Dussel
Dussel
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Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales – Argentina
[email protected]
RESUMEN
DD
Este artículo se propone revisar la historia de la escuela moderna en América Latina, utilizando
conceptos de las teorías postestructuralistas sobre la identidad y su constitución paradójica.
Poniendo en cuestión la hipótesis de que la expansión de la escuela fue un movimiento ascendente
y progresivo, analiza cómo se construyó la equivalencia discursiva entre igualdad y homogeneización
en el espacio educativo latinoamericano, y cómo esta equivalencia congeló a las diferencias
como amenaza o deficiencia. A partir de dos ejemplos (las pedagogías normalizadoras y el uso
de delantales en las escuelas argentinas), discute los efectos de la producción de estas identidades,
LA
ABSTRACT
TURALIST VIEW. This article revisits the history of modern schooling in Latin America, using
concepts provided by poststructuralist theories on identity and its paradoxical constitution.
Questioning the hypothesis that the expansion of schooling was a progressive, ascending
movement, the article analizes how a peculiar discursive equivalence between equality and
homogenization was constructed in the Latin American educational space, and how this
equivalence froze difference as threat or defficiency. Using two examples (normalizing
pedagogies and the wearing of uniforms in Argentinean schools), it discusses the effects of
producing such identities, and posits the challenges faced towards a more democratic
rearticulation of schooling.
POST-MODERN – IDENTITY – DEMOCRATIZATION OF EDUCATION – ARGENTINA
OM
violencia y la discriminación (Tyack, Cuban, 1995). Se nos dice que la educación va
a conducir al desarrollo individual y al mejoramiento social una vez que los políticos
y administradores de la educación consigan implementar y extender los principios
fundacionales de la educación moderna: igualdad, ilustración, libertad (Hunter,
1998). El desafío actual sería encontrar el método y la organización adecuadas para
llevar a cabo estos principios.
Aunque este optimismo sobre los efectos de la educación es bastante viejo –
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de hecho, es hijo directo y dilecto de las reformas escolares de los siglos XIX y XX
(Kliebard, 1986; Santoni Rugiu, 1980) –, puede decirse que goza de buena salud.
Sin embargo, cada vez hay más señalamientos sobre la necesidad de cuestionar
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estos principios y modos de razonamiento de la escuela moderna, ya que ellos
serían parte del problema antes que su solución (Donald, 1992; Hunter, 1998;
Popkewitz, 1991, 1998). Estos trabajos críticos nos han enseñado que la escolaridad
debe ser entendida como una práctica histórica que ha cristalizado en un marco
institucional particular, contingente y arbitrario, y que ha servido múltiples propósitos,
que no son necesariamente los mismos proclamados por la escuela de masas. Más
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aún, ellos argumentan que las nociones de “libertad” e “igualdad” fueron definidas
de tal forma que han llevado a la obediencia y la exclusión sociales. Por ello, si
deseamos pensar y cuestionar las causas de una persistente y extendida injusticia
social y educativa, probablemente debamos comenzar por interrogar este “relato
sobre la inclusión”, es decir, la narrativa que sostiene que la expansión del sistema
escolar moderno es la única manera, y la mejor, de ilustrar al pueblo y democratizar
FI
las sociedades.
Tal como lo señala Popkewitz (1991, p.4), la cuestión de la inclusión es un
proyecto político fundamental en sociedades que han excluído sistemática y
categóricamente a grupos sociales. No quiero en esta ponencia menospreciar ni
deslegitimar estas luchas. Sin embargo, tal como lo dice este autor, la manera en
que hemos concebido la inclusión quizás sea el “crimen” que debemos investigar, y
no sólo la falta de “acceso” de algunas poblaciones a la institución escolar. Así,
considero que las preguntas que deberían guiar nuestra reflexion sobre la exclusión
educativa en nuestras sociedades son las siguientes: ¿en qué sistema escolar queremos
incluir a todos? ¿No es acaso la organización actual de la escuela la que ha producido
buena parte de las exclusiones? ¿Cómo puede re-examinarse esta institución, con-
servando el sueño de educar a todos pero evitando reproducir las mismas injusticias?
Para articular estas preguntas y sugerir algunas respuestas, propongo en este
artículo una problematización de las nociones de inclusión y exclusión a través de
OM
un recorrido por la historia de la escuela moderna en América Latina y particularmente
en la Argentina. Creo que los dilemas de la escuela y sus modos de accionar en esta
región tienen mucho que aportar al debate español contemporáneo, también signado
por pesadas herencias y con iguales esperanzas de construir un futuro mejor.
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La noción de inclusión, como ya se ha dicho, es uno de los principios
fundantes de la escuela moderna. La emergencia de la institución escolar tuvo
mucho que ver con la búsqueda de encontrar un método que asegurara la
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replicación y la uniformidad de una cierta experiencia educativa para un conjunto
más grande de la población. David Hamilton (1989), por ejemplo, ha identificado el
origen del término “curriculum” en la acción de algunos educadores empeñados en
sistematizar el curso de estudios y convertirlo en una trayectoria más racional y
ordenada para más sujetos. La idea moderna de “escuela”, por otra parte, aparece
LA
Francesa: en él, se propone que todos los niños de 5 a 11 ó 12 años (según fueran
niñas o varones) sin distinciones o excepciones sean educados a expensas de la
República, y “que todos, bajo la santa ley de la equidad, reciban el mismo vestuario,
la misma alimentación, la misma instrucción, el mismo cuidado”. Los niños, educados
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en las “casas de la igualdad” – como se llamaría a estas instituciones educativas –
serían los perfectos ciudadanos de la nueva sociedad. La igualdad, en un movimiento
de asociación discursiva que perduraría al menos dos siglos, se volvía equivalente a
la homogeneidad, a la inclusión indiscriminada e indistinta en una identidad común,
que iba a garantizar la libertad y la prosperidad general. La manera en que la escuela
procesó la diversidad que recibía en sus docentes y en sus alumnos fue, salvo algunas
excepciones, homogeneizarla y uniformizarla.
