Por su parte, Cafferata (2019) señala que la exigencia de igualdad de las partes en el
proceso penal se basa en la equivalencia de conocimientos jurídicos que debe existir entre
el Ministerio Público y el imputado, por lo que la asistencia de abogado defensor es,
asimismo, irrenunciable. La irrenunciabilidad de la defensa procesal significa que no puede
ser objeto de renuncia por el imputado; este no podría solicitar al juez penal que acepte su
no defensa en el proceso penal.
La defensa es un derecho inalienable de la persona porque es una manifestación de
su libertad; asimismo, constituye una cuestión de orden público, porque la sociedad tiene el
interés de que solo se sancione penalmente al culpable, cuya responsabilidad únicamente
puede determinarse a través de un proceso penal en el que se haya garantizado la defensa
del imputado.
Al ser la defensa derecho inalienable y cuestión de orden público, el encausado no
puede renunciar a ella, la que se le debe garantizar “aun contra su voluntad”, asignándole
un abogado que lo defienda técnicamente en el proceso penal. En los sistemas procesales
penales en los que se establezca que la defensa es irrenunciable, el abogado es
imprescindible; “ningún proceso puede carecer de defensor”.
La defensa es necesaria y obligatoria “aun en contra de la voluntad del imputado”;
si se niega a hacerlo, el Estado debe suministrarle de oficio un defensor oficial que cumpla
con la función de defenderlo.
No basta que la defensa sea necesaria y obligatoria para que la garantía
constitucional cumpla su finalidad en el proceso penal; la defensa tiene que ser efectiva, lo
que significa desarrollar una oposición —respuesta, antítesis o contradicción— a la acción
penal o a la pretensión punitiva. Así, Cafferata (2018) puntualiza que la mera existencia de
defensor suele ser insuficiente por sí sola para garantizar la igualdad de armas en el proceso
penal, pues solamente brinda una “posibilidad formal de igualdad”; el equilibrio de las
partes reclama “una actividad profesional diligente y eficaz del defensor”. Si no hay
defensa eficaz se considera “un abandono implícito de la defensa” que demanda la
sustitución de abogado y provoca la nulidad de los actos procesales efectuados sin defensa.
A su vez, Jauchen (2020) establece claramente que no basta que se dé al imputado
la oportunidad de designar abogado, se exige que en el proceso penal aquel realice una
defensa eficaz: “es imprescindible que el defensor agote pormenorizadamente una razonada
refutación de las pruebas y fundamentos de cargo, tanto desde el punto de vista de hecho
como de derecho”.
Prado (2019) afirma que el requisito de la efectiva asistencia legal no se cumple con
el solo hecho de que la persona cuente con abogado en el proceso penal, se exige que el
abogado realice un asesoramiento legal efectivo.
Por su parte, Moreno (2018) sostiene que el derecho fundamental a la asistencia de
abogado no se puede reducir a una mera designación formal, correspondiendo al juez
adoptar medidas extremas para que en el proceso penal la defensa sea real y efectiva.
La defensa técnica eficaz exige que no se realice ningún acto en el proceso penal,
cuyo objeto pueda incidir en la situación jurídica del imputado, sin la asistencia de abogado
defensor. La defensa eficaz exige que la persona cuente con la “debida y suficiente defensa
técnica” desde el inicio mismo de la persecución penal, ya sea con la formulación de la
imputación o con la detención.
La defensa eficaz exige que no exista “ningún lapso de tiempo por mínimo que sea”
desde la formulación de la imputación, la detención, o el inicio de la persecución penal, sin
que la persona cuente con la asistencia y representación de abogado defensor. La defensa
eficaz no deja de ser una exigencia por la negativa del imputado a designar abogado; ante
tal omisión, rápidamente el juez debe asignar al imputado un defensor de oficio, “quien a su
vez de inmediato debe tomar intervención en la causa y realizar todas las tareas que son
inherentes a la defensa, ésa es su obligación funcional que no puede omitir”.
La defensa eficaz no deja de ser una exigencia por el abandono del abogado; en
caso de que ello sucediera el juez deberá disponer su inmediata sustitución, incluso el
letrado tiene el deber de mantenerse hasta que sea sustituido por otro.
La negligencia, inactividad, la ignorancia de la ley o el descuido del defensor no
justifican el estado de indefensión del imputado en el proceso penal. El deber del Estado de
garantizar el derecho a contar con un defensor técnico no se cumple con el simple
nombramiento o designación de un abogado de oficio o de confianza, este tiene que asistir
al imputado real e idóneamente en la causa penal.
La garantía de los derechos fundamentales se implementa a través del
establecimiento de un conjunto de requisitos para la realización de los actos procesales o se
regulan secuencias entre actos; por ejemplo, para garantizar el derecho a la defensa se exige
que en la declaración instructiva el inculpado sea asistido por un abogado; para la
realización de la pericia se tiene que designar peritos, comunicarlo al inculpado para la
posibilidad de formular cuestión probatoria, la juramentación del perito, la presentación de
la pericia, su puesta a disposición del imputado, el examen del perito con participación del
procesado y su defensor, así como la apreciación por el juez de los argumentos de defensa
que se formulen respecto de la pericia. Los requisitos o las secuencias necesarias previstas
en la ley son las formas procesales, cuando se inobservan por incumplimiento de un
requisito o el rompimiento de una secuencia necesaria, la actividad procesal es inválida o
defectuosa.
