Esc.
Mariscal José Félix
Estigarribia N° 115 – Luque
Alumna: Mirna Sidia Benítez
Dávalos
2do. Nivel – Turno Noche
2024
Esc. Mariscal José Félix Estigarribia N° 115 – Luque
Aristóteles: Biografía, Pensamiento
y Obras
Aristoteles
Vida y obra de Aristóteles
El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona
Aristóteles nació en el año 384 A.C. en Estagira. Al morir su padre, fue
enviado a Atenas para ingresar en la Academia de Platón, donde permanecería
unos veinte años: recibió una formación superior, se familiarizó con la
filosofía platónica y terminó impartiendo él mismo clases de retórica como
profesor.
En 347, al morir Platón, Aristóteles decidió abandonar Atenas y se estableció
primero en Asos, luego en Mitilene. Acompañado por su familia y discípulos,
aquellos años le sirvieron para confeccionar su propia filosofía y consagrarse a
estudios de corte empírico. Asimismo, fue convocado también por el rey
Filipo II de Macedonia, confiándole la educación de su hijo de trece años
Alejandro, quien pasará a la historia como Alejandro Magno.
Sobre el 336/35 Aristóteles retornó a Atenas para fundar su propia escuela, el
Liceo. Aquella institución de enseñanza, gratuita y pública, se contrapuso a la
Academia platónica y a otros gimnasios atenienses: insistía menos en las
matemáticas y el arte de la discusión y más en la instrucción formal y
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sistemática, incidiendo tanto en la ciencia empírica de la naturaleza como en
la erudición jurídica.
Al morir Alejandro Magno en el 323, se produjo en Atenas una violenta
reacción antimacedonia, que perjudicó también al Estagirita. Acusado de
impiedad, huyó de aquella ciudad, falleciendo al año siguiente en Calcis.
Tradicionalmente, las obras aristotélicas se han dividido en dos tipos:
exotéricas y esotéricas. Del primer conjunto apenas conservamos fragmentos y
algunos títulos, siendo compuestas casi todas en forma de diálogo para
destinarse a su publicación fuera del Liceo. Del segundo grupo, en cambio, se
ha legado una parte sustancial, al tratarse de aquellos textos utilizados por
Aristóteles como apuntes de clase o notas de conferencias dentro del Liceo,
siendo su temática tan diversa como extensa: lógica, metafísica, ética, física,
retórica, etc.
Ciencia y universalidad
Aunque no resulta fácil elegir un acceso para esbozar la vasta filosofía de
Aristóteles, presentar la radical novedad de su planteamiento a la luz de la
imponente sombra proyectada por su maestro Platón ofrece una clave para
valorar su aportación fundamental a la historia del pensamiento de Occidente.
Quizá el hecho de que se alejara de la doctrina de las ideas platónicas resulte
decisivo para comprender la originalidad de su planteamiento. Aun
compartiendo la convicción platónica sobre la filosofía como conocimiento de
las esencias de las cosas, consideró que, para conocer lo inmutable y
universal, no había que recurrir a un plano trascendente o ideal que estuviera
más allá de las cosas empíricas, sino a un plano inmanente que estuviera en las
cosas empíricas mismas; esa y no otra era la dimensión en la que comprobar
que lo universal se encontraba siempre ya de alguna manera en lo individual y
particular, mostrando así que únicamente existía una realidad, un mundo físico
constituido por cosas individuales.
Inevitablemente, este alejamiento determinó la orientación de la teoría del
conocimiento aristotélica, así como la forma misma del objeto estudio
científico. Así, mientras que Platón se había interesado por las matemáticas
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desdeñando las ciencias empíricas –salvo la medicina–, su discípulo revalorizó
las ciencias empíricas, el ámbito de lo fenoménico y la experiencia y, por
consiguiente, la preeminencia epistémica del conocimiento sensible y el
método inductivo. Si a eso le sumamos un estilo discursivo sistemático, sobrio
y descriptivo, alejado de los recursos narrativos mítico-poéticos que habían
impregnado las obras platónicas, obtendremos una imagen completa de este
cambio cualitativo en la forma misma del filosofar.
Conviene, no obstante, subrayar que las consecuencias de este desplazamiento
resultan cruciales para entender la propia configuración filosófica de nuestra
historia de la ciencia, tanto sus raíces como su devenir. Al rechazar la
comprensión platónica de la dialéctica como grado supremo de conocimiento
y su devaluación de las ciencias empíricas como pertenecientes a la esfera de
la mera opinión, la innovadora epistemología aristotélica aceptó la validez del
conocimiento sensible como punto de partida para indagar la universalidad de
la ciencia. Es más, dicha universalidad de la ciencia sería entendida como
conjunción de todos los saberes, articulados a su vez en diversas ciencias
particulares con su propia esfera de competencia y recursos conceptuales,
constituyendo el conjunto de todas ellas la ciencia (Metafísica I, 2, 982a).
No por casualidad, Aristóteles ha pasado a la historia como fundador de un
novedoso instrumento demostrativo al servicio de las ciencias: la lógica,
herramienta para investigar los principios del razonamiento válido desde el
punto de vista formal, fijándose, entre otros, en la función del silogismo y los
tipos de juicios utilizados.
Finalmente, llevó a cabo la primera sistematización de las ciencias en la
Antigüedad, ofreciendo una clasificación en tres campos (Tópicos VI, 6,
145a): ciencias teóricas (física, matemáticas y metafísica), que tendrían por
objeto alcanzar el conocimiento teórico de la realidad buscando el saber por sí
mismo; ciencias prácticas (política y ética), cuyo estudio versaría sobre la
acción humana individual o colectiva en cuanto dirigida hacia algún fin;
ciencias productivas, que apuntarían a la creación de objetos bellos y útiles,
dividiéndose a su vez en dos: las distintas artesanías (el saber de la fabricación
de utensilios, etc.) y los oficios artísticos (pintura, música, poesía, etc.)
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Platón y Aristoteles en La escuela de Atenas. Rafael Sanzio. 1510-1511. Técnica Pintura al fresco. 500 cm × 770 cm. Museos Vaticanos.
Ciudad del Vaticano
Metafísica o “filosofía primera”: el problema del ser
De entre las ciencias teóricas hay una en particular que, según la
arquitectónica aristotélica, viene a ser la ciencia entre las ciencias por cuanto
estudia las causas y los principios supremos de todas las cosas. Esta aspiración
de máxima universalidad la convierte en la expresión más nítida de lo que es
la sabiduría y, en consecuencia, asume el grado más alto del conocimiento.
Tal ciencia de las causas y principios primeros sería la “filosofía primera” o
“teología”, que más adelante será bautizada como “metafísica”.
¿Cuál es su objeto de estudio y dónde cifrar su novedad fundamental para la
historia del pensamiento? Si cada ciencia particular se ocupa de estudiar un
dominio del reino del ser y las propiedades que le corresponden, la metafísica
indaga el ser en cuanto tal:
Hay una ciencia que estudia lo que es, en tanto que algo que es, y los
atributos que, por sí mismo, le pertenecen. Esta ciencia, por lo demás, no se
identifica con ninguna de las denominadas particulares. Ninguna de las otras
[ciencias], en efecto, se ocupa universalmente de lo que es, en tanto que algo
es, sino tras seccionar de ello una parte, estudia los accidentes de ésta
(Metafísica IV, 1, 1003a).
