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despachó la gobernacion de la provincia del golfo de Urabá, que es
al rincon que hace la mar en la tierra firme, pasada la tierra de
Cartagena, de que arriba hemos algo dicho, en el primero y en el
presente libro, para Alonso de Hojeda, que estaba en esta isla
esperándola, porque como el obispo D. Juan de Fonseca lo amase y
tuviese como por criado, aunque nunca lo fué, por ser valiente
hombre y muy suelto, y lo hobiese siempre favorescido, como arriba
hemos alguna vez referido, en su ausencia, le proveyó de la dicha
gobernacion; la cual creo yo, que fué á mover y negociar el piloto
Juan de la Cosa, que con él habia andado rescatando perlas y oro, y
áun inquietando las gentes por aquella costa de tierra firme, los
años pasados, segun arriba queda dicho. Así que, concedidas estas
dos gobernaciones, que fueron las primeras con propósito de poblar
dentro de la tierra firme, señaló por límites de la de Hojeda, desde el
cabo que agora se dice de la Vela, hasta la mitad del dicho golfo de
Urabá, y á la de Nicuesa, desde la otra mitad del golfo hasta el cabo
de Gracias á Dios, que descubrió el Almirante viejo, como en el cap.
21 queda escripto; dióseles á ambos Gobernadores la isla de
Jamáica, para que de allí se proveyesen de los bastimentos que
hobiesen menester: Dios sabe si habian de ser bien ó mal habidos.
Púsoles el Rey títulos á las gobernaciones; á la de Hojeda nombró, el
Andalucía, y Castilla del Oro á la de Nicuesa, las cuales ambas dieron
mucha pena al Almirante, mayormente la de Diego de Nicuesa, por
la causa dicha, y lo que más sintió fué dalles á la isla de Jamáica,
que el Rey y todo el mundo sabia haberla descubierto su padre, con
todas estotras islas, de lo cual ningun litigio habia. Y porque Alonso
de Hojeda era muy pobre, que no tenia, ó muy poco lo que haber
podia, para los gastos de navíos y bastimentos y gente que traer se
requeria, creo que Juan de la Cosa, con su hacienda y de amigos y
compañeros, allegó á fletar una nao, y uno ó dos bergantines,
dentro de los cuales, metidos los bastimentos que pudo y obra de
200 hombres, vino á esta ciudad y puerto de Sancto Domingo,
donde fué de Hojeda bien rescibido. Diego de Nicuesa, como más
poderoso de dineros y de haciendas, que tenia en esta isla, engrosó
más su armada y trujo cuatro navíos grandes y dos bergantines, y
mucho más aparato y gente, y llegó y entró en este puerto desde á
pocos dias; pero de camino, para que Dios hiciese sus hechos,
vínose por la isla de Sancta Cruz, que está 12 ó 15 leguas de la de
Sant Juan, y salteó ciento y tantos indios que vendió por esclavos,
aquí y en Sant Juan, de camino, y dijo que trujo licencia del Rey
para hacerlo. Estaba entónces aquí un bachiller llamado Martin
Hernandez de Anciso, que habia ganado á abogar en pleitos 2.000
castellanos, que por aquel tiempo valian más que hoy valen 10.000;
viendo á Hojeda con tan poca sustancia para su empresa, ó el
mismo Alonso de Hojeda le rogó que le ayudase ó favoreciese con
su industria y dinero, el bachiller luégo lo hizo, porque compró un
navío y cargólo de bastimentos, segun pudo, y para ésto quedó en
esta isla, para luégo con alguna gente seguille; Hojeda le constituyó
desde luégo por su Alcalde mayor en todo el distrito de su
Andalucía. Juntos en esta ciudad los dos nuevos Gobernadores,
Hojeda y Nicuesa, cada uno procurando su despacho de llevar gente
y bastimentos, comenzaron á rifar sobre los límites de sus
gobernaciones y sobre la isla de Jamáica; queria cada uno dellos que
la provincia del Darien cayese dentro de sus límites; y así andaban
cada dia de mal en peor, de tal manera que, que se matasen un dia,
creiamos los que los viamos. Hojeda como era pobre y tan
esforzado, echaba luégo el negocio á puñadas y á desafíos, el
Nicuesa, como se tenia por más rico, y era sabio, decidor
graciosísimo, díjole un dia: «dad acá, pongamos cada 5.000
castellanos en depósito, que os matareis conmigo, y no nos
estorbemos agora nuestro camino.» Todo el mundo sabia que
Hojeda, un real que pusiese, no tenia; en fin, con parecer de Juan
de la Cosa, se concertaron con que el rio grande del Darien, los
dividiese, que el uno tomase al Oriente, y el otro al Occidente; como
el Almirante de ambas gobernaciones por muy agraviado se sintiese,
mayormente, como se dijo, de la de Veragua y Jamáica, todo cuanto
pudo contrarió al despacho dellos, y, para impedilles lo de Jamáica,
determinó de enviar á poblalla, y á aquel caballero de Sevilla, Juan
de Esquivel, de quien dijimos arriba que habia sido Capitan en las
guerras de Higuey, por su Teniente della, al cual dijo cuando se iba á
embarcar, como era osado, Hojeda, «que juraba que si entraba en la
isla de Jamáica, que le habia de cortar la cabeza.» Partióse de este
puerto con dos navíos y dos bergantines, y en ellos 300 hombres, de
