EL BENTEVEO (BICHO FEO) por Susana C.
Otero (adaptaciones e ilustración)
En medio del monte vivía una vieja casi centenaria, cuya única compañía
eran dos muchachitos huérfanos, que ella había recogido y criado desde
su más temprana edad.
La anciana era un déspota, dado que por su edad avanzada había
quedado desdentada, solo podía ingerir productos tiernos, como frutas,
verduras, peces, perdices o tatúes, para lo cual los jovencitos habían sido
adiestrados a fin de satisfacer las necesidades de la anciana.
Con el correr del tiempo, los muchachitos fueron creciendo y por el
contrario la mujer cada vez envejecía más, leyes de la naturaleza. Como
consecuencia de ello, ya casi no podía valerse por sí misma y los jóvenes
debían turnarse para servir a la anciana.
Ella tenía una existencia monótona, pero alimentaba su pereza despuntando su vicio favorito, se deleitaba fumando un
rústico cigarro que los muchachos armaban y encendían.
La anciana encorvada y añosa lucía una cabellera blanquecina, sucia y despeinada y sujetaba sus desmechados cabellos
con una vincha amarillenta. Solía sentarse bajo una enramada a disfrutar su pitillo, que acariciaba con sus dedos arrugados
y corvos.
Cada vez que el tabaco dejaba de arder, ella con voz enérgica gritaba: - ¡pitogüé!, ¡pitogüé! -.
Siempre uno de los dos hermanos andaba cerca para servir a quien ellos le decían mamá, pero si por cualquier infortunio
no acudían al instante, ella dejaba escapar una tupida sucesión de improperios que solían ser muy mordaces. Su voz
chillona había perseguido a los jóvenes desde su más temprana infancia y llegó a ser una verdadera pesadilla.
Ese insistente llamado les había coartado definitivamente la libertad, ellos eran incapaces de disfrutar juntos un juego o
cazar en el monte. Debían estar continuamente pendientes de los requerimientos que ella les imponía.
Ya cansados de servir continuamente de quien nunca habían obtenido una señal amorosa, se sentían totalmente
vulnerados por los exigentes requerimientos de la anciana.
Un caluroso día de verano, el mayor de ellos le dijo al otro:
- ¡vámonos!, dejemos sola a esta ingrata madre nuestra y que se arregle como pueda,
- ¡no!, ella a pesar de todo nos ha dado cobijo y nos ha criado-,
-sí, pero nos vuelve locos y nos trata como si fuésemos sus esclavos, estoy harto de escuchar sus ¡pitogüé!, ¡pitogüé! y
tener que dejar todo, para satisfacer su vicio.
No tardaron mucho tiempo en decidirse, al caer la tarde, decidieron marcharse definitivamente.
Esperaron que ella cayera en un pesado sopor sosteniendo en su mano derecha un pucho que aún humeaba, se llevaron
lo puesto, y se internaron en el monte.
Cuando la vieja despertó, comenzó a llamarlos a los gritos, al no recibir respuesta, encolerizada se prometió que al morir
su alma reencarnaría para perseguir a los desagradecidos.
Mientras tanto, los jóvenes sintiéndose libres y felices se internaban más y más en el monte, pero en su conciencia creían
seguir escuchando el amenazador llamado de su madre adoptiva.
Al llegar el otoño, mientras los hermanos pescaban en un riacho, les pareció oir los gritos desesperados de aquella mujer.
Uno de ellos, le dijo al otro:
-la vieja nos está llamando-,
-estamos muy lejos de ella, eso es imposible y volvió de nuevo a su deporte favorito.
Aparentemente estaban libres y disfrutaban del esparcimiento, sin embargo, el remordimiento los tenía intranquilos y a
cada rato les resonaba en sus oídos, el sórdido grito de ¡pitogüé!, ¡pitogüé!
Una mañana, mientras recogían unos frutos del monte, ambos pegaron un respingo, claramente ambos oyeron lo mismo,
era nítido y cercano, no dudaron en reconocer que la anciana los estaba llamando.
Por más que buscaron, solo vieron un ave, que dejaba escapar de su pico el inconfundible ¡pitogüé!, ¡pitogüé!
Ambos se estremecieron, estaban aterrorizados, allí sobre una rama de un frondoso aguaribay, con las patas sujetas a una
rama que semejaban ser las manos de la vieja, que como garras sostenían su pitillo, ahí estaba con su nariz puntiaguda y su
vincha amarillenta.
Los hermanos muertos de miedo, solo atinaron a correr perseguidos insistentemente por el ave con los reiterados gritos:
¡pitogüé!, ¡pitogüé!
Los sueños de libertad estaban hechos trizas, y ahora también estaban convencidos que, viviendo en el monte, jamás
podrían hallar la paz, porque la reencarnación de la vieja los perseguiría por siempre.