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Fingiendo

El libro 'Los Pecadores de Boston' de Vanessa Waltz narra la historia de Liana, una joven que enfrenta la pérdida de sus padres y su enamoramiento por Vinn, el mejor amigo de su hermano. A medida que Liana crece, lucha con sus sentimientos hacia Vinn mientras lidia con la sobreprotección de sus hermanos y las complicaciones de su entorno familiar. La trama se desarrolla en un contexto de relaciones familiares complejas y la búsqueda de identidad y amor en medio de la adversidad.

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Fingiendo

El libro 'Los Pecadores de Boston' de Vanessa Waltz narra la historia de Liana, una joven que enfrenta la pérdida de sus padres y su enamoramiento por Vinn, el mejor amigo de su hermano. A medida que Liana crece, lucha con sus sentimientos hacia Vinn mientras lidia con la sobreprotección de sus hermanos y las complicaciones de su entorno familiar. La trama se desarrolla en un contexto de relaciones familiares complejas y la búsqueda de identidad y amor en medio de la adversidad.

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FINGIDA

LOS PECADORES DE BOSTON


LIBRO 3
VANESSA WALTZ
Copyright © 2020 de Vanessa Waltz
Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de este libro puede ser reproducida en ninguna forma o por ningún
medio electrónico o mecánico, incluidos los sistemas de almacenamiento y
recuperación de información, sin el permiso por escrito del autor, excepto para el
uso de citas breves en una reseña de libro.
ÍNDICE
Liana
1. Liana
2. Liana
3. Liana
4. Vinn
5. Liana
6. Vinn
7. Liana
8. Liana
9. Vinn
10. Vinn
11. Liana
12. Vinn
13. Liana
14. Liana
15. Liana
16. Vinn
17. Liana
18. Liana
19. Vinn
20. Liana
21. Vinn
22. Liana
23. Liana
24. Vinn
25. Vinn
26. Liana
27. Vinn
28. Vinn
29. Liana
Epílogo: Liana
Agradecimientos
LIANA

Muertos.
La palabra no tenía sentido. A veces la escuchaba en los
dibujos animados, pero nunca pude entender lo que
significaba. Lo habían repetido una y otra vez: tus padres
están muertos.
¿Dónde estaba mamá?
¿Por qué no había vuelto aún?
La colcha acolchada envolvía mi cuerpo. Me dolía la cabeza.
Había pasado el día llorando, arrastrando a Charlotte, mi
coneja de peluche, por aquella casa extraña de suelos fríos,
expulsada de las habitaciones por ese chico: Mike. Era malo.
Había robado a Charlotte, y no podía dormir sin ella. Me froté
la costra de lágrimas que sellaban mis ojos.
La puerta crujió.
Un chico entró en pijama. Intenté desaparecer bajo las mantas,
y me detuve. Su pelo le rozaba los hombros. Parecía mucho
más joven que Mike. Una tímida sonrisa tiraba de sus labios
mientras me acercaba algo.
—¡Charlotte! —La lana me raspó la cara mientras abrazaba a
la coneja—. Gracias.
—De nada.
—¿Quién eres?
—Vinny. Soy el primo de Mike. —Se arrodilló junto a la cama
—. ¿Cómo te llamas?
—Liana. —Una tenue esperanza parpadeó en mi pecho—.
¿Sabes dónde está mi mamá?
—Lo siento. —Me subió el edredón hasta la barbilla. Luego
me acarició el pelo, desde un lado hacia atrás, igual que mi
madre—. Todo irá bien. Ya lo verás.
—La echo de menos.
—Ahora nos tienes a nosotros. Seremos tu familia.
No estaba segura de eso, pero creí en la sonrisa de Vinny. Su
amabilidad me había transmitido seguridad. Me desplomé
agotada.
—Es hora de dormir, Liana. Cierra los ojos.
—Vale.
Plantó un beso en mi frente, y luego desapareció, cerrando la
puerta suavemente. Un calor se encendió en mis mejillas y se
asentó en mi corazón. Años después, me pregunté por qué su
calidez nunca me había abandonado.
UNO
LIANA
HACE DOS AÑOS

Hizo falta quedar atrapada en un edificio en llamas para darme


cuenta de que estaba enamorada de Vinn Costa, el mejor
amigo de mi hermano.
Era Navidad.
Vinn estaba sentado en la barra mientras mi hermano Michael
bailaba con su hija de siete años al ritmo de una canción de
George Michael. Guirnaldas y adornos verdes decoraban las
paredes de The Black Cat, un salón y restaurante propiedad de
la mafia donde al jefe de la Familia le gustaba celebrar sus
fiestas anuales. Había montañas de comida para catering
apiladas en las mesas, pero el tentador aroma no consiguió
sacar a Vinn de su solitaria esquina. Las luces centelleantes
proyectaban un colorido patrón sobre él.
Tenía un rostro amplio de héroe, con una mandíbula cincelada.
Una sombra de barba incipiente salpicaba su mentón con
hoyuelos bajo una boca bien definida que invitaba al beso.
Una nariz fuerte conducía a unos ojos tan oscuros y
aterradores que mirarlos me provocaba un escalofrío. Italiano
de pura cepa, Vinn lucía esa tez olivácea que siempre había
envidiado.
Era guapísimo —le había visto sin camiseta— y podría
haberle hecho la competencia a Henry Cavill.
Una oleada de calor invadió mis mejillas. El aire abandonó
mis pulmones. Yo era un cinco en mis mejores días, pero Vinn
era un diez perfecto.
Desde que tenía cuatro años, había estado colada por Vinn
Costa. Él me había cogido de la mano en las excursiones a la
playa. Me había salvado de escaparme y hacerme daño. Desde
el momento en que le conocí, me había protegido. Pero a
medida que crecimos, nos fuimos distanciando.
Había pasado tiempo. Los estudios me habían mantenido
ocupada. El último mensaje de texto que habíamos
intercambiado fue en abril.
Di un paso adelante.
Unos dedos ásperos rodearon mi brazo, deteniéndome. Fruncí
el ceño a su dueño, mi hermano mayor, Daniel. No nos
parecíamos en nada, porque no estábamos emparentados por
sangre. Su madre me había adoptado. Mis padres biológicos
eran un misterio, presentes solo en fotografías desvaídas y
recuerdos aún más lejanos.
La piel de Daniel era más oscura, su pelo más negro, y sus
ojos dos llamas ambarinas junto a mis azules. Tenía más del
doble de mi edad, cuarenta y tres años, y era mi única figura
paterna. Su mirada entornada se estrechó mientras seguía mi
camino directo hacia Vinn, su actitud empapada de
desaprobación.
—Liana. No lo hagas.
Mi estómago se hundió. —¿Qué?
Michael se separó de su hija para situarse junto a Daniel, con
un ceño idéntico. Tenían casi la misma altura, pero Michael
era más fino de huesos y delgado. Aunque, por muy parecidos
que pudieran parecer, nunca estaban de acuerdo en nada.
Crecer con dos hermanos mayores no había sido fácil. Las
cenas familiares se convertían en una excusa para que Michael
y Daniel intentaran imponerse el uno al otro. Me habían
dejado fuera de sus peleas, pero seguía siendo una forma
sombría de crecer.
—Sabes de lo que estoy hablando —la frialdad de Daniel no
dejaba dudas sobre el tema—. Déjale en paz.
—Es Navidad —susurré—. Solo iba a saludarle.
—¿Y esperabas que te pidiera salir? ¿Porque le has traído un
regalo? —la sonrisa burlona de Daniel era demasiado
conocedora—. Oh, Li. Tienes que dejar esto.
—No tengo ni idea de lo que estás hablando.
—Vamos, Li. No eres tan tonta.
—Tranquilo —Michael le lanzó una mirada fulminante—. Es
una cría.
—Ya no —espetó Daniel, ajeno a la agonía que crecía en mi
pecho—. Debería haber dicho algo hace mucho tiempo, pero
me contuve porque eres muy joven. Me avergüenza verte
languidecer por él.
Su tono cáustico mordió mis mejillas. Ambos habían visto a
través de mí, y me dejó emocionalmente desnuda.
—¿Quién dice que lo estoy?
—Es obvio, cielo. Pensé que lo superarías —la boca de
Michael se torció en una sonrisa sombría—. Sé que estás loca
por él, pero nunca ocurrirá.
Fue como si hubiera estrujado mi corazón con el puño. —¿No
crees que le gusto a Vinny?
—No de la forma que tú quieres, cariño.
Mis ojos ardieron antes de que terminara la frase. —Quizás…
—No sucederá. Jamás.
Un violento rubor se apoderó de mi cara mientras mis entrañas
se rebelaban.
Michael me tomó del hombro. —Eres una chica tan buena.
Hay un chico ahí fuera para ti, pero no será Vinn.
—¿Por qué no?
Daniel gimió, masajeándose la frente. —Por Dios, Liana.
—Está demasiado dañado —intervino Mike—. Te hará daño.
Y, lo más importante, no está interesado.
La determinación de Michael por acabar con mi atracción por
Vinn no era nada nuevo. Siempre tenía una pulla no tan sutil
preparada cuando me pillaba rondando a su primo convertido
en mejor amigo, pero nunca lo había oído de forma tan directa.
Cada palabra me atravesaba.
—¿Él ha dicho eso?
—No tiene que hacerlo —Michael soltó un largo suspiro, con
tono compasivo—. No te lo tomes como algo personal. Vinn
tiene veintiocho años. Tú tienes diecinueve. Es una gran
diferencia.
—Sois unos capullos.
Daniel me dio unas palmaditas en la cabeza. Se marchó,
abandonándome con este bastardo odioso.
Michael y yo nunca nos habíamos llevado bien.
Se había suavizado cuando tuvo un bebé, pero nunca olvidaría
al adolescente enfadado que me odiaba por existir.
—¿Por qué no me puedes dejar en paz?
—Créeme. Esta conversación es igual de dolorosa para mí —
Michael se masajeó las sienes—. Preferiría saltar a una
trituradora de madera que discutir el enamoramiento de mi
hermana por mi mejor amigo.
—Ojalá lo hicieras. No te soporto.
—Muy bonito. Eso está muy bien, Li.
—Me da igual. No soy uno de tus hijos —siseé—. No puedes
aparecer de repente y ser sobreprotector después de toda una
vida siendo un imbécil.
—Estoy intentando darte un atajo hacia la felicidad —Michael
señaló a su esposa, Serena—. La vida es demasiado corta para
malgastarla con alguien que no se fija en ti.
Arremeter contra mí por lo de Vinn era pasarse de la raya. Lo
único que quería era hablar. ¿Qué derecho tenía Michael a
controlar mis asuntos? Comparada con él, yo estaba a medio
camino de la santidad.
Miré a Michael. —¿Qué tiene que ver tu matrimonio sin amor
conmigo?
Michael se crispó. Su agarre se volvió blanco sobre el vaso
antes de golpearlo contra la barra.
—Vale. No vengas llorando cuando te dé largas otra vez.
Ay.
Una oleada de calor invadió mis mejillas, pero había dicho
cosas peores.
¿Estaba perdiendo el tiempo? Vinn tenía una vida. Yo había
pasado la mía deseando poder cambiar lo imposible.
Si al menos no fuera la hermana pequeña de Michael.
Si al menos Vinn sintiera una fracción de mi anhelo.
Si al menos no estuviera atrapado en los brazos de una
preciosa pelirroja.
Una chica de belleza impresionante se había materializado en
el regazo de Vinn. Usaba el muslo enorme de Vinn como un
banco. Sus dedos manicurados acariciaban su camisa negra
brillante y su corbata con una intimidad que me retorció las
entrañas. Le plantaba besos por toda la mandíbula mientras yo
luchaba por respirar, con un dolor tan crudo al verlo con otra
mujer.
Quería desaparecer.
Vinn respondía a sus jueguecitos con un interés tibio,
deslizando la mano bajo sus muslos, subiéndole el vestido,
pero su mirada vagaba como si buscara un reemplazo. Sus ojos
encontraron los míos. Me miró fijamente, probablemente
preguntándose por qué lo fulminaba con la mirada mientras
una mujer se restregaba contra su entrepierna. Sin apartar la
mirada, pronunció una despedida.
—Lárgate de aquí.
Ella se rio tontamente. —Feliz Navidad, cariño.
—Sí, lo que sea.
—Nos vemos. —Agarró sus solapas y le besó en la boca—.
Tengo un regalo esperándote en mi apartamento. Deberías
pasarte.
—Quizás —dijo, pero puso los ojos en blanco cuando ella le
dio la espalda. Me hizo un gesto—. Li, ven aquí.
Mientras me acercaba, palabras violentas suplicaban por salir
de mis labios. Apenas podía contener las lágrimas tras aquel
puñetazo visceral.
—¿Quién es ella?
Vinn me lanzó una mirada peculiar. —Una tía cualquiera.
—¿Tu novia?
—Para esta semana, sí. —El tono bajo y áspero de Vinn me
revolvió el estómago, despertando las mariposas—. ¿Qué
haces?
—No mucho.
—¿Ibas a saludarme alguna vez?
Me crucé de brazos. —Claro.
Mirarlo me dolía. Su camisa y pantalones estaban arrugados
donde ella se había restregado, y le había despeinado su
precioso pelo. Casi podía olerla en él.
Vinn me examinó. —¿Estás bien?
—¿Por qué tiene que pasarme algo?
—Bueno, no me estás dando la tabarra, y eso es una señal de
alarma.
Quería decirle la verdad: que él significaba el mundo para mí y
me mataba el hecho de que siempre sería la hermanita del
mejor amigo. Entendía por qué no podíamos estar juntos.
Michael y Vinn trabajaban para la Familia. Lo último que
necesitaba el jefe era una grieta entre sus capitanes y, como
señalaba Michael, a Vinn no le interesaba una chica de
diecinueve años.
Normalmente soportaba el dolor con una mueca, pero esta
noche no. No podía hablar con él. Saqué el regalo envuelto —
una estúpida reminiscencia de nuestra juventud— y lo empujé
sobre la barra junto a su mano.
—Feliz Navidad, Vinn.
Luego agarré una botella de Chianti medio abierta y
desaparecí en la zona de «Solo empleados». Atravesé tres
puertas antes de encerrarme en un despacho del tamaño de un
armario. Llevé el vino a mis labios mientras la fiesta
continuaba. Nadie me echaría de menos, y al menos no tendría
que flotar en una ola de tristeza cuando Vinn convocara a otra
chica para hacerle compañía. Me estaba hundiendo en un
estupor cuando una fuerte explosión sacudió la pared.
Idiotas borrachos.
Las fiestas navideñas frecuentemente se descontrolaban. Todo
el mundo se excedía. A veces hacían acrobacias ridículas.
Antes de que Michael tuviera hijos, era un salvaje. Había
hecho las cosas más estúpidas, como carreras borracho con sus
primos con un cigarrillo encendido en la boca. Durante un
tiempo, se aficionaron a los petardos. No los baratos para
niños, sino de los que te perforan el tímpano con la explosión.
El Audi de Michael solía recorrer la autopista mientras lanzaba
petardos a los coches de otras personas. Las explosiones
parecían algo normal, así que no me alarmé ni por el ruido ni
por los gritos escandalizados que probablemente eran mis tías
gritando a algún imbécil.
Bebí, ignorando el alboroto, y entonces las alarmas aullaron
sobre mi cabeza.
Vaya. Debería ver qué está pasando.
Me levanté.
El mundo se tambaleó cuando abrí la puerta e inhalé aire acre.
Mientras salía, mi cráneo palpitaba. Todo se convirtió en un
confuso remolino de oscuridad. El humo se espesaba. ¿Dónde
estaba la salida? El aire mordía mis fosas nasales. Me ardían
los ojos. Tosí y me doblé, mareándome.
—¡Liana!
No, él no.
Una quemadura profunda abrasó mis mejillas ante la idea de
que Vinn me encontrara en un estado vulnerable.
Estaba de pie cerca de la luz, su figura masculina recortada
contra el humo. Su cabeza giraba a izquierda y derecha.
—Li, ¿dónde coño estás?
Corrí de cabeza hacia la oscuridad, hacia el calor. Vete, recé
mientras él registraba las habitaciones. Déjame en paz. Mi
cabeza daba vueltas mientras me desplomaba, a punto de
llorar, demasiado borracha.
—¡Liana! —Sus pesadas pisadas sacudían el suelo—. Joder,
pequeña. ¿No oyes las sirenas? ¿Qué haces en el suelo?
Pequeña.
La oleada de dolor iba más allá de las lágrimas.
Abrí la boca para decirle que se fuera e inhalé una bocanada
de humo. Mi conciencia se desvaneció y volvió a su lugar.
Me había agarrado del brazo y me había levantado. Me
impulsó hacia delante, arrastrándome por el suelo hasta el
exterior, donde mis pulmones exhaustos se llenaron de
oxígeno. Su poderoso agarre me hizo girar. Me empujó hacia
un sanitario.
Una máscara me asfixiaba mientras Vinn permanecía cerca. Él
me había salvado, después de que la angustia casi me matara.
Su imagen se desdibujó cuando mi visión se empañó. Luego
me dio una palmadita en la cabeza de la misma manera que lo
había hecho Daniel.
El dolor golpeó mi pecho.
Maldita sea… realmente le quería. Pero nunca sería feliz si él
seguía en mi vida.
Vinn era una adicción insana. Interactuar con él me
proporcionaba ráfagas de dopamina. El falso subidón siempre
me dejaba insatisfecha y deseando más.
Michael tenía razón.
Nunca tendría a Vinn.
Tenía que encontrar a alguien que me amara. Aprendería a
existir en un mundo sin él porque, si esto continuaba, no
viviría en absoluto.
Mientras él estaba de espaldas, abandoné la acera que
parpadeaba con luces rojas.
No giré el cuello para comprobar si me había seguido.
Había terminado con Vinn.
DOS
LIANA
DOS AÑOS DESPUÉS

Seguí adelante.
No fue el camino más recto. Como todos los adictos, recaí,
pero después del asesinato de Daniel, eliminé a Vinn de mi
teléfono y estrangulé la parte de mí que lo amaba. Aquel Vinn
había desaparecido hace tiempo. Lo expulsé de mi vida, pero a
veces se colaba en mi mente sin ser invitado, como una
agradable lluvia de verano acariciando mi piel. Entonces
recordaba el funeral de mi hermano con el ataúd cerrado, y la
angustia me apretaba la garganta.
No pensé que estaría aquí.
Mis entrañas se congelaron cuando mi mirada pasó sobre una
figura familiar. Bañado en luz dorada-rojiza, los rasgos
cincelados de Vinn destacaban entre los mafiosos de rostros
comunes. Una chica guapa que había visto una o dos veces
besaba su boca de granito.
Quería que no doliera.
Me giré apartando la vista de aquella escena irritante,
buscando a Michael en el bar lleno de humo. Estaba sentado
junto a un mafioso de unos treinta años, que me dedicó una
sonrisa de oreja a oreja.
—Hablando del rey de Roma —dijo Michael sonriendo
mientras el hombre se levantaba—. Li, únete a nosotros.
—Hola, Liana. ¿Cómo estás?
—Estoy bien. Eres Leo, ¿verdad?
Leo sonrió radiante, como si escuchar su nombre de mis labios
hubiera hecho su noche. Me ofreció su silla.
—Os dejaré poneros al día con tu hermano.
—Gracias.
Tomé asiento, y él se alejó. Mis codos alteraron el montón de
cartas, ganándome un siseo de Michael.
—Cuidado.
—Lo siento. ¿A qué estáis jugando?
—Hand and Foot. Aunque da igual —Michael juntó las cartas
y chasqueó la lengua—. Vinn no puede quedarse quieto el
tiempo suficiente para terminar una ronda. En fin, gracias por
venir. Quería hablar contigo.
—¿Qué quería ese tío?
—A ti —Michael se rio, guardando su bolsa Ziplock—. Me
pidió permiso para salir contigo.
—¿En serio?
—Aunque es un poco mayor. Treinta y ocho.
Divisé a Leo cerca. Me vio y me guiñó un ojo.
—Algún día, un hombre me pedirá salir a mí en vez de ir a ti.
—No se hace así en nuestro mundo.
—Una chica puede soñar.
Resopló.
—Estás pensando como una extraña, no como una Costa.
El estribillo constante de Daniel.
Se me tensó la garganta.
—Él habría querido que siguiera mi corazón.
—Daniel te habría vendido al mejor postor.
Eso me cayó como una piedra en el estómago. Daniel no era
perfecto, pero era como mi padre. Michael sentía lo mismo,
pero eso nunca le había impedido insultarle.
—Lo siento —murmuró Michael, pareciendo arrepentido por
una vez—. Lo estoy intentando.
Asentí.
Había dado un giro de ciento ochenta grados después de
casarse con una mujer amable llamada Carmela, a quien había
conocido después de la muerte de Serena. Me alegraba por mi
hermano, pero una punzada de celos golpeó mi pecho. Yo
mataría por una relación como la suya.
—Solo quiero lo que tú tienes, Mike.
Levantó una ceja.
—¿A Carmela?
Le tiré una pajita.
—Ya sabes a qué me refiero, idiota.
—No esperaba amarla —concedió Michael, sonriendo con
nostalgia—. Aunque esperaba que condujera a algo más.
—¿Yo no puedo tener eso también?
—Claro que puedes —Michael miró la concha marina que
colgaba de mi cuello—. ¿Dónde está el chico que te dio eso?
Muerto.
Una visión consumió mi mente: pantalones azul marino con
una franja roja, gaviotas graznando, olas cálidas lamiendo mis
pies, y el soldado que dobló mis dedos sobre una concha
dentada. A nuestro amor nunca se le permitió florecer, porque
había sido unilateral. No correspondido.
Cuando finalmente comprendí que se había ido, sofoqué esos
sentimientos. Hice mi duelo y seguí adelante. Sacudí la
cabeza, despejando mis sentidos del mar y su suave tacto.
—Está fuera de escena.
Michael digirió eso, frunciendo el ceño.
—Para que lo sepas, he recibido ofertas exigiendo tu mano en
matrimonio. Les he dicho que no, pero tienes un pretendiente
muy agresivo. Es un motero de Legion.
Mi corazón se aceleró mientras imaginaba al hombre que
había aterrorizado a la esposa de Michael.
—¿Un motero? ¿Quién?
—Nunca le has conocido, pero te ha visto en eventos.
Se me oprimió el pecho mientras los sonidos del bar parecían
amplificarse.
—No estarás considerando esto.
—No es tan simple…
—Después de lo que le pasó a Carmela, ¿me entregarías a
ellos?
—Estoy ganando tiempo —masculló—. Hay una diferencia.
—¿Cuándo propuso?
—Hace un tiempo —Michael guardó las cartas en su chaqueta,
entrecerrando sus ojos sombríos—. Eres mi hermana. Eres
más que una moneda de cambio. Por eso quiero emparejarte
con alguien que te trate bien. No me importa a quién elijas,
pero hazlo rápido. Este tipo es implacable.
—¿No puedes decirle que no?
—Desafortunadamente, estamos en un aprieto. Tiene un
puesto alto. No puedo decir que no sin una buena razón, como
que ya estés comprometida.
—Ah. Comprometida. Lo entiendo.
—No, Li —sus labios se tensaron en una sonrisa forzada—.
Ninguno de mis hombres se conformará con un compromiso
falso.
—¡Pero acabas de soltarme esto! ¿Cuánto tiempo tengo? ¿Dos
semanas? ¿Una? ¿Esperas que encuentre un marido así? Y
¿por qué siquiera estoy considerando esto? No voy a casarme.
Apenas tengo edad legal para beber.
—Tampoco es lo que yo quería.
—Tengo mi propia vida, Michael… separada de esta mierda
de la mafia.
—Mierda de la mafia —repitió, con tono gélido—. No
tendrías un apartamento de puta madre en Allston-Brighton si
no fuera por la mierda de la mafia. No podrías permitirte la
matrícula de tu ridículamente cara universidad de la Ivy
League ni tendrías dinero para compras, comida y ropa si no
fuera por mí.
—Necesito esas cosas.
—Sé que lo haces, pero muestra algo de respeto por la Familia
—Michael se inclinó sobre la mesa, clavándome su intensa
mirada—. Lo has tenido fácil, niña. No tienes ni idea de lo que
es crecer con hambre. Has tenido una educación acomodada, y
nunca te he pedido una maldita cosa. Todo lo que quiero de ti
es tu parte.
Seguí su mirada hacia Leo. —¿Que sería?
—No digo que tengas que casarte con él, pero dale una
oportunidad a Leo.
Joder. —¿Y si me cae mal?
—No será así. Es agradable.
Lo que sea.
No era gran cosa hablar con un hombre durante unos minutos.
Complacería a Michael, pondría mis excusas y me largaría,
pero mi hermano estaba colocado si pensaba que me fugaría
con un desconocido. No, yo misma me libraría de casarme con
el motorista de la Legión. Me levanté y me dirigí hacia la
barra, forzando una sonrisa mientras me acercaba a Leo.
Era guapo en el sentido tradicional, pero no era
despampanante. Las patas de gallo arrugaban su piel, y el gris
salpicaba su melena castaña. Se apartó, cediéndome su
taburete.
—Hola.
Me gustaba su voz. Era suave y densa, y tan tentadora como
un baño caliente. Me senté a su lado, lo que
desafortunadamente me dio un asiento en primera fila para ver
a Vinn besándose con el sabor de la semana.
—Bueno. —Leo me miró con perspicacia—. ¿Tienes edad
suficiente para estar aquí?
—Tengo veintiún años.
El alivio recorrió su frente. —¿Cuál es tu veneno?
—Todavía estoy descubriéndolo.
—Entonces tendré que adivinar. —Llamó al camarero—. Dos
moscow mules.
Leo me pasó la bebida en vaso de cobre y chocó su jarra
contra la mía.
Di un sorbo, arrugando la nariz ante el sabor fuerte. —
Entonces, ¿a qué te dedicas?
—Me ocupo de la construcción. Soy gestor de proyectos.
Muchas reuniones con arquitectos y funcionarios del
ayuntamiento. —Lo desestimó con un gesto y se apoyó en su
mano—. ¿Y tú? ¿Estudiante universitaria?
—Sí. Bourton.
Silbó. —Vaya.
—No te impresiones. No tengo ni idea de lo que estoy
haciendo.
—No dejan entrar a cualquiera en Bourton.
—Claro que sí. Solo necesitas tener mucho dinero o un
familiar que fuera alumno. —Le hice un gesto para que se
acercara, susurrando—. ¿Has oído hablar de Alessio
Salvatore?
—Por supuesto.
—Sobornó a la junta para admitir a su esposa. Ni siquiera hizo
la selectividad. —La injusticia me quemaba cada vez que la
veía en el campus.
—Suena a mi línea de trabajo. La burocracia se elude con
suficiente dinero. ¿Sabes qué quieres hacer?
—Aún no.
—Bueno, una chica como tú tiene muchas opciones.
Especialmente para salir con alguien.
—¿Porque soy la hermana de Michael?
—Porque eres preciosa.
—Gracias. —El cumplido acarició mi cuerpo como plumas
cálidas. Era un poco cursi, pero me gustaba la atención.
—Te vi aquí hace un par de días. Completamente sola. —
Chasqueó la lengua—. Sin guardaespaldas, tampoco.
Le agarré la muñeca. —Cuéntaselo a Michael, y te mataré.
—¿Puedo tener alguna última petición?
—Ninguna.
Se rio, su rica voz suavizándose hasta una sedosidad
decadente. —No diré una palabra, pero insisto en acompañarte
a casa.
—Si es necesario.
La promoción de mi hermano a consigliere venía con sus
consecuencias, como un mayor riesgo de recibir un disparo.
Michael a menudo se quejaba de que Vinn rechazaba su
seguridad.
Le odiaba, pero aun así esperaba que estuviera a salvo.
Mi mirada se dirigió rápidamente hacia Vinn.
El dedo de Leo se deslizó a lo largo de mi mandíbula,
atrayéndome hacia él. Mi piel hormigueó cuando me soltó.
—Tu mano parece pesada. ¿Puedo sujetártela?
Mis mejillas ardieron, pero asentí.
Las ásperas callosidades de Leo se deslizaron sobre mi palma,
y luego me envolvió en su puño. Una calidez zumbó dentro de
mí mientras me acariciaba, allí mismo en la barra.
Me arriesgué a mirar a Vinn, que había dejado de reaccionar a
la chica en su regazo. Su mirada me atravesó a través de la
iluminación ahumada. Los segundos pasaron, y Vinn se puso
de pie, una fortaleza de poder.
Murmuró algo que hizo que su acompañante se estremeciera.
Abandonándola, cruzó la sala como una tormenta. Era como
una nube oscura, ganando energía, absorbiendo la atención.
¿Qué demonios?
Hombres con traje se reunieron detrás de él como
depredadores que detectan una presa.
Esto no acabaría bien.
Vinn era alto y cargado con suficiente músculo como para
alimentar a un equipo de fútbol, y parecía despreciar a Leo,
quien lo saludó cordialmente.
—Sr. Costa. ¿Puedo ayudarte?
—¿Quién eres tú?
La voz sepulcral de Vinn era como un hechizo mágico,
infectando la atmósfera con miedo. Un silencio mortal
interrumpió el tintineo de las bolas de billar, las risas y el
repiqueteo de los cubiertos. Todos nos observaban.
Leo se aclaró la garganta. —Leo DiMaggio.
Vinn no pareció calmarse con la información. Miró a Leo
como si acabara de admitir que se había acostado conmigo sin
condón. Su labio se curvó, observando nuestra cercanía con
aparente disgusto. Su mirada acusadora se posó en mí.
Mi estómago se contrajo.
¿Qué hice?
Leo me apretó la mano. Se sentía bien, como agua tibia del
grifo, pero la presencia de Vinn lo hacía desagradable.
Vinn miró fijamente nuestras manos enlazadas. —DiMaggio,
una palabra en privado.
—Vuelvo enseguida. —Leo suspiró profundamente, siguiendo
a Vinn a un rincón desierto.
El murmullo se desató mientras se alejaban. Jugueteé con mis
joyas hasta que su animada discusión empujó mi curiosidad y
superó mi sentido común.
Me acerqué a ellos, el barítono de Vinn arrollando las palabras
más suaves e insistentes de Leo.
—Esto no está pasando. No vas a salir con esa chica.
Una calidez inesperada me recorrió. ¿Desde cuándo a Vinn le
importaba con quién salía yo?
—No puedes hablar en serio —balbuceó Leo, mirando
boquiabierto a Vinn—. ¿Qué problema tienes conmigo?
—No tengo que darte explicaciones.
—¿Así que no tiene nada que ver con que tú quieras añadirla a
tu agenda de aventuras?
—Nadie usa una agenda de ese tipo ya, pero tú no lo sabrías
porque eres demasiado jodidamente viejo —la mueca
desdeñosa de Vinn se convirtió en un grito mientras
arrinconaba al cada vez más nervioso Leo—. Puedo montar
una escena y hacerte daño, o puedes largarte de aquí. Esas son
tus opciones. No. No mires a Michael. Él no puede ayudarte.
—¡Él me dio permiso!
Los ojos negros de Vinn se desviaron hacia Michael, cuya
mirada ardía con el aire de un lobo hambriento esperando a
que el otro matara a su presa agonizante. —No importa. No
me pediste el mío.
—No sabía que tenía que hacerlo.
—No todo el mundo sabe lo cercano que soy a la familia de
Michael, así que te daré un pase. Un puto pase. No lo apruebo,
y esto se acaba ahora.
—¿En base a qué?
—Ella es un partidazo —la mirada fulminante de Vinn podría
haber derretido la pintura de las paredes—. Tú no lo eres.
Hice una mueca de dolor, el golpe de aquel comentario cruel
clavándose en mi estómago. —Vinn, para. Te estás pasando de
la raya.
Vinn mantuvo su atención en Leo, señalando hacia la puerta.
—Vete.
La mirada abatida de Leo se posó en mis zapatos antes de
murmurar un adiós. Luego se dio la vuelta y desapareció entre
la multitud de hombres que sonreían con suficiencia.
Mortificada, fui tras él.
Vinn me agarró del brazo, atrayéndome a su órbita. —No vas a
volver a verle.
—¿Qué te pasa?
La mano de Vinn se tensó. —¿A mí? ¿Qué haces tú con un
perdedor como DiMaggio?
—Nos estábamos llevando bien —me encogí de hombros,
irritada—. No tenías por qué echarlo. Me gustaba.
—A menos que te interese cambiar pañales para adultos dentro
de unas décadas cuando se vuelva geriátrico, te sugiero que
pases página.
El cabrón probablemente tenía razón.
Eso no significaba que fuera a agradecerle que me arruinara la
noche. La irritación atravesó mi corazón cuando me guiñó un
ojo, aparentemente tomando mi silencio como sumisión.
Entonces el arrogante gilipollas pasó sus dedos por mi pelo,
dándome palmaditas en la espalda como si me hubiera hecho
un gran favor.
La rabia se instaló en mi interior como una herida infectada,
hirviendo hasta la superficie. Era un imbécil tan
condescendiente.
No podía aguantarlo más.
—Que te jodan, Vinn.
El gemido de Michael cortó las burlas escandalizadas de los
hombres, pero ignoré su reprobatorio Li-ah-na y miré
fijamente a Vinn.
—¿Qué me has dicho?
Cuadré los hombros. —Que te jodan.
Michael se levantó de golpe. —Li, ya basta.
No.
Nunca había sido tan grosera con Vinn. Siempre había sido un
desastre balbuceante y sin palabras, lanzándome al hombre
casi diez años mayor que yo con una vergonzosa falta de
autocontrol, pero estaba harta de ser amable. No me importaba
lo mal que se viera.
—Puede que aquí todos se arrastren y se inclinen ante este
imbécil, pero yo no lo haré —aparté la mirada de Vinn y miré
a un horrorizado Michael—. No soy una lameculos. Si no te
gusta, mi dedo corazón te saluda.
Se lo mostré y me dirigí hacia la salida, abriéndome paso a
codazos entre hombres sonrientes. Un par de ellos me
animaron cuando salí a las calles envueltas en una cálida
neblina. Me dirigí hacia el metro, con el corazón martilleando.
—¡Li, espera!
Seguí caminando.
—Eh —Vinn corrió a mi lado—. ¿Ahora me ignoras?
—No mereces la pena.
—Eso dice la chica que solía estar todo el día pegada a mí.
—Sí, bueno —mi cara ardió ante el recordatorio—. Esos días
se acabaron.
—Eso dices. Yo no tolero…
—Ve a curar tu orgullo herido con otra persona.
Se rio. —¿Cuándo te has vuelto tan difícil?
—Más o menos al mismo tiempo que dejé de preocuparme por
ti.
—Liana —me agarró del codo, deteniéndome—. No estoy
bromeando. No puedes hablarme así.
—Te insultaré como me dé la gana cuando te metas en mi vida
personal.
—No vas a…
—Y cada vez que estés con otra mujer, estaré allí para armar
un escándalo sobre cómo su vagina no es el ajuste adecuado
para tu polla y las echaré.
Vinn levantó tanto las cejas que corrían el peligro de unirse
con su línea de pelo. Nunca había dicho la palabra polla
delante de él. Si acaso, parecía divertido.
—Adelante. Pagaría buen dinero por ver eso.
Resoplé. —Puede que cambies de opinión cuando ya no
puedas conseguir que las prostitutas hagan cola por ti.
—Tienes una boca muy sucia.
—He madurado, por si no te has dado cuenta.
A juzgar por el movimiento de su nuez, no se había dado
cuenta. —Leo no es tu tipo.
—¿Y tú cómo lo sabrías?
Apretó los labios. —¿Qué hacías allí?
—Buscaba un rollo de una noche.
Un destello de calor atravesó su expresión pétrea, como una
cerilla encendiendo un fuego. —¿Cuál era el plan? ¿Irte con el
primer tío que te prestara atención?
—Sí. ¿Y qué?
Sonreí con suficiencia cuando eso pareció enfurecer a Vinn.
—Debería haberte dejado irte con DiMaggio —dijo con acidez
—. Habría durado unos cinco segundos.
—Lo dudo. He salido con hombres mayores —no era cierto,
pero la indignación de Vinn me hacía gracia—. Creo que
habría sido toda una experiencia. Guapo. Seguro de sí mismo.
Agradable. Un gran coqueto. Dios, las cosas que me dijo.
—Tiene suerte de que no las escuchara.
—¿Le habrías hecho daño?
—Por supuesto —masculló—. Eso es enfermizo.
Todavía me veía como a una niña pequeña.
Una oleada de ira me recorrió. —No soy una muñeca de
porcelana. No me voy a romper si salgo con Leo DiMaggio.
—No, pero él sí.
Le lancé una mirada penetrante. —No es asunto tuyo.
Una sombra cruzó su rostro. —Liana, estoy intentando
protegerte.
—Lo único que has hecho ha sido alimentar tu ego —mi
mirada recorrió su cuerpo y se desvió hacia sus ojos rasgados
—. Una se pregunta por qué sientes la necesidad de flexionar
tus músculos. ¿No das la talla en otros aspectos?
—Te diría que te jodas, pero seguro que te decepcionaría.
—Hilarante —pasé a su lado y él emitió un ruido de
frustración.
—¿Cómo vas a volver a casa?
—De la misma forma que llegué —le lancé por encima del
hombro, sorprendida de que todavía me siguiera—. ¿Qué estás
haciendo?
—No puedes coger el metro.
—Sí, puedo.
—Ley marcial. Toque de queda obligatorio —señaló los
negocios tapiados—. Hay una guerra entre moteros
destrozando esta ciudad. Michael se volvería loco.
—Déjame en paz.
Me agarró del codo y me atrajo contra su pecho. —Deja de
ignorarme.
—Es molesto, ¿verdad?
—Basta.
Me sujetó del cuello, sobresaltándome. Luego empujó. Mi
espalda golpeó contra la pared, pero su mano no me mantuvo
allí.
Sus ojos.
Insondables, negros y ardientes.
No me dejaban ir.
El gélido temperamento de Vinn raramente se suavizaba. Era
un hermoso y gigantesco bloque de hielo suspendido en el
espacio exterior. Solía pensar que era irrompible, pero me
equivocaba: era inalcanzable. Parecía que le había provocado
hasta llevarlo a una rabia irrazonable. La quemadura helada se
extendía donde su contacto persistía y, mientras acortaba la
distancia entre nosotros, el calor me consumía.
—Soy el jefe de esta familia —hervía con una ira nunca antes
dirigida hacia mí—. No tu amigo de la infancia.
—Sí. Eso ha quedado claro desde hace tiempo.
—No dudaré en hacer un escarmiento contigo.
Cuando Vinn hacía un escarmiento con alguien, acababan en
una funeraria.
Le despreciaba.
Odiaba el frío sutil que se aferraba a sus palabras, sus instintos
de brutalidad, la forma en que me miraba, su irritante
arrogancia. Sobre todo, aborrecía el calor que se arremolinaba
en mi vientre cuando me sujetaba. Cuando estaba cerca, me
bañaba con su aroma fresco que me recordaba aquellos
veranos en Salisbury Beach cuando yo era demasiado joven
para él.
Mis recuerdos de Vinn eran dulces. La realidad era amarga.
Por fin se había fijado en mí, pero le odiaba.
Tenía que terminar con esto antes de que me destruyera, así
que solté lo que me arrepentiría durante toda la semana.
—Vinn, vete a tomar por culo con el extremo gordo de una
piña.
TRES
LIANA

Le había presionado demasiado.


La posición de su barbilla sugería que estaba en problemas. Su
alta figura se tensó, sus rasgos pétreos encendiéndose de rabia.
Sus pupilas se habían disuelto en aquellos pozos negros que
habían presenciado el fin de tantas vidas, y sus dedos se
apretaron en mi cuello.
La cadena de oro se me clavó en la piel, lo que me pareció
mórbidamente irónico. Moriría llevando este estúpido collar,
estrangulada por lo mismo que me había empujado hacia el
camino de Vinn.
Esperanza.
—Quizás estás bajo la impresión de que eres especial —
masculló con aquella voz inerte que tanto odiaba—. Que
puedes hablarme como te dé la gana. Eres la hermanita de
Michael. Nunca te pondría las manos encima.
—Ya no me creo eso. No eres más que una enorme decepción.
Su boca se curvó con un giro cínico. —¿Qué parte de mí no
está cumpliendo con tus expectativas?
Mi mano rozó su musculoso pecho y se posó sobre su corazón.
La cabeza de Vinn se sacudió como si el contacto le hubiera
sobresaltado. Frunció el ceño, con fría dignidad grabándose en
su rostro. Recogió mi mano y la inmovilizó contra la pared
detrás de mí. Nuestras miradas chocaron, y mi estómago dio
un vuelco.
—Si soy duro, es porque tengo que serlo.
Qué excusa más patética.
—Nadie obliga a Vinn Costa a hacer nada.
—Por ahora —admitió—. Eso no durará si permito que me
faltes al respeto.
—Entonces, ¿cuál es tu plan? ¿Golpearme hasta que llore?
Ardí de rabia cuando puso los ojos en blanco. Me lanzó una
mirada que centelleaba de calor.
—Algo así.
Su amenaza quedó suspendida en el aire, oscureciendo la
atmósfera.
—Si Michael estuviera aquí, te detendría —mis palabras
salieron en un susurro entrecortado—. No te atreverías.
—Tienes razón —dijo arrastrando las palabras—. Vayamos a
un lugar privado.
El miedo retumbó en mis entrañas cuando me agarró, pero no
podía negar la chispa en mi pecho. Su abrazo aún me envolvía
en un calor que lo abarcaba todo, y su atractivo era devastador.
Bloqueé mi consciencia de él y empujé sus bíceps, luchando
contra su agarre férreo.
—¡Para! ¡Suéltame!
Me atrajo violentamente hacia él, cerrando su brazo alrededor
de mi cintura. Ahogué un grito cuando apretó con fuerza. Mi
respiración se entrecortó cuando abrió de una patada una
puerta de servicio cualquiera, arrastrándome a través de un
restaurante oscuro. Sus fuertes pisadas ahogaron los latidos de
mi corazón.
El acero inoxidable brillaba con la luz de la luna que se
filtraba al interior, pero Vinn me arrastró más allá de la cocina
y me empujó hacia una zona de comedor con asientos de
vinilo.
—Suéltame, Vinn. —Tragué el nudo que pedía ser liberado—.
No quieres hacer esto.
Su cuerpo esbelto se amoldó a mis curvas. —¿Qué estoy
haciendo?
Mi estómago se revolvió. —Ni idea.
—Adivina.
Me estremecí ante su tono cortante.
Vinn no era un hombre impulsivo. Sopesaba cada acción
frente a sus recompensas y consecuencias. No se tomaba nada
a la ligera, lo que significaba que pronto estaría retorciéndome
de dolor. Su mano estaba enterrada en mi espeso cabello, su
agarre castigador. Duro.
Mi lucha terminó en unos segundos sin aliento. Me dejó
inmóvil con un tirón salvaje de mis brazos. Los había retorcido
detrás de mi espalda, atrapando mis muñecas en sus poderosos
dedos. Me empujó sobre una mesa. Su duro cuerpo estaba
encima, inmovilizándome.
—¡Vinn, para!
—¿Parar qué? —se burló.
—No lo sé —gruñí contra la madera, desesperada por levantar
un muro entre nosotros—. ¡Pero ir más lejos es un gran error!
—Dudo que mi vida se vea afectada en lo más mínimo. —
Jugueteó con el borde de mi vestido, avivando suavemente un
fuego creciente—. Y quizás aprendas a callarte.
—¡No me quedaré callada si me haces daño!
—Déjame contar todos los casos en que me importa. —Su voz
tranquila hervía de frío desprecio—. Ninguno.
Mi dolor sorprendido se convirtió en rabia incandescente. —
¿Qué demonios estás haciendo?
Mi pulso se agitó cuando agarró mis muslos y se movió
casualmente hacia arriba. El descaro me dejó un nudo en la
garganta, el rugido en mi cabeza ahogando el pánico.
Nunca me había manoseado. Una alarmante cantidad de calor
bajó a mi vientre cuando tomó mis caderas, lo suficientemente
cerca como para separar mis piernas y…
No.
—Vinn, esto es una locura. —Me giré, encontrando su mirada
salvaje—. ¿Qué diría Michael?
—No estoy pensando en tu hermano. —Me dio una bofetada
en la mejilla—. Pero estaría de acuerdo en que necesitas mano
firme para domar esa boca descontrolada.
—Estoy bastante segura de que te mataría.
—¿Y qué hay de mi ira? —Su agarre se apretó, y la sangre
fluía donde sus dedos me marcaban—. Deberías preocuparte
por lo que te haré.
—¡Quítate de encima!
—No.
Pisé fuerte su bota, clavando mi tacón donde deberían estar sus
dedos. Se partió contra la dura superficie, haciéndome
tropezar. Su suave risa me irritó mientras se deslizaba más
cerca, encajándome entre sus rodillas.
—Enhorabuena —gruñí—. Has dominado a una mujer que es
un cuarto de tu tamaño. Te compraré una puta medalla. ¿Puedo
irme a casa ya?
—Todavía no.
Apreté los dientes. —Pero no he hecho nada malo.
—Mentirosa. Has sido grosera, odiosa y petulante. Me has
mandado a la mierda delante de todo el mundo. Si crees que
voy a dejar pasar eso, estás delirando. —Se inclinó, su cuerpo
doblándose sobre el mío—. No te voy a soltar hasta que crea
que lo sientes.
Yo no lo sentiría. Él sí.
Mi pecho palpitaba contra la madera mientras su peso me
aplastaba. De alguna manera, encontré suficiente aire para
espetarle. —Siento no ser una idiota sin cerebro como todos
los demás.
Mi corazón dio un vuelco cuando él tiró de algo en su cintura.
Hubo un tintineo metálico, seguido del chasquido del cuero.
Una excitación sensual recorrió mi cuerpo mientras él
agarraba mi vestido hasta la mitad de mi espalda.
Demasiado rápido.
—Espera —supliqué, relamiéndome los labios—. Vamos…
vamos a hablar.
Un sonido profundo retumbó desde su garganta. —Una
mejora, sin duda.
No tenía ni idea de qué pretendía hacer con el cinturón, y no
quería averiguarlo. —Mira. Estaba teniendo un mal día.
—Mentirosa.
—¿Qué quieres que te diga? —estallé, harta de sus gilipolleces
—. ¿Que me equivoqué? Pensaba cada jodida palabra. Debería
habérmelo guardado. Nunca debería ser sincera contigo.
—No me eches la culpa. Tú la has cagado.
—¡Dije la verdad!
—Sigues diciendo eso, como si la honestidad te llevara lejos
en la vida. No lo hace, Li. Mira dónde estás. Inclinada,
humillada, a punto de ser castigada. Solo porque no pudiste
sonreír y besarme la mejilla. —Su roce ligero como una pluma
se convirtió en un ardor repentino cuando el cuero me azotó—.
Yo soy el jefe. Tú eres una mujer soltera. No somos iguales.
No le perteneces a nadie.
—Michael…
—Michael no está aquí, y no puedes esconderte detrás de él
para siempre.
Esto se estaba descontrolando.
Desde que Vinn se convirtió en jefe, su arrogancia había
alcanzado alturas peligrosas.
¿Creía que podía salirse con la suya?
Luché por liberarme, pero él me empujó la espalda.
—Estás bien justo ahí.
—Vinn, por favor. Ya has dejado claro tu punto.
—Aún tengo que dejarte una impresión. —Me agarró el culo,
dándole un fuerte apretón.
Un dolor ardiente creció en mi garganta. —¡Vinny!
—No me llames Vinny. Eso no funciona desde hace tiempo.
Una oleada de calor consumió mi cuerpo como si me hubieran
metido en un horno. —¡Se lo diré a Michael!
—No le tengo miedo a tu hermano.
Vinn enrolló el cinturón alrededor de mis muñecas, apretando
el nudo. Luego tiró del exceso de cuero como una correa,
obligándome a mantenerme en vilo.
Mi corazón latía con fuerza mientras exploraba mis curvas, sus
manos suaves. Un puro terror negro me mantenía petrificada.
Ignoré la extraña punzada que atrapaba mis extremidades
mientras Vinn jugaba con mi tanga. Enganchó su dedo,
haciéndola chasquear. El sonido fue como un disparo en mi
corazón.
¿Cuándo se convirtió mi amor de la infancia en una pesadilla?
—Detente ahora, Vinn. No le mencionaré esto a Michael.
Nada de esto. —Mi voz se quebró mientras negociaba por el
control—. Si vas más lejos, eso se acabó.
—Paso.
Me sacudí hacia adelante. —¡Estás completamente loco!
—Lo estabas haciendo tan bien con las súplicas y las
negociaciones. —Chasqueó la lengua, trazando mis labios con
su dedo índice.
—Vinn, respira hondo. ¡Piensa en lo que estás haciendo!
—Oh, lo estoy haciendo. —Tiró de mis brazos, apretándome
contra su pecho—. Me recordarás cada vez que te sientes.
Cuando salgas de la ducha. Cuando nuestras miradas se crucen
en un evento social y yo sonría.
¿Una azotaina?
Dios mío, no podía hablar en serio. La vergüenza inundó mis
mejillas al imaginar mi cuerpo desollado debajo del de Vinn.
Mi pulso latía tan fuerte que probablemente sentía mi miedo.
—Que te jodan —gruñí, odiándome por temblar—. Me
vengaré de esto, Vinn Costa. Te juro por Dios que te arruinaré.
Él sonrió con una sonrisa rara que me habría derretido como
mantequilla si no fuera un monstruo.
—Ambos sabemos que yo dirijo este pueblo. Soy intocable.
Tú, sin embargo… —Vinn me palmeó la espalda,
inclinándome—. Estás suplicando que te abofetee, te manosee
y te folle.
Me dio un golpecito condescendiente en el culo. Luego
levantó la palma.
¡ZAS!
La agonía estalló en mi piel. Asestó otro golpe. La fuerza me
dejó sin aliento para protestar.
La gran mano de Vinn me golpeó. El dolor volvió con un
destello. Salté hacia adelante, jadeando por el intenso escozor.
La agonía se extendía de nalga a nalga mientras su palma
llovía fuego infernal. Me pegó; no podía creerlo. La
humillación enrojeció mi cuello y mi cara mientras él desataba
su rabia. Cuanto más luchaba, más fuerte me golpeaba.
Alternaba entre bofetadas con la palma abierta y azotes más
agudos, golpeándome tan fuerte que las lágrimas acudieron a
mis ojos. Me mordí el labio para no llorar. Dolía, pero la
vergüenza de que un hombre por el que había suspirado me
golpeara hasta someterme era mil veces peor.
Vinn se detuvo. Acarició la piel enrojecida mientras yo me
aferraba a la mesa, temblando. Una emoción se anudó en mi
estómago cuando sus dedos rasparon mi tanga, bajándomela
hasta las rodillas.
—¿Qué estás haciendo?
Vinn respondió con un roce de sus dedos en mi muslo interior,
el toque sensual encendiéndome. Continuó azotándome. Con
cada golpe, se volvía un poco más atrevido, siguiendo mis
curvas hacia lugares íntimos.
Dios mío.
—Vinn, por favor. Por favor, déjame ir.
—Dime que lo sientes y que serás una buena chica.
—Lo siento. Seré… —me callé, arrastrada por el calor que
florecía en mi cuerpo—. Dios.
Me pellizcó. —Dilo.
Apreté los dientes. —¡Siento haber dicho la puta verdad!
—Li, puedo dártelo mucho más fuerte.
Me mordí el labio contra el delicioso escalofrío de deseo.
Hazlo.
El desafío casi se escapó de mi boca. Imágenes gráficas
inundaron mi cabeza, mi pulso acelerándose. Disfrutaba de
esto. Nunca había sabido que me gustaba rudo. Oleadas de
shock me abofetearon. Podría haberme reído de la ironía, pero
él se pondría más violento y entonces… sería obvio que me
había afectado.
No podía dejar que lo descubriera. —Es suficiente. Para.
—Sabes lo que tienes que decir.
—Lo… lo siento. —Me humedecí los labios secos—. Seré una
buena chica.
—Y no se lo dirás a Michael —pellizcó el músculo ardiente,
con voz abrasadora—. Porque si lo haces, mi venganza será
mucho peor que un trasero dolorido.
Se me cayó el alma a los pies.
No podía creer lo que oía. —¿Me estás amenazando?
—Sí —dijo, sonriendo—. Lo estoy haciendo.
Apretó.
Jadeé.
El dolor se intensificó desde el dolor sordo, y luego su palma
se demoró debajo de mi trasero. Un pequeño ruido retumbó
desde su pecho, un gemido de aprecio que cargó la atmósfera.
Esto se sentía diferente.
Sucio.
Recorrió la curvatura de mi cadera, su agarre apretándose y
aflojándose. Me ahuecó las nalgas, acariciando mis curvas. El
ardor de mi herida se extendió hacia adentro, filtrándose a
través de mí, sumergiéndose entre mis piernas.
¿Qué demonios?
Un delicioso estremecimiento calentó mi cuerpo, y entonces
me levantó de golpe. Mis muñecas atadas chocaron contra su
entrepierna. Enganchó su cuello sobre mi hombro, su cercanía
hormigueando mi vientre.
—La próxima vez, iré más lejos.
Mi respiración se entrecortó.
No se atrevería.
La sorpresa subió y bajó por mi columna mientras Vinn se
deslizaba de mis muslos. Ajustó la tela sobre mi piel ardiente,
pero su cuerpo duro permaneció pegado al mío.
Extendí mi mano sobre un músculo rígido. Cuando lo toqué,
inhaló bruscamente. Me moví sobre el grueso bulto y tracé la
cabeza de hongo —joder— y le froté la polla.
Lo solté.
—Continúa —su aterciopelada orden bañó mi cuerpo con
calor líquido—. Ya que estás tan preocupada por mi tamaño.
¿Ahora me estaba invitando a tocarlo?
—Vinn, esto no está bien —balbuceé, suspendida en una caída
libre—. No me hablas así.
—Ahora sí lo hago.
Abrí y cerré la boca, incapaz de formar una frase coherente.
Mis pensamientos destrozados yacían en pedazos. No podía
recogerlos lo suficientemente rápido.
—Y-yo no quería… no te estaba insinuando nada.
Vinn presionó su boca en mi oído. —¿Ahora actúas como la
virgen sonrojada?
Soy virgen.
Mis mejillas ardían. —Vinn.
—Tócame.
Era una orden, no una súplica.
No debería haber seguido su retorcido juego, pero me dejó
pocas opciones, con mis manos confinadas y su pelvis
frotándose contra mi trasero. Me deslicé desde sus pantalones
hacia la dureza. De alguna manera, su calor ardía aquí.
Envolví mis dedos alrededor de él.
El agarre de Vinn se clavó en mi brazo.
La tensión aflojó mis músculos. Mi palma se humedeció
mientras seguía su longitud. Era tan grande que hacía que lo
de tumbar la cañería fuera una imagen visual acertada. No
podía imaginar que ese monstruo encajara en ninguna parte.
Apreté mi agarre, moviéndome arriba y abajo, el calor
persiguiendo el hielo en mis extremidades. Mi cuerpo dolía
con la necesidad de ser tocado, una necesidad que crecía
mientras la polla de Vinn se engrosaba. Estaba tan duro que
me hacía sentir poderosa. El hecho de que yo le hubiera
provocado eso era embriagador.
Agarró mi mano, deteniendo mis movimientos. —Tócame, no
me masturbes.
Su tono crítico debería haberme molestado, pero no podía
dejar de temblar. Vinn no debía sentirse atraído por mí. Su
corazón martilleaba contra mi espalda. Su respiración se
ralentizó, como si luchara por recuperar la compostura. Soltó
una suave maldición, pero no me soltó inmediatamente. Vinn
apretó mi puño.
—Bien, ahora sabes con quién estás tratando —su voz sedosa
retumbó a través de mí—. La próxima vez, irá en tu boca.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
No le creía.
Quizás despertaría para descubrir que esto era un extraño
sueño húmedo. Toqué mi collar de concha marina después de
que él rasgara mis ataduras, liberándome. Vinn me hizo girar,
clavando sus dedos en mis hombros.
Intenté controlar la corriente vertiginosa que recorría mi
cuerpo mientras cerraba la distancia entre nosotros. El rojo
manchaba su cuello y cara. Nunca le había visto tan agitado.
—No quiero que salgas con Leo. ¿Entiendes?
Vinn agarró mi barbilla, quemando el oxígeno en mis
pulmones. Sus pozos negros bailaron sobre mí antes de
asentarse en un lugar.
Mi boca.
—Si le haces aunque sea un guiño a Leo, te haré cavar su
tumba antes de matarlo.
CUATRO
VINN

Maldita sea.
Esa dulce tentación sería mi perdición. La imagen mental de
Liana con su vestido provocativo me atormentaba. Mi reacción
al ver su trasero al descubierto no había sido de disgusto.
Ni mucho menos.
Lo que sentí —aparte de una rabia asesina hacia Leo por
tocarla— fue pura lujuria.
Lo que hacía problemático el hecho de que casi me hubiera
acostado con Liana, considerando que Michael era mi
consigliere, mi mejor amigo y prácticamente mi única familia.
Después de que se marchara en un taxi, me masturbé en un
baño. Luego di varias vueltas a la manzana para calmarme. No
podía pasearme por el bar viéndose acalorado y alterado,
anunciando que había cruzado la línea con la hermana de
Michael.
Joder. Si hubiera visto lo que hice.
La hermanita de Michael.
Menuda alborotadora.
Solía ser la imagen de la inocencia. Nunca podía levantar la
voz con ella, incluso cuando me acosaba con preguntas. La
conocí cuando yo tenía trece años. Ella tenía cuatro. Siempre
había estado presente en mi vida. Me escribía cuando estaba
desplegado en Irak. Guardaba sus cartas dobladas en mi
bolsillo. Cuando me dispararon el año pasado, me visitó en el
hospital. Me besó la mejilla mientras yo disfrutaba en una
nebulosa de fentanilo, y el calor que se extendió por mi cara
me hizo sonreír. Claro que llamaba la atención.
Pero no era como si hubiera querido follarla.
Eso ha cambiado.
Solía apretar el adorable hoyuelo de su barbilla, encantado con
su cara de muñeca. No me gustaban los niños, pero ella era
diferente. Tal vez porque mis padres de mierda me habían
abandonado y los suyos estaban muertos. Así que la tomaba en
brazos, le daba la mano, la mantenía a salvo y le daba collejas
a Michael cuando era demasiado brusco con su hermana.
Creció.
Se desarrolló.
La pequeña Liana se hacía más hermosa con cada año que
pasaba.
Había sido demasiado fácil quedarme a solas con ella. En un
abrir y cerrar de ojos, la tenía atada, inclinada y con el tanga
por las rodillas. Podría haber ido más lejos. Me imaginé
frotando mi pulgar a lo largo de la sombra de su sexo. No
opuso mucha resistencia, lo que me dio ideas. Mis
pensamientos más sucios giraban en torno a Liana, arrodillada
y ahogándose con mi polla.
Nunca volvería a mirarla igual.
No me molesté en borrar mi sonrisa hasta que regresé a The
Sunset Tavern, un antro cuyas luces anaranjadas teñían a todo
el mundo de tonos sepia. El tío Nico, el don de la familia, era
el dueño del bar. Estaba cumpliendo una condena de cinco
años.
Yo mantenía las cosas en su ausencia. Supervisaba las
inversiones de Nico en desarrollos de apartamentos y era socio
de varias empresas de construcción. Más tarde, tenía una
reunión con Larry Spada, un político municipal, que me
ayudaría con la recalificación si me ocupaba de Skunk, un jefe
callejero loco que se había puesto ese nombre por el llamativo
mechón blanco que tenía en el pelo.
Michael estaba sentado en la misma mesa, mirando su
teléfono. Frunció el ceño cuando me acerqué. —¿Qué coño le
has hecho?
Mierda. No pensé que se chivaría tan rápido. —Nada.
—Está cabreada, tío. Mira esto.
Me mostró su móvil.