los venidos para esto de Castilla, y los que se llegaron de esta isla, y
doce yeguas, á 10 ó 12 dias de Noviembre del mismo año de 509. Y
porque Diego de Nicuesa tenia más gruesa armada, y se le llegó
desta isla mucha gente isleña, lo uno, porque habia sido casi por
todos amado por su buena conversacion y por sus gracias, lo otro, y
que más los movió, porque de riqueza volaba, más que la de Urabá,
la fama de Veragua, fuéle necesario comprar otra nao, allende
cuatro y dos bergantines que trujo de Castilla, para llevarlos, y así
tardar más que Hojeda en su despacho; y porque, para cumplir con
tanta nao y tanta gente, tuvo necesidad de adeudarse, así en
Castilla como en esta isla; despues de llegado aquí, tuvo grandísimas
angustias y trabajos ántes que se despachase. La razon desto fué,
porque como al Almirante pesase tan íntimamente de que Nicuesa ni
otro fuese á gozar de Veragua, como de tierra que habia
personalmente descubierto su padre, y sus privilegios fuesen
violados, ó él, ó por hacelle placer á él, ó su Alcalde mayor ó otras
personas movian á los acreedores que impidiesen la partida de
Nicuesa echándole embargos; de manera, que, cuando cumplia con
uno con prendas de sus haciendas ó dando fianzas, salia otro y
mostraba una obligacion ó cognoscimiento suyo con que lo
embargaba. Ultimamente, un dia, creyendo que ya lo tenia todo
averiguado, y 700 hombres muy lucidos, y embarcados, y seis
caballos (y por su Capitan general nombró á un Lope de Olano, que
habia sido con las cosas de Francisco Roldan, contra el Almirante
viejo, los tiempos pasados), despacha todas sus cinco naos que se
hagan á la vela, con él un bergantin, y deja el uno, para meterse en
él, y ir luégo á tomallas, quedando entendiendo en cierto despacho,
y aquella misma tarde que las naos salieron, yéndose al rio á
embarcar, viene tras él la justicia y échanle un embargo de 500
castellanos, y áun creo que le sacaron de la barca, si no me he
olvidado, porque yo vide lo que he contado. Vuélvenlo á casa del
Alcalde mayor del Almirante, que era el licenciado Márcos de Aguilar,
y allí mándanle que pague, sino que habrá de ir á la cárcel; hace sus
requerimientos al Alcalde mayor que le deje ir, pues via ya salidas
del puerto sus naos, y que iba en servicio del Rey, y que si lo
detenia, se perdia su armada, donde se arriesgaba más que 500
castellanos, los cuales él pagaria en llegando, y que al presente no le
era posible pagalles; respondia el Alcalde mayor que pagase, porque
el Rey no queria que ninguno la hacienda de otro llevase, y en esto
pasaban cosas muchas, que al triste de Nicuesa gravemente
atribulaban, y aunque pareció que industriosamente aquellos
impedimentos se rodeaban, valiérale mucho que allí lo detuvieran y
muriera encarcelado, segun el triste fin le estaba esperando. Estando
en esto, sin saber qué remedio tener, y fué maravilla no perder allí el
seso aquella tarde, segun estaba angustiado, sale de través un muy
hombre de bien, escribano desta ciudad, cuyo nombre me he
olvidado y no quisiere olvidado, y dice, «¿qué piden aquí al señor
Nicuesa?» Respóndesele, «500 castellanos»; dijo él, «asentá,
escribano, que yo salgo por su fiador de llano en llano, y vayan
luégo á mi casa, que yo los pagaré de contado.» El Nicuesa calla
como espantado, de tan tempestivo consuelo y socorro dudando;
asienta el escribano la obligacion del que se obligaba, y fírmala de
su nombre, y desque Nicuesa vido que de veras se hacia el acto,
váse derecho á él casi sollozando, y dice, «dejáme ir abrazar á quien
de tanta angustia me ha sacado,» y así lo abraza. Esto hecho, váse
á embarcar en su bergantin para sus naos, que lo estaban fuera del
puerto esperando barloventeando, mirando siempre atras, si venia
tras él algun otro embargo. Salió despues de Alonso de Hojeda, ocho
dias, deste puerto, á 20 ó 22 dias de Noviembre del dicho año;
díjose, que en entrando en su nao la Capitana, comenzó á llamar de
borrachos á los pilotos y echar el punto en las cartas de marear, y á
querer guiar la danza; si ésto fué verdad, yo creo que llevaba el
juicio trastornado, porque no solian ser aquellas sus palabras, segun
la prudencia de que lo cognoscimos adornado. Partióse luégo tras
ellos Juan de Esquivel, con 60 hombres, á poblar la isla de Jamáica,
y éstos fueron los primeros que llevaron las guerras, y el pestilencial
repartimiento á aquella isla, y la destruyeron; dejó Nicuesa proveido
en sus haciendas que tenia en esta isla, que de 500 puercos, suyos
ó comprados, le hiciesen 1.000 tocinos en la Villa y puerto de
Yaquimo, 80 leguas de este puerto abajo, como ya se ha dicho, que
estaban en muy buen paraje para dar con ellos en Veragua en cinco
ó seis dias, yo los vide hacer en la villa de Yaquimo, donde yo fuí,
despues de Nicuesa partido, y eran de los grandes y hermosos
tocinos que en mi vida he visto.
CAPÍTULO LIII.
