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La Imaginacion Cientifica 2

Este documento explora la importancia de Michael Faraday y James Clerk Maxwell en el desarrollo del electromagnetismo, destacando su impacto en la física y la tecnología contemporánea. A través de sus innovaciones, se integraron conceptos de electricidad y magnetismo, sentando las bases para avances como la teoría de la relatividad de Einstein. Además, se reflexiona sobre el papel de la imaginación científica en la construcción del conocimiento y la enseñanza de la física.
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La Imaginacion Cientifica 2

Este documento explora la importancia de Michael Faraday y James Clerk Maxwell en el desarrollo del electromagnetismo, destacando su impacto en la física y la tecnología contemporánea. A través de sus innovaciones, se integraron conceptos de electricidad y magnetismo, sentando las bases para avances como la teoría de la relatividad de Einstein. Además, se reflexiona sobre el papel de la imaginación científica en la construcción del conocimiento y la enseñanza de la física.
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Num.

14, – ISSN 2683-7129 (en línea)

Espacio conceptual
La imaginación científica.
Faraday, Maxwell
y el descubrimiento del electromagnetismo.

Nada es demasiado maravilloso para ser cierto


si es consistente con las leyes de la naturaleza.
M. Faraday

I.
Este texto nació como la respuesta a una suerte de desafío: pensar con y a partir de
algún clásico de la física. Tarea nada sencilla puesto que, como tendremos oportunidad de
discutir brevemente en estas páginas, el estatuto de los clásicos en la física es un problema
que por sí mismo amerita una reflexión. En cualquier caso, considerando la diferencia entre
las trayectorias académicas de los autores1, la propuesta nos ofrecía también un espacio
epistemológico común para ejercitar en conjunto el pensamiento, porque nos invitaba a
dirigirnos a la historia de la ciencia, esa zona franca en que las ciencias exactas y sociales
se entrecruzan con frecuencia.

1
Velasco realizó su formación de grado en Física y enfocó su doctorado al estudio de las problemáticas relativas
a la enseñanza de la disciplina. Díaz es filósofo e hizo su trayecto de posgrado en un campo denominado
“Estudios Sociales de la Ciencia”, una rama de las ciencias sociales abocada al estudio de las ciencias. (N. del
E.)
Num. 14, – ISSN 2683-7129 (en línea)

Antes de abordar el capítulo de la historia de la física que nos interesa ofrecer a los
lectores de Scholé, es necesario aclarar, a modo de advertencia, que los clásicos en la
física, a diferencia de otras áreas del conocimiento, suelen abordarse de forma indirecta. Así
como en la literatura tenemos clásicos como Don Quijote de la Mancha o Hamlet y en la
sociología La división del trabajo social de Durkheim, en física existen textos que han
funcionado como piedra angular de ciertos campos del conocimiento físico. Entre los
documentos más relevantes encontramos, por ejemplo, al Principia mathematica de Newton
o Mecánica Cuántica de Planck, Heisenberg, Schrödinger y otros. Es poco frecuente que
quienes nos acercamos al conocimiento de la física (sobre todo con el objetivo de que esta
sea enseñada) acudamos a la fuente original de estos textos, sino que accedemos por
medio de otros que compilan los emergentes presentes en los documentos. Esta forma de
encontrarnos con los clásicos de la física es, inevitablemente, un producto de la
interpretación y fines con la que el compilador recupera la obra. En este sentido, hay una
notable diferencia con las ciencias sociales, disciplinas entre las cuales suele ser habitual, y
muchas veces fructífero, revisitar las ideas y las páginas de los padres fundadores. A modo
de ejemplo, podemos mencionar el hecho conocido, incluso para quienes no son avezados
en esta área, de que la sociología nunca ha dejado de discutir con aquellos tres padres:
Durkheim, Marx y Weber. No solo de discutir los conceptos, ideas y perspectivas, sino
precisamente la literalidad de sus obras clásicas, como Economía y sociedad o Las reglas
del método.
Pese a estas importantes diferencias en el abordaje de las obras y autores
canónicos para las ciencias de la naturaleza y las del hombre, en lo que respecta a los
protagonistas de la historia que queremos narrar aquí, no cabe duda alguna acerca de su
estatuto. Son, sin dudas, clásicos. Lo son porque, como veremos, no solo fundaron un
campo de estudio dentro de la física, sino porque la importancia de ese campo (y sus
aplicaciones tecnológicas) es tan grande que debería incluirse entre los hitos históricos que
jalonan la constitución de nuestras sociedades contemporáneas tal como las conocemos.
Num. 14, – ISSN 2683-7129 (en línea)

