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Vibia Perpetua

Vibia Perpetua, una joven cristiana de 22 años, fue martirizada en el año 203 d.C. en Cártago por negarse a renunciar a su fe, a pesar de la presión de su familia y las torturas en prisión. Su testimonio, junto con el de otros mártires como Policarpo, destaca la valentía y la firmeza de los primeros cristianos frente a la persecución del Imperio romano.
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Vibia Perpetua

Vibia Perpetua, una joven cristiana de 22 años, fue martirizada en el año 203 d.C. en Cártago por negarse a renunciar a su fe, a pesar de la presión de su familia y las torturas en prisión. Su testimonio, junto con el de otros mártires como Policarpo, destaca la valentía y la firmeza de los primeros cristianos frente a la persecución del Imperio romano.
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El testimonio de fe de Vibia Perpetua

Quisiera ahora enfocarme en un personaje que no aparece en la Biblia y que pocos conocen, aunque
fue parte de la historia cristiana antigua. Su nombre era Vibia Perpetua.
A la tierna edad de 22 años, en la provincia de Cártago, bajo el reinado del emperador romano
Septimio Severo, Vibia Perpetua fue condenada a muerte por el Imperio romano en el año 203 d.C.,
por el simple «crimen» de ser cristiana. Pero la historia de su fe no comienza ahí. La mayoría de lo
que sabemos de ella nos llega a través del diario que escribió con su propio puño y letra. La mayoría
de las mujeres no sabían leer, y mucho menos escribir en ese tiempo. No obstante, Perpetua
descendía de una familia romana educada, noble y adinerada. La historia la reconocería más tarde
como la primera escritora cristiana.
Perpetua, junto con otros cristianos: Felicitas (embarazada de 8 meses), Revocato, Saturnino y
Segundo, de la casa de su padre, fueron sorprendidos en una reunión. Cuando fue encarcelada,
Perpetua acababa de dar a luz. A pesar de las muchas súplicas de su padre, Perpetua nunca renegó
de su cristianismo, aunque al hacerlo habría salvado su vida.
Poco después de ser encarcelados, Perpetua escribe: «Mi espanto fue grande al verme en tales tinieblas
que nunca antes había experimentado. ¡Oh, día terrible! Hacinamiento de presos, el calor era
insoportable, los golpes de los soldados, y a todo esto se añadía en mí la preocupación por mi hijo».13
Ya en la cárcel, consiguió que le dieran a su hijo para poderlo cuidar y amamantar, pues casi muere
de hambre. Aún estando presos y pidiendo a Dios dirección para saber si serían librados del martirio,
obtuvieron confirmación, por medio de un sueño, que no serían librados de tal suerte.
Pocos días después, se enteraron de que serían interrogados. Su padre vino de nuevo para rogarle
renegar de su fe. Perpetua escribió: ¨Mi padre vino desde la ciudad (Tuburbio) completamente
apenado, y fue donde yo estaba, para conseguir hacerme desistir de mi propósito, y me dijo: «Hija
mía, compadécete de mis canas; apiádate de tu padre, si es que merezco tal nombre. Ya que te he
criado, y gracias a mis cuidados has llegado a esta flor de la juventud, y siempre te he preferido a tus
hermanos, no me hagas ser la vergüenza de los hombres. Piensa en tus hermanos, en tu madre, en tu
tía; piensa en tu hijo que no podrá vivir sin ti. Abandona tu propósito que sería para todos nosotros
la perdición. Si tú eres condenada, nadie de nosotros osará presentarse en público». Así me hablaba
mi padre, y me besaba las manos, movido del gran amor que me tenía. Se echaba a mis pies, y con
lágrimas en los ojos no me llamaba hija, sino señora. ¡Qué compasión me daba mi padre, que iba a
ser el único de mi familia que no se había de alegrar de mi pasión! Yo lo consolé diciendo: «En el
tribunal sucederá lo que sea voluntad divina, porque más dependemos del poder de Dios que del
nuestro propio». Mi padre se retiró muy apenado¨.
Ya frente al tribunal, el procurador Hilariano, que hacía las veces de procónsul, le pidió de nuevo
renegar de su fe bajo las súplicas de su padre. Ella se negó y, por lo tanto, fueron condenados a morir
en el circo romano en medio de fieras salvajes.
Poco después, Felicitas dio a luz a una hija en la cárcel. Su hija fue después educada por una mujer
cristiana. La noche antes de morir, como es costumbre romana, a los condenados se les concede una
última cena. Perpetua, Felicitas y el resto de sus acompañantes aprovecharon esta ocasión para
celebrar la «Cena del Señor» por última vez.
