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La Biblia en 365 Días - 326.° Día - OPCSVMMC

El documento presenta una recopilación de la Carta del Apóstol Santiago, destacando temas como la importancia de las pruebas, la búsqueda de sabiduría, y la relación entre fe y obras. Se incluyen notas explicativas que enriquecen la comprensión del texto, enfatizando que todo bien proviene de Dios y que la verdadera piedad se manifiesta en acciones hacia los necesitados. La lectura está diseñada para ser realizada en 365 días, promoviendo una reflexión continua sobre la palabra de Dios.
Derechos de autor
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Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
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La Biblia en 365 Días - 326.° Día - OPCSVMMC

El documento presenta una recopilación de la Carta del Apóstol Santiago, destacando temas como la importancia de las pruebas, la búsqueda de sabiduría, y la relación entre fe y obras. Se incluyen notas explicativas que enriquecen la comprensión del texto, enfatizando que todo bien proviene de Dios y que la verdadera piedad se manifiesta en acciones hacia los necesitados. La lectura está diseñada para ser realizada en 365 días, promoviendo una reflexión continua sobre la palabra de Dios.
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La Biblia en 365 días

●​ Fuente de los textos de la traducción directa de los Originales hecha por Monseñor
Doctor Johannes Straubinger. Notas explicativas del mismo autor.
●​ Recopilación y presentación hecha para mayor gloria de Dios y de nuestra amada
madre, La Santísima Virgen María Del Monte Carmelo, por la OPCSVMMC.
●​ Las notas están al final de cada capítulo, los versículos con números en negrita tienen
notas. Es altamente recomendado leer también las notas completas para entender el
verdadero sentido del texto.

Tricentésimo vigésimo sexto día


Índice
Carta del Apóstol Santiago 1
Valor de las pruebas
Pedid la sabiduría
Los motivos de gloria
Tentación
Todo bien es un don de Dios
Vivir la palabra
Carta del Apóstol Santiago 2
Cómo mira Dios la acepción de personas
La fe no vive sin las obras
El ejemplo de Abrahán y de Rahab
Carta del Apóstol Santiago 3
El terrible mal de la lengua
Mansedumbre de la sabiduría
Carta del Apóstol Santiago 4
¿De dónde las guerras?
Dios tiene celos del mundo
No juzgar
“Si Dios quiere”
Carta del Apóstol Santiago 5
¡Ay de los ricos!
Bienaventurados los pobres
Instrucciones
Unción de los enfermos, confesión y oración

Carta del Apóstol Santiago 1


1
Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la
dispersión: salud.

Valor de las pruebas


2
Tenedlo, hermanos míos, por sumo gozo, cuando cayereis en pruebas de todo género,
3
sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. 4 Pero es necesario que la
paciencia produzca obra perfecta, para que seáis perfectos y cabales sin que os falte
cosa alguna.

Pedid la sabiduría
5
Si alguno de vosotros está desprovisto de sabiduría, pídala a Dios, que a todos da
liberalmente sin echarlo en cara, y le será dada. 6 Mas pida con fe, sin vacilar en nada;
porque quien vacila es semejante a la ola del mar que se agita al soplar el viento. 7 Un
hombre así no piense que recibirá cosa alguna del Señor. 8 El varón doble es
inconstante en todos sus caminos.

Los motivos de gloria


9
Gloríese el hermano: el humilde, por su elevación; 10 el rico, empero, por su
humillación, porque pasará como la flor del heno: 11 se levanta el sol con su ardor, se
seca el heno, cae su flor, y se acaba la belleza de su apariencia. Así también el rico se
marchitará en sus caminos.

Tentación
12
Bienaventurado el varón que soporta la tentación porque, una vez probado, recibirá la
corona de vida que el Señor tiene prometida a los que le aman. 13 Nadie cuando es
tentado diga: “Es Dios quien me tienta”. Porque Dios, no pudiendo ser tentado al mal, no
tienta Él tampoco a nadie. 14 Cada uno es tentado por su propia concupiscencia,
cuando se deja arrastrar y seducir. 15 Después la concupiscencia, habiendo concebido,
pare pecado; y el pecado consumado engendra muerte.

Todo bien es un don de Dios


16
No os engañéis, hermanos míos carísimos: 17 De lo alto es todo bien que recibimos y
todo don perfecto, descendiendo del Padre de las luces, en quien no hay mudanza ni
sombra (resultante) de variación. 18 De su propia voluntad Él nos engendró por la
palabra de la verdad, para que seamos como primicias de sus creaturas.

Vivir la palabra
19
Ya lo sabéis, queridos hermanos. Mas todo hombre ha de estar pronto para oír, tardo
para hablar, tardo para airarse; 20 porque ira de hombre no obra justicia de Dios. 21 Por lo
cual, deshaciéndoos de toda mancha y resto de malicia, recibid en suavidad la palabra
ingerida (en vosotros) que tiene el poder de salvar vuestras almas. 22 Pero haceos
ejecutores de la palabra, y no oidores solamente, engañándoos a vosotros mismos. 23
Pues si uno oye la palabra y no la practica, ese tal es semejante a un hombre que mira
en un espejo los rasgos de su rostro: 24 se mira, y se aleja (del espejo), y al instante se
olvida de cómo era. 25 Mas el que persevera en mirar atentamente la ley perfecta, la de
la libertad, no como oyente olvidadizo, sino practicándola efectivamente, este será
bienaventurado en lo que hace. 26 Si alguno se cree piadoso y no refrena su lengua, sino
que engaña su corazón, vana es su piedad. 27 La piedad pura e inmaculada ante el Dios
y Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y preservarse de
la contaminación del mundo.

