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Caracteristicas Esenciales

El año litúrgico cristiano es una celebración compleja que une la historia de la salvación con la comunidad eclesial, centrada en el misterio pascual de Cristo. Este tiempo no solo refleja una cronología, sino que también incorpora dimensiones cósmicas y antropológicas, influenciando la cultura y la sociedad. La liturgia anual permite una renovación continua de la experiencia de fe, celebrando la plenitud del misterio de Cristo en cada uno de sus fragmentos.

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Caracteristicas Esenciales

El año litúrgico cristiano es una celebración compleja que une la historia de la salvación con la comunidad eclesial, centrada en el misterio pascual de Cristo. Este tiempo no solo refleja una cronología, sino que también incorpora dimensiones cósmicas y antropológicas, influenciando la cultura y la sociedad. La liturgia anual permite una renovación continua de la experiencia de fe, celebrando la plenitud del misterio de Cristo en cada uno de sus fragmentos.

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CARACTERISTICAS ESENCIALES

La complejidad y original realidad del año litúrgico en la que convergen aspectos del tiempo como
son su realidad cósmica, su raíz bíblica, que en parte enlaza con las celebraciones anuales del
Antiguo Testamento, su dimensión original cristológica y eclesial.

Unicidad

El tiempo litúrgico celebra sólo y siempre el misterio de Cristo como centro de la historia de la
salvación. En esta relación unitaria reciben su lógica configuración todas las referencias al A.T.
como preparación de la historia de la salvación y todas las prolongaciones en las fiestas de la
Virgen y de los Santos como referencias al Cristo total y místico presente en la Iglesia. En el centro
de todo, como raíz y fuente del año litúrgico, objeto fundamental del memorial litúrgico, se
encuentra el punto unificador de la historia de la salvación, pasada, presente y futura que es la
Pascua. No se puede pensar en una celebración que no haga referencia al misterio pascual de
Cristo que es siempre el objeto primordial de la celebración, en todos los tiempos litúrgicos, en
todas las fiestas, y que se proyecta como un sol en sus infinitos rayos de luz en cada una de las
celebraciones.

Historicidad

El misterio de Cristo, como la historia de la salvación, tiene un sentido histórico, se ha revelado y


realizado en el tiempo y en la historia. El año litúrgico, mientras por una parte celebra el misterio
presente eternamente en Cristo, desglosa y hace presentes sus aspectos históricos, los recuerda
en momentos determinados, nos hace contemporáneos del misterio y de los misterios.

Hay que notar, sin embargo, que el año litúrgico no se ha ido desarrollado históricamente
mediante una programación que convierte la historia de la salvación en una pura cronología, sino
que insiste en el sentido salvífico de cada uno de los momentos de la historia. Además, no es sólo
el puro criterio cronológico el que ordena esquemáticamente en el año las diversas fiestas, ni se
pueden resumir en un solo círculo de los meses lunares todas las celebraciones sin forzar de
alguna manera los ritmos del calendario. Así por ejemplo, mientras la celebración de la Pascua
tiene un fundamento histórico y cronológico que la coloca en el marco de las celebraciones de la
primavera, con referencias históricas al momento de la pasión y resurrección de Cristo, la
celebración de la Navidad, aunque conmemora un hecho histórico y salvífico, no tiene una clara
referencia a la época del año en que nació el Señor, se coloca en el solsticio del invierno que indica
claramente el origen y desarrollo de la fiesta que obedecen a otras razones históricas. La pura
cronología no es el criterio exhaustivo de comprensión del círculo anual de los misterios.

En efecto, en el marco de un año civil celebramos toda la historia de la salvación, desde la espera
mesiánica que cubre siglos de lenta historia sagrada hasta la Parusía que se pierde en un futuro del
que no se pueden calcular los tiempos. En el año litúrgico se combinan, pues, los criterios del
espacio cronológico celebrativo y de la historia salvífica. Tenemos curiosas coincidencias y
paradojas litúrgicas. Mientras la Anunciación del Señor tiene en el tiempo de Navidad su inserción
mistérica, por criterios de cronología se celebra como solemnidad del Señor el 25 de marzo, con
frecuencia dentro del clima de la preparación o celebración de las fiestas pascuales.

