Menos Infractor
Menos Infractor
Se entiende por persona menor de edad a toda aquella que no ha alcanzado la edad adulta,
misma que en el sistema jurídico mexicano se alcanza al cumplir los 18 años.
De manera adicional al tema de personas menores de edad es de utilidad, en este punto, citar lo
establecido por la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes en su artículo quinto:
“Artículo 5. Son niñas y niños los menores de doce años, y adolescentes las personas de entre doce
años cumplidos y menos de dieciocho años de edad. Para efectos de los tratados internacionales y la
mayoría de edad, son niños los menores de dieciocho años de edad.
Párrafo reformado DOF 03-06-2019
Cuando exista la duda de si se trata de una persona mayor de dieciocho años de edad, se
presumirá que es adolescente. Cuando exista la duda de si se trata de una persona mayor o menor de
doce años, se presumirá que es niña o niño.
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Apuntes teóricos
Jurídicamente se entiende por niña o niño a la persona desde su nacimiento hasta un día antes
de cumplir los doce años.
Jurídicamente se entiende por adolescente a la persona que tiene doce años cumplidos hasta
un día antes de cumplir los dieciocho años.
Jurídicamente se entiende por persona adulta o mayor de edad a aquella que tiene dieciocho
años cumplidos hasta su fallecimiento.
Se entiende por menores infractores a todas aquellas personas menores de dieciocho años que
realizan conductas tipificadas como delitos por las leyes penales vigentes, no siéndoles
aplicables una pena como consecuencia del acto ilícito, surgiendo entonces la necesidad de
someterlos a un régimen especial de atención al administrase la justicia penal.
El rango etario, para la aplicación de la justicia penal para menores, queda establecido para personas
adolescentes, esto es, doce años cumplidos hasta un día antes de cumplir dieciocho.
A los adolescentes infractores se les garantizarán sus derechos humanos en el proceso especial que se
les seguirá para la administración de la justicia penal.
Las personas menores de doce años – esto es, a aquellas que legalmente se considera niñas y niños –
no son imputables y por lo tanto no pueden ser sujetos a un proceso penal especial, solamente a
medidas cautelares con carácter de asistencia social.
Se establece la posibilidad de una ley secundaria, reglamentaria de este precepto constitucional, misma
que tiene carácter federal y queda constituida por la Ley Nacional del Sistema Integral de Justicia
Penal para Adolescentes.
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Apuntes teóricos
En relación a la Ley Nacional del Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes, se pueden
puntualizar las siguientes garantías procesales a favor de los adolescentes infractores:
Esta Ley es de orden público y de observancia general en toda la República Mexicana. Se aplicará
a quienes se atribuya la realización de una conducta tipificada como delito por las leyes penales y tengan
entre doce años cumplidos y menos de dieciocho años de edad, y que sean competencia de la
Federación o de las entidades federativas, en el marco de los principios y derechos consagrados en
la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y en los Tratados Internacionales de los
que el Estado mexicano sea parte.
En ningún caso, una persona mayor de edad podrá ser juzgada en el sistema de justicia para
adultos, por la atribución de un hecho que la ley señale como delito por las leyes penales,
probablemente cometido cuando era adolescente. (Artículo primero – Ámbito de aplicación)
Las niñas y niños, en términos de la Ley General, a quienes se les atribuya la comisión de un hecho
que la ley señale como delito estarán exentos de responsabilidad penal, sin perjuicio de las
responsabilidades civiles a las que haya lugar.
En caso de que la autoridad advierta que los derechos de estas niñas y niños están siendo
amenazados o violados, deberá dar aviso a la Procuraduría de Protección competente. (Artículo cuarto
– Niñas y Niños)
A las personas mayores de dieciocho años de edad a quienes se les atribuya la comisión o
participación en un hecho señalado como delito en las leyes penales mientras eran adolescentes, se
les aplicará esta Ley.
Asimismo, se aplicará en lo conducente a las personas que se encuentren en proceso o
cumpliendo una medida de sanción y cumplan dieciocho años de edad. Por ningún motivo, las personas
mayores de edad cumplirán medidas privativas de la libertad en los mismos espacios que las personas
adolescentes. (Artículo sexto – Aplicación de esta ley a persona mayor de edad)
Para todos los efectos de esta Ley, la edad a considerar será la que tenía la persona al momento de
realizar el hecho que la ley señale como delito, el cual se acreditará mediante acta de nacimiento
expedida por el Registro Civil, o bien, tratándose de extranjeros, mediante documento oficial. Cuando
esto no sea posible, la comprobación de la edad se hará mediante dictamen médico rendido por el o los
peritos que para tal efecto designe la autoridad correspondiente. (Artículo séptimo – Comprobación de
la edad)
En el caso de las personas adolescentes a las que se les atribuya la comisión de un hecho que la ley
señale como delito y que carezcan de madre, padre o tutor, o bien, estos no sean localizables, el
Ministerio Público deberá dar aviso a la Procuraduría de Protección competente para que, en términos
de las atribuciones establecidas por las leyes aplicables, ejerza en su caso la representación en suplencia
para la salvaguarda de sus derechos.
Asimismo, con independencia de que cuente con madre, padre o tutor, cuando se advierta que
los derechos de la persona adolescente acusada de la comisión de un hecho que la ley señale como
delito se encuentran amenazados o vulnerados, el Ministerio Público deberá dar aviso a la
Procuraduría de Protección competente para que proceda en términos de lo previsto en la legislación
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Apuntes teóricos
aplicable y, en su caso, ésta ejerza la representación en coadyuvancia para garantizar en lo que respecta
a la protección y restitución de derechos. (Artículo onceavo – Salvaguarde de derechos de personas
sujetas a esta ley)
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Apuntes teóricos
Los derechos de los menores infractores quedan plasmados y protegidos en la Ley Nacional
del Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes.
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Apuntes teóricos
Es conocida la severidad de los derechos penales precolombinos, siendo muy comunes las penas
corporales, y aún la de la muerte. Por lo que hace al derecho penal maya, consideraba como un atenuante
de responsabilidad la minoría de edad. Según Rodríguez Manzanera (1997) “En caso de homicidio, el
menor pasaba a ser propiedad (como esclavo) de la familia de la víctima, para compensar laboralmente
el daño causado. El robo era un delito grave, los padres del infractor debían reparar el daño alas
víctimas, y de no ser posible, el menor pasaba a ser esclavo hasta pagar la deuda.”
La cultura azteca daba un lugar esencial a la educación de los menores; su organización social
se basaba en el núcleo familiar patriarcal, los padres tenían patria potestad sobre sus hijos y derecho de
corrección, pero se les negaba el derecho de vida o muerte sobre ellos. En el caso de menores
incorregibles, podían venderlos como esclavos. A pesar de la severidad de la educación, es notable el
respeto y la protección que se otorgaba a los menores; consideraban que todos los hombres nacían
libres, aún los hijos de esclavos, y veían con repudio la venta de niños ajenos, castigando con este delito,
junto con el rapto de infantes, con la pena de muerte. Todos los menores de diez años estaban excluidos
de responsabilidad penal; para quienes tuviesen entre diez y quince años, su minoría era considerada
un atenuante de la penalidad.