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Conviene detenerse por un momento en esta equivalencia discursiva entre
inclusión y homogeneización para analizar si podría ser de otro modo.
El movimiento de inclusión supone la integración en un “nosotros” determina-
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do, ya sea la comunidad nacional o un grupo particular (clase social, minorías étnicas,
“niños discapacitados”, “niños en riesgo”). Este “nosotros” siempre implica un “ellos”
que puede ser pensado como complementario o como amenazante, o aún ser
invisible para la mayoría de la gente. Es decir, la inclusión en una identidad determina-
da supone la exclusión de otros, la definición de una frontera o límite más allá de la
cual comienza la otredad. Un elemento central para definir la inclusión y la exclusión
LA
OM
Connolly, para ella las identidades están inscriptas en relaciones de poder desde su
propia formación, distinguiendo y jerarquizando las diferencias. Butler le suma un
fundamento psicoanalítico, diciendo que el “poder también opera por la forclusión
de sus efectos, la producción de un ‘afuera’, un dominio de ‘in-habitabilidad’ e
ininteligibilidad que limita/circunscribe el dominio de efectos inteligibles” (Butler,
1993, p. 22). Este “afuera” es lo que se congela como otredad, como alteridad
irreductible, y lo que en la mayoría de las culturas políticas se identifica como
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“maldad”, “subversión”, o el “enemigo”.
Sobre la base de este razonamiento, sugeriré, siguiendo a Tom Popkewitz,
que identidad y diferencia, tanto como inclusión y exclusión, no son conceptos
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opuestos sino mutuamente imbricados, y que pueden ser tratados como un concepto
singular que funciona como un doblez, habilitando y desalentando prácticas. La
diferencia, o la exclusión, no sólo existen dentro de las identidades que incluyen,
como este “afuera” constitutivo contra el que se recortan, sino que de hecho se
producen en la misma operación. Aún los discursos más inclusivos califican y
descalifican a la gente para participar (Popkewitz, 1991, p.125ss.) y aún las identidades
LA
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que este es el patrón básico con el que se procesó las diferencias en nuestras escuelas.
Aparecieron una variedad de jerarquías, clasificaciones y descalificaciones de los
sujetos, cristalizando la diferencia como inferioridad, discapacidad o incapacidad,
ignorancia, incorregibilidad. En las secciones siguientes, analizaré con mayor detalle
cómo esta construcción discursiva se desarrolló en Latinoamérica y especialmente
en el sistema educativo argentino.
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MODERNIDAD LATINOAMERICANA Y RELOCALIZACIÓN DE LA
INCLUSIÓN Y LA EXCLUSIÓN
Las identidades en las cuales nos incluímos, o de las que somos excluídos, no
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suceden en un vacío; por el contrario, son producto de la historia y de localizaciones
particulares. Autores contemporáneos definen a la identidad como ficciones narrativas
que nos dan un sentido de permanencia en el tiempo y de pertenencia a grupos
determinados, que se construyen a través de la historia. Por ejemplo, Stuart Hall,
uno de los referentes más importantes de los estudios culturales, recuerda
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tiene una narrativa, un relato, una historia. Es algo construído, relatado, hablado, no
algo que uno simplemente “encuentra”. La gente habla ahora de la sociedad de la
que provengo en formas que para mí no son reconocibles. Por supuesto que Jamaica
es una sociedad negra, dicen. En realidad, es una sociedad de gente mestiza y negra
que ha vivido por trescientos o cuatrocientos anos sin jamás haber sido capaz de
hablar de sí misma como “negra”. La negritud es una identidad que tuvo que ser
aprendida, y que sólo pudo ser aprendida en cierto momento determinado. En
Jamaica ese momento son los años ‘70. (Hall, 1996, p.116)
Lo que resulta ilustrativo de este relato de Hall es hasta qué punto las
identidades implican una “puesta en escena” de la experiencia, una determinada
OM
importantísimos en términos de la constitución de identidades, y también de
diferencias. Podría decirse, siguiendo la caracterización de Weber de las ciudades
modernas, que la modernidad involucra la coexistencia de un homo economicus
capitalista y de una esfera política y administrativa basada en la interacción de los
ciudadanos. El mercado capitalista supone la emergencia de sujetos económicos
que se basan en una ficción de equivalencia: en abstracto, todos somos individuos
libres que intercambiamos nuestros bienes en forma equivalente. Esto fue posible,
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dice el urbanista Adrian Gorelik, porque se destruyó el
sobre su viaje a America del Norte son una buena ejemplificación de este proceso.
En “La Democracia en América”, Tocqueville se sorprende ante el carácter plebeyo
e igualitario de la sociedad de Nueva Inglaterra pero también alerta sobre la aparición
de nuevas diferencias, más sutiles si se quiere, en las maneras de comportamiento,
en los vestuarios, en toda la gama de distinciones que emergieron para dar cuenta
OM
posmodernidad latinoamericana, se ha argumentado que no se puede hablar de
posmodernidad cuando la modernidad ha sido un proceso inconcluso e inacabado
en América Latina. En ambos señalamientos, puede identificarse una misma visión
de América Latina como un espacio secundario, periférico a la modernidad europea,
que se limita a imitar, mal y a los ponchazos, las fortalezas del original.
