LA COGNOSCIBILIDAD DE DIOS
La pregunta sobre si Dios puede ser conocido, y en qué medida, es una de las
cuestiones fundamentales en la teología y la filosofía de la religión. La cognoscibilidad
de Dios se refiere a la capacidad del ser humano para aprehender y comprender la
naturaleza, el carácter y la voluntad divina. Esta interrogante no solo aborda la
posibilidad de un conocimiento intelectual sobre Dios, sino también la de una relación
personal y experiencial con Él.
Desde una perspectiva teológica, la cognoscibilidad de Dios no es un problema de la
capacidad divina para revelarse, sino de la capacidad humana para recibir y procesar
esa revelación. Si bien Dios es infinito y trascendente, el ser humano es finito y
limitado. Sin embargo, la fe cristiana afirma que Dios, en su soberanía y amor, ha
provisto los medios para que la humanidad pueda conocerle, aunque nunca de
manera exhaustiva o completa. Este texto explorará las diversas vías a través de las
cuales Dios se da a conocer, los límites de ese conocimiento y la interacción entre la fe
y la razón en la búsqueda de la comprensión divina.
1. La posibilidad y límites del conocimiento de Dios
La cognoscibilidad de Dios no implica un conocimiento exhaustivo o completo de su
ser, ya que Dios es infinito y el ser humano es finito. Sin embargo, la teología afirma la
posibilidad de un conocimiento verdadero y significativo de Dios, aunque siempre
parcial y limitado. Esta dualidad se entiende a la luz de la naturaleza de Dios y de la
capacidad humana.
a) La posibilidad del conocimiento de Dios:
La posibilidad de conocer a Dios se fundamenta en su propia naturaleza como un ser
personal y comunicativo. Dios no es una fuerza impersonal o una abstracción
filosófica, sino un ser que piensa, siente, actúa y se relaciona. Si Dios es personal,
entonces la comunicación y el conocimiento mutuo son inherentes a su ser. La Biblia
presenta a Dios como Aquel que desea ser conocido por su creación.
Dios se revela a sí mismo: La iniciativa del conocimiento de Dios proviene de Él
mismo. No es el hombre quien, por su propia capacidad, descubre a Dios, sino
Dios quien se da a conocer. Como se vio en el tema de la revelación, Dios utiliza
diversos medios para manifestarse, lo que hace posible que el ser humano le
conozca. Jeremías 29:13 dice: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me
buscaréis de todo vuestro corazón.”
El ser humano, creado a imagen de Dios: El hombre fue creado a imagen y
semejanza de Dios (Génesis 1:27), lo que le confiere una capacidad innata para
relacionarse con su Creador y para comprender aspectos de su ser. Aunque esta
imagen ha sido distorsionada por el pecado, no ha sido completamente anulada.
El intelecto, la voluntad y la capacidad de amar del ser humano son reflejos,
aunque imperfectos, de los atributos divinos, lo que permite una resonancia y
una comprensión de la revelación de Dios.
La obra del Espíritu Santo: El Espíritu Santo juega un papel crucial en la
cognoscibilidad de Dios. Él ilumina la mente del creyente para comprender las
verdades espirituales que de otro modo permanecerían ocultas (1 Corintios 2:10-
14). Es el Espíritu quien capacita al hombre para recibir la revelación de Dios y
para tener una relación personal con Él. Juan 14:26 afirma: “Mas el Consolador,
el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las
cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.”
b) Los límites del conocimiento de Dios:
A pesar de la posibilidad de conocer a Dios, es fundamental reconocer que este
conocimiento es siempre limitado y nunca exhaustivo. La finitud del ser humano y la
infinitud de Dios imponen restricciones inherentes a nuestra comprensión.
La trascendencia de Dios: Dios es trascendente, es decir, está más allá de la
creación y de la comprensión humana. Sus caminos son inescrutables y sus
juicios incomprensibles (Romanos 11:33-34). No podemos encerrar a Dios en
nuestras categorías o definiciones humanas. Él es siempre más grande de lo que
podemos concebir.
El pecado humano: El pecado ha oscurecido el entendimiento humano y ha
afectado nuestra capacidad para conocer a Dios plenamente. La mente caída es
propensa a la distorsión y a la rebelión contra la verdad divina (Romanos 1:21-
23). Solo a través de la redención en Cristo y la obra del Espíritu Santo puede el
hombre comenzar a recuperar una visión clara de Dios.