LIANA

No quiero volver a ver a V nunca más.

¿Por qué?

LIANA

Es un PSICÓPATA.

No me pongas nunca más en la misma


habitación que él.

¿Qué hizo él?

Ella nunca respondió.


Buena chica.
Ningún remordimiento atormentaba mi conciencia, pero no
tenía sentido cabrear a mi asociado más leal. Si Michael viera
mis manos por toda su hermana, se pondría hecho una furia
que terminaría con uno de nosotros golpeando al otro hasta
dejarlo en coma.
Éramos totalmente opuestos.
Michael era el alma de la fiesta. Yo no podría encandilar ni a
una planta. Él vestía trajes a medida. Yo prefería estar en
pantalones cortos y camiseta. Él adoraba a los niños. Yo nunca
los había querido. Él se provocaba fácilmente. Yo apenas
sentía nada últimamente.
Y había dejado que ella me afectara.
Una calma letal se instaló en la mirada de Michael. —¿La
amenazaste?
En cierto modo. —Fui duro.
—¿Qué significa eso?
Hice un gesto con la mano, indicando que no era nada. —Le di
una charla severa.
—Deberías haberme dejado eso a mí.
—No funciona viniendo de ti. Nunca cumples lo que dices. —
Necesitaba desviar la conversación de estas aguas peligrosas
—. Sabe que no debe faltarme al respeto.
—¿Qué está pasando entre vosotros dos?
Borré las imágenes de Liana de mi mente. —Ni idea. Solo la
veo cuando tú estás cerca.
—Está estresada. —Michael suspiró de la misma manera que
cuando sus hijos se portaban mal—. Necesito que elija un
marido, pero está dando largas. Tendré que decidir por ella, y
nuestra relación ya está tensa.
¿Un marido?
Eso me atravesó el pecho como un rayo.
—Ah. No te lo dije. —Se pasó la mano por su pelo castaño—.
Alessio ha vuelto de Nueva York. Nico quiere que hagamos
las paces con Legion MC, pero el presidente está exigiendo la
mano de Liana en matrimonio.
La visión de Liana con un vestido de novia junto a un
miembro de un MC clavó un atizador de rabia al rojo vivo en
mi corazón.
—¿Están locos de remate?
—Lo sé —gimió—. Es una locura. Ni siquiera se conocen,
pero supongo que él piensa que será un buen seguro.
Lo sería.
No tenía mucha gente en mi vida, pero ella era una de ellas. Si
alguna vez tuviera que elegir entre Liana y los intereses de la
familia, la elegiría a ella.
Sin duda alguna.
Destruiría todos los concesionarios Harley desde aquí hasta
California antes que entregarla a un motero.
—No. —Cerré los puños—. Ni de coña.
—Estás predicando al coro. Deberías oír lo que mi mujer tiene
que decir al respecto. En fin, por eso estoy tratando de
encontrarle un marido.
—Deberías habérmelo dicho.
—Estoy en ello ahora mismo. Me pediste que me encargara de
Legion —me recordó Michael con voz cortante.
Sí, necesitábamos terminar con las guerras de moteros.
Desde que Boston había caído en el caos total, el alcalde me
contactaba semanalmente, amenazando con llamar a la
Guardia Nacional si los coches bomba no cesaban. Ya habían
impuesto la ley marcial y toques de queda obligatorios,
paralizando todos los negocios de golpe y hundiendo la
economía local. Tenía suficiente con Legion y Rage Machine
convirtiendo Boston en una zona de guerra.
Acabar con la red de tráfico de Crash se suponía que cortaría
las piernas a Rage Machine, pero parecían tener un suministro
interminable de armas y dinero para sobornar a jueces.
También habían estado robando dinamita de nuestras obras
para aterrorizar la ciudad. Ayudar a Legion a derrotarlos tenía
sentido, pero no tenía ni idea de que el presidente del club
quería a Liana.
La posibilidad de que Michael estuviera preparando a Liana
desencadenó una avalancha de no. ¿Cómo podía hacer eso?
No se entrega un premio a un soldado decrépito como
DiMaggio.
Podría haber alargado el brazo por encima de la mesa,
agarrado su corbata y estrellado su cráneo contra la madera.
—Así que esa es la razón detrás del desastre de DiMaggio.
—Qué curioso que lo menciones —Michael se tensó, su
mirada ámbar encendiéndose—. Me preguntaba por qué
espantaste al tipo inofensivo que le había preparado.
—Le habría metido sus asquerosas manos bajo el vestido en
cuanto la hubiera tenido a solas.
—No —Michael negó con la cabeza—. Es de la vieja escuela.
No la habría tocado antes del matrimonio.
—Sí, claro.
—¿Sabes? Pensé que quizás habías notado algo que yo no vi
—su boca adquirió un gesto desagradable—. Ahora estoy
seguro al noventa y nueve por ciento de que fue una mierda.
—Vi a un patético desperdicio de espacio —me ardía la
garganta mientras Michael me lanzaba una mirada inquisitiva
—. Es un soldado a los treinta y ocho, lo que significa que le
falta ambición o es incompetente. Está persiguiendo a una
chica de veintiún años que está fuera de su alcance.
—Eso lo decido yo. No tú.
—Mike, has perdido la cabeza. Ella no será feliz con él.
—Estoy captando claras vibraciones de celos por tu parte.
No estaba celoso, estaba jodidamente molesto. —Me
sorprende que entregues a tu hermana a un tipo que no gana
seis cifras.
—Si crees que a Liana le importa el dinero, no la conoces en
absoluto.
—Ese no es el punto —grité, harto de esta discusión—. Es un
don nadie. Indigno.
—¿Y tú sí lo eres?
Sí. —No se trata de mí.
—Bien —retumbó, con la voz cargada de sarcasmo—. Me
alegra que estemos de acuerdo en eso.
Podría haber golpeado al hijo de puta. —Si tanto te pone
DiMaggio, ¿por qué me dejaste echarlo?
—Como dije, pensé que habías visto algo. También quería ver
si te plantaba cara, pero no lo hizo, así que… —Michael
chasqueó la lengua, encogiéndose de hombros—. No importa.
Encontraré a otro.
—¿Qué quieres decir?
—Nico me está acosando con este acuerdo. No puedo seguir
dándole largas. No debería actuar a espaldas de Nico, pero no
entregaré a mi hermana a esos animales. Así que la llevaré a la
gala en el Instituto de Arte Contemporáneo. Ella elegirá entre
los hombres que haya allí.
La irritación me quemaba el pecho. —Qué idea más
desesperada y estúpida.
—¿Tienes una mejor sugerencia, listillo?
—Dámela a mí.
La orden salió de mi boca antes de que pudiera enterrarla bajo
una capa de negación. Michael se echó hacia atrás, derribando
un vaso de agua, pero no le prestó atención.
—Soy el jefe en funciones. Le diré a Nico que estamos
saliendo, y asunto zanjado. No hay necesidad de casarla.
—Excepto que no estáis saliendo.
—¿A quién coño le importa? Lo que importa es lo que él crea.
El tono de Michael se enfrió. —Lo agradezco, pero no.
Era increíble.
—¿Preferirías obligar a Liana a estar con un desconocido antes
que dejar que finja salir conmigo?
—No soy idiota. Sé adónde va esto, y la respuesta es ni de
coña —cruzó el tobillo sobre la rodilla, alzando la voz—. No
has mostrado ningún interés por Liana. Pero ahora que podría
estar fuera del mercado, me estás tocando los cojones.
Tenía razón, y lo odiaba.
Tampoco necesitaba su permiso.
—Hay otra cosa en la que podría usar tu ayuda —la mirada de
Michael se dirigió hacia mí, sus ojos ardiendo—. Liana sigue
dando esquinazo a sus guardaespaldas para salir sola.
Un escalofrío de calor recorrió mi columna.
—Está haciendo lo mismo que Anthony —Michael se frotó la
frente—. Esta chica. Lo juro por Dios. Espero que mi hija no
me dé tantos problemas cuando crezca.
—¿Qué quieres de mí?
—Habla con ella. Hazle entrar en razón.
Todo lo que quería era una excusa para estar cerca de ella otra
vez.
Michael arañó el brazo de su silla. Parecía estar a punto de
darme una advertencia. Odiaba pedirme ayuda.
Sonreí. —Déjamelo a mí.
—Genial —dijo, repentinamente pétreo—. Y, Vinn?
—¿Sí?
—No toques a mi maldita hermana.
Borré la sonrisa de mi cara.
Demasiado tarde, amigo.
CINCO
LIANA

Era un truco de la luz.


Vinn no podía estar de pie en medio de un ruidoso bar
universitario. Odiaba las multitudes. Y a la gente. También era
alérgico a la diversión. Las luces rosa y azul iluminaban una
mandíbula ancha y una boca completa que se fruncía en un
gesto real. Vinn escaneó la multitud con una concentración
láser hasta que su mirada se detuvo en mí.
Te pillé.
Le fulminé con la mirada, convencida de que el doble de Vinn
se desvanecería como humo. Él no frecuentaba lugares que no
fueran cafés italianos y los bares y restaurantes que poseía. Por
supuesto, tampoco me había arrastrado nunca a habitaciones
oscuras, me había desnudado el trasero y me había azotado.
Todo el incidente me hizo arder con un sonrojo incómodo.
¿Intentaba castigarme? ¿Quería que me excitara y me alterara?
¿Cuál era su estrategia?
El comportamiento exagerado de Vinn tenía que ser una
casualidad. Había estado enfadado. El poder se le había subido
a la cabeza. Se había dejado llevar. Los dos lo habíamos
hecho.
No significaba nada.
Lo aparté de mi mente, pero eso era difícil, teniendo en cuenta
que me desperté con moratones en el trasero. En los días
siguientes, ardían con la sensación aguda de la huella de la
mano de Vinn.
Había ignorado los mensajes inquisitivos de Michael. Por
mucho que me hubiera encantado ver a Vinn recibir su
merecido, Michael se habría excedido y lo habría matado.
Odiaba a Vinn, pero no quería que muriera.
La mirada inexpresiva de Vinn se endureció al posarse en el
hombre que tenía a mi lado. Su amenaza parecía verterse sobre
James, un imbécil con náuticos que había conseguido entrar en
Bourton con un currículum de trabajos absurdos como
Defensor del Bienestar.
—¿Qué le pasa a ese tío? —refunfuñó James, bebiendo su
cerveza—. Está como mirándome fijamente.
—Quién sabe qué le pasa.
—Ven a por mí, maricón —murmuró James a Vinn, que se
dirigía hacia nosotros—. ¿Quieres pelea?
—Me encantaría veros pelear.
James sonrió, sin captarlo.
Ver a James y Vinn aporreándose hasta la muerte sería
agradable, pero yo sabía más. El exmarine no sudaría ni gota
sometiendo a James. La pelea terminaría rápidamente, o Vinn
la alargaría para ser cruel. La expresión despiadada de Vinn
sugería que estaba dispuesto a la tortura.
Tenía que evitar esto.
—¡Madre mía! ¿Es ese… es ese tu Vinny? —la cara de
Queenie se iluminó con una sonrisa extática mientras él se
acercaba pisando fuerte—. No exagerabas. Es un bombón.
—Guárdatelo para ti —susurré—. Tiene la cabeza tan
hinchada que podría explotar.
—¿Cuál de las dos? —balbuceó—. Tiene una polla grande,
¿verdad? Tengo razón. Ni siquiera puedo verte a través de su
cegadora Energía de Polla Grande.
Eso me recordó el muslo que había agarrado, que en realidad
era su larga e imposiblemente gruesa verga. Había trazado la
forma de champiñón antes de hacer la conexión.
Se me encogieron los dedos de los pies. No dije nada, pero
Queenie pareció adivinar la verdad por mis mejillas
sonrojadas.
Chocó su vaso contra el mío. —Impresionante. —Luego me
dio un puñetazo en el brazo—. Estoy muy enfadada contigo.
¿Estás viéndote con él y no me lo has dicho? Cabrona.
—No estamos saliendo.
—¡Y una mierda! Está aquí por ti. —Queenie se lanzó desde
el sofá y se interpuso ante Vinn antes de que pudiera
alcanzarla—. ¡Hola, Vincent!
—Vinn —ladró—. Nunca Vincent.
Ella le tomó las manos, olvidando todo lo que le había contado
sobre su personalidad. —Es como conocer a una celebridad.
Es un placer conocerte.
Vinn se soltó de su agarre, frunciendo el ceño. —¿Quién
demonios eres tú?
—¡Queenie! La amiga incondicional de Liana. —Queenie se
dio la vuelta, mirándome fijamente—. ¿No le has hablado de
mí?
—¡No estamos saliendo! Por todos los santos.
Vinn me hizo un gesto con el dedo. —Tenemos que hablar.
—¿Qué parte de no quiero volver a verte nunca no entiendes?
—No he terminado contigo.
La borracha de Queenie seguía sin entender que no éramos
pareja. Me sonrió radiante. —Es fogoso.
Señalé la salida, ignorándola. —La puerta está allí.
—Sé dónde está la puta puerta —ladró, mi sarcasmo
pasándole por encima de la cabeza—. Acabo de entrar por
ella.
—Muy bien por ti. Has dominado lo básico de entrar y salir de
un edificio. Ahora date la vuelta y hazlo otra vez.
—Cuidado, Li. Estoy de humor.
—Te apuntaré el nombre del terapeuta de Michael. Te hará
descuento por todas las sesiones que necesitarás.
Daniel me había criado para ser una asesina. No se echaba
atrás hasta que alguien estaba en el suelo, sangrando. Le
faltaba el instinto de autoconservación.
Por lo visto, a mí también.
—Estás muy valiente esta noche, considerando que te tuve
suplicando clemencia el sábado. —Sus ojos se estrecharon en
rendijas negras mientras me agarraba la mandíbula—.
¿Recuerdas?
Su pulgar rozó mi labio inferior, haciendo eco de su promesa
de ir más lejos.
Vale. Pararé.
Mis nervios hormiguearon cuando no se movió. —¿Qué?
—Estás aquí sin guardaespaldas. —Su voz palpitaba con
desaprobación—. Levántate.
—Mi apartamento está a cuatro manzanas de aquí.
—Me da igual. Nos vamos.
Me agarró, pero me zafé de su agarre.
Vinn se enfureció. —Me estás sacando de quicio.
Lo siento, no lo siento. —Esto puede ser difícil de entender
para ti, pero no necesito tu aprobación.
—Necesitas mucho más que mi aprobación.
¿Como tu gran polla?
Casi solté la respuesta atrevida antes de recordar que este
hombre no era la figura fraternal que había impedido que
Michael cometiera innumerables travesuras. Me había
amenazado con meterme su verga en la boca hace dos días, lo
que debería haberme revuelto el estómago. El calor me pinchó
la piel alrededor de los labios mientras imaginaba sus manos
golpeando mis hombros, haciéndome arrodillar, obligándome
a tomarlo.
¿Qué demonios me pasaba?
Me aparté de él, abrumada. —No me voy.
—Te juro por Dios, Li. Si no fueras la hermana de mi mejor
amigo, te echaría sobre mi maldito hombro. Veinte minutos, y
después tu pequeño trasero estará fuera por esa puerta.
—Vale.
—Vale —Vinn se sentó a mi lado, lanzándole a James una
mirada afilada—. ¿Qué coño estás mirando?
James giró la cabeza hacia un lado, intimidado. Mis otros
amigos no habían notado nada extraño. Por suerte, estaban
distraídos con chupitos de whisky y pepinillo.
Vinn se hundió en el sofá, con la espalda recta como una vara,
ajeno al oscuro hechizo que había lanzado sobre el grupo.
Tenía una presencia amenazante e intimidaba a todos los que
conocía.
Los niños privilegiados, mimados y consentidos de Bourton
nunca podrían entender el submundo criminal que le había
hecho despiadado. La mayoría de la gente no le reconocería a
menos que estuvieran al día con las noticias locales, pero
algunos probablemente habrían visto u oído su nombre
mencionado en relación con tiroteos entre bandas o en la
Comisión de Investigación Pública.
—A todos, este es Vinn Costa —busqué las palabras para
describirlo—. Es un amigo de la familia.
—Solo un amigo, ¿eh? —la cara redonda de James tembló con
una sonrisa bonachona—. Pensé que querías matarme.
Vinn debería haberse reído y disculpado. No hizo ninguna de
las dos cosas. Se quedó mirando, con expresión inexpresiva.
Hice una mueca a James.
—Lo siento. Es un poco intenso.
—¡Eres tú! —soltó Queenie, rompiendo el tenso silencio—.
¡Tú eres el chico!
Vinn la miró boquiabierto, ignorando a James.
—Sí —dijo ella entusiasmada—. ¡Eres de quien ella habla!
¡Vinny!
Su boca se abrió. Luego se giró, sus ojos recorriendo mi cara
ardiente.
—¿Yo soy el chico? ¿Hablas de mí?
El gato está fuera de la bolsa.
Joder.
—No, no lo hago —descarté a Queenie con un gesto, y ella se
rio en su bebida—. Está borracha.
Vinn se inclinó hacia Queenie.
—¿Qué dice de mí?
—Muchas cosas. La mayoría demasiado inapropiadas para
repetirlas.
Se rio, y el volumen me sorprendió.
—Tengo que escuchar esto.
Agité las manos detrás de Vinn, articulando una súplica
silenciosa. Queenie, para.
—Estás saliendo con él. ¿Cuál es el problema? —bufó,
dirigiendo su atención a Vinn—. Si no estáis casados y
esperando un bebé para fin de año, me sorprenderé.
La mataría.
—¡Queenie!
—Vaya. Imagina eso.
—Oh, ella ya lo ha imaginado. Muchas veces, colega —
Queenie se rio, ofreciéndole un vaso que él rechazó—.
¿Seguro que no quieres una copa?
Me estremecí, muy consciente de la mirada de Vinn.
—Queenie, por favor, cierra la boca.
Ella hizo una mueca.
—Lo siento. Estoy bastante pedo.
Ya me ocuparía de ella más tarde.
Tenía una preocupación más importante: Vinn.
Me acorralaría después y se burlaría de mí por esta revelación.
Peor aún, podría pensar que todavía sentía lo mismo, pero no
era así. Había dejado de obsesionarme con Vinn hace tiempo,
pero, por supuesto, Queenie no olvidaría los años que había
pasado lamentándome en nuestra habitación compartida.
Apreté los puños porque era preferible a rodear con ellos el
cuello de Queenie. Los veinte minutos habían pasado, y
entonces Vinn tocó su reloj y me arrastró hacia arriba.
—Esto ha sido divertido —Queenie sonrió a un Vinn sonriente
—. Entiendo totalmente por qué le gustas. ¡Tenemos que
quedar para un brunch!
—Gracias. Ha sido… revelador —estrechó la mano de
Queenie, ignorando a todos los demás—. Que paséis buena
noche.
Vinn apoyó su mano en mi cadera.
Obedecí a la presión, con el corazón galopando por delante.
Una conciencia creciente pulsaba detrás de mi caja torácica,
arañándome como un animal asustado mientras cruzábamos
las calles desiertas de Boston. De alguna manera, prefería su
indignación al silencio impredecible que zumbaba entre
nosotros. Subí la escalera hasta mi casa de piedra rojiza,
negándome a reconocerle, aferrándome a la desesperada
esperanza de que desapareciera.
Busqué mis llaves, y luego las dejé caer dos veces.
—Puedes irte.
El calor de su cuerpo calentaba mi espalda. Su cabeza se
enganchó sobre mi hombro.
—Voy a entrar.
—¿Necesito un condón o una pistola?
Su suave risa hizo cosquillas a todos mis nervios, y el
arrepentimiento se hundió en mi estómago ante la broma.
La voz de Vinn se suavizó hasta convertirse en un ronroneo.
—Bueno, tengo ambos.
Forcejeé con mi bolso, dejándolo caer.
Él se agachó, recogiéndolo. Había tomado el control con la
excusa de ayudarme, y ahora tenía mi llave. La deslizó en la
cerradura, abrió la puerta y entró tranquilamente. Una
expresión diabólica iluminó su rostro.
El terror se agitó en mi vientre.
—Vinn, tienes que mar…
Me agarró del brazo, me metió de un tirón en el apartamento y
cerró la puerta con llave. Vinn me acunó, y un escalofrío
calentó mi cuerpo. La oscuridad tallaba una sonrisa vulgar
entre sus mejillas.
Mis alarmas se encendieron en rojo mientras la figura de casi
dos metros de Vinn me empujaba más adentro de mi casa.
Choqué contra una pared y rodé hacia la cocina. La expresión
en sus ojos me hizo desear estar más cerca de la puerta. Vinn
agarró la encimera, enjaulándome entre sus brazos.
—Me has dado una noche interesante.
—¿C-cómo así?
—Vine aquí para castigarte. De nuevo. Ahora estoy
reconsiderando eso. Darte azotes no funcionó porque te gustó
—susurró, asombrado—. Disfrutas con mis manos sobre ti.
¿Verdad?
Sacudí la cabeza negando.
—No hay nada agradable en estar atada y ser golpeada.
—No exageres.
—Me pegaste. Dolió.
—Bien —Vinn agarró mi barbilla, mirándome fijamente—.
Algunas lecciones duelen más que otras. Especialmente
cuando las da alguien que te gusta.
—No me gustas. Me resultas repugnante.
—¿De verdad? —pasó un pulgar por mi labio inferior,
duchando mi piel con chispas—. ¿Es eso lo que le dices a tu
amiga cuando hablas de mí?
Lo único más irritante que ser delatada por Queenie era el
hecho de que yo había estado completamente fuera de su radar.
Había necesitado que alguien le contara sobre mis
sentimientos.
Patético.
Y ahora me los estaba echando en cara, humillándome como a
un monstruo.
Un calor me azotó la boca. —Sal de mi casa.
—Vamos, no seas así.
—Hablo en serio. No eres bienvenido aquí.
Vinn no estaba de humor para escuchar. Su roce revoloteó por
mi cintura, desencadenando una serie de impulsos eléctricos
que me suplicaban llevarnos a la cama.
—No he ido a ver a Michael —dije, empujándole el pecho—.
Eso no significa que nunca lo haré.
La sonrisa y las cejas alzadas de Vinn sugerían que no me
creía, pero me permitió retroceder. Salí de la cocina. Me siguió
como una sombra gigante, irrumpiendo en mi dormitorio como
si le perteneciera.
No era gran cosa. Una cama de matrimonio y un escritorio
cubierto de baratijas de mi juventud. Las paredes estaban
decoradas con recuerdos del pasado en forma de pósteres,
cosas que nunca superaría, el más importante estando frente a
mí.
La diversión destelló en su rostro cuando tropecé con mi
escritorio. Mi trasero golpeó la esquina, y silbé de dolor.
Su sonrisa de autosuficiencia parecía burlarse de mí. —¿Te
has hecho un moratón?
—Sí —murmuré, odiándole—. Hice fotos.
—Me encantaría verlas.
Ignoré el escalofrío que me recorrió el vientre. —Pienso
enviárselas a Michael después de contarle lo que hiciste.
—Justo lo que todo hermano quiere: fotos del trasero de su
hermana.
—Quizá las ponga en Tinder.
—Haz eso, y te inclinaré sobre mis rodillas. Tendrás otra razón
para odiarme.
Me senté en mi cama, con los brazos cruzados. —¿Por qué
estás aquí?
Una mirada insondable suavizó su rostro. —Te deseo.
Me obligué a calmarme. Había trabajado duro para eliminar a
Vinn de mi vida, y no podía permitirme distraerme con una
fantasía. No caería bajo su hechizo.
—Pues yo no te deseo, así que es hora de que t-
—Li, no puedo volver a tratarte como la hermanita de
Michael.
Sus ojos inexpresivos prolongaron el momento, mientras mi
piel se erizaba al mirar en sus profundidades infinitas.
—Olvídalo, y yo haré lo mismo.
—Eso no es una opción.
—¿Por qué no? —apreté la mandíbula para eliminar el temblor
de mi voz—. ¿Por qué coño me azotaste?
—¿Por qué me agarraste la polla?
Enfrenté su mirada acusadora. —Para molestarte.
Los labios de Vinn se entreabrieron. Se desabrochó el primer
botón de su camisa y me miró con dureza como si lo hubiera
acalorado demasiado. Su mirada posesiva me taladró.
—Pues funcionó.
La sangre latía en mis sienes. —Vinn, no soy una de tus
malditas ligues.
Parpadeó. —¿Mis qué?
—Las chicas que ves durante una semana y luego descartas.
Vinn sonrió con suficiencia, recordándome que aunque
hubiese sido un niño dulce, no se había convertido en un
hombre de corazón tierno. —Estás muy por encima de ellas,
Li.
—Creía que no era especial —repliqué.
—Te dejo salirte con la tuya en muchas cosas.
—Pues tú no significas nada para mí.
—Sí, no valgo un carajo. —El tono de Vinn brillaba con
sarcasmo—. De lo contrario, tu amiga sabría mi nombre.
Que te jodan, Queenie. —No se refería a ti.
—Vinny es como me has llamado desde que tenías cuatro
años.
—Ahora es un apodo para otra persona.
Eso le quitó la alegría del rostro.
La vida se drenó de él. Me dirigió una mirada oscura cargada
de amargura.
Había atravesado su enloquecedora arrogancia con una flecha,
pero se sintió menos como una victoria cuando sus facciones
se nublaron, transformándolo de nuevo en un bloque de hielo.
—Queenie te confundió con otro hombre. Eso es todo. —Mi
mano se ancló en mi cadera mientras Vinn se aclaraba la
garganta—. Compartís el mismo nombre, pero ahí acaba todo.
Su mirada me clavó al suelo mientras caía en un silencio
pétreo. —¿Por qué no lo he conocido?
—Porque me dejó hace tiempo.
No era del todo mentira. El viejo Vinn había muerto. Me había
abandonado por la guerra, y nunca había regresado. Su cuerpo
había sobrevivido.
Todo lo que había amado de él, no.
—Este Vincent —arrastró las palabras—. ¿Es italiano?
—No hablaré de él contigo.
Una dureza reemplazó el brillo en sus ojos. Aparentemente
ansioso por cambiar de tema, Vinn se dirigió hacia el
escritorio. Recogió una foto nuestra de niños. Un Michael
adolescente sin camisa estaba en bañador junto a Vinn, que
había pasado su brazo sobre mí a los ocho años. Nunca había
sonreído tanto, pero tampoco había estado nunca pegada a su
pecho desnudo.
Me removí inquieta con mi vestido. —¿Recuerdas aquellos
veranos en la playa de Salisbury?
—Un poco.
Decepcionante. —Pienso en ellos a menudo. Tú, yo, mamá y
mis hermanos. Todos nosotros pasando el rato en la playa. El
calor horneando mis pies. Las olas.
—Solo tú recordarías con nostalgia ese lugar.
—Me gusta recordar un tiempo en el que era feliz y mi familia
estaba completa.
La mirada de Vinn se fijó en el retrato de Daniel. —Nunca se
vuelve más fácil. Aprendes a lidiar con el dolor.
¿El dolor de perder a Daniel… o de matarlo?
Una tristeza aplastante me oprimió los pulmones. El collar de
conchas me quemaba la garganta, como si contuviera un
pedazo del alma oscura de Vinn. Quizá llevarlo todos los días,
tener el recordatorio constante, era menos un símbolo de
esperanza y más un instrumento de tortura.
—Quiero que te vayas. Ahora.
Mi voz vibraba de agonía.
Afortunadamente, Vinn debió decidir que me había torturado
lo suficiente. Pasó junto a mí, rozando mi cintura con las
yemas de sus dedos, como para recordarme lo que había
hecho.
—Soy tu cita para la gala. —Se detuvo, a medio salir—.
Pasaré a recogerte a las ocho.
Mi estómago se contrajo. —¿Por qué estás jugando con mi
vida?
No ofreció respuesta mientras caminaba hacia la salida.
Seguramente Michael le había informado sobre el estúpido
plan, y Vinn se había propuesto salvarme.
—Vinn, ¡no voy a ir contigo!
—Sí lo harás. Todos pensarán que somos pareja —curvó su
mano sobre el borde de la madera—. Te colgarás de mi brazo.
Sonreirás. Confirmará los rumores de que estamos saliendo, lo
que llegará a oídos de Nico.
—Como un estúpido juego del teléfono.
—Exactamente. No puede entregarte si ya eres mía.
Crucé los brazos y me apoyé contra la pared, deseando poder
decirle lo arrogante gilipollas que había resultado ser.
—No eres mi jefe.
—Lo soy, y no me importa cuántos veranos pasamos en esa
playa de mierda. Te haré someterte, y no de la forma que
esperas, cariño.
Cabrón.
—Haz lo que se te dice, Liana.
SEIS
VINN

¿Por qué me estaba ignorando?


¿Por qué me importaba?
Pasé el dedo por mi móvil, deslizándome por Chica A hasta
Chica E para desterrar a Liana de mi mente. Me tiraba a un
puñado de chicas de forma semirregular, sin prestar demasiada
atención a ninguna porque no tenía uso para una amante
pegajosa. Mi tolerancia para la compañía se agotaba mucho
antes que el semen en mi polla. Por suerte, en Boston no
faltaban chicas guapas con bajas expectativas.
Chica B había enviado una foto desnuda, una apetitosa imagen
de tetas perladas de humedad. Normalmente me habría
arrastrado hasta su casa. En su lugar, la dejé en visto y me
detuve en Liana.
Yo no perseguía a las mujeres.
Eso requería esfuerzo, lo cual estaba por debajo de mí. Y sin
embargo, había pasado horas mirando el móvil,
preguntándome por qué no la tenía comiendo de mi mano,
molesto por haber ignorado a mis amantes porque había
asumido que Liana ocuparía mi tiempo.
Sobre el papel, Liana y yo teníamos poco sentido.
Ella era demasiado buena para mí. La chica nunca salía sin
verse perfecta. Nunca había tocado una droga. Inmaculada, por
dentro y por fuera. Hasta hace poco, actuaba como un osito de
peluche relleno de algodón de azúcar.
Yo había escalado una montaña de huesos para llegar a donde
estaba. No quería saber nada del matrimonio. No me gustaba
la gente, así que tener a alguien encadenado a mi lado por toda
la eternidad me parecía una idea horrible. Si alguna vez pasaba
por el altar, sería por beneficio político.
Nunca por amor.
No podíamos estar juntos. A Liana no le gustaría ser una
amante, y yo no podía hacerle eso. Michael tendría un gran
problema si me follaba a su hermana, y yo no tenía nada que
ella pudiera querer. Las razones para dejarla en paz superaban
a las de involucrarme, pero no soportaba dejar su futuro en
manos de Michael. El idiota quería entregarla a un
desconocido como DiMaggio.
No iba a permitir que eso ocurriera.
Liana debería haberse puesto en línea, pero no había
respondido a ninguno de mis mensajes. Me presenté en su
puerta como estaba planeado, solo para tener que atender una
llamada de Michael. Ella había cogido un taxi. Y había venido
con otro hombre.
Aparqué mi coche blindado junto al museo frente al mar y
entré hecho una furia, casi ignorando al alcalde mientras iba en
busca de Liana.
Michael me saludó con la mano desde un balcón adornado con
luces. A su lado estaba Alessio, un capullo huraño y de labios
apretados. Había sido el jefe en funciones antes de que yo lo
echara. Le había jodido, y él me lo devolvió desapareciendo de
Boston, dejándonos sin sus adinerados contactos durante
meses. Estábamos en paz, pero Alessio seguía mirándome
como si le encantara tener mi cabeza colgada en su pared.
Los ignoré, buscando una morena entre las decoraciones rojas,
blancas y azules hasta que la encontré merodeando cerca de la
comida del cáterin.
Liana llevaba un vestido rojo vino, brillante y con la espalda
descubierta, la joya reluciente de esta aburrida fiesta. Llevaba
el pelo recogido en una trenza, y se había puesto un maquillaje
oscuro en los ojos, que destacaban como carámbanos contra el
negro, su inocencia de porcelana transformada en una belleza
salvaje. Un hoyuelo ensombrecía su barbilla, pero me costaba
creer que fuera la misma mujer.
Ignoré a un hombre que llamó mi nombre, perdido en una
fantasía que involucraba a Liana colgada de mi brazo, su
rostro inclinándose hacia el mío. Mis manos se tensaron y se
relajaron.
La deseaba.
Desear era una palabra demasiado sutil para el calor que me
agarraba las pelotas. Necesitaba estar dentro de ella, con mis
manos enredadas en su pelo mientras gemía mi nombre.
Un hombre con traje se acercó, abrazándola por detrás. Mi
mandíbula se tensó cuando él entrelazó su brazo con el de ella.
Su cara de bebé afeitada me llenó el estómago de fuego.
El universitario. Ella había traído a ese a la gala.
La posibilidad de que ese crío la hubiera visto desnuda me
enfurecía. Mis abdominales se tensaron cuando su palma
recorrió toda su piel. De repente, la idea de que se fuera a casa
con él se volvió intolerable, como inhalar humo. Se me cerró
la garganta. El aire escaseaba.
Me dirigí hacia ellos.
Un cuerpo se deslizó delante de mí.
Convencido de que era otro político con una queja, levanté la
cabeza y controlé mi tono, pero mi mejor amigo bloqueaba mi
camino. Su mirada de halcón se estrechó mientras seguía mi
mirada hacia su hermana.
—Vinn. ¿Qué estás haciendo?
Podría haberlo apartado. —Recuperando a mi pareja.
—Sobre eso —espetó, dejando su copa—. Nunca me pediste
permiso.
—No, no lo hice.
Un músculo se contrajo en su mandíbula y sus labios se
tensaron. Su pecho se hinchó.
Mantuve mi posición, resentido por la línea que había trazado
en la arena. No debería ser un asunto tan jodidamente
importante salir con su hermana. Michael estaba siendo
irracional.
—Estoy interesado en ella. ¿Por qué es un problema?
Michael no dijo nada durante un buen rato. Luego habló con
voz tensa y enfadada. —Eres mi mejor amigo, pero no quiero
que salgas con Liana.
Me lo veía venir, pero dolió.
—¿Por qué no?
—Eres un adicto —explicó, como si él no lo fuera—. Te
echaron del ejército.
—¿Qué coño tiene eso que ver con nada?
Su cuerpo se tensó. —Tú no tienes relaciones. Si miro en tu
móvil, veré Chica A porque no te molestas en usar los
nombres de tus amantes. No te interesan los niños, el
matrimonio ni una relación más allá del sexo. Por supuesto
que no quiero que te involucres con Liana.
—¿Crees que le haría eso a Li?
—Nunca sé lo que piensas. Todo lo que puedo hacer es juzgar
basándome en los hechos.
—¿Quién cuidó de ella cuando era pequeña? ¿Quién te daba
hostias cuando eras demasiado brusco? Crees que no soy lo
suficientemente bueno. Tú. —Escupí la palabra como si me
hubiera envenenado el estómago—. El hombre que esnifó todo
lo que tenía a la vista y dejó embarazada a una stripper.
—Que te jodan.
Si él desenterraba mi pasado, yo haría lo mismo con el suyo.
—¿Recuerdas cuando estrangulaste hasta la muerte a un tipo
hecho?
Ocurrió durante uno de sus colocones de coca cuando el
imbécil cabeza caliente reaccionó a los insultos subiendo todo
a once.
Claro que yo no era mucho mejor.
—Baja la maldita voz —siseó Michael—. Todavía lo están
buscando.
—Hagamos un viaje por el carril de la memoria hasta el año
pasado. Tú y Alessio matasteis al secuestrador de Anthony y
mentisteis al respecto. —Sonreí mientras un espasmo de
pánico cruzaba la cara de Michael—. Sí, estoy al tanto de eso.
Anthony era el hijo mimado y dolor de cabeza de Nico que
nunca había asumido ninguna responsabilidad real. Había sido
una constante carga, así que me importó una mierda cuando
desapareció.
Por desgracia, a su padre le importaba. Me amenazaba a diario
por “perder” a Anthony. El riesgo de la ira de mi tío pendía
sobre mi cabeza en cada momento de vigilia. El miedo
emanaba de Michael mientras hablábamos. Se había deshecho
del único tipo con información sobre el paradero de Anthony.
Si Nico llegaba a enterarse, mataría a Michael.
—Sinceramente, Mike. Si no hubiéramos crecido juntos,
estarías muerto, muchas veces.
El pie de Michael golpeaba con un ritmo errático. Miró por
encima de su hombro, observando la salida. El muy cabrón
debería haber estado preocupado. Había cometido un grave
error de juicio.
—¡Estaba protegiendo a mi mujer!
—Carmela estaba a salvo. Lo mataste porque te apeteció.
Ahora tengo que lidiar con las consecuencias.
Michael se tensó como si le hubiera golpeado.
—Tienes que arreglar esto.
—¿Cómo hago eso?
Dame a tu hermana.
Estaba a punto de decirlo, pero no quería que me dieran a
Liana. Si la quería, la tendría.
—Dejarás de emparejar a Liana con otros hombres. Y te harás
a un lado cuando yo la tome.
—No. ¡Ella no será la Chica H en tu puto teléfono!
Agarré el cuello de la camisa de Michael y lo arrastré fuera de
vista, lanzándolo contra la pared. Mi brazo aplastó su garganta,
más como muestra de dominación que otra cosa. No era lo
bastante estúpido como para levantarme la mano.
—No va a caminar hacia el altar con un motero. —Me incliné,
aumentando la presión sobre su laringe—. Y la próxima vez
que sientas el impulso de compartir tus mierdas de
superioridad moral, no lo hagas.
—No soy un blandengue, Vinn.
—Yo tampoco.
Lo lancé contra una mesa, que él agarró y empujó. Las copas
cayeron, haciéndose añicos sobre el mármol. Michael cerró los
puños como para contener un impulso violento. Una parte de
mí quería soltarse.
Me encantaría una excusa para darle una paliza. Mi corazón
latía con fuerza, la ira pulsando a través de mí en oleadas
nauseabundas. Nunca había estado tan enfadado con él. No
podía decidir qué me molestaba más: su evaluación sobre mí o
que yo estuviera de acuerdo con él.
Su boca se torció, y se enderezó el traje. Un miembro del
personal se le acercó con una escoba. Michael se apartó
mientras recogían los cristales rotos. La acción pareció disipar
la tensión, pero cuando Michael me miró, sus ojos se llenaron
de fuego.
—Vale. Me disculpo.
Había dicho las palabras, pero la mentira me quemaba en el
pecho. No lo sentía, así que yo tampoco lo sentiría.
Tenía cosas que hacer.
A su hermana.
SIETE
LIANA

—¿Quieres salir de aquí?


La voz de James resonó como si viniera de una tumba vacía.
Sus palabras huecas contenían una leve sugerencia, pero no
despertaron en mí más que desprecio. Apenas treinta minutos
después de comenzar esta gala de etiqueta que costaba miles
asistir, y el imbécil tan exigente ya quería marcharse. Para
follarme, ni más ni menos. Como si tuviera alguna posibilidad.
¿Acaso pensaba que la cita iba bien?
Se había puesto suficiente colonia como para tumbar a un
elefante, y me había estado molestando toda la noche,
tirándome del brazo, señalando a la gente como un niño
pequeño en el zoo. Mira, Li, ¡ahí está el alcalde!
Estábamos junto al muro acristalado con vistas al puerto, fuera
del museo, que se iluminaba como si fuera el Día Nacional a
pesar de la violencia que sacudía la ciudad. Rojo, blanco y
azul dominaban la decoración en una exhibición patriótica que
no engañaba a nadie. Esto era un evento de networking para
mi hermano mafioso y sus amigos.
—Li, ya he tenido suficiente de esta fiesta. Está bien, pero no
es lo mío.
—¿Preferirías cerveza barata y patatas? No pienso dejar esta
comida —metí una cuchara en el cuenco de fresas cubiertas de
chocolate para amontonarlas en un plato—. ¿No eres
deportista? Come.
—Preferiría meterte a ti en mi boca.
Ni en sueños.
Le sonreí como si la idea me tentara ligeramente, pero su voz
ronca me daban ganas de vomitar.
—¡Dios mío! —gimió, abandonando su aire de Casanova
mientras me tiraba de la mano—. Es el corredor de los
Hurricanes, DeShaun Brown. Voy a pedirle un autógrafo.
Le agarré.
—No, no lo vas a hacer.
—Solo quiero una selfie.
—¿Tengo que llamar a seguridad?
—Es una fiesta. ¿Cuál es el problema? —una leve arruga se
formó en su frente mientras se terminaba su bebida—. ¿Y por
qué tu hermano se codea con políticos y funcionarios de
sindicatos? Solo tiene restaurantes.
—Es un tipo rico que invierte en su comunidad.
—¿Y cómo ha llegado a eso? —James me arrebató la fresa de
los dedos—. Conozco a alguien que abrió un asador de pollos
en pleno centro. El alquiler cuesta una fortuna. Le llevó años
empezar a tener beneficios.
—Tiene muchos locales.
—Hum. ¿Tiene un hada madrina o qué?
Fulminé a James con la mirada, molesta porque hubiera
adivinado correctamente que algo no cuadraba, pero no fuera
lo suficientemente listo como para buscar mi apellido en
Google.
—¿Podemos no hablar de mi hermano?
Él se encogió de hombros, formando un puchero con el labio.
Me merecía esto por traer a un extraño a la gala, que era más
sobre asegurar los intereses de la Familia que una recaudación
de fondos. No podía dar un paso sin tropezarme con un Costa
o un Ricci.
Deprimente.
Odiar a la mafia no era tan fácil, porque todos los que amaba
estaban involucrados. La violencia de la mafia me había
dejado huérfana y los Costa me habían adoptado, pero yo no
era una de ellos. La sangre lo era todo, así que siempre me
había sentido como una paria.
Resentía el mundo de Michael. Más que nada, anhelaba una
identidad fuera de Costa. No importaba lo que hiciera o
adónde fuera, siempre sería la hermana de Michael, atrapada
para siempre en una jaula dorada, incapaz de tomar un café sin
que un guardaespaldas me persiguiera, informando a Michael,
con mis idas y venidas controladas. Cualquiera que saliera
conmigo se sometería a mi hermano.
Un matrimonio concertado era el precio que pagaba por llevar
este nombre —Costa— el albatros alrededor de mi cuello. No
cambiaría a mi familia, pero a veces fantaseaba con una
educación más cuerda.
Por eso me gustaban mis amigos y profesores de Bourton. Allí
nadie me adulaba porque no tenían ni idea de quién era yo.
Traer a James aquí era como llevar a una stripper a una
conferencia tecnológica: completamente inapropiado. Solo le
había invitado para sacarles la lengua a Vinn y a Michael.
Pensé que sería fácil de controlar, pero había pasado la noche
apartando sus manos, fingiendo interés mientras él divagaba
sobre crecer en Ridgefield, Connecticut, y fantaseando con
apuñalarme los oídos para no tener que escucharle hablar.
—Pensaba que tendrían ostras —James frunció el ceño ante el
banquete de marisco—. No toda esta basura frita.
Desagradecido de mierda.
Se metió gambas en la boca, masticando ruidosamente, y
luego se limpió la barbilla con el dorso de la mano. Le
quedaban migas pegadas en la mejilla. Los universitarios eran
tan asquerosos.
Debería fingir una crisis.
—¿Estás lista para irnos, nena? —preguntó, dándome una
palmada en el trasero.
Solté un suspiro brusco.
—A: no me llames así nunca más, y B: no me toques el culo.
—Dios, eres una estirada. Actúas como si nunca hubiéramos
tonteado —me lanzó una mirada herida—. Estabas encima de
mí en la fiesta de Sigma Fi.
—Estuve inconsciente durante la mayor parte de nuestro
tonteo, así que no entiendo por qué te sorprendes.
Nunca había mencionado el incidente porque me daba
muchísima vergüenza. Una parte de mí quería fingir que nunca
había ocurrido.
James reaccionó como si me hubiera cagado en el suelo. Sus
ojos se ensancharon y negó con la cabeza.
—No estabas dormida.
Mis uñas se clavaron en las palmas de mis manos.
—Ambos cometimos errores, pero tú metiste la mano en mis
pantalones mientras estaba inconsciente.
Un músculo saltó en su boca antes de pasar al ataque.
—Así que eres de esas chicas. Todo va bien hasta que te
despejas, ¿eh? De repente, fue un error. Que te jodan, Liana.
No… yo no hice nada malo.
—¿Entonces por qué te estás alterando?
—¡Acusarme de esto podría hacer que me expulsaran!
—¿Esto? ¿A qué te refieres?
Me lanzó una mirada.
—Ya sabes.
—Dilo —le provoqué con dulzura, viendo cómo el bronceado
desaparecía de su cara—. ¿Cómo se llama eso, James?
—Estás loca —se mordió el labio inferior, apartando la mirada
—. Quiero decir… simplemente… vaya.
Tu manipulación psicológica está a tope esta noche.
Detrás de James, la silueta de un hombre se abría paso entre la
multitud. Caminaba con una elegancia despreocupada,
dominando al resto de hombres con su altura. El rico contorno
de sus poderosos hombros tensaba su chaqueta. La mandíbula
cuadrada de Vinn se tensó al verme. Justo el hombre que
convertiría a James en un charco carmesí si yo así lo deseara.
No era propio de mí ansiar venganza, pero invitar a James
había sido como acercar una cerilla a un barril de pólvora.
Por suerte, Vinn le prestó a James tanta atención como a la
suciedad bajo sus zapatos. Se acercó a mí, hermoso con su
pelo domado en una suave onda, su apariencia bien arreglada
incongruente con nuestro último intercambio.
Haz lo que se te dice, Liana.
No lo había hecho.
Sus dedos, afilados y fuertes, rozaron mi clavícula antes de
que su palma rodara sobre mi hombro y me sujetara. Su agarre
mordiente envió un escalofrío por todo mi cuerpo.
—Se suponía que debías esperar en tu apartamento —me
reprendió, apretando con fuerza—. ¿Qué voy a hacer contigo?
El peligro latía detrás de esas palabras. La calidez de su
sonrisa no se reflejaba en su tono. Decía que sufriría un
destino peor que un trasero magullado si le desafiaba.
—¿Qué coño, Liana? —espetó James, recordándome su
presencia—. ¿Todavía estás con el neandertal?
Los ojos de Vinn se iluminaron con vaga diversión.
—Piérdete, chaval.
—Soy su cita, señor Aguafiestas —gruñó James—. Perdón,
quiero decir, Costa.
La boca firme de Vinn se curvó como al borde de la risa, pero
cuando deslizó su mirada de la mía a James, una furia fría
irradiaba de él.
—Me siento caritativo esta noche, así que te daré diez
segundos para que te vayas. Fáltame al respeto y dejaré de
encontrar divertido al niñato que está montando una rabieta.
Te arrastraré fuera y te haré daño.
James se estremeció y dio un paso atrás.
Mi estómago se tensó.
—James, vete ya.
—¿Cómo puedes darme plantón? —Lanzó una mirada
aterrorizada a Vinn—. Ese escalofriante de mirada vacía
debería estar encerrado.
Gemí.
—James, vete a casa.
—¿Por qué demonios me invitaste siquiera?
—Porque está enfadada conmigo. —Vinn atrapó un mechón
suelto en mi mejilla—. A mi novia le gusta provocar, pero
sabe a quién pertenece.
Novia.
Mis manos encontraron el collar de conchas marinas, y
acaricié los bordes acanalados, presionando mi pulgar en las
esquinas afiladas como si el dolor pudiera distraerme de mi
dolor más desesperado. Imaginé al antiguo Vinn diciendo eso,
con mis entrañas dando vueltas llenas de mariposas. El mismo
ardor intenso de todos aquellos años atrás, cuando me besó la
cabeza, tiñó mis mejillas. Entonces su mirada se desvió hacia
dos hombres que esperaban en nuestra periferia. Asintió.
Agarraron a James, que protestó con un sonoro «¿Qué coño?»
—Llevadle fuera. —Vinn despidió a la seguridad con un gesto
—. Estaré allí en unos minutos.
—Soltadme —rugió James, forcejeando—. ¡Parad! ¡Quiero
hablar con vuestro jefe!
El nudo en mi garganta se hundió.
No había pretendido hacerle daño a James. Me había
imaginado una humillación pública, mi forma de enseñar al
cabrón que había consecuencias por tratar a las mujeres como
basura. Que Vinn le diera una paliza era excesivo.
—No le hagas daño. —Estudié su mandíbula apretada—. Nos
movemos en los mismos círculos sociales. Queenie nunca me
perdonará si dejo que le pegues.
—¿Dejar que lo haga? No tienes ninguna influencia sobre mí.
—¡A ella no le va a importar!
Su mirada de halcón se volvió hacia mí.
—Deberías haber pensado en eso primero.
—Vinn, esto es ridículo. James es solo un amigo.
—No cuando le pides salir y llevas un vestido de fóllame.
Una astilla de calor ondulaba a través de sus palabras,
azotando mi cara.
Sus ojos negros ardían con una extraña intensidad. Era una
mirada insolente y posesiva, como si tuviera todo el derecho a
mirarme y quedarse boquiabierto ante mi escote. Tomó la
bebida de mi mano y la golpeó sobre una mesa.
—¿Cuál es tu problema?
—Se suponía que vendríamos juntos. Venir aquí con ese
maldito crío lo ha estropeado todo.
—No me apetecía colgarme de tu brazo toda la noche.
—¿Prefieres estar en el suyo?
—Sí. —La mentira calentó mis mejillas—. Quizá te sorprenda,
pero a algunas mujeres les gusta que las traten como si fueran
algo más que carne envolviendo tu polla.
—O simplemente lo hiciste para cabrearme. —Vinn nos alejó
del bar, sus dedos hundiéndose en mi cintura—. Para alguien
que me odia, tienes mucho que decir sobre mí.
Apreté los dientes, molesta con Queenie. Ella había plantado
esta semilla en su cerebro, y había crecido fuera de control,
echando raíces en lugares donde no tenía cabida. Él estaba
teniendo todo tipo de ideas equivocadas. Necesitaban ser
quemadas con fuego.
Ahora.
—Vinn, no estoy interesada en ti. Para nada.
—Cuanto más lo dices, menos te creo.
—Pues necesitas hacerlo —solté—. No te soporto.
—Tú tampoco eres mi persona favorita.
Agarré su corbata y tiré.
—Hablo en serio.
—Yo también. —La mirada errante de Vinn se detuvo en mi
boca mientras me quitaba la corbata del puño—. Me gustan
mis mujeres sumisas y fáciles. Tú eres un dolor en el culo.
—Acepta las pérdidas y vete.
—No va a pasar.
Extendí la mano.
—Dame tu teléfono.
Levantó una ceja.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Bloquearé a tus amantes ya que estás tan empeñado en
controlar mi vida. O quizá les cuente historias humillantes,
como cuando te pillé a ti y a mis primos viendo porno en el
salón.
—Esa historia solo es vergonzosa porque tenías nueve años.
—No, fue raro porque acabábamos de volver de un funeral. —
Todavía recordaba cómo bajé las escaleras después del
velatorio, cautivada por las extremidades que se movían en la
televisión—. ¿Qué clase de chaval ve porno después de ver a
una persona muerta?
—Culpa a tu hermano. Fue idea suya.
—Oh, ¿todo es culpa de Michael?
—Él estaba al mando —dijo Vinn, sin parecer remotamente
avergonzado—. Visitamos el videoclub después del funeral
para alquilar algo. Estábamos intentando animar a nuestro
primo. Acababa de perder a su madre.
—Nada dice siento tu pérdida más que un porno.
—Adolescentes. —Vinn se encogió de hombros—. No
sabíamos hacerlo mejor.
Sacudí la cabeza.
—¿Funcionó?
—Bueno, no. Tú irrumpiste y lo arruinaste todo.
Olas de calor rebotaban de mí a él mientras la luz de arriba se
atenuaba, lanzándonos a las sombras. La luz de las velas
suavizaba las facciones pétreas de Vinn, haciéndole menos
depredador, más Príncipe Azul.
—Mamá estaba tan enfadada —susurré, alarmada por la
electricidad que pinchaba mi piel—. Recuerdo cómo saltaste
del sofá para cubrirme los ojos.
—¿Así?
Vinn deslizó su palma sobre mi mirada.
Una calidez floreció dentro de mí.
Un delgado hilo de atracción se formó lentamente entre
nosotros.
Su mano pesaba tanto como entonces, y el brazo que rodeaba
mis hombros hacía eco de su gentileza. De repente era una
chica sin aliento, desarmada por su atención indivisa.
Apretó su boca contra el pliegue de mi oreja, provocándome
un sobresalto. —Ciérralos, pequeña Li. Sabré si haces trampa.
—Odio este juego.
—Haz lo que te digo, y haré que valga la pena.
Hace doce años, me había atraído desde el salón con esas
palabras hasta el desván. Mi recompensa fue media hora de
juegos de mesa, lo que para una niña de nueve años era
enorme. Jugábamos mientras el suelo retumbaba con la voz
escandalizada de mi madre. Mi mente nadaba con la imagen
de Vinn agachado en aquel espacio reducido.
Hasta que sus labios rozaron mi cuello.
La sensación me hizo dar vueltas la cabeza. Todavía ciega, me
hundí en sus brazos. Me besó trazando una línea desde mi
oreja hacia abajo, cada contacto provocando un acorde
vibrante dentro de mí. Se deslizó contra mi palma, caliente y
seco. Luego me guió por el hombro, conduciéndome a través
de la habitación. Mi corazón latía con un ritmo errático, su
magnetismo era tan potente que obedecí.
Una puerta crujió.
Se apretó contra mi espalda, su impaciencia haciéndome
tropezar. El ruido de la fiesta disminuyó cuando la puerta se
cerró de golpe. Un cerrojo se aseguró. Estábamos en una
galería vacía. Paredes blancas y hormigón me rodeaban.
Vinn me agarró, abandonando el pretexto.
Mi sonrisa se desvaneció.
La realidad se impuso.
Este no era Vinn, mi protector. Era un depredador que me
había alejado de la seguridad, cerrado la puerta con llave e
inmovilizado. Sus brazos me envolvían como una camisa de
fuerza, liberando mi visión pero atándome en todas partes.
Todo había sido una actuación: las bromas y su gentileza.
Había montado un espectáculo para quedarse a solas conmigo.
Joder.
OCHO
LIANA

