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Programa

El Ministerio de Cultura y la Fundación Cinemateca Argentina presentan un ciclo homenaje a Audrey Hepburn en el Teatro San Martín del 17 al 20 de agosto, exhibiendo cuatro de sus películas más emblemáticas. Las proyecciones incluyen 'La cenicienta en París', 'Muñequita de lujo', 'La princesa que quería vivir' y 'Sabrina', destacando su impacto en el cine y la moda desde su debut en la década de 1950. Este homenaje celebra el legado de Hepburn como una figura luminosa y auténtica en la historia del cine.

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Programa

El Ministerio de Cultura y la Fundación Cinemateca Argentina presentan un ciclo homenaje a Audrey Hepburn en el Teatro San Martín del 17 al 20 de agosto, exhibiendo cuatro de sus películas más emblemáticas. Las proyecciones incluyen 'La cenicienta en París', 'Muñequita de lujo', 'La princesa que quería vivir' y 'Sabrina', destacando su impacto en el cine y la moda desde su debut en la década de 1950. Este homenaje celebra el legado de Hepburn como una figura luminosa y auténtica en la historia del cine.

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SALA

LUGONES
TEATRO
SAN MARTÍN

Audrey Hepburn,
un homenaje
En el año del 30° aniversario de su muerte

El Ministerio de Cultura, a través del Complejo Teatral de Buenos Aires, y Fundación Cinemateca
Argentina han organizado un ciclo denominado Audrey Hepburn, un homenaje, que se llevará a
cabo del jueves 17 al domingo 20 de agosto en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín
(Avda. Corrientes 1530). La muestra está integrada por cuatro largometrajes protagonizados por
la gran actriz británica, que se transformó en un fenómeno del cine (y de la moda) a partir de su
debut en la gran pantalla en la década de 1950.

“Nunca vimos a Norma Jane convertirse en Marilyn Monroe: la conocimos después de esa
metamorfosis, con su pelo platinado y su sonrisa enorme. Pero para Audrey Hepburn, cada papel
–desde La princesa que quería vivir a Sabrina– que la condujo a Muñequita de lujo y que luego
continuó hacia Mi bella dama, mostraba su transformación: la mariposa que emergía de la crisálida.
Y, a diferencia de Monroe, a quien siempre se vio transformarse en algo creado para la pantalla,
Audrey Hepburn sólo se reveló como su propio ser luminoso e inmanente”. (Paula Vázquez Prieto,
Hacerse la crítica).

Jueves 17 La cenicienta en París


A las 15 y 21 horas
(Funny Face; EE.UU; 1957)
Sábado 19 Dirección: Stanley Donen.
A las 18 horas Con Audrey Hepburn, Fred Astaire, Kay Thompson.

103’; DM

El fotógrafo de una importante revista de moda necesita encontrar una modelo que se salga de lo habitual. La
casualidad lo lleva a una librería donde, inesperadamente, descubre a Jo Stockton, una tímida dependienta que
reúne todas las cualidades que buscaba.
“La cenicienta en París lleva a cabo, en un último fuego de artificio, la alianza de la innovadora energía de los
musicales MGM con la legendaria elegancia de la productora Paramount. A primera vista, el film parece muy
distinto a los musicales que Stanley Donen había dirigido en la MGM. Pero esa diferencia es más superficial que
profunda. El guion de Leonard Gershe retoma un esquema muy parecido al de Cantando bajo la lluvia (1952):
sátira de un medio profesional frívolo (la moda femenina y sus semanarios), héroe que es una estrella (Astaire
es un célebre fotógrafo de moda como Gene Kelly era en aquélla un célebre actor de cine), heroína ajena a ese
medio, un medio al que desprecia en nombre de más nobles aspiraciones (…) La escena en que Astaire revela y
amplía una foto de Hepburn perdida en el decorado, ‘revelando’ así su belleza, constituye un eco de la escena de
Cantando bajo la lluvia en que la voz de Kathy sustituye a la de Lina en un estudio de doblaje”.(Bertrand
Tavernier, Jean-Pierre Coursodon, 50 años de cine norteamericano).
“Una de las formas más curiosas que adoptó el cine de Hollywood de los 50 para que el público no asociara a
sus estrellas femeninas con una posible actividad sexual consistió en emparejarlas con hombres lo bastante
mayores para ser sus padres. Al ver Sabrina (1954), el público aceptó tácitamente que Audrey Hepburn acabaría
rechazando al apuesto William Holden a favor de Humphrey Bogart, que era treinta años mayor que Hepburn; o
que se relacionara románticamente con Henry Fonda (veinticuatro años mayor) en La guerra y la paz (1956); o con
Fred Astaire (de la misma edad de Bogart) en La cenicienta en París. (…) Audrey con frecuencia despertaba en
el público reacciones románticamente protectoras; sin embargo, era más una frágil figura de escaparate que un
símbolo sexual”. (Donald Spoto, Las damas de Hitchcock).

