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Unidad 2 Retórica General

La retórica latina, influenciada por la tradición griega, adaptó sus enseñanzas a un enfoque pragmático que forjó las bases del pensamiento occidental. Obras como 'La retórica ad Herennium' y los tratados de Cicerón, como 'De Oratore', establecieron principios fundamentales de la oratoria, enfatizando la importancia de la forma y el contenido en el discurso. Sin embargo, a partir del siglo I d.C., la retórica comenzó a declinar, enfocándose más en la forma que en el pensamiento, lo que llevó a su reducción a ejercicios escolares y a la pérdida de su carácter interdisciplinario.
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Unidad 2 Retórica General

La retórica latina, influenciada por la tradición griega, adaptó sus enseñanzas a un enfoque pragmático que forjó las bases del pensamiento occidental. Obras como 'La retórica ad Herennium' y los tratados de Cicerón, como 'De Oratore', establecieron principios fundamentales de la oratoria, enfatizando la importancia de la forma y el contenido en el discurso. Sin embargo, a partir del siglo I d.C., la retórica comenzó a declinar, enfocándose más en la forma que en el pensamiento, lo que llevó a su reducción a ejercicios escolares y a la pérdida de su carácter interdisciplinario.
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UNIDAD 2.

LA RETÓRICA LATINA

1. Introducción

Roma fue siempre la discípula más aventajada de las enseñanzas griegas y la gran maestra del pensamiento
occidental. Tuvieron la virtud de saber canalizar perfectamente las enseñanzas de Grecia y adaptarlas a sus propias
circunstancias. Casi todas las cuestiones significativas que se remontan a la tradición clásica del ámbito de las
humanidades, necesariamente deben tener en cuenta lo que fue el momento griego y el momento romano.

Se puede decir que gracias a la cohesión, a la amplitud y a la duración de su actividad política, la tradición latina
canalizó la herencia helénica, hizo arraigar sus valores esenciales y forjó las bases sólidas del mundo europeo. Roma
aprovechó los principios y las nociones de la retórica griega y respetando su dimensión filosófica, por lo que dio un
sentido plenamente pragmático. Para ello, vertió sus contenidos fundamentales griegos en moldes latinos y orientó
sus enseñanzas en un sentido marcadamente pragmático. La civilización romana dio una dimensión pragmática al
empleo de la oratoria, le devolvió la dimensión pragmática que tuvo esta disciplina en sus orígenes.

Los primeros tratados latinos recogen las enseñanzas griegas pero las ofrecen vertidas en fórmulas originales.
Dotan a las ideas aristotélicas de solidez en el sentido de que subordinan el ideal teórico a la utilidad práctica y la
belleza, a la grandeza ética y a la pureza del placer estético y al pragmatismo social del fin político.

En líneas generales, la retórica latina potenció un modelo educativo global, así como una la concepción
globalizadora, pero, a medida que paulatinamente la retórica va perdiendo ese carácter utilitario, irá empobreciendo
sus contenidos y abandonando su carácter interdisciplinar y pierde, además, su índole filosófica.

1.1. La retórica ad Herennium

Hacia el año c.85-86 a.C, aparece una obra La retórica ad Herennium, el texto latino más completo que existe
sobre oratoria y sobre prosa en general. Durante la Edad Media esta obra estuvo atribuida a Cicerón, pero a partir del
Renacimiento se empieza a cuestionar su autoría, e incluso a día de hoy se siguen barajando los nombres, entre ellos
Ciceron, Elio Stilton o Cornificio. Esta obra se caracteriza porque define las funciones de la elocuencia y el alto grado
de compromiso moral y civil que tiene que adquirir todo aquel que emplea la palabra para dirigirse al público,
adoptando un carácter platónico. Destaca, entre otras cosas, por su originalidad , la organización sistemática de los
contenidos didácticos – de índole cultural, moral y técnica-. Una de las cuestiones por las que destaca esta obra es
porque añade la memoria a las cuatro partes del discurso tradicional enseñadas por los griegos. Según señalaba la
retórica griega, todo discurso bien compuesto necesita pasar necesariamente por cinco fases que son imprescindibles:

1.​ La inventio: la búsqueda de las ideas y argumentos que se van a emplear en la exposición del discurso.
2.​ La dispositio: la ordenación de las ideas y argumentos. La estructura que se debe seguir consiste en las partes
del discurso planteadas por Córax: exordio, narración, argumentación, digresión y epílogo.
3.​ La elocutio: la elección de las palabras, frases y expresiones adecuadas. Esta fase está, por tanto, relacionada
con todas las cuestiones relativas a la forma del discurso.
4.​ La memoria: la memorización del discurso para su expresión oral.
5.​ La actio: la declamación del discurso. Los autores clásicos subrayan que, en esta última fase, los gestos y la
voz deben adecuarse a los sentimientos y argumentos expresados con el discurso.
​ Este tratado establece la nomenclatura retórica latina y son escasas las variantes introducidas posteriormente, es
decir, ellos son quienes fijan las palabras o la terminología que a partir de este momento se empleará para hablar de
estas cuestiones. No deben confundirse con las cinco partes de elaboración del discurso de Córax, cuya clasificación
forma parte de la dispositio. De esta manera, se comienza a generar un árbol que se ramifica a medida que se
desarrolla la retórica. De la elocutio salen también unos cuantos brazos, siendo esta la fase que más se desarrollará en
la antigüedad. Ellos consideran que lo verdaderamente artístico reside en la forma, no en el contenido.

La retórica clásica considera que en la elocutio se tratan cuatro textos que son fundamentales: por un lado, la
corrección lingüística, todo discurso debe ser correcto gramaticalmente. Además, todo discurso para ser eficaz debe
ser claro, pues si carece de entendimiento difícilmente se podrá persuadir al público de la cuestión tratada. Además, la
elocutio se encarga de todas las cuestiones ornamentales, parte que englobaría todo aquello que hoy conocemos como
figuras retóricas. Finalmente, la conveniencia como el decoro, esto es, dar a cada cual lo que le corresponde.

La última fase, la actio, también se divide en actio o pronuntiatio, preocupándose por dos cuestiones
fundamentales: por cómo pronunciamos el discurso y por la gesticulación que hacemos a la hora de pronunciar el
mismo. Se trata, por tanto, de la presencia del orador y su manera de transmitir, el talante de la persona que habla.

2. Cicerón

No se puede pasar por la tradición romana sin tener en cuenta a Cicerón, un brillante orador que reflexionó sobre
su propia experiencia y un notable teórico que formuló toda una doctrina a partir de toda aquella experiencia atribuida
como orador. Cicerón pasa a la historia de esta disciplina al hacer en todos sus escritos una defensa apasionada de la
retórica concebida como “arte” históricamente determinada y como complemento inseparable de la filosofía.

Tiene muchas obras dedicadas a la retórica y suelen dividirlas en obras retóricas menor y mayor, centrándonos en
este caso en la mayor debido a la gran trascendencia. En este sentido, destaca su obra De Oratore, siendo para
muchos críticos el mejor tratado de retórica. Está dividido en tres libros: el primero trata acerca de la figura del
orador, el segundo sobre la inventio, dispositio y memoria, y el tercero, sobre la elocutio y la actio o pronunciatio.
Este tratado pasó a la historia por varias cuestiones, sobre todo por su importancia concedida a la “simpatía” como
capacidad de identificación emocional, por las agudas explicaciones que hace sobre la fuerza persuasiva que tiene el
humor de la época, por la identificación entre el bien pensar y el bien decir, por la importancia que concede a la
novedad como valor estético, por la atención a la cadencia rítmica, y por la pulcritud del estilo en que está redactado.

