TODAS LAS VERSIONES DE
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Nota de la autora
Primero que todo, gracias por estar aquí. ♡
Gracias por tomarte el tiempo de leer esta historia, por abrir estás páginas (o
esta pantalla) y darle una oportunidad a estos personajes que significan tanto
para mí.
Espero que lo que encuentres aquí te haga sentir algo. Que te rías, que te
enojes, que te duela un poquito y que también te abrace. Porque eso es lo que
más quiero: que lo disfrutes. ♡
Todo lo que aparece en este libro (ciudades, instituciones, personajes) es
ficción.
Y aunque he revisado el texto muchas veces, puede que aún encuentres
algunos errores o faltas. Estoy aprendiendo en el proceso, y agradezco tu
comprensión.
Gracias por leer.
Con cariño.
Maya.
❀
00
Daniel Winslow
No me di cuenta al instante. Creo que nadie lo hace.
Si no que al pasar de los años sientes como esa carga aumenta cada vez más.
Como te arrastra, como pesa.
Se instala en el pecho, silencioso, doloroso. Como una sombra en la espalda
que uno aprende a cargar sin mirar.
Y yo seguía con mi vida. Estudiando, editando, pensando y fingiendo que
todo estaba bien. Que lo había soltado. Que todo lo de ese día ya no dolía.
Pero no.
Me sentía como una colección de versiones sueltas de mí. Algunas más rotas
que otras. Un montón de intentos de ser suficiente, de encajar. De
entenderme.
Y mientras más intentaba volver a empezar, volver a armarme, más evidente
era de que algo me faltaba. Pero yo no lo veía, no lo sabía.
No una persona. No alguien. No una historia como las de las películas con
otro giro inesperado.
Una mirada. Una mirada que me viera por completo, incluso cuando yo
mismo no lo lograba.
No necesitaba a alguien que me pudiera cambiar, sino solo quedarse. Aunque
sea un momento. No por obligación, no por pena. Sino porque quería.
Y justo cuando me había acostumbrado a caminar así, en un rompecabezas a
medio hacer, apareció ella.
Cabello largo castaño, ojos grandes y una expresión entre susto y algo más.
Pensé que era de esas personas que llenan el lugar sin esforzarse. Que llaman
la atención sin ni siquiera percatarse de ello.
Y cuando habló, entendí que no era alguien que solo entraba a los lugares.
Era alguien que los giraba.
Que desordenaban el aire con una sola palabra.
01
Sophie Walker
Nos adentrábamos en la multitud de gente que llenaba el pasillo, Lyra se
aferró a mi mano guiándome entre los que bailaban, reían y otros se besaban.
Caminamos lentamente, intentando ver los rostros de las personas por si
encontrábamos al responsable de que estuviéramos aquí.
Al parecer, no estaba o no lo habíamos visto. Lyra se apoyó en la barra de
cocina, cruzándose de brazos con una expresión cansada, mientras yo me
apoyaba en la barra frente a ella. Miraba a mi alrededor, observando el lugar
en el que tanto Lyra como yo estábamos por primera vez.
No sabíamos de quien era la casa, pero sí que era bastante grande.
Había unas pocas cervezas sobre la mesa, vasos, botellas y un encender.
—¿Estás segura de que Jayden está aquí? —Hablé rompiendo el silencio.
Lyra ablando su expresión soltando un suspiro.
—Creo, es decir, eso decía el mensaje. Zach dijo que estarían aquí en el
cumpleaños de una chica. Al final del mensaje puso que abriera los ojos, que
viniera para enterarme de la verdad —Pasó una mano por su rostro—. Tal
vez, Zach solo estaba jugando conmigo y en verdad, Jayden no está aquí. Qué
vergüenza… Probablemente Jayden está en su habitación estudiando como
dijo y nosotras aquí perdiendo el tiempo. Qué vergüenza, Sophie. Perdón.
Negué con la cabeza.
—Tranquila, Lyra. Somos amigas —Extendí mi mano y ella la tomó, el
espacio entre las dos encimeras era pequeño—. En caso de que no esté, solo
nos vamos, total, nadie nos conoce. Solo no hay llamar la atención y ya.
La chica soltó un suspiro tratando de sonreír un poco, pero el movimiento en
su pierna indicaba que tranquilidad, era lo último que sentía.
Lyra llevaba un tiempo sintiendo que su relación con Jayden ya no era la
misma, y últimamente la posibilidad de que hubiera alguien más, se había
instalado en su mente como una opción. Lyra me había contado en varias
ocasiones que Jayden ya se mostraba tan cariñoso, en verdad nunca lo fue,
pero ahora es casi nulo. Ya casi no se veían, y las pocas veces que lo hacían,
era porque ella insistía, pero Jayden pasaba pegado a su celular.
Ese día iban a estar juntos, o eso se suponía, pero canceló a último momento
con la excusa de que había olvidado que tenía un examen al día siguiente y
necesitaba estudiar.
Más tarde un mensaje de parte de Zach, compañero de habitación de Jayden,
cayó en el celular de Lyra. Y eso fue la gota que derramó el vaso. Las dudas
se intensificaron, la ansiedad creció y terminamos aquí, buscando lo dicho en
ese mensaje.
—Creo que … —Murmuró y sus ojos verdes se abrieron mirando hacia la
puerta—. ¡Acabo de verlo! ¡Va hacia el jardín trasero!
Tiró de mi mano para seguirla y no pude evitar sentir como temblaba su
mano. Pasamos por un tumulto de personas. Aquí la música era más fuerte y
el calor se sentía asfixiante. Al atravesar un poco el grupo de personas,
quedamos a unos pasos de la puerta que daba hacia el jardín, nos asomamos,
pero ya no había rastro de Jayden.
Di un paso hacia atrás cuando Lyra retrocedió negando con la cabeza y
choqué con alguien atrás de mí. Lo siguiente que sentí fue un líquido frio
recorrer mi espalda. Soltaron una maldición, y me giré, encontrándome con
un chico alto. Por la poca luz, solo pude divisar algunas cosas: llevaba una
botella en la mano, el cabello algo desordenado y no parecía ser muy
agradable.
Había otro chico atrás que observaba la situación, con los brazos cruzados.
—¡Lo siento! —Dije un poco alto, para que me oyera por encima de la
música—. No sabía que estaba ahí y…
—¿Tus disculpas son mágicas?
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Qué?
—Digo, ¿tus disculpas me devolverán la cerveza que tenía en la botella antes
de que decidieras girarte como si este lugar estuviera vacío?
Solté una risa sin ninguna diversión y me crucé de brazos.
—Ya. Tampoco se va a acabar el mundo. En la cocina hay muchas más de
esas —Apunté a la botella en sus manos—. Puedes ir y sacar una. Igual, te
pido disculpas, de nuevo.
Lyra enganchó su brazo con el mío dándoles una mala miraba a ambos
chicos.
—Se nota que no eres de por acá.
—Si todos son como tú, agradezco no serlo.
Pude divisar una sonrisa cínica mientras él negaba con la cabeza lentamente.
—Vamos, Sophie. Déjalo.
Lyra les lanzó una mirada fulminante antes de darse media vuelta, tirando de
mi brazo. Le di una última mirada al chico, quien también tenía su mirada fija
en mí, y salimos al jardín.
Cuando la brisa chocó con mi espalda, con la tela mojada adherida a ella, me
dio un escalofrío.
—Los chicos de mi facultad son más agradable, te lo aseguro, Sophie.
Deberíamos ir.
Me crucé de brazos, tratando de mantener el calor, aunque el frío solo
recorría mi espalda.
—¡Yo le pedí disculpas y en la cocina hay más! —Negué con la cabeza—.
Qué chico tan desagradable.
Lyra se acercó y apoyó una mano en mi espalda. Mi miró preocupada.
—Vamos al baño a que te limpies.
Fruncí el ceño cuando vi una figura conocida detrás de ella.
—Jayden está aquí. Detrás de ti.
Lyra cerró los ojos unos segundos, y cuando los abrió, pude ver el miedo en
su mirada.
—Pero está solo.
—¿Solo? —Preguntó, confundida.
—Solo —Aseguré.
Se mordió un poco el labio, dudosa.
—Soy tan mala novia —Murmuró—. Me acercaré y le contaré lo sucedido.
Le debo unas disculpas —. Iba a darse media vuelta, pero volvió a verme—.
Pero te acompaño primero al baño y…
—Ve. No te preocupes. Vuelvo en un rato ¿sí?
Sonrió antes de alejarse, y yo volví a la casa. Entre preguntas y miradas
esquivas, finalmente un chico me indicó dónde estaba el baño. Toqué la
puerta, pero nadie contestó, así que solo la abrí y me metí rápidamente
cerrándola. Busqué el pestillo, pero no estaba, solo había una llave. La giré y
comprobé que estuviera cerrada antes de apoyar mi frente en la puerta.
—Podrías llamar a la puerta antes de entrar.
Me giré rápidamente al escuchar esa voz.
Era el chico de antes. Solo que ahora sin camiseta y con una sonrisa burlona.
Gracias a la luz del baño, pude verlo bien: ojos oscuros, cabello levemente
ondulado y desordenado, mejillas ligeramente rojas, supongo por el calor del
lugar.
Me pegó un escalofrío cuando dio un paso hacia mí. Fruncí el ceño
manteniendo la compostura.
—Sí lo hice, pero nadie contestó. Y tú deberías ponerle pestillo, llave o lo que
sea para evitar que cualquiera entre.
—Yo no escuché nada —Dijo apoyándose en la pared cerca de la puerta y de
mí—. Si querías disculparte otra vez…
—Lo hice dos veces, no habrá una tercera —Peiné un poco mi cabello
mirándome al espejo y el chico seguía con sus ojos en mí—. ¿Te vas a quedar
ahí mirándome?
—Yo estaba aquí primero.
Solté un suspiro.
—Ya. Yo me voy.
Giré la llave para abrir la puerta y antes de salir, el chico volvió a hablar.
—Igual, si te quieres quedar para limpiarte, no me molesta. Yo estoy en lo
mismo.
Volví a verlo. Dejó la toalla encima del retrete cuando y se dio media vuelta
en busca de su camiseta. Mi mirada cayó en su espalda alta, cerca de la nuca,
donde había un tatuaje de una brújula. Miré unos segundos más, los músculos
de su espalda se movieron un poco y se colocó la camiseta.
Carraspeé mirando mi reflejo en el espejo. Mis mejillas estaban un poco
ruborizadas.
—No gracias. Me limpiaré en otro baño.
—El otro está en la habitación del segundo piso. No sé si quieres entrar allí y
ver ese espectáculo —Se encogió de hombros—. Teniendo en cuenta que no
sabes llamar a la puerta.
Rodé los ojos, tomando una toalla pequeña que estaba cerca del lavabo.
—¿Cómo te llamas?
Preguntó dándose media vuelta para prender la ducha y mojarse las manos.
Aproveché de mover mi top, en la parte de la espalda, para limpiarme.
—No te vayas a dar la vuelta —Te advertí.
—No voy a verte, tranquila. Puedo ser muchas cosas, pero acosador no.
—Ya. Esta bueno saberlo, gracias —Respondí, sarcástica.
Soltó una risa ronca, escasa de diversión. Pasé mi vista a él mientras
terminaba de limpiaba mi espalda y pasó sus manos con su cabello,
dejándolo un poco mojado. Cerró el agua. Yo me acomodé el top.
—¿No me vas a decir tu nombre? Compartimos baño, supongo que es
suficiente confianza para saberlo.
Hice un sonido con mi boca antes de aprovechar de retocar mi brillo labial.
—Yo supongo que falta confianza —Me encogí de hombros—. En todo caso,
no nos volveremos a ver. No volveré a este lugar, así que no es relevante que
lo sepas.
Posó su mirada en mí, volviendo apoyarse en la pared de antes. Bajó su
mirada a mis labios entreabiertos y levanté las cejas, dando esta conversación
por terminada. Cuando estaba por salir, tocaron la puerta.
—¡Daniel! ¡¿Estás ahí?!
El chico me tomó de del brazo, apoyándome contra las frías baldosas de la
pared del baño. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando se acercó a mí,
tapando mi boca con su mano, fruncí el ceño, confundida. Alargó su mano
libre hacia la puerta para girar la llave, dejándonos a ambos encerrados.
Volvió a colocarse frente a mí, aun tapando mi boca, pero sin dejar de mirar
hacia la puerta. Levanté mi mirada, viéndolo más de cerca. Tenía las pestañas
largas y oscuras, olía a alcohol mezclado con un perfume suave, o tal vez solo
quedaban restos de la fragancia. Bajé la mirada a su mano libre, que rozaba
un poco debajo de la cadera. Pude divisar un pequeño tatuaje de mariposa en
su mano, entre la terminación de su muñeca y el inicio del dedo pulgar. Moví
mi cabeza hacia un lado, tratando de verla mejor.
—¡Daniel! —Volvieron a golpear—. ¿Estás ahí o no?
Tensó la mandíbula y bajó la mirada hacia mi cuando se dio cuenta que lo
estaba mirando. Aparté la mirada, avergonzada. Él quitó la mano que cubría
mi boca.
—Responde —Susurró cerca.
Me apunté a mí misma.
—No veo a nadie más —Volvió a hablar y yo me crucé de brazos—.
Ayúdame.
—¿Por qué debería? —Pregunté distraída, pasando mi mirada por el baño.
Tomó aire, como buscando paciencia.
—No lo sé. Tal vez porque pareces menos jodidamente indiferente que el
resto. Porque te quedaste escuchando. Y porque, aunque no lo admitas, tienes
pinta de que no eres de las que se quedan de brazos cruzados.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. No sabía si era una forma retorcida
de manipularme o si, de verdad, lo pensaba. Pero había algo en su mirada,
algo contenido, que me hizo dudar.
—Pídemelo bien —Jugué un poco, y él entrecerró sus ojos—. Sé amable.
Unos golpes más fuertes se escucharon nuevamente.
—¡Daniel! ¡Lukas dijo que estabas aquí! ¡Solo quiero hablar contigo!
Frunció levemente el ceño, pasó una mano por su cabello y la dejó caer a un
lado, rozándome la cadera sin querer. Cerró los ojos un momento y cuando
los volvió abrir, habló.
—¿Podrías ayudarme con esto, por favor?
—¿Ves que si puedes ser amable? —Fingí una sonrisa y carraspeé antes de
hablar alto—. ¡Hola! ¡No soy Daniel, pero estoy ocupando el baño!
—No me digas… —Susurró a mi lado, sarcástico. Rodeé los ojos.
—¡Disculpa! —Gritó la chica desde afuera y supongo que se marchó porque
no volvió a hablar.
Fingí una sonrisa nuevamente y coloqué mis manos en su pecho,
separándonos. Él levantó las cejas, recargándose en el lavabo frente a mí,
alejándose un poco.
—Gracias —Me dijo en un tono bajo y yo asentí—. ¿Ahora si crees que
tenemos la suficiente confianza para saber tu nombre? Tú ya sabes el mío.
—Me llamo Sophie —Dije, pasando de él para girar la llave.
Me asomé un poco y cuando me aseguré de que no había nadie, le di una
última mirada antes de salir del baño, cerrando la puerta tras de mí.
Había demorado mucho más de lo pensado, pero de todos modos volví al
jardín, jardín donde Lyra estaba llorando junto a un chico de cabello castaño.
El mismo que había estado presenciando el pequeño incidente del choque.
—¿Qué pasó? —Pregunté preocupada.
Lyra, cuando me vio, se tiró mis brazos sollozando un poco más fuerte.
Miré al chico que le dio un trago a su cerveza sin dejar de mirarla, y luego
cambió su mirada hacia mí.
—Lo sabía, Sophie. había alguien más y me lo confirmó directamente —
Habló entre sollozos Lyra.
Pasé mis manos por su espalda volviendo al abrazo, intentando consolarla.
Aunque nunca había estado en una relación ni he sentido una ruptura así,
podía ver lo rota que estaba.
Su tristeza era tan cruda, tan real, que se me metió bajo la piel. No entendía
del todo el dolor que sentía, pero aun así me dolía verla de esa manera.
Como si su corazón se hubiera hecho pedazos frente a mí, sin que yo supiera
cómo recogerla.
02
Daniel
Ya estaba amaneciendo y aunque eran pocas las veces que pasaba de largo,
hoy me sentía más cansado de lo habitual. Moví mi cabeza de un lado a otro
antes de volver mi vista a mi computador, al informe que el profesor había
puesto como tarea.
Era la segunda vez que lo hacía, la primera no había quedado completamente
convencido, así que lo volví a hacer y lo había terminado, pero no me
convencía completamente.
Llevé mi mirada al cuaderno con apuntes y los repasé una vez más, buscando
algo que me dijera que debía cambiar o arreglar. Alguna pista o lo que sea.
Pero no lo encontraba, en cambio solo aparecía su voz.
De nuevo.
Repitiéndome lo mismo.
Dejándolo clavado en mi mente.
Suspiré pasando una mano por mi rostro.
Lo revisaría de nuevo.
Una vez más.
03
Sophie
Lyra dormía hecha un ovillo sobre mi cama, con las mejillas todavía un poco
húmedas. Respiraba lento, como si al fin ese sueño le hubiera dado un respiro
a su tristeza.
Desde esa noche de viernes, Lyra estaba en mi casa. Cansada, llorando,
avergonzada y luego volviendo a dormir. No hablaba mucho, sino que se
guardaba todo. Tenía el corazón apretado, pero verla dormir era un signo de
que estaba tranquila en ese tiempo.
Le di una última mirada antes de sentarme en el escritorio frente a mi
computador, la pantalla iluminaba mi rostro en la oscuridad. Todo estaba en
silencio, como si el mundo se hubiera apagado, pero mi cabeza seguía girando
sin pausa.
Busqué la página web que había estado viendo hace unas horas. El corazón
me latía con fuerza, aunque no entendía por qué. Tal vez por miedo. Tal vez
por esa presión invisible que parecía crecer cada vez que alguien me
preguntaba qué quería hacer con mi vida.
Pasé de un enlace a otro. Psicología, tachada. Medicina, descartada sin dudar.
Nutrición, me detuve un segundo, pero también la cerré. Derecho seguía ahí,
como una opción cómoda y esperada, aunque ya no sentía lo mismo que
antes. Lo tenía anotado en el cuaderno con tinta azul, y al lado, un signo de
interrogación enorme.
Cerré los ojos y solté un suspiro. No sabía por qué estaba tan tensa. Tal vez
era por ver a Lyra tan rota. Tal vez era por la agitada noche que tuvimos el
viernes en esa casa desconocida para ambas. O tal vez era porque todo
estaba empezando a moverse y yo no sabía si estaba incluida en ese
movimiento. Apoyé una mano en mi mejilla, incómoda. En esa fiesta… todos
eran parte de la universidad, todos estudiaban algo, todos iban a clases,
preparaban trabajos, conocían a gente.
Todos estaban avanzando. Menos yo.
Y no era una competencia, lo sabía. No era todo perfecto. Sabía que no todos
estaban disfrutando de eso.
Pero últimamente sentía que estaba viendo la vida desde la vereda del frente.
Como si me hubiera quedado parada mientras el resto corría.
Todo por no haber podido decidir. Por no haber sido capaz de decir esto
quiero, esto soy. Por ser una cobarde.
Y estaba mal, muy mal. Porque cuando no eliges, el resto elige por ti. Y sentía
que eso era lo que me estaba pasando.
Y me aterraba.
Un sonido de notificación me sacó de mis pensamientos, venía de mi
computador. Abrí el correo y entonces apareció.
Para: Sophie Walker
De: Grace Baker
Asunto: Cafetería Spring´s
04
Daniel
—Hasta que llegó su amiga y terminó llorando en sus brazos —Terminó de
contarme Lukas antes de darle un sorbo a su café.
—¿Todo eso pasó mientras estuve en el baño? Pensé que estabas en una
habitación con la chica de cabello ondulado.
Negó con la cabeza.
—Se empezó a sentir mal. Quizás algo que tomó, no lo sé. No llegamos más
allá que unos besos. Me pidió que llamara a su amiga y así lo hice. Luego me
fui —Se quedó unos segundos en silencio—. Luego terminé al jardín y pasó
todo lo que te conté.
—Increíble todo lo que puede pasar en unos minutos —Comenté con burla.
—Y tu encerrado en el baño con una desconocida.
Rodeé los ojos y me llevé la botella con agua a los labios.
—¿Sienna no se dio cuenta?
—Habló Sophie, así que supongo que luego solo se fue.
Lukas alzó las cejas.
—Ya, se llama Sophie la desconocida, no tan desconocida —Se burló.
Negué con la cabeza volviendo a las hojas.
—Y te dejó con la palabra en la boca —Soltó una risa.
—Tenía carácter —Me encogí de hombros.
—Me di cuenta —Dijo sarcástico—. Lo mejor fue cuando te dejó hablando
solo, me cae bien.
Ignoré ese comentario volviendo mi vista a las hojas que contenían el
informe que debíamos entregar al profesor en unas horas.
—Cuando sea director de cine, vamos a ver si te sigues riendo tanto —Dije
apuntándolo con mi dedo.
Lukas levantó las manos sin borra su sonrisa burlona.
—Te dedicaré una película, tranquilo.
—Gracias, estaba super preocupado sobre eso —Sonreí, negando con la
cabeza.
—Podríamos hacer una juntos.
—Si logro terminar la carrera, claro —Traté de bromear.
Lukas frunció un poco el ceño.
—A decir verdad, te tengo más fichas en ti, que en mí mismo.
—Ten en ambos, para que terminemos la carrera.
Lukas soltó una risa y lo imite.
Estudiábamos Dirección Audiovisual. Nos habíamos conocido en un trabajo
grupal cuando ninguno tenía grupo, y aunque empezamos a regañadientes,
nuestras ideas terminaron mezclándose más de lo que esperábamos. Nos
llevamos la máxima calificación y una amistad.
Desde entonces éramos equipo para todo. Ahora, además compañeros de
piso.
—Sí, bueno. Si logras concentrarte en los trabajos más que encerrarte en
baños con las chicas.
—Joder, Lukas. ¿Hasta cuándo seguirás con eso?
Soltó una risa sin responder.
—Cuando te pase algo parecido, vas a ver.
—No me pasan esas cosas, Daniel —Dijo burlón y cambió su expresión—.
Por cierto, dudo que Sienna quiera dejar pasar eso que tanto quiere hablar.
—No tengo nada que decir —Pasé una mano por mi rostro—. Ese tema ya
estaba cerrado.
—Al parecer para ella no.
Negué con la cabeza pasando mi vista por el campus. Estábamos sentados en
una banca de madera al aire libre, rodeados de estudiantes que caminaban,
reían, hablaban. Era un caos tranquilo, dentro de todo.
Hasta que la vi.
Caminaba a paso lento, como si no tuviera apuro por llegar a ningún lado.
Llevaba unos leggins negros y una camiseta ajustada del mismo color,
encima una chaqueta bastante grande para su talla, que le caía un poco de un
hombro. El cabello castaño lo llevaba recogido en una coleta alta, con unos
mechones sueltos que le enmarcaban el rostro. Su mochila colgaba de un solo
hombro.
Y entonces, su mirada chocó con la mía.
Sophie me miró directo. Sus ojos, un tono más claro que su cabello, me
miraron con sorpresa. Sus labios se entreabrieron a penas y no pude evitar
bajar la mirada. Ese puto brillo labial. Con un tono apenas rosado y que de
cerca se veía más brillantes, ahora solo reflejaba la luz de medio día.
Ese pequeño detalle se me quedó grabado sin entender por qué.
No movió la mirada, ni yo tampoco. Como si, de alguna manera, tampoco
pudiera ignorarme. Ni yo a ella.
Unos segundos después, volvió la vista al frente y siguió caminando, como si
nada, pero yo la seguí allí, mirándola.
Un pequeño golpe me hizo quitar la mirada de ella. Lukas me miraba con las
cejas levantadas y volvió a lanzarme otra bolita de servilleta.
—¿Se te perdió algo?
Rodeé los ojos levantándole el dedo de en medio antes de volver mi vista a
los papeles del profesor.
No podía sacármela de la cabeza y eso era lo que más me molestaba. No era
que Lukas se burlara o preguntara, eso me daba igual, lo que no me daba
igual era no poder sacármela de la cabeza.
Apreté mi mandíbula volviendo a concentrarme en ese informe.
Pero ese brillo labial, esa discusión absurda y sus ojos, volvían a mi mente.
Escena 1
No era la primera vez
La habitación estaba un poco desordenada. Bastante, a decir verdad. Había
hojas regadas por el escritorio, el mismo que tenía vasos, botellas de cerveza
y camisetas del dueño de la habitación.
En el piso había una cartera y una mochila. En el piso había una camiseta y
unas zapatillas blancas. En el piso había un celular, que era del dueño de la
habitación.
Encima de la cama, estaban acostados boca arriba una chica y un chico. Que
serán nuestros protagonistas. Ambos estudiaban en la universidad. Ambos
escuchando lo mismo. Pero no ambos estaban mirando lo mismo.
Mientras el chico trataba de mantener la vista en la película que estaba
reproduciéndose en su computador, a su lado la chica estaba en su celular
haciendo quien sabe qué.
El chico trataba de restarle importancia, pero no podía.
La chica solo estaba concentrada en su celular, sin importa que la película
siguiera reproduciéndose. Y sin darse cuenta de las miradas fugases que le
daba el chico.
Este cerró la computadora con más fuerza de lo común, común provocando
que la chica girara a mirarlo unos segundos, luego volvió a su celular.
El chico se sentó en la cama.
La chica lo miró.
—¿Ya terminó? —Preguntó ella refiriéndose a la película—. Porque ya tengo
que irme.
El chico solo la quedó mirando y antes de que pudiera responder ella tomó la
palabra de nuevo.
—Nos vemos la próxima semana ¿sí?
—¿Antes no?
La chica negó.
—No, no tengo tiempo esta semana.
Fue lo último que dijo antes de irse junto a su mochila.
Él chico suspiró.
No era la primera vez que no se veían por una semana.
Pero todavía podía soportarlo.
05
Sophie
Desde que empecé a trabajar en una pequeña cafetería dentro del campus de
la universidad, mis días se sentían un poco más estructurados. Grace, una
chica unos años mayor que yo, me había llamado hace unos días para
ofrecerme el puesto.
Lyra fue quien me avisó que necesitaban personal, y aunque no pasaba
mucho por esta zona del campus, una tarde vio el cartel pegado, le tomó
fotografía y me lo envió. Vine a presentarme, y unas semanas después ya me
habían llamado.
Grace se encargaba de todo desde que su padre enfermó y su madre tuvo
que hacerse a un lado en la cafetería para ayudarlo. Niko, su hermano,
también ayudaba, pero estudiaba. Por lo que era ella quien, la mayor parte del
tiempo llevaba las riendas de la cafetería.
Y a pesar del estrés que eso significaba, Grace era una persona muy amable.
Las normas del lugar eran simples; ropa oscura, preferiblemente negra. No
tuve ningún problema con eso. Era cómodo y me hacía sentir un poco más
invisibles de entre las mesas y personas, cosa que me hacía sentirme
cómoda.
Llevaba unos días trabajando, pero ya me gustaba el ambiente. Entre pedidos,
podía estudiar o revisar el celular. Grace se acomodaba cerca y miraba su
celular comentándome cada cierto tiempo sobre algunos diseñadores que le
gustaba. Niko, el hermano de Grace, a veces se unía a las pausas
improvisadas.
—Probablemente suene irónico, pero no me gusta el café —Dijo Niko. —Pero
si atender a las clientas.
—¡Te estoy escuchando! —Gritó Grace desde una mesa que estaba
terminando de limpiar.
Solté una risa y la campanita sobre la puerta sonó, indicando que alguien
había entrado. Alcé la mirada por reflejo y entreabrí los labios por inercia.
Ahí estaba él.
Daniel.
Mi estómago se tensó como si mi cuerpo hubiera reaccionado antes que mi
mente. Su cabello desordenado, su expresión era neutra, y esa forma de
caminar como si conociera cada centímetro del lugar. Nuestras miradas se
cruzaron y pude ver una pizca de sorpresa antes de volver a una mezcla de
burla y arrogancia. Mis dedos apretaron el borde del mesón donde estaba la
caja registradora y el aire pareció desaparecer lentamente.
—Al parecer no tuviste que volver a esa casa para volver a encontrarnos —
Dijo con la voz baja.
—Qué decepción, ¿no? —Respondí cruzándome de brazos—. Pensé que me
había librado de ti.
Levantó y bajó las cejas rápidamente.
—Entonces trabajas aquí.
—No, solo que hoy me levanté con ganas de estar detrás de un mesón
atendiendo a gente solo porque sí.
No abandonó la vista de mis ojos, en cambió esbozó una sonrisa burlona y
cínica.
—¿Así atiendes a tus clientes? Que carácter, Sophie.
Entrecerré un poco mis ojos antes de volver a hablar.
—¿Y tú qué haces aquí? No estarás escondiéndote de la chica que te buscaba
en el baño, ¿no?
Tensó un poco la mandíbula y habló. Una punzada me atravesó, había
hablado demás.
—Estudio aquí, Dirección Audiovisual. Aunque no suelo venir mucho a esta
cafería, para tu mala suerte.
Esta vez no pude contenerme y rodeé los ojos.
—¿Qué vas a llevar?
—Un americano.
Asentí mientras hacia el mismo procedimiento cuando alguien ordenaba.
—¿Y tú? ¿Desde cuando trabajas aquí?
—Desde hace unos días, Grace me llamó —Contesté sin mirarlo—. Me
presenté hace unas semanas.
—¿No estudias?
Mi cuerpo se tensó al instante. Nunca te salvas de esa incómoda pregunta y
cada vez que respondía me sentía más pequeña, más lejana.
—No, me estoy preparando para el examen de admisión —Levanté la mirada
encontrándome con la suya—. ¿Tarjeta o efectivo?
—Tarjeta.
Alzó la mano y acercó el plástico a la máquina para pagar. En su mano, el
tatuaje de mariposa llamó mi atención de inmediato. Y esta vez pude verlo
mejor que ese día en el baño.
—¿Qué significa? —Pregunté sin pensarlo—. O solo fue por impulso.
Daniel alzó la vista de su billetera.
—Tiene significado. El de “por impulso” es otro.
—¿El de la brújula?
Sonrió burlón y me dieron ganas de borrarle esa estúpida sonrisa.
—¿Tanto tiempo tuviste la mirada en mí?
Sentí mis mejillas ruborizarse y volví a cruzarme de brazos.
—Es grande. Y estabas sin camiseta. No es que haya tenido que esforzarme.
—Ajá.
Niko dejó el café en el mesón, Daniel lo tomó, pero no se alejó.
—Ya, que tienes tanto interés en mis tatuajes. El del “impulso” lo tengo aquí.
—Se señaló al costado izquierdo—. Letras.
Fruncí el ceño.
—¿Forman alguna palabra o solo es decoración?
—Dice “sin sentido”.
Repetí la palabra sin pensar y solté una risa corta.
—Bastante honesto.
—¿Y eso que significa? ¿Vas analizarme ahora?
—No. Ya tengo suficiente con atenderte.
Sonrió burlón.
—Tu sarcasmo está a otro nivel, pero no tan alto como el mío.
Levanté y bajé las cejas rápidamente.
—Qué bueno, gracias por avisarme —Apunté a él liquido en sus manos—. Ya
tienes tu café, que tengas buen día.
—Nos vemos, Sophie —Despegó su vista de mí lentamente.
Se dio media vuelta y cuando la campanita volvió a sonar.
Recién pude soltar el aire contenido.
Grace se acercó y me dedicó una sonrisa antes de limpiar el mesón, Niko
soltó una risa. Y solo volví a la caja esperando algún otro cliente.
—Entonces, ¿no estudias? —Preguntó Niko.
Mi cuerpo se tensó al instante.
—Ahora estoy trabajando y estudiando para el examen de admisión
—¿Cómo un año sabático?
Asentí y esta vez apoyé mi cadera en el mesón, incómoda.
—Me hubiera gustado tomarme un año —Se dio vuelta terminando de
limpiar el café molido repartido por el mesón—. ¿Sabes que quieres estudiar?
Tragué duro y aparté la mirada unos segundos. Y antes de que pudiera
responder, Grace llegó.
—Deberías tener una idea, ¿no?
—Estoy viendo opciones…
Ambos asintieron.
—Yo estudié empresariales… si tienes alguna duda con la carrera puedes
decirme —Dijo Grace.
—Tienes todo un año para descubrirlo —Añadió Niko con una sonrisa.
No. No hables más, por favor.
—Claro, tienes un gran año por delante —Grace entrecerró un poco los
ojos—. Tienes pinta de…
—¡Doctora!
Grace negó.
—Algo artístico.
Parpadeé como sacada de onda.
—Algo del área de la salud, Grace.
Ella negó.
Yo carraspeé.
—Ya acabó mi turno —Dije, en voz baja, mirando hacia el reloj.
Ambos voltearon a verme y sus expresiones cambiaron.
—Claro, perdona —Murmuró Grace con una pequeña sonrisa.
Niko imitó el gesto.
—Fuiste tú —Murmuró Niko, una vez me di vuelta.
—Tú también, no te hagas.
Solté un suspiró cuando me metí a la habitación donde guardábamos
nuestros objetos personales. Y ese vacío volvió, esa pausa larga, me hizo
sentir incómoda.
Sentí miedo.
No porque Grace lo hubiera preguntado mal, no iba a ser ni la primera ni la
última persona en preguntarlo, sino porque ni yo misma sabía que responder.
Tenía un revuelto de ideas en mi cabeza, en las que estaban bloqueadas por
un montón de preguntas que me abrumaban.
¿Y si elegia mal? ¿Y si perdía el tiempo? ¿Y si yo lo que realmente quería sería
un error? ¿Y si mi madre se decepcionaba? ¿Y nunca encuentro algo que de
verdad me haga sentir que vale la pena?
Y esa incertidumbre dolía.
Porque a veces siento que todos ya están en movimiento, que avanzan, que
deciden, construyen su camino. Y yo… yo solo estoy aquí, en pausa, como si
todavía no pudiera dar el primer paso.
Como si todo el mundo se estuviera moviendo rápido y yo aún no aprendiera
a caminar.
Es frustrante no saber hacia dónde ir, pero más aún es sentir que se espera a
que lo tenga claro.
Que haya personas que estén más convencidas de mi futuro que yo misma,
como mi madre.
06
Sophie
Observé el reguero de hojas que había sobre mi escritorio y apoyé mi frente
sobre él, dejando mis manos a mis costados. Solté un suspiro viendo de lado
algunos ejercicios de matemáticas y otros apuntes de historia.
Todavía faltaba para realizar el examen de admisión, el cual era en unos
meses. Pero sentía que matemáticas me perseguía y que estaba a punto de
ganarme. Respiré hondo mirando la ventana que estaba frente a mí, ya estaba
atardeciendo.
Saqué del cajón de mi escritorio la pequeña cámara que me habían regalado
mis abuelos, apunté en un ángulo que convenció al atardecer y clic.
Miré la fotografía y sonreí. Unos golpes en la puerta se escucharon y unos
segundos después la puerta se abrió dejando ver a mi madre. Llevaba una
coleta un poco desordenada y la ropa que usaba en su trabajo como
secretaria.
—Sophie, ya vamos a… —Se detuvo al ver lo que estaba haciendo—. ¿No
era que estabas estudiando?
—Y lo hice, pero el atardecer se veía muy lindo y…
Negó con la cabeza frunciendo un poco el ceño.
—Deja de gastar tu tiempo en eso. Tienes que estudiar para el examen de
admisión y entrar a una gran universidad.
—Lo sé y he estudiado, pero hace días que el atardecer no estaba de esos
colores y…
—Tienes que estudiar. Solo eso te pido, Sophie. Nada más —Se acercó a la
ventana unos segundos—. Deja ese juego de las fotos y empieza a tomar tu
vida en serio. Esa cámara no te llevará a nada, Sophie.
Asentí apagando la cámara.
—Voy a colocar los cubiertos en mesa. Por mientras, repasa de nuevo los
apuntes de historia. Leer te ayudará harto cuando entres a estudiar Derecho.
Guardé en el cajón y ordené un poco mi escritorio, sintiendo un nudo en mi
estómago con esa última palabra.
—Sophie —Me llamó mi madre y me di media vuelta—. Lo hago por tu bien.
—Lo sé.
Ella sonrió antes de cerrar la puerta e irse.
Suspiré volviendo mi vista a las hojas.
“Cuando entres a estudiar Derecho”
No estaba segura de en verdad querer eso.
Y creo que eso me preocupaba.
Porque cada vez que me imaginaba rodeada de leyes y papeles, sentía que
me ahogaba un poco.
No quería decepcionarla, desde que era pequeña siempre me habló de la
posibilidad de estudiar Derecho.
No, no quería decepcionarla. Así que solo volví a repasar mis apuntes con el
miedo encima mío.
07
Daniel
—Documentar el proceso realizado mediante videos, fotografías o escritura.
—Y luego presentarlo frente a la clase —Terminó de leer Lukas, dejando la
hoja sobre la mesa—. Yo digo que videos no, le va a encontrar muchos
detalles y escritura no, tú y yo no damos ni una en la escritura.
—Habla por ti —Solté, con media sonrisa y Lukas rodó los ojos—. Pero sí, la
escritura descartada.
—Fotografía suena bien —Dijo Ivy—. Si es que encontramos a alguien que
sepa tomar buenas fotografías y esté dispuesto ayudarnos en todo el proceso.
—Entonces, ¿nos pararemos fuera de la facultad de fotografía con un letrero?
Que diga que buscamos estudiante que nos quiera ayudar en este proyecto,
sin querer nada cambio —Preguntó Lukas burlón antes de soltar una risa.
—Te pararás —Corregí.
El profesor, creativo como siempre, había dejado un trabajo que consistía en
grabar un corto usando dos técnicas vistas en clases y acompañarlo con una
documentación del proceso, como un “detrás de cámara”. Según él, para
poner a prueba nuestra creatividad. Según yo, para solo dedicarse a las clases
teóricas el resto de la semana y que ningún estudiante lo molestara en sus
tiempos libres.
Ivy se nos había unido a último minuto, después de que su grupo de “amigos”
la dejara fuera sin mucho aviso. Eran cinco y máximo permitidos era de
cuatro. Decidieron por su cuenta que Ivy no entraba.
Se nos acercó con la voz baja, preguntando si podía sumarse. A decir verdad,
me sorprendió. Probablemente todavía no le llegaban los rumores, pero el día
que algo supiera. Se alejaría.
Así era con la mayoría, por no decir todos.
Lukas y yo seguíamos siendo dos. Siempre era así y no nos molestaba. Tal
vez nuestros rostros no gritaban simpatía o simplemente no sociabilizábamos
con facilidad.
Por lo menos yo.
—Podríamos hacerlo en la playa y el final podría ser con el atardecer —
Propuso Ivy.
Apoyé mis codos en la mesa, perdido de esa conversación y justo entonces,
algo captó mi atención. O, mejor dicho, alguien.
Sophie.
Su mirada ya estaba puesta en mí cuando volteé mi rostro. Iba caminando a
paso tranquilo, su ropa oscura contrastaba con la cálida mañana. Llevaba el
cabello recogido y su mochila colgando de su hombro.
Nuestros ojos se cruzaron y ella bajó la mirada rápido, como si nada, pero yo
ya la había visto. Una pequeña sonrisa se instaló en mis labios y lleve la
botella a ellos, tratando de ocultarla.
—Bueno, bueno… —Canturreó Lukas—. Parece que alguien te estaba
mirando. Y tú a ella no tardaste ¿no?
Rodeé los ojos.
—¿Vas a seguir?
—¿No puedo hablar de lo evidente? —Soltó una risa volviendo su vista a los
papeles.
Miré de nuevo por inercia, pero ya no estaba. Era ridículo.
—¿Dónde está Ivy? —Pregunté para cambiar de tema.
—Se fue. Dijo que, si seguías distrayéndote así, preferiría cambiarse de grupo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Lukas enarcó una ceja y soltó una risa burlona.
—Fue por un café.
Rodeé los ojos y unos minutos más tarde, Ivy regresó con el vaso en la mano,
se sentó con una sonrisa más amplia que las que habíamos visto.
—No sé si esa sonrisa es buena o debería correr —Dije.
Lukas llevó su mirada a ella y frunció levemente el ceño.
—¿Qué hiciste?
—¡Conseguí fotógrafa! —Exclamó feliz y aplaudió, celebrando.
Fruncí el ceño confundido y Lukas me imitó.
—¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién? —Preguntó Lukas.
—¿Cómo pasaste de pedir un café a encontrar una fotógrafa?
Ivy le dio un sorbo a su café y habló.
—Tengo mis trucos, Daniel —Ivy se encogió de hombros sin borrar su
sonrisa—. En la cafetería, allí conocí a nuestra fotografía estrella.
Pestañee un poco descolocado antes de hablar.
—La facultad de fotografía queda lejos de este lado —Hablé.
—Es una chica que trabaja en la cafetería. Muy agradable.
—¿Y cómo llegaron a hablar del trabajo? —Preguntó Lukas.
Ivy se encogió de hombros.
—No tengo que revelar todos mis trucos —Soltó una risa—. Solo que le dije
sería poco tiempo y podríamos darle créditos en la presentación del corto.
—Qué suerte tienes… —Murmuró Lukas soltando una risa.
—Sí… bueno, no siempre —Rió sin gracia—. Ah, por cierto. Se llama, Sophie.
No sean odiosos con ella, por favor.
Lukas giró hacia mí con una sonrisa burlona.
—¿Sophie, ah?
No dije nada. Le lancé una mala mirada y volví mi vista a las hojas.
—¿La conocen? —Preguntó Ivy confundida.
—Solo un poco —Contestó Lukas.
—Hemos cruzado un par de palabras, nada más —Contesté sin sacar mi
mirada de las hojas.
08
Sophie
Eran las cuatro de la mañana y no podía dormir. Tenía tantas cosas en la
cabeza que terminé en la orilla de la cama con el computador abierto,
apoyado en mis piernas.
Esta escena ya la había repetido varias veces.
La pantalla brillaba frente a mí, mostrándome pestañas abiertas con nombres
de universidades, mallas curriculares y videos de gente contando por qué
amaban lo que estudiaban. Psicología, cine, diseño, comunicaciones,
pedagogía.
Tenía los ojos ardiendo y la cabeza pesada, pero no podía detenerme. Cada
página que abría era como una nueva posibilidad, un universo distinto que
podría o no hacer sentido. Llevaba más de una hora viendo testimonios de
estudiantes de Fotografía y Dirección Audiovisual. Había algo ahí —en cómo
hablaban de contar historias con imágenes, en la emoción con la que
describían sus proyectos— que me tocaba una fibra distinta.
Quizás era una tontería. Una más. O quizás no.
A mi lado, un cuaderno abierto mostraba una lista de carreras escritas a
mano, con anotaciones en los márgenes y varias palabras tachadas con
fuerza.
Arquitectura tenía una línea encima. Enfermería también. Derecho todavía
seguía ahí, subrayado, pero con un signo de interrogación grande al lado.
Pasé las manos por la cara y suspiré. Volví a mirar la pantalla, esta vez
deteniéndome en una imagen de la facultad de diseño de una universidad que
ni siquiera me gustaba tanto, pero cuya galería de fotos me había atrapado.
No sabía qué estaba buscando con exactitud. Solo sabía que no quería tomar
una decisión que me hiciera sentir que estaba fallándome a mí misma.
09
Sophie
Llevaba unas semanas trabajando en Spring´s, y ya empezaba a reconocer los
rostros que se repetían con frecuencia. Como la chica de cabello lacio con las
puntas rosadas, que siempre pedía un té sin endulzar, o el chico que pedía
café con leche como si fuera una obligación de vida o muerte.
Lyra y yo no nos habíamos visto en un par de semanas. Estaba hasta arriba
de tareas y trabajos de la universidad, pero no habíamos perdido el contacto.
Nos seguíamos escribiendo, contándonos qué libro llevábamos entre manos o
qué había sido de nuestros días.
Me alegraba saber que estaba un poco mejor. O eso demostraba.
—¿Estudias de noche? —Le pregunté a Niko.
Asintió.
—Se llama jornada vespertina —Dijo en un tono que me hizo reír—. Estoy
estudiando Kinesiología.
Sonreí.
—¿Te interesa alguna carrera del área de la salud?
—La verdad, el área de la salud lo tengo descartado.
Niko soltó una risa.
—¡Menos mal! —Fingió alivió exagerado—. No sé si el mundo estaba listo
para la doctora Sophie…
Reí lanzándole un sobre de azúcar que estaba sobre el mesón. Niko lo atrapó
siguiendo mi risa.
Mi respuesta quedó a medio formular cuando la campanita de la puerta sonó.
Instantemente, giré hacia la caja mientras Niko se hacía a un lado, listo para
recibir la orden.
Ahí está él.
Llevaba una chaqueta oscura, el cabello le caía algo desordenado por la
frente, y sus ojos estaban fijos en mí desde que cruzó la puerta. A su lado
venía un chico de expresión relajada, con una pequeña sonrisa ladeada, que
reconocí al instante: era el mismo que había estado con Lyra la noche de la
fiesta. El que la acompañó luego que todo estalló, no preguntó nada y
simplemente se quedó a su lado.
Se dieron una pequeña mirada antes de llegar a donde estaba yo.
—Hola —Saludó el chico, con un tono tranquilo.
—Hola —Les di una mirada a ambos—¿Qué desean ordenar?
Daniel guardó las manos en su bolsillo mirando la vitrina, donde había dulces
y pastelillos.
—Un americano, por favor.
Asentí e hice lo correspondiente en la caja registradora, mientras
esperábamos que el pago se efectuara, el chico volvió a hablar.
—Tu amiga, la del vestido azul, ¿cómo esta? —Preguntó sin levantar la
mirada de su billetera.
—Lyra, está mejor, gracias —Sonreí entregándole el recibo.
Lukas asintió antes de darle un pequeño golpe a Daniel.
—Voy a sentarme por allá —Dijo señalando una de las mesas del rincón—.
Gracias, Sophie.
Fruncí un poco el ceño. No recordaba haberle dicho mi nombre.
El silencio su instaló un segundo. Nos miramos directo. Daniel no desvió la
mirada. Yo tampoco.
—Ya, tu otra vez —Dijo en un tono burlón con esa media sonrisa que no
sabía si me irritaba o me divertía.
Ahora me inclinaba por la primera.
—Ojalá pudiera decir lo mismo.
—¿Eso significa que extrañaste a tu cliente favorito?
—Eso significa que tengo muy mala suerte —Me mordí el interior de la
mejilla.
—Me gusta más mi versión.
Rodeé los ojos esperando que dijera su orden. No lo hizo.
—¿Vas a pedir algo o solo viniste a molestar?
—¿Puedo hacer ambas?
Me crucé de brazos, sin perder la paciencia.
Todavía.
—Depende de que tan rápido te quieras quedar sin café.
Levantó y bajó las cejas en un movimiento rápido.
—Entonces, un americano, por favor. Con uno de amargura, como tú.
Me mordí el interior de la mejilla tratando de contener una sonrisa.
Ya, esa fue original.
Pero solo esa.
—Perfecto, te va a encantar.
Abrí la caja registradora para entregarle el cambio.
—Entonces tú eres la famosa fotografía de la que Ivy habló.
Fruncí un poco el ceño, confundida.
—¿Qué?
—Somos del mismo grupo, es normal que lo sepa.
Abrí mis ojos un poco sorprendida.
—¿No lo sabias? —Preguntó con esa sonrisa.
—Ahora sí. Ivy no dijo nombres, solo que necesitaban ayuda.
Le entregué el comprobante y se demoró unos segundos en tomarlo.
—Y aun así dijiste que sí.
—Me gusta la fotografía —Me crucé de brazos—. No sabía que esta vez
venía con efectos segundarios.
Niko dejó el café a su lado y tan rápido como lo hizo, se fue.
—¿Y qué tipo de fotos haces? ¿Personas? ¿Paisajes? ¿Clientes insoportables?
—Todo lo anterior. Aunque te advierto que los insoportables tienden a salir
desenfocados.
Soltó una risa sarcástica.
—Para tu mala suerte, siempre aparezco bien en la cámara.
—Eso lo decidiré yo.
Me sostuvo la mirada unos segundos más antes de buscar algo en su mochila
bajo mi mirada.
—¿No te molestaste? —Pregunté quitando el tonó burlón.
Frunció el ceño, confundido.
—¿Por qué me molestaría?
—Porque vas a tener que verme más de lo que quisieras, trabajaremos todos
juntos en un proyecto y…
—No hagas suposiciones tan rápido —Me interrumpió.
Deslizó un papel doblado sobre el mesón.
—Mi número, necesitamos coordinar detalles del proyecto —Miré el papel
unos segundos antes de deslizarlo hacia mí—. O por si quieres enviarme
amenazas antes de la grabación.
Solté una risa sin poder evitarlo.
—Voy a quedarme con lo de coordinar, aunque la otra idea es muy tentadora.
Se encogió de hombros.
—Nos vemos —Dijo antes de darse media vuelta y dirigirse donde Lukas,
quien estaba en su celular.
Lo observé unos segundos más antes de guardar el papel en el bolsillo trasero
de mi jeans.
—¿Amigo tuyo? —Se acercó Grace con una pequeña sonrisa. Llevaba una
cartera al hombro y una carpeta en su mano.
—No exactamente —Murmuré.
—Es que se han quedado hablando unos… ¿cinco minutos?
Sonrió chocando su hombro con el mío. Negué con la cabeza lentamente sin
mirarla por completo.
—Estábamos hablando de fotografía.
Grace soltó una risita.
—Ya…—Se cruzó de brazos divertida—. ¿Fotografía con número incluido?
—Es para un trabajo de su carrera —Dije más rápido de lo necesario.
Grace alzó las manos.
—Está bien, no te estoy reclamando nada —Sin borra su sonrisa—. Pero si
vas a conversar con clientes durante tanto rato, al menos que pidan dos cafés
¿no?
Volvió a reír y sentí mis mejillas enrojecer. Me giré hacia la cafetera con el
corazón un poco más rápido de lo normal, fingí limpiar los pequeños granitos
de café que había.
—¿A dónde vas? —Preguntó Niko, curioso.
—Tengo reunión con unos nuevos proveedores. Deséenme suerte —Sonrió y
antes de irse, se volvió a nosotros—. Ah, sí. Sophie, quedas a cargo.
Niko bajó las manos, derrotado y yo solté una risa. Cuando Grace salió, una
chica rubia entró con una sonrisa.
—¡Yo la atiendo!
Niko me dio un pequeño empujón al extremo del mesón. Sonreí y mientras
esperaba la orden pasé mi mirada por la cafetería, había pocas personas, pero
ahí estaban esos ojos oscuros de nuevo.
Desvié la mirada al instante.
Había algo en él, en su manera de mirar y hablar, que me descolocaba. Como
si tuviera una respuesta para todo y al mismo tiempo me dejara llena de
preguntas. Y no sabía si eso me intrigaba o me asustaba un poco.
Escena 2
Minutos y más minutos
El chico la esperaba con las mejillas entumecidas por el frío. Una brisa helada
le rozó el rostro, haciéndole preguntarse cuánto más tendría que esperar.
Habían quedado en verse hacía diez minutos.
Él llegó justo a la hora. De ella, ni rastro.
Revisó el celular y le envió un mensaje.
Pasaron otros diez minutos antes de recibir respuesta.
“Se me olvidó decirte que me fui. Me salté la clase con una amiga.”
“Nos vemos dentro de estos días.”
“Lo siento”
Él leyó el mensaje en silencio. Luego guardó el teléfono en el bolsillo,
frunciendo el ceño, con la frustración apretándole el pecho.
No volvería a pasar, pensó.
O eso quería hacerse creer.
A veces, estamos tan cegados por lo que sentimos, que confundimos migajas
con cariño.
10
Daniel
La tarde estaba un poco nublada, por lo que se veía de la ventana de mi
habitación. Terminé de anotar unas últimas cosas con respecto al trabajo
propuesto por el profesor y me lancé a mi cama. Solté el aire retenido y cerré
los ojos unos segundos.
Necesitaba dormir, hace unos días que no podía conciliar el sueño por
completo y lo poco de dormía sentía que no descansa. Había tantas cosas
rondando por mi cabeza que ya ni siquiera podía cerrar los ojos y que todo
desapareciera mientras me fundía en un sueño profundo.
La culpa me alcanzaba incluso cuando pensaba que la había dejado atrás.
Cuando llamaron a la puerta del piso, solté una maldición. Me levanté de la
cama y me puse una camiseta. Salí de mi habitación escuchando como
volvían a llamar a la puerta.
Fruncí el ceño, confundido, cuando vi a Sophie. Llevaba su mochila colgando
de un hombro y una expresión que no logré descifrar del todo. Su cabello
castaño estaba suelto y llevaba las mejillas un poco sonrojadas.
—Quedamos para lo del su proyecto. No sé si recuerdas —Dijo cruzándose
de brazos.
—Claro que me acuerdo —Me recargué en el marco de la puerta y me miró
incrédula.
No, no me acordaba.
Pero no me molestaba verla. Para nada.
—¿Vienes arruinarme el día o a salvar el proyecto? —Pregunté mientras me
movía dejándole espacio para pasar.
—Depende con el ánimo que me reciban —Contestó sin mirarme,
caminando a paso lento—. ¿Y los demás?
Cerré la puerta siguiéndola con la mirada.
—Estás de suerte. Solo estoy yo.
—Genial. Lo que siempre soñé —Murmuró sarcástica.
Dejó su mochila cerca del sofá y se acercó a la barra de la cocina. Tenía una
forma particular de estar presente sin hacer ruido, como si llenara el espacio
sin ni siquiera intentarlo.
Era de esas personas que caminaban sin la intensión de llamar la atención,
pero de todos modos lo hacía.
—¿Quieres tomar algo? —Pregunté—. ¿Agua, café, sarcasmo?
—Agua, gracias. El sarcasmo ya lo traigo puesto.
Levanté y bajé las cejas en un movimiento rápido. Sophie se apoyó en la
barra sin quitarme la mirada mientras llenaba un vaso con agua. Le entregué
el vaso ganándome un “gracias”.
—¿Sabes? Todavía me estoy preguntando por qué aceptaste ayudarnos —
Dije llenando otro vaso de agua para mí—. Y cómo fue que pasaron del café
a hablar de este trabajo.
Sophie se encogió de hombros con una pequeña sonrisa.
—Esa última pregunta la ignoraré. Es un secreto —Respondió cruzándose de
brazos—. Y sobre la primera… bueno, me pareció interesante.
—¿Interesante?
Asintió antes de darle un sorbo a su vaso. Una gota de agua se deslizó por su
labio inferior. Aparté la mirada.
—Aunque si hubiera sabido que tú eras parte del grupo, quizás lo habría
pensado dos veces.
Rodeé los ojos apoyándome en la barra que estaba al lado de la nevera.
—Vaya, que halago.
Sonrió de lado, dándole un pequeño golpe al vaso con las uñas, como si
estuviera marcando un tipo de ritmo.
—Hablando en serio —Dijo volviendo a verme—. ¿Qué esperan de esas
fotografías?
—Solo que no parezcan sacados de un proyecto escolar —Respondí—. Que
se vea real. Que se sientan. No necesitamos que pongas filtros bonitos, solo
que captures lo que somos.
Asintió con la cabeza lentamente antes de hablar.
—Suena que tienes una idea bastante clara de lo que quieres.
Moví mi cabeza de un lado a otro.
—No exactamente. Pero tengo claro lo que no quiero.
—¿Te gusta controlar todo? —Preguntó en un murmuro.
Nos sostuvimos la mirada unos segundos.
—¿Te asusta que lo haga? —Contrapregunté.
—Depende —Se quedó en silencio unos segundos—. ¿Siempre miras así a la
gente?
Fruncí un poco el ceño.
—¿Así cómo?
—Como… como si quisieras saber lo que piensan o buscar más allá de las
palabras. Como si estuvieras descubriendo un secreto.
Sonreí de lado, sin romper el contacto visual.
—Quizás si lo sé —Respondí.
—¿Y vas a decírmelo?
—¿Y arruinar el misterio? —Me quedé unos cortos segundos en silencio—.
Prefiero verte intentar adivinarlo.
Sophie negó con la cabeza y soltó una risa, apartando la mirada.
—¿Y tú? —Pregunté—¿Siempre aceptas ayudar en proyectos de
desconocidos?
—Depende. A veces los desconocidos resultan ser menos insoportables de lo
que imaginé.
—¿Insoportables? —Solté una risa sarcástica—. Me ofende un poco, pero no
lo suficiente como para contradecirte.
—No deberías, es un cumplido viniendo de mí —Dijo, y noté la forma en que
intentaba ocultar una sonrisa.
Esbocé una sonrisa de lado.
—Interesante sistema de halagos tienes. ¿También funciona con el resto?
—No lo he intentado. ¿Crees que me funcionaria?
—¿Tanto cómo conmigo? Lamento decepcionarte, pero no.
Soltó una risa y se escuchó como la puerta se abría. Ivy caminaba con una
bolsa de galletas y sonrió al ver a Sophie. Se acercó y comenzaron a hablar.
Lukas cerró la puerta tras él, llevaba su mochila colgando una expresión entre
cansado y fastidio. Me hizo una seña con la mano en forma de saludo y se lo
devolví.
Ivy tomó del brazo a Sophie llevándola al sofá, antes de hacernos una seña
para seguirlas. Caminé hacia el sillón individual, con la intensión de sentarme
allí.
Era más cómodo, más tranquilo.
Pero antes de que llegara, Lukas se dejó caer de golpe con una sonrisa
burlona.
—Ni lo pienses, es mío —Dijo estirando las piernas. Me lanzó una mirada
hacia el sofá rápida antes de volver a su expresión burlona.
—Puto imbécil —Gesticulé con la boca sin emitir sonido.
Ivy estaba sentada en una esquina y Sophie a su lado, dejando un lugar libre.
Dudé por medio segundo, pero al final me dejé caer a su lado. Su perfume me
invadió, no estábamos tan cerca, pero un movimiento suyo, o mío, y nuestras
rodillas se rozaron.
No se alejó. Yo tampoco.
Ivy comenzó a hablar sobre el trabajo, definiendo los últimos detalles.
Llegamos al acuerdo del día que sería, horas, entre otros. Lukas metía
comentarios entremedio, medio en serio, medio en broma, con ese humor
que a veces era mucho para los demás, pero que ambos entendíamos.
Yo respondía cuando debía hacerlo o soltaba una que otra risa frente a los
comentarios de Lukas, pero la verdad es que no estaba del todo allí.
La sentía. Su brazo rozando el mío cada cierto rato. Su risa y como vibraba su
cuerpo. Su atención dividida, igual que la mía.
—¿Y si solo usamos luz natural? —Preguntó Lukas sacando una galleta del
paquete.
—Puede ser, pero no siempre vamos a tener buena luz. Hay que tener un plan
B —Respondió Ivy sin mirarlo, hojeando el cuaderno donde llevaba sus
anotaciones.
—La idea sería aprovechar lo máximo la luz solar —Dije—. No grabar de
noche, claramente. No tenemos nada de implementos muy profesionales.
—Tampoco podemos controlarlo todo. Parte de lo real es que salgan
imperfecciones —murmuró Sophie.
Lukas la señaló con un gesto.
—¡Exacto! Gracias, Sophie —dijo Lukas ganándose una sonrisa de la castaña.
—¿Y parte de lo profesional no es prever esas imperfecciones? —Respondió
Ivy, levantando una ceja.
El silencio cayó por un instante. Ivy nos miró unos segundos antes de volver
su vista a su cuaderno. Lukas solo ignoró y volvió a sacar otra galleta. Sophie,
a mi lado, mantenía su vista entre el suelo y la mesita de centro, giró apenas
la cabeza. Nuestras miradas se cruzaron, unos largos segundos.
Estaba incómoda, no era muy difícil adivinarlo. Parpadeó, como si ese breve
contacto hubiera sido suficiente.
—Eso es todo —Volvió a hablar Ivy, finalizando esta pequeña “reunión”.
—Creo que ya me voy —Dijo Sophie en un tono bajo, colgándose su mochila
al hombro.
—¿Miedo escénico? —Traté de jugar con ella y sonrió levemente.
Su incomodidad era evidente y creo que la de todos nosotros.
—Más bien instinto de supervivencia —Respondió.
—Touché —Dijo Lukas señalándola con la botella que llevaba en su mano.
Sophie soltó una pequeña risa y caminó hacia la puerta. Ivy cerró su
cuaderno y lo guardó en su mochila rápidamente.
—Te acompaño —Dijo llegando al lado de Sophie.
Le di una mirada a la castaña más larga de lo común, esperando algún gesto
o algo, pero solo sonrió levemente.
—¿Excusa real o rescate silencioso? —Masculló Lukas.
Ivy lo ignoró y salió del piso sin decir nada. Sophie agitó su mano de un lado
a otro antes de cerrar la puerta tras ella.
—¿Fue tan incómodo como lo sentí o no? —Pregunté una vez que nos
quedamos solos.
—Incómodo es poco. Ivy me miró como si hubiera matado a su personaje
favorito.
Se estiró un poco en el sillón y me lanzó la bolsa de galletas. Se lo lancé de
vuelta.
—Pensé que amabas Dirección Audiovisual —Me burlé.
—Solo si no parece una clase de filosofía a las ocho de la mañana.
Asentí acomodándome mejor en el sofá.
—¿Y tú con Sophie?
Rodeé los ojos antes que continuara.
—Estás viendo cosas donde no las hay. Mejor ocúpate de buscar un mejor
plan para saber de esa chica —Lukas se quedó en silencio y solté una risa
burlona—. Touché
11
Sophie
—Deberías decirle, Sophie. Es mañana —Me dijo Lyra mientras trenzaba mi
cabello.
—Lo sé… En un rato le preguntaré.
A través del espejo me dio una mirada antes de asentir con la cabeza con una
sonrisa. Por fin habíamos podido coincidir con Lyra, luego de unas semanas
sin vernos. Se encontraba mejor, aunque evitaba de hablar del tema de
Jayden. Y yo no la forzaba, pero sí le dejaba claro que, sí en algún momento
quería hacerlo, yo estaría ahí para escucharla.
—Por cierto, el chico del otro día preguntó por ti.
Me miró confundida unos segundos hasta que su mirada se iluminó y asintió
con la cabeza.
—Ya. Sí, recuerdo. Qué papelón —Llevó una mano a su frente—. No quiero
ni puedo lidiar con ningún chico en un buen tiempo.
—Tranquila, solo preguntó como estabas —Lyra volvió a mirarme—. Se
llama Lukas, es agradable.
Ella soltó un suspiró y negó con la cabeza mientras el color se instalaba en
sus mejillas. Solté una pequeña risa.
Tocaron la puerta de mi habitación antes de abrirla, mi madre apareció. Lyra
se sentó en mi cama y yo me giré para verla.
—¿Te quedas a cenar, cariño?
—Sí no es molestia —Respondió mi amiga.
—Por mí no hay problema —Dándole una sonrisa, iba a cerrar la puerta, pero
aproveché el impulso.
—Mamá… —Murmuré y se dio media vuelta—. Me gustaría preguntarte
algo. Es que estoy ayudando a unos chicos de la universidad con su proyecto,
estudian una carrera increíble, y mañana…
—Al punto, Sophie.
Tragué saliva. Si, a mi madre no le gustaban los rodeos. Ella era bastante
directa y le gustaba que fueran así con ella.
—Y mañana, bueno, la idea sería que les tomara unas fotografías, como un
“detrás de cámara”. Solo serán unas horas y…
—¿Esa es tu nueva meta de vida? ¿Tomarles fotos a desconocidos? —Se
cruzó de brazos—. Ya te lo he dicho, Sophie. Deja de jugar con esa cámara y
empieza a concéntrate en tus estudios.
—He estudiado, lo prometo. Estos días me he quedado hasta la madrugada
—. Lyra se acercó su puso sus manos en mis hombros, quedando atrás de mí.
Negó con la cabeza lentamente.
—¿Esa son tus aspiraciones? Trabajar en una cafetería por ahí, estudiar
cuando tienes tiempo y jugar con esa cámara.
—Mamá…
—No, Sophie. Tienes que entenderlo —Me interrumpió—. Mira a Lyra:
terminó con buenas notas la escuela, está en la universidad estudiando
Diseño, y aun así se da tiempo de venir a visitarte.
—Yo no soy perfecta… —Murmuró Lyra, pero mi madre la ignoró.
—Haz lo que quieras, Sophie, pero luego no te quejes ni reclames, porque se
te dio la oportunidad.
Cerró la puerta sin decir nada más, pero el sonido quedó rebotando en mi
pecho. Me quedé quieta, con la mirada en algún lado de mi habitación.
No sabía que era lo que más dolía. Si me lo repitiera constante o que me
comparara con otras personas. Como si cualquier paso que diera no fuera
suficiente, como si todo lo que hiciera estaba mal.
Lyra me miraba suave. No era culpa de ella que mi madre nos comparara.
Pero de todos modos dolía. Dolía como mi madre la elogiaba, mientras a mí
apenas me daba espacio para equivocarme.
Tragué saliva, sintiendo esa molestia estancada en mi garganta que siempre
dejaba después de una de estas conversaciones con ella. Mordí mi labio
inferior tratando de contener las lágrimas que amenazaba con salir.
—Perdona —Le dije a Lyra—. Se supone que venías para pasarla un buen
rato, no para escuchar esto...
Negó con la cabeza y se sentó en la cama estirando una mano sobre la mía y
el gesto me provocó que una lágrima se deslizara por mi mejilla.
—No me pidas perdón, Sophie —Dijo suave.
Aparté la mirada sintiendo como otra y otra lágrima salía.
—Sophie —Murmuró—. Tú no estás perdida. Solo te estás buscando de otra
forma.
(…)
Lyra se había quedado a dormir, pero se marchó un poco antes de las ocho
de la mañana. Mientras ella aún dormía, me duché con la esperanza de
relajarme. No funcionó. La culpa seguía allí, flotando en mi estómago.
La puerta de la habitación de mi madre seguía cerrada. Dudé un segundo
frente de ella, pensar si entrar y despedirme o solo entrar y hablar. Pero no lo
hice. No podía. Crucé el pasillo sintiéndome pequeña. Junto a la entrada, me
detuve frente al espejo. Tenía los ojos hinchados, enrojecidos.
Suspiré. No tenía buen aspecto. Me coloqué brillo labial, como si eso
arreglase todo.
Mi celular vibró pasadas las ocho y media.
Daniel
Estoy afuera.
Cuando subí al auto, me miró de reojo con ese gesto que ya empezaba a
conocer: el que usaba cuando quería decir algo con ese tono burlón,
terminando una sonrisa ladeada.
—¿Lista para pasar un día rodeada de gente intensa y egos artísticos? —
Preguntó en un tono irónico.
—Mas o menos —Me limité a responder.
Me dio una última mirada antes de volver a su celular, tecleó un poco y el
auto se llenó de música. Bajó un poco el volumen de está y se limitó a
comenzar a manejar.
El olor a cigarro me hizo fruncir el ceño.
—¿Fumas? —pregunté bajando un poco la ventana.
—No —Lo miré incrédula—. Bueno, a veces. Este auto es de Lukas, él es el
culpable.
Asentí.
—¿Y los demás dónde están?
—Lukas va en su otro auto con Ivy y los actores que nos ayudarán. Ivy dice
que, si los deja solos, se fugan antes de grabar la primera escena.
—¿Lukas tiene dos autos? —Pregunté sin ocultar mi sorpresa.
Daniel asintió.
—Sus padres son dueños de una automotora. Así que técnicamente Lukas
nació en un asiento de copiloto.
Solté una risa volviendo mi vista a la ventana.
—¿Y tú? ¿Siempre haces de chofer para desconocidas?
—Solo cuando son una amenaza de reprobar el semestre.
—Tranquilo, aprobarás. Solo… no estoy segura de que te ganes las cinco
estrellas de excelente servicio.
Pude ver como una sonrisa se instaló en su rostro, pero la reprimió
mordiéndose el labio inferior.
Miré por la ventana, pero mis ojos se desviaron a Daniel. Otra vez. Estaba
relajado, conduciendo mientras sus dedos tamborileaban con suavidad sobre
el volante, el tatuaje de mariposa resaltaba y pude observarlo mejor y con
detalle. Mi mirada llegó a unos anillos plateado que llevaba sus dedos,
brillaban con el reflejo del sol que apenas se filtraba entre las nubes. Había
algo en su perfil que me obligaba a seguir mirándolo.
—Si vas a mirarme así, al menos avísame. Me acomodo mejor —Dijo burlón
dándome una mirada fugaz.
Rodeé los ojos volviendo a concentrarme en la ventana. Apoyé mi cabeza
contra el vidrio.
—No le des tantas vueltas, tal vez solo estoy aburrida.
Daniel soltó una risa baja.
—Podrías haber dicho que te parezco interesante, pero está bien. El concepto
“aburrida” suena menos categórico.
Negué con la cabeza, pero tuve que presionar los labios para no reír. Daniel
me dio una mirada fugaz, percatándose de ello.
—¿Esa fue tu sonrisa disimulada, Sophie? ¿Estoy logrando romper tu muro?
—Estas insoportable —Dije sin contener la sonrisa esta vez.
—Gracias, es natural.
La música llenó el espacio mientras avanzaba el camino. Una hora después
los primeros indicios de playa se empezaban asomar: cielo nublado, el sonido
sutil de las olas. Probablemente en un rato saldría el sol.
—¿Y con Ivy… todo va bien? —Pregunté con miedo de estar
entrometiéndome mucho—. Es decir, el otro día… el ambiente estaba un
poco tenso.
—Creo. Sí —Movió su cuello de un lado a otro y sonó—. Siempre fuimos
dos. Ivy antes trabajaba con otras personas. Supongo que es por eso que se
nos dificulta estar en sintonía.
Asentí con la cabeza y siguió hablando.
—Ivy es buena en lo que hace, solo que tiene una forma algo intensa de ver
las cosas, a comparación de Lukas y yo. Creo que todos vemos las cosas con
una intensidad distinta.
—¿Y tú? ¿Cuál es tu nivel de intensidad?
Me dio una mirada cargada de burla y rodeé los ojos.
—Me refiero a lo del trabajo —Aclaré.
—Lo sé —Dijo ocultando una sonrisa—. Creo que no es tanto como el de
ambos. Soy más de guardarme lo que pienso.
—Hasta que ya no puedes y todo estalla —Completé y asintió.
—Justo así.
—Es agotador…
—Mucho —Murmuró con la vista fija el frente.
Bajé la mirada a mis manos que estaban sobre mis piernas.
—Lukas tiene su propio ritmo, supongo que eso es lo que hace que choquen
con Ivy —Añadió Daniel—. Vive a su ritmo, dice lo que piensa sin filtro, pero
al mismo tiempo trata de aligerarlo todo. Y de alguna u otra manera,
improvisando se las arregla para que todas las cosas le funcionen.
—Supongo que equilibra al grupo. Ivy tiene todo controlado, Lukas
improvisa… y tú estás en medio.
—¿Eso es una forma sutil de decir que soy inestable?
Me dio una mirada burlona.
—No, no. No quise decir eso —Hablé rápido—. Solo que no sé en qué casilla
ponerte aún.
Daniel soltó una risa burlona.
—¿Estás intentando descifrarme?
—No lo admito ni lo niego.
—Misteriosa y directa. Interesante combinación, Sophie.
Apreté la manga de mi chaqueta sin despegar la mirada de la ventana.
Suponía que debía estar con esa estúpida sonrisa.
—¿Eso dices siempre que no sabes cómo responder? —Pregunté.
—Solo cuando quiero ganar tiempo.
Le lancé una mirada que conectó con la suya fugaz. Me dio una sensación en
el estómago y fruncí el ceño volviendo a jugar con la manga de mi chaqueta.
—¿Y tú? —Preguntó al rato—. ¿Siempre así de interesante o solo con los
desconocidos que te llevan a la playa?
—Solo con los que se creen graciosos.
Daniel dejó escapar una risa breve, girando levemente el rostro hacia la
ventana, pero con esa media sonrisa aún en los labios. El silencio que siguió
no se sintió incómodo. Afuera, ya podía verse el azul del mar entre los
edificios.
Cuando se estacionó frente a la playa, ninguno su movió. Simplemente nos
quedamos allí unos segundos en silencio mirando y escuchando al mar.
—¿Estás lista para impresionar con tu cámara mágica? —Preguntó con un
tono burlón volviendo a verme.
Alcé las cejas unos segundos.
—¿Y tú? ¿Listo para fingir que sabes dirigir?
Touché
—Yo no finjo, Sophie. Es talento natural.
—No sabía que el ego era parte de dirigir.
—Viene incluido. Y cuidado, que es contagioso —Me miró unos segundos en
silencio con esa expresión burlona—. Aunque a ti ya te veo con síntomas.
Rodeé los ojos, pero no pude evitar que se me escapara una sonrisa mientras
bajaba del auto. Daniel lo notó. Claro que lo notó.
—Esa sonrisa confirmada. Lo sabía —Me dijo mientras sacaba su mochila.
—Eres insoportable.
—Y aun así, aquí estas —Dijo con una media sonrisa antes de empezar a
caminar hacia la playa.
Caminé un poco más atrás de Daniel hacia Ivy, Lukas y unos chicos. Cuando
estuvimos a unos pasos de ellos, se podía respirar tensión. Lukas estaba con
las manos en los bolsillos un poco apartado del grupo mirando el mar, los
otros chicos hablaban entre ellos e Ivy estaba con los brazos cruzados y una
expresión que no presagiaba nada bueno.
Ivy nos miró negando con la cabeza lentamente, cuando llegamos al “grupo”
habló.
—¿Por qué tardaron tanto? —Preguntó tajante.
Daniel sin inmutarse y con calma, sacó su celular, lo prendió y lo volvió a
guardar en su bolsillo.
—Solo nos hemos pasado tres minutos —Respondió.
Su tono de voz no era para nada afectado, pero pude notar como Ivy no
estaba para nada feliz con la respuesta. Sus ojos se clavaron en él como una
mirada que lo decía todo, luego pasaron a mí. Lukas caminó hacia nosotros.
—¿Algo más? —Le preguntó Daniel a Ivy.
La chica negó dejando de mirarme.
—Hola, Sophie —Me saludó Lukas—. ¿Pasa algo? ¿O ya vamos a empezar?
Preguntó con un tono de voz que no pude descifrar. Ivy se dio media vuelta
dejándonos solos a los tres.
—Me apresuró todo el camino hacia acá. No me sorprende si hice alguna
infracción de tránsito.
Solté una risa.
—Por mi parte te puedo contar que manejé bastante tranquilo —Dijo burlón
Daniel—. ¿O no, Sophie?
—Tranquilo, es una palabra que yo usaría —Respondí siguiendo su tono—.
Aunque tengo que admitir que no temí por mi vida, lo cual es un logro
viniendo de ti.
Daniel colocó una media sonrisa mientras Lukas y yo soltamos una risa.
—¿Vinieron a reírse o a trabajar? —Preguntó Ivy desde lejos con los brazos
cruzado—. Si es para eso, mejor no hubiéramos buscado un lugar que está a
dos horas.
Pasó una mirada por ambos deteniéndose en mí unos segundos, me hizo una
seña, que supuse que era por lo de cámara, y asentí con una sensación de
incomodidad.
Quizás las fotografías que tomara no serían suficiente para Ivy. Jugué con la
manga de mi chaqueta nerviosa.
Daniel me dio una última mirada antes de alejarse junto a Lukas.
12
Daniel
La playa no tenía nada de relajante. Nada.
El viendo golpeaba con fuerza, se nos metía por las mangas y desordenaba
todo lo que intentábamos ordenar. Ivy, iba y venía, hablando a los actores,
dándoles indicaciones que cambiaban cada cinco minutos y que estaban
fuera de lo que habíamos acordado. Era imposible avanzar. Cada vez que
Lukas y yo intentábamos aportar algo distinto, Ivy lo descartaba antes de
siquiera escuchar la idea por completo.
Con el chico intercambiamos miradas. Ninguno decía nada, pero lo
pensábamos. Esto estaba siendo un desastre.
Lukas ya estaba harto. Se encogía de hombros, suspiraba. Y, a decir verdad,
yo también, aunque mi mirada estaba en alguien más.
Sophie se había mantenido en su suyo desde que llegamos. Iba de un lado a
otro con la cámara colgada en el cuello, enfocando detalles, buscando el
mejor ángulo. No hablaba mucho y solo se acercaba cuando Ivy pedía alguna
toma especifica.
Pero había algo en la manera en que fruncia levemente el ceño cuando
miraba por el lente, en cómo se mordía el labio inferior después de cada
disparo de la cámara, evaluando si la foto servía o no. Se veía tan
concentrada, en su mundo y no lo hacía por agradar, sino porque le
importaba hacerlo. Y se notaba.
La observé durante unos segundos más de lo necesario. Se agachó para
capturar una toma baja, la brisa marina le desordenó un poco el cabello
castaño y el sol, que se colaba entre las nubes, le dio directo en la cara.
Fruncí el ceño. ¿Cómo se veía tan bien?
Desvié la mirada. Que ridículo.
—Sophie, ponte más hacia la izquierda —Ordenó Ivy sin mirarla, señalando.
La castaña giró un poco el cuerpo, pero no se movió.
—Si la tomo desde ahí, la luz les da de frente. Se perdería el detalle —Dijo
segura, pero tranquila.
Ivy soltó un suspiro que sonó más fuerte de lo pensado.
—Solo haz lo que te digo. Se de lo que hablo.
Sophie bajó un poco la cámara y se mordió el labio inferior, nerviosa.
—Es que no saldrá bien. No se va a notar con claridad lo que se quiere
mostrar —. Dijo al cabo de unos segundos.
Ivy se volteó hace ella, apretó la mandíbula y dio unos pasos hacia la castaña.
Sophie entreabrió los labios levemente sin decir nada.
—Mira, tú aquí solo vienes a…
—Sophie es la fotógrafa, tiene sentido que ella tome las decisiones ¿no? —
Dije calmado llegando a ellas. Sophie me miró—. Ella no se mete en nuestro
trabajo, sería justo que nosotros no lo hiciéramos con el de ella.
Ivy me dio una mirada fulminante.
—Solo estoy intentando que esto salga como debe. Pero si prefieren hacerlo
todo a su manera, adelante —Soltó con fastidio.
Antes de que el silencio se volviera más incómodo. Lukas se metió.
—No se trata de competir. Todos queremos que esto funcione —Soltó un
suspiro, fastidiado—. Sophie tiene ojo para esto y nosotros para lo del trabajo.
Solo avancemos y terminemos esto.
Ivy abrió la boca para replicar, pero Lukas solo se alejó volviendo donde los
actores que nos miraban confusos. La chica también se fue dejándonos solos
con Sophie.
—Lo siento si fui grosera —Murmuró sin mirarme directamente—. No quería
armar un problema, solo que de verdad que no se iban a ver bien las fotos
desde ese ángulo por el tema de la luz.
La miré. Su mirada estaba en el mar, pero estaba tensa. Dedos apretaban la
cámara con fuerza y soltó un pequeño suspiró volviendo a verme.
—No tienes que disculparte —Respondí guardando mis manos en los
bolsillos—. Dijiste lo que pensabas. No veo cuál es el problema con eso.
—Sí, pero siento que arruiné el ambiente. Se que cuando llegamos estaba
tenso, pero luego se calmó y ahora… solo lo arruiné.
Negué con la cabeza.
—Créeme, si el ambiente está siendo una mierda, no empezó por ti.
Sophie me miró como si mis palabras la hubieran tomado por sorpresa,
desvié la mirada hacia las olas del mar que reventaban en la orilla.
—Así que no te disculpes, no es tu culpa.
Más tarde, el atardecer estaba a punto de hacer presencia, todavía no
habíamos terminado. Las fotos seguían a medias, Ivy seguía de mal humor y
la tensión se podía cortar con una tijera oxidada. Nadie decía nada, pero
todos lo sentíamos.
Volvimos a intentar sugerir ideas, pero Ivy volvía a desecharlas. Sophie
mantenía su distancia, enfocada en su cámara, como si esa fuera su única
forma de respirar ahí dentro. Lukas volvía a lanzarme miradas.
—Vamos a tener que volver mañana —Soltó Ivy cuando decidimos parar. La
luz no nos acompañaba y necesitábamos tomar con la misma iluminación—.
No alcanzamos a terminar gracias a que perdimos el tiempo discutiendo.
Lukas se cruzó de brazos, claramente molesto. Me mantuve guardando mis
manos en los bolsillos y chocando mi mirada con Sophie que nos miraba con
una expresión difícil de leer.
—Tampoco es como si nos hubieras dejado avanzar muy libremente —.
comentó Lukas irónico.
—¿Perdona? —Ivy lo miró herida y molesta.
Solté un suspiro ganándome la mirada de ambos.
—Ivy, solo es que no se avanza si uno no está dispuesto a escuchar —Añadí
sin elevar la voz.
Nos miró a ambos, suavizó su expresión a una dolida y sin decir una palabra
más, se dio media vuelta y caminó directamente hacia el auto de Lukas. Este
abrió el auto desde su celular.
—La nueva tecnología ya llegó a Harper´s Company —Dijo.
Ivy abrió la puerta de un tirón y se metió en el asiento de atrás. Me quedé
mirando el mar por unos segundos. Hablamos con los actores, Sophie y
quedamos en que mañana sería el último día de filmación. Nos disculpamos
por los malos ratos y Lukas se marchó con todos ellos.
Sophie estaba parada a un lado mío con la vista en el atardecer.
—¿Nos vamos? —Preguntó un momento después.
—No.
Frunció el ceño, confundida, cuando tiré de su brazo suavemente.
—¿A dónde vamos? —Me preguntó mientras caminábamos.
—A las rocas.
Bajó la mirada a mi brazo que tomaba el de ella con una naturalidad que me
asustó. No dije nada mientras la soltaba en un rápido movimiento.
El sol ya empezaba a teñir el cielo de naranjo, y el mar golpeaba con fuerza
leve contra la orilla. El silencio se instaló por unos segundos.
—¿Siempre haces esto? —Preguntó sin mirarme.
—¿Qué cosa? —Pregunté confundido.
—Llevar chicas a pasear por las rocas al atardecer… Muy original —Dijo,
arqueando una ceja.
Solté una risa.
—Claro. Es parte de la experiencia. Después te doy una piedra de recuerdo y
todo.
—Qué romántico —Ironizó, reprimiendo una sonrisa.
—Super —Ironicé de vuelta—. Te estás llevando la experiencia completa.
Dije burlón antes de ganarme una risa de su parte.
Cuando llegamos subí yo primero, le extendí la mano para que subiera
conmigo. Me miró unos segundos antes de aceptar.
—Si me caigo tú serás responsable.
—No te caerás.
Tiré un poco de su mano hacia a mí y quedó más cerca de lo que esperé. Me
miró directamente a los ojos y yo a ella, y no pude evitar bajar la mirada
hacia sus labios. El mismo puto labial. Trató de dar un paso hacia atrás, pero
se resbaló y tomó un poco más fuerte mi mano. Sonreí volviendo mi vista al
frente.
—Puedo prometer que no te caerás siempre y cuando tu cooperes —Dije
burlón.
Quiso sonreír, pero frunció el ceño su lugar.
De todas maneras, vi esa sonrisa queriendo asomarse.
—Ya, esa sonrisa otra vez. Me lo apunto —Me burlé.
—Cállate —Dijo desconfiada aferrándose aún más a mi mano, mientras nos
movíamos entre las rocas.
Una vez que sentó, solté su mano para sentarme a su lado. El espacio era
reducido, así que terminamos más cerca de lo esperado. Mis piernas rosaron
las suyas, apenas, pero suficiente para que lo notara. Nuestros brazos también
se rozaban de vez en cuando, con esos roces silenciosos que te obligan a
quedarte quieto, como si moverte demasiado hiciera todo más evidente.
No dijimos nada por unos segundos. Solo nos quedamos allí, en silencio, con
el olor a sal y las gaviotas chillando a lo lejos.
—¿Te gusta el silencio? —Preguntó de repente, con la mirada en algún punto
del horizonte.
—A veces sí —Respondí tirándome un poco hacia atrás, apoyándome en mis
codos. Su cabello se movía por la leve brisa marina—. Aunque a veces tanto
silencio hace más ruido del que debería.
Sophie volvió su rostro hacia mí y esbozó una pequeña sonrisa. Sin burla. Sin
juegos. Solo una pequeña sonrisa.
—Me pasa lo mismo —Murmuró—. A veces tanto silencio, me obliga a
pensar demasiado.
—¿Eso es bueno o malo?
Se quedó en silencio unos segundos observándome. Su mirada me hizo sentir
nervioso, como si quisiera ver más allá.
—Depende. Pero a veces da miedo todo lo que aparece cuando nadie habla.
Asentí, sin decir nada. Nos quedamos en silencio por un momento. No era
incómodo, pero tampoco fácil de ignorar. A veces, el silencio te dice más que
mil palabras, y parecía que ambos estábamos dejando que fuera el
protagonista. Sophie seguía mirando el horizonte, y yo estaba perdido en mis
pensamientos, casi sin darme cuenta de lo que estaba a punto de decir.
No respondí de inmediato, no porque no tuviera una respuesta, sino porque a
veces las palabras no son suficientes para lo que realmente estás sintiendo.
Miré al mar por un rato, permitiéndome escuchar solo el sonido de las olas
rompiendo contra las rocas.
De un momento a otro, Sophie volvió a mirarme. Fue breve, pero había algo
en ella que decía que estábamos entendiendo algo sin decir nada. Se giró,
rompiendo el momento, y con un movimiento fluido, tomó la cámara que
colgaba de su cuello. Sin decir una palabra, enfocó hacia el atardecer,
capturando la luz dorada mientras el sol comenzaba a desaparecer.
—Si quieres fotografiarme, solo tienes que decirlo —Solté burlón con una
sonrisa ladeada—. No cobro mucho.
Sophie bajó la cámara y me miró con una ceja alzada.
—Sí, claro. Podría tomarte una foto —Ironizó—. Pero no te emociones, no es
por ti. Simplemente me gusta fotografiar a la gente.
Negué con la cabeza lentamente sin borrar mi sonrisa.
—Duele más de lo que esperaba —Me burlé ganándome una risa de Sophie.
Sus ojos seguían brillando con esa chispa que aparecía cada vez que
respondía con ese sarcasmo sutil. Volví mi vista al atardecer, donde los
colores estaban en su punto máximo de intensidad, cuando pensé que la
conversación había terminado, escuché un leve clic.
—¿Me sacaste una foto? —Le pregunté y Sophie ocultaba una risa
mordiéndose el labio inferior.
—Estabas distraído. Era el momento perfecto —Se encogió de hombros.
—Inesperado. Luego te mandó el recibo de cuánto cobro por foto.
Soltó una risa.
—¿No me harás un descuento? Te mantuve entretenido bastante tiempo del
camino, hablando.
Levanté las cejas unos segundos.
—Podría pensarlo.
Negó con la cabeza, divertida. Apunté la cámara que colgaba de su cuello,
dudó unos segundos, pero finalmente me la entregó.
—Déjame intentar —Dije mirando por la cámara—. Dudo que sea tan bueno
como tú.
Apunté hacia ella y antes de que pudiera disparar, levantó una mano
frenándome.
—No, no…Mis ojos están hinchados y rojos, no estoy digna de una foto —
Respondió apartando la mirada hacia el horizonte.
La escuché, pero no dejé de observarla. Había algo en su tono que me decía
que había algo más, pero no indague en eso. No tenía por qué meterme en la
vida de las personas.
Le di un vistazo rápido, capturando el momento de su rostro de perfil.
No estaba mal.
Para nada mal.
Su cabello caía por su espalda delicadamente, su rostro estaba con una
expresión relajada y su labial brillada en la cámara.
—No lo sé. Yo diría que esta foto no tiene nada de indigno —Mi tono fue
burlón—. Te ves bien, Sophie.
Volvió a mirarme y por un segundo nuestras miradas se conectaron. Le
recorrí el rostro con la mirada y terminé en su labial. Aparté la mirada al
atardecer.
—Vaya, también puedes ser agradable de vez en cuando, ¿no? —Soltó una
risa antes de dejar de verme.
Sonreí antes de que el silencio volviera a envolvernos mientras el atardecer
seguía desvaneciéndose frente a nosotros.
13
Sophie
—Mamá, estoy estudiando. Ayer hice veinticinco ejercicios y no me
equivoqué en ninguno… —Empecé, tratando de sonar segura.
—Está bien, Sophie. Solo digo que vayas pensando en otras opciones —
Respondió mientras me pasaba los platos recién lavados. Tomé el paño y
empecé a secarlos, aunque sentía que lo que realmente tenía que limpiar era
el peso en mi pecho—. Mira, por ejemplo, mi amiga Sally del trabajo. Su hijo
mayor, Harry, está estudiando derecho. Si quieres, puedo hablar con ella para
que lo conozcas. Quizás él te oriente un poco.
Mordí el interior de mi mejilla mientras guardaba un plato seco en el estante.
—No sé si Derecho me llama tanto la atención —Admití en un tono bajo, sin
atreverme a mirarla directamente.
—¿Entonces qué vas a hacer? ¿Seguirás toda tu vida sirviendo cafés? —Negó
con la cabeza, decepcionada, y se apoyó en una barra de la cocina—. Yo
habría dado cualquier cosa por estudiar Derecho. Y tú, que sí puedes hacerlo,
no lo haces.
Tragué saliva, pero sentía que ni el aire quería entrar.
Sabía que no lo decía con maldad, pero… dolía igual.
—Es una gran oportunidad tu vida, Sophie. Te asegura una vida plena —Me
dijo en un tono más relajado.
—Antes de que termine el año, lo voy a tener claro. Lo prometo —Dije, casi
como una súplica.
Una parte de mí quería convencerla.
La otra, convencerme a mí misma.
Soltó un suspiro cansado, como si no le bastara con mi promesa. Caminó
hacia la salida de la cocina, pero se detuvo en la puerta y volvió a mirarme.
—Piensa lo de Harry, ¿sí?
Solo asentí. Era más fácil que discutir.
Tal vez si repetía lo suficiente que estaba abierta a otras opciones, lograría
convencerla. Tal vez hasta me convencía a mí.
Pero la verdad es que, cuando cerraba los ojos e imaginaba mi futuro, no veía
una sala de clases con códigos legales ni un escritorio lleno de papeles.
Y aunque esa imagen venía sin forma concreta… era la única que se sentía
como hogar.
Miré el reloj de la cocina. En una hora debía estar en el piso de Daniel y
Lukas para revisar las fotos.
Suspiré y caminé hacia mi habitación.
Más tarde, mientras decidía qué ponerme, mi celular vibró.
Un número desconocido.
Era Harry.
14
Daniel
—Sienna, basta.
Rodeé la barra de la cocina, evitando que acortara aún más la distancia entre
nosotros.
—Solo quiero hablar —Dijo apoyándose en la barra, del otro lado.
—¿Hablar? ¿Para qué? ¿Para volver a esparcirlo como si fuera una entrevista?
Ella no sé movió.
—No, Daniel. Claro que no. Solo… no sabía dónde estabas ni que fue de ti
hace unos días —Se quedó en silencio un momento—. Me preocupas,
Daniel…
Me serví un vaso de agua sin responder. No era la primera vez que teníamos
esta conversación, y, honestamente, ya me estaba cansando.
—Te preocupo… —Repetí cínicamente—. ¿Cuándo te he preocupado,
Sienna?
—Daniel... —Murmuró casi como suplica—. Lo siento, ¿sí? Asumo que me
equivoque, pero me gustaría remediarlo…
—¿Con la verdad?
Tragó saliva cruzándose de brazos.
—Entre nosotros… —Desvió la mirada—. Después de todo podemos ser
amigos, ¿no?
—No.
Sienna ladeo la cabeza hacia un lado.
—Es mejor que estemos lejos. Sobre todo, para ti, ¿no? —Dije.
—Daniel, yo no…
—Basta, Sienna.
Ella exhaló derrotada.
—Solo… quiero saber cómo has estado, con respecto a eso. Solo dime eso,
por favor.
—De pie. Con eso basta.
Sienna cerró los ojos un momento como buscando paciencia.
—Una última cosa —Añadió—. Esa noche en la casa de Mike, yo te estaba
buscando. Lukas dijo que estabas en el baño, pero fui y me habló una chica…
aunque aún me queda la duda.
La miré por primera vez en varios segundos.
—¿Qué estás insinuando?
Se encogió de hombros con un semblante preocupado.
—Nada… solo que no lo sé, quería saber si…
Justo en ese momento tocaron la puerta. Y no sé si fue alivio o no, pero solté
el aire retenido. Dejé en el vaso sobre la barra y caminé hacia la entrada.
Abrí encontrándome con Sophie. Tenía el cabello recogido en una trenza,
dejando escapar unos mechones de adelante, unos aros dorados colgaban
suave, y la chaqueta negra de mezclilla, varias tallas más grandes. Su mochila
colgaba de un hombro.
—Hola. —Saludó.
—Hola. Pasa.
Me moví hacia un lado. Ella dio un paso, pero se detuvo al ver a Sienna
parada cerca del sofá, cruzada de brazos mirándonos.
—Hola. Soy Sienna —Se presentó acercándose—. ¿Tú eres…?
—Sophie, un gusto —Dijo tomando su mano con una pequeña sonrisa.
Sienna le dedicó una sonrisa incómoda y luego tomó su bolso del sofá.
—Ya me voy.
Pasó por mi lado, y justo antes de salir, me lanzó una última mirada.
—Adiós, Daniel.
La puerta se cerró con un golpe seco. Sophie dio un pequeño respingo.
Esta vez no me contuve y rodeé los ojos mientras caminaba hacia la barra,
tomando mi vaso. Sophie se acercó con paso lento, como si aún estuviera
procesando la escena.
—¿Llegué en un mal momento? —Preguntó.
Negué despacio aún apoyado en la barra.
—No. De hecho, mejor momento no había.
Sophie me miró por unos segundos, como si intentara descifrar si hablaba en
serio o no.
—¿Siempre apareces así? —Pregunté con una media sonrisa.
—¿Así cómo? —Frunció levemente el ceño.
—Interrumpiendo momentos tensos, incomodos. Como si fuera tu
especialidad.
—Quizás es que siempre te pillo en medio de algo.
—¿Y si lo haces a propósito?
No sé movió, pero su mirada se mantuvo con la mía.
—No sé. Empiezo a pensar que te gusta hacerme perder el hilo.
—¿Perder el hilo de qué?
Rodeé la barra quedando un poco más cerca de Sophie, pero con una
separación suficiente. Se cruzó de brazos, girándose hacia mí, y levantó las
cejas unos segundos. Como entrando en ese juego silencioso entre los dos.
—De lo que sea. Del control, por ejemplo —Respondí.
Ella parpadeó una vez, como si no se esperara esa respuesta. Pero no se
movió, ni apartó la mirada.
—Tú pareces el tipo de persona que odia perder el control.
—Lo odio —Asentí—. Pero hay excepciones.
—¿Y yo soy una de esas excepciones? —Preguntó con una sonrisa ladeada,
desafiante.
La miré por un segundo más de lo que debía.
—Todavía estoy averiguándolo.
Se hizo un silencio espeso, cargado. Sus ojos bajaron un segundo a mi boca y
luego subieron otra vez. Hice exactamente lo mismo, bajé mi mirada a sus
labios, levemente entreabiertos, y mantuve la mirada allí descaradamente.
Cuando volví a sus ojos, sentí que el aire se calentaba y vi como sus mejillas
se ruborizaron un poco.
Tragué, para frenar la necesidad de decir algo más o quizás para quitar la
sensación que estaba sintiendo. Sophie bajó la mirada hacia mi garganta,
seguía con los labios entreabiertos levemente provocando que ese brillo labial
se viera aún mejor, cuando volvió a subir a mirarme, el ambiente se tensó aún
más.
Y justo entonces, escuchamos el giro de una llave en la puerta.
—¡Oye, Daniel…! —Entró Lukas, con las llaves colgando de la mano y una
sonrisa despreocupada. Di un paso hacia atrás y Sophie se giró—. Sophie…
Hola. Me atrasé, lo siento.
Ninguno dijo nada mientras el chico dejaba su mochila en el piso, cerca del
sofá.
—¿Interrumpo algo? —Preguntó Lukas.
Sophie negó.
—Falta Ivy —Dije cambiando de tema y volviendo del otro lado de la barra.
Mi voz sonó más seca de lo que esperaba.
La castaña me estaba dando la espalda, pero podía jurar que sus mejillas
seguían igual de sonrojadas.
—Podríamos ir empezando —Sugirió Lukas—. Así adelantamos algo.
—¿Y si mejor la esperamos? Ivy no debe tardar —Propuso Sophie, llevó la
trenza a un lado de su cuello y la acarició—. Es decir, eso creo. Se ve una
persona responsable, ya saben.
Lleve el vaso, con poca agua, a mis labios ocultando una sonrisa. Lukas se
dio cuenta.
—Claro, esperémosla —Se acercó a la nevera dándome una mirada
burlona—. ¿Quieres algo de tomar, Sophie?
La castaña negó volviendo a vernos, me dio una mirada corta antes de
concentrase en Lukas y cómo abría una botella de cerveza.
—¿Quieres una? —Me preguntó, levantándola en mi dirección.
—Paso.
—¿Seguro? Quizás así se te suelta la lengua y hablas —Lukas alzó una ceja
con una expresión burlona.
—¿Te comiste un payaso o qué? —Pregunté.
Sophie soltó una risa.
—Sophie, si tiene un buen sentido de humor —La apuntó con la cerveza.
En medio de eso, llamaron a la puerta.
—Yo voy —Dijo Lukas, caminando hacia allá.
La castaña me sostuvo la mirada unos segundos, hasta que se giró
encontrándose con Ivy. Llevaba el cabello recogido de forma algo apresurada
y un bolso grande colgado del hombro. Sus mejillas estaban algo sonrojadas,
como si hubiese venido caminado rápido.
—Perdón, perdón por llegar tarde —Empezó a decir, casi sin respirar—. Me
olvidé de la carpeta, luego el autobús estaba llenísimo y tuve que bajarme
unas paradas más adelante y… lo siento.
—No te preocupes. Ya estás aquí —Dije caminando hacia el sofá.
Lukas asintió acomodándose en el sillón.
—Tranquila, llegaste y está todo bien —Añadió Sophie con una pequeña
sonrisa.
Ivy asintió con la cabeza, aunque su expresión seguía algo tensa, como si no
estuviera del todo convencida de que las cosas estuvieran bien. Acomodó su
bolso en el suelo y miró brevemente a cada uno de nosotros.
—Me gustaría decirles algo —Comenzó, bajando un poco la voz
Nuestra atención fue hacia ella. Apretó sus labios en una línea recta mientras
fruncia el ceño. Luego suspiró y habló.
—Quiero disculparme por cómo estuve el otro día, en la playa.
Los tres nos quedamos en silencio atentos a Ivy.
—Iba muy estresada. Con todo lo del rodaje… a veces me sobrepaso —Se
pasó una mano por la frente—. Yo trabajo así, me meto mucho, pero no
tienen la culpa. Y lo sé.
Soltó un suspiro antes de seguir.
—Trato de controlarlo, de verdad. Pero soy muy perfeccionista. No es excusa,
lo sé. Solo… quería discúlpame. Con todos.
Hubo un silencio, donde Sophie fue la primera en romperlo.
—Tranquila, Ivy. Entiendo que todo quieras que salga bien, creo que todos en
algún momento nos estresamos así.
Lukas asintió.
—Estamos bien. No tienes que cargar con eso sola —Dijo Lukas antes de
darle un sorbo a su botella.
—No te preocupes, ya pasó —Hablé—. A todos nos pasa.
Ivy asintió lentamente y una pequeña sonrisa se formó en su rostro, aunque la
preocupación o algo más era evidente.
—Bueno… —Empezó Ivy—. ¿Veamos esas fotos?
Escena 3
Idas y venidas
La chica caminaba por la habitación con la camiseta de él puesta, buscando
su ropa en silencio. Al encontrarla, comenzó a vestirse sin apuro, mientras el
chico la observaba desde la cama, recostado sobre sus codos.
—¿Por qué siempre te vas así? —Preguntó él.
—No empieces —Respondió sin mirarlo, colocándose su camiseta.
—Solo quiero saber más de ti. Hablar. Entender.
Ella se detuvo por un segundo, como si esas palabras la incomodaran.
—Esto… esto no es eso. No estamos aquí para conocernos —Dijo, buscando
sus botines por la habitación.
—¿Por qué no? Siempre terminamos volviendo.
—Porque no debería pasar. Eres un año menor, y… esto no tiene sentido —
Respondió firme, aunque por dentro no era tan así.
—Pero igual te gusta —Insistió él, sentándose al borde de la cama.
—Basta —Zanjó ella en un tono seco.
Tomó su bolso y abrió la puerta para irse. Él no la detuvo esta vez.
—Entonces, ¿ahora me dices que no volverá a pasar? —Preguntó el chico
entre un tono irónico y cansado.
Ella no se giró hacia él.
—No. Esto se terminó.
Y se fue, dejándolo otra vez.
Él empezó a cansarse de ese juego a medias.
Ella creía tenerlo todo bajo control.
Él pensó que debía dejar de buscarla.
Ella no pensaba siquiera en volver.
Él se levantó tarde.
Ella se alejó sin mirar atrás.
15
Sophie
Días después
Terminé de atender al último cliente de la fila y solté un suspiro mientras me
apoyaba un momento en el mesón. Hoy la cafetería había estado más llena
de lo habitual. Tal vez era por el frío, o tal vez porque el café de este lugar era
uno de los pocos que valía la pena en la zona.
Niko entregó el último pedido y se quedó a unos pasos de mí, limpiándose las
manos con un paño.
—Al final se llevó el Cheesecake —Comentó mirando hacia la puerta por
donde acababa de salir el cliente—. Estuvo diez minutos mirando todo, como
si no supiera qué quería.
—Probablemente no sabía. A veces uno quiere algo dulce sin saber qué
exactamente —Respondí con una sonrisa.
El chico volvió a verme.
—Ya, pero eso existencial. Lo vi mirar la vitrina como si estuviera tomando
una decisión de vida o muerte —Bromeó.
Solté una risa y Niko me imitó.
—El Cheesecake nunca falla —Dije.
Hizo una mueca.
—Los Cupcakes, no fallan. —Me corrigió.
—¿No te gusta el Cheesecake? —Pregunté fingiendo que estaba ofendida
—No son mi primera opción. Los Cupcakes son mejor, lo tienen todo.
Mi celular vibró en mi bolsillo cuando estaba a punto de responder.
—Dame un minuto, perdona.
—Solo porque te quedaste sin argumentos, Sophie —Bromeó acompañado
de una sonrisa.
Negué con la cabeza, divertida.
Desbloquee mi celular encontrándome con un nuevo mensaje de Harry.
Últimamente habíamos hablado un poco más, aunque ambos nos
demorábamos bastante en responder, no perdíamos la conversación.
Aunque el chico solo respondía unas simples palabras, si es que no
monosílabos. Era un poco incómodo, a decir verdad. A veces pensaba que, si
tan poco tema de conversación teníamos por mensaje, sería peor en persona.
Un sentimiento de inseguridad me recorría cada vez que lo pensaba. Quizás
por eso lo había aplazado tanto.
Habíamos quedado en juntarnos mañana en la noche para conversar sobre la
carrera de Derecho. Para que me “orientara”. Mi madre se lo había pedido a
su amiga Sally, y Sally no tardó en mandarle mi contacto a su hijo. Así de
simple. Así de rápido.
Lo cierto es que, aunque trataba de convencerme de que tal vez era útil
hablar con alguien que estudiara la carrera, en el fondo había una parte de mí
que me gritaba que no era lo que quería. Que no era lo mío.
Y una ola de culpabilidad me llenaba. Pensaba en mi madre. En que siempre
me decía que Derecho era una carrera “respetable” donde viviría feliz y plena.
Dudaba si en realidad fuera así.
Harry
Mañana a las 8
Luego te mando el nombre
y dirección del restaurante.
Solté un suspiró antes de responder el mensaje.
Guardé mi celular y me quedé unos segundos en silencio con la mirada fija en
un punto del mesón.
—¿Todo bien? —Preguntó Niko sacándome de mis pensamientos.
Asentí.
—Sí… creo que sí —Sonreí levemente.
Me miró unos segundos más antes de devolverme la sonrisa. Hizo un gesto
con su cabeza, apuntando hacia una de las mesas.
—Mira quién está ahí.
Giré la cabeza con curiosidad, y entonces lo vi. Daniel estaba sentado al
fondo, medio recostado en la silla, un café en la mano. Pero lo que me dejó
inmóvil no fue eso, sino su mirada. Estaba fija en mí. Directa. Intensa. Como
si no le importara que me diera cuenta.
Tuve ganas de apartar la mirada, pero no lo hice. Daniel tampoco.
Mi estómago dio un vuelco. Como si lo que pasó en el piso, hace unos días,
volviera a colarse sin permiso. Esa conversación con tensión, las palabras
cargadas con ese tono en particular, su mirada, tanto a los ojos como más
abajo. A los labios, donde mantuvo la vista ahí más de lo necesario. Yo hice lo
mismo.
Ese momento exacto volvió a mí con más fuerza.
Tragué con dificultad y bajé la mirada volviendo a Niko.
—No ha dejado de mirar hacia acá y dudo que sea por mí —Dijo, con una
ceja alzada.
Negué lentamente con la cabeza.
—Estás viendo cosas —Murmuré sintiendo mis mejillas ruborizarse.
—No creo, veo bastante bien —Se burló—. De hecho, hay una chica mirando,
y esa mirada sí parece ser para mí
Volteé y vi a Ivy en la mesa, haciéndome una pequeña seña para que me
acercara. Su sonrisa era tímida, como si no supiera si estaba interrumpiendo
algo o no.
—Parece que no era para mí —Silbó no muy alto—. Eres más popular de lo
que pensaba, Sophie.
Desde ese día en el piso no los veía. Desde que revisamos las fotos, las cuales
me tenían preocupadas, pero todo salió bien y les gustaron mucho. A Ivy
sobre todo. Desde ese día no había visto a ninguno.
—Ve. Yo te cubro si vuelve Grace
—Gracias —Le sonreí suavemente antes de caminar hacia ellos.
Sentí mi pulso acelerarse apenas me acerqué a la mesa.
—Hola —Los saludé con una sonrisa.
Lukas me hizo una seña con la mano, en forma de saludo. Daniel me dedicó
una mirada antes de subir y bajar las cejas rápidamente.
—¡Sophie, hola! —Me saludó Ivy de vuelta.
—Ese collar te queda muy bonito —Comenté, señalando la cadenita dorada
con el pequeño corazón.
Ivy sonrió.
—Gracias por notarlo —Murmuró dándole una mirada a ambos chicos que
miraban distraídamente el café de cada uno.
—Mañana es su cumpleaños —Dijo Daniel, sin más. Dándole una mirada a
Ivy.
Levanté las cejas sorprendidas y la miré. Ella negó con la cabeza de
inmediato.
—No es necesario hacer nada, en serio —Dijo en voz baja.
—Yo creo que sí —Intervino Lukas mirando su celular—. Estábamos
pensando en salir a comer algo, quizás después ir al piso a algún bar.
—¿Te gustaría venir con nosotros? —Preguntó Ivy mirándome con timidez—
Sé que nos conocemos hace poco tiempo, pero eres lo más cercano que
tengo a una amiga últimamente.
Mi pecho se apretó un poco y no pude evitar plantear la posibilidad de
aplazar a Harry.
—Tengo… —Empecé, pero vacilé. La mirada de Daniel seguía fija, atenta y
por algún motivo eso me puso más nerviosa—. Tenía un compromiso
mañana en la noche.
—Que mal —Lukas fue el primero en reaccionar—. O sea, está bien. Tienes
planes. No te preocupes, Sophie.
—¿Importantes? —Preguntó Daniel, y aunque su tono era algo neutral, de
dejó de mirarme. Como si hubiera algo más en la pregunta y esperara que yo
lo entendiera.
—No tanto como tu cumpleaños, Ivy.
La chica me sonrió, pero negó con la cabeza quitándole importancia.
—No te preocupes, Sophie —Dijo—. De verdad, no es gran cosa.
—Lo es —Dije con suavidad, sentándome a su lado. Enganché mi brazo con
el suyo y sonrió.
Me quedé pensando unos segundos, mordiéndome el interior de la mejilla.
Quizás… podría mover lo de Harry un día más… esto era importante. Un
cumpleaños no ocurría todos los días.
—Puedo moverlo para el sábado —Le aseguré.
—No quiero que sientas que tienes que hacerlo por obligación —Murmuró
Ivy.
—No es obligación. Lo hago porque quiero estar contigo.
Ella me sonrió más tranquila. Lukas asintió levemente con la cabeza antes de
volver a su celular. Daniel solo bajó la mirada a su café por un instante antes
de volver a levantarla.
Y ahí estaban otra vez. Esos ojos fijos. Esa tensión en el aire que me hacía
olvidar por qué me ponía tan nerviosa en primer lugar.
Le di una mirada a Niko para comprobar que no estuviera hasta arriba de
clientes, pero estaba apoyado en la encimera mirando su celular
tranquilamente.
—Perdón si suena entrometido, pero… ¿es una cita? —Preguntó en voz baja,
como si no quisiera que los chicos escucharan.
Sentí la mirada de Daniel en cuanto Ivy terminó la pregunta. La tensión en el
ambiente se notó enseguida.
—No exactamente —Le murmuré de vuelta, bajando la mirada—. Íbamos a
salir a cenar y a hablar y… eso.
Ivy sonrió.
—¿Y es alguien de la universidad o…? —Preguntó con cuidado, como si no
quisiera sonar muy metida—. Perdona si te estoy incomodando, es que… no
lo sé me parecen lindas las citas y esas cosas.
Me miró tímida y se ruborizó un poco. Sonreí.
—No, no me incomodas. Tranquila —Desvié la mirada de Daniel—. Es hijo
de una amiga de mi madre. Pero no va en esta universidad.
Ivy asintió, como evaluando la información. Daniel no dijo nada. Solo se
quedó ahí, observando en silencio, como si intentara leer algo más entre
líneas.
—Bueno, yo me voy —Dijo de repente, Daniel. Su tono era claro, cortante,
sin rodeos.
—¿A dónde vas? —Preguntó Lukas.
—Tengo cosas que hacer —Dijo levantándose de la silla—. Nos vemos,
luego.
—Adiós —Murmuró Ivy mirándolo, confundida.
Antes de irse, me lanzó una última mirada. Fue rápida, pero intensa y sentí un
leve cosquilleo en la espalda.
Lukas frunció un poco el ceño.
—¿Y ya entregaron el trabajo? —Pregunté.
—Sí, ya lo entregamos al profesor —Respondió Lukas—. Gracias por las
fotos, quedaron increíbles.
—¡Sí! —Animó Ivy—. Gracias, Sophie y perdona.
Negué.
—No te preocupes y no vuelvas a pedir perdón por eso —le sonreí—. Todo
está bien.
Su mirada se ablando unos segundos y me dio una pequeña sonrisa. Me
levanté de mi asiento.
—Ya tengo que volver —Miré a Ivy—. Me avisas por lo de mañana, tu
cumpleaños.
Ella asintió sin quitar la sonrisa.
—Adiós —Me despedí de ambos. Ambos se despidieron con una seña.
Cuando volví Niko seguía en su celular, le di una palmada, no tan fuerte, a la
barra en donde apoyado y este dio un pequeño salto.
Solté una risa.
—Gracias por cubrirme, Niko —Agradecí.
Niko me miró con una sonrisa media burlona.
—¿Y cómo estuvo la reunión secreta en la mesa de los populares?
—Solo fue una conversación.
—Claro. Y yo soy un barista, no un experto en leer miradas intensas.
Rodeé los ojos divertida y volví a la caja mientras escuchaba su risa. Levanté
la mirada encontrándome con Lukas.
—Hola, de nuevo —Le sonreí—. ¿Qué quieres ordenar?
Negó con la cabeza pasando una mano detrás de la nuca, parecía un poco
incómodo.
—Nada. Solo quería preguntarte algo.
Asentí.
—Claro, dime.
Se quedó unos segundos en silencio antes de hablar.
—Es sobre tu amiga, Lyra —Asentí un poco confundida esperando que
siguiera—. ¿Estudia aquí? Es decir, ¿en esta universidad?
—Sí, ¿por qué?
Lukas levantó las manos, como si se estuviera justificando.
—No, no es nada malo. Solo quería saber si está en esta universidad… —Se
pasó una mano por el cabello castaño desordenándolo un poco—. ¿Podría
saber en qué facultad esta?
Me quedé en silencio por un momento, sin saber que responder. El tono de
Lukas no era raro, pero la pregunta… era curiosa.
—Perdona, pero ¿por qué te interesa saber eso? —Pregunté, alzando una
ceja.
Sabía que Lukas no era malo, pero… de todas maneras tenía que preguntar.
No quería que le hicieran daño a Lyra.
—No es nada raro, solo quería saber cómo ha estado y usarte como
intermediaria… no sé si sea buena idea o lo más cómodo ¿sabes? —Sonrió
tenso y me dieron ganas de reír—. Solo me preguntaba si era de aquí o sí me
la podría topar en algún momento.
Asentí con una pequeña sonrisa.
—Oh, si entiendo. Lyra está en la facultad de artes.
Lukas asintió como si se aliviara de la respuesta.
—Genial. Gracias, Sophie —Dio un paso hacia atrás—. Solo quería saber
cómo está.
Sonreí, notando que parecía algo avergonzado.
—No hay problema —Respondí con una sonrisa más cálida.
—Bueno, gracias de nuevo.
Y sin más, se alejó de nuevo hacia la mesa. Solté una risa dándome media
vuelta.
16
Sophie
—¿A qué hora volverás? —Preguntó mi madre con una sonrisa que no podía
esconder.
—A decir verdad… no lo sé, pero esperaría que no muy tarde.
Asintió con entusiasmo antes de desaparecer en su habitación y dejarme,
frente al espejo, en mi habitación. Le había escrito a ayer a Harry para
contarle que una amiga estaba de cumpleaños, que era importante y si
podíamos mover nuestro “encuentro”. Afortunadamente, él accedió con
rapidez, comentando que también le había surgido algo. Acordamos no
decirle nada a su madre ni a la mía.
Mi madre volvió al poco rato con algo en las manos.
—Póntelo, Sophie —Me extendió un collar con unas pequeñas estrellas
colgando delicadamente.
—Mamá, no creo que…
—Es una ocasión importante —Se puso atrás mío mientras lo ajustaba en mi
cuello—. A veces aparecen personas en nuestra vida que… no esperábamos.
Y si parece que valen la pena, no está mal conocerlas un poco más. Se trata
de no perder el rumbo, pero tampoco cerrar los ojos del todo.
Fruncí el ceño levemente mientras acomodaba mi vestido. Me coloqué la
chaqueta.
—Tú dices que Harry ¿vale la pena? —Asintió apoyándose en el marco de la
puerta—. Pero… no lo conoces.
—No falta mucho para darse cuenta. Es centrado e inteligente.
Le sonreí de vuelta, llevé la mirada al collar y toqué con cuidado las
pequeñas estrellas. Eran preciosas. Una pequeña punzada de culpabilidad me
atravesó, pero traté de quitarla al recordar el cumpleaños de Ivy. Lo feliz que
estaría.
Cuando un auto se detuvo frente a nuestra casa, mi madre prácticamente me
empujó hacia la puerta. Se despidió agitando la mano y solté una risa
mientras me giraba por última vez.
Si supiera a donde voy.
Con quien voy.
Abrí la puerta del copiloto y, al cerrarla, me encontré con Daniel al volante.
—Hola —Saludó, con ese tono suyo, despreocupado.
—Hola —Respondí, sintiendo su mirada recorrerme sin disimulo alguno.
Me escaneó de pies a cabeza, lento, como si tuviera todo el derecho del
mundo.
Mi madre seguía en la entrada y aunque, cerró un poco la puerta, todavía
podía verla. Por suerte, era de noche, porque si alcanzaba a ver que quien
estaba en el auto no era Harry, y cómo Daniel me miraba, como volvió su
mirada a mis ojos, me bajaría del auto en segundos.
