Los empeños de
Sor Juana
Señor, bien veo que mejor se debería callar
Cristina de Pisán
I j a s guías de viaje casi nunca nos advierten que los monumentos ilus
tres merecen el rodeo de la espera. Y sin embargo, es tal la opacidad de la
historia, que el acercamiento a sus testimonios más suntuosos sería iluso
rio sin una íntima renuncia. La inmersión de la conciencia —continua
mente acosada por su propia disonancia y por el estruendo universal— en
lugares de una radical extrañeza nunca hará buenas migas con el princi
pio de la visita cronometrada. Nuestro siglo ha hecho de la rapidez y la
«comunicación» virtudes cardinales; en cambio, los grandes arquitectos
del pasado no olvidaban nunca que las piedras angulares, en la resistencia
de los materiales, son el peso del tiempo y las alas del silencio.
Algunas obras literarias manifiestan de entrada la misma resistencia
fundamental; no porque en su frontón lleven inscrita en filigrana la adver
tencia del filósofo: «No entre quien no sepa geometría», sino porque exi
gen del lector un lento y largo aprendizaje. Esto es especialmente válido
para la obra de sor Juana Inés de la Cruz y la sociedad que la vió nacer: la
Nueva España del siglo XVII. Para la restitución tanto de la una como de
la otra, hacía falta un poeta a la vez historiador: Octavio Paz ha demostra
do que esta combinación no era necesariamente contra natura. En la obra
titulada Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe >, el escritor mexi
cano nos da las claves de una época y del universo imaginario de esta reli-
giosa-mujer de letras que ya en su época recibió el apelativo de la Décima
Musa y fue celebrada tanto en Europa como en América.
Múltiples líneas de fuerza atraviesan la obra de Octavio Paz, pero es ' O. Paz, Sor Juana Inés
posible señalar tres temas dominantes: la historia del México colonial a de la Cruz o las trampas
través de la biografía de sor Juana; el análisis de una obra poética que es, de la fe. El libro apareció
sin lugar a dudas, una de las cumbres del concierto barroco; por último, en francés al mismo tiempo
que una selección de textos
la crónica de un destino poco común: el de una mujer que no fue sólo la de Sor Juana: El Divino
última musa (temporalmente), sino la primera feminista de América. Narciso.
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Muchos críticos han señalado el aspecto colosal de la investigación
emprendida por Octavio Paz —modelo de biografía literaria, de crítica his
tórica y de hermenéutica—. Y muchos comentadores no han podido ocul
tar su sorpresa ante la riqueza y la complejidad de los virreinos del Nuevo
Mundo. Hemos adquirido la lamentable costumbre de reducir América
Latina a una serie de rasgos folklóricos y siniestros lugares comunes:
miseria, ignorancia, violencia, corrupción, represión. Las realia del siglo
XVH estaban muy lejos de estos siniestros tópicos periodísticos: Nueva
España era más próspera y civilizada que, por ejemplo, Nueva Inglaterra,
y Boston, comparado con Puebla, no era más que un modesto burgo.
En cambio, el estilo de sor Juana nos resulta mucho más familiar. Aun
que es en el barroco donde la psicología criolla encontró un terreno privi
legiado, la poesía de la religiosa despierta múltiples ecos. Es como una
galería de espejos donde vemos reflejarse a Góngora y a Gracián, a Mari
no y Guido Casoni, John Lily y Agrippa d’Aubigné; la pincelada de Rubens
y los cuadros de su equivalente dramático: el teatro de Vondel. La obra
poética de sor Juana se inscribe en uno de los grandes movimientos de la
literatura occidental, el denominado, según las latitudes, marinismo,
eufuismo o gongorismo. Pero la fascinación por la muerte, una de las
características del barroco, no podía dejar de exacerbarse en el injerto
americano de la tradición española. «Piramidal, funesta, una sombra» se
aparece en el incipit del Primero sueño, uno de los poemas más logrados
de sor Juana. La conciencia de la falta, del pecado original, toman en
México una dimensión particular, no solamente en la mentalidad de los
mestizos (que forman la inmensa mayoría de la población), sino también
en la de los criollos y los indios2. Trasladado al antiguo imperio azteca, el
barroco no fue sólo la sombra proyectada de España: se convirtió en un
precipitado del espíritu mexicano.
El largo poema Primero sueño merecería por sí solo un lugar de honor
en la historia de la poesía barroca y preciosista. No es éste sin embargo
mi propósito. La personalidad de sor Juana nos interpela de forma mucho
más aguda en virtud de la exigencia y la determinación que la sostuvieron
2 Cf. d ensayo fundador de a lo largo de toda su vida. En efecto, aunque sor Juana haya cuidado su
Octavio Paz, El laberinto imagen literaria, su primera reivindicación no fue el derecho al reconoci
de la soledad, y, en particu miento en tanto que mujer de letras, sino el derecho al conocimiento en
lar, el análisis dd «malin- tanto que mujer. Nadie como ella, en esa época, dio testimonio de seme
chismo» (por Malinche, la
amante-intérprete india de jante resolución, acompañada de semejante ardor, de tan gran talento, de
Cortés, la chingada - la tan hermoso valor. Por eso me ha parecido interesante detenerme en la
madre violada). Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, el primer manifiesto feminista de la
3 «Respuesta de la poetisa historia de Occidente3. Este texto, de unas cuarenta páginas, es el testa
a la muy ilustre Sor Filotea
de la Cruz». mento intelectual de sor Juana.