Conocimiento analógico, no exhaustivo: Nuestro conocimiento de Dios es
analógico, lo que significa que lo conocemos a través de analogías y
comparaciones con realidades humanas, pero sin agotar su ser. Por ejemplo,
decimos que Dios es amor, pero su amor es infinitamente superior y diferente al
amor humano. Conocemos acerca de Dios, pero nunca le conoceremos
completamente en esta vida.
Conocimiento progresivo: El conocimiento de Dios es un proceso continuo y
progresivo. A medida que el creyente crece en su relación con Dios y en el estudio
de su Palabra, su comprensión de Él se profundiza. Sin embargo, incluso en la
eternidad, el conocimiento de Dios seguirá siendo un viaje sin fin, ya que su
infinitud nunca podrá ser abarcada por una mente finita.
En resumen, la cognoscibilidad de Dios es una verdad central en la teología cristiana.
Podemos conocer a Dios de manera verdadera y significativa porque Él se revela a sí
mismo y nos capacita para comprenderle. Sin embargo, este conocimiento es siempre
limitado por nuestra finitud y por la trascendencia de Dios, lo que nos lleva a una
actitud de humildad y asombro continuo.
2. Vías de conocimiento de Dios: Revelación General
El conocimiento de Dios no se limita a una experiencia mística o a una revelación
sobrenatural directa. La teología cristiana reconoce que Dios se ha dado a conocer de
manera universal y continua a través de lo que se denomina revelación general,
accesible a toda la humanidad a través de la observación del mundo y la reflexión
sobre la experiencia humana. Aunque esta revelación no es suficiente para la
salvación, sí proporciona un conocimiento básico de la existencia y algunos atributos
de Dios.
a) La naturaleza (la creación):
La creación es el primer y más evidente testimonio de Dios. Como se ha explorado en
temas anteriores, el universo, en su inmensidad, complejidad y orden, apunta a un
Creador inteligente y poderoso. El Salmo 19:1-4 bellamente lo expresa: “Los cielos
cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite
palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni
palabras, ni es oída su voz; por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo
sus palabras.”
La observación de la naturaleza nos revela el poder de Dios en la creación de galaxias y
estrellas, su sabiduría en el diseño intrincado de la vida y las leyes físicas, y su
majestuosidad en la belleza y armonía del cosmos. Romanos 1:20 es clave en este
punto: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen
claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las
cosas hechas, de modo que no tienen excusa.” Esto significa que la evidencia de Dios
en la creación es tan clara que nadie puede alegar ignorancia de su existencia y de sus
atributos básicos.
b) La conciencia humana:
Dentro de cada ser humano, Dios ha inscrito un sentido innato de lo moral, una
conciencia que discierne entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto. Este testimonio
interno es universal, trascendiendo culturas y épocas. Aunque las expresiones
culturales de la moralidad pueden variar, la existencia de un sentido de deber, culpa,
justicia y responsabilidad es común a toda la humanidad.
Romanos 2:14-15 explica este fenómeno: “Porque cuando los gentiles que no tienen
ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para
sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su
conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.” La conciencia actúa
como un eco de la ley moral de Dios, revelando su carácter justo y santo. A través de
ella, el ser humano puede conocer la existencia de un Legislador moral y su propia
responsabilidad ante Él.
c) La historia:
La historia humana, con sus patrones de ascenso y caída de civilizaciones, sus eventos
providenciales y el desarrollo de la humanidad, también es un escenario donde Dios
se revela. Aunque no siempre de manera obvia, la mano de Dios puede ser discernida
en el curso de los acontecimientos, en el cumplimiento de profecías y en la
preservación de su plan a través de los siglos.
La historia bíblica es un claro ejemplo de la intervención divina en los asuntos
humanos, desde la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto hasta el
establecimiento del reino de Dios. Sin embargo, la teología también reconoce que Dios
obra en la historia de todas las naciones, guiando sus destinos y utilizando los eventos
para sus propios propósitos. Daniel 2:21 afirma que Dios “quita reyes y pone reyes”.
A través de la historia, se revela la soberanía de Dios, su justicia y su fidelidad a sus
promesas, aunque el significado pleno de estos eventos solo se comprende a la luz de
la revelación especial.
3. Vías de conocimiento de Dios: Revelación Especial
Si bien la revelación general proporciona un conocimiento básico de Dios, es la
revelación especial la que ofrece un conocimiento más profundo, personal y salvífico.