—¿Puedes arrancar, por favor? —Dije rápido, cortando ese momento.
Daniel apartó la vista sin apuro, y obedeció. El motor encendió y nos pusimos
en marcha, dejando atrás mi casa, las luces cálidas de noche que la iluminaba
y la imagen borrosa de mi madre.
Por unos segundos, el auto quedó en silencio. Solo se escuchaba la música
que salía de los parlantes y el golpeteo de sus dedos en la palanca de
cambios, marcando el ritmo. La ventana entreabierta dejaba entrar una brisa
helada que contrastaba con el calor que empezaba a subir por mi cuello.
Daniel iba con una camiseta negra que se le pegaba justo en los hombros, que
suponía que debía marcar cada musculo de su espalda. Mi mirada cayó en su
mano. Podía ver la mariposa. Todo parecía tan tranquilo… como si manejar
de noche, conmigo al lado, no significara absolutamente nada.
Aunque por dentro mi estómago había dado más de un vuelco no sabía si por
la mentira que estaba ocultándole a mi madre o por tenerlo cerca.
—¿Así ibas a ir a tu cita? —Preguntó de pronto, su voz interrumpiendo mis
pensamientos. Su tono era ligero, casi como una broma, pero no había dejado
de mirarme reojo.
—¿Te molesta? —Levanté una ceja.
—No me estoy quejando.
Me dio una mirada fugaz y vi como una sonrisa tiraba de sus labios. Volví mi
vista a la ventana.
—¿Y tú como sabes que era para una cita?
Se encogió de hombros.
—Ivy y tú no fueron precisamente discretas el otro día —Respondió sin
apartar la vista del camino.
Rodeé los ojos.
—No sabía que te gustaba andar escuchando conversaciones ajenas.
—Solo las que me importan —Soltó en voz baja.
Mi estómago dio un vuelco. Me crucé de brazos en el asiento tratando de
ignorar todo lo demás.
—¿Y se canceló? —Volvió a hablar.
—¿Te importa tanto?
Se encogió de hombros.
—No me quita el sueño —Respondió, con ese tono suyo entre juguetón y
desafiante—. Pero admito que tenía curiosidad.
Le lancé una mirada y me la devolvió. Aparté la mirada jugando con el
dobladillo del vestido.
—Sí, se canceló —Dije finalmente—. La movimos para mañana.
—¿Y cómo lograste eso? ¿Le dijiste que tenías una reunión urgente con tus
amigos alternativos y misteriosos?
Solté una risa sin gracia.
—No le di tantos detalles —Respondí girándome levemente hacia él—. Solo
le dije que era algo importante.
Daniel sonrió, con ese aire entre confiado y provocador que parecía disfrutar
demasiado.
—Entonces cambiaste una cena romántica bajo las estrellas por una salida
con nosotros. En un bar ruidoso. O quedarte tirada en un sofá —Me miró por
un momento—. Interesante elección.
—A veces el pastel vale más la pena —Dije encogiéndome de hombros—. Y
si tengo suerte, hasta una conversación decente.
—¿Eso fue una indirecta para mí?
—¿Te sentiste aludido?
Se quedó en silencio unos segundos.
—Tal vez —Respondió burlón.
—Entonces quizás no fue tan indirecta.
Soltó una risa baja y una sonrisa se dibujó en mi rostro, aparté la mirada hacia
la ventana.
—Sabes que nuestras conversaciones no son tan malas.
—Eso no dije yo —Respondí.
—Pero lo pensaste —Mi silencio provocó que una sonrisa tirara de sus
labios—. Igual ya lo sé. Tus sonrisas me dan la respuesta. No sé por qué las
reprimes, si siempre las veo, Sophie.
Tragué salida y el estómago me dio un vuelco.
—A veces nuestras conversaciones son… decentes —Dije en un tono burlón.
—Eso es lo más cercano a un cumplido que me has dado. Debería anotarlo.
—No te emociones —Contesté, aunque la sonrisa ya se me escapaba.
Miré confundida cuando Daniel se estacionó frente a una pastelería pequeña,
por la hora dudé que estuviera abierto, pero la vitrina iluminada que dejaba
ver algunos pasteles decorados me dijo la respuesta.
—¿Qué hacemos aquí?
Daniel apagó el motor y se giró un poco hacia mí.
—Vamos a comprarle un pastel a Ivy.
—¿Ahora? —Pregunté sorprendida y sin pensar.
—No, en unos meses más —Respondió burlón. Rodeé los ojos—. Si, ahora.
Lukas no confía ni en su propio gusto e Ivy se merece un pastel.
Relajé mi expresión.
—No sabía que eras tan considerado —Murmuré burlona.
—Tampoco sabías que podía tener conversaciones decentes —Respondió
antes de salir del auto.
Tuve que bajarme rápidamente para no perderle el paso, pero Daniel
caminaba rápido, con ese aire despreocupado que parecía no notarlo. Me
esforcé por alcanzarlo mientras llegábamos a la pastelería.
—¿Sabes siquiera que pastel le gusta a Ivy?
—Ni idea —Respondió sosteniéndome la puerta para pasar. Me siguió sin
apuros esta vez.
—¿No se supone que son amigos hace un tiempo? —Comenté mientras
miraba las vitrinas repletas de pasteles.
No respondió por unos segundos, giré a verlo y me topé con su mirada.
Entreabrí levemente los labios, bajé la mirada a los suyos cuando sonrió
burlón.
Volví mi vista a los pasteles sintiendo mis mejillas ruborizarse.
—No hace tanto. Comenzamos a hablar por el trabajo del corto. Antes de eso
Ivy tenía otro grupo de amigos. El profesor decidió que el trabajo sería de
máximo cuatro alumnos y en grupo de Ivy eran cinco. Decidieron sacarla a
ella sin preguntar y hasta ahora no han vuelto a hablarle.
Me quedé en silencio unos segundos, mi corazón se encogió al pensar cómo
se debió sentir Ivy en todo eso. Sola. Colapsada.
—En resumen, su grupo de amigos eran una mierda.
La señora que atendía le dio una mala mirada a Daniel, este se giró hacia mí.
Solté una risa.
—Que encanto —Comenté burlona, en voz baja—. Pero tienes razón.
Aunque, si me preguntas, eran un grupo de imbéciles sin mucha neurona.
Daniel se giró hacia a mí con una expresión burlona.
—¿Siempre eres así de correcta? —Preguntó cruzándose de brazos.
—¿Siempre eres tan malhablado? —Repliqué.
—Solo cuando tengo buen público.
—Que honor —Dije sarcástica—. ¿También das funciones los fines de
semana o solo entre semana?
Daniel me sostuvo la mirada. Me tensé un poco.
—Depende. ¿Vas a quedarte hasta el final?
—¿Vale la pena quedarse o ya mostrarte tu mejor número?
Subió y bajo las cejas rápido. Una sonrisa burlona apareció en su rostro y
rodeé los ojos, divertida.
—Podrías llevarte una sorpresa —Murmuró dando un paso hacia mí.
Mi pulso se aceleró.
—Me encantan las sorpresas —Murmuré de vuelta sin apartar la mirada.
Vi como bajó la mirada un momento antes de volver a subirla. Sentí que el
aire se me cortó.
—¿Ya saben qué van a llevar? —Preguntó la señora desde el mesón,
dándonos una mala mirada.
Daniel se aclaró la garganta y dio un paso al frente. Sentí como el calor subía
a mis mejillas y me giré a mirar la vitrina que daba a la calle.
Minutos después, salimos de la pastelería con una caja entre las manos.
Caminamos uno al lado del otro hacia el auto, sin decir mucho. Pero había
algo en ese silencio, en las miradas que se escapaban de vez en cuando, en
cómo nuestros brazos casi se rozaban.
Una vez dentro, Daniel encendió el motor. Manejaba tranquilo, con una mano
sobre el volante y la otra descansando en su muslo. La tensión estaba ahí,
flotando en el aire, pero ya no pesaba tanto.
—¿Qué pastel elegiste? —Pregunté rompiendo el silencio y girando apenas la
cabeza hacia él.
—Uno sencillo —Respondió, girando en una esquina.
—¿Sencillo tipo…?
—Tipo de vainilla con frutillas y crema —Respondió—. No sé si es un acierto
una tragedia, pero la señora me lo recomendó.
Lo miré de reojo, tratando de no sonreír.
—Las señoras suelen tener más experiencia en esas cosas.
Daniel soltó una risa, corta y baja.
—¿En pasteles o leer personas?
—En todo —Respondí, girando mi cabeza hacia la ventana, aunque notaba
como su mirada volvía a buscarme cada cierto segundo.
17
Sophie
—¿Una fraternidad?
Ivy asintió sacando un poco de crema del pastel con su dedo.
—Sí… —Murmuró algo tímida—. Es de la facultad de empresariales. Mi
prima y una amiga de mi prima, estudian ahí. Hoy llamaron para saludarme y
una cosa llevó a la otra y nos invitaron.
Daniel y Lukas se miraron por un segundo, igual de descolocados que yo.
—¿Tus amigas nos invitaron a una fiesta en la fraternidad de Empresariales?
—Preguntó Lukas, como si quisiera asegurarse de haber escuchado bien.
Después de cantar cumpleaños feliz y mientras Ivy probaba el pastel, el cual
le había encantado, nos quedamos sentados parados en la barra comiendo un
trozo de pastel. Menos Daniel, que solo se tomó una cerveza. Entre risas
suaves y cucharas chocando contra los platos, Ivy jugueteaba con su cuchara,
hasta que finalmente lo soltó.
—¿Y nos invitaron a todos? Si ni siquiera nos conocen —Habló Daniel,
confundido.
Ivy tardó un momento antes de contestar. Soltó una risa.
—A ustedes dos sí los conocen… bueno más o menos.
Levantó y bajó las cejas antes de volver a reír. Daniel frunció el ceño
volviendo su vista a su botella.
Lukas soltó una risa, cruzándose de brazos antes de apoyarse en la barra de
atrás.
—Pero si no quieren ir, está bien —Se apresuró a decir Ivy—. Podemos hacer
otra cosa. Tal vez no fue una de mis mejores ideas.
Rió nerviosa, dejé mi plato encima de la barra y sonreí.
—Yo voy contigo —La apoyé—. Te ves emocionada, vamos. Estará tu prima
y su amiga, que querrán verte por tu cumpleaños.
Ivy levantó la vista con sorpresa. Sus ojos brillaron como si no esperara que
alguien la respaldara tan rápido.
—¿En serio?
Asentí sin pensarlo demasiado.
Daniel y Lukas intercambiaron una mirada. Una de esas miradas largas, como
si estuvieran conversando en silencio. No supe descifrar si estaban
discutiendo mentalmente si era buena idea, o si querían decir algo más.
Finalmente, terminaron asintiendo casi al mismo tiempo.
—Vamos entonces —Accedió Lukas, encogiéndose de hombros.
Daniel asintió de nuevo moviendo el líquido de su botella en círculos.
—¡Gracias! En serio —Dijo Ivy, mucho más animada—. Va a hacer divertido.
Lo prometo.
Y aunque no sabía que esperar, la emoción de su voz bastó para que, sin
decirlo, todos estuviéramos adentro.
Ivy se disculpó antes de dirigirse al baño, para retocarse el maquillaje.
—Lo ideal sería irnos hoy —Murmuró Lukas.
La chica negó con la cabeza divertida antes de perderse en el pasillo.
Un sonido de notificación sonó, era el celular de Lukas y se alejó con una
sonrisa tirando de sus labios. Se sentó en el sillón con un movimiento
despreocupado antes de comenzar a teclear en su celular.
Tomé aire ignorando la mirada del pelinegro y saqué mi celular, coloqué la
cámara y retoqué mi brillo labial, intentando concentrarme en otra cosa.
—¿Así que cambiaste tu cita con Harry por una noche en una fraternidad? —
Dijo en un tonó burlón, apoyándose en la barra de la cocina de atrás de él.
—Tú cambiaste quedarte en casa editando por ir. ¿Qué tan desesperado
estabas por socializar?
Una media sonrisa se dibujó en sus labios. Aparté la mirada de Daniel y
guardé mi celular en el bolsillo de mi chaqueta.
—¿Desesperado? No —Caminó un poco hacia mí, quedando a unos pasos—.
Curioso. Tal vez.
—¿Por qué? —Pregunté, aunque por dentro me recriminaba que era lo que
había dicho.
Se quedó un momento en silencio sin apartar la mirada.
—Digamos que me intriga lo que haces cuando no estás detrás de una
cámara o una barra sirviendo café.
Solté una risa sin gracia.
—Y tú suenas más interesado de lo que quieres admitir —Dije recargando el
costado de mi cuerpo contra la barra.
—Y tú más peligrosa de lo que pareces —Agregó con la voz baja.
Mi estómago dio un vuelco y bajé la mirada a la sonrisa burlona que había en
sus labios.
—Entonces tenemos un problema… porque no soy buena para las
advertencias —Dije volviendo a sus ojos.
Daniel no apartó la mirada, sino que dio una rápida a Lukas, que seguía
concentrado en su celular, antes de dar otro paso hacia mí. Mi pulso se
aceleró al instante y tuve que levantar un poco más la cabeza para verlo.
Se escucharon unos pasos y me separé rápidamente recogiendo los platos
que había sobre la barra. Los dejé en el fregadero antes de apoyarme en la
encimera con Ivy hablando sobre su nuevo labial, aunque mi mirada no
dejaba de cruzarse con la de Daniel, el cual estaba hablando algo con Lukas.
Minutos después, salimos del piso escuchando lo feliz y emocionada que
estaba Ivy. La fraternidad quedaba a unas cuadras del piso de Daniel y Lukas,
por lo que decidimos ir caminando.
Desde afuera, la música vibraba por las paredes. Ivy enganchó su brazo con el
mío dándome una sonrisa nerviosa. Le devolví la sonrisa, tratando de parecer
más segura de lo que me sentía.
Cruzamos la puerta y el calor de la casa nos envolvió de inmediato. Gente
por todos lados. Algunos bailaban, otros hablaban con vasos en la mano, y
varios nos miraron apenas entramos.
Aunque, sus miradas se detenían a los chicos que caminaban atrás de
nosotras. Ni Daniel ni Lukas decían algo, pero el ambiente cambió cuando se
percataron de las miradas, pude ver como Daniel tragó y la nuez de su
garganta se movió, antes de devolverme la mirada.
Le sonreí levemente, pero solo hizo un movimiento con su cabeza.
—¡Vamos al jardín! —Gritó Ivy por lo alto de la música.
Tiró de mi brazo caminando un poco más rápido y cuando volví a sentir el
frío recorrerme, sentí que la tensión disminuyo. Aunque las miradas hacia
ambos chicos no cesaron.
Había luces colgantes entre los árboles, mesas con vasos y gente
conversando en grupos dispersos. Pero, aun así, las miradas seguían en ellos.
En Daniel. En Lukas. Como si fueran los recién llegados más interesantes de
toda la fiesta.
Fruncí el ceño, confundida. No entendía si los miraban por curiosidad,
admiración… o por algo más que yo no alcanzaba a descifrar.
Ivy pareció reconocer a alguien y levantó una mano, la agitó de un lado a otro
con una gran sonrisa en su rostro, al ver a un grupo de chicos y chicas, donde
dos de ellas, le hacían señas desde una mesa iluminada.
—¡Vamos! ¡Son ellas!
Tiró de mi brazo hasta llegar a la mesa. Le di una mirada a Daniel que
caminaba con las manos en los bolsillos ignorando todas las miradas.
Las chicas nos recibieron con abrazos hacia Ivy y unos hacia mí, a los demás
en la mesa solo saludaron agitando su mano, que se los devolví con una
sonrisa. Ivy me presentó como una amiga, fueron amables y sonrientes, pero
sentí que me observaban con curiosidad.
Unos pasos atrás, Lukas y Daniel se mantuvieron algo distantes mientras
hablaban entre ellos. Ninguna expresión muy amistosa. Ivy no tardó en
señalarlos y presentarlos con un gesto de mano.
—Ellos son mis amigos… Lukas y Daniel.
Avery y Ellen, la prima y amiga de Ivy, los saludaron con entusiasmo, pero ni
Lukas ni Daniel parecían muy interesados en la atención. Lukas solo sonrió
educadamente y Daniel se limitó a asentir con una expresión neutra, como si
no tuviera mayor intensión de sumarse a la conversación.
Desde mi lugar, no pude evitar notar como, pese a todo, las miradas seguían
persiguiéndolos.
Avery regresó a su lugar después de saludar, sin quitarle la mirada de encima
a Lukas. Ellen, en cambio, pareció encontrar especial interés en quedarse
cerca de Daniel.
Ellen volvió a hablar y Daniel asintió, con ese gesto distraído que usaba
cuando no quería dar demasiadas respuestas. Pero ella no se dio por vencida
y dio un paso más hacia él, aparté la mirada.
Una chica pelirroja alzó su copa como si tuviera una idea brillante. Ivy tomó
una botella de cerveza y me ofreció una, la cual acepté con una pequeña
sonrisa.
—¿Por qué no jugamos a algo? —Preguntó la pelirroja—. Hace un tiempo
que nadie se anima, quizás con… esta nueva incorporación, se animen.
—¿Algo cómo qué? —Preguntó un chico rubio.
—Verdad o reto —Propuso la pelirroja—. A la antigua, pero efectivo. Ulises,
dame tu botella.
El chico frunció el ceño y la chica a su lado, sonriente tomó la botella que
estaba entre sus dedos y se la entregó a la pelirroja, luego volvió a dejar un
beso en la mejilla de Ulises, ganándose burlas y risas por parte del grupo.
El grupo comenzó a compactarse, formando un semicírculo improvisado
alrededor de la pequeña mesa. Todos reían, comentaban, y la música del
fondo acompañaba la situación. Ivy se acomodó mejor a mi lado y sonrió
expectante. Avery apuntó un lugar a su lado, Lukas solo negó con la cabeza
destapando una cerveza.
Le di un trago a la botella observando al grupo que se había formado. A
veces, estar en medio de tanta gente podía sentirse igual que estar
completamente sola. Nadie me hablaba directamente, ni siquiera parecían
notar que yo también estaba ahí. Todos reían, se conocían y compartían
bromas que no entendía.
Y yo… solo estaba sentada, fingiendo que no me importaba, fingiendo que
ese nudo que sentía en mi estómago no estaba. Como si no tuviera miedo de
abrir la boca y decir algo que no encajara, algo que hiciera más evidente que
no pertenecía a ese lugar.
Y aunque ni Ivy ni Lukas ni Daniel, pertenecían a esta fraternidad… parecían
encajar perfectamente. Hablar, de lo que sea, y que sea aceptado por los
chicos de aquí.
Se veía fácil entablar una conversación, se veía fácil hablar y reír de lo que
sea, pero a mí no me funcionaba.
A veces el miedo no es a estar sola, sino a ser visible en el momento
equivocado.
Miré hacia un lado y me topé con la mirada de Daniel, que ya estaba
mirándome. Con esos ojos oscuros, fijos, como si intentaran descifrar algo.
Ellen seguía hablándole, pero Daniel no parecía muy presente. Había algo en
esa mirada que no pedía permiso, solo se quedaba ahí… observando,
sintiéndose más de lo que debería.
No aparté la mirada de inmediato, pero tampoco la sostuve por demasiado
tiempo. Me giré justo cuando sentí que el aire se volvía más denso, cuando el
peso de sus ojos empezó a quemarme la piel.
—¡Oigan! ¿Van a venir o ya se emparejaron? —Gritó alguien desde el grupo,
entre risas.
Ivy silbó y rió golpeando su hombro con el mío, le intenté de sonreí de vuelta.
Ellen se rió y sus mejillas se sonrojaron, en cambio, Daniel rodó los ojos antes
de caminar de regreso con desgano. Ellen lo miró esperando que se quedara
al lado de ella, pero Daniel ya estaba recibiendo una botella que Lukas le
tendió, le dio un sorbo sin apuro, y volvió a mirarme.
Como si nada. Como si todo.
Ellen se acomodó a su lado y aparté la mirada volviendo a la pelirroja que
explicaba las reglas de siempre, y remarcó que el que no participa, se va.
La botella giró y cayó en Avery, Ivy sonrió maliciosamente y preguntó.
—¿Te gusta alguien que este en este grupo? —Acompañados de risas y
burlas de los demás.
Avery rió y no dudó.
—Puede que sí… —Llevó su mirada a Lukas de forma evidente, ganándose
más burlas y risas.
Lukas le dio una rápida mirada antes volver su vista a su celular, donde
estaba tecleando. Avery frunció un poco el ceño y le dio un trago a su vaso.
El juego continuó, entre risas y burlas. Botellas y vasos. Algunos se atrevieron
con retos simples: beber desde el centro del círculo sin usar las manos o
mandar un mensaje vergonzoso al último contacto de su celular. Las verdades
también rondaron, pero con menos entusiasmo: con quien te acostarías del
grupo, a quien has besado, harías un trío.
Hasta que la botella cayó en Ivy y la retaron a besar al chico que rubio que no
le había quitado la mirada de encima en lo que llevábamos de la noche. Ella
rió, con las mejillas sonrojadas, y se giró al chico para besarlo. Todos
aplaudieron y gritaron, mientras las mejillas de Ivy se sonrojaban aún más, el
chico solo rió.
La botella siguió girando y aún no había caído en mí. Nadie le había dado
mayor atención.
A mi izquierda, Ellen no se despegaba de Daniel, y aunque le chico no le
estaba dando mayor atención, más que solo asentir con la cabeza, Ellen
buscaba cualquier excusa para rozarle el brazo o hablarle al oído, pero él no
respondía, si no que daba un paso hacia a un lado para alejarse. Al mismo
lado donde estaba Lukas y daba otro paso.
Daniel estaba casi inmóvil, el ceño ligeramente fruncido, con los dedos
jugando con el borde de la botella como si su mente estuviera lejos. Nuestras
miradas seguían cruzándose, a veces nos las manteníamos, a veces me
pillaba mirándolo u otras veces yo lo pillaba mirándome primero. Era casi
como un juego que me tenía el pulso un poco acelerado.
Y entonces, como si el destino lo hubiera apuntado con el dedo, la botella se
detuvo frente de él.
—Verdad —Respondió antes de que la pelirroja preguntara.
La chica enarcó una ceja y se cruzó de brazos con una sonrisa.
—¿Es verdad que te escondiste a las afueras de Blaskei durante semanas
después de lo que le pasó a tu mejor amigo?
Se escucharon algunas risas.
—Bueno, es obvio que te escondiste después de… lo que pasó. Pero ¿es
verdad que fue a las afueras de Blaskei? —Preguntó un chico con una sonrisa
burlona en su rostro.
El silencio se instaló, al igual que algunas sonrisas. No hubo risas, solo el
sonido tenue de la música de fondo, demasiado lejana para disfrazar el golpe
que provocaron esas palabras.
Daniel no reaccionó de inmediato. Pero lo vi. La tensión que se dibujó en su
mandíbula. El leve movimiento de sus dedos cerrándose alrededor de la
botella. Ellen se separó confundida. Ivy, lo miró con una expresión diferente.
Todos estaban expectantes a la respuesta. Nadie habló. Nadie dijo nada.
Lukas cambió su expresión, ya no era nada relajada, sino que el ceño
fruncido y los hombros tensos.
Mi mirada estaba en Daniel, con el corazón palpitando más rápido de lo
normal. Me sentí congelada. Desvió la mirada por un momento, como si
estuviera buscando aire, y luego solo tomó un trago largo de su botella, sin
responder. Pero en su gesto había rabia contenida, más que incomodidad.
Cuando bajó la botella, la pelirroja soltó una risa forzada, casi burlona.
—No va a responder… —Canturreó—. Bueno, entonces te toca un reto si
quieres seguir jugando. Son las reglas, ¿no?
Daniel rodó los ojos, como si todo eso le pareciera una pérdida de tiempo y
energía. Luego le dio una mirada a Ivy y tomó aire, como si hubiera
recordado del por qué estábamos aquí. Me dio una mirada rápida y me la
mantuvo durante un tiempo antes de volver a la pelirroja que había vuelto a
hablar.
—Un beso con alguien de aquí… —Hizo una pausa, buscando con los ojos
hasta que se detuvieron en mí—. ¡Tú! La nueva que no ha participado y esta
callada como si quisiera pasar desapercibida.
Se escucharon risas y me tensé al instante.
—Aquí todos participamos, linda —. Se burló un chico.
Todas las miradas cayeron sobre mí, una por una, como si mi piel ardiera con
ellas. Mi pulso se disparó y el nudo de mi estómago hizo todavía más presión.
—¿Yo? —Pregunté en voz baja.
Todos asintieron. Mi mirada volvió a Daniel que ya estaba mirándome, le dio
el último trago a su botella antes de bajarla y dejarla colgando de su mano.
—Vamos, beso o fuera —Insistió la pelirroja, mirándonos a Daniel y a mí con
una sonrisa—. Pero un buen beso, no uno corto. Esto es un doble castigo,
Daniel.
El chico no dijo nada. Solo se encogió de hombros, como si no le importara.
Pero sus ojos sí buscaron los míos. Oscuros. Intensos. Como si me preguntara
sin palabras si quería hacerlo o no.
Escuché como Ivy me llamó y el chico rubio repitió mi nombre asintiendo
con una sonrisa. Otra voz solo repitió que era un juego y que nadie juzgaría.
—Está bien. Solo un beso —Dije en voz baja.
Algunos aplaudieron y otros gritaron cosas acompañados de risas.
Daniel me miró unos segundos antes de acercarse sin prisas, con esa forma
suya de moverse como si todo lo tuviera bajo control, sin apartarme la
mirada.
El aire entre nosotros se sintió denso, como si todo el ruido del jardín se
hubiese apagado de golpe. Sentí su mano en mi cintura, firme, segura
acercándome apenas hacia él. El roce de sus dedos bastó para que todo
dentro de mí se revolviera.
Su perfume inundó mis fosas nasales y pude sentir el calor de su respiración.
Entonces, sin más pausas, me besó.
Fue un beso lento. No torpe ni fugaz. Un beso lento y seguro. Sus labios eran
cálidos y suaves, con el leve sabor alcohol todavía presente. Me dejó sin
reacción unos segundos, hasta que le seguí el beso soltándome un poco más.
Su mano apretó un poco más mi cintura, acercándome del todo, y sentí cómo
la tensión que hubo hace unas horas entre nosotros, se trasformaba en algo
más denso, más real. Sus labios se movieron con una calma que contrastaba
con el latido acelerado de mi corazón. Me rozó apenas el labio inferior, como
si quisiera probar mi reacción, no me alejé ni Daniel tampoco.
Pero entonces, como si algo nos hiciera volver a la realidad, no separamos.
Lento. Con las respiraciones agitadas.
Su mano se alejó de mi cintura con un gesto suave, y por un segundo, no supe
que decir ni cómo moverme. Sentía el corazón latiéndome en los oídos, como
si todo mi cuerpo estuviera todavía atado a ese beso.
Su mirada seguía sobre la mía en ese breve silencio, hasta que el grupo
reaccionó con una mezcla de risas, silbidos y comentarios burlonas y
sorprendidos.
—Bueno… —Dijo la chica pelirroja con una sonrisa—. Eso si fue un beso, así
deberían participar todos. Con eso quedan oficialmente dentro del juego.
No supe que decir, solo sonreí sintiendo mis mejillas ruborizarse. Le di un
trago a mi botella, bajando la mirada y cuando volví a subirla, Daniel ya no
me miraba. Estaba con otra botella en la mano, hablando con Lukas, como si
esto no hubiera pasado. Como si no acabara de besarme frente a todos.
Llevé mi mirada a unos pasos de Daniel y allí estaba Ellen, inmóvil. Fingió
una sonrisa hacia mí, pero sus ojos la delataban. Una punzada de culpabilidad
me golpeó. Se acomodó el cabello, sin dejar de mirarme con una mezcla
amarga de molestia y desdén.
Sin decir palabra se alejó del círculo, nadie más se dio cuenta, estaban muy
concentrados escuchando sobre la historia de un chico. Ellen caminó hacia el
borden del jardín sacando su celular, sin mirar a nadie.
Ivy se cruzó de brazos y caminó delante de mí.
—No tenías que hacerlo, ¿sabes? Era solo un juego —Me miró con una
mezcla de incomodidad y reproche—. Gracias por arruinar la noche, Sophie.
Mi pulsó se aceleró y sentí que me encogía un poco. No era solo la culpa… si
no también esa sensación familiar de haber cruzado una línea que ni siquiera
sabía que existía.
Desde donde estaba pude ver a Ellen girarse hacia Ivy, cuando llegó a su
lado, se refugió en los brazos de la última nombrada. Ivy me lanzó una mala
mirada, cargada de juicio, antes de volver a concentrarse en su amiga. Algo se
removió dentro de mí.
Yo no tenía que estar allí. Traté de participar y yo único que hice fue dañar a
alguien más.
No encajaba con esa gente, ni con el juego, ni con las miradas que venían
después.
Si pensarlo demasiado, dejé la botella suavemente sobre la mesa y comencé a
caminar alejándome de allí. Nadie me detuvo, ni nadie me miró.
La fraternidad ya estaba un poco más despejada con respecto a las personas,
pocas quedaban. Antes de que pudiera cruzar la puerta, una mano me sujetó
el antebrazo firmemente. Me giré. Daniel.
Verlo me hacía recordar el beso, recordar las palabras de Ivy y sentir como el
estómago me daba un vuelco.
Estaba con un gesto serio, tiró un poco de mi brazo hacia él cuando un grupo
de chicos quería pasar.
—Sophie —Dijo en un tono bajo, sin broma—. ¿A dónde vas?
—A mi casa —Respondí quitando su mano de mi brazo.
Di un paso hacia atrás sin mirarlo.
—¿Pasó algo? —Preguntó, confundido.
Negué con la cabeza, casi por reflejo.
—Nada importante.
Claro que lo era. Para mí, lo era. La forma en la que Ivy me miró, la culpa
apretándome el pecho, la sensación de haber cruzado una línea que ni
siquiera sabía que existía.
Daniel frunció un poco el ceño, como si intentara entender lo que yo no
decía.
—¿Qué es ese “nada importante” que te hace querer irte?
Me quedé en silencio unos segundos y volvió a hablar.
—¿Fue por el beso?
—No. O sea… no solo por eso —Jugué con la manga de mi chaqueta—. Ya
tengo que volver a mi casa.
Daniel dio un paso hacia mí, sin creer lo que acababa de decir. Negó
levemente con la cabeza antes de hablar.
—Dime, ¿qué fue? ¿Te dijeron algo?
Lo miré, y por un momento pensé en contárselo. Pero pensé que no lo
entendería. Porque no escuchó el tono con el que Ivy me lo dijo. Porque no
sintió esas miradas que quemaban.
—No quiero estorbar… No me conocen, ni yo a ellos y ya es un poco
incómodo… eso es todo.
—Tú no estorbas. Créeme.
Nuestras miradas se mantuvieron y el silencio que nos envolvió no fue
incómodo. Fue otra cosa. Algo que se sentía casi tangible. Como si las
palabras se hubieran agotado y no hicieran falta.
Y sentí algo, respiré hondo intentando apartarlo. Daniel también respiró
hondo y dio un paso atrás.
—Te acompañó a casa —Dijo finalmente.
—Pero… Lukas e Ivy todavía están aquí y es su cumpleaños y…
—Ivy dijo que su celebración se acabó y que nos fuéramos si queríamos.
No pude evitar sentirme mal.
—¿Y Lukas?
—También se irá —Dijo en voz baja—. Te llevo a tu casa, vámonos.
El camino a casa fue en silencio mientras caminábamos bajo el cielo oscuro y
las luces débiles de la calle. El aire nocturno era frío, pero no tanto como el
peso que sentía en mi pecho.
Y estaba enojada conmigo mismo, porque no podía dejar de pensar en el
beso, en cómo se sintieron sus labios, en la forma en la que me sostuvo, en
todo lo que envolvió ese momento. Y al mismo tiempo, la culpa se arrastraba
detrás de mí como una sombra.
Daniel caminaba a mi lado, sin decir nada, pateaba alguna que otra piedrecilla
que encontraba en el camino. Su mirada se cruzó con la mía y la aparté
volviendo al frente.
Se veía pensativo, como si ese silencio ambos lo necesitáramos.
(…)
Eran las cuatro de la mañana y no podía dormir. Tenía tantas cosas en la
cabeza que terminé en la orilla de la cama con el computador abierto,
apoyado en mis piernas.
Esta escena ya la había repetido varias veces.
La pantalla brillaba frente a mí, mostrándome pestañas abiertas con nombres
de universidades, mallas curriculares y videos de gente contando por qué
amaban lo que estudiaban. Psicología, cine, diseño, comunicaciones,
pedagogía.
Tenía los ojos ardiendo y la cabeza pesada, pero no podía detenerme. Cada
página que abría era como una nueva posibilidad, un universo distinto que
podría o no hacer sentido. Llevaba más de una hora viendo testimonios de
estudiantes de fotografía y dirección audiovisual. Había algo ahí —en cómo
hablaban de contar historias con imágenes, en la emoción con la que
describían sus proyectos— que me tocaba una fibra distinta.
Quizás era una tontería. Una más. O quizás no.
A mi lado, un cuaderno abierto mostraba una lista de carreras escritas a
mano, con anotaciones en los márgenes y varias palabras tachadas con
fuerza.
Arquitectura tenía una línea encima. Enfermería también. Derecho todavía
seguía ahí, subrayado, pero con un signo de interrogación grande al lado.
Pasé las manos por la cara y suspiré. Volví a mirar la pantalla, esta vez
deteniéndome en una imagen de la facultad de diseño de una universidad que
ni siquiera me gustaba tanto, pero cuya galería de fotos me había atrapado.
No sabía qué estaba buscando con exactitud. Solo sabía que no quería tomar
una decisión que me hiciera sentir que estaba fallándome a mí misma.
18
Sophie
El frío me rozó las piernas desnudas y me replanteé haber elegido una falda
para esta noche. Agarré con fuerza la correa de mi cartera y caminé hacia la
entrada del restaurante donde se supone que me encontraría con Harry.
Era increíble pensar que ayer hubiera estado aquí y probablemente Ivy
hubiera tenido un perfecto cumpleaños. No hubiera terminado en la
fraternidad de Empresariales. No me hubiera besado con Daniel.
Sacudí la cabeza eliminando esos pensamientos. Mi madre esta mañana me
había bombardeado de preguntas respecto a Harry, el restaurante, las
conversaciones, Derecho, y solo conversé unas pocas palabras. No muy
convencida, mi madre asintió y comprendió que quizás estaba cansada. Esta
noche no fue necesario inventar ninguna excusa, mi madre dijo que saldría
con su amiga Sally, la madre de Harry, a tomar algo por ahí y que llegaría
tarde.
Yo llegaría antes de que ella a casa. Dudaba que pudiera tener tanto tema de
conversación con Harry, que nos quedáramos horas y, a decir verdad, no
tenía ganas de hablar con nadie.
Cuando ya estuve a pasos de la entrada lo vi. Un chico alto, con los brazos
cruzados y mirando hacia la calle. Llevaba una camiseta blanca y una
chaqueta encima, el cabello revuelto como si recién se hubiera pasado los
dedos por él. Tenía una expresión aburrida y cansada.
Su mirada chocó con la mía y esperó a que llegara al frente de él.
—Hola —Lo saludé.
—Sophie, ¿verdad?
Asentí.
—Hola —Murmuró.
La incomodidad en el ambiente era más que evidente. Me dio una última
mirada antes de empezar a caminar al interior del restaurante, lo seguí un
poco tímida y cuando nos indicaron la mesa se dio media vuelta para
comprobar que estuviera ahí.
Claro que lo estaba.
—Entonces, quieres estudiar derecho —Habló una vez que estuvimos
sentados.
Me removí incomoda.
—Creo que es una opción.
—¿Crees o quieres? —Frunció el ceño.
—Creo que quiero —Esbocé una pequeña sonrisa y él solo pasó una mano
por su rostro frustrado.
—Mi madre me dijo que querías que te hablara un poco de la carrera porque
estabas entusiasmada.
Pasé mis dedos por el borde de la mesa, incómoda.
—Me gustaría saber más de Derecho, así como una visión más de cerca.
Me dedicó una mirada antes de que la mesera se acercara y dejara el menú
sobre la mesa. Estiré la mano para tomarlo, pero Harry habló antes.
—Ya sabemos que vamos a pedir —Dijo con indiferencia.
Fruncí el ceño cuando lo escuché nombrar una bandeja de aperitivos. La más
pequeña. La individual, que contenía: pan tostado, quesos, aceitunas y
algunas nueces. Quizás Harry quería comer eso, pero yo tenía hambre.
Mucha, si soy honesta. Había pasado la tarde entera estudiando y cuando
miré la hora, ya iba tarde. Había pensado en pedir un plato caliente y hasta
destiné parte de mi dinero a eso, este restaurante era conocido por tener
comida riquísima y con un precio un poco elevado, pero podía pagármelo.
—Me gustaría pedir algo más, por favor —Dije, ganándome una doble
mirada: de la mesera y de Harry
—Solo eso, gracias —Insistió él, ignorando lo que acababa de decir. La
mesera asintió en silencio y se marchó.
Solté el aire, sintiendo la incomodidad subir por mi garganta.
—Quería pedir otra cosa —Dije en un tono bajo—. Iba a pagarlo yo de todos
modos.
—Solos vinimos a hablar unos minutos, no a cenar, Sophie —Respondió en
un tono cansado. Como si el estar ahí le pesara más de lo que quería admitir.
—Lo sé, pero quería probar la comida de este restaurante. Dicen que es
buenísima —Solté, más firme esta vez—. No te estoy que tú lo hagas
también.
Sostuvo mi mirada con el ceño fruncido. Yo no aparté la mía.
—¿Qué quieres saber de Derecho? —Preguntó al fin, en un tono tan frío que
me hizo desear estar en cualquier otra parte.
—No sé, tú eres el experto, ¿no?
El silencio se instaló entre los dos. Yo solo quería marcharme. Irme a casa.
Comer tranquila. Y olvidarme de que, por alguna razón, nuestras madres
pensaban que esto iba a funcionar.
—¿Pero te interesa saberlo o no? Porque, si voy a estar hablando con una
pared, mejor me largo.
Me mordí el labio para no soltarle una respuesta que no debería. La imagen
de mi madre cruzó por mi cabeza, diciéndome que al menos intentara. Cerré
los ojos un segundo y cuando los abrí, Harry me miraba impaciente.
—Sí, me interesa. Cuéntame —Respondí, bajando un poco el tono.
Cruzó los dedos sobre la mesa y sostuvo mi mirada unos segundos antes de
empezar a hablar. La bandeja de aperitivos llegó minutos después. Harry
seguía hablando de sus primeros años en la carrera: exámenes, profesores,
ramos que odiaba, otros que disfrutaba. Picaba algunas aceitunas de vez en
cuando, sin dejar de hablar. Yo lo escuchaba en silencio, tratando de seguirle
el ritmo, pero a ratos mi mente se escapaba. Apenas comí un poco.
Cuando terminó, pidió la cuenta. Su rostro recuperó esa expresión fría que
había tenido desde que llegué.
—Podemos dividir la cuenta —Propuse, sintiéndome algo incómoda. Harry
me miró como si hubiera dicho una estupidez—. ¿Qué?
—Estuve casi una hora hablando y solo me dirás que “podemos dividirlo a
medias” —Negó con la cabeza—. En todo caso, no. Lo pago yo.
—Sí, estuvo bien. Todo claro, muchas gracias por darte el tiempo.
—Ya… no te interesó ni mierda —Murmuró, casi para sí.
Pasó una mano por su rostro, visiblemente frustrado, y se quedó unos
segundos en silencio antes de hablar otra vez. Ya estaba de pie, con la
chaqueta colgando de su brazo.
Una punzaba de culpabilidad me atravesó.
—No, no he dicho eso. Solo que…
—¿Sabes qué? No es solo esto —Me interrumpió—. No te conozco, pero no
hay que ser muy inteligente para deducir que estás a medio camino. Como si
no pudieras decidir si entrar o salir, si hablar o callar, si quedarte o irte. Todo
el mundo termina esperando que digas algo, que hagas algo, y no haces nada.
Sus palabras me cayeron como una piedra. Quise decirle que no era cierto,
que sí me esforzaba, que sí me importaba… pero no me salió ni una sola
palabra.
—No juegues con el tiempo de los demás solo porque no sabes qué hacer
con el tuyo —Agregó.
Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se fue.
Me quedé sentada sin moverme. El restaurante seguía con su murmullo de
platos, pasos y conversaciones apagadas, pero para mí todo había quedado
suspendido. Frente a mí, la silla vacía donde estuvo Harry que parecía más
presente que cuando él estaba sentado.
No era solo por él. Aunque sus palabras aún daban vueltas por mi cabeza
como si no pudiera sacudirlas. “No juegues con el tiempo de los demás solo
porque no sabes qué hacer con el tuyo”
Duele. Pero no era solo eso. Era acumulación.
Ivy alejándose. Ellen mirándome como si hubiera hecho algo imperdonable.
Las palabras de Ivy. “Gracias por arruinar la noche, Sophie.”
Y en ese momento en que pensé que todo estaba bien, en que solo sería un
juego, un reto. Que nada cambiaría después de ese beso. Ese beso que no
podía sacar de mi cabeza, que la imagen volvía una y otra vez y sentía como
el pulso se le aceleraba.
Qué estúpido pensamiento.
Me esforcé tanto por no fallarle a nadie, que terminé fallándole a todos. Ivy
me había dicho esas palabras. Ellen ni siquiera necesitó decir algo. Su mirada
fue suficiente.
Y luego Harry. Su indiferencia, su frustración que sí, era culpa mía. Su manera
de hacerme sentir que yo era un error al que había que corregir.
Intenté estar en todos los lugares al mismo tiempo. En la fiesta. Con Harry.
Y terminé quedándome sola.
Porque eso era lo que era ahora.
Una Sophie partida, dividida entre lo que debía hacer y lo que realmente
quería.
Y, al parecer, ninguna de esas versiones le caía bien a alguien.
Un momento después me levanté al fin. La silla chirrió un poco al moverse y
el sonido me pareció insoportable. Agarré mi bolso y caminé hacia la salida
del restaurante como si cada paso pesara más que el anterior.
Solo quería llegar a casa. Dormir. Dejar de pensar.
No vi a la persona que entraba por la puerta hasta que choqué con ella.
—Perdón —Murmuré al instante, sin subir la mirada, queriendo pasar rápido
por su lado.
Intenté continuar, pero una mano me tomó del brazo con suavidad. Me
detuve, tensa, y al levantar la mirada, lo vi.
Daniel.
Su expresión era seria, los ojos puestos en mí como si intentara leerme entera
en ese segundo.
—¿Sophie? —Preguntó en voz baja—. ¿Qué sucedió?
Quise mentir. Quise decir que todo estaba bien.
—No pasó nada —Respondí al fin, forzando una sonrisa que no me creo ni
yo.
Daniel me sostuvo la mirada, esa que a veces era tan intensa que me hacía
querer mirar hacia otro lado. Pero esta vez no lo hice.
—Sophie —Insistió, más firme—. ¿Qué sucedió?
Y entonces lo solté.
No lo planeé, ni lo pensé. Solo sentí ese nudo en la garganta rompiéndose, y
lo demás salió solo.
—No sé qué estoy haciendo, Daniel —Dije con la voz quebrada—. Intenté
que Ivy no se enojara, pero lo hizo. Ellen la pasé a llevar, Harry… Harry me
acaba de decir que nadie debería perder el tiempo conmigo.
Él no dijo nada. Solo escuchaba.
—No quería herir a nadie, juro que no. Solo… me equivoqué con todo. Estoy
cansada de sentir que no encajo en ningún lado. De ser siempre la que
estorba, la que tiene que irse.
Mis ojos ardían y las palabras se mezclaban con la respiración temblorosa
que intentaba controlar. Di un paso hacia atrás, sintiendo el calor subir a mis
mejillas.
—Lo siento —Susurré, bajando la mirada, avergonzada—. Qué vergüenza…
Intenté alejarme, pero su mano me detuvo una vez más. Esta vez más firme.
—Sophie, no. No te vayas así, ni te disculpes —Dijo Daniel, su voz baja, pero
con peso—. A veces el esforzarse por encajar con cierto tipo de gente, es una
señal que ahí no es. Debería ser natural y mostraste como eres, sin tener que
ocultar cosas o fingir ser alguien que no eres para encajar allí.
Bajé la mirada, sintiendo cómo esa frase me calaba hondo. Me tomó unos
segundos procesarla, y cuando volví a alzar los ojos, él seguía ahí.
Observándome como si pudiera ver todo lo que intentaba ocultar.
—A veces… siento que no encajo en ningún lado —Solté, apenas un susurro.
—Quizás el problema no es que no encajes —Dijo al fin—. Es que estás
intentando encajar en lugares donde no deberías estar. Con personas que no
merecen tenerte cerca.
Me quedé en silencio, solo sintiendo cómo algo se removía dentro de mí. Lo
miré. Por un momento, de verdad lo miré.
Daniel me miraba de la misma intensidad, me recorrió el rostro y bajó su
mirada a mis labios por unos segundos antes de volver su mirada a mis ojos.
Me humedecí los labios y tragué dando un paso atrás.
—Te llevo a casa —Dijo él al fin, rompiendo el silencio—. Pero antes tengo
que…
—¡Daniel! —Una voz femenina me hizo miras atrás mío.
Una chica, con rasgos parecidos al chico se acercaba con una sonrisa.
Llevaba el pelo con leves ondas suelto, un abrigo color crema y una sonrisa
iluminaba su rostro.
Llegó a nosotros y saludó a Daniel con un abrazo, que el chico le devolvió
luego de unos segundos. Un gesto rápido. Ella frunció levemente el ceño y
pasó a mí con una sonrisa, me miró unos segundos antes de darme un
abrazo, corto, pero cálido.
—Hola —Saludó separándose—. Soy Ruby, la hermana de Daniel.
—Si… se parecen bastante —Dije mirándolos a ambos—. Soy Sophie.
Ruby rió y Daniel guardó las manos en sus bolsillos apartando la mirada.
—¿Ves que si nos parecemos, Daniel? Él jura que somos como dos gotas de
agua y aceite, yo digo que somos como dos gotas de agua ¿no?
Bueno físicamente sí que lo eran.
—Si, se parecen muchísimo. No es tan difícil de deducir que son hermanos
—Solté una risa y Daniel negó con la cabeza empezando a caminar.
Con Ruby lo seguimos.
—Lukas trató de coquetear con ella —Comenzó a contar Daniel y Ruby
volvió a reírse—. Tuve que decirle yo mismo que es mi hermana y desde ahí
solo la saluda con la mano.
—Es una pena, probablemente Lukas me hubiera llamado la atención, si
hubiera estado soltera.
—Ruby —Pronunció Daniel como en advertencia y solté una risa.
—Solo decía —Se aclaró la garganta—. Pero nunca tanto como Alex, él si me
llama muchísimo la atención. Es mi novio hace cuatro años, en unos meses
cumplimos cinco años juntos. ¿No es increíble el amor?
Me iba a subir en los asientos de atrás, pero Ruby negó y me señaló el de
copiloto. Dudé unos segundos, pero Ruby me abrió la puerta y me hizo una
seña con una sonrisa, asentí agradeciéndole antes de que me cerrara la
puerta y se subiera en el asiento atrás de mí.
—Llevo escuchando esa pregunta desde que conociste a Alex —Dijo Daniel
irónico prendiendo el auto.
—¿Vinieron a cenar juntos? No los vi.
Daniel aceleró un poco el auto, sin responder.
—No, no cenamos juntos —Respondí—. ¿Tú estabas cenando allí?
—Trabajo allí, soy la cocinera principal —Dijo orgullosa.
Daniel soltó una risa sarcástica.
—Te contrataron hace una semana, Ruby.
La chica chasqueó la lengua.
—Ya, le quitas emoción. Lo estoy decretando —Solté una risa ganándome
una mirada fugaz de Daniel.
Ruby era muy amable y siempre agregaba algo de que hablar, me incluía en la
conversación y se creó un ambiente muy cómodo. Reí más de una vez
ganándome miradas fugases de Daniel, Ruby agregaba cosas a la
conversación y casi al final pude ver una pequeña sonrisa tirar de los labios
de Daniel.
Estacionó frente a un edificio y Ruby coló su cabeza a los asientos de
enfrente, entre Daniel y yo.
—Muchas gracias por salvarme de esta, hermanito.
—No me digas así —Aunque no lo veía por la oscuridad, supuse que había
rodado los ojos—. ¿Mañana a la misma hora?
—Por favor —Pidió Ruby y el pelinegro asintió con la cabeza—. Un gusto
conocerte, Sophie. Y un altar para ti que lo soportas. ¡Que estén bien!
¡Gracias!
Fue lo último que dijo antes de bajarse del auto, se acercó a la entrada del
edificio y se dio media vuelta. Agitó la mano de un lado a otro y la imité con
una sonrisa. Entró al edificio y entonces Daniel arrancó el auto.
—Tu hermana es agradable.
—Si, la verdad que sí. Ella se llevó la simpatía.
Le subió un poco a la radio y siguió manejando tranquilo. Mi mirada paraba
en él más de lo que gustaría, pero finalmente me obligué a concentrarme en
el camino.
—Ruby soñaba con trabajar en ese restaurante, desde que comenzó a
estudiar Gastronomía —Habló rompiendo el silencio—. Dicen que ese
restaurante es bueno, Ruby dice que sí. Pero yo nunca he comido allí. ¿Alguna
recomendación? —Me dedicó una sonrisa ladeada—. Si lo demás no salió
bien, por lo menos te puedes quedar con la experiencia de la comida.
Me crucé de brazos.
—Ni eso —Dije en un tono bajo—. No cenamos. Solo pidió una bandeja de
aperitivos y aunque insistí que yo si quería cenar, porque tenía y tengo
hambre, Harry me ignoró. Así que cena, no fue.
—Ya. Entonces se llama Harry.
—No es precisamente la persona más amigable —Murmuré, apoyando la
cabeza contra la ventanilla—. Hasta tú eres más agradable.
Daniel soltó una risa baja, burlona.
—Gracias por el cumplido, supongo.
—No te acostumbres —Dije, girando apenas la cabeza para mirarlo.
Él ladeó una sonrisa, esa que siempre tenía una pizca de burla.
—Tranquila, no me enamoro tan fácil.
Le lancé una mirada entrecerrada, y Daniel la sostuvo sin inmutarse. Por un
segundo, el aire pareció espeso, como si todo lo que no se habían dicho
estuviera flotando entre los dos.
—Eres insoportable —Murmuré.
—Gracias.
Volví mi mirada a la ventanilla y fruncí el ceño incorporándome un poco en el
asiento, cuando vi donde estábamos.
—¿A dónde vas?
—Tengo hambre —Respondió sin más, mientras se alineaba en la fila del
autoservicio de una cadena de comida rápida—. Ruby me llamó justo cuando
estaba por prepararme algo de comer.
Parpadeé, aún un poco aturdida por la conversación anterior. Miré los
carteles iluminados del menú y luego lo miré a él.
—¿Vas a…?
—Sí —Me interrumpió—. ¿Vas a querer algo?
—No sé si debería…
—No pregunté si deberías —Dijo, sin mirarme—. Pregunté si querías.
Suspiré, aún confundida, pero mi estómago respondió antes que mi cabeza.
Me acomodé en el asiento y le dije un poco tímida lo que quería.
Daniel asintió, sin decir nada más, y cuando habló con el intercomunicador
para hacer el pedido, mi mente comenzó a vagar, sintiendo que el mundo se
había girado un poco. Que, en vez de irme a casa a ahogarme en mis
pensamientos, estaba en el auto con él… y que, por alguna razón, no se sentía
tan mal.
Cuando lo pasaron a la siguiente ventanilla para pagar, abrí mi cartera.
—No —Dijo sacando la tarjeta de su billetera—. Sé lo que estás pensando y
no, Sophie. Yo pago.
—Me han invitado dos veces esta noche, ya me estoy sintiendo mal —
Admití.
—Harry y su mierda de aperitivos, no cuentan —Dijo y solté una risa—. Así
que solo te han invitado una vez y he sido yo.
Me sostuvo la mirada hasta que le entregaron las bolsas, las recibí sintiendo el
olor de la comida y sonreí. Ya, por fin iba a comer.
—Gracias —Murmuré.
Unos minutos más tarde, estábamos estacionados en una esquina del mismo
local, con las luces tenues del auto encendidas y una canción sonando de
fondo. Comíamos en silencio y por primera vez en toda la noche, no se sentía
ni tenso ni incómodo.
Solo… tranquilo.
Finalmente, él rompió el silencio, con una sonrisa burlona en el rostro.
—Supongo que ya me tengo que acostumbrar a ser la mejor compañía para ti
—Dijo, mirando hacia el frente, pero sabiendo que mi reacción sería
inevitable.
Le lancé una mirada rápida, sin saber si reír o molestarme.
—Ya llegó el chico egocéntrico. Ya estaba tardando, ¿no? —Pregunté
burlona—. No te acostumbres, Daniel. No soy tan fácil de impresionar.
Daniel soltó una risa baja, la misma que me hacía sentir un nudo en el
estómago.
—Eso lo veremos —Respondió, desinteresado, pero con una sonrisa que
indicaba todo lo contrario.
Y en ese momento, sin saberlo, mi corazón empezó a latir más rápido.
19
Daniel
Miré el resultado del trabajo que pidió el profesor y una sensación de disgusto
me invadió. Pasé una mano por mi rostro, como si eso pudiera borrar el
desastre en la pantalla. Sentí la tensión acumulada en cada centímetro de mi
piel.
Pero la verdad era otra. No era el trabajo. No eran las putas horas que llevaba
sin dormir.
Era el beso. El puto beso.
Lo tenía pegado en la cabeza como una maldita película que no podía pausar.
Cómo se sintió su boca contra la mía, como encajó tan jodidamente bien en
mis brazos, como rocé su labio inferior y no se movió. La forma en la que me
miró un momento antes de que pasará, el calor de su boca, sus ojos. Sus ojos.
Mierda.
Quise sacármelo de encima. Sacarla de mi mente. Pero no se iba.
Y en este punto, ya no quería que se fuera.
Volví a mirar la pantalla del computador, como si eso fuera a devolverme el
foco. Nada.
Mis ojos se fueron al cuaderno que estaba debajo de todos los papeles que
había sobre el escritorio. Lo había revisado durante la noche, buscando algo
que no sabía si existía, alguna señal que estaba en el camino correcto en ese
corto, pero no me había servido una mierda.
Suspiré.
Era como si una parte de mí supiera que la culpa no tenía explicación lógica,
pero ahí estaba, clavada entre el pecho y la garganta. Como si no tuviera
derecho a sentir lo que sentía. Como si las palabras de Aiden se hubieran
pegado a mi piel y ahora me ardieran cada vez que recordaba.
Me levanté sin pensarlo y salí de la habitación rumbo a la cocina. Mientras el
agua calentaba, me apoyé contra la barra, con la mirada fija en nada,
sintiendo el ruido blanco del amanecer filtrarse por la ventana.
Y esperando, en el fondo, que el café hiciera algo que no podía hacer solo.
Con el café ya en mano, me quedé pensando. Pensé en todo y nada a la vez.
El corto. El beso. En los apuntes. Sophie. Pensé tanto como de esas veces que
sientes que te pierdes y no sabes cómo volver, pero el ruido de la puerta de
Lukas abriéndose me hizo salir de mi burbuja.
Mi mirada cayó en una chica de cabello ondulado, llevaba una coleta y las
zapatillas en la mano. Cerró la puerta de la habitación con cuidado, como si
el sigilo la salvara de algo. Pero cuando se volteó, me vio. Y soltó un pequeño
grito ahogado.
Rodeé los ojos. No estaba para escenas.
—¿Vives aquí? —Preguntó, en un susurro como si la respuesta fuera a darle
tiempo para escapar.
—No —Respondí seco—. Solo entré, me robé una toalla y decidí hacerme un
café.
Ella me sostuvo la mirada como si estuviera evaluando si me burlaba o
hablaba en serio. Caminó directo hacia la puerta con paso rápido.
—Tú nunca me viste —Murmuró, levantando el dedo como una advertencia
patética.
Me encogí de hombros, sin esfuerzo alguno.
—Tranquila… igual los secretos no duran mucho cuando hay alguien con
resaca y poca paciencia —Moví la cabeza en dirección a Lukas que apareció,
despeinado, con la camiseta mal puesta.
Sin decir nada más, me metí al baño.
Encendí la ducha con fuerza, esperando que el agua arrastrara, aunque fuera
una parte de lo que sentía. Me metí sin esperar a que se templara. El frío me
golpeó los hombros y los brazos como un castigo, pero no reaccioné. Solo
respiré hondo.
Mis músculos estaban tensos. La mandíbula apretada. El nudo en el pecho
parecía haber pasado la noche conmigo. Y la frustración, esa no se iba.
Estaba para recordarme todo el tiempo que no estaba siendo suficiente.
No como los demás.
Cerré los ojos. Y me quedé ahí, sintiendo el agua correr, sin tener idea de
cómo aflojar el nudo que llevaba por dentro.
Escena 4
Miradas y copas
El chico ya no la esperaba. Pero ella volvería de todos modos. Igual él
siempre terminaba diciendo que sí. Y eso esperaba ella, a decir verdad.
Otro personaje en esta historia, el cual era uno de sus amigos más cercanos,
estaba de cumpleaños, y lo celebraría en su piso. Ella estaba invitada,
obviamente. Con el cumpleañero eran amigos.
Muy amigos. Demasiado amigos.
Él fue de todos modos, aunque no tenía muchas ganas. Había dicho que no
iría, pero insistieron, y al final terminó apareciendo.
Cuando cruzó la puerta, la música lo envolvió al instante. Había gente por
todo el piso, vasos en las manos risas desordenadas. Pero ningún rastro del
cumpleañero.
Se encontró con un chico de la carrera y se quedaron hablando unos minutos.
Hasta que apareció ella, lo saludó como si fueran dos extraños. Como si no lo
hubiera buscado con la mirada desesperadamente hace unos momentos.
Y él respondió con la misma frialdad.
El cumpleañero, sabiendo más de la cuenta, llegó unos momentos después y
le dedicó un saludo neutro, apenas una sonrisa. Lo suficiente para no levantar
sospechas porque te confieso, que el cumpleañero y la chica habían estado
alejados en una habitación, hablando. Sí, solo hablando, de la extraña relación
del chico y la chica.
Una punzada de traición le atravesó el pecho al cumpleañero.
Unas copas más tarde, ella lo intentó. Se acercó con una excusa tonta, con un
comentario al oído. Él no respondió.
Lo volvió a intentar, tocándole el brazo, sin dejar que los vea la multitud.
Él solo la miró. Y no sé movió.
Más copas.
Ella reía más fuerte. Buscando su atención con cada gesto.
Él no tenía ganas. Solo quería irse.
Y eso hizo. Sin decir nada.
El chico la vio de reojo mientras cruzaba la puerta. Ella estaba mirándolo. El
cumpleañero la miraba a ella, desde antes de que él se fuera.
Ella se dio cuenta de la mirada.
Se sostuvieron la mirada por unos largos segundos.
No supo si fue por el orgullo, por el dolor, o por el alcohol.
Pero unos minutos más tarde, ambos desaparecían en una habitación.
Y esta vez, sí pasó lo que estás imaginando.
20
Sophie
—Te lo juro, Sophie. Es un chico tan desagradable.
Lyra rodó los ojos mientras tomaba de su café, apoyada de la barra de la
cafetería donde yo estaba trabajando. Había faltado a su primera clase para
venir a hablar conmigo y colocarme al día con respecto a Lukas, ayer había
ocurrido una “emergencia”, como lo denominaba Lyra, y necesitaba hablar y
contar lo ocurrido.
—Estaba ahí, tomando un café o yo qué sé, pero… —Negó con la cabeza—.
Es un idiota. Desde ese día que chocó contigo que lo supe, es odioso.
Solté una risa, ya me imaginaba de quien estaba hablando.
—Se llama Daniel y… si es pesado, pero no siempre. Una vez que lo conoces
es un poco más agradable.
Limpié el mesón y cuando levanté la mirada los ojos verdes de Lyra me
miraban con burla.
—Así que una vez que lo conoces es un poco más agradable —Le dio un
sorbo a su café divertida—. Tan agradable que se besaron.
—¡Lyra!
La chica soltó una risa ganándose la mirada de Grace, me sonrió, divertida,
antes de volver a limpiar las mesas
—Retomemos sobre ti —Dije con sintiendo mis mejillas encendidas—. Ya,
entonces solo durmieron…
—Solo dormimos —Afirmó con una risa nerviosa.
—Las pocas veces que he hablado con Lukas, se ve buen chico.
Lyra negó con la cabeza mordiéndose el labio inferior.
—No creo que sea bueno que este cerca, estoy tan dañada que creo que
inevitablemente terminaría haciéndole daño o arruinando todo.
Revolvió su café mirándolo directamente y tomé su mano.
—No creo que estes destinada a hacer daño, Lyra. Todos tenemos cosas que
sanar, créeme todos, pero eso no significa que no merezcas cariño.
Me dio una pequeña sonrisa y soltó el aire retenido.
—No lo sé, Sophie. Hoy no me comporté del todo bien y…
Iba a responder, pero su celular sonó. Era una alarma que apagó al instante.
—¡Tengo examen! ¡Nos vemos, Sophie!
Agité la mano de un lado a otro cuando me dio una mirada desde afuera de la
cafetería, sonrió antes de irse rápidamente. Su facultad quedaba casi al otro
lado del campus. Sonreí terminando de limpiar.
Las horas pasaron sin que me diera cuenta. Entre pedidos, café derramado y
platos que iban y venían, seguí atendiendo como cualquier otro día. O eso
intentaba. Porque, aunque no lo dijera en voz alta, una parte de mí lo
esperaba.
No era algo consciente, ni algo que pensara al abrir la cafetería o al ponerme
el delantal. Solo… estaba ahí. Esa idea, ese presentimiento tonto de que
aparecería en cualquier momento, que entrara por la puerta con esa cara de
superioridad, soltando un comentario sarcástico. Que me mirara como si me
leyera de memoria.
Pero no llegó.
Cuando el aire frío chocó con mi rostro, me sentí estúpida y reí
inconscientemente.
Pero tenía algo más que hacer antes de irme a casa, hablar con Ivy. Tratar de
arreglar lo que hice, tratar de disculparme por haber arruinado su noche de
cumpleaños.
El edificio de Dirección Audiovisual tenía esa energía de caos creativo que
siempre lo hacía sentir más vivo que el resto del campus. Caminé por el
pasillo buscando a Ivy. No sabía exactamente qué le iba a decir, pero no
podía dejarlo así. No después de como todo había terminado esa noche.
La vi al fondo, saliendo de un salón sola. Caminó hasta la escalera más vacía,
se sentó en un peldaño y tecleó algo en su celular. Me acerqué rápidamente
Respiré hondo antes de subir y sentarme a su lado.
—¿Puedo hablar contigo? —Pregunté al llegar a su lado.
Ivy alzó la vista. Su expresión se mantuvo neutral, casi indiferente.
—Si vienes a seguir justificándote, ahórratelo.
—No vengo a justificarme, vengo a disculparme —Dije, firme. Mis manos
temblaban apenas, pero mantuve la voz segura—. Sé que tu cumpleaños no
salió bien del todo y no era mi intención que terminara así. Te lo prometo.
Ella soltó una risa seca y volvió a mirar su celular.
—Ellen también quería pasarlo bien. Pero parece que eso no te importó
mucho. Ni a ti ni a Daniel.
Se levantó volviendo a subir las escaleras, pero la seguí.
—Ivy, no fue tan así. Yo…
Se dio vuelta con una expresión enojada.
—¿Qué? ¿Vas a decirme que fue culpa del ambiente? ¿De los tragos? ¿O vas
a decirme que “solo pasó”? —Levantó la vista, clavándome una mirada
dura—. No todo gira en torno a ti y a tus…
—Basta, Ivy.
Ivy miró bruscamente hacia un lado, al igual que yo. Daniel estaba con las
manos en los bolsillos y una expresión poco amigable.
Mi pulso se aceleró en solo pensar como terminaría esto.
—No pasa nada. Solo estamos hablando —Dije en voz baja.
Daniel se acercó quedando cerca de mí. Ivy pareció enojarse aún más.
—¿Vienes a defenderla? —Soltó una risa sarcástica.
—Vengo a decirte que no te pases con tus palabras —Dijo sin rodeos—. Está
bien que estés molesta, lo entiendo. Fue tu cumpleaños y no terminó nada de
bien. Pero no descargues todo en Sophie como si fuera la única culpable.
Ivy apretó los labios y se cruzó de frases.
—Lo sé, un beso es de a dos. Tu estabas ahí ¿no? ¿No eras tú el que estaba
besándola como si el resto del mundo no existiera?
Daniel tomó aire, como buscando paciencia.
—Sí fui yo —Dijo como si fuera lo más natural del mundo—. Pero no viniste
a buscarme a mí. Viniste directo a tirarle mierda a ella. Y no es justo, porque
como tú has dicho un beso es de a dos.
—Ivy, nuestra intención nunca fue hacerle daño a Ellen. Te aseguro que no.
—¡Pero lo hicieron! ¡A Ellen le interesabas y fue evidente y te lo dijo!
—Y yo le dije que a mí no me interesaba —Respondió Daniel—. Que, si
pretendía que algo más iba a pasar entre nosotros, que borrara eso de su
mente, porque no estoy interesado. También te lo dije a ti y más de una vez.
Fui claro Ivy, por lo mismo. No me gustan los malentendidos.
El silencio que hubo entre los tres se hizo aún más denso, Ivy apartó la
mirada. Vi de reojo como Daniel me observaba, pero no lo miré de vuelta, en
este momento solo me preocupaba Ivy.
—Ivy, no quiero que te vayas así. Podemos hablarlo y… —Dije tratando de
acercarme, pero se alejó bruscamente interrumpiéndome.
—No, no podemos —Dijo tajante.
Cerré mis ojos sintiendo la culpabilidad encima.
—No es tu culpa —Murmuró Daniel a mi lado, volví a verlo—. Después de
todo, yo te besé ¿no?
Aparté la mirada y negué con la cabeza lentamente.
—Ya me voy —Murmuré.
Daniel dio un paso hacia mí, cuando quise caminar, quedando frente a mí.
Levanté la mirada y al encontrarme con sus ojos oscuros, mi corazón dio un
vuelco.
—Vámonos —Dijo en un tono bajo.
—¿A dónde?
Se encogió de hombros.
—En el camino lo sabremos.
(…)
—¿Un estacionamiento? —Pregunté girándome hacia Daniel con confusión.
Daniel apagó el motor y me lanzó una mirada que no supe descifrar.
—No, un circo —Habló sarcástico y rodeé los ojos—. Un estacionamiento
sin tanto público, la gente normalmente no sabe que existe uno en el piso
superior.
—Ya, que gran descubrimiento —Dije imitando su tono.
Sonrió burlón.
—Lo sé, gracias. Privado, con vista incluida. ¿Qué más quieres?
—¿Puedo ver los aviones más cerca desde aquí? —Pregunté burlona mirando
por la ventana.
—No seas dramática, ni tan altos estamos.
Solté una risa y volví mi mirada a Daniel, tiró un poco el asiento hacia atrás y
se acomodó en él. Apuntó al mío y negué con la cabeza, estaba bien así.
—Igual es… extrañamente bueno tu descubrimiento.
—¿Extrañamente bueno? —Asentí—. ¿Eso es bueno o malo?
—Si quieres esconderte de algo o de alguien, supongo que bueno. Dudo que
alguien te encuentre aquí.
—¿Y lo malo?
Me quedé en silencio un momento antes de responder.
—Que a veces da para pensar demasiado —Murmuré.
—A veces sí.
El silencio volvió a invadir unos segundos, ambos mirando hacia el frente.
—¿En qué piensas ahora? —Pregunté en voz baja.
—En muchas cosas. En tantas que creo que hay algunas que prefiero no decir
en voz alta.
Volví a verlo y ya estaba mirándome. Intenso. En silencio. Con ese “algo” que
flotaba.
—Vaya misterio.
—Me queda bien ¿no? —Preguntó esbozando una sonrisa burlona.
—Irritante, diría yo.
No pude evitar que una sonrisa se me escapara al ver su expresión y volví mi
vista al frente.
—¿Y tú? ¿En qué piensas?
Llevé mi mirada a mi lado cuando sentí una brisa colarse por un pequeño
espacio de la ventanilla entreabierta.
—En muchas cosas también.
—Y adivino que una de esas es Ivy, ¿no?
Lo miré. Asentí lentamente y pasé mis manos por mi rostro.
—Solo quise disculparme y terminó peor. Soy super buena en esto ¿no? —
solté una risa amarga—. Intento de arreglarlo y termino destrozándolo más.
—No es tu culpa.
—¿Y entonces de quién?
—De los dos, supongo —Se encogió de hombros—. Ivy lleva rato tratando,
intentando que algo pase entre Ellen y yo. Cada vez que podía insinuaba algo.
—¿Y tú? ¿Querías? —Pregunté en voz baja.
Negó con la cabeza.
—Más de una vez le deje claro a Ivy que no me interesaba. A Ellen también
se lo dije. Se los dejé claro.
El silencio se instaló por un momento. Mi corazón latía más rápido sin razón
lógica, aunque quizás si la había. Daniel tragó, con la mirada aún en mí, antes
de hablar.
—Y sobre el beso… —Comenzó—. No fue el mejor momento, lo sé. Pero no
voy a decir que me arrepiento.
Sentí como mi corazón dio un vuelco y como mis mejillas se ruborizaron al
instante. Apreté los labios y aparté de la mirada.
—No fue el momento —Murmuré—. Pero tampoco me arrepiento. Solo fue
un juego, ¿no?
—Sí —Respondió, aunque su tono dejaba algunas dudas.
—Sí —Repetí, más para mí que para Daniel.
Él me miró con esos ojos que a veces parecían decir ver demasiado.
—Pero tampoco esperaba que dañaran a alguien —Dije.
—Yo tampoco.
La brisa se colaba por ese pequeño espacio en la ventana, refrescando el
ambiente, el cual era cómodo. El cielo comenzaba a teñirse con los colores
del atardecer y pensé que una foto desde esta altura se vería preciosa.
La mirada de Daniel estaba en frente, perdida entre ese edificio y el cielo.
—¿Qué te preocupa?
—¿Qué? —Volvió a mirarme.
Me encogí de hombros.
—Creo que a todos nos preocupa algo y tú pareces estar pensando
demasiado.
Una sonrisa ladeada tiró de sus labios.
—¿Cómo sabes que es preocupación?
—¿Me equivoco?
—No.
Sonreí levemente.
—Lo sabía.
—¿Quién en la egocéntrica ahora? —Preguntó burlón.
Negué con la cabeza, quitando esa expresión de juego de mi rostro.
—¿Qué te preocupa? —Volví a preguntar.
—¿Ahora?
—En general.
Daniel me sostuvo la mirada un momento antes de soltar un suspiro y hablar.
—A veces siento que todo es una especie de actuación. Como si estuviera
cumpliendo un papel que ni siquiera recuerdo haber elegido.
Su mandíbula se tensó.
—¿Y si te sales del guion? —Pregunté.
Soltó una risa corta, casi sin humor.
—Supongo que ahí es cuando todo se va a la mierda. Toca empezar a
construir tu propio guion y no sabes si siempre es el indicado.
—Me da miedo pensar en escribir mi propio guion y equivocarme.
—¿Te has salido del guion?
Negué con la cabeza.
—Todavía no —Murmuré—. ¿Y tú?
—Sí. Y la primera vez sentí que el miedo me estaba persiguiendo.
Sonreí levemente.
—A veces creo que el miedo está ahí solo para recordarnos que estamos
haciendo algo distinto —Dije—. Salirse del guion asusta, pero también
significa que ya no estás actuando.
Daniel giró un poco el rostro hacia mí.
—¿Tú estás actuando?
—No lo sé —Murmuré—. Creo que he estado repitiendo líneas que ni
siquiera me gustan.
Jugué con la pulsera que adornaba mi muñeca.
—¿Cómo cuáles? —Preguntó.
—Como que me gustaría estudiar Derecho —Me quedé un momento en
silencio—. Desde pequeña mi madre siempre me repitió que es una buena
carrera para mí. Que iba a darme estabilidad, buen futuro. Y durante años lo
creí, crecí con esa idea e imaginando con mi madre como sería mi vida. Lo
linda que sería mi vestimenta y las muchas expectativas que tenía sobre.
Solté un suspiró fuerte.
—Pero luego me empezaron a interesar más cosas y Derecho se fue haciendo
pequeño, como si ya no tuviera un espacio. Me tomé el año porque no estaba
completamente segura de la carrera, aunque mi madre tenía la esperanza que
con el tiempo mi cabeza hiciera clic y terminara convenciéndome. Que, con
conocer gente de Derecho, con nuevos resultados del examen de admisión
terminaría entrando a una de esas universidades que siempre menciona con
orgullo.
Tragué saliva antes de continuar.
—Pero ha pasado justo lo contrario. Cada vez me siento menos convencida
—Hice una pausa bajo la mirada de Daniel—. Y cuando salí con Harry, fue
porque mi madre me lo pidió. Quería que me contara más sobre la carrera,
que me inspirara, pero no sucedió. Fue todo lo contrario. Me sentí atrapada. Y
estoy asustada, porque creo que me estoy saliendo del guion. Y sé que,
cuando lo diga, mi madre no solo se va a sentir decepcionada, va a pensar
que estoy tirando todo por la borda.
Solté un suspiró fuerte y volví mi vista a Daniel.
—Lo siento —Dije de golpe—. A veces hablo demasiado, me enredo y sigo…
y no me callo. Y quizás querías venir aquí por la tranquilidad y el silencio y yo
solo he hablado. Soy un poco intensa con todo, a veces. Lo siento.
Una sonrisa pequeña se dibujó en su rostro.
—No te disculpes —Sacudió la cabeza—. Me gusta escucharte, aunque a
veces quieras callarme con ese tono tuyo.
Me ruboricé un poco.
—Me gusta escucharte —Repitió—. Es como si tus palabras salieran antes de
que intentes filtrarlas… como si fueran más valientes que tú.
—No sé si eso sea un cumplido —Murmuré.
—Lo es. Hay algo en cómo hablas, te adelantas a lo que sientes, y no todos se
atreven a eso.
No respondí y solo lo miré.
Y Daniel me sostuvo la mirada.
Esa pausa, ese instante, se sintió más largo de lo que fue. Intenso. Mi pulso se
aceleró un poco y vi como entreabrió los labios, se los remojó y tuve que
apartar la mirada.
—Sobre tu madre… —Dijo después de un rato, con voz baja—. A veces la
gente que más queremos espera versiones de nosotros que ya no existen. Y lo
peor es que ni siquiera lo hacen por mal. Solo no se dan cuenta de que
estamos cambiando. Que ya cambiamos.
Lo miré, sintiendo cómo su tono se volvía más real. Más cercano.
—Uno cree que tiene tiempo para explicarse después. Para decir “esto soy yo
en verdad”. Pero a veces ese después no llega. Y mientras tanto, te vas
perdiendo en todo lo que no eres.
Sus ojos se encontraron con los míos por un segundo más largo de lo normal,
como si hubiera dicho más de lo que quería.
—¿Te pasó?
Daniel no respondió enseguida, solo apartó la mirada con la mandíbula tensa.
Entonces entendí que sí, y que probablemente no quería hablar sobre eso.
Decidí no indagar más.
—Algo parecido —Respondió después de un rato.
Su mirada estaba perdida en algún otro punto, así que solté el aire con una
pequeña sonrisa.
—Eres bueno… con las palabras.
—Tengo mis talentos —Respondió, ladeando una sonrisa.
—Sí, como hacerme hablar hasta que me arrepienta de todo lo que dije —
Pasé una mano por mi rostro avergonzada—. De verdad, a veces soy muy
intensa.
Negó con la cabeza.
—No tanto —Dijo burlón. Relajó la mirada antes de volver a hablar—. No
eres intensa, Sophie. Eres real y me gusta conocer esta versión tuya.
Sonreí sintiendo como mi corazón dio un salto.
—A mí me gusta conocer esta versión del chico con el que se pueden hablar
más cosas que solo sarcásticas.
Levantó y bajó las cejas con una sonrisa ladeada.
—Te gusta hablar conmigo, admítelo.
Solté una risa por el tono que usó.
—Tú eres el que se me queda escuchando. ¿Estás seguro de que no eres tú el
que disfruta esto?
Daniel me miró sin borrar su sonrisa.
—Tal vez. Pero no lo voy a admitir tan fácil.
Rodeé los ojos sin evitar sonreír. Nos dimos una última mirada antes de
volver la vista al frente, la tarde seguía envolviendo el estacionamiento y unas
pequeñas estrellas llegaron a acompañar al oscuro cielo.
Y entre todo lo que se dijo y lo que no, empezaba a surgir una verdad distinta.
Más honesta.
21
Daniel
—Está bien, Daniel. La idea está clara, se nota que hay trabajo detrás… —
Volvió su mirada a mí y soltó un suspiro—. Pero hay algunos detalles. Ajustes
que deberías hacer, que son mínimos, pero que pueden mejor tu trabajo si te
das el tiempo.
Asentí, sin decir nada. No era una crítica dura, si no una ayuda, pero igual se
sentía como una pequeña espina.
—Podrías volver a hacerlo. Todavía tienes una semana de plazo.
—Claro. Gracias —Murmuré guardando el documento en mi mochila.
Se encogió de hombros antes de volver a lo suyo.
—Siempre estoy dispuesto ayudar a mis alumnos.
Salí del aula con un peso aún más pesado que antes.
A veces pensaba que la vida era justo eso: una versión casi terminada, llena
de tachones, cosas subrayadas y márgenes con anotaciones. Siempre a punto
de estar lista, pero no del todo.
Y aunque no lo decía en voz alta, había días en que me preguntaba si yo
también estaba esperando a ser corregido.
Había revisado ese documento mil veces. Había quedado hasta tarde
puliendo detalles que probablemente nadie notaría, comparando cada línea,
buscando aún más detalles y cuando pensé que había encontrados todos.
No era así. Aun así, no era suficiente.
No era solo el trabajo.
Había algo de mí que tampoco parecía estar nunca del todo listo. Como si
siempre faltara una coma, una frase mejor escrita, un cierre más claro. Como
si, incluso después de tanto esfuerzo, alguien pudiera mirar lo que soy y decir:
“Está bien, pero hay detalles.”
Y aun así quería seguir mejorando.
No para que otros dijeran que estaba bien.
Sino para algún día poder mirarme sin sentir que todavía era un borrador.
—¿Y? ¿Qué te dijo?
Miré a mi lado encontrándome a Lukas.
—Que está bien, pero hay detalles.
—¿Detalles? —Preguntó confundido.
Asentí.
—De esos que no se notan hasta que alguien los dice en voz alta.
Lukas le dio un golpe con su botella en el estómago. Fruncí el ceño y le di un
leve empujón con el brazo.
—El profesor sabe que tienes potencial, pero eso te pide un poco más de
esfuerzo —Chasqueó la lengua—. Tienes todas sus fichas en ti, lo puedo ver.
Solté una risa burlona.
—¿Ahora lees personas?
—Solo a las más obvias —Asintió levemente—. ¿Y ahora qué? ¿Te volverás a
encerrar en la biblioteca y en tu habitación?
—Tal vez.
Negó con la cabeza.
—Vamos a Spring´s. Quiero un café. Y sé que es tu lugar favorito.
Rodeé los ojos por la indirecta y Lukas rió por mi mal humor. Su sonrisa se
desvaneció cuando Ivy pasó por delante de nosotros, nos dedicó una mirada
seria y siguió su camino, apurada.
—Wow —Murmuró—. ¿Sigue molesta?
—Al parecer sí —Solté un suspiro—. El otro día tuvimos una conversación
los tres y no terminó bien.
—¿Los tres te refieres a Ivy, Sophie y tú?
Asentí.
— Sí. Aunque después hablé con Ivy a solas y traté de disculparme. Pero se
molestó aún más, me insultó y se fue.
—Suena peor de lo que me esperaba —Se quedó en silencio por un
momento—. Al menos intentaste disculparte y si Ivy ya no te quiso escuchar,
eso ya no está en tus manos.
Hice un sonido con mi boca al mismo tiempo que comenzábamos a bajar las
escaleras.
—¿Y Sophie?
Fruncí el ceño, girando apenas la cabeza hacia él.
—¿Qué pasa con ella?
—No sé… —Se encogió de hombros—. ¿Está todo bien después de ese beso
frente a casi la mitad de la fraternidad?
Me tomó unos segundos responder. Lo pensé. Tal vez más de lo necesario.
—Sí. Todo bien. Solo fue un juego.
Lukas levantó una ceja, con una sonrisa ladeada que ya conocía.
—Un juego... Ese beso fue parte del juego. Claro —Rodeé los ojos—. Te
llamaré cuando dirija una película donde sea necesario un beso de…
—No empieces —Lo corté.
Soltó una risa. Cuando salimos de la facultad el aire frio chocó con mi rostro.
—¿Yo? Si tú fuiste el que se metió de lleno en el juego. Yo solo fui un
espectador.
Rodeé los ojos sin decir nada más. Y como si universo hoy estuviera jugando,
pero no a mí favor, Lukas me volvió a dar otro golpe con su puta botella, y
cuando miré hacia el frente vi a Sienna apoyada en la puerta, me hizo una
seña a un aula y negué.
Insistió un poco más. Luego se metió al aula que había señalado. Solté un
suspiro, cansado.
—Te espero afuera —Avisó Lukas antes de irse.
Chaqueé la lengua antes de cerrar la puerta tras de mí. Me apoyé en ella y
Sienna se dio media vuelta, pero no se movió de ese rincón donde nadie
podría verla.
Tenía esa expresión suya que siempre parecía entre preocupación y cálculo.
Como si le importaras, pero solo hasta cierto punto. Como si ya tuviera claro
cómo quería que terminara la conversación antes de empezarla.
—Me contaron que estuvieron en mi facultad —Soltó.
No respondí. Solo me quede esperando que dijera algo. Apretó los labios y
soltó un suspiro.
—Y… alguien me dijo que mencionaron a Aiden, ¿está todo bien? —
Preguntó en ese tono suave, cuando quería sonar genuina.
—Sí. Todo bien —Guardé mis manos en los bolsillos—. ¿Algo más?
—Solo… me pareció extraño que fueras hacia allá, desde que ocurrió eso que
ya no vas.
—Te encargaste que no fuera más —La corregí.
Su semblante de culpa apareció en su rostro.
—No fue así.
—Ah, ¿no? —Pregunté irónico.
—Es decir, sí. Pero no. Conté la verdad, pero…
—Tú verdad. Tú versión. La única que se sabe.
Soltó un suspiro.
—En fin. Solo quería saber si estabas bien —Murmuró.
—¿Te importa?
Se quedó en silencio sin dejar de mirarme y di por terminada esa
conversación. Salí del aula y me dirigí a fuera de la facultad, donde se
encontraba Lukas.
Sentía el pulso acelerado, no por lo que había dicho, si no por lo que no. Por
todo lo que todavía cargaba, incluso sin querer.
Unos pasos antes de llegar a la puerta, la vi. Desde el ventanal gigante, se
podía ver a Sophie, barriendo cerca del mesón. Su cabello recogido en una
coleta dejaba su cuello expuesto, y una hebra suelta le caía sobre la mejilla.
Llevaba puesto un delantal beige que se ajustaba a su cintura, sobre un
conjunto completamente negro. Se veía tranquila. Como si el caos de afuera
no pudiera alcanzarla ahí dentro
Empujé la puerta de Spring´s haciendo sonar la campanita colgada en lo alto.
El olor a café llenó mis sentidos antes de que siquiera entrara del todo. Se giró
cuando escuchó la campanita y sus ojos se encontraron con los míos.
Sonrió. No demasiado. Solo lo justo.
Pero fue suficiente.
—¿Está abierto o vinimos ayudarte a barrer? —Pregunté burlón.
Sophie soltó una risa.
—Denme un momento, por favor.
Me quedé observándola un poco más. Había algo en cómo llenaba ese
espacio, en como lo simple; una escoba, un delantal, ropa oscura. Parecía
tener otra presencia cuando era ella quien lo vestía.
Y me di cuenta de que, ya no estaba pensando ni el trabajo del profesor, ni en
la ocurrido con Ivy, menos en la conversación con Sienna.
Si no que estaba pensando en ella.
En Sophie.
22
Sophie
—Ya, es que… No pienses que soy tonta ¿ya?
Negué con la cabeza mirándola.
—Claro que no, Lyra. Cuéntame.
Tomo aire antes de hablar.
—La chica con la que Jayden me engañó… me escribió —Fruncí el ceño,
pero no dije nada. Lyra siguió—. Y quiere juntarse a hablar conmigo. En la
misma fraternidad donde ocurrió todo.
Pestañeé tratando de no perder el hilo.
—Y pensaba en ir, si me acompañas —Añadió bajando la voz—. No es que
extrañé a Jayden y quiera volver con él. Nada de eso. Tengo muchas
preguntas sin respuesta y ella decidió contactarme y… solo hablar. Quizás
pienses que estoy loca, pero siento que, si hago esto, si tengo esta
conversación, podría cerrar ese capítulo completamente. Sin rencor. Sin
dudas.
—No creo que seas tonta. Nada de eso —Sonrió levemente mirando sus
manos—. Pero no sé si deberíamos…
Algo en todo esto no me daba buena espina. No conocía a chica, no sabía sus
intenciones, y tampoco entendía por qué, después de casi dos meses, quería
hablar con Lyra justo ahora.
—¿Y en una cafetería? Algo más privado…
Lyra se mordió el labio inferior.
—Dijo que en la fraternidad era la única oportunidad que tenía para hablar
con ella y aclararme todo —Me quedé en silencio un momento—. Por favor,
Sophie…
Asentí, aunque dentro de mí no estaba del todo convencida. Algo en todo me
inquietaba.
Pero Lyra era mi amiga. Era la amistad más real que había tenido, habíamos
estado juntas en momentos que no todos habrían aguantado. Me conocía
más de lo que yo a veces quería admitir, y ella ahora me necesitaba.
Tal vez no confiaba en la chica que la había contactado. Tal vez tampoco en
el lugar. Pero confiaba en Lyra. Y eso bastaba.
—Vamos —Dije finalmente.
Me dio un abrazo mientras murmuraba muchos “gracias” que me hicieron
reír.
—Hay que arreglarnos, es en unas dos horas. Hoy.
Pestañeé.
—¿Hoy? —Repetí.
—Sí… te iba a decir antes, pero se me fue —Soltó una risa nerviosa—. Me
escribió esta mañana. Solo pensé que, si lo dejaba pasar, me iba arrepentir.
Me llevé una mano a la frente y suspiré. No podía creer que todo fuera tan
rápido, pero ya no tenía tiempo para discutirlo. Solo asentí mientras ella ya se
dirigía hacia su armario.
—Entonces vamos a alistarnos.
Lyra sonrió con cierta emoción nerviosa, y en pocos minutos Lyra ya estaba
lanzándome vestidos de su armario, peinándonos frente al espejo y
preguntándonos si vería mejor una chaqueta u otra. Parecía casi una salida
común entre amigas, de esas que solíamos hacer hace un par de años,
cuando los problemas parecían más simples y fáciles de dejar atrás.
Después de un rato y muchas dudas, estábamos listas. No sabía cuánto
tiempo habíamos pasado en la habitación de la residencia arreglándonos,
pero cuando salimos, sentí cómo el aire de la calle me helaba un poco más
de lo normal. Tal vez era por la noche, o por la sensación extraña que aún me
recorría el cuerpo.
No estaba segura de que esto fuera buena idea. Pero ya estábamos en
camino.
Compartimos una mirada y una sonrisa antes de entrar a la fraternidad, la
cual estaba hasta afuera de personas y la música se podía escuchar desde
lejos.
—¿Te dijo donde se encontrarían? —Pregunté en un tono alto por la música y
su celular se prendió.
—En el jardín, pero… quiere que vaya sola —Me dijo mirando su celular—.
Que es mejor que lo soluciones entre las dos.
La miré más dudosa todavía.
—¿Estas, segura? —Volví a preguntar y Lyra asintió.
Miró alrededor de nosotras, tiró de mi brazo cuando vio la cocina, la cual
estaba alejada del punto central de la música. Se giró hacia mí.
—¿Nos juntamos aquí luego?
Asentí.
—Aquí te espero.
Lyra sonrió antes de perderse entre la gente. Me quedé de pie unos segundos
antes de entrar a la cocina, pero me quedé en el umbral de la puerta cuando
escuché una conversación.
—… y estuvo ahí como si nada —Contó un chico.
—Sí, supe. Pero no encuentro una explicación lógica de por qué fue —Habló
una chica que estaba apoyada en la barra, pero no pude verle el rostro.
Fruncí el ceño, confundida. Se escuchó un silencio largo.
—Escuché que fue por el cumpleaños de una chica y que jugaron lo de
siempre.
—Verdad o reto —Completó ella. Se movió un poco y vi a la misma chica
que había estado en el piso de Daniel.
Sienna.
—Le preguntaron sobre Aiden.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—¿De verdad?
Él asintió.
—Se puso tenso, obvio. Siempre se pone así cuando lo nombran… porque
sabe. Todos lo saben, aunque nadie lo diga —Su tono se volvió más frío.
Sienna mordió su labio inferior y el chico le tomó la mano.
—Todos saben la verdad —Dijo él—. Y tú no has hecho nada, así que
tranquila.
Sienna desvió la mirada y destapó una botella de cerveza en silencio.
—Y por si no fuera suficiente… supe que Daniel se besó con una chica, esa
misma noche. Pero nadie sabe quién es. Nadie.
—¿Un beso? ¿Con una chica que nadie conoce?
El chico asintió.
—Será por el juego. Ya sabes el típico beso —Sienna soltó una risa.
—Dijeron que fue un beso… así intenso. No uno de juego.
Mis mejillas se sonrojaron sin poder evitarlo.
—Bien —Dijo ella en un tono seco.
—Espero que ella no se ilusione. Daniel siempre ha sido así —Habló él.
Me quedé completamente inmóvil, la mirada clavada en el suelo, mientras
mis dedos jugaban con el collar que había en mi cuello.
—Pero bueno —Agregó Sienna—. Que la chica se entretenga mientras le
dure. A veces la gente necesita tropezarse sola para aprender.
—Y con Daniel… es más que tropezarse —Completó el chico.
La carcajada que soltaron me heló completamente. Di un paso hacia atrás,
intentando alejarme sin hacer ruido, pero mi espalda chocó con algo y un
sobresalto recorrió mi cuerpo. Me giré de inmediato.
Era Daniel.
Su mirada bajo hacia mí, y por primera vez en mucho tiempo, no hubo burla
en sus ojos. Tampoco esa sonrisa ladeada que solía aparecer. No, nada.
Solo había algo cansado en su rostro. Como si llevara cargando algo y ya no
supiera como llevarlo. Su mirada volvió a la cocina, donde las voces cada vez
se fueron haciendo más lejanas, y entonces lo supe, era bastante obvio. No
necesitaba preguntarle.
Daniel había escuchado. Al igual que yo.
Su expresión lo decía todo; la mandíbula apretada, los ojos fijos en un punto
invisible, las manos cerradas en puños casi imperceptibles. Dudé en decir
algo, en preguntar si estaba bien, pero antes de que pudiera abrir la boca, él
habló primero.
—¿Viniste sola? —Preguntó en voz baja.
Negué.
—Con Lyra, una amiga.
Me dio media vuelta y colocó una mano en la parte baja de mi espalda, no
brusco ni invasivo. Si no firme. Sentí un escalofrío subiendo por mi columna
mientras me guiaba a la cocina en silencio. No había rastro ni de Sienna ni del
chico.
Daniel se apoyó en una barra y yo en la paralela de él, sin quitarme los ojos
de encima. Bajó la mirada y la volvió a subir, con una expresión diferente.
—¿Llevas mucho rato escuchando? —Pregunté, en voz baja.
Daniel soltó un suspiró cruzándose de brazos. La camiseta se le marcaba a
ellos y me obligue a subir la mirada a su rostro.
—Lo suficiente.
Dudé en hablar, pero finalmente lo hice.
—Sobre lo que dijo Sienna, creo que…
—¿Qué te trae por aquí? —Me interrumpió.
Supuse que esa interrupción fue porque no quería hablar sobre el tema. Solté
un suspiro aceptando su decisión.
—¿Tú? —Pregunté, alzando la barbilla—. ¿Qué haces aquí?
Daniel entrecerró los ojos por un segundo, antes de acercarse a mí. Me
enderecé sintiendo como mi estómago daba un vuelco.
—Lukas insistió —Murmuró, apoyando los antebrazos en la barra,
inclinándose hacia mí—. Quería que borráramos nuestra última salida fallida.
Apreté los labios alzando la mirada para poder verlo.
—¿Y está funcionando? —Pregunté en voz baja.
Una media sonrisa apareció en su rostro. Ladeó su cabeza con ese aire
tranquilo que a veces me desesperaba.
—Todavía no lo decido.
Su mirada bajó un momento, arrastrándose desde mi rostro hasta mis piernas
y luego de vuelta, sin apuro.
—Pero hay cosas que ayudan bastante.
Sentí el calor subirme al rostro, cómo si él acabara de encender una chispa
sin ni siquiera tocarme. Le recorrí el rostro con la mirada y mis ojos se
detuvieron en sus labios un momento antes de hablar.
—No vine para verte —Solté burlona.
Levantó y bajó las cejas en un movimiento rápido.
—Y, sin embargo, aquí estás.
Respiré hondo, sin darme tiempo a pensar. Mi corazón golpeaba tan fuerte
que podía escucharlo.
—¿Eso es un reproche o un cumplido? —Pregunté en un susurro.
Mantuvo su posición cerca de mí y me rozó la muñeca con los dedos. Subió
la mirada sin borrar su sonrisa ladeada.
—Podría ser ambas cosas… depende de cómo lo tomes.
Daniel me miró, su cercanía intensificó el aire, pero antes de que pudiera
reaccionar, su mirada pasó de mis ojos a mis labios, apenas unos segundos,
pero lo suficiente para que mi corazón diera un salto.
Justo cuando iba a responder, la puerta de la cocina se abrió de golpe. Lyra
apareció, con sus ojos verdes hinchados de lágrimas y la respiración
entrecortada.
Puse mis manos en su pecho alejándolo de mí de un solo empujón y me
acerqué rápidamente a Lyra.
—No salió bien… tenías razón —Sollozó—. Me dijo… muchas cosas y
aparecieron muchas más personas y…
Abrí mis brazos y ella se acercó sin pensarlo. Le acaricié su cabello ondulado
mientras Lyra lloraba.
—Tranquila, llora si lo necesitas —Murmuré—. Estoy contigo, Lyra.
La acerqué a un taburete de la cocina y Daniel cerró la puerta de la cocina
que daba hacia el jardín delantero. Lyra se sentó y tapo su rostro con sus
manos y aunque no la pudiera escuchar, el movimiento de sus hombros
indicaba que estaba llorando, silenciosamente.
Una de sus manos cayó en su regazó y la tomé delicadamente. Daniel dejó un
vaso de agua enfrente de ella y Lyra agradeció en voz baja. En ese momento,
la puerta de la cocina se abrió con un ruido sordo.
Era Sienna, con un aire distinto al que llevaba. Recorrió con su mirada la
cocina hasta que llegó a Lyra, posó su mirada en mí y en Daniel repetidas
veces. Frunció el ceño con una expresión confundida y se acercó a nosotros.
—Se te quedó esto —Dijo dejando sobre la barra el bolso que Lyra traía.
Pestañeé perpleja, mientras Lyra volvía a verme con sus ojos llenos de dolor.
Una daga fría me atravesó de golpe. No pude articular una palabra. La tensión
en la habitación se multiplicó el doble.
—Sienna…
Ella asintió como si ya no lo pudiera ocultar.
—Sí, fui yo. Pero, yo no sabía que Jayden tenía novia… ni que tanta gente lo
conociera.
La revelación golpeó con fuerza, y el tiempo pareció detenerse. Mi mente
intentó procesar lo que acababa de escuchar, pero no podía. Daniel se quedó
tan inmóvil como yo, sus ojos fijos en Sienna.
Alguien más entró en la habitación. Lukas apareció, respirando agitado, como
si hubiera corrido de algún lado. Miró a Sienna, Daniel, Lyra y a mí, y su
mirada se detuvo en mi amiga.
—Mira, Lyra… solo quería que cerrarás el ciclo. Sé lo que es estar uno
abierto mucho tiempo y no lo recomiendo —Frunció el ceño—. Quería hacer
las cosas transparentes contigo, pero…
—¿Era necesario con toda esa gente? —Preguntó entre sollozos.
Fulminé con la mirada a Sienna.
—No fue mi intensión —Mordió su labio inferior—. Quería que lo
habláramos, pero no pensé que tanta gente quisiera estar al tanto… Yo solo
quería arreglar cosas, pero todos llegaron y lo siento, Lyra.
Le dio una mirada a Daniel y este apretó la mandíbula.
—Sienna, ya fue suficiente —Lukas abrió la puerta que daba hacia el interior
de la fraternidad—. Fuera.
La chica tomó aire profundamente, antes de darle una última mirada a Lyra e
irse.
Nos quedamos en silencio unos minutos hasta que Lyra se levantó y me miró.
—Me gustaría irme, por favor.
—Vamos.
Asentí.
—Te llevo —Se ofreció Lukas en voz baja—. Las llevo.
Lyra lo miró, pero finalmente negó con la cabeza lentamente.
—Gracias, pero no te preocupes —Murmuró.
—No me molesta —Volvió a hablar el chico.
Le di una mirada a Daniel que desde la barra me miraba con una pequeña
sonrisa.
—Me gustaría tomar aire… —Dijo Lyra y Lukas asintió rendido—. Gracias.
El chico se apartó de la puerta y enganchamos nuestros brazos, antes de salir
Lyra se volvió a Daniel.
—Gracias a ti también.
El pelinegro asintió con la cabeza antes de dirigir su mirada a mí, la
compartimos unos segundos antes de comenzar a caminar fuera de casa.
Cuando aire helado de la noche chocó con nosotras, escuché como Lyra
soltaba un fuerte suspiro. Aun con nuestros brazos entrelazados, me dedicó
una leve sonrisa, pequeña.
A veces no necesitamos certezas para seguir adelante. Solo saber un poco
más. Lo justo para soltar, aunque duela. Como si algunas respuestas, por
mínimas que sean, sirvieran para ponerle punto final a algo que antes no tenía
forma de terminar.
Esa noche, Lyra lo dijo mientras se quitaba las zapatillas: que aún dolía, pero
sentía un peso menos. Y aunque yo no dije nada, entendí a qué se refería. No
era felicidad. Era alivio. Como cuando una puerta se cierra sin portazo, solo
con el clic suave de algo que finalmente encaja.
23
Sophie
—Pensaba en colocar una pizarra de esas grandes por allá —Grace apuntó a
una pared de la cafetería—. Me gustaría anotar el café del día o alguna frase
inspiradora. Algo que haga sonreír apenas entren.
Niko asintió con una sonrisa.
—Me encanta la idea —dije sonriendo.
—Se me ocurre una —habló Niko—. “La vida comienza después del café.”
Solté una risa y Grace lo apuntó con una sonrisa.
—¡Sí! ¡Anótala! —Volvió a nosotros caminando rápido—. Además, quiero
empezar a subir más fotos del lugar. Mostrar lo que hacemos, lo que somos.
No solo el café bonito, sino también el ambiente.
Le dio una mirada a la cafetería casi vacía.
—Que las personas sepan que en este horario también estamos disponibles
—Soltó un suspiro—. Siento que nos falta dar a conocernos más. Aunque
vengan personas, no son las suficientes como está presupuestado.
Me acerqué a ella y Grace volvió a mirarme.
—¿Quieres que te ayude con eso? —Pregunté—. Puedo sacar algunas
fotografías e incluso grabar algunos videos.
Grace me miró con una sonrisa sincera.
—¿En serio? ¡Sería increíble! A veces siento que tengo mil ideas, pero me
faltan manos.
—Puedo ayudarte en tratar mejor a los clientes…O clientas. —Guiñó un ojo
Niko—. Estoy seguro de que volverán.
Grace rodó los ojos y volvió a dirigirse a mí.
—Me ayudarías mucho, Sophie —Dijo Grace dándome un pequeño abrazo—
. Muchísimas gracias.
El sonido de la campanita se hizo presente. Volvimos a nuestras posiciones de
antes. Niko esperando algún pedido, Grace volvió a su computador en unas
mesas más allá y yo a la caja. Cuando levanté la mirada me encontré con Ivy,
llevaba parte del cabello suelto, su mochila colgando de un hombro y una
expresión neutra que no me decía mucho.
—Hola —Dije sin saber cómo acomodar mi voz.
—Hola —Respondió igual de medida.
La tensión se sentía en el aire al igual que la incomodidad. Ivy le echó un
vistazo a la cafetería, como si estuviera evaluando el terreno antes de seguir
hablando.
—¿Qué quieres llevar? —Pregunté cuando volvió a mirarme.
Soltó un suspiro.
—¿Tienes un momento?
Le dio una mirada a Grace que estaba concentrada en su computador,
cuando sintió la mirada de Ivy levantó la suya, me miró un poco curiosa.
—¿Puedo… salir un momento?
Grace asintió aún con su mirada curiosa.
—Gracias. Ya vuelvo.
Salí detrás de Ivy sin pensarlo mucho, aunque cada paso me pesaba más que
el anterior. Cuando se detuvo, afuera de la cafetería, se giró hacia cruzada de
brazos.
Respiró hondo antes de hablar.
—No vine a pelear, si es lo que piensas.
—No, claro que no pensé eso.
Asintió.
—Estuve pensado y te perdono. Bueno, los perdono.
Su tono no era exactamente amable. Si no más bien como si se quisiera sacar
un peso de encima.
—Ivy, yo…
—No lo empeores —Me cortó. Sonrió un poco—. Mira, creo que puedo
llegar a entenderte.
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Entenderme?
—Sí. Sé que a veces uno a hace cosas sin saber por qué. Quizás por
inseguridad o por querer encajar… o por querer que alguien te vea—
Pestañeé sin moverme—. Y bueno, Daniel tiene esa forma de mirar que
quizás te hizo creer que él te ve completa, ¿no?
Mi estómago se tensó.
—¿Qué quieres decir? —Pregunté, pero mi voz sonó más débil de lo que
pretendía.
Las comisuras de sus labios tiraron hacia arriba.
—Solo digo que no te culpo. Creo que todos en algún momento hemos hecho
cosas para que alguien nos vea.
La miré sin saber que responder.
—Además, no es como que tú seas del tipo de chica que hace cosas así, se
nota —Me miró un momento sin decir nada—. A menos que necesites que
alguien te diga que estás bien donde estás. Que vales.
Sus palabras se clavaron en mí como pequeñas agujas, suaves, casi elegantes,
pero igual de punzantes. No sabía si estaba siendo cruel o sincera. Quizás
ambas.
—No creo que… —Dije en voz baja.
—Y sobre Daniel —Me ignoró—. No me sorprende. Tiene esa manera de
meterse en la cabeza de las personas. Aunque luego no haga nada con eso.
Me quedé en silencio, procesando lo que acababa de decir. Seguía cruzada de
brazos enfrente mío y con esa mirada fría. Volvió a sonreír.
—En fin, necesitaba decirte eso, ya sabes como liberarme.
Asentí levemente.
—Ahora sí, te perdono definitivamente —Dejó caer sus brazos a sus lados—.
Sé que nuestra amistad ya no será igual, pero podríamos intentarlo. Después
de todo eres lo más cercano que tengo a una amiga, ¿recuerdas?
Ivy se encogió de hombros, como si no quisiera que sonara tan triste.
Me quedé unos momentos en silencio analizando sus palabras, pero
finalmente asentí levemente antes de hablar.
—Está bien. Podemos intentar partir desde cero.
—Tampoco quiero que te sientas obligada a ser mi amiga. No quiero que lo
hagas porque te doy pena o algo así. No soy un caso perdido.
Negué con la cabeza varias veces.
—No lo digo por pena ni nada de eso. De verdad que valoro tenerte, Ivy. Eres
una persona creativa, tienes ideas a nadie se le ocurren y también eres
amigable y nos hacemos reír mutuamente. También eres directa y sincera,
algo que cuesta encontrar en las personas —Relajó su semblate unos
momentos—. Valoro tenerte, Ivy. Aunque no he podido conocerte bastante,
sé que ahora podríamos hacerlo.
Pestañó un momento, con una mirada distinta.
—Gracias, Sophie —Murmuró—. Yo a ti también te valoro.
Ivy soltó un suspiro, como si algo de ella se aflojara un poco. No sonrió, pero
su expresión se suavizó suficiente. Dio un paso hacia mí y nos dimos un
abrazo.
Y por primera vez en semanas sentí que ese nudo en el pecho ya no apretaba
tanto.
Cuando se separó sonrió levemente.
—¿Qué café me recomendarías hoy? —Preguntó dándole una mirada a
Spring´s.
Me tomó un segundo procesar el cambio de tema.
—Depende —Respondí devolviéndole la sonrisa—. ¿Tienes ganas de algo
que te despierte o algo que te abrace?
—Definitivamente lo segundo.
Entramos de vuelta a la cafetería hablando. Nada demasiado profundo, nada
que doliera. Solo detalles sueltos. Cosas que habían pasado en estos días,
alguna anécdota tonta o una que otra crítica hacia su profesor.
No necesitábamos ponernos al día con todo.
Solo empezar a hablar de nuevo.
24
Sophie
La casa estaba en completo silencio, salvo por el leve zumbido de mi
computador y el golpeteo suave de la lluvia contra la ventana. Eran casi las
cuatro de la mañana y no tenía sueño. O tal vez no quería dormir. Me
acomodé las mangas del pijama y abrí la carpeta de fotos del computador.
Una a una, empezaron a aparecer en la pantalla. Algunas de paisajes que
había capturado en viajes cortos, con Lyra. Atardeceres en la playa, risas
congeladas en el tiempo.
Y entonces apareció una en la que no me había fijado bien antes.
La foto que le tomé a Daniel ese día en la playa. En el atardecer sobre las
rocas. No era una foto perfectamente estética, sino solo una fotografía.
Observé su rostro, me fijé en todos los detalles posibles. Un pequeño lunar
bajo su labio, sus pestañas, unos pequeños granitos en su frente, sus labios…
Esa foto tenía algo. Esa naturalidad que tanto me gustaba.
Como si en la imperfección hubiera una historia más sincera.
Me quedé allí unos segundos, observándola. Y pensé en lo raro que era todo.
Las vueltas que daban las cosas. Lo poco que controlábamos realmente.
Seguí pasando fotos. La casa de mis abuelos. El jardín bañado por la luz tibia
de la tarde. Mi abuela riendo mientras regaba las plantas, con la cara
arrugada de felicidad. El abuelo, con su infaltable chaleco de lana,
dormitando en el sillón con un libro abierto sobre el pecho. No tuve que
forzar nada en esas tomas. Solo estaban ahí, vivos, siendo ellos.
Suspiré y cerré la carpeta. Abrí una nueva pestaña. Busqué de nuevo la
facultad de Fotografía. Había visto ese sitio un millón de veces, pero ahora se
sentía distinto.
Hice clic en un video institucional. Profesores hablando de la carrera,
estudiantes mostrando sus proyectos, el movimiento en los talleres, cámaras,
luces, bocetos. Y mientras lo miraba, sentí esa mezcla de miedo y ganas. Esa
tensión extraña entre lo que uno quiere y lo que uno cree que debería querer.
Me abracé las piernas, apoyando la cabeza en las rodillas.
No sabía si era una idea pasajera. No sabía si tenía sentido siquiera pensarlo.
Pero sí sabía que, al ver esas fotos, algo dentro de mí se quedaba quieto.
Como si por unos segundos, todo encajara.
Miré el cuaderno otra vez. La hoja ya tenía más tachaduras que palabras
legibles. Me incliné hacia la mesa de noche, destapé un resaltador y marqué
con un círculo imperfecto la palabra “Fotografía”.
Y por primera vez en días, me permití pensar: ¿Y si sí?
Escena 5
Dobles intensiones
Estaba con la vista fija en sus apuntes. Primer año, primeros trabajos,
primeras presiones. Y él quería tenerlo todo bajo control. Nada fuera de lugar.
Nada que se le escapara.
Tan concentrado estaba en seguir el ritmo del profesor y trazar ideas para el
encargo que apenas se dio cuenta de que alguien se había detenido detrás
suyo. No fue hasta que escuchó esa voz —segura, firme, con ese tono de
juicio disfrazado de consejo— que se sobresaltó un poco.
—Deberías hacerlo de nuevo. Eso —La voz apuntó directamente a sus
hojas—. Es algo básico, y por algo estas acá, ¿no?
Giró con lentitud. El rubio, el mismo chico que había estado de cumpleaños,
lo miraba con el ceño fruncido, brazos cruzados, postura imponente.
—Son solo ideas —Contestó él, sin esconder la molestia. El lápiz giraba entre
sus dedos, como una forma de no cruzar los brazos también.
El rubio bufó, sin disimulo.
—Entonces tus ideas no son buenas.
Una punzada en el pecho. Nada nuevo. No venía de ahora. Pero lo ignoró.
—¿Quieres algo más? Porque si no, ya puedes irte —La voz le salió más seca
de lo que esperaba. Ya no tenía paciencia. Sus nudillos se marcaron en los
puños.
—Sí. Algo más —Hubo una pausa, una duda apenas visible en los ojos del
rubio—. Sobre ella… ya deberías dejarlo.
Él rodó los ojos. Otra vez lo mismo.
Llevaba una semana escuchando esas frases sin argumento, sin explicación,
solo repitiéndose como un mantra vacío.
—Eso es entre ella y yo. No te metas.
Volvió a sus apuntes, aunque las letras comenzaban a borrarse con la rabia
contenida.
El otro suspiró, y por primera vez pareció vacilar.
—Solo creo que no deberías seguir allí. Hay más chicas.
—Ya —Respondió, arrastrando la palabra con cansancio—. De todos modos,
ya se acabó. Supe que se ha estado viendo con otro chico.
El silencio fue inmediato. El rubio tragó saliva, incómodo.
—Sí… déjala. Conocerás a personas mejores.
Pero sus palabras escondían algo más. Un deseo enterrado, una culpa
constante.
Él no lo miró. No hacía falta.
El rubio colocó una mano sobre su hombro, en un gesto casi automático.
Buscando suavizar algo que ya no se podía maquillar.
Y fue entonces cuando él sí levantó la vista, y le sostuvo la mirada.
—Hay una fiesta el sábado —Dijo el rubio—. Es de un amigo, pero puedes
venir. Habrá muchas personas…
El mensaje era claro. Había una intención camuflada. Él la entendió al
instante.
Soltó una risa baja, burlona, que no llegó a los ojos.
—Claro. Quizás vaya.
Y volvió a girarse, cerrando el tema con un muro que no dejaba pasar ni una
palabra más.
El rubio se alejó, sintiendo que algo se le encogía en el pecho. Culpabilidad.
Miedo.
Porque para él, el chico era su amigo.
Y el chico lo había mirado durante años como si fuera intocable. Como si no
pudiera fallar.
Pero muchas veces idealizamos a quien no lo merece.
Y cuando la venda cae.
El dolor no se disfraza.
25
Sophie
—¿Te conté que el chico de la fiesta me volvió a hablar? —Comentó Ivy
mientras caminábamos.
La miré de reojo, sintiendo esa sensación extraña que a veces aparecía desde
que nos reconciliamos. No era incómoda, exactamente. Pero tampoco
cómoda.
—¿Cuál? —Pregunté, tratando de sonar neutral.
—El de chaqueta de mezclilla. Estábamos hablando en el círculo cuando
jugamos —Aclaró sonriendo—. Me envió un mensaje hace unos días. Dice
que quiere invitarme a salir.
—¿Y tú quieres?
Ivy se encogió de hombros.
—No sé. No me gusta tomarme tan en serio esas cosas. Además, todo puede
cambiar tan rápido.
Me dio una mirada que no supe descifrar.
—Solo digo —Continuó—. Ya viste como fue en la fiesta. Un segundo estás
tranquila y al siguiente te estás besando a alguien, ¿no?
Carraspeé apartando la mirada.
—Pensé que ya estábamos bien con eso. —Murmuré.
—Y lo estamos —Aseguró de inmediato—. Solo era un ejemplo. Me da risa
como pasan las cosas. Como si todo fuera medio caótico últimamente.
—Sí —Asentí.
—Si te molesta, no lo digo más.
La observé y algo en su expresión había suavizado.
—Solo… no creo que sea lo mejor volver a hablarlo. Ya sabes, como
terminaron las cosas.
Ella negó con la cabeza, deteniéndose en seco. Yo frené a su lado.
—Se me mezclaron las cosas con Ellen y contigo —Confesó—. Pero ya me di
cuenta que me equivoqué, y somos amigas. Me gustaría que me tuvieras
confianza sin que tengas miedo de que vaya a juzgarte.
Sus palabras me pillaron desprevenida, pero en el buen sentido. No dije nada
de inmediato, solo asentí de nuevo, y una pequeña sonrisa se asomó en mi
rostro.
Pero antes de que pudiera responderle, un chico se acercó a nosotras. El
mismo del que Ivy había estado hablando.
—Hola —Saludó y se dirigió a Ivy—. Vine por ti, ¿nos vamos?
Ella asintió con una sonrisa.
—¡Nos vemos Sophie!
Asentí viendo cómo se alejaban, conversando en voz baja. Uno de sus brazos
rodeó la espalda de Ivy.
Mi sonrisa no se desdibujó, se quedó allí. Quizás las cosas no volverían a ser
exactamente como antes. Pero esta vez sentí que podían ir en la dirección
correcta.
—Hola.
Mi pulso se aceleró y lo obligue a callarse. Me di media vuelta
encontrándome con Daniel con esa estúpida expresión. Caminó a paso lento
hasta quedar frente a mí.
—¿Siempre tan oportuno o estabas esperando el momento dramático para
aparecer?
—El dramatismo no es lo mío —Levantó y bajó las cejas de un tirón—. Iba
de camino al piso, pero te vi con Ivy y ahora que estás sola decidí comprobar
si seguías siendo tan agradable como siempre.
Rodeé los ojos por el tono burlón que usó y una sonrisa tiró de mis labios sin
querer.
—Lástima. Justo hoy me tomé el día libre de ser agradable.
Una sonrisa burlona se asomó en su rostro.
—Que conveniente.
—Que inoportuno —Contesté.
Me sostuvo la mirada, sin apuro, como si esperara que yo la apartara primero.
No pasó.
—¿Todo bien con Ivy? —Soltó una vez que comenzamos a caminar.
Lo miré de reojo.
—Sí. Hablamos y dijo que se confundieron las cosas con lo de Ellen, y que…
El sonido de un celular nos interrumpió.
—Sigue —Me dijo.
Dudé un poco, pero finalmente lo hice.
—Y dijo no quería que eso arruinara nuestra amistad.
—¿Y tú le creíste? —Soltó sin rodeos.
—¿Por qué no? Fue honesta y me pidió que confiara en ella.
Daniel frunció un poco el ceño y su celular volvió a sonar. Suspiró sacando
del bolsillo.
—Es Ruby —Me dijo.
—¿Tu hermana?
Asintió.
—Es tan agradable que podría olvidar que son hermanos.
Entrecerró un momento los ojos.
—Gracias por el recordatorio. Justo hoy necesitaba un refuerzo de
autoestima.
—Cuando quieras.
Una sonrisa se formó en sus labios, sutil, pero real. No era burla esta vez, o no
del todo.
—Aunque me duela admitirlo, ha preguntado más por ti que por mí esta
última semana.
—¿Por mí? —Pregunté, con una mezcla de curiosidad y confusión.
—Sí, le caíste bastante bien.
Sonreí.
