndall, que hace lo que puede. Sí, hay cuatreros. No los había hace
poco más de un año, pero ahora los hay y no sabemos ni sospechamos quiénes puedan ser.
Una vez pudimos matar a uno y eso fue todo. Desconocido en la región. Últimamente, no
obstante, parece ser que se alejaron. Ahora hay menos ganado y podemos guardarlo mejor.
Si se entretiene, “sheriff”, le va a tomar la noche en el camino. Y amenaza tormenta.
Lentamente, Bragg recogió su rifle y su sombrero.

—Sí, claro… Bien, muchas gracias por el café y los informes. Les agradeceré cualquier
ayuda que me puedan prestar. Y si algo sé acerca de los cuatreros… bueno, a mí no me
gustan los ladrones de ganado tampoco. Buenas tardes, señorita Vinson. Buenas tardes,
Tyler.

—Le acompaño afuera.

Ya en la puerta, Bragg volvióse de pronto hacia la joven e hizo una pregunta.

—A propósito, señorita Vinson. ¿De qué murió su padre?

—De un balazo a traición —repuso con voz ronca—. Y aún no han encontrado al asesino.
CAPÍTULO VII
La tormenta estalló sobre su cabeza cuando se encontraba a medio camino entre el
rancho y la granja del sueco. Grandes gotas de lluvia se aplastaron contra su cuerpo y el del
caballo con fuerza de balas. Lívidos relámpagos deslumbraban la vista dejando ape nas
espacios de sombra, los rayos caían espesos y los truenos, enormes, rodaban por las nubes
con violento e ininterrumpido estrépito. Se vio obligado a detenerse en el fondo de un
vallecito, desmontando y arrimándose a una gran roca por la parte opuesta a l viento. El
caballo tenía las orejas tiesas y el cuerpo tembloroso de pánico. En diez minutos quedó
empapado hasta los huesos. Pero la furia de la tempestad pasó rápidamente, dejando una
cortina de lluvia fría y no muy espesa. Volviendo a montar, salió del pequeño valle, que ya
comenzaba a henchirse de agua fangosa, y prosiguió la marcha, azotado por la lluvia y el
viento, en la semioscuridad del crepúsculo.

Quinientas yardas más allá, en el momento en que un vivo relámpago iluminaba el


paisaje, sintió un silbo escalofriante, seguido por un choque sordo y violento que le cortó el
resuello lanzándolo hacia atrás y de costado.

Con una sucesión de veloces movimientos reflejos se echó a un lado de la silla,


encabritando al caballo y sin soltar el rifle, sacó los pies de los estribos y se dejó caer al
suelo fangoso mientras “Dixie” daba un par de botes, alejándose. La segunda bala de rifle se
perdió en el vacío…

Acurrucado sobre la tierra mojada, Bragg llevó la mano al costado izquierdo mientras
miraba intensamente hacia donde vinieran las balas. Tras el relámpago había quedado una
densa penumbra gris. Pero el tirador estaba oculto en el soto de álamos que se alza ba a
menos de cien yardas de distancia. Sólo que para verle ahora tendría que descubrirse…

La bala había agujereado el chaquetón de piel, pegando en la abultada cartera donde


guardaba dinero y documentos, rasgándola, desviándose, entrando en la carne, chocando
contra una costilla y quedando aplastada allí, casi a flor de piel. La herida le dolía como si le
estuviera mordiendo un perro rabioso. Pero había salvado la vida de milagro…

Se escurrió lentamente hacia atrás, apretando los dientes. Luego se puso en pie y avanzó
encorvado, sujetando el rifle con manos crispadas. Iba al amparo de un breve repecho que
lo ocultaba a las miradas del frustrado asesino. Y lo guiaba un frío deseo de revancha…

Pero cuando alcanzó la parte trasera del soto el emboscado ya no estaba allí. Descubrió el
lugar donde estuviera, protegido por una tosca choza de ramaje, agazapado y a su espera.
Desde allí podía disparar a mansalva. Y debía estar seguro de haberlo dejado muerto o
malherido. Como quiera que fuese, no se había atrevido a acercársele, sino que se alejó en
busca de un caballo que dejara atado entre unas rocas algo más lejos y había partido al
galope, hacia la población. Seguirle las huellas, con la lluvia y la oscuridad creciente, era
inútil…
—Cometiste un error, Jeff Bragg —murmuró entre dientes mientras él mismo iba a
buscar a su caballo, sujetándose la herida con una mano —. A ellos les da lo mismo matarte
de una manera o de otra…

Detuvo al caballo delante de la cabaña de los suecos, se apeó y llamó recio con el puño.
Allí dentro se escuchó la voz recelosa de Schwartz.

—¿Quién es?

—El “sheriff” Bragg.

—¿Qué desea?

—Ayuda. Estoy herido.

Dentro sonó un cuchicheo rápido. Luego el ruido de los maderos que atrancaban la
puerta al ser quitados. Esta se abrió, y el granjero asomó la cara y la punta de una escopeta
de cañón doble. '

—Estoy herido, Schwartz. ¿No va a permitirme la entrada?

El otro abrió la puerta lentamente.

—Pase. ¿Qué le ha ocurrido?

—Alguien me disparó un tiro hace poco, cuando regresaba del rancho de Vinson. He
tenido mucha suerte.

El interior de la cabaña era pobre, pero caliente y confortable. La mujer y el niño lo


miraban con recelo y aprensión. Se quitó el sombrero con dificultad, esbozando una
sonrisa.

—Siento de veras molestarles…

—No se preocupe —la mujer parecía haber tomado ya su decisión—. Siéntese aquí y
díganos dónde le hirieron.

—Werner, mete al caballo en la cuadra.

El muchacho salió presuroso, mirando a Bragg de soslayo. Este se estaba quitando la


chaqueta, con la ayuda del granjero. La mujer preparó agua en una palangana y trajo una
caja llena de algodón, vendas…

Ella alentó fuerte al ver la herida. Schwartz entrecerró los ojos y movió la cabeza,
afirmativo. No parecía nada contento con la situación.

—Sí, puede decirse que nació de nuevo… Elsa, empapa un paño y dámelo.
Limpió la sangre y examinó la herida. Bragg lo hacía también y le advirtió.

—La bala está casi a flor de piel. Sáquela.

—Le va a dolor lo suyo…

—No importa.

—Bueno…

Bragg estuvo a punto de desmayarse cuando el plomo deformado salió rasgando la carne
viva. El muchacho había regresado y contemplaba la cura con cara pálida, mojándose los
labios con la lengua.

La mujer de Schwartz limpió y vendó la herida con manos bastante diestras. Al terminar,
se hizo atrás con un suspiro hondo. El granjero llenó un vaso de licor y se lo tendió,
diciendo secamente.

—Tome, le sentará bien.

—Gracias… —lo apuró de un trago, sintiéndose revivir. Luego miró a los alemanes
fijamente—. No olvidaré su ayuda, Schwartz. Bueno, ahora me parece que debo proseguir
mi camino.

Marido y mujer se miraron. Ella inquirió.

—¿Ha cenado usted?

—Supongo que Chan-Li me tendrá algo preparado.

—No puede ponerse a cabalgar, empapado como está y con esa herida…

—¡Qué remedio! He caído en una comunidad de gentes inhospitalarias, con la única


excepción de ustedes. Y no quiero que su generosidad les cause alguna molestia.

Schwartz estaba indeciso. Fue su esposa quien lo decidió.

—No pueden causarnos ningún daño por prestar ayuda a un semejante herido. Se
quedará a cenar y le preparamos el lecho junto a la chimenea. Ahora le dará unos
pantalones y una camisa mi marido, para que pueda poner la suya a secar.

—Son demasiado amables. La verdad es que no tengo donde ir a dormir. Pero repito que
no quiero causarles perjuicios.

Schwartz se había decidido ya.

—Vine a esta tierra para vivir en paz de mi trabajo, “sheriff”. A nadie hago daño. Y usted
es un representante de la Ley. Se quedará.
Bragg suspiró profundamente. No todo resultaba negro y hostil…

La cena fue consumida en silencio. Pesaba en el ambiente la tensión y resultaba evidente


que los alemanes temían represalias por su acción generosa. De ahí que fuera más de
agradecer.

Después de la cena, la mujer le arregló una cama junto a la chimenea con unas mantas y
heno que trajo el granjero del henil. La lluvia había cesado casi por completo y la tormenta
se deshacía hacia el oeste. El fuerte viento silbaba en el exterior y hacía más grata la tibieza
que se disfrutaba allí dentro. Bragg preguntó por su caballo.

—Le quité la montura y le he dado un pienso de forraje. No se preocupe por él.

Los Schwartz se fueron pronto a la cama, dejándole solo. La luz de la hoguera en declive
era la única que iluminaba el interior. Bragg se levantó, comprobó que su ropa estaba ya
seca y se la puso.

Luego cambió las cargas del revólver y el rifle, limpiando ambas armas cuidadosamente.
Hecho esto, se tendió en el improvisado lecho, de costado.

No podía dormir, no sólo a causa del dolor de la herida, sino por los muchos problemas
que buscaban ajustada solución. De modo que se dedicó a resolverlos, mientras fumaba con
la vista fija en las brasas y las llamas agonizantes.

Súbito, sus oídos percibieron allá fuera algo raro. Instantáneamente se alertó.

No cabía duda. Alguien andaba fuera.

Veloz y silenciosamente se calzó las botas. Había tenido la precaución de despojarlas de


las espuelas. Empuñando el revólver, avanzó hacia la puerta. Había alguien, desde luego, en
el exterior. Visita nocturna…

Levantar la tranquera haría ruido. Pero la ventana podría bastar…

Se acercó a ella y la fue abriendo milímetro a milímetro. El viento, por fortuna, venía del
lado opuesto. Sujetándola fuerte, la abrió del todo y miró con cautela…

Dos figuras ominosas se acercaban a través del pequeño patio. Cada uno de aquellos
hombres empuñaba un revólver y llevaba en la otra mano algo que brillaba débilmente.
Latas de petróleo, quizás…

Con dura, sonrisa, Bragg alzó su propia arma. De todos los criminales, odiaba con
preferencia a los incendiarios nocturnos…

—¡Arriba esas manos, los dos!


Tomados de sorpresa por su orden, los incendiarios quedaron tensos, quietos,
encorvados, casi un segundo. Súbito, restalló un disparo en la esquina del corral, a la
derecha. Y la bala se clavó en la pared de troncos, justo en el borde de la ventana y a die z
centímetros de la cabeza de Bragg.

Al mismo tiempo, los dos sorprendidos alzaron sus armas y dispararon. Bragg se les
anticipó, haciendo fuego velozmente.

Uno de los incendiarios aulló, se estiró, soltó la lata y el revólver, giró sobre sí mismo y se
cayó al suelo como una piedra. El rifle volvió a tronar. Bragg tuvo el tiempo justo para
esconder la cabeza. Cuando volvió a alzarla el segundo incendiario corr ía como un gamo
hacia la esquina de la cuadra. Le envió otra bala y el hombre dio un bote de carnero,
tirándose al suelo y desapareciendo, mientras el riflero metía una nueva bala dentro de la
habitación, un cuarto de segundo después de haber desaparecido de allí mismo la frente de
Bragg.

La puerta de la alcoba de los alemanes se abrió con violencia y Schwartz apareció, en


camiseta y calzoncillos, empuñando la escopeta e inquiriendo tensamente:

—¿Qué sucede?

—¡Agáchese! Vinieron a incendiarle la casa. Maté a uno, pero quedan dos…

Un ruido de cascos de caballo alejándose a toda velocidad le dijo que los incendiarios
supervivientes preferían alejarse a continuar el tiroteo. La mujer y el hijo de Schwartz
hicieron acto de presencia, pálidos y atemorizados.

—Ya se fueron —los tranquilizó Bragg—. Oí ruido y abrí con cuidado la ventana,
llegando a tiempo de impedir que rociaran con petróleo el exterior. Voy a salir a ver lo que
ha ocurrido. Si quiere puede protegerme desde la ventana, Schwartz.

Abrió la puerta y salió, empuñando el revólver. Un cuerno de pálida luna brillaba entre
las grandes nubes. El patio estaba en silencio, aunque en la cuadra se removían, nerviosos,
los caballos. El muerto yacía boca abajo en medio del patio. Se le acercó y lo movió,
poniéndolo cara al cielo. Le había metido la bala en pleno corazón. Y era para él
desconocido. Un hombre joven aún, con barba de dos días, aguileña nariz y ojos muy
abiertos. La muerte había contraído sus facciones, dándoles un aspecto lobuno.

Schwartz se le acercó, empuñando la escopeta con fuerza, miró al muerto durante un


largo minuto…

—¿Le conoce, Schwartz?

El granjero alzo la mirada hasta sus ojos. Tenía el rostro gris, borroso en la escasa
claridad. Habló con voz pastosa.

—No, “sheriff” No lo he visto en mi vida…


CAPÍTULO VIII
“No lo he visto en mi vida’’. “No sé quién es”. “No”. “No”…

Ni el tabernero, ni el herrero, ni el almacenero… Nadie conocía al individuo. A creerles, el


muerto había caído del cielo la noche anterior con el sólo propósito de incendiar la granja
de los Schwartz con ellos dentro.