Los protagonistas son, no extenderemos más el suspenso, Michael Faraday


(1791-1867) y James C. Maxwell (1831-1879). Existe una anécdota que permite ilustrar
hasta qué punto su importancia, trascendental para la física, puede ser desconocida para el
no especialista. Cuenta uno de los biógrafos de Einstein que, cuando el científico visitó por
primera vez la Universidad de Cambridge, un anfitrión comentó que el pensamiento del
alemán llegó tan lejos por estar parado sobre los hombros del más ilustre de los físicos que
estudiaron en esa universidad, Newton. A ello, Einstein respondió: “No es así, más bien me
paro sobre los hombros de Maxwell” (McKenna-Lawlor, 2009, p. 103). Tal vez la rectificación
haya sido para subrayar lo que no era tan obvio, porque en realidad Einstein tenía tres
grandes héroes, cuyas imágenes colgó en cuadros en su estudio: Newton, Faraday y
Maxwell (Arianrhod, 2006).
Faraday y Maxwell son responsables, en conjunto, del desarrollo del
electromagnetismo, un campo de estudio de la física cuya constitución supuso un enorme
avance epistemológico al integrar dos fenómenos fundamentales de la naturaleza (la
electricidad y el magnetismo) en una única teoría. Pero también se trata de un área de
estudio de gran impacto social, con aplicaciones tecnológicas que van desde los motores y
los generadores eléctricos hasta las telecomunicaciones, y que constituye un hito
fundamental en el proceso de innovación tecnológica al que llamamos “segunda revolución
industrial”, responsable de abrir las puertas de la sociedad contemporánea tal y como la
conocemos.
Num. 14, – ISSN 2683-7129 (en línea)

La historia de este descubrimiento es apasionante por la dimensión intelectual de


sus protagonistas y por el efecto social y cognitivo de su hallazgo, pero también porque nos
ofrece una oportunidad para reflexionar sobre dos cuestiones muy significativas para una
publicación sobre pedagogía y cultura. En primer lugar, nos permite poner de relieve la
complejidad que reviste el pensamiento científico, una complejidad que trataremos aquí de
manera reducida a partir de dos dimensiones fundamentales: el pensamiento abstracto
formal y la imaginación creativa. Nuestra idea es, por un lado, resaltar el valor de la
dimensión imaginativa de la construcción del conocimiento científico, que queda
comúnmente relegada –cuando no completamente velada– en los espacios de enseñanza
de la física, especialmente en los niveles obligatorios. Tal vez la razón reside en el peso que
allí tiene el imperativo de fortalecer el pensamiento matemático, frente al cual, a veces,
todas las disciplinas específicas parecieran ser una excusa para su desarrollo. En segundo
lugar, nos interesa narrar esta historia porque ofrece, además, puntos de vista interesantes
para reflexionar sobre el estatuto de los clásicos en todas las disciplinas científicas, sean
sociales o naturales. Pero no nos adelantemos. Comencemos la narración como
corresponde, por el comienzo.

II.

Michael Faraday, tercero de cuatro hermanos, nació en los suburbios de Londres en