Esta forma de revelación es necesaria debido a la limitación de la razón humana y al
oscurecimiento causado por el pecado. La revelación especial se manifiesta
principalmente a través de las Escrituras, la persona de Jesucristo y la obra del Espíritu
Santo.
a) La Escritura (La Palabra de Dios):
La Biblia es el registro escrito de la revelación especial de Dios a la humanidad. Es la
Palabra inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16), infalible y autoritativa, que nos revela su
carácter, sus atributos, su voluntad y su plan de salvación. A través de la Escritura, Dios
comunica verdades que no podrían ser conocidas por la razón natural o la observación
del mundo.
La Biblia nos presenta a Dios como un ser personal, trino (Padre, Hijo y Espíritu Santo),
santo, justo, amoroso, misericordioso y fiel. Nos revela su historia de redención, desde
la creación y la caída hasta la promesa de un Salvador y su cumplimiento en
Jesucristo. Salmo 119:105 dice: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi
camino.” La Escritura es la guía indispensable para conocer a Dios y vivir de acuerdo a
su voluntad.
b) Jesucristo:
Jesucristo es la máxima y más perfecta revelación de Dios. Él no solo nos habla de
Dios, sino que es Dios mismo encarnado (Juan 1:1, 14). Hebreos 1:1-3 lo expresa
claramente: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro
tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el
Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el
cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien
sustenta todas las cosas con la palabra de su poder…”
En Jesús, la plenitud de la deidad habita corporalmente (Colosenses 2:9). Su vida,
enseñanzas, milagros, muerte y resurrección son la manifestación más clara del
carácter y los propósitos de Dios. Conocer a Jesús es conocer al Padre (Juan [Link] “El
que me ha visto a mí, ha visto al Padre”). A través de Cristo, no solo conocemos
verdades sobre Dios, sino que entramos en una relación personal y redentora con Él.
La cruz de Cristo es el punto culminante de la revelación divina, donde el amor y la
justicia de Dios se encuentran.
c) El Espíritu Santo:
El Espíritu Santo es esencial para la cognoscibilidad de Dios, ya que Él es quien
capacita al ser humano para comprender y recibir la revelación divina. Sin la obra del
Espíritu, las verdades espirituales permanecerían veladas para la mente natural (1
Corintios [Link] “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de
Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir
espiritualmente.”).
El Espíritu Santo ilumina la mente del creyente, abriendo su entendimiento a las
Escrituras y revelando la persona de Cristo. Juan 16:13 promete: “Pero cuando venga
el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia
cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de
venir.” Es el Espíritu quien convence de pecado, justicia y juicio, y quien transforma el
corazón para que responda con fe y obediencia a la revelación de Dios. Así, el
conocimiento de Dios no es meramente intelectual, sino una experiencia vital y
transformadora mediada por el Espíritu Santo.
4. La fe y la razón en el conocimiento de Dios
La relación entre la fe y la razón en el conocimiento de Dios ha sido un tema central en
la teología y la filosofía a lo largo de la historia. Lejos de ser mutuamente excluyentes,
la fe y la razón son vistas en la teología cristiana como dos alas con las que el ser
humano se eleva hacia la verdad, complementándose y enriqueciéndose
mutuamente.
a) La razón como preámbulo de la fe:
La razón juega un papel importante en la preparación para la fe. A través de la razón, el
ser humano puede:
Reconocer la existencia de Dios: Como se ha visto en el tema de la existencia de
Dios, los argumentos racionales y filosóficos (cosmológico, teleológico, moral,
ontológico) pueden conducir a la conclusión de la existencia de un Ser Supremo.
Estos argumentos no prueban a Dios en un sentido científico, pero sí demuestran
la razonabilidad de la creencia en Él. Romanos 1:19-20 sugiere que la razón
puede percibir el poder y la deidad de Dios a través de la creación.
Comprender la revelación: La razón es necesaria para comprender el lenguaje
de la revelación, para analizar los textos bíblicos, para entender los conceptos
teológicos y para discernir la coherencia interna de la fe. La teología, como
disciplina académica, utiliza la razón para sistematizar y articular las verdades
reveladas.
