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Protocolo Catequesis

El documento enfatiza la necesidad de establecer políticas de protección en la catequesis para prevenir el abuso infantil, destacando la responsabilidad de los catequistas en crear un ambiente seguro y positivo para los niños. Se propone la formación continua de los catequistas y la creación de comisiones de prevención que incluyan expertos en la materia para asegurar la integridad de los menores. La prevención del abuso no solo implica evitar daños, sino también transformar la pedagogía y los métodos de enseñanza dentro de la Iglesia.

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Protocolo Catequesis

El documento enfatiza la necesidad de establecer políticas de protección en la catequesis para prevenir el abuso infantil, destacando la responsabilidad de los catequistas en crear un ambiente seguro y positivo para los niños. Se propone la formación continua de los catequistas y la creación de comisiones de prevención que incluyan expertos en la materia para asegurar la integridad de los menores. La prevención del abuso no solo implica evitar daños, sino también transformar la pedagogía y los métodos de enseñanza dentro de la Iglesia.

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La prevención del abuso en la catequesis

Daniel Portillo Trevizo

Introducción

Es indispensable que todas las comunidades parroquiales y los distintos centros de catequesis,
que desarrollan programas o tienen contacto directo con niños, niñas y adolescentes (NNA) de
hasta 18 años, adopten una clara política de protección. La Iglesia, particularmente después de
los últimos tres pontífices, ha establecido el principio de “tolerancia cero”, con la finalidad de
proyectar una cultura del cuidado de la niñez. Sin duda, toda prevención debe ayudar a crear un
ambiente seguro, positivo, y a demostrar que la Iglesia asume con seriedad su responsabilidad
para con los infantes. Nuestra creencia en el significado y valor fundamental de NNA, se basa en
lo sagrado de la vida, honrado en nuestra fe. “Esta cualidad sagrada de la vida nos obliga a ser la
voz de la conciencia. Si no protegemos a nuestros niños y niñas, negamos nuestra humanidad,
arriesgamos nuestro futuro y traicionamos nuestras creencias” (Religiones por la paz).
Ahora bien, es objeto de este artículo proponer algunas líneas de reflexión y actuación sobre los
elementos necesarios, con la finalidad de establecer un ambiente confiable para que el creyente,
desde sus primeras etapas, sepa que la Iglesia es un ambiente seguro, que favorece su sano
desarrollo integral. Por lo cual, es necesario que los agentes de la catequesis no olviden que su
finalidad principal es favorecer el desarrollo integral de cada una de las personas, y también, es
necesario que los espacios de la catequesis estén suficientemente diseñados para salvaguardar la
dignidad de las mismas.
Sin duda, el servicio de tantos catequistas en el mundo, es un acto de amor y de servicio, por lo
tanto, podemos hacer nuestras las palabras del letrado religioso latinoamericano que sostiene:
“Cuando amamos, cuidamos; y cuando cuidamos, amamos” (L. Boff). La catequesis, después del
sacramento del bautismo, es el inicio del camino del creyente, es el itinerario de fe de aquellos
que deciden buscar a Dios, por lo tanto, son los principales años de la vida de cualquier persona
que se acerca a la religión. Una conducta abusiva de parte de cualquier agente de la catequesis,
puede ser una interrupción irreparable para la fe y para la vida. Los catequistas, como modelos
del buen trato, son quienes al inicio de nuestro itinerario cristiano nos presentan a Dios, con su
persona y su fe misma. En consecuencia, todo abuso sexual infantil, generado por un catequista,
es un atentado a la imagen misma de Dios, al primer contacto que el NNA tiene con Él.
Además, si partimos del presupuesto de que el catequista realiza su servicio eclesial sin una
retribución monetaria, esto no lo exime de estar a la altura en los niveles de preparación que
favorezcan una cultura de prevención. Los niños, cuando asisten al catecismo, frecuentemente se
ven sorprendidos por la fe compartida de su propio catequista, más allá de los contenidos, me
refiero al testimonio cristiano. Con todo lo dicho previamente, se puede sustentar que el
catequista es el primer acompañante, fuera de la familia, que el niño conoce en el ámbito
eclesial. Por lo tanto, se debe insistir en la formación integral del mismo. Catequistas sanos
provocan ambientes de formación sana. De manera que el rol del catequista dentro de la
prevención es esencial, lo señalaba el Papa Francisco en su carta al Pueblo de Dios, diciendo:
“Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una
participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas
necesarias para una sana y realista transformación” (20.08.2018).
Por último, sirva el desarrollo del presente artículo para favorecer el conocimiento de los
comportamientos adecuados e inadecuados que todo catequista debe conocer, para que su
apostolado sea más eficaz. Que las presentes líneas también introduzcan a estos generosos
servidores eclesiales a apoyar una cultura de prevención dentro de la Iglesia católica, y además,
que su testimonio y conocimiento genere una red de protección infantil, en todas las realidades
sociales y familiares.

