LOS OJOS DE CELINA, DE BERNARDO KORDON nos llevó hasta el recodo del río.
nos llevó hasta el recodo del río. Era mediodía y hacía un calor de horno. Mi madre le dijo a
Celina que fuese a enterrar la damajuana de vino en la arena húmeda. Le dio también la olla
En la tarde blanca de calor, los ojos de Celina me parecieron dos pozos de agua fresca. No me envuelta en arpillera: –Esto lo abrís en el río. Lavá bien los tomates que hay adentro para la
retiré de su lado, como si en medio del algodonal quemado por el sol hubiese encontrado la ensalada. Quedamos solos y como siempre sin saber qué decirnos. De repente sentí un grito
sombra de un sauce. Pero mi madre opinó lo contrario: “Ella te buscó, la sinvergüenza”. Éstas de Celina que me puso los pelos de punta. Después me llamó con un grito largo de animal
fueron sus palabras. Como siempre no me atreví a contradecirle, pero si mal no recuerdo fui perdido. Quise correr hacia allí, pero pensé en brujerías y me entró un gran miedo. Además mi
yo quien se quedó al lado de Celina con ganas de mirarla a cada rato. Desde ese día la ayudé madre me dijo que no me moviera de allí. Celina llegó tambaleándose como si ella sola hubiese
en la cosecha, y tampoco esto le pareció bien a mi madre, acostumbrada como estaba a los chupado todo el vino que llevó a refrescar al río. No hizo otra cosa que mirarme muy adentro
modos que nos enseñó en la familia. Es decir, trabajar duro y seguido, sin pensar en otra cosa. con esos ojos que tenía y cayó al suelo. Mi madre se agachó y miró cuidadosamente el cuerpo
Y lo que ganábamos era para mamá, sin quedarnos con un solo peso. Siempre fue la vieja de Celina. Señaló: –Ahí abajo del codo. –Mismito allí picó la yarará–dijo mi hermano.
quien resolvió todos los gastos de la casa y de nosotros. Mi hermano se casó antes que yo, Observaban con ojos de entendidos. Celina abrió los ojos y volvió a mirarme. –Una víbora –
porque era el mayor y también porque la Roberta parecía trabajadora y callada como una tartamudeó–. Había una víbora en la olla. Miré a mi madre y entonces ella se puso un dedo en
mula. No se metió en las cosas de la familia y todo siguió como antes. Al poco tiempo ni nos la frente para dar a entender que Celina estaba loca. Lo cierto es que no parecía en su sano
acordábamos que había una extraña en la casa. En cambio con Celina fue diferente. Parecía juicio: le temblaba la voz y no terminaba las palabras, como un borracho de lengua de trapo.
delicada y no resultó muy buena para el trabajo. Por eso mi mamá le mandaba hacer los Quise apretarle el brazo para que no corriese el veneno, pero mi madre dijo que ya era
trabajos más pesados del campo, para ver si aprendía de una vez. Para peor a Celina se le demasiado tarde y no me atreví a contradecirle. Entonces dije que debíamos llevarla al pueblo
ocurrió que como ya estábamos casados, podíamos hacer rancho aparte y quedarme con mi en el sulky. Mi madre no me contestó. Apretaba los labios y comprendí que se estaba
plata. Yo le dije que por nada del mundo le haría eso a mamá. Quiso la mala suerte que la vieja enojando. Celina volvió a abrir los ojos y buscó mi mirada. Trató de incorporarse. A todos se
supiera la idea de Celina. La trató de loca y nunca la perdonó. A mí me dio mucha vergüenza nos ocurrió que el veneno no era suficientemente fuerte. Entonces mi madre me agarró del
que mi mujer pensara en forma distinta que todos nosotros. Y me dolió ver quejosa a mi brazo. –Eso se arregla de un solo modo –me dijo–. Vamos a hacerla correr. Mi hermano me
madre. Me reprochó que yo mismo ya no trabajara como antes, y era la pura verdad. Lo cierto ayudó a levantarla del suelo. Le dijimos que debía correr para sanarse. En verdad es difícil que
es que pasaba mucho tiempo al lado de Celina. La pobre adelgazaba día a día, pero en cambio alguien se cure en esta forma: al correr, el veneno resulta peor y más rápido. Pero no me
se le agrandaban los ojos. Y eso justamente me gustaba: sus ojos grandes. Nunca me cansé de atreví a discutirle a mamá y Celina no parecía comprender gran cosa. Solamente tenía ojos –
mirárselos. Pasó otro año y eso empeoró. La Roberta trabajaba en el campo como una burra y ¡qué ojos!– para mirarme, y me hacía sí con la cabeza porque ya no podía mover la lengua.
