JUVENIL
© 2014, Dinorah Coronado
© 2014, Ruth Herrera
© De esta edición:
2014, Editorial Santillana, S.A.
Juan Sánchez Ramírez No. 9, Ens. Gascue
Santo Domingo, República Dominicana
Teléfono 809-682-1382
ISBN: 978-9945-19-633-7
Impreso en Colombia.
Diseño de portada: Víctor Vidal (Grupo Nous)
Primera edición: agosto de 2014
Primera reimpresión: abril de 2016
Segunda reimpresión: mayo de 2020
Todos los derechos reservados.
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El Aviador
La historia de Zoilo Hermógenes García
Dinorah Coronado y Ruth Herrera
JUVENIL
Dinorah:
A todos los aviadores dominicanos que han seguido
las huellas del ingeniero Zoilo Hermógenes García.
En recuerdo de mis padres Domingo Coronado,
campeón de atletismo, y Altagracia Suriel,
cosedora de sueños; a mis hijos, Hansel
y Karenina y a mi hermana María del Carmen,
por acompañarme en el largo trayecto
de investigación y escritura de este libro.
Ruth:
A los que admiran las hazañas
de los pioneros de la aviación.
A los que cometan la osadía de subirse al Poliplano
sin paracaídas y surcar el cielo de sus sueños.
Índice
1. Infancia en La Vega............................................11
2. Fin de la escuela primaria..................................19
3. El viaje en ferrocarril .........................................25
4. En el colegio San Luis Gonzaga........................33
5. Careos, andanzas y algo de política...................39
6. Lille, Francia .......................................................47
7. De vuelta al hogar, matrimonio.........................57
8. El teatro La Progresista......................................63
9. Intermedio: Los hermanos Wright
hacen historia .....................................................69
10. El nacimiento de una idea.................................73
11. El vuelo del Poliplano........................................77
12. La tragedia y los sueños del aviador.................89
13. Repercusión del vuelo en La Vega....................95
14. Ocaso de una vida, legados................................99
15. Recuerdos filiales..............................................105
16. Homenajes póstumos.......................................113
Agradecimientos
Capítulo 1
Infancia en La Vega
Z oilo Hermógenes García nació el 21 de di-
ciembre de 1881, en La Vega Real. Era un niño
trigueño, de cabello oscuro, ojos vivaces y espíritu
inquieto. Le dieron el nombre de Zoilo por su padre,
y Hermógenes, por su tío paterno. En ese tiempo
casi todo el mundo tenía un apodo: al recién nacido
le pusieron “Mogito”, diminutivo de Hermógenes.
Su madre María Dolores Peña (apodada Ma-
ruca) lo crió con la misma dedicación que brindó a
sus hermanos mayores, Zoila y Fello. Desde pequeño
demostró ser un niño despierto, curioso, que no se
quedaba quieto hasta poner la mano a todo lo que
llamaba su atención. Le empezaron a gustar los libros
tanto como los juegos y las diversiones de su edad.
Como a todos los niños, a Mogito le encantaban
las celebraciones de cumpleaños. Al cumplir siete
años, su madre lo llevó a pasear en coche por el par-
que y al circo que estaba de visita. En su casa, ador-
nada con el arbolito de Navidad, estrellas, angelitos
y guirnaldas, brindaron bizcocho, pastelitos, lerenes
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y lechón asado. El ambiente era doblemente festivo
al coincidir el cumpleaños con las fechas navideñas.
En la casa no faltaba de nada: don Zoilo era un
próspero comerciante y exportador de madera y ca-
cao, dueño de tierras y aserraderos. Se desempeñaba
también como gobernador de la provincia.
Mogito recibía muchos juguetes de regalo por
su cumpleaños, en Navidad y Reyes; siempre los
desarmaba para ver qué había adentro y volvía a ar-
marlos como se le ocurriera. Compartía sus juguetes
con Tito, su mejor amigo, hijo de un trabajador del
aserradero a quien le llevaba la comida de mediodía
en una cantina.
A Mogito no había que obligarlo a estudiar,
aprendía al vuelo y asimilaba todo lo que leía. Leyen-
do descubrió la vida y obra de Leonardo de Vinci; el
niño se hizo admirador fervoroso del genial inventor
y pintor, conocido por su famosa obra la Mona Lisa,
o Gioconda, que retrata a una dama de semisonrisa
enigmática y mirada distante. Muchos años después,
pudo ver el cuadro original en el museo del Louvre
en París, Francia.
Le contó a Tito que “Leonardo nació en el pue-
blo italiano Vinci. De muchacho, cuando tocaba la
lira, encantaba a toda la aldea con una música triste,
hasta que su abuela le decía que no tocara así porque
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le daban ganas de llorar. A los dieciséis años, fue a
vivir con su tío Francesco y juntos andaban por valles
y colinas. En su cuaderno dibujaba paisajes y cielos
borrascosos”.
“Le llamaban la atención los fenómenos de la
naturaleza, los seres vivos, el origen de las cosas. Leo-
nardo no vivió con su padre y compartía poco con su
madre, que pasaba sus días trabajando para mante-
ner a su extensa prole. A pesar de estas condiciones,
Leonardo desarrolló un extraordinario espíritu cien-
tífico”, relató Mogito.
“Muy diferente a ti, que tienes unos padres
que te quieren mucho”, señaló Tito.