Sin embargo, desde su propia estructuración, América Latina no fue un
espacio geográfico vacío que se llenó con acciones y reacciones frente a la empresa
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colonizadora moderna, sino un producto de ella, parte y parcela de ese proceso. La
propia definición de América, fruto de un cartógrafo alemán que quería rendir
homenaje a Americo Vespucci en la identificación de un nuevo territorio
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descubierto por navegantes a las órdenes de la corona española, y aún de América
Latina, erigida en el siglo XIX y XX en el símbolo unificador de la parte del continen-
te heredera de los imperios español y portugués frente al avance del expansionismo
norteamericano, fueron prácticas inscriptas en el corazón de la modernidad, de su
voluntad de poder y de sus sueños civilizatorios. Representan, como dice Walter
Mignolo, el “lado oscuro del renacimiento” y de la modernidad: el ámbito en que el
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indios, establecía que el Papa como representante de Dios en la tierra les había
otorgado el continente americano a los españoles y portugueses. El texto
...suponía que los indios no habían sido informados de tal hecho, lo cual se reparaba
en ese acto, leyendo el Requerimiento en presencia de un oficial del rey, pero sin
intérprete. Los indios que se dieran por enterados y aceptaran la situación tras la
OM
Para esta autora, se establecía que la relación pedagógica entre españoles e
indígenas sería de dominación, y que la condición para conservar algunos derechos
elementales era aceptar absolutamente y sin condiciones la cultura, la lengua, y la
razón dominantes. Es decir, se procedía a una inclusión selectiva, basada en una
aculturación brutal, y a la exclusión sistemática de otra parte de la población.
La exclusión lisa y llana de parte de la población siguió estando presente en
los siglos siguientes, pero otros ideales identitarios fueron abriéndose paso en tanto
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el dominio colonial fue abolido, y se instauró en su lugar otro tipo de sistema-
mundo, neo o post-colonial. Sin embargo, el “lado oscuro” de la modernidad siguió
teniendo una alta visibilidad. Puede encontrarse un ejemplo de ello en el liberalismo
latinoamericano en el siglo XIX, que tenía que “negociar” con el racismo y el
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esclavismo permanentemente, evidencia de lo cual es la inclusión de la “Declaración
de los derechos del hombre” francesa en la constitución brasileña de 1824, mientras
todavía estaba vigente el sistema esclavista. Esto ha sido senalado por un académico
brasileño, Roberto Schwarz, quien propone que, dadas estas condiciones, el
liberalismo latinoamericano era una “idea fuera de lugar”1, que combinaba la adopción
de formalidades de la filosofía social liberal con la defensa del sistema oligárquico2.
LA
1 Cabe señalar que la posición de Schwarz ha sido polémica en el Brasil. Sus críticos han argu-
mentado que la referencia a “ideas fuera de lugar” tiene un sustrato esencialista – como si las
ideas tuvieran un lugar correcto y otro incorrecto. Por nuestra parte, nos acercamos a la obra
de Schwarz a partir de la lectura que recupera García Canclini (1990), que enfatiza la
multitemporalidad e hibridaciones que configuran las culturas latinoamericanas en la
modernidad.
2 Para la definición de Estado oligárquico, consultar Cavarozzi, 1978.
OM
diferencias y la configuración de nuevas identidades inclusivas. La educación jugó un
papel fundamental en esta uniformización igualizante y en la articulación de otras
diferencias. En el apartado siguiente, nos ocuparemos en particular de la constitución
del sistema educativo en la Argentina y de cómo se configuraron patrones de inclusión
exclusión que todavía subsisten.
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INCLUSIÓN Y EXCLUSIÓN
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entender “el origen del drama argentino”, como él llamó a las luchas civiles que
siguieron a la independencia de España y que obstacularizaron la formación de una
nación unificada por casi 60 años. La explicación que dio fue cultural: la “barbarie” era
el escollo para construir la nación. Para remediarla, Sarmiento indicó una serie de
acciones que iban desde la represión y el exterminio (“Hay que regar la Pampa con
sangre de gaucho”, diría años mas tarde) hasta la escolarización masiva, incluyendo
a las mujeres. Sarmiento creía que la construcción de la nación sólo sería perdurable
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si se lograban producir nuevos sujetos “civilizados” por medio de la educación. Su
postura puede ser caracterizada como una generosa – y en muchos aspectos demo-
crática – propuesta educacional que suponía sin embargo como condición previa la
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eliminación de todos aquéllos que caían en la descripción de “barbarie”. La educación
moderna que conduciría a una organización social más democratica y productiva sólo
era posible a costa de reprimir o exterminar a parte de la población (apud Puiggrós,
1990). Esta postura fue fundante del optimismo pedagógico argentino, y generó la
convicción de que, para pensar cambios o reformas estructurales, debía promoverse
la escolarización masiva de una población sobre la que pesaba, casi como una daga,
LA
una fuerte desconfianza (Caruso, Dussel, 1996). Esto puede verse en la organización,
algo posterior pero llevada a cabo por el mismo Sarmiento, de los Consejos Esco-
lares en la provincia de Buenos Aires, que trataron de imitar a los Board of Education
norteamericanos en su fase de participación y dinamismo social e invitaron a la
población a incluirse en el gobierno educativo. A los pocos años, descontento con sus
resultados, terminó aprobando su supresión o marginalización. Pareciera que los
FI
límites de la participación estaban dados de antemano, y que no había lugar para otro
tipo de sujetos y acciones sociales que no fueran las prescriptas por el nuevo estado.