—Iré a buscarla a su trabajo. Tal vez podrías acompañarme y seguimos
hablando sobre esto —Refiriéndose a lo de Ivy—. Luego te llevo a tu casa. Si
no estás muy ocupada tomándote el día libre de ser agrdable, claro.
Solté una risa.
—¿Siempre tan disfrazadas tus no-invitaciones?
—Solo con la gente que tiene cara de que va a decir que no, pero en el fondo
quiere decir que sí.
Me crucé de brazos intentando ocultar mi sonrisa.
—Estás tan seguro de ti mismo que dan ganas de decirte que no solo por
arruinarte el ego.
—Inténtalo —Respondió sin dejar de mirarme.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Está bien, vamos.
Daniel soltó una risa burlona y me di media vuelta hacia la calle, ocultando
mi sonrisa.
—Vamos al piso a buscar el auto de Lukas y luego vamos.
Asentí.
—¿Siempre te lo presta sin más?
—Mientras no lo destruya, sí. Y obviamente yo corro con los gastos.
Cuando cambió el semáforo cruzamos la calle.
—Sophie —Volví a verlo—. No te esfuerces en esconder tus sonrisas, las veo
y me gustan.
Aparté la mirada sintiendo mis mejillas ruborizarse mientras caminábamos al
piso. Minutos más tarde entre canciones y burlas, llegamos al restaurante en
el que trabaja Ruby.
—Tu turno —Le dije devolviéndole su celular.
Habíamos pasado el camino turnándonos para elegir canciones, entre risas,
comentarios sarcásticos y descubrimientos musicales inesperados.
—Elige tú.
Pestañeé unos segundos.
—¿Y eso? ¿Desde cuando eres tan generoso? —Me burlé.
—Estoy cansado —Se estiró en el asiento—. Me atrapaste en un momento
bajo.
Aunque hubiera poca luz en el auto, de todos modos, pude notar las pequeñas
bolsas debajo de sus ojos, y sí se veía un poco agotado. Si cerrara los ojos,
probablemente se dormiría.
—¿Has dormido? —Pregunté.
Una sonrisa burlona apareció en su rostro.
—¿Te preocupas por mí?
—Como lo hago por todo el mundo, Daniel —Solté una risa.
—Ya me había ilusionado —Se burló.
Había omitido la pregunta, pero esta vez no lo ignoré. Me aclaré la garganta.
—Pero ¿has dormido?
—Entonces si te preocupas, ¿con todos insistes?
—Daniel.
Se quedó en silencio unos segundos, sus dedos tamborilearon el volante.
—Un par de horas, me quedé trabajando en un documento para la
universidad.
—Deberías dormir más. Si no duermes, luego no rindes bien.
Asintió.
—Cuando entregue el documento, dormiré —Me miró con esa media sonrisa
que parecía tener siempre lista—. ¿O vas a venir a vigilarme tú?
—¿Te gustaría?
—Si eso incluye que te quedes toda la noche a dormir, no me quejo —Dijo
en un tono bajo.
Mi corazón dio un vuelco. Y antes de que me hubiera quedado sin respuesta,
la puerta trasera se abrió.
—¡Perdón! ¡No encontraba mi celular! —Se disculpó Ruby entrando apurada.
—Gracias, Ruby —Murmuró Daniel.
Me mordí el labio para no reírme.
—¡Lo siento! ¡Olvidé que se lo presté a Lisa para que…! —Asomé mi cabeza
por el hueco de los asientos. Ruby sonrió—. ¡Sophie! ¿Cómo estás? Entre que
olvidé mi celular y que estaba tardando, se me pasó.
—Bien, ¿y tú? —Sonreí—. Que linda tu diadema.
Ruby soltó un pequeño grito mientras el auto avanzaba y yo volvía a mi
posición en el asiento.
—¡Gracias! Nadie más me dijo nada, pensé que había sido una mala decisión.
—A mí me encanta —Sentí la mirada de Daniel encima—. Las pequeñas
perlitas que lleva le dan un toque distinto.
—Pon música —Me dijo apuntando a su celular.
Asentí.
—¡Sí! Coloca música de fondo mientras les cuento un cotilleo del restaurante.
Solté una risa mientras That´s So True, de Gracie Abrams, envolvía el ambiente.
El camino hacia su edificio se llenó del cotilleo que Ruby contaba, ganándose
más de una risa mía y algún que otro comentario de su hermano.
Daniel me lanzaba miradas fugaces, que yo también le devolvía, con esa
sonrisa que parecía llevar siempre con él.
Terminamos hablando de Gracie Abrams: era la cantante favorita de Ruby, y le
confesé que había muchísimas canciones que me encantaban de su último
álbum.
Cuando llegamos a su edificio, sentí que el tiempo se había pasado
demasiado rápido y que no recordaba que el trayecto fuera tan corto.
—Gracias, hermanito —Agradeció Ruby terminando de reír—. Que estés
super bien, Sophie. Y un altar para ti que lo soportas.
Una sonrisa se formó en mi rostro cuando mi risa acabó.
—Me encantó verte, Ruby. Que te vaya increíble en el restaurante.
Nos despedimos nuevamente, abrió la puerta para bajarse, pero antes volvió
a hablar.
—Daniel… —Lo llamó cambiando el tono de voz. Daniel se volteó hacia
ella—. Llama a mamá, por favor.
Sentí como Daniel se tensó al instante, soltó un suspiro, pero finalmente
asintió.
—Gracias, cuídense —Antes de cerrar la puerta, volvió a hablar—. ¡Eres el
mejor, Daniel!
La frase me provocó ternura y una pequeña sonrisa se instaló en mis labios.
Cerró la puerta y caminó rápidamente hacia la entrada del edificio, agitó su
mano y entró.
Volví mi mirada a Daniel que miraba hacia la entrada del edificio, donde Ruby
había desparecido. Por un momento solo quedó el sonido una canción
llenando el auto, cuando volvió su mirada hacia mí, sentí como la suave
tensión volvía a instalarse entre nosotros.
—¿Ahora te llevo a tu casa? —Preguntó mientras arrancaba el auto con los
fijos enfrente.
Solté una risa.
—¿A dónde más pensabas llevarme?
—Al estacionamiento conmigo, tal vez.
Lo miré de reojo, mientras fingía que no me afectaba. Pero el calor en mi
pecho lo desmentía todo.
26
Daniel
El camino al estacionamiento fue corto, pero lo llenamos de cosas sin
importancia. Hablamos del clima que no se decidía entre verano o invierno,
del chico que siempre pedía de mala gana en la cafetería y de una playlist que
se había hecho para días “en que no quería pensar demasiado”.
Yo la escuchaba, soltando algún que otro comentario, disfrutando más de
como hablaba de que del tema en sí. Había algo en su forma de hablar, en sus
gestos, en cómo giraba apenas el rostro para mirarme, que me sacara del
centro sin que lo notara.
Unas pequeñas gotitas de agua cayeron encima del parabrisas, detuve el
motor y me estiré en el asiento. Sophie miró por la ventana un segundo más y
luego volvió a girarse hacia mí.
—Te toca elegir canción, por si lo olvidaste —Dijo.
—¿Ahora?
—¿Qué? —Soltó una risa—. ¿La lluvia arruinó tu criterio musical o qué?
Tomé mi celular buscando alguna canción.
—Solo estoy considerando si estoy de humor para impresionarte o no. —
Hablé con mi vista en mi celular.
—Demasiado tarde para eso.
Levanté la vista.
—¿Ya te impresioné?
—Ya me decepcionaste —Dijo con una pequeña sonrisa que se esforzó en
ocultar.
Ya la había visto de todos modos.
—Eres muy cruel, Sophie —Usé un tono sarcástico volviendo a mi celular.
Toqué la pantalla, y la canción empezó a sonar. El ritmo lento, de Okay de
Chase Atlantic.
—¿En serio? —Murmuró después de unos segundos, ladeando la cabeza
apenas—. ¿Esta?
No respondí de inmediato. Apoyé el teléfono a un lado y me recosté apenas
en el asiento, girando el rostro hacia ella.
—¿Te molesta?
—No. Solo no pensé que escucharías algo así.
—¿Así cómo?
—Así… intenso.
Se mordió apenas el labio inferior, como si no supiera si reírse o decir algo
más.
—Me estás subestimando —Dije, con una media sonrisa—. ¿O acaso
esperabas algo más suave de mí?
Sophie soltó una risa suave y negó con la cabeza, sin dejar de mirarme.
—No sé… tal vez esperaba que intentaras impresionarme con algo más
“correcto”.
—Oh, claro —Asentí con lentitud, dejando que mis ojos bajaran un segundo
hacia su boca antes de volver a subir—. Porque esa sería la estrategia más
segura contigo.
Ella enarcó una ceja, pero no dijo nada. Solo se volvió hacia la ventana,
aunque seguía sonriendo. El reflejo de su perfil en el vidrio era tan claro como
si aún la tuviera de frente.
La canción seguía sonando. Cada golpe del bajo parecía sincronizarse con el
silencio que se estiraba entre nosotros, y aun así, ninguno lo rompía. La
tensión no se iba; se instalaba. Se acomodaba entre miradas que duraban un
segundo más de lo necesario, entre palabras que no decíamos pero que
estaban ahí.
Sophie volvió a girarse.
—¿Ese es tu intento de parecer misterioso? Pensé que sería más elaborado.
—No necesito esfuerzo para eso —Respondí, ladeando la cabeza con una
sonrisa leve—. Aunque podrías agradecer que no puse algo que te hiciera
sonrojar.
No respondió. Solo me sostuvo la mirada. El silencio lo completó todo.
Su mirada no se movió, y por un segundo, la tensión creció entre nosotros sin
previo aviso. Pesada. Real.
No dije nada. Solo observé cómo su expresión se suavizaba, cómo su
respiración bajaba un poco.
Y cómo, por un instante, mi mirada bajó a su boca. De nuevo.
Sophie lo notó.
E hizo lo mismo. Sus ojos bajaron a mi boca, apretó sus labios unos
momentos antes de entreabrirlos unos segundos.
Se acomodó en el asiento, como si nada. Pero sus dedos jugaban con el borde
de su manga, y la canción seguía sonando de fondo, con esa energía ambigua
que no decía mucho, pero lo decía todo.
No era el momento. Ni el lugar.
Pero, aun así, no dejé de mirarla.
Y justo la canción terminó y el silencio cayó encima como un balde de agua
fría.
Sophie parpadeó.
Me obligué a mirar al frente, donde la lluvia ahora caía más marcada sobre el
parabrisas.
—Mi turno —Murmuró.
La miré de reojo mientras empezaba a buscar algo en mi celular. Entonces
sonó.
Una canción que conocía vagamente, aunque nunca me había molestado en
aprender el nombre. La melodía era completamente diferente a la que yo
había elegido: ligera, alegre, demasiado luminosa para lo que había flotado
entre nosotros hace segundos.
Fruncí el ceño con diversión.
—¿Y esto? ¿Un intento desesperado por cambiar el ambiente?
Ella negó levemente con la cabeza, pero sin borrar esa sonrisa.
—Es 22. De Taylor Swift.
Me apoyé en el respaldo del asiento y la observé de perfil.
—¿Te intimidó más la canción o que te haya estado mirando así?
Sophie no volvió a mirarme, pero la sonrisa siguió ahí, escondida en la
comisura de sus labios.
Me recosté un poco más en el asiento, sin dejar de observarla. Sophie seguía
sin mirarme, pero ahora tarareaba la melodía en voz baja, como si se le
escapara sin querer. Sus labios se movían apenas, y su pie derecho se
balanceaba de un lado a otro, marcando el ritmo contra la alfombra del auto.
No dije nada. Solo la miré.
Ella debió notarlo. O sentirlo. Porque en un momento giró despacio el rostro y
me encontró mirándola.
No dijo nada. Solo me miró también.
Entonces la canción terminó. Un par de segundos de silencio llenaron el auto
y luego comenzó a sonar otra.
Ella carraspeó sonriendo levemente.
—¿Ivy habló contigo? —Preguntó unos segundos después, como si hubiera
recordado algo.
Me encogí de hombros, manteniendo la vista al frente.
—Más allá de disculpas, no. A mí no me dijo que confiara en ella ni que
retomáramos la amistad tal como antes.
Sophie soltó una risa.
—Oh —Se burló—. ¿Celoso?
—No es eso.
Su sonrisa se desvaneció y cambió su expresión. Y una sensación incómoda
me invadió.
—Es solo que hay algo de Ivy que no me termina de cerrar. Como si nunca
supieras del todo lo que está pensando.
Sophie no respondió, así que seguí.
—Y no es que esté diciendo que sea una mala persona, porque recién nos
estamos conociendo y…
—Ese es el punto —Murmuró—. Hace poco tiempo la conocemos, no
podemos simplemente juzgarla.
Solté un suspiro.
—Lo sé. Recuerdo todas las veces que a mí me juzgaron sin conocerme —
Sophie me miró atenta—. Y sé que yo haga eso con Ivy, no es justo. Pero hay
algo, Sophie, en serio.
Ella desvió la mirada un momento.
—Y sé que tú también lo has pensado.
Sus ojos se volvieron a encontrar con los míos y entonces lo supe.
—Sé que la conozco poco, pero me gustaría seguir conociéndola —Murmuró.
Me limité a asentir con la cabeza, una sola vez. No quería discutir. Pero algo
en el pecho se me apretó igual.
Ella bajó la mirada un poco, y el silencio volvió a llenarlo todo. Afuera, la
lluvia seguía cayendo con suavidad, como si intentara borrar lo que no nos
atrevíamos a decir.
—Está lloviendo más fuerte —Dijo en voz baja.
—Así parece.
Ella se giró hacia mí, acomodándose en el asiento.
—No vayas a pensar que estoy loca.
—Cuéntame.
Se quedó un momento en silencio antes de hablar.
—¿No te pasa que cuando llueve todo parece más… quieto?
—¿Quieto como tranquilo o como en detenido?
—Ambas. Como si el mundo respirara distinto.
Asentí, sin dejar de observarla.
—A veces es lo único que lo calma —Agregué.
Sophie bajó la mirada, y luego sonrió levemente.
—¿Siempre hablas así cuando llueve? —Preguntó con ese tono que usaba
para provocarme.
—No. Pero tú sacas ese tipo de respuestas —Se lo devolví en el mismo tono.
—Ah, ¿sí? Pensé que eras más como de “todo calculado.”
Solté una risa.
—No soy tan calculador. Solo soy cuidadoso con lo que dejo ver —Dije,
dejando que la sonrisa se asomara en mi voz.
Sophie no respondió de inmediato. Giró lentamente la cabeza hacia mí, sin
esa chispa burlona de antes. Su mirada se quedó fija en la mía por unos
segundos más largos de lo normal.
—¿Por qué? —Preguntó al fin, en un tono más bajo—. ¿Por qué solo dejas
ver ciertas cosas?
Mi sonrisa de desvaneció un poco. No porque no tuviera una respuesta. Sino
porque, tal vez, no quería darla.
—No todo el mundo sabe qué hacer con lo que ve —Murmuré, sin apartar la
vista de ella.
—¿Y tú sí sabes qué hacer con lo que ves de los demás?
Esa pregunta no tenía burla. No tenía juego. Solo una curiosidad que sonaba a
otra cosa. Como si estuviera intentado descifrar algo más.
Me tomé un segundo, antes de responder. El sonido constante de la lluvia
contra el auto llenaba el silencio, como si también esperara.
—Creo que a veces lo veo y simplemente lo guardo —Dije finalmente—.
Como si fuera algo que no me corresponde tocar.
Sophie me miró con atención.
—Pero guardarlo no significa que no te importe —Agregó en voz baja.
Asentí apenas, sin quitarle los ojos de encima.
—No —Murmuré—. A veces significa justo lo contrario.
Se quedó un momento en silencio antes de hablar.
—¿Y yo qué te muestro?
Me mordí el interior de la mejilla.
—Lo suficiente como para querer seguir mirando.
—¿Y si dejó de mostrar? —Susurró.
—Entonces tendré que prestar más atención —Respondí—. Y eso no sería
un problema.
26
Sophie
—Sophie, te conseguí unos libros de introducción a Derecho.
Entre malabares, dejó tres libros sobre la mesa. Pestañeé, dejando mi plato a
un lado, y mi madre sonreía orgullosa.
—Pero… —Murmuré, tomando un libro, y cuando vi el precio, abrí mis ojos
sorprendida—. ¡Esto es carísimo! ¿Cómo…?
—Son de Harry —Me tranquilizó con una sonrisa—. Los usó en su primer
año de la carrera, pero cuídalos.
Asentí, poco convencida.
—Mamá —La llamé.
Volvió a verme sin borrar su sonrisa, se sentó en la silla a mí lado, y sentí que
se me revolvió el estómago.
—Hoy… en la tarde me pasé por la facultad de Fotografía y… me gustó
muchísimo…
Su sonrisa se borró al instante, y mi pulsó se aceleró.
—Al punto, Sophie.
—Hablé con una chica que estudia allí, me contó un poco más sobre la
carrera, y todo lo que me dijo me hizo pensar que esto de Derecho no es lo
único que quiero. Me gusta la idea de la fotografía, cómo tiene ese enfoque
creativo, pero también técnico —Bajé la mirada a la mesa, nerviosa por lo
que podía venir—. Además, la facultad tiene un ambiente genial. La gente
parece tan apasionada por lo que hace que siento como…
La mirada de mi madre me hizo frenarme. Se quedó en silencio un momento
con una expresión que no ocultaba lo que pensaba.
—¿Estás hablando en serio, Sophie? —Preguntó, su voz sonando más dura.
Mi estómago se apretó.
—Sí… lo estoy —Murmuré—. Creo que tomarme este año fue necesario
para darme cuenta de que quizás Derecho no es para mí…
Mi madre me miró como si no creyera una palabra de lo que estaba diciendo.
—No dejé que te tomarás un año para caer en tonterías como esa —Me
cortó en seco—. Teníamos todo planeado con Derecho, Sophie. No me hagas
pensar que ahora vas a cambiar todo por algo tan inestable.
El silencio se hizo más denso entre nosotras.
Tragué saliva, sintiendo la presión en el pecho.
—No estoy diciendo que sea definitivo… pero dentro de las opciones es la
que más llama mi atención —Dije, tratando de mantener la calma—. Me
gusta y no he dejado de pensar en eso desde que salí de esa facultad.
Mi madre negó con la cabeza, exhalando con frustración.
—Basta, Sophie —Se levantó de la silla bruscamente—. Tal vez es solo un
capricho.
Negué sintiendo un nudo en mi garganta.
—Todavía falta para el examen de admisión, aún puedes prepararte bien —
Continuó, como si no hubiera escuchado—. Solo necesitas concentrarte de
verdad, volver a tu enfoque.
—Mamá… —Intenté, pero ella ya había cerrado el tema.
—En fin —Dijo mi madre acomodando los cojines del sofá—. No quiero
hablar más del tema.
Asentí en silencio, tragando las palabras que me habían quedado en la
garganta. El aire se sintió espeso por un momento, como si cada segundo
estirara más esa tensión.
Pero antes de que pudiera levantarme de la mesa, su voz volvió a sonar.
—Ah, y otra cosa… —Murmuró, casi como si no quisiera decirlo, aunque
sabía que lo haría igual—. Ayer, Sara, la casa de al lado, me dijo que te vio
llegar en auto. Con un chico.
Mi estómago se tensó de inmediato. El corazón me dio un salto tonto en el
pecho, como si de pronto quisiera escapar. Parpadeé un par de veces,
buscando una forma de sonar tranquila.
—Es solo un amigo —Respondí. O lo intenté. Mi voz salió más rápida de lo
que debía, como si tratara de cubrir algo que ni siquiera entendía del todo.
Ella alzó una ceja, poco convencida.
—¿Un amigo? —Repitió, arrastrando las palabras. No dijo más, pero no le
hizo falta.
Sus ojos me observaron como si buscaran algo más allá de mi respuesta. Yo
mantuve la mirada baja, apretando la orilla del mantel con los dedos.
—Sophie —Dijo, más seria ahora—. No te distraigas con cosas que no tienen
sentido. Este no es el momento.
Quise responder algo, decirle que no todo se trataba de lógica, ni de caminos
rectos, ni de carreras impecables. Pero solo asentí, otra vez. Como si eso
fuera suficiente. Como si yo también creyera que ese era el único camino.
Aunque en el fondo, ya empezaba a sospechar que no lo era.
27
Sophie
Nos quedamos afuera, en una banca de madera un poco despintada que
estaba frente a Spring´s, mi turno había acabado y quedamos en juntarnos. El
aire estaba fresco, de ese que no molestaba.
Ivy estiró sus piernas frente a ella y dejó el celular a un lado. Yo jugaba con un
hilo suelto de mi jeans, sin saber si eso contaba como una salida entre amigas
o una tregua silenciosa.
Igual, no me molestaba. Estaba tranquila. Creo.
—Tengo una especie de cita, mañana. Con el chico del otro día —Soltó
mirando hacia el frente—. Bueno no sé si es una cita oficial, pero me dijo que
podía llevar a más gente si quería. Es en una fiesta, así que supongo que eso
lo hace menos oficial. O más fácil de escapar si sale mal.
—Suena…
—Suena a estrategia de evasión —Me interrumpió, se rió—. Pero iré igual. A
veces no hay que pensar tanto.
Asentí volviendo mi vista al frente. Tenía miedo de decir algo y que todo se
arruinara. Así que opte por quedarme en silencio. Hubo una pausa un poco
larga, hasta que Ivy habló de nuevo.
—Hablando de chicos…
La miré de reojo.
—¿Qué hay con Daniel? ¿Todo ha seguido bien?
Me tomó por sorpresa. Mi estómago se apretó y el nudo que aparecía en
estos momentos de tensión incómoda, volvió.
—El beso… —Agregó, como si nada—. Ese beso iba más allá del reto, y
todos lo sabemos.
Abrí la boca para decir algo, pero no salió nada. Mi mente se fue directo a ese
momento, a como se sintió, a como me miró después. No era el mejor
recuerdo de mencionar entre nosotras, considerando que esa fue la chispa
que nos distanció. Que Ellen lo había visto. Que Ivy me dijo muchas cosas y
nunca de esas buenas.
¿Qué sentido tenía volver a ese tema?
—Fue solo un juego —Respondí finalmente, bajando un poco la mirada—.
Estábamos en una fiesta, ya sabes cómo son esas cosas.
Ivy no dijo nada de inmediato. Solo asintió lentamente, como si estuviera
considerando si seguir o no.
—Igual, deberías tener cuidado. Daniel no es precisamente inocente. Tiene
esa fama de que puede tener a alguien en la palma de su mano sin ni siquiera
proponérselo. Y no siempre hace algo con eso, ¿sabes? A veces solo deja que
pase.
La miré, con el estómago un poco más tenso.
—Te lo digo por tu bien, Sophie —Siguió mientras balanceaba sus pies—. No
quiero que te ilusiones y luego andes llorando por ahí. Sería un poco extraño
estar en medio de ambos, ¿no sé si me entiendes?
Asentí lentamente tratando de seguirle el hilo. Había algo en su tono, el cual
fue diferente a los demás, que se sentía demasiado convincente.
—¿Cómo sabes eso? —Pregunté en voz baja.
—Porque las noticias vuelan —Se encogió de hombros—. Pero si entre
ustedes no hay nada, no debería preocuparte, ¿no?
Me quedé en silencio unos segundos, sin saber muy bien cómo responder. Lo
que más me desconcertaba no era lo que había dicho Ivy, sino el hecho de
que una parte de mí… no quería que tuviera razón.
—Lo siento si fui muy dura. Debo cambiar eso, lo sé. Pero… —Volvió a
verme y tomó mi mano delicadamente—. No quiero que te ilusiones, si es
que todavía no lo has hecho. A veces uno empieza a sentir cosas sin darse
cuenta, y después es más difícil y doloroso soltarlas.
—Tranquila —Respondí con una leve sonrisa—. No me estoy ilusionando.
Está todo bien.
Ivy apoyó su cabeza en mi hombro y yo apoyé la mía encima.
Mentí. No porque estuviera perdidamente enamorara o algo así, pero sí había
algo. Algo que aún no sabía bien cómo nombrar, pero que definitivamente no
era “nada”.
Y justo cuando ese pensamiento empezaba a hundirse, escuchamos voces
acercándose.
—¿Interrumpimos? —Dijo Lukas levantando y bajando las cejas de un tirón.
Sonrió levemente. Muy levemente.
Daniel estaba a su lado, las manos en los bolsillos, y esa expresión tranquila
que siempre parecía esconder algo más.
—¡Justo a tiempo! —Exclamó Ivy, animada parándose de la banca—. Les
tengo una propuesta.
Yo también me puse de pie, aunque con algo más de lentitud. El corazón me
latía un poco más rápido de lo normal. Sentí los ojos de Daniel en mí por un
momento, y desvié la mirada aún con las palabras de Ivy rondándome por la
cabeza.
No me estoy haciendo expectativas.
No me estoy haciendo expectativas.
No me estoy haciendo expectativas.
Me repetí esa frase como un mantra mientras me obligaba a sonreír. Aunque,
por dentro, algo se había movido.
—Mañana, tengo una cita o no cita —Dijo haciendo un gesto con su mano,
quitándole importancia—. Es en una fiesta y me dijo que podía llevar a más
personas.
Lukas pestañó como si estuviera procesando lo dicho.
—¿Y nosotros que tenemos que ver ahí?
—Espera —Lo frenó Ivy con una sonrisa—. Pensaba que podríamos ir. Los
cuatro. Como para borrar el mal momento de la otra vez.
No dijo más, pero su mirada de deslizó entre Daniel y yo. Lo noté. Y lo notó
también él. Nuestras miradas se cruzaron por un momento y sentí que me dio
un tirón en el estómago.
—Yo paso —Dijo Lukas—. Ya tengo planes para mañana, pero gracias.
—¿Planes? ¿Desde cuándo tienes vida de adulto responsable? —Bromeó Ivy.
Ambos se sumergieron en una conversación donde Ivy no dejaba de
preguntarle qué tipo de planes y Lukas esquivaba cada una de sus preguntas.
Daniel dio un paso hacia mí y levanté mi mirada encontrándome con la suya.
—Otra fiesta… —Empezó—. No lo sé, Sophie. La última vez, las cosas se
pusieron interesantes…
Sentí como la temperatura en el aire subía. Su mirada se fijó en la mía con
una intensidad que no podía ignorar, como si estuviera esperando una
reacción. Mi corazón dio un vuelco y sentí que el aire se me cortaba. Sus ojos
oscuros no abandonaban los míos y sentí que algo por dentro de mí se movía.
Me obligué a mantenerme tranquila. Mi mente seguía algo nublada con lo que
había dicho Ivy antes. Eso flotaba, aunque no lo dijera.
—Fue un reto… ¿Lo recuerdas?
—Sí, claro que lo recuerdo.
Mi pulso se aceleró y antes de que pudiera decir algo, la voz de Ivy se
escuchó. Di un paso atrás quitando mi mirada de Daniel.
—¿Y ustedes van a ir a la fiesta o no? —Preguntó acercándose a nosotros.
28
Sophie
Le di un vistazo más a la página web de Fotografía. Otra vez.
Había leído la descripción del plan de estudios al menos tres veces, pero algo
me hacía querer volver a leerlo. Hice clic en una galería de fotos tomadas por
estudiantes. Retratos, paisajes, momentos cotidianos capturados por con una
delicadeza que me erizó la piel.
Cerré de un golpe la pantalla de mi computador cuando sentí los tacones de
mi madre acercándose.
Abrió la puerta y su rostro sonriente apareció.
—Ya llegaron. Baja, por favor.
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Quiénes?
—Baja.
Cerró la puerta delicadamente y un momento después escuché sus tacones
alejándose de la habitación.
Miré la hora.
20:00 pm
En unas dos horas comenzaba la fiesta que Ivy nos invitó. Y tanto Daniel
como yo, no pudimos negarnos. Después de todas las insistencias de Ivy,
terminamos diciendo que sí. Quería que borráramos el rato de esa noche e
insistía que esta era la fiesta perfecta para hacerlo.
Ivy si quería empezar desde cero. Y, a decir verdad, yo también quería dejar
ese recuerdo atrás.
No me estoy haciendo expectativas.
No me estoy haciendo expectativas.
No me estoy haciendo expectativas.
Sonreí bajando las escaleras, pero su voz se hizo presente y mi estómago se
revolvió. Respiré hondo.
—Sophie, que linda estas —Me saludó Sally, la amiga de mi madre.
Me dio un pequeño abrazo y vi a mi madre que me hacia un gesto para que
sonriera más.
—Gracias —Murmuré—. ¿Cómo ha estado?
—Muy bien —Respondió con una sonrisa—. Él es mi esposo, Will y bueno, a
Harry ya lo conoces.
Will, el cual tenía rasgos muy parecidos a Harry, le dio un pequeño empujón a
su hijo, quien frunció el ceño y se acercó a saludarme. Mi sonrisa seguía
intacta.
—Te ayudamos con la cena —Le dijo Sally dándole una mirada cómplice a
mi madre y los tres desaparecieron por la puerta dejándonos solos.
Harry se guardó las manos en los bolsillos mientras recorría la sala con pasos
tranquilos. Se detuvo en un par de fotografías colgadas en la pared y las
observó en silencio antes de girarse hacia mí.
—¿Son solo ustedes dos?
—Sí. Y es más que suficiente.
Asintió sin quitarme la mirada de encima.
—Entonces, no se lo dijiste.
—¿Qué? —Fruncí el ceño.
Con un leve gesto de cabeza señaló hacia la cocina.
—Qué Derecho no te interesa.
Sentí cómo mis hombros se tensaban al instante. Desde la última vez que
hablé con mi madre sobre eso, había actuado como si la conversación nunca
hubiera existido. Todo se volvió tan real que se sentía irreal. Asfixiante.
—Parece que no —Añadió Harry, dejando escapar una risa seca—. Por algo
estamos aquí, ¿no?
—Nadie te obliga a venir.
Esbozó una sonrisa leve, apenas visible, que desapareció tan rápido como
llegó.
—Lo sé, pero de todos modos quiero hacerlo.
Le sostuve la mirada un momento más. Luego, la voz de mi madre nos
interrumpió.
—¡A cenar, futuros abogados!
Tragué saliva. Mi estómago se revolvió, y cuando ella se dio media vuelta,
Harry me miró con una mezcla de burla y lástima.
Me hizo un gesto para que pasara primero, cortés, pero cargado de sarcasmo.
Por un momento, no pude evitar pensar en Daniel. En cómo él habría metido
las manos en los bolsillos, con ese aire relajado suyo, y me habría hecho una
seña con la cabeza, tal vez con una sonrisa ladeada.
Sacudí esos pensamientos como si fueran polvo en el aire. Qué ridícula.
La cena transcurrió entre conversaciones triviales, risas sobre el trabajo,
remodelaciones y recetas nuevas. Will apenas habló, solo reía de vez en
cuando, igual que Harry, que parecía estar ahí sin realmente estarlo.
Yo jugueteaba con el tenedor, moviendo los trozos de comida como si fueran
piezas de un rompecabezas imposible. Y entonces, llegó la pregunta.
—¿Y tú, Sophie? —Preguntó Sally con su voz dulce—. ¿Ya estás lista para
entrar a Derecho el próximo año?
Harry se acomodó en la silla con tranquilidad y me dedicó una sonrisa que
no pude interpretar. Llevó la copa a sus labios sin apartar la vista de mí.
Respiré hondo, tratando de no lanzarle el contenido de mi copa en su rostro.
—Por supuesto que sí. Esta emocionada por empezar —Intervino mi madre.
Sentí como la presión subía por mi pecho. Estaba a punto de explotar y sabía
que, cuando lo hiciera, sería como un volcán: imparable, arrasando con todo
a su paso.
—¿Y qué universidad te gustaría? —Preguntó Harry con fingida curiosidad.
—Pensaba en Standers —Respondí.
Harry chasqueó la lengua.
—No es precisamente la mejor, si vas en serio con Derecho.
—¿Cuál recomendarías tú, Harry? —Preguntó mi madre.
—La misma en la que estudio yo. Tiene buen prestigio. Y te arma mejor si
quieres ejercer en serio —Añadió con una pequeña sonrisa.
Su mirada se cruzó con la mía un momento.
—Es verdad —Intervino Will, sonriente—. Tiene buena conectividad, muchas
cafeterías cerca y un ambiente universitario excelente.
Apreté el collar que colgaba de mi cuello, aferrándome a algo para no perder
el control. Mi mente zumbaba, y Harry volvió a hablar.
—Porque… tú sí quieres estudiar Derecho, ¿no, Sophie? —Enarcó una ceja.
Tragué saliva. No respondí enseguida. Porque no era una simple pregunta.
Porque no podía mentir con facilidad. Porque, en realidad, ya no me
imaginaba cruzando un pasillo universitario con dirección a alguna clase
relacionada con Derecho. Porque Standers no era reconocida por Derecho,
sino por su facultad de Diseño, Fotografía, Arte… lugares donde mi mente si
lograba encajar.
—Ahí está la respuesta —Murmuró Harry, sin apartar la vista de mí.
Mi madre se llevó sus dedos al puente de la nariz y soltó un suspiro largo,
tenso. Luego alzó la mirada, directamente hacia mí. Era una mezcla de enojo,
frustración… ¿decepción? De todas formas, una punzada se incrustó en mi
corazón.
—No nos hagas quedar en vergüenza, Sophie —Dijo en un murmullo que, sin
embargo, todos escucharon—. Si esto es una pérdida de tiempo, ten el valor
de decirlo.
Mi labio inferior tembló apenas. Mi pulso se aceleró.
—Lo siento —Murmuré, odiándome un poco por todo eso.
Todos me miraron. Will me dedicó una pequeña sonrisa, mientras que Harry
suavizó su expresión sin apartar la vista de mí.
—Qué vergüenza —Dijo mi madre apenada—. Cuanto lo siento.
Sally negó con la cabeza sonriendo, cálida, sincera.
—Nada de vergüenza, Solar. Es normal a esta edad equivocarse y…
—Una cosa es equivocarse y otra muy distinta es tomar malas decisiones
para su futuro, sabiendo que tiene todas las posibilidades.
Sentí como si algo se rompiera. Como si lo poco que había logrado
recomponer se agrietara otra vez. El silencio que siguió fue tan tenso que
incluso los cubiertos sobre la mesa parecían estar aguantando la respiración.
Y entonces sonó el timbre.
Me levanté sin decir nada. Ni siquiera sabía si estaba caminando rápido o
lento, pero el trayecto hacia la puerta me pareció eterno. La garganta me ardía
como, como si tuviera algo atorado. Mis ojos estaban húmedos. No lloraba,
pero todo de mí quería hacerlo. Porque era eso o gritar. O irme. O
desaparecer.
Abrí la puerta, sin saber a quién esperaba.
Y ahí estaba Daniel.
De pie, con el cabello algo desordenado, una camiseta negra y esa forma de
mirar que parecía leer más de lo que mostraba.
Me quedé quieta por un segundo. Como si el mundo entero se hubiera
detenido en ese umbral.
—¿Quién fue? —Preguntó de inmediato, en voz baja.
Apreté mis labios en línea recta.
—Nadie.
—Mentira —Su voz sonó tan segura que no me atreví a contradecirlo.
Me sostuvo la mirada unos segundos más. Luego dio un paso hacia adelante.
No demasiado, pero lo suficiente como para que pudiera sentir la diferencia
de altura. La cercanía.
—¿Qué pasó? ¿Alguien te hizo algo?
Tragué saliva. Sus ojos estaban fijos en mí, sin exigirme respuestas, solo
ofreciéndome un espacio para darlas si quería.
—Sophie.
—Es que… estábamos cenando y me preguntaron… —Hablé rápidamente
sin saber cómo ordenar mis ideas—. Pero yo le dije a mi madre que…
Mi labio inferior volvió a temblar y tomó una de mis manos con delicadeza,
tirando un poco de mí hacia su cuerpo.
—No tienes que explicarme si no quieres.
Antes de responder, se escucharon pasos en el pasillo.
Harry apareció, deteniéndose en seco al vernos. Sus ojos pasaron de mí a
Daniel. Por un instante se quedó callado, como si tratara de entender que
estaba viendo.
—¿Todo bien? —Preguntó en una especie de preocupación torpe, incómoda.
—Sí —Me apuré en contestar volviendo a Daniel.
El pelinegro frunció el ceño sin quitar su vista de Harry.
—Solo necesitaba aire fresco —Dijo Daniel apuntando a la puerta con un
movimiento seco.
Harry asintió volviendo a su expresión neutra y unos momentos después, la
voz de Sally se escuchó en el pasillo, alegre y en tono de despedida. Mi madre
apareció detrás de la pareja.
—Nos vamos. Gracias por recibirnos —Anunció Sally y pasó su mirada a
Daniel. Sonrió—. Hola. Bueno, hola y adiós.
Soltó una risa que le siguió Will.
—Encantada. Vuelvan cuando quieran —Respondió mi madre, y hubo un
intercambio de abrazos y palabras de despedida.
Harry me dedicó una última mirada antes de seguir a sus padres. Una vez que
su auto arrancó, mi madre cerró la puerta con cuidado y luego se giró hacía
mí, cruzándose de brazos.
—Ah, sí claro. Ahora te irás. ¿Cómo se llamaba tu amiga? —Le dio una mala
mirada a Daniel—. ¿Ivy?
—Mamá…
Levantó una mano callándome.
—Anda, sal con tus amigos. A ver si se te aclara la mente un poco —Se cruzó
de brazos—. Porque harto que lo necesitas.
Su mirada pasó de mí a Daniel, con una mezcla de juicio y algo que no supe
definir. No era desprecio, pero sí advertencia.
Y luego simplemente se encerró en su habitación, dejándonos solos.
29
Sophie
—¿Segura que quieres ir? —Preguntó Daniel por segunda vez.
Asentí.
—Ya le dijimos que sí a Ivy, no podemos dejarla plantada.
Las luces de la calle pasaban como parpadeos suaves por las ventanas. El
silencio se estiró durante varios minutos. Daniel no encendió la radio. No
preguntó nada. Solo manejó.
Sentía la presión en el pecho como si estuviera reteniendo algo. Como si un
solo comentario, una palabra mal dicha, pudiera hacer que todo saliera
disparado sin control. Jugaba con el collar en mi cuello, apretándolo,
moviéndolo.
Solté un fuerte suspiro esperando que quitara todo lo que tenía guardado.
—A veces sirve decirlo —Dijo Daniel, sin apartar la vista del camino—. Lo
que sea que te estés guardando.
Giré un poco la cabeza hacia él.
—¿Y si no hay forma de decirlo sin que todo se rompa? —Pregunté, apenas
un susurro.
Daniel se encogió levemente de hombros.
—Entonces se rompe. Pero a veces, romper algo es la única manera de
entender cuánto dolía sostenerlo.
Tragué saliva. Me sentía como una presa al borde de estallar. Como un vaso
que ya rebalsó, pero aún no se da cuenta.
Me dio una mirada fugaz y yo mantuve mi vista en él, mientras manejaba.
No sabía por qué esas palabras me rompieron un poco más. Quizás era por
su tono. Sentí el nudo en la garganta volver con más fuerza.
Quise decirle que no pasaba nada. Que lo olvidara. Pero no pude, porque
Daniel ya lo sabía.
Y entonces, empecé a hablar.
No con palabras claras. No con frases perfectamente ordenadas. Pero lo hice.
Entre pausas, entre respiraciones temblorosas, entre pensamientos que se
atropellaban unos a otros, empecé a soltarlo todo.
Hablé quizás más de lo que debí, pero lo hice. No lo miré ni una sola vez
mientras hablaba. Mantuve mi vista fija en mis manos, en la ventana, en
cualquier parte menos en él. Pero sentía su atención ahí, intacta. Como si me
estuviera sosteniendo sin tocarme.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí culpa por decir lo que pensaba.
Sentí alivio.
No me di cuenta cuando el auto se detuvo, hasta que levanté la mirada
encontrándome con la de Daniel.
Sonreí levemente.
—Creo que me siento un poco mejor —Murmuré.
Él asintió levemente, con una media sonrisa.
—Lo sé —Rodeé los ojos y Daniel soltó una risa baja—. A veces decirlo en
voz alta es todo lo que se necesita.
La tensión que me había envuelto durante la cena empezó a aflojarse. No era
que todo estuviera bien ahora. Pero era distinto. Como si hablarlo me hubiera
permitido respirar un poco mejor.
—¿Dónde estamos? —Pregunté mirando por la ventana.
—Ivy, cambió de planes, es decir, su cita o no cita cambió de planes. Dijo que
ahora sería en un bar —Miró la ventana y apuntó al lugar—. Están adentro
ya.
Apenas cruzamos la puerta, todo cambió.
El aire se volvió más denso, cargado de humo, risas, voces superpuestas y la
música siendo la protagonista del lugar. Las luces parpadeaban en tonos
rojizos y dorados, y el calor era distinto: húmedo, vivo, como si el lugar
respirara por sí solo.
Sentí un leve roce en la espalda y un instante después, la mano de Daniel se
apoyó en la parta baja de la mía. La tela del top dejaba esa zona descubierta,
así que el contacto fue directo. No me moví. Su toque era firme, pero sin
apuros.
Me dejó avanzar delante de él, abriéndose paso entre la gente con una calma
envidiable. A veces se acercaba más, sintiendo nuestros cuerpos rozar, a
veces sentía su respiración aún más cerca, y yo solo trataba de avanzar entre
medio de las personas.
Finalmente, giramos hacia una zona menos apretada y ahí estaba Ivy,
recostada contra la barra, acompañada de un chico, ella agitó una mano
cuando nos vió.
Nos acercamos a Ivy y una sonrisa divertida se amplió al vernos, pero
cuando estuvimos lo suficientemente cerca, su mirada bajó, directo a la mano
de Daniel apoyada en mi espalda baja.
No dijo nada. Solo levantó una ceja, casi imperceptible.
Por reflejo, me moví un poco. No por incomodidad, sino porque algo en su
mirada me hizo notar el contacto como si de pronto ardiera. Daniel la retiró
sin apuro.
—¡Vengan! —Gritó por encima de la música haciendo un gesto para
acercarnos. Enganchó un brazo en el cuello del chico a su lado—. Él es Kian,
lo conocí en la fiesta… el día de mi cumpleaños. Jugamos verdad o reto.
Asentí recordando al chico con el que Ivy se besó.
—¡Hola! ¡Claro, los chicos del reto!
Pestañé un poco incómoda e Ivy le dio un pequeño golpe en el brazo. Kian
sonrió un poco tenso.
—¡Pedí unos tragos!
Me apoyé justo a la izquierda de Ivy y Daniel se quedó atrás de mí, tan cerca
que podía sentir el calor de su cuerpo, la vibración de su risa, sin gracia,
cuando Kian dijo algo que no escuché del todo por estar concentrada en el
roce del cuerpo de Daniel contra el mío.
—¿Por qué se demoraron tanto? —Preguntó Ivy.
Desvié la mirada hacia mi vaso y le di un sorbo.
—Había mucho tráfico —Respondió Daniel.
—¿Los extrañaste? —Preguntó Kian acercándose a Ivy. Le susurró algo en el
oído antes de perderse en su boca.
Llevé mi vista hacia el centro del lugar. Gente bailando. Risas, gritos, vasos en
el aire. Alguien saltaba al ritmo de una canción que apenas reconocía. Estaba
tan perdida en mirar que no me di cuenta de lo cerca que estaba hasta que su
voz rozó mi oído.
—Podríamos bailar… si no estuvieras tan ocupada evitando mirarme —
Murmuró Daniel cerca de mi oído, con ese tono burlón que se le daba tan
fácil.
Me giré apenas hacia él, conteniendo una sonrisa.
—¿Y quién dice que estoy evitando mirarte? —Respondí con el mismo tono.
Daniel alzó una ceja, divertido.
—Entonces debo estar imaginando cosas. Aunque no sería la primera vez que
me pasa contigo.
Sentí que el corazón me daba un vuelco. Como si sus palabras hubieran
encontrado exactamente el lugar correcto para apretar.
Mis mejillas se encendieron al instante y Daniel dio un paso más hacia mí sin
apartar la mirada. Su mano aún más cerca de mí cintura y mi respiración un
poco más agitada de lo que quería admitir.
—¿Todo bien? —La voz de Ivy hizo presencia. Tocó mi brazo quedando al
lado de ambos.
Asentí. No me dio tiempo a nada más antes de que Ivy tirara de mí
suavemente, alejándome sin aviso.
—Ven, te voy a presentar a todos antes de que se emborrachen y olviden tu
nombre —Dijo al oído.
Me llevó hasta un grupo de personas junto a la barra, todos con vasos en la
mano y sonrisas. Me presentó como si me conociera de toda la vida.
—¡Ella es mi amiga, Sophie! —Dijo en un tono alto por la música—. ¡Muy
buena para jugar verdad o reto!
Sonreí un poco incómoda por el comentario de Ivy. Recibí un par de saludos
y bromas. La conversación fluyo en temas que desconocía totalmente, chicas
que nunca había escuchado su nombre, facultades y otras fiestas en las que
claramente yo no había asistido, por lo que no estaba enterada de nada.
Mi mirada empezó a vagar por el lugar, buscando algo más que escuchar
términos que no tenía forma de comprender. El círculo de personas en que
estaba se desdibujó cuando mis ojos se encontraron con los de Daniel.
Estaba de pie, un poco más allá en la barra, con dos chicos a su lado, pero su
atención estaba fija en mí. No pude evitar que mi pulso se acelerara, su
mirada penetrante parecía leer todo lo que pensaba, le dio un trago a su
botella sin quitarme la mirada de encima y mis ojos viajaron al movimiento
de su garganta.
Volví a sus ojos, y una media sonrisa apareció en su rostro.
Aparté la mirada encontrándome a mi lado con un chico de camisa negra
arremangada y una sonrisa relajada. Comenzó a hablarme con un tono
amigable y por un momento intercambiamos algunas frases ligeras y risas.
Pero no pude evitarlo.
La mirada de Daniel, unos pasos más allá, clavada en nosotros. No se
molestaba en disimular.
Sus ojos se detuvieron especialmente en el momento en el que el chico bajó
un poco más la voz y sonrió más cerca de lo necesario. Di un paso hacia atrás
y unos momentos después se alejó.
Yo también desvié la mirada justo a tiempo para ver que Daniel ahora
hablaba con los dos chicos que no reconocía, aunque su expresión seguía
seria. Atento.
—¡Vamos a bailar! —Dijo Ivy sin más, tirando de mi brazo con una risa
contagiosa—. ¡No vine para quedarme parada como planta decorativa!
Me jaló entre la gente dejando atrás al pequeño grupo de la barra.
A todos.
A todos.
La música subía, el aire era cálido, y la pista estaba llena de cuerpos en
movimiento. Luces destellaban en tonos azules y fucsias, mezclándose con el
humo del ambiente.
Nos unimos a un pequeño grupo de chicas que ya estaban bailando. Una de
ellas me ofreció una sonrisa mientras Ivy me soltaba y comenzaba a moverse
con soltura, contagiando su energía. Al principio, me sentí algo rígida, fuera de
lugar, pero luego dejé que el ritmo hiciera lo suyo.
Empecé a moverme, a reír, a perder la noción del tiempo entre el ritmo
pulsante y la vibra del lugar. Era extraño lo fácil que era dejarse llevar con
ellas. Ivy me tomaba de las manos de vez en cuando, girando conmigo,
haciéndome reír con esa sonrisa amplia y confiada.
Y en medio de todo, lo sentí. Esa mirada.
Levanté los ojos entre una vuelta y otra, entre las luces y las risas, y ahí
estaba.
A unos metros de distancia, apoyado en la barra, con una botella en la mano.
Ya no hablaba con nadie. No sonreía. Solo miraba. No como si estuviera
sorprendido. Ni como si no supiera qué hacer. Daniel me miraba como si
cada parte de él supiera exactamente que estaba viendo.
Y por un instante, dejé que mis movimientos se ralentizaran. Solo un segundo.
Solo para devolverle la mirada.
Y ahí estaba de nuevo esa sensación que no tenía nada que ver con la
música.
Escena 6
Ni promesas ni migajas
El chico frenó en seco a verla. Estaba al final de la biblioteca, en un lugar
alejado que siempre ocupaba él.
Ella terminaba de observarse, guardó el pequeño espejo en su bolso y se
acomodó el cabello. Sus dedos temblaron apenas.
Él la observó por unos segundos más, hasta que su mirada chocó con la de
ella.
La chica le sonrió con suavidad, casi como si temiera que él saliera corriendo,
y le hizo una seña para que se acercara.
Él dudó un instante, pero finalmente caminó hacia ella.
—Hola —Saludó él, en voz baja.
—Hola —Respondió ella, tanteando las palabras. Bajó la mirada un segundo,
como reuniendo valor—. Quería hablar contigo.
Él soltó un suspiro, sin apartar la mirada.
El peso de las palabras no dichas en las últimas semanas flotaba entre ellos.
Sí, se habían cruzado en fiestas, pero sus encuentros no habían pasado de
miradas esquivas y silencios incómodos.
—Estuve pensando… —Dijo ella al fin, dando un pequeño paso hacia él —
No quiero que esto… que lo de nosotros, termine.
Él frunció el ceño, confundido.
—Nunca hubo un nosotros.
Ella tragó saliva, pero siguió.
—Me refiero a que… —Buscó las palabras como quien camina sobre hielo
delgado—. Podríamos seguir viéndonos. Solo que… sin que nadie sepa. Sería
mejor así. Para los dos.
Él la miró, esta vez endureciendo la expresión.
—¿Mejor para los dos? —Repitió con una risa breve, incrédula, y dio un paso
atrás.
Ella se mordió el labio, dudando, pero terminó diciendo lo que llevaba días
ensayando en su cabeza.
—Es complicado —Dijo ella, bajando un poco la voz—. Mi ambiente es
diferente al tuyo. La gente habla, y… y yo soy más conocida que tú…
Él la miró, apretando la mandíbula.
—Ah, claro. Sería un problema que te vieran conmigo —Soltó, sin molestarse
en suavizar la empereza de su voz.
Ella parpadeó herida, pero no retrocedió.
—No es eso —Dijo, forzando una sonrisa que se rompía en las orillas—. Es
solo que sería más sencillo si nadie supiera. Más fácil para los dos. Sin
presiones.
El silencio que cayó entre ellos fue más brutal que cualquier discusión.
A veces uno acepta menos de lo que merece, pensando que algo a medias es
mejor que nada.
A veces, sin darte cuenta, empiezas a conformarte con migajas, como si eso
bastara para calmar el hambre de ser visto, elegido… querido.
Y aunque no lo notaran en ese momento, algo importante se había empezado
a romper.
30
Sophie
No supe cuánto tiempo había pasado. Entre las risas, los giros, el ritmo que
me sacudía los pensamientos, y el calor que se pegaba a la piel como una
segunda capa, perdí la noción de todo.
Solo sabía que reía. Que me movía sin pensar. Que, por primera vez en
mucho, no estaba cargando con nada más que el momento.
Pero después de unas canciones, y quizás un par de copas que no recordaba
haber terminado, el calor empezó a pesar distinto. Pegajoso. Asfixiante. Sentía
la garganta seca, el cabello pegado a la nuca. Y una necesidad tonta —o no
tan tonta— de escapar, aunque fuera solo por un par de minutos.
Después del primer coro de la canción Into you de Ariana Grande, me incliné
hacia Ivy, que seguía bailando como si el mundo estuviera hecho solo para
eso. Ella alzó una ceja, sin dejar de moverse, como preguntando a dónde iba.
No dije nada. Solo señalé con la cabeza hacia los baños.
Su mirada se volvió un poco distinta entonces. No me detuvo. Pero hubo
algo… algo extraño en sus ojos mientras asentía.
Empujé entre la multitud, sintiendo el aire un poco más fresco a cada paso
que daba lejos de la pista. Pasé por las mesas, por la barra, esquivando
cuerpos y luces. Hasta que, sin esperarlo, me detuve en seco.
Allí estaba Daniel.
Apoyado en la barra, con una expresión indescifrable, junto a Ellen.
Ella hablaba animada, una mano jugando con el borde de su vaso, los labios
curvados en una sonrisa encantadora. Pero había algo en su cuerpo, en la
forma en que se inclinaba hacia él. Una cercanía ensayada.
Aun así, entre ambos había espacio.
No mucho. Pero suficiente para que algo se notara.
Y entonces, como si lo sintiera, Daniel levantó la vista.
Nuestras miradas chocaron.
Fue solo un instante. Una tensión contenida entre los dos. Ni sorpresa, ni
culpa. Solo ese algo que no alcanzaba a definirse. Algo que se quedó en el
aire cuando desvié la vista y seguí caminando, tragando esa sensación que se
me instaló en el pecho.
No sabía por qué me dio una punzada de incomodidad.
Y, aun así, no me detuve hasta entrar al baño.
Me apoyé en el lavabo, la respiración todavía agitada, las mejillas encendidas
por el calor y por todo lo demás. Pasé mis dedos por mi cabello, intentando
arreglarlo un poco, mientras tarareaba el coro de Into you. La canción se
escuchaba un poco más baja, pero podía seguía ahí.
Me retocaba el brillo labial cuando la puerta se abrió.
Por el reflejo del espejo, lo vi.
Daniel cerró la puerta atrás de él con un clic suave y se apoyó en ella,
cruzándose de brazos.
Nos quedamos unos momentos en silencio.
—¿Estás perdido? —Pregunté, intentando que mi tono sonara tranquilo,
como si no me afectara verlo ahí, como si mi corazón no acabara de dar un
salto absurdo en mi corazón.
Daniel no respondió en seguida. Solo me miró.
—No.
Un segundo. Dos.
—No puedes estar acá —Dije guardando mi brillo labial en el bolsillo de mi
jeans—. Si alguien te ve…
Cerró la puerta con pestillo volviendo apoyarse en la puerta.
—Ya no me verá nadie.
Me volteé apoyándome en el lavabo. El silencio se volvió espeso entre
nosotros. No nos quitábamos la mirada de encima. Y sentía que el aire me
comenzaba a faltar.
Mis ojos se deslizaron hacia su postura, sus hombros relajados, pero sus ojos
no.
—¿Querías decirme algo o solo vienes acompañarme al baño?
Daniel no se movió. Pero su mirada descendió apenas, como si me recorriera
con una lentitud que ardía.
—Vi tu cara cuando me viste con Ellen.
Me crucé de brazos.
—¿Vas a empezar invadir baños ahora? ¿O solo haces excepciones conmigo?
—No me interesa ella —Me cortó, dando un paso hacia mí.
Mis ojos buscaron algún punto fijo que no fuera él. La pared, el piso, cualquier
cosa que me ayudara a fingir que su cercanía no estaba haciendo que mi
respiración cambiara.
—No tienes que darme explicaciones —Murmuré.
—Pero las quieres, ¿no? —Preguntó en un tono bajo, acercándose un poco
más.
Acortó aún más la distancia, sus manos no me tocaron, pero me vi acorralada
entre su cuerpo y el lavabo, su mirada fija en la mía.
Su perfume, su calor, el latido acelerado en mis costillas. Todo se sentía
demasiado.
—No hace falta que me expliques nada —Dije, aunque mi voz sonó menos
firma de lo que quería.
—Pero igual te quedaste escuchando —Murmuró bajando por un momento
la mirada a mis labios.
Mi respiración se volvió inestable. Estaba tan cerca que no sabía si el calor
venía de su cuerpo o del mío.
—¿Siempre tienes que ganar?
—Contigo no estoy seguro de qué significa ganar.
Fue lo último que dijo antes de que nuestras bocas se encontraran. Fue
frenético, sin nada de suavidad. Nuestras bocas se encontraron con una
urgencia de algo que no nos habíamos permitido antes. Llevé una de mis
manos a su cuello acercándolo más a mí, si es que era posible, y la otra mano
la enrollé en su cabello oscuro.
El baño estaba lleno de sonidos de nuestras respiraciones entrecortadas,
haciendo algo que probablemente cambiaria la extraña relación que
teníamos, pero que ahora mismo era lo último que importaba. Aun
besándonos Daniel retrocedió hasta que su espalda chocó con la puerta,
mordisqueó mi labio inferior provocando que entreabriera un poco la boca y
sentí su lengua deslizarse entre mis labios. Un escalofrío recorrió mi cuerpo
su lengua rozó la mía.
Sin querer gemí contra su boca y su agarré se volvió más fuerte contra mi
cintura. Mis dedos tiraron un poco de su cabello y mi mano libre se deslizó
por su camiseta hasta aferrarme de ella, mientras nuestras lenguas se
entrelazaban con una urgencia que sentía que el calor de la pequeña
habitación subía cada vez más.
No quería que se detuviera.
Pero fue necesario separarnos unos pocos centímetros para poder respirar.
Ambos estábamos sin aliento, nuestros labios húmedos. Nos miramos, sin
palabras. Una sonrisa burlona se instaló sus labios y con un suave tirón volvió
a acercarme.
—¿Sabes lo difícil que fue no tocarte allá afuera? —Murmuró con la
respiración agitada.
—¿Y quién dijo que ya no puedes hacerlo?
Sentí cómo su aliento se detenía apenas por un segundo. Nuestros labios
quedaron tan cerca que el roce fue inevitable.
Hasta que unos golpes en la puerta del baño nos devolvieron a la realidad.
—¿Hay alguien ahí? —Preguntó una voz femenina desde afuera, irritada.
Daniel tiró su cabeza hacia atrás cerrando los ojos por un momento,
dándome la mejor imagen de la noche. Soltó una maldición y se separó
apenas, con sus ojos aún en los míos. Sin pensarlo se metió en el primer
cubículo abierto. Me quedé inmóvil por un segundo, con el corazón
enloquecido. Luego quité el pestillo y me escabullí dentro del cubículo que él,
cerrando de nuevo.
Estábamos demasiado cerca. El espacio era mínimo. Cada respiración
parecía más intensa.
El calor entre nosotros se volvió casi insoportable.
—¿Me vas a besar otra vez o tengo que provocarte más? —Susurró en mi
oído, con esa mezcla entre reto y deseo que solo él lograba.
No le respondí.
Solo rompí la distancia y lo besé. Como si nada más importara. Porque en ese
instante, nada más importaba.
31
Daniel
Ya ni siquiera estaba leyendo el libro abierto frente a mí. Solo pasaba las
páginas sin mirar, solo pensando.
Mi mente seguía atrapada en otro lugar.
En ella.
En cómo Sophie me había besado esa noche.
En cómo se sintió su cuerpo pegado al mío en ese cubículo, como si el
mundo entero fuera solo el espacio que compartíamos.
En cómo la había sostenido por la cintura, en el temblor apenas perceptible
de su respiración cuando mis labios rozaron los suyos.
No nos habíamos vuelto a ver desde el viernes.
Y, aun así, seguía ahí.
Metida en mi cabeza.
Marcada en mi piel.
Cerré el libro de golpe, frustrado.
Y agradecí al instante, el haber decidido sentarme en uno de los rincones
menos transitados de la biblioteca, para no haberme ganado malas miradas.
—¿Estudiando?
Ni siquiera tuve que levantar la vista para saber de quien se trataba.
—¿Cómo has estado? —Preguntó sentándose a mi lado sin permiso.
Abrí de nuevo el libro, fingiendo que buscaba alguna página.
—Bien —Respondí.
—Ayer estaba igual que tú —Soltó una risa nerviosa—. Aquí, encerrada,
estudiando.
Exhalé, cerrando el libro de golpe.
—Ve al punto, Sienna —Dije, mirándola.
Se mordió el labio inferior, incómoda.
—Solo… quería saber si vas a ir —Murmuró.
No hizo falta preguntar. Los dos sabíamos a que se refería.
—No lo sé.
—Podríamos ir juntos —Sugirió con una pequeña sonrisa—. Así… no sería
tan duro. No tienes que pasar por esto solo, Daniel. Yo también sé lo que es.
La miré, frío.
—Preferiría ir solo —Respondí, tajante—. Así que, no. Gracias.
Me levanté tomando el libro que estaba sobre la mesa. Sienna me imitó
quedando frente a mí, dio un paso y yo retrocedí.
—Solo piénsalo… —Susurró.
No respondí. No había nada más que decir.
Y solo me fui, sin mirar atrás.
32
Sophie
El atardecer había caído antes de lo esperado y mi turno de trabajo ya había
terminado hace unas horas, pero Lyra apareció justo cuando estaba por irme
a casa.
Nos habíamos pasado las últimas horas sentadas en unas bancas de madera
del campus de la universidad. Los colores del atardecer pintaron el cielo y le
tomé una foto con mi celular.
Lyra sonrió volviendo a verme.
—Insisto que tienes talento para la fotografía.
Solté una risa.
—Antes que digas algo —Me detuvo—. No necesito ver esa foto para saber
lo bien que salió. He visto todas las demás y me encantan.
—No lo sé, Lyra —Murmuré volviendo al frente—. No sé si quiero hacerme
la idea de fotografía…
—¿No quieres o te da miedo?
Solté un suspiro.
—¿Y si me equivoco? Quizás es solo un pasatiempo y no a lo que dedicaré
bastantes años.
—Yo creo que… deberías escucharte. Pero a ti. No a tu madre, ni a nadie
más. El corazón es sabio, Sophie.
Sonreí y Lyra me la devolvió.
—Te tengo una sorpresa —Dijo, en voz baja y la miré curiosa mientras
sacaba un pequeño paquete de su mochila—. ¡Aquí esta!
Me acerqué curiosa mientras ella desenvolvía con cuidado el papel Kraft.
Dentro había una copia preciosa de nuestro libro favorito, una edición
especial con tapas, con detalles dorados y rosa con relieve y las hojas de un
color dorado brillante.
—¿De dónde sacaste eso? —Pregunté, sorprendida.
Lyra me extendió una copia y sonreí cuando la tuve entre mis brazos. Me
dieron ganas de abrazar al libro, y lo hice.
—Mi mamá me lo mandó —Sonrió, hojeando el libro—. Ya sabes, le llegaron
copias a su librería y nos mandó a ambas.
Reí, pasando los dedos por los detalles dorados.
—Es increíble. Gracias, Lyra.
—Ah, espera —Volvió a su mochila y sacó una algunas revistas—. Para ti.
Son algunas fotógrafas populares del momento.
Sin dudarlo la abracé.
—Gracias, Lyra. En serio.
—Sabía que te encantaría —Dijo devolviéndome el abrazo.
Nos quedamos conversando un poco más. Nada demasiado profundo:
tonterías, cotilleos sin importancia. Hasta que Lyra miró su celular y una
pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Tengo que irme, quedé en verme con Lukas —Murmuró, ruborizándose.
Solté una risa mientras Lyra tomaba sus cosas.
—Que disfrutes tu cita.
—No es una cita —Negó con la cabeza, levantándose de la banca de
madera.
—Claro que no —Dije burlona, sonriendo.
Lyra soltó una risa, colgándose su mochila y sacó la lengua antes de
desaparecer entre la gente.
Me quedé sola, guardé las revistas en mi mochila y sin poder esperar más
hojeé el libro que me había regalado Lyra. Disfrutando el momento de
tranquilidad. O al menos, por unos segundos.
—¿Siempre pones esa cara de concentración cuando hojeas libros que ni
estás leyendo? —Escuché ese tono burlón que ya empezaba a conocer
demasiado bien.
Cerré el libro, conteniendo una sonrisa y levanté la mirada.
—¿Siempre espías a la gente esperando el momento perfecto para
interrumpir?
Daniel se encogió de hombros, con una media sonrisa ladeada y se sentó a
mi lado, ocupando el puesto que Lyra estaba usando hace un momento.
—Solo espero el mejor momento para arruinar la paz ajena.
Rodeé los ojos sin evitar sonreír y sentí como su pierna rozaba la mía.
En ese momento, algo se tensó en mi pecho. Mi pulso, que hasta entonces
había sido tranquilo, se aceleró sin previo aviso. Me detuve un segundo,
tratando de ordenar mis pensamientos. Recordé el viernes, en ese baño,
cuando todo se había vuelto un poco más real. El calor de su cercanía, cómo
su boca había buscado la mía con una urgencia inesperada, y cómo nos
habíamos quedado ahí, atrapados en el mismo espacio, sin poder retroceder.
Me obligué a apartar esos recuerdos, aunque el calor que había sentido aún
persistía, como una sombra recorriéndome por dentro.
—Deberías buscarte un pasatiempo más productivo —Dije, finalmente.
—¿Y si mi pasatiempo favorito es molestarte?
Me encogí de hombros.
—Entonces deberías agradecerme —Le dediqué una sonrisa cínica—. Sin mí,
estarías aburrido todo el día.
Soltó una risa y su mirada bajó unos segundos al libro que aún sostenía en
mis manos.
—¿Puedo verlo?
—Con que le hagas algo, vas a ver —Lo apunté con mi dedo y asintió con
una sonrisa.
Miró la portada y pasó sus dedos por el relieve dorado. Lo hojeó un poco y
luego, con toda la intensión del mundo, fingió que se le resbalaba de las
manos.
Mi corazón dio un salto.
—¡Imbécil! —Exclamé, lanzándole un manotazo en el brazo mientras él
atrapaba el libro, riéndose como si fuera el mejor chiste del mundo.
—Relájate, princesa —Me lanzó una mirada burlona mientras me devolvía el
libro—. Está sano y salvo. Como yo.
—No estaba preocupada por ti —Respondí con fingida indiferencia.
Daniel soltó una risa, sin creerse ni una palabra.
—¿De qué se trata? —Preguntó, señalando el libro con un leve gesto de la
cabeza.
Negué suavemente con la cabeza mientras guardaba el libro en mi mochila.
—Otro día —Dije, esquivando la pregunta con una sonrisa ligera—. Ya tengo
que irme.
Levanté de la banca para comenzar a caminar, pero Daniel tiró de mi brazo
acercándome a él, con esa mirada suya entre divertida y desafiante.
—¿Tan apurada estás? —Preguntó, con una media sonrisa.
Rodeé los ojos.
—Tengo que ir a estudiar matemáticas.
—¿Matemáticas? —Repitió—. No es por presumir…
—¿Pero?
Se inclinó apenas hacia mí.
—Pero fui el mejor de la clase. Y en el examen de admisión.
—¿Te aplaudo?
Solté una risa que no pude aguantar al ver su expresión.
—También sería una opción —Dijo sin despegar la mirada de mí—Pero te
estoy diciendo que puedo salvarte de morir entre números.
Me crucé de brazos.
—¿Eso fue una oferta de ayuda?
—Depende —Respondió burlón—. ¿Qué obtengo a cambio?
Rodeé los ojos, pero le seguí el juego.
—¿Tendría que pagarte o algo? —pregunté, con la misma burla en mi voz.
—No soy tan barato, princesa —Murmuró, con una mirada intensa que sentí
que hasta el aire entre nosotros se tensaba.
Sonreí con aire desafiante, sin apartar la mirada.
—Ah, ¿no? —Pregunté, subiendo las cejas un momento—. Entonces, ¿qué
tendría que hacer para obtener tu “oferta de ayuda”? ¿Traerte café todos los
días?
Daniel se quedó en silencio un momento, analizándome como si estuviera
evaluando una propuesta.
—No, no es necesario —Respondió, acercándose un poco más—. Pero si de
verdad quieres que te enseñe, puede que te haga pagar… de una forma
mucho más interesante.
Su cercanía hizo que el aire entre nosotros se hiciera más pesado, y por un
momento, mi corazón dio un vuelco.
—¿Quién me asegura que seas un buen profesor? —Pregunté, manteniendo
el tono ligero, pero con algo de sarcasmo.
Di un paso hacia atrás.
—El libro de reclamos esta vació.
(…)
Daniel no tardó en responder. Me tomó por la cintura con fuerza, llevé mis
manos a su cabello, y caminó hacia delante, haciéndome retroceder hasta
que mi cadera chocó con el borde de mi escritorio, en un golpe brusco.
—Cuidado. El que rompe, paga —Me burlé.
—Tú empezaste —Dijo en un tono bajo Daniel, ese tono que me dejaba sin
aire y mi pulso se disparaba.
Su lengua entró en mi boca con desesperación, encontrándose con la mía
como si la conociera. Me apretó con una mano la cintura y la otra la deslizó
hasta mi cadera. Yo me aferré con fuerza a su camiseta, como si lo necesitara
más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Segundos después nos separamos y su frente chocó con la mía con nuestras
respiraciones agitadas.
—Deberíamos hablar sobre esto —Dijo, con la voz un poco ronca mientras
dejaba besos en mi mandíbula.
Enredé mis dedos en su cabello oscuro y fue a parar al lóbulo de mi oreja. Su
respiración seguía agitada y sentí un escalofrío recorrerme.
—Sí, deberíamos —Cerré los ojos cuando dejó un beso suave y arrastrado en
mi cuello.
Tomé su rostro para que volviéramos a besarnos, y así fue. Me dejó sentada
en el escritorio y se acomodó entre mis piernas. Lo traté de acercar aún más,
como si eso fuera posible, y le mordí el labio inferior. Soltó un sonido ronco
contra mi boca, y sonreí. Tomó mi rostro entre sus manos, y justo cuando iba
a volver a juntar nuestros labios, se separó.
Apoyó su frente en la mía. Ambos respirábamos agitados como si hubiéramos
corrido un maratón.
—¿Quieres que paremos? —Pregunté con miedo de su respuesta.
—Lo que quiero es no arruinarlo, Sophie.
Se separó un poco más de mí y sentí el frío volver a mi cuerpo.
—Quiero que estemos claros —Dije.
—Yo también.
Su cabello estaba desordenado, su camiseta arrugada en la parte donde me
aferré, y sus labios parecían llevar la marca de lo que había sucedido. Mi
corazón dio un pequeño salto.
—¿Vamos a fingir nunca ha pasado nada? —Pregunté, con miedo de su
respuesta.
Daniel respiró profundamente, como si pensara cuidadosamente cada palabra
antes de responder.
—¿Eso quieres? Porque no sé si pueda sacarme de la cabeza las veces que
nos hemos besado. No sé si pueda sacarte de mi cabeza.
Lo miré, sin saber si estaba preparada para las palabras que seguirían, pero él
continuó.
—Creo que no hay mucho que podamos hacer al respecto. No puedes
simplemente borrar algo así —Dijo, con cuidado—. Pero podríamos seguir
así. Como amigos.
Fruncí el ceño, confundida, y miles de preguntas comenzaron a aparecer en
mi mente.
—¿Amigos? —Repetí, confundida—. Es decir, esto no vuelve a pasar…
Porque los amigos no se besan, Daniel.
Su mirada no se apartó de mí. Negó con la cabeza lentamente.
—No, es decir, no me refiero a eso —Murmuró, pasando una mano por su
cabello—. Podríamos seguir con esto. Si quieres. Tendríamos una amistad…
Diferente.
Parpadeé, aún más confundida.
—¿Diferente cómo? —Pregunté, cruzándome de brazos.
Daniel se encogió ligeramente de hombros, evitando por un momento mi
mirada.
—Sin presiones. Sin compromisos —Hizo una pausa breve—. No puedo
tener una relación ahora, Sophie.
Sus palabras quedaron flotando entre nosotros, densas.
Me humedecí los labios, buscando como procesarlo.
Daniel se alejó unos pasos, quedando frente a unas repisas con libros,
dejándome espacio para respirar. Me quedé mirando el techo de mi
habitación, sintiendo como todo daba vueltas, lento pero inevitable.
Quizás era mejor así.
Yo tampoco estaba lista para algo serio.
Nunca había tenido realmente una relación… no de verdad.
Y la idea de empezar una ahora, de involucrarme con alguien de esa manera,
de exponerme y el miedo de que podría complicarse todo, no daba espacio
para que quisiera una ahora.
No quería terminar herida. No quería convertirme en otra historia rota.
No ahora.
—Deberías olvidar todo esto —Su voz sonó más baja, más contenida.
Lo miré. Estaba con una mano en el picaporte de la puerta.
—No fue justo incomodarte así. No era la idea. Me voy.
—Espera —Dije antes de pensar demasiado—. No me incomodaste.
Daniel no respondió, pero tampoco se fue.
—No fue algo que me molestara, si eso es lo que estás pensando.
Sus ojos me buscaron, como si quisiera estar seguro de que hablaba en serio.
—Entonces… —Murmuró.
—Entonces, si tú quieres, podemos seguir con esto. Sin complicaciones —Me
humedecí los labios, nerviosa—. Por mi está bien.
Su mirada no se apartó de la mía. Ni por un segundo.
—Está bien —Dijo al fin, apoyándose en la puerta—. Pero si en algún
momento ya no quieres seguir con esto, lo hablamos. Sin dramas. Sin enredos.
Asentí.
—Y lo mismo va para ti.
Se pasó la mano por el cabello.
—Nadie tiene que saberlo. Es mejor que nadie nos vea —Agregó—. Es mejor
así. Es mejor para ti.
—¿Para mí? —Fruncí el ceño—. ¿Por qué? ¿Es por Ivy? ¿Por Ellen?
Negó de inmediato.
—No es por ellas —Dijo, con firmeza—. Es mejor para ti. Nada más.
Asentí levemente. Tratando de que miles de preguntas no revolotearan por mi
mente. Tratando de confiar.
Sin darme tiempo a decir nada más, se acercó. Hasta quedar frente a mí,
encajando perfectamente entre mis piernas.
—Confía en mí —Repitió, más cerca esta vez, su respiración mezclándose
con la mía.
Antes de que pudiera decir algo más, Daniel se inclinó hacia mí. Su boca
atrapó la mía en un beso lento al principio, como si me diera la oportunidad
de apartarlo.
No lo hice.
No quería.
Sus manos se aferraron a mi cintura, tirándome aún más cerca de él, y yo
sentí como todo mi cuerpo reaccionaba buscando más.
Una de mis manos se enredó en su camiseta, la otra subió hasta su nuca,
atrayéndolo todavía más mientras el beso se volvía más urgente, más real.
Daniel no se guardaba nada. No esta vez. Era como si también lo necesitara.
Como si no quisiera dejar ninguna parte de mí sin tocar.
Cuando finalmente se separó, sus labios rozaron los míos en un último roce.
Mi respiración era un completo desastre.
—¿Esto…? —Mi voz sonó más baja de lo que esperaba—. ¿Vas a estar así…
con más chicas?
En cuanto solté la pregunta, llevé las manos a mi rostro, cubriéndolo, como si
así pudiera borrar lo que acababa de decir.
Sentí el silencio pesado entre nosotros. No podía verle el rostro, pero sabía
que me estaba mirando.
Daniel soltó una risa baja, divertida.
—¿Celosa, princesa? —Se burló, claramente disfrutando más de la situación
que yo.
Le di un empujón en el pecho, intentando apartarlo, pero Daniel atrapó mis
muñecas antes de que pudiera alejarlo. Con un tirón suave, me acercó de
nuevo a él, bajándome del escritorio y dejándome atrapada entre sus brazos.
—No voy a estar con nadie más —Murmuró, cerca de mi oído—. Y tú
tampoco.
Sus ojos ardían en los míos. No parecía estar pidiéndomelo.
—Ah, ¿no? —Me burlé, bajando la voz adrede, rozando su camiseta con mis
dedos—. ¿Y si estoy jugando verdad o reto, y me beso con alguien?
Su sonrisa desapareció al instante y solté una risa, separándome un poco.
Un segundo después, sus manos me atraparon por la cintura, acercándome
bruscamente a él.
—Inténtalo —Susurró contra mi boca—. Y tendré que recordarte quién te
besa mejor. A ver si puedes olvidarte de mí después.
Antes de que pudiera responder, sus labios se encontraron con los míos. El
beso fue breve, pero intenso.
Daniel se separó apenas un centímetro, su aliento cálido contra mi piel. Con
los ojos fijos en los míos, murmuró:
—¿Todo claro?
Su pregunta me hizo sentir como si el tiempo se hubiera detenido. Por un
segundo, no pude articular nada, solo respiraba con dificultad, el deseo
mezclado con la incertidumbre.
—Sí, todo claro —Respondí finalmente.
—Perfecto —Murmuró, con una sonrisa ladeada—. Mientras no me lances un
libro por celos después —Miró hacia las repisas.
Sentí el calor subir a mis mejillas, pero me obligué a mantenerme firme. Me
aclaré la garganta antes de responder, fingiendo indiferencia.
—No les haría daño a mis libros por ti.
La risa de Daniel fue baja, y sus ojos no se apartaron de mí, como si
disfrutara cada segundo de mi reacción.
Me separé de él, apoyando las manos en su pecho para mantener la
distancia. Le di una mirada a mi escritorio.
—Tú viniste a enseñarme matemáticas, ¿recuerdas?
Daniel subió las cejas un momento, y antes de que pudiera alejarme más,
atrapó mi cintura con una mano firme, acercándome de nuevo.
—Podrías darme un pago adelantado —Murmuró, con ese tono bajo que me
estremecía más de lo que admitiría.
Me mordí el labio inferior, luchando contra la sonrisa que amenazaba con
escaparse.
—¿Pago adelantado? —Repetí, como si lo estuviera considerando.
Me incliné un poco hacia él, desafiándolo a seguirme el juego.
Daniel acercó su rostro al mío, apenas unos centímetros.
—Soy flexible con los métodos de pago.
No le di la oportunidad de decir algo más. Rompí la distancia y capturé en un
beso, uno rápido, provocador. Pero apenas intenté separarme, Daniel me
sostuvo con más fuerza, más profundo.
Así, por ahora, me bastaba con esto.
Con algo que no prometía nada, pero que, de alguna forma, me hacía sentir
viva.
33
Daniel
Unos días después.
El sol comenzaba a asomarse, apoyé mi cuerpo contra la barra de la cocina
mientras llevaba una taza de café a mis labios. Hice una mueca cuando el
líquido caliente tocó mi lengua y dejé la taza en la mesa con un golpe fuerte.
Segundos después, Lukas salió de su habitación.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto? —Preguntó, llenando un vaso con agua.
—Ya no lo sé.
Frunció el ceño, dejando el vaso sobre la barra y, antes de que pudiera decir
algo, un celular sonó.
—Es Sienna —Lukas señaló mi celular.
Solté un suspiro y rechacé la llamada.
—Quiere saber si voy a ir —Dije, pasándome una mano por el rostro—. Si
vamos a ir juntos.
—¿Y tú? ¿Qué quieres?
—Ir solo —Apreté mi mandíbula—. De todos modos, nos encontraremos
allá.
—Sí quieres que te acompañe…
Negué con la cabeza.
—¿No ibas a ir con Lyra a una exposición de diseño?
Lukas pasó una mano por su rostro.
—Es un desfile de… —Se quedó callado—. ¿Cómo sabes?
—Deberías hablar más bajo por llamada —Dije tomando la taza con una
mano, de nuevo.
Lukas murmuró una maldición, antes de llevarse el vaso a los labios. Rodeé
los ojos, pero no dije nada.
Tomó las llaves de su auto, que estaban sobre la barra, y me las lanzó sin
previo aviso. Las atrapé en el aire.
—Toma, úsalo —Dijo—. Y ni se te ocurra rechazarlo, porque te juro que te
vas a arrepentir.
Solté una risa, sin gracia.
—Gracias —Respondí, guardándome las llaves en el bolsillo.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Se sentía denso, como si ambos
supiéramos que algo se avecinaba. Porque probablemente lo haría y ambos lo
sabíamos.
—¿Vas a ir a la universidad? —Preguntó Lukas, en voz más baja.
Asentí.
—Sí. Hay una clase importante en la mañana —Le di un sorbo a mi café—.
Luego me iré.
Sabíamos lo que realmente importaba de ese día. Y no era la clase.
(…)
El campus estaba más vacío de lo habitual, pero, aun así, bastaron los pasos
para sentirlo.
Las miradas.
Pese a tener la vista fija al frente, podía notarlas. Algunas fugaces, algunas
más evidentes. Susurros contenidos que no necesitaban palabras para
sentirse.
Lukas caminaba a mi lado, hablando de cualquier cosa para romper el
ambiente denso, pero mi mente estaba en otra parte. En el mismo lugar
donde había estado atrapado desde hace dos años.
Cuando entramos a la facultad, la sensación se intensificó. Era como si un
peso invisible me aplastara los hombros.
No importaba cuánto pasara. No importaba lo que hiciera.
Yo seguía siendo el culpable.
Aunque no todos tuvieran el valor de decirlo en voz alta, aunque algunos
sonrieran de frente… al final, todos pensaban lo mismo.
—Si quieres vete —Le murmuré a Lukas—. Debe ser incómodo para ti, sentir
todas estás miradas y no de buena manera.
Se encogió de hombros, restándole importancia.
—No me importa, la verdad.
Estábamos por doblar en uno de los pasillos cuando las voces me obligaron a
detenerme.
—Mira quién apareció —Dijo uno, su tono rebosando de sarcasmo.
Lukas soltó un fuerte suspiro, pero no se movió.
Los reconocí de inmediato. No hacía falta verles bien la cara para saber
quiénes eran.
—¿Qué haces aquí? —Preguntó otro, cruzándose de brazos.
—Estudio aquí —Respondí, mi tono tan afilado como un cuchillo—. Pero
supongo que, entre tanta obsesión con mi vida, se les escapó ese pequeño
detalle.
El aire entre nosotros se tensó, cargado de hostilidad.
Pero no me importó. No iba a darles el gusto de verme caer.
—Pensé que la culpa te habría espantado ya —Agregó.
—Y yo pensé que ya habrían encontrado una vida propia —Respondió Lukas
con frialdad—. Pero veo que siguen tan patéticos como siempre.
Respiré profundo, ante la mirada de Lukas.
Pero sus palabras quedaban pegadas a la piel, igual que las miradas, igual que
el recuerdo.
Nadie lo decía en voz alta, nadie ponía nombre a las heridas abiertas.
No hacía falta
—¿De verdad creías que ibas a poder esconderte aquí después de todo lo que
hiciste?
El otro chico soltó una risa baja.
Le di una mirada a Lukas y pasamos de ellos, retomando nuestro camino.
—Sigue caminando, pero todos sabemos que no encajas aquí. No eres uno de
nosotros. Nunca lo serás —Habló uno de los subiendo la voz y ganándonos
más miradas evidentes.
Pero no me di media vuelta, ni hice caso a las miradas.
Solos seguí caminando, sintiendo el peso de sus palabras, como si solo fueran
una sombra detrás de mí.
34
Sophie
—Gracias.
Le entregué el recibo con una sonrisa, y la chica se deslizó hacia el otro
extremo de la barra para recibir su orden. Grace llegó a mi lado con una
sonrisa iluminada.
—¡Subimos veinte seguidores más! —Exclamó, emocionada—. ¡Tus
fotografías con increíbles! ¡Y el video que hiciste!
Se quedó un momento en silencio mirando su celular. Luego lo volteó y me lo
mostró con entusiasmo.
—¡Tiene casi cien me gustas! —Me dio un pequeño abrazo—. Es increíble…
gracias.
—¿Y yo qué? —Preguntó Niko, fingiendo indignación desde el otro lado de la
barra.
—Gracias, Niko. Ahora tenemos cuatro chicas de clientes frecuentes —Ella
rodó los ojos—. Ahora hay más personas…
Le dio una mirada a la cafetería, que, por la hora, estaba sorprendentemente
concurrida. Había al menos diez personas repartidas entre las mesas, un
número alto considerando que a esta hora normalmente solo había una o dos.
La campanita de la puerta sonó, y los tres volteamos al mismo tiempo. Ivy
entró en la cafetería con su estilo característico: caminando con seguridad, el
cabello suelto cayéndole por los hombros, y una mochila colgando de su
hombro.
Me buscó con la mirada y, al encontrarme, se acercó directamente a la barra.
—¡Hola! —Saludó mirándonos a los tres—. ¿En cuánto tiempo tienes tu hora
de almuerzo?
Saqué mi celular del bolsillo y miré la hora.
—En unos diez minutos —Respondí—. ¿Por qué? ¿Pasó algo?
Ella negó con una sonrisa.
—Solo quería que pasáramos tiempo juntas. Ya sabes, ponernos al día.
—Claro —Sonreí—. Solo que tendrías que esperarme diez minutos.
Grace llegó a mi lado y negó con la cabeza.
—Vete, no te preocupes.
Giré a verla.
—Pero hoy hay más clientes que nunca.
—Pero estamos Niko y yo. Ya hiciste mucho —Sonrió—. Ve, tranquila.
—¿Ves? Autorización oficial —Dijo Ivy.
Unos minutos después, ya estábamos afuera. El aire fresco contrastaba con el
calor que quedaba dentro de Spring´s, y el sol que caía desde lo alto obligaba
a entrecerrar los ojos.
—Gracias por salir.
Una sensación me recorrió el cuerpo y sonreí.
—Cuando quieras —Sonreí sentándome en las mesas de afuera.
—He estado toda la semana de cabeza estudiando —Dijo, estirando las
piernas—. Me leí tres de los cuatro capítulos y la mayoría de las preguntas
fueron del capítulo cuatro. Vaya suerte la mía.
Solté una risa.
—Parece que los profesores lo hacen a propósito.
—¡Yo estudio! Y una vez que me falta leer un capítulo, es el que más
preguntas tiene —Pasó una mano por su rostro.
Por unos segundos, nos quedamos en silencio, pero fue uno de esos
cómodos.
—¿Y tú? —Preguntó Ivy—. ¿Cómo has estado? ¿La cafetería, tu casa, el
examen?
—Todo bien —Respondí—. Niko y Grace me hacen sentir muy cómoda y me
gusta trabajar allí. Y en mi casa, todo bien.
Ella asintió una sonrisa.
—¿Y… Daniel?
Aparté la mirada unos segundos.
—Sé que quizás sientas que es incómodo hablar de esto, conmigo —Dijo, en
voz baja—. Pero no juzgaré ni nada. Somos amigas, Sophie.
—Lo sé —Sonreí levemente—. No hay mucho que contar, la verdad. Somos
amigos y ya.
—Pero la tensión se siente —Soltó una risa baja—. Sophie, no te estoy
interrogando. Solo me da curiosidad. Son mis amigos y veo que hay algo más.
¿Se juntan? ¿Salen? ¿Se siguen hablando?
Mordí mi labio inferior.
—Sí, todavía hablamos…
—¿Y cuando hablan pasa algo más? —Insistió, alzando las cejas—. Porque
tú puedes decir que son amigos, pero yo he visto cómo te mira.
Carraspeé y una risa se me escapó.
—Ivy…
—¿Qué? No me digas que no hay nada porque no te creo. Desde el bar que
algo pasa.
Justo en ese instante, el celular de Ivy vibró. Ella lo miró de reojo y frunció el
ceño.
El bar.
La imagen de Daniel cruzando la puerta, la manera en que me había mirado,
su boca rozando con la mía con urgencia… Todo eso golpeó mi mente sin
pedir permiso.
Desde esa tarde en mi casa, algo se había instalado entre nosotros. Una
especie de acuerdo táctico que no tenía nombre, pero que se sentía como un
juego constante entre lo que podíamos y no podíamos hacer.
Nos buscábamos, nos encontrábamos y luego cada uno seguía su camino. Era
una amistad nueva, con bordes difusos y chispas que se encendían con solo
una mirada.
Y hace dos días que no lo veía.
Dos días que no escuchaba su voz, ni sentía su cercanía, ni me cruzaba con
su manera estúpidamente intensa de mirarme.
—¡Es Kian! Olvidé que debo ir al estacionamiento —Pasó una mano por su
rostro—. Me iba a devolver la chaqueta que dejé olvidada en su auto. Lo
había olvidado. El plan era ir por la chaqueta y luego por ti, pero me salté el
primer paso.
Solté una risa.
—El orden de los factores no altera el producto.
—Acompáñame —Me propuso—. Eres buena en matemáticas, Sophie.
Quizás una carrera con números es lo tuyo.
Buena.
La imagen de Daniel apareció de inmediato en mi mente.
Bajamos por los pasillos del edificio a paso tranquilo. El aire estaba más
fresco que antes, y de alguna forma el silencio entre nosotras se sentía
cómodo.
El estacionamiento no estaba del todo vacío, aunque el eco de nuestros pasos
lo hacía parecer más silencioso de lo que realmente era. Caminábamos entre
los autos, hablando sobre unas clases que tuvo, cuando Ivy frenó en seco a mi
lado, haciendo que casi me tropezara con ella.
—¿Qué pasa? —Pregunté, en voz baja.
Ivy no respondió de inmediato. Solo señaló hacia delante, entre los espacios
de los vehículos.
—Está ahí —Murmuró, tirando mi brazo—. Ven.
Me arrastró con rapidez tras uno de los pilares, y desde ahí, apenas
asomándonos, pude ver lo que había llamado su atención.
Daniel estaba de espaldas, con las manos metidas en los bolsillos de su
chaqueta. Frente a él, apoyada en la puerta del auto, estaba Sienna. Sonreía
levemente, como si no hiciera nada para entenderse.
Sentí una pequeña presión en mi muñeca. Ivy seguía sujetándome.
—Qué bueno que no estás en una relación con él —Dijo en voz baja,
mirándome.
La miré de reojo e hizo pequeñas caricias en mi muñeca.
—Daniel es mi amigo, lo quiero. Pero eso no significa que crea que sea bueno
para ti, Sophie —Negó lentamente con la cabeza—. No con ese historial. No
con ella todavía rondando.
Volví a mirar hacia adelante. No podía ver la expresión de Daniel desde esa
distancia. Solo esa sonrisa de Sienna. Esa calma entre ambos que, por alguna
razón, me calaba más de la cuenta.
—¿A qué te refieres con “ella rondando”? —Pregunté, sin poder evitarlo.
Ivy parpadeó, como si se saliera de trance. Se giró a verme, confundida y la
boca entreabierta.
—¿No sabes quién es ella?
Negué con la cabeza.
—Es decir, la vi una vez. Cuando llegué al piso para lo de su trabajo del corto.
Entre y ella ya estaba, pero se fue al instante —Recordé—. Nunca más la vi.
Hasta ahora.
Ivy se volvió asomar con cuidado por el borde del pilar.
—Sienna tiene una habilidad casi mágica para aparecer cuando menos se
espera —Habló después de unos segundos—. Siempre es igual. Cada cierto
tiempo, vuelve. No importa si han pasado semanas o meses, como si supiera
exactamente cuándo hacerlo.
Me quedé en silencio bajo su mirada, más suave.
—No puedo afirmar que sigue interesada en Daniel, pero algo hay. Se percibe,
y cuando Sienna lo siente, aparece —Hizo una pequeña mueca—. Siempre es
igual. Cada cierto tiempo, vuelven a hablar. No importa si han pasado
semanas o meses, de todos modos, pasa.
Me giré hacia ella, el corazón latiendo un poco más rápido. No sabía si era
por lo que decía, o por lo que no se atrevía a decir del todo.
Antes de que pudiera decir algo, Ivy me tomó del brazo con suavidad y me
giró de nuevo hacia el pasillo del estacionamiento.
—Mira —Susurró.
Desde la distancia, vimos como Sienna se subía al asiento del copiloto con
calma. Daniel se instaló tras el volante. Hubo un momento fugaz, una pausa
apenas perceptible, y luego el auto arrancó y se perdió entre las columnas del
cemento.
Me quedé ahí, quieta. El aire parecía más denso.
No debería sentir esto, me repetí.
No hay etiquetas, no hay promesas. No somos nada.
—No te estoy diciendo esto para molestarte —Dijo Ivy, en un tono suave—.
Tampoco pensé que esto pasaría. Solo no quiero que salgas lastimada.
Aparté la mirada, mordiéndome el labio inferior.
—Sé que no estás enamorada —Dijo, tomando mi mano—. Pero si hay algo,
aunque sea mínimo. Frénalo ahora, antes de que te pase lo que a otras ya le
ha pasado.
Asentí.
—Gracias, Ivy.
Sonrió levemente.
—Vamos —Susurró.
Caminamos en silencio, sintiendo todavía el eco del motor alejándose. El
ruido de nuestros pasos sobre el concreto del estacionamiento era lo único
que llenaba el vacío entre nosotras.
No tenía ganas de hablar, y por suerte, Ivy tampoco insistió.
Cuando vio a Kian, se soltó de mi lado con una sonrisa rápida y corrió hacia
él. Yo me quedé unos pasos atrás, con las manos rodeando mi cuerpo, hacia
un poco de frío allí.
La imagen seguía clavada en mi cabeza: Sienna apoyada con confianza en el
auto, como si fuera un lugar habitual para ella. Daniel frente a ella, sin
moverse. Y después, los dos dentro del mismo vehículo, como si nada.
No era celos. Era algo distinto. Un aviso. Una grieta.
No tenía ni idea que era en ellos dos o que habían sido. Pero la escena había
hablado por sí sola.
Y yo solo estaba observando desde un rincón, como una espectadora más.
Tragué saliva y solté un suspiro.
No debería sentir esto.
Basta.
—¿Nos vamos? —Preguntó, Ivy volviendo con su chaqueta—. ¿O prefieres
que nos sentemos en alguna banca? O podemos almorzar juntas…
—¿Almorzamos?
Ella asintió con una pequeña sonrisa.
Enganchó su brazo con el mío.
Y seguimos caminando.
Escena 7
Un final sin regreso
—Basta —Dijo el chico, con una voz tensa.
—¡Es que tu no entiendes!
—¡Claro que no entiendo! —Soltó él, frustrado, pasándose una mano por el
cabello—. ¡Tú fuiste la que pidió que empezáramos desde cero!
La chica desvió la mirada.
—Y tú quieres ir demasiado rápido —Habló ella.
—No he dicho eso.
Ella suspiró, abrazándose los brazos.
—Tal vez esto no fue buena idea.
—¿Entonces, para qué me pediste volver a intentarlo? —Preguntó él, en un
tono más bajo.
Ella no respondió al instante. Bajó la mirada.
—Solo pensé que podría funcionar —Respondió, finalmente.
—¿Pero sin ni siquiera caminar juntos por la universidad? ¿Sin que me
saludes si nos cruzamos en el bar? —Él soltó una risa amarga—. ¿Haciendo
como si no nos conocemos? ¿Tú crees que eso es normal? ¿Qué así
funcionan las cosas?
Ella se quedó en silencio.
—¿Me preguntaste como me sentía con eso?
—Tu aceptaste —Murmuró ella.
—Porque pensé que con el tiempo eso cambiaría.
Ella negó lentamente con la cabeza, alejándose unos pasos.
—No es tan simple.
—Dime el por qué.
—Creo que…
—Dímelo —La interrumpió él.
Ella alzó la vista lentamente, con los labios apretados.
—Hay cosas que no encajan. Somos diferentes. En muchos sentidos.
Él no contestó. Solo la miró, los brazos cruzados, la expresión endurecida.
—Solo querías pasar el rato, ¿no?
Ella tardó en asentir.
—No fue solo eso, pero sí. No sé si quiero seguir.
Él soltó una risa amarga.
—Yo no quiero más. Y no quiero que cuando te aburras, vuelvas.
Ella respiró hondo sin quitarle la vista de encima.
Él se dio media vuelta y salió del callejón donde estaban hablando, a unos
pasos del bar.
Mientras salía del lugar, una única idea le daba vueltas en la cabeza: no iba a
quedarse donde ya no lo elegían.
Quizás no sabía a donde iba, pero tenía claro que no volvería por el mismo
camino.
35
Sophie
—Gira un poco hacia la derecha… perfecto —Le di clic a la cámara y la
fotografía salió—. Somos amigos, es decir, tenemos una amistad diferente.
—Eso se llama amigos con derechos, Sophie.
Lyra rió, aproveché ese instante para sacar otra foto. Estábamos en mi casa,
más específicamente en el jardín trasero. Lyra se había ofrecido a ser mi
modelo, hacía un tiempo que no fotografiaba. Ya lo extrañaba.
—¿Con exclusividad? —Levantó las cejas cuando asentí. Hizo una pose
diferente—. Eso suena casi como…
—Pero no lo es, Lyra —Pasé una mano por mi rostro—. Yo no sé si quiero
una relación. No tengo buenas referencias de ellas.
Solté una risa suave, y Lyra se acercó dejando una flor detrás de mi oreja.
—Todas las historias tienen desarrollos distintos y finales también —Dijo,
sentándose en el césped frente a mí.
—Crecí escuchando las historias de mi madre con mi padre y…
—Pero esta es tu historia. No la de tu madre. No la mía. Ahora tu eres la
protagonista, Sophie.
Sonrió una vez más y se acostó en el pasto con un libro.
—Gracias, Lyra.
—Cuando quieras.
Soltó una risa, acomodándose mejor. Clic y una fotografía más.
—¿Y con Lukas…?
El timbre me interrumpió y Lyra sonrió.
—¿Estás esperando a alguien más?
—No. No que yo recuerde.
—Con que sea Daniel…
Negué mientras caminaba hacia la puerta. Me acomodé un poco el cabello
sin pensar y abrí la puerta.
Era Harry.
Llevaba una camiseta blanca, una chaqueta ligera y sostenía algo en la mano.
Alzó una ceja al verme, como si no esperara que yo misma abriera.
—Hola —Saludó con esa expresión neutra—. ¿Interrumpo?
—Pasa —Me hice a un lado.
Harry entró a paso tranquilo, recorrió con la mirada la sala, como si nunca
hubiera estado allí, y cuando su mirada cayó en los ventanales que daban al
patio trasero, volvió su vista a mí.
—¿Interrumpo?
Volví mi vista a Lyra quien estaba guardando sus cosas en su mochila, levantó
la mirada y agitó su mano de un lado a otro.
—Dime, ¿qué necesitas?
Carraspeó apartando la mirada un momento.
—Vine a disculparme —Murmuró—. Por la cena del otro día, fue incómoda
y…
Antes de que pudiera decir algo, Lyra apareció con su mochila colgada al
hombro.
—Hola —Sonrió volviendo a mí—. Ya tengo que irme, tengo que estudiar.
Pero cuando pase la semana de exámenes prometo quedarme más de dos
horas.
Solté una risa, nos despedimos y un pequeño golpe en la puerta nos indicó
que estábamos solos.
El silencio volvió por un momento.
—Perdona —Me disculpé—. ¿Qué estabas diciendo?
Harry se aclaró la garganta.
—Que perdona por el mal rato del otro día. Parte de lo que pasó también fue
mi culpa, también dije cosas que llevaron a que todo explotara.
—No te preocupes —Negué con la cabeza—. La mayor culpa fue mía.
Por un segundo, una pequeña sonrisa se asomó en sus labios.
Tiró una pequeña bolsa a la mesa de centro.
—Te traje esto —Apuntó a la bolsa—. Son de una tienda famosa del centro,
son buenos.
Dirigí mi mirada a la bolsa y la abrí encontrándome con una caja de
bombones de chocolates.
—Gracias —Murmuré con una sonrisa—. No era necesario.
Se encogió de hombros sin dejar de mirarme.
—No tienes que seguir haciendo cosas porque tu madre o la mía lo diga —
Dije.
—No lo hice por ellas. Quise hacerlo yo.
La sinceridad de su voz me descolocó un poco. No supe que responder.
—La culpa me perseguía —Se justificó y solté una risa.
—Espero que con las disculpas y esto —Alcé la caja—. Ya no.
Se humedeció los labios y caminó hacia la puerta.
—Bueno, ya me voy.
Lo seguí sin soltar la caja y cuando llegué a la puerta, Harry ya la había
abierto. Al otro del umbral, alguien más ya estaba ahí.
Daniel estaba de pie frente a nosotros, con una expresión neutra que no
lograba esconder del todo el leve fruncido entre sus cejas.
Tenía una de sus manos en el bolsillo de la chaqueta, la otra aún medio
levantada, como si hubiese estado a punto de tocar el timbre.
Su mirada pasó rápidamente de Harry a mí.
La tensión fue instantánea.
—Ya me voy —Dijo Harry y volteó a verme—. Espero que te gusten los
chocolates.
—Gracias —Murmuré.
Caminó fuera de la casa sin mirar atrás.
Yo seguía allí. De pie, en el umbral, frente a Daniel.
Nuestros ojos se encontraron, y por un instante ninguno dijo nada.
Pero las palabras de Ivy, sí que decían cosas.
Pero si hay algo, aunque sea mínimo. Frénalo ahora, antes de que te pase lo que a
otras ya le ha pasado.
36
Daniel
Me apoyé ligeramente contra el marco de la puerta, con las manos en los
bolsillos. El idiota de Harry acababa de irse, pero todavía alcanzaba a oler su
costoso perfume.
Se fue sin mirarme, pero yo tampoco me molesté en saludar.
Sophie seguía parada en el umbral, como si no supiera si dejarme pasar o
cerrármela en la cara.
Tenía una expresión diferente.
Con algo de duda, me incliné un poco hacia ella.
—¿Así que chocolates ahora? No sabía que necesitabas endulzar tu día —Me
burlé.
Sophie rodó los ojos, cruzándose de brazos con lentitud.
—¿Y tú apareces cada vez que entregan regalos? ¿O es que ya no puedes con
la curiosidad?
Una sonrisa burlona se instaló en mis labios. No me moví. Había algo en su
tono que me gustaba demasiado.
—Curioso sería ver si te los comes o solo los dejas en la mesa de centro.
Sus ojos se quedaron fijos en los míos. Había tensión, sí. Pero también algo
que ninguno de los dos quería nombrar.
Fui yo quien dio el primer paso. Me acerqué sin decir nada, y antes de que
pudiera retroceder más de medio paso, mis manos ya estaban en su cintura.
Avancé un poco sin soltarla y con una mano cerré la puerta.
—¿Esos chocolates son un intento de soborno? —Murmuré, con una sonrisa
ladeada, caminando hacia adelante, obligándola a retroceder con suavidad.
Cada paso de ella hacia atrás era uno mío hacia adelante.
—Esos chocolates es un intento de pedir disculpas —Me corrigió y rodeé los
ojos.
Llegamos al mueble del recibidor, y sin dejar de mirarla, dejé la caja sobre la
superficie de madera con un leve golpe. Sophie frunció el ceño levemente y,
sin apartarse de mí, sin que mis manos se movieran de su cintura, volvió a
tomar la caja.
—Son míos —Dijo simplemente—. Quiero probarlos, Harry dijo que son de
una tienda popular del centro.
—Deben ser iguales a todos los chocolates.
Negó con la cabeza, con esa seguridad que le salía cuando algo realmente le
importaba, aunque fuera tan mínimo como esto.
—No todos son iguales.
Subí las cejas por un momento, acariciándole la cintura.
—¿Tú puedes notar la diferencia? —Susurré, inclinándome un poco hacia
ella, lo justo para que Sophie decidiera que hacer.
—Claro que sí.
—Entonces… —Mi voz bajó un poco más mientras la hacía retroceder hasta
que su espalda casi rozó la pared—. Pruébalos, pero vas a tener que
compartir.
Se mordió el labio inferior intentando ocultar una sonrisa y mis ojos no se
movieron de allí.
—¿Y si no quiero? —Preguntó.
—Entonces voy a tener que quitártelo —Murmuré, pero en lugar de esperar
su respuesta, incliné el rostro y la besé.
Sin avisos. Sin dudas.
Solo el momento y ese impulso que llevaba conteniendo desde que crucé la
puerta.
Fue un beso corto, pero cargado. Cuando me separé, sus ojos no dejaron los
míos y pasé mi pulgar por su labio inferior, levemente casi rozándolo.
—Eres insoportable.
Le sonreí con descaro y tomé la caja de bombones.
—Gracias —Dije burlón, subiendo las escaleras hacia su habitación.
Ella frunció el ceño.
—¡Oye!
Antes de que pudiera reaccionar, la rodeé con el brazo libre y abrí la puerta
de su habitación.
—Tú dijiste que eran tuyos. Vamos a ver si valen la pena.
La hice entrar primero y cerré con calma. Sin dejar de mirarla. Sin soltarla.
Luego la guié suavemente hasta el escritorio.
La senté con cuidado sobre él y, sin soltar la caja, me acomodé frente a ella,
entre sus piernas, apoyando una mano en su muslo con naturalidad.
Su respiración se aceleró un poco y sonreí.
—Todavía no he dicho que te daré —Dijo, alzando la barbilla, desafiante, pero
sus ojos no se apartaban de los míos.
—Veamos qué tan buenos son —La ignoré abriendo la caja.
Sophie rodó los ojos, con una sonrisa contenida, pero finalmente tomó uno de
la caja y lo probó. Sus ojos se iluminaron casi al instante.
—Están increíbles —Murmuró, con una sonrisa, relamiéndose el labio
inferior.
—Lo dudo —Tomé uno y le di una mordida. Hice una mueca—. ¿Está es tu
definición de increíble? Son normales. Para no decir malos.
—¿Malos? —Repitió, entre divertida e incrédula.
Asentí acariciando sus muslos.
—Conozco un lugar donde venden unos de verdad. Mucho mejores que estos
—Dije mientras miraba la caja.
Sophie me miró con burla, pero antes de decir algo, notó la sonrisa contenida
en mis labios.
—Te gustaron, ¿cierto?
—No.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Pero nunca lo admitirías —Murmuró con una sonrisa.
Sophie ladeó la cabeza con una expresión distinta.
—Quizás hay una forma en que te gusten más —Dijo, ruborizándose.
Antes de que pudiera preguntar a qué se refería, rompió la distancia y sus
labios se encontraron con los míos. Suave, al principio, hasta que el beso se
volvió más intenso.
Su mano se apoyó en mi cuello y la restante cayó en mi cabello. Yo la rodeé
por la cintura, atrayéndola hacia mí sin pensarlo.
El sabor del chocolate todavía estaba en su boca. O tal vez ya no importaba.
Tal vez lo que me gustaba era otra cosa.
Sus dedos se deslizaron por mi camiseta, mis manos la sostuvieron con
fuerza, y por un momento no hubo nada más que eso. El roce, la tensión, la
forma en que sus labios buscaban los míos sin prisa, pero con seguridad.
Nos separamos, apenas un centímetro. Su respiración acarició mi piel.
—¿Mejor? —Susurró.
La vi estirar la mano hacia la caja de chocolates, pero la detuve antes de que
pudiera tocarla.
—Ya probaste —Dije, tomando su muñeca con suavidad.
Frunció el ceño, confundida. Hasta que la tomé por la cintura y la llevé con
pasos lentos hacia su cama.
—¡Oye! —Protestó, pero la ignoré.
Sus manos se apoyaron en mi pecho como si intentara detenerme, pero sus
dedos terminaron enrollándose ligeramente en mi camiseta.
—Solo estoy asegurándome de que no te empalagues —Me burlé.
La hice sentarse en la cama. Ella intentó reclamar con una sonrisa que
intentaba ocultar, pero no le di tiempo: me incliné hacia ella hasta que quedó
recostada, y terminé sobre su cuerpo, sosteniéndome para no aplastarla.
—¿Así verificas la calidad de todos los dulces? —Dijo, con una sonrisa
ladeada, sin apartar sus ojos de los míos.
—Solo los que no puedo dejar de probar —Respondí, dejando un beso lento
en su cuello.
Enredó sus dedos en mi cabello, suavemente.
Su risa se mezcló con un leve suspiro, y aunque una de sus manos seguía
empujando suavemente mi hombro, no había fuera real. La piel de su cuello
reaccionaba con cada roce, y eso solo me daban más ganas de quedarme allí.
—¿No que estabas ocupado en la tarde? —Preguntó, con la voz un poco más
temblorosa, pero aun intentando mantener el control.
—Me desocupé —Susurré contra su piel—. O tal vez me organicé mejor,
depende de cómo quieras verlo.
Dejé otro beso, más abajo esta vez.
—Ya —Fue lo único dijo.
—¿Te molesta que este aquí? —Pregunté, dejando su cuello y quedando
cerca de su rostro.
Negó con la cabeza.
—Solo no esperaba que vinieras.
—Para tu suerte, estoy aquí —Sophie rodó los ojos—. O seguirías pensando
que esos son los mejores chocolates que existen.
—Todavía lo pienso —Susurró, jugando con el borde de mi camiseta.
Me incliné otra vez, esta vez más despacio, acercando mis labios a los suyos.
Pero justo cuando estaba a punto de alcanzarla, Sophie giró su cabeza con
una sonrisa burlona, dejándome besar solo el aire.
—¿En serio? —Murmuré, sin alejarme.
—Dijiste que no te gustaron esos chocolates. Estoy protegiéndote —
Respondió, con una sonrisa.
Me dejé caer a su lado en la cama, acomodándome con un brazo tras la
cabeza.
—Qué atenta —Dije en un tono sarcástico.
Nos quedamos en silencio, con solo el sonido de nuestras respiraciones. La
observé de perfil, sus pestañas y como pestañaba cada cierto rato, bajé la
mirada a sus labios entreabiertos y terminé mirando sus manos, que
descansaban sobre su abdomen.
—¿Cómo vas con matemáticas?
Volvió a verme y contuvo una sonrisa.
—Considerando que tuve que dejar a mi profesor. Voy relativamente bien.
Solté una risa.
—Si vuelves a necesitar un profesor, puedes avisarle. Siempre estaría
disponible para ti.
—No sé si se de mucha ayuda —Contestó sin evitar reír —. Teniendo en
cuenta que era fácil distraerlo.
—Es difícil concentrarse estando contigo cerca.
Sophie sonrió y negó levemente con la cabeza, antes de volver a mirar hacia
el frente. Cerró un momento los ojos, pero yo seguí viéndola.
Unos momentos después los abrió y jugó con la pulsera que adornaba su
muñeca.
—¿Estás bien? —Preguntó, en voz baja, sin mirarme.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué no lo estaría?
—Hace días que no sabía nada sobre de ti y no creas que te estoy
controlando o algo así —Hizo una pausa y luego agregó—. Pero… hace días
no se sabía nada de ti y no lo sé… Después de todo, somos amigos, ¿no?
Puedes confiar en mí.
Sophie giró para mirarme, obligándome a sostenerle la mirada. Sus dedos
rozaron con suavidad la piel bajo mis ojos, y sus labios se curvaron apenas, en
una mezcla de ternura y preocupación.
—Tampoco has dormido, ¿verdad?
No respondí al instante. Solo la miré. Tan cerca, tan jodidamente atenta.
Como si me conociera más de lo que yo estaba dispuesto a admitir.
Sus dedos se quedaron ahí un momento más, acariciando con suavidad la
línea de mis ojeras, y luego descendieron por mi mejilla con una delicadeza
que me desarmó un poco.
Tomé su mano con la mía, despacio, sin romper el contacto visual.
—Perdón… no quería incomodarte —Murmuró, tratando de alejar su mano,
pero se lo impedí.
Negué apenas, con una media sonrisa, manteniendo su mano entre la mía.
—No lo hiciste —Dije con calma—. ¿Recuerdas que te dije que me gustaba
escucharte?
Asintió lentamente.
—También me gusta que me toques.
Sus mejillas se ruborizaron un poco y reprimí una sonrisa.
—Han sido días difíciles. Agotadores, en realidad —Dije, en voz baja—. Todo
pesa un poco más de lo normal.
Mi pulgar trazó un círculo lento sobre el dorso de su mano. No sabía lo que
estaba diciendo, solo se me escapó.
—A veces uno se acostumbra a cargar con todo sin darse cuenta de lo
cansado que está —Murmuró, mirándome—. ¿Es por la universidad?
La pregunta se quedó flotando un momento. Pude haber respondido al
instante un “sí” y dejarlo ahí, pero algo se atascó en mi garganta.
Porque no era solo la universidad. Eran noches en que todo se mezclaba. La
presión de cumplir, de seguir, de no fallar. Lo que pasó y lo que no dije. Lo
que no pude evitar.
Había pasado más de un año y seguía sintiéndome como si hubiera sido ayer.
El peso. La culpa. Esa sensación de que no hice suficiente. De que, tal vez,
sigo sin hacerlo.
—Sí —Respondí. La palabra se sintió vacía comparada con todo lo que no
dije—. Aunque esté cansado, mi mente sigue funcionando como si tuviera
algo pendiente todo el tiempo.
Sophie recorrió con su mirada mi rostro.
—Deberías dormir un poco. A largo plazo te hará mal —Dijo suavemente
acariciando el dorso de mi mano, justo donde estaba la mariposa.
Negué con la cabeza.
—Hay días que sí puedo, pero últimamente no puedo. Es como si el cuerpo
estuviera agotado y la mente no supiera apagarse.
Sophie no respondió de inmediato. Levantó su mano libre y la llevó con
cuidado a mi rostro, acariciando con los dedos la línea de mi mandíbula,
como si quisiera aliviar algo que no veía.
Sonrió apenas, esa sonrisa suave.
—Mi abuela dice que cuando la mente no se calla, es porque el corazón
todavía tiene cosas que no ha soltado —Murmuró—. A veces, no se trata de
dormir. Se trata de soltar.
Aparté la mirada, no porque no quisiera verla, sino porque lo que dijo me
golpeó más fuerte de lo que esperaba.
Tragué saliva, sintiendo esa presión familiar en el pecho. Como si mi cuerpo
supiera exactamente de que hablaba Sophie, aunque yo siguiera sin saber
cómo ponerlo en palabras.
—¿Y si uno sabe cómo soltar? —Pregunté, en voz baja
—No tiene que ser de golpe —Dijo, en voz baja—. Puede ser de a poco. Y no
tiene que ser perfecto, simplemente basta con que salga.
La miré. No con prisa, sino con esa lentitud con la que uno mira algo que no
se esperaba.
Y ahí estaba ella. Sin presionar, sin intentar arreglar nada. Solo estando.
37
Sophie
—Recen para que mañana a nadie más se le ocurra hacer malabares con su
café —Dijo Grace, alzando una mano mientras apagaba las últimas luces
desde adentro.
Solté una risa y Niko negó con la cabeza, en un movimiento rápido.
—Espero que no —Murmuró el chico—. O yo mismo lo coloco a limpiar.
Hoy nos habíamos quedado más tarde de lo normal. Un chico había
tropezado, tirando su vaso de capuchino sobre parte de una mesa y en el
suelo recién trapeado.
El caos fue inmediato, algunos pisaban sin darse cuenta y dejaban huellas por
la cafetería. El humor de Grace bajó cinco niveles.
Ahora todo estaba en silencio. El campus respiraba con calma, como si lo que
pasó hace unas horas, estuviera borrado de todo.
Caminábamos hacia la salida del campus junto a Ivy, con quien nos habíamos
encontrado unos pasos más allá de Spring´s.
—¿Y tú? —Le pregunté, con una sonrisa—. ¿Todo bien con Kian?
Ivy soltó una risa y sus mejillas se tiñeron de rosa.
—Mejor de lo que pensaba, en realidad. Hemos hablado todos los días,
estamos compartiendo playlist y me pidió que eligiera el lugar para nuestra
próxima cita —Negó con la cabeza sin borrar su sonrisa—. Tiene algo raro,
pero en el buen sentido. No sé, es divertido.
—Eso suena… —Sonreí sin poder evitarlo—. Muy lindo. Me alegro mucho
por ti, Ivy. Te mereces algo bonito y sano. Y alguien que también se esfuerce
por hacerte sonreír así.
Ivy dejó de caminar y volvió a verme. La imité.
—Gracias, Sophie —Murmuró.
Íbamos a volver a caminar, pero Ivy frenó tomando mi brazo.
—Mira hacia la derecha —Murmuró—. Pero hazlo lento.
La miré curiosa, pero obedecí con discreción. Allí, a unos metros. Daniel
estaba de pie con las manos en los bolsillos, rodeado por dos chicos que
hablaban demasiado fuerte y sonreían con demasiada confianza.
Uno de ellos le dio una palmada en el pecho, ganándose la risa con burla del
otro, ese mismo soltó un comentario que no alcanzamos a oír. Daniel no se
rió. Su mandíbula estaba apretada, los hombros tensos. Alcanzó a responder
algo y trató de pasar, pero uno de los chicos se le cruzó.
No sabía quiénes eran. Pero si sabía que Daniel claramente no quería estar
allí.
—¿Deberíamos ir? —Preguntó Ivy, mirándome con duda.
Sus ojos iban de Daniel a mí, como si intentara medir mi reacción.
—No, no creo —Murmuré. Una parte de mi sentía que él sabría resolver. La
otra parte no quería que estuviera solo en esto.
Fue entonces cuando lo escuchamos.
Un golpe seco. No un grito, ni un estallido. Solo ese sonido sordo y
contundente que heló el aire entre nosotras.
El golpe fue seco, directo al rostro de uno de los chicos. Unos segundos
después se incorporó con los hombros tensos y la mirada encendida.
—Ven —Ivy tiró de mi brazo.