Y, no obstante, Bragg estaba más que seguro de que todos los habitantes de Lee sabían
muy bien quién era. ¿Por qué, pues, lo negaban? Sólo existía una explicación.

Había abandonado al alba la granja, afirmando a los alemanes que podían contar siempre
con él y pidiéndoles lo avisaran de sucederles alguna dificultad. Acogieron sus palabras con
un silencio tenso. Y no hablaron. Ni siquiera sabiéndose ya en peligro…

Su aparición en el pueblo motivó un revuelo expectante, silencioso también. Las gentes


se acercaban, miraban al muerto y contestaban negativamente a su pregunta, regresando a
sus domicilios acto seguido. Tuvo que imponerse para que se hicieran cargo de él en la
carpintería. Sentíase rodeado de hostilidad y de peligros como nunca en su vida. Ni una
sonrisa, ni una mirada amable… Incluso Chan-Li le sirvió el desayuno como si temiera ver
aparecer al diablo a cada instante. Era algo opresivo, desalentador, como andar a ciegas por
un territorio desconocido…

A media mañana aparecieron Rankin y Halstead.

Bragg estaba sentado en la taberna, cuyo único ocupante era, aparte Pickett. Oyó el ruido
de cascos y captó el súbito envaramiento del tabernero. Destrabó el revólver y se levantó,
yendo pausado hacia la puerta.

—Preferiría que fuera en la calle —dijo Pickett, nervioso. Mirándolo por encima del
hombro, Bragg sonrió con frialdad.

—Sus preferencias me tienen sin cuidado, Pickett.

Rankin estaba desmontando y Halstead trabando a su caballo cuando empujó la puerta y


salió al exterior. Los dos alzaron la mirada velozmente, cambiaron de expresión e hicieron
ademán de sacar sus revólveres…

—Será mejor que los dejéis quietos.

Su helada advertencia estaba apoyada por el arma súbitamente aparecida en su mano.


Halstead se enderezó despacio, mientras abría una sonrisa mala.

—Ya te dije que era un ventajista, Ted.

Rankin se movió lentamente, manteniendo la mano apartada de la culata de su revólver.


Su rostro y su mirada expresaban viva amenaza, violencia a duras penas contenida.
—Usted, “sheriff”, se está pasando de la raya — dijo rudamente —. Y se va a encontrar
muy pronto con la horma de su zapato.

—Vosotros dos parecéis muy empeñados en buscarme pelea — repuso fríamente


Bragg—. Y sólo un motivo puede haber para vuestra actitud.

—¿De veras? —murmuró Halstead torciendo la boca—. ¿No será que está rehuyendo
pelear como los hombres, escudado en esa estrella?

—Os consta a ambos que no. ¿Quién trató de quemar la granja de Schwartz anoche?

—Ahora nos desayunamos con la noticia. ¿No es así, Ted?

—Así es.

—Estáis mintiendo.

—¡Saque su…!

—Deja quietas las manos o te vuelo los sesos sin empacho, Halstead. Me basta por ahora
con el rifle y no pienso aceptar ninguna pelea personal. Dije que mentíais y lo repito. No hay
nadie a estas horas en un radio de veinte millas que ignore lo sucedido an oche en la granja
de Schwartz. Incluso creo que vosotros menos que nadie.

—¿Está acusándonos, “sheriff”? —Rankin semejaba un lobo presto a atacar.

—Tal vez.

—Supongo que tendrá pruebas…

—Tengo a un hombre metido en la carpintería. Es curioso que nadie lo conozca de


cuantos pregunté y le vieron bien la cara. Curioso también que nadie quisiera hacerse cargo
de su enterramiento. Incluso tuve que ponerme serio para que el carpintero aceptara la
tarea. Es claro que si os digo que vayáis a identificarlo afirmaréis no haberío visto en
vuestras vidas…

—Nosotros no iremos a ninguna parte contra nuestra voluntad.

—¿Tú crees? Me parece que ir a presidio no te resultará más agradable.

Halstead bajó ambas manos velozmente, con extraordinaria velocidad. Pero el rifle tronó,
escupiendo fuego y plomo ardiendo, y algo como un relámpago golpeó el revólver derecho,
arrancándolo de la funda y enviándolo a varios metros de distancia, sobre el barro. El
choque de la bala hizo vacilar a Halstead. Rankin había iniciado un gesto de ataque. Pero lo
cortó muy pronto, cuando la voz restallante de Bragg lanzó su orden.

—Soltaos los cintos o empiezo a disparar de verdad. ¡Vamos!


Halstead estaba blanco de rabia. Sus manos se abrían y cerraban espasmódicamente.
Pero obedeció. Y lo mismo hizo Rankin. Los cinturones cayeron, al piso de tablones de la
acera…

Asomaron algunas caras por las puertas. Luego cuerpos enteros de gentes interesadas en
la escena, pero que no se acercaron a sus protagonistas. Bragg siguió en igual tono cortante.

—Tengo la casi absoluta seguridad de que vosotros sois la pareja de asesinos que vine a
buscar. Ese que está en la carpintera es uno de los vuestros. Él que trató de matarme
cuando regresaba del rancho Vinson es otro, como lo era también Sherwin. Y a vosotros se
debe la actitud de las gentes de Lee para conmigo. Pero habéis llegado al final de vuestra
carrera. En cuanto haya obtenido la menor evidencia contra vosotros iré a buscaros y os
pondré las esposas.

—No necesitará buscarnos, Bragg —habló Rankin, impidiendo a Halstead que lo


hiciera—. Ya ha ido demasiado lejos. Y con estrella o sin ella, tiene seis horas para alejarse
de la población. Si al anochecer aún permanece aquí, nosotros vendremos a obligarle a
pelear como los hombres, sin ventajas. Recoge tu cinto, Bart.

—Se quedan aquí. Montad a caballo y largaos sin volver la cabeza. Si os veo regresar
tiraré primero y luego me enteraré de vuestros planes.

—Usted no podrá hacer eso, Bragg. Y no va a salir vivo de aquí —le aseguró Halstead
mordiendo las palabras. Luego se encaminó junto a su caballo, lo destrabó y levantó una
pierna, sujetándose al estribo con una mano. Rankin, por su parte, estaba tomando la brida
del suyo…

Bragg vio el relampagueante movimiento. Y su intuición de tantos años de cazador de


hombres lo salvó.

Cuando Halstead lo encañonó con el pequeño revólver extraído de la caña de su bota ya


tenía su rifle listo para disparar. Pareció que ambas armas tronaban a un tiempo, pero el
estampido seco del rifle borró el ladrido del 38. La bala de rifle pegó alta en el hombro
izquierdo de Halstead y lo lanzó contra su caballo, que se espantó, saltando y echando a
correr. La disparada por el 38 rasgó la chaqueta de piel Justo en el hombro izquierdo de
Bragg, y se clavó en uno de los troncos de la pared. Al instante, Ha lstead, medio desmayado,
rodaba al arroyo y era arrastrado unos metros al enganchársele la espuela en el estribo,
hasta que el caballo se paró.

Rankin giró tan veloz como un gato al que le han pisado la cola. Empuñaba otro 38 que
había sacado de una funda oculta bajo su chaqueta e hizo fuego aun antes de volverse del
todo. Bragg se anticipó a su acción, no obstante. No podía recargar el rifle en tan breve
espacio de tiempo. Lo que hizo fue saltar como un gamo y alargar el arma, golpeando de
abajo arriba con violencia. El caño logró chocar contra la muñeca armada y desvió el tiro,
que estalló casi en su cara. La bala le produjo una viva quemazón en la mejilla y le rasgó el
lóbulo inferior de la oreja izquierda. Rankin bramó una maldición atroz, soltó el revólver e
hizo ademán de atacarlo con las manos limpias. Pero el rifle volvió a moverse y el cañon le
pegó con fuerza en el mentón, levantándole la cara y cortando una segunda blasfemia. Un
nuevo golpe en la sien lo derribó como una res apuntillada.

Halstead estaba tratando de incorporarse sobre el barro. Lo consiguió a medias. Luego el


dolor lo venció y cayó de cara, sin sentido. La calle quedó sumida en un silencio enorme,
resaltado por los silbos del viento…

Por todas partes comenzaron a surgir gentes curiosas, que se acercaron en silencio.
Pickett, tembloroso e incrédulo, miró a los caídos y luego a la tensa cara de Bragg.

—Los… ha matado…

Mirándolo con fijeza, Bragg pensó que allí tenía una oportunidad.

—Así es —dijo duramente—. Y supongo que ahora se desatarán las lenguas del pueblo.
¿Eran los Baker?

—Yo…

Se cortó, mirando hacia la parte alta de la calle. Bragg también lo hizo velozmente.

El “sulky” del rancho Vinson venía a toda velocidad. Y lo conducía Merna Vinson.

Burke, el almacenero, llegó junto a ellos. Y hablo nervioso.

—Vi cómo ponía fuera de combate a Rankin pegándole con el rifle. ¿Qué piensa hacer
ahora?

Había pasado la oportunidad. Lo vio Bragg al mirar de nuevo al tabernero. Ya no


hablaría…

—Eso no es cosa que les importe a ninguno de ustedes — contestó salvajemente—. Y


harán bien en no olvidar lo sucedido. Si esos dos son los hombres que busco me los llevaré,
vivos o muertos, para que respondan de sus crímenes. Y si alguno de ustedes trata d e
impedirlo lo balearé sin compasión. Usted mismo, Burke; tome esas esposas y póngaselas a
Rankin en las muñecas, a la espalda. ¡Vamos!

El almacenero dudó hasta hasta verse encañonado.

—No tiene derecho… —comenzó a rezongar.

—Tengo el derecho que me da la Ley y el que ustedes parecen admitir. El de las balas.
¡Apúrese o disparo!

El almacenero ya no hizo resistencia. Alrededor de ellos y del caído Halstead, se había


reunido ya casi medio centenar de grandes y chicos, todos por igual de silenciosos. Ni uno
solo preguntó a Bragg si estaba herido, aunque del destrozado lóbulo de la oreja le caía la
sangre de modo escandaloso.

Merna Vinson llegó allí y espantó a los curiosos a uno y otro lado antes de refrenar a su
caballo. Se puso en pie. Vestía como al conocerla Bragg y su cara estaba muy pálida. Miró al
“sheriff” directamente e inquirió con tensa voz.

—¿Qué ha sucedido? ¿Les… les, ha matado?

—No lo creo. Le rompí un hombro a Halstead y dejé a Rankin sin sentido. Trataron de
aventajarme sacando pistolas ocultas, después que ya los había desarmado. Y ya ve la
colaboración que encuentro en los honrados habitantes de Lee.

Ella saltó a tierra, sin preocuparse por el barro, subiendo a la acera y mirando de soslayo
a Rankin. El almacenero se enderezó, cumplida su tarea, y alargó foscamente la llave de las
esposas a Bragg, que se la guardó.

—Usted está herido…

—Nada de importancia. Pudo ser mucho peor.

—¿Qué piensa hacer con ellos?

—Si hubiera cárcel aquí, los encerraría. Si hubiera telégrafo, pediría ayuda al “sheriff” de
Elko. Como están las cosas, voy a cargarlos en sus caballos y a llevármelos a esa población,
donde espero encontrar más apoyo que aquí.

—Halstead tiene un mal balazo y pierde mucha sangre — advirtió Conway secamente—.
Si quiere llevárselo a Elko conviene que lo vende. A no ser que le dé igual presentar su
cadáver.

—Me tiene sin cuidado. Pero les dejaré tener con él la caridad que no tienen conmigo.
Llévenselo y cúrenlo. Le hago responsable a usted, Burke. Si dentro de una hora no me lo
han devuelto irá esposado en su lugar.

—¡Oiga usted…!

—No quiero escuchar nada. Obedezca. Y los demás, largo de aquí. No quiero mirones.

Las gentes se apartaron tan en silencio como habían venido. Un par de hombres
recogieran a Halstead y lo llevaron hacia el almacén. A una indicación de Bragg, el
tabernero recogió las armas y cinturones de los dos vencidos. Mientras, el “sheriff” recargó
su rifle sin premuras. La muchacha lo miraba sin despegar los labios.

Lo hizo al fin, con una tensa pregunta.

—¿Es cierto que anoche trataron de matarlo?


—Y fallaron por poco. La bala tropezó con mi cartera y a eso debo la vida.

—¿Quién cree que lo hizo?

—Uno de estos dos. Más tarde vinieron a quemarme vivo dentro de la granja de los
Schwartz, sin preocuparse de que también estaban ellos.

La muchacha estaba pálida y había en sus ojos una extraña expresión.

—¿Y si yo le dijera que no fueron ellos?


CAPÍTULO IX
Bragg se tomó tiempo para asimilar la inesperada afirmación. Su cerebro era un caos de
ideas, de sospechas, de posibilidades…

—¿No fueron ellos? — repitió despacio. La joven asintió.

—Rankin estuvo en el rancho poco después de que usted se marchara. Vino con uno de
sus hombres a conferenciar. Se marchó casi a la media noche.