Me resistí contra su fuerza, pero era como empujar losas de


piedra. Mi respiración se entrecortó mientras me empujaba
hacia una pared vacía. Era demasiado consciente de su brutal
poder. Podría estrangularme con solo apretarme demasiado
fuerte, pero Vinn tenía otras ideas.
—Pon tus manos en la pared. Inclínate.
Esas palabras impersonales azotaron mi boca con un calor
involuntario.
—Demasiado pronto, ¿no crees? —solté atropelladamente,
con los nervios disparados—. Normalmente los tíos empiezan
con cenas y copas antes de saltar a los preliminares.
—Eres igual que tu maldito hermano. —Vinn pegó mis
muñecas por encima de mi cabeza, su peso doblándome las
rodillas—. Impulsiva. Temperamental. Sin sentido común.
—Tú eres quien me está ordenando que me incline.
Debería callarme.
Pero disfrutaba de su agarre castigador. Vinn nunca perdía los
estribos. Hervía por dentro. Todavía recordaba el destello de
indignación en su ceño las pocas veces que le había
desobedecido, pero esto era algo distinto.
Vinn no tenía motivo para frotar su cuerpo contra el mío. Su
muslo rozó mi cadera, y una descarga me atravesó.
—Me llevas al límite. —Sus palabras estallaron en mi oído—.
Debería arrancarte este vestido y pasearte fuera. Que no quede
duda alguna de a quién perteneces.
—Mi hermano tendría un problema con eso.
—Que se joda.
Su palma se deslizó por la abertura lateral y me acarició. Mis
sentidos cobraron vida con las manos recorriendo mis curvas,
aunque podría haberme tirado de un acantilado por la
respuesta de mi cuerpo. Su tacto se endureció mientras
palpaba mi piel magullada.
Su voz áspera interrumpió mi jadeo. —¿Pensabas que no me
fijaría en ese imbécil? Voy a matarlo por tocarte.
—No lo hizo.
—Mentirosa. Vi sus brazos rodeándote.
Me retorcí, con la intención de escaparme de su agarre que se
aflojaba, pero su mirada me clavó en el sitio. Los celos me
pillaron desprevenida. Vinn y yo apenas éramos amigos.
Mi corazón latía con fuerza. —¿Por qué demonios te importa?
—Porque te he marcado como mía. —Vinn apartó la tela de
mi muslo, continuando su pausada caricia—. Y, por muy
mocosa insolente que seas, significas algo para mí. Eres
decente la mayor parte del tiempo. Has hecho cosas por mí
que nadie más ha hecho. —Se detuvo un momento, como para
reflexionar sobre ellas—. No sé qué pasó con la dulce chica
que me adoraba, pero la quiero de vuelta.
¿Ahora me quería?
Nunca me había conocido. No quería la versión desordenada y
complicada de mí. La chica que explotaba cuando no
conseguía lo que quería. Siempre había sido difícil, pero lo
había suavizado delante de Vinn. Él echaba de menos a la
chica que lo adoraba, nunca lo cuestionaba, que hacía lo que
fuera por su atención. Me había sumergido en distracciones,
esperando que la rutina camuflara el profundo dolor de la
soledad.
Patético.
Solté una risa ahogada. —La Liana que te servía en cuerpo y
alma ha desaparecido, y menos mal.
—Devuélvemela.
El tormento de su presencia me consumía. Una terrible
amargura aplastaba mi corazón. —No.
—Sí. —Su sensual contacto se deslizó hasta mi cintura,
encendiendo chispas—. Si voy a fingir una relación con
alguien, será con una chica que se porte bien en público. No
con una mujer vengativa que trae a sus ex a la fiesta.
Había dicho cosas irritantes, pero eso fue lo que más me
molestó.
—James no es mi maldito ex.
Hizo una pausa, su aliento haciéndome cosquillas en el cuello.
—Traerlo aquí fue un gran error, Li.
Sus dedos dolorosamente ligeros me provocaban, como si
supiera cuánto había sufrido, y quisiera hacerme suplicar.
No lo haré. —¿Qué vas a hacer al respecto?
—Tengo algunas ideas.
La provocación envió un escalofrío por mi columna.
Llamas resbaladizas envolvieron mi estómago mientras sus
manos descendían por mis hombros, ondulando sobre mis
curvas. Agarró mi vestido y lo empujó sobre mis caderas,
arrancándome un siseo entre dientes.
—Sin ropa interior —ronroneó—. ¿Fue esto para James, o
para mí? ¿Querías estar preparada?
—Odio tener que pinchar tu cabeza sobreinflada como una
burbuja, pero esto no tiene nada que ver con ninguno de
vosotros. Un tanga se vería bajo este vestido.
—Querías verte sexy para mí.
Mi mandíbula cayó. —Estás completamente delirando.
Agarró la carne bajo mi trasero y pellizcó brutalmente.
—¡Joder-ay!
—No puedo evitarlo —murmuró, su pulgar acercándose
peligrosamente a mi sexo—. Eres tan tentadora, con tu firme
trasero brillando con la marca de mi mano. Nunca en un
millón de años me imaginé haciendo esto. —Trazó la parte
más voluptuosa de mi trasero, suspirando—. Ahora es todo en
lo que pienso.
Su mano se despegó de mi nalga, y mi piel se erizó en
anticipación.
¡PLAF!
El calor floreció sobre mi piel con el sonoro chasquido. Igual
que antes, la conmoción me recorrió entera. Una parte
indignada de mí exigía justicia. Debería pagar por la
humillación, pero la vergüenza que ardía en mis mejillas no
era porque Vinn me azotara.
Era porque me gustaba.
Disfrutaba del dolor, de su posesión, de esta posición
degradante, incluso de su violencia desatada. Se había
transformado de un gigante de hielo a un hombre de carne y
hueso. Sus golpes irradiaban dentro de mí como si también
reclamara mi alma.
Una calidez disparó hacia mi sexo cuando golpeó su palma
contra mí, sus movimientos menos brutales y más juguetones.
Agarró puñados de mi carne, apretando, dando palmadas.
Hacía deliciosos gemidos que se hundían en mi garganta. Se
detuvo, aliviando el ardor con una caricia.
Las caderas de Vinn se incrustaron contra las mías. Una
creciente dureza presionó contra mi dolorido trasero. Mis
sentidos entraron en cortocircuito. Respiraba con dificultad
mientras sus manos parecían buscar puntos de placer: trasero,
muslos, caderas, estómago. Me tocaba por todas partes,
trazando un camino tan pecaminoso que no podía respirar.
Me tambaleé a través de una niebla de éxtasis, con las palmas
resbalando.
—No te he dicho que puedas moverte.
Las empujó donde debían estar, y luego apartó mi sujetador
para provocarme. Las ásperas yemas de sus dedos eran
sorprendentemente tiernas mientras seguían la curva de mis
pechos, jugando con mis hinchados pezones. Trazó una línea
ardiente por mi abdomen hasta mi muslo.
Dios mío.
Me tocó la cadera, alcanzando un espacio íntimo. La
conmoción me bañó en calor líquido cuando dos dedos
trazaron mi clítoris. Apenas estaban ahí. Me rozó. Luego
jugueteó con una caricia lenta.
Me dejé caer contra la pared, jadeando.
Me dio una palmada en el clítoris, arrancándome un gemido.
—Sabías lo que hacías cuando te pusiste esta maldita cosa.
Alardeaste ese trasero delante de mí, sabiendo que me
enfurecería —su gruñido se oscureció mientras su agarre
mordía mis caderas—. Has hecho estallar mi autocontrol.
Sus manos eran duras, pero me daban una sensación de
protección. Su mirada penetrante me hizo contraerme por
todas partes. Luché por mantener la calma. Mi determinación
se derrumbó como una roca desmoronándose dentro de mí.
No podía soportar esto más.
Me lancé hacia la puerta.
Me tiró hacia atrás. —No vas a ir a ninguna parte.
Había soñado con estar atrapada en sus brazos. No ayudaba
que encajara perfectamente en el hueco entre su cabeza y su
hombro. Una emoción se disparó en mi maltrecho corazón
mientras buscaba desesperadamente una estrategia de salida.
—Vinn, no te estás haciendo ningún favor —forcé mis labios
en una sonrisa rígida, reuniendo palabras que lo detendrían—.
Michael está fuera.
—Ya hemos hablado. No será un problema.
—¿Le dijiste que estábamos juntos?
—Dije lo que necesitaba para quitarlo de mi camino.
Me giró y me empujó contra la pared. La boca de Vinn rozó el
hueco pulsante en la base de mi garganta. Desencadenó un
remolino salvaje en la boca de mi estómago.
—Vinn, quiero que me sueltes —elevé mi voz a un grito—.
¡Vinny!
—Creía que ese era el nombre del otro tipo.
Mis pensamientos en torbellino no podían dar sentido a nada.
Ah, sí… le había provocado con eso, hace días.
—Me pregunto de dónde será —meditó Vinn mientras se
inclinaba, sonriendo—. Allston. Hyde Park. Dorchester.
El barrio donde él creció.
—Él no es tú.
Me dio una palmadita en la mejilla. —Claro que no, cariño.
—No siento nada por ti.
—Mentirosa. Saliste con ese jamook solo para enfadarme —
hizo un gesto brusco hacia la puerta—. El universitario que
está colado por ti.
—¿Qué derecho tienes a estar celoso?
Una guerra de emociones se desató dentro de mí mientras él
me colocaba el pelo detrás de la oreja.
—El hecho de que me desees significa que poseo una parte de
ti.
—Vinn, eso no es cierto —las palabras sonaron débiles,
incluso para mis oídos—. Por favor, déjame en paz.
—Ni lo sueñes.
Se acercó, inclinando la cabeza. Su boca carnosa se amoldó a
la mía. Era como terciopelo aplastado, tan suave y sensual que
mi piel estalló en llamas. Fue tentativo, un beso digno de un
romance de Hallmark, y mi mente se tambaleó.
El calor encendió mis mejillas. Esto era como una ensoñación,
tan eufórica que no podía ser real. Nadé a través de una
neblina de deseo y confusión.
¿Le devolvería el beso?
Dudé, mis entrañas desgarrándose.
Entonces deslicé mis manos por su pecho. Me aferré a sus
hombros, me levanté de puntillas y presioné mis labios contra
los suyos. Era como sumergirse en un spa después de una
noche larga y fría. Dulce y limpio, como la menta. Caliente.
Peligrosamente sedoso. Mis nervios zumbaban de necesidad.
Era tan correcto estar en sus brazos. Quería ofrecerle todo de
mí, mi cuello, mis pezones endurecidos. Él se deleitó,
mordisqueando bajo mi mandíbula antes de que un calor
húmedo aliviara el escozor.
Las estrellas se habían alineado.
Vinn Costa me estaba besando.
Su boca regresó, aplastándome con caricias más fuertes. Me
sujetó la cara mientras yo soltaba suspiros torturados. Perfecto.
Mejor que en mi imaginación.
No podía creerlo.
El enamoramiento adolescente que había enterrado vivo se
abrió paso a la superficie, estallando como burbujas de
champán. Intercambiamos besos lentos y embriagadores, y
entonces la frente de Vinn rodó sobre la mía. Sus ojos
luminosos se abrieron. Un ardor se instaló en su piel
bronceada, extendiéndose a su pecho.
Lo había visto besarse con innumerables modelos, pero
ninguna parecía darle placer. Pensaba que estaba muerto por
dentro; el hecho de que no lo estuviera me provocó una onda
expansiva.
Nos separamos como si nos hubiera alcanzado el mismo rayo.
Definitivamente no estaba muerto. La prueba latía contra mi
mano y humedecía mi palma donde sostenía su cuello. Me
miró con una pregunta silenciosa. Era un hombre que
finalmente se había fijado en mí.
Agarró mi barbilla. Luego fundió sus labios con los míos. Me
aferró las caderas, empujándome hacia atrás.
Una pared golpeó mi espalda.
Jadeé por el impacto, olvidando la conmoción mientras me
aplastaba una y otra vez. Ahogó los sonidos que hacía, incluso
los patéticos y pequeños gemidos cuando su lengua se
sumergía. Deslizó la mano por mi cintura y ahuecó mi trasero
desnudo. Un gemido escapó de sus labios.
Dios mío.
Esta no era la tierna caricia que había imaginado, completa
con una confesión de que siempre me había amado. Los
sentimientos de Vinn eran todo menos amorosos. El beso se
profundizó en algo carnal. Mordiente. Me succionaba como si
fuera un caramelo.
No había angustia.
No había dudas.
Estaba ardiendo. Mi sexo palpitaba. Agarré su cuello y me
encontré con él, caricia por caricia, atada a esta armonía
salvaje. Besé cada centímetro de él por si esto nunca volvía a
suceder. Chupé su labio inferior, y él agarró la parte posterior
de mis muslos y subió, sosteniendo mi trasero. Me izó contra
la pared. Se contoneó contra mí, frotando su polla muy dura
contra mí.
Me mordió, aliviando el dolor con su lengua.
Gemí.
El sonido pareció sacarlo de nuestro frenesí. Retrocedió con
un silbido bajo, pareciendo medio loco de lujuria. Un destello
brillante surgió en sus ojos. Exhaló un chorro de aire.
Mi corazón explotó de necesidad y angustia. No podía
disimular la reacción de mi cuerpo hacia él, y ahora tendría
más munición contra mí. Corrí hacia la puerta y agarré el
pomo.
Vinn la cerró de golpe con el pie. —¿Adónde vas?
—A casa.
—¿Después de que nos devoráramos así?
—No quiero volver a verte.
Su risa áspera me hizo sonrojar. —Desde luego tienes una
forma muy extraña de demostrarlo.
Tenía que poner en orden mis confusos pensamientos, y no
podía hacerlo si él me tocaba. La costura de mi vida se había
deshilachado. Era culpa suya.
Necesitaba que dejara de tocarme.
Me dirigí a la salida, pero él me agarró por la cintura. —Vinn,
por favor.
Su dedo se curvó bajo mi barbilla, y una descarga eléctrica
abrasó mi cuerpo. —Ven a casa conmigo, y conseguirás todo
lo que quieras.
Mi pulso se alteró. —No voy a ir a ningún sitio contigo.
—¿Por qué no? —La electricidad de su tacto se convirtió en
una tormenta de relámpagos mientras trazaba la plenitud de mi
boca—. Creo que resolveremos mejor nuestras diferencias en
la cama. Así que podrías venir sin más.
Esto era demasiado.
No diría que sí, pero mi corazón se encogió ante el y si.
Había imaginado perder mi virginidad con Vinn. Incluso
ahora, me gustaba imaginarle destrozando lo último de mi
inocencia. Se balanceaba frente a mí como una cuerda. Si me
atreviera a alargar la mano…
—No puedo. —Tragué saliva con dificultad, dando un paso
atrás—. Es demasiado repentino, y no estoy… no lo… no
somos nada.
—Lo somos a partir de ahora. —Vinn recogió mi mano y la
besó, haciéndome sentir como una rosa deshaciéndose con el
viento—. Falso. Real. No importa.
A mí me importaba.
Se me cerró la garganta. —No.
Su voz se elevó bruscamente. —¿Por qué?
Me alejé de él y me dirigí hacia la puerta, temblando. —No te
debo ninguna explicación.
—¿Cuál es el problema en llevarlo más lejos si ya estamos
saliendo?
—No estamos saliendo —siseé—. Ni de mentira ni de otra
forma.
—Sí que lo estamos —espetó, bloqueándome la salida—. No
es negociable. Esto no va sobre mí.
Le lancé una mirada elocuente a su erección. —¿En serio?
—Liana, odiarías estar con un motero. ¿Crees que soy duro?
Espera a ser una sweetbutt.
—¿Cómo dices?
Vinn dudó antes de responder. —Una chica que va pasando de
un miembro del club a otro. Sí. Tienen un nombre para sus
putas.
—¿Y tú no con tus comares?
—No es lo mismo. No me gusta que mis mujeres se acuesten
con otros hombres. Lo tolero, pero no invito a tíos a tocar lo
que es mío.
—Da igual. No voy a casarme con él.
—Él te quitará la decisión. No entiendes cómo son.
—Tú les odias. Ellos te odian. Los hombres lobo odian a los
vampiros y viceversa. Lo pillo. —Suspiré, aburrida con la
conversación—. He leído Crepúsculo.
—No sé qué coño es eso.
—Es una broma. He escuchado a Daniel y Michael quejarse de
los moteros toda mi vida. Seguro que ellos hacen lo mismo
con nosotros.
—Su cultura es enferma. Nosotros cruzamos la línea aquí y
allá, pero no traficamos con mujeres y niños. No estamos
involucrados en nada tan jodido.
—Sí, eres un ángel. A la altura de la Madre Teresa,
canonizado por tu enorme polla. San Verga.
Se plantó sobre mí, con las manos en las caderas. —Liana, no
empieces con tu bocaza.
—No me vas a asustar para que tenga una relación contigo,
falsa o no. —Crucé los brazos, la calidez de su beso ya
desvanecida—. Probaré suerte con el motero.
Vinn apenas podía contener su rabia. Sacudió el hombro con
un encogimiento irritado. —Solo estás intentando cabrearme.
—No, no es así —espeté—. Si tengo que casarme con alguien,
¿por qué no con él?
—¿Estás loca? —La fuerza de su grito me aturdió los oídos
mientras se volvía hacia mí, gruñendo—. ¿Has perdido
completamente la cabeza?
Me estremecí con cada sílaba. —No me hables así.
—Haré lo que me dé la gana, mocosa insoportable. ¿Hay algo
que puedas hacer sin irritarme? ¿Qué te pasa?
Me abalancé hacia la puerta, y él seguía empujándome hacia
atrás como a una muñeca de trapo. —¡Apártate de mi camino!
—No hasta que empieces a tener sentido.
—No veo diferencia entre mis opciones. Él es un gánster. Tú
eres un gánster. Y además… ¡no quiero tu ayuda! —grité con
voz quebrada—. Estoy harta de ti. Preferiría casarme con él
antes que fingir estar contigo.
Los ojos de Vinn destellaron y se apagaron. Parecía mirar a
través de mí, pero sabía que le había herido.
Él también me había herido a mí.
Había pasado cada momento despierta intentando sanar de lo
que él me había hecho.
—Li, solo te diré esto una vez. —Su voz sepulcral me heló el
estómago, su rostro sombrío fijado en una expresión
despiadada—. Eres mía.
NUEVE
VINN

Michael me mataría.
Me destriparía por encerrarla en una habitación. Luego me
herviría los huevos en aceite de motor por enrollarme con su
hermana porque lo había hecho bajo sus narices. Manosear su
sexo en la gala benéfica no formaba parte del plan, pero
¿cómo podía resistirme?
Me había dado la oportunidad perfecta. Tenía un lado
sentimental que había detectado después de visitar su
apartamento. Entrar en aquel dormitorio fue como mirar en
una cápsula del tiempo de mi juventud. Había estado rodeado
de fotos nuestras, cálidos recuerdos, cosas que había olvidado.
Alejarla de Michael había sido fácil.
Me rocé los labios, reviviendo cómo me había besado con
tanto entusiasmo. Si hubiera arrastrado a esa preciosa muñeca
sexual a sus rodillas, podría haberle metido mi verga. Por muy
increíble que hubiera sido, fue bueno que me rechazara.
Enrollarme con la hermana de Michael habría sido el
escándalo del siglo.
Eso no me impidió imaginarlo. Durante días, me maravillé con
su reacción. Apenas la había tocado y se había lanzado sobre
mí. Liana me deseaba y estaba claramente en plena negación.
Preferiría casarme con él que fingir estar contigo.
Una mentira débil. Su lengua había estado en mi boca solo
minutos antes. Sabía que no duraría ni un segundo como
esposa de Killian. ¿Qué demonios le pasaba?
La vigilaba a través de los guardaespaldas que había
contratado para sustituir a los de Michael. Me costó todo mi
autocontrol no pasarme por su barrio. Tenía que averiguar qué
iba a hacer con la pequeña Liana.
No podía simplemente acostarme con ella.
Michael me asesinaría. Tendría que pedir permiso, pero Nico
le daría el visto bueno. Conociendo a Michael, ni se molestaría
en tratar con nuestro jefe. Nunca fue del tipo racional.
Simplemente me dispararía, y me lo merecería.
Le debía la verdad.
Confesar mis pecados no era una opción. Necesitaba una
historia bien elaborada que satisficiera a Michael y a mi tía, las
únicas personas que me importaban. Mentir sería bastante
fácil. Conseguir que ella estuviera de acuerdo sería difícil.
Pensaba en ella demasiado. Obsesionándome. Acosándola.
Analizando fotos. Me había creado un perfil en redes sociales
solo para seguir el suyo. Luego examiné su presencia en
internet buscando información para responder a una pregunta
candente.
¿Cómo podía hacer que quisiera estar conmigo?
—Eh. ¿Me estás escuchando?
Un barítono cortó mi idea a medio cocinar.
Arrastré la mirada del suelo hasta el sargento O’Flaherty, un
policía cincuentón con bolsas bajo los ojos, que estaba
teniendo otro ataque de nervios. Su utilidad como fuente de
información sobre la Unidad de Delitos Organizados no se
había agotado, pero odiaba al cobarde.
Estábamos en el solar de construcción del próximo desarrollo
de condominios de Nico.
—No lo estaba. Repítelo.
—Rage Machine me dijo que entrarían en mi casa, me atarían
y me harían mirar mientras violaban a mi mujer si no liberaba
a su miembro —balbuceó—. No soy el único, señor Costa.
¡Cualquiera que no acepta sobornos recibe una amenaza de
muerte o le queman el coche!
—Entonces acepta un puto soborno. ¿Qué esperas que haga?
Son animales —me encogí de hombros, viendo cómo una
carretilla elevadora arrojaba tierra sobre un montón—. Me
mantengo al margen de su guerra.
—Ayuda a Legion a aplastar a Rage Machine.
Que te jodan, págame. —No estoy seguro de que merezca mi
tiempo.
—Bueno, tienes que hacer algo.
¿O qué?
No tenía por costumbre lanzar a mis soldados a conflictos
innecesarios. Ya había tenido suficiente de esa mierda con
otros hombres al mando. —¿No eres policía? Detén a alguien.
—Ningún juez está dispuesto a condenar a un motero. Nadie
se enfrenta a los MC. La gente está muriendo —Pete se secó la
frente, apoyándose contra su maltrecho Chevrolet.
—Qué triste.
Se quedó quieto. El odio marcó su rostro. —Eres un cabrón
insensible.
—Te sorprenderá, pero me disgusta no poder caminar por mi
ciudad sin que estalle una bomba. Sin embargo, no me
involucraré hasta que tenga sentido para la Familia.
—No te importa nadie.
Correcto.
—Mira, ¿quieres parar a Rage Machine? Sigue su dinero.
Encuéntralo. Asfíxialo. Córtalo. Haz lo que sea necesario para
matar sus finanzas. Todo se calmará cuando no puedan
financiar su puta guerra.
¿Qué podía hacer yo?
No era detective. No tenía ni idea de cómo un grupo MC
recién creado tenía los medios para superar financieramente a
Legion, mucho más grande y con capítulos en varios estados.
No me apetecía resolver el misterio. No me concernía.
—¡Diles que dejen de amenazarnos!
Increíble. Diles, como si pudiera coger el teléfono y mandar a
un tipo al que nunca había conocido.
—Vale. También les preguntaré si puedo follarme a sus
mujeres.
—¡Esto es serio! —Golpeó el capó de mi coche y le lancé una
mirada fulminante—. La economía local está muerta. Si no te
importan los ciudadanos, quizá te importe que tu negocio se
seque cuando todo el mundo abandone Boston.
—Joder, está bien —Estaba harto de sus lloriqueos—.
Mantendré los oídos abiertos. Si oigo algo, te lo haré saber.
Me recliné en el asiento del conductor mientras Pete se
alejaba. Veía las guerras de moteros como un resfriado.
Empeoraría antes de que la lucha de poder resolviera sus
problemas, y luego volveríamos a la normalidad. Meterme en
el conflicto era innecesario. No entendía por qué Nico insistía
tanto en hacer las paces con Legion. ¿A quién le importaba
qué MC saliera victorioso? Si se destruían mutuamente,
perfecto. Mi apuesta estaba en Rage Machine. Odiaba a
Legion porque su presidente exigía la mano de Liana.
Mis pensamientos se descontrolaron. Le había ofrecido
salvarla de ellos. ¿Qué más necesitaba? Repasé nuestra
conversación… ¿por qué estaba tan cabreada?
Vincent.
Mi estómago se contrajo.
Había asumido que Vincent era una mentira estúpida, pero
prácticamente me había echado de su casa. Luego había
aparecido en la gala con ese universitario. Me contestaba
constantemente. Quizá me guardaba rencor por alejarla del
otro tipo.
Mis nudillos se blanquearon. El calor me pinchó el pecho. Tal
vez quería estar con el otro Vincent, o con ese capullo que me
había puesto los pelos de punta.
¿Cómo se llamaba?
James.
Lo había dejado demasiado fácil. Mi labio se curvó mientras
los imaginaba acurrucándose en alguna cafetería. Metí las
llaves en el contacto, deteniéndome cuando una sombra
ondulaba el suelo.
Jodido Pete.
Bajé la ventanilla y saqué la cabeza, pero la réplica furiosa se
me quedó atascada en la garganta.
Porque estaba mirando al cañón de una pistola.
DIEZ
VINN

Nico salió de prisión.


Dos años antes de lo previsto.
Nada podría haberme preparado para ser asaltado por mis
guardaespaldas, forzado a punta de pistola a entrar en un coche
y llevado a la mansión de mi jefe. Había aparecido en Boston
como un conejo sacado de la chistera de un mago. Nadie me
dijo que lo habían soltado. Ni los abogados que mantenía en
nómina ni mis informantes dentro de su cárcel. Me había
pillado por sorpresa.
Estaba con Michael en el salón de Nico, que hacía las veces de
museo para mi primo Anthony. Sus trofeos deportivos
llenaban la vitrina. Las fotos de ese imbécil me sonreían desde
todas direcciones.
Mi padre me dio su estúpido nombre, Vincent, poco antes de
abandonar a mi madre tras mi nacimiento. No tenía más
familia que la de Michael, y eran un completo desastre.
Anthony lo tenía todo: dinero, buenos colegios, deportes,
padres que le querían. Siempre me sentí como un pordiosero
cuando visitaba esta casa. Mi ropa estaba demasiado sucia
para sus muebles. Me enseñé a mí mismo a no comerlo todo a
la vista porque mi madre no era capaz ni de prepararme un
sándwich.
Había envidiado a Anthony.
Había resentido su privilegio. Me había consumido en celos
ante la montaña de regalos bajo el árbol cada Navidad. A
medida que crecía, mi desprecio hacia él se transformó en
asco. Había desperdiciado su potencial. Había tirado toda esa
educación para convertirse en un inútil. Había sido un yonqui
y una carga.
Pero mientras observaba a mi corpulento tío pasearse por el
salón, con pistola en mano, me pregunté quién era el
verdadero desastre.
—¿Cómo te ha tratado la prisión, zio? ¿Te alimentaron bien?
—fingí no darme cuenta de los treinta kilos que había ganado,
sonriendo—. Deberías haberme avisado que habías vuelto.
Podría haber pasado por Lucchese’s.
—Alessio ya lo hizo —señaló un montón de carne sobre papel
de carnicería—. Me lo trajo en cuanto se enteró. Buen chico.
Ese maldito cabrón.
Rechine los dientes.
—¿Él lo sabía?
—No. Lo llamé hace un par de horas —Nico agarró la botella
de vino, con manos temblorosas—. Quería conocer toda la
historia. Me dijo muchas cosas que me preocuparon.
Genial. —¿Así que ahora él es el subjefe?
—Se lo ofrecí, pero ya no quiere el puesto…
—¡Lo dejó claro cuando se largó de la ciudad!
—Has arruinado lo que construí —su voz saltó del bajo
barítono a un rugido atronador—. Has destruido nuestro
liderazgo, comprometido nuestra posición en Boston, ¡y has
perdido a mi hijo!
Joder. —¡Yo no perdí a tu hijo imbécil!
Nico agarró la empuñadura de su Glock y me apuntó. —
¿Cómo has llamado a Anthony?
¿Estaba borracho?
No sería la primera vez que Nico bebía demasiado y disparaba
a alguien. Pero no estaba de humor para tumbarme y morir.
—Nico, baja eso. Has bebido demasiado.
—No estoy borracho —la agitó en el aire como un niño
pequeño—. Tenéis mucho que explicar. Los dos.
Puse los ojos en blanco, encontrándome con la mirada oblicua
de Michael.
Estaba a mi lado, con los puños apretados. Parecía a punto de
explotar, y la visión de sus labios apretados me golpeó como
un puñetazo en el estómago.
—Maldito loco. Cabrón —las palabras de Michael ardían
como una ola de fuego mientras le gritaba a Nico—. ¡Me
llevaste delante de mis hijos! Mientras los recogía en la
guardería.
Una conmoción recorrió mis extremidades. Ni siquiera yo
estaba tan loco.
Miré fijamente a Nico. —¿En serio?
Nico pareció despreocupado. —Necesitaba hablar con
vosotros dos.
—¿Dónde está Alessio, entonces?
—Ya he tratado con él —espetó, con una mueca de desprecio
que me recordó a su imbécil hijo—. Vosotros sois los
siguientes.
Abrí la boca para soltar un insulto, pero cambié de opinión.
Me mordí el interior de la mejilla. Luché contra la rabia que
recorría mis músculos.
Michael me agarró del brazo con fuerza. Su mirada suplicante
se clavó en mi pecho. No se merecía que le volaran los sesos
en el anticuado salón de Nico. Había gente que dependía de él.
A diferencia de mí, tenía una familia que lo echaría de menos.
Que así sea.
—Deja que Michael se vaya —murmuré, con el estómago
endurecido—. Has dejado claro que puedes encontrarlo donde
sea. Si necesitas meterme una bala en la cabeza, vale, pero
déjalo en paz. Anthony era mi responsabilidad.
Nico no cedió. —Él se queda.
Tenía que salvarlo.
Me humedecí los labios resecos. —Michael no debería estar
aquí.
—Se. Queda.
Déjalo ir, maldita sea. —Esto es una locura, Nico.
—¿Sabes qué es una locura? Estar sentado en una celda
mientras tus sobrinos destruyen todo lo que has construido.
Eres un maldito parásito, Vinn, y tú —se enfrentó a Michael,
que se puso rígido—. ¿En qué demonios estabas pensando?
¡Mataste al cabrón que sabía dónde estaba Anthony!
—Yo di la orden —solté de golpe—. Michael solo seguía
órdenes. Es culpa mía, no de Michael.
Una mentira total, pero qué más da.
Michael enterró la cabeza en su mano. La otra arañaba su
pierna. Probablemente le mataba no decir nada. Más le valía al
idiota quedarse callado y dejarme cargar con la culpa.
—¿Cómo pudiste hacer algo tan estúpido? —gritó Nico, el
sonido atronando en mi oído—. Deberías haberlo mantenido
vivo para interrogarlo.
—No tenía sentido. Crash estaba completamente loco. No
quería negociar. Quería torturar, así que tomé una decisión.
—Sí, una temeraria —respondió con voz baja—. Alessio
nunca habría hecho esta mierda. Lo habría consultado
conmigo.
—¿Cómo iba a hacer eso contigo en la cárcel?
Nico apuntó la pistola a mi cara.
Esperé su juicio.
Imágenes desfilaban por mi cabeza: olas rompiendo en la
orilla, gaviotas acicalándose, cielos sombríos y noches frías,
jarras altas de cerveza y montones de bacalao frito. Un destello
de calidez invadió mi pecho.
El escozor del metal en mi mejilla lo hizo desaparecer.
—Tienes suerte de que esté de humor indulgente —se burló
Nico—. Te daré una última oportunidad.
Michael soltó un suspiro, pero mis entrañas se revolvieron.
—Mantente a raya, porque si aprieto este gatillo, irás directo al
infierno. —Inclinó la cabeza, mostrando los dientes—.
Maldita serpiente.
Nico retrocedió, guardando el arma en su bata. —Estamos
reparando la alianza que tú rompiste. El presidente de la
Legión sabe dónde está mi hijo, y lo único que quiere es a la
chica.
El presidente no tenía a Anthony. Lo estaba poniendo como
cebo frente a Nico, esperando que mordiera el anzuelo.
—La chica es la hermana de Michael, y es una estafa. —Moví
la rodilla inquieto, mirándolo con desprecio—. Te están
manipulando.
—No, no lo están —murmuró—. Está en Leda, pero no puedo
llegar a él sin sus contactos.
—Qué conveniente.
Leda era una isla en el Caribe propiedad de varios
multimillonarios. Delincuentes de cuello blanco, traficantes de
armas, narcotraficantes y todo tipo de ricos corruptos volaban
allí solo por invitación para hacer contactos y cerrar negocios
de miles de millones. También era un importante centro de
trata de personas.
No me había molestado en investigar porque un jefe mafioso
de Boston no tenía ningún poder en Leda, y había supuesto
que Anthony había sido vendido a algún sindicato rival local y
asesinado.
—Me enviaron un vídeo como prueba de vida. Está allí. Voy a
recuperarlo —dijo Nico, su rostro regordete derritiéndose en
una sonrisa—. Todo lo que tengo que hacer es entregarle a la
chica. Liana.
Una oleada de náuseas subió por mi garganta.
Michael exhaló un suspiro entrecortado. —Insisto, no vamos a
entregar a Liana porque depende de mí, su hermano, no de ti.
—No está a discusión.
—Puede que seas el jefe, pero hay reglas. —La voz de
Michael se tensó como una cuerda de piano, su gruñido
oscureciéndose—. Rómpelas, y más te vale estar preparado
para las consecuencias.
Nico cerró los ojos como para aislarse de todo. —Lo
entenderías si fuera tu hijo.
Michael se levantó de golpe, volcando su silla. —¿Se supone
que debo quedarme de brazos cruzados y ver cómo uno de
esos animales se casa con mi hermana? Ni de coña.
—Michele —le advirtió Nico—. Recuerda con quién estás
hablando.
No podía creer que Nico pudiera caer tan bajo.
Este era el hombre que machacaba sobre la importancia de la
familia en cada reunión. La sangre es más espesa que el agua
era su estribillo constante. Sin importar que hubiera elegido a
un forastero como sucesor. Y ahora, estaba dispuesto a
sacrificar a su sobrina por su impotente hijo.
La hipocresía me apuñaló el cerebro, provocando una
respuesta incandescente en mi cuerpo. Un dolor punzante me
atravesó la cabeza desde los dientes apretados. Quería
destrozarlo.
—La violarán, Nico.
Nico sacudió la cabeza. —El presidente me dio su palabra de
que no maltratará a la chica.
—¿Sabes lo que esto le hará a mi madre? —explotó Michael,
con las fosas nasales dilatadas—. La estás obligando a ser una
rehén.
—Vamos a cerrar este trato —respondió Nico con firmeza—.
Te perdono por haber metido la pata con Crash, pero necesitas
encontrarte conmigo a medio camino.
No.
Mis manos temblaban mientras luchaba por evitar que
rodearan el cuello de Nico. Michael encontró mi mirada. Un
brillo de sed de sangre vidriaba sus ojos enrojecidos. Atacaría
a Nico. Si no desactivaba la situación, le daría una paliza a
Nico, y todo terminaría con él muerto. No podíamos matar a
un jefe y escapar ilesos. Los mercenarios de fuera se
asegurarían de ello.
—Está decidido —dijo Nico, interpretando nuestro silencio
como aceptación muda—. Killian la está recogiendo ahora
mismo.
Mi estómago se tensó al imaginar al presidente cargando a
Liana sobre su hombro.
Tenía que hacer algo.
—Nico, estoy saliendo con Liana. —Me humedecí los labios,
buscando palabras—. De hecho… acabo de pedirle que se case
conmigo, y ha dicho que sí. Estamos prometidos.
Nico dejó la botella, manchando el mantel con un anillo de
color borgoña. —Mentira.
Necesitaba ser convincente.
Si no lo lograba, no tenía idea de lo que haría. —Te juro por
Dios que me voy a casar con ella.
Me agarró del pelo, clavándome el cañón en la sien. —Te
meteré la pistola por el culo por mentirme, chico.
—Nico, vamos. Nos conocemos desde niños. —Tendría que
confirmar la noticia al menos, y eso me daría tiempo para
hablar con Liana—. Nunca te lo dije, pero llevo meses
viéndome con ella.
Michael me miró fijamente antes de tener el sentido común de
disimular su expresión. —Está diciendo la verdad.
Me encontré con la mirada despiadada de Nico. No sería
suficiente. Estaba desesperado. Haría cualquier cosa para
salvar a su hijo, incluso ordenarme romper mi puto
compromiso.
—Hay otras mujeres, Vincenzo.
Su amarga voz me hundió el estómago.
Solté lo primero que me vino a la mente—: Nico, está
embarazada.
ONCE
LIANA

Pasaron tres días, pero el recuerdo de la boca de Vinn seguía


rozando la mía en la ducha, presionándose contra mí en el
trabajo y llenando mi cabeza de dudas. La intimidad de
aquellos besos me quemaba. Al igual que el dolor cuando me
separé. Cada vez que revivía su lengua jugueteando y esa
sacudida inicial de sorpresa, las chispas inundaban mis
mejillas y se extendían por todas partes.
Me había besado como si hubiera esperado toda su vida para
probarme, y eso clavó una astilla de esperanza en mi
pesimismo. Tal vez sentía algo por mí. Las opiniones de las
personas cambiaban, ¿no? Michael había chocado con
Carmela antes de enamorarse de ella.
Necesitaba dejar de pensar en Vinn.
Tenía que reorientarme y encontrar la sensatez que me había
llevado a apartarlo de mi vida, pero no podía pensar en salir
con alguien sin preguntarme si volvería a sentir la intensidad
onírica de ese beso.
Fiché al volver de mi descanso para comer, regresando a la
cafetería de paredes de cristal. Daba a los edificios de piedra
caliza de la Universidad de Bourton, cuya grandiosidad era un
duro recordatorio de que nunca podría permitirme la matrícula.
Por suerte, Michael pagaba la cuenta, pero yo usaba lo menos
posible de su dinero.
Trabajar como barista estaba bien. Ocasionalmente, trataba
con estudiantes de posgrado angustiados que lloraban sobre
sus tesis mientras limpiaba mesas, calentaba leche y ahogaba
chupitos de espresso en jarabes con sabores. El trabajo de
verano me distraía de la muerte de mi hermano, del
tabaquismo encadenado de mi madre y del peligro en las
calles. Sin él, pasaba demasiado tiempo encerrada en mi
apartamento.
Mantenerme ocupada era el antídoto para una mente
preocupada. Solo quería preocuparme por si debía elegir
Química o Física para cumplir con el requisito de ciencias
naturales.
Alguien golpeó en el mostrador.
Sonreí al cliente, un hombre delgado en sus treinta que se
movía de una manera que indicaba que había triunfado. Mi
mirada se deslizó sobre su nuez de Adán hacia una mandíbula
ancha y labios carnosos, que se curvaron en una sonrisa
arrogante cuando encontré sus centelleantes ojos azules.
Estudié sus brazos musculosos tatuados y su chaqueta de
cuero. Mi corazón retumbó cuando leí el pequeño parche
blanco: presidente y Legion MC. Un nudo palpitó en mi
garganta.
No era coincidencia.
—Señor Presidente.
—No sé si lo de señor. Parece demasiado formal —se inclinó
y me tendió la mano—. Killian.
—Liana —la estreché, con los ojos secos de no parpadear—.
Encantada de conocerte.
Su poderoso apretón engulló mi mano. Todo en Killian era
excesivo, desde la llama sensual en su sonrisa hasta su toque
amistoso. Le dirigí una mirada significativa, y me soltó.
Me contuve de limpiarme las manos en la toalla más cercana.
—Estás mona con el delantal —murmuró—. Pero habría
pensado que Michael trataba mejor a su hermana.
Mi pecho se tensó. —Elegí este trabajo.
—¿Así que quieres ganar el salario mínimo? —Los labios de
Killian se crisparon mientras su voz adquiría un tono aceitoso
—. Vaya, tu hermano debería pedir un reembolso de esa cara
matrícula de la Ivy League. ¿Qué te están enseñando?
El hielo tocó mi columna. —¿Cómo sabes eso?
—Estoy familiarizado con todo el mundo, Liana.
Especialmente contigo. Te he estado observando durante un
tiempo. Corres en la cinta todas las mañanas a las ocho en tu
piso de Allston-Brighton. Tu pizzería favorita está a la vuelta
de la esquina. Te gusta salir con tu amiga Queenie. Estás
soltera y, según los rumores, intacta.
Mi radar de tíos raros se disparó. Su mirada hambrienta se
posó en lugares íntimos. Me estremecí como si me hubieran
desnudado.
—Iba a matarte —confesó, dejándome atónita—. Se suponía
que serías la retribución por los seis tipos que tu hermano mató
hace un año. Te tenía en mi punto de mira. Casi aprieto el
gatillo.
Me puse en alerta.
Todo lo que registró mi cerebro fue la alegre música francesa
que sonaba en los altavoces, que se disolvió en una versión de
saxofón de “La Vie En Rose”.
—¿Qué te detuvo? —dije.
—Esa es una excelente pregunta. Todavía estoy
averiguándolo.
Me había asustado con toda esa información, el acoso y el
vigilarme a través de las ventanas. Necesitaba comprar
cortinas… a la mierda las cortinas… me mudaría a un
rascacielos como el de Vinn.
Tenía que ser una broma.
—¿Ya te has desahogado?
Frunció el ceño y echó la cabeza hacia atrás.
—Asustándome —añadí para aclararlo—. Pide un café o
llamo a la policía.
No es que fueran a hacer algo.
Miró el menú y bajó la voz. —Tomaré un humeante café
italiano de doce onzas. No necesito azúcar, pero puedes besar
la taza para mí.
—Colega, pídele su número y lárgate —gritó un cliente
corpulento—. ¡Vamos!
Los ojos de Killian destellaron con una arrogancia letal
mientras miraba la creciente fila detrás de él. Sus labios se
estiraron en una sonrisa lobuna mientras hacía un corte de
mangas al hombre, que se encogió, dio media vuelta y corrió
hacia la salida.
Cuando Killian se giró de nuevo, su chaqueta se movió sobre
su cintura, revelando una pistola.
Mierda.
Un nudo se hinchó en mi garganta. Mis pensamientos se
tambalearon en mil direcciones diferentes. —Mira. No quiero
problemas.
—Bueno, eso nos hace dos. Reúnete conmigo allí y tráeme
algo dulce —se alejó, guiñando un ojo—. Además de ti
misma, quiero decir.
¿Qué coño?
Se dirigió a las mesas donde se sentó, su cuero y vaqueros
desentonando entre los estudiantes que tecleaban en sus
portátiles. Nadie le prestaba atención mientras holgazaneaba
allí, moviendo la rodilla al ritmo de la música alegre.
¿Qué debería hacer?
La advertencia de Vinn me llenó el estómago de temor, porque
este tipo estaba loco y no se iría sin mí. Más allá de las paredes
de cristal, el cromo relucía en la acera. Mi guardaespaldas
había desaparecido —probablemente retenido a punta de
pistola— mierda. Alargué la mano hacia el botón de pánico,
vacilando. Llamar a la policía crearía más problemas de los
que resolvería.
Quizás podía suavizar esta situación.
No habíamos hecho más que bromear, y él tenía una presencia
tranquila. El presidente me observaba con una pequeña
sonrisa. Su mirada nunca me abandonó mientras me
desplazaba hacia la máquina de espresso.
Preparé una bebida con nata montada y rodeé el mostrador. Su
expresión se iluminó cuando me acerqué. Sacó la silla a su
lado y dio una palmadita en el asiento. Me hundí en la silla,
empujando la taza hacia él para llevar esta situación a un
terreno sensato.
—Es un moca helado.
—Tiene buena pinta. ¿Te importaría? —Lo empujó—. No
pareces sedienta de sangre, pero no puedo ser demasiado
confiado. Nico Costa podría obligar a una chica guapa a
envenenarme.
Lo que sea.
Puse los ojos en blanco, lo cogí y bebí. Luego succioné el
contenido desde el fondo de la pajita.
—¿Satisfecho?
—Mucho. No eres lo que esperaba —Lo recuperó, frotando el
lugar donde mis labios habían tocado—. Pensé que serías más
exigente, pero aquí estás, esclavizada en una cafetería.
Limpiando mesas. Recogiendo sillas. ¿Es esto lo que
realmente quieres?
Había pasado demasiado tiempo pensando en mí, y su
franqueza inoportuna me hizo rechinar los dientes. No
necesitaba un acosador, especialmente un motero que
supuestamente debía matarme antes de decidir arrasar mi vida
y decirme qué hacer.
—Killian, pareces… decente —opté por decir, omitiendo loco,
espeluznante y extraño—. Pero la verdad es que solo soy una
estudiante universitaria. El mundo de mi hermano no tiene
nada que ver conmigo. No tengo ningún interés en jugar a la
política mafiosa. Me gustaría asistir a mis clases y mis
prácticas en paz, así que te agradecería que me dejaras en paz.
Su sonrisa creció, y mis entrañas se retorcieron. —Te guste o
no, estás involucrada.
Mis fosas nasales se dilataron. —Pero…
—Eres justo lo que necesito. Demasiado buena para ser
desperdiciada como una cualquiera.
Vaya.
La pesadez en mi estómago se hundió aún más. ¿Qué le haría
marcharse?
Me levanté. —Tengo que volver al trabajo.
Me agarró del brazo, inmovilizándome en la silla. —Cariño,
ya no trabajas aquí.
—¿Según quién?
—Tu futuro marido.
Un latido violento comenzó en mi garganta. —¿Y quién
demonios es ese?
Levantó una ceja. —Yo.
Este tipo estaba como una cabra, y yo no iba a aguantarlo.
—No tengo tiempo para esto. Obviamente estás borracho o
colocado, y pensaste que venir aquí a acosar a la hermana de
Michael sería hilarante.
—Tu tío te entregó —gruñó, clavando los dedos en mi carne
—. Eres parte de un intercambio.
Intenté mantener frío mi corazón, pero la idea de que me
hubieran usado para una transacción me sumergió en lava. —
¡Mi tío no haría eso!
La voz de Killian se suavizó hasta convertirse en una caricia
aterciopelada. —No te haré daño. Solo quiero que seas mi
esposa.
El miedo se anudó dentro de mí.
¿Qué me inquietaba más: sus palabras o el sincero susurro con
que las pronunció? Me aparté de él, sacudida por su
intensidad.
—Estás loco.
No debería haber dicho eso.
Killian me desestimó con un gesto. —Un matrimonio
concertado no es una locura. Es lo normal para gente como
nosotros.
—No voy a casarme contigo.
—Llegarás a conocerme y te darás cuenta de que no soy
horrible —Tomó mi mano, pero me arranqué de su agarre.
—No. Me enteré de lo que le hicisteis a Carmela.
—Eso no fui yo —respondió con frialdad—. Y yo no nos
juzgaría a todos por un mal elemento. Vámonos.
—No.
Sus labios se tensaron, y frunció el ceño como si me
comportara de una manera que le decepcionaba. —No quiero
tener que atarte a mi moto.
—Mi hermano nunca, jamás aprobaría que estuviera contigo.
—No estás escuchando. No depende de él.
Me agarró, arrastrándome ante los estudiantes que nos miraban
boquiabiertos por encima de las pantallas de sus portátiles.
Salimos bruscamente, y me condujo hacia una fila de motos
cromadas.
Un terror negro me invadió.
—No —Tiré del codo hacia atrás—. N-no quiero esto.
—Qué pena —Me envolvió en su abrazo de acero,
restringiendo mis movimientos—. Es un trato cerrado…
Mi pecho se tensó contra un grito embotellado, ahogado por
mis labios apretados. Un puño me retorció las entrañas
mientras me empujaba hacia su motocicleta.
—Killian. Para.
Mi alegría se disparó al escuchar aquella voz sepulcral.
Retumbaba desde un Mustang que se detenía en la acera. Vinn
salió, posicionándose detrás del vehículo. Apoyó el brazo
sobre la puerta, con el pelo revuelto y la ropa arrugada. Parecía
desequilibrado, no era el mismo.
—Da otro paso hacia esas motos, y haré volar cada
concesionario Harley de esta ciudad.
Killian se rio, y también lo hicieron los moteros alineados en
la calle. —¿Qué quieres, Costa?
—Cortarte las manos por tocar a Liana —La mirada sesgada
de Vinn cambió, advirtiéndome que no interrumpiera—. Ha
habido un gran malentendido. Ella es mi prometida.
Una horrible emoción me recorrió.
—¿En serio? —La diversión de Killian creció mientras me
miraba—. ¿Dónde está tu anillo?
Me humedecí los labios. —N-no tengo uno todavía.
—¿Cómo propone alguien matrimonio sin un anillo? —
bromeó Killian.
—No todas las mujeres necesitan un diamante, pero supongo
que no lo sabrías —Vinn se apoyó contra el coche, con los
brazos cruzados—. Vosotros compráis a vuestras esposas.
Killian le sonrió radiante. —Tienes que enseñarme cómo
conseguiste atrapar a esta chica.
—Persistencia —dijo con voz sedosa—. Somos novios desde
la infancia, y no he tenido oportunidad de ir de compras con
las citas médicas. Está embarazada. —Sus palabras casi me
provocaron un infarto—. Nico acaba de salir. No tenía ni idea.
Nadie la tenía.
¿Qué demonios está haciendo?
Mintiendo descaradamente. Esperaba que le siguiera la
corriente, y lo haría, pero ¿y después qué? No estaba
embarazada y no lo estaría en años.
—S-sí —balbuceé, recuperándome—. Estoy de pocas
semanas.
Killian resopló. —No me lo trago.
Vinn dio un paso adelante, con los ojos brillando como roca
volcánica. —Tengo dos coches patrulla preparados para asaltar
tu operación de contrabando de cocaína. Déjala ir, y los haré
retroceder.
La boca de Killian se torció. Ninguno de ellos iría a la cárcel,
pero perder toda esa mercancía les dolería. Su bolsillo sonó un
segundo después, y se rio al mirar la pantalla. —Oh, es
jodidamente bueno.
—Contesta —hizo un gesto Vinn—. Esperaré.
Killian pulsó el botón bruscamente y se llevó el teléfono a la
oreja. —¿Qué pasa? —Suspiró cuando una voz de mujer
estalló desde el altavoz—. ¿En serio?
Después de unos momentos, terminó la conversación. Un
silencio pesado cayó entre ellos antes de que Killian lo
rompiera. —Has ganado… por esta vez. Cabronazo.
Me liberé de Killian, caminando rígidamente. El paseo se
convirtió en carrera mientras daba vueltas alrededor del coche
y me lanzaba a los brazos de Vinn. Exploté con un suspiro de
alivio y eché mis brazos sobre sus enormes hombros,
apretándolo.
Vinn me calmó sin palabras mientras me acercaba a él,
bañándome en su aroma. Me tomó la cara entre sus manos, y
mi corazón dio un vuelco enloquecido. La sangre se agolpó
donde me tocaba. Olía a mar, fresco y ligero, como la loción
solar y los innumerables veranos en los que jugaba con mi
hermano y su mejor amigo. Las imágenes me inundaron como
una ola lamiendo mis pies.
Los labios de Vinn rozaron mi oreja antes de deslizarse hasta
mi mejilla, donde me besó. Tontamente, dejé que el calor de
ese beso me reconfortara.
—Haz exactamente lo que te diga. Ahora eres mía.
DOCE
VINN

Nico me había puesto una pistola en la maldita cabeza.