Notas
1 «Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la
dispersión: salud»: A las doce tribus: véase la nota introductoria. La mención del
número total de las tribus indica que Santiago, designado Apóstol “de la circuncisión”,
como Pablo para los gentiles (Ga. 2, 8 y 9), entendía abarcar aquí a los cristianos
procedentes de toda la casa de Jacob, es decir, tanto a los del antiguo reino meridional
de Judá, que volvió de Babilonia con las tribus de Judá y de Benjamín, cuanto a los del
reino de Israel que, formado por las diez tribus del norte, con capital en Samaria, fue
llevado cautivo a Asiria y permaneció desde entonces en dispersión (2 R. 17, 6; 25, 12 y
notas). Hasta qué punto esas diez tribus llegaron a tener noticias de Jesucristo es cosa
que Dios parece haber querido dejar en la penumbra (cf. Rm. 10, 18 y nota), quizá con
miras a la futura salvación de las doce tribus que S. Pablo anuncia como un misterio en
Rm. 11, 25 s.; cf. Ez. 37, 15 ss.; 4 Esd. 13, 39 ss. Entretanto es de notar que Jesús
empezó su predicación en tierras de Zabulón y Neftalí (Mt. 4, 15; Is. 9, 1) y que los Once
(excluido ya Judas Iscariote) son todos llamados galileos por el Ángel (Hch. 1, 11).
3 «sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia»: Paciencia en sentido de
perseverancia, resistiendo frente a las tentaciones y tribulaciones. Cf. Rom. 5, 3; 2 Pe. 1,
5-7.
5 «Si alguno de vosotros está desprovisto de sabiduría, pídala a Dios, que a todos da
liberalmente sin echarlo en cara, y le será dada»: Sin echarlo en cara: sin zaherir a
nadie. Notemos la suavidad inefable de esta actitud: al revés de un padre gruñón que,
antes de darnos el dinero que necesitamos, nos reprochase porque no sabemos
ganarlo etc. (quitándonos así las ganas de recurrir a él). Nuestro divino Padre, que es
aquel “Padre admirable” del hijo pródigo (Lc. 15, 20 ss.), no se sorprende, ni menos se
fastidia ni se incomoda de que le pidamos mucho de ese “dinero” insuperable que es la
sabiduría, ni encuentra mal que no seamos capaces de tenerla ni de adquirirla por
nosotros mismos. No desdeñemos el maravilloso ofrecimiento que aquí se nos hace
gratuitamente, de ese divino don de la sabiduría “con la cual nos vienen todos los
bienes” (Sb. 7, 11). Repitámosle sin cesar, con o sin palabras, la súplica de Salomón:
“Dame aquella sabiduría que tiene su asiento junto a tu trona” (Sb. 9, 4). ¿No es ella
acaso el mismo Cristo, que es la Sabiduría del Padre y se hizo carne (Sb. 7, 26 ss. y
notas) y cuyo don espiritual nos enseña Él mismo a pedir en el Padrenuestro al decir:
“Danos cada día nuestro pan supersustancial” (cf. Lc. 11; 3; Mt. 6, 11). Sepamos bien que
esta sabiduría es la que el mundo desprecia llamándola necedad (cf. v. 27 y nota); la que
los fariseos pretenden poseer ya con su prudencia, sin necesidad de pedirla; y la que el
Padre nos prodiga cuando nos hacemos como niños (Lc. 10, 21).
6 «Mas pida con fe, sin vacilar en nada; porque quien vacila es semejante a la ola del
mar que se agita al soplar el viento»: Sin vacilar: significa, por una parte, sin dudar o sea
creyendo firmemente que la bondad de Dios nos la concederá. Esta fe o confianza es la
condición previa de toda oración y es también la medida de todo lo que recibimos en
ella (Sal. 32, 22 y nota; Mt. 7, 7; 21, 22; Mc. 11, 24; Lc. 11, 9; Jn. 14, 13; 16, 23 s. etc.). Pero
el Apóstol se refiere especialmente al que no tiene ánimo dividido (v. 8), es decir, al que
no vacila en querer recibir la sabiduría, en desearla y buscarla (Sb. 6, 14 ss.), lo cual
presupone la rectitud del que quiere la verdad, sean cuales fueren sus consecuencias,
y presupone la humildad del “pobre en el espíritu” (Mt. 5, 1) que se reconoce falto de
sabiduría (v. 5). Un caso ejemplar de esto fue el de S. Justino, que después de buscar
en vano la verdad pasando por todas las escuelas de la filosofía (cf. Col. 2, 8), la halló en
el Libro de la Sagrada Escritura, cuyas palabras de divina eficacia lo llenaron de
admiración y amor hacia Cristo, convirtiéndolo a Él que es la misma Sabiduría
encarnada. La vacilación en desear la sabiduría y buscarla en las Palabras de Dios viene
del apego a nuestras obras —pero no solo a los vicios sino también a nuestras rutinas o
pretendidas virtudes— y muestra que esas obras son malas, pues el que huye de la luz
es porque obra mal (Jn. 3, 20). En esto precisamente consiste, dice Jesús, el juicio que
Él vino a hacer (Jn. 3, 19). De ahí la gravedad de lo que revela en Jn. 12, 48 al decir que
lo desprecia el que no quiere oír sus amorosas palabras. ¿Es de extrañar que Dios tome
como un desprecio el rechazo del tesoro de la sabiduría que nos ofrece gratis? (Is. 55, 1
ss.; Ap. 22, 17). ¿No significa eso decirle que se guarde sus lecciones pues nosotros ya
sabemos más que Él?
7 «Un hombre así no piense que recibirá cosa alguna del Señor»: Véase 4, 3.
8 «El varón doble es inconstante en todos sus caminos»: Consecuencia del v. 6. La
fidelidad es una voluntad que cree. Si vacila pues la fe, vacilará la voluntad y por tanto
la constancia en el obrar.
9 «Gloríese el hermano: el humilde, por su elevación»: Por su elevación, esto es por el
privilegio especial con que Él exalta a los pequeños y humildes, como lo vemos
especialmente en el Sermón de la Montaña (Mt. 5, 1 ss.) y en el Magnificat (Lc. 1, 49 ss. y
notas). El rico solo puede gloriarse si reconoce como humillante su posición. Por aquí se
ve a qué distancia solemos estar de estas verdades sobrenaturales.
10 «el rico, empero, por su humillación, porque pasará como la flor del heno:»: “El rico
ponga su gloria en la humildad, pensando humildemente de sí mismo y considerando
que estas riquezas, en cuanto le granjean la veneración y el respeto de los hombres, le
hacen pobre y despreciable a los ojos de Dios” (S. Agustín). Cf. Si. 14, 18; Is. 40, 6; 1 Pe. 1,
24.
12 «Bienaventurado el varón que soporta la tentación porque, una vez probado,
recibirá la corona de vida que el Señor tiene prometida a los que le aman»: Recapitula
lo dicho en el v. 2. Cf. Job, 5, 17 ss. Aquí se encierra toda la espiritualidad del dolor. Y
también una gran luz contra los escrúpulos, pues nos muestra el abismo que hay entre
tentación y pecado, al punto de ser ella una bendición para los de corazón recto.
13 «Nadie cuando es tentado diga: “Es Dios quien me tienta”. Porque Dios, no pudiendo
ser tentado al mal, no tienta Él tampoco a nadie»: No pudiendo Dios ser tentado al mal,
claro está que no podría tentar a otros sin dejar de ser Él mismo la fuente de todo bien.
Cuanto Él hace es infinitamente santo por el solo hecho de ser suyo (Mt. 19, 16 y nota).
El hecho de que a veces no lo veamos, muestra hasta dónde está caída nuestra
naturaleza y cómo la carne lucha contra el espíritu (Ga. 5, 17).
15 «Después la concupiscencia, habiendo concebido, pare pecado; y el pecado
consumado engendra muerte»: Habiendo concebido: es decir, cuando la tentación ha
ganado el corazón, ya es seguro el triunfo del maligno. De ahí la lección de Jesús en Lc.
22, 40 y 46 y lo que Él nos enseñó a pedir en el Padrenuestro. Véase Lc. 11, 4. Engendra
muerte: cf. 1 Co. 15, 56.
17 «De lo alto es todo bien que recibimos y todo don perfecto, descendiendo del Padre
de las luces, en quien no hay mudanza ni sombra (resultante) de variación»: Cosa bien
natural y al mismo tiempo bien admirable. Del padre procede todo cuanto recibe un
hijo, y así viene de nuestro divino Padre también todo el bien que recibimos y nunca el
mal (v. 13). Véase en Hch. 2, 46 y nota una bella oración de agradecimiento. Jesús es el
primero en proclamar que todo lo recibe de su Padre (Jn. 3, 35; 5, 19 ss., etc.). El
Apóstol, para colmar nuestro consuelo, recuerda aquí la inmutabilidad del Padre, como
diciendo que no corremos ningún peligro de perder tal Bienhechor. Cf. Jn. 10, 29; Ef. 2,
4 y nota. Siempre será Él la “luz sin tiniebla alguna” (1 Jn. 1, 5).
18 «De su propia voluntad Él nos engendró por la palabra de la verdad, para que
seamos como primicias de sus creaturas»: Nótese el vigor de la expresión: la palabra de
la verdad nos engendra de nuevo (1 Pe. 1, 23). Tal es la virtud propia de esa palabra, al
entrar en nuestra alma como semilla de vida (Mt. 13, 1 ss.), que, como añade el Apóstol
en el v. 21, “esa palabra ingerida” es capaz de salvar nuestras almas (Rom. 1, 16).
19 «Ya lo sabéis, queridos hermanos. Mas todo hombre ha de estar pronto para oír,
tardo para hablar, tardo para airarse»: Santiago abunda en estas preciosas normas de
sabiduría práctica, que recuerdan los Libros sapienciales. Cf. Pr. 17, 27.
20 «porque ira de hombre no obra justicia de Dios»: La justicia de Dios significa aquí la
santidad: todo lo que agrada a Dios (Sal. 4, 6 y nota). La ira del hombre es una rebeldía
contra Él, pues encierra una voluntad de protesta contra algo que Él permite. Jesús
quería que su voluntad coincidiese siempre con la del Padre (Mt. 26, 39). Véase Ef. 4,
26.
22 «Pero haceos ejecutores de la palabra, y no oidores solamente, engañándoos a
vosotros mismos»: Oír la Palabra del Evangelio y no ajustarse a ella es prueba de que no
se la ha recibido rectamente, según vemos en los vv. 18 y 21. Así lo enseña Jesús en la
parábola del sembrador (Mt. 13, 3 y nota). Cf. Mt. 7, 24; Rom. 2, 13.
23 s. «Pues si uno oye la palabra y no la practica, ese tal es semejante a un hombre que
mira en un espejo los rasgos de su rostro: se mira, y se aleja (del espejo), y al instante se
olvida de cómo era»: Conviene entender bien todo lo que significa esta comparación.
Cuando estamos frente al espejo, vemos nuestra imagen con extraordinario relieve, al
punto que ella parece existir realmente detrás del cristal. Y sin embargo, apenas nos
retiramos, desaparece totalmente, sin dejar el menor rastro, como las aves de que
habla el Libro de la Sabiduría no dejan huella alguna de su vuelo en el espacio. Es decir,
pues, que necesitamos tener permanentemente la Palabra de Dios, para que ella obre
su virtud en nosotros (Col. 3, 16), pues si la olvidamos, nuestra miserable naturaleza
vuelve automáticamente a hacernos pensar y sentir según la carne, llevándonos a
obrar en consecuencia. Por eso Jesús nos dice que solo seremos discípulos suyos y
conoceremos la verdad, si sus palabras permanecen en nosotros (Jn. 8, 31).
25 «Mas el que persevera en mirar atentamente la ley perfecta, la de la libertad, no
como oyente olvidadizo, sino practicándola efectivamente, este será bienaventurado
en lo que hace»: La Ley perfecta de la libertad es el Evangelio, cuya verdad nos hace
obrar como libres (Jn. 8, 32). Véase la comparación que hace S. Pablo en Ga. 4, 21 ss.
Cf. 1 Co. 12, 2 y nota.
27 «La piedad pura e inmaculada ante el Dios y Padre es esta: visitar a los huérfanos y
a las viudas en su tribulación y preservarse de la contaminación del mundo»: Nótese
que preservarse de la contaminación del mundo no significa solamente abstenerse de
tal o cual pecado concreto, sino vivir divorciado en espíritu del ambiente y modo de
pensar que nos rodea (cf. v. 5 y nota). Es vivir como peregrino en “este siglo malo” (Ga.
1, 4 y nota) con la mirada vuelta a lo celestial (Jn. 8, 23 y nota).

