0% encontró este documento útil (0 votos)
22 vistas64 páginas

History

Anahí, una joven diseñadora que se mudó a Nueva York para perseguir sus sueños, reflexiona sobre su vida mientras camina por Central Park. En su camino, se encuentra con un pianista talentoso que la inspira y, tras una presentación crucial con un magnate del diseño, recibe la oportunidad de trabajar en su oficina. A lo largo de su viaje, Anahí también destaca la importancia de su amistad con Liv, quien se ha convertido en su compañera y apoyo en la ciudad.

Cargado por

Anahi Botello
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
22 vistas64 páginas

History

Anahí, una joven diseñadora que se mudó a Nueva York para perseguir sus sueños, reflexiona sobre su vida mientras camina por Central Park. En su camino, se encuentra con un pianista talentoso que la inspira y, tras una presentación crucial con un magnate del diseño, recibe la oportunidad de trabajar en su oficina. A lo largo de su viaje, Anahí también destaca la importancia de su amistad con Liv, quien se ha convertido en su compañera y apoyo en la ciudad.

Cargado por

Anahi Botello
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

El viento frío de Nueva York jugaba con mi bufanda dorada mientras caminaba por

las calles de Brooklyn. Mi playlist favorita sonaba en mis audífonos, mezclando los
acordes de Humbe mi cantante favorito, con mis pensamientos dispersos.

Ese día, algo dentro de mí me susurró que tenía que salir del camino habitual. Sin
saberlo, estaba a punto de encontrar más que inspiración…

Tomé el metro y me senté cerca de la ventana, aunque no había mucho que ver más
allá del reflejo de luces parpadeantes. A mi lado, una señora leía un libro viejo de tapa
dura y un niño comía algo que olía dulcemente a canela. Yo, con los audífonos
puestos, me sentía en pausa... como si ese trayecto fuera un limbo entre la rutina y mis
ganas de romperla.

Decidí bajar cerca de Central Park. Recuerdo la primera vez que escuché de él, en la
televisión, en las películas. Siempre imaginé cómo sería el día en que estuviera aquí
por primera vez, sin pensar que, a mis 23 años, sería solo un atajo en mi camino a la
oficina.

Tenía 20 años cuando yo, Anahí, sin experiencia en la vida independiente, decidí que
debía hacer algo para cumplir mis sueños, porque nadie más lo haría por mí. Ahorré
lo suficiente, tomé mis maletas y me mudé a la ciudad de Nueva York.

Decidir alejarme del país donde todo se quedaba no fue sencillo: mi familia, mi casa,
mi trabajo, mis amigos... todo aquello que pensé que jamás podría dejar atrás.

Mi realidad ahora me hace entender que esas palabras que mi papá siempre me decía
no estaban del todo equivocadas: “Escoge una ingeniería, eso te dará mejores
oportunidades”. Y bueno, tenía razón. No fue fácil convencer a mis papás de
permitirme hacer algo asi, pero eventualmente entendieron que mi vida y mi futuro no
estaban en casa.

Es gracias a eso que ahora puedo tener mi propia compañía, aunque pequeña, una
agencia freelance de creación y diseño de páginas web. Este camino me abrió las
puertas para darle un giro a mi vida y, por fin, ser yo misma; cumplir mis sueños y
dejar atrás todo aquello que un día sentí que me frenaría para siempre.

Perdida en mis pensamientos, no escuché el teléfono, que se ha vuelto mi relación


más estable últimamente.

—Cinco llamadas perdidas de Liv, mi compañera de trabajo, la resongona chica que


conocí en el metro y que se convirtió en mi mejor amiga. Decidí confiar en ella y
hacerla la primera empleada de mi futura gran compañía. ¡Ja! Es buena con el orden y
le encantan los animales. ¿Quién no querría trabajar con ella?

—Anahí, ¿sabes que ser dueña de una compañía en proceso significa llegar temprano,
no? —su voz sonó desde el otro lado de la línea, con ese tono de siempre.

—Lo sé, Liv, pero si no me dejas soñar un poquito, ¿qué me queda? —respondí con
una sonrisa que solo ella podía imaginar.
Guardé el teléfono en mi abrigo y seguí caminando por Central Park. El sol invernal
iluminaba la nieve que aún quedaba en los árboles y en las bancas, mientras la brisa
fría me despeinaba un poco.

Todo lo que las películas mostraban de Nueva York era totalmente cierto: la mezcla
de frío, luces, gente apresurada y ese aire de magia que envuelve cada rincón. Por eso
estaba tan embelesada con la ciudad; aquí, entre el caos y los sueños congelados en
invierno, sentía que todo era posible.

Decidí parar a comprar café para contentar a Liv por mi impuntualidad, lo cual no es
nada fácil. Ni siquiera terminé de agradecer al vendedor cuando el hermoso sonido de
un piano me envolvió. Amo la música; siento que es la creación más valiosa del ser
humano. Siempre habrá una canción que pueda ayudarte a expresar tus sentimientos,
y me parece la forma más preciosa de hacerlo.

No era una canción famosa. No era una melodía reconocible. Pero tenía algo… algo
que hacía vibrar el aire. Sentí un escalofrío recorrerme los brazos, no por el frío, sino
por la fuerza con la que sonaban esas notas. Era como si cada tecla contara una
historia, como si el piano hablara el idioma de las emociones que no sé poner en
palabras.

Asomé la vista hacia un chico bastante alto que parecía ser un artista callejero. Tocaba
el piano como si estuviera conectado a él, como si la música fluyera desde sus dedos
directamente al alma de quienes lo escuchaban. Me dejé llevar por la melodía hasta
que volví a tomar conciencia y presté más atención. Me acerqué entre las personas
que lo escuchaban tocar, y lo vi...

Un chico sorprendentemente alto. Había tenido amigos que medían 1.80, pero él era,
por lo menos, diez centímetros más. Su cabello, entre rubio y castaño, se tornaba de
un tono vainilla bajo los pequeños destellos de sol. Tenía facciones muy marcadas y,
en un momento, levantó la vista… perdí el aliento.

Era, sin duda, el chico más guapo que mis ojos habían visto —y me considero una
persona que se fija mucho en eso—. Tenía los ojos acaramelados y unas pestañas con
un largo al que yo jamás podría aspirar. Llevaba un abrigo negro que contrastaba con
su piel clara, casi vainilla. No me di cuenta de cuánto tiempo estuve observándolo,
pero debió ser bastante, considerando que recuerdo cada uno de sus gestos al tocar.

Cuando terminó la canción, el público que lo rodeaba lo aplaudió suavemente,


agradeciendo la melodía, y poco a poco comenzó a dispersarse. El silencio que quedó
fue distinto… pesado, pero cargado de una energía extraña. Me acerqué un poco más,
como si algo —o alguien— me empujara hacia él.

Tengo que conocerlo, pensé.

—Eso fue increíble —le dije con una sonrisa tímida.

Él levantó la mirada, lo cual me puso nerviosa por unos segundos. Me costó


sostenerle la vista, pero luego me regaló una sonrisa cálida, que contrastó con el
viento frío que nos rodeaba.
—Gracias. Me gusta pensar que cada tecla tiene su historia —respondió con una voz
suave, como si cada palabra formara parte de una canción que solo él conocía.

—¿Eres de aquí? —pregunté, intentando sonar casual, aunque mi voz tembló un poco.

—No del todo —contestó—. Este lugar es mi casa… pero no lo llamaría hogar.

Quise preguntarle qué historia había detrás de ese "hogar", pero antes de poder decir
algo más, sonó mi teléfono.

—Oh… tengo que irme. Pero me encantaría volver a escucharte tocar algún día —
dije, con algo de pena.

—Entonces, eso será un trato —sonrió—. Vengo aquí cada vez que la melodía lo
merece.

Asentí con la cabeza mientras me despedía. Y él… él solo siguió mirándome, como si
detrás de mí no existiera uno de los paisajes más hermosos de la ciudad.

Mientras me alejaba, su música y su mirada se quedaron impregnadas en mi mente.

Regresé a la realidad con el zumbido insistente de mi celular.

—¿¡DÓNDE ESTÁS!? El señor Corvan está a punto de llegar para la propuesta del
diseño. ¡Deja de soñar, Ana!

Claro, mi encuentro con el pianista misterioso me hizo olvidar por completo que hoy
era el gran día. Joseph Corvan, el magnate detrás del Corporativo Corvan —una de las
agencias de branding más prestigiosas y poderosas de Manhattan— estaba por llegar a
mi oficina para revisar mi propuesta. Y no era cualquier presentación: era un concepto
innovador, ambicioso… la fusión entre inteligencia artificial y diseño estratégico. Si
todo salía bien, podría transformar la forma en que su empresa —y tal vez la industria
— entendía el branding digital.

Conseguir esa reunión no fue fácil. Me tomó semanas de correos ignorados, llamadas
que terminaban en buzón de voz, y recordatorios insistentes a su asistente.
Literalmente tuve que pelear cada minuto de este espacio como si estuviera
participando por un lugar en la cima.

Y, por supuesto, justo hoy, cuando por fin tendría frente a mí al hombre que podía
cambiar mi carrera para siempre… tenía que distraerme con el chico del piano.

Joseph Corvan no era simplemente un empresario exitoso. Era un titán. Un visionario


que había levantado su imperio desde cero y que tenía la reputación de ser tan
brillante como implacable. Su mirada podía congelarte, y sus decisiones eran tan
certeras como definitivas. Esta presentación no era solo una oportunidad; era una
prueba. Un juicio silencioso para ver si una joven diseñadora con una empresa
emergente tenía lo necesario para jugar en las grandes ligas.
Llegué a la oficina a toda prisa. Liv, por supuesto, ya estaba ahí, con su habitual
energía y su sentido del orden… y una mirada que decía “te mato” sin necesidad de
hablar. Vivimos juntas y ella era quien preparaba los almuerzos, me levantaba a
tiempo y me hacia constantemente puntual, pero desde que ese chico Alex la envolvio
con sus encantos, Liv decide dejarme sola con sus gatos cada fin de semana, lo que
me permite ser mas espontanea con el tiempo.

—Si no fuera porque veo café en tu mano, estaría mucho más molesta —dijo, con una
ceja arqueada y los brazos cruzados—. Espero que tengas una excusa que valga oro,
jefa.

—No es momento para charla, pero sí… me pasó algo increíble. Te cuento luego —le
dije entre risas nerviosas, abriendo la laptop mientras intentaba que mis manos
dejaran de temblar.

—¿Cómo estuvo la noche con Alex? — Pregunte viendola felizmente desvelada.

—Increible amiga, pero como dijiste: “menos charla y mas trabajo”, nuestro futuro
jefe esta a punto de llegar.

Minutos después, ya habíamos ordenado la pequeña sala de juntas —bueno, más


bien… el rinconcito donde improvisábamos nuestras presentaciones. Acomodé los
bocetos impresos, verifiqué el proyector, y tomé aire justo antes de escuchar la puerta
abrirse.

Y entonces, llegó él.

Joseph Corvan; caminaba como quien está acostumbrado a que el mundo se abra a su
paso. Alto, impecablemente vestido con un abrigo largo gris oscuro sobre un traje
hecho a la medida. Su presencia llenó el lugar antes de que siquiera dijera una
palabra. Traía consigo a su asistente —una mujer joven, de mirada aguda— y a otro
par de personas que apenas pude registrar mientras me concentraba en no dejar caer el
control del proyector.

—Buenos días —dijo con voz grave, firme, sin dejar lugar a silencios incómodos.

—Buenos días, señor Corvan —respondí, sonriendo con toda la calma fingida que
pude reunir.

Lo invité a tomar asiento mientras le explicaba brevemente lo que iba a mostrarle. A


medida que hablaba, él no dejaba de observarme, pero no con desdén… tampoco con
calidez. Era esa clase de mirada que te analiza como si fueras un concepto que todavía
no termina de entender. Me escuchaba con atención, pero su rostro no transmitía
emoción alguna.

Yo, por dentro, sentía que cada palabra era un examen.

Terminé la presentación con una propuesta visual: una maqueta digital de cómo
luciría la nueva identidad visual de su marca, incluyendo los elementos interactivos
alimentados por inteligencia artificial.
Cuando terminé, él guardó unos segundos de silencio. Solo después de mirar a su
asistente, asintió levemente.

—Interesante —fue todo lo que dijo. Y se puso de pie.

Me despedí con respeto, tratando de mantenerme firme, aunque mis rodillas ya


temblaban del esfuerzo.

Pero cuando estaba a punto de dar todo por terminado, su asistente se detuvo junto a
mí.

—El señor Corvan quiere que trabajes desde la oficina principal durante las próximas
dos semanas. Quiere ver cómo se adapta tu propuesta a su equipo y si puede funcionar
en un entorno real —me dijo sin rodeos.

—¿En su edificio? —pregunté, confundida.

—Sí. Te enviaremos los accesos hoy mismo. Empiezan en una semana.

La asistente se retiró con una sonrisa amable, y apenas la puerta se cerró, Liv y yo
gritamos al mismo tiempo:

—¡AHHHHHH! ¡VAMOS A TRABAJAR CON EL SEÑOR CORVAN!

—¡En su edificio! No puede ser, jefa, lo logramos —dijo Liv, agarrándose la cabeza,
entre risa y shock.

—Esta noche tenemos que celebrar, sin duda —respondí, con el corazón aún
acelerado.

Nos miramos, riéndonos como niñas, sabiendo lo mucho que nos había costado llegar
hasta aquí.

Liv se había convertido en más que una amiga. Era mi hermana neoyorquina. Cuando
llegué a la ciudad sin conocer a nadie, y con los nervios y el corazón enredado entre
miedo y emoción, fue ella quien apareció como por arte de magia.

Estaba en el metro, apenas saliendo del aeropuerto, arrastrando mis maletas y mi


ansiedad como si fueran una sola, apenas y podía sostener mi cartera cuando el
zumbido de mi telefono me hizo soltarla.

—Hola, buen día, señorita —dijo una voz seca al otro lado—. Soy la casera del
departamento que alquiló en Brooklyn. Lamento informarle que, debido a una
inundación de la tubería, no podremos rentarle la estancia. Esperamos que tenga un
buen día.

…¿Buen día?

Sentí que la ciudad me estaba dando su primera bofetada de bienvenida.


Del coraje, se me resbaló la cartera y rodó unos cuantos metros hasta detenerse justo
frente a unos tenis blancos. La recogió una chica de cabello rizado, lentes y una vibra
medio caótica pero cálida. Me miró, como analizándome, y me dijo:

—¿Quieres ser mi roomie?

La miré, confundida.

—¿Qué?

—Ah, sí, perdón. Soy Olivia —sonrió con total naturalidad, como si ofreciera casa a
desconocidos todo el tiempo—. Escuché tu pequeña conversación con la casera.
Parece que te acabas de quedar sin lugar para dormir, ¿no es cierto?

Asentí, aún procesando todo.

—Tengo un departamento no muy lejos de Manhattan. Y un cuarto libre. Si quieres…


puedo rentártelo.

—¿Cómo? —pregunté, aún más confundida. —Nisiquiera me conoces, ¿por qué me


ofrecerías vivir contigo?

—Vi lo suficiente para saber que puedo confiar en ti. Además, creo que soy tu mejor
opción… ¿o no?

Asentí de nuevo y ella, sin decir más, tomó una de mis maletas para ayudarme.

Soy una persona muy emocional, de esas que se guían por lo que sienten antes que
por lo que piensan —culpa de ser Cáncer, supongo—. Y Olivia… tenía esa vibra.
Algo en ella se sentía familiar, sencillo, real.

Y fue justo eso lo que me hizo confiar en que, aunque sonara una locura, estaba
tomando una buena decisión.

Recuerdo perfectamente el momento en que llegamos a su departamento aquella


primera noche. Era espacioso, cálido y... lleno de gatos. Literalmente, lleno de gatos,
uno se estiraba sobre el sillón, otro dormía sobre la ventana, y un tercero se enredó en
mis piernas apenas crucé la puerta.

Esa noche hablamos por horas, como si el universo hubiera decidido juntarnos a
propósito. Le conté de dónde venía, lo que me había costado ahorrar, lo mucho que
soñaba con construir algo propio. Le hablé de mis ideas, de mi amor por el diseño
web y cómo quería crear una marca con alma, algo distinto.

—Yo soy diseñadora de interiores —me confesó ella, con orgullo—. Pero la verdad,
lo mío no es solo “decorar bonito”, me encanta crear espacios que tengan vida.
Y sin pensarlo, le hice la propuesta que lo cambiaría todo.

—¿Quieres ser parte de esto? Podrías encargarte del diseño de la oficina cuando logre
abrirla... cuando sea real.

Ella sonrió como si ya supiera que lo íbamos a lograr.

Y ahora, tres años después, sigue a mi lado. Juntas construimos esa oficina desde
cero: ella con sus ideas locas de texturas, luces neutras y plantas colgantes; yo con mi
laptop, mi visión y un millón de ganas de que todo saliera bien.

Empezamos ofreciendo nuestros servicios a pequeños negocios. Algunos proyectos


salieron bien, otros no tanto, pero jamás nos rendimos. Buscamos la forma de
hacernos notar, porque sabíamos que no éramos una empresa cualquiera. Queríamos
que nuestra esencia se reflejara en cada diseño, y ese mismo objetivo lo aplicábamos
con nuestros clientes: construir marcas con alma, con identidad.

Y al parecer… eso empezaba a funcionar.

Así que sí, Liv no es solo mi roomie, ni mi socia, es mi mejor amiga y compañera en
toda esta carrera, y este negocio no sería lo mismo sin ella.