Por fin llegó el día de «triunfo» como le llamó un testigo presencial anónimo que inmortalizó en tinta
el martirio de Perpetua y sus compañeros. Entre las fieras que se dispusieron para martirizarlos, se
encontraban un leopardo, un jabalí y un oso. Para Perpetua y Felicitas, se dispuso una vaca salvaje
para que las arremetiera. Ya que rehusaron que se les vistiera de diosas romanas, fueron humilladas
siendo despojadas de sus ropas y metidas en una red.
Al ser expuestas así, el gentío se horrorizó al verlas desnudas: «a la una tan joven y tan delicada, y a
la otra, que acaba de dar a luz, con los pechos aún destilando leche». Bajo la presión de la chusma,
los romanos les devolvieron sus ropas, y así Perpetua fue expuesta a la vaca salvaje, la cual arremetió
y la lanzó por los aires cayendo de espaldas. Al incorporarse vio su túnica rasgada, con la cual volvió
a cubrir su cuerpo «más preocupada del pudor que del dolor».14
Después de esto pudo acercarse a una de las puertas y dijo a su hermano y a otros que la
acompañaban: «Estad firmes en la fe, amaos unos a otros y no os escandalicéis de nuestros
tormentos». Mientras tanto, otro de sus compañeros, Saturnino, compartía el evangelio con un
soldado romano diciendo: «Al fin, como yo había predicho, ninguna fiera me ha dañado; así, pues,
apresúrate a creer, porque has de saber que en seguida voy a ser expuesto a un leopardo que de una
dentellada me quitará la vida». Finalmente, los cristianos restantes fueron puestos en círculo para
morir a mano de gladiadores.
Así sucedió este encuentro: El pueblo pidió que los sacaran al medio del anfiteatro, para gozar del
espectáculo de ver penetrar con sus ojos cómplices del homicidio la espada en el cuerpo de los
mártires. Estos, espontáneamente, se levantaron para dar gusto al pueblo, y se besaron unos a otros
para acabar en paz su martirio. Luego, inmóviles y en silencio, recibieron en sus cuerpos la espada.
Saturnino, que iba a la cabeza, fue el primero en morir. A Perpetua aún la esperaba un nuevo
tormento, porque habiendo caído en manos de un gladiador inexperto, este la hirió varias veces entre
las vértebras, lo que la arrancó gritos de dolor, hasta que ella misma se llevó la espada a su garganta.15
Así Perpetua, joven madre de 22 años, pasó a la eternidad, dándonos testimonio de su fe cristiana
inquebrantable. Yo me pregunto si mi fe sobreviviría a las pruebas que Pablo, Perpetua y muchos
otros cristianos sufrieron en los primeros 300 años de la Iglesia.
Si lees el recuento de Perpetua, verás que en todo este proceso, Dios estuvo tomándola de la mano.
No fue librada del sufrimiento, pero tampoco estuvo sola. Para Pablo y Perpetua, el evangelio no era
algo «de este mundo». La fe era primeramente una relación indisoluble con Jesús. Ambos sabían que
Dios existe: Pablo por un encuentro con Cristo resucitado, y Perpetua por el testimonio de los
apóstoles y la revelación divina directa por medio de varios sueños. Y aunque esto pasó hace ya
mucho tiempo, nosotros tenemos acceso a la misma fe que ellos tuvieron. En ti y en mí está la
decisión de adueñarnos de esa fe y de vivirla con plenitud hasta que el Señor venga.
POLICARPO de Esmirna: El mártir discípulo de Juan el apóstol
Policarpo fue un mártir cristiano del siglo segundo. La tradición dice que fue discípulo de Juan el
apóstol quien lo habría ordenado presbítero de la iglesia de la ciudad de Esmirna.
De Policarpo tenemos un amplio testimonio sobre lo que sucedió antes de ser martirizado por su fe
cristiana a manos del Imperio romano. Aquí un resumen de su vida.
Aunque desde muy joven fue cristiano, solo hasta el final de su vida fue perseguido y ejecutado. Su
muerte es el primer martirio registrado con detalle en la historia de la iglesia posterior al Nuevo
Testamento.
Policarpo vivió durante la era más formativa de la iglesia, al final de la era de los apóstoles originales,
cuando la iglesia estaba haciendo la transición a la segunda generación de creyentes. La tradición dice
que Policarpo fue discipulado por un apóstol y que fue nombrado en el ministerio por uno de los
doce discípulos de Jesús.
Si bien es poco o nada lo que sabemos acerca del testimonio final de Ignacio de Antioquía, sí tenemos
amplios detalles acerca de su amigo Policarpo, cuando le llegó su hora, casi medio siglo más tarde de
la muerte de Ignacio.
Discípulo del apóstol Juan
Policarpo nació probablemente hacia el año 69 d.C. No se conocen muchos detalles acerca de su
infancia y juventud, tampoco la fecha o detalles de su conversión.
