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RODEO EXTRA-102 A. Shepherd (1954) en Los Cerros de Wyoming

En un valle desolado, Henry Miller lidera una caravana de regreso al Este, cargando oro de California y temiendo un ataque de nativos americanos. A medida que la noche avanza, Miller comparte con su hijo la historia de un antiguo enemigo, William Hawkins, que podría estar tras ellos. Consciente del peligro, Miller toma precauciones y le instruye a su hijo sobre cómo actuar en caso de un ataque inminente.

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RODEO EXTRA-102 A. Shepherd (1954) en Los Cerros de Wyoming

En un valle desolado, Henry Miller lidera una caravana de regreso al Este, cargando oro de California y temiendo un ataque de nativos americanos. A medida que la noche avanza, Miller comparte con su hijo la historia de un antiguo enemigo, William Hawkins, que podría estar tras ellos. Consciente del peligro, Miller toma precauciones y le instruye a su hijo sobre cómo actuar en caso de un ataque inminente.

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CAPÍTULO I

l leve susurro de los vientos otoñales impregnaba de infinita tristeza


el aspecto de aquel dilatado valle, donde la naturaleza habíase
mostrado pródiga en extremo adornándolo con sus mejores galas.
Tan solo dos meses antes, aquellos parajes desérticos eran
suavemente matizados por una vegetación pujante y armoniosa,
entre la que destacaban, por su vívido colorido, los tonos dorados y
purpúreos del tupido follaje de los árboles gigantes al fundirse en
ellos el oro cálido del sol. Pero el helado aliento del norte agostaba
ahora la extensa llanura herbosa. Miríadas de seres preparaban ya
sus madrigueras en espera de las primeras nieves, mientras que
grandes bandadas de aves iniciaban su forzoso éxodo hacia el sur.
La naturaleza misma parecía indecisa, como si le doliese tener
que abandonar tanta belleza para dar paso al tiempo en su marcha
inexorable, y un algo misterioso e inquietante flotaba en la
atmósfera cuando las primeras sombras crepusculares de aquella
tarde de 1850 hacían
languidecer los brillantes tonos
de la pradera virgen. Quizá
fuese el espíritu rebelde de la
estación que moría, que,
sorprendido una vez más, al
cabo de millones de años, de
que nuevamente quebrase su
vigor y esplendorosa belleza
aquel soplo gélido que venía de
lejos, mantenía porfiada pugna
con la estación que avanzaba.
Súbitamente, del oscuro
horizonte parecieron brotar
figuras humanas y, poco
después, rudas voces alteraron
la placentera monotonía del
valle. Uno tras otro, en apretada
fila, diez sólidos carros, provistos de enormes toldos que los cubrían,
avanzaban penosamente por la llanura. A juzgar por el cansado
aspecto de los caballos enganchados a los carromatos, la jornada
había sido muy dura, lo que también se reflejaba en las macilentas
facciones de los hombres encargados de su conducción.
Gritos y ruidos fueron dominados, de pronto, por una voz
vibrante y poderosa, que ordenó:
—¡Basta por hoy, amigos! ¡Formad el círculo!
Esta misma orden la había repetido Henry Miller, conductor de
la caravana, durante varias noches a impulsos tan solo de su
experiencia. Todas las precauciones eran pocas en aquellas bravías
comarcas de Wyoming, donde el piel roja vigila atento, siempre
dispuesto a la destrucción de los odiados rostros pálidos. Pero ahora
tenía otros motivos para obrar así, aunque no le interesaba
comunicarlos a sus compañeros. Además, su instinto, tan agudizado
en los hombres acostumbrados a vivir en contacto directo con la
naturaleza, parecía avisarle de un peligro inminente y... fatal, como
si su destino estuviese íntimamente ligado a aquel valle de sombrío
aspecto. Y, una vez más, deploró llevar consigo a su hijo en aquel
viaje de retorno a las tierras del Este, donde ansiaba disfrutar del
oro que transportaba en su carro, arrancado de las entrañas de la
tierra de California tras inauditos esfuerzos y privaciones.
Sin darse un momento de reposo, vigiló los trabajos de sus
hombres y dirigió con especial interés todo lo concerniente a los
medios defensivos. En breves minutos quedó formado el círculo con
los pesados carros y, entonces, los catorce hombres y cuatro mujeres
a que ascendían los componentes de la caravana, sin contar a Henry
y su hijo, se tumbaron sobre la tupida alfombra vegetal: ellas
ocupadas en limpiar sus enseres de cocina, y los hombres, en
engrasar los rifles y preparar fogatas.

Después de recorrer con la mirada los alrededores del


campamento, ya casi impenetrables por las tinieblas de la noche,
Henry Miller se aproximó a un grupo formado por dos familias que
charlaban animadamente al amor de una hoguera. La sombra de su
elevada y recia figura fue proyectada a larga distancia, chocando
contra la muralla occidental del valle.
—Las hogueras pueden atraer a nuestros enemigos —dijo.
Un hombre de avanzada edad, extremadamente delgado y de
rostro congestionado por el abuso del alcohol, lanzó una sonora
carcajada.
—¿Enemigos? ¡Bah!... En todas partes cree usted ver terribles
peligros, Miller. Desde que salimos de Sacramento no ha dejado de
amargarnos con sus fatídicos presentimientos. ¿Quiere usted, acaso,
que nos muramos de frio?
—¡No hace para tanto, Burton! —repuso secamente Henry—. El
frío es poco intenso todavía y me extraña que sea usted tan sensible
a él. ¿Es que ya no le queda whisky?
—¡Deje en paz a mi padre! —intervino un fornido muchacho de
unos dieciocho años—. Ha de saber, señor Miller, que sabremos
defendernos si esos sucios pieles rojas se atreven a atacarnos. ¿No es
así, John?
El aludido, hijo mayor del matrimonio Burton, escupió en tierra
con gesto de asco.
—¡Que vengan y verán lo que es bueno! —exclamó, apuntando
con su rifle a una figura imaginaria—. ¡Ya tengo ganas de
medírmelas con esos tipos de piel de ladrillo!
Con ligero gesto de cansancio, Henry Miller se alejó de las dos
familias y se entretuvo en inspeccionar los diversos trabajos que
realizaban los demás hombres de la caravana. Eran todos ellos de
rudos modales y escasos conocimientos, además de poco
conocedores de aquellas bravías tierras del Oeste, razón esta última
que les indujo a nombrar a Henry Miller jefe de la caravana antes de
partir de Utah.
Pero Miller no estaba satisfecho. A medida que transcurrían las
duras jornadas, aquellas gentes se mostraban cada vez más
indisciplinadas y no cesaban de protestar por las inclemencias de la
marcha. La razón de todo ello residía en la poca fortuna obtenida en
los sofocantes terrenos de California, ya que ninguno de ellos,
excepto Miller, había encontrado filón y volvían al Este, de donde
procedían, sin la luz que proporciona una ilusión, alguna esperanza.
Tal vez por esto último, Henry Miller se mostraba complaciente con
todos y procuraba no perder la paciencia ante sus protestas.
—¡Padre! ¡Padre!
Las enérgicas facciones de Miller se dulcificaron
extraordinariamente al oír la voz de su hijo, que corría hacia él
saltando como un gamo. A pesar de sus ocho años, el pequeño
Robert, de semblante inteligente y risueño, mostraba ya una
seriedad y comprensión poco comunes entre los niños de su edad.
—Me has desobedecido, Robert. ¿No recuerdas lo que te dije?
—Sí, papá: que no saliera del carro.
—Y tú, a pesar de eso...
—¡Oh, papá! ¡Perdóname! Es que me aburría dentro del carro y...
Miller acarició los sedosos cabellos del muchacho con sus
nervudas manos.
—Ven conmigo, hijo. Quiero hablar contigo.
Una vez los dos en el interior del espacioso carro cubierto por
grueso toldo, Miller atrajo hacia sí a su hijo con cariñoso ademán y
murmuró:
—Temo por ti, Robert. Si fuésemos atacados, esta gente no es
dura para luchar y apenas resistiríamos unos minutos.
—¿Atacados? ¿Y quién nos va a atacar, papá?
—Pieles rojas, mi pequeño. Durante todo el día nos han estado
acechando y tal vez al amanecer...
—¡Pieles rojas! Son muy malos esos hombres, ¿verdad?
—Son crueles, hijo mío. Y los que nos persiguen son los peores
de todos porque van dirigidos por un hombre blanco que me odia a
muerte.
—¿Qué te odia a ti? ¡Oh! ¡Eso no es posible! ¡Tú eres muy bueno!
Las pequeñas manos de Robert rodearon el cuello de su padre,
quien le estrechó tiernamente contra su pecho.
—Escúchame atentamente, Robert. Ya eres mayorcito y quiero
que recuerdes siempre lo que te voy a decir.
—Está bien, papá. No se me olvidará nunca.
—Hace muchos años, antes de que tu madre se desposara
conmigo, había un hombre muy malo llamado Hawkins, William
Hawkins, que quería casarse con ella. Pero tu madre no le quería. Y
cuando un sacerdote católico nos unió, aquel hombre malo nos juró
odio eterno y dijo que nos mataría a los dos. Yo no tomé en
consideración su amenaza, creyendo que se trataba de una
baladronada de mal gusto, y dos años después tuve ocasión de
comprobar, por desgracia, lo equivocado que estaba.
—¿Qué pasó, papá?
—Aquel miserable, en compañía de varios facinerosos, atacó
nuestra cabaña, que estaba enclavada en pleno monte. Tú tenías
entonces un año y estábamos muy contentos porque pronto ibas a
tener un hermanito.
—¿Un hermanito? ¿Y dónde está, que no lo he visto nunca?
—Tu hermanito... murió al mismo tiempo que tu madre —
murmuró Henry, conmovido—. Después de una terrible lucha, pude
rechazar a aquellos desalmados; pero tu madre se asustó tanto que...
no lo pudo resistir.
—¡Oh! —exclamó el niño, sollozando—. ¡Cuánto sufrirías!
—Sí, hijo mío; sufrí mucho.
—¿Y qué fue del hombre malo, de... William Hawkins?
—Desapareció sin dejar rastro. Por más que lo busqué, no pude
dar con su paradero ni saber nada de él. Y entonces, perdidas las
esperanzas de poder vengarme, me dediqué a ti, Robert, y por ti
exclusivamente amasé la enorme fortuna que llevamos en este carro.
Tuve la suerte de encontrar un filón riquísimo y no lo dejé hasta que
la veta se agotó. Pero no digas nada de esto a ninguno de la
caravana, porque los hombres somos ambiciosos por naturaleza y
prefiero sigan creyendo que volvemos fracasados como ellos.
—No diré nada, papá.
—En ello confío, Robert. Ahora, continúa escuchando, pues
todavía no he terminado. Como en el Oeste hay muchos ladrones y
aventureros de todas clases, es natural que no me sintiera muy
seguro llevando tanto oro en el carro y mi deseo era unirme a
alguna gran caravana que marchase al Este. Pero el tiempo
transcurría, con los consiguientes peligros, y ninguna caravana
numerosa se formaba en dirección al Este. Fue entonces cuando,
perdida la paciencia, decidí unirme a esta de hombres fracasados,
que tan pocas garantías de seguridad me ofrecía.
Esto último, hijo mío, lo conoces tan bien como yo; pero te lo
recuerdo para que, si nos ocurre algo, disculpes mi falta de
prudencia al meterte en esta aventura.
—No quiero que digas eso, padre —protestó, cariñosamente, el
muchacho—. Tú todo lo haces bien. Además, ¿por qué nos ha de
pasar algo malo?
El rostro de Miller se ensombreció repentinamente.
—Porque... ¡Oh, mi pequeño Robert! Es que todavía no te lo he
contado todo. Verás. Hace cuatro días, en el último poblado donde
pernoctamos, un amigo mío me informó que aquel canalla, William
Hawkins, merodeaba por estos cerros al frente de una banda de
comanches. Al enterarme de esto, juzgué prudente suspender el
viaje de momento y así lo expuse a los hombres de la caravana; pero
estos no me hicieron ningún caso, impacientes por abandonar estas
tierras donde tantas fatigas han pasado. Y como sin mí nada podían
hacer, pues ninguno de ellos reúne condiciones para actuar de guía,
decidí continuar en la caravana. Quizá pequé de excesivamente
blando, sobre todo pensando en ti; pero mi conciencia se rebelaba
ante la posibilidad de que no llegasen a su destino por falta de un
buen guía.
—A lo mejor no se atreven a atacarnos, papá. Tenemos buenos
rifles.
—¡Hum! No sería extraño que Hawkins tenga espías en Stone
City, que es el poblado donde me informó mi amigo, en cuyo caso ya
estará enterado de quién guía esta caravana. Y, si es así, debemos
prepararnos a lo peor.
—Nos defenderemos.
—Sí, hijo mío, y hasta es posible que consigamos vencerlos.
Pero, por si acaso nos fueran mal las cosas, esta noche excavaré dos
hoyos en la tierra y, si veo difícil la situación, te ocultaré en uno de
ellos y enterraré mi oro en el otro. ¿Has comprendido?
—Perfectamente, padre. Pero yo quisiera luchar junto a ti. Sé
manejar el rifle y podría...
—Tú obedecerás mis órdenes, Robert —le interrumpió su padre
con serena entonación—. Eres muy pequeño todavía para... para
una cosa así. Pero...
»Prométeme por la memoria de tu madre que, pase lo que pase,
aunque me vieras caer herido, no saldrás de tu escondite. Es la
voluntad de tu padre, ¿entiendes? Y no debes desacatarla por
ninguna razón. Permanecerás quieto, sin moverte hasta que yo te
avise o hasta que no percibas ruido alguno. ¿Me prometes que lo
harás así?
La infantil expresión del niño cambió al oír las últimas palabras
de su padre y apreciar el gesto de ansiedad que se reflejaba en su
rostro, y con voz firme y pausada respondió:
—Te lo prometo, padre. Pero ¡si tú caes herido!... —y su voz se
quebró en un amargo sollozo.
—¡Bah! Nada malo me ocurrirá, ya lo verás. Y ahora, mi
pequeño, duerme un poco; y, cuando seas mayor, si algún día yo no
estoy a tu lado, recuerda que debes desconfiar siempre de todo
hombre al que le falten tres dedos de la mano izquierda. Es un
recuerdo que William Hawkins tiene de mi rifle.
Cuando Henry Miller salió de su carro, después de echar sobre
su hijo una gruesa manta y besar su delicado rostro, con paso firme
se acercó a sus compañeros, los cuales se hallaban todos, con la
única excepción de los dos hombres que constituían el turno de
guardia, alrededor de una llameante hoguera dando buena cuenta
de un ciervo cazado pocas horas antes.
—¿Alguna novedad, Miller? —preguntó Burton, levantando la
cabeza.
—Durante la noche no hay gran peligro —contestó Henry, que
sabía que los pieles rojas no suelen atacar por la noche debido a la
supersticiosa influencia que ejercen sobre ellos las tinieblas de la
noche—. Pero mañana puede ser un día duro, amigos. Conviene que
descansen todos ustedes. Yo me encargaré de la guardia.
Miller apagó la hoguera, echando luego tierra sobre los
rescoldos, y se situó junto al punto de unión de dos carros. Y a la
opaca luz de la luna, que expandía sus débiles tonos plateados sobre
la inmensa pradera, se mantuvo expectante, vigilando con su
penetrante mirada allá donde las tinieblas eran más espesas, sin que
la monotonía de su misión le distrajese un solo momento.
Premeditadamente, no había comunicado a sus compañeros que
el paso de la caravana por aquellos lugares había sido advertida por
los peores enemigos del colono, los formidables pieles rojas, por
temor a que cundiese el pánico entre aquellas gentes predispuestas
al pesimismo, con todas sus lamentables consecuencias. Pero ahora,
al oír los plácidos ronquidos de unos y otros, se preguntaba, algo
perplejo, si habría hecho mal al callarse, al ocultarles la terrible
amenaza que se cernía sobre ellos.
Las horas transcurrieron para él como una pesadilla. Hacia las
dos, decidió poner en práctica el plan que comunicara a su hijo. Sin
descuidar la vigilancia del campamento, excavó un profundo hoyo
debajo mismo de su carro y fue depositando en él todo el oro de que
disponía. Aquel montón de saquitos de cuero, sobre el que Miller
lanzaba ahora paletadas de tierra, representaba largos años de
denodados esfuerzos y luchas, y por un momento pensó que estaba
enterrando sus propias ilusiones, aquello por cuya consecución
tanto sufriera.
El recuerdo de Robert le despejó las ideas. Aún le quedaba por
hacer lo más importante: salvar a su hijo. Con singular habilidad
apisonó la tierra que cubría el oro y colocó encima unos matorrales,
de forma que no daba la impresión de tierra removida. Luego,
practicó otro hoyo, a cuatro metros de distancia del anterior, y lo
cubrió con maderas y lona embreada. Allí ocultaría a Robert en caso
de un ataque. Un pequeño orificio le bastaría para respirar.
Ya nada más podía hacer, sino esperar lo que él creía inevitable:
el ataque de los pieles rojas al amanecer. Su extraordinaria
sensibilidad en las ocasiones de peligro jamás le había engañado, y
ahora experimentaba una sensación vaga y extraña que no acertada
a definir, pero que le impelía a pensar en el Creador como nunca.
Cuando las primeras luces de la aurora rasgaron tenuemente las
tinieblas, Miller despertó a todos los componentes de la caravana.
Uno a uno fueron levantándose y se agruparon en torno a él, como
si en su semblante hubieran adivinado que algo grave les tenía que
comunicar.
—Oídme todos —empezó Henry con voz vibrante—. Detrás de
aquellos cerros hay pieles rojas, y opino que, de momento, no
debemos romper el círculo formado con los carros.
Un impresionante silencio fue la muda reacción de todos. Medio
dormidos aún, miraron a Miller con gesto ausente, como si no
llegaran a comprender sus palabras.
—¿Estáis todos de acuerdo? Si dentro de un tiempo prudencial
no fuésemos atacados, efectuaríamos un reconocimiento antes de
reanudar la marcha. Creo que es lo mejor que podemos hacer.
—Miller está en lo cierto —razonó uno.
—¿Y en qué funda usted su creencia de que allá hay pieles rojas?
—preguntó Burton, como queriéndose aferrar a una última
esperanza.
—Por desgracia, los he visto con mis propios ojos —respondió
Henry—. Pero no por ello hemos de perder la serenidad, amigos.
Tenemos buenos rifles y municiones en abundancia. En peores
situaciones me he encontrado yo y aún estoy aquí para contároslo.
»Avisad a vuestras mujeres y colocaos después detrás de los
carros con las armas dispuestas y municiones en cantidad.
Al mismo tiempo que el grupo de hombres se dispersaba en
distintas direcciones para cumplir la orden de Miller, Robert se
acercó a su padre.
—¿Ya ha llegado el momento, papá? —preguntó, mirándole
fijamente.
—Todavía no, Robert; pero no creo que falte mucho tiempo. Es
la hora elegida por esos salvajes: al despuntar la aurora.
En efecto, una claridad rosada iluminaba ahora el valle, que se
hallaba sumido en el silencio más absoluto, como si la propia acción
de la naturaleza se hubiese detenido expectante, sorprendida del
odio de los hombres.
—Pues yo no veo a nadie —dijo Robert, que se esforzaba en
alcanzar con su vista los negruzcos riscos que circundaban el valle
—. ¿Crees que intentarán atacarnos por sorpresa?
—No. Saben que estamos siempre vigilantes. Los pieles rojas
suelen proferir grandes gritos y alardear de fuerzas antes de atacar.
De esta forma creen amedrentar a sus enemigos.
Como si los hechos se precipitasen para dar la razón a Miller, de
pronto resonó en el valle un estridente alarido, capaz por sí solo de
helar la sangre al más valiente, seguido de un coro de terribles
aullidos, discordantes y de un salvajismo primitivo y feroz. Y, casi al
mismo tiempo, un grupo de pieles rojas, horriblemente tatuados y
blandiendo sus armas con gestos amenazadores, apareció
súbitamente en la cresta de una loma cercana.
—No disparéis hasta que os avise —gritó Henry a sus hombres,
los cuales, parapetados tras los carros, apretaban nerviosamente sus
rifles en espera de lo que parecía ya próximo.
Del nutrido grupo de salvajes se destacó uno de gran estatura,
que hizo descender a su mustang por la pedregosa pendiente de la
loma hasta situarse a unas doscientas yardas del campamento. En
su diestra enarbolaba una bandera blanca, que agitó al aire para dar
a entender, sin duda, su pacífico significado. Entonces todos los
componentes de la caravana pudieron apreciar que la pigmentación
de aquel hombre era blanca, tan blanca como la de ellos.
—¿Querrá decirnos algo, papá? —preguntó Robert, que miraba
al guerrero con infantil curiosidad.
—¡Es Hawkins! —exclamó Miller con terrible acento de odio,
mientras sus ojos adquirían un brillo acerado que hizo estremecer a
su hijo—. ¡Míralo, Robert! ¡Ha hecho toda esa maniobra para darse
a conocer, para que yo sepa el nombre de nuestro verdugo! ¡No le
basta con asesinarnos! ¡Quiere que yo lo sepa, que me entere que es
él!
—¡Es un renegado! —tronó la voz de Burton—. ¿No lo estáis
viendo, camaradas?
—¿Le descerrajo un tiro, Miller? —preguntó uno.
—Oigámosle antes, Gordon; lleva bandera blanca— repuso
Miller con evidente esfuerzo, ya que experimentaba más deseos que
ninguno de disparar contra el miserable.
El supuesto piel roja detuvo su cabalgadura a cien yardas de
distancia y gritó, en perfecto inglés:
—¡Si no os rendís, seréis pasados todos a cuchillo! ¿Qué me
contestáis?
—¿Qué garantías ofreces si nos rendimos? —interrogó Gordon.
—¡Mi palabra!
Ante decisión tan crítica, Henry se abstuvo de exteriorizar su
opinión, para no influir en el ánimo de nadie. Pero todos
unánimemente coincidieron con su criterio: la rendición en aquellas
condiciones suponía una muerte cierta, sin defensa posible.
—¡Ahí va nuestra respuesta, Hawkins! —vociferó Miller. Y, con
movimiento rápido, disparó su rifle contra el falso piel roja, que
cayó a tierra llevándose las manos al pecho.
Los minutos siguientes fueron de intenso dramatismo. Al ver
desplomarse a su jefe, los pieles rojas descendieron como un alud de
la loma donde estaban y se dirigieron hacia la caravana al galope de
sus corceles.
En la caravana hubo unos momentos de desconcierto, de
angustiosa desesperación. ¡Estaban condenados! ¡Jamás saldrían
vivos de aquel fatídico valle! Y en los lívidos rostros de todos ellos se
reflejaba, con demente expresión, la patética certidumbre de lo
inevitable.
—¡Fuego! ¡Fuego! —ordenó Miller con voz potente.
Tronaron los rifles y varios salvajes cayeron para no levantarse
más; pero los demás seguían avanzando, animados por el terrible
odio de razas. Agilísimos jinetes, lanzaban sus flechas sin cesar de
girar alrededor de la caravana, describiendo un círculo que se
estrechaba cada vez más. Luego, todo adquirió una confusión
indescriptible, caótica. Iluminados por el fulgor de las llamas que se
elevaban de los incendiados carros, cuerpos humanos de distinto
color debatíanse desesperadamente entre feroces gritos y lamentos
de muerte. Era el final.