Fuimos a una terraza que Liv sabía que yo adoraba, justo enfrente del Empire State.
Era uno de esos lugares secretos que solo los locales conocen, con luces cálidas,
mantas sobre los sillones y un cielo que parecía más cercano desde ahí arriba.

Liv pidió su clásico vino rosado. Yo, un café frío con licor. Las dos estábamos en
modo celebración total, mirando la ciudad iluminada como si de verdad fuera nuestra.

—Ok, nena —dijo Liv, dándole un trago a su copa—. Suéltalo todo. ¿Qué fue lo que
te hizo retrasarte tanto el día de hoy?

Me reí bajito y después le dije—Conocí a un chico. Pero no cualquier chico… un


pianista.

—¿Un pianista? —me miró con los ojos brillando—. ¿Dónde? ¿Quién es? ¿Está
guapo? ¿Ya lo stalkeaste?

—Cálmate —dije riéndome—. Fue esta mañana, justo antes de llegar a la oficina. Me
desvié por Central Park… y ahí estaba. Tocando el piano como si el mundo no
existiera.

Tenía una forma de tocar que me dejó sin palabras, Liv. Como si cada nota le saliera
del alma. Era alto, muy alto… cabello claro, piel de porcelana, ojos acaramelados. Y
su voz… ufff. Me habló como si todo fuera parte de una melodía.

Liv me miró con la boca abierta, como si ya estuviera escribiendo la historia en su


cabeza.

—¿Y luego? ¿Le hablaste?


Asentí, con una sonrisa boba.

—Sí. Le dije que fue increíble. Me sonrió. Hablamos solo unos minutos… pero fue
raro. Como si lo conociera de antes. Como si algo… no sé, se activara.

—Anahí —dijo Liv, bajando la copa—. Esto suena como el inicio de algo.

—Sí, pero lo más probable es que no vuelva a verlo —respondí encogiéndome de


hombros—. Ni siquiera sé su nombre.

Ella me miró como si no creyera una sola palabra.

—Mira que si la vida te lo vuelve a poner en frente… es por algo, no has conocido a
nadie desde que llegaste aqui, talvez sea tu momento de envolverte en tu primer
romance de ciudad, que emocionante.

—¿Te encanta romantizar mi vida verdad Olivia?— La juzgue con mirada burlona.

—Claro! Lo sabes, y basta de decirme Olivia, siento que hablo con mi mamá.

— Ja, lo siento, pero... bueno, dejemos de hablar de esto y dejame disfrutar de la


vista.

Brindamos justo cuando el Empire State se encendió con luces doradas, cada vez que
esto pasa, me recuerda a cuando lo vi por primera vez, soñaba tanto con algún dia
estar parada aqui, y aun asi viendolo casi diario, este espectaculo siempre lograba
enamorarme una vez mas de esta ciudad que cada dia mas siento como mi hogar.
2

La mañana después de una celebración suele ser muy cansada, sobre todo cuando
combinas el alcohol con la melodía de un piano. Por suerte, es domingo.
Me levanto adormitada, con un dolor de cabeza que no me deja seguir durmiendo.
Tomo a uno de los gatos de Liv —ya les tomé cariño después de tres años viviendo
aquí— y lo acaricio mientras salgo al sillón de la terraza.

Desde ahí veo todo. La vista es hermosa, y he tomado el hábito de venir a recibir las
mañanas aquí. Después de escuchar los sonidos de la ciudad por un rato, todo ese
ambiente se nubla al recordar la melodía de ayer.
Era tan suave, tan linda, y tampoco podía sacarme de la mente a quien la estaba
tocando.

Quise restarle importancia a lo que sentí, pero incluso con resaca puedo recordar cada
gesto y cada rasgo de ese hombre.
Me llena de curiosidad, y a la vez me mata la sensación de que no lo volveré a ver.
Aunque creo que eso pasa más de lo normal. Esta ciudad es enorme, así que no creo
ser la primera en tener un flechazo con alguien a quien no volveré a ver.

Los domingos son día de limpieza. Liv es súper ordenada, y eso me ayuda a serlo
también. Hoy vendrán sus padres a comer; ellos me han hecho sentir como un
miembro más de su familia. Incluso el hermanito pequeño de Liv ya me llama
“hermanastra”. Jah, creo que no tiene muy claro cómo funcionan las familias
políticas.

Aunque suene loco, creo que estar lejos me ha ayudado a tener una relación más sana
y fuerte con mis padres. Mi familia es muy joven: mi mamá me tuvo cuando apenas
tenía 16 años y mi papá era solo cuatro años mayor. Desde ese momento, mi llegada
cambió sus vidas por completo. Nunca han sido malos padres; al contrario, creo que
esa juventud hizo que su forma de criar fuera más moderna, y eso hizo que me
disfrutaran más.

Pero con mi mamá, la relación siempre fue un poco complicada, llena de altibajos y
malentendidos. A veces sentía que no podía conectar con ella como quería, y eso
dolía. Sin embargo, la distancia me dio espacio para entenderla mejor, para valorar lo
que hizo y para construir una relación diferente, más madura, donde aunque no
estemos tan cerca físicamente, hemos logrado fortalecer nuestro vínculo. La he
visitado en Navidad, en cumpleaños y otras fechas importantes, y esos momentos
juntos han sido clave para hacer ese lazo más fuerte desde lejos.

Justo cuando estoy terminando de acomodar la cocina, escucho el sonido del auto que
llega. Los papás de Liv ya están aquí. Siempre me da un poco de nervios, pero
también mucha tranquilidad, porque me hacen sentir en casa, incluso cuando la mía
está lejos.

—Anaaaaaa. Escucho la dulce vocesita del pequeño de 5 años, quien siempre me hace
acordar a mi hermana de 10.
—Maxi, como esta mi pequeño nadador. — Maxi desde que tenia 3 años, le
encantaba nadar en albercas y demostro mucha habilidad deportiva, al contrario de
Liv que se la pasa tirada en el sillon viendo dramas coreanos.

Me abraza y corre a jugar con los gatitos, y escucho la voz de los padres de Liv
entrando por la puerta:

—Cada vez que vengo, el color de las cortinas es diferente —dice su mamá,
acercándose a mí con una sonrisa cálida.
En ese momento se oye el agua correr: Liv todavía está en la ducha, como siempre,
tomándose su tiempo.

—Ya sabe, señora Hayes, Liv cambia la decoración del departamento como cambia
de calcetines, jajaja.

—¿Cómo están, linda? —me pregunta el señor Hayes con una sonrisa hogareña.

—Diría que muy bien, pero mejor esperamos a que llegue Liv para que les cuente —
respondo.

—¿Por qué tarda tanto en la ducha esa niña? —pregunta la madre de Liv mientras
acomoda los regalos que siempre trae para los gatitos.

—Liv es muy meticulosa con su baño, es casi un ritual para ella, jajaja. No queremos
interrumpir sus vibras.

Su papá deja las bolsas sobre la mesa y me guiña un ojo cómplice, mientras Maxi
sigue correteando feliz con los gatitos.

Cuando Liv sale, saluda a sus padres y sin siquiera terminar de cambiarse, grita:
—¡Anahi Botello, dime que no les has contado nada sin mí!

Solté una risa que dejó confundidos a sus padres.


—Claro que no, pero si sigues tardando, a lo mejor dejo de esperarte —le respondo,
divertida.

Nos dirigimos a la cocina, donde Liv ya había preparado todo con esa precisión que la
caracteriza. La mesa estaba puesta con flores frescas que combinaban con los colores
suaves de la decoración del departamento, y varios platillos caseros que me hacían
sentir un poco más cerca de mi familia, aunque con ese toque especial que solo Liv
sabe darle a la comida.

Mientras nos sentábamos, Maxi seguía corriendo alrededor de la mesa, atrapando


juguetonamente a los gatitos y sacando risas de todos con sus ocurrencias. La
conversación se fue armando natural, entre historias de la semana, anécdotas de
trabajo y pequeños detalles cotidianos que hacen que estas reuniones sean tan
especiales.
Después de probar un poco de todo y de que Maxi se calmara por fin con un nuevo
juguete, Liv y yo nos miramos con esa complicidad que solo nosotras entendemos.
Era el momento perfecto para compartir la noticia que nos traía tanto entusiasmo.

—Bueno… —empecé, tratando de no delatar lo nerviosa que estaba—, tenemos algo


que queremos contarles.

Liv tomó mi mano por debajo de la mesa y agregó con una sonrisa brillante:

—Nos dieron un lapso de prueba en el corporativo Corvan.

Sus rostros se iluminaron de inmediato. La señora Hayes sonrió con orgullo, mientras
el señor Hayes asentía con aprobación, como si ya estuviera visualizando todo el
camino que vamos a recorrer.

—¡Eso es increíble! —exclamó ella—. Sabíamos que ustedes dos lograrían cosas
grandes juntas. Siempre he admirado la dedicación que le ponen a todo.

—Y este es solo el comienzo —dije, sintiendo que la emoción se me hacía un nudo en


la garganta—. Vamos a darlo todo para que esto funcione.

El señor Hayes me guiñó un ojo y agregó:

—Con esa actitud, no tengo dudas de que les va a ir excelente. Además, verlas
trabajar con tanta pasión es inspirador.

Todos reímos y la cena terminó siendo mucho más que una comida; fue una
celebración anticipada de lo que está por venir.

Despedimos a la familia de Liv y, mientras lavábamos los platos, noté que me lanzaba
una mirada juguetona. La miré con curiosidad y pregunté:

—¿Por qué me miras así?

Me sonrió, manteniendo ese tono travieso, y contestó:

—Se acaba el fin de semana, mañana volvemos a la oficina. ¿Sabes lo que eso
significa, verdad?

—¿Que debemos acostarnos temprano? —respondí con sarcasmo.

Liv me clavó una mirada de esas que te hacen querer correr y, entre risas, me dijo:

—No, tonta, que mañana puede que el destino te ponga frente a frente con tu pianista
misterioso otra vez. —Se cubrió la cara con uno de mis cojines para no reírse más
fuerte.

Liv dejó el cojín a un lado y se sentó en la barra con una sonrisa pícara:
—Esto es serio, Ana. ¿Te das cuenta de que por fin podemos encontrar a tu hombre
ideal? Tenemos que ponerte perfecta, y mañana pasaremos de nuevo por Central Park
súper temprano para no retrasarnos, obvio. Y no nos iremos hasta conseguir el
número de ese chico.

La miré con ironía, pensando que era una locura, y le dije:


—Ajá, ¿y qué planeas? —pregunté mientras secaba un plato—. ¿Vas a hacer que me
maquillen, me peinen y me pongan tacones?

—Claro que sí —me dio un codazo—, pero más importante, tenemos que sacar el
número de ese pianista misterioso, sí o sí. No podemos dejar que se te escape otra vez.

—Pero, ¿me escuchaste ese día? Sería demasiada casualidad que lo encontrara de
nuevo ahí, y aun así, si lo hiciera, no me atrevería a pedirle su número —respondí con
un tono nervioso.

Liv me miró con esa furia graciosa que pone cuando no le doy la razón, saltó desde la
barra hasta casi mi cuello, me tomó de los hombros y me dijo:
—Chica, justo porque te conozco, sé que aunque lo vieras diario no harías
absolutamente nada. Es una oportunidad que no estoy dispuesta a que pierdas, así que,
quieras o no, mañana te verás hermosa e iremos a encontrar ese piano.

Asentí, con ganas de que esto se convirtiera en algo real, porque la verdad, ese
hombre me había dejado una curiosidad que no se quita fácil.
—Ashh, tú ganas —dije—, pero si no lo encontramos, entenderé que es una señal y
no volveré a buscarlo, ¿me entiendes?

—Hecho —dijo, mientras corría a buscar su ropa para mañana—, y yo empecé a


llenarme de nervios por volver a ver a ese “pianista misterioso”, como ya lo había
apodado sin querer.

La noche no pudo ser mas larga, la idea de volver a cruzarme con sus ojos
acaramelados me tenía dando vueltas en la cama. A la mañana siguiente, nisiquiera
pude cumplir con mi rutina de mirar la terraza mientras amanecia, Liv apareció en mi
habitación con toda una maleta de maquillaje, peines, que segun ella “iba a hacerme
brillar más que las luces de Time Square”

—¿Lista para la transformación? —me preguntó mientras me ofrecía una taza de café.

Me reí y le respondí que sí, aunque en el fondo me sentía un poco nerviosa, como si
fuera a salir en una película romántica.

Mientras Liv trabajaba en mi cabello y maquillaje, no podía evitar imaginar cómo


sería volver a verlo, si me reconocería, o si solo fui yo la que imagino una conexión
cuando solo fui otra extraña mirandolo tocar el piano entre la multitud.

Finalmente, con el look listo y el corazón latiendo a mil, salimos rumbo a Central
Park. Liv no paraba de decirme que hoy era el día, que el destino no podía fallarnos
dos veces.
Al llegar, el parque estaba más vivo que nunca; corredores, turistas, niños jugando, y
claro, el murmullo constante de músicos callejeros. Era lunes, y los inicios de semana
en Nueva York eran demasiado agetreados.

Prestaba atención a cualquier sonido que pudiera resultarme familiar. Pero ninguno
era como ese que se me había quedado grabado en la piel: el suave eco de un piano en
medio del parque.

—Aquí no está… —dije bajito, cruzando los brazos, con una mezcla de decepción y
resignación.

—Paciencia —me respondió Liv con tono esperanzador, abrigándose un poco más—.
Apenas empieza el día.

Y justo cuando mis ganas de buscarlo empezaban a disolverse como el vapor de mi


café… ahí estaba. Una melodía suave comenzó a colarse entre los árboles nevados.
Sentí un cosquilleo recorrerme la espalda. Liv se detuvo, me miró con los ojos
grandes y brillantes como niña en juguetería.

—¿Es él, verdad?

Asentí sin hablar. Mi corazón había empezado a latir con fuerza, como si reconociera
ese sonido antes que mi razón.

Nos acercamos despacio, y sí… ahí estaba él. Mi pianista misterioso, con su abrigo
negro, el cabello un poco más despeinado que la última vez, y esa conexión entre sus
dedos y el piano que parecía ir más allá de lo físico.

—Amiga, lo que me dijiste no le hace justicia. ¡Es guapísimo! —me susurró Liv con
tono pícaro, sin disimular lo más mínimo.

—Lo sé… —dije casi en un suspiro—. Es... demasiado atractivo.

La música seguía, y yo me perdía en sus notas. Mi mente repasaba ese primer


encuentro, como si intentara prepararme para lo que seguía. Pero nada podía evitar los
nervios que sentía al saber que, con Liv ahí, no había escapatoria. Iba a tener que
hablarle.

Liv seguía murmurando ideas (probablemente un plan para empujarme hacia él), pero
yo no escuchaba nada. Solo el piano. Solo a él.

Y entonces, sus manos tocaron la última nota. El público aplaudió con esa emoción
silenciosa que solo la música en vivo puede provocar.

Y justo ahí…

—¡Terminó! Es tu momento. Acércate y háblale —dijo Liv, empujándome levemente


con el codo.

Me quedé clavada en el suelo como si me hubieran congelado los pies.


—No… no puedo. ¿Y si no se acuerda de mí? ¿Y si piensa que estoy loca? Esto fue
una mala idea —susurré, llevándome las manos al rostro para cubrir mi pánico
existencial.

Pero Liv ya no estaba a mi lado.

Ella ya estaba caminando hacia él.

Liv ya no estaba a mi lado. Cuando bajé las manos de mi cara, la vi acercándose a él


con paso seguro, como si fuera a saludar a un viejo amigo.
—¡Liv! —murmuré entre dientes, queriendo correr detrás de ella… pero sin moverme
ni un centímetro. Trágame tierra.

Él estaba recogiendo una partitura cuando ella lo interceptó, con esa sonrisa
encantadora que suele usar cuando quiere algo. Él la miró con una mezcla de sorpresa
y amabilidad.

—Hola —le dijo Liv, como si estuvieran en la fila del supermercado—. Disculpa que
te interrumpa, solo quería decir que tocas increíble.

—Oh, muchas gracias —respondió él, un poco desconcertado pero con una sonrisa
suave, educada.

—Mi amiga y yo pasábamos por aquí… bueno, en realidad pasamos por aquí
esperándote —dijo con total naturalidad, señalándome con la cabeza sin disimulo.

Yo abrí los ojos como platos, quería desaparecer. Él giró lentamente la vista hacia mí.
Nuestros ojos se encontraron. Y aunque mi cara ardía de la vergüenza, no pude evitar
sonreír tímidamente.

—Ella quedó fascinada contigo la última vez que te escuchó tocar, pero no se atrevió
a hablar mucho —continuó Liv como si esto fuera lo más normal del mundo—. Así
que hoy, me la traje obligada.

Él rió suavemente, bajando la mirada como si le causara ternura. Luego volvió a


mirarme.

—Entonces, ¿ya nos habíamos visto antes? —me preguntó, con esa voz suave, como
si sus palabras también estuvieran tocando teclas invisibles.

Asentí, aunque por dentro sentí el estómago darme un vuelco. ¿No me recordaba?
Toda esa escena que había revivido una y otra vez en mi cabeza... ¿había sido solo un
espejismo mío? Empecé a pensar que tal vez había exagerado lo que sentí, que quizás
me ilusioné con una versión que solo existía en mi mente.

Pero entonces, él me miró de nuevo, y con esa sonrisa que parecía dibujarse sin
esfuerzo en su rostro, dijo:

—Parece que nuestro trato se cumplió más rápido de lo que yo esperaba.


Y en ese momento, algo dentro de mí estalló en fuegos artificiales silenciosos. ¡Sí me
recordaba! Sonreí con torpeza, tratando de no parecer demasiado emocionada, pero
por dentro... una parte de mí quería gritar.

