Enfrentamiento entre naturaleza
y cultura en el ensayo latinoamericano
Confrontation between nature and culture
in the Latin American essay
Zulma Sacca
Centro Polivalente de Arte, Salta
DOI: [Link]
Fecha de recepción: 24 de abril de 2015
Fecha de aprobación: 25 de mayo de 2015
Kipus, n.º 38 (julio-diciembre de 2015), 43-53. ISSN: 1390-0102
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RESUMEN
Existen pocos estudios sobre el ensayo como género o sobre el ensayo como género en
América Latina. Las preguntas debieran girar alrededor de cómo pensar formalmente este
pensamiento. Una propuesta para la reflexión y para encontrar un principio de definición y
sistematización podría hallarse en el enfrentamiento entre la naturaleza y la cultura. Como
instrumento de análisis, ese principio es demasiado general y no tiene un desenlace donde
se resuelva el conflicto. Tampoco sería un modo reflexivo muy rentable en América Latina,
donde justamente ese conflicto se supera y el pensamiento parte de una fusión única y ex-
clusiva de la naturaleza con la cultura. A pesar de ello, puede ser un modo de análisis válido
en tanto contemple como fundamento la confluencia de los discursos decimonónicos con la
producción del siglo XX. En la producción ensayística de América Latina ha sido primordial
su necesidad de traducirse en hechos históricos, de convertirse en la dirección de la historia.
Aunque existieran diferencias de grado y hasta distinciones muy drásticas en los modos que
concibieron esa traducción, todos sus ensayistas partieron de una premisa fundamental: to-
mar el objeto de reflexión en sus condiciones propias y derivar de ellas los principios para su
inserción en la historia.
Palabras clave: Nación, ensayo latinoamericano, disyuntivas, referente, historia.
ABSTRACT
There are very few texts about the essay as a genre or about the essay as a genre in Latin
America. All the questions should be focused on how to think formally about this line of thou-
ght. A proposal for reflection, and for finding a definition and systematization may be found in
the confrontation between nature and culture. As an instrument of analysis, this principle is too
general and does not have an ending where the conflict can be solved. It wouldn’t be a very
profitable reflective method in Latin America either, where this very conflict is surmounted and
thought starts from a unique and exclusive blend of Nature and culture. Despite this, it might
be an effective method of analysis as long as it considers the merging of the nineteenth-cen-
tury discourses with the production of the twentieth century as its foundation. Latin American
essay production has at its core its need to translate itself in historical events, to become the
direction of history. Although there were differences in the degree and even drastic distinctions
in the way that translation was conceived, all the essay writers started from a fundamental
premise: to take the object of reflection in its own conditions and draw from them the principles
to insert them in history.
Keywords: Nation, Latin American essay, disjunctives, references, history.
El resplandor de ideas felices y de causalidades radicalmente nuevas,
de prosodias libres y de recorridos necesariamente más vitales que memorables
en textos de Ezequiel Martínez Estrada, Fernando Ortiz, Martín Adán y José
Lezama Lima sería incomprensible y tal vez invisible sin la presencia primera,
sin la firmeza de inocencia y pasión de los textos de Simón Rodríguez, de
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Domingo Faustino Sarmiento, de Juan Nepomuceno Adorno, de Francisco
Bilbao y de José Martí.
Más aun, en algunos aspectos, los grandes escritores del siglo XIX su-
peran en complejidad y originalidad a los más recientes. Allí encontramos la
audacia tipográfica y la alegría del argumento dialéctico acompañando a la
aventura desmesurada no solo de una nueva idea de educación e instrucción
sino de una nueva idea de vida y pensamiento social. También la maestría ar-
gumentativa, el sentido de la forma ideológica, los recursos estilísticos, todos
conjugados en una discusión contra Alberdi, que Sarmiento derrochó en Las
ciento y una. Martí derramó en muchos de sus ensayos la riqueza de matices
léxicos, la sinuosidad de la sintaxis y un espectro infinito de sutilezas ideoló-
gicas y vitales.
