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Johannes Gutenberg, lo que permitió la difusión masiva de información y el acceso al conocimiento para un mayor número de
personas.
Además, se realizaron importantes avances en la navegación y la cartografía, lo que facilitó los viajes de exploración y el
descubrimiento de nuevas tierras. Asimismo, se realizaron importantes avances en campos como la medicina, la astronomía y la
física, sentando las bases para los descubrimientos científicos que se producirían en los siglos posteriores.
El arte y la cultura del siglo XV estuvieron influenciados por el Renacimiento y el Humanismo. Durante esta época, se
René Descartes
produjeron importantes obras de arte en campos como la pintura, la escultura y la arquitectura. Grandes artistas como Leonardo
da Vinci, Sandro Botticelli y Michelangelo dejaron un legado duradero en el arte occidental.
Además, la literatura también floreció durante el siglo XV, con obras destacadas como "El Decamerón" de Giovanni Boccaccio
y "Don Quijote" de Miguel de Cervantes. Estas obras literarias reflejaron los ideales humanistas y la búsqueda de conocimiento
y verdad característicos de la época.
El Renacimiento surgió después de la Edad Media, un período de gran oscuridad y estancamiento cultural. Fue una época de
redescubrimiento de las antiguas culturas griega y romana, así como de un mayor enfoque en el ser humano y su capacidad para
el conocimiento y la creatividad. Este resurgimiento cultural fue posible gracias a la influencia de la Iglesia, el mecenazgo de
los poderosos y el desarrollo de la imprenta, que permitió la difusión masiva de ideas.
El Renacimiento se desarrolló principalmente en Italia, con ciudades como Florencia y Roma como centros culturales
destacados. Sin embargo, su influencia se extendió por toda Europa, llegando a países como Francia, España y Alemania.
Principales características del Renacimiento
El Renacimiento se caracterizó por una serie de principios fundamentales que marcaron un cambio radical en la forma de
pensar y crear. Algunas de estas características incluyen:
•Humanismo: El ser humano se convirtió en el centro de atención, valorando su capacidad para el conocimiento y la
creatividad.
•Racionalismo: Se promovió el uso de la razón y la observación científica como herramientas para el entendimiento del mundo.
•Antropocentrismo: Se destacó el valor y la dignidad del ser humano, en contraposición a la visión teocéntrica de la Edad
Media.
•Equilibrio y armonía: Se buscó la belleza y la perfección a través de la proporción y la simetría en las obras de arte y la
arquitectura.
El Renacimiento fue una época de grandes avances científicos y descubrimientos. Los científicos renacentistas como Leonardo
da Vinci y Nicolás Copérnico realizaron importantes contribuciones en campos como la anatomía, la astronomía y la física.
Estos avances sentaron las bases para la revolución científica que se produciría más tarde.
René Descartes...
Descartes ha sido reconocido como el filósofo que de alguna manera inaugura la
filosofía moderna, es preciso entender que la modernidad se la circunscribe entre
los siglos XV hasta el XX( mediados de este último); algunos autores entienden
que el proyecto moderno no ha culminado y que se continua hasta nuestros días.
La modernidad es entendida como un periodo marcado por una gran confianza en
la razón, se cambia de perspectiva entendiendo que los seres humanos somos
dueños de nuestro propio futuro y no se necesitará de una justificación religiosa
para el porvenir.
Fue quien inició la corriente filosófica denominada Racionalismo, la cual entiende
la omnipotencia de la Razón en la adquisición del conocimiento y como criterio de
verdad. Nació en Turena en 1596, su padre pertenencia a la baja nobleza. De su
madre, Jeanne Brochard, se sabe poco de su vida; muere joven, cuando Descartes
tenía poco más de un año. Era un alumno bastante entusiasta y se dedicó mas que
nada al estudio de las matemática, física y filosofía, bajo la enseñanza de los
padres jesuitas.
Durante su juventud discute sobre los distintos saberes que empezaban a romper
con la tradición: física, química, pero también alquimia y astrología. En esta época
ya aparecen algunas ideas que marcarán su filosofía posterior: el proyecto de construir una “ciencia universal” que pueda servir
para investigar en cualquier ámbito, así como la necesidad de dudar de todo lo aprendido, al menos una vez en la vida. Como
todo cambio de época histórica, esta no estuvo exenta de tensiones y conflictos. Quienes estaban en la búsqueda de nuevos
fundamentos y se oponían más abiertamente a algunas ideas tradicionales podían sufrir persecuciones judiciales; quizás el de
Galileo Galilei sea el caso más emblemático. Probablemente esa sea una de las razones por las que Descartes termina
instalándose en Países Bajos de modo definitivo hacia 1629. No solamente buscando una vida más tranquila y sosegada, sino
porque este era un país bastante tolerante hacia “las nuevas ideas” y que permitía una mayor libertad intelectual. Allí escribirá
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sus obras filosóficas más importantes.
En 1637 Descartes publicó en Francia su Discurso sobre el Método y la recta conducción. de la Razón Y la búsqueda de la
Verdad en las Ciencias, junto con ensayos
Es bastante obvio que el objetivo fundamental de Descartes fue el logro de la verdad filosófica mediante el uso de la razón.
