República Bolivariana De Venezuela
Ministerio De Educación Universitaria
Escuela Nacional De Administración Hacienda Pública
Materia: Mercados Internacionales (MEI-533)
Profesor: Lcdo. Enoar Perez Caldera
Alumna: Hernández Julce
Ensayo: Balanzas Comercial Y De Pagos Año: 2025
En el mundo actual, hablar de economía no es una elección, es una necesidad.
Cada aspecto de nuestra vida está determinado por decisiones económicas que
muchas veces no entendemos del todo, pero que sentimos con fuerza en nuestros
bolsillos, en nuestras mesas y en nuestras posibilidades de futuro. La economía,
en términos generales, es la ciencia social que estudia cómo las personas y las
sociedades deciden utilizar recursos escasos para satisfacer sus necesidades
ilimitadas. Pero más allá de esta definición formal, la economía se convierte en un
espejo de nuestras prioridades, de nuestras desigualdades y también de nuestras
esperanzas.
Uno de los pilares fundamentales de la economía contemporánea es el comercio
internacional, una red compleja de intercambios de bienes, servicios y capitales
entre países, que no solo permite que una nación acceda a productos que no
produce, sino que también impulsa la especialización, la innovación y el
crecimiento. Como afirmaba Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776),
cuando los países se especializan en lo que producen con mayor eficiencia y
comercian entre sí, todos pueden beneficiarse. No obstante, estos beneficios no
son automáticos ni garantizados. Dependen de la forma en que se inserta un país
en el sistema internacional, de su capacidad de producción, de sus acuerdos
comerciales y de su política económica interna.
En este sentido, conceptos como la balanza comercial y la balanza de pagos son
fundamentales para evaluar la salud económica de un país, ya que permiten
analizar su interacción financiera y comercial con el resto del mundo. La balanza
comercial constituye uno de los principales indicadores del desempeño externo de
una economía. Se refiere a la diferencia entre el valor de los bienes exportados y
los importados en un periodo determinado. Cuando un país exporta más de lo que
importa, se genera un superávit comercial; en cambio, si las importaciones
superan a las exportaciones, se produce un déficit. Este balance tiene una
implicación directa sobre el ingreso de divisas al país y sobre la sostenibilidad de
su modelo económico.
Sin embargo, la balanza comercial por sí sola no refleja toda la complejidad del
panorama económico internacional de un país. Por ello, es necesario considerar la
balanza de pagos, que constituye un registro más amplio y detallado de todas las
transacciones económicas que se realizan entre los residentes de un país y el
resto del mundo. Estas transacciones abarcan no solo el comercio de bienes, sino
también el intercambio de servicios, el movimiento de capitales, las inversiones
extranjeras, las transferencias corrientes (como remesas), el pago de intereses por
deuda externa, y las variaciones en las reservas internacionales del banco central.
La balanza de pagos se divide principalmente en dos grandes cuentas: la cuenta
corriente y la cuenta capital y financiera. La cuenta corriente incluye la balanza de
bienes (es decir, la balanza comercial), la balanza de servicios (como turismo,
transporte, telecomunicaciones, entre otros), las rentas primarias (que
comprenden ingresos por inversiones o remuneraciones desde y hacia el exterior)
y las transferencias corrientes (como ayudas internacionales y remesas enviadas
por migrantes). Por su parte, la cuenta capital y financiera registra la adquisición
de activos financieros, las inversiones extranjeras directas, los préstamos
internacionales, los movimientos de reservas internacionales y otras formas de
financiamiento.
El equilibrio en la balanza de pagos es esencial para preservar la estabilidad
macroeconómica de un país. Cuando hay un déficit en la cuenta corriente, esto
significa que el país está gastando más de lo que gana en el comercio y las
transferencias con el exterior, lo cual suele financiarse con la entrada de capitales
por la cuenta financiera. No obstante, si este financiamiento no es sostenible —por
ejemplo, si se basa en deuda externa creciente o inversiones especulativas—
puede producirse una crisis de balanza de pagos. Este tipo de crisis generalmente
conlleva una devaluación abrupta de la moneda, pérdida de reservas, aumento de
la inflación y fuga de capitales.
En contraste, un superávit en la cuenta corriente, aunque generalmente positivo,
no siempre es signo de una economía saludable. Puede reflejar una demanda
interna débil, escasa inversión en desarrollo o baja capacidad de consumo de la
población. Por tanto, lo ideal es alcanzar un equilibrio dinámico, donde las cuentas
externas se mantengan sostenibles y se integren al crecimiento económico de
manera armónica.
Países con economías sólidas han sabido gestionar estos equilibrios de manera
estratégica. Por ejemplo, Alemania y Corea del Sur han mantenido superávits
comerciales estables a través de políticas industriales de largo plazo y una fuerte
orientación exportadora. En cambio, países como Argentina o Venezuela han
enfrentado reiteradas crisis de balanza de pagos producto de déficits
estructurales, alta dependencia de productos primarios, políticas fiscales
inestables o restricciones en el acceso a financiamiento externo.
