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Froufe Cap 6

El castigo se utiliza para suprimir conductas, pero su efectividad es cuestionada debido a factores como la intensidad y los efectos colaterales. La investigación muestra que, aunque puede ser temporalmente efectivo, el castigo a menudo produce resultados limitados y puede generar indefensión aprendida. Se discuten los dilemas éticos y prácticos del castigo en diversas áreas de la sociedad, desde la crianza hasta la justicia.

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Froufe Cap 6

El castigo se utiliza para suprimir conductas, pero su efectividad es cuestionada debido a factores como la intensidad y los efectos colaterales. La investigación muestra que, aunque puede ser temporalmente efectivo, el castigo a menudo produce resultados limitados y puede generar indefensión aprendida. Se discuten los dilemas éticos y prácticos del castigo en diversas áreas de la sociedad, desde la crianza hasta la justicia.

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6.1 .

El castigo
6.1.1 . Factores que afectan a su efectividad
» Intensidad
» Demora
» Programa
» Control por el estímulo
» Motivación y vías alternativas de
satisfacción
» Explicaciones
» Para concluir
6.1 .2. Daños «colaterales»: el dilema del castigo
6 .2. Perjuicios de las adversidades inevitables:
indefensión aprendida
6.2 .1. El fenómeno
6.2 .2. Interpretaciones de la indefensión
6.2 .3 . Tratamiento y prevención de la indefensión
APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

En el capítulo precedente hemos visto cómo el comportamiento resulta in-


fluido por las recompensas que genera. Pero, lógicamente, también resul-
ta sensible a sus consecuencias adversas. Los organismos tienden a opti-
mizar su medio vital, procurando maximizar los beneficios y minimizar
los perjuicios. En este último sentido tratan, entre otras cosas, de evitar
su exposición a experiencias desagradables. En el presente capítulo ana-
lizamos la variedad de condicionamiento instrumental consistente en la
contingencia positiva entre una conducta y un estímulo aversivo ulterior:
el castigo. Se supone que este tratamiento disminuye la probabilidad de
la conducta afectada, pudiendo llegar incluso a suprimirla por completo.
En cualquier caso, el aumento de la eficacia del castigo y los factores que
la afectan es uno de los debates centrales, junto con sus efectos colatera-
les contraproducentes (Figura 5.1). También analizaremos otro fenómeno
de alguna manera relacionado con el castigo, aunque técnicamente ni si-
quiera constituye propiamente un caso de condicionamiento. Nos referi-
mos a los efectos de las experiencias adversas inevitables (no contingentes
con respecto al comportamiento) que, al no poder hacer nada para eludir-
las, producen indefensión aprendida.

6.1. EL CASTIGO
Desde el punto de vista técnico ya sabemos en qué consiste el castigo. A
nivel pragmático, con su uso se pretende suprimir o, al menos, reducir la
emisión de las conductas a las que se aplica. Pero, ¿realmente funciona?
De facto es una de las técnicas sociales más usadas para controlar el com-
portamiento de animales y personas; pero también una de las más contro-
vertidas. Se usa con profusión en el ámbito de la justicia, la diplomacia, la
crianza de los niños, la escuela y las relaciones sociales en general, ade-
más de en el trato con los animales. La mala imagen del castigo se debe
tanto a su supuesta escasa efectividad para suprimir la conducta sancio-
nada, como a sus efectos colaterales contraproducentes. De ahí que el de-
bate en torno a qué puede constituir un castigo razonable, justificado y
eficaz haya dado lugar a numerosas polémicas a lo largo de la historia de
nuestra cultura, y de otras. Con todo, pese al interés social por el castigo
(véanse, por ejemplo, Blomber y Cohen, 2003; Foucault, 1975; Gershoff,
2002; McCord, 1999), su investigación científica recibió escasa atención
entre los psicólogos experimentales (a ningún investigador le gusta infli-
gir castigos a sus «conejillos de indias», o al menos eso es de esperar).
Basándose en unos pequeños experimentos con sujetos humanos,
Thorndike (1932) sostuvo que el castigo no constituye un procedimiento
eficaz para producir reducciones importantes y duraderas en la conducta,

216 © Ediciones Paraninfo


CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

EL CASTIGO: ASUNTO DE INTERÉS V DEBATE

El cachete duele, pero no funciona (J. A. Aunión El País, 17/11/201 O). En este artículo
periodístico se analiza la eficacia y legitimidad del empleo de castigo físico leve por los
padres para educar a sus hijos. Entre los expertos consultados (psicólogos, filósofos,
pedagogos, educadores y juristas) consultados predominan ligeramente quienes opinan
que no es eficaz, o incluso lo consideran ilegítimo. Sin embargo, los lectores que comentan
el artículo y debate sobre el tema muestran en su mayoría una opinión más comprensiva y
favorable, lo que concuerda con el dato ahí señalado: el 60% de los padres españoles
utilizan el castigo según las últimas estimaciones. Desde luego, en nuestra sociedad actual
prácticamente nadie justifica el recurso a castigos severos y a la violencia con los hijos,
menos si es gratuita. Pero, lo cierto es que el manejo social legal e ilegal del castigo
(condenas judiciales, prisión, «ojo por ojo», «vendettas» o hasta pena capital) ha sido y
sigue siendo objeto de debate (y de aplicación) a lo largo de la historia de nuestra
civilización. Eso por no hablar de terrorismo , guerras, exterminios y otros usos masivos de
violencia física brutal, o de imaginarios «castigos divinos», a veces apocalípticos, para
escarmiento de infieles pecadores. El caso es que el castigo tiene una gran presencia en la
evolución de la sociedad humana (Gardner y West, 2004; Hilbe y Sigmund, 2010; Santos,
Rankin y Wedekind, 2010). También es verdad que existen ejemplos en sentido contrario:
Mahatma Ghandi ha sido uno de los más fervientes y notables detractores del uso de la
violencia y el castigo para avanzar hacia una sociedad más justa. ¿Será posible una
sociedad sin castigos?

por lo que consideraba que no debía emplearse. Posteriormente, también


Skinner (1938) concluyó a partir de sus propios estudios con ratas que los
efectos supresores del castigo eran, en el mejor de los casos, solo tempo-
rales. En uno de estos experimentos primero entrenó a los animales a
obtener comida presionando una palanca con la pata. Luego, cuando ya
habían aprendido a conseguir comida de esta forma, los sometió a un tra-
tamiento de extinción: la presión de la palanca dejó de proporcionar ali-
mento. La tendencia típica en estos casos es una disminución progresiva
de la conducta, hasta su eventual desaparición. Para evaluar la inciden

© Ediciones Paraninfo 217


APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

cia del castigo, Skinner dividió a sus animales en dos grupos durante la
fase de extinción. Mientras que los de un grupo solamente fueron someti-
dos al tratamiento de extinción, los animales del otro grupo recibían, ade-
más, durante un periodo inicial de diez minutos, un castigo consistente
en un golpe en la pata cada vez que pulsaban la palanca (un dispositivo
retráctil que al ser presionado devolvía un palmetazo).