"Quería dedicarme por entero a la búsqueda de la verdad.". Pero lo que Descartes quería no era descubrir una multiplicidad de
verdades aisladas, sino desarrollar un sistema de proposiciones verdaderas en el que no se diese por supuesto nada que no fuera
evidente por sí mismo e indudable. Habría entonces una conexión orgánica entre todas las partes del sistema, y el edificio
entero reposaría sobre un fundamento seguro. El sistema sería así impermeable a los efectos corrosivos y destructivos del
escepticismo.
¿Qué entendió Descartes por filosofía? "Filosofía significa el estudio de la sabiduría, y por sabiduría entiendo no solamente la
prudencia en la acción, sino también un conocimiento perfecto de todas las cosas que el hombre puede conocer, tanto para la
conducción de su vida y la conservación de su salud como para la invención de todas las artes." .
Descartes quería encontrar y aplicar el método adecuado para la búsqueda de la verdad, un método que le capacitaría para
demostrar verdades en un orden racional y sistemático, independientemente de que antes hubieran sido conocidas o ,no. Su
objetivo primordial no era tanto producir una nueva filosofía, por que hace al contenido de ésta, cuanto producir una filosofía
cierta y bien ordenada. y su enemigo principal era, más que el escolasticismo, el escepticismo. Así pues, si se propuso dudar
sistemáticamente de todo aquello de que pudiera dudarse, como paso preliminar para el establecimiento del conocimiento
cierto, no dio desde el principio por supuesto que ninguna de las proposiciones de las que dudara podría resultar más tarde
verdadera y cierta.
Para leer a Descartes
El Discurso del método
El nombre completo de este ensayo filosófico es Discurso del método para conducir bien la propia razón y
buscar la verdad en las ciencias. Descartes expresó en dicha obra lo que constituiría su objetivo intelectual por
el resto de su vida: construir una ciencia universal verdadera que permita hallar certezas, pero también que sea
capaz de potenciar las mejoras en la calidad de vida que desde hacía un tiempo aportaban los individuos que
procedían racionalmente. Por un lado, Descartes está encarnando ese desplazamiento en la fundamentación de
la realidad, esa búsqueda de nuevos métodos para el conocimiento; pretende, así, sustituir a Aristóteles y a la
teología cristiana por un nuevo sistema total del saber. Pero, además, hay un convencimiento en los beneficios
que el desarrollo de la racionalidad (el “buen conducir” de la razón) traerá a los seres humanos; hay una gran
confianza en la razón.
El texto comienza con la siguiente afirmación: “El buen sentido [la razón] es la cosa mejor repartida en el
mundo”. El filósofo afirma que en la nobleza hay tantos sabios como en el campesinado ya que “el poder de
juzgar bien y distinguir lo verdadero de lo falso, que es lo que propiamente se entiende por buen sentido o
razón, es naturalmente igual en todos los hombres”. El filósofo reivindica la naturaleza de todos los humanos
como potencialmente inteligentes, ¿por qué, entonces, existen tantos males?, ¿por qué parece haber más
inteligentes entre los ricos que entre los pobres? Porque la humanidad no ha aprendido a usar su razón
correctamente; el día que lo haga y lo expanda a todas las personas, la vida será mejor. El problema está en
cómo dirigimos esa razón, en cómo educamos a esa razón. De allí la importancia de un método para dirigir
correctamente el razonamiento, un nuevo método que nos permita hallar verdades seguras. Con esto va a
romper con la escolástica, pues sostiene que investigar no puede ser una mera repetición de principios que ya
han sido establecidos con anterioridad. Como dijimos, es en este quiebre que hallamos la razón de que sea
llamado iniciador de la filosofía moderna.
Las matemáticas se convierten en su modelo de inspiración: primero, porque son fuente de certezas; pero
también porque ve en ellas la posibilidad de inventar, de crear y eso quiere él también para su método. En
oposición a la excesiva complejidad y rigidez del método escolástico, el método cartesiano tiene cuatro reglas
básicas que se enuncian en esta obra. La primera de ellas es no admitir como verdadera ninguna afirmación de
la que no tenga evidencia de que lo es. De este modo se evita la precipitación, los juicios acelerados y los
prejuicios pero también el principio de autoridad. Se tendrán por ciertas solo aquellas ideas que se ofrezcan
claras (ciertamente presentes a la conciencia, nítidas) y distintas (diferente y diferenciables de todas las otras
ideas) a la consideración de la mente. La segunda regla es dividir cada problema al que me enfrente en tantas
partes como sea posible. La tercera regla es conducir ordenadamente los pensamientos, yendo de lo más
sencillo a lo más difícil. Y, finalmente, la cuarta regla es hacer revisiones tan integrales, tan completas, que
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pueda estar seguro de no omitir nada.
Meditaciones metafísicas
El núcleo de la filosofía cartesiana es el estudio de los fundamentos en los que se basa el conocimiento humano.
