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Ensayo Críticofinal

El ensayo crítico aborda el concepto de Estado democrático social de derecho y de justicia, destacando su importancia en la transformación social y la garantía de derechos fundamentales en Venezuela y América Latina. A pesar de su formulación normativa, la implementación efectiva enfrenta desafíos como la corrupción, la debilidad institucional y la falta de participación ciudadana. Se concluye que este modelo debe ser defendido y construido colectivamente para lograr una sociedad más justa y equitativa.
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Ensayo Críticofinal

El ensayo crítico aborda el concepto de Estado democrático social de derecho y de justicia, destacando su importancia en la transformación social y la garantía de derechos fundamentales en Venezuela y América Latina. A pesar de su formulación normativa, la implementación efectiva enfrenta desafíos como la corrupción, la debilidad institucional y la falta de participación ciudadana. Se concluye que este modelo debe ser defendido y construido colectivamente para lograr una sociedad más justa y equitativa.
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REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA

MINISTERIO EL PODER POPULAR PARA LA EDUCACIÓN UNIVERSITARIA


UNIVERSIDAD NACIONAL EXPERIMENTAL DE LA GRAN CARACAS
PROGRAMA NACIONAL DE FORMACIÓN EN ADMINISTRACIÓN
FORMACIÓN SOCIOCRITICA

ENSAYO CRÍTICO

DOCENTE: AUTORES:
ALEJANDRO LINARES BLEIMER RINCÓN 30708950
DALESKA MENDOZA 30849222
YEIBER VERA 30699750

CARACAS, MAYO DE 2025

1
ESTADO DEMOCRÁTICO SOCIAL DE DERECHO Y DE JUSTICIA
El concepto de Estado democrático, social de derecho y de justicia representa uno de los
modelos más ambiciosos en la evolución del constitucionalismo moderno. No se limita al
respeto formal de la ley ni a la simple realización de elecciones periódicas; es, en cambio,
una apuesta por la transformación estructural de la sociedad a través del reconocimiento,
garantía y materialización de derechos fundamentales, especialmente aquellos vinculados a
la justicia social. Sin embargo, entre la formulación normativa de este modelo y su
implementación práctica existe una distancia crítica que pone en entredicho su eficacia y
legitimidad en muchos contextos contemporáneos.
Desde una perspectiva teórica, el modelo integra tres pilares esenciales: la democracia
como forma de gobierno y participación activa; el Estado de derecho como sujeción del
poder a la ley; y la justicia social como objetivo de equidad y redistribución. Autores como
Ferrajoli (2001) han argumentado que el Estado de derecho no puede limitarse a proteger
libertades negativas —esto es, derechos de defensa frente al poder estatal— si no se
acompaña de derechos positivos, es decir, condiciones materiales que garanticen su
ejercicio. En este sentido, el derecho a la educación, la salud, el trabajo digno o la vivienda
adecuada no pueden ser meras aspiraciones simbólicas, sino obligaciones exigibles del
Estado.
Este enfoque de derechos sociales está vinculado a una visión garantista del derecho, donde
la dignidad humana se convierte en el eje central de la acción pública. Pero para que ese
ideal se realice, es indispensable contar con un aparato estatal eficiente, transparente, ético
y orientado al bien común. Lamentablemente, esa condición es rara vez cumplida en
contextos marcados por la debilidad institucional, el clientelismo político y la corrupción
endémica.
La realidad latinoamericana ofrece numerosos ejemplos de esta tensión entre norma e
implementación. En el caso de Venezuela, la Constitución de 1999 establece en su artículo
1 que el país se constituye como un “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”
(Asamblea Nacional Constituyente, 1999). Esta definición, ampliamente progresista en su
formulación, contrasta dramáticamente con la situación institucional vivida en las últimas
décadas: pérdida de independencia judicial, restricciones a las libertades civiles, colapso de
los servicios públicos y una crisis humanitaria de gran escala. Este contraste evidencia
cómo el modelo ha sido invocado discursivamente, pero vaciado de contenido práctico por
una administración que ha debilitado sistemáticamente las bases del Estado de derecho.
Pero Venezuela no es un caso aislado. En muchos países de América Latina, aunque los
marcos normativos reconocen los derechos sociales y promueven una visión integral del
Estado, la implementación efectiva de estos derechos sigue siendo deficiente. Factores
como la desigualdad estructural, la evasión fiscal de las élites económicas, la corrupción
administrativa y la falta de voluntad política obstaculizan la concreción de un verdadero
Estado social de derecho. Como señala De Sousa Santos (2010), la democracia se convierte
en una farsa cuando las instituciones no responden a las demandas sociales ni permiten una
participación real de la ciudadanía.
2
Un aspecto crítico que obstaculiza este modelo es la corrupción sistémica. Cuando el
aparato estatal es cooptado por intereses privados, las políticas públicas dejan de orientarse
hacia el bien común. La distribución de los recursos y la prestación de los servicios
esenciales se vuelven ineficientes, desiguales o dependientes de redes clientelares. En este
contexto, la justicia social deja de ser un derecho y se convierte en un favor político. Según
Bauman (2013), uno de los signos más alarmantes de la crisis de las democracias
contemporáneas es la pérdida de confianza ciudadana en las instituciones, fenómeno que se
agrava cuando estas se perciben como corruptas o ajenas a las necesidades reales de la
población.
Además, la idea de democracia contenida en este modelo debe ir más allá del acto electoral.
No basta con votar cada cierto tiempo si el sistema político no garantiza mecanismos de
participación efectiva, control social y deliberación pública. La democracia participativa es
un elemento esencial del Estado social de derecho, ya que permite que los ciudadanos no
solo elijan representantes, sino que incidan activamente en la toma de decisiones. Esta
dimensión participativa es, sin embargo, una de las más descuidadas en la mayoría de las
democracias contemporáneas, donde se ha consolidado un modelo representativo elitista y
distante del pueblo.
La pandemia de COVID-19, ocurrida a partir de 2020, demostró con crudeza las
limitaciones de los Estados debilitados por políticas neoliberales y el abandono del enfoque
social. En muchos países, la falta de infraestructura sanitaria, de protección social y de
capacidad de respuesta evidenció la fragilidad de sus sistemas. A su vez, puso en relieve la
importancia de contar con un Estado presente, activo y comprometido con los derechos
sociales. Aquellos países que conservaron estructuras estatales robustas lograron responder
con mayor eficacia, proteger a sus ciudadanos y evitar el colapso del tejido social.
Sin embargo, no se trata de idealizar al Estado. También es necesario reconocer que su
fortalecimiento debe venir acompañado de una transformación ética y democrática. Un
Estado fuerte, pero sin control ciudadano puede convertirse fácilmente en un aparato
autoritario. Por eso, el equilibrio entre poder institucional y participación ciudadana es
clave. La justicia social no puede imponerse desde arriba; debe construirse desde la base,
con procesos inclusivos, transparentes y deliberativos.
En este sentido, el Estado democrático social de derecho y de justicia debe ser entendido
como un horizonte de transformación permanente, no como una fórmula cerrada. Implica
una relación dinámica entre Estado y sociedad, basada en el reconocimiento de la dignidad
humana, la equidad y la corresponsabilidad. Lograrlo requiere reformas estructurales en
múltiples frentes: mejorar la calidad de la educación pública, garantizar el acceso universal
a los servicios básicos, fortalecer los mecanismos de control ciudadano, despolitizar la
justicia, profesionalizar la administración pública y establecer una cultura democrática
basada en los derechos humanos.
La tarea es inmensa, pero no imposible. En un mundo cada vez más desigual, afectado por
crisis económicas, ecológicas y políticas, el modelo de Estado democrático social de
derecho y de justicia se presenta no solo como una utopía, sino como una necesidad
3
histórica. Frente al avance de discursos autoritarios, la apatía política y la mercantilización
de los derechos, es urgente rescatar el sentido profundo de este modelo y trabajar
colectivamente para su realización.
En conclusión, el Estado democrático social de derecho y de justicia sigue siendo un
modelo vigente y necesario, pero profundamente desafiado por las condiciones reales del
mundo contemporáneo. Para que no quede en una simple declaración constitucional, debe
ser defendido, exigido y construido día a día por una ciudadanía informada, activa y
comprometida. Solo así podremos acercarnos a una sociedad más justa, equitativa y
verdaderamente democrática.
Pensar en un Estado democrático, social de derecho y de justicia es, en esencia, pensar en
un proyecto de sociedad donde todas las personas puedan vivir con dignidad. No se trata
solo de instituciones o leyes bien redactadas, sino de cómo esas normas se traducen en
realidades concretas: en escuelas que funcionen, hospitales accesibles, justicia imparcial y
oportunidades reales para todos, sin distinción.
Este modelo no es perfecto, ni fácil de alcanzar. Tampoco es una meta que se logra de una
vez para siempre. Es un camino que exige compromiso constante, tanto de quienes
gobiernan como de quienes habitamos el país. Por eso, más allá del diseño legal, lo
fundamental es la voluntad colectiva de construir un país más justo, donde la política
vuelva a estar al servicio del bien común, y no de intereses particulares.
Como estudiantes, profesionales o simplemente ciudadanos, tenemos la responsabilidad de
no normalizar la injusticia ni resignarnos a lo que “siempre ha sido así”. Apostar por un
Estado que garantice derechos no es una utopía ingenua: es una necesidad urgente. En un
mundo donde muchas veces se imponen la indiferencia o el desencanto, defender este
modelo es una forma de resistir, de cuidar lo que somos y lo que podemos llegar a ser como
sociedad.

