DIRECCIÓN DEPARTAMENTAL DE EDUCACIÓN POTOSÍ
DIRECCIÓN DISTRITAL DE EDUCACIÓN POTOSÍ
NÚCLEO TECNOLÓGICO PRODUCTIVO PICHINCHA POTOSÍ
UNIDAD EDUCATIVA B.T.H. “COLEGIO LUIS FELIPE MANZANO”
ESPECIALIDAD DE “MECANICA INDUSTRIAL”
ZAPATERO METALICO PARA GUARDAR ZAPATOS EN UN
ESPACIO OPTIMO
Trabajo final de Proyecto de Grado
para obtención del grado de
TÉCNICO MEDIO en la
especialidad de MECÁNICA
INDUSTRIAL.
Postulantes:
1. JOEL AGUILAR CALIZAYA
2. ALEJANDRO JAIME MORALES
GARABITO
Potosí/abril 2025
AGRADECIMIENTO
Quiero agradecer al Colegio
Bolivariano Pichicha por
cobijarnos en sus aulas de
pétreos muros y darnos la
oportunidad de ampliar
nuestros conocimientos
para ser profesionales
capaces de transformar la
materia prima.
DEDICATORIA
A nuestros padres quienes nos dieron
el aliento a seguir adelante.
A mis maestros, quienes transmitieron
todo su conocimiento
en las aulas y talleres del NÚCLEO
TECNOLÓGICO PRODUCTIVO PICHINCHA
POTOSÍ.
Introducción
I. MARCO CONTEXTUAL
Aunque la historia general de la época prehispánica en Potosí suele resumirse
en términos de pueblos indígenas y su incorporación al Imperio Inca, la riqueza
cultural de esta región va mucho más allá. Su geografía extrema —que va
desde los salares desérticos del suroeste hasta los valles templados del norte
— generó una diversidad de formas de vida que dejaron una huella
arqueológica, económica, simbólica y lingüística profunda.
Uno de los aspectos menos visibilizados es la presencia arqueológica que aún
queda como testimonio material de estas culturas. Si bien la región no posee
monumentos megalíticos como los de Tiwanaku o Sacsayhuamán, existen
sitios significativos como Tambo Tambillo, Tambo Real, y una serie de
pequeños complejos de colcas (depósitos) y chullpas (torres funerarias)
dispersos por los Lípez y los Chichas. Estos sitios indican la existencia de rutas
de comercio, redes administrativas y estructuras sociales organizadas que
datan de antes del dominio incaico, y que luego fueron adaptadas por el
Tahuantinsuyo.
La minería ritual y simbólica es otro elemento central. Las poblaciones
originarias de Potosí tenían un conocimiento empírico de los minerales y vetas
superficiales. Aunque no explotaban los recursos con herramientas o sistemas
como los desarrollados por los españoles, extraían metales preciosos y piedras
de colores para usos rituales. La plata, el cobre, el oro, y minerales como la
turquesa, el lapislázuli, o la hematita eran considerados “ofrendas” valiosas a
los dioses. El Cerro Rico —más que una montaña minera— era una entidad
espiritual, un Apu vivo que se veneraba por su energía y fertilidad mineral. Se le
rendían tributos en forma de pagos a la Pachamama, ceremonias que aún
sobreviven en las prácticas de los mineros actuales con figuras como El Tío,
una especie de sincretismo entre lo ancestral y lo colonial.
En cuanto a la diversidad lingüística y cultural, es importante notar que el
Potosí prehispánico no era homogéneo. Aparte del quechua y el aimara —que
luego fueron promovidos por los incas—, existían otras lenguas originarias
menos conocidas, como el puquina, el uru-chipaya, y probablemente variantes
de lenguas chichas que hoy están extintas. Estas lenguas no solo eran medios
de comunicación, sino también vehículos de transmisión de cosmovisiones
únicas sobre la naturaleza, el tiempo, el orden social y los vínculos con lo
sagrado.
Desde el punto de vista económico y ecológico, los pueblos potosinos
practicaban un sistema de producción multinivel, basado en lo que se ha
llamado el modelo de verticalidad andina. Cada grupo étnico controlaba zonas
de producción en distintas altitudes: zonas de puna para camélidos (llamas y
alpacas), pisos intermedios para papa, oca y cebada, y valles bajos para maíz,
frutas o coca. Esta organización permitía el acceso a una gran diversidad de
recursos sin necesidad de comercio exterior en el sentido moderno. El trueque
se realizaba entre zonas mediante caravanas de llamas que recorrían largas
distancias llevando alimentos, textiles, sal, cerámica o metales. Este tipo de
economía autosuficiente y recíproca era sostenible y se basaba en valores
comunitarios como la ayni (reciprocidad entre pares) y la minka (trabajo
colectivo).
La religión y cosmovisión de los pueblos prehispánicos potosinos estaban
profundamente integradas en su relación con el entorno. Los cerros, las
lagunas, el sol, la luna, las estrellas y hasta los minerales eran considerados
entidades vivas y espirituales. El calendario agrícola se organizaba en torno a
los solsticios y equinoccios, así como a las fases lunares, marcando rituales
para la siembra, cosecha o protección del ganado. La Pachamama no era solo
una metáfora de la tierra, sino una presencia real que se debía respetar,
alimentar y consultar.
Es relevante destacar que la expansión del Imperio Inca en Potosí no borró por
completo estas tradiciones, sino que las reorganizó dentro de un sistema
imperial. Los incas aprovecharon las redes existentes, como las rutas
comerciales y las alianzas entre pueblos, y las integraron al Qhapaq Ñan, su
red vial. A través del sistema del mitmaqkuna, trasladaron familias enteras
(mitimaes) para colonizar y administrar territorios estratégicos. Así, la región
potosina se convirtió en un nodo importante dentro de la economía y
administración incaica, pero también en un punto de resistencia e hibridación
cultural. Cuando llegaron los españoles en el siglo XVI, encontraron una región
no solo habitada, sino organizada, integrada, espiritualmente rica y
tecnológicamente adaptada a su geografía. La conquista no fue un comienzo,
sino una ruptura abrupta de un proceso civilizatorio milenario.