Carta del Apóstol Santiago 2


Cómo mira Dios la acepción de personas
1
Hermanos míos, no mezcléis con acepción de personas la fe en Jesucristo, nuestro
Señor de la gloria. 2 Si, por ejemplo, en vuestra asamblea entra un hombre con anillo de
oro, en traje lujoso, y entra asimismo un pobre en traje sucio, 3 y vosotros tenéis
miramiento con el que lleva el traje lujoso y le decís: “Siéntate tú en este lugar
honroso”; y al pobre le decís: “Tú estate allí de pie” o “siéntate al pie de mi escabel”, 4
¿no hacéis entonces distinción entre vosotros y venís a ser jueces de inicuos
pensamientos? 5 Escuchad, queridos hermanos: ¿No ha escogido Dios a los que son
pobres para el mundo, (a fin de hacerlos) ricos en fe y herederos del reino que tiene
prometido a los que le aman? 6 ¡Y vosotros despreciáis al pobre! ¿No son los ricos los
que os oprimen y os arrastran ante los tribunales? 7 ¿No son ellos los que blasfeman el
hermoso nombre que ha sido invocado sobre vosotros? 8 Si en verdad cumplís la Ley
regia, conforme a la Escritura: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, bien obráis; 9
pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado y sois convictos como
transgresores por esa Ley. 10 Porque si uno guarda toda la Ley, pero tropieza en un solo
(mandamiento), se ha hecho reo de todos. 11 Pues Aquel que dijo: “No cometerás
adulterio”, dijo también: “No matarás”. Por lo cual, si no cometes adulterio, pero matas,
ya te has hecho transgresor de la Ley. 12 Hablad, pues, y obrad como quienes han de ser
juzgados según la Ley de libertad. 13 Porque el juicio será sin misericordia para aquel
que no hizo misericordia. La misericordia se ufana contra el juicio.

La fe no vive sin las obras


14
¿De qué sirve, hermanos míos, que uno diga que tiene fe, si no tiene obras? ¿Por
ventura la fe de ese tal puede salvarle? 15 Si un hermano o hermana están desnudos y
carecen del diario sustento, 16 y uno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos y
saciaos”, mas no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿qué aprovecha aquello? 17 Así
también la fe, si no tiene obras, es muerta como tal. 18 Mas alguien podría decir: “Tú
tienes fe y yo tengo obras”. Pues bien, muéstrame tu (pretendida) fe sin las obras, y yo,
por mis obras, te mostraré mi fe. 19 Tú crees que Dios es uno. Bien haces. También los
demonios creen, y tiemblan.

