Autoridad - Arednt
Autoridad - Arednt
TALES
Número 1 – Año 2008
ISSN: 21722587
Actas
I Congreso de Jóvenes Investigadores en Filosofía
Resumen
La autoridad no es el poder, ni la fuerza ni la imposición. Refiere al dar sentido y está
relacionada con las nociones romanas de tradición y religión. Analizaremos ello desde una
perspetiva generacional y guiándonos por el pensamiento de Hannah Arendt. Para ella el siglo
XX es la evidencia histórica de la desaparición de la autoridad del mundo moderno. Pero la
emergencia de la auctoritas es siempre impredecible.
Palabras claves
Autoridad, Arendt, generación, tradición, poder
Abstract
Authority is not power, it is not force nor imposition. It has to do with what makes
sense and it is related to the Roman notions of tradition and religion. This will be analized
from a generational perspective under the guidance of Hanna's Arendt line of thought. For
her, the XXth century is the historical evidence of the disappearance of authority in the
modern world. But the emergence of auctoritas is always unpredictable.
Key words
Autorithy, Arendt, generation, tradition, power
sería imposible. Para plantear cualquier cambio, desde bogar por el anarquismo a pretender el
control total de lo que pasa, presuponemos siempre un cierto orden que funciona.
¿Cómo se entiende este orden? ¿Me lo impone alguien o lo acepto sin ser consciente
de ello? ¿Agobia a quienes lo padecen? ¿Se puede cambiar? ¿Cómo? ¿Todos somos capaces
de transformarlo? ¿Por qué habría que cambiarlo? En todas estas preguntas late la cuestión de
qué es la autoridad. Si podemos responder avanzaremos y mucho en la comprensión de
nuestra vida social, de lo que nos imponen y de lo que somos capaces de cambiar. Y
comprenderlo es entrar a saco en lo que dicen los conceptos y la manera en que ellos juegan
en el interior de las prácticas.
Cuando comenzamos esta tarea nuestra primera impresión es la distancia, la
conciencia de que ese mundo en el que ingresamos no es, todavía, el nuestro. Corresponde a
otra generación, que usó los conceptos de determinada manera y que hizo a su vez su proceso
de apropiación de la generación anterior y así sucesivamente. Claro que las fronteras entre el
joven y el adulto, y entre una generación y otra son, como la mayoría de los límites, difusos.
Entrar en la edad adulta, es ingresar en esa brecha generacional en la que algunos se hacen
cargo de un mundo que le entregan y planifican un mundo que quieren legar. Ese proceso se
extiende en el tiempo, no tiene fecha, es borroso, pero decisivo.
Los niveles de complejidad de este fenómeno generacional son varios y en todos
ellos late el problema de la autoridad: ¿qué respetar y qué desechar de lo que heredamos?
¿Cómo hace una generación para pensar si no es desde esa tradición con la que se está
enfrentando? La evidencia muestra que la mejor manera de romper con una tradición es nadar
cómodamente en ella: sin conocer como los conocía a los griegos, Nietzsche no podría haber
minado los pilares de la filosofía occidental, a Descartes lo educaron los jesuitas y sabía muy
bien los dogmas de fe contra los que se enfrentó en nombre de la duda racional (que se
terminó convirtiendo también en dogma, pero esa es otra historia). Arendt se peleaba con la
filosofía porque se había formado con Heidegger y Jaspers. Los ejemplos podrían seguir y no
solo en el ámbito de la filosofía (Piazzolla revolucionó el tango porque lo conocía como la
palma de su mano; Gaudí fue delineante antes de inventar una nueva arquitectura; Einstein
tuvo que aprender la física de Newton para revolucionar la física). Pero si esto es así, ¿el acto
que creemos de quiebra no es en realidad de continuidad? ¿Cambiamos mucho cuando
creemos que cambiamos? ¿Y cómo decidir qué cambiar y sobre todo, cómo implementarlo,
convencernos de que ese cambio es necesario? ¿Cómo juzgamos estos procesos de
continuidad y quiebra? ¿Algunos los juzgan mejor que otros? ¿Quiénes? En todas estas
preguntas los niveles descriptivos (“esto fue lo que pasó” “esto es así”) y los valorativos
(“esto que pasó fue bueno” “es malo que esto sea así”) se mezclan frecuentemente y entender
Platón, San Agustín o Kant; en el ambiente de la ciencia política era outsider por su formación
y enfoque filosófico; creció en una Alemania que no sintió suya pero nunca se terminó de
sentir en casa ni en Francia ni en Estados Unidos. Era mujer pero la cuestión femenina está
ausente en su obra principal; era judía pero muchos la consideran traidora de la religión de
Moisés y se doctoró investigando a uno de los padres del cristianismo. Era moderna pero anti
moderna, estaba enamorada de un mundo en el que muchas veces se sentía paria.
