YERMA
YERMA
Personajes
Yerma
María
Juan
Vieja pagana
Dolores
Victoria
Rosario
Margarita
Lavanderas 1, 2, 3, 4
Acto primero
CUADRO PRIMERO
(Al levantarse el telón está Yerma dormida con un tabanque de costura a los pies. La
escena tiene una extraña luz de sueño. Suenan las seis en el reloj. Yerma se despierta.)
Oscuro
Acto primero
CUADRO SEGUNDO
(Campo. Sale YERMA. Trae una cesta. Sale la Vieja Pagana)
YERMA. Buenos días.
VIEJA. Buenos los tenga la hermosa muchacha. ¿Dónde vas?
YERMA. Vengo de llevar la comida a mi esposo, que trabaja en los olivos.
VIEJA. ¿Llevas mucho tiempo de casada?
YERMA. Tres años.
VIEJA. ¿Tienes hijos?
YERMA. No.
VIEJA. ¡Bah! ¡Ya tendrás!
YERMA. (Con ansia.) ¿Usted lo cree?
VIEJA. ¿Por qué no? (Se sienta.) También yo vengo de traer la comida a mi esposo. Es
viejo. Todavía trabaja. Tengo nueve hijos como nueve soles, pero, como ninguno es
hembra, aquí me tienes a mí de un lado para otro.
YERMA. Usted vive al otro lado del río.
VIEJA. Sí. En los molinos. ¿De qué familia eres tú?
YERMA. Yo soy hija de Enrique el pastor.
VIEJA. ¡Ah! Enrique el pastor. Lo conocí. Buena gente. Levantarse, sudar, comer unos
panes y morirse. Ni más juego, ni más nada. Las ferias para otros. Criaturas de silencio.
Pude haberme casado con un tío tuyo. Pero ¡ca! Yo he sido una mujer de faldas en el
aire, he ido flechada a la tajada de melón, a la fiesta, a la torta de azúcar. Muchas veces
me he asomado de madrugada a la puerta creyendo oír música de bandurria que iba, que
venía, pero era el aire. (Ríe.) Te vas a reír de mí. He tenido dos maridos, catorce hijos,
seis murieron, y sin embargo no estoy triste y quisiera vivir mucho más. Es lo que digo
yo: las higueras, ¡cuánto duran!; las casas, ¡cuánto duran!; y sólo nosotras, las
endemoniadas mujeres, nos hacemos polvo por cualquier cosa.
YERMA. Yo quisiera hacerle una pregunta.
VIEJA. ¿A ver? (La mira.) Ya sé lo que me vas a decir. De estas cosas no se puede
decir palabra. (Se levanta.)
YERMA. (Deteniéndola.) ¿Por qué no? Me ha dado confianza el oírla hablar. Hace
tiempo estoy deseando tener conversación con mujer Vieja. Porque yo quiero
enterarme. Sí. Usted me dirá...
VIEJA. ¿Qué?
YERMA. (Bajando la voz.) Lo que usted sabe. ¿Por qué estoy yo seca ? ¿Me he de
quedar en plena vida para cuidar aves o poner cortinitas planchadas en mi ventanillo?
No. Usted me ha de decir lo que tengo que hacer, que yo haré lo que sea; aunque me
mande clavarme agujas en el sitio más débil de mis ojos.
VIEJA. ¿Yo? Yo no sé nada. Yo me he puesto boca arriba y he comenzado a cantar.
Los hijos llegan como el agua. ¡Ay! ¿Quién puede decir que este cuerpo que tienes no
es hermoso? Pisas, y al fondo de la calle relincha el caballo. ¡Ay! Déjame, muchacha,
no me hagas hablar. Pienso muchas ideas que no quiero decir.
YERMA. ¿Por qué? Con mi marido no hablo de otra cosa.
VIEJA. Oye. ¿A ti te gusta tu marido?
YERMA . ¿Cómo?
VIEJA. ¿Qué si lo quieres? ¿Si deseas estar con él?...
YERMA. No sé.
VIEJA. ¿No tiemblas cuando se acerca a ti? ¿No te da así como un sueño cuando acerca
sus labios? Dime.
YERMA. No. No lo he sentido nunca.
VIEJA. ¿Nunca? ¿Ni cuando has bailado?
YERMA. (Recordando.) Quizá... Una vez... ¿Le puedo contar un secreto?
VIEJA: Claro.
YERMA. Victoria...
VIEJA. Sigue. ¿Qué pasó con esa tal Victoria?
YERMA. Me cogió de la cintura y no pude decirle nada porque no podía hablar. Siendo ella
mujer. Otra vez, la misma Victoria, teniendo yo catorce años (ella era también zagala), me
cogió en sus brazos para saltar una acequia y me entró un temblor que me sonaron los
dientes. Pero es que yo he sido vergonzosa. Y ella era una mujer. Dos mujeres no
pueden…
VIEJA. ¡Calla! ¿Y con tu marido?...
YERMA. Mi marido es otra cosa. Me lo dio mi padre y yo lo acepté. Con alegría. Ésta
es la pura verdad. Pues el primer día que me puse novia con él ya pensé... en los hijos...
Y me miraba en sus ojos. Sí, pero era para verme muy chica, muy manejable, como si
yo misma fuera hija mía.
VIEJA. Todo lo contrario que yo. Quizá por eso no hayas parido a tiempo. Los hombres
tienen que gustar, muchacha. Han de deshacernos las trenzas y darnos de beber
agua en su misma boca. Así corre el mundo.
YERMA. El tuyo, que el mío, no. Yo pienso muchas cosas, muchas, y estoy segura que
las cosas que pienso las ha de realizar mi hijo. Yo me entregué a mi marido por él, y me
sigo entregando para ver si llega, pero nunca por divertirme.
VIEJA. ¡Y resulta que estás vacía!
YERMA. No, vacía no, porque me estoy llenando de odio. Dime, ¿tengo yo la culpa?
¿Es preciso buscar en el hombre el hombre nada más? Entonces, ¿qué vas a pensar
cuando te deja en la cama con los ojos tristes mirando al techo y da media vuelta y se
duerme? ¿He de quedarme pensando en él o en lo que puede salir relumbrando de mi
pecho? Yo no sé, pero dímelo tú, por caridad. (Se arrodilla.)
VIEJA. ¡Ay qué flor abierta! ¡Qué criatura tan hermosa eres! Déjame. No me hagas
hablar más. No quiero hablarte más. Son asuntos de honra y yo no quemo la honra de
nadie. Tú sabrás. De todos modos, debías ser menos inocente.
YERMA. (Triste.) Las muchachas que se crían en el campo, como yo, tienen cerradas
todas las puertas. Todo se vuelven medias palabras, gestos, porque todas estas cosas
dicen que no se pueden saber. Y tú también, tú también te callas y te vas con aire de
doctora, sabiéndolo todo, pero negándolo a la que se muere de sed.
VIEJA. A otra mujer serena yo le hablaría. A ti, no. Soy vieja y se lo que digo.
YERMA. Entonces, que Dios me ampare.
VIEJA. Dios, no. A mí no me ha gustado nunca Dios. ¿Cuándo os vais a dar cuenta de
que no existe? Son los hombres los que te tienen que amparar.
YERMA. Pero ¿por qué me dices eso?, ¿por qué?
VIEJA (Yéndose.) Aunque debía haber Dios, aunque fuera pequeñito, para que mandara
rayos contra los hombres de simiente podrida que encharcan la alegría de los campos.