En la época colonial las instituciones religiosas se asumen como las primeras en brindar
“protección al menor” en situación de abandono o riesgo; puede citarse al Real Hospital de Indios, con
una sección para niños abandonados; la casa de cuna del Dr. Pedro López, y el Hospital de San Lázaro.
En el ámbito jurídico, la Recopilación de las Leyes de Indias establece como edad de responsabilidad
plena la de dieciocho años cumplidos.
Tras la lucha por la independencia la mirada del Estado se redirigió hacia los menores,
reorganizando las casas de cuna y conformando patronatos con los fondos proporcionados por
voluntarios que reunían fondos para socorrer a los niños huérfanos o abandonados. Entre 1848 y 1851,
José Joaquín de Herrera fundó la “Casa de Tecpan de Santiago”, conocida también como Colegio
Correccional de San Antonio, institución exclusiva para delincuentes menores de dieciséis años,
sentenciados o procesados, con un régimen de tipo cartujo (aislamiento nocturno, trabajo en común
con regla de silencio), y con separación de sexos.
En la época juarista, con la promulgación de las Leyes de Reforma, el gobierno pasó a hacerse
cargo de orfanatorios y hospicios y se giran instrucciones precisas para ingresar a planteles educativos
a todos los niños de entre seis y doce años que se encontraran vagando en las calles.
El Código Penal Martínez de Castro, de 1871, atendiendo a los principios que le inspiraron,
definió la responsabilidad de los menores en función de su edad y de su discernimiento; declaró al
menor de nueve años exento de responsabilidad, amparado por una presunción inatacable. Al menor de
entre nueve y catorce años, lo puso en situación dudosa, que se aclararía con el dictamen pericial; al de
catorce a dieciocho años, le asignó discernimiento ante la ley, y presunción plena en su contra. Este
criterio se completaba con un régimen penitenciario progresivo, correccional, para el que se designarían
establecimientos adecuados.
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Apuntes teóricos
El Código de 1871, dispuso que los menores de catorce años que hubieran infringido la ley
penal sin discernimiento fueran internados en un establecimiento de educación correccional por el
tiempo necesario para concluir la educación primaria, pudiendo quedar en su propio domicilio los
menores de nueve años cuyos padres fueren idóneos para darles la educación necesaria y siempre que
la falta cometida no fuera grave; y pudiendo regresar a él los mayores de nueve años y menores de
catorce, cuando acreditaren haber mejorado de conducta y terminado su educación, o bien que pueden
terminar ésta fuera del establecimiento. (arts. 157, 159ny 162)
El artículo 157 del Código de 1871, establecía explícitamente la reclusión preventiva en
establecimiento de educación correccional para los casos de minoridad y no discernimiento. Para
ello, se formaron las Casas de Corrección de Menores (una para varones, otra para mujeres),
convirtiendo en 1880, la Escuela de Tecpan de Santiago en la Escuela Industrial de Huérfanos.
La época revolucionaria trajo consigo una nueva crisis; la estructura social, removida
violentamente hasta las raíces, no alcanzó a transformarse positivamente, al menos al principio, y
ponerse a la altura de los grandes cambios políticos y económicos que se generaron con el movimiento
armado. Consumada la revolución mexicana y en plena época post-revolucionaria, en 1926 se fundó el
Tribunal para Menores del Distrito Federal, ingresando el primer menor necesitado de tratamiento
el 10 de enero de 1927; asimismo se promulgó el Reglamento para la Calificación de los Infractores
Menores de Edad en el Distrito Federal, el cual hacía hincapié en la necesidad de auxiliar y poner a
salvo de las numerosas fuentes de perversión, que se originaban en nuestra deficiente organización
social, a los sujetos menores de dieciséis años .
Le concedía al Tribunal las atribuciones siguientes:
Calificar a los menores que incurriesen en penas, que debiesen aplicar el Gobierno del Distrito
Federal.
Reducir o conmutar las sanciones previamente impuestas a los menores, mediante su solicitud.
Estudiar los casos de los menores, cuando hubiesen sido declarados absueltos por haber obrado
sin discernimiento.
Conocer los casos de vagancia y mendicidad de niños menores de ocho años, siempre que no
fueran competencia de las autoridades judiciales.
Auxiliar a los tribunales del orden común en procesos contra menores, previo requerimiento
para ello.
Resolver las solicitudes de padres y tutores, en los casos de menores “incorregibles”.
Tener a su cargo la responsabilidad de los establecimientos correccionales del Distrito Federal,
proponiendo, de acuerdo con la Junta Federal de Protección a la Infancia, todas las medidas que
estimara necesarias para su debida protección.
En 1928 se expide la “Ley sobre la Prevención Social de la Delincuencia Infantil en el
Distrito Federal y Territorios”. Esta ley, conocida como “Ley Villa Michel”, substraía a los menores
de quince años del Código Penal, lo cual representó un avance, primordialmente, en cuanto a que en su
articulado prevenía que la policía y los Jueces del orden común, no deberían tener más intervención
respecto de los menores, que enviarlos al Tribunal competente.
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Apuntes teóricos
Abundando en la historia del marco jurídico para la aplicación de la justicia penal a los menores
infractores cabe añadir lo siguiente:
El 16 de junio de 2016 se abroga la Ley para el Tratamiento de Menores Infractores, para El Distrito
Federal en Materia Común y para Toda la República en Materia Federal; entrando en vigor la ley
vigente al momento: la Ley Nacional del Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes.
En 1926 se fundó el primer Tribunal para Menores del Distrito Federal, siendo el órgano
jurisdiccional encargado de aplicar la justicia penal a los menores infractores.
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Apuntes teóricos
o Impulsivos
o Con afán de protagonismo.
o Fracaso escolar.
o Consumidores de drogas.
o Baja autoestima.
o Familia desmembrada.
o Clase baja.
o Faltos de afectividad.
o Agresivos
o Sin habilidades sociales.
o Poco equilibrio emocional.
o Inadaptados
o Frustrados
Una primera categoría de jóvenes delincuentes vendría definida por rasgos de anormalidad
patológica, fundamentalmente:
o Menores delincuentes por psicopatías: aquí el punto de referencia lo constituye la existencia
de alguna de las formas de psicopatía, entendida por Hare (s/f) como la patología integrada,
conjuntamente, de la incapacidad de quien la padece de sentir o manifestar simpatía o alguna
clase de calor humano para con el prójimo, en virtud de la cual se le utiliza y manipula en
beneficio del propio interés, y de la habilidad para manifestarse con falsa sinceridad en orden
de hacer creer a sus víctimas que es inocente o que está profundamente arrepentido, y todo ello,
para seguir manipulando y mintiendo. Consecuencia de ello, es que, el menor es incapaz de
adaptarse a su contexto y actuar como tal, porque el trastorno de la personalidad que sufre, le
impide inhibirse respecto de conductas o comportamientos contrarios a las normas. El menor
psicópata tiende a perpetrar actos antisociales según la orientación nuclear de la propia
psicopatía, siendo de destacar en este sentido los actos que expresan frialdad y crueldad por
parte del sujeto.
o Menores delincuentes por neurosis: la neurosis consiste en una grave perturbación de la
psique de carácter sobrevenido y que se manifiesta en desórdenes de la conducta, pudiendo ser
su origen muy diverso como fracasos, frustraciones, abandono o pérdida de seres muy queridos,
etc. Criminológicamente, el neurótico trata de hacer desaparecer la situación de angustia que
sufre cometiendo delitos con el fin de obtener un castigo que le permita liberarse del sentimiento
de culpabilidad que sobre él pesa, y esto es también válido para el menor neurótico, aunque sean
muchos menos que los adultos.
o Menores delincuentes por auto referencias sublimadas de la realidad: aquí se incluyen los
menores que, por la confluencia de predisposiciones psicobiológicas llegan a mezclar fantasía
y juego de una forma tan intensa que empiezan a vivir fuera de la realidad. Es precisamente ese
estado anómalo el que puede conducirlos a cometer actos antisociales.