Desde 1870, en la Argentina tuvo lugar la construcción, desarrollo y
diversificación de un sistema educativo nacional. La ley 1420 de educación
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gentina (Tedesco, 1986). Las tasas de alfabetización pronto alcanzaron los niveles
de los países europeos occidentales: por ejemplo, en 1930, 95% de la población
de Buenos Aires estaba alfabetizada, y 30% de la población etaria iba a la escuela
secundaria (Tedesco, 1986)3. Surgió así un amplio público lector que consumía
libros, revistas y diarios, y que combinaba saberes de distinta procedencia. La lite-
ratura de masas que tuvo su auge en esa época a través de las novelas semanales
y de ediciones adosadas a los periódicos tenía muchos puntos en contacto con la
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cultura “alta”, y era usual encontrar a Borges y Bergson en los magazines que se
vendían masivamente en las décadas de 1920 y 1930 (Romero, Gutierrez, 1992).
Argentina, y sobre todo Buenos Aires con sus altos indices de escolarización y su
DD
diseño urbano modelado por arquitectos parisinos y españoles, se veía a sí misma
como la nación líder de Latinoamérica y como la más europea y europeizante. En
los mitos colectivos que forjaron el imaginario nacional, la Argentina se presentaba
como un crisol de razas en el que todos eran bienvenidos y podían progresar en la
sociedad y en la cultura.
Sin embargo, como se argumentó anteriormente, las formas de inclusión
LA
social conllevan también exclusiones. La identidad nacional común requería, tal como
el pacto republicano, el abandono de identidades particularistas y también de filosofías
individualistas liberales, vistas como una fuente de anarquía por la mayoría de los
organizadores del sistema escolar. Para convertirse en sujetos nacionales, los
inmigrantes debían abandonar su lengua, sus costumbres, sus héroes y sus formas
de vestirse y relacionarse. El sistema escolar participó activamente en esta campaña,
FI
3 Los datos para España en la misma época señalan que el 32% de la población era analfabeta,
y que en Madrid el porcentaje de analfabetos sobre la población total era del 14% y en
Cataluña del 21% (Vilanova Rubias, Moreno Julià, 1990, p. 378).
OM
clasificadores de la población escolar. En el apartado siguiente analizaré con mayor
profundidad algunas de las características de esta pedagogía “normalizadora”, que
estructuraron las bases de la inclusión de muchas generaciones de niños y también
de una persistente exclusión.
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Adriana Puiggrós ha denominado “normalizadores” a una serie de pedago-
gos laicos y católicos argentinos que hacia fines del siglo pasado impusieron un
modelo de enseñanza-aprendizaje que tendría vastas repercusiones hasta nuestros
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días (Puiggrós, 1990, p. 41ss). Tomando la noción de normalización de Michel
Foucault, la autora argumenta que esta pedagogía se basó en la creación de una
norma o cuadrícula general en términos de la cual se puede medir cada uno de los
individuos, e identificar si cada uno cumple con ella o se desvía del parámetro
común. Así, la norma supone la idea de que hay que “corregir” al individuo desvia-
do, ya sea vía el castigo o vía la adopción de estrategias de refuerzo que eviten que
LA
cumplen. No es casual que sea en esta época que aparece la clasificación de los
alumnos según sus capacidades, y que se confine a los “anormales” en instituciones
especiales. Nótese el lenguaje que se utiliza para referirse a los “desviados”: “defi-
cientes”, “anormales”, “dis-capacitados”. Todos estos calificativos sólo adquieren
sentido cuando se los compara con un individuo “normal”.
rísticas y rendimiento escolar, que se hizo muy popular a principios del siglo XX en
toda América y por supuesto también en Europa. Stephen Jay Gould (1981), en su
libro La medida del hombre, proporciona una descripción y crítica exhaustiva a
estos modelos de clasificación de la inteligencia, estrechamente vinculados a las
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estructuras clasistas, racistas y sexistas de las sociedades. Esta tendencia puede
ilustrarse en el artículo que publicó, en 1910, en la revista del Consejo Nacional de
Educación de la Argentina, la doctora Hermosina de Olivera, en el que decía que
había niños “atrasados”, y que éstos debían clasificarse como sigue:
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b) los imbéciles, idiotas, sordomudos, ciegos y epilépticos;
c) los distraídos, como prefieren llamarlos los padres, o atrasados. No son
simplemente anormales y están atacados de debilidad mental por causas
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múltiples y pasajeras. Son especialmente los hijos de nuestra masa obrera,
con funcionamiento lánguido del cerebro, producto de una alimentación
deficiente. Perturban la disciplina, ocupan inútilmente un lugar en las clases
comunes, desalientan a la maestra e influyen en sus condiscípulos. (Apud
Puiggrós, 1990, p.134-135)
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Lo importante para los científicos de esa época era analizar las sociedades
como producto de regularidades y normas; encontrar las leyes que las gobernaban,
y explicar por qué a veces las cosas se desviaban de ese camino prefijado que es el
crecimiento. Los imbéciles, los idiotas, los distraídos o desatentos, debían ser
estudiados y confinados en su lugar en la grilla, para analizar si correspondían acciones
remediales o los casos eran, valga la redundancia, sin remedio.