YERMA. No sé lo que me quieres decir.
VIEJA. (Sigue.) Bueno, yo me entiendo. No pases tristeza. Espera en firme. Eres muy
joven todavía. ¿Qué quieres que haga yo? (Se va.)
(Aparecen dos mucachas: Margaria y Rosario.)
MARGARITA Por todas partes nos vamos encontrando gente.
YERMA. Con las faenas, los hombres están en los olivos, hay que traerles de comer.
No quedan en las casas más que los ancianos.
ROSARIO. ¿Tú regresas al pueblo?
YERMA. Hacia allá voy.
MARGARITA. Yo llevo mucha prisa. Me dejé al niño dormido y no hay nadie en
casa.
YERMA. Pues aligera, mujer. Los niños no se pueden dejar solos. ¿Hay cerdos en tu
casa?
MARGARITA. No. Pero tienes razón. Voy deprisa.
YERMA. Anda. Así pasan las cosas. Seguramente lo has dejado encerrado.
MARGARITA. Es natural.
YERMA. Sí, pero es que no os dais cuenta lo que es un niño pequeño. La causa que nos
parece más inofensiva puede acabar con él. Una agujita, un sorbo de agua.
MARGARITA. Tienes razón. Voy corriendo. Es que no me doy bien cuenta de las
cosas.
YERMA. Anda.
ROSARIO. Si tuvieras cuatro o cinco, no hablarías así.
YERMA. ¿Por qué? Aunque tuviera cuarenta
ROSARIO. De todos modos, tú y yo, con no tenerlos, vivimos más tranquilas.
YERMA. Yo, no.
ROSARIO. Yo, sí. ¡Qué afán! En cambio mi madre no hace más que darme
yerbajos para que los tenga y en octubre iremos al Santo que dicen que los da a la que lo
pide con ansia. Mi madre pedirá. Yo, no.
YERMA. ¿Por qué te has casado?
ROSARIO. Porque me han casado. Se casan todas. Si seguimos así, no va a haber
solteras más que las niñas. Bueno, y además..., una se casa en realidad mucho antes de ir
a la iglesia. Pero las viejas se empeñan en todas estas cosas. Yo tengo diecinueve años y
no me gusta guisar, ni lavar. Bueno, pues todo el día he de estar haciendo lo que no me
gusta. ¿Y para qué? ¿Qué necesidad tiene mi marido de ser mi marido? Porque lo
mismo hacíamos de novios que ahora. Tonterías de los viejos.
YERMA. Calla, no digas esas cosas.
ROSARIO. También tú me dirás loca. «¡La loca, la loca!» (Ríe.) Yo te puedo
decir lo único que he aprendido en la vida: toda la gente está metida dentro de sus casas
haciendo lo que no les gusta. Cuánto mejor se está en medio de la calle. Ya voy al
arroyo, ya subo a tocar las campanas, ya me tomo un refresco de anís.
YERMA. Eres una niña.
ROSARIO. Claro pero no estoy loca. (Ríe.)
YERMA. ¿Tu madre vive en la parte más alta del pueblo?
ROSARIO. Sí.
YERMA. ¿En la última casa?
ROSARIO. Sí.
YERMA. ¿Cómo se llama?
ROSARIO. 2 Dolores. ¿Por qué preguntas?
YERMA. Por nada.
ROSARIO. 2 Por algo preguntarás.
YERMA. No sé..., es un decir...
ROSARIO. Allá tú... Mira, me voy a dar la comida a mi marido. (Ríe.) Es lo que
hay que ver. ¡Qué lástima no poder decir mi novio! ¿Verdad? (Se va riendo
alegremente) ¡Adiós!
VOZ DE VICTORIA (Cantando)
¿Por qué duermes sola, pastora?
¿Por qué duermes sola, pastora?
En mi colcha de lana
dormirías mejor.
¿Por qué duermes sola, pastora?
YERMA (Escuchando)
¿Por qué duermes sola, pastora?
En mi colcha de lana
dormirías mejor.
Tu colcha de oscura piedra,
pastora,
y tu camisa de escarcha,
pastora,
juncos grises del invierno
en la noche de tu cama.
Los robles ponen agujas,
pastora,
debajo de tu almohada,
pastora,
y si oyes voz de mujer
es la rota voz del agua.
Pastora, pastora.
¿Qué quiere el monte de ti,
pastora?
Monte de hierbas amargas,
¿qué niño te está matando?
¡La espina de la retama!
(Va a salir y se tropieza con Victoria, que entra.)
VICTORIA (Alegre.) ¿Dónde va lo hermoso?
YERMA . ¿Cantabas tú ?
VICTORIA. Yo.
YERMA. ¡Qué bien! Nunca te había sentido.
VICTORIA. ¿No?
YERMA. Y qué voz tan pujante. Parece un chorro de agua que te llena toda la boca.
VICTORIA. Soy alegre.
YERMA. Es verdad.
VICTORIA. Como tú triste.
YERMA. No soy triste. Es que tengo motivos para estarlo.
VICTORIA. Y tu marido más triste que tú.
YERMA. Él sí. Tiene un carácter seco.
VICTORIA. Siempre fue igual. (Pausa. Yerma está sentada.) ¿Viniste a traer la comida?
YERMA. Sí. (La mira. Pausa.) ¿Qué tienes aquí? (Señala la cara.)
VICTORIA. ¿Dónde?
YERMA. (Se levanta y se acerca a Victoria) Aquí... en la mejilla. Como una quemadura.
VICTORIA. No es nada.
YERMA. Me había parecido. (Pausa)
VICTORIA. Debe ser el sol...
YERMA. Quizá... (Pausa. El silencio se acentúa y sin el menor gesto comienza una
lucha entre los dos personajes.) (Temblando.) ¿Oyes?
VICTORIA. ¿Qué?
YERMA. ¿No sientes llorar?
VICTORIA. (Escuchando.) No.
YERMA. Me había parecido que lloraba un niño.
VICTORIA. ¿Sí?
YERMA. Muy cerca. Y lloraba como ahogado.
VICTORIA. Por aquí hay siempre muchos niños que vienen a robar fruta.
YERMA. No. Es la voz de un niño pequeño. (Pausa)
VICTORIA. No oigo nada.
YERMA. Serán ilusiones mías. (Lo mira fijamente, y Victoria la mira también y desvía la
mirada lentamente, como con miedo.) (Sale Juan)
JUAN ¿Qué haces todavía aquí?
YERMA. Hablaba.
VICTORIA. Salud. (Sale.)
JUAN. Debías estar en casa.
YERMA. Me entretuve.
JUAN. No comprendo en qué te has entretenido.
YERMA. Oí cantar los pájaros.
JUAN. Está bien. Así darás que hablar a las gentes.
YERMA. (Fuerte.) Juan, ¿qué piensas?
JUAN. No lo digo por ti, lo digo por las gentes.
YERMA. ¡Puñalada que le den a las gentes!
JUAN. No maldigas. Está feo en una mujer.
YERMA. Ojalá fuera yo una mujer.
JUAN. Vamos a dejarnos de conversación. Vete a la casa. (Pausa)
YERMA. Está bien. ¿Te espero?
JUAN. No. Estaré toda la noche regando. Viene poca agua, es mía hasta la salida del sol
y tengo que defenderla de los ladrones. Te acuestas y te duermes.
YERMA. (Dramática.) ¡Me dormiré! (Sale.)
Oscuro.