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Para comprender el alcance de la Respuesta, es indispensable ubicarla
en su contexto, resumiendo las principales etapas de la vida de Sor Juana.
Nacida alrededor de 1650, en un pueblo situado al pie del célebre vol
cán de Popocatépetl, sor Juana es la hija natural de Pedro de Asbaje, pro
bablemente de origen vasco, y de Isabel Ramírez, de origen castellano. La
educaron su madre y su abuelo materno, pues no conoció a su padre. A
los nueve años, fue confiada a una hermana de su madre que se había
casado con un hombre influyente y vivía en México. A los dieciséis, ingre
sa en la corte como dama de compañía de la marquesa de Mancera,
virreina de Nueva España. Se sabe que la futura profesa brillaba en pala
cio tanto por su inteligencia como por su gracia, y que no le faltaban gala
nes. Pero, negándose a ser «un muro blanco donde todos quieren garaba
tear», entró en el convento de San Jerónimo (un nombre predestinado) a
la edad de veintiún años. «Entréme religiosa», se lee en la Repuesta, «por
que aunque conocía que tenía el estado cosas (...) muchas repugnantes a
mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo
menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de
la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (...)
cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que
eran de querer vivir sola». Mucho se han glosado (incluso enfatizado) los
móviles de este retrato y, como es usual, el psicoanálisis tipo prêt-à-porter
no ha dejado de aportar sus revelaciones dignas de revistas especializadas.
Pero, más allá de las hipótesis y las elucubraciones, hay dos puntos indis
cutibles: por una parte, las reglas de la vida conventual eran muy laxas, y
la clausura, bastante relativa; la celda era en realidad un apartamento
(con criadas) donde se recibía, se discutía de filosofía, se recitaban versos,
se escuchaba música, donde se encontraba, sobre todo, tiempo para leer,
sor Juana llegará a reunir más de 1.500 volúmenes. Por otro lado, la joven
mexicana no tenía padre ni dote: ¿acaso tenía elección? Mucho antes que
Virginia Woolf, había comprendido que, para asegurarse su autonomía,
una mujer necesita «una habitación propia y cinco mil libras de renta»4.
La vida monástica le procuraba la habitación y la aliviaba de la carga más
detestable: las phynances*, como escribía Jarry.
El virrey y su familia, clérigos y seculares frecuentaban el convento. Se
ofrecían espectáculos de danza, representaciones teatrales, y era una
época en la que se cortejaba a las monjas. Así, desde su celda, sor Juana
participa en la vida literaria y mundana de México. Lleva a cabo una 4 Virginia Woolf, Una
intensa actividad creadora, escribe tanto para la Iglesia como para la habitación propia.
corte, para las grandes fiestas religiosas y profanas. Su obra no sólo es * Juego de palabras con
Finances, finamos. Nota
abundante, sino también variada: sonetos, décimas, romances, loas, villan del t.
cicos**', comedias, tratados de música, reflexiones sobre moral. Compone ** En español en el original.
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tanto un auto sacramental como el Divino Narciso, como poemas corte
sanos o textos de circunstancias, como el Neptuno alegórico5 —y se
puede afirmar que sobresale en esta manera de stile rappresentativo que
los Caccini y Monteverdi habían preconizado en los orígenes de la ópera.
Multiplica también los poemas de amor, ardientes como la nieve: «El
amor puro, sin deseo de indecencias, escribe, puede hacer experimentar lo
mismo que se experimenta con el amor más profano». Por último, envía
miles de cartas a destinatarios de España y de América latina. Enseguida
se hace célebre: muchas ediciones de sus obras aparecerán durante su
vida y serán comentadas tanto en Madrid como en México, desde Portugal
a Perú y hasta Filipinas.
Sin embargo, más allá de los éxitos mundanos y de todos los retablos de
retórica barroca, la verdadera pasión de sor Juana es el saber, la interro
gación sobre el mundo. Ahora bien, como indica Octavio Paz, «este nuevo
tipo de conocimientos» (el saber que encuentra su fin en sí mismo) «era
imposible en el marco de los presupuestos de su universo histórico». Por
decirlo muy simple y sucintamente, había un conflicto insoluble entre la
vida religiosa y la vida intelectual. Durante una veintena de años, a fuerza
de tacto, prudencia y habilidad, sor Juana llega a asegurarse numerosos
protectores (tanto en palacio como entre los dignatarios eclesiásticos) y a
encontrar un compromiso, un equilibrio, entre las exigencias de su profe
sión de fe y las de su vocación como escritora. Y de repente, en el espacio
de dos años (1690-1691) todo se va a volcar.
5 Narciso, Neptuno: el En 1690, el obispo de Puebla, editor y amigo de sor Juana publica la
agua, el reflejo, el doble; el Carta atenagórica6, la única obra teológica de la religiosa. Se trata de una
movimiento y el claroscu crítica al sermón, por entonces célebre, que el jesuíta portugués Antonio
ro, dos topoi barrocos. Cf.
Jean Rousset, L’intérieur ét de Vieyra había consagrado a los «favores de Cristo». Frente a la opinión
l’extérieur, Essais sur la de San Agustín, de Santo Tomás de Aquino y de San Juan Crisòstomo, el
poésie et le théâtre au padre Vieyra afirmaba que la mayor fineza de Cristo no era «permanecer
XVn siècle, Paris, Corti,
1976. con nosotros en la Eucaristía», sino más bien «ocultarse en ella». «Cristo,
6 Caria atenagórica o crisis en el sacramento del altar, aunque esté en él corporalmente, no posee ni
sobre un sermón, de la el uso ni el ejercicio de los sentidos.» Ausentándose de nosotros, el Verbo
madre Juana Inés de la muestra que su mayor fineza era «amar sin correspondencia».