1. La protección de los niños como primera misión del catequista

Por su naturaleza y vocación de servicio, los catequistas buscan tocar la vida de las personas, no
solo con la instrucción doctrinal, sino también por medio de actos de solidaridad y apoyo a los
más necesitados. El ministerio mismo que realizan, genera principalmente programas e
iniciativas dirigidas directa o indirectamente a niños, niñas y adolescentes. Por esta razón, es
fundamental su obligatoria instrucción sobre la posible detección de realidades de abuso, así
como de un código específico de conducta que descarte la posibilidad de generar una
transgresión dentro de los límites de la catequesis.
Es importante señalar que aunque hubiera catequistas con buenas y genuinas intenciones, pueden
no estar bien preparados para relacionarse correctamente con personas menores de edad, y ante
situaciones puntuales, podrían reaccionar de modo violento o sin darse cuenta, podrían tener
conductas inadecuadas. La comunidad de la catequesis está llamada a salvaguardar la dignidad y
el respeto a los NNA como personas creadas a imagen y semejanza de Dios; a tener el valor de
ejercer cualquier consecuencia necesaria con la finalidad de proteger al menor en situación de
vulnerabilidad; y a seguir el ejemplo de Jesús como protector de los niños y niñas. En ocasiones,
sea por ingenuidad, negligencia o desconocimiento, los catequistas podrían involucrarse en
manejos inadecuados poniendo en riesgo a los niños.
Por lo anterior, para que la misión protectora del catequista puede llegar a ser eficaz, es necesaria
la responsabilidad en el desarrollo de programas que implican el contacto directo con NNA; ya
que no tomar las medidas necesarias para protegerlos y asegurar su integridad, cuando se está a
cargo de ellos, es un acto de negligencia, que puede traer graves consecuencias psicológicas,
legales y religiosas, en caso de ocurrir un incidente. Ya lo advertía el Papa Francisco, en su carta
previamente citada: “Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en
peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama lucha contra todo tipo de
corrupción, especialmente la espiritual, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente
donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles
de autorreferencialidad, ya que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”.
(20.08.2018)
Sin duda, una de las primeras reacciones equivocadas de la Iglesia, en los comienzos del terrible
escándalo de los abusos sexuales, ocurridos dentro de ella, fue la minimización. Este mecanismo
consiste en apocar el hecho de que sólo haya sucedido un caso o muy pocos casos y que, por lo
tanto, no es necesario empeñarse en elaborar un claro protocolo. Así haya sucedido un solo caso,
o más aún, no haya ocurrido ninguna situación de abuso, es necesario prevenir. En la Iglesia, y
por lo tanto en la catequesis, cada niño, niña y adolescente cuenta. De manera que un solo
incidente de abuso, violencia o negligencia que afecte a uno de ellos, por parte de algún
catequista o colaborador de la Iglesia, puede comprometer significativamente la credibilidad de
la parroquia o, en concreto, la catequesis, poniendo así en riesgo su continuidad. Al día de hoy, la
Iglesia lamenta el terrible mal que ha sucedido dentro de ella, el mismo Sucesor de Pedro lo
señala: “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos
estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la
gravedad del daño que se estaba causando en tantas víctimas” (Francisco, 20.08.2018).
Por lo tanto, así como la misión de la Iglesia no se improvisa, tampoco la del catequista; y, en
este menester de protección, es obligatoria la seriedad que amerita una concreta puntualización
del protocolo. Por ejemplo, es indispensable que todo protocolo de protección al NNA realizado
en la parroquia o en la catequesis sea escrito de manera clara y fácilmente comprensible, de
manera que cada miembro de la comunidad eclesial esté en grado de entenderlo. Incluso, al
inicio del ciclo de la catequesis, en donde frecuentemente se realiza una reunión con los padres o
tutores de los NNA, sería indispensable que se les informara de las diferentes formalidades
establecidas para ese centro de catequesis.
La finalidad del protocolo no es el cumplimiento de un requisito, sino la certificación pública de
nuestro compromiso a favor de la prevención de los NNA. De tal manera que sus disposiciones
sean debidamente transmitidas a todos los colaboradores de la Iglesia, a los padres de familia o
tutores y, por supuesto, a los mismos catequizandos. Cuando anteriormente he mencionado a la
prevención como la primera misión del catequista, me he referido al hecho de que él mismo sabe
dirigir su mirada a la persona, así como sabe descubrir en lo profundo de ella la realidad sagrada
de Dios.
A la catequesis no le puede pasar lo mismo que al sinfín de empresas que actualmente han
quebrado y han sido suplantadas por una sencilla aplicación, solo por no haber puesto su
atención en la persona, por conformarse en ofrecer monótonamente su servicio, sin el más
mínimo deseo de actualizarse. Los NNA a los que servimos en el presente no son los mismos de
hace cinco, diez o quince años; no son los mismos que se conformaban con una hoja en blanco y
lápices de colores compartidos entre sus compañeros. No son aquellos que ante la autoridad del
catequista lo escuchaban atentos, cantaban los veteranos cantos religiosos y juntaban las manos
con sus ojos cerrados para hacer oración. La prevención requiere ponerse al día porque no nos
permite olvidar a la persona que servimos, nos exige actualizar nuestras estrategias de
transmisión de la fe.
La prevención no sólo trata de evitar el abuso o impedir que se produzca un daño o peligro; sino
también, implica transformación en nuestra pedagogía y en la innovación de nuestros métodos.
Toda prevención implica transformación. Por lo tanto, en este proceso de renovación estructural,
es necesario –como insiste el Papa Francisco- “que cada uno de los bautizados se sienta
involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación
exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el
Señor mira” (20.08.2018).
De forma que, si sostenemos que la prevención transforma y actualiza, lo contrario a ella sería la
rigidez. Una catequesis inflexible no es capaz de dialogar con la persona de hoy, más aún, la
desplaza. Con rigidez, todo “servicio eclesial” se hace despótico y narcisista. Los catequistas
intransigentes son alérgicos a la prevención, sus viciadas campañas sostienen el cartel del
“siempre se ha hecho así”, se resisten a ver a la Iglesia como una promotora social de la
prevención, una institución siempre fresca dispuesta a escuchar a los creyentes de hoy y servir
con las estrategias actuales.
En fin, la prevención trata de desarrollar la sensibilidad y la lucidez para identificar las
situaciones de riesgo. De tal modo que, delante de este fuerte llamado a la transformación y a la
conversión, como señala el Papa al pueblo chileno: “Es imposible imaginar una conversión del
accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más,
cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de
Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras
sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida” (31.05.2018).

