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Ensayo

El ensayo analiza la relación entre el racismo estructural y el conflicto armado colombiano, destacando cómo las identidades raciales influyen en la experiencia de la guerra y el desplazamiento. Se cuestiona el discurso del mestizaje y se argumenta que la blanquitud está asociada al poder político, perpetuando desigualdades raciales en el contexto del capitalismo. Además, se examinan las dinámicas de acumulación de riqueza y el impacto del racismo en la violencia y la exclusión de comunidades afrocolombianas e indígenas en el conflicto.
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Ensayo

El ensayo analiza la relación entre el racismo estructural y el conflicto armado colombiano, destacando cómo las identidades raciales influyen en la experiencia de la guerra y el desplazamiento. Se cuestiona el discurso del mestizaje y se argumenta que la blanquitud está asociada al poder político, perpetuando desigualdades raciales en el contexto del capitalismo. Además, se examinan las dinámicas de acumulación de riqueza y el impacto del racismo en la violencia y la exclusión de comunidades afrocolombianas e indígenas en el conflicto.
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Universidad Nacional de Colombia

Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales


Seminario Conflicto armado, proceso de paz e implementación del acuerdo
2024-2
Paula Andrea Amado Triana

Ensayo de argumentación
Racismo y conflicto armado colombiano: ¿Qué cuerpos padecen la guerra?

Introducción

El presente ensayo busca problematizar el concepto moderno de raza para ahondar en la


estrecha relación entre el racismo estructural y el conflicto armado colombiano, la pregunta
por ubicar las corporalidades de quienes han padecido los horrores del conflicto en relación
con las violencias racistas es relevante para entender el continuo colonial en el sistema
capitalista desigual que ha cosechado como suma a las causas del conflicto, el racismo debe
analizarse como una continuidad colonial para añadir otra arista del análisis al conflicto
armado. ¿Qué cuerpos van a la guerra? ¿Qué cuerpos son desplazados de su territorio? Esto
puede ser respondido al analizar la dinámica de territorialización de los pueblos étnicos, pues
el análisis marxista puede quedar corto si sólo entendemos el conflicto armado sólo en causas
de lucha de clases y excluimos la variable raza como un componente de sus causas.

Para ello, es importante en un primer momento cuestionar el discurso ficcional del mestizaje
que ha construido el Estado-nación. La guerra sí tiene colores, sexos y clases diferentes. Todo
ello se ve en los diversos análisis a las víctimas que la guerra ha dejado, esta es la realidad.
En un segundo momento se quiere puntualizar las cuestiones discursivas y materiales de
Conflictividad propia de la división social racial desigual para entender el conflicto
armado.En un tercer momento se busca entender la dinámica de acumulación capitalista
analizando las reivindicaciones propias de lo pueblos indígenas en sus reivindicaciones por la
tenencia desigual de la tierra, y analizando particularmente el caso de la guerrilla Indigena
Quintin Lame (MAQL). En un cuarto espacio, reconocemos los avances en términos de
justicia que tuvo el reconocimiento del racismo estructural y las acciones afirmativas para
combatir estas causas estructurales del racismo y adicionalmente se ejemplificó mediante el
Macro caso 03 sub caso costa caribe, como la Justicia Especial para la paz ha llevado
procesos de justicia con enfoques diferenciales y en reconocimiento del racismo en casos
puntuales de violaciones de DDHH en el conflicto armado.

Se hizo la revisión de la bibliografía propuesta en el curso y de los tomos de la comisión de la


verdad en su capitulo etnico: “ Resistir no es aguantar”, para analizar la visión de los pueblos
negros, pueblos indigenas y las diferentes experiencias territorializadas en las geografias
dónde las confrontaciones armadas sucedieron.
La ficción del mestizaje en la desigualdad racial de la guerra en Colombia.

Para iniciar esta reflexión, es importante reconocer que el concepto de raza parte de ideas
asociadas a la modernidad, es importante enunciarla de esta manera para develar el uso en las
estructuras de poder dominantes que someten y dominan a personas por sus características
fenotípicas asociadas al color de piel y su cultura, más no se pretende basarse en criterios
biológicos para la utilización de de este concepto1. Por consiguiente, quiero problematizar la
identidad racial que detenta el poder político en Colombia y las diversas identidades etnicas
de las victimas, los combatientes e incluso los soldados quienes participaron y padecieron el
conflicto armado, pues si bien, el país se reconoce desde un multiculturalismo las personas
blanco-mestizas son quienes históricamente han ocupado cargos de poder en el Estado y las
personas racializadas han siendo cuerpos objetivados en la guerra, aunque existan debates
sobre los esencialismo raciales de “blanco”, “negro” e “indigena” es innegable que las
caracteristicas raciales develan un arraigo territorial que define su estatus social y su rol en la
sociedad.

A instancias de lo anterior, existe una clara relación entre la blanquitud y el poder político.
Lamentablemente esto devela que la historia colonial ha privilegiado a las personas en una
escala de colorismo. Si nos remitimos a la división social producto del colonialismo se puede
identificar que el poder político lo ocupaban los colonos europeos en la posición más alta,
seguidos por los criollos (hijos de españoles nacidos en América) y los mestizos
(descendientes de la mezcla entre europeos e indígenas). Este sistema promueve la idea de la
blanquitud como un ideal de racionalidad, belleza y superioridad, al tiempo que da el acceso
a mayores privilegios y oportunidades en un sistema económico y político. En términos
claros, el acceso al poder devela una práctica racista que posiciona a las personas racializadas
(indígenas y negras) en una posición de desventaja social, segregación y desigualdad.