*
—¡Mirad, compañeros! ¿No estáis viendo allá abajo lo mismo
que yo?
Los tres hombres aludidos asintieron en silencio y uno de ellos,
llamado Wade, dijo:
—Tal vez quede alguno con vida. Démonos prisa, Slaughter.
—¡Cuidado, Wade! —exclamó el denominado Slaughter, que era
el que primeramente había hablado—. Te vas volviendo sentimental
con los años y eso es peligroso para hombres como nosotros. Lo que
nos interesa saber es si esos condenados salvajes han dejado algo de
valor para nosotros. ¡Adelante, muchachos!
Con habilidad de consumados caballistas, aquellos cuatro
hombres de siniestro aspecto, verdadera escoria del bravío Oeste,
descendieron por una escarpada vertiente y galoparon por la
herbosa pradera en dirección a lo que parecía ser los restos
carbonizados de una caravana.
—¡Buen trabajo han hecho esos malditos pieles rojas! —dijo
Slaughter con la misma entonación que si estuviera observando
algún complicado mecanismo de relojería—. Por lo que veo, no han
dejado nada de utilidad.
—Marchémonos, pues, jefe —propuso uno de los cuatreros, que
respondía por Red a causa del color de sus cabellos—. Todo esto me
da náuseas.
—Es lo mejor que podemos hacer —afirmó Slaughter—. Aquí
solo hay beneficios para los coyotes.
—¡Esperad un momento! —gritó Wade, desmontando
rápidamente—. ¿No veis algo que se mueve allá? parece... ¡un niño!
—¡Eh, Wade! ¡Te ordeno que vuelvas! Si es un niño, de nada nos
servirá. ¡Vuelve he dicho!
Pero ya Wade había desaparecido tras un montón de restos de
carros totalmente carbonizados. Y el corazón del cuatrero sintióse
conmovido al ver a un niño sollozando débilmente junto al mutilado
cadáver de un hombre de proporciones gigantescas.
—¿Estás herido, muchacho? —preguntó, procurando dar a su
voz un tono suave. Y, como no obtuviera respuesta, añadió—: ¡Oh!
Ya sé que habrás sufrido mucho, porque ese... ese... ¿era tu padre,
verdad?
El niño no parecía oírle. Inclinado sobre el hombre muerto,
seguía sollozando entrecortadamente, sin levantar la cabeza.
—¿No me has oído, pequeño? ¿Cuál es tu nombre?
Un estremecimiento agitó ahora el cuerpo del niño y sus ojos,
anegados en lágrimas, miraron a las curtidas facciones de Wade. No
desplegó los labios pero en sus tristes pupilas y gesto de dolor leyó
claramente Wade los momentos de terrible angustia que había
sufrido.
—Anda... Ven conmigo. Somos hombres... buenos, ¿sabes? Y
nada malo te ocurrirá con nosotros. Casi se puede decir que has
tenido suerte a pesar de todo.
Como si fuera un autómata, casi inconscientemente, el niño se
dejó conducir sin que cambiase la patética inexpresión de su
semblante y su abatido aspecto.
—La cosa se complica, muchachos —dijo Slaughter,
malhumorado al ver aparecer al niño de la mano de Wade—. ¡Ese
zopenco de Wade...!
—No está herido, pero ha sufrido mucho —informó Wade—. Se
hallaba junto al cadáver de su padre.
—¿Y qué hacemos ahora con él? Comprenderás que no es cosa
de cargar con el muchacho.
—Pues aquí no lo podemos dejar, Slaughter. Sería su muerte.
Las duras facciones de Slaughter sonrieron cínicamente al decir:
—¿No os lo decía, muchachos? El viejo Wade se está haciendo
insoportable con tanta sensiblería.
—Es más sensible que una dama del Este —ridiculizó Red,
soltando una carcajada.
Wade miró a aquellos hombres con gesto de extrañeza, como
asombrado de que pudieran ser tan crueles. Y, una vez más, se
reprochó con dureza el momento en que decidió unirse a Slaughter
y su banda de desesperados. Ello ocurrió al huir del Estado de
Nebraska por culpa de la venalidad de un sheriff, quien le acusó de
un crimen no cometido por él. Fue entonces cuando Slaughter le
brindó su apoyo, y Tom Wade, acosado como estaba por el sheriff y
sus hombres, no tuvo más remedio que aceptar con todas las
consecuencias. Y estas fueron la incorporación de Wade a la
cuadrilla que mandaba Slaughter.
—¡Deja al chico, Wade, y larguémonos de aquí! —ordenó,
imperativamente, Slaughter—. Otros se harán cargo de él.
—Sin el muchacho no nos iremos.
Había algo en la fría entonación de Wade que hizo ponerse en
guardia a Slaughter. Frunciendo el ceño, se acercó a él.
—¿Es que te atreves a discutir mis órdenes?
—Esta, sí.
—¡Viejo entrometido! —gritó Slaughter, al tiempo que
desmontaba con furiosos ademanes—. ¡No te mostrabas tan seguro
de ti mismo cuando te salvamos de la cuerda!
—No me lo recuerdes, porque entonces cometí la mayor torpeza
de mi vida. Y todo por vuestra culpa. Sin embargo, ¿cuándo he
discutido tus órdenes? Tu sabes que, excepto cuando se trataba de
matar, siempre te he obedecido, jamás he dudado en cumplir una
orden tuya. Pero ahora es distinto, ¡demonios! Este muchacho... es
muy pequeño y ha sufrido mucho. ¿No lo comprendes?
—¡Vaya con nuestro honrado Wade! —comentó con cínica ironía
el jefe de los cuatreros—. ¿Acaso te perseguían los Vigilantes de
Grimpool por dar limosnas a los pobres?
Red y su silencioso compañero soltaron una estruendosa
carcajada al oír las últimas palabras de Slaughter. Wade repuso:
—Te conté lo ocurrido y luego tú lo pudiste comprobar.
—¡Hum! No estaba muy claro aquello.
—Me estás insultando deliberadamente, Slaughter, y eso es
peligroso.
—¿Me amenazas?
—Tómalo como quieras.
El rostro de Slaughter se congestionó de rabia. ¿Cómo se
atrevería aquel hombrecillo, el pacífico Wade como le llamaban sus
compañeros, a desafiarle a él, reconocido por todos como el
pistolero más rápido y certero de cuantos operaban en el Oeste? Su
brazo derecho adquirió una extraña rigidez.
—No desenfundes, créeme —le aconsejó Wade, que prefería no
recurrir a la violencia en beneficio del muchacho—. Sé que eres
rápido disparando, pero en cambio tú ignoras que en Abilene maté
cara a cara a Mc Guire.
—¿Al pistolero?
—Ya veo que le recuerdas. Era casi tan rápido como tú y no llegó
ni a sacar el revólver. Te digo esto, Slaughter, porque quiero que
comprendas lo que puede ocurrir si luchamos. Tal vez consigas
matarme; pero tú me acompañarás en el viaje.
—¿Es cierto que mataste a Mc Guire? ¿No será que tienes
miedo?
—¿Miedo? ¡Bah! Me desprecio demasiado para sentirlo. No,
Slaughter; no tengo miedo. Me desagrada disparar contra ti: eso es
todo. Pero si dudas, puedes desenfundar cuando quieras. Estoy listo.
Wade parecía otro hombre. Sus tensos músculos y felinos
movimientos al inclinarse ligeramente, en actitud expectante,
denotaban al consumado pistolero. Por unos segundos, Slaughter
dudó, visiblemente sorprendido por la inesperada actitud de Wade, y
este aprovechó aquel momento para añadir:
—No discutamos por tan poca cosa, compañero. Creo que es el
primer favor que te pido. ¿Por qué te empeñas en no acceder?
—Tal vez tengas algo de razón —concedió—. Pero, ¡por el diablo!
no comprendo tu interés en que nos llevemos al muchacho. Nos
molestará, ya lo verás.
—Yo me ocuparé de él y en nada os importunará. Te lo prometo.
—Bien. Carga con el chico. Pero conste que si nos molesta...
—Ya tendré cuidado de que no os perjudique en nada. Y ahora,
compañeros, ayudadme a enterrar a esos desgraciados. Es lo único
que podemos hacer por ellos.
A regañadientes, los tres cuatreros colaboraron con Wade en la
piadosa tarea de dar sepultura a aquellos cuerpos, fríos ya. Mientras
tanto, el pequeño huérfano continuaba indiferente a todo, como si
nada de todo aquello se relacionase con él, silencioso y triste. Ni
siquiera pareció advertir que Wade le subía a su montura, junto a él,
y que ambos se alejaban de aquellos funestos lugares, que tantas
veces recordaría en el transcurso de su vida con lágrimas en los ojos.
CAPÍTULO II
as severas y enjutas facciones de John
Brodory, uno de los directores más
significados del Union Pacific, se
animaron al oír el estridente sonido del
timbre de la puerta de su oficina,
instalada en el barrio más elegante del
Nueva Orleans.
—¡Por fin! —exclamó.
Y, saliendo de su lujoso despacho,
atravesó una dependencia de regular
tamaño, donde habitualmente
trabajaban los empleados de su oficina.
Mucha importancia parecía conceder a
la entrevista con la persona que
esperaba, ya que había dado permiso a sus empleados para que no
acudieran aquella tarde a trabajar.
—¡Venga esa mano, amigo Wade! —dijo con alegre entonación al
hombre que le sonrió al abrir la puerta.
—¿Cómo está usted, señor Brodory?
—De salud, bien; pero algo más viejo que hace quince años,
cuando nos salvó usted a mi sobrina Jane y a mí de aquellos
bandidos que asaltaron nuestra diligencia cerca de Dodge. Supongo
que no lo habrá olvidado, ¿verdad?
—Lo que más recuerdo es la expresión de susto de Jane.
—La cosa no era para menos. Y pensar que desde entonces no
nos hemos vuelto a ver. ¿Por qué no ha accedido nunca a venir a
Nueva Orleans? Mi gusto hubiera sido...
—Lo sé, señor Brodory, y se lo agradezco mucho. Pero estas
ciudades tan grandes me dan miedo, ¿sabe? Demasiadas
complicaciones. En Wyoming todo es más sencillo. Nunca sabrá
bien Robert el sacrificio que me ha costado venir. Pero estar
presente en el acto de entrega de su título de ingeniero tenía mucha
importancia para mí. Ya sabe lo que representa para mí el
muchacho.
—Lo comprendo, amigo mío, y precisamente para hablarle de él
le he hecho venir a usted. Quisiera encomendar a Robert una
misión, muy difícil y muy importante. También le he citado a él y no
creo que tarde mucho en llegar.
—Me lo ha dicho. Por cierto que me ha extrañado nos citase a
distinta hora.
—Me interesaba hablar antes con usted. El muchacho es muy
reservado cuando intento que me hable de su pasado y, por otra
parte, ha sido usted siempre tan lacónico en sus cartas...
—Bueno, es que eso de escribir reconozco que no es mi fuerte.
—Eso es lo que me ha parecido notar —repuso, sonriendo,
Brodory—. Pero ahora tiene ocasión de informarme ampliamente.
Apenas conozco detalles de la vida de Robert durante los años que
estuvo con usted.
—De cómo encontré a Robert ya le informé a usted cuando nos
conocimos —empezó diciendo—. Tardó bastante en reponerse de la
trágica muerte de su padre a manos de los salvajes.
—¿Y Slaughter?
—En contra de lo que yo esperaba, fue quien más se interesó por
el muchacho. Con paciencia sin límites, impropia de un hombre de
carácter impetuoso como el suyo, se dedicó durante años a
adiestrarle en el manejo de las armas. Creo recordar que algo de
esto le informaba en una carta.
—Cierto, Wade; pero su redacción era algo confusa —repuso
Brodory, que escuchaba vivamente interesado la narración de su
amigo—. Siga, siga usted. Saber si Robert llegó a dominar el arte del
revólver es de vital importancia para mí.
—¿Qué si llegó a?... ¡Jamás vi a nadie que desenfundase con la
celeridad y buena puntería de Robert! Slaughter fue su maestro,
como le he dicho. Pues bien: Robert consiguió aventajarle. Y le
advierto que Slaughter era el pistolero más famoso en aquella época.
John Brodory, de ordinario poco expresivo, lanzó una
exclamación de alegría.
—Entonces ¿cree usted que todavía ahora?...
—Es de suponer que sí. En todas sus cartas me dice que no ha
dejado de practicar. El muchacho tomó cariño al Oeste y siempre ha
abrigado la esperanza de volver allá.
—¿Le gustaría a usted?
—¡Hum! No sé qué decirle, señor Brodory. Si le he de ser franco,
temo ese momento.
—¿Por qué? —preguntó Brodory algo sorprendido.
Wade aspiró una bocanada de humo, pensativo, antes de
contestar:
—Acabaré de contarle la historia de Robert. Pronto me di cuenta
de lo que Slaughter se proponía, que era, ni más ni menos, hacer de
él un perfecto pistolero. Y lo malo es que el muchacho mostraba una
Endiablada habilidad en el manejo de las armas y toda clase de
ejercicios físicos.
—Ya. Fue magnífico su gesto de alejar a Robert de Slaughter.
—Varias veces había pasado por mi imaginación la idea de huir
con Robert y otras tantas la había desechado. Temía a Slaughter. Le
creía capaz de recorrer toda la Unión para vengarse. Pero un día...
un día, señor Brodory, ocurrió... lo inevitable. Robert cumplía
dieciocho años y Slaughter, al brindar por él, anunció que había
llegado el momento de que iniciara prácticamente su brillante
catrera.
—¿Y cómo reaccionó Robert?
—Indudablemente, le atraía la vida de aventuras que le prometía
Slaughter. Pero me respetaba como a un padre y no discutió mi
decisión. Huimos durante la noche, al principio sin rumbo fijo.
Luego, ya al amanecer, recordé su generoso ofrecimiento de que
acudiera a usted si algún día me encontraba en un apuro, y no
respiré tranquilo hasta que vi a Robert dentro del vagón que le
conduciría a Nueva Orleans. Yo no le acompañé porque tenía entre
ceja y ceja la idea de enfrentarme con Slaughter y explicárselo todo
aunque acabase la cosa a tiros. Estaba seguro que Slaughter no
cejaría hasta encontrar a Robert y lo mejor era zanjar el asunto de
una vez. Lo demás quizá lo sepa usted por los periódicos: cuando
volví a nuestro refugio, Slaughter y mis compañeros se balanceaban
con medio palmo de lengua fuera, muertos. El sheriff Holden había
dado buena cuenta de ellos.
—¿Y usted cree que Robert?...
—¡Demonios! No sé. Me consta que el muchacho es de buena ley
y que ha cambiado mucho durante los ocho años de estancia en
Nueva Orleans. Pero, de todas formas, tengo miedo, señor Brodory.
¿No le parece que, en un ambiente tan propicio, podrían influir en
su ánimo los años de convivencia con Slaughter?
John Brodory estuvo a punto de soltar una carcajada, quizá por
primera vez en su vida de hombre, y sus mortecinos ojos sonrieron
al contestar:
—Amigo Wade: sin duda usted no ha podido apreciar con
exactitud, durante los pocos días que lleva junto a él, el rotundo
cambio que se ha operado en su carácter. Créame que se ha
convertido en un inteligente ingeniero, honrado y de espíritu
tranquilo y alegre.
—En ese caso, doy por bien empleados mis apuros para sufragar
sus estudios. Ya sabe usted que el sueldo de capataz del rancho de
su sobrina Jane me era insuficiente y he tenido que hacer
verdaderos equilibrios para que a Robert no le faltase nunca su
asignación.
—Sin embargo, siempre ha rechazado usted mis ofrecimientos.
¿Por qué?
—Atribúyalo usted a terquedad de viejo, señor Brodory. Siempre
me ha halagado la idea de que Robert terminase sus estudios con
mis propios medios. Además, usted ya hizo bastante por mí al
conseguir mi absolución de las autoridades de Nebraska y
colocarme luego de capataz en el rancho de su sobrina.
—¡Bah! Poca cosa si se compara con su hazaña al librarme de la
rapacidad y malas intenciones de aquellos bandidos que asaltaron la
diligencia. ¡Quién sabe lo que hubiera sido de Jane sí, como
pretendían, consiguen raptarla! Tenía solo cinco años, ¿recuerda? ¿Y
cómo le van los asuntos ahora a mi sobrina?
—No pueden irle peor—. Y el rostro de Wade se ensombreció—.
El rancho es magnífico y abundan en él los pastos. Pero
últimamente han menudeado los robos y la situación ha empeorado
al no poder efectuar ninguna venta de reses por no disponer de
hombres para su conducción a Ogden.
—¿Cómo?
—¿Le extraña, verdad? Pues es la triste realidad. Un rancho
como el de Jane necesita un equipo de hombres duros, avezados a
todo, y los hombres de que dispone son todos unos haraganes, sin
temple para nada. Tan solo puedo confiar en el tejano Buddy Taylor,
un vaquero de pocos años y endiabladamente pendenciero, pero
honrado y noble de corazón. Es el único elemento verdaderamente
útil.
—¿Y qué dificultad hay para formar un equipo apropiado?
—Jackson. Es el presidente de una sociedad de ganaderos
dedicada a actividades... no muy claras. Controla casi todos los
ranchos de la comarca y aspira a adueñarse del de Jane, que es el
mejor de todos.
—Jackson. ¿Sewall Jackson, verdad? —preguntó Brodory
entornando los ojos, gesto característico en él cuando se entregaba a
la meditación de algún desagradable asunto—. Le conozco de
referencias, Wade. ¿Y qué piensa hacer mi sobrina?
—He intentado repetidas veces convencerla para que recurriese a
usted en petición de los diez mil dólares que necesitaba para pagar
la hipoteca; pero siempre se ha negado.
—¡Demonio de muchacha! Y precisamente me lo dice usted
ahora, en momentos tan críticos que no dispongo ni de un centavo.
Wade le miró con los ojos desmesuradamente abiertos,
sorprendido de lo que acababa de oír.
—¿Qué no tiene usted?...
—Todo mi dinero, hasta el último dólar, lo he invertido en la
construcción del Union Pacific. Estoy comprometido hasta el cuello,
Wade, y sobre esto quiero hablar a Robert. Si puede desenvolverse
en el Oeste como usted ha dicho, es el único capaz de salvarme y
hacer, al mismo tiempo, un gran servicio a la Unión.
Sus últimas palabras a penas las oyó Wade, ahogadas por el
metálico sonido del timbre de la puerta, que vibró alegremente.
—Debe ser Robert —dijo Brodory. Y acudió a la puerta, para
volver poco después en compañía de Robert.
Robert Miller acababa de cumplir veintiséis años. El niño que
viera asesinar a su padre por los pieles rojas se había convertido en
un joven delgado, de elevada estatura y facciones correctas e
inteligentes. Pero lo más destacable en él era que parecía tener una
doble personalidad.
Wade dio una afectuosa palmada en la recia espalda de su
prohijado y los tres hombres se sentaron.
—Ha llegado el momento, Robert —empezó diciendo Brodory—,
de que se cumplan tus deseos de ser nombrado ingeniero del Union
Pacific. Pero antes quisiera encomendarte una difícil misión, casi
desesperada y de cuyo resultado dependen muchas cosas de vital
importancia para el porvenir del ferrocarril.
—Adelante, señor Brodory. Siempre me han gustado las cosas
difíciles.
—¡Bravo, muchacho! Me animas a continuar. Pues verás. Hace
cuatro meses la línea del Union Pacific llegó a la frontera de
Wyoming y, de momento, quedaron allí paralizadas las obras. El
terreno se presentaba accidentado como ninguno. Cañones y
desfiladeros parecían oponerse a nuestra acción civilizadora. Y
cundió el desánimo. Los dólares del Estado habían sido ya gastados
y ningún contratista quería hacerse cargo del tendido de la línea en
aquellos agrestes parajes. Fue entonces cuando invertí mi fortuna en
el ferrocarril, haciéndome contratista de las obras a realizar a través
de los intrincados cerros de Wyoming. Tú sabes lo que para mí
supone la construcción del Union Pacific: el sueño de toda mi vida.
Y, animado por este ideal, no reparé en imponer condiciones,
justificadas en aquellas circunstancias, y acepté sin vacilar las que se
me ofrecieron. Estas consistían en terminar el trayecto asignado a
mi contrata antes de ocho meses, transcurridos los cuales otro
contratista se haría cargo de las obras en el caso de incumplimiento
por mi parte de terminarlas dentro de dicho plazo, con pérdida de
todos los derechos inherentes a mi capital aportado en beneficio del
contratista que me sucediera.
—¡Eso es injusto! —protestó Wade.
—Es la costumbre —prosiguió Brodory—. De no establecerse de
esta forma las contratas de obras, pasarían muchos años antes de
que el ferrocarril llegase al Pacífico. Además, al principio no iba mal
la cosa. Aunque lentamente, se iba tendiendo la línea con menos
dificultades de las que se preveían. Pero, de pronto, todo cambió por
completo al llegar a los terrenos pertenecientes a Sewall Jackson.
Primeramente, este individuo formuló una reclamación en
Washington que nos hizo perder mucho tiempo. Y luego... Bueno, lo
que ahora ocurre es que se producen los sabotajes uno tras otro, sin
tiempo para reponernos de sus lamentables consecuencias.
—¿Y qué hacen las tropas mientras tanto? —preguntó Robert.
—Son insuficientes para cubrir la línea en toda su extensión. Y
no es esto todo: los saboteadores han recurrido incluso al robo de
jornales y asesinatos. En fin. ¿Para qué continuar? Lo cierto es que
quedaré completamente arruinado si no se pone rápido remedio a
los sabotajes y, lo que aún es peor, el Union Pacific recibirá un rudo
golpe. ¡Si al menos tuviera alguna sospecha, algún vestigio que
pudiera conducirme a conocer la identidad de mi poderoso
enemigo, del hombre que mueve todo este tinglado! Pero las
indagaciones de mis detectives no me han conducido a nada
práctico.
—Opino que no es asunto este para detectives.
—A esa misma conclusión he llegado yo, Robert. Está visto que
en el Oeste hay que luchar con hombres del Oeste. Y por eso... por
eso me interesaría te encargases tú del asunto. Ya sé que no es nada
fácil y que correrás muchos riesgos.
—Acepto, señor Brodory —dijo Robert con sencillez.
—¿Eh?
—Pasemos a los detalles. ¿Tiene algún plan a seguir?
—Pues, pues, sí. Pero ¡caramba, muchacho! No seas tan
impulsivo y déjame por lo menos que te de un abrazo —repuso
Brodory, emocionado—. ¡No esperaba menos de ti! ¿Qué le parece,
Wade?
—Que está educado por mí —rezongó el aludido estirando el
cuello.
John Brodory se acercó a su mesa, sobre la que se hallaba
extendido un mapa de regular tamaño, e indicó un lugar
determinado.
—Esta es la zona donde operan preferentemente los
saboteadores. Tal vez conviniera que te instalases en Sackville o en
algún rancho cercano, que podría ser, por ejemplo, el de mi sobrina
Jane.
—¡Hombre! —exclamó, alegremente, Wade—. No estaría mal
que, al mismo tiempo, arreglásemos los asuntos de Jane. Confieso
que este viaje lo he hecho especialmente, señor Brodory, para
exponer a usted la situación en que se encuentra su sobrina.
—¿Me podría proporcionar hombres duros y de confianza? —
interrogó Robert.
—Los que quieras. En el Union Pacific los hay a miles.
—Bien, señor Brodory; lucharemos contra su poderoso enemigo.
¿No desconfía del contratista que resultaría beneficiado si usted
fracasara?
—Al principio dudé. Pero es imposible. Se trata de un caballero,
otro idealista del ferrocarril, y, además, es inmensamente rico.
—¿Y no hay otro a quién pudiera beneficiar que las obras de su
contrata no quedasen finalizadas a su debido tiempo?
—Ninguno que yo sepa, Robert. Te aseguro que todo esto es para
volverse loco. Si consigues desenredar la madeja, puedes contar con
mi agradecimiento eterno y el mejor cargo que puede desempeñar
un ingeniero en el Union Pacific. Es una recompensa insuficiente,
pero sé que te gustará.
—¿Insuficiente? Es el mejor premio que se puede ofrecer a un
ingeniero que esté satisfecho de su profesión —dijo Robert con
entusiasmo.

*
Diez días después, un nutrido grupo de jinetes, capitaneado por
Wade, galopaba a través de un terreno ondulante y herboso próximo
a Sackville. La noche era luminosa y las estrellas parpadeaban en el
espacio como si mirasen a aquellos hombres de expresión enérgica,
que cabalgaban silenciosamente.
Una masa peluda se dispersó ante ellos, produciendo una ruido
semejante al del trueno. Eran búfalos, que en aquella primavera de
1868 todavía se hallaban a miles, formando grandes manadas, en las
extensas llanuras del Oeste. La Gran Matanza empezaría pocos años
después.
—¡Alto! —gritó Wade con el brazo levantado y deteniendo su
cabalgadura—. Acérquese, Horton.
Un jinete de robusta complexión y rostro inteligente hizo
adelantar unos pasos a su caballo, hasta situarse junto a Wade.
—¿Ya hemos llegado? —preguntó.
—Sí. Este es el lugar donde debemos separarnos. Ya conoce las
instrucciones, Horton. Usted y sus diez hombres permanecerán
ocultos en la montaña, formando parejas para no llamar la atención
en caso de ser avistados, y acudirán aquí a la primera señal de humo
que se eleve de aquel pico rocoso. Una vez aquí, deberán obedecer
ciegamente las órdenes del hombre que les dé la contraseña
convenida.
Sin más explicaciones, separáronse los dos grupos. Mientras
Wade y sus hombres, en número de diez, continuaban su marcha en
dirección al rancho Dos Caminos, propiedad de Jane Brodory;
Horton y los jinetes que le acompañaban se dirigieron hacia las
escarpadas montañas que se elevaban al Sur del valle.
Robert Miller, que cabalgaba detrás de los hombres de Wade,
escasamente a dos millas de distancia, cruzó sin detenerse el lugar
donde se habían dividido aquellos en dos grupos. Vestía el joven un
traje de vaquero que todavía olía a naftalina, y lucía ostentosamente
un revólver de culata brillante, que también trascendía a recién
adquirido. Sin embargo, a pesar de su aspecto de novato, montaba a
caballo con singular maestría, como si en toda su vida no hubiese
hecho otra cosa.
Su corcel devoró unas cuantas millas a velocidad de vértigo y se
vio obligado a detenerlo unos instantes para no pisar los talones a
Wade y sus hombres, a los que seguía obedeciendo a un plan
cuidadosamente trazado. Ya no tardaría mucho tiempo en tropezar
con Buddy Taylor, el único vaquero eficiente del rancho de Jane
Brodory, al que Wade había dado extensas instrucciones por carta
para que saliera a su encuentro. El punto de reunión de ambos
jóvenes, un grupo de olmos que crecía en la pelada planicie, no
podía estar lejos según las indicaciones de Wade. Pero Robert no
pensaba en ello. Súbitamente, sin causa aparente, una extraña
inquietud empezó a dominarle. ¿Qué le ocurría? Sus grises ojos
echaron una mirada en derredor, atravesando las tinieblas.
—¿Será posible? —murmuró débilmente, con el pecho oprimido
por una indefinible sensación que fatigaba sus pulmones.
Y maquinalmente, como obedeciendo a una voluntad superior,
ajena a la suya, hizo describir a su caballo una rápida vuelta y se
dirigió a toda marcha hacia un punto determinado del extenso valle
que creía reconocer, que parecía recordar entre tinieblas como
semejante a otro de triste memoria para él. Con el corazón alterado,
desmontó ágilmente y anduvo grandes trechos sin apartar la vista de
la crecida hierba que nacía por todas partes. Unos pasos más y
ascendió a una pequeña elevación del terreno que le impedía ver la
parte del valle que tenía frente a él.
—¡Dios mío! ¡No me equivocaba! —exclamó con voz conmovida.
Con paso torpe, vacilante, se aproximó a un montón de piedras
que había a poca distancia, de cuyo centro se elevaba una cruz
formada con dos maderos. Y toscamente labrado en uno de estos,
Robert leyó: «Aquí yacen los componentes de una caravana
asesinados por los piel rojas el 7 de octubre de 1850. Que descansen
en la paz del Señor».
—¡Mi padre! ¡La tumba de mi padre y de los desgraciados que
murieron con él!
Robert se postró de rodillas y rezó una oración, intensamente
emocionado. Era la primera vez que veía aquel lugar, donde
descansaban los restos mortales de su padre. Wade no había querido
nunca conducirle allí por temor a que naciese en él la idea de la
venganza, en aquella época turbulenta para ambos de convivencia
con Slaughter y su banda. Y ahora, de una forma inesperada, como
impulsado por una fuerza superior, se hallaba en el mismo sitio
donde su padre fue víctima del odio de un criminal. ¡William
Hawkins! Sí, este era su nombre. ¡William Hawkins! Lo recordaba
perfectamente. El asesino de su padre fue herido en la lucha, pero
nadie pudo comprobar si su herida era mortal. Tal vez vivía aún.
La ruda voz que rompió bruscamente el silencio de la pradera
hizo volver a la realidad a Robert. Un jinete avanzaba hacia él,
bordeando una loma.
—Me llamo Robert Kenne —contestó el joven, que había
decidido no darse a conocer por su verdadero apellido.
—¡Diablos! A usted le buscaba, amigo —dijo alegremente el
jinete, descendiendo de su caballo y alargando la mano—. Soy
Buddy Taylor.
Robert estrechó la mano del vaquero, al tiempo que le observaba.
Tendría este alrededor de veinte años y era de mediana estatura,
pero fuerte y esbelto. Su rostro, liso y tostado por el sol, de una
perfección de líneas casi femenina, contrastaba vigorosamente con
sus ojos negros, alegres y retadores, de juvenil y atrevida expresión.
Llevaba un traje de vaquero bastante deteriorado y un sombrero de
anchas alas que le cubría su encrespado y rojo cabello. Robert
apreció enseguida que tenía ante sí a un muchacho de recia
personalidad, un tipo clásico del Oeste, con sus defectos y sus
muchas virtudes. Y también apreció que, al igual que él, el vaquero
le estaba sometiendo a un detenido estudio de su persona, y hasta se
atrevería a decir que con cierta expresión burlona en sus vivos ojos.
—Le esperé una hora en el sitio convenido —explicó Buddy—.
Creí que se habría extraviado y vine hacia aquí.
—Hiciste bien, Buddy. Aprecio la iniciativa personal. Pero apea
el tratamiento. Voy a ser un vaquero más en el rancho de Jane
Brodory y has de ir acostumbrándote a tratarme como a tal.
—¡Bien, compañero! Eso me gusta más.
—¿Entendiste todas las instrucciones de Wade?
—Claro que las entendí. ¡Diablos! Pero...
Buddy se calló, indeciso, como si quisiera decir algo y no
encontrase la expresión exacta.
—¿Ocurre algo? —preguntó Robert, sonriendo al notar las
miradas que el vaquero lanzaba a su indumentaria, especialmente al
revólver que llevaba al cinto.
—Bueno. No es que ocurra algo precisamente. Es que...
¡Demonios! Lo diré porque no sé callarme nada y acabaría por
reventar —declaró el tejano, mirándole fijamente—. Lo que no
comprendo es lo que estoy viendo ahora.
—¿Te refieres a mí?
—A ti me refiero, compañero. Wade me decía en su carta que
eras algo distinto. Un gran pistolero y...
—¿Y qué?
—Pues que, si lo eres, sabes disimularlo muy bien. Ese revólver
tan bajo... No sé por qué me parece que no conoces cómo las gastan
por aquí.
Robert simuló una seriedad que no sentía. Le hacía gracia la
expresión del vaquero, mezcla de sorpresa y decepción, y le
agradaba su franca fisonomía y maneras desenvueltas. «No cabe
duda que será un magnífico colaborador si consigo que me aprecie»,
pensó. Y, como buen conocedor de la especial psicología de los
vaqueros, rudos y bravíos, que admiran la fuerza y destreza por
encima de todas las cosas, se trazó rápidamente un plan para
intentar ganarse sus simpatías.
—¿Crees que no sabré desenvolverme bien? —preguntó.
—¡Hum! Mucho me temo que no, amigo. Se chancearán de ti por
tu aspecto de novato; y, si desenfundas como me figuro no daría un
dólar por tu pellejo.
—Eso se puede ver ahora mismo —propuso Robert con ligera
ironía—. ¿Quieres que comprobemos cuál de los dos es más rápido?
El rostro de Buddy se ensanchó en una franca sonrisa.
—Bueno, amigo. Yo de ti no haría tal cosa. ¡Diablos! Me eres
simpático y sentiría desilusionarte tan pronto. Te conviene saber que
solamente Duff Cooper, el pistolero de Jackson, puede aventajarme
en esta comarca con el revólver en la mano.
Al tono zumbón de Buddy replicó Robert con serenidad:
—Saca tu revólver, vaquero.
—Te advierto que, con el revólver tan bajo, te agujeraría hasta un
mestizo. Opino que...
—¡Saca ya, Buddy! Voy a demostrarte que, a veces, las
apariencias engañan.
Los dos hombres se miraron fijamente y Buddy se puso
repentinamente serio al observar los calculados ademanes de
Robert, más propios de un pistolero de fama que de un novato. Y,
con cierta prevención, bajó sus manos con lentitud. A pesar de que
se trataba de una comedia, de un simulacro de duelo, el vaquero
puso más interés que si fuese efectivamente una lucha a muerte,
dispuesto a humillar al novato. Su diestra se movió con rapidez
inusitada como nunca lograra en su larga experiencia de vaquero
díscolo y pendenciero; pero antes de poner su revólver en posición
de tiro, sonó una detonación y su sombrero voló por los aires.
—¿Qué te ha parecido, Buddy? —preguntó con sencillez Robert,
sonriendo amistosamente—. ¿Me apruebas el examen?
El sorprendido vaquero, que se había quedado atónito, con los
ojos desmesuradamente abiertos y mudo de asombro, recuperó la
facultad de hablar con una exclamación:
—¡Diablos, compañero! ¡Jamás los hubiera creído! ¡Ni el propio
Duff Cooper podría vencerte!
Y rio alborozadamente, dando saltos de alegría.
—Y yo que al verte... Es para morirse de risa. Menuda sorpresa
se van a llevar los catetos de Sackville.
Robert, dio afectuosamente unos golpes en la espalda al tiempo
que decía:
—¿Has comprendido mi plan? De esto ni una palabra en
Sackville. Me interesa darme a conocer como un novato recién
venido al Oeste. Y ahora busquemos un lugar donde pasar la noche.
Conviene descansar porque mañana será un día movido.
Ambos jóvenes montaron en sus caballos y se alejaron, al trote,
de aquel lugar, no sin que antes echara Robert una última mirada
sobre la tumba de su padre. Y todavía se distinguían vagamente sus
cuerpos, como formas difusas que se hundían en la oscuridad,
cuando una sombra de perfiles humanos pareció desprenderse de
una peña, y unos ojos sonrieron cínicamente.
CAPÍTULO III
uando entró Robert en el saloon situado
en la calle principal de Sackville, alrededor
de las cinco de la tarde del día siguiente al
de su encuentro con Buddy Taylor, la
animación en el mismo era extraordinaria,
si bien su máximo apogeo culminaba por
la noche. Era un vasto local donde se
mezclaban, sin orden ni simetría, los
grupos de jugadores de póker y ruleta y los
alocados bailarines, los cuales danzaban al
son de unos discordantes sonidos
arrancados a manotazos de un desafinado
piano por un viejo de aspecto derrotado y
vulpinas facciones.
Robert se abrió paso a través de aquella policroma masa de
hombres rudos y mujeres de cara macilenta que se entregaban al
baile con verdadero frenesí, como animados por una alegría salvaje,
y se apoyó en el mostrador.
—Whisky —pidió al hombre que, tras el mostrador, le
interrogaba con la mirada.
El joven echó una ojeada por la sala con gesto divertido. Sabía
que su presencia estaba suscitando comentarios y miradas burlonas
entre los concurrentes, pero aparentó no darse por enterado. Como
previera, su atuendo y fingida afectación no habían pasado
inadvertidos a aquellas gentes de toscos modales.
Al cabo de unos minutos, durante los cuales se hizo el distraído a
los comentarios de mal gusto y alusivas indirectas de que era objeto
por parte de unos y otros, un hombre de rufianesco aspecto se
destacó de un grupo de jugadores de póker y se acercó al mostrador.
—¡Eh, forastero! ¿Juega usted al póker? —preguntó con voz
ronca a Robert en el momento en que este se llevaba el vaso a los
labios.
—¿Al póker? Lo siento, amigo; pero las cartas no son mi fuerte.
—¡Oiga! ¿No desconfiará de mí, verdad? Soy Sam Wood y aquí
todos me conocen. ¿No es cierto, compañeros?
Del grupo de jugadores partieron varias voces corroborando,
entre risotadas y palabrotas, la honradez de Wood. Uno gritó:
—Puede confiar en él, forastero. Le llamamos el «honorable»
Wood.
Nuevas carcajadas, y otro jugador aconsejó a Wood con
entonación sarcástica:
—Invítale a un vaso de leche y déjale en paz.
Ahora las carcajadas y comentarios parecieron extenderse a todo
el local. La mayoría de los jugadores y bailarines estaban pendientes
de la escena, dispuestos a divertirse a expensas del novato.
—¡Silencio, zopencos! —tronó Wood malhumorado, pues su
intención era desplumar a aquel incauto que parecía adinerado. Y,
dirigiéndose a Robert, añadió—: No tome en consideración las
bromas de mis amigos, muchacho. Si acepta usted la partida,
comprobará que son buenos chicos.
—Ya le he dicho que no me gusta jugar al póker —replicó
secamente Robert.
Sin esforzarse, iban desarrollándose los acontecimientos como él
deseaba.
Esta segunda negativa pareció disgustar a Wood, que se
aproximó a Robert con brusquedad.
—Escúcheme, forastero. Es peligroso rehusar una partida
ofrecida por mí. ¿Me ha entendido?
—Perfectamente, amigo. Pero no soy aficionado a las cartas y
creo que, en un país libre como este, no tengo por qué admitir
imposiciones de nadie.
La serenidad de Robert y lo acertado de sus razonamientos
dejaron confuso durante breves segundos al tahúr. Pero las risas y
bromas de sus compañeros, que le ponían en ridículo ante todos por
su falta de recursos para convencer a un novato, le exasperaron de
tal forma que vociferó, con el rostro congestionado:
—¡En el Oeste es todo distinto! ¡Aquí la ley no se impone con
palabras, sino con el revólver!
—Bueno. Creo que no hay motivo para disgustarse. Si les falta
uno para completar la partida, estoy seguro de que cualquiera de los
presentes aceptaría gustoso su ofrecimiento, hecho con tan exquisita
educación.
Del coro de risas provocado por la contestación de Robert
destacó la voz de una muchacha de pálido semblante:
—Bien hablado, forastero. No te dejes amedrentar por ese cerdo
de Wood.
La intervención de la joven bailarina, a la que Wood pretendía
sin éxito, acabó por agotar la paciencia del rufián.
—¡Saca tu revólver, asqueroso novato! —rugió iracundo.
—¿Qué saque el revólver? —interrogó Robert, simulando un
gesto de sorpresa—. ¡Oh, no, amigo! Me gusta razonar con palabras,
pero sin llegar tan lejos. No sé manejar el revólver y sería un
suicidio.
—¡Desenfunda o te agujereo la piel sin contemplaciones!
—¡Y dale con el revólver! —comentó Robert con gesto cómico,
que hizo reír a varios testigos de la escena—. ¡Es usted un
maniático!
—¿Qué soy qué? ¡Tú sí que eres un cobarde!
—Alto ahí, amigo. No le consiento que diga semejante estupidez.
Yo lucharía gustoso contra un hombre que me ofreciera igualdad de
condiciones. Es decir, que disparase tan pésimamente como yo, que
tuviese una formación cultural y moral idéntica a la mía y hasta mi
propia edad; los mismos gustos y aficiones e igual cantidad de
dólares en el bolsillo. En suma: que se arriesgase a perder
exactamente lo mismo que yo.
—¡Palabrerías! —fue todo lo que pudo decir Wood, apabullado
por aquel cúmulo de razonamientos cuyo sentido apenas entendía.
—Aquí el único que da pruebas de cobardía es usted —continuó
Robert sin inmutarse, decidido a llegar hasta el final propuesto—
porque no arriesga nada al provocarme. Conozco a los de su calaña,
Wood. Es usted uno de esos pistoleros profesionales que prefieren
disparar por la espalda, contra hombres indefensos.
—El forastero es un pozo de ciencia —rio alegremente la misma
voz femenina que hablara antes—. Y, además, no se puede negar que
es un guapo mozo.
—¡Basta! ¡Basta ya! —exclamó Wood fuera de sí, trémulo de
rabia más por las palabras de la joven que por los insultos de Robert
—. ¡Tú lo has querido!
Y, acompañando la acción a la palabra, hizo un brusco ademán y
el cañón de su revólver amenazó el pecho de Robert, mientras este
intentaba sacar el suyo con evidente torpeza de movimientos.
Sonó un disparo y, en contra de lo que todos esperaban, Wood
lanzó un grito de dolor y su ensangrentada mano soltó el revólver.
Todas las miradas se concentraron en el hombre que había
disparado y en el que nadie reparara antes. Hasta entonces, había
permanecido sentado detrás de una apartada columna, como si
quisiera pasar inadvertido.
—Ya no podrás disparar con la derecha, Wood —dijo Buddy
Taylor, adelantando unos pasos, todavía con el revólver humeante. Y
como viera algún gesto amenazador en los hombres que
acompañaban a Wood, los encañonó con el arma:
—¡Cuidado, amiguitos, si queréis conservar la piel!
Los compañeros de Wood, que conocían sobradamente al tejano,
se quedaron quietos, rígidos. Wood exclamó:
—¡Sucio vaquero! ¿Quién te ha dado vela en este entierro?
—En este, me la he tomado yo; pero en el tuyo voy a llevarla por
derecho propio como no te calles.
Acércate a tus compañeros de fechorías. Eso es. Así.
Sin dejar de amenazar con su arma a Wood y sus hombres,
Buddy lanzó una rápida mirada por el atestado local.
—¿No os da vergüenza? —increpó a todos, elevando la voz—. Por
lo visto, hubierais dejado que Wood asesinara a ese hombre.
¡Diablos! ¡Sois todos unos cobardes!
—No olvides que Wood es del equipo de Sewall Jackson —dijo
un minero de rudo aspecto.
—Eso es, Buddy —terció otro—. No tenemos ganas de
complicarnos la vida.
Robert, que parecía sorprendido todavía por lo ocurrido, estimó
llegado el momento de intervenir:
—Gracias, vaquero. Creo que le debo la vida. No comprendo...
—Ya veo que no comprende usted nada —replicó Buddy con
gesto de fastidio—. ¿Por qué se le ocurrió entrar aquí? ¿Y a qué ha
venido usted al Oeste?
—Yo, pues... busco trabajo. Me gasté todo el dinero que tenía en
adquirir un buen equipo y como me dijeron que en el Oeste faltan
hombres...
—¡Sí, diablos! Faltan hombres, pero no como usted. ¿Dónde van
a darle trabajo con ese aspecto?
Uno de los hombres de Wood rio sarcásticamente.
—Llévalo al rancho de Jane Brodory —dijo—. Será un inútil más
en su equipo.
—Únicamente en Dos Caminos le darán trabajo —comentó
Wood con despectiva entonación, mientras se vendaba la mano
herida con un pañuelo de dudoso color—. ¡Un buen refuerzo para su
equipo de borrachos!
—Me habéis dado una buena idea —dijo Buddy—. Recomendado
por vosotros, no tengo más remedio que aceptar. ¿Le parece bien,
forastero? Le advierto que no encontrará oportunidad como la que
le ofrezco.
—Me parece de perlas, amigo vaquero. ¿Qué trabajo me
asignarán?
—¡Diablos! No corra tanto. De momento, lo que nos interesa es
salir de aquí. Hágalo usted primero y monte en su caballo. Yo le
seguiré sin volver la cara a estos coyotes. Son tan cobardes como
asesinos.
Robert siguió las instrucciones de Buddy, mientras este
retrocedía de espaldas, sin dejar de encañonar con su revólver al
enfurecido Wood y los hombres que le acompañaban.
—¡Hasta la vista, muchachos! La próxima vez que tropiece
contigo, Wood, te inutilizaré la otra mano para que tengas que
cambiar de profesión.
Y, de un salto, Buddy salió al exterior y se encaramó ágilmente
sobre su caballo, al que Robert, montado ya en el suyo, tenía cogido
de las riendas junto a la puerta del saloon. El tejano gritó:
—¡Aprisa, compañero! ¡Pronto habrá aquí fuegos artificiales!
Los dos magníficos corceles emprendieron una carrera
desenfrenada, haciendo inútiles los disparos de Wood y sus
hombres, que gritaban desaforadamente en medio de la calle.
—¡A caballo! —ordenó Wood, encolerizado—. ¡Hemos de
alcanzarlos!
—Perderemos el tiempo, Wood —le aconsejó uno de sus
hombres—. Sus caballos son mejores que los nuestros.
A pesar del furor que le poseía, Wood tuvo que rendirse a la
evidencia del razonamiento expuesto por su compañero. Y, con
gesto de impotente rabia, exclamó:
—¡Maldito vaquero! ¡Ya arreglaremos cuentas en otra ocasión!
Varios hombres, atraídos por los disparos, se acercaron al
enfurecido pistolero. Entre ellos destacaba un chino por su baja
estatura y amarillenta epidermis, el cual comentó con voz chillona:
—Pala sel novato, cole bastante el folastelo. ¡Je, je, je!

