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Homilía de La Asunción

La solemnidad de la Asunción de la Virgen María, celebrada el 15 de agosto, es un dogma de fe que simboliza la victoria de Cristo sobre la muerte y la esperanza de la vida eterna para los cristianos. María, como madre y evangelizadora, es un modelo de fe y servicio, y su Asunción nos invita a vivir con confianza en la promesa de la resurrección. Este evento resalta la importancia de la humildad y el servicio, recordándonos que nuestra meta es la comunión con Dios en el cielo.

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Homilía de La Asunción

La solemnidad de la Asunción de la Virgen María, celebrada el 15 de agosto, es un dogma de fe que simboliza la victoria de Cristo sobre la muerte y la esperanza de la vida eterna para los cristianos. María, como madre y evangelizadora, es un modelo de fe y servicio, y su Asunción nos invita a vivir con confianza en la promesa de la resurrección. Este evento resalta la importancia de la humildad y el servicio, recordándonos que nuestra meta es la comunión con Dios en el cielo.

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SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

15 de agosto de 2025
Parroquia “Asunción de María”, Masaguara, Intibucá

Lecturas: Ap. 11, 19ª; 12, 1-6ª. 10ab; Sal 44, 10b-12. 15b-16;
1 Cor 15, 20-27; Lc 1, 39-56

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y felices fiestas patronales.


Hoy y como todos los años nos unimos a una fiesta mariana antiquísima,
celebramos la asunción de la Virgen María, ella como madre y
evangelizadora, desempeña un papel importante y fundamental, es su vida
terrena una vivencia encarnada del Evangelio de principio a fin,
consideremos la fiesta de hoy, como el testimonio, vivo y claro, de la meta
del cristiano que ha hecho una opción radical por Cristo. La Asunción de la
Virgen María, es un dogma de nuestra fe, que nos llena de esperanza y nos
invita a mirar hacia el cielo.

La solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María fue fijada en


el 15 de agosto ya en el siglo V, “con el sentido de Nacimiento al Cielo o, en
la tradición bizantina, Dormición (Cf San Andrés de Creta, In dorm. I,2) de
Nuestra Señora” (Cf. BOVER J., “La Asunción de María”, p.1-3). Es toda
una teología que se va desarrollando a través del tiempo ya en “los primeros
testimonios de la fe popular la asunción se encuentra en algunos escritos
apócrifos titulados como Transitus Mariae, originados después del Concilio
de Éfeso, en Egipto” (Du Manoir (ed.) María. V., [Link]ís,1961, p.118).
En Roma, la fiesta se celebra desde mediados del siglo VII, pero hubo que
esperar hasta el 1 de noviembre de 1950, con el papa Pío XII, para que se
proclamara el dogma dedicado a María asunta al cielo en cuerpo y alma, con
la bula declaratoria Munificentissimus Deus. Recordemos también que en el
Credo Apostólico profesamos nuestra fe en la “Resurrección de la carne” y
en la “vida eterna”, fin y sentido último del camino de la vida cristiana, es
por ello que nos esforzamos cada día y servimos con tanta dedicación a las
actividades parroquiales y también diocesana, y en este año Jubilar de la
esperanza, a todas las actividades universales que la Iglesia propone para este
tiempo de gracia, que no son nada más que la manifestación de una Iglesia
dinámica y siempre peregrina hacia la patria celeste. Esta promesa de fe, de
la resurrección, se cumple ya en María, como bien lo rezaremos en el
prefacio propio de este día y que forma parte de la liturgia eucarística y que
dice “hoy ha sido llevada al cielo la Virgen, Madre de Dios; no quisiste,
Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del
Espíritu, concibió en su seno al autor de la vida”.

La Asunción de María es un signo de la victoria de Cristo sobre la muerte,


muerte que genera esperanza en la vida cristiano, porque no es muerte
definitiva, es el paso hacia la vida eterna, de un hombre o mujer bautizados
que vive de cara a Cristo. María, por su unión íntima con su Hijo, participa
plenamente en su triunfo. Su Asunción nos confirma que la resurrección no
es solo una promesa, sino una realidad para aquellos que viven, que vivimos
en fidelidad a Dios, hay que subrayar que también en la fiesta de la Asunción
se celebra el pleno cumplimiento del misterio pascual de Cristo en la Virgen
madre; más aún, en ella es totalmente única la realización de este misterio,
ya que colaboró de una manera plena y enteramente en el cumplimiento de
la misión del Hijo, tarea ahora encomendada a la Iglesia, que es la extensión
de la misión del Hijo en la tierra.

Las lecturas de esta solemnidad nos ayudan a profundizar en el significado


de la Asunción:
La primera lectura tomada del Apocalipsis (11, 19ª; 12, 1-6ª. 10ab) nos
presenta la imagen de la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una
corona de doce estrellas, en cuantas ocasiones, hemos ya oído y visto esta
imagen de nuestra Madre. Esta visión nos habla de María como la Madre del
Salvador y como figura de la Iglesia, que lucha contra el mal, pero es
protegida por Dios, como ha dicho también el Papa León XIV, en su discurso
momentos después de su elección “los poderes del infierno no prevalecerán”,
esta promesa ya había sido anunciada en el AT, en el Gn 3, 15, la Mujer
aplastaría la cabeza del demonio, y con María eso ya se ha cumplido, y ella
ahora acompaña a la Iglesia, para que las palabras de Jesús, en y por la Iglesia
lleguen a su cumplimiento.
La filiación de Maria al Padre, por medio de su “si” al proyecto salvífico
desde la encarnación del Hijo, hasta la formación de las comunidades
cristiana llega a su plenitud, y el Apocalipsis nos presenta este signo de ese
cumplimiento, que alcanza dimensiones cósmicas y celestes.
Los doctores escolásticos vieron prefigurada la asunción “…no sólo en
diversas figuras del AT, sino también en aquella mujer vestida de sol que
contempló el apóstol Juan en la isla de Patmos” (Cf. Tondini. (Roma 19542)
629)

