¿Qué somos?
El espectáculo siniestro de la política contemporánea ofrece signos de
tragedia. Basta espigar la prensa, si se tiene un estómago que tolere el
hedor. Vean el trato mutuo, violento y vacío de todo razonamiento, el
anunciado colapso de la dialéctica, el desprecio a la prensa acreditada
acompañado de las repugnantes genuflexiones del periodismo
biempensante. En otro tiempo parecía necesario responder a las preguntas
formuladas en la que llaman sede de la soberanía. Hoy la respuesta habitual
es el menosprecio o el asco. Está claro que la legitimidad se concibe cada
vez más abiertamente como el poder directo acreditado por la fuerza.
Apenas queda otra cosa que la más directa amenaza de muerte y la
ejecución consiguiente. Una situación que nos devuelve a una circunstancia
pasada que, con todas las diferencias que se quiera, no deja de guardar
analogías con nuestra actualidad. Se insulta a periodistas a los que se les
niega esa categoría, sin duda en nombre del “profundo saber” que acreditan
los expertos en cualquier cosa que sientan cátedra en platós de televisión o
emisoras de radio. Es de temer el odio que supuran los gestos de
portavoces y parlantes de toda laya. Acusan de odiar a los que odian que,
sin duda, también odian a sus acusadores.
La actual circunstancia difiere, pese a todo, en aspectos fundamentales de
la que nos llevó a una atroz guerra civil. Un rasgo diferencial puede hallarse
en la muchedumbre de recién llegados que van a recibir una ciudadanía que
es fruto de una larga tradición. Siglos de historia se esconden en el título de
“ciudadano” y siglos de la historia de España o, por lo mismo, de la historia
de Europa. Si a ese título se le despoja de la historia singular de la que
procede, como hace el globalismo insustancial, se verá como un privilegio
gratuito e injustificado. ¿Por qué unos gozan de la ciudadanía de la que
otros carecen? La respuesta es sencilla: los ciudadanos españoles son
españoles y su ciudadanía es un valioso contenido de una herencia
multisecular. Si se añade que esa ciudadanía permite al que la ostenta
habitar libremente cualquier país de la unión europea, podríamos hablar – a
este respecto – de una ciudadanía europea, de modo que cualquier
naturalización masiva debiera ser sancionada por Europa. Entiéndase bien
que no me refiero a los gerentes de la Unión que son una élite hace tiempo
en rebeldía contra sus pueblos, a los que deploran en nombre de su
elegante cosmopolitismo.
La pregunta por la condición de los españoles, por lo que quiera que sea
España, les resulta a estos filósofos flotantes demasiado terrenal y
provinciana. Reducen con facilidad la ciudadanía a un acto formal de
reconocimiento jurídico. La historia es peso muerto que ha de arrojarse por
la borda. El problema de España, sin embargo, exigió la atención completa
de los más destacados historiadores y filósofos de nuestra tradición. La
misma expresión “nuestra tradición” hace rechinar los dientes de la patulea
gobernante que se vanagloria de su responsable ignorancia. Es histórica la
razón por la que en Hispano-Europa no debiéramos recibir del mismo modo
a un transterrado hispanoamericano que a cualquier otra persona.
La ignorancia interesada de las élites se extendió sobre la población como
un manto sombrío. Ése es el gran éxito de la industria educativa de los
últimos treinta años. De entre la impenetrable y densa ignorancia que tiene
tomada a la población española destaca como un inmenso pozo negro la
ignorancia de la propia tradición en todas sus dimensiones. Los jóvenes
lectores atienden especialmente traducciones de novelas recientes en
lengua inglesa. No es malo esto, pero es peligroso que ese contenido
desplace cualquier otro y, en especial, la literatura en la lengua propia, esa
lengua que solía llamarse materna. Tanto más cuanto que la gran filosofía
española se ha vertido en un estilo narrativo y las ideas que invistieron
nuestra historia se encuentran en la forma vital de la novela o del drama.
Cuando se pierde ese bagaje se hunde el elemento fundamental para la
comprensión de la propia identidad. Se prohíbe hoy hablar de esa identidad,
en nombre del inacabable juego de las diferencias al albur de una voluntad
individual sacralizada. La elección individual convertida en razón última
establece que el deseo define la realidad, de modo que español es todo el
que desee serlo.
Hay, pese a todo, un número creciente de jóvenes hastiados del lodo que
invade nuestra vida pública, alarmados por la magnitud de la “fuerza de
trabajo” importada que rechaza frontalmente la condición de una Europa
que estiman colonialista, imperialista, patriarcal y genocida. Aceptan su
ciudadanía formal, pero ignoran la sustancia histórica que ese
reconocimiento condensa. Si queremos encontrar un símbolo paradójico de
ese aberrante autodesprecio podemos hallarlo en esa curiosa patria vasca
que jamás celebraría su Aberri Eguna en español, pero está dispuesto a
acomodarse al bereber o al árabe, al quechua o al aymara.
Desde luego para poder integrar al foráneo es preciso ser alguien. Pero el
verbo de la ontología está marcado hoy con el índice de la opresión: la
realidad es fascista. Esta España y la Europa con la que se confunde
rechazan toda entidad y consistencia. Hemos logrado no ser por eso nos
parece que la ciudadanía carece de valor, aunque indudablemente sabemos
que tiene un precio.