Hablar, pues, de una dimensión histórica del año litúrgico significa afirmar que la liturgia anual
celebra el ingreso de la historia de Dios en la historia de los hombres, la consistencia temporal de
las acciones salvíficas realizadas y celebradas; en la fragilidad del devenir que pasa, nuestro tiempo
en la liturgia asume el valor de kairós, espacio de salvación, momento en el que la eternidad nos
alcanza y nuestro tiempo se inserta en la eternidad de Dios.

Eclesialidad

El tiempo salvífico del año litúrgico tiene una referencia esencial a la Iglesia, es para la Iglesia.
Supone una comunidad celebrante que hace memoria y mide su camino anual sobre el parámetro
de las acciones y palabras de Jesús, que vive en Cristo viviendo los misterios de Cristo para vivir
como El. Los momentos típicos del año litúrgico-la espera de Adviento, la alegría de la
Encarnación, la preparación a la Pascua y su prolongación pentecostal, la historia del Pueblo de
Dios en camino hacia la Parusía-, son los arquetipos de una experiencia en la que tienen que ser
asimiladas, introducidas, interpretadas y salvadas las vicisitudes de la historia, de la comunidad,
especialmente en la clave central que es la Pascua, convertida para la comunidad cristiana en
punto de referencia, para vivir de año en año, de Pascua en Pascua, hasta el ingreso definitivo en
la Pascua eterna.

Aspecto antropológico y social

Por el predominio cultural del cristianismo en Oriente y Occidente, el año civil está unido también
a nivel social a la estructura del año litúrgico. Sabemos que esto ha ocurrido bajo la influencia de
fenómenos históricos curiosos; por ejemplo, la cristianización de fiestas civiles romanas en Oriente
y en Occidente. Así ocurrió con la fiesta pagana de las luces en Oriente, convertida en fiesta de
Epifanía, y con la celebración del nacimiento de Cristo en la fiesta romana del nacimiento del Sol
invicto, convertida en fiesta de Navidad. Por mucho tiempo estas fiestas han marcado la cultura y
la sociedad.

Hoy asistimos a fenómenos contrarios: la secularización de las fiestas cristianas por parte de la
sociedad, con ejemplos límites en el cambio de sentido a nivel ideológico de la fiesta, como ha
ocurrido en alguna nación, o con la transformación de la fiesta cristiana en fiesta secular con los
ritos celebrativos del consumismo, como en el caso actual de la fiesta de Navidad.
Sin caer en un integrismo que quisiera imponer a los otros sus propios criterios, no hay duda que
las fiestas de la comunidad cristiana han tenido un notable influjo social y humanizador. Hoy
deberían recuperar aspectos celebrativos culturales auténticos, allá donde tal vez se ha exagerado
en formas demasiado folclóricas, insignificantes desde el punto de vista de una salvación
celebrada y testimoniada, con un influjo gozoso y humanizador, renovador de la vida y de las
estructuras, que a partir de la comunidad cristiana debería difundirse en la sociedad. Se puede
pensar en los aspectos artísticos, sociales, caritativos que podrían surgir de un año litúrgico
celebrado con un compromiso de caridad en Navidad, en Cuaresma, en Pascua. Pensemos, por
ejemplo, en el profundo sentido social que tenía el gesto medieval de poner en libertad a los
encarcelados con ocasión de la Resurrección del Señor.

Dimensión cósmica

El año litúrgico cristiano está unido a aspectos cósmicos que no se pueden ignorar, creyendo que
se trata de una absoluta originalidad cristiana, o menospreciar por el hecho de descubrir sus raíces
naturales. La Pascua cristiana encuentra sus raíces más auténticas en las celebraciones pastoriles y
agrícolas de la primavera, núcleo primitivo de la Pascua hebrea. Múltiples son, por ejemplo, los
recuerdos cosmológicos primaverales de la espiritualidad pascual según la doctrina de los Padres
de la Iglesia, aplicados a Cristo y también a la experiencia de la nueva primavera de los cristianos
en la Iglesia. También la fiesta de Navidad en Occidente y la Epifanía en Oriente permanecen
unidas al solsticio invernal, a la victoria cósmica de la luz sobre las tinieblas, que sucede cada año
aproximadamente a fines de diciembre y comienzo del mes de enero.

