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Cubierta: José M.ª Cerezo
Ilustración de cubierta: Pere Sala. Observatorio del Paisaje de Cataluña
© Los autores, 2007
© Editorial Biblioteca Nueva, S. L., Madrid, 2007
Almagro, 38
28010 Madrid
www.bibliotecanueva.es
[email protected] ISBN: 978-84-9742-624-4
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introducción
el paisaje como constructo social
Joan Nogué
El libro que tienen ustedes en sus manos reúne las contribu-
ciones más significativas de las dos últimas ediciones del
Seminario Internacional sobre Paisaje del Consorcio Univer-
sidad Internacional Menéndez Pelayo de Barcelona-Centro
Ernest Lluch, celebradas en Olot (Girona) en el otoño de 2004
y de 2005. Este seminario se caracterizó desde el principio
por encarar la temática del paisaje desde una perspectiva inter-
disciplinaria, abierta e innovadora. Se trataba de un foro anual
de debate metodológico y de pensamiento crítico alrededor
del paisaje en el que intelectuales, investigadores y profesio-
nales de prestigio de varios países exponían sus últimas ideas
y aportaciones al respecto, en un entorno que favorecía la
discusión y el debate. Entre los dos últimos seminarios cele-
brados existían varios hilos conductores, varios puntos en
común. Uno de ellos —quizá el más apropiado para esta colec-
ción— era el que hacía referencia al paisaje entendido como
una construcción social, y de ahí el tema y el título escogi-
dos para la presente publicación.
En efecto, el paisaje puede interpretarse como un produc-
to social, como el resultado de una transformación colectiva
de la naturaleza y como la proyección cultural de una socie-
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la construcción social del paisaje
dad en un espacio determinado. Las sociedades humanas han
transformado a lo largo de la historia los originales paisajes
naturales en paisajes culturales, caracterizados no sólo por una
determinada materialidad (formas de construcción, tipos de cul-
tivos), sino también por los valores y sentimientos plasmados
en el mismo. En este sentido, los paisajes están llenos de luga-
res que encarnan la experiencia y las aspiraciones de los seres
humanos. Estos lugares se transforman en centros de signifi-
cados y en símbolos que expresan pensamientos, ideas y emo-
ciones de muy diversos tipos. El paisaje, por tanto, no sólo nos
muestra cómo es el mundo, sino que es también una construc-
ción, una composición de este mundo, una forma de verlo.
Entendiendo, pues, el paisaje como una mirada, como una
‘manera de ver’ y de interpretar, es fácil asumir que las mira-
das acostumbran a no ser gratuitas, sino que son construi-
das y responden a una ideología que busca transmitir una deter-
minada forma de apropiación del espacio. Las miradas sobre
el paisaje —y el mismo paisaje— reflejan una determinada
forma de organizar y experimentar el orden visual de los obje-
tos geográficos en el territorio. Así, el paisaje contribuye a
naturalizar y normalizar las relaciones sociales y el orden terri-
torial establecido. Al crear y recrear los paisajes a través de
signos con mensajes ideológicos se forman imágenes y patro-
nes de significados que permiten ejercer el control sobre el
comportamiento, dado que las personas asumen estos pai-
sajes ‘manufacturados’ de manera natural y lógica, pasando
a incorporarlos a su imaginario y a consumirlos, defender-
los y legitimarlos. En efecto, el paisaje es también un reflejo
del poder y una herramienta para establecer, manipular y legi-
timar las relaciones sociales y de poder. De ahí que sea tan
importante analizar los símbolos que la nación, el estado o
la religión dejan impresos en el paisaje para marcar su exis-
tencia y sus límites. Interesa también averiguar los criterios
por los que un paisaje es calificado, por ejemplo, de exótico,
o aquellos paisajes que se convierten en un espectáculo y, por
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introducción
lo tanto, son utilizados por el marketing urbano recreando
la diferencia o la similitud y reinterpretando el pasado. La
teatralidad del paisaje adopta caracteres épicos en los ambien-
tes rurales, a menudo identificados como símbolo de los orí-
genes y la pureza de la identidad nacional, a pesar de que en
la actualidad estén marginados política y económicamente.
