History
History
las calles de Brooklyn. Mi playlist favorita sonaba en mis audífonos, mezclando los
acordes de Humbe mi cantante favorito, con mis pensamientos dispersos.
Ese día, algo dentro de mí me susurró que tenía que salir del camino habitual. Sin
saberlo, estaba a punto de encontrar más que inspiración…
Tomé el metro y me senté cerca de la ventana, aunque no había mucho que ver más
allá del reflejo de luces parpadeantes. A mi lado, una señora leía un libro viejo de tapa
dura y un niño comía algo que olía dulcemente a canela. Yo, con los audífonos
puestos, me sentía en pausa... como si ese trayecto fuera un limbo entre la rutina y mis
ganas de romperla.
Decidí bajar cerca de Central Park. Recuerdo la primera vez que escuché de él, en la
televisión, en las películas. Siempre imaginé cómo sería el día en que estuviera aquí
por primera vez, sin pensar que, a mis 23 años, sería solo un atajo en mi camino a la
oficina.
Tenía 20 años cuando yo, Anahí, sin experiencia en la vida independiente, decidí que
debía hacer algo para cumplir mis sueños, porque nadie más lo haría por mí. Ahorré
lo suficiente, tomé mis maletas y me mudé a la ciudad de Nueva York.
Decidir alejarme del país donde todo se quedaba no fue sencillo: mi familia, mi casa,
mi trabajo, mis amigos... todo aquello que pensé que jamás podría dejar atrás.
Mi realidad ahora me hace entender que esas palabras que mi papá siempre me decía
no estaban del todo equivocadas: “Escoge una ingeniería, eso te dará mejores
oportunidades”. Y bueno, tenía razón. No fue fácil convencer a mis papás de
permitirme hacer algo asi, pero eventualmente entendieron que mi vida y mi futuro no
estaban en casa.
Es gracias a eso que ahora puedo tener mi propia compañía, aunque pequeña, una
agencia freelance de creación y diseño de páginas web. Este camino me abrió las
puertas para darle un giro a mi vida y, por fin, ser yo misma; cumplir mis sueños y
dejar atrás todo aquello que un día sentí que me frenaría para siempre.
—Anahí, ¿sabes que ser dueña de una compañía en proceso significa llegar temprano,
no? —su voz sonó desde el otro lado de la línea, con ese tono de siempre.
—Lo sé, Liv, pero si no me dejas soñar un poquito, ¿qué me queda? —respondí con
una sonrisa que solo ella podía imaginar.
Guardé el teléfono en mi abrigo y seguí caminando por Central Park. El sol invernal
iluminaba la nieve que aún quedaba en los árboles y en las bancas, mientras la brisa
fría me despeinaba un poco.
Todo lo que las películas mostraban de Nueva York era totalmente cierto: la mezcla
de frío, luces, gente apresurada y ese aire de magia que envuelve cada rincón. Por eso
estaba tan embelesada con la ciudad; aquí, entre el caos y los sueños congelados en
invierno, sentía que todo era posible.
Decidí parar a comprar café para contentar a Liv por mi impuntualidad, lo cual no es
nada fácil. Ni siquiera terminé de agradecer al vendedor cuando el hermoso sonido de
un piano me envolvió. Amo la música; siento que es la creación más valiosa del ser
humano. Siempre habrá una canción que pueda ayudarte a expresar tus sentimientos,
y me parece la forma más preciosa de hacerlo.
No era una canción famosa. No era una melodía reconocible. Pero tenía algo… algo
que hacía vibrar el aire. Sentí un escalofrío recorrerme los brazos, no por el frío, sino
por la fuerza con la que sonaban esas notas. Era como si cada tecla contara una
historia, como si el piano hablara el idioma de las emociones que no sé poner en
palabras.
Asomé la vista hacia un chico bastante alto que parecía ser un artista callejero. Tocaba
el piano como si estuviera conectado a él, como si la música fluyera desde sus dedos
directamente al alma de quienes lo escuchaban. Me dejé llevar por la melodía hasta
que volví a tomar conciencia y presté más atención. Me acerqué entre las personas
que lo escuchaban tocar, y lo vi...
Un chico sorprendentemente alto. Había tenido amigos que medían 1.80, pero él era,
por lo menos, diez centímetros más. Su cabello, entre rubio y castaño, se tornaba de
un tono vainilla bajo los pequeños destellos de sol. Tenía facciones muy marcadas y,
en un momento, levantó la vista… perdí el aliento.
Era, sin duda, el chico más guapo que mis ojos habían visto —y me considero una
persona que se fija mucho en eso—. Tenía los ojos acaramelados y unas pestañas con
un largo al que yo jamás podría aspirar. Llevaba un abrigo negro que contrastaba con
su piel clara, casi vainilla. No me di cuenta de cuánto tiempo estuve observándolo,
pero debió ser bastante, considerando que recuerdo cada uno de sus gestos al tocar.
—¿Eres de aquí? —pregunté, intentando sonar casual, aunque mi voz tembló un poco.
—No del todo —contestó—. Este lugar es mi casa… pero no lo llamaría hogar.
Quise preguntarle qué historia había detrás de ese "hogar", pero antes de poder decir
algo más, sonó mi teléfono.
—Oh… tengo que irme. Pero me encantaría volver a escucharte tocar algún día —
dije, con algo de pena.
—Entonces, eso será un trato —sonrió—. Vengo aquí cada vez que la melodía lo
merece.
Asentí con la cabeza mientras me despedía. Y él… él solo siguió mirándome, como si
detrás de mí no existiera uno de los paisajes más hermosos de la ciudad.
—¿¡DÓNDE ESTÁS!? El señor Corvan está a punto de llegar para la propuesta del
diseño. ¡Deja de soñar, Ana!
Claro, mi encuentro con el pianista misterioso me hizo olvidar por completo que hoy
era el gran día. Joseph Corvan, el magnate detrás del Corporativo Corvan —una de las
agencias de branding más prestigiosas y poderosas de Manhattan— estaba por llegar a
mi oficina para revisar mi propuesta. Y no era cualquier presentación: era un concepto
innovador, ambicioso… la fusión entre inteligencia artificial y diseño estratégico. Si
todo salía bien, podría transformar la forma en que su empresa —y tal vez la industria
— entendía el branding digital.
Conseguir esa reunión no fue fácil. Me tomó semanas de correos ignorados, llamadas
que terminaban en buzón de voz, y recordatorios insistentes a su asistente.
Literalmente tuve que pelear cada minuto de este espacio como si estuviera
participando por un lugar en la cima.
Y, por supuesto, justo hoy, cuando por fin tendría frente a mí al hombre que podía
cambiar mi carrera para siempre… tenía que distraerme con el chico del piano.
—Si no fuera porque veo café en tu mano, estaría mucho más molesta —dijo, con una
ceja arqueada y los brazos cruzados—. Espero que tengas una excusa que valga oro,
jefa.
—No es momento para charla, pero sí… me pasó algo increíble. Te cuento luego —le
dije entre risas nerviosas, abriendo la laptop mientras intentaba que mis manos
dejaran de temblar.
—Increible amiga, pero como dijiste: “menos charla y mas trabajo”, nuestro futuro
jefe esta a punto de llegar.
Joseph Corvan; caminaba como quien está acostumbrado a que el mundo se abra a su
paso. Alto, impecablemente vestido con un abrigo largo gris oscuro sobre un traje
hecho a la medida. Su presencia llenó el lugar antes de que siquiera dijera una
palabra. Traía consigo a su asistente —una mujer joven, de mirada aguda— y a otro
par de personas que apenas pude registrar mientras me concentraba en no dejar caer el
control del proyector.
—Buenos días —dijo con voz grave, firme, sin dejar lugar a silencios incómodos.
—Buenos días, señor Corvan —respondí, sonriendo con toda la calma fingida que
pude reunir.
Terminé la presentación con una propuesta visual: una maqueta digital de cómo
luciría la nueva identidad visual de su marca, incluyendo los elementos interactivos
alimentados por inteligencia artificial.
Cuando terminé, él guardó unos segundos de silencio. Solo después de mirar a su
asistente, asintió levemente.
Pero cuando estaba a punto de dar todo por terminado, su asistente se detuvo junto a
mí.
—El señor Corvan quiere que trabajes desde la oficina principal durante las próximas
dos semanas. Quiere ver cómo se adapta tu propuesta a su equipo y si puede funcionar
en un entorno real —me dijo sin rodeos.
La asistente se retiró con una sonrisa amable, y apenas la puerta se cerró, Liv y yo
gritamos al mismo tiempo:
—¡En su edificio! No puede ser, jefa, lo logramos —dijo Liv, agarrándose la cabeza,
entre risa y shock.
—Esta noche tenemos que celebrar, sin duda —respondí, con el corazón aún
acelerado.
Nos miramos, riéndonos como niñas, sabiendo lo mucho que nos había costado llegar
hasta aquí.
Liv se había convertido en más que una amiga. Era mi hermana neoyorquina. Cuando
llegué a la ciudad sin conocer a nadie, y con los nervios y el corazón enredado entre
miedo y emoción, fue ella quien apareció como por arte de magia.
—Hola, buen día, señorita —dijo una voz seca al otro lado—. Soy la casera del
departamento que alquiló en Brooklyn. Lamento informarle que, debido a una
inundación de la tubería, no podremos rentarle la estancia. Esperamos que tenga un
buen día.
…¿Buen día?
La miré, confundida.
—¿Qué?
—Ah, sí, perdón. Soy Olivia —sonrió con total naturalidad, como si ofreciera casa a
desconocidos todo el tiempo—. Escuché tu pequeña conversación con la casera.
Parece que te acabas de quedar sin lugar para dormir, ¿no es cierto?
—Vi lo suficiente para saber que puedo confiar en ti. Además, creo que soy tu mejor
opción… ¿o no?
Asentí de nuevo y ella, sin decir más, tomó una de mis maletas para ayudarme.
Soy una persona muy emocional, de esas que se guían por lo que sienten antes que
por lo que piensan —culpa de ser Cáncer, supongo—. Y Olivia… tenía esa vibra.
Algo en ella se sentía familiar, sencillo, real.
Y fue justo eso lo que me hizo confiar en que, aunque sonara una locura, estaba
tomando una buena decisión.
Esa noche hablamos por horas, como si el universo hubiera decidido juntarnos a
propósito. Le conté de dónde venía, lo que me había costado ahorrar, lo mucho que
soñaba con construir algo propio. Le hablé de mis ideas, de mi amor por el diseño
web y cómo quería crear una marca con alma, algo distinto.
—Yo soy diseñadora de interiores —me confesó ella, con orgullo—. Pero la verdad,
lo mío no es solo “decorar bonito”, me encanta crear espacios que tengan vida.
Y sin pensarlo, le hice la propuesta que lo cambiaría todo.
—¿Quieres ser parte de esto? Podrías encargarte del diseño de la oficina cuando logre
abrirla... cuando sea real.
Y ahora, tres años después, sigue a mi lado. Juntas construimos esa oficina desde
cero: ella con sus ideas locas de texturas, luces neutras y plantas colgantes; yo con mi
laptop, mi visión y un millón de ganas de que todo saliera bien.
Así que sí, Liv no es solo mi roomie, ni mi socia, es mi mejor amiga y compañera en
toda esta carrera, y este negocio no sería lo mismo sin ella.
Fuimos a una terraza que Liv sabía que yo adoraba, justo enfrente del Empire State.
Era uno de esos lugares secretos que solo los locales conocen, con luces cálidas,
mantas sobre los sillones y un cielo que parecía más cercano desde ahí arriba.
Liv pidió su clásico vino rosado. Yo, un café frío con licor. Las dos estábamos en
modo celebración total, mirando la ciudad iluminada como si de verdad fuera nuestra.
—Ok, nena —dijo Liv, dándole un trago a su copa—. Suéltalo todo. ¿Qué fue lo que
te hizo retrasarte tanto el día de hoy?
—¿Un pianista? —me miró con los ojos brillando—. ¿Dónde? ¿Quién es? ¿Está
guapo? ¿Ya lo stalkeaste?
—Cálmate —dije riéndome—. Fue esta mañana, justo antes de llegar a la oficina. Me
desvié por Central Park… y ahí estaba. Tocando el piano como si el mundo no
existiera.
