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Rene Gada

La historia se desarrolla en un futuro distópico donde una reina, surgida de una guerra civil, ejerce un poder absoluto sobre una sociedad marcada por el miedo y la vigilancia. A través de un discurso impactante, la reina reafirma su dominio y la inminente expansión de su imperio, mientras la atmósfera está impregnada de tensión y obediencia. La narrativa también presenta a personajes que operan en las sombras, reflejando un mundo donde la lealtad y la traición son moneda corriente en un entorno opresivo.
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Rene Gada

La historia se desarrolla en un futuro distópico donde una reina, surgida de una guerra civil, ejerce un poder absoluto sobre una sociedad marcada por el miedo y la vigilancia. A través de un discurso impactante, la reina reafirma su dominio y la inminente expansión de su imperio, mientras la atmósfera está impregnada de tensión y obediencia. La narrativa también presenta a personajes que operan en las sombras, reflejando un mundo donde la lealtad y la traición son moneda corriente en un entorno opresivo.
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***

La lluvia caía suave, pero constante, un manto de agua que no podía aliviar el peso de la ciudad. La
plaza mayor estaba cubierta por un resplandor artificial, las luces de neón filtrándose a través del gris
opaco del cielo. Un mar de figuras uniformadas vestía trajes de un azul turquí desgastado, bordados con
constelaciones que parpadeaban con intensidad digital, como si las estrellas mismas estuvieran
atrapadas en la tela. Frente a ellos, una plataforma de cristal flotaba sobre el suelo, brillante y fría,
reflejando las sombras de una sociedad reconstruida, pero marchita. La atmósfera estaba saturada de
tensión, como si el mismo aire estuviera contaminado por el miedo que se colaba en cada rincón.
En el centro, sobre la plataforma, se erguía la reina. Su vestido largo de un rojo brillante como el fuego
parecía absorber toda la luz, un golpe visual en medio del mar azul de su gente. Ella era joven, su rostro
impasible y afilado, los ojos ocultos tras unos lentes oscuros, su figura una mezcla de fragilidad y poder
absoluto. A su alrededor, el silencio era casi palpable. No había aplausos, ni vítores, ni esperanzas. Sólo
una quietud que se sentía más peligrosa que cualquier grito. El poder fluía en sus venas como
electricidad, algo que no podía ser ignorado ni cuestionado.
La multitud observaba como hipnotizada. Sabían que la reina no era solo una mujer; era una fuerza, la
consecuencia de una guerra civil, la máquina que había triturado un sistema democrático en ruinas. Su
ascenso había sido meticulosamente calculado y sus decisiones tan frías y lógicas que la gente no podía
evitar admirar el monstruo que había construido. Pero ese renacimiento no había sido gratuito; había
dejado cadáveres en su camino, tanto visibles como invisibles.
Con una expresión que desmentía cualquier emoción, la reina alzó la vista. La lluvia caía sobre su
rostro, pero ella no se inmutaba. No necesitaba moverse. Sus palabras eran lo único que importaba, su
voz cortante, resonante, como el filo de una espada desenvainada. Cada palabra parecía perforar la
quietud del aire, como si sus pensamientos fueran órdenes definitivas:
“Este reino que hemos levantado con sangre y sacrificio; derrocando las mentiras de aquellos que nos
precedieron, construyendo una tierra de seres fuertes. Nuestros enemigos creen que seremos débiles,
que nos arrodillaremos. Yo sueño con que se arrodillen ellos ante nosotros.”
Cada frase retumbaba como un disparo en la mente de los presentes, impregnada con la certeza de que
no había otra opción. La reina hablaba con la seguridad de alguien que ya había ganado, alguien para
quien la derrota no era una posibilidad.
“Las provincias rebeldes que se niegan a someterse serán aplastadas. Hoy, el imperio… nace.”
El murmullo de la multitud se convirtió en una ola de ansiedad que se extendió rápidamente. Sin
embargo, nadie se movió. Nadie se atrevió a dar un paso atrás, a desafiar lo que acababa de ser dicho.
Las palabras de la reina eran una sentencia irrevocable, un mandato, y todos en la plaza sabían que no
había forma de evadirla. No gritaba, no hacía falta. Su presencia, su voz, su voluntad se imponían como
una fuerza inquebrantable. El aire mismo parecía volverse denso, pesado con la autoridad de su
mensaje. Nadie podía huir de la verdad que acababa de ser pronunciada.
Capítulo 2
01 Diciembre, 2039