En Rodríguez, Sarmiento, Adorno, Bilbao, Martí, el pensamiento y
el lenguaje se sostienen y se recrean mutuamente. Rodríguez incluyó a su
interlocutor dentro del cuerpo del discurso, y de esa manera su pensamiento
se construyó y se expandió con su propia energía y con todas las refutaciones
posibles. Con él se regresaba al origen del género, en el cual se podía ver cómo
nacen las ideas, cómo van adquiriendo forma, cómo van también muriendo,
cómo se van entregando a la lectura azarosa del otro.
De distintas maneras, pero en un acuerdo profundo, estos ensayistas
encontraron su fuerza inaprensible ignorando la moral como fundamento,
asumiendo los valores como productos de la voluntad y el pensamiento, y
viviendo los conceptos potencializados y liberados del maniqueísmo. Más allá
de la subjetividad (romántica) y de la relatividad (positivista), el concepto se
define por su capacidad de conducir la potencia infinita de la vida, es decir, por
su capacidad de agotar su propia virtualidad. La disyuntiva entre lo bueno y
lo malo, o entre lo “dulce” y lo “útil”, es la cara débil del concepto. Su verda-
dera fuerza está en situar a los objetos de este mundo en la confluencia de su
fragilidad dolorosa y de la alegría de tener sentido y ser únicos. Ese es el punto
exacto de su naturaleza problemática.
Otro punto de confluencia de estos discursos decimonónicos era su
necesidad de traducirse en hechos históricos, de convertirse en la dirección de
la historia. Aunque sí existieran diferencias de grado y hasta distinciones muy
drásticas en los modos que concibieron esa traducción, todos ellos partieron
de una premisa fundamental: tomar el objeto de reflexión en sus condiciones
propias y derivar de ellas los principios para su inserción en la historia. Para
Simón Rodríguez, el objeto era la conformación social propia, exclusiva, de los
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nuevos países americanos; para Bilbao, la constitución de una auténtica convi-
vencia republicana en América Latina; para Sarmiento, la condición geográfica
de la Argentina con su extensión deshabitada y con la posición de Buenos
Aires en el punto clave de unión de los ríos y el océano; para Adorno, la com-
prensión de una nueva sociabilidad en la geometría perfecta del universo (si el
universo providencial es perfecto ¿por qué no lo es la sociedad?); para Martí,
el desarrollo completo, agotador, de la capacidad propiamente humana en los
individuos y propiamente histórica en las naciones.
La identidad moderna del ensayo y, asimismo, de la novela se define
por su rebeldía ante cualquier intento de generalización. En el ensayo se pro-
dujo un desgarramiento parecido al de la novela entre la ambición totalizadora
–fundada en el desarrollo intenso de la autoconciencia– y la resignación trágica
de que todo ejercicio del pensamiento no podía aspirar a otra cosa que ser un
fragmento más de una totalidad inalcanzable y tal vez inexistente. El eclecticis-
mo jesuita parece haber sido el punto de partida de muchos de los pensadores
latinoamericanos del siglo XIX, un punto que fue superado por algunos de
ellos: Rodríguez, Adorno y Martí.
El caso de Adorno puede servir de ejemplo, aunque solo sea por el
hecho de ser el más desconocido de todos ellos: sus obras son ignoradas y no
existe ninguna reedición moderna de ninguna de ellas. Con estas considera-
ciones, tal vez se pueda precisar la identidad de ese elemento intensivo que
produjo la fuerza de los ensayos de Rodríguez, Bilbao, Sarmiento y Martí en
el siglo XIX.
Si pocos manifiestos vanguardistas se pueden considerar como ensayos
imprescindibles, muy pocos también se pueden olvidar en la consideración de
los elementos que cohesionarían el ensayo del siglo XX en América Latina.