Textualmente, recordemos que, con el estribillo de este bello salmo


(Salmo 44, 10b-12. 15b-16), respondíamos “de pie a tu derecha está la
Reina, enjoyada con oro de Ofir.” Este salmo nos invita a contemplar la
gloria de María en el cielo, este se aplica a María reina, “que entra
triunfalmente en el palacio celestial y se sienta a la diestra del divino
Redentor…, rey inmortal de los siglos” (Cf. Tondini. 619, 627). Y es también
lo que esperamos los cristianos, que en el juicio final seamos separados a la
derecha, dónde está Dios y sus ángeles.

Santa María Asunta al cielo, ha primereado por su singular predilección, San


Pablo en la I Carta a los Corintios (15, 20-27ª) nos explica muy bien, al
recordar que Cristo es la primicia de los que han resucitado, y que todos los
que le pertenecen compartirán su victoria sobre la muerte, con más razón
María su madre. San Pablo VI, en varias ocasiones pronunció en sus homilías
que “el misterio de la madre encuentra su sentido pleno en el misterio del
Hijo; la asunción de la Virgen es la plena configuración con Cristo
resucitado y glorioso”, también es nuestro caso, por eso la Lumen Gentium
del Concilio Vaticano II hace referencia a que nuestra verdad, la verdad del
hombre solo se descubre a través de Cristo (Cf LG 2). Lo que la Iglesia ve
en la asunción de María es la consecuencia plena de la colaboración de ella,
singularmente diferente a la nuestra, en la edificación e instauración del
Reino, y que la unieron a Jesús, en el plano de la carne y todavía más en el
de la fe, escenario que nosotros compartimos por el bautismo.

El relato evangélico de San Lucas (1, 39-56) nos traslada al encuentro


entre María e Isabel, aquí María proclama el Magníficat, alabando a Dios
por su misericordia y su fidelidad a las promesas hechas a su pueblo. María
ha llegado ya a la meta; nos ha adelantado y precedido, este gozo con el que
ella entona en este hermoso cántico repercute en nuestra vida personal y
eclesial, ella nos ayuda a contemplar la obra de Dios a lo largo de la historia
de su pueblo.
La Virgen María, como lo dijo el papa Francisco, en esta misma fiesta, en
el año 2022: “Ella, pequeña y humilde, ha sido elevada y llevada a la gloria
del Cielo…Y mirándola en la gloria, comprendemos que el verdadero poder
es el servicio ―no olvidemos esto: el verdadero poder es el servicio― y
reinar significa amar”.
Ella participa de la resurrección de Cristo en cuanto que estuvo
perfectamente unida con él, escuchando su palabra y poniéndola en
práctica. Y justamente porque acogió y vivió el Evangelio, fue admitida por
Dios para estar en la eternidad al lado del trono de su Hijo. De este modo,
como lo hemos escuchado en el Magnificat el “Señor derribó a los
potentados de sus tronos y exaltó a los humildes”.
Su misma maternidad carnal estuvo precedida y se hizo posible por
el fiat, es decir, por el asentimiento libre que María prestó al ángel Gabriel
cuando le anunció la propuesta que Dios le hacía, María hoy canta la
esperanza y reaviva en nosotros la esperanza: en ella vemos la meta del
camino.

La liturgia de la Palabra que nos ha traído desde el Apocalipsis hasta


el Evangelio según San Juan, nos insisten que nuestra meta es el cielo, que
se gana por nuestra adhesión a Cristo, que ya hemos recibido muchos de
nosotros por medio del bautismo en el Espíritu, y que también la Virgen
María recibió en el momento de la Encarnación del Hijo, porque es el
Espíritu quien la envuelve y le da entrada en el Misterio, y es ella misma
quien nos entona este grandioso himno de salvación, expresándonos la
manera de cómo vivir de cara al Misterio, reconociendo las maravillas
obradas desde la eternidad y señalando el camino de la gracia, caracterizado
por la vivencia de las virtudes teologales de la fe, esperanza y caridad, que
aseguran nuestra participación de la gloria, de la que ya ella participa.

La Asunción de María nos invita a vivir con esperanza y a confiar en


la promesa de la vida eterna. María nos muestra el camino de la humildad, la
fe y el servicio. Su Magníficat nos recuerda que Dios exalta a los humildes
y llena de bienes a los hambrientos.
Hoy, en nuestra comunidad, estamos llamados a imitar a María en su
entrega y confianza en Dios. Que su Asunción nos impulse a vivir con
alegría, sabiendo que nuestra meta es el cielo. Que su ejemplo nos ayude a
servir a los más necesitados y a caminar con fe en medio de las dificultades.
Su Asunción es un anticipo de nuestra propia resurrección, una invitación a
vivir con esperanza y confianza en la misericordia divina.
Este misterio nos recuerda que nuestra vocación última es la comunión
con Dios, y que María, como Madre y modelo de la Iglesia, nos precede en
este camino de fe y salvación.
Que María, nuestra Madre, interceda por nosotros y nos guíe hacia
su Hijo. Amén.

Seminarista: Manner Otoniel Sánchez

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