REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA
MINISTERIO EL PODER POPULAR PARA LA EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD NACIONAL EXPERIMENTAL DE LA GRAN CARACAS
ENSAYO
Autores:
Bleimer Guerrero 30708950
Daleska Mendoza 30849222
Yeiber Vera 30699750
Estado Democrático Social de Derecho y de Justicia: Entre la Promesa Constitucional y la
Realidad Política
El concepto de Estado Democrático Social de Derecho y de Justicia representa uno de
los modelos más ambiciosos en la evolución del constitucionalismo moderno. No se
limita al respeto formal de la ley ni a la simple realización de elecciones periódicas;
es, en cambio, una apuesta por la transformación estructural de la sociedad a través
del reconocimiento, garantía y materialización de derechos fundamentales,
especialmente aquellos vinculados a la justicia social. Sin embargo, entre la
formulación normativa de este modelo y su implementación práctica existe una
distancia crítica que pone en entredicho su eficacia y legitimidad en muchos
contextos contemporáneos.
Desde una perspectiva teórica, el modelo integra tres pilares esenciales: la
democracia como forma de gobierno y participación activa; el Estado de Derecho
como sujeción del poder a la ley; y la justicia social como objetivo de equidad y
redistribución. Autores como Luigi Ferrajoli (2001) han argumentado que el Estado
de Derecho no puede limitarse a proteger libertades negativas —esto es, derechos de
defensa frente al poder estatal— si no se acompaña de derechos positivos, es decir,
condiciones materiales que garanticen su ejercicio. En este sentido, el derecho a la
educación, la salud, el trabajo digno o la vivienda adecuada no pueden ser meras
aspiraciones simbólicas, sino obligaciones exigibles del Estado.
Este enfoque de derechos sociales está vinculado a una visión garantista del Derecho,
donde la dignidad humana se convierte en el eje central de la acción pública. Pero
para que ese ideal se realice, es indispensable contar con un aparato estatal eficiente,
transparente, ético y orientado al bien común. Lamentablemente, esa condición es
rara vez cumplida en contextos marcados por la debilidad institucional, el
clientelismo político y la corrupción endémica.
La realidad latinoamericana ofrece numerosos ejemplos de esta tensión entre norma e
implementación. En el caso de Venezuela, la Constitución de 1999 establece en su
artículo 1 que el país se constituye como un “Estado democrático y social de Derecho
y de Justicia”. Esta definición, ampliamente progresista en su formulación, contrasta
dramáticamente con la situación institucional vivida en las últimas décadas: pérdida
de independencia judicial, restricciones a las libertades civiles, colapso de los
servicios públicos y una crisis humanitaria de gran escala. Este contraste evidencia
cómo el modelo ha sido invocado discursivamente, pero vaciado de contenido
práctico por una administración que ha debilitado sistemáticamente las bases del
Estado de Derecho.
Pero Venezuela no es un caso aislado. En muchos países de América Latina, aunque
los marcos normativos reconocen los derechos sociales y promueven una visión
integral del Estado, la implementación efectiva de estos derechos sigue siendo
deficiente. Factores como la desigualdad estructural, la evasión fiscal de las élites
económicas, la corrupción administrativa y la falta de voluntad política obstaculizan
la concreción de un verdadero Estado Social de Derecho. Como señala De Sousa
Santos (2010), la democracia se convierte en una farsa cuando las instituciones no
responden a las demandas sociales ni permiten una participación real de la
ciudadanía.
Un aspecto crítico que obstaculiza este modelo es la corrupción sistémica. Cuando el
aparato estatal es cooptado por intereses privados, las políticas públicas dejan de
orientarse hacia el bien común. La distribución de los recursos y la prestación de los
servicios esenciales se vuelven ineficientes, desiguales o dependientes de redes
clientelares. En este contexto, la justicia social deja de ser un derecho y se convierte
en un favor político. Según Bauman (2013), uno de los signos más alarmantes de la
crisis de las democracias contemporáneas es la pérdida de confianza ciudadana en las
instituciones, fenómeno que se agrava cuando éstas se perciben como corruptas o
ajenas a las necesidades reales de la población.