Así tenemos hoy los dos ejes del año litúrgico en torno al período del invierno -Navidad y en torno
a la primavera -Pascua- con profundo significado en las oraciones y en los ritos. No podemos
olvidar, sin embargo, que estas raíces cósmicas están vinculadas a las estaciones del año en
Europa y en el cercano Oriente, mientras son ajenas a otros hemisferios, en los que los aspectos
de la primavera mediterránea o del invierno europeo son desconocidos. Por eso es importante
que los aspectos cósmicos queden siempre supeditados a los valores salvíficos.

Existen también otros elementos cósmicos unidos al tiempo litúrgico, si bien de menor
importancia efectiva, como las antiguas rogativas para el tiempo de las diversas cosechas, con una
referencia a la recolección de las mieses y de las viñas. Existen algunos elementos celebrativos de
estos periodos en la Liturgia de las Horas y también en los textos del Misal romano.

Fundamentalmente, la medida litúrgica en la que se elabora la perspectiva de la celebración del


misterio de Cristo es el año lunar, con su correspondiente calendario. Originalmente ha sido la
semana la medida cósmica de la celebración, con recuerdos unidos al domingo -día de la
Resurrección al miércoles y al viernes, días de Pasión que recuerdan la traición de Jesús y su
muerte. Todavía hoy el domingo tiene un carácter pascual, recuperado con la reforma litúrgica; el
viernes subraya en algunos elementos de la Liturgia de las Horas el misterio de la cruz.

El Leccionario de la Misa ha introducido el ciclo trienal A,By C de las lecturas dominicales y festivas,
y el bienio de las lecturas feriales. Pero no constituyen sino una medida puramente funcional, ya
que sigue siendo el año la medida de las celebraciones del los misterios del Señor.

Memorial biblico

El año litúrgico cristiano tiene también sus raíces en las celebraciones del calendario bíblico de los
hebreos. Con la evidente tensión en la novedad y un cierto distanciamiento. En el centro de la
celebración cristiana tenemos todavía hoy la fiesta de Pascua, con su prolongación en la fiesta de
los frutos de la tierra y del don de la ley que los hebreos celebran en la fiesta de las Semanas, que
corresponde a nuestra fiesta de Pentecostés. El ritmo del sábado ha sido sustituido por el del
domingo, pascua semanal de la resurrección del Señor. Con otras celebraciones del pueblo de
Israel puede haber ciertas semejanzas, aunque la Iglesia ha querido subrayar su originalidad.

Sin embargo, fuera del contexto celebrativo de las fiestas, el año litúrgico hunde sus raíces en los
acontecimientos de la historia de la salvación cuya lectura y memoria propone a la luz del nuevo
Testamento. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católion: «El pueblo de Dios, desde la ley
mosaica, tuvo fiestas fijas a partir de la Pascua, para conmemorar las acciones maravillosas del
Dios Salvador, para darle gracias por ellas, perpetuar su recuerdo y enseñar a las nuevas
generaciones a conformar con ellas su conducta. En el tiempo de la Iglesia, situado entre la Pascua
de Cristo ya realizada una vez por todas y su consumación en el Reino de Dios, la liturgia celebrada
en días fijos está toda ella impregnada por la novedad del misterio de Cristo (n. 1164).