*
Cinco años habían transcurrido desde que Jane Brodory se
hiciera cargo de la dirección del rancho Dos Caminos. Contaba
solamente quince primaveras cuando tuvo que suspender sus
estudios, que cursaba en Nueva Jersey, al recibir noticias alarmantes
de Wade respecto a la salud de su padre. Pero el largo viaje la
impidió llegar a tiempo. La afligida huérfana no pudo hacer otra
cosa que rezar ante la tumba de su padre, cuyos restos descansaban
junto a los de su esposa y madre de Jane, muerta tres años antes, y
prometerle solemnemente que lucharía con todas sus fuerzas por el
engrandecimiento del rancho, al que él había dedicado los mejores
años de su vida. Sabía que con ello daba satisfacción a la más
codiciada ilusión de su padre, cuya mayor preocupación era no
tener un hijo que le sucediera en la dirección del rancho. Y, con
verdadero espíritu de sacrificio, dio comienzo inmediatamente a la
ingente tarea que se había echado sobre sus débiles hombros.
A partir de entonces, Wade veló por la joven como lo pudiera
hacer el mejor padre, solícito y desinteresado. Gracias a sus
consejos y honrada administración, pudo Jane hacer frente al
cúmulo de circunstancias desfavorables que se presentaron durante
los cinco años posteriores a la muerte de su padre. Pero,
últimamente, la situación se había agravado. Los robos de ganado se
sucedían con gran frecuencia y Wade, con la única ayuda eficaz del
tejano Buddy Taylor, se veía impotente para luchar contra las
numerosas cuadrillas de cuatreros que infestaban la comarca. Los
hombres de su equipo apenas servían para realizar las tareas más
sencillas del rancho y se negaban reiteradamente, con cínica
despreocupación, a tomar las armas en contra de los ladrones de
ganado. Tantas muestras de cobardía en hombres jóvenes y fuertes
hicieron sospechar a Wade si estarían sobornados por el poderoso
Sewall Jackson, el cual había puesto su codiciosa mirada en el
rancho y en su propietaria. Todo se podía esperar de un hombre
como él, que se había adueñado de casi todos los ranchos de la
comarca, mediante toda clase de procedimientos, al amparo de una
flamante Sociedad de Ganaderos, cuyos componentes manejaba a su
antojo.
Pero no eran estas las únicas preocupaciones de Wade. En el
transcurso de los años, la pálida y delgada niña, de delicadas
facciones y ojos tristes y profundos, que llegara de Nueva Jersey con
el corazón destrozado, se había convertido en una maravillosa
mujercita de veinte años. Su esbelta figura, de líneas exquisitamente
modeladas por el ejercicio físico en plena naturaleza, y su bellísimo
rostro, en el que destacaban sus profundos ojos oscuros y la
indefinible gracia de sus facciones, le habían acarreado serios
disgustos al fiel capataz. Muchos eran los que la pretendían y
bastantes las violencias cometidas por algunos de ellos por tal
motivo. Los rudos hombres del Oeste, tan escasos de mujeres en
aquella época, apreciaban en Jane a la esposa perfecta, adornada de
incomparables gracias femeninas y de equilibrada inteligencia. Y
Wade, atento siempre al bien de la joven, la aconsejaba e intentaba
no diera ningún paso en falso, haciendo caso omiso de sus
protestas.
Porque Jane no se dejaba gobernar tan fácilmente como muchos
de los despechados pretendientes creían. Quizá como íntima
rebeldía a la austeridad de sus costumbres y obligaciones impropias
de su sexo y edad, que había escogido libremente como imperativo
de su existencia, de cuando en cuando parecía brotar en ella la
llama de su impetuosa juventud, vigorosa y atrevida. Y, entonces,
sus caprichosas reacciones e ingenua terquedad ponían a prueba la
paciencia de Wade, que intentaba disuadirla de todo aquello que
pudiera perjudicarla y que él, con su larga experiencia, preveía casi
siempre.
Al marchar Wade a Nueva Orleans fue cuando Jane apreció
mejor que nunca el cariño que profesaba a su viejo capataz. Sin sus
consejos y apoyo sentíase aislada, como perdida en la inmensidad
de aquel extenso y bravío territorio de Wyoming. Únicamente la
consolaba algo la presencia de Buddy Taylor, cuya fidelidad y
pruebas de afecto eran constantes. Y cuando regresó su capataz, ya
avanzada la noche, en compañía de aquellos diez hombres de
agradable aspecto, la alegría de la joven se desbordó con infantil
espontaneidad.
Pasados los primeros momentos de cambio de impresiones,
Wade la informó sobre la identidad de los hombres que había traído:
—Son todos hábiles cazadores y expertos caballistas, Jane. Su
misión en el Union Pacific era abastecer de carne de búfalo a las
brigadas de obreros y fuerzas de protección. Nos serán muy útiles.
Sin hacer más comentarios sobre su estancia en Nueva Orleans,
obtuvo la autorización de Jane para prescindir de todos los vaqueros
que constituían el equipo del rancho. Su primera idea era reforzar el
equipo con los hombres que había traído; pero informado por la
joven del pésimo comportamiento de los vaqueros durante su
ausencia, a pesar de los esfuerzos de Buddy para llevarlos por el
buen camino, decidió despedirlos a todos sin contemplaciones.
Y, media hora después, no quedaba en el rancho ni uno de ellos.
Rápidamente, Wade adoptó las primeras medidas. Para evitar o, al
menos, aminorar el robo del ganado, principal problema a resolver,
designó a seis de los nuevos vaqueros, hombres duros y avezados a
la vida al aire libre, para que, al amanecer, se distribuyeran
convenientemente por la extensa campiña que servía de pasto a las
reses, con orden de disparar sin previo aviso contra los cuatreros.
Hecho esto, instruyó a los cuatro vaqueros restantes sobre los
trabajos a realizar por ellos.
Wade sentíase optimista. Sus nuevos hombres, jóvenes y fuertes,
habían aceptado sus órdenes con despreocupada alegría, a pesar de
que la misión encomendada a cada uno de ellos era dura e, incluso,
podría resultar peligrosa. A juzgar por su entusiasmo y
desinteresado apoyo, era evidente que todos profesaban un
verdadero afecto a John Brodory, al que debían, según les había oído
comentar Wade, ciertos favores relacionados con el precio de los
búfalos muertos por ellos. Y aquella noche, el capataz de Dos
Caminos durmió plácidamente. Entre sueños vio que los oscuros
horizontes que se cerraban amenazadoramente sobre los intereses
que él defendía, cambiaban de color; ahora eran de tonos claros y se
ensanchaban indefinidamente, acabando por confundirse entre la
claridad de un nuevo amanecer, radiante y prometedor. Y un grupo
de finos tiemblos, rejuvenecidos por su fresco verdor primaveral,
agitaban débilmente sus hojas al suspiro de la brisa mañanera,
como símbolo de una nueva era, sosegada y feliz, en la que la
naturaleza iluminaba a los hombres y los conducía por el buen
camino.
Al día siguiente se levantó de la cama con más vigor que nunca.
—¡Aprisa, muchachos! —gritó alegremente a sus nuevos
vaqueros—. La señorita Jane Brodory os quiere decir unas palabras.
Jane se hallaba en el pórtico de su casa ranchera. Con el rostro
radiante de entusiasmo, dio la bienvenida a todos y les deseó que su
estancia en el rancho les fuese grata. Inmediatamente advirtió Wade
la influencia que pareció ejercer la melodiosa y emocionada voz de
la joven sobre los vaqueros. Electrizados, como sorprendidos de que
aquella abnegada joven escondiese su maravillosa belleza en tan
apartado rincón del Oeste, la escuchaban absortos, sin moverse.
Desde este momento, antes se dejarían matar que dejar incumplida
cualquier orden o deseo que procediese de ella.
En poco tiempo quedaron realizadas las disposiciones que
adoptara Wade la noche anterior. El nuevo equipo respondía a la
perfección. Todos trabajaban con ilusión, con verdadero espíritu de
sacrificio y camaradería, y el rancho adquirió un tono de jovialidad
y optimismo desconocido hasta entonces.
Anochecía ya cuando Wade, fatigado y hambriento, pero vivo su
espíritu como nunca, llamó quedamente en la puerta de la casa
ranchera.
—Adelante —dijo desde dentro la voz de Jane.
Wade empujó la puerta y penetró en el interior. Estaba Jane
sentada junto a una pequeña mesa de escritorio, revisando unos
papeles, y en sus delicadas facciones y grandes ojos oscuros, en los
que parecían brillar luces de variantes matices, se advertía que una
grave preocupación la atormentaba.
—¿Ocurre algo desagradable, Jane? —interrogó Wade.
La joven trató de disimular esbozando una sonrisa, pero no
consiguió que sus entristecidos ojos cambiaran de expresión.
—Nada imprevisto, Wade. Estaba repasando estos papeles.
Wade se sentó junto a ella y, con paternal afabilidad, la miró
fijamente.
—¿Por qué intentas disimular, pequeña? ¿Todavía no sabes que
es difícil engañar a un viejo zorro como yo? ¡Bah! Aleja de tu
cabecita tristes pensamientos, hija mía. Hoy es un día de alegría
para todos.
—Sí. Reconozco que este rancho parece otro. Los nuevos
vaqueros son todos buenos muchachos. Pero ¿no crees que el
remedio ha llegado un poco tarde? Solamente faltan doce días para
que venza el plazo de la hipoteca. Y cada vez que pienso en la
posibilidad de que el rancho, tan querido por mi padre, pase a
manos de otro... ¡Sería capaz de cualquier locura para impedirlo!
—No será preciso, Jane. Sé en lo que estás pensando y, antes que
consentirlo, quemaría el rancho por los cuatro costados. Ese
Jackson es un malvado.
—Creo que exageras, Wade. Y si me uniera a él...
—¡Te he dicho que jamás lo consentiré! —gritó Wade, cogiéndola
enérgicamente por los hombros—. ¿Has oído? ¡Jamás! No permitiré
que, por un equivocado concepto de fidelidad a la memoria de tu
padre, sacrifiques tu juventud y hasta tu vida. Y te advierto, criatura,
que estoy dispuesto a descerrajar un tiro a ese hombre si
desatiendes mi consejo.
—¡Wade!
—Lo dicho. No lo olvides, pequeña. Además ya veremos qué
pasa. Hoy hemos empezado a seleccionar reses para conducirlas a
Ogden, donde las autoridades militares las pagan a cuarenta
dólares.
El bello rostro de la joven se animó un tanto al oír las últimas
palabras de su capataz.
—¡Oh, Wade! —exclamó, al tiempo que le abrazaba
cariñosamente—. Dios quiera que podamos realizar la operación
antes de que finalice el plazo. Confieso que ese Jackson me da
miedo.
—Todo depende de lo que tardemos en seleccionar y marcar las
reses —repuso Wade con cierta vacilación en la voz—. Ahora nos
toca pagar las consecuencias de la holgazanería de nuestro anterior
equipo. Casi todas las reses están sin marcar y, además, tendremos
que llevar a cabo una selección muy minuciosa para reunir el
número suficiente de cabezas. Ya sabes, Jane, que últimamente los
cuatreros han hecho estragos en nuestro ganado. De once mil reses
aproximadamente que hay en nuestros pastos, he podido observar
que la mayoría de ellas son demasiado jóvenes para conducirlas a
Ogden. Se ve que los malditos cuatreros conocían bien su oficio.
—Entonces, ¿no hay salvación posible?
—Yo no he dicho eso, ¡diablos! Tropezaremos con dificultades, es
cierto; pero confío en vencerlas. Los muchachos trabajan con
verdadera fe, y Buddy Taylor ya ha regresado.
—¡Cómo! ¿No está aquí mi fiel vaquero?
—Llegó hace media hora con un tipo extraño. Un novato que...
Wade se interrumpió. Le desagradaba mentir a Jane y, por otra
parte, no quería dejar incumplidas las instrucciones que recibiera de
Robert, quien parecía no confiar mucho en la discreción femenina.
—¿Un novato has dicho? —preguntó Jane entre sorprendida y
risueña—. ¿Y para qué lo ha traído?
—Pues... es el caso, Jane, que quiere trabajar aquí. Para hablarte
de él he venido a verte.
Jane hizo un mohín de disgusto.
—Aconséjale que busque trabajo en otro sitio —dijo—. Un
hombre inexperto nos serviría de estorbo más que de otra cosa. Y
nuestra situación no nos permite...
—Se trata de un hombre algo original. Dice que es escritor y que
viene del Este para documentarse sobre no sé cuantas cosas.
—Peor todavía, Wade. Se pasaría el tiempo haciendo preguntas y
contemplando la naturaleza. Conozco a esa clase de tipos y la
pedantería que se gastan cuando tratan con gentes sencillas como
nosotros. No; decididamente, dile que se marche.
Ante la firmeza de los razonamientos de ella, Wade inició la
salida, indeciso. Más, antes de llegar a la puerta, se volvió y dijo lo
que él consideraba de infalible efecto:
—Lo malo de todo esto, Jane, es que a Buddy le disgustará tu
negativa. No sé cómo diablos se conocieron en Sackville y Buddy le
prometió proporcionarle trabajo.
Ahora fue Jane la que titubeó. Su fiel vaquero, que en tantas
ocasiones arrostrara los mayores peligros en defensa de sus
intereses, jamás la había hecho petición alguna; abnegado y sencillo,
trabajaba de sol a sol sin importarle la escasa remuneración que
percibía. Y todo esto lo hacía por ella, desinteresadamente.
—Espera un momento. ¿Dices que Buddy se interesa por él?
—Cierto. Al menos, eso me pareció notar.
—Hazlos entrar, pues. Me disgusta dejar en descubierto a Buddy.
Wade salió corriendo y volvió, poco después, con Robert y
Buddy. El joven ingeniero recibió la sorpresa mayor de su vida al ver
a Jane Brodory. Wade había sido siempre parco en palabras al
hablarle de ella y, por otra parte, Buddy le informó, durante la
marcha de ambos jóvenes de Sackville a Dos Caminos, que su
aspecto físico dejaba bastante que desear. Ahora comprendía,
sorprendido, lo bromista que era el tejano.
—Ya estoy de vuelta, señorita Jane —dijo Buddy alegremente—.
Y este es Robert Kenne. Lo pesqué en Sackville.
—¿Lo pescaste?
—Bueno, poco más o menos así fue. ¿No es cierto, Kenne?
—Buddy me ayudó a salir de cierta situación enojosa —asintió
Robert, algo confuso. Por primera vez le desagradaba no poder
mostrarse cuál era. Su esmerado y excéntrico traje de vaquero le
pareció detestable en aquellos momentos y, más aún, el papel que
pretendía desempeñar. Quizá por disimular su turbación, añadió
con entonación despreocupada—: Tenía entendido que el Oeste
estaba más civilizado.
Una rápida mirada bastó a Jane para enjuiciarle, a su modo, a
Robert. Tenía ante sí, sin duda, a uno de esos habitantes del Este
que acuden al Oeste por simple diversión, como para satisfacer una
curiosidad, y juzgan a los que viven en plena naturaleza, sin las
comodidades de su ambiente, con cierto aire de superioridad.
Evidentemente mortificada, replicó:
—Su opinión sobre el Oeste me parece un poco prematura, señor
vaquero. Se requiere tiempo para comprenderlo, para profundizar
en el espíritu de sus hombres y estudiar las inmensas posibilidades
de nuestras llanuras. Tal vez no esté lejano el día en que el Oeste sea
considerado como lo más próspero de la Unión a pesar de su actual
falta de civilización.
Robert estimó oportuno excusarse:
—No quisiera que se enojara usted por lo que he dicho, señorita.
La verdad es que en Sackville tuve un mal comienzo.
—No me extraña —replicó ella mirándole de arriba abajo—. Se
ha disfrazado usted con demasiado esmero.
—¿No le gusta mi traje? —preguntó Robert como sorprendido—.
Me dijeron que era el mejor.
—De eso no cabe duda —intervino Wade, riendo.
—¡Diablos! —exclamó Buddy—. ¿Qué es lo que esperan ustedes
encontrar en un hombre que desconoce nuestras costumbres, que
no sabe nada de nuestra forma de vivir? Opino que...
—Buddy está en lo cierto, capataz —interrumpió Jane con gesto
divertido—. Quizá al señor Kenne acabe por gustarle nuestra tierra
con el tiempo.
—Estoy seguro de ello, señorita Jane. Si sus mujeres son tan
bonitas y entusiastas por el Oeste como usted, echaré raíces aquí
para toda la vida.
Jane no pudo evitar que su rostro se sonrojara al oír las palabras
de Robert. Poco acostumbrada a las lisonjas, quedó unos instantes
turbada, sin saber qué decir a aquel hombre de estrafalario aspecto,
pero de erguida figura y rostro simpático y varonil, que la miraba
admirativamente. Para disimular, optó por dirigirse a Buddy:
—Está bien, Buddy. Si usted lo desea, su amigo puede quedarse
en el rancho.
—¡Magnífico! —exclamó el tejano con entusiasmo—. Ya verá
usted cómo es aplicado y aprenderá fácilmente nuestras tareas.
—Por mi parte, pondré todo mi interés —prometió Robert,
mirándola fijamente—. Muchas gracias, señorita Jane.
Al despedirse los tres hombres, ella los vio marchar con alegre
sonrisa en sus bellas facciones.
CAPÍTULO IV
e intensa actividad fueron los
días siguientes en el rancho Dos
Caminos. El nuevo equipo daba
un magnífico rendimiento y
bastaron cinco días para reunir
seiscientas reses listas para la
venta. A fin de no privar al
rancho de ninguno de sus
vaqueros, fueron conducidas las
reses hasta el lugar donde
acampaban Horton y sus
hombres, los cuales se hicieron
cargo de la conducción de la
manada a Ogden, centro
ferroviario donde se efectuaban
las compras de ganado.
Mientras tanto, Robert no
había perdido el tiempo.
Eficazmente ayudado por Buddy Taylor, se dedicó a adquirir
informes sobre los individuos que, a su juicio, podrían estar
complicados en los sabotajes de que era objeto el Union Pacific. Su
sorpresa fue grande al comprobar, a medida que iba indagando y
reuniendo datos de unos y otros, el inmenso poder que alcanzaba la
sociedad ganadera creada por Sewall Jackson. En toda la
extensísima comarca, de tierra feraz y frescos pastos, los mejores del
Estado de Wyoming; solamente tres ranchos no eran de su
propiedad. Millones de acres de terreno, a través del cual estaba
realizándose el tendido de líneas del Union Pacific, pertenecían a
Jackson y estaban vigilados por sus numerosos equipos de vaqueros,
la mayoría de ellos pistoleros proscritos de otros Estados.
A la vista de sus investigaciones, el joven ingeniero llegó a la
conclusión de que resultaba poco menos que imposible que los
saboteadores no contasen con el apoyo de Sewall Jackson para
cometer los atentados. Además, los antecedentes del ganadero eran
bastante turbios. Llegado a Sackville diez años antes, nadie conocía
la procedencia del dinero que le había servido para adueñarse de los
ranchos más prósperos del Estado. Convencido Robert de que
seguía una buena pista, se trazó un plan de ataque contra el
poderoso personaje.
Al regresar Wade de entregar las reses a Horton, ya avanzada la
noche, Robert le expuso sus proyectos:
—Es preciso atacarle con sus mismas armas. Asaltaremos sus
ranchos y robaremos su ganado, aunque luego tengamos que
dispersarlo; tampoco escapará a nuestra acción el dinero que le
traiga la diligencia para pagar a sus hombres.
—Pero eso es peligroso, muchacho —repuso Wade, sentándose
en su desvencijada cama—. Te colocarás al margen de la ley, como
un cuatrero cualquiera.
—Procuraremos no herir a nadie, Wade. Además, el señor
Brodory me dio un escrito, firmado por el gobernador de Nueva
Orleans, que justifica mis actos ante cualquier sheriff.
—¡Ah! Eso ya está mejor. Pero, de todas formas, no comprendo
lo que pretendes.
—Veo que te vas haciendo viejo.
Wade rio.
—Explícate.
—Si atacamos en diversos sitios al mismo tiempo, con la
colaboración de Horton y sus muchachos, es indudable que Jackson
se verá obligado a movilizar a sus hombres en contra nuestra. ¿No
comprendes mi plan? A medida que se intensifique nuestra ofensiva
contra sus intereses, mayores serán sus esfuerzos para evitar los
perjuicios que le ocasione, lo que se traducirá en un mayor número
de sus hombres dedicados a nosotros. De esta forma, admitiendo el
supuesto de que Jackson esté relacionado con los sabotajes, no sería
extraño que disminuyesen los atentados.
—¿Y qué conseguirás con todo esto? De momento, tal vez evites
los sabotajes; pero luego se reanudarán. Si no extraes la raíz...
—A eso voy, Wade. Pero antes necesito tenerla certidumbre de
que Jackson es nuestro hombre. Y si se producen los hechos tal
como he dicho, nuestras sospechas quedarán confirmadas.
—¿Y después, qué? ¡Diablos, muchacho! No adivino de qué
medios te valdrás para acusarle. Las sospechas no son suficientes.
—Confiemos en los incidentes que se presenten durante la lucha.
Tal vez uno de ellos nos lleve a la resolución del problema.
—Quizá tengas razón. Admito que los años me van haciendo
impaciente y quisiera llegar al final de las cosas sin recorrer el
principio.
—Tampoco a mí me gusta tanta dilación y preparativos. Antes de
decidirme por esto, lo he pensado mucho; pero no he encontrado
otra fórmula mejor para llegar al fin propuesto. Jackson es
inabordable; todas sus operaciones conocidas las realiza dentro de
la más escrupulosa legalidad, aunque todos saben de qué medios se
vale algunas veces. Sin duda, es hombre listo y sobrado de recursos.
Poco después, sentado junto a un ventanal del amplio recinto
que servía de dormitorio a todos los vaqueros, Robert maduraba en
silencio sus proyectos, mientras sus compañeros roncaban con raras
disonancias.
El día siguiente, sin embargo, lo inició como los anteriores. Le
convenía obrar con toda clase de precauciones. Y, con jovial
resignación, se entregó a los sencillos trabajos que, personalmente,
le había asignado Jane.
Sin explicarse los motivos ni profundizar en la razón de ello, la
joven se informaba con frecuencia de las andanzas de Robert y le
complacían sus fracasos en las duras tareas que, al igual que los
demás vaqueros, intentó realizar en un principio. Y el final de las
experiencias del ingeniero fue dedicarse a trabajos sencillos, de
carácter doméstico los más, que hubieran humillado al vaquero más
inútil.
Pero Robert llevaba a efecto sus obligaciones sin inmutarse,
admitiendo las pullas de sus compañeros con risueña resignación.
De esta forma, disponía de más tiempo libre y, sobre todo,
conservaba finas y ágiles las manos para cuando tuviera que entrar
en acción y hacer uso del revólver.
Alrededor del mediodía, cuando se disponía a llevar a la cocinera
del rancho —una negra de agradable aspecto y exageradamente
obesa— los dos cubos de leche que acababa de ordeñar, vio a Buddy
y a otro vaquero luchando con un potro salvaje en el interior de un
pequeño encerrado situado a pocos metros de la casa ranchera.
Atraído por la bella estampa del mesteño, dejó el producto de su
trabajo en el establo y se acercó al encerradero. En aquel momento,
Buddy salía despedido por los aires.
—¡Diablos! ¡Qué animal más salvaje! —se quejó, levantándose
con dificultad. Y, al reparar en la presencia de Robert, saludó—.
Hola, compañero. ¿Quieres montarlo? Quién sabe sí, por ser del
Este, te trata con más consideración que a mí.
Robert sintió unos deseos irreprimibles de acceder a la
invitación de Buddy. ¡Hacía tanto tiempo que no experimentaba la
emoción de domar un potro salvaje!
—Lo intentaré.
Lentamente, con movimientos suaves, se acercó al potro y, una
vez junto a él, se encaramó en su silla de un rápido salto. El animal
se estremeció como si le hubiesen aplicado un hierro candente en su
lomo y dio un salto inverosímil, seguido de violentas cabriolas. Su
instinto salvaje se revelaba con terrible furia al notar el peso del
hombre sobre él y, durante un minuto, luchó denodadamente, sin
cejar en la violencia de sus desordenados movimientos. Pero Robert
se mantenía en la silla en contra de lo que esperaban Buddy y su
compañero.
Ya empezaba el noble bruto a dar muestras de fatiga, cuando
Robert vio a Jane, que se aproximaba con sorprendida expresión en
sus bellos ojos oscuros. La presencia de la joven le volvió a la
realidad, al papel que le convenía desempeñar y del que se había
olvidado durante unos momentos por su desmedida afición a los
caballos. Y escogió, para caer, el lugar donde la maleza estaba más
crecida.
Lo primero que oyó después del golpe contra la tierra fue la
fresca risa de Jane, coreada por las carcajadas de los dos vaqueros.
Robert se acercó a ella, sonriendo.
—Pero... ¿cómo se le ha ocurrido a usted?... —Jane se
interrumpió, ahogada por la risa.
—Pues yo creo que no lo hice mal del todo —dijo Robert, como
admirado de sí mismo.
—Si se refiere usted a la caída, efectivamente es de lo mejor que
he visto.
—Me doy por satisfecho si con ello se ha divertido usted. Aunque
fue un golpe bastante fuerte.
Robert advirtió cierto interés en ella al preguntar:
—¿Tiene alguna contusión?
—No. Hubo algo de suerte.
Jane se quedó silenciosa durante unos momentos. La intrigaban
ciertos contrastes que observaba en él y más de una vez había
pensado en ello sin deducir nada práctico. Lo único que percibía
claramente, y no sin cierta sorpresa, era que la presencia del joven le
agradaba y que su delicada cortesía y correcta conducta, tan poco
habituales en aquel ambiente en que vivía, la complacían
íntimamente.
—¿Continúa usted con su deseo de permanecer aquí? —dijo, por
fin, tras breve pausa.
—Claro que sí, señorita Jane. ¿Acaso, la he molestado a usted en
algo? De ser ello cierto, no me lo perdonaría nunca.
—No, no. Hasta ahora, nada tengo en contra suya. Pero sigo
creyendo que este no es su ambiente, señor Kenne. Usted es un
hombre culto, con recursos para vivir de otra forma, en otro lugar
más adecuado a sus conocimientos.
Robert la miró fijamente. ¡Qué bonita era! ¡Qué adorable le
parecía en este momento! La alegre expresión juvenil que,
habitualmente, resplandecía en su bello rostro como dorados
reflejos de primavera, se había trocado en ingenua seriedad de
mujercita sensata que quiere dar consejos. Él mismo se sorprendió
al oír sus propias palabras:
—Yo soy feliz viviendo cerca de usted.
Jane se volvió para ocultar su turbación. ¿Por qué sentía un
extraño temblor, una indefinible sensación de?... Bruscamente,
interrumpió sus pensamientos y, rabiosa consigo misma por lo que
ella creía una debilidad, replicó:
—En todas sus cosas se advierte en usted al hombre del Este.
¿Qué ha venido a hacer aquí? A veces creo notar que no ha sido
usted sincero con nosotros, que oculta algo.
—Me sorprende usted, señorita Jane —repuso él,
verdaderamente sorprendido de la maravillosa intuición que, como
mujer de delicada sensibilidad, demostraba tener la joven.
—¿Por qué?
—Por sus dudas respecto a mí. ¿Tan extraño resulta que un
hombre se dedique a escribir libros y trate de documentarse en un
ambiente propicio?
—No. Efectivamente, me parece una buena costumbre. Pero no
tiene usted aspecto de escritor.
—¿Eh?
—Nunca le veo pensativo, observador; apenas se fija en nada,
aunque para usted es todo nuevo, según dice. Yo me figuraba al
escritor...
—Descríbamelo, por favor. Algo aprenderé.
—Pues no sé. De aspecto distraído, algo... algo distinto a usted —
Jane sonrió al añadir—: Estoy diciendo muchas tonterías, ¿verdad?
Robert no opinaba que ella dijese tonterías ni mucho menos,
sino más bien que poseía una finísima y peligrosa percepción para
deducir hechos concretos de simples impresiones sensoriales.
Unos fuertes golpes de cascos de caballo atrajeron la atención de
ambos jóvenes en aquel momento. Un jinete de elevada estatura y
gran corpulencia galopaba hacia ellos. Al desmontar y extender su
enguantada mano a Jane, Robert experimentó una sensación de
repulsiva antipatía hacia el desconocido, cuya ancha boca sonreía al
decir:
—¿Cómo se encuentra usted, señorita Jane?
—Bien por ahora, señor Jackson. ¿A qué debo el honor de su
visita?
Las irónicas palabras de Jane descubrieron a Robert la identidad
del inoportuno visitante. ¿Conque aquel individuo era el poderoso
Sewall Jackson? El joven ingeniero miró fijamente sus groseras
facciones, animadas por unos ojos de vívida expresión, parecidos a
los del águila en acecho. A pesar de sus cuarenta y seis años y
maciza corpulencia, el conocido ganadero conservaba gran agilidad
de movimientos y daba muestras de intensa vitalidad.
—Necesito hablar con usted reservadamente.
Jane le indicó que la siguiera y ambos se dirigieron hacia el
rancho. Sewall Jackson apenas había reparado en Robert.
—¿Qué te ha parecido el individuo? —preguntó Buddy al joven
ingeniero, acercándose a él.
—Detestable.
—Quizá algún día no lejano se me dispare el revólver sin querer.
Sería la mejor forma de resolver las cosas.
—¡Buddy! ¡Tú no harás eso, al menos por ahora! —le reconvino
Robert—. Nos conviene esperar.
—¿Esperar? Aquí, en el Oeste, todo es distinto, compañero; la
vida es corta y el tiempo es oro. ¿A qué esperar más si todos
sabemos que es un canalla? ¡Diablos! Te aseguro que, como intente
perjudicar a la señorita Jane, le meto una bala en la frente.
—Y con ello te convertirías en un proscrito, en un fuera de ley.
—¡Daría mi vida por ella!
Algo percibió Robert en la entonación del tejano que le impulsó a
decir:
—¿Tanto la quieres?
Buddy vaciló, tentado de hacer partícipe a Robert de su secreto,
de lo que para él constituía su mayor ilusión y, al mismo tiempo, la
más amarga de las angustias, sin que la prudencia quemara sus
labios, como tantas veces; pero su innata modestia, a través de la
cual jugaba como un loco con ideales disparatados, pudo más que
su fogosidad y apasionado temperamento. Algo confuso, replicó:
—No puedo negar que muchas veces he pensado en ella, como
todos los vaqueros y ganaderos de la comarca. ¡Diablos! ¿Es que no
es bonita, acaso? ¡Si se enciende la sangre tan solo al verla! Pero
comprendo que no es para mí. Apenas sé leer y ella, en cambio, sabe
muchas cosas. ¡Es magnífica en todo!
—El amor no tiene fronteras, Buddy —repuso Robert, aunque
sin gran fe en lo que decía—. Si la quieres, no seas tímido y díselo.
Quizá ella...
—¡No! ¡Eso no lo haré nunca! —negó, con energía, Buddy—. No
puedo aspirar a tanto ni nada espero. Mi caso está perdido,
compañero, En cambio, a ti parece que te mira con buenos ojos.
¡Qué suerte tienes!
El tejano celebró con una carcajada sus últimas palabras. Pero
Robert no se dejó engañar por aquella nuestra de alegre jovialidad.
Claramente percibió la disimulada amargura del vaquero y su
desvaída mirada al felicitarle.
La llegada de Wade interrumpió la conversación de los dos
amigos. Venía con cuatro vaqueros, uno de los cuales llevaba un
brazo vendado.
—¡Eh, muchachos! ¿Aún no es hora de comer? —preguntó,
alegremente, el capataz.
—¿Qué le ha ocurrido a Jim? ¿Está herido?