Como han recordado especialistas de la talla de Pierre Aubenque, la
universalidad de esta ciencia suprema alberga enormes dificultades teóricas,
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las cuales todavía hoy nos alerta, y con razón, de la complejidad de dicho
objeto de investigación. Pues, en efecto, ¿cómo decir el ser? Así, contra
Parménides –quien definió el ser como algo único, unívoco y eterno, que no
permitía la pluralidad– y Platón –tanto su dualismo estricto como sus ideas
como género universal–, Aristóteles postula su principio de la multiplicidad de
significados del ser. Como reza la famosa y original divisa: el ser se dice de
muchas maneras.
Ahora bien, si el ser expresa significados distintos se debe a que todos y cada
una de sus significaciones comportan una referencia común a un principio
idéntico y unificador, que existe en sí y no en otro: la sustancia (ousía). Al
margen de que Aristóteles distinga entre sustancias primeras –sujetos
individuales y concretos– y sustancias segundas –géneros y especies
(Metafísica V, 8, 1017b)–, la idea de fondo es la siguiente: los seres
particulares cambian, pero tras esas cualidades secundarias cambiantes –los
accidentes (Metafísica V, 13, 1025a)– permanece siempre un algo inalterado.
Por ejemplo, el agua puede modificar su estado (sólido, vapor o líquido), y sin
embargo continúa siendo la misma agua; y también las personas siguen siendo
las mismas pese a mudar sus estados de ánimo, salud o enfermedad.
Física aristotélica, o sobre la indagación del movimiento
Aportación capital para nuestra historia de la ciencia, la segunda ciencia
teórica estudiada por Aristóteles es la “física” o “filosofía segunda”, que tiene
por objeto la investigación de las sustancias sensibles. A ella no debemos
acercarnos a la manera moderna, como ciencia cuantitativa, sino como una
ciencia cualitativa de la naturaleza donde las ricas especulaciones de orden
metafísico y físico, especulativo y empírico, se entrelazan mutuamente para
buscar aquellas causas y principios primeros de los elementos que la
componen (Física I, 1, 184a). Con ello, el pensador griego forjó el primer gran
andamiaje articulado de conceptos y categorías fundamentales de la ciencia
(espacio, tiempo, materia, causa, etc.).
Con carácter general, el estudio aristotélico de la naturaleza se centró en los
seres vivos dotados de movimiento (Física II, 1, 192b). Así, al ocuparse de
aquella forma de ser que está afectada por el cambio, fue en esencia una
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ciencia del movimiento, así que no debería sorprendernos que la explicación
de dicho movimiento sea la principal preocupación teórica del pensador
griego, ofreciendo al menos dos modelos explicativos de enorme repercusión
futura:
La primera manera de explicar el movimiento, que reafirma el decisivo
vínculo interno entre física y metafísica aristotélicas, será indagando los
diferentes significados del ser. Entre ellos encontramos un grupo de
significados que se basa en la distinción entre “ser en acto” (enérgeia) y “ser
en potencia” (dynamis). Esta decisiva pareja de conceptos permite entender
todo cambio que acontece en un ser como paso de la potencia al acto, en una
especie de modo intermedio entre el ser y no-ser. Con ello se brindan algunas
soluciones a las aporías clásicas sobre el cambio y la generación esgrimidas
desde Parménides en adelante, por ejemplo: ¿cómo el ser puede provenir del
no-ser? ¿Cómo lo mismo puede hacerse otro?
Para Aristóteles, el ser en acto es lo que ese ser es de hecho, aquí y ahora, es la
sustancia tal como en un momento determinado se nos presenta y la
conocemos. Por el otro, el ser en potencia se refiere al conjunto de
capacidades de la sustancia para llegar a ser algo diferente de lo que
actualmente es, de ser algo que por naturaleza es propio de esa sustancia y no
de otra; por ejemplo, una semilla es un árbol en potencia, o un huevo es una
gallina en potencia.
Fiel a su talante pedagógico, no exento a veces de cierta aridez, el Estagirita
aporta el siguiente el ejemplo ilustrativo: “El bronce es estatua en potencia”
(Física III, I, 201a), porque alberga la capacidad de adquirir dicha forma. Así,
el cambio es posible, pero remite no a una modificación sin más del bronce,
sino a un proceso de actualización de cuanto existe en potencia: la estatua en
tanto que está siendo esculpida (Física III, I, 201b). Durante el cambio mismo,
es como si la potencia –la estatua– despertase y, concluido el cambio, la
potencia deja de existir, sustituida por el acto, por la forma de aquella que era
potencia.
La segunda vía para explicar el movimiento pasará por atender a la
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composición interna de los seres y la particular estructura de la realidad
sensible, para lo cual Aristóteles elaborará su teoría del “hilemorfismo”, según
la cual todos los seres estarían compuestos de materia (hyle) y de forma
(morphé). Materia y forma no son propiamente realidades separadas, sino
aspectos que nuestra mente es capaz de discriminar en las cosas y que
permiten conciliar lo permanente y lo cambiante, la unidad y la multiplicidad
de tales seres.
¿Cómo argumenta Aristóteles esta importante teoría? En todo cambio hay algo
que se modifica y algo que permanece inalterado. Si yo me muevo de una
localidad a otra, aquello que cambia es el sitio en que me encuentro, pero yo
permanezco; o, cuando un cerezo florece en primavera, lo que permanece es el
árbol. En ambos casos, sostiene el Estagirita, hay un factor constitutivo interno
que persiste después de que la cosa llegue a ser: ese algo es la materia,
comprendida como potencialidad indestructible e ingenerable (Física I, 9,
192a). Pero el cambio no es solo el desplazamiento de un estado por otro, ni
tampoco la simple aniquilación de algo para dar paso a algo distinto. Antes
bien, es el paso de una forma a otra entre dos estados de una misma materia,
uno inicial y otro final: así, la materia pierde una forma que tenía y adquiere
otra en su lugar de la que, inicialmente, estaba privada.
Es en esta encrucijada donde se incidirá por primera vez en la pregunta por
excelencia de nuestro pensamiento científico occidental: ¿si los objetos
materiales se generan, cambian y se destruyen, no debería ese cambio ser
causado y su causación explicada? Para Aristóteles, esta pionera indagación
sobre las causas adquiere una importancia capital para el ámbito de la ciencia
de la naturaleza, distinguiendo cuatro sentidos del término “causa” (Física II,
7, 198a): en referencia a la materia de algo (causa material); en referencia a su
forma (causa formal); en referencia a aquello de lo que proviene el cambio
(causa eficiente); en referencia al fin de algo (causa final).
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Aristóteles contemplando el busto de Homero. Rembrandt.
