CASO PARA ANALISIS
Sesiones 12, 13, 14 y 16
Caso ampliado: Jaylene Smith
Jaylene Smith, una médica de 30 años, es percibida por su entorno como una mujer
excepcional: brillante, carismática y profundamente empática con sus pacientes. Sus colegas
la describen como una profesional dedicada y confiable, con una presencia serena que inspira
confianza. Sin embargo, detrás de esta imagen pública segura y exitosa, Jay lucha con una
ansiedad persistente que carcome su autoestima y distorsiona su percepción personal. En su
primera consulta con el psicólogo, cuando se le pidió que seleccionara adjetivos que la
describieran, eligió: "introvertida", "tímida", "inadecuada" y "desdichada". Estas palabras
reflejan el mundo interno de Jay, marcado por una constante sensación de insuficiencia y un
miedo profundo al juicio de los demás.
Primogénita en una familia de cuatro hijos, Jay creció bajo la mirada constante de su padre,
un investigador médico meticuloso, introspectivo y afectuoso. Desde pequeña fue evidente
que Jay ocupaba un lugar especial para él. Su vínculo era intenso y lleno de expectativas; él
proyectaba en su hija mayor sueños de excelencia académica y profesional. Jay, ávida por
complacer y mantener ese amor y atención exclusivos, se volvió una niña obediente, aplicada,
sensible al entorno emocional y extremadamente autocrítica. Este patrón de complacencia y
autoexigencia se consolidó en su personalidad.
Su madre, en cambio, estaba frecuentemente ausente por motivos laborales. Gerente de una
tienda de ropa, regresaba agotada por las noches y reservaba poca energía para la interacción
afectiva con sus hijos. Aunque nunca fue abiertamente negligente, su presencia emocional
era tenue y errática. Las discusiones entre madre e hija fueron constantes durante los
primeros años, generando en Jay una sensación de rechazo y una percepción interna de no
ser lo suficientemente buena. Con el tiempo, la relación se volvió más superficial y distante,
una herida que Jay nunca refirió pero que sigue abierta. En sus recuerdos, hay una mezcla
de admiración y resentimiento hacia su madre: por su fortaleza, pero también por su frialdad.
La dinámica familiar se volvió más compleja con el nacimiento de sus dos hermanos menores,
en rápida sucesión. Jay, que hasta ese momento había sido el centro de atención, vivió estos
cambios con hostilidad y miedo a perder su lugar privilegiado. Las rabietas que manifestaba
en su infancia fueron interpretadas como celos infantiles, pero en realidad expresaban un
profundo anhelo de ser vista y amada con la misma intensidad que antes. Los hermanos
crecieron en una alianza tácita que, a ojos de Jay, era una amenaza constante. Aun en la
adultez, las interacciones con ellos están marcadas por la competencia, la crítica y una tensión
latente que Jay nunca ha logrado resolver.
“Recuerdo que cuando era niña, sentía que tenía que ser perfecta todo el tiempo. Mi papá
siempre estaba allí, atento, pendiente de cada detalle de lo que hacía. Me encantaba su
atención, su orgullo cuando sacaba buenas notas o cuando decía que quería ser doctora
como él. Pero también me daba miedo decepcionarlo. Sentía que no podía fallar nunca, que
si me equivocaba, él dejaría de quererme. Con mi mamá era distinto… no la veía tanto.
Llegaba muy cansada del trabajo y, aunque intentaba ser amable, casi siempre estaba
molesta o agotada. A veces discutíamos sin razón, como si yo le molestara solo por existir.
Recuerdo que cuando nacieron mis hermanos, todo cambió. Mi mamá se dedicó a ellos, y yo
me sentía desplazada. Lloraba, hacía rabietas, y nadie me entendía. Sentía celos, sí, pero
también una tristeza que no podía explicar. Mis hermanos siempre estaban juntos, hacían
bromas que me dejaban fuera. Yo me refugiaba en los libros, en estudiar, en tratar de ser la
hija ejemplar para que no me olvidaran. Me dolía mucho ver a mis padres discutir… esos
silencios que venían después me hacían sentir que algo estaba mal en la familia y que tal vez
era culpa mía. Aunque fui una buena alumna y tenía amigos, por dentro me sentía sola,
confundida y fuera de lugar."