Con la llegada de los conquistadores españoles en la década de 1530, la
región de Potosí vivió una de las transformaciones más dramáticas de toda la
historia andina. En 1545, los indígenas de la zona —posiblemente buscando
minerales rituales o ya participando en pequeñas extracciones— revelaron a
los españoles la existencia del Cerro Rico, una montaña literalmente llena de
plata en su interior. El hallazgo tuvo un impacto inmediato y descomunal: en
pocos años, se fundó la ciudad de Potosí a los pies del cerro, y el lugar se
convirtió en el mayor centro minero de todo el continente.
El descubrimiento del Cerro Rico no fue un hecho aislado, sino que se insertó
en el proyecto de colonización del Virreinato del Perú, que buscaba consolidar
el control territorial y generar riqueza para la Corona. La plata de Potosí
empezó a fluir en cantidades enormes hacia Sevilla y otras ciudades europeas.
A través de una red de comercio transatlántico, se integró al sistema económico
mundial naciente del siglo XVI, ayudando a financiar guerras, imperios y
bancos europeos. Se calcula que durante los siglos XVI y XVII, más de 40,000
toneladas de plata pura salieron del Cerro Rico, muchas de ellas en forma de
monedas acuñadas en la Casa de la Moneda de Potosí, que fue una de las
más importantes del mundo en su época.
Para extraer esa riqueza, se instauró un sistema de trabajo forzado conocido
como la mita colonial, basado en el modelo incaico pero distorsionado
brutalmente. Decenas de miles de indígenas eran enviados a trabajar por
turnos al interior de las minas en condiciones infrahumanas. Procedían de
distintas regiones del Alto Perú, principalmente desde los ayllus del Qullasuyu.
La mita se convirtió en un símbolo del despojo colonial: los trabajadores morían
por agotamiento, accidentes, enfermedades respiratorias o intoxicación con
mercurio, usado en el proceso de amalgamación de la plata.
La ciudad de Potosí creció con una velocidad vertiginosa. En el siglo XVII, llegó
a tener una población de más de 160,000 habitantes, comparable con muchas
ciudades europeas, y superando incluso a Londres y París en ciertos
momentos. Era una ciudad de contrastes: por un lado, comerciantes,
burócratas coloniales, curas, mineros ricos y aventureros españoles. Por otro
lado, miles de indígenas obligados a servir en las minas o como cargadores,
sirvientes, cocineros, lavanderas y nodrizas. También llegaron esclavos
africanos traídos a la fuerza para trabajar en ingenios y trapiches, aunque
muchos morían rápidamente por la altura y el frío.
El trazado urbano de Potosí fue una mezcla de ordenamiento colonial y
adaptación indígena. Las iglesias, conventos y casas de élite se construyeron
con piedra labrada, mientras que las viviendas indígenas se amontonaban en
las periferias o cerros adyacentes. La ciudad tenía decenas de templos
católicos, pero detrás de su cristianización aparente sobrevivieron numerosos
cultos indígenas. Los cerros, cuevas y minas eran espacios de sincretismo,
donde los indígenas rendían culto tanto a El Tío, como símbolo de poder dentro
de la mina, como a la Pachamama, mediante ofrendas escondidas que
desafiaban silenciosamente la hegemonía cristiana.
En el plano administrativo, Potosí fue parte de la Audiencia de Charcas, y tenía
una importancia estratégica y económica tal que se convirtió en uno de los
principales núcleos del virreinato. Desde allí se administraban rutas de
comercio hacia Lima, Buenos Aires, el Paraguay, y Chile. Las llamadas
“caravanas de mulas” y las llamas de los arrieros indígenas formaban una red
constante de circulación de productos, metales y personas. La riqueza de la
ciudad atrajo comerciantes de Europa, criollos locales, y mestizos que
comenzaban a ganar poder en las esferas intermedias.
Sin embargo, esta riqueza no se distribuía de forma equitativa. La economía de
Potosí se sostenía sobre una estructura profundamente desigual, racializada y
autoritaria. Los indígenas eran considerados “naturales” bajo tutela de
corregidores y curas doctrineros, a quienes debían pagar tributos y servicios.
Aunque muchos ayllus lograron preservar ciertas formas de autonomía, el
despojo territorial, la cristianización forzada y la destrucción de sus autoridades
tradicionales fueron sistemáticos.
A lo largo de los siglos XVII y XVIII, la producción de plata fue decreciendo
progresivamente. Las vetas más ricas del Cerro Rico comenzaron a agotarse, y
el sistema técnico de extracción se volvió cada vez más costoso e ineficiente.
Surgieron conflictos internos entre mineros, autoridades locales y la Corona
española. Además, comenzaron a desarrollarse resistencias indígenas más
articuladas. Uno de los puntos culminantes de esta tensión fue la gran rebelión
de Túpac Amaru II y Túpac Katari (1780–1782), que aunque se centró más en
otras regiones, tuvo fuerte eco en Potosí. Hubo motines indígenas, bloqueos de
caminos y una creciente desobediencia fiscal por parte de las comunidades
originarias.
También emergieron tensiones entre criollos —españoles nacidos en América—
y peninsulares, ya que los criollos comenzaron a sentir el peso de las
restricciones impuestas por la metrópoli española. Se formaron círculos
ilustrados, tertulias clandestinas y redes de intelectuales que empezaron a
cuestionar el sistema colonial. El pensamiento liberal, influenciado por la
Ilustración europea y las revoluciones atlánticas (como la de Estados Unidos y
Francia), comenzó a filtrarse en la elite mestiza e indígena educada.
