I. La Energía Y Sus Transformaciones: 1. Todo Cambia y Envejece
I. La Energía Y Sus Transformaciones: 1. Todo Cambia y Envejece
El mundo que nos rodea cambia continuamente. Si miramos alrededor, vemos cosas que se
mueven y se modifican. Los seres animados se desplazan; nacen, viven, y mueren. Una
agitación continua recorre toda la naturaleza: las plantas crecen lentamente; las aguas de
los ríos fluyen, las de los mares están encrespadas de olas. El aire es movido por el viento,
en el cielo corren las nubes. Caen las lluvias y luego hay sereno. Las estaciones se
alternan.
Aún los objetos más estáticos e inanimados –una piedra o un rascacielos- cambian
lentamente: son corroídos por el polvo y el viento, los vértices se vuelven redondos, se
deposita la pátina del tiempo. Todo envejece, más o menos lento, pero sin detenerse. Si un
objeto nos parece estático e inmóvil, observémosle con mayor cuidado: quizá con un
microscopio, o bien comparando dos fotografías tomadas a gran distancia en el tiempo;
bajo su aparente inmovilidad lo encontraremos atravesado por cambios, encontraremos que
también él envejece.
Desde los tiempos más antiguos, el hombre fue siempre en busca de algún elemento de
estabilidad y de seguridad en medio del cambio. “Nada nuevo bajo el sol”, decía el sabio
Salomón (960-927 a.C.). Con esto quería decir: sí, todo cambia; pero no es grave ni
irreparable. Porque en el fondo todo se repite. Cada año regresa la primavera. Alguien
muere, pero alguien nace. Las estrellas en el cielo cambian de posición, pero todo es
mecanismo programado cronométricamente. Allí donde cada una de ellas se encuentra
hoy, al mismo lugar regresará en un futuro más o menos lejano; y en la misma idéntica
configuración estuvieron en algún momento del pasado.
Si así fuera, si los cambios de la naturaleza fueran un repetirse de ciclos siempre iguales,
entonces el hecho de envejecer sería un detalle que concerniría a cada ser singular, a cada
objeto singular: la naturaleza en su conjunto, el mundo y el universo estarían inmunes.
Sobrevolaría el tiempo sobre el mundo si tocarlo. En cierto sentido se podría decir que para
el universo en su conjunto el tiempo no tendría significado. Pero no es así. También el
universo envejece. Lentamente, pero envejece.
Las estrellas se alejan entre ellas, como los fragmentos de una antigua explosión. Se
mueven una respecto de otra a gran velocidad: una velocidad que llega a ser casi un millón
de veces más grande que la del más veloz de los aviones. Sólo el hecho de estar en tan
lejanas de nosotros, y tan lejanas unas con otras, nos las hace parecer inmóviles. Los
movimientos que vemos en los cuerpos celestes no son, por tanto, sólo movimientos
circulares y repetitivos; no es sólo el girar de los planetas, los satélites y el mismo girar de
la Tierra sobre sí misma los que dan movimiento al firmamento. Las estrellas se marchan y
parecerían destinadas a hundirse en el espacio sin fin. Éste es un hecho demostrado sin
duda por medidas precisas llevadas a cabo por los astrónomos en los últimos decenios.
Pero hay más. Cada estrella, en singular, envejece; y cuando llega su turno, muere. Los
astrónomos han podido observar la muerte de muchas estrellas.
También nuestro sol envejece. Nació hace muchos miles de millones de años. Pero
también él envejece inexorablemente, se consume; también para él vendrá puntual la
muerte.
Nada, en consecuencia, permanece sin tocar por el paso del tiempo. Riguroso e
imparcial, el tiempo condena cada cosa a envejecer. Cualquier cosa que veamos hoy la
encontraremos un día más vieja mañana. Decir entonces que una cosa es más vieja
significa que sobre ella el tiempo ha operado más. Más viejo significa también más
deteriorado, más mal parado. La acción del tiempo tiende a empeorar la calidad de las
cosas, no a mejorarla: el paso del tiempo acerca cada cosa a la muerte.