Fue el propio interesado quien contestó a Buddy.
—Poca cosa, amigo. Peor parte llevaron los cuatreros. ¿No es
cierto, compañeros?
—Si quieres más informes, tejano, pregúntaselo al jefe de ellos —
dijo otro de los vaqueros, de cuerpo delgado y cetrino rostro,
llamado Leslie Hays—. En el supuesto de que no hayan intervenido
los fantasmas, todavía estará colgado del mismo árbol donde lo
hemos dejado balanceándose.
—¡Eli! Entonces, ¿ha vuelto a haber jaleo? ¡Diablo! ¡Y yo no
estaba con vosotros!
—¡Bah! No te lamentes por tan poca cosa —sonrió Hays—. Es la
primera fiesta que te pierdes. En cambio, hay otros que no han
acudido a ninguna.
Aunque Robert permaneció impasible, como si la indirecta del
vaquero no le afectase en lo más mínimo, no pudo evitar que la
sangre le afluyera al rostro. Con frecuencia era objeto de las bromas
de sus compañeros, que no veían con buenos ojos la presencia en el
rancho del inepto joven; más esta era la primera vez que podía
sentirse verdaderamente ofendido. Comprendiéndolo así Wade,
acudió en su ayuda.
—Basta de charla, muchachos. Si queréis comer, tendréis que
adecentaros un poco. La cocinera no os quiere ver con las orejas
sucias.
—¡Viva mamá Betún! —gritaron los cuatro vaqueros, mientras se
dirigían hacia la parte posterior de la casa ranchera, donde solían
lavarse antes de comer. Buddy siguió tras ellos, dispuesto a decir
unas palabras a Hays.
—No tomes en cuenta lo que ha dicho Hays —aconsejó Wade,
dando una cariñosa palmada en el hombro de Robert—. Es uno de
mis mejores vaqueros y, además, un excelente muchacho.
Comprende que...
—No hace falta que intentes disculparle, Wade. Hays tiene razón
desde su punto de vista y reconozco que me he enojado sin motivo.
La poca costumbre de que me traten así. Créeme que ardo en deseos
de dar por terminada esta pantomima y luchar abiertamente.
—También yo espero el momento con impaciencia. Tengo ganas
de que todos te conozcan como eres, con tu verdadera personalidad.
—Quizá no esté lejano el día. Tengo la impresión de que todo se
resolverá favorablemente, incluso la situación del rancho.
—Hoy hemos dado un buen rapapolvo a esos cuatreros. De cinco
que eran, cuatro no volverán a robar más ganado. Los sorprendimos
al este del Pico del Águila con doscientas cabezas.
Wade se extendió dando pormenores de la lucha habida contra
los cuatreros. Desde que regresara al rancho con el nuevo equipo,
era la tercera vez que se habían enfrentado con los ladrones de
ganado, llevando siempre la mejor parte. Solamente en una ocasión
lograron los cuatreros llevarse un grupo de reses sin ser
descubiertos por los vaqueros del equipo, los cuales vigilaban día y
noche, desde diversos puntos estratégicos, la extensa campiña donde
pastaban los cornilargos. El balance no podía ser más halagüeño y
esperanzador.
—Como verás, Robert —terminó el capataz—, la cosa no puede
ir mejor. Si seguimos así, espero que esos condenados cuatreros
acabarán por largarse a otros lugares más saludables. ¡Si vieras
cómo han luchado hoy los muchachos! Voy a comunicárselo a Jane.
Se entusiasma como un chiquillo por estas cosas.
—Espera. Jane está hablando con Jackson en estos momentos.
Wade, que ya se dirigía en dirección a la casa, detúvose,
sorprendido:
—¿Hablando con Jackson?
—Vino poco antes de llegar tú.
—¡Jackson aquí! No me gusta que Jane hable con ese hombre.
—Pues ahí lo tienes. Y, a juzgar por su gesto, no sale muy
contento de la entrevista.
Efectivamente, Jackson descendía en aquellos momentos por la
escalera del pórtico de la casa ranchera y su rostro denotaba un
pésimo humor. Con bruscos movimientos subió a su caballo y lo
puso al trote en el instante en que Robert avanzaba unos pasos para
ver a Jane, cuya esbelta figura de amazona recortábase en el oscuro
dintel de la puerta.
—¡Quítate de en medio, patán! —gritó Jackson, furioso, al
interponerse el joven en su camino. Y, deliberadamente, le echó el
caballo encima.
Robert dio un salto y, gracias a su agilidad, pudo evitar que le
golpeasen los cascos del animal; pero fue a dar de bruces en tierra.
Jackson se alejó sin volver la cabeza.
—Por lo visto, se pasa usted todo el día por tierra —dijo Jane,
acercándose a Robert.
La seca entonación de ella desagradó a Robert, quien repuso,
con cierta ironía, al tiempo que se levantaba:
—Esta vez no ha sido mía la culpa, señorita Jane, sino de uno de
sus pretendientes. ¡Qué furioso iba el hombre! ¿Le ha dado
calabazas?
—¿Calabazas? ¿Por qué atribuye al señor Jackson esas
intenciones? —preguntó Jane con gesto de impaciencia.
—Pura deducción y previo examen del sujeto —replicó Robert,
dándose importancia—. En esto tengo cierta competencia.
—Pues guárdese sus deducciones para sí mismo, que buena falta
le hacen.
Wade, que conocía el carácter de Jane mejor que la propia
interesada, comprendió que la joven estaba en uno de sus malos
momentos, quizá como consecuencia de la conversación mantenida
con Jackson.
—¿A qué ha venido ese hombre, Jane? —preguntó.
—Pues me dijo... me dijo que... —Jane se interrumpió y miró a
Robert, cuyo sonriente gesto interpretó ella como una provocación
—. ¿Quiere usted retirarse unos pasos, señor vaquero?
—Con mucho gusto, señorita Jane —contestó Robert, con
exagerada entonación de amabilidad y sin dejar de sonreír—.
¿Quiere usted algo más?
—¡Ob, qué pelma! —exclamó ella nerviosamente, volviéndose
hacia su capataz.
—Dime qué ha ocurrido, pequeña —interrogó nuevamente Wade,
que no comprendía la actitud de su prohijada, tan inoportuna en
aquellos momentos de crisis nerviosa de la joven—. Te encuentro
nerviosa. ¿Es que te ha ofendido Jackson?
—Me propuso que me casara con él; y, al negarme, se puso hecho
una furia y me amenazó. Me dijo que muy pronto pasaría el rancho
a ser de su propiedad y que entonces... entonces le pediría de
rodillas que se casara conmigo. ¡Oh! ¡Es un hombre abominable!
—¡Y muy malvado! ¿Y por qué no lo echaste del rancho?
—Eso hice; pero él seguía protestando y amenazándome.
—Bueno, sosiégate ahora, niña mía. Te aseguro que ese canalla
no se saldrá con la suya o dejo yo de ser tu capataz, lo que no es
posible mientras viva. Quién sabe sí, viendo la partida perdida, ha
intentado amedrentarte para tantear el terreno.
Jane sonrió a su capataz. Una vez más, las palabras de él y su
tierna solicitud aquietaron sus nervios y aliviaron sus
preocupaciones. Cuán agradecida se mostraba a la providencia por
haberla permitido el consuelo de tener a Wade a su servicio, que
animaba su triste soledad de huérfana. Con infantil espontaneidad,
le echó los brazos al cuello.
—¡Cuánto te debo, viejo amigo! —exclamó alegremente. Su
vigorosa juventud alternaba con envidiable naturalidad sus distintos
estados de ánimo. Era habitual en ella pasar del más triste
pesimismo a una desbordante alegría sin que aquel dejara rescoldo
alguno en su alma.
—¿Te encuentras ya mejor?
—Por completo. Creo que tienes razón y que el señor Jackson se
quedará con dos palmos de narices. Y, para celebrarlo, voy a sacar a
pasear a «Betty». Hace tiempo que no la hago galopar como a mí me
gusta.
—Está bien, Jane. Pero procura no alejarte mucho. Estamos
sosteniendo una verdadera batalla con los cuatreros, que abundan
como moscas.
—¡Bah! ¿Temes que me rapten?
Wade insistió, sin hacer caso de la burlona entonación de la
joven:
—Sigue mi consejo, muchacha.
—Bueno, bueno. Tú ganas —contestó Jane con traviesa
mansedumbre—. Seré obediente una vez más a la voz de reflexión, a
la experiencia y a todas esas cosas que me dices con tanta
frecuencia.
Poco después, los dos hombres la veían marchar, sobre su
magnífica yegua blanca, con distinta expresión en la mirada de
ambos: los ojos de Wade denotaban un tierno matiz de padre
orgulloso de su hija, y los de Robert reflejaban una admiración mal
contenida.
Fue Wade el primero en romper el silencio:
—¿Qué mosca te ha picado, demonio? ¿No te has dado cuenta de
que estaba nerviosa por la entrevista con Jackson? Aseguraría que
intentabas excitarla más con tu ironía.
—Nada hago sin motivo —contestó, evasivamente, Robert. Y,
deseando cambiar de tema, añadió—. Hoy voy a empezar a actuar,
Wade.
—Sé prudente, muchacho. Tus enemigos son duros.
—Lo seré.
Media hora más tarde, Robert cabalgaba hacia el punto de
reunión con los hombres de Horton. Cuatro de los cuales
permanecían guarecidos en las montañas mientras sus compañeros
conducían la manada de reses a Ogden. Robert, vestido totalmente
de negro y oculto su rostro por un amplio pañuelo de seda, que
apenas le dejaba al descubierto los ojos, encendió una hoguera en el
sitio convenido.
Poco después, los cuatro hombres acudieron ante él, casi al
mismo tiempo. Tras darles la contraseña acordada, añadió:
—Vamos a iniciar una serie de operaciones que, aunque os
extrañe, van encaminadas a descubrir la identidad de los enemigos
del Union Pacific y de míster Brodory. He dicho que quizá os extrañe
porque se trata de robar ganado.
Como no observara gesto de extrañeza en sus oyentes, bien
aleccionados, sin duda, por Wade, Robert prosiguió.
—También entra en mis cálculos asaltar diligencias. Pero no
quiero tiros como no sea en casos extremos y procurando siempre
no tirar a matar. ¿Entendido?
Los cuatro hombres asintieron con un movimiento de cabeza.
—Seguidme, pues. Y no olvidéis que del resultado de los
primeros golpes, sobre todo, depende el éxito de nuestra empresa.
Sin cruzar más palabras, los cinco jinetes se dirigieron hacia el
rancho de Mc Coy, testaferro de Jackson, que actuaba de dueño de
una de las mejores propiedades del poderoso ganadero. Los veloces
caballos cruzaron varias millas de terreno cubierto de salvia, hasta
que Robert detuvo el suyo junto a un mojón situado en una
eminencia de gran elevación. Desde allí se divisaba perfectamente
los pastos de Mc Coy. Un vistazo le bastó al joven para cerciorarse
de que la vigilancia por parte del equipo del rancho apenas existía.
Indudablemente, Jackson no temía a los ladrones de ganado.
—La cosa se presenta bien —comentó Robert—. Adelante,
muchachos.
La eminencia se hundía más adelante en una profunda depresión
del terreno, por el que descendieron hábilmente los corceles,
levantando nubes de polvo y guijarros. Los cinco hombres eran
magníficos jinetes, lo que les permitió salvar con relativa facilidad la
pronunciada pendiente y arribar sin novedad a la campiña llana y
de fresco verdor donde pastaban centenares de reses.
Con ágiles movimientos de sus caballos, los falsos cuatreros
consiguieron agrupar alrededor de cien cornilargos y lanzarlos en
veloz carrera hacia el sur.
Al cabo de media hora de incesante marcha, Robert se separó de
sus hombres, quienes tenían la orden de dispersar el ganado en lo
más abrupto de los cerros. El joven ingeniero permaneció unos
minutos observando la marcha de las reses, hasta que se hundieron
en el horizonte. Entonces, disparó su revólver al aire varias veces,
con ánimo de atraer la atención de los vaqueros del equipo de Mc
Coy y que advirtieran el robo de que habían sido objeto, y
emprendió el regreso a Dos Caminos.
Alrededor de las cuatro de la tarde, ya en los pastos
pertenecientes a Jane Brodory, aminoró la marcha de su caballo. A
pesar de ir absorto en sus proyectos, no escapó a su penetrante
mirada un punto negro que rompía la uniformidad del horizonte y
que, de pronto, pareció disgregarse en varias figuras humanas. El
joven siguió avanzando, pero ahora con más precauciones que
antes; se separó de la elevada meseta que estaba a punto de bordear
y, dando un rodeo, llegó a un lugar donde el camino se bifurcaba.
Sin titubear, se adentró por el ramal de la derecha, que ascendía
considerablemente hasta perderse en una extensa arboleda de
cedros, donde descabalgó.
Desde la quebrada vertiente próxima a la espesura, se ofreció a
su vista un panorama verdaderamente grandioso, de bellísimas
perspectivas. La naturaleza había derramado pródigamente sus
gloriosa magnificencia sobre la dilatada campiña que nacía al pie de
la vertiente. Pero Robert, en contra de su costumbre, apenas reparó
en ello; toda su atención se concentraba en aquellas figuras
humanas, que ahora distinguía perfectamente. Y su corazón dio un
salto al reconocer a Jane, que destacaba entre un grupo formado por
cuatro hombres de aspecto poco tranquilizador.
—¡Dios mío! ¡Es Jane! —exclamó, atónito.
CAPÍTULO V
or qué causas se hallaba Jane en
aquel lugar, a merced de los
cuatro facinerosos que la
rodeaban? ¿Qué serie de
circunstancias habrían
concurrido para colocar a la
joven en tan desagradable
situación?
Quizá la pasión
predominante en Jane Brodory,
hasta el momento, era la
contemplación de los selváticos
parajes que circundaban su
rancho. Y aunque estaba
dispuesta a cumplir la promesa
dada a su capataz, la belleza del
lugar que recorría, desconocido
por ella, Fue alejándola más y
más del rancho sin advertirlo
hasta que se detuvo a la orilla de un susurrante riachuelo, que
serpenteaba como cinta de plata entre los claros tonos de la
campiña. Allí se sentó en una rama, contemplando, con distraído
gesto, las irisaciones del agua al recibir los rayos de sol.
Hacía varios días que se sentía dominada por una impresión
vaga, indefinible, y quería meditar sobre ello. Siempre que aquejaba
a la joven alguna grave preocupación, escogía la soledad para
entregarse, según ella misma decía, a la meditación. Y en aquel
momento, aunque se esforzaba en analizar las consecuencias que
pudieran derivarse de su entrevista con Sewall Jackson, sus
pensamientos parecían volar, sin poder coordinarlos, hasta centrarse
en otra persona, en un vaquero de aspecto extraño, inexperto. ¿Por
qué razón pensaba tanto en Robert? Ningún lazo le unía a él; hasta
sus gustos y costumbres parecían ser distintos. Y, sin embargo, con
infantil ingenuidad se preguntó a sí misma los motivos de aquella
rara y dulce sensación. ¿Acaso?...
Unos sordos ruidos de cascos de caballo al galopar sobre la
mullida pradera la sacaron de su abstracción, de su mundo de
ensueños. Y, al volver la cabeza, vio a cuatro jinetes que galopaban
rápidamente hacia ella.
—¡Eh, muchachos! ¿Me engañan mis ojos o es verdad lo que
estoy viendo?
Jane miró, algo atemorizada, al hombre que hablara. Wood
descabalgó y se acercó a ella, con cínica sonrisa.
—Pero ¿es posible que crezca en estos lugares cosa tan
agradable?
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?
—Hasta ahora nada, palomita. Íbamos a coger unas cuantas
reses para hacernos unas chuletas; pero, al verla a usted, se nos ha
ido el apetito.
Uno de los jinetes hizo oír su ronca voz:
—Lo primero es el negocio, jefe. No debemos perder tiempo.
—¡Calla tu sucia boca! —ordenó, imperativamente, Wood—.
¿Crees que se puede desaprovechar una ocasión como esta? ¡Al
infierno los malditos cornilargos!
Consciente ya del peligro que la amenazaba, Jane intentó sacar
fuerzas de flaqueza y, simulando una serenidad que estaba muy lejos
de sentir, dijo lentamente:
—A usted creo conocerle. ¿No son ustedes del equipo de Sewall
Jackson? Ya diré al señor Jackson que procure educar mejor a sus
hombres.
—Éramos, palomita, éramos —corrigió, mintiendo, Wood—.
Ahora trabajamos por nuestra cuenta.
—¿Y qué clase de trabajo hacen ustedes? ¿Robar ganado?
—Bueno, tanto como robar... La verdad es que hacemos de todo
un poco. Entendemos que la propiedad está mal distribuida y
procuramos corregir este error de la sociedad en bien de todos.
—Ya comprendo. Pues váyanse ustedes a otra parte, porque estos
terrenos son míos y no estoy de acuerdo con sus opiniones.
—¡Ah! Entonces, ¿usted es?...
—Jane Brodory.
—Lo suponía. He oído hablar mucho de usted, y de sus encantos.
¿Qué os parece, compañeros? Nuestro antiguo jefe no tiene mal
gusto, ¿eh?
Dos de los rufianes rieron groseramente, mientras el tercero, el
mismo que hablara antes, insistió:
—El señor Jackson se enfadará si se entera de esto, Wood. Déjala
tranquila y larguémonos de aquí.
—¡Cállate, Hale!
—Las mujeres serán tu perdición. Te lo tengo pronosticado.
—¡He dicho que te calles! ¿O es que pretendes discutir mis
órdenes?
Las cetrinas facciones de Hale palidecieron ligeramente al ver el
gesto amenazador de Wood.
—Siempre te he obedecido, Wood —se excusó—. Trataba
únicamente de aconsejarte.
Jane, que seguía con creciente interés la discusión de los dos
hombres, con la esperanza de encontrar en Hale a un defensor, se
estremeció al oír las últimas palabras de este y observar su pálido
semblante. Era un desalmado como los otros. Y, convencida de que
solo podía confiar en sus propios medios para salir de aquel
atolladero, echó a correr hacia su caballo; pero la mano de hierro de
Wood la detuvo bruscamente.
—¿A dónde va usted tan aprisa?
—¡Déjeme! ¡Suéltame!
—Ni hablar de ello, gatita. Usted y yo hemos de sostener una
larga conversación detrás de aquellos matorrales.
El pestilente aliento de Wood y el cálido brillo que despedían sus
ojos aterrorizaron a Jane. Y con la fuerza que presta la
desesperación, forcejeó, furiosa, hasta conseguir desasirse de las
garras que la oprimían. Con llanto en los ojos, se dirigió a los otros
rufianes:
—¿Permitirán usted qué?... ¿Es que no tienen corazón?
Ninguno de ellos se inmutó. Sus duras facciones parecían
cortadas en piedra, carentes de expresión.
—Les daré dinero, todo el ganado que quieran —imploró ella.
No; aquellos hombres eran incapaces de albergar en sus
corazones sentimientos humanos, de conocer la piedad.
Comprendiéndolo así Jane, tuvo un acceso de cólera, de odio
furioso.
—¡Miserables! ¡Sois perversos! ¡Peores que las fieras!
—Ven aquí, pequeña rebelde —dijo Wood, cogiéndola
nuevamente.
—¡Suélteme! ¡Los ahorcarán por esto!
Wood rio cínicamente y la estrechó entre sus brazos a pesar de
los desesperados esfuerzos de ella para evitarlo. Jane notó que
flaqueaban sus fuerzas, que estaba a punto de desmayarse, y el
temor de que la ocurriese esto último hizo que, inconscientemente,
redoblase con terrible furia sus golpes.
—¡Quieta! —exclamó él, jadeante—. ¡La muy condenada!
—Alguien se acerca —anunció de pronto Hale.
El cuatrero no se equivocaba: un jinete, totalmente vestido de
negro y con el rostro cubierto con un pañuelo del mismo color,
descendía en aquel momento por la pedregosa vertiente, medio
envuelto por el polvo que levantaba los cascos de su caballo.
El jefe de los cuatreros soltó a Jane, que se dejó caer en tierra,
sin fuerzas ya. La joven pensó que solo aquel desconocido que
llegaba, de extraño aspecto, podía salvarla, y en él cifró todas sus
esperanzas.
El enmascarado detuvo su caballo a pocos pasos de distancia, y
Wood se dirigió a él:
—Si no engaña tu aspecto, eres uno de los nuestros. ¿Qué es lo
que quieres?
A Jane le dio un vuelco el corazón en la breve pausa que sucedió
a las palabras del desalmado.
—¡Deja en libertad a la señorita!
La voz imperiosa, algo natural, del enmascarado pareció
impresionar a Wood, si bien se repuso enseguida.
—¡Ah! ¿Sí? ¿Y quién eres tú para ordenarme tal cosa?
—Eso es —terció uno de los cuatreros, apoyado por el gesto de
sus dos compañeros—. ¿Quién eres, que no te atreves a mostrar tu
vergonzoso rostro?
—¡Obedéceme, Wood!
Wood era un experto conocedor de los hombres de lo frontera y
advirtió enseguida que tenía ante sí a un individuo peligroso,
decidido a todo. Y aunque eran cuatro contra uno, pensó muy
razonadamente que las primeras balas del desconocido irían
destinadas a él. Por ello, intentó contemporizar con suaves maneras,
en espera de cualquier coyuntura favorable:
—Está bien, está bien. No es cosa de enojarnos por tan poca
cosa. Pero ¿no crees que todos podríamos tener parte en este
asunto?
—¡Miserable coyote! —barbotó Robert, sin poder contener su
indignación—. ¡La muerte es poco castigo para ti!
—¿Eh?
—¿Es que no me has oído? ¡Vas a morir!
En los ojos de Robert fulgía un brillo acerado que hizo
estremecer a Wood. El rufián miró a sus compañeros, quienes solo
esperaban un gesto suyo para sacar los revólveres; luego, su vista se
detuvo en el enmascarado. Este no perdía detalle de los
movimientos de los cuatreros, dominando la situación con fría
serenidad. En aquellos momentos, su esbelta figura parecía
compendiar el espíritu bravío del Oeste. Al menos, esta fue la
impresión de Wood, que repentinamente apreció que el
enmascarado era inexorable como el destino, como la muerte
misma. Y seguro ya de que el choque con aquel formidable enemigo
no lo podría evitar, dejó caer su mano izquierda con descuidado
ademán, junto al revólver que llevaba en el cinturón.
—Si quieres seguir un buen consejo, lárgate de aquí —dijo,
sombríamente. Y, pretendiendo desviar la mirada del enmascarado,
añadió—: La herida que tengo en la mano derecha merma mis
facultades; pero ahí están mis hombres para hacerte pedazos si
intentas desenfundar. ¿Es que quieres suicidarte?
Robert aparentó caer en la trampa que le tendía Wood. Era tal su
indignación por la incalificable conducta de los cuatreros, que
deseaba vehemente mente llegar al desenlace. Además, tenía la
convicción de que solamente de esta forma podría salvar a Jane.
Pero necesitaba actuar serenamente, sin que la cólera agarrotase sus
músculos.
—A tus hombres les conviene estarse quietos —replicó con
amenazadora inflexión en la voz, al tiempo que su mirada se posaba
en ellos.
Wood, que esperaba con ansiedad este momento, sacó el revólver
con un movimiento rápido de su mano izquierda y disparó. Pero
Robert había previsto la cobarde estratagema del facineroso y, dos
décimas de segundo ante de que este disparase, encabritó su
caballo, el cual recibió los dos impactos en el cuello.
Lo que ocurrió después fue rápido y de un realismo
impresionante. La figura de Robert pareció agigantarse entre un
torbellino de fuego y plomo, mientras que Jane miraba, angustiada,
a unos y otros. El terror que experimentaba la joven cerró sus ojos
en el momento crítico en que llegaron a ella los estampidos de
varias detonaciones, casi simultáneas.
—¡Dios mío, salvadle! —suspiró.
Un silencio sobrecogedor, trágico, sucedió a la terrible algarabía
de antes. La joven abrió los ojos lentamente, y un grito de terror
atenazó su garganta al ver el lugar de la sangrienta escena, sobre el
que parecía flotar un hálito blanquecino, dantesco, que nublaba sus
ojos.
Era tanta su debilidad por las vejaciones sufridas y, más aún,
debido a la intensa fuerza emotiva de los últimos instantes, que tuvo
que realizar un poderoso esfuerzo mental para poder coordinar sus
sensaciones. Y, entonces, entre el humo producido por la pólvora,
divisó dos bultos tumbados en tierra: dos hombres muertos. Uno de
ellos, caído de espaldas, mostraba en sus ojos una expresión
incierta, de terrorífica frialdad. Y muy cerca de ella yacía Wood con
el rostro hundido en tierra, moviéndose débilmente.
En aquel momento, Robert se acercaba al único cuatrero
superviviente, el llamado Hale. Había sido el primero en
desenfundar, y el salto que diera el caballo de Robert al ser herido
por las balas de Wood le salvó la vida, si bien quedó desarmado al
recibir en el brazo derecho el plomo que iba destinado a su corazón.
—¿Va usted a asesinarme? —preguntó, temerosamente, Hale, sin
apartar la vista del amenazador revólver que empuñaba el
enmascarado.
—Mis procedimientos son distintos a los vuestros —repuso
Robert, con sequedad—. Monta en tu caballo y aléjate.
Hale obedeció rápidamente la orden. Pero antes de poner su
caballo en marcha, dijo:
—Es usted extraordinario, amigo. El mismo Duff Cooper pasaría
un mal rato si algún día se encontrasen frente a frente.
—Cuando te reúnas con él, dile que pronto nos veremos.
—No tendré ocasión de ello. Ahora comprendo que estos aires no
me favorecen nada y voy a largarme a otra parte.
—Es lo mejor que puedes hacer.
El cuatrero volvió grupas a su cabalgadura y se alejó
apresuradamente, sin volver la cabeza. Cuando hubo desaparecido,
Robert se acercó a Jane. En aquel instante, Wood acababa de
exhalar su último suspiro, y la joven le estaba mirando, con las
pupilas dilatadas por el espanto.
—¿Tiene usted alguna herida o contusión?
Al oír la voz del enmascarado, Jane experimentó una brusca
sensación, como si recibiese una descarga eléctrica. Su salvador
estaba allí, junto a ella, interesándose por su estado; pero, ¿cómo
acabaría la aventura? ¿Tendría aquel hombre buenas intenciones,
sentimientos humanos o, por el contrario, su conducta obedecería
solamente a perversos propósitos? Con voz débil, algo atemorizada
por el aspecto nada tranquilizador de él, musitó:
—Me encuentro perfectamente bien gracias a usted.
Robert la miró detenidamente. Por fortuna, la joven no
presentaba herida alguna, y la palidez de su tez, en magnífico
contraste con la abundante cabellera negra que le caía
desordenadamente sobre los hombros, realzaba su delicada belleza
a juicio de él.
—Es usted excesivamente osada, señorita —dijo Robert,
acentuando el sonido gutural de su voz para desfigurarla más—.
¿Sabe qué haría yo si fuese su padre?
—No.
—Pues la daría unos azotes para que se le fuera la costumbre de
alejarse de su casa más de lo conveniente.
—¿Unos azotes?
El gesto de sorpresa de Jane, cuya facultad de percepción en
aquellos momentos no alcanzaba a apreciar debidamente el tono
irónico de las palabras de Robert y, menos aún, su intención de
elevar su abatido espíritu, hizo sonreír al joven.
—Unos azotes, sí —repitió—. ¿Es que no se ha mirado nunca a
un espejo? Es una provocación pasearse sin compañía por estos
lugares, tan frecuentados por cuatreros y hombres de mal vivir.
—Estos terrenos son míos.
—El derecho de la propiedad no está muy reconocido en los
tiempos que corremos. Además, es usted endiabladamente bonita y...
—Estoy muy agradecida a usted —le interrumpió, rápidamente,
Jane. La inflexión de voz de Robert, que ella juzgó peligrosamente
apasionada, la hizo recuperar de golpe todas sus facultades
mentales. La sola idea de tener que enfrentarse a otro nuevo peligro,
quizá peor que el anterior, obró el milagro de que olvidase de pronto
las terribles vicisitudes pasadas para pensar en el presente. Se
hallaba ante un hombre que ocultaba su rostro con el estigma del
que se sitúa al margen de la ley, y tenía que ser prudente y decidida.
Dueña ya de sí misma, prosiguió—: Y yo quisiera... quisiera poder
recompensarle de alguna forma. ¿Admitiría usted dinero? Yo podría
ofrecerle...
—Lo que usted pueda ofrecerme no me interesa —repuso
Robert, que leía en los ojos de la joven como en un libro abierto.
Deliberadamente, deseaba prolongar aquellos momentos, únicos en
que podía hablarla sin los imperativos de la otra máscara, la de su
falsa personalidad. Además, en lo sucesivo serían menos frecuentes
los encuentros con ella, ya que se había prometido a sí mismo no
interponerse en las ilusiones de Buddy Taylor a raíz de la
conversación que mantuviera con él respecto a Jane. Y lo peor de
todo era que la sugestiva figura de la joven le atraía cada vez más.
—¿Por qué?
—Porque el dinero me es indiferente. Hay otras cosas que
aprecio más.
Jane se sintió turbada por las palabras del enmascarado. Por lo
visto, era tan desaprensivo como los otros. Como si no entendiera lo
que percibió como velada insinuación de él, insistió:
—Soy dueña de un rancho y mi situación económica me
permite...
—Lo que yo deseo, señorita, tal vez no me lo quiera dar usted.
Ya resultaba imposible seguir aparentando ignorancia a los
propósitos del desconocido, pensó Jane. Fatalmente, se aproximaba
el enojoso desenlace, la pugna violenta. Y haciendo acopio de
energías, preguntó con irritada entonación:
—¿Se puede saber qué es lo que quiere usted de mí?
—Con ello consideraría saldado el servicio que la he hecho. Pero
si cree usted que pido demasiado... —Robert se interrumpió,
regocijado al observar el gesto de sorpresa de ella.
—¿Se refiere usted a esta flor?
Robert asintió:
—Sería un bello recuerdo de este momento tan grato para mí...
Un cálido rubor tiñó las mejillas de Jane. ¡Oh! ¡Qué torpe y
detestable se juzgaba a sí misma! Había estado a punto de
insultarle, de... ¡Y él, en cambio, le pedía una flor como única
recompensa a haber arriesgado su vida por ella! Bajando los ojos, se
desprendió del hombro la roja flor silvestre y la entregó a Robert.
Pero, de pronto, brotó de sus bellos labios, inconscientemente una
pregunta:
—¿Quién es usted?
—Un hombre cualquiera que la admira.
—Su aspecto nada dice en su favor. ¿Por qué se oculta el rostro?
—Me abruma con sus preguntas, señorita. Parece usted un juez
severo, aunque ya quisiera yo que fueran así todos los jueces.
Jane sonrió. Ante la desenvuelta actitud de él, la joven recuperó
súbitamente su alegre vitalidad y, con gracioso gesto de impaciencia,
taconeó la tierra con su diminuto pie al decir:
—Quiero que me diga algo de usted. Si es que se encuentra en
algún apuro y por eso oculta el rostro, yo podría, yo podría tal vez
hacer algo por usted. ¿No le interesaría trabajar en mi rancho?
—¿Trabajar? ¡Vaya forma de querer hacer algo por mí!
La repuesta de Robert hizo reír alegremente a Jane.
—Ahora que la veo repuesta del todo, vuélvase a casita o la
sorprenderá la noche en pleno campo —prosiguió él—. Y no olvide
que, en lo sucesivo, no deberá pasear por estos lugares sin llevar al
lado a la niñera. No siempre ha de tener la suerte de hoy.
—¿Y me dejará usted marchar sin descubrirse el rostro? —Los
negros ojos de Jane se clavaron en el pañuelo que cubría las
facciones de Robert. Sentíase fuertemente intrigada ante la
misteriosa personalidad del desconocido, y su femenina curiosidad
la impelió a insistir—: Quisiera, quisiera saber a quién debo un
favor tan grande.
—Lo siento, señorita; pero es un secreto profesional—. Robert
imprimió a su voz una exagerada entonación de misterio al
pronunciar las últimas palabras.
—Está bien; me doy por vencida —aceptó ella, festivamente,
montando en su yegua—. Pero conste que me voy muy enfadada con
usted a pesar de su ayuda. ¿Me ha oído?
