0% encontró este documento útil (0 votos)
15 vistas16 páginas

Error Común

El protagonista, Helier, enfrenta un día a día marcado por la soledad y el dolor emocional, sintiéndose invisible y rechazado por sus compañeros, especialmente por Natalia. Después de un episodio de autolesionarse, su madre lo lleva a un hospital psiquiátrico, donde comienza a lidiar con sus problemas a través de la terapia. A lo largo de su estancia, Helier establece una conexión con otro paciente, Saúl, quien comparte su propia lucha con la salud mental.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
15 vistas16 páginas

Error Común

El protagonista, Helier, enfrenta un día a día marcado por la soledad y el dolor emocional, sintiéndose invisible y rechazado por sus compañeros, especialmente por Natalia. Después de un episodio de autolesionarse, su madre lo lleva a un hospital psiquiátrico, donde comienza a lidiar con sus problemas a través de la terapia. A lo largo de su estancia, Helier establece una conexión con otro paciente, Saúl, quien comparte su propia lucha con la salud mental.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ERROR COMÚN

CAPÍTULO 1: Razones Suficientes.

No estoy seguro de si hoy ha sido un mal día o simplemente uno más. A veces cuesta
diferenciarlo. Hay días en los que despierto y siento que todo va a ir como siempre: es decir, una
mierda. Hoy no ha sido distinto.

Me despierto antes de que suene la alarma, como siempre. Ya ni me molesto en ponerla. Mi


cuerpo tiene la costumbre de traicionarme justo antes de que algo suene. Supongo que incluso
mi subconsciente está harto del ruido.

Desde mi cama puedo escuchar a mi madre, Irina, estará la cocina. Su voz es una mezcla entre
preocupación mal disimulada y una rutina mal llevada. No sé qué le pasa últimamente, pero
desde hace unas semanas me mira como si en cualquier momento me fuera a romper. Lo
gracioso es que… si lo supiera, lo haría.

Me levanto, me visto sin pensar demasiado, y bajo las escaleras con el tipo de energía que tienen
los fantasmas cuando aparecen en las películas: cero prisa y cero intención. Ahí está mi padre,
Daniel, leyendo las noticias en su iPad como si el mundo le importara más que las personas que
viven en su propia casa. Mi hermana, Victoria, está con el móvil. Ni me mira. Me ahorro el
esfuerzo de saludar.

No hay conversación en el desayuno, y eso me tranquiliza. La ausencia de palabras es el idioma


oficial de esta casa.

Voy camino al colegio, el cielo está cubierto, como siempre. Winchester tiene esa habilidad de
parecer bonito y gris al mismo tiempo. Me gusta eso. Es como yo en ese aspecto: un lugar que
finge estar bien.

En el recreo me encuentro con Chloe, que siempre es amable conmigo de una forma que me
incomoda. Es como si no supiera qué hacer conmigo, sonríe demasiado. Pero al menos no es
cruel. Eso ya es algo.

—¿Has hablado con Natalia últimamente? —me pregunta, así, sin anestesia.

Mi estómago se contrae un poco, pero finjo que no.

—No mucho —digo, encogiéndome de hombros—. Está en su mundo, supongo.

Chloe se queda callada un momento. La noto dudar. Y ahí es cuando debería haberme ido.
Cuando algo en su mirada había cambiado. Pero no lo hice.

—No te lo tomes a mal, ¿vale? Pero creo que deberías saberlo. Natalia… a veces dice cosas.
Cosas raras sobre ti. Tipo que eres muy… intenso. Que a veces das como… mala vibra. Que eres
un pringado. Que le caes… mal.

Me quedo en silencio. No sé por qué esperaba otra cosa. Tal vez porque me gusta pensar que la
gente es mejor en mi cabeza que en la vida real.

—Ah —es lo único que consigo decir.

Chloe intenta arreglarlo.