1791, en una familia muy pobre –el mito dice que sus padres le daban una hogaza de pan
junto con la advertencia de que le debía durar una semana–. Sin acceso a una educación
formal, Faraday adquirió los conocimientos básicos en una escuela eclesiástica dominical;
posteriormente hizo sus primeros pasos en el conocimiento científico de manera totalmente
autodidacta. Primero, como encuadernador y vendedor de libros, oficios que le permitieron
alimentar su curiosidad insaciable. Entre aquellos libros, dirigió su interés al estudio de la
química. Luego, gracias a la generosidad de uno de los clientes de la librería, pudo asistir a
las conferencias del químico Humphrey Davy en la Real Sociedad de Londres. Durante su
asistencia, Faraday tomó más de 300 páginas de notas que compartió con el autor de las
lecciones en un intento por resolver algunas dudas puntuales. En esas notas meticulosas, el
ojo químico de Davy distinguió la pasión de Faraday por el estudio de la naturaleza, por lo
que decidió tomarlo como secretario. Algunas fuentes sostienen que ese fue, precisamente,
el mayor descubrimiento científico de Davy: el talento de Michael Faraday.
Pero las mayores contribuciones de este autodidacta inglés corresponden a la física
más que a la química. Sin disponer de una formulación matemática que la respaldara,
Faraday pudo imaginar una respuesta alternativa a la pregunta sobre cómo actúan las
fuerzas magnéticas a través de la idea de “campos”. Para comprender la dimensión de esta
ocurrencia, es necesario recordar cómo enfocaba el tema la comunidad científica de su
tiempo. Antes de los aportes de Faraday, primaba la idea de que puede haber fuerzas que
actuaban a distancia (una idea premoderna que remite a Aristóteles, la actio in distans). Es
decir, un objeto puede afectar o influir sobre otro sin contacto. Esta idea era sostenida por
los académicos del momento, de tradición newtoniana. Para explicar los fenómenos
eléctricos y magnéticos, se pensaba que cada uno de estos era producido por un fluido
hipotético que viajaba entre los cuerpos.
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Faraday abandonó la teoría de los fluidos para explicar la electricidad y el


magnetismo, y propuso los conceptos modernos de campos eléctricos y magnéticos.
Para imaginarnos qué es un campo, podemos pensar que es una zona que rodea las
cargas eléctricas, los imanes o las corrientes eléctricas, en donde, si se coloca otra carga
eléctrica, imán o corriente eléctrica, según el caso, estas sufrirán los efectos de una fuerza
que las atrae o las repele.
De este modo, la propuesta de Faraday, sostenida fundamentalmente en una
concepción hipotética e imaginativa, se apartaba de la respetabilísima teoría newtoniana de
la acción a distancia, que era mantenida por casi la totalidad de las autoridades científicas
de la época, como Charles de Coulomb o Jean-Baptiste Biot. La idea de Faraday era
revolucionaria e intuitivamente brillante. Del mismo modo que el concepto de energía
proporcionó un vínculo unificador entre los fenómenos mecánicos y térmicos, el concepto de
campo suministró a la electricidad, el magnetismo y la óptica un marco común de teorías
físicas; permitía comprender cómo la electricidad puede convertirse en magnetismo y cómo
ese magnetismo puede reconvertirse en electricidad. Sin embargo, como mencionamos,
Faraday carecía de formación en matemática avanzada y no llegó a formular
matemáticamente sus resultados experimentales. Y las revoluciones científicas exigen ideas
brillantes, pero también de un procedimiento riguroso que las sustente.
El otro protagonista de esta historia, James Clerk Maxwell, nació en Edimburgo en
1831, en el seno de una familia perteneciente a la pequeña nobleza de terratenientes
escoceses. Recibió su primera educación de la mano de un instructor particular en la finca
familiar y, parcialmente, en una escuela en la capital de Escocia, donde, pese al maltrato de
sus compañeros –a causa de sus modismos rurales para hablar–, destacó en el estudio de
las matemáticas. Siendo niño demostró un notable interés por la ciencia, reforzado por los
estímulos familiares. Desde los 12 años fue acompañado por su padre a la Real Academia
Científica de Edimburgo. Asistido por un profesor, en 1845 presentó allí su primera
publicación sobre la construcción de elipses, lo que le valió su incorporación a la máxima
institución científica de su país a la edad de 14 años. Estudió física y matemáticas en las
universidades de Edimburgo y Cambridge con los más ilustres profesores de su tiempo, y
comenzó su propia carrera como profesor en Aberdeen a los 25 años.
Maxwell realizó la formulación matemática de las teorías de Faraday, al que
admiraba profundamente. Para ello aceptó las ideas intuitivas de Faraday sobre la
existencia de campos eléctricos y magnéticos y su concepto de líneas de fuerza,
abandonando definitivamente la doctrina clásica mantenida hasta entonces de las fuerzas
eléctricas y magnéticas como acciones a distancia. Esto suponía poner la autoridad de las
ideas de Faraday, un autodidacta sin mucha influencia en el ámbito de la gran teoría
científica, contra el prestigio de las ideas del más grande clásico de la física hasta ese
momento: Newton.
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Maxwell propuso veinte ecuaciones que relacionan las variables de los campos
eléctricos y magnéticos y que rigen el comportamiento de la interacción electromagnética.
En 1884, Oliver Heaviside (1850-1925) y Williard Gibbs (1839-1903) sintetizaron estas
ecuaciones en las cuatro “ecuaciones de Maxwell”, como se conocen hoy en día. De esta
manera, demostró que las ecuaciones del campo electromagnético, al que Faraday
imaginaba como una estructura estática, podían combinarse para originar una ecuación de
onda y, así, pensar en la posibilidad de la existencia de las ondas electromagnéticas
dinámicas.
Con la teoría del campo electromagnético, Maxwell logró unir en un mismo marco
teórico distintos fenómenos fundamentales de la física: la electricidad, el magnetismo y la
luz. Este aporte al conocimiento no solo permitió comprender de manera más acabada
algunos fenómenos físicos, sino que generó un completo cambio de paradigma. La
descripción matemática del electromagnetismo modificó la forma en la cual concebimos el
mundo. Maxwell y Faraday, al sustituir la idea de fuerzas a distancia por la noción de un
campo electromagnético, caracterizado por la propagación de ondas, sentaron una de las
bases sobre las que Albert Einstein desarrolló la teoría de la relatividad, que fue el siguiente
gran salto paradigmático en la concepción científica del tiempo y el espacio.
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El mundo que hoy conocemos no sería el mismo sin el aporte de la imaginación