El ejemplo de Abrahán y de Rahab


20
¿Quieres ahora conocer, oh hombre insensato, que la fe sin las obras es inútil? 21
Abrahán, nuestro padre, ¿no fue justificado acaso mediante obras, al ofrecer sobre el
altar a su hijo Isaac? 22 Ya ves que la fe cooperaba a sus obras y que por las obras se
consumó la fe; 23 y así se cumplió la Escritura que dice: “Abrahán creyó a Dios, y le fue
imputado a justicia”, y fue llamado “amigo de Dios”. 24 Veis pues que con las obras se
justifica el hombre, y no con (aquella) fe sola. 25 Así también Rahab la ramera ¿no fue
justificada mediante obras cuando alojó a los mensajeros y los hizo partir por otro
camino? 26 Porque así como el cuerpo aparte del espíritu es muerto, así también la fe
sin obras es muerta.

Notas
1 ss. «Hermanos míos, no mezcléis con acepción de personas la fe en Jesucristo,
nuestro Señor de la gloria […]»: Es de notar la tremenda severidad con que se condena
como pecado (v. 9) la acepción de personas, la cual consiste, como se desprende de los
vv. siguientes, en dar preferencia a los poderosos del mundo y despreciar a la gente
humilde. Es esta una preocupación que Dios no cesa de inculcarnos a través de toda la
sagrada Escritura (cf. Lv. 19, 15; Dt. 1, 17; 16, 19; Pr. 24, 23; Si. 42, 1, etc.). No es otra cosa
que lo que S. Juan llama fornicación con los reyes de la tierra (Ap. 17, 2). Santiago
escribía esto como Obispo de Jerusalén, pocos años antes de la terrible catástrofe del
70, en que esta ciudad fue definitivamente asolada por los Romanos, es decir, cuando
existía ese enfriamiento general de la caridad, que Jesús había anunciado para
entonces y también para los últimos tiempos (Mt. 24, 12). Véase el apóstrofe a los ricos
en el cap. 5.
2 «Si, por ejemplo, en vuestra asamblea entra un hombre con anillo de oro, en traje
lujoso, y entra asimismo un pobre en traje sucio»: Asamblea: literalmente: Sinagoga.
Véase la nota introductoria. Cf. Hb. 8, 4 y nota.
3 «y vosotros tenéis miramiento con el que lleva el traje lujoso y le decís: “Siéntate tú
en este lugar honroso”; y al pobre le decís: “Tú estate allí de pie” o “siéntate al pie de mi
escabel”»: El Apóstol nos hace ver uno de los abismos de mezquindad que hay en
nuestro corazón siempre movido por estímulos que no son según el espíritu sino según
la carne. Damos gustosos cuando nos seduce el atractivo de la belleza, de la simpatía,
de la cultura, inteligencia, posición, etc., o sea, cuando de lo que damos esperamos algo
que sea para nosotros deleite o ventaja o estima o aplauso o afecto. Jesús nos enseña
no solo a dar sin esperar nada, a amar y a hacer bien a nuestros enemigos (Lc. 6, 35),
sino que nos describe la ventaja que hay en convidar especialmente, no a amigos,
parientes y ricos, sino a pobres, lisiados, etc. (Lc. 14, 12 ss.), no ya solo porque esos son
lógicamente los que necesitan misericordia sino también porque en eso está la gran
recompensa que “en la resurrección de los justos” (Lc. 14, 14) dará el Padre a los que
son como Él, prodigándonos la misericordia según la hayamos usado con los demás
(Mt. 7, 2 y nota); y la misericordia está en dar no según los méritos —que solo Dios
conoce (Mt. 7, 1)—, sino según la necesidad. “Señor —escribía un alma humilde — no me
extraño ni me escandalizo de no saber cumplir tu sublime Sermón de la Montaña; sé
que mi corazón es fundamentalmente malo. Pero Tú puedes hacer que lo cumpla en la
medida de tu agrado, que es la voluntad del Padre, dándome el Espíritu que necesito
para ello: tu Santo Espíritu, que conquistaste con tus infinitos méritos” (Lc. 11, 13 y
nota).
5 «Escuchad, queridos hermanos: ¿No ha escogido Dios a los que son pobres para el
mundo, (a fin de hacerlos) ricos en fe y herederos del reino que tiene prometido a los
que le aman?»: El Apóstol acentúa con su habitual elocuencia la predilección de Dios
por los humildes y pequeños, que el divino Maestro enseñó en el Sermón de la Montaña
(Mt. 5, 1 ss.; Lc. 6, 20-26), y que S. Pablo expuso en los tres primeros capítulos de 1
Corintios. La explicación de esto la da el presente v. mostrando cómo los pobres en
valores mundanos suelen ser los ricos en fe. Cf. 1 Co. 1, 26; 1 Tm. 1, 4; Tt. 3, 9 y notas.
7 «¿No son ellos los que blasfeman el hermoso nombre que ha sido invocado sobre
vosotros?»: El hermoso nombre: el de Jesús, en quien habían sido bautizados (Hch. 2,
38; 8, 16; 10, 48). Sobre el nombre de cristianos, cf. Hch. 11, 26.
8 «Si en verdad cumplís la Ley regia, conforme a la Escritura: “Amarás a tu prójimo
como a ti mismo”, bien obráis»: Ley regia: destaca la majestad del gran mandamiento.
Cf. Lv. 19, 18; Mt. 22, 39; Mc. 12, 31; Rm. 13, 10; Ga. 5, 14.
11 «Pues Aquel que dijo: “No cometerás adulterio”, dijo también: “No matarás”. Por lo
cual, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho transgresor de la Ley»: Con
esta alusión al criterio legalista que nunca alcanza la verdad plena (Ga. 3, 2), Santiago
nos ofrece la contraprueba de lo que S. Pablo enseña en Rm. 13, 8-10: solo en el amor
puede estar el cumplimiento de la Ley (cf. Jn. 14, 23 s.). Tal es la Ley regia (v. 8) y Ley de
la perfecta libertad (v. 12; 1, 25), la que se ufana contra el juicio (v. 13).
13 «Porque el juicio será sin misericordia para aquel que no hizo misericordia. La
misericordia se ufana contra el juicio»: “No recuerdo haber leído nunca que el que haya
ejercido con agrado la limosna tuviese mala suerte” (S. Jerónimo). Se ufana: no lo teme
porque el juicio no la alcanza. Es la bienaventuranza de los misericordiosos (Mt. 5, 7),
que a su vez son perdonados (Mt. 7, 2 y nota). Cf. Jn. 5, 24.
18 «Mas alguien podría decir: “Tú tienes fe y yo tengo obras”. Pues bien, muéstrame tu
(pretendida) fe sin las obras, y yo, por mis obras, te mostraré mi fe»: Lejos de oponerse
a la doctrina de S. Pablo sobre la justificación (Rm. 3, 28; 4, 8 ss.), Santiago nos
confirma en este pasaje, con la más viva elocuencia, que la fe obra por la caridad,
según enseña también S. Pablo en Ga. 5, 6. S. Pablo en los lugares citados opone la ley
judía a la fe de Cristo, en tanto que Santiago habla de la fe práctica, animada por la
caridad, en oposición a la fe muerta que no produce obras. En 1 Ts. 1, 3 el Apóstol de los
gentiles nos dice, como aquí, que recordemos las obras de nuestra fe. Y Santiago no
nos habla del que tiene fe sin obras, sino del que dice que tiene fe, pero no obra según
la fe (Cf. 2 Tm. 3, 5), con lo cual muestra que se engaña o es un impostor. Si tuviera fe,
ella se manifestaría por el amor, y de ahí el desafío del Apóstol: ¡Muéstrame, si puedes,
tu fe sin obras! Cf. Hb. 11, 4.
19 «Tú crees que Dios es uno. Bien haces. También los demonios creen, y tiemblan»:
Los demonios creen, dice S. Tomás, pero como unos esclavos que aborrecen a su
Señor, cuyos castigos no pueden evitar. Pero así como de nada sirve a los demonios
este conocimiento que tienen, porque su voluntad es perversa, de la misma suerte de
nada sirve a un cristiano esa creencia si no lo mueve el amor de Dios que se manifiesta
en la conducta. Sobre lo que es la verdadera fe, véase Rm. 1, 20; Hb. 11, 1 ss. y notas.
20 «¿Quieres ahora conocer, oh hombre insensato, que la fe sin las obras es inútil?»:
Véase v. 18 y nota; Flm. 6.
21 «Abrahán, nuestro padre, ¿no fue justificado acaso mediante obras, al ofrecer sobre
el altar a su hijo Isaac?»: Cf. Gn. 22, 9-18; Rm. 4, 13 ss.
22 «Ya ves que la fe cooperaba a sus obras y que por las obras se consumó la fe»: Es
una vez más la doctrina de Ga. 5, 6. Porque, como vimos en la nota al v. 11, esas obras
de que aquí se habla son las del amor y misericordia.
25 «Así también Rahab la ramera ¿no fue justificada mediante obras cuando alojó a los
mensajeros y los hizo partir por otro camino?»: Véase Hb. 11, 31. Rahab acogió a los
exploradores israelitas en Jericó y así mostró su fe (Jos. 2, 4 ss.).