En el caso venezolano, la situación ha sido particularmente crítica. La alta
dependencia de la renta petrolera —que representaba más del 90 % de las
exportaciones— generó una economía poco diversificada y extremadamente
vulnerable a los choques externos. La caída sostenida de la producción petrolera,
junto con la disminución de los precios del crudo en determinados períodos, causó
un colapso en la balanza comercial y, en consecuencia, en toda la balanza de
pagos. Al no contar con ingresos suficientes para sostener las importaciones ni
para cumplir con obligaciones financieras internacionales, el país enfrentó una
severa escasez de divisas, pérdida de reservas internacionales y una contracción
drástica de su aparato productivo.
Cuando un país experimenta déficits prolongados en su balanza comercial, suele
recurrir al endeudamiento externo o al uso de reservas internacionales para
compensar la salida de divisas. Sin embargo, esto puede conducir a crisis
económicas si no se corrigen las causas estructurales del déficit. De igual forma,
una balanza de pagos negativa es una señal de alarma que indica que el país está
gastando más de lo que ingresa, lo que puede provocar devaluaciones, inflación,
fuga de capitales y pérdida de confianza por parte de los inversionistas.
Lamentablemente, Venezuela ha sido un caso paradigmático de estas
distorsiones. Durante décadas, el país dependió casi exclusivamente de las
exportaciones petroleras, lo que generó una economía vulnerable a los vaivenes
del mercado internacional. Esta dependencia del petróleo impidió la diversificación
productiva y condujo a una estructura importadora, donde la mayoría de los bienes
de consumo, incluyendo alimentos y medicinas, venían del exterior. Cuando los
precios del crudo cayeron o la producción se redujo, las divisas escasearon y las
importaciones disminuyeron drásticamente, lo que desembocó en crisis
humanitarias y económicas profundas. La balanza comercial se deterioró, y con
ella la balanza de pagos, provocando una severa contracción del PIB,
hiperinflación y una migración masiva.
Como señala el economista Joseph Stiglitz (Premio Nobel de Economía), “los
países que no invierten en una economía basada en el conocimiento, en la
producción diversificada y en la equidad social están condenados a ciclos de crisis
repetitivos”. Venezuela no es la única nación que ha enfrentado estos retos.
Países como Argentina, con su historia de endeudamiento cíclico, o Nigeria,
también dependiente del petróleo, han vivido situaciones similares. Lo que tienen
en común es una falta de planificación a largo plazo, economías poco
diversificadas y una débil institucionalidad.
No obstante, hay ejemplos alentadores. Corea del Sur, por ejemplo, pasó de ser
uno de los países más pobres del mundo en los años 50 a convertirse en una
potencia tecnológica y exportadora, gracias a una estrategia nacional de
industrialización, inversión en educación y apertura comercial. Chile, por su parte,
logró mantener una balanza de pagos equilibrada y una economía estable durante
años mediante una política macroeconómica disciplinada y una integración
inteligente al comercio internacional.
Como estudiante, emprendedor y ciudadano venezolano, no puedo evitar sentir
una mezcla de dolor e indignación al analizar nuestra situación económica. Ver
cómo un país con tantas riquezas naturales y humanas ha sido sumido en la
pobreza extrema por decisiones económicas mal orientadas, por la corrupción y
por la desconexión entre el Estado y las necesidades reales del pueblo, es
devastador. Pero también me queda la convicción de que la economía no es un
destino fijo, sino una construcción colectiva.
Desde mi perspectiva, la solución pasa por apostar a la diversificación económica,
fortaleciendo la producción nacional en sectores como la agricultura, la
agroindustria, el turismo sostenible, las energías renovables y los servicios
tecnológicos. Además, debemos reconstruir la confianza institucional, establecer
reglas claras para la inversión y el comercio, y ofrecer incentivos fiscales y
financieros a quienes quieran emprender y exportar. También se necesita una
política cambiaria coherente y una estrategia para atraer remesas e inversión
extranjera como parte de una balanza de pagos equilibrada.
Mi propuesta concreta sería impulsar un plan nacional de desarrollo productivo,
basado en alianzas público-privadas, en la formación técnica y en la promoción de
bienes exportables con valor agregado. A corto plazo, esto permitiría reducir el
déficit comercial; a largo plazo, significaría la reinserción de Venezuela en el
mercado global como un actor competitivo y sostenible. Además, planteo que las
universidades deben ser protagonistas en este proceso, promoviendo el
pensamiento crítico económico y la creación de soluciones reales para las
comunidades.
En conclusión, la economía no debe entenderse únicamente como una ciencia
para expertos, sino como una herramienta para transformar vidas. La balanza
comercial y la balanza de pagos nos ofrecen una radiografía del país, pero
también nos indican el camino a seguir. En Venezuela, al igual que en otros
países con historias de crisis y resistencia, el reto es transformar la dependencia
en autonomía, la escasez en productividad, y la fuga de talentos en un retorno de
capacidades. Comprender la economía desde el corazón de nuestra realidad es el
primer paso para reconstruir no solo un país, sino una esperanza.