No obstante, hay algunos que destacan por sus postulados decisivos: para co-
menzar, los de Huidobro, y después de él los de Borges, los de Vallejo, uno
de Xavier Abril…
Las ideas poéticas de Huidobro en “El creacionismo” y “Manifiesto
de manifiestos” son reformulaciones bastante explícitas de propuestas román-
ticas: el mecanismo de la experiencia sublime está sacado directamente del
discurso kantiano. No solo eso, Huidobro no se esconde para recuperar el
entusiasmo como la experiencia de privilegio poético.
En “Manifiesto de manifiestos”, Huidobro tenía que salir de ese ca-
llejón sin salida adonde lo llevaba la fusión de la lejanía con el secreto de las
correspondencias. Entonces recurrió al postulado de Schelling de concebir la
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naturaleza no como una presencia de exteriorizaciones, sino como un poder
exteriorizador y a la que le dio su expresión final en “La creación pura” y su
nombre definitivo en un ensayo epónimo: creacionismo. Y es en este, justa-
mente, donde explica varios procedimientos de su “estética”: 1. Humanizar
las cosas, 2. precisar lo vago, 3. abstraer lo concreto y concretizar lo abstracto,
y 4. desplazar lo poético en sí para poderlo crear.
Desde uno de los primeros manifiestos que publicó, Borges ya des-
tacaba una idea que lo acompañó toda la vida: “Hoy triunfa la concepción
dinámica del cosmos que proclamara Spencer y miramos la vida, no ya como
algo terminado, sino como un proteico devenir”.1 Poco después, en la revista
Ultra de Madrid, en 1921, expuso una consecuencia de esta idea en los tér-
minos que fueron definitivos. La pesadilla de Borges es la posibilidad de un
acontecer infinito con un contenido infinito de objetos o con la repetición in-
finita del mismo objeto: la estructura de Las mil y una noches. Pero la paradoja
o el alivio o quizás el dolor aún más agudo es que ese vértigo está compuesto
de hechos puros o, para decirlo en sus términos, de emociones sin origen ni
consecuencia.
Borges mejor que nadie sabía que este era su límite, el que él mismo
había escogido, al menos. Borges sabía también que no tenía solución y que
era la forma de su destino. En su experiencia instantánea de la emoción pura
nunca quiso otorgarle la posibilidad de injertarse en la historia. Sospechaba de
esta como si fuera un origen disfrazado y engañoso. Así, después de Ficciones,
El Aleph y Nuevas inquisiciones, donde están sus momentos de plenitud, su
obra perdió con mayor constancia el equilibrio.
Quizás le faltó lo que a José Carlos Mariátegui le sobró: la fe en un
hecho o en una idea o en un mito. En 1925, José Carlos Mariátegui, uno
de los más lúcidos pensadores latinoamericanos, nombró dos de ellos, los dos
definitivos en este siglo: el fascismo como el mito del regreso al Medievo, y el
bolchevismo como el mito de la utopía.
El gran misterio de un pensador como Mariátegui implica creer que nun-
ca quiso ser profético, porque la fuerza de su pensamiento estaba en su antidog-
matismo. La crítica de Mariátegui no es de contenido, no opone una verdad a
otra verdad, opone una práctica de plenitud a una perspectiva donde todo se ve
reducido, deformado, donde dominan “los pequeños ideales”. Para Mariátegui
lo único despreciable es la perspectiva que ve la vida y las ideas por el lado débil,
1. Jorge Luis Borges, Obras completas (Buenos Aires: Emecé, 1983), 349.
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que le quita su fuerza a los valores para volverlos comunes y dogmáticos, vulgar-
mente idealistas.
En la mayor parte de su obra recorre con lucidez la situación del Perú y
el movimiento singular de su historia. El suyo no es propiamente un discurso
historiográfico; más bien, es la invención de una filosofía de la historia que
no es filosofía porque no tiene ninguna aplicación general, ni es historia por-
que no es la descripción y tampoco es la interpretación de algo que sucedió.