Antropología aristotélica
Como la mayoría de pensadores griegos, Aristóteles acepta la existencia del
alma como principio interno de los seres vivos en general, y del ser humano
en particular como ser animado racional: todos los seres vivos, por el hecho de
serlo, están dotados de alma, tanto los vegetales como los animales. Se trata,
como expone en su bello tratado Acerca del alma, de aquel principio
constitutivo que da cuenta de la particular configuración y funciones vitales
que caracterizan el cuerpo orgánico de todo cuerpo natural organizado que se
nutre, crece y se consume por sí mismo (Acerca del alma II, 1, 412a).
A diferencia del dualismo antropológico platónico, la apuesta aristotélica se
cifra en la convicción de que la unión de cuerpo y alma representa una unión
perfecta compuesta de materia y forma, siendo la materia el cuerpo y su forma
el alma (Acerca del alma II, 2, 414a). A caballo entre la biología y la
psicología, la extraordinaria exposición de las funciones del alma (vegetativa,
sensitiva, intelectiva) diseña el camino científico de la vida interna de las
plantas y animales a la vida del hombre y su mundo circundante, vigente
todavía en nuestro imaginario moderno, culminando en la cúspide del
intelecto humano, tanto el intelecto paciente como el intelecto agente (Acerca
del alma III, 5, 430a).
Ética aristotélica: la búsqueda virtuosa de la felicidad
De profundo calado para nuestra historia moral, la innovadora reflexión ética
de Aristóteles parte de la convicción de que todas las acciones y decisiones
humanas parecen realizarse en función de un bien que se persigue, mejor aún,
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de un fin (telos), que es el desarrollo y la perfección progresiva del ser
humano. Ahora bien, al analizar tales acciones en la vida social o política, el
pensador detecta acertadamente que algunos fines se subordinan a otros: unos
son buscados como medios para alcanzar otros fines particulares, mientras que
algunos se quieren por sí mismos. Sobre esta última clase fijará su prioritaria
preocupación ética: ¿Es posible pensar un fin autosuficiente, que se quiera por
sí mismo, y que sea el fin universal en función del cual eligiésemos todos los
demás fines?
Sobre su nombre, casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo
como los sabios dicen que es la felicidad, y piensan que vivir bien y obrar
bien es lo mismo que ser feliz. Pero sobre lo que es la felicidad discuten y no
lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios (Ética nicomáquea I, 4,
1095a).
Ampliando la tradición ética de Sócrates, Aristóteles identifica el bien
supremo con la felicidad (eudaimonia), en la medida en que buscamos la
felicidad por sí misma y por ninguna otra cosa. Sin embargo, ¿qué es la
felicidad? Desde luego, la felicidad parece ser un cierto tipo de vida buena,
pero el consenso termina tan pronto preguntamos en qué consiste exactamente
esa forma de vida que llamamos “buena”.
La indiscutible novedad del planteamiento aristotélico radica en defender que
la felicidad solo puede hallarse en aquella actividad que sea conforme a la
verdadera naturaleza racional del ser humano. O dicho de otro modo: quien
desee vivir bien debe vivir según la razón y el más perfecto ejercicio de las
facultades humanas, pues de su conocimiento dependerá que llegue a ser
bueno y, por consiguiente, feliz. A esta excelencia humana la llamará virtud
(areté), de ahí que la ética aristotélica sea siempre también una ética de la
virtud. Es más, si el fin de la vida humana es la felicidad, la virtud será la
condición de esa felicidad, ya sean virtudes éticas como virtudes dianoéticas.
Las virtudes éticas son siempre el resultado de un hábito (éthos) adquirido de
decidir bien desde la libertad de cada cual, formándose por la repetición de
actos adecuados, que lleven al hombre prudente a ser lo que es, alguien pleno
y autorrealizado, llegando así a ser feliz. Para definir esa regla ética que nos
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permita tomar la decisión virtuosa óptima, repitiéndola y habituándonos a ella,
Aristóteles introduce la conocida noción de “término medio”, situado siempre
entre dos extremos que deben rehuirse: el uno por exceso, el otro por defecto;
así, por ejemplo, el valor representaría la virtud cuyos extremos serían la
temeridad y la cobardía.
Entre todas las virtudes éticas, Aristóteles apostará especialmente por dos
virtudes de enorme potencialidad y actualidad teóricas: la justicia, que
consiste en la justa medida para que el hombre discierna lo justo en su relación
con el otro, precisamente porque lo justo encarna en sí mismo la debida
proporción entre extremos y es la virtud que contiene a todas las demás
virtudes (Ética nicomáquea V, 1, 1129b); y la amistad (philía), que implica el
reconocimiento libre del otro como alguien igual y semejante, así como la
reciprocidad afectiva entre los seres humanos. En ella se quiere al otro como
fin en sí mismo, reza la bella definición del Estagirita, y representa una virtud
superior a la justicia porque, cuando los hombres son amigos, no hay entre
ellos necesidad de justicia ni previsión de que cometan injusticia unos contra
otros (Ética nicomáquea VIII, 1, 1155a).
Para culminar su apuesta moral, Aristóteles abordará las virtudes dianoéticas,
que se refieren al conocimiento y a la búsqueda de su perfección según las
funciones de la parte racional del alma (función productiva, práctica y
contemplativa). Mientras que a la función práctica le corresponderá la virtud
de la prudencia (phrónesis), que consiste en dirigir bien la vida del hombre
estableciendo la adecuación de las reglas óptimas para regular su conducta y
obtener su fin, a las funciones contemplativas del alma –propias del
conocimiento científico–, le recaerá nada menos que la virtud de la sabiduría
(sophía).
La mirada filosófica de Aristóteles es aquí profundamente griega, además de
resultar modélica para nuestra utilitarista y pragmática mirada moderna, casi
una cura de humildad. Y es que la sabiduría, que nos sirve para avanzar hasta
los últimos fundamentos de la verdad sobre aspectos universales y necesarios
de la realidad, no supone un medio para ningún otro fin, sino que, como
recuerda el Estagirita de un modo insuperable, es un fin en sí mismo y detenta
su placer propio. En suma: la sabiduría representa el grado más elevado de
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virtud, pues en su ejercicio el hombre se mueve en el ámbito de la actividad
contemplativa, aquella que se identifica con la verdadera felicidad (Ética
nicomáquea X, 7, 1177a).
Política aristotélica, o sobre la vida en la polis
La reflexión política en Aristóteles conserva una continuidad armónica con su
aspiración ética; pues si el fin del hombre es la felicidad, la realización de ese
bien supremo deberá gestionarse desde la evidencia de que él no es un mero
animal más que pueda sobrevivir aislado del mundo, sino que vive en el seno
de una agrupación humana que satisfaga sus necesidades. De forma natural, la
comunidad es siempre previa al individuo, pues solo en ella se realiza y
perfecciona como ser humano integrándose en su correspondiente comunidad
política (koinonía politiké) formada por ciudadanos que compartan un ideal de
virtud individual y colectiva: solo en ella puede ser feliz.
De enorme repercusión para el pensamiento político, una de las principales
innovaciones aristotélicas radica en que definir el hombre como animal a cuya
naturaleza pertenece el ser miembro de una polis es considerarlo siempre
como un ciudadano que se comunica, convirtiéndose así en un animal político
y social dotado de lenguaje, de razón y de palabra (logos):
La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y
que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no
hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. […] La
palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y
lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer,
él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás
valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la
ciudad (Política I, 2, 1253a).