Cruz, religiosa del convento
de San Jerónimo de la ciu Sor Juana no lo entiende así. Apoyándose en una argumentación tan
dad de Méjico, en que hace rigurosa, incluso tan acrobática que produce vértigo, la poetisa sostiene
juicio de un sermón del finalmente que el mayor beneficio de Cristo reside en los «beneficios
Mandato que predicó el
Reverendísimo P. Antonio negativos». En efecto, concluye, debemos «agradecer y celebrar esta aten
de Vieyra, de la Compañía ción del Divino Amor en el que la recompensa es ventaja, el castigo es
de Jesús, en el Colegio de ventaja y el hecho de suspender las ventajas, la mayor de las ventajas —la
Lisboa, recogido en Obras
selectas, Barcelona, Noguer, de no tener fineza, la mayor de las finezas». En otras palabras: la mejor
1976. acción de Dios consiste en no ocuparse de nosotros, en abandonamos,
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porque así aumenta nuestra libertad. Esta vez, sor Juana rozaba la herejía,
hasta tal punto que incluso su editor se alarmó.
Aunque el obispo de Puebla no compartiera las opiniones de su protegi
da, tampoco era un censor publica el texto de sor Juana in extenso. Sin
embargo, en una carta-prefacio escrita bajo el pseudónimo de sor Filotea
de la Cruz, tras haber cubierto de elogios la prosa de la religiosa, señala
su total desacuerdo con la idea de «beneficios negativos». Y más: condena
el saber profano y lamenta que «una tan grande inteligencia trate de
modo tan exhaustivo las cosas de la tierra, hasta el punto de no desear
profundizar en lo que pasa en el cielo; humillada sobre el suelo, como
está, no descienda más abajo, para ir a ver lo que pasa en el infierno»... El
principio que subyace en el razonamiento del prelado no nos sorprende:
«la ciencia que no ilumina para salvarse, Dios la califica necedad (dispara
te)». A pesar de que el prefacio es amistoso y cálido, el obispo, esta vez,
puso los puntos sobre las íes.
Publicada en noviembre de 1690, la Carta atenagórica levantó un clamor
de indignación en el seno del clero, y la polémica llegó hasta Europa. Pero
no es éste el lugar de insistir en ello. El hecho es que cuatro meses más
tarde, el 1 de marzo de 1691, Sor Juana envía su Respuesta a Sor Fibtea
de la Cruz. El texto no será publicado hasta 1700, cinco años después de
la muerte de su autora, pero circuló mucho bajo la forma de copias
manuscritas. A medio camino entre las memorias y el alegato pro domo,
es el último escrito importante de Sor Juana y en él quema todas las
naves.
El inicio de la Respuesta es francamente pesado: ¡cuántas reverencias
obsequiosas, preámbulos y precauciones oratorias! Después, el aburri
miento del lector deja lugar a un malestar, tenemos la impresión de que
Sor Juana está todavía indecisa, que duda en defenderse7. Y de repente el
estilo se hace directo y familiar, a pesar de las innumerables citas en latín.
La autora da la espalda a la escena barroca y nos ofrece, con tanto fervor
como simplicidad, su autobiografía intelectual. La primera firmada por
una mujer.
Para asentar sólidamente su defensa, sor Juana invoca la ignorancia y la
debilidad que se atribuyen generalmente a su sexo. Si no ha escrito antes
sobre asuntos religiosos, afirma, es porque no se sentía suficientemente
instruida. Se refiere, además, a la opinión de su Santo Patrón, el venerable
padre San Jerónimo, que aconsejaba estudiar en último lugar, pasados los 7 «...casi me he determinado
treinta años, el Cantar y Génesis; porque de otro modo «la oscuridad y la a dejado al silencio», se lee
dulzura de aquellos epitalamios» pueden ofrecer «ocasión a la imprudente en la pág. 491 de Obras es
cogidas de Sor Juana Inés
juventud de mudar el sentido en camales afectos». A partir de aquí, el de la Cruz, Braguera, Barce
gusto de la religiosa por el estudio se justifica plenamente: por una parte, lona, 1979 (2° edición).
116
escribe, «yo no estudio (...) sino sólo por ver si con estudiar ignoro
menos»; por otra, sostiene que es Dios quien le «ha hecho merced de un
grandísimo amor por la verdad». Sor Juana invierte la perspectiva: nunca
ha estudiado o escrito por placer (todavía menos por la gloria), sino por
obediencia y por intentar colmar su ignorancia.
Este modelo de réplica estratégica es seguido de una obra maestra inti-
mista, sin duda la parte más emocionante de la Respuesta —y uno de los
florilegios de la obra de sor Juana. Explica cómo y cuándo empezó su ins
trucción. Así, no tenía «todavía tres años» cuando acompañó a una de sus
hermanas a la escuela «tanto por cariño como por travesura», pero inme
diatamente se «encendió de manera en aprender a leer», para lo que se
muestra enseguida capacitada. Habiéndose enterado «entre los seis y siete
años» que había en México universidad y escuelas en que se estudiaban
las ciencias, quiso acudir a ellas para asistir a los cursos de enseñanza
superior. Ante la oposición de su madre («no lo quiso e hizo muy bien»),
sor Juana se consoló leyendo los «muchos libros varios» de su abuelo.
Desgraciadamente, no cita ningún titulo.