—Ya se presentarán más ocasiones. Desde ahora, me dedicaré a
velar por su preciosa existencia.
Jane volvió la cabeza, sorprendida. Y, bajando la voz, murmuró:
—No le olvidaré jamás, señor enmascarado.
Robert no la perdió de vista hasta que, al galope de su yegua,
desapareció en el purpúreo horizonte.
—Es de suponer que el susto de hoy la sirva de lección —
monologó.
Su noble caballo estaba agonizando, y el joven le descerrajó un
tiro en la cabeza para evitarle sufrimientos. Luego, montó en uno de
los caballos de los cuatreros y emprendió veloz carrera, siguiendo
un atajo, en dirección a Dos Caminos. Le interesaba llegar al rancho
antes que Jane y, sin esforzar excesivamente a su cabalgadura, lo
consiguió con varios minutos de ventaja, pese a haberse detenido
junto a la agrietada masa rocosa donde guardaba su traje, para
convertirse en el vaquero Kenne.
Cuando Jane regresó al rancho, escasos minutos después que
Robert, este se hallaba en el encerradero de caballos recogiendo los
restos dejados por los animales durante todo el día. La joven, sin
dirigirle la palabra, metió su yegua en el encerrado y encaminóse
hacia la casa ranchera. Pero, de pronto, se detuvo.
Inconscientemente, había comparado a Robert con el valeroso
desconocido que, exponiendo su vida, acababa de salvarla, y no
pudo evitar que el vaquero Kenne quedase malparado con la
comparación. Hombres como el enmascarado eran los que el Oeste
necesitaba, que supiesen luchar por la justicia y el orden, y no
caprichosos advenedizos como el escritor.
—¿Le gusta ese trabajo, señor vaquero? —preguntó, con cierta
ironía.
—No del todo —respondió Robert, que en aquel momento se
hallaba encorvado para realizar su cometido—. Resulta un poco
cansado y doloroso para los riñones.
Jane acentuó su tono irónico:
—¿De verdad? ¡Oh! Lo comprendo. ¿Por qué no se encarga de
eso su ayuda de cámara?
—¿Mi ayuda de cámara? —Robert la miró con gesto de
exagerada sorpresa, aunque en su fuero interno sintiese enormes
deseos de echarse a reír—. Jamás he tenido ayuda de cámara.
—¡Oh! ¡Qué desilusión! ¡Y yo que creía que todos los escritores
disponían de uno! En fin, señor vaquero, siga en su importante
trabajo, tan beneficioso para el porvenir del Oeste.
CAPÍTULO VI
ecesito hombres como usted,
Taylor. Si ingresa en mi equipo,
le daré el doble de lo que le
pagan en Dos Caminos.
El tejano sintióse
íntimamente satisfecho a oír a
Sewall Jackson, con quien
compartía el asiento trasero de
la diligencia desde Green Valley.
Durante una hora no había
cesado de hablar con los dos
hombres sentados frente a él,
antiguos vaqueros del rancho
Dos Caminos y a la sazón al
servicio de Jackson,
lamentándose de su mala suerte
por la escasa remuneración que
percibía. Y ya dudaba de
conseguir el objeto que
perseguía, cuando el poderoso ganadero, silencioso hasta entonces,
le hizo la inesperada proposición.
—¡Diablos! —exclamó, con fingida admiración—. Es una oferta
tentadora. ¿A qué se debe ello, señor Jackson?
—No dispongo de hombres suficientes para luchar contra ese
maldito enmascarado —replicó Jackson de mal talante.
—¡Ah! ¿Se refiere usted a ese individuo que mató a Wood hace
tres días?
Jackson miró fijamente a Buddy.
—¿Cómo lo sabes?
—Hale le contó a todo el mundo antes de desaparecer de
Sackville. Estaba aterrorizado el pobre hombre y dijo que se
marchaba lejos por temor a enfrentarse otra vez con el
enmascarado. Se ve que es un tío con toda la barba ese desconocido.
¿No opina usted lo mismo, señor Jackson?
—¡Es un asesino que pronto se balanceará en la cuerda! —afirmó
Jackson, con rabia—. Desde que se dio a conocer matando a Wood,
las propiedades de la Sociedad de Ganaderos que presido son
atacadas y robadas una tras otra.
—¿Y qué hacen sus equipos de hombres duros?
—Hasta ahora no han podido descubrirle, a pesar de que he
movilizado a todos mis hombres. Pero confío en que pronto caerá
en mis manos, ¡y entonces...!
—Es muy astuto, jefe —opinó uno de los dos guardaespaldas de
Jackson, verdadero tipo de pistolero—. Aparece siempre donde
menos se le espera.
—¡Emplearé yo también la astucia! —exclamó Jackson, cuyas
abultadas facciones enrojecieron—. ¿Aceptas mi proposición,
Taylor?
—Pues, no sé qué decirle, señor Jackson. La verdad es que ahora
estoy algo descontento con la señorita Jane.
—¿Por qué? Siempre rehusaste mis ofrecimientos por no privar a
la hermosa Jane Brodory de su vaquero favorito.
Buddy sintió sobre él la desconfiada mirada de Sewall Jackson y
comprendió que había llegado el momento más difícil de la misión
que le encomendara Robert.
—¿Vaquero favorito? Eso era antes, ¡diablos! Ahora la señorita
Jane dedica todas sus preferencias a ese lechuguino que ha llegado
del Este.
—¿Es posible?
—Como se lo digo, señor Jackson. De nada me ha valido todo lo
que he hecho por ella en contra de mis propios intereses. Yo creía
que... no me miraba con malos ojos. ¿Comprende? Pero ahora todo
ha cambiado.
—Ya entiendo tu juego, Taylor. Pretendías, ni más ni menos,
hacerte dueño de Dos Caminos empleando el sistema más...
agradable. ¿No es así?
El tejano asintió con la cabeza al tiempo que apretaba
fuertemente los dientes para que no se le escaparan las palabras que
a duras penas podía reprimir y que hubieran malogrado todos sus
planes. Por un instante pasó por su imaginación la importancia que
Robert concedía a que él se ganase la confianza de Jackson, así
como las dificultades que tuvieron que vencer ambos para enterarse
de la diligencia en que el ganadero efectuaría su regreso a Sackville,
a fin de coincidir con este en Green Valley. Y solo consiguió templar
sus nervios a punto de estallar ante las ofensivas palabras de
Jackson.
El ganadero aún remachó más el clavo:
—Eres demasiado ambicioso, vaquero. Jane Brodory es un
bocado demasiado exquisito para un hombre de tu condición.
—Eso ya lo sé —repuso Buddy con sinceridad—; pero lo que me
crispa los nervios ¡diablos! es que se la lleve ese pisaverde del Este.
—Si es eso lo que te preocupa desecha la idea —dijo Jackson
sonriendo levemente—, porque los hechos ocurrirán de muy distinta
forma. Pero háblame de ese hombre, Taylor. Todo lo que se refiere a
Jane Brodory me interesa conocerlo.
—Es un ser grotesco, muy elegante, que escribe no sé qué cosas
de estas tierras. Pero la verdad es que no sirve para nada. Y lo peor
del caso es que no puedo culpar a nadie de mi mala suerte, porque
yo mismo lo llevé al rancho. ¡En mala hora se me ocurrió tal cosa!
—¿Tiene dinero?
—Ni un dólar.
—Entonces no es peligroso. Jane Brodory no podrá pagarme el
dinero de la hipoteca por muchas reses que tenga. Aquí nadie se las
compraría; y las que ha enviado a Ogden...
Buddy afinó los oídos sorprendido. ¿De modo que Jackson
estaba enterado del envío de reses a Ogden? Su impaciencia por
averiguar las contramedidas que pudiera haber tomado el ganadero,
le impulsó a preguntar indiscretamente:
—¿Qué? ¿Ha hecho usted algo para impedir que lleguen a su
destino?
Los sagaces ojos de Jackson se clavaron en Buddy.
—Aún es pronto para hablar de eso —dijo evasivamente—. Antes
tienes que darme pruebas de tu fidelidad.
—Las que quiera, señor Jackson.
—Infórmame sobre tus compañeros. ¿Crees que alguno de los
nuevos vaqueros que ha traído ese maldito Wade puede ser el
enmascarado?
—¿Eh? No, por cierto ¡diablos! Son todos buenos trabajadores,
pero bisoños y desconocedores del terreno.
—Pues Vigílalos de todas formas. De momento no me interesa
que abandones Dos Caminos. Allí me serás más útil que en otra
parte. Pero si me traicionas...
—¡Alto!
La diligencia experimentó varias sacudidas violentas y se detuvo
bruscamente.
—¿Qué ocurre, Mason? —preguntó Jackson sacando la cabeza
por la ventanilla.
—Está interceptado el camino por gruesas piedras —contestó
desde el pescante el conductor.
—¡Maldición! ¿No puedes pasar?
—Imposible, señor.
—¿Ves a alguien? ¿Al hombre que ha dado la orden de que te
detengas?
—No.
Sewall Jackson lanzó una mirada en derredor. La estrecha
carretera estaba flanqueada en aquel lugar por una masa rocosa de
unos tres metros de elevación. Instintivamente miró hacia la parte
superior de la lisa pared en el momento en que varios rifles
asomaban sus amenazadoras bocas.
—Hemos caído en una trampa —dijo a sus hombres—. Sacad los
revólveres.
—Es inútil toda resistencia —anunció una voz desde arriba—. Si
apreciáis en algo vuestras vidas salid con las manos en alto.
—Ese hombre tiene razón —opinó Buddy—. Si intentamos
defendernos nos freirán a balazos.
Sewall Jackson dudó breves instantes.
—¿Qué hacemos, jefe? —apremió uno de los guardaespaldas.
La misma voz que hablara antes comenzó ahora:
—Si no salís de la diligencia antes de diez segundos iniciaremos
el fuego.
Gruesas gotas de sudor cubrían la frente de Jackson por culpa de
los diez mil dólares que llevaba en su cartera. ¿Quiénes serían
aquellos osados salteadores que se atrevían a desafiar al dueño y
señor de toda la comarca? Su sorpresa por hecho tan inaudito para
él agotó los diez segundos, ante la angustia de sus compañeros, que
ya se veían acribillados a balazos.
—Nos matarán como ratas —se lamentó Buddy mirando
significativamente al ganadero—. ¿Es que se ha vuelto usted loco,
señor Jackson?
El ganadero hizo un evidente esfuerzo de voluntad para
decidirse. Por fin, asomando su cabeza al exterior, gritó:
—Está bien. ¿Qué queréis de nosotros?
—Salid sin armas y con los brazos levantados. Y no olvidéis que
os estamos apuntando con nuestros rifles.
Los cuatro ocupantes de la diligencia y el conductor obedecieron
la orden.
—¿Cuánto tiempo hemos de estar aquí? —vociferó Jackson,
impaciente—. ¿Es que no queréis asomar vuestras sucias caras?
Como respuesta a las palabras del apoplético ganadero, un
hombre enmascarado, totalmente vestido de negro, se abrió paso a
través de las piedras que obstruían la carretera y con paso lento se
acercó al grupo. En su diestra amartillaba un revólver.
—No se impaciente, señor Jackson —dijo con sorna—, que
tiempo habrá para todo... por desgracia para usted.
Buddy fue quien manifestó mayor sorpresa ante la aparición del
enmascarado, aunque era el único que la esperaba. Pero aquella
voz... ¡Diablos! ¡Con qué destreza sabía Robert desfigurar su voz!
pensó.
Sewall Jackson miró a Robert con terrible expresión de odio.
—¿Qué es lo que pretendes, miserable cuatrero?
—De momento, tu cartera —contestó fríamente, Robert.
—¿Y después?
—Tu vida.
—¿Eh?...
—Tu vergonzosa existencia termina aquí, Jackson. Era mi
propósito arruinarte antes, hundirte en la miseria como tú has
hecho con tantos otros; pero dicen que es de sabios rectificar a
tiempo, y ahora comprendo que el camino más corto es... este. ¿Para
qué perder tiempo cuando una bala lo puede resolver todo?
Una intensa palidez cubrió súbitamente las facciones de Jackson,
quien perdió su anterior altanería al decir atropelladamente:
—¡No! Eso no lo harás. No te atreverás. Soy el hombre más
importante de todo el Estado.
—Y el peor de los malvados.
—Sería un asesinato. Te ahorcarían.
—¡Bah! Si es mi suerte lo que te preocupa procuraré no dejarme
atrapar por tu amigo, el sheriff de Sackville.
Ante la inminencia del peligro un acceso de furor pareció agitar
el abatido espíritu del ganadero. Con enronquecida voz increpó:
—¡Maldito! ¿Quién eres? ¿Por qué me persigues?
—Soy tu destino, Jackson.
Los revólveres de los ocupantes de la diligencia se hallaban en el
interior de esta y hacia ellos desvió Jackson la mirada. Apenas tres
metros le separaban de las armas. Un salto tan solo y... Pero los
amenazadores cañones de los rifles que asomaban a ambos lados de
la carretera le hicieron desistir de su desesperado recurso. En
cuanto hiciera el menor movimiento aquellas negras bocas
lanzarían la muerte sobre él. Se consideró perdido sin remisión. A
pesar de su poder, de su dinero, amasado con férrea voluntad a
través de los años, aquel hombre enmascarado le acababa de vencer.
Robert, que seguía atentamente las distintas expresiones de su
víctima, se aproximó a la diligencia y, metiendo la mano por la
entreabierta portezuela cogió los revólveres y los lanzó con fuerza a
sus compañeros.
—Así no tendréis malos pensamientos —dijo.
Pero cometió la inexcusable torpeza, al parecer, de dar la espalda
a Buddy en el momento de tirar los revólveres y el tejano aprovechó
aquel descuido para abalanzarse sobre él con un cuchillo en la
mano. Fue tanta la rapidez de sus movimientos que nadie vio de
dónde había sacado el arma.
—Si hacéis fuego hundo este cuchillo entre las costillas de
vuestro jefe —gritó a los hombres que apuntaban con los rifles—.
Pronto, señor Jackson: quiten las piedras del camino.
Jackson y sus hombres, repuestos de la sorpresa que les causara
la inesperada actitud del vaquero, se dedicaron febrilmente a retirar
a ambos lados de la carretera las piedras que obstruían el paso de la
diligencia, quedando despejado en breves segundos. Mientras tanto,
Robert había dejado caer a tierra su revólver y permanecía inmóvil
junto a su amigo, cuya hoja de acero le amenazaba la espalda. Como
sorprendido por el giro brusco de la situación gritó a sus hombres:
—No disparéis. Este maldito vaquero me... mataría.
Sewall Jackson, ya en el interior de la diligencia, gritó con rabia:
—Mátalo, Taylor. Te cubriré de oro.
—No, diablos —replicó Buddy con brusquedad—. ¿Es que quiere
que me acribillen sus hombres?
El tejano, sin dejar de cubrir su cuerpo con el de Robert se
introdujo en la diligencia de un rápido salto al tiempo que ordenaba
al conductor:
—Fustiga los caballos. ¡Rápido!
Ocurrió todo con tal celeridad que cuando los hombres de
Robert dispararon sus rifles la diligencia doblaba ya por el recodo
que formaba la carretera a pocos metros de distancia.
Robert, que había ido a caer en medio de la carretera a impulso
del empellón que le diera el tejano al subir a la diligencia, se levantó
sonriendo. Poco después le rodeaban sus cuatro compañeros.
—Todo ha salido a la perfección —les dijo satisfecho—. Ese
demonio de Taylor es un consumado actor sin duda alguna. Ahora
es de suponer que Sewall Jackson confiará en él sin reservas, lo que
nos servirá de mucho para llegar al fin propuesto. Gracias una vez
más, muchachos, por vuestra colaboración.
Cuando ya anochecido, Buddy Taylor regresó a Dos Caminos,
Robert y Wade le esperaban en la habitación de este último, por ser
el lugar del rancho donde más libremente podían hablar.
—¿Cómo terminó la aventura? —le preguntó Robert apenas
hubo entrado el tejano en la habitación.
—¡Diablos, compañero, un poco de paciencia! —repuso Buddy
enfáticamente—. Ahora soy un personaje importante, nada menos
que el hombre de confianza del poderoso Sewall Jackson y opino
que debes cederme una silla antes de interrogarme.
—Entonces... ¿hubo éxito?
—Si no me cedes una silla no hablo.
Robert acercó una silla al vaquero y le sentó en ella de un
empujón.
—¿Hablarás ahora?
—Me falta un cigarrillo para recobrar el aliento; uno de esos que
fumas tú, que huelen a flores. Mi actual categoría no me permite
fumar otra clase de tabaco.
La paciencia de Wade se agotó ante la actitud flemática del
tejano.
—Astroso vaquero —gritó colérico—. Si no desembuchas pronto
te saco todo el serrín que tienes en la cabeza de un silletazo.
—¿Cómo? —Buddy adoptó una actitud de ofendida dignidad—.
Señor capataz: si no me habla usted en debida forma, como
corresponde a mis altos merecimientos, me veré obligado a retirarle
mi amistad y abandonar este rancho. Ahora estoy muy solicitado...
—Puedes hacerlo cuando quieras, inmundo ordeñavacas. Pero
antes te cortaré las orejas para tener un recuerdo de tan «importante
personaje»
La indignación del capataz dio al traste con la comedia que
representaba Buddy, quien soltó una estruendosa carcajada. Robert,
sonriendo, interrumpió su hilaridad:
—Cuéntanos lo ocurrido, Buddy. Estamos impacientes.
—Todo fue a pedir de boca, amigos. Jackson cree a estas horas
que soy su más fiel y eficaz servidor. La cosa no es para menos
¡diablos! No todos los días se salva la vida a un hombre tan
importante como él.
—¿Picó el anzuelo?
—Por completo. Me ha encargado que vigile a los hombres de
nuestro equipo. Tiene la sospecha de que uno de ellos puede ser el
misterioso enmascarado.
—¿Algo más?
—Sí, por supuesto —afirmó Buddy poniéndose repentinamente
serio—. Parece ser que ha encargado a varios de sus hombres que
hostilicen a Horton a fin de que se malogre la venta de reses.
—¿Es cierto lo que dices? —preguntó dolorosamente
sorprendido Wade.
Buddy asintió con gesto compungido.
—Uno de sus espías le informó de ello y Jackson, oliéndose la
tostada, tomó sus medidas para que Horton fracase.
La frente de Wade pareció estrecharse llena de arrugas.
—Entonces... Jane está perdida —murmuró.
Robert intervino:
—¿Y el oro de mi padre, Wade? Ya te hablé de ello...
—Jane jamás aceptaría tu dinero, Robert.
—Puedes decir que es tuyo.
—Ella sabe que no dispongo ni de un dólar. No, muchacho; hay
que buscar otra solución.
El tejano, que parecía preocupado por una idea fija, dijo:
—Pues hemos de encontrarla ¡diablos! Y yo creo que... ya la
tengo.
—¿Tú? —preguntó incrédulamente Wade—. Sería la primera vez
que esa cabeza idease algo razonable.
—Explícate, Buddy.
—Jackson me preguntó si Jane pensaba tomar parte en el
concurso anual de tiro.
—¿Y tú qué le respondiste? —interrogó interesado Wade.
—Sin asegurarle nada le dije que, probablemente, sí, como todos
los años. Entonces él me confesó que pensaba nombrar a Duff
Cooper en representación de su equipo. Es la primera vez que se
presenta, sin tapujos, del brazo de este pistolero, y ello le dará idea
del interés que tiene en llevarse el premio.
—O en que no lo gane Jane. Aunque con los cuatro mil dólares
del premio nada podríamos hacer.
—¿Olvida usted las apuestas que suelen cruzarse? Diablos, veo
que su mollera funciona peor que la mía.
—Al grano, tozudo vaquero —apremió con impaciencia Wade.
—Verá... Por lo que sea, Jackson opina que yo podría rivalizar
con Duff Cooper en el caso de presentarme por el equipo de Dos
Caminos y, para evitar este peligro me ha ordenado que llegue tarde
al concurso si Jane se decide por mí. Y yo, que soy muy fiel al amo
que me paga, pienso obedecerle.
Robert creyó comprender la intención del vaquero y le miró
admirado de su sagacidad. En cambio Wade exclamó furioso:
—Todavía no veo claro. ¿Quieres explicarte de una vez?
—Pues la cosa está bien clara ¡diablos! Sabiendo Jackson que yo
no he de presentarme aceptará todas las apuestas que se le hagan. Y
si hay alguien que pueda sustituirme, incluso con ventaja... —los
expresivos ojos de Buddy miraron significativamente a Robert—,
resultaría que la señorita Jane podría pagar a Jackson con su propio
dinero. ¿No es esto muy divertido?
Wade guardó silencio pensativo. ¿Podría tener éxito la idea de
Buddy? Dos días faltaban para la celebración del concurso y tres
para el vencimiento de la hipoteca. Había tiempo, pues. Pero Duff
Cooper era un magnífico tirador sin rival en toda la comarca.
¿Conseguiría aventajarle a Robert? En los tiempos de Slaughter, el
muchacho manejaba el rifle con asombrosa puntería. Mas ahora,
después del tiempo transcurrido... Con evidentes muestras de
ansiedad se volvió hacia su prohijado:
—¿Te atreverías a ello, Robert?
—En la universidad disponíamos de un magnífico campo de tiro,
donde practicaba todos los días —dijo el joven ingeniero—. Creo
que mejoré algo de puntería. Así es que tú podrás juzgar mejor que
yo ya que conoces a Duff Cooper.
—Entonces... estamos salvados —gritó alborozadamente Wade
abrazando a Robert.
—Es Buddy quien merece todos los elogios.
—Tienes razón, hijo. A mis brazos, pestilente vaquero.
Fueron tan efusivas y contundentes las muestras de júbilo del
capataz, que el tejano, sacó su pañuelo y lo enarboló como un
banderín de paz para que cesase aquella lluvia de golpes.
CAPÍTULO VII
maneció luminoso y cálido el día
en que había de celebrarse el
concurso anual de tiro, en el que
solían tomar parte los más
expertos tiradores de la comarca.
La prueba estaba señalada para
las doce, pero ya a partir de las
once empezó a acudir gente a la
despejada llanura, muy próxima a
Sackville, donde tendría lugar la
competición.
Puede decirse que toda la
población de Sackville, más
numerosos vaqueros procedentes
de distintos ranchos, algunos de
ellos lejanos, estaban
congregados allí cuándo Joe
Duncan, sheriff de la localidad,
anunció con gangosa voz:
—Dentro de unos minutos va a comenzar el concurso. Ya saben
ustedes que el ganador se llevará la bonita suma de cuatro mil
dólares. Como los tiradores son... todos muy buenos es de suponer
que... la cosa... —el celoso representante de la ley que imponía
Sewall Jackson carraspeó para disimular su falta de elocuencia—, es
de esperar que todo esto resulte... muy divertido y que las apuestas
se animen. Y nada más, amigos.
La gente dedicó una calurosa ovación al mofletudo sheriff e,
inmediatamente, iniciáronse las apuestas, a las que tan aficionados
eran, en general, los rudos colonizadores del Oeste.
Entre aquella baraúnda multicolor y chillona, formada por
hombres y mujeres procedentes de todas las esferas sociales,
abriéronse paso a codazos Wade, Robert y cuatro vaqueros de Dos
Caminos, los cuales rodeaban y protegían la esbelta figura de Jane.
—¡Adelante, muchachos! —repetía Wade una vez más sin
preocuparse de si sus codos se hundían entre las protegidas costillas
de algún poderoso ganadero o en las enflaquecidas del más mísero
de los mineros errantes—. Estas gentes vienen solo a mirar.
Merced a tan contundente procedimiento, Jane se encontró
situada en primera línea sin recibir un solo empujón. Era la primera
vez que la joven veía a Robert después de las palabras que cruzara
con él en el día de la aparición del enmascarado, circunstancia que
la extrañaba, ya que antes el «señor vaquero», como solía
denominarle, aprovechaba cualquier momento para entablar
conversación con ella. Algo picada por ello se prometió a sí misma
no dirigirle la palabra como no lo hiciera él antes.
El silencio de Robert desde que saliera del rancho no obedecía a
su decidido empeño de alejarse de ella en beneficio de Buddy, sino a
la preocupación que le embargaba. Consciente de la responsabilidad
que había contraído, sentíase nervioso, desasosegado. Tenía
confianza en su destreza, en la extraordinaria precisión de su pulso,
pero había que contar también con Duff Cooper. Por otra parte le
desagradaba mostrar su habilidad en el tiro en presencia de
Jackson. ¿No sospecharía de él?
El joven buscó con la vista al ganadero, el cual se hallaba en el
centro de un grupo de hombres. Todos ellos parecían vulgares
menos uno, sin duda Duff Cooper, pensó Robert. La recia
personalidad del conocido pistolero destacaba entre sus adocenados
compañeros.
Sewall Jackson vio a Jane y se acercó a ella apresuradamente,
con amable sonrisa.
—La esperaba con impaciencia, señorita Jane. Supongo que no
me guardará rencor por lo del otro día. Me puso nervioso su
negativa y no pude evitar alguna palabra de más. Mi mejor disculpa
es su belleza.
—Ya está todo olvidado, señor Jackson —repuso Jane fríamente.
—Me tranquiliza usted. Temía... —el ganadero se interrumpió
como sorprendido. Sus ojos de águila recorrieron los rostros de los
acompañantes de la joven sin encontrar, al parecer, al que buscaba.
—¿Desea algo de nosotros? —interrogó Wade con imperceptible
ironía.
—¡Oh, no! Es que me ha extrañado no ver al vaquero Taylor. Me
habían asegurado que representaría al equipo de Dos Caminos.
—¿No está aquí? —preguntó alarmada Jane. Su sobresalto era
sincero, puesto que Wade no la había puesto en antecedentes de la
comedia que iba a tener lugar—. Me dijo que llegaría antes que
nosotros...
Wade exclamó malhumorado a juzgar por su gesto:
—Demonio de vaquero. Ya me figuraba que nos haría alguna
trastada ese cabeza de alcornoque. Buscadle, muchachos. Es preciso
dar con él.
Robert y los cuatro vaqueros se hundieron entre la
muchedumbre, siguiendo la orden de su capataz. Fue el joven
ingeniero el último en volver aparentemente desalentado como sus
compañeros por la infructuosa búsqueda.
—Buddy Taylor no ha venido —dijo—. Lo hemos buscado por
todas partes.
Jane se dirigió a su capataz:
—¿Le habrá ocurrido algún accidente? Buddy no acostumbra a
ser informal.
—Al diablo con él —gritó enfurecido Wade—. Lo que debemos
hacer, Jane, es prescindir de ese asqueroso ordeñavacas y no
preocuparnos por su salud.
—Es que...
La joven guardó silencio para oír al sheriff, que decía en aquel
momento:
—Todo el que desee participar en el concurso que se acerque
aquí para dar su nombre. He de advertir que, como otros años, los
participantes no podrán ser sustituidos después de haber sido
inscritos.
—¿Qué hacemos, Wade? —preguntó nerviosamente Jane.
—Si me lo permiten yo puedo cederles a alguno de mis tiradores
—propuso Jackson con sarcástica entonación.
—Gracias, señor Jackson; pero no será preciso. Cualquiera de
mis vaqueros me infunde más confianza que el mejor de sus
tiradores. Elige a uno de ellos, Wade.
El capataz movió la cabeza en sentido negativo.
—¡Oh, no, Jane! Sería perder el tiempo. Los muchachos son
excelentes vaqueros, pero pésimos tiradores. Y en cuanto a mí los
años han debilitado mi pulso; nada podría hacer al lado de hombres
como Duff Cooper.
Visiblemente contrariada, Jane, miró a sus vaqueros con la
esperanza de que alguno de ellos se ofreciese para intervenir en el
concurso, pero estos, previamente instruidos por su capataz,
resistieron impávidos la muda súplica.
—Si usted me lo permite, señorita Jane...
—¿Cómo?... —la joven se volvió sorprendida hacia Robert.
La firme voz de Robert insistió:
—Me agradaría representar al equipo de Dos Caminos.
—¿Usted? ¿Lo dice en serio?
Todos parecían sorprendidos por la inesperada proposición del
vaquero Kenne, pero Jane, especialmente, era la más asombrada.
Aunque estaba acostumbrada a las excentricidades del pseudo
escritor, aquella era, a su juicio, la más extraordinaria de todas.
Mordiéndose los labios para no reírse dijo:
—Le agradezco su buena intención, Kenne, pero... ¿confía usted
en su habilidad para una prueba tan difícil?
—En el parque de atracciones de mi pueblo erraba pocos tiros —
fue la sorprendente respuesta de él.
La seriedad de Robert en aquel momento contuvo la risa en la
garganta de la joven. Jackson, en cambio, no mostró la misma
discreción al prorrumpir en estruendosa carcajada.
—En mi vida he oído cosa tan divertida —dijo el ganadero entre
carcajadas.
Jane miró enojada al ganadero. La desagradaba que aquel
hombre se riese de uno de los componentes de su equipo, aunque se
tratara del «señor vaquero». Y, obedeciendo a uno de sus juveniles
impulsos, dijo a Robert:
—Si lo desea usted, Kenne, no tengo inconveniente en que tome
parte en el concurso.
—Nada se pierde con ello —comentó Wade con burlona sonrisa
—. Y si hace el ridículo allá él con sus culpas.
—Gracias, señorita Jane —repuso Robert seriamente sin salirse
de su papel—. Procuraré dar una lección a esos tiradores de
pacotilla.
Sin hacer caso de las carcajadas de Jackson ni de las irónicas
miradas de los vaqueros de Dos Caminos, Robert se dirigió con
aparente dignidad hacia el sheriff. Hays, que era uno de los
vaqueros, gritó:
—Suerte, Kenne. Si manejas el rifle tan bien como la escoba
seguro que te llevas el premio.
Ahora la risa fue general. Hasta la propia Jane tuvo que hacer un
poderoso esfuerzo de voluntad para desaprobar, con una mirada, la
mordacidad del vaquero. Pero en su interior sentía enormes deseos
de reír, sobre todo cuando vio a Robert mezclado entre los demás
tiradores, casi todos ellos vestidos con remendadas pieles de ante.
Sewall Jackson, con el rostro congestionado por la risa, facilitó
los planes de Wade al decir:
—Con tiradores como ese no tendría inconveniente en apostar
diez a uno a favor de Duff Cooper.
—Le tomo la palabra, señor Jackson —intervino rápidamente el
capataz—. ¿Van dos dólares?
—¿Dos dólares? No, amigo mío; mi apuesta mínima es de
quinientos.
—Aceptado.
—¿Cómo?
—Lo dicho, señor Jackson; van quinientos dólares contra cinco
mil.
Jane miró con gesto de extrañeza a su capataz.
—¿Has perdido el juicio, Wade?
—Tal vez, pequeña. Reconozco que soy un jugador empedernido.
—¡Oh, viejo loco! Te he dado esa cantidad para que la apostaras
a favor de Buddy.
—¿Y qué importa que sea Buddy u otro cualquiera? La cuestión
es apostar.
—Pero... ¡tú conoces la situación del rancho! ¡Y esto es tirar el
dinero!
—Si ello ha de causar un disgusto a la señorita estoy dispuesto a
retirar mi proposición —propuso Jackson con gesto magnánimo.
Wade, que no contaba con la resistencia que pudiera oponer
Jane, exclamó impaciente:
—¡No y mil veces no! Jamás he faltado a mi palabra y espero que
en esta ocasión, Jane, no me dejarás en descubierto. O de lo
contrario tendrás que buscar otro capataz para tu rancho.
La severa entonación de Wade, desacostumbrada en él cuando
hablaba con la joven, impresionó vivamente a Jane. ¿Sería posible
que su fiel capataz, tan querido por ella, estuviese dispuesto a
abandonarla por una cosa así? Algo confusa accedió:
—Está bien, Wade; haz lo que quieras. Pero ya me explicarás
luego por qué te has enfadado conmigo.
Al observar el mohín compungido de Jane, el viejo capataz sintió
deseos de estrecharla entre sus brazos; pero se contuvo, pensando
que todo lo hacía por ella y extendió la mano a Jackson.
—Acordado, pues.
Jackson estrechó la mano de Wade con cierta indecisión.
Sentíase poco satisfecho por la apuesta concertada; no porque
dudase del seguro éxito de Duff Cooper, en quien confiaba
plenamente, sino por una extraña impresión que parecía avisarle de
algún peligro. Pero ya no podía rectificar. En torno a ellos se habían
congregado muchos curiosos, los cuales eran testigos de la apuesta
ofrecida por él en un momento de vanidad.
—Acordado —admitió.