Aunque polémica, la apuesta aristotélica por naturalizar las formas políticas de
agrupación humana –a diferencia de los sofistas, para quienes la polis era el
fruto de un pacto artificial y convencional entre los hombres– puede ser
considerada un hito fundamental en la teoría y filosofía políticas occidentales.
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Así, por ejemplo, el primer ámbito de la actividad social y política del ser
humano quedó fijado en la comunidad doméstica o casa (oíkos), cuya
finalidad sería la satisfacción de sus necesidades básicas y cotidianas. Como
unidad familiar constituida por el hombre, la mujer, los hijos, los esclavos y
los bienes, todo oíkos supone una unidad orgánica orientada a un fin propio,
donde la función de cada elemento se subordina a la del conjunto; de ahí
también la necesidad de reflejar su jerarquía interna, basada en una imagen
siempre problemática de las relaciones sociales dominantes en la Antigua
Grecia.
El segundo nivel es la aldea, que se constituye para proporcionar seguridad
personal y organizar la división laboral. A su vez, un conjunto autosuficiente
de aldeas tiene por resultado el tercer ámbito: la polis, que existe por
naturaleza y surge como consecuencia de las ventajas prácticas que ofrece
desde la perspectiva de la ayuda mutua, la defensa común y la utilidad
compartida. Según la teorización aristotélica, es evidente, además, que alberga
también las condiciones óptimas para realizar una vida plena y por tanto ser
feliz, pues dado que los hombres no se bastan a sí mismos, precisan de
la polis para ealizarse plenamente con arreglo a la mejor vida posible.
Los regímenes políticos
La centralidad de Aristóteles para la historia del pensamiento político tiene
una última característica decisiva. Partiendo de un profundo análisis empírico
de tipo comparado sobre las realidades políticas de su época, el filósofo lanzó
una mirada sobre la variedad de regímenes políticos existentes, sobre su
turbulento desarrollo y sus recurrentes crisis. En su innovador esfuerzo
empírico por reunir y estudiar todas las constituciones escritas de las polis
griegas –unas 158 constituciones–, a fin de determinar su evolución histórica y
analizar comparativamente sus diferentes instituciones, costumbres y leyes, se
cifra la honda preocupación por evaluar las distintas formas de gobierno
asumibles por una polis dependiendo de las transformaciones impuestas por la
realidad social subyacente.
¿Podemos conocer las causas en que reside la destrucción o la conservación de
las diferentes estructuras jurídico-políticas de las polis? ¿Podemos identificar
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las formas rectas, aquellas que se proponen el bien común, y rechazar las
formas corruptas, aquellas que solo tienen en cuenta los beneficios personales
de los gobernantes? (Política III, 6-7, 1279a). Para responder afirmativamente
a estas y otras preguntas, el Estagirita establece una clasificación de los
regímenes políticos distinguiendo las formas que considera rectas –conformes
a la justicia– y las despóticas –contrarias a la justicia– basada en dos criterios:
el número de gobernantes (uno, pocos o la mayoría) y la búsqueda del interés
común como finalidad.
¿Cuál sería la mejor forma de gobierno? Aristóteles considerará una vía
intermedia entre la oligarquía y la democracia, una suerte de democracia
atemperada por la oligarquía, que posea las virtudes de esta pero carezca de
sus defectos. A este régimen mixto, donde los derechos políticos pertenecerían
a las capas medias de población libre, lo denominará “república” (Política III,
7, 1279a). Así, para eludir los extremos de toda desigualdad, para conferir la
necesaria duración a las leyes, se deberá priorizar la consolidación de la clase
media, facilitando una mayor participación de los ciudadanos en el gobierno
de la polis: “La ciudad debe estar construida lo más posible de elementos
iguales y semejantes, y esto se da sobre todo en la clase media, de modo que
una ciudad así es necesariamente mejor gobernada” (Política IV, 11, 1295b).
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Biografía de Santo Tomás de
Aquino
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Nace en el Castillo de Rocaseca, cerca de Nápoles, Italia, en 1225.
Es el último hijo varón de una numerosa familia de doce hijos. Su padre
se llamaba Landulfo de Aquino.
Alto, grueso, bien proporcionado, frente despejada, porte distinguido,
una gran amabilidad en el trato, y mucha delicadeza de sentimientos.
Cerca del Castillo donde nació estaba el famoso convento de los monjes
Benedictinos llamado Monte Casino. Allí lo llevaron a hacer sus primeros
años de estudios.
Los monjes le enseñaron a meditar en silencio. Es el más piadoso,
meditabundo y silencioso de todos los alumnos del convento. Lo que lee
o estudia lo aprende de memoria con una facilidad portentosa.
Continúa sus estudios por cinco años en la Universidad de Nápoles. Allí
supera a todos sus compañeros en memoria e inteligencia. Conoce a los
Padres Dominicos y se entusiasma por esa Comunidad. Quiere entrar de
religioso pero su familia se opone. El religiosos huye hacia Alemania,
pero por el camino lo sorprenden sus hermanos que viajan
acompañados de un escuadrón de militares y lo ponen preso. No logran
quitarle el hábito de dominico, pero lo encierran en una prisión del
castillo de Rocaseca.
Tomás aprovecha su encierro de dos años en la prisión para aprenderse
de memoria muchísimas frases de la S. Biblia y para estudiar muy a
fondo el mejor tratado de Teología que había en ese tiempo, y que
después él explicará muy bien en la Universidad.
Sus hermanos al ver que por más que le ruegan y lo amenazan no
logran quitarle la idea de seguir de religioso, le envían a una mujer de
mala vida para que lo haga pecar. Tomás toma en sus manos un tizón
encendido y se lanza contra la mala mujer, amenazándola con quemarle
el rostro si se atreve a acercársele. Ella sale huyendo y así al vencer él
las pasiones de la carne, logró la Iglesia Católica conseguir un gran
santo. Si este joven no hubiera sabido vencer la tentación de la
impureza, no tendríamos hoy a este gran Doctor de la Iglesia.
Esa noche contempló en sueños una visión Celestial que venía a
felicitarlo y le traía una estola o banda blanca, en señal de la virtud, de
la pureza que le concedía Nuestro Señor.
Liberado ya de la prisión lo enviaron a Colonia, Alemania, a estudiar con
el más sabio Padre Dominico de ese tiempo: San Alberto Magno. Al
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principio los compañeros no imaginaban la inteligencia que tenía Tomás,
y al verlo tan robusto y siempre tan silencioso en las discusiones le
pusieron de apodo: "El buey mudo". Pero un día uno de sus compañeros
leyó los apuntes de este joven estudiante y se los presentó al sabio
profesor. San Alberto al leerlos les dijo a los demás estudiantes:
"Ustedes lo llaman el buey mudo. Pero este buey llenará un día con sus
mugidos el mundo entero". Y así sucedió en verdad después.