—¿Y Halstead?

Estuvo en el pueblo, buscándolo a usted, y luego se marchó a su rancho. No me es


simpático, desde luego. Pero debo ser justa. No se escondería tras de una mata para
dispararle a traición. Necesita hacerlo cara a cara y en público, a fin de aumentar su fama
de pistolero.

Era una opinión que Bragg compartía.

—¿A cuántos hombres ha dado muerte ya?

—A cinco, que yo sepa. Siempre en duelo. Dos en Elko, otros dos aquí y uno en Twin
Falls. Malhirió a uno en Carlin. Se lo considera muy peligroso, pues puede sacar y disparar
con ambas manos.

—En adelante tendrá que hacerlo con una sola, si es que se salva de la horca.

—¿Sigue pensando que es uno de los asesinos que busca?

—Sí, mientras no se me demuestre lo contrario.

Ella desvió la mirada hacia el inconsciente Rankin.

—¿Lo va a dejar ahí, tirado?

—No. Lo voy a meter en la taberna. ¿Cómo ha sido que viniera sola y tan aprisa?

—Me enteré de esos dos atentados y necesitaba verle.

—¿Para qué?

—No quiero que me crea complicada en esta situación.

El la miró fijo, hasta que a ella se le encendieron las mejillas y apareció la turbación en
sus pupilas.

—Es usted una hermosa muchacha — dijo despacio. Y ella tragó saliva.
—Muchas gracias…

—Me gustaría saberla a cien millas de aquí. — Añadió Luego se inclinó a agarrar a
Rankin por una bota y lo metió a rastras en la taberna, sin preocuparse por los golpes que
le daba.

Pickett se hallaba tras el mostrador; su mujer y su hija, mozuela de unos doce años,
estaban paradas junto a la puerta que daba a la vivienda propiamente dicha. Todos los
miraron con aprensión.

Dejó al inconsciente Rankin tirado junto a la pared y se volvió a ver entrar a Merna
Vinson. Luego el tabernero.

—Supongo que tendrá algo que pueda beber una señorita, Pickett.

—Buenos días. ¿Tiene vendas y algodón, señora Pickett? Por favor…

La mujer asintió en el acto.

—Sí, Merna. En seguida. Ve por eso, Alice.

—¿Es que va a curarme?

—Usted tiene un terrible aspecto con esa oreja lacerada y la cara llena de sangre.

—Creí que aquí sólo se preocupaban de tirarme balas…

—Está bastante equivocado con respecto a la mayoría de las gentes de Lee. “sheriff”.
Pickett, deme un poco de alcohol y un paño empapado. Siéntese.

—Gracias…

Merna hizo la cura con manos diestras y veloces, sin hablar. Los Pickett callaban y
miraban.

—Ya está listo. ¿Qué hay de esa herida de anoche?

—Me la curó la señora Schwartz. Pero si quiere llevar su amabilidad a tal extremo…

Ella no lo miró.

—Quítese la ropa.

En silencio, él obedeció. La vio morderse los labios al contemplar la herida. Una súbita
idea le llevó a extraer la destrozada cartera y enseñársela.

—Un buen tirador de rifle. A no ser por esta, unos cuantos habitantes de la zona estarían
respirando tranquilos y Halstead podría seguir disparando con ambos brazos.
—Él tira muy mal con un rifle —fue la seca respuesta—. Por favor, más alcohol. Pickett.
Le va a doler…

Rankin comenzó a dar señales de vida cuando la cura terminada. Gruñó, se quejó, trató
de llevarse las manos a la cabeza y despertóse totalmente al comprobar que estaba
maniatado. Miró al grupo que tenía delante e hizo por sentarse mientras emitía un soez
juramento.

—Cuida tu vocabulario, Rankin, o te cerraré la boca de un puntapié — le advirtió Bragg


duramente.

El preso lo miró con odio concentrado.

—He de matarle por esto, Bragg. ¡Quíteme las esposas!

—Me parece que vas a dormir con ellas mucho tiempo. Y también tu compinche.

—Eso ya lo veremos…

Paseó la hosca mirada por los rostros de los otros, mientras Bragg se ponía la camisa y el
chaleco. Tomando la chaqueta, habló a Pickett.

—Se lo dejo aquí. Voy a traerle compañía. Tenga cuidado con lo que hace, Pickett…

El tabernero no le contestó. Su mujer y su hija estaban retirando los trebejos de la cura.


Se volvió a Merna.

—¿Se queda, señorita Vinson?

—No. Voy con usted.

En el almacén habían terminado ya la cura de Halstead, que comenzaba a recuperar el


conocimiento. Le habían puesto el brazo herido en cabestrillo y a su alrededor había cuatro
o cinco personas que miraron con caras largas a los que llegaban. Burke tomó la palabra.

Es una mala herida. Le hemos extraído la bala, pero necesita un médico.

—¿Dónde hay uno?

—En Elko.

—Que uno de ustedes monte a caballo y vaya a buscar o. De paso entregará una nota mía
al “sheriff” de allí.

—Iré yo — dijo el herrero secamente. Bragg lo miró a los ojos.

—¿Pasando antes por alguna parte, Conway?


El otro le sostuvo la mirada.

—Soy un hombre honrado, “sheriff”. Mañana por la tarde estaré de regreso con el doctor.

Veinticuatro horas. Podían suceder tantas cosas en veinticuatro horas…

—Conformes. Venga a la taberna cuando haya ensillado su caballo.

Se acercó al herido, que estaba reclinado en una silla pegada a la pared. Halstead tenía la
cara blanca y una mueca de sufrimiento. Abrió los ojos lentamente y los fijó en Bragg con
maligna expresión.

—Maldito… sea… —barbotó—. Le he de sacar las tripas a balazos…

—Alarga esa mano.

—¿Lo va a esposar, estando malherido?

—También puede manejar un arma con la izquierda. Y no estoy para contemplaciones.

Le sujetó la muñeca y cerró sobre ella la esposa. Luego colocó la otra en torno a la
muñeca derecha, cerrándola también.

—¿Me va a tener así?

—No es una postura muy cómoda, pero peor se está en la horca. Te puedes tender en el
suelo si quieres hallarte más a gusto. Levántate y vamos a reunirnos con tu compañero.

Lo levantó agarrándolo por el brazo sano. Burke acudió a sostener a Halstead por la
cintura y tropezó con la dura mirada de Bragg.

—Conmigo no tiene tantas delicadezas, Burke. Apártese.

—Pero…

—¡Apártese!

—Obedézcale, Burke —dijo Halstead con borrosa sonrisa—. A los condenados a muerte
se les conceden los caprichos…

El almacenero se apartó sin más.

Salieron a la calle batida por el viento y solitaria. Rankin estaba sentado en una silla y
miró a su capataz atentamente.

—¿Cómo te sientes, Bart?

—Estoy bastante mal. Pero tú y yo hemos de dar lo suyo a este tipo, Ted.
—Seguro. Bart.

—Basta de charla. Pickett, eche una manta por el suelo y traiga algo para que Halstead
apoye la cabeza.

El herido se acostó con dificultad, sin dejar de mirar aviesamente a Bragg. Parecía incluso
olvidado de la presencia de la joven. Rankin, en cambio, la miraba a veces con expresión
reconcentrada…

Una vez asegurados ambos prisioneros, Bragg se acercó a la puerta, avisando al


tabernero:

—Quedan a su cuidado, Pickett…

—¿No teme que puedan escapar? — inquirió Merna ya en la acera.

—No. Yo oiría el ruido de los caballos. Y esas esposas sólo pueden ser abiertas con la
llave que guardo. Quitárselas con una lima sería muy largo y engorroso. Debería regresar al
rancho, señorita Vinson. A mi lado corre peligro cierto.

—¿Por qué?

—Espero balas desde todas partes.

—Ya… —ella volvió a morderse los labios. Y miró hacia la lejanía —. ¿Por qué no se lleva
ahora mismo a Elko a Rankin y Halstead, si está seguro de que son los hombres que ha
venido a buscar?

—Porque, aunque le sorprenda, me siento más seguro en el pueblo que a campo raso,
ahora.

Ella lo miró de soslayo.

—Es usted un hombre extraño, señor Bragg… ¿Cuántos años tiene?

—Muchos. Treinta y cinco.

—¿Y… siempre ha sido “sheriff”?

—Desde que la guerra terminó.

—Un cazador de hombres… Es un terrible oficio, ¿no cree? Siempre en peligro, viviendo
precariamente con un arma en la mano…

—Alguien tiene que ocuparse de que exista la Ley y se cumpla.

—Sí, claro…
—¿Cómo mataron a su padre?

Ella tuvo un vivo sobresalto. Y lo miró de reojo antes de contestar.

—Le tendieron una emboscada junto al río. Dos balazos en el pecho sin darle tiempo a
defenderse.

—¿Y no se ha encontrado al asesino?

—No. El “sheriff” de Elko es un hombre honrado, pero obtuso. He de reconocer que hizo
cuanto pudo.

Él se puso a liar despacio un cigarrillo, sin mirarla.

—¿Había tenido antes alguna dificultad con alguien?

—Nada de importancia. Roces con Rankin y Halstead desde que ellos vinieron con sus
ovejas. Pero se llegó a un arreglo y eso fue mucho antes de su muerte. Recuerdo, si, que
unos días antes estuvo como inquieto y receloso, sin querer decirme la causa de hallarse
así. Aquella mañana salió a caballo muy temprano… y no le volví a ver vivo…

—¿Ya robaban ganado, para entonces?

—Unos días antes tuvimos noticia del primer robo importante, un centenar de cabezas.
Tyler y los muchachos estuvieron cabalgando duro un par de días, pero no consiguieron
dar alcance a los cuatreros. Desde entonces los robos se han sucedido con cierta
regularidad. No mucho ganado de una vez, cincuenta o cien cabezas. Pero, hemos tenido
que concentrar el que queda junto al rancho, donde es mucho más difícil abollarlo.

—¿Y nunca se ha podido cazar a los cuatreros?

—Dos o tres veces se entablaron peleas con ellos. En ambas perdimos un hombre. Según
Tyler, usan rifles modernos, mejores que los de los peones.

—Ya. Él dijo que habían perdido a un peón…

—Fueron dos. Precisamente los más viejos al servicio del rancho.

—Ah… ¿Hace mucho que tienen a Tyler de capataz?

—Cuatro años. Vino de paso, mi padre habló con él y lo contrató. Por aquel entonces se
nos había despedido el capataz anterior.

—No parece haber tenido mucho éxito con los cuatreros…


—Es un hombre muy competente. Y ha mantenido a raya a Rankin y Halstead. Al quedar
sola, ellos… bueno, me consideraron presa fácil. Pero Tyler tiene mucho temple. En cuanto
al ganado, poco es lo que puede hacerse con cinco hombres ¿no cree?

—Los dos que me recibieron ayer tarde no parecían pimpollos…

—Son gente bastante dura, sí. Pero eficiente.

—¿Por qué esa actitud contra mí, de ellos y suya, ayer?

—Tyler no se fía de usted. Dice que los “sheriffs” son listos, o torpes. Los segundos no
sirven para nada, como el de Elko. Los primeros… y ahí lo catalogan a usted, suelen estar
conchabados a la gentuza.

—¿Dice eso? Es una opinión interesante…

—Asegura que ningún hombre listo se juega la vida a diario por cien dólares al mes, o
acaso menos. Y en su caso particular, añade que resulta extraño el que haya podido llegar
aquí tan directamente desde Missouri, con tan escasos datos sobre el destino de los
atracadores. También que está muy oscuro lo de Sherwin y que su comportamiento ofrece
muchos puntos poco explicados. Me impresionó, ya que mi padre me enseñó a aborrecer a
los nordistas y su muerte a despreciar a los “sheriffs”.

—Sin embargo, ahora ha venido a Lee, a buscarme… ¿Por qué?

—A veces acontecen cosas imprevistas.

—¿Por ejemplo?

—Anoche descubrí casualmente una cosa entre los documentos de mi padre. Esto.

Se sacó del pecho un papel doblado que entregó a Bragg. Al tomarlo, el “sheriff” notó la
tibieza del mismo y un leve perfume de lavanda. Ambas cosas le produjeron un escalofrío.

Lo desdobló despacio, mirando a la muchacha, que se mordió los labios mientras se le


encendían las mejillas. Luego lo miró.

Era una carta, procedente de Twin Falls y fechada catorce meses atrás. En ella, un tal
Edgeton comunicaba al mayor Vinson que con fecha de seis meses antes había sido vendida
una punta de trescientas cuarenta reses de su marca y otra de cuatrocientas doce, tres
meses antes. En ambas ocasiones las reses habían sido embarcadas para el Este.

Bragg alzó la mirada a los ojos de la muchacha.

—¿Y bien?
—Esa carta estaba metida entre las hojas de uno de los libros de papá. Uno que él
gustaba de leer, pero que a mí me hacía poca gracia. Ni Tyler ni nadie más lee libros en el
rancho…

—Siga.