Antes de enumerar las distintas materias que abordó sor Juana, sería
una lástima no señalar la penetración psicológica y la maestría literaria de
las que da pruebas. Aquí, basta de oropeles —y casi no hay citas: la frase
es ligera, ágil, aérea. El estilo es el propio de la pasión de aprender, solar
y jubiloso. Y los ejemplos concretos de disciplina cotidiana son un tesoro
de frescura. Así, dice «siendo así que en las mujeres —y más en tan flori
da juventud—, es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cor
taba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes, e
imponiéndome ley de que, si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía
tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me
lo había de volver a cortar en pena de la rudeza». Por desgracia, precisa
inmediatamente (y el lector tiene verdaderamente la impresión de oírla
hablar) «el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio». Del mismo modo,
se abstenía de comer queso porque «oí decir que hacía rudos ...» Y, aún
más, dará un tercer ejemplo, pero en un tono menos jovial: habiendo
adquirido la costumbre de visitar a sus hermanas de convento para conso
larlas o «recrearme con su conversación», se vio enseguida obligada, para
no descuidar sus estudios, «a no entrar en celda alguna» más que si se
veía «obligada por obediencia o caridad». Estos ejemplos, aparentemente
ingenuos, no tienen nada' de inocente: conscientemente o no, Sor Juana
4 Era una lectora asidua del responde a tres críticas que se dirigen a menudo a las mujeres: narcisis
jesuíta «egiptómano» Atha mo, glotonería y charlatanería.
nasius Kircher, y además le Pero volvamos a la armadura de la Respuesta, es decir, del alegato. Sor
interesaban mucho las anti
güedades mexicanas. Juana nos presenta el saber en forma de pirámide8, en cuya cúspide se
1
117 (^orduana'i
encuentra la «Sagrada Teología». Esto le va a permitir justificar todo su
aprendizaje. En efecto ¿cómo comprender «las figuras, los tropos, las locu
ciones» de las Santas Escrituras sin estudiar retórica? ¿Como descifrar el
gran Templo de Salomón «donde no había basa sin misterio, columna sin
símbolo, comisa sin alusión, arquitrabe sin significado» si no se está versa
do en arquitectura? ¿Cómo aprehender las proporciones armónicas de la
Biblia sin abrirse a la música? Y todas las disciplinas desfilan, una tras
otra: gramática, lógica, física, aritmética, geometría, historia, derecho,
astrología, mecánica. Pero la ultima ratio de todas estas ramas del saber (o,
más exactamente, de todos estos grados) no es otra que la Biblia: se trata
de «comprender el Libro que comprende todos los libros, la ciencia en que
se incluyen todas las ciencias». El propio estudio de las letras profanas y
paganas debe ayudar a interpretar mejor las costumbres, giros y proverbios
que se encuentran en el Antiguo y el Nuevo Testamento, empezando por
los pilares del templo clásico: Homero y Virgilio.
No hay que ver en este inventario un pretexto de la religiosa para hacer
brillar su saber, es más bien al contrario: «se sigue que he estudiado
muchas cosas y que nada sé». Sor Juana lamenta vivamente no haber
tenido profesores o condiscípulos, «teniendo sólo por maestro un libro
mudo, por condiscípulo un tintero insensible». Cree que le han faltado
mentor y émulos; en realidad, su mejor guía era su pasión; su amor por la
verdad, su más poderoso aguijón.
El conocimiento, a ojos de sor Juana, no debe confundirse nunca con
un saber parcelario —y ésta es una de sus ideas mas modernas, a pesar de
su trasfondo religioso. Insiste mucho en este punto: «...y quisiera yo per
suadir a todos con mi experiencia a que no sólo no estorban (estas disci
plinas), pero se ayudan dando luz y abriendo camino las unas para las
otras, por variaciones y ocultos engarces —que para esta cadena universal
les puso la sabiduría de su Autor—, de manera que parece se corresponden
y están unidas con admirable trabazón y concierto 9». A su manera, sor
Juana había descubierto la correspondencia universal.
Sor Juana no sólo pasa el tiempo leyendo y escribiendo; nada es ajeno a
su curiosidad, o más bien a su constante asombro. Un día, nos confía, una
madre superiora «muy santa y muy cándida», creyendo que el estudio era
cosa de inquisición, le prohibió abrir un libro durante tres meses. Sin pro
vecho alguno, comenta la religiosa, pues aún cumpliendo esta orden, no
dejaba de aprender a través de la observación y la reflexión: «Estudiaba
en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras y de libro
toda esta máquina universal». No es sólo que haya secretas corresponden
cias entre todas las disciplinas del saber: el mundo entero es un libro
abierto. Al ver a unas niñas jugando con un trompo, sor Juana no puede 9 El subrayado es mío.
118
evitar reflexionar sobre las formas geométricas y las leyes del movimiento;
es más, se entrega a pequeñas experiencias científicas, al hacer tamizar la
harina, por ejemplo, para comparar los círculos obtenidos con los de la
peonza y analizar las diferencias en términos de dinámica. Si mira a otros
niños jugar con agujas, no puede dejar de interrogarse sobre las figuras
que se forman al azar y, fijándose en un triángulo, lo asocia enseguida
con el anillo misterioso de Salomón o el arpa de David. Analogía univer
sal: son sólo los árboles los que dejan oír «confusas palabras».