Los vaqueros de Dos Caminos se miraron extrañados.
—¿Habéis oído, muchachos? —dijo Hays bajando la voz—.
Cuando nuestro capataz, que es un zorro viejo, apuesta a favor de
Kenne sus motivos tendrá. ¿No os parece?
—Yo estoy dispuesto a jugarme hasta el último dólar —repuso el
fornido Jim Howard.
—Y yo.
—Y yo también. Ese Kenne es un sujeto muy raro y le creo capaz
de cualquier cosa.
—Pues registraos los bolsillos. No hay tiempo que perder.
A doscientos cuarenta dólares ascendió la cantidad reunida por
los vaqueros. Y como las apuestas se inclinaban en gran proporción,
a favor de Duff Cooper, apenas anunciaron sus propósitos recibieron
varias ofertas de seis e incluso de ocho a uno. Ni qué decir tiene que
aceptaron esta última.
—Ahora a esperar, compañeros —dijo Hays—, y a hacer fuerza
para que gane nuestro distinguido ordeñavacas. Y si todo resulta un
«farol» suyo al río con él.
Mientras tanto, y ante la expectación del público, los tiradores
habían sido colocados por el sheriff junto a una línea trazada en
tierra. Sumaban estos diez en total, número más reducido que otros
años debido a que algunos tiradores desistieron de concurrir a la
prueba al enterarse que Duff Cooper era uno de los participantes.
A una orden del sheriff los diez tiradores se situaron uno al lado
del otro, con los pies sobre la línea y los rifles preparados.
La inclusión de Robert en el grupo de tiradores apenas había
suscitado comentarios por parte de estos, preocupados todos en
aquietar sus nervios. Únicamente Duff Cooper reparó
detenidamente en él. Los expresivos ojos del pistolero, de mirada
huidiza, desconfiada, que parecían despedir fulgores magnéticos, se
clavaron escrutadoramente en las pupilas del joven.
Por un momento se cruzaron las miradas de ambos hombres, y
Robert comprendió que tenía ante sí a un formidable rival a pesar
de lo cual mostrábase ahora completamente tranquilo, seguro de su
pulso. La alteración de nervios que sintiera antes le había
desaparecido por completo ante la inminencia de la competición.
—Preparados —gritó el sheriff.
Los diez hombres apuntaron a las diminutas dianas de los
blancos, situados a cien metros de distancia. Un silencio absoluto se
produjo entre la abigarrada masa de espectadores, la mayoría de los
cuales apostaban fuertes sumas.
El obeso sheriff echó un último vistazo sobre los participantes y
ordenó:
—¡Fuego!
Diez detonaciones simultáneas atronaron el espacio, seguidas de
estentóreos gritos y exclamaciones emitidos por los espectadores
más próximos.
El juez y el médico de la localidad, más un ayudante del sheriff,
que eran quienes componían el jurado que había de dictaminar, se
acercaron a los blancos y este último empezó a anunciar uno por
uno la situación de los impactos. La gente escuchaba emocionada,
ya que, para continuar en la prueba, era preciso agujerear el
pequeño círculo blanco de la diana.
—Will Hansen: ¡buen tiro, amigo! Dentro de la diana y muy cerca
del centro.
Una ovación celebró la puntería del afortunado tirador.
—Larry Maloney: queda excluido.
El aludido, mascullando entre dientes, se separó de la fila de
tiradores en medio del mayor silencio.
—Duff Cooper —el ayudante del sheriff, cuyos fallos eran
debidamente comprobados por el médico y el juez en los discos de
madera que servían de blancos, miró directamente al pistolero para
anunciar—: ¡exactamente en el centro de la diana!
Un murmullo general de aprobación y algunos aplausos fue la
reacción del público al oír lo que la inmensa mayoría esperaba.
Sewall Jackson sonrió sardónicamente a Wade.
—Eso es un juego de niños para Duff Cooper —dijo. Y añadió,
dirigiéndose a Jane—: Lo que lamento, señorita Jane, es que
nuestros intereses no sean comunes... en esta ocasión.
Wade no se tomó la molestia de contestarle. Y en cuanto a Jane,
apenas le oyó. En aquel momento, el jurado se hallaba ante el disco
sobre el que había disparado Robert y, al parecer, existía alguna
discrepancia entre los tres hombres, los cuales acercaban sus
narices al disco y hablaban animadamente. La joven, a pesar de que
no confiaba en la habilidad de Robert, notó que inexplicablemente
la respiración se le alteraba al observar los titubeos de los
componentes del jurado.
Por fin, el ayudante hizo oír su vozarrón:
—Robert Kenne: ha rozado ligeramente la diana. Continúa en la
prueba.
—¡Bravo! ¡Adelante, muchacho! —vociferaron los vaqueros de
Dos Caminos.
Wade miró de soslayo a Jackson y Jane. El ganadero continuaba
sonriendo seguro del triunfo de su representante, y su actitud no le
sorprendió. En cambio sí le llamó la atención las encendidas
mejillas de la joven y el intenso brillo de sus bellos ojos oscuros.
—Me parece que empieza a interesarse —se dijo para sí el
capataz con gesto de chiquillo travieso.
La distancia entre los concursantes y sus respectivos blancos fue
aumentada a ciento cincuenta metros, y los seis tiradores
clasificados —cuatro habían sido excluidos— extendieron sus rifles
en espera de la orden del sheriff, que lo hizo con rapidez, como si
pretendiese sorprenderlos.
Ahora las detonaciones no resonaron al unísono sino
distanciadas por pequeñísimas fracciones de tiempo. El primero en
disparar fue Duff Cooper, que acertó nuevamente en el centro de la
diana, y el último, Robert, quien en contra de todos los pronósticos,
no quedó excluido. Como la vez anterior su bala había rozado la
diana.
Los blancos fueron alejados ahora a doscientos metros y Robert,
Duff Cooper y Will Hansen, únicos clasificados, se colocaron en
disposición de disparar. Parecía materialmente imposible que a tal
distancia pudieran alcanzar la apenas visible diana.
Hasta el momento, Robert había dirigido sus balas con
matemática precisión a un punto de la diana que le permitiera
clasificarse para la prueba siguiente y que al mismo tiempo, por su
colocación defectuosa diese la impresión de que no dejaba de ser un
tirador mediocre con suerte. Con ello pretendía dar tiempo para que
Wade ultimase la apuesta a su favor en buenas condiciones. Pero
ahora, a doscientos metros resultaba peligroso no afinar la puntería.
Y como además Wade le hiciera una seña afirmativa, el joven miró
al centro de la diana al disparar, anticipándose unos segundos a la
acción de Duff Cooper.
Cuando sonó el tercer disparo hecho por Will Hansen, los
espectadores guardaron un silencio impresionante, en espera del
fallo del jurado. Pero quizá el más emocionado de todos, en esta
ocasión fuera el propio Wade. Sabía que Robert había afinado ahora
la puntería y esperaba, con los músculos rígidos, casi sin respirar, a
que los hechos confirmasen o no la confianza que él depositara en la
habilidad de su prohijado.
Nuevamente Duff Cooper incrustó su bala en la diana con la
misma precisión que las veces anteriores, y sus partidarios
prorrumpieron en fuertes risotadas que aumentaron de estrépito al
anunciar el ayudante del sheriff la exclusión de Will Hansen.
Después el representante de la ley y sus dos acompañantes
quedáronse inmóviles, como extáticos ante el disco de Robert, y el
primero de ellos, con voz insegura, incrédulo, voceó:
—Robert Kenne: en el centro de... la diana.
Aquello parecía inaudito, increíble. Y, sin embargo, los miles de
espectadores que se agolpaban alrededor de los tiradores tuvieron
que rendirse a la evidencia cuando varios de ellos se acercaron a los
blancos para comprobar la veracidad del fallo, y asintieron
sorprendidos. Una ensordecedora ovación resonó espontáneamente.
Sin duda, la gente veía con agrado que Duff Cooper tuviese un digno
rival.
Wade respiró profundamente tranquilo ya, entre la algazara de
sus vaqueros.
—¡Dios mío! —oyó murmurar a Jane cuyo rostro empalideció
ligeramente—. ¿Será posible? No la comprendo...
El más contrariado de todos parecía ser Sewall Jackson, a juzgar
por las enfurecidas miradas que lanzaba a Wade.
—¡Viejo tramposo! —gritó iracundo—. ¡Algún día te haré pagar
cara esta maldita jugarreta!
—Silencio —recomendó con ironía Wade—. Van a disparar y
podría usted poner nervioso a su «honorable» pistolero.
Robert era el blanco de todas las miradas, incluso de la irritada
de Duff Cooper. El joven ingeniero tuvo ocasión de observar
detenidamente al pistolero cuando este, por indicación del sheriff, se
situó a su lado para intervenir en la última fase del concurso. Era de
elevada estatura y a pesar de su delgadez y agilidad de movimientos,
su camisa de color gris dejaba entrever, al ceñirse a su cuerpo, unos
músculos de acero. Pero lo que más llamó la atención de Robert fue
el rostro de su rival, de facciones correctas, varoniles, curtidas por la
intemperie y, sin embargo, de repelente expresión. Parecía como si
emanase de él una fuerza extraña y desagradable que impresionaba.
—¿Preparados? —preguntó el sheriff.
—Un momento —dijo Robert—. Para terminar de una vez
propongo que la distancia sea aumentada a trescientos metros.
—¿A trescientos metros?
Las dilatadas pupilas del sheriff miraron al joven como si se
tratase de un loco, y luego se posaron en el adusto semblante de
Duff Cooper, en espera de que este diese o no su conformidad.
—Que sean trescientos cincuenta. No me gusta perder el tiempo
—replicó secamente el pistolero.
La emoción de los espectadores llegó al rojo vivo al ver el lugar
donde el ayudante del sheriff colocaba los discos, cuyas dianas
resultaban invisibles a la vista de todos ellos.
Robert extendió lentamente su rifle con firme pulso. Su
penetrante vista, de extraordinario alcance, la centró en la diana por
el punto de mira de su arma al mismo tiempo que su oponente hacía
lo mismo. La inmovilidad de ambos hombres parecía sobrenatural,
propias de figuras talladas en piedra.
—¡Fuego!
Las dos armas tronaron al mismo tiempo sin que el menor
murmullo turbase el impresionante silencio, pese al enorme gentío
allí concentrado y a la inusitada expectación de todos.
—Esta es la prueba definitiva, Jane —dijo Wade roncamente, con
la garganta reseca de tanto contener la respiración—. Si gana
estamos salvados.
Ella no contestó. En su mente en aquel momento se agolpaban
raras ideas, absurdas conjeturas sobre la identidad del enmascarado
que tan oportunamente interviniera en su defensa. Y los bellos ojos
de la joven miraban intensamente a Robert, tan parecido a aquel
otro...
La impaciencia del juez le impulsó a acercarse al disco sobre el
cual disparara Duff Cooper antes de que llegara el auxiliar del
sheriff, quien, girando sobre sus talones, se dirigió pausadamente
hacia el otro disco.
—¡Diana tocada en su parte superior! —dijo radiante el juez,
decidido partidario de Duff Cooper por su concatenación con Sewall
Jackson.
—¡Atención! ¡Atención todos! —gritó el ayudante alegremente,
pues no simpatizaba con la interesada sumisión de su jefe al
poderoso ganadero—. Robert Kenne ha metido su bala exactamente
en el centro de la diana. Un hurra al ganador.
El entusiasmo de los espectadores difícilmente contenido hasta
entonces, se desbordó con terrible algazara. Todos querían tener la
satisfacción de estrechar la mano del vencedor, que era vapuleado
lastimosamente en medio de una masa de cuerpos.
—¡Viva Robert Kenne! —vociferaron frenéticamente los vaqueros
de Dos Caminos.
—Ha vencido, Wade; ha vencido —exclamó Jane visiblemente
emocionada—. No cabe duda que es él.
—¿Qué es quién? —preguntó alarmado Wade.
La respuesta de la joven y su diabólica sonrisa dejaron confuso a
su fiel capataz.
—Ese es mi secreto, viejo tramposo. Acabaré por dar la razón al
señor Jackson sobre la opinión que tiene de ti.
Las palabras de Jane, además de turbar a Wade, tuvieron la
virtud de recordarle que el ganadero le adeudaba cinco mil dólares y
le buscó con la mirada. Pero Jackson no estaba ya junto a ellos.
Apenas oyó el fallo el ganadero se dirigió rápidamente en dirección
a Duff Cooper con las facciones alteradas de rabia. Y era tanta su
precipitación que la enorme mole de su cuerpo derribó a un
diminuto chino que se interpuso a su paso.
—¡Imbécil coletudo! —bramó Jackson fuera de sí—. ¿Es que no
sabes andar?
El chino se levantó rápidamente y se acercó al ganadero con
pérfida sonrisa.
—Yo sabel intelesante mistelio de vaquelo Kenne.
—¡Al diablo con tu jerga de estúpido! —gritó desaforadamente
Jackson sin prestar atención a las palabras del chino. Y de un
empellón lo tiró a tierra nuevamente y corrió al encuentro de Duff
Cooper.
La vista de Wade localizó a Jackson en el momento en que este
hablaba a su pistolero en términos violentos, a juzgar por sus
furiosos ademanes. Y el capataz de Dos Caminos se prometió a sí
mismo no separar sus ojos de él sin sospechar entonces que muy
pronto haría todo lo contrario por el inesperado giro que tomarían
las cosas.
—¡Muchachos! Vamos a sacar a nuestro campeón de ahí o esas
gentes acabarán por triturarlo —propuso en aquel momento Hays.
Efectivamente, Robert era zarandeado por un compacto grupo
de entusiastas, sin que le sirvieran de nada los esfuerzos que hacía el
joven para evitarlo. Pero antes de que llegaran junto a él Hays y sus
compañeros sonó, seca, la voz de Duff Cooper:
—¡Dejadle!
El acerado brillo de los ojos del pistolero y su voz obraron el
milagro de que alrededor de Robert se formase un vacío de varios
metros. Y entonces, Duff Cooper avanzó hacia él lentamente, con las
manos cerca de sus pistoleras.
—Me gustaría apreciar si manejas el revólver con la misma
destreza que el rifle —dijo fríamente.
Robert dudó de forma visible. No le interesaba todavía darse a
conocer por temor a que Sewall Jackson hiciese deducciones que
podrían resultar lamentables para el desarrollo de sus planes.
—Con el revólver soy una calamidad —repuso con cierto aire
festivo, aunque en su interior, al saberse observado por todos,
experimentase más deseos que nunca de responder adecuadamente
a la provocación.
—Demuéstramelo.
Toda evasiva era inútil. Sin embargo, Robert, merced a un
poderoso esfuerzo de voluntad aun intentó afrontar la situación sin
recurrir al revólver:
—No conseguirás que saque el revólver, Duff Cooper. Conozco tu
fama y yo soy un inexperto. Tu desafío no dice nada en tu favor.
—¡Cobarde!
El cuerpo de Robert se estremeció como si hubiese recibido un
latigazo. Entre cientos de rostros de burlona expresión algunos de
ellos distinguió el pálido semblante de Jane, que le miraba de una
forma extraña, con temerosa ansiedad, creyó percibir él.
—Yo te contestaré como mereces —bramó Hays, plantándose
ante Duff Cooper con la sana intención de salvar a su compañero de
la comprometida situación en que se hallaba.
Robert no pudo dominarse por más tiempo y apartando con el
brazo a Hays dijo con voz vibrante:
—Me has insultado, tú, que eres un pistolero a sueldo, peor que
el más abyecto de los criminales. Y lo has hecho porque te crees
seguro con el revólver al alcance de tu mano. Pero si eres tan
valiente como presumes, quítate el cinturón y empleemos los puños,
en igualdad de condiciones. Si no aceptas, Duff Cooper, quedarás
ante todos como el más despreciable de los cobardes.
Los murmullos de aprobación que siguieron a las palabras del
joven hicieron comprender a Duff Cooper que, si en contra de lo
propuesto por su enemigo, sacaba el revólver, existían pocas
probabilidades de que aquellas gentes le dejasen ir con vida.
—Te haré tragar lo que has dicho —rugió al tiempo que se
desembarazaba del cinturón y lo lanzaba lejos de sí.
—Tritúrale los huesos —ordenó Jackson rabioso.
A todos extrañó menos a Wade, que conocía la fama que
alcanzara Robert en la universidad como boxeador amateur, la
postura que adoptó este, con los puños en guardia, cuando Duff
Cooper se lanzó como una fiera contra él. Un ligero y ágil
movimiento del cuerpo le libró de la ciega embestida de su enemigo;
y, entonces, sin darle tiempo a reponerse, descargó sus puños con
terrible precisión y fortaleza. Anonadado ante aquella lluvia de
golpes que machacaban su rostro, Duff Cooper cayó a tierra como
un muñeco roto, inconsciente.
Fue todo tan rápido y el desenlace tan imprevisto que los
asombrados testigos de la pelea tardaron varios segundos en
reaccionar sin dar crédito a lo que veían. Nada menos que Duff
Cooper, el temible pistolero, yacía en tierra vencido y ensangrentado
a merced de cualquiera. Y ello conseguido por aquel joven que
enarbolaba los puños de forma extraña, un tanto jocosa para las
maneras de luchar de aquellas gentes.
Luego, Robert se sintió elevado por múltiples brazos entre un
griterío ensordecedor, y ya no pisó tierra hasta que Hays tiró de sus
piernas en el saloon de Jim Burton, en Sackville.
CAPÍTULO VIII
uddy Taylor salió al encuentro
de Robert y los cuatro vaqueros,
dando gritos de alegría, cuando
estos regresaban a Dos Caminos,
horas después, del concurso.
—¡Enhorabuena,
compañero! —exclamó
estrechando con fuerza la mano
de Robert—. Hubiera dado
media vida por estar allí.
Aunque Robert conocía
sobradamente el motivo de la
incomparecencia del tejano al
concurso de tiro, estimó
conveniente disimular ante sus
compañeros:
—¿Qué te ocurrió, Buddy?
¿Por qué no acudiste al
concurso?
—Tuve un accidente ¡diablos! Quise atajar por un camino poco
conocido y mi caballo metió una pata en un cepo. Ya puedes
figurarte el golpe que nos dimos. Si encuentro en aquel momento al
trampero propietario del cepo lo estranguló. Pero ahora... ahora me
alegro de lo ocurrido ¡diablos! Cuéntamelo todo. Ardo en deseos de
conocer detalles.
—Si llegas a estar allí, tejano, revientas de satisfacción al ver el
estado en que quedó Duff Cooper —dijo Hays, que, al igual que los
otros vaqueros que acompañaban a Robert a Sackville, llevaba unas
copas de más—. Daba lástima verle.
A Buddy Taylor se le iluminaron los ojos de entusiasmo.
—Relátame lo ocurrido, Kenne. A ese gruñón de capataz hay que
sacarle las palabras con sacacorchos.
—No le hagas caso, muchacho —intervino sonriendo Wade, que
se acercaba en aquel momento y había oído lo dicho por el tejano—.
La verdad es que me ha hecho repetirle la historia cuatro o cinco
veces y todavía no está satisfecho.
La cómica indignación de Buddy produjo la hilaridad entre sus
compañeros, que se retorcían entre estruendosas carcajadas.
—La próxima vez que quieras asistir a un concurso de tiro,
Taylor, mata antes a todos los tramperos de la comarca —aconsejó
Howard, enarbolando en su diestra una botella de whisky—.
Muchachos, bebamos otra vez a la salud del vencedor.
Los gritos de los vaqueros atrajeron a los que no habían podido
presenciar el concurso de tiro por no ausentarse del rancho, los
cuales se hallaban aseándose, ya de regreso de sus respectivas
tareas. Uno a uno felicitaron efusivamente a Robert y le hicieron
infinidad de preguntas que él procuró atender lo mejor que podía.
—Basta ya, amigos —ordenó Wade—. Kenne querrá descansar.
Ha sido un día muy agitado para él. Además, la cena nos está
esperando. Daos prisa.
Wade tuvo que repetir la orden para que los vaqueros se
marchasen. Aún se oían sus alegres gritos cuando el capataz
estrechó cariñosamente entre sus brazos a Robert.
—¡Bravo, muchacho! Has estado magnífico.
—¿Y... Jane?
—Ya te lo puedes figurar. Mañana pagará el importe de la
hipoteca con el dinero que hemos ganado. Si hubieras visto la cara
de Jackson al darme los cinco mil pavos...
Buddy Taylor, que continuaba junto a su capataz, exclamó
malhumorado:
—¡Zopenco de mí! Preparo una fiesta para no asistir a ella.
Robert golpeó amistosamente la espalda del vaquero.
—Tuyo ha sido todo el mérito, Buddy, y algún día Jane se
enterará de ello.
—Bah... Poco me preocupa eso —repuso el tejano enrojeciendo
—. La satisfacción de haber contribuido a la derrota de Jackson me
compensa sobradamente.
—Y a la salvación de Jane, vaquero —dijo Wade—. Por cierto que
ella desea hablarte, Robert. Me dijo que fueras a verla cuando
llegaras.
—Otro día, Wade; estoy cansado.
—¿Eh?...
—Me hará preguntas, ¿comprendes? Y no me encuentro con
ánimo de mentir.
Wade miró fijamente al joven y frunció el entrecejo.
—No me parece correcta tu actitud, muchacho.
Es natural que ella desee mostrarte su agradecimiento.
—Eso es precisamente lo que quiero evitar.
—¡Diablos, compañero, no te comprendo! —exclamó Buddy
asombrado—. Te llama la mujer más bonita de toda la comarca y tú
como si tal cosa. Si fuese yo el requerido ya me habría roto la
cabeza de tanto correr. Mira, así iría hacia ella...
El tejano emprendió una alocada carrera en dirección al
barracón que servía de alojamiento a los vaqueros y se lanzó de
cabeza contra los cristales de una de las ventanas desapareciendo.
Los gritos de los vaqueros que se hallaban en el interior y sus fuertes
risotadas llegaron hasta Wade y Robert.
—¡Demonio de muchacho! —dijo Robert sonriendo—. Es de lo
mejor que he conocido.
—¿Por qué no quieres ver a Jane?
El adusto semblante del capataz hizo ser más explícito a Robert:
—Es... algo difícil de explicar. Jane es una mujer maravillosa. Su
belleza, su sensibilidad, su formación espiritual... Todo en ella es
magnífico, Wade, y cualquier hombre perdería la cabeza ante sus
encantos. Y yo... soy un hombre como los demás. ¿No comprendes?
—No del todo. Si estás casi enamorado de Jane, como parece ser,
lo cual sería muy grato para mí, ¿qué obstáculo hay para... para
qué?... Bueno, tú ya me comprendes.
—Mi profesión me obligará a alejarme de estos lugares.
—Algún día terminará la construcción del Union Pacific. ¿Es eso
todo?
—Aun hay algo más. Buddy Taylor...
Al oír el nombre del vaquero, las dudas se disiparon de pronto en
la mente de Wade. ¿Conque era este el motivo de que Robert,
premeditadamente, se alejase de Jane? Con voz serena, cariñosa,
dijo:
—Escúchame, Robert: siempre has dado gran importancia a mis
consejos, ¿no es cierto?
—Así es, Wade. Ya sabes que... te quiero y respeto como a un
padre.
—Pues en esta ocasión, muchacho, quiero que me obedezcas.
—Es que...
—Los ríos siguen su curso y nada puede detenerlos. Y lo mismo
ocurre con estas cosas, Robert. De nada valdrá que intentes evitarlo.
Robert bajó la cabeza y se dirigió hacia la casa ranchera, cuya
puerta se abrió sin que el joven tuviese necesidad de llamar. Jane
había oído los pasos de él al pisar los peldaños de madera del
pórtico y su impaciencia la impulsó a no esperar más.
—Pase usted, Kenne. Le esperaba.
La expresión de Jane era radiante, más bella que nunca, y el tono
de su voz parecía confidencial, dulce. Robert tuvo que hacer un
poderoso esfuerzo para tranquilizar las fibras sensibles de su
corazón cuando ella le cogió una mano y le condujo, tirando de él, al
sencillo y alegre saloncito destinado por la joven a las ocasiones
solemnes.
—Siéntese usted.
—Si le es igual, señorita Jane, preferiría estar de pie. Me
encuentro tan cansado que si me sentara temo que luego no podría
levantarme. Y hasta es posible que me durmiera.
Las palabras de Robert, no muy amables, turbaron brevemente a
Jane. Pero reaccionó enseguida sonriendo:
—Lo comprendo. Ha sido un día muy agitado y emocionante
para usted, ¿verdad?
—Desde luego.
Siguió un embarazoso silencio. Ambos en el centro de la
habitación, frente a frente, se esquivaban la mirada como dos
colegiales: él, temeroso de enfrentarse con la realidad, de no poder
dominar sus impulsos ante aquella criatura que le atraía con fuerza
irresistible; y ella confusa, indecisa por la fría actitud del joven. Si
hubiera sabido que detrás de la aparente frialdad de Robert ardía el
fuego de la pasión... Por fin fue Jane la que habló, tras un ligero
titubeo:
—Bueno... ¿No me dice usted nada?
Robert estuvo a punto de decirla muchas cosas, con cálido
acento, olvidándose de Buddy Taylor y de todo lo que no se
relacionase directamente con ella; pero un nuevo temor le contuvo.
Si daba libertad a sus sentimientos, si confesaba a la joven lo mucho
que la quería, ¿no podría pensar ella que escogía aquel momento
premeditadamente para aprovechar la circunstancia favorable de su
agradecimiento hacia él? No, indudablemente era la peor ocasión
para ello. Y con absurda lógica de enamorado se escudó en el
contraste al acentuar la fría inflexión de su voz:
—Nada tengo que decir, señorita Jane.
—¡Ah! De modo que después de lo que ha hecho, ¿no se le ocurre
decirme nada? —La actitud sorprendida de Jane cambió de pronto
en un gesto de alegre comprensión y, con esa vertiginosa elocuencia
que toda mujer posee y que ella había reprimido hasta entonces,
prosiguió—: Quizá tenga usted razón, señor Kenne. Yo soy quien
debo decirle muchas cosas. En primer lugar, darle las gracias por lo
de hoy. Ha sido algo portentoso. Por cierto que me recordó usted a...
otra persona.
—¿A quién? —interrogó, temeroso, Robert.
—En segundo lugar —continuó la joven pasando por alto la
pregunta de él—, le ruego que me llame Jane simplemente.
—Está bien, Jane.
—Y luego... luego...
—¿Qué?
Jane se acercó a él y sus bellos ojos oscuros parecieron
interrogarle como suplicantes.
—¿Quién es usted, Robert? Estoy segura de que oculta algo.
Robert se sintió embriagado por la proximidad de la joven, por la
entonación de sus palabras, por su profunda mirada y, sobre todo,
por la deliciosa fragancia que parecía desprenderse de ella. Rajó la
cabeza para hablar en el momento en que Jane, algo turbada, hacía
lo mismo, y los labios de él rozaron ligeramente los sedosos cabellos
de la joven.
La dulce emoción que experimentó Robert le duraba aún cuando
una hora después, Wade le encontró sentado en su camastro y con la
cabeza entre las manos en actitud meditabunda. Sin ofrecer
resistencia, como ausente de sí mismo, informó al capataz de lo
ocurrido a la primera pregunta de este.
—¿Y qué hiciste tú? ¿Cómo reaccionaste? —interrogó Wade con
feliz expresión.
—No sé. Me excusé torpemente y salí corriendo.
Wade prorrumpió en una sonora carcajada.
—¡Diablo de chico! Creo que yo, en mi juventud, me hubiera
comportado de forma distinta. Eres de hielo, muchacho.
—Cállate, Wade. No me atormentes más. Te aseguro que si sigo
un poco más allí...
—Lo cierto es que Jane sospecha algo. Dios quiera que Jackson
no goce de tan fina percepción.
—Confiemos en que no sea así. De lo contrario sería un rudo
golpe para mis planes.
—Que Él te oiga y te guíe en todos tus actos, hijo mío. Porque no
llego a comprender tu actitud para con Jane. No es que intente
empujarte hacia ella, no; pero si tú la quieres y a ella, por lo visto,
no le eres indiferente, no me explico...
—Aún es pronto, querido Wade —repuso Robert con gravedad
sin su alegre y habitual expresión—. He de correr muchos riesgos
todavía para llevar a feliz término mi misión y si Jane y yo
llegáramos a... ponernos de acuerdo creo que me faltaría decisión
para afrontar el peligro.
—Lo comprendo, muchacho.
Aquella noche, Jane, apenas pudo conciliar el sueño. De una
forma vaga, imprecisa, recordó los últimos años pasados en Dos
Caminos y el cúmulo de dificultades que tuvo que vencer, en
compañía de Wade, para llegar a la actual situación, en que un
desconocido la salvaba de la ruina total. ¿Un desconocido?
Efectivamente, la aparición de Robert Kenne en el rancho databa de
pocos días e ignoraba por completo todo cuando se relacionase con
él hasta el momento de conocerlo. Pero, sin embargo, a ella le
parecía como si su encuentro hubiese tenido lugar miles de años
antes.
La figura del joven ocupó su mente durante horas enteras de
insomnio. ¡Qué extraña era la conducta del vaquero Kenne!
Bordeando lo grotesco, con sus excentricidades de escritor y ajeno a
la marcha económica del rancho, se elevaba inesperadamente como
un gigante y, con la sencillez del héroe, resolvía con la varita mágica
de su acusada personalidad todos los problemas que aquejaban a
ella.
Con la mente despejada por el descanso corporal intentó durante
un buen rato controlar sus pensamientos respecto a la posible
relación de Robert Kenne con el extraño enmascarado; pero sus
deducciones no la condujeron a nada definitivo y sí a un fuerte dolor
de cabeza cuando las primeras luces del amanecer la sorprendieron,
despierta aún, en su lecho. Luego el cansancio la rindió al fin y
quedó sumida en profundo y reparador sueño.
Se levantó bastante más tarde que de costumbre y lo primero
que hizo fue preguntar a su capataz por el vaquero Kenne.
—Lo he mandado a cuidar del ganado a la cabaña de la colina
con Hays y Brady —contestó Wade—. Es de suponer que Duff
Cooper le busque ahora las vueltas y allí estará más seguro.
Jane comprendió la razón que asistía a su capataz y asintió con
un leve movimiento de cabeza, aunque no pudo ocultar que una
sombra de tristeza nublaba su sonriente semblante.
—¿Por mucho tiempo?
—Eso depende, Jane. Tal vez tenga alejado al muchacho unos
quince días.
El mohín de tristeza de la joven se acentuó.
—¡Qué fastidio! —musitó.
Wade la cogió cariñosamente de la mano.
—Mírame a los ojos, Jane. Quiero que me respondas
sinceramente a una pregunta algo delicada.
—Nunca te he mentido.
—Lo sé, pequeña; pero ahora es distinto. Si tuviera unas faldas a
mano me las pondría para estar más en carácter. Pero como no
dispongo de ninguna permíteme que me ocupe de ti, a pesar de mi
tosco aspecto, como lo hubiera podido hacer tú propia madre.
—Te escucho, mi querido consejero —dijo Jane divertida y
emocionada al mismo tiempo.
—¿Estás... estás enamorada de Kenne?
Ante la inesperada pregunta de su capataz, Jane quedó turbada,
sin responder, mientras un leve rubor teñía su rostro. Wade
prosiguió:
—¡Oh! Ya sé que soy un viejo indiscreto, Jane. Pero...
compréndeme. He de velar por vuestra... por tu felicidad. Esto entra
de lleno en mis obligaciones por encargo expreso de tu padre.
—La joven se echó a los brazos de Wade, riendo gozosamente a
través de sus lágrimas.
—No sé. Pienso mucho en él a todas horas. Pero también me
preocupa el enmascarado que me salvó de Wood. Esto es un terrible
lío, mi viejo amigo. Yo nunca...
Media hora después, Wade y dos vaqueros se dirigían hacia
Sackville para hacer efectivo a Sewall Jackson el importe de la
hipoteca del rancho.
*