El golpe que recibió Daniel, unos momentos después, lo hizo tambalearse, y
de inmediato intentó devolverlo.
Cuando llegamos, los tres chicos voltearon hacia nosotras. Daniel frunció
levemente el ceño, pero solo pude fijarme en como su pómulo estaba rojo.
—Váyanse, ya hicieron lo que querían, ¿no? —Ivy se cruzó de brazos.
—¿Tú…? —Murmuró uno, con una sonrisa cínica—. No sabía que andabas
con ellos ahora, Ivy.
—Tú no sabes nada, Roy —Respondió ella en voz baja, pero cortante.
—Oh, claro que sí sabemos —Agregó el otro chico—. Pensé que eras más
lista que esto. Pero claro ahora andas con tus nuevos mejores amigos, pero a
ella…
Dio un paso hacia mí y retrocedí cruzándome de brazos. Alargó la mano para
tomar uno de mis mechones de cabello, pero le di un manotazo.
—No la conocíamos. ¿Tú eres…?
—Nadie que les importe. Aléjate, Nolan —Completó Daniel.
Roy soltó una risa, ignorándolo.
—Así que Ivy, ahora andas con tu nueva mejor amiga. ¿También vas a
defenderla a ella? Si es que no se va antes.
Sentí el calor subir por mir mejillas, pero no de buena manera.
—¿Disculpa?
Nolan me ignoró.
—Ah claro. La chica de la cafetería —Rió Roy—. Le pedí más azúcar y no le
puso. Bueno, no se puede esperar mucho de…
—No hay suficiente azúcar para tu amargura —Dije, tajante.
—Uy, qué valiente —Respondió Nolan—. Pero relájate no estábamos
hablando contigo.
—Pero si de mí y estoy aquí. Podrías ser un poco más directo, ¿no?
Nolan soltó una risa seca.
—Claro. Claro que puedo ser más directo. ¿Te doy un consejo?
—No, gracias.
Ivy sonrió, cínica.
—No lo quiere, gracias.
—Aléjate —Siguió Roy—. Solo aléjate. No te diré de quien, pero sí que está
entre nosotros.
Fruncí el ceño.
—No necesito tus consejos.
Roy le dio una palmada a Nolan.
—Muy tierna, ¿no?
Rodeé los ojos.
—Ivy, ¿tú no tienes nada que decir? —Le preguntó Roy.
—Sí. Que se vayan a la mierda.
Roy borró su sonrisa.
—¿Algo más? Porque ya se pueden ir.
Nolan soltó una risa seca, como si mi respuesta lo divirtiera más que
molestara, y dio dos zancadas rápidas hacia mí.
Antes de que pudiera reaccionar, alguien tiró de mi brazo, alejándome de él
con firmeza. Subí la mirada encontrándome con Daniel. Se colocó a mi lado
e Ivy no tardó en acercarse.
—Esto es entre nosotros —Soltó Daniel, con la mandíbula apretada.
Roy levantó las manos como si pidiera paz, pero su sonrisa decía todo lo
contrario.
—Tranquilo, tranquilo —Le dio una palmada en el pecho—. Ya nos vamos.
Solo era un pequeño recordatorio. Supongo que tu pómulo se encargara de
eso.
—Nos vamos, salvador —Dijo Nolan antes de caminar, pero hizo una pausa,
girándose mientras caminaba hacia atrás—. Ah, no, espera. Verdad que eres
todo lo contrario.
Y se fueron. Sin decir nada más. Sin necesidad de hacerlo.
Por unos segundos, nadie dijo nada. Solo se escuchaban las respiraciones
agitadas. El eco de todo lo que no se dijo. Todo lo que no entendía.
—¿Están mal de la cabeza? —Preguntó Daniel frunciendo el ceño—. ¿Qué se
suponen que hacían metiéndose ahí?
—¡Intentando que no te rompieran el rostro, Daniel! —Respondió Ivy.
Pasé una mano por mi rostro. Ya podía suponer que se venía.
—No necesitaba que se metieran.
—Y no lo íbamos hacer —Dije, mirándolo directamente—. Pero luego vimos
cómo te golpeó y…
—¡Y qué! ¿Su plan era salvarme? ¿Iban a hacerse las heroínas ahora? —
Espetó—. Yo podía hacerme cargo, solo.
Fruncí el ceño.
—Al parecer, no —Ivy apuntó a su pómulo rojo.
Daniel negó con la cabeza.
—¿Iban hacer un escudo humano? ¿De verdad creen que eso iba a solucionar
algo?
—¿Y qué? ¿Ahora resulta que la culpa es nuestra por no quedarnos mirando?
—Repliqué sintiendo cómo la rabia me subía de golpe.
—No es eso —Dijo, cortante—. Esto era entre ellos y yo. Nadie más.
Ivy soltó un suspiro pesado.
—¡No solo te afecta a ti, Daniel! —Intervino Ivy—. ¡Si te pasa algo, claro que
vamos a reaccionar! ¡Sea Sophie, Lukas o yo!
—No necesitaba que nadie viniera a rescatarme —Murmuró, pero el tono
seguía siendo tajante.
Sentí un nudo en el pecho crecer.
—Perdón, entonces. Perdón por preocuparnos. Perdón por querer ayudarte.
Perdón por estar harta —Dije, girándome sin darle tiempo a responder.
Y me fui. Porque si me quedaba un segundo más, iba a explotar.
38
Daniel
No debería haberme enojado. Lo sabía incluso mientras levantaba la voz.
Pero verla ahí, tan cerca de todo ese caos, me descolocó más de lo que quise
admitir.
Las palabras de Roy y Nolan seguían rebotando en mi cabeza, como un eco
insoportable, repitiéndome todo lo que he intentado enterrar. No por ellos.
Sino por mí.
Y ver a Sophie mirarme así, dolida, decepcionada, solo hizo que todo pesara
más.
A veces me preguntaba si en el fondo yo mismo era el que más daño me
hacía. Con palabras y decisiones que tomaba. O las que evitaba tomar. Como
si estuviera tan acostumbrado a la culpa, que inconscientemente buscaba
formas de joderlo todo de nuevo. Como si castigarme en silencio fuera la
única forma que conocía de seguir adelante.
Pero eso no arreglaba nada. Solo me alejaba más de lo que alguna vez quise
cuidar.
Esperé fuera de la cafetería intentando ignorar el nudo que sentía. Sabía que
ya debería haberme ido, pero no podía irme. No sin hablar con ella.
Apenas la vi cruzar la puerta, con un jersey negro del mismo color de su
jeans y el cabello suelto, sentí el nudo en el estómago intensificarse.
Dejó de caminar cuando su mirada se cruzó con la mía. Frunció un poco el
ceño y en su mirada podía ver la duda, con algo más mezclado.
—¿Podemos hablar? —Pregunté en voz baja—. Solo un momento.
Me sostuvo la mirada unos segundos que sentí eternos. Finalmente suspiró y
asintió levemente. Caminó a mi lado en silencio mientras nos dirigíamos al
estacionamiento y en ese momento solo podía pensar que el silencio que nos
acompañaba no era como los de siempre. No era el espacio cómodo donde a
veces nos quedábamos sin hablar, compartiendo solo miradas o
respiraciones.
Este silencio pesaba. Como si Sophie estuviera conteniendo algo. Como si
mis palabras no fueran suficientes para abrir esa barrera que, tal vez, yo
mismo había levantado.
Y me dolió. Porque me gustaba escucharla. Incluso cuando se burlaba,
incluso cuando se quedaba callada y yo tenía casi que adivinar que pensaba,
el sonido de su respiración.
Pero ahora, el silencio no tenía juego. Tenía distancia.
El lugar estaba casi vacío. Solo unos pocos autos, el eco de los pasos lejanos
y esa luz blanca artificial que hacía que todo se sintiera un poco más frío.
Me detuve en un rincón apartado. Sophie apoyó su espalda en la pared sin
dejar de mirarme, y sin pensarlo, puse una mano en la pared, justo al lado de
su rostro, como bloqueando todo lo demás.
—Nadie nos ve aquí —Murmuré.
Ella me miró en silencio. Paso su mirada por mi rostro y se detuvo en un
punto, supongo que, en mi pómulo, el cual seguía un poco rojo.
Volvió a mis ojos, como esperando que dijera algo. Pero no sabía cómo
empezar.
—Lo siento —Dije, al fin—. Por gritar, por empujar, por todo lo que dije. Por
todo lo que te dije. Por hacerte sentir culpable. No me molesté porque
hicieras algo malo. Me moleste porque estoy tan acostumbrado a arreglar
todo solo, a cargar con cosas, que cuando alguien se mete, aunque sea para
ayudar, siento que me desarma.
Su semblante comenzó a relajarse un poco. Como si entendiera. Como si de
algún modo, le hubieran hecho sentido mis torpezas emocionales.
—No puedes protegerte de todo, Daniel. Ni a mí tampoco —Murmuró—. No
estamos compitiendo por quien resiste más. No tienes que solucionarlo todo
solo.
Tragué saliva, desviando la mirada por un momento.
—No queríamos hacer de salvadoras ni nada por el estilo. Solo… llevábamos
viendo un tiempo, y no nos íbamos acercar, lo prometo —Soltó un suspiro—.
Pero luego vimos cómo te golpeó y no pudimos irnos. Tu hubieras hecho lo
mismo por mí, ¿no? Somos amigos.
Una sensación extraña me recorrió.
—Somos amigos —Repetí, en un susurro.
Apoyé mi frente contra la suya, cerrando los ojos por un segundo.
—¿Qué pasó? —Preguntó en voz baja, como si temiera romper algo con solo
pronunciarlo.
Me costó responder. Cada palabra se atascaba como si tuviera que sacarla de
un lugar al que ya no quería volver.
—Tuve una discusión con un amigo. Alguien que también Roy y Nolan
conocían y no terminó bien.
Ella asintió apenas, sus pestañas temblando.
—A veces uno dice cosas sin pensar. Pero nunca es tarde para disculparse —
Sonrió levemente.
—Ese amigo murió poco después —Su expresión cambió y aparté la
mirada—. Hay cosas que nunca dije. Cosas que no se arreglaron.
No respondió de inmediato. Solo me miró con los ojos llenos de algo que no
supe leer. Luego, despacio, alzó una mano y la pasó suavemente por mi
rostro, hice una mueca cuando tocó suavemente mi pómulo.
—Lamento que hayas tenido que pasar por eso solo —Susurró—. Nadie
debería quedarse con palabras atragantadas.
Cerré los ojos un segundo. Su gesto fue simple, pero me dolió más que
cualquier golpe. Porque sentía que no lo merecía. Ni su paciencia. Ni su forma
de mirarme como si no fuera un desastre.
—No fue tu culpa, Daniel —Dijo, con suavidad—. Y Nolan y Roy deberían
aprender a cerrar la boca. Aunque si siguen igual, un día les pongo veinte
sobres de azúcar en el café. A ver si así se les baja lo amargo.
Una risa se me escapó, breve pero real.
—Seguro ni lo notan. Con tal de que el café este fuerte.
—O el vasito tenga un dibujito ridículo en vez de su nombre.
Sophie rió y no pude evitar imitarla.
—Como ese dinosaurio que le dibujaste a Ivy.
—Era una jirafa —Me corrigió un poco seria, pero una sonrisa la traicionó—.
De todos modos, la hice reír.
Nos reímos, suave, bajo. Y entonces el silencio volvió, pero esta vez fue
distinto. Nada parecido del de hace unos minutos.
Me incliné un poco más hacia ella, sin poder evitarlo.
—¿Puedo besarte? —Pregunté en voz baja, casi en un susurro.
Sophie me miró y sonrió, entre divertida y provocadora.
—¿Y si digo que no…? —Susurró, acercándose apenas, como si disfrutara
tener el control por un segundo.
—Entonces vas a tener que soportar cómo te miro todo el rato hasta que no
aguantes más.
Sus ojos brillaron, como si ese juego le encantara.
—Suena tentador —Murmuró—. Pero no soy tan cruel.
Y ahí se terminó el juego. Porque se acercó de golpe, y yo no esperé. La besé
con la misma intensidad que llevaba aguantando desde ayer. Era como si, por
un momento, todo el caos en mi cabeza se apagara, y solo quedara la claridad
de estar con Sophie.
El beso fue lento, algo que no había anticipado pero que, en ese momento, me
parecía lo más natural. Sus labios eran suaves, y cada segundo que pasaba,
sentía como si todo lo que importaba estuviera justo allí, en ese instante.
Cuando me separé un poco, pude ver en sus ojos algo más allá de la risa, algo
más profundo. Ella se acercó nuevamente, pero esta vez, fue un susurro lo
que salió de sus labios, casi sin dejar que mis labios se separaran
completamente.
—No estás solo, ¿sabes? —Susurró contra mi boca, y sentí cómo esas
palabras se hundían en mi pecho.
Respiré hondo, dejándome llevar por todo lo que sentía. Cuando volví a
mirarla, con la respiración algo agitada, respondí en voz baja.
—Y tú tampoco, Sophie.
Y sin dejar espacio para más palabras, volví a besarla, esta vez con más
fuerza, como si no quisiera dejar que nada interfiriera.
Mis labios buscaron los suyos con urgencia, con esa necesidad que solo ella
lograba despertarme. Sentí cómo su cuerpo se tensaba un segundo antes de
rendirse al beso, cómo sus dedos se aferraban a mi chaqueta, y cómo el
mundo, una vez más, dejaba de importar.
Pero entonces, sus manos se apoyaron en mi pecho, frenándome con
suavidad. Separó su boca de la mía, respirando rápido, y desvió la mirada a
nuestro alrededor.
—Daniel… estamos en un estacionamiento. Podrían vernos —Murmuró,
todavía con los labios entreabiertos.
—Dudo que alguien se estacione tan lejos.
Sophie resopló entre divertida y molesta, apartándose un poco más. Me di
media vuelta, abriendo la puerta del copiloto, y saqué una pequeña caja que
había dejado ahí antes.
—Ah, y por cierto… —Dije, extendiéndole una caja elegante con un moño—.
Estos sí son chocolates de verdad.
Ella alzó las cejas, sorprendida, y tomó la caja entre sus manos.
—¿Qué es esto?
—Un regalo. Bueno, una mejora. Después del intento triste de Harry, pensé
que merecías saber a qué realmente saben unos buenos chocolates.
Sophie bufó, entre una sonrisa y un suspiro, y bajó la mirada a la caja.
—No estaban tan malos… —Murmuró, jugando con el listón.
—Sophie, si los abrías al sol, se derretirían por pena.
Ella soltó una risa.
—Exageras…
—Soy honesto. Pero estos… —Hice un gesto hacia la caja—. Vienen con
sabor, intención, y cero Harry incluido. ¿Vas a decirme que no es una mejora?
Sophie lo miró por unos segundos, como si quisiera disimular lo que sentía.
Pero la sonrisa, esa pequeña curva en la comisura de sus labios, la delató.
—Gracias —Dijo al final, suave.
—No podía dejarte con esa definición de “increíble” —Respondí, sin dejar de
mirarla—. Aunque para ser justos, todavía me debes uno… Un beso por cada
chocolate. Podemos negociar.
Sophie rodó los ojos, pero no dejó de sonreír. Y mientras bajaba la mirada a la
caja de chocolates entre sus manos, yo la observé en silencio.
Había algo en ella.
Algo que me hacía quedarme un poco más de lo que planeaba. Algo que
hacía que, incluso sabiendo lo complicado que era todo, no quisiera irme del
todo.
39
Sophie
Unos días después
Al llegar al piso, Daniel abrió la puerta y la cerró detrás de nosotros con un
suave golpeteo. Me miró, y sin decir nada más, dio un paso hacia mí. Mi
respiración se aceleró un poco mientras él se acercaba, casi demasiado cerca.
En un movimiento rápido, me tomó por las caderas, atrayéndome aún más
cerca de su cuerpo.
Miré hacia el pasillo que guiaba a las habitaciones, un poco preocupada.
—¿Estamos solos? —Pregunté, mi voz un poco más baja de lo que esperaba,
al sentir la intensidad de su proximidad.
Daniel sonrió, esa sonrisa que ya sabía lo que significaba.
—¿Tú qué crees? —Respondió con voz burlona.
Mi corazón dio un brinco, y antes de que pudiera decir algo más o antes de
que todo se volviera aún más intenso, la puerta de una habitación se abrió de
golpe.
Se escucharon unos pasos y Lukas frunció el ceño, confundido, al vernos.
—¿Qué están haciendo aquí?
Daniel y yo nos apartamos rápidamente. Lukas, claramente disfrutando del
momento, se cruzó de brazos con una sonrisa.
—Vivo aquí —Respondió Daniel.
—Hola —Murmuré, apartando la mirada.
—¿Es en serio? —Dijo Lukas, seguido de una risa—. Estaba seguro de que
estaba a punto de pasar algo más interesante, pero parece que me equivoqué.
Daniel soltó un suspiro pasando una mano por su cabello.
—¿No era que estabas con tus quinientos hermanos? —Preguntó.
Lukas, sin darle mucha importancia, le hizo un gesto de desdén y caminó
hacia la barra de la cocina.
—Se atrasó, pero ya me voy —Dijo tomando las llaves y lanzándonos una
última sonrisa—. Diviértanse.
La puerta se cerró tras Lukas, y Daniel soltó el aire como si hubiera estado
aguantándolo.
Lo imité, mientras daba unos cortos y lentos pasos por el piso.
—De verdad pensé que se había ido —Explicó—. Dijo que saliendo de la
universidad se iría hacia allá.
Me crucé de brazos y una risa se me escapó.
—Bueno, al parecer no.
Daniel dio un paso hacia mí.
—Pero por un segundo, estuvimos solos —Dijo.
Mi mirada se alzó a la suya.
—¿Y qué pensabas hacer con ese segundo?
Daniel no respondió al momento. Solo me sostuvo la mirada, y luego bajó la
vista hacia mis labios, apenas un instante.
—Algo que claramente no alcanzó a pasar —Murmuró.
—Pésima suerte —Me burlé.
—O tal vez buena… si es que hay otra oportunidad.
Le sostuve la mirada antes de responder.
—¿Y si no hay otra?
Daniel se acercó un poco más, casi sin tocarme.
—Entonces me voy a arrepentir de…
La frase quedó a la mitad cuando la puerta del piso se abrió, mostrándonos a
Lukas con una sonrisa.
—¡Olvide mi chaqueta! —Interrumpió, haciendo que diera un pequeño salto y
me alejara de Daniel.
—¿Otra vez? —Susurré, intentando contener la risa mientras Daniel
resoplaba.
Lukas salió de su habitación con la chaqueta en su mano.
—¿No pueden esperar ni cinco minutos? —Agregó Lukas, lanzándonos una
mirada burlona.
—Eres un imbécil —Masculló Daniel.
—Y tú eres pésimo para planear —Le respondió Lukas jugando con sus
llaves—. Buenas noches.
Fue lo último que dijo antes de cerrar la puerta y dejarnos de nuevo solos.
Daniel negó con la cabeza y me tomó suavemente de la mano.
—Ven —Dijo guiándome a su habitación.
Al entrar mi mirada recorrió su cuarto, explorando la habitación de Daniel
con curiosidad. El escritorio, ordenado de manera casi meticulosa, estaba
cubierto por algunos papeles y libros apilados, pero no había caos, lo cual era
una sorpresa.
Me fijé en una estantería a un lado, llenas de discos de vinilo, algunos cds y
en más abajo, un tocadiscos. Algunos viejos y otros aparentemente más
nuevos. Las portadas llamaban mi atención, algunas eran de bandas que
reconocía, otras no tanto.
Me quedé un momento mirando esos discos, imaginándome a Daniel
escuchándolos. Su cama estaba impecablemente hecha, como si no hubiera
estado en ella, algo que me resultó un tanto curioso.
—¿Te gusta todo esto o solo lo miras por curiosidad? —Su voz me sacó de
mi trance.
Me giré, encontrándomelo apoyado en su escritorio con una sonrisa burlona.
Mis ojos vagaron por la habitación de nuevo antes de regresar a él.
—No sabía que te gustaba tanto la música —Admití, sin apartar la vista de él.
—Sorpresa —Dijo en voz baja, en un tono sarcástico.
Rodeé los ojos caminando hacia él, hasta quedar justo en frente.
—Tienes muchos discos… —Comenté, volviendo mi vista a ellos—. No me
los imaginaba como parte de tu decoración.
—¿Te imaginabas mi habitación? —Preguntó, con una sonrisa ladeada.
Me crucé de brazos.
—Tú has estado en la mía. Es justo que me imagine la tuya, ¿no?
Soltó una risa.
—Touché.
Se aclaró la garganta y su semblante se relajó un poco.
—La mayoría me los regalaron mis abuelos —Comentó volviendo su vista a
los discos—. Cuando me quedaba en su casa, siempre colocaban uno distinto
y me terminaron por gustar. Su música y los discos.
Sonreí levemente.
—Cuando falleció mi abuelo, mi abuela me regaló sus discos. Dijo que yo era
el único que los escuchaba de verdad.
Me quedé en silencio, observándolo.
No era solo lo que había dicho, era cómo lo había dicho. La forma en la que
su voz bajó apenas un tono, como si las palabras cargaran un peso que no
estaba acostumbrado a soltar.
Y cuando levantó la mirada, algo de mí se apretó.
Había visto esa expresión en sus ojos antes, pero nunca así. Había algo
distinto. Como si por un segundo bajara la guardia, como si entre todo lo que
escondía, me dejara mirar justo un poco más allá.
Daniel nunca hablaba de su vida. No así. No con ese tono.
Y me sorprendió cuanto significó para mí que lo hiciera.
—Tu abuelo estaría feliz de saber lo bien que cuidas sus discos —Dije, en un
tono bajo, acercándome un poco más a él.
Daniel no respondió, solo me quedó mirando.
Su mirada fija en la mía con una intensidad que hizo que mi respiración se
volviera más lenta. Sin decir una palabra más, me tomó suavemente de la
cintura, acercándome a él.
El calor de su cuerpo me envolvió antes de que sus labios se encontraran con
los míos.
Fue un beso suave al principio, llevé mis manos alrededor de su cuello,
acercándome un poco más. Pero en cuanto el beso se profundizó, sentí un
cosquilleo recorrer mi cuerpo.
Nos separamos con lentitud y Daniel rozó mi mejilla con el dorso de los
dedos.
—¿Quieres escuchar uno? —Preguntó en voz baja, todavía cerca, su aliento
tibio contra mi piel.
Asentí, y me giré a la estantería. Pasé la yema de los dedos por los bordes de
los vinilos hasta que uno me llamó la atención.
—Este —Dije, alzando un disco con una portada algo desgastada. Aunque el
nombre Keane todavía se podía notar con claridad.
Daniel sonrió y tomó el vinilo con cuidado. En uno de los niveles más bajos
de la estantería había un tocadiscos. Con movimientos rápidos pero suaves,
sacó el disco, lo colocó sobre la bandeja y dejó caer la aguja con precisión.
Un leve crujido llenó la habitación antes de que Everybody´s Changing
comenzara a sonar.
Daniel volvió y se apoyó contra el escritorio con las manos en los bordes. Yo
me quedé frente a él, moviendo apenas un pie al ritmo de la canción.
—No te imaginaba escuchando a Keane —Comentó, sin despegar los ojos de
mí.
—Y yo no te imaginaba sin estar a la defensiva —Respondí, ladeando la
cabeza con una media sonrisa.
Daniel soltó una risa, baja. Breve.
—Me estás descubriendo demasiado —Murmuró.
—Al igual que tú a mí.
—Tal vez estamos conociendo lados nuevos.
—Tal vez solo estamos dejando que se vean.
Sonrió y, sin decir nada, me tomó suavemente por la cintura. No fue brusco,
tampoco inseguro. Simplemente me acercó a él.
—Así que qué opinas, ¿tengo buen gusto musical?
—Mmm… —Ladeé la cabeza, fingiendo pensarlo mientras recorría mi rostro
con la mirada—. Podría decir que sí, pero no quiero que se te suba el ego.
—Muy considerada de tu parte.
—Siempre pienso en los demás.
Rodó los ojos con una sonrisa y no pude evitar que una se dibujara en mi
rostro.
—¿Y qué hay del libro? ¿Todavía no planeas decirme de qué se trata? —Bajó
un poco la voz.—. Porque sigo con la intriga.
—¿Aún te acuerdas de eso? —Murmuré.
—Recuerdo todo lo que tiene que ver contigo.
Nuestras miradas se entrelazaron por un momento y traté de ignorar el latido
rápido de mi corazón.
—No es que no quiera contarte —Dije—. Solo es que últimamente no he
tenido tiempo para leer como antes, pero cuando lo hago solo podría hablar y
hablar sin parar y sin darme cuenta terminar contándote hasta el final de
libro.
Solté una risa con mi mirada fija en el lunar pequeño bajo su labio.
—Me gusta escucharte —Murmuró.
Sus dedos se movieron apenas por mi cintura y volví a sus ojos.
—Y si me cuentas el final, juro que no me molestaré —Una sonrisa burlona
apareció en sus labios.
—¿Y el de una película?
—Con eso no se juega —Solté una risa y una sonrisa se asomó en sus
labios—. Pero por ti podría replanteármelo.
Mordí mi labio inferior reprimiendo una sonrisa.
Nos quedamos allí hasta que la canción terminó. Daniel tardó en despegar su
mirada de la mía antes de dirigirse a guardar el disco y me impresionó con la
delicadeza que lo trataba.
Cuando se dio vuelta se topó con mi mirada. Subió y bajo las cejas de un
tirón volviendo a su posición original.
—Igual me gustaría que me hables de lo que sea que te gusta tanto como
para perderte en eso.
Levanté la vista. Estaba tan cerca que podía sentir el ritmo tranquilo de su
respiración.
—Me sorprende lo mucho que quieres saber —Susurré.
—Te sorprendería aún más lo mucho que me importa —Dijo, antes de
inclinarme y besarme.
No fue suave. Fue seguro, profundo.
Su boca se encontró con la mía con urgencia medida, como si necesitara
confirmarme algo que las palabras no le alcanzaban. Una de sus manos se
deslizó hasta quedar en la base de mi nuca, mientras la otra seguía firme en
mi cintura, manteniéndome pegada a su cuerpo.
Respondí con la misma intensidad, sintiendo cómo el mundo parecía
encogerse en ese instante, cómo mi piel se encendía al ritmo de cada
movimiento, de cada roce. No había duda ni espacio para el aire, solo el calor
compartido, la tensión que por fin se deshacía en ese beso largo.
Cuando nos separamos, seguíamos tan cerca que nuestros labios apenas
rozaban, nuestras respiraciones entrecortadas chocaban en el espacio
mínimo entre los dos. Su mano se deslizó desde mi nuca hasta mi mejilla, con
una suavidad que contrastaba con la intensidad del beso, como si estuviera
reconociendo cada parte de mí.
Pasó el pulgar por la comisura de mi boca, y su mirada descendió brevemente
hacia mis labios antes de volver a encontrarse con la mía. Yo deslicé mis
dedos por el borde de su cuello, bajando lentamente por su pecho, notando
cómo se tensaban sus músculos bajo mi toque.
Entonces, sin decir nada, Daniel me giró con suavidad hasta hacerme quedar
de espaldas al escritorio. Sus manos encontraron mi cintura otra vez, y en un
solo movimiento me alzó, dejándome sentada sobre la superficie. Mi
respiración se cortó apenas un segundo cuando lo vi colocarse entre mis
piernas, apoyando las manos a cada lado de mi cuerpo, encerrándome en un
espacio donde solo existíamos los dos.
Su rostro se inclinó hasta el mío con una intensidad que hizo que me
temblaran las piernas, incluso sin moverse. Volvió a besarme, esta vez más
profundo, más cargado, como si no quedara más que contener. Mi cuerpo
reaccionó de inmediato, mis dedos se enredaron en su cabello mientras el
beso se volvía más urgente, más real.
Sus manos recorrieron mis costados, subiendo lentamente por debajo de mi
camiseta, lo justo para rozar mi piel y hacer que me estremeciera. Cada
movimiento era lento, seguro, como si se tomara su tiempo en memorizarme.
Nos separamos apenas unos segundos, con la frente de Daniel apoyada en la
mía, nuestras respiraciones agitadas mezclándose en el aire espeso entre
nosotros.
—No sé qué me estás haciendo —Susurró.
—Quizás solo te estás dejando llevar y te gusta más de lo que admitirías —Le
respondí, en un tono casi burlón, con una media sonrisa.
Daniel soltó una risa ronca, y sin más, volvió a besarme. Más rudo. Más
hambriento. Como si mi respuesta hubiera encendido algo que ya estaba a
punto de estallar. Sus labios contra los míos con urgencia, y su lengua
encontró la mía en un ritmo que no dejó lugar para pausas ni dudas.
Sus manos se deslizaron por mis piernas, subiendo lentamente hasta
apretarme con más fuerza las caderas. Me sostuvo con una seguridad que me
hizo perder el aliento, como si supiera exactamente qué parte de mí tocar
para desarmar.
Yo no me quedé atrás.
Tiré suavemente de su camiseta, primero como una advertencia, y luego sin
detenerme, se la quité de un solo movimiento. La dejé caer a un costado sin
prestarle atención, mis ojos estaban fijos en él.
—Cada vez me sorprendes más, Sophie —Murmuró, su voz ronca, con una
sonrisa ladeada.
—¿Eso es bueno o malo? —Pregunté, sintiendo mis mejillas ruborizarse.
—Averígualo tú.
Esta vez fui yo quien lo besó. Con decisión. Con deseo. Con la necesidad que
venía acumulando desde hacía más tiempo del que estaba dispuesta a
admitir. Pasé mis manos por su torso, sintiendo el calor de su piel. Daniel no
se quedó atrás. Sus manos se colaron bajó mi camiseta, recorriendo mi
cintura y mi espalda con una lentitud que me hizo contener la respiración,
mientras su boca descendía hasta mi cuello.
Sus labios se movieron con precisión sobre mi piel, dejando un rastro cálido y
húmedo que me hizo cerrar los ojos por unos momentos.
Pero un par de golpes, secos, interrumpieron el momento. Daniel apenas se
separó de mí, con la respiración agitada.
—Ignóralo —Murmuró, volviendo a mis labios, sin intención de detenerse.
Sus manos volvieron a tocarme con más apremio, como si el sonido no
hubiera significado nada. Subí mis manos a sus hombros y luego a su cabello,
enredando mis dedos allí.
Otros golpes en la puerta se escucharon.
—Daniel —Alcancé a decir entre un suspiro—. Están llamando. Deberías ir a
ver.
Él apoyó su frente en mi hombro un segundo, frustrado.
—Solo si prometes que esto no se acaba aquí.
—Prometo intentarlo —Le dije, sin poder ocultar una sonrisa.
Lo observé mientras se agachaba a recoger su camiseta del suelo. Tenía el
cabello desordenado, las mejillas algo enrojecidas y esa sonrisa burlona en los
labios. Se colocó la camiseta y luego pasó una mano por su cabello, y no
pude evitar pensar que Daniel se veía peligrosamente bien.
—Quiero que sepas que quien sea que esté en la puerta, me desagrada
totalmente —Dijo—. Ya arruinó mi momento favorito del día.
—¿Tu ego está bien? —Pregunté, bajándome del escritorio.
—Mi ego sobrevivirá. No sé tú. —Replicó sin dejar de mirarme, como si aún
estuviera evaluando el desastre en que me había dejado.
Los golpes se volvieron a escuchar y tiró la cabeza hacia atrás soltando un
suspiro, frustrado.
—Joder.
Solté una risa saliendo de la habitación, detrás de Daniel.
—¿Puedo pasar al baño?
Apuntó hacia una puerta, sin dejar de mirarme.
—No tardes mucho. Aún tengo cosas que hacer contigo.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír mientras caminaba hacia el baño.
Cuando mi reflejó en el espejo, entreabrí los labios un poco sorprendida:
llevaba el cabello revuelto, los labios ligeramente hinchados, las mejillas
sonrojadas y la camiseta caía un poco hacia un lado del hombro.
Traté de acomodarme como pude y cuando cerré la llave del lavabo, escuché
una voz femenina conocida.
—Te dije que no podías pasar —Esta vez escuché la voz fría de Daniel.
Abrí la puerta del baño con cuidado, el corazón dándome un vuelco sin razón
aparente. Caminé lentamente por el pasillo y ahí estaba Sienna con los brazos
cruzados.
Ella se detuvo en seco al verme salir del pasillo. Sus labios se entreabrieron,
como si no esperara encontrarme a ahí. Parpadeó una vez más, sorprendida,
sus ojos recorriéndome de arriba abajo.
—Oh, ya entiendo —Fue todo lo dijo, antes de volver a Daniel—. Solo vine
porque supe lo de Nolan y Roy. Quería saber cómo estabas. Hablar contigo.
Sentí como las palabras de Ivy se repetían en mi mente, sin permiso alguno.
Una sensación de incomodidad me invadió.
Sienna… tiene una habilidad casi mágica para aparecer cuando menos se espera.
Siempre es igual… cada cierto tiempo, vuelve. No importa si han pasado semanas
o meses, como si supiera exactamente cuándo hacerlo.
No puedo afirmar que sigue interesada en Daniel, pero algo hay. Se percibe, y
cuando Sienna lo siente, aparece.
Siempre es igual… cada cierto tiempo, vuelven a hablar. No importa si han pasado
semanas o meses, de todos modos, pasa.
—No necesito que vengas a ver “cómo estoy” —Dijo, cruzándose de brazos
en un tono más duro—. Puedes ahorrarte el resto. La puerta sigue donde
mismo.
Sienna le sostuvo la mirada por unos segundos más, y tras unos segundos de
silencio tenso, giró sin decir nada y salió del piso.
Yo no me había movido. Seguía cerca de la puerta del baño, con el corazón
golpeando más fuerte de lo que quería admitir.
Cuando volví mi mirada a Daniel, él ya estaba mirándome. Las palabras de
Ivy volvieron como una sombra.
Y ahí estaba yo, con las mejillas sonrojadas, los labios aun sensibles y el
pecho lleno de preguntas, que quizás no debería tenerlas.
Escena 8
Mal consejo, buen enredo
La biblioteca estaba casi vacía y, por la hora, el chico tendría que irse pronto
también. Solo se escuchaba el sonido de páginas pasar.
El chico llevaba un buen rato con los ojos puestos en el mismo párrafo sin
realmente leerlo.
—Te ves más vivo últimamente —Una voz lo sacó del libro.
El rubio se dejó caer en la silla frente a él con una media sonrisa. No llevaba
cuadernos, ni libros. Solo el tono de siempre, como si supiera algo que los
demás no.
Y lo sabía.
El chico lo miró por encima del libro, sin decir nada.
—Desde que dejaste de verla, digo —Continuó el rubio, fingiendo que
revisaba su celular—. Se te nota. Hasta tienes mejor humor. Milagroso.
—Mi humor está igual que siempre —Soltó.
El rubio levantó las manos en señal de paz.
—¿Y qué pasó? —Preguntó después de un rato.
El chico se encogió de hombros volviendo a pasar página.
—Dijo que éramos muy diferentes.
El rubio soltó una risa pequeña, una de esas que se escapan cuando algo le
parece tan absurdo que ni siquiera se esfuerza en disimularlo.
—¿Y recién se dio cuenta?
El chico levantó la vista con una expresión entre seria y molesta. A decir
verdad, estaba harto del tema.
—Tranquilo, no lo digo en mala —Se defendió el rubio—. Pero vamos, lo
viste venir, ¿no?
El chico lo observó en silencio.
—Mira —Continuó el rubio—. A veces uno se queda por costumbre, no
porque realmente encaje. Si ya lo intentaron y no funcionó, es momento de
dejar ir, pero de verdad esta vez.
—Ya lo hice. No pienso volver. Ni que eso vuelva a pasar.
El rubio lo miró por unos segundos, como evaluando si hablaba en serio.
Luego asintió, con una media sonrisa.
—Bien. Porque no era para ti. Ni tu para ella.
El chico solo asintió, sin mirarlo.
Ya tenía por cerrado el tema y no quería hablando sobre eso.
Pasó una página sin mucho interés, el silencio entre ambos se estiró unos
segundos hasta que él lo rompió.
—¿Te costó mucho el examen de teoría?
El rubio se encogió de hombros.
—Qué recuerde, no. Igual tengo los apuntes guardados por si te sirven.
El chico asintió.
—Pásate mañana por el piso y te los entrego.
—Mañana entonces.
40
Sophie
Una brisa helada tiró mi cabello hacia atrás y empujó algunas hojas secas,
pero no se llevó mis pensamientos.
Se arremolinaban en mi cabeza, como una tormenta de dudas que no podía
disipar. Daniel. Sus palabras. Sus gestos. Lo que pasó en su habitación. Las
conversaciones. Todo de él se sentía distinto. Como si algo dentro de mí
estuviera cambiando sin poder controlarlo.
Pero, ¿realmente podía dejarme llevar?
Siempre había visto el amor desde un rincón, como si fuera una espectadora
en el teatro de la vida. Las historias se escuchaban rara vez terminaban bien,
pero, aun así, había algo en esas parejas que no podía dejar de mirar.
Cuando se reían juntos, las que se miraban con una intensidad que se puede
notar a kilómetros, las que se tomaban de la mano con esa complicidad que
solo los enamorados parecen entender. A veces no podía evitar mirarlas,
como si me preguntara si algún día yo también experimentaría algo así.
Pero a veces me saltaba la duda: ¿Por qué eso me pasaría a mí? ¿Sería
posible? ¿Qué me hacía diferente para que esa historia de amor fuera mi
realidad?
La escena del piso seguía dando vueltas sin sentido por mi mente. Sabía que
tenía que dejar de pensarlo. Que las preguntas que habían surgido no eran de
mi incumbencia. Lo que sea que haya pasado entre ellos, yo no tenía por qué
meterme. Pero no podía evitar que aun así las dudas aparecieran.
La preocupación de Sienna hacia Daniel y lo mal que lo había tomado. El
tono frio que usó. Las miradas cargadas de tensión. La incomodidad que se
respiraba en el aire. Lo intrusa que me sentí en algún momento.
Solo éramos amigos.
Nada más.
Nada más.
A veces sentía que mis inseguridades eran un muro que me impedía avanzar,
un recordatorio constante de que no merecía lo que mi corazón anhelaba.
Sentía que nunca sería suficiente. No lo era para mi madre, no lo era para mis
propios estándares, y probablemente, no lo sería para Daniel, aunque a veces
parecía que sí. Pero ¿por cuánto tiempo? La verdad era que ni siquiera él
sabía qué quería. Si me detenía a pensar, solo deseaba sentir que alguien me
quería con todo, sin filtros, sin miedo.
Pero esas emociones también me asustaban. Me asustaba la idea de ser
vulnerable, de entregarme por completo, solo para que alguien me dejara
atrás.
Nunca había tenido novio, pero lo más cercano a ello, terminaba igual.
Quedándome con el amor en las manos.
¿Y si me quedaba con la imagen de ese amor perfecto que no existía más que
en mi cabeza? ¿Y si el miedo me paralizaba antes de que pudiera ser feliz?
Fue la risa de Ivy lo que me sacó de mis pensamientos. La escuché a mi lado,
una risa ligera y divertida, la misma que siempre escuchaba cuando Kian
decía algo gracioso.
Nos detuvimos unos pasos más adelante. Kian se acercó a Ivy con una
sonrisa suave y antes de que pudiera reaccionar, le plantó un beso en los
labios. Fue breve, pero lleno de ternura.
Ivy se separó un poco, sonrojándose al mismo tiempo que Kian le dedicaba
una sonrisa cómplice.
—Adiós, Sophie —Se despidió, Kian.
Le dio un último beso a Ivy antes de alejarse, dejándonos solas. Ivy se giró
hacia mí, observándome con una mezcla de curiosidad y comprensión.
—¿Todo bien? —Me preguntó—. ¿Te incomodamos mucho? Perdona,
Sophie, no fue mi intensión…
Negué con la cabeza.
—No, claro que no —Le sonreí levemente—. Solo estaba pensando, pero
nada muy importante.
Ivy no pareció muy convencida. Movió su cabeza de lado, y pude ver en sus
ojos que estaba esperando algo más.
—No tienes que esconderlo, sabes que puedes confiar en mí.
—Entonces… —Dije intentando ocultar la presión en mi pecho—. ¿Puedo
preguntarte algo?
Asintió, curiosa.
—El otro día, en el estacionamiento… cuando me hablaste de esa chica,
Sienna, ¿Por qué me contaste todo eso?
—No fue por maldad, si eso piensas —Soltó un suspiro—. Solo quería que
tuvieras cuidado. Cuando una nunca ha tenido algo serio o un novio o una
historia de esas que te dejan algo. Es más fácil ilusionarse.
Dejé de caminar y ella me imitó.
—¿Cómo sabes que yo nunca he tenido…? —Dejé la frase en el aire, pero
ella pareció entenderlo.
—Es evidente, Sophie —Murmuró—. Como te decía, es más fácil ilusionarse.
A veces basta con una palabra linda, una mirada, un gesto que parece
especial y pum. Caemos sin ni siquiera saber por qué.
La observé en silencio. Algo en su expresión se suavizó, y mi corazón
comenzó a latir más fuerte.
—Y eso no significa que seas tonta —Continuó—. Es que ellos saben cómo
hacerlo. Saben cómo decir lo justo, cómo actuar para que una sienta que hay
algo más. Y claro, una cae y recién ahí aprende.
Ambas nos quedamos en silencio un momento.
—¿Te pasó a ti? —Pregunté en un murmuro.
Se demoró unos momentos en responder.
—Sí —Asintió—. Y por eso te cuento esto. No quiero que te pase a ti.
Su tono no era de advertencia, ni de mala gana. Era de alguien que ya se
había golpeado antes. Me mordí el interior de la mejilla y desvié la mirada, sin
saber muy bien que sentir. Que pensar.
—Si lo dices por Daniel, nosotros no…
—Pero veo como se miran —Me interrumpió en voz baja—. Veo cómo te
mira.
Sentí un leve calor subir por mi cuello, pero no dije nada. Ivy tampoco
pareció esperar una respuesta inmediata.
—Sé que me has dicho que no son nada y te creo.
Una punzada de culpabilidad me invadió.
—Pero no dudo que en algún momento pase algo. O ya esté pasando y tú ni
lo notes —Siguió—. Solo quiero que, si llega a pasar, estés preparada.
Mis labios se entreabrieron, Ivy hizo una pausa y siguió hablando, pero esta
vez con la voz más suave.
—Y, a simple vista, se puede ver cómo es Daniel. Es de esos chicos que
saben moverse en ese tipo de terreno. Qué saben qué decir, cómo mirar,
cuándo acercarse. Él es de esos chicos que te dejan con todo el amor en las
manos. A menos que sepas separar las cosas, claro.
La miré en silencio. No porque no tuviera nada que decir, sino porque no
estaba segura de que alguna palabra pudiera salir sin tambalear.
Ivy me dio una pequeña sonrisa, como si entendiera mi confusión.
—Solo trato de cuidarte. Eres mi amiga, Sophie.
—Y tú la mía —Respondí en voz baja. Y traté de devolverle la pequeña
sonrisa—. Gracias.
—Cuando quieras —Sacó su celular y volvió a verme—. Tengo clase. ¿Nos
vemos a la salida?
Asentí y ella se alejó, sin antes darme un pequeño abrazo.
Y pude responder una de las tantas preguntas que tenía.
¿Realmente podía dejarme llevar?
No. No podía.
Esto solo era un juego entre amigos. No quería complicarlo todo con
sentimientos que ni yo entendía.
No quería terminar exactamente como Ivy había dicho. En el fondo de mi
corazón, no quería que tuviera razón sobre Daniel.
Y sonaba estúpidamente cliché. Tan cliché como tantos libros que leía. Pero
entonces, había algo en él. Algo en la manera en que me miraba, en la forma
en que sus palabras parecían calar más hondo de lo que un simple amigo
haría, en como compartíamos palabras que ambos teníamos escondidas, en
cómo se interesaba en saber más de mí y en cómo me mostraba, aunque sea
poco a poco, sobre él.
Y sonaba estúpidamente cliché, pero sentía que Daniel era diferente y no
como Ivy lo describía.
Pero ahí estaba la controversia. Ivy había dicho que los chicos como él sabían
jugar el juego. Que sabían cómo usar cada una de sus cartas. Que se
aprovechaban de la gente como yo.
¿Era eso lo estaba pasando? ¿Podría confiar? ¿Era esto lo que Ivy había visto
de un principio?
Y quise confiar, solo una vez más. Porque Daniel no me había dado motivos
para que pensara eso de él.
Pero, ¿y si realmente Daniel era parte de esos chicos de los que Ivy hablaba?
¿y si Ivy no tenía razón sobre Daniel?
(…)
—Me acompañó toda la noche, escuchándome hablar sobre cada idea, cada
combinación de colores y cada propuesta de tela diferente.
Sus mejillas se sonrojaron y sonreí mirándola. Se veía feliz.
—Presiento que tu corazón está a punto de explotar, Lyra.
Me dio un pequeño golpecito con una tela enrollada que llevaba en la mano y
sus mejillas se encendieron aún más. Sin poder evitarlo reí.
—Yo ya hablé mucho. Cuéntame —Dijo cuando dejé de reír y la miré
confundida—. Algo te pasa y no me digas que no.
Abrí la boca para responder, pero no tuve oportunidad.
—¡Sophie! —La voz de Ivy nos alcanzó desde unos metros más allá.
Ambas miramos hacia un lado encontrándonos con Ivy caminando
rápidamente, una vez que llegó nos saludó a ambas.
—Te tengo una invitación —Miró a Lyra—. Bueno, les tengo.
—Sorpréndenos.
Ivy carraspeó.
—Hoy en la facultad de Empresariales. Harán algo tranquilo, pero que vale la
pena ir —Sonrió—. ¡Vayan! ¡Será divertido!
Lyra me dio una mirada rápida antes de hablar.
—¿Empresariales?
Ivy asintió sin borrar su sonrisa.
—No lo sé, Ivy…
—Mis amigos, son sus amigos —Ivy miró atrás de nuestro hombro y su
sonrisa se agrandó—. ¡Las espero! ¡Adiós!
Volvió a correr y, tanto Lyra como yo, miramos hacia la dirección donde se
fue Ivy y vimos a Kian. El cual dejó un beso sobre su frente antes de tomar su
mano y caminar alejándose de nosotras.
—Que lindo es el amor —Dijo en voz baja Lyra.
—Muy lindo —Murmuré.
Soltó un suspiro y volvió a mí.
—Te escucho.
No lo pensé mucho. Sin dudarlo, empecé a hablar.
Lyra nunca me había juzgado, y siempre encontraba la manera de escuchar
sin interrumpir, sin mirar el reloj ni poner expresiones raras. Era como si
supiera cuándo callar y cuándo decir justo lo que necesitaba oír. Su forma de
aconsejar no era forzada; era cálida, sincera. Y, por alguna razón, eso me
bastaba para bajar la guardia con ella.
Le conté lo de Sienna, lo que pasó en el departamento, lo que Ivy me había
dicho, y también lo que yo no sabía cómo ordenar. Las contradicciones. Las
miradas. Los silencios con peso. El miedo.
Cuando terminé, Lyra no habló de inmediato. Se quedó en silencio unos
segundos y luego tomó mi mano con suavidad.
—Ivy no está del todo equivocada —Dijo en voz baja—. Hay chicos así. Que
saben exactamente qué hacer para confundir a alguien. Que dicen una cosa y
hacen otra. Que juegan con lo que haces y sientes sin siquiera notarlo.
Me apreté un poco los labios, esperando que terminara.
—Pero también hay personas que no encajan en esa descripción —Añadió,
con una leve sonrisa que no era ni triste ni alegre, solo honesta—. Yo sé que a
mí Daniel no me agrada mucho, pero no lo veo como un mal chico. Solo
alguien que también está buscando algo. Tal vez no sabe muy bien qué, pero
tampoco parece alguien que quiera lastimarte a propósito.
Sus palabras me calaron más profundo de lo que esperaba.
—A veces hay que observar con calma —Continuó—. No para confiar de
inmediato, sino para entender. A veces nos equivocamos juzgando por lo que
creemos haber vivido antes.
Yo solo asentí en silencio. Porque parte de mí sabía que tenía razón. Y eso era
lo que más me asustaba.
41
Sophie
—¿Esta es su definición de algo tranquilo? —Preguntó, Lyra a mi lado.
—Creo que subestimamos su concepto de tranquilidad.
Las luces se filtraban por las ventanas abiertas, y el bullicio se escapaba hacia
la calle como una advertencia silenciosa: esto no era precisamente una noche
tranquila.
—Si esto es tranquilo, no quiero saber cómo se ve cuando se alborota.
Lyra soltó una risa y enganchó su brazo con el mío.
—Definitivamente necesitamos un nuevo diccionario —Dijo.
Asentí sin evitar reír.
—Estoy nerviosa —Admitió Lyra, en voz baja.
—Yo también, pero estamos juntas, ¿no?
Ella asintió con una sonrisa.
El interior era amplio, quizás porque había menos personas que la vez
anterior, música que rebotaba por los muros, y un ir y venir de estudiantes
con vasos de plástico en la mano.
Pasamos entre varios grupitos dispersos, algunos conversando, otros ya muy
metidos en la fiesta. Salimos por el corredero que conectaba con el jardín
trasero.
Allí, la música bajaba un poco de volumen, y el aire se volvía más fresco.
Había guirnaldas de luces colgando entre los árboles y un par de mesas con
bebidas, gente sentada en el pasto, y otros simplemente apoyados
conversando.
—¡Ahí están! —Dijo Ivy desde uno de los grupos más grandes, levantando la
mano para llamarnos.
Estaba rodeada por varios chicos y chicas, algunos con los que recordaba
haber jugado la última vez.
Nos acercamos e Ivy caminó hacia nosotras con una sonrisa. Nos saludó a
ambas.
—No está tan mal, ¿no? —Preguntó Ivy.
—Aún no lo decido. Dame diez minutos y un vaso con algo.
Las tres reímos por el comentario de Lyra.
—Me cae bien —Dijo Ivy mientras nos guiaba hacia las bebidas.
Mientras nos servíamos, mi mirada se deslizó automáticamente entre los
rostros del grupo.
Ahí estaba Lukas, apoyado en una mesa mientras conversaba con un chico,
con una cerveza en la mano. Su atención, sin embargo, no estaba en la
conversación, sino fija en Lyra.
Nos acercamos al grupo de personas que nos saludaron a ambas. Seguí
mirando, pero Daniel no estaba por ningún lado.
Le di un sorbo a mi vaso, quitando esos pensamientos.
Nos quedamos allí unos minutos, bebiendo despacio y observando cómo la
gente iba y venía, hablando como si todos se conocieran desde siempre. Ivy
nos unió a una conversación con dos chicas y un chico, que eran bastante
agradables. Más tarde se unió un chico que no podía dejar de mirar a Lyra.
Lukas.
El grupo se amplió mucho más y comenzaron a hablar sobre lo difícil que era
compatibilizar la universidad con la vida social, de las clases eternas y de
profesores insufribles. Lyra, se adaptó rápido, e intentó de hacerme parte al
instante.
Yo asentía, sonreía, decía alguna que otra cosa, pero aun así no terminaba de
encajar.
Justo cuando estaba por tomar otro sorbo, sentí la vibración en mi bolsillo.
Saqué mi celular, esperando un mensaje de mi madre, pero no era ella.
Alto en ego
Sube.
Estoy en el segundo piso.
Leí el mensaje dos veces, como si no supiera muy bien cómo reaccionar. Le
di un sorbo a mi vaso mirando hacia la casa.
Sophie
¿Y si no quiero subir?
No tardó en responder.
Alto en ego
Entonces nos perdemos la mejor parte
de la noche.
Pero algo me dice que te va a tentar
más subir.
Me mordí el labio inferior para evitar la sonrisa. Dudé un poco si en hacerlo o
no, pero finalmente recordé las palabras de Lyra.
Estaba sentada con Lukas a unos metros del grupo, cuando nuestras miradas
chocaron, le hice una seña a la casa. Me miró confundida, pero cuando
levanté mi celular. Sonrió y asintió.
Subí las escaleras con cuidado, esquivando a un par de personas que bajaban
entre risas. Me detuve un segundo ante del último peldaño. Respiré hondo.
Debatiéndome un poco más en mi cabeza, y de nuevo el pensamiento
estúpidamente cliché apareció; quizás Daniel era distinto. No me había dado
razones para pensar que era como los demás y las palabras de Lyra me
habían calado más hondo de lo pensando.
A veces hay que observar con calma.
No para confiar de inmediato, sino para entender. A veces nos equivocamos
juzgando por lo que creemos haber vivido antes.
Y aunque Daniel no era precisamente alguien fácil de descifrar, había algo en
él. Algo que no se sentía como una advertencia. Quizás era una locura, pero
por una vez quería confiar en lo que sentía. Solo esta vez.
Yo podía separar las cosas. Yo podía ser capaz de cuidarme.
Sí, sí. Era capaz de no confundir las cosas.
El segundo piso estaba más oscuro, apenas iluminado por la luz tenue que se
colaba desde una habitación abierta de fondo.
Avancé por el pasillo, guiándome por el zumbido lejano de la música y el eco
amortiguado de las voces abajo. Justo cuando iba a sacar mi celular para
escribirle de nuevo, sentí unos brazos rodeándome por atrás.
—Llegaste tarde —Susurró Daniel contra mi oído, con esa voz baja que
siempre parecía un secreto.
Mi respiración se contuvo un segundo, pero no me aparté.
—Estás dramático —Murmuré, sonriendo apenas.
—Sincero —Corrigió, apretándome contra él.
Miró un poco a nuestro alrededor y, unos segundos después, tomó mi mano
con suavidad, guiándome por el oscuro pasillo. Las risas y música quedaban
cada vez más lejos con cada paso que dábamos, hasta que nos detuvimos al
final del pasillo, justo en un rincón donde la luz no llegaba del todo.
—¿Siempre haces esto? —Pregunté, con una sonrisa.
Me apoyó con delicadeza contra la pared, una esquina estrecha y apartada.
Apoyó una mano junto a mi cabeza, acercándose un poco más. Su cuerpo
bloqueaba todo lo demás.
—No, así que espero que funcione.
—¿Funcione? ¿Qué es lo que intentas hacer exactamente? —Le respondí
burlona.
—Lo que tú quieras —Murmuró, apoyando su mano libre en mi cintura.
En un movimiento rápido juntó mi boca con la suya, besándome con
intensidad. Mis manos, en un movimiento lento, se apoyaron en sus brazos,
sintiendo su calor mientras nos besábamos. Su cuerpo se acercó al mío aún
más, una mano fue a parar a mi nuca y con la otra apretó aún más mi cintura.
Cada centímetro de espacio entre nosotros desapareció.
Pero en un instante, me separé un poco, respirando agitadamente.
—Podrían vernos —Susurré, por la cercanía de su rostro.
Traté de mirar hacia el pasillo, pero su cuerpo me cubría la visión por
completo.
—Nadie nos verá aquí —Dijo con una sonrisa confiada mientras se acercaba
aún más.
Lo miré, dudando por un segundo.
—¿Seguro?
—Lo suficientemente seguro como para no querer que esto termine.
El beso se intensificó de inmediato, el contacto se hizo más ardiente. Mis
manos se aferraron a su camiseta mientras sus dedos recorrían mi espalda
baja. Mi respiración se aceleró, y sin pensarlo, tiré de su cabello, sintiendo
cómo su cuerpo se presionaba contra el mío, aumentando la temperatura
entre los dos.
Daniel respondió con un suspiro bajo y profundo, como si ya no hubiera
marcha atrás. Su lengua rozó la mía, cada movimiento estaba cargado de
deseo.
Me sentí más atrapada por él con cada segundo, el roce de su cuerpo contra
el mío provocaba una sensación abrumadora que no quería detener.
Sus manos comenzaron a recorrer mi cintura, apretándome más hacia él,
mientras sus labios no dejaban de buscarme con una intensidad que me
dejaba sin aliento.
De repente, sus labios se separaron ligeramente, pero su rostro permaneció
cerca del mío. Arrastró su boca hasta mi oído, donde pude escuchar su
respiración agitada, lo cual hizo que me recorriera un escalofrío.
—Te vi desde la ventana y todo lo que quería era que estuviéramos solos —
Dejó un beso lento y arrastrado en mi cuello, antes de que volviera a rozar
nuestros labios—. Eres preciosa, Sophie.
El susurro se desvaneció mientras sus labios volvían a encontrar los míos,
sumergiéndonos a en esa burbuja, en que solo existíamos nosotros.
Unos momentos después, Daniel se separó apenas unos centímetros, su
respiración seguía cerca de la mía. Miró hacia ambos lados con cierta
rapidez, como asegurándose de que nadie estuviera cerca, y entonces, sin
decir nada, tomó mi mano de nuevo.
Esta vez, su agarre fue más suave, casi cuidadoso.
Empujó una puerta entreabierta, y con una ligera presión, me guió hacia
dentro. La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la luz de la luna
que entraba por una ventana. No encendió la luz, tampoco lo necesitábamos.
Cerró la puerta tras nosotros con un leve clic.
—Cerrado con llave, por si hay gente que no sabe llamar a la puerta.
Rodeé los ojos al entender su referencia y soltó una risa.
Avancé hasta la pared frente a la ventana. Desde allí se veía el cielo oscuro y
la silueta de la luna colgando sobre los techos lejanos.
Daniel se dejó caer primero, apoyando la espalda contra la pared. Me senté a
su lado, cruzando las piernas mientras dejaba que el silencio hablara por unos
segundos.
Ninguno de los dos dijo nada de inmediato. Solo respirábamos. Solo
existíamos ahí, en medio de esa pausa inesperada.
—Oye… —Murmuré y volvió a verme—. ¿Estás seguro de que podemos
estar aquí?
—Nadie vendrá. Aquí no duerme nadie.
—¿Cómo sabes?
—Era la habitación de un amigo.
Dudé en preguntar y tuve miedo de arruinarlo, pero de todos modos lo hice.
—¿Esta habitación era del amigo que me contaste?
Negó levemente.
—Del amigo que te conté era Aiden. Esta habitación era de otro amigo. Se
fue hace poco más de un año. No le gustó la carrera, se cambió y se fue.
Asentí, sin saber más que decir. Pasaron algunos segundos, quizás minutos. La
música seguía sonando lejos, como si perteneciera a otro mundo.
—Uno de los miles amigos que tenía —Murmuró de pronto, rompiendo el
silencio. Lo miré de reojo y tenía una pequeña sonrisa burlona—. Aunque no
lo creas, era bastante sociable.
Lo miré con una ceja alzada, fingiendo sorpresa.
—¿Sociable tú? ¿Estás seguro de que no lo soñaste?
Daniel soltó una risa baja, ladeando la cabeza hacia mí.
—Podrías sorprenderte.
—Me sorprende que no hayas intentado convencerme de que también eras
capitán de algo —Sonreí.
—Lo fui —Respondió—. Capitán del equipo de básquetbol en la escuela.
Lo miré sorprendida, sin borrar mi sonrisa.
—¿En serio?
—Créelo o no, era otra versión de mí —Dijo, en un tono burlón.
—Me gustaría conocer esas versiones tuyas.
Daniel no respondió de inmediato. Su mirada se desvió hacia el suelo y el
silencio se alargó, denso. Tragué saliva intentando quitar el nudo en la
garganta de incomodidad. Volví la vista hacia la ventana, sintiéndome de
pronto fuera de lugar en mi propio comentario.
—Es mejor que no —Dijo en un tono apenas audible.
Sus palabras cayeron como un peso suave entre nosotros, y no supe si era
una barrera o una confesión. Solo que había algo en él que no quería mostrar.
Las risas lejanas se escuchaban de fondo y, mirando la luna y las estrellas,
pensé que desde allí se podrían tomar fotos increíbles. Traté de concentrar mi
mente en otra cosa y no en esa sensación de como si hubiera querido ver
algo que no debía.
El silencio se alargó entre nosotros, pero no tanto como temí.
—Hubo una versión que siempre quiso raparse cuando estaba en el equipo
—Soltó de pronto, como si nada.
Lo miré, confundida.
—¿Qué?
—Eso. Raparme. Pero no me atreví.
Me tomó un segundo entender que estaba intentando aligerar el ambiente. Le
seguí el juego.
—¿Y eso qué tiene que ver con las versiones de ti?
—Mucho. Esa versión era cobarde —Esbozó una sonrisa, más suave esta
vez—. No como ahora.
—Claro. Ahora solo escondes gente en habitaciones oscuras. Mucho más
valiente.
Daniel soltó una risa.
—¿Y cuando aparece esa versión de ti en la que puedo descubrir qué cosas
te gustan tanto como para perderte en eso?
—¿Todavía no lo olvidas?
—Dudo que pueda olvidar algo relacionado contigo, Sophie.
Intente ignorar el vuelco que dio mi corazón.
—Hace unos días retomé la lectura —Empecé sin mirarlo—. La protagonista
va a tomar un vuelo importante para volver a su ciudad, trabaja en la empresa
familiar y tiene que llegar antes de medio día porque tiene una reunión
importante. Pierde el vuelo y ahí lo conoce a él. Es un puto arrogante y
odioso. Ambos con el vuelo perdido, lo colocan en uno nuevo y en los
mismos asientos.
Ignoré su mirada sobre mí.
—¿Y luego qué?
—Y luego se topan con la sorpresa que trabajaran en la misma empresa.
Bueno, en verdad, el chico trabaja en la empresa del padre de ella. El cual le
pide que le enseñe al chico cosas con respecto a la empresa, tipo que lo
oriente. Y así comienzan a pasar más tiempo juntos.
—Pero si es hija del dueño de la empresa, ¿no debería estar en su oficina
ocupándose de otros temas? ¿En vez de estar ayudando a un chico nuevo?
Sonreí y le hice una seña con la mano, de que esperara.
—Es que su padre le asignó ese puesto, aunque ella también se ocupa de
algunos diseños. A su hermano lo tienen en una oficina y… bueno se nota la
diferencia.
—¿No te parece que haya algo más? ¿Es como mucha entre coincidencia
ellos? —Preguntó.
—O es el destino.
—¿Crees en el destino o en las coincidencias?
Tarde unos momentos en responder volviendo mi vista a la ventana.
—Creo… en que todo pasa por algo. En hay momentos que están esperando
ahí a que llegues. Que de todos modos termináramos allá. Como si fuera
nuestro destino —Respondí—. Así que respondiendo tu pregunta creo en el
destino. ¿Y tú?
Se quedó en silencio unos segundos y dirigí mi mirada a Daniel cuando rozó
mi rodilla con sus dedos.
—Creo en que a veces todo tiene un propósito, que hay cosas que quizás si
están destinadas, pero tambien creo que otras podrían ser una casualidad —
Una pequeña sonrisa se asomó en su rostro—. Pero tambien pienso que
quizás solo es el caos jugando a tener sentido, que quizás nada tiene un orden
real.
42
Daniel
A veces pensaba que las cosas que más nos marcaban no eran las que
planeábamos. Qué había momentos que simplemente aparecían sin aviso, y
sin quererlo, desordenaban todo lo que creías haber tenido claro.
No sabías bien como llegaron ahí, pero cuando te dabas cuenta ya estaban en
cada rincón de tu cabeza, colándose en tus silencios, en tus distracciones, en
tus dudas.
No sabía en qué momento había pasado. Creo que nunca lo sabes, en
realidad.
No sabía en qué momento había pasado. Pero se sentía inevitable.
Sabía que ella no debía verse arrastrada a mí caos. Era mejor si todo esto
quedaba en secreto. Si seguíamos jugando a este juego de no ser nada, de ser
invisibles para el mundo.
Era mejor si esto quedaba en secreto.
Era mejor para Sophie.
Unos golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos.
—Te buscan —Dijo Lukas desde el otro lado.
Suspiré. Me pasé una mano por el rostro y caminé hacia la puerta.
Cuando salí de la habitación, la reconocí de inmediato. Estaba de espaldas,
pero no podía no reconocerla.
—Ruby.
Ella se dio media vuelta con una sonrisa.
—¡Feliz cumpleaños adelantado! —Exclamó dejando una caja sobre la
barra—. Mañana no voy a poder venir, así que vine hoy. Sopórtame.
Antes de que pudiera responder, se acercó y envolvió sus brazos sobre mí.
Aunque yo era mucho más alto que ella, aun así, me abrazó como lo hacía
cuando éramos pequeños y yo solo me dejé. Por unos momentos.
—Gracias —Dije, en voz baja.
Ruby sonrió y tiró de mi brazo hacia la barra.
—¡Ábrelo!
Abrí con cuidado la caja y el olor a dulce me golpeó enseguida.
—¿Lo hiciste tú? —Pregunté pasando un dedo por la crema del pastel.
—¡Claro! ¿O pensaste que iba a comprarte uno cualquiera? Me subestimas.
Solté una risa y ella sonrió aún más.
—Gracias, Ruby.
—Bueno, bueno —Canturreó Lukas—. Ya tenemos pastel.
Lukas iba a pasar su dedo por la crema del pastel, pero le di un golpe en la
mano.
—Es mío.
Este rodó los ojos antes soltar una risa y tomar su chaqueta, la cual estaba en
el sofá.
—Gracias, Daniel. Espero que los veinte los inicies más amigable.
—Y tú más puntual.
Lukas rió dirigiéndose a la puerta.
—Adiós Ruby. Ella si es una Winslow amigable.
Mi hermana rió volviendo su vista a mí cuando el golpe indicó que ya
estábamos solos.
—Que linda relación de amistad tienen —Dijo, divertida.
Rodeé los ojos mientras sacaba dos tazas del estante. Las llené con café,
dejando una frente a ella mientras me sentaba al otro lado. Acerqué un
cuchillo al pastel, con la intención de cortarlo, pero ella me interrumpió.
—¡No!
La miré asustado, por como elevó la voz. Ella soltó una risa.
—¿Qué?
—No pediste los tres deseos —Murmuró.
Pestañeé sacado de onda. Negué con la cabeza.
—Ruby, creo que…
—¿Y solo uno?
Me miraba sonriente y, finalmente, asentí derrotado. Ruby sacó de su bolso
una caja con velas, colocó una en el pastel y la encendió.
Mientras la llama parpadeaba frente a mí, dejé que el silencio llenara el
espacio. No cerré los ojos ni hice un gesto exagerado, pero unos segundos,
mientras la vela se consumía, pensé.
No en algo grandioso ni imposible. Solo tener un poco de calma. En dejar de
sentir que todo estaba a punto de romperse.
Quizás, por una vez, solo quería eso. Un respiro.
Ruby aplaudió con una sonrisa y volvió a su asiento. Esta vez ella, corto el
pastel de zanahoria y nos sirvió un pedazo a ambos.
—¿Cómo estás? —Preguntó, apoyando su cara en sus manos, con sus codos
arriba de la barra y solo pensé que si nuestro padre la viera ya le hubiera
dicho algo—. ¿La universidad? ¿Tus amigos?
—Bien, gracias —Respondí llevándome un pedazo de pastel a la boca.
Estaba increíble. Ruby siempre fue buena para la cocina y lo disfrutaba.
—No tienes que mentirme. Pero si no quieres hablar, lo entiendo.
Le sonreí, agradecido por no insistir.
—¿Pasarás el día con tus amigos? —Preguntó, refiriéndose a mañana—. ¿Con
Sophie?
Levanté la mirada cuando la nombró. Ruby sonrió.
—No lo sé —Respondí bajando la vista hasta el plato—. Quizás trabaje.
—¿No estudia?
—Sí. Se está preparando para el examen de admisión.
Ruby asintió con suavidad.
—Tú tuviste suerte. Matemáticas nunca fue tu fuerte.
—Fui el mejor de mi clase
—Porque eran el curso con peor rendimiento.
Ella rió sin descaro alguno.
Ridículamente había estado viendo videos para entender mejor algunos
ejercicios, solo para poder explicárselos a Sophie. Antes de que decidiera
cancelar las clases, porque durante esa hora de estudio, ni siquiera abríamos
un cuaderno.
Ruby comenzó a hablar sobre ella, como si supiera que no hablaría mucho
más. Me contó sobre su trabajo en el restaurante, nuevas recetas que había
preparado, su jefe que no era exactamente agradable. Me contó sobre Alex,
de lo bien que estaban, de lo que estaban planeando de vacaciones y que
pensaban en adoptar un perrito. Su voz era ligera, como si buscara llenar el
aire de cosas más simples, pero siempre con una sonrisa.
Acercó su taza a los labios e hizo una mueca.
—Está frío.
Solté una risa mientras colocaba a hervir agua.
—Con todos estos minutos hablando, ¿esperabas que el café te esperara
caliente también?
—Mínimo —Respondió con ese humor que nos entendíamos—. El café y
una ovación de pie.
Ambos reímos, y cuando el agua estuvo lista, le serví una nueva taza y volví a
sentarme. Ruby tomó la taza con ambas manos, esta vez sin apuro, y bajó un
poco la mirada.
—Daniel —Murmuró e hice un sonido con mi boca—. ¿Has llamado a
mamá?
Mi mirada se quedó en una miguita del bizcocho que había caído sobre la
mesa. La empujé con el dedo, sin mucha intensión.
—Hace unas semanas que no —Respondí en voz baja.
Ruby ni respondió de inmediato. Solo asintió suavemente, como si no quisiera
presionar, y bebió un poco del café recién servido.
—Deberías llamarla. Quizás podrías reírte con alguna de las cosas que ha
hecho últimamente —Soltó una risa—. Me contó que confundió el azúcar
con la sal en…
—A ti sí te ha llamado cierto, ¿cierto? —Murmuré.
Ella se quedó en silencio. No fue largo, pero se sintió más denso que
cualquiera de nuestras pausas anteriores. No necesitaba que me respondiera.
No eran celos. No era envidia.
Solo era la sensación de que, por mí, no se preocupaban tanto.
Que, si yo no llamaba, ellos no lo hacían.
Era eso, la sensación de estar un paso atrás.
—Perdón —Murmuró—. No sé qué hacer para que…
—No es tu culpa —La interrumpí—. Tranquila, no es tu culpa.
Sonrió levemente y seguí.
—No tienes que cargar con eso.
Ruby extendió su mano por sobre la mesa y la apoyó suavemente sobre la
mía. No dijo nada más, solo me sostuvo con esa expresión tranquila que
usaba desde que éramos pequeños, casi siempre.
Y en el fondo, aunque ya no dolía como antes, seguía ahí esa parte de mí que
todavía esperaba algo tan simple como que me llamaran mañana.
43
Sophie
—¡Feliz cumpleaños! —Exclamó Ivy
Daniel se quedó quieto, confundido, con las llaves aun en las manos. Recorrió
el piso con su mirada y cuando chocó con la mía se suavizó, pero la esquivé.
Avergonzada.
—¿Qué…? —Murmuró Lukas, quien venía tras Daniel.
Pasé una mano por mi rostro, en un intento inútil de borrar el “te lo dije” que
repetía internamente. Porque sí, se lo había dicho a Ivy al menos cinco veces:
“No creo que a Daniel le gusten esas cosas, Ivy”
Y aun así estábamos con un pastel encima de la barra, uno que ni ella ni yo
sabíamos si le gustaría a Daniel, pero Ivy estaba totalmente convencida que
ese le gustaría. A todos les gustaba. A ella le gustaba.
Lukas parpadeó un poco perdido e Ivy sonrió antes de adelantarse y abrazar
a Daniel, sin darle mucha opción. El pelinegro no se movió, solo frunció el
ceño, como si procesara que demonios estaba pasando.
—¿Cómo entraron? —Preguntó Lukas, mirando a Ivy.
Ella se encogió de hombros.
—Resulta que el señor de la recepción si entiende sobre una emergencia de
cumpleaños y tiene una copia de la llave de su piso.
Daniel carraspeó, dejando su mochila en el piso, pero con una expresión que
era como si no todo esto fuera una escena que todavía no alcanzaba a seguir
del todo.
—Gracias —Murmuró.
Ivy me dio una mirada.
—¡De nada! Aunque quiero que sepas que Sophie no estaba de acuerdo, pero
no podíamos dejar tu cumpleaños pasar, ¿no?
Soltó una risa, y ambos chicos dirigieron su vista hacia mí.
—Después de todo ustedes tambien hicieron mi cumpleaños especial.
Lukas carraspeó, frunciendo el ceño, y se acercó a la barra, donde el pastel
descasaba. Ivy lo siguió buscando algo en los cajones de la cocina.
Daniel clavó su vista en mí.
—¿No se te olvida decirme algo? —Preguntó burlón.
—Feliz cumpleaños —Dije, en voz baja.
Vi cómo una sonrisa le tironeó la comisura de los labios.
—¿Y eso fue todo?
Me crucé de brazos.
—Perdona, el payaso no alcanzó a llegar.
Soltó una risa y la voz de Ivy nos interrumpió.
—¡Vengan!
Asentí volviendo a la barra. Me dejé caer en uno de los taburetes y Daniel se
acomodó a mi lado. Lukas se apoyó en la barra de atrás, justo en frente, pero
con la barra central separándonos. Ivy se sentó en un taburete del otro lado.
—Sin cantar, por favor. Todavía aprecio las ventanas de este piso.
Ivy rodó los ojos y Lukas soltó una risa, al igual que yo.
—Qué aburrido eres —Murmuró Ivy mientras sacaba las velas—. ¿Y los
deseos?
Daniel tragó y soltó un pequeño suspiro que alcancé a escuchar.
—¿Y si solo comemos el pastel? —Dije, en voz baja.
—¡Qué gran idea! —Exclamó Lukas.
La chica borró un poco su sonrisa y murmuró algo por lo bajo. Se cruzó de
brazos, sobre la barra y Lukas se acercó a cortar el pastel.
Durante unos segundos, solo se escuchó el ruido de los platos y el suave
zumbido del refrigerador. Cada cierto tiempo mi mirada chocaba con Daniel,
pero trataba de ignorarlo, aunque unos momentos después nuestros ojos
volvían a encontrarse.
—Ellen se irá de intercambio por un semestre —Comentó Ivy de repente—.
A Inglaterra. Está muy feliz.
—¿Y tú? —Pregunté y se encogió de hombros.
—Creo que feliz por ella.
Daniel dejó su plato sobre la barra, con algunas sobras de pastel repartidas.
Ivy apuntó a el pastel.
—¿Quieres más?
Negó varias veces.
—Gracias, Ivy.
Ella me guiñó un ojo.
—Sabía que era el pastel indicado.
Daniel me dio una mirada rápida, pero no dijo nada. Entonces, Ivy se giró
hacia Lukas, quien estaba completamente absorto en su celular.
—Lukas, ¿quieres otro trozo?
Una sonrisa estaba dibujada en su rostro, pero no contestó. Su atención
estaba completamente en su celular. Ivy rodó los ojos.
—Como decía —Siguió en tono más suave—. Estoy feliz por ella, solo es que
no lo sé, será extraño ir a la fraternidad para las fiestas y que Ellen ya no este.
Es raro pensar que no podremos salir juntas de compras o hacer pijamadas.
Me concentré en mi pastel, aunque noté cuando Daniel acercó su mano
lentamente y la apoyó sobre mi muslo, justo fuera de la vista de otros. El calor
de su mano hizo que la piel desnuda de mi pierna se erizara.
Fue un gesto sutil, pero me atravesó una oleada de calor.
—¿No era que ya no eran amigas? —Preguntó Lukas, sin soltar su celular.
Ivy frunció el ceño.
—No te dije eso.
—Pero…
—Ya veo que no me escuchas —Ivy negó levemente y Lukas se encogió de
hombros—. Hablando de Empresariales, ¿ya nos vas a contar?
Su mano, se deslizó apenas y rozó el dobladillo de mi falda. Volvió
acomodarse en mi muslo, un poco más arriba que antes, y dio un pequeño
apretón. Sentí como el si el aire se comprimiera a nuestro alrededor.
—Daniel, te hablo a ti.
El pelinegro volvió su vista a la chica.
—¿Contar qué?
Ivy alzó una ceja, conteniendo una risa.
—Lo de la fraternidad. ¿O vas a hacer como que no pasó nada interesante
esa noche?
Lukas levantó levemente la mirada y me fijé en mi plato, como si la crema
sobrante fuera lo más interesante de la noche.
Que ridícula soy.
El chico a mi lado se quedó unos segundos en silencio, volví a verlo, y una
lentamente una sonrisa apareció en su rostro.
—¿Desde cuándo te interesa tanto lo que hago en las fiestas?
—Desde que escuché que esta vez estuvieron pegados en una pared —Ivy
negó lentamente, con diversión—. Que original, ¿no?
Daniel soltó una risa, incrédula.
—La gente dice muchas cosas. Pero no todos saben lo que hablan.
Apretó suavemente mi pierna antes de subir un poco más y volver a bajar
lentamente. Mi respiración se agitó un poco, y lo odié por eso.
—¿Fue con Ellen? —Preguntó Ivy al instante, sin rodeos.
La sonrisa de Daniel se desdibujó de inmediato.
—No.
Tomé aire apartando la mirada.
—Esto parece un interrogatorio —Agregó Lukas.
—¿Entonces fue Sienna? —Lo ignoró Ivy.
Daniel alzó la mirada, directo hacia Ivy, y frunció el ceño.
—No sigas —Dijo tajante.
Ella lo miró, ladeando la cabeza con una media sonrisa, pero no dijo nada
más.
—Solo preguntaba… —Musitó Ivy—. Yo siempre les cuento abiertamente mi
relación con Kian, esperaría lo mismo de ustedes.
—La diferencia es que no tenemos ninguna relación —Agregó Lukas—. Por
lo menos yo.
Nos dirigió una mirada fugaz a ambos.
—Yo tampoco —Murmuré.
—Yo menos —Agregó Daniel.
El silencio que nos envolvió fue denso.
—Gracias, amigos —Remarcó esa última palabra en un tono más… cínico.
Una pequeña sensación de culpabilidad me invadió. Una punzada, breve pero
aguda.
Ivy se puso de pie sin decir nada más y Daniel quitó la mano de inmediato.
Caminó hacia el sofá, donde había dejado una bolsa y sacó dos paquetes
medianos, uno envuelto con papel azul y otro en uno blanco.
—Para ti —Se los extendió sin mirarlo directamente.
—No era necesario, pero gracias Ivy —Dijo frunciendo el ceño—. ¿Por qué
dos?
Ivy no respondió solo volvió al sofá, donde descansaba su bolso y me lanzó
una mirada.
—Mejor me voy —Sonrió rápido y vació. Volvió a verme—. Sophie, ¿vamos?
Pude sentir la mirada de Daniel sobre la mía. Ivy esperaba una respuesta
ansiosa cerca de la puerta, cruzada de brazos y con esa sonrisa que, los
cuatro, sabíamos que no era real.
—Me voy a quedar un rato más —Murmuré, sintiendo como el estómago se
me apretaba bajo su mirada.
Ivy asintió, sin decir nada. Su expresión no fue de molestia, pero tampoco de
felicidad. Tal vez decepción. Tal vez solo cansancio.
—Nos vemos —Dijo al final, lanzándonos una última mirada antes de cerrar
la puerta tras ella.
El silencio volvió a instalarse cuando la puerta se cerró detrás de Ivy. Me
quedé quita, sintiendo como algo se apretaba dentro de mí.
¿Culpa? ¿Incomodidad?
—Vaya que sutiles —Dijo en voz baja, Lukas, en un tono burlón—. La tensión
sexual se les podría cortar con un cuchillo.
Daniel lo miró de reojo, sin disimular su fastidio. Y sentí como me ruborizaba.
—¿Podrías callarte?
Lukas rió sin inmutarse y lanzó unas llaves sobre la barra, frente a Daniel.
—Feliz cumpleaños.
Daniel lo miró como sacado de onda.
—¿Qué…?
—Es tuyo. El auto.
Entreabrí mis labios sorprendida y Daniel negó varias veces, como si no
pudiera creerlo.
—¿Estás hablando en serio? —Preguntó Daniel, aún con el ceño y la vista fija
en las llaves.
Lukas se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa, aunque en su
rostro se dibujaba una sonrisa genuina.
—Lo ocupas más que yo y pensaba venderlo porque, ¿qué haré con dos
autos? Y prefiero regártelo a ti, sé que en verdad le darás un buen uso. Así que
sí, es tu regalo de cumpleaños.
Sonreí sin poder evitarlo. Daniel lo miró largo, como si no supiera que decir.
Al final, se levantó del taburete y caminó hacia él.
—Gracias, en serio —Murmuró, y lo dijo con una sinceridad que rara vez se
colaba en su voz.
Luka asintió con un gesto que me hizo reír.
—No llores, por favor. Hoy si ando sensible.
Daniel rió antes de palmearle el hombro.
—Gracias —Repitió.
Lukas me dedicó una sonrisa antes de tomar otras llaves que descansaban
sobre la barra.
—Bueno, ahora con el regalo entregado. Ya me voy.
—¿Me diste el regalo para remplazar tu ausencia? —Daniel volvió a verme y
señaló a Lukas—. Hace dos días que no ha llegado a dormir.
—Ahora tres —Lo corrigió—. Además, ya tengo asegurado el título de mejor
amigo.
Lukas se acercó a la puerta, levantó la mano a modo de despedida.
—No se porten mal —Lukas me señaló—. Sophie, estás a cargo.
Reí cuando cerró la puerta. Me puse de pie y comencé a retirar los platos de
la barra, amontonándolos con cuidado para llevarlos al fregadero. Sentí los
pasos de Daniel acercándose, pero no me giré de inmediato.
Cuando terminé de lavar, me di media vuelta en busca de otras cosas y lo vi.
Daniel estaba apoyado contra la barra, con los brazos cruzados,
observándome con una expresión que mezclaba diversión y algo más.
—Así que estás a cargo —Murmuró—. ¿Debo empezar a preocuparme?
Me apoyé contra el fregadero y sonreí sin evitarlo.
—Solo si no tienes miedo a la autoridad.
Su risa fue baja, pero llegó hasta a mí. Y su mirada no se movió ni un
milímetro.
—¿Y qué clase de persona eres tú? ¿Una de esas estrictas con reglas y
castigos, o una de las que dejan pasar todo si les caes bien?
—Depende de quien esté intentando romper las reglas —Me crucé de brazos,
imitándolo—. Y tú pareces muy dispuesto a probar hasta dónde puede llegar
tu suerte.
—Me gusta vivir al límite —Se separó de la barra lentamente. Sus pasos no
eran apresurados, pero por el poco espacio entre cada uno, llegó rápido.
—¿Y qué harías si llegas a cruzarlo?
Antes de que pudiera terminar la frase sus manos se apoyaron a mis lados en
la barra, dejándome acorralada contra esta. Estaba tan cerca que podía sentir
su respiración en mi cuello, la calidez de su cuerpo envolviéndome.
Su mirada se fijó en la mía, y la tensión aumentó al instante.
—Quizás ya lo hice —Susurró y apenas pude escucharlo.
El calor de sus palabras me recorrió y, antes de que pudiera reaccionar, sus
labios se acercaron, casi rozando mi oído con su respiración.
—Lo siento por todo esto —Murmuré rápidamente—. Algo me decía que no
querías esto por tu cumpleaños, pero Ivy insistió y yo no…
—Lo sé —Me interrumpió—. En cuanto vi todo, supe que ni tú ni Lukas lo
habían planeado.
Solté una risa.
—No tuve tiempo de comprarte un regalo —Admití en voz baja.
Daniel me miró con una sonrisa burlona.
—¿Qué? ¿Ni si siquiera una ecuación de segundo grado dedicada? —
Preguntó fingiendo molestia—. Estoy devastado.
Le solté un pequeño golpe en el brazo. Daniel soltó una risa, acercándose aún
más a mi rostro.
—Idiota.
—Créeme lo último que me importa ahora es un regalo —Susurró.
Antes de que pudiera decir algo más, sus labios atraparon los míos en un beso
intenso, decidido. Su mano rodeó mi cintura, atrayéndome más a él, mientras
la otra estaba apoyada en el mesón, encerrándome por completo entre su
cuerpo y la barra.
Su boca se movía con hambre, como si hubiera esperado demasiado por esto.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: mis manos buscaron sus hombros,
su cuello, y me aferré a él mientras el beso se intensificaba. Sentí como su
pecho subía y bajaba al mismo ritmo del mío, desbocado.
Sus labios abandonaron los míos apenas unos segundos, pero no se alejaron.
Bajaron lentamente por mi mandíbula hasta llegar a mi cuello, donde
depositó un beso, luego otro, más lento, más profundo. Sentí como mi
respiración se volvía irregular cuando sus manos acariciaron la piel que no
cubría mi camiseta.
Yo hice lo mismo, buscando el calor bajo su camiseta. Mis dedos recorrieron
su espalda, su abdomen, y noté cómo se tensaba levemente bajo mi roce.
Daniel dejó escapar una exhalación suave cerca de mi oído.
—Definitivamente estás a cargo —Dijo, en voz baja, en ese tono que me hizo
temblar.
Sus manos seguían explorando mi piel con una mezcla de urgencia y cuidado.
Sentí como sus dedos se deslizaban por mi espalda, dibujando líneas
invisibles que me estremecían. Mis dedos se hundían bajo su camiseta,
buscando el calor de su piel, y su respiración se volvió más profunda.
—Ven —Murmuró contra mi boca.
Asentí apenas, dejándome guiar. Tomó mi mano y caminamos, con los latidos
acelerados resonando en mis oídos. Al llegar a su habitación, Daniel empujó
suavemente la puerta con el hombro y, una vez dentro, la cerró tras nosotros.
Sus labios regresaron a mi cuello mientras me hacía retroceder con lentitud.
Mis dedos se aferraron a su camiseta mientras su cuerpo se apoyaba contra
el mío, y sus manos subieron bajo mi camiseta, rozando mi piel con una
mezcla de deseo y delicadeza.
—No sabes cuánto quería que estuviéramos solos —Dijo, su voz baja y
ronca, mientras sus manos me hacían retroceder lentamente hacia el
escritorio.
—¿Así de mal te caen tus amigos? —Respondí con una sonrisa.
—No tanto como me desespera no poder besarte cuando están cerca.
Sin darme tiempo a replicar, volvió a besarme. Más profundo. Más intenso.
Me hizo retroceder sin esfuerzo, su cuerpo guiándome hasta que sentí el
borde del escritorio contra mí. En un movimiento rápido me subió,
dejándome sentada sobre en el escritorio mientras mis manos se enredaban
en su camiseta, tirando con ella con decisión hasta quitársela.
El calor entre nosotros subió como una ola cuando Daniel se inclinó otra vez,
sus labios bajando por mi mandíbula mientras una de sus manos se colaba
bajo mi falda, lenta, firme, marcando cada segundo de ese momento.
Sus labios volvieron a los míos.
—Dime si quieres que me detenga —Susurró contra mi boca.
—Si quisiera que te detuvieras, ya lo habrías sabido —Respondí sin apartar la
mirada.
Contuve el aliento cuando sentí su mano deslizándose aún más arriba y
presioné un poco más mis dedos en sus hombros.
—Bien. Porque esta noche no se trata de nosotros —Susurró sin separarse—.
Solo de ti. Solo de ti y lo que me dejes hacer.
44
Daniel
La atraje hacia mí sin decir nada. Su espalda chocó con mi pecho mientras
mirábamos la vista que nos ofrecía desde un rincón el estacionamiento
superior de un lugar que no sabía el nombre.
Lo último que pensé era que terminaría mi cumpleaños en un
estacionamiento cualquiera, rodeado de luces tenues y el ruido lejano de la
ciudad. Pero, mientras la tenía cerca, con el aire acariciando nuestras pieles y
el casi nulo espacio entre nosotros, sentí que no necesitaba nada más.
Su cabello caía suavemente por su espalda y respiraba tranquilamente.
Aunque me moría por verla frente a mí, solo me quedé allí. En esa extraña
tranquilidad que nos estaba envolviendo.
Una brisa helada provocó que un escalofrió recorriera su cuerpo y sonreí
cuando se acercó aún más a mí. No pude evitar notar como su cuerpo se
tensaba ligeramente ante el frío, y la forma en que su cercanía me hacía sentir
una mezcla extraña de serenidad y atracción.
Con una sonrisa ladeada me incliné hacia ella.
—¿Tienes frío, princesa? —Le murmuré al oído, burlón. Mis manos recorrían
su cintura con una calma deliberadamente—. Porque si tienes frío, podría
buscar otra manera de calentarte…
Se giró hacia mí, tratando de fruncir el ceño, pero una sonrisa la traiciono. Me
acomodé mejor en el capó del auto.
—Cállate —Murmuro sonrojándose.
Solté una risa atrayéndola más a mí. Metió sus manos dentro de mi chaqueta,
pasando sus manos por mi espalda. Un escalofrío me recorrió.
—Cállame.
Antes de que pudiera responder, un celular vibró y se encendió. Era el de
Sophie. Lo miró alejándose un poco, pero no lo suficiente como para perder
la cercanía. Observó la pantalla y frunció el ceño, su expresión cambiando de
repente. Algo en su rostro, que antes estaba relajado, pasó a algo más serio,
incluso tenso.
Noté el cambio al instante. No podía evitarlo. El ambiente entre nosotros, tan
tranquilo, parecía romperse con algo tan sencillo como un mensaje, pero algo
me decía que ese mensaje no era cualquier cosa.
Me recargué un poco más en el capó del auto, observándola, con un leve
fruncimiento en mi propio rostro.
—¿Todo bien? —Pregunté, a pesar de que no quería indagar demasiado en su
vida. La curiosidad me ganaba, pero no quería presionarla.
Sophie levantó la vista, y tras una breve pausa, respondió.
—Sí. Es Ivy, solo quería saber si ya llegué a casa.
Asentí, pero no dije nada. Sophie volvió a concentrar su vista en su celular,
pero no volvió a la calma de antes. Esa tensión sutil en su mandíbula, la forma
en que respiró hondo y como había cambiado su mirada.
¿Solo quería saber si llegó a casa?
Lo dudaba. Ivy no mandaría un simple mensaje de cortesía. No después de
como la había tratado algunas veces, donde yo mismo había presente. No
después de las miradas que le ha lanzado a Sophie, pero ella no se ha dado
cuenta. No después de las cosas que ha insinuado.
Algo le había dicho.
Me mordí el interior de la mejilla, tratando de no dejarme llevar por
suposiciones. Pero esa maldita costumbre de Ivy de meter dudas, de disfrazar
indirectas con preocupación, no era nueva para mí.
Sophie dejó el celular sobre el capó del auto y volvió su mirada a mí.
—Estaba preocupada de que me hubiera ido caminando sola.
Rodé los ojos sin poder evitarlo.
—¿Tan mala persona cree que soy? —Traté de bromear, pero no funcionó—.
No te hubiera dejado irte sola.
Sophie negó levemente con la cabeza.
—Solo estaba preocupada porque…
—Déjame adivinar. Estaba preocupada porque son amigas.
El celular volvió a sonar. Sophie lo ignoró esta vez. Sus ojos seguían fijos en
mí, y su expresión cambió apenas.
—No lo digas en ese tono, Daniel —Dijo, en voz baja—. Es nuestra amiga, no
puedes burlarte así de ella.
Solté un suspiro. Sophie tomó mi mano. Sus dedos se enredaron con los míos
y me miró. No con rabia. No con reproche. Solo en silencio. Pensativa.
—Se que lo del cumpleaños en el piso, hace un rato, no te agradó. Pero lo hizo
con buena intensión pensando en ti.
—No es eso —Negué—. Entiendo que quizás fue con buena intensión, y se lo
agradezco, pero no va por ahí a donde quiero llegar.
—Entonces, ¿qué es?
—Es ella —Dije, finalmente—. Hay actitudes que tiene, que no me agradan.
Conmigo. Con los demás. Contigo.
Ella ladeó apenas la cabeza, como si mi respuesta la hubiese pillado un poco
por sorpresa. A veces creo que no se da cuenta de lo mucho que intento
leerla. O lo mucho que noto cuando se encoge un poco, como si quisiera
ocupar menos espacio.
—¿Qué actitudes?
Me quedé en silencio unos segundos, luchando entre la necesidad de decirlo
y el temor de sonar como un imbécil.
—Daniel —Me llamó—. Puedes decírmelo. No te juzgaré.
Apreté un poco la mandíbula. Quizás más adelante me arrepentiría de hablar
tanto.
—Actitudes como las que tuvo en la playa, en los trabajos, lo que pasó
después del beso y de la manera que me interroga. Sin olvidar esos
comentarios que a veces suelta, pasivos-agresivos. Una amiga no trata como
ella lo ha hecho con nosotros. Eso no es una amiga, no para mí.
El silencio volvió a instalarse. Sophie bajó la mirada, claramente procesando
mis palabras. Sus dedos se movieron con suavidad sobre mi pecho, como si
buscara anclarse a algo concreto.
—Ella es mi amiga, Daniel —Murmuró volviendo a verme—. Sé que ha
hecho cosas que no han estado bien, pero se ha disculpado por ellas. Y quizás
a veces no sabe cómo expresarse bien, pero mala amiga no es. Es bastante
directa y sincera, le gusta hablar y quizás solo nos falta conocerla más.
Aparté la mirada hacia el cielo. No dije nada. No porque no tuviera que decir,
sino porque no estaba seguro si debía hacerlo.
—Quizás no es la amiga perfecta. Pero no dudo que les tenga cariño tanto a
Lukas como a ti.
Sentí como se me tensaba la mandíbula. Iba agregar algo más, pero Sophie se
me adelantó.
—¿Has dormido? —Preguntó, cambiando de tema.
Una sonrisa burlona apareció en mis labios e intenté ignorar la sensación
extraña que sentí. Lo dejaría pasar. Solo esta vez.
—¿Dormir? Con todo lo que me dejas pensando cada vez que te vas. No,
Sophie. No mucho.
Ella soltó una risa suave, ruborizándose.
—No sabía que dejaba tanto.
—Más de lo que imaginas.
Con la mano que tenía en su cintura, la acerqué a mí y la besé. Con lentitud al
principio, probando el ritmo, como si el tiempo se hubiera estirado en ese
rincón del estacionamiento solo para nosotros.
Pero entonces, el sonido agudo de un celular quebró la calma.
Sophie se separó apenas, con una sonrisa contra mis labios.
—No contestes —Murmuré, rozando su boca.
Ella rió por lo bajo, negando con la cabeza mientras se alejaba un poco para
revisar el celular.
—Es mi mamá —Dijo—. Voy a responder, puede que sea algo importante.
Asentí sin decir nada, y la observé alejarse unos pasos, llevándose consigo el
calor del momento.
Me dio la espalda mientras hablaba por el celular, caminaba unos pasos de
un lado otro y yo no podía dejar de mirarla. Finalmente se quedó quieta y
cortó la llamada antes de volver a mí.
—¿Todo bien?
—Sí. Solo me dijo que llegaría más tarde a casa, que saldría a cenar con
amiga.
Una media sonrisa apareció en mi rostro.
—Entonces tenemos más tiempo.
Sophie me miró, entornando los ojos con una mezcla de sospecha y
diversión.
—¿Más tiempo para qué?
Di un paso hacia ella, lo justo para que mi voz sonara baja, solo para ella.
—Para que sigas tentándome como hace un momento. Solo que esta vez sin
distracciones.
Soltó una risa empujándome suavemente por el pecho, pero fui más rápido y
tomé su mano acercándola a mí.
—Qué imbécil eres —Susurró.
—Y tú muy peligrosa —Repliqué, dejándome llevar por el momento, por
cómo me miraba, por la tensión entre los dos que parecía no apagarse nunca.
Sus labios se encontraron con los míos sin necesidad de palabras. No fue
urgente, pero sí firme. Como si ya no hiciera falta contener nada.
Sus manos se aferraron a mi camiseta, y las mías rodearon su cintura con
familiaridad. La besé lento al principio, pero cuando sentí cómo se acercaba
más, no me contuve.
Una ráfaga helada nos golpeó de costado, haciéndola temblar levemente
contra mí. Reí sobre sus labios.
—¿Entramos? —Murmuré, con la voz aún más baja, rozando su boca al
hablar.
Una vez adentro, cerré la puerta y el silencio se instaló junto al sonido suave
de la radio. Sophie se acomodó encima de mí, de lado, con su espalda
apoyada en la puerta del auto.
Acaricié su espalda mientras ella se arropaba entre mis brazos y el calor subió
poco a poco.
No dije nada al principio. Solo la observé. Con esa expresión tranquila, casi
distraída, mientras jugaba con la manga de mi hoodie, que Sophie llevaba
puesta.
—¿Todo ha marchado mejor con tu madre? —Pregunté con miedo a estar
invadiendo mucho su vida.
Su cuerpo se tensó un poco.
—Un poco mejor. Las cosas siguen un poco tensas, pero mejor desde la cena
con Harry y su familia —Dijo, soltando un suspiro.
No dije nada de inmediato.
Solo que escuchar ese nombre me provocó una punzada en el pecho. Una
jodida molestia que me obligué a tragar.
—¿Vas a postular a fotografía?
Sophie se despegó un poco de mí y me miró con una mezcla de sorpresa y
algo de duda.
—¿Cómo sabes?
Sonreí, deslizando mis manos con calma bajo la hoodie, acariciando la piel
tibia de su cintura.
—No hay que ser un genio. Se nota en la forma que hablas de eso, en cómo
te cambia la cara cuando estás detrás de una cámara.
Su mirada no se despegó de la mía y una pequeña sonrisa se formó en sus
labios.
—Cuando era pequeña, vivíamos con mis abuelos. Tenían álbumes de fotos
por todas partes, llenos de fotografías de su vida. Viajes, familia, fiesta, fotos
de ambos. Me encantaba sentarme en el suelo a mirarlas mientras mi abuela
me contaba historias sobre cada una. Años después, ellos me regalaron una
cámara pequeña, que me hizo feliz por semanas. Me sentía como si tuviera
una llave secreta para guardar recuerdos.
No dije nada, solo dejé que mi mano siguiera dibujando círculos lentos en su
cintura, como si pudiera sostener eso que estaba compartiendo conmigo.
—A veces pienso en postular a fotografía y cómo sería mi vida —Agregó más
bajo—. Pero mi madre no lo ve como una opción real y no quiero
decepcionarla o que nuestra relación se vea afectada…
—Si te hace sentir viva, entonces es por ahí. A veces los demás no lo van a
entender, ni siquiera los que más queremos —Dije, sin soltarla—. Pero es tu
vida, no la de ellos. Y si eso te hace feliz con el tiempo deberían entenderlo.
Tú felicidad importa. Tú importas, Sophie.
Sophie me miró en silencio. Sus ojos brillaban.
—A veces me cuesta no sentir culpa por querer algo distinto.
—No es egoísmo querer ser feliz. Es necesario.
Mientras la miraba, una pequeña punzada me atravesó. Había dicho algo que
quizás Sophie necesitaba escuchar. Pero algo en mí me decía que no aplicaba
esa misma lógica para mí.
Es tu vida, no la de ellos. Me repetí en silencio. Y, sin embargo, ahí estaba yo,
atrapado entre la culpa y dejar ahí.
Probablemente era egoísta solo seguir con mi vida, como si nada hubiera
pasado.
Me quedé en silencio sin poder dejar de mirarla. Su rostro relajado en mis
brazos, sus pestañas y sus labios con restos de brillo labial. A veces, las
palabras son más fáciles de decir que de hacer. Lo sabía bien.
—¿Y tú? —Preguntó alzando la mirada—. ¿Siempre pensaste en estudiar
Dirección Audiovisual?
—En realidad, pensaba en estudiar Medicina.
Su expresión cambió, como si no pudiera imaginarme de esa manera.
—Un día Ruby me acompañó a visitar universidades. Yo no tenía mucho
interés y solo quería que terminara rápido para volver a casa, pero Ruby es
sociable e hizo amigas, así que me di una vuelta solo —Una pequeña sonrisa
se asomó en su rostro—. Y terminé en la facultad de Dirección Audiovisual.
Conocí a un chico, que iba en segundo año de la carrera y me contó todo
sobre ella. Me llevó a conocer la facultad y me mostró algunos proyectos.
Una punzada de dolor me atravesó. Me quedé en silencio un momento,
apartando la mirada.
—Y ahí te comenzó a llamar la atención la carrera —Completó Sophie en un
murmullo.
Asentí volviendo a verla.
—Después de eso, seguí hablando con el chico y me contó mucho más. Fue
como si alguien me mostrara una puerta que no sabía que existía. Supongo
que a veces está bien querer hacer algo diferente.
Sophie ladeó un poco la cabeza, con esa expresión que siempre parecía leer
más de lo que yo decía.
—Entonces me alegra que Ruby haya hecho vida social y tu hayas terminado
allí —Dijo, con una pequeña sonrisa.
No pude evitar soltar una risa baja. Esa forma suya de decir las cosas, medio
burlesca y sincera, tenía una facilidad ridícula para desarmarme por
completo.
—¿Y con el chico? ¿Siguen siendo amigos?
Mi sonrisa se desdibujó casi al instante. Me tensé un poco sin querer,
apartando la mirada por un segundo.
—Sí —Dije, con voz más baja—. Siempre lo seremos.
Decirlo en voz alta dolió un poco más de lo que esperaba.
Sophie no preguntó nada más. Solo se apoyó en mi pecho, sin decir palabra,
como si supiera que era mejor dejarlo así. Sus dedos pasaban por la mariposa
tatuada en mi mano, como si estuviera dibujándola.
Y el silencio se sintió menos pesado con su cuerpo cerca.
Cerré los ojos, respirando hondo.
A veces la gente se va. Aunque prometa quedarse.
A veces no tienes cómo evitarlo. Y lo más jodido es que te toca seguir igual,
arrastrando lo que no se resolvió, caminando con los huecos que quedan.
Pero ahí, en medio de todo eso, sentí algo distinto. No una solución mágica.
No un alivio absoluto. Pero sí una pausa.
El calor de su cuerpo contra el mío, el roce sutil de sus dedos, su respiración
tranquila.
Y por un momento, solo eso bastó.
Escena 9
Cuando la venda cae, el dolor no se disfraza
El chico subió los últimos escalones y caminó hacia la puerta del piso de su
amigo.
Golpeó la puerta con los nudillos y esperó.
Nada.
Volvió a tocar, esta vez con más insistencia.
Desde adentro se escucharon pasos acelerados y algo sonó a un pequeño
tropiezo.
La puerta se abrió de golpe. El rubio estaba despeinado, con la camiseta mal
puesta y el rostro ligeramente enrojecido. Miraba su celular hasta que la voz
del chico le hizo levantar el rostro con brusquedad.
—¿Te pillé en plena siesta o en algo más? —Soltó, con una sonrisa burlona.
El rubio no respondió. Se quedó inmóvil. Pálido, como si acabara de ver algo
que no se esperaba. Sus ojos se clavaron en el chico con una expresión difícil
de descifrar.
—Me hubieras avisado que venías —Murmuró el rubio, con una voz tensa,
casi acusadora.
El chico frunció el ceño.
—Tú me dijiste que me pasara por el piso —Respondió, sin entender del
todo.
El rubio pareció a punto de replicar, de inventar algo, pero antes de que
pudiera abrir la boca, una voz femenina llegó desde dentro del departamento.
—Ya encontré cambio para la pizza —Dijo ella mientras aparecía en el
umbral.
Se detuvo al verlo.
El chico abrió sus ojos, sorprendido al verla.
Era ella.
La mente del chico quedó en blanco. Dio un paso hacia atrás, como si eso
pudiera alejar lo que estaba en frente de él.
Ella llevaba una camiseta grande, claramente del rubio, recordaba haberlo
visto con esa camiseta varias veces porque era su favorita. Llevaba el cabello
revuelto y los labios hinchados, como si recién se hubiera levantado de una
siesta… o de algo más.
Y ahí lo entendió todo.
El chico sintió como el aire cambiaba de golpe, espeso y frío. Sus brazos se
tensaron a instante al igual que su mandíbula.
—Que gran amigo resultaste ser —Dijo el chico de manera irónica.
El otro cruzó los brazos, apoyándose con desgano en el marco de la puerta,
como si nada de lo que estaba pasando le importara demasiado.
—No empieces —Soltó ella—. Siempre haciéndolo todo más grande de lo
que es.
—¿En serio vas a pararte ahí, con su camiseta puesta, y decirme que estoy
exagerando?
Ella por un momento flaqueó su expresión. Sintiendo una punzada de
culpabilidad, pero la ignoró y volvió a hablar.
—Sí. Porque eso es lo que haces. Te enredas solo. Todo en tu cabeza debe
tener un significado profundo. Nadie puede simplemente… vivir contigo
cerca.
El chico apretó los dientes. Sentía los brazos tensos, la mandíbula rígida. Pero
no bajó la mirada.
—¿Y tú qué? —Le habló al rubio—. ¿No dirás nada?
El silencio fue denso por un segundo. Un segundo largo.
—Ella te dejó porque se cansó. Se harto que fueras tan complicado. Conmigo
no tuvo que pensar tanto. Simplemente dejarse llevar.
El chico negó con la cabeza como si no pudiera procesar que estaba pasando.
Porque a veces es así, las cosas pasan tan rápido que ni siquiera alcanzas a
procesarlo.
—Claro —Dijo el chico, dando un paso más cerca—. Porque tú eres simple,
¿no? Todo lo reduces a que, si no hay drama, todo está bien. A ti no te
importa nadie más que tú mismo.
—Siempre fue lo mismo contigo —Soltó el rubio con desprecio—. Ni una
puta idea decente. Estás ahí solo porque llegaste y supusiste que era tu
camino. No vas a llegar a ningún lado. Y lo sabes, Daniel.
El chico lo miró sin pestañar, sin moverse. Con el corazón golpeándole el
pecho.
—¿Quieres saber cuándo fue? —Continuó el rubio.
La chica le tomó el brazo, en un intento de impedir que hablara, pero el rubio
la ignoró y siguió.
—Fue en mi cumpleaños. Esa noche en que tú te fuiste antes, creyendo que
ella te iba a escribir o algo. Pero no lo hizo, ¿cierto? Porque estaba conmigo.
Daniel lo miró con una calma extraña, casi peligrosa.
—Siempre fuiste bueno en eso… En hacer ruido —Dijo al fin, tranquilo—.
Necesitas que todos te miren, que hablen de ti, que te admiren. Aunque no
tengas nada real que ofrecer. En las clases, en los pasillos, en los proyectos,
todo gira en torno a ti. Mientras más gente te aplaude, más crees que vales
algo. ¿O me equivoco, Aiden?
El rubio parpadeó, como si por un segundo no supiera que responder.
—Y claro, cuando viste que alguien no te miraba a ti —Continuó Daniel, más
bajo, más firme—. Hiciste lo único que sabes hacer: meterte en lo que no te
pertenece. No porque la quisieras. No porque te interesaba. Sino porque eso
es lo único que sabes hacer: competir. No sentir. Solo ganar.
Aiden se quedó inmóvil, como si esas últimas palabras lo hubieran congelado.
Pero Daniel ya no esperaba reacción. Se giró y comenzó a caminar hacia las
escaleras.
El silencio de atrás pesaba, pero no más que la verdad que acababa de salir.
Ya en la calle, el aire frío se le pegó de lleno. Cerró los ojos, respiró profundo.
Sentía una parte de sí misma rota, pero también más liviana.
Porque perder algo falso, no era perder realmente.
Era abrir espacio para que algo que sí valiera la pena.
45
Sophie
—¿Sigue con lo de fotografía? —Preguntó negando con la cabeza—. ¿De
verdad, Sophie? ¿Eso es lo que quieres hacer con tu vida?
Respiró hondo y se acercó a pasos lentos.
—Eso no es una carrera. Es un pasatiempo —Continuó mi madre—. Una
etapa, algo que se te va a pasar.
Me miró como si no pudiera entenderme. Como si yo fuera una decepción
envuelta en la piel de su hija.
Tragué saliva con dificultad.
—No es algo que se me va a pasar —Dije, en voz baja—. Me gusta, me hace
feliz. Quiero intentarlo.
Ella soltó una risa seca.
—¿Intentarlo? ¿Y qué vas a hacer cuando no resulte? ¿Vivir de lo ganas en
una miserable cafetería? ¿Ese es tu plan?
—Mamá…
—¿Sabes qué, Sophie? —Me interrumpió pasando una mano por su rostro—.
Si prefieres una vida de fracasos y exposiciones baratas, adelante. Vive ese
cuento. Pero no vengas a buscarme cuando te des cuenta de que perdiste la
oportunidad de tu vida.
Me quedé en silencio. Sentí como las palabras me atravesaban, punzantes,
precisas. Pero no dije nada más. Mi madre giró en seco y salió dando un
portazo.
Me quedé quieta, con las manos temblando y el pecho apretado. Sin saber si
sentarme, llorar o simplemente desaparecer.
Una lágrima se me escapó antes de que pudiera detenerla. Después otra. Y
otra.
Porque sí, tenía miedo.
Miedo a fallar.
Miedo a equivocarme.
Miedo a mirar hacia atrás y darme cuenta de que tal vez ella si tenía razón.
Pero también tenía miedo de vivir una vida que no era mía.
Caminé por mi habitación intentando aclararme.
Mi celular vibro y lo miré rápidamente sintiéndome ridícula.
No era él.
Y aun así lo esperaba. Como si su ausencia me pesara más de lo que quería
admitir.
Era estúpido. Ridículo. Apenas hacía unos días que no sabía nada de Daniel y
ya lo extrañaba como si hubiera pasado una eternidad.
Sentía que me estaba asustando.
Porque esa sensación en el pecho… no era solo deseo.
No era solo un juego.
Era otra cosa.
Una que no sabía si estaba lista para enfrentar.
46
Sophie
La galería no era tan grande como parecía afuera, pero era perfecta. Tenía un
calor de hogar increíble y mis ojos le dieron un repaso todo cuando entramos.
No sabía por dónde empezar, quería ver todo, saber de quienes eran las
obras. La gente caminaba en silencio y lento.
Daniel a mi lado, llevaba las manos en los bolsillos de su pantalón y usaba
una camiseta negra. Estaba con una expresión relajada mirando cada obra.
Me detuve frente de una imagen de una mujer sentada en un jardín. Llevaba
una expresión triste, donde la luz iluminaba, lo demás estaba en blanco y
negro.
—¿Qué ves? —Preguntó Daniel llegando a mi lado.
—Lo bien que las emociones puedes traspasar una cámara. No sé si será la
forma en que la capturan o la persona puede expresar eso. Quizás ambas.
—Bueno… la fotógrafa lo respondió en una entrevista. Creo que está en la
revista Blakemagic.
Solté una risa.
—¿Te preparaste para esto?
—Tengo que impresionarte de alguna manera ¿no? —Dijo.
Sonreí y seguimos caminando al siguiente cuadro. Había una pareja
discutiendo sobre la calle, o eso daba a entender la fotografía.
—Nosotros lo hacemos mejor —Murmuró Daniel mirando la foto.
—Ya, que egocéntrico.
Se encogió de hombros con una sonrisa.
—Gracias. Gracias por invitarme —Le dije sinceramente.
—¿Y perderme la oportunidad de ver tus ojos brillar con cada fotografía? Ni
loco.
Sonreí sintiendo mis mejillas ruborizarse y me resistí las ganas de besarlo.
Seguimos mirando cada fotografía y hablando entre algunas. Pasamos a la
siguiente habitación de la galería, donde estaban las pinturas.
Daniel se quedó parado frente a una y giré mi rostro para ver. Frunció el ceño
un poco y cuando se acercó a leer el nombre se quedó inmóvil. Sus hombros
se pusieron tensos. Entreabrió un poco los labios y examinó un poco el lugar.
—¿Todo bien? —Me acerqué.
Asintió poco confiado, volviendo su vista a mí.
—¿Daniel?
Una voz de una mujer, clara y suave. Lo pronunció con una pizca de duda,
pero también de emoción.
Daniel dirigió su mirada a la mujer y me di media vuelta.
Estaba de pie frente a nosotros, llevaba un abrigo beige y el cabello recogido
en moño perfectamente realizado. Su cabello era oscuro, no tanto como el de
Daniel, y unas ondas la acompañaban. Una cartera colgaba de su hombro y
sus ojos mostraron un poco de duda. Sonrió levemente.
—Mamá —Murmuró Daniel.
Me moví a un lado cuando la mujer comenzó a caminar hacia Daniel. Le
examinó el rostro y su sonrisa se ensanchó. Pero el pelinegro estaba tenso, lo
podía notar a kilómetros.
—No sabía que tus pinturas estarían aquí —Dijo en voz baja Daniel sin
moverse de su lugar.
—Fue todo un poco rápido. Solo son unos días —Respondió sin dejar de
mirarlo—. Te iba avisar.
Nadie dijo nada unos segundos. Este silencio era totalmente diferente al resto
de la galería. Un poco frío. Un poco incómodo.
—No has ido a casa… —Habló su madre—. Hace un tiempo no nos vemos.
Daniel soltó un suspiro y la mirada de la mujer cayó sobre mí. Sonreí un poco
y ella me devolvió la sonrisa.
—Lo siento. Hola —Me saludó—. Soy Kimberly, su madre.
—Soy Sophie —Sonreí.
Daniel dio un paso a mi lado, como si quiera que sintiera su presencia. Su
madre dio un paso hacia atrás, pero todavía estaba cerca y volvió la mirada a
su hijo.
—El encuentro familiar se acerca, ¿vendrás? Ruby ya confirmó.
—No me llamaste para mi cumpleaños —Murmuró Daniel, sin reproche.
El silencio volvió a reinar entre nosotros hasta que Kimberly lo rompió.
—Supuse que estabas ocupado —Respondió—. Y tu padre esos días estaba
resolviendo algo en su trabajo, pero claro que nos acordamos. ¿Cómo lo
podríamos olvidar? Eres nuestro hijo, Daniel.
El chico a mi lado tensó la mandíbula y quise tomar su mano, pero me
contuve.
—Me gustaría… me gustaría que me contarás como has estado. Quiero saber
que ha sido de ti estos meses. La universidad, el piso —Daniel no se movió,
no respondió. Simplemente se quedó allí—. Hay una cafetería cruzando la
calle, podríamos ir. Los tres. Yo invito.
Daniel volvió su mirada a mí, unos segundos y le sonreí un poco. No me
molestaba acompañarlo, si necesitaba mi apoyo, yo podía estar.
Tomó aire y lo sacó finalmente asintiendo.
—Está bien.
Kimberly sonrió aún más y volvió su mirada a mí.
—Gracias —Se alejó unos pasos aun sonriendo, pero volvió a hablar—.
Hablaré con unas personas y ya nos vamos. Espérenme.
Asentí con la cabeza cuando vi que Daniel no se movió. Cerró los ojos unos
segundos y me volví hacia él. Esta vez no me contuve y pasé mis manos por
sus brazos hasta terminar en sus hombros tensos. Quise enrollar mis manos
en su cuello, pero pensé que sería mucho.
Daniel chocó su mirada con la mía y la relajó solo un poco. Su mandíbula
seguía tensa.
—Si te quieres ir... —Murmuró
Negué con la cabeza.
—Claro que no —Respondí.
Miró hacia donde su madre, que nos estaba dando la espalda, y tomó mi
mano. Entrelazó nuestros dedos y le di un pequeño apretón mientras
seguíamos mirándonos. Y aunque no me dijo nada, sabía que había muchas
palabras atoradas dentro.
Nos quedamos así unos segundos más.
Sintiéndonos, apoyándonos.
Y ahí lo entendí.
Quizás en el momento menos adecuado.
Porque así a veces pasa, ¿no? Hay verdades que llegan en medio del caos,
que florecen tomándote por sorpresa.
Y ahí entendí que esto para mí ya no era un simple juego, ni algo que pudiera
disfrazar de amistad o de una promesa a medias.
No lo quería cerca solo porque fuera fácil reír con él o porque me diera vuelta
el estómago cuando me rozaba el brazo.
No era solo deseo.
No era solo compañía.
Era algo más. Era ese algo al que tanto intenté controlar y frenar.
Algo que se estaba arrastrando sin pedir permiso.
Y que también me asustaba.
Porque, aunque supiera que podría doler, parte de mí ya había empezado a
elegirlo.
Y ese juego.
Ese que prometimos controlar.
Yo ya lo estaba perdiendo.