Dejemos partidos los dos Gobernadores de esta isla para sus
infelices gobernaciones, que tales fueron al cabo, hasta que sea
tiempo de tornar á tratar de lo que, en tierra firme, por aquellos
tiempos, á ellos y á la tierra sucedió, que hay bien que recontar, y
prosigamos lo que concerniere al tiempo y gobernacion del segundo
Almirante. Para que sea, lo que adelante se dirá, más claro, es de
presuponer, que despues que el rey católico D. Hernando, el año de
siete vino acá, á gobernar los reinos de Castilla, por muerte del rey
D. Felipe, desde Nápoles, toda la gobernacion de estas Indias pendió
principalmente del Obispo de Búrgos, D. Juan Rodriguez de Fonseca,
y del secretario Lope Conchillos, los cuales eran muy privados del
Rey, cada uno en su grado. Ya se ha dicho en el primer libro, y en
muchas partes destos libros ambos, como el dicho Obispo, desde
que fué Arcediano de Sevilla y se descubrieron estas Indias, hasta
este tiempo, y despues muchos años más, siempre el dicho D. Juan
Rodriguez de Fonseca, despues de Obispo que pasó por diversos
Obispados, tuvo de la gobernacion dellas todo el cargo, y con él,
principalmente por su autoridad y gran crédito que los Reyes dél
tuvieron, y tambien por su prudencia y capacidad, en lo que tocaba
á esto, se descuidaban, mayormente despues que el Rey vino de
Nápoles, como era viejo y enfermo, y bien cansado, puesto que con
él se juntaban otras personas de Consejo, notables letrados y no
letrados, pero él era el principal y presidia sobre todos, y su parecer
se seguia en todo lo que parecia tener color de bueno, por la mayor
parte, por su autoridad y por la experiencia que del hecho tenia de
tantos años. El secretario Conchillos, que entónces comenzaba,
llegóse á él y seguia su voluntad, como le via del Rey tan viejo
privado, y finalmente, se hacia por acá lo que ambos rodeaban, al
ménos en aquellas cosas ordinarias y donde no ocurrian nuevas
dificultades. Ya se ha dicho tambien, como el dicho Obispo, siempre
tuvo acedía y no tomó sabor en los negocios y obras de estos
Almirantes; no se yo, que vide y oí mucho de esto, cuáles hobiesen
sido la causa ó causas, sino algunos puntos que arriba hemos dado,
que fueron harto livianos. Por ventura, sintiendo ésto los que acá
estaban, cobraban atrevimiento á no tener en cuanto debieran al
Almirante, así como dió lo mismo alguna y quizá mucha causa, en
los tiempos pasados, á la desvergüenza y alzamiento de Francisco
Roldan, contra su padre, primer Almirante, pues se jactaban que
escribirian al Obispo; y despues, cuando vino Alonso de Hojeda y
alborotó la provincia de Xaraguá, todos estribaban en el favor del
Obispo, teniendo por cierto que el Almirante no estaba en su gracia,
segun que parece arriba en el primer libro en algunos lugares. De
aquí, creo que se originó algo de lo que vamos hablando, conviene á
saber, haber engendrádose en esta isla, mayormente en esta ciudad,
parcialidades; una que volvia por el Almirante, y otra cuya cabeza
era el tesorero Pasamonte, y ésta se jactaba ser del Rey, como era
muy favorescido dél y del Obispo y de Conchillos, porque, segun
creo, ambos, Tesorero y Conchillos, eran aragoneses. Ayudaba
mucho al bando del Tesorero, ser su persona muy cuerda y de
mucho ser y autoridad, y, á lo que yo entendí ó creí cierto, por lo
que cognoscí del Almirante y de su condicion, noble y sin doblez, sin
culpa suya todo esto se le rodeaba, quizá, por algunas personas de
las que habian sido desobedientes á su padre de las reliquias de
Francisco Roldan, ó de las que aquí quedaron y despues vinieron,
que querian bien al Comendador Mayor, todos los cuales, sospecho
que, pretendian deshacer al Almirante y quedarse con la
gobernacion, y hacer cada uno su casa. Y lo que sin gran ceguedad
de pasion, ó sin mayor malicia no pudo imaginarse, fué que, ó
pensaban ó fingian que el Almirante se podria ó querria en algun
tiempo con esta isla contra el Rey alzar, como á su padre levantaron,
no teniendo apénas que comer ni favor de ninguna parte. Y que esta
maldad pensasen ó fingiesen pareció, porque pasando por esta isla,
para la de Cuba, uno que iba por Contador del Rey, llamado Amador
de Lares, muy diestro en las cosas de la guerra, y que habia gastado
muchos años en Italia, le rogaron que fuese á ver las casas ó cuarto
de casa que habia hecho el Almirante, para ver si era casa fuerte de
que pudiese tener sospecha de algo. Fué á vella, y vido que estaba
toda aventanada, ó llena por todas partes de ventanas, porque así lo
requeria la tierra por el calor, y otras particularidades de casa muy
llana; y burlo della y más de los que aquello pensaban. Yo se lo oí
esto al dicho contador Amador de Lares. Creció cada dia más la
malicia y envidia ó ambicion de los de acá y de los de Castilla,
ayudando algo, y quizá mucho, que el Almirante no cumplia algunas
Cédulas del Rey, que tocaban al interese de los de Castilla y de los
de acá, puesto que las obedecia, porque le parecia que no convenia
cumplillas, lo cual hacia por autoridad de la Cédula que trujo, y
arriba pusimos, y ansí escribian al Rey, y al Obispo, y al secretario
Conchillos lo que á sus paladares bien sabia, y en disfavor del
Almirante con sus colores y confitura del servicio Real; lo que por
todas estas Indias para corroborarse los oficiales del Rey é ministros
de su justicia en sus tiranías, se habia asaz usado. Por estas
invenciones y falsedades, á Castilla por cartas enviadas, determinóse
que se pusiesen ciertos jueces en esta isla y ciudad, que se llamasen
jueces de apelacion, á los cuales se apelase del Almirante y de sus
Alcaldes mayores; y aunque, si ellos fueran justos y usaran sus
oficios sólo para bien y guarda de la justicia, no parecia ser no
prudente provision (puesto que el Almirante la sintió mucho, porque
via que era para mayor daño suyo, y en perjuicio de sus privilegios
ponelle superior), pero ellos fueron siempre tales, que no tomaran
aquellos aquel oficio, sino por armas para destruir al Almirante y
echalle de esta isla, para mandalla ellos solos, los que despues
vinieron para señorear y robar la tierra y afligir y oprimir los que
poco podian y hoy pueden, no digo indios, porque muchos há que
no hay dellos memoria, sino los mismos españoles, como ellos
afligieron y oprimieron, y acabaron los indios. Proveyéronse por
Jueces tres licenciados, un licenciado llamado Marcelo de Villalobos,
el licenciado Juan Ortiz de Matienzio, y el bachiller Ayllon, que fué
Alcalde mayor de la Vega, como queda dicho en el capítulo 40, por