218 © Ediciones Paraninfo


CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

En la Figura 6.1 aparece la cantidad acumulada de respuestas reali-


zadas durante la extinción por cada grupo. Como se puede ver, aunque al
principio el castigo resultó relativamente efectivo -redujo de forma nota-
ble la emisión de la conducta instrumental mientras era aplicado e inclu-
so a lo largo del resto de la primera sesión de prueba experimental-, des-
pués de dos sesiones de 120 minutos cada una ambos grupos se habían
igualado en la cantidad total de respuestas acumuladas. Por tanto, el cas-
tigo solo produjo una reducción transitoria de la conducta sancionada,
mientras era manejado y poco más, desvaneciéndose su efecto bastante
pronto al dejar de ser aplicado. Este tipo de datos vinieron a consolidar la
opinión negativa sobre el castigo. Aparte del resto de problemas que com-
porta, su imagen parecía seriamente dañada también por falta de efecti-
vidad para suprimir las conductas a las que se aplica.
No obstante, estas conclusiones se sustentaban en una evidencia bas-
tante escasa y endeble. Como ya hemos señalado, por no causar sufri-
mientos serios a los animales experimentales, en pocas investigaciones se
recurrió al castigo, y menos aún a castigos severos o, cuando menos, im-
portantes. Cuando se empleaba, solía tratarse de estímulos aversivos li-
vianos. Las conclusiones de Thorndike provenían de experimentos en los
que había empleado palabras como «mal» o «incorrecto» con humanos, en
tanto que ya hemos visto que Skinner había aplicado a los animales du-

- Extinción
- Extinción + castigo
200

gj 150
al
"S
E
~ 100
~
Q)
:::,
c.
&50

20 40 60 80 100 20 40 60 80 100
Tiempo (minutos)

Figura 6.1 . Efecto del castigo sobre la respuesta operante durante la extinción (registros
acumulativos comparados) . La presión sobre la barra es castigada durante los
10 primeros minutos en el grupo de extinci ó n+castigo, pero no en el grupo de
extinción (Skinner, 1938).

© Ediciones Paraninfo 219


APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

rante unos pocos minutos leves golpes en la pata. Sin embargo, sus consi-
deraciones dominaron la opinión académica sobre el castigo hasta la
década de los 60, en la que los procedimientos de castigo comenzaron
a ser investigados de forma algo más sistemática (Azrin y Holz, 1966;
Campbell y Church, 1969; Solomon, 1964). Ahora se sabe que, aun siendo
comparativamente menos efectivo que la recompensa -cada uno en su
sentido, como es lógico-, adecuadamente aplicado el castigo puede resul-
tar más eficaz que lo señalado hasta aquí. En la vida diaria desde luego
hay castigos que funcionan bastante mal (por ejemplo, las «regañinas»
ocasionales a un pre-delincuente hiperactivo y con déficit atencional para
atajar sus constantes gamberradas, cuando ya se tornan insoportables,
no suelen tener mucho éxito) y otros que funcionan mucho mejor (la des-
carga eléctrica recibida al meter los dedos en un enchufe suele cortar de
raíz y en un solo ensayo el atrevimiento del incauto de turno). Ambos ca-
sos operan de forma muy diferente, porque mientras que el primero no se
atiene a las condiciones requeridas para un buen funcionamiento del cas-
tigo, el segundo sí. La eficacia del castigo, aun siendo relativamente limi-
tada, depende de diversos factores que es necesario tener en cuenta si
queremos potenciar su capacidad supresora de la conducta sancionada,
minimizando sus efectos secundarios indeseables (véase Seymour, Singer
y Dolan, 2007, para la neurobiología del castigo).

6.1.1. FACTORES QUE AFECTAN A SU EFECTIVIDAD


El análisis experimental del castigo1 puso de manifiesto que su incidencia
sobre la conducta depende de factores como su intensidad, demora, régi-
men de aplicación, implantación y grado de motivación de la conducta
que se quiere suprimir, existencia y refuerzo de conductas alternativas,
entre otros. Entre todos ellos, si hay un factor especialmente importante
y complejo, es la intensidad.
Intensidad. La capacidad del castigo de suprimir las conductas de las
que resulta contingente depende de forma muy especial de su intensidad.
Después de los primeros trabajos en los que se observó una eficacia esca-
sa, nuevas investigaciones con castigos más severos pusieron de maní-
1 Dado que el castigo se emplea para suprimir conductas, su incidencia solo se puede
observar en aquellas que resulten relativamente frecuentes. Por eso, su investigación expe-
rimental normalmente conlleva, primero, recompensar la conducta que después se va a cas-
tigar, para promoverla (el uso de conductas naturales usualmente entrañaría más proble-
mas) y, de este modo, poder establecer luego el impacto del castigo sobre la misma. De ahí
que su eficacia se estime comparando su efecto supresor de la conducta previamente im-
plantada mediante recompensas con el tratamiento de extinción, en el que la conducta solo
deja de ser recompensada, tal como ocurre en varios trabajos comentados en este capítulo.

220 © Ediciones Paraninfo


CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

fiesto que este puede producir una supresión importante y duradera de la


conducta. Así, por ejemplo, Boe y Church (1967) repitieron el experimen-
to de Skinner que acabamos de describir, pero en este caso empleando co-
mo castigo electrochoques. Para evaluar la incidencia de la intensidad del
castigo variaron el voltaje de la descarga manejada, que fue de O a 220
voltios, según los grupos experimentales.
Como se desprende de los datos reproducidos en la Figura 6.2, con
descargas tenues (de 35 y 50 voltios) se observaron patrones de resulta-
dos muy parecidos a los descritos por Skinner. Su aplicación durante los
primeros minutos de la fase de extinción generó una reducción muy esca-
sa y transitoria de la conducta instrumental castigada. Sin embargo, con-
forme se manejaron descargas mayores los efectos resultaron más inten-
sos y duraderos. En el caso del grupo sometido a 220 voltios, la conducta
instrumental prácticamente desapareció de raíz. No solo no hizo acto de
presencia mientras era castigada; tampoco se recuperó luego, cuando ya
dejó de serlo. Se diría que si el castigo es suficientemente intenso, incluso
su aplicación durante un breve periodo transitorio puede generar una su-
presión importante y duradera de la conducta.
Dado que cuanto más intenso es el castigo más efectivo tiende a resul-
tar, pero también genera más sufrimiento y efectos colaterales indesea-
bles, se podría pensar que una buena estrategia para combatir conductas

-<>- Control -<>- 50 V - □- 120 V


-•- 35 V - • - 75 V - • - 220 V
70 ·

e 1 2 3 4 5 6 7 8 9
Sesiones de extinción

Figura 6.2. Efecto de la intensidad de los electrochoqu es (señalados con una C) aplicados
durante los 15 primeros minutos d e la extin ción . Respuestas acumuladas,
expresadas en porcentaje con respecto a la última sesión de entrenamiento
(Boe y Church , 1967).