Acto segundo
CUADRO PRIMERO
(Torrente donde lavan las mujeres del pueblo. Las Lavanderas están situadas en varios
planos. Cantan:)
En el arroyo frío
lavo tu cinta.
Como un jazmín caliente
tienes la risa.
LAVANDERA I. A mí no me gusta hablar.
LAVANDERA 3. Pero aquí se habla.
LAVANDERA 4.Y no hay mal en ello. La que quiera honra que la gane.
(Ríen.)
LAVANDERA 3. Así se habla.
LAVANDERA 4. Yo planté un tomillo,
yo lo vi crecer.
El que quiera honra,
que se porte bien.
LAVANDERA I. Pero es que nunca se sabe nada.
LAVANDERA 4. Lo cierto es que el marido se ha llevado vivir con ellos a sus dos
hermanas.
LAVANDERA 3. ¿Las solteras?
LAVANDERA 4. Sí. Estaban encargadas de cuidar la iglesia y ahora cuidarán de su
cuñada. Yo no podría vivir con ellas
LAVANDERA I. ¿Por qué?
LAVANDERA 4. Porque dan miedo. Son como esas hojas grandes que nacen de pronto
sobre los sepulcros. Están untadas con cera. Son metidas hacia adentro. Se me figura
que guisan su comida con el aceite de las lámparas.
LAVANDERA 3. ¿Y están ya en la casa?
LAVANDERA 4. Desde ayer. El marido sale otra vez a sus tierras.
LAVANDERA I. ¿Pero se puede saber lo que ha ocurrido?
LAVANDERA 4. Anteanoche, ella la pasó sentada en el tranco, a pesar del frío.
LAVANDERA I. Pero, ¿por qué?
LAVANDERA 4. Le cuesta trabajo estar en su casa. Estas machorras son así: cuando
podían estar haciendo encajes o confituras de manzanas, les gusta subirse al tejado y
andar descalzas por esos ríos.
LAVANDERA I. ¿Quién eres tú para decir estas cosas? Ella no tiene hijos, pero no es
por culpa suya.
LAVANDERA 4. Tiene hijos la que quiere tenerlos. Es que las regalonas, las flojas, las
endulzadas, no son a propósito para llevar el vientre arrugado.
(Ríen)
LAVANDERA 3. Y se echan polvos de blancura y colorete y se prenden ramos de
adelfa en busca de otro que no es su marido.
LAVANDERA 4. ¡No hay otra verdad!
LAVANDERA I. Pero ¿vosotras la habéis visto con otro?
LAVANDERA 4. Nosotras no, pero las gentes sí.
LAVANDERA I. ¡Siempre las gentes!
LAVANDERA 4. Dicen que en dos ocasiones.
LAVANDERA 2. ¿Y qué hacían?
LAVANDERA 4. Hablaban.
LAVANDERA I. Hablar no es pecado.
LAVANDERA 4. Hay una cosa en el mundo que es la mirada. Mi madre lo decía. No
es lo mismo una mujer mirando a unas rosas que una mujer mirando a los muslos de un
hombre. O de otra mujer. Ella la mira.
LAVANDERA I. ¿Pero a quién?
LAVANDERA 4. A una. ¿Lo oyes? Entérate tú. ¿Quieres que lo diga más alto? (Risas.)
Y cuando no la mira, porque está sola, porque no la tiene delante, la lleva retratada en
los ojos.
LAVANDERA 1. ¡Eso es mentira! ¿Y el marido?
LAVANDERA 3. El marido está como sordo. Parado como un lagarto puesto al sol.
(Ríen)
LAVANDERA I. Todo esto se arreglaría si tuvieran criaturas.
LAVANDERA 2. Todo esto son cuestiones de gente que no tiene conformidad con su
sino.
LAVANDERA 4. Cada hora que transcurre aumenta el infierno en aquella casa. Ella y
las cuñadas, sin despegar los labios, blanquean todo el día las paredes, friegan los
cobres, limpian con vaho los cristales, dan aceite a la solería. Pues, cuando más
relumbra la vivienda, más arde por dentro.
LAVANDERA I. Él tiene la culpa, él. Cuando un padre no da hijos debe cuidar de su
mujer.
LAVANDERA 4. La culpa es de ella, que tiene por lengua un pedernal.
LAVANDERA I. ¿Qué demonio se te ha metido entre los cabellos para que hables así?
LAVANDERA 4.¿Y quién ha dado licencia a tu boca para que me des consejos?
LAVANDERA 2 ¡Callar!
(Risas.)
LAVANDERA I. Con una aguja de hacer calceta ensartaría yo las lenguas
murmuradoras.
LAVANDERA 2. ¡Calla!
LAVANDERA 4. Y yo la tapa del pecho de las fingidas.
LAVANDERA 2. Silencio. ¿No ves que por ahí vienen las cuñadas?
(Murmullos. Entran las dos cuñadas de Yerma. Van vestidas de luto. Se ponen a lavar
en medio de un silencio. Se oyen esquilas.)
LAVANDERA I. ¿Se van ya los zagales?
LAVANDERA 3. Sí, ahora salen todos los rebaños.
LAVANDERA 4. (Aspirando.) Me gusta el olor de las ovejas.
LAVANDERA 3. ¿Sí?
LAVANDERA 4. ¿Y por qué no? Olor de lo que una tiene. Cómo me gusta el olor del
fango rojo que trae el río por el invierno.
LAVANDERA 3. Caprichos. (Mirando.) Van juntos todos los rebaños.
LAVANDERA 4. Es una inundación de lana. Arramblan con todo. Si los trigos verdes
tuvieran cabeza, temblarían de verlos venir.
LAVANDERA 3. ¡Mira como corren! ¡Qué manada de enemigos!
LAVANDERA I. Ya salieron todos, no falta uno.
LAVANDERA 4. A ver... No... sí, sí falta uno.
LAVANDERA I. ¿Cuál?...
LAVANDERA 4. El de Victoria, la pastora..
(Las dos cuñadas se yerguen y miran) (Cantando entre dientes)
En el arroyo frío
lavo tu cinta.
Como un jazmín caliente
tienes la risa.
Quiero vivir
en la nevada chica
de ese jazmín.
LAVANDERA I.
¡Ay de la casada seca!
¡Ay de la que tiene los pechos de arena!
LAVANDERA 2
Dime si tu marido
guarda semillas
para que el agua cante
por tu camisa.
Es tu camisa
nave de plata y viento
LAVANDERA 3.
por las orillas.
Las ropas de mi niño
vengo a lavar,
para que tome al agua
lecciones de cristal.
LAVANDERA 4
Por el monte ya llega
mi marido a comer.
Él me trae una rosa
y yo le doy tres.
LAVANDERA 1
Por el llano ya vino
mi marido a cenar.
Las brasas que me entrega
cubro con arrayán.
LAVANDERA 2
Por el aire ya viene
mi marido a dormir.
Yo alhelíes rojos
y él rojo alhelí.
LAVANDERA 3
Hay que juntar flor con flor
cuando el verano seca la sangre al segador.
LAVANDERA 4
Y abrir el vientre a pájaros sin sueño
cuando a la puerta llama tembloroso el invierno.
LAVANDERA 1
Hay que gemir en la sábana.
LAVANDERA 2
¡Y hay que cantar!
LAVANDERA 3.
Cuando el hombre nos trae
la corona y el pan.
LAVANDERA 1.
Porque los brazos se enlazan.
LAVANDERA 2.
Porque la luz se nos quiebra en la garganta.
LAVANDERA 3.
Porque se endulza el tallo de las ramas.