¿Cuáles son las verdades que podemos conocer con certeza? Lo que Descartes busca es un conocimiento
totalmente seguro, indubitable. Esta es la cuestión central, sobre todo, de las dos primeras de las Meditaciones
Metafísicas. Para tratar de responder esa pregunta, colocará al conjunto de sus creencias, a todo aquello que
cree conocer con verdad, en tela de juicio:
He advertido hace ya algún tiempo que, desde mi más temprana edad, había admitido como verdaderas
muchas opiniones falsas, y que lo edificado después sobre cimientos tan poco sólidos tenía que ser por fuerza
muy dudoso e incierto; de suerte que me era preciso emprender seriamente, una vez en la vida, la tarea de
deshacerme de todas las opiniones a las que hasta entonces había dado crédito, y empezar todo de nuevo
desde los fundamentos, si quería establecer algo firme y constante en las ciencias.
Partiendo de la idea de que lo indudable será necesariamente verdadero, su búsqueda del fundamento parte de la
duda: su método exige dudar de todo aquello que sea necesario para despejar cualquier error. Como veremos, se
va a rechazar todo aquello de lo que se pueda dudar para buscar un punto de partida absolutamente fiable. Así,
pasar todo su conocimiento por “el tamiz” de la duda es la forma de asegurar que el sistema quedará asentado
sobre bases firmes y seguras. De aquí la importancia que tiene la duda en el sistema cartesiano, pues constituye
su método de investigación:
(...) era preciso que (...) rechazase como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor
duda, con el fin de comprobar si, después de hacer esto, no quedaría algo en mi creencia que fuese
enteramente indudable.
Podemos caracterizar la duda cartesiana, el modo de dudar de Descartes, en primer lugar como universal: se
aplicará a todo aquello que sea posible poner en duda; esto excluye, según él, la fe y la moral. La primera
porque está al margen de la razón y la segunda porque varía de unos lugares a otros y lo que corresponde es
adoptar las opiniones y comportamientos más moderados de cada lugar. En segundo lugar, la duda es metódica,
es una herramienta para la búsqueda de la certeza, no es un fin sino un método de indagación. En tercer lugar,
podemos caracterizarla como provisional: su objetivo es asegurar la validez de aquello en lo que se cree y, por
lo tanto, su duración está limitada al período de investigación. En cuarto lugar, la duda es radical porque, como
enseguida veremos, pretende ir a la raíz de cualquier conocimiento, a sus fuentes.
Descartes, siguiendo su propio método y su admiración por las matemáticas, es muy metódico y ordenado a la
hora de presentar sus indagaciones filosóficas. El texto comienza, entonces, planteando su objetivo: hallar
verdades certeras para construir un sistema libre de errores. Explica también la herramienta fundamental con la
que pretende conseguirlo: la duda. Pasa luego a explicarnos cómo va a aplicar esas duda, estableciendo dos
“pautas de trabajo”:
(…) me bastará para rechazarlas todas con encontrar en cada una el más pequeño motivo de duda. Y para eso
tampoco hará falta que examine todas y cada una en particular, pues sería un trabajo infinito; sino que, por
cuanto la ruina de los cimientos lleva necesariamente consigo la de todo el edificio, me dirigiré en principio
contra los fundamentos mismos en que se apoyaban todas mis opiniones antiguas.
En primer lugar, si lo que se busca son certezas, habrá que rechazar los conocimientos falsos, pero también
aquellos sobre los que se puede generar algún tipo de duda, pues ni unos ni otros tienen lugar en un sistema
libre de errores. De este modo, cualquier duda servirá para descartar un conocimiento, incluso si esa duda es
muy poco probable o estrafalaria, siempre que sea posible. En segundo lugar, no será necesario dudar de cada
uno de sus conocimientos en particular: el filósofo decide atacar las fuentes, puesto que si estas se muestran
dudosas, razonablemente podemos llamar dudosos a todos los conocimientos que estas generen.
Tradicionalmente se han considerado como fuentes del conocimiento los sentidos y la razón.
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La fuente que más cantidad de conocimientos genera son los sentidos, por lo que si los sentidos resultan ser
dudosos como fuentes del conocimiento lo será todo conocimiento que derive de los mismos; de allí que
Descartes comience por ellos. El filósofo empieza a elaborar un argumento contra los sentidos, que tiene dos
momentos, uno débil y uno fuerte. Es posible, dice en un primer momento, dudar de las percepciones de los
sentidos, porque a veces nos engañan -como cuando estamos enfermos o padecemos algún defecto o vemos
algo de lejos- y no es bueno fiarse de quienes nos han engañado antes. Sin embargo, este primer argumento es
bastante débil; podría decirse que sirve para dudar de los conocimientos generados en esas situaciones
particulares, pero no en aquellas situaciones fuera de ellas.
Pero el ataque a los sentidos tiene un segundo momento, que generaliza la crítica; este argumento es conocido
como “el argumento del sueño”:
¡Cuántas veces no me habrá ocurrido soñar, por la noche, que estaba aquí mismo, vestido, junto al fuego,
estando en realidad desnudo y en la cama! En este momento, estoy seguro de que yo miro este papel con los
ojos de la vigilia, de que esta cabeza que muevo no está soñolienta, de que alargo esta mano y la siento de
propósito y con plena conciencia: lo que acaece en sueños no me resulta tan claro y distinto como todo esto.