Sus compañeros de ese tiempo dejaron este comentario: "La ciencia de
Tomás es muy grande, pero su piedad es más grande todavía. Pasa
horas y horas rezando, y en la Misa, después de la elevación, parece que
estuviera en el Paraíso. Y hasta se le llena el rostro de resplandores de
vez en cuando mientras celebra la Eucaristía.
A los 27 años, en 1252, ya es profesor de la famosísima Universidad de
París. Sus clases de teología y filosofía son las más concurridas de la
Universidad. El rey San Luis lo estima tanto que lo consulta en todos los
asuntos de importancia. Y en la Universidad es tan grande el prestigio
que tiene y su ascendiente sobre los demás, que cuando se traba una
enorme discusión acerca de la Eucaristía y no logran ponerse de
acuerdo, al fin los bandos aceptan que sea Tomás de Aquino el que haga
de árbitro y diga la última palabra, y lo que él dice es aceptado por
todos sin excepción.
En 1259 el Sumo Pontífice lo llama a Italia y por siete años recorre el
país predicando y enseñando, y es encargado de dirigir el colegio
Pontificio de Roma para jóvenes que se preparan para puestos de
importancia especial.
En 4 años escribe su obra más famosa: "La Suma Teológica", obra
portentosa en 14 tomos, donde a base de Sagrada Escritura, de filosofía
y teología y doctrina de los santos va explicando todas las enseñanzas
católicas. Es lo más profundo que se haya escrito en la Iglesia Católica.
En Italia la gente se agolpaba para escucharle con gran respeto como a
un enviado de Dios, y lloraban de emoción al oírle predicar acerca de la
Pasión de Cristo, y se emocionaban de alegría cuando les hablaba de la
Resurrección de Jesús y de la Vida Eterna que nos espera.
El Romano Pontífice le encargó que escribiera los himnos para la Fiesta
del Cuerpo y Sangre de Cristo, y compuso entonces el Pange Lingua y el
Tantum Ergo y varios otros bellísimos cantos de la Eucaristía (dicen que
el Santo Padre encargó a Santo Tomás y a San Buenaventura que cada
uno escribiera unos himnos, pero que mientras oía leer los himnos tan
bellos que había compuesto Santo Tomás, San Buenaventura fue
rompiendo los que él mismo había redactado, porque los otros le
parecían más hermosos). Después de haber escrito tratados
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hermosísimos acerca de Jesús en la Eucaristía, sintió Tomás que Jesús le
decía en una visión: "Tomás, has hablado bien de Mi. ¿Qué quieres a
cambio?". Y el santo le respondió: "Señor: lo único que yo quiero es
amarte, amarte mucho, y agradarte cada vez más".
De tal manera se concentraba en los temas que tenía que tratar, que un
día estando almorzando con el rey, de pronto dio un puñetazo a la mesa
y exclamó: "Ya encontré la respuesta para tal y tal pregunta". Después
tuvo que presentar excusas al rey por estar pensando en otros temas
distintos a los que estaban tratando los demás en la conversación.
Pocos meses antes de morir tuvo una visión acerca de lo sobrenatural y
celestial, y desde entonces dejó de escribir. Preguntado por el Hermano
Reginaldo acerca de la causa por la cual ya no escribía más, exclamó:
"Es que, comparando con lo que vi en aquella visión, lo que he escrito es
muy poca cosa".
Santo Tomás logró que la filosofía de Aristóteles llegara a ser parte de
las enseñanzas de los católicos. Este santo ha sido el más famoso
profesor de filosofía que ha tenido la Iglesia.
Tan importantes son sus escritos que en el Concilio de Trento (o sea la
reunión de los obispos del mundo), los tres libros de consulta que había
sobre la mesa principal eran: la Sagrada Biblia, los Decretos de los
Papas, y la Suma Teológica de Santo Tomás.
Decía nuestro santo que él había aprendido más, arrodillándose delante
del crucifijo, que en la lectura de los libros. Su secretario Reginaldo
afirmaba que la admirable ciencia de Santo Tomás provenía más de sus
oraciones que de su ingenio. Este hombre de Dios rezaba mucho y con
gran fervor para que Dios le iluminara y le hiciera conocer las verdades
que debía explicar al pueblo.
Su humildad: Cumplía exactamente aquel consejo de San Pablo:
"Consideren superiores a los demás". Siempre consideraba que los otros
eran mejores que él. Aun en las más acaloradas discusiones exponía sus
ideas con total calma; jamás se dejó llevar por la cólera aunque los
adversarios lo ofendieran fuertemente y nunca se le oyó decir alguna
cosa que pudiera ofender a alguno. Su lema en el trato era aquel
mandato de Jesús: "Tratad a los demás como deseáis que los demás os
traten a vosotros".
Su devoción por la Virgen María era muy grande. En el margen de sus
cuadernos escribía: "Dios te salve María". Y compuso un tratado acerca
del Ave María.
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El Sumo Pontífice lo envió al Concilio de Lyon, pero por el camino se
sintió mal y fue recibido en el monasterio de los monjes cistercienses de
Fosanova. Cuando le llevaron por última vez la Sagrada Comunión
exclamó: "Ahora te recibo a Ti mi Jesús, que pagaste con tu sangre el
precio de la redención de mi alma. Todas las enseñanzas que escribí
manifiestan mi fe en Jesucristo y mi amor por la Santa Iglesia Católica,
de quien me profeso hijo obediente".
Murió el 7 de marzo de 1274 a la edad de 49 años.
Fue declarado santo en 1323 apenas 50 años después de muerto. Y sus
restos fueron llevados solemnemente a la Catedral de Tolouse un 28 de
enero. Por eso se celebra en este día su fiesta.
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Agustín de Hipona
(0354/11/13 - 0430/08/28)
Santo, filósofo cristiano
Aparece frecuentemente en la iconografía con el corazón ardiendo de
amor por Dios.
"Señor, que todo mi corazón se inflame con amor por ti;
Haz que nada en mí me pertenezca y que no piense en mí;
Que yo queme y sea totalmente consumido en Ti;
Que te ame con todo mi ser, como incendiado por ti".
San Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, pueblo que
hoy se conoce por Souk-Ahras, Argelia.
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Padres
Hijo del pagano Patricio y de la cristiana Mónica. Fue educado en la fe de
su madre.
Estudios
Hasta los once años permaneció en Tagaste y asistió a la escuela del
pueblo. Cursó estudios en Madaura, más tarde se trasladó
a Cartago para concluir su preparación académica. A los veinte años
regresó a Tagaste, como profesor de Gramática.
Fue un excelente maestro y también un comprometido proselitista
maniqueo. Cuando su madre supo que se había alejado del cristianismo,
le prohibió comer en su mesa y dormir en su casa.
Filósofo
Agustín regresó de nuevo a Cartago y decidió enseñar Retórica. Le
acompañaron algunos de sus alumnos de Tagaste. Durante estos años
se dedicó a la lectura y escribió poemas logrando ser laureado en los
certámenes literarios que tienen lugar en la ciudad. Con veintiséis años
publicó su primer libro "De pucrho et apto".
En Roma consiguió abrir una escuela, al año siguiente marchó a Milán.