-¿Qué es usted? ¿Es conservadora? ¿Es liberal? ¿Dónde se sitúa usted entre las
perspectivas contemporáneas?
Detrás de esta actitud no había ninguna sensación liberadora, ninguna especie de “no
lugar” desde donde filosofar. Por el contrario, y a pesar de su tan mentado “pensar sin
barandillas”, Arendt está dialogando constantemente con dos referencias: la tradición y la
realidad, las dos balanzas en la que medir los aciertos o no del (errante) camino del pensar. La
cuestión de la identidad en Arendt juega a lo largo de su vida en dos niveles paralelos: el
biográfico y el intelectual. Es en ambos donde es difícil encasillara y ella misma tampoco se
termina de ubicar. En 1964 dijo en la entrevista televisiva con Günter Gaus que se había
despedido definitivamente de la filosofía2 pero en 1973 publicaba “El Pensamiento”, la
primera parte de la trilogía que conformaría “La vida del espíritu”. La lucidez de ella para
habérselas con la identidad no como algo fijo sino como actitud de interpelación con la
experiencia, el mundo, y una tradición hecha añicos, funge como un imperativo moral en
tiempos donde las crisis y las confusiones parecen más un lugar donde quedarse que una
plataforma desde donde partir.
Dentro de esta cuestión de identidad blanda y como consecuencia de ella, otra razón
de cercanía con Arendt es su vaivén por distintas disciplinas. Hoy que tanto se habla de inter-
multi-trans disciplinariedad, los textos de la discípula de Heidegger beben cómodamente de
las fuentes de la literatura, la prensa escrita, la sociología, el derecho, la ciencia, la religión o
la historia.
1
Pregunta de Hans Morganthau y respuesta de Hannah Arendt en “Arendt sobre Arendt”, en “De la historia a
la acción”, Paidós, Barcelona, 1995, pág. 167
2
Entrevista publicada en Revista de Occidente, bajo el título “Hannah Arendt: <¿qué queda? Queda la lengua
materna?>”,1999, nº 221, p. 83-110. En la página 84 dice Arendt: “yo me despedí definitivamente de la
filosofía”
Toda la obra de Arendt puede interpretarse desde una dicotomía que acompaña a
Occidente desde el inicio de la filosofía: vita activa versus vita contemplativa. En la Ética a
Nicómaco Aristóteles plantea el conflicto que viene de Platón. Hasta el libro VI del texto
aristotélico, la vida activa es el fin último de la vida humana (eudaimonía) pero en el libro X
el estagirita da un giro y dice que es la contemplación, la actividad intelectual retirada. Esta
diferencia y tensión entre cuál es en definitiva el télos de la vida humana, pasa por Cicerón,
Séneca, los pensadores medievales, el humanismo político y llega hasta Arendt. Desde esta
matriz ella plantea el rechazo por la filosofía entendida como contemplación retirada del
mundo. Para Arendt, los filósofos han menospreciado los asuntos humanos y se han encerrado
en el laberinto de su comprensión sobre el ser humano en singular en vez de por la pluralidad
humana, que es la condición de la acción y por ende de la política entendida como actividad
que supone que nos pongamos de acuerdo. Es por este olvido que Arendt se ensañó por
distinguirse de la filosofía entendida como contemplación, aún reconociendo que el propio
concepto de vita activa es producto de los contempladores.3
De todos modos, y Arendt también lo visualiza y es una de las razones de su
actualidad, el olvido del mundo no es sólo obra y responsabilidad de filósofos. Antes bien, el
auge de la labor y el trabajo implicó el auge de lo social, entendido como satisfacción
inmediata de necesidades vitales, una actividad individual por definición y que configura lo
que se ha llamado sociedad de masas, dominada por la idea de consumo. La capacidad de
acción que plantea Arendt será iluminadora para revelarse tanto contra la contemplación
filosófica como contra el consumo que se desentiende del cuidado del mundo. Cuando nos
ponemos de acuerdo en actuar, podemos cambiar el curso de los hechos, podemos ingresar en
las grietas de los sistemas o generarlas y, así, variar el itinerario de la historia. Olvidar esta