Celebración ciclica

La vida litúrgica anual vuelve cada año al cumplirse el círculo de los meses. Es un tiempo
caracterizado por el retorno de las estaciones. Pero el tiempo litúrgico cristiano no es el eterno y
fatal retorno de las estaciones. Es un tiempo que se repite como en una espiral progresiva y va
hacia la parusía del Señor. No es un monótono repetirse de las cosas, sino la oportunidad de un
continuo paso del Señor y de sus misterios en su Iglesia. ¡Sería terrible que solamente se pudiese
celebrar una sola vez en la vida cada uno de los misterios de Cristo! La experiencia de la Iglesia es
real. Su historia concreta y progresiva, como la de todo fiel, tiene su devenir histórico y en ella se
inserta el ciclo correspondiente del misterio de Cristo para ser vivido con nuevo entusiasmo, con
una mayor madurez. Cada año litúrgico debe, pues, tener aquel sabor distinto, profundizado, que
brota de la distinta situación eclesial y personal; ofrece la oportunidad de volver a celebrar en la
novedad lo ya vivido, su perenne crecimiento con un dinamismo de madurez y fidelidad.

Así, en el ciclo litúrgico radica siempre una perenne novedad; cada año es nuevo y es idéntico;
idéntico en la objetividad inmutable del hoy eterno de Cristo; nuevo en la frescura y en el
entusiasmo receptivo de la nueva celebración en el hoy de la historia.

De esta manera, los aspectos que se nos han pasado inadvertidos en un año pueden ser
celebrados en otro, y la novedad de vida que se experimenta puede ser celebrada en la
contemporaneidad con la que está presente en el misterio de Cristo su hoy, ya que «Cristo es el
mismo ayer, hoy y siempre>> (Hb 13,8), pero también el hoy de la novedad eclesial, en cada
comunidad, en cada celebrante.

El todo y sus fragmentos

La liturgia es, como otros aspectos del cristianismo, el misterio de la presencia de la totalidad en
cada uno de sus fragmentos. Cada celebración litúrgica, en cuanto actuación del misterio pascual y
pentecostal, celebra y contiene -si bien en distinta medida de objetividad y de simbolismo- al
Verbo Encarnado que ha muerto, ha sido glorificado, está sentado a la derecha del Padre y
derrama sobre nosotros su Espíritu. Todo este misterio pascual y pentecostal está presente de
manera absoluta y objetiva en la celebración eucarística y se proyecta en los sacramentos, en la
palabra, en la oración, en virtud de la presencia del Señor y de su misterio. El todo está siempre en
cada fragmento.

Pero esta plenitud tiene que ser desplegada y recibida en cada una de sus partes. Cada día, en el
Cristo de la Pascua que es el centro del cosmos y de la historia, que encierra en sí el pasado, el
presente y el futuro de la salvación, es Navidad, Pascua, Pentecostés, especialmente en la
presencia contemporánea de estos misterios en la Eucaristía que contiene al Verbo encarnado,
inmolado, glorificado. Pero un día al año se celebra en la plenitud del misterio y de sus contenidos
Navidad, Pascua, Pentecostés. El todo está contenido y nos es entregado en este fragmento del
tiempo litúrgico. Y viceversa, solamente allí es Pascua y Pentecostés, Navidad u otro misterio del
Señor, donde El se hace sacramentalmente presente en la liturgia, para entregarnos los
contenidos dos salvíficos salvíficos que que están en su humanidad gloriosa y en su divinidad como
algo que transciende los límites del tiempo y del espacio.
Es justo, pues, proclamar: Cristo es nuestra Pascua, nuestro Pente-costés, nuestro Adviento,
nuestra Cuaresma. Cada misterio está referido al misterio pascual como el misterio que contiene
todos los posibles aspectos.

O. Casel ha podido hablar del simbolismo del sol que con sus rayos ilumina la tierra, como Cristo
con los rayos de cada uno de sus misterios, que deben ser conducidos a la misma fuente de luz. Es
suya también la imagen del sol que en su aparente curso surge al alba, empapa de luz la tierra al
mediodía y declina al atardecer. Es siempre el mismo sol-Cristo-en las fases progresivas y unitarias
de su misterio (cf. El misterio del culto cristiano, San Sebastián, Dinor, 1953, pp. 171 y ss.).
Podemos confesar con las celebraciones de la Iglesia que Cristo es nuestro pasado salvífico,
nuestro presente y nuestro futuro.