© Ediciones Paraninfo 221


APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

indeseables es comenzar castigándolas de forma muy liviana y, si este


castigo no las suprime, aumentarlo progresivamente, hasta conseguirlo.
Sin embargo, esta forma de proceder puede encerrar una trampa, porque
el efecto de un castigo más o menos intenso depende también de la expe-
riencia anterior con él. Se da tendencia a reaccionar a los nuevos niveles
del castigo de forma similar a como se respondía a los iniciales. Por eso,
comenzar aplicando castigos muy pequeños, para luego aumentar de for-
ma progresiva su intensidad, al no mostrarse efectivos los anteriores,
suele resultar contraproducente. Este modo de proceder (muy corriente,
por otra parte, en la vida cotidiana y en su caso social y legal) tiende a
generar inmunización al castigo, que acaba perdiendo parte de su efecti-
vidad, incluidas sus versiones severas. Los organismos se adaptan y tor-
nan resistentes a intensidades que aumentan gradualmente. Así, por
ejemplo, Azrin, Holz y Hake (1963) encontraron que cuando unos picho-
nes eran castigados con una descarga de 80 voltios por picotear una tecla
que les proporcionaba comida, dejaban de hacerlo. Sin embargo, cuando
el voltaje empleado era de 60 las descargas tenían efectos muy escasos y,
lo que es peor, las aves seguían respondiendo también cuando su intensi-
dad era aumentada gradualmente hasta sobrepasar los 80 voltios, ¡inclu-
so hasta los 300!
Por otra parte, la dinámica generada por un historial prolongado con
castigos intensos puede mostrar el efecto contrario: sensibilización al cas-
tigo. De este modo, la exposición inicial a castigos severos puede incre-
mentar el impacto de castigos más leves posteriores. Esta idea también
tiene una implicación práctica interesante. Supongamos que unos indivi-
duos son sometidos inicialmente a castigos fuertes, que suprimen drásti-
camente una conducta. Pues bien, esa capacidad supresora debería fun-
cionar posteriormente incluso cuando se le aplica castigos de intensidad
reducida. Así, se encontró que la aplicación de descargas débiles resulta-
ba más eficaz después de la exposición a descargas intensas que cuando
se habían empleado descargas tenues desde el principio (Church, 1969).
En cualquier caso, como tampoco es cuestión de pasarse, por lo ya se-
ñalado sobre los efectos colaterales, lo ideal sería encontrar la intensidad
aversiva justa para comenzar con buen pie, sin quedarse corto, pero tam-
bién sin pasarse. Ahora bien, encontrar el nivel mínimo de castigo, y a la
vez suficiente para que resulte efectivo, no es asunto fácil. Este nivel tien-
de a variar según los individuos, el tipo de respuestas y las causas que las
motivan, entre otros factores. No existen al respecto criterios universal-
mente válidos. Sóo se puede resumir la situación diciendo que la exposi-
ción inicial a estimulación aversiva que no suprime la conducta sanciona-
da reduce la efectividad de castigos más intensos ulteriores, en tanto que

222 © Ediciones Paraninfo


CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

la exposición inicial a estimulación aversiva intensa aumenta los efectos


supresores de castigos suaves posteriores. El acierto en la elección del
castigo de intensidad adecuada, en caso de emplearlo, es un asunto que se
debe resolver en cada caso, con los mejores criterios a mano, disponibles
en esas circunstancias, teniendo en cuenta los principios generales prece-
dentes, los efectos secundarios, y también otra serie de factores que co-
mentamos a continuación.

Demora. Un segundo factor importante, lo mismo que sucedía en las


recompensas, es la demora: a más retraso de las consecuencias punitivas,
menor supresión de la conducta que las provoca (por ejemplo, Abramo-
witz y O'Leary, 1990). Además, la caída del valor aversivo de los castigos
con la demora parece seguir también una función hiperbólica. Por eso, al
establecer la preferencia entre dos castigos de intensidad y demora dife-
rentes, tiende a incidir más la diferencia entre sus intensidades que entre
sus demoras, si se trata de castigos muy diferidos: se opta por el pequeño,
aunque vaya a tener lugar antes que el grande. Sin embargo, con castigos
más inmediatos tiende a predominar el peso de la diferencia entre sus de-
moras: se opta por el menos inminente, aunque sea mayor, dicho a gran-
des rasgos (para un análisis más detallado véase Dinsmoor, 1998).
Algo así es lo que observó Deluty (1978) en una situación en la que
había dos respuestas opcionales para conseguir comida: pulsar la palanca
1 (Rl) que, además de proporcionar comida, generaba un castigo pequeño
con una demora de 2 o 40 segundos, según la condición experimental, o
pulsar la palanca 2 (R2) que generaba la misma comida que Rl, y un cas-
tigo mayor, pero también con una demora 10 seg. más grande, por tanto,
de 12 o 50 seg., según la condición experimental. Por tanto, en una condi-
ción, la elección de Rl implicaba un castigo pequeño a los 2 seg. y la de R2
un castigo mayor a los 12 seg. En este caso, los animales optaban por
R2 en el 60% de las ocasiones. Por el contrario, en la condición en la que
Rl conllevaba un castigo pequeño a los 40 seg. y R2 un castigo mayor a
los 50 seg. optaban por Rl en el 65% de los casos. Cuando la demora es
larga para ambas opciones, predomina la respuesta que conlleva castigo
menor, aunque se reciba antes. Sin embargo, cuando las demoras son cor-
tas, predominan respuesta que da lugar al choque mayor, por ser menos
inminente (Tabla 6.1).
En el experimento precedente variaban la intensidad y demora de los
castigos, pero se mantenían constantes las recompensas generadas por
las dos opciones de respuesta. Ambas palancas proporcionaban la misma
comida y al mismo tiempo. Por tanto, la exploración podría complicarse
bastante más, aunque no vamos a seguir escarbando. En cualquier caso,
un problema que surge con frecuencia en el medio natural es que míen-

© Ediciones Paraninfo 223


APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

Tabla 6.1. Esquema del experimento de Deluty ( 1978) en el que trabajó con dos castigos,
uno menor que otro (electrochoques de uno o dos segundos de duración), aplicado cada uno
a una respuesta diferente y con una demora pequeña en una condición (a) y grande en otra (b),
aunque el castigo grande aplicado siempre con una demora de 10 segundos mayor
que la del pequeño.

Respuesta Castigo Demora Preferencia


Presionar
palanca 2 segundos (a) (a) Demora 2 vs 12:
Rl Pequeño
para 40 segundos (b) 65% R2
obtener
12 segundos (a) (b) Demora 40 vs 50:
comida R2 Grande
50 segundos (b ) 60% Rl

tras las consecuencias adversas de algunas conductas no deseables apa-


recen diferidas, a veces a muy largo plazo (son de efectos retardados, a
este respecto), esas conductas pueden resultar reforzadas a corto plazo,
muchas veces de manera inmediata. Eso hace que sea difícil suprimirlas,
aun resultando inapropiadas. Es lo que sucede, por ejemplo, al atiborrar-
se de alimentos sabrosos poco saludables, fumar y tantas otras conductas
impulsivas que tienen consecuencias desastrosas a la larga, que acabarán
pasando factura, ¡pero eso será más tarde!
Además, como es obvio, las adversidades para una actuación con-
veniente no se agotan en la situación a la que acabamos de referirnos.
Muchos comportamientos deseables también sufren una disposición cro-
nológica inoportuna de sus consecuencias, por cuanto tienen un coste in-
mediato importante, aunque conlleven beneficios a largo plazo. El ejerci-
cio físico (y el mental) a la larga aporta calidad de vida, pero su práctica
implica esfuerzo, lo que puede tornarlo algo disuasorio. En realidad, esto
se puede predicar del esfuerzo, en general, que muchas veces acaba aho-
rrando sufrimientos mayores. No suele haber método más infalible para
acabar teniendo que sacrificarnos duro en la vida que eludir todo esfuer-
zo, mientras se pueda. Sin embargo, la lamentable disposición cronológi-
ca de las consecuencias agradables y desagradables de muchas acciones
hace que sea difícil actuar de forma apropiada. En el medio natural con
frecuencia no es posible aplicar inmediatamente los refuerzos y los casti-
gos. Sin embargo, esa debe ser la aspiración, si se quiere potenciar su in-
fluencia.
Programa. También ya sabemos que las consecuencias de una conduc-
ta instrumental, incluidas las adversas, pueden no tener lugar siempre
que esta se produce. Así ocurre con frecuencia en la vida cotidiana. La
sabiduría popular nos enseña que quien juega con fuego acaba quemán-
dose (o, tal vez peor, provocando incendios), aunque a veces esto no