—No lo dice en plan mal, solo que a veces no te entiende. Y ya sabes cómo es ella, se ríe de
todos…

Asiento. Sonrío. Es esa clase de sonrisa que no llega a los ojos y que empieza a doler si la
aguantás más de cinco segundos.

—No pasa nada. Está bien.

Pero no está bien.

No está nada bien.

*Cuatro horas más tarde.*

Vuelvo a casa caminando más lento de lo normal. No es por cansancio, es más bien un tipo de
resistencia absurda, como si alargar el trayecto hiciera que todo lo que estoy sintiendo se
disuelva con el viento. No funciona, pero me da una excusa para no llegar.

La voz de Chloe sigue en mi cabeza, repitiéndose con eco:

“Dice que le caes mal.”

Como si fuera una especie de mal funcionamiento emocional. Un glitch andante.

Entro a casa. Nadie nota que he llegado. Genial.

Subo a mi habitación y cierro la puerta. No con violencia. Sino ese tipo de cierre silencioso que
es casi más dramático, como si el aire mismo se rindiera.
Me dejo caer en la cama, boca arriba, mirando el techo. Hay una grieta ahí, justo en medio, como
si la casa también estuviera partiéndose lentamente y nadie quisiera admitirlo. Nos parecemos.

Intento pensar en otra cosa. En cualquier otra cosa. Pero Natalia está ahí, clavada en la parte de
atrás de mis ojos. Su risa, su forma de hablar como si no tuviera que medir lo que dice, como si
nada le doliera nunca.

Y yo, ahí. Esperando un gesto. Una mirada. Algo que dijera que tal vez, sólo tal vez, no era
invisible.

Pero no. Soy el chico que le cae mal.

Es casi gracioso. Si no doliera tanto.

Me levanto. Voy al escritorio, lo abro, saco la caja. La tengo escondida debajo de unas carpetas
que nadie toca porque a nadie le importa. Es una caja de metal con pegatinas medio arrancadas.
Por fuera parece inofensiva. Por dentro… no tanto.

No sé exactamente qué siento. No es ira. Ni siquiera tristeza. Es como un hueco. Un vacío con
bordes afilados.

Me siento en el suelo. Las luces están apagadas. El cuarto se va llenando de sombras largas
mientras el sol se rinde.

No lo hago rápido. Me tomo mi tiempo. Cada movimiento es casi ritual. Como si hacerme daño
fuera una forma de volver a tener control sobre algo. Lo que sea. Aunque sea sólo mi piel.

Paso la navaja por mi brazo derecho. No lloro. No grito. No hay dramatismo. Sólo el sonido suave
de la respiración contenida y el latido que se acelera.

Cuando termino, me quedo mirando lo que hice. No hay alivio. Sólo silencio.

Me levanto, voy al espejo.

Y ahí estoy.

Helier Nelson. Quince años. Mal funcionamiento de fábrica.

Me miro un largo rato. Y pienso: “Así que esta es la versión de mí que merezco.”
Sonrío. Esa sonrisa vacía, una vez más.

Y apago la luz.

El día siguiente llega igual que siempre: sin haberlo pedido.

Me levanto como si fuera un acto reflejo, una coreografía aprendida a fuerza de rutina. El cuerpo
se mueve, pero mi cabeza va con segundos de retraso. Siento que estoy viendo todo desde
fuera, como si yo no fuera yo sino un personaje aburrido de una serie británica que nadie termina
de entender.

Me visto con cuidado. La manga larga. Siempre la manga larga, aunque haga calor. Aunque sea
raro. Aunque la gente mire. Ya ni me importa si sospechan. Lo importante es que no vean. Que
nadie vea.

Bajo a la cocina. Mi madre está sirviendo té como si eso pudiera arreglar algo. Mi padre ya no
está; seguro se fue temprano al trabajo. Victoria hojea una revista. Lo de siempre.

—Has dormido bien? —pregunta mi madre sin mirarme.

—Sí —respondo sin pensarlo.

Mentira número uno del día. Vienen muchas más.

