Romero cap 6
LA ERA ALUVIAL
El comienzo de la era criolla se da con el estallido revolucionario de 1810. El momento de iniciación de la era alluvial,
periodo que se gesta con lentitud y no define su fisonomía sino al cabo de un largo proceso. La era aluvial es el
resultado de las transformaciones sociales que trae consigo la realización de la política liberal, sobre todo en cuanto
política inmigratoria; comienza a gestarse cuando se pone en ejecución el programa de los hombres de la
organización nacional, y su primera etapa, coincide con ese último periodo de la era criolla.Pero ya hacia 1880 se
advierte que el país ha sufrido una profunda mutación: es entonces cuando la era aluvial se inicia.
El primer signo de esta era es en el campo político-social, un nuevo divorcio entre las masas y las minorías. Las
masas han cambiado su estructura y su fisonomía y, por reflejo, las minorías han cambiado de significación y de
actitud frente a ellas y frente a los problemas del país.
El sistema institucional establecido y puesto en rigor por los grupos liberales dejó de ser.
Estaba preparado para regular el juego convencional entre partidos de una misma clase social, y aseguraba el
funcionamiento político de una sociedad en la que la masa daba por admitido el legítimo monopolio del poder por
parte de una minoría en la que reconoció ciertas auténticas virtudes republicanas.
La tradición liberal adquirió, cada vez más, un carácter aristocrático y conservador en respuesta a los sentimientos
confusos de la nueva masa que se constituye debajo de las minorías. La masa esbozo una tendencia popular,
democrática y coincidente en parte con los ideales del liberalismo y en parte opuesta a ellos.
La conformación de la Argentina aluvial
La Argentina criolla tuvo durante el primer medio siglo de su existencia independiente una evolución política regular.
Si a partir de 1853 comenzó a modificarse el perfil de su vida política, fue porque se produjo una mutación profunda
que altera la composición social y esa mutación fue fruto de la política liberal que comenzó a cumplirse con enérgica
resolución.
Podría señalarse el tránsito de la presidencia de Avellaneda a la de Roca como el principio de una nueva era en la
evolución social argentina.
En 1894 observaba Agustin Alvarez que la argentina era “un país nuevo, que está saliendo rápidamente de la
barbarie". Que cambia cada cinco años por la inmigracion, las escuelas y los ferrocarriles ...” y en efecto tales
cambios provienen de un proceso ininterrumpido que se inicio poco después de la caída de Rosas, se gesto durante
los veinte años que siguieron a la organización de la nación unificada y comenzó a manifestarse en la superficie de
los hechos a partir de 1880. Desde entonces, el desequilibrio de los elementos sociales y económicos se acentuó
más.
Pero nada más necesario para comprender el panorama de las ideas política en este periodo, los factores a analizar
que han contribuido a conformar su fisonomía sin comprender la mutación que se operó en la realidad no será
posible alcanzar la significación y la trascendencia de los fenómenos políticos de la era aluvial.
La transformación económica
Alberdi había afirmado categóricamente que poblar era la misión fundamental del Estado en un país cuyos males
provenían así en su integridad del predominio de los desiertos. Sarmiento había soñado en multiplicar con prontitud
nuestra población.
Estos propósitos fueron cumplidos en cierta medida.
En el medio siglo que transcurre entre 1810 y 1859, el periodo era criolla, la población del país había crecido de
405.000 hasta 1.300.000. El crecimiento casi exclusivo vegetativo. Era insignificante y no podía contarse con que por
esa sola vía llegará el país a salir de su condición de desierto. Esta conclusión aconsejaba desarrollar una política
inmigratoria decidida, y el Estado argentino la puso en práctica desde los primeros tiempos de la república
organizada.
Los resultados fueron visibles e importantes, las olas de inmigrantes fueron llegando al país gracias a una actividad
propaganda y a las seguridades que ofrecía el Estado. Predominaban los italianos y los españoles, a cuyos núcleos
se agregaron contingentes menores de diverso origen, y esta corriente, que estimuló también el crecimiento
vegetativo, llevó al país a una rápida transformación democrática.