A propósito de esto, aunque Colombia desde la constitución del 91 se enuncie como un


Estado “multicultural” la ficción del mestizaje2 implica la negación del racismo estructural3 y
las desigualdades sociales profundizadas por la historicidad colonial. Con esto claro, y
recogiendo algunos planteamientos de Quijano (2005), sobre cómo la raza está estrechamente
ligada al sistema de producción capitalista, se percibe el racismo en los planos institucionales
como reproductoras de realidades sociales de desigualdad social que obedecen a los mandatos
de producción capitalista, mientras que el discurso del mestizaje no particulariza que son
1
Se problematiza ya que existe un debate abierto frente a que las diferencias culturales deben ser entendidas como étnicas;
ya que si se acepta la existencia del racismo, se tiene que combatir diciendo que la raza no existe en términos biológicos,
que no tiene realidad objetiva. (Wade, p.21)
2
La idea de que todas las personas somos una mezcla de razas ergo ser negro, mestizo e indigena no tiene consecuencias
particulares en la socialización en el territorio nacional, esto se logra invisibilizando las desigualdades históricas y negando
el racismo. “como ideología de la nación, incluye a todos como potenciales mestizos, miembros de una democracia racial,
pero margina a los negros y a los indígenas al ubicarlos dentro de la nación como grupos atrasados, en una jerarquía
racializada.” (Wade, 2011, p.29).
3
La idea de que la raza y el racismo no eran problemas actuales para la región. La opinión general era que, para América
Latina, el concepto de raza no tenía sentido, y que las diferencias culturales —o más específicamente, las diferencias entre
categorías como blancos, negros, mestizos, indígenas, etc.— se tenían que pensar bien fuera en términos de etnicidad, o bien
utilizando un concepto de cultura depurado de toda acepción racializada. (Wade, pg 17-18)
unos cuerpos quienes mandan a hacer la guerra y son otros quienes la luchan pero que
precisamente esta responde a criterios raciales.

Conflictividad propia de la división social racial desigual.

El racismo revela un ordenamiento social en un orden económico de poder global, ergo lo


podemos asimilar cómo un factor de suma importancia para entender las dinámicas de
acumulación capitalista. Al tiempo ejerce un control en el campo de la política por la
interrelación de la política y la economía.

Lxs sujetxs a quienes les atraviesa el racismo en Colombia corresponderían entonces a las
personas Afrocolombianas e indígenas, y sobre ellas recaen formas de control político, social
y económico de las instituciones de poder. Estas instituciones buscan mantener a estas
subjetividades racializadas oprimidas y sumisas para mantener el estatus quo intacto. De
acuerdo con Quijano (2005): Los términos, raza e identidad racial fueron establecidos como
un instrumento de clasificación social básica de la población afrodescendiente en la época de
la esclavitud, donde los colonizadores determinaban a las personas de acuerdo a su color de
piel y rasgos fenotípicos, los afro no solo eran esclavizados sino que también eran la mano de
obra más importante para hacer frente a la economía en su momento (pp. 202-203).

Al entender el sistema capitalista como una imposición de las relaciones sociales, se reconoce
en el racismo relaciones del tipo económicas y sociales motivadas para impulsar el
“desarrollo occidental”. En este punto Otero y Landázuri (2014) afirman que la acumulación
desmedida de riqueza y la promoción del bienestar de los hombres y mujeres blancxs, fue a
costa de la explotación de la riqueza natural y el trabajo esclavo de millones de personas
africanas, hombres y mujeres por más de tres siglos (p. 78).Lo anterior sumado a las
relaciones de servidumbre a las que fueron sometidas las comunidades indígenas en la
historia de la colonización y la acumulación capitalista en este territorio.

Aunque esto surja como una cuestión de varios siglos atrás, López (2019) afirma que todavía
se manifiestan comportamientos racistas contra la población afrocolombiana bajo una
estructura de poder que privilegia a unos y excluye a otros, tal como sucede con los territorios
étnicos. (p.29). Situación que no es excluyente a la dinámica racial en medio del conflicto
armado. En el siguiente mapa podemos evidenciar la geografía y territorialización de
comunidades afro e indígenas en relación con los corredores del conflicto armado.
Imágen 1: Mapa corredores conflicto en territorios étnicos. Tomado de: Informe comisión de
la verdad, Resistir no es aguantar. (p.64)
En términos claros, al hablar de racialidad y acumulación de riqueza, el comportamiento de
una geografía o territorialidad nos puede hablar de una materialidad en la que se ubican estas
subjetividades en un desarrollo geográfico desigual en el contexto colombiano. Este concepto
desarrollado por Harvey (2005) plantea la acumulación por desposesión el cual permite el
desarrollo y avance de unos territorios a expensas de otros (p.51) lo cual aumenta la
desigualdad. Esta división geográfica evidentemente tiene componentes raciales a analizarse,
pues los lugares más abandonados por el Estado y en los que se padeció el conflicto armadao
claramente son los pertenecientes a las comunidades étnicas.