Me siento, intento comer algo. No tengo hambre, pero finjo que sí. Me llevo la tostada a la boca,
pero el pan tiene gusto a cartón mojado. A culpa. A metal.

Victoria me lanza una mirada de reojo.

—¿Por qué llevas manga larga? Hace calor.

—Moda emo —respondo con una sonrisa torcida.

Mi madre lo ignora. Pero la mirada que lanza después sí que la noto. Rápida, inquieta,
preocupada. Como si de pronto algo no cuadrara. Me termino el desayuno y ya quiero estar en
otro lugar. Cualquier otro lugar.

El colegio pasa como una nube sucia. No presto atención. Me siento al fondo, dibujo en los
márgenes de los apuntes, finjo escribir. Todo lo que quiero es que llegue la hora de volver a casa
para encerrarme otra vez en mi propio silencio.
Pero cuando llego, mi madre está en mi habitación.

La puerta abierta.

La caja de metal sobre la cama.

Mi cuerpo se detiene antes de entrar.

Ella no dice nada. Ni siquiera me mira al principio. Solo tiene la caja entre las manos, abierta,
como si no entendiera lo que está viendo. Como si una parte de ella aún quisiera convencerse de
que está exagerando.

Cuando finalmente me mira, no hay gritos. No hay drama. Solo una pregunta, dicha con esa voz
frágil que uno usa cuando algo se rompe en el alma:

—¿Desde cuándo, Helier?

No respondo.

¿Qué se supone que diga? ¿“Desde que empecé a pensar que vivir era más difícil que hacerme
daño”? ¿“Desde que sentí que nunca iba a ser suficiente para nadie, ni siquiera para mí”?

La culpa se siente como vómito contenido.

Ella da un paso hacia mí, pero yo retrocedo.

—No me toques.

—Helier…

—No. En serio. No hagas esto ahora. No me mires como si ahora te dieras cuenta de que existo.

Y ahí, por primera vez, veo a mi madre llorar.

No debería dolerme. Pero me duele.

No por ella.

Por mí.

Porque si hubiera llorado antes, tal vez… no estaría así.


—Vamos a buscar ayuda —dice, como si fuera tan fácil.

Y entonces sé lo que viene.

No lo dice, pero lo sé.

Hospital.

Psicólogos.

Hablar.

Explicar.

Reparar.

Mentir.

Y de repente, estoy muy cansado. No de ellos. De todo.

Así que sólo asiento. Porque es más fácil que luchar.

Y porque, en el fondo, parte de mí… ya sabía que esto iba a pasar.

CAPÍTULO 2: Diagnóstico: humano defectuoso.

Me han traído aquí como si fuera frágil.

Como si estuviera hecho de cristal o de alguna sustancia volátil que podría explotar si se agita
demasiado. No me dejaron ni sentarme adelante en el coche. Mi madre conducía. Mi padre iba al
lado, callado como si fuera un mueble decorativo. Yo atrás, como un niño castigado camino a
ninguna parte.

*Día 1*

Y ahora estoy aquí.

En un pasillo largo que huele a desinfectante, silencio y verdades mal tapadas.


El hospital no es como en las películas. No hay camisas de fuerza ni gritos por los pasillos (por
ahora). Solo puertas con nombres de gente rota. Gente como yo. Aunque no todos lo admitan.

Me han asignado una habitación individual. Lo agradezco. No estoy de humor para compartir
espacio con otro desastre emocional. Ya tengo suficiente conmigo mismo.

Las paredes son blancas. Todo es blanco. Incluso las sábanas parecen disculparse por existir.
Hay una pequeña ventana con rejas, como si esperaran que alguien tratara de escapar volando.

Spoiler: nadie lo intenta. Para eso hay que tener esperanzas.

Una enfermera muy simpática me ha hablado durante diez minutos seguidos sin que yo dijera
una sola palabra. Me ha explicado los horarios, las normas, el menú, la posibilidad de acceder a
sesiones grupales. Sonaba como si todo eso fuera parte de un hotel de mierda, pero con
pastillas.