Existen, en definitiva, formas de mirar el paisaje múltiples,
simultáneas, diferentes y, algunas veces, hasta en competen-
cia. Los paisajes se construyen socialmente en el marco de
un juego complejo y cambiante de relaciones de poder, esto
es de género, de clase, de etnia... de poder en el sentido más
amplio de la palabra. La ‘mirada’ del paisaje es extraordina-
riamente compleja y en ella interactúan muchas identidades
sociales diversas, y no sólo eso, sino que también influyen fac-
tores tales como la estética dominante en un momento y
lugar determinados. En efecto, a menudo sólo vemos los pai-
sajes que ‘deseamos’ ver, es decir, aquellos que no cuestionan
nuestra idea de paisaje, construida socialmente. Dicho de otra
manera: buscamos en el paisaje aquellos modelos estéticos
que tenemos en nuestra mente, o que más se aproximan a
ellos, como se pondrá de manifiesto en otro libro de esta misma
colección que aparecerá dentro de unos meses bajo el título
El paisaje en la cultura contemporánea.
Esta última reflexión nos acerca a un campo muy poco
explorado hasta el presente, complejo sin duda, pero, a su
vez, muy evocador y sugerente: los paisajes incógnitos e invi-
sibles o, mejor dicho, no visibles para algunas miradas, tema
central de varios de los capítulos del presente volumen. Nos
referimos a aquellos paisajes que, por diversas circunstancias,
pasan desapercibidos y no son considerados habitualmente;
paisajes invisibles que, sin duda, son objeto de una construc-
ción social y que, por lo mismo, para unos sí son visibles, por-
que no olvidemos que la invisibilidad no es independiente de
la mirada. Son, entre otros, los paisajes fugaces y efímeros
de las metrópolis contemporáneas, los paisajes del miedo cons-
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la construcción social del paisaje
truidos socialmente, los paisajes de la ciudad oculta, los pai-
sajes del cuerpo o, también, los paisajes de la nostalgia y del
recuerdo, tan presentes en las diásporas y en las migraciones
forzosas.
En efecto, aunque no seamos conscientes de ello, aunque
no los veamos ni los miremos, lo cierto es que nos movemos
a diario entre paisajes incógnitos y territorios ocultos, entre
geografías invisibles sólo en apariencia. Las geografías de la
invisibilidad —aquellas geografías que están sin estar— mar-
can nuestras coordenadas espacio-temporales, nuestros espa-
cios existenciales, tanto o más que las geografías cartesianas,
visibles y cartografiadas propias de las lógicas territoriales hege-
mónicas. Y, sin embargo, ahí están, en nuestros sueños y qui-
meras y también en el tozudo escenario de nuestra cotidia-
nidad. Son las ‘otras’ geografías: las que contienen los ‘otros’
paisajes.
Hoy, cuando parecía que la Tierra había sido finalmente
explorada y cartografiada en su totalidad y hasta el más
mínimo detalle, reaparecen nuevas ‘tierras incógnitas’, que
poco o nada tienen que ver con aquellas terrae incognitae de
los mapas medievales o con esos espacios en blanco en el mapa
de África que tanto despertaron la imaginación y el interés de
las sociedades geográficas decimonónicas, o de los protago-
nistas de muchas novelas de la época, como Marlow, el pro-
tagonista principal de El corazón de las tinieblas (1898-
1899), de Joseph Conrad.