el Comendador Mayor, el cual venia ya licenciado, ó se llamó
licenciado. Esta fué la ponzoña principal que, de allí adelante lo que
el cargo le duró, entró en esta isla, en especial contra las cosas del
Almirante, porque renovó ó quiso vengar las cosquillas ó
desabrimientos que hobo entre el Almirante y el Comendador Mayor,
ó los que quizá rescibió cuando le tomó el Almirante residencia. Este
se juntó con el Tesorero y con otros criados del Obispo, que ya era
de Búrgos, y con amigos y criados del Comendador Mayor, los
cuales, abierta ó casi abiertamente decian y mostraban querer y
seguir en destruir la casa y estado del Almirante; y así lo hicieron
grandes afrentas, y causaron muchas turbaciones con la voz del
servicio del Rey, de tal manera, que ya ni criados, ni deudos, ni
amigos osaban parecer ni hablar por miedo dellos. Envió sus
querellas el Almirante al Rey, suplicándole que enviase quien los
tomase residencia y á su Alcalde mayor, Márcos de Aguilar, y á los
demas sus oficiales; vino por juez de residencia un licenciado, que
se llamó Juan Ibañez de Ibarra, el cual, luégo que llegó, murió, y
algun rumor y sospecha hobo que se le dió con que muriese; murió
tambien el secretario Zabala, que con él vino para entender en la
residencia y negocios. Finalmente, tanto prevalecieron aquellos,
todos, que se llamaban servidores dél, contra el Almirante, que al
cabo lo hobo de enviar á llamar el Rey; y pasados grandes trabajos,
angustias y gastos, al cabo con ellas, desterrado de su casa, lo
mataron, como dijo un religioso en Sant Francisco desta ciudad,
predicando á sus honras, como abajo parecerá.
CAPÍTULO LIV.
Por este tiempo, en el año de 1510, creo que por el mes de
Setiembre, trujo la divina Providencia la Órden de Sancto Domingo á
esta isla, para lumbre de las tinieblas que entónces habia, y en todas
estas Indias se habian despues de engrosar y ampliar. El movedor
primero, y á quien Dios inspiró divinalmente la pasada de la Órden
acá, fué un gran religioso de la Órden, llamado fray Domingo de
Mendoza, hermano del padre fray García de Loaysa, que despues
fué Maestro general de la Órden, y confesor del Emperador y rey de
España, Cárlos V, de este nombre, y despues subió á ser Obispo de
Osma, y despues Arzobispo de Sevilla, y Cardenal y Presidente del
Consejo destas Indias, y que por más de veinte años las gobernó.
Aquel hermano de este señor, llevó Dios por otros pasos y caminos,
y por otros grados más firmes y de mayor seguridad lo levantó. Fué
celosísimo de ampliar la religion, y que se conservase en el prístino
rigor, segun las antiguas sus constituciones, y éste fué su principal
fin, como fin que primero se ha de procurar, no dejando de
pretender el segundario, que es la salud y provecho de las ánimas.
Este padre fué muy gran letrado, casi sabia de coro las partes de
Sancto Tomás, las cuales puso todas en verso, para tenerlas y
traerlas más manuales, y, por sus letras, y más por su religiosa, y
aprobada y ejemplar vida, tenia en España grande autoridad. Para
su sancto propósito, halló á la mano un religioso llamado fray Pedro
de Córdoba, hombre lleno de virtudes y á quien Dios, nuestro Señor,
dotó y arreó de muchos dones y gracias corporales y espirituales.
Era natural de Córdoba, de gente noble y cristiana nacido, alto de
cuerpo y de hermosa presencia; era de muy escelente juicio,
prudente y muy discreto naturalmente, y de gran reposo. Entró en la
órden de Sancto Domingo, bien mozo, estando estudiando en
Salamanca, y allí en Santistéban se le dió el hábito; aprovechó
mucho en las artes y filosofía y en la teología, y fuera sumo letrado,
si por las penitencias grandes que hacia no cobrara grande y
contínuo dolor de cabeza, por el cual le fué forzado templarse
mucho en el estudio, y de quedarse con suficiente doctrina y pericia
en las Sagradas letras, y lo que se moderó en el estudio, acrecentólo
en el rigor de la austeridad y penitencia, todo el tiempo de su vida,
cada y cuando las enfermedades le dieron lugar. Fué tambien, con
las otras gracias que Dios le confirió, devoto y excelente predicador,
y á todos daba, con sus virtuosas y loables costumbres para en el
camino de la virtud y de buscar á Dios, loable y señalado ejemplo,
tiénese por cierto que salió desta vida tan limpio como su madre lo
parió. Fué llevado de Salamanca, con otros religiosos de mucha
virtud, á Sancto Tomás de Avila, donde por entónces resplandecia
mucho la religion. A este bienaventurado halló el padre fray
Domingo de Mendoza dispuesto para que le ayudase á proseguir
aquesta empresa, y movió á otro, llamado el padre fray Anton
Montesino, amador tambien del rigor de la religion, muy religioso y
buen predicador. Persuadieron á otro santo varon, que se decia el
padre fray Bernardo de Sancto Domingo, poco ó nada experto en las
cosas del mundo, pero entendido en las espirituales, muy letrado y
devoto y gran religioso. Estos movidos y dispuestos para le ayudar,
fué á Roma para negociar con el Gaetano, que era entónces Maestro
general de la Órden, y trujo recaudos para pasar la Órden á estas
partes, y, habida licencia tambien del Rey, porque tuvieron necesidad
que otra vez se tornase ó hablar con el Maestro general para sus
cosas de órden, quedóse el padre fray Domingo de Mendoza para las
negociar, y envió al dicho padre fray Pedro de Córdoba, que tenia
entónces edad de veintiocho años, por Vicario de los otros dos,
aunque más viejos, y un fraile lego que les añidió. Estos cuatro
religiosos trujeron la Órden á esta isla; el fraile lego se tornó luégo á
Castilla y quedaron los tres, los cuales, comenzaron luego á dar de
su religion y santidad suave olor, porque rescibidos por un buen
cristiano, vecino desta ciudad, llamado Pedro de Lumbreras, dióles
una choza, en que se aposentasen, al cabo de un corral suyo,
porque no habia entónces casas sino de paja, y estrechas. Allí les
daba de comer caçabí de raíces, que es pan de muy poca sustancia,
si se come sin carne ó pescado; solamente se les daba algunos
huevos, y de en cuando en cuando, si acaescia pescar algun
pescadillo, que era rarísimo. Alguna cocina de berzas, muchas veces
sin aceite, solamente con axí, que es la pimienta de los indios,
porque de todas las cosas de Castilla era grande la penuria que
habia en esta isla. Pan de trigo ni vino, áun para las misas, con
dificultad lo habia. Dormian en unos cadalechos, de horquetas y
varas ó palos hechos, y por colchones paja seca por encima; el
vestido era de jerga aspérrima, y una túnica de lana mal cardada.