tuvo su segundo hijo. Mamá parecía contenta, porque igual que ella, la Roberta paría machitos Entonces subimos al sulky comenzamos a andar de vuelta a casa. Celina apenas si podía mover
para el trabajo. En cambio con Celina no tuvimos hijos, ni siquiera una nena. No me hacían las piernas, no sé si por el veneno o el miedo de morir. Se le agrandaban más los ojos y no me
falta, pero mi madre nos criticaba. Nunca me atreví a contradecirle, y menos cuando estaba quitaba la mirada, como si fuera de mí no existiese otra cosa en el mundo. Yo iba en el sulky y
enojada, como ocurrió esa vez que nos reunió a los dos hijos para decirnos que Celina debía le abría los brazos como cuando se enseña a andar a una criatura, y ella también me abría los
dejar de joder en la casa y que de eso se encargaría ella. Después se quedó hablando con mi brazos, tambaleándose como un borracho. De repente el veneno le llegó al corazón y cayó en
hermano y esto me dio mucha pena, porque ya no era como antes, cuando todo lo la tierra como un pajarito. La velamos en casa y al día siguiente la enterramos en el campo. Mi
resolvíamos juntos. Ahora solamente se entendían mi madre y mi hermano. Al atardecer los vi madre fue al pueblo para informar sobre el accidente. La vida continuó parecida a siempre
partir en el sulky con una olla y una arpillera. Pensé que iban a buscar un yuyo o un gualicho en hasta que una tarde llegó el comisario de Chañaral con dos milicos y nos llevaron al pueblo, y
el monte para arreglar a Celina. No me atreví a preguntarle nada. Siempre me dio miedo ver después a la cárcel de Resistencia. Dicen que fue la Roberta quien contó en el pueblo la
enojada a mamá. Al día siguiente mi madre nos avisó que el domingo saldríamos de paseo al historia de la víbora en la olla. ¡Y la creímos tan callada como una mula! Siempre se hizo la
río. Jamás se mostró amiga de pasear los domingos o cualquier otro día, porque nunca faltó mosquita muerta y al final se quedó con la casa, el sulky y lo demás. Lo que sentimos de veras
trabajo en casa o en el campo. Pero lo que más me extrañó fue que ordenó a Celina que con mi hermano fue separarnos de la vieja, cuando la llevaron para siempre a la cárcel de
viniese con nosotros, mientras Roberta debía quedarse a cuidar la casa y los chicos. Ese mujeres. Pero la verdad es que no me siento tan mal. En la penitenciaría se trabaja menos y se
domingo me acordé de los tiempos viejos, cuando éramos muchachitos. Mi madre parecía come mejor que en el campo. Solamente que quisiera olvidar alguna noche los ojos de Celina
alegre y más joven. Preparó la comida para el paseo y enganchó el caballo al sulky. Después cuando corría detrás del sulky.
HERNÁN, DE ABELARDO CASTILLO componer estrofas a la manera de Asunción Silva o apostar que sí, que se atrevería –como realmente se
atrevió la tarde en que, apretando como un trofeo aquella cosa, esa especie de escapulario entre los
Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo y porque Hernán, lo sé, aunque haya hecho dedos, pasó delante de todos y fue lentamente hacia el pizarrón–, porque los que son como vos, Hernán,
muchas cosas repulsivas en su vida, nunca podrá olvidarse de ella: la ridícula señorita Eugenia, que un día, nacieron para dañar a los otros, a los que son como la señorita Eugenia.
con la mano en el pecho, abrió grandes los ojos y salió de clase llevándose para siempre su figura –A que no.