En nuestros días, ante los ojos —o, mejor dicho, ante las
lentes— de los más sofisticados sistemas de teledetección y
de información geográfica, están apareciendo de nuevo espa-
cios en blanco en nuestros mapas, con unos límites impreci-
sos y cambiantes, difusos, difíciles de percibir y aún más de
cartografiar. La geopolítica contemporánea se caracteriza
por una caótica coexistencia de espacios absolutamente con-
trolados y de territorios planificados con precisión milimé-
trica, al lado de nuevas tierras incógnitas que funcionan con
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introducción
otra lógica. Nuevos agentes sociales han forjado opacas redes
espaciales y creado nuevos territorios no siempre de fácil acce-
so, a menudo misteriosos, y un tanto sombríos. Son territo-
rios —y, en ellos, sus habitantes— desconectados y margi-
nados de un sistema cada vez más segmentado en estratos
espaciales absolutamente distanciados unos de otros. Los
mapas se han llenado de nuevo de tierras desconocidas, de
regiones que se alejan, que se apartan, que se ‘descartogra-
fían’ y se vuelven opacas, invisibles, como las pequeñas islas
que se tragó el mar por efectos del tsunami que azotó las cos-
tas de Indonesia hace un par de años. Los desastres natura-
les, por cierto, con una especial incidencia en las zonas más
pobres del planeta, contribuyen tanto como las guerras a la
generación de lo que alguien ha calificado ya de ‘paisajes de
la desolación’, con un tremendo —pero fugaz— impacto
mediático. Paisajes desolados que dejan sin embargo sus tra-
zados a menudo poco visibles —pero latentes— en el terri-
torio, de la misma forma que los han dejado históricamente
las ruinas, una curiosa mezcla de naturaleza y cultura que nos
recuerda la volatilidad del tiempo y la brevedad de la vida.
La estética de las ruinas es en muchos sentidos una estética
de los paisajes de la invisibilidad: están ahí sin estar; no son
lo que fueron, pero permanecen.
Los grandes espacios urbanos y metropolitanos contem-
poráneos están plagados de zonas inseguras, indeseables,
desagradables, fácilmente sorteables y escamoteables a la
mirada. Son los territorios de la ciudad oculta, que sólo
entrarán en escena cuando, por diversas circunstancias, el espa-
cio que ocupan se convierta en apetecible, bien por procesos
de aburguesamiento (gentrification), bien por otras vías. Ver-
tederos de todo tipo y obsoletos paisajes industriales sin
valor histórico y monumental alguno entrarían también en
esta categoría.
Más allá de estos territorios ocultos, casi con premedita-
ción, emergen en la ciudad contemporánea otro tipo de geo-
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grafías y de paisajes invisibles, basadas en redes espaciales
extraordinariamente dinámicas y variadas que pocas veces
tenemos en cuenta. Ahí están, por ejemplo, las geografías de
los ‘pizzeros’ y de sus recorridos urbanos; las geografías de la
noche (las del lumpen, las de las actividades ilegales que pre-
cisan de la nocturnidad); las geografías de la sexualidad y sus
correspondientes cartografías del deseo (los espacios homo-
sexuales, los puntos de prostitución en zonas públicas, los
encuentros sexuales furtivos en lugares no definidos); las
geografías de los mendigos y vagabundos, de los músicos calle-
jeros, de las ventas y de los mercados ambulantes no autori-
zados; las geografías de las tribus urbanas, que a menudo deli-
mitan sus territorios a través de tags y graffiti; en definitiva,
un sinfín de redes espaciales que configuran ‘otras’ geogra-
fías, a veces incluso con un cierto carácter disidente y alter-
nativo y casi siempre heterodoxas, desconocidas y vistas con
recelo, por su carácter transgresor, nómada, de muy difícil
localización y delimitación geográficas y, por lo mismo, fuera
de control. El saber geográfico ha proporcionado siempre al
poder una información espacial de carácter duradero, carte-
siano, que le ha permetido controlar y gestionar el territorio
con probada eficacia. Pero este mismo saber geográfico
demuestra tener serias dificultades para describir y analizar
lo nómada, lo efímero, lo fugaz... y el poder otras tantas para
controlarlo y gestionarlo.