capacidad es rendirnos, conformarnos a lo que hay. «El mal, en la modernidad democrática,
es la anulación del pensamiento crítico de la ciudadanía por medio de la rutinización de su
vida y la producción industrial (hoy, mediática) de sus sentimientos, percepciones y
pensamiento».4 En la actividad de estar mentalmente despiertos y lanzarse a la actividad con
todos los riesgos que ello implica, uno de los elementos que se desvela es precisamente la
autoridad, fenómeno político al que Arendt le dedicó específica atención y que plantea una
nueva razón de cercanía.
3
Arendt, Hannah; “La vida del espíritu”, Paidós, Buenos Aires, 2002, pág. 32
4
Giner, Salvador: «Hannah Arendt: la primacía moral de la política», en Claves de Razón Práctica, nº 168,
diciembre de 2006, pág. 18
en una larga reflexión publicada en 1958 y reimpresa en 1961 en Entre el pasado y el futuro,
Arendt se dedica exclusivamente al problema político de qué significa y en qué estado se
encuentra la autoridad.5 Ella está preocupada por el concepto en su origen romano de
auctoritas y la suerte que tuvo en la modernidad que, podemos adelantar, ha sido en su
opinión fatal. Las primeras líneas de ¿Qué es la autoridad? son contundentes: «la autoridad se
ha esfumado del mundo moderno».6 Para Arendt, no hay más autoridad, la palabra se vació de
referencia y no sólo en el ambiente político sino también en la esfera de la educación y las
relaciones familiares.
Cuándo, por qué y cómo desapareció la autoridad, es algo que la pensadora esboza
en su artículo a través de una historia del concepto, en la que aclara que se referirá sólo a un
sentido del término dado por la civilización occidental. Este sentido está marcado
fundamentalmente por Roma, aunque también Platón, Aristóteles, y la Iglesia Católica
conforman los pilares sobre los que funcionó y vivió el concepto de autoridad. La caída de
estos pilares y la muerte del mecanismo de la autoridad tiene, para Arendt, un único
responsable: el mundo moderno, entendido en su sentido de proyecto ilustrado de razón,
progreso y secularidad. Para la pensadora alemana, la autoridad es un concepto que funcionó
en Occidente siempre en conjunto con otros dos: la religión y la tradición. Esta tríada,
inseparable desde los romanos en adelante, empezó en el Renacimiento una decadencia en los
asuntos públicos: primero desapareció la religión, siguió la tradición y por último, la que más
duró aunque enclenque por la falta de sus compañeras, fue la autoridad. Como empezando por
la punta del iceberg para luego ir descendiendo hasta la base, la filósofa apunta en el primer
apartado del artículo que los fenómenos totalitarios pueden entenderse como la culminación
de una larga decadencia de la autoridad. «La aparición de movimientos políticos destinados a
reemplazar el sistema de partidos y el desarrollo de una nueva forma totalitaria de gobierno se
produjo con el fondo de una ruptura más o menos general y más o menos dinámica de toda
5
A pesar de la indiscutible popularidad de su obra, el tema de la autoridad ha pasado casi desapercibido por
los analistas. Ni los seis artículos que conforman «El siglo de Hannah Arendt» (Paidós, Barcelona, 2006); ni
los 13 que están en «El orgullo de pensar» (Gedisa, Barcelona, 2000); ni los 14 de «The Cambridge
Companion to Hannah Arendt» (Cambridge University Press, Cambridge, 2000); ni el libro de Paolo D
´Arcais «Arendt: existencia y libertad» (Tecnos, Madrid, 1990); ni el de Cristina Sánchez Muñoz, «Hannah
Arendt, el espacio de la política» (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2003); ni la
clásica biografía intelectual de Elisabeth Young Bruehl «Hannah Arendt: una biografía», (Paidós, Barcelona,
2006) por citar los más conocidos y actuales, se ocupan específicamente del problema de la autoridad en
Arendt. Sólo en el último libro de Fina Birulés, «Una herencia sin testamento: Hannah Arendt», (Herder,
Barcelona, 2007) aparece específicamente la autoridad en el pensamiento de Arendt, aunque el objetivo del
libro no es ahondar en ello sino dar un panorama preciso del legado de la pensadora.