FI
OM
estructura del aula, enmarcada en lo que fue llamado “la táctica escolar”. Esta
expresión era usada desde 1880 en las escuelas argentinas. En un artículo publicado
en 1884 y titulado “La táctica escolar”, un colaborador anónimo de la Revista de
Educación (editada por la Dirección General de Escuelas de la provincia de Buenos
Aires) decía que: “los movimientos que maestros y alumnos necesitan ejecutar en la
escuela, tienen mucha semejanza con los movimientos militares, y como éstos deben
tener aquéllos una táctica especial” (apud Pineau, 1997, p.95). También constituía
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una bolilla del programa de pedagogía de primer año de las escuelas normales en
1903, y apareció en el libro de pedagogía de Senet para las escuelas normales de
1918 como capítulo especial.
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Tal como lo habían hecho los pedagogos lancasterianos casi un siglo antes, la
metáfora militar era usada una vez más para pensar lo que sucedía en las aulas. La
idea de que había que ordenar al conjunto, establecer un sistema de jerarquías,
volver dóciles a los cuerpos, seguía teniendo vigencia. La táctica escolar, definida
por Senet como “un sistema de señas y movimientos” (Senet, 1918, p.115), ayudaba
a lograr el orden, ahorraba tiempo, y creaba en los alumnos el hábito de la obediencia
LA
ordene sentarse.
Senet planteó que los alumnos debían ejecutar movimientos uniforme y
simultáneamente, y que el maestro debía estar siempre en control de la situación.
El maestro debía pautar cuáles eran las formas y tiempos de levantarse y sentarse,
sacar y guardar los útiles, salir del aula. Seguía siendo el “sol” que Comenio imaginó
en las primeras formulaciones del método global; todo debía organizarse en torno
a él, como rayos que irradiaban sobre cada uno de los alumnos-planetas. Por ejemplo,
5 Para ellas, referimos al citado libro de Puiggrós (1990), especialmente a la parte 2, en que se
ocupa del pedagogo Carlos Vergara.
Senet decía: “Se evitará, ante todo, que los alumnos conversen en clase. Las
conversaciones se hacen entre profesor y alumnos; el cuchicheo de los últimos
impide la enseñanza y distrae la atención de todos” (Senet, 1918, p.123). Nada de
aprendizaje colaborativo, ni entre pares: la táctica escolar se organizaba como un
OM
intercambio radial entre el centro docente y los niños aislados.
Siguiendo a la filosofía positivista, muchos de los pedagogos normalizadores
consideraron que todo podía englobarse bajo leyes generales, las que debían
respetarse casi como a una ley sagrada. Las leyes no sólo alcanzaban al
aprendizaje y la conducta de los alumnos, sino que, sobre todo, planteaban reglas
y principios rígidos para el accionar docente. El incremento de la regulación del
trabajo docente trajo una mayor exigencia, porque todos debían ajustarse por
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igual a las reglas naturales, expresadas en los reglamentos escolares formulados
“científicamente”. Debe tenerse en cuenta que en aquel entonces, debido a la
escasez de maestros egresados de las escuelas normales, solo una porción
DD
minoritaria eran “titulados” oficialmente (esto es, egresados de instituciones
reconocidas), y buena parte eran personas con intereses diversos por enseñar,
cuya “idoneidad” y autonomía era motivo de preocupación creciente. Para evitar
desvíos, y para promover una mayor homogeneidad en la enseñanza, se
incrementaron los requisitos para la titulación: mientras que antes los educadores
podían obtener un certificado de competencia de las autoridades escolares, esto
LA
Recomendaba Senet: “El profesor tendrá buen cuidado de que toda orden que dé
sea cumplida; así es que antes de ordenar, debe pensarlo, y si duda de que su orden
será estrictamente cumplida, es lo más conveniente que se abstenga de darla” (Senet,
1918, p.129). La autoridad que emergía de estas recomendaciones era absoluta,
perfecta, indiscutible porque era “científica”. En un artículo del inspector Félix María
Calvo, estas prescripciones adquieren ribetes casi inhumanos:
El maestro debe seguir paso a paso las evoluciones de la inteligencia infantil para
sujetar la marcha de la enseñanza a un orden metódico y gradual: un paso en falso,
un salto impremeditado, una exigencia inmoderada, trastornan el espíritu, como se
OM
niño. (1900, p.67)
...cualquier descuido de parte (del maestro), engendra un mal hábito ...con detri-
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mento de la salud del educando... Y una cuestión tan sencilla como la mala posición
del cuerpo trae consigo, en más de un caso, los desastrosos efectos de una tisis
prematura o de una aneurisma. Y esto no es exagerar los peligros: me atengo a la
opinión de los hombres de ciencia, de autoridad indiscutible. (Calvo, 1900, p. 69)
DD
En esta época, aparece con fuerza la idea de los “niños débiles”, niños de
complexión física y emocional frágil que deben ser tratados en forma especial. Se
diseñaron sistemas de salud escolar que detectaran las patologías asociadas a la
“debilidad”, y algunas acciones de refuerzo, como las colonias de recuperación de la
salud, las visitas médicas domiciliarias, y formas de educación especial. Nótese que
LA
la idea de “niño débil” está marcada por el vocabulario darwiniano de la fuerza vital
y la sobrevivencia del más apto. Estos niños débiles deben ser objeto de detección
temprana para no entorpecer el desarrollo de los fuertes y para recibir alguna
educación compensatoria.