La eficacia del régimen de nulidades procesales permite controlar el grado de
funcionamiento de las garantías procesales y por ende el compromiso de la sociedad
organizada en el Estado respecto a los derechos fundamentales de la persona. El
entendimiento de que las formas son las garantías de los derechos fundamentales produjo
una nueva ingeniería procesal, que se orienta —como señala el maestro italiano Ferrajoli
(2020)— a la contención de la violencia y la arbitrariedad del poder penal y que es el
fundamento del sistema de garantías que hoy debe constituir el proceso penal. El examen
dogmático jurídico del artículo 298 del Código de Procedimientos Penales y su
sistematización con las normas procesales penales constitucionales (en las que se incluyen
las contenidas en los tratados internacionales en materia de derechos humanos), permite
establecer el fundamento y los elementos de la nulidad procesal.
Como el estado de anormalidad del acto procesal, originado en la carencia de
algunos de sus elementos constitutivos, o en vicios existentes que potencialmente lo coloca
en situación de ser declarado judicialmente inválido. Prado (2020), establece correctamente
que en el proceso penal las nulidades procesales tienen un doble fundamento constitucional:
la garantía del debido proceso y la garantía de la defensa procesal.
Actualmente se ha perfeccionado la finalidad de la institución de la nulidad
procesal; ya no se trata de una sanción al incumplimiento de normas procesales, sino de un
mecanismo de protección de la persona frente a la violación de sus derechos fundamentales
que la Constitución y los tratados sobre derechos humanos le garantizan en el proceso
judicial.
El fundamento constitucional de la nulidad procesal constituye el criterio que
determina cuándo la infracción de una forma procesal deberá provocar la invalidez del acto
procesal.
El fundamento constitucional de la nulidad procesal permite, asimismo, diferenciar
las nulidades procesales absolutas de las relativas. Si la forma procesal violada ha sido
establecida con la finalidad de hacer efectiva una garantía constitucional de la persona
sometida a proceso penal, el acto procesal anormal provoca una nulidad procesal absoluta.
Las formas procesales cuya inobservancia genera la nulidad absoluta son las que
guardan relación directa con las disposiciones constitucionales que ponen límites al poder
punitivo estatal o que reconocen al justiciable derecho en el proceso penal; por ejemplo, las
reglas de la prohibición de la persecución penal múltiple, o de la prohibición de la
reformatio in peius.
Si la forma procesal inobservada no guarda relación directa con una garantía
constitucional del imputado provoca solamente una nulidad procesal relativa, por ejemplo
la exigencia de numerar las resoluciones judiciales, su omisión no provoca per se la
declaración de invalidez de la resolución judicial.
Las nulidades procesales absolutas producen el deber del órgano jurisdiccional de
declarar la invalidez del acto procesal. En cambio, las nulidades procesales relativas no lo
producen, pues la declaración de invalidez depende de la solicitud del justiciable afectado y
la no posibilidad de aplicar ninguno de los filtros de la nulidad procesal. En el caso de las
nulidades relativas la declaración de invalidez del acto procesal dependerá de su petición
por alguna de las partes del proceso y la verificación de la no aplicación de ninguno de los
principios que constituyen los filtros de las nulidades procesales; así, por ejemplo, el
principio de convalidación determina que si la nulidad relativa no es cuestionada por el
afectado en la primera oportunidad procesal posterior a su realización, la infracción de la
forma procesal queda convalidada y el acto procesal surte efectos.
Jauchen (2019) precisa que la garantía de la defensa procesal exige que los actos de
defensa técnica tengan como forma imperativa la necesariedad, obligatoriedad, realización
efectiva y crítica oposición a la pretensión punitiva o a la tesis acusadora. “Toda defensa
que no se consume bajo esos parámetros viola la garantía en cuestión y con ello el debido
proceso legal, lo cual debe conducir en tal caso, a la nulificación del proceso” (p. 84).
La falta de abogado que defienda eficazmente al imputado determina la “nulidad
genérica y absoluta” del proceso penal por la vulneración de la garantía constitucional de la
defensa procesal. Sagüés (2020) señala que el principio de defensa eficaz provoca la
“nulificación de la gestión inapta” de los defensores, por lo que los tribunales deben
realizar “un cierto control de calidad” de la actuación de los abogados con el fin de prevenir
la declaración de nulidad que necesariamente se derivaría de no efectuarse una defensa
adecuada del imputado en el proceso penal.
Bernal y Montealegre (2020) señalan que hay nulidad del proceso penal por
quebrantamiento del derecho a la defensa cuando se comprueba que el abogado, sea de
confianza u oficio, actuó negligentemente por presentar una defensa inadecuada a la que
exigía el enfrentamiento de la imputación. De acuerdo con este criterio es evidente la
nulidad de la instrucción, ya no por defensa deficiente, sino por ausencia de esta.