2.1. De oratore

Precisamente por la importancia de su fundamentación teórica, este tratado se ha considerado como un punto de
transición entre la concepción normativa y el planteamiento filosófico de la retórica. Se caracteriza además por la
complementariedad de ciencia y elocuencia, conocimiento (“sapere”) y la palabra (“dicere”). Ese carácter pragmático
que tiene la Retórica no acepta la separación entre res (contenidos) y verba (expresión). Entre las cualidades que él
destaca en la figura del orador se presta especial atención al ingenium (predisposición innata) y diligentia (atención a
la causa y a sus circunstancias). También expone cuáles deben ser las finalidades de todo buen discurso, estas son,
enseñar, deleitar y conmover; aquello no solamente es el fin de cada discurso sino el fin de cada una de las partes de
todo buen discurso. Cicerón presta especial atención a los elementos que constituyen el ornatus del discurso, y
argumenta que el buen orador debe tener la dureza de análisis de los dialécticos, la profundidad del pensamiento de
los filósofos, habilidad verbal de los poetas, la memoria indererde de los consultos, la voz potente de los trágicos y el
gesto expresivo de los grandes actores. Según él, el orador debía estar muy bien formado oralmente. Existen además
dos obras esenciales:

Brutus (45 a.C.)

Se trata de un compendio histórico en el que intervienen tres protagonistas: Civerón, Bruto y Ático. Realiza una
exposición del arte oratorio en Roma y un esbozo del panorama general de la elocuencia preciceroniana hasta el
momento histórico en que vive. En este contexto, presta atención a todos los grandes políticos de la Roma
Republicana, todos ellos oradores:Escipión Emiliano, Gayo Lelio, Servio Sulpicio Galva, Tiberio, Cayo Graco,
Marco Antonio, Licinio Craso, Hortensio. En esta obra recoge las enseñanzas y los modelos de cada uno de ellos.
Hasta tal punto es ambicioso que en él valora más de doscientos oradores griegos y latinos utilizando como criterios
de análisis los cinco cánones de la oratoria, las tres funciones del orador y los tres tipos de estilo (estilo sencillo,
moderado y elevado o sublime).

Orator (46 a.C.)

En su otra obra retórica mayor, se puede destacar como elemento esencial que es clave para el conocimiento
histórico de la teoría de la prosa y el ritmo. En ella propone la dimensión estética del discurso como el principio
unificador de toda su elaboración para conseguir la finalidad de deleitar. El plan de la obra es binario: por un lado,
expone lo que el orador debe decir (inventio y dispositio), y por otro, cómo debe decirlo (elocutio y actio). En fin, la
gran aportación de Cicerón a la historia probablemente es que su mayor mérito es la fuerza con que defendió la
complementariedad en lo que se dice y cómo se dice, es decir, la reintegración de la Retórica en la Filosofía.

3. Decadencia de la Retórica

A partir del siglo I d.C. ,época en la que se instaura el absolutismo imperial la retórica se debe fundamentalmente a
la medida que los discursos atienden más a la forma, es decir, a la elocutio, que a las ideas, es decir, el pensamiento,
la retórica va perdiendo fuerza lógicamente. Este abandono interdisciplinario que fue el que impulsó su desarrollo se
debe, según los historiadores, a las circunstancias históricas, especialmente al debilitamiento de la democracia,
reduciendo la extensión de los discursos, el número de los abogados y juicios. Se comienza, por tanto, a generalizar
en el discurso un cierto temor que conlleva a que el empleo de la palabra se venga abajo.

La retórica pierde pragmatismo social y se queda reducida prácticamente a una asignatura que se enseña en las
escuelas, de tal manera que la elocuencia, encerrada en las escuelas, se redujo a las exhibiciones artificiosas de las
“declamaciones”, es decir, una serie de ejercicios de composición y de recitación del discurso; y al aprendizaje de
preceptos retóricos. Resalta, en este sentido, la colección de “declamaciones” de Lucio Anneo Séneca (“el Viejo”);
escribió diez libros que titula Controversia, lleno de discursos, cada uno de los cuales incluye una “divisio” o
“solución del profesor” al problema planteado en el tema (imaginario o fantástico): “Enseñamos para la escuela, no
para la vida”.