Pero, pensándolo mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía, por ilusiones semejantes. Y
fijándome en este pensamiento, veo de un modo tan manifiesto que no hay indicios concluyentes ni señales que
basten a distinguir con claridad el sueño de la vigilia, que acabo atónito, y mi estupor es tal que casi puede
persuadirme de que estoy durmiendo.
A las personas nos sucede que en ocasiones soñamos con tal profundidad y viveza que no nos damos cuenta de
que estamos en un sueño hasta el momento -posterior- en que nos despertamos. Aceptado que eso puede
suceder, en cualquier situación podemos plantear el problema de cómo saber si no estamos ahora en un sueño
que parece real. Así, no sabemos si lo que nos pasa es en sueños o estando despiertos, con lo que la duda abarca
no solo una determinada sensación, sino la misma vida sensorial en su conjunto. La pregunta “¿cómo sé que
ahora no estoy soñando?” puedo hacerla en cualquier momento y la respuesta siempre es la misma: no tengo
forma certera de saberlo, por lo que habrá momentos de vigilia y momentos de sueño, pero no tengo forma de
distinguirlos, por lo que el conjunto de los conocimientos generados por los sentidos podrían ser un sueño, por
lo que son dudosos y deben ser descartados.
De esta enorme duda asoma, temporalmente, una certeza: ni en sueños es posible dudar de las verdades
matemáticas, según las cuales 2 + 3 = 5 y un cuadrado no puede tener más de cuatro lados (también durante el
sueño). Es decir, es posible dudar de todo cuanto se conoce por la experiencia (el conocimiento del mundo
externo, de las otras personas e incluso de mi propio cuerpo), pero no parece posible dudar de lo que
conocemos por la razón.
No obstante, la duda metódica de Descartes, empeñada en tratar de dudar sistemáticamente de todo, buscará
otro argumento. Se lo suele denominar “la hipótesis del genio maligno”:
(…) podría ocurrir que Dios haya querido que me engañe cuantas veces sumo dos más tres, o cuando enumero
los lados de un cuadrado, o cuando juzgo de cosas aún más fáciles que esas (...) Así pues, supondré que hay,
no un verdadero Dios que es fuente suprema de verdad, sino cierto genio maligno, no menos artero y
engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su industria para engañarme.
No es imposible que estemos sometidos al dominio de un dios maligno, “artero, engañador y poderoso” que nos
confunda en lo tocante a la certeza de las nociones matemáticas y el resto de las verdades de razón. Incluso
nuestra naturaleza puede ser tal que nos confunda cuando creemos entender que algo es verdadero o falso.
También es posible, así, dudar de la certeza de las matemáticas. Con el genio maligno entonces, la duda alcanza
su máximo poder, se radicaliza, alcanza a todo su saber, pues es claro que este argumento vuelve a poner en
duda los conocimientos de los sentidos.
Pero cuando la duda alcanza su límite máximo, de su mismo análisis, surge con ello la primera verdad
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indubitable, la primera certeza. Hay algo que escapa al poder del genio maligno y a la posibilidad misma de que
la naturaleza humana funcione mal: si el dios maligno me engaña, es porque existo. Si me engaño a mí mismo,
entonces existo. En resumen, la extrema duda lleva a la conciencia de la propia existencia; este argumento
aparece en el Discurso del método sintetizado en una icónica frase de Descartes: “pienso, luego existo” (en
latín: cogito, ergo sum). Esta es la primera verdad que obtiene el filósofo, algo que se le presenta como
indudable. En sus propios términos un conocimiento evidente, un conocimiento que es claro y distinto.
Yo mismo, al menos, ¿no soy algo? (…) Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo; ni cielo, ni tierra ni
espíritu, ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy
persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy, (...) no cabe duda de que, si me engaña, es
que yo soy. (...)
Al analizar esta primera verdad, el filósofo halla un posible método para asegurarse la verdad de un
conocimiento: todo aquel saber que se presente como “claro y distinto” será verdadero. Su siguiente paso será
definir qué significa su existencia, qué puede afirmar sobre él. Y luego de dejar afuera todo aquello que creía
ser y que aún se muestra como dudoso, llega a la conclusión que puede definirse como una sustancia pensante,
una “res cogitans”:
Soy, entonces, una cosa verdadera, y verdaderamente existente. Mas, ¿qué cosa? Ya lo he dicho: una cosa que
piensa. (...) ¿Y qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que
quiere, que no quiere, que imagina también, y que siente.
Pero a pesar de haber encontrado una certeza y un método de investigación no puede, sin más, aceptar cualquier
idea que se le presente como evidente: el genio maligno, incapaz de hacerlo dudar de su propia existencia, sí
puede confundirlo en cualquier otra idea que le parezca evidente. Debe probar, pues, que no puede existir un
genio maligno empeñado en estas tareas. Encuentra que un modo de probarlo es mostrar que el individuo, y con
él la razón humana, es obra de un Dios omnipotente y bueno (cuya existencia es incompatible con un genio
maligno). Por tanto, la demostración de la existencia de Dios, se convierte en un punto cardinal en la teoría
cartesiana: que exista un Dios omnipotente y bondadoso, es la verdadera garantía de la existencia de
conocimientos verdaderos, claros y distintos. Pero esta existencia no se acepta acrítica y dogmáticamente, como
en la tradición escolástica que Descartes criticaba, sino que ofrece dos pruebas racionales de la existencia de
Dios. Es decir, solo acepta introducir a Dios en su sistema una vez que la razón ha logrado demostrar su
existencia.