Liv, como si no pudiera dejarme disfrutar del momento en paz, se apresuró con su
presentación, orgullosa de haberme empujado hasta ahí.

—Soy Olivia, por cierto. Y ella es Anahí —dijo extendiéndole la mano, como si fuera
nuestra representante legal en un contrato con el destino.

Él estrechó la suya con gentileza y luego se volvió hacia mí.


Cuando su mano tocó la mía, sentí algo que no sé cómo explicar. Era como una
descarga, pero cálida. Una conexión instantánea que me recorrió desde los dedos
hasta el pecho, como si nuestros nervios se conocieran. Me miró directamente a los
ojos, sin apuro, y sonrió de nuevo.

—Anahí —repitió, como probando el sonido de mi nombre en su boca—. No es fácil


olvidar a una chica con esos ojos café tan hermosos —dijo, con un tono tan natural
que me hizo preguntarme si lo decía seguido... o si realmente lo pensaba.

Yo tragué saliva y desvié la mirada por un segundo, intentando no ruborizarme como


adolescente.
Pero por dentro, mi corazón estaba haciendo piruetas.

—Y tú… ¿cómo te llamas? —preguntó Liv con la naturalidad de quien no tiene


vergüenza alguna.

Él se rió suavemente, y por un momento pareció dudar.

—Soy Erick… Erick… cooo... —miró hacia otro lado como si buscara una respuesta
en el aire— Coleman. Sí, Erick Coleman —dijo entre risas, como si hasta a él le
costara creerse su propia mentira.

Lo miré entrecerrando los ojos, porque algo en su pausa me pareció raro. Pero en vez
de cuestionarlo, me reí con él. Tenía una risa linda, de esas que suenan como si
vinieran desde adentro, sin filtros.

—Bueno, Erick Coleman , un gusto por fin ponerle nombre al “pianista misterioso”.

Dijo liv con una confianza, y al terminar de escuchar esas palabras dentro de mi pense
voy a matarla.

—El gusto es mío, y vaya que es un honor. —Lo dijo mirandome y casi
escaneandome con la mirada, lo que hizo que me temblaran las piernas.

Algo dentro de mi, me decía que era el momento de invitarlo a tomar un café o salir a
caminar algun día, me llene de valentía y justo cuando estaba a punto de hacerlo,
paso:
—¡Llegué! Creí que la fila del café jamás terminaría —dijo una voz femenina, suave
pero clara.

Volteamos al mismo tiempo.

Una chica rubia muy hermosa, llegó con dos cafes uno para el y de seguro el otro no
era para mi. Liv me miraba, confundida mientras el le agradeció y ella nos miro y
pregunto:

—¿Y ellas son...? —preguntó la rubia, mirándonos con esa expresión entre curiosidad
y sutil competencia.

—Ella es Anahi, y su amiga Liv, estaba charlando con ellas y...

—Bueno… creo que ya nos vamos —dije, interrumpiendolo, fingiendo que revisaba
el celular—. Se nos hace tarde para llegar a la oficina.

—¿Ya? —preguntó Liv, sorprendida, sabiendo perfectamente que era una excusa.

—Sí —dije firme, mientras me acomodaba la bufanda y evitaba mirarlo de nuevo a


los ojos.

Sentí que la sonrisa se me resbaló como si la tuviera dibujada con plumón barato.

Qué tonta fui, pensé.


Claro que es guapo. Muy atractivo.
Y claro… seguro cada chica que lo ve tocar, queda igual de encantada.
Y él, debe estar más que acostumbrado a coquetear sin compromiso.

Camine rapido y Liv solo se despidió mientras le hacia señas de “no lo se” a Erick
quien confundido solo vio como nos alejabamos.

Al llegar a la oficina, el silencio de Liv era más ruidoso que cualquier discurso. Me
lanzaba miradas de juicio mientras dejaba su abrigo y me acorralo sentandose en mi
escritorio.

—¿Qué fue eso? —dijo, cruzando los brazos—. Literalmente tiraste TODO el
progreso que habíamos logrado… en menos de cinco minutos.

Me senté con un bufido. La desilusión venía disfrazada de enojo, pero por dentro,
sentía un huequito incómodo en el pecho.

—Por Dios, Liv. ¿Viste cómo me dijo todas esas cursilerías baratas con tanta
naturalidad? Es claro que usa las mismas palabras con todas las mujeres que van a
verlo tocar. Fui muy tonta por hacerte caso. Sabía que era una mala idea.

Ella me miró en silencio, como procesando mi drama con cuidado, pero con la mirada
de quien sabe que no me va a dejar zafarme tan fácil.
—¿Te das cuenta de que ni siquiera le diste oportunidad de decir algo? ¡Chica! —
exclamó Liv, aún indignada—. La rubia te miró con cara de competencia, es obvio
que la interesada es ella. ¡Ni siquiera sabes si es su amiga, su fan… nada! Deja el
drama, y mañana que lo veas de nuevo, le preguntas.

—Yo no sé de qué “mañana” hablas. No voy a volver a verlo. Y si pasa, lo voy a


ignorar como si nunca lo hubiera conocido —dije, cruzándome de brazos—. Tan ilusa
yo… estuve a punto de invitarlo a un café, y al final solo iba a ser una más en la fila.

Liv se sentó a mi lado con ese tono entre regañona y suave que solo ella sabe usar.

—Ana, no lo sabes. No lo hiciste. La chica nos interrumpió. Y no viste cómo te miró


Erick cuando nos fuimos… Te lo juro, algo sintió. Yo sé que puede haber una
explicación, nena. No dejes que esto se te vaya de las manos tan fácil.

—Es fácil. No se me va a ir de las manos… porque nunca lo estuvo. Así que es mejor
que olvidemos este tema y nos concentremos en lo que realmente importa. Estamos a
días de comenzar en el corporativo Corvan, y no podemos darnos el lujo de
distraernos.

Liv me miró con desaprobación, pero no dijo nada. Solo se acercó, me dio un abrazo
fuerte —de esos que te sostienen más de lo que aparentan—, y luego se fue a su
escritorio.

Yo, por mi parte, me quedé ahí, sentada frente a mi laptop, viendo el cursor parpadear
como si marcara cada segundo de lo que acababa de pasar.

Debajo del enojo… me sentí patética. Por crearme una historia que, tal vez, solo
existió en mi cabeza.
Aunque, en el fondo, sabía que Liv tenía razón en algo: sí sentí algo. Como si mis
ojos se hubieran conectado con los suyos.
Lástima que no era real. Solo fue una idea bonita. Una melodía suave… que se
desvaneció antes de convertirse en canción.

El final, silencioso, de mi “melodía romántica” con Erick, el pianista misterioso.


3

Conocía a Liv. Si algo se le metía en la cabeza, encontraría la forma de arrastrarme


con ella hasta lograrlo. Así que tomé la delantera: empecé a levantarme más temprano
que ella, me arreglaba rápido y la obligaba —literalmente— a tomar el metro directo
a la oficina.
No iba a permitir ni un desvío, ni un café de más, y mucho menos una “casual visita”
a Central Park.
No estaba dispuesta a volver a encontrarme con él.
Con su piano.
Con su sonrisa.
Con ella.

Cada vez que lo recordaba —su mirada, su voz, y luego esa escena con la rubia
perfecta— sentía que las venas se me apretaban, como si la rabia y la decepción
quisieran gritar a través de mi piel.
No quería pensar en él.
Así que no lo hice. O al menos, lo intenté con todas mis fuerzas.

Y sin darme cuenta, los días se esfumaron. De repente ya era domingo de nuevo.
Mañana empezaba oficialmente mi prueba en el Corporativo Corvan.

Y con eso... llegó ese fantasma que me acompaña cada vez que algo bueno se asoma
en mi vida: el maldito síndrome del impostor.

Sentía un nudo en el estómago que no se iba con té, ni con pan dulce, ni siquiera con
los abrazos de Maxi o los regaños cariñosos de Liv.
Era como si una vocecita me susurrara al oído:

"¿Estás segura que eres tan buena como aparentas?"


"En cualquier momento se darán cuenta."

Y lo peor es que esa voz sonaba mucho a mí misma. A esa versión de mí que todavía
duda, que aún no cree que merece lo que ha logrado.

Liv me encontró en la terraza, envuelta en una cobija, tomando café frío y con la
mirada perdida en el cielo de Brooklyn.

—¿Otra vez te estás peleando con tus pensamientos? —dijo dejando una taza a mi
lado.

—No me peleo —respondí suspirando—. Solo no me creo nada.

—¿Nada?
—Nada de esto. Que estemos trabajando en una oficina que construimos desde cero,
que mañana entraré a una empresa como Corvan, que alguien como yo haya llegado
hasta aquí... No sé, Liv. A veces siento que estoy actuando como si fuera capaz, como
si fuera suficiente, cuando en realidad solo estoy esperando a que alguien me
desenmascare.

Liv se sentó a mi lado, y como siempre, sin prisa, me abrazó.

—Nadie está actuando aquí, Ana. Eres más capaz de lo que tú misma puedes ver. Y
sí, tal vez todo se siente demasiado bueno para ser cierto… pero eso es porque estás
entrando a un nivel de vida que todavía no te has permitido creerte merecedora. Y
¿sabes qué? Ya es hora de que empieces a hacerlo.

Sus palabras me abrazaron más fuerte que sus brazos.

No respondí. Solo asentí, tragando ese nudo que dolía más que cualquier dolor de
estómago.

Porque, aunque me cueste aceptarlo... tal vez sí, ya es hora de empezar a creer en la
versión de mí que tanto he trabajado por construir.

—Mañana, entraremos a esa oficina y les haremos ver a quienes dejaron entrar que te
parece. — Me susurro Liv con un tono que solo ella sabe hacer para calmarme.

—Y te pones el Blanco...— Dijo emocionada.

—¿El blanco? Pero solo es para galas y cenas.

—Pues esto es como una gala, nena. ¡Y merecemos vernos espectaculares! —dijo
abriendo los ojos como si hubiera descubierto el secreto del universo.

Ese abrigo... lo recuerdo perfectamente.

Lo vi en un aparador una tarde cualquiera, mientras caminábamos por un barrio de


tiendas que ni siquiera sé cómo terminamos pisando. Estaba ahí, colgado como si
supiera que yo iba a pasar. Un abrigo blanco largo, elegante, de esos que hacen girar
cabezas y subir autoestima.
Me costó tres meses de salario.
Pero lo compré igual.
No por impulso, sino porque cada vez que lo veía me recordaba lo que quiero ser:
alguien que brilla sin tener que pedir permiso.
—Está bien —le dije a Liv mientras dejaba el café frío sobre la mesita—. Mañana me
pongo el blanco. Pero solo porque quiero sentirme como si esto fuera el inicio de algo
grande… aunque me esté muriendo de nervios.

—¡Así se habla, reina! —dijo levantando su taza como si brindara por la versión
poderosa de mí que aún estaba por despertar.

Y en el fondo… yo también brindé.


Aunque fuera en silencio.

Me desperté antes de que sonara la alarma. El cielo seguía teñido de azul grisáceo y la
ciudad aún no rugía del todo. Sentí ese tipo de nervio que se te queda en el pecho
como si estuvieras a punto de hablar frente a miles de personas...cuando ibas a tener
una presentación de fin de curso...asi de reprimida y nerviosa me sentia.

Liv dormía profundamente, acurrucada entre mantas y gatos. Yo me levanté en


silencio, me preparé un café rápido y me senté en la orilla del sillón de la terraza,
donde siempre me reconecto conmigo.

Sin pensarlo mucho, marqué a casa.

A los pocos segundos, la pantalla se llenó con el rostro de mi mamá, y mi papá


haciendose un cafe antes de todo como siempre.

—¡¿Qué haces despierta tan temprano, hija?! —preguntó mi mamá, frunciendo el


ceño, pero con esa mirada tierna que siempre me da paz.

—Es el gran día —dije, y aunque intenté sonar tranquila, mi voz tembló apenas un
poquito.

—¿Hoy empiezas verdad? —preguntó mi papá, acercándose más a la cámara como si


eso ayudara a escucharme mejor.

—Sí. Hoy. En unas horas, de hecho… solo quería verlos un poquito antes de empezar.

Mi papá dejó la taza a un lado, ya con cara de sermón.

—Vas a estar increíble, mi amor. Tienes todo para brillar. Lo sabes, ¿verdad?

—A veces lo sé… otras veces, siento que estoy jugando a ser alguien más. Como si en
cualquier momento fueran a descubrir que no soy tan buena.

Mi papá negó con la cabeza y sonrió con esa mezcla entre ternura y orgullo que tanto
me calma.

—Tú no te das cuenta, pero nosotros siempre supimos que ibas a hacer cosas grandes.
Aunque te diera miedo. Aunque no lo creyeras tú misma. Así que, ve ahí, mete la
cabeza en alto… y haz lo que mejor sabes: impresionar al mundo.

Tragué saliva, y sentí que el nudo en mi garganta se deshacía un poco. Solo un poco.

—Gracias por contestarme tan temprano. Solo necesitaba esto… verlos, escucharlos,
saber que están.
—Siempre estamos, hija. Aunque estés lejos —dijeron casi al unísono, lo que me hizo
sonreír de verdad.

—Bueno, me voy a meter a bañar antes de que me gane el pánico —bromeé.

—Te amamos, vas a hacerlo increíble —me dijo mi mamá, antes de cortar.

Colgué, cerré los ojos y respiré profundo. Por un momento, volví a ser esa chica en su
cuarto, viendo TikToks con el corazón lleno de sueños. Videos de personas
grabándose desde rascacielos, con “Empire State of Mind” de fondo, la famosa
canción de Alicia Keys que logra que Nueva York se sienta como un universo
paralelo donde todo es posible.

Y ahora… estoy aquí.


Lo logré.
Podría hacer ese TikTok si quisiera. Cada vez que se me antoje.
Y lo más importante: lo hice sola.

No puedo darme el lujo de autosabotearme. No después de tanto.

Respiré una vez más, me metí a bañar, y salí del baño con la mente más clara, el
cuerpo más ligero… y Liv gritando.

—¡Alexa! —dijo a todo pulmón—. ¡Pon la playlist más ruidosa y empoderadora que
tengas, que mi hermana y yo nos vamos a comer Manhattan hoy! ¡Y no me
decepciones!

Alexa obedeció al instante, y los primeros beats de “Unstoppable” de Sia llenaron la


habitación.

Perfecta.
Fuerte.
Intensa.
Como debía sentirme yo.

—¡Esa! ¡Esa es la actitud! —gritó Liv, bailando con la toalla en la cabeza mientras yo
buscaba mi abrigo blanco favorito.

Llegamos media hora antes de lo acordado, era demasiada puntualidad incluso para
Liv, el frío de la mañana neoyorkina nos envolvía como una caricia helada, pero
ninguna de las dos temblaba… al menos, no por eso.

Ahí estábamos, Liv y yo, paradas frente a la imponente entrada del Corporativo
Corvan. El edificio era un rascacielos de cristal oscuro que se alzaba como una
promesa inquebrantable en medio de Manhattan. Cada ventanal reflejaba la ciudad
como si la absorviera, y las puertas giratorias brillaban tanto que parecían espejos
pulidos con ambición.

En la entrada, un portero uniformado sostenía la puerta con una elegancia casi


cinematográfica.
La fachada minimalista y moderna gritaba lujo silencioso, de ese que no necesita
demostrar nada porque lo dice todo con su sola presencia. Letras doradas elegantes
sobre mármol negro marcaban el nombre del edificio como si fuera una marca
registrada de éxito.

Ambas nos miramos por el reflejo del cristal antes de entrar.


Respiramos al mismo tiempo.
Y sin decir nada, entendimos todo.

Entramos.

El interior del Corporativo Corvan era incluso más impresionante que el exterior:
mármol blanco por todas partes, lámparas colgantes como esculturas de cristal y
recepcionistas perfectamente coordinadas con trajes negros y tabletas en mano. Todo
parecía moverse en silencio, como si el lugar tuviera su propio ritmo: elegante,
preciso, poderoso.

Mis tacones resonaban sutilmente sobre el piso impecable mientras Liv y yo


caminábamos hacia la recepción.

—Buenos días, venimos al área de desarrollo creativo. Soy Anahí Botello —dije, con
voz segura aunque por dentro, mis nervios hacían una coreografía.

La recepcionista revisó algo en su pantalla, asintió con una leve sonrisa y dijo:
—Perfecto, la están esperando. La señorita Sophie Corvan vendrá por ustedes en un
momento.

Liv me lanzó una mirada que decía "¿Corvan? ¿Será familia?", pero no tuvimos
tiempo de analizarlo porque en ese instante escuchamos pasos acercándose con
decisión.

—¿Anahí Botello? —dijo una voz firme, femenina.


Volteamos al mismo tiempo.

Frente a nosotras estaba una mujer joven, me parece de la misma edad o menor que
yo. Vestía un conjunto azul marino perfectamente entallado, su cabello castaño oscuro
recogido en una coleta baja y una tablet en la mano. Sus ojos eran de un verde
profundo, y su mirada… determinada.

—Soy Sophie Corvan, seré tu enlace directo durante estas dos semanas. Cualquier
cosa que necesites, me lo dices a mí —dijo, extendiéndome la mano con
profesionalismo.

—Un gusto conocerte —respondí, estrechando su mano. Su apretón fue firme que me
hizo decir rayos, ella sabe exactamente quién es.