Se presentó a concurso de oposición y ganó la cátedra Imperial
de Retórica de esa ciudad. Llamado el "profesor africano" comenzó a
visitar asiduamente la catedral atraído por la fama del Obispo Ambrosio,
gran orador.
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Conversión al cristianismo
Por fin, la paz de un jardín y las palabras de la Biblia: "Andemos
decorosamente como en pleno día, no en comilonas ni borracheras, no
en fornicaciones ni desenfrenos, no en rivalidades ni envidias, sino
revestíos del Señor Jesucristo" (Rom. 13,13) dieron a Agustín el empujón
que necesitaba para convertirse en un "hombre nuevo". Él mismo ilustró
esta profunda experiencia de conversión: "No quise leer más. Al terminar
de leer esa frase sentí en mi corazón como una luz de serenidad que
disipó todas las tinieblas de mi vacilación.
Decidió abandonar la enseñanza y se retiró con sus amigos a una
hacienda en Casiciaco. Allí descansó, reflexionó, escribió y compartió su
preparación para el bautismo, que recibió al llegar la Pascua del año
387 de manos de Ambrosio.
Después de la muerte de su madre, acaecida en el puerto de Ostia
(Roma) en el año 388, se dirigió a su pueblo natal, Tagaste, repartió su
herencia entre los necesitados y fundó un monasterio donde convivió con
los amigos que le acompañaron.
Su plan de vida está cifrado en la oración y la convivencia. Sin embargo,
su fama de hombre sabio se extiende y se convierte en el "consejero" de
muchas personas, inclusive de otros países del mundo romano. Este
mismo año, 388, murió Adeodato, su hijo, que vivía con él.
Sacerdote y Obispo
En el año 391 viajó a Hipona para visitar a un amigo. Estando en la
Iglesia de la ciudad, los fieles le reconocen, lo aclaman y piden al Obispo
Valerio que le haga sacerdote. Cinco años después fue ordenado
Obispo, dirigió la diócesis de Hipona durante treinta y cuatro años. Su
fama se extendió por todo el Imperio Romano.
«La medida del amor, es amar sin
medida».
San Agustín de Hipona
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Obras
La influencia de su acción pastoral a favor de los necesitados, el brillo de
su predicación y la sabiduría de sus escritos marcan un camino que la
Iglesia siguió durante más de dieciséis siglos. Sus escritos le convierten
en uno de los más importantes filósofos de la Antigüedad, especialmente
las Confesiones, el De Civitate De¡, la correspondencia y los sermones.
Fue un autor prolífico que dejó una gran cantidad de obras de diferentes
temáticas, elaboradas entre el 386 y el 419.
Muerte
San Agustín falleció en Hipona el 28 de agosto de 430.
René Descartes
(La Haye, Francia, 1596 - Estocolmo, Suecia, 1650) Filósofo y matemático
francés. Después del esplendor de la antigua filosofía griega y del apogeo y
crisis de la escolástica en la Europa medieval, los nuevos aires del
Renacimiento y la revolución científica que lo acompañó darían lugar, en el
siglo XVII, al nacimiento de la filosofía moderna.
René Descartes
El primero de los ismos filosóficos de la modernidad fue el racionalismo;
Descartes, su iniciador, se propuso hacer tabla rasa de la tradición y
construir un nuevo edificio sobre la base de la razón y con la eficaz
metodología de las matemáticas. Su «duda metódica» no cuestionó a Dios,
sino todo lo contrario; sin embargo, al igual que Galileo, hubo de sufrir la
persecución a causa de sus ideas.
Biografía
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René Descartes se educó en el colegio jesuita de La Flèche (1604-1612),
por entonces uno de los más prestigiosos de Europa, donde gozó de un
cierto trato de favor en atención a su delicada salud. Los estudios que en
tal centro llevó a cabo tuvieron una importancia decisiva en su formación
intelectual; conocida la turbulenta juventud de Descartes, sin duda en La
Flèche debió cimentarse la base de su cultura. Las huellas de tal educación
se manifiestan objetiva y acusadamente en toda la ideología filosófica del
sabio.
El programa de estudios propio de aquel colegio (según diversos
testimonios, entre los que figura el del mismo Descartes) era muy variado:
giraba esencialmente en torno a la tradicional enseñanza de las artes
liberales, a la cual se añadían nociones de teología y ejercicios prácticos
útiles para la vida de los futuros gentilhombres. Aun cuando el programa
propiamente dicho debía de resultar más bien ligero y orientado en sentido
esencialmente práctico (no se pretendía formar sabios, sino hombres
preparados para las elevadas misiones políticas a que su rango les permitía
aspirar), los alumnos más activos o curiosos podían completarlos por su
cuenta mediante lecturas personales.
Años después, Descartes criticaría amargamente la educación recibida. Es
perfectamente posible, sin embargo, que su descontento al respecto
proceda no tanto de consideraciones filosóficas como de la natural reacción
de un adolescente que durante tantos años estuvo sometido a una
disciplina, y de la sensación de inutilidad de todo lo aprendido en relación
con sus posibles ocupaciones futuras (burocracia o milicia). Tras su etapa
en La Flèche, Descartes obtuvo el título de bachiller y de licenciado en
derecho por la facultad de Poitiers (1616), y a los veintidós años partió
hacia los Países Bajos, donde sirvió como soldado en el ejército de Mauricio
de Nassau. En 1619 se enroló en las filas del Maximiliano I de Baviera.
Según relataría el propio Descartes en el Discurso del Método, durante el
crudo invierno de ese año se halló bloqueado en una localidad del Alto
Danubio, posiblemente cerca de Ulm; allí permaneció encerrado al lado de
una estufa y lejos de cualquier relación social, sin más compañía que la de
sus pensamientos. En tal lugar, y tras una fuerte crisis de escepticismo, se
le revelaron las bases sobre las cuales edificaría su sistema filosófico: el
método matemático y el principio del cogito, ergo sum. Víctima de una
febril excitación, durante la noche del 10 de noviembre de 1619 tuvo tres
sueños, en cuyo transcurso intuyó su método y conoció su profunda
vocación de consagrar su vida a la ciencia.
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Supuesto retrato de Descartes
Tras renunciar a la vida militar, Descartes viajó por Alemania y los Países
Bajos y regresó a Francia en 1622, para vender sus posesiones y
asegurarse así una vida independiente; pasó una temporada en Italia
(1623-1625) y se afincó luego en París, donde se relacionó con la mayoría
de científicos de la época.
En 1628 decidió instalarse en Holanda, país en el que las investigaciones
científicas gozaban de gran consideración y, además, se veían favorecidas
por una relativa libertad de pensamiento. Descartes consideró que era el
lugar más favorable para cumplir los objetivos filosóficos y científicos que
se había fijado, y residió allí hasta 1649.
Los cinco primeros años los dedicó principalmente a elaborar su propio
sistema del mundo y su concepción del hombre y del cuerpo humano. En
1633 debía de tener ya muy avanzada la redacción de un amplio texto de
metafísica y física titulado Tratado sobre la luz; sin embargo, la noticia de la
condena de Galileo le asustó, puesto que también Descartes defendía en
aquella obra el heliocentrismo de Copérnico, opinión que no creía
censurable desde el punto de vista teológico. Como temía que tal texto
pudiera contener teorías condenables, renunció a su publicación, que
tendría lugar póstumamente.