Jueves 17 Muñequita de lujo


A las 18 horas

Sábado 19 (Breakfast at Tiffany’s; EE.UU; 1961)


Dirección: Blake Edwards.
A las 15 y 21 horas
Con Audrey Hepburn, George Peppard, Patricia Neal.

115’; DM

Holly Golightly es una bella muchacha que, aparentemente, lleva una vida fácil y alegre. Un día se muda a su
mismo edificio Paul Varjak, un apuesto escritor que espera un éxito que nunca llega.
“Los créditos iniciales de la película, con Audrey Hepburn desayunando frente a la vidriera de Tiffany, se convir-
tieron en la metáfora del Hollywood clásico que se extinguía, una vidriera de sueños inaccesibles. Al igual que
El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, la novela Breakfast at Tiffany’s es la historia del sueño americano. La
novela de Truman Capote es sobre el precio que hay que pagar por ese sueño. La película está decidida a ver los
sueños como la respuesta a los deseos. Y, no por casualidad, se necesitó una estrella de cine europea con heren-
cia aristocrática para hacer realidad el sueño americano, porque el sueño americano es, en parte, el sueño de ser
real, de pertenecer, de ser descubierto. Al igual que Holly Golightly y Marilyn Monroe, Jay Gatsby era una farsa,
una farsa que se creía a sí misma. Pero Hepburn era un sueño de autenticidad en lugar de imitación.
Capote sabía que Hepburn no era la Holly que él había escrito, y eso es innegable. Pero su elección es la razón
por la cual la película funciona en sus propios términos y se ha vuelto tan culturalmente distinta de la novela. A
pesar de que se mantiene gran parte de la historia y los diálogos de Capote, es una historia fundamentalmente
diferente porque su tono y estado de ánimo son diferentes. La película es luminosa, está llena de esperanza,
mientras la novela está llena de sombras y terrores. (…) La película está despojada de todo cinismo, cree siempre
en ese corazón honesto que late bajo las capas de maquillaje”. (Paula Vázquez Prieto, Hacerse la crítica).
“A pesar de presentar unos personajes movidos principalmente por la venalidad y el comercio sexual, la película
ilustra la venerable doble moral de Hollywood. Fiestas desmelenadas, borracheras, bailarinas exóticas,
desinhibición sexual y una regia especie de egoísta autonomía aparecen como las principales diversiones de las
clases sofisticadas de Nueva York; sin embargo, al final los dos amantes imponen el decoro (…) Son ellos los que
quedan grabados en nuestra memoria, empapados bajo la lluvia, como si esta fuera un símbolo de la bendición
divina. La escena enterneció a millones de espectadores en 1961 y años después parece conservar la mayor parte
de su fuerza”. (Donald Spoto, Audrey Hepburn: La biografía).