Después de todo lo que había hecho por la Familia.
Las innumerables charlas motivacionales con su hijo, enviarlo
a rehabilitación, visitar a Nico en la cárcel… todo había
sumado un gran y rotundo cero. Había matado a hombres que
apenas conocía. Había defendido ferozmente nuestros
intereses porque, sin mi tío, seguiría siendo un delincuente sin
trabajo.
No tenía nada más que esto.
Habría muerto con gusto en una colina de los Costa.
¿Para qué?
Había estado dispuesto a volarme los sesos hace unas horas.
Nada le importaba excepto ese imbécil de Anthony. Solo me
perdonó la vida porque el “embarazo” de Liana la convertía en
una moneda de cambio sin valor. Yo habría saltado delante de
un tren en marcha para salvarle la vida. Él tenía prisa por
deshacerse de ella.
La traición se asentaba como una piedra en mi garganta.
Vuelve a cagarla y tu hijo se quedará sin padre.
Lo dijo justo antes de que condujera hacia Liana. No sentí el
impacto hasta que Liana estuvo a salvo. Ahora, ardía con un
odio corrosivo.
Irrumpí en la cocina. Los cajones se cerraron de golpe
mientras buscaba algo para ahogar la rabia. Rebusqué en los
armarios y encontré una botella medio llena que alguna tía
había traído. El líquido tintado se vertió como aceite.
Presioné el vaso contra mi boca y bebí. El jarabe floral golpeó
mi lengua, llenando mi estómago de náuseas. Como la muerte
en una botella. Específicamente, como las flores moradas que
habían brotado por todo Iraq. La amargura ahuyentó mi
efímero alivio.
Unos pasos tentativos resonaron en el suelo.
Mierda. No estaba solo. De repente, el resentimiento por todas
aquellas veces que había aparecido en el hospital y en
rehabilitación se derramó en mis entrañas con el siguiente
trago. Liana siempre estaba allí para presenciar mis momentos
de mayor debilidad.
—Vinn, eres más fuerte que esto.
Cerré los ojos. —Vete.
—No.
Por supuesto que no lo haría. —No te lo estoy pidiendo.
A juzgar por su acercamiento, le importaba una mierda. —
¿Qué es lo que realmente quieres, Vinn?
Estar entumecido.
No tenía sentido. No podía encerrarme en hielo. Liana había
irrumpido de nuevo en mi vida y, desde entonces, había sido
un desastre absoluto. Distraído. Enfadado. Impulsivo.
Celoso.
La cara de Killian se materializó en mi cabeza.
Lancé mi bebida.
Un pequeño jadeo resonó detrás de mí mientras el cristal se
hacía añicos sobre los azulejos, los fragmentos deslizándose
hacia la cocina de gas. Mi visión se nubló con la imagen de
Killian encima de Liana. Había sido mucho peor que lo de
James, porque el motero tenía los medios para robármela.
Sobre mi cadáver pudriéndose.
Liana chocó contra mi espalda. Sus manos se deslizaron por
mi sección media y se anclaron sobre mis brazos.
Mi pulso se aceleró por el toque inesperado. No me iba bien
con que me restringieran, aunque fuera una chica del tamaño
de un guisante a la que podría lanzar a cien metros. Tiré de sus
muñecas.
Ella apretó más fuerte.
—Li, no me gusta que me sujeten.
—Es porque no estás acostumbrado. —Liana acarició mi
abdomen, y la incomodidad se instaló en mi estómago—.
Supéralo. Si estás tan incómodo con un abrazo, estamos
jodidos. Nunca convencerás a nadie de que somos una pareja
de verdad.
Tenía razón.
Agarré su antebrazo mientras mi corazón galopaba desbocado.
—No estoy de humor para lo que sea que es esto.
—Necesitas un abrazo, Vinn.
Necesito matar a todos.
La molestia me apuñaló mientras ella inhalaba profundamente,
apretando como un cinturón. Lo último que quería era ser
violento, especialmente con ella, pero un impulso peligroso se
agitaba en mi cuerpo. Me dolía tirarla sobre la cama y follar
parte de esta frustración.
—No puedo ser amable contigo ahora mismo.
—No tienes que serlo.
—Liana. —Apreté los dientes, luchando por mantener mi
rabia bajo control—. Déjame en paz de una vez.
Agarré el vodka, liberándome de su abrazo.
—No. —Se aferró a mí como un percebe—. Vinny, no te
hagas esto a ti mismo.
Ese tono suave evocaba demasiados malos recuerdos.
Se formó un nudo en mi garganta mientras ella se interponía
entre la encimera y yo. Algo en su voz había eliminado todo
deseo de beber, y dejé que cogiera la botella. Inclinó el
alcohol, vaciándolo en el fregadero. Mientras el líquido
púrpura giraba por el desagüe, ella se apoyó en mí.
—Todo estará bien —murmuró—. No tenemos que
precipitarnos.
Estaba completamente equivocada.
Si no estás embarazada en unas semanas, sabrá que mentí.
No podía añadir eso a todo lo demás.
Me tensé mientras me frotaba la espalda, su calidez fue un
shock para mi sistema. Sus mejillas se tiñeron de rosa cuando
se apartó, trasladando su agarre mientras me sacaba de la
cocina.
La luz acuosa del sol se filtraba entre las nubes, llenando mi
salón de tonos descoloridos. Nos sentamos en mi sofá, frente
al horizonte de Boston. Se desató el delantal verde y se lo
quitó del cuello, sacudiendo su pelo que había resbalado por
mis manos como plumón de ganso. Debajo solo llevaba una
camiseta negra de tirantes, y el collar de conchas se hundía en
su escote.
Verlo envolvió mi pecho en hielo.
Le deseaba al hombre que se lo había regalado una muerte
lenta y dolorosa.
—Vamos a resolver esto —dijo suavemente, como si nos
enfrentáramos a un problema complicado en un examen—.
¿Qué podemos hacer para cambiar la opinión de Nico?
—Nada.
—No puedo aceptar eso, Vinn.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que el dolor me llegó
hasta los dientes. —Pues qué pena. Es lo que hay.
—No puede hacernos esto —estalló—. Hay reglas.
—No se aplican a él.
—Por supuesto que lo hacen. Nico es el jefe de la Familia.
—Le importa más su hijo. Nuestro bebé es lo único que se
interpone en el camino para recuperar a Anthony. —Me froté
la frente—. Nico vendrá a por mí.
—No si lo matas primero.
Al parecer, estábamos en la misma página.
Inquietante.
Mi espalda se tensó. —No hables así.
—¿Por qué no?
Sus cejas se movieron cuando encontró mi mirada, su hermoso
rostro brillando con un optimismo ingenuo que chocaba con
sus palabras. Se suponía que era toda dulzura y luz.
—Odiaría que perdieras la parte de ti que más me gusta.
Liana puso los ojos en blanco, pero su sonrojo se extendió
hasta su pecho. —Dice el tipo que amenazó con follarme la
boca.
Quizás tenía razón.
Era un maldito hipócrita, y Liana había cambiado respecto a
aquella chica tímida que me adoraba. Hablaba mucho más. La
mayor parte de lo que decía me irritaba, pero tenía una
columna vertebral de acero como su hermano. Parecía que no
le importaba en absoluto mi aprobación.
Respetaba eso.
Pero era condenadamente inconveniente.
Renunciando a apaciguarla, negué con la cabeza. —Me
encargaré de Nico, pero llevará tiempo. No puedo
simplemente chasquear los dedos y…
Matarlo.
No podía decirlo.
—¿Cómo, entonces?
—No te preocupes por eso. —Respiré profundamente,
hundiéndome en los cojines—. La verdadera pregunta es,
¿cómo aguantaremos hasta entonces?
Liana cruzó las piernas. —Ni idea.
—Tendremos que falsificar ecografías, citas médicas, análisis
de sangre, baby showers, todo. Nico estará respirándome en la
puta nuca, esperando a que cometa un error para dispararme,
para poder entregarte a Killian. Estarás aquí todo el día.
Odiaba esto.
No estaba en mi naturaleza farolear. Cuando me amenazan,
devuelvo el golpe.
Golpeo fuerte.
Sin embargo, no podía asesinar a Nico sin el respaldo de la
Familia, además me arriesgaría a cabrear a cada macarroni
desde aquí hasta Montreal. Nico tenía amigos poderosos que
me darían caza. Podía acabar con él y morir, o podía esperar
mi momento. Y si elegía esperar, necesitaba comprar un anillo.
Reservar un lugar para nuestra fiesta. Instalarla en casa. Tenía
que decirle a Michael que realmente había dejado embarazada
a su hermana.
El rostro esperanzado de Liana me llenó de temor. Las
palabras se me atascaron en la garganta. Ella no iba a estar de
acuerdo con esto.
—Li, él necesita pensar que te he dejado embarazada.
Una risa tensa brotó de sus labios apretados. —Esto es una
locura.
—Lo sé.
—Un embarazo no se puede fingir. Puedes falsificar todas las
pruebas que quieras. Mi vientre plano me delata. —La
incredulidad de Liana destrozó mi calma—. ¿Y qué pasa con
mi madre, mis amigos, los compañeros de trabajo que me han
visto bebiendo, y Dios, qué pasa con Michael?
—Tendrás un aborto espontáneo.
—Entonces estaremos donde empezamos, y no voy a
inventarme un maldito aborto espontáneo. —Gimió,
frotándose los ojos—. Me iré de la ciudad.
—Entonces descubrirá que mentí y me matará. Y te forzará a
los brazos de Killian, excepto que probablemente te pasarán de
uno a otro porque desafiaste a tu futuro marido.
—¿Y si nosotros…?
—Estamos comprometidos, Li. Haremos que parezca real. No
le diremos a nadie que esto es falso. Ni a Michael. Ni a tu
madre. A nadie.
—¿Por qué no?
—Cuantas más personas conozcamos el secreto, más
filtraciones potenciales.
—Vinn, esto nunca funcionará. Quizás me has comprado un
mes, tal vez dos, y luego será obvio que no estoy embarazada.
No podía detenerme en eso. —Una crisis a la vez.
—Dile que fue un falso positivo.
—No —mascullé—. La única razón por la que Nico cedió fue
porque cree que estás embarazada. Ningún hombre quiere a
una mujer que lleva el hijo de otro.
Su boca se torció. —Vaya, menuda actitud más penosa.
—Lo siento. Vivo en el mundo real.
—Fingir un embarazo es demasiado. —Se deslizó del sofá,
negando con la cabeza—. Es despreciable. No puedo hacerlo.
Me maravillé ante su capacidad para pasar por alto el
verdadero problema.
—¿Crees que yo quiero esto? Tengo que decirle a mi mejor
amigo que he dejado embarazada a su hermana. —Cristo, solo
imaginarlo me ponía enfermo—. Tú eres la víctima
desafortunada. Yo soy el cabrón que te ha arruinado.
Ella se encogió. —¡No tenemos que hacer nada de esto!
—Desgraciadamente, sí. No va a dejarlo pasar. —Imité una
pistola y me di un toque en la sien—. Tenía una puta pistola en
la cabeza. Tu hermano también. Nos salvé por los pelos.
—Dios mío. ¿Estás bien?
La ternura en su mirada no encajaba con el calor que se
agitaba en mi pecho.
—Estoy bien. Hablemos de lo que le vamos a decir a Michael.
Ella negó con la cabeza, afligida. —No, Vinn.
—Créeme. A mí tampoco me gusta.
—Nunca nos perdonará.
—Sí, pero estará vivo. Mientras respire, puede odiarme todo lo
que quiera. Mike es un desastre ocultando sus sentimientos.
Con solo mirarlo, Nico sabrá que mentí… —dejé de hablar,
con el estómago endureciéndose—. No quieres que muera.
¿Verdad?
Ella parecía consternada. —Claro que no.
—Bien. Hay esperanza para nosotros.
—Vinn, no hay ningún nosotros.
—Será mejor que ajustes tu actitud rápido, porque él viene.
Esperará que actuemos como una pareja. —Me acerqué al
sofá, y ella se sentó junto a mí, jugueteando con el cojín—.
¿Entiendes?
Liana tragó saliva. —De acuerdo.
—Vale.
Me armé de valor para el desastre. Sería desagradable. Me
despreciaría, pero no me mataría de inmediato. Di una
palmada en mi regazo.
—Sube, Li.
Ella se tocó la garganta. —¿Qué?
—No hagas un drama. Debería encontrarnos juntos. —Esperé,
pero Liana se tensó como si le hubiera pedido sexo oral—. Me
metiste la lengua en la boca no hace mucho.
—Esto es diferente —susurró—. Es más íntimo.
—Eso no tiene ningún sentido.
Liana no dijo nada, con los puños cerrados a los costados.
—Súbete encima.
Finalmente, obedeció. Liana actuaba como si mi ropa
estuviera sucia. A mitad de su torpe movimiento sobre mis
piernas, le agarré la cintura y tiré de ella. Su trasero golpeó
mis muslos con un satisfactorio golpe seco. Se acomodó sobre
mí, tensándose cuando la atraje en un abrazo.
Liana se acurrucó más profundamente, sus curvas rozando mi
entrepierna. Pegó su cara a mi cuello, su aliento
humedeciéndome. Cuando rodeó mi cuerpo con sus brazos,
entendí a lo que se refería. Esto era inquietantemente íntimo.
Mis aventuras de una noche resultaban huecas en
comparación, porque incluso con mi miembro dentro de ellas
nunca me había sentido tan cerca de alguien.
El tirante de su sujetador se deslizó. Lo coloqué sobre su
hombro, un error, porque la piel de Liana, más suave que la
seda, me hizo preguntarme sobre el resto de su cuerpo. Tenía
una vista fantástica de su escote, con el borde de su camiseta
bloqueando todo lo que ansiaba explorar. Jugueteé con ese
tirante suelto mientras mi miembro me suplicaba arrancárselo.
Liana pareció percibir el cambio de temperatura. Jugueteó con
mis botones, metiéndolos y sacándolos de sus ojales,
provocando mi pecho. La tentación de besarla me abrumó.
Ignorarla me desgarraba. Se sentía mal, como asfixiar a un
gatito. Quería que creciera, pero Michael llegaría en cualquier
momento.
No pude reunir la energía para pedirle que parara. Ella rozó mi
abdomen, sus dedos como pequeñas varitas de fuego. Los
deslizó por mis pectorales, acariciando mi cabeza, su toque
masajeándome.
Las líneas de mi ceño desaparecieron. Me derretí en ella,
perdido en una marea de alivio.
Sus labios rozaron mi oreja.
Un puño golpeó la puerta, arrancándome del momento.
Liana clavó sus uñas en mí mientras el saludo de Michael
flotaba hacia el interior.
Vete a la mierda, Michael. —¡Pasa!
Murmuró algo. Una llave raspó la cerradura, y la puerta se
abrió y cerró de golpe. Sus zapatos repiquetearon en el suelo,
el eco haciéndose más fuerte. La anticipación inyectó
adrenalina en mis venas.
Adopté una expresión sombría.
Michael entró paseando, hablando por los codos. —Siento
llegar tarde. Tuve que correr a casa para consolar a mi esposa
que estaba muy disgustada. Me llevó una eternidad salir, y
luego me topé con tráfico en la Pike. Ya sabes cómo es.
Michael se quedó boquiabierto al vernos. Sus ojos se
desorbitaron al ver a Liana, que seguía sentada en mi regazo.
—¿Qué estáis haciendo?
Los brazos de Liana se despegaron de mi cuello, pero los
mantuvo sobre mí. El calor hormigueó mi piel mientras sus
fríos ojos azules me recorrieron y luego apuñalaron en
dirección a Michael.
—Nada.
—Eso no es una respuesta. —Michael pivotó hacia mí,
elevando la voz—. Vinn. ¿Qué coño?
Se me secó la boca.
Suéltalo. —Bueno, llevamos saliendo un tiempo.
Él puso los ojos en blanco. —Jesús, relájate. Sé que solo lo
estabais haciendo por Nico.
—No, Michael. Es la verdad.
Se humedeció los labios. —Espera, ¿entonces estáis saliendo
de verdad?
—Sí.
El pecho de Michael se hinchó, pero no explotó. Sus manos se
cerraban y abrían, como si practicara su agarre mortal.
—Han sido unos meses —aclaré, mientras Michael adquiría el
tono de un tomate—. Nunca te lo pregunté porque sabía que
no lo aprobarías.
—Contigo me ocuparé más tarde. —Michael apartó su mirada
de mí, dirigiéndose a Liana como un padre indignado
regañando a una niña—. Bájate de él. Ahora.
—Ya no me dices lo que tengo que hacer.
—¿Ah, no? —gruñó—. Puedes despedirte de tu alquiler…
—Bien. De todos modos, no voy a volver allí. —Liana me
miró, radiante con una sonrisa que aceleró mi pulso—. Me voy
a vivir con Vinn.
—¿Que vas a qué?
—Estamos juntos. —Una alegría que nunca había visto antes
brilló en sus ojos y burbujeó en sus apresuradas palabras—. Y
no hay nada que puedas decir para impedirlo.
Mi corazón martilleaba. La boca de mi estómago se revolvía.
¿Por qué sonaba tan real?
Borré la sorpresa de mi rostro y apreté el hombro de Liana. —
Tu hermano y yo necesitamos hablar.
A juzgar por las uñas clavándose en mi piel, ella se oponía a
dejarme solo.
Le lancé una mirada fulminante. —Solo hazlo, cariño.
Liana dejó escapar un pequeño bufido y se deslizó de mi
regazo. Luego dio una palmadita en el brazo de Michael. —No
le hagas daño.
Michael parecía incapaz de hablar. Era como un robot, su
cabeza girando bruscamente hacia mí. No pronunció ni un
sonido hasta que ella desapareció en mi habitación.
—Hijo de puta. —La oscuridad emanaba de Michael mientras
su puño se abría, dejando caer el llavero al suelo—. A mis
putas espaldas.
El dolor se filtró a través de su voz, temblando en el aire como
la electricidad en una tormenta eléctrica.
Me puse de pie. —Sabía que no lo aprobarías.
—¡Nunca preguntaste!
Crucé los brazos. —Lo intenté. Cada vez que tocamos el tema,
siempre dejas muy clara tu opinión sobre mí.
—Ahora lo entiendo. —Golpeó mi pecho con la palma de su
mano, empujándome hacia atrás—. Leo DiMaggio estaba en
tu camino.
Sí, lo estaba. —Ella era mía, y tú le estabas lanzando hombres.
—Que te jodan. Estás malabarando con seis mujeres en
cualquier momento dado.
—Júzgame si quieres, pero…
—Se supone que eres mi mejor amigo. Joder, ¡eras el único tío
con el que pensaba que podía contar! —La saliva salía
disparada de la boca de Michael mientras se desahogaba—. Te
mataré.
Esto iba bien.
Nunca me había mirado con esa sed de sangre demente.
Retrocedí mientras él avanzaba, decidido a no herirle. Gran
parte de su rabia probablemente era combustible residual de la
traición de Nico, lo que tuve en cuenta en mi respuesta.
—Mike, no he terminado de explicarte.
—Te has estado follando a mi hermana —bramó como un
animal herido—. ¿Cómo te atreves?
El calor me ardió en las mejillas.
No podía negar eso, ¿verdad? —No pretendía faltarte al
respeto.
—Eres un cobarde y un mentiroso, y voy a patearte el culo.
Michael saltó por encima del sofá y se abalanzó sobre mí. Su
gancho de derecha se estrelló contra mi mejilla, y la fuerza
inesperada hizo que mi cabeza se golpeara contra la pared. Me
aparté de él bruscamente, con el dolor irradiando hasta mis
dientes.
Joder. Dolía.
—Sí, he estado saliendo con ella. En secreto —gruñí,
frotándome la mandíbula—. Porque sabía que tu reacción sería
exagerada.
—No actúes como si fueras un caballero —gritó, haciendo
movimientos violentos hacia mí—. Estabas con otra tía la
semana pasada.
Maldita sea. —No éramos exclusivos.
Se lo tomó aún peor.
—Ah, así que solo te aprovechas de mi hermana mientras te
tiras a tus amantes. Pedazo de mierda —chilló, con las venas
del cuello marcadas—. Te arrancaré los huevos.
Lanzó un puñetazo.
Lancé una mesa entre nosotros, clavándole el borde bajo las
costillas. —Michael, le he pedido que se case conmigo. En la
gala.
La mentira se me atascó en la garganta mientras el rostro de
Michael perdía el color.
—¿Es esto una broma enferma?
—Ya es hora de que siente la cabeza. —Ojalá tuviera una
botella de whisky para ahogarme—. De casarme. Tener hijos.
—Oh, Dios. No me digas que también la has dejado
embarazada.
Me palpitaba el estómago. Respiré hondo y me pasé la mano
por el pelo.
—Sí, lo hice.
Michael se quedó rígido. Me miró con la boca abierta,
asqueado. La devastación destrozó sus ojos. Luego su
expresión se endureció. —Le has arruinado la vida.
—Michael, haré lo correcto por ella.
—Más te vale, imbécil.
Eso me hirió. —Le pedí que se casara conmigo. Dijo que sí.
—Como si tuviera elección, contigo como padre. —El tono
frío de Michael de alguna manera me golpeó más fuerte que su
furia enrojecida—. Te juro por Dios, Vinn. Más vale que esto
no sea falso. Si no te casas realmente con ella…
—Lo haré.
—Cállate. —Me agarró la camisa con el puño, gruñendo—.
Nos salvaste la vida. Esa es la única razón por la que no estás
en el suelo, sangrando. Ponle un anillo. Uno de verdad, Vinn.
—Lo haré.
Aflojó su agarre y se limpió el traje, como si yo lo hubiera
contaminado. Retrocedió, irradiando desprecio. —No me
importa quién seas ni qué se interponga en mi camino. Cásate
con ella, o te mataré.
TRECE
LIANA

Tenía que escapar.


Podría haber soportado fingir una relación, pero ¿pretender ser
su futura esposa embarazada?
Mi peor pesadilla. Enfrentarme a las calles devastadas por la
guerra resultaba más atractivo que pasar semanas pegada al
brazo de Vinn, perteneciéndole pero no realmente.
Corrí hacia una habitación de paredes color carbón y muebles
de ébano, cerrando la puerta. Las preguntas se me atascaron en
la garganta mientras observaba las fotografías desaturadas de
paisajes… su dormitorio. Era abrumadoramente masculino.
Mi mirada se posó en el montón de sudaderas y camisetas en
una cesta, el vestidor lleno de colores apagados, y la cama.
Las pocas veces que había visitado el ático con Michael, él me
había pillado deambulando por el piso de Vinn, pero nunca
había tenido el valor de curiosear aquí. Ahora me picaban las
manos por examinar sus cosas. Los gritos distantes de mi
hermano se desvanecieron hasta convertirse en un murmullo
sordo mientras vislumbraba una foto familiar.
No puede ser.
Cerré los ojos con fuerza y los abrí de nuevo.
Estaba en su mesita de noche, envuelta en un marco feo rojo y
blanco. Agarré el regalo de Navidad que le había hecho años
atrás mientras los recuerdos de aquella desastrosa fiesta en The
Black Cat me inundaban. Se me secó la boca mientras
acariciaba la madera barata.
Había supuesto que lo habría tirado.
Lo conservó.
Mis pensamientos se quedaron en blanco ante esa simple
verdad. No solo eso, sino que también exhibía la cosa. La
había puesto donde la vería cada mañana. Perdí la noción del
tiempo mientras permanecía sentada, acunando la foto, y
entonces la puerta crujió.
La corpulenta figura de Vinn se deslizó dentro, su presencia
llenando el dormitorio como una espesa niebla. La marca
enrojecida en su mejilla y su cabello alborotado sugerían que
él y Michael habían intercambiado golpes.
—Dios mío. No os oí pelear. ¿Estás bien?
—Sí —sonrió, y eso suavizó su expresión—. ¿Qué estás
haciendo?
Agarré la foto.
—Solo estaba aquí, y vi esto. Nunca pensé que lo
conservarías.
—Conservo todo lo que me regalas.
Encontré su mirada, y una conmoción como una jabalina me
atravesó.
¿En serio?
No me lo creía, no podía creérmelo. Me quedé mirándolo
boquiabierta, esperando que la cara impasible de Vinn estallara
en carcajadas. Me revolvió las entrañas verlo volver a colocar
con cuidado la foto en la mesita.
—Tu hermano se ha ido.
Di un paso atrás, tragando saliva.
—¿Me quedo?
—Parece que somos compañeros de piso, Li.
Una advertencia me susurró al oído. Esto era temporal.
—¿Cuál es mi habitación?
—Esta.
Una oleada de alarma recorrió mi columna vertebral.
—¿Dónde dormirás tú?
—Contigo. No tengo habitaciones de invitados.
Me alejé, mi ansiedad profundizándose hasta convertirse en un
pánico ardiente.
—¿Por qué no?
Vinn se encogió de hombros.
—Odio tener invitados. ¿Por qué darles la oportunidad de
quedarse a pasar la noche?
—¡No puedo compartir cama contigo!
Vinn puso los ojos en blanco como si yo fuera una reina del
drama. No entendía lo que esta intimidad forzada me haría.
Fingir ser su novia se sentía tan peligroso como casarme con
un desconocido. Él no tenía idea de cuánto había sufrido
durante años. ¿Cómo podía decírselo sin confesarlo todo?
No.
Nunca.
No podía descubrir que había estado enamorada de él toda mi
vida. Él no sentía lo mismo. De todos modos, no importaba.
Había cambiado; ya no era aquel gigante amable que me
perseguía por la playa.
Pero vino por ti.
Mintió por ti.
Una ola de esperanza se agitó dentro de mí, pero la aparté.
Necesitábamos límites estrictos. De lo contrario, no
sobreviviría a un falso compromiso con Vinn. Si entraba en
esto con el corazón abierto, acabaría destrozada.
Eso me retorció el estómago.
—¿Por qué tenemos que vivir bajo el mismo techo? —exigí—.
Podrías instalarme en un apartamento al otro lado del pasillo.
—Podría, pero ¿por qué querría perderte de vista?
Su tono seductor me abrasó las mejillas, pero me aferré a la
negación como a una balsa en el océano.
—¿No confías en mí?
—No. Eres toda una responsabilidad, Li. No te he perdonado.
Podrías hacer una tontería como la que hiciste con James, y no
puedo permitir que mi prometida me avergüence delante de
mis amigos y socios comerciales.
—Eres tú quien necesita vigilancia.
Levantó la barbilla, con ojos pétreos.
—Me contengo muchísimo por ti.
—No tenía la impresión de que hicieras nada por mí.
Un anillo de fuego me agarró el tobillo, y volé a través de las
sábanas. Me agarró la pierna, arrastrándome hasta el borde,
donde estaba sentado.
—¡Para!
—He dejado de tratarte como a una princesa —deslizó la
mano por mi pantorrilla, anclándola bajo mi rodilla—. A partir
de ahora, eres una chica más.
—¿Eso significa que romperás nuestra relación en dos
semanas?
Su sonrisa burlona me provocaba.
—¿Todavía enfadada por las otras mujeres que no están en mi
vida?
—En absoluto —mascullé—. Estoy identificando los hechos.
Ese comportamiento no funcionará con mi familia.
—Creo que me las arreglaré.
—¿Puedes fingir ser decente?
La mirada de Vinn recorrió mi escote.
—Con la motivación adecuada, todo es posible.
¿Qué quiere decir?
Un doloroso ardor creció en mi garganta. Mi cuerpo gritaba sí,
aunque fuera como pulsar un botón de autodestrucción. La
intimidad con Vinn sería el principio de mi fin.
Me soltó la pierna. Se quitó los zapatos, lanzando los Oxford
lejos de él con un gesto descuidado. Luego se arrancó la
camisa, sus dedos desabrochando los botones tan rápido que se
me calentaron las mejillas. Aparté la mirada, pero él se levantó
de golpe y se movió dentro de mi campo visual. Sin camisa.
Magnífico.
La visión de él medio desnudo me dejó clavada en el sitio. Era
una obra de arte viviente, perfectamente proporcionado, sus
músculos esculpidos en líneas implacables. Mi mirada recorrió
sus anchos hombros y el músculo redondeado que se ondulaba
en su bíceps. Contuve la respiración ante la V de su cuerpo
musculoso que se estrechaba hacia una cintura delgada.
Todavía tenía cuerpo de soldado. Me lo imaginé metiendo los
pulgares bajo sus bóxers negros y quitándoselos.
El aire se enrareció mientras se desabrochaba el cinturón.
Dios, sí. Quítatelo.
Hizo una pausa. Su cabeza giró como si hubiera escuchado el
comentario, sus ojos recorriéndome con una mirada impasible.
Luego sus labios se curvaron en una sonrisa devastadora. Mi
corazón palpitó mientras se acercaba, su cintura a la altura de
mis ojos. Curvó un dedo alrededor de mi barbilla. Flotaba en
una nube con la suavidad deslizándose por mi mejilla.
Su otra mano se desvió hacia su entrepierna.
—Pensé en facilitarte las cosas para que pudieras mirar.
¿Estoy soñando?
Fascinada, observé los dedos que jugueteaban con sus
pantalones. Los desabotonó con un brusco chasquido mientras
su otra mano acunaba mi rostro, prendiéndome fuego. Trazó
mi cuello, provocando hormigueos en mi piel. Mi boca ardía
mientras él agarraba la cremallera. La bajó.
Un mareo me invadió.
—Li, ¿quieres que siga?
Mis muslos se tensaron mientras su pulgar rozaba mis labios.
Una ola febril comenzó en mi sexo, reclamando mi cuerpo.
Mis sentidos giraban por el aroma acuático que me rodeaba.
Volvió a subir la cremallera.
—Sí —solté.
Sus dedos se enredaron en mi pelo mientras bajaba la
cremallera una vez más. Un jadeo se me escapó mientras
recorría la cintura de sus pantalones. Tiró de ellos. Se
aferraban a sus gruesas piernas, revelando una cintura atlética
y un bulto para chuparse los dedos que estiraba sus
calzoncillos negros. Su dureza me electrizó.
Mi corazón martilleaba. —No deberíamos.
—¿Por qué no? Eres mi prometida.
Límites.
Los necesitábamos, ya.
La verdad es que podía inventar muchas razones para evitar a
Vinn. Ninguna de ellas importaba ante el calor que enrojecía
mis pezones o el ardiente dolor que crecía entre mis piernas.
El agarre de Vinn se tensó. —Tócame.
Su tono exigente me recorrió como una corriente.
—N-no puedo.
—No tuviste problemas siguiendo órdenes la última vez.
Parece que te resultará difícil este acuerdo —se burló—. No
puedes correrte. No puedes responderme.
—¿Qué te hace pensar que eso va a parar?
Su pulgar tiró de mi labio, inundándome de descargas. —
Sigue así y te daré lo que te mereces.
—Cuidado, Vinn.
—¿O qué? ¿Cumplirás tu promesa de arruinarme?
—Podría hacer mucho daño. —Mis uñas se clavaron en mi
palma mientras me apartaba de su acogedora calidez—. Pero
me conformaré con hacer de tu vida un infierno en silencio.
—Unas pocas horas a solas conmigo te harán ronronear como
un gatito.
—Estás cegado por la arrogancia. —Dominé mi voz
temblorosa—. Te conozco. Podría realmente fastidiarte.
—No tienes lo que hace falta.
Mis pezones hormigueaban contra mi camiseta de tirantes,
traicionando cada pensamiento que condenaba a Vinn. Una
mirada hacia él y mi corazón dio un vuelco. Incluso el sonido
de mi nombre en sus labios me hacía sonreír. Había pasado
tanto tiempo esperando que me deseara. Ahora que lo hacía,
mis pensamientos giraban en mil direcciones diferentes.
Necesitaba resistir.
—No querrás ponerme a prueba, Vinn. —Aclaré mi garganta y
me eché hacia atrás—. Le diré a Michael que el compromiso
es una farsa.
—Entonces te arrastraré al altar de verdad y zanjaré todo este
asunto. —Se deslizó sobre el colchón mientras me perseguía, y
luché contra la ola de excitación—. Hablando de eso, nunca
cumplí mi promesa de follarte la boca. Tenía intención de
hacerlo, pero nunca llegué a ello. Me distraje con un beso.
Mi pulso revoloteó cuando me acorraló contra el cabecero, su
mano rozando mi rodilla. Chispas saltaron por mi muslo, su
presencia tan galvanizante que me provocó un temblor.
—No he dejado de pensar en ello, Li.
Yo tampoco.
A pesar de mi miedo, una terrible alegría me invadió. Mi
estómago se revolvió, mitad anticipación, mitad temor.
—¿Por qué tuviste que cruzar la línea?
—Debería haberlo hecho hace mucho tiempo. —Enganchó un
mechón detrás de mi oreja—. No tenía idea de que tú y yo
podíamos suceder. Nunca lo supe, Liana.
Mi espíritu inquieto se calmó.
Sus manos se hundieron en mi pelo y su boca cubrió la mía.
Una descarga sacudió mis labios mientras se presionaba contra
mí. Inclinó la cabeza, sus suaves caricias quemándome. El
beso cantó por mis venas, instándome a responder. Sus besos
ligeros como plumas abrasaron mi mandíbula antes de regresar
a mi boca, reclamándome con una intensidad salvaje.
Jadeé.
Dejó mi boca para marcar mi cuerpo con besos húmedos.
Escalofríos de éxtasis siguieron mientras tiraba de la camiseta.
Un dolor se formó en mi garganta cuando acarició mi cuello
con la nariz y depositó allí un beso.
Mi corazón se detuvo cuando levantó mi camiseta por encima
de mis pechos. Suavemente, su mano delineó sus curvas, mi
piel ardiendo con la intimidad. Me arqueé contra su palma, y
sus labios se estrellaron contra los míos. Me reclamó con una
maestría exigente, empujando su lengua, succionando,
mordiendo.
Gemí, atrapada en su abrazo. Me deleitaba con la sensación de
él, su vitalidad, el ardor que consumía mi cuerpo. El instinto
de rendirme. Solo era virgen en el sentido más estricto, pero
besar a Vinn me dejaba sin aliento y confundida, como una
chica de dieciocho años. No tenía ni idea de cómo manejar a
un hombre. Lo saboreé con un toque de mi lengua.
Su gemido atormentado me invitó a más, así que acaricié los
fuertes tendones de su cuello y los amplios planos de su
espalda.
Mis emociones giraban mientras su duro cuerpo se deslizaba
sobre el mío, mis pechos hormigueando contra su pecho
áspero por el vello. Me encerró con sus brazos mientras
descendía, devorando mi boca. Mi calma se hizo añicos con el
hambre de sus besos.
Se iluminó con una sonrisa carnal que presionó contra mi
garganta y trazó las curvas de mis pechos. Mi vientre se
contrajo cuando descendió, reclamando mi pezón con una
caricia húmeda.
Un rayo de deseo me atravesó.
Nunca había sentido nada igual.
Mis dedos se hundieron en su espeso cabello mientras lamía,
succionándome en su boca. La excitación me humedeció como
si su boca estuviera entre mis piernas, y entonces sus piernas
se movieron sobre las mías. Sus labios provocaron mis
pezones hasta convertirlos en puntas endurecidas. Sus manos
recorrieron mis pechos, apretando.
Mis pensamientos daban vueltas. Esto era increíble, pero
demasiado rápido.
Para.
La conmoción dejó la palabra atascada en mi garganta.
Su mano se deslizó desde mi pecho hasta mi tenso estómago,
donde jugueteó con el botón de mis vaqueros. Si le dejaba
continuar, no podría frenar.
—Vinn.
Su mirada se posó en mí. Entonces se acercó más, acunando
mi rostro con su enorme palma. —¿Qué pasa?
—Demasiado rápido.
Vinn ardía con la mirada. Luego ajustó los tirantes del top
sobre mis hombros, siendo el rubor rosado en sus mejillas el
único indicio de que estaba afectado.
Me reajusté el collar, abrasada por dentro.
Vinn frunció el ceño, como si eso le hubiera impedido
desahogarse. —No más otros hombres, Liana.
Me estremecí. —¿De qué estás hablando?
—Sabes a qué me refiero. Tienes a alguien que te tiene
atrapada. —Su mirada descendió, taladrando el collar—. El
otro Vincent, quienquiera que sea, se ha ido. Está muerto.
¿No lo recordaba?
Dejé escapar una risa ahogada. —Vinn…
—No estoy bromeando, Li.
Su interrupción cortó la verdad: él me había dado esa maldita
concha marina. Yo la había convertido en un collar. Los celos
de Vinn podrían haber sido hilarantes bajo otra luz, pero la
cruel ironía abrió la herida que estaba cicatrizando.
Realmente no lo recordaba.
Mi resentimiento hacia él se hinchó como una ola gigantesca.
Pensamientos horribles me consumieron mientras me hundía
en un pozo sombrío. Me había aferrado a aquel día en la playa
durante años. Me había dado la concha antes de ser
desplegado. ¿Cómo podía olvidarlo? Un dolor desesperado
afloró como podredumbre antigua.
Miré a Vinn con desesperación, mi visión nublada por las
lágrimas. Anhelaba decirle la verdad, pero el egoísmo me hizo
retroceder. Oírle admitir que no recordaba el momento que me
definió me desgarraría por completo.
No estaba preparada.
No podía dejarlo ir.
Su expresión se tornó sombría mientras sus ojos recorrían mi
rostro y mis manos crispadas. —Más le vale no estar en tu
vida, Liana.
Como siempre, había sacado la conclusión equivocada.
Una lágrima ardiente rodó por mi mejilla.
—No lo está —murmuré con esfuerzo—. Y nunca lo estará.
—Recuerda a quién perteneces —dijo, con un tono
escalofriante—. No tendré piedad con nadie que toque lo que
es mío.
Me estremecí ante su crueldad.
Luego se marchó, dando un portazo.
CATORCE
LIANA

Me mudé al piso de Vinn.


Era una pesadilla distópica y extraña, sacada directamente de
mis años adolescentes más angustiosos. Pasé días en total
aislamiento, vagando por los pasillos vacíos entre la
planificación de nuestra fiesta de compromiso. Después de
dejar mi trabajo y prácticas, no había mucho más que hacer
que explorar la monocromática casa de Vinn.
El chef de Vinn venía una vez al día para preparar la cena,
pero comíamos en habitaciones separadas. Los únicos indicios
de su presencia eran los ecos de su equipo de gimnasio.
Cuando no estaba engullendo batidos de proteínas o
preparando revueltos de claras de huevo, levantaba pesas.
Entrenaba siempre que podía, probablemente porque era la
única habitación que no me interesaba explorar. Había
abandonado sus otras aficiones. Nunca abría los libros de
fotografía dispersos sobre su mesa de café, ni tocaba las
cámaras antiguas guardadas en su armario. Los videojuegos se
apilaban en su estantería, pero no los usaba.
Me estaba evitando.
Todas las pistas apuntaban a celos. Cada vez que su mirada se
posaba en mi collar, se oscurecía como si le hubiera hecho un
daño personal. Si hubiera admitido sus sentimientos, le habría
dicho la verdad, pero él tenía que dar el primer paso.
Tenía que recordar.
Me acurruqué bajo su grueso edredón y pasé el dedo por mi
móvil, investigando sobre el LSAT. Un año más en Bourton, y
terminaría mi licenciatura en Filología Inglesa. Todavía tenía
que elegir mis clases y jugueteaba con la idea de tomarme un
permiso de ausencia para pensar en la facultad de Derecho.
Vinn mantenía el termostato a temperatura de nevera, así que
pasaba mucho tiempo escondida bajo mantas. No ayudaba que
su cama fuera ridículamente cómoda.
La puerta se abrió de par en par.
Una calidez se deslizó en mi vientre mientras pesadas pisadas
se acercaban. Emitió un sonido de pura frustración y arrancó
las sábanas.
Sombras como moretones se extendían bajo sus ojos
entrecerrados. Al parecer, le molestaba que acaparara su
habitación, pero no era mi culpa que fuera demasiado terco
para comprar un futón.
Miró fijamente mi teléfono. —¿Estás viendo porno?
Me incorporé. —No.
—Ese fue un no muy defensivo —lo arrancó de mi mano y
deslizó el dedo por mis pantallas.
—¡Eh! —me levanté de un salto, abalanzándome hacia él—.
¡Devuélvemelo!
Vinn lo levantó fuera de mi alcance, fulminándome con la
mirada mientras revisaba mis mensajes con el pulgar. —
¿Quién demonios es Adrian?
—¡No es asunto tuyo!
Vinn esquivó mis violentos ataques y continuó desplazándose
por los textos. —¿Por qué tienes tantos hombres en tu lista de
contactos?
Eso sí que tenía gracia.
Él tenía una enciclopedia de mujeres a su disposición, pero si
yo escribía a cinco hombres, incluyendo a mi hermano, eso era
un problema.
Abrí la boca para lanzarle un insulto y conté hasta diez. No
podía perder los estribos delante de Vinn. —Estamos en el
maldito dos mil veinte. Tengo derecho a tener amigos
hombres.
Él siguió mirando furioso la pantalla, ignorándome.
Me puse de puntillas para leer la cadena de mensajes.

JAMES

Liana, ¿quieres quedar?

No, gracias. Acabo de meterme en la cama.

JAMES

Podría ir… destrozar tu estrecho coño. ¿Te gusta


el contacto visual mientras te como?

Error #4352 El mensaje no pudo enviarse porque


este usuario piensa que eres un gilipollas
asqueroso.

La rabia endureció el rostro granítico de Vinn. Me sorprendió


lo desaliñado que se veía con la barba pegada a su mandíbula,
las evidencias de noches sin dormir y los rizos oscuros que
suplicaban un peine. Pintaban una imagen extraña.
Lo había visto enfadado, pero nunca alterado.
Antes de que pudiera preguntarle qué pasaba, apretó el botón
para bloquear el número de James. La alarma recorrió mi
columna vertebral.
Solté una risa ahogada. —Vinn, no puedes hacer eso.
—Acabo de hacerlo.
Apreté los dientes. James podría ser atropellado por un tren.
No me importaba. Lo que importaba era el principio de que
Vinn bloqueara a gente sin permiso.
—Estás sobrepasando los límites —dije con una firmeza
desesperada—. Y de todos modos no servirá de nada porque
puedo desbloquearlo.
Vinn se volvió hacia mí, con las fosas nasales dilatadas. —No
vas a volver a hablar con este jamook nunca más.
Mis uñas se clavaron en mis palmas. —Sé manejar a imbéciles
inapropiados. Lo estoy haciendo ahora mismo.
—Esto es repugnante —siseó—. ¿Por qué toleras sus mierdas?
—No las tolero —mascullé—. Le paro los pies cada vez.
—¿Por qué no lo has bloqueado?
Me encogí de hombros, molesta por el interrogatorio. Creía en
mantener a mis enemigos cerca. El ocasional comentario
obsceno palidecía en comparación con su comportamiento,
que había soportado porque no quería traer drama a nuestro
círculo social.
Estaba harta de que los hombres quisieran hacerme de
caballeros blancos. —Mantente al margen de mi vida privada.
—Eso ya no te pertenece solo a ti.
—¡Entonces dame tu teléfono! —mis gritos me perforaron los
oídos, pero Vinn ni se inmutó—. Quiero ver a tus amantes
borradas de tu lista de contactos.
Su ceja izquierda se elevó una fracción. —¿Por qué debería
hacer eso?
El sedoso hilo de advertencia golpeó mi estómago como un
martillo. La desesperación desgarró mi corazón ante la idea de
que les prestara alguna atención.
Lo odiaba, y detestaba mi vulnerabilidad hacia él.
—Estamos juntos. No puedes.
—Nuestra relación es falsa —se burló, con una sonrisa oscura
tallada en su rostro—. La que tengo con ellas no lo es.
Mis mejillas ardieron.
Levanté la barbilla, enfrentando su hostilidad directamente. —
Tú no tienes relaciones. Tienes aventuras. Estúpidos, sin
sentido, rollos de una noche que ni siquiera disfrutas.
—¿Cómo demonios lo sabrías?
—Mirar a tus ojos es como mirar a un agujero negro.
Cualquier tío que necesita tantas mujeres para sentirse
realizado tiene un problema.
Lanzó mi teléfono sobre la cama, gritando. —¡Me gusta
follarme a mujeres al azar tanto como a ti te encanta sacarme
de quicio!
Demasiado lejos.
Mi miseria era un peso de acero. Me mordí el labio hasta que
palpitó como mi corazón.
La mirada de Vinn me examinó, y la agresividad desapareció
de su rostro.
—¿Li? —su tono aterciopelado sonaba casi como una
disculpa.
Que le den.
Ahogué un sollozo, cogiendo su móvil de la mesita de noche.
Luego desaparecí en el baño y cerré con pestillo.
—Maldita sea, Liana. —Tanteó el pomo y lo giró—. Abre.
—No —grité, disimulando el temblor de mi voz—. Estoy
revisando tus contactos.
—¡Más te vale que no lo estés haciendo!
—Vaya, demasiado tarde. —Mi pulso se disparó mientras él
tiraba con fuerza del pomo—. Oh, mira esto. La Chica B te
envió una foto desnuda. No se la devolviste. Eres todo un
caballero y un erudito.
—Nunca he pretendido ser decente.
—Ya. Debería alegrarme de que respondas a mis mensajes, a
diferencia de la Chica C, a quien dejaste de hablar hace meses.
Golpeó la puerta. —¡Deja de leer mis cosas!
—¿No te gusta? ¡Lo siento muchísimo!
Vinn golpeó la pared. —Abre, listilla.
—Aún no. Después de que las bloquee. Vaya, tienes muchas
amantes. Me pregunto, ¿qué pasará cuando llegues a la Chica
Z? ¿Usarás un sistema numérico? —Resoplé, fingiendo
meditarlo—. Eso será complicado para ellas. Yo no querría ser
la Chica Mil Setenta y Tres.
—¿Puedes tener tu crisis sobre mi vida sexual en otro sitio?
—No estoy teniendo una crisis —dije, la mentira quemándome
el pecho—. Te estoy dando una cucharada de tu propia
medicina, y estoy liberando a estas pobres chicas.
Vinn resopló. —Nunca he oído ninguna queja.
—Sí, bueno. Puede que las oigas después de que las bloquee.
—¿Qué estás haciendo? —Golpeó y aporreó, sacudiendo el
pomo—. Liana, no toques mi móvil.
—Deberías bloquear tu teléfono.
—Liana, abre esta puerta.
—Te dejaré entrar pronto. Les estoy enviando un pequeño
mensaje a todas. Te lo leeré en voz alta.

Perdón por ser un capullo. Te mereces algo


mejor.

P.D.: Estoy comprometido. No vuelvas a


escribirme.