La plenitud del misterio

La liturgia celebra en el año litúrgico toda la plenitud del misterio de Cristo expresada en este
gráfico:

Cristo, representado con el anagrama XP (Christos), revelación y donación suprema del Padre y, a
la vez, dador del Espíritu, es la plenitud de la historia de la salvación presente en el hoy de su
misterio pascual. El comprende en si el A.T. y el N.T. que se prolonga en el T.E.(tempus Ecclesiae),
tiempo de la Iglesia.

El misterio de Cristo que se hace presente, hecho memorial perenne en la liturgia, celebrado en el
año litúrgico, comprende la Infancia y Vida pública, con sus palabras y gestos salvadores (I-V),
tiene como centro la Pasión, Muerte, Resurrección (PMR) que se prolonga en el ciclo pascual con
su Ascensión (A) y revierte sobre la Iglesia y la humanidad en Pentecostés (P). En Cristo, pues,
celebramos la historia del A.T., su vida, sus palabras y sus obras, su misterio pascual y su venida
gloriosa. Celebramos siempre el Cristo resucitado y en El cuanto está contenido ya en la novedad
de la Resurrección.

A la plenitud de este misterio de Cristo que se está realizando y se comunica en la historia,


pertenece el misterio mismo de la Iglesia en sus santos, que son celebrados como quienes forman
parte del misterio pascual, y de la Iglesia histórica y real, que es asumida en su experiencia
concreta del misterio del Señor y conforme se cumple la historia es asumida en el Cuerpo Místico
glorioso, en el Cristo total glorificado que llegará a su plenitud al final de los tiempos.
En esta celebración, María tiene un puesto relevante que nace de su cooperación al misterio de la
salvación de manera única y personal. En efecto, la Encarnación se realiza por su consentimiento y
su cooperación materna; Ella está unida a Cristo con un vinculo indisoluble en el misterio de la
Encarnación, en la gloriosa pasión y en la efusión del Espíritu en Pentecostés. En ella no solamente
admiramos el fruto de la redención más perfecta y completa, sino también el modelo de la
cooperación que es propio de la liturgia de la Iglesia. Es lo que el gráfico indica al poner de relieve
la presencia de María (M) en el centro mismo del misterio de Cristo. De hecho, en la realización
humano-divina de los misterios de Cristo la Iglesia ha sido representada por María. En la liturgia de
la Iglesia los fieles encuentran su modelo en la Virgen María. Al díptico Cristo-María de la
realización de los misterios corresponde hoy el díptico Cristo-Iglesia en el memorial actualizador
de esos mismos acontecimientos. Allí en el misterio redentor. Aquí en la celebración litúrgica. Pero
hoy es celebrado el misterio de Cristo que integra el misterio de María y de la Iglesia triunfante. La
Iglesia, pues, celebra la presencia del Señor y de la Madre con los ojos fijos en la que es su modelo
en el ejercicio del culto divino.

Este es el fundamento del papel de la Virgen en la liturgia como presencia en todas las
celebraciones litúrgicas, como realidad conmemorada en cada tiempo litúrgico, como modelo de
la Iglesia para vivir cada momento del año litúrgico con los sentimientos de la Madre de Dios. Esta
es la doctrina que, inspirándose en SC 7 y 103, ha desarrollado la Marialis Cultus n. 16 cuando
afirma que Maria es excelentísimo modelo de la Iglesia en el ejercicio del culto divino.

Presencia objetiva y subjetiva

De estas indicaciones nace también la consideración acerca de la presencia objetiva y subjetiva del
misterio y de los misterios de Cristo en la Iglesia. Cada celebración es una presencia misteriosa
objetiva de cuanto es celebrado, en la medida en que está contenida en el misterio de Cristo
glorioso. Así, Navidad es presencia objetiva del misterio de la Encarnación en el Cristo de la gloria,
o la gloriosa Asunción de María está presente en su realidad de Madre de Dios glorificada, o los
santos son celebrados objetivamente en la memoria y presencia de sus personas desde cuando
han nacido a la gloria, su dies natalis o pascua gloriosa, que es también un definitivo nacimiento al
cielo, al misterio pascual de la gloria.