2. La necesaria idoneidad de los colaboradores en la catequesis

Es de vital importancia verificar la idoneidad de los colaboradores de la Iglesia, especialmente de


quienes tendrán contacto con niños, niñas y adolescentes. Con esto pretendo señalar, desde el
principio de este apartado, que no basta el deseo de servir a los niños para ser considerado capaz
de realizar dicho ministerio. En otras palabras, no basta con querer ser catequista, para sostener
que se puede ser catequista. Necesariamente el servidor eclesial debe ser una persona con una
sana capacidad para relacionarse, especialmente con las personas de su misma edad y por otra
parte debe manifestar el respeto y la habilidad para tratar a los NNA. Sería un signo de alerta, por
ejemplo, encontrar a un catequista incapaz de socializar con las personas simétricamente iguales
a él, pero que se relacionara exclusivamente con aquellos de una edad inferior a la suya. Como
contundente recomendación quede excluida, al servicio de la catequesis, toda persona ajena al
mundo de los adultos, es decir, adultos que únicamente se relacionan en el mundo infantil. Para
este cometido, es responsabilidad de la institución conocer suficientemente la historia de cada
catequista, para saber con qué personas se relaciona prevalentemente.
Así mismo, si el catequista se encuentra involucrado activamente en asuntos de violencia
familiar o, incluso, violencia verbal o física con los propios vecinos o parroquianos, es un claro
indicador de que quizás esa persona no está calificada para trabajar o tener contacto seguro con
niños, niñas y adolescentes. El noble servicio de la catequesis no puede servir como una catarsis,
es decir, como un desahogo para los problemas de los adultos. No está de más motivar a que se
establezca dentro de la catequesis una sana y continua evaluación del servicio pastoral realizado.
Debemos invitar a los laicos a tener las habilidades necesarias para evaluar los servicios
realizados en la parroquia. Así como debemos superar la idea de que los laicos tienen que
padecer las improvisaciones de la homilía de los sacerdotes, así también se deben superar la
monotonía y los avejentados métodos catequéticos y el maltrato de los servidores parroquiales.
De tal manera que, dentro de la primera inducción al neo-catequista, deberá siempre considerarse
la promoción de las habilidades sociales, que cualquier servidor público debería estar obligado a
tener. Las habilidades sociales se fundamentan en la pedagogía del buen trato y en la teología del
amor. El catequista requiere ser un experto en mantener una positiva comunicación con las
personas, de lo contrario, debería buscar algún otro servicio alterno dentro de la parroquia. Un
compendio de diplomacia, tacto, y facilidad para relacionarse con los demás, será una elemental
plataforma para que la fe pueda asentarse en el corazón de los fieles. Se requerirán desde los
primarios gestos de educación, de cortesía, de gratitud, de saber pedir perdón, hasta las más
sofisticadas conexiones afectivas que no dañan, ni pervierten el buen trato.