224 © Ediciones Paraninfo


CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

sucede. Dicho de manera más técnica, las conductas castigadas pueden


serlo de forma sistemática (equivalente a los programas de refuerzo con-
tinuo) o inconsistente (unas veces sí y otras no: equivalente al refuerzo
parcial). Y, por supuesto, la efectividad del castigo depende de manera
crítica del programa aplicado. Los sistemáticos suelen ser más eficaces
que los inconsistentes, aunque dentro de estos su eficacia depende de la
razón con la que se apliquen, y también del programa con el que se vea (o
se haya visto) reforzada la conducta objeto del castigo 2 • Por tanto, los di-
ferentes patrones de efectos no responden a una descripción sencilla.
Con todo, la línea fundamental la deja clara un trabajo de Azrin, Holz
y Hake (1963). Primero implantaron en palomas una conducta de picoteo
de una tecla mediante un programa de refuerzo, que se mantuvo a lo lar-
go de todo el experimento. Luego superpusieron, según los grupos experi-
mentales, diferentes programas de razón fija (RF) de castigo, que fueron
desde RFl (a cada picoteo le seguía una descarga: refuerzo continuo) a
RFl.000 (una descarga cada 1.000 respuestas) en el otro extremo, ade-
más de un grupo sin castigo. Como cabía esperar, cuanto más pequeña la
razón con la que se dispuso el castigo, esto es, cuanto más consistente su
manejo, mayor supresión de la conducta (Figura 6.3). Aunque se observa
alguna supresión incluso con RFl.000, con RFl el picoteo enseguida cesó

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Tiempo (horas)

Figura 6.3. Regi stro ac umulativo del picoteo cuando, a partir de cierto momento, se
procedió a castigar según varios programas de RF esta acción que
proporcionaba comida, o cuando no se castigó (Azrin, Holz y Hake, 1963).

2 No se olvide que las conductas que se pretende eliminar castigándolas suelen tener

lugar porque reportan (o, al menos, han reportado en algún momento) algún beneficio.

© Ediciones Paraninfo 225


APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

por completo. Lección: si queremos suprimir una conducta castigándola,


no la sancionemos unas veces sí y otras no. Esta sería la peor de las polí-
ticas, añadida a todos los demás problemas que pueda tener el uso de cas-
tigos.
Control por el estímulo. Tampoco aquí hay grandes novedades con
respecto a lo visto en las recompensas: la asociación de una conducta con
un castigo puede verse controlada por alguna señal o situación contex-
tual. Si es castigada en unas circunstancias concretas, estas acaban con-
virtiéndose en la clave que señala el castigo, y la conducta tiende a desa-
parecer preferentemente dentro de esa situación. Se produciría castigo
discriminado, con el consiguiente efecto selectivo.
Por supuesto, a veces puede interesar la supresión selectiva de una
conducta. Imaginemos que a un niño sus padres le riñen o incluso pelliz-
can disimuladamente cada vez que habla en voz alta en la iglesia, pero no
lo hacen cuando habla así en otros lugares. Puede llegar el momento en
que el niño, que habitualmente habla por los codos, en la iglesia apenas
abra la boca, y cuando lo hace susurra entre dientes lo que quiere decir.
En este caso estamos asistiendo a una supresión conductual selectiva
más o menos adaptativa. En otras ocasiones, el hecho de que la supresión
de la conducta por parte del castigo solo tenga lugar en un determinado
contexto o ante un elemento discriminativo resulta contraproducente a
efectos prácticos. En algunas situaciones puede llegar a operar como estí-
mulo discriminativo del tratamiento punitivo quien lo administra, por lo
que la omisión del comportamiento que se quiere eliminar tiende a produ-
cirse preferentemente en su presencia. Si la madre castiga a su hijo por
morder y hacer otras «perrerías» al caniche, pero no el padre, que hasta le
ríe las gracias, el pequeño cam'bal solo dejará de hacerlo cuando la madre
está en casa, que no es lo que ella pretendeª.
Algo así ocurre a diario en las carreteras, por poner otro ejemplo más
verosímil, y en esta ocasión de coste de respuesta, más que de castigo, en
sentido estricto. Ahí el radar y la patrulla de tráfico constituyen un po-
tente elemento discriminativo: al avistarlos los conductores solemos pisar
instintiva (y disimuladamente) el freno, para no exceder el límite de velo-
cidad y evitar la sanción. Pero en cuanto nos alejamos de esas señales de
3 Y posiblemente el caniche aprenda también a quejarse ante los ataques del infante

cuando está por allí la madre, porque sabe que acudirá en su auxilio, mientras que las que-
jas en presencia del progenitor lo único que pueden provocar es que los dos bestias se ani-
men e insistan en su «gracia». Si es así, las quejas del perro en presencia de la madre serían
indicativas de condicionamiento de escape-evitación (esa conducta le serviría para librarse
del ataque, gracias a la intervención de la madre), que también mostraría un proceso selec-
tivo o discriminativo.