¿Cuál es la causa que obliga a las cosas a cambiar? ¿Y qué cosa significa, no sólo para un
ser vivo sino para un objeto, envejecer? ¿Es el envejecimiento un proceso sin esperanza?
Trataremos, en el curso de este libro, de dar una respuesta a estas preguntas; o por lo
menos a exponer aquellas respuestas que la ciencia está en capacidad de dar hasta hoy.
Trataremos ejemplos simples. Hablaremos más de cosas inanimadas que de seres
vivientes, porque es más fácil comprender los sistemas simples que los complejos.
Energía, en efecto es todo aquello que puede ser transformado en movimiento; o todo
aquello en lo cual el movimiento se transforma. Si un objeto se mueve, posee energía de
movimiento. La energía de movimiento de un objeto que se mueve es tanto mayor cuanto
más grande es la masa de ese objeto, es decir cuanto mayor es la cantidad de materia que
constituye ese objeto. Con igual masa, la energía de movimiento aumenta rápidamente con
el aumento de la velocidad: si la velocidad se dobla, la energía de movimiento es cuatro
veces más grande. Por esto, en un accidente, un automóvil que va a 200 kilómetros por
hora produce un daño que es cuatro veces más grande (¡y no doble!) con respecto a cuándo
va a 100 kilómetros por hora.
Imaginemos un vagón que haya sido empujado a cierta velocidad, comunicándole así
una energía de movimiento dada. Si los rieles a lo largo de los cuales se mueve recorren
una vía en ascenso, el vagón es frenado por la fuerza de su peso que, estando dirigida hacia
abajo, se opone al movimiento. El vagón frena cada vez más y finalmente se detiene. Si la
velocidad que tenía al inicio hubiera sido más grande, el tramo recorrido en el ascenso
habría sido más largo: cuatro veces más grande si la velocidad hubiera sido el doble.
Apenas se frene pongámosle el freno de mano: el vagón, precisamente por estar quieto, no
posee energía de movimiento. Sin embargo posee ahora energía de posición: lo demuestra
el hecho de que, liberando el freno de mano, el carro comienza a moverse
espontáneamente hacia abajo para regresar al fondo del descenso con una energía de
movimiento casi igual a la que tenía inicialmente, cuando comenzó a subir.
La energía puede tener muchas otras formas. La luz y el calor son formas de energía. La
electricidad es otra forma de energía; también la energía química contenida en los
combustibles, o en una batería de acumuladores, cargada, haciéndola atravesar por una
corriente eléctrica.
La energía se acumula
La energía luminosa y térmica del Sol viaja a través del espacio para llegar hasta nosotros.
La energía está continuamente sujeta, por lo tanto, a procesos de transformación y
transferencia. Algunos de estos procesos son llamados también procesos de
almacenamiento o acumulación de la energía: esto sucede cuando la energía que es
recibida por un sistema asume una forma que no se manifiesta como luz, como calor o
como movimiento. Se ha acumulado en la batería, está escondida en ella: nos damos
cuenta de ello, sin ninguna duda, extrayéndola nuevamente de la batería y produciendo luz
en una lámpara, o energía de movimiento con un motor eléctrico, y así sucesivamente.
Un dique que mantenga en una cumbre el agua de un río acumula energía en la forma de
energía de posición: esta energía se libera sólo cuando el agua se libera hacia el valle. Un
tanque protegido alrededor con materiales aislantes puede conservar acumulada la energía
térmica del agua caliente que contiene. En realidad un poco de calor siempre se escapa y se
pierde en los alrededores: no es sencillo acumular y conservar la energía térmica.