—Estuve mirando en el libro donde mi padre acostumbraba a hacer los asientos del
ganado. En la primera de esas fechas constan doscientas cincuenta cabezas y otras tantas
en la segunda. Pero las facturas correspondientes han desaparecido.
CAPÍTULO X
Chan-Li estaba nervioso. Pero sirvióles la comida con diligencia y era verdaderamente
suculenta. Sin embargo, comieron con escaso apetito. La joven, sobre todo.

Bragg tenía la cabeza dolorida de tanto pensar. Llevaba una hora pensando a marchas
forzadas. La sorprendente revelación de la joven variaba toda la perspectiva del asunto.

—Uno diría que la cosa está demasiado clara, si no fuera porque está oscura como noche
de truenos —rezongó—. Estaría muy claro si Tyler hubiera cabalgado al Norte con ese
ganado. Pero, según usted, ambas veces se quedó en el rancho, la una por culpa de un
resfriado y la otra a causa de que su padre de usted tuvo que viajar a Elko y Carson City
para arreglar lo de los límites de su propiedad. Así resultaría que los cuatreros y los peones
o son los mismos o están conchabados, pero todo ello a espaldas de Tyle r. ¿Dónde estaba él
cuando mataron a su padre?

—Dijo en la encuesta que, con uno de los muchachos, a varias millas al Oeste del río. Y el
peón lo confirmó.

—Ya. No hay forma de mezclarlo en el asunto. Y no obstante…

—¿Cree de verdad que él tenga algo que ver con los robos de ganado y la muerte de mi
padre?

—No quiero afirmar nada. Podría apretarme los dedos. Pero este “puzzle” ha de tener
una solución. Primero, tres hombres enmascarados asaltan una diligencia a casi mil
quinientas millas de aquí, asesinan a cuantos iban en ella, roban treinta mil dólares y h uyen
a este condado, cuando podían haber hallado mil escondrijos buenos a lo largo del camino.
Vienen a un poblacho como este, sin alicientes ni diversiones, a enterrarse con todo ese
dinero. Se da de bofetadas con cuanto suelen hacer los granujas. Segundo , apenas llego a
esta región, y aún antes de descubrir mi identidad, un pastor, en el monte, demuestra
conocerla y trata de reducirme y apresarme, para que los hombres a quienes busco me
eliminen. Tercero, llego a este pueblo y tropiezo con una hostilidad absoluta y una rotunda
negativa por parte de todos sus habitantes a prestarme ayuda. Sin embargo, no todos
parecen ser granujas temerosos de la Ley. Luego a quien temen es precisamente a los que
están fuera de ella. Cuarto, dos hombres que podrían ser los asesinos que ando buscando
resultan ser, o aparentarlo, dos ganaderos de ovejas. En mi vida vi a los ovejeros que menos
se parezcan a la estampa clásica de ellos. El uno es un pistolero nato y el otro puede que
también. Desde mi llegada me demuestran franca hostilidad y tratan de atemorizarme o
hacerme sacar el revólver en una pelea que parezca cuestión personal. Pero tienen buenas
coartadas a la hora en que un tirador de rifle me dispara emboscado en el campo. Quinto,
tres hombres tratan de pegar fuego a la casa donde me he refugiado. Mato a uno y resulta
que nadie lo conoce… A propósito, ¿se atrevería a echar una ojeada al rostro de ese hombre,
Merna Vinson?

—Creo que sí…


—Iremos luego, antes de que lo entierren. ¿Qué estaba diciendo? ¡Ah, sí! Nadie lo conoce,
en un pueblo de sesenta habitantes y una región adyacente donde no pasará de haber otros
tantos. Sexto, roban ganado en un rancho. Y los vaqueros del rancho venden ma yor
cantidad de cabezas de las que figuran en factura. Pero el capataz parece ser inocente del
asunto. Sin embargo, cuando el dueño se entera recibe un par de balazos en el pecho y no
se descubre al asesino… Bien, he aquí los pedazos del rompecabezas. Uno diría que…

Se detuvo en seco, como si acabara de ocurrírsele una idea súbita. La joven inquirió,
ansiosa.

—¿Qué?

—Nada — Bragg tenía ahora una expresión extraña. Estoy pensando… Acabo de recordar
un par de hechos que al parecer nada tenían que ver… Sí, claro… Esa podría ser la clave…
Me parece que voy a pedirle un favor, señorita Vinson.

—Dígame…

—¿Conoce aquí, en el pueblo, a alguien que le merezca entera confianza?

Ella parpadeó, desconcertada.

—Pues…

Sonó ruido de cascos de caballo afuera. Dos caballos. Bragg echó atrás la silla y tomó el
rifle que tenía apoyado en la pared, al alcance de la mano. Habló suavemente.

—Tenemos visita. Sepárese.

Ella había palidecido. Obedeció presurosa…

Un hombre se enmarcó en la entrada. Otro venía tras él. El primero saludó calmoso.

—Buenos días. Hola, señorita Merna. Me alegro de encontrarla bien. He estado muy
preocupado todo este tiempo por usted. ¿Es preciso que me siga apuntando con su rifle,
“sheriff”?

—Posiblemente, no. — Bragg bajó el arma y volvió a apoyarla en la pared. Pero sus ojos
no se apartaban del delgado rostro de Tyler. Este avanzó al interior, quitándose el
sombrero. Su acompañante entró también, pero se apoyó en el marco de la puerta. Era u no
de los dos que la tarde antes apuntaron a Bragg en el rancho.

Merna se acercó de nuevo a su puesto en la mesa. Tyler miró los cubiertos y esbozó una
fina sonrisa.

—Al parecer, usted y el “sheriff” se han vuelto buenos amigos…


—Me invitó a comer y accedí.

—Ya. Pero no debió haber venido al pueblo. Las cosas se han puesto muy espinosas para
usted, “sheriff”. Creo que debe regresar conmigo al rancho, Merna.

—Por el contrario, yo le he pedido que se quede — contestó blandamente Bragg.

La fría mirada del tejano se le clavó en los ojos.

—¿Sí? ¿Y por qué hizo tal cosa, “sheriff”?

—¿Por qué ha dicho a la señorita Vinson que todo “sheriff” inteligente es forzosamente
un granuja, Tyler?

Los ojos del capataz se entrecerraron. Miró a Merna, que se puso tiesa. Luego a Bragg, de
nuevo.

—¿Le dijo ella eso? —contestó no menos blandamente—. No debió hacerlo. Se trata de
una opinión personal y general. Nada concreto contra usted.

—¿Ha conocido a muchos “sheriffs” indignos, Tyler?

Las pupilas azules destellaban como puntas de daga.

—Algunos, sí.

—¿En Texas?

—En Texas. Y en otros Estados o Territorios también.

—Es curioso. Llevo diez años ejerciendo el cargo y he cabalgado por casi todo el Oeste y
Centro Oeste. Creo que me sobrarían dedos en las manos para contar a los que he conocido
yo.

—Puede que eso se daba a que usted mismo pertenece al gremio. Ellos no iban a andar
pregonando sus actividades clandestinas a tan relevante colega…

Su ironía resultaba hiriente. Pero Bragg la pasó por alto.

—¿Quién cree que me disparó anoche a mansalva, Tyler?

—Alguno de los muchos amigos que ha hecho aquí.

—¿También los Schwartz tienen amigos de esa clase?

—Ellos sabían a lo que se estaban exponiendo al darle alojamiento.


—Sí, claro… Y por eso usted se ha apresurado a cabalgar hasta aquí en cuanto se enteró
de que la señorita Vinson vino a verme. La quiere mucho ¿verdad?

—He procurado ser para ella como un padre desde que tuvo la desgracia de perder el
suyo y un ‘‘sheriff” inepto no fue capaz de atrapar al asesino.

—Pero tampoco usted y los peones del rancho lo lograron. Ni dar caza a los cuatreros
que se han llevado dos terceras partes del ganado de los Vinson. Sin embargo, no me da la
impresión de ser una persona ineficiente, Tyler.

El tejano hizo ligeramente la silla atrás. Su cara de halcón estaba ligeramente pálida, pero
tan expresiva como una piedra.

—¿Acaso me está llamando ladrón o cobarde, “sheriff”? — inquirió con voz delgada,
cortante. Merna fue a intervenir. Pero Bragg se lo impidió.

—No dije nada de eso, Tyler. Tan sólo insinué que el asesino del mayor Vinson, el jefe de
los misteriosos cuatreros, el que envió a los Baker a cometer el atraco en Missouri y el que
mantiene a la población acoquinada bajo el terror, es un hombre extraordinariamente
inteligente. Demasiado, para residir en un agujero perdido de Nevada. ¿No lo cree usted
así?

El hombre parado junto a la puerta apoyaba ambas manos en el cinto y parecía muy
interesado en la conversación. Chan-Li estaba acurrucado junto a la entrada de la cocina.
Merna, tensa y pálida, entre los dos interlocutores, mirando ora a uno ora al otro.

Tyler pareció relajar su actitud. Pero siguió sin inmutarse.

—Podría ser… si son la misma persona — concedió.

—Puede estar seguro de ello. A propósito. Supóngole enterado de la pelea que he tenido
hace unas horas frente a la taberna.

—Algo me han dicho. Es usted por lo visto un peligroso luchador… Pero hasta al mejor y
más afortunado le falla la buena suerte alguna vez. Yo, que usted, me mostraría más
prudente.

—Gracias por el consejo. ¿No quiere ver al tipo que maté anoche en la granja? A lo mejor,
usted sí que lo conoce.

—No tengo inconveniente.

—Bragg se levantó, recogiendo el rifle, que colocó sobre el codo doblado. Al ver que
Merna se levantaba también, Tyler la interpeló con cierta sequedad.

—Será mejor que usted se quede, señorita Merna.


—Yo voy también.

Él la miró con fijeza unos instantes. Luego se encogió de hombros.

—Como guste. Pero no es un espectáculo agradable…

La calle estaba completamente solitaria bajo el viento, a excepción de los caballos de


Tyler y su acompañante. Alguien debía haberse ocupado en dar cobijo i los de Rankin y
Halstead. Bragg se volvió al peón.

—Ve delante, hombre. No me agrada llevar desconocidos a mi escalda.

El aludido esbozó una sonrisa atravesada. Tyler comentó, mordaz.

—Una medida muy prudente, aunque innecesaria viniendo con nosotros la señorita
Merna.

—Recuerdo que los atracadores de la diligencia mataron a sangre fría a una mujer.

Merna se estremeció ligeramente. Tyler apretó un poco las comisuras de la boca…

Avanzaron, Bragg al lado de los edificios, la muchacha en el centro. Burge no estaba


visible en el almacén. Cuando pasaban por frente a la taberna, Bragg rompió el pesado
silencio.

—Entraremos antes a echar un vistazo a mis prisioneros. ¿Quiere verlos, Tyler?

—¿Por qué no?

A Bragg le pareció advertir una nota de burla en la respuesta del capataz. Lo miró de
soslayo y la vio también en sus ojos. Inmediatamente se tensó.

Alargando la mano empujó las batientes con el caño del rifle y entró.

Parado allí, buscó con la mirada a los dos prisioneros.

No estaban. Ni tampoco se veía a Pickett por ninguna parte.

A su espalda sonó la entrecortada exclamación de Merna. Y la sardónica pregunta de


Tyler.

—¿Dónde están, “sheriff”? No los veo por ninguna parte.

Bragg lo miró al fondo de los ojos, mientras pugnaba por refrenar la ciega cólera que
estaba dominándolo.

—Estaban aquí hace cosa de una hora, Tyler —dijo con voz cortante—. Y si ahora no
están, Pickett, el tabernero, va a tener que responder a unas cuantas preguntas.
En dos zancadas, empuñando el rifle, penetró en la sala, inspeccionando el lugar donde
dejó a los presos. No había huellas de lucha por ninguna parte. Tampoco estaban las
esposas. Y una rápida inspección le reveló que, asimismo, Pickett, su mujer y su hija habían
desaparecido.

Sin embargo, se calmó poco a poco. Y cuando regresó al lado de les otros su expresión era
fría, normal. Tyler tenía una chispa burlona en las pupilas. Merna estaba abatida,
desconcertada y recelosa. El otro hombre, francamente divertido.

Fue el capataz quién habló.

—Vaya, “sheriff”, parece que ese misterioso jefe de criminales es de verdad un hombre
muy hábil e inteligente. Le arrebató sus prisioneros de las mismas narices…

Sosteniéndole la mirada, Bragg repuso lentamente:

—Sí, es muy listo. Pero ha comenzado a cometer errores.

Tyler parpadeó.

—¿Errores? ¿Qué clase de errores?

—Eso es asunto mío. Vamos a ver al muerto. Aunque no me sorprendería nada


encontrarme con que también ha desaparecido.

No era eso exactamente. El propio carpintero le informó.

—Ya comenzaba a oler y las moscas se acumulaban sobre él. De manera que lo llevamos
al campo y lo enterramos. No iba a esperar que lo retuviera aquí hasta que apestara…
CAPÍTULO XI
De nuevo estaba solo. Merna había cedido a las instancias de su capataz para que
regresara con él al, rancho. Un hombre que fracasa no es buena compañía en momentos de
riesgo mortal. Y como un viento de burla parecía estar golpeando a Bragg desde todos los
puntos cardinales.