Con esta vida y deleitable mantenimiento, ayunaban sus siete meses
del año arreo, segun de su Órden lo tenian y tienen constituido.
Predicaban y confesaban como varones divinos; y porque esta isla
toda estaba (los españoles digo), en las costumbres de cristianos
pervertida, en especial en los ayunos y abstinencias de la Iglesia,
porque se comia carne los sábados y áun los viérnes y todas las
Cuaresmas, y habia, todas ellas, las carnecerías tan abiertas, y tan
sin escrúpulo y con tanta solemnidad, como las hay por Pascua
Florida, con sus sermones, y más creo que con su dura penitencia y
abstinencia, los redujeron á que se hiciese consciencia dello y se
quitase aquella glotonería en los tiempos y dias que la Iglesia
determina. Habia, esomismo, gran corrupcion en los logros y usuras,
tambien los desterraron é hicieron á muchos restituir; otros efectos
grandes, dignos de la religion y Órden de Sancto Domingo, se
siguieron de su felice venida. Y porque á la sazon que vinieron y
desembarcaron en este puerto y ciudad de Sancto Domingo, el
Almirante habia ido, con su mujer doña Maria de Toledo, á visitar la
ciudad de la Concepcion de la Vega, y estaban allí, fué luégo á dalles
cuenta de su venida el bienaventurado padre fray Pedro de Córdoba,
no con más fausto de ir á pié, comiendo pan de raíces y bebiendo
agua fria de los arroyos, que hay hartos, durmiendo en el campo y
montes en el suelo con su capa á cuestas, 30 leguas de harto
trabajoso camino. Rescibiólo el Almirante y doña María de Toledo, su
mujer, con gran benignidad y devocion, y hiciéronle reverencia,
porque el venerable y reverendo acatamiento, y sosiego y
mortificacion de su persona, aunque de veintiocho años, daba á
entender á cualquiera que de nuevo lo viese, su merescimiento. Creo
que llegó sábado, y luégo domingo, que acaecia ser entre las
octavas de Todos Santos, predicó un sermon de la gloria del Paraíso
que tiene Dios para sus escogidos, con gran fervor y celo; sermon
alto y divino, é yo se lo oí, é por oírselo me tuve por felice.
Amonestó en él á todos los vecinos, que, en acabando de comer,
enviasen á la iglesia cada uno los indios que tenia en casa, de que
se servia. Enviáronlos todos, hombres y mujeres, grandes y chicos;
él, asentado en un banco y en la mano un crucifijo, y con algunas
lenguas ó intérpretes, comenzóles á predicar, desde la creacion del
mundo discurriendo, hasta que Cristo, Hijo de Dios, se puso en la
Cruz. Fué sermon dignísimo de oir é de notar, de gran provecho, no
sólo para los indios (los cuales nunca oyeron hasta entónces otro tal,
ni áun otro, porque aquel fue el primero que á aquellos y á los de
toda la isla se les predicó acabo de tantos años, ántes todos
murieron sin haber oido palabra de Dios), pero los españoles
pudieran dél sacar mucho fructo. Y si muchos de los tales se les
hobieran predicado, algun más fructo se hobiera hecho en ellos que
se hizo, y más hobiera sido Dios cognoscido y adorado, y mucho
ménos ofendido. Finalmente, habiendo dado parte al Almirante de lo
que habia que dalle, y negociado en breves dias, se tornó á esta
ciudad, dejando á todos los que lo habian visto y oido presos de su
amor y devocion. Luégo, en los primeros navíos, segun creo, vino el
primer inventor desta hazaña, el padre fray Domingo de Mendoza,
con una muy buena compañía de muy buenos frailes; todos los que
entónces venian eran religiosos señalados, porque á sabiendas y
voluntariamente se ofrecian á venir, teniendo por cierto que habian
de padecer acá sumos trabajos, y que no habian de comer pan ni
beber vino, ni ver carne, ni andar los caminos cabalgando, ni vestir
lienzo ni paño, ni dormir en colchones de lana, sino con los manjares
y rigor de la Órden habian de pasar, y áun aquello muchas veces les
habia de faltar; y con este presupuesto se movian con gran celo y
deseo de padecello por Dios, con júbilo y alegría, y por ésto no
venian sino religiosos muy aventajados. Díjose, que cuando este
padre fray Domingo de Mendoza llegó, con su religiosa compañía, en
la isla de la Gomera, que es una de las de Canaria, hobo allí una
mujer endemoniada, y rogado que la visitase y conjurase, hízolo de
grado; y hechos los conjuros y forzando al espíritu inmundo que de
allí saliese, trabadas pláticas, preguntóle y forzóle que le dijese de
dónde venia; respondió el demonio que venia de las Indias; dijo
entónces el padre: «¡Ah, don traidor, que ya no os cale parar allá,