Estado Democrático y Social de Derecho y de Justicia en Venezuela:


Artículo 2 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999):
> "Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que
propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la
libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y, en
general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político."
>
Allan Brewer-Carías, jurista venezolano:
> "La Constitución venezolana de 1999 expresamente declara que ‘Venezuela se constituye
en un Estado democrático y social de derecho y de justicia’ (art. 2), agregando que su forma

4
es la de un ‘Estado federal descentralizado’ (art.4), pero la misma, lamentablemente ni se
respeta, ni se cumple."
>
Julio José Romero Vargas:
> "El Estado Social trata de garantizar la efectividad de los derechos sociales y se enarbola
como una institución que tiene una misión trascendental, en el sentido de lograr el
mejoramiento sustancial."

REFERENCIAS (FORMATO APA 7ª EDICIÓN)


Asamblea Nacional Constituyente. (1999). Constitución de la República Bolivariana de
Venezuela. Gaceta Oficial Nº 36.860.
Bauman, Z. (2013). La cultura en el mundo de la modernidad líquida. Fondo de Cultura
Económica.
De Sousa Santos, B. (2010). Refundación del Estado en América Latina: Perspectivas
desde una epistemología del Sur. Siglo XXI.
Ferrajoli, L. (2001). Derecho y razón: Teoría del garantismo penal. Trotta.

BIBLIOGRAFÍA

https://elpais.com/espana/2025-01-27/luigi-ferrajoli-filosofo-la-oposicion-a-la-amnistia-es-reflejo-
de-una-obsesion-identitaria-de-tipo-nacionalista.html

https://www.revistas.unam.mx/index.php/rel/article/view/49382

https://www.ctys.com.ar/publicaciones/la-cultura-en-el-mundo-de-la-modernidad-liquida

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