Probada la existencia de Dios, desaparece la duda que podría originar un posible genio maligno y, con ello,
cualquier duda acerca del criterio de evidencia. Además, la sustancia infinita de Dios le sirve a Descartes como
telón de fondo contra el que cree entender su propia naturaleza: Dios sustancia pensante infinita y el ser
humano sustancia pensante finita pero, como él, capaz de abarcar todas las cosas con el pensamiento. Una vez
que ha demostrado la existencia de un “yo” como sustancia pensante y la existencia de un Dios como sustancia
infinita, Descartes explica cuál es la estructura del tercer tipo de sustancia existente: el mundo, como sustancia
extensa. Dado que solo cabe concebir a Dios como un ser de una bondad infinita, no nos puede engañar en lo
tocante a todas las cosas, de manera que cuando creemos en la existencia del mundo externo debemos concluir
que este mundo existe y los datos que nos transmiten los sentidos sobre el mismo, deben ser tenidos en cuenta.
Selección de texto de “Meditaciones Metafísicas”
Primera meditación: De las cosas que pueden ponerse en duda
He advertido hace ya algún tiempo que, desde mi más temprana edad, había admitido como verdaderas muchas
opiniones falsas, y que lo edificado después sobre cimientos tan poco sólidos tenía que ser por fuerza muy dudoso e incierto; de
suerte que me era preciso emprender seriamente, una vez en la vida, la tarea de deshacerme de todas las opiniones a las que
hasta entonces había dado crédito, y empezar todo de nuevo desde los fundamentos, si quería establecer algo firme y constante
en las ciencias. (...)
Así pues, ahora que mi espíritu está libre de todo cuidado, habiéndome procurado reposo seguro en una apacible
soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir en general todas mis antiguas opiniones. Ahora bien, para cumplir tal
designio, no me será necesario probar que son todas falsas, lo que acaso no conseguiría nunca; sino que, por cuanto la razón me
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persuade desde el principio para que no dé más crédito a las cosas no enteramente ciertas e indudables que a las
manifiestamente falsas, me bastará para rechazarlas todas con encontrar en cada una el más pequeño motivo de duda. Y para
eso tampoco hará falta que examine todas y cada una en particular, pues sería un trabajo infinito; sino que, por cuanto la ruina
de los cimientos lleva necesariamente consigo la de todo el edificio, me dirigiré en principio contra los fundamentos mismos en
que se apoyaban todas mis opiniones antiguas.
Todo lo que he admitido hasta el presente como más seguro y verdadero, lo he aprendido de los sentidos o por los
sentidos; ahora bien, he experimentado a veces que tales sentidos me engañaban, y es prudente no fiarse nunca por entero de
quienes nos han engañado una vez.
Pero, aun dado que los sentidos nos engañan a veces, tocante a cosas mal perceptibles o muy remotas, acaso hallemos
otras muchas de las que no podamos razonablemente dudar, aunque las conozcamos por su medio; como, por ejemplo, que
estoy aquí, sentado junto al fuego, con una bata puesta y este papel en mis manos, o cosas por el estilo. Y ¿cómo negar que
estas manos y este cuerpo sean míos, si no es poniéndome a la altura de esos insensatos, cuyo cerebro está tan turbio y ofuscado
por los negros vapores de la bilis, que aseguran constantemente ser reyes siendo muy pobres, ir vestidos de oro y púrpura
estando desnudos, o que se imaginan ser cacharros o tener el cuerpo de vidrio? Mas los tales son locos, y yo no lo sería menos
si me rigiera por su ejemplo.
Con todo, debo considerar aquí que soy hombre y, por consiguiente, que tengo costumbre de dormir y de representarme
en sueños las mismas cosas, y a veces cosas menos verosímiles, que esos insensatos cuando están despiertos. ¡Cuántas veces no
me habrá ocurrido soñar, por la noche, que estaba aquí mismo, vestido, junto al fuego, estando en realidad desnudo y en la
cama! En este momento, estoy seguro de que yo miro este papel con los ojos de la vigilia, de que esta cabeza que muevo no está
soñolienta, de que alargo esta mano y la siento de propósito y con plena conciencia: lo que acaece en sueños no me resulta tan
claro y distinto como todo esto. Pero, pensándolo mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía, por ilusiones
semejantes. Y fijándome en este pensamiento, veo de un modo tan manifiesto que no hay indicios concluyentes ni señales que
basten a distinguir con claridad el sueño de la vigilia, que acabo atónito, y mi estupor es tal que casi puede persuadirme de que
estoy durmiendo.