Tenía una forma de tocar que me dejó sin palabras, Liv. Como si cada nota le saliera
del alma. Era alto, muy alto… cabello claro, piel de porcelana, ojos acaramelados. Y
su voz… ufff. Me habló como si todo fuera parte de una melodía.
—Sí. Le dije que fue increíble. Me sonrió. Hablamos solo unos minutos… pero fue
raro. Como si lo conociera de antes. Como si algo… no sé, se activara.
—Anahí —dijo Liv, bajando la copa—. Esto suena como el inicio de algo.
—Mira que si la vida te lo vuelve a poner en frente… es por algo, no has conocido a
nadie desde que llegaste aqui, talvez sea tu momento de envolverte en tu primer
romance de ciudad, que emocionante.
—¿Te encanta romantizar mi vida verdad Olivia?— La juzgue con mirada burlona.
—Claro! Lo sabes, y basta de decirme Olivia, siento que hablo con mi mamá.
Brindamos justo cuando el Empire State se encendió con luces doradas, cada vez que
esto pasa, me recuerda a cuando lo vi por primera vez, soñaba tanto con algún dia
estar parada aqui, y aun asi viendolo casi diario, este espectaculo siempre lograba
enamorarme una vez mas de esta ciudad que cada dia mas siento como mi hogar.
2
La mañana después de una celebración suele ser muy cansada, sobre todo cuando
combinas el alcohol con la melodía de un piano. Por suerte, es domingo.
Me levanto adormitada, con un dolor de cabeza que no me deja seguir durmiendo.
Tomo a uno de los gatos de Liv —ya les tomé cariño después de tres años viviendo
aquí— y lo acaricio mientras salgo al sillón de la terraza.
Desde ahí veo todo. La vista es hermosa, y he tomado el hábito de venir a recibir las
mañanas aquí. Después de escuchar los sonidos de la ciudad por un rato, todo ese
ambiente se nubla al recordar la melodía de ayer.
Era tan suave, tan linda, y tampoco podía sacarme de la mente a quien la estaba
tocando.
Quise restarle importancia a lo que sentí, pero incluso con resaca puedo recordar cada
gesto y cada rasgo de ese hombre.
Me llena de curiosidad, y a la vez me mata la sensación de que no lo volveré a ver.
Aunque creo que eso pasa más de lo normal. Esta ciudad es enorme, así que no creo
ser la primera en tener un flechazo con alguien a quien no volveré a ver.
Los domingos son día de limpieza. Liv es súper ordenada, y eso me ayuda a serlo
también. Hoy vendrán sus padres a comer; ellos me han hecho sentir como un
miembro más de su familia. Incluso el hermanito pequeño de Liv ya me llama
“hermanastra”. Jah, creo que no tiene muy claro cómo funcionan las familias
políticas.
Aunque suene loco, creo que estar lejos me ha ayudado a tener una relación más sana
y fuerte con mis padres. Mi familia es muy joven: mi mamá me tuvo cuando apenas
tenía 16 años y mi papá era solo cuatro años mayor. Desde ese momento, mi llegada
cambió sus vidas por completo. Nunca han sido malos padres; al contrario, creo que
esa juventud hizo que su forma de criar fuera más moderna, y eso hizo que me
disfrutaran más.
Pero con mi mamá, la relación siempre fue un poco complicada, llena de altibajos y
malentendidos. A veces sentía que no podía conectar con ella como quería, y eso
dolía. Sin embargo, la distancia me dio espacio para entenderla mejor, para valorar lo
que hizo y para construir una relación diferente, más madura, donde aunque no
estemos tan cerca físicamente, hemos logrado fortalecer nuestro vínculo. La he
visitado en Navidad, en cumpleaños y otras fechas importantes, y esos momentos
juntos han sido clave para hacer ese lazo más fuerte desde lejos.
Justo cuando estoy terminando de acomodar la cocina, escucho el sonido del auto que
llega. Los papás de Liv ya están aquí. Siempre me da un poco de nervios, pero
también mucha tranquilidad, porque me hacen sentir en casa, incluso cuando la mía
está lejos.
—Anaaaaaa. Escucho la dulce vocesita del pequeño de 5 años, quien siempre me hace
acordar a mi hermana de 10.
—Maxi, como esta mi pequeño nadador. — Maxi desde que tenia 3 años, le
encantaba nadar en albercas y demostro mucha habilidad deportiva, al contrario de
Liv que se la pasa tirada en el sillon viendo dramas coreanos.
Me abraza y corre a jugar con los gatitos, y escucho la voz de los padres de Liv
entrando por la puerta:
—Cada vez que vengo, el color de las cortinas es diferente —dice su mamá,
acercándose a mí con una sonrisa cálida.
En ese momento se oye el agua correr: Liv todavía está en la ducha, como siempre,
tomándose su tiempo.
—Ya sabe, señora Hayes, Liv cambia la decoración del departamento como cambia
de calcetines, jajaja.
—¿Cómo están, linda? —me pregunta el señor Hayes con una sonrisa hogareña.
—Diría que muy bien, pero mejor esperamos a que llegue Liv para que les cuente —
respondo.
—¿Por qué tarda tanto en la ducha esa niña? —pregunta la madre de Liv mientras
acomoda los regalos que siempre trae para los gatitos.
—Liv es muy meticulosa con su baño, es casi un ritual para ella, jajaja. No queremos
interrumpir sus vibras.
Su papá deja las bolsas sobre la mesa y me guiña un ojo cómplice, mientras Maxi
sigue correteando feliz con los gatitos.
Cuando Liv sale, saluda a sus padres y sin siquiera terminar de cambiarse, grita:
—¡Anahi Botello, dime que no les has contado nada sin mí!
Nos dirigimos a la cocina, donde Liv ya había preparado todo con esa precisión que la
caracteriza. La mesa estaba puesta con flores frescas que combinaban con los colores
suaves de la decoración del departamento, y varios platillos caseros que me hacían
sentir un poco más cerca de mi familia, aunque con ese toque especial que solo Liv
sabe darle a la comida.
Liv tomó mi mano por debajo de la mesa y agregó con una sonrisa brillante:
Sus rostros se iluminaron de inmediato. La señora Hayes sonrió con orgullo, mientras
el señor Hayes asentía con aprobación, como si ya estuviera visualizando todo el
camino que vamos a recorrer.
—¡Eso es increíble! —exclamó ella—. Sabíamos que ustedes dos lograrían cosas
grandes juntas. Siempre he admirado la dedicación que le ponen a todo.
—Con esa actitud, no tengo dudas de que les va a ir excelente. Además, verlas
trabajar con tanta pasión es inspirador.
Todos reímos y la cena terminó siendo mucho más que una comida; fue una
celebración anticipada de lo que está por venir.
Despedimos a la familia de Liv y, mientras lavábamos los platos, noté que me lanzaba
una mirada juguetona. La miré con curiosidad y pregunté:
—Se acaba el fin de semana, mañana volvemos a la oficina. ¿Sabes lo que eso
significa, verdad?
Liv me clavó una mirada de esas que te hacen querer correr y, entre risas, me dijo:
—No, tonta, que mañana puede que el destino te ponga frente a frente con tu pianista
misterioso otra vez. —Se cubrió la cara con uno de mis cojines para no reírse más
fuerte.
Liv dejó el cojín a un lado y se sentó en la barra con una sonrisa pícara:
—Esto es serio, Ana. ¿Te das cuenta de que por fin podemos encontrar a tu hombre
ideal? Tenemos que ponerte perfecta, y mañana pasaremos de nuevo por Central Park
súper temprano para no retrasarnos, obvio. Y no nos iremos hasta conseguir el
número de ese chico.
—Claro que sí —me dio un codazo—, pero más importante, tenemos que sacar el
número de ese pianista misterioso, sí o sí. No podemos dejar que se te escape otra vez.
—Pero, ¿me escuchaste ese día? Sería demasiada casualidad que lo encontrara de
nuevo ahí, y aun así, si lo hiciera, no me atrevería a pedirle su número —respondí con
un tono nervioso.
Liv me miró con esa furia graciosa que pone cuando no le doy la razón, saltó desde la
barra hasta casi mi cuello, me tomó de los hombros y me dijo:
—Chica, justo porque te conozco, sé que aunque lo vieras diario no harías
absolutamente nada. Es una oportunidad que no estoy dispuesta a que pierdas, así que,
quieras o no, mañana te verás hermosa e iremos a encontrar ese piano.
Asentí, con ganas de que esto se convirtiera en algo real, porque la verdad, ese
hombre me había dejado una curiosidad que no se quita fácil.
—Ashh, tú ganas —dije—, pero si no lo encontramos, entenderé que es una señal y
no volveré a buscarlo, ¿me entiendes?
La noche no pudo ser mas larga, la idea de volver a cruzarme con sus ojos
acaramelados me tenía dando vueltas en la cama. A la mañana siguiente, nisiquiera
pude cumplir con mi rutina de mirar la terraza mientras amanecia, Liv apareció en mi
habitación con toda una maleta de maquillaje, peines, que segun ella “iba a hacerme
brillar más que las luces de Time Square”
—¿Lista para la transformación? —me preguntó mientras me ofrecía una taza de café.
Me reí y le respondí que sí, aunque en el fondo me sentía un poco nerviosa, como si
fuera a salir en una película romántica.
Finalmente, con el look listo y el corazón latiendo a mil, salimos rumbo a Central
Park. Liv no paraba de decirme que hoy era el día, que el destino no podía fallarnos
dos veces.
Al llegar, el parque estaba más vivo que nunca; corredores, turistas, niños jugando, y
claro, el murmullo constante de músicos callejeros. Era lunes, y los inicios de semana
en Nueva York eran demasiado agetreados.
Prestaba atención a cualquier sonido que pudiera resultarme familiar. Pero ninguno
era como ese que se me había quedado grabado en la piel: el suave eco de un piano en
medio del parque.
—Aquí no está… —dije bajito, cruzando los brazos, con una mezcla de decepción y
resignación.
—Paciencia —me respondió Liv con tono esperanzador, abrigándose un poco más—.
Apenas empieza el día.
Asentí sin hablar. Mi corazón había empezado a latir con fuerza, como si reconociera
ese sonido antes que mi razón.
Nos acercamos despacio, y sí… ahí estaba él. Mi pianista misterioso, con su abrigo
negro, el cabello un poco más despeinado que la última vez, y esa conexión entre sus
dedos y el piano que parecía ir más allá de lo físico.
—Amiga, lo que me dijiste no le hace justicia. ¡Es guapísimo! —me susurró Liv con
tono pícaro, sin disimular lo más mínimo.
Liv seguía murmurando ideas (probablemente un plan para empujarme hacia él), pero
yo no escuchaba nada. Solo el piano. Solo a él.
Y entonces, sus manos tocaron la última nota. El público aplaudió con esa emoción
silenciosa que solo la música en vivo puede provocar.
Y justo ahí…
Él estaba recogiendo una partitura cuando ella lo interceptó, con esa sonrisa
encantadora que suele usar cuando quiere algo. Él la miró con una mezcla de sorpresa
y amabilidad.
—Hola —le dijo Liv, como si estuvieran en la fila del supermercado—. Disculpa que
te interrumpa, solo quería decir que tocas increíble.
—Oh, muchas gracias —respondió él, un poco desconcertado pero con una sonrisa
suave, educada.
—Mi amiga y yo pasábamos por aquí… bueno, en realidad pasamos por aquí
esperándote —dijo con total naturalidad, señalándome con la cabeza sin disimulo.
Yo abrí los ojos como platos, quería desaparecer. Él giró lentamente la vista hacia mí.
Nuestros ojos se encontraron. Y aunque mi cara ardía de la vergüenza, no pude evitar
sonreír tímidamente.
—Ella quedó fascinada contigo la última vez que te escuchó tocar, pero no se atrevió
a hablar mucho —continuó Liv como si esto fuera lo más normal del mundo—. Así
que hoy, me la traje obligada.
—Entonces, ¿ya nos habíamos visto antes? —me preguntó, con esa voz suave, como
si sus palabras también estuvieran tocando teclas invisibles.
