MESON, Antonio
PAEZ HOYOS, Anahí Soledad
La naturaleza percibida
Introducción
En el desarrollo de este trabajo nos centraremos en el análisis de las tres obras asignadas,
haciendo especial énfasis en la manera en que estas se articulan con el paisaje que las rodea.
Pretendemos abordar este vínculo desde una perspectiva integral, abarcando tanto el medio
natural como el ambiental, y poniendo en cuestión cuál es el tipo de diálogo que se establece
entre la arquitectura y dicho medio. Así mismo, consideraremos la forma en que el entorno es
percibido desde el interior de las obras, generando distintas configuraciones paisajísticas, así
como también las percepciones sensoriales que emergen a partir de la experiencia de
habitarlas.
Desde enfoque, analizaremos de qué manera las obras se posicionan frente a su medio desde
una lógica contemplativa, orientando la circulación y la mirada hacia determinados puntos que
configuran y enmarcan el paisaje.
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En este sentido – y a fin de comprender mejor cuál es el enfoque de nuestro análisis – hemos
considerado preciso realizar una breve descripción de los conceptos de naturaleza y paisaje.
Es a partir de esta distinción que podremos fundamentar con mayor claridad la elección del
término paisaje por sobre el de naturaleza, entendiendo que se adapta de manera más eficaz a
la relación que pretendemos establecer entre este y una obra arquitectónica específica.
El concepto de naturaleza, nos remite a los elementos del mundo físico que no han sufrido
modificaciones por parte del ser humano, o cuya transformación fue mínima. La entendemos
como la geografía, el clima, la vegetación, el relieve, etc. En ese sentido, podríamos decir que
la naturaleza no es algo formado, sino que más bien puede estar asociada con lo primario, lo
espontáneo o lo preexistente.
Paisaje, en cambio, puede ser entendido como un concepto más complejo y profundo. Que no
se refiere únicamente al entorno natural, sino la forma en que este es percibido, representado
y experimentado por las personas. Es el resultado de la interacción entre el ser humano y su
entorno, e incluye tanto elementos naturales como construidos.
Entonces, una posible acepción del término puede ser la de paisaje cultural: como el resultado
de la transformación de un espacio natural habitado por un grupo humano a lo largo del
tiempo, que se convierte en la expresión del modo de vida, costumbres y tradiciones de una
comunidad y que acaban moldeando el entorno donde viven y dotándolo de un valor histórico
particular. El ser humano ha talado árboles, construido viviendas, tendido caminos, levantado
monumentos y les ha asignado un significado, asumiendo el paisaje como parte de la propia
identidad.
En términos de la arquitectura, no solo se hace referencia al paisaje físico, como tal, sino a un
aspecto más relacionado con lo perceptual y lo sensible: enmarcar la vista desde una obra, la
forma en que se vive el entorno desde el espacio arquitectónico o cómo el diseño es capaz de
guiar la mirada, el recorrido o la experiencia corporal, son algunas formas de “hacer paisaje” a
través de la arquitectura.
Podríamos decir entonces, que decir paisaje en esta disciplina es hablar de una composición
visual y espacial, donde lo natural y lo artificial coexisten en una relación dinámica, mediada
por la percepción, la experiencia del habitante y las intenciones del proyecto.
Desde esta perspectiva, pretendemos identificar cómo cada una de las obras construye y
expresa su propio vínculo con el paisaje, no solo a través de su implantación y materialidad,
sino también desde las sensaciones y experiencias que propone. En esta línea, abordaremos
las obras no como objetos aislados, sino como dispositivos capaces de interactuar para activar
una relación sensible con el entorno, poniendo en valor el modo en que la arquitectura puede
configurar, enmarcar y resignificar el paisaje que la rodea.