226 © Ediciones Paraninfo


CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

multa volvemos a pisar un poquito el acelerador. Precisamente, dada la


poderosa capacidad disuasoria de ese tipo de señales, algunas adminis-
traciones han llegado a colocar patrullas y policías simulados (siluetas de
cartón-piedra) en puntos estratégicos de las vías públicas. La idea es que,
aunque carecen de capacidad de sancionar, operen como señales de san-
ción; en versión barata, ya que no hay que pagarles a fin de mes. O ponen
toda la parafernalia del radar, sin aparato.
Motivación y vías alternativas de satisfacción. La capacidad di-
suasoria del castigo también depende del tipo de conducta a suprimir y de
lo motivada que esté. Las conductas muy arraigadas y con una motiva-
ción fuerte son más difíciles de eliminar, sobre todo cuando no se dispone
de alternativas para satisfacer el impulso que las promueve. Si intenta-
mos arrearle al gato con la escoba a la vez que proferimos amenazas e
insultos a voz en grito irreproducibles en estas páginas, por habernos
«birlado» una sardina de la encimera en la cocina, la eficacia de tal des-
pliegue bélico va a depender mucho de las veces que lleve haciendo eso el
animal, del hambre que tenga y, sobre todo, de que pueda conseguir comi-
da por otras vías menos deshonrosas que robar a quien te da cobijo (¡pero
no sardinas!). Y a los humanos nos ocurre algo similar: los castigos supri-
men más fácilmente nuestras conductas poco arraigadas y reemplazables
que las vitales. Como señalaremos enseguida, al hablar de los efectos se-
cundarios negativos, castigar conductas muy motivadas puede generar
un conflicto y una desestabilización importantes.
Explicaciones. Hasta ahora hemos reseñado una serie de factores que
afectan a animales y personas. Por lo general, las circunstancias que
modulan la eficacia del castigo en los animales también lo hacen en los
humanos. Aunque estamos hablando de una técnica de manejo tan com-
prometido a efectos de su investigación en personas, existen algunas com-
probaciones experimentales y clínicas relativamente sistemáticas en este
sentido (e.g., Aronfreed, 1968; Butcher y Lovaas, 1968; Larzelere et al.,
1996; Williams, Kirpatrick-Sánchez e Iwata, 1993). La intensidad, demo-
ra, sistematicidad, contexto del castigo, así como la motivación indivi-
dual, modulan la efectividad del castigo también en las personas.
Sin embargo, es de suponer que la capacidad cognitiva y lingüística de
las personas también juega un papel importante en el funcionamiento del
castigo. Así, se ha visto que en los niños las explicaciones de por qué se
aplica un castigo incrementan notablemente su efectividad (Aronfreed,
1968; Larzelere et al., 1996). Las razones por las que suele ganar eficacia
al explicarlo seguramente tienen que ver con el hecho de que las explica-
ciones ayudan a precisar la conducta castigada, sobre todo si se trata de

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APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

castigos diferidos, aplicados con mucha demora, y ajustificar su uso, ha-


ciendo que la sanción parezca más justa.
Eso es lo que indican los datos aportados por Cheyne (1969), quien
castigó a un grupo de niños por jugar con un juguete atractivo diciéndoles
«mal, mal», pasados unos segundos desde que lo cogían. A un segundo
grupo le decía: «mal, no debes jugar con ese juguete». Como era de supo-
ner, el grupo al que se le especificaba cuál era la conducta reprochada
resistía posteriormente más que el otro la tentación de volver a coger el
juguete en cuestión. Sin embargo, el grupo que más se abstenía de utili-
zarlo era aquel al que no solo se le aclaraba qué conducta estaba vedada,
sino también por qué: «mal, no debes jugar con ese juguete, es de otro ni-
ño». Si las explicaciones, además de aclarar la conducta castigada, ayu-
dan a percibir el castigo como algo justificado, seguramente contribuirán
a vencer las resistencias a abandonar ciertas conductas, sobre todo en los
niños. Además, tal como señala Hoffman (1989), las explicaciones juegan
un papel importante en el desarrollo moral durante la infancia. Cuando
un niño actúa de manera inapropiada, de forma que daña a otros, si no
solo se le reprocha su actuación («eso no se hace»), sino que también se le
explican las consecuencias negativas de su proceder, es más probable que
desarrolle empatía hacia los demás y acepte las responsabilidades de su
propia conducta.
Para concluir. Si ahora volvemos a los ejemplos de partida, se puede
ver cómo el castigo aplicado al gamberro infringe prácticamente todos los
criterios, salvo, si acaso, el de las explicaciones (tal vez tardías): es incon-
sistente (no se le recrimina cada episodio), demorado (raramente lo recibe
al instante), suele ser de baja intensidad al principio y más severo confor-
me reincide y empeora las fechorías, tiende a estar señalado por elemen-
tos discriminativos (el gamberro se retrae en ciertas condiciones, porque
sabe que le van a pillar in fraganti, mientras que en otras sabe que puede
actuar con impunidad casi total), responde a una conducta bastante
arraigada y motivada (es hiperactivo, lleva mucho tiempo gamberreando
y solo cuando ya había llegado demasiado lejos comenzaron a recriminár-
selo), y funciona bastante mal. Por su parte, el castigo al «meter-los-de-
dos-en-el-enchufe» cumple prácticamente todos los requisitos para su efi-
cacia: es consistente, inmediato, intenso desde la primera ocasión, no está
señalado (o mejor aún, está señalado, pero no de forma discriminativa, de
manera que unas veces sí y otras no: el enchufe es su propia señal de que
te dará la descarga siempre que metas los dedos como es debido), se trata
de una conducta sin arraigo y escasamente motivada ... , y funcionabas-
tante bien, incluso sin necesidad de muchas explicaciones, que también
suelen darse. Se puede concluir, por tanto, que el castigo contribuye a la

228 © Ediciones Paraninfo


CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

Una orden "'1Uy sencilla, la he coqido


a la pri"'1aa y, en Cierto "'10o/o, no le falta
raz:6n. Tendría [Link] haca/e caso. No obstante ...
al va ese periódico enrollado, intuyo una
excesiva hostilidad, pretendiendo inti"'1idar"'1e
y hu"'1i//ar"'1e. Me dan qanas de aqenciar"'1e la
otra zapatilla en cuanto peque una cabezada. oo
Se lo est,í qanando a pulso, e/ "'1Uy . .
o

organización conductual, pero no ha de hacerlo a cualquier precio. Como


técnica práctica debe ser el último recurso, en el mejor de los casos, dados
sus efectos secundarios contraproducentes.

6.1.2. «DAÑOS COLATERALES»: EL DILEMA DEL CASTIGO


A estas alturas es difícil negar que el castigo, adecuadamente manejado,
tiene cierta capacidad disuasoria sobre la conducta que lo desencadena.
No obstante, su aplicación, sobre todo si es muy persistente e intensa, en
especial cuando se sancionan comportamientos muy arraigados y difíciles
de evitar, tiene una serie de efectos colaterales negativos importantes
que lo hacen desaconsejable, máxime si existen vías alternativas para
combatir las conductas reprobadas, que suele ser el caso. Los eventos pu-
nitivos generan con frecuencia dolor físico, y emociones desagradables,
como miedo y ansiedad, casi siempre4. A su vez, estas emociones tien-
den a producir algunas consecuencias conductuales indeseables, como
agresividad, alteraciones de la atención, rechazo de las situaciones aso-
ciadas con esas emociones o incluso indefensión.
Algo de esto debe haber sucedido en el estudio de Balaban, Rhodes y
N euringer (1990), quienes constataron que un grupo de escolares trabaja-

4 Aprovechamos para recordar que el castigo no tiene por qué limitarse solo a agresiones

físicas. Aunque esta tal vez sea su variante más prototípica y utilizada, existen -aparte del
coste de respuesta u omisión, que de alguna forma constituyen un tipo diferente de condicio-
namiento- otras opciones: estimulación sensorial aversiva (ruidos, olores, temperaturas ...
desagradables), reproches verbales, gestos y expresiones de rechazo o agresivas, amenazas,
incluidas las que recurren a personajes truculentos e inquietantes o a supuestos sufrimien-
tos futuros (el peor de todos, ¡el infierno!) ... En fin, un variado surtido.