Los científicos sociales se han abierto a los procesos de exclu-
sión social analizando las pautas que llevan a la sociedad a
excluir o a oprimir —social y espacialmente— a los que, por
impedimentos de todo tipo, se consideran o son considera-
dos marginados. La definición más habitual de exclusión
social habla del resultado de procesos y/o factores que impi-
den el acceso de individuos o colectivos a la participación en
la sociedad civil. El énfasis actual va más allá de los indica-
dores convencionales de pobreza (esencialmente económicos)
e incorpora aspectos tales como el acceso a la justicia, al mer-
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cado laboral o a los procesos políticos, incidiendo siempre en
el aislamiento social y espacial de estos individuos en relación
con los cánones establecidos. Todos los individuos y grupos
que no tienen cabida en la supuesta ortodoxia socioespacial
no tienen más remedio que labrarse sus propias geografías de
exclusión. Un ejemplo bien conocido y estudiado es el de los
espacios de la comunidad gay: las zonas de contacto gay en
espacios públicos se toleran mientras sean ‘invisibles’ (es decir,
no molestas) y no incidan directamente en las pautas locales
de uso tradicional. Ahora bien, cuando se transforman en una
práctica abierta y establecida y por lo tanto suficientemente
visible como para ser identificada como un estorbo público,
estos espacios y sus usuarios sufren la crítica vecinal y el
acoso policial, condenando la identidad homosexual al ais-
lamiento y a la clandestinidad. Sin embargo, no sucede así cuan-
do la comunidad gay participa directamente en la promoción
económica y cultural de la zona, garantizando el funciona-
miento de restaurantes, cines y hoteles. La cultura gay puede
entonces declararse abiertamente homosexual y será incluso
promovida oficialmente como parte del espectáculo multicul-
tural, precisamente porque representa un sector importante
de la ciudad global y de sus circuitos de inversión. He ahí un
ejemplo paradigmático de hasta qué punto la invisibilidad no
es independiente de la mirada, ni de los procesos de construc-
ción social, ni de las relaciones de poder, como indicaba al prin-
cipio.
¿Y qué hay de los paisajes sensoriales no visuales, de las
geografías inducidas por el gusto, el tacto y el olfato? Hemos
relacionado históricamente el paisaje geográfico con el sen-
tido de la vista, pero el olfato, el oído o el tacto pueden ser
mucho más potentes e inmediatos que el sentido de la vista
a la hora de vivir o imaginar un paisaje, y en especial sus ele-
mentos ocultos, como se verá a lo largo del libro. La prima-
cía de la visión en la cultura intelectual de Occidente se ori-
ginó en un momento y lugar precisos hasta convertirse en un
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la construcción social del paisaje
rasgo característico de la modernidad y del racionalismo
occidental e influir en una determinada forma de ver y de enten-
der el paisaje, aún hegemónica y muy alejada de la históri-
camente dominante en China y Japón, lo que nos remite de
nuevo al paisaje entendido como una construcción social.
Ahora bien, a pesar de la primacía casi absoluta del sen-
tido de la vista en Occidente en el proceso de aprehensión
del paisaje, en la tradición occidental siempre han existido
intentos —minoritarios, eso sí— de reequilibrar la balanza.
Corrientes filosóficas de amplia incidencia en ámbitos muy
diversos, como la fenomenología o la antroposofía, lo han
intentado una y otra vez. También desde el arte... y mucho
menos desde las disciplinas vinculadas al análisis y a la orde-
nación territorial. Pocos son los cartógrafos que hayan ni pen-
sado siquiera en la posibilidad de elaborar mapas de olores
o de sonidos que vayan más allá de los habitualmente utili-
zados para reflejar espacialmente la contaminación acústica
u odorífica y se acerquen, por el contrario, a los de aquel car-
tógrafo británico de finales del siglo xix, Francis Galton,
que soñaba con dibujar algún día un mapa de olores y de soni-
dos de cada lugar.
¿Y qué decir de los paisajes emocionales generados por
las diásporas, el exilio y la emigración, materializados en el
imaginario colectivo de estos grupos a través del recuerdo de
unos paisajes que nada tienen que ver con los que contem-
plan a diario en sus nuevos destinos? Los paisajes de la geo-
grafía construida por el inmigrante, que no sigue en su vida
cotidiana la lógica global que le ha forzado a migrar, sino que
escudriña cada rincón de la ciudad en una especie de micro-
geografía de la vida cotidiana, están ahí aún por describir.