Carta del Apóstol Santiago 3


El terrible mal de la lengua
1
Hermanos míos, no haya tantos entre vosotros que pretendan ser maestros, sabiendo
que así nos acarreamos un juicio más riguroso; 2 pues todos tropezamos en muchas
cosas. Si alguno no tropieza en el hablar, es hombre perfecto, capaz de refrenar
también el cuerpo entero. 3 Si a los caballos, para que nos obedezcan ponemos frenos
en la boca, manejamos también todo su cuerpo. 4 Ved igualmente cómo, con un
pequeñísimo timón, las naves, tan grandes e impelidas de vientos impetuosos, son
dirigidas a voluntad del piloto. 5 Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se
jacta de grandes cosas. Mirad cuán pequeño es el fuego que incendia un bosque tan
grande. 6 También la lengua es fuego: es el mundo de la iniquidad. Puesta en medio de
nuestros miembros, la lengua es la que contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de
la vida, siendo ella a su vez inflamada por el infierno. 7 Todo género de fieras, de aves, de
reptiles y de animales marinos se doma y se amansa por el género humano; 8 pero no
hay hombre que pueda domar la lengua: incontenible azote, llena está de veneno
mortífero. 9 Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres,
hechos a semejanza de Dios. 10 De una misma boca salen bendición y maldición. No
debe, hermanos, ser así. 11 ¿Acaso la fuente mana por la misma vertiente agua dulce y
amarga? 12 ¿Puede, hermanos míos, la higuera dar aceitunas, o higos la vid? Así
tampoco la fuente salada puede dar agua dulce.

Mansedumbre de la sabiduría
13
¿Hay alguno entre vosotros sabio y entendido? Muestre sus obras por la buena
conducta con la mansedumbre (que es propia) de la sabiduría. 14 Pero si tenéis en
vuestros corazones amargos celos y espíritu de contienda, no os gloriéis al menos, ni
mintáis contra la verdad. 15 No es esa la sabiduría que desciende de lo alto, sino terrena,
animal, diabólica. 16 Porque donde hay celos y contiendas, allí hay desorden y toda clase
de villanía. 17 Mas la sabiduría de lo alto es ante todo pura, luego pacífica, indulgente,
18
dócil, llena de misericordia y de buenos frutos, sin parcialidad, sin hipocresía. Fruto
de justicia, ella se siembra en paz, para bien de los que siembran la paz.