Los días sucesivos fueron de intensa actividad para Robert. Tres


días después de la celebración del concurso de tiro regresaron
Horton y sus hombres, estos reducidos a cinco. Uno de ellos había
quedado hospitalizado en Ogden con un balazo en el pecho, recibido
en una de las escaramuzas que tuvieron que sostener contra los
hombres de Sewall Jackson, los cuales intentaron infructuosamente
en varias ocasiones dispersar la manada de reses que conducían
aquellos al centro ganadero.
Así, pues, los efectivos de Robert para intensificar su campaña
contra Jackson ascendieron a diez hombres. Y, a partir de este
momento, las posesiones del ganadero fueron atacadas sin cesar,
con frecuencia en diversos puntos a la vez, alcanzando el
enmascarado una triste celebridad entre sus enemigos. Fue inútil
que Jackson ofreciera diez mil dólares por su cabeza y dos mil por la
de cualquiera de sus ayudantes. El enmascarado, con asombrosa
movilidad, atacaba siempre donde la defensa era más débil, para lo
cual se valía de los informes que le suministraba Buddy Taylor. Y lo
más sorprendente de su actuación era la extraordinaria facilidad
con que luego desaparecían sin dejar rastro alguno que pudiese
delatarlos. Merced al sistema de Robert de dispersar a sus hombres
entre las montañas después de efectuar los atracos, su búsqueda por
parte del sheriff y de los vaqueros de Jackson resultaba siempre
infructuosa.
A tal punto llegó la presión del enmascarado sobre la
organización de ganaderos creada por Sewall Jackson, que la
disciplina de sus hombres, siempre bien remunerados, empezó a
resquebrajarse al no percibir sus salarios con la puntualidad
acostumbrada y cansados, además, de luchar contra un enemigo
invisible. Ello motivó que la vigilancia en las propiedades de la
Sociedad fuera descuidada, con evidente perjuicio para todos ellos.
El ganado, principal riqueza de Jackson, era el objetivo
primordial de Robert. Miles de reses pertenecientes al acaudalado
ganadero eran conducidas diariamente por el enmascarado y sus
hombres a los terrenos altos y escabrosos y dispersadas entre los
abruptos cerros, obstruyendo después, con frecuencia, los altos
desfiladeros por dónde habían pasado para evitar que los animales
pudieran regresar por sus propios medios. De este modo, tenía
Robert en constante movimiento a los hombres de Jackson, forzados
a acudir en auxilio de las reses, amenazadas de muerte en aquellos
terrenos áridos.
Dedicado a tan intensa actividad, los días sucedíanse
rápidamente para Robert, que esperaba con impaciencia noticias de
John Brodory. Hasta ahora, había podido eludir con habilidad y algo
de suerte, como reconocía él mismo, que sus hombres fuesen
sorprendidos durante sus incursiones en las propiedades de
Jackson. Pero esta situación no podría ser prolongada
indefinidamente. Tarde o temprano llegaría el momento en que
tendrían que recurrir a las armas, y el joven estaba decidido a no
provocar muertes durante sus actuaciones de pseudo cuatrero,
consciente de la responsabilidad, en caso contrario.
Por fin, recibió la visita de un polvoriento jinete, que le hizo
entrega de una carta de John Brodory. Este le citaba, ya avanzada la
noche, en el interior de su vagón especial a cuarenta millas de
distancia, lo que hizo pensar a Robert que la construcción del Union
Pacific había progresado últimamente.
A la hora indicada, el joven, amparándose en las tinieblas de la
noche, llegó a los rieles de ferrocarril recientemente tendidos sin ser
avistado por nadie. Dos hombres parecían dormitar apoyados sobre
un montón de traviesas. Con precauciones, pues prefería pasar
desapercibido, ató su caballo a un árbol y se encaminó lentamente
hacia el cercano campamento de trabajadores del Union Pacific,
donde reinaba un silencio absoluto. A aquellas horas, la mayoría de
los trabajadores estarían recorriendo los garitos de Grenwooll,
pequeño pueblo situado a poca distancia del campamento y en
cuyos centros de disipación y vicio se dejaban los rudos obreros los
dólares que tan duramente ganaban.
A cien metros escasamente del campamento, una locomotora
con dos vagones obstruía la línea férrea. Robert se dirigió hacia el
hombre que, junto al segundo vagón, parecía vigilar.
—¿El señor Brodory? Soy Robert... Miller.
—Pase usted; le está esperando.
John Brodory abandonó su mesa de trabajo para abrazar a
Robert.
—¿Cómo van las cosas por aquí? —preguntó el joven, pasados
los primeros momentos de saludo.
—No pueden ir mejor. Parece como si los saboteadores hubiesen
sufrido un colapso. Hace varios días que el tendido de la línea se
desarrolla sin novedad, sin un solo caso de sabotaje. ¡Enhorabuena,
muchacho! ¡Ha sido un trabajo excelente!
—Todavía está sin terminar, señor Brodory. Pero, por lo visto,
sigo un buen camino.
—¿Sospechas de alguien?
—Sewall Jackson es, indudablemente, quien organiza los
sabotajes. Desde un principio sospeché de él y los hechos me están
dando la razón. Nadie mejor que este hombre dispone de medios en
la comarca para una cosa así. Pero lo difícil es conseguir las pruebas
de su culpabilidad y, más aún, descubrir de quién recibe órdenes.
Porque la personalidad de Jackson me inclina a creer que no es el
inspirador de los atentados. Hay, sin duda, otro hombre detrás de él,
que es el verdadero enemigo del Union Pacific o de usted. ¿Sigue
usted confiando en él contratista que le ha de suceder en las obras?
—¿En Harriman? Por completo. Es un idealista del Union
Pacific, como Bredford y Shefield.
—Lo que no impide que le arruine si usted no termina los
trabajos dentro del plazo estipulado —replicó Robert, no muy
convencido de la confianza que su interlocutor depositaba en
Harriman.
Unas arrugas ensombrecieron la ancha frente del financiero.
—De todas formas, mi ruina ya es inevitable —dijo
pausadamente, como si analizara las consecuencias de su grave
situación económica—. Me he quedado sin dinero, Robert. Apenas
podré continuar las obras durante una semana. Un alza de precios
en los materiales a emplear y la paralización de los trabajos por
causa de los sabotajes han tirado por tierra todos mis cálculos.
Dentro de unos días haré el traspaso de la contrata a Harriman, con
pérdida de todos mis derechos.
—Un momento, señor Brodory: yo dispongo de ochocientos mil
dólares y...
—¿Ochocientos mil dólares? ¿De dónde los has sacado?
—Mi padre ocultó esa cantidad, en oro, cuando fue atacado por
los pieles rojas. Lo recordé al encontrarme en el lugar donde ocurrió
todo y hace unos días lo deposité en el Banco de Carlton City. Puede
disponer de todo, señor Brodory.
—¿Cómo? No, no, muchacho; yo no puedo...
—Mi padre aprobaría lo que le propongo, estoy seguro. Era un
enamorado del Oeste.
—Pero...
—Se lo ruego. En nada mejor podría emplear el oro de mi padre.
—Bueno... La verdad es que no sé qué hacer. Mi situación es tan
comprometida y tu oferta tan tentadora que...
—Acéptela.
—Está bien, Robert; pero te advierto que te cederé parte de mis
acciones. Y sí, como creo, la construcción del Union Pacific llega a
feliz término, te convertirás en un hombre inmensamente rico.
—Tiempo habrá para pensar en ello. De momento, todavía no ha
acabado mi misión. Y usted... continúe con la suya, que es acabar
las obras de su contrata. ¿Tendrá dinero suficiente para ello?
—¿Con los ochocientos mil dólares? Aún sobrará.
—Acordado, pues. Destinaba parte de ese dinero a indemnizar a
Sewall Jackson de las pérdidas que le estoy ocasionando en el caso
de resultar ajeno a la conspiración contra el Union Pacific; pero ya
no es preciso prever esta eventualidad. El hecho de que hayan
cesado los sabotajes demuestra palpablemente su culpabilidad. Sin
duda, ha movilizado a todos sus hombres para repeler nuestros
ataques a sus propiedades, y para ello ha abandonado
momentáneamente sus planes respecto al Union Pacific, menos
interesantes para él que conjurar la amenaza que se cierne sobre su
sistema económico. Esto afianza mi criterio de que organiza los
sabotajes por cuenta de otro, de alguien a quién es preciso
identificar para que todo quede resuelto favorablemente.
¡Qué lejos estaba de pensar Robert, en aquel momento, que los
acontecimientos iban a precipitarse de forma tan rápida y
sorprendente para él como luego tuviera ocasión de comprobar!
De vuelta a la cabaña de la colina, ya amanecido, sorprendió a
Buddy Taylor ensillando el caballo a la puerta de aquella.
—¡Ya era hora, amiguito! —exclamó, burlonamente, el tejano al
verle—. Toda la noche esperándote en esa inmunda cabaña y tú,
mientras tanto, paseándote a la luz de la luna. ¡Qué suerte tienes,
compañero! ¿Se puede saber quién era ella?
—Te equivocas, Buddy —repuso Robert, sonriendo—. Mi
ausencia de esta noche no se relaciona con ninguna mujer. Fui lejos
y, de vuelta, tuve que acampar a mitad de camino. Eso es todo.
—Hum. ¿Estuviste velando a algún muerto?
—Eres tozudo, tejano. ¿Alguna novedad?
—Sí, ¡diablos! Y, además, muy importante, opino yo. Jackson ha
recibido una carta de Washington que le trae de cabeza.
—¿No has podido averiguar quién la suscribe? —preguntó
Robert, vivamente interesado.
—No; pero esta noche estaré de guardia en su oficina con otro de
su pandilla, mientras él escribe un informe al que parece conceder
importancia.
Robert guardó silencio unos instantes, pensativo.
—¿Y tú sugieres?...
—Que acudas a la cita tú también. Yo procuraría allanarte el
camino sin comprometerme. Además, podrías aprovechar la ocasión
para ver qué es lo que contiene su famosa caja fuerte.
—¡Ah! ¿De modo que tiene una caja fuerte en las oficinas de la
Sociedad de Ganaderos?
—Y de un mecanismo muy complicado. Los muchachos
sospechan que la tiene atiborrada de dinero; pero yo creo que es
otra cosa lo que oculta con tanto interés, quizá de más valor para
nosotros.
—¿Documentos tal vez?
—Aseguraría que sí. La carta recibida, al menos, la guardó en la
caja. ¿Qué te parece mi plan?
—¡Magnifico, Buddy! —exclamó alegremente Robert, dándole
una fuerte palmada en la espalda—. ¡Eres el vaquero más listo que
he conocido!
—¡Y el más desgraciado, diablos! Me has golpeado en el mismo
sitio donde lo hizo ayer Jackson para celebrar un chiste que conté.
Casi me rompió una costilla con su asquerosa mano mutilada. Yo
quisiera saber qué es lo que tiene mi espalda.
—¿Qué has dicho? ¡Repítelo!
Buddy miró las alteradas facciones de Robert.
—Bueno. No te enfades por eso. La verdad es que no me has
hecho daño. Ha sido una broma.
—No, no, Buddy; me refiero a lo que has dicho de Jackson —
apremió Robert, cogiéndole nerviosamente por los brazos—. ¿Qué
mano tiene mutilada?
—La izquierda. Pero no veo en ello nada extraordinario, ¡diablos!
¿Es que te has vuelto loco?
Las palabras del tejano estaban justificadas ante el brusco
cambio de expresión de Robert, quien murmuró para sí, como
abstraído en dolorosos recuerdos:
—La mano izquierda... Jackson... ¿Cómo no he reparado en este
detalle?
Comprendiendo Buddy, por la actitud de su amigo, que la
mutilación de Jackson entrañaba algún nexo importante con su
pasado, repuso prontamente:
—No es de extrañar, Robert. Tal vez para evitar el repugnante
aspecto de su mano, Jackson usa siempre guantes, y he podido
observar que el izquierdo está hecho de forma que disimula su
mutilación.
—¿Sabes si se trata de una herida de bala?
—Eso me dijeron. Pero parece ser que ocurrió hace mucho
tiempo.
El contraído rostro de Robert sufrió una rápida mutación, como
si se transfigurase al exclamar:
—¡Dios mío! ¿Será posible que sea él... asesino de mi padre?
CAPÍTULO IX
obert, a la hora convenida con el
tejano, se dirigió lentamente,
con tortuoso paso de borracho,
hacia la escalinata de madera
que servía de acceso a las
oficinas de la flamante Sociedad
de Ganaderos de Sackville. La
noche era luminosa, por lo que,
ante el temor de ser descubierto
si procedía cautelosamente,
prefirió adoptar las maneras de
uno de los muchos borrachos
que deambulaban a aquellas
horas por la calle principal de
Sackville, de cuyo saloon
llegaban hasta él las estentóreas
voces de más de la mitad de los
moradores de la localidad que se
hallaban allí reunidos. Al llegar
junto a la escalinata, sumida en sombras, la figura del joven pareció
animada de súbita vitalidad, Con rapidez, ascendió por los peldaños
y empujó cuidadosamente la entreabierta puerta. La mano de Buddy
Taylor le guio entre tinieblas, hasta que penetraron en una
iluminada habitación, amueblada con dos deterioradas mesas de
trabajo y varias sillas. En uno de los rincones, una escalera de
caracol comunicaba con el único piso alto del edificio.
—¿Has conseguido que no te identificase? —preguntó Robert, en
voz baja, refiriéndose al vaquero que yacía en el suelo.
—Se durmió sin conocer al culpable —respondió Buddy al
tiempo que, mediante expresiva mímica, explicaba que había
golpeado por detrás al desvanecido vaquero con la culata de su
revólver—. Y ahora, Robert, mucho cuidado; sube la escalera
procurando no hacer ruido y llegarás a una pequeña habitación que
comunica con el despacho de Jackson.
—Está bien, Buddy.
—Si ocurre algo imprevisto y te ves apurado, tírate por la
ventana. Yo dejaré mi caballo a tu alcance. ¡Buena suerte!
Robert se cubrió el rostro con su pañuelo negro, de igual color
que el traje que llevaba, y puso los pies en la escalera para
comprobar si producía ruido. Afortunadamente, como la
construcción de la casa era reciente, la escalera resistió sus ochenta
y seis kilos sin hacer ruido alguno. Poco a poco, sin apresuramiento,
fue ascendiendo hasta que llegó a una reducida estancia, levemente
iluminada por la luz que penetraba a través de los cristales de una
puerta. ¡Allí estaría Sewall Jackson, su odiado enemigo,
completamente ajeno al peligro que se cernía sobre él!
Sigilosamente, se acercó a la puerta y apoyó con suavidad su
mano. El corazón del joven le latió desordenadamente al notar que
la puerta cedía, que no estaba cerrada con llave.
La opacidad de los cristales no le permitía ver el lugar donde se
hallaba Jackson y ello le perjudicaba, ya que corría el riesgo de que
el ganadero disparase contra él si no le localizaba inmediatamente.
Pero no se arredró por esta coyuntura desfavorable. Confiaba en la
sorpresa de su enemigo, en los primeros segundos de vacilación. Iba
ya a irrumpir en el despacho, cuando una sorda exclamación de
Jackson le indicó su posición. Y ya no esperó más.
Antes de que Sewall Jackson dejase la pluma con la que
garrapateaba en un papel, Robert se había plantado ante él,
apuntándole con su revólver.
—¡Levanta las manos, Jackson!
El ganadero permaneció extático durante unos segundos, sin
proferir palabra, mirando al enmascarado con inexpresivos ojos,
incrédulo de lo que veía. Luego, le afluyó la sangre al rostro y
barbotó con enronquecida voz:
—¡Maldición! ¿Cómo te atreves?
—¡Levanta las manos o disparo! —repitió Robert con fría
entonación.
Jackson debió comprender que aquel hombre no amenazaba en
vano, a juzgar por la prontitud con que obedeció.
—Abre la caja fuerte.
—¿Eh?
—¿No me has oído? ¡Que abras la caja fuerte!
De la frente del ganadero brotaron enormes gotas de sudor,
mientras sus pupilas, desmesuradamente abiertas, lanzaban una
mirada en derredor como para convencerse de que se hallaban
verdaderamente solos. Era tan absurda y ruinosa para él la petición
del enmascarado, que su mente se aferró a una última esperanza.
¿Dónde estarían Buddy Taylor y Blue Mason, encargados de velar
por su seguridad? No; aquel aventurero que se ocultaba el rostro no
le podría vencer, hundirle en la ignominia después de tantos años de
lucha. Sin duda alguna, sus hombres acudirían a salvarle de un
momento a otro.
La voz del enmascarado frustró sus esperanzas.
—No esperes ayuda de nadie, Jackson. Tus dos esbirros yacen
abajo, sin ánimo para auxiliarte. La única probabilidad de salvar la
vida consiste en tu obediencia.
—El dinero no lo guardo en la caja, sino en ese cajón de la mesa.
Si lo quieres, puedes llevártelo.
—Voy a contar hasta diez. Y dispararé si antes no has abierto la
caja. Una... dos...
—¡Un momento! ¡Creo que... no tengo la llave aquí!
—... cinco... seis...
—¡Te daré veinte mil dólares!
—... ocho... nueve...
—¡Está bien; abriré la caja! —gritó, desesperadamente, Jackson,
lanzando sobre el enmascarado una terrible mirada de odio—. ¡Pero
esto lo pagarás con tu vida! ¡Mis hombres te perseguirán hasta
aniquilarte!
Todavía resistió el ganadero breves segundos, como intentando
recordar la combinación de la caja, y Robert le hundió su revólver
entre las costillas para refrescarle la memoria. Poco después, el
joven, sin apartar la mirada de Jackson, vaciaba la caja de cuantos
papeles había en su interior.
—Y ahora, quítate ese guante.
—¿Cómo? ¿Para qué demonios?...
—¡Obedece sin replicar!
De un manotazo, Jackson dejó al descubierto su mutilada mano.
Tenía solamente dos falanges, las cuales parecían por la contracción
de sus músculos, ganchos de siniestro aspecto. Robert se acercó
lentamente al ganadero.
—¿Quién te hizo esa herida? —interrogó el joven con trémula
voz—. ¡Contesta!
—Eso no es de tu incumbencia. Fue un accidente.
—¡Mientes, asesino! ¡Descúbrete el pecho!
Jackson rio nerviosamente:
—¿Es que te has vuelto loco?
La impaciencia de Robert le impulsó a rasgar con su propia
mano la camisa del ganadero. Como esperaba, en el centro del
pecho de este había una terrible cicatriz. Parecía una antigua herida
de bala curada por manos inexpertas.
Robert quedó unos momentos indeciso al ver confirmadas sus
sospechas. Porque, indudablemente, tenía ante sí al asesino de su
padre, al hombre odioso que destruyera a su familia. La herida del
pecho y la mutilación de su mano izquierda eran pruebas más que
suficientes para identificarle.
—¿Ya está satisfecha tu curiosidad? —preguntó Jackson,
sombríamente.
—¡Miserable asesino! —rugió Robert, reaccionando
violentamente al oír su voz—. ¡Hace años que esperaba este
momento y ya desconfiaba de encontrarte! ¡Pero el destino de los
hombres tiene más fuerza que nuestros propios actos personales! ¡Y
ahora, cuando menos lo esperaba, por una serie de circunstancias
indirectas, consigo el ansiado placer de ver tu despreciable rostro!
¡De nada te ha valido cambiar de nombre y disfrazarte de ganadero!
Jackson retrocedió unos pasos, atemorizado por las palabras del
enmascarado y por la terrible expresión de sus ojos, que parecían
despedir llamas.
—No sé de qué me estás hablando —pudo articular en un
arranque de valor—. Yo no he cambiado de nombre jamás.
—Qué mala memoria tienes. ¿No te llamabas antes William
Hawkins?
El apoplético rostro del ganadero se cubrió de intensa palidez.
—¿Quién eres tú?
—Soy el hijo de Henry Miller.
La explosión de una bomba no hubiera producido mayor efecto
en el ánimo de Jackson que la sorprendente revelación del
enmascarado. Su tenebroso pasado se agitó en su mente como una
pesadilla, como una sombra trágica... personificada en aquel
hombre de terrorífico aspecto que le amenazaba con el revólver. Y su
propio pánico le dio alientos para mentir:
—Nunca conocí a ese hombre.
—No mientas para salvar tu vida —dijo Robert, ya más sereno—.
Aún no ha llegado tu hora. Primero quiero arruinarte, descubrir
ante todas tus actividades criminales. ¡Vuélvete de espaldas!
El ganadero se volvió lentamente y su mano derecha, levantada,
rozó el conmutador de la luz.
—La próxima vez que nos veamos será la definitiva —amenazó
Robert, levantando el revólver para golpear con él la cabeza de
Jackson.
Pero el miedo produce, a veces, actos de heroísmo, y esto le
ocurrió a Jackson. Comprendiendo que el enmascarado iba a
golpearle, en cuyo caso no podría salir en su persecución, apretó el
conmutador de la luz y se lanzó como una fiera contra su enemigo.
Robert hubiera podido disparar y hacer blanco seguro, pero no
entraba en sus proyectos este desenlace y se limitó a repeler la
agresión con sus puños. Dos directos en la carnosa mole bastaron
para derribar al ganadero. Acto seguido, levantó el cristal de la
amplia ventana y se puso a horcajadas sobre el alféizar.
Dos hombres cruzaban en aquel momento la calle, discutiendo
acaloradamente, y quedaron perplejos al ver a un enmascarado
saltar desde una ventana sobre un caballo y partir al galope.
Inmediatamente, las desaforadas voces de Jackson, cuya cabeza
asomaba por la ventana, les hicieron comprender los motivos de la
inopinada aparición.
—¡Detenedle! ¡Detenedle! ¡Me ha robado! ¡Avisen a Duff Cooper!
¡Está en el saloon!
Jackson bajó apresuradamente por la escalera de caracol en el
momento en que Buddy Taylor y Blue Mason, que yacían en el
suelo, se incorporaban con dificultad tocándose ambos la cabeza.
—¡Seguidme! ¡No hay tiempo que perder! —bramó el ganadero.
Un grupo de hombres procedentes del saloon, con Duff Cooper a
la cabeza, salió al encuentro de Jackson. Este ordenó, frenético:
—¡A los caballos! ¡He sido robado por ese maldito enmascarado!
Mientras los hombres se dispersaban en busca de sus caballos,
un hombrecillo de amarilla epidermis se acercó al ganadero cuando
este estaba a punto de montar sobre su caballo.
—Yo conocel paladelo del enmascalado si podeloso señol pagal
bien.
—¿Eh? ¿Qué es lo que has dicho? ¡Habla, gusano inmundo!
—¿Podeloso señol pagal bien?
Las pesadas manos de Jackson se hundieron en los hombros del
delator con terrible fuerza.
—¡Habla de una vez o te destrozo los huesos!
El chino, sofocado por la presión de aquellas garras, dijo
entrecortadamente:
—El enmascalado sel el homble del Este, de Dos Caminos.
—¿Cómo? ¿Estás seguro?
El interpelado asintió con la cabeza y Jackson aflojó la presión
de sus manos.
—Yo vel a vaquelo Kenne cuando Ilegal de noche pol plimela vez.
Él sel muy iápido dispalando con un vaquelo amigo y yo escondelme
detlás de gluesa piedla; luego, yo espial sus pasos y entelalme de
gran mistelio—. El chino sonrió melifluamente al añadir—: Yo hacel
todo esto pala que podeloso señol dalme díñelo.
—¿Y por qué no me lo has dicho antes? ¡Maldito escarabajo! —
tronó Jackson, al tiempo que su grueso puño caía con violencia
sobre la cabeza del chino.
Buddy Taylor, que se había detenido al escuchar las primeras
palabras del chino, respiró profundamente, tranquilo ya. El delator
habíase referido, sin duda, a la noche de su encuentro con Robert,
pensó el tejano, y ya acercaba su mano al revólver, dispuesto a
actuar en el momento en que el chino pronunciara su nombre,
cuando el irascible temperamento del ganadero le libró del peligro.
—¡Adelante todos! —gritó Jackson, ya sobre su caballo.
Los doce hombres que componían el grupo, con inclusión de
Buddy Taylor, espolearon enérgicamente a sus corceles y
desaparecieron como una exhalación a la vista de los curiosos que
presenciaban la escena. Durante media hora galoparon a enorme
velocidad, deteniéndose tan solo dos veces para rastrear las huellas
dejadas por el caballo de Robert.
Ante ellos extendíase la inmensa pradera, iluminada por la
radiante luna de aquella noche primaveral, lo que les permitía
cuartear las lomas y salvar los declives y rampas del camino sin
apenas disminuir la marcha. De esta forma, Jackson ganaba terreno
a su perseguido, cuyas huellas indicaban que no se atrevía a dejar la
carretera.
El ganadero se detuvo en lo más alto y sus hombres se agruparon
en torno a él.
—Enciende una fogata, Wilde —ordenó a uno de los vaqueros—,
y si Deave te contesta, enciende dos más. El enmascarado ha de
pasar muy cerca del lugar donde Deave y sus hombres acampan y, si
entienden las señales, saldrán a su encuentro y le cogeremos entre
dos fuegos. Y vosotros, ¡seguidme!
Mientras el llamado Wilde se aprestaba a obedecer la orden de su
jefe, este reanudó la carrera, espoleando cruelmente a su caballo.
Prefería alcanzar a su enemigo en plena pradera, donde apenas
podría ofrecer resistencia ante sus hombres, que atacarle en el
rancho Dos Caminos, en cuyo caso sería defendido por el equipo de
Jane Brodory.
—¡Más aprisa! ¡Más aprisa! —ordenaba de vez en cuando a los
más rezagados, cuyas cabalgaduras no podían competir con su
poderoso ruano.
Durante un buen trecho, la carretera fue abandonada
nuevamente por los perseguidores; divididos en dos grupos,
avanzaban ahora por sendos atajos bastante accidentados. Y
cuando, media hora después, pisaron la carretera, la distancia que
los separaba del enmascarado era escasamente de media milla.
Hasta este momento, Robert se hallaba ajeno al peligro que le
amenazaba. Convencido de que Jackson tardaría unos minutos, por
lo menos, en reponerse del golpe recibido —él no sospechaba que el
desvanecimiento del ganadero había sido simulado para evitar
males mayores—, no estimó necesario desviarse de la carretera y
marchar por caminos poco conocidos. Claramente se dio cuenta de
su error al percibir a sus espaldas los secos golpes de los cascos de
caballo de sus perseguidores.
Buddy Taylor, que cabalgaba junto a Jackson, empezó a temer
por la vida de Robert. Si Deave y sus hombres acudían a la llamada,
su amigo quedaría irremisiblemente cogido entre dos fuegos, sin
posibilidad de salvación. Pero... ¡Diablos! ¿Qué le ocurría a Robert?
El tejano se apoyó sobre los estribos, con la ansiedad reflejada en su
semblante. Y, a la luz que despedía la esplendorosa luna sobre la
blanca carretera, pudo distinguir perfectamente la gigantesca
sombra de Robert, que en aquel momento abandonaba el recto
camino y desaparecía entre la espesa vegetación de una extensa
zona arbolada próxima a la carretera. Más allá, en plena carretera,
unos puntos negros que aumentaban de tamaño por momentos
dieron la explicación al tejano de la extraña conducta de Robert.
—¡Son Deave y sus hombres! —gritó Jackson con triunfal
entonación—. ¡Ahora sí que le tenemos cogido! ¡Él mismo se ha
metido en la ratonera!
Los dos grupos de caballistas se unieron casi en el mismo punto
donde Robert dejara la carretera. Jackson, sin explicación alguna a
Deave y a los tres vaqueros que le acompañaban, ordenó a Duff
Cooper:
—Rodea con seis hombres la espesura y avanza en dirección a
nosotros. ¿Entendido?
—Perfectamente —respondió el aludido, sonriendo cruelmente
—. No se nos escapará.
—Y vosotros —continuó el ganadero, dirigiéndose a los siete
hombres restantes—, seguidme a pie.
Mientras Duff Cooper y sus hombres bordeaban la espesura al
galope de sus caballos, a fin de llegar a la parte contraria antes de
que pudiera hacerlo el enmascarado, los demás, con Jackson al
frente, penetraron a pie en la umbría selva formada por infinidad de
árboles muy cercanos entre sí, cuyas enormes hojas colgantes,
entremezcladas con la espesa vegetación de arbustos y crecida
maleza, les forzaba a marchar lentamente. Poco después,
dividiéronse en tres grupos a una orden del ganadero, con objeto de
rodear a Robert.
Afortunadamente para Buddy Taylor, los dos rufianes que iban
con él no podían distinguir la expresión de su rostro debido a la
oscuridad que reinaba bajo aquella bóveda vegetal. Porque el tejano
miraba a todas partes con terrible ansiedad, esperando de un
momento a otro oír los fatídicos disparos que tanto temía.
—¡Eh! —gritó uno de los vaqueros—. ¡Aquí hay un caballo!
Buddy afinó el oído y pudo percibir perfectamente las palabras
de Jackson:
—¡Es el del enmascarado! ¡Adelante, muchachos, y mucho ojo!
¡Ya es nuestro! ¡Duff y los suyos lo empujarán hacia nosotros!
La situación iba haciéndose desesperada para Robert, y así lo
comprendió él al oír las pisadas de sus perseguidores por todas
partes. ¡Estaba cercado, rodeado de enemigos en aquella reducida
espesura! Por un momento, pensó en el error que había cometido.
¡Cuánto mejor hubiera sido intentar abrirse paso entre sus enemigos
en plena llanura, con absoluta libertad de movimientos!
Sin embargo, cuando poco antes se viera acorralado por Deave y
sus hombres, acogió con alegría la proximidad de la espesura,
creyendo que, al adentrarse en la misma, podría desorientar a sus
perseguidores y dar un descanso a su fatigada cabalgadura. Pero la
primera circunstancia desfavorable con que tropezó fue la
espesísima vegetación del lugar. Por todas partes, numerosísimas
plantas trepadoras formaban una verdadera muralla vegetal al
entrelazarse con los arbustos y masas de ramas y hojas que, en
indescriptible confusión, se oponían a su paso. Con harto
sentimiento, se vio forzado a abandonar a su caballo y continuar la
marcha a pie.
Y ahora, al percibir la proximidad de sus enemigos, frente a él y
a sus espaldas, tuvo unos momentos de vacilación, de duda sobre si
había adoptado la mejor resolución al penetrar en la espesura. Pero
su magnífico temple, forjado en la confianza que tenía en sí mismo y
en la razón de la causa que defendía, le impulsó a seguir adelante a
pesar de los peligros que ello entrañaba. Era preferible acelerar el
desenlace sí, corriendo este riesgo, existía alguna probabilidad de
salvación, que permanecer inmóvil, en espera de que sus
perseguidores le cercaran por completo y se lanzasen sobre él.
Sigilosamente, apartando con cuidado las ramas que le
interrumpían el paso, continuó avanzando. La luz de la luna se
quebraba en la masa vegetal que pendía de los árboles, de forma que
apenas llegaba a él una débil claridad, casi imperceptible. Esto
empeoraba su situación, puesto que tenía que valerse
exclusivamente del oído para apreciar la proximidad de sus
numerosos enemigos.
De pronto, muy cerca de él le sobresaltó una voz:
—¿No habéis oído un ruido? Compañeros, por aquí se mueve
alguien.