Coincidiendo con lo anterior, adicional a una materialidad geográfica del racismo, debemos
hablar del componente discursivo-simbólico en el cuál se han hegemonizado los cuerpos en
órdenes del tipo género/raza/clase en la sociedad colombiana, Butler (2002) afirma que:

“La "materialidad" designa cierto efecto del poder o, más exactamente, es el poder en
sus efectos formativos o constitutivos. En la medida en que el poder opere con éxito
constituyendo el terreno de su objeto, un campo de inteligibilidad, como una ontología que se
da por descontada, sus efectos materiales se consideran datos materiales o hechos primarios.
Estas positividades materiales aparecen fuera del discurso y el poder, como sus referentes
indiscutibles, sus significados trascendentales. Pero esa aparición es precisamente el
momento en el cual más se disimula y resulta más insidiosamente efectivo el régimen del
poder/discurso. Cuando este efecto material se juzga como un punto de partida
epistemológico, un sine qua non de cierta argumentación política, lo que se da es un
movimiento del fundacionalismo epistemológico que, al aceptar este efecto constitutivo como
un dato primario, entierra y enmascara efectivamente las relaciones de poder que lo
constituyen." (p.64)

En concreto, al entender la distribución geográfica de los cuerpos racializados se tensionan


las implicaciones materiales que estas tienen con procesos de desposesión, usurpación y
exclusión no sólo de los recursos, sino de la posibilidad de la participación política y de
inclusive la misma protección del Estado. Butler (2002) audazmente aborda el discurso como
un ordenamiento de lo real como constitución hegemónica de las expectativas y las
diferencias sociales jerárquicamente establecidas ineludiblemente materiales y simbólicas al
tiempo, es bajo este orden argumentativo que podemos afirmar que el racismo habita entre lo
simbólico-discursivo y cobra una materialidad que organiza cuerpos en determinadas
geografías y prácticas sociales, determinadas por un poder macro como el político-económico
que detenta el Estado.

En suma a lo anterior, Butler propone como al interpelar estos órdenes discursivos, de género,
clase y raza/etnia son fácilmente modificables; y por otro lado cómo los intentos de
subversión y cuestionamiento pueden terminar en represión y tragedia.

De manera diferencial, Moncayo (2015) al narrar los orígenes y causalidades del conflicto
armado se remite a una condición particular de los sujetxs quienes han hecho parte de esta
historia revolucionaria y de subversión y rebelión, contrastando a otras tesis atribuyen las
causas del conflicto al contexto y las estructuras como las determinaciones directas. Moncayo
aboga por el reconocimiento de los actores sociales que interpretan y transforman con su
intervención ese contexto o esas estructuras, se afirma entonces que: “el objeto no son los
sistemas sociales ni su reproducción o funciones, sino el actor y, más específicamente, el
Sujeto, definido como la voluntad de construirse como un actor. Opone a “la ficción que el
orden es primero”, “el trabajo que la sociedad moderna cumple sobre ella misma, inventando
sus normas, sus instituciones y sus prácticas” (p.107). El autor particulariza entonces en la
multiplicidad de las causas, y al entender un conflicto de tan larga duración “lo que es causa
en un momento, deviene consecuencia en otro; y una vez que los fenómenos se generalizan
conforman un contexto.” (p.107).

Recapitulando, al ubicar entonces actores racializados en un claro proceso de mestizaje y


pérdida de identidad cultural o desarraigo, entendemos la materialidad de su subjetividad
expresada en una geografía y unas condiciones económicas y políticas particulares que han
considerado su explotación en un sistema de acumulación capitalista y de desigualdad racial,
estos actores racializados no sólo han presentado una conflictividad con actores armados o
estatales, pues al entender los conflictos por la tierra evidenciamos conflicto inter e intra
étnicos, por los procesos de ocupación territorial y a lo largo del desenvolvimiento del
conflicto, Estrada (2015) manifiesta que: “la multiplicidad de conflictos del país remite, en
última instancia, a una causalidad sistémica derivada de las configuraciones
histórico-concretas de la formación socioeconómica y cultural…Los conflictos sociales
(incluyendo sus expresiones armadas) pueden explicarse, aunque no mecánicamente, por las
características del orden social vigente...La investigación histórica ha demostrado que los
rasgos particulares de la formación socioeconómica, política y cultural de Colombia, así
como la influencia del entorno internacional, configuran un tipo de ordenamiento estructural
específico y que éste, y no causas deshilvanadas, constriñen las expresiones concretas de la
conflictividad social existente.” (p.109). Concatenando esto al contexto del proceso de
división racial impuesto por la colonización.

Continuando este devenir argumental y retomando a Lopez (2019) para entender mejor cómo
operó el racismo en la confrontación armada contra la población civil se confirma que “Los
grupos armados efectuaron la discriminación como un mecanismo de control sobre los
territorios;mediante prejuicios para sentirse superiores e implantar miedos en las poblaciones.
En el caso de las mujeres negras, el entretejido sexo/género/raza juega un papel fundamental
en la manera como ellas viven los prejuicios e imaginarios;” (p.30), al identificar la geografia
del conflicto con el mapa previamente identificado, las principales zonas de enfrentamiento y
disputa territorial era común que se encontraran en zonas de civiles afrodescendientes o
indígenas, a lo cual la política de la guerra disruptia en dichas zonas. El racismo entonces se
usó como un arma de guerra:

“se evidencia que la Fuerza Pública, especialmente en zonas de conflicto armado,


difunde mensajes que estigmatizan a las comunidades negras como guerrilleros. Esto se ve
por ejemplo en el caso de las comunidades afrodescendientes del corregimiento rural de
Yurumanguí, municipio de Buenaventura (Valle). Este corregimiento, se ha visto
afectado dramáticamente por el conflicto armado. El 62% al 88,5% de la población es
afrodescendiente. Los habitantes de Yurumanguí relatan cómo agentes de la Brigada de
Infantería de Marina con sede en Buenaventura han estigmatizado a la población negra de su
comunidad, Juntas del Río Yurumanguí: Entre los mensajes se encuentran los siguientes:
“Negros yurumangueños, desmovilícense. Es que por ser negros, ya creen que somos
guerrilleros, no que somos víctimas de la guerra, sino negros guerrilleros. Por eso nos toman
fotos, nos hacen requisas y nos detienen” (Observatorio de discriminación racial, 2015, p.
32). El anterior testimonio pone de manifiesto los imaginarios que se manejaban durante el
conflicto armado hacia la población afrocolombiana en relación con los hombres” (López,
2019,p.31) .

