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HIDROS

HIDROS es un cuento de realismo mágico escrito por Erik Iván Alcocer Martínez, que explora la soledad, la memoria y la búsqueda de significado a través de la poesía. El protagonista se encuentra atrapado en un mundo de recuerdos y emociones intensas, mientras navega por un paisaje urbano lleno de simbolismo y reflexiones sobre la vida y la muerte. A lo largo de la narrativa, se entrelazan elementos de la naturaleza y la lucha interna del personaje, creando una atmósfera rica y evocadora.

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HIDROS

HIDROS es un cuento de realismo mágico escrito por Erik Iván Alcocer Martínez, que explora la soledad, la memoria y la búsqueda de significado a través de la poesía. El protagonista se encuentra atrapado en un mundo de recuerdos y emociones intensas, mientras navega por un paisaje urbano lleno de simbolismo y reflexiones sobre la vida y la muerte. A lo largo de la narrativa, se entrelazan elementos de la naturaleza y la lucha interna del personaje, creando una atmósfera rica y evocadora.

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Portada:

Título: HIDROS.

Género: Cuento, Realismo Mágico.

Sinopsis: Lejos de ti, Tormenta de Lirios, Color Jade.

Datos del autor: Erik Iván Alcocer Martínez.

Seudónimo: Navbyi.

Fecha y lugar de nacimiento: Ciudad Madero, Tamaulipas. 31 de Julio del año

2000.

Correo electrónico: ivanlive28@[Link]

Domicilio: Vicente Guerrero #406, Laguna de la Puerta, CP. 89310, #8143634281.

Semblanza del autor: Iván Alcocer (Cd. Madero, 2000). Es estudiante de Psicología

y aspirante a ser investigador y divulgador de las ciencias del comportamiento.

A lo largo de su vida, ha sentido una profunda pasión por las historias y por

el cine y el arte en general. Aunque no cursó la preparatoria, a los 20 años

decidió retomar sus estudios. En el tiempo en que no estuvo en la escuela,

trabajó en diversas ocupaciones y estudió diseño gráfico en línea. Su interés

por la ciencia y el arte lo ha llevado a explorar distintas disciplinas, siempre

con el objetivo de integrar su amor por ambas.

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I

LEJOS DE TI

Un mar de lirios me domina, encontrándome cautivo en letanía, donde

desesperado arrojo mis brazos al cielo mientras mis gritos de

auxilio son ahogados por aguas negras. De pronto siento cómo caen

pétalos de agua cristalina que se deciden a posarse sobre mí,

enredándose en donde antes descansaban recuerdos. Recuerdos que

hacen de la soledad un mundo repleto de ceniza, esparciéndose como

esporas y manchando con el opaco color de la nostalgia. Son memorias

que dejan un rastro que guía hacia un viejo pozo que llama en

susurros a quienes ya lo han olvidado, guarda historias

aparentemente inconexas, pero que siempre llevan al mismo sitio.

Mi cuerpo es testigo del dolor que provoca la condena de la ausencia

que es peor que el hambre que no cesa, haciendo de las costillas

jaulas con púas. El dolor de mis huesos convoca a mi alma a

transitar un éxodo hacia una tormenta de lirios que me arrastran

al fondo del agua, donde, en un acto de prestidigitación, la cordura

desaparece y solo deja como prueba de su existencia cenizas. Para

eso existe la poesía: para transmutar dolores que no dejan huella.