Notas
1 «Hermanos míos, no haya tantos entre vosotros que pretendan ser maestros,
sabiendo que así nos acarreamos un juicio más riguroso»: El Maestro es uno solo (Mt.
23, 8). El afán de enseñar a otros implica gran responsabilidad porque la lengua es
difícil de domar (v. 8), y de ella, no obstante su pequeñez (v. 3-5), proceden
calamidades tan grandes (v. 6). Por lo cual nadie puede ejercer semejante ministerio si
no es llamado (1 Co. 12, 8; Ef. 4, 11) y si no enseña las palabras de Cristo (1 Pe. 4, 11; Jn.
10, 27). Cf. Rm. 16, 18; Flp. 3, 2 y 18 s.; Ga. 6, 12; 2 Pe. 2, 1 ss. Véase el ejemplo de Jesús
según Hb. 5, 4 ss.
5 «Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas.
Mirad cuán pequeño es el fuego que incendia un bosque tan grande»: “Ningún órgano
le sirve tan bien al diablo para matar el alma y llevarnos al pecado” (S. Crisóstomo).
6 «También la lengua es fuego: es el mundo de la iniquidad. Puesta en medio de
nuestros miembros, la lengua es la que contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de
la vida, siendo ella a su vez inflamada por el infierno»: El mundo de la iniquidad; pues,
como observa S. Basilio, la lengua encierra todos los males, enciende el fuego de las
pasiones, destruye lo bueno, es un instrumento del infierno. La rueda: otros: el ciclo, o
sea todo el curso de la existencia. Figura semejante a la usada en los horóscopos.
7 ss. «Todo género de fieras, de aves, de reptiles y de animales marinos se doma y se
amansa por el género humano; pero no hay hombre que pueda domar la lengua:
incontenible azote, llena está de veneno mortífero […]»: El hombre, dice S. Agustín,
doma la fiera y no doma la lengua. De manera que sería inútil pretender frenarla por
propio esfuerzo (v. 8). El remedio está en entregarse a la moción del Espíritu Santo (Lc.
11, 13; Rm. 5, 5; 8, 14). Entonces, cuando nos inspire el amor en vez del egoísmo,
podremos hablar cuanto queramos, oportuna e inoportunamente (2 Tm. 4, 2). No es
otro el pensamiento del mismo Obispo de Hipona cuando nos dice en su célebre
máxima: “Dilige et quod vis fac”. Ama y haz lo que quieras. Entonces será la misma
lengua el mejor instrumento de los mayores bienes (v. 9 ss.). Cf. Si. 28, 14.
12 «¿Puede, hermanos míos, la higuera dar aceitunas, o higos la vid? Así tampoco la
fuente salada puede dar agua dulce»: Véase Mt. 7, 16.
14 ss. «Pero si tenéis en vuestros corazones amargos celos y espíritu de contienda, no
os gloriéis al menos, ni mintáis contra la verdad. No es esa la sabiduría que desciende
de lo alto, sino terrena, animal, diabólica […]»: Los amargos celos son la envidia y la
aspereza; es el espíritu de disensión y discordia. Y donde domina la envidia y la
discordia allí viven de asiento todos los vicios (S. Ambrosio).
17 s. «Mas la sabiduría de lo alto es ante todo pura, luego pacífica, indulgente, dócil,
llena de misericordia y de buenos frutos, sin parcialidad, sin hipocresía. Fruto de
justicia, ella se siembra en paz, para bien de los que siembran la paz»: Precioso retrato
de la tranquila sabiduría celestial. ¡Qué dicha si sacáramos de aquí el fruto de no
discutir! Véase, según el texto hebreo, el Sal. 36 y nota. La Palabra de la Sabiduría es
semilla (v. 18; Lc. 8, 11; Mc. 4, 14). Es, pues, cuestión de dejarla caer solamente. A los que
no la recojan, vano sería querer forzarlos (véase Mt. 13, 19 y 23 y notas), pues les falta la
disposición interior (Jn. 3, 19; 12, 48). Quizá no ha sonado aún para ellos la hora que
solo Dios conoce. Cf. Jn. 7, 5 y Hch. 1, 14.

Carta del Apóstol Santiago 4


¿De dónde las guerras?
1
¿De dónde las guerras, de dónde los pleitos entre vosotros? ¿No es de eso, de
vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? 2 Deseáis y no tenéis; matáis y
codiciáis, y sin embargo no podéis alcanzar; peleáis y hacéis guerra. Es que no tenéis
porque no pedís. 3 Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de saciar
vuestras pasiones.

Dios tiene celos del mundo


4
Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios? Quien,
pues, quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. 5 ¿O pensáis que en
vano dice la Escritura: “El Espíritu que (Dios) hizo morar en nosotros ama con celos?” 6
Mayor gracia nos otorga (con ello). Por eso dice: “A los soberbios resiste Dios, mas a los
humildes da gracia”. 7 Someteos, pues, a Dios; al diablo resistidle, y huirá de vosotros. 8
Acercaos vosotros a Dios y Él se acercará a vosotros. Limpiaos las manos, pecadores;
purificad vuestros corazones, hipócritas. 9 Sentid vuestra miseria, lamentaos y llorad.
Truéquese vuestra risa en llanto y vuestro regocijo en pesadumbre. 10 Abajaos delante
del Señor y Él os levantará.

No juzgar
11
No habléis mal, hermanos, unos de otros. El que murmura de su hermano o juzga a su
hermano, de la Ley murmura y juzga a la Ley. Y si tú juzgas a la Ley, no eres cumplidor
de la Ley, sino que te eriges en juez. 12 Uno solo es el Legislador y Juez: el que puede
salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres que juzgas al prójimo?

“Si Dios quiere”


13
Ahora a vosotros los que decís: “Hoy o mañana iremos a tal ciudad y pasaremos allí
un año y negociaremos y haremos ganancias”, 14 ¡vosotros que no sabéis ni lo que
sucederá mañana! Pues ¿qué es vuestra vida? Sois humo que aparece por un momento
y luego se disipa. 15 Deberíais en cambio decir: “Si el Señor quiere y vivimos, haremos
esto o aquello”. 16 Mas vosotros os complacéis en vuestras jactancias. Maligna es toda
complacencia de tal género. 17 Pues, a quien no hace el bien, sabiendo hacerlo, se le
imputa pecado.

Notas
1 «¿De dónde las guerras, de dónde los pleitos entre vosotros? ¿No es de eso, de
vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros?»: S. Gregorio hace notar que
cuando el fuego de la concupiscencia se apodera de alguno ya no puede ver el sol de la
inteligencia. Es la doctrina de S. Agustín sobre la “mens mundata” (cf. Mt. 5, 8 y nota).
Vemos aquí explicado, sin ir más lejos, cómo hombres dirigentes y naciones caen en la
monstruosa ceguera de las guerras. Y sabemos que seguirán cayendo, pues las guerras
serán la primera señal del fin (Mt. 24, 6 ss.) y los hombres no se convertirán (Ap. 9,
15-21; 16, 9, etc.). Cf. 1 Co. 6, 7.
3 «Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de saciar vuestras pasiones»:
“Dios oye las oraciones de la creatura racional, en cuanto desea el bien. Pero ocurre tal
vez que lo que se pide no es un bien verdadero, sino aparente, y hasta un verdadero
mal. Por eso esta oración no puede ser oída por Dios” (S. Tomás). Cf. 1 Jn. 5, 14. Nótese
que el Apóstol dirige sus exhortaciones a quienes se llaman cristianos. Y no excluye a
los de todos los tiempos. Cf. 1, 6 s.; Mt. 7, 7.
4 «Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios?
Quien, pues, quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios»: Adúlteros:
En el lenguaje de la Biblia la apostasía se llama adulterio, porque la unión del alma con
Dios es como un matrimonio, y el esposo que ama de veras es necesariamente celoso
(Dt. 32, 21; Sb. 5, 18; Hb. 10, 27, etc.). De ahí que el Espíritu de Dios que mora en
nosotros (Jn. 14, 16 s.) tenga celos (v. 5) y no permita que nos entreguemos a las cosas
del mundo, porque es verdad revelada que si alguno ama el mundo no puede amar al
Padre (1 Jn. 2, 15). Cf. 6, 24 y nota. El Apóstol alude aquí a Ez. 23, 25.
6 «Mayor gracia nos otorga (con ello). Por eso dice: “A los soberbios resiste Dios, mas a
los humildes da gracia”»: Cf. Pr. 3, 34; 1 Pe. 5, 5; Lc. 1, 51-52. Y lo más admirable es que
esa humildad es también, según está definido, un don previo del mismo Dios. Véase
Denz. 179.
7 «Someteos, pues, a Dios; al diablo resistidle, y huirá de vosotros»: ¡Gran secreto! El
diablo, con todo su poder, es cobarde. Si nos ve decididos, huye. Cf. Ef. 4, 27.
8 ss. «Acercaos vosotros a Dios y Él se acercará a vosotros. Limpiaos las manos,
pecadores; purificad vuestros corazones, hipócritas. Sentid vuestra miseria, lamentaos
y llorad. Truéquese vuestra risa en llanto y vuestro regocijo en pesadumbre […]»:
Acercaos a Dios: ¿Por qué camino podemos acercarnos al Omnipotente? S. Agustín
responde: “Ved, hermanos míos, un gran prodigio: Dios es infinitamente elevado; si
quieres elevarte, se aleja de ti; y si te humillas, desciende hacia ti”. Así lo dice el Apóstol
en el v. 9. Notemos cuán fácil es esta humildad en la presencia del Señor, es decir, toda
interior, y no con un espíritu de servilismo, sino con la pequeñez de un niñito delante
del Padre que lo ama. Cf. 1 Pe. 5, 6.
12 «Uno solo es el Legislador y Juez: el que puede salvar y destruir. Tú, en cambio,
¿quién eres que juzgas al prójimo?»: Hay aquí una gran luz para comprender que Dios,
autor de la Ley, no está sujeto a ella, y conserva su omnímoda libertad para proceder en
todo según su beneplácito. Véase Sal. 147, 9 y nota; Si. 18, 8; Is. 46, 10; Mt. 20, 13; Rm. 9,
15; Ef. 1, 11; Hb. 2, 4, etc. Sobre el juicio del prójimo, véase Rm. 14, 4.
13 ss. «Ahora a vosotros los que decís: “Hoy o mañana iremos a tal ciudad y pasaremos
allí un año y negociaremos y haremos ganancias”, ¡vosotros que no sabéis ni lo que
sucederá mañana! Pues ¿qué es vuestra vida? Sois humo que aparece por un momento
y luego se disipa […]»: Vemos cuán bueno es el decir siempre: si Dios quiere (v. 15; cf.
Hch. 8, 21).
17 «Pues, a quien no hace el bien, sabiendo hacerlo, se le imputa pecado»: Cf. Rm. 14,
23. Toda la Escritura nos muestra que la responsabilidad ante Dios es mayor cuando
hay más conocimiento (cf. Lc. 12, 47 s.). De ahí la gravísima posición de los que dirigen.
Cf. Si. 3, 20; 7, 4; 31, 8, etc.