Esta población creciente tendió a acumularse en la región litoral, y de preferencia en los centros urbanos. La política
colonizadora debiera haberse acrecentado, disminuyó sensiblemente. Volvió a duplicar su población y, aunque no
conservó ese ritmo, siguió creciendo en forma siempre desproporcionada con respecto al resto.
En ella se había concentrado la mayor proporción de extranjeros y se había desarrollado la mayor actividad
económica. Pero, por un proceso correlativo, las regiones interiores y sobre todo la noroeste, acusaban un
estancamiento en su población, índice de su estancamiento económico. Allí no se había producido sino en pequeña
escala la localización de las masas inmigratorias y se mantenían los grupos criollos con sus caracteres tradicionales.
Asi se comenzó a insinuar una considerable diferenciación entre esa zona y la del litoral.
Este crecimiento de la población dio origen a un intenso desarrollo de la riqueza que se estimuo por otros medios. La
ganadería siguio siendo la actividad fundamental, pero sus características cambiaron gracias a la mestización y al
mejoramiento en la cría, así surgió pronto una industria pecuaria que abrió nuevos horizontes al comercio nacional,
sobre todo desde que comenzaron a exportarse carnes en barcos frigoríficos. Sin embargo, la actividad que mas se
benefició con el nuevo tipo de población de origen inmigratorio fue la agricultura.
Este desarrollo de la agricultura, cuyas consecuencias fueron notables en el proceso de enriquecimiento,
corresponde a una cierta parcelación del suelo. Sin embargo, en vastas regiones subsisten los extensos latifundios
reclamados sin duda por la ganadería, pero mantenidos por la tesonera política defensiva de las clases
terratenientes. Una creciente actividad se notó en la explotación de la riqueza mineral, y, en especial del petróleo a
partir de 1907, más esa actividad no pudo avanzar para equipararse a la riqueza agropecuaria.
A partir de 1880 se observó también la aparición de una creciente actividad industrial.
A su vez, este desarrollo no alcanza a equipararse con el que adquirió el comercio exterior.
Desde la época en que se comenzó a exportar cereales (durante la presidencia de Avellaneda) la balanza del
intercambio comercial reveló un rápido incremento de las importaciones. Las cifras del intercambio total revelan el
intenso movimiento económico y, sobre todo, el creciente volumen de los capitales manejados.
Además del dinero circulante comenzaron a moverse con amplitud los créditos bancarios, destinados tanto a la
producción como a la especulación, y fueron muy importantes las sumas que alcanzaron los empréstitos contratados
en el exterior, sobre todo para la construcción de obras públicas.
La preocupación fundamental fue la extensión de la red ferroviaria. El que haya seguido con atención la marcha de
este país ha podido notar, como vosotros lo sabéis, la profunda revolución económica, social y política que el camino
de hierro y el telégrafo operan a medida que penetran en el interior. Con estos agentes poderosos de la civilización
se ha afianzado la unidad nacional, se ha vencido y exterminado el espíritu de montonera y se ha hecho posible la
solución de problemas que parecían irresolubles. Provincias ricas y feraces solo esperan la llegada del ferrocarril
para centuplicar sus fuerzas productoras con la facilidad que les ofrezca de traer a los mercados y puertos del litoral
sus variados y óptimos frutos.
Al mismo tiempo se inviertian gruesas sumas en otras clases de obras: puentes, diques, edificios publicos y sobre
todo el puerto de Buenos aires, costaron sumas enormes que el
Estado obtenía mediante el crédito interno y externo.
El optimismo general produjo un desborde en el uso del crédito y la situación se hizo grave hacia 1889. Una terrible
crisis financiera se cierne sobre el país y produjo innumerables quebrantos económicos cuya influencia se manifestó
muy pronto sobre la situación fiscal. En los años inmediatamente anteriores a la crisis se habia observado un
considerable crecimiento de las importaciones con respecto a las exportaciones. Los gastos seguian creciendo
desproporcionadamente con respecto a las rentas.