6
Arendt, H.: «¿Qué es la autoridad?», en: Entre el pasado y el futuro, editorial Península, Barcelona, 1996,
pág 145. Existen dos versiones respecto al origen de este artículo: para Birulés se publicó por primera vez en
1955 en “Der Monat”, VIII, 89. Para Young Bruhel, el artículo vio la luz en 1958 y fue editado al año por C.
Friedrich en su libro «Authority», Cambridge, Harvard University Press. Utilizamos la versión de 1958
porque es la que se utiliza en «Entre el pasado y el futuro».
autoridad tradicional»7
Para Arendt entonces, los totalitarismos no son un exceso de autoridad como
comúnmente se piensa sino la manifestación política e histórica de la ausencia de autoridad.
Esta idea, si bien no desarrollada, aparecía en Los Orígenes del totalitarismo. Allí puede
leerse:
Fase final: La pérdida de la autoridad es tan sólo la fase final, aunque decisiva, de un
desarrollo que durante siglos socavó sobre todo la religión y la tradición […] con la
pérdida de la autoridad, la duda general de la época moderna también invadió el
campo político.
Fase 2: dudar de la fe: Desde la crítica radical de las creencias religiosas, formulada
en los siglos XVII y XVIII […]el creyente moderno ha de proteger constantemente
sus creencias ante la duda; en la época moderna no es la fe cristiana como tal, sino la
Cristiandad (y el Judaísmo, por supuesto) la que está agobiada de paradojas y
absurdos. Aunque otras cosas puedan sobrevivir al absurdo –la filosofía quizás
pueda-, la religión no es capaz de hacerlo.
Fase 3: cae la autoridad: Asentada en la piedra angular de los cimientos del pasado,
la autoridad brindó al mundo la permanencia y la estabilidad que los humanos
necesitan justamente porque son seres mortales, los seres más inestables y triviales
7
Arendt, H.: «¿Qué es la autoridad?», en: Entre el pasado y el futuro, op. cit. pp. 145-146
8
Arendt, H.: «Los orígenes del totalitarismo», Alianza, Madrid, págs 549 y 550.
El primero de los pasajes (Fase final), si bien es un mero resumen del proceso que
sufrió la autoridad en la modernidad, contiene una idea clave: para Arendt la autoridad es un
concepto político y, en ese sentido, pertenece exclusivamente al mundo plural de los hombres.
Aquí ya se ve cómo se circunscribe la idea de autoridad al ámbito de lo público, y se
desentienden otros enfoques posibles.10 En lo que refiere a la pérdida de la tradición (Fase 1),
hay una distinción de enorme importancia entre ésta y el pasado. Para Arendt, lo pretérito es
un campo infinito, inabarcable y oscuro; la tradición es justamente la que ilumina todo eso
que pasó antes de que nosotros estuviéramos en el mundo, es el mapa que permite ubicarnos
en esa inmensidad que es el pasado y lo que permite que éste sea inteligible de alguna manera.