—Y tú debes ser Liv, ¿cierto? —añadió con una sonrisa más relajada— Me encantan
tus zapatos.
—¡Gracias! Y wow… este lugar es… como un Pinterest en vivo —respondió Liv con
su natural desparpajo, lo que arrancó una pequeña risa a Sophie.
—Sí, tratamos de mantener la inspiración a la altura de las ideas que queremos
construir —dijo Sophie, girándose para guiarnos—. Síganme, el equipo ya está
reunido para la introducción del proyecto.

Y así, caminamos detrás de Sophie, como si estuviéramos entrando a otro universo.


Uno donde todo era más grande, más rápido, más ambicioso.

Durante los primeros días en el Corporativo Corvan, todo parecía fluir con una
precisión casi matemática. Las oficinas eran enormes, llenas de pantallas, pizarras
digitales, modelos tridimensionales y personas caminando con café en una mano y
sueños multimillonarios en la otra. Sophie nos presentó al equipo, explicó de manera
general cómo funcionaban los distintos departamentos y luego nos dejó en una sala de
juntas para revisar el plan de integración con nuestra propuesta.

Sin embargo, había algo curioso: nadie nos decía exactamente qué se esperaba de
nosotras. Todo parecía estar en pausa, como si los verdaderos planes estuvieran
escondidos detrás de las paredes de vidrio esmerilado.

Sophie, por su parte, era cordial, puntual y eficiente, pero también hermética. No
hablaba más de lo necesario y siempre parecía estar corriendo de un lugar a otro.
Había algo en su postura, en su forma de moverse, que me hacía pensar que cargaba
con más responsabilidad de la que estaba dispuesta a admitir.

Pasaron los días, y cada mañana me sentía un poco más parte del lugar. Liv se
encargaba de tomar fotos de absolutamente todo: los escritorios, los carteles, las vistas
desde las ventanas. Incluso hizo amistad con el chico del área de iluminación, a quien
ya había apodado "el técnico guapo".

Una tarde, después de una larga sesión revisando avances, me quedé sola en la sala.
Estaba cerrando mi laptop cuando escuché pasos. Sophie apareció en la puerta con
dos botellas de agua en la mano y una expresión más relajada de lo normal.

—¿Te puedo hacer una pregunta rara? —me dijo, dandome una botella y sentandose a
mi lado..

—Claro —respondí, sorprendida.

—¿Tú alguna vez has sentido que... por más que haces, siempre estás como... una
sombra de alguien más? —dijo, mirando al vacío por un segundo, como si estuviera
preguntándose a sí misma.

La miré en silencio. Esa pregunta no era profesional. Era humana.

—Todo el tiempo —le dije.

Sophie asintió, como si lo supiera.

—¿Tú sabías que yo soy la hija del señor Corvan? —preguntó, esta vez más en tono
de confesión.
—No... no lo sabía —admití. Y de repente, todo tuvo más sentido: su mirada
calculadora, su aparente necesidad de ser perfecta, su silencio.

—La mayoría de la gente aquí tampoco. Y los que sí, creen que tengo mi puesto por
eso.

Se hizo un silencio incómodo. Luego, Sophie finalmente se sinceró.

—Me dijeron que evaluara tu propuesta, pero no me dijeron exactamente qué


buscaban. Solo que observara. Analizara. Y ahora que te he visto trabajar…

Me quedé inmóvil. No sabía si estaba a punto de decirme que no servía o que había
pasado una prueba que no sabía que existía.

—… creo que eres más buena de lo que tú misma crees. Y no sé por qué, pero eso me
molesta. No por ti —aclaró rápido—, sino porque tú sí te atreviste. Y yo llevo años
esperando permiso para hacer algo mío.

Deje de ver a Sophie como "la hija del jefe" en ese momento. Vi a una chica como yo.
Con miedo. Con sueños. Tal vez, con más barreras que las que yo misma enfrenté.

—Entonces hazlo —le dije. —Hazlo ahora, no cuando alguien te lo autorice. Créalo
tú. Si alguien puede hacerlo aquí, eres tú.

Sophie me miró. Y algo en su mirada cambió. No era admiración. Era complicidad.

Y así, comenzó una alianza que ninguna de las dos había planeado. Pero que las dos...
necesitábamos.

—No es tan fácil, he pasado toda mi vida detrás de alguien, esperando a que se quite,
y me permita por fin hacer lo que quiero.

Yo la mire, confundida creía que se refería a su padre, tal vez estaba pasando por uno
de esos momentos en los que sentía que debia demostrarle a su papá que era capaz,
pero no era exactamente lo que ella trataba de explicar.

Justo cuando Sophie parecía estar a punto de decir algo más, la puerta se entreabrió
con un golpecito suave. Era la asistente del señor Corvan.

—Señorita Corvan, su padre la espera en su oficina —dijo con firmeza, antes de


cerrar la puerta con la misma eficiencia con la que la había abierto.

Sophie no dijo nada. Solo se puso de pie con la botella aún en la mano, pero ya no tan
relajada. Me miró, como queriendo quedarse un poco más, pero el deber la jalaba
como un ancla invisible.

—Luego seguimos hablando —dijo, aunque su tono sonaba más a “lo necesito” que a
cortesía.
La vi alejarse con pasos que no eran los de una hija obediente, sino los de alguien que
llevaba años ensayando cómo caminar sin dejar que se notara el peso.

Esa noche ya en casa, Liv llegaría mas tarde de lo habitual, parece que el afecto
masculino es suficiente para dejar sola a su mejor amiga en sabado, no la culpo, yo
haria lo mismo en su lugar.

Me puse una mascarilla, serví un poco de vino y me recoste en el sofá con uno de los
gatos en el regazo. Estaba por empezar una pelicula de disney, cuando mi celular
vibró. Era un mensaje de sophie.

SOPHIE: “Hola, ¿como va tu sabado?

SOPHIE: “¿Ya cenaste? Me gustaría invitarte algo. Siento que dejamos una charla a
medias.”

Sonreí con cierta sorpresa. Sophie no parecía del tipo que hace planes fuera del
horario laboral. Acepté.

La vi en un pequeño restaurante japonés, no muy lejos del corporativo. Nada


pretencioso, era lindo. Sophie llegó con el cabello en un moño despeinado, sin el traje
estructurado que solía usar. Por primera vez, parecía relajada. O al menos, tratando de
relajarse.

—Gracias por venir —dijo, luego de que nos sirvieran el té.


—Gracias a ti por invitarme —contesté, sintiéndome un poco menos sola de lo que
esperaba sentirme ese sábado.

Sophie jugaba con los palillos entre los dedos, distraída. Como si buscara la forma
correcta de soltar algo.

—Cuentame más de ti, como llegaste aquí y a ser una persona que le llegara a la
altura a papá —dijo, luego de que nos sirvieran el té.
—Pues, me costo mucho llegar a ello —contesté, sintiéndome un poco menos sola de
lo que esperaba sentirme ese sábado.

—Soy Mexicana, vine aqui a los 20 años y pues comence mi compañia desde 0 con
Liv, logramos formar un poco de reputación y bueno...creo que el resto es historia.

—Te admiro—dijo.
—Wow gracias —lo dije sorprendida, no pense que eso fuera lo que ella pensara de
mi, tomando en cuenta quien es su padre.

Ella asintió, con una sonrisa cansada.

—¿Sabes? A veces me siento tan… fuera de lugar. Como si fuera la única que
realmente quiere esto —dijo.
—¿"Esto" te refieres a la empresa? —pregunté.
—Asi es, tengo que decirlo, ya no lo soporto, y siento que puedo confiar en ti, ¿ me
equivoco? —preguntó

—Claro que no. Puedes contarme lo que te sientas cómoda de contar. De mi boca no
saldrá nada —lo dije con un tono firme, buscando darle la seguridad que yo misma
alguna vez necesité. Sabía que lo que cargaba no debía ser fácil, y si en mí podía
encontrar refugio, estaba dispuesta a escucharla. Así como Liv lo hizo conmigo
cuando me ofreció su hogar.

—Siempre quise liderar el corporativo. Desde niña. Me aprendí los balances antes que
las tablas de multiplicar. Pero... a veces siento que mi papá ya decidió a quién dejarle
todo. Y no soy yo.

Se hizo un silencio denso, como de secretos que todavía no terminan de salir.

—¿Y por qué no tú? —pregunté con sinceridad.

—Porque soy la menor. Y mi papá ya decidió dejar todo en manos de mi hermano.

—No sabía que tenías un hermano… jamás lo he visto por la oficina ni he escuchado
de él —dije, con genuina confusión. La primera vez que investigué el nombre
“Corvan”, me enfoqué solo en la empresa. Nunca imaginé que detrás del apellido
hubiera tanto más.

—Él siempre ha preferido el arte. Le ha dejado claro a mi papá que no piensa hacerse
cargo de la empresa cuando él se retire, pero para mi padre… su apellido pesa más
que su interés. Supongo que, aun así, cree que es mejor opción.

Bajó la mirada, como si cada palabra obligara a aceptar algo que llevaba tiempo
tratando de negar.

—¿Y tu hermano sabe que tú quieres el control de la compañía?

Sophie soltó una risa seca.

—No. Jamás se lo he dicho a nadie. He tratado de que mi papá lo note por sí solo: por
mi trabajo, por mi constancia, por la falta de compromiso de mi hermano. Pero él...
que vive su vida lejos de esto, solo aparece cuando es “imperativo” que lo haga.
De hecho, creo que el lunes lo hará, en la junta del consejo donde presentaremos los
primeros avances del proyecto. Ahí lo conocerás… si decide presentarse.

—Espero que sea alguien interesante —bromeé, intentando aligerar el ambiente.

Sophie sonrió, pero no dijo más.

Terminamos la cena con un poco más de ligereza. Ella insistió en llevarme a casa, y al
bajar del auto me miró con una mezcla de gratitud y vulnerabilidad.
—Espero que tú y Liv impresionen a mi padre como ya lo han hecho conmigo. Su
propuesta es excelente, y el diseño que aporta Liv es precioso. Tengo fe en ustedes.
Y… gracias por escucharme. De verdad necesitaba decirle esto a alguien.

La miré y supe que necesitaba algo más que palabras. Le tomé el brazo con suavidad
y le dije:

—Tranquila. Sé que tu padre va a ver lo que nosotras ya vemos en ti. Y aquí tienes a
una amiga que te entiende.

Me abrazó. Un abrazo silencioso, sincero. En ese instante supe que, tal vez, ella se
sentía aún más sola que yo en esta gran ciudad.

Subió al auto y, antes de arrancar, me dijo:

—Suerte. Las veo el lunes. Ya las siento parte de mi familia.

Se alejó suavemente, dejando una estela de luces rojas entre el ruido de la ciudad.

Subí al departamento. Liv seguía sin aparecerse.


Me quité los tacones, apagué el celular y me dejé caer en la cama.

Esa noche me dormí en segundos. Agotada, pero con el corazón latiendo distinto.
Había cenado con la hija de mi jefe, sí.
Pero también… con una nueva amiga.
4

Los domingos en casa siempre habían sido sinónimo de limpieza, compras y


desayunos eternos en pijama. Este, en particular, comenzó igual. Entre el olor a café y
el sonido de la aspiradora, noté que algo no encajaba.

Liv estaba... rara.


No rara-mal, sino rara-curiosa.

—¿Y qué tal anoche con Alex? —pregunté mientras pasaba el trapo sobre la barra de
la cocina.

—Bien —respondió rápido, demasiado rápido. Luego metió la cabeza en el refri como
si buscara algo muy importante… o como si quisiera evitar mi mirada.

—¿“Bien”? ¿Eso es todo? —insistí, ahora sí dándome la vuelta y cruzándome de


brazos.

—Sí, ya sabes. Cine, risas, el postre estaba medio quemado… lo normal.

Normal. Ajá.
Liv jamás usaba la palabra “normal” para describir una salida con su novio. Ella decía
cosas como “épico”, “de película” o “el hombre me hizo reír como idiota”. Ese
“normal” era la señal definitiva de que me ocultaba algo.

—¿Segura que estás bien? —volví a preguntar mientras ponía las toallas limpias en su
lugar.

—Sí. ¿Por qué no estaría bien? —sonrió con demasiados dientes, como si estuviera
actuando en una obra escolar.

Después, durante las compras, fue peor. Se la pasó pegada al teléfono, mandando
mensajes y sonriendo sola. Intenté asomarme un par de veces, pero volteaba la
pantalla cada vez que me acercaba.
Definitivamente tramaba algo.

—¿Estás escondiéndome un cadáver o algo así? —bromeé mientras escogía frutas.

—¿Qué? ¡No! Solo... estoy viendo un meme. Muy tonto. Nada importante.

Mentira. Pero la dejé. Porque aunque me daba curiosidad, algo en su mirada me decía
que iba a descubrirlo pronto. Y vaya que lo haría.

Después de comer y organizar todo, me metí a la sala con la intención de preparar mi


presentación del lunes. Apenas encendí la laptop, Liv se plantó frente a mí, con ese
brillo en los ojos que solo tenía cuando estaba por hacerme caer en una trampa.
—Arréglate —dijo, con una sonrisa más grande de lo necesario.

—¿Otra vez? ¿Qué planeas ahora?

—Nada malo. Prometo que no tiene que ver con la oficina. Pero necesitamos un
paseo. Un momento para despejarnos. Ya, ponte linda. No hagas preguntas.

Y como siempre, la curiosidad le ganó a mi sentido común.


Me puse uno de mis vestidos favoritos, cómodo pero bonito. Salimos y, aunque el
viento de la tarde era frío, algo en mi pecho se sentía aún más helado. Esa sensación
de que estás a punto de vivir algo que no estabas esperando.
Y no me equivoqué.

Estuvimos caminando en circulos como veinte minutos, hasta que en comence a sentir
en el cuerpo un escalofrío que me resulto muy familiar.

—Olivia Hayes, hemos estado paseando por casi media hora, no has dicho nada. ¿Qué
tramas?

Nisiquiera había terminado de preguntar a Liv, cuando una voz grave y profunda,
suave y completamente reconocible rompió todo mi ambiente en ese momento.

—Creo que, yo soy lo que trama...

Mi corazón se detuvo. Literalmente.

Me di la vuelta más despacio de lo que me hubiera gustado admitir, y ahí estaba.

Erick.

Con un abrigo largo, completamente oscuro el cabello igual de lindo que la ultima vez
que lo vi, y una mirada que no sabía como leer.

Me quedé paralizada por un segundo. Y entonces, como si el universo disfrutara de mi


incomodidad, escuché la voz de la traidora más descarada que conozco:

—Bueno... yo ya hice mi parte. Alex llegará en cualquier momento, así que los dejo.
¡Diviértanse!

—¡Ah, no! —le dije furiosa, dándome la vuelta hacia ella—. Te dije mil veces que no
quería que tramaras nada.

—No te enojes con ella.Realmente no tramó nada —intervino esa voz que, aunque me
doliera admitirlo, todavía me hacía latir el corazón como niña pequeña.

Erick dio un paso hacia mí, con ese aire sereno que me desarma.

—Ayer, Liv y su novio estaban paseando... la vi, la reconocí. Le pedí ayuda para
poder encontrarte y hablar contigo. Nada más.
Volteé a ver a Liv. Ella se encogió de hombros, fingiendo inocencia, mientras me
lanzaba una sonrisita nerviosa. Yo le devolví esa mirada de “te voy a matar” que ya
teníamos bien ensayada.

—Mira, te prometo algo —continuó Erick, con un tono sincero que no sabía si abrazar
o desconfiar—: si después de hoy sigues pensando mal de mí, no volveré a molestarte.
Lo juro.
Solo… déjame hablar contigo. Esta vez, más de cinco palabras.

Lo miré en silencio, con los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido, pero en
realidad ya había cedido, desde que escuché su voz. A veces una parte de ti se rinde
antes de que tu orgullo lo admita.

—Cinco palabras y ya estás hablando como si me conocieras —murmuré, sin querer


sonreír… pero sonreí.

Erick se rió suavemente, esa risa que ya había aprendido a identificar como genuina.

—Quizá no te conozco como debería, pero me encantaría intentarlo.

Suspiré. Liv ya se había esfumado, la muy cobarde. Y con el viento frío soplando
entre las hojas, algo en mí dijo: "¿Por qué no?"

—Está bien. Pero si haces un solo comentario condescendiente sobre el clima o mi


abrigo, me voy.

—Ni lo pensaba. Aunque… debo decir que ese vestido dorado te hace ver como una
estrella.

Rodé los ojos, pero lo cierto es que el corazón me dio una pequeña voltereta.

Caminamos sin rumbo por un rato, dejando que la ciudad nos guiara. Terminamos en
una pequeña calle empedrada con faroles antiguos y cafés con vitrinas cálidas. Erick
parecía conocer el lugar. Me llevó a una terraza escondida en la azotea de un edificio
antiguo, decorada con cientos de luces colgantes que titilaban como estrellas entre los
árboles enredados.

Era hermoso y silencioso, a pesar de estar en medio de la ciudad.

—Este es mi lugar favorito para desconectarme —dijo él, mientras nos sentábamos en
una mesita de hierro forjado, con mantitas sobre las sillas y tazas de chocolate caliente
esperando.

Me tomó un segundo entender que no era solo la vista. Era el momento. La calma. La
forma en la que me miraba. La terraza, iluminada con cientos de pequeñas luces
colgantes, parecía suspendida en el cielo. Como si estuviéramos dentro de una
constelación inventada solo para nosotros.

—Gracias por venir, Anahí —dijo, en voz baja, como si el viento le pudiera robar las
palabras.
—Gracias por buscarme —respondí, sintiendo cómo mi voz salía más suave de lo que
esperaba. Y aunque todo era hermoso, aunque la noche parecía perfecta… no podía
seguir con la espina en el pecho.

Me giré apenas, para verlo de frente.