Sin embargo, se encontraba sorprendentemente tranquilo. Habíase aposentado en la


vacía taberna, con el rifle entre las piernas y un cigarrillo en los labios, el sombrero echado
para atrás y la cabeza completamente despejada, con el cerebro funcionando como una
máquina a toda presión.

Sus enemigos ya conocían su peligrosidad. Y estaban alerta. No le darían más ocasiones


de moverse libremente, pero no se arriesgarían tampoco. El jefe debía hallarse planeando
un golpe definitivo, que lo borrara del mundo de los vivos. No podía contar con nadie en la
población. Ni un solo amigo. Pickett y los suyos podrían estar muertos, pero lo dudaba. Más
factible sería que hubieran ido a refugiarse en cualquiera de las otras casas, o en una
granja, hasta que todo hubiera terminado y él fuese únicamente un montón de carne
agujereada por las balas en el fondo de un hoyo cubierto con piedras.

La tarde declinaba poco a poco. Nadie atravesaba la puerta de la taberna. No sonaban


pasos en la acera, ni pasaban animales de labor, de tiro o de silla. Tampoco jugaban los
niños. La población semejaba abandonada y un silencio total, medroso, crispaba los
nervios.

Pero Bragg, los tenía bien templados. Había efectuado un recorrido minucioso del
edificio, cerrando y atrancando las ventanas y la puerta trasera. Tenía la espalda pegada a
la pared, la mirada fija en la entrada. Y esperaba. Era una pugna de cerebros, no d e balas.
Había tropezado con un enemigo de mucha mayor envergadura que el criminal corriente.
Cuando el perro de pastor se vuelve lobo…

La luz diurna se fue apagando poco a poco. Ellos sabían que estaba dentro,
aguardándoles. Lo sabían y esperaban. Sin prisa, contando con el tiempo y la oscuridad
para romperle los nervios. Un hombre solo, contra todo un cúmulo de hostilidades y la
muerte acechándole…

Pero la oscuridad no sirve únicamente a los criminales. Y él esperaba su llegada con total
interés. Cuando al fin ya no se pudo ver allí dentro levantóse y miró con cautela hacia la
calle. Nada. Vacía, bajo el viento y las primeras estrellas. Ni una luz, ni una puerta o ventana
abierta en las cabañas de enfrente. Ni un grito, ni una voz en la calle.

Cerró las puertas interiores y colocó las tranqueras. Luego encendió el quinqué, se fue a
la cocina, preparándose una cena de patatas con huevos y tocino, la sacó y colocó sobre una
de las mesas y cenó sin prisas. Los que vigilaban tenían que convencerse d e una cosa. No
pensaba abandonar aquel refugio, por lo menos hasta el día siguiente.
Se permitió un par de copas de licor. A veces, un hombre necesita un poco de alcohol. Se
curó él mismo las heridas concienzudamente, aunque vendarse las del torso le llevó tiempo
y resultó algo complicado. Se sentía suficiente fuerte para la tarea que le e speraba.

Cerca de la media noche apagó la luz. Luego subió la escalera que llevaba al desván.
Alumbrándose con fósforos llegó sin tropiezos bajo la trapa que conducía al tejado. Llevaba
una reata encontrada abajo, y el rifle. Había estado limpiando y engrasando sus armas a
conciencia. Y se quitó las espuelas, metiéndoselas en un bolsillo.

No le costó trabajo abrir la trampa sin hacer ruido. Salió gateando al exterior y caminó
por el tejado hasta uno de sus lados, tendiéndose allí y avizorando. Sus ojos estaban
acostumbrados a la oscuridad. No pudieron distinguir el menor bulto sospechoso en el
callejón entre la taberna y el almacén. No era probable que nadie estuviera allí vigilando, a
la intemperie…

Ató un extremo de la reata a un tronco saliente, afianzándolo, se puso el rifle en


bandolera y se deslizó por la pared abajo. Cuando la cuerda aún daba de sí tocó el suelo con
los pies. Soltando una de las puntas tiró de la otra y el lazo cayó al suelo. Lo recogió y lo
echó por encima de la tapia dentro del corral.

Luego, pegado a la pared y con el rifle listo, caminó sin prisa hacia la parte posterior de la
casa, salió al campo libre y avanzó veloz, encorvado, azotado por las rachas de viento. Nadie
gritó, ningún disparo sonó, ninguna sombra amenazante saltó sobre é l. Era muy difícil
imaginar que el zorro pudiera salir de su madriguera sabiéndola rodeada para irse a visitar
la casa del jefe de los cazadores.

Caminó todo lo aprisa que pudo a través del campo dormido. Cuatro millas, hora y media
de caminar a pie… porque su caballo estaría bajo vigilancia.

Serían las dos cuando penetró a través de las construcciones del rancho Vinson. Todo
estaba silencioso y a oscuras, bajo un cuerpo de luna amarilla. Un caballo se removía
inquieto en las cuadras. Por lo demás, ningún indicio de vida o de peligro.

No obstante, Bragg movióse como una sombra hasta llegar a la casa ranchera. El
dormitorio de peones estaba cerrado y al pegar oído a la puerta no pudo escuchar ni el más
leve rumor de ronquidos. Rodeó la casa principal sin oir nada tampoco. Las ventanas
aparecían cerradas. En apariencia, allí dormía todo el mundo.

Fue a las cuadras. Encendió un fósforo y haciendo pantalla con la mano examinó el
interior. Habría media docena de caballos, que se inquietaron ligeramente. Pero no todos
los caballos del rancho se encontraban allí. Al menos, uno no estaba…

Regresó a la casa ranchera; pero a medio camino cambió de propósito, acercándose al


dormitorio de peones, cuya puerta empujó con suavidad. Estaba cerrada… por fuera.
Lentamente, con fina y dura sonrisa, rodeó la casa principal. Al llegar a la puerta trasera
extrajo un cuchillo. Diez minutos de maniobrar cautelosamente dejaron la puerta expedita.
Entró con la máxima cautela, cerró suavemente y rascó una nueva erilla, ex aminando la
cocina. Vacía. Pero alguien no se había molestado en despejar la mesa después ve comer y
limpiar los cacharros.

Había un brillo peligroso en los ojos de Bragg cuando avanzó hacia la puerta que
conducía al interior y la parte delantera. Llevaba empuñado el revólver en la diestra y el
cuchillo en la otra. El rifle lo dejó apoyado junto a la puerta de atrás.

Avanzó por el pasillo sin hacer ruido. No tardó en escuchar ronquidos hacia la sala.
Aumentando las precauciones, llegó a ella y se puso de rodillas, avanzando así, con el oído
alerta, en la completa oscuridad.

Los ronquidos venían de la derecha. Alguien estaba durmiendo tranquilamente allí, en la


sala. Centímetro a centímetro llegó junto al durmiente. Era un hombre.

Tanteó con cuidado primero. Luego alzó el revólver. Y lo descargó con fuerza bien
medida. Se oyó un chasquido seco y los ronquidos cesaron al instante.

—¿Quién anda por ahí?

La alertada pregunta había sonado al otro lado de la sala. Velozmente, Bragg cambió de
posición el revólver, empuñándolo de modo ortodoxo. La pregunta fue repetida con un
súbito tono de tensión. Luego…

—¡Bugs! ¡Bugs! ¡Despierta!

E instantáneamente, silencio. Un silencio terrible, ominoso por su significado.

Bragg se escurrió hacia la derecha lentamente, conteniendo incluso el aliento. El otro


hombre debía hallarse ahora, revólver en mano, presto a disparar en cuanto consiguiera
localizarlo. Convenía alterarle los nervios un poco.

Llegó junto a la pared. Había conservado una idea muy clara de la disposición de los
muebles en aquella estancia y no le costó trabajo alcanzar el punto que se proponía. El
armario-librería del difunto mayor.

Dejando el cuchillo en el piso, sacó una moneda y la lanzó con cuidado. Al tocar el suelo,
el dólar de plata emitió un ruido vagamente semejante al de una espuela. Instantáneamente
restalló un disparo y una cárdena llamarada iluminó una fracción de segundo al hombre
agazapado cerca de la escalera.

Bragg disparó dos veces en rápida sucesión. Sonó un grito ahogado y luego un baque
sordo…
De un salto, el “sheriff” se puso en pie y corrió agazapado. Podía haber más hombres allí
dentro, aunque lo dudaba. No sonaron más tiros. Encendió una cerilla, exponiéndose a
recibir una bala, cuando su pie izquierdo tropezó con una masa blanda…

El hombre que le saliera al paso la tarde de su primera visita al rancho, conminándole a


alejarse, estaba caído sobre su propia sangre, con la cabeza destrozada. Seis metros más
allá, otro estaba rígido, boca arriba, con la cabeza ladeada y una buena brech a encima de la
oreja.

Bragg procedió con silenciosa rapidez. Encendió el farol puesto sobre la mesa, se acercó
al que había golpeado, comprobó que no lo había matado y lo ató concienzudamente. Luego
recuperó el revólver, tomó el farol y subió la escalera sin prisa. Al llegar ar riba llamó fuerte.

—¿Dónde está, señorita Vinson?

—¡Aquí! ¿Es usted…?

La voz, tensa, ansiosa, había sonado al fondo del pasillo, tras de una puerta cerrada. La
puerta tenía una llave puesta en la cerradura.

—¿Está vestida?

—Sí… sí.

Abrió con cautela, haciéndose a un lado, presto a disparar. Luego, alerta como un gato
que huela pescado, entró.

Merna Vinson se hallaba de pie a un lado de la cama y cubierta con una bata de casa. El
cabello, suelto, le caía como una cascada áurea sobra los hombros. En su rostro se grababan
la ansiedad y el alivio.

—¡Usted! —repitió—. ¿Cómo pudo escapar y entrar aquí? ¿Qué ha sucedido abajo?

Él estaba examinando la habitación.

—¿Y la criada?

—Se la llevaron para ayudarles a curar a Halstead. ¿Cómo… cómo supo usted… que me
habían secuestrado?

—Fue una mera intuición. De modo que Tyler se ha quitado la máscara…

—Usted le obligó a ello. Pero… confiaba acabar con usted al romper el día. Vinieron a
decirle que usted se había encerrado en la taberna. Lo tienen todo preparado para matarlo
en cuanto asome a la calle… ¿Cómo pudo escapar?
Sonriendo, él avanzó, guardándose el revólver, y dejó la lámpara sobre una silla,
acercándose acto seguido a la muchacha, que se alertó, palideciendo ligeramente. Alargó las
manos y la tomó por los hombros, atrayéndola a sí.

—Soy un viejo cazador de hombres, Merna Vinson. Y he conocido a muchas mujeres de


todas clases en mi vida. Pero hasta hoy, ninguna me causó la impresión que usted.

Luego se inclinó sobre ella y la besó en la boca sin que la muchacha hiciera resistencia.
CAPÍTULO XII
Merna vistióse su atuendo de montar mientras él la esperaba en el pasillo. Cuando salió
sonreía, aunque su cara estaba pálida. Él alargó un brazo, la atrajo a sí y la besó de nuevo en
los labios. Pero ahora ella se le abrazó y correspondió con fuerza al beso.

—No sé lo que me pasa —murmuró después, encendida—. Apenas si te conozco dos días
y ya estoy loca por ti, viejo sanguinario…

—Debe ser el contagio del fenómeno que me sucede a mí. Anda, vámonos abajo. Vas a
presenciar un cuadro poco agradable.

—No me importa. Lo resistiré

Pero se estremeció al ver al muerto y al maniatado, que comenzaba a recuperar el


sentido.

Bragg la sostuvo, enlazada por la cintura.

—Dejaron a estos dos para guardarte ¿verdad?

—Sí. No se fiaban de mí en absoluto.

—¿Cómo se llevaron a Rankin y Halstead?

—Los sacaron por la parte de atrás de la casa y los escondieron en el almacén de Burke.
Pickett y su familia fueron a la cabaña de Laurie, en el extremo de la calle. Lo hicieron
mientras nosotros comíamos. Y Tyler vino adrede a entretenerte. ¿Cómo supiste que era el
jefe? Yo no tuve la menor sospecha hasta ayer mismo…

—Recordarás que le dije había cometido un error. Los hombres a quiénes yo perseguía
eran asesinos vulgares. Rankin y Halstead casaban en el tipo. Hombres malos, peligrosos
con un arma en la mano; pero de escaso cerebro. Sin embargo, el atraco se había ejec utado
con una precisión absoluta. Y existía el hecho de que los asesinos iban a refugiarse a mil
quinientas millas de distancia. Algo totalmente insólito. Cuando me hice cargo de la tarea
encontré muy poco a qué asirme. El conductor no había muerto en el acto. Y pude oírle las
palabras “Buscarnos en el condado de Elko”, a uno de los atracadores. Pero nada de
nombres propios. Sin embargo, sí dio una descripción bastante buena de ellos, aunque
usaban antifaces. Ahora bien, hace siete meses, tres hombres atacaron el Banco de una
pequeña población minera en el Sureste de Colorado, llevándose veinte mil dólares y
matando al director y al cajero. Las descripciones que de ellos dieron dos o tres testigos
presenciales que los vieron huir se correspondían en dos casos con los asaltantes de la
diligencia. Hace algo menos de un año, otra que conducía treinta y dos mil dólares desde
Riddie, Nebraska, a Lincoln, sufrió un atraco parecido. También fueron asesinados todos los
ocupantes del vehículo. En tal ocasión, un trampero solitario declaró que el día antes del
atraco había recibido la visita de tres jinetes desconocidos, dos de los cuales se presenta ron
como hermanos Ted y Larry Baker. El hombre dio una muy ajustada descripción del trío.
Uno de los hermanos encajaba exactamente en Halstead…

Hizo una pausa. Habían entrado en la cocina y la muchacha estaba hirviendo café y
preparando tostadas con manteca. Bragg terminó de liar su cigarrillo, lo encendió y siguió.