Las torres administrativas se alzaban rectas y macizas en la noche, sus estructuras de acero y cristal
resplandeciendo bajo la tenue luz artificial. Las vidrieras reflejaban los destellos de anuncios de neón
proyectados desde gigantescas pantallas digitales. Hologramas publicitarios flotaban frente a las
fachadas, mostrando el rostro de la reina, acompañada de un mensaje que destellaba en un ciclo
incesante: "Eres libre cuando estás a salvo." Las palabras parecían vibrar en el aire, intensificadas por
la presencia de la monarca, cuyo rostro permanecía fijo en el horizonte. Luces blancas recorrían los
bordes de las torres, pulsando lentamente, como si el mismo edificio respirara.
El cielo estaba salpicado de drones de vigilancia que patrullaban las alturas, sus motores emitiendo un
zumbido constante que apenas podía distinguirse entre los sonidos apagados de la ciudad. Equipados
con luces rojas intermitentes y cámaras que giraban en todas direcciones, los drones mantenían un
ritmo regular, trazando rutas preprogramadas sobre las calles.
En los suburbios, las calles eran apenas alumbradas por luces parpadeantes provenientes de las
fachadas y pequeños hologramas que titilaban sobre almacenes de ropa barata o clínicas clandestinas
abiertas las veinticuatro horas. Los carteles holográficos proyectaban mensajes desgastados:
"Promoción: tres prendas por el precio de una" o "Cirugía sin preguntas, resultados garantizados."
Los transeúntes, en su mayoría personas que evitaban ser detectadas por los drones, llenaban las calles
portando gafas de realidad virtual que proyectaban imágenes de ojos estilo anime o facciones robóticas.
Algunos llevaban inserciones en el antebrazo, tatuajes animados que mostraban en tiempo real el ritmo
cardíaco de la persona o alucinaciones visuales: iconografía sexual, gráficos pulsantes, o referencias a
la "Okari", una droga emergente que prometía la experiencia de despertar de un largo sueño, como si se
estuviera escapando de la misma Matrix. El asfalto, agrietado y cubierto de charcos, reflejaba esos
destellos erráticos, mientras las pocas farolas aún en pie emitían una luz débil y temblorosa,
insuficiente para disipar la espesa penumbra.

La silueta femenina avanzaba por la acera, esquivando transeúntes sin perder el ritmo. Los zumbidos
constantes de los drones se fundían con el murmullo del gentío, casi como una memoria lejana. Se
deslizó entre un grupo que platicaba y entró en un local sin vallas publicitarias ni luces de neón
desgastadas.
"Necesito un microchip Starlink serie 9X, uno con serial limpio", dijo, sin rodeos, mirando al hombre
que la esperaba tras el mostrador.
"Niña... ¿quién te mandó a buscar eso?" El anciano la observó con desconfianza, aunque su curiosidad
lo traicionaba. "Bueno, no importa; mándalo a la mierda antes de que esa persona haga que te frían las
neuronas el gobierno... Eso si tienes suerte", dijo con un tono cargado de mezquindad.
"Me lo pidió el señor Vélez", respondió ella con calma, sin inmutarse.
El anciano abrió los ojos como platos al escuchar el nombre, como si acabara de escupir una maldición.
"¿El señor Vélez? ¿Pero vos estás loca, piba? ¿Querés que nos caguen matando a los dos?" Su voz bajó
enseguida, mientras miraba de reojo hacia la entrada, como si esperara ver a alguien aparecer de un
momento a otro.
Se pasó una mano temblorosa por la frente y resopló con nerviosismo. "Mirá, escúchame bien: no
vuelvas a decir ese nombre así, en voz alta. Ese tipo... ese hijo de puta es el diablo en persona, ¿sabés?
Una vez tuve que... mover unos fiambres por su culpa. No me preguntes cuántos. Y no me preguntes
cómo mierda salí vivo de esa. Pero el olor... el olor no se me va más."
Se inclinó hacia ella, con una seriedad que cortaba el aire. "Si Vélez te mandó, entonces hacé lo que
tengas que hacer y rajá de acá lo más rápido que puedas. Y si no te mandó, piba, te lo digo por tu bien:
andate ya, antes de que alguien le avise que estás usando su nombre. Con ese tipo no se jode,
¿entendés? No se jode."
El hombre, inconfundible por su camiseta de Boca del '81, avanzó con calma hacia un estante, su
silueta regordeta moviéndose con esfuerzo. Su bigote, espeso y acorde a su edad, se retorció
ligeramente mientras atravesaba un holograma muy realista que proyectaba una caja de tabacos
cubanos. Sin prisa, extrajo una cajita de cartón blanca. De ella sacó una fina papeleta transparente, en
cuyo interior descansaba un diminuto chip, más pequeño que la yema de un dedo.
La chica, sin decir una palabra, lo tomó con cuidado y lo insertó en una ranura oculta en su pierna,
justo donde debería estar su fémur. El mecanismo interno emitió un leve clic metálico al cerrarse.
"Serán cero treinta y ocho Bitcoin, niña", murmuró el hombre, su tono cargado de recelo.
Las pupilas de la chica se iluminaron brevemente, un gesto innecesario para los procesos bio-
informáticos, pero popular entre los jóvenes. "Listo", respondió con una sonrisa seca, casi mecánica.
El comerciante miró su antebrazo, donde un tatuaje digital comenzó a pulsar al recibir la confirmación
de la transacción. Asintió con indiferencia y, con un breve gesto de la mano, le indicó que podía irse.