Velásquez (2018), basado en la doctrina de la Sala de Casación Penal de la Corte
Suprema de Justicia colombiana, afirma que la total inactividad del abogado defensor
significa el no ejercicio del derecho a la defensa del imputado, la ausencia de la garantía de
la defensa procesal y por tanto la “nulitación” (nulidad) del proceso penal. El Tribunal
Constitucional de Bolivia, en la sentencia I777/2004-R del 16 de noviembre del 2004,
emitida en el proceso de hábeas corpus que promovió William Herrera Paz contra la justicia
militar, estableció que la “negligencia del defensor” produce un estado de indefensión y por
ende la nulidad del proceso penal.
CONCLUSIONES
1. El investigado al no contar con un abogado defensor especializado en técnicas de
litigación oral en el Nuevo Código Procesal Penal, se afecta gravemente el derecho
constitucional del derecho a la defensa toda vez que este pierda la ocasión de rebatir
y ofrecer medios de prueba que demuestren su inocencia o atenúen su
responsabilidad.
2. El debido proceso penal, tiene su reconocimiento no solo a nivel constitucional, sino
que la Corte Interamericana de Derechos Humanos también lo ha señalado así
indicando que es garantía de un debido proceso el contar con una defensa técnica
especializada.
3. En más de una ocasión muchas audiencias y sentencias han sido declaradas nulas
por el superior en grado, por no contar el investigado con una defensa técnica
especializada.
RECOMENDACIONES
1. Se exhorte al Ministerio de Justicia que al momento de designar abogados para casos
penales sean estos con amplio conocimiento del nuevo modelo procesal penal, lo cual
deberán acreditar con estudios de posgrado, diplomados y certámenes académicos en
dicha materia.
2. Se exhorte a los jueces penales a través del Presidente del Poder Judicial de cada
Corte Superior que cuando adviertan una defensa penal ineficaz, sea puesto en
conocimiento público a fin de que se pueda corregir dicho hecho y de ser el caso el
reemplazo del defensor público.
3. Se recomienda que los Jueces penales, pongan en conocimiento del coordinador del
Ministerio de Justicia y Derechos Humanos cuando estén frente a un supuesto en que
la defensa del investigado a todas luces resulta ineficaz ello a fin de no vulnerar el
derecho del investigo a tener una defensa técnica especializada.
El derecho a la defensa es un derecho fundamental de naturaleza procesal que según
Espinoza (2020) forma parte de las garantías del debido proceso y, en ese sentido, “se le
concibe de dos maneras: como principio de interdicción para afrontar cualquier
indefensión; y como principio de contradicción de los actos procesales que pudieran
repercutir en la situación jurídica de algunas partes, sea en un proceso o procedimiento, o
en el caso de un tercero con interés” (p. 90).
El derecho a defenderse está con el imputado desde que es sometido a investigación
y hasta la culminación del proceso. También sostiene que el derecho a la defensa tiene base
constitucional y supranacional, pues al detenido no se le puede privar del derecho de
defensa en ningún estado del proceso y se le tiene que informar “inmediatamente” y por
escrito de la causa o razones de su detención.
Al respecto, el maestro Binder (2020) explica que el derecho a la defensa “cumple en
el proceso penal una función especial, pues no solo actúa junto al resto de garantías
procesales, sino que es la garantía que torna operativa a todas las demás, de allí que la
garantía de la defensa no pueda ser puesta en el mismo plano que las otras garantías
procesales” (p. 111).
La primera consecuencia del reconocimiento constitucional del derecho de defensa
como derecho fundamental, es su garantía a la persona no solo desde que se formula la
acusación, sino desde el instante en que surge la imputación criminal contra una persona,
esto es, desde el procedimiento preliminar, y a lo largo de todas las actuaciones procesales
En ese contexto, el derecho de defensa está presente desde el inicio de las
investigaciones preliminares hasta su culminación —condena o absolución—, pues bien,
nos afirma Cafferata (2020) que “el derecho a la defensa debe ser reconocida desde el
primer momento de la persecución penal” (p. 11); consecuentemente, el derecho de defensa
nace con la imputación.
Atendiendo a lo anteriormente señalado, el derecho a la defensa es de carácter
procesal, en tal sentido, su contenido es muy bien explicado por César Nakazaki7, el cual
refiere que tiene un contenido positivo y otro negativo.
En cuanto al contenido positivo se tiene que:
- La defensa garantiza la posibilidad de la persona de intervenir en todos los procesos en
que se ventilen cuestiones concernientes a sus intereses.
- La defensa asegura a las partes la posibilidad de formular sus alegaciones.
- La defensa garantiza a las partes la posibilidad de contradecir.
- La defensa asegura que la persona a la que pueda afectar el resultado del proceso, tome
conocimiento de su existencia.
- La defensa garantiza a las partes la posibilidad de probar sus alegaciones.
- La defensa garantiza a las partes que sus alegaciones y pruebas sean valoradas en la
sentencia.