Así, pues, supongamos ahora que estamos dormidos, y que todas estas particularidades, a saber: que abrimos los ojos,
movemos la cabeza, alargamos las manos, no son sino mentirosas ilusiones; y pensemos que, acaso, ni nuestras manos ni todo
nuestro cuerpo son tal y como los vemos. Con todo, hay que confesar al menos que las cosas que nos representamos en sueños
son como cuadros y pinturas que deben formarse a semejanza de algo real y verdadero. (...)
Pues los pintores, incluso cuando usan del mayor artificio para representar sirenas y sátiros mediante figuras
caprichosas y fuera de lo común, no pueden, sin embargo, atribuirles formas y naturalezas del todo nuevas, y lo que hacen es
solo mezclar y componer partes de diversos animales; y, si llega el caso de que su imaginación sea lo bastante extravagante
como para inventar algo tan nuevo que nunca haya sido visto, representándonos así su obra una cosa puramente fingida y
absolutamente falsa, con todo, al menos los colores que usan deben ser verdaderos.
Y por igual razón, aun pudiendo ser imaginarias esas cosas generales a saber: ojos, cabeza, manos y otras semejantes es
preciso confesar, de todos modos, que hay cosas aún más simples y universales realmente existentes, por cuya mezcla, ni más ni
menos que por la de algunos colores verdaderos, se forman todas las imágenes de las cosas que residen en nuestro pensamiento,
ya sean verdaderas y reales, ya fingidas y fantásticas. De ese género es la naturaleza corpórea en general, y su extensión, así
como la figura de las cosas extensas, su cantidad o magnitud, su número, y también el lugar en que están, el tiempo que mide su
duración y otras por el estilo.
Por lo cual, acaso no sería mala conclusión si dijésemos que la física, la astronomía, la medicina y todas las demás
ciencias que dependen de la consideración de cosas compuestas, son muy dudosas e inciertas; pero que la aritmética, la
geometría y demás ciencias de este género, que no tratan sino de cosas muy simples y generales, sin ocuparse mucho de si tales
cosas existen o no en la naturaleza, contienen algo cierto e indudable. Pues, duerma yo o esté despierto, dos más tres serán
siempre cinco, y el cuadrado no tendrá más de cuatro lados; no pareciendo posible que verdades tan patentes puedan ser
sospechosas de falsedad o incertidumbre alguna.
Y, sin embargo, hace tiempo que tengo en mi espíritu cierta opinión, según la cual hay un Dios que todo lo puede, por
quien he sido creado tal como soy. Pues bien: ¿quién me asegura que el tal Dios no haya procedido de manera que no exista
figura, ni magnitud, ni lugar, pero a la vez de modo que yo, no obstante, sí tenga la impresión de que todo eso existe tal y como
lo veo? Y más aún: así como yo pienso, a veces, que los demás se engañan, hasta en las cosas que creen saber con más certeza,
podría ocurrir que Dios haya querido que me engañe cuantas veces sumo dos más tres, o cuando enumero los lados de un
cuadrado, o cuando juzgo de cosas aún más fáciles que esas, si es que son siquiera imaginables. Es posible que Dios no haya
querido que yo sea burlado así, pues se dice de Él que es la suprema bondad. Con todo, si el crearme de tal modo que yo
siempre me engañase repugnaría a su bondad, también parecería del todo contrario a esa bondad el que permita que me engañe
alguna vez, y esto último lo ha permitido, sin duda.
Habrá personas que quizá prefieran, llegados a este punto, negar la existencia de un Dios tan poderoso, a creer que
todas las demás cosas son inciertas; no les objetemos nada por el momento, y supongamos, en favor suyo, que todo cuanto se ha
dicho aquí de Dios es pura fábula; con todo, de cualquier manera que supongan haber llegado yo al estado y ser que poseo ya lo
atribuyan al destino o la fatalidad, ya al azar, ya en una enlazada secuencia de las cosas será en cualquier caso cierto que, pues
errar y equivocarse es una imperfección, cuanto menos poderoso sea el autor que atribuyan a mi origen, tanto más probable será
que yo sea tan imperfecto, que siempre me engañe. A tales razonamientos nada en absoluto tengo que oponer, sino que me
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constriñen a confesar que, de todas las opiniones a las que había dado crédito en otro tiempo como verdaderas, no hay una sola
de la que no pueda dudar ahora, y ello no por descuido o ligereza, sino en virtud de argumentos muy fuertes y maduramente
meditados; de tal suerte que, en adelante, debo suspender mi juicio acerca de dichos pensamientos, y no concederles más
crédito del que daría a cosas manifiestamente falsas, si es que quiero hallar algo constante y seguro en las ciencias. (...)
Así pues, supondré que hay, no un verdadero Dios que es fuente suprema de verdad, sino cierto genio maligno, no
menos artero y engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su industria para engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la
tierra, los colores, las figuras, los sonidos y las demás cosas exteriores, no son sino ilusiones y ensueños, de los que él se sirve
para atrapar mi credulidad. Me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, ni sangre, sin sentido alguno, y
creyendo falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente fijo en ese pensamiento, y, si, por dicho medio, no me es
posible llegar al conocimiento de alguna verdad, al menos está en mi mano suspender el juicio. Por ello, tendré sumo cuidado
en no dar crédito a ninguna falsedad, y dispondré tan bien mi espíritu contra las malas artes de ese gran engañador que, por muy
poderoso y astuto que sea, nunca podrá imponerme nada. (...)