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Apuntes teóricos
Una segunda categoría integrada por jóvenes con rasgos de anormalidad no patológica, y en
la que entrarían:
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Apuntes teóricos
1.7. La violencia
En relación a la violencia como factor de riesgo para la comisión de delitos, la investigadora Linton Padilla
(2018) apunta lo siguiente en su artículo (parafraseando y adaptando):
Es preocupante como la incidencia en delitos violentos va incrementando en nuestro país. Se considera
de suma importancia identificar los factores mediatos que propician este tipo de comportamientos, con
la intensión de encontrar las causas reales de porque un sujeto llega a cometer no solo delitos, sino
porque los perpetra empleando el uso de la violencia.
Numerosos estudios están diseñados para encontrar el núcleo de la delincuencia para poder
explicarla, y claro, prevenirla; algunos autores señalan a la violencia como un factor que puede llegar
precipitar dicha conducta.
Explicar el fenómeno de violencia implica identificar el área en la que se esté manifestando, la
tenemos dentro de las familias, en las escuelas y en las nuevas formas de cometer el delito. La violencia
tiene su núcleo central en el ejercicio del poder mediante la fuerza, imposibilitando física y
psicológicamente a la víctima.
La violencia es el uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona,
un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como
consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte.
(Organización Mundial de la Salud, 2017)
La OMS, divide la violencia en tres categorías generales, según las características de los que
cometen el acto de violencia:
i. La violencia auto-infligida.- caracterizada por comportamiento suicida y autolesiones.
ii. La violencia interpersonal.- violencia familiar, que incluye menores, pareja y ancianos; así
como violencia entre personas sin parentesco.
iii. La violencia colectiva.- social, política y económica. La naturaleza de los actos de violencia
puede ser: física, sexual, psíquica, privaciones o descuido.
La violencia debería ser considerada como el resultado final de una cadena de eventos vitales
durante la cual los riesgos se van acumulando y potencialmente se refuerzan unos a otros, hasta que la
conducta violenta se dispara en una situación específica (Ortega-Escobar & Alcázar-Córcoles, 2016)
Para la sociología es “una característica que puede asumir la acción criminal cuando la distingue
el empleo o la aplicación de la fuerza física o el forzamiento del orden natural de las cosas”.
La violencia ha sido definida por diferentes disciplinas; desde el punto de vista del Derecho se
relaciona con la violación a la ley y se objetiviza en hechos delictivos, el Diccionario de Derecho señala
que violencia es: “Acción física o moral lo suficientemente eficaz para anular la capacidad de reacción
de la persona sobre la que se ejerce”.
Existe un punto en donde el sujeto que posee características que lo predisponen a practicar la
violencia, desinhibe su potencial y descarga la contención que venía ejerciendo para formar parte de un
constructo social y ser aceptado, sin embargo, cuando entran en juego su disposición y oportunidad
para materializar la conducta da paso al acto violento, en donde la mayoría de los casos, se involucran
en actos delictivos.
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Apuntes teóricos
Jurídicamente el delito es definido como una conducta típica, antijurídica, imputable, culpable,
sometida a una sanción penal y a veces a condiciones objetivas de punibilidad. Supone una infracción
del Derecho Penal. Es decir, una acción u omisión tipificada y penada por la ley. (Enciclopedia jurídica,
2015).
En muchos casos el efecto que determinados delitos violentos logra en la opinión pública
contribuye a crear un clima de alarma social; en ocasiones, el efecto de actos violentos concretos ha
tenido repercusiones en la legislación penal de un país, o en las medidas reguladoras de la ejecución
penal. Sin embargo, en el ámbito de políticas públicas dedicadas a la prevención de estas conductas es
mínima, se escatima en la importancia de una educación familiar, cuyos objetivos sean trasmitirles
nuevas estrategias para interactuar libres de violencia, que el individuo aprenda a socializar
asertivamente, y con esto se reduzcan los factores que desencadenan un acto violento. Lo importante,
es descifrar el origen de dicha conducta, la familia es un modelo socializante y en el que puede estar
presente este tipo de comportamientos.
La familia, como primer grupo de referencia, se convierte en un punto central de atención ya
que puede ser fuente de modelos agresivos: si la agresividad forma parte de los patrones de
conducta habituales en la familia, el niño no solo carece de experiencia socializadoras
adecuadas o de modelos pro-sociales de los que aprender, sino que tiene más oportunidades
de imitar las respuestas violentas predominantes de su entorno y adaptarlas a su repertorio
conductual. (Kazdin, 1988)
Esta idea explica como un sujeto a partir de la experiencia puede repetir los comportamientos
violentos con los cuales ha sido educado, introyectándolos como herramientas para afrontar el medio
social.
Así, aquél sujeto que haya crecido en un ambiente donde la violencia es aceptada y reforzada
tendrá más probabilidades de adoptar la violencia como un recurso eficaz para enfrentarse a
los conflictos, que aquél que fue criado en ambientes donde toda manifestación agresiva era
castigada y rechazada. (Sarasua, 1994)
El sujeto, al acumular experiencias a lo largo de su vida va identificando de qué manera debe
enfrentarse al mundo, como se expresó anteriormente, la familia muestra gran parte de lo que se debe
reproducir en el exterior. La sociedad sigue un curso marcado por tiempo y espacio y así se deberá
evaluar la evolución del sujeto ante la condición violenta.
Hablar sobre los factores que influyen en la comisión de delitos, nos obliga a enmarcarlo como
un asunto multifactorial. “Resulta difícil poder determinar todos los factores que influyen en el
delincuente, pues incluso resulta normal que ni el propio sujeto lo sepa; por ello, no puede asegurarse
de forma categórica que tales o cuales factores han determinado la conducta criminal de una persona”
(Serrano Gómez, 1978)
Blackburn, 1993, explica que, para comprender mejor la delincuencia de carácter violento,
debemos distinguir entre la disposición a la violencia y actos agresivos o violentos. Es importante
descifrar cómo está conformada la personalidad de un sujeto para entender su disposición a los actos
violentos.
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Apuntes teóricos
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Apuntes teóricos
Se entiende por violencia al uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo,
otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que
tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la
muerte.