Además, la idea de democracia contenida en este modelo debe ir más allá del acto
electoral. No basta con votar cada cierto tiempo si el sistema político no garantiza
mecanismos de participación efectiva, control social y deliberación pública. La
democracia participativa es un elemento esencial del Estado Social de Derecho, ya
que permite que los ciudadanos no solo elijan representantes, sino que incidan
activamente en la toma de decisiones. Esta dimensión participativa es, sin embargo,
una de las más descuidadas en la mayoría de las democracias contemporáneas, donde
se ha consolidado un modelo representativo elitista y distante del pueblo.
La pandemia de COVID-19, ocurrida a partir de 2020, demostró con crudeza las
limitaciones de los Estados debilitados por políticas neoliberales y el abandono del
enfoque social. En muchos países, la falta de infraestructura sanitaria, de protección
social y de capacidad de respuesta evidenció la fragilidad de sus sistemas. A su vez,
puso en relieve la importancia de contar con un Estado presente, activo y
comprometido con los derechos sociales. Aquellos países que conservaron estructuras
estatales robustas lograron responder con mayor eficacia, proteger a sus ciudadanos y
evitar el colapso del tejido social.
Sin embargo, no se trata de idealizar al Estado. También es necesario reconocer que
su fortalecimiento debe venir acompañado de una transformación ética y democrática.
Un Estado fuerte pero sin control ciudadano puede convertirse fácilmente en un
aparato autoritario. Por eso, el equilibrio entre poder institucional y participación
ciudadana es clave. La justicia social no puede imponerse desde arriba; debe
construirse desde la base, con procesos inclusivos, transparentes y deliberativos.
En este sentido, el Estado Democrático Social de Derecho y de Justicia debe ser
entendido como un horizonte de transformación permanente, no como una fórmula
cerrada. Implica una relación dinámica entre Estado y sociedad, basada en el
reconocimiento de la dignidad humana, la equidad y la corresponsabilidad. Lograrlo
requiere reformas estructurales en múltiples frentes: mejorar la calidad de la
educación pública, garantizar el acceso universal a los servicios básicos, fortalecer los
mecanismos de control ciudadano, despolitizar la justicia, profesionalizar la
administración pública y establecer una cultura democrática basada en los derechos
humanos.
La tarea es inmensa, pero no imposible. En un mundo cada vez más desigual,
afectado por crisis económicas, ecológicas y políticas, el modelo de Estado
Democrático Social de Derecho y de Justicia se presenta no solo como una utopía,
sino como una necesidad histórica. Frente al avance de discursos autoritarios, la
apatía política y la mercantilización de los derechos, es urgente rescatar el sentido
profundo de este modelo y trabajar colectivamente para su realización.
En conclusión, el Estado Democrático Social de Derecho y de Justicia sigue siendo
un modelo vigente y necesario, pero profundamente desafiado por las condiciones
reales del mundo contemporáneo. Para que no quede en una simple declaración
constitucional, debe ser defendido, exigido y construido día a día por una ciudadanía
informada, activa y comprometida. Solo así podremos acercarnos a una sociedad más
justa, equitativa y verdaderamente democrática.
Referencias
Asamblea Nacional Constituyente. (1999). Constitución de la República Bolivariana
de Venezuela. Gaceta Oficial Nº 36.860.
Bauman, Z. (2013). La cultura en el mundo de la modernidad líquida. Fondo de
Cultura Económica.
De Sousa Santos, B. (2010). Refundación del Estado en América Latina:
Perspectivas desde una epistemología del Sur. Siglo XXI.
Ferrajoli, L. (2001). Derecho y razón: Teoría del garantismo penal. Trotta.