Después vino la psicóloga. Se llama Eleanor, aunque me dijo que la llame “Ellie”. Tiene unos
treinta y algo, ropa colorida y una sonrisa suave. Como si quisiera que yo pensara que esto no es
tan grave. Pobrecita.

—¿Helier, quieres que empecemos hablando de por qué estás aquí?

—Porque no soy lo suficientemente bueno ocultando cosas —respondo, sin mirarla.

Ella anota algo.

Me molesta. Esa libreta. Es como si todo lo que digo se volviera evidencia en mi contra.

—¿Qué sentías cuando te hacías daño?

—¿Ahora o antes?

—Cuando empezó.

—Vacío.

—¿Y ahora?

—No lo sé. Más vacío, supongo. O tal vez nada. Lo hago como quien se lava los dientes. Por
rutina.
Silencio.

Más anotaciones.

—¿Te cuesta hablar de tu pasado? —pregunta de pronto, sin suavidad.

La miro. Directo.

—Mi pasado está muerto. No pienso hacerle una autopsia.

Ella no sonríe. Pero tampoco se incomoda.

Buen intento, Ellie.

Me despide con amabilidad, pero sé que en su cabeza ya ha empezado a armar el


rompecabezas. Lo que no sabe es que le faltan piezas. Algunas las he escondido tan bien que ni
yo las encuentro.

En el almuerzo, me siento en una mesa vacía. Hay otras personas por ahí, pero nadie parece
interesado en socializar. Genial.

Hasta que veo a él.

Saúl.

Alto, flaco, con el pelo rizado desordenado. Lleva auriculares, aunque no parece estar
escuchando música. Me mira como si ya me conociera de antes. O como si supiera algo que yo
no.

—¿Primera vez aquí? —me pregunta, quitándose un auricular.

—¿Se nota?

—Tienes cara de “acabo de entrar al infierno”.

—¿Y tú? ¿Veterano?

—Algo así.

Sonríe. Es una sonrisa rara. No irónica, no triste. Una sonrisa limpia. Me incomoda. No sé por
qué.
—Soy Saúl.

—Helier.

—Ya lo sé.

—¿Cómo?

Se encoge de hombros.

—Se corre la voz. A los nuevos se os nota.

No respondo. Miro mi bandeja. No quiero comer.

Pero por primera vez, tampoco quiero irme.

*Día 8*

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que llegué. Me niego a contar los días. Lo que sí sé es que
ya puedo reconocer los sonidos del lugar: el carrito de las pastillas, el timbre de la enfermería, el
tipo que llora por las noches en la habitación del fondo.

Y el silencio. Ese sobre todo.

Hoy tengo sesión con Ellie otra vez.

Ella me espera con esa sonrisa neutra que parece haber practicado frente al espejo. Me ofrece
sentarme. Yo me dejo caer en el sillón, más por costumbre que por interés.

—¿Cómo te sientes hoy? —pregunta.

—Con sueño —respondo, sin pestañear—. Y con ganas de volver a mi planeta.

—¿Y cuál es tu planeta?

—Uno donde no tenga que explicar por qué estoy roto.

Ella anota algo. Yo la miro.

—¿Sabés que eso es muy molesto, no?


—¿El qué?

—Que anotes todo. Como si fuera un expediente. Un caso. Un experimento.

—No eres un caso, Helier.

—Entonces dejá de tratarme como uno.

Silencio.

Me gana. Siempre me gana con el silencio.

—No hablas de tu infancia. Ni de tu familia. ¿Te gustaría que hablemos de lo que sí quieres?

—No quiero hablar de nada. Solo he venido porque no me han dejado quedarme en casa.

—Te estás abriendo más que el primer día.

—No me des crédito. A veces me aburro y se me escapan cosas.

Ella sonríe. Pero es una sonrisa distinta esta vez. Casi… orgullosa.

No lo soporto.

—¿Puedo irme?

—Puedes irte. Pero voy a pedirte algo.