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Apuntes teóricos
En un estudio que mostró la relación entre la testosterona y el comportamiento, James Dabbs y
sus colegas (Dabbs, Hargrove, & Heusel, 1996) midieron los niveles de testosterona de 240 hombres
que eran miembros de 12 fraternidades en dos universidades. También obtuvieron descripciones de las
fraternidades de funcionarios universitarios, oficiales de fraternidad, fotografías de anuarios y salas
capitulares, y notas de campo de investigadores. Los investigadores correlacionaron los niveles de
testosterona y las descripciones de cada una de las fraternidades. Encontraron que las fraternidades que
tenían los niveles promedio más altos de testosterona también eran más salvajes e rebeldes, y en un
caso se conocían en todo el campus por la crudeza de su comportamiento. Las fraternidades con los
niveles promedio más bajos de testosterona, por otro lado, fueron más educadas, amigables,
académicamente exitosas y socialmente responsables. Otro estudio encontró que los delincuentes
juveniles y los presos que tienen altos niveles de testosterona también actuaron de manera más violenta
(Banks & Dabbs, 1996). La testosterona afecta la agresión al influir en el desarrollo de diversas áreas
del cerebro que controlan comportamientos agresivos. La hormona también afecta el desarrollo físico
como la fuerza muscular, la masa corporal y la altura que influyen en nuestra capacidad de agredir
con éxito.
Aunque los niveles de testosterona son mucho más altos en los hombres que en las mujeres, la
relación entre la testosterona y la agresión no se limita a los varones. Los estudios también han
demostrado una relación positiva entre la testosterona y la agresión y comportamientos relacionados
(como la competitividad) en mujeres (Cashdan, 2003). Aunque las mujeres tienen niveles más bajos de
testosterona en general, están más influenciadas por cambios menores en estos niveles que los hombres.
Hay que tener en cuenta que las relaciones observadas entre los niveles de testosterona y el
comportamiento agresivo que se han encontrado en estos estudios no pueden probar que la testosterona
cause agresión, las relaciones son solo correlacionales. De hecho, el efecto de la agresión sobre la
testosterona es probablemente más fuerte que el efecto de la testosterona sobre la agresión. Participar
en la agresión provoca aumentos temporales en la testosterona. Las personas que sienten que han
sido insultadas muestran tanto más agresión como más testosterona (Cohen, Nisbett, Bosdle, &
Schwarz, 1996), y la experiencia del estrés también se asocia con mayores niveles de testosterona y
también con la agresión. Incluso jugar un juego agresivo, como el tenis o el ajedrez, aumenta los niveles
de testosterona de los ganadores y disminuye los niveles de testosterona de los perdedores (Gladue,
Boechler, & McCaul, 1989; Mazur, Booth, & Dabbs, 1992).
La testosterona no es el único factor biológico vinculado a la agresión humana. Investigaciones
recientes han encontrado que la serotonina también es importante, ya que la serotonina tiende a
inhibir la agresión. Se ha encontrado que niveles bajos de serotonina predicen futuras agresiones
(Kruesi, Hibbs, Zahn, & Keysor, 1992; Virkkunen, de Jong, Bartko, & Linnoila, 1989). Los
delincuentes violentos tienen niveles más bajos de serotonina que los delincuentes no violentos, y
los delincuentes condenados por delitos violentos impulsivos tienen niveles más bajos de serotonina
que los delincuentes condenados por delitos premeditados (Virkkunen, Nuutila, Goodwin, & Linnoila,
1987).
En un experimento que evalúa la influencia de la serotonina en la agresión, Berman, McCloskey,
Fanning, Schumacher y Coccaro (2009) eligieron primero a dos grupos de participantes, uno de los
cuales indicó que frecuentemente habían participado en agresiones (arrebatos de temperamento, peleas
físicas, agresión verbal, asaltos y agresión hacia objetos) en el pasado, y un segundo grupo que informó
que no se habían involucrado en conductas agresivas.
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Apuntes teóricos
1 – amígdala
2 – corteza pre-frontal
Figura 1. Fuente:
https://espanol.libretexts.org/Ciencias_Sociales/Psicologia/Libro%3A_Principios_de_Psicolog%C3%ADa_Social/10%3A_Agresi%C3%B3n/10.02%3A
_Las_causas_biol%C3%B3gicas_y_emocionales_de_la_agresi%C3%B3n
(párr. 7 – 17)
https://espanol.libretexts.org/Ciencias_Sociales/Psicologia/Libro%3A_Principios_de_Psicolog%C3%
ADa_Social/10%3A_Agresi%C3%B3n/10.02%3A_Las_causas_biol%C3%B3gicas_y_emocionales_
de_la_agresi%C3%B3n
(11.01.2025)
1.8.2. Psicológicas
En cuanto a las causas psicológicas de la violencia, el investigador Ramón Bassols (2012) establece en su
artículo publicado en la página de internet “Temas de Psicoanálisis” lo siguiente (parafraseando y adaptando):
La complejidad del hecho de la violencia y el polimorfismo de sus manifestaciones exige que su estudio
sea multidisciplinario, investigado desde diferentes vértices. La violencia la podemos enfocar como
un suceso individual, por ejemplo la personalidad criminal; como un fenómeno social, por ejemplo
las subculturas de la violencia y las asociaciones mafiosas; y desde un ángulo político, por ejemplo la
violencia revolucionaria, el terrorismo, la violencia de las instituciones, la estatal, etc. A pesar de que
todas estas formas de violencia no son compartimentos estancos sino que mantienen una cierta
interrelación e influencia recíproca, ya que como señalan J. Puget (1988) y Y. Gampel (1997) la
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Apuntes teóricos
violencia social se inscribe en la realidad psíquica, en esta investigación se limit5a la exposición a
los aspectos psicológicos de la violencia humana.
Resumidamente, podríamos considerar dos puntos de vista opuestos en la teorización sobre la
génesis de la violencia. Me refiero a las tesis instintivistas y a las tesis ambientalistas, las cuales se
sustentan, no solo en base a argumentos científicos, sino que se apoyan en gran medida en previas tomas
de posición ideológica. Se trata de una antigua controversia sobre la naturaleza humana, sobre su
pretendida bondad o, por el contrario, su malignidad, y que se puede ilustrar con los criterios
antagónicos de Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau. Mientras que para el primero el estado
natural del hombre era la “Bellum omnium contra omnes (Guerra de todos contra todos)” debido a su
egocentrismo innato, para el segundo el hombre nace inocente y sólo se corrompe y vuelve agresivo
debido a la nefasta influencia de la sociedad. En el fondo, lo que impera es la gran resistencia a
reconocer que en el interior del ser humano hay aspectos destructivos.
El psicoanálisis ha sido considerado, puede de forma excesivamente simplista, como una
concepción instintivista; es una afirmación que merece un examen más riguroso. En primer lugar, no
es demasiado coherente hablar de instintos en el hombre. En efecto, designamos como instintos una
forma de comportamiento heredado, genérico, que se desencadena por medio de estímulos básicamente
internos, aunque también pueden ser externos, que posee escasa variabilidad, y que es propio de los
animales y tanto mas estereotipado cuanto inferior es la evolución del ser vivo. A pesar de todo, también
existe la posibilidad de una susceptibilidad especial a un cierto aprendizaje en los animales más
evolucionados, sobre todo en lo que se han denominado los períodos críticos, el “imprinting”, y que
corresponden a los inicios de la vida en los cuales las circunstancias externas van conformando o
“acuñando” los instintos.