En 1637 apareció su famoso Discurso del método, presentado como prólogo
a tres ensayos científicos. Por la audacia y novedad de los conceptos, la
genialidad de los descubrimientos y el ímpetu de las ideas, el libro bastó
para dar a su autor una inmediata y merecida fama, pero también por ello
mismo provocó un diluvio de polémicas, que en adelante harían fatigosa y
aun peligrosa su vida.
Descartes proponía en el Discurso una duda metódica, que sometiese a
juicio todos los conocimientos de la época, aunque, a diferencia de los
escépticos, la suya era una duda orientada a la búsqueda de principios
últimos sobre los cuales cimentar sólidamente el saber. Este principio lo
halló en la existencia de la propia conciencia que duda, en su famosa
formulación «pienso, luego existo». Sobre la base de esta primera evidencia
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pudo desandar en parte el camino de su escepticismo, hallando en Dios el
garante último de la verdad de las evidencias de la razón, que se
manifiestan como ideas «claras y distintas».
El método cartesiano, que Descartes propuso para todas las ciencias y
disciplinas, consiste en descomponer los problemas complejos en partes
progresivamente más sencillas hasta hallar sus elementos básicos, las
ideas simples, que se presentan a la razón de un modo evidente, y
proceder a partir de ellas, por síntesis, a reconstruir todo el complejo,
exigiendo a cada nueva relación establecida entre ideas simples la misma
evidencia de éstas. Los ensayos científicos que seguían al Discurso ofrecían
un compendio de sus teorías físicas, entre las que destaca su formulación
de la ley de inercia y una especificación de su método para las
matemáticas.
Los fundamentos de su física mecanicista, que hacía de la extensión la
principal propiedad de los cuerpos materiales, fueron expuestos por
Descartes en las Meditaciones metafísicas (1641), donde desarrolló su
demostración de la existencia y la perfección de Dios y de la inmortalidad
del alma, ya apuntada en la cuarta parte del Discurso del método. El
mecanicismo radical de las teorías físicas de Descartes, sin embargo,
determinó que fuesen superadas más adelante.
Conforme crecía su fama y la divulgación de su filosofía, arreciaron las
críticas y las amenazas de persecución religiosa por parte de algunas
autoridades académicas y eclesiásticas, tanto en los Países Bajos como en
Francia. Nacidas en medio de discusiones, las Meditaciones
metafísicas habían de valerle diversas acusaciones promovidas por los
teólogos; algo por el estilo aconteció durante la redacción y al publicar
otras obras suyas, como Los principios de la filosofía (1644) y Las pasiones
del alma (1649).
Descartes con la reina Cristina de Suecia
Cansado de estas luchas, en 1649 Descartes aceptó la invitación de la
reina Cristina de Suecia, que le exhortaba a trasladarse a Estocolmo como
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preceptor suyo de filosofía. Previamente habían mantenido una intensa
correspondencia, y, a pesar de las satisfacciones intelectuales que le
proporcionaba Cristina, Descartes no fue feliz en "el país de los osos, donde
los pensamientos de los hombres parecen, como el agua, metamorfosearse
en hielo". Estaba acostumbrado a las comodidades y no le era fácil
levantarse cada día a las cuatro de la mañana, en plena oscuridad y con el
frío invernal royéndole los huesos, para adoctrinar a una reina que no
disponía de más tiempo libre debido a sus obligaciones. Los espartanos
madrugones y el frío pudieron más que el filósofo, que murió de una
pulmonía a principios de 1650, cinco meses después de su llegada.
La filosofía de Descartes
Descartes es considerado como el iniciador de la filosofía racionalista
moderna por su planteamiento y resolución del problema de hallar un
fundamento del conocimiento que garantice su certeza, y como el filósofo
que supone el punto de ruptura definitivo con la escolástica. En el Discurso
del método (1637), Descartes manifestó que su proyecto de elaborar una
doctrina basada en principios totalmente nuevos procedía del desencanto
ante las enseñanzas filosóficas que había recibido.
Convencido de que la realidad entera respondía a un orden racional, su
propósito era crear un método que hiciera posible alcanzar en todo el
ámbito del conocimiento la misma certidumbre que proporcionan en su
campo la aritmética y la geometría. Su método, expuesto en el Discurso, se
compone de cuatro preceptos o procedimientos: no aceptar como
verdadero nada de lo que no se tenga absoluta certeza de que lo es;
descomponer cada problema en sus partes mínimas; ir de lo más
comprensible a lo más complejo; y, por último, revisar por completo el
proceso para tener la seguridad de que no hay ninguna omisión.
René Descartes
El sistema utilizado por Descartes para cumplir el primer precepto y
alcanzar la certeza es «la duda metódica». Siguiendo este sistema,
Descartes pone en tela de juicio todos sus conocimientos adquiridos o
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heredados, el testimonio de los sentidos e incluso su propia existencia y la
del mundo. Ahora bien, en toda duda hay algo de lo que no podemos dudar:
de la misma duda. Dicho de otro modo, no podemos dudar de que estamos
dudando. Llegamos así a una primera certeza absoluta y evidente que
podemos aceptar como verdadera: dudamos.
Pienso, luego existo
La duda, razona entonces Descartes, es un pensamiento: dudar es pensar.
Ahora bien, no es posible pensar sin existir. La suspensión de cualquier
verdad concreta, la misma duda, es un acto de pensamiento que implica
inmediatamente la existencia del "yo" pensante. De ahí su célebre
formulación: pienso, luego existo (cogito, ergo sum). Por lo tanto, podemos
estar firmemente seguros de nuestro pensamiento y de nuestra existencia.
Existimos y somos una sustancia pensante, espiritual.
A partir de ello elabora Descartes toda su filosofía. Dado que no puede
confiar en las cosas, cuya existencia aún no ha podido demostrar,
Descartes intenta partir del pensamiento, cuya existencia ya ha sido
demostrada. Aunque pueda referirse al exterior, el pensamiento no se
compone de cosas, sino de ideas sobre las cosas. La cuestión que se
plantea es la de si hay en nuestro pensamiento alguna idea o
representación que podamos percibir con la misma «claridad» y
«distinción» (los dos criterios cartesianos de certeza) con la que nos
percibimos como sujetos pensantes.
Clases de ideas
Descartes pasa entonces a revisar todos los conocimientos que
previamente había descartado al comienzo de su búsqueda. Y al
reconsiderarlos observa que las representaciones de nuestro pensamiento
son de tres clases: ideas «innatas», como las de belleza o justicia; ideas
«adventicias», que proceden de las cosas exteriores, como las de estrella o
caballo; e ideas « ficticias», que son meras creaciones de nuestra fantasía,
como por ejemplo los monstruos de la mitología.