Cualquier objeto o sistema que observemos, así como sus mutaciones, sus cambios de
posición, de forma y de dimensiones, son originados y acompañados por transformaciones
de la energía: la energía que aquel objeto posee –o que aquel objeto recibe o pierde –
cambia de forma, de posición, es acumulada o liberada.
3. La energía se conserva
Las leyes de la física se derivan de la observación de los hechos. Una de las leyes
fundamentales de la física, una de las leyes más seguramente basadas en la observación de
hechos pertenecientes a las categorías más dispares, afirma que la energía se conserva. La
energía se transforma, se transfiere o se acumula; pero no puede ser creada ni puede ser
destruida. Esta ley física fundamental se llama precisamente principio de conservación de
la energía.
Observemos cualquier objeto o sistema físico. Por sistema se entiende cualquier objeto o
conjunto de objetos formado por un cierto número de partes que lo constituyen. Cualquier
cosa que observemos es un sistema físico: está formada por un cierto número de partes
más simples. Aun el átomo mismo, que los antiguos creían indivisible y simple, está
formado por constituyentes más elementales. Cualquier cosa que observemos representa
por tanto un sistema físico: sea sólido, líquido o gaseoso; sea un objeto natural o un
dispositivo artificial, como por ejemplo un motor; sea un objeto inanimado, o bien un
cuerpo dotado de vida, una planta o un animal.
Digamos que un sistema físico sufre una transformación cuando cambia de posición, o de
forma, o de dimensiones; o bien cuando cambia una de sus propiedades. Cuando un
sistema físico sufre una transformación, de alguna manera interviene la energía. O recibe
energía del ambiente, es decir de aquello que está alrededor; o cede al ambiente una parte
de la energía que poseía; o la energía en él contenida cambia de posición; o bien la energía
en él acumulada cambia de forma. O bien suceden simultáneamente más de una de estas
cosas.
En cambio, si medimos la energía que el sistema recibe y medimos también aquella que
cede al ambiente, estas dos cantidades de energía en general no son iguales entre ellas.
Pero si la energía recibida es mayor que aquella cedida, entonces la diferencia entre las dos
ha sido acumulada por el sistema. Por ejemplo, el sistema se ha calentado, ha acumulado
energía química o alguna otra forma de energía. Viceversa, si la energía cedida es mayor
que aquella recibida, entonces la diferencia ha sido extraída de la energía que el sistema
tenía acumulada: por ejemplo, el sistema se ha enfriado, o ha pedido alguna otra forma de
energía que antes poseía.
Esta es una regla sin excepciones: en cualquier proceso o fenómeno, cualquiera sea el
sistema físico considerado, el balance de la energía debe estar equilibrado.
Otro ejemplo, un combustible posee, acumulada en sí, una cierta cantidad de energía
química. Cuando el combustible, por ejemplo la gasolina, es quemado en un motor (el
proceso por el cual algo arde se llama combustión), esta energía se desarrolla en forma de
calor. En parte el calor se transforma en el motor en energía de movimiento, y en parte es
cedido al ambiente, bien sea a través de los humos de escape o del radiador, que permite al
motor transmitir calor al aire circundante. La suma de la energía de movimiento adquirida
por el motor y de la energía térmica que viene cedida al ambiente es exactamente igual a la
energía química que tenía el combustible que ardió. Pueden cerciorarse haciéndose las
mediciones oportunas. Pero pueden también confiar, pues lo afirma el principio de
conservación de la energía: uno de los principios de la física más seguramente comprobado
por muchas, diferentes y precisas verificaciones que científicos y experimentadores han
practicado sobre todo tipo de sistema en cualquier condición.
También la masa (es decir la materia) es una forma, muy concentrada, de energía.
4. La energía se degrada
Para que una transformación cualquiera suceda es necesario que intervenga una cantidad
más o menos grande de energía.