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El objeto arquitectónico como mediador del entorno
Las tres obras asignadas son:
- Humanidade2012 – Carla Juaçaba + Bia Lessa – Rio de Janeiro, Brasil
- Casa para el poema del ángulo recto – Smiljan Radic – Vilches, Chile
- La Trufa – Ensamble Estudio, Anton García Abril – A Coruña, Galicia, España
En líneas generales, podemos decir que dentro de esta selección de obras, tanto La trufa como
la Casa para el poema del ángulo recto, presentan una clara semejanza en cuanto al concepto,
el uso y la generación espacial, esto nos permite establecer entre ambas un vínculo directo de
forma más evidente. Aunque La tercera obra – Humanidade2012 – se distancia de las otras
dos en algunos aspectos fundamentales, puede asociarse a ellas a través del uso de ciertos
recursos arquitectónicos que le permiten construir una atmósfera similar, logrando así una
experiencia espacial comparable desde lo perceptual y lo sensorial.
Humanidade2012
Carla Juaçaba + Bia Lessa – Rio de Janeiro, Brasil
Este edificio de estructura de andamios, traslúcido se encuentra expuesto a todas las
condiciones climáticas: luz, calor, lluvia, sonido de las olas y viento. A través de este recurso
creemos que de cierta forma se invita al ser humano a reconocer su fragilidad en comparación
con la naturaleza.
Al circular por la obra no se pierde la percepción del entrono sino que, al contrario, esta se ve
potenciada al caminar por las pasarelas rodeadas de delgados caños que las suspenden sobre
el paisaje del Río y es esa transparencia a la que aludíamos, la que hace posible que lo natural
se haga parte del propio edificio. Esta estructura se implanta sobre un jardín, que representa
simbólicamente la riqueza de la vegetación en diferentes biomas. Están dentro y fuera de la
construcción, que acoge todo el contenido a través de sus grandes y pequeños vanos.
Las salas en el pabellón se hallan alejadas unas de otras, lo
que le permite al usuario sentir el contraste que hay entre
los espacios interiores y el exterior: afuera esta la playa,
el sol, los jardines, el viento, y adentro el ser humano. La
vista y el clima son parte de la exposición desde las salas
del pabellón.
La obra va orientando los recorridos y direccionando las
visuales en función de las características del entorno en el
que se inserta, integrándolo como parte activa de lo que
se presenta en el pabellón.
Las paredes que enmarcan las vistas hacia Copacabana (el
barrio más densamente poblado de Río de Janeiro) son en
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realidad superficies de proyección, pantallas LED, que parecen actuar como barreras visuales
cuya voluntad parece ser la de intencionar el recorrido, encontrándose el usuario con una vista
diferente, así el edificio establece una comunicación franca y deliberada con el contexto. De
este modo, la experiencia de recorrer la obra se torna, de cierta forma, inmersiva. La
contemplación no solo se da meramente desde lo visual, sino que también se involucran otros
sentidos como el oído y el tacto, generando una correspondencia con el medio intervenido.
Casa para el poema del ángulo recto
Smiljan Radic – Vilches, Chile
Continúa una línea de pensamiento arquitectónico
que entiende el habitar como acto de contemplación
y de relación sensible con el entorno. La obra no se
impone sobre el territorio, sino que se posa sobre él
con una actitud de respeto y escucha, respondiendo
a la lógica de mínima intervención que aludimos
previamente: la casa se acomoda al terreno, se deja
rodear por él, generando paisaje.
Desde el exterior, la casa aparece como una figura abstracta, casi silenciosa, cuya materialidad
—principalmente hormigón expuesto y vidrio— intenta establecer un diálogo. El hormigón
conserva las marcas del encofrado, revelando su proceso de construcción y conectando la obra
con una dimensión más cruda y primaria del entorno
Es en el interior de la casa donde la relación con el
paisaje alcanza una intensidad particular. Se genera
una atmósfera introspectiva, en la que el paisaje no
se contempla como fondo, sino que se vive como una
experiencia emocional del habitar. La luz natural y las
visuales cuidadosamente enmarcadas, convierten a la
naturaleza en una serie de cuadros en movimiento,
en parte de una narrativa espacial.
Al igual que en el ejemplo anterior, la atmósfera aquí no es puramente visual: la sonoridad del
lugar, el viento, los aromas del entorno logran ingresar al interior y también se integran a la
experiencia de la arquitectura, que no aparece como una forma dominante, sino como un
dispositivo sensible que intensifica la percepción la naturaleza y la convierte en paisaje al ser
percibida, interpretada y representada.