Segunda meditación: De la naturaleza del espíritu humano; y que es más fácil de conocer que el cuerpo
Mi meditación de ayer ha llenado mi espíritu de tantas dudas, que ya no está en mi mano olvidarlas. Y, sin embargo, no
veo en qué manera podré resolverlas; y, como si de repente hubiera caído en aguas muy profundas, tan turbado me hallo que ni
puedo apoyar mis pies en el fondo ni nadar para sostenerme en la superficie. Haré un esfuerzo, pese a todo, y tomaré de nuevo
la misma vía que ayer, alejándome de todo aquello en que pueda imaginar la más mínima duda, del mismo modo que si supiera
que es completamente falso; y seguiré siempre por ese camino, hasta haber encontrado algo cierto, o al menos, si otra cosa no
puedo, hasta saber de cierto que nada cierto hay en el mundo.
Arquímedes, para trasladar la tierra de lugar, solo pedía un punto de apoyo firme e inmóvil; así yo también tendré
derecho a concebir grandes esperanzas, si por ventura hallo tan solo una cosa que sea cierta e indubitable. Así pues, supongo
que todo lo que veo es falso; estoy persuadido de que nada de cuanto mi mendaz memoria me representa ha existido jamás;
pienso que carezco de sentidos; creo que cuerpo, figura, extensión, movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi espíritu.
¿Qué podré, entonces, tener por verdadero? Acaso esto solo: que nada cierto hay en el mundo.
Pero ¿qué sé yo si no habrá otra cosa, distinta de las que acabo de reputar inciertas, y que sea absolutamente
indudable? ¿No habrá un Dios, o algún otro poder, que me ponga en el espíritu estos pensamientos? Ello no es necesario: tal
vez soy capaz de producirlos por mí mismo. Y yo mismo, al menos, ¿no soy algo? Ya he negado que yo tenga sentidos ni
cuerpo. Con todo, titubeo, pues ¿qué se sigue de eso? ¿Soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no puedo
ser? Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo; ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo
persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy.
Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no
cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo
esté pensando que soy algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente, resulta que es preciso
concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: “yo soy, yo existo”, es necesariamente verdadera, cuantas veces la
pronuncio o la concibo en mi espíritu.
Ahora bien, ya sé con certeza que soy, pero aún no sé con claridad qué soy; de suerte que, en adelante, preciso del
mayor cuidado para no confundir imprudentemente otra cosa conmigo, y así no enturbiar ese conocimiento, que sostengo ser
más cierto y evidente que todos los que he tenido antes.
Por ello, examinaré de nuevo lo que yo creía ser, antes de incidir en estos pensamientos, y quitaré de mis antiguas
opiniones todo lo que puede combatirse mediante las razones que acabo de alegar, de suerte que no quede más que lo
enteramente indudable. Así pues, ¿qué es lo que antes yo creía ser? Un hombre, sin duda. Pero ¿qué es un hombre? ¿Diré,
acaso, que un animal racional? No por cierto: pues habría luego que averiguar qué es animal y qué es racional, y así una única
cuestión nos llevaría insensiblemente a infinidad de otras cuestiones más difíciles y embarazosas, y no quisiera malgastar en
tales sutilezas el poco tiempo y ocio que me restan. Entonces, me detendré aquí a considerar más bien los pensamientos que
antes nacían espontáneos en mi espíritu, inspirados por mi sola naturaleza, cuando me aplicaba a considerar mi ser. Me fijaba,
primero, en que yo tenía un rostro, manos, brazos, y toda esa máquina de huesos y carne a la que designaba con el nombre de
cuerpo.(...)
Pues bien, ¿qué soy yo, ahora que supongo haber alguien extremadamente poderoso y, si es lícito decirlo así, maligno y
astuto, que emplea todas sus fuerzas e industria en engañarme? ¿Acaso puedo estar seguro de poseer el más mínimo de esos
atributos que acabo de referir a la naturaleza corpórea? Me paro a pensar en ello con atención, paso revista una y otra vez, en mi
espíritu, a esas cosas, y no hallo ninguna de la que pueda decir que está en mí. No es necesario que me entretenga en
recontarlas. Pasemos, pues, a los atributos del alma, y veamos si hay alguno que esté en mí. Los primeros son nutrirme y andar;
pero, si es cierto que no tengo cuerpo, es cierto entonces también que no puedo andar ni nutrirme. Un tercero es sentir, pero no
puede uno sentir sin cuerpo, aparte de que yo he creído sentir en sueños muchas cosas y, al despertar, me he dado cuenta de que
no las había sentido realmente. Un cuarto es pensar: y aquí sí hallo que el pensamiento es un atributo que me pertenece, siendo
el único que no puede separarse de mí. Yo soy, yo existo; eso es cierto, pero ¿cuánto tiempo? Todo el tiempo que
estoy pensando: pues quizá ocurriese que, si yo cesara de pensar, cesaría al mismo tiempo de existir. No admito
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Ficha 5tos años-DESCARTES-Filosofía Profesora Natalia Morales
ahora nada que no sea necesariamente verdadero: así, pues, hablando con precisión, no soy más que una cosa
que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón.
