Reescribir
La historia de la literatura en Perú no se puede contar sin mencionar a José María
Arguedas. Su vida fue un viaje por el dolor, la exclusión y también la ternura, y
eso lo convirtió en uno de los escritores más únicos de América Latina en el siglo
XX.
Nació el 18 de enero de 1911 en Andahuaylas, Apurímac, en una familia mestiza. Su
mamá murió cuando él tenía solo tres años, lo que cambió todo para él. Su papá se
volvió a casar y Arguedas terminó viviendo con los sirvientes quechuas. Esa
separación de su familia blanca lo llevó a conectar profundamente con la
cosmovisión andina.
Arguedas no solo miró la cultura quechua, la vivió. Aprendió el idioma, participó
en sus rituales, y compartió su día a día. De ahí surgió su pasión por la
literatura y la antropología. Sus obras, como Los ríos profundos y El zorro de
arriba y el zorro de abajo, reflejan una sensibilidad especial, donde la literatura
se convierte en un testimonio de experiencias compartidas.
La infancia de Arguedas, entre el desamparado y el calor de las comunidades
indígenas, fue clave para su legado. Desde pequeño, fue consciente de las
desigualdades sociales, el racismo y la violencia que sufrían los pueblos
originarios. Pero en vez de dejar que eso lo aplastara, encontró una voz que lo
representaba. Como decía Eduardo Galeano, era un hombre atrapado entre dos
culturas, que no quería ser blanco pero tampoco podía ser indígena, un puente entre
mundos que muchas veces no se entienden.
En sus libros, no presenta a los andinos como víctimas, sino como gente con una
cultura rica y digna. Con personajes como Ernesto en Los ríos profundos, recupera
la mirada de un niño para mostrar la complejidad del Perú, un país hecho de muchas
sangres. Su estilo mezcla elementos orales y mitológicos, con una prosa poética
llena de emoción, ternura y rabia.
Pero su legado va más allá de la literatura. Como antropólogo y funcionario, se
esforzó por dignificar las expresiones culturales del Perú. Trabajó en el
Ministerio de Educación y en el Museo de la Cultura Peruana, y estudió el folclore,
la música y la organización social de las comunidades. Todo parte de un objetivo
mayor: demostrar que el Perú no puede huir de sí mismo ni dividirse entre lo
indígena y lo occidental.
La infancia llena de abandono y violencia de Arguedas fue el motor de su vocación
humanista. Esa niñez que podría haberlo roto lo llevó a construir un mundo donde
chicos como él fueran escuchados. Su obra es un acto de reparación y amor. Amor por
su tierra, su gente, su lengua, y su manera de ver el mundo.
Hoy en día, José María Arguedas sigue siendo relevante porque mezcló la dulzura de
la infancia con una crítica social aguda. En un país donde todavía se discuten
identidades y se marginan a los pueblos originarios, su trabajo invita a la
empatía, la inclusión y a reconocer nuestras raíces. Su legado no es solo
literario, sino también ético y político.
Recordar la infancia de Arguedas es también mirar con otros ojos a los niños
andinos de hoy. Es preguntarnos cómo sus voces pueden seguir formando parte de la
historia del país. En definitiva, es seguir el camino que él trazó con su vida y su
escritura, un camino que sigue inspirando a quienes, como yo, creen en el poder de
las palabras y en un Perú donde todos tengan su lugar.