Así, cuando en 1809 estallaron las primeras revueltas en Chuquisaca y La Paz,
Potosí no quedó al margen. Durante los años siguientes, la ciudad fue
escenario de múltiples enfrentamientos entre realistas y patriotas, con
ocupaciones, saqueos y represión brutal. El final del dominio colonial llegó en
1825, cuando el ejército independentista de Antonio José de Sucre ingresó
definitivamente en la ciudad, y se proclamó la fundación de la República de
Bolivia. Pero para ese momento, el esplendor de Potosí había quedado atrás.
El Cerro Rico, aún imponente, ya mostraba signos de agotamiento, y la ciudad
que una vez deslumbró al mundo comenzaba una lenta decadencia. La
herencia colonial dejó una estructura social desigual, una economía
dependiente del extractivismo, y una profunda huella de dolor en las
comunidades indígenas que, sin embargo, sobrevivieron y resistieron,
preservando muchas de sus prácticas culturales hasta nuestros días.
Tras la proclamación de la independencia en 1825, la ciudad de Potosí —que
había sido uno de los motores económicos más importantes del imperio
español— se encontró en una posición inesperadamente marginal dentro del
nuevo orden republicano. La fundación de Bolivia no implicó una renovación
real para la mayoría de la población indígena ni para las estructuras
económicas del altiplano. Al contrario: la promesa de libertad vino acompañada
por una larga etapa de crisis económica, desorganización institucional y
disputas por el poder que perjudicaron profundamente al antiguo centro minero.
La economía potosina entró en una larga decadencia. El Cerro Rico, tras casi
tres siglos de explotación intensiva, ya no ofrecía las vetas de plata pura que
habían sostenido la riqueza de la colonia. Las técnicas de extracción seguían
siendo rudimentarias, y los intentos por modernizar la minería chocaban con la
falta de capital, tecnología y transporte. Muchos de los antiguos ingenios
coloniales quedaron abandonados o funcionaban a baja escala. La Casa de la
Moneda, símbolo de la abundancia virreinal, apenas seguía operando. La
nueva república, sumida en deudas y con escasa infraestructura, no pudo
reemplazar el modelo extractivo por otra base económica más sostenible.
En lo político, Potosí sufrió de manera directa la inestabilidad crónica del país.
La joven Bolivia pasó por golpes de Estado, guerras civiles, caudillismos
regionales y constantes enfrentamientos entre liberales, conservadores,
militares y líderes locales. En varias ocasiones, la ciudad cambió de manos
entre facciones rivales. El poder político centralizado en Sucre primero y luego
en La Paz fue desplazando progresivamente a Potosí como eje decisivo del
país. La antigua capital minera se convirtió en un símbolo del pasado colonial, y
fue vista por las nuevas élites republicanas como un espacio periférico.
Sin embargo, esa visión no captaba la persistente vitalidad de las comunidades
indígenas y rurales de Potosí. Aunque oficialmente se abolió la mita y se
proclamó la igualdad ciudadana, en la práctica, las poblaciones originarias
siguieron viviendo bajo un régimen de opresión. Se les exigía el pago de
tributos en forma de contribuciones personales, y los grandes hacendados
criollos comenzaron un proceso de expansión territorial sobre tierras
comunales, legalizando latifundios y profundizando el despojo iniciado en la
colonia. En muchos casos, los indígenas fueron convertidos en colonos o
pongos, trabajadores agrícolas casi esclavizados que vivían en las haciendas
sin derechos reales.
El desmantelamiento de las autoridades tradicionales indígenas, como los
kurakas y ayllus autónomos, fue reemplazado por sistemas de control estatal
que mantenían la jerarquía racial. Aunque la república proclamaba igualdad
ante la ley, los indígenas no eran considerados plenamente ciudadanos. Eran
objeto de campañas de “civilización”, que incluían la evangelización, la
alfabetización forzada, y la represión de sus costumbres. A pesar de ello,
muchos pueblos potosinos resistieron culturalmente, manteniendo sus fiestas,
idiomas, autoridades locales y formas de trabajo comunal en los márgenes del
sistema estatal.
Hacia mediados del siglo XIX, comenzó un proceso que lentamente cambiaría
el rol de Potosí dentro de Bolivia: la transición de la minería de plata a la
minería del estaño. Aunque el estaño ya era conocido, no había tenido valor
comercial relevante hasta que la industrialización europea (especialmente en
Alemania e Inglaterra) aumentó la demanda de este mineral para aleaciones y
soldaduras. En las alturas del sur de Potosí —en regiones como Llallagua,
Uncía, Catavi y Huanuni— comenzaron a identificarse importantes yacimientos
de estaño, aunque todavía no se explotaban a gran escala. Este cambio
marcaría el nacimiento de una nueva era minera en el siglo XX, pero en esta
etapa temprana aún estaba en formación.
Al mismo tiempo, algunos empresarios privados intentaron revivir la minería de
plata a través de inversiones extranjeras. Uno de los más emblemáticos fue el
empresario boliviano Aniceto Arce, quien impulsó la creación de empresas
mineras modernas, promovió la construcción del ferrocarril entre Uyuni y
Antofagasta, y defendió políticas de apertura económica para integrar Bolivia al
mercado mundial. Si bien estos proyectos trajeron ciertos avances en
infraestructura, también consolidaron una economía dependiente del capital
extranjero, especialmente británico y chileno.