El reconocimiento de la agresión como pulsión autónoma ha sido un descubrimiento lento
de la teoría psicoanalítica. Respecto a este hecho Freud, en 1930, se sorprendía de su rechazo a la idea
de la existencia de una pulsión destructiva especifica en el hombre: “No comprendo como pudimos
pasar por alto la ubicuidad de la agresión no erótica y de la destrucción, omitiendo asignarle la posición
que le corresponde en la interpretación de la vida”. Y se preguntaba: “¿Por qué hemos necesitado tanto
tiempo para decidirnos a reconocer la existencia de una pulsión agresiva?”. En realidad, la importancia
de la agresión como una defensa contra el avance del tratamiento ya fue contemplada desde los inicios
del psicoanálisis. Un aspecto que atrajo la atención de Freud fue el sadismo, como puso de relieve en
los Tres ensayos para una teoría sexual (1905), si bien en aquel momento lo consideró como una de las
pulsiones parciales que forman parte de la pulsión sexual. No deja de ser interesante, sin embargo, que
en el mismo trabajo y más adelante admitiera “impulsos a la crueldad que nacen de fuentes de hecho
independientes de la sexualidad” y que relacionó con las pulsiones de dominio. Se trata de una
afirmación que reaparece esporádicamente en su obra, como en Pulsiones y destino de la pulsión (1915).
Es importante señalar como en esta última obra Freud realizó un profundo estudio del odio y de su
relación con las frustraciones provenientes del mundo exterior, con los estímulos de desagrado que
el yo recibe y que le incitan a intentar agredir y destruir los objetos que son fuente de las situaciones
de malestar. Con estas formulaciones Freud se anticipa algunas décadas a los trabajos de la Escuela de
Yale sobre la frustración—agresión. Además, Freud escribe “El odio es, como relación de objeto, más
antiguo que el amor; brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone al comienzo de la vida al
mundo exterior, que prodiga de estímulos”. De esta manera quedó definida la afinidad del odio con
las pulsiones de conservación, esto es, se reconocen los aspectos defensivos de la agresión. De todas
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Apuntes teóricos
formas no fue hasta el año 1920, en Más allá del principio del placer, que las pulsiones agresivas no
adquirirían un estatus autónomo y serían reconocidas por su propia especificidad e independencia.
Según Ernest Jones, al principio, la hipótesis de la existencia de la agresión como derivada y
representante principal de una pulsión autodestructiva fue expresada con poco convencimiento por parte
del mismo Freud, como una especulación que trascendía la experiencia psicoanalítica. Se tratarían de
unas pulsiones silenciosas que pretenderían la reducción absoluta de las tensiones, el retorno al estado
inorgánico, al “nirvana”, y que como mecanismo de protección del organismo serían deflexionadas y
desviadas hacia el mundo exterior, donde se manifestarían como agresividad. Sólo con el transcurso
del tiempo Freud se aferró a esta conceptualización y la desarrolló en el campo clínico. A pesar de todo,
no encontraron una gran aceptación entre gran parte de los psicoanalistas estas nuevas formulaciones
teóricas, la antítesis entre unas pulsiones de vida y unas pulsiones de muerte que en última instancia
representan la polaridad entre los procesos anabólicos y catabólicos, o la lucha entre el amor y el odio.
Entre los partidarios de negar una agresividad innata en el hombre, y que por tanto consideran
la violencia como el resultado de un proceso de aprendizaje social, como Ashley Montagu, Geoffrey
Gorer, etc., ha existido un vivo interés por descubrir sociedades con ausencia de agresividad, y citan
unas pocas; los arapesh de Nueva Guinea, los lepchas de Sikkim, los pigmeos de Ituri en la República
Democrática del Congo, y los utus, indios de Norte América, aunque reconocen que en estos últimos
su pacifismo no está muy enraizado. No obstante, y este es el punto esencial, se trata de estudios muy
insuficientes ya que solamente se limitan a evaluar la conducta externa, olvidando examinar la realidad
psíquica. En cambio, en la investigación de las fantasías diurnas y de los sueños la agresividad de los
individuos siempre puede ponerse de manifiesto, más o menos vehementemente. La simple observación
de los juegos infantiles aporta datos esclarecedores acerca de sus impulsos violentos. Melanie Klein
(1927) señaló la analogía existente entre los juegos de niños pequeños en análisis y algunos crímenes
horribles que habían sucedido en aquellos tiempos.
Un problema central que se plantea al abordar los fenómenos agresivos en general, o más
concretamente de la violencia, es cómo entender la multiplicidad de formas en que se expresa, no
únicamente en términos de intensidad, sino también por sus diferentes peculiaridades y funciones:
autopreservativas, de dominio y búsqueda de poder, de realización perversa sadomasoquista,
destructiva, etc. Esta heterogeneidad de las pulsiones agresivas, que oscila desde la búsqueda de la
destrucción o aniquilación del objeto, a la expresión del anhelo de protección del objeto estimado,
ha motivado que hayan surgido diferentes enfoques teóricos para dar una explicación coherente a estas
cuestiones. Así, autores como Stone, Markowitz, Fenichel y Gillespie, entre otros, rechazan la
necesidad de admitir una agresividad primaria o pulsional y más bien la consideran como “un
agregado de diferentes actos con diversos orígenes, unidos por la naturaleza de su impacto sobre los
objetos”, es decir, más por sus efectos que por su causa. Otros autores en cambio, y en una línea que
sigue las sugerencias de Freud, piensan que esta heterogeneidad responde a niveles o cualidades de la
fusión entre las dos pulsiones primordiales, las de vida y las de muerte o, quizá dicho de forma más
simple aunque probablemente más inexacta, prescindiendo de especulaciones de compleja verificación,
entre las pulsiones libidinales y agresivas.
Además, en casos de maltrato infantil el problema se puede complicar debido a la posibilidad
de las identificaciones con el agresor. La identificación es una primitiva forma de funcionamiento
mental y de vínculo objetal. Probablemente, uno de los factores más influyentes para que se constituyan
subculturas de la violencia (Wolfgang y Ferracuti, 1971), es decir, territorios o países determinados
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Apuntes teóricos
donde la violencia se manifiesta de forma endémica, es debido a la acción de mecanismos
identificatorios familiares. Asimismo, en la formación de las bandas violentas las identificaciones
juegan un papel importante. Por un lado la identificación proyectiva de los diferentes miembros con
el capitoste, que depositan en su líder las propias capacidades de pensar, decidir y dirigir, y por otro las
identificaciones recíprocas entre estos miembros, lo cual posibilita cierto nivel de cohesión grupal.
Como ya se ha mencionado, las pulsiones agresivas están fusionadas con las libidinales, lo
cual implica que su actividad esté regulada por el balanceo que se establece entre estas dos diferentes
categorías de pulsiones, y por las peculiaridades de la alianza o relación que mantengan entre sí. Otro
aspecto a tener en cuenta es el de si las pulsiones están dirigidas hacia el yo o hacia el mundo objetal.
De acuerdo con estos puntos de vista, podríamos describir diferentes niveles básicos u organizaciones
mentales en que se expresaría la forma en que se ha realizado la fusión o defusión pulsional. La
referencia a niveles u organizaciones no solo alude a configuraciones mentales estables, de tipo
caracterológico, sino también a aquellas constelaciones mentales que se estructuran en momentos
concretos y limitados, debido a la presencia de diferentes factores, y que explican la irracionalidad
de algunos estados afectivos y determinadas conductas.