—¿Y a cuántas fans has traído aquí? —solté con una mezcla de nervio, ironía y algo
de dolor que no supe esconder.

Él me miró en silencio por un segundo, y luego sonrió. Pero no como antes. Fue una
sonrisa triste, sincera.

—A ninguna —dijo, bajando la mirada por un instante—. Esa chica no es mi novia.


Ni lo fue. Se obsesionó un poco, me encontraba tocando varias veces y empezó a
traerme café, quedarse a charlar… pero yo nunca la vi como algo más.

Me crucé de brazos, aún intentando protegerme.

—Me senti un poco patética, Erick, así como hablaste conmigo pudiste haberlo hecho
con cualquier otra..

—Pero fue contigo. Fuiste tú la que no pude sacarme de la cabeza desde aquel dia. No
sé qué fue. Tal vez tu mirada, tu forma de escuchar... o simplemente que parecías no
estar buscando nada. Y eso fue lo que más me atrajo.

El aire se volvió más cálido de pronto, como si cada palabra suya hubiera encendido
algo en mi pecho.

—Perdón si no lo manejé bien. Solo... no sabía si volvería a verte. Y cuando lo hice,


no quería arruinarlo. Pero lo arruiné igual —dijo con una risa nerviosa.

Lo observé, tratando de leer algo entre líneas. Pero no había dobles sentidos. No había
actuación. Solo un chico, frente a mí, diciendo la verdad como podía.

—Está bien —susurré, sin darme cuenta de que ya lo había perdonado un poco—.
Pero no soy fácil de convencer.

—Lo sé —respondió con esa sonrisa suya, ahora un poco más luminosa—. Pero me
encantan los retos.

Y así, la noche siguió, con menos sospechas y más sinceridad. Las luces no eran
estrellas, pero por un rato... brillaron igual.

—¿Y tú? —me preguntó, mirándome con curiosidad sincera—. ¿Qué haces cuando
no estás salvando a músicos callejeros de sus errores sociales?

Solté una risa suave.


—Trabajo en el Corporativo Corvan. Bueno… estoy iniciando un proyecto con ellos.
Diseño web e integración de inteligencia artificial. Es algo grande. O al menos así se
siente para Liv y para mi.

Noté cómo su expresión cambió apenas escuchó el nombre Corvan. Sus ojos
parpadearon más rápido, como si una alarma interna se hubiera activado.

—¿Estás bien? —pregunté, inclinándome un poco hacia él.

—Sí… sí —respondió rápido, pero no sonó muy convincente. Miró hacia la taza,
luego hacia mí, luego hacia la nada—.

Lo miré con más atención, algo en su incomodidad me intrigaba.

—¿Tú también trabajas en algo parecido?

Él negó con la cabeza.

—No, nada parecido. Mi familia sí. Pero yo… toco. Toco porque no sé hacer otra
cosa que me haga sentir libre. —Suspiró—. Mi papá no lo aprueba. Piensa que es una
pérdida de tiempo. Que la música es renunciar a todo lo que podríamos ser. Según él,
“lo que podríamos ser” solo vale si se traduce en números, en poder.

Su voz era firme, pero en el fondo cargaba una tristeza que me rompió un poco.

—¿Y qué quieres tú? —pregunté en voz baja.

—Quiero vivir haciendo lo que amo, sin sentir que debo esconderlo o justificarlo todo
el tiempo. Quiero que tocar el piano no sea mi acto de rebeldía, sino mi elección
consciente. —Me miró, con una honestidad que dolía—. Pero hay cosas que no puedo
decir en voz alta, todavía. Y personas a las que no puedo defraudar… aunque ya me
haya defraudado a mí mismo muchas veces.

Lo observé en silencio, entendiendo mucho más de lo que decía.

—Entonces… tocas en el parque porque es el único lugar donde puedes ser tú —dije,
casi en un susurro.

Asintió despacio, y por un segundo, el peso de su verdad nos envolvió. No


necesitábamos más palabras. Ya no esa noche.

Porque a veces, conocer a alguien no significa saber su apellido, ni su dirección, ni


sus secretos más escondidos. A veces, conocer a alguien es escuchar su silencio… y
quedarse.

Me quedé mirándolo, sosteniendo esa verdad que nos envolvía como una canción sin
letra. El viento soplaba suave, y las luces de la terraza se movían como estrellas
nerviosas, temblando sobre nuestras cabezas.
Erick desvió la mirada un segundo, como si luchara consigo mismo. Pero luego
volvió a mirarme, con esos ojos que parecían hablar más claro que sus palabras.

—A veces me cuesta confiar —murmuró—. Pero contigo… no sé por qué siento que
no tengo que realmente puedo ser yo.

Me quedé quieta. Mi pecho latía tan fuerte que casi podía escuchar el eco en mi
cabeza. Las palabras se me atoraron en la garganta, porque, por primera vez en mucho
tiempo, no tenía nada que decir. Solo sentía.

Y justo ahí, con la ciudad como testigo silenciosa, Erick se acercó despacio. No
preguntó, no dudó. Solo se inclinó hacia mí con esa delicadeza que solo tienen los que
aman lo que hacen.

Me miró los labios. Luego, sus ojos volvieron a encontrar los míos.

Y entre un murmullo casi imperceptible, como si no pudiera detener las palabras que
salían de su alma, dijo:

—Perdón, pero… no puedo detenerme ahora. Tengo que hacerlo.

Y entonces lo hizo.

Me besó.

Fue un beso lento, sincero, cargado de todo lo que no habíamos dicho en días. No fue
perfecto, ni ensayado, ni tímido. Fue real. Como cuando finalmente respiras después
de contener el aire mucho tiempo.

Mis manos encontraron sus hombros, y su pulgar acarició suavemente mi mejilla


como si aún no pudiera creer que estaba pasando.

Cuando se separó, se quedó tan cerca que su aliento aún rozaba mis labios.

—Perdón —repitió, sonriendo apenas—. Pero llevaba días queriendo hacerlo.

Yo no pude decir nada. Solo sonreí, y lo mire por unos segundos, como si intentara
grabarme cada linea de su rostro. Y en ese momento no senti miedo, ni dudas, solo
sentí.

Deslicé mi mano por su cuello, enredando mis dedos en su cabello mientras la otra lo
atrajo por la espalda, inclinándolo hacia mí.

—Entonces, creo que yo tampoco puedo detenerme.

Y lo besé.
Esta vez fui yo quien no podía con mis sentimientos. Fue un beso con decisión, y con
todas las emociones que me había obligado a esconder.

Lo sentí reír suavemente contra mis labios antes de responder con la misma
intensidad, como si no esperara que yo tomara el control, pero le encantara que lo
hiciera.

Nos besamos como si el mundo se hubiera quedado en pausa solo para nosotros.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estaba huyendo de algo… sino
yendo directo hacia ello.

Nos quedamos abrazados un buen rato, sin decir mucho. A veces el silencio entre dos
personas dice más que mil conversaciones. Me recosté contra su pecho mientras las
luces de la terraza seguían brillando como pequeñas estrellas.

No recuerdo exactamente en qué momento me venció el sueño, pero lo siguiente que


sentí fue su voz, suave, casi como una canción.

—Anahí... es tarde, tienes que descansar. Mañana es un gran día, ¿recuerdas?

Parpadeé, medio dormida, con la cabeza aún apoyada en su hombro.


—¿Ya es hora?

—Sí —dijo con una sonrisa tierna, pero en sus ojos... había algo más. Como si supiera
algo que yo no. Algo que lo inquietaba.

Durante el camino a casa no hablamos mucho. Él me miraba de reojo, como si tuviera


ganas de decir algo, pero no encontraba las palabras. Cuando llegamos frente al
edificio, me bajé despacio del auto.

—Gracias por todo esto —le dije, sintiendo mariposas hasta en los dedos.

—Gracias a ti por darme la oportunidad —respondió, y se acercó con esa mirada que
ya sabía cómo desarmarme.

Se inclinó para besarme una vez más, despacio, como si quisiera que el momento se
quedara tatuado en el tiempo.

—¡AAAAAAAAH! —gritó alguien desde arriba. Levanté la vista sobresaltada y vi a


la loca de los gatos asomada en bata desde la terraza del departamento.

—¡¿TE BESASTE CON EL PIANISTA MISTERIOSO?! —gritó, casi saltando de


emoción—. ¡ESTOY EN SHOCK!

Erick soltó una carcajada y yo solo pude cubrirme la cara de la vergüenza.

—Sube ya, necesito que me cuentes todo, absolutamente TODO, ¡maldita sea, Ana!
—gritaba Liv sin parar mientras yo me despedía rápidamente de Erick.
—Adios, Erick. —Le decía Liv con un tono coqueto, y yo solo podia contener la
verguenza.

—Nos vemos mañana —me dijo él, acariciándome la mejilla con los dedos como si
no quisiera soltarme.

—Mañana —repetí, sin imaginar que ese “mañana” sería el inicio de algo mucho más
grande.

Y con eso subí corriendo las escaleras, con el corazón latiendo como si acabara de
salir de una película... sin saber que estaba a punto de entrar en otra.

Nisiquiera habia terminado de subir el ultimo escalón, cuando Liv ya estaba en la


puerta esperandome lista para escuchar todo.

—Si vas a agradecerme, no es necesario. —Me dijo orgullosa.

¡Me estaba preparando para dormir cuando los vi como escena final de comedia
romántica! ¡Te lo juro que solo faltaban los créditos!

Me tiré en el sillón, exhausta pero sonriendo como boba.


—No fue planeado, Liv. Salió de la nada… o sea, tú sabes, después de que tramaste
toda una emboscada con Alex.

—¿Y vas a seguir reclamándome o me vas a contar todo ya? Porque necesito ¡todo!
—dijo sentándose frente a mí, con los ojos brillando como si le estuviera contando el
final de su dorama favorito.

Solté un suspiro largo, y lo solté todo:


—Hablamos… mucho. Me explicó que no era su novia. Que ni siquiera la conoce
bien. Que solo es una fan que lo ha seguido varias veces y que él fue amable, pero ya
se le hizo intenso el asunto. Que me buscó desde ese día, que no sabía cómo
acercarse…

—¡Ajá! Lo sabía —interrumpió Liv, apuntándome con la taza como si fuera un arma
—. ¿Y tú toda trágica, pensando que era el nuevo Casanova del parque?

—Ya sé, ya sé. Fui una exagerada. Pero es que… me había gustado tanto ese día, que
cualquier cosita me tocaba las inseguridades. Tú sabes cómo soy.

Liv bajó un poco la guardia y se acomodó más cerca.


—Sí, lo sé. Pero también sé lo fuerte que eres, Anita. Y si ese chico vale la pena, va a
tener que aprender a estar a tu altura. Porque tú no eres cualquier historia de amor.

Me quedé callada un segundo. Sonreí.


—Fuimos a una terraza, Liv. Estaba llena de luces, como si estuviéramos flotando
entre estrellas. Me dijo cosas que… no sé, no parecía que las dijera por decirlas. Me
miraba como si me estuviera viendo de verdad.
—Y tú, ¿te dejaste ver? —preguntó Liv en voz bajita, como quien pregunta algo
sagrado.

Asentí.
—Sí. Creo que sí.

Se hizo un silencio bonito. De esos que solo se tienen con alguien que te conoce más
que tú misma.

—Mañana arranca todo, ¿verdad? —susurró.

—Sí. Y esta vez, no pienso esconderme.


—Eso, hermana. Mañana, que tiemble el Corporativo Corvan.

Y con esa promesa silenciosa, apagué la luz y me dejé llevar al sueño, mientras
afuera, la ciudad seguía brillando, lista para ver lo que estaba por venir.

Me levante como de costumbre a mirar el amanecer en mi lugar, el dia había llegado,


realmente esperaba que el señor Corvan, supiera apreciar lo que veía, que mi trabajo
le fuera de su agrado y poder continuar con el proyecto.

Me arregle mientras Liv preparaba el desayuno, y me veía nerviosa pero emocionada,


dentro de mi me invadia el miedo de saber que pasaría despues de hoy, pero al mismo
tiempo no dejaba de recordar mi noche de ayer con Erick, ese acercamiento tan lindo
que tuvimos y más aun, la forma en que todo culmino, besandonos. La sensación que
me dejo ese beso fue lo mejor que le pudo pasar a mi semana,y sentia que eso me
daría la fuerza para enfrentar esa sala de juntas con determinación y terminaria
quedandome en esa oficina.

Entré al salón de juntas con el corazón latiendo a mil, Liv a mi lado con una sonrisa
de “ya estás aquí”. Las luces del lugar eran intensas, la mesa enorme y el ambiente
impregnado de formalidad y poder.

Los miembros del consejo comenzaron a tomar asiento. La tensión en la sala era
densa, como si todos estuviéramos a punto de rendir cuentas ante algo más grande que
una presentación. Sophie se acercó a mí, notando la forma en que apretaba los papeles
de mi propuesta como si fueran un salvavidas.

—Tranquila, todo saldrá bien —me susurró con una sonrisa amable.

—Gracias... eso espero —respondí, tratando de que mi voz sonara más firme de lo
que me sentía.

—Y cuando celebremos el éxito de esta junta —añadió con seguridad—, me tienes


que contar con lujo de detalle sobre el “pianista misterioso” del que Liv no deja de
hablar.

Giré en seco hacia Liv, con los ojos bien abiertos.

—¡Liv! ¿Por qué lo andas contando como si nada?


Ella se encogió de hombros con esa cara de “yo no fui” que ya me conozco de
memoria.

—Ay, linda, es que desde que llegamos todos te han notado distinta. Más feliz. Sophie
tenía que saber el por qué.

Sophie sonrió divertida, pero justo en ese momento giró la vista hacia la entrada y su
expresión cambió ,transformándose en una mueca de fastidio.

—Agh... ahí viene el irresponsable de mi hermano.

Y entonces, sucedió.

Mientras tomaba mis hojas con más fuerza para ordenar mis ideas, escuché una voz.
Esa voz. La misma que hacía unas horas me había hecho olvidar el mundo desde una
terraza llena de luces.

—Buen día —dijo desde la puerta.

Y yo... solté todos los papeles.

Porque ahí estaba él...


5

A veces pienso que, si no hubiera nacido con el apellido Corvan, mi vida sería mas
sencilla. Naci en el lugar equivocado, no por la ciudad, ni por el lujo que ha estado
presente a mi alrededor. Sin por las expectativas que cayeron sobre mi antes siquiera
de aprender a decir una palabra.

Desde niño, mi padre me llevaba a la oficina con el afán de que le tomara amor a su
trabajo, las corbatas me asfixiaban y los numeros nunca fueron lo mio.

Mi vida siempre ha estado acompañada por dos cosas: el deber y la música. Uno
impuesto, la otra inevitable. Mi padre dice que nací para continuar su legado. Yo creo
que nací con un piano incrustado en las manos. Desde que tengo memoria, cada vez
que estoy frente a un teclado, el mundo se apaga y sólo queda eso: el sonido, la
expresión, el momento. Pero en casa, eso siempre fue "una afición bonita", no un
camino.

El acuerdo era simple, estudiar, trabajar en la empresa y mantener las apariencias


frente a mi padre. Yo cumplí mi parte esperando que, con el tiempo el comprendiera
que yo no estaba hecho para eso. En cambio, sigo en el mismo lugar: el hijo del gran
Joseph Corvan, el magnate, el arquitecto de un imperio. Y yo... bueno, yo soy el error
estadístico. El hijo que prefiere la armonía a la jerarquía.

El parque es el único lugar donde nadie espera que sea Corvan. Donde soy solo Erick.
Donde la gente se sienta a escuchar sin saber cuántos ceros hay en la cuenta de mi
familia. Tocaba por terapia, por desahogo, por sentirme vivo. Nunca esperé que
alguien me escuchara de verdad.

Y entonces... ella apareció.

Fue una de esas mañanas en que el sol no calienta, pero ilumina. Estaba sumido en
una melodía suave cuando la vi entre la gente. Se detuvo sin prisa, como si su cuerpo
supiera que debía parar ahí. Tenía el cabello rojo, muy profundo llegando al naranja,
no chillante, sino como los últimos rayos de sol en un atardecer otoñal. Su piel era
clara, pero no frágil, y sus ojos... sus ojos eran un poema en café, con pestañas que
parecían llevar secretos y otoños completos encima.

Tenía esa expresión de quien carga la vida con fuerza, pero no ha dejado de soñar. No
sé cómo explicarlo, pero me escuchaba como si fuera la primera vez que alguien la
tocaba sin ponerle un dedo encima. Ahí supe que la música había hecho algo. No
sabía su nombre, pero me intrigo demasiado.

Termine de tocar y la vi acercarse hacia mi, me sentí torpe, fuera de ritmo como si
todos mis años de control se deshicieran frente a ella.

—Eso fue increible—Me lo dijo con una voz suave, delicada, ni la melodia mas
bonita que he tocado se le asemeja.

Le respondí con lo primero que se me vino a la mente, estaba dispuesto a preguntarle


su nombre, pero su telefono sonó, y se fue con una sonrisa leve, me quedé con la
sensación de que no había dicho suficiente. De que esa primera nota se había quedado
sin acompañamiento.

Pasaron los dias. Y pense en ella, tuve suficiente tiempo para imaginarme como sería
su vida, que hacía, me llegaron mil nombres a la mente y solo me quedaba esperar un
nuevo encuentro para ponerle nombre a ese rostro tan hermoso que me transmitio
tanta calidéz y ternura.