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APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

ban más lentos y cometían más errores en una tarea cognitiva cuando los
fallos eran castigados que cuando eran señalados con un tono acústico
inocuo. Si el objetivo de un profesor es reducir los errores, la estrategia de
castigarlos puede resultar altamente contraproducente. La realización de
las actividades asociadas a castigos se convierte en una fuente de ansie-
dad, por lo que tenderán a ser evitadas. Pero incluso si el miedo al castigo
constituyera un acicate para el esfuerzo, haciendo trabajar más duro en
ellas, esa misma ansiedad puede empobrecer el rendimiento neto, como
hemos visto que llega a suceder hasta con las recompensas, cuando son
muy grandes y crean demasiada presión.
Otro efecto negativo importante de la exposición a estímulos aversivos
es que puede provocar agresividad: es la denominada agresividad provo-
cada por el dolor. Ulrich y Azrin (1962) fueron de los primeros investiga-
dores en comprobar experimentalmente el incremento de las reacciones
agresivas en individuos de diferentes especies sometidos a castigos, inclu-
so tratándose de animales pacíficos en otras circunstancias. Es como si
atacar al ser agredido fuera un instinto universal, o casi. Por razones ob-
vias, en personas es escasa la investigación experimental sobre la agresi-
vidad inducida por el dolor. Pero aun en nuestro caso existe alguna evi-
dencia en este sentido. Por ejemplo, Berkowitz, Cochrane y Embree
(1979) pidieron a unas estudiantes que actuaran como profesoras y que
bien reforzaran o bien castigaran a los participantes en una tarea de
aprendizaje. Mientras algunas «profesoras» tenían una mano sumergida
en agua fría, otras la tenían en agua templada. Se vio que las primeras
tendían a castigar más que las segundas.
Además, el empleo asiduo de castigos por parte de padres y maestros
puede servir a los infantes de modelo de comportamiento agresivo y favo-
recer su uso ulterior inadecuado por su parte. En la vida diaria la aplica-
ción del castigo está muy mediatizada por el estado emocional de quien lo
administra. Las personas recurren a él con frecuencia cuando ya se sien-
ten desbordadas, irritadas y frustradas. En estas condiciones es muy pro-
bable violar los parámetros idóneos del castigo eficaz, con más resultados
destructivos que constructivos, y el consiguiente ejemplo negativo a que
da lugar su forma de aplicarlo. Y ya se sabe, los pequeños aprenden rápi-
damente por imitación, sobre todo si el modelo tiene ascendencia sobre
ellos. En este sentido, numerosas investigaciones han puesto de manifies-
to que la observación de violencia aumenta su tendencia a practicarla
(por ejemplo, Bandura, Ross y Ross, 1963; Josephson, 1987).
Y, para señalar un último inconveniente del castigo, cabe añadir que
se aplica a una conducta «reprobable» ya realizada. Por tanto, no sirve
para evitar el episodio conductual castigado, sino solo, en el mejor de los

230 © Ediciones Paraninfo


CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

casos, por sus efectos disuasorios de cara al futuro, para que no se vuelva
a repetir. Pero incluso de cara al futuro, el castigo por sí mismo no forta-
lece directamente la emisión de conducta apropiada alguna. Es bastante
improbable que un niño castigado por jugar de forma agresiva, proceda
solo por eso a jugar de manera cooperativa, que seguramente es lo que se
persigue en estos casos. Simplemente podría parar de jugar, lo que tam-
poco resulta deseable.
De lo dicho se desprende que los efectos perniciosos del castigo pueden
variar bastante. En algunas condiciones seguramente no son dramáticos,
y hasta se pueden ver compensados por los beneficios que aporta. Al me-
nos eso es lo que sugieren algunas observaciones manejadas por Baum-
rind (1991), según las cuales el uso moderado y consistente de castigos
poco intensos por parte de padres cariñosos y constructivos, que razonan
su empleo y manejan reglas bien establecidas en las que se implica a los
propios interesados, puede potenciar la educación, sin apenas efectos con-
traproducentes. En la medida en que no cumple los requisitos idóneos, el
castigo pierde en eficacia y gana en efectos contraproducentes. Pero toda-
vía pueden empeorar más las cosas. Resultan especialmente problemáti-
cas, sin aportar beneficio alguno, las adversidades reiteradas inevitables.

6.2. PERJUICIOS DE LAS ADVERSIDADES


INEVITABLES: INDEFENSIÓN APRENDIDA
Habíamos concluido que para que se produzca condicionamiento operante
es fundamental que se dé contingencia, positiva o negativa, entre una
conducta y alguna experiencia agradable o desagradable ulterior. Si no es
así, no se percibe causalidad entre ambos elementos, por lo que el emisor
de la conducta no siente que pueda controlar lo que le ocurre. En los cua-
tro tipos de condicionamiento (recompensa, castigo, omisión y escape-evi-
tación) los sujetos tienen, de una forma u otra, ese control. Incluso en el
castigo, en el que tienen lugar experiencias adversas, estas se pueden evi-
tar no llevando a cabo la conducta instrumental.
Pero, ¿qué sucede si no existe contingencia alguna entre el comporta-
miento de los individuos y sus experiencias adversas, sobre todo cuando
son intensas? ¿Qué efectos generan tales adversidades incontrolables, o
incluso impredecibles a veces, de modo que las padecemos hagamos lo
que hagamos? Se ha observado que la exposición reiterada de animales y
personas a sucesos adversos ineludibles importantes tiende a provocar un
estado psicológico caracterizado, entre otras peculiaridades, por la pérdi-
da de capacidad para aprender a evitar posteriores adversidades eludí-

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APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

bles y, en general, para aprender a controlar lo que les ocurre ([Link]


y Maier, 1967; Overmaier y [Link], 1967; Mikulinder, 1994). Se trata
del síndrome conocido como indefensión aprendida, que ha recibido bas-
tante atención, debido a la sugerencia de [Link] (1975; véase también
[Link], Schulman y Tryon, 2007) de que constituye un fenómeno de la-
boratorio similar en muchos aspectos a algunas depresiones.

6.2.1. EL FENÓMENO
La indefensión adquirida se puso de manifiesto e investigó característica-
mente a través de diseños triádicos en los que se trabaja con tres grupos
de sujetos experimentales, del tipo de los ilustrados en la Figura 6.4. Los
animales de una condición (grupo ejecutivo) son expuestos a una serie de
estímulos aversivos que pueden cancelar realizando alguna respuesta.
Los animales de otro grupo (subordinado) no pueden hacer nada para po-
ner fin a los estímulos aversivos, y son expuestos exactamente a los mis-
mos que los del grupo ejecutivo, por cuanto sufren los que estos no hayan
cancelado. Concretamente, a cada animal ejecutivo se le acopla su par su-
bordinado, que recibe las descargas que no haya interrumpido aquel. Por
último, los animales de un grupo control también son expuestos a la misma
situación experimental aparente, pero sin sufrir evento aversivo alguno.

Rata «ejecutiva» Rata «subordinada» Rata control

~
lS
~
7\
~,
7S

( 1
Al control
de descargas
9FA la fuente de las descargas
Sin conexión con la
fuente de descargas

Figura 6.4. Ilustración de un diseño triádic o con ratas. Mientras las del grupo subordinado
están conectadas solamente al circuito a través del que reciben las de scargas,
las del grupo ejecutivo, además de eso, pueden llevar a cabo una respu esta que
cortocircuita la con exión anterior, tanto cada una la propia, como la
correspondiente a su compañera subordinada. Las ratas del tratamiento
control durante esta fase solo pasan por la cabina experimental, sin más.