3.1. Cornelio Tácito (c. 54 - c.120 d.C.)

Tacito escribió una obra titulada Dialogus de oratoribus en la cual expone las consecuencias oratorias originadas
por el abandono del compromiso político. Insiste en las causas de la decadencia de la Retórica moderna, así como en
las deficiencias del sistema educativo educativo y pérdida de la libertad. En esta obra nos ofrece una concepción
totalizante o globalizadora de la “elocuencia”, definida como la facultad de expresarse, sea cual fuere el género del
discurso, prosaico o poético. Mientras que a la oratoria la mueve la utilitas, es decir, la finalidad práctica, a la poesía
lo que verdaderamente le mueve es la voluptas, esto es, la belleza y el placer.

3.2. Quintiliano (c.35 - c.96 d.C.)

Otro de los grandes nombres de la tradición romana fue Quintiliano, inexorablemente unida a la manera de
Cicerón en cuanto a la manera de entender a la oratoria, al orador. Nació en España hacia el año 35 d.C, y pronto se
marchó a Roma, lugar en el que adquirió su formación hasta convertirse en un abogado de prestigio. Hacia el año 88
d.C, Quintiliano abandona la enseñanza para centrarse en la elaboración de su obra, Institutio Oratoria, una obra
magna formada por doce libros destinada a la formación del orador. Esta obra no se conoce de forma íntegra durante
mucho tiempo, sino que se comenzó a utilizar a partir del año 1416, convirtiéndose en uno de los libros de cabecera
de todas las universidades de Occidente.

Esta obra supone ante todo un resumen didáctico y claro de todas las nociones fundamentales de la Retórica
antigua, dedicándose a sistematizar todos los elementos hasta entonces dispersos, por lo que su fuerza reside en la
calidad pedagógica con la que enseña. él critica en esta obra las definiciones que habían realizado autores anteriores,
y la define como el arte del buen decir, es decir, como un arte cuyo objeto es todo asunto humano y cuyos fines deben
converger en un fin ético.

Los libros VIII y IX – muy utilizados en el ámbito de la teoría y de la crítica literarias – están dedicados a la
elocutio y explican detalladamente los medios y procedimientos del estilo: los tropos, las figuras y la compositio. Las
principales cualidades del estilo oratorio son la claridad, el orden y la precisión terminológica. Existe una cierta
preferencia por la sobriedad del estilo ático, es decir, la retórica clásica nos enseña que un buen discurso se puede
hacer utilizando tres estilos diferentes:

-​ Estilo sencillo: empleo de términos sencillos de uso corriente y cotidiano


-​ Estilo moderado: estilo intermedio, ni tan sencillo ni tan ampuloso como el sublime.
-​ Estilo elevado o sublime: se sirve de expresiones ampulosos y grandilocuentes, en la que el ornatus está
ampliamente desarrollado.

A su vez, recibieron tres nombres diferentes: estilo ático (sencillo), estilo rodio (moderado) y estilo asiático
(elevado o sublime).

El libro XI trata de la memoria, la cual permite la adaptación improvisada, y de la actio (pronunciación, recitación,
presencia, ademanes y gestos. Formula las tres finalidades del discurso (docere, placere, movere) y caracteriza los
rasgos de sus respectivos estilos. A partir de Quintiliano, la Retórica, concebida como el arte del bien decir, empieza a
privilegiar los procedimientos estéticos y ornamentales del discurso sobre los recursos persuasivos y argumentativos.
En el libro XII esboza el modelos del vir bonus como perfecto orador cuyo fundamento deben ser las cualidades
morales y. en concreto, la firmeza y la presencia de ánimo. Es la principal contribución de Quintiliano a la teoría de la
educación retórica: la integridad moral como condición de la "credibilidad" y como fundamento de toda la oratoria.

“En resumen, el sistema de educación retórica que defiende Quintiliano tiene como meta la creación del orador
romano ideal: un hombre virtuoso, eficiente, animoso y elocuente” (P.A. Meador).

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