—La ventaja mayor del hombre de la Ley sobre los granujas es que puede contar con el
telégrafo y una vasta red de informadores. Cuando me hice cargo del asunto del atraco a la
diligencia recordé esos dos que se habían efectuado en forma parecida. Solicité informes a
los “sheriff” dé ambos condados y los estudié a fondo antes de lanzarme a la persecución.
Inmediatamente constaté dos cosas de sumo interés. Uno, al menos, de que los individuos,
había tomado parte en los tres atracos. Otro, en dos. Y todos ello s se efectuaron a corta
distancia de líneas de ferrocarril. Nosotros ya sabíamos que los bandidos tomaron un tren
en Sedalia horas después de cometido el crimen. En los otros casos, parecía haber sucedido
igual. Sin embargo, no se encontraron sus caballos.

—“Ya tenía dos hechos concretos. La banda operaba siempre en las cercanías de un
ferrocarril, escapaba por él y marchaba a Elko County. Por lo menos la componían cinco
individuos, pero además debían contar con alguien que preparaba los golpes
concienzudamente, avisaba la oportunidad de darlos y cubría la huida. De los dos hechos, el
que la banda tuviera su cubil a tan enorme distancia de los puntos de operación era el
principal y más desconcertante. Porque en este condado no existen ferrocarriles todavía, ya
que el Unión Pacific comienza ahora a tender carril al Sur de Twin Falls y tardará varios
meses en llegar a Elko. Desde luego, a no ser por la indiscreción de uno de los bandidos, ni a
mí ni a nadie se nos habría ocurrido venir aquí a buscarlos.

Tras una nueva pausa para tomar el café que le tendía la joven, prosiguió:

“Lo que hice fue marchar a Independence, ponerme al habla con el “sheriff’’ de allí y
juntos nos pasamos tres días interrogando a los del ferrocarril, hasta conseguir la evidencia
de que dos de los hombres que buscábamos habían pasado en tren por allí al d ía siguiente
del crimen, llevando billetes para Twin Falls, Idaho. Seguro ya de mi pista me embarqué
también con mi caballo y al llegar a Twin Falls hice algunas indagaciones con el “sheriff” de
allí, aunque sin decirle toda la verdad. Así descubrí que dos tipos como los que yo buscaba
se parecían mucho a unos tales Rankin y Halstead, que tenían un rancho ovejero aquí. Pero
el hombre no recordaba que nunca hubieran tomado el tren allí para ningún sitio. Y
tampoco los empleados de la estación, que los conocían muy bien, les vendieron billetes y
les vieron bajar de un tren.

“Estoy seguro de que alguien conoció mis pesquisas e informó de ellas por telégrafo a
Tyler. Este tiene, desde luego, una red excelente de defensa. Llamó a Rankin y a Halstead,
les contó lo que había y enviaron a varios hombres, en cortina, a cubrir los ac cesos a la
población con orden de matarme en cuanto apareciera. Pero soy perro viejo y vine dando
un amplio rodeo. De ahí que sólo Sherwin me pudiera encontrar y por casualidad. Por eso
yo me confié también un poco. Y estuvo en un tris de costarme la vida.
—Aún no me has dicho cómo recelaste que Tyler era el jefe de todos.

—Fui atando cabos poco a poco. Primero, nada más llegar aquí me encontré con vosotros
dos y llegaron Rankin con el otro. Ovejeros y rancheros juntos y sin pelearse no se han visto
nunca. Sin embargo, Rankin, que no se molestó en saludarte y es hombre de pe lea, se achicó
ante una mirada de Tyler, siendo así que estaban dispuestos él y su compinche a balearme
sin más. Poco después apareció Halstead a provocarme. Y toda la gente del pueblo se
mostró de inmediato renuente y hostil. Podían estar temerosos de Rankin y Halstead,
conformes. Pero ¿también vosotros, los rancheros? No era lógico. Sin embargo, faltó poco
para que se me recibiera a tiros cuando os visité…

—Tyler me aseguró que eras un antiguo espía nordista convertido en “sheriff”. Y que te
dedicabas especialmente a perseguir a antiguos combatientes del Sur. Dijo también que tu
venida aquí obedecía en realidad a investigar ciertas antiguas hazañas de mi pad re al
terminar la guerra. Él tuvo que emigrar a Nevada desde Arkansas luego de haber matado a
un par de hombres que nos habían hecho mucho daño…

—¿Cómo te lo creíste?

—He crecido odiando al Norte. Mi padre, y luego Tyler, no han perdido ocasión de
fomentar mi odio. Tú llegaste confesándote matador de un hombre a quien sólo conocía
como un pacífico pastor. Y Tyler había llegado a ganarse mi confianza al punto de que lo
consideraba una especie de pariente.

—Sí, es muy hábil…

—Además, yo aborrecía a los “sheriffs” desde que el de Elko no supo hallar al asesino de
mi padre.

—Lo tenía bien cerca. Fue Tyler.

—¿Tú crees? He estado pensando…

—Tu padre debió recelar lo que ocurría. Esos cuatreros jamás existieron. Tyler escogía
puntas de ganado, las llevaba lejos, a las montañas, y luego fingía el robo. La mayor parte de
los vaqueros antiguos que teníais se las arregló de un modo u otro para qu e se marcharan.
Y a los dos que quedaron y resultaron honrados los hizo matar, o los mató él mismo, en el
curso de expediciones “en busca’’ de los cuatreros. Así se desembarazó de testigos
peligrosos y reforzó la invención. Sus hombres marchaban ostensiblemente del rancho con
una punta de ganado, recogían el robado donde lo teman escondido, lo llevaban todo a
Twin Falls y lo vendían a compradores desaprensivos que no tenían inconveniente en
firmar recibos por menos cantidad de reses a cambio de comprar las restantes baratas.
Pero tu padre debió entrar en sospechas y pidió a un amigo de confianza que vigilase. De
ahí la carta que encontraste entre las páginas del libro. Al recibirla, tu padre montó en
cólera y salió en busca de Tyler para pedirle cuentas. Una acción impremeditada que le
costó la vida y te dejó a merced de un granuja completo.
—De modo que fue él…

—Él, y no otro. Tiene sangre fría, valor, audacia, inteligencia y habilidad. Habría llegado
muy lejos de haber perseverado en su primera honrada profesión.

Merna lo miró con sorpresa.

—¿Qué dices? ¿Es que le conoces?

—Lo reconocí ayer tarde. Y me llevé una buena sorpresa. Pero, a decir verdad, ya desde
que le vi por vez primera me preguntaba donde diablos había visto yo aquella cara.

—¿Quién es?

—¿Oíste hablar alguna vez de Jim Garrett?

—No. ¿Qué hizo?

—Muchas cosas. Fue oficial con los confederados y se ganó el respeto y la admiración de
sus compañeros de armas y los enemigos por sus hazañas.

Más tarde al terminar la guerra, se las arregló para conseguir una plaza de “sheriff” en
Texas. Ganó pronta fama eliminando a toda la gentuza de su condado, dio muerte a un par
de famosos proscritos y vivió con respeto hasta que un día se descubrió casualmente que
había formado una vasta red de vicio en la ciudad. Tuvo que escapar a uña de caballo y
reapareció en Kansas, donde durante un par de años se movió mucho, alternando en
diversas actividades poco honorables y creándose una fama de hombre peligroso.
Finalmente cayó en manos de la Justicia, en Wichita. Escapó de la cárcel con ayuda de una
mujer la víspera del día que iban a colgarlo. Y mató al ayudante del “sheriff” al huir. De esto
hace algo más de cuatro años.

—Entonces… fue cuando vino aquí…

—Sí. No sé cómo llegaría. Pero este lugar le resultó un escondrijo inmejorable. Una vez
conseguido el empleo de capataz de tu padre, y ganada su confianza, debió planear su vasta
acción criminal. Llamó a Rankin y Halstead a no dudarlo conocidos suyos de su época en
Kansas y Nebraska. Luego fue escogiendo gente dura y de pocos escrúpulos, sin prisa
ninguna, para formar ambos equipos.

Las ovejas de Rankin eran un golpe maestro. Nadie podría imaginar a unos ovejeros
trabajaran para un ganadero. Pero ni Rankin ni Halstead son ovejeros. Odian a las ovejas,
en realidad. Sin embargo, supieron hacer bien su papel.

—A mí, al menos, me han mantenido engañada. Nunca me resultaron simpáticos, ni a


papá. Y siempre hemos andado con roces y disgustos.
—Era parte del plan de Garrett. Con una mano robaba vuestro ganado, con la otra
organizaba su banda y a mantenía contenta gracias a las distribuciones de dinero. Volvió a
ponerse en contacto con viejos amigos del hampa. Estos eran quienes le proporcionaban
los informes acerca las remesas de oro. Le enviaban telegramas a Elko, a nombre de un tal
Jeb Smith. Lo averigüé en Twin Falls casualmente. En ellos le advertían la llegada de cartas,
que después traía la diligencia y en las cuales se detallaba todo. A la vista de les informes,
Garrett preparaba sus planes y enviaba a ejecutarlos a sus tenientes. Rankin, Halstead y un
par más. Los otros formaban la masa de la tropa e ignoraban la exacta cuantía de los golpes,
así como su ubicación. Debían de recibir un buen sueldo y una parte prudencial de los
beneficios. El resto se repartía entre los informadores, los ejecutores y el jefe. No hay duda
de que todos temen y respetan a Garrett, sin atreverse a discutirle la sup remacía. Se ha
dejado el bigote, está más delgado y más viejo, se corta el cabello de otro modo. Yo le vi una
vez, hace ocho años largos, y otra hace cinco, de lejos. Posiblemente él me reconoció en el
acto. Y se dio cuenta de que la lucha iba a ser difícil. No se puede matar, así como así a un
“sheriff” federal. Por eso refrenó a sus hombres y los fue lanzando hábilmente a que me
provocaran a un duelo personal. Pero él rehuyó el que ya le busqué aquí mismo. No le
convenía exponerse a morir de un balazo y conoce mi fama. Mandó a uno de los peones del
rancho a emboscarse con un rifle y matarme. Cuando falló, a tres de ellos a incendiar la casa
de los alemanes. Y metió el miedo en el cuerpo a todo el mundo en la población, por medio
de su gente. Esperaba verse libre de mí por un medio u otro; pero cuando descubrió que tú
habías venido a buscarme se dio cuenta de que el plan le fallaba. De ahí que haya puesto
ahora toda la carne en el asador. Sabe que si me mata quedará impune, pues nadie le va a
acusar personalmente. Sospecho que piensa hacerte objeto de un “accidente”. Luego
liquidaría el rancho y se iría a otra parte a proseguir su juego. Pero su juego ha terminado
ya.

—¿Qué vas a hacer? Estás solo y ellos son muchos. No puedes enfrentarlos…

—Están nerviosos. Si consigo reducir a Garrett y sus tenientes los demás no representan
preocupación. ¿Conoces a alguien que sea verdaderamente de fiar?

Merna dudó unos instantes.

—Después de lo que acabas de decirme… Tal vez Schwartz, el alemán. Y Rilke, otro
ranchero…

Mencionó a cuatro o cinco hombres. Bragg la escuchó atento. Y decidió.

—Son suficientes si consigo que vean su propia conveniencia y se me unan. Vamos.


Tenemos que cabalgar bastante antes de la salida del sol.
CAPÍTULO XIII
Al acercarse a la granja de Schwartz, Merna rompió el silencio que les envolvía.

—Yo me adelantaré y les hablaré. Deben estar alerta, después de lo que les ocurrió
anoche.

Así era. No habían llegado a treinta metros de la casa cuando surgió de ella la ronca voz
del colono, intimándoles:

—¡Alto! Den media vuelta y márchense, si no quieren que dispare.

—Soy Merna Vinson, señor Shwartz Y viene conmigo el “sheriff” Bragg.

Schwartz tardó un par de minutos largos en hablar de nuevo. Lo hizo con otro tono de
voz.

—Adelántense con las manos altas hacia la puerta.

Obedecieron. El mismo la abrió y se quedó expectante, empuñando la escopeta. Bragg le


habló calmoso.

—Buenas noches, Schwartz. Necesito hablar con usted.

—Desmonten y entren.

La mujer y el niño estaban ya en la habitación grande cuando entraron. En sus rostros se


mezclaban la aprensión, la curiosidad y la extrañeza. Merna entró inmediatamente en tema.