LAVANDERA 4.
Y las tiendas del viento cubran a las montañas.
LAVANDERA 1.
Para que un niño funda
yertos vidrios del alba.
LAVANDERA 2.
Y nuestro cuerpo tiene
ramas furiosas de coral.
LAVANDERA 3.
Para que haya remeros
en las aguas del mar.
LAVANDERA 4.
Un niño pequeño, un niño.
LAVANDERA 1.
Y las palomas abren las alas y el pico.
LAVANDERA 2.
Un niño que gime, un hijo.
LAVANDERA 3.
Y los hombres avanzan
como ciervos heridos.
LAVANDERA 4.
¡Alegría, alegría, alegría
del vientre redondo bajo la camisa!
LAVANDERA 1.
¡Alegría, alegría, alegría,
ombligo, cáliz tierno de maravilla!
LAVANDERA 2.
¡Pero ay de la casada seca!
¡Ay de la que tiene los pechos de arena!
LAVANDERA 3.
¡Que relumbre!
LAVANDERA 4.
¡Que corra!
LAVANDERA 1.
¡Que vuelva a relumbrar!
LAVANDERA 2.
¡Que cante!
LAVANDERA 3.
¡Que se esconda!
LAVANDERA 4.
Y que vuelva a cantar.
LAVANDERA 1.
La aurora que mi niño
lleva en el delantal.
LAVANDERAS. (Cantan todas a coro.)
En el arroyo frío
lavo tu cinta.
Como un jazmín caliente
tienes la risa.
¡Ja, ja, ja!
(Mueven los paños con ritmo y los golpean.)
Oscuro.
Acto segundo
CUADRO SEGUNDO
(Casa de Yerma. Atardecer. Juan está sentado y mira insistentemente el reloj. Entra Yerma
con dos cántaros. Queda parada en la puerta.)
JUAN: ¿Vienes de la fuente?
YERMA. Para tener agua fresca en la comida. ¿Cómo están las tierras?
JUAN. Ayer estuve podando los árboles.
(Yerma deja los cántaros. Pausa.)
YERMA. ¿Te quedarás?
JUAN. He de cuidar el ganado. Tú sabes que esto es cosa del dueño.
YERMA. Lo sé muy bien. No lo repitas.
JUAN. Cada hombre tiene su vida.
YERMA. Y cada mujer la suya. No te pido yo que te quedes. Aquí tengo todo lo que
necesito. Pan tierno y requesón y cordero asado como yo aquí, y pasto lleno de rocío tus
ganados en el monte. Creo que puedes vivir en paz.
JUAN. Para vivir en paz se necesita estar tranquilo.
YERMA. ¿Y tú no estás?
JUAN. No estoy.
YERMA. Desvía la intención.
JUAN. ¿Es que no conoces mi modo de ser? Las ovejas en el redil y las mujeres en su
casa. Tú sales demasiado. ¿No me has oído decir esto siempre?
YERMA. Justo. Las mujeres dentro de sus casas. Cuando las casas no son tumbas.
Cuando las sillas se rompen y las sábanas de hilo se gastan con el uso. Pero aquí, no.
Cada noche, cuando me acuesto, encuentro mi cama más nueva, mas reluciente, como si
estuviera recién traída de la ciudad.
JUAN. Tú misma reconoces que llevo razón al quejarme. ¡Que tengo motivos para estar
alerta!
YERMA. Alerta ¿de qué? En nada te ofendo. Vivo sumisa a ti, y lo que sufro lo guardo
pegado a mis carnes. Y cada día que pase será peor. Vamos a callarnos. Yo sabré llevar
mi cruz como mejor pueda, pero no me preguntes nada. Si pudiera de pronto volverme
vieja y tuviera la boca como una flor machacada, te podría sonreír y conllevar la vida
contigo. Ahora, ahora, déjame con mis clavos.
JUAN. Hablas de una manera que yo no te entiendo. No te privo de nada. Mando a los
pueblos vecinos por las cosas que te gustan. Yo tengo mis defectos, pero quiero tener
paz y sosiego contigo. Quiero dormir fuera y pensar que tú duermes también.
YERMA. Pero yo no duermo, yo no puedo dormir.
JUAN . ¿Es que te falta algo? Dime. (Pausa.) ¡Contesta!
YERMA. (Con intención y mirando fijamente al Marido.) Sí, me falta.
JUAN. Siempre lo mismo. Hace ya más de diez años. Yo casi lo estoy olvidando.
YERMA. Pero yo no soy tú. Los hombres tienen otra vida: los ganados, los árboles, las
conversaciones; y las mujeres no tenemos más que esta de la cría y el cuido de la cría.
JUAN. Todo el mundo no es igual. ¿Por qué no te traes un hijo de tu hermano? Yo no
me opongo.
YERMA. No quiero cuidar hijos de otras. Me figuro que se me van a helar los brazos
de tenerlos.
JUAN. Con este achaque vives alocada, sin pensar en lo que debías, y te empeñas en
meter la cabeza por una roca.
YERMA. Roca que es una infamia que sea roca, porque debía ser un canasto de flores y
agua dulce.
JUAN. Estando a tu lado no se siente más que inquietud, desasosiego. En último caso
debes resignarte.
YERMA. Yo he venido a estas cuatro paredes para no resignarme. Cuando tenga la
cabeza atada con un pañuelo para que no se me abra la boca, y las manos bien
amarradas dentro del ataúd, en esa hora me habré resignado.
JUAN. Entonces, ¿qué quieres hacer?
YERMA. Quiero beber agua y no hay vaso ni agua; quiero subir al monte y no tengo
pies; quiero bordar mis enaguas y no encuentro los hilos.
JUAN. Lo que pasa es que no eres una mujer verdadera y buscas la ruina de un hombre
sin voluntad.
YERMA Yo no sé quién soy. Déjame andar y desahogarme. En nada te he faltado.
JUAN. No me gusta que la gente me señale. Por eso quiero ver cerrada esa puerta y
cada persona en su casa.
YERMA. Hablar con la gente no es pecado.
JUAN. Pero puede parecerlo. (Bajando la voz.) Yo no tengo fuerzas para estas cosas.
Cuando te den conversación, cierras la boca y piensas que eres una mujer casada.
YERMA. (Con asombro.) ¡Casada!
JUAN. Y que las familias tienen honra y la honra es una carga que se lleva entre todos.
Pero que está oscura y débil en los mismos caños de la sangre. (Pausa.) Perdóname.
(Yerma mira a su Marido; éste levanta la cabeza y se tropieza con
la mirada.) Aunque me miras de un modo que no debía decirte perdóname, sino obligarte,
encerrarte, porque para eso soy el marido.
YERMA. Te ruego que no hables. Deja quieta la cuestión. (Pausa)
JUAN. Vamos a comer. ( Pausa.) ¿Me has oído?
YERMA. (Dulce.) Come tú. Yo no tengo hambre todavía.
JUAN. Lo que quieras. (Entra.)
YERMA. (Como soñando.)
¡Ay qué prado de pena!
¡Ay qué puerta cerrada a la hermosura,
que pido un hijo que sufrir y el aire
me ofrece dalias de dormida luna!
Estos dos manantiales que yo tengo
de leche tibia, son en la espesura
de mi carne, dos pulsos de caballo,
que hacen latir la rama de mi angustia.
¡Ay pechos ciegos bajo mi vestido!
¡Ay palomas sin ojos ni blancura!
¡Ay qué dolor de sangre prisionera
me está clavando avispas en la nuca!