El hombre está acostumbrado a generar, para su propia comodidad, una gran variedad de
fenómenos y de transformaciones: para calentarse, para moverse, para construir objetos
útiles y demás. Para generar estos fenómenos debe entonces emplear energía, por ejemplo
tomándola de fuentes naturales: desde los tiempos más antiguos utilizó la energía
desarrollada por los músculos de los animales domésticos, o la energía del viento, o la del
agua que fluye en los cursos del agua, o la producida por la leña que arde. En los últimos
años se han utilizado sobre todo fuentes energéticas llamadas fósiles. Están representadas
por combustibles como el petróleo, el carbón o el gas natural que la Tierra ha acumulado
en reservas subterráneas a través de procesos de transformación de bosques crecidos hace
millones de años.
No obstante, decir que la humanidad consume energía es una manera inexacta de decir:
de hecho hemos visto que la energía no puede consumirse, en el sentido visto que la
energía no puede consumirse, en el sentido en el que no puede ser destruida. Sólo puede
transformarse. Si por ejemplo quemamos una cierta cantidad de combustible,
encontraremos luego en los productos de combustión (en el calor producido y comunicado
al ambiente, en la energía transportada por los ríos, etc.) exactamente toda la energía que al
comienzo estaba contenida en el combustible en forma de energía química. Cuando el
combustible arde, su energía no se consume sino que se transforma. Nos lo dice el
principio de conservación de la energía, un principio al que nadie jamás ha encontrado
excepciones en la observación de los hechos. Pero es claro que un combustible que ha
ardido no tiene el mismo valor que un combustible por arder. Aún si recogemos con
diligencia todos los productos de la combustión sin olvidar ni un solo fragmento, ni una
sola fracción minúscula de calor, no podemos ponerlos juntos y formar de nuevo el
combustible que teníamos inicialmente. Se puede ir en un sentido, del combustible a los
productos de combustión; pero no se puede ir en sentido opuesto, de los productos de
combustión al combustible.
El proceso de combustión, como prácticamente todos los procesos naturales o artificiales
que nos es dado observar, no es, consecuencia, un proceso que pueda desarrollarse
indiferentemente en los dos sentidos: no es, como se suele decir, un proceso reversible. No
es reversible, por ejemplo, el proceso que lleva un vehículo (imaginemos un automóvil) de
un lugar a otro. Pues si bien es cierto que así como fue, puede regresar recorriendo el
camino en sentido opuesto, a la ida el tanque de gasolina se ha ido vaciando y no se llena
al regreso: ¡solo así sería reversible el proceso!
Podemos citar, al respecto, algunos de los innumerables ejemplos a los que asistimos
continuamente. Un vehículo que se está moviendo a una cierta velocidad –y que no esté
movido continuamente por un motor- tiende a detenerse espontáneamente; de esta manera
las ruedas, los rodamientos y todos los otros puntos en los cuales haya roce (en los que
hay, según el lenguaje de la física, roce) se calientan. La energía de movimiento tiende por
tanto a transformarse en energía térmica. Si probamos calentando un vehículo detenido, no
se pondrá en movimiento. La energía térmica, por el contrario, espontáneamente no se
transforma en energía de movimiento. Puede parecer una observación banal, pero es una
observación relevante, que como veremos tiene importantes consecuencias prácticas y
conceptuales.
Poniendo en contacto un cuerpo caliente y uno frío, el frío tiende a calentarse a expensas
del más caliente; no es posible que el frío se enfríe aún más, cediendo su propio calor al
más caliente. El calor tiende entonces a fluir espontáneamente sólo en un sentido, de los
cuerpos más calientes a los más fríos: ésta es otra importante regla fenomenológica a la
que obedecen todos los procesos físicos sin ninguna excepción.
Se puede objetar: no es cierto, basta con tener un motor térmico. El motor térmico fue
inventado justo para transformar la energía térmica en energía de movimiento. Pero en
realidad un motor térmico, si absorbe cien unidades, solo está en capacidad de transformar
una parte en energía de movimiento: el resto lo descarga en forma de calor a baja
temperatura. Sobre este concepto y sobre esta constatación fenomenológica volveremos
más adelante.