Estas celebraciones son siempre para nosotros, para la Iglesia, no en una presencia estática, sino
dinámica de comunión-comunicación que espera de la comunidad celebrante la acogida del
misterio objetivo en la subjetividad de la vida teologal.

La peculiaridad litúrgica de la Iglesia en cada momento del año litúrgico con la palabra que
proclama y actualiza el misterio, las oraciones que lo conmemoran y lo insertan en un movimiento
cultual de alabanza y de intercesión, los cantos y todo cuanto puede ser una expresión litúrgica y
de devoción popular, hacen el misterio objetivamente presente, subjetivamente celebrado en
aquellos aspectos característicos de la fiesta o del misterio.

Fundamentalmente toda objetividad se enraíza en la palabra que proclama y actualiza, en la


presencia de Cristo en la liturgia que es el punto de apoyo del misterio celebrado, especialmente
en la Eucaristía, ya que en el memorial de la pascua están concentrados todos los misterios de la
salvación. Así, pues, celebrando siempre y todo el misterio pascual, celebramos también un
aspecto objetivo a través de las diversas palabras, oraciones, cantos, ritos, que nos ayudan a
acoger aquellas particulares celebraciones del misterio litúrgico celebrando la totalidad en cada
uno de sus fragmentos y en cada uno de sus fragmentos la totalidad del misterio.

El misterio de la Pascua de Jesús lo llena todo en ese hoy eterno que se hace nuestro, como nos
recuerda el Catecismo de la Iglesia católica: «Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay
una palabra que jalona su oración: ¡Hoyl, como eco de la oración que le enseñó su Señor (Mt 6,11)
y de la llarnada del Espiritu Santo (Hb 3,7-4,11, Sal 95,7). Este «hoy del Dios vivo al que el hombre
está llamado a entrar, es la «Hora de la Pascua de Jesús que es el eje de toda la historia humana y
la guía (1165).

La liturgia concentra su atención en el único misterio salvador que constituye su núcleo central e
inmutable, pero en torno a ese misterio central hay como una corona de palabras, ritos, oraciones,
cantos, que como en un arco iris nos hacen revivir un aspecto de ese misterio global. Las palabras,
los cantos, los ritos de Navidad nos concentran en la cueva de Belén y en el misterio del
nacimiento del Señor presente en el Verbo Encarnado y glorificado. Las palabras, las oraciones, los
ritos del Jueves Santo nos introducen en el Cenáculo para entrar en el misterio de la Cena pascual.

LA PERSPECTIVA DEL ORIENTE BIZANTINO

Para completar la perspectiva occidental sobre la teología del año litúrgico, puede ser interesante
integrar algunas características de la liturgia oriental que nos orienta hacia esa plenitud de todos
los aspectos del misterio del Señor y de la vida de la Iglesia.

Los momentos del misterio de Cristo

En las diversas celebraciones están presentes seis momentos fundamentales. Son los que cubren
todo el arco del año litúrgico y cada celebración particular:
el momento epifánico o de la manifestación de la Encarnación y del Bautismo del Señor;

el momento de transfiguración que nos remite a la luz del Tabor;

el momento estaurósico (de staurós, cruz) que hace memoria de la redención;

el momento resurreccional que nos pone en contacto con la Pascua, el momento pentecostal que
nos une al misterio del Espíritu Santo; el momento escatológico que nos proyecta hacia las
realidades finales.