Sor Juana no deja de asombrarse —y de asombramos—. Así, cuando
hace alusión a las «razones y delgadezas» que «ha alcanzado dormida
mejor que despierta». ¡Qué pena que se detenga ahí, temiendo cansar a su
interlocutor! Pero, si no se detiene en el capítulo de los sueños, nos hace
en cambio compartir el fruto de sus observaciones culinarias, pues «Seño
ra, ¿qué otra cosa podemos saber las mujeres, sino filosofías de cocina?».
Si, incluso las recetas prosaicas le revelan «secretos naturales». Por otro
lado «si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito». Decidi
damente, sor Juana no tenía nada que ver con cierto tipo de intelectual
afectada, altiva y estirada. Su cultura, su frescura y su naturaleza evocan
más bien a nuestra Belle Cordière de Lyon, Louise Labbé.
Ignoro si, como es usual en la tradición clásica, sor Juana tenía costum
bre de inscribir una divisa en la pàgina del título de sus libros, pero hay
una proposición de san Juan Crisòstomo que aflora a cada pàgina de la
Respuesta: Calumniatores convincere oportet (a los calumniadores hay que
convencerles). El punto de partida de la argumentación de la religiosa es
la famosa frase que se veía, todavía no hace mucho, a la entrada de algu
nas iglesias: Mulleres in ecclesia taceant (las mujeres callen en las iglesias).
No solamente se ha mutilado la cita, afirma sor Juana, sino que además
ha sido extrapolada. Explica, basándose en la Historia eclesiástica de San
Eusebio, que esta exhortación data de la Iglesia primitiva, de la época en
que las mujeres se enseñaban mutuamente la doctrina, en los templos, y
donde el ruido que producían estorbaba la predicación de los apóstoles.
Ahora bien, estas palabras, aisladas de su contexto, dan lugar a múltiples
paralogismos y sofismas cuya conclusión es un principio intocable: la
mujer no tiene derecho a la palabra, en la iglesia, porque no entiende
nada de las cosas divinas. Si existe, en lingüística, una «ley del mínimo
esfuerzo», nada tan normal como ver la proposición todavía abreviada,
para reducirse a esta aserción que muchos consideran un axioma: la
mujer debe callarse porque no sabe nada.
No empleo los mismos términos que sor Juana, naturalmente, pero este
es sin embargo el trasfondo del problema, el «núcleo irrompible». Pues
según esta lógica sistemáticamente tergiversada, si la mujer no sabe nada,
119
es porque evidentem ente (y eternam ente) su sexo es incom patible con el
saber. De ahí que ¿por qué diablos darle acceso? ¿Y cómo por tanto, im a
ginar que una criatura cuya ignorancia es consustancial podría no sólo
pensar, sino escribir, opinar ? El único derecho de la mujer, por em plear
las palabras de Rabelais, es «asentir com o un fraile en la Sorbona», tanto
ante su confesor como ante su dueño y señor.
He aquí la opinión com ún que sor Juana, lenta y prudentem ente, pero
tam bién firm em ente, desm onta piedra a piedra. No solam ente la Iglesia
no prohíbe a las m ujeres estudiar y escribir, sino que tanto san Pablo
com o san Jerónim o insisten en la necesidad de instruir a las mujeres. Y la
religiosa, a su vez, se convierte en apologista de la educación de las jóve
nes10. En cuanto al don poético, «ha buscado m uy de propósito cuál sea el
daño que puedan tener (los versos)» y no « lo ha hallado». La Iglesia
nunca ha m enospreciado esta práctica; al contrario, la ha utilizado con
profusión. «Pero ¿por qué fatigarme?» dice de repente la religiosa, y la
frase es m uy significativa. En un libro de nuestro siglo XX, las Memorias
de una joven formal, el padre de Sim one de Beauvoir declara: «Qué pena
que Sim one no sea un hom bre: ¡podría haber hecho el Politécnico!» Sor
Juana presiente que la razón es ajena a este conflicto de poder, al sistem a
de convenciones del orden establecido. No es a ella a quien se está
poniendo en cuestión, es al conjunto de las mujeres. Si tiene un m om ento
de flaqueza y se pregunta para qué continuar, es porque ha visto desfilar
m entalm ente, com o en un vértigo, una serie de frases en las que la razón
queda sepultada : ¿por qué la m ujer no tiene ni voz ni voto? Porque es
mujer. Esto no es una razón. Pero, precisam ente, el único principio es la
petición de principio, el últim o baluarte del Padre: es así porque es así. La
razón m asculina se confunde con la razón de Estado.
El saber es peligroso por esencia. Esto es lo que sor Juana se resiste a
adm itir. De lo contrario, su argum entación se derrum baría como un casti
llo de naipes. Pero sufre m ucho por su singularidad. En efecto, m ientras
que no la vemos nunca lam entarse sino de sí m ism a, hela aquí que ya no
se anda con rodeos contra los fariseos y los mediocres —y contra su aler
gia a toda distinción. Ya entre los atenienses la virtud de los mejores cau
saba a m enudo su ostracism o y, com enta la mexicana, «algunas veces me 10 En aquella época, en
pongo a considerar que el que se señala —o lo señala Dios, que es quien Francia, la instrucción fe
sólo lo puede hacer— es recibido como enemigo com ún, porque parece a menina era igualmente la
mentable. Las sugerencias
algunos que usurpa los aplausos que ellos m erecen o que hace estanque de sor luana en el terreno
de las adm iraciones a que aspiraban». Y encuentra ejemplos de este «odio pedagógico presentan mu
enojado» al talento y a la virtud tanto en la vida de Cristo com o en los tra chos puntos en común con
las refomias que llevaban a
tados de Gracián o en las m áxim as del «impío Maquiavelo». Aquí, la cabo por entonces las reli
reserva y la circunspección de sor Juana dan paso a la justa cólera y la giosas de Port-Royal.