Defendió hasta el final la posición de la singularidad de cada caso nacional y,
en el suyo, del Perú. Al confrontar el desarrollo de su país con lo que sería la
regla del desenvolvimiento histórico, él terminó concluyendo que, si se habían
dado las condiciones formales, no se habían logrado las transformaciones pro-
fundas de la sociedad. La crítica más dura a la oligarquía peruana no es tanto
la explotación del indio como la incapacidad demostrada por ese grupo social
de asumir su rol histórico. Ni siquiera en la época del auge del guano, la oli-
garquía tomó su responsabilidad como clase, como burguesía. Mariátegui sacó
conclusiones de lo que no sucedió, así como propuso un mito de lo que ya no
existía, pues constataba la debilidad casi mortal de las comunidades indígenas.
Es lógico que fuera en este espacio (y también en la revista Mundial)
donde se publicaron las reflexiones que compondrían su libro más famoso: Siete
ensayos de interpretación de la realidad peruana. La aparición periódica de estas
reflexiones señala que Mariátegui no las concibió como una obra integral, y de
hecho él mismo lo dice en la advertencia: “no es este, pues, un libro orgánico”.2
Los ensayos tienen formas y gestos estilísticos diferentes, no obstante, a todos los
une la lucidez de su pensamiento.
Los tres grandes peruanos del siglo XX, Vallejo, Mariátegui y Adán, fue-
ron lectores fieles, lúcidos y profundos de Nietzsche; y la fuerza de esas tres
cualidades de su lectura residió en el hecho de que siguieron al pie de la letra y
de la vida el espíritu antidogmático de este, quien de tantas maneras dijo que no
quería seguidores ni imitadores.
Por eso, ninguno de estos peruanos citó con frecuencia a Nietzsche, ni le
dedicó párrafos elogiosos; pero sí lo incorporó a su vida, a su modo de pensar, y,
sobre todo, hizo del antidogmatismo, de la vida más allá del bien y del mal, una
de las pruebas más altas de la autenticidad. Ninguno de ellos necesitaba críticos,
2. José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (México
D. F.: Era, 2005), 214.
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se bastaban a sí mismos. El cuerpo de su obra forma la expresión original más
acabada de la creatividad latinoamericana del siglo XX.
En el pensamiento de Mariátegui, el mestizaje tiene varias dimensiones
según el contexto social en que se encuentra. Uno es el de la sociedad feudal;
otro, más dinámico, el de la incipiente sociedad industrial y, otro, en el contexto
de la identidad real del Perú, conserva la esencia de sus componentes y se man-
tiene como un proceso sin la finalidad de una fusión, y sí con la calidad de una
perpetua diferenciación y contigüidad.
El gran libro argentino que se publicó apenas tres años después de la
muerte de Mariátegui, Radiografía de la pampa de Ezequiel Martínez Es-
trada, es uno de los ensayos más orgánicos del siglo XX, y pudo serlo porque
tuvo como referente los grandes tratados totalizadores de Sarmiento: Facun-
do. Civilización y barbarie, Argirópolis y Conflicto y armonías de las razas en
América.
El agotamiento del discurso positivista de intenciones racistas dio paso
a través de la vanguardia a la autorreflexión de la nacionalidad: en 1931, El
hombre que está solo y espera de Raúl Scalabrini Ortiz; en 1933, Radiografía de
la pampa de Ezequiel Martínez Estrada; en 1936, Tiempo lacerado de Carlos
Alberto Erro; en 1937, Historia de una pasión argentina de Eduardo Mallea;
en 1938, De lo barroco en el Perú de Martín Adán; en 1940, Contrapunteo
cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz; en 1950, El laberinto de la so-
ledad de Octavio Paz; en 1957, La expresión americana de José Lezama Lima.
Todas estas obras intentan responder en sus espacios nacionales y en el
americano lo que se había ya manifestado con Mariátegui: ¿cómo definir a tra-
vés de la historia y la naturaleza la identidad nacional? ¿Cómo asir la conciencia
de pertenecer a una nación latinoamericana?