—El “sheriff” acaba de libertarme en mi propia casa, donde me habían encerrado Tyler y
su gente. Ha matado a un hombre y apresado a otro. Tyler, con Rankin, Halstead y algunos
hombres más, están ahora en el pueblo cercando la taberna, pues creen que el “sh eriff” está
allí fortificado. Y se proponen darle muerte en cuanto salga a la calle. Tyler se llama Garrett
y es un criminal notorio, el jefe de toda la pandilla. Él mató a mi padre y ha estado robando
mi ganado. Sólo somos una muchacha y un hombre herido, señor Schwartz, contra una
pandilla de asesinos. Pero él representa a la Ley. ¿Quiere ayudarnos?

El granjero había escuchado atentamente. Y se pasó la lengua por los labios. Luego dijo:

—No creo que mi ayuda les sirva de gran cosa…

—La señorita Vinson me ha dicho que hay algunos otros hombres honrados en la zona.
Vamos a hablar con ellos. Si conseguimos convencerles, seremos suficientes para limpiar de
granujas la población y el territorio circundante. Es una oportunidad para usted, Schwartz.
Pero no deseo forzarlo en modo alguno.

El alemán estaba indeciso. Miró a su mujer…


Ella le habló con voz delgada.

—El “sheriff” es la Ley, Peter. Aquí, como en Alemania, no es posible vivir en paz sin Ley.
Y ya estoy harta de pasar miedo.

Aquello decidió al granjero.

—Iré con ustedes, “sheriff”. Tardaré lo justo para ensillar el caballo.

Cuando salía, Merna sonrió a la alemana.

—Gracias, Elsa…

—Quiero mucho a mi Franz. Es nuestro apoyo y mi alegría. Pero si ha de morir prefiero


sea honradamente, en defensa del derecho de los honrados a vivir y trabajar en paz antes
que achicharrado junto con nosotros dentro de la casa.

Schwartz tardó poco en aprestarse. Besó silenciosamente a su mujer y su hijo, montó a


caballo y les siguió, por las oscuras sendas de la madrugada.

Tim Rilke era un irlandés bajo y musculoso, de media edad. Los acogió hoscamente,
escuchó la explicación de Merna y se volvió a los dos mocetones silenciosos que estaban a
su espalda y a su esposa.

—Ya lo oísteis. Tú, Joe, a ensillar los caballos. Tú, mujer, prepara inmediatamente café.
Clem, te quedarás con tu madre. Ya era hora de que las gentes honradas de esta zona
pudiéramos levantar la cabeza y sacudirnos el miedo de encima.

Owen Lamsdale vivía en la linde de las tierras de Rankin, con su mujer y dos hijos
pequeños. Ya se disponía a levantarse para iniciar las labores diarias cuanto le llegó la
inesperada visita. Abrió al reconocer a Merna, escuchó con atención lo que sucedía y
reaccionó como los demás.

—Tengo dos hijas pequeñas —dijo escuetamente—. Quiero que crezcan en una
comunidad limpia y pacífica. Iré con ustedes.

No se trataba de peleadores al estilo de los hombres de los ranchos. Pero si de hombres


honrados que se sabían respaldados por la Ley y con un combatiente de excepción a su
frente. Cinco hombres…

—Tyler… Garrett se llevó a dos peones. El quinto era el que mataste anoche. Y todavía
hay un sexto al que heriste de refilón en un muslo, que debe haberse alejado hacia las
montañas o estará oculto en el pueblo. Rankin y Halstead tienen seis hombres, pero alguno
habrá dejado en el otro rancho y con las ovejas.
—No creo que lo, hayan en una lucha a tiros. Fuera de Burke, que está de su parte, y de
uno o más, el resto son gentes pacíficas, acobardadas, que deben estar ansiosas de verse
libres de esta pesadilla.

—Esa es mi esperanza. No quiero comprometer a estos hombres en una lucha a tiros en


la cual llevarían la peor parte. Si fuera posible hacer que aún se nos unieran algunos más,
Garrett y su gente lo pensarán dos veces antes de iniciar una batalla campal. Y entonces me
valdría de su indecisión para dominarlos.

—Tal vez consiguiéramos algo si podemos hacer que tres o cuatro hombres del pueblo
supieran nuestro propósito. Pero imagino que Garrett habrá puesto gente al acecho.

—Tengo un plan de acción. Si sale bien, todo terminará rápidamente y con escasa efusión
de sangre.

—No quisiera que expusieras tu vida más de lo necesario, Jeff. Si te mataran, sería
terrible para todos.

—Pensándolo estoy. Pero, por otra parte, soy un agente de la Ley, no un matador de
hombres. Mi cometido es detenerlos y conducirlos al lugar de sus fechorías para que allí los
juzguen y condenen con arreglo a la Ley, no acabar con ellos a balazos. Sin emba rgo, a veces
es preciso matar, porque se trata de asesinos sin el menor respeto a las vidas ajenas.

—¿Qué vas a hacer?

—Diré a nuestros acompañantes que traten de acercarse a los domicilios de aquellos a


quienes consideren de confianza y les adviertan lo que va a ocurrir, solicitando su
colaboración. Tanto si es posible ganar algunos ayudantes más como si no, ellos deben
cabalgar ostensiblemente, sin prisas, hacia el interior del pueblo. Y tú les, acompañarás, ya
que te niegas a quedarte a seguro. Si no fallan mis cálculos, quienes estén de guardia
correrán a avisar a Garrett y éste, acaso también Rankin, se apresurarán a salir y
afrontaros, sin saber qué partido tomar. Yo esperaré la oportunidad tras el almacén y
entraré inmediatamente en acción, tomándolos por sorpresa entre dos fuegos. Me interesa
reducir a Garrett y a Rankin. Los otros no tienen importancia.

Rilke se les había acercado y oyó la explicación de Bragg.

—Es una buena idea —intervino—. Conozco a tres, por lo menos, que se nos unirán,
Conway, el herrero…

—Marchó en busca de un médico y no llegará hasta la tarde, si es que viene.

—¡Hum! Entonces Joe Foster y “Pink” Lyman. Mi hijo y Owen podrían adelantarse y
avisarlos, de manera que se nos reuniesen fuera de la población.

—Es una buena idea — aseveró Merna.


Bragg la sopesó unos instantes. Dábase cuenta de que se hallaba en el filo de la navaja y
apenas podía ya influir en el curso de los acontecimientos. Cualquiera de aquellos hombres
podía ser un embustero e ir con el aviso a Garrett. O, siendo sinceros, su inexperiencia
llevarlos a meterse en una trampa. En ambos casos sólo habría un final. Muerte violenta
para él y para Merna Vinson. Sin embargo, no podía optar por otra decisión.

—Muy bien —dijo seco—. Que vayan. Pero con mucho ojo, no se metan de cabeza en las
manos de la gente de Garrett.

—Respondo por mi hijo. Sólo tiene diecinueve años, pero sabe rastrear lobos y darles
caza. En cuanto a Owen, me parece que tiene motivos para saber cómo las gastan los
ovejeros y no se descuidará.

Los otros escucharon atentamente las indicaciones que se les hicieron. Owen habló de
otro hombre.

—El carpintero no es mala gente. Si puedo llegarme a avisarlo sin que me descubran,
estoy seguro de que nos echará una mano con gusto. Halstsad lo puso en ridículo una vez y
Rankin le pegó otra, por cuestión de unos trabajos que le hizo.

—Adelante, pues.

Partieron al galope. Los demás cabalgaron sin prisa, bajo la fría luz del alba, que
aumentaba gradualmente, pero sin despejar las sombras a ras de tierra todavía.

Media hora después avistaban la población. La luz era ya mayor y por encima de las Ruby
Mountains el cielo te teñía de rojo, oro y púrpura. Un jinete llegó al galope. Era el hijo de
Rilke.

—Avisé a Foster y a Lyman. Se mostraron de acuerdo y han salido a pie por los corrales
de sus casas. Owen avisó al carpintero, que también se nos ha reunido. Todos ellos han ido
a apostarse en un cuarto de milla aguas abajo del pueblo, en el recodo. Hay do s hombres
vigilando la taberna, uno desde la casa de Potts y el otro desde el tejado del almacén. Los
demás parece ser que están en el almacén reunidos, bebiendo y esperando a que usted
salga. Todo el mundo le cree dentro de la taberna. Dice el carpintero que son ocho, sin
contar a Tyler, Rankin y Halstead. Este último está bastante fastidiado con su herida. El
hombre a quien mató usted anoche en casa de Schwartz era Joe Mortons, uno de los
vaqueros de la señorita Vinson. Pero todo el mundo en el pueblo recibió aviso de mantener
la boca cerrada, si no querían pasarlo mal…

Bragg le cortó el informe ya innecesario.

—Muy bien, muchacho. Ahora, váyanse. Usted, Rilke, tome el mando. Apenas asome el sol
sobre los montes echen a andar hacia el pueblo. Lleven las armas listas, pero no disparen si
no les atacan primero. Y caminen de modo que los vigías tengan tiempo sobrado para dar el
aviso y los otros salgan, antes de llegar a distancia de tiro de revólver. Si es posible, no
quiero que sufran ningún daño. Si les disparan, espárzanse, busquen cobijo y mantengan el
fuego sin avanzar. Tú, Merna… —se volvió a la muchacha— mantente a retaguardia y
pegada a un lado del camino, de modo que puedas escapar hacia refugio seguro si se in icia
el tiroteo. ¿Entendido?

La muchacha le tomó con fuerza la muñeca y lo miró a los ojos.

—No vayas solo, Jeff. Estás herido, sin dormir y…

—Es mi deber. Y nadie puede hacerlo sino yo.

—Oiga, “sheriff” —terció Rilke— Yo no quiero alardear. Pero mi chico es capaz de


rastrear la pista a una culebra sobre roca lisa y meterle una bala de rifle en un ojo a un
conejo a cien yardas de distancia. Lléveselo con usted.

Bragg dudó un instante. Luego se decidió, mirando la cara pelirroja y los azules ojos
chispeantes del mozo.

—Conformes, Rilke. Levanta la mano derecha, Joe, y repite mis palabras. “Yo, Joe Rilke,
juro ante Dios…”

El muchacho repitió con voz sonora y grave expresión la fórmula de ritual. Bragg la
terminó rápidamente.

—Quedas nombrado alguacil ayudante mientras dure este asunto. Andando, cada uno a
lo suyo.

Merna se le acercó, le puso ambas manos sobre los hombros y se inclinó para besarlo.
Luego, mirándole a los ojos, le dijo roncamente.

—Cuídate, Jeff. Por todos nosotros…

—Lo tendré en cuenta. Merna. Partid ya. La muchacha y sus dos escoltas partieron al
galope. Bragg se volvió al mozo y le hizo una seña.

—En marcha, Joe. Y recuerda que ahora no se trata de cazar conejos.


CAPÍTULO XIV
Desmontaron en un sotillo a menos de doscientas yardas de las casas y continuaron el
camino a pie, aprovechando un regato que llegaba hasta casi las tapias de los corrales para
bordear luego el pueblo cruzando el camino. Bragg iba adelante, agazapado y mar cando la
pauta del avance. Pero en realidad, el mozo no lo necesitaba. Iba excitado, sí, pero
dominándose bien. Probablemente, sería una buena ayuda en caso de pelea.

Y las perspectivas habían vuelto a cambiar radicalmente en unas breves horas. Ahora
tenía siete hombres a sus órdenes y pedía permitirse el lujo de maniobrar al enemigo,
desconcertarlo y atacarlo por dos frentes. Pero también tenía mayor, mucha mayor
responsabilidad. La de media docena de familias que sufrirían las consecuencias de su
muerte, Y una muchacha que le había dado inesperadamente su amor, que sólo contaba con
su ayuda, que había abierto a sus ojos horizontes dos días atrás ni siquiera soñados…

Al llegar a un determinado punto del regato se pegó a la tierra del declive y oteó en
dirección a los edificios.

Se hallaban casi junto al corral del almacén, hacia la parte de la casa del chino. La luz
diurna era ya casi total en un cielo que se iba cubriendo de nubes hacia el Este, sobre las
montañas. El sol estaba a punto de emerger hacia la derecha del imponente picacho
llamado Ruby Dome…

Un hombre estaba arrodillado contra la chimenea del almacén, con un rifle en las manos
y vigilando el corral de la taberna. Si no se movía no podría verles desde donde estaba. Pero
bastaría una leve vuelta de cabeza para que lo hiciera.

Joe Rilke se le puso a la par.

—Ahí le tiene… — murmuró excitado.

—Sí. Escucha con atención. Voy a llegar a la parte trasera de la casa del chino. Tú me
cubrirás. Apúntale bien a ese pájaro. Si ves que se vuelve y me descubre, dispara a dar. ¿Lo
harás? Nada de vacilaciones. No es preciso que lo mates. No debes hacerlo si puedes
evitarlo. Bastará con que lo inutilices.

El mozo asintió.

—Descuide. No fallará el tiro.

—Si no se mueve, nada. Una vez haya alcanzado yo mi destino, te reúnes conmigo con
toda cautela. Listo.