Carta del Apóstol Santiago 5


¡Ay de los ricos!
1
Y ahora a vosotros, ricos: Llorad y plañíos por las calamidades que os tocan. 2 La
riqueza vuestra está podrida, vuestros vestidos están roídos de polilla; 3 vuestro oro y
vuestra plata se han enmohecido y su moho será testimonio contra vosotros, y
devorará vuestra carne como un fuego. Habéis atesorado en los días del fin. 4 He aquí
que ya clama el jornal sustraído por vosotros a los trabajadores que segaron vuestros
campos, y el clamor de los segadores ha penetrado en los oídos del Señor de los
ejércitos. 5 Sobre la tierra os regalasteis y os entregasteis a los placeres: ¡habéis cebado
vuestros corazones en día de matanza! 6 Habéis condenado, habéis matado al justo, sin
que este se os opusiera.

Bienaventurados los pobres


7
Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Parusía del Señor. Mirad al labrador que
espera el precioso fruto de la tierra aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia
de otoño y de primavera. 8 También vosotros tened paciencia: confirmad vuestros
corazones, porque la Parusía del Señor está cerca. 9 No os quejéis, hermanos, unos
contra otros, para que no seáis juzgados; mirad que el juez está a la puerta. 10 Tomad
ejemplo, hermanos, en las pruebas y la paciencia de los profetas que hablaron en
nombre del Señor. 11 Ved cómo proclamamos dichosos a los que soportan. Oísteis la
paciencia de Job y visteis cuál fue el fin del Señor; porque el Señor es lleno de piedad y
misericordia.

Instrucciones
12
Pero ante todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo ni por la tierra, ni con otro
juramento alguno; que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no, para que no incurráis en
juicio. 13 ¿Hay entre vosotros alguno que sufre? Haga oración. ¿Está uno contento?
Cante Salmos.