En términos generales, puede decirse que la pedagogía tomó como modelo a
la biología, y ésta rápidamente se medicalizó: quienes se desviaran de la norma formarían
FI
La herencia es de una fuerza transmisora tan potente que los pedagogos se han visto
en la necesidad de seguirla, proclamando, por una parte, la concurrencia, por otra la
sublimación del instinto, por otra la educación vocacional, espontánea y oportunista,
en oposición a las disciplinas antinómicas del sentimiento y la obligación contrarias a
OM
la tendencia. La educación adapta lo que ya está adaptado. Cifra sus éxitos sobre el
camino trazado por los padres y abuelos. Desde que el individuo trae a sus malas
inclinaciones, sumadas muchas buenas, el problema escolar consiste en cultivar éstas
y no ejercitar aquéllas. (Mercante, 1927, p. 46)
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que ayudarían a predecir sus resultados escolares y sus futuros comportamientos
sociales. Por ejemplo, propuso que la escuela realizara una “anamnesis de familia”,
esto es, un trabajo de investigación sobre los orígenes del niño, indagando los
datos sobre abuelos, padres y hermanos referidos a: raza, edad, origen,
DD
enfermedades, conductas, aptitudes profesionales, bienestar económico, régimen
de vida doméstico y público, relaciones sociales, alimentación, frecuencia escolar,
aplicación y aspiraciones. Estos datos deberían recogerse a través de
“conversaciones afables” con la familia, tales como lo hacen los psiquiatras, y de
visitas a sus hogares; y volcarse en una ficha que podría suministrarse a quien la
requiriera, y que tendría tanto valor como “un acta de nacimiento” porque
LA
Pero a su vez el docente mismo es objeto de una regulación cada vez más
exhaustiva, que le dice qué debe hacer en cada caso y que lo somete a penalidades
y vigilancias crecientes. Cabría preguntarse cuánto de esto aún está presente en las
reformas contemporáneas, que adoptan otros parámetros (constructivismo,
OM
creatividad, participacionismo) pero siguen estableciendo normas y prescripciones
que producen nuevas exclusiones. Sobre ello volveremos en los comentarios
finales.
Si hasta ahora la pedagogía normalizadora puede parecer como opresiva y
compacta, sin matices, cabe destacar que logró ser eficaz precisamente porque
pudo articular la voluntad de inclusión social con prácticas diferenciadoras y
autoritarias. Permítasenos dar un ejemplo de este imaginario que combinaba
.C
homogeneidad y autoritarismo con proclamas progresistas de igualdad y progreso
social a través de la historia de una maestra, registrada por una crítica cultural argen-
tina, Beatriz Sarlo. Esta maestra, hija de inmigrantes españoles, logró ingresar a la
DD
escuela normal con mucho esfuerzo personal y familiar (su padre era obrero textil
y su madre cosía para afuera desde su casa). Una vez egresada, se convirtió en
directora de una escuela situada en un barrio pobre de la capital a principios de
1920, donde la mayoría de sus alumnos eran inmigrantes de primera o segunda
generación de Europa del Este, muchos judíos, y en cuyos hogares no se hablaba
español. En su primer día de clases como directora, formó en filas a sus pequeños
LA
informar a los niños sobre lo que les iba a suceder. La maestra justifica su acción
diciendo que, si se les dejaba el pelo, los niños hubieran propagado piojos a toda la
escuela, y que lo primero que quería hacer en su día inaugural era dar una lección
práctica a todos (Sarlo, 1997, p.187).
Si bien el relato nos conmueve por su brutalidad, debe dejarse en claro que
esta maestra cree que es perfectamente adecuado rasurar a sus alumnos en nombre
de la salud y la cultura. Esta naturalidad nos da algunas pistas sobre el tipo de
intervención operado por el sistema escolar moderno sobre los sujetos escolares
en la Argentina. Cabe señalar que esta misma maestra ponía plata de su salario para
pagar ropa para los niños y para comprar telas para que todos pudieran vestir
OM
En el apartado siguiente, voy a analizar en detalle la historia de los delantales
o guardapolvos blancos en las escuelas argentinas. Símbolos favoritos de la inclusión
promovida por la escuela pública, al punto que los maestros argentinos los erigieron
en distintivos de su lucha contra la reestructuración educativa en años recientes, los
guardapolvos conllevan también la construcción de diferencias. Por ello, aparecen
como un objeto privilegiado para estudiar la articulación entre la voluntad de inclusión
y las prácticas diferenciadoras.
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Uniformidad y exclusión: el caso de los guardapolvos blancos
la convicción de que una vestimenta obligatoria excluiría antes que incluiría a muchos
niños, y comportaría una erogación que muchas familias pobres no estaban en
condiciones de realizar. Es de sospechar también que la oposición a la educación
religiosa, del cual el uniforme estilo sotana era un símbolo, jugó un papel importante
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en el rechazo a la uniformización de los escolares.
A pesar de esta prohibición de exigir una vestimenta especial, que se hizo
explícita en los reglamentos para la escuela primaria, la cuestión del vestuario adquirió
relevancia como parte de las tareas “civilizadoras” y modernizadoras de la escuela.
Puede ilustrarse esta preocupación con el relato de uno de los maestros
norteamericanos traídos por Sarmiento para reorganizar el sistema de educación
pública entre 1869 y 1898. John Williams Stearns relataba en una carta a sus familiares
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escrita entre 1875 y 1877 que cuando organizó la escuela normal de Tucumán tuvo
que cambiar las pautas de vestimenta de los alumnos.