120
indignación: «¡Hacer cosas señaladas es causa para que uno muera!» En
efecto, precisa, el que más sabe es más vulnerable, «pues la riqueza y el
poder castigan a quien se les atreve, y el entendimiento no, mientras es
mayor es más modesto y sufrido y se defiende menos». La inteligencia es
una provocación y la diferencia sólo atrae insultos y pullas: «una cabeza
que es erario de sabidurías no espere otra corona que de espinas». Y en
los villancicos se encuentra en estos versos que celebran a uno de los
modelos de nuestra autora, la gran Catarina de Alejandría:
Porque es bella la envidian,
porque es docta la emulan;
¡oh qué antiguo en el mundo
es regular los méritos por culpas!
Sin embargo, como he dicho más arriba, sor Juana no podía llevar este
razonamiento hasta sus últimas consecuencias, so pena de socavar su ale
gato. También explica todas las molestias que pudo sufrir («la ristra de
rivalidades y persecuciones» que despertó) únicamente por envidia y celos.
Pero sabemos (y ella lo debió entrever) que el mal es más profundo. La
conciencia crítica no puede concillarse con ninguna ortodoxia, antigua o
moderna, religiosa o ideológica, pues reemplaza las certidumbres por
cuestiones, y los dogmas por hipótesis. Como la Belleza en el verso de
Chavée, el saber está amenazado porque es amenazador.
Por desgracia, pero cabía esperárselo, la conclusión de la Respuesta es
digna del exergo: llena de rodeos, enmarañada —y poco convincente. Si
hemos de creer lo que dice, sor Juana no habría escrito por satisfacción
propia «si no es un papelillo que llaman El Sueño». Para todo lo demás,
afirma, «no sólo mi nombre, pero ni el consentimiento para la impresión
ha sido dictamen propio, sino libertad ajena que no cae debajo de mi
dominio». Acaba refugiándose en algunos escritos laboriosamente devotos
que pudo hacer y asegurando su obediencia, su humildad, su total sumi
sión. Evidentemente no engaña a nadie.
Es entonces cuando los acontecimientos se precipitan. Hemos visto que
la respuesta estaba fechada en marzo de 1691. Algunos meses más tarde,
tras lluvias incesantes, se pierden todas las cosechas del país. El hambre y
las especulaciones provocan graves tumultos en México. Quedan desacre
ditados el virrey y la corte, lo que permite el reforzamiento del poder de la
Iglesia, y, sobre todo, de los jesuitas, que ya gozaban en el imperio espa
ñol de un status sui generis. En México, la Compañía de Jesús no jugaba
solamente su papel habitual en la enseñanza, sino que tenía también una
influencia preponderante sobre la Iglesia y el Estado, a través del padre
Aguiar y Seijas, arzobispo de la capital. La polémica suscitada por la Carta
121
atenagórica y la Respuesta habían puesto a sor Juana en una situación
m uy delicada; esta nueva coyuntura le asestará un golpe fatal. H asta
entonces, en efecto, la religiosa había sacado partido del equilibrio de
poderes, gracias a diversos apoyos en el seno del gobierno y del clero. Y
de repente todo se derrum ba: no solam ente sus protectores de la corte no
pueden hacer nada por ella, sino que enseguida pierde uno de sus más
poderosos apoyos, el m arqués de la Laguna, que m uere en España. Queda
ahora a m erced de su enemigo jurado, el arzobispo Aguiar y Seijas.
El arzobispo de México era feroz y abiertam ente m isógino". Para él, sor
Juana m erecía una doble condena: en tanto que m ujer y en tanto que reli
giosa. No contenta con provocar alborotos (cosa que el clero no aprecia:
«Maldito aquél por el cual llega el escándalo») se había perm itido criticar
el serm ón de Vieyra. Ahora bien, el arzobispo de México era am igo del
jesuita portugués —que le había dedicado dos volúmenes de las traduc
ciones españolas de sus hom ilías. Con la publicación de la Carta atenagóri
ca, sor Juana le infligía una afrenta. Y eso no es todo: Aguiar y Seijas era
rival del obispo de Puebla, Fernández de Santa Cruz, el editor de la reli
giosa... Todo está dispuesto para el últim o acto.
En el invierno de 1692, sor Juana recibe el segundo tom o de la tercera
edición de sus Obras, publicado en Sevilla (el prim ero había aparecido en
Barcelona en 1691). Será su últim o libro. E n 1693, por m edio del podero
so jesuita Núñez de M iranda, confesor de sor Juana (era tam bién director
espiritual del virrey y de la virreina), el arzobispo persuade a la profesa de
renunciar a las letras. El 5 de m arzo de 1694, probablem ente constreñida
y obligada, firm a un docum ento que causa consternación: «Protestación,
sellada con m i sangre, que hizo con su fe y con su am or a Dios la m adre
Juana Inés de la Cruz en el m om ento de abandonar los estudios hum anis
tas para proseguir, desem barazada de este com prom iso, por la vía de la
perfección». Un año m ás tarde, una epidem ia azota al convento de San
Jerónim o; sor Juana se contagia m ientras cuida a sus herm anas y m uere
el 17 de abril de 1695, a la edad de cuarenta y seis años. La profecía de
los villancicos para Santa Catarina se cumple:
Perdióse (¡oh dolor!) la forma
de sus doctos silogismos;
pero, los que no con tinta,
dejó con su sangre escritos.