En cuanto al contenido negativo, esta debe denotar la prohibición de la indefensión,
pues como bien ejemplifica Carocca (2020), “el contenido negativo de la garantía de
defensa exige que el órgano jurisdiccional controle que el abogado designado como
defensor en el proceso penal efectivamente realice la defensa técnica y que esta sobrepase
determinados mínimos” (p. 19).
Existen dos formas de realización de la defensa9, las cuales explicaremos a
continuación.
a) La defensa material o autodefensa:
San Martín (2019) considera que “la defensa material es parte del derecho a la
defensa, conjuntamente con la defensa técnica, en tanto consiste en el derecho del
imputado a realizar su propia defensa, contestando la imputación, negándola,
manteniéndose en silencio o allanándose a la pretensión punitiva del Ministerio Publico”
(p. 88).
Se puede afirmar que la autodefensa es el ejercicio o amparo propio del imputado
consistente en expresar y argumentar sus alegatos defensivos, respecto a la imputación
del fiscal, dentro de un proceso penal.
b) La defensa técnica:
Es la realizada por los abogados que cumplen dentro del proceso penal la función
técnico-jurídica de defensa de las partes con la finalidad de promover la garantía de sus
derechos.
De acuerdo a lo señalado por Gonzáles (2020), este tipo de defensa es la que “se
ejercita por un profesional en el derecho que, completando las limitaciones del
imputado, formula alegatos, intervienen en los interrogatorios y hace las observaciones
que considere pertinente” (p. 74).
Por lo antes señalado, la defensa técnica es una exigencia irrestricta e
irrenunciable. El profesor Jauchen (2019) la explica de la siguiente manera: “la defensa
técnica es una exigencia necesaria en el proceso penal, consiste en la actividad que
realiza el abogado para asesorar técnicamente al imputado sobre sus derechos u deberes;
controlar la legalidad del procedimiento; el control crítico de la producción de pruebas
de cargo y de descargo; la exposición crítica de los fundamentos y pruebas de cargo
desde el doble enfoque de hecho y de derecho, o recurrir las resoluciones judiciales” (p.
79).
El derecho de defensa es eficaz, en tanto garantiza una diversidad de derechos
del imputado. En efecto, consiste en salvaguardar los derechos del imputado (en un caso
penal) con las diversas técnicas jurídico-procesales que la ley procesal penal determina;
así también, su eficacia debe radicar en garantizar la carga argumentativa a favor de los
intereses del imputado, el conocimiento técnico-jurídico del proceso penal, la
interposición de recursos en favor de los derechos del imputado, así como la
fundamentación de los recursos interpuestos en el plazo establecido en la ley.
Respecto a la defensa eficaz, se puede señalar lo siguiente: debe ser una
[garantía] que corresponde a todos los particulares y que deba hacer valer intereses
jurídicos, de modo tal que deba introducir pruebas para confirmar su inocencia o
acreditar circunstancias de menor responsabilidad contradecir el fundamento de las
pretensiones dirigidas en su contra: discusión, realizar informes,
formular]interrogatorios a testigos y peritos, así como el análisis y los méritos
correspondientes.
La defensa técnica es la realizada por los abogados que cumplen dentro del
proceso penal la función técnico-jurídica de defensa de las partes con la finalidad de
promover la garantía de sus derechos.
La defensa tal como se presenta no basta con que sea necesaria y obligatoria, sino
que esta para que cumpla su cometido —de garantía— debe ser (valga la redundancia)
eficaz, es decir, efectiva, diligente, con preparación técnico-jurídico y sobre todo debe
ser real, proscribiendo de este modo un mero formalismo procesal.
En tanto la indefensión, según afirma Carocca (2020), es el efecto producido por
la violación de la defensa procesal, “consiste en la indebida restricción o impedimento a
las personas de participar efectivamente y en pie de igualdad en cualquier proceso en
que se traten cuestiones que les afecten, realizando actos de postulación, prueba y
alegación, que permitan al juzgador decidir de forma legal, racional y justa” (p. 14).
El estado de indefensión es un hecho que involucra tanto un actuar como un
omitir de la defensa técnica dentro del proceso —que implica también actos de
investigación—, siendo esta estática, negligente e inactiva, dando paso a la
desprotección en este caso del asistido o patrocinado que está siendo investigado o
procesado penalmente; en consecuencia, esa defensa solamente está cumpliendo con un
formalismo procesal, que es entendido como la sola presencia o apariencia de
representación en el proceso de un defensor (abogado).
La defensa tal como se presenta no basta con que sea necesaria y obligatoria, sino
que esta para que cumpla su cometido —de garantía— debe ser (valga la redundancia)
eficaz, es decir, efectiva, diligente, con preparación técnico-jurídico y sobre todo debe
ser real, proscribiendo de este modo un mero formalismo procesal.