Lo que hemos dicho hasta aquí es suficiente, sin embargo, para llevarnos a una
conclusión simple e importante: la energía de movimiento es más versátil que la energía
térmica, y por tanto más preciosa. Si una forma de energía tiende a transformarse
espontáneamente en otra forma, entonces la primera forma es más preciosa que la segunda.
La primera forma, de hecho, puede por escogencia ser empleada de una u otra manera;
mientras que la segunda puede ser empleada sólo en cuanto tal.
Esta es una constatación que deriva de la observación de los hechos: una constatación
fenomenológica. Cuál sea el significado profundo de la degradación de la energía lo
veremos más adelante.
Como vimos, en cada fenómeno la energía tiende a degradarse. La energía térmica tiende a
distribuirse y con ello a diluirse, a enfriarse; la energía de movimiento a transformarse en
energía térmica, y así sucesivamente. Estos fenómenos de degradación tienen lugar en
general, si miramos alrededor, en tiempos bastante breves: son fácilmente observables en
el giro de pocos días, de pocas horas o pocos minutos. Si lanzamos una piedra,
comunicándole energía de movimiento, se detiene en pocos segundos; su energía de
movimiento se transformó en calor. Una vasija con agua caliente se enfría en pocas
decenas de minutos, a lo sumo en pocas horas: su energía térmica se ha perdido en el
entorno, degradándose así a la temperatura ambiente.
Estando así las cosas, esperaríamos que toda la energía de movimiento disponible sobre
la Tierra se degradara rápidamente en calor; y que todo el calor se enfriase a la temperatura
de las cosas circundantes. En poco tiempo entonces el planeta debería transformarse en un
mundo privado de movimiento, privado de cosas calientes, inerte y quieto. En cambio, la
naturaleza que nos rodea continua siendo, por millones y millones de años, continuo
movimiento y renovación; llena de fenómenos que se regeneran, de movimiento que nacen
y de cosas que se calientan. ¿Cuál es el origen de todas estas transformaciones y cuál es el
origen siempre nuevo de este movimiento? De los fenómenos astronómicos y cósmicos –
de aquellos que conciernen a la vida de las estrellas, el movimiento de los planetas y sus
satélites, las transformaciones y transferencias de energía que tienen lugar en el espacio
entre las estrellas- nos ocuparemos más adelante. Por el momento, en cambio, discutimos
los fenómenos que vemos entorno a nosotros en la vida de todos los días; aquellos que
mencioné justo en las primeras frases del este libro. Los seres vivos que se mueven, las
plantas que crecen, las lluvias, el viento, las nubes; ¿Cuál es el motor de todo este
mecanismo?
Para dar respuesta a este interrogante, para comprender lo que llamaré el ciclo de la
energía, comenzaré con llamar la atención de quien lee hacia una comparación a la llamo
el ciclo de las aguas.
El agua sobre la Tierra tiende a correr continuamente hacia abajo: esto es consecuencia
de la fuerza-peso con la cual la Tierra atrae hacia sí cada cosa en sus alrededores. Así el
agua en la cima de las montañas comienza a correr hacia el valle en mil riachuelos, que
luego se unen para formar torrentes. Los torrentes confluyen en los ríos, y los ríos corren
por los valles descendiendo cada vez mas hasta llegar al mar. Esto sucede hace centenares
de millones de años. Si el agua continúa corriendo siempre hacia abajo, esperaríamos que
la que se encuentra en la cima de los montes se hubiera acabado hace mucho. ¿Quién trae
nuevamente el agua del mar a la cima de las montañas? Todos conocemos la respuesta a
esta sencilla pregunta.