Pero tú has de venir, ¡amor!, mi niño,
porque el agua da sal, la tierra fruta,
y nuestro vientre guarda tiernos hijos
como la nube lleva dulce lluvia.
(Mira hacia la puerta)
¡María! ¿Por qué pasas tan deprisa por mi puerta?
MARÍA. (Entra con un niño en brazos.) Cuando voy con el niño, lo hago... ¡Como
siempre lloras!...
YERMA. Tienes razón. (Coge al niño y se sienta.)
MARÍA. Me da tristeza que tengas envidia. (Se sienta.)
YERMA. No es envidia lo que tengo; es pobreza.
MARÍA. No te quejes.
YERMA. ¡Cómo no me voy a quejar cuando te veo a ti y a las otras mujeres llenas por
dentro de flores, y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!
MARÍA. Pero tienes otras cosas. Si me oyeras, podrías ser feliz.
YERMA. La mujer del campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos ¡y
hasta mala!, a pesar de que yo sea de este desecho dejado de la mano de Dios. (María
hace un gesto como para tomar al niño.) Tómalo; contigo está más a gusto. Yo no debo
tener manos de madre.
MARÍA. ¿Por qué me dices eso?
YERMA. (Se levanta.) Porque estoy harta, porque estoy harta de tenerlas y no poderlas
usar en cosa propia. Que estoy ofendida, ofendida y rebajada hasta lo último, viendo
que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua, y que paren las ovejas
cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me
enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento dos golpes de martillo aquí, en
lugar de la boca de mi niño.
MARÍA. No me gusta lo que dices.
YERMA. Las mujeres, cuando tenéis hijos, no podéis pensar en las que no los tenemos.
Os quedáis frescas, ignorantes, como el que nada en agua dulce no tiene idea de la sed.
MARÍA. No te quiero decir lo que te digo siempre.
YERMA. Cada vez tengo más deseos y menos esperanzas.
MARÍA. Mala cosa.
YERMA. Acabaré creyendo que yo misma soy mi hijo. Muchas noches bajo yo a echar
la comida a los bueyes, que antes no lo hacía, porque ninguna mujer lo hace, y cuando
paso por lo oscuro del cobertizo mis pasos me suenan a pasos de hombre.
MARÍA. Cada criatura tiene su razón.
YERMA. A pesar de todo, sigue queriéndome. ¡Ya ves cómo vivo!
MARÍA. ¿Y tu marido?
YERMA. Está contra mí.
MARÍA. ¿Qué piensa?
YERMA. Figuraciones. De gente que no tiene la conciencia tranquila. Cree que me
puede gustar otro hombre o a saber quién cree que me puede gustar y no sabe que,
aunque me gustara otra persona… lo primero de mi casta es la honradez. Son piedras
delante de mí. Pero ellos no saben que yo, si quiero, puedo ser agua de arroyo que las
lleve.
MARÍA. De todas maneras, creo que tu marido te sigue queriendo.
YERMA. Mi marido me da pan y casa.
MARÍA. ¡Qué trabajos estás pasando, qué trabajos, pero acuérdate de las llagas de
Nuestro Señor!
YERMA. (Mirando al niño.) Ya ha despertado.
MARÍA. Dentro de poco empezará a cantar.
YERMA. Los mismos ojos que tú, ¿lo sabías? ¿Los has visto? (Llorando.) ¡Tiene los
mismos ojos que tú!
(Yerma empuja suavemente a María y ésta sale silenciosa. Yerma se dirige a la puerta
por donde entró su marido.)
ROSARIO. ¡Chisss!
YERMA. (Volviéndose.) ¿Qué?
ROSARIO. Esperé a que saliera. Mi madre te está aguardando.
YERMA. ¿Está sola?
ROSARIO. Con dos vecinas.
YERMA. Dile que esperen un poco.
ROSARIO. ¿Pero vas a ir? ¿No te da miedo?
YERMA. Voy a ir.
ROSARIO. ¡Allá tú!
YERMA. ¡Que me esperen aunque sea tarde!
(Entra Victoria)
VICTORIA. ¿Está Juan?
YERMA. Sí.
ROSARIO. (Cómplice.) Entonces, yo traeré la blusa.
YERMA. Cuando quieras. (Sale Rosario.) Siéntate.
VICTORIA. Estoy bien así.
YERMA. (Llamando al marido.) ¡Juan!
VICTORIA. Vengo a despedirme.
YERMA. (Se estremece ligeramente, pero vuelve a su serenidad) ¿Te vas con tus
hermanos?
VICTORIA. Así lo quiere mi padre.
YERMA. ¡Vaya!... Ya debe estar viejo.
VICTORIA. Sí, muy viejo. (Pausa)
YERMA. Haces bien en cambiar de campos.
VICTORIA. Todos los campos son iguales.
YERMA. No. Yo me iría muy lejos.
VICTORIA. Es todo lo mismo. Las mismas ovejas tienen la misma lana.
YERMA. Para los hombres, sí, pero las mujeres somos otra cosa, ¿verdad?. Nunca oí decir
a un hombre comiendo: «¡Qué buenas son estas manzanas!». (ríen en complicidad).
VICTORIA. Van a lo suyo sin reparar en las delicadezas.
YERMA. De mí sé decir que he aborrecido el agua de estos pozos.
VICTORIA.. Puede ser.
(La escena está en una suave penumbra. Pausa.)
YERMA. Victoria.
VICTORIA. Dime.
YERMA. ¿Por qué te vas? Aquí las gentes te quieren.
VICTORIA. Yo me porté bien. (Pausa.)
YERMA. Te portaste bien. Siendo una zagala un día me llevaste una vez en brazos; ¿no
recuerdas? Nunca se sabe lo que va a pasar.
VICTORIA. Todo cambia cuando te haces mayor.
YERMA. Algunas cosas no cambian. Hay cosas encerradas detrás de los muros que no
pueden cambiar porque nadie las oye.
VICTORIA. Así es.
YERMA. Pero que si salieran de pronto y gritaran, llenarían el mundo.
VICTORIA No se adelantaría nada. La acequia por su sitio, el rebaño en el redil, la luna
en el cielo y el hombre con su arado.
YERMA. ¿Y la mujer?
VICTORIA. ¿La mujer? La mujer con su marido.
YERMA. ¡Qué pena más grande no poder sentir las enseñanzas de las viejas!
(Se oye el sonido largo y melancólico de las caracolas de los pastores.)
VICTORIA. Los rebaños.
JUAN. (Sale.) ¿Vas ya de camino?
VICTORIA. Quiero pasar el puerto antes del amanecer.
JUAN. ¿Llevas alguna queja de mí?
VICTORIA. No. Fuiste buen pagador.
JUAN. (A Yerma.) Le compré los rebaños.
YERMA. ¿Sí?
VICTORIA . (A Yerma.) Tuyos son.
YERMA. No lo sabía.
JUAN . (Satisfecho.) Así es.
VICTORIA. Tu marido ha de ver su hacienda colmada.
YERMA. El fruto viene a las manos del trabajador que lo busca.
JUAN Ya no tenemos sitio donde meter tantas ovejas.
YERMA. (Sombría.) La tierra es grande. (Pausa)
JUAN. Iremos juntos hasta el arroyo.
VICTORIA. Deseo la mayor felicidad para esta casa. (Le da la mano a Yerma.)
YERMA. ¡Dios te oiga! ¡Salud!
(Victoria le da salida y, a un movimiento imperceptible de Yerma, se vuelve.)