¿Quién, si no, convierte incluso al más cobarde de los hombres en

un Prometeo? ¿Quién más, si no, nos vuelve dioses, sin importar

qué tan cercanos a la muerte nos encontremos? Solo hace falta un

par de palabras para hacernos beber de la misma copa, como si fuera

un puente escalonado que nos lleva al cielo. Me le imagino con

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forma de serpiente, arrastrándose mientras se atraganta con la

memoria, enredándose lentamente sobre el vientre de cada hombre,

haciendo de él un nido de estaño encendido que le permite abrir

como paja cualquier ventana. Esa clase de fuego en mi cabeza,

durante la noche, se convierte en un asalto a mano armada a la

intimidad de mi memoria, en el que, tan rápido como las ráfagas de

balas se detonan, son interceptadas a quemarropa por los cuerpos

de inocentes, de quienes brota sangre y mancha el piso con los

recuerdos de besos que expelen bólidos de fuego, haciéndome

despertar como una monarca alada que sale de su capullo. Detrás de

mi asiento, hay extranjeros llamando a Dios y al dinero. El neón,

el bullicio y la música hacen vibrar el cuerpo de todos los

pasajeros, haciendo innecesaria la presencia de audífonos o música

propia. Aun así, los presentes la preferimos, pues para muchos, el

mayor tiempo de calidad a solas o de la compañía de seres queridos

en el día es dentro de este momento. Por ello, los microbuses me

parecen pequeñas capillas andantes, un lugar de reunión de almas

que van de un punto a otro, tanto física como espiritualmente,

pensando en sus seres queridos, así como en sus deseos. No le

llamo limbo o purgatorio porque, inclusive, la estética es casi la

misma que la de una capilla, solo que un poco más austera y

creativa, con sus santos y sus símbolos, algunos más coherentes

que otros. Lo menciono porque, al abordar, he visto estampas

pegadas de vírgenes y caricaturas con similar jerarquía. Y es que

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los símbolos son importantes, más en días como hoy, que el sol se

esconderá. Hoy, ni siquiera el sol es tan valiente para hacerse

presente, la lluvia es tanta que las alcantarillas vomitan,

haciendo que las calles huelan tanto que por ello volteo al cielo,

y me pregunto cómo se verá el cielo de la ciudad durante un eclipse,

si aquí, con normalidad, durante la noche el cielo se vuelve un

cristal encendido. A pesar de ser bello, es apocalíptico el

destello naranja que deja consigo, como la contaminación del fuego

refinado de dos dragones petroquímicos. Aun así, me gusta sentarme

en el techo para mirarle, como si fuera el sol el que brilla, tal

cual como estrella que es, pero una ya marchita. Harto de ver cómo

el hombre y el tiempo esculpen la naturaleza hasta dejarla muerta,

es que desde hace un año rastreo sitios nuevos: callejones,

avenidas, cruces y pasos de terracería, porque cualquier mapa

cognoscitivo anterior que habita en mi conciencia me lleva de

regreso a aquellos recuerdos de ella que me queman. Por eso, ahora

tomo rutas desconocidas, donde incluso los perros me ahuyentan y

gritan que mi presencia no es bienvenida. Está bien, mientras no

tenga que ver más el paso del tiempo llevándose aquello que amo.

Ya no logro recordar cómo habitaba sin la poesía que me permite

evitar algunos que otros malestares. La poesía me hace encontrar

la calma que ansía mi pecho al danzar de las hojas que bailan con

el respirar de los árboles arremolinados. No sabría decir si un

día caeré náufrago de un dolor del que no me pueda levantar jamás,

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producto de los síntomas de la enfermedad que me arrastra, pero

solo al caminar por las calles ya oscuras, sobre el húmedo asfalto

y el olor a viejos motores de carrocería y comida barata, me

pregunto si todo esto es un delirio o si lo que realmente me asusta

es perderme en el olvido. ¿Habrá un día en que nadie note que

alguna vez aquí nos gustaba ser? Dejando de nosotros no un fantasma,

sino una alucinación aparentemente ya lejana, que recorre el pecho

y el cuello hasta llegar a la cabeza. No es una tormenta de lirios

la que sufro entonces, es una de delirios que me acechan y me

arrastran a un lugar que desconozco y no comprendo. De ello me

advierto al bajar del microbús, mientras atravieso las calles

viejas en rumbo a las vías del tren, mirando los vidrios de cada

casa e intentando husmear en la vida de aquellas familias que

asoman su vida detrás de las cortinas, siempre observo cuál es el

color que usan en sus salas, si tienen o no un retrato de la Última

Cena sobre la mesa, o qué mosaicos decoran sus pisos. Me hacen

pensar en la gente en la calle que se incomoda conmigo, solo porque

permito que la suciedad se repose sobre mi ropa con tranquilidad.