Entonces, la falta de conocimientos jurídicos y técnicos (destrezas o métodos de
litigio) en el defensor daría como resultado una defensa en apariencia, es decir, una
“defensa para la formalidad” o una defensa inidónea; el cual a todas luces involucra o
equivaldría a no tener una defensa técnica en el proceso. Ahora bien, de acuerdo a lo
reseñado en la casación en mención, es el juez quien debe advertir si el abogado
defensor del imputado no ejerce una defensa adecuada y mínima, pues, el juez es el
encargado de garantizar la plena vigencia de los derechos de las partes —en este caso
del imputado—, más aún si el abogado defensor debe procurar velar de los derechos e
intereses de su patrocinado.
SENTENCIA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL
En Lima, a 1 de diciembre de 2014, el Pleno del Tribunal Constitucional, integrado por los
señores magistrados Urviola Hani, Miranda Canales, Sardón de Taboada, Ledesma Narváez
y Espinosa-Saldaña Barrera, pronuncia la siguiente sentencia, sin la participación de los
magistrados Blume Fortini y Ramos Núñez por encontrarse con licencia.
ASUNTO
Recurso de agravio constitucional interpuesto por don Carlos Alberto Valencia Guerra
contra la resolución de fojas 889, de fecha 29 de mayo de 2013, expedida por la Tercera
Sala Penal para Procesos con Reos en Cárcel de la Corte Superior de Justicia de Lima, que
declaró improcedente la demanda de autos.
ANTECEDENTES
Con fecha 11 de octubre de 2011, don Carlos Alberto Valencia Guerra interpone demanda
de hábeas corpus a favor de don Carlos Enrique Valencia Vértiz y la dirige contra el fiscal
de la Primera FiscalÍa Suprema en lo Penal, don José Antonio Peláez Bardales; los jueces
de la Sala Penal Transitoria de la Corte Superior de Justicia de Tacna, señores Armaza
Galdós, Cáceres Valencia, Áyca Rejas, Arteta Castillo, Vicente Aguilar, Juárez Ticona, De
Amat Peralta, Laura Escalante, Limache Ninaja y RodrÍguez Luna; y los jueces de la Sala
Penal Transitoria de la Corte Suprema de Justicia de la República, señores Lecaros
Cornejo, Prado Saldarriaga, Barrios Alvarado, PrÍncipe Trujillo y Villa Bonilla.
El ahora recurrente busca con esta demanda que se declare nulo: i) el dictamen fiscal 378-
2011, y nulas: ii) la resolución de fecha 11 de mayo de 2005, que ordena el archivo
provisional del proceso respecto del inculpado Carlos Enrique Valencia Bertis; iii) la
resolución de fecha 28 de marzo de 2007, que dispone el desarchivamiento del proceso
respecto del imputado Carlos Enrique Valencia Vértiz, ordenando su ubicación y captura;
iv) la resolución de fecha 3 de agosto de 2009 que ordena el internamiento del favorecido
Carlos Enrique Valencia Vértiz en el Establecimiento Penitenciario de Pocollay-Tacna; v)
la sentencia de fecha 9 de diciembre de 2010, por la que se condena a Carlos Enrique
Valencia Vértiz por el delito de tráfico ilÍcito de drogas agravado a 15 años de pena
privativa de la libertad; y, iv) la ejecutoria suprema de fecha 31 de mayo de 2011, que
declara no haber nulidad en la sentencia recurrida. Alega la vulneración de los derechos al
debido proceso, de defensa y a la libertad personal.
El recurrente señala que los magistrados Armaza Galdós, Cáceres Valencia y Áyca Rejas,
mediante resolución de fecha 11 de mayo de 2005, dispusieron el archivo provisional del
proceso penal respecto de Carlos Enrique Valencia Bertis, dejando sin efecto las
requisitorias dispuestas en su contra, con el argumento de que no se ha podido
individualizar al procesado y que tal deficiencia subsiste desde la investigación policial y la
instrucción, contraviniendo asÍ las normas procesales, toda vez que ya existÍa una
acusación fiscal.
El demandante enfatiza que en la investigación policial, en la denuncia fiscal y en la
instrucción, la persona procesada era Carlos Enrique Valencia Bertis, y no Carlos Enrique
Valencia Vértiz, y que, sin embargo, sin que se haya realizado la diligencia de
reconocimiento fotográfico para identificar a dicho procesado (Carlos Enrique Valencia
Bertis), los magistrados Armaza Galdós, Cáceres Valencia y Arteta Castillo, mediante
resolución de fecha 28 de marzo de 2007, dispusieron el desarchivamiento del proceso
penal respecto de Carlos Enrique Valencia Vértiz, ordenando su ubicación y captura.
Asimismo, señala que los magistrados Vicente Aguilar, Juárez Ticona y De Amat Peralta,
mediante resolución de fecha 3 de agosto de 2009, ordenaron el internamiento del
favorecido Carlos Enrique Valencia Vértiz en el Establecimiento Penitenciario de Pocollay-
Tacna, sin que exista resolución judicial, pues únicamente existÍa mandato de detención
contra Carlos Enrique Valencia Bertis.