VICTORIA. ¿Decías algo?
YERMA. (Dramática.) Salud dije.
VICTORIA. Gracias. Adiós amiga.
YERMA. Adiós… amiga.
(Salen. Yerma queda angustiada mirándose la mano que ha dado a Victoria. Yerma se
dirige rápidamente hacia la izquierda y toma un mantón)
ROSARIO. (En silencio, tapándole la cabeza.) Vamos.
YERMA. Vamos.
(Salen sigilosamente. La escena está casi a oscuras. Sale la hermana con un velón que
no debe dar al teatro luz ninguna, sino la natural que lleva. Se dirige al fin de la escena
buscando a Yerma. Suenan los caracoles de los rebaños.)
Oscuro.
Acto tercero
CUADRO PRIMERO
(Casa de la Dolores, la conjuradora. Está amaneciendo. Entra Yerma con Dolores y su hija
Rosario)
DOLORES. Has estado valiente.
ROSARIO. No hay en el mundo fuerza como la del deseo. Pero el cementerio estaba
demasiado oscuro.
DOLORES. Muchas veces yo he hecho estas oraciones en el cementerio con mujeres
que ansiaban críos, y todas han pasado miedo. Todas, menos tú.
YERMA. Yo he venido por el resultado. Creo que no eres mujer engañadora.
DOLORES. No soy. Que mi lengua se llene de hormigas, como está la boca de los
muertos, si alguna vez he mentido. La última vez hice la oración con una mujer
mendicante, que estaba seca más tiempo que tú, y se le endulzó el vientre de manera tan
hermosa que tuvo dos criaturas ahí abajo, en el río, porque no le daba tiempo a llegar a
las casas, y ella misma las trajo en un pañal para que yo las arreglase.
YERMA. ¿Y pudo venir andando desde el río?
DOLORES. Vino. Con los zapatos y las enaguas empapadas en sangre..., pero con la
cara reluciente.
YERMA. ¿Y no le pasó nada?
DOLORES. ¿Qué le iba a pasar? Dios es Dios.
YERMA. Naturalmente. No le podía pasar nada, sino agarrar las criaturas y lavarlas
con agua viva. Los animales los lamen, ¿verdad? A mí no me da asco de mi hijo. Yo
tengo la idea de que las recién paridas están como iluminadas por dentro, y los niños se
duermen horas y horas sobre ellas oyendo ese arroyo de leche tibia que les va llenando
los pechos para que ellos mamen, para que ellos jueguen, hasta que no quieran más,
hasta que retiren la cabeza "... otro poquito más, niño... ", y se les llene la cara y el
pecho de gota blancas.
DOLORES. Ahora tendrás un hijo. Te lo puedo asegurar.
YERMA. Lo tendré porque lo tengo que tener. O no entiendo el mundo. A veces,
cuando ya estoy segura de que jamás, jamás..., me sube como una oleada de fuego por
los pies y se me quedan vacías todas las cosas, y los hombres que andan por la calle y
los toros y las piedras me parecen como cosas de algodón. Y me pregunto: ¿para qué
estarán ahí puestos?
ROSARIO. Está bien que una casada quiera hijos, pero si no los tiene, ¿por qué ese ansia
de ellos? Lo importante de este mundo es dejarse llevar por lo que te traiga la vida. No te
critico. Ya has visto cómo he ayudado a los rezos. Pero, ¿qué vega esperas dar a tu hijo, ni
qué felicidad, ni qué silla de plata?
YERMA. Yo no pienso en el mañana; pienso en el hoy. Tú no sabes porque no tienes
hambre de hijo. Yo pienso que tengo sed y no tengo libertad. Yo quiero tener a mi
hijo en los brazos para dormir tranquila y, óyelo bien y no te espantes de lo que te digo,
aunque yo supiera que mi hijo me iba a martirizar después y me iba a odiar y me iba a
llevar de los cabellos por las calles, recibiría con gozo su nacimiento, porque es mucho
mejor llorar por un hombre vivo que nos apuñala, que llorar por este fantasma sentado
año tras año encima de mi corazón.
DOLORES. Eres demasiado joven para oír consejo. Pero, mientras esperas la gracia de
Dios, debes ampararte en el amor de tu marido.
YERMA. ¡Ay! Has puesto el dedo en la llaga más honda que tienen mis carnes.
DOLORES. Tu marido es bueno.
YERMA. (Se levanta) ¡Es bueno! ¡Es bueno! ¿Y qué? Ojalá fuera malo. Pero no. Él va
con sus ovejas por sus caminos y cuenta el dinero por las noches. Cuando me cubre,
cumple con su deber, pero yo le noto la cintura fría como si tuviera el cuerpo muerto, y
yo, que siempre he tenido asco de las mujeres calientes, quisiera ser en aquel instante
como una montaña de fuego.
DOLORES. ¡Yerma!
YERMA No soy una casada indecente; pero yo sé que los hijos nacen del hombre y de
la mujer. ¡Ay, si los pudiera tener yo sola!
DOLORES. Piensa que tu marido también sufre.
YERMA. No sufre. Lo que pasa es que él no ansía hijos.
DOLORES. ¡No digas eso!
YERMA. Se lo conozco en la mirada y, como no los ansía, no me los da. No lo quiero,
no lo quiero y, sin embargo, es mi única salvación. Por honra y por casta. Mi única
salvación.
ROSARIO. (Con miedo.) Pronto empezará a amanecer. Debes irte a tu casa.
DOLORES. Antes de nada saldrán los rebaños y no conviene que te vean sola.
YERMA. Necesitaba este desahogo. ¿Cuántas veces repito las oraciones?
DOLORES. La oración del laurel, dos veces, y al mediodía, la oración de santa Ana.
Cuando te sientas encinta me traes la fanega de trigo que me has prometido.
ROSARIO. Por encima de los montes ya empieza a clarear. Vete.
DOLORES. Como en seguida empezarán a abrir los portones, te vas dando un rodeo
por la acequia.
YERMA. (Con desaliento.) ¡No sé por qué he venido!
DOLORES. ¿Te arrepientes?
YERMA. ¡No!
DOLORES. (Turbada.) Si tienes miedo, te acompañaré hasta la esquina.
YERMA. ¡Quita!
ROSARIO. (Con inquietud) Van a ser las claras del día cuando llegues a tu puerta. (Se
oyen voces)
DOLORES ¡Calla! (Escuchan)
ROSARIO. No es nadie. Anda con Dios.
(Yerma se dirige a la puerta y en este momento llaman a ella. Las tres mujeres quedan
paradas.)
DOLORES. ¿Quién es?
JUAN Soy yo.
YERMA. Abre. (Dolores duda.) ¿Abres o no?
(Se oyen murmullos. Aparece Juan)
JUAN. Aquí estás.
YERMA. ¡Aquí estoy!
JUAN. ¿Qué haces en este sitio? Si pudiera dar voces, levantaría a todo el pueblo, para
que viera dónde iba la honra de mi casa; pero he de ahogarlo todo y callarme porque
eres mi mujer.
YERMA. Si pudiera dar voces, también las daría yo, para que se levantaran hasta los
muertos y vieran esta limpieza que me cubre.
JUAN. ¡No, eso no! Todo lo aguanto menos eso. Me engañas, me envuelves y, como
soy un hombre que trabaja la tierra, no tengo ideas para tus astucias.
ROSARIO. ¡Juan!
JUAN. ¡Vosotras, ni palabra!
DOLORES. (Fuerte.) Tu mujer no ha hecho nada malo.