Pues, ¿quién soy yo para no dejar que la vida crezca sobre las

telas de mis prendas? Incluso si se mancha el blanco de mis zapatos

o la mugre se acumula debajo de mis uñas, tendría que dar gracias

si le otorgan colores diversos como regalo. En el camino que

transito se cruza frente a mis hojos una flor semejante a una

buganvilia, acolchonada como un corazón, con raíces largas y de un

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color singular que ni siquiera creo ser capaz de imaginar

nuevamente. Parece vibrar. Esta flor cae, partida, sobre el pálido

techo de varios hongos al borde de las vías del tren por donde

camino. La levanto del suelo, esperando encontrar la paz en un

mundo tan quebrado, e intento unir cada pedazo cual figura de

porcelana. No sabría ni por dónde empezar, ni qué pegamento

utilizar. Siento que cada vez que tomo un pequeño trozo, no hago

sino cortarme y fracturar más cada frágil pedazo. Ya no sé si es

mejor dejarlo así, para poder perdurar lo poco que quede de tan

bella flor. La flor me pide comerla, y sin demora, la devoro en

un instante. La introduzco en mi boca y la luz cae sobre mis ojos

con tal fuerza que me ciega.

II

TORMENTA DE LIRIOS

En cercanía con mi destino, de pronto me siento perdido. El mundo

se oscurece cada vez más; las calles y las personas se vuelven

ajenas. Pareciera que, de repente, existe algo maligno acechando,

y siento la necesidad de huir. Desearía ser Orfeo para embelesar

con mi lira a esa bestia que me acecha: es una criatura de color

jade que se esconde en las calles, impidiendo mi paso con sombras

que posan sus ojos sobre mi carne, cual presa. Por lo general,

cuando me dispongo a recorrer la ciudad durante la transgresión de

un estado de conciencia, suelo imaginar mi camino como un paseo

real, con alfombra roja, grabados e incrustaciones de ópalos,

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minerales y metales dignos de las altas exigencias de los códigos

de la realeza. Ahora solo veo la penumbra, que se posa seductora.

Siempre que paso frente a las puertas de los hogares cercanos al

camino, me tomo un momento para intentar descifrar cómo fue hecha

la madera vieja y preguntarme de qué metal serán las enormes

bisagras y perillas, como si todo a mi alrededor estuviera cubierto

de raíces, mugre, basura y enredaderas, que parecen querer cubrirte

junto con este lugar de apariencia sagrada y secreta. Al oír el

tren, recuerdo el eclipse y miro al cielo, viendo cómo la llama de

una estrella parece ser tragada. En ese instante, una bestia de

acero desesperada me arroja hacia un lado del camino, mientras veo

rostros pasar como manchas sobre las ventanas de los vagones,

asomándose con tal rapidez que se convierten en luz barrida por

los gritos del viento. Para cuando el tren ha pasado, el sol me

deslumbra de frente, forzándome a caminar hacia atrás, como

cangrejo, sobre el monte, aterrizando con fuerza hacia abajo como

si el mismo suelo me tragara de un bocado. La oscuridad se desvanece

como látigos que castigan mi rostro con los difusos rayos de sol

que se filtran entre las hojas y las ramas. Mi piel percibe la

lluvia al mismo tiempo que la sangre se escurre sobre las rocas,

desde mi nuca. No sé si fueron las piedras o mi cabeza, pero algo

se ha roto en el estanque en el que despierto, y, para colmo, ha

sido sobre agua tan cochambrosa que ni miles de lirios de agua

podrían limpiarla. De aquí bien podrían brotar muertos del suelo.