Y si ese mapa se nos cae de las manos, nos quedamos sin historia, sin recuerdos y sin
memoria, «corremos el riesgo de olvidar y tal olvido- aparte de los propios contenidos que
puedan perderse- significaría que, hablando en términos humanos nos privaríamos de una
dimensión: la de la profundidad en la existencia humana […] el hombre no puede lograr la
profundidad si no es a través del recuerdo».11
Desde el inicio de la Modernidad la autoridad y el poder, claramente separados en
Roma, vuelven a confundirse. Esta confusión no sólo se deriva «de la antigua noción de poder
absoluto que acompañó la aparición de la Nación-Estado soberana europea, cuyos primeros y
más importantes portavoces fueron Jean Bodin, en la Francia del siglo XVI, y Thomas
Hobbes en la Inglaterra del siglo XVII, sino que también coincide con los términos empleados
desde la antigüedad griega para definir las formas de gobierno como el dominio del hombre
sobre el hombre».12 Desde este error originario, la modernidad se ocupó de explicar esa
dominación férrea, agobiante: se habló de instintos de sumisión (John Stuart Mill), estado de
naturaleza (Rousseau), complejo de Edipo (Freud), voluntad de dominación (Nietzsche). En
todos ellos hay un factor común: el gobierno de unos hombres sobre otros es inevitable y
comprueba nuestra corrupción, nuestros defectos, en suma, nuestra malformación
antropológica. Para Arendt, por el contrario, la autoridad genuina es condición de la libertad
9
Todas las citas se encuentran en las páginas 148, 149 y 150 de Arendt, H; «¿Qué es la autoridad? », op.cit.
10
Véase por ejemplo Kòjeve, Alexandre; «La noción de autoridad», Nueva Visión, Buenos Aires, 2005. Allí el
autor desentraña la teoría teológica de la autoridad, según la cual toda autoridad humana no es otra cosa que
derivada y relativa a la autoridad divina. Especialmente páginas 49-53. Si bien Arendt menciona la obra de
Kòjeve en alguna ocasión, parece desconocer este libro escrito en 1942.
11
Arendt, H.: op.cit. pág 149.
12
Arendt, H.: «Sobre la violencia», Alianza, Madrid, 2005, p. 52. A esta fórmula de “dominio del hombre
sobre el hombre” habría que añadirle dos dominaciones más: la burocracia y la máquina. Ahondar en ellas
nos desviaría del foco de este trabajo pero es digno de apuntar que en estas formas de dominación, que
Arendt alcanzó a ver pero no con el desarrollo al que asistimos hoy, el dominio pasa a ser invisible, de nadie:
sobre el hombre ya no domina otro hombre, sino una oficina o un ordenador, lo que genera una serie de
problemas teóricos y prácticos relevantes pero en los que aquí no podemos entrar.
No fueron los griegos sino los romanos los que echaron raíces verdaderas en la tierra,
y la palabra <patria> deriva todo su significado de la historia romana. La fundación
de una nueva institución política –para los griegos una experiencia casi trivial- se
convirtió para los romanos en el hecho angular, decisivo e irrepetible para toda la
historia. […] Ser religioso significa estar atado al pasado […] la actividad religiosa y
la política podían considerarse casi idénticas. 15
Rómulo fundó Roma y el trabajo de todas las generaciones posteriores no es más que
mantener el espíritu de esa fundación, toda la narración de ese acto fundacional (donde no
está solo Rómulo y Remo sino decenas de deidades) se respira en los hogares romanos, los
dioses no están en el olimpo griego sino en la ciudad, el lugar donde mora la política. Y es en
ese mundo donde surge la palabra y el concepto de autoridad.
13
Ibid., p. 62. (subrayado mío)
14
La conexión de este problema de la fundación en relación a la modernidad recorre buena parte de la obra
«Sobre la Revolución» de Arendt.