La consecuencia fue inevitable, se comenzaron a lanzar emisiones y la moneda principio a depreciarse en forma
alarmante, hasta el punto de que el peso, que en 1886 valía 0,71 oro y paso a cotizar en 1890 0,40 y continuaba
bajando. Poco a poco comenzó a equilibrarse debido a la gestión del presidente Carlos prayrini y se llegó finalmente
a estabilizar la moneda al mismo tiempo que se normalizaba la situación financiera y económica y el régimen fiscal.
Tras esta crisis, que se proyectó en la vida política y determinó la revolución de 1890, el país volvió a entrar en una
vía de franca prosperidad económica que se mantuvo hasta 1920, periodo durante el cual los saldos del comercio
exterior fueron casi siempre favorables para el país.
Si la población cambiaba de fisonomía por la rápida irrupción de elementos extraños que no podían incorporarse
fácilmente al conjunto social, la renovación de las normas económicas quería producir una conmoción no menos
profunda en el sistema de las relaciones sociales. De la Argentina criolla, étnica y socialmente homogénea y
económicamente ordenada dentro de un sistema elemental, no quedó muy pronto sin un vago recuerdo conservado
con melancolía en ciertos grupos que perdían peso en la conducción de la vida colectiva. A partir de 1880 la
Argentina aluvial, la que se ha constituido como consecuencia de aquella conmoción, crece, se desarrolla y pugna
por hallar un sistema de equilibrio que no podría alcanzar sino con la ayuda del tiempo, la historia social y política de
la argentina se desenvuelve al ritmo de ese proceso de estabilización y las formas en que se manifiesta revelan su
esencial inestabilidad.
La conformación espiritual de la nueva realidad social
La realidad social que se constituyó por el aluvión y migratorio incorporado a la sociedad criolla adquirió caracteres
de conglomerado, esto es de masa uniforme, no definida en las relaciones entre sus partes ni en los caracteres del
conjunto. El aluvión inmigratorio tenía algunos caracteres peculiares, muy pronto comenzó a entrar en contacto con la
masa criolla, y de tal relación se derivaron influencias recíprocas que modificaron tanto a uno como a otra.
La psicología de la masa inmigrante estaba determinada por el impulso que le había movido abandonar la tierra natal
para correr la aventura americana. Este impulso había sido, sobre todo, económico y provenía de la certidumbre de
que la vida americana ofrecía posibilidades sin límites para el esfuerzo recio, esfuerzo que,cumplido en zonas de
economía intensiva no producía sino escasos frutos. La riqueza fue el móvil decisivo y todo lo que se opusiera a su
logro pareció deleznable.
Para obtener esa riqueza, la masa migratoria estaba inicialmente en condiciones inmejorables.
En el ámbito de nuestra economía extensiva la capacidad de empresa propia debida triunfar, y triunfó permitiendo
pronto la creación de una clase adinerada en la que se conformó cierta psicología caracterizada por la
sobreestimación del éxito económico.
El inmigrante había roto sus vínculos con su comunidad de origen y había abandonado el sistema de normas y
principios con los que regía su conducta. Como ciudadano y como hombre ético, El inmigrante era un desarraigado,
aquí en su país de adopción no podía ofrecer, a cambio de la que abandonaba, una categoría e ineludible estructura
social y moral, dada su escasa densidad de población y la singular etapa de desarrollo en la que se hallaba.
Este desequilibrio no tenía más punto de apoyo que la satisfacción por el éxito alcanzado en el plano económico.
El inmigrante creaba una economía en la que él predominaba y quebraba con ella el sistema de vida en el que la
masa criolla podía conservar su humilde dignidad y el goce humilde de su espontánea vida espiritual. Puestas en
contacto las dos formas de vida económica, La derrota era inevitable para lo tradicional de modo que se fue
despertando cierta hostilidad, que el criollo ponía de manifiesto en el sordo menosprecio con que llamaba “gringo” al
inmigrante, porque El inmigrante desplazaba al criollo y creaba un nivel de eficacia económica que situaba este
último en una posición inferior en lo económico y en lo social.
Entre la masa inmigrante y la masa criolla comenzó a producirse un rápido cruzamiento. Si en las capas inferiores fue
frecuente, no lo fue menos en la clase media que por entonces comienza a aparecer, constituida por el ascenso
social que provocaba el éxito económico del inmigrante.