La desviación hacia el exterior de las pulsiones destructivas, no solo es debido al propósito
de evitar las amenazas internas, sino que también se proyecta en el exterior al perseguidor interno
para conseguir librarse del mismo, y de esta manera poder controlarlo y atacar para aniquilarlo.
En relación al sadismo como condición psicológica que propicia la violencia es de notar que al
sadismo en la actualidad se le ha dado un significado más amplio que el de una perversión sexual.
Entendemos por sadismo el abuso de poder que conduce a infligir daño físico o moral, como malos
tratos o humillaciones a otros seres, para obtener una satisfacción, sentido de dominio, de
superioridad, sexual o de sexualidad inconsciente, etc.
Lo que define estos estados mentales es la fusión patológica de las pulsiones, la primacía de
las pulsiones destructivas, que establecen una alianza perversa con las pulsiones libidinales, las cuales
quedan subordinadas a las agresivas y proporcionan el elemento de fruición al perpetrarse actuaciones
violentas. Al quedar los aspectos libidinales del yo atados o en complicidad con los destructivos, las
capacidades de vida y de crecimiento mental quedan paralizadas.
La organización mental sádica es de índole narcisista, con absoluto desprecio y falta de
preocupación por la víctima, sin sentimientos de culpa o de compasión por el daño que se le ocasiona,
incluso puede ser motivo de burla, todo lo cual hace que nada impida la ejecución de la violencia. Para
el autor de una violencia sádica lo único que es imprescindible es que la víctima padezca un
sufrimiento, que es lo que le provoca excitación.
Un problema muy preocupante es que los comportamientos sádicos pueden estar activos en
épocas precoces de la vida, en niños y niñas al inicio de la pubertad e incluso antes. En muchas
clases escolares de niños de estas edades se presentan actitudes de desprecio y asedio moral hacia
alguno de los escolares, de forma crónica y prolongada durante mucho tiempo. De pronto, un grupo
dirigente deja de comunicarse con un escolar, no le contestan, prescinden de él en los juegos, hacen
como si no existiera o se burlan y hablan groseramente de él manifestándole una abierta hostilidad.
Un conjunto de actitudes que han sido definidas como mobbying (acoso laboral) o bullying (acoso
escolar), y que con la aparición del Facebook ha tenido una mayor difusión al facilitar las
comunicaciones entre escolares. Las causas pueden ser múltiples y los motivos desencadenantes a veces
son nimios. En ocasiones se puede elegir la víctima por tratarse de un niño apocado y tímido, pero
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Apuntes teóricos
también puede ocurrir con estudiantes brillantes y emprendedores, debido a la envidia que pueden
despertar. También puede ser motivo de bullying el hecho de introducir un nuevo compañero en un
grupo de clase ya formado, o que el asediado pase por momentos difíciles, enfermedades familiares,
familia desestructurada, etc.
En el bullying, el grupo violento en general está formado por niños mediocres, en ocasiones
muy forzudos. La víctima, ante una situación de este tipo, puede sufrir trastornos mentales graves,
depresión, pérdida de todo interés y de la autoestima. Por último, existen los compañeros de clase que
generalmente consienten la situación por miedo de que si ayudan a la víctima van a ser también motivo
de asedio. En el fondo, es una situación muy parecida a la de muchas poblaciones adultas.
Una característica frecuente en las personalidades sádicas son los vivos sentimientos de
resentimiento por las muchas injusticias que creen haber sufrido. Se trata de injusticias la mayor
parte reales, aunque también otras son imaginarias, pero todas tienen como principal función disculpar
al delincuente por sus actividades violentas. Bastantes presos en la cárcel se dedican a escribir sus
biografías, memorias, poemas, proyectos de reforma del régimen penitenciario, etc. Un hecho que he
podido constatar en la abundante producción literaria que me han entregado delincuentes con un
cargado historial sádico, es que nunca aparecen sentimientos de culpa sino, por el contrario, una amplia
exposición de agravios, con gran rencor y odio. Muchos de los tatuajes que habitualmente se hacen
practicar los presos —aparte del popular amor de madre— son también una ostentosa exhibición de
impulsos violentos. Por esta razón, un sádico puede estar buscando vengarse de forma
indiscriminada de una sociedad que ha sentido muy hostil, lo haya sido o no. (párr. 1 – 40)
https://www.temasdepsicoanalisis.org/2012/06/19/las-raices-psicologicasde-la-violencia-1-2/
(12.01.2025)
1.8.3. Sociales
Las causas sociales de la violencia son abordadas por la investigadora Farnós de los Santos (2003) en su
artículo publicado en la revista Documentación Social, teniéndose:
Entre los factores de tipo social es frecuente que las personas violentas provengan de ambientes
educativos y socioeconómicos desfavorecidos. La mayor parte de los estudios realizados en zonas
urbanas, tales como suburbios y guetos, han puesto de manifiesto que la pobreza, el desempleo, la falta
de formación y, en general, los ambientes privativos y marginales han sido reiteradamente asociados
a mayores tasas de delincuencia y criminalidad. Además, hay que tener en cuenta el entorno más amplio,
como el barrio y la escuela, la valoración positiva de la agresividad, la existencia de liderazgo en las
pandillas juveniles, el consumo de drogas y alcohol, etc.
Todas estas circunstancias adversas no constituyen factores causales del comportamiento
violento sino más bien potenciadores, ya que constituyen una verdadera fuente de estrés para los
individuos que los padecen.
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Apuntes teóricos
De hecho, aunque estas condiciones ni son necesarias ni suficientes para que se dé violencia
entre los miembros de la familia, por ejemplo el maltrato físico y la negligencia tienen una incidencia
mayor en ciertas condiciones sociales de pobreza y marginación. Quizá se deba a que la marginación y
la pobreza producen en sí mismas negligencia social, es decir, el menor no tiene cubiertas sus
necesidades básicas porque sus padres tampoco las tienen.
Otro factor de riesgo de carácter sociocultural frecuentemente vinculado al comportamiento
violento hace referencia a la influencia de la violencia presente en los medios de comunicación y,
en general, en las pantallas. Los estudios referidos a los efectos de la violencia en los medios de
comunicación sobre la conducta violenta de los espectadores se remontan a los años 60. Desde entonces
han sido muchas las investigaciones realizadas para dilucidar tanto los efectos inmediatos como los
efectos a largo plazo. Normalmente, los sujetos de estudio son niños y adolescentes pues, obviamente,
al encontrarse en desarrollo, son más vulnerables a ser influenciados. Por su parte, el medio analizado
suele ser la televisión y el cine. Recientemente, Anderson y Bushman (2002) han analizado cuantos
estudios longitudinales, de campo y experimentales se han realizado hasta el momento, mostrando que
en todos ellos se pone de manifiesto una correlación significativa entre la exposición a la violencia
de los medios y la conducta violenta.