Defender la fe (Apologética): La razón es una herramienta vital para la
apologética, la defensa racional de la fe cristiana. Permite responder a
objeciones, clarificar malentendidos y presentar argumentos convincentes a
aquellos que dudan o se oponen a la fe. 1 Pedro 3:15 exhorta a los creyentes a
estar siempre preparados para “presentar defensa con mansedumbre y
reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en
vosotros.”
b) La fe como complemento y trascendencia de la razón:
Aunque la razón es importante, es insuficiente para un conocimiento pleno y salvífico
de Dios. La fe va más allá de la razón, pero no la contradice. La fe es la respuesta del ser
humano a la revelación de Dios, un acto de confianza y entrega que permite acceder a
verdades que la razón por sí sola no puede alcanzar.
Acceso a verdades reveladas: Hay verdades sobre Dios que son
suprarracionales, es decir, que están por encima de la capacidad de la razón para
descubrirlas o comprenderlas plenamente, pero que no son irracionales.
Ejemplos incluyen la Trinidad, la encarnación de Cristo o la resurrección. Estas
verdades son conocidas por fe, a través de la revelación divina. Hebreos 11:6
afirma: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que
se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.”
Conocimiento personal y relacional: El conocimiento de Dios no es meramente
intelectual, sino personal y relacional. La fe implica una relación de confianza y
amor con Dios, que va más allá de la mera comprensión de conceptos. Es un
conocimiento que transforma el corazón y la vida. Juan 17:3 dice: “Y esta es la
vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien
has enviado.”
Iluminación de la razón: La fe no anula la razón, sino que la ilumina y la
perfecciona. Al aceptar por fe las verdades reveladas, la razón puede operar con
una perspectiva más amplia y profunda, comprendiendo el mundo y la existencia
humana a la luz de la verdad divina. La fe proporciona el marco de referencia
dentro del cual la razón puede funcionar de manera más efectiva en la búsqueda
de la verdad.
En resumen, la fe y la razón son dos modos distintos pero complementarios de
conocer a Dios. La razón puede preparar el camino para la fe y ayudar a comprender y
defender las verdades reveladas. La fe, por su parte, permite acceder a verdades que
trascienden la razón y establece una relación personal y transformadora con Dios.
Ambas son necesarias para un conocimiento integral de Dios, como lo expresó San
Agustín: “Cree para que entiendas, y entiende para que creas.”
Conclusión
La cognoscibilidad de Dios es una doctrina central en la teología cristiana que afirma
la posibilidad real de conocer a Dios, aunque siempre dentro de los límites de la finitud
humana y la trascendencia divina. Este conocimiento no es meramente intelectual,
sino relacional y transformador, invitando al ser humano a una comunión profunda
con su Creador.
Hemos visto que la posibilidad de conocer a Dios se fundamenta en su propia
iniciativa de revelarse y en la capacidad del ser humano, creado a su imagen y
capacitado por el Espíritu Santo, para recibir y comprender esa revelación. Sin
embargo, es crucial reconocer los límites de este conocimiento, que nunca será
exhaustivo debido a la infinitud de Dios y a las limitaciones impuestas por el pecado
humano. Nuestro conocimiento es analógico y progresivo, un viaje continuo de
descubrimiento.
Las vías de conocimiento de Dios se despliegan en dos grandes categorías. La
revelación general, a través de la naturaleza, la conciencia y la historia, proporciona
un testimonio universal de la existencia y algunos atributos de Dios, dejando a la
humanidad sin excusa. Pero es en la revelación especial donde Dios se da a conocer
de manera más íntima y salvífica: en la Escritura, su Palabra escrita; en Jesucristo, la
encarnación misma de Dios y la máxima expresión de su ser; y a través de la obra del
Espíritu Santo, quien ilumina la mente y el corazón para comprender y responder a la
verdad divina.
Finalmente, la interacción entre la fe y la razón es indispensable en el proceso de
conocer a Dios. La razón puede preparar el camino para la fe, analizar la revelación y
defender sus verdades. La fe, por su parte, trasciende la razón, permitiendo el acceso a
verdades suprarracionales y estableciendo una relación personal con Dios. Ambas son
necesarias para una comprensión integral y vivencial de la realidad divina.
En última instancia, la cognoscibilidad de Dios es una invitación a la humildad, al
asombro y a la búsqueda continua. Es la promesa de que el Dios infinito y
trascendente no es inalcanzable, sino que se ha revelado y se sigue revelando a
aquellos que le buscan con un corazón sincero, capacitándolos para conocerle y para
vivir en la luz de su verdad.