Frente al puesto de ramen, un holograma de baja calidad titilaba sobre un poste metálico corroído,
proyectando la imagen difusa de un hombre de mediana edad con un traje gris. Su voz era grave, casi
solemne, mientras hablaba en tono pausado, como si midiera cada palabra.
'... y la pregunta que nos hemos hecho en estos últimos tres años es simple: ¿quién es la reina y de
dónde ha salido? Sabemos más de su gabinete, ahora llamado el Consejo Superior. Nueve miembros,
entre ellos un coronel español. Casi la mitad permanecen en el anonimato, y otros son bastante
polémicos, como cierto economista griego vinculado al tecno-feudalismo.'
La transmisión se interrumpió brevemente con un chasquido estático antes de que otro hombre, mayor
y con el rostro parcialmente visible por los defectos del holograma, le interrumpiera de forma abrupta.
'Sergio, sobre ella se han especulado muchas teorías. Lo cierto es que se han usado IAs especializadas
en comportamiento social y análisis predictivo. La probabilidad de que alguien sin rastro de conexión
política, económica o militar haya tomado el poder es del 0.02 por ciento. Muchos creen que se sometió
a una cirugía experimental en Bosnia para implantarse un microchip con conexión segura a una IA en
Sao Paulo, pero... la verdad es que podría ser algo incluso más aterrador. Lo que sea que haya sucedido
es un enigma que supera cualquier especulación.'
La chica escuchó la conversación mientras terminaba su tazón, sin siquiera levantar la mirada hacia el
holograma. Había oído versiones similares antes, fragmentos de la misma historia reciclados y
adornados, pero siempre con el mismo tono conspirativo. Sin embargo, las palabras del hombre mayor
quedaron resonando en su mente, casi como un eco: 'algo incluso más aterrador.'
Tomó su chaqueta y salió del puesto sin mirar atrás, mientras el holograma parpadeaba y se desvanecía,
dejando un leve resplandor en la penumbra húmeda de la noche.