Asentí, aunque por dentro sentí el estómago darme un vuelco. ¿No me recordaba?
Toda esa escena que había revivido una y otra vez en mi cabeza... ¿había sido solo un
espejismo mío? Empecé a pensar que tal vez había exagerado lo que sentí, que quizás
me ilusioné con una versión que solo existía en mi mente.
Pero entonces, él me miró de nuevo, y con esa sonrisa que parecía dibujarse sin
esfuerzo en su rostro, dijo:
Liv, como si no pudiera dejarme disfrutar del momento en paz, se apresuró con su
presentación, orgullosa de haberme empujado hasta ahí.
—Soy Olivia, por cierto. Y ella es Anahí —dijo extendiéndole la mano, como si fuera
nuestra representante legal en un contrato con el destino.
—Soy Erick… Erick… cooo... —miró hacia otro lado como si buscara una respuesta
en el aire— Coleman. Sí, Erick Coleman —dijo entre risas, como si hasta a él le
costara creerse su propia mentira.
Lo miré entrecerrando los ojos, porque algo en su pausa me pareció raro. Pero en vez
de cuestionarlo, me reí con él. Tenía una risa linda, de esas que suenan como si
vinieran desde adentro, sin filtros.
—Bueno, Erick Coleman , un gusto por fin ponerle nombre al “pianista misterioso”.
Dijo liv con una confianza, y al terminar de escuchar esas palabras dentro de mi pense
voy a matarla.
—El gusto es mío, y vaya que es un honor. —Lo dijo mirandome y casi
escaneandome con la mirada, lo que hizo que me temblaran las piernas.
Algo dentro de mi, me decía que era el momento de invitarlo a tomar un café o salir a
caminar algun día, me llene de valentía y justo cuando estaba a punto de hacerlo,
paso:
—¡Llegué! Creí que la fila del café jamás terminaría —dijo una voz femenina, suave
pero clara.
Una chica rubia muy hermosa, llegó con dos cafes uno para el y de seguro el otro no
era para mi. Liv me miraba, confundida mientras el le agradeció y ella nos miro y
pregunto:
—¿Y ellas son...? —preguntó la rubia, mirándonos con esa expresión entre curiosidad
y sutil competencia.
—Bueno… creo que ya nos vamos —dije, interrumpiendolo, fingiendo que revisaba
el celular—. Se nos hace tarde para llegar a la oficina.
—¿Ya? —preguntó Liv, sorprendida, sabiendo perfectamente que era una excusa.
Sentí que la sonrisa se me resbaló como si la tuviera dibujada con plumón barato.
Camine rapido y Liv solo se despidió mientras le hacia señas de “no lo se” a Erick
quien confundido solo vio como nos alejabamos.
Al llegar a la oficina, el silencio de Liv era más ruidoso que cualquier discurso. Me
lanzaba miradas de juicio mientras dejaba su abrigo y me acorralo sentandose en mi
escritorio.
—¿Qué fue eso? —dijo, cruzando los brazos—. Literalmente tiraste TODO el
progreso que habíamos logrado… en menos de cinco minutos.
Me senté con un bufido. La desilusión venía disfrazada de enojo, pero por dentro,
sentía un huequito incómodo en el pecho.
—Por Dios, Liv. ¿Viste cómo me dijo todas esas cursilerías baratas con tanta
naturalidad? Es claro que usa las mismas palabras con todas las mujeres que van a
verlo tocar. Fui muy tonta por hacerte caso. Sabía que era una mala idea.
Ella me miró en silencio, como procesando mi drama con cuidado, pero con la mirada
de quien sabe que no me va a dejar zafarme tan fácil.
—¿Te das cuenta de que ni siquiera le diste oportunidad de decir algo? ¡Chica! —
exclamó Liv, aún indignada—. La rubia te miró con cara de competencia, es obvio
que la interesada es ella. ¡Ni siquiera sabes si es su amiga, su fan… nada! Deja el
drama, y mañana que lo veas de nuevo, le preguntas.
Liv se sentó a mi lado con ese tono entre regañona y suave que solo ella sabe usar.
—Es fácil. No se me va a ir de las manos… porque nunca lo estuvo. Así que es mejor
que olvidemos este tema y nos concentremos en lo que realmente importa. Estamos a
días de comenzar en el corporativo Corvan, y no podemos darnos el lujo de
distraernos.
Liv me miró con desaprobación, pero no dijo nada. Solo se acercó, me dio un abrazo
fuerte —de esos que te sostienen más de lo que aparentan—, y luego se fue a su
escritorio.
Yo, por mi parte, me quedé ahí, sentada frente a mi laptop, viendo el cursor parpadear
como si marcara cada segundo de lo que acababa de pasar.
Debajo del enojo… me sentí patética. Por crearme una historia que, tal vez, solo
existió en mi cabeza.
Aunque, en el fondo, sabía que Liv tenía razón en algo: sí sentí algo. Como si mis
ojos se hubieran conectado con los suyos.
Lástima que no era real. Solo fue una idea bonita. Una melodía suave… que se
desvaneció antes de convertirse en canción.
Cada vez que lo recordaba —su mirada, su voz, y luego esa escena con la rubia
perfecta— sentía que las venas se me apretaban, como si la rabia y la decepción
quisieran gritar a través de mi piel.
No quería pensar en él.
Así que no lo hice. O al menos, lo intenté con todas mis fuerzas.
Y sin darme cuenta, los días se esfumaron. De repente ya era domingo de nuevo.
Mañana empezaba oficialmente mi prueba en el Corporativo Corvan.
Y con eso... llegó ese fantasma que me acompaña cada vez que algo bueno se asoma
en mi vida: el maldito síndrome del impostor.
Sentía un nudo en el estómago que no se iba con té, ni con pan dulce, ni siquiera con
los abrazos de Maxi o los regaños cariñosos de Liv.
Era como si una vocecita me susurrara al oído:
Y lo peor es que esa voz sonaba mucho a mí misma. A esa versión de mí que todavía
duda, que aún no cree que merece lo que ha logrado.
Liv me encontró en la terraza, envuelta en una cobija, tomando café frío y con la
mirada perdida en el cielo de Brooklyn.
—¿Otra vez te estás peleando con tus pensamientos? —dijo dejando una taza a mi
lado.
—¿Nada?
—Nada de esto. Que estemos trabajando en una oficina que construimos desde cero,
que mañana entraré a una empresa como Corvan, que alguien como yo haya llegado
hasta aquí... No sé, Liv. A veces siento que estoy actuando como si fuera capaz, como
si fuera suficiente, cuando en realidad solo estoy esperando a que alguien me
desenmascare.
—Nadie está actuando aquí, Ana. Eres más capaz de lo que tú misma puedes ver. Y
sí, tal vez todo se siente demasiado bueno para ser cierto… pero eso es porque estás
entrando a un nivel de vida que todavía no te has permitido creerte merecedora. Y
¿sabes qué? Ya es hora de que empieces a hacerlo.
No respondí. Solo asentí, tragando ese nudo que dolía más que cualquier dolor de
estómago.
Porque, aunque me cueste aceptarlo... tal vez sí, ya es hora de empezar a creer en la
versión de mí que tanto he trabajado por construir.
—Mañana, entraremos a esa oficina y les haremos ver a quienes dejaron entrar que te
parece. — Me susurro Liv con un tono que solo ella sabe hacer para calmarme.
—Pues esto es como una gala, nena. ¡Y merecemos vernos espectaculares! —dijo
abriendo los ojos como si hubiera descubierto el secreto del universo.
—¡Así se habla, reina! —dijo levantando su taza como si brindara por la versión
poderosa de mí que aún estaba por despertar.
Me desperté antes de que sonara la alarma. El cielo seguía teñido de azul grisáceo y la
ciudad aún no rugía del todo. Sentí ese tipo de nervio que se te queda en el pecho
como si estuvieras a punto de hablar frente a miles de personas...cuando ibas a tener
una presentación de fin de curso...asi de reprimida y nerviosa me sentia.
—Es el gran día —dije, y aunque intenté sonar tranquila, mi voz tembló apenas un
poquito.
—Sí. Hoy. En unas horas, de hecho… solo quería verlos un poquito antes de empezar.
—Vas a estar increíble, mi amor. Tienes todo para brillar. Lo sabes, ¿verdad?
—A veces lo sé… otras veces, siento que estoy jugando a ser alguien más. Como si en
cualquier momento fueran a descubrir que no soy tan buena.
Mi papá negó con la cabeza y sonrió con esa mezcla entre ternura y orgullo que tanto
me calma.
—Tú no te das cuenta, pero nosotros siempre supimos que ibas a hacer cosas grandes.
Aunque te diera miedo. Aunque no lo creyeras tú misma. Así que, ve ahí, mete la
cabeza en alto… y haz lo que mejor sabes: impresionar al mundo.
Tragué saliva, y sentí que el nudo en mi garganta se deshacía un poco. Solo un poco.
—Gracias por contestarme tan temprano. Solo necesitaba esto… verlos, escucharlos,
saber que están.
—Siempre estamos, hija. Aunque estés lejos —dijeron casi al unísono, lo que me hizo
sonreír de verdad.
—Te amamos, vas a hacerlo increíble —me dijo mi mamá, antes de cortar.
Colgué, cerré los ojos y respiré profundo. Por un momento, volví a ser esa chica en su
cuarto, viendo TikToks con el corazón lleno de sueños. Videos de personas
grabándose desde rascacielos, con “Empire State of Mind” de fondo, la famosa
canción de Alicia Keys que logra que Nueva York se sienta como un universo
paralelo donde todo es posible.
Respiré una vez más, me metí a bañar, y salí del baño con la mente más clara, el
cuerpo más ligero… y Liv gritando.
—¡Alexa! —dijo a todo pulmón—. ¡Pon la playlist más ruidosa y empoderadora que
tengas, que mi hermana y yo nos vamos a comer Manhattan hoy! ¡Y no me
decepciones!
Perfecta.
Fuerte.
Intensa.
Como debía sentirme yo.
—¡Esa! ¡Esa es la actitud! —gritó Liv, bailando con la toalla en la cabeza mientras yo
buscaba mi abrigo blanco favorito.
Llegamos media hora antes de lo acordado, era demasiada puntualidad incluso para
Liv, el frío de la mañana neoyorkina nos envolvía como una caricia helada, pero
ninguna de las dos temblaba… al menos, no por eso.
Ahí estábamos, Liv y yo, paradas frente a la imponente entrada del Corporativo
Corvan. El edificio era un rascacielos de cristal oscuro que se alzaba como una
promesa inquebrantable en medio de Manhattan. Cada ventanal reflejaba la ciudad
como si la absorviera, y las puertas giratorias brillaban tanto que parecían espejos
pulidos con ambición.
Entramos.
El interior del Corporativo Corvan era incluso más impresionante que el exterior:
mármol blanco por todas partes, lámparas colgantes como esculturas de cristal y
recepcionistas perfectamente coordinadas con trajes negros y tabletas en mano. Todo
parecía moverse en silencio, como si el lugar tuviera su propio ritmo: elegante,
preciso, poderoso.
—Buenos días, venimos al área de desarrollo creativo. Soy Anahí Botello —dije, con
voz segura aunque por dentro, mis nervios hacían una coreografía.
La recepcionista revisó algo en su pantalla, asintió con una leve sonrisa y dijo:
—Perfecto, la están esperando. La señorita Sophie Corvan vendrá por ustedes en un
momento.
Liv me lanzó una mirada que decía "¿Corvan? ¿Será familia?", pero no tuvimos
tiempo de analizarlo porque en ese instante escuchamos pasos acercándose con
decisión.
Frente a nosotras estaba una mujer joven, me parece de la misma edad o menor que
yo. Vestía un conjunto azul marino perfectamente entallado, su cabello castaño oscuro
recogido en una coleta baja y una tablet en la mano. Sus ojos eran de un verde
profundo, y su mirada… determinada.
—Soy Sophie Corvan, seré tu enlace directo durante estas dos semanas. Cualquier
cosa que necesites, me lo dices a mí —dijo, extendiéndome la mano con
profesionalismo.
—Un gusto conocerte —respondí, estrechando su mano. Su apretón fue firme que me
hizo decir rayos, ella sabe exactamente quién es.