3. La comisión de prevención del abuso en la catequesis parroquial


La institución de la Iglesia juega un papel importante en las dinámicas de silencio o de apertura,
de confianza o de temor de quienes se acercan a ella. Por lo cual, los catequistas deben saber que
el abuso sexual, y el abusador sexual, puede estar en cualquier parte. Puede estar en la familia, en
la colonia y también en la parroquia. De tal manera que para prevenir el abuso sexual infantil en
la catequesis, conviene pensar en un proceso cuya desembocadura sea la instalación de una
comisión de prevención del abuso y, por lo tanto, de un protocolo.
Para tal cometido, será muy recomendable nombrar y formar al menos a tres personas del equipo
de la catequesis o a algunos miembros externos, expertos en materia de prevención (psicólogos,
terapeutas, abogados, etc.), como tutelares de los códigos de conducta y la activación del
protocolo, en caso de ocurrir un suceso de abuso. Dicha comisión deberá ser conocida dentro del
ambiente parroquial y de la catequesis. Se trata de un grupo de personas prudentes que puedan
liderar y organizar la política de protección y cuidado de los niños en todo lo que atañe al
Protocolo.
Es más, ellos deben asistir al coordinador y al párroco en la supervisión de los procesos de las
denuncias realizadas, aconsejar sobre las medidas necesarias para proporcionar apoyo y
protección a la presunta víctima y ofrecer asesoría y apoyo a quienes hacen las denuncias.
Además, deben asesorar sobre el respeto de los derechos de una persona acusada, así como la
evaluación de riesgos del acusado y la conveniencia de que pueda permanecer en la pastoral
infantil una vez que ha sido señalado.
Una sólida comisión de prevención del abuso debe verificar que el servicio eclesial de la
catequesis cumpla con las disposiciones necesarias de protección a los NNA. Así también,
podrían ser un canal de inducción y capacitación para los nuevos miembros de la catequesis.
Ellos mismos podrían, incluso, ofrecer capacitaciones periódicas a los catequistas sobre los
nuevos fenómenos sociales que atentan contra la seguridad y la protección de la niñez. Incluso,
en caso de que el abuso sexual sea registrado dentro del ambiente familiar, escolar o de otra
índole, podrían brindar orientación, asesoría y acompañamiento a las familias para proceder con
la demanda y sugerir el acompañamiento integral.
Esta comisión, además, deberá manifestar al consejo parroquial las principales carencias y
necesidades que vulneran la protección de los menores en la parroquia. Por último, deberán
revisar los códigos de conducta para que sean actualizados y mejorados de acuerdo a la
particularidad de cada parroquia. En fin, como se puede mirar, la creación de esta comisión no
resulta optativa, sino totalmente necesaria.