47
Daniel
La cafetería estaba un poco vacía, pero sentía como que el lugar fuera
pequeñísimo. Como si las paredes cada vez se acercaran más a nosotros.
Sentía una sensación de incomodidad, como un sabor amargo en la boca, el
corazón un poco apretado.
Nos indicaron una mesa al lado de una ventana alta. Dejé a Sophie pasar
primero y me senté a su lado, mi madre se sentó en frente. Traté de llevar mi
atención a la decoración de la cafetería, pero mis pensamientos caían en la
misma frase.
No estaba preparado para esto.
Sophie tomó mi mano bajo la mesa y dejó ambas manos sobre su muslo.
Volví mi mirada a ella y me sonrió un poco. Solté el aire contenido
acariciando el dorso de su mano.
—¿Quieren algo en especial? —Preguntó mi madre leyendo el menú del
lugar.
—Un americano está bien —Respondí simplemente.
—Para mí un chocolate caliente, por favor —Dijo Sophie con una leve sonrisa
y cuando volví a verla una sonrisa se formó en mis labios unos segundos.
Me acomodé en la silla, pero seguía bastante incómodo. Mi madre no me
llamaba, ni hablar de mi padre y ahora nos encontrábamos en un café
tratando de ponerla al día.
Que irónico era todo esto.
Ambos sabíamos que volveríamos a hablar en un par de meses
probablemente hasta navidad o año nuevo.
Y aunque estuviera aquí la sentía lejana. Tan lejana que me dolió.
—¿Cómo va la universidad? —Preguntó, luego de que una chica nos tomara
los pedidos.
—Bien —Respondí.
—¿Sigues en Dirección Audiovisual?
—Sí.
Sophie me dio un pequeño apretón en la mano, distrayéndome del
pensamiento de decirle a mi madre que si tanto le interesaba podría haberme
llamado, aunque sea cinco minutos. Solo una llamada. Aunque sea una vez a
la semana.
Y sentí que Sophie se había preocupado más por mí en estos últimos meses,
mucho más que mi madre en años.
—¿Y te gusta tu carrera?
—Si, estoy haciendo informes y editando algunos videos.
Los ojos de mi madre se iluminaron y sonrió.
—Me gustaría verlo cuando esté terminado.
Ya, eso no. No creo que sea posible. No me gustaba mostrar esos trabajos.
Asentí sin decir nada y mi madre se volvió a Sophie.
—¿Y tú, querida? ¿Qué estudias?
Sophie sonrió un poco incomoda, como esperando una crítica que sabía que
vendría. Sonrió nerviosa.
—Ahora me estoy preparando para el examen de admisión y estoy
trabajando en una cafetería en una universidad. El próximo año me gustaría
entrar a estudiar una carrera.
Mi madre sonrió.
—Es una gran etapa esa. Puedes descubrir que es lo que realmente te
gustaría hacer con tu vida, disfruta mucho Sophie.
Le acaricié el dorso de la mano y sonrió de vuelta a mi madre, esta vez de
verdad. Y sentí que pude respirar un poco más.
La mesera llegó con lo pedido y creo que dio la impresión de que comenzó el
momento de hablar. De hablar un poco más en serio.
—Daniel…—Empezó mi madre—. Se que nos hemos alejado, pero no me
gustaría que esto siguiera así. No pretendo solucionarlo todo con un café,
pero quería intentarlo… que habláramos.
No supe que responder. Ella quería hablar, ahora, pero no cuando realmente
lo necesitaba.
No cuando necesitaba una llamada.
No cuando perdí a mi mejor amigo.
No cuando tuve que iniciar de cero.
Ella quería hablar ahora, cuando tenía bastantes cosas resueltas.
Necesitaba una llamada, alguien que me apoyara. Porque, aunque estuviera
rodeado de personas, eran como fantasmas. No me sentía allí. Quería hablar
con mi madre. Que no me hubiera dejado. Que no me hubiera dejado
hundirme con la culpa.
Respiré hondo y mi madre volvió a hablar, pero esta vez a Sophie.
—¿Se conocen hace mucho tiempo?
—No tanto la verdad, pero dicen que el tiempo no importa tanto ¿no? —
Soltó una risa y mi madre la imitó.
—¿Y ustedes… están juntos? —Preguntó con una sonrisa sutil, casi como si
no quisiera incomodar.
—Somos amigos —Solté, casi sin pensar.
El silencio se sintió raro, por un segundo.
Denso.
La palabra se quedó flotando en el aire y, por alguna razón, no encajaba del
todo.
No sonaba como algo que quisiera decir en voz alta.
Como si no definiera nada.
Sentí el leve aflojé de la mano de Sophie.
No fue brusco, apenas un cambio en la presión de sus dedos entrelazados
con los míos.
Volteé a verla, pero ella no me devolvió la mirada.
Seguía fija en mi madre, como si no hubiera pasado nada.
Amigos.
No supe por qué esa palabra me dejó un sabor amargo en la boca.
Ni por qué sentí que algo se me escapaba entre los dedos.
—Me alegro de que hayan ido a la galería —Cambió de tema mi madre—.
Cuando Ruby y Daniel eran pequeños, siempre los llevaba conmigo.
Sophie imitó la sonrisa de mi madre.
—¿Les gustó?
—Sí, muchísimo —Respondió con sinceridad, en ese tono que usaba cuando
hablaba de algo especial para ella—. Me encantó. La fotografía siempre me
ha llamado la atención. La manera en que las emociones puedes traspasar
una cámara, cómo un gesto o una mirada pueden contar una historia sin
necesidad de palabras.
Mi madre separó los labios y volvió a sonreír.
—Conozco de pintura, pero tambien un poco de fotografía. Cuando quieras te
puedo enseñar unas técnicas o pasarte contactos de academias o buenas
facultades de fotografía —Sophie la miró atenta y mi madre siguió—. Cuando
quieras.
—Gracias —Murmuró Sophie.
Mi madre volvió su vista a mí, con una mezcla de duda.
—Por cierto, como se acerca el encuentro familiar. Pensaba en hacer algo en
casa esta vez. Me gustaría que vinieras —Miró a Sophie unos segundos—.
Claro también estás invitada, me encantaría conocerte más.
—Lo pensaré —Solté.
—Está bien —Respondió ella sin insistir—. Solo… piénsalo.
Tomé un sorbo de mi café amargo y miré por la ventana unos segundos.
Sentía el calor de su mano, ahí, constante, mientras todo lo demás parecía
moverse rápido y sin control.
Sentía cierta incomodidad que no supe disimular del todo. Era raro, hace casi
un mes no hablábamos y ahora parecía un intento de reconstruir algo. Como
si ahora hubiera una ruta trazada hacia ese lugar que antes llamábamos hogar.
Los minutos pasaron antes de lo esperado y aunque la mayor parte del
tiempo habló Sophie y mi madre no pude evitar sentirme incómodo. Mi
madre se disculpó diciendo que tenía que volver a la galería y se despidió de
ambos haciéndome prometer que pensaría lo de su cumpleaños.
Unos momentos más tarde, salimos de la cafetería en silencio. Como si las
palabras se hubieran quedado en la mesa junto a las tazas vacías.
Decidimos caminar en silencio bajo el atardecer unos minutos antes de
volver al auto, me sentía todavía tenso y con algo más.
El aire se sentía cargado. Como si algo se hubiera suspendido entre nosotros
que ninguno se atrevía a nombrar.
La miré de reojo. Su cabello castaño se movía suave con el viento, y por un
segundo me pregunté si todo esto era real. Si ella estaba ahí de verdad,
después de todo.
—Perdón —Dije rompiendo el silencio—. Por lo de la galería. Por casi
arrastrarte a la cafetería.
Sophie negó suavemente con la cabeza.
—No me sentí incómoda, Daniel. Te acompañé porque quise, no porque me
sintiera obligada —Sonrió levemente—. De hecho, me agrado que pudieran
hablar. Se notó que había intensión.
Pateé una pequeña piedrecita en el camino.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
Me costó responder. No por no saber qué decir, sino porque todavía no
entendía del todo cómo ponerle nombre a eso que sentía.
—No lo sé —Dije al fin—. Es raro. Hace un tiempo que no hablábamos y
ahora apareció como si nada. Como si hubiéramos hablado todos los días,
como si supiera de mi vida. Como si supiera de mí. Como si solo fuera cosa
de sentarse a tomar un café y ya.
Sophie no respondió de inmediato. Pero su mirada contra la mía, sí.
—A veces la gente cree que puede arreglar todo con un gesto —Dijo al fin,
suave—. Pero eso no significa que tengas que aceptarlo si todavía no estás
listo. No estoy diciendo que está mal que lo intente, de verdad se notaba que
quería acercarse. Solo que entiendo que no sea tan fácil para ti.
Sonrió levemente. Una sonrisa tranquila, sin presión.
Solo estaba ahí.
Y por un segundo, me pregunté por qué no era más complicado con ella.
Por qué no me costaba más hablar, por qué sus palabras no se sentían como
una obligación.
Apartó la mirada, como si intentara romper ese momento.
—¿Recuerdas que te debo tu regalo de cumpleaños? —Preguntó de pronto,
con una sonrisa algo traviesa.
Fruncí el ceño, confundido, y antes de que pudiera decir algo, tiró de mi brazo
hacia la entrada de una tienda. Una pequeña tienda de discos de vinilo, con
una vitrina algo empolvada y música suave sonando desde dentro.
Entramos.
—Elige el que quieras —Dijo ella, soltándome—. Ese será tu regalo.
La miré en silencio mientras se alejaba un poco para ver la sección de rock
clásico, y pensé que no quería un disco.
No era algo material lo que esperaba de ella. No, no lo era.
48
Sophie
Unos días después
El mensaje llegó apenas salí de la cafetería.
Alto en ego
Baja al estacionamiento.
Te llevo a tu casa.
O tal vez a tu casa no.
Mi corazón dio un pequeño vuelco que no debería.
No después de todo.
Guardé el celular sin responder y respiré hondo, como si eso fuera a calmar
algo. Bajé al estacionamiento en silencio, sintiendo como el aire cambiaba a
cada paso.
Ahí estaba él, apoyado contra su auto, con las manos en los bolsillos de la
chaqueta y la mirada en el piso. Cuando levantó los ojos y me vio, una parte
de mí se tensó, como si todavía no supiera qué hacer con todo lo que sentía.
—¿Tu nuevo lugar seguro es este estacionamiento? —Pregunté llegando a su
lado.
Daniel sonrió de lado.
—Al menos aquí nadie interrumpe —Respondió mientras miraba brevemente
a su alrededor y se acercaba bastante a mí—. Y tengo buena compañía… a
veces.
Levanté y bajé las cejas de un tirón.
—Interesante —Respondí en el mismo tono burlón que usó.
Di un paso hacia atrás y me subí en el asiento del copiloto, sin decir nada, con
la respiración un poco más desordenada de lo que me gustaría admitir. Daniel
dio la vuelta para entrar por el lado del conductor.
El parabrisas daba directo a una pared sin mucho que ver, pero el aire entre
nosotros estaba cargado.
—Linda vista, ¿no? —Dijo, con una sonrisa ladeada.
Giré a verlo y él ya estaba mirándome.
—Solo cuando estoy decidiendo si golpearte o besarte.
—O las dos —Respondió en voz baja, y sin pensarlo más se inclinó hacia mí.
Sus labios se encontraron con los míos con una mezcla de impulso y
familiaridad que casi me rompió. Casi.
Porque unos segundos después me separé.
No podía seguir con esto.
Ya no más.
Negué con la cabeza sin apartar la mirada.
—No. No puedo, Daniel. Ya no.
Él se quedó inmóvil, con los labios entreabiertos, como si no supiera qué
decir. Sus ojos me buscaron, pero yo ya no lo estaba mirando.
—No sé en qué momento pasó —Empecé, sintiendo como mi voz temblaba
apenas—. Pero comencé a sentir cosas que no debería. Ya no era solo un
juego. Empecé a disfrutar cosas pequeñas, cosas que antes no me
importaban. A buscarte más de lo que quería admitir. Me confundí. Me
ilusioné. Y aunque traté de separar todo, de recordarme que era un juego. Lo
perdí, perdí ese juego, Daniel.
Solté el aire como si llevara días conteniéndolo.
—Nunca quise ilusionarte, Sophie —Murmuró—. De verdad que no.
—Pero igual lo hiciste —Dije en voz baja, sin reproche, sin suavidad.
Lo miré tratando de mantenerme firme, aunque por dentro todo se me
estuviera desarmando.
—Empezamos a actuar como algo que no éramos. Con actitudes, palabras y
cosa. Y quizás no eran para ilusionarse, pero yo lo hice. Y…
—Sophie, no puedo tener una relación ahora —Me interrumpió, sin dureza,
pero con una claridad que me partió en dos.
Asentí despacio, apartando la mirada un segundo para poder respirar. Cuando
volví a alzarla, supe que mis ojos decían más de lo que yo quería.
Trató de tomar mi mano, pero la aparté antes. Necesita que mantuviéramos
la distancia, especialmente físicamente. Su mirada me dio a entender que le
había dolido que me haya apartado.
Pero lo necesitaba. Por mí.
—Entonces necesito que no me trates así. Que tomes la distancia
correspondiente de un amigo. Que no me confundas más.
No respondió. Solo me miró. No con más culpa. No con más pena. Sino con
algo más quieto, más real.
Daniel desvió apenas la mirada, como si intentara ordenar lo que iba a decir.
—Solo… a veces no sé cómo estar cerca tuyo sin que se me note.
—¿Notar qué? —Pregunté, conteniéndome.
—Que te quiero más de lo que debería —Murmuró, apretando la mandíbula
—. Pero eso no cambia lo otro.
Solté una risa baja, triste.
—Entonces tal vez no deberías acercarte. Porque no eres el único que se
confundió. Yo también lo hice. Y ahora me estoy esforzando por no hacerlo
más.
El silencio se instaló entre nosotros como una pared. Ni el eco del
estacionamiento lograba suavizar la tensión que quedó colgando en el aire.
—Sobre el reencuentro familiar… —Dije al fin, con la voz más estable de lo
que sentía.
—No hace falta que vayas —Me interrumpió él, rápido, casi con culpa.
—Ruby me envió un mensaje ayer. Ya confirmé —Respondí sin dudar,
mirando hacia otro lado por un segundo—. Lo hago porque me comprometí.
Porque cumplo mi palabra.
Daniel asintió levemente, pero luego alzó la vista, con una chispa amarga en
los ojos.
—¿Eso fue una indirecta para mí?
—No. ¿Por qué? ¿Debería serlo? —Respondí, sosteniéndole la mirada sin
retroceder.
Y por un momento, nos quedamos así. En silencio. Mirándonos como si
quisiéramos decir todo lo que ya no podíamos decir.
Llevé la mano a la manilla de la puerta. Necesitaba salir. Respirar. Alejarme
antes de seguir rompiéndome más de lo necesario.
—Mañana puedo pasar por ti —Dijo, en voz baja—. Como amigos, claro.
Asentí con un leve movimiento, sin mirarlo.
Justo antes de que pudiera abrir por completo, su mano buscó la mía,
deteniéndome. Fue apenas un roce, pero lo sentí en todo el cuerpo. Me soltó
rápido, como si quemara.
—Perdón —Murmuró—. Perdóname por todo.
—No —Susurré—. Perdóname a mí. Por confundir las cosas.
Daniel negó con la cabeza, dolido. Iba a volver a hablar, pero fui más rápida y
salí del auto, cerrando la puerta tan suavemente que dolía.
Salí del auto con el corazón apretado.
Salí justo como había querido evitar sentirme. Lastimada.
Y no podía culparlo.
Tampoco podía culpar a mi corazón.
A veces no hay culpables. A veces las cosas simplemente pasan, y estamos
tan acostumbrados a buscar a quién culpar, que olvidamos que a veces las
circunstancias simplemente no son lo que esperábamos. No siempre hay una
razón clara, no siempre hay alguien a quien señalar. A veces, las cosas solo
suceden, sin más, y uno tiene que aprender a vivir con ello, aunque no sea
justo.
49
Sophie
El cinturón me apretaba más de lo normal o tal vez era solo la sensación. Mi
mirada se perdía en la ventana, tratando de concentrarme en algo más que
en el ambiente incómodo en el auto. La canción de John Mayer comenzó a
sonar suavemente, “Slow Dancing in a Burning Room”, y me encontré atrapada
por las notas suaves.
Daniel conducía con una mano en el volante, sus nudillos más blancos de lo
normal, y con la otra en su regazo, golpeando ligeramente su dedo contra el
jeans al ritmo de la música. Me sentía un poco atrapada entre la melancolía
de la canción y el silencio denso que se había instalado entre nosotros.
De repente, sentí su mirada, algo pesada, como si estuviera fijándose en algo
más allá de la carretera. No pude evitar voltear a mirarlo, pero enseguida
aparté la vista. No era el momento para hacer algo más que seguir adelante.
La música seguía sonando suavemente en el auto, y el silencio se había
instalado entre nosotros de una manera incómoda, como si ambos
estuviéramos atrapados en lo que no habíamos dicho.
De repente, Daniel rompió el silencio, su voz tranquila pero cargada de algo
que no supe identificar.
—Te va a dar frío —Dijo, señalando mi falda con una mirada breve, pero
significativa.
Me miré en el reflejo del cristal, observando mi elección de ropa. No sabía
qué ponerme, realmente. No estaba segura de por qué había elegido eso.
—No sabía qué ponerme —Murmuré, casi para mí misma.
—Así estás perfecta.
Lo miré, no pude evitar notar el peso en sus palabras, pero en lugar de
profundizar en eso, solo lo dejé pasar volviendo mi vista a la ventana.
—Perdona —Dijo en voz baja, como si se hubiera dado cuenta de que dijo
algo fuera de lugar.
Me quedé en silencio por un momento, sin saber que decir, y finalmente
carraspeé.
—No te preocupes.
—Si tienes frío, te puedo prestar algo. Todavía tengo algo de ropa en mi
antigua habitación.
Miré hacia abajo, considerando la oferta, pero no quise profundizar.
—Está bien, no te preocupes —Respondí de manera corta.
Daniel soltó un suspiro, pero finalmente asintió con la cabeza sin presionar
mucho más. Cosa que agradecí.
El aire en el auto se volvió denso, aunque no de manera incómoda, sino más
bien tranquila. Nadie habló más, y el sonido de la música fue lo único que
acompañó el resto del camino. Solo el suave ruido de las llantas sobre el
asfalto y el susurro de la canción completaban el silencio que se había
establecido entre nosotros.
Pasaron unos minutos, y luego una hora o algo más. Hasta que llegamos a
una casa blanca. Era de dos pisos y tenía un jardín delantero hermoso.
Finalmente, el sonido del motor se apagó, y el silencio volvió a apoderarse del
auto.
Hasta que no aguanté.
—¿Estás nervioso? —Pregunté en voz baja, girándome apenas hacia él.
Daniel me miró, sus ojos se encontraron con los míos por un segundo, antes
de asentir levemente, casi con resignación.
—Un poco, sí. Hace tiempo que no volvía y todo siempre es un poco extraño
—Hizo una pausa, luego agregó, con voz más baja—. Pero si tú te sientes
incómoda, no tengo problema en irnos antes de…
—Está bien —Lo interrumpí. Lo miré rápido, sin sostenerle demasiado la
mirada—. Por mí, está bien.
Asintió, pero no dijo nada más. Por un instante, el silencio pareció más denso.
No incómodo del todo, pero sí lleno de palabras que ya no podían decirse.
Abrí la puerta del auto y bajé, sintiendo cómo el aire fresco me golpeaba de
frente. Di unos pasos esperando que Daniel también bajara. Cuando lo hizo,
lo vi soltar un suspiro como si tuviera que sacarse de encima algo más.
—Vamos —Murmuró.
—Vamos —Repetí, apenas audible—. Estoy contigo.
Daniel volvió a verme, sin disimulo alguno. Como si esas palabras lo hubieran
detenido en seco. Sus ojos se clavaron en los míos, y durante un instante, fue
como si algo pasara por su expresión.
Algo que no supe leer del todo. Ni quise.
Me obligué a apartar la mirada y a empezar a caminar. Ya no éramos lo que
habíamos sido. Y justo por eso, necesitaba que mis pasos fueran firmes.
Y aunque estaba ahí, aunque el ambiente pudiera confundir, no era una
rendición. Era respeto. Por lo que sea que tuvimos. Porque, incluso entre todo
lo que cambió, ser amigos todavía significaba estar. Y porque no iba a
traicionarme a mí misma. No podía hacerlo.
Justo cuando terminé de acomodarme el bolso al hombro, Daniel subió los
escalones y golpeó suavemente la puerta, con esos toques medidos que
parecían romper el silencio tenso entre nosotros.
Ruby sonrió en cuanto nos vio y me dio un pequeño abrazo.
—Temía que hubieras escapado de Daniel y que nunca más nos volveríamos
a ver.
Traté de sonreír sintiendo la mirada de Daniel, silenciosa, contenida.
—Hola, Ruby. También me alegra verte.
Le dio un pequeño abrazo a Daniel, el cual se le devolvió en un gesto rápido.
Bastante rápido.
—Gracias por ser tan cariñoso como siempre —Ruby me miró—. Siempre ha
odiado el contacto físico.
Daniel desvió la mirada mientras caminábamos por el pasillo, como si ya
conociera cada sombra que proyectaban las paredes. Yo, en cambio, no pude
evitar observar todo. Era una casa cálida, vivida, donde el tiempo parecía
haberse tenido en algunas esquinas.
En una repisa, sobre una mesa de madera algo desgastada, vi varias
fotografías. Algunas eran de niños pequeños. —uno de ellos con el cabello
revuelto y el ceño levemente fruncido que solo podía ser Daniel, y otra, con
unos ojos brillantes y una sonrisa, seguramente era Ruby.
Junto a ellas, había algunas pinturas, probablemente de Kimberly, y dibujos
escolares firmadas con los nombres de Daniel y Ruby, que me arrancaron una
sonrisa involuntaria.
—Mi madre nunca quiso quitarlas —Murmuró Daniel y volví a verlo—. Dice
que le recuerdan a los años tranquilos.
—Es un lindo gesto. Las fotografías conservan lindos momentos.
Daniel me sostuvo la mirada por un segundo más de lo necesario, pero no
dijo nada. Ruby, quien nos miraba desde el marco de una puerta, nos hizo una
seña para seguirla.
Kimberly estaba sacando algo del horno y cuando nos vio su sonrisa se
ensanchó y sus ojos brillaron. Se acercó a Daniel y acarició un poco su
cabello antes de dejar un beso en su mejilla. Sonreí sin querer.
—¡Viniste!
Daniel guardó sus manos en los bolsillos asintiendo con la cabeza y su madre
se dirigió a mí sonriendo.
—Gracias por venir, Sophie —Me dio un pequeño abrazo—. Tu padre esta
fuera Daniel, pueden ir a saludarlo y decirle que venga para que comamos
pastel de zanahoria.
Los ojos del chico brillaron un poco y me hizo una seña con la cabeza para
que lo siga. Ruby soltó una risa caminando hacia su madre.
Se quedó quieto cuando en el ventanal se vio la figura de un señor vestido
con camisa y un pantalón. Tenía algunas canas en su cabello oscuro y llevaba
lentes mientras miraba el periódico.
—Ve —Murmuró Ruby sobresaltándonos—. Perdón. No quería asustarlos.
Daniel negó quitándole importancia.
—¿Vamos?
—Vamos —Afirmó luego de soltar un suspiro.
Caminamos juntos por el pequeño jardín y cuando llegamos frente a su padre,
levantó la mirada. Tenía una mirada seria, recorrió a Daniel de arriba abajo y
luego pasó hacia mí. Frunció un poco el ceño, pero finalmente se levantó
quedando unos centímetros bajo Daniel.
—Papá —Murmuró.
—Daniel —Dijo sin una pizca de emoción—. Pensé que no vendrías, como
ya se te olvidó de dónde vienes.
El chico apretó la mandíbula sosteniéndole la mirada y el señor pasó su
mirada a mí.
—¿Tu eres?
—Soy Sophie —Extendí mi mano—. Un gusto.
El señor me miró unos segundos antes de finalmente tomar mi mano.
—Un gusto, soy James —Miró a Daniel unos segundos antes de hablar—.
¿Y? ¿No me dirás que son?
Una punzada me atravesó el pecho antes de siquiera de poder evitarla.
—Somos amigos —Respondí, ganándome la mirada de Daniel, que se giró
hacia mí con una mezcla difícil de leer.
Lo miré por un segundo, sintiendo un peso invisible, pero rápidamente volví la
vista hacia James.
James levantó las cejas incrédulo antes de negar con la cabeza.
—Ya, amigos —Le tocó el cabello a su hijo y este se alejó lentamente—. No
te has cortado el cabello y espero que no aparezcas con más de esos
dibujitos en tu piel.
Daniel apretó la mandíbula.
—¡Mamá dice que vengan! —Gritó Ruby salvando la situación.
James sonrió un poco falso y nos hizo una seña con su mano.
—Pasen, por favor. Sophie, estas en tu casa.
La incomodidad me invadió, pero finalmente asentí.
—Gracias.
Ruby esperó a que llegara cerca de ella antes de dar media vuelta y comenzar
a caminar hacia la cocina.
—Comeremos pastel de zanahoria —Le dio una mirada a Daniel—. Yo
quería de chocolate, pero a Daniel no le gusta ningún otro pastel.
Traté de no mirara a Daniel recordando el pastel que compró Ivy el día de su
cumpleaños, la mueca de Daniel y como también rechazó un segundo
pedazo.
—No es así
—Claro que es así, Daniel —Ruby rió—. Solo de zanahoria.
No pude evitar reí mientras Kimberly negaba con la cabeza, divertida. Daniel
solo rodó los ojos.
Kimberly nos apuntó un puesto a Daniel y a mí, uno al lado de otro, el chico a
mi lado tenia los hombros tensos y podría jurar que estaba mordiéndose la
mejilla por dentro. Frente a nosotros estaban Ruby y Kimberly y en la punta
de la mesa, James.
En el aire flotaba la tensión.
—Bueno, ¿Cómo vas con eso de jugar a dirigir películas?
—Papá —Murmuró Ruby y James se encogió de hombros.
—Dirección Audiovisual. Y bien, gracias.
Kimberly se aclaró la garganta y ofreció un poco de pastel de zanahoria que
todos aceptamos con una sonrisa, excepto Daniel, que agradeció cuando el
trozo estuvo en su plato.
—¿Y tú, Sophie? Déjame adivinar, estudias lo mismo que mi hijo.
Negué con la cabeza y Daniel me dedicó una mirada.
—En verdad no estoy estudiando ahora mismo, estoy trabajando y
preparándome para el examen de admisión. Estaba un poco confundida con
respecto a que estudiar, por lo que decidí tomarme un año.
El padre de Daniel soltó una risa sarcástica ganándose la mirada de todos en
la mesa.
Daniel colocó una mano sobre mi rodilla, como si fuera una advertencia
silenciosa, una especie de señal muda de lo que podía pasar si la
conversación seguía por ese camino.
Me miró, directo, y por un segundo supe que no era solo un gesto al azar.
Pero antes de que pudiera apartar su mano, James volvió a hablar,
arrastrando la atención de todos de vuelta a él.
—Los gustos de mi hijo ¿no? —Negó con la cabeza—. Por lo menos, Sophie
tuvo la decencia de decirlo.
Tragué un poco incómoda.
—Nadie me preguntó, pero me parece bien que te tomes un año para ti —
Murmuró Ruby con una pequeña sonrisa que le devolví.
—¿Un año de vacaciones? —James rió irónico—. Como son las
generaciones de hoy en día. Y tú Daniel, de nuevo sin saber elegir bien.
—Papá —Murmuró Daniel en advertencia, con la mandíbula tensa.
Sentí como una punzada, pequeña, pero certera, se instalaba en el centro de
mi pecho. No era la primera vez que alguien cuestionaba mis decisiones, pero
dicho en ese tono, en ese contexto dolía distinto.
Bajé un poco la mirada a mi plato, intentando no reaccionar.
—¿Todavía estas viviendo con ese chico en ese piso a medias?
—Sí, y se llama Lukas.
James levantó las cejas y Kimberly le dedicó una mirada.
—Podrías invitarlo a casa —Propuso Kimberly—. Nos gustaría conocer a tus
amigos.
—Mamá, no tiene diez años —Murmuró Ruby.
—Parece que hay que tratarlo como si los tuviera —Dijo James—. Por otro
lado, Ruby, que si nos cuenta de su vida. Está comprometida con Alex.
La chica pasó una mano por su rostro. Bajé la mirada a su mano que sostenía
la taza y, en uno de sus dedos, había un anillo brillante.
Sonreí, pero cuando volví a Daniel, lo entendí.
A acababa de enterarse.
—No quería contarlo así, pero ya que estamos… Sí, con Alex estamos
comprometidos.
El chico a mi lado frunció el ceño levemente.
—¿Y todos sabían menos yo? —Preguntó Daniel ganándose la mirada de
todos.
—Te iba a contar… es decir, vamos a anunciarlo hoy en la pequeña fiesta de
mamá.
El ceño de Daniel seguía marcado, pero no dijo nada. Solo bajó la mirada
hacia la mesa, como si necesitara procesarlo. Su mandíbula seguía igual de
tensa y su mano, la que aún descansaba sobre mi rodilla, parecía haberse
también tensado.
Bajo la mesa pude ver cómo se le marcaban levemente los tendones de la
mano. Acerqué mi mano y le di un leve apretón, breve, apenas perceptible.
Un gesto sin palabras.
Daniel no me miró, pero sus dedos se aflojaron ligeramente.
—Si nuestros padres saben es porque ya hiciste esa pequeña fiesta de
compromiso de celebración con la familia de Alex y la nuestra ¿no? —Dijo en
voz baja luego de un rato.
—Daniel… —Murmuró Kimberly.
Ruby se mordió el labio, nerviosa.
—No quería hacer un escándalo…
—¿Yo soy quién hace el escándalo?
La chica se quedó en silencio y Daniel se levantó de la mesa.
—Quería celebrarlo y no que discutieras con papá, Daniel —Ruby se levantó.
—Una llamada, Ruby. Solo una te costaba contarme. Si no querías que fuera,
lo entendería. Pero me dejaste fuera de algo que aquí todos sabían. Y sabes
que solo te hubiera felicitado y deseado lo mejor. No hacer un escándalo
como tú dices. Era tu día.
—Daniel… —Suplicó Ruby.
—Permiso —Fue lo último que dijo antes de salir de la cocina.
Me levanté de la mesa sin hacer ruido. Kimberly tenía las manos en el rostro,
los hombros ligeramente temblorosos. Ruby tenía su mirada fija en la
dirección donde Daniel había desaparecido, y James seguía comiendo como
si nada hubiera pasado.
—¿Puedo? —Pregunté en voz baja apuntando a la dirección donde Daniel se
había ido.
Ruby asintió justo cuando escuchamos una puerta cerrarse con fuerza en el
segundo piso.
—En el segundo piso. La habitación de la puerta café.
Asentí.
—Permiso… —Murmuré.
—Sube, querida —Dijo Kimberly en un susurro quebrado.
El aire se volvió más denso con cada peldaño. Subí con pasos lentos,
sintiendo como el silencio se expandía en los rincones, colándose bajo la piel.
Me detuve frente a la puerta, respiré hondo y toqué dos veces.
Nada.
Me acerqué un poco más, la voz apenas un murmullo.
—Daniel soy yo. Sophie.
Hubo un segundo de nada. Luego, el chasquido suave de la manilla.
La puerta se abrió con lentitud, dejando ver a Daniel con el cabello
alborotado, los ojos enrojecidos y una expresión que me apretó el pecho. Mi
corazón se encogió sin que pudiera evitarlo.
Por un momento, ninguno dijo nada. Él me miró, y yo solo me quedé ahí,
parada, sin sabes si avanzar o retroceder.
Pero entonces supe que no había venido a exigir respuesta, ni a decir algo por
obligación. Solo estaba ahí. Porque a veces estar era lo único que uno podía
ofrecer.
Y a veces también lo único que necesitas.
Escena 10
ÚLTIMO MINUTO: Muere en accidente Aiden Birdwhistle, hijo del empresario
Charles Birdwhistle.
Esta madrugada se confirmó el fallecimiento de Aiden Birdwhistle, de veinte años,
hijo del reconocido empresario Charles Birdwhistle, tras un trágico accidente en la
autopista 101.
Según los primeros informes, el vehículo que conducía Aiden perdió el control antes
de impactar violetamente con una barrera de concreto, provocando que el auto
volcara.
El joven se encontraba solo al momento del accidente y murió en el lugar producto
de las graves lesiones.
Las causas del accidente aún están siendo investigadas, aunque testigos señalan
que el exceso de velocidad podría haber sido un factor determinante.
El empresario Charles Birdwhistle, fundador de una de las firmas inmobiliarias más
influyentes del momento, BirdwhitleCorp Properties. No ha emitido declaraciones
públicas hasta el momento. La familia, conocida por su bajo perfil pese a su
relevancia en el mundo empresarial, ha pedido respeto y privacidad en este difícil
momento.
Aiden Mason Birdwhistle era estudiante universitario, descrito por sus cercanos
como carismático, inteligente y apasionado por el cine.
Su repentina partida ha causado conmoción entre amigos, compañeros y
familiares.
De parte de todo el equipo, les enviamos nuestras más sinceras condolencias a la
familia Birdwhistle en este difícil momento.
50
Daniel
Abrí la puerta encontrándome con Sophie. Sus ojos me miraban con una
pizca de curiosidad y algo más. Di un paso hacia un lado para que entrara.
Cerré la puerta tras ella y me acerqué un poco, solo lo justo.
Su perfume me invadió y tuve que obligarme a retroceder.
Ya no podía seguir actuando como antes. Y aunque una parte de mi gritara
por acercarse, tenía que dejar de hacer cosas que pudieran confundirla o
lastimarla. No me lo perdonaría.
—No sabía que esto pasaría… Entiendo por qué no quieres venir mucho —
Rompió el silencio. Me senté en la cama, manteniéndome en mi lado, y ella
se acomodó a cierta distancia—. No sabía que te sentías tan ajeno en tu
propia casa.
Sus palabras me tocaron más de lo que esperaba. Era como si hubieran
estado escondidas en cada rincón de esa casa, esperando salir.
—No soy el hijo perfecto, bueno, nunca lo fui —Murmuré—. Sé que con mi
padre discutimos, pero por Ruby estaba dispuesto a callarme, a no caer
ninguna discusión. Pero que no me contaran y que Ruby me viera como el
responsable de un escándalo… no sé. Creía que ella si me veía.
Sophie dudó un momento antes de apoyar su mano encima de la mía. No la
aparté, pero tampoco me moví. Sentí como algo en el pecho se me apretaba.
—Yo te veo, Daniel —Sus ojos se encontraron con los míos, y por un
segundo, sentí que el aire pesaba más de la cuenta—. No eres un extraño ni el
responsable de un escándalo. Eres un chico increíble y si no pueden verlo, en
serio me apena.
Sus palabras me rompieron un poco más. Cerré los ojos un instante,
intentando borrar todo lo que sentía, o al menos, dejarlo en pausa.
Entonces, Sophie retiró su mano con suavidad. No brusco, pero lo suficiente
para que el vacío me golpeara. Se puso de pie, alejándose unos pasos. Ese
pequeño gesto, esa distancia, me dolió más de lo que esperaba. Como si me
recordara que las versiones que fuimos ya no estaban aquí.
La vi fijar la vista en un mueble, justo donde había una fotografía enmarcada.
Me incliné apenas para ver de qué se trataba.
Era una imagen de Ruby y de mí, de cuando éramos pequeños. Ella con una
sonrisa amplia, yo con el cabello revuelto y una expresión de orgullo que no
recordaba haber tenido nunca.
Sophie ladeó un poco la cabeza y sentí que no podía dejar de observarla.
—Fue en el décimo cumpleaños de Ruby, estaba tan feliz que le hubieran
hecho un cumpleaños con temática de la selva.
Sonrió levemente dándome una mirada fugaz.
—¿Siempre fueron así de unidos?
—Hasta que cumplió dieciocho. Pasaba más tiempo fuera de casa y yo
estaba concentrado en el equipo de básquetbol —Conté en voz baja—.
Quería ser el capitán cuando creciera, así que me concentré en entrenar.
—Y lo lograste.
—Sí. Lo logré.
Sophie soltó una risa y conectó sus ojos con los míos.
—Nos alejamos bastante y luego ya se fue a estudiar gastronomía. Mis padres
estaban felices y emocionados… no sé quería que tambien se sintieran así
por mí y cuando nombre la carrera de medicina… joder sus ojos nunca
habían brillado tanto —Solté el aire retenido—. Pero a último momento
cambié de decisión y postulé a Dirección Audiovisual. No se lo tomaron nada
de bien. Creo que en algún pensé más en ellos que en mí, por eso creo que
entiendo todo lo que pasa con tu madre y derecho.
Sophie me miró sin decir nada y su mirada se suavizó.
—Aunque nunca me hicieron una cita con una chica de Medicina, como a ti
con Harry.
Ella rodó los ojos divertida.
—Cuando empecé a hacer cosas por mi cuenta, como elegir la carrera que a
mí me gusta o compartir piso con Lukas, empecé a pensar distinto y hacer lo
que quería con mi vida. También provocó que me alejara de mi familia.
Dejaron de llamar, de invitarme. Es como si me hubieran soltado la mano sin
avisar.
Su mirada vagó por mi rostro y sentí mi pulso acelerarse. Me obligué a
apartar la mirada.
—A veces siguen esperando versiones de ti, que ya no te pertenecen —
Agregué en un murmuro.
—A veces uno cambia, pero las personas no están listas para aceptarlo. O
simplemente, no quieren hacerlo —Volví a verla y sonrió levemente—. Creo
que de eso se trata la vida, de cambiar. De crecer, de evolucionar e ir
mejorando nuestras versiones.
—Sí —Murmuré, con un nudo en la garganta. La miré solo por un instante—.
Pero para eso, no puedes quedarte con alguien que todavía no ha alcanzado
ni un cuarto de la suya.
Vi como la expresión de Sophie cambiaba. La sonrisa leve desapareció de sus
labios, y sus ojos parpadearon una vez más antes de apartar la mirada.
Y dolía. Cada palabra dicha fue como una grieta que no quería abrir, pero que
sabía que tenía que hacerlo.
Antes de que cualquiera pudiera decir algo más, tocaron la puerta. Unos
golpecitos suaves, contenidos.
—¿Daniel? —Era la voz de Ruby—. ¿Podemos hablar?
Me pasé una mano por el rostro, cerrando los ojos un segundo. Me obligué a
caminar hacia la puerta y cuando la abrí, me encontré a Ruby con los brazos
cruzados y una expresión de preocupación.
—Hola —Dijo, bajando los brazos apenas me vio.
Antes de que pudiera decir algo más, Sophie se me adelantó.
—Los dejó solos —Murmuró con calma, dirigiéndose a Ruby con una sonrisa
leve.
—Sophie —La llamó cuando la castaña comenzaba a caminar—. Pensaba
que podríamos alistarnos juntas, en mi habitación… Si quieres.
Asintió.
—Sí, claro que quiero —Aceptó tratando de sonreír.
Ruby apuntó a la habitación que estaba al final del pasillo.
—Esa es mía. Podrías esperarme ahí si quieres. Es mejor que estar abajo, ya
sabes.
Ruby soltó una risa y Sophie la imitó sin ni siquiera darme una mirada.
—Gracias, Ruby.
Sophie se dio media vuelta y, esta vez, caminó en dirección a la habitación de
Ruby. La vi alejarse por el pasillo, su silueta perdiéndose en silencio. Y aunque
no dijo nada más, su ausencia me golpeó más que cualquier palabra.
La seguí con la mirada sin poder evitarlo. Hasta que cerró la puerta, solo
dejándome ver una puerta lila.
Ruby carraspeó sacándome de mis pensamientos y me hice un lado para que
ella pasará.
—Te gusta ¿cierto? —Preguntó en un murmuro.
Su voz era suave, sin juicio, sin burla. Solo una certeza disfrazada de pregunta.
—Es complicado, Ruby.
Se sentó en mi cama a mi lado y me miró con una pequeña sonrisa.
—El amor no están complicado como piensas, Daniel. Cuando aparece la
persona indicada, te prometo que el amor es sencillo.
—¿Cómo sabes cuando es la persona indicada? —Dije en un tono bajo.
Ruby suavizó aún más mi mirada, acomodó un poco mi cabello, como lo
hacía cuando éramos pequeños.
—Cuando es la persona correcta, las cosas encajan. Como un rompecabezas.
No necesitas pensarlo demasiado, lo sientes, dentro de ti. No hay dudas, no
hay cuestionamientos. Puede que el miedo te frene, pero una vez que te
sueltes, te prometo que todo encaja.
Me quedé en silencio mirando un pequeño agujero que había en el piso,
como si fuera lo más interesante en el mundo, como si no estuviera pensando
en ella.
—No tienes que forzar nada, ni tratar de entenderlo totalmente —Siguió—.
Cuando es correcto, solo encajan las cosas. Puede que ahora mismo no me
entiendas, pero estoy segura de que lo harás. Se entienden sin palabras, sus
miradas se conectan y sin hacer un esfuerzo. No siempre es perfecto, Daniel,
tampoco quiero que caigas en eso. Pero si es hermoso y cada amor tiene su
propio brillo.
Quise creerle. Quise imaginar que podía ser así de simple.
Pero había algo dentro de mí que seguía resistiéndose. Como si mi alma fuera
una casa vieja, de esas que suenan con el viento, que tienen grietas en las
paredes y puertas que se traban. Y aunque Sophie se asomara por cada
ventana con luz en los ojos. Sentía que no era justo dejarla entrar.
Porque nadie se ha quedado nunca. Porque siempre que alguien ha cruzado el
umbral, ha terminado yéndose.
Y sabía que verla partir, sería la única partida que más me dolería.
No quería arrastrarla a mis ruinas, a todo lo que no he sabido reparar en mí.
A lo que callo cuando todos se han ido.
Y, sin embargo, lo único que estaba en mi mente era ella.
—¿Y si no es fácil? —Pregunté frunciendo el ceño.
Ruby rió suavemente como si la respuesta fuera simple.
—Lo fácil no es sinónimo de que todo vaya a ser perfecto, Daniel. Pero
cuando es la persona correcta, está contigo a pesar de las cosas que pases, te
apoya y… y sientes que… No te vayas a reír —Me apuntó con un dedo y
negué con la cabeza—. Y sientes como que todo a tu alrededor desaparece,
sientes calma, sientes como cada vez que están cerca, puedes respirar. Es
raro ¿no?
Apenas asentí.
—No dejes que el miedo te frene, Daniel. A veces hay que soltarse, aunque
tengas dudas, aunque tengas miedo. Porque cuando lo encuentres
simplemente lo sabrás.
Su voz me trasmitió todo lo que temía escuchar. Y por momento sentí que
Ruby tenía razón.
—No sé si estoy listo —Murmuré.
—Creo que nunca uno lo está —Apoyó su cabeza en mi brazo—. Pero si solo
te permites soltarte un poquito, sentir. Te prometo que lo sentirás en tu
corazón, dará un vuelco, se te pondrá boca abajo y tambien sentirás
tranquilidad y bienestar al estar con esa persona. Solo no lo ignores, no te
cierres a la posibilidad que tu corazón sienta, que, de un vuelco, se ponga
boca abajo o que simplemente lata como se le dé la gana.
Le di una pequeña sonrisa y ella me la devolvió.
—Gracias —Murmuré.
—Cuando quieras, soy tu hermana mayor, tengo más experiencia que tú.
Rodeé los ojos y Ruby volvió a su expresión suave, dudó un poco antes de
hablar.
—Sé que no me pediste la opinión, pero Sophie, es decir, te veo con ella.
Siento que sus piezas encajan que hay algo entre ustedes. Y si es la correcta o
no. Por favor… deja que tu corazón lo descubra. No lo dudes tanto ¿sí?
La miré, pero no respondí.
Sentí el peso de las palabras atascadas en mi garganta.
Quise decirle que no podía hacerle eso a Sophie, que sería egoísta de mi
parte arrastrarla a lo que soy.
Pero me tragué cada palabra.
Porque a veces, hasta los pensamientos duelen cuando los dejas salir.
—Parece que Alex te llenó la cabeza de corazones y cuentos.
Se puso un poco incómoda y me miró con pena.
—Es mi persona —Tomó mi mano—. Ahora quiero hablar de lo que pasó
abajo.
—Hablemos.
51
Sophie
La tela del vestido se deslizó suavemente por mi cuerpo. Era azul oscuro y
quedaba ajustado a mi cuerpo, la falda comenzaba desde mi cadera y
quedaba unos centímetros arriba de mi rodilla. Ruby estaba sentada en su
cama mirándome con una sonrisa a través del espejo.
—Te queda precioso —Dijo sonriendo.
—Gracias por prestármelo, no tenías que hacerlo.
Ella chasqueó la lengua parándose a mi lado.
—Claro que sí. Es algo “importante” y quiero que te sientas cómoda y no
fuera de lugar —Soltó un suspiro—. Es como una pequeña tradición que
todos vayamos elegantes, a Daniel ya le advertí. Esas chaquetas y hoodies
negras, no. Si no quiere ganarse malas miradas.
Sonreí algo tímida. Ruby usaba un vestido lila que contrastaba con su cabello
oscuro con ondas. Se maquilló un poco los ojos y los labios.
—¡Y somos de la misma talla de tacones! Que suerte.
—Gracias —Murmuré y ella le quitó importancia con un gesto en su mano.
—Mi madre me contó que te gusta la fotografía —Dijo haciéndome una seña
para sentarme en su tocador. Recogió un poco mi cabello a un lado y lo
enganchó con unos pasadores—. Me dijo que hablaron un poco de arte y
quedó feliz. Con nosotros no habla de eso porque no entendemos mucho,
pero estaba feliz de que alguien la entendiera.
—Claro, tu madre tiene muchísimo conocimiento de pinturas y fotografías. Es
una mujer inteligente y con talento.
Ruby sonrió peinando mi cabello.
—No te felicite abiertamente, disculpa —Negó con la cabeza restándole
importancia, pero claro que la tenía—.Felicidades, su boda saldrá preciosa.
Ruby sonrió y se sentó en su cama, giré a verla.
—Gracias —Murmuró—. Y gracias por venir. No sabes cuanto lo aprecio.
Unos golpes en la puerta nos hicieron sobresaltar.
—¿Ruby? —La voz de Daniel sonó baja—. ¿Está Sophie contigo?
Ruby sonrió.
—No. ¿Por qué?
—No me jodas, Ruby.
La chica rió y abrió la puerta encontrándose con Daniel que estaba apoyado
en el marco de la puerta. Sus ojos chocaron conmigo y sentí que el mundo se
paralizó. Me recorrió con la mirada y tragó incorporándose.
Le di una mirada rápida, llevaba una camisa negra arremangada hasta los
codos. Nunca lo había visto tan elegante. Tan él, y al mismo tiempo tan
distinto.
Nuestros ojos se volvieron a cruzar una vez más, pero ninguno dijo nada. Era
como si estuviéramos parados en un campo de palabras no dichas.
—Bueno, ya es hora de bajar —Interrumpió Ruby antes de desaparecer
escaleras abajo.
El silencio quedó flotando entre nosotros. Di un paso hacia adelante,
rompiendo la quietud.
—¿Vamos? —Pregunté.
Daniel inhaló hondo, como si quisiera decir algo más.
—Sophie… —Murmuró.
Negué suavemente.
—Vamos, ¿sí? Dejémoslo ahí por hoy.
Dudó un momento, pero luego asintió con la cabeza. Le di una pequeña
sonrisa antes de caminar hacia las escaleras. Bajé los primeros peldaños sin
girarme, pero algo me hizo detenerme.
Me di media vuelta y Daniel seguía en el marco de la puerta, mirándome.
Con los brazos cruzados, el cuerpo apoyado contra la madera, y una mirada
que no sabía si dolía o quemaba.
Mi corazón dio un vuelco, pero tuve que obligarlo a quedarse quieto.
—¿Vienes o vas a bajar en modo fantasma?
Una media sonrisa apareció en su rostro.
—Ya voy. No seas impaciente —Usó en ese tono que normalmente usaba
conmigo.
Finalmente se incorporó del marco y bajó los escalones a mi lado. No me
rozó, no dijo nada más. Pero estaba ahí.
En pocos minutos no tardaron en llegar la familia de Daniel y, sí que eran
hartos. Según lo que me contó, su madre tenía unas tres hermanas y el padre
tres más y un hermano. Ellos tenían pareja e hijos y algunos hijos tenían más
hijos.
Había unos niños pequeños jugando en el jardín y toda la familia sonreía y
saludaban. Conversaban entre ellos. Mi corazón se encogió un poco. Daniel
estaba a mi lado hablando con sus primos, que tenían casi la misma edad,
pero mi cabeza estaba solo procesando y admirando la gran familia que
tenían.
Aunque trataba de hablar de vez en cuando, la mayor parte del tiempo la pasé
en silencio regalando sonrisas. Cada paso parecía medido, cada palabra
atrapada en mi garganta por miedo a decir algo equivocado.
Pero Daniel no se alejó. Estaba cerca, sin ni siquiera tocarme, pero
recordándome que no estaba sola. Y por alguna razón, fue más que suficiente.
—¿Estás bien? —Preguntó en voz baja, apenas nos quedamos solos.
Asentí con una sonrisa rápida.
—Solo que me impresiona ver toda tu familia. Es hermoso que todos se
reúnan.
—Estoy contigo —Dijo antes de que yo pudiera agregar algo más.
Una sonrisa se me escapó y me la devolvió. Sentí como sus dedos rozaron
fugazmente los míos antes de apartarse de nuevo, sin despegar su mirada de
la mía.
Aparté la mirada y vi como una señora un poco mayor caminaba en nuestra
dirección. Sonrió mostrando sus arrugas y alargó sus brazos hasta Daniel. El
chico se lo devolvió haciéndome presente de una imagen hermosa, el abrazo
más puro que he visto. La señora acariciaba su cabello y Daniel tenía su
semblante relajado y una pequeña sonrisa amenazaba con salir de sus labios.
Cuando se separaron no pude evitar fijarme en el collar que llevaba la señora,
con una pequeña mariposa colgando. Inconscientemente volví mi vista a la
mano de Daniel, la cual la señora sostenía delicadamente, y ahí lo entendí.
Y no pude evitar sentir como mi pecho se apretó, como si hubiera
presenciado algo demasiado íntimo. Una parte de Daniel que no mostraba a
nadie, pero que llevaba grabada en la piel.
Una sonrisa no tardó en asomarse en mi rostro.
—Daniel, ¿porque no has venido? Te he extrañado mucho. Ya nadie ha
venido a ver películas conmigo ni me han comprado dulces. Sé que tengo la
azúcar una poco alta, pero unos dulces no le hacen mal a nadie —Bajó sus
ojos hasta el tatuaje de mariposa en la mano—. No te hagas más, cariño. No
me gusta que le pongas a tu cuerpo esa tinta extraña, puede hacerte daño.
Pero es precioso el dibujo, aunque si hubiera sido un poco más pequeño…
—Es por ti, abuela —La señora ensanchó su sonrisa.
—Lo sé, cariño. Gracias.
La señora volvió su rostro a mí y Daniel con un pequeño gesto me pidió que
me acercara.
—Abuela, ella es Sophie.
Su sonrisa permaneció intacta y tomó mi mano con delicadeza.
—Que linda eres, Sophie. Sin ningún dibujo en su cuerpo y preciosa, ¿ves,
Daniel?
—Sí, lo es —Respondió sin dejar de mirarme.
Mi corazón dio un vuelco y mi pulso se disparó.
—¿Es tu novia? Porque hacen una pareja preciosa, le tengo que decir a
Kimberly que saqué su cámara fotográfica y nos sacamos una foto los tres. La
pondré en mi casa, junto a las tuyas cuando eras pequeño —La señora me
miró—. Lo siento, por mis malos modales. Soy Gabriella, un gusto. Solo dime
por mi nombre por favor.
Me dio un pequeño abrazo y sentí corazón derretirse por tanto amor.
—Un gusto, Gabriella —Sonreí.
—¿Y? ¿Cuánto llevan de novios? ¿Por eso no has venido? Si es así te lo
perdono, pero puedes traerla. Mi casa está abierta para ti, Sophie.
Daniel pasó una mano por su nuca y yo pasé mis manos por la falda del
vestido, como alisándolo, aunque estaba perfecto.
—En realidad, somos amigos.
Gabriella frunció el ceño y nos miró como si estuviéramos locos.
—¿Amigos? Daniel, soy vieja, pero no tonta. Me doy cuenta de que…
—Abuela —Murmuró Daniel en un tono de súplica.
—Amigos. Está bien —Gabriella sonrió volviendo a verme—. Y… ¿Dónde se
conocieron?
—Por ahí. —respondió. —Las vueltas de la vida, ¿no?
Sonreí levemente dándole una mirada a Daniel, volví a ver a Gabriella que,
por su expresión, pude notar que esperaba más detalle.
—Tropezamos y bueno… así nos conocimos —Agregué.
—Daniel tropezó contigo, ¿cierto?
—Me ofendes, abuela —Dijo en un tono dramático que hizo reír de nuevo a
Gabriella.
—¿Y salieron en tu cumpleaños? —Preguntó—. Espero que sí, porque Daniel
nunca quiere hacer nada por su cumpleaños. Hablando de eso, ¿te llegó mi
regalo de cumpleaños? El correo a veces se demora.
—Si, si llegó. Me encantó, gracias abuela.
Gabriella le dio otro cálido abrazo a Daniel.
—Que lindo tu vestido, Sophie.
—Gracias —Sonreí, pasando mis manos por la tela—. Me lo prestó Ruby.
—Ruby siempre ha tenido un buen gusto. Que ganas de ser joven otra vez
para usar vestidos así y salir a bailar.
Daniel soltó una risa.
—Pero si ni bailas en año nuevo.
—Daniel, bailo y me desarmó.
Los tres sumergimos en una risa cómoda y los ojos de Gabriella brillaban.
—Sophie, puedes venir ¿por favor? —Ruby tomó mi brazo y la seguí sin antes
disculpándome.
—Estaré aquí —Me murmuró Daniel y le di una sonrisa antes de alejarme y
dejarlo junto a Gabriella. Sin antes despedirme.
—¿Te cayó bien mi abuela?
Asentí.
—Es muy dulce y agradable.
—Y su favorito es Daniel —Sonrió mientras nos acercábamos a un grupo de
personas—. Él es Roger, el padre de Alex, mi prometido. Y es el director de la
facultad de Fotografía. Pero pensé que te gustaría conocerlo, podrías hacerle
todas las preguntas correspondientes que tengas.
Mi pulso se aceleró y sin querer una sonrisa se asomó en mis labios.
—Hola, un gusto —Me extendió la mano y la acepté—. Sophie ¿no?
—Sí, sí. Un gusto —Hablé nerviosa y me di cuenta de que fue bastante
notorio cuando me gané algunas risas pequeñas.
La conversación fluyó donde muchos minutos, Ruby estaba con Alex junto a
nosotros y de vez en cuando opinaban. Roger me contó sobre la facultad de
Fotografías, su objetivo, que clases había y en qué áreas los estudiantes se
podían desarrollar. Y aunque traté de evitar la emoción, no pude y mi corazón
sintió un calor enorme al imaginarme en esa facultad. Intenté en no pensar ni
en Derecho ni en madre, solo volar en una nube donde estábamos la
fotografía y yo.
Finalmente me escribió en una servilleta de papel, una página web donde
realizaban un pequeño concurso. Me indicó que podía mandar una
recopilación de fotografías tomadas por mí, podrían becarme si les gustaban
y no pude evitar emocionarme más. También me aclaró que él no elegía los
ganadores, sino que tenían a un equipo especialmente destinado a eso, y que
siempre tomaban la mejor decisión. Todos los años participaban cientos de
personas, por lo que eran muchas fotografías y se demoraban en dar el
ganador.
Alex y su padre se retiraron unos segundos y no pude evitar abrazar a Ruby.
—Gracias, gracias, Ruby. Muchas gracias.
Ella solo rió suavemente todavía abrazándonos.
—No me agradezcas. Llegaras lejos, Sophie.
Y mi corazón volvió a saltar una vez más.
(…)
—Se nota que eres su favorito.
—No quiero presumir.
Sonreí y volví mi vista hacia el cielo, donde unas cuantas estrellitas se
dejaban ver. Estábamos en el jardín trasero, uno al lado del otro, pero con una
distancia prudente.
Dentro de la casa aún se escuchaban risas, pasos y conversaciones cruzadas.
Pero nosotros habíamos salido, necesitábamos un respiro.
—Desapareciste un buen rato con Ruby, ¿todo bien?
Asentí volviendo a verlo.
—Ruby me presentó al padre de Alex, que es el director de la facultad de
fotografía —Conté, en voz baja—. Me contó sobre un concurso que hacen.
Solo tengo que mandar mis fotografías y estaría participando de una beca.
—Joder. Esa beca ya es tuya.
Negué levemente con la cabeza sintiendo mis mejillas ruborizarse. Me removí
un poco cuando sentí el frío recorrer mi espalda.
—Vi el collar de Gabriella —Murmuré con miedo a entrometerme mucho—.
Y tiene la misma mariposa que llevas en tu mano.
Apunté levemente al dibujo.
—Es un gesto hermoso, Daniel.
Una pequeña sonrisa se coló en sus labios y bajó la mirada a su tatuaje. Al
igual que yo.
—Ella me crió casi más que mis padres. Mi madre estaba ocupada pintando
y necesitaba su espacio. Mi padre estaba muy ocupado en su trabajo. Así que
mi abuela me cuidaba —Hizo una pausa—. Siempre estaba para mí. Cuando
todo estaba mal, ella aun así estaba. Y hubo un momento en que enfermó, fue
la primera vez que sentí ese miedo de perder algo que realmente me
importaba.
No supe qué decir. Solo lo miré.
—Ese colgante lo ha tenido desde tengo uso de memoria. Siempre he visto
esa mariposa y a ella le encanta. Es su símbolo favorito. Dice que representa
transformación, libertad y también fragilidad —Hizo una pausa—. Me la tatué
unos días después de que volviera del hospital. No sabía si se iba a quedar
mucho.
Sonreí levemente.
—Pero aquí está. Firme. Como si nada pudiera con ella.
—Es fuerte —Añadí—. Y una mujer muy dulce. Sus abrazos son especiales,
como que te transmiten…
—Paz y cariño —Completó y asentí.
Nos quedamos un momento en silencio hasta que volví a hablar.
—Y se veía preciosa, con ese vestido largo, unos pequeños aretes y… esos
zapatos con un taco perfecto —Solté una risa.
—Ella no dejaba de repetir que tú eres preciosa —Volví a verlo—. Y no
puedo estar más de acuerdo.
Sentí como el corazón me daba una vuelta. No solo por lo que dijo, sino por
cómo lo dijo. Nuestros ojos se encontraron, y no apartamos la mirada.
Daniel bajó la vista, deteniéndose en mi boca. Mi respiración se volvió más
lenta, más densa. Negué apenas con la cabeza, como una advertencia
silenciosa.
—Daniel… —susurré.
Desvió la mirada al instante y carraspeó, como si recién se hubiera dado
cuenta de lo fuera de lugar que era todo esto. Se pasó una mano por el
cabello.
—Lo siento. No debí… —Murmuró, sin terminar la frase.
Una brisa fuerte nos golpeó de pronto, colándose entre los huecos de
nuestros cuerpos. Me abracé sintiendo el frío colándose en mi piel.
—Tienes frío —Afirmó mirándome.
—Un poco —Admití, sin exagerar.
Se incorporó un poco.
—Tengo ropa arriba. Vamos, te presto algo.
Lo miré un momento.
—No sé si corresponda —Miré hacia la casa—. Todos usan ropa elegante, no
sé si…
—Entonces vámonos —Dijo, como si nada—. Te colocas mi ropa y nos
vamos.
—Aún no termina el encuentro familiar… —Susurré, sintiendo un pequeño
peso de culpa.
—Yo cumplí con venir —Replicó, sin dureza—. Nadie dijo que tenía que
quedarme hasta el final. Además, tengo que conducir de vuelta.
Asentí levemente. Su tono no fue frío, pero sí realista. Como si ya no esperara
encajar del todo, como si estuviera acostumbrado a irse antes.
Unos minutos más tarde, después de despedidas rápidas y unas promesas
susurradas a su madre de que volveríamos pronto, bajé las escaleras con una
hoodie ancha y un pantalón de chándal que olía ligeramente a él. Daniel ya
esperaba junto a la puerta, que cerró detrás de mí cuando crucé el umbral.
Me miró de arriba abajo, con una media sonrisa en los labios.
—Definitivamente te queda mejor a ti que a mí.
52
Sophie
Unos días después
El momento para el examen de admisión se acercaban más rápido de lo que
me gustaría admitir. Aunque quedaban alrededor de tres semanas, sentía que
el tiempo me estaba pisando los talones.
A veces creía que lo tenía bajo control, que ese resultado no me definía, que
era solo un examen más. Pero otras veces sentía como si todo dependiera de
ese maldito día.
Y mi piel lo sabía.
Me desperté con un brote de acné en la frente, varios granitos rojos y
rebeldes, difíciles de ignorar y supe que el estrés ya estaba comenzando a
manifestarse a su manera.
No era la primera vez que me pasaba. Cuando algo me sobrepasa, mi cuerpo
reacciona antes que yo. No podía evitar sentirme incómoda, sobre todo
porque no era solo el examen lo que ocupaba espacio en mi mente.
A veces me pasaba. Como si una parte de mí se estuviera preparando para
algo que no sé si va a pasar… o si ya pasó y no lo noté. Como si hubiese algo
que late bajo la superficie, algo que me empuja hacia adelante, pero también
me asusta. Un vértigo suave, como el que sientes cuando vas a saltar y no
sabes si caerás o volaras.
El sonido de los tacones de mi madre sobre el piso interrumpió mis
pensamientos. Entró por la puerta de la cocina con su ropa de trabajo, un
bolso negro colgado en su hombro y una carpeta en sus manos.
Sonrió dejando sus cosas encima de una silla y volvió a mí.
—Sophie, tu rostro —Murmuró tocándome levemente—. Tranquila. Solo
tienes que pensar que te irá bien, contesta segura y tienes que repasar hasta el
último día. Pero lo lograrás, estoy segura.
Una punzada me apretó el estómago. A veces sus palabras de ánimo se
sentían más como instrucciones que como consuelo.
—Estoy nerviosa, mamá —Admití, en voz baja—. ¿Podemos no hablar más
del examen, por favor?
Ella asintió despacio, y agradecí que no insistiera. Se alejó hacia la cafetera
mientras su tono cambiaba casi de inmediato, como si nada hubiera pasado.
—El próximo fin de semana tendré que ir con mi jefe fuera de la ciudad. Ya
sabes cómo me ascendieron de puesto… implica más cosas —Me contó sin
mirarme—. Es un viaje de trabajo, claro. Estaremos fuera sábado y domingo.
Asentí ignorando el leve sonrojo de sus mejillas.
—Lo siento, no podré estar para tu cumpleaños.
Negué levemente restándole importancia.
—No te preocupes.
—Cuando vuelva podemos salir a almorzar o cenar —Propuso. —Si te
parece.
—Me parece.
Sonrió y dejó un beso en mi frente.
—Pensaba en ir a visitar a los abuelos. Es decir, si no vas a estar el fin de
semana, podría ir a verlos.
Mi madre me miró y asintió con una sonrisa.
—Me encanta la idea, Sophie. Podrás relajarte, pasas tu cumpleaños
acompañada y así no me quedo tan preocupada por ti.
Yo asentí mientras me servía un vaso con agua. Me gustaba visitar a mis
abuelos. Con ellos, el tiempo pasaba más lento, como si el mundo allá afuera
no tuviera tanta prisa. Me sentía tranquila. Bien.
Además, podría terminar de tomar algunas fotografías para enviarlas al
concurso de la beca. Ya tenía en mente algunos planos que quería capturar en
el jardín de mi abuela.
Aunque una parte de mí se sintiera un poco culpable por hacerlo.
Necesitaba un respiro.
Necesitaba alejarme de todos por un momento.
De todo.
De él.
53
Sophie
—Y entonces aparece, con un ramo de flores gigantesco. Sophie, te juro que
era como de película —Ivy tenía los ojos iluminados y movía las manos con
emoción.
Parpadeé, como si la imagen se hubiera quedado flotando frente a mí. Mi
mente trató de procesar todo: puerta, tres toques, flores, Ivy con ese brillo tan
feliz.
—¿Y qué te dijo? —Pregunté en voz baja.
—“¿Quieres ser mi novia?” —Repitió con una sonrisa que le llegaba hasta los
ojos—. Así tal cual. Medio nervioso, pero decidido. Parecía sacado de una
comedia romántica.
—Wow —Fue lo único que logré decir—. Que lindo gesto, Ivy.
—Y le dije que sí —Soltó un pequeño gritito—. ¡Tengo novio!
Aplaudió celebrando y sonreí mirándola.
—Estoy tan feliz, Sophie —Me dio un pequeño abrazo y se lo devolví.
Se volvió a sentar a mi lado, en la banca de madera, y me miró curiosa.
—Y yo estoy feliz por ti. Se ven lindos juntos y se nota lo mucho que se
quieren mutuamente.
Su semblante se suavizó.
—¿Y entonces porque tienes esa cara? ¿Tiene que ver con Daniel?
Sin poder evitarlo, levanté la mirada al instante. Fue un reflejo. Uno que me
delató.
—Lo sabía —Dijo.
Pasé una mano por mi rostro. No estaba lista para esta conversación, pero ya
era tarde.
—El mensaje que me enviaste… —Comencé en voz baja.
—Sabía que estaban juntos en ese instante. Bueno, lo supuse —Jugó con sus
manos—. Sé que hay algo. Sé que ustedes se besaron en la fraternidad, en el
segundo piso. Sé que a ti te pasa algo con Daniel. Lo veo, Sophie.
Me quedé en silencio. Mi respiración se volvió un poco más pesada. Porque
sí. Me pasaban muchas cosas. Y, de cierta forma, sentirme descubierta me
dolía admitirlo.
—Cuéntame. Confía en mí, Sophie. Por favor.
Me quedé en silencio, apretando los labios.
Sabía que no iba a soltarlo tan fácil.
—¿Pasó algo entre ustedes? —Insistió en voz baja.
Asentí levemente.
—Nunca fuimos novios, si te lo preguntas —Dije con un hilo de voz, mirando
el suelo.
Ella chasqueó la lengua y suspiró.
—Pero tú sí sientes algo más —Afirmó, sin preguntarlo.
Levanté la mirada y, por un segundo, no dije nada.
Luego, solo asentí otra vez.
—No sé en qué momento comenzó a pasar —Confesé.
—Te lo dije —Murmuró con un dejo de decepción, como si hubiese querido
estar equivocada.
Guardó silencio unos segundos, luego me observó con atención, como
midiendo cada palabra.
—¿Y se lo dijiste a él? ¿Eso fue lo que pasó?
—Sí… algo así —Bajé la voz—. Pero me dijo que no podía tener una
relación ahora.
Ivy rodó los ojos.
—¿Pasó algo más? ¿Y después se alejó? —Insistió, como si ya supiera la
respuesta.
No dije nada, solo asentí muy despacio.
El aire pesaba. No sabía cómo explicarlo, porque yo tampoco lo entendía.
—No sé qué pasó —Susurré—. Pensé que estábamos bien.
Ivy se quedó en silencio unos segundos más, y entonces cambió su expresión
y su tono. Su voz se volvió más dura.
Más segura.
—Sophie, ¿de verdad te sorprende? Esos chicos como Daniel solo esperan el
momento. Les gusta jugar a que están, a que te entienden, pero en cuanto
consiguen lo que quieren, se van. Así son. No buscan a alguien, buscan
distracción. ¿Y sabes qué es lo peor? Que todavía no lo ha hecho porque está
esperando a que tú le abras la puerta.
Me quedé helada.
—¿Por qué crees que siempre tiene esa actitud de que nada le importa?
Porque no quiere que lo conozcas. Porque si lo haces, se cae todo el show. Es
un clásico, Sophie. Un maldito clásico.
No respondí.
Porque en ese momento… no sabía si quería defenderlo o empezar a creerle.
—Yo sí… sí lo empezaba a conocer —Mi voz tembló un poco—. O eso creía.
Hablábamos, Ivy. En serio. Como si estuviéramos…
—¿Conociéndose? —Me interrumpió, soltando una risa incrédula—. Sophie,
no.
Negó con fuerza, cruzándose de brazos.
—¿De verdad crees que lo conoces? ¿Él te cuenta cosas o tú eres la que
siempre está preguntando? Porque hay una diferencia enorme. A veces uno
se ilusiona con la idea de que alguien se abre, pero en realidad solo estás
tirando de la cuerda tú sola.
—Ivy… —Murmuré para que se detuviera, porque me estaba haciendo daño
y ya no estaba segura si quería seguir hablando del tema.
Pero ella siguió.
—Daniel no es tonto, Sophie. Él sabe qué mostrar y qué no. Es el típico chico
que sabe qué decir, cómo mirarte, cómo tocarte… sin entregarte nada real. El
tipo que te hace sentir especial mientras está contigo, pero apenas se va, no
sabes ni quién es.
Sus palabras dolían, no por lo que decían, sino porque algo dentro de mí
empezó a dudar. A recordar esos silencios, esas miradas que me dejaban
pensando. Esos momentos en que yo hablaba más, preguntaba más, me
mostraba más… y él solo respondía lo justo.
—Sophie —Continuó Ivy, más suave, pero firme—. A esos chicos les da
miedo conectar de verdad. Prefieren tener algo físico, algo fácil. Y saben
exactamente qué hacer para que esa chica caiga, pero te aseguro que cuando
consiga lo que quiere, se irá. Así es con esos chicos, Sophie.
Me quedé en silencio. No quería creerlo. Pero en ese instante, no sabía si
podía seguir negándolo.
Las palabras de Ivy se quedaron flotando en el aire. No hacía falta que
siguiera hablando; mi cabeza ya lo estaba haciendo por ella.
Como si las piezas comenzaran a encajar de a poco, de forma cruel.
Las veces que él se alejaba sin explicación.
Las respuestas cortas.
Las conversaciones que yo iniciaba.
Las respuestas esquivas.
Fui yo.
Fui yo la que se ilusionó.
La que pensó que esto podía ser más.
La que creyó estar viviendo un puto cliché romántico de película
universitaria, cuando en realidad solo era un juego.
Que ridícula.
Bajé la mirada, sintiendo un nudo en el estómago.
—Él solo estaba esperando que se acostaran para irse. Y ahora como le
dijiste que sientes algo más, claro, se fue antes porque no consiguió lo que
quería.
Levanté los ojos lentamente hacia ella y negué levemente, como si no me lo
creyera.
—Mejor aléjate, Sophie —Dijo Ivy, más suave esta vez, pero con una firmeza
que calaba hondo—. Antes de que salgas más rota.
—Ivy, basta, por favor —Murmuré. Cada palabra que salía de su boca
provocaba otra punzada en mi corazón—. Ya lo entendí.
—Además, si se conocen tanto, dime. ¿Te contó sobre Aiden? —Continuó.
Parpadeé. El nombre me golpeó con fuerza, y asentí sin pensar demasiado.
—Era su amigo… —Mi voz apenas se escuchó—. Tuvieron una discusión y…
Ivy me miró, seria.
—Y Daniel lo mató, Sophie.
El silencio fue inmediato. Como si el aire desapareciera de repente.
Me congelé.
—No… —Negué, con los ojos bien abiertos—. Eso no es verdad. Daniel no
sería capaz de hacer eso.
—Claro que lo vas a defender —Me interrumpió Ivy, sin piedad—. Es lo que
haces desde el principio.
Pero ya no podía escucharla.
La imagen de Daniel, la forma en que a veces se perdía en sus pensamientos,
su rabia contenida, su culpa… Todo volvió a mi mente con una intensidad
abrumadora.
Y el nudo en el estómago se convirtió en miedo
—Si tanto confías en él, pregúntale. A ver qué te dice —Susurró Ivy con una
sonrisa que ya no parecía tan dulce—. Ah, y de paso pregúntale también por
Sienna. A ver qué tan interesante te parece esa historia.
Y de pronto, todo lo que creía seguro empezó a tambalearse… como si la
versión que conocía de Daniel no fuera más que una parte incompleta.
El silencio que siguió fue espeso, como si el aire entre nosotras se hubiera
vuelto más denso de golpe. Ivy me sostuvo la mirada por unos segundos más,
como si esperara algo de mí. Luego, suavizó un poco el gesto.
—Te lo digo porque somos amigas, Sophie. No quiero que te lastimen. A
veces desde afuera se ve más claro.
Asentí levemente, aunque me sentía diminuta. Como si me hubiera encogido
dentro de mí misma.
—Lo sé. Gracias, Ivy —Mi voz fue apenas un murmullo, y aunque intenté
sonreír, ni siquiera mis labios respondieron del todo.
Minutos después, ya de vuelta en la cafetería, intenté retomar mi turno como
si nada hubiera pasado. Pero cada paso me pesaba más que el anterior. Era
como llevar piedras sobre los hombros.
El sonido de las máquinas de café, las risas en las mesas, las conversaciones
sueltas… Todo parecía ir demasiado rápido, mientras dentro de mí todo
parecía haberse quedado congelado.
—¡Sophie!
Giré a mi lado derecho encontrándome con Niko, me miraba con el ceño
levemente fruncido y un mohín en los labios.
—¿En qué planetas estás? En el mío lo dudo, porque osino estarías más feliz
y…
—¡Niko! —Grace le llamó la atención, negando levemente con la cabeza.
Luego se dirigió a mí—. ¿Todo bien? ¿Quieres un descanso?
Negué levemente.
—No, gracias —Murmuré con una pequeña sonrisa.
Niko tecleaba en su celular dándome de vez en cuando alguna mirada.
—Está bien. Si necesitas algo solo avísame, ¿sí? —Apretó un poco mi hombro
y volví agradecerle en un susurro antes de que Grace volviera a su
computador.
El chico carraspeó ganándome una mirada mía.
—¿No quieres un Cheesecake? Esto va por cuenta mía, lo juro —Sonreí
levemente por la expresión que puso—. No es mi favorito, pero podría
compartir uno contigo, ¿cuál quieres? ¿Frambuesa, Oreo o…?
La puerta se abrió en un golpe seco dejando ver a Lyra, chocó con algunos
chicos que iban saliendo de ella, ganándose algunas miradas.
—¡Quítense! ¡Es una emergencia!
Rodeó la barra llegando a mi lado y tomo mis hombros mientras observaba
mi rostro con preocupación.
—Ya llegué, ¿qué pasó?
Parpadeé un par de veces sacada de onda. Yo no le había mandado un
mensaje ni nada y esperaría que Ivy tampoco.
—A la señorita Cheesecake le pasa algo, pero no nos quiere contar —Explicó
Niko tratando de abrir un frasco con galletas—. Así que supuse que querría
hablar con su mejor amiga. De nada.
Sonrió como si fuera la persona más pura del planeta.
—¿Tienes su número? —Se adelantó Grace desde la mesa.
Lyra soltó un suspiro.
—Me dijo que estaban sorteando un mes gratis de café si dejaba mi número.
Él lo colocaría en la tómbola con los demás —Explicó Lyra—. Pero al
parecer no había ningún sorteo.
El chico pasó una mano por su nuca mientras sus mejillas se sonrojaban.
Grace pasó una mano por su rostro, como si estuviera avergonzada.
—Pueden pasar a la habitación donde guardamos los objetos personales.
Vayan —Propuso Grace.
Sonreí dándole las gracias.
—¡No, tú ven aquí! ¿Cuándo vas a dejar de hacerte el galán?
Escuché un silbido.
—Es talento natural.
Lyra y yo soltamos una risa mientras nos dirigíamos a la habitación de los
objetos personales. Cerré la puerta con un sonido suave y me apoyé en ella
soltando un suspiro, sintiendo como el nudo en mi garganta volvía a
posicionarse allí.
No llores.
No llores.
No llores.
54
Daniel
El cielo se teñía de naranja cálido cuando cerré el computador. Llevaba horas
intentando terminar un informe que ya me tenía harto.
Me estiré provocando que algunos huesos sonaran e hice una mueca. Moví
mi cuello de un lado a otro cuando sentí mi celular vibrar.
Lo miré sin mucho interés.
Sienna
Fruncí el ceño.
Otra llamada.
No la contesté.
Lancé el celular a mi cama y salí de mi habitación con la intención de
hacerme un café. Solo uno y seguiría con ese informe.
Mientras más tiempo pasaba ocupado, menos pensaba.
Aunque ella era la excepción.
Hiciera lo que hiciera, lograba colarse en mi mente.
Entonces, se escucharon tres golpes en la puerta. Rodeé los ojos y caminé
con lentitud hacia ella.
—Sabía que se quedarían las llaves, imbécil —Dije en un tono alto,
suponiendo que era Lukas.
Pero cuando abrí, no me encontré con Lukas.
En cambio, me encontré con Sophie.
Y no sé si fue la luz de mierda del pasillo del edificio o el hecho de que no me
la esperaba ni en lo más mínimo, pero se veía distinta. Llevaba una expresión
tensa.
Tenía los ojos un poco rojos, pero no dejaba de verse linda. Preciosa, en
realidad.
Pero su mirada…
Su mirada fue diferente.
Me hice a un lado, sin decir nada, y ella entró con pasos lentos, casi dudando.
—Gracias —Murmuró apenas, sin mirarme del todo.
Fruncí el ceño. Hasta su voz sonaba distinta.
Cerré la puerta y tragué saliva, intentando borrar la incomodidad del
ambiente. Me aclaré la garganta e intenté romper el hielo.
—¿Quieres golpearme primero o hablamos? Lo que tú quieras —Pregunté
intentando usar el tono burlón, pero su mirada me dijo que no era el
momento.
—Deja de jugar conmigo, Daniel.
Su voz no fue dura. Fue baja. Cansada.
Y dolía más que si me hubiera gritado.
—¿Qué?
—¿Todo este tiempo jugaste conmigo? —Soltó—. Sé honesto, por favor. ¿Me
usaste?
Fruncí levemente el ceño.
—¿Qué? No. ¿Quién te dijo eso?
—¿Tú qué no me has dicho?
Caminó unos pasos por el piso apretando las mangas de su chaqueta.
—¿Qué fue todo esto, Daniel? ¿Qué querías de mí? ¿Solo pasarla bien un
rato?
Negué con la cabeza como si no pudiera creer lo que me estuviera diciendo.
—¿De qué hablas, Sophie?
Soltó un largo suspiro.
—Solo quiero saber que fue todo eso. Las idas y venidas, los silencios, tus
acercamientos —Su voz empezó a temblar, pero no se detuvo—. Sabías que
yo no había estado con nadie. Sabías que no tenía idea de cómo funcionaban
estas cosas… y aun así supiste qué decirme, cómo hacerlo.
—Sophie…
—¡No! —Interrumpió, dando un paso hacia mí—. Me dijiste cosas que… que
me hicieron pensar que esto era más. Me miraste como si yo fuera más. Me
trataste como si… como si sintieras algo.
Sus ojos brillaban, pero no por la luz del atardecer. Eran lágrimas. Y, aun así,
no paraba.
—Y justo cuando yo fui honesta contigo. Cuando por fin dije lo que sentía. Te
alejaste. ¿Era eso lo que esperabas? ¿Esperabas que cayera solo para que
después pudieras irte?
—Sophie, yo jamás… —Traté de acercarme, pero retrocedió.
—Eso es lo que hacen los chicos como tú, ¿no? Se quedan el tiempo
suficiente para decir lo que la otra persona necesita oír. Y cuando consiguen
lo que quieren… se van.
Me quedé en silencio. Porque no sabía qué decir primero. Porque estaba
intentando procesar todo eso mientras una rabia distinta me hervía por
dentro.
—No vine a jugar contigo. Pero tú estás mezclando todo esto por algo que ni
siquiera sabes. ¿Quién te llenó la cabeza con eso?
—No tengo que preguntar, Daniel. Lo dijiste con tus actos.
—¿Y tú? —Solté antes de pensar demasiado. Mis palabras sonaron más duras
de lo que quería—. ¿Tú no te alejaste también?
—¿Y qué esperabas? ¿Qué me quedara de todos modos? —Alzó un poco la
voz—. ¿Después de que tú me dijiste que no podías tener una relación? ¿Qué
esperabas, Daniel?
No alcancé a responder porque volvió a hablar.
—¿Estabas esperando que nos acostáramos para irte? Después yo ya no te
serviría ¿no?
Eso me rompió algo por dentro.
—¿Qué mierda estás diciendo? —Mi voz salió baja, pero cargada—. ¿De
verdad crees que todo esto fue por eso?
Sophie no respondió. Solo me miraba con los ojos húmedos y el cuerpo
tenso.
—¿Eso piensas de mí? ¿Qué estuve contigo todo este tiempo solo por eso?
Se mordió el labio inferior levemente, como si dudara en hablar. Pero lo hizo.
—No lo sé —Murmuró—. Creo que junté piezas.
Fruncí el ceño totalmente confundido.
—¿Piezas de qué? Sophie, no es como te lo estás planteando.
—Las veces que desaparecías. Las llegadas inesperadas. Cuando yo hablaba
y tu apenas respondías. Cuando era yo la que tenía que estar preguntándote
para saber un poco más de ti, cuando yo solo hablaba y te contaba
abiertamente de mi vida —Más lágrimas cayeron por su rostro—. Y no te
estaba pidiendo nada a cambio. Solo quería conocerte, Daniel. Aunque sea un
poco.
Su voz era suave, pero cada palabra caía como un ladrillo.
—Y después, cuando te dije que sentía, fue como si eso fuera demasiado para
ti. Como si se rompiera algo —Hizo una pausa desviando la mirada—. Te vi
con Sienna, supe cosas y…
Sentí como algo me hervía por dentro. El nombre de Sienna últimamente solo
traía más y más problemas, pero ahora también había llegado a Sophie. Como
si no le hubiese bastado con todo lo que ya arruinó. Como si todavía no
entendiera que había cosas que no debía tocar.
—Entonces fue ella ¿no? —Murmuré con rabia.
Apreté la mandíbula, sintiendo como la rabia se mezclaba con esa punzada
de impotencia.
—No importa quien fue. Solo necesito que me digas…
—Te contó su versión, ¿no? ¿Una historia bien armada, llena de verdades a
medias? No sabes nada, Sophie —Mi voz salió más dura de lo que pensé—.
No trates de hablar como si lo supieras todo, porque al parecer así no es.
Dio un paso hacia atrás dejando caer sus brazos a sus lados, pero no dijo
nada.
—Y supongo que también sabes sobre Aiden —Seguí.
—Un poco —Admitió en voz baja—. Pero sé que tú no lo hiciste. No serías
capaz de eso, Daniel.
Sin poder evitarlo, solté una risa amarga, llena de frustración.
—Increíble ¿no? Te tragaste todo lo anterior desde el juego hasta que solo
estoy esperando prácticamente acostarme contigo para irme. Y con lo de
Aiden sientes dudas —Negué con la cabeza—. Es jodidamente irónico todo
esto, ¿no crees?
Su mirada cambió. Ya no había rabia ni defensa, solo una tristeza tan cruda
que parecía romperla desde adentro, como si acabara de darse cuenta de que
había cruzado una línea sin retorno.
—Tu no serias capaz…
—Mejor te dejo con la duda. Ah, no espera. Quizás alguien más venga
aclararte —La miré unos segundos—. Quédate con lo que quieras pensar. En
verdad no sé qué más quieras escuchar. Ódiame tranquila.
—Daniel, no quiero odiarte. Solo quiero entender que fue todo esto. Que es lo
que pasó —Parpadeó y las lágrimas cayeron sin permiso.
Negué levente sintiendo una presión en el pecho.
—¿Qué caso tiene hablar de esto si ya te tragaste todas sus mentiras? —Solté
en voz baja.
Sin dureza, simplemente frustrado de todo esto.
De Sienna y sus estúpidas versiones.
—¡Tú tampoco me explicas nada! —Alzó la voz entrecortada—. Solo niegas
todo, pero no me dices nada que me haga pensar lo contrario.
Di un paso hacia ella, pero se alejó abrazándose a sí misma.
—Creo que ya no hay nada más que decir —Murmuré apartando la mirada.
El aire entre nosotros se volvió denso y cargado de frustración. De reojo
podía ver cómo pasó la manga de su chaqueta por su rostro, quitando las
lágrimas. Sus palabras me atravesaron como una daga. Y las mías hacia ella
probablemente también.
Y me dolía. Me dolía muchísimo.
Y cuando escuché ese suave cierre en la puerta.
Lo supe. Se había ido.
Del piso.
Y probablemente de mi vida.
Porque en el fondo, ¿por qué creería mi versión? Nadie más lo hizo. Nadie en
todos estos años. Todos prefirieron mirar a otro lado, creerle a Sienna. Y
ahora todo lo que quise enterrar, todo lo que más temí que saliera a la luz,
finalmente lo estaba haciendo. Y lo estaba perdiendo todo, otra vez.
Me quedé de pie en medio de la sala, sintiendo cómo el peso se me
acomodaba sobre los hombros. No era solo tristeza. Era el tipo de vacío que
no se llena con palabras, el tipo que deja grietas incluso en los huesos. Me
pasé una mano por el rostro, intentando recuperar el aire, pero solo encontré
más rabia, más impotencia.
¿Cómo se supone que uno pelea contra una historia ya escrita? ¿Cómo se
convence a alguien de que no eres el villano, cuando el mundo entero ya te
pintó con esa cara?
Cuando volví a mi habitación, cerré la puerta y me dejé caer al suelo,
apoyando la espalda en ella. Mis pensamientos eran un caos, una tormenta
sin faros, y entre cada rayo aparecía su voz. Sus ojos. Esa duda que me clavó
sin darse cuenta.
La verdad es que me cansé de correr. De intentar limpiar un nombre que
nunca nadie quiso entender.
Y ahora, incluso ella.
Sophie.
La única persona que logró entrar sin romper nada. La que me vio incluso
cuando yo no quería ser visto. La que me escuchó hablar de mis miedos y,
por un momento, me hizo creer que el pasado no tenía tanto poder.
Hasta que lo tuvo.
Y ahora siento que todo lo que quise proteger de ella, terminó por alcanzarla.
Quizás siempre estuve destinado a arrastrar todo conmigo. Como una sombra
larga al final del día.
Como un incendio que empieza en silencio, pero al final consume todo lo
bueno que toca.
Apreté los ojos con fuerza. El pecho me ardía.
Ojalá pudiera retroceder. Decirle todo de otra forma.
Ojalá ella pudiera ver que, incluso con mis errores, yo no estaba jugando.
Nunca estuve jugando.
Pero cuando alguien duda de ti, realmente duda.
Y en ese momento supe que, por más que gritara mi verdad, tal vez no sería
suficiente.
Porque hay heridas que no sangran, pero igual se notan.
Y Sophie, por primera vez, me estaba mirando como si yo fuera una de ellas.
Escena 11
Versiones
—Yo no pensé que pasaría eso. Si hubiera sabido… No lo hubiera dejado irse
así —Murmuró con la mirada clavada en su taza casi vacía.
Los amigos de la chica y de Aiden estaban sentados en un rincón del patio
trasero de la casa de ella. Habían llegado de imprevisto, luego de ver las
noticias. Pero todos sabemos que más que por preocupación por la chica, era
para saber que pasó.
—Si no quieres hablarlo…
Ella negó.
Debía decirlo.
Tenía que decirlo.
—Estábamos en el piso de Aiden. Solo repasando algunas cosas de la
universidad. Él en su informe y yo estudiando —Soltó un suspiro—. Y, de un
momento a otro, tocaron el timbre y un chico entró enojado al piso.
—¿Qué chico? —Preguntó alguien de ahí.
Ella jugó con sus dedos que apoyaban la taza.
—Un chico alto. Cabello oscuro y ojos también. Llevaba un tatuaje de
mariposa en la mano —Se encogió de hombros sin verlos—. No sé quién era.
Un chico chaqueó la lengua.
—Daniel. Daniel Winslow.
Sienna sintió como su estómago daba un vuelco, pero decidió ignorarlo.
Nadie podía enterarse que anduvo con un chico menor y de familia común y
corriente.
No era correcto.
No para su familia.
Ni para sus amigos.
—Y discutieron. El chico se enojó mucho y dijo cosas horribles. Que Aiden se
creía superior, que nadie lo soportaba, que tarde o temprano iba a terminar
solo. Fue fuerte… Intenté calmar la situación, pero fue imposible.
Sienna ni siquiera pudo levantar la mirada.
—Siempre les dije que Winslow no daba buena pinta —Agregó una chica.
—Que no haya querido enrollarse contigo, no significa que… —Respondió
otra chica.
—Eso no importa ahora —Las frenó un chico—. Sigue, Sienna.
Sienna sacudió la cabeza, como tratando de volver a concentrase en lo que
estaba diciendo.
—Después de eso —Hizo una pausa, bajando la mirada. Su voz se volvió más
suave, casi triste—. Aiden me dijo que iba a darse una vuelta. Que necesitaba
despejarse. Pero las horas pasaron y…
Soltó un suspiro, como si le costara seguir.
—Ya saben lo que pasó —Murmuró finalmente—. Si Daniel no hubiera
llegado… Aiden seguiría aquí.
Silencio absoluto. El tipo de silencio que grita.
No hubo más preguntas, solo miradas que se encontraban y se apartaban
enseguida, como si temieran compartir una misma conclusión. Y así, lo que
empezó como una simple anécdota se convirtió en semilla. Una mentira
cuidadosamente contada, envuelta en emoción, en duda. Una versión falsa
que no tardó en echar raíces.
El nombre de Daniel empezó a colarse entre los pasillos, en conversaciones
que no lo nombraban del todo pero que lo señalaban igual.
Primero en susurros, luego en miradas largas, después en etiquetas
silenciosas.
El chico que gritó. El que lo hizo sentir menos. El que lo empujó, aunque no
con las manos.
Y el rumor, como todo buen veneno, no necesitó pruebas. Solo una voz y
suficientes oídos dispuestos a creer.
55
Sophie
Unos días después.
El bus se sacudía suavemente bajo mis pies, y yo seguía mirando por la
ventana como si eso fuera a ordenar el caos dentro de mí. A fuera, las casas
pasaban borrosas, los árboles se inclinaban apenas con el viento, y el cielo se
teñía lentamente de ese color entre gris y naranja que anuncia los atardeceres
cansados.
No dejaba de pensar en él.
En cómo todo, de pronto, pareció romperse.
Aunque, si lo pienso bien, ¿cómo se rompe algo que nunca empezó
realmente?
No hubo promesas. No hubo palabras claras. Solo gestos, silencios, miradas
que parecían decir lo que nadie se atrevía a pronunciar. Y, sin embargo, ahora
todo estaba hecho pedazos.
Yo estaba hecha pedazos.
Tenía miedo.
Miedo de haberme equivocado. De haber sentido más de lo que debía.
Una parte de mí quería creerle a Ivy. Ella habló con seguridad, con esa voz
que deja poco espacio a las dudas.
Pero otra parte… otra parte seguía queriendo confiar en lo que conocí de
Daniel.
Porque yo lo vi reírse bajito cuando pensaba que nadie lo escuchaba.
Porque sentí cómo su voz se hacía suave conmigo.
Porque me miró con algo que no era solo deseo.
Y aun así… él no me aclaró nada.
Negó. Se enojó.
Pero no me explicó. No me mostró otra versión.
Solo me dejó con dudas. Con su silencio. Con un malestar que no sé si iba
dirigida a mí o al mundo.
Y yo… yo hablé de más, ¿no?
Fui intensa. Fui todo lo que no debía ser.
Fui esa que siente rápido, que se entrega, aunque le tiemble todo por dentro.
Y ahora me siento tonta.
No por sentir, sino por haber creído que esta vez sería distinto.
Quizás solo fui una más.
Quizás nunca hubo un “nosotros”.
Quizás todo esto fue solo un juego para él… y yo me lo tomé demasiado en
serio.
Apoyé la frente contra el vidrio, y cerré los ojos un momento.
El bus seguía avanzando.
Y yo solo quería llegar a casa de mis abuelos, a un lugar donde nada doliera
tanto.
Donde pudiera respirar sin que el aire me recordara a él.
El bus finalmente se detuvo con un leve chirrido, y sentí cómo mi cuerpo se
adelantaba por la inercia. Me levanté despacio, tomé mi mochila, y descendí
los escalones uno a uno, como si necesitara tiempo extra para volver a la
realidad.
El aire afuera era más limpio, más fresco. Un poco más real también. El cielo
ya se había teñido de ese azul profundo que avisa que la noche se acerca.
Frente a mí, la pequeña estación del pueblo parecía detenida en el tiempo:
cartel oxidado, bancas vacías, silencio.
Estaba a punto de avanzar cuando choqué con alguien que venía de frente.
—Lo siento —Murmuré, llevándome una mano al pecho.
El chico delante de mí también se sobresaltó. Llevaba gorra, el gorro de la
hoodie y lentes oscuros… aunque ya casi no había luz. Iba demasiado
cubierto para un día templado como este. Pero fue su voz la que me encendió
una alarma interna.
Abrí la boca, pero me interrumpió.
—No digas nada. Por favor —Su tono era bajo, casi suplicante.
Y fue entonces cuando lo vi bien. Aunque solo fueran unos segundos… lo
reconocí.
Mi pulso se disparó.
No podía ser.
Él… él era el chico de esas canciones que escuchaba en la radio en la casa
de mis abuelos. El que aparecía en mi playlist de Spotify cuando más
necesitaba distraerme. Su voz era inconfundible. No podía no ser él.
—¿Tú eres…? —Alcancé a preguntar, sin poder evitarlo.
—Sí. Soy yo —Respondió rápido—. Pero no hables alto, ¿sí? Nadie sabe que
estoy aquí. Nadie debería saberlo.
Estaba nervioso. No arrogante ni con aires de estrella. Más bien… asustado.
Como si estuviera huyendo de algo. Su mirada se desvió un segundo hacia los
alrededores. Y por alguna razón, confié.
—¿Qué haces aquí? —Susurré, pero antes de que pudiera decir algo más, me
tomó del brazo con cuidado, sin brusquedad, solo con urgencia.
Negó levemente con la cabeza.
—Pero ¿podrías ayudarme? Necesito llegar al pueblo, pero no sé bien por
dónde es. Este lugar no estaba en mis planes.
Me lo quedé mirando un segundo, sintiendo cómo las canciones que conocía
tan bien chocaban con la imagen real del chico delante de mí. Una parte de
mí seguía en shock. Otra… simplemente asintió.
Porque algo en su voz, en su forma de hablar, decía que necesitaba
desaparecer.
Y quizás, en el fondo, yo también.
Minutos más tarde estábamos ambos estábamos sentados en los asientos de
atrás del viejo auto de mi abuelo.
Ninguno de los dos tuvo problema alguno de llevar al chico, de hecho,
estaban bastante curiosos por el hecho de que llegara alguien de visita al
pueblo. No era muy visitado.
—Espero que vengas con hambre, Sophie —Sonrió mi abuela—. Te preparé
tu tarta favorita de frutilla para que te cantemos Feliz Cumpleaños.
El chico me dedicó una mirada.
—Mary, dijiste que era una sorpresa —Murmuró mi abuelo.
—¡No me aguanté! ¡Lo siento!
El abuelo le dio una mirada antes de sumergirse en una risa que pronto le
siguió mi abuela, luego yo y finalmente el chico. Llamando la atención de mis
abuelos.
—¿Estás seguro de que quieres que te dejemos en el centro? —Preguntó mi
abuelo.
El chico dudó. Pasó una mano por el cuello y respondió.
—La verdad… no tanto. Si les soy sincero, no sé a dónde voy.
—¡Corazón! —Exclamó mi abuela con cierta preocupación—. Entonces
haremos una parada. Ya sé dónde llevarte.
El chico parpadeó sacado de onda.
—Vamos a llevarte donde Sunny Patterson —Anunció mi abuela como si
fuera una celebridad del pueblo.
—¿Sigue viva? —Preguntó mi abuelo con dramática sorpresa.
—Por supuesto que sigue viva. Y más lúcida que tú —Volvió a vernos—.
Tiene un bar y tiene para alquilar algunas habitaciones y pisos.
—¿Cómo se llamaba…? —Preguntó el abuelo pasando una mano por su
frente.
—Ay, no recuerdo Richard —Le respondió la abuela entrecerrando los ojos,
como si así pudiera recordar mejor.
—The Flying Sausage —Murmuré.
El chico me miró como si estuviera bromeando con él y mi abuelo chasqueó
los dedos.
—¡Eso es! ¡The Flying Sausage! —Dijo mi abuela.
—¿Es en serio? —Me susurró el chico. Asentí—. Qué nombre tan… Original.
Mi abuelo rió.
—Si le caes bien te darán una buena habitación y si le caes mejor
probablemente les podrías alquilar un piso.
Los ojos del chico se iluminaron, pero luego carraspeó.
—¿Y si no le caigo bien?
—Pues dormirás con los gatos —Respondió el abuelo en un tono de broma
que el chico no entendió.
—Pero son lindos, tranquilo —Agregué y el chico me miró con una expresión
asustada.
El abuelo detuvo el auto y mi abuela rió.
—¡No lo asusten! —Exclamó bajando del auto y el chico la siguió—. Aquí es,
corazón. Tu ve y solo di que Mary te ha mandado, ¿sí?
Asintió levemente y se giró.
—Muchísimas gracias —Dijo hacia nosotros y mi abuelo se hizo un gesto con
la mano restándole importancia.
—¡Corazón! —Lo detuvo mi abuela y el chico volvió—. Richad y yo amamos
tus canciones. ¡Sigue así!
—Abuela… —Murmuré.
El chico negó en mi dirección y hablaron en voz baja. Tan baja que no pude
escuchar. Se dieron un pequeño abrazo y el chico desapareció cuando cruzó
la puerta.
Mi abuela volvió al auto y suspiró con una sonrisa.
—Vamos a casa.
El abuelo asintió.
—Vámonos. Ya tengo hambre.
Después de unos minutos, llegamos a casa. Al abrir la puerta pude sentir ese
olor familiar que tanta paz me transmitía, una mezcla de madera antigua,
dulce y lavanda. Como si la misma casa hubiera estado esperándome.
La abuela no tardó en desaparecer hacia la cocina, murmurando algo sobre
preparar té y llevar la tarta de frutilla y por más que insistí en ayudar, no me
dejó.
Seguí al abuelo hacia la sala y me llevó hasta su librero, donde desde lejos ya
podía ver algunos libros nuevos.
—Este es una novela —Me dijo mostrándomelo—. Es para ti. Tiene una
pequeña dedicatoria. Espero que te guste, pequeña Sophie.
—¡Ya no soy pequeña! Cumplí diecinueve.
Mi abuelo rio y mi abuela llegó con una bandeja con pastelillos, té para ellos y
una taza de chocolate caliente para mí.
—Para nosotros siempre serás nuestra pequeña —Dijo con una risilla y volvió
a la cocina.
—Diecinueve —Murmuró el abuelo dramático— Mi pequeña, Sophie.
Solo pude sonreír. Su forma de decirlo, como si todavía fuera una niña que
acababa de aprender a andar, me provocó una ternura inmensa. Había algo
en la manera en que me miraban mis abuelos que me hacía sentir a salvo.
—No tenemos diecinueve velas, pero si diecinueve abrazos para ti —Agregó
mi abuela, mientras dejaba un pastel decorado con frutillas. Solo con verlo,
una sensación cálida se instaló en mi pecho.
—Juntos —Dijo mi abuela al abuelo, mirándolo con complicidad. Entonces,
se pusieron a cantar “Feliz cumpleaños”, desafinados pero alegres, y yo me
sentí como si por un instante el resto del mundo no existiera.
Cerré los ojos y los escuché. No había más voces, ni mensajes sin responder,
ni nombres que dolieran. Solo ellos dos y su amor de toda una vida.
—Vamos, mi niña, pide un deseo —Susurró mi abuela, con esa dulzura suya
que parecía envolverme cada vez que me hablaba—. Uno de esos que se
sienten aquí —y se tocó el pecho—, no acá —y luego señaló la cabeza,
riéndose suavemente.
Me quedé mirando las velas encendidas. Las llamas pequeñas temblaban
apenas, como si también respiraran.
Y pensé en los deseos. En cuántas veces había pedido cosas que no sabía si
merecía. Esta vez, no sabía bien qué pedir. Tal vez paz. Tal vez fuerza para no
quebrarme por dentro. Tal vez que el dolor no pesara tanto.
Quería aprender a quererme. A estar bien conmigo. A sentirme suficiente.
Y con ese pensamiento, soplé.
Las velas se apagaron en un solo intento. Mis abuelos aplaudieron entre risas
y vinieron de inmediato a abrazarme, a besarme las mejillas con ese amor
que no exigía nada, que simplemente estaba.
—¡Feliz cumpleaños, mi Sophie linda! —Exclamó mi abuela.
—Te amamos —Agregó mi abuelo, estrujándome contra él.
Nos quedamos así un rato. Después, entre besos y pequeños regalos hechos a
mano, nos sentamos a compartir pastelillos, tarta y café. Mi abuela se sentó
en su mecedora y el abuelo se acomodó en un sillón a su lado.
—Muéstranos tus nuevas fotografías, por favor. Hace un tiempo que no las
vemos y ya las extraño —pidió mi abuela.
El abuelo se colocó sus lentes y se sentó con una sonrisa mientras yo sacaba
de mi mochila el computador y lo desbloqueaba buscando la carpeta de fotos
con una sonrisa en mi rostro.
Ellos sonrieron cuando la primera foto apareció en la pantalla, era una de
Lyra.
—¡Lyra! —Exclamó mi abuela—. Que sonrisa tan dulce.
Sonreí recordando la llamada que tuvimos esta mañana para saludarme por
mi cumpleaños.
Pasé a la siguiente donde estaba mi abuela.
—Esa la tomé hace un par de semanas —Comenté, al ver la imagen de mi
abuela en el jardín, con su sombrero favorito y un libro sobre las piernas.
—¡Mira esa cara mía! —Exclamó ella, tapándose la boca con la mano—.
Parezco sorprendida por mi propia existencia.
—No digas eso —Dijo mi abuelo, sonriendo—. Yo te vi así y me enamoré por
segunda vez. Igualita a cuando tenías veinte.
Mi abuela lo miró, medio riéndose, medio emocionada, y le dio una
palmadita cariñosa en el brazo.
Pasamos a una foto del abuelo, agachado entre las flores, con una tijera de
podar en la mano y la lengua ligeramente afuera por la concentración.
—Ese día estuve como dos horas en esas rosas —Dijo él, encogiéndose de
hombros.
—Y aun así se te olvidó sacar la basura —Le lanzó mi abuela, pero luego
agregó, en voz baja—. Aunque no cambiaría ni un segundo de esos años
contigo.
Siguió una imagen de ambos, abrazados en la puerta de la casa, riéndose.
Uno de esos momentos espontáneos que yo había atrapado sin que lo
notaran.
—Esa vez te tiré agua con la manguera, ¿te acuerdas? —Dijeron los dos al
mismo tiempo. Se miraron sorprendidos y se largaron a reír.
Yo me quedé en silencio, observándolos con una sonrisa suave. Eran de esos
amores que no hacen escándalo, pero se sienten hasta en el aire. Como una
canción bajita que igual se te queda en la cabeza.
Seguí pasando fotos… y ahí estaba.
Daniel. La foto que tomé el día de la grabación, cuando estábamos sentados
en las rocas. Estaba apoyado en mis antebrazos y el rostro girado hacia el
horizonte. La luz del atardecer le doraba el contorno del perfil y le acariciaba
el pelo.
Traté de pasar a la siguiente más rápido, pero mi abuela me detuvo.
—¡Espera! ¿Quién es ese chico tan guapo?
—Abuela… —Murmuré sintiendo mis mejillas arder.
—¿Mi pequeña, Sophie, tiene novio? —El abuelo hizo un gesto dramático—.
Te lo dije, Mary. Me daba la vibración.
—Es la vibra. —murmuré en voz baja antes de reírme—. Es, “me daba la
vibra.”
—Eso, eso —Dijo el abuelo, agitando una mano como si espantara algo.
La abuela, mientras tanto, ya se había inclinado hacia el computador,
entornando los ojos como si así pudiera ver mejor la pantalla.
—¿Quién es? —Preguntó, casi como quien susurra un secreto.
Bajé un poco la mirada, tragando saliva.
—Un amigo —Dije, lo más neutral posible, pero no se escuchó ni muy
convincente para mí.
La abuela hizo un sonido corto con la boca, como si chasqueara la lengua
con suavidad.
—No es un amigo —Declaró.
—Claro que no es un amigo —Se unió mi abuelo sin dejar su tarta.
Le di un sorbo al chocolate caliente. Intentando ganar tiempo.
No tenía como explicar lo que era. Lo que pasó. Lo que me hubiera gustado
que fuera. Lo que fue y lo que no.
—No estamos juntos —Murmuré—. Y si yo siento algo más, tampoco va a
poder ser. No es tan fácil.
Mis abuelos se miraron. Con una de esas miradas cómplices, como si se
pasaran pensamientos sin necesidad de palabras.
—¿Sabes, Sophie? —Comenzó mi abuelo—. A veces el amor no es sobre
encontrar a alguien perfecto, sino a alguien que esté dispuesto a aprender
contigo. Pero incluso así hay momentos en los que las personas no están
listas al mismo tiempo.
—Y eso no hace que quieran menos —Añadió la abuela con suavidad,
sentándose a mi lado en el sofá—. Solo que están batallando con cosas que
quizás tú no ves.
—Eso de amar a alguien y no poder estar con esa persona… pasa más
seguido de lo que crees. Pero no significa que fue en vano —Continuó el
abuelo—. Por suerte no nos pasó eso, Mary. O estaría triste y solo por ahí.
Ella negó levemente con una pequeña sonrisa antes de volver a mí.
—A veces, simplemente no es el momento —Dijo la abuela, acariciando mi
cabello—. Y otras veces, lo es, pero uno de los dos aún no lo sabe.
Asentí en silencio, sintiendo un nudo tibio en la garganta. No me estaban
diciendo que soltara ni que insistiera. Solo me estaban diciendo que está bien
sentir. Que está bien no tener todas las respuestas.
—El cariño sincero no desaparece porque haya problemas —Dijo el abuelo al
final—. Lo que importa es cómo se enfrentan, no si existen.
—Y cómo te cuidan mientras tanto —Agregó la abuela—. Porque incluso
confundido, quien te quiere, te cuida.
Me quedé en silencio, guardando sus palabras como si fueran pequeñas
piedras suaves en los bolsillos. No tenía claro qué pasaría con Daniel. Pero
por primera vez en días, no sentí que debía decidirlo todo ahora.
—Gracias —Susurré.
—Para eso estamos —Respondió el abuelo con una sonrisa tranquila—. Para
recordarte que no estás sola.
Volví mi vista a la tarta de frutilla que no la había tocado y cuando llevé el
trozo a mi boca, cerré los ojos disfrutando de los sabores.
—¡Sabía que te encantaría! ¡Ves que sí, Richad!
—Todo lo que cocinas queda increíble, Mary.
Mi abuela se sonrojó levemente y no pude evitar sonreír.
La tarde siguió su curso como si el tiempo también se hubiera acomodado en
uno de los sillones, dejando de correr por un momento.
La voz de mi abuela llenaba el espacio con alguna historia sobre su vecina y
un gato que se le metía en la casa, mientras el abuelo asentía con
exageración, como si fuera un cuento de misterio y no una anécdota más del
barrio.
Yo solo escuchaba, con la taza de chocolate caliente entre mis manos,
sintiendo cómo el calor me llegaba hasta los dedos. Afuera, la oscuridad
empezaba a invadir el cielo y unas pequeñas estrellitas llegaban a
acompañarlo, tiñendo todo con un tono melancólico que, por alguna razón,
me hacía sentir en paz. Me serví otro trozo de tarta —el segundo— aunque
sabía que no me lo iba a terminar. No importaba. Esa era la gracia de estar en
casa de los abuelos: podías dejar migas, repetir postre, quedarte en silencio o
reírte sin decir nada gracioso.
—¿Sabías que tu abuelo derramó el té esta mañana? —Comentó mi abuela
de pronto, señalándolo con una sonrisa.
—¡Mary! —Dijo él, fingiendo indignación—. Eso fue culpa de la taza. Es
demasiado bajita. Tiene una mala estructura.
—¿Una mala estructura? —Pregunté riendo.
—Claramente —Respondió él, dándole un sorbo a su taza.
Y entonces reí. No porque fuera chistoso en sí, sino porque era todo tan
simple, tan humano. Me sentí agradecida por ese momento, por la risa sin
esfuerzo, por el olor a canela y mantequilla, por los pedazos de tarta a medio
comer.
—¡No, Abuela!
Se acercó con un álbum de fotos en las manos y sentí mi cara enrojecer.
—¡Mira que linda te ves tomando fotografías con la cámara del abuelo! Desde
pequeña fuiste así, Sophie.
—Como olvidarlo —Dijo el abuelo nostálgico—. Tu madre tenía que andar
persiguiéndote para que fotografiaras todo.
Los tres reímos. Mi abuela sacó otra foto.
—Mira, tú y tu madre en tu primer día en jardín de infantes —Nos mostró—.
¡Y mira! En tu mano llevas un lápiz, el rosado.
—Ustedes me regalaron —Completé.
Sacó otra foto.
—Aquí hay una de tu madre, acompañando a tu tío Nick en su titulación.
Mira que linda se ve sonriendo —Le mostró a mi abuelo.
—Esa sonrisa, salió a ti —Le dijo mi abuelo y mi abuela sonrió dejando un
beso en su mejilla.
Aparté la mirada sonriendo y tomando de mi taza de chocolate caliente.
—¿Qué estudió mi tío Nick?
Mi madre no me hablaba mucho de él, ni de ninguno de mis tíos, la verdad.
Ambos se dieron una mirada.
—Derecho —Respondió finalmente el abuelo—. Pero no toques el tema con
tu madre, por favor, Sophie.
Asentí.
—Solar siempre quiso estudiar Derecho —Empezó mi abuela y negó con la
cabeza—. Creo que siempre la escuché decir que ese era su sueño y que se
veía vestidita con su blaiser.
Revolvió el líquido de la taza con una cuchara.
—No pudimos pagarla, eran cuatro niños y… yo no trabajaba. Lo poco que
ganaba tu abuelo lo usábamos para comer, para pagar las facturas de la casa
y la escuela… bueno era público. Así que hasta ese entonces no vimos un
problema. Nick salió de la escuela y por sus buenas calificaciones le
concedieron una beca en la universidad, nosotros solo podíamos darle dinero
para comprar algunos cuadernos para la universidad, después empezó a
trabajar —le dio un sorbo a su taza de té y el abuelo tomó su mano libre.
—Tu madre salió de la escuela unos años después, pero no con tan buenas
calificaciones como Nick. No le pudimos pagar una universidad para estudiar
derecho. Creo que desde ahí empecé a ver a mi pequeña hija apagada.
Y creo que en ese momento lo entendí. Las piezas encajaron. Ella quería que
yo cumpliera su sueño y que no repitiéramos la historia. Que no terminara
trabajando en algo pequeño, como ella lo denominaba.
Estaba llevando el sueño que ella quiso cumplir. Probablemente iba a vivir
una vida que ella quiso.
Dicen que los padres quieren lo mejor para sus hijos, pero ella quería que mi
vida fuera la que ella no pudo tener.
Y yo ya no quería seguir cargando con ese peso. Ella necesitaba soltarse. Yo
necesitaba que me soltaran.
56
Sophie
Una semana después
—Sonríe, por favor.
—No quiero.
—Por favor —Insistí.
—Tómala así. Sin más.
Pasé una mano por mi rostro, frustrada.
Joder.
—Dijiste que podías ayudarme.
—Corrección. Tú madre dijo que estabas triste, llamó a mi madre y aquí
estoy —Me señaló con el mentón—. No sé si piensan que soy un puto payaso
o qué.
Solté una risa breve.
—Tú me preguntaste si podrías hacer algo para que me sintiera mejor. Y
bueno, tu aceptaste.
Se cruzó de brazos.
—Aunque sinceramente no sé si estás siendo de mucha ayuda.
—Podrías ser más amable, ¿sabes? Tu madre mandó mensajes con emojis
tristes, es difícil decirle que no.
Una sonrisa tiró de la comisura de sus labios.
—Perdona. No tienes que venir solo porque mi madre te lo pide.
—No lo hice porque ella me lo haya pedido.
Fruncí levemente el ceño.
—Entonces, ¿por qué vienes?
Me sostuvo la mirada un momento más antes de responder.
—Porque quiero.
Me quedé en silencio. Por como lo dijo. Tan seguro. Tan directo. Como si
mostrara una faceta de él que no había conocido.
—¿Aunque eso implique hacer fotografías?
Rodó los ojos.
—Ya. Me lo podría pensar.
Solté una risa y Harry sonrió brevemente.
—Siéntate allí —Apunté a un asiento de mimbre.
Harry se sentó y acercó la taza de café a sus labios. Me miró y negué con la
cabeza. Suspiró y cambió la postura. Esa estaba mejor. Sonreí y tomé la
fotografía.
Ya, quizás lo suyo es Derecho.
—¿Y para qué son estás fotos? —Preguntó mirando a la cámara.
—Para un concurso —Respondí en voz baja. Casi como si me diera
vergüenza admitirlo.
Se acomodó en el asiento y pasó una de sus manos por su nuca.
—¿Un concurso? ¿De qué tipo?
—Fotografías en general. En diferentes planos. Personas y paisajes —Bajé la
cámara—. Si ganas, puedes conseguir una beca.
Abrí sus ojos, sorprendido, por un momento.
—No sabía que te tomabas tan en serio la fotografía.
Me encogí de hombros.
—Pues ahora lo sabes.
—¿Tu madre sabe?
—¿Del concurso? —Asintió—. No. No lo sabe.
Me observó unos momentos en silencio.
—Entonces…
—Las mandaré de todos modos. Hay muchas más personas participando, si
la beca no es mía… Lo tomaré como una señal.
—Y si te la ganas.
—No lo sé. Creo que ahí pensaré en algo.
Harry se encogió de hombros y tomó su celular que descansaba otra la
pequeña mesita.
—Siempre tuve razón.
Fruncí el ceño volviendo a verlo.
—¿En qué?
—En que Derecho te interesaba una mierda.
Solté una risa sin evitarlo.
—Podrías haberlo dicho con otras palabras.
Una sonrisa tiró de sus labios.
—Soy así. Directo.
Negué con la cabeza.
—Y como soy tan directo, te diré que ya me voy porque saldré con una chica
—Agitó su mano de un lado a otro en señal de burla—. Adiós, próxima
ganadora del concurso de fotografía.
—Adiós, próximo mejor abogado de la ciudad.
Me quedé en silencio en medio del jardín unos momentos más. Finalmente
opte por sentarme en el césped.
Era curioso cómo, cuando todo quedaba en pausa, aparecían los
pensamientos que uno evitaba todo el día.
Sentí el pecho pesado, como si cargara algo que no sabía explicar del todo.
Una tristeza fina, silenciosa, como esas nubes grises que cubren el cielo sin
llegar a llover.
Pensé en cómo las cosas a veces se rompen sin hacer ruido. No hay gritos, no
hay portazos. Solo ausencia. Y preguntas, sin respuestas.
Había estado tratando de encontrar sentido en todo. En lo que sentía, en lo
que callaba, en lo que no sabía si aún podía esperar.
Me dolía no entender. Me dolía dudar.
Y, sin embargo, ahí estaba. Sola. Respirando. Pensando. Viviendo.
Y aunque fuera poco, aunque fuera apenas un hilo, seguí siendo suficiente
para quedarme un rato más allí.
Solo con una leve brisa y el atardecer junto a mí.
57
Sophie
El examen de admisión cada vez estaba más cerca, mi ansiedad aumentaba
cada vez más. Mi estómago estaba cerrado totalmente.
Mi madre no se quedaba atrás, pensé que el tema de Derecho había pasado,
pero no. Ignoró totalmente mis palabras sobre que ya no estaban en mis
planes. E insistió tanto como con Harry como con la universidad que tenía la
mejor facultad de Derecho, también recomendada por Harry.