“Eso es verdad, soy muy afortunado… Como
te decía, he aprendido más cosas de Leonardo por un
comerciante italiano que viene a La Vega, se llama
Pietro. Me copió unos dibujos que vio en los cuader-
nos de Leonardo en un museo: de poleas para subir el
agua y una especie de hombre mecánico que diseñó
este artista: ‘un cavaliere in armatura’, que se podía
sentar y mover ‘la testa e le braccia’, un caballero con
armadura que podía mover la cabeza y los brazos, ¿te
imaginas, Tito…?”.
Al igual que Da Vinci, Mogito copiaba en su
libreta aves con las patas dobladas y las alas exten-
didas planeando sobre el firmamento. Llenaba sus
cuadernos de ciguas palmeras, garzas de cuello es-
belto en arrozales, bandadas de golondrinas viajeras
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en formación o tórtolas posadas sobre el sombrero
del espantapájaros.
Para la cuaresma, Mogito y los demás niños
confeccionaban cometas y chichiguas con un arma-
zón de varillas de coco, papel de vejiga pegado con
almidón de yuca, hilo de gangorra y retazos de tela
para la cola. Estos ligeros pájaros de papel volaban
haciendo zigzags, espirales o buscando el equilibrio
con el viento. Abajo quedaban el caudaloso río
Camú, las floridas pomarrosas y las olorosas matas
de pan de fruta.
Si llovía, se guardaban las chichiguas. Los niños
y adultos recitaban: “San Isidro Labrador, quita el
agua y pon el sol” al santo protector de los campesi-
nos y sus cosechas. En cambio, en tiempo de sequía
cantaban:
Que llueva, que llueva
la Virgen de la Cueva
Los pajaritos cantan,
las nubes se levantan.
Que sí, que no,
que caiga un chaparrón.
Chapoteaban en los charcos y se bañaban de-
bajo de los caños que caían del techo de las casas. A
su hijo, doña Maruca le contaba los minutos bajo el
agua y lo llamaba a la media hora para que no fuera
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a darle una gripe mala. Más grande se iba a bañar en
las corrientes y saltos de agua del río Camú.
Mogito tuvo como profesor al notable hombre
de letras Federico García Godoy, un abnegado edu-
cador cubano que hizo de La Vega su segundo hogar.
Escribió las novelas históricas Rufinito, Alma domi-
nicana y Guanuma, y el libro de ensayos histórico-
políticos El derrumbe.
En la escuela, las aulas de cuarto y quinto cur-
sos se separaban por una mampara de madera. Si
el profesor de quinto formulaba una pregunta y los
alumnos tardaban en responderla, Mogito –que cur-
saba el cuarto– asomaba la cabeza y decía: “Profesor,
yo me la sé. ¿Puedo contestar?”.
No siempre le permitían participar en las dos cla-
ses para que el muchacho se concentrara en una asig-
natura a la vez, lo cual era difícil para Mogito que se
sabía casi todas las respuestas de las distintas materias.
Sin dificultad, terminó dos cursos en un año
con notas sobresalientes. Estudió ciencias naturales,
física, sociales, aritmética y gramática. En esa época
el libro para aprender a leer y escribir con buena
caligrafía se llamaba Mantilla, que además contenía
fábulas con enseñanzas morales.
Mogito lo compartía con Tito a quien ayudaba
a alfabetizar porque este no iba a la escuela. Repetía
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palabras con “r”, que no le salían claras a Tito porque
era media lengua. Decía “tlen” en vez de tren, o “co-
lel” en lugar de correr.
Juntos examinaban árboles, discutían sobre
el vuelo de las aves; algunas noches observaban las
estrellas, la luna y localizaban los planetas Mercurio
y Venus en el cielo. Mogito leía en voz alta las bio-
grafías de muchos sabios, inventores y descubridores
que les ponían a alas a su imaginación.
A veces Tito tocaba el acordeón; como tenía
oído para la música y destreza en los dedos, lo domi-
naba con mucha soltura. Se sentaban bajo la sombra
del guanábano a insistencia de Mogito.
“Pero tengo que apilar el aserrín de los robles
que lijó papá”.
“Ya mi padre encargó a alguien para que te
sustituya, no te preocupes”, contestaba Mogito. “Ven,
repite conmigo: carreta, perro, tarro, barro, arco, car-
ta, largo, risa, rato, rabo…”.
Observando el vuelo de las aves y pensando en
los dibujos de Leonardo, un día Mogito le dijo a su
hermano Fello:
“Qué bueno sería montarme en el lomo de un
ave gigante y recorrer los cielos de La Vega, Santiago,
Puerto Plata…”.
“Pero te puedes caer, Mogito”.
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“Si es un ave grande, no lo creo, pero además
yo pienso en un aparato que me lleve lejos, que no
sea barco ni ferrocarril, sino que vuele por los aires;
hecho de madera y acero”.
Consciente de los talentos e intereses de su hijo,
don Zoilo reafirmó su decisión de mandarlo a Europa
a estudiar en cuanto terminara la educación secunda-
ria. Su padre tenía visión; aunque no había estudiado
formalmente, era hábil, trabajador y abría su mente a
lo nuevo.
El mayor deseo de Mogito era investigar, expe-
rimentar y construir cosas. Las estrellas, claritas en el
cielo de La Vega, brillaban en sus pensamientos.