—Y tú debes ser Liv, ¿cierto? —añadió con una sonrisa más relajada— Me encantan
tus zapatos.
—¡Gracias! Y wow… este lugar es… como un Pinterest en vivo —respondió Liv con
su natural desparpajo, lo que arrancó una pequeña risa a Sophie.
—Sí, tratamos de mantener la inspiración a la altura de las ideas que queremos
construir —dijo Sophie, girándose para guiarnos—. Síganme, el equipo ya está
reunido para la introducción del proyecto.
Durante los primeros días en el Corporativo Corvan, todo parecía fluir con una
precisión casi matemática. Las oficinas eran enormes, llenas de pantallas, pizarras
digitales, modelos tridimensionales y personas caminando con café en una mano y
sueños multimillonarios en la otra. Sophie nos presentó al equipo, explicó de manera
general cómo funcionaban los distintos departamentos y luego nos dejó en una sala de
juntas para revisar el plan de integración con nuestra propuesta.
Sin embargo, había algo curioso: nadie nos decía exactamente qué se esperaba de
nosotras. Todo parecía estar en pausa, como si los verdaderos planes estuvieran
escondidos detrás de las paredes de vidrio esmerilado.
Sophie, por su parte, era cordial, puntual y eficiente, pero también hermética. No
hablaba más de lo necesario y siempre parecía estar corriendo de un lugar a otro.
Había algo en su postura, en su forma de moverse, que me hacía pensar que cargaba
con más responsabilidad de la que estaba dispuesta a admitir.
Pasaron los días, y cada mañana me sentía un poco más parte del lugar. Liv se
encargaba de tomar fotos de absolutamente todo: los escritorios, los carteles, las vistas
desde las ventanas. Incluso hizo amistad con el chico del área de iluminación, a quien
ya había apodado "el técnico guapo".
Una tarde, después de una larga sesión revisando avances, me quedé sola en la sala.
Estaba cerrando mi laptop cuando escuché pasos. Sophie apareció en la puerta con
dos botellas de agua en la mano y una expresión más relajada de lo normal.
—¿Te puedo hacer una pregunta rara? —me dijo, dandome una botella y sentandose a
mi lado..
—¿Tú alguna vez has sentido que... por más que haces, siempre estás como... una
sombra de alguien más? —dijo, mirando al vacío por un segundo, como si estuviera
preguntándose a sí misma.
—¿Tú sabías que yo soy la hija del señor Corvan? —preguntó, esta vez más en tono
de confesión.
—No... no lo sabía —admití. Y de repente, todo tuvo más sentido: su mirada
calculadora, su aparente necesidad de ser perfecta, su silencio.
—La mayoría de la gente aquí tampoco. Y los que sí, creen que tengo mi puesto por
eso.
Me quedé inmóvil. No sabía si estaba a punto de decirme que no servía o que había
pasado una prueba que no sabía que existía.
—… creo que eres más buena de lo que tú misma crees. Y no sé por qué, pero eso me
molesta. No por ti —aclaró rápido—, sino porque tú sí te atreviste. Y yo llevo años
esperando permiso para hacer algo mío.
Deje de ver a Sophie como "la hija del jefe" en ese momento. Vi a una chica como yo.
Con miedo. Con sueños. Tal vez, con más barreras que las que yo misma enfrenté.
—Entonces hazlo —le dije. —Hazlo ahora, no cuando alguien te lo autorice. Créalo
tú. Si alguien puede hacerlo aquí, eres tú.
Y así, comenzó una alianza que ninguna de las dos había planeado. Pero que las dos...
necesitábamos.
—No es tan fácil, he pasado toda mi vida detrás de alguien, esperando a que se quite,
y me permita por fin hacer lo que quiero.
Yo la mire, confundida creía que se refería a su padre, tal vez estaba pasando por uno
de esos momentos en los que sentía que debia demostrarle a su papá que era capaz,
pero no era exactamente lo que ella trataba de explicar.
Justo cuando Sophie parecía estar a punto de decir algo más, la puerta se entreabrió
con un golpecito suave. Era la asistente del señor Corvan.
Sophie no dijo nada. Solo se puso de pie con la botella aún en la mano, pero ya no tan
relajada. Me miró, como queriendo quedarse un poco más, pero el deber la jalaba
como un ancla invisible.
—Luego seguimos hablando —dijo, aunque su tono sonaba más a “lo necesito” que a
cortesía.
La vi alejarse con pasos que no eran los de una hija obediente, sino los de alguien que
llevaba años ensayando cómo caminar sin dejar que se notara el peso.
Esa noche ya en casa, Liv llegaría mas tarde de lo habitual, parece que el afecto
masculino es suficiente para dejar sola a su mejor amiga en sabado, no la culpo, yo
haria lo mismo en su lugar.
Me puse una mascarilla, serví un poco de vino y me recoste en el sofá con uno de los
gatos en el regazo. Estaba por empezar una pelicula de disney, cuando mi celular
vibró. Era un mensaje de sophie.
SOPHIE: “¿Ya cenaste? Me gustaría invitarte algo. Siento que dejamos una charla a
medias.”
Sonreí con cierta sorpresa. Sophie no parecía del tipo que hace planes fuera del
horario laboral. Acepté.
Sophie jugaba con los palillos entre los dedos, distraída. Como si buscara la forma
correcta de soltar algo.
—Cuentame más de ti, como llegaste aquí y a ser una persona que le llegara a la
altura a papá —dijo, luego de que nos sirvieran el té.
—Pues, me costo mucho llegar a ello —contesté, sintiéndome un poco menos sola de
lo que esperaba sentirme ese sábado.
—Soy Mexicana, vine aqui a los 20 años y pues comence mi compañia desde 0 con
Liv, logramos formar un poco de reputación y bueno...creo que el resto es historia.
—Te admiro—dijo.
—Wow gracias —lo dije sorprendida, no pense que eso fuera lo que ella pensara de
mi, tomando en cuenta quien es su padre.
—¿Sabes? A veces me siento tan… fuera de lugar. Como si fuera la única que
realmente quiere esto —dijo.
—¿"Esto" te refieres a la empresa? —pregunté.
—Asi es, tengo que decirlo, ya no lo soporto, y siento que puedo confiar en ti, ¿ me
equivoco? —preguntó
—Claro que no. Puedes contarme lo que te sientas cómoda de contar. De mi boca no
saldrá nada —lo dije con un tono firme, buscando darle la seguridad que yo misma
alguna vez necesité. Sabía que lo que cargaba no debía ser fácil, y si en mí podía
encontrar refugio, estaba dispuesta a escucharla. Así como Liv lo hizo conmigo
cuando me ofreció su hogar.
—Siempre quise liderar el corporativo. Desde niña. Me aprendí los balances antes que
las tablas de multiplicar. Pero... a veces siento que mi papá ya decidió a quién dejarle
todo. Y no soy yo.
—No sabía que tenías un hermano… jamás lo he visto por la oficina ni he escuchado
de él —dije, con genuina confusión. La primera vez que investigué el nombre
“Corvan”, me enfoqué solo en la empresa. Nunca imaginé que detrás del apellido
hubiera tanto más.
—Él siempre ha preferido el arte. Le ha dejado claro a mi papá que no piensa hacerse
cargo de la empresa cuando él se retire, pero para mi padre… su apellido pesa más
que su interés. Supongo que, aun así, cree que es mejor opción.
Bajó la mirada, como si cada palabra obligara a aceptar algo que llevaba tiempo
tratando de negar.
—No. Jamás se lo he dicho a nadie. He tratado de que mi papá lo note por sí solo: por
mi trabajo, por mi constancia, por la falta de compromiso de mi hermano. Pero él...
que vive su vida lejos de esto, solo aparece cuando es “imperativo” que lo haga.
De hecho, creo que el lunes lo hará, en la junta del consejo donde presentaremos los
primeros avances del proyecto. Ahí lo conocerás… si decide presentarse.
Terminamos la cena con un poco más de ligereza. Ella insistió en llevarme a casa, y al
bajar del auto me miró con una mezcla de gratitud y vulnerabilidad.
—Espero que tú y Liv impresionen a mi padre como ya lo han hecho conmigo. Su
propuesta es excelente, y el diseño que aporta Liv es precioso. Tengo fe en ustedes.
Y… gracias por escucharme. De verdad necesitaba decirle esto a alguien.
La miré y supe que necesitaba algo más que palabras. Le tomé el brazo con suavidad
y le dije:
—Tranquila. Sé que tu padre va a ver lo que nosotras ya vemos en ti. Y aquí tienes a
una amiga que te entiende.
Me abrazó. Un abrazo silencioso, sincero. En ese instante supe que, tal vez, ella se
sentía aún más sola que yo en esta gran ciudad.
Se alejó suavemente, dejando una estela de luces rojas entre el ruido de la ciudad.
Esa noche me dormí en segundos. Agotada, pero con el corazón latiendo distinto.
Había cenado con la hija de mi jefe, sí.
Pero también… con una nueva amiga.
4
—¿Y qué tal anoche con Alex? —pregunté mientras pasaba el trapo sobre la barra de
la cocina.
—Bien —respondió rápido, demasiado rápido. Luego metió la cabeza en el refri como
si buscara algo muy importante… o como si quisiera evitar mi mirada.
Normal. Ajá.
Liv jamás usaba la palabra “normal” para describir una salida con su novio. Ella decía
cosas como “épico”, “de película” o “el hombre me hizo reír como idiota”. Ese
“normal” era la señal definitiva de que me ocultaba algo.
—¿Segura que estás bien? —volví a preguntar mientras ponía las toallas limpias en su
lugar.
—Sí. ¿Por qué no estaría bien? —sonrió con demasiados dientes, como si estuviera
actuando en una obra escolar.
Después, durante las compras, fue peor. Se la pasó pegada al teléfono, mandando
mensajes y sonriendo sola. Intenté asomarme un par de veces, pero volteaba la
pantalla cada vez que me acercaba.
Definitivamente tramaba algo.
—¿Qué? ¡No! Solo... estoy viendo un meme. Muy tonto. Nada importante.
Mentira. Pero la dejé. Porque aunque me daba curiosidad, algo en su mirada me decía
que iba a descubrirlo pronto. Y vaya que lo haría.
—Nada malo. Prometo que no tiene que ver con la oficina. Pero necesitamos un
paseo. Un momento para despejarnos. Ya, ponte linda. No hagas preguntas.
Estuvimos caminando en circulos como veinte minutos, hasta que en comence a sentir
en el cuerpo un escalofrío que me resulto muy familiar.
—Olivia Hayes, hemos estado paseando por casi media hora, no has dicho nada. ¿Qué
tramas?
Nisiquiera había terminado de preguntar a Liv, cuando una voz grave y profunda,
suave y completamente reconocible rompió todo mi ambiente en ese momento.
Erick.
Con un abrigo largo, completamente oscuro el cabello igual de lindo que la ultima vez
que lo vi, y una mirada que no sabía como leer.
—Bueno... yo ya hice mi parte. Alex llegará en cualquier momento, así que los dejo.
¡Diviértanse!
—¡Ah, no! —le dije furiosa, dándome la vuelta hacia ella—. Te dije mil veces que no
quería que tramaras nada.
—No te enojes con ella.Realmente no tramó nada —intervino esa voz que, aunque me
doliera admitirlo, todavía me hacía latir el corazón como niña pequeña.
Erick dio un paso hacia mí, con ese aire sereno que me desarma.
—Ayer, Liv y su novio estaban paseando... la vi, la reconocí. Le pedí ayuda para
poder encontrarte y hablar contigo. Nada más.
Volteé a ver a Liv. Ella se encogió de hombros, fingiendo inocencia, mientras me
lanzaba una sonrisita nerviosa. Yo le devolví esa mirada de “te voy a matar” que ya
teníamos bien ensayada.
—Mira, te prometo algo —continuó Erick, con un tono sincero que no sabía si abrazar
o desconfiar—: si después de hoy sigues pensando mal de mí, no volveré a molestarte.
Lo juro.
Solo… déjame hablar contigo. Esta vez, más de cinco palabras.