Pulsé Enviar.
Luego las bloqueé, una por una.
La risa de Vinn resonó desde fuera, revolviéndome el
estómago. —Nunca creerán que eso es mío.
—¿Por qué?
—Porque no les debo ninguna explicación. No son novias. Son
mujeres que uso para desahogarme. Cuando corto lazos,
simplemente dejo de responder.
—Eso es frío.
Y aun así, me hizo sonreír.
—Ellas también me están utilizando. No veo el problema. —
Su cuerpo se deslizó por la pared, vibrando con otra carcajada
—. Solo estás jodidamente celosa.
Le di una patada a la puerta. —No lo estoy.
—Sigue repitiéndotelo, cariño.
—Estoy enfadada por lo insensible que te has vuelto. No te
importan los sentimientos de nadie. —Miré fijamente la
puerta, hirviendo—. Mientras no amenacen tu ego o tus
beneficios, que se vayan al infierno.
—¿Y qué hay de todo lo que he hecho por ti?
—Obligarme a ser tuya no es hacerme un favor. —El dolor se
hinchó en mi garganta—. No entiendes cuánto me duele estar
cerca de ti. ¡Confié en ti! Habría movido la luna por ti, y me
apuñalaste por la espalda.
—¿Qué te hice?
La pura frustración se filtró en su tono, y eso me desató un
frenesí. —¿Cómo puedes no saberlo?
—Por Dios, Liana. Solo dímelo.
Metió algo en el pomo de la puerta, y el pestillo saltó. La
puerta se abrió. Entró tambaleándose y se pasó los dedos por
sus mechones de ébano. Era guapo, pero eso resonaba en mí
de forma hueca. Era como mirar a un extraño. Ya no le
reconocía.
También le odiaba por eso.
Había arruinado lo que me ayudaba a ver más allá de la
oscuridad.
—Mataste a Daniel.
La mirada de Vinn me recorrió, evaluando mi estado como un
soldado analizando la situación. —Ignacio lo hizo, no yo, pero
sí. Autoricé su asesinato.
Las lágrimas me cegaron, su presencia me atormentaba. Tomó
su móvil y se lo guardó en el bolsillo. Luego cogió una caja de
pañuelos, la sostuvo contra su cintura y la soltó.
Cayó con un golpe seco cerca de mis pies.
—No podría haber evitado que muriera más de lo que tú
podrías haber impedido que la gravedad provocara esa caída.
—¿Es una broma?
—Daniel era una rata. Matamos a las ratas. —Vinn se apoyó
contra el mostrador, cruzando los brazos—. Y le detestaba. No
tengo problema en admitir que nunca me cayó bien y que
muchas veces deseé verlo muerto.
Cerré los puños, reviviendo el dolor de ver a Daniel en el
hospital, desconectar el soporte vital y su ataúd hundiéndose
en la tierra.
—¿Qué te hizo él a ti?
—Nada —admitió, suavizándose—. Fue lo que os hizo a ti y a
Michael.
—¿Como qué? —Apenas podía contener el veneno—.
¿Mantenernos a salvo? ¿Alimentarnos?
—Tienes una memoria muy selectiva.
Su mirada me atravesó el pecho. Mientras me acercaba a él,
sus ojos negro-oliváceos se atenuaron hasta convertirse en un
suave resplandor.
—¿Qué quieres decir?
—Vamos, Liana. Ese hombre estaba enfermo.
Mis mejillas ardieron. —¿De qué estás hablando?
—Os pegaba a los dos, especialmente a Michael. Erais tan
jóvenes. Solías llorar cuando entraba en la habitación. —La
mirada ardiente de Vinn me dejó al descubierto—. ¿No lo
recuerdas?
Mi cabeza palpitaba con un dolor sordo mientras los ecos del
pasado resurgían: mi cráneo golpeándose contra una pared, mi
cuerpo lanzado a las habitaciones, cociendo a fuego lento en
mi dormitorio con la mejilla en carne viva.
—Yo… recuerdo algunas cosas.
—Estaba jodidamente mal. Una vez apuñaló a Michael.
—¡Eso es mentira!
—Pregúntaselo si no me crees. Yo tenía ocho años. Lo vi todo.
—La aspereza de su voz desapareció en un susurro que nunca
antes había escuchado—. Michael sangró por todas las
baldosas de la cocina. Casi muere.
Me aparté de Vinn, temblando.
No. Debió de ser un accidente. Daniel no era un maníaco.
Vale, había sido rudo. A veces, demasiado duro. La mayoría
de los hombres en esta vida tenían problemas.
¿Verdad?
—No sabía que estabas tan disgustada —la mano de Vinn se
posó sobre mi hombro, su peso reconfortante—. Nunca quise
hacerte daño.
¿Estás de broma?
Me quedé boquiabierta mirándole, preguntándome si esto era
una mala broma. —Ese es el problema. Tienes tan poca
conciencia de ti mismo. Haces daño a la gente constantemente
y ni siquiera te das cuenta.
—Mientras estés a salvo, ódiame todo lo que quieras.
Las mismas palabras que me había dicho sobre Michael.
Mi mente trabajaba horas extra para interpretar aquello.
Me apretó la barbilla y dejó una pequeña caja de terciopelo
sobre la encimera. —Salimos para nuestra fiesta de
compromiso en unas horas. Estate lista.
¿Para qué?
¿Por qué estoy haciendo esto?
QUINCE
LIANA

Podía comprometerme con el diablo que conocía, o caminar


hacia el altar con el que no. Abordándolo de manera lógica, la
elección era simple.
¿Emocionalmente?
Era un desastre.
Se me hizo un nudo en la garganta mientras contemplaba el
hermoso ambiente: el mantel color malva oscuro extendido
sobre una mesa larga enmarcada con un dosel blanco
transparente, colgando en elegantes arcos. Las lámparas de
araña proyectaban un resplandor mágico sobre la cubertería y
el ramo púrpura en el centro. Era perfecto y completamente
desconcertante.
La impactante confrontación con Vinn puso todo en duda.
Había hecho cosas extremas en nombre de protegerme, pero
no era un monstruo frío e insensible. Si eso fuera cierto, no me
habría dejado quedarme en su casa. Mi regalo de Navidad de
hace dos años no estaría colocado en su mesita de noche. No
tendría esa tendencia de urraca por todos mis estúpidos
regalos. Había husmeado en su armario y encontrado una caja
de zapatos llena de mis cartas a Irak—todas estaban en
excelente estado—excepto una con la firma arrancada.
El descubrimiento me había oprimido el corazón.
—Me alegro por ti, cariño —mamá me cogió la mano,
radiante—. Vinny es un buen chico. Cuidará de ti.
—Gracias, mamá.
Mamá había aceptado la noticia de mi compromiso con los
brazos abiertos y una gran sonrisa, lo que parecía molestar a
Michael. Le lanzaba a Vinn una mirada de profundo disgusto y
negaba con la cabeza cada vez que me encontraba con su
mirada.
Podía escuchar el pobre chica en bucle en sus pensamientos.
Michael creía que su mejor amigo me había dejado
embarazada, pero no se tragaba el cuento de hadas romántico.
Ya me había llevado aparte para exigirme que le contara la
verdad, dos veces.
—Si él es bueno, yo soy el puto Dalái Lama —murmuró
Michael cuando mamá se excusó para ir al baño—. Si alguien
le hiciera eso a mi hija, le conseguiría un billete de ida al
Embalse de Quabbin.
Daniel usó ese eufemismo durante años antes de que me diera
cuenta de que no se refería a una excursión de camping.
Se me resbaló el tenedor, arañando el plato de cerámica con un
chirrido infernal. Me mordí el labio para evitar gritar. Michael
había estado de un humor insoportable toda la noche. Vinn le
habría dicho que se callara, pero se había apartado para charlar
con los familiares.
—No le soporto —continuó Michael, con las fosas nasales
dilatadas—. Fingir que no odio verle está consumiendo toda
mi fuerza de voluntad…
—¿Puedes dejarlo ya? —siseé.
Michael bebió un sorbo de vino y apartó la mirada. Luego se
volvió hacia mí, su expresión ya no furiosa. —Has conseguido
lo que querías, pero no creo que te des cuenta de en qué te has
metido.
Mi pulso se aceleró. Me sentía incómoda bajo su escrutinio. —
Siempre le he querido.
—Lo sé, cielo. Por eso te compadezco.
—Michael —espetó Carmela—. Ya basta.
Michael le lanzó una mirada fulminante antes de volver a
centrar su atención en mí. —No tienes ni idea de lo que te
espera.
Estaba cansada de él. —¿Qué sería eso?
—Estás atrapada con un hombre que no conecta con la gente y
odia a los niños. Lo ha dicho una y otra vez.
Suspiré, ruidosamente.
La esposa de Michael, una impresionante morena con un
vestido negro de volantes, sonrió. —Todos dicen eso, Liana.
Los hombres no tienen ni idea de lo que es bueno para ellos.
Necesitan que se les guíe.
—¿En serio? —murmuró Michael—. Recuerdo haberte pedido
salir docenas de veces. Tú eras la que se resistía. Un año
después, estamos casados y con hijos. ¿Quién tiene mejor
visión de futuro?
Los ojos de Carmela se entrecerraron.
Michael la pinchó con algunos comentarios en voz baja hasta
que bajó el tono y susurró un ronco —Te quiero. —Carmela se
derritió y le besó la mejilla. Él la miró con una adoración
digna de un cachorro que se agrió cuando una calidez sólida se
hundió en el asiento junto al mío.
—Hola, Mike.
Michael se puso color púrpura. —No me vengas con hola.
—¿Qué quieres que diga?
—Qué tal… «Soy un maldito imbécil». —Michael ignoró los
intentos de su esposa por hacerle callar, inclinándose sobre la
mesa—. «Soy un irrespetuoso, mentiroso, cobarde».
—¿Por qué coño soy un cobarde?
Michael abrió la boca. Sacudí la mesa con el puño, haciendo
tintinear la cubertería y las copas. La conversación se detuvo
mientras enfrentaba la venganza de mi hermano.
—Michael, esto no va sobre ti. Ya basta.
—Tiene razón, cariño. —Carmela le cogió la mano y tiró hasta
que se tambaleó, poniéndose de pie—. Tienes que mantenerte
al margen de sus asuntos.
Michael apartó la mirada de mí. —Pero es mi hermana…
Sus voces se desvanecieron mientras Carmela le persuadía
para alejarse.
Un enfermizo anhelo me asaltó cuando Vinn me rodeó con su
brazo. Su expresión no reflejaba los rostros relajados que nos
rodeaban.
—Olvídate de Michael. Tenemos otras cosas de las que
preocuparnos.
Asentí, bebiendo mi sidra espumosa.
—Tenemos que visitar a Nico.
Hice una mueca, y Vinn frunció el ceño. —¿Qué? No me hace
ninguna ilusión hacer la pelota al tipo que está deseando
deshacerse de mí.
Mis sentidos cobraron vida cuando su mano encontró mi
muslo. Sus dedos trazaron un círculo en mi pierna, y el calor
en mi interior fue aumentando.
—Mientras estés conmigo, no tienes que hacer la pelota a
nadie.
—¿Excepto a ti?
Vinn hizo un ruido de desacuerdo. —Puedes complacerme de
otras maneras.
Un delicioso escalofrío me recorrió.
—¿Cómo?
—Coge esa preciosa boca tuya… y ciérrala. —Mientras su
agarre se estrechaba, su actitud se volvió más seria—. O mejor
aún, ponla a trabajar en mi polla.
Una cinta de calor me quemó el pecho, y respiré hondo. —
Estás especialmente inspirado esta noche.
—Necesito que te portes bien, Liana.
Su orden hizo que el nudo subiera a mi garganta.
Hacía mucho tiempo que no nos besábamos, y aunque
habíamos intercambiado castos besos toda la noche, la fugaz
emoción no era nada comparada con someterme a él.
Demasiadas veces había imaginado que irrumpía en el
dormitorio, arrancaba las sábanas, rasgaba la cintura elástica
de mi pijama en su prisa por follarme.
Sonrió con suficiencia como si estuviera viendo la película
pornográfica en mi mente. —Esto no es un juego. Si lo
estropeas, no estaré cerca para doblarte sobre la cama.
—¿Qué te hace pensar que quiero eso?
—La forma en que me miras.
Mis mejillas ardieron, y entonces el fotógrafo se acercó a
nosotros. —¿Señor Costa? ¿Está listo?
—Oh, se me había olvidado por completo. —Me levanté,
tirando del brazo de Vinn—. Perdona.
Vinn giró de cintura, mirándome fijamente. —¿Has contratado
a un fotógrafo?
—Sí, claro —le susurré al oído—. Sería raro si no lo
hiciéramos. Estará listo en media hora.
Y en secreto quería las fotos.
Su mirada me taladraba, y mi determinación por ocultarlo
flaqueó. No podía fingir que este evento no era un monumento
al amor más grande que jamás había conocido, incluso si él
había cambiado.
Una sonrisa enigmática suavizó sus labios.
Me envolvió en su fuerte abrazo. Mientras el fotógrafo nos
daba indicaciones, yo jugueteaba con su camisa, demasiado
intimidada para acariciar los amplios planos de su pecho hasta
que Vinn tomó mis manos y lo hizo por mí. Luego acunó mi
rostro y me besó. Mi estómago dio volteretas con aquellas
caricias sensuales.
Deslicé mis brazos en su chaqueta. Incliné la cabeza y
presioné mi boca contra la suya. Él se derritió en mí, el roce de
sus labios como un susurro. Mis rodillas se debilitaron cuando
descendió sobre mí, exigente. Su palma recorrió mi vestido
para rozar mis caderas y muslos.
Una vez que el fotógrafo terminó, Vinn me miró fijamente. —
Vamos a hablar con Nico.
—Vale.
Él tiró, y yo le seguí. Deambulamos por el patio exterior
adornado con luces doradas, que proyectaban un resplandor de
ensueño sobre el césped donde habían servido comida. Nos
acercamos a Nico y sus otros parientes, sumergidos hasta los
codos en queso y bebida.
Nico parecía estar canalizando a su hijo, a juzgar por las
botellas vacías a su alrededor y las dos chicas posadas en su
regazo. Yo no conocía bien a Anthony. Tenía la edad de mi
hermano, así que nunca habíamos salido juntos, pero siempre
estaba colocado o borracho cada vez que me lo cruzaba.
Nico había llevado mal el secuestro de su hijo. A juzgar por el
flamante coche deportivo aparcado fuera, estaba intentando
llenar el vacío con forma de Anthony en su corazón. Mi
compasión por él era limitada. El hombre me había vendido a
un motero.
—Vaya. Es una crisis de mediana edad con esteroides.
—Sí, lo es. —Vinn miraba fijamente a un tipo sentado junto a
Nico, que controlaba minuciosamente el alcohol de mi tío—.
Ay, no. Ha puesto a Alessio a sustituir a su hijo. No es bueno.
—¿Qué? —Observé al hombre de cara agria sentado junto a
Nico.
—No te preocupes por eso.
—¿Esa frase ha funcionado alguna vez con alguien que tiene
ansiedad?
Me dio una palmadita en la cadera, instándonos a avanzar. —
Recuerda, no hables a menos que te hablen.
—Ya he estado con él antes.
—No cuando está así.
Nico se levantó de golpe, su corpulencia alterando la mesa.
Alessio cogió la copa de Nico y vació su contenido mientras
Nico se dirigía hacia Vinn como una locomotora, con los
brazos extendidos.
Vinn hizo una mueca cuando su tío lo atrapó en un abrazo
gigante, con la incomodidad escrita por toda su cara.
—Este cabrón se va a casar. Alessio. ¿Dónde está Alessio? —
Nico parpadeó mientras se separaba de Vinn—. Ah, ahí estás.
—¿Qué pasa? —dijo el hombre acosado, que parecía odiar
esta fiesta y a todos los presentes.
—Alessio, ¿qué opinas de que Vinn se convierta en padre?
—No me lo puedo creer. —Una leve mueca de desprecio
curvó sus labios mientras miraba a Vinn con ojos fulminantes
—. Nada menos que la hermana de Michael. Menudo
escándalo. Nunca había visto a Michael tan cabreado.
Vinn se encogió de hombros. —Bueno, el bebé vendrá
independientemente de su aprobación.
—¿Cómo lo estás llevando? —Nico golpeó la espalda de
Vinn, con golpes lo suficientemente fuertes como para que
Vinn apretara los dientes—. ¿Estás preparado para ser padre?
—No creo que nadie esté preparado.
—Yo lo estaba —espetó Alessio—. ¿Has leído algún libro?
Vinn negó con la cabeza. —No. Estaré bien.
Ojalá tuviera su confianza. —Yo leeré todo, y tú también.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó Nico, su atención
balanceándose hacia mí—. ¿Puedo traerte algo? ¿Algo para
calmar tu estómago?
—Estoy bien, gracias. El primer trimestre ha sido muy
tranquilo. Por suerte, he tenido muy pocas náuseas.
—Mi mujer lo pasó mal. —Nico pareció olvidar a sus
amantes, que esperaban en segundo plano, enfurruñadas—. El
embarazo fue muy duro para ella. No pudo tener otro hijo
después de Anthony.
Me preguntaba cuándo saldría su nombre.
Los ojos de Alessio se vidriaron, y se quedó mirando su vino.
Vinn no mostró ninguna emoción, su rostro una máscara de
piedra. La mirada acusatoria de Nico taladró a Vinn, y luego a
mí.
—Deberíamos brindar por el bebé —dijo Nico sin emoción,
mirando alrededor—. Eh, tú. Trae champán… no, imbécil,
quiero una botella.
—Nico, yo no bebo.
Nico desestimó a Vinn con un gesto mientras un camarero
traía Dom Perignon junto con media docena de copas. Gritó,
golpeando su cuchara contra la botella gigante, haciendo un
gran espectáculo. Nico era un tiburón rodeando las aguas,
acercándose a Vinn, y no me gustaba.
Descorchó la botella y sirvió, derramando alcohol sobre la
bandeja. Entregó las copas goteantes a los invitados,
empujando una en las manos protestantes de Vinn.
Mis entrañas se rebelaron.
—No, gracias.
—Bebe —gritó Nico—. No seas un marica.
¿Está loco o qué?
Los dedos de Vinn se pusieron blancos sobre el tallo mientras
Nico llevaba a toda la mesa a un cántico. En poco tiempo,
todos tenían una copa.
Agarré el codo de Vinn. —No tienes por qué hacerlo.
—Sí, tengo que hacerlo. Pero no importa, Li. Se necesitará
mucho más que una estúpida copa para quebrarme.
Vinn se bebió la copa de un trago, con los ojos cerrados. Una
batalla parecía librarse dentro de él mientras tragaba. Luego
dejó la copa, rechazando una segunda ronda. Cuando Nico lo
ignoró y empezó a servir, Vinn se alejó.
Nico lo vio marcharse, sonriendo con suficiencia.
—¡Vinn, espera!
Un intenso resplandor de orgullo calentó mi pecho. Quería
decirle que lo admiraba. La fuerza para marcharse era mayor
que ceder como los idiotas que rodeaban a Nico.
Él desapareció en el baño de hombres antes de que pudiera
alcanzarlo, dejándome rumiando sobre Nico.
Atravesé el restaurante a pisotones, meditando en la barra, y
casi pedí Prosecco —vaya— olvidé que estaba “embarazada”.
Me quedé allí, furiosa en mi vestido a media altura del muslo.
—Felicidades —dijo una voz seca que se elevaba desde la
oscuridad—. Por tu muy repentino compromiso.
Di un respingo.
El astuto presidente de Legión lucía elegante. Se había
recortado la barba y domado su cabello, y llevaba una sencilla
camiseta blanca bajo el corte de cuero y vaqueros ajustados.
Me tensé. —¿Qué demonios haces aquí?
—Tranquila. Me invitaron. Solo estoy aquí para congraciarse
con tu… prometido. —Killian se sentó, suspirando.
—Killian, no estoy interesada…
—¿Sabes qué me parece curioso de este romance entre tú y
Costa? —Sacó un cigarrillo, se lo puso entre los labios y
encendió la punta.
Mi corazón retumbaba mientras él daba una larga calada.
—El hecho de que nunca lo mencionaras —exhaló el humo
hacia un lado, sacudiendo la ceniza al suelo—. Debimos estar
allí unos diez minutos, quizás quince. Flirteando.
—Tú estabas flirteando. Yo intentaba averiguar por qué
apareciste en mi café.
—Bueno, tuviste muchas oportunidades para decirme que
estabas comprometida. No es como si te hubiera puesto una
pistola en la cabeza —Killian se giró hacia un lado con gracia
felina, sonriendo—. Lo cual me dice dos cosas. Una, que eres
infeliz. No lo mencionaste porque buscas una salida.
—Eso… eso no es cierto.
—Estás escondiéndote aquí en vez de aferrarte al brazo de tu
futuro marido, así que no ando desencaminado.
—Solo estoy abrumada.
—Porque tienes miedo. No te culpo. A mí también me da
miedo —me dio un empujoncito amistoso y una sonrisa, pero
la ligereza desapareció como el humo que se elevaba—. Así
que o estás buscando una salida, o no sois pareja, y esto es una
farsa.
—No nos conoces.
—No soy idiota. Vosotros dos no tenéis ningún maldito
sentido —aplastó el cigarrillo en un cenicero—. Eres dulce
como la miel. Deberías estar con alguien que tenga corazón. Él
es… un bloque. Un bloque gigante y congelado.
Aquello me retorció un puñal en el pecho porque no era cierto.
No habría sido tan firme en protegerme si lo fuera.
—Cualquiera con ojos puede ver que eres infeliz, y odio que
me hayan privado de una chica estupenda. No lo olvidaré —
Killian me apretó el hombro, su tacto persistiendo como
cálidas plumas—. Y no te olvidaré a ti.
El estómago me dio un vuelco. —Estoy comprometida.
—Un compromiso no significa nada. Las parejas se separan, y
tengo el presentimiento de que tú y Mussolini no duraréis.
Odiaba ese apodo. —¡No le llames así!
Killian me guiñó un ojo y se deslizó del taburete, justo cuando
mi falso prometido irrumpió. —Felicidades de nuevo. Un
bebé. Vaya.
A juzgar por el rubor que cubrió las mejillas de Vinn, él
también había captado el sarcasmo.
Nadie excepto Michael nos había creído.
DIECISÉIS
VINN

Un jefe nunca está a merced de sus emociones.


Las domina.
Antes me tomaba ese consejo en serio. Ahora quería arrasar
con todos los partidarios de Nico, quemar con soplete a los
cabrones que me habían provocado en mi fiesta de
compromiso y reconstruir la Familia poniendo énfasis en la
lealtad.
Me había faltado al respeto. Dos veces.
Un hombre se define por sus acciones, y Nico había
demostrado ser un cabrón desleal. Invitar a Killian fue la gota
que colmó el vaso, una amenaza pasivo-agresiva, una señal de
lo que estaba por venir.
Nico me estaba echando.
Debía adelantarme a esto. Innumerables hombres habían
estado en mi posición, y los había visto caer. Yo no sería uno
de ellos. Necesitaba reunir a las tropas y atacar.
Inmediatamente.
Así que llamé a Michael y Alessio a mi casa. Involucrar a
Alessio me hizo dudar porque le había hecho daño, pero Nico
le estaba restregando la cara por el suelo. Esperaba que
Alessio tomara las riendas, pero el tío estaba claramente
miserable.
Nos desparramamos en mi salón. Me senté en el sillón
reclinable de cuero mientras ellos se acomodaban en el sofá.
Alessio se sirvió del prosciutto di parma que Liana había
enrollado con gordos pegotes de queso de cabra, mientras
Michael trituraba hielo en su boca, un sonido tan molesto que
podría haberle dado una bofetada.
—¿Dónde está mi hermana? —soltó Michael.
—Comprando cosas para el bebé.
Una diversión sombría brilló en la cara de Alessio.
—Nunca pensé que vería este día.
—Los milagros existen.
—Esa es la actitud correcta —Alessio le dio un codazo a
Michael, que se puso rígido—. La está cuidando, ¿no?
—No lo apruebo —espetó Michael.
La confusión arrugó la frente de Alessio mientras miraba de
mí a Michael.
—¿Ahora vosotros dos estáis peleados?
—Él es el que tiene el problema…
—Pues claro, capullo mujeriego.
Me enderecé.
—Os he llamado para hablar de estrategia, no de mi vida
personal. Antes éramos un equipo. Trabajábamos bien juntos.
Joder, éramos amigos.
—Para alguien tan preocupado por la amistad, te esfuerzas
bastante en jodernos —Alessio golpeó su vaso sobre mi mesa
de café, cruzándose de brazos.
—He cometido errores. Tú también —le fulminé con la
mirada, y luego a Michael—. Y tú también.
Michael se erizó.
—No voy a trabajar a tus órdenes.
—¿Así que estás de acuerdo con que Nico dé las órdenes?
Teniendo en cuenta que últimamente no ha estado presente —
suspiré con fuerza cuando los ojos de Alessio se oscurecieron
—. No puedes estar contento con cómo te está utilizando.
—No lo estoy —murmuró Alessio—. Ya tuve mi oportunidad
como jefe, y no es para mí. A la mierda la responsabilidad, la
presión, todo. Me conformo con dirigir el Consejo Laboral.
—¿Michael?
—Estaba bien siendo tu consejero hasta que te follaste a mi
hermana —parte del fuego se apagó en la mirada de Michael
—. Dicho esto, no me gusta que me hayan degradado a
capitán. No me gusta que siga metiendo a ese cabrón de
Killian en la cara de mi hermana.
—Sabemos lo que tenemos que hacer —golpeé rítmicamente
mi rodilla, preparándome mentalmente—. Necesitamos
deshacernos de Nico.
Lo asimilaron de manera diferente: Michael con un destello de
miedo, y Alessio con un trago de whisky, todo arrogancia.
—Eso es pasarse. Está cabreado, pero no va a eliminar a su
liderazgo.
—El tío Nico ha perdido la cabeza. Desde que Anthony
desapareció, ha estado tomando decisiones estúpidas.
Sobornando a media fuerza policial. Metiéndose en las guerras
de moteros —miré fijamente a Michael, cuyo ceño se arrugó
—. Moriremos intentando salvar a su hijo, y si no lo
hacemos… estamos todos jodidos.
Alessio se masajeó las sienes, frunciendo el ceño.
—Lo que quieres hacer es un suicidio. Nos estallará en la cara.
—Deja tus sentimientos a un lado y usa la cabeza. Ya me está
socavando. Si a él no le importan las consecuencias, a nosotros
tampoco debería importarnos.
—No —espetó Alessio—. Matar al jefe provocará un caos
total. Nico tiene muchos amigos, V. ¿Cuál es tu plan cuando se
vuelvan contra ti?
—Los eliminaré, uno por uno.
—No tienes suficiente apoyo —me recordó Alessio—. No
podrás vivir en Boston después de esto, así que espero que
estés contento con una vida de huida. Buena suerte haciendo
eso con un bebé en camino.
—Mi hermana se quedará aquí.
Me giré hacia Michael, con la sangre palpitando en mis oídos.
—Ella va donde yo voy.
Michael se puso de pie, metiendo los puños en sus pantalones.
—¿Hemos terminado?
—Algún día saldrás de la mansión de Nico y te dispararán en
el camino de entrada —dije mientras él bebía más de su copa
—. Si yo corro peligro, tú también.
—Prefiero enfrentarme a un enemigo que a las docenas que
ganaré por liquidar a Nico —Alessio se pasó el brazo por la
frente brillante—. Haz lo que quieras. Pero si atacas a un jefe,
me largo. No puedo tener a mi familia cerca de esta catástrofe.
Con ese comentario final, Alessio se levantó y se marchó.
Michael le siguió en silencio, la puerta balanceándose tras sus
espaldas.
Mensaje recibido.
Estoy solo.
Asesinar al jefe sería un dolor de cabeza. Implicaría contratar a
la Bratva. Los jefes callejeros probablemente vendrían a por
mí. Matar a Nico podría ser el catalizador de un desastre
inevitable.
La puerta principal se abrió y se cerró de golpe. Salté del sillón
con el corazón martilleando, pero solo era Liana con la cara
pálida y cargada de bolsas de la compra. Todavía no me
acostumbraba a que alguien entrara y saliera de mi casa. El
collar de conchas que rebotaba en su pecho me irritaba las
venas. La rabia brotó, tragándome.
Amaba a otro.
Un universitario, sin duda, como ese gilipollas que seguía
sonriendo con esa típica mirada de ya-me-la-he-tirado. James.
Me imaginé su estúpida cara y sacudí la cabeza. A ella no le
importaba una mierda James.
¿Quién era el otro hombre?
Había examinado sus correos electrónicos y mensajes de texto
sin encontrar evidencia de otro hombre. Me volvía loco porque
ella empezaba a gustarme. Literalmente. Se adueñaba de mis
cosas con total impunidad. Le regañaba cada vez que pisaba
una toalla mojada en el baño, pero Liana estaba decidida a ser
una desastre. Su último desastre culinario había quemado
bollos en una bandeja para galletas, que había tirado en el
fregadero. Estuve rascándola durante unos buenos veinte
minutos antes de tirarla.
Sus molestas baladas de los 80 retumbaban en todas las
habitaciones. Una vez, la pillé bailando lentamente con “Time
after Time”. Lo aguanté unos segundos antes de secuestrar el
Wi-Fi para poner The Police, que era una opción mucho mejor
que la jodida Cyndi Lauper.
A pesar de su pésimo gusto musical, se me revolvió el
estómago ante la idea de que se marchara. Me gustaba volver a
casa y encontrarla. Ella hacía que el lugar pareciera habitado.
Era tan pequeña, pero su calidez era inmensa y llenaba todo el
apartamento.
Me palpitaba la cabeza mientras recorría el salón de un lado a
otro, sudando. Liana se había quejado del frío, así que había
subido el termostato a diecinueve grados. Hacía un calor
infernal y no podía concentrarme en las cosas importantes: la
crisis continua con las guerras entre moteros, los cabrones que
me socavaban y Nico.
Meter cojines bajo su camiseta no funcionaría para siempre.
Maldita sea.
Rindiéndome, metí el móvil en el bolsillo y entré como una
furia en mi dormitorio. Había cajas apiladas por todas partes.
Liana se había negado a deshacer el equipaje durante días,
pero yo no permitiría que se mudara a una habitación de
invitados. Sus sujetadores y bragas cubrían mi cama. Había
vaciado mis cajones, y aquel desorden me provocó un ardor
por toda la columna.
Liana se había puesto una camiseta rosa de tirantes y unos
shorts de pijama. Hurgaba en una caja abierta, metiendo su
ropa en el cajón. Era surrealista presenciarlo. Nunca había
tenido a nadie que tomara el control de mi vida. Cogió un
marco de mi armario —mi foto de graduación del campamento
militar— y se quedó mirándola.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada —Liana dio un respingo y colocó rápidamente la foto
en el estante—. Dios. Deja de hacer eso.
—No hace falta que revises mis cosas.
—No intento husmear, pero tienes muchas cosas guardadas y
tengo que hacer sitio.
Liana era tan inofensiva como una mariposa, pero no me
gustaba que escarbara entre mis cosas. Mi irritación se
desvaneció cuando se enderezó, sacando pecho. Sus pezones
se marcaban a través del fino algodón, y aquellos círculos
oscuros endurecieron mi polla.
La sangre corría por mi cuerpo como un río despertado. Se me
secó la boca cuando ella se dejó caer sobre la cama.
—Lo siento por el desorden —murmuró, pasando el pulgar
por la pantalla de su móvil—. Lo recogeré pronto. Solo estoy
tomando un descanso.
No entendía por qué ella y toda su generación vivían con la
cabeza metida en sus teléfonos. Me senté en el único espacio
libre del colchón.
Se quitó los calcetines de un tirón y los tiró al suelo.
—Entonces, ¿qué vas a hacer con Nico?
Mis manos se crisparon.
—¿Qué?
—Os escuché. Entré temprano mientras no prestabas atención,
y luego volví atrás y entré por la puerta.
Joder.
Seguía olvidando que tenía una maldita compañera de piso.
Me pasé la mano por el pelo, con la piel hormigueando bajo su
mirada.
—No deberías haber escuchado eso.
—Vinn, ¿cuál es tu plan?
—No te preocupes por eso, cariño.
—Pero quizás pueda ayudar.
La habitación resonó con mi risa.
—Céntrate en lo que se te da bien, Liana: los estudios y
carbonizar utensilios de cocina.
Sus ojos se entrecerraron. Bajó las piernas de la cama y se
dirigió hacia mí con las manos en las caderas.
—Estoy harta de que seas un capullo.
—¿Señalar que destrozas mis cosas es ser un capullo?
—Me subestimas. ¡Crees que soy inútil!
Me divertía lo parecida que era a Michael. Como él, tendía a
ofenderse por las cosas más estúpidas.
—Eres una estudiante universitaria. Te queda mucha vida por
delante antes de decirme lo que tengo que hacer, cariño.
—¡Puedo ayudar con Killian!
—No tienes nada que ofrecerle excepto tu cuerpo —Me
incorporé de golpe mientras Liana cruzaba los brazos y sus
mejillas se teñían de rosa—. Lo siento, pero es la verdad. Esto
no es una de tus clases, Li. No puedes debatir con él.
Rocé la piel sobre sus cejas fruncidas.
Ella se estremeció, apartándose.
—¿Y qué hay de Anthony? Si volviera a casa, esto se acabaría.
¿Verdad?
Ojalá fuera tan sencillo.
—Es imposible contactar con él.
—Entonces, ¿qué hacemos? No puedo quedarme quieta
mientras lidias con todo esto —Un leve hilo de histeria se
entretejió en su voz—. Dime cómo puedo ayudar.
Jamás volvería a celebrar una reunión en mi casa.
—Respira, cariño —Tomé sus hombros, masajeando su
delicada figura—. Respira. Eso es. Todo estará bien…
Se lanzó contra mi pecho.
Cerré los ojos y me dejé llevar como en una nube. Algo en su
manera de ser me tranquilizaba. Liana esperaba que yo fuera
su ancla, y eso había desatado una fiebre dentro de mí.
Anhelaba esto.
Fuera lo que fuese, lo necesitaba como el oxígeno.
Mi corazón dio un vuelco y mi pulso se aceleró. Luché contra
la oleada de incomodidad mientras la atraía hacia mí,
concentrándome en sus pechos aplastados contra mi cuerpo.
Extendí mi mano sobre su espalda. El fino satén resplandecía
con su calor, y me deslicé por debajo.
Un calor perverso acarició mi polla. Palpitaba mientras Liana
metía la cabeza bajo mi barbilla, totalmente ajena a mi
creciente erección. Levantó la cara, radiante con una dulce
sonrisa.
—Oh, se me olvidó decirte. Hoy tenemos un brunch con mis
amigos.
Ni hablar.
—No voy a salir con tus amiguitos universitarios.
—¿Por qué no?
—Me caes bien, pero pongo el límite en funciones sociales
con críos idiotas.
—Son mis amigos —Sus brazos cayeron de mis costados—.
Ahora eres parte de mi vida, o finges serlo. Así que vienes.
—Preferiría nadar en aguas infestadas de tiburones. La
respuesta es no.
—Si sigues actuando como un dictador, iré corriendo a
Michael.
—Iré corriendo a Michael —la imité mientras sus fosas
nasales se dilataban—. Sí, buena suerte con eso.
Empujó mi pecho y me rodeó, dirigiéndose rápidamente hacia
la puerta. Se detuvo en el umbral, fulminándome con la
mirada.
—Capullo.
Le lancé un beso antes de que saliera corriendo.
DIECISIETE
LIANA

No era una damisela en apuros.


Mi hermano Michael solía decirme: no te despiertes
planeando ser mediocre. Esa actitud me había servido bien en
la vida. Me permitió entrar en una gran universidad y batir los
récords de natación femenina en el instituto. Puede que mis
logros fueran pequeños comparados con los de Vinn, pero no
era tan indefensa como el idiota creía.
Después de nuestra discusión, huí a la lavandería. Con el
pecho ardiendo, abrí la secadora de un tirón. Un montón de
ropa cayó en el cesto. Separé el delantal verde de una camisa y
una tarjeta de visita revoloteó hasta el suelo. El nombre en la
parte superior me cortó la respiración.

Killian
Llámame. Cuando quieras.

Mi corazón latía con un impulso temerario. Quería marcar el


número en ese mismo instante, pero necesitaba tiempo para
pensarlo bien. Una vez que Vinn salió de casa, investigué
durante horas y elaboré un plan.
Luego concerté una reunión.
Me senté en un reservado lejos de las ventanas y del tentador
sol. El antro estaba en mi antiguo barrio, cerca del café donde
Killian casi me había secuestrado, y estaba lleno de
estudiantes universitarios.
Al poco tiempo, un rugido gutural sacudió el suelo. Killian
llegó en un destello cromado. Bajó de la moto y se quitó el
casco, siendo fácilmente lo más exótico del bar con su cuero,
su barba dorada y su cabello salvaje. Las chicas giraron la
cabeza mientras entraba. Intercambió bromas con el camarero
antes de tomar su bebida. Luego se unió a mí, deslizándose por
el vinilo.
Forcé una sonrisa. —Gracias por venir.
—Por supuesto. —Killian removió su cóctel—. No podía
resistirme cuando escuché tu voz.
Aquí vamos.
Mi sonrisa vaciló. —Esto no es una cita.
Me lanzó una mirada sombría. —Como ya has mencionado.
—Seamos muy claros. No estoy aquí para engañar a Vinn ni
hacer nada que él considere una traición.
—¿Como deshacerte de los guardaespaldas para reunirte
conmigo en secreto? —Los ojos azules de Killian brillaron
mientras giraba su pajita—. Estás en negación, nena.
Apreté los dientes.
Durante la llamada telefónica, fui firme. No estaba interesada
en Killian, pero su comportamiento dejaba claro que aquellas
palabras le habían entrado por un oído y salido por el otro.
Me tocó el codo. —¿Tan desesperada estás por dejarle?
Me aparté de su alcance. —Esto no tiene que ver con mi
relación con Vinn. Ni siquiera tiene que ver conmigo. Quiero
negociar el regreso seguro de Anthony.
Lo único que haría desaparecer todo esto era Anthony. Si
regresaba, Nico dejaría de poner en peligro la vida de Vinn, y
podríamos seguir caminos separados. No tendríamos que
mantener una farsa que me estaba matando lentamente.
—Ya veo. —Sacó la cereza de su bebida, exprimiendo la
brillante pulpa roja—. Crees que todos tus problemas
desaparecerán cuando él vuelva. ¿Verdad?
Exacto.
Agarré la mesa con fuerza. —¿Lo harás?
—Claro. Rompe con Vinn.
—No voy a hacer eso.
—¿Por qué? ¿Porque es tan cálido y cariñoso? —Killian
chasqueó los dedos a la camarera de pelo negro con vaqueros
cortados y señaló mi vaso vacío.
—¿Por qué estás tan obsesionado conmigo?
—Porque te he estado observando durante mucho tiempo.
Querrás decir acosando.
Saludé a las chicas sentadas en la barra. —Echa un vistazo
alrededor. Hay muchas universitarias entre las que elegir.
—¿Qué pueden ofrecerme además de una montaña de deudas
estudiantiles? —Resopló mientras la camarera deslizaba otro
vodka tónico sobre la mesa—. Vales cinco millones de ellas.
Eres un punto de presión, el comienzo de una nueva alianza y
un adorno bastante decente para el brazo.
Supuse que eso era un cumplido.
Cogió mi vaso y dio un sorbo.
Lo miré con ira, resentida por cómo tomaba sin pedir. —¿Y si
hiciera algo por ti?
Su mirada bajó a mi escote. —¿Como qué?
—Hay una orden de arresto contra ti por un delito grave de
incendio provocado. Te perdiste la comparecencia el veintitrés.
También tienes una cita en el juzgado la semana que viene por
un molesto robo a mano armada.
Sonrió. —Ese caso se basa en indicios razonables. Conseguiré
que lo desestimen.
—No estoy tan segura. El juez Gilstrap es amigo nuestro.
¿Sabes qué odia? La violencia contra las mujeres.
Levantó una ceja. —No te he hecho nada.
Todavía, insinuaba su tono.
—Me secuestraste delante de testigos. Me arrastraste hasta tu
moto, te marchaste, y apenas escapé con vida.
—Eso no es lo que ocurrió.
—Esa es tu versión de la historia.
—¿Me estás amenazando?
—Me alegra que lo hayas captado —dije con desdén, tirando
de mi bebida—. ¿No es Massachusetts un estado con la ley de
las tres strikes? Sería una pena si presentara una denuncia
policial. Quién sabe qué hará el juez Gilstrap con esa
información. Probablemente te negará la fianza, lo que
significa que estarás atrapado en la cárcel hasta tu juicio. Hay
bastante retraso en estos días, así que se pospondrá.
Considerando tu extenso historial delictivo, el juez podría
sentirse obligado a darte la pena máxima.
La boca de Killian se curvó en una sonrisa maliciosa mientras
golpeaba la mesa con los dedos. —Eres una zorra loca.
—No tan loca como lo seré si no haces lo que quiero. Podría
hacer tu vida difícil, o podría interceder por ti ante el juez.
Su mirada me taladró. —Mataré a Gilstrap y luego iré a por ti.
—No, no lo harás.
—Tú no lo harás. Hacer esto te pone en el punto de mira de
todos los moteros de Boston. —Masticó un trozo de hielo, su
voz endureciéndose—. Hemos terminado aquí.
Inclinó su elegante cabeza y besó el aire entre nosotros.
Le agarré la muñeca. —Lo haré.
Miró mi mano. Luego me retorció el brazo y tiró. Choqué
contra él, lo suficientemente cerca como para oler su chaqueta
de cuero.
—Negociar es una cosa, pero ¿amenazarme? Estás jugando un
juego peligroso.
Gotas de sudor se formaron en mi labio. —Puedo ayudarte.
—Puedes ponerte de rodillas.
Me zafé de su agarre, tropezándome fuera del reservado.
Me sujetó para evitar que me cayera, pero no me atrajo hacia
él. Las palabras se me atascaron en la garganta cuando me
soltó. Me guiñó un ojo antes de salir a zancadas.
No respiré hasta que se subió a su moto, y entonces mis
hombros se encorvaron hacia delante.
Joder.
¿Y ahora qué?
Me froté las marcas que me había dejado. Ir a ver a Killian
había sido un riesgo. Esperaba que me tomara en serio, pero él
no creía que yo fuera a cumplir. No correría inmediatamente a
la policía. Las represalias eran una gran preocupación, pero no
es como si a Vinn le quedaran muchas opciones.
Arrastrando mi bolsa desde el reservado, me abrí paso entre la
multitud universitaria y salí a la luz del sol. Luego me retorcí
el pelo en un moño, me encasqueté una gorra de béisbol y me
coloqué la mochila. Agaché la cabeza, caminando hacia el
metro mientras el tráfico de hora punta fluía.
Un hombre con traje se bajó de un coche. Pisó la acera y se
quedó inmóvil, su silueta bloqueando el paso.
Caminé alrededor de él hasta que un fuerte brazo con chaqueta
rodeó mi cintura. Mi cuerpo reconoció el tacto de Vinn antes
de que un gruñido profundo brotara de su pecho. Me arrastró,
clavando sus dedos en mi carne.
Las llamas emanaban de Vinn, superando el calor del día de
verano. Las venas sobresalían en su frente, su comportamiento
era tan amenazante que los transeúntes se dispersaron.
—Por el amor de Dios, Liana. Más te vale haber cortado con
él —su terrible voz envió fuego por mi columna vertebral.
Me quedé boquiabierta. —¿Con quién?
Vinn apretó los dientes con tanta fuerza que un músculo saltó
en su mandíbula. —El hombre con el que te has reunido a mis
espaldas.
Vaya.
—No estaba…
—Entra en el maldito coche.
Aturdida, dejé que me metiera en el Lexus aparcado. Me hundí
en el asiento trasero mientras Vinn cerraba la mampara de
golpe.
—¿Cómo me has encontrado?
—No eres buena ocultando tus huellas —su tono rezumaba
frío desprecio—. Además, el camarero me llamó. Tengo ojos
en todas partes, especialmente cuando se trata de mi
prometida.
Genial.
Agarró mi mochila y sacó mi teléfono. Revisó mis mensajes, y
al no encontrar nada, pasó a Llamadas Recientes.
Oh, mierda.
—Una conversación de cinco minutos justo antes de que
salieras de casa —se burló Vinn—. Este es el tipo.
Fuego subió por mi garganta.
—¿Quién es, algún chico de fraternidad? ¿Sigue ahí dentro?
—dio unos golpecitos en la ventana, curvando la boca—. Te
arrastraré ahí dentro y te haré señalarlo.
—No quieres que haga eso.
—Ahora tengo realmente curiosidad.
Su pulgar se cernía sobre la pantalla.
—Vinn, no.
—¿Tienes miedo de lo que haré? Deberías tenerlo.
Tengo miedo por ti. —No pulses ese botón.
Apuñaló el número.
Me lancé a por el móvil, pero Vinn lo levantó fuera de mi
alcance. La llamada se conectó, y el ronroneo de Killian llenó
el coche.
—¿Lista para dejar a Costa? ¿O me estás ofreciendo una
mamada?
Un silencio sombrío se instaló entre nosotros.
—¿Liana, estás ahí?
Me encogí, con las manos en las orejas, mirando al suelo como
si buscara un agujero que me tragara.
—¿Necesitas que vuelva…?
Vinn terminó la llamada, cortando el arrastre de palabras de
Killian.
Entonces finalmente reuní el valor para levantar la cabeza.
Vinn miraba el teléfono como si fuera un órgano enfermo. Sus
labios palidecieron. Metió mi móvil en su pantalón, golpeando
con el puño la mampara.
El coche arrancó de golpe.
Dios mío.
Mi pulso se aceleró. —Vinn, no es lo que piensas.
—Cállate, Liana.
Aferré el reposabrazos con los nudillos blancos.
Vinn apretó la mandíbula durante todo el camino a casa, sin
duda imaginando escenarios ridículos con Killian. Una vez
que llegamos a su edificio, Vinn me sacó del coche tirando de
mí, guiándome por la muñeca como a una niña rebelde.
Salimos del ascensor, y me empujó dentro del apartamento.
—¿Crees que Anthony ha estado de vacaciones durante quince
meses? —gritó mientras cerraba la puerta de golpe—. Harán
lo mismo contigo. Te subastarán, te venderán como esclava y
te obligarán a follar con hombres asquerosos. ¿Es eso lo que
quieres? Dímelo. Te ataré y te mostraré lo que te espera.
Una oscura emoción me recorrió.
—Vinn, cálmate. Ni siquiera sabes por qué estaba allí.
—Porque me negué a ir a brunch contigo —gruñó.
—Por Dios, Vinn. Como si yo fuera tan mezquina.
Las palabras me fallaron cuando arrojó mi móvil sobre el
mármol. La pantalla se hizo añicos. Lo pisoteó hasta que
parecía un trozo de cristal roto. Después sacó la tarjeta SIM y
la aplastó también.
—¡Eh!
Señaló el aire con un dedo. —A partir de ahora, examino a
todos en tu vida. No puedo confiar en ti. Eres un peligro.
—¡Solo intentaba ayudarte!
—Déjate de tonterías. Fuiste a mis espaldas y te reuniste con
Killian. —Apartó de una patada el teléfono destrozado y se
dirigió a su vestidor. Palpó una pared falsa, sacando una
pistola del escondite.
Un atisbo de pánico atravesó mi corazón.
—¿Adónde crees que vas?
Metió una caja de cartuchos en su chaqueta, equipándose
como si fuera a invadir Polonia.
—No hagas esto —le agarré la camisa con los ojos ardiendo
—. No arriesgues tu vida por un estúpido malentendido.
—Ese cabrón sabe exactamente lo que está haciendo.
Se metió un cuchillo en la correa del tobillo y se dirigió
furioso hacia la puerta.
Miré la espalda de Vinn alejándose, con el cuerpo consumido
por el fuego. Fue todo lo que pude hacer para no
desmoronarme. Le alcancé y le agarré del brazo.
—Vinn, quédate.
—Te está apartando de mí.
La fuerza de sus palabras derrumbó un muro dentro de mí.
—Te pertenezco a ti, no a él.
Un destello de calor atravesó su hielo.
Me lancé contra su pecho y le agarré del cuello, con una
presión insoportable en los pulmones. Enredé mis dedos en su
pelo. Enterré mi rostro ardiente en su hombro y le besé. Tiré
de su camisa de vestir, desesperada por demostrarle mis
sentimientos. Tendría que darle una razón para no marcharse,
una parte de mi orgullo para calmar el suyo. Tiré hasta que
cedió un poco. Presioné mi boca contra la suya, succionando
su labio inferior.
Su respiración se aceleró, pero no me correspondió.
Normalmente, Vinn no dudaba en tomar el control sobre mí.
Me aplastaría entre sus brazos y me arrancaría la ropa si se lo
permitiera, pero de repente se negaba a ceder.
—Vinn, solo fui allí para ayudarte. He estado colada por ti
desde que tenía cuatro años.
—Qué conmovedor.
—¡Es la verdad!
Una sonrisa oscura se dibujó en su mejilla mientras se
enderezaba, su figura imperial alzándose sobre la mía. —Eres
una mentirosa.
Mi chispa de esperanza se desvaneció.
—No estoy mintiendo.
—Te pillé intentando marcharte.
Su palma se elevó hasta mi rostro y me acarició. Era como
mármol presionando contra mí, su frialdad hundiéndose en mi
barbilla. Normalmente, su tacto me calentaba como el sol,
pero ahora un escalofrío recorría mi columna en lugar de
excitación. Estaba húmeda por él porque su atención estaba en
mí, pero mi deseo era tóxico.
Condenado.
Apreté la mandíbula para controlar el temblor. —No quiero
dejarte.
—Cierra la puta boca.
—¿Por qué iba a mentir?
Se inclinó, susurrando en mi oído. —Porque estás enamorada
de otro hombre.
Mierda.
Era culpa mía que creyera eso en primer lugar. Solo le había
provocado por una necesidad egoísta de venganza. Mi estúpida
mentira había llegado demasiado lejos.
Tomó mi rostro entre sus manos y se acercó, rozando sus
labios con los míos. Su susurro acarició mi boca.
—Quédate. Aquí.
—Vinny…
Sus dedos se tensaron, atrapando mi aliento antes de que
escapara. —No vuelvas a llamarme así nunca más.
El nudo pulsante dentro de mí me exigía discutir.
¿Cuántas veces le había visitado en el hospital y en
rehabilitación? Me preocupaba por él. ¿Cómo no lo sabía en
sus entrañas?
Tenía que demostrárselo.
Verle en este estado me retorcía las tripas. Le había clavado un
cuchillo entre las costillas, y se desangraría si salía. Si le
dejaba ir, había muchas posibilidades de que hiciera algo
temerario. Moriría como Daniel, que se dejaba gobernar por
sus emociones. Daniel hacía lo que le apetecía, y esa actitud le
había costado la vida.
Una imagen horripilante de Vinn en un ataúd me quemó como
ácido. La desesperación me arañaba la garganta mientras me
aferraba a su espalda. Clavé mis uñas en él, decidida a
detenerle.
—Vinn, hablemos —me interpuse entre él y la puerta—. Vinn,
espera.
—Apártate.
—¡Déjame demostrártelo!
—¿El qué?
Me separé de la pared, deslizando mis brazos alrededor de su
cintura. Intenté comprimir diez años de afecto en su cuerpo
cada vez más tenso.
Era un abrazo unilateral, pero la mirada ardiente de Vinn no
me hacía sentir rechazada. Algo del chico que fue destelló en
sus pozos de ébano. Anclé mis manos en sus hombros. Mis
labios presionaron su fría mejilla.
—¿Quieres convencerme? —dijo con aspereza.
—Sí.
Vinn me observó con los ojos entrecerrados. —Arrodíllate.
—¿Q-qué?
—Ponte de puta rodillas en el suelo.
Su tono me congeló como el océano en invierno.
—Vinny.
—No soy tu Vinny.
DIECIOCHO
LIANA