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Pareciera que se amontonan sus cuerpos en lo profundo de este

charco vuelto lago. La sangre de la caída brota al agua, dejando

un arcoíris sobre el brillo de la corriente y al voltear sobre mi

hombro, observo el barranco tan alto que no termino de verlo; antes

de pestañear, solo alcanzo a distinguir tonos de verde ligeramente

más opacos: es la basura y los desechos conviviendo con la hierba.

Espero encontrar un río limpio. Se escuchan las aves y los grillos

cantar. La hierba hace de trompeta; hay vida aquí, vida que resuena

seductora. Sigo el ritmo al que danzan y cruzo entre los árboles

que escurren salvia de alquitrán, dejando todo embarrado a su paso.

Parecen brazos que encadenan la piel, arrastrándola como el viento

sobre las hojas en las ramas, dejando tatuajes de espinas. Sobre

el piso, hay arañas buscando calor; se mueven como el pasto airado.

Piso con desesperación, no sé si me alejo más de dónde vengo en

vano. El verde aquí parece una marea creciente que me cubre y me

arrastra al vientre de un ave carroñera, solo para devolverme, de

vuelta a la tierra, escupido por la muerte. El aullido lejano de

unos perros detiene mi paso. Mis sentidos se convierten en un radar

que busca su compañía, pues aquí no hay comida; aquí solo se es

comida. No andarán solos. Debe haber quien los acompañe. Aquí cerca

debe estar la Hidros. Es una zona verde, pero no es un área

protegida, antes fue un aviario, y a un lado trataban el agua.

Ahora, abandonada, solo vienen pescadores, y adictos, aunque en

ocasiones son los mismos, seguro algún vecino azaroso se encuentra

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por detrás de aquellos árboles que se asoman encima de un puente.

Al cruzar se sale de mí una risa extraña que desconocía, pues el

puente, de supuesto color rojo, es más bien puro óxido. Su

inexistente seguridad me hace llorar. Mi cara se vuelve roja de

tanto llanto de porcelana y acalambradas carcajadas. Para cuando

llego al final del puente, ya no sé si soy un hombre que llora o

uno que ríe. Hasta que, de pronto, soy un hombre que se revela

asombrado al mirar un equino blanco, sucio, pero blanco. Sus patas

están cubiertas de lava negra, pero su pelaje, aún curvado,

contrasta con las sombras de las ramas que lo rodean. Se mueve como

agua que brota de la fuente, en una sola dirección, acercándose

hacia mí, pidiéndome que lo acompañe, corro tras él. El equino me

confiesa ser presa de una bestia que lo aqueja, una que aúlla y se

esconde en las sombras como una fiera. El caballo dice que las

profecías dictan la presencia de mi espada en su cabeza, pero que

primero tendré que ir a un templo a encontrarme con el maestro.

Sus pisadas son chasquidos veloces que dejan huella del miedo

consigo. Al llegar, noto el camino tan largo de las escaleras que

hay por subir, como si uno fuera a treparse al mismo cielo. Solo

que aquí no hay ángeles que lo resguarden, solo viciosos y

borrachos, gente sedienta de más males que le carcomen la carne,

adictos al veneno que hablan como si rezaran un rosario, quedito y

sin pausas. Al entrar, las puertas hacen ruido y parece como si la

capilla misma se moviera, pero no; esta es de cemento, llena de

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libros, todos húmedos y viejos que yacen en el suelo, al igual que

algunos instrumentos de viento. A un lado se encuentra sentado,

durante todo este tiempo, el antes llamado maestro. Se levanta

vislumbrando una apariencia andrógina, con maquillaje blanco

ensombrecido sobre su rostro, que lo hace parecer un vampiro.