Viernes 18 La princesa
A las 15 y 21 horas
que quería vivir
Domingo 20 (Roman Holiday; EE.UU; 1953)
A las 18 horas
Dirección: William Wyler.
Con Gregory Peck, Audrey Hepburn, Eddie Albert.

118’; DM

Durante una visita a Roma, la princesa de un pequeño país centroeuropeo trata de eludir el protocolo y las obli-
gaciones que implica, escapándose del palacio para visitar la ciudad de incógnito. Así conoce a un periodista
norteamericano, que finge desconocer la identidad de la joven. Audrey Hepburn obtuvo el Oscar a la Mejor Actriz
por La princesa que quería vivir, deliciosa comedia de William Wyler (filmada casi íntegramente en Italia) que la
convirtió de la noche a la mañana en una estrella de cine de primera magnitud.
“En las escenas en que la princesa cumplía con sus obligaciones de la realeza, Audrey se movía con la oportuna
dignidad, mientras que en las demás saltaba, bailaba, se caía al río y daba vueltas por la ciudad con la despreo-
cupación de una adolescente. Es ese retrato equilibrado y lleno de matices, sin un solo gesto o entonación que
chirríen, lo que debe tenerse en cuenta al evaluar esa etapa de la carrera de Audrey Hepburn, porque en cierto
sentido la princesa Ann es la propia Audrey. Como hija de una baronesa, a quien habían inculcado los modales
de la etiqueta europea, y que había conocido tanto la disciplina del ballet como las privaciones de la guerra,
Audrey encontró un alter ego en el personaje de Ann (…) En las siguientes películas de Audrey, los aspectos
complementarios de su carácter fueron definiéndose, el aspecto serio y el juguetón, el entregado y el tenaz, la
joven idealista y adulta que aprende una enseñanza moral. En La princesa que quería vivir, como en sus demás
películas, Audrey no es un ser inmutable. Es una joven cambiante, una ninfa que puede mostrarse aristocrática o
vulgar, altiva o enérgica según el momento”. (Donald Spoto, Audrey Hepburn: La biografía).

Viernes 18 Sabrina
A las 18 horas

Domingo 20 (EE.UU; 1954)


Dirección: Billy Wilder.
A las 15 y 21 horas
Con Humphrey Bogart, Audrey Hepburn,
William Holden.

113’; DM

La joven Sabrina, hija del chofer de los poderosos Larrabee, está enamorada del hijo menor de la familia, que
coquetea con ella por puro entretenimiento. El padre la envía a París, de donde vuelve convertida en una mujer
elegante y seductora que encandila a los dos hermanos Larrabee, tanto al frívolo David como al hermético y
adusto Linus.
“Tras Stalag 17 (1953), Billy Wilder intentó hacer un romance a lo Ernst Lubitsch ubicado en el enrarecido mundo
financiero de Nueva York, y hasta cierto punto lo consiguió. El guion de Sabrina es más afilado y divertido que la
verborrágica obra teatral de Samuel Taylor en la que se basa el film. Al igual que hiciera con Stalag 17,
Wilder tensó la estructura, reforzó los personajes principales y cambió casi todo el diálogo, reescribiéndolo de
un modo más rítmico y vivaz que en la obra de teatro. La banda sonora de la película –adaptada y compuesta por
Frederick Hollander, viejo amigo de Wilder—es deliciosa; y la fotografía de Charles Lang es elegante y alegre, con
unas imágenes tan delicadamente pulidas como crudas habían sido en Cadenas de roca (1951). Audrey Hepburn
está encantadora, William Holden resulta excepcionalmente descarado y optimista. Sabrina contiene algunos
momentos inolvidables, entre los que destaca el primer y espectacular plano de ella sentada en un árbol, aso-
mándose entre las ramas; una luna llena de un tamaño exagerado brilla a sus espaldas y su luz extrae destellos
de las hojas mientras contempla con mirada patética cómo el amor de su vida baila con una joven de risa tonta”.
(Ed Sikov, On Sunset Boulevard: The Life and Times of Billy Wilder).

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