Para los partidarios de la teoría del aprendizaje social como Donnerstein o Huesmann (s/f), la
violencia se aprende no sólo viendo violencia real, sino observando violencia filmada, por lo que estos
autores establecen una cierta unidireccionalidad: de la visión de la violencia filmada al comportamiento
violento real. Sin embargo, para otros autores, como Jo Groebel, director de un importante estudio,
realizado en 1999, de ámbito internacional, patrocinado por la UNESCO (Media Access and media use
among 12-years olds in the World), la relación entre violencia filmada y violencia real es interactiva:
los violentos usan los medios de comunicación audiovisuales para reforzar sus creencias y actitudes y
eso los hace aún más violentos. En lo que sí parece haber acuerdo es en que la violencia emitida en las
pantallas influirá en el comportamiento violento de los telespectadores, especialmente si son niños o
adolescentes, dependiendo del grado de exposición a modelos violentos reales en su entorno.
De todos modos, hoy se sabe qué tipo de escenificaciones violentas son más susceptibles de ser
imitadas o aprendidas. Se trata de aquellas donde el agresor es atractivo, actúa de ese modo por razones
moralmente adecuadas, obtiene recompensas por sus acciones, usa armas convencionales, no es
castigado por su comportamiento y, finalmente, donde no se muestran los daños causados por sus
agresiones.
También sabemos que la violencia en los medios de comunicación puede insensibilizar al
espectador, otras veces puede crearle ansiedad y miedo de ser atacado y otras muchas veces puede
sesgar la percepción de la realidad, haciendo que se perciba la sociedad como mucho más violenta de
lo que realmente es.
En cuanto a la influencia de los videojuegos violentos, de nuevo Anderson y Bushman (2001)
aseveran que éstos son peligrosos tanto para niños como para jóvenes. Y, al parecer, lo son más que la
TV o el cine por su carácter interactivo. El uso frecuente de los videojuegos incrementa los niveles de
agresividad en diseños experimentales o de campo tanto en chicos como en chicas. Además, su
utilización reiterada disminuye las conductas prosociales, posiblemente porque incrementan las
actitudes y pensamientos de corte violento, que son los que precisamente caracterizan a las
personalidades violentas. Finalmente, la exposición a este tipo de juegos incrementa las emociones
relacionadas con el comportamiento violento, tales como la ira, la hostilidad o el deseo de venganza.
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Apuntes teóricos
De hecho, en los sujetos experimentales se ha observado un estado de activación
psicofisiológica muy elevado (sudoración, elevación de la presión sanguínea y del ritmo cardíaco, etc.).
(pp. 23 – 27)
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Apuntes teóricos
Estas acciones o agresiones pueden ser de tipo instrumental u hostil o emocional en función del
objetivo que persiga la agresión (Berkowitz, 1996). Porque aunque una agresión conlleva siempre la
intención de causar daño, el perjuicio no siempre es el principal objetivo. Normalmente, las agresiones
persiguen lograr ciertos beneficios tales como poder, control o dominación de la víctima, estatus en
el grupo de iguales, sometimiento del cónyuge y de los hijos, beneficios económicos, defensa del
territorio, reivindicaciones políticas, mantenimiento de un orden social determinado, etc. En estos
casos se habla de agresión instrumental. Pero cuando el objetivo de la agresión es, principalmente,
causar daño o hacer sufrir a la víctima, hablamos de agresión hostil o emocional. Muchas veces resulta
complicado distinguir ambos tipos de agresión, pues las motivaciones subyacentes persiguen tanto
incentivos como deseo de dañar y destruir.
También puede diferenciarse entre violencia impulsiva o afectiva y violencia psicopática o
depredadora (Raine, 2000).
La violencia impulsiva puede desencadenarse cuando el sujeto se encuentra bajo un estado de
activación emocional extrema que es incapaz de controlar. Éste puede verse facilitado por diferentes
circunstancias situacionales, como el abuso de alcohol, una discusión, por contagio emocional de
grupo, por fanatismo político o religioso o por la presencia de armas. Por su parte, la violencia
instrumental se daría de forma planificada, fría y sin escrúpulos, como en el caso de la violencia
psicopática.
(pp. 14 – 15)
La agresividad es un rasgo innato del ser humano, es decir, forma parte de nuestra biología;
representa la capacidad de respuesta del organismo para defenderse de los peligros procedentes
del exterior.
Los seres humanos nacen agresivos, sin embargo se hacen violentos o pacíficos por influencia
de la cultura y la sociedad.
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Apuntes teóricos
Hay una edad donde no se sabe cuándo termina la niñez y empieza la adolescencia, sobre todo cuando
los chicos crecen en la calle, a cielo abierto.
Infante significa el que no habla. Pero estos niños profesan palabras que no se entienden, hablan
entre dientes, con una sonrisa en la boca. Hay que saber usar la labia cuando no se tiene un fierro. Los
caprichos e ilusiones son una manera de encriptar su mundo, pero también la forma de entrenar una
dureza que no hace juego con su contextura física. Ya pegarán el estirón, pero ahora el cuerpo les queda
chico. Sin embargo ese no será un límite para desplazarse, sino su gran aliado. Mientras se es niño, las
travesuras se confunden con los divertimentos. No se sabe dónde termina el juego y empieza el delito.
Las transgresiones garantizan un subidón de adrenalina, la oportunidad de cambiar el bajón por la
euforia. Porque los niños en situación de calle suelen conocer el bajón muy temprano.
Son muchos los factores que transforman la calle en una opción de sociabilidad cotidiana: los
conflictos familiares producto del impacto persistente de las transformaciones del mercado de trabajo
y la infraestructura de cuidado en los barrios; la desvalorización y el fracaso escolar; y la dificultad que
tienen los jóvenes para acceder a trabajos formales estables y bien remunerados.
La calle está llena de riesgos que les pueden costar demasiado caro, sin embargo se les presenta
como una oportunidad para producir el pasaje de la infancia a una condición juvenil específica
(callejera). En ese tránsito sinuoso, los jóvenes en general no están en el grado cero. Más allá de que
vivan con la sensación de que la historia empieza con ellos, cuentan con una reserva moral de
experiencias contradictorias que les permitirá organizar los cursos de vida. Puede que estén excluidos
o en los márgenes del mercado laboral formal, del sistema educativo formal que les permite asociar la
condición de estudiante a la condición juvenil, del sistema de solvencia familiar que posibilita el acceso
al universo del consumo y del mundo del delito profesional, pero como bien señala el sociólogo Sergio
Tonkonoff cuentan con cuatro puntos de referencias: la cultura popular parental de la que forman parte;
la cultura juvenil hegemónica con la que se identifican y a la que quedan subordinados aunque de
maneras resignificadas; la cultura represiva con la que se miden cotidianamente; y la cultura delictiva
adulta y profesional que aporta no sólo criterios de victimización operando como mecanismo de control
social. Lo digo con las palabras de Tonkonoff: “En las zonas en las que el delito es una institución
estable, tal institución ejercerá cierto control sobre la violencia indisciplinada de los más jóvenes. No
sólo porque los adultos comprometidos sostenidamente con ilegalismos carecen de interés en llamar la
atención pública. Además, y fundamentalmente, porque se presentará para los jóvenes la oportunidad
real de acceder a un rol delictivo más permanente. Quien quiera ser ‘chorro’ deberá, pues, comportarse
como tal. Por el contrario, en aquellos lugares donde tal estructura sea débil o ausente, tenderá a
prevalecer un comportamiento juvenil más impulsivo, aventurero, expresivo y menos predecible. Pero,
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Apuntes teóricos
además, en tales zonas estos jóvenes se verán condenados al pequeño delito desorganizado, mal
remunerado y desprotegido”.