Se ve, pues, cómo en Cristo está la síntesis de lo que los medievales llamaban mysteria carnis
Christi, misterios de la carne de Cristo, de manera que en cada fiesta del Señor se recuerdan estos
seis aspectos fundamentales de su misterio. Así, en cada fiesta hay una particular manifestación,
una contemplación del misterio que nos recuerda la luz del Tabor. Cada fiesta, también Navidad,
nos recuerda la cruz y la sepultura de Cristo y nos remite a su gloriosa resurrección como realidad
permanente; en cada fiesta tenemos el recuerdo pneumatológico de Pentecostés y la efusión de la
gracia del Espíritu, ya que sólo en él son posibles y actuales los misterios de Cristo; finalmente,
cada fiesta anticipa la parusía del Señor que viene y recuerda el admirable cumplimiento de las
promesas.

Los aspectos de la celebración

Igualmente, el año litúrgico oriental recuerda estos seis aspectos del misterio de Cristo y de la
liturgia de la Iglesia:

el aspecto filantrópico o teantrópico: Dios ama a los hombres y actúa como Dios filantropo, amigo
de los hombres, en la liturgia;

el aspecto mistérico: Dios se manifiesta en el misterio que es temible y tremendo, que pide amor y
temor para acercarnos dignamente;

el aspecto divinizante o teiósico: en cada misterio Dios en Cristo y en el Espíritu nos comunica la
théosis o divinización, siempre en aquella misma dimensión del Hijo que en su doble naturaleza
humana y divina -aspecto teantrópico-nos comunica la participación en la naturaleza divina o
santidad litúrgica;

el aspecto escatológico o celestial: en cada misterio tenemos ya una participación de Aquél que
está en el cielo y está con nosotros en la tierra; en efecto, la liturgia es el cielo en la tierra y todo
invita a vivir en la comunión de los Santos;

el aspecto parousíaco: la liturgia en cada uno de sus actos es la anti-cipación de la venida del
Señor, pero también la anticipación de la gloria para el hombre que gusta, por así decir, lo que se
le revelará y dará definitivamente cuando El vuelva;

el aspecto eclesiológico: en cada misterio, la Iglesia se realiza y revela; en la Eucaristía celebrada


en la Iglesia local tenemos la máxima realización del Cuerpo de Cristo, inseparable de su
dimensión de universalidad y del carácter local de esta experiencia de la Iglesia una, santa, católica
y apostólica.

Una dimensión esencial mariana

Es justo añadir a estos aspectos la dimensión mariana de la liturgia oriental bizantina. En cada
tiempo, en cada fiesta, encontramos con gran equilibrio la memoria de la Madre de Dios, la
Theotókos, en diversos momentos de la sagrada liturgia -después de la anámnesis y la oblación-y
en la oración litúrgica. Los momentos de esta memoria se hacen con un theotokion» (antifona
mariana) o con un «staurotheotokion», memoria conjunta de la cruz y de María.

Esta omnipresencia de la Virgen María en la celebración del misterio de Cristo se explica por esta
triple razón. La Madre de Dios es testigo del misterio de Cristo y colabora activamente. Es el fruto
precioso de la Redención, la Panaghia, la Todasanta. Es ya el icono escatológico de la Iglesia que
celebra los misterios y acompaña la vida de la Iglesia como Deisis, perenne intercesión.

Así, cada fiesta del Señor se convierte automáticamente para los orientales en una fiesta de la
Virgen a través de las expresiones del canto de los troparios propios de la Madre del Señor.

BIBLIOGRAFIA

F. BROVELLI, Año litúrgico, en Diccionario Teológico Interdisciplinar I, Salamanca, Ed. Sígueme,


1982, pp. 431-444.
O. CASEL, El misterio del culto cristiano, San Sebastián, Dinor, 1966.

J. DANIELOU, Sacramentos y culto según los Padres, Madrid. Ed. Guadarrama, 1964.

S. ROSSO, Año litúrgico, en Nuevo Diccionario de Mariología, Madrid, Ed. Paulinas, 1988, pp. 153-
182.

A.M. TRIACCA, Anno liturgico: alcuni presupposti della sua esistenza e strutture: Salesianum 34
(1972) 321-330.

ID., Anno liturgico: verso una sua organica trattazione teologica: Salesianum 38 (1976) 613-622.

Cfr. además en los títulos de la bibliografía general la exposición del tema específico

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