pues la fé católica se lleva, y va en ellas á predicarse, donde habeis
rescibido gran daño, y ser dellas desterrado.» Respondió el demonio:
«Bien está, que algun daño me han hecho y me hacen, pero por eso
bien que no se sabrá el secreto en estos cien años.» Esto se publicó
que allí pasó, no me acuerdo quién me lo dijo, y por mi descuido no
lo supe del mismo padre fray Domingo, ó del padre fray Pedro de
Córdoba, y de otros muchos religiosos lo pudiera bien saber y
averiguar, porque tuve harto tiempo para ello. Si dijo verdad el
demonio, como la puede decir, cumpliendo la voluntad de Dios, el
tiempo lo declarará desque pasen cuarenta años, contando los
ciento, desde que estas Indias se descubrieron; y, por ventura, el
secreto es la claridad del engaño y ceguedad que hay cerca de las
injusticias é impiedades que estas gentes de nosotros han rescibido,
no teniéndose por pecados, que ha comprendido á todos los estados
de España. En fin, yo soy cierto que el tiempo, ó al ménos el dia del
Juicio, se declarará. Llegado, pues, el padre fray Domingo de
Mendoza á este pueblo y ciudad con su compañía, holgáronse
inestimablemente el padre fray Pedro de Córdoba y los que con él
estaban, y como eran ya algun número, y creo que pasaban de 12 ó
15, acordaron de consentimiento de todos, con toda buena voluntad,
de añadir ciertas ordenaciones y reglas sobre las viejas
constituciones de la Orden (que no hace poco quien las guarda),
para vivir con más rigor. Por manera que, ocupados en guardar las
nuevas y añididas reglas, estuviesen ciertos que las constituciones
antiguas, que los Santos padres de la Orden ordenaron, estaban
inviolablemente en su fuerza y vigor; y de una, entre otras, me
acuerdo que determinaron, que no se pidiese limosna de pan, ni de
vino, ni de aceite, cuando estuviesen sanos, pero si sin pedillo se lo
enviasen que lo comiesen, haciendo gracias á Dios: para los
enfermos podíase por la ciudad pedir. Y así les acaesció, dia de
Pascua Florida, no tener de comer sino una cocina de berzas, sin
aceite, guisada con sólo axí y sal. Vinieron muchos años guardando
este rigor, al ménos todo el tiempo que el felice padre fray Pedro de
Córdoba vivió, y pasaron grandes trabajos de penitencia, y florecia
mucho la religion en obediencia y pobreza, y, cierto, la primitiva del
tiempo de Sancto Domingo, aquí se renovó; y en tanto creció la
fama de su santidad, que el rey de Portugal escribió al Rey ó á los
Prelados de la Orden, que le enviasen de los frailes de Sancto
Domingo destas Indias, ó para reformar á Portugal, ó para poblar de
nuevo la Orden en la India ó en otra parte. Ordenaron que cada
domingo y fiesta de guardar, despues de comer, predicase á los
indios un religioso, como el siervo de Dios, fray Pedro de Córdoba,
en la iglesia de la Vega habia principiado, y á mí, que esto escribo,
me cupo algun tiempo este cuidado; y así era ordinario henchirse la
iglesia, los domingos y las fiestas, de indios de los que en casa á los
españoles servian, lo que nunca en los tiempos de ántes habian
visto. En este mismo año, y en estos mismos dias que el padre fray
Pedro de Córdoba fué á la Vega, habia cantado misa nueva un
clérigo llamado Bartolomé de las Casas, natural de Sevilla, de los
antiguos de esta isla, la cual fué la primera que se cantó nueva en
todas estas Indias; y por ser la primera, fué muy celebrada y
festejada del Almirante y de todos los que se hallaron en la ciudad
de la Vega, que fueron gran parte de los vecinos desta isla, porque
fué tiempo de fundicion, á la cual, por traer cada uno el oro que
habia, con los indios que tenia, á fundirlo, ayuntábanse muchos,
como cuando se llegan las gentes á los lugares donde hay ferias,
para sus pagamentos, en Castilla; y porque no habia moneda de oro
alguna, hicieron ciertas piezas de oro, como castellanos y ducados
contrahechos, que ofrecieron, de diversas hechuras, en la misma
fundicion donde se fundia y pagaba el quinto al Rey, y otros hicieron
arrieles para ofrecerle, segun que cada uno queria ó podia. Moneda
de reales se usaba, y destos le ofrecieron muchos, y todo lo dió el
misa-cantano al padrino, si no fueron algunas piezas de oro, por ser
bien hechas. Tuvo una calidad notable esta primera misa nueva, que
los clérigos que á ella se hallaron, no bendecian, conviene á saber,
que no se bebió en toda ella una gota de vino, porque no se halló en
toda la isla, por haber dias que no habian venido navíos de Castilla.
CAPÍTULO LV.