4. Una propuesta de Código de conducta para los catequistas

Una vez creada la comisión de prevención del abuso dentro de la catequesis, le corresponde a la
misma la creación de un código de conducta. Dicho código debe estar sostenido por directrices
claras que señalen cómo debe ser una correcta relación o interacción de los catequistas con los
niños, niñas y adolescentes. Por lo tanto, periódicamente, se deben revisar los programas de la
catequesis, para identificar la posibilidad de que sucedan cosas que pudieran tener un impacto
negativo en ellos. Por otro lado, el arrojo de esta información contribuirá a la elaboración de
planes de acción, y si es necesario, de informes que se presenten a la Dimensión Episcopal para
la Catequesis, con la finalidad de implementar las medidas de protección necesarias en el
ambiente eclesial.
Destaco un elemental “pentá-logo”, compuesto de cinco normas básicas para un código de
conducta dentro de la catequesis:
a. “El trato y lenguaje con respeto”. Todo catequista deberá tener un uso adecuado de
lenguaje, cordial, fraterno y edificante. Por lo tanto, debe evitar en todo momento el uso
del lenguaje agresivo, las amenazas o calificativos que busquen denigrar, humillar o
hacer sentir mal a los niños, niñas y adolescentes. Debe evitar, rotundamente, los
comentarios o insinuaciones de contenido sexual, albures o expresiones en doble sentido.
Además, debe tener un comportamiento ejemplar con su propia familia, o con aquellos
con quienes se relaciona, incluyendo las compañeras de la catequesis.
b. “El adecuado contacto físico”. El contacto físico debe ser siempre respetuoso. Bajo
ciertas circunstancias geográficas es permitido el saludo de beso en la mejilla o el
respetuoso abrazo. En caso de no ser así, bastará con un saludo de manos o un simple
saludo verbal. Cuando se realicen dinámicas de juego o integración grupal, el adulto solo
podrá tener contacto físico con el NNA de acuerdo con las instrucciones de la dinámica,
siempre y cuando ésta sea respetuosa. Queda claramente prohibido el contacto físico
violento y lascivo, así como tocar los órganos genitales, los pechos, la cintura, las piernas
u otras partes que puedan transgredir la intimidad de los menores.
c. “Exclusión absoluta de contenidos o acciones de implicancia sexual”. El catequista no
debe olvidar que es un servidor eclesial y, por lo tanto, público. Se considera un delito de
abuso con contacto físico todo tocamiento inapropiado, sexo oral, penetración anal o
vaginal, entre otros contactos lascivos. También será considerado abuso sexual sin
contacto físico el acto de forzar a un menor a mirar a un adulto desnudo, obligarlo a
mandar fotografías desnudo, parcial o totalmente, así como mantener una comunicación
obscena o ambigua, por los distintos medios de comunicación.
d. “Trato público”. El catequista no puede permanecer a solas con niños, niñas y
adolescentes en lugares cerrados. Todo ejercicio, instrucción o acción debe ser en un
ambiente público, o en lugares acristalados con clara visión de quienes que se encuentren
en un recinto próximo. Además, deberá procurar que su ejercicio pastoral esté siempre
acompañado por otros adultos, pueden ser los mismos padres o tutores o, incluso,
miembros del mismo equipo de la catequesis.
Aunque las realidades de pobreza dentro de la comunidad cristiana fueran demasiado
austeras, no se debe impartir la instrucción catequética dentro de la casa del catequista,
elíjase mejor los espacios abiertos, como por ejemplo algún parque comunitario.
e. “Implementación de Pedagogía Positiva”. El catequista debe ser capaz de implementar
una pedagogía caracterizada por el buen trato. Deberá implementar métodos positivos y
no violentos para moderar el ambiente dentro de la catequesis, así como el manejo del
grupo a través de un liderazgo maduro. Es importante señalar que el comportamiento, en
la vida privada del catequista, no debe contradecir los valores que la Iglesia trata de
promover respecto a la protección de los niños, niñas y adolescentes.

5. Protocolo de intervención

Una vez que se han señalado las cinco indispensables reglas del “pentá-logo” de conducta de un
catequista en su servicio eclesial, es necesario cuestionarse, qué acciones tomar en caso de una
situación de riesgo o transgresión por parte de un adulto hacia un NNA. Por lo tanto, en caso de
que se reporte o detecte una situación probada o una sospecha de abuso, maltrato o un mal
comportamiento contra un menor por parte de un catequista, debe activarse un procedimiento
especial destinado a investigar la situación y orientar la toma de decisiones sobre la situación
presentada.
Cualquier persona de la comunidad parroquial o de la catequesis que detecte o tenga
conocimiento de una situación posible de violencia, deberá considerar los siguientes principios:

a. Notificar de inmediato al consejo de prevención del abuso de la catequesis (en caso de no