lamentable de profesora de literatura que recitaba largamente a Bécquer y, turbada, omitía ciertos –Qué apostamos –dijo Hernán, y aseguró que pasaría delante de todos, de los cuarenta, e iría,
párrafos de los clásicos y en los últimos tiempos miraba de soslayo a Hernán. Quiero contarlo ahora, de lentamente, hacia el pizarrón–. Para que aprenda a no ser vieja loca –dijo.
pronto me dio miedo olvidar esta historia. Pero si yo la olvido nadie podrá recordarla, y es necesario que Pero antes de la apuesta habían pasado muchas cosas, y yo ahora necesito recordarlas para que Hernán
alguien la recuerde, Hernán, que entre el montón de porquerías hechas en tu vida haya siempre un sitio no las olvide. Hubo, por ejemplo, lo de las cartas. Siempre supo escribir bien. Desde primer año había
para ésta de hace mucho, de cuando tenías dieciocho años y eras el alumno más brillante de tu división, el venido siendo una suerte de Fénix escolar, fácil, capaz de hacer versos o acumular hipérboles
que podía demostrar el Teorema de Pitágoras sin haber mirado el libro o ridiculizar a los pobres diablos deslumbradoras en un escrito de Historia. Pero aquella primera carta (a la que seguirían otras, ambiguas
como el señor Teodoro o hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia que guardaba violetas al principio, luego más precisas, exigentes, hasta que una tarde en el libro que te alcanzó la señorita
aplastadas en las páginas de Rimas y leyendas y olía a alcanfor. Eugenia apareció por fin la primera respuesta, escrita con su letra pequeña, redonda, adornada con
Ella llegó al Colegio Nacional en el último año de mi bachillerato. Entró a clase y desde el principio estrafalarias colitas y círculos sobre la i) fue una obra maestra de maldad. Yo sé de qué modo, Hernán,
advertimos aquella cosa extravagante, equívoca, que parecía trascender de sus maneras, de su voz, lo con qué prolijo ensañamiento escribiste durante toda una noche aquella primera carta, que yo mismo
mismo que ese tenue aroma a laurel cuyo origen, fácil de adivinar, era una bolsita colgada sobre su pecho dejé entre las páginas de las Lecciones de Literatura Americana un segundo antes de que el inequívoco
de señorita Eugenia, bajo la blusa. Ella entró en el aula tratando de ocultar, con ademanes extraños, la perfume entrase en el aula, ese vaho a laurel cuyo origen era una bolsita blanca, de alcanfor, colgada al
impresión que le causábamos, cuarenta muchachones rígidos, burlonamente rígidos junto a los bancos, y cuello de la señorita Eugenia, junto al crucifijo con el que sólo una vez tropezaron unos dedos que no
cualquiera de los cuarenta debía mirar a la altura del hombro para encontrar sus ojos de animalito fuesen los de ella.
espantado. Habló. Dijo algo acerca de que buscaba ser una amiga para nosotros, una amiga mayor, y que No respirábamos. Hernán tenía miedo ahora, lo sé, y hasta trató de que ella no tomase el libro. La mujer,
la llamáramos señorita Eugenia, simplemente. Alguien, entonces, en voz alta –lo bastante alta como para extrañada, levantó el papel que había caído sobre el escritorio, un papel que comenzaba por favor, lea
que ella bajara los ojos, con un gesto que después me dio lástima–, se asombró mucho de que todavía usted esto, y después de unos segundos se llevó temblando la mano a la cara; pero en los días que
fuera señorita, yo me asombré mucho de que todavía fuera señorita y los demás rieron, y ella, arreglando siguieron, cuando encontraba sobre el escritorio los papeles doblados en cuatro pliegues, ya no se
nerviosamente los pliegues de su pollera, fue hacia el escritorio. Al levantar los ojos se encontró con todos turbaba, y entonces empezó a decir aquellas insensateces vulgares acerca de la edad, y del amor, hasta
parados, mirándola. No atinó sino a parpadear y a juntar las manos, como quien espera que le expliquen que el propio Hernán se asustó un poco. Sí, porque al principio fue como un juego, tortuoso, procaz, pero
algo, y cuando torpemente creyó que debía insinuarnos “pueden sentarse”, nosotros ya estábamos en algún momento todo se volvió real y, una tarde, estaba hecha la apuesta:
sentados y ella reparó por primera vez en Hernán. Él se había quedado de pie, tieso, se había quedado de –Delante de todos, en el pizarrón –dijo Hernán.