Aquí los niños más pobres van completamente desnudos o apenas con una camisa
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andrajosa, y aún aquéllos de la clase media, sin lavarse ni peinarse, y vestidos con
ropas que consideraríamos apropiados sólo para los mendigos... Hemos librado
batalla, y con sólo rehusar la entrada a los que no concurran decentemente vestidos,
se ha producido un cambio milagroso. La escuela tiene fama de estar muy por encima
de cualquier otra de la ciudad, y antes que perder la oportunidad de enviar a sus
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hijos aquí, los padres han preferido comprarles ropas nuevas. (Apud Houston Luiggi,
1959, p.104)
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cuerpos para aquélla época (Traversa, 1997). En oposición al modelo aristocrático
que había sido predominante en el vestuario durante todo el siglo XIX, que
privilegiaba el lujo, la ostentación y el exceso de ornamentación, el estilo republicano
deshechó los colores vivos y se refugió en telas lisas y despojadas, o discretos rayados,
denunciando al estilo anterior como inconveniente o indecente (Perrot, 1987). En
esta jerarquía de lo ascético o austero, los niños estaban ubicados en el peldaño
superior, y en las revistas de la época los niños “modelo” vestían trajes de marinero,
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capas navales, o uniformes escolares (Traversa, 1997; Paoletti, Kregloh, 1989).
Es importante destacar que la idea del delantal como código de vestuario
dictaminado unilateralmente por la autoridad se vinculaba a la prevalencia de un
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régimen disciplinario bien descripto por Foucault (1977), y que nos recuerda sobre
el lado oscuro de la modernidad. Mientras que en la era clásica el cuerpo de los
condenados era propiedad del rey, y éste le imprimía su marca a hierro y fuego, con
la emergencia de las disciplinas como régimen de saber/poder el cuerpo pasó a ser
un bien social, “objeto de una apropiación colectiva y útil” (p.113). La persona que
rompía las reglas o quebraba la ley era entonces considerada como enemiga o
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traidora. Como dice Foucault, es una “lucha desigual: de un solo lado, todas las
fuerzas, todo el poder, los derechos todos” (p.94). Puede vincularse esta idea de la
apropiación colectiva o social del cuerpo con los recuerdos de la pedagoga brasileña
Guacira Lopes Louro sobre su experiencia con los uniformes escolares. En su escuela,
las niñas eran consideradas responsables de “representar la escuela” a la sociedad
toda. El uniforme conllevaba la obligación de portarse adecuada y respetuosamente,
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que ayudó a la expansión del sistema educativo en la Argentina. El orgullo de vestir
el guardapolvo estaba asociado a que era un símbolo de inclusión en las dinámicas
de movilidad social ascendente, que representa el dramaturgo Florencio Sánchez
en “M’hijo el doctor” en la década de 1920, entre otros. También tenía la ventaja de
instaurar parámetros claros sobre la obediencia a la autoridad (Joseph, 1986; Synott,
Symes, 1995). El uniforme daba señales claras sobre quién transgredía las reglas, y
volvía más fácil detectar a un alumno que se “hacía la rata” y andaba fuera del colegio
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en horas de clase, como proponía en su Didáctica el inspector Leopoldo Lugones
en 1910 (Lugones, 1915).
Por otro lado, la difusión del guardapolvo blanco encuentra fundamento en
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el discurso médico que es característico de la pedagogía de esa época (Puiggrós,
1990). El delantal surgió paralelamente a la declaración de la “guerra contra los
microbios” por Louis Pasteur y sus seguidores (Latour, 1988). Los médicos y científicos
de laboratorio empezaron a usar delantales como forma de protección propia y de
los pacientes frente a lo que empezaron a percibir como la “amenaza de los
gérmenes”. Inicialmente éstos eran oscuros, tanto por higiene como porque parte
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del personal hospitalario era miembro de órdenes religiosas y vestían hábitos, pero
entre 1880 y 1920 el blanco pasó a ser dominante. Avisos de la época recomendaban
a los médicos su uso para mostrar una imagen “limpia, prolija, fresca, científica” a la
sociedad (Blumhagen, 1979, p.113). El blanco pasó a asumirse como símbolo de
vida, salud, justicia, pureza. No es casual que se produjera esta asociación entre la
blancura y la virtud en el marco del auge de las teorías de la supremacía de la raza
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7 El trabajo de Martin Bernal, Black Athena (1987), aunque ha sido discutido historiográficamente,
tiene el gran mérito de haber puesto de relieve que este proceso de “emblanquecimiento”
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permitido el uso de uniformes o delantales; al mismo tiempo, se prescribió su uso
para los docentes, quienes debían aparecer como modelos ejemplares de modestia
y decoro. Durante el gobierno yrigoyenista, el estado nacional impulsó la creación
de asociaciones cooperadoras por escuela, constituidas por padres o ciudadanos
activamente interesados en la educación, que estarían a cargo de brindar guardapolvos
a quienes no pudieran comprarlos por sí mismos. En las décadas de 1930 a 1950,
el estado asumió en forma directa la distribución de vestimenta, incluyendo delantales
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y calzados, a todo el país.
La implantación del uniforme, vivida según algunos testimonios orales como
un acto igualitario y democrático, quiso borrar las diferencias sociales y la particularidad
de los cuerpos. Sin embargo, las marcas sociales se abrían paso más tarde o más
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temprano en la ropa debajo del guardapolvo, los zapatos, los abrigos, y la
disponibilidad de útiles escolares. Esto, por supuesto, no es privativo de la Argentina.