“Eres buena hablando, tienes carácter”
Repetía mi madre, pero no… no encajaba con lo que mi mente quería.
Y me di cuenta de que su definición de éxito era distinta a la mía, creo que
todos lo definimos de una manera diferente. Y eso me gustaba. Pero tambien
me aterraba.
“Podrías ser muy buena”
Yo no quería ser solo “buena”. Quiero sentirme viva. Quiero mirar mi vida y
sentirme enamorada de ella. Quiero despertar feliz y aunque las cosas se
compliquen saber que estoy haciendo lo me hace sentirme bien.
Decidí recopilar las fotos, y como es de esperarse, las fotos de Harry no
fueron todas seleccionadas. Recopilé algunas del trabajo en la playa, de Lyra
en el jardín y… la de Daniel.
Dudé muchísimo. Cada vez que veía esa foto sentía que mi corazón daba un
vuelco.
Pero, no pude dejarla fuera.
Porque, aunque ahora doliera, aunque hubiera un muro entre nosotros y
aunque no hubiéramos vuelto a hablar… esas fotos capturaban algo real.
Las subí, cerré la inscripción y solo pedí que, si era para mí la fotografía, me
dieran una señal. Aunque sea una pequeñita.
Me sentí mal. Como si estuviera haciendo algo ilegal, en parte le estaba
fallando a mi madre.
Pero no pude evitar sentir ese vuelco en mi corazón, esa sensación de
sentirme viva. Por primera vez, sentí que estaba eligiendo algo mío. Algo que
no buscara complacer a nadie. Solo sentirme viva.
Y aunque no estaba segura de ganar, aunque no sé si volveremos a hablarnos
en algún momento o si pudiéramos tener una conversación sin romperme.
Solo hice algo por mí.
Y en ese caso de expectativas, dudas, miedos…
Ese clic de enviado se sintió como una pequeña victoria.
58
Daniel
Mi café se había enfriado hace un rato. No me importaba mucho, a decir
verdad.
Frente a mí estaba Ruby y Alex, su prometido. Estábamos en un café cerca de
la universidad y habían pedido mi ayuda para editar un pequeño video en el
que mandarían las invitaciones de la boda, decían que era más moderno.
Ruby estaba emocionada diciendo ideas, Alex sonreía apoyándola y, de vez
en cuando, se sumergían en la Tablet de Ruby donde había más ideas.
Que podrían cambiar el color, la tipografía, el texto, las flores pequeñas.
Asentía solo cuando era necesario. Mi mente estaba en Sophie. Aunque
intentaba evitar pensar en ella, en eso, en sus palabras, en mis palabras.
No podía y volvía a colarse en mi mente.
Los ojos me pesaban, hace unos días no descansaba. Me había obsesionado
tanto con mantener la cabeza ocupada, que apenas soltaba el computador.
Habían pedido un trabajo nuevo y desde el día que el profesor lo entregó en
clases, no había podido soltarlo.
—Daniel… —Murmuró Ruby.
Llevé mi mirada a ella que me daba una expresión suave.
—¿Estás bien? —Preguntó y asentí.
—Si quieres lo dejamos para otro día —Propuso Alex, pero negué.
—No, cuéntenme.
Ruby me miró un poco dudosa, pero desvió el tema a la comida de la fiesta, a
cuantos invitados y que lugar le gustaría. Alex miraba encantado a Ruby y
propuso algunos lugares de luna de miel. El café terminó una hora después,
cuando Alex necesitaba volver al trabajo. Ruby tenía turno hasta más tarde
así que decidimos caminar un poco.
—Daniel, puedes confiar en mí —Dijo Ruby.
—Lo sé —Dije sin mirarla—. Gracias.
Escuché como soltó un suspiro.
—¿Has tenido buena semana?
—Es martes.
—Bueno, lo que llevas de la semana. Señor perfeccionista.
Le di una mirada y estaba sonriendo.
Joder, esa chica podía estar feliz todo el día.
Siempre fue así.
—Sí. Buena semana —Murmuré.
—¿Has dormido bien?
Dejé de caminar y me volví hacia ella.
—¿Desde cuándo te preocupas tanto por mí? Hablamos tarde, mal y nunca.
Suavizó su expresión.
—Lo sé y lo lamento. Creo que en eso nos parecemos, ambos nos cerramos
bastante —Soltó una risa—. Me cerré tanto estudiando Gastronomía que los
dejé fuera, Alex me ha enseñado muchas cosas. Uno nunca termina de
aprender, Daniel.
Fruncí un poco el ceño.
—¿A qué quieres llegar?
—Que estás cerrado. Algo te pasa, lo sé, y no quieres contarlo. No digo que
debas contarme cada detalle, pero puedo escucharte, de lo que sea. Siempre
has sido así, no lo niego, pero hay algo más, Daniel… lo sé.
Suavicé un poco mi expresión sin dejar de fruncir el ceño. No sabía cómo
ponerlo en palabras exactamente. No sabía cómo explicar que lo de Aiden
me había desarmado por completo, que ese recuerdo me perseguía cada día.
Que Sienna me había hecho pensar que yo era el problema y que seguía
culpándome por lo de Aiden. Que cuando Sophie me miró como si ya no
creyera en nada de lo que vivimos fue como si me terminaran de romper.
—Discutí con Sophie —Solté sin más—. Hace unos días. Muchos días. No la
he vuelto a ver.
Ruby movió su cabeza hacia un lado escuchándome atenta.
—No sé cómo empezó exactamente, solo sé que discutimos. Me dijo cosas
que sé que alguien más le dijo, alguien más le lleno la cabeza de cosas. No la
culpo por creer, porque no hice nada para que piense lo contrario. No supe
abrir la puta boca, no supe como hablar de las cosas que pasaron, en cambio
solo dejé que creyera las estupideces con las que le llenaron la cabeza.
—Daniel… —Murmuró Ruby con dulzura—. Entiendo que no siempre hay
que contar todo, que cuesta, pero a veces… el guardar silencio es más
doloroso que hablar. Para ti. Para quien está enfrente.
Me quedé en silencio escuchando sus palabras, tomó mi mano con
delicadeza, como si tuviera miedo de que me fuera a escapar.
—No creo que Sophie, te juzgara por lo que callaste. Pero quizás si porque
esperó que confiaras en ella, que le contaras lo que sea —Sonrió
levemente—. La conozco poco, pero no dudo que te hubiera escuchado hasta
el final.
Respiré hondo, conteniendo esa presión
—No quería hacerle daño. No quiero que me miré como, ¿decepcionada?
—A veces creemos que proteger a alguien es guardarnos todo. Pero no es así
—Me miró unos segundos antes de continuar—. Las personas que te quieren
no esperan perfección. No esperan que tengas toda tu vida resuelta. O sin
problemas. Las personas que te quieren solo esperan que las dejes entrar. Que
les abras un poquito más tu corazón. Conocerte con cualquier cosa. Aunque
sea un poco. Aunque tengas miedo.
Mi mirada se relajó un poco más. Ruby sonrió todavía de esa manera que te
hacia tranquilizarte.
—Se que no lo hiciste por egoísmo o por hacerle daño. Lo tengo totalmente
claro, tú no eres así. Lo hiciste porque te acostumbraste a estar solo en lo que
sientes, en tus batallas y no te culpo, si no que te pido disculpas, porque yo no
estuve cuando lo necesitabas y sé que mamá ni papá tampoco —Trató de
mantener su sonrisa, aunque sus ojos se llenaban de lágrimas—. Pero Daniel
tú no estás solo. Y Sophie… quizás dio un paso al lado porque se sintió fuera
de tu mundo.
Sentí que la boca se me secó, pero Ruby siguió hablando.
—No dejes que se enfríe lo poco que queda. Porque a veces el orgullo rompe
lo que más querías salvar.
Me quedé en silencio por unos segundos. Las palabras de Ruby eran tan
profundas que sentía que en el fondo me reconfortaban, pero también me
sacudían.
—Gracias, Ruby —Dije en voz baja.
Ruby no dijo nada, sino que solo me miró con esa expresión de compresión y
cariño.
—¿Te puedo dar un abrazo? —preguntó un poco tímida.
Abrí mis brazos sin decir nada y ella se acercó. Me envolvió una calidez de
esas que te dicen que todo iba a estar bien.
En algún momento me sentí como cuando éramos más pequeños, cuando
Ruby venía a mi habitación, luego de que mi padre la regañara.
Nos quedamos así unos segundos hasta que nos separamos, Ruby estaba
sonriendo, aunque sus ojos seguían un poco llorosos.
— Lo siento —Dijo limpiándose las lágrimas—. Es el bebé.
Mis ojos se abrieron como nunca.
—¿Qué?
Ruby comenzó a reír.
—¡Es broma!
—Joder, Ruby.
La chica siguió sonriendo.
—¿Desde cuando eres tan buena con las palabras?
Ella se encogió de hombros.
—Alex, me ha enseñado muchas cosas.
Rodeé los ojos.
—Alex, otra vez.
—Estoy enamorada, Daniel —Dijo como si fuera obvio—. Aunque no puedes
negar que mis consejos son perfección.
—Que humilde —Dije en un tono sarcástico.
—Tú eres igual.
Negué con la cabeza con una pequeña sonrisa asomándose en mis labios.
—Haz lo que sientas —Me dijo en un tono bajo, ya sabía a qué se refería—.
No lo dejes para después. El tiempo avanza sin avisar.
Asentí.
El tiempo avanza sin avisar.
59
Sophie
Mis dedos estaban fríos. Los tenía tan apretados contra las mangas de la
chaqueta que sentía dolor en mis manos.
Sentía los latidos en mi garganta y la tensión apretándome el estómago como
si tuviera una piedra ahí dentro.
Miré mi reflejo en una vitrina y me mantuve ahí un tiempo. El brote de acné
seguía ahí. Granitos en la frente y en la barbilla, bien marcados como
asegurarse de que no me olvidara de que estaban conmigo.
Me acomodé la chaqueta y entré al edificio. Había una gran fila de personas,
algunas hablando, otras sola. Vi a una chica repasando sus apuntes y me
dieron ganas de vomitar.
Me obligué a mantenerme firme. Esto era solo un paso más. Uno que me
había costado semanas de indecisión, lágrimas escondidas y mensajes de
aliento.
El corazón me latía tan fuerte que podía sentirlo en los oídos cuando llegue al
pasillo donde estaban asignados los salones. La mía era la 204.
Caminé lo más lento posible.
Tragué saliva. Estaba sola. Y sentía que todas mis inseguridades venían
conmigo, como una mochila invisible colgada en mi espalda.
El miedo a fallar, a no ser suficiente, a no entender ni una sola pregunta.
A decepcionarme.
Apreté los labios, tomé aire y alcancé el picaporte.
Solo entra. Lo demás se verá después.
Y entonces, lo hice.
Escena 12
Susurros, susurros y más susurros
Nadie decía su nombre en voz alta.
No directamente. No cuando él estaba cerca.
Daniel se había vuelto un susurro incómodo entre los pasillos de la facultad.
Una mirada rápida. Un comentario entre dientes. Un mensaje reenviado.
El chico no hablaba.
El que era amigo de Aiden.
El que estaba invitado en la mayoría de las fiestas.
El chico que nunca hacía caso a alguna chica que le insinuaba.
El que pasaba con Aiden en la barra.
El que estaba con él antes de…
Bueno, ya todos sabían cómo había terminado.
O creían saberlo.
Habían pasado semanas desde la noticia. Desde los mensajes cargados de
exclamaciones, los homenajes improvisados por redes sociales, las
publicaciones de fotografías en blanco y negro acompañadas de frases
sacadas de Google.
Y en medio de todo eso, estaba Daniel.
Vivo. Respirando. Pero convertido en el villano silencioso de una historia que
ni siquiera había contado.
Sus pasos se escuchaban distintos ahora. Más lentos. Como si midiera cada
movimiento. Como si cualquier gesto pudiera volverse prueba en su contra.
No vivía con sus padres. No desde hace un tiempo.
Aun así, seguía llamando. Por costumbre. Por necesidad.
El celular sonaba.
Una vez.
Dos.
Hasta que la voz automática contestaba con su habitual frialdad.
Intentó con su padre.
Nada.
Solo un mensaje sin leer.
“Es mejor que dejes pasar el tiempo”. Le había dicho la última vez. Como si la
distancia arreglara algo. Como si lo que se había roto fuera reparable con
silencio.
En la universidad, algunos profesores aún le dirigían la palabra con cuidado.
Otros evitaban siquiera mirarlo. Como si su presencia manchara la clase.
Nadie se lo decía de frente, pero él lo notaba. Todos lo notaban.
—¿De verdad creen que lo hizo? —Había escuchado susurrar unos asientos
más atrás del suyo.
—Habían discutido. Y no habló en el homenaje ni una palabra.
—Es raro, ¿no?
Era raro.
Todo lo era.
Daniel no dormía bien. Soñaba con gritos ahogados. Con una llamada que
nunca llegó.
Y cuando despertaba, el eco del rumor seguía ahí. Pegado a su piel.
“Dicen que fue él”
“Dicen que discutieron”
“Dicen que lo empujo”
Lo peor era de que él tampoco sabía la verdad completa. Solo sabía lo que
había vivido.
La discusión.
Las palabras que nunca debió decir.
La última mirada.
Y luego… silencio.
Un silencio que ahora lo estaba ahogando.
60
Sophie
—¿Y eso fue todo? —Preguntó Ivy, alzando ambas cejas con una pequeña
sonrisa.
Asentí, aun sintiendo un leve ardor en la garganta.
—Sí. Me dijo que no había nada más que decir y me fui. No nos hemos
vuelto a ver desde ese día.
Ivy soltó una pequeña risa, satisfecha.
—Muy bien. Así se hace. Ese chico tenía que irse hace rato.
Pero Lyra, sentada en la silla de al lado, no reaccionó igual. Su mirada viajó
de Ivy a mí, frunciendo apenas el ceño.
—¿Muy bien? —Repitió en voz baja—. ¿De qué hablas? Si ni siquiera dijo
nada.
Ivy se encogió de hombros, girándose hacia ella con desdén.
—¡Exacto! ¿No ves? No dijo nada porque no tenía nada que decir. Punto final.
—O porque no pudo —Replicó Lyra—. No lo estoy justificando, solo digo
que no lo sabemos.
—Lyra, por favor… —Bufó Ivy—. Siempre con lo mismo. ¿Hasta cuándo vas
a defenderlo?
—No lo estoy defendiendo —Respondió ella, más firme esta vez—. Solo no
me parece “muy bien” cuando Sophie está con cara de querer desaparecer
del planeta.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Y yo, atrapada en medio de ambas, solo apreté la taza caliente entre las
manos como si eso bastara para no quebrarme.
No dije nada. Ni en defensa de una ni de la otra.
Porque si abría la boca, tal vez también iba a romperme yo.
Fue entonces cuando sonó la campanita de la puerta, arrastrando un sonido
metálico que cortó el silencio.
Levanté la vista, y un escalofrío me recorrió al ver entrar a Roy y Nolan.
Ambos se detuvieron apenas nos vieron. Roy soltó una risa nasal, y Nolan
ladeó la cabeza con una sonrisa burlona.
—Mira quién está aquí —Dijo Roy, señalándome con el mentón—. Un café,
ahora. ¿O te vas a hacer la difícil?
Me congelé.
Lyra reaccionó antes que yo.
—¿Café? Lo de ustedes parece más falta de atención.
Las cejas de Roy se alzaron, divertido.
—Uy, la amiga salvadora. Siempre metida —Dijo, mirando a Nolan.
—Siempre con la lengua más afilada que el cerebro —Añadió él.
—No tienes idea de quién es, así que mejor no hables —Hablé—. ¿Listo? ¿Ya
descargaron su frustración por hoy?
Soltaron una risa caminando hacia la barra, donde Niko ya estaba
mirándolos, apoyado en la barra, con los brazos cruzados.
—Estoy esperando a que me atiendas, Sophie —Se burló Roy.
—Sophie está en su tiempo libre —dijo Niko con tono cortante—. Y no
atendemos imbéciles. Lo siento.
Roy soltó una risa seca.
—¿Y tú quién te crees que eres?
—Alguien que no los quiere cerca —Replicó Niko, cruzándose de brazos—.
La salida está por donde entraron. Adiós.
Nolan dio un paso hacia adelante, pero Roy lo frenó con un gesto.
—No vale la pena —murmuró, clavándonos una última mirada—. Igual se
nota con quién se juntan.
Y sin más, se dieron media vuelta, pero antes de salir de volvieron hacia
nosotras.
—Saludos para Daniel —Se burló Nolan.
—Ivy estará feliz de dárselos. —Completó Roy.
Sin agregar nada más salieron de la cafetería, haciendo sonar de nuevo la
campanita al salir.
Lyra frunció el ceño con la mirada fija en Ivy.
—¿Qué? Son unos putos arrogantes.
La miré en silencio mirando como jugaba con una servilleta.
—Volviendo al tema de Daniel… —Ivy intentó retomar el hilo anterior.
—No —la interrumpió Lyra, tajante—. Basta. No más.
Ivy le lanzó una mirada filosa, como si no pudiera creer que la callara así.
Pero Lyra solo me miró a mí, y en silencio, estiró una mano para apretarme la
mía con suavidad.
Y en ese gesto, pequeño pero honesto, sentí una parte de mí aflojar.
—Tengo clase —Masculló Ivy—. Adiós.
Lyra la siguió con la mirada hasta que salió de la cafetería y me dio una
mirada que la conocía bastante bien.
—Sophie…
Asentí soltando un suspiro.
—Sé que es la segunda vez que te lo digo, pero hay algo de ella que no me
cuadra. Quizás este equivocada, no lo sé —se quedó un momento en
silencio—. Pero ten cuidado con Ivy, ¿sí?
—Sí, no te preocupes.
Me dio una pequeña sonrisa y le extendió una galleta.
Sonreí.
Porque a veces no necesitaba que todos me entendieran.
A veces bastaba con que alguien estuviera ahí.
61
Daniel
Nunca me lo dijo directamente, pero no me tomó mucho tiempo deducir
quien le había dicho todas esas cosas.
Lo que si me tomó un poco de tiempo fue arriesgar e ir directamente a hablar
con ella. Ya no estaba dispuesto a que Sophie se tragara toda esa mierda.
Estaba ahí, sentada en una de las sillas del fondo, con los brazos cruzados y
los ojos fijos en la mesa. El aula estaba vacía, apenas iluminada por la luz que
entraba por las ventanas altas.
Aquí nadie nos escucharía. Nadie nos vería.
Cerré la puerta detrás de mí con un golpe seco. No era por dramatismo. Era
por rabia contenida.
—Fuiste tú, ¿cierto? —Dije sin rodeos.
Sienna frunció el ceño ladeando la cabeza.
—¿De qué hablas?
—No te hagas —Avancé un par de pasos hacia ella—. Le dijiste algo a
Sophie. Le metiste ideas en la cabeza.
—Yo no fui —Murmuró.
La rabia me ardía la garganta.
—No me jodas, Sienna —Mi tono fue más bajo, más frío—. Ella no me habría
mirado así si tú no la hubieras envenenado primero.
Sienna llevó una mano a la frente, apretando los ojos como si el peso de la
culpa le cayera de golpe.
—No fui yo —Murmuró—. No esta vez.
Tuve que contenerme para no rodar los ojos.
—Claro, debería creerte. Porque tú nunca dices nada, ¿cierto? Nunca hablas
de mí. Nunca susurras cosas que suenan casi ciertas y luego dejas que el
resto haga el resto del trabajo.
—¡Ya sé que lo que hice! —Alzó la voz y sus ojos se llenaron de lágrimas—.
Ya sé que los rumores son culpa mía. Y que tú nunca dijiste nada. Y que te lo
comiste todo solo. ¡Lo sé, Daniel!
—¡¿Y eso de qué se supone que cambia ahora?! —Alcé la voz sintiendo la
sangre hervir—. ¡¿Qué lo sepas haces que todo se borre?! ¡¿Me quitas la puta
culpa?! ¡¿Hace que la gente deje de mirarme como si hubiera matado a mi
mejor amigo?!
Se levantó de la silla y colocó algunos mechones de su cabello detrás de las
orejas.
—¡No! ¡Pero al menos lo estoy diciendo! ¡Estoy aquí! ¡No huyendo como tú!
—Espetó con las mejillas encendidas.
—¿Huyendo? —Pregunté incrédulo—. ¿Tú tienes puta idea de lo que fue
quedarme sin nadie? ¿De lo que ha sido cargar con algo que ni siquiera hice?
Dio unos pasos hacia mí y me alejé.
—¡Tú tampoco dijiste nada! ¡Te tragaste todo, como si eso fuera noble! ¡Y
mientras tanto yo…!
—¡Tu abriste la puta boca a tu puto gusto! —La interrumpí—. ¡Tú creaste
algo que no sucedió! ¡Sembraste las dudas, Sienna!
Pasó una mano por su rostro quitando las lágrimas.
—¡Estaba asustada, Daniel! ¡Confundida! ¡No supe que hacer!
Nos quedamos en silencio unos segundos, sosteniéndonos la mirada. Con los
recuerdos temblando en el aire como una tormenta a punto de romperse. Y
entonces, mi voz bajó. No por falta de rabia, sino por el cansancio de llevarlo
tanto tiempo encima.
—¿Sabes? Basta de esto —Me crucé de brazos—. Te diré algo, ¿sí? No te
acerques a Sophie. No le llenes la cabeza con tus historias. Con ella no,
Sienna. No me hagas volver a repetírtelo. No quiero que le hagas daño.
—Yo fui yo, Daniel —Dijo en voz baja. Cerró los ojos un momento—. No fui
yo. Créeme.
—No puedo creerte, Sienna. Aunque quisiera, no puedo.
Pasó una mano por su rostro y soltó un suspiro largo.
—Te gusta, ¿cierto? —Dijo sin dejar de verme—. ¿Tanto te importa esa
chica? ¿Tanto te importa para decidir no quedarte callado esta vez?
La miré en silencio, el aire más denso de lo que debería en ese salón.
—Mucho más de lo que te imaginas —Respondí en voz baja—. Tanto como
para no dejar que lo arruines también.
Sienna abrió los labios, pero no dijo nada de inmediato. Sus ojos se
humedecieron y por un instante, vi en ella a esa chica del pasado. La que
alguna vez fue importante. La que también me rompió en pedazos.
—Entonces, ¿nosotros…? —Murmuró, como si todavía quedara algo en ella
que quisiera creer.
Negué con la cabeza, despacio.
—No hay un “nosotros”, Sienna. No lo hubo nunca, no de verdad.
—Pero… —Intentó, dando un paso en mi dirección.
—No —Mi voz fue firme, seca. Más de lo que esperaba—. Lo que pasó entre
nosotros fue un error. Y si alguna vez significó algo, murió hace mucho
tiempo, Sienna.
Su rostro se contrajo, como si cada palabra le doliera.
—No siento nada por ti —Agregué, y aunque lo dije con frialdad, dentro de
mí se sintió como liberar un peso—. Así que por favor no te acerques a
Sophie si es para hacerle daño. No la lastimes como hiciste conmigo.
Esta vez, no hubo respuesta. Sienna solo bajó la mirada, tragándose lo que
fuera que quería decir.
Y yo me di la vuelta. Porque ya estaba todo dicho.
62
Sophie
El vapor de la cafetera silbaba como de costumbre, y el aroma del chocolate
caliente, últimamente muy pedido, flotaba denso en el aire, mezclado con ese
toque a galletas recién horneadas.
Me gustaba ese olor. Me hacía sentir parte de algo, aunque solo fueran mis
últimas semanas con delantal.
Habían pasado unos días desde el examen de admisión y, a pesar del alivio
de tenerlo ya hecho, la ansiedad seguía como una sombra que no se me
despegaba, incluso cuando el sol brillaba. No dolía, pero pesaba. Como si
algo dentro de mí todavía estuviera conteniendo el aire.
—¿Te das cuenta de que pronto ya no podré burlarme de ti por mancharte
con espuma de leche? —La voz de Niko me sacó de mi pequeño trancé.
Su sonrisa era descaradamente exagerada.
—Solo fue una vez.
—Pero lo recuerdo como si fuera ayer.
Rodeé los ojos sin evitar reír.
—¿Qué haré en todos los turnos solo? Aburrido. Abandonado. Triste —
Exageró dramáticamente.
La campanita de la puerta sonó y una chica entró. Niko la miró al instante.
—Pues creo que aburrido no estarás.
Soltó una risa y se acercó a atenderla. Supuse que me tocaría realizar el café.
El turno pasó más rápido de lo que esperaba. Entre pedidos, platos sucios y
bromas compartidas con Niko, las horas se deslizaron como si alguien
estuviera apurando el reloj a propósito.
—Mañana probamos el Cheesecake. —Me señaló antes de volver a limpiar la
máquina de café.
—Solo si es de Oreo.
—¿Y de frambuesa? Suena bien.
Caminé hacia la puerta principal, pero antes de salir me volteé.
—Ya estoy sintiendo tu ausencia —Dramatizó y reí.
—Todavía me quedan unos días, tranquilo.
Soltó un suspiró exagerado.
—Gracias.
Reí mientras abría la puerta, pero antes de salir me volteé y moví mi mano de
un lado a otro.
—¡Hasta mañana!
Niko me devolvió el gesto antes de concentrarse en Grace, quien me sonrió e
imitó el gesto.
Empujé la puerta y salí, dejando atrás el calor de la cafetería. El aire fresco
me golpeó la cara, y mientras acomodaba el bolso en mi hombro, me giré
instintivamente para mirar hacia un lado.
Y entonces ahí estaba.
Parado a unos metros, justo a un lado de la cafetería, con una camiseta negra
que se le pegaba apenas al pecho, el pelo revuelto y esa expresión que
siempre parecía al borde de decir algo, pero nunca lo hacía. Tenía unas ojeras
breves, como si no hubiera dormido bien.
Y, aun así, se veía atractivo.
Me quedé quieta.
Ni siquiera me di cuenta de que había dejado de caminar. Solo lo miré.
Daniel tampoco se movió. Me observaba con esa intensidad suya, sin
parpadear demasiado, como si buscara algo que todavía no encontraba.
Entonces, dio un paso. Y después otro.
No se acercó del todo, pero sí lo suficiente para que pudiera ver la forma en
que se tensaba su mandíbula, y cómo sus manos salían de los bolsillos con
cierto nerviosismo.
Mi corazón latía más fuerte de lo que quería admitir. Días sin verlo, sin
escucharlo, sin saber si lo volvería a hacer. Días en lo que fingí estar bien. Y
ahora, con solo verlo, todo ese muro se resquebrajaba.
—Hola —Dijo en voz baja.
—Hola —Dije en apenas un susurro.
Nos quedamos un momento en silencio sin apartar la mirada.
—¿Podemos hablar? —Preguntó.
Vacilé. Mis dedos se aferraron a la correa de mi bolso colgado en mi hombro,
y bajé la mirada por un instante.
Parte de mi quería girar y entrar de nuevo a la cafetería. Fingir que no lo había
visto. Que él no estaba ahí, parado frente a mí con esa expresión que no supe
cómo leer.
—No lo sé, Daniel —Aparté la mirada un momento y bajé la voz—. Cuando
quise hablar, tú no estabas dispuesto a hacerlo. Te cerraste. Y no quiero
obligarte a que…
—Lo sé. Lo siento —Me interrumpió—. Perdón.
Tomé aire y volví a mirarlo. Dio un paso hacía mí.
—Sé que me cerré y te dejé fuera. Pero ahora… por favor.
Y hubo algo en su voz, en su mirada, en la forma en que sus hombros
parecían más pesados, que hizo que mi coraza se resquebrajara un poco.
—Está bien. Hablemos.
—¿Podemos ir a otro lado?
Lo observé unos segundos más. Había algo en su voz, en su postura. No era
arrogancia. No era la seguridad con la que solía caminar o hablar. Era algo
más callado. Más honesto.
Asentí con un pequeño movimiento de cabeza.
—Está bien.
El trayecto al estacionamiento fue silencioso. No había música, ni palabras.
Solo el sonido constante del motor y el latido apurado de mi propio corazón.
Miraba por la ventana, pero mi atención iba hacia él. A sus manos firmes
sobre el volante, a la tensión en su mandíbula, al parpadeo lento de sus ojos
cansados
Y aunque quise decir algo, cualquier cosa, me contuve.
Porque no era rabia lo que sentía. Era esa especie de tristeza callada que se te
instala en el pecho y no grita, solo pesa.
No quería obligarlo a hablar. No quería arrancarle una explicación que no
estaba listo para dar.
Pero dolía.
Dolía haber pasado semanas con la cabeza girando en círculos, repasando
cada palabra, cada gesto. Dudando de todo. De mí. De él.
Y, aun así, ahí estaba. Sentada a su lado, sintiendo que algo en mí seguía
esperando una respuesta. Y quizás no debería estar esperándola.
Llegamos rápido. O al menos eso pareció. El estacionamiento estaba medio
vacío y el sol de la tarde se colaba entre las estructuras tiñendo todo de un
tono cálido y apagado.
Daniel detuvo el auto, pero no apagó el motor.
Pasó una mano por su cabello. Me quedé en silencio y, me obligué a apartar
la mirada de él, sintiendo cómo la tensión se colaba en cada rincón del auto.
—Si no quieres hablar… —Murmuré sin mirarlo del todo—. Podemos dejarlo
así.
Negó con la cabeza, lento.
—Hablemos. El silencio me está matando. Tu silencio me está matando,
Sophie.
Y ahí, sin querer, mi corazón dio ese pequeño vuelco estúpido. Porque por
más herida que estuviera, seguía importándome lo que dijera. Seguí en
silencio, esperando.
—Nunca te usé. Nunca fue solo físico. Nunca fue un plan —Dijo
mirándome—. No te miré pensando que me iba a divertir un rato y después
iba a irme. Nunca lo hice. No te habría dejado conocer partes de mí que ni yo
mismo entiendo si no me importaras.
No me miraba como alguien que intentara convencer. Me miraba como si le
costara sostenerse en su propia piel. Como si cada palabra dicha le arrancara
un pedazo.
Y, por más que quisiera protegerme, por más que mis muros estuvieran de
pie, su voz temblaba como si no estuviera mintiendo.
—Nunca te usé —Repitió—. Nunca fue solo físico. Nunca fue un plan.
Sentí que algo se me apretaba en el pecho.
—Sé que fui un imbécil. Que fui cobarde muchas veces. Pero todo lo que
vivimos fue real para mí. Las risas, las conversaciones, las veces que solo te
escuché hablar porque me gusta cómo suena como tu voz. Fue real. Tú fuiste
real.
Sentí mi labio inferior temblar y bajé la mirada a mis manos.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —Pregunté, en voz baja—. ¿Por qué no
dijiste nada cuando me estaba comiendo la cabeza intentando entender que
pasó?
Se quedó unos segundos en silencio y volví a verlo.
—Porque tenía miedo. De mí. De lo que sentía. De que no pudieras entender
todo lo que venía detrás. De que me vieras como todos los demás. Pero más
miedo me dio fue que pensarás que te había usado. Porque no fue así, Sophie.
Daniel no dijo nada al principio. Solo extendió su mano lentamente, como si
dudara de si tenía derecho a tocarme otra vez. Pero lo hizo. La apoyó sobre la
mía, y sus dedos buscaron los míos con una suavidad que no recordaba. O
que quizás había intentado olvidar.
Y entrelazó los suyos con los míos.
No aparté la mano. No podía. Porque en ese gesto tembloroso había más
verdad que en muchas de sus palabras pasadas.
—Sophie —Murmuró, apenas audible—. No fue solo que me gustes. Es que
no sabía cómo manejar lo que estaba empezando a sentir. Porque me
enamoré de ti. Sin darme cuenta, sin quererlo al principio, pero lo hice.
Me quedé en silencio, con la respiración atrapada en la garganta. Él bajó un
poco la mirada, como si no se atreviera a ver mi reacción.
—Nunca quise hacerte daño. Y si pudiera volver atrás, lo único que cambiaría
sería haber tenido el valor de decirlo antes. Porque eres tú, Sophie. Siempre
has sido tú.
Bajé la mirada, luchando contra el temblor en mis manos.
—Dime algo —Susurró.
—No… no sé qué decir —Murmuré, apenas audible—. Parte de mí quiere
creerlo, pero otra tiene miedo. No quiero que volvamos a hacernos daño. No
quiero perderme otra vez en algo que no sé si va a doler.
¿Cómo se supone que uno acepta algo así?
¿Cómo se sigue respirando cuando alguien dice que te ama y tú… no
entiendes por qué?
Una parte de mí quería creerle, quería rendirse ante sus palabras y quedarse
ahí, en ese momento, como si eso bastara.
Pero había otra parte—más fuerte, más ruidosa—que no podía dejar de
preguntarse cómo alguien podía elegirme. Con mis miedos, mis muros, mis
inseguridades.
¿Cómo alguien podía mirarme así… y aun así decidir quedarse?
—No espero que me creas de inmediato. Ni que esto borre todo lo que pasó
—Dijo en voz baja, con esa forma suya de hablar cuando realmente le
importaba algo—. Pero estoy aquí porque no quiero seguir callando lo que
siento. Porque tú eres real para mí. Y lo último que quiero es hacerte daño.
Levanté los ojos con lentitud. Su mirada era intensa, honesta. Y entonces él lo
dijo.
—Estoy enamorado de ti, Sophie.
Cerré los ojos un segundo, como si necesitara pausar el mundo y
simplemente respirar. Sentía un nudo en el estómago de esos que aparecen
cuando algo te importa demasiado.
—Dime algo, por favor —Murmuró él, en un tono más bajo.
Abrí los ojos y lo miré. Su expresión era sincera, paciente.
—No sé qué decir —Admití en voz baja, con una pequeña sonrisa nerviosa.
—Solo… no esperaba escucharlo. Parte de mí quiere creerlo, pero otra tiene
miedo.
Nos quedamos en silencio un momento.
—No me malinterpretes. No es que este mal o que vaya a irme —Intenté
explicar rápidamente—. Solo… tengo miedo. No quiero que volvamos a
hacernos daño. No quiero perderme otra vez en algo que no sé si va a doler.
Daniel asintió despacio. Su mano buscó la mía, y cuando sus dedos rozaron
los míos, no los aparté.
El motor seguía encendido, vibrando suave bajo nuestros pies y, aun así, lo
único que podía escuchar era la forma en que su respiración empezaba a
cambiar. Como si estuviera buscando las palabras correctas entre todo lo que
había guardado.
Yo tampoco hablé. Solo lo miré.
—Sobre lo de Aiden… —Comenzó, sin mirarme del todo—. Hay cosas que
no sabes. Cosas que no conté nunca.
Abrí los labios, despacio.
—Sé que no lo hiciste —Dije. No como una excusa. No como un consuelo.
Sino como una certeza.
Daniel giró un poco el rostro hacia mí, como si mis palabras lo hubieran
descolocado por un segundo. Como si no esperara que le creyera.
—Pero igual quiero explicártelo —Agregó, más bajo esta vez—. A ti sí
Y entonces lo vi inhalar profundo, como si fuera a sumergirse en algo más
hondo. Como si lo que estaba por contar no solo doliera… sino que también
llevara años encerrado.
—Aiden, fue el chico que conocí cuando Ruby me acompañó a ver
universidades —Comenzó sin mirarme—. Entré a la carrera y él iba un año
adelantado que yo. Nos hicimos amigos, de verdad.
Asentí levemente, quieta, escuchándolo mientras hablaba.
—Éramos distintos, pero a veces nos entendíamos. Era bastante popular, lo
invitaban a fiestas y él me invitaba a mí. Conocía a mucha gente, en verdad,
me conocían por Aiden. Y en medio de todo eso conocí a Sienna. En una
fiesta.
Volvió a verme.
—Lo que tuvimos nunca fue nada serio. Fue algo físico. Nos veíamos algunos
días a la semana, pero luego ella desaparecía. Era complicado —Se quedó un
momento en silencio—. Nada comparado a lo que tú y yo teníamos.
Tragué saliva apartando la mirada.
—Aiden siempre me decía que le alejara, que eso no me hacía bien. Que no
iba a terminar bien. Y lo escuché. Me alejé de ella y corté contacto definitivo.
Bajó un poco la mirada y luego la volvió a alzar.
—Unas semanas después, fui al piso de Aiden a buscar unos apuntes y ahí
estaba Sienna. No fue difícil imaginar lo que había pasado —Tomó aire—.
Discutimos. Mucho. Nos dijimos cosas horribles. Y esa misma noche…
Apretó aún más la mandíbula y volvió a verme. Sus labios temblaron
levemente.
—Falleció en un accidente automovilístico.
Mi garganta se apretó. No dije nada. Solo pude aferrarme más a su mano y
hacer pequeñas caricias, como si ese pequeño gesto pudiera ayudar en algo.
—Nadie sabía lo que había pasado realmente, pero Sienna empezó a hablar.
Tomó lo que pasó y lo contó a su antojo. No podía permitir que la gente
supiera que habíamos tenido algo. Por su estatus. Por su reputación. Así que
fue más fácil dejarme como el chico que peleó con su “amigo” antes de que
falleciera. Fue más fácil dejarme como el que provocó todo.
Se quedó callado. Por fin me miró. Y en sus ojos no había rabia. Solo esa
mezcla amarga de culpa y tristeza.
—Con las pocas personas con las que hablé… nadie me creyó. Todos se
quedaron con la versión de Sienna. Así que dejé de intentarlo. Dejé de
explicarme. Dejé de hablar —Tragó saliva—. Me acostumbré al silencio. A
quedarme solo. Hasta ahora.
Apreté un poco más su mano, esta vez yo sin dudar.
Y por primera vez en semanas, vi a Daniel respirar más hondo. Como si
soltarlo todo lo estuviera dejando un poco más liviano.
—Esa es la verdad de todo, Sophie —Dijo al final, con la voz baja pero
firme—. No hay más.
Lo miré un momento más. A ese Daniel que no era perfecto, pero que al
menos ahora no escondía nada. Que por fin había dejado de callarse.
Y sin pensarlo demasiado, me lancé a abrazarlo. Ahí mismo, en el asiento del
copiloto, con el cinturón aún a medio sacar y quizás era tan poco cómodo,
pero no importaba. No ahí.
Sentí cómo, después de un segundo de sorpresa, Daniel me devolvía el
abrazo. Sus brazos me rodearon con fuerza, y por primera vez lo sentí aflojar.
Soltar. Como si ese contacto fuera la única manera de anclarlo a algo que no
doliera.
—Lo siento. No sabes cuanto… —Susurré contra su cuello, cerrando los
ojos—. Por todo lo que has pasado solo. Por el silencio. Por no entender
antes.
Él no dijo nada al principio. Solo dejó escapar un suspiro largo, casi
imperceptible, como si algo se liberara dentro de él.
Entonces se separó apenas, con suavidad, y me tomó el rostro con ambas
manos. Sus dedos cálidos, cuidadosos, como si tuviera miedo de romper algo.
Sus ojos me buscaron, despacio. Como si todavía necesitara confirmar que yo
estaba ahí. Que de verdad lo estaba viendo.
—Perdóname —Dijo, en voz baja, apenas un susurro entre nosotros—. Por
no hablar antes. Por dejarte con la duda. Con la cabeza llena de cosas que no
te merecías cargar.
Su frente rozó la mía, apenas.
—No es culpa tuya —Dije al fin, con la voz baja, pero firme—. Sé que
pasaste por cosas que nadie debería tener que soportar solo. Y sí me dolió no
saberlo. Me dolió que no confiaras en mí. Pero ahora entiendo.
—Sophie…
—No. Escúchame —Negué suavemente, con una pequeña sonrisa triste—. A
veces uno se encierra sin querer. No porque no confíe, sino porque cree que
si habla todo se rompe. O que nadie va a escuchar de verdad. Y supongo que
eso fue lo que nos pasó a los dos.
Su expresión cambió apenas. Como si mis palabras lo hubieran tocado más
de lo que esperaba. Como si no estuviera acostumbrado a que alguien lo
viera así. Sin juicio. Sin condiciones.
—Yo también me equivoqué —Seguí, con la voz un poco más suave—. Por
no preguntar más. Por no mirar mejor. Por dejar que otros influyeran donde
debí haber creído en ti. Pero no es tu culpa, Daniel. Que te hayan fallado, que
te hayan mentido, no lo es. Que hayas tenido miedo… tampoco.
Él cerró los ojos apenas un segundo, y pude notar el leve temblor en su
mandíbula, como si algo dentro de él estuviera conteniéndose con todas sus
fuerzas. Como si esas palabras tocaran justo donde más le dolía.
—Lo que sí duele —Dije, dando un paso más hacia él—. Es que hayas
cargado con todo eso solo. Que hayas creído que merecías ese silencio. Que
pensaste que hablar solo iba a hacer más daño. Y que encima de todo…
hayas terminado creyendo que eras tú el problema. Que te lo merecías.
Daniel bajó la mirada por un momento, como si no pudiera sostenerla.
—Pero no lo eras. Nunca lo fuiste —Seguí, con la voz un poco más firme—.
No merecías quedarte con toda esa culpa. Ni cargar con el dolor de los
errores de otros. No eras tú quien debía arreglar lo que otros rompieron.
Y menos aún, castigarte por eso. Como lo has hecho todos estos años.
Me incliné apenas hacia él, como si mis palabras pudieran alcanzarlo más allá
del silencio.
—No te mereces vivir así, Daniel. No con ese peso en la espalda. No con esa
voz en tu cabeza que te hace creer que todo lo que tocas se arruina. Porque
no es verdad. Porque incluso con todo sigues siendo alguien capaz de cuidar.
De proteger. De sentir. Y si alguien te hizo creer que eras menos que eso, se
equivocó. Todos se equivocaron.
Él levantó la mirada, lento, con los ojos un poco más húmedos. Y por primera
vez… lo vi realmente vulnerable. No solo en lo que contaba, sino en lo que
callaba. En todo lo que todavía no podía decir en voz alta.
Me acerqué un poco más, sin romper ese hilo invisible entre nosotros.
—No dejes que lo peor que viviste defina lo mejor que eres.
Daniel parpadeó despacio, como si esa frase le atravesara más hondo de lo
que esperaba. Bajó apenas la cabeza, respiró hondo, y luego murmuró con la
voz baja, casi quebrada:
—Lo estoy intentando.
Lo dijo como si fuera un secreto. Como si admitirlo también doliera.
Nos quedamos ahí, mirándonos en silencio. Ni frágiles ni fuertes. Solo
nosotros.
Sabía que todavía había cosas que no habíamos dicho. Cosas que quizá
dolerían al salir, que tendríamos que enfrentar con el tiempo y no con prisa.
Pero por hoy… esto bastaba
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que tal vez no se trataba de borrar
el pasado… sino de aprender a dejar que pesara un poco menos.
63
Daniel
Unos días después
El motor estaba apagado, pero aún se sentía ese leve calor en el ambiente. No
habíamos hablado desde que nos subimos al auto, pero no era un silencio
incómodo. Era de esos que a veces se agradecen.
Apoyé la cabeza en el respaldo y dejé que mis ojos vagaran por el
estacionamiento. Hacía calor, pero no era eso lo que me hacía sentirme
extraño. Era la sensación en el pecho. Esa presión que no sabía si era culpa,
nervios, o solo la costumbre de cargar con algo por demasiado tiempo.
Había pasado más de un año. Casi dos.
Y nunca había vuelto.
No después del funeral.
No después de ver esa lápida con su nombre grabado.
No después de todo lo que pasó.
Tragué saliva, con el pecho un poco más apretado.
Tal vez era momento. No de olvidarlo, porque eso no iba a pasa. Pero quizás
sí de dejar de castigarme.
—¿Estás bien?
La voz de Sophie me sacó de mis pensamientos. Giré la cabeza y ahí estaba,
sentada a mi lado. Mirándome con esa mezcla de cuidado y calma que no
encontraba en ningún otro lugar.
Asentí despacio, aunque mi garganta no se animó a hablar al instante.
—No había vuelto —Dije en voz baja—. Desde el funeral. No pude.
Ella no respondió de inmediato, pero me mantuvo la mirada.
—Pero ahora estás aquí —Susurró.
La miré por un segundo más antes de asentir levemente, tragando el nudo
que venía arrastrando desde hacía días. Tal vez desde hacía años.
—¿Vamos? —Preguntó unos momentos después.
Sophie me miró con una suavidad que aún no terminaba de entender. Como
si supiera exactamente cuándo hablar y cuándo quedarse.
—Vamos —Murmuré.
Bajamos del auto en silencio. La brisa helada nos recibió de inmediato,
metiéndose entre la ropa, pero no incomodaba. Era como si el frío, de alguna
forma, también ayudara a despertar algo que había estado dormido.
Caminamos por el sendero principal del cementerio. No dije nada. Sophie
tampoco. Las ramas se movían despacio sobre nosotros, y de vez cuando, nos
dábamos una que otra mirada.
A mitad de camino, Sophie se detuvo.
Me giré hacia ella, confundido.
—Te espero aquí —Dijo, con suavidad—. Si quieres hacerlo solo.
No fue una pregunta. No necesitaba serlo.
Me quedé mirándola unos segundos. Su decisión de no avanzar más no me
alejaba. Me sostenía.
Asentí, sin palabras, y le di una última mirada antes de continuar. Ella no bajó
la vista.
Caminé el resto del trayecto en completo silencio. El aire era más frío allí, o
tal vez solo lo sentía más. Las hojas crujían bajo mis pasos, y mis manos
dentro de los bolsillos temblaban un poco, aunque no sabía si era por el clima
o por lo que venía guardando.
El silencio del Cementerio era distinto a todos. Doloroso. Vació. Palabras que
faltaron por decir y otras que sobraron.
No solo era ausencia de ruido, sino también como si se detuviera el mundo
entero.
Me quedé de pie frente a la lápida, con las manos en los bolsillos y el corazón
apretado. El viento hacia su presencia en silencio, las hojas secas que movía
apenas sonaban, como si tuviera miedo de hacer ruido y que algo se
rompiera.
Aunque ya todo estaba roto. O gran parte seguía rota.
Aiden Mason Birdwhistle
2000 — 2020
“Algunas historias terminan antes de tiempo, pero dejan las escenas más
memorables”
Y el corazón se me rompía una vez más y la culpa duplicaba su tamaño.
—Pude haber hecho algo diferente… —Susurré—. Pude haber cerrado la
puta boca.
Mis manos se hicieron puños cuando las saqué de mis bolsillos. Mi mandíbula
estaba tan apretada que dolía. Me incliné un poco y acomodé las flores que
había traído.
—A veces quiero pensar que solo fue un mal guion o giro en la trama… —
Dije—. No eras el personaje que merecía ese final. Y yo no era el personaje
que debió haber dicho todas esas estupideces, no debí haberme ido cegado
por la rabia. No debí.
Miré hacia el cielo, tragando y tratando de desaparecer el nudo en mi
garganta. Llevaba dos años tratando de desaparecerlo cuando pensaba en
Aiden. Llevaba años tratando de no sentirme mal, cuando cosas buenas me
pasaban.
No me lo merecía. No después como fui con él.
—Perdóname —Murmuré—. Perdóname por favor. Perdóname cuando hablé
cuando debí callarme, y por callarme cuando debí hablar. Perdóname.
Sentí mis ojos picar, quizás por rabia, culpa o todo lo que nuca pude decirle
cara a cara.
No sabía si lo que había dicho era suficiente, si servía de algo, pero lo solté.
Por fin.
Frente a esa piedra fría, con el nombre de Aiden tallado en ella, con el
silencio clavándose en el pecho como un recordatorio de todo lo que no dije
a tiempo.
El sonido de unas hojas crujir bajo unos pasos me hizo levantar la vista
rápidamente. Supuse que era Sophie. Tal vez se había acercado sin querer
interrumpir. Quizás solo está ahí, sin decir nada. Acompañando.
Me quedé quieto, sin moverme, sin girarme.
—Ya te habías tardado.
Mi espalda se tensó. Me congelé.
No era posible.
Me quedé quieto, sin moverme, como si el tiempo se hubiera detenido. Las
palabras no salían. Todo en mí me pedía no voltear, no confirmar lo que
estaba escuchando.
Pero mi cuerpo lo hizo por mí.
Me giré lentamente, con el corazón martillando en el pecho, con la garganta
apretada, con una mezcla de miedo, incredulidad y algo más que no sabía
nombrar.
Y allí estaba Aiden, de pie, a pocos metros de mí. Vivo.
Lo miré sin entender.
Mi mente intentaba encontrar alguna explicación lógica.
Pero no había ninguna.
Aiden estaba ahí.
Vivo.
Parado frente a mí.
Y no era un recuerdo. No era un sueño. No era un error.
—Daniel —Dijo, en voz más baja esta vez. La ironía de antes se le había
caído de la boca. Y lo que quedó fue solo la culpa. Una que se notaba en la
forma en que desvió la mirada por un segundo, en cómo se apretó las manos
al frente, como si también estuviera temblando—. Yo… sé que esto no tiene
sentido. Que no tengo derecho a…
Dio un paso hacia mí.
Instintivamente, retrocedí.
No fue rabia. No todavía.
Fue incredulidad.
Fue como si todo mi cuerpo necesitara tiempo para entender que lo que
tenía al frente era real.
Mis labios se abrieron, pero no salió nada.
Aiden se detuvo. No volvió a acercarse. Solo me miró con los ojos húmedos,
con esa expresión de quien lleva demasiado tiempo cargando algo que no
sabe cómo soltar.
—Daniel, lo siento —Murmuró, apenas audible.
Yo seguía sin poder moverme.
Sin saber si gritar, correr, abrazarlo o hundirme en el piso.
Porque mi mejor amigo estaba vivo.
Y yo había vivido todo este tiempo creyendo que lo había perdido.
—Tú… —Logré decir, pero mi voz salió rota—. O sea… tú…
No pude terminar la frase.
Era como intentar hablar con los pulmones vacíos.
Lo seguía mirando, como si en cualquier momento fuera a desaparecer.
Como si todo fuera parte de una broma cruel de mi propia cabeza.
Pero no.
Estaba ahí. Respirando. Con el mismo lunar en la ceja izquierda. Con el
mismo gesto tenso en los labios cuando no sabía cómo empezar una
conversación.
Y entonces escuché pasos ligeros, pero suficientes para hacerme girar.
Esta vez sí era ella.
Sophie se detuvo al vernos. Sus ojos pasaron de mí a Aiden con evidente
desconcierto, como si el aire se hubiera vuelto más denso de pronto. Como si
su propia intuición le dijera que algo muy grande acababa de suceder.
Aiden también la miró. No con juicio, ni con sorpresa. Solo con esa
curiosidad silenciosa que se tiene cuando uno intenta comprender el lugar al
que ha llegado después de mucho tiempo lejos.
Ella no dijo nada. Solo me miró, esperando.
Volví a mirar a Aiden. A sus ojos. A todo lo que había cargado en silencio
durante semanas, meses. A la culpa. Al abandono. A la verdad que, al parecer,
yo nunca tuve.
—¿Cómo…? —Tragué saliva—. ¿Cómo estás vivo?
Mi voz sonó más fuerte que antes. Más clara. Pero igual de rota por dentro.
Y Aiden cerró los ojos. Como si estuviera a punto de abrir una herida que
llevaba demasiado tiempo cerrada.
—Sé que esto es una locura —Empezó—. Pero todo tiene una explicación.
Una explicación.
Esa frase me reventó en el pecho.
Di un paso hacia atrás, sin pensarlo. Mis manos temblaban. La cabeza
también. Y el corazón, ni hablar.
—¿Una explicación? —Repetí, con la voz rota. Mis ojos se clavaron en los
suyos, como si buscara una grieta que me dijera que todo eso era una
broma—. Desapareciste. Fingiste que estabas muerto. Dejaste que todos
pensaran lo peor. ¿Y ahora quieres darme una explicación?
Aiden tragó saliva. Dio otro paso, pero se detuvo al notar cómo mis puños se
cerraban.
—No aquí —Dijo, con la voz baja—. Daniel, por favor. No aquí.
Negué con la cabeza, sintiendo el pulso martillarme en los oídos.
—¿A dónde crees que voy a ir, ah? —Mi tono se quebró—. Necesito
entenderlo ahora. No después. No en otro lugar. No cuando a ti te parezca.
Una brisa helada me cruzó el rostro, pero no me moví.
Fue entonces cuando sentí un roce leve en mi mano.
Sophie había dado un paso, solo uno, y ahora sus dedos se enredaban con los
míos. No dijo nada. No intentó frenarme. Solo estuvo ahí. Firme. Presente.
Y eso bastó para que no me quebrara por completo.
Volví a mirar a Aiden. Ya no era mi mejor amigo. Ya no era solo el chico que
había conocido en Dirección Audiovisual. Era el fantasma que me había
dejado con las manos vacías y ahora, por alguna razón, estaba respirando
frente a mí.
—Habla —Dije, la voz apenas un susurro—. No me muevo de acá hasta que
lo digas todo.
Aiden bajó la mirada por un momento. Como si buscara las palabras en el
suelo, en las hojas, en cualquier parte menos en mí. Y cuando alzó la vista, no
fue a mí a quien miró.
Fue a Sophie.
Su expresión cambió. No fue hostil, pero tampoco fue neutra. Era como si
intentara descifrarla. Como si no entendiera qué hacía ahí. Como si su
presencia no encajara en la escena que él tenía pensada.
Y eso bastó.
—No la mires así —Solté, sin pensarlo, con una dureza que me sorprendió
incluso a mí.
Aiden parpadeó, como si recién se diera cuenta de lo evidente.
—No fue mi intención —Murmuró, retrocediendo la mirada hacia mí—.
Solo… no esperaba que estuviera aquí.
—Pues está —Dije—. Y va a seguir aquí. Así que, si vas a hablar, habla de
una puta vez. Y mírame a mí.
Sophie no se movió. No soltó mi mano.
Aiden asintió apenas, tragando saliva otra vez. Lo vi inhalar, como si estuviera
a punto de lanzarse a una piscina helada.
—La empresa de mi padre estaba en la ruina —Comenzó, la voz más baja
pero firme—. Había deudas, estafas. Cosas que no sabía hasta que ya era
muy tarde. Y necesitaban un escape. Uno rápido. Uno que desviara toda la
atención.
Tragué saliva. Sentí la presión en el pecho, como si algo se hubiese activado y
no pudiera detenerlo.
—Me ofrecieron una salida —Continuó—. Desaparecer. Cambiar de
identidad. Fingir que había muerto. Todo a cambio de protegerlos. A mí, a él.
A nuestra familia.
Lo miré, inmóvil. Como si la mínima palabra fuera a quebrar el silencio en mil
pedazos.
—Y aceptaste —Murmuré. No fue una pregunta.
Él solo asintió.
—El accidente sí ocurrió —Agregó, rápido—. Pero no fue tan grave como lo
mostraron en las noticias. Fue el momento perfecto. El auto lo manipularon.
Las pruebas también. Y el resto fluyó solo. La tragedia se volvió creíble.
No dije nada. No podía.
Aiden dio un paso más, pero no fue hacia nosotros. Fue como si se
tambaleara entre su verdad y el miedo.
—Me fui con la idea de que algún día volvería. Que iba a poder explicártelo
todo. Pero pasaron los días, los meses y mientras más tiempo pasaba, más
difícil se volvía. Y tú… —Su voz se quebró un poco—. Tú seguiste con tu
vida. O eso pensé.
Lo odié un poco por eso. Por esa frase. Por asumir que mi vida simplemente
siguió.
Pero no hablé.
Sentí a Sophie más cerca, como si su presencia intentara absorber parte de la
tormenta. Su brazo rozó el mío. Y, por un segundo, volví a respirar.
Pero el caos seguía adentro.
Y Aiden aún no había terminado.
—Perdón —Murmuró—. Nunca quise hacerte daño, Daniel. Eres mi amigo.
Esa palabra me atravesó.
Amigo.
Amigo.
Me reí, sin humor. Una risa amarga que se ahogó apenas nació. Y luego
explotó todo.
—¿Amigo? —Repetí, con la voz temblando—. ¿Mi amigo?
Lo miré fijo. Sophie aún estaba a mi lado, pero apenas la sentía. Todo se
reducía a él. A ese momento. A ese vacío que había arrastrado por tanto
tiempo.
—¿Y sabes qué es lo peor? —Continué, con un nudo cerrándome la
garganta—. Que me dejaste con la culpa. Con todas las putas miradas. Con el
silencio. Como si yo hubiera hecho algo imperdonable. Como si yo te hubiera
perdido por mi culpa.
Apreté los puños. Me dolía el pecho.
—Todos los días pienso en esa pelea. En lo que te dije. En cómo grité. En
cómo pensé que habías muerto creyendo que te odiaba.
Tragué saliva, intentando contener el temblor en mi voz. Pero no pude.
—No sabes con lo que he tenido que cargar, Aiden. Nadie sabe. Tú eras el
único que podía entenderlo. Y me dejaste. Me dejaste vivir así.
Sophie apretó un poco más mi mano, como si quisiera sostenerme. Pero nada
podía sostenerme en ese momento.
—¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué no mandaste una señal, una mierda de
mensaje, algo? —Di un paso hacia él—. ¿Por qué me dejaste así tanto
tiempo?
No fue solo rabia. Fue todo. El dolor, la culpa, la pérdida. Años contenidos en
palabras que por fin encontraban salida.
Aiden no respondió de inmediato. Y por primera vez… parecía tan quebrado
como yo.
—No fue fácil para mí tampoco —Dijo, en voz baja—. La empresa de mi
papá estaba en ruinas. Había deudas, fraudes, gente peligrosa detrás. Él me lo
explicó como una salida. Una forma de protegerme. Y yo… acepté.
Bajó la mirada, con la mandíbula apretada.
—No podía contactar a nadie —Continuó—. Me llevaron lejos, cambié de
nombre. No tenía acceso a mi vida anterior. Y cuando finalmente pude… ya
no sabía cómo regresar sin destruirlo todo.
Sus ojos se encontraron con los míos. Y por un segundo, reconocí al Aiden
que alguna vez había sido mi mejor amigo. Al que me acompañaba en los
días difíciles, al que conocía sin necesidad de palabras.
—Nunca quise dejarte solo, Daniel —Dijo, con la voz quebrada—. Solo… no
supe cómo volver sin hacer más daño.
Lo que no entendía era que ya me había hecho daño. Y aún no sabía si alguna
vez podría perdonarlo por eso.
Por un instante, nadie habló. Solo el sonido del viento y las hojas
arrastrándose por el suelo llenaban el silencio. Pero dentro de mí, todo
gritaba. La cabeza me palpitaba. El cuerpo entero me temblaba.
—No —Dije finalmente, con la voz rota y tensa—. Me voy.
Sentí cómo Sophie apretó con más fuerza mis dedos, como si supiera que
estaba al borde de explotar otra vez. Pero no podía quedarme. No ahí. No
frente a él.
Entrelacé nuestros dedos y empezamos a caminar, con pasos rígidos, sin
mirar atrás. No sabía a dónde iba, solo sabía que necesitaba salir de ese
espacio. Respirar. Entender algo.
Pero entonces lo escuché.
—No vayan a decir nada, por favor. Sé que no lo harás, Daniel. Pero Sophie…
Me detuve. Sentí cómo el mundo se detenía conmigo. Mis piernas quedaron
clavadas al suelo. Me giré apenas, lo suficiente para mirarlo de reojo.
Sophie también se congeló. La tensión en su rostro era evidente. Y su voz,
aunque suave, tembló.
—¿Cómo… me conoces?
La pregunta quedó flotando en el aire, pesada, llena de algo que ni siquiera
ella pudo ocultar. Porque yo tampoco se lo había dicho.
—¿Cómo me conoces? —Insistió Sophie, esta vez con más firmeza. Dio un
paso hacia Aiden, la voz aún baja, pero con un tono que exigía una
respuesta—. Nunca dije mi nombre. ¿Cómo sabes quién soy?
Aiden bajó la mirada. No dijo nada. Solo el crujido de las hojas bajo sus pies
llenó el silencio.
—¿Cómo me conoces? —Repitió Sophie, ahora con un dejo de miedo, como
si intuyera que no iba a gustarle lo que estaba a punto de escuchar.
Aiden se pasó una mano por el cabello, nervioso. La mirada en el suelo.
—Ivy… —Soltó, apenas un susurro.
Sophie se quedó inmóvil.
—¿Ivy qué? —Preguntó, con la voz quebrada. Su respiración se aceleró, los
ojos empezaban a abrirse con algo más que sorpresa. Con temor.
Aiden negó con la cabeza enseguida, como si se arrepintiera de haberlo
dicho.
—No. No debería decir eso.
—¿Ivy qué? —Insistió Sophie, ahora un poco más alto. Su cuerpo entero
estaba tenso, y yo podía sentir cómo algo se desarmaba dentro de ella.
No lo pensé. Me acerqué y la atraje hacia mí, envolviéndola con un brazo,
como si pudiera protegerla de algo que todavía no sabíamos por completo.
Como si pudiera evitar que se rompiera cuando se enterara.
Aiden alzó la vista hacia nosotros. Tragó saliva. Sus palabras salieron,
finalmente, como un golpe seco.
—Ivy es mi prima —Dijo, al fin—. Le pedí que se acercara a ti, Daniel. Solo
quería saber de ti, cómo estabas, qué hacías. Nadie más me hablaba de ti.
Nadie sabía nada.
Sophie no se movió. Apenas respiraba.
Aiden la miró.
—Y cuando supe de ti —Continuó, con voz más baja, más medida, como si le
costara decirlo—. Supe que estabas con él. Que había algo entre ustedes.
Entonces también quise saber de ti. Quién eras. Por qué.
Vi cómo Sophie parpadeaba, como si intentara acomodar todo lo que
acababa de escuchar. Pero no decía nada. Solo apretaba los labios, quieta,
con la mirada fija en Aiden, sin saber si dar un paso más o retroceder.
Sentí cómo la rabia me subía por el pecho, caliente y espesa. ¿También ella
había sido parte de esto, de su red? ¿También Sophie?
Pero entonces, sin decir palabra, la sentí más cerca. A pesar de estar inmóvil,
su cuerpo buscó el mío. Sus dedos, temblorosos, rozaron los míos, como si
necesitara asegurarse de que yo seguía ahí.
—¿Nos estuviste mirando todo este tiempo? —Susurró Sophie, sin moverse.
Su voz era baja, pero firme.
Aiden bajó la mirada, como si esa fuera la única respuesta.
—¿Jugaste con todo esto desde lejos? —Agregué, la furia rompiéndome en la
garganta—. ¿Nos mirabas como si fuéramos parte de alguna historia que
podías controlar?
Aiden no respondió. Solo tragó saliva, como si la culpa por fin le pesara de
verdad.
Me quedé quieto. El enojo seguía latiendo, pero debajo de todo eso también
estaba el cansancio. Y el agotamiento de tantas verdades mal contadas.
—No sigas —Dije, con la voz más baja, pero más dura que nunca.
Aiden frunció el ceño, a medio camino entre la culpa y la vergüenza. Sophie
no se movía, aunque la sentía pegada a mí, como si su sola presencia me
anclara. Como si supiera que estaba conteniendo todo lo que no gritaba.
—No quiero escucharte más —Repetí—. No quiero saber nada más de ti. No
me busques. No me hables. No te acerques.
Él dio un paso en mi dirección, como si fuera a intentar algo. Pero levanté una
mano, cortándolo en seco. Mis ojos se clavaron en los suyos.
—Y si te atreves a acercarte a Sophie —La miré de reojo, a su expresión
helada, al temblor apenas perceptible en su mano—. Te vas a arrepentir.
Eso fue todo. No necesitaba gritar. No necesitaba golpearlo. Lo que tenía que
decir ya lo había dicho.
Me giré, tomé la mano de Sophie, y sin decir más, nos fuimos de ahí. Paso
firme. Sin mirar atrás.
Ni una palabra más para alguien que ya no tenía cabida en mi vida. Sophie
apretó mis dedos, y yo los entrelacé con los suyos sin dejar de mirarnos.
64
Sophie
No había música. Ni palabras. Solo el leve zumbido de la ciudad colándose
por la ventana entreabierta.
Daniel estaba apoyado en el borde de su escritorio, con los brazos cruzados y
la mirada perdida en el suelo. Yo caminaba despacio por su habitación, sin
rumbo, como si recorrerla me ayudara a poner en orden todo lo que seguía
latiendo fuerte en el pecho.
Me detuve a observar un par de discos de vinilo apilados en una esquina,
algunos con las esquinas gastadas. En el piso, una pelusa se movía con la
brisa que entraba por la ventana entreabierta.
No dije nada al principio. Porque no sabía por dónde empezar. Porque todavía
sentía el temblor leve de la mano de Daniel entrelazada con la mía mientras
salíamos del cementerio. Como si esa sola acción hubiera sido un punto de
no retorno.
Cerré los ojos un instante.
Había tanto que no entendía.
Y pensé, si yo me sentía así, ¿cómo se sentiría, Daniel? ¿Qué pensaría?
¿Querría estar solo? ¿Querría hablar?
Sentí que él me miraba, y de repente pasé una mano por mi rostro, tratando
de calmar ese nerviosismo que me recorría.
—Si sigues caminando así, te vas a marear —Me dijo Daniel con esa voz
tranquila que a veces me desconcertaba.
Me quedé quieta, mirando hacia el suelo.
—Sí, sí podría marearme —Susurré, soltando un suspiro y acomodándome el
cabello detrás de la oreja.
Lo miré a los ojos y, con algo de duda, pregunté:
—¿Quieres hablar?
La pregunta quedó flotando entre nosotros, suspendida en el aire.
Daniel me miró. Se nos cruzaron las miradas por un instante largo. No fue
incómodo, pero sí denso. Como si ambos estuviéramos buscando algo en los
ojos del otro. Una señal. Una certeza. O tal vez un poco de paz.
Él bajó la vista un segundo, luego soltó un suspiro, pesado.
—A decir verdad, no sé qué decir —Murmuró.
Se enderezó ligeramente desde el escritorio y pasó una mano por su nuca,
como si las palabras le pesaran más que el cuerpo.
—Todo esto… fue demasiado —Siguió, con voz baja—. Nunca se me pasó
por la cabeza que volvería a verlo. Ni que tú ibas a terminar en medio de
todo.
Yo no dije nada. Solo lo escuché.
—No sé si estoy enojado, decepcionado o simplemente cansado. Pero una
parte de mí siente que esto recién empieza. Y otra, que ya no tiene fuerza
para seguir escuchando más verdades a medias.
Me acerqué despacio, sin prisa, hasta quedar frente a él.
—No debes tener todas las respuestas ahora —Dije, suave—. Esto fue
mucho. Para cualquiera.
Él alzó apenas la vista.
—Nadie se esperaba que estuviera vivo —Seguí, buscando sus ojos—. Y
menos que hubiera tantas cosas detrás. No hay manual para esto.
Su expresión no cambió mucho, pero sus hombros bajaron apenas.
—Solo quiero que sepas que estoy aquí —Agregué—. No para juzgarte. Para
entenderte.
Su expresión no cambió mucho, pero sus hombros bajaron apenas.
Sin decir nada, Daniel extendió una mano y entrelazó sus dedos con los míos.
Un gesto pequeño. Pero firme.
—Gracias —Dijo Daniel, bajando la voz, casi como un susurro—. Pero si en
algún momento quieres irte, yo no…
—No —Dije con firmeza, acercándome un poco más—. No quiero irme.
Quiero estar aquí, contigo.
Me sostuvo la mirada un momento más antes de bajar a nuestras manos
entrelazadas.
Hubo un silencio cargado entre nosotros, donde parecía que cada uno
sostenía sus propias tormentas internas.
—¿Y tú? ¿Cómo estás con todo lo de Ivy? —Preguntó unos momentos
después.
Sentí un nudo en la garganta. Esa pregunta me sacó de mis pensamientos y
me dejó un poco expuesta, vulnerable.
Respiré hondo, tratando de ordenar las emociones que bullían dentro de mí.
—Es extraño —Admití—. Me cuesta entenderlo. No solo lo que hizo… sino
por qué. Cómo fue capaz de mentir tanto tiempo. De fingir.
Pasé mi pulgar, sin pensar, sobre el dorso de su mano. Por la mariposa, como
si de algún modo eso me distrajera un momento.
—Y duele. Porque una parte de mí todavía quiere creer que fue real. Que su
amistad era real. Pero ya no sé qué era verdad y qué no.
Daniel no dijo nada. Solo se acercó y me envolvió con sus brazos con una
delicadeza que me desarmó. Me dejé sostener, sintiendo su respiración contra
mi cabello, el latido acompasado de su pecho. Respiré hondo, como si
pudiera anclarme ahí. Llevé una mano a su antebrazo y lo acaricié con
suavidad, en un gesto casi involuntario.
—Tampoco me lo esperaba —Murmuró él, después de unos segundos—.
Siempre sentí que había algo raro. Que se acercó demasiado rápido. Pero
nunca pensé que fuera por eso.
Asentí, sin soltarlo del todo.
—Ustedes fueron buenos conmigo. Tú y Lukas. Cuando todo pasó con su
grupo, cuando se quedó sin nadie, no la dejaron sola. Siempre estuvieron.
Sentí cómo Daniel respiraba más hondo, como si esas palabras lo tocaran de
forma inesperada. Después me rodeó con más fuerza.
—Y tú también fuiste buena, Sophie —Dijo, con una sinceridad que me hizo
cerrar los ojos—. A pesar de todo lo que tenías encima, fuiste buena.
Daniel se quedó en silencio unos segundos, hasta que su voz salió en un
susurro:
—Fuiste demasiado buena con ella.
Me separé apenas lo suficiente para mirarlo. Él bajó la mirada un segundo,
como si no supiera cómo seguir, pero luego la alzó con convicción.
—Aguantaste más de lo que cualquiera habría hecho. Confiaste. Te abriste. Y
aun así fuiste amable, incluso cuando ella no lo merecía. No sé cómo lo
hiciste, pero lo hiciste.
Mi garganta se cerró por un segundo. No respondí de inmediato.
Nos quedamos en silencio unos momentos. Sin soltarnos. Aún sumergidos en
ese abrazo.
—No sé cómo se arregla algo así —Dije en voz baja.
—No sé si se arregla —Murmuró él.
El silencio se extendió sin apuro. Como si no hiciera falta decir nada más.
Entonces, el sonido de una notificación rompió el momento. Me separé con
suavidad, buscando el celular que tenía en el bolsillo trasero.
—¿Todo bien? —Preguntó Daniel, mirándome con calma.
Asentí, revisando la pantalla.
Mamá
¿Todo bien por allá?
Yo ya estoy en el hotel.
El viaje fue largo, pero todo bien con mi jefe.
Y con el trabajo.
Cuídate.
Te quiero.
Sophie
Sí, todo bien por acá.
Me alegro de que todo marche bien.
Descansa.
También te quiero.
Guardé el celular y me giré hacia él.
—Era mi madre —Expliqué—. Está fuera de la ciudad por trabajo. Solo
quería saber si estaba bien.
Daniel asintió suavemente, y sus dedos volvieron a buscar los míos.
—Estoy casi segura de que algo pasa entre ellos dos —Dije en voz baja.
—¿Entre quienes dos?
—Mi madre y su jefe.
Daniel parpadeó un poco y frunció levemente el ceño, confundido.
—Desde que la ascendieron de puesto, la he visto más feliz. Ha salido de
viaje por trabajo, varios días.
Asintió levemente.
—¿Y…?
—Y bueno la he visto con muy buen humor, más cuando vuelve de esos
viajes de negocios. La he escuchado hablar por celular y… sale más arreglada
de lo normal. También la han pasado a recoger a la hora de cenar. Y le han
mandado flores…
—¿Flores?
—Flores. Así muy lindas y las coloca en su habitación.
No quedamos un momento en silencio. Finalmente soltó un suspiró y asintió
levemente con la cabeza.
—Bueno, quizás si pasa algo entre ellos —Dijo. Sonreí levemente—. ¿Y a ti
que flores te gustan?
—¿De todo lo que te conté solo te quedaste con eso?
—Me interesó esa parte.
Solté una risa y jugué con nuestras manos entrelazadas unos segundos.
—Me gustan las margaritas —Murmure sin verlo.
Sentí como volvió a acercarme a su cuerpo para envolverme en sus brazos
nuevamente. Respiré hondo contra su cuello.
—Me pregunto cuántas veces alguien se perdió la oportunidad de regalarte
algo bonito por no prestarte atención —Dijo en voz baja.
Mi corazón volvió a creerse trapecista. Antes de que pudiera decir Daniel
volvió a hablar.
—A mi abuela también le gustan las margaritas. Las cuidaba en unas macetas
viejas y se enojaba si alguien las tocaba. Decía que eran más fuertes de lo que
parecían.
Sonreí apenas, sin despegarme.
—Tiene razón —Dije en voz baja—. Lo son.
Se quedó quieto, sus manos descansando en mi espalda. Un silencio cómodo
nos envolvió, como si no hiciera falta decir nada más.
Hasta que se escuchó un golpe seco en la puerta.
Ambos nos tensamos. Daniel bajó los brazos con lentitud, girando apenas el
rostro hacia la puerta de su habitación.
—Es Lukas —Dijo, sin necesidad de comprobarlo.
Lo miré, aun dudando si preguntar o no.
—¿Se lo vas a decir?
Daniel tardó un poco en responder. Pero finalmente asintió.
Sin soltarse de mi mano, caminó hacia la puerta y la abrió. Me hizo pasar
primero. Y al cruzar el umbral, me encontré de frente con Lyra.
Ella me miró. Yo la miré. Y Lukas, justo detrás de ella, nos observó a los dos.
Por un segundo, todos nos quedamos congelados.
Lukas carraspeó antes de colocar una sonrisa burlona.
—Bueno, bueno… —Canturreó—. Parece que tengo mucho que ponerme al
día.
Lyra parpadeó un par de veces y la imité.
No pude evitar sonreír. Me solté suavemente de la mano de Daniel y me
acerqué a ella.
—Lyra —Dije con una sonrisa mientras la abrazaba—. Siento que no te veía
desde hace semanas.
—Porque literalmente ha sido así —Respondió ella con una sonrisa,
devolviendo el abrazo—. Juraría que la universidad está haciendo todo lo
posible por destruirme. Y por impedir vernos.
Solté una risa por el tono que usó.
—Te creo —Murmuré con una risa baja, sin soltarla del todo—. Pero en poco
tiempo ya inician tus vacaciones. Prometiste que íbamos a ponernos al día.
La señalé, burlona, y ella rió.
—Y lo vamos a hacer —Aseguró Lyra, apretándome un poco más antes de
soltarme—. Vas a tener que soportarme todos los días.
Bajó la voz, con una sonrisa pícara, sus labios cerca de mi oído.
—Y por lo visto no todo ha sido tan terrible… tú y Daniel, ¿eh?
Mi corazón dio un pequeño vuelco, pero fingí tranquilidad mientras deslizaba
la mirada hacia Lukas.
—¿Y tú y Lukas? ¿Algo que deba saber?
Lyra se rió suavemente, soltándome por fin, justo cuando una voz detrás de
nosotras interrumpió el momento:
—¡No te voy a abrazar, Lukas! ¡Aléjate!
Giramos justo a tiempo para ver a Daniel retroceder medio paso mientras
Lukas levantaba las manos con aire dramático.
—¿Así es como tratas a tus amigos? —Preguntó Lukas con cierto
dramatismo—. Después de todo lo que hemos compartido…
Daniel rodó los ojos, visiblemente exasperado, pero no del todo serio.
Solté una risa.
Lyra giró la cabeza y alzó una ceja. Daniel la miró brevemente y asintió a
modo de saludo.
—Lyra.
—Daniel —Respondió ella en el mismo tono corto.
Definitivamente no eran fanáticos el uno del otro.
—Bueno, si ya terminaron con los saludos incómodos —Interrumpió
Lukas—. ¿Nos ponemos al día o prefieren seguir fingiendo que no mueren
por hablar?
Lyra soltó una carcajada y sonreí levemente.
Daniel, en cambio, no dijo nada de inmediato. Me miró unos momentos antes
de asentir volviendo a Lukas. El chico notó el gesto. Su sonrisa se desdibujó
en un segundo.
—¿Qué pasó? —preguntó, la preocupación filtrándose en su voz.
Daniel se alejó unos pasos y se apoyó en la barra, contra esta y las manos
hundidas en los bolsillos del jeans. Desde donde estaba, la luz tenue del techo
le caía sobre los brazos, marcándole los músculos con ese contraste que,
aunque intentara no notarlo, mi mirada seguía cada vez que estaba cerca.
Lukas se quedó de pie, cruzado de brazos, recargando uno de los hombros en
el marco entre la sala y el pasillo que daba a las habitaciones, con el ceño
apenas fruncido. Yo me quedé junto a Lyra, que entrelazó su brazo con el mío,
sin decir nada, solo mirándome de reojo como si tratara de entender algo que
todavía no se le revelaba.
Daniel tardó unos segundos en hablar.
—Lo vimos. En el cementerio —Dijo, sin rodeos, con la voz baja pero firme.
Lukas parpadeó, como si no entendiera. Ladeó un poco la cabeza.
—¿A quién?
Daniel sostuvo su mirada. No le tembló la voz al responder.
—Aiden.
El impacto fue inmediato. Lukas se enderezó como si lo hubieran empujado,
abriendo la boca sin poder decir nada al principio.
—No… no puede ser —Balbuceó al fin—. ¿Estás diciendo que…? ¿Estás
diciendo que Aiden está vivo?
Daniel no respondió de inmediato. Solo asintió, una vez.
Lukas se llevó una mano al rostro, pasándola por el pelo con fuerza. Caminó
un par de pasos como si necesitara moverse para procesarlo, y luego se
volvió hacia nosotros.
—¿Cómo…? ¿Desde cuándo lo sabían? ¿Qué mierda significa esto?
Lyra, a mi lado, no dijo nada. Solo apretó un poco mi brazo, y cuando giré a
verla, su expresión era confusa, desconcertada, pero tranquila. Asintió en
silencio, aunque claramente no entendía del todo.
Volví la vista hacia Daniel, que no dejaba de mirar a Lukas.
Lukas se quedó en silencio, como si necesitara tiempo para asimilarlo.
Entonces, desvió la mirada hacia Lyra por un instante, como si recién notara
su presencia. Ella se mantuvo firme a mi lado, pero en sus ojos se notaba el
desconcierto, la tensión de no entender del todo.
Daniel lo notó también.
Le explicó brevemente.
Habló sin entrar en detalles, sin detenerse demasiado en lo emocional. Pero
su voz tenía ese filo contenido que solo los que han estado al borde del
colapso reconocen.
Terminé de observarlo justo cuando mencionó lo que había pasado hace
unas horas. El encuentro. La conversación. El cementerio.
Lukas se había quedado de pie, inmóvil, apoyado contra el borde de la pared
como si necesitara sostenerse de algo. Su rostro ya no mostraba la
despreocupación con la que había llegado. Había tensión en su mandíbula y
sus cejas estaban fruncidas, como si cada palabra de Daniel fuera un golpe
sordo.
Lyra, en cambio, apenas respiraba. La vi parpadear un par de veces,
procesando todo en silencio. Me lanzó una mirada fugaz, como si buscara
confirmar que sí, que había escuchado bien, que todo eso era real. Solo pude
asentir.
—¿Ivy? — Lukas murmuró, incrédulo.
Daniel asintió con lentitud.
—¿Ivy? —Repitió Lyra, esta vez más firme. Me miró otra vez y frunció
ligeramente el ceño—. Te dije que había algo extraño en ella.
—Yo dije lo mismo —Añadió Daniel.
Lyra alzó una ceja en su dirección.
—Primera vez que estoy de acuerdo de algo contigo, Winslow.
—Supongo que primera y última vez.
—Supones bien.
—Lo sé.
Lyra frunció levemente el ceño.
—¿Y él se quedó tranquilo sabiendo todo lo que iba a provocar? ¿Lo
planearon así de fácil?
Se apartó ligeramente de la pared, con una risa incrédula y amarga
escapando de sus labios.
—Que considerado —Volvió a hablar negando con la cabeza—. Inventa su
muerte, arrastra a todos con él, y ahora decide quién merece saber la verdad.
Daniel se encogió de hombros soltando un suspiro.
—No sé qué pensar, a decir verdad. Todavía no lo asimilo completamente.
Lyra cruzó los brazos, con el ceño fruncido y la mirada fija en el suelo por un
momento. Luego alzó la vista, visiblemente molesta.
—¿E Ivy simplemente siguió el plan? ¿Se acercó a ti porque Aiden se lo
pidió? ¿Y tú no sospechaste nada?
Daniel alzó apenas la cabeza.
—Sentí que había algo raro. Pero jamás se me cruzó por la cabeza algo
relacionado con Aiden —Se cruzó de brazos—. No puedo leer las mentes.
Lamentablemente.
Nuestras miradas se cruzaron un momento, pero volví mi mirada a Lyra
cuando negó con la cabeza y tomó aire.
Ya.
—Dios —Murmuró Lyra, negando con la cabeza. Sus mejillas estaban
sonrojadas de pura rabia, y su voz ya no tenía ni rastro de contención—.
Claro, y mientras tanto se metía en todo, te hablaba como si fuera tu mejor
aliada, Daniel. Y le llenaba la cabeza a Sophie.
Sentí cómo la tensión me subía por la espalda, pero me quedé en silencio.
Daniel dio un paso hacia adelante, el entrecejo levemente fruncido, pero no
dijo nada aún.
—Empezó a fingir ser tu mejor amiga. Te sacó información y claro, se lo
contaba a Aiden. Pero no le bastó con eso, sino que siguió con Sophie —
hablaba rápidamente y agitada—. Además de hacerte daño a ti, también se lo
hizo a Sophie. Le llenó la cabeza de basura. La hizo sentir culpable por cosas
que no eran su culpa, le repitió una y otra vez lo que “merecía”, lo que tú no
podías darle. La fue envenenando de a poco y…
Se detuvo, como si acabara de darse cuenta de hasta dónde había ido. Daniel,
en cambio, frunció el ceño con más fuerza y giró hacia mí con una mirada
aguda, intensa.
—¿Cómo es eso que te metió cosas en la cabeza? —Preguntó, su voz baja,
pero tensa. Como si algo adentro se le hubiera activado de golpe.
Lyra cerró los ojos por un momento y pasó ambas manos por su rostro, como
si estuviera avergonzada. Me miró un segundo, con una mezcla de culpa y
ternura, como si no supiera si abrazarme o pedirme perdón por haber
hablado de más. Lukas, a su lado, mantenía la mandíbula tensa, sin dejar de
mirar a Daniel.
— Ya hablé de más —Murmuró bajito, negando con la cabeza.
Se quedó callada, mordiéndose el interior de la mejilla. Daniel no me quitó
los ojos de encima, pero tampoco respondió a eso. Dio un paso hacia mí.
—Sophie —Dijo, con la voz más firme esta vez—. ¿Qué quiso decir con eso?
¿Ivy te metió cosas en la cabeza?
El silencio se hizo más espeso. Sentí todas las miradas sobre mí, pero solo
podía enfocar la de él. Me ardía la garganta, como si las palabras se hubieran
quedado atrapadas.
No dije nada. Solo asentí, con un leve movimiento que apenas si se notaba.
Como si admitirlo me costara más de lo que debería.
Daniel pasó una mano por su rostro, apretando los labios. No dijo nada al
principio, pero sus ojos decían suficiente.
65
Sophie
Lukas y Lyra se habían ido hace unos minutos, dejando tras ellos un eco de
verdades incómodas y palabras que todavía flotaban en el aire. La puerta se
cerró con suavidad, pero ni siquiera ese sonido logró romper el silencio que
nos envolvía.
Daniel y yo nos habíamos quedado de pie, frente a frente, como si
estuviéramos midiendo el peso de todo lo que no se dijo a tiempo.
Nos mirábamos. Solo eso.
Sus ojos no estaban enojados. Estaban heridos. Y eso dolía más.
Apreté los dedos, luchando con ese nudo que tenía en la garganta.
—Perdón —Susurré. La palabra apenas salió.
Daniel bajó un poco la mirada, pero no apartó la vista de mí.
—¿Por qué no me lo dijiste? —Preguntó, sin dureza, pero con esa firmeza que
sabía dolía más que cualquier grito.
No supe qué responder de inmediato. Miré hacia el piso, pero luego volví a
buscar sus ojos.
Merecía que se lo dijera con honestidad.
Pensé en todo lo que había sentido esas semanas. En la confusión. En el
enojo.
En el miedo de que él tuviera razón.
Y tal vez no se lo dije antes, por falta de tiempo, y porque si lo hacía, tendría
que aceptar que había dejado que otra persona se metiera entre nosotros.
Que lo había escuchado a él… pero no lo había escuchado a él. A Daniel.
—No era solo que me pesara decirlo —Comencé, con la voz un poco rota—.
Es que no quería aceptar que tú tenías razón sobre Ivy.
Daniel no dijo nada. Solo me miraba, serio, con los ojos puestos en mí como
si cada palabra importara más de lo que podía decirse.
—Yo… pensé que lo nuestro, lo mío con ella, era una amistad real. A pesar de
todo, de sus cosas, de cómo a veces era extraña, incluso incómoda —Tragué
saliva—. Quería creer que había algo genuino ahí. Porque si no lo había,
¿entonces qué clase de persona era yo, que no lo había visto antes?
Él seguía callado. Me dejó hablar. Eso dolía más. Pero era justo.
—No quería creer en esas cosas que me dijiste hace tiempo, cuando me
advertiste. Cuando trataste de hacerme ver cómo era ella. Yo no quería
escucharte, porque yo era la que la conocía. Igual que tú —Bajé la mirada, los
ojos ardiendo—. Igual que tú eras el que me conocía a mí. Y yo quería creer
en ti, aunque a veces no me diste muchas razones.
Vi cómo Daniel fruncía levemente el ceño. Esperé que hablara, pero lo hizo
solo cuando toqué el punto que sabía que iba a doler.
—Después de esa vez cuando te dije lo que sentía, tú fuiste claro. Dijiste que
no querías nada serio. Que no…
—No —Interrumpió él, con suavidad, pero firmeza—. Dije que no podía. No
que no quería.
Sus palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba. Lo miré,
clavándome en sus ojos por un instante, y él no desvió la mirada. Solo ahí
entendí la diferencia. Una que, en ese momento, no había querido ver.
Asentí despacio. El aire me costaba.
—Después de eso hablamos poco. Me quedé callada. Me alejé. Y entonces,
Ivy me notó diferente. Me miraba todo el tiempo, me hacía preguntas. Yo…
terminé contándole todo. Lo que me habías dicho, lo que sentía, lo
confundida que estaba.
Tragué saliva. Sentí el temblor en mis manos.
—Y ahí empezó a hablar. Me dijo tantas cosas, Daniel. Tantas que ya no
sabía cuál era mi propia voz y cuál era la suya. Me dejó con dudas, con
miedo. Empecé a escucharla más a ella que a mí. Que a ti.
Mi garganta se cerró un segundo. Pero seguí.
—Y me dejé llevar. Me dejé manipular. No sé en qué momento pasó, pero
pasó. Y yo… —Mi voz se quebró—. Lo siento. Lo siento mucho.
No era solo culpa lo que sentía. Era pérdida. Era impotencia. Era esa
sensación de haber fallado en algo que en el fondo sabía que era real.
Daniel no habló. Solo me miró, y yo no supe si estaba más enojado, más
dolido… o simplemente cansado de todo.
—¿Me lo habrías contado si Lyra no lo hubiera dicho?
Sentí que algo dentro de mí se hundía, pero no me escondí esta vez. Asentí
despacio.
—Sí. Iba a hacerlo. De verdad —Bajé la mirada un segundo, respirando
hondo antes de continuar—. Ayer quise hablar contigo, pero no alcanzamos a
vernos por la universidad y hoy… no sabía si era el momento. Por cómo venía
todo, por lo que íbamos hablando.
Mis dedos se enredaron con nerviosismo.
—Y después pasó lo de Aiden, y todo se volvió un caos. Pensé que tal vez no
era tan importante comparado con eso. Que podía esperar un poco más. Pero
no era por esconderlo, Daniel. Solo no supe cuándo hacerlo sin desarmar lo
poco que quedaba entero y…
—Tú siempre eres importante —Su voz me interrumpió. Corta, clara, casi
dolida—. Lo que te pasa, lo que sientes. Nunca es algo pequeño. Nunca para
mí.
Mi expresión se aflojó al instante, como si esas palabras me hubieran
desarmado sin que pudiera evitarlo. Había una sinceridad en su tono que me
desestabilizaba más que cualquier discusión. Porque no venía desde la rabia.
Venía desde el cariño. Desde el peso de lo no dicho.
Y ahí fue cuando di el paso. Literal y emocional.
Me acerqué a él. Despacio. Dudando por un segundo. Pero Daniel no
retrocedió. No me apartó. Al contrario. Sus brazos me envolvieron con una
firmeza que no tenía urgencia, pero sí verdad.
Me aferré a él como si mis disculpas pudieran arreglar lo que dolía.
—Lo siento —Susurré contra su pecho—. De verdad, Daniel, lo siento tanto.
Él bajó una mano hasta mi espalda, y la otra quedó apoyada en mi cintura.
Sentí su pecho subir y bajar al ritmo de una respiración contenida. No me
respondió enseguida, pero no se soltó.
—Yo también cometí errores —Murmuró, con la voz baja, un poco áspera—.
Fui idiota. Me alejé. No te explique nada. Es claro que confiaras más en su
palabra, si yo no dije nada.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estábamos en el mismo lugar.
Sin máscaras. Sin terceros.
Daniel bajó ligeramente la mirada hacia mí, como si dudara por un instante
en decir lo que estaba pensando. Aún no me soltaba del todo, pero aflojó el
abrazo lo suficiente para que pudiera ver sus ojos otra vez.
—No puedo dejar de pensar en cómo Ivy te alejó de mí sin que me diera
cuenta —Dijo en voz baja—. Me pregunto cuántas veces más lo intentó y yo
ni lo vi venir.
Tragué saliva, sintiendo cómo ese nudo en el pecho regresaba, aunque ahora
tenía otra forma.
—Yo tampoco me di cuenta —Susurré—. La tenía tan cerca que cuando me
hablaba mal de ti, no lo hacía directamente. Era sutil. Como si de verdad le
preocupara… y yo pensé que solo estaba cuidándome.
Daniel negó suavemente, mirándome. Volví a rodearlo con mis brazos, como
si tuviera miedo de que ese momento se disolviera si dejaba de sostenerlo.
—No quiero que vuelvas a sentirte sola —Dijo, con un hilo de voz que me
heló un poco—. Ni confundida. No quiero fallarte otra vez.
Me quedé quieta, dejando que sus palabras me atravesaran.
—Tampoco quiero fallarte yo —Le respondí, apenas en un suspiro—. A
veces siento que no sé hacer esto… lo de confiar, lo de querer sin miedo. Pero
contigo, aunque me asuste, quiero intentarlo.
Daniel bajó el rostro hasta rozar su frente con la mía, y sus manos se
deslizaron hasta enredarse en mi espalda. Cerré los ojos, sintiendo el calor de
su piel, lo suave de su respiración.
—Yo tampoco sé hacerlo bien —Admitió contra mi mejilla—. Pero quiero
intentarlo contigo. Quiero aprender a cuidarte, a estar para ti, a querer sin
lastimar. Porque, aunque no sepa cómo, sé que quiero hacerlo contigo.
Su boca rozó la mía sin prisa, como si no buscara besarme, sino quedarse ahí,
en ese espacio que todavía no era silencio, pero tampoco palabras. Le
respondí con una caricia leve en su cuello, dejando que mi corazón hablara
en su lugar.
Nos quedamos así, envueltos el uno en el otro, sin saber exactamente qué
éramos, pero sintiendo que quizás, no siempre se trata de tener todas las
respuestas.
A veces, basta con quedarse.
A veces, basta con no soltarse.
66
Sophie
Unos días después.
Llegué casi dos horas más tarde de lo que debería, después del turno en la
cafetería y una escala no planificada con Lyra, que se había empeñado en
caminar un poco más “para despejar la mente”. La mía seguía igual de
revuelta, pero al menos la risa que nos habíamos echado frente a una vitrina
con maniquíes deformes me había aligerado el cuerpo.
Pero toda esa ligereza se evaporó en cuanto abrí la puerta la casa, escuché
risas mientras avanzaba hacia la sala y me encontré con la escena más
incómoda del día —y eso que el cliente que me preguntó si la leche
descremada tenía menos vaca había sido difícil de superar—.
Ahí estaba mi madre. Sentada muy recta en el sofá, cruzada de piernas y con
su mejor cara de “todo está bajo control”. A su lado, un hombre de unos
cincuenta, ojos azules como hielo recién tallado y cabello oscuro,
perfectamente peinado. Traje costoso. Sonrisa aún más costosa.
Me congelé un segundo.
—Sophie. Pensé… pensé que volverías más tarde —Dijo mi madre, forzando
una sonrisa, visiblemente nerviosa. De esas que estira con los labios, pero no
llegan a los ojos.
El hombre, en cambio, me miró con total naturalidad. Casi como si entrar a
una casa ajena fuera parte de su rutina diaria.
—Él es… Christian —Dijo mi madre, tras una breve pausa—. Mi jefe.
—¿Tu jefe? —repetí, sin poder disimular del todo el tono de duda.
Porque claro que no era su jefe.
Lo supe por la forma en que él la miraba. Por cómo ella mantenía las manos
juntas sobre las rodillas, como si le sudaran. Por cómo evitaba cruzarse
visualmente conmigo más de un segundo.
No hacía falta que nadie dijera nada más. Porque a veces el silencio también
te grita la verdad.
—Hola, soy Sophie —Dije al fin, caminando unos pasos más hacia el sofá,
con la mochila aun colgando de un hombro.
—Christian Whitmore —Respondió él, tendiéndome la mano con una sonrisa
perfectamente medida. Su acento británico era evidente, de esos que hacían
que hasta un “buenas noches” sonara como si saliera de una serie costosa de
Netflix.
Le estreché la mano, más por educación que por otra cosa, y entonces las vi:
un ramo de flores sobre la mesa del comedor. Rojas. Elegantes. Costosas. De
las que no compras para tu secretaria a menos que estés en una película… o
mintiendo.
Mi mirada saltó de las flores a mi madre, que evitó la mía como si de repente
la planta del rincón se hubiera vuelto interesantísima. Las mejillas le habían
tomado ese color que solo aparecía en tres situaciones: al hablar de mí en
público, cuando recibía elogios en el trabajo… o cuando la pillaban.
Sonreí, ladeando apenas la cabeza.
—Bonitas flores —Comenté—. ¿Vienen con aumento de sueldo incluido o
solo son parte del contrato emocional?
Christian soltó una pequeña risa, como si no supiera si lo había dicho en
broma o en serio.
Spoiler: era en serio.
—Sophie… —Intervino mi madre colocándose a mí lado y tomó mi brazo
delicadamente—. Sophie está esperando los resultados del examen de
admisión.
—Ah, ¿sí? —Preguntó él, con cortesía—. ¿Qué quieres estudiar?
Mi madre se adelantó a responder, como si no pudiera evitarlo:
—Derecho.
Christian asintió, como si eso tuviera todo el sentido del mundo. Pero yo
seguía mirando las flores.
Decían que todo dejaba una enseñanza. Que incluso lo más incómodo o
confuso podía transformarse en algo que uno entendiera con el tiempo. Y
aunque no siempre quería darles la razón a esas frases que leía en redes
sociales, había algo de cierto en eso.
Después de todo lo que pasó —con Daniel, con Ivy, con todo lo que no se
dijo cuando más importaba— había aprendido algo. O al menos, lo estaba
intentando.
A veces guardar silencio no era madurez. En mi caso, a veces era miedo. O
cansancio. Y lo que realmente costaba no era quedarse callada… sino
atreverse a hablar. A decir lo que dolía, lo que incomodaba, lo que uno no
sabía cómo nombrar del todo.
Quizás por eso, esa noche decidí no quedarme quieta. Porque tal vez lo más
valiente no era tener todas las respuestas, sino simplemente no tragarse las
preguntas.
—No —Dije de pronto, ganándome la mirada de ambos—. La verdad, me
gustaría estudiar Fotografía.
Mi madre no dijo nada al principio. Solo bajó un poco los hombros, como si
el aire se le escapara con suavidad. No había reproche en su rostro esta vez.
Solo… algo más blando. Como si, por una vez, no supiera cómo responder.
Christian giró un poco su copa antes de hablar.
—Vaya… una gran diferencia —Comentó, esbozando una sonrisa breve
mientras alternaba la mirada entre mi madre y yo—. Aunque, bueno… mi
hermana estudió Fotografía. Terminó trabajando por su cuenta y no le ha ido
mal. Supongo que, si se tiene talento, puede ser una buena carrera.
Le devolví una pequeña sonrisa, más por educación que por convicción. Pero
el nudo en el pecho que había sentido todo el día… aflojó apenas.
Y entonces lo supe.
A veces, alzar la voz no era una declaración de guerra. Era un acto de
identidad. Un recordatorio de que, entre todo lo que otros querían que uno
fuera, todavía existía un lugar para lo que uno realmente era.
Y ese lugar, por pequeño que fuera, valía la pena defenderlo.
67
Daniel
Pasaba páginas sin realmente leerlas, solo por costumbre. Subrayaba frases al
azar. Mis ojos estaban en el texto, pero mi cabeza estaba en cualquier parte
menos ahí.
Pensaba en Ivy.
En cómo se acercó a mí casi de la nada.
En cómo, con el tiempo, descubrí que fue Aiden quien le pidió que lo hiciera.
Que se mantuviera cerca. Que me hablara, que se ganara mi confianza. Y ella
lo hizo. Sin decirme nunca nada.
Hablaba mal de mí a mis espaldas. A Sophie. A los demás.
Como si supiera cosas que ni yo entendía de mí mismo. Como si pudiera
armar una historia sin necesidad de pruebas, solo con frases a medias.
Y lo peor es que yo lo sentí. Siempre sentí algo raro en ella. Como si hubiera
algo que no calzaba del todo. Pero lo dejé pasar. Porque después de todo lo
que pasó, pensé que tal vez era yo el que tenía la percepción jodida.
Pero no.
No esta vez.
Suspiré, apoyando el lápiz sobre el cuaderno. No lo solté del todo, pero estuve
cerca de romperlo. No por rabia. No exactamente. Era más frustración. De la
amarga. De esa que se queda pegada al fondo del pecho.
Porque no era solo Ivy.
Era también Sophie.
Sophie diciéndome que fue ella la que le metió cosas en la cabeza. Que,
durante semanas, desconfió de mí, no porque quisiera, sino porque alguien
más jugó con sus dudas.
Y aunque no la culpaba, me jodía saber que alguien más tuvo tanto poder
sobre algo que era nuestro. Sobre algo que apenas estábamos empezando a
armar.
Apreté los ojos con fuerza, dejando que mi frente descansara contra la palma
de mi mano.
Entonces la sentí.
La presencia.
Esa sensación inconfundible de que alguien se sentó justo al lado.
Giré el rostro, lento, como si no quisiera confirmar lo que ya intuía.
Sienna no dijo nada. Ni una palabra. Solo me miró con una expresión que
nunca le había visto antes.
No era ironía. No era altanería. No era rabia.
Era dolor. Silencio. Tal vez incluso culpa.
—Ya lo sabes —Dije, mirándola de reojo.
Sienna no respondió de inmediato. Solo asintió, despacio.
Como si decirlo en voz alta hiciera que todo se volviera más real.
Me pasé la mano por la mandíbula, como si eso pudiera quitarme el nudo
que se me estaba formando en el estómago.
—¿Cuándo te enteraste? —Preguntó ella, al fin.
—Hace unos días.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue más bien pesado. Lleno de cosas
que no se habían dicho nunca y que, por más que quisieran, ya no podían
cambiarse.
Sienna fue la que lo rompió, al final.
—No encuentro una explicación lógica —Su voz sonó baja, casi como si no
supiera si estaba hablándome a mí o a sí misma—. No sé cómo hizo todo eso
sin que nadie… sin que nadie sospechara. ¿Cómo se desaparece alguien así?
¿Cómo finges tu muerte sin… romper a todo el mundo en el proceso?
La miré por fin.
No había rabia en su rostro. Tampoco tristeza.
Solo confusión. Esa mezcla entre incredulidad y un cansancio que parecía
venir de muchos meses atrás.
Y en parte, la entendía.
Aiden nos rompió a todos.
Y ahora que sabíamos la verdad, no es que doliera menos. Solo dolía distinto.
—¿Cuándo te enteraste? —Pregunté.
—Ayer. Fue a mi piso —Dijo, y su voz se quebró apenas al decirlo—.
Escuché que golpeaban la puerta. Y cuando abrí… estaba ahí. Tapado hasta
el cuello, cubierto con el gorro de su chaqueta, como si el mundo no debiera
verlo. Como si no quisiera que nadie lo reconociera. Yo… pensé que era
alguien más. Que se había equivocado de piso.
Tragó saliva.
—Pero lo miré a los ojos, Daniel. Lo miré bien. Y ahí supe. No hizo falta que
hablara. Era él. Vivo.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue devastador. Como una explosión
contenida en el pecho.
—Me quedé congelada. No dije nada al principio. No sabía si abrazarlo o
gritarle. Pero él habló primero. Me pidió que no dijera nada. Que nadie más
podía saber. Que había razones.
Sus palabras cayeron como piedras. Yo las escuchaba, pero me costaba
conectar. No con ella. Con todo.
—¿Y tú qué hiciste? —Pregunté al fin.
—Me fui. Me encerré en el baño. Me lavé la cara como si eso pudiera borrar
lo que había visto. No pude dormir. No dejo de pensar en eso desde entonces.
Se frotó los ojos con fuerza.
—Es que no entiendo, Daniel. No lo entiendo. ¿Cómo pudo hacer algo así?
¿Cómo nos dejó vivir pensando que estaba muerto? ¿Cómo te dejó viviendo
así?
Sus ojos se llenaron de lágrimas. No trató de ocultarlo.
—Tú eras su mejor amigo. Tú te quedaste con todo el peso. Con la culpa. Con
el silencio. ¿Cómo pudo…?
No supe qué decir. Porque yo tampoco lo sabía. Porque, en el fondo, la herida
seguía abierta. Aunque él estuviera vivo. Aunque ya no fuera una tumba.
—¿Pudieron hablar? —Murmuré.
Ella negó.
—No. Solo… me fui. Ni siquiera le pregunté por qué. No podía.
—Creo que nadie puede con una noticia así.
Sienna levantó la vista.
—¿Entonces por qué lo proteges?
—No es eso —Respondí, más rápido de lo que pensé—. Solo no sé qué
hacer con esto. No todavía.
—¿Y vas a callar? ¿Para siempre?
—¿Tú no lo harás también?
No respondió. Bajó la mirada. Sabía que no era tan simple. Que estábamos en
medio de algo demasiado grande. Demasiado roto.
—A veces creo que todavía estoy atrapada en una mentira —Susurró—. Pero
esta… esta es la más cruel de todas.
Sienna desvió la mirada, como si necesitara un respiro, pero se quedó ahí.
Como si parte de ella todavía estuviera esperando algo. Algo que cerrara,
aunque fuera un poco, todo el caos que Aiden había dejado.
—Te debo unas disculpas —Solté.
Ella frunció apenas el ceño, confundida.
—¿Por qué?
—Porque supe que tú no fuiste quien le metió cosas en la cabeza a Sophie —
Admití—. Siempre pensé que sí. Que habías sido tú, que te habías
aprovechado de todo el caos. Que querías joderme, no sé. Y cuando Sophie
me dijo todo eso, asumí lo peor.
Sienna bajó la cabeza un momento, jugando con una pulsera en su muñeca.
—Se que las veces que te pregunté, lo negaste y aun así no te creí —Me
quedé un momento en silencio, procesando las palabras que diría—. Lo
siento.
—No te culpo. No después de cómo terminaron las cosas entre nosotros. Me
lo gané… al menos en parte.
Guardamos silencio unos segundos. El tipo de silencio que no incomoda,
pero que pesa.
—Pero dolió igual —Añadió, apenas audible—. Porque pensé que, a pesar de
todo, algo de confianza quedaba. Algo real.
Me quedé en silencio un momento.
—Confianza es justo lo que se quebró, Sienna. Y no se quiebra por una sola
cosa, sino por todo lo que se va acumulando. Por lo que no se dice. Por lo que
se elige ocultar.
Ella bajó la mirada, como si mis palabras confirmaran algo que ya sabía, pero
no quería aceptar del todo.
—Lo sé —Susurró—. Solo… duele reconocer que también fallé.
No dije nada al principio. Me limité a observarla, sin reproche, pero con esa
claridad que solo llega después de muchas heridas.
—Yo también me equivoqué —Admití—. Por no preguntar, por asumir, por
dejar que otros se metieran en mi cabeza. Y, esta vez, por desconfiar de ti.
Ella alzó los ojos, sorprendida, pero no interrumpió.
—Creí que habías sido tú quien habló con Sophie. Que fuiste tú quien ayudó a
esparcir cosas sobre mí a ella. Pero no fue así. Lo sé ahora.
—No te culpo por pensarlo —Murmuró después de un silencio largo—. No te
diste el lujo de confiar en nadie. Y después de todo lo que hice antes… era
fácil pensar lo peor.
—Aun así, te debía una disculpa —Dije, sin vacilar.
—Y yo la recibo —Respondió, más bajito, con una pequeña exhalación—. A
veces no es tan fácil como parece volver a mirarse con verdad.
Asentí. No éramos amigos, no lo habíamos sido hace tiempo. Pero por
primera vez en mucho, había algo limpio en ese diálogo. Algo que, sin
necesidad de seguir revolviendo el pasado, permitía cerrar al menos una de
tantas puertas abiertas.
—Podríamos… no sé, mantener el contacto. Ahora que sabemos lo Aiden
creo que no hay mucho de qué hablar. Pero… —Dijo Sienna, sin mirarme del
todo—. Pero no quiero que esta sea la última vez.
Me quedé en silencio unos segundos, no por indecisión, sino porque quería
encontrar las palabras justas. No para herirla, sino para dejar las cosas claras.
—Sienna —Negué con suavidad, sin dureza, pero con firmeza—. Creo que es
mejor que no. Que dejemos esto aquí.
Ella alzó la vista, como esperando una explicación.
—No por enojo, ni por rencor —Aclaré—. Solo creo que algunas cosas hacen
más daño cuando se intentan sostener por costumbre. Y nosotros ya no
tenemos nada que sostener.
Su rostro se tensó apenas, como si una parte de ella ya lo supiera, pero igual
doliera escucharlo.
—Está bien —Dijo al final, bajando la mirada—. Lo entiendo.
Asentí, sin añadir más. No hacía falta.
Me alejé sin mirar atrás.
No por frialdad. No por orgullo.
Sino porque entendí que a veces cerrar una puerta no significa odio, ni
indiferencia.
Solo significa que elegiste no volver a entrar.
Y esta vez eso era suficiente.
68
Sophie
—Último jueves, Sophie. ¿Te sientes nostálgica o más bien libre? —Preguntó
Niko mientras cargaba una bandeja con tazas vacías y con un golpe seco las
dejó encima de la barra.
—Ambas —Respondí, conteniendo una sonrisa—. Aunque si me preguntas,
lo repetiría toda la semana solo para seguir respondiendo a tus malos
comentarios de tu mal humor de los lunes.
—Qué generosa. Yo también repetiría la semana, pero solo si me suben el
sueldo… o si dejas café hecho sin que parezca petróleo —Replicó, y solté una
carcajada mientras acomodaba el último frasco de galletas.
—Insisto, eso fue una vez. Estaba distraída. Culpa tuya, por andar contando
dramas amorosos mientras lleno la cafetera.
—Primero: no era un drama. Segundo: yo no fui el que se olvidó de poner
agua. —Dijo, con el tono más indignado del universo mientras fingía
ofenderse.
Estábamos en eso cuando una chica acercó al mesón.
—Un latte con leche de almendras y sin azúcar, ¿por favor? —Pidió con una
sonrisa apurada.
—Va en camino —Le dije, comenzando a prepararlo. Niko se inclinó hacia
ella, bajando la voz con tono cómplice:
—Nuestra barista estrella está de despedida. Te llevarás uno de los últimos
cafés firmados por Sophie.
Ella rió, justo cuando la campanita de la entrada sonó.
Y mi corazón, sin que yo pudiera evitarlo, pareció detenerse un segundo.
Nuestros ojos se encontraron casi al instante, como si nos hubiéramos estado
buscando sin querer.
No era la primera vez que Daniel venía en los últimos días. De hecho, desde
el miércoles, de la semana anterior, había pasado por la cafetería un par de
veces.
Ahora, parado ahí, parecía más tranquilo. Pero yo conocía esa quietud. Era la
misma que había visto cuando quería decir algo y no sabía cómo empezar.
Volví a enfocarme en el café que preparaba, intentando no pensar en que
podía sentir su mirada incluso desde la distancia.
—Anda tú —Murmuró Niko con una sonrisita, dándome un empujón suave
en el brazo—. Yo termino el latte y se lo paso a la chica. Brilla, barista.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. Niko me guiñó un ojo justo antes
de girarse hacia la clienta.
Me di media vuelta, y entonces lo vi. Daniel estaba justo al otro lado de la
barra, con las manos en los bolsillos y esa expresión suya que siempre
parecía esconder más de lo que decía.
—Hola —Dije, sintiendo mi pulso acelerarse levemente.
—Hola —Respondió él, con una media sonrisa que no ayudaba en nada a mi
nerviosismo.
—¿Qué quieres llevar? —Pregunté, apoyando las manos sobre la barra,
intentando sonar casual.
Daniel ladeó la cabeza, como si lo pensara demasiado para algo tan simple.
Luego me miró, directo, con ese brillo provocador en los ojos.
—¿Puedo llevarte a ti?
El calor subió de golpe a mis mejillas, y maldije internamente porque sabía
que se me notaba. Fingí que me acomodaba el delantal, solo para ganar unos
segundos de aire.
—No estoy en el menú —Respondí, alzando una ceja—. Y aunque lo
estuviera… no cualquiera puede ordenar.
Daniel soltó una risa baja, como si le gustara el juego.
—Por suerte, soy insistente —Dijo, inclinándose apenas sobre la barra—. Y
tengo buen ojo.
—¿Sí? —Pregunté, fingiendo sorpresa mientras me cruzaba de brazos—. ¿Y
eso te ha funcionado antes?
—Depende —Respondió, con una sonrisa ladeada—. A veces hay platos que
tardan más en estar listos. Pero dicen que valen la espera.
—Ah, claro —Reí suavemente—. La paciencia es de los valientes, ¿no?
—Y de los que saben lo que quieren.
Nuestros ojos se cruzaron un segundo más largo de lo necesario. Me giré un
poco para tomar la libreta de pedidos, nuevo método de Grace, fingiendo
normalidad. Aunque la sonrisa no se me iba.
—¿Entonces qué vas a querer? —Pregunté, sin mirarlo esta vez.
—¿Puedo pedirte a ti para llevar?
Solté una risa corta, girando apenas la cabeza.
—Solo si vienes con envase reciclable.
—Anótame eso para la próxima.
Justo entonces sacó el celular y lo miró. Lo levantó un poco, mostrándome la
pantalla.
—Son las cuatro —lo miré, algo confundida—. Eso significa que tu turno
terminó, ¿cierto?
Asentí, conteniendo la sonrisa.
—Mira qué puntual —Dije, mientras le hacía una seña a Niko—. Ya vuelvo.
—Te espero.
Fui por mis cosas intentando no parecer apurada, aunque lo estaba. Algo en
su tono, en su forma de mirarme, de quedarse ahí. Me tenía con los sentidos
en alerta.
Al salir por la puerta unos minutos después, lo vi. Apoyado contra la pared,
esperándome como si no hubiera considerado otra opción.
Y no sé por qué… pero una parte de mí también lo esperaba.
—¿Qué? ¿Ahora también te especializas en esperar turnos ajenos? —Solté,
cruzándome de brazos mientras me acercaba, divertida.
Daniel alzó una ceja, sin perder el tono.
—Solo cuando vale la pena.
—¿Eso te lo enseñaron en algún taller de frases cursis?
—No, me nace solo cuando me sonríen así.
Mi sonrisa se ensanchó sin querer. Me giré apenas para ocultarla, pero era
inútil. Ya la había visto.
—Vamos —Dijo de pronto, enderezándose.
—¿A dónde?
—No lo sé —Respondió, encogiéndose de hombros con una sonrisa
burlona—. Creo que los estacionamientos nos extrañan. O puede que solo
sea yo. O tu sonrisa. No estoy seguro.
—¿Así que ahora los estacionamientos sienten?
—Tienen memoria. Como yo.
—Entonces espero que recuerdes dónde dejaste el auto esta vez —Bromeé
mientras me acercaba a él.
—Solo si vienes conmigo.
Me mordí el labio para no reírme más de la cuenta y asentí, dejando que
caminara a mi lado.
Y aunque no dijimos nada más por unos segundos, las miradas, las sonrisas y
la cercanía hablaron por nosotros.
Subimos al auto, y por un momento, Daniel no encendió el motor. Solo se
quedó ahí, con las manos apoyadas en el volante, mirándome de reojo con
esa media sonrisa que últimamente parecía traer de serie.
—¿Qué? —Pregunté, girándome hacia él con una ceja levantada.
—Nada —Respondió, con un tono tranquilo—. Solo que hace un tiempo que
no te veía sonreír así.
Fruncí los labios, divertida.
—¿Así cómo?
—No sé —Entrecerró los ojos, como si lo analizara en serio—. Natural.
Preciosa. Como si estuvieras contenta de verme.
Solté una carcajada y rodeé los ojos.
—Qué egocéntrico.
—¿Y? —Se encogió de hombros, sin dejar de sonreír—. Igual te gusta
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír más amplio. Él tenía esa forma tan
descarada y tranquila de decir las cosas que a veces no sabía si quería reírme
o lanzarle algo. Esta vez ganó la risa.
No dije nada más, solo apoyé la cabeza en el respaldo y dejé que el momento
flotara unos segundos en el aire.
Entonces encendió el auto. Las luces del tablero se encendieron, y el motor
rugió con suavidad antes de moverse. Avanzamos lentamente por el
estacionamiento, casi como si ninguno de los dos quisiera que la tarde
terminara tan rápido.
Y justo antes de doblar hacia la salida, los vi.
Ivy caminaba a unos metros, al otro lado de los autos, junto a Kian. Iban con
las manos entrelazadas. Ella reía. Él también.
Fue como si el tiempo se detuviera un segundo. Ivy alzó la vista.
Nuestros ojos se encontraron.
No fue una mirada larga, ni dramática. Pero bastó.
Yo giré la vista enseguida, como si no me importara. Como si no me afectara.
Tensión. Silencio. Algo que no sabría poner en palabras.
Giré la vista hacia adelante, y sentí que Daniel también había notado el cruce.
Pero no dijo nada. Solo apretó un poco más el volante y siguió conduciendo.
Aún no llevábamos ni cinco minutos en el auto, y la música apenas sonaba de
fondo cuando Daniel rompió el silencio.
—¿No ha ido a la cafetería? —Preguntó, sin mirarme del todo, con la vista fija
en el camino.
Negué despacio, soltando un suspiro.
—No. No la he visto tampoco. Pensé que estaba ocupada. O… no sé, con sus
cosas.
—Muy ocupada escondiéndose de nosotros, será —Murmuró él, con un tono
que no era del todo sarcástico, pero tampoco amable.
Me quedé callada un momento, observando las calles.
—No lo sé —Dije al final, en voz baja—. ¿Tú crees que ella sabe que…
nosotros sabemos?
Daniel apretó la mandíbula, como si estuviera pensando si responder o no.
—Si lo sabe, no lo está enfrentando —Respondió—. Y si no lo sabe…
entonces es porque no quiere saberlo.
Asentí lentamente. Porque, aunque no quería admitirlo, algo dentro de mí
pensaba lo mismo.
—A veces creo que todo esto lo hizo pensando que no pasaría nada —
Murmuré—. Que, si callaba lo suficiente, si seguía como si nada, todo se
acomodaría solo. Como si ignorar las cosas las hiciera desaparecer.