La energía que el Sol nos manda con sus rayos hace evaporar el agua del mar y de los
valles. El vapor así formado sale y se condensa en las nubes; y de estas nubes cae la lluvia
que reabastece los manantiales de las montañas. Parte de esta agua cae a las montañas en
forma de nieve, y queda acumulada sobre la cima de las montañas formando nevados y
glaciares. De modo que en los periodos en los cuales no llueve o llueve poco, la nieve y los
glaciares, derritiéndose, continúan alimentando las fuentes de agua. Por tanto el motor del
ciclo de las aguas es la energía que la Tierra recibe del Sol.
Veamos ahora el ciclo de la energía. Como hemos visto, en cada fenómeno físico la
energía permanece igual como cantidad, pero empeora como calidad.
La energía de calidad más apreciada, como hemos visto es la energía mecánica, es decir
la energía de movimiento o de posición. Esta energía es llamada también energía noble.
Pero hay otras formas de energía noble, es decir formas de energía igual de preciosas
respecto a la mecánica: la energía eléctrica, o ciertas formas de energía química.
Todas las formas de energía noble son equivalentes entre ellas: pueden transformarse una
en otra y en cualquier otra forma de energía. Volviendo al ejemplo del ciclo de las aguas,
podemos comparar las varias formas de energía noble con el agua contenida en depósitos
sobre la más alta de las montañas: dejando fluir el agua de estos depósitos podemos
obtener agua donde nos sirva, a cualquier altura. Así como el agua de estos depósitos
tiende a descender hasta alturas cada vez más bajas, así mismo la energía noble tiende a
degradarse en forma de calidad más baja, y en particular en energía térmica. La energía
térmica, o calor, tendría calidad equivalente a la de la energía noble sólo si su temperatura
fuera infinitamente alta. A medida que la energía térmica se diluye y se enfría (a medida
que baja su temperatura), su calidad empeora: a medida que su temperatura se acerca a la
temperatura ambiente, se asemeja siempre más al agua del mar.
Cada cosa que se mueve dispone de energía de movimiento. Los animales, por ejemplo,
extraen la energía que les sirve para vivir (para moverse, para calentarse, etc.) de la energía
química contenida en los alimentos. A medida que es usada, esta energía se degrada y es
disipada en el ambiente y como el agua que corre en el fondo de los valles hasta el mar.
C) Son a su vez alimento para los animales carnívoros. La energía solar, por tanto,
alimenta el motor de la vida sobre la Tierra.
Los seres que viven sobre la Tierra han continuado por centenares de millones de años
extrayendo energía noble de los alimentos. El agua de los montes, si continuamente no
fuese remplazada por las lluvias, habría descendido toda a los mares. De la misma manera
la energía noble de todos los procesos que ocurren en la Tierra debería haberse degradado
en energía térmica a la temperatura ambiente si no hubiera un motor que regenera la
energía noble. El motor del ciclo de las aguas es alimentado por el Sol. ¿Quién alimenta el
motor del ciclo de la energía? También el ciclo de la energía es alimentado por el Sol.
El principal de los mecanismos con los cuales el Sol alimenta continuamente el ciclo de
la energía es aquel proceso que se conoce como la síntesis de la clorofila. El otro
mecanismo importante es la evaporación: el ciclo de las aguas, alimentado por el Sol, hace
parte de hecho del ciclo de la energía. La síntesis de la clorofila es un proceso llevado a
cabo por las plantas. Éstas absorben los rayos de luz y transforman la energía de algunos
de ellos en energía química. Así crecen las plantas y de esa manera almacenan de nuevo la
energía que poco a poco utilizan. Comiendo las plantas, los animales herbívoros obtienen
de ellas la energía que les sirve para vivir. Los animales carnívoros, que se alimentan de
los herbívoros, consiguen, también ellos, de las plantas, y por tanto del Sol, la energía
necesaria. En consecuencia el motor de la vida sobre la Tierra es alimentado por la energía
solar.