15
Arendt, H.: «¿Qué es la autoridad?», en: Entre el pasado y el futuro, op. cit. pp. 192 y 193
16
Ibid., p. 193
tienen los vivos, que sólo es útil como actividad en un espacio presente. «La característica
más destacada de los que están investidos de autoridad es que no tienen poder, […] “aunque
el poder está en el pueblo la autoridad está en el Senado” […] El aumento que el Senado debe
añadir a las decisiones políticas, no es poder, nos parece que se trata de algo curiosamente
evasivo e intangible».17 Citando la Historia de Roma de Theodor Mommsen, Arendt dirá que
lo que posee el Senado es la capacidad de dar «más que una opinión y menos que una
orden».18
Con lo dicho hasta aquí, una objeción que se le podría hacer al régimen romano es su
incapacidad para la novedad. ¿Cómo hacer algo nuevo si todo debe aumentar la fundación?
¿Qué resquicio queda para la libre acción si todo ya está hecho? Los mismos romanos se
dieron cuenta de este problema y lo resolvieron introduciendo el exemplum en el campo de las
acciones. Mis acciones, aunque toman su sentido del pasado, son siempre nuevas y se pueden
convertir en modelo y, así, el ejemplo (exemplum) se convierte en eslabón entre la fundación
original y el presente. «Todo lo que ocurría se transformaba en ejemplo, y la auctoritas
maiorum pasó a ser equivalente a los modelos aceptados para el comportamiento cotidiano, a
la propia moral política corriente».19 Si se introducen ejemplos y modelos es porque no todo
está contenido en la fundación, es porque la novedad, aunque guiada por la autoridad y
referida a la tradición, existe.
La autoridad se desdobla aquí en una tercera dimensión que es la que le genera su
carácter más dinámico: si tenemos por un lado el hecho de la fundación como foco de
autoridad; y por otro el senado como la autoridad que sabe qué ilumina ese foco, cómo y por
dónde se ve su luz, encontramos por último la introducción del exemplum que hace que el ser
humano, a través de la guía de las otras dos, genere con su comportamiento virtuoso una
nueva autoridad, vinculada pero nueva respecto a las dos anteriores.
A modo de conclusión
El resumen anterior apenas ha sido una pincelada tosca de una pintura que Arendt
realiza con minuciosidad, atendiendo a las distintas formas de gobierno (tiranía, totalitarismo,
autoritarismo) y a la higiene semántica que diferencia la autoridad de sus términos más
cercanos (obediencia, poder, violencia, persuasión). Aclarado esto, veamos una definición de
autoridad que se contrapone a la romana que utiliza Arendt.
Así como etimológicamente autoridad viene de auctoritas, ésta a su vez viene de la
conjunción de dos palabras distintas: augere y auctor. El primer término, que es al que
17
Ibid., págs. 194 y 195. Arendt cita aquí la frase de Cicerón <Cum potestas in populo auctoritas in senatu
sit>, que se encuentra en Leyes, 3.12.38. Alianza, Madrid, 1989.
18
Ídem. El libro de de Mommsen está editado en español por Aguilar, Madrid, 1965
19
Ibid., pág. 197.
Difícilmente podría decirse que el apetito de cambio que el hombre experimenta haya
cancelado su necesidad de estabilidad. Es bien sabido que el más radical de los
revolucionarios se tornará conservador al día siguiente de la revolución. Es obvio que
ni la capacidad del hombre para el cambio ni su capacidad para la preservación son
ilimitadas, la primera está limitada por la extensión del pasado en el presente –nadie
comienza ab ovo- y la segunda por la imprevisibilidad del futuro. El ansia del
hombre por el cambio y su necesidad de estabilidad se han equilibrado y refrenado
siempre y nuestro lenguaje actual, que distingue entre dos facciones, los progresistas
y los conservadores, denota una situación en la que este equilibro se ha
descompuesto.21
20
Benveniste, E.: «Vocabulario de las instituciones indoeuropeas», Taurus, Madrid, 1985, p. 327. También
puede verse la introducción de Geminello Preterossi, en su libro «Autoridad», Nueva Visión, Buenos Aires,
2003, pp. 5-10.