De forma inequívoca, se reconocen las diversas afectaciones en contra de la dignidad e


integridad de los civiles en nombre del racismo, se identifica principalmente al pacifico
colombiano como una zona en disputa (por el potencial geoestratégico de la región)
produciendo “desarraigo colectivo, logrando mantener latente el miedo, la tristeza, la
desesperanza y la culpa.” (López, 2019, p.22).

Es pertinente particularizar que las subjetividades racializadas no sólo las encontramos aquí
en condición de víctima como población civil, sino que las mismas dinámicas del conflicto
propendió a que se incorporarán a las filas de los grupos armados, Pizarro (2015) menciona
que:

“a medida que los grupos armados cerraban “las posibilidades del desarrollo y la
democracia en los escenarios locales, la única oportunidad de supervivencia y reconocimiento
para los sectores jóvenes de la población era la vinculación a los ejércitos privados”. Una de
las consecuencias de la desestructuración de las economías locales y el desplazamiento
forzado de la población es la generación tanto de un “ejército de reserva” para los sectores
empresariales urbanos, como para el reclutamiento masivo por parte de grupos armados
ilegales y redes criminales. Jóvenes desarraigados en los centros urbanos o viviendo en medio
de la confrontación armada y la desestructuración de las redes sociales y económicas en las
zonas rurales, han sido la base principal del reclutamiento de todos los grupos armados
ilegales. Y tal como muestra Daniel Pécaut, existen pocas diferencias sociales y raciales en
los combatientes de base de todos los actores armados: Fuerzas Armadas, guerrillas y
paramilitares.” (p.70)

Las corporalidades que le pusieron el cuerpo a esta guerra interna pertenecieron a los
territorios a los que ya azotaba la violencia estructural, la dinámica racial puede pasar
desapercibida pero es determinante para analizar el racismo estructural en el país.

Finalmente, parece relevante retomar los planteamientos de Franz Fanon en sus reflexiones
sobre el sujeto colonizado y racializado y el legítimo uso de la violencia. Aunque las
motivaciones y causas de la conformación de insurgencias armadas no fueran directamente
(en su mayoría) por causas raciales, es innegable que existe una condición racial que somete a
los sujetos a condiciones precarias y de explotación en su cotidianidad, que remite a la
rebelión armada. Es por esa razón que: “El colonizado está dispuesto a la violencia, o, le
resulta claro que ese mundo estrecho, sembrado de contradicciones, no puede ser impugnado
sino por la violencia absoluta.” (Fanon, 1961) y en dichas afirmaciones cobran sentido las
luchas armadas por la liberación de las masas racializadas. Y pone de presente que esta
violencia no es únicamente sobre los cuerpos, sino que también cala en partes esenciales de
las sociedades: campos como la cultura, la economía y la política.

Perpetuación del racismo en el régimen de acumulación capitalista: La condición


agraria y lucha indígena.

Ahora bien, para puntualizar cómo el racismo fue un determinante para el proceso de
acumulación capitalista como una de las causas estructurales del conflicto, este apartado
pretende ejemplificar lo afirmado anteriormente sirviéndose de los casos de las servidumbres
indígenas, y la posterior conformación de la primera guerrilla indigena del territorio: el
Movimiento Armado Quintín Lame (MAQL) creado en los años 80’s.

Para iniciar, debo ratificar que en el mapa presentado en la primera imágen, la mayoría de
estos territorios corresponden a espacios rurales, a tierras sin titularizar, selva, monte, y
territorio baldío. Que a medida que se han avanzado en derechos ahora son territorios de
resguardo, zonas de reserva campesina y territorios de propiedad colectiva. Esta tendencia al
panorama agrario reafirma que la violencia en su mayoría era por la ocupación de la tierra y
dicha ocupación se realizaba por medios violentos no sólo por actores armados, sino también
por intereses de terratenientes que en una extraña complicidad tambien detentaban el poder
político. Estrada (2015) trae a colación el régimen de acumulación en un aspecto sobre la
propiedad de la tierra, atestiguando que: “La conformación de este régimen de acumulación
se fundamenta en continuas luchas y disputas entre las clases dominantes y sus principales
facciones, que derivan en la transacción y el compromiso, con rasgos de relativa
inestabilidad. Asimismo, en la movilización y las luchas sociales, obreras y especialmente
agrarias; y en la función organizadora de la guerra y del ejercicio de la violencia. Ello resulta
más comprensible cuando se considera que en el eje de la conformación de dicho régimen se
encuentra la tierra. y más que ella, la presión por su inclusión dentro del proceso de
acumulación capitalista, lo cual demandaba la transformación de las relaciones de propiedad
para superar en forma definitiva el régimen señorial-hacendatario y dar paso a la
democratización de la propiedad a través de la reforma agraria.”(p.8)

Las relaciones de propiedad sobre la tierra definían el orden social económico, en las cuales
desde una lectura racial del problema: el propietario era un señor blanco mestizo y
usualmente las servidumbres o campesinados eran subjetividades racializadas y
empobrecidas eran sometidas al trabajo para producir esa tierra o en su defecto eran
despojados de los lugares dónde vivían. La desigual propiedad sobre la tierra a manos de
grandes terratenientes que detentaban el poder económico y político, orilló a las masas
racializadas a un espacio de clara desventaja:

“la continua reproducción de un régimen de propiedad y de producción erigido sobre


la extrema concentración de la propiedad latifundista sobre la tierra y su contracara: la
exclusión del acceso a la propiedad de la clase trabajadora rural y de las mayorías
campesinas. un régimen construido a sangre y fuego, protegido a través de un orden jurídico
hecho a la medida, y que no ha escatimado en el recurso permanente de las armas para su
preservación y protección. Dicho régimen produjo dinámicas de la relación espacial a través
de procesos de toma de tierras y de colonización campesina, los cuáles además de ampliar la
frontera agrícola, terminaron sometidos a la activación recurrente de dispositivos de violencia
y despojo de las tierras así valorizadas, produciendo la contestación campesina, que ha
incluido las res puestas armadas y de autodefensa, como se verá más adelante. Igualmente
provocó procesos poblacionales, que se movieron entre la migración voluntaria y el
desplazamiento forzado, con predominio de este último, los cuales se convirtieron en fuente
de urbanización acelerada, no sólo de las principales ciudades, sino de las cabeceras
municipales, y de nuevos ciclos de colonización. ” (Estrada,2015, pp.8-9)

En la misma vía, Pizarro (2015) enuncia diversos factores que inciden en la desigualdad de la
tierra, siendo estos: “(a) la asignación política de los derechos de propiedad de la tierra no
solamente por parte de “grandes propietarios” (concentración), sino también por
“especialistas de la violencia”; (b) la expansión permanente de la “frontera agraria”,
articulada con distintos tipos de economía, la cual genera un “quantum de violencia” debido
al conflicto en torno a los derechos de propiedad a través de la ocupación; (c) la articulación
entre el poder político y la gran propiedad agraria.” (p.68). Siendo el Estado Colombiano el
cómplice jurídico para el posicionamiento de las clases burguesas, que por medio de diversas
instituciones en el ejecutivo y el judicial, la acumulación del capital cultural y político han
creado formalmente los lineamientos para los procesos de titularización y formalización
sobre la tenencia de la tierra en el país. Es por ello que son bastantes cuestionables los
procesos de propiedad, que no son ajenas al devenir histórico, pues en sus procedimientos
reproduce estos procesos desiguales y los generaliza. Aquí se pretende plantear haciendo una
lectura de Estrada y Pizarro, que la propiedad es una herramienta del Estado y de las clases
dominantes, y es en esencia un factor de desigualdad de clase y racial.

En el suroccidente del país, masas indígenas reconocieron esta dinámica injusta y surgieron
del yugo colonial grandes pensadores y líderes indígenas. Se revelan aquí las luchas del Nasa
Quintín Lame, y sus luchas por la tierra y la identidad indígena del pueblo páez o nasa.
“ «El indio que no se dejó humillar de ninguna de las autoridades, ni de los ricos» comenzó
su lucha en Tierradentro en 1922 y la terminó en Chaparral en 1945 con la creación del
Resguardo del Gran Chaparral, que tuvo organizaciones en Cauca, Nariño, Valle, Huila y
Tolima.” (Molano,2015)
La historia de Quintin Lame en un digno reclamo por autonomía y respeto territorial por las
tierras indígenas, desató el racismo del poder político quien encontraba en una subjetividad
indígena un no agenciamiento válido en el campo de la política, “Fue considerado por los
gobiernos, tanto conservadores como liberales, un «indio ignorante… promotor de una
sedición encaminada a encender una guerra de razas»” (Molano,2015 ). Su historia proviene
de los atropellos por parte de la república la cual pretendia repartir los resguardos del
territorio nacional, bajo la pretensión de de “liberarlos”, pero esto “en realidad fue un medio
para despojarlos de las tierras y convertirlos en terrazgueros, el mecanismo clásico de despojo
para «liberar la mano de obra y ponerla a trabajar en condiciones serviles». El general Reyes
aceleró por la Ley 104 de 1919 la repartición de los resguardos y el «castigo a los indios que
estorben el proceso». Lame comenzó su lucha contra la política del general Reyes de liquidar
los resguardos; fue nombrado «jefe y representante» de los cabildos de Pitayó, Jambaló,
Toribío, Puracé, Cajibío y otros, en 1910. Entre 1914 y 1918 movilizó a los indígenas de
Cauca, hasta caer preso en 1915. La persecución política, la división del movimiento y la
masacre de Inzá en 1916 lo obligaron a refugiarse en Natagaima, donde fundó, con José
Gonzalo Sánchez, el Supremo Consejo de Indias, que creó el resguardo del Gran Chaparral.
Las reivindicaciones de Lame marcaron un territorio de luchas entre Popayán y Chaparral.”
(Molano, 2015 )
En este contexto a Quintin Lame lo impulsaron 2 motivaciones particulares: la expropiación
permanente de las tierras por parte de los colonos, hacendados y empresarios rurales
expansionistas y la condición humillante de racismo y esclavitud que padecían los indígenas
terrazgueros. (Castillo, 2004, p.17). El poder político expansionista aliado con las clases
terratenientes y comerciantes buscaba tomar por vías de la fuerza la toma de las tierras
excusadas en un discurso de progreso económico.