Salió del regato y avanzó encorvado, veloz, hacia la casa. Exactamente treinta yardas. En
las cinco o seis últimas no había peligro de que el otro le viera…
No le vio. Tenía puesta la atención en el corral y la parte trasera de la taberna. Al llegar
junto a la casa del chino, se volvió e hizo seña al mozo. Este se le reunió sin novedad.

—Tuvimos suerte — jadeó, sonriendo.

—Aún no hemos comenzado. Sígueme.

Doblaron la esquina del corral.

—Pégate al muro.

El mozo así lo hizo. Bragg se montó sobre sus hombros, sin hacer caso del dolor de sus
heridas, y se colocó a horcajadas sobre el mismo. El corral estaba desierto y podía ver
desde allí la espalda del vigía sobre el tejado del almacén. Tendió ambas manos al mozo,
que trepó veloz a su altura. Luego, los dos se deslizaron al interior.

La puerta que conducía al interior estaba cerrada. Pero se abrió antes de que la tocaran,
apareciendo Chan-Li en el vano.

—No dispalen, pol favol. Ustedes entlal plonto… Bragg respiró hondo, bajando el rifle.
Seguía estando la suerte de su parte…

—¿Nos has visto saltar a tu corral? — inquirió mientras entraba. El chico asintió.

—Mi vel a ustedes cuando entlal a plepalal comida pala los otlos hombles. Señol Tyler y
señor Lankin mandalme plepalal pala ellos el desayuno. Ellos son doce, contando al señol
Bulke. Y están nerviosos, polque no saben lo que usted hace dentlo de la tabeln a. Ellos
pensal que usted seguil dentlo…

—Tú no pareces asombrado de que esté fuera.

—Chan-Li es chino pacífico, pelo no tonto. Chan-Li pensal que usted no sel tonto
tampoco. Un homble listo no se mete voluntaliamente en una tlampa sin salida. Y yo vel a
este mozo entlal en casa del señol Lyman. Él no tenía pol que venil al pueblo tan templano.
Luego salil con señol Lyman. Los dos lleval escopetas. Yo pensal ellos no salían a cazar
conejos, sino hombles. Y ellos no saldlían a cazal hombles sin lleval con ellos un buen
cazadol… ¿Usted quele una taza de café lecién hecho, señol? Va a venil un homble en
seguida a pol él…

Bragg asintió, sonriendo. Y apuró sin prisa, pero sin pausa, la taza de negro y caliente
brebaje. Luego salió veloz, indicando a Joe que le siguiera.

—Guarda tus orejas, Chan-Li—advirtió al chino—. No quiero que te las quemen a


balazos.

—Mi sel pludente, no homble de guela…


Sonaron pisadas recias en la acera, acercándose. Los dos hombres se colocaron a ambos
lados de la puerta.

Un hombre alto y recio, con barba de tres días, cargando un revólver abrió de un
manotazo y se metió en el interior. Un segundo más tarde alzaba las manos velozmente
mientras en su rostro aparecía una mezcla de incredulidad y de temor.

—¡Maldi…!

—¡Cierra la boca! Y adentro.

Con la cara súbitamente pálida, el hombre dio dos pasos. Bragg alzó el rifle y le pegó
recio en la parte de atrás de la cabeza. Sonó un ruido seco y el hombre cayose de cara,
quedando inmóvil en tierra.

—¿Quién es?

—“Hoogie” Perkins, uno de los pastores de Rankin. Mala persona. Ojalá le haya roto la
cabeza.

Chan-Li tenía una cuerda delgada en la mano, que alargó a Bragg con una sonrisa.

—Yo piensa que usted necesital…

—Estás volviéndote una alhaja, cara de limón. Amárralo tú, Joe. A conciencia.

—Descuide…

El mozo se arrodilló junto al caído y en un par de minutos lo dejó atado e imposibilitado


de hacer daño. Bragg asomó la nariz por el borde de la puerta…

En el mismo momento, un hombre armado con un rifle corrió a través de la calle en


dirección al almacén. Ya era de día claro, pero no se advertía ningún movimiento en las
casas y las aceras. Sólo aquel hombre que corría, desolado…

—Llegó a la puerta del almacén y gritó excitada-mente1

—¡Tyler, Rankin! ¡Viene un grupo de hombres armados por el camino!

Había llegado el momento. Bragg contuvo con un gesto al mozo, que se levantaba
recuperando su rifle. Y le habló secamente.

—No saldrás a la calle. Me cubrirás desde aquí mismo.

—Está bien…
Un grupo de hombres salió atropelladamente del almacén. La alta y delgada figura de
Garrett el primero, Rankin pisándole los talones, luego varios más, hasta totalizar ocho. De
los últimos, Halstead.

Sus voces llegaron a oídos de Bragg, ahora oculto dentro de la barbería.

—¡Vaya! Si son los granjeros… ¡Un momento! ¿No es esa Merna Vinson!

—Sí. Y viene con ellos el “sheriff” de Elko

—¡Maldita sea! ¿Cómo ha podido ella escapar, estando Hughes y Riordan de guardia?

—Tal vez porque hemos sido imbéciles nosotros. ¡Pronto, desplegaos!

—¿Vamos a pelear contra ellos?

—¿Qué remedio nos queda? Merna habrá contado al “sheriff” de Elko lo que le ha
sucedido. Me pregunto por qué no sale Bragg de la taberna y si no habremos estado
guardando como idiotas una jaula vacía…

—No puede ser. No hemos perdido de vista la taberna en toda la noche…

—Es igual. Ahora ha llegado el momento de jugárnoslo todo a cara o cruz. Esperaba que
Conway no regresaría hasta la tarde con el “sheriff”. Eso nos habría permitido liquidar a
Bragg sin mucho esfuerzo y presentar su cadáver con una razonable explicación qu e nadie
habría desmentido. Pero ahora, maldita sea… ¡Preparad los rifles y fuego sobre ellos en
cuanto lleguen a la primera casa! ¡Ojo por si aparece Bragg!

—¿Y Merna Vinson?

—¡Fuego sobre ella también!

Bragg había sufrido una buena sorpresa al escuchar que con sus ayudantes venía el
“sheriff” de Elko. Aquello significaba que su buena estrella no le había abandonado…

Ahora se movió rápido, saliendo a la calle con el rifle aprestado y pegando la espalda
contra la pared.

Nueve hombres estaban abriéndose a todo lo ancho de la calle, mirando hacia abajo. A
unas cien yardas de distancia avanzaba despacio el grupo de granjeros. La muchacha
cabalgaba a un lado. Delante, un jinete corpulento montando un ruano y empuñando un
rifle, con la insignia brillante sobre su chaqueta de piel

Los que llegaban le vieron surgir de la barbería, porque hubo en ellos un movimiento de
excitación, Pero Bragg no dio tiempo a que los que le daban la espalda lo advirtieran.

—Listo, Garrett. Se acabó la partida.


Con una serie de exclamaciones rabiosamente sobresaltadas, todos los otros se volvieron
veloces, Garrett, Rankin y Hastead llevaron las manos a sus armas con la misma velocidad…

El rifle pareció saltar en las manos de Bragg, escupiendo fuego y plomo al mismo tiempo
que Joe Rilke, comenzaba a disparar. Rankin ya tenía su rifle apuntado cuando le alcanzó
una bala en pleno pecho. Disparó a las nubes y rodó como una peonza sobre sí mismo antes
de abatirse al suelo. Halstead pudo disparar, pero sólo acertó de refilón a Bragg, causándole
una leve rozadura. Joe Rilke lo tenía encañonado y le metió una bala en el costado derecho,
desviando su puntería y derribándolo por tierra.

Bragg giró velozmente el cañon de su arma y se anticipó por una fracción de segundo al
disparo del revólver de Garrett, arrancándole el arma de la mano junto con dos dedos y
parte de la palma. El dolor hizo aullar al bandido, cuya cara se quedó blanca…

Casi haciendo eco al fragor de aquellos disparos restallaron otros en la parte baja de la
calle. Dos de los hombres de Garrett cayeron, gritando. Los otros se apresuraron a alzar las
manos, acobardados ante el súbito e imprevisto cambio de la situación y viendo por tierra o
malheridos a sus jefes

Bragg echó a andar pausadamente, mientras Joe Rilke le cubría las espaldas Garrett, con
la cara gris de dolor y contraída por una fría mueca, se estaba sujetando con la mano sana
la destrozada. Se midieron con la mirada unos segundos…

—Te felicito, Bragg —mordió las palabras el herido—. Fuiste más hábil. Debí haberte
matado anteayer, a toda costa…

—Pero no lo hiciste porque te creías invulnerable. A todos los granujas les llega su hora,
por bien que tengan planeados los delitos. Y esto terminará con una soga para ti.

Los granjeros y hombres del pueblo que se les unieron llegaban a toda carrera, gritando
excitados y empuñando sus rifles. Pero el “sheriff” de Elko fue el primero en llegar.
Frenando su caballo junto al caído cuerpo de Rankin alzó la mano y saludó., con to no
admirativo.

—Magnífico trabajo, Bragg. Me alegro de haber llegado a tiempo de verlo, cuando menos.
Mi nombre es Callander.

—Tanto gusto, Callander. Su llegada ha sido muy oportuna. No lo esperaba hasta la tarde.

—Conway me encontró cuando yo iba siguiendo el rastro a un miserable ladrón de


corrales. Y no me quise demorar, mientras él seguía en busca del médico. —Desmontó y
miró fijamente a Tyler-Garrett, que le sostuvo con frialdad la mirada—. De modo que eres
Jim Garret, de Texas, y diste muerte al mayor Vinson… Bueno, bueno. Tenemos una buena
soga preparada en Elko para ti.
—Tendrán que ponerse de acuerdo para ver quién me lleva a la horca ¿no? — fue la
sarcástica broma del bandido.

Pero ya Bragg iba hacia Merna Vinson, que muy pálida, acababa de frenar su cabalgadura,
tirándose al suelo y corriendo a su encuentro. Lo apretó con fuerza por los hombros,
mirándolo ansiosa e inquiriendo:

—¿Te dieron algún balazo, Jeff?

El rio seriamente.

—No, Merna. Soy un hombre con una suerte endiablada.

Luego, ella lo besó.

El "sheriff” de Elko enarcó una ceja con sorpresa.

—¡Vaya! ¿Qué te parece, Garrett? Tu amigo Bragg no es de los que pierden el tiempo ni
realiza las tareas a medias…

Lo que dijo Garrett es intraducible.


EPILOGO
En el rancho, y en la misma habitación de Garrett, se encontraron pruebas más que
suficientes de sus delitos, entre ellas una considerable suma de dinero, billetes nuevos en
su mayoría. Por otra parte, los peones de ambos ranchos supervivientes de la pelea se
mostraron muy dispuestos a contar cuanto sabían para librar sus pescuezos de la horca. Y
el propio Halstead, en los accesos de violenta fiebre que le provocaron las graves heridas,
contó lo suficiente para mandarse al infierno en compañía de su jefe.

Sin embargo, fue necesario esperar veinticuatro horas antes de poder preparar la
partida. Los dos bandidos heridos, los seis peones, entre sanos y mal parados, y el
compungido almacenero, formaban una caravana desalentada cuando se dispusieron a
hacer la jornada hasta Elko, donde quedarían todos a buen recaudo con excepción de los
primeros, cuyo destino era Missouri. Cuatro hombres de Lee — que ya no era hosco para
Jeff Bragg— acompañarían a ambos “sheriffs” como refuerzo de escolta, por si acaso.

Acababa de salir el sol de un día claro y ventoso. Toda la población estaba en la calle,
para ver partir la caravana. Jeff, a caballo y no demostrando sentir sus heridas, miraba
hacia la taberna con cierta ansiedad. Finalmente, lo que aguardaba ver apareció.

Merna Vinson estaba pálida y nerviosa. Cuando él se le acercó lo miró fijamente y puso
una mano sobre su muslo y otra en la montura.

—Estaré contando los días que falten para tu regreso, Jeff. Y me voy a sentir
terriblemente sola…

—El tiempo justo para entregar mis prisioneros en Alderville, viajar a Jefferson City para
presentar mi dimisión, recoger mis ahorros y pertenencias en casa de mi hermana y tomar
el primer tren para Twin Falls. Dentro de tres semanas me tendrás aquí de nue vo para
llevarte junto al juez, en Elko, Merna.

—Así sea, Jeff. Yo ya no tengo a nadie sino a ti.

Ella se empinó sobre la punta de los pies. Él se inclinó y sus labios se encontraron. Entre
los espectadores hubo de todo, desde guiños picarescos a broncas maldiciones.

Después, Jeff Bragg soltó a la mujer con quien pensaba desposarse y llevó su caballo a la
cabeza de la caravana, haciendo la señal para partir. Era su última caza del hombre y
habíala efectuado con un éxito superior a sus más risueñas esperanzas. Dentro de unas
semanas regresaría al escenario de aquella su última victoria como “sheriff” para
convertirse en un ranchero acomodado, esposo de una admirable mujercita. Y aquél sí que
era un hermoso premio…

FIN

También podría gustarte