Un educador inglés recuerda aún con pavor el día en que se le ensució su único
saco azul (en Inglaterra, el uniforme de las escuelas públicas consistía en un saco
azul y pantalón gris), y tuvo que concurrir con un saco gris, el único alumno frente
a 600 alumnos uniformados de azul (Corrigan, 1988, p.155). Obviamente, de tener
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más de un saco, tal episodio no hubiera ocurrido. Puede recordarse aquí que la
ficción de equivalencia es precisamente eso, una ficción, que cotidianemente es
objeto de cuestionamiento y de desafío por parte de las estructuras jerarquizadoras
y discriminadoras de nuestras sociedades.
La presencia del guardapolvo también dio una nueva configuración a viejos
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pueden y deben vestir los adolescentes. En algunos casos, se decidió el uso de
distintivos o escudos para simbolizar la pertenencia a la escuela (Birgin et al, 1994).
Por otra parte, en la mayoría de las escuelas primarias el uso del guardapolvo sigue
siendo dominante, y en la legislación se señala que el delantal es el símbolo de la
escolaridad pública y que seguirá siendo obligatorio. También parece serlo en algunas
escuelas secundarias de sectores populares. Un testimonio recogido en un estudio
etnográfico realizado el año pasado en un barrio marginal señala las causas de esta
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persistencia: “Yo me siento cómoda viniendo [a la escuela] en guardapolvo, porque
eso quiere decir que sos una persona en progreso, quiere decir que sos una
estudiante”, relata la adolescente Laura, preocupada por diferenciarse de “los pibes
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de la esquina” que abandonaron el colegio. El guardapolvo diferencia y prestigia al
mismo tiempo (Duschatzky, 1999, p.58). El hecho de que el guardapolvo blanco se
haya convertido en el estandarte de lucha que los dirigentes del sindicato docente
CTERA entregan en reconocimiento a algunos visitantes en el ayuno en la Carpa
Blanca, y el que los maestros ayunantes lo vistan todo el tiempo, también habla de
su poder simbólico como referente de una tradición de escolaridad pública común.
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ficción de equivalencia se ha realizado, olvidando el lado oscuro de esta misma
ficción que ha implicado la constitución de jerarquías, la cristalización del otro como
inferior o incapaz, y la negación de la diversidad y el pluralismo como fundamento
de una vida democrática.
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Los españoles Colom y Mèlich (1994) nos convocan a enfrentarnos con los
“restos del naufragio”, como ellos llaman a la pérdida de la confianza ciega en la
escolaridad, entendiendo que la sociedad ha cambiado profundamente, y que la
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escuela también tiene que cambiar, si no quiere quedar girando en el vacío. La
irrupción de la posmodernidad con sus nuevas condiciones vitales y culturales, con
su translocación de las certidumbres e identidades, ha implicado un movimiento
que disturba profundamente a la escuela como institución moderna.
Entre los restos del naufragio, está la cuestión de la inclusión y la ilustración
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como proyectos sociales. Revisar los relatos sobre la inclusión y la exclusión nos
parece todavía urgente hoy, en que la cuestión del acceso a la escolaridad está
garantizado para una buena parte de la población pero la cuestión de la exclusión
parece haberse desplazado al interior de la escuela. La exclusión sigue operando en
la clasificación de la población escolar en términos de indisciplinados, violentos,
desertores, desmotivados, “chicos-problema” como se los llama en Argentina. Hay
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casos más extremos y casos menos extremos, pero todos adquieren dramatismo a
la hora de considerar las historias y trayectorias individuales y de pensar como la
experiencia escolar marco, o dejó de marcar, la experiencia vital y las oportunidades
futuras de muchos niños y niñas.
Nos parece todavía más urgente esta revisión, cuando la respuesta que la
exclusión, planteando que lo único que debemos hacer los educadores es encontrar
soluciones técnicas y diseños institucionales o curriculares actualizados. Sin embargo,
como espero haber dejado en claro en esta ponencia, la inclusión y la exclusión son
procesos históricos y políticos, que exigen de nosotros una responsabilidad: la de
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tomar decisiones sobre como intervendremos en la configuración de la sociedad y
la de aceptar las consecuencias y los riesgos de asumir esa responsabilidad. Cuando
hablo de “riesgos”, lo hago con plena intención de señalar sus peligros. Todo
proyecto educativo de transmisión del saber está imbricado en relaciones de poder,
que definen qué es lo que transmitimos y cómo lo transmitimos; en tanto relación
de poder, implica un grado de violencia y de imposición sobre otro, y corre el riesgo
de cometer injusticias. Quienes creen que la ficción de equivalencia puede realizarse
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en forma completa y transparente olvidan que toda inclusión supone exclusiones,
más o menos dramáticas y más o menos cristalizadas. En todo caso, se trata de
pensar cuáles son las formas de inclusión que ayudaran a resolver algunas de las
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injusticias actuales, y cómo pueden pensarse mecanismos e instituciones que eviten
cristalizarlas permanentemente y las conviertan en una alteridad total y absoluta.
Debemos, como educadores y como ciudadanos, asumir responsabilidades por las
injusticias que se provocarán, de sopesar posibilidades y de tener en cuenta sus
efectos. Se me ocurre que una manera de hacerlo es repensar a nuestras sociedades
en términos más abiertos y móviles, con una vida democrática basada en la
LA
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