JUAN. Lo está haciendo desde el mismo día de la boda. Mirándome con dos agujas,
pasando las noches en vela con los ojos abiertos al lado mío, y llenando de malos
suspiros mis almohadas.
YERMA. ¡Cállate!
JUAN. Y yo no puedo más. Porque se necesita ser de bronce para ver a tu lado una
mujer que te quiere meter los dedos dentro del corazón y que se sale de noche fuera de
su casa, ¿en busca de qué? ¡Dime!, ¿buscando qué? Las calles están llenas de machos.
En las calles no hay flores que cortar .
YERMA. No te dejo hablar ni una sola palabra. Ni una más. Te figuras tú y tu gente
que sois vosotros los únicos que guardáis honra, y no sabes que mi casta no ha tenido
nunca nada que ocultar. Anda. Acércate a mí y huele mis vestidos, ¡acércate!, a ver
dónde encuentras un olor que no sea tuyo, que no sea de tu cuerpo. Me pones desnuda
en mitad de la plaza y me escupes. Haz conmigo lo que quieras, que soy tu mujer, pero
guárdate de poner nombre de varón sobre mis pechos.
JUAN. No soy yo quien lo pone; lo pones tú con tu conducta y el pueblo lo empieza a
decir. Lo empieza a decir claramente. Cuando llego a un corro, todos callan; cuando voy
a pesar la harina, todos callan; y hasta de noche en el campo, cuando despierto, me
parece que también se callan las ramas de los arboles.
YERMA. Yo no sé por qué empiezan los malos aires que revuelcan al trigo y ¡mira tú
si el trigo es bueno!
JUAN. Ni yo sé lo que busca una mujer a todas horas fuera de su tejado.
YERMA. (En un arranque y abrazándose a su Marido.) Te busco a ti. Te busco a ti. Es
a ti a quien busco día y noche sin encontrar sombra donde respirar. Es tu sangre y tu
amparo lo que deseo.
JUAN. Apártate.
YERMA. No me apartes y quiere conmigo.
JUAN ¡Quita!
YERMA. Mira que me quedo sola. Como si la luna se buscara ella misma por el cielo.
¡Mírame! (Lo mira.)
JUAN. (La mira y la aparta bruscamente.) ¡Déjame ya de una vez!
DOLORES. ¡Juan! (Yerma cae al suelo)
YERMA. (Alto.) Cuando salía por mis claveles me tropecé con el muro. ¡Ay! ¡Ay! Es
en ese muro donde tengo que estrellar mi cabeza.
JUAN. Calla. Vamos.
ROSARIO. ¡Dios mío!
YERMA. (A gritos.) Maldito sea mi padre, que me dejó su sangre de padre de cien
hijos. Maldita sea mi sangre, que los busca golpeando por las paredes.
JUAN. ¡Calla he dicho!
DOLORES. ¡Viene gente! Habla bajo.
YERMA. No me importa. Dejarme libre siquiera la voz, ahora que voy entrando en lo
más oscuro del pozo. (Se levanta.) Dejar que de mi cuerpo salga siquiera esta cosa
hermosa y que llene el aire.
DOLORES. Van a pasar por aquí.
JUAN. Silencio.
YERMA. ¡Eso! ¡Eso! Silencio. Descuida.
JUAN. Vamos. ¡Pronto!
YERMA. ¡Ya está! ¡Ya está! ¡Y es inútil que me retuerza las manos! Una cosa es querer con
la cabeza...
JUAN. Calla.
YERMA. (Bajo.) Una cosa es querer con la cabeza y otra cosa es que el cuerpo, maldito
sea el cuerpo, no nos responda. Está escrito y no me voy a poner a luchar a brazo
partido con los mares. Ya está. ¡Que mi boca se quede muda! (Sale.)
Oscuro.
Acto tercero
CUADRO SEGUNDO
Alrededores de una ermita en plena montaña. En primer término, unas ruedas de carro
y unas mantas formando una tienda rústica, donde está Yerma. Entran las Mujeres con
ofrendas a la ermita. Vienen descalzas. En la escena está la Vieja pagana del primer
acto.
(Canto a telón corrido)
No te pude ver
cuando eras soltera,
mas de casada te encontraré.
No te pude ver
cuando eras soltera.
Te desnudaré,
casada y romera,
cuando en lo oscuro las doce den.
VIEJA. (Con sorna.) ¿Habéis bebido ya el agua santa?
ROSARIO.Sí.
VIEJA. Y ahora, a ver a ése.
ROSARIO. Creemos en él.
VIEJA. Venís a pedir hijos al santo y resulta que cada año vienen más hombres solos a
esta romería. ¿Qué es lo que pasa? (Ríe)
ROSARIO. ¿A qué vienes aquí, si no crees?
VIEJA. A ver. Yo me vuelvo loca por ver. Y a cuidar de mi hijo. El año pasado se
mataron dos por una casada seca y quiero vigilar. Y, en último caso, vengo porque me
da la gana.
ROSARIO. ¡Que Dios te perdone! (Entran.)
VIEJA. (Con sarcasmo.) Que te perdone a ti.
(Se va. Entra María con Margarita)
MARGARITA. ¿Y ha venido?
MARÍA. Ahí tienen el carro. Me costó mucho que vinieran. Ella ha estado un mes sin
levantarse de la silla. Le tengo miedo. Tiene una idea que no sé cuál es, pero desde
luego es una idea mala.
MARGARITA Yo llegué con mi hermana. Lleva ocho años viniendo sin resultado.
MARÍA. Tiene hijos la que los tiene que tener.
MARGARITA. Es lo que yo digo. (Se oyen voces)
MARÍA. Nunca me gustó esta romería. Vamos a las eras, que es donde está la gente.
MARGARITA. El año pasado, cuando se hizo oscuro, unos mozos atenazaron con sus
manos los pechos de mi hermana.
MARÍA. En cuatro leguas a la redonda no se oyen más que palabras terribles.
MARGARITA. Más de cuarenta toneles de vino he visto en las espaldas de la ermita.
MARÍA. Un río de hombres solos baja por esas sierras.
(Se oyen voces. Entra Yerma con seis mujeres que van a la iglesia. Van descalzas y
llevan cirios rizados. Empieza el anochecer.)
YERMA.
Señor, que florezca la rosa,
no me la dejéis en sombra.
MARGARITA
Sobre su carne marchita
florezca la rosa amarilla.
MARÍA
Y en el vientre de tus siervas
la llama oscura de la tierra.
CORO
Señor, que florezca la rosa,
no me la dejéis en sombra. (Se arrodillan)
YERMA.
El cielo tiene jardines
con rosales de alegría:
entre rosal y rosal,
la rosa de maravilla.
Rayo de aurora parece
y un arcángel la vigila,
las alas como tormentas,
los ojos como agonías.
Alrededor de sus hojas
arroyos de leche tibia
juegan y mojan la cara
de las estrellas tranquilas.
Señor, abre tu rosal
sobre mi carne marchita. (Se levanta)
MARGARITA.
Señor, calma con tu mano
las ascuas de su mejilla.
YERMA.
Escucha a la penitente
de tu santa romería.
Abre tu rosa en mi carne
aunque tenga mil espinas.
CORO
Señor, que florezca la rosa,
no me la dejéis en sombra.
YERMA.
Sobre mi carne marchita,
la rosa de maravilla.
(Entran) (Salen las Muchachas bailando con son de palmas y música. Cantan.)