A lo largo de su etapa escolar, Jay mostró una combinación inusual de éxito exterior y malestar
interno. Era popular entre sus compañeros, obtenía excelentes calificaciones y participaba en
múltiples actividades extracurriculares. Pero desde los ocho años, comenzó a experimentar
estados de ánimo depresivos, sentimientos de vacío, dudas sobre su valor personal y una
profunda inseguridad social. Estos estados se intensificaron en la adolescencia, con episodios
de llanto sin razón aparente, insomnio ocasional, miedo a ser rechazada y una constante
comparación con sus pares. Aunque nunca buscó ayuda en esa etapa, se sentía diferente,
desconectada y agotada por el esfuerzo constante de mostrarse como los demás esperaban.
La universidad marcó un punto de inflexión en su desarrollo. Por primera vez, vivió fuera de
casa y comenzó a explorar aspectos de su identidad que había reprimido durante años. Hizo
nuevos amigos, vivió momentos de expansión personal y reafirmó su vocación por la
medicina. No obstante, sus relaciones afectivas fueron un campo de batalla. Aunque deseaba
una conexión profunda y estable, solía involucrarse con parejas emocionalmente indisponibles
o ambiguas. Sus vínculos eran intensos al inicio, pero pronto se teñían de ansiedad,
demandas excesivas y, finalmente, de estallidos de ira que acababan en rupturas dolorosas.
A menudo, estos episodios eran seguidos por una intensa autocrítica: “Siempre lo arruino
todo”, “Nadie puede quererme si me conoce de verdad”.
En la facultad de medicina, Jay se destacó por su disciplina y habilidad clínica. Sin embargo,
su autoconfianza era frágil y fluctuante. Frente a cada examen, experimentaba una crisis de
ansiedad anticipatoria; frente a cada error menor, sentía que su carrera entera estaba en
riesgo. En su interior, luchaba con preguntas fundamentales: “¿Quién soy yo?”, “¿Esto es lo
que quiero?”, “¿Estoy aquí porque lo deseo o porque siempre quise complacer a mi padre?”.
Actualmente, Jay trabaja en un hospital universitario. Aunque es respetada por sus colegas,
siente un profundo vacío al final del día. Le cuesta conectar emocionalmente con los demás
fuera del ámbito laboral, y teme mostrar su vulnerabilidad. Las relaciones románticas
continúan siendo un terreno incierto y doloroso. El motivo que la llevó a consulta fue un
episodio reciente: tras una ruptura, sintió que su mundo colapsaba. “No puedo seguir así”, dijo
entre lágrimas en su primera sesión. “Sé que tengo una vida que muchos envidiarían, pero no
soy feliz. Me siento rota por dentro”.
"Tengo 30 años, soy médica, y a veces me siento como una niña asustada fingiendo ser
adulta. Desde afuera, todo parece estar bien. Trabajo en un hospital importante, mis colegas
me respetan, mis pacientes me agradecen. Pero por dentro… sigo sintiéndome inadecuada.
Hay días en que me despierto y pienso que soy un fraude, que en cualquier momento van a
descubrir que no merezco estar aquí. Me cuesta confiar en la gente. Con los hombres, todo
empieza bien, pero siempre termino saboteando la relación. Me pongo exigente, controladora,
o exploto sin entender por qué. Luego me siento culpable y sola. No sé amar sin miedo. Cada
vez que alguien se aleja, vuelvo a preguntarme: '¿Qué hice mal? ¿Qué hay de malo en mí?'.
He tenido momentos en los que he pensado que tal vez nunca seré verdaderamente feliz. Lo
paradójico es que ayudo a otras personas a sanar, pero no sé cómo curar mi propio vacío.
Vengo a terapia porque ya no quiero seguir sintiéndome así. Quiero entender por qué me
cuesta tanto quererme, por qué me saboteo, por qué no puedo simplemente disfrutar lo que
he logrado. No sé si lo lograré, pero al menos quiero intentarlo."