Mientras lo miro, alza su mano abierta, ordenándome sentarme en el

sillón rojo frente a él. Ya sobre el asiento roído, él me entrega

una caja negra que parece de madera. —Es medicina —me dice, con

una voz tan ronca que ni siquiera estando enfermo podría imitar.

Me explica que con lo que contiene cazaré a aquello que me acecha.

Con esta medicina, dice, seré invencible, encontraré el rastro de

cualquier presa, devorándola de un solo mordisco si quisiera,

cubriéndome como manto con una armadura que brotaría de mis venas.

III

COLOR JADE

Caminando, a lo lejos, escucho sonidos. Son lamentos que convierten

mis pasos en movimientos lentos. El frío endurece mi cuerpo; mis

ojos se encuentran tan inquietos que no dejan de mirar atrás.

Espero encontrar un camino que me lleve de regreso. Creo que no

puedo acercarme más. Tengo miedo. Aquí no hay ruido más que el de

los lamentos. Los sigo con los ojos tan abiertos que me lastiman

y, aun así, no logro ver nada delante de mí. Mi mandíbula se

encuentra trabada al ver un trecho enfilado por pinos, donde un

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pozo y un largo tronco hacen de tronos en el centro, acompañados

por sombras encarnadas. Algunas súbditas se forman, envueltas en

llamas que ampollan su piel, chamuscándola como carne al fuego

vivo, aunque sus lamentos parezcan ajenos a ese dolor. —Es vida.

Son ecos de lo que fue una vez. Son recuerdos que ya no tienen

espacio en la memoria y vienen a lamentarse por aquí. Llegan de

lejos; algunos aún guardan el fuego de sus dueños —dice una voz

chiclosa y aguardientosa que surge detrás de mí. Un frío cámbrico

me recorre al escucharla. Su voz es tan asquerosa que me dan ganas

de arrancarme las orejas. No quiero voltear a verla. Soy un niño

que no quiere salir de su cama con la luz apagada. Pero la veo al

dar un paso. Me balanceo hacia atrás y caigo de nuevo. Es una

bruja, de apariencia tan sucia que lastima mi nariz, también mi

vista. Tiene ojos que esconden risas, dientes que parecen colmillos

podridos. La visión me hace vomitar mientras aún permanezco en el

suelo. La bruja se ríe de mí. Sus harapos parecen plumas negras

que se mueven al compás de su risa asquerosa. —¿Qué hay en el pozo?

—le pregunto, temblando. —Ve a verlo. Solo recuerda pedir un deseo

—me responde, mientras se escurre entre sus faldas como la cola de

una serpiente. Su risa se hace más fuerte mientras se esfuma y su

figura parece convertirse en una liana que salta y se esconde bajo

unas faldas negras. Su risa es tan penetrante que me lastima los

oídos. De pronto, una figura negra se alza sobre el pozo y, con

una voz grave, me dice que pida un deseo. Su voz es reconfortante,

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pero tan profunda que se siente intimidante, pues pareciera la de

un padre. Su advertencia oculta un saber que desconozco y el poder

de su mano para entregarme el castigo por los pecados que, según

sus ojos, vea yo cometa. Al verlo, mi vista se distorsiona mientras

camino. Sosteniéndome sobre la roca, me doy cuenta de que el pozo

está hecho de una piedra llena de una costra de cenizas negras. No

puedo levantar la vista. Las ramas se convierten en larvas que se

sumergen debajo de la corteza de mi cráneo, engullendo mi cuerpo

hasta asfixiarlo. Saco la pequeña caja que me dio el maestro y, al

abrirla, se enciende en fuego. Es una flor. La tomo rápido, como

si fuera un pequeño robo, tan de pronto que se incinera sobre mi

mano y, con ella, pasa el fuego. La devoro como un fruto que mancha

mi boca y el fuego se vierte dentro de mis entrañas. Ahora todo se

encuentra envuelto en llamas. Solo siento cómo esa figura negra me

suelta mientras veo cómo todas sus larvas se incineran, chillando

con mil voces. Toda esa masa negra comienza a tomar forma de bestia.