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René Descartes
Las ideas «ficticias», mera suma o combinación de otras ideas, no pueden
obviamente servir de asidero. Y respecto a las ideas «adventicias»,
originadas por nuestra experiencia de las cosas exteriores, es preciso obrar
con cautela, ya que no estamos seguros de que las cosas exteriores
existan. Podría ocurrir, dice Descartes, que los conocimientos
«adventicios», que consideramos correspondientes a impresiones de cosas
que realmente existen fuera de nosotros, hubieran sido provocados por un
«genio maligno» que quisiera engañarnos. O que lo que nos parece la
realidad no sea más que una ilusión, un sueño del que no hemos
despertado.
Del Yo a Dios
Pero al examinar las ideas «innatas», sin correlato exterior sensible,
encontramos en nosotros una idea muy singular, porque está
completamente alejada de lo que somos: la idea de Dios, de un ser
supremo infinito, eterno, inmutable, perfecto. Los seres humanos, finitos e
imperfectos, pueden formar ideas como la de "triángulo" o "justicia". Pero la
idea de un Dios infinito y perfecto no puede nacer de un individuo finito e
imperfecto: necesariamente ha sido colocada en la mente de los hombres
por la misma Providencia. Por consiguiente, Dios existe; y siendo como es
un ser perfectísimo, no puede engañarse ni engañarnos, ni permitir la
existencia de un «genio maligno» que nos engañe, haciéndonos creer que
es real un mundo que no existe. El mundo, por lo tanto, también existe. La
existencia de Dios garantiza así la posibilidad de un conocimiento
verdadero.
Esta demostración de la existencia de Dios constituye una variante del
argumento ontológico empleado ya en el siglo XII por San Anselmo de
Canterbury, y fue duramente atacada por los adversarios de Descartes, que
lo acusaron de caer en un círculo vicioso: para demostrar la existencia de
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Dios y así garantizar el conocimiento del mundo exterior se utilizan los
criterios de claridad y distinción, pero la fiabilidad de tales criterios se
justifica a su vez por la existencia de Dios. Tal crítica apunta no sólo a la
validez o invalidez del argumento, sino también al hecho de que Descartes
no parece aplicar en este punto su propia metodología.
Res cogitans y res extensa
Admitida la existencia del mundo exterior, Descartes pasa a examinar cuál
es la esencia de los seres. Introduce aquí su concepto de sustancia, que
define como aquello que «existe de tal modo que sólo necesita de sí mismo
para existir». Las sustancias se manifiestan a través de sus modos y
atributos. Los atributos son propiedades o cualidades esenciales que
revelan la determinación de la sustancia, es decir, son aquellas propiedades
sin las cuales una sustancia dejaría de ser tal sustancia. Los modos, en
cambio, no son propiedades o cualidades esenciales, sino meramente
accidentales.
René Descartes
El atributo de los cuerpos es la extensión (un cuerpo no puede carecer de
extensión; si carece de ella no es un cuerpo), y todas las demás
determinaciones (color, forma, posición, movimiento) son solamente
modos. Y el atributo del espíritu es el pensamiento, pues el espíritu «piensa
siempre». Existe, por lo tanto, una sustancia pensante (res cogitans),
carente de extensión y cuyo atributo es el pensamiento, y una sustancia
que compone los cuerpos físicos (res extensa), cuyo atributo es la
extensión, o, si se prefiere, la tridimensionalidad, cuantitativamente
mesurable en un espacio de tres dimensiones. Ambas son irreductibles
entre sí y totalmente separadas. Es lo que se denomina el «dualismo»
cartesiano.
En la medida en que la sustancia de la materia y de los cuerpos es la
extensión, y en que ésta es observable y mesurable, ha de ser posible
explicar sus movimientos y cambios mediante leyes matemáticas. Ello
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conduce a la visión mecanicista de la naturaleza: el universo es como una
enorme máquina cuyo funcionamiento podremos llegar a conocer mediante
el estudio y descubrimiento de las leyes matemáticas que lo rigen.
La comunicación de las sustancias
La separación radical entre materia y espíritu es aplicada rigurosamente, en
principio, a todos los seres. Así, los animales no son más que máquinas muy
complejas. Sin embargo, Descartes hace una excepción cuando se trata del
hombre. Dado que está compuesto de cuerpo y alma, y siendo el cuerpo
material y extenso (res extensa), y el alma espiritual y pensante (res
cogitans), debería haber entre ellos una absoluta incomunicación.
No obstante, en el sistema cartesiano esto no ocurre, sino que el alma y el
cuerpo se comunican entre sí, no al modo clásico, sino de una manera
singular. El alma está asentada en la glándula pineal, situada en el
encéfalo, y desde allí rige al cuerpo como «el nauta rige la nave», por
medio de los espíritus animales, sustancias intermedias entre espíritu y
cuerpo a manera de finísimas partículas de sangre, que transmiten al
cuerpo las órdenes del alma. La solución de Descartes no resultó
satisfactoria, y el llamado problema de la comunicación de las
sustancias sería largamente discutido por los filósofos posteriores.
Su influencia
Tanto por no haber definido satisfactoriamente la noción de sustancia como
por el franco dualismo establecido entre las dos sustancias, Descartes
planteó los problemas fundamentales de la filosofía especulativa europea
del siglo XVII. Entendido como sistema estricto y cerrado, el cartesianismo
no tuvo excesivos seguidores y perdió su vigencia en pocas décadas. Sin
embargo, la filosofía cartesiana se convirtió en punto de referencia para
gran número de pensadores, unas veces para intentar resolver las
contradicciones que encerraba, como hicieron los pensadores racionalistas,
y otras para rebatirla frontalmente, como los empiristas.
Así, Nicolás Malebranche intentó, con su doctrina ocasionalista, conciliar el
cartesianismo con la filosofía de San Agustín. El filósofo alemán Gottfried
Wilhelm Leibniz y el holandés Baruch Spinoza establecieron formas de
paralelismo psicofísico para explicar la comunicación entre cuerpo y alma.
Spinoza, de hecho, fue aún más lejos, y afirmó que existía una sola
sustancia, que englobaba en sí el orden de las cosas y el de las ideas, y de
la que la res cogitans y la res extensa no eran sino atributos, con lo que se
llegaba al panteísmo.
Desde un punto de vista completamente opuesto, los empiristas
británicos Thomas Hobbes, John Locke y David Hume negaron que la idea
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de una sustancia espiritual fuera demostrable; afirmaron que no existían
ideas innatas y que la filosofía debía reducirse al terreno de lo conocido por
la experiencia. La concepción cartesiana de un universo mecanicista, en fin,
influyó decisivamente en la génesis de la física clásica, cuyo hito
fundacional sería la publicación de los Principios matemáticos de la filosofía
natural (1687), obra en que Newton estableció los tres principios
fundamentales de la dinámica, también llamados leyes de Newton.
No resulta exagerado afirmar, en suma, que si bien Descartes no llegó a
resolver muchos de los problemas que planteó, tales problemas se
convirtieron en cuestiones centrales de la filosofía occidental. En este
sentido, la filosofía moderna (racionalismo, empirismo, idealismo,
materialismo, fenomenología) puede considerarse como un desarrollo o una
reacción al cartesianismo.
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