Al lunes siguiente finalmente pasó, pero ese segundo encuentro no fue como yo
esperaba, comencé a tocar como de costumbre, la mayoria del tiempo las personas
dejan monedas en mi estuche lo cual trato de evitar, ya que nadie sabe que realmente
no las necesito y sería muy aprovechado de mi parte dejar que lo hagan cuando la
unica razón por la que voy a tocar es para poder sentirme libre, y compartir lo que
amo hacer con la ciudad.

Estuve tocando durante un rato, mientras la gente murmuraba sobre mi talento, sentí
un escalofrio en el pecho, eso no es nuevo para mi normalmente son de frustración
cada vez que en la cena, mi padre me pregunta como va mi maestría. Mientras lo
unico que a mi me interesa es volver a mi pequeño estudio que construi de
contrabando en mi habitación.

Pero este, era diferente, y claro, me di cuenta del porque cuando entre toda la multitud
la vi de nuevo, era ella. Se veía aun mas hermosa de lo que recordaba, me di cuenta de
que le gustaba el dorado pues ya sea en su ropa o sus accesorios tenía al menos algo
de destello. Esta vez no venía sola, al terminar de tocar se acercó a mi una chica
rizada que nisiquiera tardo en sacarme conversación:

—Hola, Disculpa que te interrumpa, solo quería decir que tocas increíble.

—Oh, muchas gracias —le respondi , esperando el momento en que me trajera a la


chica detrás de ella.

—Mi amiga y yo pasábamos por aquí… bueno, en realidad pasamos por aquí
esperándote —dijo mientras señalaba a la linda chica sonrojada a su lado

La miré lentamente y senti como sus ojos se impregnaban en los mios, podia ver
como se moría de la verguenza y eso me pareció tierno.
—Entonces, ¿ya nos habíamos visto antes? —pregunté levemente no quise decirle que
sabía perefectamente que era ella, no quise parecer acosador, pero no quería que me
viera como un patán asi que mejor dije:

—Parece que nuestro trato se cumplió más rápido de lo que yo esperaba.

Y realmente asi fue, no esperaba verla tan pronto pero era algo que si me picaba la
curiosidad.

—Soy Olivia, por cierto. Y ella es Anahí —dijo la otra chica emocionada, mientras
me apretujaba la mano.

La sostuve rápidamente, queriendo parecer cortés… pero lo que en realidad deseaba,


era tocarla. A ella.

Y cuando tomé su mano, lo sentí todo.

Fue como una descarga. No eléctrica, sino emocional. Una melodía en forma de piel
que me recorrió el pecho y se instaló justo en el centro. Esa clase de momentos en los
que el tiempo se desacelera, y el mundo entero parece respirar al ritmo de un piano en
do menor.

—Anahí —dije, y el mundo tuvo más sentido.


La preciosa chica de cabello rojo, ojos café como otoño y sonrisa que parecía haber
sido compuesta nota por nota, por fin tenía nombre. Y sonaba perfecto en mi boca.

—¿Y tú… cómo te llamas? —preguntó la otra chica, con esa energía que llena los
huecos del aire.

—Soy Erick… Erick… cooo... —Titubeé. Nunca usaba mi apellido ahí, en el parque
yo era solo música, no legado. Pero ya había empezado a abrir la puerta. Y la única
opción que me vino a la mente fue una mentira amable.

—Coleman. Sí, Erick Coleman.

En serio, ¿Erick? ¿Coleman? ¿Ese era el mejor apellido falso que podías inventar? Me
recriminé por dentro mientras veía cómo ambas intercambiaban una mirada rápida,
claramente confundidas.

—Bueno, Erick Coleman —dijo Olivia, sonriendo—, un gusto por fin ponerle nombre
al pianista misterioso.

Pianista misterioso jaja, pensé. Sonreí. Me gustaba. Y más aún, me gustaba que
viniera de ellas.

—El gusto es mío, y vaya que es un honor —respondí, sin poder apartar la vista de
Anahí.
Nunca había visto una chica con la mirada tan viva. Tan llena de magia, como si sus
ojos fueran un poema escondido en las sombras de la ciudad.
Y entonces, algo en mí me empujó. Tenía que invitarla a caminar, a tomar algo, a
seguir hablando con esa voz que parecía derretirme por dentro. Tenía que intentarlo.

Pero el universo, en su costumbre, decidió otra cosa.

—¡Llegué! Creí que la fila del café jamás terminaría —esa voz, era
Jessica.

Me giré con un peso en el estómago. Rubia, carísima, todo lo que los negocios a los
que fui expuesto dirían que es “una buena compañía”. Llevaba semanas viniendo a
verme tocar. Nunca le di pie a nada. Pero tampoco había sido lo suficientemente
firme, y al parecer... mis silencios se habían malinterpretado.

Jessica me miró, luego a las chicas, y a Anahí especialmente… de pies a cabeza,


como si escaneara su ropa, su actitud, su esencia. Con esa mirada que juzga,
claramente sintiendose superior

—¿Y ellas son…?

—Ella es Anahí, y su amiga Olivia. Estábamos charlando y…

—Bueno, creo que ya nos vamos —dijo Anahí de inmediato, bajando la mirada.
La vi tomar a Olivia del brazo y alejarse, y juro que por un momento quise detenerla.
Explicar. Pero no lo hice. Me quedé ahí, viendo cómo la oportunidad más real que
había tenido en mucho tiempo, se esfumaba con cada paso que daba lejos de mí.

—¿Dije algo? —preguntó Jessica, genuinamente confundida.


Me giré hacia ella, sin rabia, pero con decisión.

—Jessica, tengo que ser claro contigo. Aprecio que vengas al parque, pero... entre tú y
yo, no va a pasar nada. No quiero confundirte. Solo vine a tocar, y me hace bien
hacerlo solo.

Ella se quedó en silencio por un segundo, luego asintió, incómoda.

—Está bien. Lo entiendo… —dijo, con cierto tono dolido pero sincero.

Y se fue.

Pasaron varios días. No vi a Anahí en el parque, y eso comenzó a pesarme más de lo


que quise admitir. Empecé a tocar menos, y a revisar el rostro de cada chica que
pasaba esperando reconocer su cabello rojo encendido, su mirada y ese gesto que me
había atrapado sin pedir permiso.

Hasta que un día cualquiera, cerca de un restaurante en el Soho, la vi.

O más bien, vi a su amiga Olivia. Estaba saliendo tomada de la mano de un tipo alto,
de risa fácil. Parecía feliz.

Mi corazón se aceleró sin saber por qué.


Me acerqué despacio, y cuando Olivia me vio, su cara se convirtió en una mezcla de
sorpresa y travesura.

—¡Pianista misterioso! —dijo al verme.

—Hola —respondí, casi con pena—. ¿Tienes un momento?

El novio de Olivia entendió la indirecta al parecer escuchar como Olivia me llamó no


le sorprendió sabia perfectamente de mi y se adelantó, dándonos espacio.

—¿Qué pasa? —preguntó, cruzándose de brazos pero sonriendo.

—Sé que Anahí no quiere saber nada de mí, pero… necesito que me ayudes. Solo una
tarde. Solo un momento. Quiero hablar con ella y explicarle todo. No fue lo que
pareció.

Olivia me observó por un segundo, midiendo mis palabras. Luego sonrió, como si
acabara de ver algo que le gustó.

—Claro, yo sabía que algo habia allí. Buscanos en Central Park mañana la engañare
de alguna forma para que vaya... eso si pianista, si le rompes el corazón…

—No tienes que decirmelo, Liv.. Ya puedo llamarte asi ¿no?

—Esta bien, nos vemos mañana, vistete bien para impresionar a mi amiga.

Tomó del brazo a su chico y se alejo guiñandome el ojo. Y ahí me quedé yo, parado
en mitad de la acera, con el corazón latiéndome como si acabara de correr una
maratón sin mover un solo músculo. “Mañana”, pensé. Mañana la vería otra vez. Y
tenía que ser distinto. Mejor. Honesto.

Pasé esa noche ensayando todo lo que quería decir, aunque sabía que en cuanto viera
sus ojos, se me olvidaría la mitad.

Cuando desperté el domingo, el cielo estaba despejado. El tipo de azul que te obliga a
salir, a respirar, a creer que algo bueno va a pasar. El aroma a café recién hecho
flotaba en el aire del penthouse como si intentara disfrazar la incomodidad que solía
habitar ahí los fines de semana. Mi madre hojeaba una revista sin realmente leerla, mi
padre hablaba por teléfono a media voz sobre una inversión , y Sophie... bueno,
Sophie era el único motivo por el que esa casa aún se sentía un poco humana.

—¿Ya te levantaste con cara de drama, o apenas vas en el primer acto? —preguntó
ella desde la barra, sirviendo su café en la taza negra que siempre usaba.

Me dejé caer en la silla junto a la ventana.

—¿Crees que todo se puede resumir con humor? —le dije, frotándome el cuello.

—No. Pero ayuda a no morirte en el intento —respondió, dándole un sorbo—. ¿Qué


te pasa?
La miré. A veces me olvido de lo bien que me conoce. De los dos, Sophie siempre fue
la estratega emocional de la familia. Lo unico que no sabe de mi, es a donde me voy
en las mañanas despues de terminar las clases de la maestria, le tengo confianza es mi
hermana, pero no es un secreto con el que ella este dispuesta a cargar.

Antes de que pudiera seguir , la voz de mi padre resonó desde el comedor.

—Erick, mañana es importante. Por favor, no llegues tarde a la junta. No hagas de


nuevo una de tus entradas teatrales.

—Lo intentaré —respondí sin levantarme.

—No. No intentes. Hazlo. Esta vez necesito que estés presente y que no te olvides de
quién eres.

Miré a Sophie de reojo. Ella suspiró.

—Sí, papá —murmuré.

Pero en mi cabeza, la frase sonaba distinta:


“No quiero ser quien tú dices que soy.”

Sophie me tocó el hombro antes de regresar a su taza, y yo me fui a mi habitación


para esperar la hora en que tendria que encontrarme con ella, Anahi.

Me vestí sin mucho drama, pero sí con cuidado. No quería parecer que lo había
pensado demasiado... aunque, claro que lo hice. Me dirigí al parque un poco antes de
la hora acordada. No sabía cómo iba a montar Olivia el encuentro, pero confiaba en
que ella sabía lo que hacía. Se nota que esa mujer podría convencer al sol de salir de
noche si se lo proponía.

Esperé cerca de uno de los senderos que cruzan por entre los árboles, donde los
músicos callejeros se instalan y los niños corretean con globos. Me sentía ridículo.
Como si todo dependiera de un solo segundo. De que ella apareciera.

Y entonces, la vi.

Caminaba al lado de Olivia, distraída, con ese vestido dorado que parecía robarle luz
al día. Su cabello rojo resplandecía entre el verde del parque como una bengala viva.
Y sus ojos… bueno, no me miraban aún. Pero yo ya me sentía visto.

Vi cómo se detenían. Ella hablaba, cruzaba los brazos. Olivia no decía mucho.
Estaban justo a unos pasos de donde yo estaba escondido, detrás de un árbol. Hasta
que…

—¿Olivia Hayes, hemos estado paseando por casi media hora, no has dicho nada.
¿Qué tramas? —dijo Anahí, exasperada.

Esa fue mi señal.


Me adelanté con paso tranquilo, aunque por dentro tenía un terremoto en el pecho.

—Creo que… yo soy lo que trama —dije, intentando sonar seguro.

Y su reacción… fue lo más hermoso y lo más aterrador que me ha pasado.

Sus ojos se abrieron como si me viera en un sueño, o una pesadilla, no estaba seguro.
Me miró con esa mezcla de sorpresa, desconfianza y algo que me rompió un poco:
decepción. Aun así, no se fue.

Y eso ya era algo.

Fue, sin exagerar, la mejor noche de mi vida.

Había algo en ella —en la forma en que me escuchaba, en cómo fruncía ligeramente
el ceño cuando dudaba de mí, obviamente le explique el asunto de Jessica, era
demasiado importante para mi que se eliminara cualquier duda de que yo pudiera ser
alguno de esos artistas mujeriegos, cuando desde que la vi a ella, no hay un solo dia
que no aparezca en el mas profundo de mis sueños.

La lleve a una terraza, Olivia me paso su instagram y me lo memoricé, quería que la


primera impresion que tuvo de mi al conocerme se borrar y pudiera remplazarla con
una que recordara. Platicamos durante un rato..

—¿Y tú?, ¿Qué haces cuando no estás salvando a músicos callejeros de sus errores
sociales?

Le pregunte para poder conocer mas de ella sin imaginar que lo que me contestaria
me llenaria de miedo.

—Trabajo en el Corporativo Corvan...

Deje de escuchar despues de Corvan, no podía creer que estuviera hablando de ese
mismo corporativo, el corporativo de mi padre, el que al retirarse sería MI
corporativo.

—¿Estás bien? —me pregunto preocupada.

—Sí… sí —respondí rápido, pero se que no la convenci del todo.

—¿Tú también trabajas en algo parecido?

Lo negue con la cabeza y pense que en podría decir ahora para tapar mi mentira.

—No, nada parecido. Mi familia sí. Pero yo… toco. Toco porque no sé hacer otra
cosa que me haga sentir libre. Mi papá no lo aprueba.

—¿Y qué quieres tú? —me pregunto y me sorprendi al escuchar por primera vez esa
pregunta.
—Quiero vivir haciendo lo que amo, sin sentir que debo esconderlo o justificarlo todo
el tiempo. Quiero que tocar el piano no sea mi acto de rebeldía, sino mi elección
consciente. — La mire con franquesa, y ella me regreso una mirada tan cálida y
comprensiva que me hizo sentir en calma.

—A veces me cuesta confiar —murmuré, — Pero contigo… contigo siento que


puedo ser yo.

No sé si entendía el peso de lo que estaba diciendo. Ni siquiera yo sabía del todo qué
significaba ser yo, más allá del apellido, del deber, del rol impuesto. Pero en sus
ojos… me sentía libre.
Libre y aterrado.
Porque mañana iba a verme como realmente soy. No veria a un pianista sin trayecto, y
sin historia, vería al hijo de Joseph Corvan el heredero de todo su imperio.

Me acerqué a ella, sin pensarlo demasiado. Su silencio me calmaba más que cualquier
melodía. Me miraba como si ya supiera, como si algo dentro de ella ya lo presentía…
pero igual se quedaba.
Miré sus labios, luego sus ojos.
Y antes de perder el valor, dejé que la verdad se dijera sin palabras.

La besé.
No porque fuera el momento perfecto, sino porque era el único momento que
teníamos antes de que la realidad nos alcanzara.
Fue un beso sincero, real. Sin defensas, sin estrategias. Como cuando tocas una
canción por primera vez y aún así suena justo como debía sonar.

Sentí su mano en mi cuello, sus dedos atrayéndome con una mezcla de dulzura y
urgencia que me desarmó por completo. Me besó con fuerza, con decisión, y por
primera vez, me dejé llevar sin miedo al mañana.

Cuando nos separamos, nuestras respiraciones se mezclaban en el aire frío como si


fueran parte del mismo latido.
Nos quedamos ahí, en silencio, abrazados bajo un cielo lleno de luces artificiales que
por un instante parecían auténticas.

Ella se quedó dormida un rato, recostada en mi pecho. Su respiración era tan tranquila
que quise proteger ese instante del resto del mundo.
Pero sabia que mañana cambiaría todo, me inundaba el miedo de ver su reaccion
inevitable...

Durante el trayecto a su casa no dije mucho. Tenía mil palabras atoradas en la


garganta, pero ninguna que arreglara lo que estaba por venir.
Cuando llegamos, me despedí con un beso más. Uno que sabía a “ojalá el tiempo se
detuviera aquí”.

Olivia, mi complice, apareció en la terraza, gritando como loca y celebrando como si


fuéramos una escena de película.
No pude evitar reír. Ella cubriéndose la cara de la pena, y yo sintiéndome por primera
vez parte de algo que quería conservar.
Me despedí, sabiendo que la próxima vez que nos viéramos, ella me vería distinto.

Me vería como el hijo del jefe.

Y aunque quería que conociera al verdadero Erick, tenía miedo de que, al hacerlo, se
alejara para siempre.

Porque no importa cuántas notas toques bien… basta una verdad para desafinarlo
todo.v

Entrar al corporativo esa mañana se sintió como meterme voluntariamente a una


tormenta.
Nunca había sentido tanto miedo de ver a alguien… y a la vez tantas ganas.
Los pasillos impecables, el sonido de los tacones sobre mármol, las miradas pulidas
de los ejecutivos… todo me recordaba lo que soy aquí: un Corvan.

Pero yo no quería que ella me viera así.


No solo así.

La última vez que la tuve cerca, su mano estaba enredada en mi cabello, su boca en la
mía, y el mundo era apenas un murmullo.
Ahora, tendría que verla sin la música. Sin la terraza. Sin refugios.
Solo yo… en el lugar que más detesto.

Me detuve frente a la puerta del salón de juntas. Respiré hondo. Cerré los ojos.
Y entré.

—Buen día —fue todo lo que pude decir.

Y ahí estaba ella.


Vestida para triunfar. Firme, elegante. El mismo brillo en los ojos… solo que ahora,
ese brillo tembló.
Me miró. Me reconoció.
Y soltó los papeles.

El corazón me dio un vuelco.

Y justo en ese instante, como si alguien bajara el volumen del mundo, todo lo que yo
sentía pasó a sus ojos....
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Las manos me temblaron, los papeles se deslizaron, y cuando levanté la mirada… lo
vi.

Él.

Erick

Me quede paralizada por un momento, mientras frente a mis ojos parecía estar viendo
un carrete con escenas, escenas de mis momentos con Erick, donde parecía que las
piezas de un rompecabezas se ensamblaran ante mi.