Me arrodillé.
El calor invadió mi cara cuando mis rodillas golpearon el
mármol. Bajé la mirada, incapaz de soportar la cruel mueca en
su boca. No quería degradarme, pero la alternativa era dejarlo
marchar.
Ya había derramado todas las lágrimas cuando mi hermano me
llamó hace un año con la horrible noticia de que Vinn había
recibido un disparo. No pude contener mis sollozos lo
suficientemente rápido como para respirar. Su tiroteo me había
destrozado. Si él cruzaba esa puerta, podría ocurrir lo mismo.
No podía irse.
Su chaqueta y llaves golpearon las baldosas. Yo era el tercer
objeto inanimado que había descartado. Un dolor sordo
pulsaba en mi cráneo mientras él curvaba un dedo alrededor de
mi barbilla, un gesto insoportable en su ternura.
—Buena chica —me elogió—. Ahora suplícame que te folle.
Levanté la mirada desde el suelo que pellizcaba mi piel, sus
pantalones, sobre el bulto que me sacudió con esperanza.
—¿Q-qué?
—Suplícame que te folle.
Me rocé la garganta, el ardor de mis mejillas extendiéndose
como un baño de pies a cabeza. Fantasear sobre sexo con Vinn
no era lo mismo que comprometerme al acto.
—¿Me deseas? ¿Ahora mismo?
Asintió, con una expresión marcada por el desprecio.
Había imaginado mi primera vez como un dulce montaje en
una comedia romántica, una conversación brillante durante la
cena y luego tropezar hasta la cama, no esta intoxicante
sumisión. Espirales de calor acariciaron mis pezones mientras
él apretaba los puños. Su mandíbula se contraía con un ritmo
salvaje mientras su mirada posesiva se centraba en mí. Podría
haberme estrangulado tan fácilmente como follado.
—Suplícame, o me voy.
El pánico carcomió mi confianza.
Entonces se alejó, dirigiéndose hacia la puerta.
—Tómame. Fóllame —Aspiré aire cuando se detuvo, envuelto
en oscuridad—. Haz lo que quieras con mi cuerpo.
Su mirada me atravesó. —¿Estás segura?
—Sí.
La desesperación creció bajo mis costillas, pero el mismo
anhelo enfermizo parecía apoderarse de Vinn. Se acercó,
pasando sus nudillos por mi mejilla.
—No voy a usar condón.
Una emoción de anticipación rozó mis pezones. —Vinn, no
estoy tomando anticonceptivos.
—¿Eso es un no?
—N-no te detendré.
Una guerra se libraba en sus ojos. —Deberías hacerlo.
—¿Ibas a mantenerme, pero nunca follarme?
—Habría sido amable. Siempre me he contenido contigo —
Sus dedos se enredaron en mi pelo—. Me vuelves loco, Liana.
Él también me afectaba a mí.
Mis respiraciones entrecortadas cortaban el aire mientras me
sujetaba, tan intoxicada por él que vacilé.
—Haz lo que quieras.
—No deberías decir eso. Estás entregando el poder, dándome
las herramientas para manipularte.
—No harás eso.
—Sí, lo haré —Vinn apretó su agarre, su pecho pulsando—.
Killian te devoraría viva.
—Él no tiene mi confianza. Tú sí.
Me giré, rozando mis labios en su pierna. Lo besé a través de
la tela. Mis manos se deslizaron por el duro músculo antes de
recorrer su muslo. Mis dedos rozaron su ardiente bulto. Cerré
mi puño sobre él.
Su polla saltó. Mientras lo acariciaba, él soltó un siseo bajo. Se
ancló detrás de mi cabeza, empujando mi cara contra su
entrepierna. Frotó su rígida polla sobre mi mejilla, su cuerpo
derritiéndome a través del algodón.
Debería haber sido degradante, pero no lo fue.
—Liana, esta es tu última maldita oportunidad —Se alejó, aún
agarrando mi pelo—. De lo contrario serás destrozada,
poseída, dominada y follada.
No tenía otra opción.
Aunque mis bragas no estuvieran empapadas, le habría dejado
tomarme. Prefería ser follada hasta el límite que poner a Vinn
en peligro, así que firmé en la línea punteada.
Me incliné hacia delante. Mis labios juguetearon con su
longitud, trazando su cabeza en forma de champiñón.
Sus párpados temblaron y sonrió con suficiencia. —Levántate.
Bésame como besaste a Vincent.
Me levanté de golpe y tropecé hacia él. Tomé su cintura,
apoyándome en él. Mi torpe beso aterrizó en su barbilla antes
de que Vinn se agachara, permitiéndome aplastar sus rígidos
labios. Se separaron con una brisa de calor.
—¿Eso es todo? No me extraña que no estéis juntos.
Agarré su camisa y estampé mi boca contra la suya. Mi lengua
se deslizó dentro de él, su sabor a menta evocando una imagen
de la playa. Imaginé que rodábamos sobre la arena mientras
las olas lamían nuestros pies. Lo vi con el corte de pelo militar,
vistiendo el uniforme. En mis sueños, besarlo no era un
escándalo.
Él me devoró. Succionó mi labio inferior, ahogando mis
gemidos con sus besos consumidores. Le arañé el pelo,
siseando cuando chocamos contra una pared. Marcó mi cuello
con pequeños pinchazos. Mordisqueó hacia abajo,
deteniéndose justo antes de mi pecho. Su tacto navegó por mi
muslo y agarró mi trasero, amasándome. Nos desgarramos el
uno al otro hasta que abrió una puerta de una patada.
Vinn me arrastró a su dormitorio. Me empujó a una silla, su
cara aún pegada a la mía. Acunó mi mejilla, lo que no debería
haber encendido todo mi ser. Solía pellizcar mi mandíbula y
sonreír. Me hacía sentir especial, pero seguía haciéndolo, y
cuando crecí, el ardor se extendió a lugares traviesos.
—Eso está mejor —susurró, besándome suavemente—.
Mucho mejor.
Me lamí los labios. —¿Qué vas a hacerme?
Su aliento cortó mi piel mientras miraba a una mirada sin
remordimientos. —No te moverás. No importa lo que haga,
tus piernas permanecerán abiertas.
Asentí, mi respiración superficial.
De repente, abandonó la cuna de mis brazos. El cuello de su
camisa revelaba el rojo profundo que enrojecía su pecho.
Anhelaba arrastrarlo cerca y explorar su cuerpo. Me costó todo
lo que tenía no caer en su abrazo.
Sus dedos ásperos subieron mis mangas. Se apoyó en la silla, y
luego sus labios tocaron los míos, suaves y gentiles. Su lengua
se deslizó bajo mi puchero y succionó. El calor me azotó con
éxtasis. Un resplandor palpitaba en mi coño mientras jugaba
conmigo, la atracción en mi vientre tan fuerte que le acuné la
cara.
—No toques.
Mis manos volaron a la silla, y mis piernas se tensaron. La
oscuridad en su tono me afectó.
—¿Por qué estoy sentada?
—Yo hago las preguntas. Serán muy personales —Su voz
sedosa llevaba un desafío—. Si te niegas a responder o
mientes, azotaré tu trasero.
Asentí.
Su sonrisa brilló. —¿Cómo te llamas?
—L-Liana.
—¿Cuántos años tienes?
Miré boquiabierta a Vinn. —Sabes eso.
—Te follaré la boca a menos que sea una respuesta a mi
pregunta.
Esa estimulante imagen lanzó una oleada de calor entre mis
muslos.
Él me dio un toquecito. —¿Cuántos años tienes?
—Veintiuno.
—¿Dónde creciste?
—En Boston —dije, desconcertada.
Vinn desapareció mientras se movía a mi alrededor, apartando
el pelo de mis hombros. Me hizo cosquillas en el cuello.
—¿Dónde estudias?
Me arqueé hacia su contacto antes de recordar la orden No te
muevas. Me quedé quieta, agarrando los brazos del sillón. —
En la U-Universidad de Bourton.
Vinn se hundió en el sillón junto al mío, con las mangas
remangadas sobre sus bíceps tatuados. —¿Conoces a muchos
chicos en la universidad?
—Eh… sí, claro.
—Háblame de tus novios.
Humedecí mis labios. —¿Novios?
—¿Cuántos has tenido?
Mis palmas resbalaron. —Yo… ¿qué?
Mordisqueó el contorno de mi oreja. —¿Cuántos novios?
—Ninguno.
Su tono se oscureció. —La verdad, Liana. Ahora.
—Nunca he tenido una relación.
Mis intentos a medias por seguir adelante siempre terminaron
en desastre. Nunca dejé de quererle… incluso mi odio estaba
cubierto de tanto amor.
Sus cejas se movieron mientras asimilaba eso. Parpadeó,
perdiendo un poco el hilo. —¿Con cuántos hombres has
estado?
Lentamente desgarró mi blusa. Los botones saltaron con un
chasquido, haciéndome cosquillas en el estómago. Su mirada
escrutadora acarició mi cuerpo mientras quitaba la camisa de
mis curvas. Su dedo se deslizó por mi sujetador, haciendo que
mi respiración se entrecortara.
—Quiero sus nombres, Liana.
—De-déjame pensar. —Había tonteado con algunos en el
instituto y la universidad, pero ninguno había llegado muy
lejos—. Estaba Ben. James y Dennis. Luego t-tú.
—¿Tres chicos y yo? ¿Eso es todo?
—Sí. —Me lamí los labios—. Sí, creo que sí.
—¿Crees o sabes? —Vinn deslizó su agarre por mi brazo.
Mi corazón se detuvo. —Definitivamente lo sé.
—Bien. Háblame del primer chico.
—Iba a otro instituto. Nos conocimos a través de amigos, y me
llevó al cine.
—¿Te follaste a él?
Si Michael le oyera hablar así, le cortaría la garganta a su
mejor amigo sin dudarlo.
Me estremecí. —No, no lo hice. Fue… fue inocente. Nos
besamos en el cine.
—¿Te tocó las tetas?
Asentí, ardiendo ante el recuerdo.
Una sonrisa vacilante cruzó el rostro de Vinn. —¿Metió la
mano bajo el sujetador?
—A veces, pero yo normalmente… —Me detuve cuando me
acarició a través de la tela, sus pulgares rozando donde mis
pezones dolían—. Oh.
—¿Tú normalmente qué?
La voz de Vinn se suavizó, pero no disfrazaba sus intenciones.
Dibujó círculos, torturándome a través de las gruesas copas. El
calor hormigueó en mis pezones mientras se endurecían. Me
mordí el labio contra el infierno que reclamaba mi sexo.
—Liana, si tengo que preguntar otra vez…
—Lo apartaba. En aquel entonces, no me gustaba hacerlo en
un lugar público.
Vinn resopló. Luego deslizó el sujetador sobre mis pechos.
Me estremecí, soltando un siseo bajo. La excitación se
acumuló entre mis muslos mientras Vinn seguía la banda,
aflojando los tirantes. Su mirada bajó a mi escote, y cuando
volvió a mis ojos, giró el cierre.
El sujetador cayó sobre mi vientre.
Su cálida mano envolvió mi pecho. Rodó mi pezón. Mi sangre
se aceleró ante la intimidad provocadora. Mis dientes
rechinaron cuando me pellizcó, la suave fricción disparando
chispas. Mi respiración se hizo laboriosa mientras prestaba la
misma atención a mi otro pecho.
Dios, era increíble.
Pero, ¿por qué hacía esto?
Vinn no me ofreció respuestas mientras me amasaba, su
mirada fijándose en mi cara como para medir mi respuesta.
Reunió ambos pezones. Luego pellizcó.
Jadeé.
—¿Qué más hiciste con él? —exigió—. ¿Su boca tocó tus
tetas?
No pude decir palabra. Sus hábiles manos me habían robado el
aliento.
Apretó con más fuerza.
El inesperado relámpago de placer me hizo jadear. —N-no.
—¿Nunca te folló con los dedos?
Mis mejillas ardieron. —Vinny.
—No soy tu Vinny. —Se inclinó hacia delante, sus palabras
haciéndome cosquillas en la piel—. Respóndeme.
—No… oh, Dios.
Su boca cubrió mi pezón. Me succionó, excitando los capullos
que ya se habían hinchado por completo. El calor húmedo
azotó el punto endurecido, y un chorro de deseo se arremolinó
dentro de mí, centrándose en la lengua juguetona de Vinn.
Todo mi ser se inundó de lujuria. Un gemido escapó de mis
labios, y enterré mis manos en su pelo.
—Oh, quiero más. Vinn.
Me mordió.
Di un grito ahogado y volví al sillón.
Se apartó, dejándome con una marca roja y un dolor
palpitante. —Háblame de los otros chicos.
Inspiré bruscamente e intenté no frotar mis muslos uno contra
otro.
—Conocí a Dennis en Antropología 101. Yo… um… le hice
una mamada algunas veces.
—¿Terminó en tu boca?
Asentí, demasiado mortificada para hablar.
—¿Te hizo acabar a ti?
—No —susurré.
—¿Ni siquiera te hizo acabar?
Mi cara hirvió ante su cálida risa. —No quería un novio. Solo
quería…
—¿Chupar pollas sin recibir nada a cambio?
—Fue consentido, y me gustaba. Él me enviaba mensajes. Yo
le encontraba en el campus. Buscábamos un sitio donde
pudiera hacerlo. Solo duró unas semanas, pero fue
increíblemente excitante. No me arrepiento.
Disfrutaba de lo impersonal que era mientras seguía
cumpliendo una fantasía depravada.
La mirada de Vinn se intensificó. —Háblame de los otros.
—Solo queda uno, James. Me lo encontré en una fiesta. Nos
liamos, y me emborraché. Me desperté en el sofá. Tenía los
vaqueros bajados y su dedo estaba en mi clítoris.
La expresión calmada de Vinn se hizo añicos. Una severidad
recorrió sus cejas. —El mismo James del bar.
—Sí.
—¿Y te folló?
—No, no. Lo aparté y me fui.
Estuvo ardiendo unos momentos. —¿Y el hombre que te dio el
collar?
—¿Qué collar?
—Lo llevas casi todos los días.
—Eh… ni siquiera nos besamos nunca. —Un intenso rubor
invadió mis mejillas—. Le quería, pero no era correspondido.
Eso es todo.
—¿Nunca te tocó?
No hasta ahora.
Apreté los labios y negué con la cabeza.
Exhaló con los dientes apretados. —¿Cómo fue tu primera
vez?
—Soy virgen.
Resopló.
—Es la verdad.
Vinn me observó durante un rato. —Deberías habérmelo
dicho.
—¿Me habrías tratado de forma diferente?
—Supongo que no. —Me levantó la falda hasta la cintura,
acariciándome el interior del muslo con la palma—. ¿Cuántos
juguetes sexuales tienes?
—Algunos.
—¿Como cuáles? No te me pongas tímida ahora.
Murmuré una respuesta.
—Liana.
—Algunos dildos y… plugs anales.
Una sonrisa se dibujó en su rostro. —¿Quieres que te lo hagan
por detrás?
—Me-me gustaría probarlo.
—Bueno es saberlo.
Se deslizó bajo mi falda, jugueteando con mis muslos antes de
tirar. Ver a Vinn quitándome la ropa era mágico, como los
dulces besos que plantaba bajo mi mandíbula. Ardía mientras
la tela se deslizaba, exponiendo el triángulo rosa de mis
bragas. Me estremecí cuando la falda se deslizó hacia abajo, y
entonces la arrancó de mis tobillos.
Separó mis rodillas. Sus manos me exploraban, recorriendo
mis piernas, trazando el contorno de mi ropa interior.
Gemí. —Déjame tocarte.
—Todavía no.
Sonrió contra mi cuello, mordisqueándome. Succionó con
fuerza hasta que un trozo de piel me ardió, y luego bajó hasta
mi pezón para dejar otra marca. Me agarró el trasero, sus
dedos recorriendo mi hendidura. Me presionó, aún por encima
de la ropa interior.
Gemí, y entonces deslizó mi ropa interior a un lado,
introduciéndose en mi humedad. Masajeó mi clítoris.
Descendió hasta mi monte húmedo, deslizándose en el río de
mi excitación.
Cerré los muslos.
Vinn me dio una palmada en la rodilla. —Ábrelos.
Obedecí, y él reanudó las lentas caricias. Una presión plana se
curvó sobre mi coño. Su mano se curvó en mis pliegues,
probando mi entrada. Un dedo se hundió en mí.
Sonidos desesperados escaparon de mí.
—Podrías estar diciendo la verdad. Quizás aprietas los muslos
cada vez que te toco. ¿Pones tu mano entre tus piernas
deseando que fuera mi polla?
Mis labios se separaron. —Sí.
Me arrancó de la silla. Mis rodillas golpearon el escritorio
antes de que me obligara a inclinarme. Mi vientre presionaba
contra la madera. Mis dedos de los pies apenas rozaban el
suelo. Luego, juntó mis muñecas.
Mierda.
Estampó su palma en mi trasero. El mordisco se filtró en mi
carne. Me dio otra palmada. Un grito brotó de mis labios
cerrados. Acarició la zona ardiente. Tocó donde me contraía
desesperadamente sobre el vacío. Luego me penetró con un
dedo.
Me ahogué en un mar de placer sedoso mientras me cerraba
alrededor de la dureza, anhelando algo más largo. Más grueso.
Me empujé contra él.
—Oh, Vinn. Eso es tan bueno.
—¿Quieres más?
—Sí, quiero. Realmente quiero.
Me dio una palmada en la parte más carnosa del trasero.
Me abrasó con un dolor floreciente. El escozor de sus golpes
irradiaba hacia mi coño, echando gasolina a un fuego ya
descontrolado. Sus dedos se sumergían dentro de mí, los
sonidos húmedos llenando la habitación. Salió de mí y me
golpeó el trasero. Frotó mi clítoris con fuerza.
Joder.
Una ola abrasadora sacudió mis caderas. Mi orgasmo me
golpeó dejándome tambaleante. Gemidos intensos brotaron de
mi boca. Era una marioneta abandonada, pero el alivio que
buscaba nunca llegó. Mi coño seguía contrayéndose. Gemí con
una aguda frustración mientras Vinn me arrancaba del
escritorio.
Sus ojos brillaban mientras acunaba mi cuerpo jadeante. Me
observaba con una sonrisa maliciosa mientras pasaba un dedo
por mi costado, como si le encantara ver cómo me estremecía.
Había risa en su mirada nublada por la sospecha.
Me lanzó sobre la cama.
Arremetí contra su camisa, arrancándosela en mi prisa. La tiró
a un lado, y agarré el bulto que tensaba sus pantalones. Inspiró
bruscamente cuando lo apreté y se liberó de mi agarre para
quitarse los pantalones, y de repente su peso se posó sobre mí.
Jadeé al sentir la sensación de estar contra un hombre desnudo.
Esperaba que me tirara sobre el colchón y me montara, pero
Vinn exploró mis curvas, separando mis muslos con un
golpecito. Acortó la distancia. Su corazón martilleaba contra
mi pecho.
—Realmente quieres esto. Conmigo.
Me mordí el labio, luchando contra la sonrisa. —Sí.
Vinn no dijo nada durante un rato. Me acarició el pelo, de
delante hacia atrás, sus dedos hormigueando en mis hombros
mientras descendían.
—Confío en ti.
Asintió y me atrajo hacia un beso suave.
Una dureza empujó mi coño, hundiéndose en mi humedad.
Avanzó poco a poco. Estaba tan caliente y grueso, como un
puño abriéndome.
Hice una mueca.
Vinn se detuvo. —¿Estás bien?
—Sí. Solo… ¿estás completamente dentro?
—Ni siquiera cerca, nena.
Nena.
Mi corazón cantó mientras reclamaba mi boca, sus caderas
moviéndose lentamente. Había jugado con tantos juguetes que
no era una tortura, pero era lo suficientemente grande como
para hacerme estremecer. Llovió besos sobre mí mientras
pulsaba, sus embestidas profundizándose en empujones que
me robaban el aliento. Su respiración entrecortada se enganchó
con una embestida que me anclaba. Toda su longitud empujó
dentro de mí.
Un dolor agudo me partió en dos. Luché por inhalar, mis
palmas resbalándose de su cuello.
—Eso es todo de mí. Li, respira.
—Lo intento.
Se retiró, aliviando la presión. Atrapó mi pierna, deslizando su
caricia hasta mi rodilla, que marcó con un mordisco de amor.
Con los ojos cerrados, movió sus caderas.
La plenitud desde esta posición me arrancó un gemido. Siseé
mientras el dolor se transformaba en dulzura. Cuanto más me
follaba, menos dolía. Mis muslos se relajaron, y nos
acomodamos en un ritmo confortable. Dios, necesitaba
nuestras bocas tocándose—no tener nada más que las sábanas
para agarrarme hacía esto insoportable.
Vinn tenía mucho de mí. Me agarró la cadera, luego se
desplazó hacia mi cintura y vientre, ahuecando mi pecho.
Empujó hacia adelante con embestidas más profundas. El
éxtasis brillaba a través de mí como miel caliente.
Entrelacé mis dedos con los suyos. Lo arrastré hacia mi mejilla
y besé sus nudillos, con la respiración entrecortada. Mis uñas
se clavaron en su mano. Ahora era mucho mejor, tan fácil.
Yacer bajo él mientras sudaba follándome era lo mejor del
mundo.
Increíble.
Cada sensación intensificaba mi excitación: sus gruñidos
tensos, el obsceno y húmedo choque, el penetrante aroma
varonil.
Su brazo cedió, y cayó como si estuviera debilitado. Agarró
mis caderas y me embistió con un ritmo desenfrenado. Era
como si clavara su polla hasta mi estómago.
Jadeé cuando mis pechos se aplastaron contra sus pectorales.
Exploré los planos de su espalda mientras me encerraba en sus
brazos. Me derretí, mi mundo lleno de él. Su cuerpo duro
navegaba en mis manos. Me agarró el pelo y aplastó su beso
contra mí. Su lengua forzó mis labios a separarse, y me rendí a
su dominación. Ardía por más. Llovió besos sobre mi boca y
mandíbula. Mis emociones y pensamientos giraban y
patinaban. Todo lo que podía hacer era recibir los
movimientos de sus caderas.
Besó mis pezones, despertando un calor derretido. Tomó un
mechón de mi pelo y lo inhaló. La pasión cruda me elevó a
nubes de dicha. Me elevé. Mi sangre cantaba con el ritmo de
nuestros cuerpos. Arañé sus hombros.
Entonces me fragmenté en un millón de estrellas brillantes. El
éxtasis inundó todo mi ser mientras su polla se anclaba
profundamente. Un temblor calentó mis muslos mientras una
ráfaga de placer me arrastraba.
Vinn se arqueó. Su rostro se tensó y dejó escapar un delicioso
gemido. El calor líquido brotó de su polla, llenándome de
humedad. Temblé con la sensación. No podía hablar. No hice
nada más que saborearlo.
Su pulso golpeaba contra mi pecho. Jadeaba, con la frente
tocando la mía. Una gota de su sudor se deslizó hasta mi
mejilla. Sus ojos chocaron con los míos, ya no eran pozos
negro azabache sino que ardían con una posesividad salvaje.
Mi euforia estalló como burbujas de refresco, explotando con
la creciente sonrisa de Vinn. Me miró bajo sus pestañas con
una arrogancia que demolía su dulzura.
Me moví para liberarme. La amargura cortó mi pecho cuando
él se resistió, follándome con la mirada.
Me besó la mejilla.
Ese único beso despertó un dolor feroz.
Se retiró, deslizando las manos por mi cuerpo como si fuera un
mueble. Me dio un golpecito en la pierna y se bajó de la cama.
Luego desapareció en el baño para limpiarse.
Mi estómago se quedó vacío. Me había guardado para él solo
para encontrarme con su indiferencia. Este momento debería
haber significado algo, y ahora estaba arruinado.
Temblé. Mi garganta ardía con un grito silencioso. Me levanté
de la cama y recogí mi ropa, ansiosa por dejar atrás cada
momento de esta noche, hasta que pateé algo redondo y duro.
El collar que me había arrancado se clavó en mi pie.
Lo agarré.
Era un volcán a punto de entrar en erupción, todos mis
sentimientos embotellados golpeando mi pecho. Años de
angustia arañaban mi garganta mientras encontraba su mirada
desconcertada.
Vinn estaba en su vestidor alfombrado, poniéndose unos
pantalones. Se puso la chaqueta, pero entrelacé mis manos con
las suyas, impidiéndole abrochársela.
Se resistió. —Tengo que irme.
—Quédate conmigo.
Cerré los ojos con fuerza contra el rechazo que vendría. Un
anhelo enfermizo me asaltó. Mi garganta se tensó. Estaba
cansada de esto. No podía soportar la visión de su frialdad sin
derrumbarme.
No puedo hacer esto.
Me apartó y pellizcó mi barbilla. Sus labios se curvaron con
una pequeña sonrisa, como si le divirtiera que le rogara
quedarse. —Me lo he pasado bien, pero sigo muy cabreado.
Volveré. Mañana.
El muro de piedra dentro de mí se desmoronó.
Mi palma se abrió alrededor de la concha marina apretada en
mi puño. Mis pensamientos se precipitaron mientras
desenredaba lentamente la cadena y la colocaba sobre mi
cuello.
Vinn se apartó de mí y se puso bruscamente la chaqueta. Su
rígida indignación era mi única victoria. El único poder que
tenía sobre Vinn era el colgante que colgaba en mi cuello.
Nunca me amaría.
Tenía que alejarlo.
Lanzó una mirada amarga a mi garganta y abandonó la
habitación.
DIECINUEVE
VINN

Joder, había sido un polvo increíble.


El mejor que había tenido jamás. No podía quitarme de la
cabeza cómo sus suaves curvas se habían amoldado a mi
cuerpo. Puede que fuera virgen, pero me hizo hervir la sangre
como nada cuando arqueó la espalda, me arrancó la ropa y me
destrozó la boca con su lengua. Debería ser considerada
responsable de haberme convertido en un maníaco.
Treinta años, y nunca había tomado la estúpida decisión de
follarme a una mujer sin protección. Había tomado nota de
hombres como Michael, que arruinó su vida dejando
embarazada a una stripper, y siempre envolví mi polla. Si una
chica insinuaba tener sentimientos más fuertes, yo salía por la
puerta. Y sin embargo, esta noche había roto todas las reglas, y
quería volver a hacerlo. Podría haberla dejado embarazada.
Una parte enferma de mí esperaba haberlo hecho.
Podría tenerla para siempre.
Ese pensamiento temerario me consumió como una llama
antes de apartarlo. Dios, había perdido la cabeza. Oficialmente
me había vuelto loco si estaba tan desesperado.
El chupito de whisky temblaba en mi mano. Había ido
directamente al Sunset Tavern, y llevaba quince minutos
mirando fijamente el vaso. Pasar el rato en bares era terrible
para mi sobriedad, pero si no me ahogaba en alcohol, haría
algo descabellado.
Un cuerpo chocó contra mi silla. Solo un hijo de puta sería tan
descarado con mi espacio personal, y no tenía ningún interés
en escuchar sus comentarios mordaces toda la noche.
Michael se apoyó contra la barra, sus dientes brillando con una
sonrisa falsa. —Déjame adivinar. Estás en problemas por ser
un capullo.
—No estamos peleados.
—Entonces, ¿por qué estás en el lugar donde encuentras todos
tus ligues? —Un tono mortal se coló en su voz.
—No quiero a nadie más.
Me tragué la bebida mientras la verdad ardía en mi pecho.
Liana era mía, clavada tan profundamente en mi pecho que no
podía respirar sin un agudo dolor.
¿Sería lo mismo para ella?
No.
Ella no podía pasar un día sin suspirar por el otro hombre, sin
importar su “enamoramiento” por mí.
Lancé el vaso contra la pared. Se hizo añicos, lloviendo sobre
el suelo cubierto de cáscaras de cacahuetes.
Michael me lanzó una mirada furiosa de reojo. —¿Qué
demonios ha pasado?
—No es asunto tuyo.
—Sigue siendo mi hermana —advirtió con un gruñido
profundo—. Y estoy esperando vuestra invitación de boda. No
creas que no me he dado cuenta, imbécil.
—Habrá una boda.
Y con suerte, un bebé.
Dios, estaba completamente loco.
—¿Cuándo? —insistió Michael, poniendo un vaso de seltzer
en mis manos—. Pronto empezará a notársele. No hay nada
más vulgar que una novia con barriga de embarazada.
—En menos de un mes.
—Entonces tienes que ponerte las pilas.
Tenía toda la razón.
—Gracias por la charla motivacional. —Le di una palmada en
el hombro, y él se estremeció—. Hasta luego.
Cogí mi abrigo y me bajé del taburete, saliendo del bar.
Mi humor era negro.
Mi odio por el hombre que le dio el collar me obstruía los
pulmones como humo tóxico. No podía respirar sin el escozor
de mil pequeños cuchillos. Esto no era propio de mí. No me
convertía en un desastre furioso cuando ellas llevaban joyas de
otro hombre. No acosaba a sus ex.
Ex.
La cara redonda del universitario nadó en mi mente,
envenenando mi estómago. James había firmado su propia
sentencia de muerte. Había tocado partes de Liana que yo
consideraba mías. Casi la había violado.
Imperdonable.

Aparqué mi coche en una zona sin iluminación.


Luego entré en el local deportivo que también funcionaba
como minigolf y que anunciaba pintas a mitad de precio. La
multitud masculina de veinteañeros ocupaba cada espacio
disponible. Jarras de cerveza se balanceaban peligrosamente
en mesas de acero. Habría sido fácil coger una, pero
sinceramente no tenía interés en la bazofia barata que estaban
bebiendo.
Había venido aquí por otra cosa.
O más bien, por alguien.
Tenía muchos problemas que resolver, pero esto era personal.
Entré en una sala llena de mesas de billar. Me acerqué a la
barra, encontrando al cabrón de cara pálida ignorando la cola
de clientes para charlar con una chica. James jugueteaba con
un dedo alrededor de su pelo y tiraba suavemente. Ella se rio y
apartó su mano.
Él le guiñó un ojo mientras ella se dirigía a los baños, y luego
agarró su jarra medio vacía. Ajustó los dedos, deslizando unos
polvos sobre el borde. Los pequeños granos blancos
desaparecieron mientras rellenaba la bebida.
Bien, eso lo sellaba.
James era hombre muerto.
No había tardado mucho en encontrarlo. Husmear en las redes
sociales de Liana me dio toda la información que necesitaba.
Después de que mencionara casualmente su casi violación con
el universitario, me propuse borrarlo de la vida de Liana. A
juzgar por lo que había presenciado, le estaba haciendo un
favor a toda la población femenina de la Universidad de
Bourton.
Tiré su vaso.
La cerveza con drogas le salpicó en un amplio arco. Él saltó
hacia atrás y gimió.
—¿Qué coño, tío? Joder, me ha empapado. —Se secó,
mientras la mancha húmeda en su entrepierna crecía. Su
mirada amarga cayó sobre mí—. Eres ese tipo. El
guardaespaldas de Liana.
—Prometido.
—Ah sí, la princesita me lo contó. —Agarró un trapo
empapado y limpió debajo de los grifos—. Felicidades. Está
bien. Super feliz por vosotros.
El idiota finalmente debía haberme buscado en Google. Me
gustaba más cuando tenía un par de huevos, aunque su factor
de repulsión sugería que nunca los tuvo.
—Qué locura encontrarte aquí. —Escurrió la toalla,
arrojándola al fregadero—. No pensaba que este sitio fuera lo
tuyo.
—Me va la cerveza barata y las bajas expectativas.
Se sonrojó. —Mira, no la he tocado. Hice lo que me dijiste. Ya
no existo para ella.
Todavía no.
Sonreí. —Lo sé.
Asintió, tensándose. —¿Estás aquí con Li?
Dios, odiaba escuchar su nombre en sus labios.
Negué con la cabeza. —Estaba por la zona y te vi dentro.
Pensé en saludarte.
Una grieta atravesó la fina capa de calma de James. Sus
mejillas se encendieron de rojo.
Lo que no habría dado por dos horas a solas con él y mi
cuchillo Ka-Bar.
—¿Q-qué te apetece tomar? ¿IPA?
—Dame lo mismo que le has dado a esa chica.
Sus ojos desorbitados se clavaron en los míos.
Casi podía oír sus pensamientos. Sin duda, imaginaba su
codiciada beca, su matrícula en una prestigiosa universidad de
la Ivy League y su brillante futuro desvaneciéndose en una
columna de humo.
Y así sería.
Llenó un vaso y lo golpeó contra la barra. —Invita la casa.
Escruté entre la multitud. —Esa chica viene hacia aquí. Te
dejaré tranquilo. Gracias por la cerveza.
—De-de nada.
Le guiñé un ojo y salí del bar, esperándole fuera.
Minutos después, utilizó la salida de servicio, con la capucha
bien ajustada y las manos hundidas en los bolsillos.
Me despegué de la pared y lo agarré.
Se retorció mientras le tapaba la boca. Mi bíceps se deslizó
sobre su garganta. Mientras le comprimía el cuello, me
arañaba el antebrazo, golpeándome con patéticos manotazos
hasta que perdió el conocimiento apenas con un gemido.
Joder, Liana se había resistido con más violencia que este
maricón. Terminó tan rápido que mi pulso ni siquiera se
aceleró.
Lo até con bridas y lo metí en el maletero. Luego envolví con
cinta adhesiva sus escuálidos tobillos y su boca. Podría haberle
dado una muerte rápida y sin dolor cubriéndole la cabeza con
una bolsa, pero eso habría sido demasiado limpio. Demasiado
fácil. Y quería que pensara que tenía alguna oportunidad.
Merecía sufrir.
Me detuve una vez para apuñalarle en el muslo. Cuando llegué
al embalse de Quabbin, mi coche apestaba a orina y sangre.
Por suerte, la lona lo había recogido todo.
Lo arrastré fuera. Se estrelló contra el suelo compacto, con las
mejillas empapadas de lágrimas. Le arranqué la cinta de los
labios. Gritó como si le hubiera apuñalado de nuevo. Luego le
agarré del brazo y caminé a través del bosquecillo. Cuando lo
tiré a la fosa recién cavada, se volvió loco.
—¡D-Dios mío! ¡Por favor, no me mates, tío! —dijo entre
dientes, lloriqueando—. No le-no le diré a nadie lo que has
hecho. Nunca, jamás hablaré con tu prometida. Te lo juro.
Saqué mi pistola.
—¡No, no, no! —Se apretó contra el borde de la fosa, sus
súplicas agudas perforando mis oídos—. ¡No he hecho nada!
Sonaba como si realmente se lo creyera.
—Te aprovechaste de ella.
Sus ojos se abrieron como platos, y el color abandonó su piel.
Los hombres como él siempre se sorprendían cuando el orden
del universo se volvía en su contra. Eran ajenos a la
destrucción que causaban, a las vidas destrozadas y a las
mujeres rotas.
El carmesí cubrió mi visión.
Le disparé.
La sangre brotó de su estómago, su abdomen, su pecho, por
todas partes. Su cabeza cayó hacia atrás, desaparecida la
tensión en sus músculos. Vacié todo el cargador. Limpié la
pistola y la tiré junto a su cuerpo. Luego cubrí con tierra el
rostro de James, con la mandíbula caída.
El siguiente, Killian.
VEINTE
LIANA

Algo no iba bien.


Los pelos de mi nuca se erizaron cuando Vinn entró por la
puerta, con el pelo revuelto, sonriendo. Inmediatamente echó
su camiseta y pantalones en la lavadora, lo que puso mis
alarmas en alerta roja. Mi mente se sumergió en el peor de los
escenarios mientras Vinn se metía en la ducha.
Casi irrumpí en el baño para preguntarle dónde diablos había
estado. En su lugar, apreté los dientes y fulminé con la mirada
el programa de televisión que supuestamente debía estar
viendo. Había estado fuera toda la noche y gran parte de la
mañana. La ropa en la lavadora y su aura de alegría me
llenaron de temor.
¿No era yo suficiente?
Descarté la inseguridad y la aplasté bajo mi talón. Era hora de
despertar. Había amado a una figura de cartón del Príncipe
Azul que nunca había existido. Nunca había conocido a Vinn
en absoluto.
Apagué la televisión y lancé el mando sobre la mesa,
creciendo el vacío en mi estómago.
Me arrastré hacia la cegadora cocina para tomar un café. Vinn,
recién lavado, estaba junto a la cocina, sirviendo claras de
huevo en un plato. Llevaba pantalones cortos deportivos y
nada más. La visión de su espalda desnuda me recordó el dolor
en mi sexo, mis pechos doloridos y el hormigueo en mi boca.
El nudo en mi estómago palpitó.
—Te he comprado un teléfono —anunció, señalando la
encimera—. Ya lo he sincronizado con tu portátil.
Crucé los brazos sobre el pecho, ignorando el móvil junto a su
embalaje. Me dolía la cabeza por el esfuerzo de no llamarle
una docena de improperios.
—¿Qué, sin comentario mordaz? Todos tus contactos están
ahí, excepto el capullo.
—Junto con un millón de aplicaciones de seguridad para
rastrear cada uno de mis movimientos y pulsaciones.
Me guiñó un ojo mientras se sentaba, atacando su comida. —
Chica lista.
La burla me azotó las mejillas. No era suficiente con haberme
humillado. También tenía que ser un imbécil con mi
privacidad.
—Métetelo por el culo, Vinn.
Deslicé el móvil sobre el mármol.
Vinn lo atrapó, frunciendo el ceño.
Salí disparada de la cocina.
Una rabia potente abrasó mi columna vertebral. La piel de mi
cara se tensó. Mis manos se cerraban y abrían. Irrumpí en el
dormitorio de Vinn y abrí el armario de par en par. Cogí una
bolsa y metí prendas de ropa dentro, empaquetando tan rápido
que apenas prestaba atención.
—¿Qué estás haciendo? —El barítono de Vinn fue como un
relámpago.
—Estaré en casa de Michael.
Me lanzó una mirada sombría cargada de confusión, y luego
tensó su barbilla en una línea inflexible. Cada músculo de su
cuerpo expresaba desafío, hasta el que le palpitaba en la
mandíbula.
—No vas a ir a ninguna parte.
Me colgué la mochila al hombro, poniéndome de pie. —
Volveré en unos días. Le diré a Michael que estamos peleando
por las ubicaciones del lugar de la boda, para que no te mate.
Su expresión se endureció como la de alguien que ha recibido
una bofetada. Me agarró cuando me dirigía hacia fuera. Puso
su mano en mi espalda, y luego me recogió en sus brazos.
—Li, ¿qué pasa?
El toque suave me destrozó.
—Se suponía que iba a ser especial. —Arrugué la cara,
luchando contra el nudo que se formaba en mi garganta—.
Nunca quise tener sexo con nadie más que con el hombre con
el que me casara. Es estúpido y anticuado, pero me había
guardado para esto. Significaba mucho para mí, pero no fue
nada para ti.
—No sabes eso.
—¡Te marchaste justo después!
Vinn bajó la mirada mientras un rubor rojo reclamaba sus
mejillas. —Necesitaba tiempo a solas.
Di un manotazo, casi golpeándole con la bolsa. —¿Tiempo a
solas? ¿O tiempo con alguien más?
Vinn pareció resentir la acusación. Rechinó los dientes antes
de soltar un suspiro largo y brusco.
—Fui al Sunset Tavern. Michael estaba allí. Hablamos, y
luego me fui a comprarte el teléfono. Hice otro recado en una
obra, perdí el equilibrio, y caí en la tierra. Luego volví a casa.
Fin. Llama a Michael si no me crees.
Me mordí el interior de la mejilla.
—No hay otra mujer. Las borraste todas de mi teléfono,
¿recuerdas? —Se quitó la mochila de mi hombro y agarró mi
brazo, su agarre blanco ardiente—. Además, tengo las manos
llenas contigo.
Me arrastró a la cama, fundiéndonos juntos.
No sabía qué creer.
Quizás esperar que un hombre emocionalmente distante como
Vinn fuera sensible a mis necesidades había sido tontamente
optimista.
El roce de Vinn recorrió mi cintura anclándome a su lado. —
¿Cómo te sientes?
Una sugerencia se escondía en la pregunta. Era menos
preocupación y más ¿Estás lista para más? El calor que se
arremolinaba en mi cuerpo me hacía querer responder con un
rotundo sí.
—Estoy un poco dolorida.
Me rozó la frente con un beso. —Hay Advil en la cocina.
Un pitido desde el bolsillo de Vinn rompió el silencio. Vinn
me entregó mi teléfono. Miré la pantalla.
Queenie.
Contesté. —Hola, cielo. ¿Cómo estás?
El más pequeño sollozo crepitó en el altavoz.
—¿Has visto a James?

James había desaparecido.


Se había saltado dos turnos de trabajo, y nadie podía
localizarle.
Una Queenie inconsolable estaba sentada en mi sofá. Los
pañuelos se esparcían por la mesa de café. Había derramado su
corazón sobre su amor platónico hacia James. La habría puesto
en su sitio, pero hablar mal de él ahora parecía de mal gusto.
—Han presentado una denuncia por persona desaparecida —
sorbió, agarrando la manta gris—. Es una pesadilla.
Mi pulso se aceleró ante el sombrío recordatorio de que ya no
vivíamos en una ciudad segura.
—Tal vez se fue de viaje el fin de semana sin decírselo a
nadie.
Queenie secó su rostro manchado de lágrimas, temblando. —
Necesita su trabajo para pagar el alquiler. No se iría sin más.
Le apreté el hombro, deseando tener palabras para consolarla.
—Cuéntame qué pasó.
—Fue a Flatstick Pub el sábado —la voz de Queenie se
estabilizó mientras se sumergía en la historia, como si
reexaminarla por quinta vez pudiera ofrecer nueva
información—. Mencionó que tenía un turno de voluntariado
en el… ¡oh, vaya!
Vinn había entrado tranquilamente en la habitación. Deslizó
sobre la mesa una tabla de cortar con pan italiano crujiente,
finas lonchas de soppressata y queso curado. Le entregó un
plato a la atónita Queenie y llenó otro con aperitivos antes de
ponerlo en mis manos.
Una descarga recorrió mi estómago cuando nuestros dedos se
tocaron.
—Gracias, Vinn. Qué detalle —Queenie le sonrió mientras se
hacía un sándwich—. Me encanta un hombre que me trae
comida sin preguntar.
Murmuré afirmativamente.
Queenie mordió el pan, gimiendo.
—Está buenísimo.
El muslo de Vinn rozó el mío cuando se hundió en el sofá.
—Me alegro de que te guste.
—Por cierto, estoy impresionada. Pensaba que necesitaría al
menos unas semanas antes de que ella dijera que sí —Queenie
le guiñó un ojo—. Movimientos suaves.
—Me costó un par de intentos, pero lo conseguí. ¿Verdad?
Me dio un codazo, y yo lo fulminé con la mirada.
Queenie soltó un grito ahogado.
—¿Le dijiste que no?
Los nudillos de Vinn acariciaron mi mejilla.
—Cariño, ¿no se lo has contado a tu amiga?
Su tono de reproche me arañó la piel.
—Vinn. Se supone que tenemos que e-
—Está embarazada —le dijo a Queenie.
Gemí de frustración.
—¿Qué? —Queenie lo miró boquiabierta, su chillido
perforando el aire—. ¿Estás embarazada?
Muchas gracias, Vinn.
Mi cara ardía en llamas.
—Iba a mencionarlo…
—¡Dios mío, estáis locos! —Me tiró un cojín, tirándome el
queso de la mano—. ¡Me has dejado hablar de mis problemas
todo este tiempo!
—No hagamos un drama de esto.
—¡Lo sabía! —gritó Queenie, cubriéndose la boca—. Sabía
que esto pasaría. ¿Qué dije? Que estaríais casados y
embarazados antes de fin de año.
La sonrisa de Vinn se crispó como si estuviera a punto de
echarse a reír.
Queenie se inclinó y me sacudió la rodilla, sonriendo.
—Debes estar emocionadísima. ¡Yo estoy encantada! Seré la
madrina. Tu hermano ya tiene tres hijos propios. Nunca dará
prioridad a tu bebé. Yo sí.
Vinn se enderezó, dedicándole una educada sonrisa que decía
ni-de-coña.
Le di un toquecito en el bíceps.
—Gracias por la comida, pero estás interrumpiendo nuestro
tiempo de chicas.
—¡Sí, déjanos solas para que podamos hablar de ti!
Las facciones graníticas de Vinn se suavizaron. Me pellizcó la
barbilla y se levantó. Tan pronto como dobló la esquina,
Queenie se agarró el pecho y se desplomó en el sofá.
—Sois tan monos que me rompéis. La forma en que te mira
me derrite —se alisó los rizos oscuros y soltó una risita
nerviosa—. Vais a tener un hijo. ¿Estás flipando?
—Un poco —lo estaría si fuera real—. Está tan lejos que lo
dejo en segundo plano. Quizás haya algo que pueda hacer por
James. La red profesional de mi hermano es amplia.
Demonios, le preguntaré a Vinn.
Queenie levantó la cabeza, con los ojos llorosos. Su boca se
crispó.
—Bueno, debería irme.
—¿Segura?
Asintió.
—Hoy vamos a buscar por los parques. Por si acaso, ya sabes.
La abracé.
—Mantén una actitud positiva. No tiene sentido volverte loca
hasta que lo encuentren.
—Lo intento —gimoteó—. Gracias por escucharme.
—Por supuesto.
Nos despedimos y ella salió por la puerta. Ya había tomado mi
decisión antes de echar el cerrojo. No me gustaba pedirle
favores a Vinn, pero dejaría mi orgullo a un lado por Queenie.
Vinn estaba entrenando en el gimnasio. Se había cambiado a
unos pantalones cortos y una camiseta sin mangas. Estaba
frente a un espejo de pared a pared, levantando una barra
olímpica. Sus rasgos eran tan perfectos y simétricos que
cualquier detalle más lo habría hecho demasiado hermoso para
un hombre. El pelo oscuro se le pegaba a su atractivo rostro
cuadrado. La levantó hasta los hombros y la bajó de golpe,
soltando la barra. La recogió del suelo y repitió el ejercicio.
Las placas golpearon contra la estera de goma.
Vinn se agarró el hombro y soltó un siseo crudo, masajeando
el músculo alrededor de la herida de bala de hace un año.
Mis pies golpearon el suelo mientras corría hacia él.
—¿Estás bien?
Vinn me lanzó una mirada entrecerrada.
—Estoy bien.
Su tono gélido debería haberme hecho salir corriendo. Algo
inquietante había reemplazado su ardiente mirada, y me
advertía que me mantuviera alejada, pero odiaba dejarlo solo.
Me acerqué, mis pulmones llenándose con el olor a hierro y su
embriagador aroma.
—No sabía que aún te dolía.
—No me duele.
Ya, claro.
El sudor brillaba en su frente. Sus fosas nasales se dilataron
cuando un temporizador sonó en su teléfono. Lo cerró y se
secó la frente perlada de sudor.
—No tienes que fingir. Puedes ser vulnerable conmigo —me
senté junto a él en el banco, jugueteando con mi camisa—.
Siempre estoy aquí para escucharte.
—No soy muy hablador.
Me dio una palmadita en la rodilla y se levantó de golpe, luego
quitó los clips de seguridad de la barra. Aflojó las placas
olímpicas mientras levantaba la barra. Su bíceps tembló, y un
estruendo resonó por la habitación cuando cayó al suelo.
—Joder.
Me puse de pie.
—Voy a por hielo.
—No te molestes —Vinn suspiró, dejándose caer en la
colchoneta—. Joder.
—¿Te ayudaría un masaje?
Se quedó mirando al espejo, en silencio. Su brazo cayó sobre
su regazo mientras se apoyaba contra el equipo de ejercicios,
con los ojos cerrados.
Pasé mi mano por su hombro. Se tensó pero no me apartó.
Lentamente empecé a presionar. Vinn soltó un siseo
entrecortado.
Me detuve, con el corazón acelerado.
—No pares —susurró—. Más fuerte.
Hice lo posible por deshacer el nudo duro como una piedra,
pero era como masajear granito. Me hundí contra él. Su boca
se torció, gotas de sudor rodando por su cuello.
—¿Te estoy haciendo daño?
—No, está bien —Vinn se recostó contra mí, suspirando—.
Antes tenía un fisioterapeuta que me hacía esto, pero me harté
de que un tío me tocara cada semana.
—Eres ridículo —tomé una respiración profunda y la contuve
—. Así que cuando te declaraste curado seis meses después del
disparo, ¿fue una completa mentira?
—Mantengo a todos en la oscuridad y en la ignorancia.
—¿Por qué?
—No le veo sentido a dejar entrar a la gente.
—Deberías haberme enviado un mensaje —gruñí—. Podría
haberte ayudado.
El rostro ancho de Vinn se partió con una sonrisa que me hizo
cosquillas en las mejillas. —Oye, Li. ¿Quieres venir a mi
casa? Necesito que me des un masaje en la espalda. A tu
hermano le habría encantado eso.
—Como si fuera a contárselo.
Emitió un sonido profundo. —Es tentador, pero no soy el
sucio secreto de nadie, y tú tampoco.
—Habría hecho cualquier cosa por ti.
Mis entrañas se contrajeron ante el error. Lo estaba haciendo
otra vez. Derramar mis sentimientos solo conseguiría que me
hicieran daño. Ahogué la corriente que me atravesaba.
La mirada de Vinn se clavó en mi rostro. Mi piel hormigueó
mientras escrutaba mis ojos. Se giró, con la mano acunando mi
mejilla. Una calidez floreció dentro de mí, traicionando mi
determinación. Mi atracción por Vinn no tenía nada que ver
con la lógica. Me gritaba que diera el salto.
Nuestros labios se tocaron.
Se derritió en mí con suaves caricias. Me relajé mientras me
arrullaba en un trance. El éxtasis se arremolinaba en mi
cuerpo. Recorrió mi labio con un roce de su lengua, y un ardor
caliente creció en mi garganta. Sus uñas rozaron mi cabeza.
Era un horno. Me había conquistado a temprana edad con su
presencia magnética, pero esta íntima ensoñación había
entregado mi corazón para siempre. Su suave contacto florecía
con punzantes dolores en mi piel.
Presioné mis labios abiertos contra los suyos, pero él no me
aplastó. Me mantuvo cautiva con sus lentos y narcóticos besos.
Flotaba en las nubes. Su respiración irregular acarició mi
cuello al separarse, arrastrándome hacia el suelo de goma.
La pesada palma de Vinn presionó mi cabeza.
Mis rodillas cedieron.
Me enfrenté a su entrepierna. Sin prisa alguna, Vinn se bajó
los pantalones cortos y los empujó, agarrando su miembro de
un lecho de vello recortado. Se hinchó, con el glande brillando
con una gota de líquido preseminal. Lo acercó a mi boca. Me
lamí los labios, acariciando a Vinn en el proceso.
—No puedo dejar de pensar en la otra noche —el latido de
Vinn pulsaba a través de la tensa piel mientras miraba hacia
abajo—. Odio a cada hombre que te ha tocado. Les. Odio.
Especialmente al tipo cuya polla chupaste cuando te lo pidió.
Una cualidad sensual vibró en la voz de Vinn que me hizo
abrir lentamente las piernas. —¿Y?
—Debería haber sido yo.
Agarró mi pelo con el puño. Su cabeza rozó mis labios, y mi
boca se abrió. Introdujo su pulgar, enganchándolo en mi
mejilla. Su miembro se deslizó dentro, llenándome con una
dureza pétrea que apenas me dejaba respirar.
Me ahogué.
Él gimió mientras se hundía, y mi cuerpo se tensó como si
hubiera satisfecho el dolor entre mis piernas. Su agarre en mi
pelo se aflojó. Sus dedos recorrieron mi mandíbula. Todo era
más sensible. Su ligero toque dolía. El dolor persistía como un
beso ardiente. Me follaba, con los ojos vidriosos mientras
perseguía su placer. Movía las caderas con sacudidas rápidas y
bruscas, su agarre endureciéndose.
Su necesidad me excitaba como un dedo que provocara mi
clítoris. La presión caliente y férrea empujaba sin piedad
mientras sujetaba mi cabeza, despeinando mi pelo. Aceleró.
Soltó un largo y torturado gemido, empujándose más
profundo, manteniéndome quieta.
Me incliné hacia él, encontrándome con sus embestidas. La
saliva goteaba por mi barbilla mientras él arremetía más
rápido, siseando. Embistió hasta el fondo y emitió un sonido
desesperado, y un espeso y salado calor llenó mi boca. El
miembro de Vinn saltó en mi garganta.
—Traga —ordenó.
Deslicé mi lengua a lo largo de su eje, deleitándome en su
posesión.
—Traga, o no lo sacaré.
Tragué, sintiendo un escalofrío en mis pezones cuando su
semen bajó por mi garganta.
—Abre la boca y muéstrame.
Obedecí, con el corazón latiendo con fuerza.
—Buena chica —dijo, con un tono tranquilizador—. Ahora te
quiero de espaldas. Con las piernas bien abiertas.
Me tumbé sobre la colchoneta de goma mientras Vinn me
arrancaba los pantalones. Me quitó las bragas y se acomodó
entre mis muslos. Agarró el collar mientras estrellaba su boca
contra la mía. Fue un beso brutal y posesivo. Su lengua se
deslizó y me reclamó mientras su glande romo se ajustaba a mi
sexo.
Me retorcí.
Empujó hacia dentro, estirando mis paredes. No me dio tiempo
para adaptarme. Salió y embistió de nuevo, dejando un rastro
de besos por mi cuerpo. Los músculos dentro de mí se
contrajeron. Arañé su espalda y hundí mis uñas en su trasero
firme como el acero.
Vinn se elevó, cerniéndose sobre mí como un dios esculpido.
Era un borrón de músculos. Todo su cuerpo se tensaba con la
fuerza de follarme. Era un animal desatado estrellándose
contra las puertas.
Mis defensas se debilitaron cuando cubrió mis pechos. Recibí
con agrado esta feroz posesión, incluso las dolorosas
embestidas porque demostraban que él tampoco era dueño de
sí mismo. Él tampoco podía controlarse cuando estaba
conmigo.
Interrumpió su empuje, con la espalda arqueada en un intenso
clímax. Cayó y me aplastó con su peso, besándome. Chupó mi
labio, mordiéndolo, el cruel arrebato fue el empujón final
hacia el abismo.
Jadeé con la dulce agonía. Vibraba con un calor líquido.
Largos gemidos de rendición brotaron de mi pecho.
Permanecimos así un rato. Luego me llevó a la cama, y me
acurruqué contra los rígidos contornos de su cuerpo. Era un
fuego ardiente de afecto y amor, y él me permitió abrazarlo.
Y se quedó.
Era como un hermoso sueño.
VEINTIUNO
VINN

Me la follé otra vez.