Su aura ahora se siente como la de una fuerza de la naturaleza,

con cuerpos de vida muerta chorreando pedazos de mierda en el suelo

y sangre de animales muertos. Me arroja al pozo y, al descender,

siento que caigo del cielo, como una gota de lluvia que se precipita

sobre el mar. Cierro los ojos porque llevo el fuego conmigo; la

caída no importa. Mientras sigo bajando, veo cómo todo retrocede:

recuerdos brotan como volcanes en las profundidades de los océanos,

llevándome hacia un diminuto punto, uno tan caliente y estrecho.

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En ese lugar, todo se halla a una temperatura más alta que la de

todos los demonios del infierno. Escucho el eco de ángeles cayendo

mientras bombas de aire estallan y alteran la temperatura en un

instante, dando origen a un pequeño ojo que abre sus párpados en

medio de todo. Convoca a la luz del cielo a colarse sobre la

oscuridad de una inmensa cueva. La luz y la oscuridad toman formas

que mutan con una velocidad apabullante, permitiendo a la creación

tomar formas inimaginables en cuestión de segundos. La temperatura

desciende casi a la misma velocidad, permitiendo que el universo

se enfríe lo suficiente para que surjan lo que un día los

científicos nombrarán como partículas subatómicas, átomos y

moléculas en cuestión de segundos. Con el tiempo, el caos se

estabiliza, haciendo que protones y neutrones se combinen para

formar átomos de hidrógeno, helio y nitrógeno. Luego, la materia

se agrupa, creando núcleos de estrellas que fusionan elementos

ligeros para generar otros más complejos. Estrellas que nacen y

mueren como destellos. Y de ese polvo cósmico surgen sistemas

planetarios enteros. Y es que, en medio de ese ciclo, no puedo

evitar pensar en ella. Porque si un día la materia que lo conforma

todo estuvo junta, no importa qué pasó: hubo un tiempo en que

nuestros labios estuvieron juntos desde la creación. Y, aunque eso

podría aplicar tanto a ella como a una hormiga enredada en mi

cabello, no dejo de escarbar en sus recuerdos cenizos. Daría todo

el dinero, los reinos, la tierra y los mares que no poseo para que

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ella vuelva. No menciono mi falta de bienes con decepción ni enfado,

porque nada de eso importa frente a lo que he estado buscando. Su

amor es la única fortuna que alguna vez anhelé poseer. Su cuerpo,

la única nación de la cual he querido formar parte. Sus caricias,

la única religión por la cual mi cuerpo se encogería, se

arrodillaría y rezaría. Sus palabras son las únicas oraciones que

tienen efecto en mi alma. Sus perdones, el rocío divino que apaga

el fuego de mis pecados. Su mirada, el único dios que he conocido.

Y su existencia, lo único por lo que he dado gracias. Al igual que

doy gracias al fuego que recorre esos rizos negros que se han ido,

aquellos en forma de lirios que arraizaron en mi corazón hace tanto

tiempo. Ahora el fuego que me cubre los quema, volviéndome una flor

de cenizas encendidas. Entre cenizas se dejan ver reflejos de

diamantes por los rayos de sol que se asoman entre los árboles.

Amaneció y, con ello, la vida consigo. Hay ruido. Por todos lados

se escuchan aves e insectos cantando sin pretensiones, como solo

ellos lo hacen. La luz y el brillo de un nuevo día me permiten ver

una tormenta de lirios que se aleja lentamente, escondiéndose del

sol. Se disuelve como una mancha en la corriente, perdiéndose...

aunque tal vez, algún día, regrese. A mi lado yace un cadáver,

chamuscado y cubierto de cenizas. Parece una crisálida vacía, rota

y abandonada. Me levanto y camino, sacudiéndome la tierra a

palmadas, como quien se desprende de algo que ya no le pertenece.

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