Demandemos sus hijas para con ellas casar;
Creceremos en nuestra honra e iremos adelante.
Venían al rey Alfonso con esta puridad:
(Los infantes de Carrión proponen al Rey la solicitud de matrimonio con las hijas
del Cid. El Rey trata el asunto con Minaya y Pero Bermúdez, y pide vistas con el
Cid, que comunica por escrito la respuesta al Rey).
Merced os pedimos, como a Rey y a señor natural;
Con vuestro consejo lo queremos hacer nos,
Que nos demandéis las hijas del Campeador;
Casar queremos con ellas a su honra y a nuestra pro.
Una gran hora el Rey pensó y meditó:
Yo eché de tierra al buen Campeador,
Y, haciéndo yo a él mal y él a mí gran pro,
Del casamiento no sé si tendrá sabor;
Mas, pues vos lo queréis, entremos en la razón.
A Minaya Álvar Fáñez y a Pero Bermúdez,
El rey don Alfonso entonces los llamó;
A una cuadra, él los apartó:
Oídme, Minaya, y Pero Bermúdez, vos:
Sírveme mío Cid, el Campeador,
El lo merece y de mí tendrá perdón;
Viniéseme a vistas si de ello hubiese sabor.
Otros mandados hay en esta mi corte:
Diego y Fernando, los infantes de Carrión,
Sabor han de casar con sus hijas ambas a dos;
Sed buenos mensajeros y ruégooslCuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre
y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su
centro, y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de
sus cabal
Paralelogramo.
lerías, y, volviéndose a Sancho, le dijo:
-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron
los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el
mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la
vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los
hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en
este castillo que dejamos hemos tenido; pues en metad de aquellos banquetes
sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre
las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si
fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes
recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quie
donde había ejercitado la ligereza de sus pies y sutileza de sus manos, haciendo
muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y
engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas
audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había
venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas,
recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición
que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de
sus haberes, en pago de su buen deseo. Díjole también que en aquel su castillo no
había capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para
hacerla de nuevo; pero que, en caso de necesidad, él sabía que se podían velar
dondequiera, y que aquella noche las podría velar en un patio del castillo; que a
la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias, de manera que él
quedase armado caballero, y tan caballero, que no pudiese ser más en el
mundo.Dichosa edad y siglos dichosos23 aquellos a quien los antiguos pusieron
nombre de dorados24, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de
hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino
porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y
mío25. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario
para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y
alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su
dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos26, en magnífica
abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las
peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas
abejas27, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno28, la fértil cosecha de
su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques29 despedían de sí, sin otro
artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se
comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para
defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo
concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni
visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre30; que ella sin ser forzada
ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar,
sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban
las simples y hermosas zagalejas31 de valle en valle y de otero en otero32, en
trenza y en cabello33, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir
honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no
eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro34 y la por
tantos modos martirizada seda encarecen35, sino de algunas hojas verdes de
lampazosIV, 36 y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y
compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas
invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado37. Entonces se decoraban los
concetos amorosos del alma simple y sencillamente38ban2; y aunque él quisiera en
aquel mesmo punto ver si estaban en sazón de trasladarlos del caldero al estómago,
lo dejó de hacer, porque los cabreros los quitaron del fuego y, tendiendo por el
suelo unas pieles de ovejas, aderezaron con mucha priesa su rústica mesa y
convidaron a los dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que tenían.
Sentáronse a la redonda de las pieles seis dellos, que eran los que en la majada
había, habiendo primero con groseras ceremonias3 rogado a don Quijote que se
sentase sobre un dornajo4 que vuelto del revés le pusieron. Sentóse don Quijote, y
quedábase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de cuerno. Viéndole en
pie su amo, le dijo:
—Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería y cuán a
pique5 están los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de venir
brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en
compañía desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy
tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere6, porque
de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se diceI: que todas
las cosas iguala7.
—¡Gran merced8! —dijo Sancho—; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese
bien de comer, tan bienII y mejor me lo comería en pie y a mis solas9 como sentado
a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como
en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los
gallipavos de otras mesas10 donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco,
limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas
que la soledad y la libertad traen consigo. Ansí que, señor mío, estas honras que
vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería
andante11, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras
cosas que me sean de más cómodo y provecho12; que estas, aunque las doy por bien
recebidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo13.
—Con todo eso, te has de sentar, porque a quien se humilla, Dios le ensalza14.
Y asiéndole por el brazo, le for
—Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería y cuán a
pique5 están los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de venir
brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en
compañía desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy
tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere6, porque
de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se diceI: que todas
las cosas iguala7.
—¡Gran merced8! —dijo Sancho—; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese
bien de comer, tan bienII y mejor me lo comería en pie y a mis solas9 como sentado
a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como
en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los
gallipavos de otras mesas10 donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco,
limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas
que la soledad y la libertad traen consigo. Ansí que, señor mío, estas honras que
vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería
andante11, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras
cosas que me sean de más cómodo y provecho12; que estas, aunque las doy por bien
recebidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo13.
—Con todo eso, te has de sentar, porque a quien se humilla, Dios le ensalza14.
Y asiéndole por el brazo, le forzó a que junto délIII se sentase.
No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros
andantes15, y no hacían otra cosa que comer y callar16 y mirar a sus huéspedes, que
con mucho donaire y gana embaulaban tasajo como el puño17. Acabado el servicio de
carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de bellotas avellanadas18, y
juntamente pusieron un medio queso, más duro que si fuera hecho de argamasa. No
estaba, en esto, ocioso el cuerno19, porque andaba a la redonda tan a menudo, ya
lleno, ya vacío, como arcaduz de noria20, que con facilidad vació un zaque21 de dos
que estaban de manifiesto. Después que don Quijote hubo bien satisfecho su
estómago, tomó un puño de bellotas en la mano22 y, mirándolas atentamente, soltó la
voz a semejantes razones: merindeses.