Daniel soltó una risa sin humor.
—Bueno, supongo que eso le funcionó un tiempo.
—Pero no para siempre —Agregué.
Solo la música bajita de fondo, otra vez. Fue como si ambos estuviéramos
mirando en la misma dirección, desde lugares distintos. Con preguntas que
todavía no encontraban respuestas.
—Igual… me cuesta creerlo —Dije al final—. No solo lo que hizo. Sino que
no dijera nada. Con todo lo que sabíamos, con todo lo que pasó…
—No te esfuerces en entenderla —Dijo él, esta vez más tranquilo, aunque sin
suavidad—. A veces, aunque uno quiera, no todo tiene sentido. Y no siempre
lo va a tener.
Giré la cabeza para mirarlo. Él seguía conduciendo, con el ceño algo fruncido,
pero ya no con rabia. Solo… con una mezcla de decepción y resignación.
Y yo sentí lo mismo.
—¿Y tú? —Pregunté, girándome apenas hacia él—. ¿No has hablado con Ivy?
En la universidad, clases… lo que sea.
Daniel negó despacio, dándome una mirada fugaz.
—No —Respondió—. Ni un “hola”. Cambió de asiento en las clases que
compartimos. Literalmente.
Me quedé en silencio, sorprendida por la frialdad de la imagen.
— Entonces sí lo sabe —Murmuré.
—Sí. O lo intuye. Pero no hace nada. Y si lo hace, no es con nosotros.
Solté un suspiro, mirando mis manos sobre el regazo.
—Es extraño —Dije—. Hace semanas hablábamos todos los días. Como si
no hubiera secretos. Como si fuéramos… cercanas. Y ahora siento que no sé
quién es. Que todo eso fue parte de algo que no vi venir.
—Es que probablemente no fue tan sincero como tú pensaste —Comentó
Daniel, sin dureza, solo con un dejo de claridad—. O sí lo fue, pero hasta
cierto punto. Hasta que dejó de convenirle.
Me dolió escucharlo, pero no pude contradecirlo. Porque algo dentro de mí
también pensaba eso.
—¿Y tú estás enojado con ella? —Pregunté, sin mirarlo esta vez.
Tardó un poco en responder
—No sé si es enojo. Es más como… decepción. No por lo que hizo. Sino por
lo que no dijo.
Lo entendí. Porque sentía lo mismo.
—Es raro. Toda esta situación… Aiden, lo que ocultaron, lo que nos dejaron
creer. Es como si hubiéramos estado dentro de una historia escrita por otros,
sin saberlo.
—Y sin final claro —Añadió Daniel.
Asentí. Porque sí. Porque lo peor de todo esto era que aún no terminaba.
Él giró en una calle lateral y, unos minutos después, entramos a un
estacionamiento al aire libre. No había tantos autos, pero igual eligió un lugar
al fondo, alejado de todos. Apagó el motor con un suspiro lento, como si
soltar el aire le ayudara a soltar también el peso de la conversación.
—No quiero seguir hablando de ellos —Dijo de pronto, sin mirarme.
—Está bien. A decir verdad, yo tampoco —Respondí, alzando una ceja—. ¿Y
de qué quieres hablar entonces?
Daniel giró el rostro hacia mí. Había una chispa en sus ojos, de esas que
solían aparecer cuando estaba a punto de decir algo que sabía que me haría
sonreír.
Llevó su mano hasta la mía, tomándola con cuidado, como si no tuviera
apuro. Sus dedos jugaron con los míos, distraídos, mientras se acercaba solo
un poco más.
— Tal vez de lo mucho que te extrañó el asiento del copiloto —Murmuró, con
tono burlón.
Solté una risa, sin poder evitarlo. Su forma de mirarme, la media sonrisa en su
boca, el calor de su mano sobre la mía.
—¿El asiento, ah? —Bromeé—. ¿Y tú? ¿No me extrañaste un poquito?
Daniel ladeó la cabeza, fingiendo pensarlo.
—Tal vez —Dijo—. Pero no te lo voy a decir. Arruinaría mi imagen.
—Muy tarde para eso.
Daniel soltó una risa, y jugué con nuestros dedos.
—Estoy haciendo un video para las invitaciones de la boda de Ruby y Alex
—Dijo de repente, como si le acabara de cruzar por la cabeza—. Han
cambiado de idea cuatro veces. Cuatro.
—¿Solo cuatro? —Pregunté, soltando una risa—. Me sorprende que no sean
más. Se nota que se lo están tomando en serio.
—Créeme, sí. Ahora están convencidos de que quieren algo “auténtico”—
Hizo comillas en el aire—. Aunque nadie tiene idea de qué significa eso.
Solté otra risa, imaginándome a Ruby diciendo esa palabra con absoluta
seriedad mientras Alex asentía detrás de ella sin discutir demasiado.
—¿Y qué se supone que tenía el primer video? ¿Falsedad? ¿Actores de
reemplazo? —Bromeé.
Daniel sonrió de lado, ese gesto que aparecía cuando algo realmente le
divertía.
—El primero tenía música cursi, el segundo duraba diez minutos, el tercero
fue filmado en vertical —Puso los ojos en blanco—. Y el cuarto, bueno, Ruby
salió llorando porque según ella, no se veía “naturalmente enamorada”.
—Eso suena traumático.
—Fue traumático —Dijo, pero se le escapó una risa baja—. Igual no me
quejo. Me dan pizza después de cada intento.
—¿Y eso compensa el desgaste emocional?
—Mínimamente.
Lo miré un momento, notando cómo hablaba de su hermana, entre divertido
y resignado, pero con ese cariño tranquilo que no necesitaba explicación.
Daniel no hablaba mucho de su familia. O de lo que lo tocaba de verdad. Pero
cuando lo hacía, así, sin filtros, era imposible no mirarlo un poco más de la
cuenta.
Sin darme cuenta, él se acercó apenas. Nada obvio. Pero lo suficiente como
para que mi corazón se desacomodara en el pecho.
Yo también me incliné un poco. Solo un poco. Todavía había una distancia
prudente entre nosotros. Una que hablaba de lo que había sido y de lo que tal
vez… podía volver a ser.
Bajé la vista a su mano. A esa mariposa dibujada en su piel.
Con la yema de mis dedos, delineé el tatuaje con suavidad. Él no se movió.
Solo me observó en silencio.
—El otro día llegué a mi casa después del turno, un poco tarde porque
andaba con Lyra —Empecé, sin pensarlo mucho, aún concentrada en la
mariposa. Sin darme cuenta de que me quedé en silencio.
Unos momentos después Daniel habló.
—¿Y qué sucedió? No vas a dejarme con la intriga, ¿cierto?
Sonreí.
—Me encontré con mi madre en la sala. Y no estaba sola. Había un hombre
con ella. Ojos azules, traje, sonrisa relajada… Y flores sobre la mesa —Hice
una pausa breve—. Mi madre se puso nerviosa apenas me vio. Dijo que él era
su jefe. Christian.
Levanté la mirada, y Daniel tenía una ceja alzada, como si ya supiera por
dónde iba todo.
—Obviamente no era su jefe.
—¿Las flores lo delataron?
—Las flores. Y el sonrojo en las mejillas de mi madre.
Daniel soltó una risa.
—Me gustaría haberlo visto.
Esta vez yo solté una risa.
—En medio de todo eso, ella dijo que estábamos esperando los resultados
del examen de admisión… y agregó que quería estudiar Derecho.
—¿Y tú?
—La miré. Y le dije que no. Que lo que de verdad quería era estudiar
Fotografía.
Daniel sonrió, ladeando un poco la cabeza.
—Me habría gustado estar ahí también. Verte decirlo. Con esa voz tuya
cuando hablas en serio. Cuando te importa.
Mis mejillas se encendieron un poco, pero no aparté la mirada.
—Al menos esta vez lo dije. En voz alta. Para mí. Porque lo quiero para mí.
Él sostuvo mi mirada un par de segundos más. Luego, acercó una mano, esa
que antes yo había acariciado, y la dejó cerca, sin tocarme.
—Queda increíblemente bien contigo.
—¿El qué?
—La fotografía —Susurró—. Y eso de elegirte.
Intenté sonreír. Pero no pude completamente. Tenía algo atascado en la
garganta. Algo tibio, frágil. Intenso.
Daniel bajó la mirada a mis labios.
Y yo hice lo mismo con los suyos.
Podía sentir el aire denso entre nosotros, la forma en que todo se detenía.
Cómo incluso mi respiración se volvió más lenta, más consciente.
—Si me sigues mirando así… —Murmuró, con la voz baja, grave, como si el
aire se le quedara atrapado en la garganta—. No te sorprendas si termino
besándote.
Su mano subió con calma, como si le diera tiempo a mi piel para anticiparlo,
y se apoyó justo en mi cuello, con la yema de los dedos apenas rozando la
base de mi mandíbula. Cálido. Íntimo. Exacto.
Cerré los ojos un instante. Lo suficiente para sentir el peso de ese contacto.
—¿Y si no me sorprendo? —Susurré, mirándolo otra vez—. ¿Y si estoy
esperando que lo hagas?
Sus labios se curvaron, no en una sonrisa completa, sino en esa expresión
suya, medio encantada, medio en control.
Se inclinó un poco más.
Yo también.
Nuestros alientos ya se mezclaban, el momento colgando de un hilo invisible
entre su boca y la mía.
Y entonces sonó un celular.
El ruido cortó el aire como un balde de agua fría. Me sobresalté levemente,
echándome un poco hacia atrás.
Daniel soltó un suspiro y maldijo por lo bajo, sin moverse.
—Joder.
El teléfono seguía vibrando.
Yo lo miré, aún con la piel ardiendo.
—¿Es tuyo?
Daniel asintió con resignación. Soltó un suspiro largo antes de sacar su celular
del bolsillo. Su mirada se deslizó por la pantalla.
—Es Ruby —Murmuró y sonreí al escuchar el nombre.
Se llevó el celular al oído y respondió con un “¿Qué?” que me hizo soltar una
risa. Me miró unos momentos con una sonrisa antes de volver su vista al
frente.
Mi pulso seguía alterado, como si no entendiera que ya no íbamos a besarnos.
Lo observé mientras hablaba. Tenía la voz un poco más grave, más lenta. Esa
voz que rara vez usaba, como si reservara ese tono para momentos donde no
necesitaba defenderse ni esconderse. Llevaba puesta esa camiseta negra que
le quedaba demasiado bien, marcándole los brazos y las venas tensas sobre la
piel. Su perfil iluminado por la luz que entraba por las ventanas. Los dedos
que pasaron por su cabello, distraídamente. El movimiento automático de su
lengua al pasarse por el labio inferior. Y ese gesto de echar la cabeza hacia
atrás para apoyarla contra el respaldo, cerrando los ojos apenas.
Era fácil mirarlo de más. Y tan difícil no hacerlo.
Tragué saliva y me obligué a apartar la vista justo cuando escuché como
Daniel se despedía de Ruby.
—¿En qué estábamos? —Murmuró Daniel, bajando el celular, con esa sonrisa
burlona que a veces no podía evitar. Y que tampoco quería.
Reí, un poco nerviosa. Mis dedos se movieron por inercia hasta encontrar su
mano. La tomé con suavidad y la dejé sobre mi regazo, sin mirarlo de
inmediato. Sentí cómo su pulgar se deslizaba lentamente sobre mi piel, casi
como si supiera lo que eso hacía conmigo.
—Era Ruby —Dijo, más tranquilo ahora—. Están organizando una pequeña
sorpresa para mi abuela. Cumple ochenta este mes y quieren arrendar un
salón grande, invitar a sus amigas, a la familia. Algo bien producido. Ya sabes
cómo es Ruby.
Me giré hacia él, sonriendo sin poder evitarlo.
—Me encanta la idea —Dije, sincera—. Y seguro a Gabriella le va a fascinar.
Se va a emocionar mucho.
—Tú te verías preciosa ahí —Dijo Daniel, bajando la voz mientras su mirada
se perdía un segundo en la mía.
Tragué saliva.
—Ah, ¿sí?
Asintió lentamente.
—Aunque brillas por ti sola, conmigo también te verías bien —Su tono más
lento, más intencionado.
Solté una risa baja, intentando no sonrojarme tanto.
—Vaya confianza —Bromeé—. ¿Siempre tan seguro?
Daniel se inclinó un poco más hacia mí, como si el resto del auto se
desvaneciera.
—No siempre —Murmuró—. Solo cuando realmente quiero que alguien
venga conmigo.
Su mirada se mantuvo fija en la mía, y sentí cómo mi corazón se aceleraba.
Y no pensaba jugar al misterio esta vez.
—Quiero que vengas conmigo.
Bajé la mirada a nuestras manos con una pequeña sonrisa.
—Si es que tú quieres.
—Entonces voy contigo —Susurré—. Porque también quiero.
Una sonrisa se dibujó en sus labios, suave al principio, hasta que se volvió
más lenta, más segura.
—¿Y sabes qué más quiero? —Murmuró, su voz más baja, más cerca—.
Volver a verte así, como estabas ese día del encuentro familiar. Tan tú, tan
jodidamente preciosa, que no pude pensar en otra cosa en toda la tarde.
Tragué saliva. Sentí el calor subir directo desde el estómago, envolviéndome
hasta las mejillas. Reí, un poco nerviosa, un poco rendida.
—¿Cuándo es? —Pregunté, intentando recuperar el ritmo de la conversación.
Daniel alzó una ceja, divertido.
—Este sábado en la noche.
Mi sonrisa vaciló apenas al recordar el calendario mental. Mañana era
viernes.
Y entonces… ya era casi fin de semana.
—Entonces deberíamos comprarle un regalo a Gabriella —Dije, como si eso
me ayudara a volver a tierra—. No tengo idea qué usar tampoco. ¿Es más
formal? ¿No tanto? No quiero parecer demasiado elegante pero tampoco ir
desarreglada y…
Daniel soltó una risa baja y me interrumpió, llevándose mi mano a la suya.
Sus dedos comenzaron a jugar con los míos, suaves, sin apuro.
—Hay tiempo, Sophie.
Lo miré. Asentí, apenas.
—Sí, sí. Lo siento —Susurré, algo avergonzada.
Daniel negó lentamente con la cabeza y, con la misma delicadeza con la que
jugaba con mi mano, apartó un mechón de mi cara y lo acomodó detrás de
mi oreja.
—No me pidas perdón por ser tú.
Su voz sonó distinta. Más firme, más cierta.
—Podríamos ir mañana —Dije entonces, más bajito—. Después de la
universidad y después que termine mi turno en la cafetería. A comprarle algo
a Gabriella. Si quieres.
Daniel sonrió, acercándose más hasta que su frente se apoyó suavemente
contra la mía.
—Quiero todo contigo —Murmuró—. Quizás hasta más de lo que debería.
Mi respiración se agitó y mi pulso se aceleró.
Me quedé en silencio, mirando sus ojos cerrados tan cerca, sintiendo el calor
de su mano en la mía, el roce de su nariz apenas contra la mía. Y de pronto,
todo se volvió más real. La forma en la que me miraba, el modo en que me
hablaba. Lo que me hacía sentir.
69
Daniel
El profesor dio por terminada la clase con un simple “eso sería todo por hoy”.
Guardé mis cosas sin apuro, mientras Lukas ya estaba absorto en su celular,
apenas levantando la mano en un gesto vago cuando me despedí.
Crucé el pasillo en silencio dirigiéndome a la salida de la facultad. El aire frío
me golpeó de frente, despejándome un poco la cabeza. El cielo seguía
nublado, con ese gris constante que parecía no querer irse en toda la semana.
Hasta que escuché unas risas. No había mucho que deducir para saber
quiénes eran.
Nolan y Roy, justo frente a mí. Caminaban como siempre: sobrados, pesados.
Me vieron antes de que pudiera apartar la mirada.
—Mira quién salió de su cueva —Lanzó Nolan, alzando una ceja—. ¿No te da
miedo la luz del día?
Roy se rió.
—Debe estar practicando su papel de víctima incomprendida. Le queda
perfecto.
Solté una carcajada seca, sin detenerme del todo.
—Me encanta cómo hablan como si supieran algo. ¿No se cansan de actuar
como los matones de una serie mala?
Nolan dio un paso más cerca, cruzándose en mi camino.
—Y tú te sigues haciendo el digno. Pero todos sabemos que Aiden confiaba
en ti. Y ahora está muerto.
Me tensé. Los dientes apretados. El corazón golpeando tan fuerte que sentí la
sangre en las sienes. Pero no dije nada sobre Aiden. No podía.
—Y ustedes siguen hablando de alguien que claramente les importaba solo
cuando les conviene. Qué emotivo.
—¿Disculpa? —Espetó Roy, ladeando la cabeza—. Estás donde estás por
culpa tuya, no te hagas la víctima.
—¿Y ustedes? —Solté, con una sonrisa cínica—. ¿Dónde están? ¿Todavía en
segundo plano, esperando que alguien más les dé protagonismo?
Se hizo un segundo de silencio. Uno tenso. Pesado.
—Ten cuidado con lo que dices —Me advirtió Nolan entre dientes.
—Tranquilo —Respondí, dando un paso al costado—. Los dejo volver a su
audición de “Expertos en nada y catedráticos en hablar mierda”. A lo mejor
esta vez sí convencen a alguien.
No esperé respuesta. Sabía que vendría otra burla, otro comentario
envenenado. Pero no me interesaba seguir. Pasé entre ellos, sin prisa, sin
detenerme. Sentía las miradas detrás. No solo las de ellos. Las del resto.
Algunas curiosas. Otras acusatorias.
Y aunque yo supiera la verdad. Aunque supiera que no fui el culpable, eso no
importaba.
Porque a veces no basta con no ser el villano.
A veces, simplemente te eligen como tal.
Desvié la mirada hacia un lado y me topé con la de Ivy.
Estaba con los brazos cruzados y la mirada clavada en mí. No sé cuánto rato
llevaba ahí, si había escuchado algo. Pero no parecía sorprendida. Solo frágil.
Como si todo estuviera colgando de un hilo.
Aparté la mirada.
Y seguí caminando.
No me importaba demasiado que no se hubiera acercado. Al menos no por
mí. Ya no.
Pero no pude evitar pensarlo por Sophie.
Por todo lo que compartieron. Por cómo la trató siempre, incluso cuando Ivy
no lo merecía. Por las preguntas que seguro le rebotaban en la cabeza desde
que todo salió a la luz. Porque si alguien merecía una explicación, era ella.
Y Ivy, en lugar de enfrentar las cosas, eligió callar. Evadir. Desaparecer.
Quizás siempre fue más fácil para ella fingir que nada pasaba. Aunque con
eso, se llevara por delante lo poco que aún quedaba.
Seguí caminando sin mirar atrás, sin detenerme. Solo dejé que el frío me
envolviera un poco más con cada paso, como si pudiera borrarme lo
suficiente antes de llegar a la esquina.
Me detuve frente a la cafetería.
El ventanal grande, ese que siempre dejaba ver más de la cuenta, devolvía
una imagen que no esperaba encontrar. Sophie, de espaldas, abrazaba a
Grace y a Niko. No escuchaba nada, pero no hacía falta. Vi cómo Grace se
secaba las lágrimas con la manga de su jersey. Supuse que Sophie también lo
hacía. Que intentaba sonreír mientras se despedían una última vez.
Grace se giró primero. Luego Niko. Y Sophie, quedándose un momento más,
como si necesitara reunir fuerzas antes de moverse. Finalmente salió.
Nuestras miradas se encontraron. Tenía los ojos brillantes, enrojecidos, y aun
así caminó hacia mí sin decir nada.
Abrí los brazos, apenas.
No necesitó más.
Fue directo a mí, como si no hubiera otro lugar posible.
Sophie levantó la mirada, despacio. Tenía los ojos enrojecidos, húmedos aún,
y sin embargo se veía preciosa. Jodidamente preciosa.
Había algo en ella —en esa forma de sostener el dolor, de pararse ahí con la
cabeza en alto, aunque estuviera hecha mierda por dentro— que me dejaba
sin aire.
Y sin querer, bajé la mirada a sus labios. Entreabiertos. Con ese brillo que le
dejaba un toque suave, casi dulce.
Me obligué a subir la vista otra vez.
—Bueno… —Murmuré, intentando sonar casual, como si mi corazón no
estuviera tamborileando en la garganta—. Acaban de perder a un cliente
frecuente.
Ella me miró, confundida.
—Si tú no estás acá, no pienso volver. El café ya no vale la pena sin ti.
Soltó una risa, corta y real. Esa que me gustaba tanto, porque salía sin filtro.
Me hizo sentir un poco menos inútil. Un poco más cerca.
—¿Así de drástico? —Preguntó con una pequeña sonrisa.
La observé un segundo más, sin pensar mucho. Luego me incliné hacia ella,
apenas. Solo lo suficiente para que nos separara un suspiro.
—No te das cuenta de lo fácil que es volverte adicto a algo cuando lo tienes
tan cerca.
No quise apartar la mirada.
Sophie tampoco lo hizo.
Al contrario. Me sostuvo con esos ojos aún brillantes, pero ahora con un leve
atisbo de sonrisa que fue creciendo, lenta, hasta curvar sus labios. Sus mejillas
se tiñeron de un rosa suave antes de dar un paso más cerca.
Me encantaba ese gesto: ese casi. Esa forma de acercarse como si no se
diera cuenta.
—Los voy a extrañar —Murmuró—. A Niko, a Grace y a este lugar.
—¿Y al chico que iba a pedir café solo para mirarte? ¿También lo vas a
extrañar? —Pregunté con una ceja alzada.
Ella soltó una risa suave, negando con la cabeza.
—No tengo idea de quién hablas.
—Ajá. Claro. Inocente hasta el final.
—Dramático.
—Yo diría… perspicaz —Respondí, tirando un poco de su mano mientras
comenzábamos a caminar—. ¿Y ahora qué vas a hacer sin tus pausas eternas
para escuchar dramas ajenos mientras fingías limpiar el mesón?
Sophie me miró de reojo, divertida.
—¿Y tú qué vas a hacer sin espiarme desde la mesa del fondo?
—Supongo que aprenderé a sufrir en silencio.
Ella negó con la cabeza soltando una risa.
—¿Y ahora qué va a hacer Niko sin ti? —Murmuré burlón, mientras
caminábamos juntos, sin soltar su mano—. Se le van a ir todas las clientas
que entraban solo para que les sonriera mientras tú les preparabas el pedido.
Sophie soltó una risa suave, bajando un poco la mirada.
—Por favor, si ese chico brilla por sí solo. Dime si no lo viste hoy, haciéndose
el interesante con la de la bufanda roja.
—¿La que pidió solo un té y se quedó media hora preguntando por los tipos
de endulzantes?
—Esa misma.
Negué con la cabeza, conteniendo una sonrisa.
Entonces las vi.
Las miradas.
Hacia Sophie. Hacia mí.
Uno que otro murmullo.
—Los voy a extrañar —Dijo, con un suspiro leve, como si esas palabras le
pesaran un poquito más—. Incluso al ruido. A todo.
Volví a verla.
—Estoy seguro de que ellos a ti también. Es imposible que alguien no te
extrañe.
Sus mejillas se ruborizaron mientras se mordía levemente el labio inferior
conteniendo una sonrisa.
Pero las miradas no me dejaban tranquilo. Algunos con sorpresa, otros con
esos ojos que juzgan sin saber ni una mierda. A lo lejos, reconocí a un par de
compañeros de clase.
No dije nada. Solo apreté un poco más su mano.
Ella también lo notó. Lo supe porque giró un poco el rostro hacia mí, y sus
dedos se entrelazaron con los míos con más fuerza.
—Nos están mirando —Dijo en voz baja.
—Lo sé —Respondí, sin detenerme—. Pero no me importa lo que digan de
mí. Me jode lo que puedan decir de ti.
Sophie frunció un poco el ceño, mirándome de reojo.
—Daniel…
—Es en serio. No tienen idea de nada. Y aun así hablan como si supieran.
Como si pudieran señalarte solo por estar conmigo.
Caminamos un poco más, hasta cruzar parte del estacionamiento. Y ahí,
cuando estuvimos a la sombra de una de las columnas de concreto, me
detuvo con suavidad.
—Daniel —Susurró, y tiró un poco de mi mano para frenarme. Me giré hacia
ella—. No me importa lo que piensen. No saben nada. Y estoy acá. Contigo.
Porque quiero estar. Y eso no lo decide lo que piensen los demás.
Bajé la mirada un segundo. Había algo en su tono que me revolvía el pecho.
Como si no me creyera que aún existieran personas que quisieran quedarse a
pesar de todo.
—A veces igual pesa —Dije finalmente—. Caminar por la facultad y sentir
que todos creen saber qué pasó. Qué hice. Qué no hice. Y tener que seguir sin
decir una sola palabra. Sin poder corregir nada.
Ella me miró en silencio. Como si entendiera más de lo que decía. Luego dio
un paso hacia mí.
—Nadie más necesita saber. Solo tú sabes lo que realmente pasó. Y lo que
llevas encima. Y yo sé que no quiero irme solo porque el resto no puede
callarse.
La miré un poco más
—No quiero que esto te toque —Murmuré.
—Ya lo hizo —Susurró ella negando levemente con la cabeza—. Pero
también me hizo entender que no necesito explicaciones de nadie más. Solo
saber en quién confío.
Me quedé quieto. El pecho me ardía como si le hubieran tirado sal a algo que
no terminaba de cerrar.
Sophie sonrió, apenas. Una curva suave en los labios, como si supiera que
decir más rompería algo frágil entre los dos. Se acercó un poco más y dejó un
beso leve en mi mejilla, cálido y sin apuro.
—Todo está bien —Murmuró, sin apartarse.
Y entonces, con un gesto pequeño pero lleno de sentido, apretó otra vez mi
mano.
—¿Vamos?
La miré, todavía sintiendo el calor de sus labios sobre mi piel, y asentí con un
hilo de voz.
—Vamos.
(…)
—¡Dorado! ¡Ponle el lazo dorado! —Gritó Sophie desde el pasillo.
Rodé los ojos, echado boca arriba en su cama, con los brazos cruzados detrás
de la nuca. No me moví.
—¿Y no que yo solo era el asistente de envoltorios? —Murmuré, más para mí
que para ella, aunque sabía que me escucharía igual.
El cuarto tenía ese olor suyo. A Sophie. A limpio, a perfume suave, a casa.
Frente a mí, sobre el escritorio, estaba la caja blanca con el pañuelo doblado
con más precisión de la que pensaba que tenía. Uno de esos que se atan al
cuello, delicado, como si solo algunas personas supieran usarlo bien.
Lo miré por última vez antes de cerrar la tapa y tomar el lazo dorado.
Lo até lento, sin apurarme. Sophie quería que quedara bien, y por alguna
razón, también yo. Cuando el moño quedó centrado, lo observé unos
segundos más, buscando algún detalle que corregir.
—¡Listo! —Grité, recostándome de nuevo en la cama—. Puedes venir a
coronarme como el rey oficial de los lazos perfectos.
Escuché pasos.
Y entonces la vi entrar.
Se estaba alisando el vestido beige que claramente acababa de probarse. Caía
suelto hasta sus tobillos, pero no dejaba nada a la imaginación. Se ajustaba en
los lugares precisos. En sus piernas. En su cintura. Y el tirante caído que se
acomodó con un movimiento distraído solo dejó su hombro más descubierto,
su cuello más expuesto. Como si lo hubiera hecho a propósito. Pero sabía que
no.
No podía dejar de mirarla.
Sophie caminó hasta el escritorio y se inclinó un poco para ver la cajita
blanca con el lazo dorado encima.
Tuve que tragar saliva. Literal.
Porque cuando se inclinó, pude ver como el vestido dejaba levemente
descubierta su espalda. Y mis ojos se fueron solos. A la curva de su cintura. A
cómo le quedaba el vestido desde atrás. Tuve que obligarme a apartar la
mirada. Respirar. Mirar cualquier otra cosa antes de que el aire se pusiera aún
más pesado.
—Bueno, no te salió tan mal para un principiante en la alta costura —Dijo,
medio en broma, medio tentada de soltar una carcajada.
Cuando se giró de nuevo, fue directo hacia el espejo. Se quedó un segundo
observándose, bajando la mirada hacia su reflejo.
—Lo usé una sola vez. Me parecía demasiado, no sé… ¿llamativo? Pero
quizás sea para esta ocasión… ¿O es mucho?
Me volví a apoyar en los antebrazos desde la cama. La miré. Me la tragué con
los ojos. Porque verla así, sin siquiera intentarlo, me dejaba sin defensa.
—Si te vieras desde donde estoy, no dudarías ni un segundo.
Ella bajó la mirada, tímida. Se mordió apenas el labio antes de hablar.
—Pero hablando en serio —Jugó levemente con la falda del vestido—.
¿Crees que este bien para mañana?
Me levanté despacio y caminé hasta quedar detrás de ella. Nos encontramos
en el espejo. Su reflejo, mi reflejo. Tan cerca. Tan reales.
—Yo ya estaba hablando en serio —Le dije en voz baja.
Llevé una mano hasta su hombro, suave, y con la otra aparté con cuidado su
cabello hacia un lado, dejando al descubierto su cuello. Su piel se erizó
apenas lo hice, y la mía también. No podía evitarlo.
—A veces no te das cuenta de cómo te ves. De lo fácil que es que alguien se
quede mirándote —Dije, en voz baja, pero lo suficientemente cerca para que
lo sintiera más que escucharlo.
Sophie no se movió. Ni un centímetro. Solo su respiración cambió. Un poco
más rápida. Un poco más entrecortada.
—¿Y tú? —Susurró—. ¿Te quedas mirándome?
Sonreí, sin apartar los ojos de ella.
—Siempre —Respondí.
Mis dedos bajaron apenas por la línea de su clavícula, sin apuro. Como si
todavía no me creyera que ella me dejaba estar ahí. Tan cerca. Tan fácil, pero
tan jodidamente difícil a la vez.
—No sé cómo haces eso —Murmuré.
Sophie parpadeó, todavía mirando hacia el espejo, hacia nosotros.
—¿Qué cosa?
—Volverme loco sin hacer nada.
La vi sonreír, casi sin querer. Una de esas sonrisas que empiezan tímidas, pero
se quedan.
—Tal vez sí estoy haciendo algo —Respondió, bajando un poco más la
mirada, como si no se creyera del todo lo que estaba provocando.
Mis manos bajaron hasta su cintura, lento, acariciando la tela suave del
vestido. Y sin decir una palabra más, tiré de ella hacia mí. Su espalda quedó
pegada a mi pecho, como si todo ese espacio entre nosotros hubiera sido un
error desde el principio.
Ella se tensó apenas al contacto, pero no se alejó. Todo lo contrario.
Incliné la cabeza y le hablé al oído, despacio, casi como si me costara no
besarle la piel ahí mismo.
—Deberías tener cuidado con lo que haces —Susurré—. Porque yo no
siempre voy a saber controlarme.
Vi cómo cerraba los ojos un segundo. Cómo su pecho subía y bajaba un poco
más rápido.
Y yo ahí, sosteniéndola. Mirándonos a través del espejo. Sabiendo que, si
decía una palabra más, o si ella se giraba, el punto de retorno iba a quedar
muy, muy lejos.
—No tenías idea de lo que hacías poniéndote esto… —Murmuré, apenas
audible.
—Solo era una prueba de vestido —Susurró, casi como una excusa—. No
pensé que fueras a mirarme así.
Entonces se dio media vuelta.
Quedamos frente a frente. La distancia entre nosotros era nada. Apenas aire.
Apenas una exhalación. Nuestras narices se rozaron, y yo ya no podía pensar.
—Y yo no pensé que fueras a dejarme hacerlo —Respondí, sin apartarme ni
un centímetro.
Bajé la mirada a su cuello, expuesto, cálido. Como si me llamara. Como si
supiera lo que estaba por hacer.
—Estás jugando con fuego… —Murmuró Sophie, sin moverse. Sin apartarse.
Pero tampoco escapando.
Y no supe si lo decía para advertirme o para tentarme más.
Me incliné. Muy lento.
—Entonces quédate a arder conmigo —Susurré contra su cuello, antes de
dejar un beso arrastrado que la hizo contener el aliento.
Sophie cerró los ojos y enredó los dedos en mi cabello, como si necesitara
algo a lo que aferrarse. Su respiración se volvió más corta, más agitada, y sin
darnos cuenta, sus pasos retrocedieron hasta el escritorio.
La vi apoyarse contra este, sin dejar de mirarme. Y yo no quería alejarme.
Dejé un beso lento en su mandíbula. Luego otro, más abajo. Sentí cómo sus
dedos se deslizaban por mi nuca hasta enredarse otra vez en mi cabello,
tirando levemente, como si necesitara detener el momento o prolongarlo.
Me detuve justo antes de su boca, con la mía apenas rozando la suya.
—Dime que todavía te acuerdas de lo que era esto —Susurré, sin alejarme ni
un milímetro—. Que lo has pensado todas estas semanas, al igual que yo.
Sophie no respondió enseguida. Me sostuvo la mirada, con esa expresión
entre desafiante y burlona que me volvía loco. Ladeó un poco la cabeza,
apenas.
—¿Y si te digo que no?
Solté una risa baja, sin apartarme.
—No te creería ni un segundo.
—Qué bueno —Murmuró, arrastrando las palabras mientras sus manos
subían por mis hombros, suaves, seguras—. Porque no tenía pensado
decírtelo.
No tuve tiempo de decir nada más. Ya estaba perdido. Volví a inclinarme
hacia ella y esta vez dejé un beso lento en su cuello, bajé un poco más a su
clavícula, justo donde el vestido dejaba piel expuesta. Sentí cómo su cuerpo
reaccionaba al instante. Subí hacia su mandíbula, despacio, saboreando cada
milímetro de piel.
Y aunque todavía no la besaba, ya no quedaba espacio para que se escapara
Su respiración se volvió más corta, sus dedos se aferraron con más fuerza a
mi cabello. Y yo seguía ahí, sin besarla. Porque no quería que fuera rápido. Ni
fácil. Quería que lo sintiera todo.
70
Sophie
Me bajé del auto con cuidado, sujetando el vestido por instinto. Al poner un
pie fuera, una brisa suave me desordenó un poco el cabello, me rozó la
espalda levemente descubierta y levantó apenas la tela ligera del vestido, que
caía hasta los tobillos.
Me quedé quieta un momento, ahí de pie, sin avanzar.
El lugar era amplio, rodeado de árboles, con una fachada sobria y elegante,
como de esas construcciones que alguna vez fueron casas antiguas y ahora se
usan para eventos. Tenía un encanto discreto, nada demasiado ostentoso,
pero sí lo suficiente como para hacerme sentir fuera de lugar por unos
segundos.
En la entrada, varios autos ya estaban estacionados. Nosotros estábamos al
final del estacionamiento, por lo que podía ver la cantidad de autos que había.
Algunos conocidos, otros no. A lo lejos, se alcanzaba a ver parte del jardín
trasero. Había luces colgadas entre los árboles, mesas ya puestas, gente
moviéndose, saludándose. Voces suaves, risas.
Y entonces, el estómago se me apretó un poco.
No porque me arrepintiera de estar ahí. No lo hacía. Pero igual… algo en el
ambiente, en la idea de enfrentar a tantas personas desconocidas —familia y
amigos, ni más ni menos— me hacía sentir como si estuviera a punto de
presentar un examen sin haber estudiado lo suficiente.
—Te ves preciosa.
Volteé hacia la voz. Daniel se había bajado también. Cerró la puerta del auto
con una mano y me miró como si no existiera nada más alrededor.
Llevaba una camisa oscura y los pantalones a juego. Las mangas de la camisa
estaban dobladas hasta los codos, revelando sus antebrazos. Tenía el cuello
abierto, relajado, y el cabello un poco desordenado por el viento. Estaba tan
increíblemente bien que, por un segundo, lo único que pude hacer fue mirarlo.
Y ahí, en ese mismo instante, sentí otro vuelco en el estómago. Uno
completamente distinto.
Sonreí un poco, apenas. Pero él lo notó.
Siempre lo notaba.
Se acercó un paso más, con la mirada fija en mí, como si pudiera leer cada
pensamiento que intentaba esconder.
—Estás nerviosa —Dijo en voz baja, tan cerca que solo yo podía escucharlo.
No era una pregunta. Era una certeza.
Asentí muy levemente, sin necesidad de fingir nada.
Daniel bajó un poco la mirada, luego volvió a mis ojos y sus labios se
curvaron en una de esas medias sonrisas que solo aparecían cuando hablaba
en serio.
—Estás aquí, y eso es suficiente. No necesitas demostrarle nada a nadie. Solo
sé tú, y todo va a estar bien. Yo me encargo del resto.
Y lo dijo tan tranquilo, tan seguro, que por un momento solo estábamos él y
yo.
Y esa forma en que me miraba y como mi corazón respondía sin querer.
Solté un suspiro lento, bajando un poco la mirada antes de volver a alzarla.
Asentí. Una sola vez. Y él sonrió como si hubiese ganado algo.
—¿Vamos? —Dijo después, pero no se movió.
Tampoco yo.
Dio un paso hacia mí. Solo uno. Lo justo para acortar la distancia, para que su
presencia se sintiera más cerca que nunca. Para que el aire entre nosotros se
volviera denso, caliente. Mi vestido, fino y ceñido, se movió apenas con la
brisa, como si hasta el viento quisiera meterse en el juego.
—O podríamos quedarnos aquí afuera un rato más, si quieres —Murmuró,
con la voz más grave, casi baja—. Pero eso solo va a hacer que se me ocurran
más excusas para no entrar todavía.
Lo miré, y esa maldita sonrisa burlona seguía ahí. La misma que aparecía
cuando sabía lo que hacía. O cuando quería que yo lo supiera.
—¿Y qué clase de excusas serían esas? —Pregunté, fingiendo inocencia,
aunque el temblor leve en mi estómago no ayudaba.
Daniel inclinó apenas el rostro, acercándose. Su mirada bajó por un segundo
a mi boca, pero volvió a mis ojos enseguida.
—Excusas peligrosas. De esas que no combinan con jardines llenos de familia
y amigos —Susurró.
Contuve el aliento. Y sonreí. Un poco.
—Entonces será mejor que entremos antes de que termines rompiendo otras
reglas. O inventando nuevas.
Me alejé unos pasos antes de que pudiera responder. Fui directo al asiento
trasero del auto y abrí la puerta. Estaba el regalo de Gabriella, en una cajita
blanca y un lazo dorado. Lo tomé con cuidado, cerré la puerta y entonces
sentí su mirada.
Daniel estaba a un lado, sin decir nada. Solo mirándome.
Me giré un poco hacia él, con una sonrisa en los labios y una ceja alzada.
—¿Qué? ¿Nunca viste a alguien sostener un regalo? —Dije, como si no
supiera exactamente qué estaba pasando.
—No con ese vestido.
Solté una risa corta, negando con la cabeza mientras comenzaba a caminar
hacia la entrada del lugar.
—Te juro que eres lo peor —Murmuré, todavía sonriendo.
—Igual vi que te sonrojaste —Dijo desde atrás, con voz baja pero
perfectamente audible.
Rodé los ojos, sin detenerme.
—Cállate.
—¿Así reaccionas cuando solo te miro? No quiero imaginar si te dijera todo
lo que pensé.
Me sonrojé más. Como si no fuera suficiente lo que ya me quemaban las
mejillas.
Antes de que pudiera decir algo, él dio dos pasos y llegó a mi lado, rápido.
Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo al borde del mío.
—Si te soy sincera, ese sonrojo no fue por ti, pero gracias por el intento.
Daniel rió, esa risa baja y arrastrada que parecía siempre a medias entre
diversión y algo más.
El salón arrendado se abría hacia un jardín amplio y bien cuidado, rodeado de
guirnaldas de luces cálidas que colgaban desde los árboles. Algunas mesas
pequeñas estaban repartidas por el espacio, pero la mayoría de las personas
conversaba de pie, copa en mano, mientras meseros con bandejas pasaban
entre los grupos ofreciendo copas y pequeños aperitivos.
Dejamos el regalo en una mesita dispuesta para eso, junto a un arco decorado
con flores y cintas suaves.
Daniel me miró de reojo, notando aún la tensión leve en mis hombros.
—Todo está bien —Murmuró mientras su mano se apoyaba con suavidad en
la base de mi espalda—. Solo sé tú.
Asentí. Y, por un momento, eso fue suficiente.
Avanzamos un poco más por el jardín y fue entonces cuando los vi: Ruby,
Alex, y los padres de Daniel estaban reunidos junto a un par de personas
mayores. Todos de pie, conversando con copas en las manos. Ruby nos vio
primero y alzó una mano con entusiasmo, sonriendo con una expresión que,
de algún modo, me tranquilizó.
—Mira quién está ahí —Murmuró Daniel con una sonrisa ladeada mientras
me guiaba entre la gente—. Tu fan número uno.
—No es así —Respondí, intentando sonar ligera, aunque sentía el corazón
acelerado.
Daniel soltó una risa y me dio una mirada antes de llegar a Ruby y a Alex.
—¡Por fin! —Dijo Ruby, dándome un abrazo cálido—. Te ves increíble. Ese
vestido te queda como si lo hubieran diseñado para ti.
—Gracias —Sonreí con suavidad, y al mirar a Daniel, lo encontré ya
saludando a Alex con un asentimiento leve—. Estás espléndida. El lila es tu
color.
Sonrió antes de darme otro pequeño abrazo.
—Pensé que llegarían más tarde —Agregó Ruby, tomando una copa de una
bandeja que pasaba cerca—. O que Daniel se arrepentía en el camino.
—Estuvo cerca —Bromeé.
Daniel soltó una risa baja, mirando a su hermana.
—Qué confianza me tienen. No sé si sentirme ofendido o agradecido.
—Un poco de ambas —Intervino Alex con una sonrisa discreta, tomando
también una copa—. Aunque debo decir que esta vez llegaste puntual. Todo
un logro.
—Y sin quejarse en el camino, lo cual me parece aún más impresionante —
Añadió Ruby, dándole un leve codazo a Daniel.
El pelinegro me dio una mirada fugaz.
—¿Están guardando una bitácora o algo? —Preguntó él, rodando los ojos.
—Tú haces que sea fácil —Replicó Ruby, con una risa suave. Luego giró
hacia mí con una sonrisa más cálida—. Y gracias, Sophie. Por no huir
mientras tanto. Se ve que sobreviviste el trayecto con él.
—Apenas —Bromeé, y la mirada de Daniel se desvió hacia mí, con una
sonrisita muda que no negó nada.
Fue entonces cuando los padres de Daniel se acercaron.
—Sophie —Dijo su madre con una sonrisa—. Qué gusto verte de nuevo.
Hace mucho que no te veíamos.
—Sí, ha pasado un tiempo. Gracias por recibirme —Respondí con
amabilidad.
—Espero que disfrutes la velada —Añadió, tocando levemente mi brazo.
Unos segundos después su padre se unió a la conversación. Su tono era más
seco, menos dado a las cordialidades.
—Vaya. Pensé que al final ibas a cambiar de idea —Le dijo a Daniel—. Como
no dabas señales, asumí que no venías.
—James… —murmuró Kimberly.
—Estabas cruzando los dedos, ¿cierto? Para tener una excusa y hablar de mí
toda la noche —Le respondió Daniel con la misma sonrisa que usaba cuando
quería provocar, pero que esta vez tenía filo.
—Daniel… —Esta vez murmuró Ruby.
Alex envolvió en brazo en ella y la chica le dio una pequeña sonrisa.
El silencio entre ambos se cargó por un segundo, hasta que Ruby carraspeó
suavemente.
—Bueno, al menos llegó. Y con excelente compañía —Dijo, volviéndose
hacia mí con complicidad.
James me miró y arrugó levemente el ceño antes de hablar.
—Sophie. Hola.
—Hola, señor Winslow —Respondí con educación, manteniendo el tono
neutral.
Él sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Luego giró levemente
el rostro hacia Daniel.
—Así que ¿esto sigue siendo lo que dijeron que era? —Preguntó James y
soltó una risa cínica—. ¿Amigos? Así lo definieron, ¿no?
No alcancé a responder de inmediato. Mis labios se curvaron en una media
sonrisa, contenida pero clara.
—¿Y si lo dejamos a la imaginación? Suele ser más entretenido —Dije, sin
cambiar el tono ni borrar la expresión.
James frunció el ceño y le dio un sorbo a su copa mientras Kimberly
entrelazaba sus brazos mirándonos.
Me arrepentí al instante de haber hablado, estaba por disculparme cuando
Daniel deslizó un brazo alrededor de mi cintura en ese momento, como si no
necesitara decir nada más. Compartimos una mirada y me acerqué un poco
más a él.
Ruby y Alex nos miraron conteniendo una pequeña sonrisa, chocaron
levemente sus copas antes de darles un trago.
Y justo entonces, la música del jardín cambió de golpe. Las luces se movieron
hacia la pérgola principal, y un ritmo moderno —e inesperado— comenzó a
sonar por los parlantes, llamando la atención de todos.
La entrada de Gabriella fue tan planeada como dramática: vestida de blanco
con detalles brillantes, avanzaba con elegancia entre la gente, saludando con
la mano y sonriendo como si estuviera en su propia coronación.
Sonreí sin darme cuenta.
—¿En serio? —Murmuró Daniel, en voz baja.
Ruby se encogió de hombros con una sonrisita resignada.
—La abuela dijo que quería algo más moderno esta vez. Que los tiempos
cambian, y ella también sabe cambiar el ritmo, o algo así.
Solté una risa, y Daniel también, volviendo la vista Gabriella que terminaba
de hacer su entrada triunfal, avanzando con paso firme y una sonrisa
orgullosa.
La música se detuvo justo cuando ella se acercó al micrófono, que un mesero
le ofreció con una ligera reverencia. Todos a su alrededor aplaudieron con
suavidad, y las conversaciones se apagaron.
Sentí a Daniel moverse detrás de mí. Se colocó a mi espalda y deslizó ambas
manos por mi cintura con naturalidad, acercándome a él. No me resistí.
Apoyé mis manos sobre las suyas, y cerré los ojos un segundo al sentir su
aliento cerca de mí.
—Buenas tardes a todos —Dijo Gabriella con energía, alzando una mano
mientras su voz resonaba en el micrófono—. ¡Qué alegría ver tantas caras
conocidas… y también unas cuantas nuevas que espero conocer antes de
que se me olvide quién vino y quién no!
Algunas risas suaves recorrieron al público.
—Gracias por venir a celebrar mis ochenta jóvenes y fabulosos años —
Añadió con una sonrisa—. Prometo no hablar mucho, porque lo que de
verdad quiero es verlos bailar. Sí, sí, sé que algunos esperaban un vals, pero
esta vez vamos a tener de todo. Desde clásicos hasta lo que sea que suene en
TikTok… cortesía de mi hermosa nieta Ruby, que me enseñó más canciones
en una tarde que las que yo aprendí en veinte años.
Ruby nos guiñó un ojo desde el lado, divertida. Sonreí, y sentí el pecho de
Daniel sacudirse contra mi espalda por una risa apenas contenida.
—Ahora —Siguió Gabriella, levantando una copa que alguien le pasó justo a
tiempo—. Antes de que empiecen con las excusas de rodillas malas y pies
torpes, déjenme darles un consejo que he acumulado en estas ocho décadas
maravillosas: Si alguien les da paz, no lo suelten. La pasión se enciende fácil,
pero la calma es rara…y si el vino está bueno, díganlo. Y si está malo…
¡sírvanse más, que eso ayuda!
Las carcajadas estallaron entre los invitados. Gabriella hizo una pequeña
reverencia teatral, levantó la copa en un brindis y sonrió con esa vitalidad que
parecía desafiar la lógica del tiempo.
—Ahora sí… ¡a celebrar como si estuviéramos en los veinte! —Cerró con
entusiasmo, bajando el micrófono mientras todos aplaudían.
Daniel apoyó su mentón en mi hombro un momento, como si no quisiera
moverse. Y por un segundo, me pareció que el tiempo sí se había detenido un
poco.
—¿En serio le mostraste canciones de TikTok? —Preguntó Alex, arqueando
una ceja con una mezcla de sorpresa y diversión.
Ruby asintió con entusiasmo mientras sacaba su celular de su pequeña
cartera plateada.
—Y le hice una cuenta. Se llama @AbuelaLoRompe, ¿pueden creerlo? Ayer
subimos un video, así que síganla y denle «me gusta», por favor. Está
comprometida con el algoritmo.
Solté una risa que no pude contener, justo cuando Daniel, sin soltarme, sacó
su cabeza de mi hombro para mirar a Ruby con media sonrisa.
—No estoy seguro de que poner a mi abuela en TikTok sea una buena idea a
largo plazo… —Murmuró, aunque sin sonar realmente molesto.
—Tarde, hermanito. Ya está subiendo más rápido que tú a tu habitación en
una reunión familiar —Replicó Ruby, guiñándole un ojo.
—¿Y eso a que viene? —Dijo Daniel, rodando los ojos con una leve sonrisa
antes de volver a apoyar la frente suavemente contra el costado de mi
cabeza.
Nos quedamos conversando un rato, entre bromas y comentarios rápidos,
sintiendo cómo el aire se volvía más tibio mientras el sol empezaba a
esconderse detrás de las copas de los árboles. Poco a poco, las luces del
jardín se encendieron y el cielo se tiñó de un azul más profundo.
Cuando el viento se volvió más fresco, fuimos entrando al salón principal. El
ambiente cambió sutilmente: más íntimo, más cálido. Sonaban canciones
suaves de fondo, y algunos grupos ya comenzaban a acomodarse en las
mesas.
Daniel me tomó de la mano sin decir nada, solo entrelazando sus dedos con
los míos, y caminamos juntos hacia donde estaba Gabriella. Su sonrisa al
vernos acercarnos fue suficiente para que todo se sintiera ligero.
—Hola, abuela —Dijo Daniel, con ese tono sarcástico que usaba cuando en
realidad le tenía cariño a alguien—. ¿Ya terminaste tu gira de celebridad o
todavía te faltan autógrafos?
Gabriella soltó una carcajada encantada antes de abrir los brazos.
—¡Por fin aparecen! Ya pensé que tendría que buscarlos con megáfono.
Vengan acá, los dos.
Nos abrazó con fuerza, primero a Daniel y luego a mí, con ese calor tan suyo
que hacía que todo se sintiera más sencillo. Cuando se separó, bajó la mirada
a nuestras manos entrelazadas y sonrió todavía más. Nos miró de nuevo, con
una mezcla de picardía y ternura que solo ella podía manejar.
—¿Me quieren dar mi sorpresa de cumpleaños ahora? —Preguntó,
entrecerrando los ojos con fingida sospecha, como si estuviera a punto de
descubrir un gran secreto.
Sentí cómo mis mejillas se calentaban de inmediato, y desvié la mirada,
mordiéndome el labio con una sonrisa incómoda. Daniel, en cambio, se
encogió levemente de hombros con una expresión exageradamente seria.
—Nos atrapaste. Íbamos a aparecer en medio del salón con un pastel gigante
y fuegos artificiales —Dijo, con voz baja.
Gabriella soltó una carcajada, dándole un pequeño golpe en el brazo con
cariño.
—Ay, Daniel. El mejor regalo que pueden darme es que sean felices. Todos. Y
bueno, también que suban mis vistas en TikTok. ¿Te contó Ruby que me creó
una cuenta?
—Sí, de hecho, lo mencionó hace un rato… —Dije, riendo ahora con ella.
Gabriella rió también, con esa alegría contagiosa que parecía envolverlo todo.
Luego volvió a bajar la vista a nuestras manos entrelazadas, y por un segundo,
su sonrisa cambió: no se apagó, pero se volvió más suave, más sabia.
—Hay cosas que no necesitan anunciarse para notarse —Dijo con calma—.
Uno las ve en los gestos, en cómo se miran, en cómo se cuidan sin siquiera
darse cuenta.
Alcé la vista hacia Daniel y, sin necesidad de palabras, sentí que él también lo
había entendido. Gabriella volvió a mirarnos, su expresión entre nostálgica y
esperanzada.
—Quiero verlos bailar después —Dijo, separándose con una sonrisa
cómplice—. Y no acepto excusas. Ah, y antes de que se escapen… una foto
conmigo.
—¿Tú vas a bailar también? —Preguntó Daniel con una ceja levantada,
ladeando la cabeza con diversión.
Gabriella soltó una risa sonora y negó con la mano.
—¿Yo? Cariño, si bailo más de dos minutos, me desarmo como mueble mal
armado. Pero me encanta mirar. Ver a los demás moverse… es otra forma de
disfrutar.
Nos reímos los tres, y ella se colocó entre nosotros para la foto, sujetando uno
de nuestros brazos con cada mano. Gabriella posó con una sonrisa amplia y
orgullosa, como si tenernos ahí fuera un regalo más que suficiente.
Clic.
—Perfectos —Dijo la señora que tomó la foto.
Un par de personas más se acercaron a saludarla, y mientras ella los recibía
con el mismo cariño de siempre, Daniel y yo dimos un paso atrás con una
sonrisa.
Daniel volvió a entrelazar sus dedos con los míos, esta vez con más calma,
como si no tuviera ninguna prisa.
Miré alrededor un momento, observando el salón lleno de personas, música
suave y mesas ya más animadas.
—Así no van a pensar que somos “solo amigos” … —Murmuré con una
sonrisa burlona, sin mirarlo del todo.
—No quiero que lo piensen —Respondió él, simple, devolviéndome la
sonrisa.
No dije nada, pero una sonrisa leve se me escapó sin querer. Tal vez porque,
por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de decir nada más.
Nos acercamos a una de las mesas del fondo, donde estaban un par de
primos de Daniel conversando entre risas. Nos saludaron con amabilidad y se
hicieron a un lado para que nos sentáramos junto a ellos.
Daniel me acomodó la silla con naturalidad antes de sentarse a mi lado. La
conversación alrededor era ligera, pero nuestras manos seguían unidas bajo la
mesa, escondidas entre las telas del mantel.
Y aunque hablábamos con los demás, de cosas que no tenían demasiada
importancia, el roce de sus dedos contra los míos lo decía todo.
Minutos más tarde, Ruby se acercó a nuestra mesa con una sonrisa
emocionada y le tocó suavemente el hombro a Daniel.
—Ya es hora.
Él asintió con un leve gesto y, sin soltar mi mano de inmediato, me miró
como si quisiera asegurarse de que estuviera bien.
—Ya vuelvo —Murmuró, soltándome con suavidad.
—Está bien —Respondí, devolviéndole una sonrisa tranquila.
Daniel soltó mi mano suavemente y se levantó para adelantar a Ruby. Lo
seguí con la mirada hasta que se perdió entre la gente y, al girarme, noté que
una de sus primas me observaba con una sonrisa franca, casi cómplice. Con
un leve gesto me hizo saber que todo estaba bien; aquel detalle bastó para
que la tensión que aún me quedaba en los hombros se aflojara.
Me quedé charlando un momento con ellos —comentarios triviales sobre la
música, los bocados, alguna anécdota infantil de Daniel— y comprendí que
mis temores iniciales se habían disipado: la familia resultaba tan acogedora
que, sin darme cuenta, me sentía parte de la velada.
Poco después las luces se apagaron y un murmullo de expectativa recorrió el
salón. Una pantalla se iluminó al fondo para proyectar imágenes de Gabriella
a lo largo de sus ochenta años: primeros planos de juventud, instantáneas
desordenadas de viajes, momentos con sus hijos, niños pequeños y después
más grandes, todos los nietos de Gabriella. Fotos con Ruby y Daniel en
brazos, con amigos en celebraciones pasadas. Entre una canción suave y otra,
se colaban frases y anécdotas grabadas por la familia, un homenaje íntimo y
luminoso que dejó al resto en silencio, sonriendo, algunos con los ojos
brillantes.
Bajo el resplandor tenue de la proyección, pensé que aquella era la forma
perfecta de resumir una vida: unos segundos de fotografías y música bastaban
para mostrar cuánto amor podía caber en ocho décadas.
Cuando el video terminó, una ola de aplausos llenó el salón. Algunos se
pusieron de pie, otros aplaudieron desde sus mesas, pero todos lo hicieron
con la misma emoción compartida. Gabriella, de pie junto a la pantalla, se
secaba discretamente las lágrimas con un pañuelo mientras el micrófono
volvía a sus manos.
En medio del bullicio, el celular de Daniel vibró sobre la mesa. La pantalla se
iluminó por un segundo, mostrando una notificación, pero no desvié la
mirada. En lugar de eso, mantuve los ojos en Gabriella, conmovida al verla
tan emocionada, tan genuinamente agradecida.
Un instante después, el celular volvió a vibrar, sacudiéndose levemente al
lado de su copa. Lo vi de reojo, pero decidí ignorarlo. No ahora.
Ruby se acercó al micrófono con una sonrisa.
Fue entonces cuando el celular, el celular vibró por tercera vez sobre la mesa,
y esta vez sí bajé la mirada.
La pantalla se encendió un segundo, revelando el nombre de Lukas,
acompañado de un par de notificaciones que no llegué a leer.
Solo bajé la vista con una pequeña sonrisa, dándole privacidad.
Justo cuando logré volver a enfocarme, Daniel giró un poco la cabeza desde
donde estaba y me miró. Solo por un momento, pero suficiente para que mi
corazón diera un vuelco y una sonrisa se escapara de mis labios.
Daniel me devolvió la sonrisa con esa mezcla de ternura y algo travieso en
los ojos que siempre lograba desconcertarme un poco. Él me miraba con esa
calma que a veces parecía un refugio, y por un momento, quise quedarme ahí
para siempre.
Se apartó suavemente y volvió hacia la mesa. Se sentó de nuevo a mi lado y
apoyó una mano en el respaldo de mi silla dedicándome una sonrisa burlona.
—El video estuvo muy lindo —Murmuré, y él arqueó una ceja, sin borrar su
sonrisa.
—Si quieres te enseño a hacer algo así, pero es un don natural.
Rodeé los ojos sin evitar sonreír.
—Ahí llegó tu ego. Hoy se tardó más de lo común en aparecer.
—Solo es para ocasiones especiales.
Solté una risa y negué levemente con la cabeza antes de volver a mirar a
Gabriella. Tomó el micrófono, con la voz un poco entrecortada por la
emoción y una sonrisa radiante mientras se secaba discretamente unas
lágrimas.
—Quiero agradecer especialmente a Daniel y a Ruby por este regalo tan
hermoso —Su voz tembló un poco, pero con mucha sinceridad—. Este video
me hizo revivir tantos momentos… las risas, las historias, los abrazos que no
salen en las fotos pero que se sienten en el alma.
Le dio un sorbo a su copa antes de seguir.
—Las fotografías no solo capturan imágenes, sino que guardan pedacitos de
vida, de amor, de recuerdos que siempre llevaremos con nosotros. Y este
video… —Hizo una pausa, mirando a ambos con ternura—. Es un reflejo de
todo eso, y más.
El público empezó a aplaudir con calidez, y Gabriella sonrió con gratitud.
—Ahora, basta de nostalgia, que la noche sigue y la música nos espera.
¡Todos a bailar y a celebrar como se debe!
Todos comenzaron a moverse hacia la pista de baile entre risas y murmullos,
animados por las palabras de Gabriella. Daniel me dio una mirada, y antes de
que pudiera levantarme, acercó mi silla hacia él con un solo gesto, suave pero
firme. Nuestros rostros quedaron peligrosamente cerca, tanto que sentí el
roce de su aliento en mi mejilla.
—¿Siempre te ves así de bien bajo luces cálidas o solo es efecto mío? —
Murmuró, con una sonrisa que rozaba el descaro.
Me tomó por sorpresa. Parpadeé un segundo, conteniendo la risa, sintiendo
cómo el aire parecía un poco más denso entre nosotros.
—¿Siempre usas frases así o solo cuando estás seguro de que ya no puedo
escapar?
—Solo cuando ya me dijeron que el video estuvo “muy lindo”—Sonrió, como
si se estuviera premiando a sí mismo.
Rodé los ojos, divertida.
—Egocéntrico como siempre.
—Egocéntrico, no. Preciso —Se inclinó apenas más, sus labios
peligrosamente cerca de mi oído—. ¿Sabes lo difícil que es concentrarse
cuando me estás mirando así?
Sentí un cosquilleo recorrerme la columna. El descaro en sus palabras me
hizo apretar los labios para no sonreír de inmediato, pero fue inútil. Mi
reacción fue más rápida que yo.
—Daniel… —Dije, alejándome apenas, como si al poner una mínima
distancia pudiera recuperar algo de aire. Su nombre salió como una
advertencia, suave, casi con risa.
—¿Qué? —Preguntó con esa falsa inocencia que no le quedaba nada mal.
Sus cejas apenas alzadas, el tono burlón flotando entre nosotros.
Le lancé una mirada entre divertida y resignada.
Y él la entendió. Por supuesto que la entendió.
—¿Tampoco podemos bailar? ¿También me vas a negar eso? —Preguntó.
No pude evitar reír.
—No sabía que bailabas —Comenté con fingida sorpresa.
Daniel me miró de reojo, con esa media sonrisa que siempre parecía estar a
medio camino entre un secreto y una provocación.
—Es un vals, ¿no? —Respondió con simpleza—. No creo que sea tan difícil.
Sus palabras me hicieron sonreír otra vez, pero esta vez fui yo quien se
acercó. Solo un poco. Lo suficiente para que nuestras narices casi se rozaran,
para ver de cerca el brillo travieso en sus ojos.
Daniel no se quedó atrás.
Me miró fijo, y con una lentitud que parecía medida, alzó una mano y la
apoyó con suavidad en mi cuello, apenas en la línea donde este se
encontraba con la mandíbula. El calor de su piel me erizó la mía.
—Mira quién se está acercando ahora —Murmuró, con una sonrisa burlona.
—Eres insoportable —Susurré entre dientes, rodando los ojos, aunque sin
apartarme del todo.
—¿Sí? Porque no pareces tan apurada en irte.
No pude evitar reír de nuevo, negando con la cabeza.
Él se inclinó un poco más, sus labios a escasos centímetros de los míos.
—¿Quieres bailar? —Preguntó, muy cerca, casi susurrando, como si la
pregunta solo existiera entre nosotros dos.
Iba a responder. Juro que iba a hacerlo. Pero en ese instante, el celular de
Daniel vibró de nuevo sobre la mesa. Ambos bajamos la mirada al mismo
tiempo. La pantalla se encendió, mostrando el nombre de Lukas.
Me separé un poco, con suavidad.
—Hace un rato que suena —Murmuré, con una media sonrisa—. Tal vez
deberías ver qué es.
Daniel miró la pantalla encendida por un segundo, pero no hizo el menor
intento por alcanzarla. Volvió su mirada hacia mí, directo, sereno.
—No —Dijo con firmeza tranquila—. No creo que sea tan importante ahora.
O me hubiera llamado.
Antes de que pudiera responder volvió a hablar.
—Estoy contigo —Añadió—. Y eso sí me importa.
Por un momento, no supe qué decir. Solo lo miré. Tal vez con más ternura de
la que pensaba mostrar.
Entonces, sin romper el contacto visual, estiró la mano y la tomó con
suavidad, entrelazando nuestros dedos como si fuera lo más natural del
mundo.
—Vamos —Murmuró—. Ahora sí, a bailar.
No pude más que asentir, dejándome guiar mientras nos poníamos de pie. Su
mano seguía aferrada a la mía mientras caminábamos entre las mesas en
dirección a la pista, donde el resto de la familia ya se movía al ritmo suave de
la música.
Y aunque había luces, risas, cámaras, pasos cruzándose… por un instante,
mientras caminábamos juntos hacia el centro, sentí que el mundo se hacía un
poco más chico. Solo para nosotros dos.
71
Sophie
La música sonaba suave, casi como si nos envolviera solo a nosotros. Los
demás se movían a nuestro alrededor, pero era difícil concentrarse en algo
más cuando tenía a Daniel frente a mí, su mano en mi cintura, sus ojos tan
cerca de los míos.
Nos movíamos lento, en sincronía. Casi sin hablar. Pero no hacía falta.
—No bailas tan mal —Murmuré, alzando una ceja mientras él me daba una
ligera vuelta y me acercaba de nuevo a su cuerpo.
—¿Eso fue un cumplido? —Preguntó, con una sonrisa ladeada.
—Fue generoso —Me mordí el labio, dejando que mi tono sonara lo
suficientemente burlón para molestarlo un poco.
—¿Y tú? —Inclinó la cabeza, acercando su rostro al mío, tanto que podía
sentir su aliento cálido en mi mejilla—. No sabía que eras buena escondiendo
lo mucho que te gusta estar así.
Rodé los ojos, pero mi sonrisa lo delató.
—No te creas tanto, Winslow. No todos caemos rendidos por un giro decente
y una mirada intensa.
—¿Segura? —Su voz bajó un poco, ronca y suave a la vez. Una de sus manos
se deslizó más firmemente en mi espalda mientras sus ojos no se apartaban
de los míos.
—Casi segura… —Susurré, aunque el ritmo de mi corazón decía otra cosa
Nuestros rostros estaban tan cerca que nuestras narices casi se rozaban. Yo
estaba a punto de decir algo más cuando él volvió a hablar.
—¿Ya te dije que estás preciosa? —Murmuró Daniel.
—Muchas veces. Casi me estoy creyendo.
Él soltó una risa baja.
—Deberías.
Nuestros labios se rozaron. Apenas. Un instante apenas consciente, como si
ambos estuviéramos esperando a que el otro se acercara un poco más, pero
nadie lo hacía. Era un juego tonto y cargado de todo. Uno en el que nadie
quería perder.
Y en ese momento, justo cuando pensé que iba a hacerlo, que se acercaría de
verdad, Daniel me dio otra vuelta con una facilidad absurda y me acercó de
nuevo a su pecho. Yo solté una risa involuntaria, esa que solo le salía a él.
—Estoy enamorado de ti, Sophie.
No hubo risa. No hubo broma detrás de eso. Solo verdad. Y ternura. Y esa
forma en la que me miraba, como si no pudiera creer que yo estuviera
realmente ahí.
Mi sonrisa se aflojó un poco, pero no se fue.
Me acerqué de nuevo, una mano enredándose sin prisa detrás de su cuello,
mis dedos jugueteando con el borde del cuello de su camisa.
Nuestros labios quedaron separados por apenas un suspiro.
—Estoy enamorado de ti. Estoy enamorado de todas las versiones que me
has mostrado, Sophie. De la que ríe, de la que sueña, de la que lucha, de la
que me habla de cualquier cosa. Y quiero seguir conociéndolas, una a una.
Él bajó la mirada a mi boca, luego volvió a mis ojos, y sonrió. Una de sus
manos se apoyó suavemente en mi cintura, la otra subió con calma hasta mi
mejilla, rozándola con la yema de los dedos como si aún no creyera que
estaba ahí, frente a él.
—Yo también estoy enamorada de ti, Daniel —Susurré, con la voz hecha
suspiro, sintiendo cómo el pecho se me llenaba de algo tan cálido que dolía
un poquito—. Del sarcasmo. De tus silencios. Del que se burla. Y de cómo,
cuando hablas en serio, lo haces de verdad. De cómo a veces pareces
distante, pero en realidad estás viendo todo. Y de cómo eres tan dedicado en
lo que haces, aunque no quieras que los demás lo noten. Del que me escucha.
Del que mira como si viera más de lo que digo.
Su respiración se mezcló con la mía. Sentí su mano subir con lentitud por mi
cintura, hasta el borde de mi espalda. Su frente rozó la mía.
—Y de lo mucho que sientes… aunque no lo digas.
Los labios de Daniel apenas rozaron los míos, un toque suave.
—No tengo idea de cómo logras esto en mí, pero lo haces —Susurró.
Sus labios volvieron a buscar los míos, sin llegar a encontrarlos por completo.
Apenas se rozaban, como si el solo contacto ya fuera suficiente para
incendiar todo a su alrededor.
Yo sonreí, sin poder evitarlo. Mis ojos apenas se abrieron, y encontré los
suyos ya mirándome, tan cerca que sentía el cosquilleo en la piel.
Daniel también sonrió, con esa curva leve y peligrosa que solo él tenía.
Sin decir nada más, tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.
Se inclinó hacia mí, hasta que su boca rozó apenas mi oído.
—Después de la fiesta, cuando estemos solos —Murmuró con esa voz baja y
ronca—. Te prometo que no me vas a hacer esperar tanto.
El temblor recorrió todo mi cuerpo. Me reí, negando con la cabeza, pero sin
soltar su mano.
La música había cambiado a algo más suave, un ritmo lento pero bailable.
Daniel me atrajo hacia él, colocó una mano en mi cintura y la otra siguió
entrelazada con la mía.
Bailamos como si el mundo no nos importara. A veces él me miraba en
silencio, como si intentara memorizar el momento. A veces yo apoyaba mi
cabeza en su hombro, dejándome llevar.
—¿Esto cuenta como tu forma de distraerme? —Bromeé mientras giraba.
—No. Esto cuenta como mi forma de disfrutarte. —Susurró en mi oído.
Horas después, cuando la fiesta ya comenzaba a apagarse y varios invitados
se despedían, caminamos de la mano hacia donde estaba Gabriella, quien se
reía mientras daba pequeños y lentos pasos, abrazada a un señor mayor que
se movía con una sonrisa.
—¿Interrumpimos? —Preguntó Daniel con una sonrisa divertida.
—¡Para nada! —Dijo ella soltando una carcajada—. Este caballero tiene más
energía que todos ustedes juntos.
—¡Y mejores pasos también! —Añadió el señor entre risas.
—Venimos a despedirnos —Dije, acercándome a Gabriella para abrazarla.
Sentí el calor y la ternura en su cuerpo cuando me envolvió.
—Gracias por venir, querida —Susurró con una sonrisa cariñosa—. Y gracias
por traerlo a él —añadió, mirando a Daniel de reojo.
Daniel simplemente sonrió y bajó la cabeza, como si no supiera qué
responder.
—Fue una noche hermosa —Dije. Gabriella nos dedicó una última sonrisa
antes de volver a su especie de baile.
—Que tengan buena noche —Añadió mientras ya se dejaba llevar por la
música otra vez.
Salimos tomados de la mano hacia el auto. Afuera el aire era fresco, y la brisa
nocturna me despejó un poco.
—¿Por qué siempre te estacionas tan lejos? —Pregunté mientras
avanzábamos entre los autos del estacionamiento.
Daniel me miró de reojo, con esa expresión suya que ya conocía.
—Me gusta la tranquilidad… y la privacidad —Añadió con tono insinuante,
girando la cabeza para mirarme por encima del hombro.
Mi estómago dio un vuelco.
Se detuvo al llegar al final del estacionamiento, justo donde la fila de autos
terminaba contra un muro cubierto por hiedra. Su auto estaba aparcado
contra la esquina más oscura, lejos del alcance de cualquier mirada curiosa.
Antes de que pudiera decir algo, Daniel me atrajo con suavidad hacia el
costado del vehículo, dejándome entre el auto y su cuerpo. Sus manos
quedaron apoyadas a cada lado de mí, y su rostro se inclinó hasta quedar
apenas a centímetros del mío. Su aliento rozó mi piel.
—Peligroso esto, ¿no crees? —Murmuró, con una sonrisa burlona
—Daniel… —susurré, sin saber si advertirlo o invitarlo a seguir—. Nos
podrían ver.
Él bajó un poco más la cabeza, sus labios casi rozando los míos.
—No hay nadie mirando —Respondió—. Además, no planeo hacer nada que
tú no quieras.
Sus palabras me envolvieron. Sentí sus dedos subir por mi cintura hasta rozar
mi espalda baja. Todo él era cercanía, calor, promesa.
—Aquí no. No estaría bien —Dije, alejándome con una sonrisa y subiéndome
en el asiento del copiloto.
Daniel dio la vuelta con calma y se subió al volante. Giró el rostro hacia mí
con esa mirada medio divertida, medio peligrosa.
Se inclinó un poco más de lo necesario para abrocharse el cinturón, lo justo
para que su boca rozara la mía, sin besarme del todo.
—¿Eso fue un escape o una provocación? —Susurró.
Reí bajito y lo empujé suavemente del hombro.
—Arranca el auto de una vez.
—¿Tan emocionada de llegar? —Preguntó, encendiendo el motor con una
sonrisa ladeada.
—A descansar.
—Claro —Repitió él con una sonrisa burlona—. Descansar.
La risa me escapó, ligera, inevitable. Él arrancó el auto y salimos del
estacionamiento, dejando atrás el ruido de la fiesta.
El camino fue silencioso a ratos, cómodo, íntimo. Una playlist sonaba de
fondo, con canciones suaves, conocidas, de esas que se colaban en la piel sin
pedir permiso. A veces hablábamos de cosas sin importancia, a veces no
decíamos nada.
Daniel conducía con una mano en el volante, y la otra descansaba sobre mi
pierna, jugando con la tela de mi vestido como si fuera casual. Pero no lo era.
Cada tanto deslizaba los dedos, apenas, justo donde empezaba mi muslo, y
sus ojos me lanzaban una mirada rápida, como si esperara mi reacción.
Yo fingía que no pasaba nada… aunque el corazón me latía más rápido con
cada roce.
Daniel se detuvo justo frente a mi casa. Apagó el motor y me lanzó una
mirada rápida, con esa curva arrogante dibujada en los labios.
—La princesa en su castillo —Murmuró, apoyando el brazo sobre el volante
mientras me miraba de reojo.
Solté una risa, rodando los ojos mientras me giraba un poco en mi asiento
para enfrentar su mirada.
—Idiota.
—Pero eres una princesa igual —Dijo, bajando un poco la voz, con ese tono
que no sabía si era en serio o parte del juego.
Su mano volvió a mi pierna, y sus dedos jugaron con la tela del vestido,
enredándola entre ellos con una calma peligrosa. Entonces echó un vistazo a
la casa, con el ceño levemente fruncido.
—¿Todas las luces apagadas? ¿No hay nadie?
—Mi madre está de viaje —Dije, encogiéndome de hombro—. Fue a una
conferencia con su jefe.
Daniel me miró, y bastó su expresión para que yo supiera lo que estaba a
punto de decir.
—¿Su jefe? —Repitió, bajando la voz de forma burlona—. Qué profesional
todo.
—Cállate —Reí, dándole un leve empujón en el brazo.
—No es mi culpa que eso suene como el principio de una película bastante
sospechosa.
—Ya lo sé… —Murmuré, sintiendo cómo sus dedos subían un poco más por
mi pierna, cada vez más lentos. Su mirada seguía fija en la mía, seria por un
segundo. Luego, se inclinó hacia mí, y yo también me acerqué.
Nuestras bocas se buscaron en silencio, apenas rozándose al principio, como
si ya con eso bastara para prenderlo todo otra vez.
Pero no bastó.
Daniel apoyó una mano en mi cuello, con los dedos rozando justo detrás de
mi oreja. Yo subí las mías hasta su camisa, aferrándome a él mientras
nuestros labios se volvían a encontrar. No hubo prisa. Solo esa tensión tibia,
intensa, que crecía con cada movimiento lento, con cada roce prolongado.
Él soltó un leve suspiro contra mi boca, y yo sentí cómo su mano bajaba por
mi cuello hasta mi hombro, luego a mi cintura.
Su boca jugaba con la mía. A veces se alejaba un segundo, solo para volver a
rozarla como si no pudiera resistirlo.
Mis dedos se hundieron un poco más en su camisa. Nuestros alientos
chocaban, nuestras respiraciones ya desacompasadas.
Daniel bajó un poco la mirada, observando mis labios con descaro. Se acercó
lo suficiente para que su aliento rozara mi boca, sin llegar a besarme del todo.
—Si sigo un poco más cerca, creo que voy a cruzar una línea —Susurró, con
esa voz ronca que me erizaba la piel—. Pero no estoy seguro si me preocupa.
Sonreí, jugando con el borde del cuello de su camisa, sin apartarme.
—¿Y si no había línea? —Respondí, subiendo la mirada lentamente hasta
encontrar la suya.
Sus ojos se entrecerraron, y una sonrisa ladeada apareció en su boca.
—Entonces ya no tengo excusa.
—Nunca la tuviste —Repliqué, acercándome un poco más. Nuestras bocas se
rozaron otra vez, sin llegar a unirse del todo.
—Me gustas cuando hablas así —Murmuró contra mis labios—. Con esa voz
entre desafío y tentación.
—¿Y tú? —Susurré—. Me gustas cuando te haces el que no quiere, pero no
se aleja.
—¿Y quién dijo que no quiero? —Contestó, y su boca volvió a tocar la mía,
un roce lento, insistente. Sus labios se quedaron ahí, jugando apenas con los
míos, probándolos, provocando
Y justo cuando pensé que al fin nos besaríamos, se alejó un poco, solo unos
centímetros, lo suficiente para que me diera cuenta de que estaba jugando
conmigo.
Fruncí los labios, medio divertida, medio frustrada.
—¿Te gusta hacerme esperar? —Murmuré frunciendo levemente el ceño.
—No quiero hacer nada que tú no quieras —Dijo, en tono burlón.
Le sostuve la mirada, sin apartarme.
—Si no quisiera, ya te habría apartado.
—¿Segura? —Susurró, su voz ronca y apenas audible. Su frente rozó la mía, y
su aliento caliente se mezcló con el mío.
Tragué saliva, sentía su boca tan cerca que dolía.
—Muy segura —Dije, casi sin aire.
Daniel inclinó apenas su cabeza, sus labios apenas rozaron los míos en un
juego que ya conocía. Me tenía al borde, otra vez.
—Entonces, cállame.
No dudé.
Lo tomé por la nuca y lo atraje hacia mí con fuerza, acortando casi nulo
espacio que él había dejado entre nosotros. Nuestros labios se encontraron de
golpe, sin delicadezas, como si todo lo que habíamos contenido hasta ahora
necesitara liberarse de una vez. Su boca se abrió apenas, y dejé que la mía
jugara con la suya. Le mordí el labio inferior con suavidad, sintiendo su
respiración agitarse justo antes de que sus dedos se aferraran a mi cintura.
El asiento crujió bajo nosotros mientras él se inclinaba más, encerrándome
entre su cuerpo y la puerta. Su lengua buscó la mía, lenta al principio, luego
con una urgencia que me dejó sin aire. Mi mano se deslizó por su cuello,
enredándose en su cabello, tirando apenas mientras nuestras bocas se
reencontraban una y otra vez, más intensas, más profundas.
Sus manos bajaron por mis costados. Un jadeo escapó de mi boca entre beso
y beso, y Daniel soltó una risa baja, entrecortada, que vibró contra mis labios.
—¿Así me callarás siempre? —Susurró Daniel, sin despegarse, su voz ronca,
enredada entre el calor de nuestras respiraciones.
—Solo cuando me tientas demasiado —Respondí, mirándolo a los labios,
sintiéndolos tan cerca que dolía.
Él sonrió de lado, con esa expresión que solo le salía cuando perdía el
control. En un segundo, su mano subió hasta mi cuello, rodeándolo con
suavidad, sin apuro, como si me tuviera exactamente donde quería. Y me
besó.
Ese beso fue distinto. Más urgente. Más oscuro. El aire dentro del auto se
volvió denso, cargado de nuestros jadeos, del crujir del cuero bajo nosotros,
del sonido sordo de nuestras bocas chocando una y otra vez. Mis dedos se
enredaron en su cabello, tirando de él cuando lo sentí presionar más su
cuerpo contra el mío.
Nuestras frentes se tocaron, respirando el mismo oxígeno, atrapados en algo
que ya no tenía vuelta atrás.
—Quédate conmigo —Susurré, casi sin pensarlo, sin atreverme a mirarlo del
todo. No fue una orden. Fue una súplica en voz baja.
Daniel sonrió, apenas, y sus labios rozaron los míos con provocación.
—¿Así sin más? —Murmuró, su voz tan cerca que me erizó la piel—.
Cuidado, porque estoy en un momento vulnerable. Podría decirte que sí a lo
que me pidieras.
—Ah, ¿sí? —No pude evitar sonreír mientras lo volvía a besar.
La puerta del auto se abrió con un clic. Bajamos rápido, envueltos en una
niebla espesa de deseo. Mientras buscaba las llaves en mi bolso, sentí sus
manos tomar mi cintura desde atrás. Daniel se acercó a mí, su cuerpo contra
el mío, pegado.
—Ábrela —Susurró contra mi oído.
Mis dedos temblaban un poco cuando logré meter la llave. La puerta se abrió
con un sonido sordo. Y antes de que pudiera avanzar, él me giró, me empujó
con suavidad hacia la pared interior, y me besó otra vez. Esta vez con todo.
Con desesperación, con esa hambre contenida por semanas. Su mano cerró
la puerta detrás de nosotros.
Oscuridad.
Nuestros labios volvieron a encontrarse, y esta vez no hubo pausas. Nuestras
bocas hablaban más que cualquier palabra. Mis dedos buscaron su mano, la
tomé, y lo guie por la escalera, paso a paso, como si cada peldaño nos
acercara más a algo inevitable.
Subimos en silencio, rodeados de sombras, con el eco de nuestras
respiraciones marcando el ritmo. Y sin soltarlo, lo llevé hasta mi habitación.
Entramos a mi habitación sin encender las luces. La penumbra era suave,
apenas iluminada por el brillo lejano que se colaba desde la calle. Cerré la
puerta tras nosotros, y antes de que pudiera girarme, ya lo sentía otra vez. Sus
labios, los míos. Otra vez el roce. Otra vez el hambre.
Daniel me besó como si lo necesitara, con las manos en mi cintura y el
cuerpo apretado al mío, haciéndome retroceder hasta que mi espalda dio con
el borde del escritorio. Jadeé un poco contra su boca, y fue entonces cuando
él bajó por mi mandíbula hasta mi cuello, dejando un rastro caliente. Sus
labios se deslizaron hasta mi clavícula y ahí, con un murmullo casi animal, me
mordió apenas, lo justo para arrancarme un suspiro.
—Daniel… —Murmuré, cerrando los ojos.
—Te queda demasiado bien este vestido —Susurró, su voz ronca contra mi
piel—. No he podido dejar de mirarte en toda la noche.
Sus palabras me erizaron por completo. Mis manos se aferraron a su camisa,
buscándolo más cerca, como si pudiera anclarme a él. Volví a buscar su boca,
y nos besamos de nuevo, más lento esta vez. Más profundo. Como si el
tiempo se hubiera detenido en esa habitación.
Daniel bajó las manos a mis caderas, y sus dedos jugaron con la tela del
vestido. Lo apretó con una mano, como si necesitara recordarse que era real,
que yo estaba ahí. Volvió a besarme el cuello, más despacio, y luego me
susurró algo justo al oído.
—Eres tan preciosa que duele —Su aliento me rozó justo donde la piel era
más sensible—. Juro que me vuelves loco.
Alcé la mirada. Sus ojos se encontraron con los míos, y por un instante no
hubo nada más. Solo nosotros. Solo eso.
Me incliné despacio y rocé su mandíbula con mis labios, dejando pequeños
besos que lo hicieron cerrar los ojos por un segundo. Sentí su respiración más
agitada, su pecho subir y bajar contra el mío. Entonces, él me atrajo aún más
a su cuerpo, eliminando cualquier espacio entre nosotros. Su mano en mi
espalda, firme. Su cuerpo caliente, urgente.
—Sophie… —Murmuró apenas, con una voz rasgada, como si mi nombre le
quemara en la boca.
—¿Siempre te pasa esto cuando estás conmigo? —Susurré, apenas audible,
con una sonrisa que sabía exactamente lo que estaba provocando.
Daniel soltó una risa baja, casi un gemido contenido.
—Contigo es diferente —Murmuró—. Contigo lo quiero todo.
Se inclinó hacia mi boca, dispuesto a besarme… pero esta vez fui yo quien se
apartó a último momento, dejando que su boca chocara solo con el aire.
Daniel abrió los ojos, frustrado. Me miró con incredulidad, con deseo. Como
si acabara de perder el control.
—¿Y… cómo se siente eso? —Pregunté, sin poder evitar la risa suave que
escapó de mis labios.
Él me sostuvo la mirada, su sonrisa ladeada volvió. Oscura. Intensa.
—Se siente como que voy a hacer algo al respecto.
No me dio tiempo de respirar. Su mano subió hasta mi cuello y, con una
firmeza que me hizo temblar, me atrajo hacia él. Me besó con hambre, con
esa urgencia que ambos habíamos contenido demasiado tiempo. Sentí su
mano descender por mi cintura, recorriendo la tela del vestido con lentitud
maliciosa, hasta detenerse sobre mi cadera.
Mientras nuestras bocas seguían buscándose, mis dedos se deslizaron por su
pecho, desabrochando algunos botones de su camisa con torpeza, sin apartar
la mirada de la suya. Su piel caliente rozaba mis nudillos, y eso solo me hacía
desearlo más.
Su boca atrapó mi labio inferior, lo mordió suave y después lo lamió, y eso fue
suficiente para que mi mano subiera a su cabello, enredándose con fuerza,
tirando un poco de él como respuesta.
Daniel soltó una risa baja contra mi boca, cargada.
Sus dedos buscaron mis hombros, y lentamente bajaron los tirantes del
vestido, deslizándolos por mis brazos hasta la mitad. El contacto con mi piel
desnuda hizo que su respiración cambiara.
Entonces, bajó la cabeza. Sus labios rozaron mi clavícula con una lentitud que
me hizo cerrar los ojos, y luego subieron hasta el lóbulo de mi oreja, donde su
aliento tibio me arrancó un escalofrío.
Un suspiro se me escapó sin querer.
Sus manos bajaron, acariciando la tela hasta a mi muslo, donde se detuvo,
presionando la zona. Volví a su boca mientras intentaba desabrochar los
últimos botones de la camisa.
Sentí su respiración contenerse por un instante.
—Si quieres que me detenga… —Susurró con la respiración agitada—. Solo
dímelo.
Mis manos subieron lentamente por su pecho hasta sus hombros.
—No quiero que te detengas —Susurré de vuelta.
Sus labios volvieron a los míos, esta vez con más hambre. Me sostuvo por la
cintura y me alzó dejándome sobre el escritorio. Alzó mi vestido hasta dejar
mis piernas completamente expuestas a él. Su mano subió con decisión
provocando que soltara un suspiró y Daniel mordiera mi cuello levemente.
—No tienes idea de lo que me haces sentir —Susurró contra mi piel, antes de
dejar un beso húmedo sobre mi clavícula—. Y, si me lo permites, no pienso
contenerme esta vez.
Se inclinó un poco más, sus labios rozando mi pecho, sus manos firmes
sujetando mis muslos. Yo solo pude aferrarme a su cuello, sintiendo como
cada parte de mí reaccionaba a él.
Entonces, sin avisar, me elevó de nuevo, con el vestido arrugado sobre mis
caderas, y caminó conmigo en brazos hasta la cama. Me soltó con cuidado,
dejándome caer suavemente sobre la cama, y se quedó de pie, mirándome.
Sentí que el pulso se me aceleró aun más a verlo. O lo poco que podía verlo.
Llevaba el cabello desordenado y la camisa abierta, respiraba pesado.
—Eres tan jodidamente preciosa, Sophie —Dijo en voz baja. Se inclinó sobre
mí y apoyó una mano a cada lado de mi cabeza.
Su cuerpo se acomodó sobre el mío, sus caderas contra las mías. Sentí como
me buscaba, lento, decidido, y como todo mi cuerpo se arqueaba hacia él
como si lo necesitara desde siempre.
Mis manos subieron a sus hombros.
—Quítatela —Susurré tirando levemente su camisa.
—¿Tan directo el pedido? —Susurró cerca de mi oído—. Me encanta cuando
pierdes el control
Solté una risa y Daniel se incorporó para hacerlo. Yo lo ayudé a deslizar la
tela por sus hombros. Su piel ardía bajo mis dedos. Apenas se deshizo de la
camisa, volvió a inclinarse para besarme con fuerza, con algo casi salvaje
contenido demasiado tiempo.
Mis piernas se enredaron alrededor de su cintura. Me moví debajo de él,
sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba al mío, y supe que el también lo sintió
porque soltó un gemido bajo, entre mis labios.
—¿Eso quieres? —Susurró, sus labios apenas rozando los míos—. ¿Jugar, así?
—No pareces muy en contra.
Daniel soltó una risa baja, antes de volver a besarme con una mezcla de
deseo y algo más. Sus manos subieron por mis muslos, el vestido ya enrollado
hasta mi cintura, y una de sus manos se coló por debajo de la tela,
provocándome un suspiro ahogado.
—Definitivamente no lo estoy —Susurró contra mi cuello, mordiendo
suavemente el lóbulo de mi oreja antes de seguir bajando con besos lentos y
húmedos por mi clavícula y el borde de mi pecho.
Mis manos se enredaron en su cabello, mis piernas se ajustaron aún más a su
cuerpo. Podía sentir cada centímetro de él, cada roce, cada respiración
acelerada.
—Daniel… —Supliqué, apenas audible.
—¿Mmm? —Respondió sin dejar de tocarme, como si nada en el mundo
pudiera distraerlo.
Mordí mi labio inferior cuando lo sentí aún más.
—Quiero… —Dije, pero la frase murió en mi garganta. Mi mirada bajó a su
cuerpo, a nuestras pieles rozándose, a la tensión acumulada.
Volvió a verme.
—Cuéntame —Murmuró recorriendo mi pierna peligrosamente lento—.
¿Qué quieres?
Tomé aire.
—Quiero…
Daniel alzó la mirada, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y diversión.
Y lo entendió. Luego, sin que tuviera que decirlo del todo, sus manos
sujetaron con fuerza mis caderas y, en un solo movimiento, giró dejándome a
mí arriba.
—¿Así? —Preguntó con voz ronca, mirándome desde abajo—. Entonces
toma el control, preciosa. No voy a ir a ningún lado.
Sus manos quedaron en mis muslos, acariciándolos con intensidad, mientras
yo me inclinaba hacia él, con el corazón desbocado.
Mis rodillas se afirmaron a cada lado de sus caderas, el vestido aún enredado
sobre mi cintura, y lo miré desde arriba. Su pecho subía y bajaba con fuerza,
tenía los labios entreabiertos y la camisa que le había quitado colgaba al
borde de la cama.
Me incliné hacia él, mis labios rozando apenas los suyos, y comencé a
moverme con lentitud, sintiéndolo completamente, como si el aire ardiera
entre nosotros. El primer roce fue suficiente para hacerlo maldecir.
—Joder, Sophie —Gruñó, cerrando los ojos por un segundo mientras sus
manos se aferraban a mis caderas.
Seguí moviéndome, más decidida, más segura. Mis manos se apoyaron en su
pecho, mis caderas marcaron un ritmo que nos dejaba sin aliento. Daniel
clavó los dedos en mi piel, su boca recorriendo mi clavícula, mi cuello, hasta
que solté un suspiro ahogado cuando sentí cómo su lengua jugaba con mi
piel.
—No te detengas —Murmuró, con la voz rota, perdida entre jadeos.
Me incliné sobre él, con la respiración entre cortada y me acerqué a su oído.
—¿Te gusta? —Pregunté burlona.
Daniel abrió los ojos y me miró. Intenso. Peligroso.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Me enloquece. Tú me enloqueces.
Mis labios encontraron su cuello, suaves al principio, pero pronto lo besé con
más intensidad, dejando que mis dientes rozaran su piel mientras mis caderas
se movían con más decisión contra las suyas. Su respiración se cortó.
—Mierda… —Soltó, casi en un gemido. Sus manos apretaron más fuerte mi
cuerpo, como si le costara contenerse—. No hagas eso si no quieres que
pierda el control.
Pero ya lo había perdido. Yo también.
Mi respiración se volvió errática, mis suspiros se mezclaron con los suyos, y
el calor entre nosotros ya no tenía tregua. Lo sentía vibrar debajo de mí,
fuerte, tenso, completamente entregado.
Entonces, sin avisar, Daniel se incorporó un poco y me dio la vuelta,
haciéndome caer suavemente bajo su cuerpo. Me sostuvo por las muñecas
atrapándome contra el colchón, con los ojos ardiendo.
Sus caderas se movieron contra las mías con una presión peligrosa,
provocándome un suspiro entrecortado. Sentí como su respiración se volvía
más pesada, igual que la mía.
Tiré mi cabeza hacia atrás dejando escapar un suspiro. Daniel dejó un beso
húmedo en mi cuello.
Intenté mover las manos para tocarlo, pero no las soltó. Todavía las tenía
sujetadas contra el colchón. Daniel notó el intento y negó con una sonrisa,
sus ojos ardiendo mientras me miraba.
—Confía en mí —Murmuró ronco—. Solo déjame llevarte…
—Daniel… —Susurré, con una mezcla de súplica y deseo.
Él inclinó el rostro hacia el mío, y rozó mi mejilla con sus labios antes de
soltar lentamente mis muñecas. Sus manos descendieron por mi piel,
despacio, con intención, recorriendo mi cintura, mi vientre… hasta detenerse
justo en el borde de mi ropa interior.
Me mordí el labio, conteniendo el temblor que me atravesó.
—Vas a recordar cada segundo de esta noche —Murmuró, con una
intensidad que me hizo olvidar todo—. Te lo prometo, preciosa.
Y entonces bajó. Del todo.
Mi espalda se arqueó en respuesta, y tiré la cabeza hacia atrás mientras un
gemido escapa de mis labios. Mis manos buscaron algo a lo que aferrase,
cualquier cosa que me ayudara a no perder el control por completo.
El resto se volvió un susurro entre cuerpos y un roce tras otro.
Solo el sonido de nuestros cuerpos chocar, respiraciones entrecortadas y
urgentes, algunas frases sin terminar, llenado la habitación hasta que ya no
hubo vuelta atrás.
72
Daniel
La habitación estaba en silencio. Solo se oía el zumbido lejano de un auto
pasando por la calle y la respiración tranquila de Sophie, justo contra mi
pecho.
Había despertado hace unos minutos, pero no me moví. No quería romper
ese momento.
Estábamos enredados entre las sábanas, con su cuerpo pegado al mío, su
pierna sobre la mía y mi brazo envolviéndola como si eso pudiera detener el
tiempo.
Llevaba puesta una camiseta grande, nada más. Y, aun así, juro que no había
forma en que pudiera verla sin que se me desordenara todo por dentro.
Tenía una mano sobre mi pecho, relajada, como si estar ahí fuera su lugar
natural.
Y yo estaba jodidamente acostumbrándome a eso.
La miré dormir. El pelo alborotado, las pestañas largas.
Tan tranquila, tan cerca, tan mía.
Y entonces se movió.
Se estiró un poco, se talló los ojos con el dorso de la mano como si aún no
quisiera despertar del todo, y cuando me encontró observándola, sonrió.
Levemente. Casi tímido.
—¿Me miras dormir ahora? —Murmuró.
—¿Por qué no? —Respondí, alzando una ceja—. Además, tenía buena vista.
Ella rió por lo bajo, y el sonido me dio una descarga. Como si todo lo que
había pasado la noche anterior no fuera suficiente, ahí estaba, sonriéndome
con esa boca que me traía loco.
—Pero verte así con esa camiseta puesta y esa cara de recién despierta,
cuesta mirar otra cosa —Agregué contra su oído—. Es peligroso lo bien que
te queda.
Sophie se mordió el labio, como si estuviera decidiendo si responder algo o
atacarme ahí mismo. Se acercó un poco más, y su pierna se deslizó aún más
arriba por la mía.
Mierda.
—¿Sabes? No puedo dejar de pensar en lo bien que te quedaría una camiseta
mía.
Ella soltó una risa y sus mejillas se ruborizaron.
—¿Solo una? —Preguntó con tono inocente, mientras se acercaba un poco
más—. Porque puedo probarme todas las que quieras…
Mi mano bajó por su espalda, hasta su cintura.
—Prometo devolvértelas.
—Te las devuelvo yo —Le respondí con una sonrisa que ella imitó—. Pero
vas a tener que venir a buscarlas.
Sophie se estiró un poco en la cama, aún pegada a mí, y sin decir nada, se
inclinó para besarme. Fue un beso lento, adormecido, pero lleno de esa
electricidad que ya me tenía completamente enganchado. Deslicé los dedos
por su cintura, acariciando la tela suelta de la camiseta sobre su cuerpo. Ella
subió una mano hasta mi cuello, con esos movimientos suaves que me
desarmaban.
—Así que yo tengo que ir a buscarla… —Susurró contra mis labios,
rozándolos apenas—. ¿Me estás proponiendo algo?
—Lo que tú quieras que te proponga —Le respondí igual de bajo, dejando un
beso en la comisura de su boca.
Ella sonrió y volví a besarla, esta vez más profundo, más despiertos. Subió
una mano a mi cuello, tirando de mí hacia ella con suavidad, pero con
decisión. Su cuerpo se pegó más al mío y el mundo se redujo a ese instante.
Mi mano bajó desde su cintura, deslizándose por su muslo lentamente,
explorando la piel que apenas estaba cubierta por la tela de la camiseta que
ella llevaba. Con cuidado, la mano volvió a subir, colándose por debajo de la
camiseta, rozando su piel cálida.
Justo cuando la tensión estaba a punto de explotar, un sonido interrumpió el
momento: el celular vibró contra la mesita de noche, quebrando la burbuja
que nos envolvía.
—No respondas —Dijo con una risa suave contra mi boca.
Solté una carcajada baja y dejé un beso en su cuello.
—Así me hablas y esperas que tenga fuerza de voluntad —Rocé nuestros
labios—. Eres insoportablemente preciosa.
Bajé un poco más mi boca a su cuello, justo donde sabía que la hacía
estremecer.
—¿Y qué te hace pensar que el celular que suena es el mío? —Murmuré, sin
despegarme de su piel.
—Lo presiento —Susurró, sin abrir los ojos, con una media sonrisa—.
Además, yo no lo tengo en silencio.
Justo entonces, el zumbido volvió a escucharse contra la madera de la mesita
de noche, más insistente esta vez.
No pude evitarlo. La volví a besar. De lleno. Como si el sonido nos empujara
a olvidarlo todo. Como si el contacto con su boca fuera más urgente que
cualquier llamada.
—Daniel… —Susurró, sin apartarse aún. Sus labios apenas rozaban los míos.
Respondí con un leve sonido, casi una exhalación ronca, antes de dejar más
besos, esta vez sobre su mandíbula, despacio, como si me costara frenar.
—Podría ser Lukas —Murmuró ella, con los ojos entrecerrados—. Ayer te
estaba mandando mensajes. Quizás es urgente.
Dejé caer mi frente contra la suya, soltando una especie de queja baja, entre
fastidio y resignación.
—Lo voy a revisar —Murmuré con voz áspera, enredándome de nuevo entre
las sábanas, como si el simple acto de moverme me costara abandonar el
momento.
Sophie se acomodó otra vez en mi pecho, tibia, con los dedos trazando líneas
lentas sobre mi piel. Extendí el brazo hacia la mesita de noche, tomé el celular
y entrecerré los ojos al ver la pantalla iluminada.
—Es Lukas —Dije en voz baja, frunciendo el ceño.
Tenía varias llamadas perdidas y aún más mensajes, de Lukas y algunos de
unos números desconocidos.
Marqué de inmediato, con el pulgar tenso sobre la pantalla, mientras el tono
comenzaba a sonar. En lo que esperaba, incliné el rostro hacia Sophie y dejé
un beso suave en su frente. Ella sonrió, sin abrir del todo los ojos, y se quedó
quieta, como si el mundo se detuviera un segundo más.
Lukas respondió casi al instante, con el mismo tono que usaba cuando se le
cruzaban todos los cables.
—¿Tienes celular o no? —Soltó, cortante.
Me llevé el celular más lejos del oído un segundo, parpadeando por la
brusquedad, y sonreí por reflejo.
—Perdón, mamá —Respondí burlón, mientras con la otra mano acariciaba
distraídamente la cintura de Sophie.
Pero del otro lado no hubo risa. Solo un silencio tenso, corto, demasiado seco.
—¿Qué pasó? —Pregunté, reincorporándome un poco en la cama.
Sophie me miró con curiosidad y también se incorporó. Mi pulgar se deslizó
por la curva de su cuello mientras mantenía el celular pegado a mi oído.
Lukas soltó un suspiro largo, uno de esos que avisan que algo se viene.
—¿No has visto Instagram? ¿Noticias? ¿Alguna red social?
Fruncí el ceño, confundido.
—No.
Hubo una pausa. Una de esas donde el aire pesa un poco más.
—Ya lo saben. Todos.
Me quedé quieto.
—¿Qué cosa?
—Que Aiden está vivo.
Me quedé helado. Sentí cómo la tensión se me acumulaba en el pecho y me
entumecía los dedos.
—¿Qué? —Alcancé a decir, apenas.
Lukas soltó otro suspiro. Esta vez, sonó más cansado que molesto.
—Salieron unas fotos. Y no de esas de mala calidad o que se pueden discutir.
Claras. De él saliendo de un edificio del centro de la ciudad. Según dicen, fue
una revisión de bienes… algo por el tema de la quiebra de la empresa del
papá. Estaba ahí. Alguien lo reconoció. Y lo siguieron. Más fotos. Videos,
incluso.
Tragué saliva. No me salía ninguna palabra.
—Y ahora ya todos lo saben —Agregó, más bajo—. Lo subieron a Twitter,
Instagram, TikTok, hasta en páginas de noticias. Hay cuentas confirmando su
identidad. No es rumor, Daniel. Es real.
Mi mano, la que hasta hace un segundo descansaba sobre el cuello de Sophie,
cayó sobre la cama.
—¿Pero ¿cómo? —Logré preguntar, todavía aturdido—. ¿Cómo se filtró?
—No lo sé. Pero ahora es público. Y, Daniel, podrían llegar a pensar que fuiste
tú.
Fruncí el ceño.
—Yo no fui. Sabes que no lo haría.
—Lo sé —Dijo Lukas al instante—. Te creo. Pero Aiden no. O no del todo.
Esta mañana fue al piso. Estuvo buscándote a ti y a Sophie. Dijo que volvería
en unas horas y que quiere hablar con ustedes.
Mi mandíbula se tensó. Pasé una mano por mi rostro, luego por el cabello,
dejando escapar un suspiro frustrado.
—Mierda…
—Es mejor que hablen aquí —Agregó Lukas—. Nos vemos después.
Cortó la llamada.
Sophie se sentó en la cama, con el ceño ligeramente fruncido, sin
presionarme. Me miró con esos ojos que lo decían todo sin necesidad de
palabras.
—¿Qué pasó? —Preguntó en un murmullo.
Volví a mirarla. Tragué saliva.
—Aiden. Alguien lo descubrió. Ya todos lo saben.
Vi cómo su expresión cambiaba. La sorpresa. La confusión. La preocupación.
—Y ahora cree que yo lo delaté —Agregué, más bajo, con un nudo en el
pecho que no terminaba de soltarse.
Sophie no dijo nada enseguida. Solo se quedó a mi lado, sin moverse. Sin
alejarse.
—Pero tú no fuiste —dijo con seguridad.
Negué a penas. Mi voz salió más baja de lo que esperaba.
—Lukas dijo que Aiden no solo cree que yo podría haber dicho algo. También
piensa que tú podrías haberlo hecho. Y quiere hablar con nosotros. Con
ambos.
Sophie me miró, sorprendida, pero no se apartó.
—¿Con los dos?
—Sí. Fue al piso esta mañana. Dijo que va a volver en unas horas —Exhalé,
pasándome una mano por el rostro mientras me dejaba caer un poco hacia
atrás sobre la cama—. Probablemente quiere respuestas.
Sophie se acercó sin pensarlo, volvió a mis brazos con la misma facilidad con
la que ya lo hacía últimamente. Pero esta vez levantó la cabeza para mirarme.
—Entonces vamos. Es mejor que aclaremos las cosas.
Me quedé en silencio un segundo, observándola.
—Si no quieres ir…
—Sí quiero —Interrumpió, segura—. No me gusta que desconfíe, pero si es
lo que necesita… vamos. Estoy contigo.
No dije nada. Solo la acerqué a mi cuerpo, como si necesitara comprobar que
seguía allí. Dejé un beso suave en sus labios.
—Todo está bien —Susurró ella.
—Todo está bien —Repetí, casi como si me lo dijera a mí mismo.
Nos quedamos así por unos segundos más, hasta que solté una respiración
larga y murmuré, todavía rozando su boca:
—¿Te molesta si me doy una ducha?
Ella sonrió apenas y negó con la cabeza.
—Adelante —dijo.
Le dejé un beso más antes de levantarme de la cama, sintiendo su mirada
sobre mí mientras cruzaba la habitación.
—¿Vas a seguir mirándome así o vas a venir conmigo?
Sophie soltó una risa, ocultando el rostro en las sábanas mientras negaba con
la cabeza.
—Insoportable… —Murmuró entre risas.
—Tú eres insoportablemente preciosa.
Minutos más tarde, salí con el cabello húmedo y el mismo pantalón del ayer
Sophie, aún en la cama, levantó la mirada de su libro. Subí y bajé las cejas de
un tirón y ella sonrió.
Busqué mi camisa en el piso y cuando la encontré, me giré hacía la cama y
Sophie ya estaba sentada en la orilla dejando el libro sobre la mesita de
noche.
Sin evitarlo bajé la mirada a sus piernas desnudas mientras me abotonaba la
camisa.
Al notar mi mirada, levantó un poco la cabeza.
—¿Estás cómodo mirando? —Preguntó, con una ceja alzada.
—A decir verdad, sí. Gracias por preguntar.
Rodó los ojos con una sonrisa en los labios. Unos momentos después, la vi
levantarse con el cabello enredado, la camiseta aún suelta sobre su cuerpo.
Justo antes de salir de la habitación, me lanzó una mirada por sobre el
hombro. No dijo nada, pero bastó ese gesto para que mi sonrisa volviera sola.
Tomé mi celular y me apoyé en el escritorio.
La pantalla se iluminó con decenas de notificaciones. Noticias, redes sociales,
mensajes. Fotos de Aiden saliendo de un edificio, noticias sobre la empresa
de su familia, cuentas, números que no calzaban, más fotos y videos.
Mensajes de Lukas. Deslicé los dedos por la pantalla, hasta que un número
sin nombre apareció. No era una llamada. Eran mensajes.
Primero uno:
“Daniel. Necesito hablar contigo. Es urgente.”
Luego otro:
“Sé que me estás ignorando, pero no puedo dejar esto así.”
Y finalmente:
“Tú lo sabías. ¿Fuiste tú quien lo dijo?
Cerré los ojos. Un segundo. Dos. Ya no tenía que adivinar. Era Sienna. Yo
había cumplido su palabra: alejarse. Pero ella claramente no.
Y aunque no le contesté, ahora sabía que estaba atando cabos. Tal vez, en su
cabeza, yo tenía algo que ver con todo esto.
Guardé el celular en silencio y dejé caer la cabeza hacia atrás. El aire frío, de
la ventana abierta, me rozó la nuca.
Mis ojos se posaron en la mesita de noche. Especialmente en el libro que
Sophie había dejado hace unos minutos. Lo tomé con cuidado. Tenía el lomo
desgastado y algunos papelitos de colores salían muy levemente, casi nulo, de
las páginas. Lo observé un momento.
No pude evitar abrirlo. El libro se abrió justo en una página marcada con
lápiz, el subrayado apenas visible. Empecé a leer. Al principio no entendí el
tono, hasta que llegué a la tercera línea y mis cejas se alzaron levemente.
Era explícito. Bastante.
Me quedé leyendo unos minutos, sorprendido por el giro, hasta que escuché
el clic suave de la puerta del baño.
—Estaba pensando y, ¿no quieres…?
Alcé la mirada cuando entró a la habitación, pero se detuvo en seco al verme
con su libro abierto entre las manos.
—¿Qué haces? —Preguntó, con los ojos muy abiertos mientras se acercaba
de inmediato.
—Solo estoy leyendo —Lo alejé un poco, apenas lo justo para que no lo
alcanzara de inmediato, mientras le sonreía burlón.
—Dámelo, Daniel. No… —Intentó tomarlo, pero me giré un poco,
aguantando la risa.
—No sabía que te gustaban los libros eróticos, Sophie —Dije, divertido,
observando sus mejillas volverse de un rojo intenso.
—Es solo una parte. ¡Lo juro!
Me reí, cerrando el libro lentamente.
—Tranquila, no voy a juzgarte —La atraje con suavidad hacia mí, pasando un
brazo por su cintura. El olor de su shampoo me invadió, y su cabello húmedo
rozó mi cuello cuando la acerqué más.
Me incliné hacia su oído.
—Sophie es normal. Todos tienen sexo.
Ella se encogió, tapándose el rostro con una mano.
—Pero no lo digas así —Murmuró, con la voz entre la vergüenza y la risa.
—¿Te avergüenza? —Pregunté, bajando el tono mientras sonreía.
—¡Ya basta! —Exclamó entre dientes, y finalmente logró quitarme el libro. Lo
abrazó contra su pecho como si fuera una reliquia secreta, aún roja de la cara.
Antes de que pudiera escaparse, la tomé de nuevo por la cintura y la acerqué
a mí con firmeza. Su piel aún tibia por el vapor, su mirada brillante a pesar de
todo lo que venía.
—Solo estoy jugando —Murmuré, dejando una sonrisa atravesada en mis
labios.
Sophie frunció levemente el ceño, aunque más en gesto contenido que
molesto.
Me incliné, acercando mi rostro al suyo.
—¿Qué me ibas a decir?
Ella bajó la mirada.
Deslicé mis dedos bajo su mentón y le levanté el rostro con suavidad. Sus
ojos se encontraron con los míos, y antes de que pudiera hablar, la besé.
Levemente. Cálido. Breve. Solo lo justo para mantenerla cerca.
Nos separamos, y ella soltó una pequeña exhalación, dejando el libro a un
lado, esta vez con la portada oculta contra la mesa. Reí, sin poder evitarlo.
Volvió a mis brazos con naturalidad, y sus labios rozaron los míos.
—Te iba a preguntar si querías desayunar…
Me mordí el labio inferior, sin dejar de mirarla.
—Contigo basta.
Ella rió, empujándome apenas con las manos contra mi pecho, como si
intentara mantener el control de la situación.
—No empieces —Advirtió, con esa mezcla entre vergüenza y sonrisa
cómplice.
—Está bien. Un café está bien —Cedí con una sonrisa ladeada.
Asintió y dio un paso para alejarse, pero antes de que pudiera irse, tomé su
brazo y la acerqué de nuevo. Inclinándome a su oído, murmuré con voz baja,
casi un roce de palabras:
—Cuando quieras, puede dejar de ser solo un libro… o podríamos imitar esa
escena que subrayaste.
Ella abrió levemente los ojos, su expresión dividida entre sorpresa y risa
contenida. Me empujó sin mucha fuerza, sin borrar el sonrojo de su rostro ni
la sonrisa que le temblaba en los labios.
—¿Ahora también estás jugando? —Preguntó, con un tono bajo, como si no
supiera si quería que dijera que sí o que no.
Me incliné apenas, mis dedos deslizándose por su cintura.
—No estoy seguro. Depende de cuál sea la escena…
—Ya basta —Susurró, aunque sin firmeza. Tomó mi mano con suavidad y tiró
de mí fuera del cuarto.
Me dejé guiar escaleras abajo, todavía con una sonrisa dibujada. En la cocina,
Sophie sirvió un café para mí mientras se preparaba rápidamente un
chocolate caliente. Se movía como si conociera cada rincón, con el cabello
todavía húmedo y el rostro limpio, relajado.
Terminamos de desayunar entre besos intermitentes, abrazos distraídos y un
par de caricias más lentas de las necesarias. Su espalda apoyada contra la
encimera, mis manos en su cintura, el calor de su boca contra la mía. No nos
apuramos. Pero tampoco duró demasiado.
—Así no llegaremos nunca —Murmuró separándose con una sonrisa.
Llevó ambas tazas al lavaplatos.
—Preferiría quedarme contigo. Solos.
Ella soltó una risa y estaba por ponerse a lavar las tazas cuando me ofrecí
hacerlo.
Negó con la cabeza cuando el timbre sonó.
—Yo lavo. Ve tú.
Entrecerró los ojos antes de dejar un beso leve en mis labios y tuve que
obligarme a controlarme y no acércala a mí.
—Con que sea Harry y sus estúpidos chocolates otra vez… —Murmuré, sin
girarme.
Ella soltó una risa suave, divertida.
—Tranquilo, si es él, le diré que ya tienes suficiente azúcar por hoy.
Rodeé los ojos.
Terminaba de cerrar el agua cuando escuché la voz. Esa voz.
Fruncí el ceño de inmediato. No era Harry.
Dejé la taza sobre el mesón con un leve golpe seco y salí de la cocina.
Caminé hacia la entrada y ahí estaba. Ivy. Con los brazos cruzados, el ceño
bajo y la mirada dura. Su expresión cambió apenas me vio. Sophie estaba
unos pasos más adelante, entre ella y yo.
—Ah, sí están juntos —La voz de Ivy salió baja, pero cargada de veneno. Su
mirada pasó de Sophie a mí—. No respondías mis llamadas, así que vine a
buscarte. ¿O deberías decirme dónde te escondes ahora?
—No estoy escondido —Apoyé un hombro en el marco de la puerta.
—¿Entonces por qué no contestabas? ¿Porque sabías lo que se venía? —
Susurró, sin mirarme ya. Sus ojos estaban fijos en Sophie—. ¿Quién de
ustedes fue? ¿Le contaste tú? ¿Fuiste tú quien dijiste sobre Aiden?
Sophie dio un paso hacia adelante.
—No tengo por qué darte explicaciones —Respondió, tranquila. Demasiado
tranquila. Pero la tensión le vibraba en la mandíbula.
—Claro que sí —Replicó Ivy—. Porque yo sé que tú sabías. Y si Aiden volvió
es porque alguien habló. Dime, Daniel. ¿Quién más podía ser?
—¿Tú en serio crees eso? —Intervine, alzando apenas la voz—. ¿De verdad
piensas que fue Sophie o yo? ¿Después de todo?
—Aiden lo cree. Y tú te has ganado que lo piense —Respondió —. Yo solo
vine porque no confío en nadie más. Pensé que ella podía decirme la verdad.
—La verdad. La verdad es que nosotros no lo delatamos. Solo guardamos el
secreto —Dijo Sophie.
—Claro. Siempre con las medias verdades. ¿Y se supone que debo creerte?
—Él apareció de un momento a otro, Ivy —Expliqué, con el ceño levemente
fruncido—. Y aunque estuve enojado por todo lo que calló durante tanto
tiempo, yo no hablé. Ni Sophie tampoco.
—Tarde o temprano se iba a saber —Añadió Sophie en voz baja.
—No fui yo quien lo obligó a desaparecer. Fue su decisión. Por su familia. Por
la empresa.
—¡Él confiaba en ti! —Soltó Ivy, y la voz le tembló —. ¡Y ustedes no se han
cuentan lo que han provocado! ¡No se dan cuenta de que destruyeron la
empresa de mi familia!
Sophie retrocedió un paso, como si las palabras la hubieran tocado de lleno.
Pero su rostro se mantuvo firme. La tensión, más contenida que antes, le
tensaba la garganta.
—La empresa ya estaba destruida, Ivy —Dije, cruzando los brazos—. Eso fue
lo que Aiden trató de tapar. Su padre estaba hundido en estafas, en pérdidas.
El “accidente” fue solo una distracción.
—¡Mentira! —Gritó Ivy—. ¡Eso no es verdad! Ustedes no saben nada. No
entienden. ¡Yo estuve ahí! ¡Yo sé que es lo que pasó en la empresa!
—Y nosotros estuvimos viendo cómo nos destrozaba su ausencia —
Respondí, cortante—. ¿O te olvidaste de eso?
Ivy se quedó en silencio unos segundos. El peso de las palabras flotó en el
aire.
—Hice lo que Aiden me pidió —Susurró al final—. Confiaba en él. Confiaba
en que me necesitaba cerca de ti. De él.
Sophie soltó un suspiro y negó levemente. Un silencio denso nos envolvió.
—¿Fueron ustedes? —Preguntó Ivy unos momentos después.
—No, Ivy. No fuimos nosotros —La paciencia ya se me estaba agotando.
—¿Sabes qué es lo más triste de todo esto, Ivy? —La voz de Sophie fue un
susurro afilado.—. Que en ningún momento te has disculpado.
Ivy parpadeó. Su expresión endurecida se quebró apenas, como si no
esperara ese golpe.