Durante la Guerra del Pacífico (1879–1884), el suroeste potosino sufrió los
efectos indirectos del conflicto. Aunque la región minera no fue escenario de
grandes batallas, la pérdida del litoral boliviano y el puerto de Antofagasta
alteraron profundamente las rutas comerciales de exportación minera. Potosí
quedó más aislado aún, dependiendo de vías costosas y lentas para sacar sus
minerales. La guerra, además, debilitó al Estado boliviano y dejó al país sumido
en crisis y disputas territoriales internas.
En términos sociales, también se gestaron los primeros movimientos de
protesta y resistencia organizada. En varias comunidades rurales se dieron
levantamientos esporádicos contra los hacendados y autoridades locales,
defendiendo tierras comunales o exigiendo mejores condiciones de vida. A
pesar de que no existía aún una conciencia política indígena moderna, estas
acciones mostraban que el malestar social en el campo potosino era profundo y
persistente. Algunos mestizos e intelectuales comenzaron a solidarizarse con
estas luchas, aunque la elite dominante del país seguía ignorando
sistemáticamente las voces de los pueblos originarios.
Al llegar el fin del siglo XIX, Potosí era una región empobrecida en comparación
con su glorioso pasado colonial, pero seguía siendo vital en términos
simbólicos, culturales y estratégicos. La transición hacia la minería del estaño
ya estaba en marcha, y las semillas del conflicto social, el racismo estructural y
la exclusión política estaban bien sembradas. La modernización económica,
cuando llegara, no significaría inclusión, sino más bien una reconfiguración del
antiguo modelo extractivista en manos de nuevos actores. La ciudad de Potosí
seguía existiendo como testimonio de un esplendor pasado, y las comunidades
quechuas y aymaras resistían a su manera, portando una memoria larga de
conquista, saqueo, pero también de continuidad cultural.
A inicios del siglo XX, el eje de la economía minera boliviana comenzó a
desplazarse desde la plata hacia el estaño, y con ello, Potosí recuperó un
protagonismo que había perdido tras la independencia. Las nuevas tecnologías
industriales, sumadas a la demanda internacional del estaño —especialmente
por parte de Europa y Estados Unidos—, impulsaron una nueva fiebre
extractiva. Zonas como Llallagua, Uncía, Huanuni y Catavi, todas dentro del
actual departamento de Potosí o muy próximas, se convirtieron en centros
vitales de esta nueva minería, atrayendo miles de trabajadores de distintas
regiones del altiplano.
El desarrollo del estaño generó el surgimiento de una nueva oligarquía minera,
liderada por tres grandes magnates conocidos como los "barones del estaño":
Simón I. Patiño, Mauricio Hochschild y Carlos Víctor Aramayo. Simón Patiño,
en particular, fue la figura más destacada: un empresario cochabambino que
llegó a ser uno de los hombres más ricos del planeta. Desde Europa,
controlaba gran parte de las minas bolivianas y extendía sus redes hacia
fundiciones, bancos y empresas navieras. Sin embargo, la riqueza generada
por el estaño seguía beneficiando principalmente a las élites, al capital
extranjero y a un reducido grupo de empresarios, mientras que la mayoría de
los trabajadores mineros vivían en condiciones de hacinamiento, explotación y
violencia.
Las condiciones laborales en los centros mineros potosinos eran duras, casi
inhumanas: jornadas largas, exposición al polvo de sílice (que causaba
silicosis), accidentes frecuentes, mala alimentación y viviendas precarias. Las
minas eran operadas con tecnologías modernas en la superficie, pero muchas
galerías seguían siendo inseguras y poco ventiladas. Ante este escenario,
comenzó a gestarse un nuevo actor social: el proletariado minero, que no solo
demandaba mejores condiciones laborales, sino que también comenzaba a
asumir un rol político central en la historia del país.
Durante las primeras décadas del siglo XX, los sindicatos mineros fueron
consolidándose como fuerza organizada. En 1912, ya existía una Federación
de Mineros. Los trabajadores empezaron a realizar huelgas, formar
cooperativas, redactar manifiestos y participar en movimientos políticos de
izquierda. Las ideas marxistas, anarquistas y nacionalistas comenzaron a
circular entre los trabajadores, especialmente a través de educadores obreros,
periódicos clandestinos y radios locales. El centro minero de Siglo XX, por
ejemplo, se convertiría con el tiempo en uno de los principales focos de
organización y resistencia obrera en el país.
El punto de inflexión llegó con la masacre de Catavi en 1942, cuando el ejército
boliviano, bajo el gobierno del presidente Enrique Peñaranda, reprimió
brutalmente una huelga minera. Cientos de trabajadores, mujeres y niños
murieron a manos de los soldados. Este hecho marcó un antes y un después:
radicalizó al movimiento obrero, debilitó la legitimidad del régimen oligárquico y
preparó el terreno para una transformación estructural.
En 1952 estalló la Revolución Nacional, liderada por el Movimiento Nacionalista
Revolucionario (MNR), que logró derrocar al viejo orden. El nuevo gobierno,
impulsado por una alianza entre clases medias urbanas, campesinos e
intelectuales de izquierda, implementó reformas de gran alcance. En el caso de
Potosí, los cambios fueron profundos. Se decretó la nacionalización de las
minas más importantes y se creó la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL),
que pasó a administrar las minas anteriormente en manos de Patiño,
Hochschild y Aramayo. La Revolución también instauró el voto universal,
eliminó la discriminación legal contra los indígenas y realizó una reforma
agraria que permitió redistribuir tierras a comunidades campesinas.
En el caso específico de los trabajadores potosinos, la nacionalización no
significó el fin de sus luchas. Por el contrario, los sindicatos mineros pasaron a
ocupar un lugar privilegiado dentro del nuevo modelo político. Se creó la
Central Obrera Boliviana (COB), con fuerte liderazgo de los mineros, y se
instauró un sistema de co-gobierno entre trabajadores y técnicos estatales en
las minas. Por un tiempo, los mineros potosinos se convirtieron en vanguardia
de las luchas sociales y políticas del país.