Unción de los enfermos, confesión y oración


14
¿Está alguno enfermo entre vosotros? Haga venir a los presbíteros de la Iglesia y oren
sobre él ungiéndole con óleo en nombre del Señor; 15 y la oración de fe salvará al
enfermo, y lo levantará el Señor; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. 16
Por tanto, confesaos unos a otros los pecados y orad unos por otros para que seáis
sanados: mucho puede la oración vigorosa del justo. 17 Elías, que era un hombre sujeto
a las mismas debilidades que nosotros, rogó fervorosamente que no lloviese, y no llovió
sobre la tierra por espacio de tres años y seis meses. 18 Y de nuevo oró; y el cielo dio
lluvia, y la tierra produjo su fruto. 19 Hermanos míos, si alguno de vosotros se extravía
de la verdad y otro lo convierte, 20 sepa que quien convierte a un pecador de su errado
camino salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados.
Notas
1 ss. «Y ahora a vosotros, ricos: Llorad y plañíos por las calamidades que os tocan. La
riqueza vuestra está podrida, vuestros vestidos están roídos de polilla […]»: Llorad y
plañíos: ¡Elocuente apóstrofe! (Cf. 1, 9 s.), pues os creéis felices y no sabéis que es todo
lo contrario (Ap. 3, 17): lo que llamáis opulencia es podredumbre (v. 2) y será causa de
vuestra ruina (vv. 4 y 5). Sobre el mal uso de las riquezas y la avaricia, cf. 2, 5 s.; Is. 58, 3
ss. y notas; Mt. 19, 23 s.; Lc. 6, 24; 1 Tm. 6, 9, etc.
3 «vuestro oro y vuestra plata se han enmohecido y su moho será testimonio contra
vosotros, y devorará vuestra carne como un fuego. Habéis atesorado en los días del
fin»: El moho por falta de uso es lo que convierte la avaricia en idolatría (Ef. 5, 5; Col. 3,
5). León Bloy la llama “la crucifixión del oro”, el cual, retirado de su fin natural, aparece
levantado entre la tierra y el cielo, como un blasfemo remedo de Cristo.
4 «He aquí que ya clama el jornal sustraído por vosotros a los trabajadores que segaron
vuestros campos, y el clamor de los segadores ha penetrado en los oídos del Señor de
los ejércitos»: Véase Ef. 6, 5 ss. y nota.
5 «Sobre la tierra os regalasteis y os entregasteis a los placeres: ¡habéis cebado
vuestros corazones en día de matanza!»: El día de la matanza, o sea la venida del juez
(v. 7). La expectativa de la venganza inminente la extraordinaria fuerza a esta figura.
¡Querer arraigarse en el destierro y hartarse como quien ceba un animal para matarlo
en seguida, sin tener siquiera tiempo de gozar la hartura!
7 ss. «Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Parusía del Señor. Mirad al labrador
que espera el precioso fruto de la tierra aguardando con paciencia hasta que reciba la
lluvia de otoño y de primavera […]»: Después de la severa admonición precedente, el
Apóstol alecciona también a los que obedecen (v. 4 y nota), enseñándonos a buscar así
la paz social y no el odio. Su lenguaje es todo sobrenatural, como un eco del Sermón de
Jesús (Lc. 6, 20 y nota). Compadece a los poderosos (v. 1) y envidia a los que,
pareciendo débiles, son los grandes afortunados (Sal. 71, 2 y nota).
8 «También vosotros tened paciencia: confirmad vuestros corazones, porque la Parusía
del Señor está cerca»: La Parusía del Señor está cerca: véase Rm. 13, 11; 1 Co. 7, 29; Flp.
4, 5; Hb. 10, 25 y 37; Ap. 1, 3; 22, 7 y 10. Lagrange y Pirot, citando de Maistre a propósito
de este último texto, dicen que esa impresión de que Jesús volvería en cualquier
momento, “es lo que hizo la fuerza de la Iglesia primitiva. Los discípulos vivían con los
ojos puestos en el cielo, velando para no ser sorprendidos por la llegada del Señor,
regulando su conducta ante el temor de su juicio... y de esa intensidad de su esperanza
vino su heroísmo en la santidad, su generosidad en el sacrificio, su celo en difundir por
doquiera la vida nueva, según el Evangelio.
11 «Ved cómo proclamamos dichosos a los que soportan. Oísteis la paciencia de Job y
visteis cuál fue el fin del Señor; porque el Señor es lleno de piedad y misericordia»:
Véase Tob. 2, 15.
12 «Pero ante todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo ni por la tierra, ni con otro
juramento alguno; que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no, para que no incurráis en
juicio»: Véase Mt. 5, 34. Según nos lo muestra la conducta del Señor (Mt. 26, 63 ss.) y
de S. Pablo (2 Co. 1, 23; Ga. 1, 20) no se condena todo juramento, sino el abuso y la
tendencia a prometer presuntuosamente. Véase Mt. 21, 31; Jn. 13, 38 y notas.
13 «¿Hay entre vosotros alguno que sufre? Haga oración. ¿Está uno contento? Cante
Salmos»: Norma para todos los momentos de la vida.
14 «¿Está alguno enfermo entre vosotros? Haga venir a los presbíteros de la Iglesia y
oren sobre él ungiéndole con óleo en nombre del Señor»: Es la unción de enfermos o
Santa Unción insinuada ya en Mc. 6, 13, como dice el Conc. de Trento. Se supone que el
enfermo está en cama, pues no puede salir, y luego se dice: lo levantará (v. 15); pero no
se habla en manera alguna de moribundos como muchos piensan; de modo que por
falso prejuicio, que hace mirar con temor esta unción, se pierden quizá muchas
curaciones tanto corporales como espirituales. En Si. 38, 1-15 vemos que la oración ha
de preceder al médico y al farmacéutico. El plural los presbíteros parece indicar solo la
categoría, así como en Lc. 17, 14 Jesús dice: “mostraos a los sacerdotes” (de Israel).
Según la tradición judía cada sinagoga tenía, como observa Lagrange, además del jefe
o archisinagogo “un consejo de ancianos (presbíteros), prototipo de los que tomarán
rango en la Iglesia cristiana” (cf. Hch. 14, 23; 15, 23; 20, 17 y 28; 1 Tm. 5, 17; Tt. 1, 5; 1 Pe.
5, 1). El Concilio Tridentino declaró que no compete a los laicos hacer esta unción.
15 «y la oración de fe salvará al enfermo, y lo levantará el Señor; y si hubiere cometido
pecados, le serán perdonados»: La oración de la fe: en Lc. 5, 20 se dice: “viendo la fe de
ellos”. Salvará (sosei) es usado siempre en sentido espiritual (v. 20; 1, 21; 2, 14; 4, 12).
¿Tiene aquí sentido de curación? El v. 16 usa otro verbo que significa literalmente sanar.
Lo levantará se refiere indudablemente al lecho. Le serán perdonados: como observa
Pirot, “el pensamiento del autor no hace reserva alguna” y comprende todos los
pecados graves o leves.
16 «Por tanto, confesaos unos a otros los pecados y orad unos por otros para que seáis
sanados: mucho puede la oración vigorosa del justo»: Confesaos unos a otros: la
expresión “por tanto” vincula este v. al anterior y parece, como piensa Pirot, exhortar al
grupo presente junto al enfermo para que antes de orar por él y a fin de valorizar su
oración, disponga cada uno su alma (cf. Si. 18, 23) por el arrepentimiento,
confesándose pecador delante de todos, como se hace en el Confíteor (cf. 1 Co. 11, 28; 1
Jn. 1, 7-10). Fillion dice que el pronombre allelus (unos a otros) muestra que no se trata
aquí de confesión sacramental. Chaine, como otros modernos, lo entiende de una
confesión hecha en grupo, como la oración que le sigue, y observa que “no es hecha
especialmente a los presbíteros, aunque ellos están presente y la oyen”. Añade que “no
está dicho que la confesión sea detallada”, y la relaciona con la institución del “día del
perdón” (Lv. 16, 30) que aún conservan los judíos con su nombre de Yom Kippur, en que
el Sumo Sacerdote hacía a nombre del pueblo (Lv. 16, 21) una confesión dirigida a Dios
(cf. Sal. 32, 5; Dn. 9, 4 ss.; Esd. 9, 6- 15; Pr. 28, 13; Si. 4, 26). La Didajé dice también:
“Confesarás tus pecados en la asamblea (Iglesia) y no te pondrás en oración con mala
conciencia” (4, 14; 16, 1). Lo mismo dice la Epístola de Bernabé (19, 12). Entre los
intérpretes antiguos, empero, la mayoría refiere estas palabras de Santiago a la
confesión sacramental (S. Crisóstomo, S. Alberto Magno, Sto. Tomás, etc.), mientras
una minoría sostiene que se trata de la confesión pública hecha por humildad entre los
hermanos con el fin de despertar la contrición y obtener la ayuda espiritual de las
oraciones de los otros. Sobre este v. versaron, como recuerda Pirot, las controversias
de la Edad Media acerca de la confesión hecha a los laicos. El Concilio de Trento puso
fin a las discusiones condenando solemnemente a quien desconociera como precepto
de Jesucristo “el modo de confesar en secreto con el sacerdote, que la Iglesia católica
ha observado siempre desde su principio y al presente observa” (Ses. 14, can. 6).
17 «Elías, que era un hombre sujeto a las mismas debilidades que nosotros, rogó
fervorosamente que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por espacio de tres años y
seis meses»: Véase 1 R. 17, 1 ss.; 18, 42-45; Lc. 4, 25.
20 «sepa que quien convierte a un pecador de su errado camino salvará su alma de la
muerte y cubrirá multitud de pecados»: Véase Pr. 10, 12.

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