En el curso de este siglo, y en parte del precedente, el hombre ha comenzado a usar, para
accionar sus máquinas, cantidades siempre mayores de energía producidas por
combustibles. Los combustibles naturales como leña (y las otras formas de energía
llamadas renovables continuamente reabastecidas por el Sol: energía de posición de las
aguas que descienden de las montañas; energía del viento; la misma energía luminosa y
térmica traída por los rayos del Sol) no han sido suficientes para satisfacer el hambre de
energía preciosa que tiene la civilización moderna. Se han empleado así, en medida
siempre creciente, las reservas fósiles de energía. Es como si, en el ciclo de las aguas, el
agua que baja de las montañas a los ríos no fuera suficiente para satisfacer las necesidades
y el hombre hubiera comenzado artificialmente a disolver los glaciares. ¿Y que pasará
cuando se hayan disuelto completamente, es decir cuando los combustibles fósiles se
hayan agotado? La humanidad deberá aprender a ser menos consumidora de energía. Pero
aquí no nos interesan este tipo de consideraciones. Continuemos más bien describiendo
cómo se comporta la energía en sus diferentes transformaciones.
Sin embargo, el hombre ha inventado los motores térmicos que producen energía de
movimiento a partir de la energía térmica producida por los combustibles.
Por tanto, parecería que los motores térmicos contradicen la regla general según la cual la
energía tiende siempre a degradarse; lo que los motores térmicos producen es de hecho una
forma de energía más noble que la que consumen. En realidad, ni siquiera los motores
térmicos contradicen la regla general a la que obedecen sin excepción todos los procesos,
sean naturales o artificiales. Ningún fenómeno que incluya cosas inanimadas o vivientes
pueden desobedecer al segundo principio de la termodinámica.
El agua que fluye hacia abajo puede ser utilizada para transportar una parte de la misma
más alto.
Para comprender como los motores térmicos, aún produciendo energía noble, no
contradicen el segundo principio de la termodinámica, hagamos ahora una comparación
relativa al movimiento del agua.
El agua tiende siempre a fluir hacia abajo; por tanto un torrente fluye siempre hacia el
valle y no hacia el monte. No obstante, es posible hacer una parte del agua del torrente
vuelva hacia la cima de la colina. Aprovechando una cascada o un salto de agua se pueden
hacer girar las palas de un molino; y éstas, accionando una bomba, pueden transportar
parte de la agua del torrente hasta la cima de la colina. El hecho se muestra
esquemáticamente en la figura.
Los motores térmicos funcionan de manera similar. Emplean calor a alta temperatura,
extraído de una caldera o de la combustión directa de un combustible (llamada la fuente
caliente del motor). Este calor tiende a fluir hacia una temperatura más baja, hacia la
fuente fría. Usualmente la fuente fría está representada por el agua: es el caso, por ejemplo,
de las grandes centrales termoeléctricas que producen energía eléctrica. Es justo fluyendo
de la fuente de alta temperatura hacia la fuente de baja temperatura que el calor hace girar
el motor; el cual transforma una parte del calor extraído de la fuente caliente en energía
noble.
Esquema de funcionamiento de un motor térmico.
Pero no existirá jamás in inventor capaz de realizar un motor con rendimiento igual a
uno: una máquina capaz, por tanto, de convertir todo el calor producido por el combustible
en energía de movimiento. Dicha maquina transformaría la energía térmica en energía de
calidad superior: mientras que el segundo principio de la termodinámica afirma que la
energía que resulta de un proceso debe tener siempre, en su conjunto, calidad inferior (o a
lo sumo igual) respecto a la energía que entra al proceso mismo.
El sentido natural del flujo del agua (de lo alto hacia lo bajo) puede ser invertido si se usa
una bomba que absorbe energía.
Hay otra máquina que, a primera vista, parece funcionar contradiciendo el segundo
principio de la termodinámica: el refrigerador. De hecho, mientras que el segundo
principio afirma que el calor fluye siempre, espontáneamente, de una fuente caliente a una
fría y nunca al contrario, un refrigerador extrae calor de la celda refrigeradora, que esta
fría, y vuelca el calor hacia el exterior, es decir a un ambiente más caliente que la celda de
la cual fue extraído el calor.