Lo miré en silencio, con los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido, pero en
realidad ya había cedido, desde que escuché su voz. A veces una parte de ti se rinde
antes de que tu orgullo lo admita.
Erick se rió suavemente, esa risa que ya había aprendido a identificar como genuina.
Suspiré. Liv ya se había esfumado, la muy cobarde. Y con el viento frío soplando
entre las hojas, algo en mí dijo: "¿Por qué no?"
—Ni lo pensaba. Aunque… debo decir que ese vestido dorado te hace ver como una
estrella.
Rodé los ojos, pero lo cierto es que el corazón me dio una pequeña voltereta.
Caminamos sin rumbo por un rato, dejando que la ciudad nos guiara. Terminamos en
una pequeña calle empedrada con faroles antiguos y cafés con vitrinas cálidas. Erick
parecía conocer el lugar. Me llevó a una terraza escondida en la azotea de un edificio
antiguo, decorada con cientos de luces colgantes que titilaban como estrellas entre los
árboles enredados.
—Este es mi lugar favorito para desconectarme —dijo él, mientras nos sentábamos en
una mesita de hierro forjado, con mantitas sobre las sillas y tazas de chocolate caliente
esperando.
Me tomó un segundo entender que no era solo la vista. Era el momento. La calma. La
forma en la que me miraba. La terraza, iluminada con cientos de pequeñas luces
colgantes, parecía suspendida en el cielo. Como si estuviéramos dentro de una
constelación inventada solo para nosotros.
—Gracias por venir, Anahí —dijo, en voz baja, como si el viento le pudiera robar las
palabras.
—Gracias por buscarme —respondí, sintiendo cómo mi voz salía más suave de lo que
esperaba. Y aunque todo era hermoso, aunque la noche parecía perfecta… no podía
seguir con la espina en el pecho.
—¿Y a cuántas fans has traído aquí? —solté con una mezcla de nervio, ironía y algo
de dolor que no supe esconder.
Él me miró en silencio por un segundo, y luego sonrió. Pero no como antes. Fue una
sonrisa triste, sincera.
—Me senti un poco patética, Erick, así como hablaste conmigo pudiste haberlo hecho
con cualquier otra..
—Pero fue contigo. Fuiste tú la que no pude sacarme de la cabeza desde aquel dia. No
sé qué fue. Tal vez tu mirada, tu forma de escuchar... o simplemente que parecías no
estar buscando nada. Y eso fue lo que más me atrajo.
El aire se volvió más cálido de pronto, como si cada palabra suya hubiera encendido
algo en mi pecho.
Lo observé, tratando de leer algo entre líneas. Pero no había dobles sentidos. No había
actuación. Solo un chico, frente a mí, diciendo la verdad como podía.
—Está bien —susurré, sin darme cuenta de que ya lo había perdonado un poco—.
Pero no soy fácil de convencer.
—Lo sé —respondió con esa sonrisa suya, ahora un poco más luminosa—. Pero me
encantan los retos.
Y así, la noche siguió, con menos sospechas y más sinceridad. Las luces no eran
estrellas, pero por un rato... brillaron igual.
—¿Y tú? —me preguntó, mirándome con curiosidad sincera—. ¿Qué haces cuando
no estás salvando a músicos callejeros de sus errores sociales?
Noté cómo su expresión cambió apenas escuchó el nombre Corvan. Sus ojos
parpadearon más rápido, como si una alarma interna se hubiera activado.
—Sí… sí —respondió rápido, pero no sonó muy convincente. Miró hacia la taza,
luego hacia mí, luego hacia la nada—.
—No, nada parecido. Mi familia sí. Pero yo… toco. Toco porque no sé hacer otra
cosa que me haga sentir libre. —Suspiró—. Mi papá no lo aprueba. Piensa que es una
pérdida de tiempo. Que la música es renunciar a todo lo que podríamos ser. Según él,
“lo que podríamos ser” solo vale si se traduce en números, en poder.
Su voz era firme, pero en el fondo cargaba una tristeza que me rompió un poco.
—Quiero vivir haciendo lo que amo, sin sentir que debo esconderlo o justificarlo todo
el tiempo. Quiero que tocar el piano no sea mi acto de rebeldía, sino mi elección
consciente. —Me miró, con una honestidad que dolía—. Pero hay cosas que no puedo
decir en voz alta, todavía. Y personas a las que no puedo defraudar… aunque ya me
haya defraudado a mí mismo muchas veces.
—Entonces… tocas en el parque porque es el único lugar donde puedes ser tú —dije,
casi en un susurro.
Me quedé mirándolo, sosteniendo esa verdad que nos envolvía como una canción sin
letra. El viento soplaba suave, y las luces de la terraza se movían como estrellas
nerviosas, temblando sobre nuestras cabezas.
Erick desvió la mirada un segundo, como si luchara consigo mismo. Pero luego
volvió a mirarme, con esos ojos que parecían hablar más claro que sus palabras.
—A veces me cuesta confiar —murmuró—. Pero contigo… no sé por qué siento que
no tengo que realmente puedo ser yo.
Me quedé quieta. Mi pecho latía tan fuerte que casi podía escuchar el eco en mi
cabeza. Las palabras se me atoraron en la garganta, porque, por primera vez en mucho
tiempo, no tenía nada que decir. Solo sentía.
Y justo ahí, con la ciudad como testigo silenciosa, Erick se acercó despacio. No
preguntó, no dudó. Solo se inclinó hacia mí con esa delicadeza que solo tienen los que
aman lo que hacen.
Me miró los labios. Luego, sus ojos volvieron a encontrar los míos.
Y entre un murmullo casi imperceptible, como si no pudiera detener las palabras que
salían de su alma, dijo:
Y entonces lo hizo.
Me besó.
Fue un beso lento, sincero, cargado de todo lo que no habíamos dicho en días. No fue
perfecto, ni ensayado, ni tímido. Fue real. Como cuando finalmente respiras después
de contener el aire mucho tiempo.
Cuando se separó, se quedó tan cerca que su aliento aún rozaba mis labios.
Yo no pude decir nada. Solo sonreí, y lo mire por unos segundos, como si intentara
grabarme cada linea de su rostro. Y en ese momento no senti miedo, ni dudas, solo
sentí.
Deslicé mi mano por su cuello, enredando mis dedos en su cabello mientras la otra lo
atrajo por la espalda, inclinándolo hacia mí.
Y lo besé.
Esta vez fui yo quien no podía con mis sentimientos. Fue un beso con decisión, y con
todas las emociones que me había obligado a esconder.
Lo sentí reír suavemente contra mis labios antes de responder con la misma
intensidad, como si no esperara que yo tomara el control, pero le encantara que lo
hiciera.
Nos besamos como si el mundo se hubiera quedado en pausa solo para nosotros.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estaba huyendo de algo… sino
yendo directo hacia ello.
Nos quedamos abrazados un buen rato, sin decir mucho. A veces el silencio entre dos
personas dice más que mil conversaciones. Me recosté contra su pecho mientras las
luces de la terraza seguían brillando como pequeñas estrellas.
—Sí —dijo con una sonrisa tierna, pero en sus ojos... había algo más. Como si supiera
algo que yo no. Algo que lo inquietaba.
—Gracias por todo esto —le dije, sintiendo mariposas hasta en los dedos.
—Gracias a ti por darme la oportunidad —respondió, y se acercó con esa mirada que
ya sabía cómo desarmarme.
Se inclinó para besarme una vez más, despacio, como si quisiera que el momento se
quedara tatuado en el tiempo.
—Sube ya, necesito que me cuentes todo, absolutamente TODO, ¡maldita sea, Ana!
—gritaba Liv sin parar mientras yo me despedía rápidamente de Erick.
—Adios, Erick. —Le decía Liv con un tono coqueto, y yo solo podia contener la
verguenza.
—Nos vemos mañana —me dijo él, acariciándome la mejilla con los dedos como si
no quisiera soltarme.
—Mañana —repetí, sin imaginar que ese “mañana” sería el inicio de algo mucho más
grande.
Y con eso subí corriendo las escaleras, con el corazón latiendo como si acabara de
salir de una película... sin saber que estaba a punto de entrar en otra.
¡Me estaba preparando para dormir cuando los vi como escena final de comedia
romántica! ¡Te lo juro que solo faltaban los créditos!
—¿Y vas a seguir reclamándome o me vas a contar todo ya? Porque necesito ¡todo!
—dijo sentándose frente a mí, con los ojos brillando como si le estuviera contando el
final de su dorama favorito.
—¡Ajá! Lo sabía —interrumpió Liv, apuntándome con la taza como si fuera un arma
—. ¿Y tú toda trágica, pensando que era el nuevo Casanova del parque?
—Ya sé, ya sé. Fui una exagerada. Pero es que… me había gustado tanto ese día, que
cualquier cosita me tocaba las inseguridades. Tú sabes cómo soy.
Asentí.
—Sí. Creo que sí.
Se hizo un silencio bonito. De esos que solo se tienen con alguien que te conoce más
que tú misma.
Y con esa promesa silenciosa, apagué la luz y me dejé llevar al sueño, mientras
afuera, la ciudad seguía brillando, lista para ver lo que estaba por venir.
Entré al salón de juntas con el corazón latiendo a mil, Liv a mi lado con una sonrisa
de “ya estás aquí”. Las luces del lugar eran intensas, la mesa enorme y el ambiente
impregnado de formalidad y poder.
Los miembros del consejo comenzaron a tomar asiento. La tensión en la sala era
densa, como si todos estuviéramos a punto de rendir cuentas ante algo más grande que
una presentación. Sophie se acercó a mí, notando la forma en que apretaba los papeles
de mi propuesta como si fueran un salvavidas.
—Tranquila, todo saldrá bien —me susurró con una sonrisa amable.
—Gracias... eso espero —respondí, tratando de que mi voz sonara más firme de lo
que me sentía.
—Ay, linda, es que desde que llegamos todos te han notado distinta. Más feliz. Sophie
tenía que saber el por qué.
Sophie sonrió divertida, pero justo en ese momento giró la vista hacia la entrada y su
expresión cambió ,transformándose en una mueca de fastidio.
Y entonces, sucedió.
Mientras tomaba mis hojas con más fuerza para ordenar mis ideas, escuché una voz.
Esa voz. La misma que hacía unas horas me había hecho olvidar el mundo desde una
terraza llena de luces.
A veces pienso que, si no hubiera nacido con el apellido Corvan, mi vida sería mas
sencilla. Naci en el lugar equivocado, no por la ciudad, ni por el lujo que ha estado
presente a mi alrededor. Sin por las expectativas que cayeron sobre mi antes siquiera
de aprender a decir una palabra.
Desde niño, mi padre me llevaba a la oficina con el afán de que le tomara amor a su
trabajo, las corbatas me asfixiaban y los numeros nunca fueron lo mio.
Mi vida siempre ha estado acompañada por dos cosas: el deber y la música. Uno
impuesto, la otra inevitable. Mi padre dice que nací para continuar su legado. Yo creo
que nací con un piano incrustado en las manos. Desde que tengo memoria, cada vez
que estoy frente a un teclado, el mundo se apaga y sólo queda eso: el sonido, la
expresión, el momento. Pero en casa, eso siempre fue "una afición bonita", no un
camino.
El parque es el único lugar donde nadie espera que sea Corvan. Donde soy solo Erick.
Donde la gente se sienta a escuchar sin saber cuántos ceros hay en la cuenta de mi
familia. Tocaba por terapia, por desahogo, por sentirme vivo. Nunca esperé que
alguien me escuchara de verdad.
Fue una de esas mañanas en que el sol no calienta, pero ilumina. Estaba sumido en
una melodía suave cuando la vi entre la gente. Se detuvo sin prisa, como si su cuerpo
supiera que debía parar ahí. Tenía el cabello rojo, muy profundo llegando al naranja,
no chillante, sino como los últimos rayos de sol en un atardecer otoñal. Su piel era
clara, pero no frágil, y sus ojos... sus ojos eran un poema en café, con pestañas que
parecían llevar secretos y otoños completos encima.
Tenía esa expresión de quien carga la vida con fuerza, pero no ha dejado de soñar. No
sé cómo explicarlo, pero me escuchaba como si fuera la primera vez que alguien la
tocaba sin ponerle un dedo encima. Ahí supe que la música había hecho algo. No
sabía su nombre, pero me intrigo demasiado.