—Uy, qué miedo.

—Antes de irte, escribe una carta. No para mí. Para ti. No tiene que tener sentido. Solo… suelta lo
que tienes dentro.

—Y si no tengo nada?

—Entonces escribe eso.

Me levanto.

—No prometo nada.


—Ya me has dicho mucho con eso.

*Día 12*

Empiezo a sentarme siempre en la misma mesa en el comedor. No porque me guste, sino porque
Saúl aparece ahí todos los días y… no sé. Su silencio es más soportable que el mío.

Hoy me ve llegar y me señala la bandeja.

—¿Vas a comerte eso o solo lo vas a mirar otra vez?

—¿Por qué te importa?

—Porque si no te lo comés tu, me lo como yo.

Empujo la bandeja hacia él. Él se ríe.

—Me caes bien, Helier. Aunque no digas mucho.

—¿Y eso por qué?

—Porque no hacés preguntas incómodas. Y porque no finges estar bien.

—No soy bueno fingiendo.

—Yo sí. Durante años lo he sido. De hecho, me internaron por una sobredosis que ni siquiera fue
un intento real de morirme. Fue un intento de que alguien me viera.

Me quedo callado. No porque me incomode. Porque lo entiendo demasiado bien.

—¿Y alguien te vio?

—Sí. Una enfermera. Me limpió el vómito sin decir una palabra. Y entonces supe que estaba vivo.

Lo dice como si estuviera contando la trama de una película. Ligero, pero con peso detrás.

—¿Crees que esto sirve para algo? —pregunto.

—¿El hospital?
—Todo. Hablar. Respirar. Sentir.

Saúl me mira con una calma rara.

—No lo sé. Pero lo estoy intentando. Supongo que eso cuenta.

Me quedo pensando en eso mientras él come mi pan como si fuera suyo.

Y por un segundo, me siento… no tan solo.

*Día 24*

Me despierto más temprano de lo normal. El cielo sigue siendo negro cuando abro los ojos, pero
ya no puedo volver a dormirme. Me duele algo adentro, no un órgano en particular, más bien un
hueco. Como cuando sabes que falta algo, pero no tienes ni idea de qué era lo que estaba ahí
antes.

No he bajado a desayunar.

No he ido a la sesión grupal.

No he salido al patio.

Me he quedado en la habitación, mirando el techo blanco hasta que vinieron a buscarme. No


peleé. No me escondí. Solo fui.

Ellie me estaba esperando. Tenía esa libreta, sí, pero no la ha abierto.

—Hoy no quiero escribir nada —dijo—. Hoy solo quiero escucharte.

Me senté sin hablar. Pasaron minutos así. Silencio, respiración, la nada.

Y de a poco, sin darme cuenta, empecé a hablar.

—No me acuerdo cuándo fue la última vez que me sentí bien. No feliz. Bien. Normal. Como si no
tuviera algo podrido por dentro.

Ella no dijo nada.

—A veces me pregunto si nací así. O si fue algo que se rompió cuando era niño y nadie lo notó.
Como un vidrio astillado que parece entero hasta que alguien lo toca y se hace mierda.
Sigo.

—No me gusta hablar del pasado porque… no hay nada ahí que valga la pena recordar. No es que
me haya pasado algo terrible, de esos traumas de película. Simplemente… crecí sintiéndome
equivocado. Como si cada parte mía estuviera mal montada. Y cuando eres un niño y todo el
mundo te mira como si fueras una versión fallida de algo, empiezas a creértelo.

Mi voz tiembla un poco, pero no lloro.

—Me cuesta confiar en la gente. Hasta en la que me quiere. Porque siempre pienso que en algún
momento se van a cansar. Que se van a dar cuenta de que no soy suficiente.

Pausa.

—Y cuando alguien te dice en voz alta lo que vos ya piensas de ti mismo… como lo que me dijo
Natalia… no es solo dolor. Es confirmación. Es como si te dijeran: “Tenías razón en odiarte.”