La población indigena se encontraba en una posición de clara violencia estructural, las


opciones eran vender su pedazo de tierra o resistir a la propiedad común y resistir a los
horrores expansionistas del capital. Los terrazgueros (indígenas sin tierra) brindaban su
fuerza de trabajo a haciendas pertenecientes a los grandes propietarios en condiciones
precarias cercanas a la esclavitud.

Esta condición inhumana de existencia llevó a Quintin Lame a emprender un trabajo de


agitación y educación a las masas racializadas indígenas, en las que sus temas de agitación
podrían resumirse en:

“ (1) defensa de las parcialidades y oposición militante a las leyes de división y


repartición de las mismas;
(2) consolidación del Cabildo indígena como centro de autoridad y base de
organización.
(3) recuperación de tierras perdidas a manos de los terratenientes y desconocimiento
de todos los títulos que no se basaran en cédulas reales
(4) liberación de los terrazgueros, mediante la negación a pagar terraje o cualquier
otro tributo personal
(5) afirmación de los valores cultura les indígenas y rechazo de la discriminación
racial y cultural a que eran sometidos los indios colombianos. Sobre estas bases Quintín
Lame desarrolló una tarea infatigable de agitación y movilización indígena.” (Castillo, 2004,
p.20)

Sin duda alguna este gran pensador y rebelde índigena Nasa, fue un referente en la historia
del país. Lame en sus obras escritas y publicadas reconocía que la sabiduría y la ciencia
verdadera es la naturaleza, se sumergió profundamente en su identidad histórica y cultural fue
el mensaje que quiso transmitir a sus hermanos indígenas.

Recuperando el argumento, la doble explotación que vivían los campesinos indígenas en esta
dinámica de expansión del capitalismo, los sometía a una destrucción cultural y a una ruptura
de su propia identidad por las dinámicas de clase que se padecieron a inicios del siglo XX,
Castillo (2004) menciona que “Para una minoría étnica sujeta al proceso colonialista, que le
impone sus prejuicios por la fuerza y la amenaza con «la integración» dentro de sus intereses,
el desarrollo de una identidad cultural propia es paso indispensable para la sobrevivencia.
Pero para que esa minoría se desarrolle como sociedad, en relación con la naturaleza y con
otras sociedades, necesita también del desarrollo de una conciencia crítica. En un primer
momento ésta se expresa en la capacidad de discernir las limitaciones de su propia tradición
socio-cultural, así como de distinguir en la sociedad dominante aquellos elementos utilizables
para su propia lucha y para la construcción de su propia sociedad.” (p.42)

Lo anterior fueron los fundamentos históricos para que a inicios de la década de los 80’s,
surgiera la guerrilla indígena del Cauca: el Movimiento Armado Quintín Lame (MAQL),
movimiento armado que no buscaba tomar el poder como forma revolucionaria, sino que por
las propias dinámicas del conflicto en sus territorios se identificó la necesidad de garantizar
la seguridad de las comunidades indígenas contra los asesinos pagados por los terratenientes
los llamados «pájaros» y contra los brazos armados militares y paramilitares del Estado que
amenazaban la integridad de las comunidades.

El MAQL era una guerrilla mayoritariamente indígena cuyo proceso de reclutamiento y


educación de combatientes estaba ligado a los Cabildos de los territorios caucanos, puesto
que la organización funcionaba para defenderlos. Como narra su manifiesto de fundación,
que salió a luz pública en 1984:

“​ ¿Por qué surge? El pueblo indígena, a pesar de la heroica resistencia que por los
siglos ha ofrecido contra el invasor, sigue siendo perseguido y humillado. Cuando los
indígenas hemos decidido organizarnos para recuperar nuestras tierras, defender nuestra
cultura y exigir nuestros derechos el enemigo ha respondido con una brutal represión. Entre
el ejército, la policía y los pájaros han matado a decenas de dirigentes indígenas, centenares
han sido encarcelados, nuestras viviendas han sido quemadas, nuestros cultivos arrasados,
nuestros animales muertos o robados. Cuando las comunidades decidieron no aguantar más
fueron formando sus propios grupos de autodefensa y de estos grupos se organizó el
Comando Quintín Lame. ¿Por qué lucha? Luchamos por los derechos humanos
fundamentales de las comunidades indígenas como son la tierra, la cultura, la organización.
Igualmente por la dignidad de todos los indígenas. Defendemos la autonomía del movimiento
indígena, que no se debe subordinar a ninguna organización ajena. Las comunidades son
para nosotros la máxima autoridad y a su servicio ponemos todas nuestras capacidades y
esfuerzos. Participamos también de las luchas de los demás explotados y oprimidos por
derrotar la esclavitud capitalista y construir una patria más justa para todos. Las
organizaciones populares, los grupos armados, son nuestros hermanos y hombro a hombro
combatiremos con ellos para vencer a nuestros enemigos. (Fajardo et al. 1999:113)”
(Rappaport, ,pp.73-74)

Para finalizar este punto, sumo a la reflexión la particular dinámica de la fiscalización y


criminalización de la coca, pues en el crecimiento de las economías ilegales sobre la cocaína
permitió la ampliación agrícola de los cultivos de coca y en consecuencia la estigmatización
de esta planta sagrada de la cosmovisión Nasa.

Reconocimiento de la desigualdad racial y sobre la tenencia de la tierra en el marco del


conflicto como un punto para el acuerdo de paz.