Termine de tocar y la vi acercarse hacia mi, me sentí torpe, fuera de ritmo como si
todos mis años de control se deshicieran frente a ella.
—Eso fue increible—Me lo dijo con una voz suave, delicada, ni la melodia mas
bonita que he tocado se le asemeja.
Pasaron los dias. Y pense en ella, tuve suficiente tiempo para imaginarme como sería
su vida, que hacía, me llegaron mil nombres a la mente y solo me quedaba esperar un
nuevo encuentro para ponerle nombre a ese rostro tan hermoso que me transmitio
tanta calidéz y ternura.
Al lunes siguiente finalmente pasó, pero ese segundo encuentro no fue como yo
esperaba, comencé a tocar como de costumbre, la mayoria del tiempo las personas
dejan monedas en mi estuche lo cual trato de evitar, ya que nadie sabe que realmente
no las necesito y sería muy aprovechado de mi parte dejar que lo hagan cuando la
unica razón por la que voy a tocar es para poder sentirme libre, y compartir lo que
amo hacer con la ciudad.
Estuve tocando durante un rato, mientras la gente murmuraba sobre mi talento, sentí
un escalofrio en el pecho, eso no es nuevo para mi normalmente son de frustración
cada vez que en la cena, mi padre me pregunta como va mi maestría. Mientras lo
unico que a mi me interesa es volver a mi pequeño estudio que construi de
contrabando en mi habitación.
Pero este, era diferente, y claro, me di cuenta del porque cuando entre toda la multitud
la vi de nuevo, era ella. Se veía aun mas hermosa de lo que recordaba, me di cuenta de
que le gustaba el dorado pues ya sea en su ropa o sus accesorios tenía al menos algo
de destello. Esta vez no venía sola, al terminar de tocar se acercó a mi una chica
rizada que nisiquiera tardo en sacarme conversación:
—Hola, Disculpa que te interrumpa, solo quería decir que tocas increíble.
—Mi amiga y yo pasábamos por aquí… bueno, en realidad pasamos por aquí
esperándote —dijo mientras señalaba a la linda chica sonrojada a su lado
La miré lentamente y senti como sus ojos se impregnaban en los mios, podia ver
como se moría de la verguenza y eso me pareció tierno.
—Entonces, ¿ya nos habíamos visto antes? —pregunté levemente no quise decirle que
sabía perefectamente que era ella, no quise parecer acosador, pero no quería que me
viera como un patán asi que mejor dije:
Y realmente asi fue, no esperaba verla tan pronto pero era algo que si me picaba la
curiosidad.
—Soy Olivia, por cierto. Y ella es Anahí —dijo la otra chica emocionada, mientras
me apretujaba la mano.
Fue como una descarga. No eléctrica, sino emocional. Una melodía en forma de piel
que me recorrió el pecho y se instaló justo en el centro. Esa clase de momentos en los
que el tiempo se desacelera, y el mundo entero parece respirar al ritmo de un piano en
do menor.
—¿Y tú… cómo te llamas? —preguntó la otra chica, con esa energía que llena los
huecos del aire.
—Soy Erick… Erick… cooo... —Titubeé. Nunca usaba mi apellido ahí, en el parque
yo era solo música, no legado. Pero ya había empezado a abrir la puerta. Y la única
opción que me vino a la mente fue una mentira amable.
En serio, ¿Erick? ¿Coleman? ¿Ese era el mejor apellido falso que podías inventar? Me
recriminé por dentro mientras veía cómo ambas intercambiaban una mirada rápida,
claramente confundidas.
—Bueno, Erick Coleman —dijo Olivia, sonriendo—, un gusto por fin ponerle nombre
al pianista misterioso.
Pianista misterioso jaja, pensé. Sonreí. Me gustaba. Y más aún, me gustaba que
viniera de ellas.
—El gusto es mío, y vaya que es un honor —respondí, sin poder apartar la vista de
Anahí.
Nunca había visto una chica con la mirada tan viva. Tan llena de magia, como si sus
ojos fueran un poema escondido en las sombras de la ciudad.
Y entonces, algo en mí me empujó. Tenía que invitarla a caminar, a tomar algo, a
seguir hablando con esa voz que parecía derretirme por dentro. Tenía que intentarlo.
—¡Llegué! Creí que la fila del café jamás terminaría —esa voz, era
Jessica.
Me giré con un peso en el estómago. Rubia, carísima, todo lo que los negocios a los
que fui expuesto dirían que es “una buena compañía”. Llevaba semanas viniendo a
verme tocar. Nunca le di pie a nada. Pero tampoco había sido lo suficientemente
firme, y al parecer... mis silencios se habían malinterpretado.
—Bueno, creo que ya nos vamos —dijo Anahí de inmediato, bajando la mirada.
La vi tomar a Olivia del brazo y alejarse, y juro que por un momento quise detenerla.
Explicar. Pero no lo hice. Me quedé ahí, viendo cómo la oportunidad más real que
había tenido en mucho tiempo, se esfumaba con cada paso que daba lejos de mí.
—Jessica, tengo que ser claro contigo. Aprecio que vengas al parque, pero... entre tú y
yo, no va a pasar nada. No quiero confundirte. Solo vine a tocar, y me hace bien
hacerlo solo.
—Está bien. Lo entiendo… —dijo, con cierto tono dolido pero sincero.
Y se fue.
O más bien, vi a su amiga Olivia. Estaba saliendo tomada de la mano de un tipo alto,
de risa fácil. Parecía feliz.
—Sé que Anahí no quiere saber nada de mí, pero… necesito que me ayudes. Solo una
tarde. Solo un momento. Quiero hablar con ella y explicarle todo. No fue lo que
pareció.
Olivia me observó por un segundo, midiendo mis palabras. Luego sonrió, como si
acabara de ver algo que le gustó.
—Claro, yo sabía que algo habia allí. Buscanos en Central Park mañana la engañare
de alguna forma para que vaya... eso si pianista, si le rompes el corazón…
—Esta bien, nos vemos mañana, vistete bien para impresionar a mi amiga.
Tomó del brazo a su chico y se alejo guiñandome el ojo. Y ahí me quedé yo, parado
en mitad de la acera, con el corazón latiéndome como si acabara de correr una
maratón sin mover un solo músculo. “Mañana”, pensé. Mañana la vería otra vez. Y
tenía que ser distinto. Mejor. Honesto.
Pasé esa noche ensayando todo lo que quería decir, aunque sabía que en cuanto viera
sus ojos, se me olvidaría la mitad.
Cuando desperté el domingo, el cielo estaba despejado. El tipo de azul que te obliga a
salir, a respirar, a creer que algo bueno va a pasar. El aroma a café recién hecho
flotaba en el aire del penthouse como si intentara disfrazar la incomodidad que solía
habitar ahí los fines de semana. Mi madre hojeaba una revista sin realmente leerla, mi
padre hablaba por teléfono a media voz sobre una inversión , y Sophie... bueno,
Sophie era el único motivo por el que esa casa aún se sentía un poco humana.
—¿Ya te levantaste con cara de drama, o apenas vas en el primer acto? —preguntó
ella desde la barra, sirviendo su café en la taza negra que siempre usaba.
—¿Crees que todo se puede resumir con humor? —le dije, frotándome el cuello.
—No. No intentes. Hazlo. Esta vez necesito que estés presente y que no te olvides de
quién eres.
Me vestí sin mucho drama, pero sí con cuidado. No quería parecer que lo había
pensado demasiado... aunque, claro que lo hice. Me dirigí al parque un poco antes de
la hora acordada. No sabía cómo iba a montar Olivia el encuentro, pero confiaba en
que ella sabía lo que hacía. Se nota que esa mujer podría convencer al sol de salir de
noche si se lo proponía.
Esperé cerca de uno de los senderos que cruzan por entre los árboles, donde los
músicos callejeros se instalan y los niños corretean con globos. Me sentía ridículo.
Como si todo dependiera de un solo segundo. De que ella apareciera.
Y entonces, la vi.
Caminaba al lado de Olivia, distraída, con ese vestido dorado que parecía robarle luz
al día. Su cabello rojo resplandecía entre el verde del parque como una bengala viva.
Y sus ojos… bueno, no me miraban aún. Pero yo ya me sentía visto.
Vi cómo se detenían. Ella hablaba, cruzaba los brazos. Olivia no decía mucho.
Estaban justo a unos pasos de donde yo estaba escondido, detrás de un árbol. Hasta
que…
—¿Olivia Hayes, hemos estado paseando por casi media hora, no has dicho nada.
¿Qué tramas? —dijo Anahí, exasperada.
Sus ojos se abrieron como si me viera en un sueño, o una pesadilla, no estaba seguro.
Me miró con esa mezcla de sorpresa, desconfianza y algo que me rompió un poco:
decepción. Aun así, no se fue.
Había algo en ella —en la forma en que me escuchaba, en cómo fruncía ligeramente
el ceño cuando dudaba de mí, obviamente le explique el asunto de Jessica, era
demasiado importante para mi que se eliminara cualquier duda de que yo pudiera ser
alguno de esos artistas mujeriegos, cuando desde que la vi a ella, no hay un solo dia
que no aparezca en el mas profundo de mis sueños.
—¿Y tú?, ¿Qué haces cuando no estás salvando a músicos callejeros de sus errores
sociales?
Le pregunte para poder conocer mas de ella sin imaginar que lo que me contestaria
me llenaria de miedo.
Deje de escuchar despues de Corvan, no podía creer que estuviera hablando de ese
mismo corporativo, el corporativo de mi padre, el que al retirarse sería MI
corporativo.
Lo negue con la cabeza y pense que en podría decir ahora para tapar mi mentira.
—No, nada parecido. Mi familia sí. Pero yo… toco. Toco porque no sé hacer otra
cosa que me haga sentir libre. Mi papá no lo aprueba.
—¿Y qué quieres tú? —me pregunto y me sorprendi al escuchar por primera vez esa
pregunta.
—Quiero vivir haciendo lo que amo, sin sentir que debo esconderlo o justificarlo todo
el tiempo. Quiero que tocar el piano no sea mi acto de rebeldía, sino mi elección
consciente. — La mire con franquesa, y ella me regreso una mirada tan cálida y
comprensiva que me hizo sentir en calma.
No sé si entendía el peso de lo que estaba diciendo. Ni siquiera yo sabía del todo qué
significaba ser yo, más allá del apellido, del deber, del rol impuesto. Pero en sus
ojos… me sentía libre.
Libre y aterrado.
Porque mañana iba a verme como realmente soy. No veria a un pianista sin trayecto, y
sin historia, vería al hijo de Joseph Corvan el heredero de todo su imperio.
Me acerqué a ella, sin pensarlo demasiado. Su silencio me calmaba más que cualquier
melodía. Me miraba como si ya supiera, como si algo dentro de ella ya lo presentía…
pero igual se quedaba.
Miré sus labios, luego sus ojos.
Y antes de perder el valor, dejé que la verdad se dijera sin palabras.
La besé.
No porque fuera el momento perfecto, sino porque era el único momento que
teníamos antes de que la realidad nos alcanzara.
Fue un beso sincero, real. Sin defensas, sin estrategias. Como cuando tocas una
canción por primera vez y aún así suena justo como debía sonar.
Sentí su mano en mi cuello, sus dedos atrayéndome con una mezcla de dulzura y
urgencia que me desarmó por completo. Me besó con fuerza, con decisión, y por
primera vez, me dejé llevar sin miedo al mañana.
Ella se quedó dormida un rato, recostada en mi pecho. Su respiración era tan tranquila
que quise proteger ese instante del resto del mundo.
Pero sabia que mañana cambiaría todo, me inundaba el miedo de ver su reaccion
inevitable...
Y aunque quería que conociera al verdadero Erick, tenía miedo de que, al hacerlo, se
alejara para siempre.
Porque no importa cuántas notas toques bien… basta una verdad para desafinarlo
todo.v
La última vez que la tuve cerca, su mano estaba enredada en mi cabello, su boca en la
mía, y el mundo era apenas un murmullo.
Ahora, tendría que verla sin la música. Sin la terraza. Sin refugios.