Apenas pudo mantenerse alejada de la cola ascendente de la inmigración la minoría criolla, llegarían a mezclarse con
ella, al cabo de pocas generaciones, los descendientes de inmigrantes pero se advertirá el esfuerzo por conservar al
menos el acervo tradicional del criollismo.
El sentido del ocio, la falta de preocupación económica, los hábitos camperos y tantos otros caracteres que provienen
de la antigua Concepción rural y patriarcal de la vida, adquirirán sello de elegancia y parecerán imprescindibles para
quien aspire a dar ese paso definitivo de conquista de las posiciones sociales. En la clase media los ideales
económicos y sociales de la inmigración arraigaron con más firmeza, en tanto que, en las capas más humildes Y aún
cuando predominaron los inmigrantes y sus descendientes, el criollismo sobrevivió con cierta firmeza.
En el folklore de las ciudades el baile y el canto popular adaptaron formas híbridas desde fines del siglo y pusieron de
manifiesto la oposición entre las renovadas formas de la existencia cotidiana y los esquemas de una concepción de la
vida que parecía emerger de la tierra, así surgió el tango argentino.
El escenario fundamental de ese conglomerado fue Buenos Aires.
Roca afirmaba rotundamente que en Buenos Aires no estaba la nación, “porque es una provincia extranjeros”, pero ni
él ni los otros miembros de la oligarquía que dominó el país por tanto tiempo pudieron o quisieron hacer nada para
dirigir hacia el interior una masa de mayor inmigración. Hubiera sido necesario modificar el régimen de explotación
agrícola, crear nuevos centros de intereses económicos en el interior, favorecer la radicación definitiva de los que
llegaban al país y hallaban como única esperanza la ir a trabajar como peones de bajo salario en los inmensos
campos de los ricos. Pero nada de eso se hizo y El inmigrante se vengaba quedándose en Buenos Aires para atentar
la suerte no en la faenas de producción sino en las distribución.
Los nuevos cuadros sociales y políticos
La presencia del conglomerado social constituido en el aluvión y migratorio y la masa popular criolla provocó una
grave conmoción en el sistema en las relaciones sociales y en el planteo del problema político. La Eli te había
procurado acercarse a la masa popular y conducirla hacia una Revolución económica y social que la arrancará de
ciertos cauces que consideraba peligrosos.
Pero frente a esta realidad creada por el movimiento inmigratorio, la élite comenzó a sentirse perpleja acerca de su
actitud. El proceso de transformación social comenzó a parecerle ingobernable y descubrió que el nuevo
conglomerado social actuaba con un impulso autónomo que lo conducía hacia objetivos peculiares de los que no
participaba.
El conglomerado criollo-inmigratorio, dotado de impulsos económicos y sociales más vigorosos que los de la antigua
masa criolla, se acomodaba poco a poco en el seno de la sociedad creando un proletariado y una clase media de
definidas fisonomías. El incentivo de la riqueza, la capacidad de iniciativa, las nuevas posibilidades en el campo de la
actividad agropecuaria.
Todo contribuía que el nuevo conglomerado social se sintiera impulsado a cometer toda suerte de aventuras
económicas, muchos quedaron reducidos a la condición de asalariados, otros en cambio medraron y comenzaron a
escalar posiciones superiores. Este fenómeno repercutió rápidamente sobre la posición de la élite. Hasta entonces
sus miembros no constituían sino una aristocracia republicana. Poseían la tierra pero no tenían de ella sino limitadas
ganancias que bastaban para mantener su posición en una sociedad de tan bajo nivel de vida.
Económicamente, el trabajo y el esfuerzo del conglomerado criollo-inmigratorio comenzó a beneficiarla en proporción
insospechada la élite resultaba ser la poseedora del capital que esas fuerzas productoras necesitaban para vivir y
desarrollar sus aspiraciones antes que se notara el ascenso social del conglomerado, ya la élite se había convertido
en una oligarquía rica por la posición de los bienes de producción. El mismo proceso que conformaba una clase
media y un proletariado con el conglomerado criollo inmigratorio, transformaba a la antigua y austera élite republicana
en oligarquía capitalista.