Expresado el anterior contexto que busca problematizar al racismo y el conflicto de la tierra


en medio del conflicto armado como ejes de análisis, cómo un acto reivindicativo y en vía de
la construcción de paz en el Acuerdo de paz Firmado en 2016 se precisaron las siguientes
afirmaciones refiriéndose a las cuestiones previamente dichas:

“Que una verdadera transformación estructural del campo requiere adoptar medidas
para promover el uso adecuado de la tierra de acuerdo con su vocación y estimular la
formalización, restitución y distribución equitativa de la misma, garantizando el acceso
progresivo a la propiedad rural de quienes habitan el campo y en particular a las mujeres
rurales y la población más vulnerable, regularizando y democratizando la propiedad y
promoviendo la desconcentración de la tierra, en cumplimiento de su función social.”
(Acuerdo de paz, 2016, p.10)

“Que a la transformación estructural del campo y en particular al cierre de la frontera


agrícola, contribuyen los campesinos, las campesinas y las comunidades indígenas, negras,
afrodescendientes, raizales y palenqueras y demás comunidades étnicas en sus territorios, con
un ordenamiento socio-ambiental sostenible. Para ello es necesario el reconocimiento y
apoyo a las Zonas de Reserva Campesina (ZRC) y demás formas de asociatividad solidaria.”
(Acuerdo de paz, 2016, p.11)

“Bienestar y buen vivir: el objetivo final es la erradicación de la pobreza y la


satisfacción plena de las necesidades de la ciudadanía de las zonas rurales, de manera que se
logre en el menor plazo posible que los campesinos, las campesinas y las comunidades,
incluidas las afrodescendientes e indígenas, ejerzan plenamente sus derechos y se alcance la
convergencia entre la calidad de vida urbana y la calidad de vida rural, respetando el enfoque
territorial, el enfoque de género y la diversidad étnica y cultural de las comunidades.”
(Acuerdo de paz, 2016, p.12)

Reconociendo de esta manera, la deuda histórica que tiene el Estado y los actores armados
con la población rural racializada que padeció el conflicto armado, ahora bien, que esto se
haya cumplido cabalmente es cuestionable, pues a la fecha (2025) el recrudecimiento del
conflicto en las zonas históricamente marginalizadas y racializadas, es una realidad palpable
que perpetúa el continuo de violencia política, armada y racial.

La comisión de la verdad ahonda en esta cuestión de igual forma, el informe “Resistir no es


aguantar” (2022) alega a que el trato colonial y el racismo, está detrás de las violencias
históricas contra los pueblos étnicos, que aunque previas a las documentadas en el marco del
conflicto armado. Surgen de imaginarios que naturalizan y justifican los discursos y prácticas
de la guerra. Entre estas prácticas se identifica la ocupación de los territorios étnicos para
enfrentamientos bélicos, la imposición de economías y la consecuente destrucción de la tierra
y la naturaleza. Estas prácticas se justifican bajo ideas racistas que afirman que los territorios
étnicos son «tierras de nadie» o «territorios salvajes», a los que hay que llevar «desarrollo», y
que quienes allí habitan pueden destruirse o reemplazarse. (p.120)

En varios casos, las personas racializadas “han sido vistas como un obstáculo para el
proyecto armado de toma del poder, en el caso de las guerrillas; para la guerra
contrainsurgente, en el caso de paramilitarismo, o para el desarrollo de economías legales o
ilegales, por diversos actores, entre ellos el Estado.” (Comisión de la verdad, 2022, p. 120),
estas afirmaciones en documentos oficiales difundidos por nuevas instituciones creadas para
transitar como país los rastros de la guerra, son el inicio para el camino a la justicia social en
la que el primer paso es el reconocimiento por parte del Estado.

Macrocaso 03 sub Costa Caribe (JEP)

Para finalizar este argumento y a modo de obtener un estudio de caso jurídicamente


respaldado, desde la Justicia Especial para la paz (JEP), se llevó el sub caso caribe 03, el cual
basado en una investigación pretende dar cuenta, mediante el análisis de contexto, de un caso
de persecución a los pueblos indígenas de la Sierra nevada de Santa Marta en medio de
conflicto armado para los años comprendidos entre el 2002 y 2007. Mediante la investigación
la JEP logró conectar argumentativamente la estigmatización, la persecución y el
hostigamiento por parte de los grupos paramilitares y militares a las comunidades indígenas
kankuamos y wiwa. Demostrando que el asesinato de 21 indígenas pertenecientes al pueblo
kankuamo del departamento del Cesar -que fueron presentadxs como bajas en combate por
parte del ejercito- es solo una expresión más de la violencia política que se interseca con el
racismo hacia esta comunidad a lo largo del conflicto.

El análisis del caso parte de diversos supuestos y condiciones estructurales que llegan a la luz
producto de la investigación de contexto por la constante insistencia del pueblo Kankuamo
del Cesar. La revisión del caso y la atención a los pequeños detalles lleva a los investigadores
a preguntarse por qué debería haber un enfoque diferencial en el caso y un esfuerzo de más
para entender la expresión de esta violencia racista.

Los argumentos presentados por los altos mandos resultaron insuficientes y para nada
reparadores hacia las víctimas de los pueblos anteriormente mencionados. En el marco del
proceso de la JEP en el Macrocaso 03 sub caso caribe, fue es necesario presentar ante el
tribunal un contexto a profundidad que devele la complejidad de la violencia y todas las
intersecciones del daño que fueron víctimas el pueblo kankuamo.