***
Es asom broso que la crítica francesa no haya establecido semejanzas 11 Agradecía a Dios el
entre la controversia provocada por la Respuesta y la disputa del Román
haber nacido miope, lo que
le ahorraba la vista del
de la Rose, a finales de la Edad Media. E sta últim a ha sido objeto de sexo débil.
122
muchos trabajos universitarios. Pero lo interesante no es tanto la disputa
como el lugar que ocupó en ella Cristina de Pisán: la primera feminista de
las letras francesas. Naturalmente, me limitaré sólo a señalar unas cuantas
pistas.
Cristina de Pisán nació en Venecia en 1365. Tres años más tarde, su
padre, el astrólogo y médico Thomas Pisani, célebre en los medios científi
cos, se instala en Francia donde es nombrado consejero privado del rey
Carlos V. En su libro de recuerdos, L’A vision Christine, la poetisa nos
cuenta que su padre, que era también gramático y filósofo, «no creía que
las mujeres valieran menos para las ciencias». Recibe, por tanto, una sóli
da instrucción básica, para desesperación de su madre, que considera de
mal augurio su inclinación por las letras. A los quince años, Cristina se
casa con Étienne de Gastel, que se convertirá en secretario del rey. Su
unión es feliz y Cristina, a lo largo de toda su vida, defenderá la institu
ción del matrimonio.
Hasta aquí no hay nada en común entre Cristina y Sor Juana, salvo el
don poético. Pero en 1380 Carlos V muere; en 1387 le llega el tumo a Tho
mas, el padre, y en 1390 a Étienne, el marido. «Sólita me dejó mi dulce
amigo»*: a los veinticinco años, Cristina, madre de tres niños, se encuentra
sola y casi sin dinero. Sin embargo, conseguirá enderezar la situación
financiera de su familia y completar su formación de manera autodidácti
ca: «Historia, filosofía, ciencias, todo le apasiona: pero detesta la falta de
dirección en sus estudios»12. Nunca dejará de instruirse o más bien, como
ella misma escribía, de «picotear en los bellos libros y volúmenes».
Ahora, los paralelos entre la francesa y la mexicana se empiezan a multi
plicar. Cristina se niega a encontrar en un nuevo matrimonio la solución a
sus problemas pecuniarios. De 1400 a 1406 escribe quince obras que vende
en copias lujosas a ricos coleccionistas. Bajo la influencia de Eustache Des-
champs y de Guillaume de Machault, el autor de la primera misa polifóni
ca, compone muchos libros en verso, como las Cent baHades d'Amant et de
* «Seuktte m’a mon douk Damen, que son apreciadas en la corte. Su reputación atraviesa las fronte
ami laissiêe». ras. Entra al servicio del duque de Oriéans y compone La Mutation de For
12 M. Âlbistur y D. Armo- tune, una alegoría de 25.000 versos donde condensa sus conocimientos
gathe, Histoire du féminis
me fiançais, 2 vol, Paris, enciclopédicos, y que conoce un inmenso éxito. Los encargos afluyen de
Editions des Femmes, 1977. todas partes y Cristina vive cómodamente de su pluma. Abandona la corte
n Christine de Pisan, Cent de Oriéans por la casa de Borgoña y acepta escribir, por iniciativa de Feli
ballades d'Amant et de Da
me, texto establecido y pre pe II el Intrépido, la biografía de Carlos V. Se convierte en la primera
sentado por Jacqueline Cer- mujer cronista. La querella del Román de la Rose, entre 1401 y 1403, le
quiglini, Paris, U.G.E., Bi inspira igualmente dos obras feministas: La Cité des Domes y el livre des
bliothèque Médiévale, ¡982. trois Vertus. En 1406 termina L’A vision Christine donde mezcla, en un
* Setdete m’a mon douk
ami laissiêe. tono familiar, las reflexiones filosóficas y morales con sus memorias.
123
Entonces, el empobrecimiento de la corte la hunde de nuevo en dificulta
des materiales. En 1419 huye del París insurrecto y encuentra refugio en
una abadía. Su último consuelo será la entrada en escena de Juana de
Arco. Muere hacia 1430.
Si he recordado brevemente los principales jalones de la vida de Cristi
na de Pisán es porque, para empezar, presenta numerosos rasgos comu
nes con la de sor Juana, y sobre todo, porque también la poetisa francesa
tuvo el coraje de entrar en liza para defender al «femenino sexo». En efec
to, más de un siglo después de la publicación de la segunda parte del
Román de la Rose, contra el cual pocas voces habían osado levantarse,
Cristina publica su Épitre au Dieu d'Amour donde critica duramente la
misoginia triunfante. Las diatribas dirigidas contra las mujeres casi se
habían convertido en una moda literaria desde el siglo XIII, con sátiras
virulentas como La Veuve del goliardo Gautier Le Leu. La degeneración
del amor cortés en manierismo languideciente había dado lugar a una
literatura de barrio. Hay que decir que entre el fin’a mor de los trovadores
y la cortesía de los troveros, había ya todo un mundo: la civilización albi-
gense, aniquilada por el poder central. Sea como friere, en la primera
parte del Roman de la Rose, si pasamos por alto una cierta afectación,
Guillaume de Lorris se mantiene fiel al ideal de trobar de los grandes poe
tas meridionales. En cambio, en los 18.000 versos que compone a finales
del siglo XIII, para «completar» la obra de su predecesor, Jean de Meung
se hace apóstol de una visión así llamada realista del amor y de la psico
logía femenina —y no se anda con chiquitas. El Roman de la Rose cono
ció un inmenso éxito, en Francia y en el extranjero, como testimonian las
múltiples traducciones (especialmente la de Chaucer, perdida casi total
mente). En el siglo XV la obra era todavía un libro de cabecera —y lo
seguirá siendo mucho después.