Dejando la Órden de Sancto Domingo en el santo y religioso
estado que habemos contado, que fué una de las cosas
pertenecientes á esta isla, tornemos sobre lo que sucedió en la isla
de Sant Juan, despues de haber pasado á ella cristianos, y venida la
gobernacion á Juan Ponce, de quien se dijo arriba. Llegado, pues, el
poder del Rey para que Juan Ponce gobernase aquella isla, edificó
un pueblo luégo de españoles, que llamó Caparra, no sé á qué
propósito, nombre de indios, en la costa del Norte, las casas todas
de paja; él para sí hizo una de tapias, que bastó para fortaleza,
como quiera que los indios no tengan baluartes de hierro ni
culebrinas, y la mayor fuerza que pueden poner para derrocar la
casa hecha de tapias es á cabezadas; despues otra de piedra, todo á
costa de los indios, y ellos todo lo trabajaban. Este pueblo asentaron
una legua de la mar, dentro la tierra, frontero del puerto que llaman
Rico, por ser toda aquella legua de un monte ó bosque de árboles,
tan cerrado y tan lodoso, que bestias y hombres atollaban, cuando
más enjuto estaba, hasta media pierna; por esta causa era ésto
averiguado, que las mercaderías de harina y vino, de aceite y
vinagre y ropa, y otras cosas que traian de Castilla, costaba más
desde la lengua del agua llevarlas al pueblo, sólo aquella legua, que
habian costado de Castilla traer hasta el puerto. Con toda esta costa
y trabajos, que cargaban todos sobre los indios, estuvieron tan
ciegos y ocupados en sacar oro, que no cayeron en diez ó doce años
en salir de allí, é mudar el pueblo, hasta que ya se les acababan los
indios, y convenia llegarse á la mar para suplir con el agua y barcos,
por ella, lo que la sangre de los indios derramada faltaba, y así se
pasaron donde agora el pueblo ó ciudad está. Donde al presente
está, es una isleta estéril, apartada de la misma isla grande por un
estero que allí hace la mar, pero angosto, que con una puente de
madera se pasa y trae todo lo que es menester de la isla, porque en
ella tienen todas las labranzas y ganados, y se sirven de todo lo
demas; hicieron otro pueblo cuasi al cabo de la isla, en un valle á la
misma costa del Norte, donde agora está el que se dice Sant
Germán, puesto que más arriba ó más abajo, y á aquel llamaron
Guanica, por razon que hallaron allí ciertos rios de oro; de allí lo
mudaron cuatro leguas la costa arriba, donde llaman el Aguada,
porque sale allí un buen rio, de donde se toma para las naos buen
agua, y pusiéronle por nombre Sotomayor; despues lo pasaron otra
vez al mismo valle, poco más ó poco ménos, más dentro ó más
fuera, y llamáronlo Sant Germán. Nunca hobo más de éstos dos
pueblos en la isla de Sant Juan, puesto que algunos más se
comenzaron, pero en breve fueron despoblados por ciertas causas;
como, pues, los nuestros españoles, nunca en estas Indias pueblen
ó hagan pueblos, para ellos cavar y arar, y Juan Ponce, que tenia la
gobernacion, estuviese bien acostumbrado de las poblaciones desta
isla, y á cuya costa los españoles solian poblar, llevó aquel camino
que en aquesta isla él con los demas habia usado; éste fué, repartir
los indios señalando á cada uno tantos, cada uno de los cuales tuvo
cargo de que no se le pasase, en las minas, y en las otras granjerías,
el tiempo en balde; y así, todos los indios de aquella isla, estando
pacíficos y en su libertad, y rescibiendo á los españoles como si
fueran todos sus hermanos (yo me acuerdo que el año de 502,
saltando nosotros en tierra, vinieron pacíficos, alegres, á vernos y
nos trajeron de lo que tenian, como de su pan, y no me acuerdo si
pescado), súbitamente se vieron hechos esclavos, y los señores de
sus señoríos privados, y todos forzados á morir en los trabajos, sin
esperanza que en algun tiempo habian de cesar. ¿Qué se debia
esperar que los indios habian de hacer, mayormente habiendo tenido
noticia que las gentes desta Española, por aquel camino se habian
ya acabado? Por aquí se verá la ceguedad tupida de los que, por
escrito ó por palabra, llaman ingratos y malos á los indios, porque
matan á los españoles, durmiendo ó velando, juntos ó apartados y
como quiera que puedan tomallos. ¿Qué obras han sido las que de
los españoles han rescibido para que les deban ser agradecidos? ¿O
habellos todos, donde quiera que han entrado, consumido, matando
ó destruyendo, como quiera que lo puedan efectuar, no es usar de
su natural defension que á los animales brutos, y á las mismas
piedras insensibles es natural y lícito? Grande infelicidad y peligro es
de todos aquellos que ésto no miran. Así que, viendo las gentes de
la isla de Sant Juan, que llevaban el camino para ser consumptos
como los de esta isla, acordaron de se defender, segun que podian,
y concertaron que cada señor con su gente, para cierto tiempo,
tuviese cargo de matar los españoles que pudiese haber por sus
comarcas, en las minas ó en las otras sus granjerías, que andaban
ya todos derramados, y en ellas bien ocupados. Mataron, por esta
manera, bien 80 hombres, y luégo van 3 ó 4.000 indios, sobre el
dicho pueblo, llamado Sotomayor, y, sin que fuesen sentidos,
pusiéronle fuego, que era todo de casas de paja, y juntamente
mataron algunos de los vecinos como estaban descuidados, los
cuales, viéndose apretados y en gran peligro, pelearon varonilmente
contra los indios, por manera que no les pudieron hacer más mal;
pero hiciéronlos retraer y dejar el pueblo con todo el hato que en él
tenian, quemado y lo no quemado, y fuéronse á juntar con Juan
Ponce, por entónces su Gobernador, al pueblo llamado Caparra. Y
porque D. Cristóbal de Sotomayor, tuvo por su repartimiento al Rey ó
señor mayor de la tierra, llamado Agueíbana, no el que habia
rescibido á Juan Ponce y á los españoles la primera vez, como en el
capítulo 46 dijimos, sino un su hermano, que, despues de su
muerte, en el señorío le sucedió, y á la sazon estaba en el pueblo de
aquel señor que tenia él por siervo ó sirviente, acordólo allí matar.