Una vez más podemos usar el movimiento del agua para hacer una comparación. Dentro
de un tubo que no sea horizontal, el agua tiende siempre a fluir hacia abajo: pero usando
una bomba se la puede hacer fluir hacia lo alto. La maquina que acciona el refrigerador se
llama de hecho bomba de calor, y su esquema de funcionamiento se muestra en la figura.
Una vez fijadas las temperaturas de las dos fuentes térmicas del motor (es decir, la fuente
caliente de la que extrae el calor, y la fría a la que cede el calor que descarta), la
termodinámica clásica enseña a calcular el rendimiento de ese motor si se trata de un
motor ideal. Cualquier motor real que opere entre esas mismas temperaturas tiene un
rendimiento menor respecto al del motor ideal. Recordemos que con rendimiento de un
motor se entiende la fracción de calor extraída de la fuente caliente que el motor es capaz
de transformar en energía de movimiento.
La expresión matemática del rendimiento de un motor ideal fue calculada por primera
vez por Sadi Carnot (1796-1832).
Rendimiento = tc – tf
Tc + 273
Si, por ejemplo, la temperatura de la fuente caliente fuese t c = 100 grados, y la de la fuente
fría fuese tf =20 grados, se obtiene para el rendimiento de la máquina ideal el siguiente
valor:
100 - 20 80
Rendimiento = ---------------- = --------- = 0,21.
100 + 273 373
Ni siquiera en este caso la máquina ideal podría transformar en energía mecánica más de
un quinto, más o menos, de la energía que extrae de la fuente de alta temperatura.
Los motores llamados de combustión interna (por ejemplo los motores Diesel o los de
gasolina de ciclo de Otto) son aquellos en los cuales la fuente caliente está representada
por el mismo combustible que arde en el motor. Se trata de motores particularmente
simples y versátiles, y la temperatura de la fuente caliente puede ser muy alta, superior a
los dos mil grados: los gases en el interior del motor, que son la verdadera fuente caliente,
pueden estar más calientes, de hecho, que las partes mecánicas del motor, que a
temperatura tan altas resultarían dañadas irremediablemente aún cogiendo los materiales
más oportunos. Como se ve en la figura, aun los más perfectos entre estos motores tienen
un rendimiento que no es mayor que un tercio del de un motor ideal que trabaje a la misma
temperatura.
Pero, como resulta de la figura anterior, estamos aún hoy lejos de realizar un sueño
científicamente posible: es decir, aumentar el rendimiento de los motores térmicos hasta
valores próximos a los alcanzables idealmente. Para alcanzar este objetivo requieren
solución algunos nudos tecnológicos bastantes complejos.
8. Conclusiones
En este primer capítulo hemos visto que cualquier transformación de cualquier sistema
físico está acompañada de transformaciones de la energía.
Todas estas leyes que hemos descrito en este primer capítulo, derivan de la observación
directa de los hechos. Son, por tanto, leyes fenomenológicas, descriptivas. En otros
términos, hasta ahora nos hemos ocupado de describir cómo se desarrollan los hechos sin
siquiera tratar de entender los porqué. De ahora en adelante nos ocuparemos, en cambio,
en profundizar por qué las cosas suceden de esta manera. ¿Por qué la energía que queda de
un proceso es de calidad peor con respecto a la que entra al proceso mismo? ¿Cuál es el
motivo por el cual la energía envejece, visto que con el paso del tiempo asume una forma
cada vez menos preciosa, hasta volverse prácticamente inútil cuando se degrada a energía
térmica a la temperatura ambiente? ¿Cuál es el significado de la calidad de la energía? A
estas preguntas trataremos de dar respuesta en el próximo capítulo.