—¿No será que el miedo te hace ver visiones? —interrogó, con
sorna, otra voz que Robert creyó conocer.
—No; estoy seguro. ¡Seguidme!
Robert percibió ruido de pasos que se aproximaban a él.
¿Cuántos hombres serían? Aunque ardía en deseos de entrar en
acción y dar término de una vez a aquella tenaz persecución, su
sentido práctico de las cosas le indujo nuevamente a rehuir la lucha
en tan pésimas condiciones. Sin apenas visibilidad, en lucha a
ciegas, era indudable su inferioridad ante el número de sus
enemigos.
Decidido, pues, a no recurrir a las armas hasta que le fuera
materialmente imposible evitarlo, ocultóse el rostro con su pañuelo
negro y dio unos pasos en dirección contraria al lugar de donde
procedían las voces. Pero un enjambre de ramas y hojas se extendía
ante él, y el ruido que produjo al intentar abrirse paso orientó a sus
perseguidores, uno de los cuales hizo oír su voz:
—¿Oís, compañeros? ¿Veis cómo no me equivocaba?
Aún vibraba en el espacio la observación del vaquero, cuando
rojas vaharadas de humo iluminaron durante breves segundos la
penumbra. Fue todo tan rápido, y los acompañantes de Buddy
Taylor vaciaron sus revólveres con tal celeridad, que el tejano no
pudo evitarlo.
Robert sintió un sordo golpe en su hombro izquierdo seguido de
intenso dolor, al tiempo que otra bala le hacía caer hacia atrás, con
la cabeza ensangrentada. Como entre tinieblas, oyó varias voces,
cada vez más cercanas.
La ansiedad de Buddy Taylor se trocó en dolorosa certidumbre al
ver el cuerpo inerte de Robert sobre un montón de ramas. Iba a
volverse, furioso, para disparar contra sus compañeros, cuando
Robert empezó a incorporarse con torpes movimientos.
—¡Menos mal! —murmuró el tejano, acercándose a su amigo.
El ligero desvanecimiento de Robert debíase a una bala que, de
rebote, le había rozado la cabeza y no revestía gravedad. Más
importante era la herida del hombro, por cuyo orificio le manaba
sangre en abundancia.
—¡Diablos! —exclamó Buddy después de reconocerle—. ¡Tienes
el pellejo duro, amigo!
Robert le sonrió débilmente. Su extraordinaria vitalidad le
mantenía en pie, pero notábase sin fuerzas para defenderse.
—¿Te has convencido, Taylor, de que estaba en lo cierto? —dijo
uno de los dos vaqueros, que miraba ferozmente a Robert—. Espero
que ahora no me discutiréis la mitad del premio que se ofrece por su
cabeza. Yo me di cuenta de que estaba aquí antes que vosotros.
—Si Laisy está de acuerdo, yo no tengo inconveniente en
partirme la otra mitad con él.
Y como el aludido asintiera, Buddy prosiguió:
—Pero antes hemos de curar a este pajarraco, amigos. El señor
Jackson nos dará más dólares si se lo entregamos vivo.
Robert se dejó vendar la herida por el tejano sin pronunciar una
sola palabra, esperanzado al advertir en los ojos de su amigo cierta
expresión de inteligencia, como si intentara infundirle ánimos. Y, a
partir de este momento, no dudó de su salvación. Tenía confianza
absoluta en la habilidad de Buddy.
—¿Por qué no le quitas el pañuelo para ver su feo rostro? —
preguntó, irónicamente, Laisy, levantando la resinosa planta que
ardía en su diestra.
—Ese gusto debemos reservarlo para el señor Jackson —replicó
Buddy, que en aquel momento taponaba la herida de Robert con un
pedazo de su camisa—. ¿No opinas lo mismo, Moore?
El aludido se levantó de hombros, como si a él no le afectase la
curiosidad de Laisy, y dijo:
—Lo que debemos procurar es que el señor Jackson nos dé
íntegramente el premio a nosotros. Ya veréis como más de uno
asegura luego haber participado en la captura de este hombre.
La observación de Moore facilitó la exposición de la idea que
rondaba por la cabeza del tejano.
—Tienes razón, ¡diablos! Y yo opino que debemos entregarlo al
señor Jackson sin que nadie intervenga en nada. Para ello, conviene
sacarlo de aquí procurando que nuestros compañeros no se den
cuenta. ¿Estáis de acuerdo?
Robert sonrió ligeramente al expresar los dos hombres su
conformidad a lo sugerido por Buddy. Indudablemente, este ya
había formado su plan.
—Andando, pues —decidió alegremente el tejano. Y, dirigiéndose
a su amigo, prosiguió—: Tú, feo bicharraco, colócate entre nosotros
si puedes andar.
—Podré —afirmó Robert con segura entonación, para
tranquilizar a su amigo.
Favorecidos por la oscuridad, no le fue difícil a Buddy Taylor —
que actuaba de guía por su mejor conocimiento del terreno salir de
la espesura sin que la presencia de Robert fuera advertida por los
demás grupos de hombres que le buscaban afanosamente.
—Avisa al señor Jackson, Laisy —dijo el tejano—. Dile que
hemos capturado al enmascarado y que le esperamos aquí.
—Ni hablar de ello, vaquero —repuso el aludido,
desconfiadamente—. No pienso separarme del filón ni un solo
momento. Podríais llevároslo a otra parte y luego, como tenéis tan
mala memoria, olvidaros de mí a la hora del reparto.
—Laisy tiene razón en parte —intervino Moore mirando
fijamente a Buddy—. Tú conoces el terreno mejor que nosotros y
darás fácilmente con el jefe.
—¡Diablos, muchachos! ¡Cuántos remilgos por nada! Iré yo, de
acuerdo. Pero supongo que no intentaréis asesinarme por la
espalda.
El rostro de Moore palideció.
—Te aseguro que no había pensado en ello —mintió.
—Lo creo, amigo, lo creo. Es que los tejanos somos muy
desconfiados —Buddy miró hacia un punto determinado de la
espesura y añadió: Además ya viene el señor Jackson hacia aquí.
Todo queda resuelto a gusto de los tres.
Laisy y Moore se volvieron para mirar en la dirección indicada
por Buddy, momento que aprovechó este para sacar rápidamente su
revólver y amenazar.
—¡Soltad las armas! ¡Pronto!
La entonación de Buddy era autoritaria, apremiante, y los dos
hombres dejaron caer sus revólveres a tierra, no sin mascullar
terribles maldiciones, que fueron interrumpidas bruscamente por la
culata del revólver del tejano al golpear sus cabezas.
Cuando Robert vio caer a sus dos enemigos, abrazó
calurosamente a Buddy.
—¡Eres genial! —exclamó admirado—. ¡No esperaba menos de
ti!
—¿Cómo te encuentras? ¿Podrás galopar?
—Desde luego.
—Pues sígueme sin perder tiempo. Nos hallamos muy cerca de
los caballos de Jackson y sus hombres. ¿No oyes esos relinchos?
—Es cierto. ¿Lo tenías previsto?
—Claro, ¡diablos! ¿Por qué crees que mostré tanto interés en
guiaros a través de la espesura?
Los dos amigos cruzaron un grupo de arbustos y talludas salvias,
detrás de los cuales mordisqueaban la hierba varios caballos. Una
rápida mirada les bastó para cerciorarse de que no había ningún
hombre vigilando, si bien llegaban hasta ellos voces y gritos
procedentes de distintos puntos. Sin vacilar, escogieron los dos
caballos de mejor estampa y emprendieron, al galope, la marcha a
Dos Caminos.
Poco después, cuando Sewall Jackson fue informado de lo
ocurrido por los enfurecidos Moore y Laisy, ya era tarde para
alcanzar a los dos fugitivos. Y de su contraída boca salió una orden
que dejó confusos a sus hombres.
CAPÍTULO X
ane miró con gesto de extrañeza
a Wade al oír el desenfrenado
galopar de dos caballos, que
cesó repentinamente ante la
casa ranchera, en cuya mesa de
trabajo de la joven hallábanse
ambos anotando en un libro las
últimas operaciones realizadas.
—¿Quiénes podrán ser a
estas horas?
—Eso es lo que voy a ver
ahora mismo —contestó,
intranquilo, Wade, que estaba
enterado de la marcha de Robert
a Sackville y de lo que pretendía
llevar a acabo en colaboración
con Buddy Taylor.
La impaciencia del capataz le
impulsó a salir de la casa antes que su propietaria y, ya en el pórtico,
divisó a Buddy ayudando a Robert a descender de su caballo. La
carrera había producido al joven intensa hemorragia y apenas podía
tenerse en pie.
—¡Robert! ¿Qué ha ocurrido, muchacho? —preguntó Wade con
la voz velada por la emoción.
—No es nada de cuidado. Una simple herida en el hombro, sin
importancia.
—¡Pero estás pálido, demacrado!
—He perdido algo de sangre y estoy cansado.
—¡Diablos! —exclamó festivamente Buddy—. No mime más al
niño y preste atención a lo que voy a decirle.
—Habla, Buddy.
—Jackson y sus hombres nos persiguen y pronto estarán aquí.
Hemos de prepararnos para hacerles un buen recibimiento, viejo,
porque vienen con malas intenciones.
—Recibiremos a esos trúhanes como se merecen. ¿Puedes andar,
Robert?
—Perfectamente.
—Pues ven conmigo. Jane tiene mejores manos que un cirujano
para esta clase de heridas.
—¿Jane? No quisiera que se enterase de esto, Wade. ¿Está
durmiendo?
—Estoy aquí.
Los tres hombres volvieron la cabeza en dirección a dónde había
sido emitida la voz y vieron a Jane junto a uno de los soportes del
pórtico. Robert lanzó una mirada de reconvención a Buddy.
—No quedaba otro recurso, ¡diablos! —exclamó el tejano como
disculpándose—. Si nos dirigimos a la cabaña de la colina, como tú
querías, hubieras llegado más muerto que vivo. Y allí no hay nada
para curarte.
—Este sucio ordeñavacas tiene toda la razón del mundo —afirmó
Wade, al tiempo que miraba con afectuosa expresión al tejano.
El paso vacilante de Robert al dirigirse hacia el rancho confirmó
los temores de Jane, que había oído algunas palabras sueltas de la
conversación mantenida por los tres hombres. Sin embargo, reparó
enseguida en el traje negro de él. ¡Ahora sí que no dudaba de que el
enmascarado y el vaquero Kenne eran una misma persona! Pero
¿qué serie de circunstancias graves concurrían para que se mostrase
así ante ella? Al aproximarse Robert, la luz de la luna dio de lleno en
él, y Jane no pudo evitar una exclamación de horror al ver su
ensangrentado aspecto.
—¡Dios mío! ¡Está usted mal herido!
—La herida... carece... de gravedad —pudo articular Robert, que
había llegado al límite de su resistencia física—. Solo necesito...
descansar un... poco.
Robert notó que se hundía en la oscuridad y, luego, que fuertes
manos le colocaban sobre algo blando, acogedor. Así transcurrió un
tiempo indefinido para él y, de pronto, sintióse aquejado por
intensos dolores en su brazo herido, como si alguien aplicase en la
herida un hierro candente. Quiso hablar, pero su garganta no le
obedecía; tampoco pudo distinguir, en la confusa sombra que se
inclinaba sobre él, al anhelante rostro de Jane, cuyas manos
buscaban afanosamente el plomo incrustado en su hombro.
—¡Por fin! —exclamó la joven, mostrando a Wade la bala que
acababa de extraer—. Creo que voy a desvanecerme.
—¡Por todos los demonios, muchacha, no empeores más la
situación! —imploró el capataz, cogiéndola entre sus brazos—.
¡Procura dominar tus nervios!
El pánico reflejado en el rostro de Wade hizo reaccionar a Jane.
—Ya me siento mejor —le tranquilizó—. Ha sido un momento de
debilidad.
—¡Alabado sea Dios! Acaba de curarle, Jane. El tiempo nos urge.
Buddy Taylor, a quién Wade había encargado que despertara a
todos los vaqueros y los reuniera a la puerta de la casa, anunció en
aquel momento:
—Los vaqueros le esperan, capataz.
Como cuatro de los hombres del equipo pernoctaban en plena
campiña para vigilar más de cerca el ganado, a siete en total,
incluyendo a Buddy, ascendían los efectivos de que podía disponer
Wade para la defensa del rancho. El capataz les dirigió la palabra:
—Muchachos: Quizá tengamos jaleo esta noche con los hombres
de Sewall Jackson y conviene tomemos nuestras precauciones. El
tejano Buddy Taylor y tres de vosotros os atrincheraréis en el
interior de vuestro barracón, y los restantes estaréis conmigo aquí
para defender a la señorita Jane. Preparad el mayor número posible
de armas y tenedlas cargadas para poder disparar rápidamente si
llegara el caso. De esta forma, haremos creer a nuestros enemigos
que somos más de los que en realidad somos ¿Comprendido?
—¡Wade!
El capataz se volvió con gesto de sorpresa en el momento en que
la voz de Robert insistía:
—¡Wade!
Los vaqueros, que no habían oído la llamada se miraron
extrañados, al ver a su capataz penetrar apresuradamente en la casa.
—¿Cómo te encuentras, muchacho? —interrogó, alarmado,
Wade al joven, que se hallaba incorporado en la cama—. ¿Y Jane?
—Estoy más aliviado, y Jane ha ido a preparar gasas. Pero no
hagas más preguntas y sácame del pecho unos papeles que llevo
debajo de la camisa.
Wade separó cuidadosamente del cuerpo de Robert la
ensangrentada camisa y sacó un rollo de papeles.
—¿Son estos?
—Sí. Ojéalos rápidamente.
A medida que iba leyendo, las facciones de Wade reflejaban
distintas sensaciones emotivas. Robert, que miraba con impaciencia
sus gestos de sorpresa y furor, apremió, nerviosamente:
—¡Aprisa, Wade!
El viejo capataz acabó la lectura con el rostro intensamente
pálido.
—¡Dios mío, Robert! —exclamó—. Sewall Jackson es...
—Hawkins. Ya lo sé. Ese hombre es quien destruyó a mi familia.
¿Algo más de importancia?
—De muchísima importancia, hijo mío. Aquí hay un papel que le
compromete hasta el cuello en los sabotajes contra el Union Pacific.
Por lo visto, obedecía a un tipo de Washington.
—¡Su nombre es lo que me interesa, Wade! ¿No lo indica?
—¿Te refieres al individuo de Washington? Sí, creo que en este
papel... Eso es. Aquí pone... Bredford.
—¡Bredford! ¿Estás seguro?
—¡Demonios, muchacho! ¡Todavía sé leer! —protestó Wade—.
Este documento está bien claro. Jackson no se fiaba mucho de él y
lo tenía bien cogido.
—Bredford. A este hombre lo citó el señor Brodory en la última
entrevista que tuve con él. Dijo que era un idealista del ferrocarril,
desinteresado y de conducta intachable.
—Pues estaba equivocado por completo nuestro buen amigo.
Robert guardó silencio unos momentos, pensativo. ¿A qué
ocultos móviles obedecería la doble personalidad del prócer del
acero James Bredford? Tal vez...
La voz de Jane disipó sus ideas:
—No me parece nada bien lo que estoy viendo. ¿Es que se han
vuelto ustedes locos? ¿No comprende que esa postura no le puede
beneficiar? En lo sucesivo, señor... enmascarado, tendrá usted que
recurrir a otro cirujano.
Pero Jane sonreía al apreciar el satisfactorio estado de Robert y
sus profundos ojos oscuros miraron al herido con traviesa
expresión.
—Yo, Jane, tengo que explicar a usted muchas cosas —titubeó
Robert con insegura voz.
—Sus explicaciones las dejaremos para mejor ocasión, cuando
su estado lo permita —dijo Jane con entonación autoritaria y
burlona al mismo tiempo—. Pero ese viejo tramposo sí que puede
hablar. ¿No tiene nada que decirme mi fiel capataz, el hombre que,
según él, nunca me ha mentido? ¡Oh, qué pareja de embusteros!
Bajando la cabeza como un chiquillo avergonzado, Wade se
excusó torpemente:
—La verdad es que yo... y Robert... no queríamos engañarte,
pero... ¿Comprendes?
—No.
—Pues la cosa está bien clara —Wade tragó saliva ante la severa
mirada de ella, que tenía que hacer un gran esfuerzo para disimular
la risa al ver la atribulada expresión de su capataz—. Yo... y él...
—¿Quién es él?
Robert creyó tener una buena idea e intervino rápidamente:
—Él es su tío, Jane. El señor Brodory es el culpable de todo este
lío.
—Eso es lo que yo iba a decir —suspiró satisfecho, Wade,
lanzando al joven una mirada de agradecimiento.
—¿Mi tío? —La sorpresa de Jane no era fingida ahora—. ¿Qué
tiene él que ver con todo esto? ¡Vaya! ¡Por lo visto, todo el mundo
estaba enterado menos yo!
—Escúchame, Jane: te lo explicaré todo.
Media hora transcurrió aún sin que nada turbase el silencio en
que se hallaba sumido el rancho. Todos esperaban con impaciencia
a que apareciesen Jackson y sus hombres. Las órdenes del capataz
habían sido fielmente cumplidas y los tres vaqueros que compartían
con él la defensa de la casa ranchera vigilaban sin cesar a través de
las ventanas, prontos a repeler cualquier agresión.
A Wade, como a todo hombre de acción, le exasperaba aquella
situación de espera; con los nervios en tensión, miraba una y otra
vez por una de las ventanas, deseando en cada ocasión ver aparecer
a sus enemigos. Pero siempre resultaba defraudado. Y, entonces, se
acercaba automáticamente a Robert y el malhumorado gesto del
capataz se dulcificaba un tanto al ver el pálido rostro del joven, que
parecía sumido en reparador sueño.
De pronto, los sensibles oídos de Jane percibieron como un
lejano galopar de caballos. Se hallaba ella junto a Robert, sin
separar la vista de sus demacradas facciones, y solo tuvo que elevar
un poco la voz para decir a su capataz:
—Se acerca gente a caballo.
—¿Estás segura, muchacha? Yo no he oído nada.
—Ya sabes que mis oídos son más finos que los tuyos.
—¿Crees que son muchos?
Jane se acercó a la entreabierta ventana donde vigilaba el
vaquero Hays y escuchó atentamente.
—Parecen pocos, Wade. Tal vez media docena.
—Entonces no son ellos —comentó el capataz, irritado—.
¿Quiénes podrán ser? ¡Nada deseo tanto como terminar de una vez
con esta situación! Esos condenados nos quieren poner nerviosos,
por lo visto.
Sucedieron unos minutos de ansiedad. El ruido de cascos de
caballos era claramente perceptible ahora, cada vez más cercano,
hasta que cesó bruscamente.
—Estad atentos, muchachos —recomendó Wade a sus vaqueros
—. Pero no disparéis hasta que os lo diga.
Unas figuras humanas avanzaban a pie hacia el rancho,
lentamente; eran cinco hombres, uno de ellos de voluminoso cuerpo
y torpe andar.
—¡Es Jackson! —masculló Wade, sorprendido—. ¿Dónde habrá
dejado al resto de sus hombres? Hum. Esto no me gusta nada.
Los cinco hombres se detuvieron a pocos metros de la casa
ranchera, y el que marchaba junto al ganadero avanzó unos pasos
más y dijo, con fría entonación:
—Te espero, Kenne. Ha llegado la hora de que zanjemos de una
vez la cuenta que tenemos pendiente.
Las palabras de Duff Cooper disiparon las dudas de la mente de
Wade respecto a los perversos propósitos de Jackson.
—¡Ah, miserable! —exclamó, furioso—. Ya decía yo que ese
bandido de Jackson tramaba algo. Sabe que Robert está herido, en
condiciones de inferioridad, y pretende eliminarlo de la forma
menos expuesta para él.
—Diles que se marchen —aconsejó Jane, palideciendo.
—No; espera un momento, Wade.
Jane, Wade y los tres vaqueros se volvieron rápidamente al oír la
voz de Robert. El joven se hallaba de pie en medio de la habitación,
ciñéndose un cinturón provisto de un revólver.
—¿Qué vas a hacer? ¿Te has vuelto loco? —preguntó Wade,
alarmado al apreciar la fría resolución que irradiaban sus ojos.
—¡Robert! Usted... usted no hará eso —musitó Jane, temblorosa
—. Va a una muerte segura.
Robert terminó de colocarse el cinturón y sonrió para
tranquilizarles.
—Esto lo esperaba —repuso con serenidad—. A Jackson le
interesa mi muerte por encima de todo y trata de conseguirlo sin
recurrir a la lucha contra nuestro equipo.
—Pero no estás en condiciones de aceptar el desafío. Hace un
momento te hallabas inconsciente— protestó Wade.
—¿Inconsciente? No, Wade; me limitaba a reparar fuerzas
siguiendo el consejo de Jane. Si no llego a fingir que estaba
dormido, seguro que Jane me asaeteaba a preguntas a pesar de
prohibirme que hablara. Ya sabes lo curiosas que son las mujeres.
Robert pronunció las últimas palabras mirando con gesto
sonriente a Jane. Pero la joven estaba demasiado conmovida para
recoger la alegre alusión. Inopinadamente, sin que nadie lo pudiera
evitar, se acercó con rapidez a una de las ventanas y asomando la
cabeza dijo con indignada entonación:
—Sewall Jackson: el vaquero Kenne está herido y no puede
aceptar el reto de ese hombre. Váyanse de aquí o daré orden a mis
vaqueros de que disparen contra ustedes.
—No quisiera promover una lucha entre nuestros hombres,
señorita Brodory —contestó inmediatamente Jackson, como si
tuviera preparada la respuesta—. Esta es una cuestión que deben
ventilar ellos dos. Duff Cooper asegura que... Kenne le golpeó
desprevenidamente el otro día y ahora busca la revancha con
arreglo a nuestras costumbres, aceptadas por todos en el Oeste.
Iba a responder Jane, furiosa, por el cinismo del ganadero,
cuando sé sintió desplazada de la ventana por Robert. En aquel
momento la voz de Duff Cooper insistió con irónica inflexión:
—Opino que ese «valiente» prefiere escudarse tras las faldas de
una mujer que luchar como los hombres.
—¿Tienes inconveniente en que yo lo sustituya? Mi amigo está
herido ¡diablos! y tú lo sabes.
Las palabras del tejano atrajeron sobre él las miradas de todos.
Con los brazos caídos, andando lentamente, avanzaba hacia Duff
Cooper.
—Espera, Buddy. Detente —gritó Robert a través de la ventana,
con el corazón angustiado al comprender la noble actitud del tejano.
Pero ya era tarde. El vozarrón de Sewall Jackson ordenó
imperioso:
—Dispara contra él, Duff. Es un traidor.
Varias detonaciones inmovilizaron a Robert cuando estaba a
punto de abrir la puerta. Con terrible ansiedad volvió a mirar por la
ventana a tiempo aún de divisar a su amigo en el momento de caer
hacia atrás como fulminado.
—¡Buddy! ¡Buddy!
Una risa sarcástica, odiosa para Robert en aquellos dramáticos
momentos, hirió sus oídos. Era la cínica manifestación de triunfo
del vencedor, de Duff Cooper, ante el cuerpo inerte del tejano.
—¡Dios mío! —balbuceó Jane, horrorizada.
Las alteradas facciones de Robert sufrieron un brusco cambio,
como si en su corazón se hubiese derrumbado, de pronto, todo lo
bueno que en él había. Se quedó rígido, extático, y en sus
endurecidas facciones fulgieron los ojos con siniestra expresión.
—Voy a salir, Duff Cooper. Enfunda tu revólver— la voz de
Robert sonó seca, imperiosa.
El vaquero Hays, que tenía bajo el fuego de su rifle a Duff
Cooper, exclamó con rabia:
—¡Maldito sea ese pistolero! ¿Por qué no disparamos contra él?
—Sería la mejor forma de resolver esto —gruñó otro de los
vaqueros.
—Eso nunca, muchachos; sería un asesinato —ordenó Wade, sin
intentar ya retener a Robert, pues sabía que todo cuanto hiciese en
este sentido resultaría inútil.
—¡Robert!
La desesperada entonación de Jane hizo volver la cabeza al
joven. Ella se colgó de su cuello.
—No salga usted, Robert. Le matará. Le matará igual que ha
hecho con Buddy.
—Déjeme, Jane; es preciso.
—¡Oh! ¡No lo haga! ¡No quiero que muera!
Robert la separó suavemente de sí ayudado por Wade y abrió la
puerta.
Duff Cooper, que no apartaba la vista de la puerta de la casa, vio
aparecer en su umbral la erguida figura de su antagonista.
—¿Por fin te has decidido? —dijo el pistolero sombríamente.
—Voy a matarte.
Los dos hombres se miraron fijamente a los ojos pretendiendo
mutuamente apreciar en su expresión el momento crítico que
precediese a la acción.
Mientras tanto, los testigos de la singular escena, como si se
hubieran puesto todos de acuerdo, permanecían inmóviles y
silenciosos para no distraer la atención de los dos formidables
campeones que se enfrentaban a muerte. El impresionante silencio,
trágico por su significado, fue roto por la voz metálica de Robert:
—Dispara ya, Duff. Te doy esa ventaja.
El pistolero estimó llegado el momento favorable para él. Con
suaves movimientos había hurtado su rostro a la blanquecina luz de
la luna, de forma que su enemigo no pudiese distinguir la expresión
de sus ojos. Además creyó percibir en las facciones de Robert una
dolorosa contracción al mover este, instintivamente, su brazo
herido. Pero la penetrante mirada de Robert apreció la tensión de
músculos de Duff Cooper y, sin esperar más imprimió a su brazo un
brusco movimiento.
Fue tan rápida la acción de ambos contendientes que los
aterrorizados testigos no pudieron seguir con la vista los
movimientos de sus manos, de las que surgieron rojos fogonazos.
La propia fuerza de los impactos que Duff Cooper recibió en el
pecho hizo que sus contraídos dedos apretasen el gatillo de su
revólver. Por una pequeñísima fracción de segundo, Robert se había
anticipado a la acción del pistolero y sus balas, disparadas a ocho
metros de distancia mordieron mortalmente la carne de Duff
Cooper, que cayó pesadamente a tierra sin vida ya.
Al ver desplomarse al famoso Duff Cooper, Sewall Jackson
recibió la mayor sorpresa de su vida. Con los ojos extraviados,
próximo al paroxismo, miró a su mortal enemigo y, por unos
instantes, creyó ver en él a Henry Miller, al hombre que le arrebatara
a la única mujer que había amado y que nuevamente se presentaba
victoriosa ante él, como entonces. La violencia de su temperamento
más que su crítica situación fue lo que le impulsó a sacar su arma y
disparar contra Robert.
Pero la bala se perdió en el vacío. Advertido Robert por un grito
de Wade, dio un rápido salto de costado en el momento en que el
ganadero apretaba el gatillo con mano temblorosa, sin que le
permitiera precisar la puntería el furor que le dominaba.
Inmediatamente tronó el revólver de Robert y su impacto dio de
lleno en el arma de Jackson, que salió despedida por el aire.
Robert se acercó al asesino de su padre sin dejar de apuntarle
con su revólver.
—Detente; estoy desarmado. No puedes matarme a sangre fría —
gritó nerviosamente Jackson, aterrorizado por la fría resolución que
emanaba del joven.
—Te equivocas, Hawkins. El miedo te hace olvidar las leyes del
Oeste —replicó Robert pausadamente—. Has intentado asesinarme
como hiciste con mi padre y ahora yo puedo matarte impunemente
y voy a hacerlo.
Al oírse llamar por su verdadero nombre y luego escuchar su
sentencia de muerte, el ganadero tembló como un ahogado, presa de
pánico.
—¡No! ¡Tú no harás eso...!
Por fin, después de tantos años, el joven se hallaba en disposición
de vengar la muerte de su padre, de castigar al hombre que
produjera la destrucción de su familia. El ansiado deseo se había
convertido en realidad. Solamente tenía que mover un dedo y el
asesino de los suyos caería fulminado, muerto. Y en aquel momento
crítico, al ver las lívidas y desencajadas facciones de su enemigo,
que imploraba por su vida con desesperada entonación, hubo algo
en el interior del joven que pareció sufrir una fuerte revulsión, como
si su sensibilidad espiritual se rebelase ante la despiadada idea de la
venganza por su propia mano, durante tanto tiempo mantenida.
¿Era esto lo que tanto había deseado?
Con íntima perplejidad, algo amargado, experimentó una
extraña impresión de repugnancia hacia sus vengativos propósitos.
¿Qué satisfacción podría reportarle extirpar la vida de aquel despojo
humano que él mismo calificaba de mente enfermiza? Lentamente
bajó el revólver y dijo con despreciativa entonación:
—No quiero mancharme con tu sangre, Hawkins. Ni eso te
mereces. Te entregaré a las autoridades del Union Pacific. Ellos te
juzgarán.
Y se volvió para avisar a Wade que saliera con sus hombres.
En aquel momento en el rostro de Hawkins operóse una brusca
mutación. Con los ojos inyectados en sangre se abalanzó
impetuosamente sobre su revólver, el cual llegó a tocar en el instante
en que una bala del revólver de Wade penetraba en su corazón. El
ganadero quedó tumbado hacia atrás.
La primera persona que salió de la casa ranchera fue Jane, que
corrió alocadamente hacia Robert hasta chocar contra él. El joven
sintió alrededor de su cuello los suaves brazos de ella, que le
oprimían nerviosamente.
—¡Oh, Robert! ¡Qué... terrible es todo esto!
—Ya pasó todo, Jane. Buddy es quien ha llevado la peor parte.
*
Al día siguiente, Robert, hizo entrega a John Brodory de los
documentos hallados en la caja fuerte de Sewall Jackson y que
probaban, de forma absoluta e inapelable, la culpabilidad de James
Bredford en los sabotajes contra el Union Pacific. Según se
averiguaría más tarde, el prohombre del acero, su origen extranjero,
obedecía a los dictados del Servicio Secreto de su país, el cual
interesábase por la paralización de las obras del Union Pacific para
impedir o retrasar las favorables consecuencias que la construcción
del ferrocarril reportaría a la acción civilizadora del Gobierno en las
dilatadas llanuras dominadas por los pieles rojas. Condenado,
posteriormente, James Bredford a diez años de reclusión en una
penitenciaría, aprovecharía un descuido de los hombres encargados
de su custodia para suicidarse en un rapto de locura.
Diez días tardó Robert Miller en reponerse de su herida, los
cuales hubieran sido los más felices que disfrutara hasta entonces
de no interponerse entre él y la dicha que le proporcionaba el amor
de Jane el triste recuerdo de la muerte del tejano Buddy Taylor. Y
una mañana soleada, alegre y vigorosa, en que la primavera
derramaba generosamente su magnífica belleza de claros tonos
sobre la extensa campiña, el joven salió de Dos Caminos
acompañado por Jane y ambos cabalgaron durante una hora, hasta
que se detuvieron junto a una elevada meseta.
—¿Volverás pronto? —preguntó ella con ensoñadora mirada.
—Tan pronto termine la construcción del Union Pacific, querida
mía. Y ya no nos separaremos jamás.
Robert inclinó la cabeza y besó delicadamente los rojos labios
que se le ofrecían.
—¿Sabes una cosa, Robert? —y como él hiciera un gesto de
ignorancia, Jane añadió—: Pues... que también en esto te comportas
como un novato.
De nuevo la besó el joven, ahora apasionadamente y enlazándola
por la cintura.
—¡Basta! ¡Basta! —gritó ella medio sofocada—. ¿Ves?
Reaccionas como todos los novatos: tímidos al principio y, en
cambio, luego... luego...
—Hasta pronto, Jane —sonrió Robert—. Te quiero.
—Vuelve pronto y no te olvides de mí.
—Nunca.
Cuando Robert dejó de ver la esbelta figura de Jane sobre la
elevada meseta, un rictus de amargura ensombreció la hasta
entonces alegre expresión de su rostro. ¡Buddy Taylor! A ella
volvería a verla pronto y para toda la vida, pero al tejano, al fiel
amigo que diera su vida por él, no podría ni exteriorizarle su
agradecimiento.

FIN

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