Dijeron que desta determinacion le avisó una hermana del mismo
señor, que tenia el D. Cristóbal por manceba, pero que no lo creyó; y
súpolo tambien de otro español que tenia consigo, que sabia la
lengua de los indios, y se desnudó en cueros, y pintó con las colores
que los indios estaban pintados, y, cantando y haciendo bailes, fué
donde cantaban la muerte de D. Cristóbal que habian de hacer, de
manera que no lo cognoscieron, y le dijo como se tractaba de su
muerte, y que aquella noche se podian huir, pero tampoco
aprovechó, hasta que, finalmente, otro dia lo mataron con otros
cuatro españoles. El Juan Ponce recogió y aparejó lo mejor que pudo
la gente de españoles que por la isla quedaba, que eran pocos más
de la mitad, porque todos los otros habian ya muerto los indios, y
donde sabia que habia gente junta, iba á buscarlos y peleaba con
ellos varonilmente, porque tuvo consigo hombres muy esforzados, y,
en muchas batallas ó recuentros, hicieron en los indios grandes
estragos; y así asolaron aquella isla, matando infinitos indios, los
señores y súbditos que podian armas tomar. Despues de los cuales
muertos, los demas sojuzgados, repartiéronlos entre sí, que es el fin
de sus guerras que llaman conquistas, (y ésto llama Oviedo en su
Historia pacificar, y todos los que se jactan de conquistadores), para
los echar á las minas y ocuparlos en las otras granjerías y trabajos,
donde al cabo los consumieron y acabaron, de la misma manera que
los desta isla Española fueron estirpados. Quien principalmente hizo
la guerra y ayudó más que otros, fué un perro que llamaban
Becerrillo, que hacia en los indios estragos admirables, y cognoscia
los indios de guerra y los que no lo eran, como si fuera una persona,
y á éste tuvieron, los que asolaron aquella isla, por ángel de Dios. Y
cosas, se dice, que hacia maravillosas, por lo cual temblaban los
indios dél que fuese con 10 españoles, más que si fuesen 100 y no
lo llevasen; por esta causa le daban parte y media, como á un
ballestero, de lo que se tomaba, fuesen cosas de comer, ó de oro, ó
de los indios que hacian esclavos, de las cuales partes gozaba su
amo; finalmente, los indios, como á capital enemigo, lo trabajaban
de matar, y así lo mataron de un flechazo. Una sola cosa, de las que
de aquel perro dijeron, quiero aquí escribir. Siempre acostumbraron
en estas Indias los españoles, cuando traian perros, echarles indios
de los que prendian, hombres y mujeres, ó por su pasatiempo y para
más embravecer los perros, ó para mayor temor poner á los indios
que los despedazasen; acordaron una vez echar una mujer vieja al
dicho perro, y el Capitan dióle un papel viejo, diciéndole, lleva esta
carta á unos cristianos, que estaban una legua de allí, para soltar
luégo el perro desque la vieja saliese de entre la gente; la india
toma su carta con alegría, creyendo que se podria por allí escapar
de manos de los españoles. Ella salida, y llegando un rato desviada
de la gente, sueltan el perro, ella como lo vido venir tan feroz á ella,
sentóse en el suelo y comenzóle á hablar en su lengua: «Señor
perro, yo voy á llevar esta carta á los cristianos, no me hagas mal,
señor perro,» y estendíale la mano mostrándole la carta ó papel.
Paróse el perro muy manso, y comenzóla de oler, y alza la pierna y
orinóla, como lo suelen hacer los perros á la pared, y así no la hizo
mal ninguno; los españoles, admirados dello, llaman al perro y
átanlo, y á la triste vieja libertáronla por no ser más crueles que el
perro. Desde algunos dias, el Almirante, dando quejas desde acá,
que contra sus privilegios el Rey proveyera por Gobernador á Juan
Ponce, habiendo aquella isla descubierto personalmente su padre,
en el segundo viaje, y Juan Ceron y Miguel Diaz, que habia enviado
presos Juan Ponce, estando y negociando allá, fué movido el Rey á
dejar la eleccion de Teniente de aquella isla al Almirante, y dar
licencia que se volviesen Juan Ceron y Miguel Diaz á sus oficios, por
el Almirante, y á sus casas. Despues fué á la isla el Almirante, y por
causas que le movieron quitó á Juan Ceron la gobernacion, y puso á
un caballero que llamaron el Comendador Moscoso, que habia
venido de Castilla con él. Pasados algunos dias, quitó aquel y puso á
otro caballero, Cristóbal de Mendoza, y despues otros y otros; todos
los cuales ayudaron á destruir aquellas gentes, por todos holgarse
de sacar oro, y no carecer de la ceguedad que todos, hasta que los
acabaron. Despues de muertos los naturales vecinos della, dejó Dios
para ejercicio y castigo de los españoles, reservados, las gentes de
los caríbes de las islas de Guadalupe, y de la Dominica, y otras de
por allí, que infestaron muchas veces aquella isla, haciendo saltos,
mataron algunos españoles, y robaron y destruyeron algunas
estancias ó haciendas, y llevaron captivos algunos; lo que no osaran
venir á hacer, si la isla estuviera con sus habitadores en su
prosperidad. Así dejó Dios ciertas naciones, por los pecados de los
hijos de Israel, para que los inquietasen, turbasen, infestasen,
robasen y castigasen, como parece por el libro de Josué y de los
Jueces. Y pluguiese á Dios que, con aquellos daños y castigos,
pagásemos solos los estragos, y calamidades, y destruyciones que
habemos causado en aquella isla, y los pecados que por ello
habemos cometido, dejados aparte los de las otras partes.
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