Mariátegui se preguntó sobre la ausencia de la peruanidad y del mismo
Perú; Martínez Estrada en Radiografía de la pampa, por una Argentina cons-
truida sobre un error definitivo que produjo un país de espejismos. Lo que
este no encontró en el espacio, Mallea lo buscó en el tiempo y chocó con otra
dualidad: la Argentina visible y la invisible, de las cuales la más real resultaba
ser productora y producto de pura representación. Si Martínez Estrada partía,
para desarmarla, de la dualidad civilización y barbarie de Sarmiento, Mallea
retomaba las de Alberdi, ciudad y campo.
Luego Octavio Paz, con un objeto bien definido al principio de El
laberinto de la soledad, pierde él mismo ese objeto y elabora un libro que con-
siste en ocultar esa pérdida hablando de lo que no quería hablar: “No toda la
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población que habita nuestro país es objeto de mis reflexiones, sino un grupo
concreto, constituido por esos que, por razones diversas, tienen conciencia
de ser mexicanos. Contra lo que se cree, este grupo es bastante reducido”. Y
unas cuantas líneas más adelante, él mismo se condena a una perpetua con-
tradicción: “La minoría de mexicanos que poseen conciencia de sí mismos no
constituye una clase inmóvil o cerrada. No solamente es la única activa sino
que cada día modela más el país a su imagen”.3
La fortuna de este libro consiste en haber sido por décadas la referencia
ineludible de cualquier académico. Lo contradictorio es que El laberinto de la
soledad describe paradigmática e históricamente a un México compuesto por
mexicanos que no saben que son mexicanos.
Radiografía de la pampa es un aparato de interpretación en diálogo
sin jerarquías ni privilegios temporales con el Facundo: más que secuencia
de argumentos, cada capítulo es propiamente una extensión donde conviven,
en una fluidez azarosa, las inagotables invenciones simbólicas de Martínez
Estrada. En contra de la doctrina romántica de la unicidad del símbolo, este
cuerpo ensayístico cree en la pluralidad simbólica y en la naturaleza azarosa de
la imaginación. Mejor dicho, más que imaginación, Martínez Estrada pone en
funcionamiento una extensa actividad de asociaciones. El descubrimiento fue
que Facundo no es un texto fundacional, porque nunca existió la nación que
quería fundar, sino un gozne discursivo que permite el movimiento –que se
volvió perpetuo– entre el error heredado y el deseo de un espejismo.
Es cierto que quizás el rasgo más distintivo del desenvolvimiento de
la historia del pensamiento argentino sea el constante retorno al dilema plan-
teado por Sarmiento: civilización o barbarie. Tal vez sea aún más complejo,
como ya lo demuestran varios textos decisivos de la generación del 80: ¿cuál es
el punto al que se puede volver para empezar: la alternativa de Sarmiento, el
régimen contradictorio de Rosas o la paradójica figura de Rosas en el Facundo
donde el dictador es repudiado por bárbaro y reconocido por su labor unitaria
al convertir por la fuerza de la tiranía a Buenos Aires en el centro de la nación?
Y si se agrega a esta trilogía de preguntas, las propuestas de Echeverría en “El
matadero” y las de Alberdi en las Bases y puntos de partida para la organiza-
ción de la República Argentina y, en muchos otros textos, la complejidad de
los dilemas y las reflexiones se ponen dignamente a la altura de la complejidad
de la historia misma.
3. Octavio Paz, Obra completa (México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1998), 855.
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Los libros de Martínez Estrada, Scalabrini Ortiz, Erro y Mallea forman
parte de esa trama entreverada, donde se confunden el envés y el revés, donde
ficción y realidad no tienen lugares seguros de enunciación, donde fundación
y consecución no están necesariamente en una secuencia natural.
Este libro es la primera perfección de una serie de ensayos en los cuales
la originalidad de la escritura es consustancial con la audacia de la interpreta-
ción. Martín Adán, Fernando Ortiz, Octavio Paz, José Lezama Lima, todos
ellos crean una nueva manera de leer la literatura peruana, Cuba, México,
toda la América que no se puede separar ni entender sin una nueva manera de
escribir cada uno de esos objetos. Nuestra cultura, nuestra identidad (o falta
de identidad), nuestra pertenencia, se vuelven escritura y sin prioridades ni
causales lógicas se vuelven mundos simbólicos inéditos.