pie él solo. Y en medio del silencio de la clase, dijo: El Día de los Estudiantes, en el Club Náutico, todos pudieron verlo bailando con la señorita Eugenia. Ella lo
–Yo –dijo pausadamente– soy Hernán. miraba. Lo miraba de tal manera que Hernán, aunque por encima de su hombro hizo una mueca
Esto fue el primer día. Después pasaron muchos días, y no sé, no recuerdo cómo hizo él para darse significativa a los otros, se sintió molesto. Tuvo el presentimiento de que todo podía complicarse o, acaso,
cuenta: acaso fue por aquellas miradas furtivas que, al llegar a ciertos párrafos de los clásicos, la señorita al oír que ella hablaba de las cosas imposibles (“hay cosas imposibles, Hernán, usted es tan joven que no
Eugenia dirigía hacia su banco, o acaso fue otra cosa. De todos modos, cuando se lo dijeron ya lo sabía. se da cuenta”) pensó que se despreciaba. Pero ese día la apuesta había sido aceptada y uno no podía
“Me parece que la vieja…”, le dijeron, y Hernán debió fingir un asombro que jamás sintió, puesto que él lo echarse atrás, aunque tuviera que hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia, que aquella tarde
había adivinado desde el comienzo, desde que la vio entrar con sus maneras de pájaro y su cara triste de llevaba puesto un inaudito vestido, un jumper, sobre su blusa infaltable de seda blanca. Por eso, sin
mujer sola; porque Hernán sabía que ella se inquietaba cuando él, acercándose sin motivo, recitaba la pensarlo más, él la invitó a dar un paseo por los astilleros, y los otros, codeándose, vieron cómo la infeliz
lección en voz baja, íntima, como si la recitara para ella. aquella salía disimuladamente, seguida por su ridículo perfume a alcanfor y seguida por mí, que antes de
–Este Hernán es un degenerado. salir le dije a alguno:
Te admiraban, Hernán. –Préstame las llaves del coche.
–Pobre vieja, te fijaste: ahora se le da por pintarse. Y me fueron prestadas, con sonrisa cómplice, y cuando yo estaba saliendo, con el estómago revuelto, oí
Porque, de pronto, la señorita Eugenia que leía a Bécquer empezó a pintarse absurdamente los ojos, de que alguien pronunciaba mi nombre:
un color azulado, y la boca, de pronto comenzó a decir cosas increíbles, cosas vulgares y tremendas –Hernán.
acerca de la edad, la edad que cada uno tiene, la de su espíritu, y que ella en el fondo era mucho más –Qué quieren –pregunté.
juvenil que esas muchachas que andan por ahí, tontamente, con la cabeza loca y lo que es peor –esto lo Y me dijeron la apuesta, ojo con la apuesta, y yo dije que sí, que me acordaba. Como me acuerdo de todo
dijo mirando a Hernán de un modo tan extraño que me dio asco–, lo que es peor, con el corazón vacío. lo que ocurrió esa tarde, en los galpones, contra un casco a medio calafatear, y de todo lo que ocurrió al
–A que sí. otro día, en el Nacional, cuando ante la admirada perplejidad de cuarenta muchachones yo caminé
Ya no recuerdo con quién fue la apuesta, recuerdo en cambio que pocos días antes del 21 de septiembre lentamente hacia el pizarrón apretando entre los dedos esa cosa, esa especie de escapulario, como un
surgió, repentina y gratuita, como un lamparón de crueldad. Y fue aceptada de inmediato, en medio de trofeo. Y me acuerdo de la mirada de la señorita Eugenia al entrar en la clase, de sus ojos pintados
ese regocijo feroz de los que necesitan embrutecer sus sentimientos a cualquier costo porque después, ridículamente de azul que se abrieron espantados, dolorosos, como de loca, y se clavaron en mí sin
más adelante, está la vida, que selecciona sólo a los más aptos, a los más fuertes, a los tipos como él, comprender, porque ahí, en la pizarra, había quedado colgada, balanceándose todavía, una bolsita blanca
como Hernán, aquel Hernán brillante de dieciocho años que podía demostrar teoremas sin mirar el libro o de alcanfor.