Esta indignación se centra en un conflicto entre la justicia y la utilidad
pública. Todo comenzó con el colapso de la burbuja inmobiliaria,
causada por una especulación financiera desrregulada . Durante años
los bancos e instituciones financieras en Estados Unidos impulsaron un
modelo de libre mercado donde el Estado debía intervenir lo menos
posible. Sin embargo, cuando estalló la crisis, el valor de los activos
financieros cayó drásticamente, provocando el desplome del mercado
de valores y ocasionó que millones de personas vieran desaparecer
sus ahorros y pensiones.
Frente a este escenario, se evidenció una contradicción: quienes
antes defendían la no intervención estatal, fueron los primeros en
solicitar ayuda pública para evitar su colapso. El gobierno de George
W. Bush propuso un paquete de rescate de 700 mil millones de
dólares, argumentando que era necesario para evitar un colapso
económico aún mayor, El Congreso lo aprobó, pero muchos
ciudadanos pensaban que el Estado estaba premiando la
irresponsabilidad y la codicia, usando el dinero de los contribuyentes
para salvar a millonarios que no asumían consecuencias.
El argumento aquí se basa en el principio de Justicia retributiva: Quien
actúa mal, debe asumir su castigo, no recibir una recompensa o
protección especial
La indignación creció cuando se supo que las instituciones rescatadas
otorgaron millonarias primas a sus ejecutivos . Esto fue interpretado
como un acto de burla hacia los ciudadanos, un símbolo de impunidad
y privilegio.
Aunque congreso intento aplicar un impuesto del 90 % a las primas, y
algunos ejecutivos los devolvieron. El daño ya estaba hecho. La
ciudadanía sintió que había sido chantajeada: se había cedido a una
extorsión moral bajo el miedo del colapso
Este episodio evidenció cómo el poder económico puede moldear
decisiones políticas y morales, lo que cuestiono la verdadera
autonomía del Estado frente al capital. La crisis también pone en tela
de juicio la confianza en el mercado como autorregulador: sin
controles, la ambición desmedida no se equilibra con responsabilidad
social.
POSICION PERSONAL
Desde mi posición considero que el rescate bancario en estados unidos
fue profundamente problemático, aunque el argumento de que los
bancos eran demasiado grandes para caer puede tener cierta lógica
económica, pero desde el punto de vista de la justicia la ética y la
responsabilidad, resulta inaceptable. En un sistema justo, quienes
toman decisiones deben asumir las consecuencias de sus actos,
especialmente cuando afectan a millones de personas. Pero en este
caso ocurrió lo contrario: los bancos asumieron grandes riesgos en
busca de beneficios privados, y cuando fracasaron, fue la sociedad la
que tuvo que cubrir las pérdidas con sus impuestos.
El mensaje que dio fue muy peligroso; si tienes suficiente poder
económico, no importa que falles siempre vendrán a salvarte. Esto
rompe la idea de igualdad ante la ley y mina la confianza en las
instituciones. Esta lógica crea un sistema donde los poderosos operan
sin limites reales, mientras que los ciudadanos comunes enfrentan las
consecuencias
Un buen ejemplo de que otra salida era posible lo ofrece Islandia. Tras
la crisis de 2008, ese país no rescato a los bancos, sino que permitió
que quebraran, mas aun procesaron judicialmente a los responsables y
protegieron los ahorros de los ciudadanos.
Aunque la crisis fue dura a corto plazo, con el tiempo logro una
recuperación mas justa y transparente. Y lo más importante la
población recupero la confianza en las instituciones democráticas
porque el mensaje fue claro: Nadie esta por encima de la ley
El caso de Estados Unidos revela una gran contradicción entre los
principios del liberalismo económico clásico, y la practica real. Se
defendió la autorregulación del mercado, pero se recurrió al Estado
cuando la situación se volvió insostenible . Querían los beneficios del
libre mercado. Pero sin asumir los riegos, lo que representa una doble
moral institucional
Por todo esto, mi postura sobre cómo se manejó el rescate bancario
es crítica: si bien logró estabilizar la economía a corto plazo, fue
éticamente fallido, ya que ignoró el principio de responsabilidad,
debilitó la justicia y profundizó la desigualdad. En contraste, el caso
de Islandia demuestra que sí es posible optar por un modelo más
ético y humano.
Porque no basta con salvar la economía si, a cambio, se sacrifican la
justicia y la confianza social. Una democracia fuerte no puede
construirse sobre la impunidad de los poderosos, y una sociedad justa
requiere que las reglas se apliquen a todos por igual, sin privilegios ni
excepciones.