—¿Qué?
—Desde el principio —Sophie dio un paso más cerca—. Desde que
empezaste a acercarte a Daniel solo porque Aiden te lo pidió. Desde que
mentiste. Desde que me metiste ideas en la cabeza para que me alejara de él.
Lo lograste. Lo hiciste bien. Pero nunca dijiste “lo siento” respecto a eso. Ni
una vez.
Ivy abrió la boca, pero no dijo nada. Su postura seguía rígida, pero la mirada
ya no era desafiante. Bajó la vista. Por un segundo, pareció alguien
completamente diferente.
Sophie se giró lentamente hacia mí. La tensión en su rostro seguía ahí, pero
sus ojos buscaron los míos con claridad.
Ivy abrió la boca, pero no dijo nada. Su postura seguía rígida, pero la mirada
ya no era desafiante. Bajó la vista. Por un segundo, pareció alguien
completamente diferente.
—Solo quería cuidarte —Murmuró, la voz apenas un soplo, como si todavía
se aferrara a esa versión de sí misma.
Sentí la sangre hervirme por dentro. Solté una risa seca, sin humor, ladeando
apenas la cabeza.
—¿Cuidarla? —Repetí con sarcasmo—. ¿Así le llamas a lo que hiciste?
Sophie no tardó en responder, firme, con una seguridad tranquila que me hizo
admirarla más.
—Entonces tu forma de cuidar a alguien incluye mentirle, separarla de las
personas que quiere… ¿y qué más?
Ivy levantó la mirada, pero ya no tenía ese fuego de antes. Solo quedaba algo
frágil, desarmado. Negó levemente con la cabeza.
—Yo sí te consideraba mi amiga —Le dijo a Sophie, sin apartar los ojos de
ella—. Y cuando escuché los rumores, cuando Aiden me contó lo que creía…
solo pensé en cuidarte. En protegerte de alguien que tal vez no era quien tú
pensabas.
Hizo una pausa, como si las palabras le costaran.
—No fue por maldad. Quería hacer lo correcto. Y sí, puede que me
equivocara, pero no me arrepiento. Haría lo mismo otra vez si eso significa
proteger a los míos.
Volvió a mirar entre los dos, con esa mezcla de tristeza y orgullo mal
sostenido.
—Solo espero que no hayan sido ustedes los que lo delataron —Agregó con
frialdad, retrocediendo un paso—. Porque si fue así… él nunca los va a
perdonar.
Sin esperar respuesta, se giró y se alejó calle abajo.
Sophie se quedó quieta, siguiéndola con la mirada hasta que desapareció de
vista. Me acerqué, tomé su mano en silencio. Ella se dejó envolver, apoyando
la cabeza en mi pecho con un suspiro bajo y cansado.
—No estás sola —murmuré, acariciándole la espalda—. Ni ahora ni después.
Permanecimos ahí por unos segundos más, en ese silencio denso, hasta que
el aire frío comenzó a colarse por la puerta abierta. Cerré con cuidado y la
guié de vuelta al interior. Caminamos en silencio hasta la sala, donde la luz
tenue suavizaba todo, como si el mundo se redujera solo a nosotros dos.
Cuando Sophie se detuvo, le tomé el rostro con ambas manos. Sus mejillas
aún estaban frías, pero su mirada… su mirada estaba viva.
—No quiero que nada de esto te haga dudar de lo que vales —Le dije, en voz
baja, aún con una mano en su mejilla—. Ni de lo que das. No importa lo que
digan o hagan los demás, Sophie.
Ella desvió la mirada por un segundo, como si las palabras quisieran hacerle
creer algo que aún no lograba aceptar.
—No fue tu culpa. Nada de esto lo fue —Agregué, con firmeza—. No por
confiar. No por sentir. No por quedarte. Mucho menos por querer creer lo
mejor de alguien.
Sophie no respondió, pero se dejó envolver en mis brazos. Permanecimos así
unos segundos, sin decir nada, con su cabeza apoyada en mi pecho y el eco
de todo lo que acababa de pasar flotando en el aire.
La rodeé con más firmeza. Sentí cómo soltaba lentamente el aire contenido,
como si el cuerpo al fin pudiera descansar. Mis manos se quedaron en su
espalda, sin urgencia, solo queriendo sostenerla ahí un poco más.
—Te quiero —Murmuré en voz baja, como si esa confesión solo pudiera
existir en el silencio que compartíamos.
Ella volvió a verme y sonrió levemente.
—Te quiero más —Murmuró de vuelta antes de volver a apoyarse contra mi
camisa.
Apoyé el mentón sobre su cabeza, cerrando los ojos un momento.
—Yo a ti más.
Luego dejé un beso en su frente, suave, como promesa.
La abracé con más fuerza, como si pudiera detener el mundo solo por un rato
más. No sabía qué quería Aiden, ni por qué ahora… pero sí sabía algo: esto, lo
que tenía con ella, era real. Y fuera lo que fuera lo que viniera después, no
pensaba soltarlo tan fácil.
73
Sophie
Daniel se detuvo un momento antes de abrir la puerta del piso. Tenía la
mirada fija en la cerradura, pero sentía que no era por olvido, sino porque
necesitaba respirar. Volvió a mirarme.
Le di un leve apretón en la mano, como si fuera una promesa muda, y sin
soltarme, giró la llave. El sonido seco del cerrojo resonó más fuerte de lo
normal.
Me dejó pasar primero.
Y lo primero que vi fue a Lyra.
Estaba sentada en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas y
la mirada baja. Le temblaba el labio inferior, y aunque no había lágrimas en
sus mejillas, sus ojos brillaban de una forma que sólo reconocía cuando algo
dentro de ti está roto.
Solté la mano de Daniel sin pensarlo y me acerqué a ella con rapidez.
—¿Qué pasó? —Susurré, agachándome a su lado.
Lyra negó apenas con la cabeza, el labio inferior temblando. Era como si no
pudiera hablar sin romperse.
Mi pecho se tensó. Miré hacia Lukas, que estaba unos pasos más atrás, con
los brazos cruzados y la mirada clavada en Lyra. No decía nada, pero su
expresión era la de alguien que había escuchado más de lo que quería oír.
Daniel se quedó cerca de Lukas. No hablaba tampoco, pero su postura había
cambiado. Ya no era tensión. Era algo más denso, más resignado.
Me senté junto a Lyra, la rodeé con los brazos y sentí cómo su cuerpo
temblaba apenas, como conteniendo algo que no sabía si quería salir.
Y entonces, alguien tocó la puerta.
El golpe seco rompió el momento como un disparo. Daniel soltó un suspiro
casi inaudible, y sin decir nada, se dio la vuelta y fue hacia la entrada.
El clicc seco de la cerradura sonó demasiado fuerte en medio del silencio
espeso. Apenas abrió, Aiden apareció con el ceño fruncido y el gorro de la
hoodie, casi cubriéndole la cara. Tenía agarrada a Sienna del brazo y la
empujó hacia dentro sin cuidado.
Ella tropezó con los pasos, zafándose al instante de su agarre. No dijo nada.
Solo se fue hacia un rincón, como si no supiera bien qué hacer.
Aiden entró detrás de ella, el rostro tenso y los hombros rígidos. Iba vestido
como si siguiera escondido, pero ya no había vuelta atrás. Daniel cerró la
puerta con fuerza y se apoyó contra ella, los ojos clavados en él.
—¿Quién fue? —Soltó Aiden, sin preámbulos, la voz cargada de rabia
contenida—. ¿Quién mierda dijo que yo iba a salir de ese edificio? ¿Quién
abrió la boca y me jodió la vida?
Lyra, que seguía sentada junto a mí, tembló. Quise apretarle el brazo, pero ella
fue la que me sostuvo a mí.
—Nadie te quiere joder —Dijo Daniel, cruzándose de brazos, pero sin
moverse de la puerta—. No todo gira en torno a ti.
—¡¿No?! —Aiden dio un paso adelante, su voz se quebró en la furia—. ¿Tú
me vas a decir eso? ¿Después de todo? ¿Después de que fuiste el único que
sabía?
—No fui yo —Le devolvió Daniel, seco—. Aunque lo pienses, aunque quieras
culparme. No fui yo.
—¿Y tú, Lukas? —Aiden giró la cabeza hacia él, fulminante—. ¿Tú tampoco?
—¿Estás en serio? —Lukas soltó una risa incrédula y se cruzó de brazos
—¡No me conoces! ¡Ninguno de ustedes sabe lo que fue desaparecer para
proteger a una familia que ya estaba en ruinas! —Rugió Aiden, con los ojos
brillando—. ¡No saben lo que fue callarse mientras todo se iba a la mierda!
Se giró de nuevo, barrándonos con la mirada, uno a uno.
—Sienna… no lo sé. Siempre habla más de cuenta —Dijo con desdén—. No
puedo descartarla. Tú —señaló a Lukas—, dudo que tu lengua no se haya
soltado con algún contacto de los medios. Daniel… tú eras mi única opción.
Mi única puta opción. Y no puedo confiar ni en eso.
Se detuvo frente a Lyra. Parpadeó, como si recién reparara en ella.
—¿Y tú? No te conozco. Así que puedes irte.
Me adelanté sin pensar.
—¿Qué?
—No tengo idea de quién eres, no estás en esto. Así que fuera.
—No —Saltó Lukas al instante, antes de que pudiera responder—. No vas a
venir a echar a gente como si esto fuera tu casa. Si Lyra se va, me voy con
ella.
Aiden ni siquiera lo miró. Su atención se clavó directamente en mí.
—¿Y tú? —Me preguntó, con la voz más baja, pero afilada como un
cuchillo—. También sabías. No me sorprendería. Seguro tú fuiste la que habló.
Siempre supiste más de lo que decías, Ivy siempre me decía eso de ti.
Me quedé helada. Pero no bajé la mirada.
—No fui yo.
Aiden soltó un suspiro, largo, tenso. Se pasó la mano por el rostro, el gorro
cayéndole un poco hacia atrás. La frustración le pesaba en los hombros, en
los ojos. Pero no se detuvo ahí. La rabia le ganó.
—Entonces nadie fue, ¿no? —Espetó, alzando la voz de nuevo—. Todos
callados, todos mirándose entre ustedes. Pero alguien me jodió. Alguien abrió
la boca y ahora estoy en todos lados.
Daniel seguía recostado contra la puerta, con los brazos cruzados.
—Si estás buscando un culpable —Dijo con calma, aunque sus ojos estaban
tensos—, acá no está.
Aiden giró en seco.
—¿Tú? ¿Tú te vas a lavar las manos ahora?
Daniel no respondió. Solo lo miró.
—Siempre quisiste ser yo —Soltó Aiden, con una risa seca y amarga—.
Siempre. Hasta cuando ni siquiera sabías cómo. Y ahora que tuve que
desaparecer, es como si te hubiera encantado quedarte con lo que dejé. ¿O
qué? ¿Te creíste el héroe?
Daniel alzó apenas una ceja, sin moverse.
—No me interesa ser tú.
—No, claro —Siguió Aiden, avanzando hacia él—. Pero sí te encanta arruinar
todo lo que tocas. Nunca hiciste nada bueno en la carrera, tus ideas eran
basura, y cuando por fin tuviste una pizca de poder… lo usaste para
traicionarme.
—No fui yo —Repitió Daniel, esta vez con la voz más tensa—. Te prometo
que no fui yo. Pero si crees que vas a venir a gritarme en mi cara sin pruebas,
estás más perdido de lo que pensaba.
Aiden se le acercó aún más. Ya estaban casi frente a frente, el aire cargado, las
miradas chocando como si pudieran prender fuego.
—No te creo ni una palabra.
—Y yo ya me cansé de justificarme.
Los rostros se rozaron apenas por la cercanía. Aiden apretó los puños. Lukas
dio un paso apresurado, caminando hacia ellos con decisión.
—Aiden, basta.
Pero Aiden no lo escuchó. Empujó a Daniel con fuerza, y antes de que
pudiera reaccionar, su puño chocó contra el rostro de él.
Sienna soltó un pequeño grito, llevándose las manos a la boca. Me levanté del
sofá en un movimiento rápido.
El golpe sonó seco. Daniel se tambaleó, pero no cayó. Se llevó una mano al
labio, del que empezó a brotar sangre. Lukas se metió entre ambos al instante,
empujando a Aiden hacia atrás.
—¡¿Estás loco?! ¡¿Qué mierda te pasa?! —Le gritó sujetándolo por la hoodie.
Daniel respiró hondo. No respondió con otro golpe. Solo se limpió el labio
con el dorso de la mano y lo miró desde el otro lado de la sala, con una
mezcla de decepción y rabia contenida.
Aiden se soltó de Lukas de un tirón, furioso, y fue él ahora quien lo empujó de
vuelta, haciendo que trastabillara.
—¿Eso es todo? ¿Una mirada de mártir? —Escupió, la voz cargada de
desprecio—. No te bastó con quedarte en mi lugar. Tenías que jugar a ser yo.
Tenías que meterte donde no te llamaron.
Avanzó hacia él de nuevo, con los ojos encendidos.
—Yo sí confiaba en ti, Daniel. En la universidad eras el único al que de verdad
consideré un hermano. Y tú… —Soltó una risa seca, rota—. Tú sabías lo que
me estaba pasando. Sabías lo que perdía.
Daniel no respondió, pero la tensión en sus hombros lo delataba.
—Dime algo —Continuó Aiden, más bajo, venenoso—. ¿Cuánto tiempo
esperaste antes de llenar mi espacio? ¿Una semana? ¿Dos? Porque te salió
fácil. Como si estuvieras esperando a que desapareciera para poder…
—Fui yo.
Todo se congeló. Los ojos de todos fueron a mí.
Claro que no fui yo, pensé. No sabía quién lo había hecho. Pero ya daba lo
mismo.
Que me odie a mí. Que deje a los demás en paz.
—Si quieres creer eso, hazlo. Si con eso vas a dejar de culpar a todos,
entonces sí, fui yo. ¿Eso es lo que necesitas?
Aiden se giró hacia mí, su respiración pesada. Dio dos pasos largos, y en un
instante lo tenía encima. Lyra se puso de pie al mismo tiempo, tensa, y
entrelazó nuestros brazos. Pero Aiden no frenó.
Me tomó del rostro sin cuidado. Forzándome a mirarlo, con los dedos duros,
dolientes.
—¿Fuiste tú? ¿Me vas a mirar a la cara y decir que…?
—¡No la toques! —La voz de Daniel explotó al fondo.
En un parpadeo, ya lo había apartado de mí. Lo empujó contra la pared,
agarrándolo de la camiseta.
—No se te ocurra volver a acercarte a ella —Cada palabra filosa como una
cuchilla—. No la toques. No le grites. No la mires así. Te juro que, si lo vuelves
a hacer, ni desaparecido te vas a salvar de mí.
Aiden lo miraba, con la mandíbula apretada, el pecho subiendo y bajando con
violencia. No respondió.
Lukas se acercó por detrás, con los puños listos.
Sienna no decía una palabra. Estaba pálida, quieta.
Lyra seguía firme a mi lado, aunque en sus ojos podía ver que estaba
asustada.
Yo, en cambio, levanté la mano temblorosa hacia donde Aiden me había
apretado el rostro. La piel ardía, como si todavía sus dedos estuvieran ahí.
Daniel volvió a mirarme. Sus ojos bajaron hacia mi mejilla. Sus labios se
apretaron al ver mi gesto. Dio un paso en mi dirección, pero no alcanzó a
acercarse más.
—Vaya —Soltó Aiden con una mueca torcida, rompiendo el silencio—. Qué
caballeroso te pusiste, ¿no? Nunca defendiste nada mío con tanta pasión.
Se giró hacia mí de nuevo, aunque su mirada no estaba clavada en mí, sino en
él.
—Entonces fue tú, ¿no? —Siguió, con tono burlón—. Claro, es más fácil
decirlo cuando está aquí tu… ¿qué? ¿protector? ¿pareja? ¿alguien que
finalmente te presta atención?
Daniel dio un paso adelante, su mirada gélida.
—Fui yo —Dijo sin pestañear—. Ella no tiene nada que ver. ¿Quieres culpar a
alguien? Cúlpame mí.
Los ojos de Aiden se encendieron. En un segundo, lo tomó del cuello de la
camiseta con ambas manos, apretando los dientes. Daniel, sin pensarlo dos
veces, lo empujó con fuerza hacia atrás, soltándose del agarre.
—No me vengas con esa mierda —Espetó Aiden, dejando escapar una risa
sarcástica mientras volvía hacia él—. ¿Desde cuándo te haces cargo de algo?
—Fui yo. Listo. ¿Contento? —Lukas se encogió de hombros mientras se
apoyaba contra la barra —. Es mi amigo, no quería que siguiera cargando con
eso y lo dije. Fui yo.
Aiden lo miró confundido, como si no esperara que fuera él quien rompiera la
tensión.
—¿Ahora todos se están echando la culpa?
Su mirada saltó entre los tres. Jadeaba, frustrado.
—¿Quién sigue? ¿Ella? —Alzó la barbilla hacia Lyra, que seguía aferrada a mi
brazo—. ¿También vas a decir que fuiste tú?
Sus ojos estaban desorbitados, completamente tomados por la rabia. Ya no
buscaba respuestas. Quería encontrar una razón para seguir gritando. Para
descargar todo lo que había contenido durante tanto tiempo.
—¿Y por qué no podría decirlo? —Murmuró Lyra de pronto, sin mirarlo
directamente, pero con la voz firme—. Es más fácil que alguien de fuera lo
diga…
El silencio se volvió más denso. Aiden la miró por un segundo, pero su
atención saltó de inmediato hacia Lukas y luego hacia mí. Sus labios se
fruncieron con fuerza.
—Claro —soltó con una carcajada amarga—. No se pudieron quedar
callados. Por supuesto que fuiste tú —le dijo a Lukas—. Y tú también —me
apuntó con un gesto seco—. Siempre tan buenos para jugar a ser los
salvadores.
Volvió a explotar. Esta vez no tocó a nadie, pero su voz bastó para cortar el
aire.
—¿Saben qué es lo peor? Que todos ustedes se creen mejores. Como si
fueran distintos. Pero son exactamente lo mismo. Mentirosos. Hipócritas.
Cobardes. Y tú —Me miró con desprecio—, ni hablar. Siempre la misma.
Metiéndote donde nadie te llama, como si el mundo te debiera algo.
Yo no dije nada. Lyra apretó mi brazo, firme.
—Ivy me advirtió sobre ti —Siguió Aiden—. Supongo que debo agradecerle.
Una punzada atravesó mi corazón y Daniel dio un paso hacia él.
—No sabes de lo que hablas.
—Claro que lo sé. Recuerda que tuve una vista cercana de ambos, bueno de
los tres —Miró a Lukas—. No lo olvides, Daniel. ¿Y sabes qué? Creo que
gracias a Ivy…
—Fui yo —Interrumpió Sienna, con un hilo de voz que se quebraba desde el
fondo del salón.
Aiden se detuvo en seco. Se volvió hacia ella. Sienna no retrocedió, aunque
sus ojos estaban vidriosos.
—Esa es la verdad.
Todos quedaron en silencio. Ella tragó saliva y volvió a hablar, más clara esta
vez:
—No podía seguir cargando con esa mentira. Les hacía daño a todos…
especialmente a él —Dijo, mirando a Daniel de reojo—. Cuando tú
desapareciste, el único que se quedó enfrentando las consecuencias fue
Daniel. El único al que todos culparon, señalaron, aislaron.
Aiden soltó una risa incrédula, cargada de rabia.
—¿La verdad? ¿Tú? ¿De verdad crees que sabes algo de eso? —Bufó—. Ni
siquiera has sido capaz de admitir que te metiste él. Nunca lo dijiste. Jamás.
Sienna no respondió enseguida. Solo bajó la mirada, con el labio inferior
temblando.
—Supongo… que ninguna mentira dura para siempre.
Aiden negó levemente con la cabeza, sin poder creerlo.
—¿Qué hiciste? —Preguntó, ya sin gritar, solo conteniendo la furia que lo
carcomía.
Sienna inspiró hondo, sus dedos se entrelazaron como si buscara sostenerse a
sí misma.
—No fue planeado. Iba camino a la empresa de mi padre. Pero… al pasar por
el edificio, te vi. Salías con una gorra. Solo. Nadie te miraba. Nadie te
reconocía —Pausó—. Te grabé. Saqué fotos.
—¿Tú…? —Murmuró Aiden, con el ceño fruncido.
—Las mandé a una revista que hace entrevistas a mi padre —Dijo al fin,
bajando la mirada—. Sabía que publicarían algo. Sabía que levantarían ruido.
Y el piso se sintió más frío que nunca.
—Esa es la verdad.
Aiden pasó una mano por su rostro, como si necesitara borrar todo lo que
acababa de escuchar. Sus pasos lo llevaron directo hacia Sienna. Ella dio un
paso hacia atrás, instintivamente, y tanto Lyra como yo nos movimos rápido,
hacia Sienna quien entreabrió los labios.
—Basta —Murmuró Lyra, con el ceño fruncido—. Ya sabes la verdad. ¿Para
qué seguir? Esto no va a cambiar nada. No ganas nada con seguir así.
—¡Cállate! —Explotó Aiden, girándose hacia ella.
—¡No le hables así! —Alcé la voz, sin pensarlo. El corazón me latía a mil, pero
no bajé la mirada—. ¡Tú eres el que desapareció! ¡Tú eres el que dejó todo
atrás!
—Aiden basta. Termina con esta mierda —Agregó Daniel.
Aiden soltó una carcajada seca. Levantó la mano, señalando a Sienna.
—Te vas a arrepentir. Y la mierda de empresa de tu padre también.
Sienna se tensó. Sus ojos se abrieron con miedo, como si no supiera hasta
dónde podía llegar Aiden.
—¿Y qué vas a hacer? —Susurró, con la voz temblorosa.
—¿Qué podría hacer? —Se metió Lukas desde la barra, dejando caer los
brazos—. ¿La empresa de su padre? Está en ruinas. Apenas se sostiene.
Aiden giró con brusquedad hacia él, pero Daniel fue quien dio un paso
adelante.
—Vete —Dijo, directo, sin levantar la voz—. Ya conseguiste lo que querías,
¿no? Todos lo sabemos. Ya está. Así que vete. En serio.
Aiden lo miró, los ojos fijos en los suyos. Caminó hasta la puerta con pasos
tensos, y justo antes de abrirla, se volvió hacia Daniel.
—No me arrepiento de haberte golpeado —Murmuró con una sonrisa—. Te
lo merecías.
Y salió, cerrando de un portazo que retumbó en todo el piso.
Sienna se quedó quieta por unos segundos. Luego sus labios temblaron y una
lágrima solitaria le cruzó la mejilla. Negó apenas con la cabeza, como si
intentara convencerse de algo que ya se le escapaba de las manos. Alcanzó
su bolso con torpeza, los dedos temblorosos.
—Tengo que irme… —Murmuró, la voz rota—. Lo siento. De verdad.
Lyra, aún junto a mí, bajó un poco la voz, mirando hacia la puerta como si
pudiera ver a través de ella.
—Aiden debe seguir ahí afuera.
Sienna se encogió de hombros levemente, como si ya no tuviera energía para
preocuparse por eso. Sacó su celular, lo desbloqueó con movimientos lentos.
—Vendrán por mí. No voy a quedarme. Necesito aire.
—¿No quieres esperar aquí? —Pregunté, dando un paso hacia ella—.
¿Segura?
—No, gracias —Dijo, sin mirarme—. Solo… solo quería ayudar. Lo siento si
no fue así.
Y sin añadir más, cruzó la puerta. Esta vez, se cerró sin ruido.
El silencio se extendió como una manta pesada. Nuestras miradas se
cruzaron sin saber exactamente qué decir, ni por dónde empezar.
Lyra fue la primera en romperlo.
—Yo también me voy —Dijo, sin volverse hacia Lukas.
Le toqué el brazo con cuidado, bajando la voz.
—¿No quieres hablar un poco? ¿Estás bien?
Ella negó levemente, esbozando una pequeña sonrisa sin fuerza.
—Estoy bien. No te preocupes. Mañana podríamos vernos, si quieres. Hoy…
hoy fue un día muy largo.
La abracé fuerte, como si pudiera protegerla un poco del caos que
acabábamos de vivir. Ella apoyó el rostro en mi hombro y yo le susurré:
—Cualquier cosa, llámame. En serio. A cualquier hora.
—Lo haré —Respondió en un murmullo.
Tomó sus cosas y se dirigió a la puerta. Lukas, apoyado cerca, habló sin
emoción:
—Te llevo.
—No, gracias —Respondió ella sin mirarlo. Luego giró apenas el rostro hacia
Daniel—. Espero que las cosas se solucionen. Para todos.
Y salió, dejando el aire más denso detrás de ella. Lukas soltó un suspiro, uno
largo, sin disimulo, y la siguió sin decir más.
Nos quedamos solos.
Daniel dio un paso hacia mí, sin decir nada. Solo lo sentí, ahí, de pie frente a
mí, con la respiración un poco agitada todavía. Y entonces juntó su frente con
la mía. Cerré los ojos al instante.
Era un gesto simple, pero lo sentí como un refugio.
Lo abracé. Lo abracé fuerte.
Daniel me devolvió el abrazo y luego se separó apenas. Sus ojos buscaron los
míos, pero en vez de decir algo, alzó una mano y me sostuvo el rostro con
cuidado, sus dedos apoyados en mi mentón con una suavidad que
contrastaba con todo lo anterior.
Hice una mueca pequeña, involuntaria. Me dolía. No demasiado, pero estaba
ahí.
—¿Te duele mucho? —Murmuró, su voz cargada de culpa.
—Un poco —Respondí en voz baja
Entonces inclinó la cabeza y dejó un beso en mi frente, tibio, lento, como si
pidiera perdón sin usar palabras.
—Perdón… —Susurró—. No debiste estar metida en todo esto.
—No es culpa tuya —Le dije, con un hilo de voz—. No lo es.
Fui yo quien esta vez levantó la mano para tocarle el rostro. Mis dedos se
detuvieron donde la sangre seca manchaba la comisura de su labio. Lo
observé con cuidado, sintiendo el nudo en el pecho apretar más.
—Tienes que limpiarte eso —Murmuré—. ¿Tienes algo para curarte?
Daniel asintió, sin dejar de mirarme.
Tomó mi mano con suavidad, entrelazando sus dedos con los míos.
—Ven —Dijo, casi en un suspiro.
Entramos en la habitación, y Daniel soltó mi mano solo acercarse a su
armario. Se quitó la camisa en un movimiento rápido y se colocó una
camiseta. Más ancha. Más oscura. Más él.
Se agachó, hurgó unos segundos y sacó un botiquín pequeño, de esos que
vienen con gasas, alcohol y unas cuantas cosas más.
—Me lo regaló Ruby cuando me vine a vivir con Lukas —Murmuró, mientras
lo dejaba sobre la cama.
Solté una risa baja, más suave que cualquier otra cosa que hubiera salido de
mí en toda la noche.
—¿Ruby te regaló un botiquín?
Daniel me miró de reojo y se encogió de hombros, con una sonrisa leve.
—Sí. Me dijo que era por si me cortaba cocinando. Nunca lo he usado. Nunca
cocino.
Su voz tenía ese matiz entre la ironía y la ternura que me hacía sonreír incluso
en momentos como este.
Se sentó al borde de la cama y me hizo un gesto suave con la mano. Me
acerqué sin pensarlo demasiado, acomodándome entre sus piernas, y alcé el
rostro para poder curarlo con más comodidad. Él colocó sus manos
alrededor de mi cintura, como si necesitara ese punto de apoyo. No apretó,
solo me sostuvo. Como si estar ahí lo ayudara a respirar.
En silencio, limpié la sangre con delicadeza. Cada vez que rozaba la piel rota,
él apenas se tensaba, pero no decía nada. Solo seguía con las manos firmes
en mi cintura, como si el dolor físico no fuera lo que más pesaba.
—Listo —Dije en un susurro, bajando lentamente la mano.
Daniel se alejó apenas, lo justo para mirarme con esa calma nueva que se
sentía tan rara después de todo lo que había pasado. Tomó una de mis manos
con suavidad, la besó apenas con los labios, y yo dejé el botiquín sobre el
escritorio.
Volví a acercarme. No tenía que decirme nada. Simplemente me acomodé
otra vez entre sus piernas, esta vez con más lentitud, con más intención.
Daniel me rodeó con los brazos, se abrazó a mi torso y apoyó la cabeza
contra mí, como si quisiera quedarse ahí, sin pensar, sin hablar.
Pasé mis dedos por su cabello con calma, sin apurar nada. No hacía falta.
Nos quedamos así. Respirando lento. Viviendo ese silencio necesario, ese
momento que, por primera vez en horas, no dolía.
—Podríamos quedarnos así un rato —Murmuró, apenas audible—. O toda la
tarde.
Sonreí levemente sin evitarlo.
—Mejor que cualquier calmante —Susurré con una nota de humor suave.
Daniel soltó una risa baja contra ella, y sus manos se movieron con lentitud,
subiendo un poco por mi espalda. Las yemas de sus dedos rozaron la tela
delgada de mi camiseta, casi distraídamente.
—¿En qué estás pensando? —Pregunté después de un momento, con voz
tranquila.
—En que no quiero que te vayas.
Bajé la mirada, sintiendo ese nudo dulce y tenso a la vez, justo en el pecho.
—No planeaba hacerlo —Susurré, sintiendo cómo la tensión en su cuerpo
comenzaba, muy de a poco, a ceder.
Daniel no respondió al instante. Solo subió el rostro.
—Ven —Murmuró con una voz baja, casi ronca.
Me dejé llevar. Nos acostamos en su cama sin decir nada más, como si fuera
lo más natural del mundo. Como si después de todo lo que había pasado, ese
espacio entre sus brazos fuera el único lugar seguro.
Me abrazó con fuerza, atrayéndome hacia su pecho, y apoyé mi mejilla ahí,
justo donde podía escuchar sus latidos. Firme. Real.
Sus manos se movieron por mi espalda, con calma, hasta que una quedó
sobre mi brazo, acariciándolo con el pulgar como si no quisiera soltarme
nunca más.
Pasaron unos segundos así, en silencio, hasta que su voz, más baja de lo
habitual, rompió el momento.
—A veces creo que no merezco esto —Susurró—. Sentirme en paz.
Mi pecho se encogió. Deslicé mi mano por su brazo con suavidad, como si
pudiera borrarle esa idea con una sola caricia.
—Quizá no se trata de merecerla —Susurré—. Sino de aprender a no
rechazarla cuando por fin llega.
Cerré los ojos unos segundos, con su aliento cálido en mi frente y el sonido
constante de su corazón bajo mi oído.
—¿Es mal momento para confesarte que te ves preciosa cuando estás
enojada?
Solté una risa suave, ahogada entre su camiseta, y alzando la mirada lo vi ahí,
con una sonrisa apenas curvada y los ojos llenos de algo que no supe
nombrar.
—Podrías haber elegido un mejor momento, sí —Le respondí, fingiendo una
ceja alzada.
—No soy muy bueno con los tiempos —Dijo con un leve encogimiento de
hombros—. Pero contigo me dan ganas de intentarlo.
Mi sonrisa se deshizo un poco, suavizada por el calor que me dejó su frase.
No dije nada. Solo volví a apoyar la cabeza en su pecho, justo donde su
respiración era más lenta y constante.
Él acarició mi brazo con la yema de los dedos, como si dibujara palabras
invisibles ahí.
—Eres el único lugar donde quiero perderme.
Mi corazón dio un vuelco y sin poder evitarlo sonreí acercándome un poco
más, si es que era posible.
—Te quiero —Murmuré.
—Yo a ti más.
Sus brazos se cerraron un poco más a mi alrededor.
Cerré los ojos.
Y aunque afuera todo se sintiera caótico, dentro de ese abrazo, por primera
vez en mucho tiempo, creí que estábamos donde teníamos que estar.
74
Sophie
—Y eso… eso fue lo que pasó —La voz de Lyra era baja, como si aún
intentara digerirlo mientras hablaba.
Sin dudarlo, me acerqué y la abracé. Ella recibió el abrazo mientras soltaba un
suspiro cansado.
—Dicen que hablar ayuda —Murmuró, cuando nos separamos—. Que la
comunicación es la clave. Pero esta vez… siento que fue peor.
—Quizá porque no todo se puede arreglar hablando. —Me moví a su lado,
tomándole la mano con suavidad—. Hay cosas que no se curan con una
conversación, Lyra. Pero eso no significa que no valga la pena intentarlo.
Lyra bajó la mirada de nuevo, y una lágrima le cayó silenciosa por la mejilla.
La limpió rápido con el dorso de la mano, sin decir nada, pero supe que le
había llegado.
—No tienes que guardártelo todo, Lyra —Murmuré después de un momento,
sin invadir su espacio—. Está bien si algo duele. A veces, solo decirlo en voz
alta ayuda a que pese un poco menos… aunque sea por un momento.
Ella no me miró, pero asintió levemente, con la mandíbula apretada.
—No tienes que cargar sola con todo —Añadí, un poco más suave—. No lo
mereces.
Lyra respiró hondo, como si mis palabras hubieran abierto algo dentro de ella,
y su voz salió apenas audible.
—Gracias.
Un sonido vino desde el horno y caminé hasta allá para sacar la bandeja. El
aroma de las galletas se extendió por el aire como un abrazo cálido. Las dejé
sobre la rejilla con cuidado.
—Deberíamos esperar a que se enfríen un poco —Comenté con una sonrisa
leve, más para suavizar el ambiente que por otra cosa.
Lyra se acercó y se detuvo a mi lado.
—Yo no quiero esperar nada —Murmuró.
Me giré hacia ella, notando el brillo aún húmedo en sus ojos. Su voz había
sido pequeña, pero cargada de algo más profundo que solo impaciencia.
—Entonces… —Dije con una media sonrisa— Mientras tanto, ¿te parece si
salimos a caminar un rato? Para despejar la mente, si quieres.
Lyra asintió despacio. Caminamos hacia la puerta, y su voz volvió a sonar,
más firme esta vez.
—Sí. A veces el aire ayuda a que las cosas se acomoden adentro.
Justo cuando me acerqué a la puerta y la abrí, nos encontramos con una
figura familiar frente a nosotras.
—Hola —Saludó en voz baja, casi tímida, como si no estuviera segura de si
debía estar ahí.
Lyra se cruzó de brazos al instante.
—Ivy —Murmuré.
—¿Qué haces aquí? —Soltó Lyra. No hubo un gramo de delicadeza en su
tono.
Ivy la miró. Se detuvo un segundo en sus ojos, enrojecidos y vidriosos, y su
expresión se llenó de preocupación.
—¿Te pasó algo?
Lyra soltó una risa seca, más rabia que ironía.
—¿Que si me pasó algo? Claro que me pasó algo, Ivy. Como que de pronto
me di cuenta de muchas cosas. Y no todas fueron bonitas. Y casualmente tu
estás involucrada en las “no bonitas”.
La forma en que su voz se quebró al final hizo que la tensión se sintiera más
real. Yo enredé mi brazo con el suyo, tratando de calmarla. Ella suspiró con
fuerza, pero no dijo más.
—Sí, sí me pasa algo. Gracias por preguntar —Añadió con un tono más
controlado, aunque todavía dolido.
Ivy bajó la mirada, claramente afectada.
—Lo siento —Murmuró—. De verdad… yo las quería. A las dos.
No supe qué decir. Mi voz también se sentía atrapada entre todo lo que me
dolía y lo que ya no quería volver a abrir.
—Yo también te quería —Susurré, sin mirarla del todo—. Pero eso no fue
suficiente, ¿cierto?
Ivy respiró hondo y dio un paso hacia mí.
—Me gustaría hablar contigo, Sophie. A solas.
Lyra apretó los labios. No dijo nada, pero la tensión en su cuerpo lo gritó
todo. Negué con suavidad.
—A decir verdad, hoy estoy ocupada. ¿Podría ser otro día?
—Pero…
—Ha pasado casi un mes —La interrumpí sin subir el tono—. Y en todo ese
tiempo no has querido hablar conmigo. Un día más no va a hacer tanta
diferencia.
Mis palabras no fueron crueles, pero sí firmes. Me dolieron incluso a mí, pero
no podía seguir haciéndome daño intentando proteger lo que ya no estaba.
Ivy chasqueó la lengua, como si esperara una respuesta distinta, y luego dio
media vuelta. Caminó sin mirar atrás, sus pasos resonando se perdió unos
metros más allá.
Lyra y yo nos quedamos ahí, sin decir nada. El aire se sentía más liviano, pero
también más denso, como si ambas estuviéramos procesando lo que acababa
de pasar. Bajé la mirada y sentí una punzada.
Giré hacia Lyra, y entonces la vi.
Una lágrima descendía por su mejilla. No era una. Eran varias. Su labio
inferior temblaba ligeramente, aunque intentaba mantener una expresión
neutra. Me acerqué, sintiendo que el pecho se me apretaba.
—¿Lyra? —Pregunté, con la voz suave, preocupada.
Ella negó rápido, apartando la mirada.
—No… estoy bien, es solo que… —Inspiró hondo y se forzó a sonreír—.
Estoy sensible. Es eso. Pero me emociona… me emociona verte así. Firme.
Con voz. Eligiendo por ti. Nunca habías brillado así, Sophie. Y no sé… solo
me hace feliz.
Sentí un calor dulce en el pecho. Mi garganta se apretó al punto de doler. A
veces bastaba una frase así para que todo tuviera sentido. Y sus ojos —rojos,
húmedos, sinceros— me atravesaron.
Sonreí, con la vista borrosa, y la abracé fuerte, envolviéndola con los brazos
como si pudiera protegerla del mundo entero.
—Yo también estoy orgullosa de ti, Lyra —Susurré junto a su oído—. Mucho
más de lo que te imaginas.
Ella sollozó contra mi hombro, dejando que todo lo que contenía saliera de
golpe. Yo deslicé una mano por su cabello, acariciándolo con calma, en
silencio. Sin presionarla. Sin pedirle más de lo que podía dar.
Porque sabía que, en ese momento, eso era todo lo que necesitábamos: estar
ahí. Una para la otra.
Y mientras la sostenía, entendí que, a pesar de todo lo que habíamos perdido,
estábamos encontrando una nueva forma de ser nosotras.
Juntas.
75
Daniel
Unos días después
La voz del profesor se desvaneció entre el sonido seco de la tiza y el
murmullo bajo de las hojas de papel. Lukas estaba a mi lado, inclinado sobre
su cuaderno, garabateando con fuerza una esquina de la hoja como si quisiera
arrancarla con el lápiz. No había anotado nada desde que comenzó la clase.
Apenas levanté la mirada, lo sentí. Las miradas. Las susurrantes. Las que
evitan el contacto directo, pero pesan. Esta vez no eran inquisitivas, ni
hostiles. Eran peores. Miradas de lástima. Como si ahora me vieran como la
nota trágica de una historia que no pedí protagonizar.
Apretando los labios, bajé la vista, pero no dejé de escuchar los murmullos.
Aiden. Siempre Aiden. Vivo, escondido, y yo en el medio de algo que ni
siquiera entiendo del todo.
La puerta del aula se cerró con un clic. El profesor ya se había ido. Nadie más
se dio cuenta. Excepto yo. Excepto Lukas, que seguía con el ceño fruncido, su
lápiz ya desgastado.
—Se acabó la tortura, Van Gogh —Murmuré, girando apenas hacia él—.
Puedes dejar de torturar el papel.
Lukas levantó la vista con una expresión áspera, el entrecejo aún más tenso.
—¿Te parece gracioso? —Espetó.
Alcé las manos en un gesto de tregua, con una sonrisa ladeada.
—Tranquilo.
Soltó un suspiro negando con la cabeza
—No son mis mejores días.
—Lo acabo de comprobar.
Él me observó por un segundo más, como si evaluara si seguir discutiendo o
dejarlo pasar. Finalmente, recogió su cuaderno sin decir nada más.
Salimos juntos del aula, y las miradas volvieron a clavarse en nosotros como
cuchillos envueltos en algodón. Algunos fingían hablar de otra cosa. Otros no
se molestaban en disimular.
—Déjame adivinar —Solté, mientras caminábamos por el pasillo—. ¿Tiene
algo que ver con Lyra?
Lukas soltó el aire por la nariz, sin mirarme.
—¿Y tú qué crees?
—¿Mi opinión? Parecen dos personas que quieren arreglarlo, pero no saben
por dónde empezar —Respondí sin mirarlo, con el tono justo entre honesto y
resignado.
Seguimos caminando por el pasillo, rodeados de miradas que parecían
seguirnos como sombras. Algunas volteaban rápido cuando notaban que las
descubríamos. Otras, no se molestaban ni en disimular.
Fue entonces cuando Lukas se detuvo de golpe, clavando los pies en el suelo.
—¿Qué mierda ven? —Espetó, alzando la voz sin mirar a nadie en específico,
pero dejándolo todo claro. Su tono fue seco, cargado de una furia silenciosa
que al fin se soltó.
Y después de unos segundos de ese silencio incómodo que deja una
explosión, se giró y siguió caminando.
Yo me quedé un segundo más, observando a los curiosos. Puse una expresión
de fastidio, cansado de ser tema en una historia que nadie entendía realmente.
Lo alcancé unos metros más adelante.
—Tranquilo —Le dije—. Están aburridos de sus propias vidas, por eso
hablan.
—¿Cómo has vivido así tanto tiempo?
Me encogí de hombros. Ni yo sabía la respuesta.
—Respirando, supongo.
Lukas soltó un suspiro y se pasó una mano por el rostro, como si intentara
borrar el cansancio.
—¿Qué crees que debería hacer? —Preguntó, sin mirarme. Claro, hablaba de
Lyra—. Dame un consejo… tú sabes.
No pude evitar soltar una risa seca.
—No sé si soy el mejor para dar consejos.
Lukas tiro la cabeza hacia atrás, dejando salir un bufido de resignación. Luego
se frenó al llegar a una bifurcación del pasillo.
—Debo hablar con el profesor —Dijo, ya más calmo.
—Yo voy a la biblioteca, necesito ese maldito libro de antes que desaparezca
otra vez.
Nos separamos con un gesto simple, y yo continué caminando. El eco de los
pasos ajenos seguía a mi alrededor, pero ahora con ese murmullo constante.
Como una canción molesta que se repite en bucle.
Entré a la biblioteca y antes de subir al segundo piso, hice una fila corta frente
a una máquina expendedora. Una botella de agua, lo único que mi cuerpo
pedía desde la mañana.
Mientras esperaba que la máquina la liberara, escuché un murmullo detrás de
mí me hizo girar apenas el rostro. No lo suficiente para que notaran que
escuchaba, pero sí para captar lo que decían.
—…no sé cómo cargó con eso tanto tiempo.
—Y sin decir nada… es que, que pena. Él no fue.
—Imagínate… sabiendo que Aiden estaba vivo y lo dejaron como el culpable.
El sonido del plástico golpeando la bandeja metálica fue seco, casi incómodo
en medio del silencio tenso que sentí a mis espaldas. Me agaché, tomé la
botella y me giré. Las miré directamente. Dos chicas que bajaron la vista de
inmediato, como si les quemara la culpa en la lengua.
No dije nada. Solo las atravesé con la mirada durante un segundo. Luego me
di media vuelta y me alejé con calma, como si sus palabras no me
importaran.
Pero sí lo hacían.
Llegué a la biblioteca con el cuerpo tenso y el libro en mente, aunque ya no
estaba seguro de para qué lo necesitaba. Me metí entre los estantes,
buscando más espacio que contenido. Un respiro.
Todavía hablaban de mí.
Incluso ahora que ya sabían la verdad. Incluso ahora que no me señalaban
como culpable, sino como algo parecido a una víctima, seguían hablando.
Como si mi historia fuera un mito que necesitaban contar, como si sus
versiones pudieran explicarme.
Pero no podían.
Y quizá por primera vez en mucho tiempo, no me sentí obligado a dar
explicaciones. Ya no quería convencer a nadie. Porque entendía, con una
claridad extraña, que no podía cambiar la forma en que otros decidían verme.
Que siempre habría una versión rota, torcida, inventada… y eso ya no era mi
carga.
Lo que pensaran los demás no iba a definir quién era.
Yo lo sabía.
Y ese pensamiento, pequeño pero firme, se sentía como un primer ladrillo en
algo parecido a la paz.
Con el libro finalmente en las manos, caminé hacia el rincón más escondido
de la biblioteca. Una mesa al fondo, junto a una ventana que apenas dejaba
entrar luz. Me dejé caer en la silla, dejé el libro a un lado… y saqué el celular.
Daniel
La cafetería claramente no tiene
la misma gracia sin ti.
Ya no puedo solo caminar unos
pasos para verte.
Sophie no tardó en responder
Insoportablemente preciosa
Aww
¿Tanto me extrañas?
Te dejo un día y ya estás dramático
Daniel
No es drama, es amor puro.
Y algo de abstinencia emocional.
O física.
O ambas.
Insoportablemente preciosa
Yo diría que más física.
Aunque no niego que te extraño un poco.
Daniel
¿Un poco?
Acabas de romperme el corazón.
Porque yo te extraño más de lo que
puedes imaginar
Insoportablemente preciosa
Qué tierno.
Pensé que solo era tu cama la
que tenía sentimientos
Daniel
También mi corazón
Insoportablemente preciosa
Aww
Daniel
Aunque lo de la cama no te lo niego
Cada día que no nos vemos
aumentan su intensidad por ti.
Sus ganas de ti.
Insoportablemente preciosa
¿Seguimos hablando de la cama?
Daniel
¿Quieres pensar eso?
Insoportablemente preciosa
Eres insoportable.
Daniel
Y tú insoportablemente preciosa.
Solo quería decirte que
te extraño más de lo que debería.
Insoportablemente preciosa
Y yo a ti más
Daniel
Ah, ¿sí?
Mañana, después del examen,
quiero verte
Insoportablemente preciosa
Después del examen, te espero.
Te quiero.
Y también cerca.
Solté una risa
Daniel
Y yo a ti.
Mucho más de lo que estoy listo
para admitir por mensaje
Leí esa última línea antes de enviarla y dejé el celular sobre la mesa.
Sophie tenía ese extraño efecto en mí. Había algo en su forma de estar, de
hablarme, de mirarme, que me hacía sentir un poco más ligero. Como si todo
lo que había pasado no pesara tanto cuando pensaba en ella.
Negué con la cabeza, medio sonriendo, y abrí el libro frente a mí. Me
concentré en repasar los apuntes del examen, subrayando lo más importante,
aunque por momentos alguna imagen suya se colaba entre los párrafos.
Unos minutos después, el sonido de una silla arrastrándose me sacó del
enfoque. Lukas se dejó caer frente a mí, con cara de que había tenido el peor
día de su vida, aunque recién estaba empezando.
—¿Recuerdas que me pediste un consejo? —Pregunté, apoyando el lápiz
sobre el cuaderno.
Lukas alzó una ceja.
—Claro que lo recuerdo. ¿Vas a decirme que adopte un gato o algo?
Solté una risa breve, sarcástica.
—No. Ya sé quién puede ayudarte.
Lukas frunció el ceño, expectante.
(…)
Subíamos por la escalera del edificio con pasos pesados, el eco de nuestras
pisadas rebotando por los muros desgastados.
—¿Qué estamos haciendo aquí exactamente? —Preguntó Lukas, lanzándome
una mirada de desconfianza.
—Ejercicio. El puto elevador no está funcionando —Respondí, sin detenerme.
Lukas soltó un gruñido bajo y rodó los ojos, pero me siguió. Cuando llegamos
al séptimo piso, caminé por el pasillo hasta una puerta blanca y toqué dos
veces. No pasó mucho antes de que se abriera.
Ruby apareció al otro lado con una sonrisa grande y una coleta alta.
—¡Pasen, pasen! —Dijo, haciéndose a un lado.
Lukas me miró aún más confundido, pero entró detrás de mí. El piso olía a
canela y algo más dulce que no supe identificar de inmediato.
Sobre la mesa, una bandeja llena de Cupcakes decorados con glaseado, claro
destacaba como si esperara invitados.
—Son de zanahoria —Anunció Ruby con orgullo, señalando los pasteles
como si fueran una obra de arte.
—¿Esto viene con terapia incluida o solo con posible sobredosis de azúcar?
—Comenté con sarcasmo mientras agarraba uno y le daba un mordisco.
Estaba mucho mejor de lo que admití en voz alta.
Lukas se quedó de pie, brazos cruzados, mirando todo como si sospechara
que estábamos por lanzarlo a una intervención.
—Ah —Dije mientras me dejaba caer en el sillón con toda la calma del
mundo—. Ruby puede ayudarte.
Lukas parpadeó.
—¿Con qué?
—Con lo tuyo. Ya sabes. Lo de estar hecho mierda —Respondí sin mirar,
concentrado en terminar el Cupcake—. Es buena en eso.
Ruby sonrió mientras se recostaba en el sofá, cruzando las piernas con
tranquilidad.
—Pueden quedarse el tiempo que quieran —Dijo con ese tono liviano que
siempre usaba, como si nada pudiera alterarla realmente.
Lukas miró alrededor, aún con los brazos cruzados. No parecía del todo
cómodo, pero tras una pausa breve, se dejó caer en el otro sillón con un
suspiro bajo.
Pasamos la tarde ahí, entre silencios que no incomodaban y voces que se
soltaban de a poco. Yo me acomodé en el sillón con una bolsa de patatas
fritas en el regazo, y observando cómo el día se deshacía detrás de la ventana.
Lukas había empezado a hablar hace un rato. No sé en qué momento exacto
lo hizo, solo sé que de pronto su voz llenaba la sala, a veces baja, a veces más
firme, como si al fin se permitiera sacar todo lo que tenía guardado. Ruby lo
escuchaba con atención, casi sin interrumpir, solo asentía de vez en cuando,
con esa calma suya que parecía decir: “puedes seguir, aquí estás seguro”.
Yo me limité a masticar y guardar silencio.
El cielo ya estaba oscuro cuando Lukas, sin mirarla directamente, dijo:
—¿De verdad piensas eso?
Ruby asintió sin dudar.
—A veces uno solo necesita escuchar que aún puede arreglar las cosas —
Dijo Alex, el cual había llegado hace casi una hora y se unió a la
conversación.
Lukas no respondió de inmediato. Solo pasó una mano por su rostro, como si
necesitara arrastrar fuera algo que no se veía.
Ruby lo miró con suavidad, ladeando un poco la cabeza antes de hablar.
—¿Un último consejo? —Lukas asintió—. No lo dejes para después. El
tiempo avanza sin avisar.
Asentí recordando cuando Ruby me dijo la misma frase.
—El tiempo avanza sin avisar —Repetí dejando la bolsa a un lado.
Silencio. Levanté la mirada y los tres me estaban mirando como si acabara de
confesar que me iba a alistar a un retiro espiritual.
—¿Qué? —Fruncí el ceño.
—¿Y esa profundidad? —Se rió Alex—. ¿Estás pensando en cierta castaña
por casualidad?
—¿Daniel? ¿Te sientes bien? —Añadió Ruby, con una sonrisita demasiado
satisfecha.
—Wow, Daniel citando frases sentimentales. Esto sí que es un plot twist —Se
burló Lukas—. ¿Y cuándo le mandas la frase a Sophie? ¿O ya se la tatuó?
Rodé los ojos y me puse de pie.
—Me largo antes de que empiecen a preparar el PowerPoint con mi
evolución emocional —Murmuré, agarrando la bolsa—. Y para que sepan,
esta frase me la dijo Ruby. No Sophie.
—Sí, pero seguro la pensaste en voz alta con ella en mente —Canturreó Ruby
detrás de mí mientras me alejaba hacia la cocina.
Rodé los ojos, pero sonreía mientras me alejaba.
76
Sophie
Caminaba de un lado a otro en mi habitación, con el celular en una mano y la
otra enredada en mi cabello. El brillo de la pantalla iluminaba mis dedos
mientras los titulares seguían actualizándose.
“El hijo menor del empresario Birdwhistle desaparecido por años. Estaba
oculto tras la caída de la firma familiar.”
“Fraude financiero: empresa de los Birdwhistle será investigada.”
“El heredero vuelve del silencio: Aiden Birdwhistle, al centro del escándalo.”
Tragué saliva.
El nombre de Aiden aparecía en todas partes. Fotos de él con el ceño
fruncido, rodeado de flashes. Declaraciones ambiguas, titulares sacados de
contexto. El desastre mediático ya estaba en marcha. Y no podía evitar sentir
un nudo en el pecho.
Por la vida que parecía deshacerse entre noticias filtradas y culpas heredadas.
Suspiré, cerrando la aplicación, justo cuando el timbre de la casa sonó.
Caminé hasta el espejo antes de salir de la habitación y me detuve. Mi reflejo
me devolvió la imagen de alguien que no había dormido bien en días. Tenía
algunos granitos en la frente, brotes de acné que se asomaban como si mi piel
también quisiera gritar. Toqué uno con la yema del dedo y fruncí el ceño.
Quedaban pocos días para conocer los resultados del examen de admisión. Y
entre eso, las noticias, Aiden, y la conversación pendiente con Ivy… era como
si mi cuerpo estuviera absorbiendo todo ese estrés y devolviéndomelo en
forma de insomnio, granitos y nudos en el estómago.
Negué levemente con la cabeza, sacudiendo todo eso por un momento. Abrí
la puerta.
Daniel estaba ahí.
Y sonreí. Automáticamente. Como si mi cuerpo lo reconociera antes que mi
mente.
Sujetaba un ramo de margaritas con una mano. Se veía como si hubiera
salido corriendo de una escena de película. O de mis pensamientos.
—¿Siempre me vas a mirar así si te llevo flores? —Dijo con una ceja alzada y
esa sonrisa que me hacía olvidar cómo hablar—. Porque si es así, empiezo a
traerlas todos los días.
—Voy a pensar que estás intentando conquistarme —Bromeé.
Daniel se acercó un poco más, con los ojos fijos en los míos.
—¿Y si lo estoy haciendo? —Murmuró, con esa voz suya que se volvía más
grave cuando hablaba cerca—. ¿Te dejarías?
Me sonrojé al instante. Sentí cómo el calor me subía por el cuello hasta las
mejillas.
Daniel soltó una risa suave mientras me tendía las margaritas.
—Tus favoritas. Por si se te olvidaba que lo sé todo sobre ti.
—No se me olvida —Susurré, tomando el ramo. Su mano rozó la mía, apenas,
pero suficiente para acelerar todo en mí.
Se inclinó un poco, quedando a centímetros de mi rostro.
Y me besó.
Un beso suave, lento, pero firme. Como si no tuviera dudas. Como si nos
estuviéramos buscando desde siempre.
Sonreí, sintiendo las mejillas arder mientras cerraba la puerta detrás de él.
Bajé la vista a las margaritas entre mis manos, aun procesando todo.
—Gracias —Susurré—. Perdón, pero… ¿por qué?
—¿Las flores? —Preguntó, con la voz más baja ahora—. Porque quiero, ¿no
puedo?
Sonrió burlón inclinándose hacia mí.
Mi corazón dio un vuelco. Uno de esos que se sienten en todo el cuerpo.
Lo miré.
—Claro que puedes —Le dije, y esta vez fui yo quien se acercó—. Gracias
otra vez. Me encantan, son preciosas.
—No más que tú.
Y lo besé.
Daniel me tomó por la cintura con una delicadeza que me hizo estremecer,
sin soltar el beso. Sus manos firmes pero suaves me anclaban en el presente,
mientras el mundo afuera parecía desvanecerse.
Cuando finalmente nos separamos, él me miró con esa mezcla de fuego y
calma que solo él sabía mostrar.
—Quiero colocarlas en agua —Murmuré, tomando su mano.
Entramos juntos, y coloqué el ramo de margaritas en un florero con agua
fresca. Me giré para encontrarlo apoyado en el mesón, con esa sonrisa que
hacía latir mi corazón a mil.
Sin pensarlo, rodeé su cuello con las manos y me acerqué.
—Vas a tener que asumir que me encantas más de lo recomendable. Y yo a ti
también.
Con el rostro a centímetros del suyo, rodeé los ojos soltando una risa.
—Estás muy confiado hoy, ¿no?
Daniel curvó una sonrisa, bajando un poco más la voz.
—¿Y eso te molesta o te gusta?
No alcancé a responder. Me besó de nuevo, suave, lento, como si el tiempo le
perteneciera.
Cuando nos separamos, intenté recuperar un poco la compostura.
—Ya, hablando en serio… ¿tienes hambre? Horneé…
—¿Hambre? —Interrumpió, acercándose un poco más—. Sí. Pero no
precisamente de comida.
Reí negando levemente con la cabeza, y sentí cómo se acercaba para dejar
un beso cálido en mi cuello.
—Hice galletas antes de que llegaras.
—Quiero probarlas —Susurró contra mi piel.
—¿Quieres un café también? —Pregunté, entremedio de un suspiro.
Volvió a verme
—No me trates tan bien, Sophie… que voy a empezar a pensar que esto es
una cita —Dijo con una sonrisa ladeada.
—¿Y si lo fuera? —Le devolví, sin mirarlo del todo, mientras llenaba el
hervidor de agua.
El sonido del agua llenando el recipiente rompió el silencio. Lo puse sobre la
base y encendí.
—Tiene que hervir —Murmuré, aún con el corazón latiendo rápido.
Daniel se acercó por detrás, con esa forma suya de acortar la distancia sin
que se notara, hasta que sentí su aliento en mi cuello.
—Entonces hagamos que pase más rápido —Dijo, y me besó de nuevo.
Esta vez no fue solo un roce. Giré levemente el cuerpo hacia él, lo suficiente
para que nuestras bocas se encontraran con más intención. Sus manos se
deslizaron por mis costados hasta aferrarse a mi cintura, y una de ellas subió
con suavidad por mi espalda, atrayéndome aún más. Mi respiración se volvió
irregular cuando me atrajo a su cuerpo y caminando hacia atrás. Cuando
Daniel chocó con la encimera, su cuerpo rozó el mío y nuestros labios se
reencontraron, esta vez con una urgencia distinta.
Me dejé llevar, anclando los dedos en la tela de su camiseta mientras él
profundizaba el beso, cálido, lento y cargado de esa tensión que hacía que mi
piel ardiera con el más mínimo contacto.
—El poco autocontrol que me queda se está yendo a la mierda con cada
mirada tuya —Murmuró Daniel contra mis labios, con esa voz áspera que me
hacía temblar por dentro.
Mi pulso se desbocó. No aparté la mirada.
—¿Y si eso es lo que quiero? —Respondí, casi sin aliento, desafiándolo con la
misma intensidad.
No necesitó más. Me besó de nuevo, más profundo, más impaciente. Sus
manos se aferraron a mi cintura con fuerza medida, mientras yo me aferraba
a su nuca, tirando de él hacia mí, sin romper el beso.
Con el corazón en la garganta, comencé a caminar hacia atrás, guiándolo sin
palabras. Daniel me siguió como si supiera exactamente a dónde íbamos.
Nuestros cuerpos seguían unidos, nuestras bocas aún enredadas cuando mi
espalda rozó el marco de la puerta de la sala.
Nos separamos apenas lo justo para respirar, y sonreí. Su mirada bajó por mi
rostro hasta mis labios, y sin decir nada más, tiró de mi mano hacia el sofá.
Daniel se dejó caer primero en el sofá, recostado hacia atrás con ese aire
confiado que últimamente no se molestaba en disimular. Tiró suavemente de
mi mano y me hizo perder el equilibrio a propósito. Solté una risa sorprendida
y caí sobre él, quedando sentada con ambas piernas hacia un lado, apoyada
en su pecho.
—Podrías disimular un poco —Murmuré burlona, intentando no sonreír,
aunque el rubor ya se me había subido a la cara.
—¿Para qué? Si sabes que me encanta tenerte así. Tan cerca —Respondió,
sin vergüenza, con los ojos fijos en mi boca—. Y a ti también.
—Eres insoportable.
—Y tú insoportablemente preciosa —Replicó, con esa sonrisa que conocía
demasiado bien. Sus manos se deslizaron por mis muslos lentamente.
El aire se volvió más denso. Lo miré un segundo demasiado largo. Luego, sin
decir una palabra, me acomodé lentamente, cambiando de posición hasta
quedar sentada a horcajadas sobre él, con cada pierna a un lado de su
cuerpo. El movimiento fue intencional, medido… y lo sintió.
Los ojos de Daniel se oscurecieron.
—Sabes lo que me haces, ¿no? —Susurró, antes de rodearme la cintura y
atraerme hacia él de golpe.
El beso que vino fue distinto. Urgente. Hondo. Mis manos se aferraron a sus
hombros primero, como si necesitara sostenerme de algo, pero luego bajaron,
rozando su pecho por encima de la camiseta, sintiendo el calor que se
acumulaba debajo.
Daniel soltó un sonido bajo, apenas audible, y sus dedos comenzaron a
recorrer mis muslos como si no supiera por dónde empezar. Se deslizaron
bajo la tela de mi camiseta, subiendo con calma, con la piel como único
mapa. Mi respiración se entrecortó cuando llegó a mi cintura, y en lugar de
detenerse, él siguió explorando como si tuviera derecho, como si me
conociera de memoria.
—Dímelo… Dime que te gusta cuando pierdo el control contigo —Susurró
entre mis labios, justo antes de bajarlos por mi mandíbula y perderse en mi
cuello con besos lentos, entrecortados, peligrosamente adictivos.
Me arqueé levemente hacia él, jadeando al sentir cómo su boca se perdía en
mi piel y sus manos acariciaban mi espalda como si buscaran memorizar
cada centímetro. La tensión crecía. Se notaba en cada roce, en cada
respiración que se nos escapaba como si nos costara contenernos.
Daniel deslizó una de sus manos hasta mi cadera y la presionó suavemente,
atrayéndome más contra él.
—Dime que cuando sientes mi piel cerca, te calma y te enciende a la vez —
Susurró Daniel, acercando sus labios a los míos, rozándolos con delicadeza.
Me acerqué, buscando su boca, pero justo cuando nuestras respiraciones se
entrelazaban, se apartó un poco, con una sonrisa juguetona y ojos brillantes.
—Respóndeme —Murmuró no como una exigencia, sino casi como una
súplica.
Me costó encontrar la voz. Estaba temblando, atrapada entre sus manos y
todo lo que su presencia me provocaba. Pero al final, mi boca se abrió
apenas.
—Me gusta cuando pierdes el control conmigo —Susurré, con la respiración
agitada—. Y… cuando siento tu piel cerca….
Me interrumpí con un leve jadeo al sentir su mano subir bajo mi camiseta,
cálida, decidida, como si ya supiera exactamente dónde tocar para volverme
a desarmar. Daniel sonrió sin apartar los ojos de los míos.
Tomé aire, intentando continuar.
—Y me calma… y me enciende —Dije, al fin, sin más filtros—. Todo al
mismo tiempo.
Daniel volvió a besarme, esta vez con más profundidad. No hubo espacio
para dudas ni para pausas. Su boca buscó la mía con hambre contenida, y
nuestras lenguas se encontraron en un ritmo lento, perfecto.
—Eres preciosa, Sophie —Susurró contra mi boca, y luego se detuvo un
instante, lo justo para mirarme.
Llevó una mano a mi rostro con suavidad, apartando un mechón de cabello
detrás de mi oreja como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su mirada era
tan intensa como delicada.
—Podría pasármela diciéndotelo todos los días, y no bastaría.
Mi pecho se apretó mientras nos mirábamos con las respiraciones agitadas.
Pero no respondí con palabras.
En lugar de eso, fui yo quien volvió a besarlo. Esta vez con una lentitud que lo
decía todo. Mis labios se movieron con los suyos mientras mis caderas se
mecían apenas sobre las suyas, buscando más contacto, más de él. Mis
manos se deslizaron por debajo de su camiseta, sintiendo la calidez de su piel
contra mis palmas, y sin pensarlo demasiado, tiré ligeramente de la tela hacia
arriba.
Daniel no dudó. Se deshizo de la camiseta en un solo movimiento, dejándola
a un lado sin preocuparse por nada más que por mí.
Lo observé un segundo, mis dedos recorriendo su pecho con una mezcla de
asombro y deseo contenido. Él inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el
respaldo del sofá, los ojos entrecerrados y la respiración pesada.
Me incliné y besé su cuello, lenta, profundamente, escuchando el leve sonido
que se le escapó cuando mis labios encontraron su piel. Su mano subió por
mi cintura, firme, atrayéndome más contra él.
Entonces me besó otra vez. Más despacio. Como si ya no tuviera prisa, como
si supiera que yo tampoco la tenía. Sus labios eran fuego contenido, y sus
manos bajaron con intención, rodeando mi cintura mientras las mías
quedaban atrapadas entre su espalda y el sofá.
Y ahí, con esa calma peligrosa, su mano dejó de explorar y subió más, hasta
deshacerse finalmente de mi camiseta, que cayó a un lado del sofá sin que
ninguno de los dos se molestara en mirarla.
Los besos se volvieron más profundos, más arrastrados. Su boca se moldeaba
con la mía como si estuviéramos hechos para encontrarnos en ese punto
exacto, en ese ritmo perfecto. Las manos de Daniel se deslizaban por mi
cintura, mi espalda, mi pecho, mientras las mías exploraban su piel como si
no pudiera tocarlo lo suficiente.
Las manos de Daniel se aferraron a mis caderas y, con un movimiento firme,
me hizo moverme sobre él. Sentí como el aire se me escapa al instante,
atrapado entre el calor de su cuerpo y el mío. El roce, el contacto, la presión
exacta… Todo me hizo cerrar los ojos por un momento, ahogada en una
mezcla de sensaciones que subían como marea.
Solté un leve gemido sin darme cuenta, y mis dedos buscaron la base de su
cuello, aferrándome a él como si ese instante pudiera romperse. Daniel me
miraba con intensidad, pero sin decir nada, como si intentara memorizar cada
segundo.
—Eso fue trampa —Susurré.
—Y tú caíste.
Me moví de nuevo, y Daniel soltó un suspiro que me estremeció. No me soltó,
sus manos seguían firmes, guiándome, controlando el ritmo sin apurar. Mi
cuerpo lo buscara una y otra vez, encajando con el suyo, dejando escapar
esos pequeños sonidos que solo existían entre nosotros.
La temperatura subía con cada roce, cada jadeo compartido.
Hasta que nuestras frentes quedaron pegadas, nuestras respiraciones
chocando en el espacio mínimo que nos separaba y con un movimiento lento,
me detuvo.
—Deberíamos parar —Murmuró Daniel, con la voz rota por la agitación. Sus
ojos seguían cerrados, su frente apoyada en la mía, como si le costara más
que a mí frenar.
—¿Y esa fuerza de voluntad de repente? —Me burlé suavemente, aún sin
moverme, con una sonrisa que no pude contener.
Él rió apenas, sin separarse.
—No te niego que me encantaría seguir… —Susurró, su tono mezclando
deseo y sinceridad—, pero me jodería más si nos interrumpen.
La indirecta era clara. Y tenía nombre.
Me quedé en silencio un par de segundos, sintiendo cómo su mano subía y
bajaba suavemente por mi espalda, en un gesto tranquilizador. Finalmente
asentí, bajando un poco la mirada.
—Tienes razón —Dije, en un suspiro.
Él me miró entonces, con los ojos más suaves de lo que esperaba. Sus dedos
seguían dibujando líneas invisibles en mi piel.
—¿De verdad quieres hablar con ella? —Preguntó con cuidado, sin
nombrarla. Como si no quisiera presionarme, solo asegurarse de que estaba
bien.
Pasé mis manos por sus hombros, despacio, acariciándolo con la misma
calma que él me ofrecía. Estábamos medio abrazados, medio flotando en ese
espacio tibio y raro entre lo que casi fue y lo que todavía podía pasar.
—No lo sé… —Admití—. Parte de mí quiere salir corriendo en la dirección
opuesta. Y otra parte siente que, si no lo hago, voy a quedarme atrapada en
esto mucho tiempo.
Daniel no dijo nada al principio. Solo me miró. Luego acercó los labios a mi
sien y dejó un beso breve ahí.
—Lo que decidas, va a estar bien —Susurró—. Solo hazlo por ti. No por ella.
Ni por nadie más.
Le dejé un beso suave en la mejilla, sin pensarlo mucho. Solo porque lo sentí.
Daniel sonrió apenas, sin decir nada, pero se notaba en su expresión que le
había llegado.
Me acerqué despacio, todavía sentada sobre él, con cada pierna a los lados
de su cuerpo. Me recosté en su pecho, dejé que mi frente se apoyara en el
hueco de su cuello y cerré los ojos. Su olor, su respiración, el calor de sus
manos aún en mi espalda… era como si el mundo se redujera a eso.
Nos quedamos así un rato, en silencio. Sintiendo. Respirando.
—¿Y tú? —Pregunté de pronto, mi voz amortiguada contra su piel—. ¿No
quieres hablar con ella?
Sentí cómo su pecho subía con una inhalación más profunda antes de
responder. Soltó una risa corta, seca, casi amarga.
—¿Me creerías si te digo que no ha tenido ni la mínima intención de
acercarse?
Me enderecé un poco y lo miré. Nuestras miradas se encontraron de golpe.
Mi ceño se frunció al instante, cargado de incredulidad y algo parecido a la
rabia.
—¿En serio? —Murmuré—. ¿Después de todo lo que pasó?
Él desvió la mirada, a mi cuello y lo acarició suavemente.
—Supongo que era más fácil irse que enfrentar lo que realmente pasó.
—Pero… —Dije y negué con la cabeza—. Fuiste tú el que más lo sufrió. El
que se quedó con todas las consecuencias. Y ella… ella simplemente se fue.
Como si nada.
Él soltó una risa seca, sin humor.
—No fue solo que se fuera. Fue lo otro. Cómo se quedó cerca solo para sacar
lo que necesitaba. Para seguir con su plan. Y yo como un imbécil solo dejé
pasar todo, aunque sentía algo extraño de ella.
Mis dedos se apretaron sobre su brazo. Lo odiaba. Odiaba que lo dijera así.
Lo miré, sintiendo cómo esa frase me apretaba el pecho. Me incliné un poco
y dejé un beso corto en su mejilla, uno que no intentaba sanar todo, pero sí
estar.
—No eras un imbécil —Susurré—. Solo alguien que quería confiar. No hay
culpa en eso.
Daniel bajó la mirada por un segundo, como si ese gesto le hubiera tocado
algo que no sabía cómo manejar.
—¿Crees que el agua ya hirvió? —Pregunté entonces, con una sonrisa
pequeña, intentando suavizar el momento.
Él soltó una risa más real esta vez, entre burlona y peligrosa.
—No sé… pero tú sigues sobre mí y eso me está haciendo hervir a mí.
Solté una carcajada y bajé un poco la cabeza, mordiéndome el labio.
—Toma —Dijo él, alcanzándome mi camiseta con una ceja levantada—.
Póntela, porque me distraes. Y no respondo si te quedas así otro minuto.
—Si me pongo la camiseta, tú también. Por justicia visual, mínimo.
Él soltó una risa baja.
—Está bien. Me la pongo, pero solo para que no me mires tanto.
Me puse la camiseta mientras rodaba los ojos, sonriendo. Él seguía sin la
suya, claro, y no me perdí el detalle.
Se acercó con suavidad y dejó un beso tierno sobre mis labios, más dulce y
contenido que antes.
Justo entonces, sonó el timbre. Mi cabeza cayó al hueco de su cuello, y
suspiré, intentando retener un poco la tensión.
—Tranquila —Susurró él, acariciándome la espalda—. Todo va a estar bien.
Dejé un beso corto en sus labios y me levanté con cuidado. Antes de abrir la
puerta, miré por sobre el hombro.
Daniel se estaba terminando de colocar la camiseta, mientras miraba algunas
fotografías que estaban en la sala.
Abrí y me encontré con Ivy, parada justo del otro lado.
—Perdón por no haber venido antes… —Dijo en voz baja—. Es que he
estado ocupada.
Asentí, y me moví un poco para que pasara.
Avanzó hasta la sala y se detuvo al ver a Daniel saliendo de la cocina con una
galleta en la mano. Murmuró un “hola” seco.
Me quedé quieta, sintiendo la tensión en el aire.
—Estaré arriba —Me dijo con un tono más suave, dejando un beso breve en
mi frente antes de girarse para irse.
Pero justo cuando estaba por irse, Ivy habló.
—Espera… —Dijo con voz baja, como pidiendo calma—. Quédate un rato.
Daniel frunció el ceño, molesto.
—Yo también te debo disculpas. —Murmuró Ivy.
Daniel se cruzó de brazos, con la mirada fija y seca.
—Ah, ¿en serio? —Preguntó en un tono sarcástico.
Le lancé a Daniel una mirada intensa, y él la sostuvo sin apartarla, firme y
serio.
Ivy soltó un suspiro pesado.
—Sí. Creo. —Se quedó en silencio un momento—. Me acerqué a ti porque
Aiden me lo pidió. Él confiaba en ti, y yo… Acepté. No iba a ser difícil.
Siempre fuimos muy unidos. Lo veo como un hermano.
Nadie dijo nada. Solo la mirábamos. Sentía la tensión de Daniel a mi lado, sus
brazos cruzados, la mandíbula apretada. Yo tampoco podía disimular lo que
me removía por dentro.
—Después vino lo del corto —Siguió Ivy—. Y fue la oportunidad perfecta.
Vaciló un momento, como si no estuviera segura de decir lo siguiente, pero lo
hizo igual.
—No es cierto que mis amigos me dejaron fuera. Yo se los pedí. Quería estar
ahí. Quería cumplir con Aiden.
Sentí un nudo en la garganta. Cerré los ojos apenas un segundo, como si eso
pudiera hacer que el peso de sus palabras no calara tan hondo. Cuando volví
a mirar a Daniel, su expresión se mantenía igual de tensa, igual de dolida.
—Me costó adaptarme —Continuó ella—. A Lukas. A ti, Daniel.
Bajó la voz, y la siguiente frase casi no la escuché.
—Y especialmente a ti, Sophie —Mi estómago se revolvió—. Lo tuyo si no
fue planeado, pero… sentía que de todos modos debía tener una buena
relación contigo.
—¿Cómo una obligación? —Pregunté.
Dudó un poco, pero finalmente asintió.
—Ustedes son distintos. En todo. Y yo… traté de seguir el ritmo. Lo hice por
Aiden.
La escuchábamos en silencio. Con el corazón en pausa.
—Con el tiempo, me di cuenta de que algo pasaba entre ustedes. No era
difícil notarlo. Y sí… se lo conté a Aiden.
Su mirada se posó en mí.
—Le hablé de ti, Sophie. De cómo llegaste. De cómo eras. Todo.
A mi lado, Daniel endureció aún más el gesto.
—¿Todo este tiempo jugaste a ser la mejor amiga?
Ivy negó con la cabeza, pero su voz cambió. Se quebró un poco.
Sus ojos se posaron en los míos, llenos de algo que no supe descifrar del todo.
—Con el tiempo me di cuenta de lo buenas personas que eran.
Tragó saliva.
—Tú… tú fuiste una buena amiga, Sophie. De verdad empecé a sentir que te
quería. Que eras alguien en quien podía confiar. Y me odió darme cuenta de
que ya era tarde para decirte la verdad.
Sin querer, negué con la cabeza. Ni siquiera lo pensé. Fue automático. Y
entonces ella cerró los ojos, como si esa simple reacción la golpeara.
—Y Aiden apareció. Justo cuando menos lo esperábamos. Y todo se fue a la
mierda.
Daniel habló por primera vez desde hacía rato. Su voz era baja, áspera.
—Si Aiden no hubiera vuelto, ¿hasta cuándo ibas a seguir mintiendo?
Ivy se quedó en silencio. Sus ojos no lo miraban.
—Es mi familia… —Murmuró.
Y ahí, aunque no sabía si era mi lugar, no pude quedarme callada.
—Yo de verdad te quería como amiga. Me hiciste creer que también era real
para ti —Dije, bajando la voz, porque me dolía también a mí.
Ella me miró. Y en sus ojos vi algo parecido a remordimiento.
—Y lo fue —Susurró—. Lo fue, Sophie. Pero cuando me di cuenta… ya era
tarde. Ya los había traicionado a los dos.
Daniel soltó una risa baja, sin pizca de humor.
—Entonces todo fue mentira —Dijo, con una calma que cortaba—. Cada
conversación. Cada gesto.
Negó con una sonrisa amarga, pero sus ojos no brillaban.
—Bien jugado.
—Iba a decirles. Lo juro —Se apuró Ivy—. Pero las cosas se salieron de
control. Y cuando me di cuenta, ustedes ya eran importantes para mí. No
quería perderlos.
—¿Lo juras? —Preguntó cínico—. Y tú esperas que te creamos.
Rodó los ojos negando con la cabeza.
Había algo que aún no encajaba. Algo que me quemaba desde dentro.
—Falta algo —Murmuré.
Ivy frunció el ceño y entreabrió los labios.
—¿Qué?
Mi voz salió en un murmuró.
—¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué me hablaste mal de Daniel?
Sentí cómo mis propias palabras me temblaban, pero seguí.
—¿Por qué me confundiste? ¿Por qué jugaste con lo que confié en ti?
Ella apretó los labios y apartó la mirada.
Daniel no tardó en intervenir, su tono igual de sereno que antes, pero con filo.
—¿Esa parte del guión también venía de Aiden o se te ocurrió a ti?
Ivy se pasó una mano por el rostro, casi resignada, y miró a Daniel con una
mezcla de cansancio y una pizca de reproche.
—De verdad, ¿no me reconoces? —Le dijo con voz baja.
Daniel arqueó una ceja, aún más confundido.
—¿Debería?
Yo me quedé mirándolos, sin poder entender nada.
Ivy dio un paso adelante, como si le costara admitirlo, y dijo casi en un
susurro:
—¿No recuerdas tus primeras salidas con Aiden? Fiestas, bares… Donde
Aiden siempre llevaba a su prima.
Daniel la miró, como intentando que el recuerdo se formara en su cabeza,
pero negó con la cabeza lentamente.
—No. No recuerdo.
Ivy suspiró, se acomodó el cabello y comenzó a contar, como si intentara
armar un rompecabezas.
—Aiden nos presentó. Fue unas semanas después de ingresar a la carrera.
Desde el principio me interesaste, intenté de acercarme, pero tú ni siquiera
parecías notar que estaba ahí. Ni me mirabas.
Sentí cómo un escalofrío me recorría la espalda y di un paso atrás,
sorprendida por esa confesión tan inesperada. Daniel también retrocedió un
poco, con el ceño fruncido.
Ella soltó un suspiro, como si llevara mucho tiempo guardando esa historia.
—De verdad me interesabas, pero el “tú no” era tan evidente… —Murmuró,
como avergonzada.
Continuó contando con voz más baja, como si hablara para sí misma.
—Después de lo de Aiden, seguí con mi vida. Cuando me pidió que me
acercara a ti, no estaba segura… Pensaba que me ibas a reconocer, pero me
dijo que no, que en realidad nunca me habías mirado.
Rió con tristeza.
—Y tenía razón.
Daniel quedó quieto, con la mirada clavada en ella, mientras yo sentía el peso
de cada palabra.
Ivy volvió a mirarme y, sin esperar respuesta, siguió, volviendo a mirar a
Daniel.
—Cuando me acerqué, pensé que tal vez te interesaría. Yo había cambiado un
poco… el cabello más largo, maquillaje que resaltaba mis ojos, ya sabes.
Negó con la cabeza, sin ganas.
—Pero no. No pasó nada.
Volvió a mirarme con una sonrisa amarga.
—Luego nos conocimos en el trabajo del corto, donde tomaste las fotografías,
y fue obvio que se fijó en ti. Ese día en la playa no te quitaba la mirada de
encima.
Soltó una risa sarcástica que me heló la sangre.
—Intenté más de una vez llamar tu atención, Daniel, pero no parecía
importarte. Ellen también se interesó en ti —Negó con la cabeza—. Pensé
que quizás, si no era conmigo, sería con ella, mi amiga. Pero seguías tan
embobado con Sophie.
La habitación quedó en silencio por un instante, como si el aire hubiera
cambiado de peso. Ivy prosiguió.
—Después conocí más, Sophie. Quise acercarme más, saber qué tenías tú
que yo no. Aunque te tomé cariño, como una amiga, hasta el día de hoy no
entiendo qué es lo que tienes de especial.
—¿Qué estás diciendo? —Preguntó Daniel, con un tono cortante, casi
hiriente.
Sentí que un nudo se formaba en mi estómago. Daniel enredó sus dedos con
los míos sin decir nada, con ese gesto silencioso que a veces hablaba más
fuerte que las palabras. Solo se quedaba ahí, firme, como si supiera
exactamente lo que pesaba ese momento.
Ivy bajó la mirada y soltó una risa amarga negando con la cabeza. Se cruzó
de brazos.
—Sabía cómo eran los chicos como tú, Daniel. Solo te usan por un rato —
Sus palabras eran firmes—. Más de una vez te vi enrollarte con alguna chica
en esas fiestas que organizaba Aiden, y nada más. No quería que eso le
pasara a Sophie. Que solo quedara ahí, esperando que tú la miraras.
Daniel la miró, con una mezcla de enojo y algo parecido a dolor.
—Con Sophie es distinto —Respondió, casi con rabia contenida—. Yo
esperaba que ella me mirara a mí.
Yo seguía intentando procesar cada palabra que Ivy soltaba sin filtros.
Ella soltó una risa sarcástica.
—Siempre fue ella, ¿no?
—Desde el día que apareció en mi vida.
Ivy volvió a mirar directo a mí, y su voz bajó un poco.
—Solo quería cuidarte, Sophie. Pensé que Daniel te haría daño. Qué
terminarías igual que yo.
Sus palabras resonaron en la habitación, y yo no pude evitar murmurar, casi
para mí.
—¿Querías cuidarme, a mí o a ti misma?
Ambas nos quedamos en silencio, y en ese instante supe que Ivy no había
estado pensando en mí. Lo había hecho por ella.
—Sophie, yo… no. Todo fue tan rápido. Nos hicimos amigas sin planearlo.
Pero luego… lo vi. Vi cómo él te miraba. Y fue como… —Hizo una pausa,
buscando una forma de suavizar lo que venía—. Fue como si nunca hubiera
tenido una oportunidad.
—Entonces te quedaste para vigilarme. Para entender por qué yo y no tú…
El silencio que nos envolvió fue denso. Tomé aire intentando quitar el nudo
de mi garganta. Daniel apretó levemente mi mano y le di una mirada breve.
—No fue así. Bueno, al principio sí —Susurró—. Pero cuando me di cuenta
de lo que había entre ustedes… Me decía que estaba bien, que tú no sabías lo
que sentías, que él tampoco. Que solo quería asegurarme de que no saliera
herida.
—¿Querías cuidarme, o querías evitar que te doliera si pasaba algo entre
nosotros? —Murmuré.
Ivy tragó saliva. No lo negó. No pudo.
—Pensé que, si te advertía, si intervenía a tiempo… —Murmuró—. No lo sé,
solo pensaba que me costo años para que me mirara y aun así no lo hizo. Y
contigo no tardo ni un día. Y… y no se alejaba.
—Así que lo disfrazaste de preocupación —Solté, sintiendo el nudo en mi
garganta, pero no dejándolo crecer—. Como si fuera por mí. Como si fuera un
acto noble.
—¡No fue una mentira! —Explotó de repente, sin gritar, pero con la
desesperación en cada palabra—. Te juro que llegué a quererte, Sophie. Te vi
como una amiga de verdad. Pero también… no lo sé, estaba celosa. Pensé
que después de las fotografías Daniel no volvería a buscarte, pero lo hizo y lo
seguía haciendo. Estaban las palabras de Aiden, supe lo de Sienna y… no lo
sé.
Me quedé en silencio. Sentía que, si hablaba ahora, se me quebraba la voz.
Ivy respiró hondo, esperando algo. Tal vez perdón. Tal vez comprensión. Pero
yo no tenía ninguna de las dos cosas todavía.
—No fue por protegerme —Dije al fin, con voz queda—. Fue para protegerte
a ti.
Ivy cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había algo roto en su
mirada. Como si, por fin, entendiera el peso de todo lo que había hecho.
Como si se estuviera viendo con claridad por primera vez.
Tragué saliva. Dudé. Pero pregunté igual.
—¿Te arrepientes?
—Es mi familia —Murmuró al fin, con voz tensa—. Todo esto…
—No. No me refiero a eso —Interrumpí con firmeza—. Me refiero a
nosotras. A lo que hiciste con eso.
El silencio se estiró.
Ella entreabrió los labios, pero no respondió de inmediato. Se tomó un
segundo para mirar al suelo.
Unos momentos después asintió lentamente, sin levantar la mirada.
—Sí —Susurró—. Me arrepiento.
Entonces dio un paso hacia mí. Lento, temeroso. Como si aún creyera que
podía salvar algo.
Pero yo retrocedí. Sin pensarlo. Mi cuerpo lo hizo antes de que mi mente
pudiera decidir.
Y en ese mismo instante, sentí la presencia de Daniel detrás de mí. No dijo
nada. Solo pasó un brazo por mis hombros con naturalidad, como un escudo
tranquilo. Como si dijera sin palabras que no tenía que enfrentar esto sola.
Ivy se detuvo, bajando la mano que había comenzado a levantar. Su
expresión no cambió. Seguía rota. Pero esta vez, no insistió.
—Lo siento —dijo, con la voz quebrada—. A ambos.
Daniel no respondió enseguida. Su brazo seguía firme sobre mis hombros,
rodeándome con una tensión que se sentía en sus dedos. Su mirada estaba
fija en Ivy, dura, implacable.
—Lástima que lo hayas entendido cuando ya no importa —Dijo al fin, sin
suavizar el tono.
Ivy apretó los labios. Luego me miró.
—Fuiste la amistad más sincera que he tenido. Aunque no lo parezca… en
serio lo fuiste. No sé qué me pasó. Todo se me fue de las manos. Pero tú eras
distinta, Sophie. Eras real.
Dio un paso hacia mí. Daniel no se movió, pero su brazo se tensó un poco
más sobre mis hombros. Yo tampoco me moví.
—De verdad te pido disculpas —Insistió Ivy, la voz apenas un susurro—. Y
me gustaría…
—Te perdono —La interrumpí.
Vi cómo algo en ella se quebraba. Una pequeña sonrisa se asomó en sus
labios, incrédula, esperanzada.
—Pero no te quiero cerca de nuevo —Añadí, antes de que dijera algo más.
La sonrisa desapareció al instante. Su rostro volvió a vaciarse.
Intentó encontrar palabras, pero solo me miró… hasta que desvió los ojos
hacia Daniel.
—Espero que tú también puedas perdonarme algún día.
Él la sostuvo con la mirada, sin aflojar el brazo que me envolvía.
—Yo no soy tan bueno como Sophie. Ella puede ver lo bueno incluso en
quienes no lo merecen. Yo no tengo esa capacidad.
Ivy bajó la cabeza. No dijo nada más. Esta vez, de verdad no dijo nada. Solo
se dio la vuelta y se fue, dejando el peso de su presencia atrás.
El silencio que quedó fue denso.
Solté un suspiro bajo, y sentí cómo los brazos de Daniel se aflojaban. Me
separé despacio, no porque quisiera alejarme, sino porque necesitaba aire.
Caminé un poco, cruzando los brazos como si eso pudiera contener el
torbellino que tenía dentro. Una incomodidad extraña me recorría el cuerpo,
como si algo se hubiera despegado por dentro y no supiera volver a encajar.
Daniel se acercó, sin decir nada al principio. Me miró un segundo, hasta que
su voz rompió la quietud con suavidad.
—Sophie, tú diste lo mejor de ti. Y eso sigue siendo valioso, aunque no te lo
hayan devuelto como merecías.
Me quedé quieta, sintiendo que algo dentro de mí se desarmaba muy
despacio.
Entonces, Daniel alzó una mano y tomó mi rostro con cuidado, como si
temiera romper algo. Sus ojos buscaron los míos.
—No todos tienen la suerte de cruzarse con alguien como tú y algunos,
simplemente, no saben qué hacer con esa suerte.
Sus palabras se instalaron en mi pecho como un golpe suave, cálido. De esos
que no duelen, pero te dejan sin aire por un segundo.
Dejó un beso en mi frente, cálido, firme, y luego me abrazó con fuerza. Apoyé
una mejilla en su pecho, cerrando los ojos. Su olor, su respiración, el latido de
su corazón… todo me anclaba.
Cerré los ojos. Apoyé la mejilla contra su pecho, sintiendo su respiración y el
ritmo firme de su corazón.
Tal vez eso era lo que más dolía de todo: haber creído que una amistad podía
sostenerse solo con buenas intenciones.
Que, si una daba lo mejor de sí, el resto haría lo mismo.
Pero no fue así.
Ivy había llegado a mi vida por accidente.
Y se quedó por razones que nunca tuvieron que ver conmigo.
Y aun así dolía.
Porque yo sí me quedé por ella.
Me había enfocado tanto en no salir lastimada en el amor —en cuidar mis
pasos con Daniel, en no ilusionarme, en mantener los pies en la tierra— que
se me olvidó que una amistad también puede romperte.
Y a veces lo hace más lento. Más profundo.
Porque no ves venir la herida hasta que ya está abierta.
Me costaba entender cómo alguien podía mirarte con afecto y al mismo
tiempo, elegir herirte.
Cómo podía doler tanto perder a alguien que, en el fondo, quizás nunca fue
tuyo.
77
Sophie
Unas semanas después
La habitación olía a té de manzanilla. Mi madre había insistido en preparar
una taza para cada una, aunque yo apenas había dado un sorbo. Tenía las
piernas encogidas sobre la silla, las manos entrelazadas y los ojos fijos en la
pantalla del computador, donde aún se leía en letras grises: “Resultados
disponibles a las 12:00 horas”.
—¿Falta mucho? —Preguntó desde la cama, con la voz más suave que de
costumbre.
Negué lentamente.
—Cinco minutos.
Cinco minutos que dolían en el pecho como si cargaran el peso de todo lo
que había soñado este último año. El silencio me envolvía. Solo el leve
zumbido del computador me recordaba que el tiempo sí avanzaba. Aunque se
sintiera congelado.
Tenía miedo. Miedo de no haberlo logrado. De no haber sido suficiente.
Mamá se acercó y a mi lado. Su mano buscó la mía, y no dijo nada. No hacía
falta. Estaba temblando un poco, y creo que ella también lo notó. Me apretó
los dedos con firmeza, como un recordatorio que ahí estaba.
Pero no era solo el examen de admisión. El concurso de fotografía aún no
daba señales de vida. Dos cosas, dos puertas, y ninguna se abría todavía. El
peso de la espera era casi físico. Como si llevara una piedra en el pecho y no
pudiera quitármela.
Actualicé la página. La página tardó unos segundos en cargar. Tragué saliva.
La pantalla se actualizó con un parpadeo, y esta vez los resultados
aparecieron completos.
Mi nombre estaba ahí. No era un resultado perfecto. No era ese lugar
destacado que a veces había soñado. Pero tampoco estaba mal. Podía
postular. Podía entrar a una universidad. Podía hacerlo.
Mi madre se inclinó para ver mejor y leyó en silencio. Su sonrisa se mantuvo,
aunque no con el mismo entusiasmo de antes. Fue más contenida, más
medida.
—Bueno, no fue brillante, pero es suficiente —Dijo finalmente,
acomodándose el cabello detrás de la oreja—. Con eso puedes entrar a
alguna universidad, Sophie. A Derecho.
Asentí, sin decir nada. Mis ojos seguían fijos en la pantalla.
Podía entrar. Era un camino. Uno que parecía esperarme con los brazos
abiertos. Pero en ese momento no sentía alivio. Solo un peso raro en el pecho.
Como si ese “bien” no significara lo mismo para mí que para ella.
Mis pensamientos empezaron a desordenarse. Pensé en el concurso. En la
fotografía. En el día que tomé la decisión de participé, en cómo me había
sentido haciéndolo. Pensé en las horas frente al computador sintiéndome
perdida en las páginas universitarias, y en la chispa que se encendía cuando
hablaban de arte, de luz, de capturar algo que solo tú viste.
Pero ahora todo eso se sentía lejano. Como si perteneciera a otra parte de mí
que no estaba invitada a esta conversación.
—A Derecho —Repitió mamá con una sonrisa—. ¿Te imaginas? Ya casi lo
conseguimos.
La miré.
—No voy a estudiar Derecho —Dije al fin, con un hilo de voz.
Mi madre giró la cabeza lentamente hacia mí.
—¿Qué?
—No… no voy a estudiar Derecho —Repetí. Tragué saliva—. Participé en un
concurso de fotografía. Si gano, obtendría una beca para una escuela
especializada.
Su ceño se frunció. Hubo un silencio denso, de esos que parecen llenar la
habitación entera.
—¿Ganaste?
Una parte de mí deseó poder decir que sí. Que todo estaba resuelto. Que
tenía un argumento sólido que pudiera contrarrestar lo que venía. Pero la
realidad aún era otra.
—Aún no anuncian los resultados —Respondí, bajando ligeramente la
mirada.
Mi madre negó con la cabeza y dio un paso hacia atrás.
—Sophie, Fotografía… eso es un pasatiempo. No es una carrera de verdad.
No te va a dar estabilidad, ni un futuro seguro. No puedes basar tu vida en
algo tan incierto.
—Quizás no es lo que tú esperabas —Murmuré—. Pero es lo que yo quiero.
Lo que realmente quiero.
—Tú aún puedes entrar a Derecho. No es tarde. Todavía estás a tiempo de
hacer algo que tenga futuro.
Mi corazón se rompió un poco. Dolía… y dolía mucho.
—No lo es para mí —Dije sintiendo romper mi voz. —Mamá… Derecho
nunca sido mi historia. Siempre fue la tuya y yo… yo no quiero vivirla. Traté
de vivir una historia que no lleva mi nombre. Y traté, te lo prometo que traté
para hacerte feliz, pero…
—¿Y crees que hacerme feliz es sacrificar tu vida? —Interrumpió ella, con la
voz más alta de lo habitual—. ¿Crees que eso es lo que quiero para ti? ¿Qué
te anules por cumplir con algo que ni siquiera intentaste decirme de frente?
—¡Porque cada vez que lo intenté, terminábamos aquí! —Le respondí con un
temblor en las manos—. Con esta misma conversación donde tú hablas de
futuro y estabilidad, y yo siento que mis sueños no valen nada.
Ella guardó silencio un segundo. Bajó la mirada. La habitación se llenó de ese
eco incómodo de todo lo que nunca se dijo.
—¿Y qué pasa si no ganas ese concurso? —Preguntó entonces, con un tono
más apagado, casi cansado—. ¿Qué vas a hacer si no resulta?
Me quede un momento en silencio.
—No lo sé —Susurré. Porque en el fondo, no lo sabía.
Mi madre suspiró largo. Se pasó una mano por el rostro como si intentara
suavizarse a sí misma.
—Hagamos algo —Dijo finalmente, sin mirarme directo—. Esperemos dos
semanas. A que anuncien al ganador de ese… concurso de fotografía.
Lo dijo como si el nombre mismo le costara.
—Y si no resulta, Sophie… puedes considerar otras opciones. No tiene que
ser Derecho, pero… algo más. Algo que sí te dé cierta estabilidad. ¿De
acuerdo?
La forma en que lo dijo sonó más a una tregua que a una aceptación. No era
un sí, pero al menos no era otro no.
—Si no resulta, será una señal. ¿De acuerdo?
Me quedé en silencio, con la garganta apretada. Y al final, solo asentí. No por
rendición total, pero sí por agotamiento. Porque a veces simplemente no
tienes fuerzas para seguir explicando algo que el otro no quiere escuchar.
Mi madre tomó el bolso que había dejado sobre la cama y se puso de pie. Ya
no parecía molesta, pero tampoco suave. Solo serena… como alguien que
había dejado su punto final bien puesto.
Se inclinó y me dejó un beso en la frente.
—Tómate la tarde para respirar, ¿sí? —Dijo con un tono más tranquilo—. Te
veo más tarde.
Y salió de la habitación con paso firme.
Me quedé sentada frente al computador, con el pecho lleno de nudos. Como
si esa conversación hubiera soltado algo dentro de mí… y también arrancado
otra parte.
Mi mirada se desvió sin querer hacia la mesita de noche. Allí, en un pequeño
jarrón de vidrio, estaban las flores que Daniel me había traído el día anterior.
Margaritas blancas y rosadas. Sencillas, pero hermosas. Como si supiera que
las cosas no tenían que ser ruidosas para significar algo.
Me acerqué y pasé los dedos por los pétalos más claros, como si en ellos
pudiera encontrar un poco de consuelo.
Pensé en todo lo que acababa de pasar. En mi madre, en cómo me hablaba
de Derecho como si fuera el único camino posible. Como si se tratara de un
destino al que solo había que llegar con suficiente esfuerzo.
Pero nadie la obligó a ella. Nadie le impuso ese sueño.
Fue suyo. Siempre suyo.
Y, tal vez, por eso le cuesta tanto aceptar que yo tenga uno distinto. Porque,
en el fondo, no está luchando solo por mí… sino también por esa parte de
ella que nunca pudo alcanzar lo que quiso.
Tal vez por eso lo defiende con tanta fuerza. Porque en su mente, si yo lo
logro, es como si lo hubiera logrado ella también.
Y aunque entenderlo no lo hace más fácil… sí lo hace un poco menos
doloroso.
Aun así, yo no quiero vivir el sueño de nadie más. No quiero cargar con una
historia que no me pertenece. Quiero escribir la mía, aunque tiemble al
hacerlo.
Porque si voy a arriesgarlo todo, que sea por algo por lo que realmente amo.
No por lo que otros esperan de mí.
Porque no quiero vivir preguntándome “¿y si…?”. Prefiero equivocarme por
seguir lo que de verdad me hace sentir viva.
Porque nadie debería caminar con los pasos de otro. Y yo… ya estoy lista
para aprender a dar los míos.
Solté un suspiro, suave, como si con él dejara ir parte del peso. Acaricié una
última vez los pétalos, y esta vez, aunque el nudo seguía en mi garganta,
también había algo más.
Una semilla de calma.
Pequeña.
Frágil.
Pero mía.
Epílogo
Dos meses después
Sophie
Caminábamos tomados de la mano, dejando que el murmullo suave de la
galería nos envolviera. Las paredes estaban cubiertas de colores, texturas,
mundos enteros contenidos en marcos. Daniel jugaba con mis dedos mientras
hablaba, y yo lo escuchaba con una sonrisa que no lograba esconder.
—Y subió ese video que tenía guardado y se hizo viral —dijo Daniel, con una
sonrisa casi incrédula.
—Es Gabriella, tiene su encanto.
Reí bajito, imaginándome a Gabriella revisando los comentarios con sus
lentes de aumento.
—Tiene miles de likes —Agregó
—¿Más que tú? —Bromeé.
—Mucho más —Asintió—. Y eso que yo subí uno contigo una vez y me fue
bastante bien —Respondió, alzando una ceja como si esperara una
felicitación.
—Ah, ¿sí? —Ladeé la cabeza con una sonrisa—. ¿Y era por mí o porque
salías tú sin camiseta?
Daniel rió, esa risa baja que aún me hacía temblar un poco el estómago.
—Creo que era la combinación ganadora —Dijo, con ese tono burlón que
conocía tan bien.
Me acerqué apenas, bajando la voz con una sonrisa traviesa:
—Entonces deberías pensar en subir otro. Aunque esta vez… podríamos
hacerlo más artístico. ¿Una toma entre pinceles y luz dorada? Podrías posar
tú… sin camiseta, claro.
Daniel soltó una risa, alzando una ceja.
—¿Y tú serías la fotógrafa o la que sostiene el pincel?
—La que dirige todo —le guiñé un ojo.
Se inclinó sin apuro, dejando un beso lento y suave en mis labios. De esos que
parecen un susurro y te desordenan igual
—Trato hecho —Susurró apenas se separó—. Pero luego te quiero en mi
cuarto revelado. Claro, para revelar las fotografías.
Solté una risa ahogada y le di un empujón suave en el pecho.
—Eso fue pésimo —Dije, sin poder borrar la sonrisa.
—Pero te hizo reír —Respondió, con esa media sonrisa suya que sabía
exactamente lo que hacía.
Negué levemente, sin molestarme en ocultar mi sonrisa. Sentí el calor en las
mejillas y no supe si era por la luz suave de la galería o por él.
Subió y bajó las cejas sin borrar su sonrisa burlona.
—Insoportable —Murmuré, apenas audible, antes de tirar suavemente de su
mano.
Daniel soltó una risa antes de hablar.
—Y tú eres insoportablemente preciosa.
Avanzamos, aún con los dedos entrelazados, hasta que nos detuvimos frente
a otra pintura. Era abstracta, una explosión de azules, lilas y manchas doradas
que parecían casi flotar. Me quedé en silencio, observando.
—¿Qué ves ahí? —Preguntó Daniel, su voz más baja, más suave.
—No lo sé —Murmuré—. Como si algo estuviera en medio de romperse…
pero también de armarse al mismo tiempo. ¿Tiene sentido?
—Mucho —dijo. Me miró con esa forma que tenía de mirar cuando todo lo
demás dejaba de importar.
Seguimos caminando sin prisa, los pasos sonaban suaves contra el piso
pulido mientras pasábamos a otra sección de la galería. Las luces bajaban un
poco en intensidad y el ambiente se sentía más íntimo, como si la ciudad
quedara afuera por un rato.
De reojo, lo miré.
Daniel iba a mi lado, tranquilo, y con esa expresión serena que a veces
escondía más de lo que decía. La luz le rozaba la mandíbula, marcada,
definida, y su perfil parecía sacado de una pintura.
Él lo notó. Por supuesto que lo notó.
—¿Te vas a quedar mirándome todo el camino? —Murmuró, sin girarse, con
esa sonrisa apenas curvada que ya conocía demasiado bien—. Aunque
entiendo, no es fácil ignorarme.
Solté una risa, negando con la cabeza.
—Te juro que a veces no sé cómo tu ego cabe en un lugar tan pequeño.
—Yo tampoco —Respondió, como si fuera un mérito—. Debe ser talento
natural.
Rodé los ojos, divertida, justo antes de que algo a la derecha llamara mi
atención.
Me detuve en seco. Una pared blanca, limpia, con una serie de fotografías
enmarcadas con delicadeza. Me acerqué como por reflejo. Y cuando vi la
primera, el corazón se me apretó.
Lo supe al instante.
—Es ella —Murmuré—. Es de mi fotógrafa favorita. No puedo creer que esté
aquí…
—Claro que está —Dijo Daniel, colocándose a mi lado—. Por algo estamos
acá.
Avancé con calma, observándolas una a una. Había retratos en blanco y
negro, juegos de sombras, reflejos capturados con una precisión casi poética.
Cada imagen parecía contener una historia que no se contaba en palabras,
solo en luces, en gestos, en silencios detenidos.
Pero hubo una que me hizo detenerme por completo.
Era una fotografía en tonos suaves, casi etéreos. Una chica de espaldas, con
los brazos extendidos, caminando sobre una calle mojada que reflejaba un
cielo imposible: una mezcla de lavanda, azul humo y destellos cobre. Su
cabello, atrapado por el viento, parecía moverse incluso dentro del marco. Y
aunque no se le veía el rostro, había algo en la curva de su espalda, en la
apertura de sus brazos, que gritaba libertad. No era una fuga. Era una
decisión. Como si dijera “estoy aquí, y esto es mío”.
Sentí un peso leve, cálido, justo en mi espalda.
No era un toque, no una mano. Solo la presencia. El cuerpo de Daniel, quieto
detrás de mí, lo suficientemente cerca como para que su respiración rozara el
aire junto a mi oído. No se movió. Solo se quedó ahí.
—Podría quedarme horas mirándola. No por la imagen, sino por lo que me
recuerda: a ti, eligiéndote —Susurró.
Mi pecho se apretó, pero no de angustia. Era algo distinto. Algo que llenaba.
Me giré, lenta, como si cualquier movimiento más rápido fuera a romper ese
momento. Lo miré. Y lo sentí.
—Hay algo en ti que no se deja encerrar. Que sigue eligiéndose, incluso
cuando duele. Y no sé cómo lo haces, pero… me enseñas a hacerlo también
—Añadió, sin apartar los ojos de los míos.
Antes de que pudiera decir algo volvió a hablar.
—Estoy enamorado de ti, Sophie. De ti y de todas tus versiones.
Y fue como si el mundo entero se detuviera por un segundo. Como si ese
instante se expandiera en el tiempo y el aire se volviera más denso, más real.
Sentí cómo mi corazón se encogía y se expandía al mismo tiempo, como si
no supiera qué hacer con tanto.
—Yo también estoy enamorada de ti —le dije, sin miedo, con el corazón
latiéndome en la garganta—. Pero no solo por cómo me miras o lo que haces
por mí… sino por cómo eres. Por lo que piensas cuando no dices nada, por
cómo te enfrentas a lo que duele… por tu forma de ver el mundo, aunque a
veces no te des cuenta.
Daniel no respondió enseguida. Solo me sostuvo la mirada como si no
pudiera apartarse. Luego, sonrió leve, con esa ternura rara que a veces dejaba
escapar.
Se inclinó apenas, y apoyó su frente contra la mía. Sus ojos cerrados. Su voz,
un suspiro.
—Quiero ser tu lugar seguro.
Sentí cómo todo dentro de mí se ablandaba.
—Ya lo eres —Murmuré, con una sonrisa apenas temblorosa—. Y tú el mío.
Daniel abrió los ojos lentamente, y los suyos buscaron los míos con una
intensidad suave, como si no quisiera asustar lo que estaba sintiendo.
Sus manos subieron con una calma que me erizó, tomándome el rostro con
tanta delicadeza que me dieron ganas de llorar.
—Y quiero ser tu novio —Susurró.
Mis labios se curvaron con suavidad.
—¿Mi novio? —Repetí, fingiendo sorpresa mientras ladeaba un poco la
cabeza—. ¿Así, de verdad?
Sus cejas se alzaron con una expresión entre divertida y seria.
—Sí, Sophie. De verdad.
—¿Y tú… quieres que yo sea tu novia? —Pregunté, como si aún lo estuviera
procesando, pero con una sonrisa que se me escapaba inevitablemente.
Daniel soltó una risa suave, de esas que se le escapaban cuando no sabía
cómo guardar todo lo que sentía. Se acercó un poco más, con los ojos
puestos en los míos.
—¿Me lo estás preguntando? Claro que quiero. ¿Tú, mi novia? —Repitió,
como si le gustara cómo sonaba—. Me encantaría. Pero no solo eso…
también quiero ser tu lugar. El que esté cuando estés feliz, cuando estés rota,
cuando no quieras hablar y cuando no pares de hacerlo.
Su voz bajó un poco, y su mirada también.
—Y sí, también quiero que seas mi novia. Solo mía. Y yo solo tuyo —Dijo, sin
dureza, pero con esa firmeza que me desarmaba—. Si tú quieres, claro.
No sé si fue su tono o la forma en que lo dijo, pero sentí que todo mi pecho se
encendía con algo tierno y eléctrico a la vez.
—Quiero —Susurré—. Quiero eso contigo.
—¿Sí? —preguntó, rozando apenas mi nariz con la suya.
—Sí —Dije, dejando escapar una pequeña risa contra su boca—. Quiero que
lo seas.
—Perfecto —Susurró.
Y entonces, sin necesidad de más palabras, se acercó. El beso fue tierno, sin
apuro, como si también fuera una promesa. Mis manos subieron hasta su
pecho, sintiendo el ritmo de su corazón acelerado, igual que el mío.
Las suyas seguían en mis mejillas, cálidas, firmes.
Cuando se separó apenas, nuestras frentes volvieron a encontrarse. Cerré los
ojos, dejando que ese momento se quedara conmigo un poco más.
—Te quiero demasiado, fotógrafa estrella. —Se detuvo un segundo, como si
saboreara cada palabra—. Y la ganadora del concurso.
Reí bajito. Me incliné y dejé un beso suave en sus labios, apenas un roce.
—Ven —Susurré, tomándole la mano—. Quiero mostrarte algo.
Mientras caminábamos por el pasillo, sus dedos entrelazados con los míos,
noté su mirada curiosa.
—¿Sabías que además de ganar la beca, algunas de las fotos seleccionadas se
exponen en la galería? —Le pregunté, con tono travieso.
—¿Entonces, además de la beca, también hay fotografías tuyas aquí? —Me
respondió, alzando las cejas, como si no pudiera creérselo del todo.
Asentí, y él sonrió, con esa expresión suya que siempre parecía una mezcla
entre burla y ternura.
—Mi novia, artista completa. ¿Algo más que deba saber?
—Mi novio ya está en mi lista de inspiración. Con eso basta, ¿no?
Daniel ladeó la cabeza, esa media sonrisa suya apareciendo con calma, como
si cada palabra que escuchaba se le quedara grabada.
—Prometo seguir ganándome ese título. Aunque sea a punta de sarcasmo y
miradas intensas.
—Con las miradas ya llevas ventaja.
Él soltó una risa breve.
Seguimos caminando hasta una esquina más iluminada de la sala, donde una
serie de fotografías estaban enmarcadas con una luz más íntima. Entonces lo
miré.
—Sabes que te quiero mucho, ¿no?
Daniel alzó una ceja, divertido.
—Lo sé… aunque no te niego que me encanta que me lo demuestres —Dijo,
con una sonrisa ladeada—. Podrías hacerlo un poco más…
—Ah, ¿sí? —Reí, alzando una ceja—. ¿Y cómo exactamente te gustaría eso?
—Con cosas que solo nosotros entendamos porque eso es lo que las hace
especiales.
Me acerqué sin pensarlo, sintiendo cómo la distancia entre nosotros
desaparecía en un instante. Nuestros labios se rozaron, suaves y breves, como
una promesa que apenas comenzaba.
Quedamos tan cerca que pude sentir su aliento.
—O podrías decírmelo… pero en mi oído, y más cerca. Mucho más cerca.
Me reí, sintiendo el calor en las mejillas. Lo empujé con suavidad, entre un
suspiro y una carcajada que no quise soltar del todo. Caminé delante de él,
sin darle tiempo a reaccionar, y le tomé la mano para llevarlo conmigo por el
pasillo de la galería.
—¿Me estás secuestrando? —Se burló, mientras caminaba detrás de mí. Lo
escuché reír, todavía saboreando su propio comentario anterior—. ¿Eso fue
un ataque de nervios? ¿Te puse nerviosa? Porque si fue así, te salió…
Sentí cómo su paso se detenía detrás de mí. Me giré despacio y lo vi ahí,
completamente quieto, con la mirada clavada en la fotografía. Sus labios aún
entreabiertos, como si el final de la frase que no dijo se hubiera quedado
flotando entre nosotros.
Ahí estaba. La foto.
La primera que le tomé. Él sentado sobre las rocas, con la luz del atardecer
acariciándole el rostro, la brisa despeinándole el cabello y esa expresión
tranquila, casi ausente, como si el mundo no pesara en ese momento. Como
si por fin pudiera respirar.
Era espontánea. Y era él.
Mi pecho se apretó con fuerza. Había algo en su silencio que me desarmaba
más que cualquier palabra.
—Es de ese día —Dije en voz baja, sin atreverme a mirarlo directamente—.
La primera vez que me dejaste ver una versión distinta tuya. Más calma,
como si el mundo dejara de pesar por un momento y solo quedaras tú,
respirando.
La imagen capturaba esa luz cálida, ese instante fugaz de paz, casi como un
refugio invisible. Para mí, esa foto era más que una imagen; era un momento
guardado, una promesa silenciosa.
—Cuando me propusieron exponer una fotografía, no dudé ni un segundo —
Seguí, sin levantar la vista—. Pensé en esa tarde, en ese Daniel que pocas
veces dejaba ver, y en cómo, sin saberlo, esa imagen me había marcado. No
era solo la luz o el paisaje… eras tú.
Levanté la mirada con algo de temor, pero también con esa necesidad
inevitable de buscar su reacción. Daniel ya me estaba mirando. Su
expresión… era distinta. Tranquila. Como si algo dentro de él se hubiese
aflojado. Como si, por una vez, no llevara el peso de nada.
Aún sin soltar mi mano, dio un paso hacia adelante. Una pequeña sonrisa
asomó en su rostro cuando bajó la vista hacia la placa justo bajo la fotografía.
Agachó un poco la cabeza y la leyó en voz baja, casi como si fuera un secreto
entre los dos.
—Sophie Walker —Leyó primero, y después hizo una pequeña pausa antes
de continuar—. “Algunas personas tienen versiones que solo se revelan
cuando nadie las está mirando. Esta es una de ellas. El chico que, por un
momento, se dejó ser.”
Volvió a mirarme. La sonrisa seguía ahí, suave, sin burlas, sin ironías. Solo él,
en ese modo suyo tan raro, tan real, tan él.
Me removí un poco en mi lugar, tragando saliva.
—¿Te… te molestó? —Pregunté en voz baja, con ese nervio torpe que
aparece cuando uno se expone más de la cuenta—. No sabía si estaba bien
mostrarlo…
No supe si fue el silencio que siguió o cómo él dio un paso más, pero de
pronto lo tuve frente a mí, tan cerca que el mundo alrededor pareció callarse.
Con una delicadeza que me erizó la piel, me tomó el rostro entre las manos.
Su mirada me sostuvo con una suavidad que no necesitaba palabras, pero
aun así las dijo.
—Sophie… —Susurró—. Es lo más bonito que alguien ha hecho por mí.
Nunca me habían visto así, no de esa forma y tú lo hiciste sin que yo tuviera
que decir nada. Me haces sentir visto. Y querido.
Su pulgar rozó mi mejilla justo cuando mi mano fue a su antebrazo, como si
necesitara anclarme a algo.
—No fue solo una foto —Añadió, bajando un poco la voz—. Fue una parte
de mí que ni yo sabía que podía gustar tanto. Gracias por guardarla. Por
mostrarla. Por quererla.
Se inclinó y me besó. Fue un beso lento, suave, como si me estuviera dando
las gracias con la boca. Cerré los ojos y me dejé llevar, con el corazón
apretado y liviano a la vez.
Cuando se separó apenas, nuestras frentes se quedaron juntas, respirando el
mismo aire, compartiendo ese silencio precioso que solo tienen quienes ya no
necesitan decirlo todo.
—¿Sabes? —Murmuró, con una sonrisa leve— Tal vez no soy solo uno. Tal
vez sí hay más versiones de mí. Y la mayoría… te las debo a ti.
—Yo también tengo muchas —Respondí, acariciando su mandíbula—.
Algunas que descubrí a tu lado, sin darme cuenta. Algunas que solo existen
cuando estás cerca.
—Entonces —Dijo, con esa voz que siempre parecía mezclar ternura y
verdad—, Supongo que esto se trata de eso, ¿no?
—¿De qué?
—De todas las versiones de nosotros.
Y sonreí, sintiendo que esa frase se me quedaba clavada en el pecho como la
forma más exacta de nombrarnos. De entendernos.
De aceptarnos también, con cada versión que habíamos sido.
Las rotas. Las que huyeron. Las que se buscaron en medio del ruido.
Y las que, sin prometer nada, se eligieron.
Porque quizás de eso se trata: de no tener una sola forma de amar ni una sola
manera de ser.
Sino de permitirnos cambiar, crecer, retroceder a veces… y aun así
encontrarnos.
Una y otra vez.
Con nuestros dedos entrelazados, su pulgar trazando círculos suaves sobre mi
piel, supe que no hacía falta más.
Que no importaba cuánto cambiáramos con el tiempo o cuántas versiones
nuevas vinieran después.
Mientras sigamos reconociéndonos en ellas.
Mientras haya espacio para todas las versiones de nosotros.
Agradecimientos
Quiero darte las infinitas gracias si llegaste hasta aquí. Independiente de si la
historia te gustó o no (aunque espero de corazón que sí), gracias por haber
leído. ♡
Gracias por acompañarme en este viaje llamado historia.
Por caminar junto a Daniel y Sophie.
Por leer sus versiones.
Gracias por recordarme que las historias más lindas no siempre son perfectas,
pero sí sinceras.
Y por dejar que esta, con todas sus imperfecciones, también te tocara un
poquito.
Gracias por leerme.
Gracias por sentir conmigo.
Gracias. ♡
Con cariño.
Maya.
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