La intensificación y heterogeneidad de las corrientes migra-
torias están generando una ingente construcción de materia-
lidades y representaciones paisajísticas, que reconfiguran
identidades a partir del inevitable contacto cultural con el
‘Otro’.
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introducción
Definitivamente, las geografías de la invisibilidad, las car-
tografías de la cotidianidad y sus correspondientes paisajes
ocultos están aún por describir, por interpretar. Y a ello
vamos a dedicar buena parte de las páginas que siguen, en
el marco de una ontología de lo visible ya anunciada en su
día por Maurice Merleau-Ponty, basada en el convencimien-
to de que lo no visible está completamente entrelazado con
lo visible, pero no como un simple hueco en la malla de lo
visible, sino como la base que lo sustenta. Se establece entre
ambos la misma relación que entre la luz y la oscuridad, que
entre el blanco y el negro (como decía Paul Valéry, accede-
mos a la secreta negrura de la leche a través de su blancura).
Una ontología reforzada por las aportaciones de la Gestalt
y de todas las teorías de la percepción, que inciden una y otra
vez en que la realidad está constituida, a la vez, por presen-
cias y ausencias, por elementos que se manifiestan y otros que
se esconden, pero que siguen estando ahí. En otras palabras,
la realidad no es sólo lo que se ve. Lo visible no puede iden-
tificarse con lo real, y viceversa. Hay que aprender a mirar
lo que no se ve, como aquellos historiadores del arte que son
capaces de intuir que debajo de una pintura visible hay otra
invisible, por lo general más interesante que la primera, como
ha sucedido recientemente con Edvard Munch y el descubri-
miento de su obra Joven y tres cabezas de hombre bajo una
de sus pinturas más famosas, La madre muerta, episodio que
se ha repetido una y otra vez en la historia de la pintura. ¿Cuál
es la clave para saber mirar lo que no se ve, para convertir-
se en una especie de zahorí del paisaje?
Nada mejor que el paisaje para aplicar una ontología de
lo visible, porque el paisaje es, a la vez, una realidad física y
la representación que culturalmente nos hacemos de ella; la
fisonomía externa y visible de una determinada porción de
la superficie terrestre y la percepción individual y social que
genera; un tangible geográfico y su interpretación intangible.
Es, a la vez, el significante y el significado, el continente y el
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contenido, la realidad y la ficción, como ya intuyó de mane-
ra magistral Italo Calvino en su libro Las ciudades invisibles.
Pero, además, el paisaje es hoy y ayer, presente y pasado,
y el ayer —el pasado— entra en la categoría de lo no visible
a simple vista; entra en la categoría de lo casi invisible, aun-
que siempre presente: son las herencias históricas, las conti-
nuidades, las permanencias, los estratos superpuestos de res-
tos de antiguos paisajes. El paisaje es un extraordinario
palimpsesto constituido por capas centenarias, a veces mile-
narias.
Dentro de este marco interpretativo que entiende el pai-
saje como un producto social, la ciudad —o mejor aún, los
paisajes urbanos—, a la que ya nos hemos referido en parte
más arriba, merece una atención especial y de ahí que le
hayamos dedicado buena parte del libro. Asistimos, en efec-
to, a la emergencia de nuevos espacios urbanos como resul-
tado de intensas dinámicas de metropolización y urbaniza-
ción difusa y dispersa, que comportan transformaciones
territoriales, ambientales y paisajísticas muy notables. La
ciudad ha ‘explotado’ y ello ha redundado en una excepcio-
nal difusión y dispersión en un extenso territorio de los asen-
tamientos de población, de las actividades económicas y de
los servicios.