“Erick Coo.. Coleman, claro, no quiso decir su apellido, el pianista misterioso, el


hermano artista de Sophie por quien no le permiten dirigir la compañia”

Ahora todo tenía sentido, todos eran la misma persona, y lo peor de todo esto, es que
justo ayer, ayer que vivi una noche de ensueño con el hombre que ahora esta frente a
mi con un traje entallado, le conté lo que pasaría hoy y el...el sabía...

—¿Erick? — Solo eso pudo salir de mi boca con voz temblorosa mientras mis ojos se
inundaban.

Él dio un paso al frente. Solo uno. Como si supiera que acercarse más sería cruzar una
línea. Como si supiera que ya la había cruzado la noche anterior.

—Anahí… —murmuró, bajando la voz, como si su tono más suave pudiera reparar el
golpe que acababa de darme.

No pude sostenerle la mirada. No ahí, no con Liv, Sophie, el consejo, su padre a punto
de llegar… y todo lo que representaba observando.

Me agaché con torpeza a recoger los papeles, no por orgullo, ni por prisa. Lo hice
para no mirarlo. Para no llorar. Para no gritarle lo que realmente sentía.
—No entiendo ¿Ustedes se conocen? —Pregunto Sophie confundida, sin entender
absolutamente nada de lo que acababa de pasar.

—Es..amm algo dificil de explicar, pero, creo que ahora no hay tiempo.. — Dijo liv
mientras miraba a Erick con una expresión de “te lo advertí”.

—Yo te juro, que trate de explicarte pero no supe como, yo..

—Como dije, no tenemos tiempo, Erick Coleman o como te llames —Dijo Liv furiosa
evintando mirarlo, porque si lo hacía… no respondía de sí misma.

Mis dedos temblaban al recoger los últimos papeles. Sentía los ojos de todos sobre mí,
pero los únicos que me importaban eran los suyos. Y no podía… no podía mirarlo.

Cuando levanté la vista, me sentía ahogada. Como si el aire mismo me estuviera


traicionando.

—Lo siento, no puedo… —susurré más para mí que para ellos, y sin esperar
respuestas ni explicaciones, salí del salón.

Sentí el crujido de mis tacones sobre el mármol como si fueran golpes de tambor
marcando mi huida. No lloré. No ahí. Pero sentía las lágrimas acumuladas en la
garganta, peleando por salir.

—¡Anahí! —escuché a Liv gritar detrás de mí, pero no me detuve.

Crucé el pasillo, empujé la puerta del baño y me refugié ahí, con el corazón
golpeando tan fuerte que parecía estar reclamándome por haberle creído.

Me miré al espejo. El rímel intacto. La piel perfecta. La mirada… rota.

El reflejo de Liv apareció detrás de mí unos segundos después. Sophie entró detrás de
ella, cerrando la puerta tras nosotras con cuidado.

—¿Me quieren decir qué demonios fue eso? —preguntó Sophie con los ojos abiertos
como platos, aún intentando atar cabos.

—Ese hombre que acaba de aparecer… es el pianista misterioso del que te hablé.

Tu hermano —dijo Liv, sin rodeos—. Y… el chico con el que Anahí salió anoche.

Sophie abrió la boca… y luego la volvió a cerrar.

—¿QUE???? No puedes estar hablando enserio.

—Sii —añadió Liv, tan en shock como ella—. Es de quien te conté hoy, el chico del
piano, de Central Park.

Sophie se pasó una mano por la cara, negando con la cabeza.


—Así que… esta es la vida secreta de mi hermano. Ahora todo tiene sentido. El
celular que oculta, los dias que desaparece, las partituras en su maletín. ¡Dios!

Me senté en una silla cercana, sin decir nada. Todavía no podía articular una emoción
clara. Todo estaba revuelto.

—¿Y tú no sabías nada? —le preguntó Sophie a Liv, que negó de inmediato.

—¡Claro que no! ¡Tú crees que yo lo hubiera llevado a buscarla si supiera que es tu
hermano y que además es hijo del CEO con el que tenemos la junta más importante de
nuestras vidas?

—No lo creo, lo sé —dijo Sophie, suspirando y bajando la voz—.

—¿Crees que él lo hizo a propósito? —preguntó Liv con los brazos cruzados.

—No lo sé —dijo Sophie, mirando hacia la puerta—. Pero siendo mi hermano… sí sé


que se arrepiente. No es de los que juegan. Es torpe. Impulsivo. Pero no es cruel.

Yo me levanté, tragando saliva con fuerza.

—No es cuestión de si lo hizo por maldad o no… es que lo hizo. Me ocultó su


apellido, su vínculo con esta empresa. Me dejó confiar en él. Me dejó hablar de mis
planes, de mis sueños, como si fuera alguien común, cuando sabía perfectamente que
terminaría aquí, sentada frente a él. Y no me dijo nada.

Liv se acercó y me tomó de las manos.

— Tú decides si quieres seguir con esto. No lo haremos en las condiciones en las que
estas.

Sophie asintió con decisión.

—Y si necesitas que lo saque del salón… dime. Nadie va a quitarte tu momento.

—No. —Respiré hondo—. Si alguien va a demostrar de qué está hecha, soy yo. Y voy
a hacerlo mirándolo a los ojos.

Liv sonrió, aunque se notaba que estaba preocupada.

—Te juro que después de esto, me lo llevo aparte y le digo dos o tres verdades —
susurró, cómplice.

Volvimos a caminar hacia la sala. Todo seguía igual… menos nosotras. Ahora yo no
entraba como la chica temblorosa con papeles en la mano. Ahora era Anahí, la
diseñadora, la profesional, la mujer que podía brillar incluso cuando todo parecía
diseñado para apagarla.

Erick levantó la vista en cuanto crucé la puerta. Nuestros ojos se encontraron por un
segundo. Y, por primera vez… no sonreí.
Solo me senté.

La junta iba a comenzar.

Y nadie, ni siquiera él, me iba a hacer tambalear.

Los minutos que siguieron fueron un eco contenido de tensión. Cada asiento ocupado
en la sala parecía pesar el triple, cada hoja sobre la mesa crujía como trueno. Sophie
ocupó su lugar con elegancia, Liv se colocó detrás de mí como escudo moral, y yo…
yo respiré profundo.

—Buenos días a todos —comenzó Sophie con su voz firme—. Antes de comenzar,
quiero presentarles a Anahí Botello, la diseñadora web con enfoque en soluciones
integradas con inteligencia artificial, quien ha trabajado las últimas semanas en una
propuesta que creemos que puede elevar este corporativo a la vanguardia digital.

Al escuchar mi nombre, los murmullos pararon. El señor Corvan, al fondo, alzó


apenas la ceja. Erick se mantenía rígido, sin moverse más de lo necesario.

Me puse de pie, acomodé mis papeles y caminé al frente con paso firme. Sentía su
mirada sobre mí como si me recorriera mil veces, pero no lo miré. No aún.

—Gracias, Sophie —dije, dirigiéndome al resto—. Buenos días. La propuesta que


están por ver es el resultado de un análisis profundo del entorno digital actual, de las
herramientas emergentes con IA y de las necesidades específicas que presenta
Corporativo Corvan para avanzar al siguiente nivel.

Comencé a proyectar mi presentación. Cada clic era una especie de liberación, como
si al avanzar una diapositiva, me alejara un centímetro más del caos emocional que
me rodeaba. Hablé con claridad. Con estructura. Como si no tuviera el corazón hecho
pedazos. Como si no me doliera que el chico que me besó con el alma anoche
estuviera ahora ahí, con un traje entallado y un apellido que lo ataba a todo lo que yo
quería conquistar profesionalmente.

Hubo momentos. Momentos en los que mis ojos, sin quererlo, lo buscaban. Y ahí
estaba él. Sentado, con las manos entrelazadas, sin interrumpir, sin moverse… pero
con una expresión que decía todo lo que no podía decir en voz alta. Culpable. Dolido.
Orgulloso, también. Pero, sobre todo, tenso. Como si no supiera si quería desaparecer
o quedarse ahí por mí.

Sophie intervenía de vez en cuando para complementar puntos técnicos. Liv me


sonreía en cada pausa con esa mirada que decía "¡LO ESTÁS ROMPIENDO!". Y
yo… yo no paraba. Ni una palabra tembló.

Al llegar a la parte final, donde presentaba el prototipo funcional de una interfaz


inteligente adaptada al flujo interno de la empresa, el silencio era absoluto.
—Con esto, no solo estarían digitalizando procesos, sino personalizando cada área de
operación para que sea eficiente, humana y actualizada. Esta herramienta no
reemplaza a su equipo. Lo potencia. Porque las personas siempre serán el motor, pero
la tecnología puede ser la chispa.

Y entonces, cerré mi presentación.

—Gracias por su atención. Estoy abierta a cualquier pregunta.

Apenas terminé, hubo un segundo de silencio pesado.

—Impresionante —dijo una de las directivas al fondo, asintiendo lentamente—. Muy


bien articulado.

Otro más agregó:

—La claridad en los objetivos, la alineación con las necesidades… y la estética… es


una de las mejores propuestas que hemos visto este trimestre.

Liv me apretó la mano. Sophie asintió orgullosa.

Pero mis ojos… mis ojos se cruzaron con los suyos una vez más.

Y ahí estaban. Los de Erick. Llenos de algo que no sabía si era tristeza, admiración,
amor… o todo al mismo tiempo.

Quería abrazarlo. Gritarle. Besarlo. Alejarlo.

Pero solo mantuve la vista firme. Y asentí, como diciéndole: ya no somos los de
anoche.

Porque él lo sabía.
Y yo también.

De entre todas las voces que se escuchaban en la sala, una me paralizo por un
segundo.

—Señorita Anahí…

Me giré despacio. Joseph Corvan se acercaba con las manos entrelazadas detrás de la
espalda y esa expresión seria que no sabías si significaba aprobación o condena.

—Observe con atención el proceso de su propuesta. Y, aunque rara vez lo digo en voz
alta… me ha sorprendido gratamente.

Tragué saliva. Sentí a Liv detener el aire a mi lado. Sophie observaba todo con una
mezcla de resignación y morbo.

—Gracias, señor Corvan. Para mí es un honor…


—No he terminado —interrumpió, sin perder la compostura—. La iniciativa que ha
planteado no solo es ambiciosa, sino necesaria. Y quiero que sepa que estoy dispuesto
a respaldarla. Pero bajo una condición.

Mi corazón se detuvo por un segundo. ¿Una condición?

—Me gustaría que trabaje de la mano con alguien del consejo interno. Alguien que
necesita involucrarse más activamente en la dirección de esta compañía.

Lo dijo sin titubeos. Como si ya supiera exactamente lo que iba a provocar.

—Mi hijo, Erick.

Y ahí estaba él. Parado a unos metros, mirando el suelo. Levantó la vista justo en ese
instante, encontrando la mía. Pero ya no era el mismo Erick de anoche. Era el hijo del
jefe. El heredero.

Y ahora… mi compañero de proyecto.

—Él se integrara a su proyecto al igual que mi hija Sophie durante este desarrollo.
Quiero que lo guíe en lo técnico, lo creativo, y que juntos presenten el avance en dos
meses —sentenció Joseph, sin pedir opinión—. Quiero verlo involucrado. Y a usted…
la quiero liderando esta propuesta.

No pude responder. No porque no tuviera palabras, sino porque ninguna iba a sonar
bien.

—¿Está claro? —preguntó Corvan con esa voz que no admitía negativas.

—Sí, señor, muy claro—dije por reflejo. Mis labios se movieron, pero todo dentro de
mí gritaba.

Joseph asintió con un dejo de aprobación y se alejó, como si acabara de ordenar la


lluvia.

El silencio que dejó atrás fue insoportable.

—¿Estás bien? —susurró Liv, con los ojos enormes.

—No —contesté en un susurro. Camine un poco y me detuve a mirar a Erick, creo


que mis ojos le dijeron mas de lo que en ese momento podía salir de mi boca, solo me
retire lentamente y al salir de la sala rompí en llanto.

—Anahí… espera.

Reconocería esa voz incluso entre el ruido de una tormenta. Me detuve a la fuerza,
con los ojos llenos de lágrimas que no quería que él viera. Pero no me volteé.

—Por favor, solo escúchame —insistió, dando un par de pasos hacia mí.
Me giré despacio, aún sin poder contener las emociones. Lo miré directo a los ojos, y
sentí como si me partiera en dos.

—¿Escucharte? —repetí, con la voz rota pero firme—. ¿Escucharte ahora? Después
de que sabías perfectamente quién eras y aún así… me dejaste creer que eras alguien
más.

Él bajó la mirada, como si la culpa le pesara en los hombros.

—No quería mentirte —susurró—. Solo… quería tener algo real. Sin mi apellido de
por medio. Sin todo eso.

—¿Y lo real empieza con una mentira? —repliqué, dando un paso hacia él, esta vez
sin temblar—. Te abrí mi corazón, Erick. Te conté cosas que no le cuento a
cualquiera. Y tú… tú te quedaste ahí, sonriendo, escuchando, fingiendo demencia
mientras sabias perfectamente de quien hablaba porque era tu familia —Lo dije
apuntando a su pecho, me sentía traicionada como si me hubiera enamorado de una
persona que no existe, pero estaba ahí frente a mi, solo que ya no sentía conocerlo, ya
no era el.

Erick apretó la mandíbula. Sus ojos brillaban, pero no dije nada más. No necesitaba
que llorara. No necesitaba sus disculpas. Solo necesitaba ponerle límites.

—No sé si esto para ti fue un juego, o una forma de huir de tu realidad. Pero para mí
no lo fue. Y lo de anoche… lo que sentí… —respiré profundo, tragándome las
palabras que dolían— fue de verdad. Y eso es lo que más me duele.

—Anahí, yo no planeé esto. Te lo juro. Quise decírtelo pero… tenía miedo. Miedo de
que te alejaras si sabías quien era.

—Y lo hiciste igual. Solo que de otra forma.

—Y .. ¿sabes que? nisiquiera tenías necesidad de mentirme, porque ahora comprendo


un poco más el porque de lo que me contaste. Y si lo hubieras mencionado, lo habria
entendido, algo que nunca sabremos, porque elegiste mantener un mentira que si no
hubiera sido descubierta hoy, no se cuanto tiempo seguirias fingiendo ser alguien que
no eres.

Silencio.

Un silencio que cortaba.

—A partir de hoy, nuestro trato es profesional —dije, sin desviar la mirada—.


Trabajaremos en este proyecto. Lo sacaremos adelante. Pero no me busques fuera de
eso. No intentes explicarme más.

Lo vi tragar saliva. Se removió, como si cada palabra mía le clavara una espina
distinta.
Me di la media vuelta, decidida a irme, pero sentí su mano rodear mi brazo con
firmeza. No brusco, no violento… pero con la suficiente fuerza como para impedir
que me alejara.

—Anahí, por favor… —susurró. Su voz era un eco tembloroso, algo entre la
desesperación y la ternura.

Quise zafarme, de verdad quise. Pero no pude. Era como si su tacto tuviera memoria,
como si mi piel aún recordara lo que fue sentirlo cerca y no sabía cómo decirle que ya
no podía, que ya no debía.

Me giró suavemente hacia él, y ahí estaba otra vez. Esa mirada suya. Tan
malditamente sincera. Tan rota. Tan hermosa.

—No hagas esto más difícil —le dije en voz baja, pero ya era tarde. Estábamos
demasiado cerca.

Su mano, temblorosa, se deslizó apenas por mi mejilla, como si necesitara comprobar


que todavía estaba ahí. Su frente rozó la mía, y nuestras respiraciones se encontraron
en el espacio mínimo que nos separaba.

Mi corazón latía tan fuerte que sentí que él podía escucharlo.

—No puedo…no puedo dejarte ir así —murmuró, con los ojos cerrados, como si
estuviera pidiendo perdón al universo por quererme un poco más.

Todo en mí gritaba que retrocediera. Que recordara lo que me había hecho, que
mantuviera la distancia. Pero mi cuerpo era otra historia. Mi cuerpo lo recordaba. Lo
extrañaba como si hubieran pasado años y no un par de horas.

Mi nariz rozó la suya. Y por un segundo, solo uno, creí que íbamos a besarnos.

Pero no lo hice.

Me alejé despacio, con el corazón desgarrado, como si cortar esa cercanía me


rompiera de nuevo.

—No —susurré, con lágrimas contenidas—. No puedes arreglarlo así, Erick. No


puedes confundirme más.

Él bajó la mano, como si soltarme le doliera físicamente.

—Lo siento —dijo en voz baja, con esa tristeza que dolía mirar—. Te juro que…
nunca quise hacerte daño.

No respondí. Porque cualquier palabra que dijera iba a quebrarme.

Solo asentí con la cabeza, giré sobre mis pasos y me fui.

Otra vez.
Pero esta vez, dejando atrás no solo al chico que me mintió…

Sino también a todo lo que me hacía sentir.

Esa noche, el silencio pesaba más que cualquier palabra. El departamento estaba en
penumbras, solo iluminado por la luz cálida que se colaba desde la cocina. Me sentía
vacía… como si todo lo que había construido en los últimos días se hubiese venido
abajo en cuestión de segundos.

Liv me preparó un té sin decir nada, como si supiera que las palabras sobran cuando
el corazón duele. Me lo pasó con cuidado y se sentó a mi lado, tan cerca que podía
sentir su respiración. A veces no necesitaba hablarme… solo estar.

Minutos después, Sophie llegó. No preguntó qué pasaba. No tenía que hacerlo.
Bastaba con ver mi cara para entenderlo todo. Entró despacio, como si no quisiera
romper ese frágil equilibrio que colgaba en el ambiente.