Ella levantó la mirada. No había lástima en sus ojos. Había respeto. Y algo más difícil de soportar:
ternura.

—Helier, ¿qué te gustaría que alguien te dijera ahora mismo?

Lo pensé. Mucho.

—Que no soy un error. Pero que no me lo digan como cualquier cosa. Que lo digan y lo crean.
Porque yo todavía no puedo.

Y en ese momento supe que algo en mí se había abierto. No del todo. Pero sí lo suficiente como
para dejar pasar un poco de aire.

Ellie asintió. Y esta vez, sin escribir, solo dijo:

—Gracias por confiarme eso. Tu no eres un error. Ni un caso perdido. Eres un chico de quince
años intentando sobrevivir a algo que nadie ve. Y eso, Helier, es de lo más valiente que existe.

No respondí. Solo asentí.

Pero por dentro, muy en el fondo, algo se afloja.

Como si por primera vez en mucho tiempo… empezara a creerla.


*Día 92.*

El número suena enorme si lo decís en voz alta. Noventa y dos días. Casi una estación entera.
Casi una vida.

Hoy Ellie me llama a su consultorio. Me recibe con esa sonrisa que ya conozco demasiado bien.
Pero esta vez hay algo distinto en su mirada. Algo que no termina de acomodarse.

Me siento sin preguntar nada.

Ella tampoco habla enseguida.

Después de un par de segundos, lo dice:

—Te van a dar el alta.

Lo dice así, simple. Como si fuera una frase cualquiera. Como si eso no cambiara todo.

Parpadeo. Dos veces.

—¿Y qué significa eso?

—Significa que evaluamos tu progreso y creemos que estás en condiciones de volver a casa.

La palabra “progreso” me raspa. No sé si progresé o simplemente aprendí a disimular mejor. A


elegir mejor mis palabras. A mentir con menos culpa.

—¿Y si no quiero irme?

Ella me mira, con una calma que me hace querer gritarle.

—¿Por qué no querrías?

—Porque allá afuera todo sigue igual. Mi casa sigue igual. Yo sigo igual.

—No sos el mismo que entró. Puede que no te sientas “curado”, pero ya no estás solo en esto.
Tenés herramientas. Tenés espacio. Tenés nombre para lo que sentís.

Me río, sin humor.


—Sí, claro. Ahora tengo etiquetas. Qué alivio.

—No etiquetas. Entendimiento.

Silencio.

—¿Y si vuelvo a caer?

—Entonces volverás a levantarte. O nos pedirás ayuda. Pero no estás solo, Helier. Aunque tu
cabeza te grite lo contrario.

No digo nada más. Solo asiento. De nuevo. Porque a veces asentir es más fácil que aceptar.

Esa noche empaco mis cosas. No hay mucho. Algunas prendas. Libretas con garabatos. Una
carta que no terminé. Y una pulsera de hilo que Saúl me dio el día 64. “Para que te acuerdes que
existís,” dijo. Aún la tengo puesta.

Nos despedimos con un abrazo rápido. Saúl no es de esos abrazos apretados. Es más bien como
tocar hombros con alguien que entiende.

—No te mueras allá afuera, ¿sí?

—No prometo nada —le digo, con media sonrisa.

—Perfecto. Las promesas son para la gente aburrida.

Cuando salgo del edificio, el aire me golpea distinto. Más frío. Más real. Como si el mundo
hubiera seguido sin mí. Como si yo fuera un extra volviendo a entrar en escena.

Mi madre me espera junto al coche. Me abraza sin decir palabra. Mi padre se queda dentro.
Victoria no vino.

El asiento de atrás me parece más chico que antes.

Mientras arrancamos, miro por la ventana. Las calles se sienten ajenas, como si las estuviera
viendo por primera vez.

Y entonces, por dentro, algo murmura:

No estás curado.
Pero estás vivo.

Y eso, hoy, me parece suficiente.

CAPITULO 3:

También podría gustarte