existir, se deberá avisar al responsable de la catequesis) para comenzar con las
indagaciones previas del supuesto acto transgresivo. A partir de este momento, toda la
evaluación de los elementos recabados y la determinación de las acciones a seguir
deberán ser realizadas por la comisión. Será menester de la comisión asegurar la
confidencialidad de la información relativa a la víctima, así como la del presunto
victimario, para que no se divulgue información de su vida privada o los exponga a
mayores riesgos.
b. La comisión de prevención o, en último caso, el grupo de la catequesis deberá tener a una
persona asignada para realizar las averiguaciones previas y detectar las necesidades
urgentes o trascendentes de considerar. Es importante que la persona que entreviste tome
nota de esta primera indagatoria. Una vez obtenida la información durante la entrevista
inicial, el entrevistador llenará el “Formulario de registro en caso de sospecha o denuncia
de violencia sexual infantil” (Apéndice 2), que entregará al párroco y coordinador.
c. Una vez realizada la entrevista, se le deberá notificar al párroco.
d. Posteriormente, se le debe pedir claramente al catequista que no establezca diálogo o
contacto con la supuesta víctima.
e. Mientras se realiza la necesaria investigación, el catequista será suspendido
temporalmente de todo servicio eclesial que implique el contacto directo con los
menores, hasta no comprobar su inocencia.
f. Además, se deberá informar a los padres o tutores de la situación, solicitando su
autorización para obtener la denuncia formal o escrita de la situación, en caso que fuere
necesaria.
g. La investigación interna debe ser respetuosa de los derechos de las partes; los catequistas
deben ser considerados inocentes, hasta que se pruebe lo contrario, y la víctima debe ser
asumida como tal. En ningún caso se debe responsabilizar al menor por los hechos
cometidos por los adultos, ni se debe desacreditar o minimizar su versión de los hechos.
h. Una vez finalizada la primera indagatoria, y en caso de comprobarse veraz, la comisión -
o en su defecto quien esté a cargo de la catequesis - se reunirá con el párroco y la familia
de la persona afectada, con la finalidad de establecer los detalles del procedimiento y la
posibilidad de apoyo, de asesoría y acompañamiento integral.
i. Una vez sustentadas las acciones abusivas en contra de la víctima, el párroco o
coordinador deberá aplicar las medidas disciplinarias, dentro de las cuales notificará, por
escrito, la suspensión definitiva del ejercicio pastoral del victimario, en los ambientes
eclesiales en donde haya presencia de menores de edad. Por otro lado, si la persona
colabora en otro ambiente eclesial, se le deberá dar aviso por escrito a la autoridad de
dicho espacio.
j. La violencia sexual cometida por parte de un adulto en contra de un menor constituye un
delito. De tal manera que todos los adultos que tienen conocimiento de un hecho
delictuoso de esta índole tienen la obligación de denunciarlo, en caso contrario, son
responsables penalmente por omisión.
k. Una vez obtenida la denuncia, el coordinador o el párroco dará parte al Ministerio
Público, entregando el expediente, debidamente integrado por la comisión de prevención,
y solicitará apoyo especializado para ofrecerlo a la persona afectada y su familia.
l. En compañía de la comisión o del entrevistador, el párroco informará a la familia la
situación denunciada y las acciones inmediatas ejecutadas por la comisión de prevención.
Además, solicitará a los padres o tutores del menor denunciante que firme la
“Autorización para declaración infantil sobre violencia sexual” (Apéndice 1), para
integrarlo al expediente del caso.
m. En nombre de la parroquia y de la catequesis, se deberá ofrecer todo el apoyo que
requiera la persona afectada, para canalizar el caso con instituciones especializadas en la
atención jurídica y psicológica que necesite. Una vez iniciado el proceso penal, será
responsabilidad de la familia dar seguimiento puntual a dicho proceso. El párroco y
coordinador deberán permanecer atentos a los avances.
n. La comisión deberá elaborar una lista de todos los documentos obtenidos hasta el
momento (formulario, autorización, minuta de acuerdos y otros documentos relacionados
con el caso). Para la integración del expediente del caso, una copia del expediente se
entregará a la familia y al ministerio público, y otra lista a la curia diocesana. Toda la
información y la investigación quedará resguardada, con la mayor confidencialidad, y de
acuerdo a la legislación vigente en esta materia.
o. Por último, independientemente de que no ocurriera la violencia sexual dentro de la
catequesis o de las instalaciones de la parroquia, incluso, si las personas señaladas de
cometer esta violencia no son parte de la comunidad parroquial, por el sólo hecho de
tratarse de una conducta constitutiva de delito, todas las personas adultas que tengan
conocimiento de la situación tienen la obligación de denunciar, pues en caso contrario
son responsables penalmente por omisión.