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CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

Seligman y Maier (1967) sometieron a tres grupos de perros al trata-


miento que acabamos de describir. Los animales de la condición de des-
carga escapable (grupo ejecutivo) recibían de cuando en cuando un elec-
trochoque, que podían interrumpir presionando un panel con el morro. A
cada animal «ejecutivo» le correspondía su «subordinado», que recibía los
mismos electrochoques que su pareja, sin que pudiera hacer nada por sí
mismo para eludirla: era la condición de descarga inescapable, que solo se
interrumpía cuando el colega ejecutivo cancelaba la suya. Por tanto, la
única diferencia entre los dos grupos era que mientras que los de la condi-
ción de descarga-escapable tenían cierto control sobre esta, los de la con-
dición de descarga-inescapable carecían por completo de tal control. Ha-
bía, además, una condición sin descarga alguna (grupo control).
En la siguiente fase todos los perros fueron sometidos a una prueba
consistente en aprender a eludir descargas saltando al otro lado de la ba-
rrera en una caja de evitación5 • Ahora cada descarga aparecía precedida
de una señal consistente en un periodo de oscuridad de 10 segundos. Pues
bien, como se puede ver en la Figura 6.5, los perros expuestos en primera

Q)
c.
"'
(.J

"'
Q)
Q)
"C
"'
o
~
(.J

~
Q)
"C
o
'5
Q)
E
e
Q)
E
,::::,
z

Ejecutivo Control Subordinado

Grupos

Figura 6.5. Fracasos en la respuesta de escape a descargas eléctricas en una caja de


evitación para los grupos que con anterioridad habían sido sometidos a un
tratamiento con descargas eludibles (grupo ejecutivo), ineludibles
(subordinado) o que no habían recibido descarga alguna (control) (a partir
de Seligman y Maier, 1967).

5 Estas cajas están divididas en dos mitades por una barrera y tienen una base metali-

zada a través de la que se pueden aplicar descargas. Están diseñadas de tal manera que si
el animal, durante un periodo marcado por una señal, salta al otro lado de la barrera, en ese
ensayo no sufre descarga, porque esta tiene lugar después de la señal y solo en la parte en la
que se encuentra el animal al comenzar el ensayo.

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APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

instancia a la condición control (sin descarga), ahora aprendieron pronto


a evitar las descargas saltando la barrera durante el periodo de oscuridad
que las precedía. Los perros sometidos inicialmente a la condición de des-
carga escapable también aprendieron pronto la nueva tarea de evitación,
como los del grupo control. Sin embargo, los animales de la condición ini-
cial de descarga inescapable ahora actuaban de forma muy distinta. Mu-
chos de ellos inicialmente, al recibir la descarga, corrían angustiados den-
tro del compartimento en el que se encontraban, para luego agazaparse
en el suelo y gruñir. Apenas realizaron intentos para eludir las descar-
gas. Y, lo que es más extraño, los pocos perros que saltaron ocasional-
mente al otro lado de la barrera, consiguiendo escapar a tiempo de alguna
descarga, parecían incapaces de aprender de esa experiencia. En los en-
sayos sucesivos no tendían a repetir esa reacción. Se diría que la exposi-
ción anterior a descargas inescapables había mermado su capacidad para
aprender a evitar esos eventos cuando luego era posible eludirlos.
A estos primeros experimentos siguieron otros muchos bastante varia-
dos que apuntalaron el fenómeno de la indefensión en la investigación
animal (e.g., Maier, 1990; Rosellini et al.,1984; Vicente et al., 2006); y en
alguna medida también en personas, aunque, obviamente, nunca contra-
tamientos drásticos como el que acabamos de ver, y considerando, por
otra parte, las observaciones clínicas y el estudio de casos individuales
(e.g., Dweck y Reppucci, 1973; Mikulinder, 1994; Overmeier y LoLordo,
1998; Seligman, 1975; Yela 1997). Según Seligman, la indefensión apren-
dida comporta deficiencias psicológicas a tres niveles: cognitivo, motiva-
cional y emocional.
Las experiencias adversas persistentes e incontrolables producen una
deficiencia cognitiva, por cuanto generan la expectativa de carecer de
control y la tendencia a transferir esa creencia a otras situaciones. Se
crea una «disposición cognitiva negativa» que distorsiona la percepción
de control y reduce la capacidad de aprender y adaptarse a situaciones
nuevas a partir de la experiencia propia. Como consecuencia de lo ante-
rior, también producen deficiencia motivacional, por cuanto reducen
los esfuerzos e intentos para controlar los eventos del entorno, debido a
algo así como el razonamiento: si no voy a ser capaz de evitar las adversi-
dades, ¿para qué seguir intentándolo? Por último, producen deficiencia
emocional, por cuanto incrementan la ansiedad, el miedo, la frustración,
el estrés y la agresividad. Y, si el síndrome es profundo, se prolonga en el
tiempo y extiende a diferentes ámbitos, puede desembocar en depresión.
Se ha visto, además, que en ocasiones cursa con una serie de síntomas fisi-
cos, como pequeñas úlceras gástricas, cefaleas, incremento de la presión
sanguínea, disminución en la ingesta de alimentos, pérdida de peso...

234 © Ediciones Paraninfo


CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

Por otra parte, en las personas el síndrome puede variar a lo largo de


tres dimensiones: 1) la sensación de indefensión puede ser específica ha-
cia una situación o resultar más o menos global; 2) pueden atribuir su in-
defensión a factores externos o a factores internos, y 3) pueden ver su
indefensión como algo transitorio o algo crónico. Naturalmente, la grave-
dad del problema y la estrategia terapéutica a la hora de afrontarlo de-
penden en buena medida de las características de cada caso. Por ejemplo,
la atribución de los fracasos a factores internos conduce más fácilmente a
desarrollar indefensión y produce mayor pérdida de la autoestima. En
términos generales, la tendencia a hacer atribuciones internas, estables y
globales ante los fracasos incrementa la probabilidad de sufrir el síndro-
me de indefensión y su gravedad. Pero lo cierto es que las personas que
sufren experiencias adversas no controlables importantes, como pérdida
de un ser querido o del empleo, enfermedad seria, fracaso amoroso ... ,
sobre todo si concurren simultáneamente varias circunstancias de esta
naturaleza, tienden a tornarse abatidas, pasivas y a sentirse incapaces.
Como los animales expuestos a descargas ineludibles, muestran una ca-
pacidad e interés escasos a la hora de superar las dificultades y se aban-
donan más fácilmente a su suerte, con tendencia a caer en depresión
(véanse Peterson, Maier y Seligman, 1993; Yela, 1997).