De otro lado, también manifiesta que los magistrados Laura Escalante, Limache Ninaja y
RodrÍguez Valencia, mediante sentencia de fecha 9 de diciembre de 2010, condenaron al
favorecido Carlos Enrique Valencia Vértiz por el delito de tráfico ilÍcito de drogas
agravado a 15 años de pena privativa de la libertad, sin que se haya expedido una denuncia
fiscal ampliatoria o auto ampliatorio de instrucción en su contra, pues el proceso penal se
inició contra otra persona (Carlos Enrique Valencia Bertis). Asimismo, señala que la Sala
Penal Transitoria de la Corte Suprema, mediante sentencia de fecha 31 de mayo de 2011,
declaró no haber nulidad en la sentencia recurrida, con lo cual los magistrados supremos
demandados han avalado la vulneración de los derechos invocados. Por último, alega que el
recurso de nulidad fue resuelto sin que previamente se hubiera emitido pronunciamiento
sobre el pedido de dejar sin efecto la vista de la causa, toda vez que fiscal supremo también
opinó por el delito de robo agravado, el mismo que no fue materia de acusación fiscal.
Asimismo, el recurrente denuncia que no se le designó abogado defensor al favorecido
Carlos Enrique Valencia Vértiz.
Investigación sumaria
El Procurador Público del Poder Judicial solicita que la demanda sea declarada
improcedente porque el favorecido Carlos Enrique Valencia Vértiz pudo ejercer, en su
debido momento, sus argumentos de defensa dentro del proceso penal.
El Procurador Público del Ministerio Público solicita que la demanda sea declarada
improcedente, porque el dictamen fiscal cuestionado no ha vulnerado el derecho a la
libertad personal del favorecido.
El demandante Carlos Alberto Valencia Guerra se ratificó en todos los extremos de su
demanda (fojas 207). Al rendir su declaración, el favorecido manifiesta que el fiscal debió
agotar todos los medios para individualizar al presunto responsable y que ha sido procesado
sin la posibilidad de contratar a un abogado de su libre elección (fojas 430). Añade que en
el proceso penal ha demostrado su inocencia y que es una persona honorable.
Los magistrados Arteta Castillo, Armaza Galdós, Limache Ninaja, Áyca Rejas, RodrÍguez
Luna y Vicente Aguilar refieren que se emitió la resolución de archivo del proceso penal
cuando ya habÍa culminado el juicio contra los otros procesados que fueron condenados por
el delito de tráfico ilÍcito de drogas y en el cual el beneficiario fue declarado reo ausente y
se dispuso la plena identificación del procesado. Asimismo, señalan que el
desarchivamiento del proceso no vulnera ningún derecho y que el favorecido contó con un
abogado de su elección durante todo el juzgamiento; además, según la propia versión del
favorecido en los debates orales, se advierte que conocÍa a algunas de las personas que ya
estaban sentenciadas (fojas 417, 418, 420, 427, 429, 432).
Los magistrados supremos demandados sostienen que el pedido para dejar sin efecto la
vista de la causa fue presentado después de resolver el recurso de nulidad. También
manifiestan que el recurrente plantea el reexamen de la valoración probatoria, invocando
argumentos de irresponsabilidad penal, y que lo que ocurrió en el proceso penal fue que se
presentó un error material respecto del apellido materno del favorecido, lo que no afectó su
derecho de defensa más aún cuando en el proceso penal no se invocó la equivocada
individualización del procesado, sino la falta de responsabilidad en los hechos imputados
(fojas 191, 192, 195, 197 y 213).
Resolución de primer grado
El Décimo Juzgado Penal de Lima, con fecha 18 de enero de 2013, declaró improcedente la
demanda respecto a los magistrados superiores Armaza Galdós, Cáceres Valencia, Áyca
Rejas, Arteta Castillo, Vicente Aguilar, Juárez Ticona y De Amat Peralta, asÍ como contra
el fiscal supremo Peláez Bardales por considerar que sus actuaciones no tuvieron incidencia
negativa en el derecho a la libertad personal del favorecido; e infundada la demanda
respecto de los magistrados superiores Laura Escalante, Limache Ninaja y RodrÍguez Luna
y de los magistrados supremos demandados, porque en la sentencia condenatoria
cuestionada se cumplió con identificar al imputado, ahora favorecido, Carlos Enrique
Valencia Vértiz, y se aprecian los fundamentos respecto a la conducta concreta que se le
imputó. Asimismo, porque en mérito a que en la sentencia de la Corte Suprema también se
individualizó al imputado. Concluye que lo que se pretende es el reexamen de la condena.
Resolución de segundo grado
La Tercera Sala Penal para Procesos con Reos en Cárcel de la Corte Superior de Justicia de
Lima confirmó la sentencia apelada en el extremo que declaró improcedente la demanda, y
la revocó en el extremo que la declaró infundada para, reformándola, declararla también
improcedente en ese extremo, por considerar que la pretensión del recurrente se sustenta en
alegatos referidos a la supuesta irresponsabilidad penal del favorecido, la valoración de los
medios probatorios y la apreciación de los hechos penales. Además, señaló que, revisadas
las sentencias cuestionadas, se aprecia que ambas exponen los motivos que determinaron la
vinculación del favorecido con el delito imputado, asÍ como su responsabilidad penal.