Sin embargo, este modelo comenzó a deteriorarse a partir de la década de
1970. La COMIBOL se volvió ineficiente, la corrupción se extendió, y el precio
internacional del estaño comenzó a caer. Al mismo tiempo, Bolivia vivió una
etapa de dictaduras militares (1964–1982), durante las cuales los movimientos
sociales fueron reprimidos. Varios líderes mineros fueron perseguidos, exiliados
o asesinados. Las minas potosinas sufrieron intervenciones militares, y muchos
centros fueron militarizados, como sucedió con la masacre de San Juan en
1967, en la que murieron decenas de trabajadores y familiares mientras
dormían.
En los años 80, el sistema colapsó. El derrumbe del precio del estaño en 1985
fue la estocada final. El gobierno del presidente Víctor Paz Estenssoro, ya en
una etapa neoliberal, implementó el Decreto Supremo 21060, que supuso la
relocalización de miles de mineros, el cierre de centros productivos, el despido
masivo de trabajadores y la apertura al capital privado. Esta fue una de las
transformaciones más dolorosas en la historia reciente de Potosí: decenas de
miles de familias quedaron desempleadas, y muchas fueron obligadas a migrar
hacia las ciudades del eje central (Cochabamba, Santa Cruz, El Alto) o al
extranjero.
Potosí, una vez más, fue víctima de un modelo extractivo que solo le dejó
ruinas. A fines del siglo XX, muchas de sus minas estaban en manos de
cooperativas mineras, que operaban en condiciones precarias y sin derechos
laborales plenos. El Estado se había replegado, y los antiguos centros
industriales se convirtieron en espacios semiabandonados o reconvertidos en
núcleos marginales de subsistencia minera. La ciudad de Potosí, con su
glorioso pasado, sobrevivía gracias al turismo, al comercio informal y a la
memoria de su historia.
Pero a pesar de todo, las comunidades potosinas no desaparecieron. Durante
este siglo, el movimiento indígena-campesino fue recuperando protagonismo.
Se revalorizaron las identidades quechua y aymara, se fortalecieron las
organizaciones comunitarias, y en las zonas rurales persistió una cultura
política de resistencia, memoria y autoorganización. Potosí cerró el siglo XX
como una región empobrecida, pero con una población profundamente
consciente de su historia y dispuesta a seguir luchando por su dignidad.
Al comenzar el siglo XXI, el departamento de Potosí entró en una nueva fase
marcada por la recomposición de su papel económico y político dentro de
Bolivia. Aunque las heridas de la relocalización minera seguían abiertas y
muchas comunidades enfrentaban abandono estatal, el resurgimiento de los
precios internacionales de los minerales (plomo, plata, zinc y litio,
principalmente) volvió a poner al departamento en el centro de la economía
nacional. La reapertura del Cerro Rico, ahora operado principalmente por
cooperativas mineras, simbolizó ese retorno a la vieja matriz extractiva, aunque
en condiciones radicalmente distintas.
Estas cooperativas, conformadas por exobreros y nuevos mineros
autoorganizados, fueron el resultado de la crisis del modelo estatal minero tras
1985. Aunque en teoría operan bajo principios de solidaridad, en la práctica
muchas funcionan como pequeñas empresas privadas, con jerarquías internas,
explotación de trabajadores eventuales (los “peones”), y negociaciones directas
con empresas transnacionales. La explotación del Cerro Rico resurgió, pero sin
regulaciones efectivas del Estado. El resultado ha sido una profunda
degradación del cerro, cuyas entrañas están tan perforadas que incluso ha
comenzado a hundirse por su cima. A pesar de esto, continúa siendo explotado
por cientos de cooperativistas, movidos por la necesidad y la esperanza de un
golpe de suerte en alguna veta.
En este contexto de tensiones sociales y resurgimiento económico limitado,
emerge en 2006 el gobierno de Evo Morales Ayma, el primer presidente
indígena de Bolivia, elegido con una fuerte base social en los sectores rurales,
obreros y populares. Su llegada fue celebrada en muchos sectores de Potosí,
especialmente en las provincias campesinas e indígenas, que veían en su
discurso de refundación del Estado una posibilidad de verdadera inclusión. El
nuevo Estado Plurinacional de Bolivia, instaurado formalmente con la
Constitución de 2009, reconocía por fin la existencia de las naciones
originarias, el derecho al territorio ancestral, la autonomía indígena, y la
protección de la Madre Tierra como principios del nuevo orden jurídico.
Potosí, con su historia de explotación colonial y republicana, asumió con fuerza
esta reivindicación. Varios municipios rurales comenzaron procesos de
autonomía indígena, se fortalecieron las organizaciones campesinas, y se
incorporaron principios andinos como el suma qamaña (vivir bien) en la
narrativa estatal. Sin embargo, esta nueva época no estuvo libre de
contradicciones. A pesar del discurso descolonizador y plurinacional, el
gobierno de Morales mantuvo y amplió el modelo extractivista como base de
financiamiento del Estado. En lugar de abandonar la economía minera, la
nacionalizó parcialmente y la reorganizó bajo un control mixto entre empresas
estatales, privadas y cooperativas.
Esto generó nuevas tensiones internas, especialmente en Potosí. En 2010,
estalló una de las protestas más importantes del siglo: un paro cívico
departamental de 19 días, impulsado por el Comité Cívico Potosinista
(COMCIPO). Esta organización, históricamente autonomista y crítica del
centralismo paceño, exigía inversiones en infraestructura, la construcción de un
aeropuerto internacional, una fábrica de cemento, la preservación del Cerro
Rico y mayor participación en las decisiones sobre los recursos naturales del
departamento. La protesta paralizó completamente a la ciudad de Potosí y
evidenció una vez más la contradicción entre la riqueza que genera el territorio
y la pobreza de sus habitantes.