—Ya hable con mi hermano, me lo contó todo —lo dijo mientras se sentaba en el
sofa, con las manos en los bolsillos del abrigo.

—Conociendolo, no creo que todo —Dijo Liv en un tono sarcastico.

—Lo siento... —Dijo despues de que voltee a verla con los ojos tristes y vacios.

—Se que es mi hermano pero, nada justifica lo que hizo, aunque lo entiendo por una
parte, mi padre lo ha reprimido demasiado y creo que eso lo obligo a tomar otra
identidad donde se sintiera como con quien era, y con su música. — Dijo Sophie
mientras acariciaba a uno de los gatitos de la casa.

—El domingo lo vi regresar a casa —agregó Sophie, con una mirada que se volvió
nostálgica—. Iba sonriendo solo. Lo juro, nunca lo había visto así. Parecía… ligero.
Como si por fin el mundo no lo aplastara.

Me apreté más la manta que tenía sobre las piernas. No sabía si eso me hacía sentir
mejor… o peor.

—Tal vez fui eso para él. Una pausa. Un momento de libertad. Pero ahora… ¿cómo se
supone que voy a trabajar a su lado como si nada?

—No vas a estar sola —dijo Liv con firmeza, tomándome la mano—. Nosotras vamos
a estar ahí, y serviremos de mediadoras si es necesario. Te ayudaremos a que tengas el
mínimo contacto posible.
Sophie asintió, apoyando su espalda contra el sillón, con una expresión serena,
aunque sus ojos decían muchas cosas.

—Y si mi papá insiste… porque créeme, va a insistir… encontraremos la manera de


que tú no tengas que cargar con todo el peso. Porque sé que él va a usar esto como
una “estrategia” para ver si Erick se interesa de una vez en la empresa.

—¿Entonces tú crees que tu papá pueda haber sospenchadoque algo pasaba? —


pregunté, sintiendo que la ansiedad volvía a apretar en mi pecho.

—No lo sé —admitió Sophie—. Pero talvez algo intuyó. Él no da pasos en falso. Y si


hoy, después de verte rota en esa sala, después de ese silencio incómodo, aún quiere
que trabajes junto a su hijo… es porque ve algo en ti. Algo que ni siquiera tú estás
viendo todavía.

—Yo solo veo que tengo que trabajar con el hombre que me besó anoche y me
rompió el corazón esta mañana —susurré con amargura.

Liv se levantó, caminó hacia la cocina y volvió con un chocolate que teníamos
escondido en el refrigerador para emergencias emocionales. Me lo puso en las manos
con una sonrisa tímida.

—Esto no lo arregla, pero… al menos te da azúcar para que no lo mates mañana.

No pude evitar reír entre lágrimas. Sophie también sonrió, y por unos minutos, el
ambiente dejó de sentirse tan apretado.

—Tú puedes con esto —dijo Liv con dulzura—. Y si te caes, aquí estamos para
ayudarte a levantarte… con pastel y todo.

—Gracias —murmuré, con un nudo en la garganta, pero con un poquito más de fuerza
en el corazón.

Afuera, la ciudad seguía respirando.Y así, mientras el reloj marcaba el inicio de una
nueva madrugada, supe que iba a doler… pero también que yo ya no era la misma que
temía enfrentarse a una sala llena de trajes y expectativas.

La mañana llegó más rápido de lo que me hubiera gustado.

Tomé aire frente a la puerta del edificio, sabiendo que del otro lado me esperaban las
miradas, las juntas, las ideas... y él.

Entré con pasos firmes, aunque por dentro no lo fueran tanto. Saludé a la
recepcionista con una sonrisa suave, como si fingir normalidad fuera suficiente para
protegerme. Crucé el pasillo rumbo a la sala donde normalmente trabajábamos con
Liv y Sophie, pero antes de abrir la puerta, noté algo sobre mi escritorio.

Un café.
Mi nombre escrito con su letra en el vaso. A un lado, una pequeña nota doblada con
cuidado.

Me detuve un segundo, como si acercarme demasiado fuera una decisión que no podía
tomar a la ligera. Finalmente, dejé mi bolso y tomé el papel con manos temblorosas.

"Sé que no arregla nada... pero quiero que empieces el día con algo que te guste.
Perdón. Por todo."
—E.

Sentí un nudo formarse en mi estómago. Ese tipo de gestos, tan simples, tan de él…
eran justamente lo que más me dolía. Porque si no le importara, no habría dejado
nada. Pero si realmente le importara, me lo habría dicho antes. Me habría dado la
verdad.

Tomé el vaso, le di un sorbo lento, y cerré los ojos por un segundo. El sabor era
exactamente como me gusta. Claro que lo recordaba. Claro que sabía. Esa noche vio
como pedi todo el cafe que pude.

Suspiré. No era tan fácil.

Me giré hacia la ventana, apretando la nota entre mis dedos. No pensaba agradecerle.
No aún. Pero tampoco podía ignorar que, en medio de todo, él aún estaba intentando
alcanzar una parte de mí que ya no sabía si podía volver a abrir.

Y justo en ese instante, escuché pasos acercándose desde el pasillo. Reconocí su


silueta reflejada en el vidrio.

Me giré lentamente.

Pero no dije nada.

Solo lo miré. Y él, con esa expresión suya de “sé que no tengo derecho, pero igual
estoy aquí”, se detuvo frente a la puerta, sin atreverse a entrar.

No cruzamos palabras.

No hacía falta.

Por ahora.

Pasaron los días. Lentos. Silenciosos. Llenos de todo lo que no se decía.


Erick y yo compartíamos el mismo aire en reuniones, pasillos, oficinas… pero nada
más. Ni una palabra, ni una mirada directa. Él se sentaba en la esquina opuesta de la
sala, escuchando atento, tomando notas, respondiendo con profesionalismo. Yo hacía
lo mismo. Como si fuéramos dos desconocidos que casualmente coincidían en un
proyecto… aunque por dentro, cada gesto suyo me quemara un poco más.

Liv notaba todo. Sophie también. Se intercambiaban miradas discretas cada vez que
yo contenía un suspiro, o cuando él se quedaba observando la pantalla un poco más de
la cuenta después de que yo hablaba.

Había tensión.

Pero no de esa que se desborda en discusiones.

Era otra. Más peligrosa. Más íntima.


De la que te hace temblar las manos cuando rozas por accidente la misma hoja.
De la que se te mete en el pecho cuando lo ves entrar a la sala sin que diga tu nombre,
pero sintiendo que aún lo piensa.

No nos hablábamos, pero había tanto en el aire que dolía.

Una mañana, Sophie detuvo la junta por unos minutos para tomar una llamada
urgente. El silencio llenó la sala. Yo hojeaba mi carpeta sin leer nada realmente. Sentí
su mirada sobre mí. Alcé la vista por un instante… y él la bajó.

Tan rápido como cuando algo duele.

Tan claro como si me hubiera dicho “aún estoy aquí”.

A veces quería gritarle. O abrazarlo. No sabía cuál me nacía más.

Pero por ahora, no podía hacer ninguna de las dos.

Solo trabajar. Solo respirar. Solo… sobrevivir a esta distancia que no medía en
metros, sino en lo que no nos dijimos a tiempo.

Las mañanas avanzaban con normalidad, o al menos lo intentábamos. Sophie estaba


en su oficina revisando reportes y Liv organizaba unos archivos con expresión
distraída. Yo me levante para rellenar mi taza de cafe.. Fue entonces cuando él
apareció. Erick.

Tocó dos veces la puerta de vidrio, sin mucha fuerza, como si no supiera si tenía
derecho a interrumpir.

—¿Puedo? —preguntó, con una voz más baja de lo usual.

Sophie levantó la vista, seria, y Liv lo miró como si estuviera decidiendo si golpearlo
o escucharlo.
—Depende —dijo Liv sin rodeos—. ¿Vienes en modo músico arrepentido o en modo
ejecutivo evasivo?

Él soltó una risa nerviosa y alzó las manos en señal de rendición.

—Músico arrepentido. Totalmente. ¿Puedo sentarme un momento?

Sophie asintió, aunque cruzó los brazos. Liv lo miraba con el ceño fruncido, pero con
curiosidad.

—Sé que lo arruiné —dijo Erick, dejando caer la espalda contra la silla—. Y que
decir "lo siento" a estas alturas parece poco. Pero juro que... no fue por falta de
sentimiento. Fue por miedo.

—¿Miedo a qué? —preguntó Sophie, más suave de lo que esperaba.

—A no poder separar las dos partes de mi vida. A no poder ser solo Erick con ella. —
Suspiró—. Cuando estoy con Anahí siento que soy mejor versión de mí. Pero también
sentí que, si ella sabia todo de golpe… no me miraría igual. Y tenía razón.

Liv entrecerró los ojos.

—No estás triste porque te odie. Estás triste porque te mira como alguien que no eres,
y por fin entiendes lo que eso duele.

Erick bajó la cabeza.

—Exacto. Por primera vez, alguien me vio de verdad… y yo mismo arruiné esa
mirada.

Sophie se inclinó hacia él, más comprensiva que antes.

—Hermano, entiendo se lo que sientes lo he vivido contigo pero, no estuvo bien como
lo hiciste— respondió sin pensarlo.

Liv lo observó en silencio. Luego suspiró.

—No puedo hacer que te perdone, Erick. Pero tu si, solo dale tiempo, su corazón aun
resiente las mentiras.

—No quiero presionarla. Sé que la lastimé. Solo... ¿pueden decirle que no fue un
juego? Que cada palabra, cada nota que toqué cuando estaba con ella, fue real.

—Se lo diremos —dijo Sophie—. Pero el resto, te toca a ti.

Erick se levantó despacio. Antes de salir, se detuvo en la puerta, con el corazón en la


garganta.
—Gracias por escucharme. Y... por seguir creyendo en mí, aunque no lo merezca.

Liv y Sophie se miraron en silencio cuando él se fue.

—La quiere de verdad —murmuró Liv.

—Sí —respondió Sophie—Y ella también a el, se me apachurra el corazón cuando los
veo asi cuando claramente sienten algo muy fuerte.

Se quedaron en silencio por unos segundos. La oficina se llenó de ese tipo de calma
que llega cuando nadie sabe qué hacer para arreglar lo que se rompió, pero quieren
intentarlo de todas formas.

—¿Y si no vuelven a estar bien? —preguntó Liv en voz baja, con los ojos brillosos.
—No lo sabemos —respondió Sophie, mirándola con ternura—. Pero si no hacemos
nada… seguiran como hasta ahora.

Liv dejó escapar un suspiro largo.

—Entonces tenemos que hacer algo. No forzar nada, no empujarlos. Pero sí… abrir
pequeñas ventanas. Espacios donde puedan verse con otros ojos.

Sophie sonrió, cruzando los brazos como quien se dispone a conspirar por amor.

El sonido de mis tacones resonó suave en el pasillo mientras me acercaba a la sala


común de la oficina. El aroma de café aún fresco me envolvía, y la taza entre mis
manos me daba esa falsa sensación de seguridad que necesitaba para comenzar el día.

Al doblar la esquina, escuché voces bajas. Liv y Sophie estaban en una de las mesitas
junto a la ventana, tan concentradas en su conversación que ni notaron mi llegada.

Pero justo cuando quise detenerme a saludar, una impresora detrás de mí hizo un
sonido agudo y ambas se giraron al instante.

—¡Ani! —dijo Liv, sobresaltada, poniéndose de pie como si hubiera cometido un


crimen—. Volviste

—Volviii —respondí, confundida. Me acerqué un poco, notando que ambas tenían


miradas nerviosas… aunque intentaban ocultarlo.

—¿Todo bien? —pregunté, mirándolas a ambas.


—¿Nosotras? ¡Claro! Todo bien. Solo... ya sabes, hablando del clima y de cosas
totalmente normales —añadió Sophie, forzando una risa torpe mientras Liv le daba un
pequeño codazo.

—Ajá… —respondí con una ceja arqueada—. Bueno, voy por unos archivos que me
pidió el señor Corvan. Nos vemos luego.

Mientras me alejaba, escuché un susurro entre ellas.


—¿Plan B?
—Plan B.

No entendí a qué se referían, pero decidí ignorarlo. No tenía cabeza para más teorías
conspirativas.

Horas después, justo después de una revisión de proyectos en el piso de diseño y que
todos estuvieran por irse a casa, Sophie me pidió que fuera al archivo en el sotano con
ella para buscar unas carpetas del sistema anterior que el señor Corvan quería revisar.

—Te ayudo a buscarlas, están al fondo, en el estante metálico. Ya sabes, los que nadie
toca desde 2015 —bromeó.

—Perfecto —suspiré—, nada como respirar polvo para cerrar bien el día.

Entramos juntas al cuarto de archivo. El lugar era fresco, mal iluminado y con un leve
olor a papel viejo. Sophie revisó su celular, sonrió de forma extraña y dijo:

—Anita linda, ¿puedes buscar esa carpeta azul que dice “Sistemas-Internos-240”?
Creo que está por allá, en el estante de la esquina.

—¿No prefieres que la busquemos juntas?

—Ya vuelvo, necesito enviar algo urgente.

Antes de que pudiera decirle algo más, salió… y cerró la puerta detrás de mí.

Escuché el clic del seguro.

—¿Sophie? —golpeé con los nudillos—. ¿Acabas de cerrarme?

—¡No estás sola! —gritó la loca de mi roomie, con su fastidiante voz cuando trama
algo.

Mi estómago se hundió.

—¡¿QUÉ HICIERON?! —exclamé, acercándome a la puerta—. ¡ABRAN!

—¡No hasta que hablen! —respondió Liv, divertida—. ¡Se van a quedar ahí hasta que
se digan todo lo que tienen que decir, hasta mañana, te traere ropa!

—¿“Se”…? ¿Cómo que “se”…?

Y fue entonces que lo escuché.


Detrás de mí. A pocos pasos.

Una respiración contenida.

Un suspiro.

Una presencia.

Me giré lentamente.

Y ahí estaba.

Erick.

Con una carpeta en la mano y la mirada fija en mí, como si no supiera si acercarse o
esconderse entre los estantes.

No podía creerlo.

—Ellas me dijeron que necesitaban ayuda para buscar unos documentos —murmuró,
levantando la carpeta a modo de explicación torpe.

Yo me llevé la mano al rostro.

—Claro que sí.

Nos quedamos en silencio.

—Parece que Sophie ya es una complice más de Liv. —Dijo, mientras me miraba un
poco disfrutando lo que hicieron esas dos.

El cuarto era pequeño, y cada segundo se hacía eterno. Afuera, se oía a Liv y Sophie
carcajeándose bajito… y luego alejarse para dejarnos completamente solos.

Mis manos sudaban tanto que al tratar de apretarlas se resbalaban.

Él se quedó ahí, sin moverse, como si esperara que yo dijera algo primero. Pero yo no
iba a hablar. No esta vez.

Fue él quien dio el primer paso.

—Anahí…

Mi nombre en su voz sonó como un susurro entre cristales rotos. Me quedé inmóvil,
sin mirarlo. Pero el silencio entre nosotros empezó a sentirse tan fuerte que dolía. La
tensión era espesa, como una cuerda invisible que nos unía y al mismo tiempo me
jalaba hacia atrás.
Él dio un paso más. Lo sentí, no por el ruido, sino por cómo el aire cambió entre
nosotros. Por cómo el espacio empezó a volverse pequeño. Por cómo mi piel se
estremeció solo al saberlo cerca.

—No sé cómo… cómo empezar —dijo con la voz baja, casi ahogada—. Pero si te vas
de aquí sin saber lo que siento, no me lo voy a perdonar.

No respondí.

Entonces dio otro paso.

Y ya lo tenía frente a mí.

Cerca.

Demasiado cerca.

Podía ver cómo le temblaban los dedos, cómo su pecho subía y bajaba rápido, como si
estuviera peleando con el impulso de tocarme, de abrazarme, de hacer algo. Pero no lo
hizo. Solo me miró.

—No quería mentirte —dijo, con una voz que se rompía por dentro—. Solo… nunca
había sido tan yo con alguien. Nunca me había sentido tan visto. Me aferré a eso. Y
tuve miedo. Miedo de que si sabías quién era… te alejaras. Y lo peor es que lo supe
desde el principio. Y aún así, seguí. Porque contigo… todo se siente diferente.

Lo odiaba.

Lo odiaba por eso.

Porque me conocía más de lo que yo quería admitir.

Y, aún dolida, una parte de mí también quería acercarse. Una parte que extrañaba su
voz, su forma de mirarme, sus manos, sus silencios.

Mis manos temblaban. Él se dio cuenta.

—Sabes que no tienes porque ponerte asi conmigo —Asentí sin saber por qué.

—Anahí… —susurró mi nombre como una oración, como un perdón.

Y entonces lo hizo.

No me besó.

Solo se acercó, su frente rozando la mía, tan lentamente que sentí cada milímetro de
su respiración. Su mano tocó apenas mi cintura, con un respeto que dolía, como si
temiera romperme, o romper lo que quedaba de nosotros.

Mis labios estaban a un suspiro de los suyos.


Y juro que por un segundo, dejé de sentir enojo. Solo sentí.

Pero fue un segundo.

Porque me hice hacia atrás.

Despacio.

Él bajó la mano de inmediato. No protestó. No insistió.

Solo me miró con esa tristeza que se clava.

—Lo siento —dijo, tan bajito que apenas lo escuché—. Te juro que no quise hacerte
daño.

Asentí.

—Yo no soy una pausa, Erick. Ni un escape. No soy un escondite.

Vi cómo tragaba saliva con dificultad, y note un poco de desespero en su respiracion.

—No lo fuiste, y no lo eres. Tu eres mi hogar..

También podría gustarte