visionaria de Faraday y Maxwell. La interpretación sobre los fenómenos electromagnéticos
desarrollada por estos investigadores ha permitido que podamos transmitir información sin
cables: las ondas de radio, la telefonía celular, internet y la televisión son ejemplos de ello.
También este conocimiento ha permitido desarrollar desde artefactos de cocción hogareños,
como el microondas, hasta tecnología de detección por radares y la comunicación satelital.
El impacto es tal que parece casi imposible imaginarnos nuestros días sin los artefactos
producidos gracias a este avance en el conocimiento científico.

III.
La historia de estos dos distantes investigadores británicos es muy rica para
reflexionar sobre el pensamiento científico, sobre la imagen que tenemos de él y sobre las
condiciones sociales y epistemológicas que hacen que una idea se transforme en un
clásico.
En primer lugar, nos interesa destacar la imagen tradicionalmente asociada a los
clásicos de cualquier disciplina, la de un panteón de estatuas de mármol que transmite una
armonía solo verdadera en apariencia. Es la calma de la quietud de los muertos. Al revisar
la vida, es decir, el pensamiento de los clásicos en acción, dinámicamente, encontramos
oposiciones, temores, luchas y coraje. La antropología de la ciencia ha señalado este
contraste, por ejemplo, en la noción de Bruno Latour (1995) entre una ciencia hecha y una
ciencia en construcción (in the making).
Esto es cierto desde los primerísimos clásicos: ya Aristóteles decía que era amigo de
Platón pero más amigo era de la verdad. Del mismo modo, Faraday se enfrentó a la ciencia
canónica de su tiempo, dominada por la idea newtoniana de acción a distancia, al formular
la concepción estática de los campos electromagnéticos. En la misma línea, Maxwell se
aventuró, contra esos mismos prejuicios, al construir el soporte de validación matemática y
de precisión conceptual que requerían las ideas de Faraday para constituirse en una
verdadera teoría científica. Algo nos dice esta dimensión agónica del pensamiento de los
clásicos sobre el pensamiento en sí mismo: para ir más allá, es necesario romper con las
formas de pensamiento dominantes en un momento dado. Y a veces, para operar esa
abstracción y esa ruptura, son tan necesarios los símbolos del lenguaje matemático como el
color de la imaginación.
En efecto, el elemento más llamativo de esta historia es, para nosotros, el lugar que
tiene en ella el pensamiento imaginativo. Por supuesto que la ciencia es una forma rigurosa
del pensamiento que requiere, como uno de sus momentos fundamentales y necesarios, de
formas precisas de abstracción, como el lenguaje matemático. Pero también requiere de
otras formas de abstracción, como la imaginación y la especulación creativa. Faraday no
podía articular matemáticamente su concepto de campo magnético, sin embargo, pudo
aproximarse a este fenómeno a través de lo que podríamos denominar una intuición
imaginativa. Esa imaginación es imprescindible en el proceso de abstracción respecto de,
para decirlo en términos de Kuhn (2006), la ciencia normal de su tiempo.
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¿Acaso la visión heliocéntrica de Copérnico no supuso una abstracción respecto de