El cielo tiene jardines
con rosales de alegría:
entre rosal y rosal,
la rosa de maravilla.
(Vuelven a pasar dos muchachas gritando. Entra la vieja alegre.)
VIEJA. A ver si luego nos dejáis dormir. Pero luego será ella. (Entra Yerma.) ¿Tú?
(Yerma está abatida y no habla.) Dime ¿para qué has venido?
YERMA. No sé.
VIEJA. ¿No te convences? ¿Y tu esposo?
(Yerma da muestras de cansancio y de persona a la que una idea fija le oprime la
cabeza.)
YERMA. Ahí está.
VIEJA. ¿Qué hace?
YERMA Bebe. (Pausa. Llevándose las manos a la frente) ¡Ay!
VIEJA Ay, ay. Menos ¡ay! y más alma. Antes no he querido decirte, pero ahora, sí.
YERMA. ¡Y qué me vas a decir que ya no sepa
VIEJA. Lo que ya no se puede callar. Lo que está puesto encima del tejado. La culpa es
de tu marido, ¿lo oyes? Me dejaría cortar las manos. Ni su padre, ni su abuelo, ni su
bisabuelo se portaron como hombres de casta. Para tener hijo ha sido necesario que se
junte el cielo con la tierra. Están hechos con saliva. En cambio, tu gente, no. Tienes
hermanos y primos a cien leguas a la redonda. ¡Mira qué maldición ha venido a caer
sobre tu hermosura!
YERMA. Una maldición. Un charco de veneno sobre las espigas.
VIEJA. Pero tú tienes pies para marcharte de tu casa.
YERMA ¿Para marcharme?
VIEJA. Cuando te vi en la romería me dio un vuelco el corazón. Aquí vienen las
mujeres a conocer hombres nuevos y el Santo hace el milagro. Mi hijo está sentado
detrás de la ermita esperándote. Mi casa necesita una mujer. Vete con él y viviremos los
tres juntos. Mi hijo sí es de sangre. Como yo. Si entras en mi casa, todavía queda olor
de cunas. La ceniza de tu colcha se te volverá pan y sal para las crías. Anda. No te
importe la gente. Y, en cuanto a tu marido, hay en mi casa entrañas y herramientas para
que no cruce siquiera la calle.
YERMA. Calla, calla. ¡Si no es eso! Nunca lo haría. Yo no puedo ir a buscar. ¿Te
figuras qué puedo hacer con conocer otro hombre? ¿Dónde pones mi honra? El agua no se
puede volver atrás, ni la luna llena sale a mediodía. Vete. Por el camino que voy seguiré.
¿Has pensado en serio que yo me pueda doblar a otro hombre? ¿Que yo vaya a pedirle lo
que es mío como una esclava? Conóceme, para que nunca me hables más. Yo no busco.
VIEJA. Cuando se tiene sed, se agradece el agua.
YERMA. Yo soy como un campo seco donde caben arando mil pares de bueyes, y lo
que tú me das es un pequeño vaso de agua de pozo. Lo mío es dolor que ya no está en
las carnes.
VIEJA. (Fuerte.) Pues sigue así. Por tu gusto es. Como los cardos del secano. Pinchosa,
marchita.
YERMA. (Fuerte.) Marchita sí, ¡ya lo sé! ¡Marchita! No es preciso que me lo
refriegues por la boca. No vengas a solazarte, como los niños pequeños en la agonía de
un animalito. Desde que me casé estoy dándole vueltas a esta palabra, pero es la primera
vez que la oigo, la primera vez que me la dicen en la cara. La primera vez que veo que
es verdad.
VIEJA. No me das ninguna lástima, ninguna. Yo buscaré otra mujer para mi hijo.
(Se va. Se oye un gran coro lejano cantado por los romeros. Yerma se dirige hacia el
carro y aparece por detrás del mismo su marido.)
YERMA. ¿Estabas ahí?
JUAN. Estaba.
YERMA. ¿Acechando?
JUAN Acechando.
YERMA. ¿Y has oído?
JUAN. Sí.
YERMA ¿Y qué? Déjame y vete a los cantos. (Se sienta en las mantas)
JUAN También es hora de que yo hable.
YERMA ¡Habla!
JUAN. Y que me queje.
YERMA. ¿Con qué motivo?
JUAN. Que tengo el amargor en la garganta.
YERMA Y yo en los huesos.
JUAN. Ha llegado el último minuto de resistir este continuo lamento por cosas oscuras,
fuera de la vida, por cosas que están en el aire.
YERMA. (Con asombro dramático.) ¿Fuera de la vida dices? ¿En el aire dices?
JUAN. Por cosas que no han pasado y ni tú ni yo dirigimos.
YERMA. (Violenta.) ¡Sigue! ¡Sigue!
JUAN. Por cosas que a mí no me importan. ¿Lo oyes? Que a mi no me importan. Ya es
necesario que te lo diga. A mí me importa lo que tengo entre las manos. Lo que veo por
mis ojos.
YERMA. (Incorporándose de rodillas, desesperada.) Así, así. Eso es lo que yo quería
oír de tus labios. No se siente la verdad cuando está dentro de una misma, pero ¡qué
grande y cómo grita cuando se pone fuera y levanta los brazos! ¡No le importa! ¡Ya lo
he oído!
JUAN. (Acercándose.) Piensa que tenía que pasar así. Óyeme. (La abraza para
incorporarla.) Muchas mujeres serían felices de llevar tu vida. Sin hijos es la vida más
dulce. Yo soy feliz no teniéndolos. No tenemos culpa ninguna.
YERMA. ¿Y qué buscabas en mí?
JUAN. A ti misma.
YERMA. (Excitada.) ¡Eso! Buscabas la casa, la tranquilidad y una mujer. Pero nada
más. ¿Es verdad lo que digo?
JUAN. Es verdad. Como todos.
YERMA. ¿Y lo demás? ¿Y tú hijo?
JUAN. (Fuerte) ¡No oyes que no me importa! ¡No me preguntes más! ¡Que te lo tengo
que gritar al oído para que lo sepas, a ver si de una vez vives ya tranquila!
YERMA. ¿Y nunca has pensado en él cuando me has visto desearlo?
JUAN. Nunca. (Están los dos en el suelo)
YERMA. ¿Y no podré esperarlo?
JUAN. No.
YERMA. ¿Ni tú?
JUAN. Ni yo tampoco. ¡Resígnate!
YERMA. ¡Marchita!
JUAN. Y a vivir en paz. Uno y otro, con suavidad, con agrado. ¡Abrázame! (La
abraza.)
YERMA. ¿Qué buscas?
JUAN. A ti te busco. Con la luna estás hermosa
YERMA. Me buscas como cuando te quieres comer una paloma.
JUAN. Bésame... así.
YERMA. Eso nunca. Nunca. (Yerma da un grito y aprieta la garganta de su esposo.
Éste cae hacia atrás. Yerma le aprieta la garganta hasta matarle. Empieza el Coro de
la romería). Marchita, marchita, pero segura. Ahora sí que lo sé de cierto. Y sola. (Se
levanta. Empieza a llegar gente.) Voy a descansar sin despertarme sobresaltada, para
ver si la sangre me anuncia otra sangre nueva. Con el cuerpo seco para siempre. ¿Qué
queréis saber? No os acerquéis, porque he matado a mi hijo. ¡Yo misma he matado a mi
hijo! ¡He matado a mi hijo!
(Acude un grupo que queda parado al fondo. Se oye el Coro de la romería.)
TELÓN.