A fojas 38 del cuaderno de este Tribunal Constitucional, se aprecia que el demandante ha
formulado el desistimiento de la demanda, con firma legalizada del favorecido ante el
Director del Establecimiento Penitenciario de Tacna, Gregorio Tacuri Galindo, en el
extremo en que solicita se deje sin efecto el dictamen fiscal 378-2011, emitido por el fiscal
de la Primera FiscalÍa Suprema en lo Penal, don José Antonio Peláez Bardales, por lo que,
corresponde emitir pronunciamiento solo en el extremo en el que la demanda se refiere a
los jueces demandados.
FUNDAMENTOS
Delimitación del petitorio
1. El objeto de la demanda de autos es que se deje sin efecto: i) la resolución de fecha 11 de
mayo de 2005, que ordena el archivo provisional del proceso respecto del inculpado Carlos
Enrique Valencia Bertis; ii) la resolución de fecha 28 de marzo de 2007, que dispone el
desarchivamiento del proceso respecto del imputado Carlos Enrique Valencia Vértiz,
ordenando su ubicación y captura; iii) la resolución de fecha 3 de agosto de 2009, que
ordena el internamiento del favorecido Carlos Enrique Valencia Vértiz en el
Establecimiento Penitenciario de Pocollay-Tacna; iv) la sentencia de fecha 9 de diciembre
de 2010, por la que se condena a Carlos Enrique Valencia Vértiz por el delito de tráfico
ilÍcito de drogas agravado a 15 años de pena privativa de la libertad; y, v) la ejecutoria
suprema de fecha 31 de mayo de 2011, que declara no haber nulidad en la sentencia
recurrida. Alega la vulneración de los derechos al debido proceso, de defensa y a la libertad
personal.
Consideraciones previas
2. La Constitución establece en su artÍculo 200, inciso 1, que a través del hábeas corpus se
protege la libertad individual o los derechos conexos a ella. No obstante, no cualquier
reclamo por una presunta afectación del derecho a la libertad personal o los derechos
conexos puede reputarse efectivamente como tal y merecer tutela, pues para ello es
necesario analizar previamente si los actos denunciados afectan o no el contenido
constitucionalmente protegido de los derechos tutelados por el hábeas corpus. AsÍ pues, en
relación al derecho al debido proceso, este Tribunal tiene dicho que este derecho puede ser
tutelado a través del proceso de hábeas corpus, siempre que la presunta amenaza o
violación al derecho constitucional conexo constituya también una afectación directa y
concreta en el derecho a la libertad personal.
3. En el caso de autos, este Tribunal Constitucional advierte que la resolución de fecha 11
de mayo de 2005, que ordena el archivo provisional del proceso respecto del inculpado
Carlos Enrique Valencia Bertis (fojas 672), y la resolución de fecha 28 de marzo de 2007,
que dispone el desarchivamiento del proceso respecto del imputado Carlos Enrique
Valencia Vértiz (fojas 237), no tienen ninguna incidencia negativa en el derecho a la
libertad personal del favorecido. Al no estar por ello los hechos de la demanda relacionados
con el contenido constitucionalmente protegido del derecho a la libertad personal, en
aplicación del artÍculo 5, inciso 1, del Código Procesal Constitucional, la demanda en este
extremo debe ser declarada improcedente.
4. De otro lado, el artÍculo 5, inciso 5, del Código Procesal Constitucional señala que no
proceden los procesos constitucionales cuando “A la presentación de la demanda ha cesado
la amenaza o violación de un derecho constitucional o se ha convertido en irreparable”.
Esta disposición legal resulta aplicable al caso de autos, en cuanto se refiere a la resolución
de fecha 28 de marzo de 2007, que dispone cursar los oficios para la ubicación y captura de
Carlos Enrique Valencia Vértiz (fojas 237); y a la resolución de fecha 3 de agosto de 2009,
que dispone su internamiento en el Establecimiento Penitenciario de Pocollay (fojas 239),
pues a la fecha el favorecido cumple la condena de 15 años de pena privativa de la libertad
por el delito de tráfico ilÍcito de drogas agravado impuesta mediante sentencia de fecha 9
de diciembre de 2010 (fojas 252), que fue confirmada por sentencia de fecha 31 de mayo de
2011 (fojas 268). En mérito a lo expuesto, también en este extremo la demanda debe ser
declarada improcedente.
5. En relación a los cuestionamientos referidos a cómo se realizó la individualización del
procesado; la no realización de la diligencia de reconocimiento fotográfico; y que se haya
expedido la sentencia de fecha 31 de mayo de 2011 sin haber absuelto el escrito de fecha 8
de junio de 2011, por el que la defensa de don Carlos Enrique Valencia Vértiz solicitó dejar
sin efecto la vista de la causa (fojas 7), este tribunal considera que constituyen incidencias
de naturaleza procesal propias del proceso penal que tampoco merecen ser analizadas a
través del proceso de hábeas corpus, en la medida en que por sÍ mismas no tienen una
incidencia negativa en el derecho a la libertad personal del favorecido.