Otra vez.
Y otra vez.
Mis planes se convirtieron en un recuerdo lejano disuelto en
una noche de sexo salvaje. La tomé de pie, en el baño, contra
el espejo y en la ducha porque empujarla contra el cristal me
excitaba. Cumplí una lista de todas mis fantasías depravadas.
Mi último recuerdo fue hundir la cara en sus perfectos pechos
antes de caer en un sueño agotado.
Hasta que me despertó con una mamada.
Un calor líquido rodeó mi semirrección. Mis mejillas ardían
con un vapor estimulante. La cabeza de Liana se movía
mientras hacía los sonidos más húmedos. Mis dedos se
hundieron en su enredo de pelo. Liana se atragantó antes de
que la arrastrara hacia mi pecho.
Le sujeté la cara y gruñí en su boca. Liana estampó sus labios
contra los míos, negándose a dejarme respirar. Mi cabeza
zumbaba por la falta de oxígeno.
Me estaba quemando vivo. Sus labios presionados contra mi
mandíbula. Sus muslos deslizándose sobre mis caderas.
Agarró mi polla y rodó sobre mi cuerpo, preciosa con sus
pechos marcados por mi lujuria.
Su coño me envolvió en seda. Antes de ella, nunca lo había
hecho a pelo. Increíble. Tan jodidamente cálida y húmeda. Me
deslicé dentro de ella como mantequilla. Me provocaba,
centímetro a centímetro.
Sin condón. No podía creer que estuviéramos haciendo esto.
La hermana de Michael.
Locura.
Le di una palmadita en el culo. —¿Te divertiste anoche?
—Oh, sí.
—Bien. Yo también —acaricié sus pechos mientras me
cabalgaba—. Eres preciosa. Tan jodidamente perfecta.
Le apreté los pezones.
Su estómago se tensó y siseó. Su piel aterciopelada tentaba, y
no podía dejar de tocarla.
—Quiero hacerte tantas cosas degradantes.
—¿Como cuáles?
Mi imaginación se desbocó.
Gemí, recorriendo sus curvas. Sus pechos naturales y
abundantes llenaban mis manos. Jugué con ellos. Giré la
cabeza y lamí su pezón.
Liana dejó escapar gemidos atormentados, retorciéndose
debajo de mí. Exploré los pechos erguidos que brotaban
rosados y acaricié las amplias caderas que se abrían para mí.
Se arqueó. Húmeda y deseosa. Le froté el clítoris.
Le curvé la pierna sobre mi muslo y besé la base de su cuello.
Succioné bajando hasta su pecho.
Luego la penetré con los dedos.
Emitió un sonido delicioso, empujando su cuerpo contra mi
pecho. Joder, eso era excitante. Apretó sus muslos contra mí.
Le di una palmada en su abundante trasero. Luego saqué los
dedos y los metí en su boca. Sus labios de capullo se cerraron
sobre ellos.
El carmesí manchó sus mejillas mientras me colocaba entre
sus piernas. La sangre palpitaba en mi polla, la piel tensa y
dolorida. Me hundí en su coño y gemí. Un calor sedoso
enfundaba mi verga, apretando. Follarla a pelo me embriagaba
mejor que cualquier whisky. Su contacto me incendiaba de
lujuria.
Acaricié la preciosa concavidad de su espalda y agarré su culo.
La levanté y embestí hasta el fondo. Un brillo saltó en su
mirada mientras la llenaba.
Me arañó, gimoteando.
La golpeé con fuerza, ahogando sus quejidos con un dedo en
su boca. Lo saqué antes de inclinarme y besarla.
Liana se separó de mí, jadeando. —Quiero estar arriba.
Me tumbé de espaldas y disfruté del viaje.
Me montó a horcajadas. Tan ansiosa —me encantaba— tantas
chicas esperaban que yo lo hiciera todo. Liana subía y bajaba
mientras yo jugueteaba con sus tensos pezones. Acaricié su
vientre sedoso antes de agarrar sus caderas, guiando sus
movimientos con rápidas sacudidas hacia arriba.
Una marea ardiente me invadió mientras ella se abandonaba.
Soltó un fuerte grito, agarrando mi pelo. Mis muslos
temblaron. El alivio llegó en una inundación de opio derretido
mientras la follaba con semen. Su cuerpo se estremeció con
mis dos fuertes embestidas.
Me hundí en una piscina pacífica, con los ojos entrecerrados.
Ella se desplomó sobre mis piernas, respirando pesadamente.
Sus suspiros soplaban sobre mi entrepierna. Agarró mi polla
húmeda. Luego puso su boca en mi verga.
La agradable sacudida de su lengua me incorporó. —¿Qué
estás haciendo?
Liana hizo una pausa, su mano envolviéndome. —El chico con
el que tonteé dijo que a los hombres les gustaba que los
limpiaran después del sexo.
Me reí, dividido entre la rabia hacia ese hijo de puta y la
admiración. —No tienes que hacer eso.
—¿No te gusta?
—No he dicho eso. Creo que es sexy —tracé la línea de su
mandíbula—. Pero no tienes que hacerlo.
—Quiero hacerlo.
Mi polla se agitó con una sacudida de excitación.
¿Estaba haciendo esto por algún retorcido sentido de
obligación?
—Li, estuviste genial. Lo sabes, ¿verdad? Estoy más que
satisfecho. Eres increíble.
—No… no es eso.
Las mejillas de Liana se inundaron de rosa.
Claramente tenía un lado obsceno. En ese caso, nos
llevaríamos muy bien.
Hice un gesto hacia mí mismo. —Adelante, cariño.
Una sonrisa tentativa se dibujó en su mejilla mientras me
metía en su boca.
Un gemido se arrancó de mí mientras estimulaba donde
palpitaba con un brillo post-orgásmico. Le agarré el pelo
mientras su lengua giraba sobre la piel sensible. Dios, estaba
tan mal por mi parte animar esto, pero era como seda líquida.
Mi cuerpo hormigueaba mientras me chupaba hasta
limpiarme, deslizándose por mi polla dolorosamente dura para
lamer mis bolas. Se estaba metiendo del todo allí, Jesús.
Lamió la base de mi polla y se deslizó hasta la cabeza.
Me incorporé de golpe. Nos movimos al borde del colchón.
Ella se arrodilló, sus labios envolviéndome. Verla tomarme en
el suelo me electrizó con un rayo de deseo.
Me puse de pie.
Ella me rodeó con sus brazos cuando me retiré para darle un
descanso. Quería que fuera duro, de acuerdo. Le agarré el pelo
y me puse a ello. Hacía deliciosos sonidos de gemidos.
Salí y la lancé sobre la cama.
Luego acaricié mi verga, apuntando sobre su coño reluciente.
Chorros lechosos salieron de mi polla. La empapé en semen.
Lo recogí todo y lo metí dentro de ella. Luego embestí hasta el
fondo.
Los gemidos torturados de Liana me indicaron que estaba
cerca. Se corrió con un temblor de sus muslos y un beso largo
y aplastante.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Saboreé la satisfacción
que había dejado dentro de ella, pero una añoranza tiraba de
mis costillas. Quería más.
De qué, no tenía ni idea.
Minutos después, por fin nos levantamos de la cama.
Liana se derritió cuando la envolví con una camisa abotonada.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por darme la mejor noche que he tenido jamás.
Una calidez se extendió por mi pecho. —Yo también me lo he
pasado bien.
Sonrió con timidez. —Deberíamos haber hecho esto cuando
cumplí dieciocho.
Una fría conmoción me invadió al imaginarla a esa edad. Una
Liana adolescente deseándome parecía tan disparatado, pero
ella no había fingido nada de esto.
—No tengo ni idea de cómo habría reaccionado si me hubieras
tirado los tejos.
—Lo hice. Muchas veces.
Negué con la cabeza, sonriendo. —Necesitabas ser más
directa.
Liana resopló. —No sé cómo podría haber sido más obvia sin
saltar sobre tu regazo.
Emití un sonido de incredulidad.
¿Era un completo imbécil o qué?
Recordé cada interacción con Liana. Siempre había estado
cerca de mí, agarrada a mi brazo, buscándome en los eventos
familiares, enviándome mensajes, llamándome. Me visitó
mientras me recuperaba en el hospital, y nunca la vi más allá
de la hermanita de Michael con un apego anormal hacia mí.
Siempre me había confundido porque no había hecho nada
para merecer su afecto.
Un ardor me arañó la garganta, desgarrándome desde dentro
hacia fuera. —¿Quieres tortitas?
—Claro.
La sonrisa de Liana era tan íntima como un beso. Su
resplandor me calentó. Me vestí con unos bóxers y me dirigí a
la cocina, donde cogí ingredientes de la despensa mientras ella
hurgaba en mis armarios. Mezclé todo y programé un
temporizador para quince minutos.
Abrí la nevera. —Mierda. No tengo arándanos.
Liana se acomodó en el taburete de la barra, bebiendo zumo de
naranja. —No he comido tortitas de arándanos desde que era
niña.
Cerré la puerta, pasándome la mano por el pelo. —Cierto.
—Estás mono cuando no sabes qué hacer contigo mismo.
No podía dejar de admirar las marcas rojas que salpicaban su
piel. —Sinceramente, nunca he pasado por la mañana después.
—¿En serio?
Puse una sartén sobre el fuego. —Se van después de una hora
o dos. No las dejo quedarse.
Mi mente daba vueltas. Esto era como una experiencia
extracorporal.
El teléfono sonó, y vertí una cucharada de masa en la sartén
caliente. Chisporroteó, y le di la vuelta a la tortita que se
estaba oscureciendo. Terminé de cocinar y dejé la pila de
tortitas humeantes frente a ella. Yo comí huevos mientras
Liana devoraba carbohidratos, su plato convertido en un
charco de sirope.
—Vaya. Esto está buenísimo. Dejar que suba la masa marca la
diferencia. —Liana me miró fijamente, sus ojos brillando—.
¿Quién te enseñó a cocinar? ¿Tu madre?
—Ella no estaba mucho por casa. Aprendí por mi cuenta.
Prueba y error. Muchas cenas fallidas. —Mis entrañas
palpitaban con una rabia hirviente—. No me dio nada más que
un techo sobre mi cabeza.
Nunca le había contado a nadie lo mala que había sido mi
situación. Nunca podría arriesgarme a perder a Mike y a mi
zia, las únicas personas que me habían hecho sentir seguro y
querido. Aunque mi zia me cuidaba cuando iba a su casa, no
podía decirle que no había suficiente comida en casa.
¿Y si los servicios sociales me llevaban fuera de Boston?
¿Y si nunca volvía a verlos?
Liana me agarró el bíceps, su voz vacilante. —Michael me
contó una vez que solía preparar dos almuerzos para el
colegio. Uno para él y otro para ti.
—Sí. —Asentí, con la amargura hirviendo en mis entrañas—.
Mi recuerdo más antiguo es abrir un paquete de harina y
comer hasta vomitar. Tenía tres años. Ella me metía en un
armario, lo cerraba con llave y se iba durante horas. A veces
mientras estaba con un hombre, el traficante de heroína. Mi
padre.
Liana me apretó, pero yo miraba a cualquier parte menos a
ella. No podía soportar su lástima. Debería haberme callado,
pero algo dentro necesitaba purgarse.
—Cuando tenía catorce años, él intentó llevarme. Yo no quería
ir. Vivía en Nueva York, y le odiaba. Me despertó con su mano
en mi muslo. Cogí la pistola eléctrica de debajo de mi
almohada y se la clavé en el cuello. Luego le apuñalé siete
veces. Murió allí mismo. Mi madre estaba drogada en otra
habitación, así que llamé a mi tío. Nico lo limpió todo por mí.
Su tenedor cayó al plato y golpeó el suelo, pero ella no le
prestó atención. Me miró fijamente.
—¿Y después de eso?
Me encogí de hombros. —Me fui a casa.
¿Estaba asqueada? No podía calibrar su reacción, y eso me
encendía. La incertidumbre arañaba mis entrañas como un
animal rabioso.
Los ojos de Liana brillaban. —¿Por qué me cuentas esto?
—Porque mereces saber por qué soy así. He terminado de
fingir, Li. Quiero estar contigo, realmente estar contigo.
Sus nudillos rozaron mi mejilla. Un dedo se convirtió en dos, y
luego me acunó la cara.
—¿Por qué?
Mi estómago se tensó, y la arrastré hacia mis brazos. —
Dejaste de llamarme. De enviarme mensajes. De aparecer en
mi puerta. Todo. Hacías tantas cosas. No me di cuenta de lo
mucho que importaban. Nunca supe lo mal que me sentiría
cuando desaparecieran. Te eché de menos. Te necesitaba, así
que… te tomé.
Le besé la parte superior de la cabeza y la abracé con fuerza.
Poseerla no era suficiente.
Haría que me amara, joder.
VEINTIDÓS
LIANA

¿Qué era eso?


Un aroma ambrosíaco me arrancó del sueño. Mi mejilla se
despegó de la almohada mientras inhalaba una deliciosa y
sabrosa exquisitez que me hacía la boca agua. Me dejé caer de
la cama y caminé descalza hacia el aroma del bacon crujiente.
Un banquete de quesos, embutidos, pasteles, frutas, huevos y
carne se extendía sobre la encimera de la cocina. Servilletas
dobladas descansaban sobre bandejas doradas. Un ramo de
calas sobresalía de un jarrón de cristal. Junto a esta imagen de
perfección estaba Vinn.
Iba vestido con un esmoquin negro que nunca había visto
antes. Se mantenía alto y erguido, como si estuviera orgulloso
de su buen aspecto. El contorno definido de sus músculos
tensaba el traje. Su cabello negro azabache se echaba hacia
atrás sobre su cabeza. Una amplia sonrisa se dibujó en su
atractivo rostro.
—Buenos días.
—Vaya, mírate —deslicé mis manos dentro de su chaqueta,
con el corazón acelerado—. ¿Estoy soñando?
Su mirada firme me taladró. —¿Aparezco en tus sueños?
—Solo en los mejores.
Mis manos se deslizaron por su pecho hasta anclarse en sus
hombros. Rocé su cuello suave y su barbilla recién afeitada,
besando el hoyuelo bajo su labio. Una necesidad de tocarlo por
todas partes me consumió mientras su aroma acuático me
envolvía como una cálida nube.
—Házmelo antes de que te vayas.
Sus ojos se encontraron con los míos, enviando una descarga
por todo mi cuerpo. —Pero no voy a ninguna parte. Al menos,
no sin ti.
Le sonreí radiante. —Parece que hoy es mi día de suerte.
—Nena, no tienes ni idea —se apartó de mí—. Siéntate.
Come.
Cuando dudé, me agarró el trasero y me guió hasta una silla.
La dura línea que definía sus cejas se suavizó mientras llenaba
un plato de comida y lo deslizaba frente a mí.
Cogí mi tenedor. —¿Has hecho tú todo esto?
—Ni de coña. Contraté a un chef para que viniera temprano.
Apenas había empezado con los huevos cuando me sirvió café,
preparándolo justo como me gustaba, y luego colocó una copa
de zumo de naranja a mi lado. Mi estómago se llenó de
calidez. Había soñado con que me mimaran así, pero era
extraño viniendo de Vinn.
—Estás muy amable hoy.
Vinn se encogió de hombros. —Tengo mis razones.
—¿Que son?
Se pasó el pulgar por la mandíbula recién afeitada. —Ya verás.
Vaya, eso suena inquietante. —¿Has comido algo?
—Un poco.
Gemí al morder unos gofres esponjosos empapados en sirope
de arce con bourbon. Las fresas absorbían el exceso de azúcar.
Cogí una. Vinn apartó mi muñeca antes de que acercara la
fresa a su boca.
Me reí. —En serio, ¿a qué viene el traje?
—Cómete el desayuno.
—No tengo hambre de comida. Quiero sentarme en tu regazo
y dejar que me hagas cosas.
La ardiente mirada de Vinn hizo que me doliera el cuerpo. Su
mano me frotó la nuca. —Te lo haré sucio en unas horas.
—¿Lo prometes?
—Oh, sí.
Mi pulso retumbaba mientras él me quitaba la camiseta por la
cabeza, inmovilizándome los brazos. Mi mundo se oscureció
cuando el algodón me cubrió la vista. No había nada más que
el zumbido distante del aire acondicionado.
Entonces una humedad acarició mi pezón.
Mis muslos se tensaron mientras el calor perverso trazaba una
línea directa hasta mi sexo. Una punzada aguda pellizcó la piel
sensible, y luego sus manos ahuecaron mi trasero,
empujándome por el pasillo.
—¿Qué estás haciendo…oh?
Me arrancó la camiseta y de repente estaba en una boutique de
novias. Percheros con famosos vestidos de Vera Wang
llenaban la habitación.
Toqué el encaje de uno, con el corazón acelerado. —¿Qué es
esto?
—Nos vamos a casar.
Mi risa resonó en el aire mientras giraba para mirarlo. —
Nunca te había tomado por un bromista. Eso es cosa de
Michael.
—No estoy bromeando.
Vinn se apoyó en el marco de la puerta, su postura no era
amenazante, pero su tono decidido indicaba que no me iría
hasta que llevara algo blanco. Lo miré boquiabierta, con el
estómago revoloteando. Me había imaginado mi boda con
Vinn cien mil veces. Ni una sola vez se me pasó por la cabeza
este escenario.
—He pedido cita en el Ayuntamiento —su voz era amable
pero firme—. Elige un vestido. Nos vamos en dos horas.
Un sonido agudo escapó de mis labios. —¿Qué?
¿Está loco?
La conmoción bloqueó la protesta en mi garganta. Luché
contra el extraño impulso de reírme. Esto era absurdo.
Él no quería casarse conmigo.
—¿Por qué? ¿Es por Nico?
—Esto es por mí —dijo.
Farfullé una protesta a medias mientras Vinn cruzaba la
habitación y me besaba en la mejilla. La sangre fluyó al punto
donde me tocó.
—Necesito esto, y lo necesito ahora. No dentro de dos
semanas o cinco meses —Vinn no se ablandó, pero suavizó el
tono áspero de su voz—. Sinceramente, Li. ¿Qué esperabas
que pasara después de tomar tu virginidad?
—¡P-pensé que iríamos despacio!
—Despacio no está en mi vocabulario.
Se me cerró la garganta. —Vinn, esto es una locura.
—No tengo relaciones casuales con la hermana de mi mejor
amigo. Es todo o nada, y ya hemos pasado el punto de no
retorno.
Estaba a años luz de la propuesta que yo quería, pero me
dedicó una sonrisa repentina y cautivadora.
Mi estómago se revolvía de dudas.
—Pero quiero una ceremonia de verdad.
No era frívolo quejarme por ser llevada a un juzgado. No
había romanticismo en apresurar una boda. Ni siquiera me
había pedido que me casara con él.
—Siempre imaginé a mis amigos y familia allí. Es importante
para mí.
—Si quieres otra boda, la tendremos. Pero hoy nos casamos.
—Vinny.
—No voy a ceder.
Mi boca se abrió de par en par. —¿Estás seguro de que quieres
esto?
—Sí, realmente lo quiero —apartó el pelo de mis hombros—.
Prepárate.
Cerré los ojos con fuerza y los volví a abrir. Vinn seguía de pie
frente a mí, lo que descartaba la posibilidad de un sueño. Ya
no sabía quién era.
Dos horas después, Vinn me arrastró por los escalones de
ladrillo del Ayuntamiento. Lo seguí con mi vestido de línea A,
dudando mientras Vitale, el soldado de Vinn, abría las puertas.
Vinn me puso la palma en la espalda, asintiendo hacia él. Me
había puesto el collar de conchas en un último acto de rebeldía
que era más tonto que otra cosa, considerando que me estaba
casando con el hombre que me lo había regalado.
Vinn no había montado ningún numerito. Era como si el
conocimiento de que pronto sería suya para siempre hubiera
calmado su alma. Moví la rodilla nerviosamente mientras
esperábamos y tragué un nudo de nervios cuando nos
acercamos al juez.
—¿En serio vamos a hacer esto?
—Ya solicité las licencias de matrimonio y le pagué al juez —
Vinn apretó sus labios contra mi oreja, provocando un
remolino salvaje en mi estómago—. Tomé mi decisión hace
semanas. Nadie más será tu marido.
Mi futuro esposo era un auténtico enigma.
Poco de la ceremonia quedó grabado en mi memoria excepto
aquellas palabras, y su mirada de azufre, ardiendo con fuego
infernal mientras prometía amarme y cuidarme. Deslizó la
alianza en mi dedo. Sus ojos parecían brillar con una risa
salvaje mientras sostenía mi rostro y aplastaba su boca contra
la mía.
Mi corazón daba tumbos como un pez fuera del agua.
Era posesión, no amor.
VEINTITRÉS
LIANA

Me había casado con Vinn.


La conmoción y la incredulidad se disiparon rápidamente, y
una alegría sin límites explotó dentro de mí como luces
navideñas llamativas. El hombre de mis sueños era mi marido.
Ojalá pudiera enviarle una carta a mi yo adolescente, y decirle
una cosa:
Un día, se casará contigo.
La falta de esplendor no me molestaba tanto como pensé que
lo haría después de que él me tomara en sus brazos y me
arrojara sobre la cama.
Vinn me arrastró hasta el borde del colchón. Separó mis
muslos y el calor hormigueó en mi clítoris. Inhalé bruscamente
al sentir el contacto. Su lengua recorrió mi hendidura antes de
que su boca me cubriera con hambre. La calidez envolvente
disparó electricidad hacia mis doloridos pezones. Sus manos
se cerraron alrededor de mis caderas, meciéndome de un lado
a otro.
Escalofríos recorrieron mi columna. Mi estómago se retorció.
Me estremecí con los círculos apretados y cálidos de su
lengua. Un deseo ardiente pedía a gritos algo más que llenara
el vacío, pero sus labios me rozaban, provocándome,
manteniéndome en equilibrio sobre el precipicio. Cada vez
más rápido, giraba y succionaba, y entonces me hice añicos en
un millón de destellos de luz. Luego una cabeza ancha se
acomodó en mi sexo.
Vinn embistió dentro de mí, empujándome de cabeza a una
segunda ola de placer. Agarré su pelo, aplastando nuestros
labios juntos. Sabía dulce y limpio, sus labios húmedos con mi
esencia, y podría haberme montado encima de él otra vez. Se
corrió con un tenso arqueamiento de su cuerpo, los ojos
cerrados. Los besos sin aliento de Vinn se desvanecieron hasta
convertirse en un roce en mi mejilla.
Me acurruqué contra él, nuestras piernas entrelazadas.
—Te llevaré a París para nuestra luna de miel.
Mi corazón dio un vuelco. —¿Cuándo?
—Tan pronto como nos levantemos de la cama.
Más fácil decirlo que hacerlo. La euforia de haberme casado
con el hombre de mis sueños me envolvía en una dicha
aturdidora que no tenía interés en hacer otra cosa que no fuera
estar con él. Eventualmente, tuvimos que comer, así que
deambulamos hasta la cocina y terminamos los restos del
desayuno. Luego Vinn me arrastró al vestidor.
Metió en su maleta shorts y camisetas hasta que le hice incluir
un traje, así que se vengó agarrando un conjunto revelador de
mi armario. Riendo, sacamos las maletas y nos dirigimos al
aeropuerto. Durante el vuelo de ocho horas, leí la desgastada
guía de viaje de Vinn. Me hizo gracia que ya la hubiera
marcado con notas. Maté el resto del tiempo durmiendo —
realmente necesitaba ponerme al día con las horas de sueño—
y me desperté con la voz de la azafata crepitando por el
altavoz.
Pegué la cara a la ventanilla mientras la extensión gris de París
aparecía entre las nubes. Su peso se inclinó sobre mí. El calor
estalló en mi pecho. Lo abracé, besándolo intensamente.
Los labios graníticos de Vinn se curvaron. —Te comportas
como si nunca hubieras viajado al extranjero.
—Es diferente contigo.
Te quiero.
Las palabras luchaban por salir mientras él me daba
palmaditas en el brazo, con las mejillas sonrosadas.
Después de aterrizar, el taxi nos llevó a un pequeño
apartamento sobre una calle empedrada en el Marais. Vinn se
detuvo en una tienda de comestibles para comprar embutidos,
queso y una baguette. Luego subió nuestras maletas por la
estrecha escalera hasta un piso modesto.
—Sé que no es un hotel de cinco estrellas, pero esta es la
mejor manera de viajar. Confía en mí. —Deslizó el pan sobre
la mesa de la cocina y se lavó las manos—. ¿Quieres comer?
Lo agarré por detrás y lo abracé durante un minuto entero,
negándome a soltarlo cuando él tiraba suavemente de mis
brazos.
Vinn se tensó. —¿Me vas a soltar en algún momento de este
siglo?
—No.
—Está bien entonces.
Nos guio hacia el dormitorio conmigo siguiéndole. Me reí
cuando nos encontramos frente a la cama doble más pequeña.
—Ahí cabe una de mis nalgas, quizás.
—Nos las arreglaremos. —Me tiró sobre el colchón.
—¿Has estado en París antes?
Asintió. —Unas cuantas veces.
—¿Viniste con alguien?
—¿Con una chica, quieres decir? —La boca de Vinn se curvó
mientras el calor invadía mi cara—. No. Nunca quise.
Mi pulso se aceleró. —¿Por qué no?
—Nico me dio un consejo una vez. Sobre el matrimonio. Me
lo tomé en serio, supongo. —Los dedos de Vinn rozaron mi
sien—. Si encuentras a una mujer que crees que es la indicada,
viaja por el mundo con ella. Visita lugares a los que sea difícil
llegar. Y cuando regreses a Boston, si aún os habláis, cásate
con ella en el aeropuerto.
—Pero tú has hecho todo al revés.
—Pensé que lo del compromiso falso era bastante parecido. El
estrés o bien separa a las parejas, o las une más. Tú y yo ya
tenemos eso cubierto. ¿Verdad?
Lo teníamos.
Mi estómago se tensó. —¿Has estado enamorado alguna vez?
Dudó. —No. ¿Y tú?
Me imaginé a Vinn como un hombre más joven, esa sonrisa
radiante, su mano cerrando la mía sobre la concha. Luego
pensé en su confesión de asesinato y todas las cosas que yo
había hecho en nombre del amor.
Miré los suaves ojos de Vinn, dudando.
No podía mentirle.
—Sí.
—El amor parece hacer que la gente sea tremendamente
miserable. —Su semblante se oscureció mientras su mirada
caía a mi garganta, donde colgaba la concha marina.
—A veces realmente duele. —Agarré su mano, dándole la
vuelta para admirar la alianza dorada—. Es como ahogarse y
respirar el aire más dulce al mismo tiempo. Es lo mejor que
me ha pasado nunca.
Le sonreí, pero Vinn me fulminó con la mirada.
Me agarró del cuello. Se cernió a un centímetro de mí, erizado.
—Yo soy lo mejor que te ha pasado nunca. No lo olvides.
Por supuesto que lo eres, idiota.
Te quiero.

Díselo. Estáis casados.


No tenía sentido ocultarle la verdad a mi marido, excepto por
el violento miedo que hacía temblar mis nervios cada vez que
abría la boca. Ya había dicho te-quiero de tantas maneras. Me
había saltado clases durante los exámenes parciales para que
no estuviera solo mientras se recuperaba en el hospital.
Debería haberme confesado, pero la última década me había
vuelto completamente escéptica.
Él nunca me amaría.
Quizás estaba fuera de su alcance.
Necesitaba vivir con eso y dejar de forzarlo a encajar en un
molde, pero mi corazón se rompía ante la idea de no ser amada
nunca. ¿Y si se lo decía, y él me daba una palmadita en el
hombro como si le hubiera hecho un bonito cumplido?
La batalla se libraba dentro de mí mientras pasábamos el día
haciendo turismo. Visitamos museos de arte, nos besamos bajo
la Torre Eiffel y comimos brunch. Tenía un resorte en el paso,
pero lo que más esperaba era terminar la noche en la cama.
Regresamos al piso después de cenar para “descansar”, lo que
era un código para “follar”, porque me apretó contra la pared
en cuanto cerramos la puerta.
Mi mochila cayó al suelo.
Su codo golpeó el interruptor, bañándonos en penumbra. Las
luces exteriores se deslizaron por el rostro de Vinn mientras
agarraba mis brazos. Su agarre castigador me envió un
escalofrío de advertencia. Incliné la cabeza. Él se tensó cuando
intenté besarle.
Genial. Estaba de humor.
—¿Qué te tiene tan molesto?
Me miró con el ceño fruncido, su voz llena de reproche. —
Todos los franceses de esta ciudad creen que está bien comerse
con los ojos a mi mujer.
Una brisa feroz agitó las alas de mis mariposas.
Puse los ojos en blanco. —Nadie me está mirando así.
—No te has dado cuenta, pero lo hacen.
—Mejor no me lleves a Italia. Ya sabes cómo se comportan los
hombres allí.
—Ya lo creo.
—O al sur de Francia. Playas sin parte de arriba.
—No me tientes. —Las manos de Vinn se deslizaron hasta mi
cintura mientras nos guiaba hacia el salón—. Nos llevaría allí
en una tarde solo para admirar la luz del agua rebotando en tus
tetas.
Me reí. —Entonces todos los demás podrían verme.
—Tendrían mi permiso.
Me quedé boquiabierta. —¿En serio?
—Hay una gran diferencia cuando yo invito a otros a mirar lo
que nunca se les permitirá… —se interrumpió, sus dedos
rozando mis pechos—, tocar.
Mi sangre latía como un río despertado. Acarició un globo, su
pulgar provocando que mi pezón se endureciera. Me quedé sin
fuerzas. Durante todo el día, habíamos intercambiado castos
besos porque a Vinn no le gustaban las muestras de afecto en
público. Mi cuerpo cantó cuando se deslizó bajo mi sujetador.
Su calor envolvió mis tetas, y las apretó, arrancándome un
gemido. Luego me arrancó la camisa por la cabeza. Mi concha
marina colgaba en mi cuello.
Agarró la cadena. —Voy a follarte hasta sacarlo de ti.
Buena suerte con eso.
Sujetando el collar como una correa, tiró hacia abajo.
Mis rodillas golpearon el suelo.
Su puño apretó mi pelo y el hilo dorado. Su expresión estaba
tensa por la contención, como si hubiera estado reprimiéndose
de dominarme y le hubiera costado. Sonrió, pero sin humor, y
la tensión creció entre nosotros, estirada más allá de la
resistencia.
—¿A quién perteneces?
Mi pulso latía erráticamente. —A ti. Siempre.
—Demuéstramelo.
Una marea caliente surgió en mis muslos. Lo miré, asombrada
por el entusiasmo que me provocaba su orden. Desabroché sus
vaqueros y los bajé por las preciosas piernas de mi marido. Me
detuve para acariciar la tableta de músculo de su muslo antes
de extenderme sobre el bulto que se tensaba contra la tela.
Estaba tan duro. Sus calzoncillos no querían bajar. Tiré del
elástico, y el pesado peso de su miembro cayó en mi mano.
Me incliné hacia delante, con las manos apoyadas en él. Mi
lengua trazó la cabeza palpitante con su latido, y luego él
apretó su agarre. Me estremecí tanto por el tirón del pelo como
por el deleite de su posesión.
Se deslizó dentro de mi boca, terciopelo envuelto en acero. No
me dio tiempo para adaptarme. Vinn tomó su placer primero.
Una llama sensual se encendió en mi sexo. La excitación
húmeda se acumuló en mis bragas mientras él movía mi
lengua. Era un alivio que tomara el control para follarme como
le placiera, someterme a este éxtasis ardiente. Podría ser que
no supiéramos qué hacer con nuestras palabras, pero nuestros
cuerpos se comunicaban perfectamente.
Vinn me dio un golpecito en la mejilla. —¿Quieres que te
vean?
Miré hacia la ventana entreabierta, tentando a la brisa. No
estábamos tan altos sobre el nivel de la calle. Cualquiera
podría mirar hacia arriba y ver a Vinn tomando mi boca.
Me eché hacia atrás, jadeando.
—No te dije que sacaras mi polla —me reprendió,
obligándome a tragarlo—. Responde a mi pregunta.
Murmuré un sí, pero todo lo que salió fue un gorgoteo
ininteligible.
Vinn meció sus caderas, empujando profundo. —¿Perdón?
Mis mejillas ardieron mientras asentía.
—Buena chica.
El cumplido me acarició como plumas. Luego me arrastró
hacia la ventana.
Agarró mi cabeza y empujó dentro de mí. Sus caderas
pulsaban, follándome hasta que mi garganta quedó en carne
viva. Sus gemidos torturados irradiaban hasta mi coño.
Como si estuviera drogada, mis sentidos se ralentizaron.
Escalofríos de deseo ondularon por mi cuerpo, la mirada en
sus ojos tan estimulante que la ventana desapareció. Me
reclamó, probando mis límites hasta que se ancló.
Apretó los dientes, manteniéndome allí.
Mis pulmones gritaban pidiendo aire. Clavé mis dedos en sus
piernas, y él salió y me enderezó de un tirón. Respiré
profundamente mientras colocaba mis palmas sobre el alféizar.
—Inclínate.
Obedecí, distraída por el dolor que se aferraba al aire.
Desabrochó mi falda, quitándome las bragas. Luego enganchó
su cabeza sobre mi hombro.
—Quédate así.
Mis pezones hormiguearon cuando abandonó la habitación
para hurgar en una maleta. Regresó, su cuerpo calentando mi
espalda.
—¿Adivina qué traje de casa? —Reveló un pequeño tapón
anal en su puño—. Acabo de comprarlo. Los tuyos eran
demasiado aventureros para la primera vez.
Dios mío.
Lo metió en mi boca. —Déjalo bien mojado.
Mi ritmo cardíaco se disparó mientras lo lamía, temblando por
la magia de su tacto. Su gran mano sostuvo mi cara mientras
pulsaba el juguete entre mis labios.
Murmuré algo.
Lo sacó. —¿Qué has dicho?
—Dije, ¿no vas a usar tu polla?
—No te precipites. Hay que introducirte en esto poco a poco.
—Volvió a colocar el tapón y me mordió la oreja—. Manos en
la pared. Sigue chupando.
Se movió detrás de mí. Un gemido atravesó mis dientes
apretados cuando sus muslos presionaron los míos. Un borde
romo se deslizó en el río de mi excitación antes de empujar
dentro.
Sin condón.
Dios, estábamos jugando alegremente con los preservativos,
pero dejé de preocuparme después de la tercera embestida
como siempre. Encajaba tan perfectamente que era un
sacrilegio erigir una barrera entre nosotros. Éramos dos todos
incompletos, empujando uno contra el otro. Era un éxtasis
divino.
Jadeé.
—Sigue chupando.
Obedecí mientras él me embestía, pero las brutales y
constantes acometidas de Vinn hacían difícil concentrarse en
cualquier otra cosa. Mis sentidos daban vueltas como si
hubieran sufrido un cortocircuito mientras acariciaba mi
vientre y mis caderas. Tocó mi clítoris, duchando mi cuerpo de
chispas. Se hundió profundamente, quitándome el aliento.
Casi se me cayó el juguete.
Me tiró del pelo, obligándome a arquearme. Luego me quitó el
tapón de la boca. Una frescura se deslizó por mi piel. El
caucho rozó mi trasero, circulando hacia un lugar prohibido.
Jugueteó con la abertura mientras me follaba, y me mordí el
labio para contener el gemido.
—Alguien está mirando.
Me atraganté, abriendo los ojos de golpe. —¿En serio?
—Sí, un tipo.
Efectivamente, un hombre con parka estaba parado en medio
de la calle, con la cabeza inclinada hacia nosotros. Estaba
demasiado lejos para distinguir su expresión.
Mi respiración se aceleró y mis mejillas se calentaron. La
vergüenza ardiente bajó, reclamando mi cuello, hombros y
pechos. La emoción de ser observada me inundó con un calor
inesperado. Tan incorrecto. ¿Por qué me hacía querer abrir
más las piernas?
Vinn trazó mis pechos y me empaló con sacudidas de sus
caderas. Trabajó el juguete dentro, y mientras lo hacía, mis
paredes protestaron. Era una invasión gigante, pero la
abrumadora plenitud hacía hormiguear mi sexo.
Esto era increíble. Sucio. Jodidamente excitante.
—Voy a terminar dentro de ti, y luego te voy a follar el culo.
¿Qué te parece? ¿Quieres eso?
—Sí, yo… oh.
La habitación se partió con mi gemido. Vinn se rio suavemente
y entonces me folló en serio. Durante un minuto entero, no fui
más que un cuerpo para hacer que Vinn se corriera. Su ritmo
aumentó. Me deshice por el despiadado golpeteo, y entonces él
hizo un sonido desesperado que se contrajo dentro de mí. Me
corrí mientras un dulce calor pulsaba desde su polla. Mis
muslos temblaron y una paz entró en mi ser.
Sacó el juguete lentamente, arrebatándome la deliciosa
plenitud. Me dolió el vacío. Luego echó lubricante por todas
partes, metiéndolo con sus dedos. Lentamente, empujó. Jadeé
ante el borde romo que luchaba contra mi cuerpo, que quería
tensarse.
—Relájate —dijo con voz ronca, acariciándome la espalda—.
Esta parte es la que más duele. Una vez que la cabeza esté
dentro, se sentirá mejor.
Mi boca se abrió mientras la presión resbaladiza me
ensanchaba. Dios, era tan travieso, tan en contra de lo que me
habían hecho creer que debía disfrutar. Mi sexo se contrajo
contra el dolor que no se frotaba exactamente en el lugar
correcto. Fue despacio, y entonces un zumbido golpeó el aire y
de repente, la electricidad disparó en mi clítoris.
Lo masajeó antes de meter otro juguete en mi sexo. Se ancló
sobre mi clítoris. Nunca había estado tan llena. Mi cuerpo se
hizo añicos y se derritió mientras él aceleraba. Me frotó en
círculos perezosos.
Todo estaba brumoso excepto el placer cegador en mi sexo.
Puede que gritara cuando me corrí, temblando y llorando. Fui
arrojada a un tsunami que me arrastró profundamente a la
resaca, la sensación violenta, como agua inundando mis
pulmones.
Su polla pulsó, llenándome con su semilla. Se retiró y me
arrastró entre sus brazos, llevándome a la cama. Me acunó
contra su pecho, calmándome del shock de romper esa última
barrera.
Limpió las lágrimas que recorrían mi cara y me dio besos
fantasmales en el cuello hasta que llegó a mi oreja.
—Eres lo mejor que he tenido nunca.
Eso se hinchó detrás de mis costillas, complaciéndome y
decepcionándome.
Satisfice su deseo, pero el sexo con él desgarraba mi alma.
Me acunó hasta que casi me quedé dormida, cuando un fuerte
chillido me sacó de mi estado de alerta. Vinn se separó de mí,
crujiendo las tablas del suelo al sentarse.
Contestó al teléfono. —¿Qué pasa?
Aspiró aire, la irritación se borró de su rostro mientras una voz
resonaba desde el altavoz.
—Nico ha recibido un disparo. Está muerto.
VEINTICUATRO
VINN

DON DE LA FAMILIA COSTA ASESINADO POR LEGION


MC.
Los titulares por todas partes ardían con la mentira. El asesino
había paseado por la urbanización cerrada de Nico y le había
disparado mientras recogía el periódico. Las autoridades lo
encontraron en su albornoz, tendido en el pavimento. Una
filtración del departamento de policía me informó que no
había señales de entrada forzada, así que el asesino tenía
acceso a Mob Row, el codiciado callejón sin salida de Nico
lleno de gángsteres conectados. En cuestión de horas, fotos
filtradas de su cadáver aparecieron en la dark web, publicadas
por un motorista que se atribuía la responsabilidad del
asesinato.
Una robusta campaña de relaciones públicas inundó las redes
sociales, atacando a Legion MC. Alguien con mucho dinero
había envuelto el crimen como un puto regalo.
Nos sentamos afuera en sillas plegables bajo un cielo
turbulento. El cementerio resonaba con el llanto silencioso de
su amante, una chica de la edad de Liana aproximadamente.
Probablemente estaba disgustada porque no recibiría una
mierda de su cadáver. De ninguna manera le habría dejado
dinero. Michael me miraba con puñales en los ojos mientras su
hijo de cinco años tiraba de su corbata. Por fin había notado
los anillos en nuestros dedos, y no estaba contento con que nos
hubiéramos fugado.
Acéptalo, amigo.
Liana apoyó su mano en mi pecho. —Vinny, ¿estás bien?
Su pelo brillaba como madera pulida y caía en cascada por su
espalda. Un suave color pintaba sus labios. El terciopelo negro
de su vestido resaltaba sus firmes pechos.
Joder, era preciosa. Removió algo dentro de mí.
—Todavía me estoy recuperando de mi luna de miel
estropeada, pero estaré bien.
Me fulminó con la mirada.
—¿Qué? ¿No se me permite lamentarme en un funeral?
—No sobre ti mismo.
Oculté la sonrisa que luchaba por salir mientras manchas
rosadas ardían en sus mejillas. No podía evitar sentirme ligero.
Si nuestro breve viaje servía de indicación, tendría las manos
llenas satisfaciendo a mi pervertida esposa.
Conté los minutos hasta el final del servicio de Nico, que
terminó con un golpe anticlimático. Cuando su ataúd
descendió a la tierra, su amante soltó un grito histérico, y luché
por no poner los ojos en blanco.
Alessio fue el que más tiempo permaneció allí. Su boca se
torció mientras se alejaba furioso, pateando las sillas vacías.
Michael apenas miró la tumba. Presentó sus respetos y se fue
disparado a su coche con su familia—gracias a dios no había
preguntado por mi anillo de boda.
Mientras el cementerio se vaciaba de gente, yo permanecí
inmóvil. Estaba reemplazando a un hombre al que había
admirado toda mi vida. Un peso me oprimía el pecho mientras
reflexionaba sobre un recuerdo del tío Nico llenando mi
mochila con los viejos juguetes de Anthony.
Li frotó calor en mis manos mientras el sol se hundía tras las
nubes, sumiéndonos en el frío. El cielo se había oscurecido a
un azul tenue cuando un hombre con traje subió pesadamente
la colina. Mi mirada pasó por encima de él, pero no de los dos
motoristas que lo flanqueaban.
—Rage Machine —gruñí, alcanzando mi pistola.
—¿Qué demonios hacen aquí?
—Ni idea.
Levanté a Li de un tirón, con el corazón palpitando. Mis
soldados interceptaron al grupo. Vitale se detuvo en seco,
boquiabierto ante el hombre. —¿Tony?
Liana trastabilló. —¿Es Anthony?
Ni de coña. No podía estar aquí.
Anthony Costa estaba a miles de kilómetros, encadenado a una
pared, atrapado en la servidumbre, no paseando hacia la tumba
de su padre. El hombre con pantalones y jersey negro pasó
junto a mí sin un atisbo de reconocimiento y se detuvo ante el
agujero en el suelo.
Era él.
Anthony había ganado lo que parecían unos quince kilos de
músculo desde su desaparición. Se había bronceado hasta un
rico tono cobrizo. Podría haber inmigrado directamente de
Sicilia. Su comportamiento también había cambiado. Anthony
tenía una personalidad magnética cuando no estaba hasta
arriba de drogas, pero su saludable complexión sugería lo
contrario. Este sombrío impostor de Anthony podría haberse
mezclado en un metro lleno de gente.
Me acerqué a él, con la piel hormigueando. —Hola.
Miraba la tumba como si quisiera caer dentro. Parpadeó,
retrocedió y se pasó la mano por el pelo.
—Hola, Vinn.
Mi mente daba vueltas. —Siento tu pérdida.
Anthony no respondió, pero la tristeza avivó su mirada. Algo
me hablaba desde sus ojos. Parecían torturados, enfurecidos y
calmados, cambiando de un extremo a otro. Una profunda
fractura lo había partido. Era como una herida mal curada.
Asintió hacia Liana.
—Tú y la hermana de Michael —comentó con suavidad—.
Nunca lo habría imaginado. Enhorabuena.
—Anthony, ¿qué está pasando? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Anthony sacó un cigarrillo de su bolsillo y lo encendió, la
llama devorando la oscuridad. Luego bajó lentamente por la
colina.
¿Me estaba ignorando?
El rostro de Liana, como una luna, reflejaba mi desconcierto.
Lo seguí. —Anthony, espera. Tenemos que hablar.
—Hagamos esto en otro momento.
¿Qué coño?
El brusco rechazo casi hizo que mis labios esbozaran una
sonrisa. —Anthony, has estado desaparecido durante quince
meses. No puedes esperar que lo deje pasar.
—Trece. Llevo un tiempo en casa.
Mis entrañas se tensaron. —No lo entiendo.
Anthony detuvo su descenso. —Es una larga historia.
Esperé, pero nunca elaboró. —¿Dónde has estado?
—En un loft del centro.
—En un loft —repetí—. Del centro.
—Eso es lo que he dicho.
—¿Por qué no fuiste a ver a tu padre? —Me limpié la cara
mientras él caía en silencio, aumentando mi tentación de
estrangularlo—. ¿Sabes cuánta gente te está buscando?
¿Tienes idea de lo que hemos pasado por tu culpa?
Cruzó los brazos. —Sigue contándome lo mal que lo has
pasado tú.
—Que te jodan, Anthony. Tu padre me estaba acosando,
amenazándome, deseando matarme porque pensaba que era mi
culpa que te hubieran secuestrado. ¿Has estado aquí durante
meses?
Se quedó allí mudo, como un soldado firme. —No ha sido un
paseo para mí, chaval.
¿A quién coño llamaba niño?
—¿Qué pasó?
Su mirada hueca me atravesó. —Nada de lo que quiera hablar.
—¿Te convirtieron en esclavo? —Liana me dio un fuerte
codazo, y una punzada de remordimiento me invadió—. Lo
siento.
—No, no fui un puto esclavo. —Sus labios se curvaron en una
sonrisa dura y fría—. He vuelto. Estoy vivo. Fue una
experiencia de aprendizaje. Y además no es asunto tuyo.
Liana soltó un respingo.
Mis entrañas se retorcieron mientras luchaba con un
sentimiento que nunca había experimentado con Anthony:
compasión.
Miré con recelo a los moteros que estaban detrás de él. —¿Y
estás con ellos porque…?
Anthony hizo un gesto a sus matones. —Dadnos espacio.
—Claro, Tony.
Bajaron pesadamente la colina como perros falderos
obedientes. Ver a los Rage Machine siguiendo órdenes de
Anthony, un hombre que no podía llegar a tiempo a sus
reuniones de sobriedad, me dejó más atónito que cualquier
otra cosa.
De repente, una pieza perdida del rompecabezas encajó en mi
cabeza.
Estaba trabajando con ellos.
—Los estoy utilizando para matar a Legion —dijo,
lanzándome una mirada inexpresiva—. He estado financiando
la guerra contra ellos. Estoy acabando con los clubes de
moteros, empezando por el más grande de Boston.
Mi mente explotó. —¿Tú eres la razón por la que Boston es
una puta zona de guerra?
—No soy solo yo —murmuró con aquella voz sin tono—. Hay
otros.
¿Estaba presenciando el colapso mental de un hombre?
—Anthony, ve a rehabilitación…
—Estoy completamente sobrio.
Tenía muchas razones para dudar de él basándome en las miles
de veces que había repetido esas palabras.
—Tu padre murió —razoné—. Quizás deberías tomártelo con
calma.
—Ya estoy harto de ser tu obra de caridad, V. Todo lo que te
debe preocupar es la nueva dirección que le estoy dando a la
Familia.
Mis entrañas dieron un vuelco. —¿Desde cuándo sigo tus
putas órdenes?
—No tienes elección. Papá me lo dejó todo. Está en su
testamento. Te enviaré una copia. Me dio el imperio, así que
haré lo que me dé la puta gana. Y voy a matar hasta al último
de esos cabrones de las motos.
—¿Crees que puedes entrar y quitarme mi puto trabajo?
—No me interesa ser el jefe. —Lanzó su cigarrillo hacia mis
zapatos, y la chispa se apagó en la hierba húmeda—. Tengo
algo mucho mejor.
VEINTICINCO
VINN

Anthony no tenía ningún interés en ser un Costa.


Se saltó una fiesta de bienvenida, se negó a hablar con
cualquiera que no fuera yo, y actuaba como si fuéramos
extraños en las llamadas telefónicas, pero cumplió su promesa
por primera vez en su vida. No quería mi trabajo.
Tenía cuentas pendientes con Legion.
Yo también.
No me importaba la directiva de Anthony de joder a los MCs
porque, francamente, siempre había detestado a los moteros.
La actitud de Killian hacia mi esposa había cimentado esa
opinión. El acosador que perseguía a Liana necesitaba morir, y
Anthony me había dado la oportunidad perfecta.
Mi problema más urgente no era Anthony ni la Familia. Era la
presión que me oprimía la garganta cuando llegaba a casa.
Liana había pasado las últimas semanas inmersa en
investigaciones. La reaparición de Anthony la había inspirado
a “hacer más”, o eso decía continuamente. Hace unos días abrí
su portátil y una docena de pestañas relacionadas con la trata
de personas llenaban su navegador. Resoplé, echando un
vistazo a una carta de presentación que había escrito para unas
prácticas en una organización benéfica.
Mi esposa, la humanitaria.
Nuestras diferencias me divertían sin fin. Admiraba que
dedicara tanta energía a ayudar a la gente y a empujarme a
hacer lo mismo. Había aceptado a regañadientes ser voluntario
para Habitat for Humanity con ella, como un idiota. Me había
convencido para organizar una campaña benéfica de juguetes
para niños necesitados en Dorchester, y había cedido.
Tenía que contenerme.
Si esta mujer me miraba con sus tormentosos ojos azules y
susurraba por favor, haría cualquier cosa por ella, y eso me
llenaba el estómago de temor. Debería haberme contentado
con poseerla, follarla, pero mientras llevara el collar… era
miserable.
Me atormentaba cada día, un recordatorio constante de quién
era yo. De quién no era. Más de una vez, había fantaseado con
destrozarlo a martillazos. Reducir a polvo esa monstruosidad
color salmón. No soportaba esa cosa. Ella había empezado a
guardarlo en su mesita de noche, pero yo no podía olvidar al
otro hombre. No podía dejarlo pasar. Examiné su perfil en
redes sociales para averiguar quién demonios era por vigésima
vez.
Las puertas de mi despacho se abrieron de golpe, dando paso a
una Liana alterada. Era terrible con los límites, y eso me
irritaba.
Cerré el portátil de golpe. —¿Puedes llamar?
Manchas rojas ardían en las mejillas de Liana. Tenía una
mirada ardiente que a veces significaba que estaba dispuesta a
follar.
—Tenemos que hablar.
Mi humor se desplomó. —Si estás aquí para involucrarme en
otro evento benéfico, tengo una palabra para ti: No.
Eso sonó más desagradable de lo que pretendía. Había sido un
mal día. Liana tenía una ristra de tipos compitiendo por su
maldita atención en sus mensajes de texto, y uno de ellos la
había invitado a tomar un café. Ella lo rechazó, pero eso no me
impidió rastrear su información personal y enviar a Vitale a su
apartamento con instrucciones explícitas. Probablemente
estaba cabreada por eso.
No me importaba.
—¿Enviaste a Vitale a amenazar a mi compañero de clase?
Sonreí. —Por supuesto.
—¿Por qué harías eso?
Porque no tenía autocontrol con mi esposa. Porque la idea de
que se sentara con otra persona me hacía hervir la sangre.
Incliné la cabeza, negándome a responder.
Una sonrisa tensa se dibujó en su rostro. —¿Sabes? Pensaba
que te importaba. Fui lo bastante estúpida como para creer que
tenías un lado bueno, pero esta vez has ido demasiado lejos.
No me gustaba hacia dónde iba esto.
Se abalanzó hacia mi escritorio, con el pelo volando mientras
dejaba caer un pedazo de papel. Eché un vistazo a la tarjeta de
visita y mis entrañas se desgarraron.
Flatstick Pub
Su mirada me atravesó. —Dime que no tuviste nada que ver
con su desaparición.
Joder.
Liana rodeó la silla, con la mano en mi brazo. —Por favor,
Vinn.
Su susurro sofocado me oprimió el pecho. No podía mentirle,
pero ¿qué pasaría cuando confesara? Un rápido escalofrío
envolvió mis extremidades en hielo. Mi cerebro se congeló
con una imagen de ella saliendo furiosa por la puerta. Una
oleada de mareo me invadió.
No.
No podía irse.
—Vinny.
—Está muerto, Li.
El dolor se mostró desnudo en sus dulces ojos. Se tapó la boca,
jadeando.
Mi corazón se encogió.
Joder.
—¿Tan poco significa para ti la vida humana?
Un tormento interior me carcomía. —¿Quieres honestidad o
solo buscas sentirte mejor?
—¡Honestidad!
Me estremecí. —No veo por qué debería preocuparme por
todo el mundo.
—Eso es despiadado —siseó.
—Quizá no tengo una puta alma, entonces. ¿Es eso lo que
quieres oír? —grité, con una agonía que me atravesaba el
estómago cuando ella retrocedió—. Espera. Cariño, sigo
siendo el mismo hombre.
Se cubrió la cara con manos temblorosas, llorando. —Eso es
lo que me asusta.
Suspiré profundamente. —¿Sabes cuál es el lema no oficial de
los Marines? A por ello. Lo coreábamos todo el tiempo.
Cuando alguien presumía de haberse acostado con alguien.
Cuando disparábamos nuestras armas. Cuando matábamos.
Especialmente cuando matábamos. No hubo vacilación cuando
quité una vida, y ese sentimiento no ha cambiado.
—¡James no era un soldado!
—No, era un depredador.
—¿Te crees juez, jurado y verdugo? —gritó, y yo me
estremecí—. No puedes matar a la gente por cometer un…
—No lo llames un puto error.
—No quería que muriera. Puede que le odiara, pero nunca te
pediría que hicieras eso.
Se rodeó con los brazos y se derrumbó.
Un profundo dolor en mi pecho se retorció.
—Liana, no fuiste tú —dije con voz ronca—. Fui yo, todo yo.
—¡Me has hecho sentir como si hubiera matado a alguien!
Le agarré el hombro.
Se estremeció como si la hubiera golpeado. —Si no hubiera
dicho nada, seguiría vivo.
—Sí, lo estaría —dije con frialdad, encogiéndome de hombros
—. Lo pillé echando polvo en la bebida de una chica, igual
que probablemente hizo con la tuya. No voy a disculparme por
lo que hice. Ese cabrón merecía morir. Mírame a los ojos y
dime que tu amiga no está mejor así.
Liana se secó los ojos, temblando. —No fue por mí. No lo
mataste por la seguridad de otras mujeres. Tenías tanta prisa
por defender mi honor que no consideraste mis sentimientos.
—Li, nunca habría puesto esa carga sobre ti.
—No lo entiendes —gimió ella—. Es una traición. Mataste a
alguien después de que me sinceré contigo.
Mi primer instinto de discutir se apagó mientras asimilaba
aquello, añadiendo combustible a la ardiente sensación que me
corroía. Tenía razón.
Le había disparado porque despreciaba al cabrón.
Mi inocente esposa me dio la excusa perfecta. Había cambiado
su confianza por mi orgullo. Nunca me miraría igual si es que
volvía a mirarme. Y no podía prometer que no lo haría de
nuevo.
Mis mejillas ardían mientras agarraba sus manos, con una
violenta batalla librándose en mi corazón. Una disculpa pendía
de mis labios. Entonces, una joya rosa y blanca me recordó por
qué no podía dejarla ir.
Tomé su rostro y la besé.
Ella empujó mi pecho. Sus gemidos se convirtieron en
sollozos mientras yo aplastaba su boca en un beso brutal. La
arrastré al suelo y la hice olvidar cuánto me detestaba. Luego
la llevé a la cama y lo hice de nuevo, y habría seguido si no
fuera por sus suaves respiraciones calentando mi cuello.
A media noche, se deslizó fuera de mis brazos y caminó de
puntillas hasta el vestidor. Su frenético empaquetado llenó mi
estómago de amargura. No la detuve, aunque me estaba
matando.
No te vayas. Por favor.
Liana hizo una pausa, arrastrando una bolsa de lona. Pareció
mirar en mi dirección, donde yo fingía dormir.
Entonces salió corriendo por la puerta.
VEINTISÉIS
LIANA

—Oye. ¿Puedo quedarme aquí unos días?


