La Luna lo miraba con cariño mientras le daba la vuelta a la Tierra.
Ya casi era hora de irse a dormir y él
no pudo evitar preguntarse qué estarían haciendo todos allí abajo; tal vez las noticias ya habían
terminado y ahora, sentados en el sofá o recostados en la cama, veían la telenovela favorita del
momento antes de apagar las luces y junto con ellas, la mente.
Ya no podía dormir. Los primeros días afuera se le hicieron eternos y como el Sol ya no le daba pistas
para abrir y cerrar los ojos, terminó por desvelarse sin saber muy bien qué hora era. Pensándolo bien, el
tiempo ya no era importante; daba igual si era de día o de noche, las tres de la tarde o las ocho de la
mañana, a través de su pequeña ventana solo podía ver oscuridad y escuchar los comandos de la nave
enviar alertas de cuando en cuando. A veces creía que se volvería loco de lo poco que podía escuchar y
entonces comenzaba a tararear canciones que lograran derrotar el eco que se esparcía por el lugar.
¿Cuántos días habían pasado? Lo mismo le importaba que fueran seis o un mes completo, en el planeta
de color azul y verde seguirían siendo años. Cargaba consigo mismo un calendario, como si tenerlo allí le
diera la certeza de que se encontraba en el mismo espacio y tiempo que todas aquellas personas que
había dejado abajo. Una vez intentó encender el comunicador para enviarle un mensaje de cumpleaños
a su madre, pero después de varios suspiros de frustración y golpes contra las paredes de metal supo
que tal vez no volvería a tener contacto con sus seres queridos. El único consuelo restante era la
seguridad de tener aquellas hojas que marcaban números que ya no poseían significado alguno; eran
pasado, tinta y lógica que, al entrar en una nueva dimensión, dejaban de tener la misma importancia.
Se preguntaba constantemente si había tomado la mejor decisión al emprender este viaje. Recordó las
largas conversaciones con su madre sobre cómo esta aventura le ayudaría a encontrarse y volver a
empezar; tenía la vaga esperanza de que allí arriba el aire fuera menos pesado y los problemas no
doliesen tanto como lo hacían; sin embargo, ahora que trataba de encontrar rastros de estrellas y
escuchaba a lo lejos los sonidos de los comandos, se daba cuenta de que la vida, donde fuera que
transcurriese, seguiría siendo un tipo de sinfonía que le estallaría los oídos desde el momento en el que
abriera los ojos hasta que los cerrara por última vez. En la oscura profundidad del espacio, que por un
momento no parecía más que un escenario ridículo creado para isolar al ser humano, vio todas las cosas
que pudo haber vivido sino existiera en él un incesante deseo de volver a empezar todo de nuevo y
querer que su vida marchara como debía ser. ¿Qué podía hacer ahora que se encontraba solo con él
mismo, en un lugar que parecía no tener límites? ¿Qué buscaría ahora, además de un poco de
tranquilidad mental? En un principio conservaba la vaga esperanza de hallar respuestas en los
asteroides, que parecían libres, sin ataduras y sin rumbo fijo; ahora le aterraba la idea de ser así. Algunas
veces incluso llegaba a pensar que se había olvidado de cómo hablar y por ello comenzaba a gritar
frenéticamente, "¡Hola! ¿Cómo estás? Sí... sí, todo marcha bien de nuevo." Creía que si no intentaba
hablar al menos una vez al día se quedaría sin voz, y entonces el día en el que su madre le llamase, el no
podría contestar y ella no le volvería a contactar, pensando tal vez que había muerto.
La Luna ya estaba al otro lado y se sintió más solo que nunca. No, definitivamente no había sido la
decisión correcta. ¿Cómo podría volver? Aún faltaba tiempo para hacerlo, incluso años. Un escalofrío le
recorrió el cuerpo y se sintió helado, como si el Sol hubiese desaparecido y el estuviera entrando a un
agujero negro. Extrañaba el contacto de su mano con las demás personas, el olor de las flores, la lluvia
mojándole el cuerpo y acariciándole con dulzura. ¿Cómo podría volver? No sabía, pero quería intentarlo.
Flotó hacia los comandos y e insertó los códigos para liberar la válvula de escape; tal vez quedaría
naufragando en el espacio durante el resto de sus días, o quizá despertaría un día en una zanja, a unos
cuantos kilómetros de la civilización y volvería a casa como lo hacían los astronautas de las películas; en
cualquier caso, era mejor intentarlo a quedarse con la duda de si todo saldría bien.
Fue en ese momento que escuchó el zumbido del comunicador. El sonido salía como si se tratase de
fuego, y aquello le revolvió el estómago. ¿Quién estaba llamando? ¿Cómo es que había vuelto a
funcionar? Se paró en frente de la pantalla con los ojos anhelantes como si una estrella fugaz estuviese
pasando frente a él en ese momento y le rogase que pidiera un deseo. La imagen surgía con colores vivos
y unas cuantas intermitencias y al cabo de unos segundos, los cuales se le hicieron eternos, vio a su
madre sonriéndole desde esa pequeña pantalla.