El discurso del centralismo “colonial interno” resurgió con fuerza. Muchos
potosinos se sentían nuevamente utilizados por el Estado: se extraía la riqueza
del subsuelo para sostener al país, pero se les negaba un desarrollo
proporcional. La tensión entre el gobierno de Morales y COMCIPO aumentó en
años siguientes, especialmente cuando el gobierno priorizó proyectos en otras
regiones o desestimó las demandas locales. En 2015, otro paro prolongado
reactivó las demandas regionales y mostró que el malestar seguía latente.
Otro factor clave en esta etapa es el litio, considerado “el oro blanco del siglo
XXI”. El salar de Uyuni, ubicado en el sudoeste potosino, alberga una de las
mayores reservas de litio del planeta. El gobierno boliviano, consciente de su
potencial estratégico, promovió la industrialización estatal del litio a través de la
empresa Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB). Aunque este proyecto despertó
esperanzas de romper con la dependencia exportadora primaria, en la práctica
avanzó lentamente, sin industrialización real a gran escala ni beneficios visibles
inmediatos para la población local.
Muchas comunidades del entorno del salar expresaron preocupaciones sobre
los impactos ambientales, la falta de consulta previa, y la ausencia de
participación real en la toma de decisiones. El litio, lejos de representar una
revolución económica inmediata, se convirtió en un nuevo frente de debate
sobre soberanía, extractivismo y desarrollo.
La caída de Evo Morales en 2019, en medio de un conflicto electoral, y la
posterior crisis política, también tuvo repercusiones en Potosí. Durante los
gobiernos transitorios y el retorno del MAS con Luis Arce en 2020, COMCIPO
volvió a posicionarse como fuerza crítica del gobierno central, denunciando
incumplimientos de promesas y llamando a nuevas movilizaciones.
Paralelamente, en las comunidades rurales potosinas se mantuvo un apoyo
relativamente constante al MAS, lo que evidenció nuevamente la división
interna entre campo y ciudad, entre estructuras cívicas y movimientos sociales
campesinos.
En términos sociales, el siglo XXI ha traído transformaciones importantes. La
migración interna ha disminuido la población en muchas zonas rurales, pero al
mismo tiempo ha fortalecido redes de intercambio y economía comunal en
otras. La cultura indígena ha resurgido con más fuerza, en parte gracias a
políticas interculturales, pero también como una forma de resistencia frente al
nuevo colonialismo extractivo. La juventud potosina, por su parte, se mueve
entre el orgullo por su historia y la frustración por la falta de oportunidades
reales en el presente.
La ciudad de Potosí, mientras tanto, combina su función administrativa con un
creciente desarrollo del turismo histórico y cultural. La Casa de la Moneda, el
Cerro Rico, las minas coloniales, los templos barrocos y las tradiciones festivas
como Ch’utillos han convertido a la ciudad en un importante destino patrimonial,
aunque el turismo no ha sido suficiente para resolver los problemas
estructurales de desempleo y precariedad.
Potosí continúa siendo un espejo de Bolivia: una región llena de riqueza
natural, cargada de historia y dignidad, pero atrapada en una matriz económica
que sigue priorizando la extracción sobre el bienestar. La lucha por una
redistribución justa, por el respeto a los territorios indígenas y por una
verdadera autonomía regional sigue viva. En las calles de Potosí, en las
bocaminas del Cerro Rico, en las comunidades del altiplano y en las orillas del
Salar de Uyuni, se sigue escribiendo una historia de resistencia, memoria y
esperanza.
La historia del departamento de Potosí es, en muchos sentidos, una de las más
emblemáticas y significativas de Bolivia y de América Latina. A lo largo de los
siglos, esta región ha experimentado profundas transformaciones que reflejan
no solo sus propias dinámicas internas, sino también las complejas relaciones
de poder, economía, cultura y política que han atravesado la historia del
continente. Desde tiempos prehispánicos, cuando grupos indígenas como los
quechuas y aymaras desarrollaron formas sofisticadas de organización social,
agricultura adaptada a la altitud y una relación espiritual con la Pachamama,
hasta la llegada de los españoles que convirtieron la región en el epicentro de
la extracción de plata para el imperio, Potosí ha estado marcado por procesos
de resistencia y dominación que aún repercuten en el presente.
La llegada de los españoles en el siglo XVI transformó radicalmente el paisaje
social, económico y cultural. El Cerro Rico se convirtió en una fuente inagotable
de riqueza para la corona española, pero esta riqueza estuvo basada en la
explotación brutal de la población indígena a través de sistemas como la mita,
que impuso trabajo forzado y condiciones inhumanas. La plata de Potosí no
solo alimentó la economía colonial, sino que también dinamizó el comercio
mundial, conectando América, Europa y Asia. Sin embargo, esta bonanza tuvo
un costo humano y ambiental inmenso, que dejó cicatrices profundas en las
comunidades originarias y en el territorio. La riqueza de Potosí fue la riqueza de
unos pocos y la pobreza de la mayoría, una contradicción que se ha mantenido
a lo largo del tiempo.
Tras la independencia de Bolivia en el siglo XIX, Potosí continuó siendo un eje
central de la economía minera nacional, aunque la plata fue siendo desplazada
por otros minerales como el estaño. La región vivió un auge y caída, con
periodos de bonanza que permitieron cierto desarrollo urbano y cultural, y
episodios de crisis que profundizaron la pobreza y el abandono. El auge minero
también propició el surgimiento de una clase trabajadora minera, que comenzó
a organizarse sindicalmente y a reclamar mejores condiciones de vida y
trabajo. Este proceso de organización fue fundamental para el desarrollo
político de Bolivia, dando lugar a movimientos obreros y a importantes
episodios de lucha social, incluyendo las masacres de Catavi y Siglo XX y la
Revolución Nacional de 1952, que nacionalizó las minas y promovió reformas
sociales profundas.