El bonito rostro de Carmela mostró sorpresa. La correa se me
clavó en el músculo y la bolsa golpeó el suelo después de que
me tambaleara dentro de la casa.
Michael estaba de viaje de negocios, por eso me había dirigido
directamente a su casa. No quería responder a un millón de
preguntas sobre mi relación con Vinn a mi hermano
sobreprotector.
Carmela me lanzó una mirada inquisitiva. —¿Michael sabe
que estás aquí?
—Mejor no se lo digamos. Ya sabes cómo se pone.
Carmela se mordió el labio rosado. —No lo mencionaré hasta
que regrese.
Me arrastré con derrota por la mansión de Michael, dominada
por azules acerados y marrones terrosos. Era lo opuesto al
apartamento blanco y negro de Vinn. Al entrar en la luminosa
cocina de Michael, una profunda añoranza me retorció las
entrañas.
Eran una familia perfecta.
Carmela alimentaba al bebé Luke en su trona, limpiando la
compota de manzana que goteaba por su barbilla. Mariette y
Matteo comían sus gofres. Los niños gritaron un saludo antes
de que yo arrastrara la bolsa hasta una habitación de invitados.
Cuando regresé, Carmela se afanaba en la cocina, cogiendo
platos mientras yo cojeaba hacia la mesa.
—¿Huevos?
Mi estómago se revolvió. —No, gracias.
No tenía apetito.
Mis entrañas se contrajeron cuando imaginé a Vinn en casa,
solo.
Deseaba odiarlo.
Examiné mi conciencia mientras estaba allí sentada, digiriendo
su terrible crimen. Siempre había sabido que era capaz de
matar. Michael lo había insinuado muchas veces, pero no
esperaba que matara a un hombre que me había hecho daño.
Aunque una pequeña parte de mí estaba de acuerdo con Vinn.
Queenie estaba mejor así.
Un segundo después, me odié a mí misma.
Vinn intentaba hacer el bien, a su manera retorcida. ¿No era
eso mejor que la versión monstruosa que me había hecho
creer?
Las motivaciones de Vinn eran las mismas que las mías. La
familia primero.
Él simplemente lo llevaba a extremos.
Te estás inventando excusas.
La duda atormentaba mi conciencia. Amaba a Vinn, pero me
asustaba. Ya había comprometido mi alma, y ahora había
añadido un asesinato a la lista.
El arrepentimiento me golpeó con fuerza después de otro día
atrapada en la casa de Michael, esperando el regreso de mi
hermano, rechazando suavemente los intentos de Carmela por
hablar. La ayudé a doblar la ropa en la sala mientras los niños
veían una película. Mis dedos alisaron el body de los Boston
Bruins que había comprado para Luke. Un nudo se alojó en mi
garganta.
Se convirtió en una oleada de náuseas.
Carmela me agarró la muñeca. —¿Estás bien, cariño?
Negué con la cabeza y salí corriendo.
Me lancé al baño, golpeé la tapa contra la taza y vomité. Me
acurruqué junto al inodoro toda la tarde, purgándome. Era
implacable, y la horrible sensación se alojó en mi estómago.
Carmela humedeció un paño y lo presionó contra mi frente. —
Quizás deberíamos llamar a tu ginecólogo.
La alarma recorrió mi columna.
Me había olvidado del estúpido embarazo falso.
—Nada de médicos —me limpié y me enjuagué la boca, nunca
me había sentido tan cansada en mi vida—. Probablemente
sean los nervios.
Una puerta lejana se abrió y se cerró de golpe.
La voz vigorosa de Michael resonó por la casa. Un tropel de
pies se precipitó hacia el vestíbulo. Mi corazón nadaba en una
ciénaga turbia de arrepentimiento y anhelo mientras Michael
saludaba a su esposa con un ronroneo.
No quería estar aquí.
Había esperado que Vinn pasara por aquí y exigiera que
volviera con él, que sintiera mi angustia a través de la
distancia, que me arrastrara a sus brazos, me dijera que todo
estaría bien.
Que me amaba.
Dios, necesitaba que me amara, pero era inútil.
No podía o no quería recordar lo que había significado para
mí, y esperar a que lo descubriera era una pérdida de tiempo.
Un cuerpecito chocó contra mi espalda. Dos manitas se
aferraron a mi cintura. Me di la vuelta, vi la dulce cara de
Matteo sonriéndome, y rompí a llorar. Abracé a mi sobrino y
sollocé, el abrazo desencadenaba una profunda agonía. Quizás
encontraría a alguien más que me amara, pero nunca amaría a
otro hombre tanto como a él.
—No llores, tía —Matteo me acariciaba el pelo—. Todo está
bien.
—Cariño, ve a jugar con tu hermana.
Mis entrañas se retorcieron cuando apareció Michael,
apartando a su hijo. Lo envió a otro lado y regresó en un
destello de zapatos Derby y traje. Se plantó frente a mí con las
cejas fruncidas.
—¿Qué está pasando? Carmela dice que llevas aquí tres días.
Negué con la cabeza, sollozando. —Nada.
—Tengo derecho a saber qué te ha hecho ese cabrón.
Si le hablara de James, probablemente me llamaría loca por
estar disgustada.
—Antes de él, estabas avanzando. Saliendo con otros chicos.
Encontrándote a ti misma —suspiró profundamente, dándose
palmadas en los muslos—. Ahora estás miserable.
Embarazada. Ni siquiera te está cuidando.
—No me ama —me ahogué al admitirlo finalmente—. Pensé
que no importaría. Esperaba que cambiara.
—¿No te lo advertí tantas veces? —Una nota de desesperación
desgarró su voz—. ¿Por qué no dejaste que te presentara a otro
hombre?
—¡Porque no quiero a nadie más! ¡Le amo!
Michael se agachó sobre una rodilla. Me arrastró a un abrazo
feroz que derritió hasta el último muro de hielo mientras me
derrumbaba en los brazos de mi hermano.
—No tienes que estar con él, Li.
Vinn no me amaba.
Vinn me ocultaba secretos.
Vinn me daba todo menos su corazón.
Un dolor salvaje me consumió, y no podía parar de llorar. Me
aferré al hombro de Michael mientras me llevaba más allá de
sus asombrados hijos.
—Tiene una responsabilidad contigo —comenzó, su tono
bajando mil grados—. Estás enferma, y te deja aquí. Lo
mataré. ¡Ya estoy harto!
Michael se levantó de un salto y se quitó la chaqueta. Mi
corazón se estrelló contra mi pecho cuando agarró sus llaves y
se dirigió hacia la puerta.
Carmela lo observó con el ceño fruncido. —Acabas de llegar.
—Voy a ir allí y le voy a decir cuatro cosas.
—Michael. —Carmela lo siguió, sus furiosos tonos resonando
por toda la mansión—. Deja de meterte.
—Cariño, es mi hermana. La dejó embarazada y luego la
abandonó —gritó Michael a su mujer—. Te quiero, pero
¡mantente al margen de esto!
Carmela se tambaleó bajando los escalones, gritándole. —¡No
hagas ninguna tontería!
Salí corriendo mientras él subía a su coche.
—Malditos hombres. —Carmela suspiró profundamente—.
Quiero a tu hermano, pero Dios mío. Tiene un genio que no
veas.
Ella no entendía el peligro.
Lo mataré.
Michael no estaba bromeando.
VEINTISIETE
VINN

Ansiaba el alcohol como si fuera oxígeno.


Cuando alargaba la mano hacia la botella, el suave no te hagas
esto a ti mismo de Liana me susurraba al oído. Ella era mi
fuerza, pero resultaba curioso. No tenía ningún interés en
comer cuando ella no estaba cerca.
La vida se arrastraba. Solo habían pasado un par de días, pero
cada segundo que transcurría parecía burlarse de mí. Me
enfrentaba a un futuro sombrío sin Liana. Nunca había odiado
tanto mi existencia, ni siquiera durante mi consejo de guerra, o
en los meses posteriores, cuando abusé de todas las drogas
imaginables, y Michael me encontró semiinconsciente con una
goma alrededor del brazo.
Perderla me había destrozado. Era como un suicidio lento.
Más de una vez, me lancé a mi coche para ir a sacarla de casa
de Michael. Todavía la consideraba mía. Nada podría cambiar
eso excepto un divorcio y una orden de alejamiento. Porque la
amaba, joder.
La amaba.
Era la única razón por la que no había irrumpido en casa de
Michael. Ella tenía que elegir, y esperaba con todas mis
fuerzas que me eligiera a mí. La necesitaba desesperadamente.
Busqué formas de mantenerla a mi lado, y pensé en su dolor
por Daniel. Que yo no tenía conciencia de mí mismo. Que
hacía daño a la gente.
Tenía razón, así que pasé la semana haciendo buenas acciones.
Envié flores a Queenie con un bonito mensaje. Si James
estuviera vivo, lo habría metido en la cárcel, pero como no lo
estaba, llamé al decano de Bourton y le conté que alguien que
conocía había sido agredida sexualmente en la fraternidad de
James. Al día siguiente la cerraron. Los medios de
comunicación se llenaron de artículos que condenaban las
violaciones en los campus y la toxicidad del sistema de
hermandades, junto con espeluznantes historias de antiguos
alumnos de Bourton.
¿Por qué quería ayudar?
Me sentía más cerca de Liana cuando era menos cabrón. Eso
me hizo conducir sin rumbo por Boston hasta que me detuve
en casa de Alessio. Hacía siglos que no iba allí.
Una fuerte lluvia empapó mis hombros antes de que hubiera
cruzado la verja de hierro forjado. La puerta roja se abrió de
golpe cuando llegué a los hastiales.
Alessio salió, entrecerrando sus ojos oscuros mientras me
acercaba. Se cruzó de brazos.
—¿Qué demonios haces aquí?
Sinceramente, no lo sé. —Quería hablar contigo y con Mia.
La boca de Alessio se torció. Tenía buenos motivos para odiar
esa idea. Había secuestrado a su mujer un par de años atrás.
Me había justificado diciéndome a mí mismo que la estaba
salvando, cuando en realidad solo lo había hecho para atraerlo
y poder matarlo y sucederle como jefe.
—No quiero que te acerques a Mia. —Su voz de barítono se
enfrió hasta convertirse en un susurro condescendiente—.
Joder, pareces un maldito desastre.
La puerta roja volvió a abrirse, y la diminuta Mia apareció
bajo el brazo de Alessio, acunando a su hija pequeña. Una
profunda arruga surcaba su frente.
—Ah, eres tú —dijo, con un saludo cargado de reproche—.
¿Qué quieres?
Venir aquí había sido un movimiento desesperado.
Aparté mi vacilación con un gesto y respiré hondo. —Os he
fallado a los dos, y lo siento. La he cagado, y estoy aquí para
enmendarme.
Alessio parecía como si la Navidad hubiera llegado antes. Me
dedicó una gélida sonrisa, burlona. —¿Qué es esto, alguna
mierda de los doce pasos? No te importamos una mierda.
—Entonces, ¿por qué estoy bajo la lluvia?
Negó con la cabeza. —Vete a casa, Vinn.
—No puedo. Tengo que hacer algo. —Si eso aliviaba el peso
que aplastaba mi corazón, haría cualquier cosa.
La sonrisa burlona de Alessio le dibujó un hoyuelo en la
mejilla. Sus ojos negros me taladraron.
—Te ha dejado, ¿verdad?
El fuego que me consumía se apagó.
¿Y si lo hubiera hecho?
Alessio se cruzó de brazos, sonriendo como el gato que se
comió una jaula de canarios. —Bueno, ya era hora. Esa chica
es demasiado buena para ti.
Me di la vuelta, con el estómago hirviendo.
Mia bajó los escalones, ignorando la advertencia de su marido.
Se mordió el labio. —¿Te ha dejado?
Una punzada me golpeó en la garganta. No pude responder,
porque decirlo en voz alta lo haría permanente.
—Vaya, realmente estás sufriendo. —La oscura mirada de
Alessio me escudriñó, saboreando mi miseria como si fuera
oro—. Tengo que decir que verte agonizar es agradable.
La pequeña de Mia chilló, y Mia le pasó la niña a Alessio. Su
rostro se iluminó mientras se acomodaba, levantándola. La
besó. Ella le sonrió, y un martillo pilón golpeó mi pecho.
Un dolor pulsó dentro de mí, nuevo y aterrador, pero real.
Apreté los dientes. Me pasé las manos por el pelo,
apartándome de la irritante visión de su sana felicidad.
Salí corriendo por el camino.
—Espera. Vinn, espera. —Mia corrió a mi lado, deteniéndome
—. Vuelve.
—Mia, déjalo ir.
Ella frunció el ceño a su marido. —No cuesta nada escucharle.
Alessio soltó un suspiro exagerado y me hizo un gesto para
que me acercara.
—Estoy cansado de enfrentarme a ti, así que dime tu maldito
precio.
—Bien. —Alessio puso los ojos en blanco—. Hazme socio en
todas tus empresas de construcción.
Lo fulminé con la mirada. —Eso es pedir mucho.
—Oye, tú eres el que busca enmendarse.
Lo había dicho para probarme, pero mi angustia era tan aguda
que me perforaba los pulmones con cada respiración.
Suspiré. —Joder. Vale.
Su risa me irritó los oídos. —¿En serio?
—Te haré socio director. Tendrás poderes ejecutivos.
—No me importa eso —espetó—. Solo quiero tu dinero.
—Te daré una participación del veinte por ciento.
—Treinta y cinco —disparó.
—Veinticinco.
Alessio se encogió de hombros y me tendió una mano. —Trato
hecho.
Se la estreché, mientras una voz interior gritaba. Con
diferencia, el peor trato que había hecho jamás, pero valdría la
pena si convencía a Liana de que no era un cabrón sin
remedio.
Me retuvo, sonriendo con suficiencia. —Tener conciencia sale
caro, ¿verdad?
No tienes ni idea.
Mi mirada se deslizó hacia su mujer. —¿Y tú?
—Pídele otro veinticinco, cariño.
Mia ignoró a su marido y me sonrió. —No necesito nada,
Vinn. Te perdono.
Alessio chasqueó la lengua. —Pésima negociadora.
Di un paso atrás, consciente de que acababa de firmar la
entrega de cientos de miles de dólares. —¿Entonces todo bien?
—Sí —murmuró Alessio tras una larga pausa—. Eso creo.
—Quizás os invite a ambos algún día.
Alessio arqueó una ceja. —No nos precipitemos.
Mia le dio un golpecito en el pecho. —Nos encantaría.
—Os veré luego. Que paséis buena noche.
Me miraron boquiabiertos como si hubiera hablado en un
idioma extranjero. Mientras caminaba hacia el coche, con los
mocasines empapados, esperé sentir que un peso se levantaba
de mis hombros. En su lugar, me invadieron unas intensas
náuseas y desolación.
Nada había cambiado.

Las siguientes horas fueron pura tortura. De alguna manera fue


peor que cuando me dispararon, me apuñalaron y me
arrastraron a una ejecución simulada, porque al menos
entonces ella seguía en mi vida. No podía respirar sin sentir
una punzada en las costillas. Todo lo que había hecho desde
que llegué a casa fue mirar fotos de mi mujer.
La echaba de menos.
Un puño golpeó mi puerta.
Dejé el teléfono a un lado y abrí de un tirón.
Michael estaba en el umbral, con la camisa medio por fuera, el
pelo revuelto como si se lo hubiera estado agarrando durante
todo el trayecto hasta mi casa, y una oscuridad lo envolvía
como una tormenta en ciernes. Entró, irradiando un desprecio
corrosivo que contaminaba el aire.
—¿Está Liana contigo?
Era tan jodidamente patético.
—¿Para qué? ¿Para que puedas romper con ella otra vez?
Me empujó.
Mi espalda golpeó contra la consola, un dolor atravesó mi
columna. Me dio un puñetazo en la cara. La agonía explotó en
mi mandíbula. Me dolían los dientes. El mundo me dio
vueltas. Dos golpes salvajes me dejaron sin aliento. Nunca me
había golpeado así, ni siquiera en nuestros peores momentos.
Me desplomé, jadeando.
—¡La has echado, jodido perdedor! —El pie de Michael dio
una vuelta, estrellándose contra mi estómago—. Está
esperando un hijo tuyo, ¿y tú te rindes con ella?
Me di la vuelta, aturdido. Nunca le había confesado a Michael
lo del embarazo falso. El caos que rodeó la muerte de Nico lo
había borrado por completo de mi mente, y hacía semanas que
había dejado de ser una relación fingida.
—Te lo advertí —me fulminó con la mirada, presionando mi
cuello con su zapato—. Si le hacías daño, eras hombre muerto.
Agarré su tobillo y lo empujé. Un golpe me dio en la cabeza y
mi visión se oscureció. Sus nudillos machacaron mi cráneo,
golpeándome tan fuerte que el eco de huesos rechinando llenó
mis oídos. Se negaba a ceder. Sus despiadados puñetazos me
estrellaron contra el suelo.
Si no lo detenía, me mataría.
Me lancé contra su cintura, arrojándolo contra una mesa
consola. Michael gruñó por el impacto. Siseando, se abalanzó
sobre mí. Me aparté a rastras, defendiéndome con una silla.
—Michael, cálmate. Yo no la eché.
Apartó la silla de un manotazo. —Suéltala y pelea conmigo.
—No. Hablemos de esto.
Le sacaba veinte kilos a Michael, y podría matarlo. Si algo le
pasaba a su hermano, Liana quedaría devastada. No podía
cargar con eso en mi conciencia.
—He terminado contigo, amigo.
Michael agarró su arma. Me apuntó con ella, con el pecho
agitado.
Levanté las manos. —¿Tienes que llevarlo todo al extremo?
—Te lo advertí —gruñó—. Te dije lo que pasaría.
—Joder, Michael. No he hecho nada malo. Solo…
—¡Te di una oportunidad! ¡La desperdiciaste! —Su voz se
quebró, el arma tembló—. Utilizaste a mi hermana. Es la única
hermana que tengo, y la has destrozado.
Sus palabras me desgarraron por dentro.
—¿Qué… qué quieres decir? ¿Está bien?
—No, no lo está, maldito demente.
Un horrible temor me invadió. —¿Está herida?
—Por supuesto que está sufriendo. ¡Su marido la abandonó
con un bebé! ¡La echaste de tu casa! —Un rubor rojo le
envolvió la garganta mientras gritaba a pleno pulmón—. La
dejaste embarazada y no puedes lidiar con ello.
—Michael, escúchame. Ella no está embarazada…
—¿No puedes soportar ser padre, eh? —gritó, arrollándome
verbalmente—. Qué cobarde.
—Michael, la amo. Haría cualquier cosa por ella —retrocedí
hasta el sofá mientras Michael avanzaba, con los ojos
centelleantes—. Mírame y dime que no me crees.
Sus pozos color avellana taladraron los míos. —Entonces,
¿por qué está en mi casa?
—Es complicado.
—Explícamelo.
Entré en la cocina y me serví un vaso de agua. Mi mano
temblaba, derramando parte del contenido antes de que el vaso
llegara a mi boca. —De todas formas me habría dejado.
Quiere a otro.
—¿De qué estás hablando?
Un enfermizo anhelo tiraba de mis entrañas. —Hay otro tío.
Michael se limpió la cara, gruñendo. —Dijo eso para ponerte
celoso, idiota. Te ama. Desde que era una niña. Mientras tú te
divertías con otras, ella imaginaba nombres para vuestros
futuros hijos. Me suplicaba que te organizara una cita. Te ha
amado desde siempre.
Bajé la mirada, sorprendido al ver sangre corriendo por mi
puño cerrado. Había roto el vaso. Saqué un fragmento de mi
piel, pero ni siquiera sentí el escozor.
—No lo entiendo.
Michael resopló. —Por supuesto.
Me puse rígido cuando una oleada de calor me atravesó.
Analizar lo que me había dicho era como tamizar arena.
Entonces me golpeó la realidad.
Un frío se extendió por mi estómago.
—¿Por qué coño no lo dijiste antes?
—La mejor pregunta es, ¿cómo no te diste cuenta? Eres tan
obtuso, Vinn —Michael comenzó una diatriba que parecía
llevar años gestándose—. Te visitaba. Te llevaba tus platos
favoritos al hospital. Te escribía cartas y lloraba cada vez que
te veía con otras chicas. ¿Qué creías que significaba eso?
No pensé en ello.
Nunca dejé que mis pensamientos fueran por ahí porque ella
era demasiado joven, era la hermana de Michael, y estaba
prohibida en todos los sentidos. Ahora que Michael me lo
había explicado todo, era tan obvio. Ella había minimizado sus
sentimientos calificándolos de simple atracción, y mi estúpido
trasero la había creído.
Era tan idiota.
Una sensación como de aguja me pinchó la cara. —Así que
has hablado con ella sobre mí.
—Muchas veces.
Mi corazón latía con fuerza. —¿Y qué le dijiste?
—Que siguiera adelante —respondió con frialdad—. No me
mires así. Eres nueve años mayor. Eres un perro con las
mujeres. Nunca te importó como le importabas tú a ella.
Mis entrañas se retorcieron y ennegrecieron.
Lo agarré por la camisa y lo estampé contra las ventanas. Mi
visión se nubló con fantasías enfermizas. Me lo imaginé
suplicando por su vida mientras lo colgaba del balcón. Mi
puño se estrelló contra su mandíbula. Cayó al suelo y embistió
contra mis rodillas. Lo aparté de un tirón. Lo empujé contra
una foto.
El cristal se hizo añicos sobre su cabeza.
Una segunda sombra se deslizó por la pared.
—Mike. —Moví bruscamente la cabeza hacia ella.
Se dio la vuelta.
La silueta de un hombre se proyectó en el suelo. Un hombre
con chaqueta de cuero chasqueó la lengua al salir, apuntando
con una pistola a Michael, cuya Glock estaba a varios metros
de distancia.
—Idiotas, me lo habéis puesto demasiado fácil. La puerta está
abierta de par en par. —Killian se relamió los dientes, un
sonido que me retorció las entrañas—. Muy considerado por
vuestra parte. Gracias.
Joder.
—¿Qué haces aquí? —Mantuve un tono uniforme, intentando
ganar tiempo.
—Matarte. Llevarme a tu mujer. —Se pasó una mano por el
pelo—. ¿Dónde está la mujercita?
—No está aquí.
—Es una lástima. Quería que tu muñequita te viera morir. —
La expresión de Killian, con la mandíbula caída, adquirió un
aire ausente—. Justo antes de follármela sobre tu cadáver.
Dispararía.
No fallaría.
Así es como llegaría mi fin: a manos de un psicópata de poca
monta que de alguna manera había burlado mi seguridad solo
porque Anthony tenía que vengarse.
Una voz femenina resonó en la casa.
—Vinny.
El débil susurro era un deseo desesperado de mi cerebro
moribundo.
—¿Vinny?
Menos distante y más fuerte.
No, no, no.
La mirada de Killian se desvió por encima de mi hombro, su
boca entreabriéndose.
Un temblor sacudió mi brazo mientras giraba lentamente. Mi
mirada chocó con un par de suaves ojos azules.
Liana estaba en el pasillo. Llevaba la ropa de hace tres días. El
collar brillaba en su cuello, como un faro que me arrastraba
hacia adelante. Sus labios se entreabrieron como si no hubiera
notado a Killian.
—Vinny, yo…
—Corre.
Frunció el ceño. Dudó.
Dio un paso hacia mí.
Un disparo resonó en el aire. Algo salpicó mis muñecas. Me
abalancé sobre Killian, que había bajado su arma. Lo placaje.
Agarré su muñeca y la retorcí, apartando la pistola de un
golpe, y luego me lancé a por ella. Él gritó. Le metí el cañón
bajo la mandíbula. Apreté el gatillo.
El ensordecedor estruendo resonó como un rayo.
Killian se ahogó con el agujero en su cuello. Balbuceó y se
quedó inmóvil. Tiré la Sig al suelo manchado de sangre, el
pitido en mis oídos disminuyendo a un rugido sordo puntuado
por los gritos de Michael.
¿Por qué gritaba?
Un pequeño sonido ahogado me retorció las entrañas.
Me giré mientras Liana se tambaleaba contra la pared. Se
deslizó hacia abajo. Una raya roja pintó la superficie blanca,
marcando su descenso. Se desplomó, sujetándose el estómago.
Corrí a su lado. Mis dedos temblaban mientras apartaba sus
brazos de la falda que se oscurecía. Un agujero en su cadera se
llenaba de carmesí. Mis manos resbalaban hasta que Michael
metió una toalla debajo de mis palmas. La sangre la empapó
en segundos. Estaba sangrando demasiado, demasiado rápido.
Michael llamó al 911.
Ella se aferró a mis antebrazos, el bronceado desaparecía
rápidamente de su cuerpo. Su mirada se desvanecía en rendijas
azules. Las lágrimas surcaban sus mejillas, y murmuraba mi
nombre.
—Respira profundo, Liana. No cierres los ojos, cariño. Por
favor. —Mi mano libre acunó su pálida mejilla—. Quédate
conmigo.
Presioné sobre la herida.
Hizo una mueca.
Un pánico negro y transparente envolvió mi pecho. No podía
detener la hemorragia.
Parpadee.
Había gente por todas partes. Policías y servicios médicos
invadían el apartamento. El paramédico escuchaba sus
pulmones mientras yo gritaba. No podía respirar. ¿Por qué
nadie escuchaba? Por qué…
Alguien me apartó mientras la subían a una camilla. La
alejaron de mi vista. Corrí tras ella, pero los agentes me
detuvieron. Me preguntaban cosas que no entendía. Una y otra
vez. Las mismas preguntas estúpidas que no tenían sentido.
Sus voces confusas se filtraban por mi cerebro, como sonido
atravesando el agua.
Estará bien.
Lo conseguirá.
Un borde afilado se clavó en mi palma: la concha marina.
Una confusión sorda arremolinaba mi cabeza. Debía habérsela
arrancado del cuello a Liana. Mientras mi pulgar acariciaba la
superficie familiar, mi estómago se hundió. Una galería de
imágenes destelló en mi mente.
Yo se la había dado.
Fui yo.
VEINTIOCHO
VINN

Nos amamos.
Estaremos juntos.
Murmuré las palabras en mis palmas cerradas, como si
repetirlas activara un hechizo que haría que todo se arreglara.
El collar ensangrentado envolvía mis manos como un rosario.
No creía en Dios, pero joder, recé. La angustia destrozó mi
último atisbo de control.
Durante el trayecto al hospital, me agarré del pelo. Grité.
Cabalgué una ola de intensos recuerdos en la sala de espera.
Me cubrí la cara, temblando, con un dolor profundo
devorándome.
Nos amamos.
Estaremos juntos.
Me limpié los ojos.
El blanco me rodeaba, tan intenso que quemaba.
Michael estaba sentado a poca distancia, probablemente
ahogándose en su culpa. Su esposa le masajeaba la espalda,
susurrando palabras esperanzadoras a las que me aferraba.
—Lleva mucho tiempo en cirugía. Eso es buena señal, cariño.
Él asintió y tragó saliva. —Sí.
—Saldrá de esta —dijo ella con voz espesa—. Creció contigo.
Eso significa que es obstinada como el demonio y no se
rendirá.
La ignoré, incapaz de escuchar rendirse sin sentir una agonía
desgarradora en el pecho. Me concentré en respirar. Dentro y
fuera. Despacio. Conté mis respiraciones como si pudieran
ayudar a Liana en el quirófano.
—¿Puedo traerte algo? ¿Una camisa limpia? —La mano de
Carmela se deslizó sobre mi hombro y apretó—. ¿Una taza de
café?
Me encontré con la mirada rasgada de Carmela.
Sálvala. Por favor.
Ella se estremeció y me soltó.
Los ojos ardientes de Michael me atravesaron, y podría
haberme enzarzado con él en el suelo si pelear con él no
hubiera sido lo que la hirió en primer lugar.
Un hombre con pijama azul salió por las puertas dobles.
Ignoró a todos en la sala de espera y vino directamente hacia
mí.
—¿Es usted el marido de Liana Costa?
Me levanté. —Sí.
Se frotó el cuello enrojecido. —Está en recuperación. El
disparo causó múltiples fracturas y desgarró una arteria
importante, pero pudimos detener la hemorragia. Sus
constantes vitales están estables, pero se encuentra en estado
crítico.
Sus palabras se abrieron paso a través de mi cerebro
congelado.
—¿Cuándo puedo verla?
—Ahora mismo. De uno en uno.
Me llevó por un laberinto de habitaciones oscuras y me mostró
una cama donde yacía Liana, irreconocible bajo los tubos. Una
sensación asfixiante me oprimió el pecho.
Todo saldrá bien.
Agarré su tobillo. El alivio que había estado esperando no
llegaba. No quería dejarla, pero me obligaron a volver a la sala
de espera, y me derrumbé en el mismo asiento. Michael iba y
venía.
Mi conciencia se desvaneció hasta convertirse en un murmullo
sordo mientras las horas pasaban. Después de una sugerencia
amable de Carmela y un paquete de ropa limpia que me metió
bajo el brazo, me duché. La sangre de Liana se arremolinó por
el desagüe. Limpié sus joyas antes de vestirme con vaqueros y
una camiseta.
Aturdido, me dirigí hacia su habitación. Michael y Carmela ya
montaban guardia a su lado. Me uní a ellos, enrollando el
collar alrededor de su mano inerte, colocando la concha tras
sus dedos.
Las ondas castañas de Liana se desparramaban sobre la funda
de la almohada, sus ojos cerrados, su cuerpo sin vida. Tal vez
era el cansancio. Era fácil soñar despierto. La cama del
hospital se fundió en un profundo atardecer naranja sobre el
agua.
—Siento haberlo olvidado —croé, esperando un atisbo de vida
—. Fue hace mucho tiempo, y han pasado tantas cosas desde
entonces hasta ahora, pero lo recuerdo todo: las gaviotas, la
pila de bacalao frito y tú suplicándome que me quedara. Siento
no haberlo hecho. Tenía tantos sueños y quería perseguirlos.
Después de unos años de servicio, la ley GI habría pagado la
universidad.
—Estabas tan enfadada porque me alisté. Ibas arriba y abajo
por la playa, gritando, llorando. No podía calmarte, así que
cogí una concha de la arena. La puse en tus manos y te
prometí que volvería. Te dije que la sostuvieras cuando
pensaras en mí.
Su grito ahogado resonaba en mi cabeza: —¡Te quiero, Vinny!
—Y yo a ti, pequeña.
Entrecerré los ojos.
—Me enviaron fuera y fue un desastre. Leí tus cartas tantas
veces. Tenía un problema grave con mi oficial superior. Hizo
cosas terribles. Es una larga historia, pero mis problemas con
él escalaron hasta que me echaron. Luego me dejaron tirado en
Boston. No podía conseguir un préstamo. No podía encontrar
trabajo.
El peso de mi historia parecía ahogar el aire y elevarse,
absorbido por las rejillas de ventilación.
—Nunca quise volver a ser vulnerable, así que te alejé…
Siento no haberme dado cuenta hasta que comprendí que te
había perdido.
No había nada más que decir.
Lo había soltado todo.
Apreté su mano.
La silla de Michael raspó el suelo antes de que saliera. Los
dedos de Carmela acariciaron mi pelo antes de seguirlo,
dejándome en el horrible ruido de las máquinas.
VEINTINUEVE
LIANA

Un beso me despertó del sueño.


La zona de calor ardió en lo alto de mi mejilla, y sonreí
estúpidamente. Las mantas me pesaban mientras buscaba el
calor de mi marido, mis dedos rozando una superficie fría. El
aire silbaba en mis fosas nasales a través de tubos de plástico
que hacían cosquillas. Mis ojos se entreabrieron.
Demasiado brillante.
Los cerré. —¿Vinny?
—Aquí estoy —agarró mi pesada mano—. ¿Cómo te sientes?
El quiebre en su voz tambaleó mi corazón.
Observé el intenso blanco que cubría mis sábanas, techo y
paredes.
¿Qué demonios?
Un recuerdo violento arañó mi cabeza, y un cuchillo pareció
serrar en mi cadera. Estiré el cuello, pero el movimiento tensó
los músculos doloridos. Hice una mueca, palpando la tela que
me constreñía. Vendajes envolvían mi torso.
—Te dispararon, cariño.
Un shock entumecido rebotó por mi columna. —¿Me
dispararon?
—Sí.
—¿Dónde… por qué? —parpadeé, tamizando imágenes
borrosas—. No lo recuerdo.
—Killian te disparó. Está muerto.
La mandíbula de Vinn se tensó. Estaba sentado a mi lado en
una silla de hospital, con una camiseta gris arrugada y
pantalones cortos de deporte. Parecía tenso como un resorte de
acero, sus ojos vidriosos y distantes. Sus manos sujetaban las
mías, que se curvaban sobre algo dentado. Me acariciaba una y
otra vez.
—¿Estás bien? —tosí.
Una sonrisa miserable atravesó su melancolía. —Me asustaste,
Liana.
—Lo siento.
Dejó escapar un suspiro profundo y tembloroso. —Ahora sé lo
que se siente al otro lado de la cortina.
—Vinn, está bien. Estoy viva, ¿no? No… duele tanto.
Se ablandó. —Li, el médico dijo que estás embarazada.
La conmoción atascó las palabras en mi garganta. Abrí y cerré
la boca mientras un cálido resplandor me recorría.
—Oh.
—¿Oh?
Jugueteé con las sábanas, luchando por contener mi sonrisa. —
¿Y el bebé está bien?
—Hasta ahora.
Un grito de alivio escapó de mis labios. Mis manos
hormiguearon como con nueva vida.
¿Cómo se lo estaba tomando él?
—Michael me contó algunas cosas —dijo, sonriendo
ampliamente—. Como el hecho de que tenías elegidos los
nombres de nuestros hijos desde que tenías trece años.
Bien hecho, Mike.
Mis mejillas se sonrojaron. —Por supuesto que lo hizo.
—Así que es cierto.
—Josh, Chris y Vincent.
Una sonrisa secreta se tambaleó por su rostro. —Tres chicos,
¿eh?
—No pensé que tendríamos ninguna niña… ¿por qué
demonios te estoy contando esto? Es vergonzoso. —Mi mente
se precipitó mientras luchaba por aferrarme a un solo
pensamiento.
—Tus inhibiciones están bajas en este momento.
—Aprovecharse de una víctima de disparos debería estar por
debajo de ti.
No dijo nada, pero su sonrisa burlona fue suficiente respuesta.
—Volvamos a mis preguntas.
—Me acojo a la quinta enmienda. Llama a mi abogado.
Se inclinó hacia adelante. —Nunca hubo nadie más.
Asentí, suspirando.
—Me mentiste. ¿Por qué?
Su voz susurrada me llenó de una esperanza salvaje.
Encontré su mirada ensanchada, con los ojos llorosos.
—Porque te deseaba tanto. Porque exponerme ante ti era
aterrador. Nunca, jamás sentirías lo mismo por mí. Nunca me
amarías.
Una comprensión pareció amanecer sobre Vinn, disipando las
nubes de tormenta que habían oscurecido su estado de ánimo.
—¿Me amas?
—Sí —murmuré, maravillándome de lo fácil que era decir la
verdad—. Desde que era pequeña. Llamé a todos mis novios
imaginarios como tú. Te imaginaba cada vez que pensaba en
salir con alguien o en casarme, y me volvía loca que siempre
fueras a estar con otra persona.
—Estuviste ahí cuando murieron mis padres. Convertiste el
peor día de mi vida en algo especial, y te amé por eso. Te
amaba antes de entender lo que era. Nunca pude alejarme de ti
ni sacarte de mi mente.
Vinn se frotó la frente, su ceño frunciéndose más. Era lo
opuesto a alguien compuesto, con la cara roja, tenso, al borde
de explotar. Empujó mi palma para abrirla.
Relajé la mano, revelando el collar de conchas. Mi estómago
se hundió con el peso del tormento de Vinn, y mis labios se
separaron con un susurro quebrado.
—Lo siento mucho. Quería que tú lo recordaras.
Su mirada torturada me clavó a la cama. —Ahora lo recuerdo.
—Llevé la concha a un joyero, y le hizo un agujero y le puso
un cordel barato. Y nunca me lo quité. Ni una vez. Ni siquiera
en la ducha. Cuando la plata se oxidó, la reemplacé por oro.
Estaba así de obsesionada contigo.
—Lo entiendo. Al principio no, pero creo que ahora lo
comprendo. —Me lanzó una mirada potente—. Ya no soy ese
hombre, cariño.
—Lo… lo sé. Fue estúpido.
—Aun así te amo. Eso nunca cambió. Ni por un segundo. No
importa lo que pase, eso nunca cambiará. Te amo. Siempre lo
he hecho. —Acunó mi rostro, deslizando su pulgar por mi
mejilla—. Pensé que era obvio.
Mi garganta se espesó, y lo perdí tras un velo de lágrimas. —
¿No estás enfadado?
—No. Soy el cabrón más feliz que jamás ha existido. —Hizo
una pausa, sonriendo—. Llevas a mi hijo, así que ya está.
Estás atrapada conmigo.
Me besó.
Estallé en lágrimas de felicidad.

Dos semanas después, cojeé hasta el coche de Vinn.


Me apretó la mano mientras yo siseaba en cada bache de
camino a casa. Cerré los ojos durante el trayecto
anormalmente largo, agarrando la palma de Vinn mientras
serpenteábamos por las carreteras.
Un aroma salado se coló en el interior, y entonces presté
atención a mi entorno. Habíamos llegado a una casa colonial
con vistas a una playa brumosa. Se me cayó la mandíbula
cuando Vinn entró con el coche en la entrada, muy lejos de
Boston.
Agarré la manilla de la puerta. —¿Dónde estamos?
Vinn aparcó el coche. —En tu lugar favorito.
—¿Salisbury Beach? —Me reí, ignorando el dolor en el
costado—. Te estás pasando.
—Nos quedaremos aquí un tiempo.
Un dolor insoportable había marcado mi estancia en el
hospital. Me había negado a tomar cualquier cosa que no
fueran medicamentos sin receta, decidida a no dejar que
ningún opiáceo tocara al bebé.
Michael nos había visitado a menudo. Parecía que habían
dejado a un lado su enemistad frente a mis dificultades. Vinn
todavía le gritaba cuando sugería que me recuperase en su
mansión. Carmela había sacado a un Michael con la cara roja
de la habitación antes de que iniciaran la Tercera Guerra
Mundial sobre mi cama.
La cronología de mi embarazo dejaba claro que Vinn no había
traicionado a su mejor amigo. A Michael no le hacía mucha
gracia que le hubieran mentido, pero al menos no odiaba a
Vinn por algo que nunca había hecho.
Vinn salió del coche, cargando con dos enormes maletas antes
de ayudarme a cruzar el césped verde y subir al porche que
rodeaba la casa, hacia el interior amueblado con muebles
pintorescos.
—Le pedí a Carmela que decorara. Espero que no te importe
—Vinn me llevó en silla de ruedas hasta un acogedor salón.
Me dejé caer en el sofá. —¿No es un alquiler?
—La he comprado.
—¿Qué?
—Sí. El médico fue muy claro. Necesitas descanso, y este es
el lugar perfecto —Vinn desapareció hacia la cocina y regresó
con un vaso alto de agua.
—¡Hay fotos nuestras!
Ignorando la protesta de Vinn, cojeé hacia la chimenea y
agarré el marco dorado que había tenido en mi escritorio. Mi
mirada se nubló mientras acariciaba nuestros rostros alegres,
invadida por una oleada de dolor y felicidad.
Vinn dejó el vaso, apoyando su cabeza sobre mi hombro. —
Pensé que sería una buena casa de vacaciones. Para nosotros y
el niño.
Mis pulmones se tensaron, y me derrumbé contra su pecho.
Hundí los dedos en su camisa y lloré, purgando cada
sentimiento oscuro que me había atormentado desde que nos
habíamos separado.
La mano grande de Vinn acariciaba mi espalda. Me acarició el
pelo, pero no podía dejar de llorar.
No era por la casa.
O el disparo.
No tenía nada que ver con él, o su pelea con Michael, el bebé,
o el hecho de que mi vida hubiera dado un vuelco.
Era la esperanza.
Había muerto y renacido tantas veces. Estaríamos juntos algún
día. Él me amaría. La vida era tan jodidamente cruel. Había
buscado en todos los lugares equivocados. Había sufrido tan
innecesariamente cuando todo lo que tenía que decir eran tres
palabras.
Él me las habría devuelto.
Él también me amaba.
EPÍLOGO: LIANA
CUATRO AÑOS DESPUÉS

Nuestro primer hijo cumplió tres años justo después de que me


graduara en Derecho. Josh era la versión en miniatura de su
padre: tímido ante la cámara, dulce e introvertido. Sopló las
velas mientras mi marido acunaba a nuestro recién nacido,
Vincent.
Josh sonrió mostrando sus dientes mientras la casa estallaba en
vítores, y recorrí la mesa con la mirada, sonriendo a las
personas que llenaban mi corazón. Michael abrazó a Josh y le
ayudó a cortar trozos de tarta mientras su hijo de cuatro años,
Luke, se aferraba a sus piernas. Carmela repartía platos de
papel, radiante. La hermana de Carmela, con su aspecto de
duende, aplaudía, resplandeciente junto a su bronceado
marido, Alessio. Queenie y Vitale ignoraban el ruido mientras
se acurrucaban en un rincón, besándose. Mis compañeros de la
facultad de Derecho brindaban con copas de champán junto a
los pocos que Vinn contaba como amigos.
Desde que nos casamos, Vinn y yo habíamos dejado Boston
para pasar un mes de vacaciones cada verano en la casa de la
playa. Luego empezamos a invitar a la familia de Michael y
sus suegros. Era demasiado pequeña, así que construimos
extensiones para que cupiera todo el mundo. Con el tiempo, se
convirtió en la base para barbacoas, celebraciones y
cumpleaños.
Una paz infinita se instalaba en mi alma cada vez que entraba
en este lugar. Exhalé un profundo suspiro mientras Vinn
deslizaba su brazo alrededor de mi cintura. Un hormigueo de
calor recorrió mis mejillas cuando besó el contorno de mi
oreja. Su pulgar acarició la cicatriz circular redonda de la
herida de bala.
La recuperación había sido difícil, especialmente con un bebé
en camino. Una tormenta mediática había encendido las
noticias locales hasta que Alessio Salvatore lanzó suficientes
dólares a los directores generales, quienes sacaron los artículos
del circuito. Todo se había manejado discretamente. Vinn me
había ocultado los detalles, pero la investigación policial se
abandonó poco después de que dictaminaran que la muerte de
Killian fue en defensa propia.
Una leve arruga surcó la frente de Vinn, con la mirada clavada
en mi rostro antes de recorrer mi cuerpo. Mi corazón dio un
vuelco cuando sus dedos rozaron mi muslo.
—Tu madre cuidará de los niños esta noche. Escapémonos
más tarde y follemos.
Su voz aterciopelada derramó calor en mi pecho.
Saboreé el confort de su cercanía, el aire mismo electrificado
mientras mordisqueaba mi piel. —¿Estás seguro de que mi
hermano no nos sorprenderá?
Me refería al incidente que involucró una puerta sin cerrar y a
Michael entrando borracho en la habitación equivocada
mientras Vinn y yo estábamos ocupados.
Vinn rio con fuerza, algo que había aprendido a hacer
lentamente durante nuestro matrimonio. La mejor parte de mi
vida con él era verle florecer como un padre devoto que
organizaba citas de juego y siempre conseguía esbozar una
pequeña sonrisa tentativa. Los niños habían suavizado sus
ásperas aristas. Seguía siendo un don, pero, al menos en
privado, era mi dulce gigante.
—Joshie, espera —ladró Vinn, separándose para agarrar a
nuestro hijo—. Necesitas protector solar.
Vinn embadurnó a Josh con la crema. Michael reunió a los
niños y los llevó afuera, donde el agua reflejaba un cielo
despejado. Vinn le puso a nuestro hijo un chaleco salvavidas
antes de llevarlo al agua. Jugaron entre las olas, y luego Josh
decidió construir castillos de arena con su primo Luke. Los
hijos mayores de Michael corrían por la playa.
La mirada de halcón de Vinn se fijó en su hijo mientras se
acomodaba en una silla. —¿Dónde está Vincent?
—Mamá lo tiene.
Me atrajo a su regazo, y un delicioso estremecimiento calentó
mi cuerpo. Estar envuelta en sus brazos era mi lugar favorito.
Mi corazón martilleaba mientras escrutaba la costa.
—No veo muchos sitios donde podamos estar desnudos sin
que nos pillen.
—Usa tu imaginación, cariño —presionó su boca contra mi
oído, sobresaltando mi piel—. Ya exploré una zona y dejé
provisiones.
—¿Provisiones?
—Un par de toallas… y juguetes. Nos divertiremos, siempre
que nadie encuentre mi alijo.
—Dios mío, Vinny —una risa traviesa escapó de mi garganta
al imaginar a dos adolescentes tropezando con una bolsa de
lubricante y vibradores—. Estás loco.
—No es lo peor que hemos hecho.
Mis mejillas ardieron cuando tomó mi mano y besó el nudillo
con la alianza. Había contratado a un joyero para crear una
banda de oro rosa con conchas festoneadas entre los
diamantes.
Acarició la línea dentada antes de encontrar el collar. La culpa
me atormentó cuando posó sus ojos en él y suspiró. Me lo
quité y lo deposité en su puño cerrado.
Había dejado ir al viejo Vinny hacía mucho tiempo. Me llevó
un tiempo admitir que nunca lo había conocido realmente.
Había adorado una fantasía, no a un ser humano real y con
defectos.
—Te doy permiso para lanzarlo al mar.
Él se rio. —No tienes idea de cuántas veces he fantaseado con
eso.
—Hazlo.
Jugueteó con él, sus dedos girando la concha.
—No —murmuró después de un largo silencio—. Solo lo
odiaba porque pensaba que amabas a otro. Me recuerda al
hombre que fui, a la esperanza, a la ligereza en mi pecho antes
de que todo se oscureciera. No quiero volver a convertirme en
ese cabrón nunca más.
Lentamente, deslizó la cadena alrededor de mi cabeza.
Trazó tiernamente mi mandíbula, el fuego extendiéndose hacia
mi corazón. —Quédatelo, Li. Me gusta que nunca te rindieras
conmigo. Pero creo que te gano en el terreno de la obsesión.
Una sonrisa ridícula se tambaleó por mi rostro.
Me guiñó un ojo, sacando una cartera de su bolsillo. La abrió,
extrayendo un trozo de papel amarillento y rasgado. Una
arruga recorría su borde. Lo miró por un momento y me lo
entregó.
Lo cogí, reconociendo mi letra.

Con am ,
Li n
—¿Qué es esto? —le di la vuelta, pero no había nada—. ¿Mi
firma? ¿De dónde la has sacado?
Su mirada bajó mientras sonreía. —La arranqué de una de tus
cartas.
La carta hecha pedazos que había encontrado metida en su
caja de zapatos flotó en mi mente.
Jadeé, aquel antiguo misterio encajando en su lugar.
—Lo he tenido ahí desde siempre —admitió, con las mejillas
sonrosadas—. Quería llevar tu amor conmigo a todas partes.
Cursi, lo sé.
Mis sentimientos batallaron. Podría haberle dado un puñetazo
en el hombro por ocultarme un gesto tan dulce, y sollozar por
la Liana adolescente que había pasado años retorciéndose en
angustia por este hombre. La emoción espesó mi garganta. No
podía hablar, pero Vinn pareció entender.
—Te quiero más de lo que puedas imaginar.
—Te quiero, Vinny.
Me secó la lágrima que recorría mi mejilla. —Échate una
siesta. Yo cuidaré de los chicos.
Bostecé, asintiendo mientras él cambiaba nuestras posiciones.
Le observé con ojos entrecerrados mientras los rayos
anaranjados del sol resplandecían sobre las olas. Vinn se
arrodilló junto a Josh, que había destrozado con su puño el
castillo de arena de Luke. Desvió la atención de Josh hacia
Michael, que dormía sobre una toalla.
—Vamos a enterrarlo vivo —susurró Vinn a Josh—. Tú
empieza por los pies. Yo me encargo de las manos.
—¡Vale!
Padre e hijo amontonaron arena sobre mi hermano, que no se
había percatado aún del atentado contra su vida. Vinn aumentó
la apuesta echándose loción en la mano. Escribió JODER en la
espalda de Michael con grandes letras blancas, riéndose
cuando Carmela borró la palabrota.
—¿Qué haces, cariño? —Michael se removió, apartándose
bruscamente de Vinn—. ¿Qué has hecho?
—Nada —dijo Vinn despreocupadamente—. Carmela ha
arruinado una broma genial.
—¿Vinn haciendo una broma? —Michael se giró de lado,
alterando la arena que enterraba sus tobillos—. ¿Estoy en un
universo paralelo?
Vinn le vació un vaso de agua helada en el cuello.
—Vaffanculo!
Los niños chillaron de risa mientras Michael se enderezaba de
un salto. Vinn salió corriendo hacia el océano. Michael le
persiguió, derribándolo. Ambos cayeron con un gran chapoteo.
Vinn estaba lejos de la perfección soñada que yo había
adorado.
Y no me importaba.
Le amaba, con todos sus defectos.

¡Gracias por leer Faked!


¿Casarme con un sicario o perder a mi sobrino para
siempre?
Esa es la elección imposible a la que me enfrento cuando
encuentro la única ayuda que mi hermana dejó atrás: una nota
revelando quién es el padre de su hijo, con una seria
advertencia: no contactes con él.
Seis meses en mi nuevo papel de madre, estoy hecha un
desastre. Desesperada por ayuda y dinero. Llevada al límite,
dejo la precaución a un lado y permito que Achille Costa entre
en mi vida.
Pero Achille no es un hombre común. Es un sicario de la mafia
y el padre biológico de mi sobrino. Y no se conforma con ser
un simple benefactor distante.
Quiere más. Nos quiere a nosotros, su recién descubierta
familia.
Ahora, estoy atrapada en un dilema mortal. ¿Me rindo a esta
oscura pasión y me caso con un hombre que vive en las
sombras? ¿O arriesgo perder el último pedazo que me queda
de mi hermana?
AGRADECIMIENTOS

Escribir este último libro de los Sinners fue una gran lucha.
Cayó víctima de la Gran Maldición de 2020. Pasé por tantas
versiones e iteraciones que podría llenar dos novelas con
escenas adicionales. Tomé muchas decisiones en los libros
anteriores que hicieron muy difícil igualar el tono de los otros
libros.
Anthony nunca debía sobrevivir. Estaba destinado a morir,
igual que el hombre en quien se basa, Nick Rizzuto Jr. ¡Pobre
Anthony! Ha pasado por tanto.
Kelley Harvey, como siempre, tu edición es de primera
categoría. Gracias, Christine LaPorte, Kevin McGrath, y mis
maravillosos lectores del grupo Bad Boy Addicts.
¡Os quiero! Gracias por ser tan comprensivos. No podría hacer
esto sin vosotros.

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