Este dilema enfrenta dos formas distintas de pensar la moral: por un
lado, el utilitarismo, que propone hacer lo que beneficie al mayor
número de personas, y por otro lado, el deontologismo, que nos
dice que hay cosas que simplemente no debemos hacer, aunque
traigan buenos resultados.
En la primera parte del dilema, se nos plantea el caso del conductor
que ve venir el tranvía hacia cinco personas, pero puede desviarlo a
una vía donde solo hay una. En principio, parece lógico desviar el
tranvía y salvar a cinco sacrificando a una, lo que encajaría con el
pensamiento utilitarista. Sin embargo, eso también genera un
conflicto moral, porque esa persona que muere no eligió estar allí, y
no es justo que su vida se sacrifique por una decisión que no tomó.
Después, el dilema cambia un poco: ya no somos conductores, sino
testigos desde un puente como simples espectadores. En esta
versión, la única forma de evitar que el tranvía atropelle a cinco
personas es empujar a un hombre corpulento para detenerlo.
Aunque el resultado sería el mismo salvar cinco vidas a costa de una,
la mayoría de las personas rechaza esta acción. Lo que cambia es la
intención: en el primer caso, la muerte era una consecuencia
indirecta, pero en este, es el medio para salvar a otros, y eso
hace que lo veamos de forma mucho más negativa. Según Kant, esto
es inmoral porque estaríamos usando a una persona como un medio,
no respetando su dignidad como fin en sí misma.
Otra parte que me llamó la atención es cómo pequeños cambios en la
situación afectan nuestras decisiones. Por ejemplo, si en lugar de
empujarlo, abrimos una trampilla para que caiga, ¿ya no parece tan
cruel? Aunque el resultado es el mismo, la forma en que actuamos
cambia lo que sentimos sobre lo que es correcto o incorrecto. Esto
muestra que nuestras emociones y formas de participación
también influyen mucho en nuestras decisiones morales, no solo la
lógica o los resultados.
Lo que me deja claro este dilema es que la moral no siempre es
clara. No basta con contar cuántas vidas se salvan. También hay que
pensar en la intención, la dignidad humana, y las reglas que
rigen nuestras acciones.
Desde el pensamiento de Kant, actuar correctamente es hacer lo que
sería correcto en cualquier situación, como una regla universal. En
cambio, para los utilitaristas como Bentham o Mill, lo correcto es lo
que trae el mayor beneficio posible. Y si lo vemos desde Aristóteles,
lo importante es actuar con equilibrio y sabiduría práctica, pensando
bien en las circunstancias.
En resumen, este dilema nos hace ver que en la vida no siempre hay
una única respuesta correcta. A veces hay que elegir entre dos males,
y lo importante es reflexionar, cuestionar y actuar con
responsabilidad y empatía.
Mi perspectiva personal:
Personalmente, el dilema del tranvía me deja con muchas preguntas
que no tienen respuestas fáciles, y creo que ese es justamente su
valor: nos obliga a detenernos y reflexionar sobre lo que
normalmente hacemos de manera automática. ¿Qué significa actuar
moralmente? ¿Está bien hacer daño a uno para evitar un daño
mayor? ¿Y si esa decisión nos persigue el resto de la vida?
Este dilema me hizo pensar en lo difícil que es juzgar una situación
solo por sus resultados. A veces creemos que, si salvamos a más
personas, automáticamente hicimos lo correcto. Pero cuando
miramos más de cerca, nos damos cuenta de que hay algo más
profundo: la intención, el respeto por cada vida humana, y el valor de
no usar a las personas como simples medios para un fin.
También me hizo ver que muchas veces en la vida real enfrentamos
versiones de este dilema sin darnos cuenta. Por ejemplo, cuando en
un hospital hay que elegir a quién darle el último respirador
disponible. Son decisiones que ponen en juego la ética, la
responsabilidad, y la compasión.
Desde mi punto de vista, no hay una solución única ni perfecta. Pero
sí creo que es fundamental actuar con conciencia, entendiendo que
detrás de cada número, hay vidas, personas, emociones e historias.
No podemos reducir la moral a simples cálculos. La ética también
debe tener corazón.
Este dilema me enseña que tomar decisiones morales no siempre
será cómodo. A veces nos va a doler, a pesar de que pensemos que
hicimos lo correcto. Pero lo más importante es no dejar de hacernos
preguntas. Porque solo cuando nos atrevemos a pensar de verdad, a
cuestionar lo que damos por hecho, estamos dando pasos hacia una
sociedad más justa, más humana y más consciente.