6. Actividades foráneas o externas a la institución

Ocasionalmente, dentro del desarrollo de las actividades de la catequesis, se encuentran


actividades foráneas que prudentemente deben ser supervisadas. Para la realización de éstas, con
grupos de niños, niñas y adolescentes se deberán adoptar las necesarias medidas cautelares.
Entiéndase como actividad externa: los campamentos, retiros, convivios, talleres, retiros de fin
de curso y otras actividades de interacción y enriquecimiento espiritual, en donde la integridad y
la seguridad de los participantes esté descubierta. Por lo cual, se recomienda:

a. Supervisar previamente las actividades, así como las instalaciones en donde se realizarán
éstas mismas, con la finalidad de evaluar posibles riesgos para los menores, y poder así
verificar que cumplen con las condiciones sanitarias adecuadas, y con los planes de
evacuación ante situaciones de emergencias; así como todos los dispositivos de seguridad
necesarios.
b. Identificar las instancias aledañas de protección infantil, lugares seguros, autoridades
nacionales y ayuda médica de emergencia que estén disponibles.
c. Designar a un número razonable de personas adultas que supervisen las actividades y
ayuden a vigilar la seguridad y la protección de los participantes. A esos supervisores, se
les deberá señalar el código de conducta para la interacción con los menores y deberán
firmar una declaración de entendimiento y apego a las normas del código. Se sugiere,
dentro de este mismo grupo, la participación de padres de familia. Por último, nunca
deberá estar un adulto solo con un niño.
d. Obtener un permiso por escrito firmado por los padres o tutores, en donde brinden
expresamente su consentimiento y tengan, además, el conocimiento general de los
objetivos y la naturaleza de la actividad que se realizará.
e. Contar previamente con un registro de los datos de contacto de los padres, o tutores, en
donde se puedan localizar, en caso de alguna emergencia. Así también, los padres o
tutores deberán contar con los teléfonos de emergencia de los responsables de la
actividad.
f. Consultar con los padres o tutores sobre los requerimientos alimenticios especiales para
cada menor, incluso, si toma algún medicamento o si tiene algún problema de salud, con
la finalidad de tomar las prevenciones necesarias. Los organizadores deberán saber con
qué seguro médico cuenta cada infante, para que, en caso de un evento grave sea
trasladado a la unidad correspondiente.
g. Establecer reglas claras y simples sobre el comportamiento adecuado que se espera de los
participantes y, al principio de la actividad, discutir con ellos las reglas para que se
comprometan a cumplirlas como una forma de protegerse a sí mismos.
h. Facilitar el transporte de los participantes, tomando en cuenta medidas de protección, por
ejemplo, verificando que las unidades cuenten con seguros que brinden cobertura médica
y de vida a sus ocupantes en caso de accidentes.
i. Evitar combinaciones de alojamiento que pongan en riesgo a los participantes, cuando la
actividad requiere pasar la noche en el lugar, por ejemplo, no deben dormir en la misma
habitación un adulto solo con niños, ni mezclar adolescentes con otros menores, tampoco
deben mezclarse el sexo de los niños, niñas y adolescentes en el mismo dormitorio.
j. Establecer desde el inicio de la actividad un canal efectivo para que los menores reporten
las situaciones de maltrato o abuso que sufran, o cualquier situación con la que no se
sientan cómodos.
k. Planear adecuadamente la conclusión del evento y el regreso a sus casas, evitando que
deban desplazarse por su propia cuenta en horas de la noche o por zonas peligrosas.
Deberán coordinarse con los padres o tutores para que sean recibidos en un punto común
de encuentro.

7. La adecuada protección de la información

Actualmente, todos los procesos de inscripción en la catequesis generan datos que pueden ser
archivados en la red. Dichos registros de información personal deberán ser manejados con gran
responsabilidad y tomar las medidas pertinentes. En el mundo de la era digital parece de lo más
común el uso de las fotografías y los videos, en los que pueden aparecer los menores. Por lo cual,
deberán tomarse las medidas pertinentes para disminuir riesgos de abuso cibernético. Para esto,
se recomienda tomar las siguientes precauciones:

a. Manejar la información personal y los datos del contacto de todos los menores con un uso
prudente y, de preferencia, solo un restringido número de personas autorizadas.
b. Prohibir la difusión a través de medios de comunicación, de historias, comentarios o
fotografías de niños, niñas y adolescentes que las evidencien o afecten su dignidad.
c. Evitar subir fotografías y videos relacionados con menores, también se deberá evitar
escribir historias o comentarios públicos que contengan los nombres completos, datos, u
otras informaciones que faciliten su localización.
d. Solicitar autorización por escrito de los padres o tutores en caso de realizar alguna
fotografía institucional.
e. zFormar a las catequistas en el uso apropiado de las tecnologías de información, tales
como el internet, sitios web, cámaras digitales, etc., para asegurar que no se ponga a los
menores en riesgo.