Posteriormente, tanto Ireneo (130-202), que en su juventud lo escuchó hablar, y Tertuliano (160-220)
registraron que Policarpo había sido un discípulo de Juan el Apóstol. Jerónimo (342-420) escribió
que Policarpo fue un discípulo de Juan y que el mismo Juan le había ordenado líder de la iglesia de
Esmirna.
En sus últimos años, Policarpo trató de resolver disputas sobre la fecha para celebrar la Pascua, y se
enfrentó a uno de los herejes más problemáticos de la iglesia, Marción (85-160), a quien llamaba "el
primogénito de Satanás". Policarpo también fue responsable de traer al cristianismo a muchos
gnósticos. Su único escrito existente, una carta pastoral a la iglesia de Filipos, muestra que tenía poca
educación formal, que era modesto, humilde y directo.
Confrontación con Roma
Corría el año 155 d.C, y aún los cristianos no eran perseguidos masivamente. A los cristianos no se
les buscaba; pero si alguien les delataba y se negaban a adorar a los dioses romanos, les castigaban.¡
Policarpo ejercía su ministerio en Esmirna cuando un grupo de cristianos de la ciudad fue acusado y
condenado por los tribunales. Antes de ser asesinados, se les aplicaron los más dolorosos castigos,
pero ninguno de ellos negó su fe, pues "descansando en la gracia de Cristo tenían en menos los
dolores del mundo".
Por fin le tocó el turno a un anciano cristiano llamado Germánico de presentarse ante el tribunal, y
cuando se le dijo que tuviera misericordia de su edad y abandonara la fe cristiana, Germánico
respondió diciendo que no quería seguir viviendo en un mundo en el que se cometían las injusticias
que se estaban cometiendo ante sus ojos, y uniendo la palabra al hecho incitó a las fieras para que le
devorasen más rápidamente.
El valor y el desapego de Germánico enardecieron a la multitud, que empezó a gritar: "iQue mueran
los ateos!" es decir, los que se negaban a creer en los dioses romanos, y finalizaron la arenga diciendo
"iQue traigan a Policarpo!"
Huyendo de Roma
Cuando Policarpo supo que se le buscaba, y ante la insistencia de los miembros de su iglesia, salió de
la ciudad y se refugió en una finca en las cercanías. A los pocos días, cuando los que le buscaban
estaban a punto de dar con él, huyó a otro lugar. Pero cuando supo que uno de los que habían
quedado atrás, al ser torturado, había dicho dónde se escondía él, el anciano Policarpo decidió dejar
de huir y resistir las consecuencias.
Cuando Policarpo escuchó que los funcionarios romanos venían a arrestarlo, quiso esperarlos en
casa. Pero mientras estaba allí en oración, recibió algún tipo de visión. Lo que sea que viera o
escuchara, no lo sabemos. Simplemente informó a sus amigos que ahora entendía: "Debía ir a la
hoguera".
Los soldados romanos finalmente descubrieron el paradero de Policarpo y llegaron a su puerta.
Cuando sus amigos lo instaron a huir nuevamente, Policarpo respondió: "Hágase la voluntad de
Dios" y dejó entrar a los soldados.
A juicio
Policarpo fue escoltado hasta el procónsul local, Estatio Quadratus, quien lo interrogó frente a una
multitud de curiosos. Policarpo no parecía desconcertado por el interrogatorio; mantuvo un
ingenioso diálogo con Quadratus hasta que éste perdió los estribos y le amenazó. Policarpo solo le
dijo a Quadratus que mientras el fuego del procónsul dura solo un poco, el fuego del juicio reservado
para los impíos no se podía apagar. Policarpo concluyó: "¿Pero por qué te demoras? Ven, haz lo que
quieras".
De nuevo Quadratus le insistió diciéndole que si juraba por el emperador y maldecía a Cristo quedaría
libre. A lo que Policarpo respondió: “Llevo ochenta y seis años sirviéndole, y ningún mal me ha
hecho. ¿Cómo he de maldecir a mi rey, que me salvó?”
Finalmente, los soldados lo agarraron para atarlo a una estaca. Atado ya en medio de la hoguera, y
cuando estaban a punto de encender el fuego, Policarpo elevó la mirada al cielo y oró en voz alta:
“Señor Dios soberano te doy gracias, porque me has tenido por digno de este momento, para que,
junto a tus mártires, yo pueda tener parte en la copa de Cristo. Por ello te bendigo y te glorifico.
Amén”.
Así murió aquel anciano obispo a quien años antes, cuando todavía era joven, el viejo Ignacio había
dado consejos acerca de su labor pastoral y de la necesidad de ser un ejemplo de firmeza en medio
de la persecución.
Un relato sobre el asesinato de este mártir concluyó diciendo que la muerte de Policarpo fue
recordada por "…todos, incluso los paganos lo mencionan en todos los lugares".

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