Sin embargo, las décadas siguientes demostraron que la nacionalización no
resolvía las contradicciones estructurales. La economía minera siguió siendo
vulnerable a los vaivenes del mercado internacional, y las políticas neoliberales
aplicadas en los años 80 y 90, especialmente el proceso de privatización y
cierre de minas, causaron un colapso económico y social en Potosí. Muchas
familias perdieron sus fuentes de ingresos, miles de mineros quedaron
desempleados, y la región experimentó una emigración masiva hacia otras
partes del país y el extranjero. Esta crisis expuso la dependencia de Potosí
respecto a la minería y la ausencia de alternativas económicas sostenibles.
El inicio del siglo XXI trajo consigo un nuevo ciclo, en el que la riqueza mineral
volvió a ser central, pero bajo modalidades diferentes. La minería pasó a estar
dominada por cooperativas mineras, organizaciones autónomas que operan
muchas veces al margen del Estado y en condiciones precarias y riesgosas. El
Cerro Rico, símbolo eterno de Potosí, ha sido perforado hasta el límite, con
riesgos de hundimiento y desastre ambiental, pero la minería artesanal sigue
siendo la principal fuente de sustento para miles de familias. Paralelamente, el
auge del litio en el Salar de Uyuni despertó expectativas de un desarrollo
económico basado en recursos estratégicos para el mundo moderno, aunque
hasta ahora con resultados limitados en términos de industrialización y
beneficios locales.
En lo político, la instauración del Estado Plurinacional de Bolivia y la llegada al
poder del Movimiento al Socialismo (MAS) encabezado por Evo Morales
representaron un cambio importante para Potosí. Por primera vez, los pueblos
indígenas y campesinos tuvieron un reconocimiento constitucional y una mayor
participación en la vida política y social. Sin embargo, este nuevo modelo
político no ha estado exento de tensiones. Mientras el gobierno impulsaba un
modelo extractivista para financiar el desarrollo nacional, sectores sociales
organizados en Potosí, especialmente el Comité Cívico Potosinista, reclamaban
una redistribución más justa, mayor autonomía y respeto a los derechos
territoriales. Las movilizaciones, paros y protestas demostraron que, pese a los
avances simbólicos, las desigualdades históricas y la sensación de abandono
continuaban vigentes.
La cultura potosina, por su parte, ha vivido un proceso de reafirmación y
resistencia, en el que la identidad indígena y andina ha resurgido con fuerza a
través de la recuperación de prácticas ancestrales, la promoción de la
educación intercultural y la valorización del patrimonio histórico y natural. El
turismo cultural ha traído visibilidad y recursos, pero también desafíos en
cuanto a la gestión sostenible y el respeto por las comunidades locales. La
migración, la globalización y el cambio climático también plantean nuevos retos
para la conservación de tradiciones y el equilibrio ambiental.
En definitiva, Potosí sigue siendo un territorio de contradicciones profundas: un
lugar donde la riqueza natural más impresionante convive con la pobreza más
dura, donde la historia colonial se mezcla con la lucha indígena
contemporánea, y donde las esperanzas de desarrollo deben confrontar la
realidad de un modelo económico que aún privilegia la extracción y la
dependencia. La historia de Potosí es un llamado a repensar no solo el futuro
de esta región, sino también las formas de relación entre el Estado, las
comunidades, la naturaleza y la economía en Bolivia y América Latina. En ese
sentido, la memoria histórica no es solo una forma de entender el pasado, sino
una herramienta imprescindible para imaginar y construir un futuro más justo,
equitativo y sostenible para los pueblos que habitan este territorio milenario.
Contexto institucional
La unidad educativa “Luis Felipe Manzano” tiene sus orígenes en la ciudad de
Potosí, una de las ciudades más antiguas y emblemáticas de Bolivia, con una
profunda tradición minera e histórica. La escuela fue fundada oficialmente el 15
de abril de 1925, en un periodo de consolidación del sistema educativo
boliviano posterior a la Revolución Federal de 1898-1899 y las reformas
educativas impulsadas en los primeros años de la República.
En sus primeros años, la escuela funcionaba como un centro de educación
básica destinado principalmente a la enseñanza primaria. En aquel entonces, la
infraestructura era muy limitada, contando con algunos ambientes básicos,
pocos recursos materiales, pero con un firme compromiso del personal
docente, los padres de familia y la comunidad en general por brindar educación
a los niños y niñas de la ciudad. La escuela fue nombrada en honor a Luis
Felipe Manzano, como reconocimiento a personalidades destacadas en la vida
académica y cultural del país.
Durante el siglo XX, la escuela fue ganando reconocimiento en el ámbito local
por su participación activa en eventos cívicos y por su formación de estudiantes
comprometidos con los valores cívicos y patrióticos. La institución fue creciendo
en número de estudiantes, docentes y prestigio, y poco a poco fue
adaptándose a las necesidades cambiantes de la sociedad boliviana, en medio
de varios cambios educativos a nivel nacional, como la reforma de 1955 y
posteriormente las modificaciones de la Ley de Reforma Educativa de 1994.
A partir de los años 2000, la escuela emprendió un proceso de transformación y
ampliación. Gracias a las políticas educativas nacionales que impulsaban la
educación integral, la escuela comenzó a ampliar su oferta educativa
incorporando gradualmente el nivel secundario. Este proceso culminó en 2014,
cuando la Unidad Educativa Luis Felipe Manzano ya contaba con todos los
cursos hasta sexto de secundaria, consolidándose como una unidad educativa
completa dentro del sistema de educación regular.