Si De lo barroco en el Perú y La expresión americana son obras ejempla-
res de la prosa barroca, Radiografía de la pampa, El laberinto de la soledad y
El arco y la lira lo son, sin duda, de la prosa clásica.
Pero la distinción o dualidad de estilos es falsa. Hay un clasismo en
nuestro barroco, por lo menos en aquel que lo identifica con la figura de Gón-
gora. Y sin la restauración de Góngora en 1927 no se puede entender muchos
de los grandes poemas ni muchos de los indispensables ensayos de nuestro si-
glo XX. Sin la recuperación de Góngora en el siglo XX, no se hubieran escrito
Muerte sin fin, Canto a un dios mineral, Tratados de un bien difícil, Muerte de
Narciso, Enemigo rumor; ni tampoco De lo barroco en el Perú y La expresión
americana.
Los grandes personajes de Lezama Lima en su ensayo son aquellos que,
rigurosamente conscientes de su posición excéntrica en el devenir histórico,
saben crear nuevas causalidades para colocarse en el centro de su propia his-
toria. Todo enfrentamiento es un paisaje que no es necesariamente la imagen
“natural”, pues el calabozo de Miranda o la prisión de Atahualpa son paisajes,
tanto o más que el Chimborazo en los ojos de Bolívar.
La expresión americana es un libro doblemente difícil y estimulante:
por los personajes y los momentos que rompen la fijeza de la historia con
nuevas series causales, y por el discurso interpretativo que introduce una nueva
causalidad en el ámbito del lenguaje. Hay imagos de imagos, y esas le pertene-
cen a Lezama. En ese despliegue de doble creación de causalidades está el ofre-
cimiento propiamente moral de este libro: no enseña nada, no impone nada,
pero nos enfrenta a nuestras capacidades de actores históricos y de lectores.
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Este ofrecimiento de la creación permanente, ejemplificada por el mis-
mo texto, es el don singular del pensamiento de Lezama. Y no termina allí su
potencialidad: su imago cristaliza cuando atraviesa todos los caminos recorri-
dos por las otras reflexiones sobre la identidad de nuestra América y cuando
en un movimiento retrospectivo descubre el hilo secreto que une al tiempo
propio.
Con él, en efecto, podemos mirar hacia atrás y crear con todos los
textos un nuevo paisaje. Ese paisaje se esboza señalando puntos dispersos de
su figura: Sarmiento como centro de resonancia del Sarmiento como centro
de resonancia del pensamiento argentino y de las disyuntivas latinoamericanas;
Adorno y la armonía del universo formando una enorme pantalla desde donde
Paz puede mirar el espejismo de una tradición de la ruptura y mirarse en el
espejo de su nostálgico romanticismo anacrónico; Martínez Estrada recogien-
do la disyuntiva de Sarmiento y aplicándola a la situación inmediata del golpe
de Estado contra Yrigoyen; Simón Rodríguez iluminando con sus velas de
cebo las futuras palabras de Martí; el perspectivismo de Bilbao que pone con
claridad los límites que tendrá en todos los demás pensadores; la negación del
mecanicismo positivista y la asunción de nuestra naturaleza barroca.
El ensayo puede tener un texto ejemplar como objeto de reflexión,
pero nunca se limitará a creerse una traducción, ni se dejará seducir por la
misión de enseñar; todo lo contrario, el ensayo es una interpretación que al
enfrentarse con otro discurso al mismo tiempo le regresa su valor y descubre
su fragilidad. Solo dos grandes ensayistas parecen estar sumergidos en la fe-
licidad de la forma histórica lograda en América: Fernando Ortiz y Lezama
Lima. Ambos se distinguen por su intuición de que debemos asumir las con-
secuencias de concebir un proceso permanente de identidad y de invención de
formas, por insoportable que sea lo difícil y lo estimulante. c
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