6. Por lo demás, este tribunal advierte que el asunto referido a la deficiencia en la
individualización del procesado o a la falta de reconocimiento fotográfico no fue objeto de
cuestionamiento en el proceso penal, pues, según se desprende del escrito conclusiones
(fojas 242) y escrito de fundamentación del recurso de nulidad (fojas 458), en aquel la
defensa estuvo centrada básicamente en señalar la falta de medios de pruebas que acrediten
su responsabilidad en los hechos imputados, o en resaltar la existencia de duda sobre su
responsabilidad en los mismos.
7. A partir de ello, este Tribunal concluye que, con el argumento de la supuesta deficiencia
en la individualización del procesado, en realidad se viene a invocar argumentos de falta de
responsabilidad penal, la que ya ha sido determinada por los jueces superiores y supremos
según se aprecia básicamente de los fundamentos 13 a 16 de la sentencia, de fecha 9 de
diciembre de 2010 (fojas 252), y de los considerandos 6 al 10 de la sentencia de fecha 31 de
mayo de 2011 (fojas 268), respecto de los cuales el juez constitucional carece de
competencia para emitir pronunciamiento, por lo que, en aplicación del artÍculo 5, inciso 1,
del Código Procesal Constitucional, la demanda en este extremo también debe ser
declarada improcedente.
Sobre la afectación del derecho de defensa
8. La Constitución reconoce el derecho de defensa en su artÍculo 139, inciso 14, en virtud
del cual se garantiza que los justiciables, en la protección de sus derechos y obligaciones,
cualquiera que sea su naturaleza (civil, mercantil, penal, laboral, etc.), no queden en estado
de indefensión. El contenido constitucionalmente protegido del derecho de defensa queda
afectado cuando, en el seno de un proceso judicial, cualquiera de las partes resulta
impedida, por concretos actos de los órganos judiciales, de ejercer los medios necesarios,
suficientes y eficaces para defender sus derechos e intereses legÍtimos. Sin embargo, no
cualquier imposibilidad de ejercer esos medios produce un estado de indefensión que atenta
contra el contenido constitucionalmente protegido de dicho derecho, sino que es
constitucionalmente relevante cuando se genera una indebida y arbitraria actuación del
órgano que investiga o juzga al individuo (Exp. N.º 0582-2006-PA/TC; Exp.
N.º 5175-2007-HC/TC, entre otros).
9. Asimismo, cabe recordar que este Tribunal Constitucional, en reiterada y constante
jurisprudencia, ha señalado que el derecho a la defensa comporta, en estricto, el derecho a
no quedar en estado de indefensión en cualquier etapa del proceso penal. Tal derecho tiene
una doble dimensión: una material, referida al derecho del imputado o demandado de
ejercer su propia defensa desde el mismo instante en que toma conocimiento de que se le
atribuye la comisión de determinado hecho delictivo; y otra formal, que supone el derecho
a una defensa técnica, esto es, al asesoramiento y patrocinio de un abogado defensor
durante todo el tiempo que dure el proceso.
10. En el caso de autos, el juez superior Limache Ninaja ha manifestado que el favorecido
contó con un abogado de su elección durante el juzgamiento (fojas 420), lo cual no ha sido
desvirtuado por el demandante. De otro lado, a fojas 242 obra el documento denominado
“Conclusiones del Abogado Defensor”, que fuera presentado por el abogado Rubén
Huamán Quispe a favor de don Carlos Enrique Valencia Vértiz. Asimismo, a fojas 458 obra
el escrito de “Fundamentación del recurso de nulidad”, presentado también por el abogado
Rubén Huamán Quispe a favor de don Carlos Enrique Valencia Vértiz. El mismo letrado,
con fecha 8 de junio de 2011, presentó un escrito mediante el cual solicitó se deje sin efecto
la vista de la causa ante la Sala Suprema (fojas 326). Bien puede, entonces, apreciarse que
el favorecido contó con un abogado defensor. Además, cabe anotar que, según se aprecia a
fojas 13 de autos, la presente demanda de hábeas corpus se encuentra firmada por el mismo
abogado, don Rubén Huamán Quispe.
11. Por lo expuesto, este Tribunal considera que en el presente caso no se ha violado el
derecho de defensa (art. 139, inciso 14, de la Constitución PolÍtica del Perú), por lo que la
demanda, también en este extremo, debe ser declarada infundada.
Por estos fundamentos, el Tribunal Constitucional, con la autoridad que le confiere la
Constitución PolÍtica del Perú
HA RESUELTO
1. Declarar IMPROCEDENTE la demanda conforme a lo señalado en el acápite de las
consideraciones previas; y,
2. Declarar INFUNDADA la demanda al no haberse producido la afectación del derecho de
defensa.
PublÍquese y notifÍquese.
S.S.
URVIOLA HANI / MIRANDA CANALES / SARDÓN DE TABOADA / LEDESMA
NARVÁEZ / ESPINOSA-SALDAÑA BARRERA