Jean de Meung había hecho uso —y abuso— de su franqueza al hablar;
a su vez, Cristina no se anda con rodeos. No es la condesa de Winchelsea:
en lugar de quejarse y llorar por la suerte de las mujeres, da golpe por
golpe. A sus ojos, los que piensan como Jean de Meung no han frecuenta
do nunca más que a rameras. Y si la mujer se muestra débil ¿no es el
hombre quien la incita a ello, para enseguida burlarse? El Arte de amar de
Ovidio no es más que un «arte de engañar». Cristina ruega también al
Dios del Amor que acabe con todas las vejaciones que sufre la «mitad» del
hombre. Como han señalado Maïté Albistur y Daniel Armogathe, su alega
to es un ensayo de «rehabilitación moral» de la mujer14.
Êpître au Dieu d’A mour tuvo una gran repercusión —y la polémica se
envenenó rápidamente. Dos autoridades del momento, Jean de Mon- MHistoire du féminisme
treuil (preboste de Lille) y Pierre Col (consejero del rey) son los artifices français, tome 1, [Link].
124
principales del contraataque. Jean de Montreuil redacta para empezar tres
cartas (sin destinatario) donde no menciona siquiera el nombre de Cristi
na de Pisán (procedimiento milenario), pero donde alaba el Román de la
Rose y critica «de antemano» a todos aquellos que no compartan su punto
de vista. En el colmo de la soberbia, conjura a sus ocasionales adversarios
a abjurar en el acto.
Por su lado, Cristina encuentra un apoyo en Jean de Gerson, canciller de
la universidad, exégeta de Ruysbroeck y predicador apreciado por los sobe
ranos, que reprueba igualmente, en sus sermones, la obra de Jean de
Meung. Valiéndose de este apoyo, Cristina responde a Jean de Montreuil
en un tono mordaz: «Digo de nuevo, y replico y triplico, tantas veces como
quieras, que el así llamado superfluo Román de la Rose puede ser causa de
mala y perversa exhortación». De repente, Pierre Col atrapa la ocasión por
los pelos... No le seguiremos en sus argumentos falaces. Digamos simple
mente que el asunto, poco a poco, se fue quedando en agua de cerrajas y
que si Cristina fue la única que lo sufrió, no fue nunca obligada a retrac
tarse. ¡Pero veamos! Era mucho mas astuto ir imponiendo el silencio.
Si se compara esta querella con la agitación que causó la Respuesta de
sor Juana, se deben hacer dos observaciones. En primer lugar, hay que
señalar que las dos mujeres comprendieron perfectamente que no se trata
ba, ante todo, de un asunto personal, y que las argucias que se les oponí
an no se debieron tanto a sus ideas como a su sexo. Ambas hicieron tam
bién de su defensa, la apología de la mujer. Y este comentario conduce a
un segundo: el más violento reproche que se les dirigió fue haber olvidado
«la modestia que corresponde a su sexo» (Pierre Col). Tanto en un caso
como en el otro, y por razones que hemos analizado más arriba, cometie
ron un crimen imperdonable: haber hablado sin estar autorizadas a ello,
es decir, haber tomado la palabra.
Con dos siglos y medio de intervalo, en sociedades muy diferentes, dos
mujeres siguen el mismo camino: tanto la una como la otra compartieron
el culto al saber y el amor a la verdad (y no a la inversa); tanto la una
como la otra lucharon para asegurarse su independencia y defender sus
derechos, como mujeres y como escritoras; en ambos casos, conocen al
principio la fama y se benefician de la protección de los poderosos, para
verse a continuación denigradas y abandonadas; por último, son tanto la
una como la otra, la primera, es decir, que en ausencia de una tradición
en la que apoyarse, se condenan a los ojos del mayor número al fundar
la— y su condena se convertirá en fuente de luz. Sor Juana y Cristina de
Pisán han sentado las bases del feminismo moderno, tanto en Europa
como en América, prefigurando tan bien las intuiciones de una Flora Tris-
tán como las tesis de Virginia Woolf o los teoremas del Segundo sexo.
125
Acababa de term inar estas líneas cuando, ojeando m ecánicam ente la
Respuesta de sor Juana, he encontrado esta confidencia del autor de la
Vulgata: «Testigo es mi conciencia de cuánto trabajo tuve, cuántas dificul
tades sobrellevé, cuántas veces desesperé y cuántas veces desistí y em pecé
de nuevo por el em peño de aprender; tanto la m ía —que lo ha p a d e c id o -
corno la de aquellos que conm igo han vivido». Entonces, pensando en el
destino de la religiosa mexicana, com o en la heroína del cuento de
Perrault que osa franquear la puerta prohibida, he escrito los versos que
siguen; ojalá que la m odestia de la Décima Musa, más allá de la m uerte 15
no se ofusque dem asiado:
Juan del Jordán
el que bautizó a Dios;
Juan de Patmos,
el exiliado interior;
Juan Pico de Oro,
el tribuno;
Juan de Castilla
grito en la noche;
Juana de la Cruz Misteriosa:
el Silencio.
15 En español en el origi
Jean-Claude Masson nal, citando a Quevedo.
(Traducción de Maite Méndez Baigen)