A raíz de estos interrogantes se inicia un seguimiento particular al rol que tuvo el pueblo
Kankuamo en el conflicto. Se identifican diversas situaciones clave previas a la masacre del
2002 que abre la investigación. El primero ubica a los conflictos entre el pueblo Kankuamo
con las elites Valduparenses4 a finales de los años 80’s, en el que se comete el asesinato al
hijo de un ganadero de renombre, a manos de un indigena kankuamo cuyo nombre se
desconocia, esto da pie a la persecusión y asesinato de posibles sospechosos por parte de las
elites paramilitares (en formación) que defendian los grandes capitales de los propietarios de
la región. Como segundo precedente se identifica la tendencia al reclutamiento de indígenas
(voluntario y forzado) por parte de los grupos armados insurgentes que habitaban la Sierra
como pasadizo estratégico en situaciones de movilización y combate. Finalmente en 2001 se
presenta el secuestro y posterior asesinato de Consuelo Araujo- Exministra de Cultura- por
parte de las FARC a manos de un combatiente indigena en las inmediaciones de la Serrania
de perijá. Adicional a esto, no sobra mencionar que la sierra era el territorio por excelencia
donde los grupos armados transitaban y ocultaban allí a los secuestrados.

Ahora bien, la consideración de estos hechos permite concatenar la ofensiva militarista por
parte de los grupos paramilitares que actuaban de mano con el ejército nacional contra el
imaginario del “guerrillero indigena”, esta categorización justificó la irrupción por parte del
ejército en ‘enfrentamientos armado’ y operaciones militares en el territorio, esto no sólo
devino en la masacre de las 21 víctimas en 2003, sino que también justificó un sin número de
violencias contra la comunidad Kankuamo, tales como: actos de violencia simbólica en sus
sitios sagrados, reclutamiento forzado a los grupos paramilitares, persecución política,
homicidios o desapariciones con aparente aleatoriedad a los líderes de los principales linajes
del pueblo y ocupación forzosa del territorio.

Es claro bajo este panorama el discurso y los motivos por parte de la fuerza pública para
justificar las acciones violentas como operativos militares contrainsurgentes. Estas
circunstancias expuestas posibilitan la comprensión de la estigmatización hacia la comunidad
Kankuamo bajo el pretexto de que ‘eran guerrilleros’, la cual es una narrativa propia de la
política de seguridad democrática del gobierno de turno (Uribe Vélez).

4
Gentilicio habitantes Valledupar
Para finalizar, la exposición de este caso es uno que permite la reflexión entre líneas sobre el
papel que juegan las víctimas cuando ellas exigen un reconocimiento y una escucha frente a
la vulneración de sus derechos, pues sin esta insistencia por parte de la comunidad ante la
JEP. El enfoque etnico (entendiendo la raza y la condición del ser indigena) pudo haber
pasado desapercibido por un fallo desacertado del juez que no conectó la interseccionalidad
de las opresiones en el marco del conflicto. Esta desacertada situación pudo haber dado paso
a un proceso aún más re-victimizante y violento para quienes exigían justicia, en este punto
se considera relevante el acercamiento factual a los hechos que ocasionaron los actos
violentos desde ópticas diferenciales y un acercamiento a la verdad sentida por parte de las
víctimas quienes reclaman reconocimiento y reparación.

Conclusiones

A lo largo del ensayo se trató de argumentar que el concepto de raza/etnia en Colombia ha


estado históricamente ligado a las estructuras de poder que perpetúan desigualdades
profundas. Aunque el país se proclama multicultural, el mestizaje funciona como una ficción
que oculta el racismo estructural y la marginalización de comunidades afrodescendientes e
indígenas. Estas poblaciones han sido sistemáticamente despojadas de sus derechos y
territorios en el marco del conflicto armado, siendo los cuerpos que afrontar el hambre, la
guerra y los horrores de la violencia, mientras las élites blanco-mestizas mantienen el control
sobre los espacios políticos y sociales, reproduciendo un sistema de exclusión y propiedad
que beneficia a las burguesías terratenientes y grandes poseedores.

El racismo no es solo un problema social, sino que está intrínsecamente conectado al sistema
capitalista y a la acumulación de riqueza y de la propiedad sobre la tierra. La explotación de
comunidades racializadas y el despojo de sus tierras en términos agrarios, han sido las
condiciones clave que han enriquecido en poder y economía a las clases dominantes. Las
instituciones estatales han jugado un papel crucial en mantener este estatus quo pues en
complicidad con estos poderes elaboraron marcos de propiedad que perpetúa la inequidad
social, estos factores son algunas de las causas del conflicto armado y han perpetuando ciclos
de violencia armada y exclusión que profundizan las brechas sociales y económicas.

Frente a esta opresión, las comunidades indígenas y afrocolombianas en condición de


víctimas y militancias han respondido con resistencia y organización. Durante el conflicto
armado, surgieron movimientos como el MAQL, que buscaron defender su autonomía,
cultura y territorio por las vías armadas de la legítima defensa. Estas luchas no solo han sido
una reacción a la violencia externa por actores armados estatales y paraestatales, sino también
a una afirmación de su identidad y derechos, demostrando que la resistencia es un acto de
supervivencia y reivindicación histórica.

El Acuerdo de Paz de 2016 reconoció la importancia de reconocer las desigualdades raciales


y la tenencia de la tierra como pilares para crear un camino de paz duradera, una reflexión por
las soluciones estructurales al conflicto. Sin embargo, el incumplimiento de estas promesas y
el aumento de la violencia en territorios racializados evidencian que los desafíos persisten. El
reconocimiento de las víctimas y el reconocimiento de las injusticias históricas en espacios
de justicia transicional con enfoques diferenciales y sensibles a visiones interseccionales, son
pasos esenciales para avanzar hacia una reconciliación real y una justicia social efectiva.

Referencias:

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24 de noviembre de 2016. Punto 1.

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