Hasta ahora ha habido poco interés por analizar los pai-
sajes resultantes de estas formas de urbanización. Se han
estudiado los procesos que los originan, las dinámicas terri-
toriales que los generan, pero no sus paisajes, cuando es evi-
dente que detrás del urban sprawl descrito más arriba se escon-
de una nueva estética, una nueva concepción del espacio y
del tiempo, un nuevo paisaje, en definitiva, al que alguien se
ha atrevido ya a darle nombre: el paisaje de la dispersión, el
sprawlscape. No es fácil, sin embargo, ‘leer’ este nuevo pai-
saje, al menos con la facilidad con que aprendimos a leer desde
la semiología urbana, desde Kevin Lynch, el paisaje urbano
compacto. ¿Qué categorías, qué claves interpretativas nos per-
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introducción
mitirían leer hoy el paisaje de la dispersión, el sprawlscape?
No es fácil integrar en una lógica discursiva clara y compren-
sible los paisajes de frontera, híbridos, fracturados, rotos, en
forma de manchas de aceite que generan los nuevos entra-
mados urbanos; unos paisajes de difícil legibilidad y que a
veces parecen móviles, itinerantes, nómadas.
Y, sin embargo, son estos paisajes cotidianos, metropoli-
tanos-periurbanos-rururbanos, los que viven la mayoría de
la gente y los que hoy día deberían merecer, también, nues-
tra atención. Abundan en ellos los espacios vacíos, desocu-
pados, aparentemente libres; espacios que aparecen como tierras
de nadie, territorios sin rumbo y sin personalidad; espacios
indeterminados, de límites imprecisos, de usos inciertos,
expectantes, en ocasiones híbridos entre lo que han dejado
de ser y lo que no se sabe si serán. Son los terrains vagues,
extraños lugares que parecen condenados a un exilio desde
el que contemplan, impasibles, los dinámicos circuitos de pro-
ducción y consumo de los que han sido apartados y a los que
algunos —no todos— volverán algún día.
Así pues, el paisaje es un concepto fuertemente impreg-
nado de connotaciones culturales y puede ser interpretado
como un dinámico código de símbolos que nos habla de la cul-
tura de su pasado, de su presente y tal vez también de la de su
futuro. La legibilidad semiótica de un paisaje, esto es el grado
de descodificación de sus símbolos, puede tener mayor o
menor dificultad, pero está siempre unida a la cultura que los
produce. Si la cultura es concebida como un sistema de sig-
nificaciones vehiculadas por un conjunto de mediadores y de
representaciones, el paisaje juega un papel esencial en tanto
que contribuye a la objetivación y a la naturalización de la
misma: el paisaje no sólo refleja la cultura, sino que es parte
de su constitución. Y es por ello mismo —y sobre todo— un
producto social.
Trece son los autores y los capítulos que desarrollan de
una u otra forma lo expuesto hasta el momento y los trece
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se han agrupado en tres grandes bloques más un epílogo a
cargo de Eduardo Martínez de Pisón, geógrafo y humanista
de extensa cultura y exquisita sensibilidad. El primer bloque
hace referencia al papel del cuerpo en la construcción indi-
vidual y social de los paisajes. Olvidamos demasiado a menu-
do que el cuerpo, en su sentido más amplio, es el primer ele-
mento referencial en términos espacio-temporales del que
disponemos los seres humanos. Dos de las personas que más
han reflexionado sobre ello en nuestro país van a ocuparse
de esta cuestión: María Ángeles Durán, socióloga, y Josepa
Bru, geógrafa.