6.2.2. INTERPRETACIONES DE LA INDEFENSIÓN

Han sido varias las interpretaciones dadas al fenómeno, y todavía hoy no


existe ninguna que resulte general y ampliamente consensuada. La hipó-
tesis inicial sostenía que la razón primigenia por la que las experiencias
adversas inevitables producen indefensión radica en el plano cognitivo.
Como acabamos de señalar, Seligman consideraba que tanto los animales
como las personas sometidas a tales eventos desarrollan la expectativa
de que carecen de control sobre ellos. Además, tienden a transferir esa
creencia a otras situaciones, por lo que terminan viendo disminuida su
capacidad para aprender contingencias y resolver problemas encontrados
con posterioridad en otros contextos. Es como si a partir del momento en
que pasan por esas experiencias consideraran inútiles sus esfuerzos para
evitar otras descargas y, en general, para hallar soluciones a las dificulta-
des que se encuentran.
Otros autores consideran que la clave radica en que las descargas rei-
teradas ineludibles provocan una ansiedad, miedo y estrés excepciona-
les, que o bien reducen la operación de los neurotransmisores (Minor,
Dess y Overmier, 1991), bien generan un déficit atencional (Maier, Jack.-
son y Tomie, 1987), o bien provocan una disminución general de la activi-

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APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

Expectativa de Generalización
falta de control de esa idea
Indefensión
aprendida
Advers idades
(descargas) (reducción
Déficit atencional en capacidad
inevitables
Ansiedad de adaptación
y miedo y otros
excepcionales síntomas)
Alteración Reducción general
bioquímica de actividad

Reducción de
neurotransmisores

Figura 6.6. Interpretaciones de la indefensión aprendida, una en clave más cognitiva y otras
en clave más emocional. Por supuesto, hay otras interpretaciones que no
aparecen reflejadas aquí.

dad (Anisman, de Catanzaro y Remington, 1978; Irwin, Suissa y Anis-


man, 1980), posiblemente a causa de alteraciones bioquímicas, como la
disminución del nivel de noradrenalina en el cerebro (Tsuda y Tanaka,
1985) o incluso por el deterioro de la plasticidad medular (Crown et al.,
2002). Tales efectos perniciosos, mediados por la alteración emocional, de
las descargas incontrolables justificarían el pobre aprendizaje mostrado
por los sujetos del grupo acoplado. Estamos, por tanto, ante dos líneas de
explicación, una en clave cognitiva y otra en clave más emocional (Figu-
ra 6.6).
Sin embargo, la indefensión seguramente responde a los diversos efec-
tos perniciosos que produce el miedo excepcional generado por las descar-
gas inevitables, y también a la generalización de la expectativa de que no
es posible controlarlas mediante la conducta propia (Maier, 1990). Se tra-
ta de un fenómeno aprendido complejo, originado a través de diversos
procesos y, asimismo, con diversos efectos psicológicos. Ningún mecanis-
mo aislado parece capaz de explicar por sí solo las diversas observaciones
realizadas en torno a la indefensión adquirida, y de las que aquí apenas
nos hemos hecho eco en una mínima parte.

6.2.3. TRATAMIENTO Y PREVENCIÓN DE LA INDEFENSIÓN


Afortunadamente, la indefensión es un síndrome aprendido y, en buena
medida, reversible, por lo que también se han observado procedimientos
que permiten paliar sus efectos, o incluso prevenir su aparición. Así, se
ha visto que los animales «indefensos» pueden recobrar su capacidad nor-

236 © Ediciones Paraninfo


CONDICIONAMIENTO INSTRUMENTAL: EL CASTIGO

mal de aprender a eludir descargas en la caja de evitación si son forzados


a escapar algunas veces del evento aversivo -aunque sea arrastrándo-
los, si hiciera falta, desde la parte en la que reciben la descarga a la segu-
ra. Esta versión literal de lo que se podría denominar con merecimiento
«terapia directiva» ayuda a invertir las expectativas que subyacen al sín-
drome. De forma similar, algunos tratamientos conductuales de la depre-
sión intentan persuadir a los pacientes para que alcancen una serie gra-
dual de objetivos, comenzando con algunos menores, como visitar a un
amigo o escribirle un correo electrónico, para avanzar posteriormente de
forma progresiva hacia otros más complejos, como adquirir nuevos inte-
reses, buscar un empleo, etc., y así potenciar su estado de ánimo y la
autoestima. Algo parecido sucedería con otras técnicas de terapia cogniti-
va y de entrenamiento asertivo. Tanto en la indefensión aprendida como
en la depresión reactiva (aquella que tiene una de sus raíces en la creen-
cia de que los acontecimientos importantes resultan incontrolables) se
pueden subsanar en alguna medida promoviendo la creencia de que res-
ponder y tomar iniciativas produce resultados positivos.
Por otro lado, hasta cierto punto también es posible prevenir el desa-
rrollo de indefensión aprendida mediante un programa de entrenamiento
en el control de las desventuras. Se ha visto, por ejemplo, que la exposi-
ción a descargas susceptibles de ser evitadas puede inmunizar a los ani-
males contra el desarrollo ulterior de indefensión ante descargas ineludi-
bles: suelen persistir más en sus intentos de escapar de las descargas,
antes de rendirse. Y, por descontado, no estamos hablando de transferen-
cia directa de la respuesta de evitación aprendida durante la fase de in-
munización: estos efectos se observaron cuando la respuesta manejada
durante la fase inicial de inoculación de resistencia difiere claramente de
la requerida en la fase posterior de prueba de evitación.
En un experimento llevado a cabo por Williams y Maier (1977), un
grupo de ratas fue entrenado primero a evitar descargas saltando en la
caja de evitación: tratamiento de inmunización. Luego fue sometido, a la
par que otro grupo, a un tratamiento característico de indefensión. Final-
mente, ambos grupos, junto con otro de control, fueron sometidos a prue-
ba de aprendizaje de escape de descarga pulsando una palanca. Como in-
dican los datos de la Figura 6. 7, el grupo de inmunización mostró un
rendimiento mayor que el de indefensión no inmunizado previamente,
pese a que ambos fueron sometidos antes de la fase de prueba al trata-
miento característico de indefensión. Eso implica que la indefensión se
puede prevenir, en parte, inoculando resistencia a su desarrollo mediante
el preentrenamiento oportuno. Es posible inmunizarse, en alguna medi-
da, contra la indefensión.

© Ediciones Paraninfo 237


APRENDIENDO (DE) LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRA CONDUCTA

-o- G. Indefensión
-•- G. Control
l
-o- G. lnmun. + lndef.
60 ¡,___ _ _ _ -o-------o--------o
cñ 50
~

2 3 4
Bloques de ensayos

Figura 6.7 . Inmunización contra la indefensión puesta de manifiesto en las respuestas de


escape durante la fase de prueba por los integrantes de un grupo que, antes del
tratamiento característico de indefensión, habían sido expuestos a descargas
que podían controlar (G. inmun ./indef.) . Otros dos grupos antes de la fase de
prueba solo habían recibido un tratamiento bien de indefensión (G .
indefensión) o bien sin descargas (G. control) (Williams y Maier, 1977).

Lo cierto es que en los últimos años la psicología sobre la indefensión


aprendida en las personas se está orientando muy especialmente hacia
la prevención. La emergente psicología positiva liderada por Seligman
(2000; Seligman y Csikszentmihalyi, 2000; véase Vázquez y Hervás,
2009) se interesa por el estudio y la potenciación de las cualidades huma-
nas constructivas: el pensamiento optimista, el carácter y las emociones
positivas, etc. Cuando la gente aprende a ser optimista puede afrontar
sus acontecimientos vitales de manera más racional y objetiva, aumen-
tando las probabilidades de éxito ante las dificultades en las diferentes
facetas de la vida.

238 © Ediciones Paraninfo

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