Prevenir el abuso sexual infantil y cualquier situación de riesgo, por el inadecuado manejo de
información, es parte de la pastoral de la catequesis y es una tarea que, sin duda, necesita de
formación.

Conclusión: Hacia una pedagogía del “Buen trato”

La propuesta anterior tiene como cometido señalar que las instituciones, como lo es la Iglesia,
necesitan instancias que permitan la sensibilización y el reconocimiento del problema. Por lo
tanto, hablar del “Buen trato” es proponer una pedagogía preventiva que vaya más allá de la
ausencia del maltrato. Exige la necesidad de traducirse en gestos, una forma concreta de mirar a
la persona, la fe y la vida, y el modo de actuar en ella. Se trata de reconocer a la otra persona
como “prójimo” que requiere de mi cuidado.
El “Buen Trato” no es una instrucción, sino una mística en acción, que se promueve a través del
vínculo, en la forma sana y madura como nos relacionamos. De tal manera que la catequesis,
particularmente, necesita generar contextos y climas de “Buen Trato”, donde el menor se sienta
protegido y seguro, donde las o los catequistas vivan y desarrollen un ministerio de servicio
sano, y donde las familias se sientan seguras del ambiente eclesial.
Lo contrario al “Buen Trato” son los climas tóxicos de relaciones que promueven contextos
abusivos. Todo clima positivo protege del efecto dañino de las relaciones tóxicas y de los
contextos vulnerables de abuso. Además, otorgan parámetros que impiden neutralizar el abuso de
cualquier índole.
Sin duda, una sana propuesta relacional dentro de la catequesis señalada como “Buen Trato”,
hace necesaria la adopción de un protocolo de protección de la niñez, que debe asumirse como
un compromiso que abarca a toda la comunidad eclesial. Los catequistas deben tomar muy en
cuenta la autoridad que representan hacia los menores. De tal manera que, “a mayor autoridad,
mayor responsabilidad”. Ser agentes del Buen Trato convierte a los catequistas en cuidadores de
la vida, de aquellas que particularmente se les confían. Es así como podrán mirar y detectar con
agudeza posibles situaciones de peligro. De lo contrario, como señalaba el Papa Benedicto XVI,
“Cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” (Deus caritas est,
16).
El problema del abuso sexual en la Iglesia no debe intervenir su misión evangelizadora. Es más,
esta misma crisis hace de nuestro espacio eclesial un lugar más seguro. Ya lo señalaba el Papa
Francisco: “Las familias deben saber que la Iglesia no escatima esfuerzo alguno para proteger a
sus hijos y tienen el derecho de dirigirse a ella con plena confianza, porque es un hogar seguro”
(02.02.2015).
En toda comunidad parroquial, en donde los laicos asumen labores pastorales y también de
protección, se crean ambientes sanos y libres del abuso. Erradicar el problema del abuso sexual
en la Iglesia católica no es una función jerárquica, sino eclesial. Los sacerdotes y los obispos no
son los únicos custodios del ambiente de prevención, sino también los laicos. La Iglesia somos
todos y la prevención la construimos todos.

Bibliografía

BENEDICTO XVI, Deus Caritas est, 2005.


CEM, Protocolo integral y normas de actuación para la protección de menores, México 2017.
ECPAT-RELIGIONS FOR PEACE, Protegiendo a Niñas, Niños y Adolescentes contra la explotación
sexual en línea. Una guía para la acción para líderes y comunidades religiosas, 2016.
FRANCISCO, Carta del Santo Padre a los presidentes de las Conferencias Episcopales y a los
Superiores de los Institutos de Vida Consagrada y las sociedades de vida apostólica a cerca de
la Pontificia Comisión para la Tutela de Menores (02.02.2015).
FRANCISCO, Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31.05.2018).
FRANCISCO, Carta al Pueblo de Dios (20.08.2018).
MERLOS ARROYO, F., Conflictos humanos en la Pastoral. ¿Crecimiento o fracaso?, Palabra,
México 2013.
PROVINCIA MARISTA DE MÉXICO CENTRAL, Un mundo seguro para la Infancia, México 2015.

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