Solo yo… en el lugar que más detesto.
Me detuve frente a la puerta del salón de juntas. Respiré hondo. Cerré los ojos.
Y entré.
Y justo en ese instante, como si alguien bajara el volumen del mundo, todo lo que yo
sentía pasó a sus ojos....
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Las manos me temblaron, los papeles se deslizaron, y cuando levanté la mirada… lo
vi.
Él.
Erick
Me quede paralizada por un momento, mientras frente a mis ojos parecía estar viendo
un carrete con escenas, escenas de mis momentos con Erick, donde parecía que las
piezas de un rompecabezas se ensamblaran ante mi.
Ahora todo tenía sentido, todos eran la misma persona, y lo peor de todo esto, es que
justo ayer, ayer que vivi una noche de ensueño con el hombre que ahora esta frente a
mi con un traje entallado, le conté lo que pasaría hoy y el...el sabía...
—¿Erick? — Solo eso pudo salir de mi boca con voz temblorosa mientras mis ojos se
inundaban.
Él dio un paso al frente. Solo uno. Como si supiera que acercarse más sería cruzar una
línea. Como si supiera que ya la había cruzado la noche anterior.
—Anahí… —murmuró, bajando la voz, como si su tono más suave pudiera reparar el
golpe que acababa de darme.
No pude sostenerle la mirada. No ahí, no con Liv, Sophie, el consejo, su padre a punto
de llegar… y todo lo que representaba observando.
Me agaché con torpeza a recoger los papeles, no por orgullo, ni por prisa. Lo hice
para no mirarlo. Para no llorar. Para no gritarle lo que realmente sentía.
—No entiendo ¿Ustedes se conocen? —Pregunto Sophie confundida, sin entender
absolutamente nada de lo que acababa de pasar.
—Es..amm algo dificil de explicar, pero, creo que ahora no hay tiempo.. — Dijo liv
mientras miraba a Erick con una expresión de “te lo advertí”.
—Como dije, no tenemos tiempo, Erick Coleman o como te llames —Dijo Liv furiosa
evintando mirarlo, porque si lo hacía… no respondía de sí misma.
Mis dedos temblaban al recoger los últimos papeles. Sentía los ojos de todos sobre mí,
pero los únicos que me importaban eran los suyos. Y no podía… no podía mirarlo.
—Lo siento, no puedo… —susurré más para mí que para ellos, y sin esperar
respuestas ni explicaciones, salí del salón.
Sentí el crujido de mis tacones sobre el mármol como si fueran golpes de tambor
marcando mi huida. No lloré. No ahí. Pero sentía las lágrimas acumuladas en la
garganta, peleando por salir.
Crucé el pasillo, empujé la puerta del baño y me refugié ahí, con el corazón
golpeando tan fuerte que parecía estar reclamándome por haberle creído.
El reflejo de Liv apareció detrás de mí unos segundos después. Sophie entró detrás de
ella, cerrando la puerta tras nosotras con cuidado.
—¿Me quieren decir qué demonios fue eso? —preguntó Sophie con los ojos abiertos
como platos, aún intentando atar cabos.
—Ese hombre que acaba de aparecer… es el pianista misterioso del que te hablé.
Tu hermano —dijo Liv, sin rodeos—. Y… el chico con el que Anahí salió anoche.
—Sii —añadió Liv, tan en shock como ella—. Es de quien te conté hoy, el chico del
piano, de Central Park.
Me senté en una silla cercana, sin decir nada. Todavía no podía articular una emoción
clara. Todo estaba revuelto.
—¿Y tú no sabías nada? —le preguntó Sophie a Liv, que negó de inmediato.
—¡Claro que no! ¡Tú crees que yo lo hubiera llevado a buscarla si supiera que es tu
hermano y que además es hijo del CEO con el que tenemos la junta más importante de
nuestras vidas?
—¿Crees que él lo hizo a propósito? —preguntó Liv con los brazos cruzados.
— Tú decides si quieres seguir con esto. No lo haremos en las condiciones en las que
estas.
—No. —Respiré hondo—. Si alguien va a demostrar de qué está hecha, soy yo. Y voy
a hacerlo mirándolo a los ojos.
—Te juro que después de esto, me lo llevo aparte y le digo dos o tres verdades —
susurró, cómplice.
Volvimos a caminar hacia la sala. Todo seguía igual… menos nosotras. Ahora yo no
entraba como la chica temblorosa con papeles en la mano. Ahora era Anahí, la
diseñadora, la profesional, la mujer que podía brillar incluso cuando todo parecía
diseñado para apagarla.
Erick levantó la vista en cuanto crucé la puerta. Nuestros ojos se encontraron por un
segundo. Y, por primera vez… no sonreí.
Solo me senté.
Los minutos que siguieron fueron un eco contenido de tensión. Cada asiento ocupado
en la sala parecía pesar el triple, cada hoja sobre la mesa crujía como trueno. Sophie
ocupó su lugar con elegancia, Liv se colocó detrás de mí como escudo moral, y yo…
yo respiré profundo.
—Buenos días a todos —comenzó Sophie con su voz firme—. Antes de comenzar,
quiero presentarles a Anahí Botello, la diseñadora web con enfoque en soluciones
integradas con inteligencia artificial, quien ha trabajado las últimas semanas en una
propuesta que creemos que puede elevar este corporativo a la vanguardia digital.
Me puse de pie, acomodé mis papeles y caminé al frente con paso firme. Sentía su
mirada sobre mí como si me recorriera mil veces, pero no lo miré. No aún.
Comencé a proyectar mi presentación. Cada clic era una especie de liberación, como
si al avanzar una diapositiva, me alejara un centímetro más del caos emocional que
me rodeaba. Hablé con claridad. Con estructura. Como si no tuviera el corazón hecho
pedazos. Como si no me doliera que el chico que me besó con el alma anoche
estuviera ahora ahí, con un traje entallado y un apellido que lo ataba a todo lo que yo
quería conquistar profesionalmente.
Hubo momentos. Momentos en los que mis ojos, sin quererlo, lo buscaban. Y ahí
estaba él. Sentado, con las manos entrelazadas, sin interrumpir, sin moverse… pero
con una expresión que decía todo lo que no podía decir en voz alta. Culpable. Dolido.
Orgulloso, también. Pero, sobre todo, tenso. Como si no supiera si quería desaparecer
o quedarse ahí por mí.
Pero mis ojos… mis ojos se cruzaron con los suyos una vez más.
Y ahí estaban. Los de Erick. Llenos de algo que no sabía si era tristeza, admiración,
amor… o todo al mismo tiempo.
Pero solo mantuve la vista firme. Y asentí, como diciéndole: ya no somos los de
anoche.
Porque él lo sabía.
Y yo también.
De entre todas las voces que se escuchaban en la sala, una me paralizo por un
segundo.
—Señorita Anahí…
Me giré despacio. Joseph Corvan se acercaba con las manos entrelazadas detrás de la
espalda y esa expresión seria que no sabías si significaba aprobación o condena.
—Observe con atención el proceso de su propuesta. Y, aunque rara vez lo digo en voz
alta… me ha sorprendido gratamente.
Tragué saliva. Sentí a Liv detener el aire a mi lado. Sophie observaba todo con una
mezcla de resignación y morbo.
—Me gustaría que trabaje de la mano con alguien del consejo interno. Alguien que
necesita involucrarse más activamente en la dirección de esta compañía.
Y ahí estaba él. Parado a unos metros, mirando el suelo. Levantó la vista justo en ese
instante, encontrando la mía. Pero ya no era el mismo Erick de anoche. Era el hijo del
jefe. El heredero.
—Él se integrara a su proyecto al igual que mi hija Sophie durante este desarrollo.
Quiero que lo guíe en lo técnico, lo creativo, y que juntos presenten el avance en dos
meses —sentenció Joseph, sin pedir opinión—. Quiero verlo involucrado. Y a usted…
la quiero liderando esta propuesta.
No pude responder. No porque no tuviera palabras, sino porque ninguna iba a sonar
bien.
—¿Está claro? —preguntó Corvan con esa voz que no admitía negativas.
—Sí, señor, muy claro—dije por reflejo. Mis labios se movieron, pero todo dentro de
mí gritaba.
—Anahí… espera.
Reconocería esa voz incluso entre el ruido de una tormenta. Me detuve a la fuerza,
con los ojos llenos de lágrimas que no quería que él viera. Pero no me volteé.
—Por favor, solo escúchame —insistió, dando un par de pasos hacia mí.
Me giré despacio, aún sin poder contener las emociones. Lo miré directo a los ojos, y
sentí como si me partiera en dos.
—¿Escucharte? —repetí, con la voz rota pero firme—. ¿Escucharte ahora? Después
de que sabías perfectamente quién eras y aún así… me dejaste creer que eras alguien
más.
—No quería mentirte —susurró—. Solo… quería tener algo real. Sin mi apellido de
por medio. Sin todo eso.
—¿Y lo real empieza con una mentira? —repliqué, dando un paso hacia él, esta vez
sin temblar—. Te abrí mi corazón, Erick. Te conté cosas que no le cuento a
cualquiera. Y tú… tú te quedaste ahí, sonriendo, escuchando, fingiendo demencia
mientras sabias perfectamente de quien hablaba porque era tu familia —Lo dije
apuntando a su pecho, me sentía traicionada como si me hubiera enamorado de una
persona que no existe, pero estaba ahí frente a mi, solo que ya no sentía conocerlo, ya
no era el.
Erick apretó la mandíbula. Sus ojos brillaban, pero no dije nada más. No necesitaba
que llorara. No necesitaba sus disculpas. Solo necesitaba ponerle límites.
—No sé si esto para ti fue un juego, o una forma de huir de tu realidad. Pero para mí
no lo fue. Y lo de anoche… lo que sentí… —respiré profundo, tragándome las
palabras que dolían— fue de verdad. Y eso es lo que más me duele.
—Anahí, yo no planeé esto. Te lo juro. Quise decírtelo pero… tenía miedo. Miedo de
que te alejaras si sabías quien era.
Silencio.
Lo vi tragar saliva. Se removió, como si cada palabra mía le clavara una espina
distinta.
Me di la media vuelta, decidida a irme, pero sentí su mano rodear mi brazo con
firmeza. No brusco, no violento… pero con la suficiente fuerza como para impedir
que me alejara.
—Anahí, por favor… —susurró. Su voz era un eco tembloroso, algo entre la
desesperación y la ternura.
Quise zafarme, de verdad quise. Pero no pude. Era como si su tacto tuviera memoria,
como si mi piel aún recordara lo que fue sentirlo cerca y no sabía cómo decirle que ya
no podía, que ya no debía.
Me giró suavemente hacia él, y ahí estaba otra vez. Esa mirada suya. Tan
malditamente sincera. Tan rota. Tan hermosa.
—No hagas esto más difícil —le dije en voz baja, pero ya era tarde. Estábamos
demasiado cerca.
—No puedo…no puedo dejarte ir así —murmuró, con los ojos cerrados, como si
estuviera pidiendo perdón al universo por quererme un poco más.
Todo en mí gritaba que retrocediera. Que recordara lo que me había hecho, que
mantuviera la distancia. Pero mi cuerpo era otra historia. Mi cuerpo lo recordaba. Lo
extrañaba como si hubieran pasado años y no un par de horas.
Mi nariz rozó la suya. Y por un segundo, solo uno, creí que íbamos a besarnos.
Pero no lo hice.
—Lo siento —dijo en voz baja, con esa tristeza que dolía mirar—. Te juro que…
nunca quise hacerte daño.
Otra vez.
Pero esta vez, dejando atrás no solo al chico que me mintió…
Esa noche, el silencio pesaba más que cualquier palabra. El departamento estaba en
penumbras, solo iluminado por la luz cálida que se colaba desde la cocina. Me sentía
vacía… como si todo lo que había construido en los últimos días se hubiese venido
abajo en cuestión de segundos.
Liv me preparó un té sin decir nada, como si supiera que las palabras sobran cuando
el corazón duele. Me lo pasó con cuidado y se sentó a mi lado, tan cerca que podía
sentir su respiración. A veces no necesitaba hablarme… solo estar.