A partir de 1880, el esquema social argentino se fue definiendo cada vez más nítidamente con esos caracteres. Los
grupos económicos sociales que se constituyeron comenzaron a evolucionar en función de las nuevas situaciones en
que se hallaban.
Más homogénea, la élite definió pronto su posición y acusó categóricamente su reacción ante las nuevas condiciones
de la realidad. Un sentido de aristocracia, de superioridad social comenzó a aflorar en los hombres de la generación
directora de 1880.
Robusteció en ellos cada vez más la convicción de que tenían un derecho incuestionable a beneficiarse como clase
Patricia, con la riqueza que el conglomerado criollo-inmigratorio creaba, multiplicando las posibilidades de sus propios
bienes antes improductivos. La riqueza fue la nueva ambición.
Aquel sentido aristocracia y este afán del enriquecimiento conformaron la actitud política de la élite de la era aluvial.
Los miembros de la nueva oligarquía atendieron a cerrar su círculo y a defender sus privilegios.el liberalismo fue para
ellos un sistema de conveniencia deseable pero pareció compatible aquí con una actitud resueltamente
conservadora. Porque la oligarquía consideró que el poder público le correspondía por derecho y que era patriótico
no abandonarlo en manos de los hombres que surgían del conglomerado criollo-inmigratorio, el liberalismo
conservador se manifestó resueltamente antipopular y mantuvo cierta forma de despotismo ilustrado que acrecentó el
escepticismo político propio de situaciones críticas como la que se atravesaba.
La oligarquía vio crecer su desprestigio, y al fin abandonó el poder con la misma elegante displicencia de buen
perdedor con que sus miembros dejaban el dinero en autecuil o en epsom. El denso conglomerado criollo-
inmigratorio, compuesto de elementos heterogéneos y renovado por la constante afluencia de nuevos inmigrantes,
marchaba a tientas y solía reaccionar contradictoriamente, sin consecuencia y sin merma alguna. Ciertos rasgos
propios de la corriente criolla que se incorporaba él le prestaban algún entronque más o menos vigoroso con la
situación real, en la luz inmigratorio tendrá más bien a desentenderse en los problemas inmediatos de la convivencia
para asumirse en la lucha por la riqueza.
La aspiración del ascenso social era el resorte fundamental de toda la conducta de los hombres del conglomerado.
No era difícil de alcanzar en una sociedad incipiente llena de posibilidades y el dinero fue la llave maestra que
permitió al hombre que se hacía a sí mismo o hacía a sus descendientes con denodado esfuerzo, salvar las etapas y
alcanzar el triunfo. Este proceso trajo consigo una tremenda crisis moral, la finalidad era obtener ciertas posiciones,
quebrar determinadas resistencias y para alcanzar esos objetivos solían considerarse con harta frecuencia
deleznables los últimos escrúpulos.
A medida que el conglomerado se fue cantando sus tendencias políticas comenzaron a perfilarse, la masa que sea
plasmada se manifestó por reacción contra la élite, antioligárquica, antiliberal, refractaria la civilización europea, poco
después afirmó su enérgico impulso democrático y acentuó su tono popular hasta sobreestimar lo que la élite
menosprecia. Frente a la resistencia de la clase que detentaba el poder se fue perfilando una actitud política de
renovación orientada hacia la democracia.
Esta Argentina a la que se oponían y se entrecruzan los elementos tradicionales y los elementos aluviales difería
bastante de la Argentina criolla. El proceso de homogeneización comenzó poco a poco estimulado por ciertas fuerzas
de absorción que caracterizan la vida Argentina, pero ni ha concluido ni se adivina cuando ha de concluir. Las
reacciones de la masa social conservan la imprecisión propia de su cambiante estructura y las líneas políticas
predominantes no parecen ser sino anchos cauces en los que caben desvíos parciales de la corriente y aún
retrocesos, aparentes o reales esta Argentina es la de hoy, incierta y enigmática, aunque pletórica de posibilidades,
de promesas y esperanzas