***

Eran pasadas las diez de la noche, y el andén peatonal estaba saturado de transeúntes que fluían como
un río. Entre ellos, un hombre avanzaba con paso firme, envuelto en una chaqueta de cuero negro
reforzado con líneas rojas discretas. Sus pantalones, cargados con placas de armadura en las rodillas, y
la máscara negra que cubría su rostro, lo convertían en una figura inquietante, casi anónima.
Frente a él se alzaba un edificio moderno, de cristal y metal, reflejando la tenue iluminación de la
ciudad. Entró sin dudar, y antes de que el guardia junto al ascensor pudiera reaccionar, sacó una Glock
19 y disparó dos veces. El cuerpo cayó pesadamente al suelo. La recepcionista apenas tuvo tiempo de
abrir la boca antes de que un tercer disparo marcara un agujero limpio en su frente.
"Dos guardias en camino por tu izquierda", informó una voz neutra en su auricular, sin rastro de
emoción.
El mercenario avanzó con fluidez. Pegado a la pared, asomó el arma al pasillo y, a quemarropa, abatió a
los dos guardias que corrían hacia él. Sin perder tiempo, se dirigió al ascensor y pulsó el botón del
octavo piso. Dentro, revisó su pulsera. El contador avanzaba al veintitrés por ciento.
"Pasillo despejado", indicó nuevamente la voz. "Segunda puerta a la izquierda. Usa la prótesis
biométrica para acceder."
Al salir del ascensor, su mirada se cruzó brevemente con una cámara en la esquina superior del pasillo.
No le importó. Caminó hasta la segunda puerta, se quitó las gafas y permitió que el lector de iris
escaneara su ojo. La puerta se deslizó con un suave zumbido.
Dentro, Samuel Russo estaba de pie, paralizado entre su escritorio y una ventana panorámica que
dejaba ver la inmensidad de la ciudad. El mercenario no le dio tiempo para reaccionar; lo agarró por el
cuello de la camisa y lo empujó contra la pared.
"Alana me envió por ti. Tu identidad está comprometida, y en menos de veinte minutos, dos equipos
tácticos de Magnus estarán aquí", le espetó con voz firme. "Dame el código de la puerta hacia la
azotea."
Samuel, sudando profusamente, balbuceó un número mientras sus ojos saltaban nerviosamente hacia la
puerta. "8-4-7-3-1", dijo al fin, casi en un susurro.
"Muévete", ordenó el mercenario. Lo arrastró fuera de la oficina, tomando la dirección hacia las
escaleras que llevaban al último piso. Mientras subían, el zumbido de hélices llenó el aire,
incrementando la tensión en cada paso.
Cuando llegaron a la azotea, el viento provocado por las aspas de un helicóptero golpeó con fuerza sus
cuerpos. Samuel titubeó, pero el mercenario lo empujó al interior de la aeronave.
Ya en el aire, con las luces de la ciudad extendiéndose bajo ellos, el mercenario revisó el horizonte un
instante. Luego llevó su mano al auricular y habló con voz firme:
"Hazlo ahora".
En cuestión de segundos, desde el piso más alto hacia abajo, las luces del edificio comenzaron a
apagarse una tras otra. En menos de cinco segundos, la estructura completa estaba sumida en una
oscuridad impenetrable.
El mercenario no apartó la vista del edificio. Desde la distancia, parecía un coloso apagado, una
presencia vacía en medio de una ciudad que nunca dormía.
Sin decir nada más, se recostó en el asiento del helicóptero, observando con calma cómo se ejecutaba
su última acción.
***

El poder corrompe a quien carece de determinación. ¿Realmente está en la cima aquel que se ve
limitado por su círculo?
El cielo es un lienzo gris, pesado y sin vida. Estoy sola en un pasillo que termina en un gran ventanal.
La arquitectura, antigua y solemne, me transmite algo inesperado: tranquilidad. Esperanza.
Determinación.
Mi tierra.
Mi gente.
Mi nación.
Mi familia.
Mi amor...
Y mi imperio.
Nada de esto caerá ante alguien con menor voluntad que la mía. No ante quienes amen con menor
fuerza que yo. Porque este es mi propósito.
Mi nombre es Alana. Soy la reina. Pronto, la emperatriz.
En la habitación contigua, nueve personas esperan mis órdenes. Cada uno me ofrecerá una perspectiva
distinta, pero la decisión final siempre será mía.
—Usen los cazas chinos. Bombardeen la ciudad.
Mi voz resuena en la sala. Todos me observan, esperando más. Pero no hay más. Solo la verdad simple
y brutal: aplastar el espíritu de tu enemigo y luego recoger lo que queda para moldearlo en una nueva
esperanza, una que ataré firmemente a su cuello.
—El ciberataque al Ministerio de Fuerza Pública de Panamá ya está en marcha. Un ataque aéreo sobre
Venezuela solo encenderá las alarmas en todo el continente. Cuando tomemos control del satélite
israelí, la OTAN dejará de ser un problema inmediato. Culparemos a los franceses… o a los chinos.
Ambos han mostrado su rechazo al control del canal.
—No es el momento de desatar una guerra comercial entre China y Occidente. La última nos costó
demasiado. Tenemos países africanos dispuestos a suministrarnos materia prima para el proyecto
Atardecer 2. Usemos a China como intermediario, pasaremos desapercibidos. Ellos sueñan con infiltrar
su gente aquí.
—Las centrales eléctricas están protegidas con baterías antiaéreas iraníes. Si usamos los drones PK65,
el apagón será más lento, pero la probabilidad de éxito será mayor.

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