El segundo bloque eleva la escala de análisis y se sitúa a
otro nivel: el de la construcción social de los paisajes a tra-
vés del conflicto social y político. Larguísima sería la lista de
temas que tratar bajo este epígrafe, pero a la hora de escoger
entre ellos, nos ha parecido que tres de los más relevantes podrí-
an ser los referidos a los paisajes entendidos como sistemas
de reproducción social, a los paisajes recreados por los emi-
grantes y exiliados, y a los paisajes metafóricos inherentes a
todo proceso de construcción de la identidad nacional. El pri-
mer tema ha sido desarrollado por Don Mitchell, aventaja-
do discípulo de David Harvey; el segundo, por Carmen Pena,
excelente historiadora del arte; y el tercero, por Mireia Folch-
Serra, geógrafa de origen catalán que ha desarrollado su
vida académica en Canadá, donde es ampliamente conoci-
da. Y, además, hemos querido reunir a autores que se inspi-
raran en perspectivas metodológicas radicalmente distintas,
por no decir opuestas. Así, mientras Don Mitchell se sirve
para su análisis de una metodología claramente marxista,
Mireia Folch-Serra se refugia en el posmodernismo.
Como apuntábamos más arriba, dentro del marco inter-
pretativo que entiende el paisaje como un producto social, la
ciudad y, por extensión, los paisajes urbanos merecen una aten-
ción especial; de ahí que le hayamos dedicado todo el tercer
bloque, el más extenso de los tres. En un libro como éste no
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introducción
podíamos dejar de lado la ciudad compacta tradicional,
y mucho menos la ya citada emergencia de nuevos espacios
urbanos como resultado de intensas dinámicas de metropo-
lización y urbanización dispersa, creadora de nuevos paisa-
jes de difícil visibilidad, legibilidad y representación. A inter-
pretar y descifrar estos complejos paisajes, sin olvidar la
reinterpretación de los paisajes urbanos habituales, van a
dedicarse en las páginas que siguen Itzíar González Virós, arqui-
tecta de especial sensibilidad que reúne también la condición
de zahorí y, quizá por ello mismo, reconstruye los trazados
invisibles en los territorios latentes con increíble facilidad; Oriol
Nel.lo, uno de los geógrafos que han sabido compaginar con
más acierto la teoría y la praxis; Raquel Hemerly Tardin
Coelho, arquitecta brasileña que conoce a la perfección los
paisajes ocultos de las favelas; Alicia Lindón y Daniel Hier-
naux, dos de los más innovadores geógrafos mexicanos que
desarrollan en sus contribuciones, respectivamente, la cons-
trucción social de los paisajes invisibles y del miedo y la emer-
gencia de paisajes fugaces y geografías efímeras en la metró-
polis contemporánea; Xerardo Estévez, arquitecto y celebrado
alcalde de Santiago de Compostela durante muchos años,
por lo que sabe distinguir perfectamente los paisajes urbanos
con-texto y sin-texto; y, finalmente, Francesc Muñoz, autor
del conocido concepto de ‘urbanalización’, que aplica en su
contribución a lo que él denomina paisajes aterritoriales.
Son muchas las personas que han hecho posible la edición
de este libro y a ellas va dirigida toda mi gratitud. En primer
lugar, los autores, cuya predisposición para reelaborar sus
ponencias y adaptarlas al formato exigido fue desde un prin-
cipio absoluta. Mi agradecimiento se dirige en segundo lugar
a Editorial Biblioteca Nueva, sin cuya receptividad no sólo
este volumen, sino la colección «Paisaje y Teoría» en su con-
junto no habría salido a la luz. Es también de justicia citar
aquí a las dos instituciones que impulsaron los seminarios de
paisaje más arriba mencionados y cuya dirección me confia-
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la construcción social del paisaje
ron. Me refiero a la Fundación de Estudios Superiores de Olot
(Girona), dirigida con acierto por Margarida Castañer, y al
Consorcio Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Bar-
celona-Centro Ernest Lluch, cuya última directora, la Dra.
Blanca Vilà, se mostró en todo momento receptiva a la publi-
cación del presente libro. Sin ellas, nada habría sido posible.
Deseo agradecer finalmente la ayuda que he recibido en tareas
logísticas y de coordinación de Laura Puigbert, geógrafa,
y de Gemma Bretcha, documentalista, ambas del Observa-
torio del Paisaje de Cataluña, institución coorganizadora de
la última edición de los mencionados seminarios en cuya
web (www.catpaisatge.net) puede consultarse el programa
completo de ésta y del resto de ediciones.
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