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La Trufa
Ensamble Estudio, Anton García Abril – Galicia, España
Se inscribe en el paisaje con una contundencia
silenciosa. Desde el exterior, aparece como una
roca más en el entorno agreste de la costa gallega,
incrustada entre montañas, árboles y océano. Su
forma orgánica, contornos irregulares y color
terroso la hacen casi indistinguible en la naturaleza
que la rodea, tanto que parece haber emergido de
ese mismo lugar, como si fuera parte del suelo.
El proceso constructivo refuerza esta lectura: la estructura fue moldeada con tierra del propio
sitio, vertiendo hormigón dentro de un volumen lleno de fardos de paja compactados. Una vez
que el material fraguó, se procedió a quemar la paja, vaciando el interior y dejando una huella
densa, texturada, con cavidades y superficies irregulares que evocan el interior de una caverna
natural. Esta operación no es solo técnica, sino también simbólica: evoca a lo primitivo del
habitar, a la naturaleza “no intervenida” pero apropiada y ese espacio creado no es ajeno a lo
que lo rodea, sino que es su continuación material.
El interior, la crudeza de las superficies, la porosidad
de los muros, la penumbra y el modo en que la luz
ingresa con precisión en ciertas zonas, generan una
atmósfera contemplativa y refuerzan ésta idea de
encontrarse inmerso en la naturaleza. Al igual que
en el ejemplo anterior, habitar esta obra se
transforma en una experiencia sensorial. Es un
espacio que invita al recogimiento, a la pausa y al
silencio. En este caso la mirada está claramente
dirigida, a través de una gran apertura frontal, se mira inevitablemente hacia el mar,
reforzando la relación con el horizonte.
Aquí, la arquitectura no enmarca el paisaje como una postal, sino que lo condensa, lo
intensifica y lo transforma. La Trufa no propone una separación entre interior y exterior, sino
una fusión entre el habitar y el territorio. El espesor de sus muros y la rugosidad de sus
superficies filtran la luz, el sonido y la temperatura, permitiendo que el medio natural penetre
sin necesidad de ventanas convencionales. Se genera así un vínculo sensorial profundo, donde
la arquitectura deja de actuar como límite.
En definitiva, La Trufa es una pieza de arquitectura que desafía las categorías tradicionales, es
un espacio primario, donde la materia y el paisaje dan lugar a una atmósfera única que no
intenta representar al paisaje, sino que encarnarlo.
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Conclusión
Si bien las tres obras analizadas son muy distintas en cuanto a escala, materialidad y programa,
consideramos que todas ellas se pueden asociar por su capacidad de establecer un vínculo
significativo y sensible con el paisaje. La idea principal no es la de considerar a la arquitectura
como un objeto aislado que busca imponerse al medio sino, como ya hemos dicho, como
dispositivos capaces de activar una relación perceptual, emocional y física con el entorno.
Tanto en Humanidade2012 como en la Casa para el poema del ángulo recto y La Trufa, el
paisaje no es simplemente un fondo escenográfico, sino que se transforma en un componente
esencial de la experiencia del habitar, evitando dominar el territorio, sino resonar con él – ya
sea en una playa urbana intensamente habitada, en un bosque chileno o en una costa gallega
abrupta – a través de sus decisiones de implantación, materiales y diseños espaciales.
El paisaje, entendido no solo como entorno natural sino como construcción cultural y
experiencia subjetiva, es aquí el que termina de darles sentido a los edificios. Las obras guían la
mirada, la contienen o la expanden, generan umbrales y encuadres que permiten reinterpretar
lo que se observa y se siente, invitándonos a detenernos, a escuchar el viento, a percibir el
aire, la luz sobre las superficies o el ruido del mar, por ejemplo.
En este sentido, podemos afirmar que estas arquitecturas no solo “habitan” el paisaje, sino
que lo amplifican, lo transforman en una experiencia sensible. Desde esta perspectiva, el valor
de estas obras no radica únicamente en su forma o técnica constructiva, sino en su capacidad
de proponer nuevas maneras de percibir y relacionarnos con el entorno.