Minutos después, Sophie llegó. No preguntó qué pasaba. No tenía que hacerlo.
Bastaba con ver mi cara para entenderlo todo. Entró despacio, como si no quisiera
romper ese frágil equilibrio que colgaba en el ambiente.
—Ya hable con mi hermano, me lo contó todo —lo dijo mientras se sentaba en el
sofa, con las manos en los bolsillos del abrigo.
—Lo siento... —Dijo despues de que voltee a verla con los ojos tristes y vacios.
—Se que es mi hermano pero, nada justifica lo que hizo, aunque lo entiendo por una
parte, mi padre lo ha reprimido demasiado y creo que eso lo obligo a tomar otra
identidad donde se sintiera como con quien era, y con su música. — Dijo Sophie
mientras acariciaba a uno de los gatitos de la casa.
—El domingo lo vi regresar a casa —agregó Sophie, con una mirada que se volvió
nostálgica—. Iba sonriendo solo. Lo juro, nunca lo había visto así. Parecía… ligero.
Como si por fin el mundo no lo aplastara.
Me apreté más la manta que tenía sobre las piernas. No sabía si eso me hacía sentir
mejor… o peor.
—Tal vez fui eso para él. Una pausa. Un momento de libertad. Pero ahora… ¿cómo se
supone que voy a trabajar a su lado como si nada?
—No vas a estar sola —dijo Liv con firmeza, tomándome la mano—. Nosotras vamos
a estar ahí, y serviremos de mediadoras si es necesario. Te ayudaremos a que tengas el
mínimo contacto posible.
Sophie asintió, apoyando su espalda contra el sillón, con una expresión serena,
aunque sus ojos decían muchas cosas.
—Yo solo veo que tengo que trabajar con el hombre que me besó anoche y me
rompió el corazón esta mañana —susurré con amargura.
Liv se levantó, caminó hacia la cocina y volvió con un chocolate que teníamos
escondido en el refrigerador para emergencias emocionales. Me lo puso en las manos
con una sonrisa tímida.
No pude evitar reír entre lágrimas. Sophie también sonrió, y por unos minutos, el
ambiente dejó de sentirse tan apretado.
—Tú puedes con esto —dijo Liv con dulzura—. Y si te caes, aquí estamos para
ayudarte a levantarte… con pastel y todo.
—Gracias —murmuré, con un nudo en la garganta, pero con un poquito más de fuerza
en el corazón.
Afuera, la ciudad seguía respirando.Y así, mientras el reloj marcaba el inicio de una
nueva madrugada, supe que iba a doler… pero también que yo ya no era la misma que
temía enfrentarse a una sala llena de trajes y expectativas.
Tomé aire frente a la puerta del edificio, sabiendo que del otro lado me esperaban las
miradas, las juntas, las ideas... y él.
Entré con pasos firmes, aunque por dentro no lo fueran tanto. Saludé a la
recepcionista con una sonrisa suave, como si fingir normalidad fuera suficiente para
protegerme. Crucé el pasillo rumbo a la sala donde normalmente trabajábamos con
Liv y Sophie, pero antes de abrir la puerta, noté algo sobre mi escritorio.
Un café.
Mi nombre escrito con su letra en el vaso. A un lado, una pequeña nota doblada con
cuidado.
Me detuve un segundo, como si acercarme demasiado fuera una decisión que no podía
tomar a la ligera. Finalmente, dejé mi bolso y tomé el papel con manos temblorosas.
"Sé que no arregla nada... pero quiero que empieces el día con algo que te guste.
Perdón. Por todo."
—E.
Sentí un nudo formarse en mi estómago. Ese tipo de gestos, tan simples, tan de él…
eran justamente lo que más me dolía. Porque si no le importara, no habría dejado
nada. Pero si realmente le importara, me lo habría dicho antes. Me habría dado la
verdad.
Tomé el vaso, le di un sorbo lento, y cerré los ojos por un segundo. El sabor era
exactamente como me gusta. Claro que lo recordaba. Claro que sabía. Esa noche vio
como pedi todo el cafe que pude.
Me giré hacia la ventana, apretando la nota entre mis dedos. No pensaba agradecerle.
No aún. Pero tampoco podía ignorar que, en medio de todo, él aún estaba intentando
alcanzar una parte de mí que ya no sabía si podía volver a abrir.
Me giré lentamente.
Solo lo miré. Y él, con esa expresión suya de “sé que no tengo derecho, pero igual
estoy aquí”, se detuvo frente a la puerta, sin atreverse a entrar.
No cruzamos palabras.
No hacía falta.
Por ahora.
Liv notaba todo. Sophie también. Se intercambiaban miradas discretas cada vez que
yo contenía un suspiro, o cuando él se quedaba observando la pantalla un poco más de
la cuenta después de que yo hablaba.
Había tensión.
Una mañana, Sophie detuvo la junta por unos minutos para tomar una llamada
urgente. El silencio llenó la sala. Yo hojeaba mi carpeta sin leer nada realmente. Sentí
su mirada sobre mí. Alcé la vista por un instante… y él la bajó.
Solo trabajar. Solo respirar. Solo… sobrevivir a esta distancia que no medía en
metros, sino en lo que no nos dijimos a tiempo.
Tocó dos veces la puerta de vidrio, sin mucha fuerza, como si no supiera si tenía
derecho a interrumpir.
Sophie levantó la vista, seria, y Liv lo miró como si estuviera decidiendo si golpearlo
o escucharlo.
—Depende —dijo Liv sin rodeos—. ¿Vienes en modo músico arrepentido o en modo
ejecutivo evasivo?
Sophie asintió, aunque cruzó los brazos. Liv lo miraba con el ceño fruncido, pero con
curiosidad.
—Sé que lo arruiné —dijo Erick, dejando caer la espalda contra la silla—. Y que
decir "lo siento" a estas alturas parece poco. Pero juro que... no fue por falta de
sentimiento. Fue por miedo.
—A no poder separar las dos partes de mi vida. A no poder ser solo Erick con ella. —
Suspiró—. Cuando estoy con Anahí siento que soy mejor versión de mí. Pero también
sentí que, si ella sabia todo de golpe… no me miraría igual. Y tenía razón.
—No estás triste porque te odie. Estás triste porque te mira como alguien que no eres,
y por fin entiendes lo que eso duele.
—Exacto. Por primera vez, alguien me vio de verdad… y yo mismo arruiné esa
mirada.
—Hermano, entiendo se lo que sientes lo he vivido contigo pero, no estuvo bien como
lo hiciste— respondió sin pensarlo.
—No puedo hacer que te perdone, Erick. Pero tu si, solo dale tiempo, su corazón aun
resiente las mentiras.
—No quiero presionarla. Sé que la lastimé. Solo... ¿pueden decirle que no fue un
juego? Que cada palabra, cada nota que toqué cuando estaba con ella, fue real.
—Sí —respondió Sophie—Y ella también a el, se me apachurra el corazón cuando los
veo asi cuando claramente sienten algo muy fuerte.
Se quedaron en silencio por unos segundos. La oficina se llenó de ese tipo de calma
que llega cuando nadie sabe qué hacer para arreglar lo que se rompió, pero quieren
intentarlo de todas formas.
—¿Y si no vuelven a estar bien? —preguntó Liv en voz baja, con los ojos brillosos.
—No lo sabemos —respondió Sophie, mirándola con ternura—. Pero si no hacemos
nada… seguiran como hasta ahora.
—Entonces tenemos que hacer algo. No forzar nada, no empujarlos. Pero sí… abrir
pequeñas ventanas. Espacios donde puedan verse con otros ojos.
Sophie sonrió, cruzando los brazos como quien se dispone a conspirar por amor.
Al doblar la esquina, escuché voces bajas. Liv y Sophie estaban en una de las mesitas
junto a la ventana, tan concentradas en su conversación que ni notaron mi llegada.
Pero justo cuando quise detenerme a saludar, una impresora detrás de mí hizo un
sonido agudo y ambas se giraron al instante.
—Ajá… —respondí con una ceja arqueada—. Bueno, voy por unos archivos que me
pidió el señor Corvan. Nos vemos luego.
No entendí a qué se referían, pero decidí ignorarlo. No tenía cabeza para más teorías
conspirativas.
Horas después, justo después de una revisión de proyectos en el piso de diseño y que
todos estuvieran por irse a casa, Sophie me pidió que fuera al archivo en el sotano con
ella para buscar unas carpetas del sistema anterior que el señor Corvan quería revisar.
—Te ayudo a buscarlas, están al fondo, en el estante metálico. Ya sabes, los que nadie
toca desde 2015 —bromeó.
—Perfecto —suspiré—, nada como respirar polvo para cerrar bien el día.
Entramos juntas al cuarto de archivo. El lugar era fresco, mal iluminado y con un leve
olor a papel viejo. Sophie revisó su celular, sonrió de forma extraña y dijo:
—Anita linda, ¿puedes buscar esa carpeta azul que dice “Sistemas-Internos-240”?
Creo que está por allá, en el estante de la esquina.
Antes de que pudiera decirle algo más, salió… y cerró la puerta detrás de mí.
—¡No estás sola! —gritó la loca de mi roomie, con su fastidiante voz cuando trama
algo.
Mi estómago se hundió.
—¡No hasta que hablen! —respondió Liv, divertida—. ¡Se van a quedar ahí hasta que
se digan todo lo que tienen que decir, hasta mañana, te traere ropa!
Un suspiro.
Una presencia.
Me giré lentamente.
Y ahí estaba.
Erick.
Con una carpeta en la mano y la mirada fija en mí, como si no supiera si acercarse o
esconderse entre los estantes.
No podía creerlo.
—Ellas me dijeron que necesitaban ayuda para buscar unos documentos —murmuró,
levantando la carpeta a modo de explicación torpe.
—Parece que Sophie ya es una complice más de Liv. —Dijo, mientras me miraba un
poco disfrutando lo que hicieron esas dos.
El cuarto era pequeño, y cada segundo se hacía eterno. Afuera, se oía a Liv y Sophie
carcajeándose bajito… y luego alejarse para dejarnos completamente solos.
Él se quedó ahí, sin moverse, como si esperara que yo dijera algo primero. Pero yo no
iba a hablar. No esta vez.
—Anahí…
Mi nombre en su voz sonó como un susurro entre cristales rotos. Me quedé inmóvil,
sin mirarlo. Pero el silencio entre nosotros empezó a sentirse tan fuerte que dolía. La
tensión era espesa, como una cuerda invisible que nos unía y al mismo tiempo me
jalaba hacia atrás.
Él dio un paso más. Lo sentí, no por el ruido, sino por cómo el aire cambió entre
nosotros. Por cómo el espacio empezó a volverse pequeño. Por cómo mi piel se
estremeció solo al saberlo cerca.
—No sé cómo… cómo empezar —dijo con la voz baja, casi ahogada—. Pero si te vas
de aquí sin saber lo que siento, no me lo voy a perdonar.
No respondí.
Cerca.
Demasiado cerca.
Podía ver cómo le temblaban los dedos, cómo su pecho subía y bajaba rápido, como si
estuviera peleando con el impulso de tocarme, de abrazarme, de hacer algo. Pero no lo
hizo. Solo me miró.
—No quería mentirte —dijo, con una voz que se rompía por dentro—. Solo… nunca
había sido tan yo con alguien. Nunca me había sentido tan visto. Me aferré a eso. Y
tuve miedo. Miedo de que si sabías quién era… te alejaras. Y lo peor es que lo supe
desde el principio. Y aún así, seguí. Porque contigo… todo se siente diferente.
Lo odiaba.
Y, aún dolida, una parte de mí también quería acercarse. Una parte que extrañaba su
voz, su forma de mirarme, sus manos, sus silencios.
—Sabes que no tienes porque ponerte asi conmigo —Asentí sin saber por qué.
Y entonces lo hizo.
No me besó.
Solo se acercó, su frente rozando la mía, tan lentamente que sentí cada milímetro de
su respiración. Su mano tocó apenas mi cintura, con un respeto que dolía, como si
temiera romperme, o romper lo que quedaba de nosotros.
Despacio.
—Lo siento —dijo, tan bajito que apenas lo escuché—. Te juro que no quise hacerte
daño.
Asentí.