la experiencia cotidiana que tenemos, la de ver al sol moverse por encima de nuestras
cabezas? Los investigadores contemporáneos a nuestros protagonistas no habían podido
–o no se habían atrevido– a romper con la gramática newtoniana. En este sentido, nos
interesa la idea, implícita en esta historia, de que la ruptura revolucionaria con un paradigma
supone una forma de abstracción. Abstraerse es, en este sentido, separarse de las ideas y
de las imágenes dominantes en una época. Si aceptamos esto, la imaginación es también
una de las formas del pensamiento abstracto.
No intentamos atribuir esta dimensión creativa de la imaginación únicamente a
Faraday. Esta historia ilustra también una lección de sociología: no se trata de dos
mentalidades, una más creativa y otra más formal, sino de dos trayectorias institucionales,
con accesos diferenciales al capital simbólico del lenguaje matemático avanzado. Faraday
no manejó ese lenguaje porque su trayectoria educativa estuvo jalonada por la pobreza y la
marginación.
Sin embargo, inversamente, el acomodado Maxwell se lanzó con igual valor al
decidir empeñar sus esfuerzos en la construcción de una idea disonante respecto del
paradigma de su tiempo.
Para concluir estas notas, queremos dejar abierta una reflexión en torno a las
prácticas pedagógicas. Es habitual que en nuestras prácticas de enseñanza en el ámbito de
las ciencias naturales, en particular en la física, donde frecuentemente se pone el énfasis en
el dominio de las operaciones matemáticas y la identificación de las fórmulas adecuadas
para resolver problemas predeterminados, se minimice o se omita completamente la
dimensión imaginativa y creativa del pensamiento científico. La historia de Faraday y
Maxwell nos muestra la importancia de trabajar con nuestros estudiantes, de manera
entrelazada, la dimensión creativa y la dimensión formal del pensamiento. Como hemos
visto, el conocimiento científico se ha desarrollado en base a la conjunción de estas
dimensiones. Será nuestra tarea ofrecer a los estudiantes oportunidades para que su
creatividad e imaginación sean desplegadas y puestas a consideración en la clase. Para
lograr esto, será necesario empoderar sus palabras, sus puntos de vista, sus ideas y
considerar sus aportes para la construcción colectiva de consensos en dirección del
conocimiento canónico. De esta manera, se acercarán no solo al conocimiento científico,
sino también a la forma en la cual se construye.

Referencias

Arianhrod, R. (2006). Einstein’s Heroes. Imagining the World through the Language
of Mathematics. Oxford: Oxford University Press.
Kuhn, T. (2006). La estructura de las revoluciones científicas. Ciudad de México:
Fondo de Cultura Económica.
Latour, B. (1995). Ciencia en acción. Cómo seguir a los científicos e ingenieros a
través de la sociedad. Barcelona: Labor.
McKenna-Lawlor, S. (2009). Voyages at the Edge of Forever. En M. S. Thompson
(Comp.), The Fire i’ the Flint. Essays on the Creative Imagination (pp. 95-123). Dublin: Four
Courts Press.
Num. 14, – ISSN 2683-7129 (en línea)

Este artículo es el producto del trabajo colaborativo entre el/la autor/a y los diferentes equipos de producción del
ISEP.

Cómo citar este artículo

(2024). Revista Scholé n.°14. Córdoba: Instituto Superior de Estudios Pedagógicos,


Dirección General de Educación Superior, Ministerio de Educación de Córdoba.
Recuperado de: https://schole.isep-cba.edu.ar/la-imaginacion-cientifica/

Créditos del artículo

Nicolás Velasco y Germán Díaz | Autores


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