21
Arendt, H.; «La desobediencia civil» en Crisis de la República, Taurus, Madrid, 1973, p. 86
fenómeno para que pueda hablarse de genuina autoridad. Introducir la dicotomía entre
conservadores y progresistas lejos de ayudar a la discusión, la vuele estéril. (Los romanos
visualizaron esto y por ello introdujeron el exemplum, logrando así perpetuar la auctoritas a la
par con la novedad). Esterilidad que comprobamos diariamente en la discusión política que se
afana en seguir enfrentando dos actitudes (conservar y cambiar) que deben ser
complementarias y en hacer de la igualdad un objetivo imprescindible para la justicia.
22
Arendt, H.; “La condición humana”, op. cit. pág. 51.
autoridad como tal. Sin embargo, el objetivo de una autoridad nunca puede ser ella misma.
Rozamos aquí una tesis que sería la autoridad como subproducto, es decir, como aquello que
se desvela cuando no estamos focalizados en generarlo. Siguiendo a Elster, «la decisión de
creer sólo puede llevarse a cabo de modo satisfactorio si va acompañada por una decisión de
olvidar, es decir, la decisión de olvidar la decisión de creer».23
Las autoridades que hacen alarde de su autoridad son justamente las que carecen de
ella, tendremos que obedecerlas para que la sociedad funcione, creerán que si obedecemos es
porque reconocemos su legitimidad, pero en realidad ocurre que sólo vemos ahí una
imposición. Así como no podemos creer si nos proponemos creer, no podemos reconocer ni
legitimar una autoridad si el objetivo de ella es ella misma. El senado romano se preocupaba
por legitimar la fundación y para ello, evaluaba si una acción política se religaba con la
tradición. Pero justamente era en la realización de esta actividad que brotaba la auctoritas,
que no era el objetivo de la actividad sino su subproducto. En la modernidad, por el contrario,
la autoridad es un objetivo como tal y eso es lo que la mata.
Hoy seguimos con este problema y nuestra generación debe replantearse cómo es
posible revertir esto, agudizado además por las generaciones anteriores que se creyeron
capaces de llevar la imaginación al poder en un santiamén y ahora se pasean por el mundo con
desencanto e impotente nostalgia.
¿Quiénes serían los encargados de realizar la tarea que otrora realizaba el senado
romano: políticos, intelectuales, periodistas, artistas? ¿Y cuál es el lugar adecuado: la plaza
pública, Internet, la televisión, el aula? ¿Y qué contar? ¿Cuál es el relato capaz de generar,
libre y espontáneamente, un fenómeno de auctoritas? Sean cuales sean las respuestas,
retengamos tres ideas arendtianas útiles para nuestro mundo, que no es el suyo. A saber:
superar la dicotomía conservador-progresista; ponderar la acción por sobre la conducta;
distinguir inequívocamente entre autoridad y poder.
Fiel a su concepción de la acción como algo imprevisible, Arendt no nos dejó un
manual de actividades para escapar a las tentaciones de un mundo que devora todo a su paso,
sino que nos mostró que para actuar en el mundo debemos tener una dosis de confianza: en
los otros, en la historia, en la comunidad en la que queremos incidir. Esa confianza es un
prerrequisito para poder legitimar una autoridad en el mundo. «Si se denuncian por igual y de
forma simultánea como imposiciones ideológicas el canon de las obras, los escritores o los
sistemas filosóficos que han de estudiarse, los métodos para interpretarlos y las narraciones
históricas que los explican se nos deja, de hecho, en un espacio estructurado únicamente por
23
Elster, Jon: «Ulises y las sirenas: estudio sobre racionalidad e irracionalidad», FCE, México, 1977, p. 88.
Utilizo aquí la noción de subproducto de Elster sin detenerme en ella, para ello puede consultarse del mismo
autor, «Uvas Amargas: sobre la subversión de la racionalidad», Península, Barcelona, 1988.
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