En los niños, la risa se confunde también con la furia. Aprendieron que la ira es una manera de
ahuyentar la vergüenza y la brutalidad los ha hecho madurar de golpe. Una brutalidad que llega de todos
lados: las palizas de los padres, las piñas de los pares, los correctivos de la policía. Sonríen pero los
ojos suelen estar llenos de furia. Una risa agitada, traviesa, pero también teñida de maldad. En sus
travesuras no está en juego la sobrevivencia sino la identidad. Una identidad que se les escapa, porque
saben que están en boca de los demás, que empezaron a ser nombrados con palabras que no comprenden
pero saben entender. Una identidad casi inaccesible, porque a lo que desean el mercado le ha puesto un
precio también inaccesible a su economía doméstica.
Se roba para divertirse, para conocer los límites y correrlos un poco más allá. Cuando se es niño
las reglas no están para ser respetadas. Las fronteras se vuelven muy porosas. Como decía Genet, “el
niño criminal es el que ha forzado una puerta que da a un lugar prohibido”. La transgresión forma parte
del aprendizaje, van tanteando el mundo forzando el orden de las cosas, testeando los umbrales de
tolerancia, poniendo a prueba la paciencia de los demás. Las reglas no están solo para respetarse. La
transgresión es una forma de conocimiento de la legalidad y los contratos comunitarios, pero sobre todo
–como dijo César González– una manera de saber “lo que puede un cuerpo”. Y lo que puede un cuerpo
se averiguará colectivamente en la calle. Los niños suelen andar en grupo, se mueven en grupo, recorren
la ciudad en grupo. Un niño solo es un niño regalado, entregado a la tristeza, al aburrimiento, a la
delación vecinal, a la brutalidad policial, el destrato y la ignorancia docente, lleno de remordimiento.
La grupalidad callejera, entonces, es una manera de cuidarse pero también de potenciarse, darse manija
y aguantar lo que haya que aguantar. El grupo ofrece respeto, aventura, diversión, placer, insolencia,
astucia, el gusto por la holgazanería. La grupalidad les enseña a manejar una parte del miedo, porque
íntimamente saben que es él quien los maneja a ellos. Parafraseando a John Cale, podemos agregar que
el miedo suele ser el mejor amigo de los niños pero también el espíritu de aventura que descubre
jugando, transformando la vida en un juego constante.
La violencia es un ejercicio de endurecimiento, una manera de acostumbrarse al dolor. El dolor
que llega no sólo con las peleas sino también con el calor, el frío, el hambre, la envidia, los insultos y
las palabras que hieren. Pero también la violencia forma parte de las reglas del juego, un juego sin fin,
un juego que no siempre eligieron. Porque los riesgos que corren tienen la capacidad de anestesiarlos,
blindarlos del cotidiano heredado. Salir a robar para entretenerse, casi como un deporte, para devolverle
una cuota de aventura a las vidas que llevan, cada vez más parecidas a una pesadilla. No siempre resulta
fácil determinar si lo que los amenaza tiene más influencia sobre ellos que lo que los seduce.
No les resulta difícil robar y lo cierto es que suelen hacerlo por aburrimiento. Roban sin
preferencias, de una manera irracional, por pura sensualidad, cosas absurdas e inútiles. Y roban con una
inusitada intrepidez, por puro coraje y desafío, para animarse entre todos. Les da lo mismo ganar o
perder, sólo quieren divertirse, matar el rato. Aspiran a ser malos emulando a los chicos de las esquinas,
a los que miran con envidia y devoción. Juntas de pibes que todavía tienen prohibida. Son demasiado
niños para participar en sus conversaciones y banquetes. Hay que crecer rápido para que tengan cabida,
sacar chapa, tener cartel, acopiar acciones que les permitan ganarse la atención y el respeto. Y la calle,
la experiencia de la calle, puede ser el pasaje a esa moratoria social que se carga a la cuenta de la
juventud que tarda en llegar y, tratándose de jóvenes de barrios pobres, puede irse demasiado rápido.
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Apuntes teóricos
Los niños tienen el privilegio de la verdad y suelen ser dueños de una inocencia que invita a la
indulgencia. Hasta que empiezan a robar y dejan de ser niños. Cuando los niños roban ya no son niños,
son otra cosa, “salvajes”, “malvivientes”, “criminales”, se convierten en personas insensatas, anómicas,
peligrosas. Por eso la verdad de la que son dueños no está para ser escuchada, declarada, no será tenida
en cuenta por los defensores oficiales. Mejor que guarden silencio a enfrentar el mundo que les toca en
primera persona. Su señoría prefiere que el mundo de estos niños les llegue por escrito, a través de los
informes técnicos ambientales especialmente preparados por los profesionales auxiliares que trabajan
para la Justicia que suelen decir lo que todos saben de antemano, lo que los adultos quieren o prefieren
escuchar, no ver.
Las instituciones que deberían dialogar con ellos y acompañarlos son anacrónicas. Y su
anacronismo viene durando décadas. Al Estado no se le caen muchas ideas y los profesionales tampoco
cuentan con demasiado presupuesto para hacerlo. Van corriendo detrás de la urgencia, tratando de que
no se los coma el sistema punitivo. Porque saben que un niño judicializado (“minorizado”) es un niño
que les quedará cada vez más lejos. Las instituciones no están en condiciones de saber con certeza lo
que el niño está viviendo, padeciendo, sufriendo.
Los niños en situación de calle son niños que se mueven como fantasmas, que pasan a nuestro
lado sin llamar la atención, casi invisibles. Pero una vez que empezaron a robar les empezamos a dedicar
especial atención, se vuelven la obsesión del barrio, el tema de rigor de las habladurías que mantienen
unidos a los vecinos del vecindario. Ni que hablar del periodismo televisivo: el delito de los niños se
dispone para ser censurado, se lo muestra pero se lo hará de manera descontextualizada, se lo
espectaculariza para indignarnos y ponernos en guardia.
Cuando hablamos con estos niños tenemos la sensación de que viven en una realidad paralela,
o por lo menos en un plano distinto. La familia en la que vive ya mutó tres veces. Hablar de cultura del
trabajo es algo irónico cuando se vive de changas o de trabajos temporales cada vez más precarizados.
Hablar de salud parece un chiste cuando se duerme con tres hermanos en una misma cama. ¿Cómo se
hace para pensar en un proyecto de vida cuando los zapatos te aprietan, cuando la vida se organiza día
a día? A veces no logramos dimensionar el tamaño del daño que las políticas y culturas neoliberales
han producido en las subjetividades de los sectores más pobres.
https://www.elcohetealaluna.com/el-nino-criminal/
(12.01.2025)
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Apuntes teóricos
Trabajo 1
Investiga en internet si los centros correccionales para menores son aún vigentes,
fundamenta tu respuesta y, en su caso, proporciona un ejemplo.
Tu tarea la entregarás de la siguiente manera:
A mano, con letra legible en tinta negra o azul, en hojas tamaño carta blancas,
engrapadas en la parte superior izquierda a 45 grados.
Debes anotar en la parte superior izquierda tu apellido paterno, materno y nombre (s).
NO se reciben trabajos a computadora (para evitar el copy – paste o copiar – pegar).
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