En la última década, la unidad educativa ha continuado fortaleciendo su plantel
docente, su infraestructura y sus servicios de apoyo para los estudiantes. Se ha
destacado en diversas competencias académicas, como las Olimpiadas de
Matemáticas y ferias científicas, y ha integrado servicios de apoyo en áreas
como psicopedagogía y trabajo social, mostrando un interés creciente en el
bienestar emocional, social y académico de los estudiantes.
La Unidad Educativa Luis Felipe Manzano se encuentra ubicada en la ciudad
de Potosí, capital del departamento del mismo nombre, en la Provincia Tomás
Frías. Su dirección exacta es en la intersección de las calles Ayacucho y Oruro,
sin número específico, lo cual la sitúa en una zona céntrica y de fácil acceso
dentro de la ciudad. Esta ubicación estratégica permite que estudiantes de
diferentes barrios puedan acudir con relativa facilidad, convirtiéndose en una
institución de referencia educativa para muchos sectores de la población
potosina.
El entorno de la unidad educativa está rodeado de calles tradicionales de la
ciudad, donde conviven edificios históricos, viviendas, comercios y otras
instituciones educativas y culturales. La cercanía con el centro histórico de
Potosí también permite que los estudiantes tengan acceso a bibliotecas,
museos y espacios patrimoniales, que en algunos casos son utilizados como
recursos complementarios en las actividades educativas y culturales de la
unidad. -Además de su labor académica, la Unidad Educativa Luis Felipe
Manzano ha mantenido una tradición activa de participación en diversas
actividades sociales, cívicas y culturales, que forman parte integral de la
formación de sus estudiantes. Estas actividades son organizadas tanto por la
dirección de la unidad educativa como por los propios estudiantes, en
coordinación con los docentes, padres de familia y autoridades educativas.
Una de las características más notables de la vida estudiantil en la unidad
educativa es la participación en desfiles y actos cívicos, especialmente en
fechas patrias como el 6 de agosto (Día de la Independencia de Bolivia), el 10
de noviembre (aniversario de la fundación de Potosí), y el 23 de marzo (Día del
Mar). En estas fechas, los estudiantes desfilan en representación de la unidad
educativa portando los emblemas nacionales, la bandera del establecimiento y
mostrando el orgullo de pertenecer a la institución. La participación en estos
eventos fomenta el sentido de pertenencia, el civismo y el respeto por la
historia del país.
La unidad educativa también organiza diversas actividades culturales a lo largo
del año. Estas actividades incluyen ferias de ciencias, concursos de poesía,
canto, danza folclórica y teatro, en las que los estudiantes demuestran sus
talentos artísticos y creativos. Las festividades locales, como el Carnaval de
Potosí, la entrada universitaria y otras expresiones del patrimonio cultural
potosino, son a menudo promovidas y celebradas dentro del marco educativo,
permitiendo que los estudiantes conozcan y valoren las tradiciones de su
región.
El deporte también ocupa un lugar importante en la vida escolar. Se organizan
campeonatos internos de fútbol, voleibol, básquetbol y atletismo. Estos eventos
no solo fomentan la competencia sana, sino que también fortalecen los valores
de trabajo en equipo, disciplina, liderazgo y esfuerzo personal. Los equipos
deportivos de la unidad educativa han participado en varias ocasiones en
competencias municipales y departamentales.
En los últimos años, la unidad educativa ha desarrollado programas de apoyo
social en coordinación con instituciones públicas y privadas. Por ejemplo, se
han llevado a cabo campañas de concientización sobre el medio ambiente,
jornadas de limpieza comunitaria, campañas de vacunación y programas de
prevención de la violencia escolar y el bullying.
Asimismo, la unidad educativa ha integrado servicios de psicopedagogía y
trabajo social, contratando profesionales para brindar orientación a los
estudiantes y sus familias en temas de desarrollo emocional, convivencia y
bienestar integral. Este enfoque multidisciplinario busca prevenir problemas de
deserción escolar, conflictos de convivencia y dificultades de aprendizaje,
proporcionando atención oportuna a los estudiantes que lo requieran.
Una práctica enriquecedora que se ha implementado en la unidad educativa es
la elección democrática de los representantes del gobierno estudiantil. Este
espacio brinda a los estudiantes la oportunidad de desarrollar habilidades de
liderazgo, organización, toma de decisiones y responsabilidad social. Los
estudiantes proponen y ejecutan proyectos que benefician a su comunidad
educativa, convirtiéndose en protagonistas de su propio proceso formativo.
I. DATOS REFERENCIALES.
II. PLANTEAMIENTO DEL PROYECTO.
1. Denominación del proyecto.
“Elaboración de u zapatero……………………………………….”
2. Justificación del proyecto.
III. MARCO TEÓRICO.
Contenidos que aplicados para la realización del proyecto o trabajo.
IV. OBJETIVOS.
1. Objetivo general.
¿Qué? ¿como? ¿para qué? 2.
Objetivos específicos
pasos que nos ayudaran a alcanzar el objetivo general (realizar,
efectuar, aplicar………….) V. PLAN DE ACCIÓN.
1. Primer paso.
2. Segundo paso.
3. Tercer paso.
4. Cuarto Paso
VI. ESTRUCTURA DE COSTOS.
1. Cuadro de costos contables.
2. Costo Total.
VII. DESARROLLO DEL PROYECTO.
1. Informe de resultado del Proyecto.
2. Forma Legal.
VIII. CONCLUSIONES Y RECOMENDACIONES.
1. Conclusiones.
2. Recomendaciones.
IX. BIBLIOGRAFIA. https://www.google.com/search?
q=whatsapp+web&oq=&aqs=chrome.0.69
i59i450l8.1153913022j0j7&sourceid=chrome&ie=UTF-8 ANEXOS