Soy, entonces, una cosa verdadera, y verdaderamente existente. Mas, ¿qué cosa? Ya lo he dicho: una
cosa que piensa. (...) ¿Y qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega,
que quiere, que no quiere, que imagina también, y que siente. (...) ¿Acaso no soy yo el mismo que duda casi de todo, que
entiende, sin embargo, ciertas cosas, que afirma ser esas solas las verdaderas, que niega todas las demás, que quiere conocer
otras, que no quiere ser engañado, que imagina muchas cosas aun contra su voluntad y que siente también otras muchas, por
mediación de los órganos de su cuerpo? ¿Hay algo de esto que no sea tan verdadero como es cierto que soy, que existo, aun en
el caso de que estuviera siempre dormido, y de que quien me ha dado el ser empleara todas sus fuerzas en burlarme? (...)
Sin embargo, no puedo dejar de creer que las cosas corpóreas, cuyas imágenes forma mi pensamiento y que los
sentidos examinan, son mejor conocidas que esa otra parte, no sé bien cuál, de mí mismo que no es objeto de la imaginación:
aunque desde luego es raro que yo conozca más clara y fácilmente cosas que advierto dudosas y alejadas de mí, que otras
verdaderas, ciertas y pertenecientes a mi propia naturaleza. (...)
Empecemos por considerar las cosas que, comúnmente, creemos comprender con mayor distinción, a saber: los
cuerpos que tocamos y vemos. No me refiero a los cuerpos en general, pues tales nociones generales suelen ser un tanto
confusas, sino a un cuerpo particular. Tomemos, por ejemplo, este pedazo de cera que acaba de ser sacado de la colmena: aún
no ha perdido la dulzura de la miel que contenía; conserva todavía algo de olor de las flores con que ha sido elaborado; su color,
su figura, su magnitud son bien perceptibles; es duro, frío, fácilmente manejable, y, si lo golpeáis, producirá un sonido. En fin,
se encuentran en él todas las cosas que permiten conocer distintamente un cuerpo. Mas he aquí que, mientras estoy hablando, es
acercado al fuego. Lo que restaba de sabor se exhala: el olor se desvanece; el color cambia, la figura se pierde, la magnitud
aumenta, se hace líquido, se calienta, apenas se le puede tocar y, si lo golpeamos, ya no producirá sonido alguno. Tras cambios
tales, ¿permanece la misma cera? Hay que confesar que sí: nadie lo negará. Pero entonces, ¿qué es lo que conocíamos con tanta
distinción en aquel pedazo de cera? Ciertamente, no puede ser nada de lo que alcanzábamos por medio de los sentidos, puesto
que han cambiado todas las cosas que percibíamos por el gusto, el olfato, la vista, el tacto o el oído; y, sin embargo, sigue
siendo la misma cera. Tal vez sea lo que ahora pienso, a saber: que la cera no era ni esa dulzura de miel, ni ese agradable olor a
flores, ni esa blancura, ni esa figura, ni ese sonido, sino tan solo un cuerpo que un poco antes se me aparecía bajo esas formas, y
ahora bajo otras distintas. (...)
Debo, pues, convenir en que yo no puedo concebir lo que es esa cera por medio de la imaginación, y sí solo por medio
del entendimiento: me refiero a ese trozo de cera en particular (...) ¿qué es esa cera, solo concebible por medio del
entendimiento? Sin duda, es la misma que veo, toco e imagino; la misma que desde el principio juzgaba yo conocer. Pero lo que
se trata aquí de notar es que su percepción, o la acción por cuyo medio la percibimos, no es una visión, un tacto o una
imaginación, y no lo ha sido nunca, aunque así lo pareciera antes, sino solo una inspección del espíritu (...).
Pero he aquí que, desde la ventana, veo pasar unos hombres por la calle: y digo que veo hombres, como cuando digo
que veo cera; sin embargo, lo que en realidad veo son sombreros y capas, que muy bien podrían ocultar meros autómatas,
movidos por resortes. Sin embargo, pienso que son hombres, y de este modo comprendo mediante la facultad de juzgar que
reside en mi espíritu, lo que creía ver con los ojos. (…)
Pero he aquí que, por mí mismo y muy naturalmente, he llegado adonde pretendía. En efecto: sabiendo yo ahora que
los cuerpos no son propiamente concebidos sino por el solo entendimiento, y no por la imaginación ni por los sentidos, y que no
los conocemos por verlos o tocarlos, sino solo porque los concebimos en el pensamiento, sé entonces con plena claridad que
nada me es más fácil de conocer que mi espíritu.
Bibliografía:
[Link]
[Link]
NICOLÁS ABBAGNANO HISTORIA DE LA FILOSOFÍA Volumen 2, Ed. Barcelona 4ta Edición. 6 Descartes, R. Descartes
René, Discurso del método, Ed. Alfaguara, Madrid, 1981.